Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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30 de marzo de 2008

Caprichos

El papá de Leandrito no creía en imposibles, desde pequeño se lo inculcó como una regla básica. Todo podía hacerse realidad, era cuestión de proponérselo. Sin embargo Leandrito comprendió muy pronto que los costos de esos ideales eran enormes. Un día le pidió a su padre que le trajera la luna, para poder abrazarla y sentirla entre sus brazos, como si fuera un muñeco amigo. Tras ese pedido, Leandrito jamás volvió a ver a su padre.
Una tarde, mientras jugaba con sus hijos, Leandro, que alguna vez fuera Leandrito, escuchó el tiembre de su casa. Al abrir la puerta se encontró con un señor mal vestido cuya sonrisa le atravesaba toda la cara. A su espalda, atada con una soga gigantesca, tenía amarrada a la luna. Leandro reconoció a su padre, pero le cerró la puerta en el rostro.
No podía tolerar que su padre, por seguir un capricho suyo, se haya apartado de él cuando más lo necesitaba. Que se entienda bien, le dijo más tarde a sus hijos mientras les contaba la historia: comparto sus ideales, pero no los costos.

26 de marzo de 2008

Destino

Presionado por el mundo, escapé por una ventana de la consciencia.
Ahora soy un prófugo en mi locura.

24 de marzo de 2008

El hombre del muelle

Cuando el día se esconde detrás de las islas, el río se tiñe de nostalgia y los reflejos opacos del anochecer hacen inútiles intentos por llamarnos la atención. Nuestros ojos, tristes por su partida, no abandonan el horizonte, troquelado de verde y marrón, y siguen atentos al gran astro rey, que muere hoy como ayer huyendo vaya uno a saber de que antigua condena.
El manto que tiende la noche va ganando cada rincón y de un momento a otro, la oscuridad ha cubierto orillas y botes, árboles y camalotes. Los pescadores emprenden la retirada, con pausa y sin prisa, de cara al agua, soñando con la mirada. Se acallan los gritos de los niños y los últimos coches le dan la espalda al río, marchando en armonía sin saber cuando será que regresarán.
El último bote ha sido tapado por una lona y su dueño, marchado.
Todos se han ido, menos el hombre del muelle. La naturaleza es su única compañera en la ahora noche. Las estrellas lo observan, inmóvil. De vez en cuando el agua golpea la orilla; el vaivén del río que viene y va con su propio ritmo.
Cuerpo erguido, cabeza en alto y manos en los bolsillos, soportando la brisa fresca y ajeno al canto de los grillos. La imagen de quien, ensimismado en pensamientos lejanos, se vuelve un pensamiento más, casi un fantasma para los demás.
Y volverá cada noche, ni bien caiga el sol. Habrá quienes lo vean, y quienes no. Asegurarán algunos que siempre está y otros que es pura imaginación. Pero el hombre del muelle no se moverá, estará allí. Al menos hasta que alguien lo libere del dolor y le permita vivir sin necesidad de pedir perdón.

15 de marzo de 2008

De la vez que se cometió un asesinato en lo de don García

En reiteradas ocasiones he tenido la dicha de escuchar a don García, cantinero del pueblo, con post grado de domador de borrachos y doctorado en apaciguador de disputas, de la vez que se cometió un asesinato en su boliche, justo en la mesa delante de la barra de madera, entre la mesa de billar y el pasillo que da al baño.
Era de tarde pero el sol aún no había despuntado su vicio diario de esconderse y con el aire fresco que entró al abrirse la puerta de calle, ingresó un hombre de buena estatura, morochón, de ojos achinados pero firmes, pelo duro como pincel viejo y una enorme cicatriz en el mentón.
Llegó solo, o bien, eso parecía. Sin embargo, como saben hasta los mocosos, las apariencias engañan. Dijo llamarse Charly Gómez, procedente de muy lejos, ansioso por una buena cerveza y un par de aceitunas pa' picar. Si había pan mejor, porque hacía rato no probaba bocado, pero si no había no importaba, porque lo importante era haber llegado. Dicho esto, se dirigió a la mesa más cercana a la barra, con su vaso de cerveza y el platito de aceitunas.
Como todo foráneo, fue inspeccionado de arriba a abajo por los presentes, eso si, sin que se enterase. Porque Charly Gómez no tenía pinta de buenos amigos. Y la cicatriz en el mentón era como un cartel de peligro que espantaba al más valiente. Claro que en la cantina no era que sobraban justamente.
Si algo puede tildarse de normal, hasta entonces todo indicaba que lo era. No era más que un extraño en el pueblo tomando una cerveza y escupiendo al piso unos carozos de aceitunas. Lo torcido empezó ahí mismo, tras la cuarta aceituna. Todavía la tenía en la boca en realidad cuando al que él llamaba Jony, se hizo presente.
- Creí que no me seguirías hasta aquí, Jony - dijo Charly Gómez, ante la atónita mirada de los presentes, dado que no había nadie allí haciéndole compañía. Don García y los demás parroquianos miraron a cada rincón del boliche y los rostros eran los mismos rostros tristes de cada día.
De repente Charly Gómez se levantó de su silla de un solo movimiento, tan brusco que casi voltea la mesa. Giró y se quedó de pie observando el lugar vacío donde hasta hacía medio segundo, estaba sentado. Y dijo:
- Nunca escaparás de mi Charly. Juré perseguirte por pampa o montaña, arena o mar. Es hora de acabar con esto.
Charly se sentó inmediatamente y mirando hacia donde recién había estado parado, vociferó furioso:
- ¡Escúchame lo que digo Jony, escúchame bien! Deja todo en el pasado, si es que...
Entonces Charly o Jony, en definitiva, el hombre de la cicatriz, volvió a pegar un salto desde la silla y casi en una misma acción, giró y quedó mirando hacia la mesa:
- ¿Si es qué Charly, si es qué? ¿Charly Gómez me amenaza? ¡A mi! No sabes en lo que te metés.
Otra vez corrió a la silla.
- Se con quién me meto. Quieres acabar con esto, lo acabaremos.
El aire se puso aún más tenso de lo que estaba. El humo del tabaco pareció abrirse. Don García recuerda el ruido de un vaso al caerse en una mesa del fondo, pero nadie se inmutó. Algo iba a suceder, el diálogo estaba extinto.
El hombre de la cicatriz volvió a pararse y esta vez al girar desenfundó un revólver que llevaba escondido entre la camisa y el pantalón. Las manos se movieron rápidas y el cañón apuntó a la sien. El disparo rugió de tal forma que temblaron las paredes y los oídos más próximos quedaron aturdidos. Sobre la mesa, con abundante sangre cubriéndole la cara, yacía sin vida el que dijo llamarse Charly Gómez.
El comisario tomó declaración solo a los que podían mantenerse de pié. Nadie dudó que previo a la disputa se había zanjado un duelo verbal. Los parroquianos declararon que Jony, del que se desconoce el apellido, había matado a Charly Gómez. No tenían dudas de ello, porque el hombre de la cicatriz se había levantado de la silla para disparar. Si lo hubiera hecho sentado, el muerto sería el otro. El comisario terminó de interrogar a los presentes y a don García y preguntó si le estaban tomando el pelo. Todos se miraron sorprendidos. El comisario se fue desorientado, a sabiendas que por la mañana tendría que dar cuentas por un homicidio en el cual víctima y homicida, eran a su criterio, la misma persona.
Al llamado Charly Gómez, del cual nadie reclamó su cuerpo, lo enterraron en el cementerio del pueblo, en tierra y bajo una cruz de madera, que tenía sus iniciales grabadas. Jony sin apellido fue declarado prófugo de la justicia y al día de hoy jamás fue encontrado.

8 de marzo de 2008

La Pregunta

Y allí se encontraba, tras mucho andar. Qué lejos parecía el día que salió de su casa, sabiendo que se lanzaba a una travesía difícil, sin descanso alguno. Pasó penurias, comió lo que podía y cuando podía; los días lo vieron pidiendo monedas para los pasajes, cuidándose de los desconocidos en cada nueva parada, durmiendo con los ojos abiertos. Lo regocijaba el saber que iba a saber la verdad. Porque se dirigía al Sabio. Y el Sabio tenía todas las respuestas. Había meditado su pregunta una y mil veces. Soñaba con las palabras que saldrían de los labios divinos de este ser eterno, dueño de los años y amo de todos los conocimientos. Imaginaba su cercanía, su majestuosidad. Abrazaba en su corazón la esperanza de obtener la respuesta deseada. Esa con la que se levantaba cada día y se iba a acostar cada noche, y con la cual convivía durante la dura jornada, en la que se ganaba el pan y el cielo.
El templo, ahora, se rendía a sus pies. Había llegado y allí se encontraba. Las últimas cuarenta horas las había pasado en una cola interminable, rodeado de rostros fatigados, avejentados por el cansancio y la incertidumbre. Qué misteriosas consultas pululaban en esos rostros; qué respuestas esperaban oír. A él no le importaban en realidad, no eran más que actores secundarios y esta era su obra. Y qué eran cuarenta horas tras cinco semanas viajando hasta los confines del país. La gran puerta se abriría para él, tarde o temprano. Y cuando el chirrido de las oxidadas bisagras inundara el aire haciéndole saber que su turno había llegado, tendría más fuerzas que nunca. Una hora más, dos quizá. El tiempo era un decorado.
Sombras movedizas jugaban a sus pies, trayendo formas inverosímiles. Su mente les era ajena. Nada lo separaba ya de la entrada. Era el próximo. Era el fin del viaje. De repente, la puerta cedió y fue como si el interior lo inhalara. Casi no sintió sus piernas avanzar, pero supo que lo hacía. Si alguien le hubiese dicho que flotaba, le creería sin dudar. Pero quién le creería a él dónde había llegado. Imponente, radiante, inmaculado, irradiando paz y serenidad, se erigía ante su persona el Sabio. No era un sueño ni una alucinación, apenas una exhalación de aire los separaba. Cortaba la respiración y el tiempo, antes un decorado, ahora ya no existía. Se había detenido, huido. Y la voz dijo, calma, suave, arrullante: ¿Cuál es tu pregunta, hijo?
La pregunta, la única que podría formularle en toda su vida, en su única y última peregrinación a la gran puerta; la pregunta. Esa que había soñado con decir, de la que anhelaba una esperanzadora respuesta. La pregunta. Y sin más, sabiéndola de memoria de tanto repetirla en su cabeza, mañana tarde y noche, la expulsó, casi en una súplica, un ruego de amante ignorado, de amor no correspondido, una espina clavada en lo más profundo de su ser: ¿la Jacinta... la Jacinta Gómez, me quiere?.

13 de febrero de 2008

El obituario

El obituario me llegó por correo, una mañana de mucho calor. Lo presentí incluso antes de abrir el sobre. La carta escrita a mano que lo acompañaba era muy escueta, como hecha por obligación, creyendo quizás que el solo recorte de diario era incapaz de ilustrarme lo que había ocurrido.
Viajé un par de días después. Tomé un colectivo que tardó varias horas en dejarme de nuevo en casa. En mi ciudad. La que me vio crecer. Donde compartí mis juegos, mis primeros secretos, mis sueños nunca realizados.
Una suave brisa me recibió en una solitaria esquina. La mañana recién despuntaba y no había –prácticamente- nadie en las calles. A una cuadra observé gente esperando, quizás, un colectivo de fábrica. Pero nadie me vio a mí. Caminé escuchando mis pasos por las arruinadas veredas de mi Villa Constitución. Y a los pocos minutos me detuve frente a una puerta que estaba en todas mis noches.
La madera desgastada, la pintura saltada. El mismo timbre, que otrora luciera alto e inalcanzable, ahora me contemplaba en pícara calma. Pero no funcionaba, hacía años que era un simple adorno. Las raídas cortinas se movieron tras la ventana. Me estaba esperando. Su abrazo fue amor y reproche al mismo tiempo. Nos enjugamos las lágrimas, casi con solemnidad.
Tomamos unos mates. Amargos, como antes. La vieja pava seguía siendo vieja y eso me brindó tranquilidad. Al mundo lo pueden sacudir terremotos, arrasar incendios forestales, devastar guerras, pero hay cosas que no pueden cambiar, al menos para estar seguro que nada de lo vivido fue producto de la imaginación.
En el patio, la antigua cerca estaba en su lugar. El gallinero también, aunque vacío. Por un momento, fue espiar el pasado. Tuve que cerrar los ojos y sujetarme con fuerza, porque los recuerdos me marearon, llegaron con una intensidad tan grande que estuvieron a punto de derribarme. De repente había niños delante de mí y corrían y reían y eran tan felices… el sol los iluminaba y parecía jugar también con ellos; el mundo era de ellos, la vida no tenía límites, no había nada más...
El almuerzo estuvo bien y cómo no podía estarlo. No hay mejor comida que la que se hace en casa. Lo mejor fue la charla de la sobremesa. Me puse al tanto de todo lo que había pasado en este tiempo en la ciudad. La rotación de vecinos en el barrio, los arreglos en la plaza del centro, los conocidos que se habían postulado en cargos políticos que jamás me hubiera imaginado, los negocios que habían cerrado (¿en serio? preguntaba realmente sorprendido ante cada anuncio), los que habían abierto… ¡hablamos de tantas cosas!
Pregunté por mis amigos y supe de cada uno. Me alegré por ellos. No voy a ocultar que se me cayeron varias lágrimas, pero de felicidad más que nada. Quisiera verlos a todos, pero no creo que tenga la oportunidad. ¿Me querrían ver ellos? No sé, hace tanto que los dejé, que me fui; y ni siquiera crucé una carta ni una llamada por teléfono. Es que uno se engaña, se promete para el otro día lo que no es capaz de hacer en el momento y ese demorar se vuelve eterno y tonto. La estupidez es lo que nos hace humanos, tristemente.
Tuve toda la tarde para reflexionar, para comprender lo que había hecho bien y lo que jamás podría remediar. Hubo más mates, masitas caseras, riquísimas, la misma receta de siempre, con el aroma que recordaba impregnando el aire de la cocina y el sabor de la manteca mezclada con una pizca de limón acariciando el paladar.
Antes que cayera el sol, salimos a caminar. ¡Qué hermosa estaba la ciudad! ¡Sus calles, las casas, el color, las plazas! Muchas sorpresas, más lágrimas, más recuerdos. Hasta el puerto cabotaje ya no era el mismo, ahora estaba lleno de vida. Autos por doquier, rostros que me parecen traídos de un pasado muy lejano y que me cuestan identificar. Nadie me reconoce. Raro sería si lo hicieran. ¡Han pasado tantos años!
Mientras el sol se oculta, voy sintiendo un hormigueo por dentro. Una sensación de pertenencia me asalta y me abraza. La ciudad se vuelve parte de uno sin que nos demos cuenta; se transforma en nuestro lugar en el mundo, en el refugio dónde reposan los recuerdos, las caras amigas, las infancias ausentes. La ciudad, al final de cuenta, es uno, somos todos. Y el sentimiento nos liga y estrecha, nos rodea y resguarda.
Quiero ver todo al mismo tiempo, abarcar todo con la mirada. Todo deslumbra, todo brilla. Todo es nuevo y a la vez no. Nostalgia y presente se funden en una misma realidad, en un mismo sueño. Y la noche que comienza a caer. Y con ella, viene el aire fresco. La necesidad de buscar el refugio del hogar.
Entonces, comprendo, es el momento de la despedida; del último abrazo, las últimas lágrimas enjugadas al unísono. El momento de decir adiós a todas las cosas, de ver y mostrar, las últimas sonrisas. Todo será recuerdo muy pronto.
Dice querer acompañarme. Quiero rehusarme, pero al final cedo. Entramos juntos al cementerio. Mi piel está fría. Suspiro profundo y le pido seguir solo. Me entiende y me deja ir, como hace muchos años atrás, cuando dejé la ciudad, cuando me fui de ellos, de todos. Otra vez, no le quedó opción. Supongo, derramó nuevas lágrimas. No tuve el valor de girar la cabeza.
Cerré los ojos y caminé lentamente y así, me fui perdiendo entre la oscuridad y la niebla de la joven noche. Así me fui encaminando hacia la última morada.
No me voy a engañar, lo sabía desde hacía mucho tiempo, solo que me costaba asumirlo. El que había muerto había sido yo. El obituario simplemente lo confirmaba. La noche finalmente cayó con todo su peso y me borró de la realidad. Ahora soy parte de sueños, de recuerdos, hasta que un buen día, ya sólo quede el olvido. Hasta entonces, seré parte de la ciudad, de su gente, su memoria.

El sueño del hombre

La ciudad le pasa a su lado, y él, indemne al viento, olvida el sueño y emprende el camino. Lento. Desganado.
Por un momento, soñó ser pájaro. Viajar muy alto, ver todo con los ojos de un dios, caer en picada y sentir el cielo huyendo. Soñó con ser libre.
Ya con los ojos despiertos, deja atrás la calle que cada mañana lo ve partir. El sol abraza fuerte la tierra, la quema y el ardor se eleva en el aire. Está de nuevo en la tierra de sus días, de la que nunca despegó.
Cada día es un nuevo intento por vivir. Y para ello, debe sobrevivir. Triste juego de palabras que da por resultado realidad. Y en su tormento diario, el peso de ser alguien que no quiere ser.
Con existir no le alcanza, quiere ser una ilusión. Pero debe conformarse con ser una justificación. Debe ir a su trabajo, cumplir un horario, volver a su hogar y comprender. Comprender que hay un mundo alrededor. Y ese mundo es el que gira olvidándose de él. Como un carrusel sin sentido, que amontona polvo y engranajes desgastados en un último viaje circular. Pero interminable, cual pesadilla.
La vereda lo arrastra en la agobiante mañana. La ciudad camina a su lado, pero en sentido contrario, sin detenerse. Rostros conocidos, miradas familiares que despiertan cientos de recuerdos. Pero todos muy lejanos, como que llegaran de otra galaxia, de otra vida y no la suya.
Y en el repetir de sensaciones, esa soledad falsa, agobiante y descarada, que se infiltra en las grietas del inconsciente. Le oprime el pecho y clava puñales en el resto del cuerpo. Son aguijonazos. Pequeñas muertes. Pero desaparece como por arte de magia, el dolor llega y se va. Acaricia la herida, lame la sangre como un vampiro enamorado y elude cualquier pensamiento, para no volver. Y llega otro dolor, porque nunca es el mismo. Y la historia, minúscula, casi imperceptible, arrasa una y otra vez.
Y es allí, en esa interminable serie de compases que no escucha, de una música que nadie jamás ejecutó, donde desaparece para no ser más él. Y se transforma en el obrero que camina hacia su jornal.
Entonces, su verdadero yo, el que anhela ser libre, se encarama en el primer rayo de sol y le roba las alas a un espejismo y sueña.
Sueña que vuela y se funde en el cielo azul, dejando atrás el calor sórdido del infierno que baila bajo sus pies. Y suave, se confunde con una brisa y desparrama su ser sobre la ciudad. Allá abajo camina alguien hacia su trabajo y otros miles y miles con vaya saber que intención. En el aire, su corazón cobra vida porque él es libre, y la ciudad, cada vez más chiquita, parece sin embargo mucho más grande.

Sobresalto

Me desperté agitado, confundido, sin saber dónde estaba. La sensación de agobio se combinaba con la de falta de aire; el sudor seco del miedo acariciaba con frialdad la piel. Tragué saliva, volví a mirar. A mirar intentando ver. Escudriñé mi cuarto y sus sombras de siempre. De a poco los ojos me fueron devolviendo la realidad. Más calmado, moví un primer músculo y luego todos los demás se relajaron. Encendí la luz del velador. Todo estaba como debía estar. Los muebles en su lugar, las telas de araña en sus respectivos rincones y el televisor en su endeble pero fiel mesa. El mundo seguía en órbita y la tranquilidad me abrazó en silencio. Suspiré y volví al sueño.
La sangre que corría sobre los pisos de las habitaciones lindantes, fue en todo momento ajena a mí.

9 de febrero de 2008

Decisión

Me sucede muy a menudo que cuando camino por la luz, siento mi interior oscuro. Entonces, me cruzo a la sombra, pero por desgracia cuando lo hago, una especie de ceguera blanca me ataca y destellos furiosos me obligan a salir hacia donde me ilumina el sol. Caminar se convierte en una disyuntiva: el malestar interno o el dolor físico, el sentirme mal o el miedo a quedar ciego. Es así que motivado por razones más que comprensibles, e intimidado a un grado de cobardía inédita en mi persona, he optado por lo más saludable: No volver a caminar.

20 de enero de 2008

Con el alma

Caliente como el fuego, arde en tu garganta. Se agiganta. Crece como un monstruo y aterroriza por doquier. El mundo se mueve bajo tus pies. Todo estalla en mil partes. Parece el fin del mundo; que el mismísimo infierno se abre paso entre las brechas de azufre en medio de una agonía generalizada. Pero no es ni una cosa ni la otra. Recién, cuando el abrazo de tu compañero de asiento, te devuelve a la realidad comprendes lo que es: Un verdadero golazo.

25 de noviembre de 2007

Libertad

Libertad, en el canto de las cosas
en el ocaso de los vivos, las miradas
en la gente que no vive, que no sabe
en los que lloran y en los que ríen
Libertad, en el pesar de los días

Libertad en las noches largas, solas
de pobres sin techo y ricos sin almas,
de niños grandes y trabajos chicos
de meses eternos y extras sin pagar
Libertad en las mujeres buenas, duras

Libertad, de acero y sol, en cantos sordos
con marchas y utopías de bolsillo, sin ilustrar
con sueños y desvaríos, que se hacen de andar
con afines y demás, de no callar y avanzar
Libertad, de corazón y piel, en ideales firmes

Libertad, con palabras grandes, risas
sin miedo al dolor, a la represión,
sin miedo al cielo, a la resignación,
sin miedo al terror, a la violación
Libertad, con grandes deudas, llantos

Libertad, de una historia por nacer
hija del ayer, del amor, de vos
hermana de la fe, del no olvidar
madre de la lucha, de la fuerza, de todos
Libertad, de un presente y un futuro

Revolución

Nos equivocamos y culpamos al azar; sin embargo, sabemos, escogimos un mal momento para soñar. Tristeza al hombro, marchamos sin mirar atrás. El silencio de las lágrimas nos acongoja y el pecho se nos estemece bajo un vano intento de sobrevivir. No hay reproches al cielo, no hay insultos al viento. Solo resignación.
Lejos, el grito de libertad cae bajo el calor de las armas. Las últimas esperanzas resuenan entre lamentos. La lluvia oculta las almas derramadas en color bermellón. Todo se diluye. Todo se esfuma. Tacos se repiten en las veredas. La pesadilla se consuma y en ella, el acero es rey.
¿Sobrevivimos? No lo sabemos aún. Tan solo nos inmuscuimos en la oscuridad, temerosos de pensar, incapaces de hablar, avergonzados de saber, que ya no queda más que la ceniza de una idea, de un sentir. El mundo nuestro, sin el canto de las furiosas bestias, se rinde tras las altas colinas.
Bajo las estrellas, de un descampado más, dejo de existir.

2 de septiembre de 2007

Pequeñeces

De día, la noche duerme
bajo condena, de no salir
tras el ocaso del astro rey
que la vigila sin sonreír

Nubes blancas la consuelan
y la invitan a soñar
pero teme no volver
a sus estrellas beber
y que sus andanzas tras la luna
atrás puedan quedar.

Y el sol desata su furia
con huracanes de colores,
mientras el firmamento tiembla
y la noche se esconde
del pánico que siembra.

En el viento una plegaria,
es la fuerza del cosmos,
son los planetas más lejanos,
y las constelaciones consternadas
Todos observan, ojos mundanos.

El sol se ha hecho hombre
y desafía a la pobre noche
Mientras los dioses valientes,
dormitan en el ancho universo,
más ajenos que presentes
en la disputa de estos niños
en el jardín del color ausente.

La noche finalmente obedeció
y nunca más osó salir
cuando el sol reina en lo alto
ella duerme en su propio no existir.

9 de agosto de 2007

La tormenta

El viento comanda la tropa empujando con saña. El joven agacha la cabeza y siente el peso del casco contra su nuca. La lluvia empapa la vista y el barro corrompe la saliva. Escupe pero no alcanza. Se traga el humus, el suelo que pisa, revuelto en agua y sangre, desnudo de pasto y helado por la intemperie. Sus botas ya no hacen pié. Se hunde, tanto o más que su espíritu, su dignidad y ánimo. La rodilla se empantana en el lodo. El jadeo es constante, las fuerzas nulas. El pecho se agita bajo la vestimenta mojada, que pareciera destilar litros y litros de agua sucia. Ya no quiere seguir. Quiere plantar bandera. La suya. No la de los demás. Quiere dar el paso al costado que sabe no lo dejarán dar. Quiere su casa, su gente. Pero le han dicho que para ello, debe luchar. Y ahí está. Agobiado por el esfuerzo, sintiendo el viento que lo empuja en medio del temporal. Ya no distingue lo que lo rodea. Todo es tormenta y a la vez tormento. Sus compañeros son figuras difusas cuyas voces repiquetean alrededor, casi en forma de eco. Algunos corren, otros ya no se moverán jamás. El joven aprieta los dientes y lo decide. Se arroja al suelo, extenuado. Se entrega al sueño y la desesperanza, vaya saber dónde y cuándo. Pero una mano lo levanta desde el cuello. La mano es robusta, es dura, cruel y la voz que lo aturde es ronca pero clara. Lo incitan a seguir, a moverse. Todo es grito. Todo es dolor. Hasta el último músculo de su cuerpo. Y se pone de pié y es cuando lo siente. El aguijonazo en la frente, el último haz de luz en sus ojos, esa chispa ténue pero segura que es la muerte, colmando su ser, saciando su sed, vistiendo sus esperanzas desnudas. Un hilillo de sangre recorre el rostro y barre a su paso el lodo y las lágrimas secas.
Esta vez nadie lo levantará. Es una figura más en un escenario ajeno a sus sueños.

Huérfanos

Decepcionado salí. El aire puro del exterior me devolvió la obnubilada vista. El pesar me abatía, me revolcaba interiormente y oleadas de furia desataban un tormento innecesario en el corazón.
Dentro, no había encontrado lo que buscaba. Por más que preguntara una y otra vez, la realidad se empeñaba en mostrarme lo mismo. Y entonces, desistí.
Las placas fuera de las salas decían distintas cosas, pero en fin, eran lo mismo: especialistas en riñones, en corazón, en oídos y garganta, otros en pulmones, otros en espalda, en piernas, en piel, en la vista, en el cerebro... y así. Cada parte, una especialidad. Y no aguanté más. Huí.
Porque nadie se especializa en lo más importante.
En el ser humano.

24 de julio de 2007

Aprender

Y ella me dijo: "Ninguno de nosotros aprende nada, a eso voy. Aprendés a sentir dolor y miedo; pero no a vivir con lo malo que nos pasa".

Le digo gracias.

21 de julio de 2007

Balas

El dolor quiere salir pero aún resisto y no ceso en la lucha. Me ataca con ideas de aspecto sombrío. Me lanza hacia el pavimento a recibir el choque de pesadas llantas, me empuja al precipio de una azotea desteñida por falsas ilusiones o me invita a beber el último aliento de vida de una copa envenenada. El dolor me quiere llevar consigo. Lejos, muy lejos. Dónde el viento no sople y solo se escuche el cantar del silencio y el desamparo, y el llanto de los condenados y los aún no muertos. Un lugar tan feo como la vida pero menos real. Pero aún resisto. Sin embargo siento la trinchera cada vez más endeble. Y ya no tengo soldados que la reconstruyan. Estoy solo y las balas silban cerca. Y el dolor habla, susurra, invita. Nadie lo llama al silencio. Es dueño y señor. Es quien gana siempre la batalla, por más que luches...

21 de junio de 2007

Sin tí

Acabo de morir, lo sé.
Lo acabo de ver en tus ojos.

Cierro los míos y evoco tu imagen: Giraste y te fuiste.
Y yo quedé aquí.

Y el dolor se instaló en los dos. Porque eso se comparte.
Me siento muerto, no sé como te sentirás vos.

Caigo de rodillas y me largo a llorar.
Solo ruego que vuelvas, pues sólo tus manos podrán asir mis hombros y levantarme.

En tanto, seré nada.

10 de abril de 2007

Divagaciones a la luz de la oscuridad

La soledad no como la muerte o una aproximación a la misma. La soledad como desamparo y desolación, abrigo de la tristeza y el desconsuelo.
La muerte, el vacío de la misma, es la resignación. El saber que se puede y no intentarlo, resignarse a no querer ser lo que se puede ser, a no hacer lo que se puede hacer, a aceptar las cosas sin siquiera intentar pensarlas, y ni hablar, de cambiarlas.
La verdadera muerte, sin embargo, más allá de metáforas o aproximaciones, es el olvido. Porque aún fuera de este mundo físico, en lo espiritual, en los recuerdos, aquel que partió, aún vive. El olvido o la falta de quien lo recuerde, la no perduración, es el vacío, el tránsito final hacia el infinito sol oscuro que no resplandece.
Un agujero negro de real soledad, resignación y olvido.

8 de abril de 2007

Un ayer

La lluvia se llevó lo último de mí. Ni lágrimas quedaron. El ser que era un difuso rayo de confusión penetró en el olvido. Y ya nadie lo recordó.

21 de febrero de 2007

Suspectum

Sospecho de la perfección como lo hago con la inocencia. Sospecho de un día sin complicaciones, deudas, sinsabores y frustaciones. Se que el sol brilla, pero tan solo hasta que llega la noche o bien, las nubes lo cubren. Pero es nuestro punto de vista el que lo hace mortal. A lo lejos, él reina sin saber del tiempo y los obstáculos. Pero acá, bajo este cielo impune, tan inocente como culpable, claro y gris al mismo tiempo, impávido e ingrávido de tormentosos deseos, me inmiscuyo en meditaciones despiertas, de fracasos cercanos como la piel misma. Y sentencio que, sin importar lo que me digan, la perfección es un invento, una ilusión de algunos, para que nos sintamos menos. Y ya no la anhelo, no la quiero. Sospecho de ella. Sospecho que exista. Sospecho que tan solo sea algo tan difícil de alcanzar, que una vez logrado el objetivo, sabiéndola nuestra, se esfume, se haga humo y nos quede, ante nuestra atónita mirada, un sinfín de sentimientos encontrados, perdidos, huérfanos, inocentes. Y entonces, de rodillas al mundo, jugada la última carta, tan solo nos reste aguardar la caída del filo. El dolor.

19 de enero de 2007

El barrilete

Ayer, cuando Jony era niño, jugaba con sus barriletes todo el día. Había aprendido de su padre, instructor paciente de su inocente pasatiempo. Su mundo era mágico, la caña se fundía con el papel y los colores parecían cobrar vida. Cada barrilete era especial, tenía su historia, sus buenos momentos. Pero había uno en particular, de un azul muy pálido y flecos oscuros. Una tarde, el viento bárbaro batalló como ninguna otra, y el duelo en el aire, que a nuestros ojos es tan solo una danza agradable recortada en el cielo, fue del milenario dios. El hilo se cortó y Jony fue testigo de la triste partida. El barrilete subió y subió hasta que al final, se perdió en la nada. Y él lloró, como llora todo niño cuando pierde lo que quiere.
Hoy, Jony comparte un lugar junto a otros tantos ancianos que añoran desde la ventana algún vestigio de sus vidas. Y ven, miserablemente, que casi no los hay. Como un cigarrillo que queda descuidado en un cenicero, la vida se consume. Avanza de la misma manera que vemos la degradación del cigarrillo en colilla. A Jony le parecía que en su caso, sucedió casi volando. Extrañaba a su gente, a sus seres queridos. De vez en cuando lo visitaban, pero no era lo mismo estando confinado a las mismas paredes, como si fuera un preso. Su único delito había sido sobrevivir a los años.
Pero esa tarde, parecida quizás a otras mil tardes más, fue, sin embargo, diferente. Jony había salido a dar un paseo corto por el patio y ahora estaba quieto, inmóvil, a mitad de camino. El término petrificado es el correcto. A sus pies, sufriendo por quebraduras en su cuerpo, desgarrado por el tiempo en sus partes más frágiles, estaba su barrilete, aquel que una tarde el poderoso y brutal viento se había llevado jovialmente. Allí estaba su compañero de la infancia, ese que había creado con esmero y amor. Quedaba muy poco de la belleza de antaño, pero ese mínimo reflejo era suficiente para que en Jony siguiera siendo su barrilete especial.
Había vuelto solo para despedirse, para decirle que ya no iba a emprender ningún otro viaje. Su estado lo dejaba en claro. Con mucho esfuerzo, pues la cadera no era la de hace un par, o mejor dicho, tres décadas atrás, y ya las rodillas no lo sostenían, Jony se agachó y tomó en sus manos a su amigo fiel. Había vuelto para despedirse, para decirle adiós. Por la mejilla de Jony corrió una lágrima y comprendió, que pronto llegaría también su hora de dejar de sobrevivir, que el tiempo es tirano y la vejez verduga. Al menos, ahora, no estaría solo. Alguien había regresado, como por arte de magia, a su vida. Y la partida, cuando llegara la hora, sería menos dolorosa. Y Jony sabía, que para ello, no faltaba mucho.
Miró el cielo y se dio cuenta que faltaba algo, justo lo que tenía en sus manos. Sonrió, por los viejos momentos, y juntos entraron a la casa, pues ya se estaba poniendo frío.

12 de enero de 2007

Soledades

Abro los ojos.
Oscuridad.
La nada abarcando todo, mientras escucho el silencio, su gemir callado.
Un destello nace de su no existir. Tiembla, parpadea. Y al final, cobra vida.
Ahora la luz cruza perpendicular mi cielo.
Interrogo la puerta. Me responde el vacío.
Sudo. La piel se eriza, quiere escapar. La retengo. Hago el mejor esfuerzo.
¿A quién espero encontrar?
Cierro los ojos. Imagino que pronto la luz morirá, como mueren todas las cosas. No me detengo a pensar en su efímera existencia, pues todas las existencias lo son. La oscuridad volverá a tender su manto, pero para entonces ya no podrá encontrarme. Estoy detrás de esos párpados alados, escondiéndome en mis sueños, volando hacia mis pesadillas.
Me sumerjo cada vez más profundo, escalón a escalón. Los fantasmas no pueden alcanzarme.
Del otro lado, en la oscuridad, el silencio, vive el recuerdo, el dolor. Y me busca. Me condena.
Piensa en mi, rescátame, hoy no soy más que un prófugo eterno de la locura.

11 de enero de 2007

Refugio

Son esos días opacos que ausentan alegrías. Días en que aquellas cicatrices sin cerrar, a veces en heridas que no recordamos, supuran de dolor. Perdemos la brújula y el sinsentido se apodera de la razón. O acaso solo recupera el timón. De una u otra forma, el mar nos lleva.
Vamos a la deriva, en sutil naufragio. Nos sumergimos de a poco en aguas de alcohol. Los canales internos se riegan de olvido y en la sangre no queda más que resignación.
Entonces, en la primera oportunidad que uno se hace (la batalla es dura, ardúa y nefasta), busca su refugio. Casi siempre son las letras. Nuestras mejores amigas. Y una vez en él, se lee claramente, ya sin lentes borrosas, un recordatorio fiel, necesario: "Son esos días opacos que ausentan alegrías. Días en que aquellas cicatrices sin cerrar..."

15 de diciembre de 2006

Por siempre

La veo tendida a mis pies en sumiso sueño.
Obediente silencio que es compasión de la muerte.
Las estrellas no lloran lo que no sienten ni objetan lo que no han visto.
El rocío es escenario secundario. Olor a pino en el aire.
A los lejos, un ulular histérico vaticina la pesadumbre.
Ella sigue a mis pies. Se fue, llevándose las respuestas.
Quedarán las penas y viviré con ellas.
Por siempre.

2 de diciembre de 2005

Colores felices

Me miré a mi mismo al espejo, reflejo cansado y austero, un rostro demacrado y torturado, tan falto de alegría como de encanto. Del otro lado de la lona, chiquillos reían y aplaudían antes del comienzo de la función. Alguien entró al camarín y volvió a recordar a viva voz que ya estaba por comenzar. Así era cada noche de cada semana, de cada mes, de cada año... así era mi vida, me gustara o no.
Pronto la música se haría sentir y los sonidos de trompetas irrumpirían por todo lo alto, y ya nada sería como es. La tristeza a un lado, como siempre; las penas al cesto de basura y una falsa alegría iluminando una cara, bañada de colores radiantes, que ya no era la mía.
La ilusión de los pequeños; mi muerte en cuotas. Payaso soy, solo para esconder mi dolor y disfrazar tanta tristeza entre trajes graciosos y zapatos enormes. Y los colores, no olvidarse de los colores...
En fin, la función va a comenzar... una vez más.

26 de noviembre de 2005

Adiós

Estrellada la noche que vertía sobre mi ser su voluntad extensa y multitudinaria, de puntos brillantes y luces inalcanzables, mientras el vaivén leve e imperceptible del gigante bajo mis pies me alzaba suavemente por sobre la borda, para que mis ojos, tristes y enrojecidos, poco acostumbrados a las penumbras y sus formas, buscara en vano un punto en el horizonte, siendo en todo momento inútil diferenciar la oscuridad de la nada, y la nada del todo que rodeaba aquel mar tenebroso y desafiante, que llamaba con fiereza a mi corazón, induciéndolo a la locura, a calmar las penas, a buscar una escapatoria al dolor, al desengaño y fue así que el frío del agua trepó a mi cuerpo y girando el cuello, sobre el cual caía el cabello mojado, ví alejarse para siempre ese barco, esa silueta enorme que se recortaba en un fondo de realidad que ya no me pertenecía…

El Descanso

La tarde llegaba a su fin y el batir del mar contra la costa adormecía el aire; el sol latía sin fuerza, como una artería a punto de dejar de bombear. La tarde se moría. Llegaría pronto el lúgubre avanzar de la noche, aunque las sombras de la misma, que son más oscuras, tétricas y asfixiantes, aún estaban lejos de atropellar la costa.
El día había sido largo, más con el sofocante calor. Y la sangre no huele igual en días así. Se seca, se vuelve una costra sucia y olvidada, que con el roce se descascará para dejarse caer, vencida por el tiempo y el descuido
El descanso, era una justicia. El cántaro de agua dejando libre esa pequeña cascada y el refrescante correr por la garganta: la sensación de placer tras la matanza. Matar deja ardor. El agua purifica, siempre lo he sabido.
La noche estaba pronta a caer y con ella, lo sabía, se irían los fantasmas que quisieran vengarse en la primera noche fuera de sus cuerpos.
Me acomodé en la hamaca y me dejé dormir.

1 de noviembre de 2005

Sueños

Quién es quién en estas tierras. La distancia se transformó de golpe en algo tangible y la esperanza en la necesidad de poner el hombro. Aspirino estaba solo, un mundo lo separaba de sus seres queridos y el azul de semanas había dejado paso a las amplias llanuras deseosas de mano de obra. Se ajustó las prendas de trabajo, miró el horizonte y se dijo a si mismo que era hora de empezar a erigir un sueño. Levantó la azada en el aire y cortó el viento de un solo envión.
Su tumba reza hoy en día que fue "un hombre con iniciativa" y lo lloran dos de sus hijos y varios nietos, los cuales solo lo conocieron por relatos y fotografías.
El sueño fue el porvenir de los suyos, en detrimento de los propios. Sin esa azada al aire, no habría quién lo llorara hoy. Aspirino sonríe en alguna parte, como tantos otros.

30 de octubre de 2005

Papi...

- Papi... ¿el abuelo era inmigrante??
- No Carlitos, no era inmigrante.
- Ahh... pero... ¿¿no nació en el norte??
- Si, pero en el norte de este país Carlitos.
- Ahh. Papi...
- Si Carlitos.
- Si yo me voy a vivir a la Luna cuando sea grande... ¿¿voy a ser un inmigrante??
- Carlitos, nadie vive en la Luna.
- Ahh... Papi...
- Si Carlitos, qué pasa ahora?
- ¿La Luna queda en el norte?
- No Carlitos, queda en el espacio.
- ¿Y el espacio queda en nuestro país?
- No Carlitos, no queda en nuestro país.
- Papi...
- Qué Carlitos, qué..
- Ya lo decidí. Voy a ser inmigrante como el abuelo y voy a vivir en la Luna!!
- Carlitos, el abuelo no era inmigrante y no podés vivir en la Luna.
- Ufa Papi, pero el abuelo... mami siempre dice que…
- Carlitos, escuchame bien, mami lo que dice siempre es “indigente lunático”.
- ¿Y no es lo mismo, papi?
- A esta altura Carlitos, me da igual…