Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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23 de enero de 2020

Situación de juego

La situación era simple. Alguien se había robado el dinero. En algún momento, entre que la luz se apagó y volvió, la mano de uno de los cinco que jugaban la partida de poker se alargó hasta el centro de la mesa y tomó los billetes. Todos, al menos, coincidían en un punto: ninguno de los cinco apagó la luz. Fue fortuito, un bajón de tensión quizá. Pero lo del dinero, ese era otro cantar. No era una suma menor, al contrario. Habían estado apostando fuerte. Era una ronda pareja, todos tenían cartas buenas, podían intuirlo en el aire. Las miradas brillantes, los rostros tratando de disimular la buena fortuna, los cuerpos emitiendo señales involuntarias.
Lo que en principio parecía una broma, a esa altura, tras quince minutos de palabras que fueron elevando el tono frase tras frase, era ya motivo para una pelea. Es que ninguno de los cinco la iba a dejar pasar. Y cada uno sabía que los demás estaban dispuestos a lo que sea con tal de defender su dinero. Y aún más el que hubiese robado la plata. Ese estaba dispuesto además, a no ser descubierto.
El primero en ponerse de pie fue Alcides. Si solo se hubiese parado y dejado caer la silla, en señal de enojo, vaya y pase. Pero Alcides además tuvo la idea, mala por cierto, de llevar la mano derecha a la parte posterior de la cintura, dónde los demás sabían, llevaba siempre una pistola.
Los otros cuatro reaccionaron al instante y las balas cruzaron la mesa destrozando la camisa celeste de Alcides con agujeros enormes de los que saltó sangre para todas partes. El cuerpo cayó inerte contra la silla desplomada. La pistola seguía entre el pantalón y la camisa. No había llegado ni a tocarla con los dedos.
El estruendo de las cuatro armas escupiendo al mismo tiempo había retumbado en la habitación. No tardaría mucho en caer la policía. Alguien en el edificio los delataría, no había manera de evitarlo. Gustavo quiso apurar el asunto y se acercó a revisar el cuerpo tendido en el suelo. Pero los demás intuyeron que en ese movimiento escondía algo y volvieron a abrir fuego. Gustavo voló contra la pared, que quedó manchada de rojo. Una mancha que parecía haber estallado a media altura y luego deslizado hasta el zócalo.
Los tres que aún permanecían sentados y con sus armas en la mano se miraban fijamente. Los ojos iban de uno a otro. El menor movimiento en falso iba a desatar otra oleada de plomo. Lo sabían muy bien. Fernando decidió actuar. Dejó de apuntar a los demás y levantó su pistola hacia el techo mientras con la otra mano pedía tranquilidad. Uno de los otros dos asintió con la cabeza. El restante apretó el gatillo.
La bala atravesó el entrecejo con fría certeza. Enrique miró a Luis. Luis miró a Enrique. Uno de los dos había disparado. El otro sabía que haría lo mismo si no actuaba rápido. Dispararon, ambos, al mismo tiempo.
Enrique quedó con el cuerpo hacia atrás, la cabeza ladeada hacia la izquierda. Luis se fue hacia delante y la frente dio de lleno contra el as de corazones que tenía en la mesa.
La policía llegó algunos minutos después. Alertados de los disparos, pero actuando con tranquilidad debido al silencio, derribaron la puerta. La situación era simple. Cinco tipos jugaban al poker y uno quiso cagar a los otros. Terminaron todos muertos. El agente Gutiérrez le buscó el pulso a los cuerpos. El agente Miranda se quedó en la puerta. Cuando la luz se apagó y encendió, Gutiérrez sin saber por qué, desenfundó y disparó. Diría después que creyó haber visto un movimiento extraño acompañado por el ruido del martilleo de un arma. Lo cierto era que Miranda se había apoyado en la tecla de la luz, que estaba haciendo falso contacto. Aunque nunca lo supo.
La nueve milímetros de su compañero le partió el cráneo en dos.

8 de enero de 2020

Diálogos nocturnos

Con Adela nos quedaron cosas pendientes, principalmente conversaciones sin terminar, suspendidas por el cansancio de las noches, o el sonido nefasto del teléfono, que daba pie a otros problemas, a otras realidades, a mundos ajenos que descubríamos de pronto, con voces que nos transportaban a sus confesiones.
Nos tocaba el turno de noche en las líneas gratuitas del Estado para prevención de suicidios y adicciones. Trabajamos a la par dos años enteros. Pudimos compartir cientos de charlas, pero nos quedaron truncas miles más. A muchas podríamos achacarle la culpa los llamados, pero a otras no. Porque en otras, tomamos la decisión de callar angustias, de esquivar heridas, tratando de evitar el daño, la colisión, el desentierro de tantos males. Porque somos eso, tumbas alimentadas por arterias, con extremidades que nos llevan de un lado a otro y un cerebro que se encarga de administrar de mal modo nuestros pesares.
Es increíble cómo la gente trata de matarse los martes a la noche. Era el día de la semana que menos podíamos hablar entre llamada y llamada. Podría pensarse que el suicidio es un pensamiento de fin de semana, pero no es así. Los fines de semana había más inconvenientes para los adictos, que en el último manoteo, antes de ahogarse por completo en el mar de drogas, buscaban en este lado de la línea un salvavidas. Y ahí estábamos, pendientes de cada palabra, de cada quiebre en la voz, de todas las señales posibles, para pausar la agonía, darles un alivio, ayudarlos, al menos, en ese instante, de no sucumbir.
Y entre cada persona que atendíamos, teníamos un tiempo. A veces mínimo, otras más extenso. No obstante, esos diálogos nocturnos - los que teníamos con esos seres anónimos - nos dejaban con el corazón en la mano, la mirada extraviada. Las úlceras no eran por nada. Litros de café en una sola noche, con el fin de aferrarnos a algo. Nadie cuenta con la preparación suficiente para enfrentar la muerte - y sin verle la cara - por más títulos que uno cuelgue en la pared de la oficina.
Pero con Adela habíamos aprendido que las lágrimas entorpecen y la angustia no rescata a nadie. Quizá por eso es que hablábamos tanto. Nos fuimos revelando las vidas, anécdotas, realidades, parejas, engaños, decepciones. Nos abrimos más de lo que hubiésemos debido. Muchas veces me descubrí mirándole los labios, mientras estos se movían, distante mi atención de las palabras, pero absorta en sus gestos. Ella empezó a gustarme. Y creo que ella, comenzó a sentir lo mismo por mí. Las noches se fueron volviendo incómodas, nuestros cuerpos nos avergonzaban, tratábamos de no mirarnos, y lo que antes eran palabras, se fueron volviendo silencios.
Adela pidió el cambio y la trasladaron a un turno diurno. Durante un tiempo mantuvimos contacto mediante mensajes en el teléfono. Pero los fuimos espaciando y finalmente, dejamos de tenerlo. No pude disimularlo. Me cambió el humor, me volví irritante. Incluso me peleé con mi pareja. Me volví una persona ermitaña. Solo salía del departamento para ir al trabajo. Y del trabajo a dormir y encerrarme, con las persianas bajas y sin el menor deseo de ver a nadie.
Hasta una noche, que al levantar el teléfono y decir el discurso de presentación de siempre, del otro lado la voz me llamó por mi nombre. Esa voz de cientos de noches, sollozando. Y yo la llamé por el suyo. Cuánto extrañaba decirlo en voz alta: ¡Adela! Cómo deseaba ver sus labios, sus ojos, su rostro... me distraje en mis ilusiones, en mis caprichos, en ponerme a pensar en todas las conversaciones pendientes que teníamos que concluir.
- Laura, lo siento mucho Laura. Pero no puedo más, no puedo más. Mi vida es un infierno. Me voy. Lo siento tanto.
La línea quedó en un esteril pitido, una nota aguda y extensa, que me atravesó de lado a lado. Cuando reaccioné, lo sabía, ya era tarde. Traté de comunicarme desde mi teléfono, pero no hubo respuesta. Envié a la policía y a los paramédicos a su domicilio, mientras las lágrimas, esas que no servían para nada, caían sin piedad por mis mejillas. Mi nuevo compañero de la noche se acercó a consolarme, pero lo aparté. Él nunca entendería, porque con él todo era silencio. En cambio, con Adela...

3 de enero de 2020

Eso que llaman crecer (ilustrado por Caio Di Lorenzo)

Desde que se supo en la barra que la familia del Carlos volvía al barrio, no se habló de otra cosa. Es que el Carlos había dejado su huella. Tres años más grande que todos, de carácter fuerte y decisiones rápidas, era el líder indiscutido de ese grupo de chicos que deambulaban desde la hora de la siesta hasta que caía el sol por las calles, veredas y la plaza del lugar.
Cuando se fue, a causa de un trabajo del padre en otra ciudad, dejó un hueco que ninguno de ellos pudo llenar. Las travesuras no tenían el mismo color, las amenazas a los chicos del barrio vecino carecían de credibilidad y hasta los partidos de fútbol en la placita parecían sosos.
La barra no se separó, aunque las horas que pasaban juntos, eran cada vez menos. Algunos preferían, antes de aburrirse, quedarse en sus hogares a mirar televisión o jugar con la computadora.
Ilustración de Caio Di Lorenzo
Pero todo cambiaría ahora con el regreso del Carlos. El entusiasmo de los amigos de la infancia era tal que desde hacía una semana que venían juntándose después de almorzar y no se iban a sus casas hasta que algún padre no se asomaba a llamarlos para la cena.
Hacían planes, aventuraban nuevas travesuras y hasta hacían conjeturas de cuán cambiado estaría el Carlos. Algunos decían que tendría el pelo más largo, otros que ya andaría por el metro sesenta, y no faltaba el que pronosticaba que estaría más gordo. Pero nadie dudaba que todo volvería a ser como antes.
Aquel sábado cuando vieron pasar por la calle que entraba al barrio al camión de la mudanza cargado de muebles, los chicos salieron al trote en dirección de la casa donde siempre vivió el Carlos y que, desde la partida de la familia, ocupaban sus abuelos.
Dejaron sus bicicletas sobre el cordón de la vereda y se sentaron a esperar la llegada del amigo. No tardaron mucho en ver doblar hacia la casa, desde la calle principal, la vieja furgoneta del padre de Carlos. Y allí, en el asiento delantero, del lado del acompañante, estaba el Carlos. ¡Si hasta parecía el mismo que se había ido! Ni un ápice distinto. El mismo corte de pelo, la misma sonrisa, la confianza en la postura. Era él y los chicos ya estaban de pie.
La furgoneta se detuvo y los amigos se acercaron a la puerta, sonriendo al chico del otro lado de la ventanilla, que les devolvía la sonrisa y los saludaba con la mano. La puerta se abrió y Carlos, un Carlos más alto de lo que recordaban, pero para nada gordo, se apeó con la gracia de un ganador. Y de inmediato le llovieron los abrazos.
– Gracias chicos, gracias – les decía a cada uno, devolviendo generosamente cada gesto.
– Dale Carlos, apurate en bajar tus cosas y vamos para la plaza – le dijo el Willy, siempre impaciente.
Carlos sonrió. Esa sonrisa canchera que todos le recordaban, con la que sobraba a los chicos del barrio vecino sin que se le moviera un pelo. Los dientes blancos en fila, brillando con cierta picardía, la comisura estirada y los ojos acompañando con una mirada cómplice. El Carlos estaba de nuevo en el barrio, no existía duda alguna.
Y el Carlos dijo:
– Vamos che, que ya tengo quince años. Vayan ustedes, que todavía son chicos. Yo ya tengo otras cosas en la cabeza. Pero les agradezco que se hayan acordado de mí. Vayan, vayan, que acá tengo que ayudar a mis viejos con la mudanza.
Con los ojos tristes y sin comprender, los niños de la barra se fueron alejando. Miraban de tanto en tanto hacia atrás, esperando que el Carlos saliera corriendo detrás de ellos y les dijera que todo era una broma e iría con ellos. Pero el Carlos se había puesto a bajar valijas de la parte trasera de la furgoneta y ni siquiera les dirigía la mirada.
La barrita se retiró en silencio y en la medida que iban pasando por sus respectivas casas, se iba metiendo dentro, desmembrándose cuadra a cuadra el grupo.
De pronto, la barra ya no existía. Como la niñez y todo aquello que perdemos en el camino sin entender por qué.



Cuento publicado en el sitio GComics

28 de diciembre de 2019

Atrapada

La mujer negó con la cabeza. Los ojos buscaban en tanto algún punto de apoyo. Desde hacía horas repetía una y otra vez que ella no había sido. Que todo lo que contaba solo lo había visto. Pero sabía que era difícil de explicar y mucho más, que la entendieran. Sobre todo, cuando no solo había sido testigo de los crímenes, sino que el lugar que había ocupado como tal, era el mismo del asesino.
Las personas en la sala actuaban de modos diferentes. La psiquiatra se mostraba fría y distante, la escuchaba y hacía preguntas simples, directas, sin el menor indicio de empatía. El detective que la había llevado hasta el lugar era el único que le ofrecía agua, pañuelos o trataba de calmar los ánimos de los demás interrogadores. Había otro policía, de rostro agrio y ojos achinados, que sacaba fotos atroces de una carpeta y las arrojaba con violencia sobre la mesa. Eran imágenes de las víctimas, con escabrosos detalles, que harían vomitar a más de uno. Su abogado, en tanto, parecía asustado, acobardado por cada palabra que ella decía.
- Nos confirma señorita Estevez que estuvo presente entonces en cada uno de estos crímenes - señaló la psiquiatra, sin levantar la vista de su libreta de apuntes.
- Si. No. - se tomó la cabeza con las manos, estaba cansada y quería llorar - Si. Pero no estaba físicamente. Cómo le dije, podía ver todo como si fuese mi cuerpo el que estuviera cometiendo esos asesinatos, veía a las víctimas cómo los veo a ustedes acá, pero no era yo, no era yo.
- ¿Por qué no intervino? - ahora el que intervenía era el policía de mal talante.
- ¡Porque no era yo! Podía ver a través de los ojos del asesino, sentía los olores, los ruidos, hasta me daba cuenta de la agitación del asesino, del vértigo, pero solo era una espectadora, no estaba ahí.
- Varios testigos aseguran que era usted.
- ¡Pero no estaba yo dentro del cuerpo! ¿Comprenden? Sería mi cuerpo, puede ser, pero estaba atrapada, solo podía ver lo que pasaba. Cómo si a usted la pusieran delante de un televisor y fuera viendo como alguien va matando a otros, en primera persona.
- ¿Quiere ver de nuevo la grabación de la cámara de seguridad del crimen en la veterinaria?
- No.
- ¿Se reconoce a usted en la imagen?
- Reconozco mi cuerpo.
- ¿Usted escucha lo que dice? Si es su cuerpo, es usted. Me está confirmando entonces, que usted estaba ahí.
- ¡No! O sí. Estaba dentro de ese cuerpo, pero sin poder hacer nada. Ese cuerpo respondía a otras órdenes, por más que trataba de detener lo que estaba pasando, no podía hacerlo.
- ¿Órdenes de quién? ¿Extraterrestres? ¿Fantasmas? ¿Un dios supremo?
- ¿Se cree que estoy jugando?
- ¡Claro que creo que está jugando! Quiere hacernos creer que está loca.
- No estoy loca. No quiero hacerles creer eso. Quiero que me crean lo que les estoy diciendo.
El abogado colocó una mano sobre el brazo de la mujer, transmitiéndole calma.
- Esther... esta gente tiene pruebas, que son las imágenes en video y la palabra de testigos. Es evidente que estabas. Como te sugerí hace un momento, tenés derecho a no seguir contestando las preguntas de este interrogatorio.
- Carlos, no soy ciega. Veo lo que ustedes ven. Imaginate que en estos momentos algo se apodera de tu cuerpo, que seguís viéndome acá delante, que escuchás a los demás, incluso el tránsito de la calle que entra por la ventana, hasta el sonido de mierda que hace ese ventilador de techo que tenemos por encima de nuestras cabezas, imaginate por un instante que seguís apreciando todo eso, pero algo, no sé qué, empieza a mover tus manos hacia un lado y hacia otro. Y vos observás eso, atónito. Lo observás y decís: ¡Qué carajos pasa! Y las manos ya no solo se mueven, avanzan hacia el cuello de la persona que tenés adelante. Ves el rostro estupefacto de esa persona, incluso podés sentir a presión que hacen tus manos. Por dios, Carlos. ¡Sentís hasta el olor que destila el miedo, escapando de sus poros! Y creéme que tratás de detener esas manos, mientras buscás entender lo que sucede, pero no podés ni frenar lo que ocurre, ni entrar en razón. Lo único que podría salvarte, es que todo fuese una pesadilla. Pero todo es muy real, incluso la sangre que sale de las cuencas de los ojos de esa persona. Todo. Y de repente, estás caminando, las manos en los bolsillos, por una calle oscura y peligrosa. Una calle por la que ni en pedo andarías sola, porque sos mujer. Bueno, en tu caso no sé que harías, Carlos. Pero yo no podría ni pensar en transitarla. Pero ahí estoy, con mis tacones repiqueteando a más no poder, llamando la atención a cada paso, y eso es lo que más me preocupa Carlos, que alguien me vea sola y trate de atacarme, pero al mismo tiempo, se que llevo las manos ensangrentadas, que sobre el vestido hay vestigios de sangre, y algo debe tener mi rostro, porque las pocas personas que me cruzo me desvían la mirada, se hacen los que no me ven, se cruzan de vereda, y yo sigo, con paso decidido, sin abrir la boca, sin emitir ninguno de los gritos de auxilio que trato de lanzar, camino hasta una casa y entro, sin golpear antes, sin llamar a nadie por su nombre, y voy directo a la cocina, como si conociera el recorrido hasta ese lugar a pesar de no tener la menor idea de dónde estoy, ni de quien vive allí, o al menos, no saber su nombre, porque veo a la chica, está picando algo sobre una tabla, no tiene tiempo de nada, levanta las manos, se protege con el cuchillo, pero mis manos sostienen algo más letal, que no sé de dónde salió, y se escuchan tres disparos, siento como el brazo y el hombro retroceden en cada explosión, el olor a pólvora, la sangre en los azulejos, el camino de regreso hasta la calle, avanzar con pasos largos, entrar a la veterinaria, degollar a esa chica, volver a la calle, subir a una moto, oh por favor estoy en una moto, en la puta vida me animé a subir a una, pero ahí estoy, sintiendo el viento en el rostro, la adrenalina hecha un torbellino en la cabeza, la impotencia de no poder escaparme y otra vez los pies en el piso, la escalera, una puerta de chapa, un grandote con poco pelo y un tatuaje en el brazo, la mirada sorprendida en un intento de reconocerme y bang bang dos flores rojas en el pecho... y allí cerré los ojos, los ojos de la mente, porque me di cuenta que podía hacerlo. Seguía escuchando, oliendo, sintiendo los movimientos del cuerpo. Una o dos horas, no sé, de ir de un lado a otro, de forcejeos, de gritos, de pedidos de clemencia... y ni una palabra. Ese cuerpo, ese que ustedes dicen que es el mío, y que no me queda más remedio que reconocerlo, ese cuerpo no abrió la boca ni un instante, mientras hizo ese raid de sangre, llevándome como prisionera. Te das cuenta Carlos, que puedo contarles todo lo que quieran de este calvario, pero sin embargo, no tengo para darles ninguna respuesta.
El abogado levantó la vista, hacia los demás. El detective volvió a tender un pañuelo en dirección a la mujer, que lo tomó agradecida, en silencio. El policía juntó las fotografías que estaban sobre el escritorio y gruñó. La psiquiatra de acomodó los lentes y garabateó unas líneas en la libreta.
- Recomiendo su internación, en espera de la primera citación del juzgado - dijo finalmente.
- Sabía que se iba a salir con la suya, lo sabía - el policía golpeó la pared.
El abogado pidió compostura, interponiéndose por las dudas, entre ellos y su cliente.
Solo el detective permanecía ajeno, mirando a la mujer. Se acercó a ella y la invitó a ponerse de pie.
- ¿Dónde me llevan? - preguntó.
- A un hospital, no se preocupe. No irá a la cárcel por el momento.
- ¿Usted me cree?
- Eso no importa.
- ¡Claro que importa! ¿Se da cuenta que puede volver y matarme?
- ¿Y cómo lo haría? ¿Un suicidio?
- Suicidio sería si yo tomara la determinación. Pero si fuese lo que sea que se apoderó de mi cuerpo... ¡sería un asesinato!
- Señorita... por más que le crea... ¿cómo podríamos diferenciar una cosa de la otra?
Mientras la conducían hasta una ambulancia, supo que estaba en un callejón sin salida. Y qué dijera lo que dijera, no podría demostrar nada a su favor. El mejor escondite, es el silencio. E incluso, las palabras, cuando carecen de significado, suenan vacías e inútiles. Sentada en la camilla, en la parte posterior del vehículo, su brazo acercó la mano hasta un botiquín de aluminio. En el interior había un bisturí.
- Crean lo que quieran... - susurró como últimas palabras.


18 de diciembre de 2019

El laberinto y yo (ilustración de Fabricio Garfagnoli)

La pesadilla comenzó al poner un pie en el laberinto del parque, donde había prometido llevar a mis hijos. No éramos de ir muy seguido, pero de vez en cuando, un sábado o domingo, nos subíamos al auto y pasábamos el día aprovechando las bondades de una entrada general todavía accesible y que permitía utilizar todos los juegos, sin necesidad de un centavo extra.

Mi mujer llenaba tres termos, preparaba el mate, elegía cuidadosamente las galletitas dulces de la preferencia de cada uno y así nos asegurábamos una jornada amena, provistos de lo necesario para merendar y lograr que la armonía familiar se trasladase también al parque.

El laberinto era la nueva atracción. Lo promocionaban como natural, con arbustos y ligustros enormes y bien podados. En el folleto publicitario lo definían como un laberinto barroco, con varios caminos sin salida y solo un punto correcto donde salir. Y debo confesar, estaba más entusiasmado que nadie.

Entramos los tres, mis dos hijos y yo (mi mujer prefirió alimentar a los flamencos de un estanque cercano) a las cuatro de la tarde con veinticinco minutos, de ese primer sábado del mes de septiembre de hace siete años. Recuerdo exactamente la hora, porque nos propusimos tomar caminos diferentes y competir por ser los primeros en salir del laberinto.

Observé a Jaime corretear hacia la izquierda y a Mauro doblar en una bifurcación a la derecha. Fue la última vez en mi vida que los vi. Confiado en mi instinto, tomé un corredor por la izquierda, luego giré dos veces a la derecha, volví hacia la izquierda y allí me topé contra la primera vía muerta del recorrido. Lamenté esos minutos que irremediablemente perdería, aunque aún me tenía fe en ser el primero en encontrar la salida.

Estoy seguro de haber avanzado hacia la derecha, girar tres veces consecutivas hacia la izquierda y…, bueno, a partir de allí ya no estoy seguro de nada. Finales abruptos, giros imprevistos, recodos, arbustos en lugares imposibles. Perdí la paciencia, la noción del tiempo, la compostura. Llamé a gritos, pero jamás me crucé con ser viviente alguno. Corrí, caminé, anduve de rodillas. El cielo se llenó de estrellas con la luna majestuosa observando impávida, para luego, horas más tarde, dejar su lugar al sol prepotente, astro rey indiferente. Y la sucesión de ambos me fue dando la pauta que los días seguían su marcha inevitable, mientras mi presencia se limitaba al andar de un lado a otro dentro de un laberinto demoníaco en cuyas fauces me veía atrapado, cual pesadilla infantil de la cual esperaba despertar de una buena vez y totalmente mojado entre las piernas.

Ilustración de Fabricio Garfagnoli

Pero no fue así, no desperté, porque aquello era real. Sentí como el hambre comenzaba a atravesarme. Resignado, arranqué raíces de los arbustos y me alimenté con rabia y desesperación. Los días de lluvia atesoraba el agua como una bendición. Vagaba sin parar por los caminos entreverados, llenos de corredores interminables, delimitados de verde en todas partes y anclados en el fondo de un cielo que se repartía entre celestes, blancos, grises y negros.

Mis días fueron muchos. La cordura fue dejándome en un punto que hoy no creo recordar. Olvidé de a poco los rostros de mis hijos, de mi mujer, de la gente que quería. No dejé un solo día de ir y venir por el laberinto, pero estoy seguro de no haber repetido jamás un camino, como si cada uno de ellos fuera único e irrepetible.

Siete años vagué sin sentido, con el cuerpo hecho hilacha, las mandíbulas flojas, los ojos desorbitados, el cabello y la barba largas como imaginé siempre la de Noé o el propio Moisés. Podía verme los huesos a través de la piel. Estaba jadeando cuando al fin, tras siete años de perdición, de laberíntico anonimato, observé atónito y casi sin comprenderlo, la abertura al final del camino con enormes seis letras talladas en madera. Las primeras letras que veía en largo tiempo. Las letras que tanto anhelaba encontrar: Salida.

La gente se horrorizó al verme. Llamaron a los de seguridad, me interrogaron sobre mi estado, me preguntaron mis datos, pero entre tanta verborragia ajena fluyó la ironía contenida, el llanto patético, las emociones perdidas en el cuerpo de un ser cuya mente se había transformado en su única compañía y a la vez, en su peor enemigo. Lloré y reí, como un demente. Así deben haberme creído. Pero un guardia llegó corriendo con un panfleto muy viejo, casi arrugado, que guardaba vaya a saber dónde. Era sobre una persona desaparecida en el parque, hacía tiempo. Y en la foto, estaba mi rostro, o al menos, el que alguna vez había sido.

Ante la revelación, me llevaron con médicos, me alimentaron, vistieron. De a poco quisieron conocer la historia, saber dónde había estado. Confundido e intentando recuperar el habla, fui buscando la forma de hacerme entender. No aceptaban los hechos como se los contaba. Y era lógico: ¿quién podría hacerlo?

Ayer me dieron de alta en el hospital. He repetido desde hace una semana la historia mil veces. Podría contar con los dedos de una mano a aquellos que sinceramente creyeron mis palabras. Apenas dos días atrás me revelaron que fui dado por muerto oficialmente tres años después de haber desaparecido. Y que mi mujer y mis hijos se mudaron lejos, y que ella ya estaba casada nuevamente y que había tenido mellizos el invierno último. Estoy seguro de que se enterarán tarde o temprano que he vuelto, pero hoy siento que mi presencia en sus vidas sería un estorbo. Aprendieron a vivir con mi muerte. Mi supuesta muerte.

Entre que salí del hospital y este momento, he comprendido que nada me queda. En el barrio todo ha cambiado y ya ni casa tengo. Mis padres fallecieron al poco tiempo, mi hermano se suicidó el año pasado y de mis amigos, pocos han quedado en la ciudad y seguramente han borrado de su mente todo lo relacionado a este muerto viviente, hoy resucitado, o, mejor dicho, escupido al fin por el laberinto que se lo había tragado. Este demente, como muchos piensan.

Y aquí estoy, sentado en un banco de piedra, mirando las siete letras talladas en madera que me abren paso a ese infierno que hoy considero el lugar más seguro. Dejaré este escrito aquí mismo, para el que quiera leerlo. Mi mente y mi cuerpo van otra vez hacia ese laberinto de pesadilla. Pero esta vez no voy solo. Un calibre treinta y ocho va en mi bolsillo.

25 de noviembre de 2019

Un laburo fijo

Me había quedado sin trabajo mientras esperaba el bendito segundo semestre. Nos pasó a muchos. Al ser una ciudad chica, nos veíamos los rostros delante de las mismas puertas, a las que íbamos a golpear inútilmente. El despacho del secretario del intendente, las del concejo deliberante, en las oficinas de los políticos más conocidos, en las empresas que aún seguían en pie, en supermercados, distribuidores… son tiempos difíciles nos decían, cómo si no lo supiéramos.
Algunos hicieron las valijas y se fueron a lugares más poblados. Pero eran los pocos. Al resto aquello nos parecía una utopía. No estaban las cosas como para llevar a la familia a una ciudad desconocida y sin dónde caernos muertos. Al menos, acá, aunque sea en un rancho, teníamos techo.
Hice changas durante meses hasta que salió lo de la empresa nueva. Fue casi de casualidad. Había estado cortando el césped y arreglando el jardín de una señora mayor durante gran parte del verano. Cada tanto la visitaba el hijo, un hombre siempre bien vestido, de modales refinados, que no obstante, me ofrecía siempre un vaso de agua, cosa que la madre no hacía por estar siempre pendiente del televisor.
La cuestión es que al tipo le gustaba el fútbol y de eso, podíamos hablar a la par, porque el fútbol empareja, porque cuando dos personas hablan de lo que ocurre alrededor de una pelota, no importa cuánto dinero llevás en el bolsillo o tenés en una cuenta del banco; el tema es cuánto sabés y qué pensás de tal o cual equipo, jugador, técnico o árbitro. Así que con este tipo, Fabián, podíamos tener nuestras charlas, entre cada árbol podado o mientras removía la tierra de algún cantero.
- ¿Te gustaría un laburo fijo? - me dijo una tarde en la que el sol pegaba fuerte y mis brazos parecían dos morrones de lo colorado que estaban.
Lo miré, tratando de abrir bien los ojos, a pesar del sudor que me bajaba por la frente. ¿Quién no, verdad? Aunque quise decirle eso y balbuceé vaya a saber uno qué.
- ¿Cómo? - preguntó.
- Qué a quién tengo que matar - dije, para salir del paso con humor.
Me citó para el lunes siguiente, en una oficina del centro, en un edificio de varios pisos. Ese día me presentó a unas personas y se retiró. Quedé a solas con un grupo de ejecutivos que no levantaban la vista de los papeles que tenían sobre el escritorio. Hablaban y me hacían preguntas sin mirarme. Al cabo de un rato uno de ellos se puso de pie y me acompañó hasta la puerta.
- Bien, esté atento, en una semana lo llamamos. Pero si está dispuesto a hacer 50 kilómetros diarios, el trabajo será suyo.
Salí del edificio prácticamente volando. Quería llegar a casa y contarle todo a mi mujer y a los chicos. Otra vez iba a tener trabajo. Viajando todos los días, pero trabajo al fin. Ya no tendría que cortar clavos pensando en si conseguía o no una changa.
Dos semanas más tarde bajaba del colectivo interurbano en la garita que me habían indicado de la vecina localidad. Me habían dado un adelanto para que pudiera pagar los viajes. La empresa tenía un depósito dentro de un predio industrial, un galpón muy grande que se veía desde la ruta. Delante había mucha gente agolpada, obstaculizando el ingreso al lugar. Llevaban pancartas y cantaban como en una cancha de fútbol. Recién al acercarme un poco más entendí que frente a ellos había un cordón humano de efectivos policiales.
Miré el reloj. Mi mayor preocupación era cómo entrar con tanta gente bloqueando el acceso. Iba a llegar tarde al primer día de trabajo. Presté atención a los carteles de los manifestantes. En todas aparecía el nombre de la empresa que me había contratado.
- ¿Disculpe, la protesta por qué es? - le pregunté a un señor mayor que soportaba parte del peso de su cuerpo sobre un bastón.
- ¿No sabe? ¡Por la empresa de mierda ésta, Glifoxatrón, que se instaló acá en la ciudad y nos va a envenenar a todos!
- Perdón, no soy de la ciudad, no sabía… - me excusé, apartándome hacia una cabinita de seguridad vacía.
¿Envenenar? Lo único que sabía era que iba a trabajar con fertilizantes. ¿Lo fertilizantes envenenaban? ¿Y ahora qué hacía? Detrás de la cabinita había una puerta y un hombre me hacía señas para que me acercara.
- Venga, por acá. Usted es el nuevo. Menos mal que lo vi. Vamos a tener que ver por donde entra, porque es así cada día.
Me llevó hasta el galpón de la empresa. Me mostró el vestuario y las demás dependencias.
- Aquí tiene el celular del sector, lo tiene que dejar acá, no se lo puede llevar. Una vez que se ponga la ropa de trabajo, llame al número registrado así le indican qué hacer.
- ¿Y los demás operarios?
- Es usted solo. Estas empresas usan estos terrenos de depósitos. Están arancelados, se ahorran unos pesos. Y olvídese que vayan a invertir en personal. Con uno es suficiente.
- Pero… ¿no hay nadie de Seguridad, un patrón, un médico?
- Menos médico, usted es todo lo demás. Cualquier cosa me avisa, si se lastima, le llamo una ambulancia.
Me quedé entre asombrado y preocupado, con el teléfono en la mano. Dudé entre hacer la llamada primero y cambiarme después, pero seguí el consejo del hombre. Diez minutos después estaba hablando con una persona que me anunciaba la cantidad de camiones que iban a entrar entre esa tarde y el día siguiente.
- Pero, oiga don, el acceso está bloqueado. ¿Qué hacemos si no pueden entrar?
- Nada, espere. Ya le dimos aviso a la gendarmería, así que si la gente no se corre, se va a armar.
Y sucedió precisamente eso. Podía verlo desde lejos. La multitud agitando sus banderas con más fuerza que antes. El grito aguerrido en una sola voz y los camiones de asalto de gendarmería llegando de un lado y del otro. Gases lacrimógenos, sonido de disparos al aire - y de un momento a otro, la gente dispersándose a los tumbos, tratando de no ser alcanzada por la represión.
Sentí culpa. Aunque no era culpa por un acto consciente, sino un sentimiento de tristeza muy hondo, que caló rápidamente en el pecho. Pensé en el viejo con el bastón, temí incluso que le hubiese pasado algo. Había visto a mujeres, jóvenes. ¿Estarían ellos bien? Tenía ganas de caminar hacia la entrada y preguntar si alguien necesitaba algo. Pero con solo bajar la mirada podía darme cuenta que sería una pésima idea: estampado en mis ropas estaba el nombre maligno que tanto insultaban en sus cánticos de guerra.
Minutos después llegaron los primeros camiones. Los conductores, de mal humor, maldecían horrores contra los manifestantes. Algunos habían estado más de tres o cuatro horas esperando en la ruta la orden para avanzar.
Ayudé con la descarga y acomodé los barriles de fertilizantes durante horas. Ya había caído la noche cuando salí del vestuario. El acceso estaba despejado, aunque del otro lado de la ruta había una carpa. Se podían ver pancartas a su alrededor, así que supuse que la usaban de base los manifestantes. Me acerqué despacio, sin saber si alguno me había visto salir del predio.
En el interior había dos muchachas jóvenes y un hombre de camisa a cuadros, con el teléfono pegado al oído. Las chicas estaban tristes.
- ¿Cómo están? ¿Puedo ayudarles en algo? - les dije, llevando la mirada de un rostro al otro.
Me quedé un par de horas, tomando mates con ellos. Estaban angustiados por los compañeros de protesta que habían sido heridos y tres detenidos. Me contaron de la lucha por detener el ingreso de la empresa debido a la contaminación a la que comenzaba a exponerse la población, de los acuerdos políticos que lo permitían, de las vueltas y tiempo invertido en una pelea desproporcionada, entre intereses económicos y el bienestar de la población. Y que las promesas de fuente de trabajo eran falsas, que sabían bien que solo tomarían una persona y que ni siquiera sería de la ciudad.
No me animé a decirles que esa persona estaba tomando mates con ellos. No tenía sentido. El dolor de la lucha era también mío. Volví a casa muy tarde. Mi esposa me esperaba con alegría en los ojos. Mis niños estaban felices. Los abracé a todos. Les mostré mi mejor sonrisa. Comimos, reímos. Y luego nos fuimos a dormir.
Me desperté temprano, desayuné, le di un beso en la frente a cada uno y salí a buscar una changa. El bien de uno, no tiene por qué ser el mal de muchos. No necesitaba tener dinero para entenderlo.
El sol brillaba en lo alto. Seguramente muchos jardines esperaban por un buen corte de césped. Me perdí en las calles de la ciudad, pensando en quiénes la luchan a diario, enarbolando las banderas de lo correcto.

21 de noviembre de 2019

Un sol que brilla en lo alto

Este texto fue escrito para el homenaje del querido y recordado amigo e historietista Felipe Ricardo Ávila, con quién hicimos decenas de historias, muchas de las cuales plasmamos en Olvidados en el espacio, que se hizo el 21 de noviembre en la Biblioteca Nacional Argentina. 


Me resulta difícil escribir sobre Felipe, no porque no hubiese cosas por contar, sino por el dolor que genera la toma de consciencia, letra a letra, que su ausencia es real. Era, a su manera, un gigantesco sol que alumbraba y generaba energía, movilizando todo a su alrededor. Era un motor incansable, alguien que hacía, que era verbo y acción.
Lo conocí a través de mi blog de cuentos. Apareció un buen día como lector y al poco tiempo me estaba convenciendo de escribir guiones de historietas. Fue mi guía en este universo que él tanto amaba y por el que tanto hizo. Y conocí muchísimo gracias a su generosidad, a las horas compartidas, a las charlas en bares porteños, en su oficina de trabajo, en hermosas y esperadas conversaciones telefónicas o sencillamente por correo electrónico.
Desde sus blogs “Rebrote organizando eventos”, “Una pequeña idea así de grande” y “Alegría del hacer” daba cátedra contando anécdotas, recordando a grandes artistas, convocando iniciativas para el rescate de artistas e historietas, mostrando cuentos cortos de su autoría, develando procesos creativos e incluso, analizando la realidad desde su punto de vista, haciendo énfasis principalmente en la falta de veracidad en los medios de comunicación con la nefasta intención de confundir a la sociedad. Aún hoy esos artículos, escritos tras profundas búsquedas e investigaciones, siguen publicados en los blogs, para que cualquier entusiasta se sumerja y navegue libremente a través de palabras cargadas de pasión y amor por el arte de la historieta, palabras que esperan contagiar ese afecto y anhelan la continuidad de otros en este rescate continuo del patrimonio nacional.
Ya lo dice el propio Felipe, en un texto que lleva el mismo nombre que uno de sus blogs, “Una pequeña idea así de grande”:
“La idea germina, avanza siempre hacia arriba, porque va queriendo aparecer en su plenitud. Y no, aún no está del todo, pero ya no es tampoco sólo semilla. La idea crece. Avanza hacia arriba, se proyecta hacia la luz que en vez de ser la del Sol es la del descubrimiento, la de la plenitud, suya, de la idea. Esta, tiene como objeto mostrarse plena. La idea deja de serlo cuando se convierte en algo terminado, tal vez era proyecto, pero finalmente –y felizmente- es simplemente algo concreto, acabado. Entonces, eso que fue semilla, que germinó, que creció a la luz y se hizo realidad visible es festejado por los sentidos de los otros, de los demás, de los lectores de un libro si la idea era literaria, de los visionarios de un cuadro si la idea era plástica, de los que escuchan su música si la idea originalmente - cuando semilla - era auditiva. Y al festejar la plenitud, con esa alegría parecida a la de hacer, a la del que crea, entonces, se cierra el círculo. Con un recorrido que ha ido del cerebro de un ser humano al de otro/s. Pero no banalmente, porque indefectiblemente, habrá dejado una nueva semilla depositada, al llegar”.
Y es lo que Felipe hizo siempre, difundir, fomentar, investigar, para que las semillas se esparzan, encuentren tierras fértiles y germinen. Fue la chispa y el empuje para el sitio Rebrote, para las posteriores publicaciones que comenzaron con una serie de revistas y fueron ampliándose a libros. Tenía decenas de proyectos de libros anotados en un cuaderno, en el que también pasó sus últimos meses creando varias historietas.
Juntos habíamos publicado unos hermosos fanzines, que él se encargó de llevar a algunos eventos. Y un par de libros, en impresión bajo demanda, con dos historias que nos llenaban de orgullo: la recopilación de “Las lecturas de Borges” y la novela gráfica “3186”. Y la base de estas publicaciones, fue el sitio “Olvidados en el espacio”, donde creamos más de una veintena de historietas. Felipe había encontrado en esos guiones y relatos que transformaba en historietas, en el motivo inexcusable para retomar un ritmo de producción cómo hacía mucho no podía darse el gusto.
Dejó en cada persona que lo conoció, una marca indeleble. Atesoro con afecto cada charla, cada anécdota que me contó, su amor por la obra y la persona de Lucho Olivera, su cariño con los historietistas, su pasión por Oesterheld, por Wood, por Martha Barnes, y tantísimos otros. Un ser generoso en todo sentido, no solo con los conocimientos, siempre quería que uno se fuera con algún recuerdo de la visita regalándole algo, ya sea una revista, un dibujo original o incluso, un fibrón. Pero el regalo más hermoso, era su verborragia, el torbellino de ideas y propuestas, ese aluvión de imágenes e ideas que iba hilvanando, sacando recuerdos y proyectos de la galera, con la misma magia que poseía cuando tomaba una hoja y con unos simples garabatos, revelaba una forma, una semilla en forma de trazos.
A veces anhelo que al sonar el teléfono, la voz del otro lado sea la suya. Gracias a él, entré a este mundo de la historieta, conocí a Pablito Dell’Oca, tuve la oportunidad de conocer a otros artistas y aprender a amar este hermoso género narrativo. Le debo mucho. Nos quedaron largas charlas pendientes, varios proyectos en el tintero (como ese hermoso libro de ciencia ficción con otros amigos, que ya está escrito y nunca pudo ver la luz), y sobre todo, un último abrazo.
Fue el disparador de muchos cuentos que escribí, ilustró mi libro para niños y niñas “El hombrecito que miraba las estrellas”, al que también le puso nombre. Hoy, cuando escribo, pienso en él. En qué hubiese dicho, qué comentario tendría de su parte. Sigue siendo un faro, el sol que ilumina. Me puso en el camino, me alentó y desde alguna parte, me ayuda a continuar el recorrido. Qué lindo fue tenerlo en mi casa, en Villa Viñetas, en Villa Constitución, en Empalme, en compartir lugares, risas en el mítico El Cairo de Rosario, de sentirnos parte de una misma comunión.
Lo recuerdo con una sonrisa en el rostro, los ojos traspasando el tiempo y con ideas fluyendo a través del tono de su voz, como una brisa que tarde o temprano se convertirá en un viento fuerte pero amistoso, que nos llevará hacia una nueva aventura, invitándonos a viajar con la imaginación como si fuéramos niños disfrutando bajo el sol de viejas revistas de historietas. Y allí, entre cuadritos y globos de textos, siempre voy a encontrar a Felipe, porque Felipe vivió para la historieta y es -y será para siempre- parte inseparable de ella.


Ilustración realizada por Raúl Avila para el homenaje, artista al que Felipe admiraba muchísimo.



2 de noviembre de 2019

Temporada baja

Caminaba por la playa todas las mañanas, casi como un ritual. Solo cuando el dolor la aquejaba con locura durante la noche, se permitía seguir en la cama hasta cerca del mediodía. Y en esas oportunidades, se quedaba en su casa. No le gustaba cruzarse con otros caminantes, muchos de ellos turistas. Prefería el silencio, matizado tan solo por el ronronear del mar y el aleteo de los pájaros.
Solía ir con sus perros, que tenían la particularidad de no tener nombres. Pero ellos no bajaban a la playa, optaban por merodear entre los arbustos que lindaban con los médanos más altos. Por eso, la mañana en que desapareció, sus perros no pudieron seguir su rastro. Fueron encontrados días más tarde, aún en la zona de árboles, esperando quizá el silbido de su dueña.
La denuncia ante la policía la hizo su vecina. No se llevaban bien, era cierto, pero una cosa no quitaba la otra, les dijo por teléfono. Hacía al menos dos o tres días que no la veía regar el patio o cruzarse al otro lado de la calle, a comprar en la verdulería. Le tocó el timbre en distintos horarios y la llamó por el nombre, casi a los gritos, por el frente y a través del cerco lateral que separaba ambas viviendas. Recién luego de agotar todas esas instancias y estar segura que algo extraño pasaba, llamó al 911.
Dos móviles policiales estacionaron a los pocos minutos delante de la casa y tras varios llamados en vano, forzaron la puerta. En la casa no había nadie.
Interrogaron a la vecina, como era de esperarse y también a los demás vecinos, que no eran muchos, porque la mayoría de las viviendas estaban destinadas para el alquiler en temporada alta. No era demasiado lo que podían aportar. La mujer no tenía trato con ninguno. Y esa falta de contacto hacía que toda pregunta de los investigadores fuera respondida con dudas e incertidumbres. Nadie sabía si tenía familiares o amigos en alguna parte de la ciudad. La rutina de la caminata en la playa fue lo poco que tuvo apariencia de pista para la policía.  Y también el hecho que sufría alguna enfermedad, porque los vecinos coincidieron en que solía escucharse en medio de la noche, gritos de dolor provenientes de la casa.
Cuando se toparon con los perros deambulando en la zona de la playa, cuyas descripciones también habían recabado de los interrogatorios, pudieron determinar que efectivamente, la mujer había ido en algún momento a la playa y no había vuelto.
Solicitaron entonces que se hicieran peritajes en la playa. No encontraron ninguna pertenencia que pudiera vincularse con la mujer. Cualquier sugerencia en relación a una posible desaparición en el mar hacía perder toda esperanza. 
Los rastrillajes perdieron fuerza con el correr de los días. No había familiares que presionaran en la búsqueda y ni bien se hizo todo lo que estaba al alcance, se dio la orden de pausar la investigación. Quedaría a la espera de algún aporte fortuito que la pusiera una vez más en marcha.
La casa permaneció cerrada varios meses. Para evitar el deterioro y exponer el barrio a una mala imagen, la vecina pidió un permiso al municipio para hacerse cargo. Incluso, por el gesto, consiguió una rebaja en los impuestos.
No era algo nuevo, ya tenía al menos cinco propiedades en las mismas condiciones. Ella se ocupaba de mantenerlas y a modo de recompensa, el municipio le dejaba el alquiler de las viviendas durante el verano. Era bueno que existieran personas como esta mujer, tan predispuestas. Sobre todo en una ciudad con solo tres o cuatro meses de vida al año y que el resto del tiempo se convertía en un entramado fantasma de calles muertas que se llenaban de arena y aire salado, y que ocasionalmente era elegida por personas solitarias para radicarse y vivir sus últimos años. Personas casi siempre sin familiares, parcas, con escasas ganas de hacer amigos.
¿Cómo no ingeniárselas en dicho contexto? Al menos, eso pensaba la buena vecina, mientras publicaba un nuevo aviso en un sitio online de alquiler de viviendas para la temporada de verano.

28 de octubre de 2019

El baldío de Fulgencio (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)



Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.


27 de octubre de 2019

Amigas (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)



Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.


26 de octubre de 2019

Fútbol en el recreo (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)





Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.



25 de octubre de 2019

Marcio y las tapitas (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)




Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.




24 de octubre de 2019

Ícaro (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)





Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.

16 de octubre de 2019

La niña del televisor

Los miedos nacen cuando uno es niño. La oscuridad, los fantasmas, el hombre de la bolsa, el monstruo dentro del armario, se instalan desde la más prematura edad. Los adultos tienen gran parte de la culpa, porque se divierten jugándonos bromas, divirtiéndose con nuestros chillidos, nuestros sustos, olvidando que alguna vez también fueron críos y temieron a lo mismo. O quizá no, no es olvido, es venganza.
Sin embargo, no fue culpa de un mayor aquello que pasó cuando teníamos siete u ocho años. Solíamos jugar con unos amigos - y sus hermanos - en la casa de la esquina. Una casa hermosa, muy bella por afuera, de más de un piso de alto. Trato de recordarla, pero no encuentro precisiones. El tiempo ha pasado y se ha llevado recuerdos e imágenes consigo.
Cada día, tras salir del colegio, nos juntábamos para jugar. Mi casa tenía un patio enorme, con un ligustro alto que dividía el patio en dos. Cuando no jugábamos a la pelota y a creernos Maradona, jugábamos a la guerra. Teníamos pistolas y ametralladoras de plástico, que lo máximo que podían hacer, era disparar un corcho atado de la punta con una piola, para que no se fuera muy lejos. El sonido lo hacíamos con nuestras bocas. El pum, pam, bang, era un coro de voces desafinado y atolondrado, que pretendía emular un campo de batalla de la segunda guerra mundial, que terminaba siempre en la misma discusión sobre si le había pegado o no le había pegado el tiro. Si conseguíamos un rulero y un globo, nos armábamos un arma aún más poderosa, con municiones provistas por el árbol de paraíso, cuyas pelotitas eran el proyectil ideal, que siempre terminaba haciendo llorar a alguno.
La casa de Gonzalito quedaba cerca, justo cruzando una calle. El patio era muy pequeño, pero nos divertía jugar en el garaje o en el porche. De vez en cuando nos permitían ir al baldío de al lado, donde por supuesto, hacíamos correr la pelota. Pero lo que más nos gustaba de ir a lo de Gonza, era que tenía la consola de mano Game & Watch Nintendo del “Parachute”, donde debías conducir un bote de remo hacia un lado u otro de la pantalla, atrapando a los paracaidistas que caían de la parte superior, a diferentes velocidades. ¡Y que no se pasara de largo ninguno, porque un tiburón se lo devoraba!
Y la casa de la esquina era de Mauro. En realidad, no vivía allí. Era de sus abuelos. Pero Mauro se quedaba para poder jugar con nosotros. Y a nosotros nos encantaba ir. Porque se podía jugar en la calle, en la terraza, en el garaje, en el patio, o en alguna de las tantas habitaciones de la planta baja. No teníamos permitido subir a los pisos superiores, pero tampoco nos preocupaba no poder hacerlo. Teníamos todo el resto a nuestra disposición.
Aunque la principal actividad -cuando jugábamos adentro- eran las competencias con las cartas de Cromy - tenía las del Auto Fantástico, Lobo del Aire, Chuck Norris y las de Roger Rabbit - y los álbumes de figuritas (recuerdo haber completado el de “Canchitas” después de conseguir a la difícil, que era Frankenstein vestido de árbitro de fútbol y estado cerca de completar el de “Fichus”), a veces aprovechábamos que los abuelos tenían un reproductor de video VHS para ver alguna película de dibujos animados.
Mauro tenía varios videos, pero nuestro preferido era el de Hijitus y Larguirucho, con varios capítulos. Había un par de películas de dibujos, una de Disney con el Pato Donald y otra que se escuchaba muy mal, de Meteoro. De vez en cuando los abuelos le alquilaban alguna nueva para ver. Sin embargo, nunca supimos - ni sabremos - quién se equivocó y dejó esa tarde esa maldita película sobre la videocassetera. Al día de hoy dudo que esas personas mayores la hubiesen alquilado. Lo cierto es que la vimos y sin dudarlo, dijimos de verla. Afuera llovía, no teníamos más ganas de seguir pegando figuritas y la idea de ver algo nuevo nos fascinaba.
- ¿De qué se trata? preguntó Gonza.
Yo, que leía un poco mejor que ellos, me apresuré a agarrar la caja de cartón que contenía el videocassette, marca Sony, que solo advertía “No recomendada a menores de 13 años” . La imagen de la tapa era bastante sugestiva. Una nena de espaldas, apoyada contra el televisor encendido. Ya que en mi casa era común que el televisor blanco y negro se viera con lluvia, porque la antena que iba arriba del techo estaba rota, no me asombró para nada que la imagen del televisor no mostrase nada.
- En la tapa dice “ya están aquí” - dije.
- ¿Quiénes? - preguntó Mauro.
- No sé, todavía no leí atrás. Esperá.
Mauro en tanto, había sacado el cassette de Larguirucho y estaba buscando la caja donde guardarlo. Gonza se había acercado a mi lado, presagiando que quizá no era una película para niños.
- Fa… fascinante, aterradora - leí y de inmediato miré a Gonza, que abrió grande los ojos - Gonza, es de terror.
- ¿En serio? - preguntó Mauro, suspendiendo la búsqueda - Siempre que quiero ver una película de terror, en casa no me dejan. ¡Vamos a mirarla!
- Sigo leyendo, por las dudas que…
- Qué ¿qué? Vamos a verla. ¿O les da miedo? - preguntó burlándose Mauro.
Hicimos lo que todo niño hace en esa circunstancia: negar. Y ofendernos. Y le dejamos claro a Mauro que si lo que quería era retarnos a ver una película de terror, iba a salir perdiendo, porque ninguno, ni Gonza, ni yo, teníamos miedo.
- Mil vi de terror - remató Gonza, acomodándose en el sillón.
- ¿Ah sí? Nombrame una - le dijo Mauro, metiendo el cassette en la reproductora.
- Qué se yo, son muchas. Esa de la momia, y una de vampiros. Una de vampiros que corren a las mujeres.
- Yo no vi ninguna - quise enmendar mi falsa valentía anterior, pero ya era tarde, había aparecido la imagen en la pantalla y los otros dos gritaban de alegría, sin haber alcanzado a oír mis palabras.
Pocas veces en la vida sufrí tanto como durante esa más de hora y media delante del televisor. En muchas ocasiones cerré los ojos y traté de taparme la cara, pero no era una misión sencilla. Los otros estaban ahí para que uno no pudiera hacer eso. Cuando se es niño, se es cruel. Son crueldades mínimas, pero que establecen las bases para el resto de las que uno sufrirá o hará sufrir a otros a lo largo de su vida. Nada de lo que ví me gustó, ni la niña, ni el televisor que se encendía solo, ni las cosas que volaban por el aire, ni el cementerio indio, ni las sombras de los árboles, ni las tumbas emergiendo, ni el rostro desintegrándose delante del espejo… nada. Cada escena, cada resquicio de horror en la película, fue un puñal en mi mente. No por nada estaba la advertencia que no era apta para niños. No sé mis amigos, porque los vi encantados con el desarrollo, con las imágenes, con cada aspecto terrorífico que devolvía el televisor, pero en lo personal aquella tarde cambió mi vida.
Me sentí descompuesto. Fue la excusa para irme antes a mi casa. Vivía a cinco casas, por la misma vereda. Fui corriendo, sospechando de cada sombra a mi alrededor. Creo que fueron los ojos desorbitados, el sudor en la frente, la agitación en mi pecho, lo que provocó alerta en mi mamá. Le dije que no era nada, que me había cruzado con un perro grandote y me había asustado. Mi hermano ese día estaba en cama, con fiebre, así que tuvo la fortuna de no apreciar la terrorífica jornada de cine. Mi mamá mandó a mi papá a mirar a calle, para espantar al perro en caso que estuviera merodeando por ahí. Y quiso mandarme a la cama. Dije que no. A través del pasillo veía que la habitación estaba a oscuras. Ni loco iría a una habitación a oscuras.
Me quedé en la mesa pero no quería hacer nada. Ni dibujar, ni las tareas. Papá encendió entonces el televisor y como no podía ser de otra manera, la pantalla se llenó de ruido y lluvia estática. Y yo pegué un grito, tan fuerte, que mamá dejó caer un vaso al suelo.
Me retó de inmediato y sin pedirme explicaciones, me obligó a ir a mi cuarto. Mis balbuceos solo empeoraron la situación y de un sopapo me hizo entrar a la habitación.
Estaba aterrado, rodeado de sombras. Ella había cerrado la puerta y la tecla de la luz estaba del lado de afuera. Algo tocó mi pierna y di un salto. Estuve a punto de gritar, pero temí otro enojo de mi mamá. Me caían lágrimas silenciosas por el rostro. Me fui alejando de aquel lugar, caminando hacia atrás. Entonces, un brazo rodeó mi cintura. No pude contenerme y volví a gritar, tan fuerte, tan aterradoramente, que en menos de cinco segundos mamá había encendido la luz y estaba a mi lado. Ahora no estaba enojada, sino asustada. Y con la claridad de la lámpara colgante, que tenía forma de una casita pitufa, pude notar que el brazo no había sido tal, sino un perchero con forma de jirafa, en el que solía colgar el guardapolvo blanco de la escuela.
Me eché a llorar, desconsolado. Parecía una criatura de dos años. Creo que si yo mismo me hubiese visto, habría dicho que era patético. Mi mamá me abrazó y llevó mi cabeza sobre sus piernas. Me acarició la cabeza hasta que me dormí. Desperté recién a la mañana siguiente, cuando mamá, con rostro de preocupación, se sentó a la cama y llamándome por mi nombre me pidió que abriera los ojos.
Me dio vergüenza verla así, porque era consciente a pesar de mi corta edad, de la manera estúpida en la que me había comportado. De cómo el miedo se había apoderado totalmente de mi razonamiento. Supuse, quizá no de manera tan clara en ese instante, que debería aprender a convivir de allí en más con esas imágenes aterradoras que se me habían grabado a fuego en el alma, para reaparecer una y mil veces en forma de pesadillas o escondidas en las sombras, porque así, entendí años después, opera el miedo.
Bajé la cabeza, esperando el sermón. Merecido, por cierto. Debía ser ejemplo de mi hermano menor. Y sin embargo, había actuado como un niño caprichoso. Volví a mirar de reojo el perchero que me había asustado por la noche y sentí que me ponía colorado como un tomate. De inmediato volví a desviar la mirada, buscando en las sábanas con personajes de He-Man algún consuelo, alguna distracción, un escape hacia el pasado o el futuro, pero lejos de ese momento. Mamá aún no podía hablarme, sentía su respiración entrecortada y pensé otra vez en que le daba tanta vergüenza que sus labios temblaban ante la inminencia del llanto. Aunque jamás imaginé las palabras que saldrían una vez abiertos.
- Esteban, mi vida… ¿qué pasó ayer en la casa de los abuelos de Mauro? ¿Dónde están ellos? ¿Mauro y Gonzalo? Están buscándolos por todas partes. ¿De quién escapaste? ¿Había alguien más, verdad?¿Por eso estabas tan asustado?
- Ellos se quedaron ahí, yo me vine…
- Pero no están querido, los chicos no están. ¿Salieron con vos a la calle?
- No mamá, se quedaron. ¿Cómo que no están?
- Vinieron anoche los padres de Gonza, quisimos despertarte, pero estabas profundamente dormido.
- Pero no sé nada… vimos una película de terror y por eso estaba asustado. Apenas terminó, me vine.
- ¿Qué película Esteban? La abuela de Mauro me dijo esta mañana que encontró ayer el televisor encendido, con la videocassetera pasando una película de Larguirucho.
Me cambié como pude, con mamá pidiéndome que me apurara cada cinco segundos. Me llevó de la mano hasta la casa de la esquina. Estaba repleto de policías. Los abuelos y padres de Mauro lloraban desconsoladamente, sentados en el mismo sillón donde la tarde anterior habíamos visto la película. Los policías iban de habitación en habitación, incluso subían a los pisos de arriba, que nosotros no teníamos permitido.
- ¿Dónde está la película de terror? - pregunté en voz alta sin darme cuenta, mientras buscaba con la vista la caja para mostrársela a mamá.
- No hay ninguna de terror en casa, Esteban - me dijo entre sollozos la abuela.
- Si, ayer encontramos una allí mismo y Mauro quiso verla. Yo no quería. Porque me dan miedo. Pero la vimos igual.
- No hay ninguna - repitió la abuela - ¿Dónde pueden estar, Esteban? ¿Se fueron con vos?
El televisor se encendió y mostró una pantalla de lluvia estática. Mi rostro palideció y mis ojos se abrieron de manera desproporcionada. Al mismo tiempo, sin darme cuenta, me meé. Mamá y los demás vieron la humedad en mi pantalón y el charco en el piso de madera, pero nadie se percató del aparato encendido. Mamá me zamarreó hablándome en voz alta, pero no entendí que decía, parecía que me hablaba debajo del agua, en la pantalla la estática daba lugar a la imagen de la niña maldita de la película escoltada por Mauro y Gonzalo. A los dos les faltaban los ojos y en su lugar había un hueco negro, tan vacío como las expresiones de los dos. También mi visión comenzó a ponerse negra, y mi cuerpo, a desplomarse.
Desperté sobre el sofá. El olor a orina era insoportable. Me rodeaban al menos siete u ocho personas. Volteé la vista hacia el televisor y estaba apagado. Pero ya no hacía falta ninguna imagen.
Me bombardearon a preguntas. Repetí lo que había visto dos veces. Cuando quise comenzar a contarlo por tercera vez, el papá de Mauro se enojó y mamá volvió a darme un sopapo, más por importancia que por otra cosa. Me decían que no estaban para bromas. Yo tampoco, pero era tan solo un niño.
Nunca más pisé esa casa. Nunca supe el destino de ese televisor. Supongo que terminó años después en alguna chatarrería o abandonado en la calle, para que alguien se lo llevase. Nosotros nos mudamos al año. Por varios motivos. Mis crisis nocturnas, uno de ellos. Tampoco volví al barrio. No me atrevo. Sueño con esa imagen cada tanto.
Mauro y Gonzalo nunca aparecieron. La familia cree que alguien los secuestró y los mató. Y que yo vi quién era. En parte es verdad. Aunque no de la manera que ellos terminaron por convencerse. Y la otra diferencia, es que sé que no están muertos. Siguen atrapados en alguna parte.
Lo sé, porque están aquí. En cada reflejo, en cada espejo, en cada superficie en la que la luz devuelve una parte del más allá.
No tengo ningún tipo de pantalla en casa. Ni siquiera un teléfono celular. Trato de cerrar los ojos cuando alguien enciende un televisor o computadora en otro sitio. Trato de cerrarlos delante de un espejo. Pero no siempre puedo. Y cuando no lo hago, los veo. Siguen siendo niños, pero el tiempo no se ha detenido. Veo sus facciones adultas en cuerpos de niño. Y mil clases distintas de gusanos entrando y saliendo de las cuencas vacías. Y la niña… la niña siempre me sonríe. Espera, aguarda, ansía ese momento. El momento en el que me olvide y prenda una pantalla, para entonces llevarme con mis amigos y convertir mi existencia en una eternidad ciega, dolorosa y eterna.

25 de septiembre de 2019

Pocas verdades, ilustrado por Caio Di Lorenzo

ilustrado por Caio Di Lorenzo

Cuando tenía diez años soñaba despierto. Solía pasar a la salida del colegio por la juguetería frente a la plaza del barrio y me quedaba largos minutos mirando esas alegrías que nunca tendría. La vidriera parecía una gran pantalla donde proyectaban los deseos de mi vida.

Me recostaba contra el vidrio, apoyado con las manos, la frente sintiendo la fría superficie, los ojos bailoteando de felicidad. Recuerdo los muñecos de He-Man, que otros niños llevaban a la escuela, pistas de carreras con autos a control remoto, un enorme camión de bomberos del que se extendía una escalera blanca, incluso un metegol con los colores de Boca y River. La memoria me arrebata otros juguetes, ahora difusos, distantes.
Pero allí estaban entonces, exhibiéndose en silencio, como si la única razón de su existencia fuera el de brindar una alegría fugaz a los niños que caminaban por esa vereda. A mi corta edad, aquel lugar era el paraíso.

Por aquel entonces ignoraba mil cosas. La vida se resumía en pocas verdades y quizá, era mejor así. Los amigos, la escuela, jugar a la pelota, los dibujos animados y la vidriera de la juguetería.
Intentaba no pasar por allí con mi papá, porque intuía su dolor, esa mirada angustiada, que en lugar de mirar sacaba cuentas mentales y rápidamente sentenciaba que lo más conveniente era seguir caminando.

Porque seguir caminando representaba dejar atrás lo imposible, lo inalcanzable. Y así, no alimentaba falsas expectativas. Por eso, me gustaba ir solo.

Porque en esa soledad, sabiendo que era imposible, podía soñar sin miedo. Porque los temores los alimentan las realidades posibles, como la muerte. Las imposibles, son inocuas. Le hacía un favor a mi padre, evitando sus “sigamos que es tarde” o el clásico “vamos a ver si para tu cumpleaños venimos”. Nunca fuimos, nunca entramos, al menos juntos.

Y no representó la muerte de nadie, claro que no. Fue tan solo el “no poder”. Y nada más. Porque otras cosas suplieron esa vidriera. Y aquella juguetería, poco a poco, fue convirtiéndose en recuerdo, en una postal desgastada de un ayer lejano, que a veces vuelve distinto, retocado, porque nosotros mismos maquillamos los detalles para hacerlo más ameno o más sufrido. Depende el día, y el receptor de nuestra confesión.

A los diez años, soñaba despierto. Hoy, sin embargo, vivo dormido. No hay vidriera que me detenga, ni excusas que me obliguen a seguir caminando mientras una mentira de esperanza resiste en el alma. Hoy, con mucho más, no hay nada.

Y por más que camine hacia el viejo barrio, atraviese la plaza, cruce la calle, no volveré a encontrar la vidriera de aquella juguetería. Porque se ha ido, como el pasado, como las simplezas que eran nuestros días, nuestras horas, nuestros momentos. Y en su lugar, donde había magia, solo queda tristeza, largos suspiros.

Por más que busque, habrá una persiana baja con horrendos graffitis. Por más que golpee, no saldrá nadie de ese sitio vacío.

Comprendí hace tiempo, de tantos regresos fallidos, que lo que se ha ido no vuelve, que lo que dejamos atrás no nos alcanza y que la verdadera muerte es sentarse a esperar que la alegría del ayer nos alegre el hoy. A lo sumo, el recuerdo podrá arrancarnos una sonrisa y nada más.

Es mi letargo el que me asusta, es este sueño de ojos abiertos el que me desvela. Esta sensación de que no hay nada por delante. Que todo lo que nos queda es torcer la mirada continuamente por encima del hombro, con la esperanza de ver alguna vidriera dispuesta a mostrarnos esos sueños inalcanzables que nos motivaban a seguir.

El temor es seguir esperando.

El terror es que el milagro nunca ocurra.

El error es pensar que esas son las únicas opciones.

Aún lo veo a mi viejo, de reojo como en aquel entonces, parado a mi lado, metiendo subrepticiamente las manos en los bolsillos, sopesando su escaso capital, calculando si aunque sea podía comprarme una bolsita de bolitas. Y entonces, el nudo en la garganta, el saber que no, las ganas de querer escapar del mundo por no poder darle nada a su hijo, y luego, la mentira piadosa, el retomar la caminata, porque no quedaba otra. Porque el único secreto para seguir era no detenerse.


Este relato, originalmente publicado en la Revista El Libertador (San Nicolás) acaba de ser publicado en el sitio online GComics https://gcomics.online/relatos-escritos/pocas-verdades/

8 de septiembre de 2019

Falta de consideración

Lo extraño es que nadie avisó que no iría. Varias veces había mirado en la pantalla de su teléfono por las dudas de encontrar un mensaje de último momento, pero allí solo estaban las conversaciones que había tenido por la mañana y después del mediodía.
Es que se había dedicado a los preparativos. Entre que preparaba los bocadillos, la comida, ponía orden a las habitaciones, se había desentendido por completo del esclavizante aparato. Pero lo buscó alarmado cuando, avanzada la noche, el timbre de su enorme casa en las afueras de la ciudad no había sonado ni una sola vez.
Comenzó a enviar mensajes a sus amigos. Con algunos compartía grupos de contacto. Con otros no. Había enviado al menos diez mensajes cuando cayó en la cuenta que no había señal y todo lo que había creído mandar, aún estaba sin enviarse.
Pensó que quizá a los demás les pasaba lo mismo. Habían tratado de comunicarse con él para avisar que no iban y no se habían podido contactar. Pero podía creerlo en uno o dos casos, no en casi treinta personas. ¿Cómo podían todos sus amigos encontrarse con complicaciones como para suspender un reencuentro?
Sobre todo el "Gallego", que hacía diez años que no pisaba el suelo del país y que finalmente había decidido viajar en sus vacaciones. Prácticamente había sido la razón de hacer la juntada. El "Gallego" no tenía excusa para faltar. Y por lo que había hablado esa misma mañana, tampoco quería perderse por nada del mundo poder ver a tanta gente que quería y que la distancia había alejado. Pero también le llamaba la atención que Doris, que le había prometido caer a la tardecita a ayudar con los preparativos, no le hubiese avisado que no iría. Si justamente había sido ella la que había elegido el menú y el día anterior lo había acompañado hasta el supermercado para comprar las bebidas.
Y como ellos, varios más. Podía imaginarse que ni Julián ni Mariam se tomaran el trabajo de dar aviso, porque siempre habían sido así, pero no es algo que harían, por ejemplo, Pablo, Kevin, la Naty, el Chavo, Chicho...
¡Qué falta de consideración! pensó durante un buen rato. Trató de llamar a Doris desde el teléfono fijo. La llamada cayó en el contestador. Probó suerte con el Gallego. Sucedió lo mismo. Y en la medida que probaba con alguien distinto, comprobaba que no había manera de contactar a ninguno. Para entonces estaba intranquilo. También la quietud del exterior le ponía los pelos de punta. Porque se había asomado antes del atardecer a buscar leña que tenía en el cobertizo y había notado cierta paz en el aire que no se condecía con el habitual bochinche de cada tarde, con los pájaros trinando, los grillos saturando hasta el hartazgo y los ladridos que venían de las granjas lindantes, que si bien no alcanzaban a verse por los árboles del tupido bosque, Vladimir sabía que estaban allí.
Volvió a salir, ya con la noche cerrada. El cielo oscuro no dejaba ver las estrellas. Solo la luna resplandecía a lo lejos, pero cubierta por una espesa capa gris. Observó inquieto entre los árboles. Ninguna luz, ningún sonido. Se concentró en la carretera, distante a dos kilómetros. Había noches en las que si el viento favorecía, podía escuchar el tránsito a pesar de la distancia. Pero no pudo escuchar nada.
Ya había encendido el fuego y de tanto en tanto, el crepitar de alguna brasa lo sobresaltaba. No iba a colocar la carne en la parrilla. Esperaría aún un poco más. Decidió quitar un poco de leña, para que no se consumiera tan rápido. Sus amigos tenían que caer tarde o temprano. Pero entonces escuchó el estruendo.
Quedó paralizado delante del asador. Había sonado como si algo gigantesco cayera desde bien alto. Hasta pudo sentir un estremecimiento bajo los pies. Pareció cómo si algo se derrumbara con estrépito encima del bosque. Estaba seguro de haber sentido también el sonido de árboles partiéndose en mil pedazos.
Se olvidó de la leña, y llevando el atizador en la mano, volvió a salir al patio delantero. Su vista se dirigió automáticamente hacia el bosque. No necesitó otro sonido brusco para estremecerse. Le bastó con levantar la mirada hacia ese enorme monstruo parado entre los árboles aplastados por el peso de sus pies, tan grandes como dos casas juntas.
El monstruo miraba lentamente, hacia un lado y el otro, tratando de decidir dónde dar su próximo paso. A pesar de la oscuridad, de esa densa niebla gris que comenzaba a rodearlo todo, Vladimir pudo ver el rojo carmesí en los labios de esa cosa, chorreando cuesta abajo hacia el torso. El monstruo abrió la boca, una y otra vez, masticando, y entre bocado y bocado,  divisó brazos, piernas, huesos y restos de telas, como parte de la cena de ese ogro descomunal.
Ahora sí, a lo lejos, la neblina ya no era neblina, sino columnas de humo que se elevaban hasta el infinito. Y detrás de ese monstruo, vio otras siluetas semejantes moverse en la oscuridad. En un santiamén, entendió todo. Edificios y viviendas en llamas, gente escapando, torres de electricidad y telefonía derribadas, animales huyendo antes incluso que esas cosas aparecieran, embotellamiento de coches... todo aquello que uno ha visto una y mil veces en la pantalla del cine y de la televisión.
Pensó en Doris, en el Gallego, en aquellos que estaba tildando de desagradecidos por no avisar y comprendió que ninguno tuvo tiempo y si lo tuvo, quizá, cómo le sucedía a él en ese instante, había quedado pasmado e inmóvil ante la inminencia de la muerte.
Porque uno piensa en destinos comunes, como el cáncer, los problemas cardiovasculares, los accidentes, el implacable paso del tiempo... pero nunca se detiene a pensar en monstruos gigantes que devoran todo a su paso. Porque sencillamente es imposible, y parece una pérdida de tiempo ponerse a pensar en algo irreal. Sin embargo, allí afuera, bajo la mirada inescrupulosa de ese ser, que con paso potente y terrorífico avanzaba hacia él, destruyendo todo en su camino, supo que la muerte no escatima en esfuerzos y la sorpresa, es su arma principal.

30 de agosto de 2019

La cápsula del tiempo (con ilustraciones de Margarita Espertino)

* ilustrado por Margarita Espertino 

La maestra había explicado en clases lo que significaba una cápsula del tiempo. Martín, que habitualmente se distraía con facilidad en el salón, había prestado mucha atención.
Una cápsula del tiempo servía para comunicarse con el futuro. No como si fuese una conversación. Era una especie de mensaje escondido, guardado por años, para ser descubierto en un tiempo determinado.
En primer lugar, había que conseguir un envase hermético, lo suficientemente seguro y resistente como para ser enterrado y sobrevivir con los años a la humedad y a los insectos. Era vital que no le entrara aire o pudiera ser abierto con facilidad.
Luego, había que pensar qué se pondría en el interior de esa cápsula. No podía faltar un cuaderno donde escribir los datos de la, o las personas que lo habían hecho, explicar los motivos y quiénes eran.
El paso siguiente era elegir objetos que uno quisiera que alguien pudiera encontrar muchos años más adelante. Según la maestra, era mejor colocar cosas relacionadas a la época en la que se hiciera la cápsula del tiempo. Martín pensó en algunas figuritas que estaba coleccionando, un par de revistas de historietas, una remera de su club favorito, juguetes que ya no usaba, el pedal roto de su bicicleta y la foto en la que estaba junto a mami y papi a orillas del mar.
Estuvo a punto de poner un paquete de galletitas, pero recordó que en clases alguien había preguntado y habían dicho que la comida se pone en mal estado con el paso del tiempo. Las terminó comiendo mientras ordenaba todo dentro de la cápsula.
Ya tenía el envase cerrado y sellado. Pesaba bastante. Había tratado de levantarlo con una sola mano y apenas si pudo sostenerlo. Pero Martín no era de desalentarse. Vació la mochila del Hombre Araña, en la que guardaba autitos de todo tipo, y metió la cápsula dentro.
Ahora sí, podía cargarla en la espalda sin problemas. Claro que el paso siguiente era un tanto más complicado que los demás. Debía elegir dónde enterrar la cápsula del tiempo.
En la escuela la maestra les había contado que existían muchas cápsulas enterradas en el mundo. Y muchas ya habían sido abiertas. Se podían dejar indicaciones precisas, por ejemplo, que se abriera en tal año, tal día a tal hora. A Martín le parecían demasiados preparativos.
Salió al patio de su casa con la mochila puesta y una palita de jardinería. Hubiese preferido la pala grande, la que usaba su papá para remover la tierra en primavera, para sembrar las semillas de las flores que tanto le gustaban a mamá, pero estaba bajo llave junto a otras herramientas y la máquina de cortar el césped.
Buscó el rincón más alejado, hundió las rodillas en el pasto húmedo y con ayuda de ambas manos comenzó a cavar con la pequeña palita. Churro, su perro, saltaba a su alrededor y parecía celebrar con cada montoncito de tierra que volaba por el aire.
De repente la palita golpeó algo duro. Martín pensó que sería una piedra, pero el segundo golpe sonó algo así: ¡clank! Parecía algo de metal. Con cuidado fue cavando alrededor y pronto descubrió que era una enorme lata. El entusiasmo hizo que olvidara el cansancio. Martín estaba haciendo un gran esfuerzo.
Luego de un rato, obtuvo su premio. Una lata rectangular, que quizá había sido roja o naranja, pero que ahora estaba cubierta de tierra y aunque parecía descolorida, tenía un color marrón clarito. Parecía tener un nombre escrito en la parte superior. Debajo de la mugre, pudo leer “Anibal”. ¡Cómo el abuelo! pensó con alegría Martín.
Abrió la lata con entusiasmo y quedó con la boca abierta. Adentro había algunos juguetes de madera, un banderín muy antiguo de su club favorito, revistas viejas de hojas amarillentas, monedas, billetes que le parecían muy distintos a los que su papá usaba en el almacén al hacer las compras, y una foto…
La imagen tenía diversos tonos marrones. Era una foto antigua y, sin embargo, ya la había visto. Era la que su mamá le había enseñado hacía un tiempo, contándole la historia de su abuelo Aníbal, al que no había alcanzado a conocer.
Martín no lo podía creer. ¡Su abuelo había dejado enterrada una cápsula del tiempo! ¡Su abuelo le hablaba a través del tiempo! Sintió una alegría inmensa. Se apuró entonces a enterrar la suya y taparla con tierra.
Luego, con Churro corriendo a la par, salió disparado hacia su habitación, cargando en la mochila ese hermoso mensaje enlatado de su abuelo. Al fin, iba a poder conocerlo.



El cuento "La cápsula del tiempo" fue seleccionado y publicado en un libro ilustrado de cuentos editado por la "Caja de previsión social de los profesionales de la ingeniería de la Provincia de Santa Fe" en el año 2018. El relato fue ilustrado por Margarita Espertino.

23 de agosto de 2019

Cuesta abajo


En las letras de un tango
     me escondo
lindante de precipicios
                                        bien hondos

decorado de fiestas antiguas
olvidado en sepias fotografías
lienzos de trazos sin rima
odio encerrado en melancolía
rogando en voces exiguas

diadema de penas de una dura
condena
emociones del pasado en frágil
estado

yerro de años
ayer, hoy y mañana,

nocturna, suena la campana
oscurece, resplandece el daño

soy nadie, volviéndose melodía
el que sueña de día al último agnóstico
requiem tonto de un inútil acróstico

16 de agosto de 2019

Ciudad enferma

Comenzó de manera inocente, como suelen comenzar todas las cosas. La necesidad de protegernos, de estar más seguros, de colocar un obstáculo para que cuando estuviéramos lejos de casa nos sintiéramos más tranquilos.
Es así que el paisaje de la ciudad fue transformándose. Las rejas en las ventanas, los portones cada vez más altos, el alambre de púa encima de los tapiales, puertas más robustas, vidrios más gruesos, alarmas con sensores en cada rincón. Primero una casa, luego la de al lado, la otra, la de más allá, la que está cruzando la calle y en un abrir y cerrar de ojos, la totalidad de las mismas.
Pero no bastaba con enrejar las viviendas: también los colegios, las instituciones, incluso las plazas. Los herreros de la ciudad iban y venían en sus camionetas, tomando medidas, instalando, llevando rejas, cambiándolas por otras más resistentes, más altas, más seguras.
Los barrios se fueron pareciendo a cárceles, con la salvedad que podíamos salir a la vereda, transitar hasta el mercadito a hacer las compras, ir a trabajar, charlar con los vecinos, dar un paseo con el perro por la plaza. Pero el sol comenzaba a bajar y corríamos a la seguridad que nos brindaban las fortalezas en las que vivíamos.
Los robos en las viviendas comenzaron a disminuir. Se escuchaba de tanto en tanto el chillar de alguna alarma, pero estábamos seguros de que los malvivientes no podrían entrar. Fue entonces que se incrementó el robo en la vía pública. Ya no esperaban la noche ni la protección de las sombras. En pleno día salían de atrás de los árboles, bajaban de una moto a toda velocidad o hasta de vehículos en movimiento, que también eran luego utilizados para la fuga.
Los comercios comenzaron a atender por pequeñas ventanas. La gente tuvo que hacer cola en las veredas, porque los comerciantes no se animaban a levantar las persianas y permitir el paso. Entonces, sucedió algo más. Esa gente formando cola se convirtió en presa fácil del robo.
¿Qué soluciones se podían dar? Comprar en forma online. Se impuso la lógica y las personas, desde sus hogares, hacían los pedidos por las redes sociales o en los sitios web de los comercios de la ciudad. Era práctico y sencillo. Se hacía el pedido, se pagaba con tarjeta y en cuestión de minutos o un par de horas, alguien tocaba timbre para entregar los paquetes.
Claro, no demoraron mucho en darse cuenta que ahora el negocio era asaltar los delivery. En cuestión de meses, nadie se animaba a trasladar un pedido, ni en bicicleta, moto o auto. También disminuyó el tráfico, porque los automovilistas eran emboscados y asaltados.
En los trabajos permitieron que los empleados pudieran hacer sus tareas de manera remota. Los operarios que sí o sí debían trasladarse, eran pasados a buscar por utilitarios preparados como para ir a la guerra, con una malla metálica de protección en las ventanas, para repeler cualquier ataque con piedras.
La policía primero no daba a basto, luego dejó de concurrir a los llamados de emergencia. Es que los oficiales no podían llegar a la Comisaría, por el mismo miedo que atravesaba al resto de la sociedad.
Las personas ya no salían a la calle. Se las ingeniaban para pasar alimentos e insumos para el día a día a través de los tapiales o los techos. Cada manzana comenzó a organizarse con comunicaciones internas entre las viviendas. Los que tenían conocimientos en construcción propusieron excavar y crear túneles. Durante varios años, y trabajando por turnos, las manzanas comenzaron a conectarse de manera subterránea.
Familiares y amigos volvieron a darse un abrazo después de mucho tiempo. En tanto, en las calles, solo transitaban maleantes. De tanto en tanto trataban de derribar alguna puerta, asaltar una casa poco protegida o robarle a los pocos valientes que aún, apremiados por la necesidad, debían asomarse por alguna circunstancia.
El factor salud fue desde siempre el principal motivo de nerviosismo. Hasta que se pudo conectar con las pocas manzanas que tenían farmacias, los remedios únicamente podían conseguirse escabulléndose a toda velocidad por las calles. Los malvivientes esperaban ansiosos la acción. Y cuando atrapaban a alguien, no solo eran víctimas de robo. Muchos eran golpeados hasta morir.
Otros morían en las prisiones que tenían por hogares. Y debían ser enterrados en el patio.
Los niños más pequeños no sabían que era jugar en los juegos de una plaza. Mucho menos, lo que era ir a la escuela. Cuando se habilitaron los túneles subterráneos, pudieron al menos jugar con sus primos o hacer nuevos amigos. Pero eran juegos sin alegría, de labios cerrados. Algunas maestras dictaban clases en sus hogares. Lo básico, leer, escribir y las matemáticas elementales.
El abastecimiento de comida de a poco se fue convirtiendo en un problema. Las reservas de los comercios se fue extinguiendo. Las huertas de cada vivienda se transformaron en los pilares de la supervivencia. Pero se imponían estrategias de racionamiento.
La energía eléctrica apenas si duró algunos meses, hasta que los de afuera se dieron cuenta que cortando el cableado aéreo nos tendrían a todos a oscuras, con mucho más miedo. De todos modos, la hubiesen cortado tarde o temprano por falta de pago. La economía de cada familia estaba estancada, la ciudad era tierra de nadie y no había forma de generar dinero.
El desconocimiento de lo que sucedía en el mundo era total. No funcionaban las antenas de telefonía móvil, las radios locales tampoco y las pocas que provenían de afuera, solo pasaban música. Y las pilas para las radios iban agotándose a un ritmo vertiginoso. De todas maneras, parecía que el mundo se había olvidado de nosotros. O lo que sería mucho peor, el mundo estaba tal como nosotros. No queríamos ni siquiera imaginarlo.
Con el tiempo, la falta de mantenimiento, de limpieza, hizo que el paisaje pareciera viejo, olvidado, con un dejo de óxido por donde se mirara. Las calles y veredas sucias, llenas de hojas secas que nadie barría, los frentes de las viviendas con la pintura descascarándose, el hierro oxidándose producto de las lluvias. Incluso en el aire se podía respirar ese olor metálico tan característico en una chatarrería.
En las viviendas, las conversaciones eran cada vez más espaciadas, los silencios se volvían la norma y las risas parecían una facultad perdida. No había nada para celebrar, ni siquiera los cumpleaños. De vez en cuando mirábamos las calles, no para anhelar la libertad, sino para aborrecer a los delincuentes que nos la habían privado. Aunque nunca faltaba aquel que nos recordaba que el encierro lo habíamos hecho nosotros. Que las rejas las mandamos a poner nosotros, lo mismo que las puertas robustas, las persianas pesadas, el alambrado alto. Otros replicaban que había sido necesario. Y allí, si las fuerzas nos acompañaban, se producían algunas discusiones.
Hasta que sucedió lo de Ornella. La hija de los García. Toda su adolescencia transcurrió en la prisión de su casa. Miraba hacia afuera durante horas y veía cómo los maleantes pasaban en sus motos y coches a toda velocidad, a veces haciendo carreras entre ellos, otras indiferentes de todo. Los veía también andar de a pie, golpear los barrotes de las ventanas, disparar contra las ventanas, gritar como poseídos y reír a grandes carcajadas, sacados, furiosos.
Cruzó miradas con uno de ellos, uno joven, quizá apenas un par de años más que ella. En otro caso, el muchacho quizá hubiese disparado en su dirección. Pero no lo hizo. En las noches, cuando su familia dormía, ella se acercaba a la ventana y arriesgándose, arrojaba hacia afuera un sobre con una carta redactada a mano. Su caligrafía era prolija, impoluta. Y a cambio encontraba cada mañana, antes incluso que el sol saliera, el mismo sobre pegado del otro lado del vidrio, con una respuesta en su interior. La letra era irregular, dura, tosca, y las palabras estaban plagadas de errores de ortografía, pero a ella nada de eso le importaba, solo el mensaje, lo que esas palabras mal escritas decían. Y así, Ornella se enamoró de uno de ellos.
Escapó una noche, sin que nadie lo supiera. Había coordinado con él, que la esperaría en la vereda de enfrente. Salió por la puerta principal, pero no tuvo tiempo siquiera de cerrarla. Dos tiros le volaron la cabeza a corta distancia. La llave cayó al suelo y repiqueteó cuatro veces. Los maleantes entraron en tropel y dispararon en todas las habitaciones. Los García ni se enteraron que estaban muertos.
La seguidilla de disparos nos puso a todos en estado de alerta. Los túneles comenzaron a llenarse de transeúntes preocupados, que iban de un lado a otro. Hasta que comprendimos la situación pasó al menos un día. Ellos se habían apoderado de una vivienda. Y no tardarían en descubrir la entrada a los túneles. Cada familia la tenía escondida y además, cerrada con llave. Pero era cuestión de días, u horas.
Estábamos casi famélicos, pálidos, faltos de fuerzas. Sabíamos al mirarnos a los ojos, que no era mucho lo que nos quedaba de vida. El encierro, la desesperanza, nos estaba matando mucho más rápido que la falta de alimentos y de medicamentos. Y a pesar de todo nuestro esfuerzo ellos habían logrado quedarse con una de nuestras viviendas. Una de las puertas al universo secreto de túneles laberínticos que conectaban a cada rincón de la ciudad.
Al mirarnos a los ojos, éramos conscientes de nuestra suerte. Tarde o temprano sucedería. Y vaya paradoja, al tomar la decisión fue la primera vez que en años nos sentimos en libertad.
Buscamos armas, cuchillas, palas, rastrillos, palos con punta, nos colocamos ropas gruesas, máscaras e incluso, arrancamos algunos hierros oxidados de las ventanas traseras. Ya no harían falta. Para bien o para mal, el momento había llegado.
No nos sentimos héroes ni nada parecido. Solo queríamos tener paz. Y para tenerla, había que librar una batalla. Corrimos por los túneles en todas las direcciones, gritando fuerte en un solo alarido, miles y miles de enfermizas personas apareciendo por puertas, ventanas, alcantarillas, como si de repente esas casas prisiones hubiesen decidido escupirnos por todas partes.
Y ellos, munidos de armas, de maldad y crueldad, se supieron vencidos antes de oponer resistencia. Porque la fuerza contenida de un pueblo, una vez en erupción, no hay quién pueda doblegarla.