La tarde llegaba a su fin y el batir del mar contra la costa adormecía el aire; el sol latía sin fuerza, como una artería a punto de dejar de bombear. La tarde se moría. Llegaría pronto el lúgubre avanzar de la noche, aunque las sombras de la misma, que son más oscuras, tétricas y asfixiantes, aún estaban lejos de atropellar la costa.
El día había sido largo, más con el sofocante calor. Y la sangre no huele igual en días así. Se seca, se vuelve una costra sucia y olvidada, que con el roce se descascará para dejarse caer, vencida por el tiempo y el descuido
El descanso, era una justicia. El cántaro de agua dejando libre esa pequeña cascada y el refrescante correr por la garganta: la sensación de placer tras la matanza. Matar deja ardor. El agua purifica, siempre lo he sabido.
La noche estaba pronta a caer y con ella, lo sabía, se irían los fantasmas que quisieran vengarse en la primera noche fuera de sus cuerpos.
Me acomodé en la hamaca y me dejé dormir.
La señora Ivone.
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*El pueblo amaneció alborotado. Había muerto Madame Ivone. Entre la pena de
sus chicas y la sonrisa maliciosa de las vecinas del lugar, la noticia no ...
Hace 2 horas.
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