Me desperté agitado, confundido, sin saber dónde estaba. La sensación de agobio se combinaba con la de falta de aire; el sudor seco del miedo acariciaba con frialdad la piel. Tragué saliva, volví a mirar. A mirar intentando ver. Escudriñé mi cuarto y sus sombras de siempre. De a poco los ojos me fueron devolviendo la realidad. Más calmado, moví un primer músculo y luego todos los demás se relajaron. Encendí la luz del velador. Todo estaba como debía estar. Los muebles en su lugar, las telas de araña en sus respectivos rincones y el televisor en su endeble pero fiel mesa. El mundo seguía en órbita y la tranquilidad me abrazó en silencio. Suspiré y volví al sueño.
La sangre que corría sobre los pisos de las habitaciones lindantes, fue en todo momento ajena a mí.
La señora Ivone.
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*El pueblo amaneció alborotado. Había muerto Madame Ivone. Entre la pena de
sus chicas y la sonrisa maliciosa de las vecinas del lugar, la noticia no ...
Hace 1 hora.
2 comentarios:
a veces los crimenes quen nos rodean son realmente ajenos a nuestro interior, en otros casos somos tan culpables como el hombre q nunca estuvo ahí (hermanos cohen dixit); pero la certeza de los que no aterra puede llevarnos a la ceguera...
apaguemos las estrellas, y vamonos...
Estremecedor. Este relato pertenece a la rara categoría personal de aquellos que quisiera memorizar. Sublime.
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