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21 de junio de 2007

Sin tí

Acabo de morir, lo sé.
Lo acabo de ver en tus ojos.

Cierro los míos y evoco tu imagen: Giraste y te fuiste.
Y yo quedé aquí.

Y el dolor se instaló en los dos. Porque eso se comparte.
Me siento muerto, no sé como te sentirás vos.

Caigo de rodillas y me largo a llorar.
Solo ruego que vuelvas, pues sólo tus manos podrán asir mis hombros y levantarme.

En tanto, seré nada.

10 de abril de 2007

Divagaciones a la luz de la oscuridad

La soledad no como la muerte o una aproximación a la misma. La soledad como desamparo y desolación, abrigo de la tristeza y el desconsuelo.
La muerte, el vacío de la misma, es la resignación. El saber que se puede y no intentarlo, resignarse a no querer ser lo que se puede ser, a no hacer lo que se puede hacer, a aceptar las cosas sin siquiera intentar pensarlas, y ni hablar, de cambiarlas.
La verdadera muerte, sin embargo, más allá de metáforas o aproximaciones, es el olvido. Porque aún fuera de este mundo físico, en lo espiritual, en los recuerdos, aquel que partió, aún vive. El olvido o la falta de quien lo recuerde, la no perduración, es el vacío, el tránsito final hacia el infinito sol oscuro que no resplandece.
Un agujero negro de real soledad, resignación y olvido.

8 de abril de 2007

Un ayer

La lluvia se llevó lo último de mí. Ni lágrimas quedaron. El ser que era un difuso rayo de confusión penetró en el olvido. Y ya nadie lo recordó.

21 de febrero de 2007

Suspectum

Sospecho de la perfección como lo hago con la inocencia. Sospecho de un día sin complicaciones, deudas, sinsabores y frustaciones. Se que el sol brilla, pero tan solo hasta que llega la noche o bien, las nubes lo cubren. Pero es nuestro punto de vista el que lo hace mortal. A lo lejos, él reina sin saber del tiempo y los obstáculos. Pero acá, bajo este cielo impune, tan inocente como culpable, claro y gris al mismo tiempo, impávido e ingrávido de tormentosos deseos, me inmiscuyo en meditaciones despiertas, de fracasos cercanos como la piel misma. Y sentencio que, sin importar lo que me digan, la perfección es un invento, una ilusión de algunos, para que nos sintamos menos. Y ya no la anhelo, no la quiero. Sospecho de ella. Sospecho que exista. Sospecho que tan solo sea algo tan difícil de alcanzar, que una vez logrado el objetivo, sabiéndola nuestra, se esfume, se haga humo y nos quede, ante nuestra atónita mirada, un sinfín de sentimientos encontrados, perdidos, huérfanos, inocentes. Y entonces, de rodillas al mundo, jugada la última carta, tan solo nos reste aguardar la caída del filo. El dolor.

19 de enero de 2007

El barrilete

Ayer, cuando Jony era niño, jugaba con sus barriletes todo el día. Había aprendido de su padre, instructor paciente de su inocente pasatiempo. Su mundo era mágico, la caña se fundía con el papel y los colores parecían cobrar vida. Cada barrilete era especial, tenía su historia, sus buenos momentos. Pero había uno en particular, de un azul muy pálido y flecos oscuros. Una tarde, el viento bárbaro batalló como ninguna otra, y el duelo en el aire, que a nuestros ojos es tan solo una danza agradable recortada en el cielo, fue del milenario dios. El hilo se cortó y Jony fue testigo de la triste partida. El barrilete subió y subió hasta que al final, se perdió en la nada. Y él lloró, como llora todo niño cuando pierde lo que quiere.
Hoy, Jony comparte un lugar junto a otros tantos ancianos que añoran desde la ventana algún vestigio de sus vidas. Y ven, miserablemente, que casi no los hay. Como un cigarrillo que queda descuidado en un cenicero, la vida se consume. Avanza de la misma manera que vemos la degradación del cigarrillo en colilla. A Jony le parecía que en su caso, sucedió casi volando. Extrañaba a su gente, a sus seres queridos. De vez en cuando lo visitaban, pero no era lo mismo estando confinado a las mismas paredes, como si fuera un preso. Su único delito había sido sobrevivir a los años.
Pero esa tarde, parecida quizás a otras mil tardes más, fue, sin embargo, diferente. Jony había salido a dar un paseo corto por el patio y ahora estaba quieto, inmóvil, a mitad de camino. El término petrificado es el correcto. A sus pies, sufriendo por quebraduras en su cuerpo, desgarrado por el tiempo en sus partes más frágiles, estaba su barrilete, aquel que una tarde el poderoso y brutal viento se había llevado jovialmente. Allí estaba su compañero de la infancia, ese que había creado con esmero y amor. Quedaba muy poco de la belleza de antaño, pero ese mínimo reflejo era suficiente para que en Jony siguiera siendo su barrilete especial.
Había vuelto solo para despedirse, para decirle que ya no iba a emprender ningún otro viaje. Su estado lo dejaba en claro. Con mucho esfuerzo, pues la cadera no era la de hace un par, o mejor dicho, tres décadas atrás, y ya las rodillas no lo sostenían, Jony se agachó y tomó en sus manos a su amigo fiel. Había vuelto para despedirse, para decirle adiós. Por la mejilla de Jony corrió una lágrima y comprendió, que pronto llegaría también su hora de dejar de sobrevivir, que el tiempo es tirano y la vejez verduga. Al menos, ahora, no estaría solo. Alguien había regresado, como por arte de magia, a su vida. Y la partida, cuando llegara la hora, sería menos dolorosa. Y Jony sabía, que para ello, no faltaba mucho.
Miró el cielo y se dio cuenta que faltaba algo, justo lo que tenía en sus manos. Sonrió, por los viejos momentos, y juntos entraron a la casa, pues ya se estaba poniendo frío.

12 de enero de 2007

Soledades

Abro los ojos.
Oscuridad.
La nada abarcando todo, mientras escucho el silencio, su gemir callado.
Un destello nace de su no existir. Tiembla, parpadea. Y al final, cobra vida.
Ahora la luz cruza perpendicular mi cielo.
Interrogo la puerta. Me responde el vacío.
Sudo. La piel se eriza, quiere escapar. La retengo. Hago el mejor esfuerzo.
¿A quién espero encontrar?
Cierro los ojos. Imagino que pronto la luz morirá, como mueren todas las cosas. No me detengo a pensar en su efímera existencia, pues todas las existencias lo son. La oscuridad volverá a tender su manto, pero para entonces ya no podrá encontrarme. Estoy detrás de esos párpados alados, escondiéndome en mis sueños, volando hacia mis pesadillas.
Me sumerjo cada vez más profundo, escalón a escalón. Los fantasmas no pueden alcanzarme.
Del otro lado, en la oscuridad, el silencio, vive el recuerdo, el dolor. Y me busca. Me condena.
Piensa en mi, rescátame, hoy no soy más que un prófugo eterno de la locura.

11 de enero de 2007

Refugio

Son esos días opacos que ausentan alegrías. Días en que aquellas cicatrices sin cerrar, a veces en heridas que no recordamos, supuran de dolor. Perdemos la brújula y el sinsentido se apodera de la razón. O acaso solo recupera el timón. De una u otra forma, el mar nos lleva.
Vamos a la deriva, en sutil naufragio. Nos sumergimos de a poco en aguas de alcohol. Los canales internos se riegan de olvido y en la sangre no queda más que resignación.
Entonces, en la primera oportunidad que uno se hace (la batalla es dura, ardúa y nefasta), busca su refugio. Casi siempre son las letras. Nuestras mejores amigas. Y una vez en él, se lee claramente, ya sin lentes borrosas, un recordatorio fiel, necesario: "Son esos días opacos que ausentan alegrías. Días en que aquellas cicatrices sin cerrar..."

15 de diciembre de 2006

Por siempre

La veo tendida a mis pies en sumiso sueño.
Obediente silencio que es compasión de la muerte.
Las estrellas no lloran lo que no sienten ni objetan lo que no han visto.
El rocío es escenario secundario. Olor a pino en el aire.
A los lejos, un ulular histérico vaticina la pesadumbre.
Ella sigue a mis pies. Se fue, llevándose las respuestas.
Quedarán las penas y viviré con ellas.
Por siempre.

2 de diciembre de 2005

Colores felices

Me miré a mi mismo al espejo, reflejo cansado y austero, un rostro demacrado y torturado, tan falto de alegría como de encanto. Del otro lado de la lona, chiquillos reían y aplaudían antes del comienzo de la función. Alguien entró al camarín y volvió a recordar a viva voz que ya estaba por comenzar. Así era cada noche de cada semana, de cada mes, de cada año... así era mi vida, me gustara o no.
Pronto la música se haría sentir y los sonidos de trompetas irrumpirían por todo lo alto, y ya nada sería como es. La tristeza a un lado, como siempre; las penas al cesto de basura y una falsa alegría iluminando una cara, bañada de colores radiantes, que ya no era la mía.
La ilusión de los pequeños; mi muerte en cuotas. Payaso soy, solo para esconder mi dolor y disfrazar tanta tristeza entre trajes graciosos y zapatos enormes. Y los colores, no olvidarse de los colores...
En fin, la función va a comenzar... una vez más.

26 de noviembre de 2005

Adiós

Estrellada la noche que vertía sobre mi ser su voluntad extensa y multitudinaria, de puntos brillantes y luces inalcanzables, mientras el vaivén leve e imperceptible del gigante bajo mis pies me alzaba suavemente por sobre la borda, para que mis ojos, tristes y enrojecidos, poco acostumbrados a las penumbras y sus formas, buscara en vano un punto en el horizonte, siendo en todo momento inútil diferenciar la oscuridad de la nada, y la nada del todo que rodeaba aquel mar tenebroso y desafiante, que llamaba con fiereza a mi corazón, induciéndolo a la locura, a calmar las penas, a buscar una escapatoria al dolor, al desengaño y fue así que el frío del agua trepó a mi cuerpo y girando el cuello, sobre el cual caía el cabello mojado, ví alejarse para siempre ese barco, esa silueta enorme que se recortaba en un fondo de realidad que ya no me pertenecía…

El Descanso

La tarde llegaba a su fin y el batir del mar contra la costa adormecía el aire; el sol latía sin fuerza, como una artería a punto de dejar de bombear. La tarde se moría. Llegaría pronto el lúgubre avanzar de la noche, aunque las sombras de la misma, que son más oscuras, tétricas y asfixiantes, aún estaban lejos de atropellar la costa.
El día había sido largo, más con el sofocante calor. Y la sangre no huele igual en días así. Se seca, se vuelve una costra sucia y olvidada, que con el roce se descascará para dejarse caer, vencida por el tiempo y el descuido
El descanso, era una justicia. El cántaro de agua dejando libre esa pequeña cascada y el refrescante correr por la garganta: la sensación de placer tras la matanza. Matar deja ardor. El agua purifica, siempre lo he sabido.
La noche estaba pronta a caer y con ella, lo sabía, se irían los fantasmas que quisieran vengarse en la primera noche fuera de sus cuerpos.
Me acomodé en la hamaca y me dejé dormir.

1 de noviembre de 2005

Sueños

Quién es quién en estas tierras. La distancia se transformó de golpe en algo tangible y la esperanza en la necesidad de poner el hombro. Aspirino estaba solo, un mundo lo separaba de sus seres queridos y el azul de semanas había dejado paso a las amplias llanuras deseosas de mano de obra. Se ajustó las prendas de trabajo, miró el horizonte y se dijo a si mismo que era hora de empezar a erigir un sueño. Levantó la azada en el aire y cortó el viento de un solo envión.
Su tumba reza hoy en día que fue "un hombre con iniciativa" y lo lloran dos de sus hijos y varios nietos, los cuales solo lo conocieron por relatos y fotografías.
El sueño fue el porvenir de los suyos, en detrimento de los propios. Sin esa azada al aire, no habría quién lo llorara hoy. Aspirino sonríe en alguna parte, como tantos otros.

30 de octubre de 2005

Papi...

- Papi... ¿el abuelo era inmigrante??
- No Carlitos, no era inmigrante.
- Ahh... pero... ¿¿no nació en el norte??
- Si, pero en el norte de este país Carlitos.
- Ahh. Papi...
- Si Carlitos.
- Si yo me voy a vivir a la Luna cuando sea grande... ¿¿voy a ser un inmigrante??
- Carlitos, nadie vive en la Luna.
- Ahh... Papi...
- Si Carlitos, qué pasa ahora?
- ¿La Luna queda en el norte?
- No Carlitos, queda en el espacio.
- ¿Y el espacio queda en nuestro país?
- No Carlitos, no queda en nuestro país.
- Papi...
- Qué Carlitos, qué..
- Ya lo decidí. Voy a ser inmigrante como el abuelo y voy a vivir en la Luna!!
- Carlitos, el abuelo no era inmigrante y no podés vivir en la Luna.
- Ufa Papi, pero el abuelo... mami siempre dice que…
- Carlitos, escuchame bien, mami lo que dice siempre es “indigente lunático”.
- ¿Y no es lo mismo, papi?
- A esta altura Carlitos, me da igual…

22 de octubre de 2005

Hombre muerto

-Entonces, qué me dice. Si esa persona existiera, si realmente alguien tuviera la dicha de poder vaticinar con un ciento por ciento de precisión cada jugada en un mazo de barajas, cada bolilla que deja de girar en la ruleta, cada vez que alguien hace caer una palanca en los tragamonedas... si esa persona existiera, cuánto dinero le daría para que no vendiera sus servicios en forma particular y le hiciera perder dinero en su casino. ¿Cuánto?
-¿Cuánto? Ud está loco, no le pagaría un solo centavo. Si esa persona existiera, ló mandaría a matar y listo. ¿Acaso conoce alguno?
-No no, tan solo quería saberlo. Ja, por favor, quién podría hacer algo así, sería un fenómeno, un...
- Un hombre muerto.
- Eso, si, eso, un hombre muerto. Je.
- Ahora, si no le molesta, voy a recorrer un rato el casino, charlando no se puede vigilar un negocio.
- Claro, claro, vaya tranquilo.
Lentamente, el dueño del casino, de enorme porte, se retiró de la barra del bar. El hombre que lo acompañaba, de aspecto esquelético y nervioso apuró de un sorbo el último trago de su copa. "Hombre muerto" se dijo a si mismo y sonrió. El azar era previsible para su mente, pero no la forma de pensar del ser humano. Jamás podría adivinar lo que alguien le diría. Y aunque sabía que la suerte no existía, la tuvo esa vez. "Hombre muerto" volvió a decirse y se alegró por no haber confesado desde el vamos sus poderes. "Cero" gritó un croupier desde la otra punta y el ya lo sabía desde antes que llegara la palabra a sus oídos. Se marchó con un secreto en la cabeza y la vida en un bolsillo.

1 de abril de 2005

Ciclo

El cielo azul.
El sol radiante.
La plaza.
Palomas que se elevan y vuelven al suelo en un ciclo constante.
El anciano sentado en un banco.
El niño que lo mira a su lado.
La madre del niño que agradece al anciano por el cuento que le narró a su hijo.
El anciano que sonríe.
La madre que le pregunta a quién pertenecía la bonita historia.
El anciano que le contesta que a un tonto que un día despertó abatido por la edad, la artritis y dejó su sueño herrumbrándose en un rincón, diciéndose que siempre habría un tiempo.
La madre que lo mira con cierta ternura y le vuelve a agradecer.
El anciano que queda solo.
La lágrima que le recorre la mejilla.
Las palomas que siguen su danza hipnótica, ajenas al mundo.
El sol radiante.
El cielo azul.
La vida que no se detiene.

Explicaciones

Y si no tienes magia, como es que me haces volar con solo sonreír o decir te quiero?
Y si no eres inteligente, como es que me haces ver que tu verdad es tan importante como la mía?
Y si no eres bella, como es que mi corazón no deja de latir y agitarse en mi pecho al ver tu rostro y sentir tu cuerpo?
Y si no eres joven, como es que tienes tanta vitalidad y ganas de creer en un futuro mejor?
Y si no eres astuta, como es que sabes cuando estoy mal o algo me apena?
Y si no eres independiente, como es que siempre has logrado salir adelante estando sola?
Y si no eres maravillosa, como es que lo que siento por vos es algo que no se puede explicar?
Y si no eres un encanto, como es que cada día me enamoro más y siento que no puedo estar lejos de tu corazón?

Arazeas

Desmónesis, el más fuerte de los guerreros del Rey Ofidio, indiscutido líder de las tropas imperiales, volvió a fijar su vista en el impasible y juvenil rostro de Arazeas, uno de sus mejores pupilos y sin dudas, su preferido, pero apenas si pudo sostener su mirada por unos segundos, retomando otra vez la marcha.
La idea le parecía insensata y hacía una hora que intentaba (sin lograrlo aún), desarticular la idea del joven guerrero de encaminarse hacia el otro lado de las Tierras Leónidas, un territorio tan poco hospitalario como extenso en ancho y largo.
Caminaba de una punta a la otra de la gran habitación y el reflejo de sus ornamentadas prendas, que definitvamente no eran las que cargaba con orgullo sobre su cuerpo en cada batalla, iban y venían en los mármoles que revestían el recinto.
Finalmente y tras más de diez minutos de movimientos enérgicos, desgastantes caminatas en círculos sin sentido, Desmónesis volvió a preguntar a su pupilo:
- ¿Estás seguro?¿Estás totalmente seguro de lo que quieres hacer?
Arazeas lo estaba. No hacía falta esperar que las palabras lo confirmaran. Sólo había que ver su rostro, decidido, valiente, angustiado, para saber que no solo estaba seguro, sino que moriría en su causa si así fuera necesario. Y era esa decisión, esa determinación, lo que más preocupaba a Desmónesis, porque eran obstáculos a los que difícilmente uno podía oponerse o contrarrestar de forma alguna y sin lastimar a nadie. El pupilo, no obstante, fue sencillo en su respuesta:
- Lo estoy, maestro.
El "maestro", como siempre que lo hacía, fue pronunciado con mucho aprecio y respeto; Desmónesis, que había combatido en cientos de batallas y tolerado las decenas de heridas que azolaban su cuerpo en forma de cicatrices que parecían grabadas con fuego, sintió que esas tres palabras le producían un dolor como ningún otro, en el centro de su corazón.
Su rostro evitó contraerse en un gesto de disgusto y así fue, supo mantenerlo firme, pero el sabor amargo bañó sus entrañas y perforó su interior, como aceite caliente.
- Pues bien, si es tu deseo...
- Es mi voluntad maestro, es lo que debo hacer.
- Pues bien entonces mi joven y valiente guerrero, si esa es tu voluntad, tienes mi permiso, pero debes saber algo, es una insensatez.
El joven no hizo ningún comentario al respeto, lo siguió observando con la calma y el respeto de siempre, recibiendo cada palabra de su superior y maestro con suma atención, como lo hacía siempre en sus clases de aprendizaje, en las que desde el primer día, cuando descifró los dos difíciles acertijos que Desmónesis les había ofrecido como bienvenida, supo destacarse, tanto por su inteligencia, como su arrojo y osadía.
Desmónesis recobró aliento en el silencio y se acercó a Arazeas. Se paró justo frente a él y casi como un padre, apoyó sus manos sobre los hombros del joven, e inclinando sus ojos a los de su pupilo, intentó un último movimiento, aunque las piezas ya habían recorrido todo el tablero sin ningún éxito posible.
- Te lo he dicho varias veces y hace una hora que te lo estoy repitiendo en este salón, mi querido y valiente Arazeas. Esta voluntad que dices tener, terminará con tu vida. Es el amor de una mujer el que te llama y valoro en este afán de liberarla de sus captores, tu valentía, decisión y coraje para atravesar los confines más allá de las Colinas Ignias, adentrarte en las Tierras Leónidas, atravesar los mares oscuros y y si aún vives, enfrentarte al ejército gracio en los Condados de Merivea. Lo valoro, lo aprecio, pero le temo porque es tu sentencia de muerte, el paso que no has dado pero que darás hacia el abismo, impulsado por un sentimiento único, leal, repleto de pasión, pero carente de realidad, pues no te aferras a lo que sabes, a la certeza si realmente ella vive, si acaso el ejército gracio no la hizo ya una de sus tantas víctimas, una más tras la toma de Urenia, el pueblo de tu amada, en el corazón de las tierras del Rey Tiaro, incondicional de nuestro imperio.
Eres joven Arazeas, pero lo que conoces del mundo es muy poco. La maldad que se extiende más allá de las comarcas no es nada comparado con las maldades que has apreciado en las batallas donde has combatido. Tienes sangre ajena en tus manos, lo se, pero ello no significa que estás hecho para una cruzada en solitario. Arazeas, dudo que puedas sobrevivir más allá de las Tierras Leónidas. Juro que quiero creer lo contrario, pero nadie que ha ido solo ha sobrevivido para contarlo. Y te lo vuelvo a decir mi brillante aprendiz, todo por el corazón de una mujer de la que no sabes, si vive o no.
A medida que había hablado, se había ido agitando y su tono elevando, aunque más cerca a la súplica que al enojo. Azareas no expresó ningún cambio en su postura ni en su rostro durante todo ese tiempo. Pero habló al final, y su voz se hizo eco en el gran salón, firme y segura como decidido y fiel lo era él.
- Te admiro maestro, gran Desmónesis, gladiador de miles de guerras, conocedor de la sangre y el perdón, pero por primera vez reniego de tus palabras. Mi corazón va por ella y mi mente tras mis ideales, juntos atravesarán los lugares el destino ha deparado para mi y que tu muy bien has nombrado. Se valerán de mi cuerpo para cumplir su misión, de mis energías, de mi pasión. No le temo al ejército gracio, ni al hambre ni a la sed. Tampoco a las tormentas, el sol o el viento. Ni a la luz del día ni la oscuridad de la noche. Tampoco a mi muerte, porque muerto estaría en caso de desistir, de rendirme por miedo a la pesadumbre, a la desgracia o el dolor. Ella está viva, lo se. Mientras haya esperanza en mi corazón, ella vivirá. Y no descansaré hasta llegar a ella, no importa como, cuando y en qué lugar, derramaré hasta la última gota de mi sangre en caso de ser necesario, sacrificaré cada parte de mi cuerpo si así es la voluntad.
- Arazeas, morirás.
- Todos morimos mi apreciado Desmónesis; es el motivo el que nos diferencia.
- Los Dioses te bendigan hijo mío.
- Alabados sean, maestro.
El joven pupilo se retiró en silencio, con la cabeza en alto y sin volver su mirada atrás. Nunca se supo que sucedió con él y si pudo dar con su amada.
Desmónesis lo recordó por siempre, hasta el día de su muerte, incluso hasta el momento mismo de sumirse en el sueño final, en el que recordó aquello que años atrás había escuchado de alguien que sabía poco de la vida y que sin embargo le había dado la lección más importante, palabras que sonaban tan sencillas al oído pero que a la vez estaban colmadas en contenido, las mismas que en su mente, que ya se estaba apagando, se repetían una y otra vez, "todos morimos mi apreciado Desmónesis; es el motivo el que nos diferencia".

14 de enero de 2005

Rosa de mi corazón

Rosa sin rosedal
Cuya fuerza y dolor
Hacen de mi amor
Un solo fuego, un solo hogar

Un beso se alzó en vuelo
Y a través del contrario viento
Y rebosante de sentimientos
Rompió las barreras del cielo

Recorrió rutas si pensar en distancias
Y mucho mejor, sin reparar en detalles
Cruzando con el alma, llanuras y valles
Para que seas feliz, como en tu tierna infancia

Escucha con suma atención:
Ni tus días terminan,
Ni los míos comienzan
La edad es la del corazón

Y a ellos hacemos, la pregunta que nos domina
Enamorados que se toman de la mano
Qué hay del otro lado ?
Cuando juntos suben la colina

Y nos responden con orgullo
Saboreando la vida plena
Es como el sol, como la luna llena
Un hermoso sentir, un suave arrullo

Y en mi esperanza nos veo juntos
Abrazados sin prejuicios
Mayor y menor, ambos en sano juicio
Solo amor, epicentro del asunto

No existen amantes sin corazón
Como no existe la pasión sin beso y dolor
Ni el futuro, sin sacrificio y amor
Y tampoco el canto sin la canción

Rosa sin rosedal
No hay otra rosa que te opaque
Eres única e irremplazable
Como la primera nuez del nogal

Maravillosa entre todas las personas
Tan bella de día, tan preciosa de noche
Dos brotes de oro que son tu broche
Y con luz cegadora, amor a mí retornas

Tengo tantas cosas que decirte, pero olvido la carta
Este amor me atrapa y me vuelve vulnerable
Pero igual no creo que haya en nuestro lenguaje
Palabras que puedan decirte cuánto te amo, querida Marta

28 de diciembre de 2004

Inocencia

Y Dios les dijo en un día como hoy: "Todo en lo que creéis, no existe, son puras patrañas".
El pueblo cayó de rodillas, los rostros se miraron consternados, el pánico asomaba entre la gente, los rezos cesaron y gemidos surgieron de los labios.
Dios entonces les tuvo piedad y les dijo luego de ver que habían sufrido bastante: "Qué la inocencia les valga" y su risa estremeció las montañas y colmó de olas el mar.
Los pueblerinos se regocijaron por la broma, se sintieron aliviados y se abrazaron unos a otros.
Aarón tenía diez años, pero pudo ver en la escena, no júbilo en la gente, sino miedo. Y en voz baja pronunció "qué más daría si vuestra broma fuese realidad, acaso algo en lo que creemos tiene pizca de verdad?". Y dicho esto se alejó de la multitud.
El no creía en la voz grave que tan fácilmente había engañado a todos, él creía en que si no pescaba durante la mañana o la tarde, su familia no comería por la noche. Esa era su verdad, lo demás no existía, eran puras patrañas.

Nos vamos don Pedro

No le di razones a la muerte para que me llevara tan pronto, pero igual lo hizo. Me encontró una mañana, mientras corría por el parque. Me engañó fácilmente. No vestía de negro ni sostenía una hoz. Su mirada no era terrorífica ni su voz espectral.
Lo recuerdo bien, como si fuera hoy. Se acercó, me puso una mano en el hombro y me dijo casi al oído: Nos vamos don Pedro. Y me llevó sin resistencia, dejando vacío el cuerpo sobre el césped, en una posición casi cómica, casi lamentable.
Sesenta años. Siempre creí que tenía no menos de veinte años por delante aún, pero ya ve, un día sin advertencia previa, nos dice "nos vamos" y no queda otra. La verdad, no me quejo. En realidad no sentí nada. Y estando acá, que no se dónde es, ni idea qué es de la gente que conocí. Tampoco me preocupa. Sinceramente estoy cómodo. Ya ni recuerdo que era tener hambre o sueño. Los recuerdos que aún poseo son muy difusos y tienden a desaparecer.
A veces creo que nos reciclan, sabe. Que el aire de este lugar nos va desgastando de a poco, primero internamente y no se, muy probablemente cuando ya la razón no nos sea de utilidad, nos desgastemos físicamente. Pero esas son cosas que uno piensa cuando tiene todo el tiempo del mundo. Bueno, si pasara lo que le dije, no sería tan así, no tendríamos todo el tiempo del mundo.
¿Pero para qué hacerse problema, verdad? Si uno ya está acá. Tranquilo, cómodo, sin responsabilidades (qué palabra, no recuerdo que significaba, pero era algo que embromaba bastante) ni nada. Uno está acá y es. Qué cosa es, ni idea, pero es, o acaso no soy? Al menos le estoy diciendo estas cosas.
En la vida no se podía ser así, digo, ser una persona sin problemas, con tranquilidad. Lo poco que recuerdo es que siempre había obstáculos, no se como llamarlos. Renegando. Eso. La mayor parte del tiempo estábamos renegando. Había que luchar para sobrevivir. Luchar contra los obstáculos digo, no de pelearse con otras personas.
Y sabe que ahora que lo pienso, aquellos que se resignaban a no luchar, a dejar que los problemas los superaran, tenían el mismo aspecto que nosotros. Se dió cuenta? Es decir, como explicarle. Eran, estaban, pero nada más. Se desgastaban con el aire, porque era lo único que hacían. Ya habían bajado los brazos. Ahora que hago memoria, eso pensaba de esa gente siempre y sabe qué, usted se va a reír, yo pensaba que esas personas resignadas tenían en mente dejarse estar y esperar a la muerte para estar mejor en otra parte.
Perdone, pero me hizo gracia. Recuerda usted la gracia? Si, si, a veces nos producía la risa. Esa misma. Bueno, me da gracia pensar en que esa gente esperara eso. Qué fiasco se habrán llevado los que hayan conseguido lo que buscaban! Morir para estar mejor y encontrarse que no hay nada, tan solo una sala de espera eterna (o hasta que nos desgastara el aire, vaya uno a saber) en la que la resignación es la mejor compañía.
Al menos morí creyendo que iba a vivir más, con planes para el futuro, con ideas, con ganas. Si, la muerte me dijo "nos vamos" cuando más hubiese querido quedarme, es cierto, pero en fin, la muerte es la muerte, por más que no vista de negro ni sostenga una hoz, como un tonto es un tonto por más que crea que engaña a todos haciéndose pasar por un resignado.

17 de diciembre de 2004

La torre humana

La calle era un verdadero manicomio. Las ambulancias que habían logrado llegar a través del caótico tránsito tras el terremoto estaban al pie del edificio. Sobre la acera, un arquitecto era tajante en su postura:
- Es imposible capitán, se vendrá abajo. Si la gente comienza a descender por las escaleras, se viene abajo. Y eso si antes no se queman vivos en los pasillos.
- Y entonces qué? Esperamos a qué el fuego siga avanzando o se desmorone el edificio? Dígame, qué? Bien sabe que el puente se ha venido abajo y estamos aislados, el maldito barrio está aislado. Y no tenemos un mísero bombero y mucho menos, le recuerdo arquitecto, una escalera de al menos treinta metros.
La gente corría de un lado a otro, algunos ajenos a la situación, otros en cambio, se detenían a observar a los ocupantes del único edificio que había en esa zona, que parecía mantenerse apuntando hacia el cielo en forma fortuita, pero que se notaba, cedía terreno y era inminente su final. Los ocupantes, los que no había podido escapar antes que el fuego se desatara en el interior de la estructura, estaban en la terraza.
Un chico de seis años se detuvo a escuchar al arquitecto y al capitán de la policía. Mientras se hurgaba la nariz, los observaba con detenimiento, prestando mucha atención a las palabras que cruzaban.
- Le digo capitán, si usted pide que intenten bajar por las escaleras, asumirá el riesgo de mandarlos, literalmente, a la hoguera.
- Lo sé, cree que no lo sé? Pero válgame Dios, no tengo una sola idea de como encarar esto. No están en un árbol, dónde le pido a usted que me sostenga y eleve mientras yo los bajo. Están en un maldito edificio!
- No me grite capitán, no estoy en su contra, solo le digo que no es probable que puedan bajar por las escaleras.
El capitán se quedó en silencio, respirando agitadamente. Un subalterno aguardaba a su lado con un handy en la mano, esperando para impartir alguna orden, cualquiera que fuese. Más lejos, los coches patrullas decoraban la calle con sus luces azules y rojas. El cielo, en tanto, se iba cubriendo de espesas nubes grises. El niño se fue corriendo, calle abajo.
Un paramédico se unió al capitán y al arquitecto en el agitado diálogo. De tanto en tanto, miraban de reojo el edificio, viendo como el humo aparecía siempre en una ventana de un piso más arriba que la última vez que habían desviado su mirada hacia el mismo.
Al cabo de unos minutos, el capitán sintió que le tironeaban hacia abajo la camisa.
- Vete de aquí niño, que estamos en medio de un problema. Vete, busca a tus padres.
El niño no se movió del lugar y volvió a llamarlo.
- Niño! Qué quieres, por favor, que no tenemos tiempo! - y rápidamente siguió con la charla con las dos personas que tenía delante en el mismo punto donde se había visto interrrumpido.
El niño se alejó y el capitán se olvidó del asunto. Ni el arquitecto ni el paramédico repararon en el pequeño.
A los pocos minutos, el diálogo tenía más voces. Médicos del hospital de la zona, otros policías y hasta un periodista de la televisión, que quería saber que pasaba y se quedó debatiendo con los demás. La gente que estaba en las cercanías esperando una definición, le prestaba tanta atención a este grupo de personas como a las que se encontraban varios metros por encima, sobre la terraza del edificio.
- Pero capitán, como no es posible que no haya un helicóptero de la fuerza disponible - decía a viva voz el periodista.
- Se lo repito caballero, el que tenemos está en un taller desde hace más de dos meses. El otro más cercano, está en un hangar a más de trescientos kilómetros de aquí y los dos pilotos, nos informaron por radio, no están disponibles.
- Pero me va a decir...
- Capitán! Capitán! - el subalterno apareció de repente haciéndose paso entre la gente que formaba ese extraño círculo de voces - Capitán, tiene que ver esto!
El capitán, y las demás personas que estaban buscando una salida para la gente del edificio se dispersaron inmediatamente siguiendo al subalterno, que corría en dirección al edificio, pero hacia la parte posterior.
Allí se detuvieron en seco, casi sin darle crédito a lo que sus ojos veían.
En paralelo al edificio, en forma longitudinal, apuntando hacia el cielo gris, se erigía una segunda torre. Y ésta, no de cemento y estructuras de acero. Era una torre humana, de treinta pisos de altura.
- Es... es.. imposible... - dejó escapar en una exhalación el arquitecto y fue la única voz que se escuchó.
Algunos se pasaron el revés de la mano por los ojos, porque temían que fuera una ilusión. Otros fueron más lejos, cerraron los ojos y los volvieron a abrir, pensando que sería una broma que les jugaba la vista. Pero allí seguía, firme y apuntando hacia las alturas. Y algunos hasta creyeron ver que si bien debía haber al menos cien personas allí, la forma de la torre era la de un solo ser humano. Y también vieron al chico, vaya si lo vieron. Estaba de pie, al lado de la persona que servía de pilar de la torre humana, asiéndolo de la mano, como cualquier niño que espera junto a un mayor al borde de la acera mientras cambia el semáforo a rojo para poder cruzar. La carita sonriente, mirando hacia arriba.
Y de a uno, por la torre humana, fueron bajando de a uno los ocupantes del edificio. Era imposible para quienes miraban entender como podían bajar por allí y como los "rescatistas" lograban mantener el equilibrio y a su vez, ayudar a quienes descendían. Pero ya era imposible que una torre así pudiera ser formada. Así que esos detalles, quedaron en un segundo lugar.
Quince minutos después, todas las personas de la terraza ya estaban sobre la calle, abrazándose entre ellos y con los conocidos que aguardaban su rescate. La torre de cemento comenzó entonces a arder más fuerte. La torre humana, a perder altura, a medida que los de arriba iban bajando. Al cabo de unos minutos, cualquiera podía afirmar que había sido un sueño, puesto que ya nada quedaba de la misma, salvo, claro, el grupo de gente que la había formado y que conjuntamente con el niño, se abrazaban con quienes habían salvado.
- Qué pasó aquí... cómo fue posible? - alcanzó a balbucear el capitán a quién quisiera responderle entre toda esa gente feliz que lo rodeaba.
Un hombre le sonrió y solo le dijo: Preguntale al niño.
Pero el niño ya no estaba. Lo buscó durante el resto de la tarde. Nadie de los que habían formado la torre lo conocía, tan solo lo habían seguido cuando les dijo que sabía como salvar a esa gente que estaba en el edificio. Preguntó a todo el barrio y no obtuvo ningún resultado.
Por la noche, en la estación de policía y luego que se lograra reparar provisoriamente el puente, el capitán terminó de hacer todo el papeleo del día con un dolor de cabeza más fuerte que cualquier otro día de su vida. El terremoto había afectado también al cuartel, pero sabiendo como había arruinado gran parte de la ciudad, podía decirse que eran afortunados.
Esa noche soñaría (tendría pesadillas en realidad) con el edificio, estaba seguro. Y peor aún, pensaría en el niño...
Cuando se estaba retirando, observó que el arquitecto y el paramédico que habían estado hablando con él durante la nefasta tarde aún estaban en la cafetería de la estación policial. También para ellos había sido un largo día.
Se acercó y dejó su campera sobre el respaldo de una silla vacía. Se sumó a la charla, mucho más distendida que horas antes.
- Aún estoy pensando en el niño - confesó el capitán.
- ¿Del que todo hablan?
- Exacto, del mismo que nos interrumpió cuando debatíamos hoy - le contestó el policía.
El paramédico y el arquitecto se cruzaron una mirada.
- ¿En qué momento?
El capitán abrió grande los ojos.
- Me preguntan en serio...
- A menos que nos hayamos quedado dormidos, ningún niño nos interrumpió.
- Pero... - el capitán se quedó en silencio. Cambiaron de tema. Veinte minutos después se fue.
Indagó mucho tiempo por el paradero del niño y nunca halló nada.
Un buen día se cansó y lo dejó. Pero hay días que la imagen del niño se renueva en su memoria. Justamente ocurre en días con problemas, cuando parece que no hay una salida posible.
Jamás supo quién era el niño y sabía que nunca lo sabría.
Pero desde entonces tenía la certeza de algo: las cosas imposibles no existían. Tan solo era necesario creer y contagiarles esa fe a los demás. Y así, las torres humanas dejaban de ser una ilusión.
Y estaba seguro de algo más. Que aquella torre, durante un momento, fue una sola persona.

La noche triste

Alguna vez tenía que pasar. Ya incluso le habían advertido. Pero ella la exhibía con orgullo, demasiado para mi gusto. En realidad, para gusto de muchos. Pero hacía caso omiso a nuestras palabras y la siguió presentando en sociedad como su más reluciente amuleto. Incluso antes que cayera el Sol, ya lograba que estuviéramos al tanto de su presencia. Algunos aseguraban que lo conseguía debido a que era amiga íntima de la Tarde. Pero sea cual fuese la respuesta, el tema es que hartó a todos.
Y así, una medianoche, cuando todos levantamos la vista al cielo, solo vimos negrura alrededor de la gran pelota brillante que es la Luna. Y notamos que la Noche lloraba, porque todas sus estrellas y astros la habían dejado sola, con la única compañía de su preciado amuleto blanco. Por orgullosa, claro. Y bien merecido que lo tenía.
Ahí están ahora, desamparadas en la soledad, sin nadie que ya tenga deseos de mirar hacia arriba, puesto que el cielo cuando oscurece ya no es el mismo. La Noche y su querida Luna, solitarios exponentes en un vasto territorio desierto, que otrora fue belleza e inspiración y ahora tan solo orgullo herido y desolación.

17 de septiembre de 2004

Duda

El pensador le dijo a un sacerdote:
- Escribir es un impulso, a veces predeterminado y otras no. Matar también.
¿Existirán más libros o más asesinatos?

El sacerdote entornó la cabeza y meditó varios minutos, para luego contestar:
- Sólo Dios lo sabe.

El pensador entonces agregó:
- Pero... le importa?

El sacerdote se sumió en un silencio del que nunca regresó.

Posibilidad

Digo, y si acaso el brillante resplandor que muchos afirman ver al final del túnel en el momento de la muerte, no es otra cosa que la luz de un tren que se aleja en forma definitiva, pues hemos llegado tarde para abordarlo....
Quiénes lo cuentan siempre han vuelto. Debe ser que no aceptan el mismo boleto para dos viajes.

Engaño

Ciertas cosas resultan intolerables, como que dejen los frascos de mermeladas destapados, que vengan a comer sin lavarse las manos, que no se limpien las zapatillas antes de entrar a casa... en fin, Susana renegaba de enumerar todo lo que aborrecía que sucediera en su hogar, pero lo hacía mentalmente día y noche, hasta crisparse de los nervios y terminar en la cama con un dolor de cabeza tan grande que si hubiese tenido una cuchilla a mano, se la cortaba de raíz.
Sin embargo todos sabían que Susana nunca llegaría a tal extremo, tan solo pensaba en todo eso para olvidar que estaba sola, y que sus hijos y marido ya no regresarían de aquel campamento en el que la nieve los ocultó para siempre de su vida.
Ciertas cosas resultan intolerables, la muerte es una de ellas.

La apuesta

- ¡Escalera Real otra vez! Jajaja !!!
- Noto que estás de suerte compañero.
- Parece parece... con esta mano ya son... déjame contar...
- No te esfuerces, las matemáticas no son tu fuerte. Tres mil doscientos. Por el momento te debo eso.
- Buena cifra para una sola partida.
- Demasiada buena. En fin, solo es un juego.
- Así es, solo es diversión... e inversión, jajaja !!!.
- Bueno bueno, guardate algo de tu suerte para dentro de una hora.
- Veré que puedo hacer, jeje. Sinceramente mi querido amigo, cuando pierdes, no sabes mantener el humor.
- ¿Tú lo haces? Vamos... Hazme un favor, vete a cobrar el premio y regresa, seguramente no te irá tan bien en un rato.
- Así lo haré entonces. Tres mil doscientas almas no se ganan tan fácilmente todas las horas, jejeje.
- Calla ya Lucifer y ve por tu premio. Seguiremos jugando en unos minutos.
- Ya regreso gran Jehová, te traigo algo de la Tierra?
- No es necesario, elige tus almas y vuelve. Redoblaré la apuesta esta vez.

20 de julio de 2004

Una sonrisa

A veces las palabras están de más y una sonrisa vale por mil de ellas.
Tan simple como eso.

22 de junio de 2004

Frase

Leí una frase muy buena que dice "casualidad es como se le llama a Dios cuando no quiere firmar". La encontré de casualidad. No se que creer.

Diálogo en la esquina de la vida y la muerte

Fascinado, el chico corrió hacia el mendigo y le preguntó aún agitado:

- ¿Era un angel? ¿Aquello que evitó que el vehículo lo embistiera... era un ángel?

- No.
Tan solo su sombra.

Secreto de un ángel

La vida no es otra cosa que algo para distraernos de la muerte.
Desde que nacemos, paradójicamente, comenzamos a morir. Lo hacemos a diario, mientras reímos, comemos, dormimos, amamos. Vamos muriendo un poco a cada segundo. Suavemente. La mayoría de las veces, incluso, sin sentirlo.
Los avatares de la vida nos llevan por distintos caminos, repletos de matices diferentes. Pasamos por llantos, alegrías, tristezas y transitamos dolores, felicidades, pesadumbres...
Los problemas cotidianos nos envuelven, los pequeños obstáculos se convierten en grandes inconvenientes, las acciones de los demás nos agradan, enfurecen o le somos indiferentes.
La gran ruleta jamás deja de girar, unas veces más rápido, otras más lenta.
El tiempo se vuelve cansino y el olor a humedad se recuesta en la tierra varias veces durante largos veranos. Las hojas secas se extienden marchitas sobre añejos otoños.
Los cementerios se pueblan de cruces, como el cielo noche a noche nos regala sus estrellas. Los coches marchan a su ritmo, los peatones al suyo. Los niños juegan en el columpio y los campesinos moldean el suelo bajo el sol, día a día, como la luna brilla para enamorados e insomnes noche a noche.
Y de repente, cuando el tiempo ha sido lo suficiente a criterio de la parca, llega con el viento y nos arrebata de este cuerpo. Muchas veces no estamos preparados. Otras si. Pero estamos destinados a ella desde el mismo momento en que nacemos, desde que sentimos el primer contacto con un par de nuestra raza.
La luz que nos recibe se transforma en la oscuridad que nos despide. Todo sucede en un santiamén, pero no nos damos cuenta. Es que en el medio hay algo que llamamos vida y nos distrae lo suficiente como para que podamos darnos cuenta.