Alguna vez tenía que pasar. Ya incluso le habían advertido. Pero ella la exhibía con orgullo, demasiado para mi gusto. En realidad, para gusto de muchos. Pero hacía caso omiso a nuestras palabras y la siguió presentando en sociedad como su más reluciente amuleto. Incluso antes que cayera el Sol, ya lograba que estuviéramos al tanto de su presencia. Algunos aseguraban que lo conseguía debido a que era amiga íntima de la Tarde. Pero sea cual fuese la respuesta, el tema es que hartó a todos.
Y así, una medianoche, cuando todos levantamos la vista al cielo, solo vimos negrura alrededor de la gran pelota brillante que es la Luna. Y notamos que la Noche lloraba, porque todas sus estrellas y astros la habían dejado sola, con la única compañía de su preciado amuleto blanco. Por orgullosa, claro. Y bien merecido que lo tenía.
Ahí están ahora, desamparadas en la soledad, sin nadie que ya tenga deseos de mirar hacia arriba, puesto que el cielo cuando oscurece ya no es el mismo. La Noche y su querida Luna, solitarios exponentes en un vasto territorio desierto, que otrora fue belleza e inspiración y ahora tan solo orgullo herido y desolación.
La señora Ivone.
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*El pueblo amaneció alborotado. Había muerto Madame Ivone. Entre la pena de
sus chicas y la sonrisa maliciosa de las vecinas del lugar, la noticia no ...
Hace 7 horas.
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