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23 de mayo de 2008

Existencia

Hay quienes afirman que el destino está dicho de antemano, escrito en sagradas escrituras que datan de milenarias épocas, ya remota, hace tiempo olvidadas. Quienes lo afirman aseveran que es tan cierto como que la oscuridad sigue a la luz y la desgracia persigue a la suerte.
Describen en palabras, que viejos historiadores y cazadores de mitos han rescatado de las fauces del tiempo, que existe un bosque interminable en medio de la vida, cuyos extraños caminos avanzan en una sola dirección. En ese camino la penumbra late detrás de cada arbusto y el presagio de muerte brilla en cada estrella.
Quienes lo atraviesan corren suertes distintas. Los más frágiles de corazón y alma sucumben ante el abandono y la desolación, el miedo a la soledad y el dolor de la distancia. Los fuertes de cuerpo y resistencia, mueren mucho más tarde, desgastados por el hambre y la sed, las laceraciones en la piel y las infecciones mal curadas. Otros, que no reúnen las características de los primeros ni de los segundos también perecen, pero las razones suelen ser aleatorias y hasta poco interesantes.
Los que hablan de ese camino, aseguran que nadie lo ha sobrevivido jamás y por lo tanto, se desconoce que hay al final del mismo. Incluso, si realmente el recorrido tiene un final.
Esas historias cuentan de un destino de muerte para cada uno. No hay escapatoria para el fatal desenlace, tan solo más o menos tiempo, un camino más corto o más largo. No importan las penas, los dolores, la sangre derramada, las lágrimas vertidas, la muerte llega por igual.
Los estudiosos del tema siguen dándole vueltas al asunto, buscando las respuestas que el tiempo se ha llevado, separando lo que es verdad de lo que es mito. Y mientras lo hacen, los años pasan y la existencia los va devorando, tan puntual como la noche le sigue al día y la carne se transforma en huesos.

11 de mayo de 2008

Juntos

Mirando vidrieras, te vi mil veces, a veces sonriendo y otras no. Me inventé un juego, haciendo que no iba a mirar y de repente, cuando creía que pensabas que yo no sabía donde estabas, miraba y ahí volvías a estar, sin tiempo a esconderte. Terminé riendo de tu persistencia, de tu afán por estar dónde yo fuera. Hacía rato que no nos reíamos juntos. Me gusta que te sientas así, al menos es síntoma que el pasado va quedando atrás. Y no te tengo rencor, ya te lo dije muchas veces.
El hecho que seas la parte asesina de nuestra doble personalidad no significa que deba amarte menos. Los dos nos descuidamos cuando nos atraparon aquella vez.
Vamos, dejemos eso, que allá hay otra vidriera y si no me equivoco es una armería.

9 de mayo de 2008

Pausa

Dejó que el teléfono sonara una y otra vez. En un momento dado pareció que iba a contestarlo, pero se contuvo a tiempo. El teléfono sonó durante diez minutos y una vez que cesó, reinó el silencio y la tranquilidad.
Una vez que dejó de temblar, se dio prisa y terminó de mutilar el cuerpo. Tras la fechoría, se marchó.

7 de mayo de 2008

El testarudo imbécil

No voy a ceder. No lo pienso hacer. ¿Dónde quedarían mis principios? Y ni hablar de mi orgullo. No puedo arrojar a la nada las enseñanzas recibidas, ni los ejemplos valorados.
Por eso ignoro las voces ajenas, las aparto de mi mente. Son inútiles intentos de convencerme. Elementos débiles de persuasión. Lo he dicho, no voy a ceder. No me importan sus consejos ni advertencias. Mi decisión es una roca. Mi testarudez, una montaña.

Avanzo y la miro a los ojos.
- ¡Justicia! Es hora que abras los ojos y veas lo que juzgas, es momento que te des cuenta que en un extremo de la balanza la corrupción hace contrapeso con sobornos, coimas, secuestros... Justicia, es hora que seas justa.

Avanzaron dos grandotes y me sacaron a la rastra.

Y se rieron de mí. Y seguirán riéndose, lo se. Estallarán a carcajadas cuando lo intente otra vez.
Porque no pienso ceder. Soy un iluso que quiere darle otra oportunidad a la justicia, soy un imbécil que aún sueña.

5 de mayo de 2008

Tentación

Quién no ha tenido alguna vez una cascarita en el brazo que se ha visto tentado de arrancar. Eso me sucedió anoche y no pude resistirme. Era pequeña, de forma casi triangular. Apenas un golpe de uña y la saqué de dónde estaba. Debajo, la piel era rosada y en el centro de la marca que había quedado asomó una gotita de sangre.
Me froté con la mano y me arremangué la camisa, satisfecho, olvidándome del asunto. Ahora que lo recuerdo sentí una comezón en ese sitio un rato después, pero recién ahora ese vago recuerdo acude a mi mente, en medio de tantas otras conjeturas.
Sin embargo, no fue hasta que me fui a acostar que vi como una mancha oscura de sangre había impregnado la manga de la camisa. No había sentido ningún tipo de humedad y ya estaba seca, según pude comprobar. Maldiciendo mi suerte, revisé el lugar donde me había arrancado la cascarita.
Por supuesto, allí la encontré de nuevo. Esta vez, me dije, aguardo a que cicatrice y dejo de estropear la poca ropa que tengo. Me acosté pensando en la oscura mancha y que por la mañana tendría que llevarla al lavadero de la otra cuadra.
Eran las tres de la mañana, lo recuerdo bien porque el despertador queda justo a la altura de mis ojos, cuando una sensación de picazón en el brazo me sobresaltó. Era el mismo brazo, claro.
Encendí la luz (allí supongo que vi la hora) y grande fue mi sorpresa al no ver la sangre que esperaba encontrar emanando del lugar donde estaba la cascarita. Revisé minuciosamente y nada, estaba tal cual como a la hora de acostarme. No sabía si sonreír o regañarme por estar despierto en medio de la noche, sabiendo que debía madrugar para ir al trabajo. Y cuando fui a apoyar la cabeza nuevamente sobre la almohada, alcancé a observar la sangre debajo de mi cuerpo.
De un salto me deshice de las sábanas pero enredado en ellas, tropecé y caí de cara a la alfombra del cuarto. Giré hacia la cama, como temiendo que me atacara y me apoyé de espalda al placard. Estoy seguro que no estoy loco. Lo digo porque cuando volví a mirar, la sangre ya no estaba. La sábana estaba limpia, reconozco que no impecable, porque no soy una persona pulcra, pero no había pizca de sangre allí.
Me incorporé sudando, con la piel erizada y una sensación amarga en la boca. Fui a la cocina y tomé un vaso de agua. Sobre la mesa, pero sin una sola mancha oscura, estaba la camisa que había dejado a mano para llevar a lavar.
Volví a la cama pero debo confesar que no pude cerrar un ojo. Hoy ha sido un día agitado y sinceramente, no tengo intenciones de ir a dormir, a pesar que me vence el sueño. Es que aún no logro discernir sobre si la locura se ha apoderado de mi o sencillamente he comido algo que me hacer ver cosas que no están. En realidad, una sola. Sangre. Juro que en el taxi en el que fui a trabajar dejé una marca carmesí sobre el asiento trasero, sin embargo el taxista no me recriminó. En el ascensor del edificio manché al portero, prácticamente la mitad de su overol, y tampoco se enojó conmigo. Luego en la oficina, en la cafetería... en todas partes a las que voy!
Por increíble que parezca, la cascarita de mi brazo sigue allí, con la misma apariencia e inmaculada de limpia. Lo peor del caso no es el temor a seguir viendo las manchas, sino el hecho de haber notado hace instantes, frente al espejo del baño, que mi color es de un blanco mortecino tan horripilante, que cualquiera que me viera sospecharía, casi con certeza, que en mi cuerpo no queda ni una gota de roja sangre y que sin dudas, estoy al borde de la muerte.
Si es que no estoy muerto ya.

3 de mayo de 2008

Pagando

La luz de la única lámpara meditaba en lo alto, detrás suyo, ocultando su rostro en la penumbra, lejos de todo. Sobre la mesa, un vaso de vino, un platito con aceitunas y un pedazo de pan. La botella ya se había ido, vacía, en la mano de un mozo.
Su vista se clavaba en el vaso, sin pensar en nada, pero a la vez en muchas cosas, o pedazos de un todo, devenido ahora en rompecabezas imposible, desparramado por el tiempo y las penas.
Pagaría por un segundo vaso, por una voz que le diera conversación o tan solo un motivo para retrucar o disgutarse, discernir o maldecir. U otra mano que fuera competencia a la hora de llevarse la aceituna a la boca o dar pelea por el último trozo de pan.
Pero no había monedas en el mundo que alcanzaran para el perdón. Porque el perdón no tiene precio. Por eso mantenía la cabeza gacha y el corazón llorando, siempre en pena, autocastigo justo por un pasado sombrío y noches en vela, de pistola en mano y paso seguro, arrastrando sangres y rompiendo vidas.
El vaso seguiría por siempre solo, en la eternidad de las mesas de los bares del mundo, sin esperanza de compañía, sin anhelo de compasión, con su dueño pensando en nada y a la vez en todo, a la espera de otra botella que seguro ya venía en manos de un mozo, abastecedor anómino de una cura venenosa, que matando sanaba, que muriendo olvidaba.

27 de abril de 2008

Aprendizaje

Juan había sido educado por padres estrictos y gracias a ellos aprendió lo que significaba la puntualidad, los modales, el respeto y la presencia, como reflejo de la persona.
Mientras sus amigos de la adolescencia repartían insultos en el picado de cada tarde en la plaza, Juan leía con voracidad libros de filosofía, apostado en el fondo de su casa, bajo la fresca sombra de un paraíso.
Tiempo después, en los años de la facultad, ignoraba las invitaciones a fiestas y salidas y ocupaba su tiempo libre en leer todo lo relacionado a los grandes próceres, los imnumerables problemas mundiales y los valores humanos.
Se graduó con honores y se alejó de inmediato de su familia, porque logró una beca en el exterior para seguir progresando en conocimientos. Retornó a los tres años, con un máster y varios diplomas.
Desde hace una década sus clases de ética son impecables y se han convertido en las más importantes de todas las universidades del país, asistiendo a las mismas otros catedráticos y alumnos de otros países.
El día que viajando en taxi se encontró un maletín repleto de dinero en el asiento trasero, tampoco tuvo duda alguna en su accionar. Le pidió al tachero que se desviara hasta su domicilio, bajó corriendo al mismo tiempo que buscaba las llaves en el saco, se metió en su biblioteca y escondió el maletín detrás de una pila de libros. Volvió al taxi y le pidió que condujera lo más rápido posible. Estaba llegando tarde a una clase y él más que nadie sabía lo negativo que era para su imagen el hecho de ser impuntual.

21 de abril de 2008

Desilusión

Al llegar a la casita de rejas verdes para ofrecer sus productos, tocó timbre y vaya sorpresa, era él mismo quién había salido a atenderse. Lo peor es que no quiso comprarse nada.

17 de abril de 2008

Destino sordo

Las calles nos dicen cosas. Por ejemplo, aquella, tan transitada. Nos quiere explicar el sentido de la vida. La avenida que la cruza, tiene algo que decir sobre el ir y venir de las ilusiones. Aquella, que termina en una cortada, es probable que nos hable de la muerte. Las calles nos dicen cosas, pero el ruido de los coches y camiones nos ocultan el significado. Pero es probable que si prohibiésemos el tránsito para poder escuharlas, decidieran, en un acto de venganza por sentirse inútiles, callar para siempre sus voces.
De vez en cuando me detengo en una esquina y cierro los ojos, parando muy atento la oreja.
Hasta ahora solo he logrado que un par de veces los milicos me lleven hasta la comisaría pensando que estoy drogado.

14 de abril de 2008

Espanto

Cuando camino por calle Libertad me persigue una sombra gris. Me he dado cuenta tras haber repetido la caminata dos veces por día durante una semana. Y en diferentes horarios.
La sombra comienza a seguirme ni bien cruzo la esquina de Libertad con Independencia. Se queda a unos dos metros, deslizándose entre baldosas flojas y árboles a medio podar. Intenté (en vano) sorprenderla, pero siempre fue inútil ¡La sombra intuye mi movimiento!
Opté por lo más racional y dejé de caminar por calle Libertad. No vaya ser que un día me alcance y me revele la verdad de su existencia.

11 de abril de 2008

Insignificante

Comenzó como una mancha, un pequeño puntito marrón. Una insignificancia en el abdomen. Un par de días después ya tenía el tamaño de una tapa de gaseosa. No le di importancia hasta que llegó a los cinco centímetros de diámetro. Consulté primero al médico de cabecera y me dió una pomadita. Según él, era una alergia. Pero no me quedé con eso y busqué ayuda con un especialista de piel. Para entonces, parecía un melón pequeño. El marrón se había oscurecido y temí que se estuviera infectando. El dermatólogo me mandó a hacer unos estudios. Eso fue ayer.
Hoy desperté con la mancha abarcando un espacio descomunal, casi el mismo que ocuparía una cacerola mediana. Peró aún no latía, eso comenzó hace apenas una hora. Ahora la sensación es más grave, siendo que palpita, que respira. Los bordes de la marchan parecen diminutos dientes y juraría que se mueven muy lentamente. Aún estoy en la cama, escribiendo estas líneas, porque no he podido levantarme. No siento las piernas, como si la sombra que se extiende sobre mi cuerpo hubiese cortado la comunicación entre las extremidades inferiores y el cerebro. Tengo una fea premonición sobre lo que me está pasando. Lo pienso pero no me animo a escribirlo, estoy seguro que en un par de horas estaré riéndome de mi imaginación... pero ahora mismo me inquieta, me da miedo, me provoca escalofríos la seguridad de sentir que estoy siendo comido por esa mancha tan extraña, tan rara, sin ton ni son, alguna vez una insignificancia en el abdomen, un pequeño puntito marrón.

9 de abril de 2008

Demasiado

El frío se hace intenso al borde del camino e intento hacerme un ovillo sobre el césped, para calmar el sufrimiento, para engañar a la soledad. Nadie viene a buscarme en la noche oscura, a rescatarme de la pesadilla del dolor. Solo ante el silencio, ante la espera agridulce de la condena. Cierro los ojos y lloro. La melodía me acompaña, me traspasa, me recuerda que estoy vivo. Y entonces me pregunto una y otra vez, dónde queda el mundo, cuál es la dirección correcta. Creo haber viajado en vano durante mucho tiempo. Y me digo que ya es demasiado.
Me dejo dormir, en la espesura de la noche, en la comodidad de la desesperanza, en el exilio de las ideas, en la muerte de las ilusiones.

8 de abril de 2008

Cosas macabras

Se cortó la luz en el corazón de Enzo. La oscuridad trepó a sus ideas y tomó posesión de la consciencia. ¿Era la locura la nueva luz que lo guiáría nuevamente hasta Laura? ¿Había esperanza en la desesperanza? Recogió las flores marchitas que su amada le había arrojado en el rostro y las acomodó en un florero. Tomó su abrigo y salió a la calle, pensando solo en una cosa: no importaba cuánto le doliera, no importaba dónde la encontrara, solo le haría saber que un corazón oscuro hace cosas macabras. Sonreía ante ese pensamiento, mientras acariciaba con cierta compasión la cuchilla bajo la ropa.

7 de abril de 2008

Partir (huir)

Aeropuerto.
Estación de aviones.
De almas tristes, sin naciones.
Lugar de adioses y lágrimas.
De cánticos silenciosos, sin rimas.
Un paisaje urbano con dolor humano.
Un huir moderno al cielo enfermo.
Maletas con esperanzas y
sueños emblemas y mañanas
horizontes sin hijos
destinos sin padres
Aeropuerto, de la mala madre.

5 de abril de 2008

Su juego

La ceguera no es excusa ni el frío una barrera. El niño corre y se inmola. Su vida explota en mil pedazos y las noticias hablan de fundamentalismo y terrorismo.
Mi cerebro se detiene, no quiere oír ni sentir, no quiere ver ni saber. El tiempo se eclipsa a si mismo y veo repetir la escena una y otra vez al punto de creer estar tocando la sangre con los dedos. El niño nunca se detiene en mi visión y la mancha roja jamás cesa su locura. Todo lo inunda, todo lo abarca, sin excusas, sin barreras. Ella gana. Todos perdemos.

30 de marzo de 2008

Caprichos

El papá de Leandrito no creía en imposibles, desde pequeño se lo inculcó como una regla básica. Todo podía hacerse realidad, era cuestión de proponérselo. Sin embargo Leandrito comprendió muy pronto que los costos de esos ideales eran enormes. Un día le pidió a su padre que le trajera la luna, para poder abrazarla y sentirla entre sus brazos, como si fuera un muñeco amigo. Tras ese pedido, Leandrito jamás volvió a ver a su padre.
Una tarde, mientras jugaba con sus hijos, Leandro, que alguna vez fuera Leandrito, escuchó el tiembre de su casa. Al abrir la puerta se encontró con un señor mal vestido cuya sonrisa le atravesaba toda la cara. A su espalda, atada con una soga gigantesca, tenía amarrada a la luna. Leandro reconoció a su padre, pero le cerró la puerta en el rostro.
No podía tolerar que su padre, por seguir un capricho suyo, se haya apartado de él cuando más lo necesitaba. Que se entienda bien, le dijo más tarde a sus hijos mientras les contaba la historia: comparto sus ideales, pero no los costos.

26 de marzo de 2008

Destino

Presionado por el mundo, escapé por una ventana de la consciencia.
Ahora soy un prófugo en mi locura.

24 de marzo de 2008

El hombre del muelle

Cuando el día se esconde detrás de las islas, el río se tiñe de nostalgia y los reflejos opacos del anochecer hacen inútiles intentos por llamarnos la atención. Nuestros ojos, tristes por su partida, no abandonan el horizonte, troquelado de verde y marrón, y siguen atentos al gran astro rey, que muere hoy como ayer huyendo vaya uno a saber de que antigua condena.
El manto que tiende la noche va ganando cada rincón y de un momento a otro, la oscuridad ha cubierto orillas y botes, árboles y camalotes. Los pescadores emprenden la retirada, con pausa y sin prisa, de cara al agua, soñando con la mirada. Se acallan los gritos de los niños y los últimos coches le dan la espalda al río, marchando en armonía sin saber cuando será que regresarán.
El último bote ha sido tapado por una lona y su dueño, marchado.
Todos se han ido, menos el hombre del muelle. La naturaleza es su única compañera en la ahora noche. Las estrellas lo observan, inmóvil. De vez en cuando el agua golpea la orilla; el vaivén del río que viene y va con su propio ritmo.
Cuerpo erguido, cabeza en alto y manos en los bolsillos, soportando la brisa fresca y ajeno al canto de los grillos. La imagen de quien, ensimismado en pensamientos lejanos, se vuelve un pensamiento más, casi un fantasma para los demás.
Y volverá cada noche, ni bien caiga el sol. Habrá quienes lo vean, y quienes no. Asegurarán algunos que siempre está y otros que es pura imaginación. Pero el hombre del muelle no se moverá, estará allí. Al menos hasta que alguien lo libere del dolor y le permita vivir sin necesidad de pedir perdón.

15 de marzo de 2008

De la vez que se cometió un asesinato en lo de don García

En reiteradas ocasiones he tenido la dicha de escuchar a don García, cantinero del pueblo, con post grado de domador de borrachos y doctorado en apaciguador de disputas, de la vez que se cometió un asesinato en su boliche, justo en la mesa delante de la barra de madera, entre la mesa de billar y el pasillo que da al baño.
Era de tarde pero el sol aún no había despuntado su vicio diario de esconderse y con el aire fresco que entró al abrirse la puerta de calle, ingresó un hombre de buena estatura, morochón, de ojos achinados pero firmes, pelo duro como pincel viejo y una enorme cicatriz en el mentón.
Llegó solo, o bien, eso parecía. Sin embargo, como saben hasta los mocosos, las apariencias engañan. Dijo llamarse Charly Gómez, procedente de muy lejos, ansioso por una buena cerveza y un par de aceitunas pa' picar. Si había pan mejor, porque hacía rato no probaba bocado, pero si no había no importaba, porque lo importante era haber llegado. Dicho esto, se dirigió a la mesa más cercana a la barra, con su vaso de cerveza y el platito de aceitunas.
Como todo foráneo, fue inspeccionado de arriba a abajo por los presentes, eso si, sin que se enterase. Porque Charly Gómez no tenía pinta de buenos amigos. Y la cicatriz en el mentón era como un cartel de peligro que espantaba al más valiente. Claro que en la cantina no era que sobraban justamente.
Si algo puede tildarse de normal, hasta entonces todo indicaba que lo era. No era más que un extraño en el pueblo tomando una cerveza y escupiendo al piso unos carozos de aceitunas. Lo torcido empezó ahí mismo, tras la cuarta aceituna. Todavía la tenía en la boca en realidad cuando al que él llamaba Jony, se hizo presente.
- Creí que no me seguirías hasta aquí, Jony - dijo Charly Gómez, ante la atónita mirada de los presentes, dado que no había nadie allí haciéndole compañía. Don García y los demás parroquianos miraron a cada rincón del boliche y los rostros eran los mismos rostros tristes de cada día.
De repente Charly Gómez se levantó de su silla de un solo movimiento, tan brusco que casi voltea la mesa. Giró y se quedó de pie observando el lugar vacío donde hasta hacía medio segundo, estaba sentado. Y dijo:
- Nunca escaparás de mi Charly. Juré perseguirte por pampa o montaña, arena o mar. Es hora de acabar con esto.
Charly se sentó inmediatamente y mirando hacia donde recién había estado parado, vociferó furioso:
- ¡Escúchame lo que digo Jony, escúchame bien! Deja todo en el pasado, si es que...
Entonces Charly o Jony, en definitiva, el hombre de la cicatriz, volvió a pegar un salto desde la silla y casi en una misma acción, giró y quedó mirando hacia la mesa:
- ¿Si es qué Charly, si es qué? ¿Charly Gómez me amenaza? ¡A mi! No sabes en lo que te metés.
Otra vez corrió a la silla.
- Se con quién me meto. Quieres acabar con esto, lo acabaremos.
El aire se puso aún más tenso de lo que estaba. El humo del tabaco pareció abrirse. Don García recuerda el ruido de un vaso al caerse en una mesa del fondo, pero nadie se inmutó. Algo iba a suceder, el diálogo estaba extinto.
El hombre de la cicatriz volvió a pararse y esta vez al girar desenfundó un revólver que llevaba escondido entre la camisa y el pantalón. Las manos se movieron rápidas y el cañón apuntó a la sien. El disparo rugió de tal forma que temblaron las paredes y los oídos más próximos quedaron aturdidos. Sobre la mesa, con abundante sangre cubriéndole la cara, yacía sin vida el que dijo llamarse Charly Gómez.
El comisario tomó declaración solo a los que podían mantenerse de pié. Nadie dudó que previo a la disputa se había zanjado un duelo verbal. Los parroquianos declararon que Jony, del que se desconoce el apellido, había matado a Charly Gómez. No tenían dudas de ello, porque el hombre de la cicatriz se había levantado de la silla para disparar. Si lo hubiera hecho sentado, el muerto sería el otro. El comisario terminó de interrogar a los presentes y a don García y preguntó si le estaban tomando el pelo. Todos se miraron sorprendidos. El comisario se fue desorientado, a sabiendas que por la mañana tendría que dar cuentas por un homicidio en el cual víctima y homicida, eran a su criterio, la misma persona.
Al llamado Charly Gómez, del cual nadie reclamó su cuerpo, lo enterraron en el cementerio del pueblo, en tierra y bajo una cruz de madera, que tenía sus iniciales grabadas. Jony sin apellido fue declarado prófugo de la justicia y al día de hoy jamás fue encontrado.

8 de marzo de 2008

La Pregunta

Y allí se encontraba, tras mucho andar. Qué lejos parecía el día que salió de su casa, sabiendo que se lanzaba a una travesía difícil, sin descanso alguno. Pasó penurias, comió lo que podía y cuando podía; los días lo vieron pidiendo monedas para los pasajes, cuidándose de los desconocidos en cada nueva parada, durmiendo con los ojos abiertos. Lo regocijaba el saber que iba a saber la verdad. Porque se dirigía al Sabio. Y el Sabio tenía todas las respuestas. Había meditado su pregunta una y mil veces. Soñaba con las palabras que saldrían de los labios divinos de este ser eterno, dueño de los años y amo de todos los conocimientos. Imaginaba su cercanía, su majestuosidad. Abrazaba en su corazón la esperanza de obtener la respuesta deseada. Esa con la que se levantaba cada día y se iba a acostar cada noche, y con la cual convivía durante la dura jornada, en la que se ganaba el pan y el cielo.
El templo, ahora, se rendía a sus pies. Había llegado y allí se encontraba. Las últimas cuarenta horas las había pasado en una cola interminable, rodeado de rostros fatigados, avejentados por el cansancio y la incertidumbre. Qué misteriosas consultas pululaban en esos rostros; qué respuestas esperaban oír. A él no le importaban en realidad, no eran más que actores secundarios y esta era su obra. Y qué eran cuarenta horas tras cinco semanas viajando hasta los confines del país. La gran puerta se abriría para él, tarde o temprano. Y cuando el chirrido de las oxidadas bisagras inundara el aire haciéndole saber que su turno había llegado, tendría más fuerzas que nunca. Una hora más, dos quizá. El tiempo era un decorado.
Sombras movedizas jugaban a sus pies, trayendo formas inverosímiles. Su mente les era ajena. Nada lo separaba ya de la entrada. Era el próximo. Era el fin del viaje. De repente, la puerta cedió y fue como si el interior lo inhalara. Casi no sintió sus piernas avanzar, pero supo que lo hacía. Si alguien le hubiese dicho que flotaba, le creería sin dudar. Pero quién le creería a él dónde había llegado. Imponente, radiante, inmaculado, irradiando paz y serenidad, se erigía ante su persona el Sabio. No era un sueño ni una alucinación, apenas una exhalación de aire los separaba. Cortaba la respiración y el tiempo, antes un decorado, ahora ya no existía. Se había detenido, huido. Y la voz dijo, calma, suave, arrullante: ¿Cuál es tu pregunta, hijo?
La pregunta, la única que podría formularle en toda su vida, en su única y última peregrinación a la gran puerta; la pregunta. Esa que había soñado con decir, de la que anhelaba una esperanzadora respuesta. La pregunta. Y sin más, sabiéndola de memoria de tanto repetirla en su cabeza, mañana tarde y noche, la expulsó, casi en una súplica, un ruego de amante ignorado, de amor no correspondido, una espina clavada en lo más profundo de su ser: ¿la Jacinta... la Jacinta Gómez, me quiere?.

13 de febrero de 2008

El obituario

El obituario me llegó por correo, una mañana de mucho calor. Lo presentí incluso antes de abrir el sobre. La carta escrita a mano que lo acompañaba era muy escueta, como hecha por obligación, creyendo quizás que el solo recorte de diario era incapaz de ilustrarme lo que había ocurrido.
Viajé un par de días después. Tomé un colectivo que tardó varias horas en dejarme de nuevo en casa. En mi ciudad. La que me vio crecer. Donde compartí mis juegos, mis primeros secretos, mis sueños nunca realizados.
Una suave brisa me recibió en una solitaria esquina. La mañana recién despuntaba y no había –prácticamente- nadie en las calles. A una cuadra observé gente esperando, quizás, un colectivo de fábrica. Pero nadie me vio a mí. Caminé escuchando mis pasos por las arruinadas veredas de mi Villa Constitución. Y a los pocos minutos me detuve frente a una puerta que estaba en todas mis noches.
La madera desgastada, la pintura saltada. El mismo timbre, que otrora luciera alto e inalcanzable, ahora me contemplaba en pícara calma. Pero no funcionaba, hacía años que era un simple adorno. Las raídas cortinas se movieron tras la ventana. Me estaba esperando. Su abrazo fue amor y reproche al mismo tiempo. Nos enjugamos las lágrimas, casi con solemnidad.
Tomamos unos mates. Amargos, como antes. La vieja pava seguía siendo vieja y eso me brindó tranquilidad. Al mundo lo pueden sacudir terremotos, arrasar incendios forestales, devastar guerras, pero hay cosas que no pueden cambiar, al menos para estar seguro que nada de lo vivido fue producto de la imaginación.
En el patio, la antigua cerca estaba en su lugar. El gallinero también, aunque vacío. Por un momento, fue espiar el pasado. Tuve que cerrar los ojos y sujetarme con fuerza, porque los recuerdos me marearon, llegaron con una intensidad tan grande que estuvieron a punto de derribarme. De repente había niños delante de mí y corrían y reían y eran tan felices… el sol los iluminaba y parecía jugar también con ellos; el mundo era de ellos, la vida no tenía límites, no había nada más...
El almuerzo estuvo bien y cómo no podía estarlo. No hay mejor comida que la que se hace en casa. Lo mejor fue la charla de la sobremesa. Me puse al tanto de todo lo que había pasado en este tiempo en la ciudad. La rotación de vecinos en el barrio, los arreglos en la plaza del centro, los conocidos que se habían postulado en cargos políticos que jamás me hubiera imaginado, los negocios que habían cerrado (¿en serio? preguntaba realmente sorprendido ante cada anuncio), los que habían abierto… ¡hablamos de tantas cosas!
Pregunté por mis amigos y supe de cada uno. Me alegré por ellos. No voy a ocultar que se me cayeron varias lágrimas, pero de felicidad más que nada. Quisiera verlos a todos, pero no creo que tenga la oportunidad. ¿Me querrían ver ellos? No sé, hace tanto que los dejé, que me fui; y ni siquiera crucé una carta ni una llamada por teléfono. Es que uno se engaña, se promete para el otro día lo que no es capaz de hacer en el momento y ese demorar se vuelve eterno y tonto. La estupidez es lo que nos hace humanos, tristemente.
Tuve toda la tarde para reflexionar, para comprender lo que había hecho bien y lo que jamás podría remediar. Hubo más mates, masitas caseras, riquísimas, la misma receta de siempre, con el aroma que recordaba impregnando el aire de la cocina y el sabor de la manteca mezclada con una pizca de limón acariciando el paladar.
Antes que cayera el sol, salimos a caminar. ¡Qué hermosa estaba la ciudad! ¡Sus calles, las casas, el color, las plazas! Muchas sorpresas, más lágrimas, más recuerdos. Hasta el puerto cabotaje ya no era el mismo, ahora estaba lleno de vida. Autos por doquier, rostros que me parecen traídos de un pasado muy lejano y que me cuestan identificar. Nadie me reconoce. Raro sería si lo hicieran. ¡Han pasado tantos años!
Mientras el sol se oculta, voy sintiendo un hormigueo por dentro. Una sensación de pertenencia me asalta y me abraza. La ciudad se vuelve parte de uno sin que nos demos cuenta; se transforma en nuestro lugar en el mundo, en el refugio dónde reposan los recuerdos, las caras amigas, las infancias ausentes. La ciudad, al final de cuenta, es uno, somos todos. Y el sentimiento nos liga y estrecha, nos rodea y resguarda.
Quiero ver todo al mismo tiempo, abarcar todo con la mirada. Todo deslumbra, todo brilla. Todo es nuevo y a la vez no. Nostalgia y presente se funden en una misma realidad, en un mismo sueño. Y la noche que comienza a caer. Y con ella, viene el aire fresco. La necesidad de buscar el refugio del hogar.
Entonces, comprendo, es el momento de la despedida; del último abrazo, las últimas lágrimas enjugadas al unísono. El momento de decir adiós a todas las cosas, de ver y mostrar, las últimas sonrisas. Todo será recuerdo muy pronto.
Dice querer acompañarme. Quiero rehusarme, pero al final cedo. Entramos juntos al cementerio. Mi piel está fría. Suspiro profundo y le pido seguir solo. Me entiende y me deja ir, como hace muchos años atrás, cuando dejé la ciudad, cuando me fui de ellos, de todos. Otra vez, no le quedó opción. Supongo, derramó nuevas lágrimas. No tuve el valor de girar la cabeza.
Cerré los ojos y caminé lentamente y así, me fui perdiendo entre la oscuridad y la niebla de la joven noche. Así me fui encaminando hacia la última morada.
No me voy a engañar, lo sabía desde hacía mucho tiempo, solo que me costaba asumirlo. El que había muerto había sido yo. El obituario simplemente lo confirmaba. La noche finalmente cayó con todo su peso y me borró de la realidad. Ahora soy parte de sueños, de recuerdos, hasta que un buen día, ya sólo quede el olvido. Hasta entonces, seré parte de la ciudad, de su gente, su memoria.

El sueño del hombre

La ciudad le pasa a su lado, y él, indemne al viento, olvida el sueño y emprende el camino. Lento. Desganado.
Por un momento, soñó ser pájaro. Viajar muy alto, ver todo con los ojos de un dios, caer en picada y sentir el cielo huyendo. Soñó con ser libre.
Ya con los ojos despiertos, deja atrás la calle que cada mañana lo ve partir. El sol abraza fuerte la tierra, la quema y el ardor se eleva en el aire. Está de nuevo en la tierra de sus días, de la que nunca despegó.
Cada día es un nuevo intento por vivir. Y para ello, debe sobrevivir. Triste juego de palabras que da por resultado realidad. Y en su tormento diario, el peso de ser alguien que no quiere ser.
Con existir no le alcanza, quiere ser una ilusión. Pero debe conformarse con ser una justificación. Debe ir a su trabajo, cumplir un horario, volver a su hogar y comprender. Comprender que hay un mundo alrededor. Y ese mundo es el que gira olvidándose de él. Como un carrusel sin sentido, que amontona polvo y engranajes desgastados en un último viaje circular. Pero interminable, cual pesadilla.
La vereda lo arrastra en la agobiante mañana. La ciudad camina a su lado, pero en sentido contrario, sin detenerse. Rostros conocidos, miradas familiares que despiertan cientos de recuerdos. Pero todos muy lejanos, como que llegaran de otra galaxia, de otra vida y no la suya.
Y en el repetir de sensaciones, esa soledad falsa, agobiante y descarada, que se infiltra en las grietas del inconsciente. Le oprime el pecho y clava puñales en el resto del cuerpo. Son aguijonazos. Pequeñas muertes. Pero desaparece como por arte de magia, el dolor llega y se va. Acaricia la herida, lame la sangre como un vampiro enamorado y elude cualquier pensamiento, para no volver. Y llega otro dolor, porque nunca es el mismo. Y la historia, minúscula, casi imperceptible, arrasa una y otra vez.
Y es allí, en esa interminable serie de compases que no escucha, de una música que nadie jamás ejecutó, donde desaparece para no ser más él. Y se transforma en el obrero que camina hacia su jornal.
Entonces, su verdadero yo, el que anhela ser libre, se encarama en el primer rayo de sol y le roba las alas a un espejismo y sueña.
Sueña que vuela y se funde en el cielo azul, dejando atrás el calor sórdido del infierno que baila bajo sus pies. Y suave, se confunde con una brisa y desparrama su ser sobre la ciudad. Allá abajo camina alguien hacia su trabajo y otros miles y miles con vaya saber que intención. En el aire, su corazón cobra vida porque él es libre, y la ciudad, cada vez más chiquita, parece sin embargo mucho más grande.

Sobresalto

Me desperté agitado, confundido, sin saber dónde estaba. La sensación de agobio se combinaba con la de falta de aire; el sudor seco del miedo acariciaba con frialdad la piel. Tragué saliva, volví a mirar. A mirar intentando ver. Escudriñé mi cuarto y sus sombras de siempre. De a poco los ojos me fueron devolviendo la realidad. Más calmado, moví un primer músculo y luego todos los demás se relajaron. Encendí la luz del velador. Todo estaba como debía estar. Los muebles en su lugar, las telas de araña en sus respectivos rincones y el televisor en su endeble pero fiel mesa. El mundo seguía en órbita y la tranquilidad me abrazó en silencio. Suspiré y volví al sueño.
La sangre que corría sobre los pisos de las habitaciones lindantes, fue en todo momento ajena a mí.

9 de febrero de 2008

Decisión

Me sucede muy a menudo que cuando camino por la luz, siento mi interior oscuro. Entonces, me cruzo a la sombra, pero por desgracia cuando lo hago, una especie de ceguera blanca me ataca y destellos furiosos me obligan a salir hacia donde me ilumina el sol. Caminar se convierte en una disyuntiva: el malestar interno o el dolor físico, el sentirme mal o el miedo a quedar ciego. Es así que motivado por razones más que comprensibles, e intimidado a un grado de cobardía inédita en mi persona, he optado por lo más saludable: No volver a caminar.

20 de enero de 2008

Con el alma

Caliente como el fuego, arde en tu garganta. Se agiganta. Crece como un monstruo y aterroriza por doquier. El mundo se mueve bajo tus pies. Todo estalla en mil partes. Parece el fin del mundo; que el mismísimo infierno se abre paso entre las brechas de azufre en medio de una agonía generalizada. Pero no es ni una cosa ni la otra. Recién, cuando el abrazo de tu compañero de asiento, te devuelve a la realidad comprendes lo que es: Un verdadero golazo.

25 de noviembre de 2007

Libertad

Libertad, en el canto de las cosas
en el ocaso de los vivos, las miradas
en la gente que no vive, que no sabe
en los que lloran y en los que ríen
Libertad, en el pesar de los días

Libertad en las noches largas, solas
de pobres sin techo y ricos sin almas,
de niños grandes y trabajos chicos
de meses eternos y extras sin pagar
Libertad en las mujeres buenas, duras

Libertad, de acero y sol, en cantos sordos
con marchas y utopías de bolsillo, sin ilustrar
con sueños y desvaríos, que se hacen de andar
con afines y demás, de no callar y avanzar
Libertad, de corazón y piel, en ideales firmes

Libertad, con palabras grandes, risas
sin miedo al dolor, a la represión,
sin miedo al cielo, a la resignación,
sin miedo al terror, a la violación
Libertad, con grandes deudas, llantos

Libertad, de una historia por nacer
hija del ayer, del amor, de vos
hermana de la fe, del no olvidar
madre de la lucha, de la fuerza, de todos
Libertad, de un presente y un futuro

Revolución

Nos equivocamos y culpamos al azar; sin embargo, sabemos, escogimos un mal momento para soñar. Tristeza al hombro, marchamos sin mirar atrás. El silencio de las lágrimas nos acongoja y el pecho se nos estemece bajo un vano intento de sobrevivir. No hay reproches al cielo, no hay insultos al viento. Solo resignación.
Lejos, el grito de libertad cae bajo el calor de las armas. Las últimas esperanzas resuenan entre lamentos. La lluvia oculta las almas derramadas en color bermellón. Todo se diluye. Todo se esfuma. Tacos se repiten en las veredas. La pesadilla se consuma y en ella, el acero es rey.
¿Sobrevivimos? No lo sabemos aún. Tan solo nos inmuscuimos en la oscuridad, temerosos de pensar, incapaces de hablar, avergonzados de saber, que ya no queda más que la ceniza de una idea, de un sentir. El mundo nuestro, sin el canto de las furiosas bestias, se rinde tras las altas colinas.
Bajo las estrellas, de un descampado más, dejo de existir.

2 de septiembre de 2007

Pequeñeces

De día, la noche duerme
bajo condena, de no salir
tras el ocaso del astro rey
que la vigila sin sonreír

Nubes blancas la consuelan
y la invitan a soñar
pero teme no volver
a sus estrellas beber
y que sus andanzas tras la luna
atrás puedan quedar.

Y el sol desata su furia
con huracanes de colores,
mientras el firmamento tiembla
y la noche se esconde
del pánico que siembra.

En el viento una plegaria,
es la fuerza del cosmos,
son los planetas más lejanos,
y las constelaciones consternadas
Todos observan, ojos mundanos.

El sol se ha hecho hombre
y desafía a la pobre noche
Mientras los dioses valientes,
dormitan en el ancho universo,
más ajenos que presentes
en la disputa de estos niños
en el jardín del color ausente.

La noche finalmente obedeció
y nunca más osó salir
cuando el sol reina en lo alto
ella duerme en su propio no existir.

9 de agosto de 2007

La tormenta

El viento comanda la tropa empujando con saña. El joven agacha la cabeza y siente el peso del casco contra su nuca. La lluvia empapa la vista y el barro corrompe la saliva. Escupe pero no alcanza. Se traga el humus, el suelo que pisa, revuelto en agua y sangre, desnudo de pasto y helado por la intemperie. Sus botas ya no hacen pié. Se hunde, tanto o más que su espíritu, su dignidad y ánimo. La rodilla se empantana en el lodo. El jadeo es constante, las fuerzas nulas. El pecho se agita bajo la vestimenta mojada, que pareciera destilar litros y litros de agua sucia. Ya no quiere seguir. Quiere plantar bandera. La suya. No la de los demás. Quiere dar el paso al costado que sabe no lo dejarán dar. Quiere su casa, su gente. Pero le han dicho que para ello, debe luchar. Y ahí está. Agobiado por el esfuerzo, sintiendo el viento que lo empuja en medio del temporal. Ya no distingue lo que lo rodea. Todo es tormenta y a la vez tormento. Sus compañeros son figuras difusas cuyas voces repiquetean alrededor, casi en forma de eco. Algunos corren, otros ya no se moverán jamás. El joven aprieta los dientes y lo decide. Se arroja al suelo, extenuado. Se entrega al sueño y la desesperanza, vaya saber dónde y cuándo. Pero una mano lo levanta desde el cuello. La mano es robusta, es dura, cruel y la voz que lo aturde es ronca pero clara. Lo incitan a seguir, a moverse. Todo es grito. Todo es dolor. Hasta el último músculo de su cuerpo. Y se pone de pié y es cuando lo siente. El aguijonazo en la frente, el último haz de luz en sus ojos, esa chispa ténue pero segura que es la muerte, colmando su ser, saciando su sed, vistiendo sus esperanzas desnudas. Un hilillo de sangre recorre el rostro y barre a su paso el lodo y las lágrimas secas.
Esta vez nadie lo levantará. Es una figura más en un escenario ajeno a sus sueños.

Huérfanos

Decepcionado salí. El aire puro del exterior me devolvió la obnubilada vista. El pesar me abatía, me revolcaba interiormente y oleadas de furia desataban un tormento innecesario en el corazón.
Dentro, no había encontrado lo que buscaba. Por más que preguntara una y otra vez, la realidad se empeñaba en mostrarme lo mismo. Y entonces, desistí.
Las placas fuera de las salas decían distintas cosas, pero en fin, eran lo mismo: especialistas en riñones, en corazón, en oídos y garganta, otros en pulmones, otros en espalda, en piernas, en piel, en la vista, en el cerebro... y así. Cada parte, una especialidad. Y no aguanté más. Huí.
Porque nadie se especializa en lo más importante.
En el ser humano.