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26 de agosto de 2020

Restos de una fiesta

¿Qué son esas guirnaldas, ese papel picado? ¿Pancartas pisoteadas y olvidadas, tras un uso tendencioso? ¿Y aquellos barbijos abandonados a merced del polvo y el viento? ¿A quién responden esos panfletos arrojados por todas partes? Esas pintadas en aerosol clamando libertades robadas, insultando apellidos, denunciando barbaridades. Ecos que aún resuenan, de voces incoherentes.

Anoche hubo fiesta en la calle y los vestigios quedan. Atestiguan sin hablar sobre pequeños grupos que descreen del bienestar colectivo y marchan en contra de la lógica. 

Romualdo usa barbijo, guantes de latex, overol de trabajo y con su escobillón ancho va llevando la mugre hacia diversos montoncitos que luego irá recolectando.

Ya se imaginaba con lo que se iba a encontrar antes de salir de su casa. Había mirado algo de televisión previo a acostarse y después en el bondi, camino al depósito, viajó acompañado de la radio, que a través de los auriculares le iba presagiando los restos que tendría que limpiar.

Silba un tema de los Redondos, mientras empuja con fuerza el escobillón contra el borde de un cantero en la 9 de Julio. Tiene a su espalda el inmenso símbolo de la capital del país, pero no lo conmueve. Se ha cansado de pasar amaneceres barriendo a su lado. Que por el festejo de un partido de fútbol, que la marcha contra aquello, que la marcha a favor de esto. Y salen, marchan, cantan, gritan, insultan, lloran, y dejan el tendal. Y allá va Romualdo, bien temprano, junto a otros laburantes. Pero no se queja, porque es su trabajo. Y respeta cada manifestación. ¿Estamos en un país libre, no?

Pero el contexto es otro, la enfermedad de mierda del COVID ya se llevó un par de familiares en el Chaco, de los que no pudo despedirse. Y no concibe que gente sana salga a exponerse de tal manera porque descree de la enfermedad. Es como que él saliera a manifestar en contra del bono de fin de año porque no lo ve nunca. Existir, existe, en su caso tiene la mala suerte de no recibirlo. Esta gente, al contrario, tiene la buena suerte de contraerlo.

Pero cómo quejarse de un grupo de personas de a pie, como uno, cuando imbéciles de mayor peso, como los presidentes de Estados Unidos y Brasil, instan a la gente a no cuidarse, a que crean que el virus es la nada misma. Y después se enferma el brasileño, para ser el perejil mais grande do mundo. Aunque ojo, como le dijo a su mujer apenas se enteró, no vaya a ser que sea todo una actuación para salir indemne y decirle a todo el mundo que es una gripecita. ¿O no usó una treta parecida para ganar simpatizantes antes de las elecciones? Cuando lo apuñalaron no iba ni cuarto en las encuestas.

Le dan bronca muchas cosas pero más que nada, la falta de empatía por los demás. La gente vive mirándose el ombligo y las causas ajenas le son indiferentes. Las causas nobles. Porque después, las que imponen los medios de comunicación, esas son sagradas. Y no hay mucha capacidad de discernir. Ni pensar por uno mismo. El raciocinio no es una virtud de nuestros días. 

No es que Romualdo se sintiera un intelectual, pero le bastaba aprender a mirar para comprender muchas cosas. Como esa avenida atestada de restos de una fiesta repleta de odio, que de a poco iba quedando limpia. A veces es cuestión de paciencia, de hacer algo por el otro, de cumplir un rol en la sociedad. Más cuando está la salud en juego, no solo la propia, sino de todos los que nos rodean. Aunque cueste, aunque no pensemos igual. Por una vez, sueña Romualdo, por una vez tiremos todos para el mismo lado.


24 de agosto de 2020

Todo era ella

Cada vez que sonreía me encandilaba, lograba sonrojarme de una manera que detestaba, porque quedaba expuesto ante los que me rodeaban. Pero era inevitable. Creo que estaba enamorada de ella desde que tenía doce o trece años. Desde que comencé la secundaria, duro ciclo de la vida para la gente tímida. Vaya si lo recuerdo. Creo que la mayoría de los traumas que uno asume en su existencia tienen origen en esta etapa. Pero apareció ella y dejé todo lo demás a un lado.
Era como vivir dos vidas, una, en la que era el chico pre adolescente que se juntaba con su barra de amigos, iba a la escuela, hacía las travesuras que cualquiera de la misma edad haría, volvía a su casa, discutía con sus padres por los motivos que fueran (porque no había temas puntuales para discutir, en realidad, nunca los hay, es solo desatar esa furia que no nos gustar retener dentro) y trataba, a su manera, de ser feliz.
En la otra, todo era ella. Mis ojos eran suyos, los oídos, sentimientos, sensaciones, cada palpitación, cada suspiro. Cuando estaba con mis amigos, mis pensamientos se escapaban a su lado mientras el cuerpo corría como un autómata detrás de una pelota en el potrero de la esquina. En la escuela, su rostro y voz se confundía entre las matemáticas, los pizarrones escritos con tiza, la historia de los próceres y las montañas más altas del mundo. Más de una vez el profesor a cargo de la clase pronunció mi nombre en voz alta devolviéndome al aula, a la fila de pupitres y las carcajadas generales que me dejaban rojo tomate. Y en casa, aquellas discusiones con mis padres solo terminaban cuando, cansado, solo quería irme a mi habitación a pensar en ella. Y, a mí manera, era feliz.
¿Cómo no soñar con un amor imposible cuando se es chico? ¿Cuándo sino? Después crecemos y creemos una y mil veces encontrar el amor, pero nos engañamos continuamente solo para no estar solos, y en nombre del amor, cometemos mil locuras y nos condenamos a otras tantas. Pero el amor imposible, el verdadero, ese que nos apuñala el corazón con dureza, que nos acorrala en sueños, que no nos permite sacarnos de la cabeza cada contorno de su cuerpo, que nos afiebra en la soledad, que nos acompaña en la oscuridad, que nos somete a llantos reprimidos, que nos produce un malestar de estómago que algunos confunden con mariposas, ese amor imposible, solo se vive una vez, cuando aún somos inocentes.
Y en ese entonces, estaba perdidamente enamorado de ella. Tanto que me solía escapar por las tardes para verla, aunque ella no lo supiera. A veces, no podía esperar a que sonara el timbre de salida del colegio y me escabullía en la última hora. Otras, no aparecía por casa y caía recién al atardecer, sabiendo que mamá y papá estarían preocupados, telefoneando a los padres de mis amigos. No importaban los retos, ni los castigos. Uno vive por lo que sueña y sufre por lo que cuesta. No necesitaba clases de filosofía para entenderlo. Todos tenemos un instinto natural que lo sabe.
Aquel amor duró un par de años. El final fue abrupto, doloroso. Lo  imposible fue aceptarlo. Busqué muchos culpables, la economía, las políticas del país, el poder adquisitivo de mis padres, pero fueron formas de seguir engañándome. La culpa, toda la culpa, era mía. Más allá que mi abuela no pudiera seguir pagando el canal de cable, que ya no pudiera escaparme cada tarde para verla conducir aquel programa para niños, que a partir de entonces solo pudiera aferrarme al recuerdo de su imagen, que mis padres se negaran a contratar el servicio, la desazón y angustia fueron mochilas que decidí cargar sobre mi espalda el mismo día que me enamoré de un alguien inalcanzable.
Con los años, fue perdiendo su rostro, su voz, su encanto. Y desde entonces, traté de remediar lo imposible con amores posibles, seres tangibles, mujeres reales. Pero ninguna se acercó jamás a ella. A pesar de todo, he simulado ser feliz en cada caso. Y con eso, me contento. 

22 de agosto de 2020

Visita

El timbre sonó con cierto temblor. Me sorprendió abrir la puerta y encontrarme con un hombre muy viejo, todo temblequeando. Creo que, internamente sonreí al hacer la comparación entre el sonido que hizo el timbre con la forma involuntaria que el cuerpo del anciano se movía. Me voy a ir al infierno, pensé. Al hablar, también su voz parecía atravesar una calle repleta de baches. El tono subía, bajaba, se perdía en silencios y luego volvía, en forma de un silbido. 
- Señor, no le entiendo - le dije y cuando me disponía a cerrarle la puerta, la detuvo con la mano.
Ahí fue cuando ví la cicatriz. La que de pequeño me hice con una copa de cristal. Mi mano, su mano. Podía verlas, iguales, una sobre piel tersa, la otra sobre piel manchada y arrugada. Me estremecí, al tiempo que veía que su boca se esforzaba por decirme algo.
- Siempre el mismo boludo, vos - soltó de un tirón, para luego darse vuelta y con paso vacilante, perderse en la esquina.

20 de agosto de 2020

Patito de goma

Siempre me dieron escalofríos los patitos de goma. Me dirán que es una estupidez temerle a un objeto de goma pequeño e inofensivo. Sin embargo, he visto en esos ojos pintados de manera asimétrica una mirada nefasta, una chispa de maldad escondida tras la fachada de un juguete para el agua. 
El único recuerdo que guardo de mis primeros años de vida, es cuando el patito de goma me fue empujando hasta el borde la bañera, al punto de hacerme golpear la cabeza y hundirme para morir... si no fuera por mi madre, que sacudiéndome y posteriormente, retándome por hacerme el gracioso, salvó mi vida. 
Hoy he visto uno en una vidriera y puedo jurarles que el hijo de puta me mostró la lengua. Así de nefastos son.

14 de agosto de 2020

Demorando

Llegué y ella no estaba, pero la hornalla estaba encendida y encima, tenía la olla. Se podía sentir el agua hirviendo. Supe que no estaba porque faltaba la moto y cuando la moto faltaba era porque ella no estaba. Pero la hornalla estaba encendida y encima, tenía la olla. Me acerqué, pero no me animé a levantar la tapa. Tenía que levantarla para ver qué había dentro, pero ese era el punto. Yo sabía que había dentro. Porque la moto no estaba, ni ella, y la hornalla encendida tenía encima la olla. Y aún peor, era consciente que si levantaba la tapa, mi mundo acabaría en ese mismo instante. Entonces, demorando la muerte, mi muerte, me senté a la mesa, apoyé la cabeza contra el mantel y me largué a llorar.

12 de agosto de 2020

Correr

Una vez en la calle, solo había que correr. Muy rápido, sin detenerse. En las esquinas había que cobrar valor y cruzar sin importar si el semáforo estaba en verde o en rojo. Apretar los dientes, entrecerrar los ojos y dar zancadas largas y seguras. Correr a pesar de que el corazón pareciera a punto de explotar. No mirar atrás. A ningún lado en realidad. Concentrarse. Pensar solo en el objetivo. En aquel edificio a dos cuadras, en su puerta de vidrio de cerradura antigua, en las llaves en la mano, en los dos pisos a subir a pie por escalera, en el departamento de una habitación, cocina y baño, pero por sobre todas las cosas, en el baño y que por la santísima intersección del señor y la virgencita estuviera vacío, porque si no...

11 de agosto de 2020

La ventana

En el edificio de enfrente se veía una ventana siempre iluminada, sin importar la hora. Se había acostumbrado a observarla desde su ventana, mientras se tomaba un café. Jamás había visto a nadie, solo el interior iluminado. Paredes blancas, sin adornos. 
Una madrugada al levantarse para ir al baño vio desde su ventana a alguien en la ventana del edificio de enfrente, de pie, mirando hacia afuera, con un pocillo en la mano. Hubiese jugado que llevaba su mismo pijama. De repente, la luz que siempre había iluminado aquel espacio en su vista exterior, se apagó. Y en la oscuridad, ya no pudo ver esa silueta. 
Desde entonces, la luz siempre está apagada. Se está acostumbrado a observarla desde su ventana, mientras se toma un café, esperando que alguien encienda la luz.

10 de agosto de 2020

Más alto

El juego era sencillo. Se elegían dos árboles vecinos y se sorteaba el que le tocaba a cada uno. La trepada era de a una rama a la vez. Las primeras eran fáciles, luego se volvían más inalcanzables, más frágiles. Y cuando uno de los dos dudaba, el otro gritaba ¡Más alto! y había que subir una más. Cuando uno no podía o temía seguir escalando, el otro ganaba. El juego eran sencillo. Y al principio fueron raspones. Pero luego uno de nosotros se quebró un brazo. Y sin embargo, no claudicamos. Hasta que se mató Enrique. Esa fue una última vez. Lo enterramos y cuando volvimos dijimos que se había vuelto solo, mucho antes. Lo buscaron quince días y lo dieron por desaparecido. Hoy lo confieso. 
 - ¡Más alto! - dijo el oficial, que se esforzaba por escuchar y el hombre que interrogaban saltó sobre el escritorio.

6 de agosto de 2020

Sin razón

¿Para qué? ¿Cuál era la razón? Si allí no quedaba nada. Una fachada, una calle, colores escondidos detrás de colores nuevos. 
No había rostros amigos, ni siquiera los árboles de la calle, jóvenes, de raíces tiernas, aún endebles. Hasta las baldosas eran otras. Las de ahora no me habían pelado las rodillas de niño. No me conocían. No me añoraban, como yo a las antiguas. Como yo a todo lo que había quedado atrás. ¿Para qué? ¿Con qué razón mis pasos me llevaron hasta aquel lugar? ¿Por qué creemos que el pasado es un refugio, un lugar mejor?
Por miedo, sin dudas. Por temor a lo desconocido. Sin embargo, el ayer ya no existe y lo que queda, no nos pertenece. 
Me fui, dolorido. La mirada errante, empañada. Y vuelvo... ¿al presente, al futuro que me preocupa? Quién lo sabe. Quizá el tiempo es una ilusión y nosotros, malos magos que no podemos descubrir el truco.

4 de agosto de 2020

Norteño

Vestía ropas que siempre estaban fuera de estación, así que era común verlo en pantalón corto, sandalias y remerita en pleno invierno, y con sobretodo, gorro de lana y bufanda en verano.
Cuando te cruzaba en la calle, te saludaba en francés. En los comercios, pedía las cosas hablando en inglés. 
Se jactaba de las sucursales de las grandes cadenas multinacionales de gastronomía y no pisaba ni por equivocación la parrilla de don Alfonso, en la esquina de su casa.
Es que soy del primer mundo, decía en un idioma que por más que él lo creía, no manejaba muy bien. Ayer lo internaron por neumonía. Parece que su recuperación is very dificult.

30 de julio de 2020

No tan bien

Volví con mi hija, indignado. Como buena adolescente, decía que no quería pasar vergüenza. Ni bien llegar, le presenté mis quejas. La peluquera se encogió de hombros: "La verdad que no me di cuenta en su momento. Se ve bien, pero podría verse mejor" dijo con indiferencia, sin dejar de cortarle el flequillo a una clienta.
No salía de mi asombro. 
- ¡Le cortó la oreja! 
- ¿Y ella la quería larga?
- ¡No! ¡La quería donde siempre!
- Ahí está el cesto - me señaló - si la encuentra, llévesela.
De una patada lo volqué. Además de cabello, rodaron por el suelo al menos una docena de orejas. Le indiqué a mi hija que buscara la suya. La vi dudar.
- ¿Me puedo llevar esta? Me gusta más.
A regañadientes, se lo permití. Mirá si al final, el ogro terminaba siendo yo.

28 de julio de 2020

Querida

El correo electrónico llegó exactamente hace un año, justo cuando estaba por cerrar el navegador. Me detuve y lo abrí. El asunto me llamaba la atención: "Querida". ¿En femenino? ¿Error de tipeo? Había un texto muy escueto. 
"Soy Kimala Omumu de Antolopia y tengo un millón de dolares para vos, querida."
Entre Alejandro y Alejandra hay solo una letra, así que les respondí firmando con este último, diciéndole: "Hola Kimala, te leo atentamente".
Y aquí estoy ahora, un año después, en un aeropuerto de Costa de Marfil, esperando en una sala de detención, por un arma en la valija. Maldito Kimala, no solo me estafó, sino que en plan de venganza, hace seis meses que recorro África tratando de dar con su paradero. Cada día que pasa siento con mayor fuerza que, detrás del hijo de puta ese, se encuentra algún Juancito de Villa Devoto. Pero prefiero seguir engañándome y perseguir una venganza imposible a reconocer una derrota ineludible.

27 de julio de 2020

Moneda

Una moneda de bordes dorados. Un rostro en una cara, un monumento del otro. El valor imposible de distinguir. Derruida. Olvidada.
La encontró debajo de viejas valijas, en el sótano de una casa que iba a ser demolida. Deshabitada, perdida en el tiempo. Con algo de antiguo mobiliario, echado a perder. Se la puso en el bolsillo antes de echarse a dormir en el sofá cubierto de tierra. Era una suerte haberla encontrado. 
Afuera las máquinas se pusieron en marcha. Las primeras paredes cayeron cuando comenzaba a dormitarse. Estaba tranquilo. Ahora tenía con qué pagarle al barquero.

26 de julio de 2020

Alfombra

En la casa de mi abuela, ni bien se abría la puerta de la cocina, había una alfombra roja. Era una alfombra fea, rústica, siempre sucia, pero de un rojo impoluto. Recuerdo que de niño había sugerido quitarla del lugar y como respuesta recibí un cachetazo en la cara. Como esos aprendizajes son los que más dejan secuelas, jamás volví a mencionarla. 
Hasta hoy, que tras treinta años regreso a la casa, para concretar su venta. Está vacía, sin amoblamientos, las paredes recién pintadas. Le pregunto al albañil que estaba terminando de arreglar una pared, que por qué no han quitado la alfombra. El hombre con desconfianza, preguntó qué alfombra. Se la señalé. Eso es sangre, me dice. Sangre que incluso ha traspasado el nuevo piso de cerámicos que han puesto.
Y no pregunto nada más. Total, la casa ya fue vendida.

Presencia maligna

Tengo miedo. Mucho miedo. Me he asomado a la ventana y lo he visto. Temo que el movimiento de la cortina me haya delatado. Escucho sus pasos fuera, me imagino su cuerpo al acecho, olfateando, escuchando, tratando de encontrar la manera de llegar hasta dónde estoy. ¡Hay ruidos en la puerta!
Contengo la respiración, al extremo de palidecer. Siento que el sonido galopante de mi corazón desbocado atraviesa la pared y que tarde o temprano me delatará. 
Cierro los ojos e inhalo, luego exhalo, inhalo, exhalo... me mantengo así un tiempo indeterminado. Solo sé que al volver a mirar, pude finalmente respirar. El cobrador ya se había ido.

21 de julio de 2020

Olvidos fatales

Sufría una rara enfermedad en la que olvidaba cosas muy puntuales. Entre ellas, cortarse las uñas. Las del pie lo recordaba cuando al querer ponerse una zapatilla, no había manera de entrase.
El problema era las uñas de las manos. Parecían cuchillos afilados, que revoleaba de un lado a otro, sin percatarse del tamaño. Fue así que hirió de gravedad a un oficial en la entrada de un banco y que, al ser apresado, le sacó un ojo a otro. 
Por supuesto, en el juicio abreviado no le creyeron lo de la enfermedad y en la cárcel lo primero que hicieron fue cortarle las uñas. Más de uno con el mismo cuento, las ha usado en el pasado para acuchillar a otro.

19 de julio de 2020

Un mal sueño

¡Qué sobresalto! Desperté sofocado y angustiado. Había tenido una pesadilla en la que me afeitaba y debajo de la barba aparecía una capa de tierra con decenas de lombrices muertas.
Corrí al baño, me lavé la cara y con temor agarré la máquina de afeitar. La pasé casi con los ojos cerrados, horrorizado de lo que podía ver.
Respiré tranquilo, y hasta reí un poco. Miré otra vez el espejo y allí estaba, el rostro rasurado, la tierra y todas las lombrices vivas.

18 de julio de 2020

La peor parte

La peor parte es lijar. Pasar el fijador, luego las dos manos de pintura, es lo más sencillo. Lijar es molesto. De tanto en tanto la mano se pasa de largo y termina raspando la pared. El polvillo también, es insoportable. Se te mete por la nariz, la boca, los ojos, hasta en las orejas. Además, si uno no está acostumbrado, termina haciendo las cosas mal, lijando de más o desprendiendo algún pedazo de mampostería. Y entonces, a meterle enduido. No, no hay dudas. Lijar es la peor parte. Lo posterior se hace en dos patadas. Y lo anterior también. ¿Qué es lo anterior? Envolver el cuerpo, meterlo en una bolsa que no deje escapar fluidos, ubicarlo en un rincón, levantar una pared para esconderlo. Recién después de eso, viene lo fulero. Se lo digo por experiencia.

17 de julio de 2020

Barrilete en el cielo

Cuando el viento se puso bravo temí por el barrilete. Lo ví tan frágil en lo alto, sostenido tan solo por una piola que terminaba en las manos de Marquitos, que de manera instintiva corrí a quitárselo para sostenerlo de manera más segura. Pero no ví la pelota con la que habíamos estado jugando un rato antes, la pisé y caí todo a lo largo empujando a mi hijo. Al caer abrió la manito y piola con barrilete se escaparon llevados por el viento.
Antes de oír su llanto, me llegó otra voz, seguramente la de la razón, que dijo claramente: "Ahí lo tenés al pelotudo".

16 de julio de 2020

Barranca abajo

La piedra rodó hasta el fondo del barranco, levantando en el camino una estela de tierra seca que se iba elevando al paso de la misma.
Rodolfo exhaló luego de un par de minutos sin poder respirar. Había estado a punto de caer y se había paralizado por completo. El corazón le latía de forma acelerada y estaba sudando. Se sentó, con mucho cuidado. Sabía que ir hasta el borde era peligroso y que si hubiera caído, nadie jamás lo encontraría.
Por otro lado, saberlo era también reconfortante. Al menos, estaba seguro que nadie encontraría el cuerpo que había lanzado segundos antes de tropezar.

14 de julio de 2020

Lavando ropa

Tengo la manía de mezclar ropa de color con ropa blanca dentro del lavarropas para que se destiñan. Incluso, que se destiña la de color con otra de color. Al cabo de varios lavados, ninguna prenda tiene la tonalidad original.
Hace poco compré un pantalón en oferta. Parecía de primera calidad, pero prácticamente me lo regalaron. De un negro tan intenso que la mirada parecía perderse en el entramado de los hilos, casi de forma hipnótica.
Cuando lo puse a lavar por primera vez, lo mezclé con ropa de color. Tenía el presentimiento que iba a teñir a las demás prendas. Atónito quedé al ver que el pantalón seguía negro impoluto y el resto de la ropa ahora era blanca.
Cuál agujero negro, les había robado el color.  Ahora lo lavo a mano, aunque creo que lo voy a regalar. Ya me decoloró dos fuentones y un balde.

13 de julio de 2020

Estrella personal

Cuando era pequeño, solía subirse hasta lo alto de un fresno que había en el fondo del patio. Jugaba con tocar las estrellas con las manos. Entrecerraba los ojos y trataba de alcanzarlas. Flor de susto se pegó la noche que al estirar la mano, agarró algo caliente y brillante. ¡Había agarrado una estrella! Era apenas un poco más grande de lo que se veía en el cielo. La guardó en una caja de madera, sobre la mesa de luz. Desde entonces, cada noche abría la tapa y la admiraba largos minutos.
Últimamente la veía con menos brillo, más pequeña. Finalmente, anoche, el fulgor se fue apagando hasta desaparecer del todo. Quedó una piedra redonda, toda chamuscada. Hoy fue hasta las vías y al pasar al ferrocarril se la arrojó con furia. Rebotó contra un vagón y se perdió en los matorrales. Quiso buscarla, arrepentido, pero en silla de ruedas y con el tubo de oxígeno a cuestas, lo mejor era volver para el geriátrico.

11 de julio de 2020

La cartera

En la cartera llevaba la billetera, el porta cosméticos, la tarjeta del colectivo, auriculares para el celular, el celular, un cargador, un espejo para mirarse de tanto en tanto, un peine ancho, un frasquito de perfume, una botella de agua de medio litro y un libro para leer en los ratos muertos.
Pero también, por las dudas, llevaba un sánguche de mortadela y queso, una manzana, servilleta, un juego de cubiertos descartables, un paquete de galletitas dulces, una tableta de chicles, una bolsita de caramelos media hora y un cepillo de dientes de viaje, que venía con la pasta dental.
Como estaba fresco, por las dudas, tenía también un par de guantes, bufanda y gorrito de lana. Y no podía faltar, para toda ocasión imprevista, toallitas y ropa interior de recambio. 
- ¿Señorita, tiene para rato? - repitió por enésima vez el oficial, en el control de rutina, mientras veía acumularse gente de manera preocupante.
- No me apure, que el DNI siempre lo tengo a mano.

9 de julio de 2020

Luna llena

Soñé que me asomaba afuera y estaba lleno de personas deambulando de un lado a otro, flores en mano. En lo alto, la luna llena iluminaba los rostros con un matiz de muerte que estrujaba el alma.
Desperté repentinamente, con cada hueso del cuerpo temblando. La agitación era tremenda. Dudé en asomarme o no. Tenía pánico. Al final lo hice.
El cementerio estaba vacío. La luna bañaba con su blanquecina luz a las tumbas más próximas. Suspiré. Total normalidad. Volví a la mía, a continuar con el descanso eterno.

8 de julio de 2020

Viejos locos

El viejo Solís estaba loco. Cada noche salía a la terraza para lanzar insultos al aire, que se escuchaban en toda la manzana.
Y se veía venir que el otro loco de la calle, el viejo Iriarte, en cualquier momento le salía al cruce. 
Fue así como durante cinco días los insultos iban y venían por el aire, de techo en techo, y nosotros, en nuestros hogares, tratando que las palabras y gritos no llegaran a oídos de los más pequeños.
Fueron cinco días nada más porque la señora María Rosa, la que hace pastelitos cada sábado y los regala en la plaza, se asomó por la ventana con el rifle de caza que había pertenecido a su difunto marido y los bajó de un tiro en la sien a cada uno.
Nuevamente las noches se viven en paz en el barrio.

7 de julio de 2020

Carnicería

La ruta es una carnicería de bichos, me dijo hace tiempo mi tío. Y recuerdo muy bien cómo el auto quedaba adornado por cientos de insectos destrozados en el impacto. Una carnicería, sin dudas.
Hoy no hay manera de atropellar a uno solo. No porque sean más vivos y ahora esquiven a los autos. Es que no se ven más. La mierda esa que rocían en los campos, dicen los más duchos en el tema.
Puede ser, claro que sí. Pero me temo algo peor. Un enorme complot. Todos los bichos ocultos bajo tierra, construyendo el coche más grande del universo, esperando el momento de sacarlo a la superficie y hacernos trizas.
Aunque esto solo lo escribo aquí, dónde nadie lo puede leer. Si me preguntan, son los químicos esos.

6 de julio de 2020

Palabras

¡Incesto, mamá!
Cuando Braulio apareció por el pasillo, con esas palabras en la boca, mamá paso del asombro, a la perplejidad, luego a la gracia y finalmente la nostalgia.
Cuántas veces en su infancia había provocado la risa de sus padres, tíos y abuelos, diciendo "canoba", "estuatua", "toballa", "bujero", "cocholate", "galartija". Junto a las palabras llegaron imágenes de tiempos felices, sin responsabilidades, de juegos y complicidades. De pronto, se sintió alegre, lejos de los problemas diarios de la vida de adulto.
Abrazó a su pequeño y llevándolo de la mano hacia el patio, le prometió juntar todos lo des "incestos" que pudieran encontrar.
Mientras tanto, en la habitación contigua, papá sometía a Clarita en una relación, que, mintiéndole descaradamente, le hacía creer que era normal.

4 de julio de 2020

Fantasmas callejeros

Dos pocillos sobre la mesa, el café humeante en su interior, las manos entrelazadas de las personas en la mesa, las miradas húmedas y brillantes, el sonido de fondo de cubiertos entrechocando, una suave melodía en los parlantes de pared, los televisores encendidos en un canal de noticias y un barman con el rostro vuelto hacia la cocina. 
Un instante en la mañana, breve, fugaz. Lo capta todo de una sola vez, al poner un pie dentro del bar. Tiene estampitas en la mano y un enorme deseo de comer. Pero solo hay una mesa con gente y mucho por recorrer. Se marcha sin siquiera cerrar la puerta. Nadie lo ha notado. Es un fantasma de la calle, uno de los miles y miles que deambulan con estómagos crujientes por la ciudad.

3 de julio de 2020

Espectáculo nocturno

Aquella noche desafiaron al frío y muchos prejuicios. A la distancia, para Ismael el recuerdo tiene otro peso. La enorme fogata, las llamas en su danza etérea pintando la noche y el crepitar del fuego, matizando los silencios de sus voces, embelesados por el espectáculo nocturno.
Entonces, escucharon los gritos, el sonido de gente corriendo y la presencia de un chico exhausto, que llegó hasta ellos. Estaba golpeado y asustado. Detrás llegaron otros, más grandes, gritándole obscenidades.
Fue un impulso. Se pusieron delante del chico. Y uno sacudió en el aire una antorcha encendida. Se fueron y más tarde, se marchó el chico.
La fogata se consumió con las horas. No así sus pensamientos. Aquellos insultos, esos "puto", "gay", "trolo", a Ismael le siguen doliendo al día de hoy.  Y cuando se los dicen a él, imagina que corre hacia una fogata en la que unos desconocidos lo van a defender.

2 de julio de 2020

Las formas del tiempo

Pasa el tiempo, las horas, los días, los meses. Inmóvil, lo veo escabullirse por los rincones. Tiene forma de telarañas, de hojas secas, de manchas de humedad, de polvo cubriendo los muebles, del canto de los pájaros, de la descomposición de la carne, de la vida minúscula que recorre las superficies, del fétido olor que de un momento a otro desaparece, de los impuestos amontonándose en la entrada, de los golpes a la puerta cada vez más espaciados de los vecinos, de los huesos que ya se notan debajo de la piel.
Tarde o temprano, la tirarán abajo y allí me encontrarán. Distraído, observando escapar al tiempo, ajeno al presente, distanciado del pasado.