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27 de marzo de 2014

Souvenirs

Visitar a la abuela era cosa de todas las tardes, al menos aquellas en la que mamá trabajaba y no tenía donde dejarla. Analía disfrutaba esas horas en la vieja casona que estaba ubicada en una esquina frente a la plaza. Y no justamente por tener ese espacio verde a pocos metros, sino por permanecer entre esas paredes, hurgar en los secretos de ese lugar que a veces le parecía olvidado por el tiempo.
Es que su abuela no se preocupaba demasiado por el aseo de la casa, salvo los lugares que más usaba, como ser la cocina, el baño o su habitación. Durante algún tiempo madre e hija discutieron ese tema, pero Analía hacía buen tiempo que no las escuchaba disentir sobre la limpieza. La abuela, sin dudas, había ganado. De todas maneras, había algunos sitios donde el polvo no se acumulaba. Uno era el salón de los jarrones. Ese era el nombre que ella le había puesto a aquella habitación de piso de madera en cuyas paredes iban de un lado a otro gruesas estanterías, sobre las que reposaban siempre impolutos, enormes y bellos jarrones, algunos decorados y otros, cautivantes a pesar de tener un solo color.
Otro sitio que merecía el cuidado para su abuela, era el pequeño altar al final del pasillo, donde en una urna de bronce estaba su abuelo. A la pobre Analía a lo largo de su niñez aceptar esa idea se le había hecho muy difícil. Recién a los ocho años, no hacía mucho, había comprendido el significado de aquel espacio en la casa.
Aunque de todos los lugares de la casona de su abuela, el lugar mágico para la pequeña era la heladera. Era inmensa, con un freezer grande, donde a veces podían guardar hasta tres o cuatro envases grande de helado. Sin embargo, el encanto de Analía con ese aparato no estaba en lo que contenía, sino en lo que exhibía.
Decenas de imanes, grandes y chicos, coloridos y de las formas más hermosas, representando distintas ciudades del país y del mundo. Estaba toda la puerta cubierta y uno de los laterales.
- ¿Cuántos hay abuela? - había preguntado cierta vez y su abuela le había dicho que no llevaba la cuenta.
En sus intentos de contarlos, terminaba siempre perdiéndose, pero una vez había llegado a ciento veinte antes de frenarse. Eran muy bellos, la mayoría tenía relieve y cuando su abuela no la veía, pasaba sus dedos para sentir las texturas. Pero solo cuando no la veía, porque la orden era "mirar y no tocar y por nada del mundo, quitarlos de la heladera".
Lo mismo sucedía con los jarrones, apenas podía apreciarlos. No podía bajarlos de los estantes, ni siquiera pidiendo permiso. De todas maneras, el contemplarlos se le había hecho - al igual que con los imanes - una de sus actividades favoritas en aquella casa.
En un cuadernito de hojas rayadas había comenzado a dibujarlos, muy a duras penas, porque aún le costaba tomar el lápiz y hacer que las líneas dibujadas con su manito se tradujeran en lo que sus ojos le mostraban. Pero lo hacía con alegría y dedicación, haciendo pasar las horas, hasta que su mamá llegaba del trabajo, tomaba unos mates con la abuela - que el resto del tiempo se la pasaba tejiendo o resolviendo palabras cruzadas - y luego retornaban al hogar, donde a solas como cada atardecer, comenzaban a recuperar el tiempo que no habían podido compartir en la jornada.
- ¿Algún día me vas a regalar uno, abuela? - le había preguntado un día a su abuela, con respecto a los imanes.
- No - le había contestado ella sin vacilar, alimentando aún más la tentación de Analía de tener uno de esos hermosos recuerdos de viaje - Son recuerdos de viajes que hicimos con tu abuelo, son muy importantes para mí, no son para jugar.
Analía no era una niña mala, nunca antes de esa tarde, la misma en la que murió, había robado algo. Pero el querer es tan grande que a veces agota la mente y traiciona la razón, obligando a hacer lo que a uno le han enseñado, no está bien.
Y Analía, con la esperanza de no ser descubierta, estiró el brazo cerca de la puerta de la heladera y tomó de uno de los imanes al azar, que decía "Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)".
Se refugió en la sala de los jarrones, apoyada en una de las paredes, con el imán en forma de pequeña montaña en sus manos. No podía dejar de contemplarlo, las letras manuscritas exageradamente volcadas hacia la derecha, en color blanco, el relieve de la madera, la sensación de tener un verdadero tesoro consigo.
Casi no tenía peso. Lo hizo girar para ver el dibujo de costado y luego al revés. Ver la sierra patas para arriba le arrancó una sonrisa. Luego, lo dio vuelta para ver el imán. Y allí estaba. Un número 23 escrito a máquina sobre un papel de escasas dimensiones y pegado con cinta adhesiva, que había tomado un color amarillento por el paso de los años.
- ¿Veintitrés? - repitió Analía, sorprendida por el número que acababa de encontrar. Y pensó entonces en la respuesta de su abuela, sobre la cantidad de imanes. Era posible entonces que el abuelo, para no olvidarse de los viajes y lugares que habían visitado, además de colocar los recuerdos imantados sobre la heladera, les hubiese puesto un número.
O bien, podía tratarse del orden en que habían visitado cada ciudad. Ahora la curiosidad la carcomía. Aquel número se había convertido de repente en todo un enigma para la breve edad de Analía. Estuvo a punto de salir corriendo a preguntarle a su abuela, pero recordó a tiempo que no podía: había violado una de las leyes de la casa. Había robado el imán a escondidas. Tampoco podía decir que había visto de casualidad el número, porque eso implicaba tocarlos, que también estaba prohibido. Sintió entonces una genuina angustia a la que con sus breves años, no supo ponerle nombre.
¿Cuántos imanes serían? El veintitrés estaba en sus manos. Reparó entonces en que a pesar de haber muchísimos, jamás se había preocupado por la cantidad de jarrones. Quizá, se dijo, porque le resultaban más bonitos los souvenirs de la heladera. Aunque había una diferencia. Los jarrones estaban puestos ordenadamente, podían contarse sin problema.
Lentamente, los fue contando. Con sorpresa, reparó que había más de los que creía. Faltando una pared, había superado los cien. Cuando terminó, estaba con la boca abierta. Ciento treinta y cinco. ¿Tantos? ¿Habría la misma cantidad de imanes? Se le ocurrió una idea. ¿Y si los jarrones eran también un recuerdo de cada ciudad? Entonces tendría que haber la misma cantidad. Pero algo iba en contra de eso, y es que en ninguno de dichos objetos figuraba el nombre de ciudad alguna y se supone, que si es un recuerdo de viaje, figuraría el lugar dónde se compró.
Otra vez volvió a estar en ascuas. Pero al mismo tiempo, no. Jarrones e imanes podían llegar a tener cierta relación. ¿Cuál? Se paseó por la habitación mirando uno y otro, sin dejar de caminar. El imán lo llevaba escondido en el bolsillo de su vestidito rosa, por las dudas que su abuela apareciera de improviso y se lo encontrara en la mano.
Tras media hora observando, volvió al primero. Era el único que tenía en un número o letra en su decoración. Y eso también le llamó la atención. Jamás se había detenido en ese detalle. Pero ese era un día especial. Siempre lo es el día de la muerte, pero ella lo ignoraba. El jarrón tenía el número 1 escrito en pintura verde.
- Si ese es el número uno... - dijo en un susurro, tratando de hilvanar sus ideas.
Y comenzó a caminar lentamente, siguiendo el orden y contando, en voz muy baja cada vez que pasaba por delante de un jarrón.
- Dos... tres... cuatro...
Tras el veintidós, se detuvo. El siguiente, de un color turquesa, con ribetes amarillos y negros, coincidía en la numeración con el imán que había estado hasta ese momento en el bolsillo y ahora aparecía una vez más en sus manos.
Estaba alto para sus brazos cortos. Corrió a la habitación de al lado a buscar una silla y regresó en el mayor de los silencios. La dejó justo delante y subió para alcanzar el objeto que ahora era presa de su curiosidad. Al estar más cerca, lo miró con detenimiento. En la superficie no figuraba ningún número. Entonces probó suerte con la parte oculta, con la base. Para su sorpresa, estaba pesado pero pudo igualmente levantarlo lo suficiente como para leer la parte inferior de la cerámica, que allí estaba blanca, sin el turquesa del exterior. Y allí estaba el número que sin saber el por qué, la estremeció al punto de erizarle los vellos de los brazos: 23. Y junto a este, para ampliar su desconcierto, un nombre que desconocía: José Orozco Sánchez.
Estaba tan pesado, que lo soltó de inmediato. Debía bajarlo y ver que contenía. Le urgía ese conocimiento. Temía romperlo, pero lo haría con cuidado. Tenía que ser cuidadosa y rápida. Primero tomarlo de la base, con firmeza, llevarlo de a poco hasta el borde de la repisa, y luego
- ¡Analía!
El grito de su abuela, con una voz furiosa, desesperada, la tomó de imprevisto, muy concentrada en lo que hacía y se asustó al punto de proferir un alarido al tiempo que golpeó el jarrón, arrojándolo en su dirección. Apenas si tuvo tiempo para cerrar los ojos. Sintió el impacto en el rostro, el polvo cayendo en forma abrupta sobre su piel y la certeza de la gravedad al moverse la silla que la sostenía. Cuando su abuela llegó a su lado, ella tirada en el piso de madera, aún respiraba. La cubría un manto gris. Un manto de cenizas.

Oyó la llave de la puerta principal cinco minutos después de haber regresado de la calle. El papel del bazar aún estaba sobre el sillón principal.
Su hija entró hablando sola, como era su costumbre, despotricando sobre el estado de las calles y la demora de los colectivos.
- Hola mamá, algún día voy a comprar un auto, te lo prometo y no vas a tener que escucharme renegar más - la saludó con un beso y al no ver a su pequeña, preguntó por ella.
- Está descansando, no te preocupes.
- ¿Analía durmiendo? Bueno, bueno, bueno. Eso si que es novedad. Mientras se levante para la hora de irnos. ¡Qué bien, mamá! Recién lo veo. Un jarrón nuevo.
- Si, es hermoso.
- No comprabas uno nuevo desde...
- Si, desde que murió tu padre. Lo sé. Pero hoy sucedió un accidente.
- No me digas que...
- Si, Analía tiró al piso uno y lo rompió.
- ¿Ella se lastimó? ¿Le pasó algo?
- No te preocupe querida, todo está bien. Mira, no me he enfadado.
- Mamá, te pregunto por ella. Sé que lo que ha hecho está mal, pero era un jarrón solamente, en cambio ella...
- ¿Un jarrón nada más? - la mujer de edad pareció de pronto más joven - ¿Nada más? No tenés idea de lo que decís. Por algo tu padre siempre te quería lejos.
- ¡Mamá! ¿Entonces Analía está descansando como castigo?
- Ella se lo buscó.
- Muy bien, veo que te importa poco tu nieta. No me parece trato para ella, siempre se portó muy bien. Debe haber sido un accidente.
- Esto le encontré en el bolsillo - mostró la figura de la sierra, con el imán pegado en la parte posterior - ¿Qué me decís ahora? Tenemos una ladrona. Ella sabía muy bien que no debía sacar ningún imán de la puerta.
- Es una niña, es curiosa...
- Era una mocosa malcriada. Por suerte tu papá no estuvo para conocerla.
- No puedo creer lo que oigo. Ya mismo la levanto de la cama y nos vamos.
- No está en la cama.
- ¿Dónde la enviaste de castigo?
La madre no le respondió. Dejó el nuevo jarrón en el lugar que había quedado vacío de la estantería y caminó hacia fuera de la habitación. La hija la siguió, incrédula ante la actitud de su madre.
- Mamá ¿dónde está Analía?
La anciana siguió caminando, hasta llegar a la cocina. Allí se detuvo, colocó el imán en la heladera y volvió a su silla, donde la aguardaba un ovillo de lana y un tejido a medio hacer.
A pesar de la desesperación por sacarle una palabra a su madre, el olor que salía de la cocina le causó rechazo.
- Por Dios mamá, ¿qué se te quemó acá?
La madre, lejos de escucharla, volvió a tomar entre sus manos el tejido. Cuando abrió la boca, su rostro parecía otra vez el de siempre, el de una señora que ha vivido apaciblemente su vida.
- ¿Te contamos alguna vez lo mucho que nos divertíamos con tu padre en los viajes que hacíamos?
- Si mamá, pero lo que quiero que me digas...
- Tu papá sobre todo. Le fascinaba viajar. Era un hombre muy ordenado, pero poco rutinario. Cada viaje era una sorpresa. Pero lo más lindo era el momento de elegir los souvenirs. Nos sentábamos en un bar, casi siempre el último día del viaje, y lo buscábamos. En realidad, lo esperábamos. Algo bien representativo, bien autóctono. En los rasgos, digo.
- Mamá, cada vez te entiendo menos.
- La idea de los imanes fue mía. ¿Si no, cómo los identificaríamos después? Un lugar, un número. Un número, un nombre. Un nombre, un recuerdo.
- ¿Mamá?
- Y la manera de traerlo, bueno, en eso fue papá el de la idea. Esa habitación además estaba en desuso. Y los jarrones, la verdad, son muy bonitos. Pensar que... - la mujer hizo un alto y olfateó el aire - es cierto, hay mucho olor a quemado. He perdido la práctica, antes podía disimularlo, pero ya no recuerdo cómo.
- ¿Dónde está Analía, mamá?
La mujer levantó los ojos y pareció que por fin se percataba que allí estaba su hija. Le sonrió.
- Vení, acercate. Vení que te digo al oído el secreto de papá y mamá. Y vas a saber donde está Analía.
Se acercó, temerosa. Algo pasaba allí, no podía entender qué. Pero tenía miedo. Y con razón. Lo último que vio fue la aguja en la mano de su madre avanzando con letal velocidad hacia su rostro.

24 de marzo de 2014

La construcción

José Horacio Marto, cincuenta y dos años, metalúrgico por necesidad y albañil por oficio. Del plantel B en el rotativo de cuatro turnos de una fábrica de plegado de chapas. Barriga prominente por culpa de su problema con el alcohol, un overol azul que trata de lucir con la mejor prestancia posible a pesar de la suciedad y los años, las manos curtidas por el trabajo, cabello entrecano, ojos verdes apagados y mirada perdida. Su familia, compuesta por...
Marto miró por encima del hombro, atento al reloj de pared. Era la hora de marcharse. Una chapa venía en camino, pero se salió de la línea, dando a entender que su jornada laboral en la fábrica había terminado por ese día. Caminó lentamente hasta los vestuarios. No había urgencia en apurarse. La fábrica quedaba alejada de la ciudad y los que no disponían de un medio propio, debían aguardar el colectivo.
Había tratado una época de ahorrar tiempo yendo en bicicleta, pero pronto comprendió que lo que ganaba saliendo más rápido, lo perdía luego en los minutos que le demandaba pedalear hasta su destino. Esperaba más para irse, pero llegaba más temprano.
El camino a la ciudad lucía apagado, como casi siempre. La ventanilla era una pantalla sin vida, a través de la que se sucedían unas a otras, imágenes difusas de la nada misma. Esa nada que ponía tener tinte verde o amarillo, según lo que dictara el clima, renuente a ser ordenado, alternando sequías con temporadas de lluvias.
La tarde avanzaba a paso lento, sin inquietarse. Marto bajó en una esquina y torció hacia la derecha. El camino se le antojaba cuesta arriba, porque lo enfrentaba al horror. Sus piernas lo llevaban casi por inercia. Él, parecía un zombi. Era su estado natural desde hacía cuatro meses. Caminó por las últimas callejuelas en un sopor de ultratumba. Por fortuna, para su rostro abarrotado de lágrimas, no se cruzó con nadie.
Llegó en silencio. Buscó la llave en el bolsillo y abrió la puerta. Dentro podía ver las herramientas, arena, bolsas de cal y cemento, algunos tablones. No podía darse el lujo de dejar nada afuera, a pesar que el lugar era chico, apenas si le alcanzaba para comprar los materiales. Aún le faltaba terminar una de los laterales. De todas maneras, el lugar tenía forma, las cuatro paredes ya estaban erigidas y apenas dos días antes había colocado el techo.
Respiró hondo. Pronto la morada de su familia sería una realidad. Después del incendio, de aquel desastre, pensó que jamás podría. Pero ahora estaba de pie sobre la construcción levantada con sacrificio y voluntad. Desde hacía cuatro meses, cuando salía del trabajo, no importaba la hora, se encaminaba hacia allí, y con las fuerzas que le quedaban, fue preparando los cimientos, colocando ladrillo a ladrillo, revocando, techando... siempre con el llanto a flor de piel, de angustia y de esperanza. Por lo perdido y por lo que iba logrando.
A veces no descansaba como correspondía. En varias oportunidades, se había quedado dormido apoyado contra las bolsas de cemento y cal. Otras, a duras penas, cansado, con el cuerpo dolorido, el estómago vacío, deambulaba por barrios conocidos, golpeando puertas amigas y pidiendo, con pesar, una techo donde dormir. Y nadie se lo negaba.
En el trabajo solía haber frutas, que devoraba con ansiedad. En ocasiones, los compañeros de trabajo llevaban bizcochos o alguna otra panificación. Marto aprovechaba para alimentarse. Casi siempre los demás llevaban algo extra. Y el destinatario era él.
Y a la salida de otra jornada, nuevamente la espera, subir al colectivo, viajar sin otro propósito que el de bajar y seguir edificando. Porque siempre faltaba algo, porque el dinero era poco y los materiales se compraban de a poco. Sin embargo, a Marto nada lo detenía. Salvo...
Cuando la noche se hacía carne, cuando sus ojos ya no veían, tenía que dejar las herramientas y emprender la búsqueda de un catre, un techo, un lugar para dormir las pocas horas de sueño antes de iniciar otra jornada en la fábrica. La tentación, mal de todos, le impedía algunas veces cumplir su objetivo. Un bar, una mesa taciturna, un vaso de vino, horas muertas.
Y cuando se levantaba para irse, se odiaba. Se decía en voz baja, que era la misma mierda en persona. Se abandonaba al llanto y sin dormir, buscaba la esquina donde lo levantaría el colectivo hacia el trabajo.
De alguna manera, encontraba las fuerzas para seguir adelante. Para poner el siguiente ladrillo. Para pedir como favor, una cama donde dormir. Para caer en la trampa vil del vino, que al mismo tiempo le infundía placer y pavor.
Algunas voces se alzaban de vez en cuando en su contra. Le recordaban sus errores, le marcaban otros nuevos y le auguraban un trágico porvenir. Marto no las escuchaba. O si, pero solo para olvidarlas. Solo le importaba terminar aquello. Al fin y al cabo, era su culpa. Si tan solo esa noche hubiese estado allí. Si tan solo...
Jamás había vuelto. Tras aquel amanecer de pesadilla, con el fuego devorando la casa, jamás había vuelto. Había visto extinguirse hasta la última llama, sin ninguna esperanza, desconsolado. Su llanto cubría las penas y su rostro desfigurado de dolor, maquillaban el rostro alcoholizado de horas antes. El hombre destruido era un burdo disfraz con el que ocultaba su culpa. Pero solo exteriormente. Por dentro, la condena era eterna.
El colectivo volvió a dejarlo en esa esquina tan familiar desde hacía cuatro meses. Torció hacia la derecha, en esa rutina que sus piernas conocían tan bien. Las callejuelas del cementerio fueron quedando atrás, como cada día. Y entonces, ya casi terminado, la última morada para su mujer y tres hijos. A duras penas lo había levantado en soledad, con sus últimas fuerzas. Al día siguiente llevarían los restos de su familia. La obra estaría consumada.
Su alma jamás descansaría en paz, pero creía haber pagado algunas deudas. Pocas, en realidad. Suspiró ante ese mausoleo que le era tan inverosímil. Sus manos lo habían hecho realidad, pero le quedaban escasos recuerdos de las horas empleadas.
Sacó las herramientas del interior para devolverlas a quiénes se la habían prestado. Pensó en aquella noche y volvió a pedir perdón al cielo. Las lágrimas surcaron sus mejillas una vez más. La vida continuaría al día siguiente. Ahora debía reconstruir su alma, destruir sus vicios. Las penas jamás se irían. Y estaba bien. El dolor es la brújula que nos guía en todo momento. El norte no es la muerte, sino la vida. Y quién no lo entienda, estará todos los días enterrando su pasado.
Marto se alejó despacio, sabiendo que vivir era la respuesta. Con todo lo que eso implica.

21 de marzo de 2014

Pocas verdades

Cuando tenía diez años soñaba despierto. Solía pasar a la salida del colegio por la juguetería frente a la plaza del barrio y me quedaba largos minutos mirando esas alegrías que nunca tendría. La vidriera parecía una gran pantalla donde proyectaban los deseos de mi vida.
Me recostaba contra el vidrio, apoyado con las manos, la frente sintiendo la fría superficie, los ojos bailoteando de felicidad. Recuerdo los muñecos de He-Man, que otros niños llevaban a la escuela, pistas de carreras con autos a control remoto, un enorme camión de bomberos del que se extendía una escalera blanca, incluso un metegol con los colores de Boca y River. La memoria me arrebata otros juguetes, ahora difusos, distantes.
Pero allí estaban entonces, exhibiéndose en silencio, como si la única razón de su existencia fuera el de brindar una alegría fugaz a los niños que caminaban por esa vereda. A mi corta edad, aquel lugar era el paraíso.
Por aquel entonces ignoraba mil cosas. La vida se resumía en pocas verdades y quizá, era mejor así. Los amigos, la escuela, jugar a la pelota, los dibujos animados y la vidriera de la juguetería.
Intentaba no pasar por allí con mi papá, porque intuía su dolor, esa mirada angustiada, que en lugar de mirar sacaba cuentas mentales y rápidamente sentenciaba que lo más conveniente era seguir caminando. Porque seguir caminando representaba dejar atrás lo imposible, lo inalcanzable. Y así, no alimentaba falsas expectativas. Por eso, me gustaba ir solo.
Porque en esa soledad, sabiendo que era imposible, podía soñar sin miedo. Porque los temores los alimentan las realidades posibles, como la muerte. Las imposibles, son inocuas. Le hacía un favor a mi padre, evitando sus "sigamos que es tarde" o el clásico "vamos a ver si para tu cumpleaños venimos". Nunca fuimos, nunca entramos, al menos juntos.
Y no representó la muerte de nadie, claro que no. Fue tan solo el "no poder". Y nada más. Porque otras cosas suplieron esa vidriera. Y aquella juguetería, poco a poco, fue convirtiéndose en recuerdo, en una postal desgastada de un ayer lejano, que a veces vuelve distinto, retocado, porque nosotros mismos maquillamos los detalles para hacerlo más ameno o más sufrido. Depende el día, y el receptor de nuestra confesión.
A los diez años, soñaba despierto. Hoy, sin embargo, vivo dormido. No hay vidriera que me detenga, ni excusas que me obliguen a seguir caminando mientras una mentira de esperanza resiste en el alma. Hoy, con mucho más, no hay nada.
Y por más que camine hacia el viejo barrio, atraviese la plaza, cruce la calle, no volveré a encontrar la vidriera de aquella juguetería. Porque se ha ido, como el pasado, como las simplezas que eran nuestros días, nuestras horas, nuestros momentos. Y en su lugar, donde había magia, solo queda tristeza, largos suspiros.
Por más que busque, habrá una persiana baja con horrendos graffitis. Por más que golpee, no saldrá nadie de ese sitio vacío.
Comprendí hace tiempo, de tantos regresos fallidos, que lo que se ha ido no vuelve, que lo que dejamos atrás no nos alcanza y que la verdadera muerte es sentarse a esperar que la alegría del ayer nos alegre el hoy. A lo sumo, el recuerdo podrá arrancarnos una sonrisa y nada más.
Es mi letargo el que me asusta, es este sueño de ojos abiertos el que me desvela. Esta sensación de que no hay nada por delante. Que todo lo que nos queda es torcer la mirada continuamente por encima del hombro, con la esperanza de ver alguna vidriera dispuesta a mostrarnos esos sueños inalcanzables que nos motivaban a seguir.
El temor es seguir esperando.
El terror es que el milagro nunca ocurra.
El error es pensar que esas son las únicas opciones.
Aún lo veo a mi viejo, de reojo como en aquel entonces, parado a mi lado, metiendo subrepticiamente las manos en los bolsillos, sopesando su escaso capital, calculando si aunque sea podía comprarme una bolsita de bolitas. Y entonces, el nudo en la garganta, el saber que no, las ganas de querer escapar del mundo por no poder darle nada a su hijo, y luego, la mentira piadosa, el retomar la caminata, porque no quedaba otra. Porque el único secreto para seguir, era no detenerse.

18 de marzo de 2014

Sobres por debajo de la puerta

El sobre pasó por debajo de la puerta, casi como una exhalación. Con solo ver el color del membrete supo que era la factura de electricidad. La idea de abrirlo lo aterrorizaba.
Con temor lo llevó hasta la mesa, donde reposó varios minutos sobre la madera, mientras lo observaba a la distancia. Abrirlo significaría afrontar una cifra sideral. Lo presentía.
Le dio la espalda, situándose delante de la computadora. Demoró un rato en encontrar el archivo de texto donde guardaba las claves. Cuando finalmente lo consiguió, pudo entrar al home banking. El saldo era exiguo. Poco más de cincuenta pesos. Cerró el navegador y también los ojos.
Se dejó llevar por la oscuridad y el silencio, arrebatándose aunque sea durante unos segundos de la realidad. Sin embargo, la presencia del sobre a medio metro lo retenía en su departamento, atado a las deudas. Otra vez sus ojos le devolvían la triste verdad de su vida.
Se puso de pie y pasó de largo la mesa en cuatro zancadas. Fue hasta la heladera, la abrió para comprobar que apenas había una botella de agua y un durazno que tendría al menos cinco días allí dentro. Tampoco tenía hambre. Aquello era otra excusa. Otra forma de demorarse, cómo rezaba la canción.
Cerró la puerta con violencia. Temblaron incluso los pocos imanes pegados al metal. Tenía que abrir el sobre. Reunir el coraje. ¿Qué esperaba encontrar que no imaginara? Agallas, eso le faltaban.
Respiró hondo y fue en busca del sobre. Lo tomó entre sus manos y lo puso contra la única lámpara colgante de la habitación. A trasluz distinguió parte del contenido, pero no alcanzó a leer ni cifras ni palabras.
Sus manos temblaron al cortar el extremo de la delgada cárcel de papel. La factura estaba pronta a ser libre, con todo lo que eso significaba. Segundos más tarde, el sobre y el contenido habían quedado uno en cada mano.
Dejó el primero otra vez sobre la mesa y exhaló con resignación antes de desplegar el segundo. Entonces, ocurrió lo inesperado. Otro sobre pasó por debajo de la puerta, como por arte de magia. Por el color del membrete reconoció que era la factura de internet.
Se dejó caer sentado al suelo. ¿Qué más le daba mirar la cifra que se escondía en su mano derecha si por debajo de su puerta seguirían llegando esos malditos sobres? ¿No sucedía eso cada mes? ¿Acaso no seguiría acumulando cada factura en una pila gigantesca, que en cualquier momento se derrumbaría?
No era eso lo que tanto temía, sino la sensación de marginalidad que cada día tenía menos vuelta atrás. Enganchado de la energía, de internet, con deudas inmobiliarias que iban camino a la ejecución judicial, con apenas unos pesos para comer durante el resto del mes.
¿Y todo por qué? Por seguir adelante con su sueño. Apenas un dinero por mes, casi nada, pero algo. ¿Debía arrepentirse? ¿No era acaso ese sueño lo único que lo mantenía vivo? La vida y sus vicisitudes. Las mismas de ayer, las de hoy, las de siempre.
Respiró hondo una vez más. Se olvidó de los sobres y volvió a la computadora. Pero ahora para escribir. Un par de cuentos que le habían encargado. Quizá el pan de una semana para el próximo mes. La paga por soñar. Por morir de pie.
Y casi en una forma de escapismo, prolongó su sueño con las letras del teclado.

15 de marzo de 2014

Corresponsal de guerra

Pocas cosas asustaban a Pedro Páez, corresponsal de guerra. Había presenciado en su profesión infinidad de atrocidades y sufrido en carne propia los pesares del campo de batalla. A sus cuarenta años, cada estría de su cuerpo curtía la dureza del sol y la palidez de la luna. Se había hecho hombre entre pares derramando sangre, sin otro propósito que el de la muerte sin sentido, en el nombre de banderas y deberes, de símbolos y moralidades intangibles.
Guarecido tras una trinchera o corriendo para ponerse a salvo de las municiones entre callejuelas atestadas de ruinas y paredes a punto de derrumbarse, sabía que cada minuto podía ser el último, pero lejos de amedrentarse mantenía la cabeza fría, teniendo presente en todo momento la cámara entre sus manos, aguardando ese instante crucial donde el ojo debía captar aquello que se inmortalizaría para que otros, distantes de aquello, en la comodidad de sus hogares, o de pie ante un puesto en la calle, contemplara ese horror que lo rodeaba. Ese horror que en definitiva, era su trabajo.
Parece mentira, pero alrededor del mundo, en latitudes que uno desconoce, se libra cada día en algún lugar alguna batalla. De la misma manera que uno puede asegurar que llueve en otra parte, puede decir, que dos o más bandos se están matando en un punto del globo terráqueo ahora mismo.
Pero para Pedro Páez, el ahora tenía otro significado. Eran sus ansiadas vacaciones. Y él, que recorría el mundo sin mirar los paisajes, porque la distracción significaba la muerte, decidía cada año el mismo destino, quizá el único donde se sentía a salvo: la casa de sus padres, en el pueblo que lo vio nacer.
Era la época de no pensar en nada, de no oír disparos en la noche, ni sentir sobre las espaldas la amenaza de un bombardeo. Se dejaba caer sobre la hamaca paraguaya que su padre había colocado cuando era niño entre dos árboles del patio y con los ojos apenas entornados, dejaba ir su mente a cualquier parte, liberándola del infierno rutinario de su profesión.
Su madre de vez en cuando interrumpía, llevándole algo de tomar o comer. Pero aquello, más que interrupción, era una bendición. Y Pedro Páez lo sabía y valoraba. A veces no probaba bocado durante días. Estar allí era estar seguro otra vez.
Sin embargo, la seguridad es un efímero fantasma. Y como tal, no existe. Al cuarto día de haber llegado, comenzó a sentir dolor de muela. Se miró cada noche antes de acostarse en el espejo del baño y pudo divisar con algo de esfuerzo, que tenía hinchada la encía, del lado inferior derecho.
Intentó repasar el tiempo que no visitaba un dentista y creyó recordar que en medio de un tiroteo en Beirut, años atrás, había tenido que correr de urgencia a un hospital debido a que una esquirla de un disparo le había lastimado la boca. El resultado fue la extracción de un molar. El problema consistió en la anestesia. Más precisamente, en la falta de ésta.
El recuerdo, por lo tanto, era espantoso. Pero su preocupación no radicaba en aquella experiencia en las milenarias tierras del Oriente Medio. Sino en la posibilidad de tener que recurrir de urgencia al único odontólogo del pueblo, nada menos que Tomasito Montalvetti.

La modernidad le pone nombre a todo, incluso a lo más estúpido. Y si había una palabra de moda que podía adosarle a los recuerdos que tenía de Tomasito, era "bullying".
No quería pensar en eso, pero el punzante dolor en el interior de la boca no le daba tregua a la idea del odontólogo. Hoy Pedro Páez podía definirse como un témpano de hielo, una persona que podía afrontar y resolver cualquier tipo de situación. Su vida dependía en el día a día de sus decisiones, de su habilidad para sobrellevar las dificultades. Pero entonces, a sus siete u ocho años, muy lejos estaba de ser esa persona de la que se enorgullecía.
El sistemático tormento diario al que lo sometía Tomasito Montalvetti no tenía comparación con nada de lo que había visto en la guerra. Porque en la perspectiva de un niño, el ser blanco de otro y no tener la manera de confrontarlo, es el fin del mundo. Y a pesar de patalear y pedir faltar al colegio, cada día mamá lo despertaba, le preparaba el desayuno y lo mandaba en su bicicleta hasta el lugar donde residía su obligación como niño y al mismo tiempo, su condena por ser un eslabón débil de aquel engranaje infanto escolar.
El suplicio podía llegar a comenzar incluso, antes de arribar al colegio, si es que por error tomaba una de las calles que solía usar Tomasito. Si el encontronazo se producía, era probable que Pedro llegara a pie al colegio, mientras que su pesadilla lo haría sobre dos ruedas.
A la hora de formar, Tomasito se situaba justo detrás de Pedro y le pisaba los talones, o le daba rodillazos en la pantorrilla, nudillazos en la espalda, o trataba de sacarle lo que llevara en los bolsillos o en la mochila.
En el salón de clases, la suerte no variaba. Por más que rotaran, el que después estudiaría odontología en una universidad cercana, lograba ponerse cerca de Pedro y hacerle la vida imposible, quitándole los útiles, robándole las hojas con los trabajos prácticos que realizaba en clase o simple y malignamente, golpeándolo fuera de la vista de la maestra.
Pero lo peor sucedía en los recreos. Los quince minutos podían convertirse en una eternidad. Pedro volvía a la clase siguiente golpeado, con el uniforme roto y sin el dinero que papá le daba para comprar golosinas. Y cuando el dinero faltaba, el castigo era peor, incluyendo golpizas más fuertes o humillaciones delante de las niñas.
Ese infierno duró dos años, hasta que sus padres y docentes entendieron que no se trataba de una situación de simples travesuras, sino de un ensañamiento destructivo. Tomasito debió cambiarse de escuela y así quedó zanjado el asunto. Evitó los lugares que él frecuentaba como así también, relaciones en común. Pedro se fue del pueblo muy joven y con esa partida, la infancia quedó a salvo en algún arcón escondido en el fondo de su mente.
Jamás volvió a verlo, ni siquiera a cruzarlo. Pero sabía que era el único dentista del pueblo, tras haber fallecido su padre y heredado el consultorio, donde ya trabajaba como asistente.
Aquella hinchazón en la encía, con el dolor de muela a cuesta, por lo tanto, más que doler, angustiaba. La sola idea de tener que recurrir a ese consultorio le deparaba un tormento en su imaginación, donde se veía una vez más víctima del salvaje Tomasito.
Resistiría. De la misma que lo hacía en plena guerra, donde no le quedaba otra alternativa. Si quería sobrevivir, aguantaría la noche y por la mañana le pediría a su padre que lo llevara a la ciudad. Haría eso, no le quedaba ninguna duda. Por ninguna razón iría a lo de Montalvetti.
A las dos de la madrugada se tomó otro analgésico. Era el cuarto en tres horas. Ya no podía gobernar el dolor. No quería despertar a su padre para que lo llevara a hacerse atender en el hospital de la ciudad, porque lo conocía y sabía bien que mal dormido, podía provocar un desastre. Y tampoco se atrevía a conducir, porque con tremendo dolor podía distraerse con facilidad y terminar a un costado de la ruta.
Necesitaba atención. Era impostergable. Miró de nuevo el reloj, se llevó la mano a la boca ante una nueva puntada de dolor y tras ponerse un abrigo liviano, salió a la calle. Le caían las lágrimas. No podía discernir si por lo que estaba sufriendo o por terror hacia donde se estaba dirigiendo.
Llegó frente al consultorio de Tomasito a las dos y veinte. Todas las luces apagadas. Incluso las de la casa, que estaba en la planta superior. Dudó entre llamar y no hacerlo. El dedo vaciló unos segundos delante del portero eléctrico. Un relámpago de dolor, que partió desde la muela y cruzó en vuelo recto hasta el centro de su cerebro, sentenció la siguiente acción. Pedro oprimió el botón.
La espera fue irreal. Esos segundos se parecieron a los momentos inminentes a un bombardeo, en el que sabían que detrás de las nubes caían las bombas, pero en total y mortal silencio. Cerró los ojos, como presintiendo la explosión. La voz adormilada de un adulto Tomasito tronó con descarga estática a través del parlante del portero eléctrico.
Sin dar el nombre, Pedro relató casi tartamudeando su situación. El odontólogo hizo una pausa. Pedro pensó que no lo atendería y a pesar del dolor, que lo estaba matando, sintió cierto alivio. Pero Tomasito volvió a hablar, indicándole que abriera la puerta que la destrabaría automáticamente y esperara.
Así lo hizo el hombre de las mil batallas, sentado en un banco forrado con cuerina marrón, sosteniéndose a duras penas la mandíbula, sabiendo que se había dejado estar y que simplemente estaba pagando las consecuencias.
Pero no solo con el dolor de muela, sino con todo aquello que pretendía olvidar. Dos años para hacerse entender. Dos años de puro trauma. ¿Acaso su necesidad de sentir la muerte de cerca, cara a cara, en guerras que le eran ajenas, tenía su raíz en ese pasado cruel? Quizá. No podía afirmarlo. Ahora solo quería que le viera la muela. Que le dijera que pronto remitiría el dolor.
La puerta blanca de la antesala, la que daba al consultorio, se abrió. Pedro Páez vio a su victimario, al demonio mismo, pero ahora cubierto con una bata verde, con grandes entradas en su cabellera, bigote y barba blanca, con un par de lentes de gran aumento.
Tardó un par de minutos en darse cuenta que su antiguo acosador no lo reconoció. Le preguntó que le pasaba, desde cuándo le dolía y finalmente, tras tomar una ficha en blanco, nombre y apellido. Pedro Paez, corresponsal de guerra, domador de la muerte en cientos de campos de batallas ajenos, no lo dudó. Aurelio Ocampo, soltó con naturalidad, con la agilidad de soldado que se interna en el bosque para evitar las balas enemigas. Y así, con un camuflaje citadino, apenas sostenido por un nombre falso, se tendió en la camilla mientras la potente lámpara le obligaba a cerrar los ojos. Una leve sonrisa ensanchaba sus labios, casi ínfima, imperceptible. No estaba ganando la guerra, pero al menos, sobreviviría.

12 de marzo de 2014

El hombrecito que miraba las estrellas

El hombrecito apareció un día y pidió permiso para subir al techo. Don González, que vivía solo como un ermitaño, le preguntó para qué.
- Para ver las estrellas desde un poco más cerca - le contestó el recién llegado.
Don González no se negó. Cómo le iba a negar a un hombre amable subir al techo para un motivo tan noble. El visitante agradeció la escalera que le facilitó el dueño de casa y con mucha agilidad subió peldaño por peldaño, hasta llegar al techo de tejas, donde con cuidado de no tropezar, caminó hasta un sitio que le pareció el ideal, para luego sentarse de piernas cruzadas y con la mirada levantada al cielo, contemplar las estrellas.
A la mañana siguiente aún permanecía allí. Don González, que no vio que el hombrecito llevara mochila o bolso alguno, le alcanzó de comer y una botella con agua. Luego le ofreció un colchón, pero no lo quiso, rechazándolo con educación. El hombrecito permaneció esa noche y la siguiente y la siguiente.
Para la cuarta noche se acercó un grupo de diez personas, gente del barrio que había escuchado sobre la presencia de un extraño en el techo del vecino. Le pidieron permiso a Don González para subir al techo a hacerle compañía al hombre. No podía negarse. Los conocía de toda la vida y siempre habían sido buenos con él.
- Suban, hay lugar para todos. Es una persona muy amable y agradecida – les informó Don González a todos los que subían.
Al día siguiente llegaron más personas. Y al otro, y al otro...
Para el décimo día, el dueño de la casa tenía a casi setenta personas sobre su techo. Dado que no podía alimentar a tantos, todo el barrio colaboraba. Algunos se encargaban de preparar la comida, otros de alcanzar agua, un grupo recolectaba mantas para cuando refrescaba, incluso, unos muchachos se encargaron de alquilar baños químicos, que instalaron en el patio.
A los quince días, ya eran más de cien. Para entonces, el barrio estaba organizado. Parecía un engranaje funcionando a la perfección. Cada uno cumplía su rol y todos participaban alegremente. Incluso, dado que en el techo de Don González el espacio libre que había era poco, en otros techos la gente comenzaba a hacer lo mismo, estrechando lazos de amistad, con diálogos, risas y solidaridad.
Sin embargo, ese día, el número quince, se dieron cuenta que el hombrecito que había iniciado todo, ya no estaba. Lo buscaron en cada rincón del techo, en los baños, en las casas aledañas, en otros techos... pero no estaba, se había ido. Lejos de desilusionarse, los vecinos estaban felices porque gracias a él habían aprendido a convivir.
La gente bajó del techo, pero nadie cesó de colaborar con los demás. Todavía conservan la puntualidad de juntarse en las calles al salir las primeras estrellas para compartir unas empanadas al horno, pastelitos o sanguchitos y contemplar absortos todo lo inmenso y bello que nos rodea, al mismo que lejano e inalcanzable.
Cuando vuelven la vista a su alrededor comprenden entonces que todo lo que está cerca es más grande, real, tangible. Y entonces ahora cuidan y valoran todo lo cercano, porque entienden que es aún más maravilloso que todo ese catálogo de estrellas que los visita cada noche.
Dicen que el hombrecito va de barrio en barrio. Aunque no en todos los techos le permiten subir.

9 de marzo de 2014

Culpable

El mensaje me llegó de madrugada, dos horas después que me fui de casa. Me habían llamado al teléfono de guardia y tuve que salir de urgencia. Soy veterinario y aquella noche una hermosa salchicha llamada Dolly había tenido la fabulosa idea de tener a sus cachorros.
Dolly había parido para entonces dos machos y una hembra y estaba sufriendo a la espera del cuarto pequeño. El sonido del celular no me sorprendió. Podía ser otra urgencia. Sin embargo al iluminar la pantalla vi el número de mi esposa.
Era un mensaje de texto corto y alarmante: "La perra ladra sin parar y parece querer derribar la puerta". Me estremecí.
Nuestra Fiama, una perra callejera que raza indefinida, era tranquila, demasiado a mi gusto. Un comportamiento de esa índole y sin estar en el lugar, me preocupaba. Ariana, mi mujer, estaba sola, porque esa noche Federico había sido invitado a dormir por un amiguito del colegio.
Mi respuesta fue breve, para que Ariana supiera que estaba al tanto, pero al mismo tiempo quise ser cauto con la situación pero animándola a indagar sobre lo que estaba pasando: "Encendé las luces y prestá atención si hay ruidos raros. Si es así, llamá a la policía".
Quedé a la espera de un nuevo mensaje, aguardando leer que no pasaba nada, que la perra había tenido con seguridad un mal sueño o algo por el estilo. Los gemidos de Dolly hicieron que nuevamente dirigiera mi atención a ella. Recién media hora después volví a mirar el celular. No había llegado ningún nuevo mensaje.
Limpié el lugar donde la perra había tenido a sus crías y finalmente salí a la calle. Me metí en el coche y llamé al número de Ariana. Apagado.
Intenté una vez más y al obtener el mismo resultado, puse en marcha el motor y salí a toda velocidad hacia casa. Estaba en el extremo opuesto de la ciudad y a pesar de no haber tránsito a esas horas, me tomó casi un cuarto de hora llegar, salteándome al menos dos semáforos en rojo.
Cada treinta segundos miraba el teléfono, que había dejado sobre el asiento del acompañante, con la pantalla hacia arriba. Pero no volvió a recibir ningún mensaje.
Estacioné y bajé del auto en menos de tres segundos. Las luces de la casa estaban encendidas. Fiama no ladraba. Por los nervios dejé caer las llaves. Me demoré varios segundos que parecieron una eternidad en encontrarlas. Habían quedado detrás de mi zapato izquierdo. Las levanté temblando y volví a demorarme en acertar la cerradura con la llave.
Corrí por el pasillo, llamando a mi mujer por su nombre. No recibí ninguna respuesta. Llegué al dormitorio y no estaba. Empecé a sentir el malestar de siempre en el estómago, ese que me mata desde que tengo uso de razón cuando algo no va bien. Salí al patio, grité el nombre de ella y de mi perra. Silencio. Recorrí el perímetro, tropezando con troncos y herramientas olvidadas. Volví a llamarlas. Observé que en algunos patios lindantes se encendían luces. Mis gritos habían despertado a los vecinos.
Volví a entrar a casa. Revisé el cuarto de Federico, la cochera, la cocina. Una imagen asaltó mi mente. Regresé a nuestra habitación. La cama estaba tendida. Yo había saltado de esa cama tres horas atrás. Mi ropa de dormir seguía en el suelo, de mi lado. Pero la cama estaba hecha. Y no había rastros de Ariana. Ni de Fiama. ¡Se han ido a la comisaría! Ese fue mi pensamiento positivo, el salvavidas de mi razón ante lo que no podía explicar.
El llavero de Ariana estaba en el portallaves del pasillo, a dos metros de la puerta de calle. La misma que había encontrada cerrada cuando llegué.
En la cocina, sobre la mesada, estaba el mate como lo había dejado antes de acostarme. Incluso recordaba que había lavado la bombilla y dejado el resto para la mañana. La bombilla estaba allí, donde la había apoyado por última vez.
Los golpes en la puerta me hicieron dar un susto de muerte. Perdí la respiración por una fracción de segundos. Cuando me recompuse avancé con pasos largos y abrí. Envuelto en un pijama florido, mi vecino Lorenzo estaba parado delante del umbral, con rostro preocupado.
- ¿Sucede algo, Esteban? Te escuché llamar a Ariana en el patio. ¿Ella está bien?
Atiné a observarlo, mientras ordenaba las ideas. ¿Ariana estaba bien? No lo sabía. No podía saberlo. Ella no estaba.
- No lo sé Lorenzo, me envió un mensaje diciendo que la perra ladraba y ya no supe más de ella. Yo había salido a una urgencia y he vuelto y no hay nadie en casa.
- ¿Llamaste a la policía?
- Recién he llegado Lorenzo, no he tenido tiempo...
- Yo lo he hecho, no te preocupes. No escuché a la perra, pero si bien clara tu voz. Estoy aquí para ayudarte.
Llevé mi mano a su hombro y le agradecí en silencio.
- Me quedaré a esperar a la policía contigo. ¿Federico está en su cuarto?
- No, mi hijo está en lo de un amigo.
- ¿A qué hora te fuiste?
- Perdón, ¿dónde?
- A la urgencia.
- Si, disculpa. Hace tres horas. Apenas pasada la medianoche. Mi mujer me escribió hace una hora.
- ¿La llamaste en ese momento?
- No, pensé que sería una tontería de la perra. Y además estaba atendiendo un parto.
- ¿Y la familia dónde has estado, que ha dicho, se han preocupado como tú?
- ¿Ellos? Ni siquiera les mencioné el mensaje. Estaban muy preocupados por su perra salchicha pariendo. No era oportuno molestarlos.
- Está bien, Esteban. No te preocupes, todo saldrá bien. Entremos, te preparo un café.
- Estaba por ir a la comisaría, puede que ella haya ido hasta allí...
- ¿En medio de la noche? ¿Sin auto? He visto que lo tienes afuera. Supongo que lo llevaste a la emergencia.
- Es cierto. Además... la llave está en el pasillo. Es imposible que haya salido.
- Siéntate, necesitas calmarte. La policía debe estar en camino.
Le hice caso y me dejé caer en una silla. Lorenzo me preguntó dónde guardaba el café mientras colocaba la pava al fuego. Le señalé la alacena y le indiqué que detrás de todo debía haber tazas. Llevé la mano a la frente. Estaba ardiendo. No era fiebre, sino nervios. Mi vecino se movía meticulosamente, ordenando las tazas, la azucarera, el frasco de café, todo en hilera, sobre una bandeja de madera. Tomó un repasador de un gancho en la pared y lo usó para sacar la pava de la hornalla. Sirvió con cuidado el agua, colocó una cucharilla en cada pocillo, revolvió armoniosamente y luego llevó la bandeja hasta la mesa.
Me acercó la taza y la azucarera y antes de sentarse volvió a la mesada, tomó el repasador, lo alisó, lo dobló en cuatro partes y lo dejó sobre el granito frío. Finalmente, se sentó en la silla del otro lado de la mesa.
- Ya van a aparecer - me dijo, dedicándome una sonrisa apesadumbrada, para luego beber lentamente un sorbo de la infusión.
Miré la hora en el reloj de pared que estaba encima de la heladera y agucé los oídos. Aún no se escuchaban las sirenas policiales. Dejé la cucharita a un lado. Casi adrede volqué una gota de café sobre la mesa. Lorenzo buscó un pañuelo de su bolsillo y estirando el brazo hacia donde estaba, limpió la gota derramada. Fue un gesto mecánico, casi automatizado.
Creo que la silla al caer lo tomó por sorpresa. Incluso a mí, debo reconocer. Me había puesto de pie tan rápido, que la había empujado hacia atrás con la cadera. Lorenzo levantó la mirada, desconcertado. Mis ojos, en cambio, nunca habían estado más atentos.
- ¿Por qué, Lorenzo? ¿Por qué?
Mi vecino bajó los párpados un instante, pero los volvió a subir. Ahora si, sus pupilas me mostraban algo más. A veces es tan solo un brillo, algo imperceptible. Pero allí estaba. Podía ver la maldad detrás de ese disfraz.
El cajón de los utensilios estaba de mi lado. Del suyo solo había pared. Lo abrí y saqué el cuchillo de carnicero preferido de Ariana.
Lorenzo sonrió. Los dos sabíamos la tácita verdad. En realidad, yo la sabía a medias. Y entonces, él me atacó. Yo solo me defendí.
Cayó sobre mis brazos, dejando escapar un hilo de respiración. Al retirar mi brazo, me asusté de ver tanta sangre. No tardé en comprender que no era mía. Le tomé el pulso, sabiendo que estaba muerto. Entonces, corrí hacia la puerta de calle. Busqué el teléfono en el bolsillo y llamé a la policía. No esperé a que llegaran. De una patada derribé la puerta de la casa de al lado. Y comencé a buscar, llamando a gritos a mi mujer y de vez en cuando a mi perra.
Salí al patio, divisé el tapial y supe que por ahí había pasado. No me imaginaba como es que había vuelto con ellas.

- Solari, hagamos un alto.
- No hay mucho más por contar.
- No, frenemos acá. Necesito que me diga la verdad.
- Eso es lo que pasó, lo que sé.
- Usted acaba de matar a su vecino y está desaparecida su mujer. El crimen lo ha confesado, Solari.
- Inspector, fue en defensa propia. Lorenzo atacó a mi mujer. Debe tenerla oculta en alguna parte.
- ¿Con la perra?
- A la perra pudo haberla matado. Revisen su patio. Si hay tierra removida...
- Solari. La tierra removida está en su patio. Ya se lo he dicho. En estos momentos deben estar cavando. Si confiesa antes, el sufrimiento puede ser menor.
- ¿Confesar? Inspector, estoy desesperado, ese loco se llevó a mi mujer.
- Ese loco está muerto. El único que queda es usted Solari. Las piezas no cierran. Un repasador doblado con pulcritud no dice nada.
- Las sábanas, Inspector. Hizo lo mismo con las sábanas. Tiene síntomas de trastorno obsesivo compulsivo. La gota de café.
- Solari. Cállese.
- Llame a la familia. Llame a esta gente, a la que ayudé a que su perrita diera a luz.
- Volvamos a empezar, Solari. ¿Quiere?
- ¿Quiere que le cuente otra vez? Bien, el mensaje me llegó de madrugada, dos horas después que me fui de casa.
- No. Ahí empieza su historia. La mía, como ya le conté, arranca antes. Ni bien su hijo se fue de casa. Por alguna razón, usted y Ariana discutieron en la cocina. Usted ya estaba lavando el mate y lo dejó a medias. Se enojó con ella y se fue, salió de la casa. Ignoro que discutieron, pero usted dio la vuelta y quiso entrar por el patio. Usted estaba furioso y al ver a la perra, la atacó. La perra, asustada que su dueño la maltrate, ladró pidiendo auxilio y trató de entrar a la casa. A pesar de la pelea, su mujer al sentir el comportamiento de la perra, creyó que usted era el único que podía llevarle algo de tranquilidad y le mandó un mensaje. Ella no sabía que usted estaba a punto de irrumpir por la puerta trasera, para matarla. ¿Sabe lo que creo? Que además de una porquería, es un tipo con suerte. Tuvo el tiempo necesario para enterrar los cuerpos y limpiar la casa antes que lo llamaran de la urgencia. Usted nunca supo que su esposa le había escrito. La fortuna hizo que la maldita compañía de celulares estuviera con retraso en el envío. Le llegó dos o tres horas más tarde y entonces, usted supo que estaba a salvo. Tenía la prueba que cuando ella pidió auxilio, usted estaba fuera de su casa.
- No es así, Lorenzo es el asesino. Recuerde cómo actuó.
- No sé como actuó. Todo lo que tengo es un relato muy bien armado y un cuerpo con un cuchillo en su cocina. Ahora mismo estamos removiendo su patio. El suyo, no el de Lorenzo. ¿Y sabe que vamos a encontrar?

Sonreí. No pude evitarlo.

- Encontrarán lo que Lorenzo haya puesto ahí.
- ¿O lo que haya puesto Esteban?

Mantuve mi mirada El inspector quería que parpadee, que moviera algún músculo, algo que pudiera incriminarme. No lo hice. Seguimos contando nuestras historias durante una hora más, hasta que llegaron los informes preliminares de las excavaciones. No hubo sorpresas, sabíamos lo que encontrarían. ¿Lo hice? ¿Lo hizo Lorenzo? ¿Cuál es la diferencia? El está muerto y yo camino a estarlo. Repartir culpas a esta altura, es perder el tiempo. A veces la vida se acaba mucho antes que llegue el fin.

6 de marzo de 2014

Aceptación de la condena

Arremoliné las nostalgias y las escondí en un rincón, esperanzado de quedar a solas con mi tristeza. Pero me equivoqué. Aparecieron las sombras del ocaso, trayendo consigo las risas de los cobardes. Las escuché a mis espaldas durante horas y horas. Los barrotes, firmes, vigilantes, cortaban con su filo ausente la luz de la luna, que a duras penas llegaba a mis pies, lacerada por la noche.
Escuché los quejidos ajenos, distantes a pesar de la cercanía. También los pasos de ellos, los de botas largas y miradas vacías. Solo sus pasos, nunca sus rostros. Y voces. Algunas audibles, otras profanas. Palabras sueltas, algunas plegarias. La cornisa infame de la locura.
Acurrucado, bajo la única sábana, traté en vano de conciliar el sueño luchando inerte ante la vil traición de los párpados. El aire errante me trajo aromas lejanos, provocadores. De otros mundos, de otra vida.
Solo la imagen cabal y sensata de mi condena me guiaba en la oscuridad, sin temor a perderme. Solo la conciencia de ser culpable, mantenía erguida mi cordura. En aquella celda había encontrado el hogar jamás soñado. Sin excusas, sin pretextos. Con una mueca triste y resignada. Apartando los recuerdos, despejando la mierda. Solo el presente, minuto a minuto.
Diluyendo la vida, como en una pendiente. Dejándola ir, pero sin desesperarme. La eternidad por delante, detrás de estos barrotes, de este traje, de esta sábana. Justamente. Sin disculpas.

3 de marzo de 2014

Nostalgias por la mañana

En lo mejor del sueño, cantó el gallo del vecino. Potente, se hizo escuchar en todo el barrio, como cada mañana a la misma hora. Era su despertador infalible.
Se calzó las pantuflas y sin encender las luces, caminó hacia el pasillo. Su mujer aún dormía, ajena a cualquier sonido. Podía escuchar el leve ronquido mientras dejaba atrás la habitación.
Quiso recordar que era lo que estaba soñando, pero el argumento se le escapaba, deshaciéndose como una galleta en el agua. Tenía algunas imágenes sueltas, que juntas no tenían sentido. Desistió de ese rompecabezas y le prestó atención al espejo, que lo recibía con el cabello revuelto y la barba tupida. Se afeitó, se peinó y se puso colonia. Limpió todo lo que utilizó y secó las gotas que habían salpicado el piso.
Segundos después estaba en la cocina. A veces se preguntaba cómo es que llegaba a ciertos lugares apenas se levantaba, sin recordar el recorrido. Tenía la teoría que uno sigue durmiendo aún despierto, al menos una hora más y todo lo que hace, lo hace por inercia, debido a la rutina a la que uno se acostumbra. Eso lo pensaba en horas tardías, no durante esos instantes, en los que si, en cambio, se preparaba un desayuno compuesto por mate y tostadas con mermelada.
Todavía faltaba para salir a la calle y hacerle frente a las obligaciones. Suspiró con el mate en la mano, previendo ese momento crucial en la vida del hombre, cuando atraviesa el umbral de lo conocido, de la morada donde se siente a salvo, y se lanza al voraz infierno de la ciudad.
Miró el reloj de la pared y mecánicamente encendió el televisor. Estaba comenzando el primer noticiero del día. Mientras le ponía membrillo a una tostada, escuchó las presentaciones formales de los periodistas.
- Para hoy el servicio nacional de ánimo y sentimientos prevé un día feliz. Por la mañana, nostalgias fugaces, algún que otro achaque de tristeza, pero repuntando al mediodía, con lluvia de buenos momentos para mejorar del todo por la tarde. Para la noche, felicidad plena.
Chupó con énfasis el mate. Se alegró con el pronóstico, le venía bien un día así.
- En tanto - prosiguió el periodista - el índice de probabilidades de muerte para el día de hoy ha subido un 33%.
- Es una buena noticia - agregó la otra periodista - Con ese pronóstico, sin dudas que era esperable un comportamiento así del índice. Venimos de una semana difícil, recordemos la ola de suicidios. Por suerte, la población está saliendo adelante.
El agua cayó con un estético chorro dentro del mate. Movió un poco la bombilla y luego se la llevó a los labios. Meneaba la cabeza en reprobación. El recuerdo de la semana anterior fastidió algo su humor. Aún le costaba creer las decisiones de muchos, llevados por la masa popular.
- Muchas novedades a lo largo de la noche. Vamos con los principales titulares y comenzamos por el terremoto en Francia, que está haciendo peligrar la Torre Eiffel. Aunque parezca mentira, el gigantesco monumento galo ha visto afectada su estructura y actualmente un grupo de ingenieros está buscando soluciones para evitar que se caiga.
- Como dato secundario, hubo trescientos cinco muertos en dicha catástrofe - acotó la mujer.
- India. Cinco edificios colapsaron, aparentemente por superpoblación. Estaban lindantes uno con otro y al caerse el primero, derivó en un efecto dominó. La increíble imagen fue captada por un holoaficionado y la imagen es viral en todo el mundo. Incluso ya se están haciendo parodias del suceso.
Se quitó las migas de la boca con el dorso de la mano, mientras hacía una mueca ante la noticia que acababa de escuchar. En la pantalla, la periodista sonreía y proseguía con la información.
- En materia de deportes, volvería este fin de semana el fútbol, luego de dos meses de suspensión por los recordados enfrentamientos que terminaron con el incendio y posterior demolición del estadio de... perdón, me dicen por comunicación interna que acaba de terminar una reunión que se extendió toda la noche en la que se determinó que el fútbol no vuelve este fin de semana, sino el otro y que será obligatorio en todos los estadios hacer un minuto de silencio por las treinta mil víctimas. ¡Enhorabuena para los fanáticos!
- Elecciones. Finaliza hoy el plazo para presentarse a los comicios virtuales de este año. Recordemos que serán elecciones ficticias y que servirán para mantener en movimiento los derechos cívicos, como se viene haciendo desde hace un tiempo. Se presentaron hasta el momento quinientos veinte candidatos.
- Grata noticia para los jubilados. Este mes no habrá reducción de salarios. Lo dictaminó anoche el gobierno, que luego de incrementar los sueldos a los políticos, decidieron que no sería necesario, al menos por marzo.
El sonido al chupar le indicó que no había más agua. Vertió un nuevo chorro caliente y apuró otro mate. Buscó una nueva tostada, pero ya se las había comido todas. El noticiero se fue a publicidades. Con cuidado agarró el control remoto (la última vez que no prestó atención al buscarlo, apretó uno de los diez botones de compra y ofertó por la publicidad del momento, que era una heladera de última generación y luego para cancelar el pedido renegó dos meses) y apagó el televisor. De inmediato escuchó que llegaba un mensaje a su celular. No necesitó mirarlo para saber que era la compañía de cable consultando los motivos por los cuáles había dejado de mirar la programación.
Terminó de vestirse, buscó el bolso y salió a la calle. Una leve brisa movía las hojas de los árboles. O al menos, eso es lo que la ciudad quería que creyera. Sabía que las hojas se movían solas y que la brisa era apenas un efecto de las alcantarillas de clima. Miró el cielo y divisó la enorme e infinita burbuja. Siempre hacía la misma reflexión sobre aquella realidad. Eran palabras de su padre, quizá desgastadas, pero valederas. Ya de chico lo escuchaba decir "la soberbia, hijo, la soberbia hará que en el futuro vivamos en una burbuja".
Sonrió. El pronóstico tenía razón. Algunas nostalgias mostrarían su sombra durante la mañana. Pero en su caso, valían la pena.
- Viejo querido, mirá que fuiste visionario. Aunque si hoy vivieras, te caerías de culo.
Una señora que paseaba su modelo canino solar lo miró de reojo. Hablar solo y en voz alta no estaba bien visto. Algunas cosas, no cambiarían nunca.
Silbando, avanzó hacia su mundo.

28 de febrero de 2014

Luthier de sangre

Sus ojos errantes se paseaban en la penumbra, buscando esa herramienta que el instrumento le pedía. Se trataba de una lima, pero no una lima cualquiera. Necesitaba una entrefina, para una terminación muy importante.
Creyó verla detrás del cepillo de madera, pero no era. Luego le pareció que estaba en el estante con las partes terminadas de otro trabajo, pero también se equivocaba. Aquello era una simple escofina.
¿Acaso la había perdido? ¿Cómo podía perder algo en su propio taller? La imagen de Etelvina vino a su cabeza. La siempre entrometida Etelvina. Seguramente había desoído las órdenes tajantes de no entrar al taller a realizar limpieza y se había metido bien temprano. La situación no quedaría así. No señor. Caminó hacia la puerta y entonces vio, solitaria al lado de un sargento, a la tan buscada entrefina.
- La puta que te parió, mirá donde estás – le dijo al pedazo de metal, recordando al mismo tiempo que la había dejado ahí cuando fue a buscarse un té con miel y limón. Prefería el mate, pero desde hacía unos días que sentía un ardor en la garganta y no quería arriesgarse a un resfrío.
Volvió a concentrarse en su trabajo. Quitó algo de viruta que había caído encima de la madera y colocó ésta última delante de sus ojos, donde podía percibir hasta el más mínimo detalle de la textura. Estaba conforme, había hecho un buen trabajo.
Semanas atrás era tan solo un tablón, pero ahora se había convertido en un mástil. La magia de su profesión lo envolvía de alegría. Pasó su mano por la superficie, sintiendo con el tacto su labor. La madera le transmitía la armonía que deseaba. No podía sentirse más feliz.
Dejó su nueva obra de arte sobre el banco de trabajo y apagó la única bombilla de luz que tenía encendida. Trabajar en la oscuridad le permitía un contacto más íntimo con sus instrumentos, aunque su novia lo regañaba de vez en cuando y le decía que se iba a quedar ciego. Pero él sostenía que mientras pudiera hacerlo, estaría agradecido. La vista podía ser importante, pero su trabajo era una labor en conjunto: el oído, el tacto, el olfato, el gusto, eran tan importantes como la capacidad de mirar.
Subió las escaleras y cerró la puerta a su espalda. El sonido de una radio le indicó que había abandonado su mundo y regresado al de los demás mortales. Etelvina limpiaba con un plumero la parte alta de un armario, mientras su novia corregía sobre una mesa lo que con seguridad eran exámenes del colegio.
Ninguna de las dos advirtió su presencia. Su novia tenía puesto los auriculares, en parte para no escuchar el programa de radio que elegía por las mañanas Etelvina, pero también porque era la única manera de concentrarse en lo que estaba haciendo.
Aprovechó para buscar los anteojos para sol, las llaves y salió a la calle. Se llevó una mano a la cabeza ni bien pisó la vereda. Había dejado la Rastrojerita a pleno sol a pesar que Dorrego por esa altura tiene enormes árboles de tilos de un lado y otro de la calle.
- Puta puntería – dijo en voz alta, justo que pasaba una mujer con su hija pequeña. Sonrojado, pidió disculpas, pero madre y nena se alejaron sin mirar atrás.
Se subió al vehículo y tuvo que soltar el volante de lo caliente que estaba. Resignado, no le quedó más remedio que acostumbrarse.
Condujo algunas cuadras hasta la plaza, estacionó la Rastrojerita en cuarenta y cinco grados y sin frenar el motor, se bajó corriendo hasta el cajero automático del banco, en la vereda de enfrente. Un minuto después estaba cruzando avenida San Martín.
Miró la hora en el reloj que usaba en la muñeca derecha. Estaba bien de tiempo. Siguió con la marcha cansina, bajo el fuerte sol de enero, avanzando hasta detrás del tanque de agua de la ciudad, que como era costumbre, amenazaba con despegar de la plataforma que lo sostenía, casi en forma inverosímil, en el aire.
Estacionó nuevamente sin detener el motor, aunque ya no miraba hacia el siempre imponente tanque, sino hacia la parte trasera del hospital. Consultó una vez más su reloj y sacó la billetera. A los pocos segundos, una puerta doble se abrió y una mujer vestida como enfermera salió al exterior, llevando consigo una caja que indicaba “frágil” a un costado.
Se bajó sin titubear del vehículo y se acercó a la mujer.
- ¿Está todo? – preguntó.
- Diez litros. Esta vez se hizo difícil. Te tendría que cobrar un adicional – le dijo la enfermera con un gesto de fastidio.
- Tomá. Agarrá el sobre y no te quejés, que es buena guita. Ojo que en la zona puedo conseguir en varios lugares. Empalme, San Nicolás o incluso me puedo llegar hasta Arroyo Seco.
- No sé quién te puede llegar a dar bola.
- Por la plata baila el mono.
- Mundo de mierda ¿no?
- Es lo que hay – afirmó, para volver casi al trote a su asiento y emprender el retorno al taller.
El sol seguía pegando fuerte. De todas maneras se quitó los anteojos de sol y entreabrió un poco la caja. Miró en el interior y sonrió.
- Buen color, muy buen color – dijo para si mismo.
Paró la Rastrojera esta vez en la sombra y bajó raudamente con la caja. Se metió en la casa y de la misma forma que había salido, sin que ninguna de las dos mujeres se percatara, llegó hasta la puerta que daba al taller.
Bajó las escaleras con cuidado y antes de apoyar la caja, limpió el banco de trabajo con la mano libre. Arrojó el paño sucio a un costado y dejó la carga sobre la madera.
Sacó una bolsa plástica con líquido rojo en su interior. El contenido era espeso y de un color intenso. El luthier esbozó una sonrisa. Tomó el mástil que había terminado media hora antes y lo acarició con paciencia, llevando las yemas de los dedos de una punta a la otra. Cerró los ojos. En la oscuridad, el tacto lo es todo.
Buscó una jeringa y una aguja. La llenó de sangre de la bolsa plástica. Tomó de nuevo el mástil, lo revisó meticulosamente hasta dar con el lugar exacto. La aguja era de titanio. La había enviado a fabricar hacía más de un año. Desde entonces, sus trabajos eran únicos. Introdujo la punta en el sitio elegido y empujó levemente, dejando que la madera hiciera el resto.
Una vez adentro, contrajo el émbolo, haciendo fluir la sangre. Podía imaginar como fluía en el interior, ganando las betas, penetrando bien a fondo, nutriendo su obra de arte. Vació la jeringa y retiró la aguja con sumo cuidado.
Con el mástil en sus manos, se acomodó en su silla preferida, hecha con cañas. Sus ojos, una hora antes, errantes y asustados, parecían ahora hipnotizados, poseídos, atraídos por el mástil terminado.
¿Quién había transformado a quién allí? ¿Quién era el luthier en aquel taller? Soltó una carcajada, que nadie más pudo escuchar. Le pareció incluso que el mástil también reía. Y estaba bien. Estaba cobrando vida, como todos sus instrumentos. No necesitarían de un músico que los tocase, porque ellos mismos podían hacerlo. Iluso aquel que fuera en el futuro su dueño, y creyese como un tonto, ser el ejecutante. Sus instrumentos no se tocaban. Se convertían en los músicos. Y los músicos, en instrumentos.
El mástil le dio a entender que el descanso había sido suficiente. Era hora de terminar la obra. El luthier, sin perder tiempo, se sumergió nuevamente en su trabajo.

25 de febrero de 2014

Una de ciencia ficción

Miró el reloj pulsera con el Darth Vader debajo de las agujas con fascinación. Hacía dos horas que esperaba. Aquello, más que angustiarlo, lo entusiasmaba. Significaba que faltaba menos para que Pedraza saliera de la reunión. Y cuando lo tuviera a tiro...
Ya se imaginaba todo lo que seguiría a continuación. La firma del contrato, el desarrollo del guión, las fechas de rodaje, el estreno, el éxito inevitable y luego, las nominaciones internacionales. Incluso el Oscar. Fioravanti soñaba con todo, mientras miraba su reloj de edición limitada.
Escuchó la puerta incluso antes que girara el picaporte. Segundos después, el gran productor de la meca del cine nacional, Jacinto Pedraza, salió al encuentro del pasillo. Y allí, preparado, el optimista Fioravanti.
- ¡Señor Pedraza! ¿Me recuerda? Fioravanti, el guionista.
Pedraza lo miró de reojo, mientras se acomodaba el cuello de la camisa, que esa misma mañana le había almidonado Petrona, su ama de llaves.
- Ah, si. Vagamente, pero lo recuerdo. ¿Qué se le ofrece? Tengo un almuerzo en quince minutos, estoy retrasado.
- Tengo una idea fantástica para una película, Pedraza. Si me permite bajar con usted en el ascensor, se la cuento.
Muchas opciones no le quedaban. La puerta del ascensor se había abierto y ambos -parecía- se disponían a bajar.
- Hable Fregamonti.
- Fioravanti - corrigió el guionista - No importa, escuche. Un grupo de jóvenes. Fiesta. Música. Una chica hermosa. Hay alguien que siempre la está observando. En un descuido, la rapta. La encierra en una cajuela y no sabemos donde, pero queda sola. Lo único que tiene consigo, que el secuestrador no ha revisado, es un celular dentro del corpiño, que antes, en la fiesta, un amigo le había metido jugando. Solo tiene un número. Lo marca. El número en realidad es el del secuestrador, que a medida que va matando a los demás chicos de la fiesta, le va relatando lo que está haciendo. Y le dice que si corta, si deja de escuchar y no responder cuando el le hace preguntas, irá matando a más gente. ¿Qué le parece? Bueno, se imaginará, la trama tiene más vericuetos, pero eso a grandes rasgos.

- ¿Y esto ocurre aquí, en Argentina? No me haga reír. No sea tan inverosímil.
- ¿Por qué? ¿Por qué lo dice?
- Es ciencia ficción, Fiorazaki. ¿Un celular funcionando bien en Argentina? ¿Que puedan hablar y no se corte? No se lo creen ni las empresas de telefonía. Imagínese, el tipo le dice "ahora voy a matar a..." se corta, llama de nuevo, continúa "decía que voy a matar a..." se vuelve a cortar, marca y llama de nuevo... "la reputa madre, voy a..." para entonces, no mata a nadie, se sube a un auto y le vacía un cargador de la pistola a una vidriera de telefonía móvil.
- Y entonces le escribo una comedia, qué le parece.
- Fregaponi...
- ¿Un documental? Sobre lo mal de la telefonía...
- ¿Sabe cuál es su problema?
Fioravanti dudó, mientras se corría a un lado para dejar salir al productor del ascensor.
- ¿Cuál? - preguntó inquieto.
- Ese reloj. Mírelo Focazzini, el dibujo no le deja ver la hora. Piense en eso, después me cuenta.
La puerta del ascensor se cerró, dejándolo a solas con el interrogante. Comenzó a subir, porque alguien había llamado en un piso superior. A mitad de camino, se cortó la energía. Fioravanti, que aún no comprendía la razón del rechazo, buscó su celular. Cuando se iluminó la pantalla, vislumbró lo de siempre. No había señal. Su único pensamiento fue: "esto en las películas no pasa".

22 de febrero de 2014

Inexpugnable

A Randy McCall lo despertaron con un  llamado telefónico en plena madrugada. La voz del otro lado de la línea sonaba desesperada y hablaba a los gritos.
Randy se cambió apresuradamente y pidió un taxi. Iba a ser más rápido que caminar las seis calles hasta la cochera donde guardaba su Audi. No lo sorprendió la escena que encontró delante del banco. Era lo que le había graficado el llamado telefónico. Todo el mundo estaba allí, incluidas las cámaras de televisión.
Todo comenzó un año antes, cuando llegó a sus manos el proyecto de remodelación del banco principal de la ciudad. Concretamente su área de trabajo era el de la seguridad. Se dedicaba a provisionar a las entidades financieras de las cajas de seguridad, sistemas de monitoreo y de alarma.
La obra fue monumental, con tecnología de última generación. Randy había estado en cada detalle. Y había asegurado en la presentación, con las autoridades locales en el improvisado escenario, que aquella era una fortaleza inexpugnable.
Cuando lo vieron bajar del taxi, se lanzaron sobre él, llevándolo casi a la rastra hasta el interior. Hablaban todos al mismo tiempo. Las cámaras, las cajas, las alarmas. Repetían las palabras, superpoblando el diálogo de imágenes imprecisas.
Morgan, el gerente del banco, pidió que se callaran todos. Era el único, que a pesar de la angustia, mostraba compostura.
- Randy, no ha quedado nada - lo miró a los ojos, como buscando una respuesta que le dijera que no se preocupara, que nada había pasado - ¿Me entiende? Nada.
Randy pidió detalles. Morrison, jefe de investigaciones de la policía, hasta entonces observando desde un costado, intervino en la charla.
- No hay señales de entradas forzadas, las alarmas no se activaron, las cámaras de seguridad y los sensores de movimientos no detectaron nada. Pero las cajas de seguridad están vacías.
- ¿Todas?
- Absolutamente, cómo si el contenido se hubiese esfumado.
El gerente volvió a acaparar a Randy.
- ¿Cómo es posible? ¿Acaso no era imposible que robaran?
- Si, lo era. Pero alguien encontró la manera. Necesito verificar para poder hacer una evaluación.
Un murmullo a espalda del grupo hizo que todos voltearan la vista. El mismísimo director del banco y un funcionario del gobierno, encabezaban una pequeña comitiva. Avanzaban por hall central con rostros largos y sombríos, y no solo por haber sido levantados de la cama a altas horas de la noche.
- Usted - dijo el funcionario, señalando a McCall - Usted será el que pague los platos rotos en este escándalo. Hizo una promesa y mire. Es un desastre. Vendrán los medios de comunicación de todas las ciudades aledañas. Esto será un festín.
- Ya dije que tengo que analizar lo sucedido para...
- Analizar un carajo McCall - el que habló fue el director, totalmente fuera de si - Debido a la confianza que depositamos en usted, firmamos una póliza de seguro muy baja, si esto no se resuelve, estamos arruinados.
- Bueno, esa no era una decisión en mi poder. Si me permiten...
- ¿Permitirle qué, McCall? Usted es la primera ficha que cae. Este, le aseguro, es su último trabajo en seguridad. Me aseguraré de eso.
El director se alejó, cruzando el hall, en dirección a la bóveda. El funcionario estaba por acotar algo, pero Morgan lo detuvo a tiempo.
- Váyase Randy, ya oyó al director. Poco tiene que hacer aquí. Estoy seguro que lo siente tanto como nosotros - Morgan, a pesar de todo, le estrechó la mano.
Randy se ajustó el sobretodo y salió a la noche. Veía los periodistas hablando a las cámaras, y a los curiosos que se levantaron en medio de la noche para acudir al lugar con el fin de averiguar que era tanto batifondo policial.
Pronto la noticia se dispararía y sería un caos. Randy sonrió. El director estaba en lo cierto. Ese sería su último trabajo en el rubro. Sacó el celular y subió a un taxi.
- Al aeropuerto por favor.
Digitó un número y esperó a ser atendido.
- ¿Benito? Benito, voy para allá. En el primer vuelo, si. ¿Lo nuestro va en camino? Me alegro, Benito. Me alegro.
La noche recortaba a la ciudad con sus luces y siluetas, que se desdibujaban a gran velocidad a un lado y otro del vehículo. Cuatrocientas ochenta y dos cajas de seguridad. Cuatrocientas ochenta y dos cajas trampa, conectadas en forma secreta a un sector de carga en el exterior. Todo muy fácil, muy práctico. Las ventajas de ser el arquitecto de seguridad, de no perderse un detalle de la obra, de hacerse cargo personalmente.
- Chofer, ¿puedo encender un habano?
- Si tiene para convidar.
- Claro, tome. Celebre conmigo.
- ¿Y qué celebramos?
- La libertad, por supuesto.

19 de febrero de 2014

El monótono gris del cielo

La tormenta desató un desahogo inútil sobre su cuerpo, que sin amedrentarse continuó su marcha hacia lo alto de la barranca. Sabía que cada esfuerzo era un intento de escapar a su condena. Que cada metro que avanzaba significaba un metro menos hacia la libertad.
A pesar del aguacero torrencial, escuchaba los ladridos que atravesaban el denso follaje de los árboles. Le parecía increíble. Había cruzado un bosque y aún los tenía pisándoles los talones.
Miró el cielo, que resistía a fuerza de nubarrones gris, escupiendo sin piedad su balacera de agua. Podía ser de noche o de día, nadie era dueño del tiempo, solo la bestial tormenta que se había apoderado de todo. Trató de asirse a otra roca, de escalar otro peldaño en el barranco, pero la mano resbaló, perdió el equilibrio por primera vez y supo que caería irremediablemente. Sintió un vacío en su estómago y cerró los ojos. Entonces su otra mano atrapó una saliente y sintió otra vez que había recuperado el eje. Respiró profundamente, abrazándose a la piedra.
Los ladridos se alejaban. Seguían su rumbo hacia el norte, en dirección a la continuidad del bosque. No habían hallado su pista, pasaban de largo. Volvió a expulsar todo el aire que pudo, en un gesto de desahogo, de vestigio felicidad.
Elevó los ojos una vez más, reclamando piedad. La lluvia era la única respuesta, junto a los truenos y relámpagos que quebraban el monótono gris del cielo. Hacia la derecha divisó una caverna. Le sonrió a la nada. Una oquedad para esconderse en la tormenta. Agradeció a la madre fortuna y emprendió la marcha.
El agua lavaba su rostro, no así las impurezas. Ya no oía los perros ni los gritos de los guardias. Su fuga era un hecho. Se recostó en la oscuridad, con la melodía de la lluvia como un arrullo.
En algún momento habría sol y seguiría su marcha. Se iría lejos, donde nadie lo encontrara. Sería esta vez más astuto, más amigo de la noche, más desconfiado de la gente. Una vez que el cielo trocara su color, el haría lo propio con su condición de fugitivo. Era cuestión de esperar, aguardar con calma, terminar la odisea.
Sus ojos cerrados se abandonaron al cálido refugio del sueño, olvidándose del temporal, del cuerpo mojado, del estómago vacío, del ladrido de los perros, de los gritos de los guardias, del sonido de los pasos bajando por las rocas, de los cuerpos sostenidos con cuerdas descendiendo en la noche, de las linternas iluminando con sus haces las verdades y los espantos, de los fusiles apuntando contra su cuerpo apretujado, en un sueño extasiado, en el fondo de aquella caverna, en el barranco empinado, de grandes salientes, que entonces creía, era el camino hacia la libertad.

16 de febrero de 2014

Los amigos

El último Asado con mayúsculas que comí, fue en lo de Germán. Podría decirse, por otra parte, que fue el último que comí con ellos, con la barra. Y el motivo de mis ausencias comenzó justamente en ese encuentro a fines de un verano, con la tarde que ya comenzaba a recortarse en duración, las primeras estrellas en el cielo y ese pedido inoportuno mientras preparábamos la picada en la cocina.
Estábamos solo nosotros. Germán y yo. El resto, repartidos entre hacer fuego y armar un torneo rápido en la mesa de ping pong, que acostumbrábamos sacar al aire libre.
Él se ocupaba de cortar el queso, porque le gustaba dejarlos del mismo tamaño. Mi tarea era abrir las bolsas de papas fritas, palitos salados y maní saborizado y armar dos o tres fuentes, bien distribuidos. Intentábamos hacerlo lo más rápido posible, porque el que terminaba primero cortaba el salamín, y ambos sabíamos que no existía nada más lindo que comerse las puntas durante la faena.
Pero los preparativos tuvieron un imprevisto. En realidad, lo provoqué con mi pregunta. La situación era ésta. Me había salido un negocio que no podía desaprovechar porque lo creía imperdible y no tenía un peso partido al medio. Debería acotar aquí que mi olfato para los negocios siempre fue inexistente. Y esa ocasión no sería la excepción, aunque entonces no lo sabía.
Mientras me robaba una papa de la bolsa recién abierta y saboreaba la textura aceitosa, solté la bomba.
- Germancito, no quiero joderte, pero sabés que estoy detrás de un negoción y necesito cierta guita...
Pensé que podía pedirle y disponer de unos meses para ir saldando la deuda con las ganancias que obtuviera. No esperaba que Germán, que plata no le faltaba, me preguntara cuál era el negocio. Le conté que se trataba de un proyecto inmobiliario, entrar dentro de un fideicomiso para construir un par de edificios y obtener con eso un buen dinero por las futuras ventas.
Menos esperaba que Germán me propusiera algo más interesante, conformar una sociedad. El ponía la plata y yo lo metía en el fideicomiso. Luego íbamos en porcentaje iguales con las ganancias. Según me habían pintado, podía llegar a sacar hasta diez veces lo invertido. Claro que pintar, pinta cualquiera. Picasso hubo uno solo.
Y le dije que sí, cometiendo el peor error de mi vida. Pusimos la guita, nos mostraron planos, dibujos, dónde iban a parar las inversiones, algunos gráficos que mostraban rendimientos en los intereses casi orgásmicos, más adelante pudimos leer en los diarios los avisos de venta y en la medida que pasaban los meses, nos llegaban informes por correo electrónico que nos preparaban para el comienzo de las obras con casi todo vendido.
La última noticia que tuvimos, fue a través del canal de cable, donde un montón de compradores mostraban pancartas con la palabra estafa y quería destrozar las oficinas que para entonces, estaban abandonadas. Por fortuna los nombres de los inversores jamás salieron a la luz, sino, quizá nos quemaban las casas. Pero en la estafa, también caímos nosotros. ¿Dónde estaba nuestro dinero? Esa fue la primera pregunta que me hizo Germán, a las nueve de la noche de un jueves, ni bien le abrí la puerta de calle. No entró, se quedó parado, con gesto de incredulidad. La repitió, pero ahora en primera persona. ¿Dónde está mi dinero?
Ese pronombre posesivo fue determinante para que mi cabeza hiciera un click. Yo no había perdido un peso. El que había invertido una cantidad considerable (y mejor no mencionemos la cifra, para no infartar a nadie) había sido Germán.
Traté de calmarlo, pero recibí un puñetazo en el medio del rostro. Desconcertado y tambaleante, logré asirme del marco de la puerta, solo para ser destinatario de un empujón que me hizo caer de espaldas. Luego me puso un pie sobre el pecho y ejerciendo presión, hizo que sintiera lo que un pez cuando sale fuera del agua. Cuando vio que estaba morado, sacó el pie, pero se agachó, me tomó del cuello y me levantó, para finalmente gritarme cara a cara que quería la guita de vuelta o mi vida se iba a convertir en un infierno.
Lo creí exagero, producto de la bronca del momento. Consulté a los muchachos, dado que quizá era el que menos conocía a Germán, dado que me había integrado a la barra cuando ya estaba conformada. Cada uno me dio un consejo diferente, pero todos me dijeron que lo mejor era que tratara la manera de resolver el asunto. Germán, aparentemente, solía ser algo "irritable".
Tras esa visita y haber visitado a los demás chicos al día siguiente, traté de hablar con Germán. Me atendió por el portero eléctrico y su tono áspero prevaleció durante el breve diálogo. Quería la plata. Eso o el infierno en mi vida. Y me prometió muestras de lo que me esperaba para dentro de muy pronto.
No sospeché que esa prontitud sería casi inmediata. Esa misma noche me balearon el caniche toy, que había dejado salir para que hiciera sus necesidades. El pobre Toby terminó con más agujeros que un cola pasta.
Fui al día siguiente a increpar a Germán, pero negó toda responsabilidad desde la fría comunicación del portero eléctrico. Sin embargo, pude darme cuenta que me observaba desde la ventana y que en su mano sostenía una pistola.
Dos días más tarde arrojaron nafta en todo el frente de mi casa. El detalle fue la caja de fósforos en el umbral de la puerta. Venía envuelta con un moño rojo.
Luego me robaron el portón del garaje. Aunque parezca mentira, solo el portón. Compré uno esa misma tarde y a la noche volvió a desaparecer. Opté luego por levantar una pared. En el peor de los casos, si alguna vez tenía un peso y podía comprarme un auto, la tiraba abajo y volvía a poner un portón.
Por esos días fue también que pintaron toda la casa de negro. Luego de rosa y finalmente con los colores de River. Como hincha de Boca, eso me dolió. Dejé un día más para ver si lo pintaban con otra cosa, pero al no pasar nada, tuve que mandarlo a pintar de blanco. Inmediatamente, al día siguiente, la casa apareció pintada de amarillo fluorescente.
Me conseguí otro perro. Un pastor alemán. Al menos para que ladrara. Me acompañó solo por doce horas. Amaneció con una estrella ninja en la garganta.
Un fin de semana que no estuve, me saquearon la casa. Incluido el tanque de agua. Por cada cosa iba hasta lo de Germán, pero él me negaba todo. La policía ya no acudía tras mis llamados. Para entonces sospechaba que todas mis desgracias eran auto inflingidas, con el fin de cobrar algún extraño seguro.
Supe que con el resto de la barra seguía reuniéndose, pero a mi no me daban aviso. Los muchachos me veían después, o se acercaban ante cada nueva desgracia, y me preguntaban por qué estaba desaparecido. De alguna manera Germán los manipulaba para hacerles creer que no quería ir. Aunque seamos sinceros, con todo esto que me estaba haciendo, difícilmente hubiese ido, por más que él intentara seguir demostrando que nada tenía que ver.
Tal como me lo había prometido, mi vida era un infierno. Me hackearon el correo electrónico y se enviaron mails desde mi casilla a distintas personas con efectos dispares: mi jefe me echó del trabajo, mi novia me dejó porque en teoría le había mandado declaraciones de amor a su hermana, mi madre dejó de hablarme luego que aparentemente le confesara que yo era homosexual y la consideraba una vieja trola, una prima remota me acusó de pervertido tras rechazar una invitación a una orgía que parece se iba a realizar en mi casa... y creo que me quedo corto en los ejemplos que acabo de enumerar. He tratado de olvidar algunos y otros, a duras penas, trato de conciliarlos de alguna manera cada vez que me voy a dormir.
Sin trabajo, novia, amigos, familia y con una casa desmantelada, solo quedaban dos opciones. Hacerme valer ante Germán o pegarme un tiro. Reconozco que siempre fui lento para tomar decisiones y de la misma manera que no tengo olfato para los negocios, soy un desastre planificando. Mezclo, confundo, no me organizo, digo una cosa y hago otra... en el papeleo de la vida, ser así es una desgracia.
Aunque en este caso, quizá, fue la respuesta a mis problemas. Hoy es un día nuevo, un día de volver a comenzar. Por eso es que los muchachos están en el patio de casa, preparando la picada. Falta Germán, por supuesto, pero eso es entendible. No se lo puede culpar por el imprevisto. En realidad, habría que culparme a mí. Pero mejor que no lo sepa nadie. La vida sigue, de la misma manera que el mundo no para de girar. El fuego está en su punto justo y en cualquier momento pongo la carne al fuego. Aquí no hay mesa de ping pong, pero todos se prendieron al truco. Estoy feliz. Verlos de nuevo, es nacer de nuevo. ¿Qué sería la vida sin los amigos? Aparecieron sin chistar, algo sorprendidos por la invitación, pero felices de verme. Nadie preguntó nada, salvo por Germán, claro. Y viste como es, le dije uno a uno, a medida que llegaban, el tipo ahora que recibió el pago se está dando la buena vida.
Uno es despelotado de sobra, no falta aclararlo. Era hacerle frente o meterme una bala. Mezclé un poco las cosas y terminé presentándome hace dos noches en la casa, le tiré abajo la puerta y cuando salió a hacerme frente, le metí una bala. No fue fácil limpiar el lugar para no dejar rastros y menos sacar el cuerpo y traerlo para acá. Por suerte los muchachos en un rato me dan una mano para que no quede nada que me delante. Es verdad, no tienen la menor idea, pero mientras menos pregunten, mejor van a ir las cosas. Meta vino y cerveza ahora, algo de fernet, para cuando esté la carne, no van a saber si es vaca, chancho o Germán. Al fin de cuentas, lo que importa es la amistad y saber compartir un encuentro. ¡Qué sería esta vida de mierda, sin los amigos cerca!

13 de febrero de 2014

Un dolor en el pecho

El enfermero de la guardia de urgencias empujó la camilla que los paramédicos habían bajado de la ambulancia hasta una de las salas de cirugía. Veía episodios traumáticos casi todas las noches, por lo que el hombre con el cuchillo en el pecho que trasladaba a gran velocidad por el pasillo del hospital era un caso más, otro apuñalado en alguna reyerta de poca monta.
Pero el hombre, sangrando y quizá a punto de desmayarse, lo miraba a los ojos, fijamente. Y luego que la puerta del quirófano se cerrara y el enfermero comenzara a alistar la sala para la inminente operación, el hombre de la camilla rompió el silencio.
- Es increíble, siento algo que me atraviesa el pecho - dijo en una voz compungida, al borde del llanto.
Sin volver la mirada, y continuando con los preparativos para que todo estuviera en condiciones, porque sabía de lo caprichoso que solía ser Malvestitti, el cirujano de guardia, trató de serenar al paciente.
- Señor, tiene un elemento cortante incrustado en la zona pectoral, trata de guardar la calma, que en breve lo estarán interviniendo. Me imagino que debe doler, pero le aseguro que está en camino el anestesista.
- Ya sé que tengo un cuchillo clavado, me lo clavaron en el pecho, no en los ojos, no estoy ciego - respondió ofendido el hombre, llamando la atención del enfermero, que entonces se acercó a la camilla.
- Mire, voy a ver si me dejan administrarle algo para el dolor, tiene que ser fuerte mientras tanto...
- Espere, ¿dónde va? ¿Me deja solo?
- Voy a buscar algún analgésico fuerte.
- ¡Pero por favor, hombre! Es un cuchillo nomás, nada de mariconadas. Bueno, es un Arbolito. Tampoco es para desmerecerlo. Mírele el filo. ¿Y qué me dice del mango? No es moco e' pavo.
- Por eso mismo, si puedo darle algo para el dolor...
- Esto no duele. Duele lo otro, la traición. ¿Se cree que me quejo por tener un pedazo de acero metido en el cuerpo? Qué poco conoce a la gente, don. Qué poco. Me quejo porque me duele el alma, el corazón.
- Es que por la zona, puede que haya lastimado alguna parte del corazón, fíjese que el cuchillo está justo...
- ¡Cállese! Le digo que lo que duele es otra cosa. Es la mentira. La decepción. Incluso, le digo más, la cobardía.
- No diga eso, mire que es grave lo suyo, no se considere un cobarde. Si tiene que llorar, vamos, adelante. Demuestre dolor.
- ¿Usted es enfermero o pelotudo? ¿Qué mierda pasa, me atravesó la lengua el cuchillo que no me entiende? Le estoy diciendo que no me duele nada superficial, sino algo en el interior.
- Puede estar comprometido algún órgano...
- Y dale con eso. Hombre, no. El dolor que siento, es el de haber sentido en carne propia la desazón como padre. Eso mismo. La desazón. Y por qué no, la vergüenza. Verlo ahí, haciendo eso, con ese, y entonces, me puse, se puso, nos pusimos y bueno, sucedió.
- ¿Entonces no le duele?
- ¿Cómo no me va a doler? En mi casa, en mi cuarto, en mi cama. Ahora comprendo una cosa. No le tendría que haber dado tiempo de levantarse los pantalones. Ahí nomás tendría que haber desenfundado. Uno, dos. Tres, cuatro, como para asegurar.
- ¿Qué cuenta, no entiendo?
- ¿Contar? ¡Los disparos, hombre! Cuatro, dos para cada uno. ¡Y sefiní! Pero no. Toda esa sensiblería del padre y el hijo, toda esa estupidez que le imponen a uno desde que el malparido nace y empieza a llorar. Esa filosofía moderna de no retarlo, de no pegarle, de no traumarlo. Esa mierda moderna que no sirve para nada. Pollerudo, traidor. Esa es la palabra. Traidor. Eso es lo que duele. Porque esperó a que me diera vuelta, a que diera el primer paso hacia fuera de la habitación.
- ¡Al fin comprendo, ahí fue que su hijo lo atacó!
- ¡No entiende un carajo! Ahí fue cuando viendo que me iba, arremetió de nuevo con Ricardito, mi mayordomo de toda la vida. Mi mayordomo. Mi Ricardito. Traidor de mierda. Tenía al jardinero, al cocinero, al que quisiera y se va a encamar con Ricardito. Para no clavarme este Arbolito en el medio del pecho y tratar de matar ese dolor que me carcome. Tendría que haber agarrado el de la hoja larga, la puta madre. ¿No sabe cuándo llega el cirujano? Por ahí con un bisturí afilado me extirpa esta sensación horrible en mi pecho.

10 de febrero de 2014

El nombre del otro

El niño busca una roca donde el sol no haya pegado tanto a lo largo del día. Las va tocando una a una con la mano, sintiendo la tibieza aún presente de la tarde. Al fin la encuentra, a pocos metros del mar.
La rodea, la escala, se sienta y observa.
Primero, sus pies repletos de arena. Más allá, la arena misma, recibiendo la última claridad de la jornada, antes que las sombras la acechen y escondan. Y besando la arena, en arrumacos rítmicos y voraces, el mar, majestuoso e infinito.
En el mar la vista parece perderse, pero al fin encuentra un punto. Una boya lejana, resaltando sobre el azul imponderable. La sigue con la mirada hasta que el horizonte lo distrae. De pronto, sus ojos caen por la cascada donde cielo y agua se funden y ve más allá. Un barco pesquero, en las inmensidades del océano. Redes gigantescas elevando cantidades desmesuradas de peces. El descarnado lamento que nadie escucha de esas bocas mudas, que abren y cierran, abren y cierran, que pronto dejarán de hacerlo.
No puede seguir mirando, levanta los ojos y entonces ve la costa del otro lado. Hay arena, hay un mar besando las playas, y más rocas, que se juntan, se elevan, se prestan para un paisaje, ridículamente distante.
Y sobre una de las piedras, hay una niña, muy bonita, de ojos verdes, tez trigueña y mirada cautivante. Y cuando él sonríe, ella también lo hace. Y sabe entonces, que es la sonrisa más hermosa que jamás conocerá.
Y por temor a perderla de vista, no se mueve, no se inmuta, permanece allí, a pesar de la noche, del frío, de la distancia. Y ella hace lo mismo.
Se vuelven eternos, agradecidos por haberse encontrado, sin quitarse jamás la vista de encima, sonriendo, soñando, anhelando saber el nombre del otro.

7 de febrero de 2014

El cine de antaño

El cine ya no era lo que recordaba de pequeño. Aquellas salas que podían albergar a cientos de personas, las butacas con los asientos que se plegaban, el vendedor de golosinas en la puerta, el acomodador con su linterna alumbrando el camino a los que llegaban sobre la hora...
Algo se había roto con el tiempo. La mística, la forma, los modos, incluso, el cine mismo. No, decididamente, ya no era lo que recordaba, de aquellos tiempos remotos, acompañado por sus padres, o luego, con sus amigos, sus novias, sus hijos.
Los recuerdos son tiranos. Vienen, juegan y se van. Pero el sinsabor de lo inalcanzable persiste, se adhiere a uno. La voz de la boletería automática lo regresó al instante y al lugar donde estaba parado.
- Señor, reitero la pregunta: ¿Qué género desea?
- Disculpe, estaba distraído. Acción.
- Bélica, policial, thriller u otro subgénero.
- Policial está bien.
- Sobre mafia extranjera, drogas, justicia a mano propia, corrupción policial u otro subgénero.
- Me gustaría policial con suspenso.
- Protagonista principal masculino o femenino.
- Masculino.
- ¿Desea un personaje femenino sensual, inteligente, u otro estilo?
- Sensual.
- ¿Grado de violencia?
- Moderado.
- ¿Escenas de contenido erótico?
- Leves.
- ¿Argumento autoconclusivo o desea guardar los datos para una continuación?
- Autoconclusivo.
- ¿Porcentaje de argumento al azar?
- El cien por ciento.
- ¿Está seguro que no desea agregar algo en particular?
- Si, estoy seguro.
- ¿Desea un personaje con su cuerpo o con su nombre en la película?
- Si, me gustaría. Uno de los malos, si es posible.
- Procedemos entonces con el pedido 7819200-2019221. Puede pasar a la antesala mientras vamos cargando el contenido. La puerta asignada para la proyección es la número 15. Recuerde introducir el código en el lente fílmico. Muchas gracias.
Cada día estaba más seguro de su reflexión. El cine ya no era lo que recordaba de pequeño.

4 de febrero de 2014

Crónica real: Dame todo

Hablo muchas veces con amigos de la inseguridad, de lo importante de sentirse seguro, sobre todo estando en una ciudad chica que en proporción, no tiene los mismos índices delictivos que una metrópolis.
Sufro, a la distancia, que la persona que amo esté tantos días en una ciudad que considero super peligrosa. Me asusta pensar en la seguridad de la gente querida que reside en ciudades vecinas grandes, y que con sus familias, viven el día a día sabiendo de los peligros que nos rodean en la actualidad.
Y me entristece a diario, apreciar como esa seguridad que uno siente donde vive, ciudad pequeña, merma continuamente, comprendiendo que en un futuro muy cercano los que vamos a vivir entre rejas en todo momento somos nosotros, los ciudadanos trabajadores, y que los que van a pulular por las calles, cargando el miedo a sus espaldas, llevando el terror a cada rincón de mi tierra, van a ser ellos, los delincuentes, que en gran número, mantenemos entre todos, gracias a esta política clientelista que nos domina, que solventa a muchas de estas parias desde la cuna hasta que es grande, acostumbrándolo a tener todo de arriba, para que el día de mañana, cuando le toque trabajar no sepa que es eso y decida, como lo hace un número mayor a diario, salir a ganarse la vida con el sudor de la frente de otros.
No hablo desde lo lejano, desde un punto político  distinto al tuyo. Hablo desde lo humano, desde la necesidad de gritarte en la cara que esto no va más así, que uno nace para vivir la vida, no para sufrirla, que si uno sale a la calle, desea ser libre y no prisionero de los miedos.
Decir que lo que hay es una sensación y no una real inseguridad, es de hijo de puta. De malparido. De cómplice, de ciego, pero ciego cómplice, que lo único que hace con su discurso barato es cubrir lo que ya no se puede seguir tapando y es que esto, señores, señoras, se les ha ido de las manos.
Esta política que mantiene por conveniencia a ciertos sectores, sin aplicar ni un solo intento de política educadora, que ampare y otorgue conocimientos, que brinde reales soluciones a la coyuntura en la que se ven inmerso, que no acostumbre a que todo viene de arriba, sino que existe algo llamado esfuerzo y otro algo llamado trabajo (para lo que, por supuesto, se debería generar verdaderas fuentes laborales y no cubrir baches con mentiras a medias), esta política no va más, en realidad, se ha visto desbordada y hace agua, nos inunda, nos ahoga como sociedad.
No se puede caminar por las calles, no se puede salir a altas horas, debemos poner rejas a nuestras ventanas, trabar bien las puertas, rogar que la figura que viene hacia nosotros de frente por la vereda no pretenda asaltarnos. Parece que hubiésemos retrocedido decenas de años.
¿Quién puede seguir llenándose la boca de elogios a esta realidad? ¿Quién puede ser tan ciego para no ver más allá de su propio orgullo?
¿Tan importante es para ellos mantener con la panza llena a más del treinta por ciento del país a costa del porcentaje restante, solo por el hecho de asegurarse una continuidad que repercute solo en sus bolsillos? Olvidémonos de ideales. Acá no hay ideal que valga. ¿Cuándo van a entender que las banderas políticas que creen que están flameando no existen más desde hace años y años? Acá no representan a los viejos caudillos. Acá se las rebuscan para seguir incrementando sus patrimonios.
Somos títeres y a la vez rehenes de la obra que representan. Mientras los que nos gobiernan políticamente se cruzan con los que nos gobiernan comercialmente, mientras unos nos imponen medidas irracionales y otros precios irracionales, mientras entre unos y otros nos vacían los bolsillos, nos quitan toda posibilidad de futuro, nos obligan a temerle al presente y más aún, al horror del regreso a un pasado poco feliz.
Esto lo pienso desde hace mucho tiempo y quienes están cerca, lo saben. Soy una persona apolítica en el sentido de no creer en ningún político. Quizá la política sea buena, en teoría. Pero los que la llevan a cabo, la ejecutan según sus propios intereses. Hace tiempo comprendí que ellos no son nuestros representantes. Si así fueran, serían como nosotros. En todo sentido. Uno a sus pares, los mira a los ojos. Nadie se sube a una plataforma para hacerse entender. Uno a la gente que quiere no le roba, no le miente.
Y si bien lo pienso hace rato, lo digo ahora por una razón. Quizá mañana no pueda contarlo. Me di cuenta hace un par de horas, cuando a media cuadra del trabajo, al que llegaba caminando, un pendejo de unos quince o dieciseis años que venía de frente tras dejarme pasar por su lado, sacó un objeto con punta y como si nada me dijo "dame todo".
¿Dame todo? ¿Todo el dinero? ¿El celular que con sacrificio compré? ¿La mochila que mi novia, con aún más sacrificio porque nunca andaba con un peso encima y así y todo me la regaló? ¿Las zapatillas? ¿La ropa? ¿Todo eso que con el esfuerzo uno ha conseguido, que incluso sin lujos, comprando barato, porque de lo contrario no alcanza para otra cosa? ¿O todo también incluye mi vida, alcanzado por ese objeto en tu mano izquierda? ¿Qué es todo, pendejo de mierda? Explicate. ¿Qué es todo hijo de mil puta? Vago, porquería, mierda rastrera. ¿Qué carajo es para tu mente flácida y haragana, todo? Explicate, porque no te entiendo. ¿O todo es mi libertad? ¿Mis ideas? ¿Mi futuro? Me decís dame todo, amenazándome con un cuchillo o un pedazo de metal o lo que carajo sea, porque además sos un putazo de cuarta que te escondés en las sombras y no te dejás ver, y no me explicás que carajo es todo. ¿Es la alegría de mi gente? ¿Es la esperanza de mi pueblo? ¿Es la ineptitud de mis gobernantes? ¿Qué carajo es todo, basura?
Pero no, no te voy a dar nada.
Solo pensé en eso. No te merecés nada. No me diste miedo. Solo deseos de tener un país mejor, de que la bendita buena gente de una vez por todas diga lo que piense sin temor a ser acribillados a epítetos. Que es hora de enfrentarnos a los problemas y no seguir hablando por hablar. Que es hora de sentar las bases de un futuro para los que valen la pena.
Por eso, por todo eso y mucho más, te di un manotazo y te dejé atrás. Porque a vos y a toda tu corte de ladrones, lacras, basuras y malparidos, no pienso darles un carajo.
Porque quiero vivir este mundo sin miedo, afrontar el futuro con mi novia sin temor a nada. Porque me gobierne quién me gobierne, no me quiero sentir robado, estafado, engañado, maniatado.
Porque quiero algo mejor. ¿Dame todo? Laburá, ensuciate las manos por el país, arremangate para sacar esta tierra adelante, pensá para lograr una nación como Dios manda.
Todo implica sacrificio. El que vos, pendejo de mierda, no te dignás a hacer porque te acostumbraron a eso.
¿Y vos, querés seguir defendiendo esta forma de llevar el país? Pues bien, vas a tener que dormir sabiendo que cada asalto, cada muerte, cada siniestro, por acción u omisión, tiene como responsable lo que tanto defendés. Y no hablo de políticos, hablo de medidas. Porque quedate tranquilo que no es cuestión de banderas, sino de intereses. Y estos o los que vengan, van a seguir jugando este juego. Y te van a pedir lo mismo que ellos te piden en la oscuridad. Todo. Y no van a necesitar meterse entre sombras para hacerlo. No. Porque los que gobiernan, tienen la impunidad que nosotros mismos les damos.

1 de febrero de 2014

Pasajes

Los ojos lo delataban. Pedro no había dormido en toda la noche. Y a partir de ese indicio, si uno miraba bien, iba a notar las ojeras, el cabello desaliñado, las manos temblorosas.
- ¿Qué ha pasado Pedro, una mala noche? - preguntó Andrés, mientras servía un vaso de caña en una mesita retirada, del otro lado del mostrador.
Pedro, que se había acodado en la barra, lo miró de reojo. El café humeante iba perdiendo temperatura poo a poco delante de sus narices. Bebió un sorbo, en tanto Andrés volvía tapando la botella.
- Algo así - masculló, dejando el pocillo sobre el plato - Tuve una pesadilla larga, de esas que uno cree despertar pero en realidad, sigue soñando.
- ¿Y te seguía algún mostruo o algo de eso?
- Má que monstruo - rezongó Pedro - Te cuento. Estaba en una estación de colectivos. Pero una grande.
- Una terminal.
- Eso, si. Como la de Rosario. O no, más grande. Como la de Retiro. Bien grande, con muchas boleterías. Demasiada gente para mi gusto. Iban de un lado para otro, iban a los andenes o se ponían en las colas para comprar pasajes. Y yo ahí, también, apurado, buscando un pasaje.
- ¿Pasaje adonde?
- ¡Ni idea! El tema es que estaba desesperado yendo de ventanilla a ventanilla, a veces saltándome la fila, preguntándole a los vendedores si había pasaje.
- ¿Pero a qué parte? ¿O no preguntabas en el sueño eso?
- Pero no, hombre. Si hubiese preguntado sabría y te diría. Pero no, estaba en medio de una pesadilla, acordate, todo sudado, agitado, corriendo prácticamente, como si el tiempo se me acabara. Y cada vez que llegaba a una ventanilla de boletería, preguntaba lo mismo: ¿Quedan pasajes?
- ¿Y entonces nada?
- ¡Nada! No paraba de ir de una boletería a otra. Preguntaba y no había. Y así, continuamente, con el corazón en la boca.
- Qué desesperación, Pedro. ¿Tenés en mente algún viaje? Por ahí el subconciente sospecha que no vas a conseguir pasaje...
- ¿Yo, viajar? No te digo que fue una pesadilla. De pedo que camino de mi casa a la esquina y me meto en tu bar de mala muerte.
- No entiendo.
- ¡Pero claro Andrés! Yo con el corazón en la boca en todo momento, temiendo que me dijeran que si, que había pasaje. Por Dios, si me levanté con un cagazo y la madre. Estoy seguro que no me despertaba y algún vendedor hijo de puta me vendía un pasaje a alguna parte.