Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

www.OLVIDADOS.com.ar - Avila + Netomancia

27 de mayo de 2012

Derrotero de un mentiroso

Le mentí, padre, le mentí. Lo hice porque temí que me dejara y que en la soledad, me tragara el olvido. Soy culpable, lo reconozco. Mentí para sobrevivir, para seguir respirando. Pero terminé lastimándonos a los dos. Ahora lo sé, ahora que es tarde.
Escuche las campanas padre, escúchelas. Redoblan por ella, en mi mente, a cada instante, eternamente. No hay lugar donde vaya, donde pueda ocultarme, que no me persigan. Y está bien, es justo. Al fin y al cabo, le mentí.
¿A qué he venido, me pregunta? Aún lo ignoro, quizá pretendo que me diga que no había otro camino así mi corazón encuentra el sosiego, así mi mente al fin reposa en calma. Sin embargo no lo hará, usted no me mentirá. No puede hacerlo y si pudiera, no lo haría. Porque faltar a la verdad solo lo hacen los cobardes.
Míreme, parezco un desvalido. Voy solitario, un bandoneón de penas. Ni siquiera puedo caminar erguido. Deseo ocultar mi rostro, padre, que nadie lo vea. Siento vergüenza, no de mis lágrimas, sino de mis actos. Es tan triste vivir así. Arrastrando las penas, penando la vida.
Las horas por delante serán mi penitencia. El pasado, la condena. Y todo por mentirle, por miedo a lo que ahora soy, a este descalabro de persona, a este desolado presente que se ríe en mis entrañas, mientras me desarmo como un rompecabezas que ha perdido la mayor parte de sus piezas en manos de la verdad, entonces ausente, hoy juez y verdugo.

24 de mayo de 2012

Adune

Warren me miró a mi y yo lo miré a Warren. El tenía algo que yo no. Ese conocimiento era la diferencia entre la vida y la muerte. Corrió hacia la puerta y digitó la clave.

Dos días antes habíamos coincidido en el ascensor de Industrias Xexeryx. Nos conocíamos poco. Warren trabajaba en Control de Calidad y mi puesto pertenecía a Investigación y Recursos. Algunas veces nos veíamos en el comedor o en el estacionamiento, mientras el buscaba su Audi y yo iba por mi Corvette.
En la intimidad del ascensor me habló por lo bajo, como percibiendo que alguien podía escucharlo desde la cámara de seguridad.
- Conozco el proyecto Adune - fue su breve declaración. Suficiente para que mi vista se desplazara del pálido piso a su rostro impávido. Me quedé mirándolo, como queriendo informarle con el gesto que aquello no me preocupaba, pero no era cierto.
De todas formas, desvié la mirada y me concentré en el tablero del ascensor. A punto estuve de detenerlo y preguntarle de donde había sacado la información, pero logré contenerme. De todas maneras, volvió a romper el silencio y mi paciencia.
- También sé muy bien que vale millones. Muchos millones - remarcó.
Golpeé con el puño el interruptor rojo y el ascensor se frenó bruscamente, mientras mi cuerpo se arrojaba encima del de Warren, que solo había atinado, sorprendido, a refugiarse apoyando la espalda sobre la puerta de metal.
Lo tomé del cuello de la camisa y debió haber visto mis ojos encendidos, porque noté el miedo en los suyos. Apreté mi puño con bronca, frunciéndole la tela. Sentí como intentaba tragar saliva, ya sin el semblante seguro y sereno que portaba un minuto antes.
Arremetí con preguntas:
- ¿Qué carajo sabés? ¿Y cómo carajo sabés? Ahora hablá ¿Me vas a chantajear o qué?
Revoleó la mirada hacia arriba, esperanzado que alguien de seguridad lo observara a través de la cámara, pero al mismo tiempo supo que si alguien iba a su rescate, no llegaría a tiempo. Lo golpeé en la boca del estómago y se retorció sobre las rodillas.
- Dale, contame o te sigo pegando ¿Quién te mandó? ¿Qué querés?
Warren sabía que estaba jugado, que se había metido en una situación que iba más allá de la rutina diaria de controles diarios y planillas para rellenar. Pero no se acobardó, muy por el contrario, soltó sus pretensiones.
- Quiero la mitad. Y la promesa que nadie me va a seguir. A cambio tienen mi silencio absoluto. Pueden quedarse con la patente, el secreto y lo que se les antoje.
No podía estar seguro que supiera todo, pero tampoco podía salir del asombro de haber escuchado "Adune" de su boca. De alguna forma había hurgado en los archivos clasificados y sabía de la existencia del proyecto. Eso solo significaba un descalabro de dimensiones que poco podía calcular en esas circunstancias. 
- Conozco los montos - dijo mirándome a los ojos, ya sin el miedo de segundos antes - Conozco como lo llevarán a cabo y el plan para quedar bien parados. Sé cuales son los países detrás del plan, como también cada uno de las regiones del planeta que se verán afectadas.
Eran muchas precisiones, demasiadas. Activé el ascensor y pulsé con bronca el piso trece. El de mayor seguridad, al que solo accedíamos los que estábamos involucrados. No había guardias, no era necesario. Se entraba como en cualquier otro piso, pero no se salía sin la clave, que cambiaba a diario. Y digitarla mal equivalía a recibir una descargar de trecientos ochenta voltios.
Lo empujé hacia el pasillo. Su cuerpo se desparramó cuán largo era. Me acerqué sin prisa y lo ayudé a ponerse de pie, para luego empujarlo contra una de las paredes. Rebotó y volvió a caer al suelo. El muy maldito apenas si se quejaba. Había calculado todo, sabía que no teníamos opciones. O lo eliminábamos del camino o lo hacíamos partícipes.
- ¿Estás trasmitiendo, cierto? - le pregunté.
- Si - respondió entre jadeos - Todo lo que hemos hablado se ha ido grabando en forma remota. Alguien está guardando esta charla y si algo me pasa, lo dará a conocer. Tengo papeles también. Muchos papeles.
Supe que estaba mintiendo. No había forma de transmitir hacia el exterior sin que pasase por nuestros equipos filtradores de comunicación. Cada conversación de celular, cada mensaje de texto, cada bit enviado por una computadora, era interceptado y chequeado. La sola pronunciación de la palabra "Adune" reducía la transmisión a cenizas. Bien podría creer que estaba transmitiendo, pero no lo estaba haciendo. No tenía forma de hacerlo y quizá lo ignoraba.
En cuanto a los papeles, era imposible. Todo estaba en soporte digital, imposible de ser impreso por la programación en cinco dimensiones en la que se encontraba. Podía haberse filtrado en los servidores y haber visto, pero no pasaba de eso. Sabía lo que se tramaba, pero había elaborado su propia jaula.
- Bien - le dije - Entonces no hay formar de ganar. Vayamos al vigésimo piso y arreglemos esto por las buenas. 
Me adelanté, pero Warren se puso de pie y tomándome de un hombro me arrojó hacia atrás.
- También sé lo que es este piso y lo que supone que digites primero. Quedaré atrapado aquí adentro ¿verdad? - sonrió burlonamente, había pensado en todo, sin dudas.
Entonces Warren me miró y yo lo miré a él. El tenía algo que yo no y ese conocimiento era la diferencia entre la vida y la muerte. Corrió hacia la puerta y digitó la clave.
Murió al instante. Poseía el dato inválido. En mi mente estaba la contraseña correcta. El pobre Warren tenía quizá la del día anterior, o más vieja aún. Un detalle fatal.
Adune seguía a salvo.

21 de mayo de 2012

La oportunidad de Gustavito

Las tribunas llenas, las pulsaciones al máximo por la definición del torneo, en el banco después de ocho meses de rehabilitación y por si fuera poco, se lesionó Ávila.
Manzoti, el técnico, se puso de pie y se tomó la cabeza ni bien lo vio caer. En realidad todos dimos un brinco. Ávila había intentado la más dificil y en lugar de cambiarla toda para el carril del ocho, quiso hacer la individual y entre el lateral izquierdo y el segundo central lo cortaron abajo, con extrema fiereza. La pierna zurda de Ávila se dobló como una papa frita, lo suficiente como para que entendiéramos a la distancia que algo se había roto y que el partido había terminado para el.
Pensé que lo metía a Fiorucci, más que nada por lo jodida que estaba la mano, con un empate que nos relegaba el título por diferencia de gol, diez minutos por jugar y un rival que nos comía el mediocampo sin despeinarse. Pero en lugar de llamar al aguerrido volante central, que había perdido la titularidad debido a las tres expulsiones que había sumado en los primeros siete partidos, Manzoti me miró a mí.
- Gustavito ¿estás para entrar? - me soltó, con una pregunta que no era tal, porque ya lo tenía todo en la cabeza.
En cualquier otra oportunidad hubiese estado feliz de la vida, pero esa noche era distinta y por muchos motivos. Por primera vez en el año entraba a la cancha con el equipo titular porque el año pasado me rompí los ligamentos cruzados y hasta se temió por mi continuidad en el fútbol, pero la luché y con paciencia, me fui recuperando. Pero no jugaba oficialmente desde hacía ocho meses y recién hacía dos semanas que había comenzado a hacer fútbol en la semana. El técnico me había puesto en el banco porque era el último partido del torneo, quizá pensando en la posibilidad de meterme unos pocos minutos para el aplauso general. Sin embargo ni el público estaba con ánimo de aplaudir a nadie, ni yo preparado para una parada tan brava, después de tanto tiempo y falto de juego.
Es que todo aquello fue muy duro. Pienso en eso como "todo aquello" porque hablar del partido en el que me lesioné me pone mal. Habíamos tenido una campaña desigual, pero levantamos en la segunda mitad y no es por agrandado ni nada, pero gran parte de esa remontada se debió a que el técnico empezó a confiar en mí. La venía rompiendo en la reserva y no exagero. Si incluso desde el diario local metían presión para que me llevaran aunque sea al banco. Una tarde Manzoti se me acercó y me dijo "el domingo no jugás en la reserva, vas conmigo, contra Ferroviario y vas de titular, así que preparate". Mierda que me preparé, no dormí durante tres noches. Ganamos cinco a cero y metí tres. En mi debut.
El día que me lesioné jugábamos para alcanzar el cuarto puesto y acceder a la liguilla por el título. Veníamos con una racha de diez partidos sin perder y llevabámos convertidos en ese lapso más de veinte goles. Quince de mi cosecha personal. En la semana se había corrido el rumor que iba a estar gente de Ñuls mirando el partido, porque me querían llevar para Rosario. Pero se dio un partido raro. Sabíamos que Atlético iba a defender su lugar en la liguilla con los dientes apretados, pero nos sorprendieron en el primer ataque y quedaron mano a mano con Uliandre, nuestro arquero en ese partido, que no tuvo otra que cometer penal. Expulsión, gol y remar de atrás.
Nos volvimos locos, no supimos cómo resolverlo. Con uno menos dejamos huecos en todas partes y de contra en menos de media hora nos convirtieron dos más. Intenté ponerme el equipo al hombro, pero no nos salía una. Y como si aquello no bastase, cuando fui a disputar una pelota abajo con el cinco de ellos chocamos y me quedé clavado ahí, con un dolor de la puta madre. Pensé que se me había salido la rodilla. Literalmente. Recuerdo que me revolqué del dolor y miré alrededor para ver dónde había quedado.
Me enteré más tarde, mientras aún intentaban calmarme, que nos comimos seis goles. Con un solo partido por delante en el campeonato, habíamos quedado sentenciados, sin posibilidades de nada. Pero además de las caras tristes, empecé a darme cuenta que me miraban con preocupación y hablaban de llevarme para unos estudios, porque la lesión parecía grave.
A partir de ahí comenzó el calvario. Los estudios, los informes preliminares, la confirmación de la lesión, la operación y una rehabilitación eterna, y entre tanto los que me advertían que no me preocupara si no podía volver a jugar, que siempre iba a haber algo en el club para mi o que podía aprovechar que era joven para terminar la secundaria y empezar algún estudio.
- Mirá pibe, si le ponés ganas, salís adelante. La lesión es jodida, pero acordate que el fútbol da revancha. Mientras esté al frente del equipo, vos vas a estar en mis planes. Así que dale, ponete las pilas con todo - me dijo después de la operación Manzoti.
Se lo agradecí, por supuesto. Y debo reconocer que en momentos de incertidumbre, fueron sus palabras las que me empujaron a no bajar los brazos. Es que estos ocho meses no fueron fáciles, no señor. Costó mucho sacrificio y había días es los que me detenía en medio de la sesión de rehabilitación solo para preguntarme si todo aquello valía la pena. ¿Y si no me recuperaba? ¿Y si quedaban secuelas? Ponete las pilas, me repetía dentro de la cabeza Manzoti y entonces acallaba los interogantes y volvía a la rutina que me daba el kinesiólogo.
Y hace una semana, como aquella tarde del año pasado, se me acercó el técnico y mientras elongaba, me dijo algo que casi me hace llorar de la emoción.
- Pibe, estuve yendo estos dos meses a misa exclusivamente para pedir por tu recuperación, para poder tenerte aunque sea en el último partido. Y sabés algo, te veo bien. ¿Te ves en el banco este domingo? Porque yo si te veo. Así que preparate, que damos la vuelta olímpica con algunos minutos tuyos en cancha.
Después de tanto tiempo cerraba los ojos y me volvía a ver con la camiseta, con la gente alentando alrededor, con la ilusión de un título. No pensé que pudiera darse, la recuperación había sido lenta, el tiempo que llevaba practicando otra vez era escaso, pero a pesar de todo ello, Manzoti se la había jugado. Como aquella vez que se atrevió a hacerme debutar sin siquiera hacerme pisar previamente el banco en Primera. Ahora me llevaba a la fiesta.
Pero algo había fallado en los cálculos. No había nada aún para festejar. Los de Urrutia habían salido a la cancha con la intención absoluta de no dejarnos celebrar. Y lo estaban logrando. Con Ávila afuera, el refuerzo de categoría que habíamos traído para este campeonato, nuestras chances eran escasas. Ese pensamiento nos recorrió la piel ni bien lo vimos tomarse la pierna tras la fuerte falta a la que lo habían sometido.
Y entonces, de la nada, me miró y me preguntó si estaba para entrar. Quería advertirle que hacía ocho meses que no jugaba, que lo más prudente sería esperar porque la mano estaba brava y quizá no estuviera a la altura del partido, pero no dije ni mú. Me levanté con temor y me saqué la campera. Las piernas parecían pesarme dos toneladas, pero me moví en el lugar, para que entraran en calor.
Vi pasar a mi lado la camilla con Ávila encima, haciendo gestos de dolor y mis recuerdos se dispararon a la misma escena, pero con los camilleros cargándome, ocho meses atrás. Manzoti me sacó del pasado, aferrándome de un brazo y apartándome del banco de suplentes.
- Gustavito, pedí la pelota, movete, no dejés que te tomen la marca, fijate que los centrales son lentos, ganales la espalda como vos sabés. Entrá sin miedo, que volvés y nos llevás a la gloria. Vamos Gustavito, es tu partido.
Lo miré de reojo a Fiorucci que masticaba bronca en el banco. Con seguridad también pensaba que era él quién debía entrar. Observé la tribuna, al borde del infarto, pendiente del reloj y luego me acerqué a la línea de cal. El juez de línea estaba allí, esperándome.
- ¿Número? - me preguntó.
No tenía la menor idea. En realidad si, pero lo había olvidado. La cabeza me iba a mil, podía ver el semblante preocupado de mis compañeros en la cancha, algunos pateando el césped de bronca, otros lamentándose por anticipado. Me giré para que lo viera. En voz alta dijo "dieciseis" y allí lo recordé. Salvo el primer partido que había utilizado la nueve, siempre había jugado con la diez. El árbitro movió las manos indicándome que entrara. Y eso hice.
Fui al trote hasta el área, mientras Pereyra seguía discutiendo con un rival el lugar exacto donde cobrar la falta. Quedaban nueve minutos y si no metíamos un tanto, nos ganaban el campeonato por diferencia de gol. Lo sabía cada hincha, lo sabía cada jugador y la sensación era la misma que sentir un cuchillo clavándose en el estómago, que con cada minuto, se introducía más y más.
Me moví en el área de un lado a otro, acercándome primero al arquero, luego al primer palo, para finalmente girar y quedar cerca del punto de penal. No miré a quiénes me marcaban, solo me preocupé por no quedarme quieto. Cuando el árbitro hizo sonar el silbato dando la orden de ejecución un defensor me tenía agarrado del brazo. Vi la pelota venir hacia el centro del área grande y a pesar de estar sujetado le saqué un cuerpo de distancia al defensa.. No tenía tiempo para bajarla y estaba de espalda para cabecear. Hice lo que marcaba la lógica de todo delantero. Tiré la chilena. La tiré con la marca encima, con la rehabilitación en contra, con el título a punto de irse por el desagüe. E impacté de lleno, tras sentir el balón calzar justo sobre el botín mientras mi cuerpo se arqueaba en el aire cuál acróbata.
Luego escuché el sonido, al tiempo que caía sobre el césped. Ese sonido funesto del metal que reverbera, que queda vibrando, que estoicamente resiste la celebración, que pone límites entre el abrazo y la desazón, entre la algarabía y la desolación. Ese sonido propio del travesaño, convertido en estaca clavándose en el corazón.
Quedé tendido un par de segundos, observando como la pelota se iba hacia fuera del área grande, la tomaba el siete de ellos y metía un pelotazo terrible para la contra. Me incorporé en el preciso instante que la tomaba el nueve lanzado como un cohete, superando al nuestro último hombre. A lo lejos, muy a lo lejos, fui testigo de la definición sutil de aquel delantero cuyo apellido desconocía, que enviaba el balón, el mismo que antes mi pie derecho había impactado con destino de gloria, por sobre el inútil esfuerzo de Fernández, nuestro arquero, transformándolo en nuestro infierno, en un nuevo infierno.
Lo miré a Manzoti, pero él ya no estaba de pie. Se había desplomado sobre el banco de suplentes, al lado de Fiorucci. Y entonces supe que ya no había chances, que no importaba los minutos que faltaran. Hay destinos que están escritos de antemano. El mío era uno de ellos. Escrito en tiza que borra el viento y con letras enormes que muestran una sola palabra: fracaso.

18 de mayo de 2012

Inocente

Entré en una librería, cuando para mi sorpresa me topé con mi fotografía en la tapa de un libro. Me precipité a tomarlo entre mis manos y leí el título. Letras gigantes impresas en blanco sentenciaban: “Inocente”. Busqué en la contratapa y descubrí un nombre desconocido, un pequeño resumen de la historia y la promesa de “la mejor historia de ficción de los últimos años”. 
Corrí en busca de un vendedor y le pregunté que hacía mi imagen allí. El joven no supo que decirme, aunque se mostró igual de sorprendido. Consultó a su jefe y tampoco hubo respuesta. Me dieron el número de la editorial, pero en vano traté de comunicarme. No contestaba nadie. Esa misma noche leí el libro. 
Me esperaba aquello. El libro era sobre mi vida. Dudé entonces si mi existencia había comenzado treinta y cinco años atrás o solo era producto de la imaginación de un escritor. Comencé a temblar. Desperté en medio de la noche, conciente que todo aquello había sido una pesadilla. Ya no podía dormirme. 
Me dirigí a mi sala de trabajo y encendí la computadora. Busqué entre mis archivos la novela que había comenzado la semana anterior y me puse a escribir. Noté entonces que el nombre del escritor del libro de mi pesadilla llevaba el mismo nombre que mi personaje. Sentí otra vez un temblor. Ahora si que estaba confundido. ¿Quién de los dos escribía a quién?

15 de mayo de 2012

Lo que son las cosas

Julián lo miró entrecerrando los ojos, escudriñando si realmente lo que estaba oyendo procedía de la boca de Esteban o si lo estaba soñando.
- ¿Qué? - preguntó al cabo de unos segundos, incrédulo de sus oídos.
- Dale salamín, me vas a decir que no tengo razón. Que si yo no venía ayer al bar y te pagaba el café, vos te gastabas esos últimos quince pesos que te quedaban en el bolsillo y a la salida, ni pasabas por la quiniela.
- Me querés decir que ahora la suerte por haber pegado el número a primera es mérito tuyo.
- Bueee... no digo merito Julián, pero que yo fui el aleteo de la mariposa que originó el caos alrededor tuyo, eso no me lo quita nadie.
- ¿De qué mierda hablás Esteban? ¿Dónde una mariposa?
- No boludo ¿no sabés la de la mariposa esa que revolea las alas en Japón y...?
- Pero que carajo me importa una mariposa en Saigón...
- Japón.
- Saigón, Japón, Chinchón, es todo lo mismo, no me rompás las pelotas. Y menos me vengas a decir que una parte del dinero tiene que ir para tu bolsillo. Hubieses jugado vos el número.
- Que vivo, si lo hubiese jugado no estaría acá.
- ¿Yo vivo? Vos, que ahora que ligué de arriba querés abrocharme.
- A ver... repasemos los hechos. Ayer. Por alguna razón me desperté tarde de la siesta. No iba a venir para acá, te juro que no. Si era más temprano si, pero ya a las seis de la tarde, cómo que no daba. Pero mirá como son las cosas, que voy caminando a cinco cuadras de acá y de repente, el estómago. Retorcijón de aquellos y empiezo a transpirar. Entonces me pregunto, mentalmente viste, si vuelvo a casa que son casi veinte minutos a pie o hago un desvío hasta el bar y cago tranquilo, con riesgo a no aguantar.
- Y viniste acá.
- No, eso no es lo importante; lo que son las cosas, fijate. Me encuentro con el Chino y viste como es el Chino. Largo como esperanza de pobre. Y no me soltaba más. Entonces recordé que el perejil me debía trienta mangos. No me acuerdo para que boludez me los pidió. Pero se los reclamé. No tuvo más remedio que volver al estudio y entregarme el dinero. Así que dibujate en el marote la situación. Me estoy cagando, pero recuperé treinta pesos perdidos. Tengo plata, pero no tengo baño. Entonces, con la plata en el bolsillo, salgo para el bar, con el sorete a flor de piel. Llegué con el culo fruncido. Y entonces te veo a vos, discutiendo con el Negro, que no te quería fiar en la clandestina. Y te veo entusiasmado, casi seguro del número que tenías en mente. Fijate como será que en ese instante me olvidé de que me estaba cagando. Y lo veo al Negro que enfila para la puerta de la cocina. Entonces, la disyuntiva: baño, el Negro, baño, el Negro. En eso se me escapa un pedo, fuertísimo y con un olor a puta madre. Te confieso acá, entre nosotros: no sabés la mancha que le hice al calzoncillo. Y no se si es que el Negro es sordo o boludo, pensó que lo había llamado. Me acerqué yo, para que no oliera el olor a cagadera, y le pregunté que pasaba con vos. Él me contó que andabas seco y que querías jugar, pero que ya habías pedido el café y que debías mucho en el bar y toda la bola esa, que se dice cuando se debe plata. Entonces le dije que no se fuera, que yo le pagaba el café. Fue cuando me acerqué y te dije "quedate piola, está todo pago; por ahí si querés jugarle a algún numerito y te quedan unas chirolas, jugale".
- Bueno, te doy las gracias. ¿Qué más querés? Si querés te pago el café.
- Sos amarrete Julián, sos amarrete. Casi me cago encima por tu culpa y...
- Así que ahora te cagabas por mi culpa. Una nueva ahora, doy diarrea.
- No seas... Julián, no seas así. Empecemos otra vez. ¿Viste la guita que ganaste anoche?
- Mmmm si.
- Bueno pedazo de una gran siete, podrías darme una parte o te da lo mismo que una mariposa revolotee en la loma del orto y yo me tenga que limpiar el culo con la pared, porque el puto del Negro se volvió a olvidar de comprar papel higiénico para el baño del bar. ¿Eh, te da lo mismo?

12 de mayo de 2012

La plaza ocupada

Y a pesar de haber estado toda la mañana pidiéndole permiso para ir a jugar a la plaza, Juan Pablo estaba de vuelta cinco minutos después de haber salido. La madre lo vió pasar por delante de la ventana de la cocina, que daba a la calle, y luego escuchó el portazo de la puerta de entrada al cerrarse.
Había cosas que le toleraba, como por ejemplo, que no quisiera comer lo mismo que los demás o que los días de lluvia no fuera a la escuela, pero bajo ninguna circunstancia le iba a permitir que violentara puertas o revoleara lo que se le antojara a cualquier lado. Si estaba de mal humor, como solía decirle, que se encerrara en su pieza y no saliera hasta que hubiese recuperado algo de alegría.
Graciela se secó las manos en el delantal y fue detrás de su hijo. Lo reprendió severamente por haber golpeado la puerta y solo recién después de ver que los ojitos se le llenaban de lágrimas, se dignó en preguntarle el motivo por el cuál había ingresado de tan mal talante a la casa.
- Es que están todos los juegos de la plaza ocupados - contestó al borde del llanto.
La madre lo mandó a la habitación una hora, sin televisión ni computadora. Pero media hora más tarde, tras salir a sacar la basura y mirar hacia el lado de la plaza y verla vacía, subió las escaleras para anunciarle a su hijo que el castigo había terminado y que se apurara que los juegos estaban todos disponibles.
Juan Pablo corrió raudo por la vereda. A los dos minutos estaba otra vez en casa, con el cara triste pero esta vez cuidándose de no golpear la puerta ni de comportarse de manera que fuera merecedor de castigo alguno.
- ¿Y ahora, que pasó? - le preguntó su madre.
- Nada, están otra vez.
- ¿Pero te dicen algo, no te dejan jugar, qué hacen que tanto te molesta? - manifestó ella perdiendo un poco la paciencia.
- No me dicen nada, ni me hablan, pero se quedan en los juegos y no me dejan acercarme. Me miran feo, no se... ¿no podés decirles que me dejen jugar?
La vocecita parecía una súplica y mamá cedió, pero solo cuando terminara de lavar el baño, advirtió.
El pequeño aguardó fuera del baño, mirando el reloj de pared. De vez en cuando mamá levantaba la vista y viéndolo allí, esperando, le preguntaba irónicamente "¿tenés mucho apuro?".
Al cabo de un rato decidió acompañarlo, ya lo había hecho sufrir bastante. Lo llevó de la mano, a pesar que su hijo se resistía por temor que los demás niños se burlaran de él. A mitad de cuadra ya divisaba que no estaban en la plaza, pero su hijo insistió en que si, por lo que caminó hasta allí a regañadientes.
- Ves - le dijo al llegar a la plaza - Todos los juegos libres, todos para vos. Dale, aprovechá que tengo que seguir limpiando la casa.
El rostro de Juan Pablo no había cambiado un ápice. Observó uno por uno los juegos y antes que lo hiciera su madre, emprendió el camino de regreso.
- ¿Qué te pasa? ¿Ahora no querés jugar? - le recriminó su madre que había quedado rezagada.
Su hijo se dio vuelta y agitando los brazos le gritó:
- ¡No ves que están los chicos! - y siguió su caminata a grandes zancadas hasta su casa.
Graciela se quedó helada. Podria haber jurado que en ese preciso momento, risas infantiles habían estallado a sus espaldas.

9 de mayo de 2012

La certeza de nuestros males

Cuando Federico inició su carrera de psicología jamás imaginó la importancia que tendría su fanatismo por la electrónica, los circuitos y todo el tiempo que de chico le dedicaba a desarmar y armar sus juguetes.
No fue hasta después de ejercer varios años que intuyó que podía hacer algo más que simplemente escuchar al paciente. Sentía que había un compromiso que la profesión no alcanzaba, que era la certeza del diagnóstico.
El pensaba que si bien le podía indicar a Cecilia que su mente se bloqueaba para olvidar a su pequeño, no quedaba ciento por ciento seguro de ello. Podían existir otros matices, otras cuestiones, también determinantes en el estado de la paciente.
De la misma manera, a Oscar le podía sugerir la visita a un gastroenterólogo, porque si bien lo suyo era nervioso, repercutía en su estómago, pero cuando Oscar se retiraba de su oficina, se quedaba meditando sobre si eso era todo, si acaso no había más que hacer por ese hombre.
Fue entonces que inició una búsqueda implacable para responder sus interrogantes. Y si bien hurgó en sus conocimientos, no fueron precisamente los concernientes a la psicología, sino a los otros, a esos que pertenecían a su hobby de niño y adolescente, a ese afán de armar circuitos y soñar con inventar grandes maquinarias.
Con esfuerzo denodado, trabajó en su casa, probando esto y aquello, sin rendirse ante los fracasos y exultante ante cada paso exitoso. Se podía ayudar a los demás sin temor a equivocarse, se reiteraba mentalmente, como si ese solo pensamiento fuese suficiente para impulsarlo a alcanzar lo que en definitiva sería, el mayor invento de la historia de la humanidad.
Dos años y tres meses después del primer boceto en lápiz, Federico presentaba en sociedad la "lectoindagadora humana". Una máquina única, que en su aspecto podía asemejarse a un moderno equipo de rayos x, pero que sin embargo distaba años luz en su potencial.
La máquina que había inventado Federico podía leer el alma humana y aquello que carcomía su espíritu.
Por eso, cuando el primer paciente (en realidad, su primer conejillo de indias) se recostó sobre la camilla adecuadamente iluminada y dejó posar sobre su cuerpo la placa de nanofibras solares, el mundo científico se paralizó, expectante del resultado.
Federico fue cauteloso, esperó el minuto que tardaba la máquina en escanear al paciente y recién luego se metió en el habitáculo de control, donde una pantalla mostraba aquello que la placa devolvía en forma de imagen y varios sensores registraban datos tan minuciosos como técnicos y carentes de valor para el común de las personas.
Salió minutos después, blandiendo una placa similar a la radiográfica, salvo que con un matiz más colorido. Se la entregó a Rómulo, su paciente, sin mediar palabra alguna. No hacia falta, la imagen era elocuente. El corazón estaba atravesado por una daga y esa daga tenía escrito un nombre: Susana.
Le dio turno para la semana entrante e hizo pasar al siguiente. Había comenzado una nueva era para la psicología. La precisión en el diagnóstico. La certeza de nuestros males.

6 de mayo de 2012

El éxito

Había compuesto esa canción a los veinte años y aún la pasaban en la radio, en la televisión, en todas partes. Vivía de los réditos de esa autoría. Nunca había habido otra. Es decir, si, hubo otras canciones, pero ninguna como esa. En realidad nadie recordaba una sola canción de su repertorio fuera de ese tema. Y aquello era en definitiva lo que le dolía.
La canción había sido una especie de condena. No podía superarla, pero tampoco logró a partir de allí componer algo que fuera escuchable. Las discográficas rechazaron sus trabajos posteriores, porque más allá del éxito a cuestas, lo nuevo que componía no estaba apto de ser editado.
Cada vez que la melodía sonaba, algo en su interior se deshacía. Procuraba entonces no escuchar radio, pero era inevitable estar en algún sitio y de pronto, tenerla danzando en los oídos.
Soñaba incluso con esa partitura de fondo. Y despertaba bañado en sudor, como escapando de una pesadilla. Acudió en cierta oportunidad a un psicólogo, pero lo dejó al confesarse el profesional como un incondicional de esa canción. No de él como autor, sino de ese tema en particular.
¿Había forma de destruir un éxito? Lo intentó. Envió a los medios especializados una carta anónima diciendo que el tema era un plagio, acusándose él mismo, buscando el desprestigio que lo alejara de esa canción.
Y así fue como su nombre apareció otra vez en primer plano. Los conocedores debatieron entonces la autoría del tema y finalmente decidieron que la carta estaba en lo cierto, que un compositor que jamás, ni antes ni después, pudo crear una pieza musical al menos cercana en calidad a la que estaba en tela de juicio, podia ser el autor de la misma.
Desde entonces el éxito figura como de autor anónimo. Pero sigue sonando en todas partes.
Quiere estar contento, pero no lo está. Ahora ni siquiera cobra por los derechos de autor y la discográfica le está haciendo juicio.
Y el éxito, muy a pesar suyo, lo sigue visitando en sueños.

3 de mayo de 2012

El crucero

El viaje había sido una maravilla. Debía reconocer que su novia tenía razón. Su novia en aquel momento, cuando le propuso esta luna de miel en el mar. Con tristeza veía ahora acercarse la costa, desde uno de los puentes del crucero. Se había despertado con los primeros rayos del sol que penetraban por el balcón de su habitación e invadido por la certeza de estar viviendo las horas finales de tan plancetera aventura, salió al exterior, donde otros también se paseaban sin demasiadas ganas que el viaje terminara.
La había dejado durmiendo, con la quietud de un ángel, apenas arropada por las sábanas, desprolijas tras la apasionada última noche del primer viaje que hacían como matrimonio.
Se apoyó sobre una de las barandillas del puente, contemplando las nubes en el horizonte. El aire de mar penetraba en sus pulmones, que se inflaban felices y repletos de júbilo. Cómo iba a extrañar todo aquello. El azul inmenso, las nubes interminables, los horizontes distantes y al mismo tiempo cercanos. El descanso, el relax, el tiempo en privado con su mujer, los paisajes, las costas, la paz.
Sobre todo la paz. Eso era exactamente lo que respiraba, lo que entraba a su cuerpo en cada inhalación. Paz. Cuando llegaran al puerto todo aquello se desvanecería. Volverían a sus rutinas, los horarios, las responsabilidades. No más momentos de fiaca en la cama, de mirar el infinito oceáno tomados de la mano, de permanecer en silencio ante la magnitud de la naturaleza. Otra vez el vértigo del día a día, de llegar a casa rendido, con apenas ganas de unos breves arrumacos.
Aquella costa, ya no tan lejana, se le antojaba como el mismísimo infierno. Pensó entonces en ir a buscarla, despertarla, llenarla de besos, para pedirle que saliera con él a contemplar esas últimas horas de viaje, para compartir el final de la inolvidable luna de miel juntos, como la habían iniciado.
Pero no alcanzó a dar dos pasos que una voz lo sobresaltó. No se había percatado que a su lado había un hombre de edad madura, observando también hacia el destino de la embarcación.
- Uno se hace la idea que llega, pero eso nunca sucede - dijo el desconocido.
Tras el sobresalto, buscó con la mirada un posible interlocutor, a sabiendas que en realidad se dirigía a su persona.
- Disculpe - atinó a decir - No lo había visto, me decía...
Pero el hombre no le contestó, al menos de inmediato. En cambio, llevó la vista hasta el cielo y luego la paseó por todo el horizonte. Y cuando parecía que se quedaba en silencio, volvió a hablar.
- Se pierde la noción del tiempo al estar en lugares tan amplios y desolados. Uno cree que el tiempo siempre avanza hacia delante, pero no es así. Míreme a mí. Si eso fuese posible, vería a un viejo decrépito y no a una persona como la que tiene aquí, a su lado.
Otra vez reinó el silencio. No sabía si quedaba como un maleducado si proseguía su camino en busca del camarote donde dormía su esposa, pero era lo que realmente quería hacer. Sin embargo, esa perorata sin sentido lo tenía amarrado al sitio donde se encontraba.
- Me tengo que ir sabe, tengo que...
En vano intentó dar una explicación. El desconocido lo miraba de frente. Se había girado para ello, dejando a sus espaldas el grandilocuente espectáculo del mar y la costa haciéndose a cada minuto un poco más grande.
- Yo también quise irme, pero fue hace muchos años. Ya ni lo intento. En mi luna de miel, mire usted como son las cosas. Habíamos planeado el viaje con tanto entusiasmo. Y esa noche, la última, ella me envenenó. Qué cruel es el destino, que cruel.
Palideció. De repente pudo notar como, si prestaba atención, podía ver a través del cuerpo de ese hombre. Sintió pánico, aquel no era un hombre, era una especie de fantasma, un espectro. Quiso gritar pero estaba paralizado. Solo quería volver a su camarote, escapar de allí.
- Es increíble cómo cambian las perspectivas cuando uno observa bien - dijo el hombre - Eso es lo que hago desde que mi alma quedó sentenciada en este crucero: observo. Y me doy cuenta en los que viajan cuando las cosas no son las que parecen. Fíjese su caso, se lo ve tan exultante, tan feliz y a la vez tan triste porque esto se acaba y sin embargo, aún no ha comprendido que no es lo que usted piensa.
No entendió a qué se refería. Ni siquiera cuando miró hacia el balcón de su camarote y la vio a ella desnuda, asomada de cara al sol.
- Mírela, vaya que es bonita. Y su piel, ahora tostada. Una delicia ¿cierto? Pero no es suya, nunca lo fue. No es de nadie, como tampoco lo es usted. No me importa saber cómo murieron, ni cuando, ni nada. Entiendo que soñaban esto y que por eso aquí están, pero han pagado un precio muy caro amigo, muy caro. Sus almas viajarán una y mil veces, se hastiarán al segundo o tercer viaje y luego ni siquiera querrán estar juntos. Lo mejor hubiese sido dejarse llevar y vivir la eternidad en otra parte, en el más allá quizá. ¿Pero aquí? Vaya condena la que se han sentenciado solos. Pero como le digo, no me importa saber el por qué. Solo observo, solo eso hago.

30 de abril de 2012

La perseverancia de los muertos

Los muertos no vuelven, pero muchos tampoco se van. Esa idea siempre estuvo presente en mi cabeza. Quizá fue una de las principales que me impulsaron salir país adentro para conocer las historias que nadie escribe en los libros. Me llamo Herminio Montes y soy escritor, o al menos, lo intento. En vano me quedaba en casa aguardando la llegada las musas. Comprendí que para mi literatura, debía salir al encuentro de estas.
He descubierto que a cada paso encontramos una historia, algunas totalmente fantásticas y otras tan reales como la vida misma. Y que cada persona, en cualquier lugar, no importa donde, tiene algo para contar. Es probable que todos seamos narradores, pero en ocasiones no sepamos reconocer la voz que llevamos dentro.
Muy al sur de Santa Fe, en una localidad que descansa sobre el Paraná, descubrí que los muertos permanecen rondando cerca nuestro, no para asustarnos, sino para recordarnos hechos que no debemos olvidar. Puede que incluso, como me han sugerido algunos profesionales amigos, se trate de un mecanismo de nuestro inconsciente, lo que hace a estos hechos una experiencia más humana que sobrenatural.
No es fácil indagar sobre historias locales cuando uno ni siquiera sabe el nombre del lugar dónde ha detenido su coche, o más aún, cuando desconoce lo que está buscando. Pero como los caminos en el viaje, las respuestas o las señales, aparecen en forma mágica.
Ciudad maltratada en la dictadura y los años previos, como tantas otras, como todo un país, este paraje de más de ciento cincuenta años, llamado Villa Constitución, fue objeto de la represión, del castigo extremo, del miedo impuesto por delincuentes movilizados en nombre de un gobierno. De allí que se recuerden fechas claves, protestas obreras y el terror generalizado, los estruendos nocturnos, los vecinos llevados a la fuerza y nunca regresados. Y por supuesto, la tortura.
Emplazada a lo largo de varios kilómetros, se encuentra Acindar, una de las acerías más importantes de Argentina. Señalada de complicidad empresarial, de financiar el gobierno militar, fue además epicentro de revueltas y conflictos obreros, pero también, del destino final de muchos apresados.
No son pocos los empleados que hoy día afirman todavía escuchar los sonidos de palizas propinadas en aquel entonces, eternizadas en el tiempo, como si hubiesen quedado atrapadas en las paredes, o gemidos inquietantes, desgarradores, muchas veces suplicando por la vida, provenientes de subsuelos oscuros y poco transitados.
Los que han estado años después en esas zonas del terror, aseveran que ya no quedan cicatrices edilicias, que todos los agujeros de bala han sido oportunamente reparados. Pero es probable que durante el tiempo que estuvieron abiertos, hayan impregnado de dolor hasta las entrañas mismas de la planta industrial.
En ningún libro o informe figura renglón alguno sobre ese operario de mameluco y casco de trabajo que suele acercarse a uno cuando aguarda en alguna parada el colectivo interno de fábrica. Salvo el casco, que difiere del color que se utiliza ahora, su aspecto es normal e incluso parece sentir el rigor del clima, sobre todo cuando afirma “qué noche fría, compañero”. Y ese que espera, coincidiendo, quiere decirle que si, pero entonces descubre que el obrero ha desaparecido.
O en la pista de aterrizaje cercana, en la que a veces son vistas dos siluetas escapando, buscando la libertad detrás de un tejido metálico que parecen nunca alcanzar. Si uno camina y busca entre los matorrales con la linterna verá lo yuyos y maleza. Pero escuchará pasos alrededor, sin poder jamás ver a los responsables de los mismos.
Y sobre una de las calles, es probable que manejando un coche de repente aparezcan dos faros en sentido contrario, como de un Falcon, avanzando a toda velocidad y sin miras de detenerse. Uno apretará el freno, cerrará los ojos y esperará el impacto. Pero solo sentirá como es traspasado por algo que no tiene nombre, que no puede explicarse.
Y luego de narrar esto, la ciudad callará otra vez. Dejará que la vida retome su marcha. Depende de ese lugar, aquella fábrica es el corazón de aquel punto en el planeta. No la pueden condenar, porque se estarían condenando ellos mismos. Hay otra complicidad, tácita, necesaria. Porque sin esa fábrica, los fantasmas serían muchos más, incluido el pueblo mismo.
Los muertes persisten, para que al menos, el pasado no quede en el olvido.

Este relato fue realizado para la revista "Tintas y otros mundos" de Seguí (Entre Ríos) y pertenece a la serie "Geografía fantástica", que es mi nueva sección mensual en la publicación.

29 de abril de 2012

Murciélagos

Ratones con alas. Eso eran los murciélagos para Lucía. Miserables ratones munidos de alas, chillones y feos, aterradores y molestos. Le producían asco y miedo. Los odiaba desde pequeña, de cuando los recordaba sobrevolar los árboles en casa de su abuelo ni bien la noche comenzaba a caer. Eran veloces y sus formas se recortaban contra el cielo, yendo de un lado a otro. Podía escucharlos chillar. Cada mañana quedaba en el piso el rastro de las cagadas que hacían. El guano, decía su abuelo.
Esa aprensión la acompañó con sus años. Fue creciendo y aumentando el temor hacia esa plaga. Podía verlos surcar el cielo aún de noche, cuando para todos resultaban imperceptibles. Volando de palmera en palmera en el viejo boulevard. Escondiéndose en tejados vecinos. Golpeando contra el vidrio de su ventana, como si quisieran entrar a su habitación a lastimarla.
Lucía se mudó varias veces y en cada nuevo sitio, los murcielagos se hacían presente. Pero no fue hasta que ocupó el piso dieciocho de un edificio, que realmente sintió el pánico a flor de piel. Sabía que en las alturas iba a resultar peor su experiencia con murciélagos, pero debía asentarse en una nueva ciudad y aquello era lo único a su alcance, al menos, de manera urgente.
Lo supo con certeza la primera noche. Los oyó chillar antes que se escondiera el sol. Los vio volar delante de su balcón. Alcanzó a contar setenta. Pero eran más. Estaba segura. Ya con la luna en lo alto, los vio arrojarse contra el taparrollos. Escuchó como se metían en su interior y se colaban dentro de las paredes huecas.
De pronto la habitación pareció cobrar vida. Sus paredes hacían ruidos extraños y los chillidos se agudizaban cada vez más. Podía imaginarlos golpeándose contra la construcción, arremetiendo para tirar abajo lo ladrillos. Se le puso la piel de gallina y salió corriendo al pasillo.
Se sentó en el primer peldaño de la escalera. Entonces reconoció el sonido del aleteo de un murciélago. Muy lejano en primera instancia, más fuerte luego. Cuando comprendió que venía de la escalera, ya era tarde. El roedor con alas apareció como de la nada, blandiendo sus alas y se estrelló contra su rostro.
Quiso gritar y no pudo, sintió atorado el grito en su garganta. Trastabilló al ponerse de pie y rodó escalera abajo, hasta el piso inmediato. Recién allí, por el dolor de la caída y el asco de haber sentido el golpe propinado por la pequeña bestia, empezó a dar alaridos entre sollozos desconsolados.
Despertó en un hospital. Le dolía la magulladura en la cara y alcanzó a ver la escayola en la pierna derecha. Pero no fue su estado lo que la preocupó, sino ese sonido incesante, asqueroso, aberrante, de alas oscuras golpeando dentro de las paredes, subiendo y bajando, yendo y viniendo, y ese chillido agobiante instalado e su cabeza, que no la abandonaría nunca jamás.

24 de abril de 2012

Experto

Por internet podía comprar lo que quisiera, dónde quisiera. Era un experto en eso. No solo hacía sus compras, sino la de sus familiares y amigos. Incluso, algunos vecinos, optaron por encargarle dicha tarea.
En una ocasión un primo suyo había querido adquirir una vivienda en la provincia de Salta. Se la compró sin inconvenientes. En otra oportunidad, un joven que vivía a dos casas, había acudido con una inquietud: ¿dónde conseguir preservativos con forma de animales?. Se los consiguió en menos de una hora y a los pocos días el muchacho los recibió en su casa.
Se ha visto entrar a su hogar políticos en busca de votos, sacerdotes que van por nuevos feligreses, dirigentes de equipos de fútbol que necesitan refuerzos con suma urgencia, hasta señoras mayores en busca de la felicidad.
Dicen que incluso el diablo se acerca cada tanto para comprar almas, dado que personalmente ya no engaña a nadie. Se ignora como hace él para conseguirlas, pero las mismas voces aseveran que el diablo se va contento como perro con dos colas.
Su fama es mundial. Millones lo admiran. Y sin embargo nadie sospecha que todo aquello, fama, admiración e incluso, logros, también ha sido comprado por internet. Es que en eso, es un experto.

21 de abril de 2012

La mesa de los amigos

El silencio era espantoso. Se escuchaba únicamente el sonido de los pocillos vacíos que regresaban a la barra o las bandejas de metal que llevaban o traían pedidos en las manos de las mozas hasta las mesas de afuera. Una sola mesa estaba ocupada en el interior y era la de ellos, la que siempre utilizaban, bien pegada a la ventana que daba a la avenida.
Los cinco permanecían callados, observando sus propias tazas o levantando la vista de vez en cuando para observar por la ventana. Pero ni siquiera cuando pasaba alguna mujer que les llamara la atención, hacían comentario alguno.
Cada tanto algún carraspeo, tos o movimiento desafortunado de un brazo golpeando la mesa o una taza, rompía la monotonía. Pero era un instante.
Hasta unos días antes, se animaban a cruzar miradas como preguntándose que era lo que pasaba, pero ahora ni siquiera eso. Parecían cinco desconocidos sentados en la misma mesa.
Cada uno recordaba cuando debían pelearse para poder hablar, queriendo todos contar algo al mismo tiempo. O las discusiones sobre fútbol, música, cine, mujeres o política, que los tenían horas y horas perpetrados en esas sillas, alrededor de la misma mesa.
Ninguno era capaz de asegurar el día exacto en el que los temas de conversación se acabaron. Sucedió de pronto, como si fuese algo inevitable. Primero habían sido baches entre tema y tema, luego la falta de acotaciones reduciendo todo a simples monólogos.
De un momento a otro dejaron de molestarse en abrir la boca. Ni siquiera le hablaban al mozo, que ya conocía sus gustos de tantos años concurriendo. Unas señas bastaban.
Llegaban, se acomodaban en sus sillas, esperaban el café, lo tomaban con calma, permanecían en silencio un par de horas y luego, de a uno, comenzaban a marcharse. No había saludos ni despedidas. Algunos gestos de cabezas y nada más.
Esa tarde Carlos no lo soportó más. Quería dejar de escuchar cubiertos que se golpeaban entre si. Necesitaba una historia, una anécdota, una refutación, algo. Quería palabras y que las mismas llegaran de sus amigos.
- ¿Alguien me quiere decir por qué dejamos de hablarnos, por qué motivo esta mesa es una sombra de lo que fue? - dijo enérgico, posando la vista en cada rostro amigo alrededor de la mesa.
Solo un par levantaron la mirada, pero la sostuvieron muy pocos segundos para luego enfocarlas otra vez sobre sus pocillos. Carlos esperó cinco minutos y al no obtener respuesta alguna, bajó la vista de la misma manera para concentrarse en su café.
Lo bebió de a poco, sin apuro. El silencio era tal que podía escuchar el líquido bajando hasta sus entrañas.
Aquello era espantoso, pero no podía remediarlo. Al menos estaban allí, respetando la rutina. Menos mal, se dijo. Ignoraba que sería de sus tardes, de disolverse ese grupo.
Permaneció en silencio, hasta que supo que era la hora de partir.
Se fue sin saludar. Tampoco nadie lo saludó.
La ciudad con su bullicio se lo devoró del otro lado de la ventana.

19 de abril de 2012

Simetría dispar

Un individuo camina por el borde de un precipicio en Nepal. Otro, en Bolivia, se arriesga a cruzar un lago parado sobre un tronco y sin saber nadar. Ambos están a un paso de la muerte. Quizá lo saben, quizá no les importe. Sin embargo, ninguno sabe del otro. Ese desconocimiento es crucial. No son hermanos ni están emparentados, pero algo más fuerte los une. Son seres equilibrantes.
Cada persona tiene su ser equivalente en alguna parte del planeta. Puede ser hombre o mujer, eso no importa. Probablemente no se crucen jamás ni sepan que existen. Si uno es rico, su ser equilibrante será pobre. Si uno es feliz por naturaleza, el otro será triste desde pequeño.
Pero en estas dos escenas puntuales, en Nepal y Bolivia, ambos son suicidas. Y sucede lo inevitable. Cuando el hombre que marcha por el borde del abismo se inclina para arrojarse al vacío, el que está sobre el tronco dejándose caer se incorpora a pesar de su voluntad. Y cuando intenta nuevamente perder el equilibrio para ser tragado por el lago, el que está en Nepal esperando una caída vertiginosa, se ve casi aferrado de los pies a la tierra, sin permitirse saltar.
Lo intentarán una y mil veces y ninguno lo logrará. Ignoran por completo que se equilibran en latitudes distantes, anulándose entre si. Puede que el día de mañana, por algún designio fatídico del destino, alguno de los dos lo logre. Pero no ese día.
En el mundo se producen estos equilibrios naturales en forma sucesiva, insospechadamente. Cuando uno sufre un desamor, otro lo está disfrutando. Cuando alguien pierde un ser querido, otro le está dando la bienvenida a un nuevo integrante de la familia. Es naturaleza y matemática. Es la simetría dispar que gobierna cada átomo que nos rodea y nos da forma.
Por eso, con seguridad, en este momento el ser equilibrante de usted, querido lector, está por comenzar a leer un cuento en algún remoto lugar del planeta. No es una posibilidad, es una certeza. Porque usted acaba de terminar éste.

15 de abril de 2012

Llanto de noche

Se caía de maduro. Ya algo habían insinuado en la cena, pero ahora fue Susana la que se encargó de confirmar sus sospechas.
- Alicia ¿lo podés cuidar vos esta noche?
No podía negarse, era su sobrino. Le hubiese gustado que su hermano dijera como siempre que era una incapaz para todo y que entonces su cuñada recapacitara y olvidara la idea de dejarla a cargo del pequeño, pero lo dudaba.
Su hermano estaba empilchado para salir, lo mismo que ella. Ya no darían un paso atrás con sus planes. Y ella, además, estaba allí para servir a sus propósitos.
- Porque dijiste que no tenías planes Alicia, por eso pensamos en vos, sabés - le informó Susana, mientras terminaba de peinarse en el espejo de la habitación principal.
Y no, planes no tenía. Qué planes podía tener si se había peleado con su novio hacía una semana y todavía no habían vuelto a hablar. Y para salir con las estúpidas que tenía por amigas, mejor era quedarse en casa. Aunque la idea de ser niñera no era tentadora, al menos no se aburriría.
- ¿A que hora vuelven? - preguntó por las dudas, tampoco era cuestión de estar toda la noche en vela si el crío no se dormía.
- No muy tarde Alicia, no te preocupes, tratá que no extrañe, se duerme rápido - le dijo Susana.
Cinco minutos después, se habían ido. Aún resonaba el sonido del motor en la calle. Sola en la casa, sin sus padres, que estaban de vacaciones por el sur. Sola era un decir. Lo tenía en brazos a Ezequiel, su sobrino de año y medio.
- Bueno nene, vamos a portarnos bien ¿te parece?
Como si la entendiera, el bebé se agitó en sus brazos, sonriendo y pataleando. Ella río con ganas. Lo único que faltaba, pensó, que su sobrino comprendiera a esa edad.
Era temprano para acostarlo, pero lo suficientemente tarde como para encontrar alguna película buena en la tele. Y la combinación sobrino y televisor no le resultaba atractiva.
Lo meció con calma, susurrándole una canción de cuna al oído. En realidad no sabía si así era la letra, pero recordaba la melodía de cuando era pequeña. Los minutos pasaban y el crío tenía los ojos más abiertos que una lechuza en plena noche.
- Vamos Eze, cerrá los ojitos - le pidió casi en una súplica.
Pero Ezequiel en lugar de hacerle casos, comenzó a hacer berrinche. Si algo odiaba Alicia era justamente eso. No soportaba el llanto de los bebés.
- No Eze, no seas caprichoso - rogó la joven.
Pero el niño estaba a sus anchas. Con el llanto había ganado toda la atención y ahora Alicia lo paseaba por la casa, mientras pensaba en como hacerlo callar.
- No me vas a ganar - le decía en voz muy baja de vez en cuando, entre estrofa y estrofa.
Media hora más tarde, el niño dormía plácidamente. Lo dejó en la cuna y respiró tranquila. Al fin. Miró la hora y se dio cuenta que no había pasado mucho tiempo. Todavía le quedaba gran parte de la noche por delante. Pero al menos podría ver si pasaban alguna película buena.
Encontró una, que si bien no era de su pleno agrado, había ganado el Oscar. Ese rótulo era suficiente para aplastarla en el sillón, con los pies sobre los almohadones y un vaso de gaseosa en el suelo.
Pero la paz duró un cuarto de película. Otra vez el llanto, proveniente de la habitación.
- Mi Dios, que noche me espera - protestó en tanto se ponía de pie.
Avanzó con velocidad hasta la cuna y se detuvo bruscamente.
- ¿Ezequiel? - llamó.
La cuna estaba vacía y las sábanas apenas si se veían arrugadas.
- ¿Eze? - buscó con la vista y encendió el interruptor de la luz - ¿Eze?
El llanto a su espalda la hizo girar con brusquedad, sobresaltada y terminó doblándose el tobillo. Emitió un breve grito de dolor y se tendió en el piso alfombrado.
Barrió con la mirada aquella zona de la habitación, donde había escuchado a Ezequiel llorar, pero solo divisó sombras.
- ¡Vamos Ezequiel, no jugués conmigo! ¡No ves que me lastimé el tobillo! - con cierto esfuerzo y asiéndose de la pared, se puso de pie. Entonces su sobrino volvió a llorar, ahora proveniente de otro rincón.
Alicia sintió un escozor en la piel y en el estómago. Si todavía no podía imaginarse como había hecho para escapar de la cuna, menos podía pensar la manera en la que iba de un lado a otro del lugar, sin que ella se percatara.
- Ezequiel, no es gracioso - dijo, más que nada para sentirse acompañada por su voz.
Se dirigió hacia la pared desde dónde había venido el sonido del nene. Pero allí no estaba. El llanto volvió a ocurrir, ahora desde el otro lado. Ella no dudó un segundo y a grandes pasos se aproximó hasta el sitio de donde provenía el gemido. Una pared vacía la recibió con frialdad. Aquello le estaba empezando a dar miedo.
Ahora volvió a escucharlo cerca de la cuna y no solo era el grito agudo, sino que también podía distinguir el sonido de los barrotes de madera al ser zamarreados con fuerza.
Corrió hasta llegar al sitio donde lo había dejado un rato antes. Las sábanas apenas arrugadas, Ezequiel ausente.
Fue entonces que sonó el timbre del teléfono. Repiqueteó dos veces hasta que ella consideró que aquello era real, que alguien estaba llamando. Levantó el tubo apresurada y agitada.
- ¿Hola? - dijo bruscamente.
Del otro lado de la línea se hizo un silencio. Luego una mujer preguntó:
- ¿Alicia, sos vos? ¿Qué pasa cariño?
Era Susana. Por Dios, era Susana. Querría saber cómo estaba Ezequiel, si ya se había dormido... sintió que le bajaba la presión, que todo le daba vueltas, pero se aferró al teléfono.
- Susana... ¡no puedo encontrar a Ezequiel, por Dios! ¡Está llorando, pero no lo encuentro!
Otra vez el silencio en la conversación. Un balbuceo del otro lado, un comentario por lo bajo quizá. Y luego ella, su cuñada, con voz firme.
- Alicia, mi amor. Ezequiel está con nosotros. ¿Segura que estás bien? Le pido a tu hermano que vaya a verte...
- ¿Cómo... cómo que está con ustedes? ¡Si me lo dejaron al cuidado! ¿En qué momento vinieron a buscarlo?
- Alicia, escuchame, tu hermano ya sale para allá, calmate por favor.
- ¿Cuando regresaron a buscarlo? Susana, oíme, yo me puse a ver tele y...
- Querida, no fuimos a tu casa. ¿Querés calmarte?
- Pero... vinieron a comer porque mamá y papá están de vacaciones, para hacerme compañía.
- Alicia, por favor, no empieces, tu hermano ya salió para allá. Sabés que tus padres murieron hace dos semanas. No es bueno que te quedes sola en esa casa. Ahora te venís con tu hermano y te quedás...
- Esperá Susana, ahí está ¿Lo oís? ¿Oís como llora?
- Alicia...
- Creo que Eze está abajo, en el sótano.
- Alicia, Eze está...
- Te corto, pero ya te llamo, ya te llamo, apenas lo encuentre, te llamo...
- ¡Alicia!

Se caía de maduro.
Nunca volvió a llamar.

12 de abril de 2012

La obstinación de lo maldito

Que obstinación la del Pepe Barrientos por construir la pileta en el fondo de la quinta. Si uno retrocede un año, aquello era una utopía: Que era carísimo, que no podía permitirse sacar un crédito, que además el terreno lo podía aprovechar para sembrar, que sería algo para disfrutar poco y cuidar mucho, entre otros tantos peros que interpuso entre el deseo de sus hijos y su mujer y sus ganas de encarar la obra.
Sin embargo, desde octubre pasado que se puso en movimiento para sacar el crédito, preparar el terreno y contratar la constructora. Pero las cosas no se fueron dando como las quería el Pepe. Pobre Pepe, la vida no le resultó fácil desde entonces.
Primero fue su esposa. Cuando le llevaba un vaso de jugo con hielo al hombre que manejaba la pala mecánica sufrió la embestida de la misma, producto de su negligencia por haberse acercado desde atrás y sin avisar que estaba llegando. No se mató de casualidad, pero le amputaron ambas piernas para salvarle la vida.
La desgracia aún no había cicatrizado en el seno familiar cuando Dorita, la hija más grande del Pepe, tuvo problemas con los frenos del coche, un herrumbrado Falcon, y sin poder detener la marcha se incrustó en los cimientos de la construcción. Amputación de la mano derecha y pérdida de la visión del mismo lado.
Lo de Carlos fue un mes después. Carlos era el segundo de los hijos del Pepe. La pileta, que se había detenido por el accidente del auto, había vuelto a progresar esa misma mañana. El muchacho había querido dar una mano y sin quererlo, dio la vida. Nadie pudo explicar como pudo ser que trastabillara con las bolsas de cemento y cayera de la forma en la que cayó al interior de la obra. Golpeó con la nunca y ya no volvió a abrir los ojos.
El Pepe estaba atónito, hecho un ente. Las desgracias se sucedían y coincidían con aquella maldita piscina. El capricho de su familia se había convertido en un monstruo, al que él finalmente había cedido en abrirle las puertas.
La sensatez le hubiese señalado la imperiosa necesidad de frenar la construcción y olvidarse del asunto. Al menos, la sensatez relacionada a la superchería. Y dado lo que estaba ocurriendo, hubiese sido lo más lógico. Pero el Pepe estaba mortalmente herido y como un valiente soldado de la edad media, las estocadas en lugar de derribarlo, le dieron mayor ímpetu.
Se juró no permitir que el destino detuviera esa obra. Había comenzado y ahora debía terminar.
Le pidió a la constructora que apurara la marcha. Si era necesario más personal, lo pagaría. Ya el dinero era cuestión secundaria. Había visto volar de las manos miles y miles en billetes con los accidentes. No le importaban los créditos ni las deudas posteriores. Solo le bastaba asomarse por la ventana e identificar al enemigo para apretar los dientes y estar seguro de lo que quería. La pileta sería una realidad.
Las paredes quedaron terminadas para la tarde en la que Andrés, el más chico de los Barrientos, se electrocutó al encender la bordeadora. Iba a despejar de yuyos el sitio donde iría la bomba de agua para la piscina.
Su esposa, postrada en una silla de ruedas, lloraba desconsoladamente. Su hija era un manojo de nervios, aún sin poder acostumbrarse a la pérdida de su mano y un ojo. El las miraba sin poder acusarlas de ser culpables por haber querido a toda costa esa porquería en su quinta. Y tampoco aquello sería justo.
Pepe no soportaba más desgracias. Mandó a casa de familiares a su mujer e hija. Canceló el contrato con la empresa y se colocó el mameluco de trabajo.
Desde hace tres semanas Pepe está terminando de levantar la pileta con sus propias manos. No tiene la menor idea de como se construye una piscina, pero tampoco le importa. Sabe que jamás la usará. Tan solo siente la necesidad de darle forma y vencerla, demostrarle que la construirá y no morirá en el intento.
Es consciente que eso puede pasar, que eso quiere aquella obra. Pero en tanto trabaja, obstinado, como si eso fuese lo último por hacer en el mundo.

9 de abril de 2012

Acción y consecuencia

Era el día pactado. Faltaban solo cinco minutos. La esquina estaba atestada de gente. Así y todo, confiaba identificarlo sin problemas. Por las dudas metió la mano en el bolsillo de la campera y extrajo una vez más el papel: "Voy con un suéter amarillo y pantalones ocre, es probable que lleve puesto un gorro de lana azul".
Había impreso el correo electrónico, porque su memoria solía traicionarlo. Miraba con atención hacia ambos lados de la avenida y de vez en cuando, la arteria que la cruzaba. Ningún suéter amarillo en el horizonte.
¿Cuándo era que se habían contactado? ¿Dos meses atrás? ¿Tres quizá? No lo recordaba. Su maldita memoria. Pero si tenía claro el propósito. De eso no podía olvidarse.
Nunca había sospechado que inscribirse en aquel foro le depararía tanta alegría futura. Porque en el lapso desde entonces no solo lo había conocido a él, sino a otras personas, todas con similares formas de pensar.
A sus pies tenía la caja que tanto le había costado transportar en colectivo. Había sufrido en cada frenada, con cada persona que se tropezaba con la caja... más de una vez cerró los ojos, temiendo escuchar ese sonido que era equivalente a la destrucción de lo que había dentro y al mismo tiempo, al fin de todos los planes, al fracaso de tanto tiempo de trabajo.
Él también llegaría con una caja. Con dos sería mucho más fácil, habían coincidido. En otras partes del país otras personas obraban de la misma manera. En pocos minutos más, ellos, ilustres desconocidos, se harían conocer. Con suerte, aparecerían en las noticias. Y si así era, podrían crear algún tipo de conciencia.
Al fin lo divisó entre la muchedumbre. El suéter amarillo se aproximó hasta fundirse en un abrazo.
Traía la caja consigo. Los ojos se cruzaron con la complicidad de lo predestinado. Sabían que tras abrir esas cajas, ya nada sería lo mismo. Sus vidas dependían de ese simple acto. La vida de otros se valían de ese instante. Pensaron en aquellos que aguardaban el momento exacto, en otros lugares. Observaron sus relojes y respiraron profundo, casi al unísono.
- Es la hora - dijo el que esperaba.
- Entonces, adelante... - sentenció el de suéter amarillo.
Las manos se movieron casi en cámara lenta, buscaron la faja de cinta y con fuerza en sus dedos, la arrancaron con violencia. Las tapas cedieron con el sonido del rasguido de la cinta. Y luego, finalmente, se abrieron en par en par.
El mundo de gente alrededor no supo cuándo pasó todo, ni siquiera lo intuyó. Ocurrió a tal velocidad, que muchos se quedaron quietos en medio de la calle. Los hombres sacaron sendas pistolas y apuntaron a la gente, al grito de "¡esto es un asalto a cielo abierto, con la única premisa de recaudar dinero para comedores infantiles!".
De inmediato, y sin dejar de apuntar, sacaron de las cajas enormes frascos de vidrio, con una ranura en las tapas metálicas. Tan solo decía "introduzca su dinero aquí".
- ¡Vamos, que no tenemos todo el día! - gritó el de suéter amarillo - Somos ladrones motivados por una causa, a cara descubierta, ni siquiera las armas son reales, así que no teman. Los único que les pedimos es que se dejen ser asaltados por tipos honestos.
- Todos los días los roban sus gobernantes, sus patrones, los comercios... hoy los robamos nosotros, pero con una causa. Las armas son simbólicas, el objetivo no. Vamos, dejen sus prejuicios de lado y siéntase por primera vez robados por una causa honorable.
Con felicidad vieron como la gente se acercaba sonriendo, para colaborar. Incluso un policía de uniforme dejó un billete y les aconsejó cómo sostener mejor las armas para dar una mejor imagen.
Se sentían felices. El crimen era todo un éxito.

6 de abril de 2012

Los nuevos

Que papel más indignante es la que ocupa el nuevo. Ya de por si arrancar en un trabajo es difícil, pero si además el resto de los que allí cumplen tareas se obstinan en hacerle sentir esa condición, esa persona, nueva en el oficio, en el grupo, en el lugar mismo, se irá traumatizando en silencio hasta tanto logre el respeto o bien, alguien ocupe su lugar.
Pero existe algo peor que eso, y es que sean dos los nuevos. En este caso, incluso entre ellos habrá una disputa por ser el primero en quitarse ese peso sobre las espaldas. Por lo que además de cuidarse del resto, deberán mirarse de reojo entre si, no sea cuestión de un golpe a traición.
Carlos y Antonio comenzaron en la oficina el mismo día. Se conocieron allí mismo y fueron afianzando la relación en la misma medida que los iban presentando en sociedad. Notaron de inmediato las miradas juzgadoras, los ojos interrogantes y no siempre amables, y casi por instinto decidieron en forma tácita reunir fuerzas.
El primer día de trabajo cruzaron la calle y se tomaron un café, a salvo de la voracidad de sus flamantes compañeros, que aprovechando el famoso derecho de piso les asignaban tareas que podían tildarse de denigrantes.
- ¿Me parece a mi o nos agarraron de punto? - comentó Carlos en un momento de la charla.
Antonio no lo había querido expresar, conciente que era nuevo y que debían amoldarse a la oficina, pero coincidió en que eso parecía. Pero fue optimista, augurando que no duraría más de unos días, que luego se olvidarían de dicha condición y los integrarían sin problemas.
Para Carlos, el pensamiento de Antonio era demasiado optimista, y no se equivocaba. La primera semana de trabajo sintieron el rigor del papel que ocupaban. Se plantearon entre ellos elevar alguna queja al respecto, pero a tiempo decidieron no hacerlo puesto que sospechaban que era lo que pretendían que hiciesen.
- Nos están probando Carlitos - dijo Antonio ese viernes -. Cuando vean que no nos afecta, se dejan de joder.
Algo sin embargo no convencía a Carlos. Las bromas pesadas ante cualquier detalle físico de alguno de los dos, los viajes al kiosco de la otra calle con pedidos de toda la oficina, las horas aguardando alguna explicación sobre algo puntual para finalmente no recibir respuestas o la manera en la que los apartaban a la hora del almuerzo le hacía pensar que la adaptación no sería tan rápida como imaginaba su compañero.
Hasta ese momento intentaban hacer todo juntos, con el fin de sentirse acompañados. Carlos decidió que si quería dejar de ser uno de los nuevos, debía mostrar otra actitud. Así fue que comenzó a llegar antes que Antonio y aprovechar esa ventaja para entablar diálogo con los demás compañeros.
Comprendió pronto que la mejor manera de aliarse era hablando mal del otro. De esa forma fue descubriendo la óptica del resto de la oficina para con ellos y eso lo impulsó a desprenderse de cualquier vínculo con Antonio.
Para Antonio la situación fue tornándose cada vez más grave. De un día para otro Carlos lo evitaba, ni siquiera accedía a tomar el café de rigor en el bar del otro lado de la calle. La excusa era que había empezado un curso y ya no contaba con tiempo.
Ese alejamiento de Carlos, que también notaba en el horario laboral, se fue sumando al hecho que lo molestaran con cuestiones que no creía haber comentado a nadie... salvo a Carlos. Le desaparecían objetos personales, para luego aparecer como por arte de magia en los sitios más disímiles. Solía llegar y encontrarse sin su silla, o como le sucedió un par de veces, sin el monitor de su computadora. El caso más extremo fue cuando descubrió que todo su escritorio había sido mudado al lado de la puerta del baño.
Pero Antonio seguía valiéndose de su optimismo. Pronto lo verían como un par más. Sin embargo aquello no ocurría. Hasta podría decirse que comenzó a sentir envidia por Carlos, al que invitaban a partidos de fútbol y cenas, incluso delante de sus narices.
Al cumplirse el segundo mes de trabajo, la dicha le sonrió. Por la puerta principal vio entrar al jefe de recursos humanos de la empresa acompañado por un joven. Las palabras mágicas llegaron a los pocos segundos.
- Les quiero presentar a un nuevo compañero de trabajo - anunció el empleado.
Antonio sintió que todas los pesares quedaban atrás, que de pronto dejaba de ser el "nuevo" y que al fin, todo el resquemor que generaba en su persona esa condición, podía quedar archivado entre los "malos recuerdos" de su mente bajo dos vueltas de llave.
Buscó con la mirada a Carlos, como para decirle con un simple gesto que se había terminado, que dejaba de ser el nuevo y que por favor, retomaran el diálogo. Es que Carlos le había caído bien. Comprendía que se hubiera alejado, fue su forma de escapar del abuso por ser "nuevo".
Pero el esfuerzo fue en vano, no lo encontró con la vista y de todas formas, aún seguía la presentación de la futura víctima de la oficina. Quería estar atento al nombre, a la edad, al título que tuviera. Luego de dos meses de ser la estrella del circo, se moría por "recibir" al novato.
Lo estudiaba con recelo, tomando nota mental de cada detalle, para luego aprovecharlos al máximo en la ardúa tarea de hacerle sentir el rigor. Saboreaba en el paladar el gusto a victoria y claro que si, también a venganza.
El hombre de recursos humanos seguía presentando al joven. Finalmente pidió aplausos y cuando se estaba yendo, le clavó el puñal en forma de oración.
- Y para los que estén pensando ¡que coincidencia, el mismo apellido que el nombre de la empresa! pueden quedarse tranquilos, efectivamente Juniors es el hijo de nuestro querido director ejecutivo.
Antonio se hubiese caído de culo si la silla no detenía su descenso vertiginoso producto de la noticia, que fue lo mismo que un mazazo en la cabeza. Las lágrimas parecían querer desbordarse de sus ojos. Aquello era demasiado. Y por si acaso todo aquello parecía poco, Carlos se acercó a su escritorio, como saliendo de la nada y con sorna, le dijo al pasar:
- Casi, casi, eh, casi casi.
Fue suficiente. Era eso o la locura. La liberación o la burla eterna. El bien o el mal. Así de golpe echó las cartas sobre la mesa. Se puso de pie, hizo ocho trancos exactos hasta donde estaba aún parado el nuevo oficinista y olvidándose de parentescos y pormenores, le bajó los pantalones de un tirón, haciéndole saltar un par de botones.
La oficina enmudeció al instante, sorprendida. Antonio empezó a reír, señalando acusadoramente con el dedo el estado del pobre Juniors, ruborizado hasta las mejillas. Pero fue la única risa y retumbó en el recinto como si viniese de una ultratumba.
Miró alrededor, riéndose y vio rostros serios, ojos desencajados, boca abiertos y hasta a Carlitos tomándose la cabeza con las dos manos. ¿Qué pasa? ¿Qué está pasando? Los pensamientos se volvieron turbios, extraños. Algo funcionaba mal, tendría que haber más risotadas, algún que otro aplauso, una palmada en el hombro, una acotación graciosa, un par de silbidos... algo. Pero solo reinaba el silencio. Un silencio sepulcral. Cómo si en ese mismo acto de correr hasta la víctima y bajarle los pantalones lo hubiesen enterrado allí mismo, en una condena pública y sin posibilidad de redención.
- ¡Es el nuevo! - se defendió - ¿Por qué nadie se ríe?
La gente fue volviendo a sus puestos. Juniors se levantó penosamente el pantalón, hasta ocultar el calzoncillo color azul. Antonio se percató que el hombre de recursos humanos estaba a su lado, con un semblante poco amistoso.
- Acompáñeme - le dijo, invitándolo a salir por la puerta principal.
Antonio volvió sus ojos para ubicar a Carlos, pero éste ya no miraba, absorto en una carpeta que sostenía en sus manos. Había cometido un crimen. Se había autoproclamado, sin serlo, libre de la pena de ser "nuevo". Había transgredido el límite tolerable para alguien de su condición. El escarnio al que había sido condenado en un principio resultaba poco ante la aberración realizada.
Su condena sería ahora mayor. La expulsión. Y eso conllevaba a otra cosa. A buscar un nuevo trabajo. Y de lograrlo, someterse nuevamente a ese proceso cruel y ladino, de tener que ser una vez más y por tiempo indeterminado, el nuevo.

3 de abril de 2012

Veinticinco años

Cómo no acordarse de Quique. Chiquito, flequillito y siempre con las rodillas lastimadas. Lo acababa de volver a ver, veinticinco años después. Fue en las noticias de policiales. Lo reconoció a pesar del paso del tiempo, aún estaba allí su mirada, el mismo brillo en los ojos, la sonrisa burlona. Los diez segundos en pantalla bastaron para su reconocimiento. Además del nombre, claro. Pero lo hubiese reconocido igual, si no hubiesen puesto en letras grandes ese nombre tan temido en su infancia.
Se lo llevaban preso, por un asesinato.
Apagó el televisor y se quedó en silencio, sentado en el futón blanco que le habían regalado los suegros en el ultimo aniversario de casados. Su mujer se estaba bañando. Podía escuchar la lluvia de la ducha a pesar de estar la puerta cerrada.
Quique. Aquella figura traviesa y malvada de los primeros años de la escuela primaria lo asaltaba con furia en su mente. No podía aseverar si sus compañeros le tenían miedo, pero él estaba seguro de haber sentido pánico en aquel tiempo. Quique era bajito, parecía una hormiga comparándolo con los demás chicos del curso, pero era de mal talante, bocasucia, provocador y solía golpear al que se le cruzara en una mala tarde. Y las tardes, solían ser malas casi en su totalidad.
Un buen día ya no concurrió más. Sería en segundo. Ya no lo recordaba. Pero fue al mismo tiempo que Laurita también dejó de ir. Laurita era la chica que le gustaba en aquel entonces. Cabello castaño, ojos café y una sonrisa que parecía encenderle el rostro, desde una oreja a la otra.
Se le erizó la piel. Cuando su mujer salió de bañarse le preguntó si se sentía bien, porque estaba pálido. ¿Bien? Estaba temblando. Pero le mintió a su mujer y se metió en el baño.
El espejo estaba empañado y su imagen se veía difusa, como si no estuviera realmente allí parado. Es que no lo estaba. En ese momento su cabeza estaba lejos, muy lejos, había regresado veiticinco años en el tiempo.
Se veía parado en el baldío de los Quintana. Observaba unos ligustros crecidos. Sabía lo que estaba viendo. Allí estaba Quique, golpeando salvajemente algo. Creyó sentir un llanto, un llanto de niña. Pero no tuvo el coraje de acercarse. La presencia de Quique lo paralizaba. Si daba un paso en aquella dirección, se meaba del susto.
Volvió a oírlo. Alguien lloraba. Quique miró hacia donde él estaba. Se le hizo un nudo en el estómago. No porque lo hubiese descubierto espiándolo, sino porque la sonrisa en aquel rostro no parecía humana, sino la de un lobo hambriente, como los que había visto en algunas películas. Y el otro detalle. El que había olvidado, el que había querido olvidar durante todos esos años.
La sangre. El guardapolvo blanco, cubierto de sangre.
La puerta lo devolvió al presente. Su mujer se cruzó delante para buscar una crema nocturna. Volvió a preguntarle si estaba bien. Respondió con una nueva mentira. ¿Qué otra cosa podía decir? ¿Decirle que se sentía mal? ¿Confesar que veiticinco años después había comprendido algo nefasto? ¿O confesar que veinticinco años después, al fin, se había atrevido a declararse culpable? Porque aquella tarde su miedo había asesinado a una niña.
Pensó en la noticia, en la persona asesinada y se preguntó si acaso esa muerte no era también su culpa. Si acaso ese arresto no se demoró veinticinco años en vano. Se sentó en el inodoro y se entregó a un llanto lento y silencioso.
Media hora más tarde despertó a su mujer. Debía confesarle dos asesinatos.

31 de marzo de 2012

El casamiento de Eulogio

El problema más grande para Eulogio no era afrontar su casamiento, pues había estado en cada detalle de los preparativos dado que lo esperaba con ansias. Tampoco lo había sido convencer al sacerdote de la capilla y a parientes y amigos a trasladarse hasta la cima del cerro para celebrar la ceremonia.
Nada de eso había sido inconveniente. A Eulogio lo querían todos y su felicidad era suficiente para contagiar a cualquiera. No, no eran los detalles menores los que angustiaban al novio. Sino algo mucho más importante, casi vital: la novia.
Si, porque en toda la ecuación había un solo obstáculo y justamente se trataba de la mujer que debía ir de blanco. No, tampoco es que se haya arrepentido o que aconteciera sobre ella algún infortunio de última hora. Nada de eso. El problema, si bien más sencillo, era altamente complejo de resolver. Al menos, claro, para el pobre de Eulogio.
El tema era que no había novia. Tanto se había imaginado Eulogio el día de su boda que olvidó que para ello se necesitaba una pareja. Lo peor del caso fue darse cuenta una vez organizado todo, esto es, el cura apalabrado, la gente invitada, el cerro preparado para la ocasión, el salón ya contratado (que incluía el servicio de comida y la música), además de tener una reserva para la luna de miel en un lujoso hotel de una espectacular playa brasileña.
Levantarse esa mañana, abrir la ventana con una sonrisa y recibir el sol con ansiada alegría parecía el principio del día más feliz de su vida. Pero ni bien comenzó a desayunar supo que le faltaba la novia. Miró el reloj, como si eso hiciera alguna diferencia.
Salió corriendo en calzoncillos a la calle, en dirección al diario local. Los vecinos rieron, pensando en lo increíble que debió haber estado la despedida de soltero de Eulogio. En la recepción lo recibió una empleada incrédula, no por la poca ropa que llevaba encima el desesperado hombre, sino por lo que le pedía.
- ¿Disculpe, usted quiere que saquemos una segunda edición del diario incluyendo un clasificado de "se busca novia con urgencia para esta tardecita"?
- Si, la edición la pago yo.
El dueño del diario pasaba por allí y no puso ningún pero. Segunda edición, costo cero y la posibilidad de enmendar el número de la quiniela, al que le habían errado en el tipeo. La edición de quinientos ejemplares (el pueblo no era muy grande después de todo) salió a la calle al mediodía. A pedido de Eulogio, que debió abonar un plus por esta condición, el periódico se repartió gratis.
El cerro estaba producido para un casamiento. Un altar blanco, sillas a tono, una alfombra roja entre las hileras principales de asiento, la gente bien vestida, el cura con sotana nueva y el novio en la improvisada antesala al aire libre, donde recibía a los invitados y les indicaba dónde ubicarse.
Pero su presencia allí no era solo para agradecer y acomodar a cada uno en su lugar. No, la verdadera intencionalidad de estar parado en aquel sitio era el deseo ferviente de recibir a una muchacha (cualquiera, no tendría objeciones) con el recorte del diario en la mano.
A pesar de la brisa fresca, estaba transpirando debajo del saco y la camisa. Podía sentir como las gotitas húmedas descendían por su espalda, filtrándose debajo del pantalón. En otra ocasión aquello le haría cosquillas. En ese momento, con la presión de la media naranja faltante, las cosquillas quedaban en un segundo plano.
Se lo veía nervioso y para la gente eso era normal, no todos los días uno se casa. Parecía estar la mitad del pueblo. Todas las sillas repletas, muchos parados en los costados, otros más atrás. Y detrás del altar, aguardando, el cura.
Si, era la hora. Miró su reloj, esa manía suya tan inútil. La felicidad trocaría en condena y la algarabía en desilusión. Comenzó a caminar hacia el sacerdote, consciente que no habría casamiento, que todos se reirían de él. Quizá por eso estaban todos allí, porque habían reparado en su error mucho antes. Y nadie había sido capaz de avisar... se sentía aturdido, decepcionado, con él mismo y también con sus amigos y parientes.
Se plantó delante del cura, altar de por medio y lo miró a los ojos.
- Estoy listo padre, cáseme.
El religioso se ajustó los anteojos y miró alrededor.
- ¿Y la novia? preguntó.
- Justo a mi lado.
- Disculpe Eulogio, no entiendo la broma... ¿desea que esperemos algunos minutos más?
- No, por qué habría de hacerlo, si ella ya está aquí.
El sacerdote al ver las sonrisas socarronas de los presentes, decidió seguir la corriente. ¿Qué podía perder, más que tiempo? Le costó la parte en la que le preguntaba a ella si aceptaba a Eulogio como esposo, porque no podía discernir si había contestado por si o por no, pero improvisó y prosiguió.
Eulogio se estrechó en un beso apasionado delante de todos. Los presentes aplaudieron y se pusieron de pie para arrojar arroz mientras el recién casado pasaba entre las filas de sillas. Si él era feliz, por qué no debían estar contentos ellos. Aplaudieron con ganas, a pesar de algunas sonrisas burlonas.
En varios coches partieron raudos al salón. Comieron, bebieron, bailaron y se divertieron. Eulogio los despidió a todos con un abrazo y varias copas de más. Al mediodía se fue de luna de miel.
Nunca volvió al pueblo.
Dicen que en alguna parte es feliz.

28 de marzo de 2012

Cicatrices

- ¿Y qué te dijo?
- Que se vuelve.
- ¿Se vuelve?
- Si, en cinco días llega.
- ¡Cinco días! ¿Y tu mujer, contenta, verdad?
- No para de llorar desde el miércoles. Quiere arreglarle la habitación, pintarla… ya la conocés a Ilda, así que imaginate. Igual, mucho tiempo no hay.
- Si, si, no es para menos. Che, que lindo, que vuelva Ignacio, después de…
- Nueve años, casi diez.
- Casi diez años. La pucha, como vuela el tiempo. ¿Vos todavía tenías la agencia para entonces?
- No, ya la había vendido. Con un poco de esa guita es que se fue. Tenía una ilusión tremenda.
- Me acuerdo, si, me acuerdo. Estaba muy enfurecido. Siempre fue así Nachito.
- Siempre… se tomaba todo muy a pecho. Pero lo que lo decidió fue aquello de diciembre, a fines del 2001. No como creen algunos en el barrio que se fue porque perdió el laburo.
- No, más vale. Ignacio perdió la fe en este país después de aquello.
- Cómo muchos.
- Si, tal cual.
- Pero vuelve Cacho, el pibe vuelve. No sabés las ganas de darle un abrazo que tengo. Apenas si lo vi para el 2006, cuando nos pagó el pasaje para ir a ver un par de partidos del mundial, en Alemania.
Esteban sonrió, compartía la felicidad de su amigo. Se hizo hacia atrás cuando el mozo puso el pocillo humeante sobre la mesa de madera y aguardó a que le sirviera a Cacho para continuar con la conversación. Antes, cuidándose de no ponerle mucho azúcar, vació un sobrecito y medio dentro de la taza.
Mientras revolvía observó que la sonrisa no se borraba del rostro que conocía desde hacía tanto tiempo, de una época que parecía arrancada a la historia, de rebeldía en medio del caos, de aquellos setentas nefastos en los que en la ignorancia comprendían que ocurrían cosas fuleras alrededor.
- ¿Te acordás cuando teníamos la edad de él? – preguntó Esteban.
- ¿La de ahora?
- No, no. La edad que tenía cuando se fue.
- Si, cómo no recordarlo. En aquel entonces tener dieciocho era todavía de muy pibe, era otra época.
- Totalmente Cacho, pero te acordás que fantaseábamos con salir a la calle y confundirnos con los que querían sacar a los militares.
- Pero del hecho al trecho…
- Se… eso es verdad. Pero otros se metieron, tuvieron más agallas.
- A muchos les fue mal.
- Pero lo hicieron Cacho, se animaron. En cambio, fijate como son las cosas, con esa edad Nacho y tantos otros decidieron también pelearla, pero afuera.
- ¿Y qué querés, que la luchara acá? ¿Con la miseria que había? ¿Con lo que pasó a fines del 2001?
- No Cacho, no te confundas, no lo recrimino, ni a él ni a nadie. Te digo, fijate como cambian los tiempos y sin embargo, sigue siendo una edad difícil, dónde tenés que tomar decisiones y esas decisiones siempre están condicionadas por algo aún más grande: el país.
- Si, es así. Nosotros comprendimos lo que vivíamos años después. Nacho necesitó también alejarse para ver mejor. Y ves, vuelve Esteban, vuelve.
- Nosotros nos alejamos en el tiempo para comprender, él y muchos otros pibes se movieron geográficamente.
- Y las cosas han ido mejorando. Por eso se vuelven.
- Han empeorado allá también. Ojo, no quita que acá se respire mejor que hace diez años.
- ¿Respire nomás? Es mucho más Esteban, se siente la esperanza flotando en el aire. Si vieras a la Ilda estos días te darías cuenta. Es el reflejo de muchos. Creo, y espero no equivocarme, que es tiempo de dejar de ser un país cargado de penas y mirar hacia delante con más optimismo.
- No estoy del todo de acuerdo Cacho con este gobierno, lo sabés bien, pero es cierto, se vislumbran nuevos aires. No en vano se vuelve Esteban.
- Uno crece, uno aprende al caminar, del paso anterior, de cada peldaño que sube, de cada obstáculo con el que tropieza. No son los años los que vuelven a uno más sabio, sino lo que se absorbe de la vida. ¿Qué hubiésemos hecho a los dieciocho si teníamos la determinación de Nachito? Quizá arriesgado nuestras vidas. O no. Quizá no hubiésemos hecho nada, porque no veíamos las cosas con claridad. En cambio Nachito no lo pensó dos veces y se fue. De una u otra manera, arriesgó. Y hoy vuelve, pero ya no es Nachito, es Ignacio. Y fijate, maduro, con experiencia de vida, decide volver al país. Porque ahora cree en lo que ve.
- Si de algo sirven los hechos nefastos de la historia querido Cacho, es para que nunca más los volvamos a permitir.
- Y bueno Esteban, si estos pibes regresan, parte de nuestra vida se vuelve a asentar. Ilda está feliz porque regresa el nene, pero también porque la vida vuelve a tener sentido. Porque por más que lo queramos disimular, el desarraigo lo sufrimos todos, incluso los que nos quedamos.
- Diez años atrás el país se partió Cacho y entre las grietas perdimos a estos pibes. Por suerte, las grietas se van cerrando.
- Como sucede con las heridas.
- Exacto, como con las heridas. Y al igual que éstas, nos quedarán por siempre las cicatrices para no olvidar el pasado, para no repetirlo, para no desearlo.
Sonrieron al unísono, con la mirada cómplice. El mozo se detuvo en la mesa y preguntó si deseaban otro café. Pero las obligaciones apremiaban. Auque parecía mentira, el mundo seguía girando más allá del ventanal del bar. Cacho y Esteban se despidieron con un abrazo y un “hasta la semana que viene”.
La semana que viene, serían tres.

25 de marzo de 2012

Minicuentos por la Identidad II

Por iniciativa de la web "Cuentos y más" de Juan José Panno y Mónica Pano, se realizó la segunda convocatoria para los "minicuentos por la identidad", que tienen como objetivo preservar en la memoria las atrocidades de la última dictadura, coincidiendo con la conmemoración del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia (el 24 de marzo), para que así nunca jamás volvamos a repetir ese pasado tan desdeñable.
Estos son mis aportes.

Ellos son

Son tumbas, son silencios, son gotas de una lluvia que nunca dejó de caer, son estrellas fugaces en el firmamento, enormes vacíos en corazones destrozados. Son melodías para que todo el mundo escuche, son los pasos que repercuten en el pasillo, los gritos contenidos a lo largo de una eternidad. Son los testigos de una época, que nos impiden olvidar, que nos obligan a decir “nunca más, nunca jamás”.


El refugio

Observamos detenidamente el derrotero de la metralla perpetrando la puerta del desvencijado Citröen. Calculamos el tiempo necesario para llegar hasta una pared que nos brindase el reparo necesario para conservar nuestras vidas. Impulsamos luego nuestros cuerpos, movidos por el miedo, por el deseo de no morir y atravesamos las sombras, el humo y la muerte misma, casi en una exhalación. Llegamos todos al refugio, sin embargo nos cuesta entender si aún estamos vivos. Todo a nuestro alrededor pareciera no estarlo.

Crueldad

Primero fue por los ideales, luego por las injusticias. Y finalmente por ella, creciendo en el vientre de su novia. De una u otra manera, siempre fue por lo mismo. Por todo ello, arriesgó su anhelo de libertad. Pero ni siquiera en plena tortura podría haber imaginado que la recién nacida cayera en manos de lo que tanto odiaba. Ironía del abusador, la de apropiarse incluso de las esperanzas de nuestros muertos.


Argentinos

Fuimos hermanos, enemigos, compañeros, distanciados, exiliados, denunciados, prohibidos, rechazados, escondidos, refugiados, silenciados, militantes, montoneros, soldados, obreros, desocupados, luchadores, buena gente, hijos de puta, engañados, torturados, asesinados. Fuimos y seremos argentinos. En todas partes. En cualquier época. Bajo cualquier circunstancia. Y de ahora en más, seremos memoriosos.

22 de marzo de 2012

Profesión amigo

Eleuterio no es un nombre común. Es el nombre de un amigo. Casi todos en el pueblo lo consideraban su amigo. Y para Eleuterio, cada uno de sus amigos, era su mejor amigo.
Por lo tanto, intentaba pasar el mayor tiempo posible con cada uno de ellos. No resultaba tarea fácil y por lo tanto, para poder cumplir con todos, apenas le dedicaba unos minutos a cada uno.
Sin embargo esos minutos parecían suficientes, porque las despedidas eran con abrazos y hasta mañanas. La noche lo encontraba a Eleuterio cansado de tanto andar. Apenas si le quedaban fuerzas para acostarse, sabiendo que no podría dormir demasiado, ya que muchos de sus amigos eran madrugadores y debía aprovechar para visitarlos bien temprano.
Antes que el primer gallo del pueblo cacareara, sus piernas ya lo llevaban por su itinerario diario. Sonrisa al rostro, semblante feliz y ánimos renovados. Un nuevo día para fortalecer sus amistades había comenzado.
El viejo Florio lo vio venir a través de las cortinas de la ventana y tras resoplar sobre la bombilla, lo que hizo burbujear el mate, le dijo a su mujer:
- Qué pesado este Eleuterio, viniendo todos los días.
Elisa sonrió. Su marido tenía razón, pero parecía tan buen chico.
- Dejalo gordo, decime, cuál de tus amigos te visita todo los días. Es un santo ese pibe.
Florio, que ya se había puesto de pie para ir a abrirle, no tuvo contemplaciones.
- Un amigo no necesita visitarte, un amigo está siempre, dónde sea. Este parece que marcara tarjeta.
El viejo se detuvo antes de llegar a la puerta y sonriendo, miró a su mujer.
- Vieja, atendelo vos y decile que no estoy, que me fui anoche a la ciudad.
- Pero gordo... - sin embargo su marido corrió hacia la habitación y cerró la puerta, dejándola sola en la cocina.
Eleuterio golpeó la puerta tres veces, como de costumbre. Ella se asomó por la ventana y correspondió la sonrisa del joven. Desde allí le informó que su marido no estaba.
- ¿Cómo que no está? - preguntó el joven, que parecía sorprendido.
- Ya te digo querido, se fue anoche. Quizá vuelva más tarde.
- No puede ser señora, me dijo "hasta mañana" ayer y un amigo no miente.
- Eleuterio, él no te mintió - dijo, sabiendo que si lo había hecho y que en ese momento estaba escondido detrás de la puerta de la habitación escuchando la conversación - Surgió algo y tuvo que irse, además, el "hasta mañana" es un saludo simplemente.
El joven se quedó mirándola fijamente. Aquella explicación del "hasta mañana" había sido como un piedrazo en la frente.
- No señora, si uno dice hasta mañana, es hasta mañana. Más si se lo dice a un amigo.
- Bueno querido, entonces mi marido no debe ser tan amigo tuyo si vos lo pensás así.
Ahora el muchacho se quedó pensativo, observando el suelo. Sopesaba aquella respuesta.
- Sabe, quizá tenga usted razón. Es más, me hace dudar de todos los "hasta mañana" de ayer. ¿Y si no son sinceros? ¡Dios! ¿Y si no son sinceros?
Eleuterio se había puesto nervioso. Pensar en esa posibilidad lo había angustiado. Eisa quise subsanar lo dicho.
- Mirá, por ahí es solo mi esposo, que es medio parco con la gente. Probá de no decir primero vos "hasta mañana" y aguardá a que el saludo llegue de la otra parte.
La idea le pareció sencilla y brillante. Se fue raudo a seguir su itinerario. Pondría a prueba a sus amigos. La ausencia de Florio al fin y al cabo le había servido para algo.
La llegada de la noche lo sorprendió entrando a su casa. Parecía la sombra del joven que por la mañana había salido a la calle. Ni se molestó en prepararse de comer, fue directo a la cama. Tampoco preocupó poner el despertador. No había motivos. El resultado de esperar el "hasta mañana" fue nefasto. Nadie lo había saludado de esa forma, nadie lo esperaba al día siguiente. Casa tras casa, amigo tras amigo, se fue retirando mordiéndose los labios y aguantándose las ganas de llorar.
La noche lo encontraba solo, como cada noche. Pero esta vez, sin los afectos que creía tener a lo largo del día. Se sentía desilusionado de aquellos por los que se desvivía.
Lo comprobó al no visitar a nadie por una semana y no recibir en su casa la visita de ninguno, aunque sea preguntando el motivo por el cuál no se lo veía más por el pueblo.
Con el tiempo Eleuterio prefirió la soledad de su hogar al falso abrazo en casa ajena. Así fue como se convirtió en un ser huraño y de pocos amigos. En realidad, ningún amigo.
El viejo Florio fue de los pocos que se percató de su ausencia. Un día le dijo a su esposa:
- Che, sabés que lo extraño al Eleuterio. Al menos me venía a visitar.
- Y entonces ¿por qué no vas vos a verlo?
- ¿A verlo? Dejate de joder, no estoy para perder el tiempo visitando a la gente. Tengo que laburar el campo gorda o querés que cuando pasen los del censo les diga "profesión amigo". Ya vendrá, no te preocupes, ya vendrá.

19 de marzo de 2012

Mostrador de por medio

La mujer del mostrador me llama. Aún la sigo mirando, impasible, cuando me repite el gesto. Me acerco sin dejar de observar hacia un lado y otro, como esperando que de repente apareciese el verdadero destinatario de ese llamado. Pero no, nadie se ha puesto de pie. Me llamó a mi. Entonces sigo caminando hacia el mostrador donde está la mujer esperando.
Llego y me quedó de pie, mostrador de por medio, delante de ella. No hablo, no gesticulo, solo espero. Entonces ella se percata que ahí estoy. Levanta primero las cejas y luego la cabeza. Abandona esos papeles que la preocupan, sobre los cuales se mueven sus manos repletas de anillos grandes y brillantes.
Me habla, sorprendiéndome.
- ¿Número de trámite?
Desconozco lo que me pide. Solicita un número. No sé mucho sobre números, solo lo que recuerdo de la escuela primaria y eso fue hace mucho tiempo. Me doy cuenta que no puedo contestarle, que no tengo la respuesta para lo que me ha preguntado. Me pongo nervioso, me muevo en el lugar, como cuando deseo ir al baño y está ocupado. Siento que las manos comienzan a sudar. Supongo que también debe haber gotas de transpiración en el cuello y la frente. Me doy cuenta que soy un perfecto inútil y entonces, abro la boca.
- No sé... no tengo idea.
La mujer detiene el movimiento de sus manos, que parecen firmar papel tras papel. Ahora toda su atención es para mi persona. Me observa como si fuese un espécimen raro y puede que así lo sea. Me ha hecho una pregunta y no supe contestarla. Es obvio que todos en este lugar saben que responderle. Vuelvo a sentir que transpiro, mientras me siento fulminado por esa mirada. Su boca se mueve, su tono es otro, más duro, directo, casi visceral.
- ¿Sabe a nombre de quién es el trámite al menos?
Comprendo que más que una pregunta, es una imposición. Debo saber el nombre. Es casi una orden. Es mi deber como persona saber de quién es el trámite. Pero así y todo, lo desconozco. En realidad, no entiendo a qué trámite se refiere. Mi situación es patética. Veo en su rostro el rictus de la impaciencia, hasta puedo imaginarme su pie derecho subiendo y bajando, en forma rítmica, enloquecido. El semblante se asemeja al de un verdugo. Le estoy haciendo perder su tiempo y quiere ejecutarme allí mismo. Quizá me lo merezco, no lo sé. Hablo.
- No... tampoco lo sé. Disculpe.
No debí haber agregado la última palabra. Quise ser educado, pero terminé siendo impertinente. ¿Quién en mi posición puede pedir disculpas? Disculpas debe pedir alguien que sabe que está en condición de hacerlo. Yo no. Estoy ahí parado, haciéndole perder el tiempo. No sé el número ni el nombre. Ni siquiera sé que hago en este lugar. Pero ella me ha llamado y no soy maleducado. Pero la estoy molestando, la estoy haciendo enfadar. Puedo verlo en cada gesto de su cara, en cómo hasta el cabello parece erizarse en lugares precisos. Su mirada me penetra, me quema interiormente. Siento que voy a estallar en mil pedazos, que una fuerza sobrenatural me desintegrará. Pienso que quizá sea lo mejor, la única manera de dejar de hacer el ridículo. Pero es tarde, muy tarde, ella arremete.
- ¡No me haga perder el tiempo entonces! ¡Vuelva cuando sepa a que vino acá!
Trago saliva, siento un nudo en la garganta y que mil ojos me observan, me critican a la distancia, sin conocerme. Me considero objeto de cientos de insultos silenciosos, de risas pérfidas y cómplices. Estoy en el centro de la escena de una comedia. Soy el comediante no esperado. El blanco de las burlas. El estómago me da vueltas. La mujer ha hecho su sentencia, me ha marcado a fuego delante de todos. Soy un imbécil. Un estúpido más en su lista diaria. Una persona no grata que le hace perder tiempo. Entonces doy el primer paso para alejarme, desaparecer, evaporarme del lugar, cuando lo recuerdo... recuerdo el motivo, la razón, la causa de mi presencia allí, de pronto soy consciente de mi espera y antes de abandonar para siempre ese mostrador, suelto mi verdad.
- Vine a ver sus ojos esmeraldas, su rostro de rubí, su sonrisa de plata manantial de perlas arreboladas, vine a sentirme cerca de la mujer de mis sueños, del tesoro inalcanzable de mis noches, de mi búsqueda esperanzada de mis días, de la espera eterna en esta oficina, observando a lo lejos, a la espera de un turno que jamás pensé obtener.
Y me fui. Sé que ella me siguió con la mirada, sintiendo como el corazón se le fruncía como un pañuelo. Sé que otros hicieron lo propio y que a más de una mujer romántica en aquella sala le rodó una lágrima por la mejilla. Pero no volví, ya no lo haría. El sueño se pinchó como un globo. La realidad había sacado a relucir sus espinas. Porque el amor, señoras y señores, no es ningún trámite.