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15 de noviembre de 2013

Extraño suceso en un descampado cercano

El domingo pasado, mientras caminaba hacia mi casa, una luz intensa encandiló un descampado cercano. Era una luz brillante, que sin embargo no me obligó a cerrar los ojos. El lugar estaba a cien metros y a pesar de la distancia, de los árboles que se interponían en mi vista, pude ver todo con claridad.
Miré a mi alrededor, esperando toparme con más testigos de aquel fenómeno, pero la zona estaba desierta. Al consultar el reloj, supe la causa: eran las dos de la madrugada. No podía creerlo, si un rato antes había salido de la cancha, y no habían pasado más que treinta o cuarenta minutos como máximo. Y por si fuera poco, el reloj había dejado de marchar.
En la zona iluminada creí ver humo. De inmediato comprendí que estaba equivocado, aquello era una especie de gas, algo proveniente de alguna máquina. La duda fue efímera. Una gran nave irrumpió sobre el poco verde de aquel lugar, profiriendo una serie de sonidos difíciles de describir. A pesar de su tamaño, y de ese gas que la envolvía, apenas si movió las hojas de los árboles cercanos. Lo que tenía delante de mis ojos, no era de este planeta.
Ese fue mi primer pensamiento. Me paralicé por completo. O eso creí. Porque cuando presté atención a mis movimientos, estaba caminando hacia el lugar.
La nave era cada vez más grande. Cobraba proporciones a medida que me acercaba. Su apariencia era la de un gigantesco panal de abejas, cuya parte superior se perdía en la oscuridad de la noche. Podía divisar en la superficie de la enorme máquina, pequeños rectángulos iluminados, que bien podía calificar de ventanas o escotillas. De todas maneras, no pude distinguir el interior de la nave a través de las mismas.
Algo se desprendía de aquel aparato. Una radiación, rayos gammas, un aura, no podría afirmarlo. Pero lo que veía a través de ese algo, parecía diferente, como desdibujado y al mismo tiempo, mucho mejor definido. Los árboles no parecían árboles, pero en cambio, podía apreciar en detalle las nervaduras en las hojas, cada ser viviente en las ramas y las grietas de las cortezas.
El suelo, mezcla de gramilla seca con sobrevivientes hojas verdes, sobre tierra seca ante tanta sequía, parecía haber ganado en brillo y pisarlo me daba la sensación de estar cometiendo un sacrilegio.
Llegué hasta la mismísima nave. Aunque parezca mentira, no sentía miedo ni curiosidad. Era un impulso. Quería tocar esa aparición de la nada. Confirmar que era verdad, que nada de lo que estaba pasando formaba parte de un extraño sueño. Estiré mi brazo izquierdo, abrí la mano, llevé los dedos hacia la nave. Y entonces todo desapareció. Me encontraba de golpe frente a Juliana, la chica que me gustaba, apretándole una teta con la mano izquierda, en el zaguán de su casa. Me surtió tal sopapo que me hizo girar en el lugar.
Aún al día de hoy, a casi una semana, no cree en mi versión.


12 de noviembre de 2013

Competitivo

Eriberto era un tipo muy competitivo. Cuando salía a caminar, apuraba el tranco para llegar antes a las esquinas que las demás personas, en una carrera ausente de reglas. O se detenía a preguntarle a quién tuviera cerca sobre el color del próximo auto que pasara por allí, con el fin de apostar por uno distinto y ganarle la predicción al desconocido.
De muchas mañas, ventajero y mal perdedor, Eriberto era un caso único en el barrio, de esos que entran en la categoría de "bicho raro". Solía subía al colectivo con la intención únicamente de bajar antes que cualquier otro, por más que eso significara descender a las dos cuadras.
Si paraba a comer un pancho en algún puesto ambulante, trataba siempre de ponerle más cantidad de aderezo de lo que utilizara la persona más cercana a su ubicación. Y si bien esa otra persona jamás se enteraría que participaba de una competencia, para Eriberto el triunfo era completo y podía apreciarse por los gestos que hacía.
El bar frente a su casa era su oficina al atardecer. Allí, café de por medio, apuntaba en una libreta todos los logros del día. Era difícil imaginar una jornada sin victorias. 
Hasta ese sábado, con el cielo algo plomizo amenazando de lluvias. La gente había salido en su mayoría con paraguas, temerosa de una tormenta. Él se había propuesto hacer veinte cuadras y regresar a su casa. El objetivo era llegar antes que lo agarrara el agua.
Estuvo a punto de lograrlo, pero otro desafío se interpuso en su camino. Dos niños habían armado una especie de skate con un cajón de madera y se lanzaban a toda velocidad por una calle en pendiente. Eriberto no se dio cuenta, pero las primeras gotas estaban comenzando a caer. Observó el semáforo en la esquina y le pareció buen lugar para definir la meta.
Echó a correr por la vereda, mirando encima del hombro: los niños venían rápido. Una gota le cayó justo en el ojo provocándole dos pensamientos. El primero, que no había podido llegar a su casa antes que comenzara a llover. El segundo, que no debió haber cerrado los ojos tan instintivamente.
Sintió el impacto contra un árbol con violencia. La nuca rebotó contra las baldosas y percibió de inmediato que algo se desprendía dentro de su cabeza. Escuchó como los chicos pasaron muy cerca, gritando de algarabía, sin dudas jactándose del triunfo. La lluvia se hizo en ese momento intensa, al mismo tiempo que llegaba gente al lugar donde había caído. Escuchó voces de preocupación, el grito de una mujer y alguien que decía ¡cuánta sangre!.
El cielo se fue oscureciendo, poco a poco y las voces apagando. Supo lo que pasaba. No podía evitarlo. ¿A cuántos le estaría ganando en ese instante? ¿Millones? ¿Billones? Imposible de determinar. Pero le ganaba a muchos en la carrera que jugamos todos, camino a la muerte.

9 de noviembre de 2013

Cualquier cosa

Dicen que el cerebro humano puede hacer cualquier cosa si se lo propone. Cualquier cosa. Pero se necesita empeño, mucha práctica y decisión.
Durante años estuve encerrado en la habitación estudiando la manera, la forma de lograr mi propósito. Fueron horas y horas quemándome las pestañas, leyendo todo apunte que se me cruzara por delante, ensayando variantes, programando en la pantalla de mi computadora, buscando el éxito, el resultado óptimo que me permitiera finalmente descansar.
Y lo logré. El enigma había sido develado. Escribí el mensaje de texto con manos temblorosas. Conecté el celular al ordenador, le cargué el software y recién entonces, envié lo que había escrito.
Los datos viajaron encriptados en el tiempo y volvieron a rearmarse en un mensaje de texto diez años atrás. Lo supe porque en ese instante todo a mi alrededor desapareció y en su lugar, apareció una inmensa playa y junto a mí, sobre la arena, estaba ella, sonriéndome, como si la vida no hubiese pasado, como si los hechos hubiesen sido otros. Y es que, de repente, lo habían sido.
En mi mente el pasado apócrifo comenzó a desvanecerse, como un mal sueño que empezaba a ser olvidado. El último recuerdo era un mensaje de texto, algo borroso, que decía "no te suicides hoy mi reina, que en la vida no hay imposibles, juntos podemos hacer cualquier cosa". 

6 de noviembre de 2013

Escape bajo el sol

El sonido de las sirenas policiales no debían asustarlo. Los vehículos se oían distantes, perdiéndose en alguna ruta errónea, quizá en busca de pueblos cercanos. Los maizales, elevados al cielo, lo hacían prácticamente invisible.
Siguió caminando sin preocuparse por ser visto. El calor agobiante parecía rebotar contra la tierra y volver con mayor fuerza desde abajo. Con sus manos se abría paso en el sembrado. Las hojas y ramas del maíz laceraban de todas formas su cuerpo. La piel iba adoptando de a poco el color funesto de la sangre.
Por más que buscara con la vista algún claro que le indicara que estaba cerca de un camino alternativo o zona de monte, lo único que abarcaba con macabra resignación eran campos y más campos.
Maíz, soja, trigo, incluso alfalfa. Todos los cultivos del mundo parecían estar allí. Pero no divisaba gente trabajando la tierra, ni tractores o cosechadoras ocupando una porción mínima de aquella inmensidad. No podía precisar si esto era extraño o no, desconocía todo al respecto del campo, de sus épocas, sus horarios.
De lo poco que sabía, en realidad, era de hacer sufrir a otros. En eso era bueno. O al menos, lo intentaba. Ahora caminaba entre surcos donde habían sembrado soja. Algunas gotas de sangre iban cayendo a su paso y desaparecían de inmediato en la tierra, que absorbía con celeridad la humedad, necesitada de alguna lluvia providencial.
La última vez que había observado por encima del hombro no había encontrado rastros del maizal por el que había pasado un par de horas antes. Mucho menos, de los caminos que había cruzado. No sabía cuánto había avanzado, pero podía estar seguro que se había alejado lo suficiente como para poder pasar la noche sin sobresaltos.
Pero el atardecer se hacía esperar. El sol se mantenía recalcitrante en lo alto. Cada paso era un esfuerzo mayor. Los pies estaban completamente lastimados. Ahora anhelaba un calzado. La ropa no le importaba. Ni siquiera si más tarde refrescaba. Podía afrontarlo. Pero sus pies destilaban sangre en forma constante.
Miró hacia arriba. Todo era celeste. No había nubes que lo protegieran un instante. Tampoco árboles que le dieran un momento de sombra ni soplaba la más mínima brisa que le permitiera un respiro.
Volvió a estudiar el horizonte. Campos y más campos. El paisaje era siempre el mismo. Se estaba internando cada vez más en la llanura. Le extrañaba que nos sembrados continuaran. No veía caminos, ni estancias, ni maquinarias. Pero allí estaba el maíz alzándose, muy señorial, enfrentando al sol. O la soja, con su espléndor verde de cara al cielo. Lo mismo que el trigo y la alfalfa.
Supo que estaba perdido. El calor además le daba sed y dolor de cabeza. Pronto comenzaría a perder la razón, si es que no conseguía un lugar donde beber y descansar, a salvo de ese sol maléfico, carente de clemencia.
Creyó sentir las sirenas de los autos policiales. Observó hacia cada punto cardinal, buscando indicios de algún camino, de alguna salida. Pero solo vio lo mismo que venía viendo desde las últimas horas. Pero el ulular de las sirenas era real, podia sentirlo. E incluso, era cada vez más intenso. Como si el coche viniese marchando en los maizales linderos, oculto a sus ojos.
Pero no escuchaba el sonido del motor, solo las sirenas. Siguió caminando, ganando terreno. Si el vehículo estaba cerca, no podía dejarse atrapar, de ninguna manera. Sentía ahora el esfuerzo acumulado desde la noche, la tensión de las horas previas, el momento de la fuga.
Las piernas parecían dos postes de cemento, que apenas podía mover. Sus pies lastimados, respondían con lentitud a las órdenes. Tropezó un par de veces y no besó la tierra solo porque un resto de fuerzas en sus brazos logró evitarlo.
Avanzó lo que le pareció una eternidad, urgido por la necesidad de encontrar un lugar para descansar. Pero al levantar la vista, vio más de lo mismo. Entonces, enfurecido, gritó con bronca, insultando a viva voz al cielo y al infierno.
El desahogo lo dejó sin energías. Se rindió ante la naturaleza, hincando las rodillas en la tierra arada. El sol irradiaba calor con más persistencia y los sembrados habían intensificado su color. El celeste del cielo brillaba tanto, que se había tornado azul. Incluso el sonido había vuelto. Otra vez esas sirenas, clavándose como un puñal en sus tímpanos.
Se tapó las orejas con las manos y se dejó caer al suelo. Estaba a merced de la libertad, prisionero de un derrotero fuera de la ley del que parecía no poder escapar. Lloró como un niño, entre hojas de maíz y alfalfa.
Y a pesar de suplicar perdón, prometer redimirse, el día jamás dejó de ser día y los campos, dejaron de ser campos.

3 de noviembre de 2013

Escritor que atrasa

El señor de cabello ralo y entradas pronunciadas ingresó sujetando con fuerza bajo el brazo un maletín de cuerina marrón. Buscó un turno en la mesa de entrada y se acomodó en una silla, a aguardar que lo llamaran. Esperó cerca de media hora, sin apartar jamás la mirada de la pantalla luminosa, donde leds de color rojo le daban forma a los números que iban llamando.
Cuando llegó su turno, se puso de pie de inmediato. Caminó urgente los metros que lo separaban del mostrador. Un joven de aspecto desprolijo, pero a la moda, lo recibió con un saludo. El hombre no perdió tiempo y fue al grano.
- Vengo a registrar esta novela - dijo al tiempo que extraía del maletín de cuerina marrón un manojo importante de hojas, anilladas sobre el margen izquierdo.
El joven observó la primera página y luego miró al hombre que tenía adelante.
- ¿Rayuela?
- Si. ¿No le gusta el título?
- Es que ya existe un "Rayuela". La novela de Cortázar.
- Perdón... ¿de quién?
El muchacho sonrió y observó hacia sus compañeros, esperanzado que alguno hubiese escuchado la pregunta, pero todos estaban muy pendientes de las personas que atendían en sus trámites.
- Cortázar. ¿No le suena?
- No, francamente no. Leo muy poco, sabe.
- Claro. ¿Diarios tampoco? Digo, puede que lo haya leído, o bien oído nombrar en la radio o en la televisión.
- Creo que si hubiese escuchado algo de esa persona, me acordaría.
- Bien señor...
- Palacios. Wilmar Palacios.
- Palacios, bien. Mire, me va llevando este formulario, mientras voy llevando el original hasta otra oficina, que se encargan de mirar el trabajo.
- Perfecto, vaya nomás.
El empleado desapareció por una puerta al fondo. Wilmar, con letra prolija, fue completanto el papel que le había dejado el muchacho. Al cabo de unos minutos, volvió la persona que lo atendía.
- Siéntese señor Palacios, que ni bien terminen con la lectura preliminar, lo llamo para terminar el trámite.
La espera le pareció eterna. Se cruzaba de piernas, se descruzaba, colocaba el maletín vacío a un costado, luego encima, miraba la hora, jugaba con sus dedos, se rascaba la nuca. El tiempo parecía jugarle una broma, como siempre ocurre cuando uno quiere que los segundos corran más rápido y los minutos se rindan ante la inevitabilidad de su paso al olvido y apuren así su muerte.
Ensimismado en sus pensamientos, descifró casi por casualidad que en el aire se sostenía, cual fantasma, la palabra Palacios. Miró hacia el mostrador y el joven le estaba haciendo señas para que se acercara.
- Mire Palacios - el rostro ya no era el mismo de antes, ahora parecía distante, nada jovial - si lo que quiere hacernos es alguna clase de broma, le decimos que no estamos para perder el tiempo, esto es un registro y se trabaja con seriedad.
- Pero qué dice, joven. ¿Broma? He venido a registrar mi novela...
- Señor Palacios, le voy a pedir que se retire. Usted no ha hecho más que transcribir palabra por palabra la obra de Julio Cortázar. Debería darle vergüenza. Ni siquiera el título le ha cambiado.
- ¡Pero por favor! ¿Me acusa de plagiar a otro escritor? ¡Acaso está loco!
- Señor, me temo que el que no está en sus cabales es usted. Así que le repito, si puede retirarse...
- ¡Me trata de loco! Qué falta de respeto. ¿Plagio? Pero por favor... ¡quién es ese tal Cortázar que me ha quitado mi historia!
- Cortázar lleva muerto muchos años, así que no crea que le haya quitado nada.
- Mentira. De alguna manera me robó la novela.
- Claro, viajó en el tiempo.
- ¿Y por qué no?
El joven empleado ya no contestó. Le devolvió el original anillado, casi con lástima y llamó en voz alta otro número. El hombre de cabello ralo y entradas pronunciadas quedó delante del mostrador, con la boca semi abierta, sin saber que hacer. Finalmente, se retiró del lugar.
Ya en su casa, sacó el original del maletín y lo arrojó sobre la mesa.
- ¿Cómo me pueden haber robado mi historia? ¿Cómo?
Con paso tembloroso, se dirigió hasta la cocina y se preparó un café. Tenía el ánimo por el piso, no obstante, sacó de un viejo armario la máquina de escribir y la colocó sobre la mesa.
- Esto no me hará bajar los brazos, no señor. Y quitándose una lágrima de la mejilla, comenzó a escribir.
El título fue lo primero que las teclas machacaron sobre el papel. Y era un buen título, a su juicio: "Sobre héroes y tumbas".
Y con entusiasmo, arrancó a contar la historia.

31 de octubre de 2013

La luz de la luna

Tuvo una visión muy clara y luego despertó. Las sombras de su cuarto desdibujaban las paletas del ventilador de techo, que giraba a muy baja velocidad, moviendo el aire de aquí para allá. Apenas si escuchaba el sonido del motor, casi imperceptible. Estaba empapado, pero no tenía calor. Al contrario, sentía como si alguien le hubiese enterrado bajo la piel una enorme barra de hielo.
Dudó entre levantarse o seguir en la cama. Finalmente se sentó.
Miró la hora.
Volvió a vacilar en lo que haría a continuación. Juntó coraje y se puso de pie. Luego, casi obligándose a hacerlo, avanzó en busca de la puerta. El pasillo se le antojó desolador. Al final del mismo, podía ver como las luces azules y rojas penetraban como puñales por el ventanal del living. En medio de la noche, parecían carcajadas de un payaso diabólico.
Tanteó los cajones de un escritorio y sacó un revólver. La visión había sido muy clara. Con furia abrió la puerta y salió al jardín. Allí estaba la policía, desenterrando el cuerpo de Amanda, apenas iluminados por la luz de la luna. Allí estaban, sacando todo a la luz. A la luz de la luna.
Les apuntó y apretó el gatillo tantas veces como pudo. Pero los disparos solo resonaron en sus oídos, una y otra vez. Sin embargo, ningún policía se inmutó, ningún siquiera se percató de que estaba ahí. Siguió disparando hasta que alguien detuvo su mano.
Amanda le sostenía con fuerza la muñeca y entre gestos de dolor, suplicando piedad, dejó caer el arma. Desconsolado, se dejó caer sobre la gramilla húmeda, y llorando, enterró la cara en el barro.
Cuando la policía interrumpió en la habitación, estaba con la cabeza debajo de la almohada. Se había orinado encima.
- ¡Dejen de cavar en el jardín, dejen de cavar en el jardín! - gritó como un poseso, mientras se lo llevaban para interrogar.
Entonces, los uniformados buscaron palas en un cobertizo cercano y empezaron a cavar.
- ¿Por qué se habrá delatado solo? - le preguntó un joven oficial a un superior.
- Es que el crimen pugna por salir a la luz. Tarde o temprano lo hace, sin importarle las consecuencias.
En ese preciso instante, alguien gritó que habían encontrado un cuerpo. La luna, en su intensidad, acompañaba lúgubremente el momento.

28 de octubre de 2013

Minicuentos de fútbol "Mundial Brasil 2014" 2da parte

Comparto los últimos cinco microcuentos que participaron en el Concurso Internacional de Minicuentos de Fútbol "Mundial Brasil 2014" del sitio "Cuentos y más", donde obtuve una mención especial.
La consigna era no superar los 600 caracteres y comenzar con la misma oración.


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No ve el que no quiere ver

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 estaba allí, en la cancha. Vibré en cada pelota, me apasioné con cada canto, agoté hasta la última fuerza de las cuerdas vocales. Éramos muchos, pero éramos uno solo. Nos abrazábamos en un solo abrazo y gritábamos en un solo grito. Cuando el pitido final dijo basta, todos teníamos la piel celeste y blanca. ¡Qué me importa esta ceguera, no haber visto los goles, ni verlos jamás! ¡Qué me importa, si las emociones las vi con el corazón!


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En lo del vecino


El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 lloré como un marrano. Me abracé a la vieja y luego, cuando ella me alejó al grito de “no seas maricón”, me dejé caer en el piso. No me importó que los mocos cayeran sobre el frío cerámico, que el papel picado arrojado a la salida de los equipos se metiera en mis cabellos, ni que la alegría se confundiera con el llanto. Lloré como otros, en la distancia, en el tiempo. Creí oír susurros del 78, cánticos del 86. Pero eran estos gritos, iracundos, irreverentes, los que más escuchaba. Propios de un borracho meando en el patio del vecino. Propios del 14.

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¡Brasileiro, para você!

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 hice un curso acelerado de portugués. En vivo y en directo, televisión de por medio, no dejé un solo brasileño por putear. ¡Mas no seu idioma!

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De cabeza

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, más precisamente a las 16.54, con el sol a pleno, salté desde el techo de mi casa al suelo de baldosas del vecino. No fue algo adrede ni tampoco premeditado. Menos aún elegante, porque di con el marote. Digamos que fue necesario. Es decir, las promesas se deben cumplir. Si ganamos por penales hago algo impensado, había dicho esa mañana. Cuando el tiro del Pipita dio en el palo, me quería morir. Pero después, con Romero sacando todo, no tuve excusas. Recuerdo la carrera alocada y despertar en el hospital. ¿El resto? ¡A quién le importa!

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El mito
El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 fue el último día del planeta. El mito dice que fue a causa del grito final, tras el gol de palomita de Messi sobre la hora. Pero la verdad no tiene nada de pasional: el asteroide D-10-S impactó en el Polo Norte y todo se fue al carajo. Los que fuimos evacuados por la nave que secretamente la Nasa tenía preparada un año antes, recordamos ese día desde diferentes ópticas. A pesar del desastre, era la única persona sonriendo en aquel aparato espacial. Aquí en Marte todo es distinto y nadie juega al fútbol. El mito es mi explicación.

25 de octubre de 2013

Minicuentos de fútbol "Mundial Brasil 2014" 1ra parte

El sitio literario "Cuentos y más" organizó un nuevo certamen de microficción, en este caso de carácter internacional y con eje el próximo mundial de fútbol a disputarse en Brasil el año próximo. ¡Qué mejor combinación de letras y fútbol para motivarse y participar! Una gran alegría fue enterarme que uno de mis relatos fue galardonado con una mención especial.
El jurado, compuesto por los escritores y periodistas Juan Sasturain (Argentina), Santiago Segurola (España) y Mónica Maristain (México), seleccionó como ganadores a Lucía Cuch, Agustín Cámara, Ariel Cuch y Laura Nicastro. También otorgó menciones especiales a Francys Zambrano, Alejandro César Alvarez, Carlos Pablo Lorenzo, Ernesto Parrilla, Martín Gardella y Esther Beatriz Marinero.
Aquí la primera tanda de minicuentos con los que particié, incluyendo al premiado. En la web de "Cuentos y más" están todos los que obtvieron premios.
Aclaración, todos debían comenzar con la misma frase.


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El más grande
Mención Especial Concurso Internacional Minicuentos de Fútbol Mundial Brasil 2014

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 cometí el error más grande de mi vida. Entre la euforia con mis amigos, los festejos en la plaza del centro, el exceso de cerveza y fernet con coca, salí convencido camino a lo de Esther a pedirle matrimonio. Llegué pasada las diez de la noche, con un pedo pa’ veinte. La muy turra se aprovechó de mi estado y dijo que si, exultante de alegría. Para el otro día, lo sabía toda la ciudad. Alicia, mi novia de entonces, no me lo perdonó jamás.

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 Proeza

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 me presenté en su casa, decidido a todo. Si habíamos logrado esa proeza, con dos jugadores menos, Messi lesionado desde cuartos, lo que estaba en mis manos era nada comparado con lo que había hecho la selección. Le toqué timbre tres veces, uno por cada gol argentino. Cuando se asomó, le di un beso en la boca, sin darle tiempo...


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Hincha típico

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 y no cuando ganamos el Mundial de Rusia 2018, ni mucho menos, el día que alzamos la copa del mundo en Qatar 2022, fue que les dije que la Selección jugando así, ni en pedo ganaba el Mundial del 2026. Así que no me vengan con que no se los anticipé a tiempo.


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Por ellos, por todos

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 vi la nieve caer sobre Buenos Aires, el avión de Gardel en plena caída, a Borges sumiéndose en la ceguera, al Ché recostado sobre un sucio camastro, a multitudes gritando en las calles, humildes pidiendo con hambre, un pasado desquebrajado, jóvenes exiliados sin trabajo… y al mismo tiempo, en ese abrazo sosteniendo la copa, vi a todos bramando una sola voz, un solo vocablo, con presente, con futuro, diciendo repetidamente: ¡Argentina! ¡Argentina! ¡Argentina!

22 de octubre de 2013

Paredes adentro

Cada mañana escucho las bombas y luego el crepitar de las llamas. El viento parece traer los sonidos a la habitación, para que sufra en soledad. Escribo apuntes en mi libreta y me dejo descansar contra la pared, acostumbrado ya a los fétidos olores y la falta de higiene. De vez en cuando ellas salen y me hago un festín.

Calculo que es la tarde por la posición del sol, que apenas alcanzo a divisar entre los vidrios sucios y rotos de las ventanas más altas. Así está bien, no necesito mayores precisiones, con eso me alcanza y sobra. Nunca me pongo de pie, por miedo a las sombras. Eso me cuesta dolores difíciles de narrar, por lo que tengo que ejercitar mis piernas de alguna manera. La tarde se vuelve siempre un suplicio.

Es común que me sobresalten las ráfagas de disparos, muy entrada la noche. De todas formas, me cuesta dormir. Hacerlo, por otra parte, es arriesgar la vida. Al menos estando despierto, uno tiene tiempo para razonar. El rechinar de las maderas, también eriza mi piel. A eso, no puedo adaptarme. Me imagino en todo momento alguien abriendo la puerta y accionando el gatillo sin nada de piedad. Pero eso no sucede nunca y aún permanezco aquí.

El tiempo se vuelve una irrealidad cuando se hace imposible seguirle pisada. Y los hechos que suceden, ajenos a mis ojos, son una especie de realidad vedada, que no puedo apreciar. Creo distinguir ese mundo que va mutando paredes afuera, a través de los sonidos, los olores, los temores. El pasado inmediato que lejos está de abandonar mi cabeza, me dice que finalmente han ganado.

De vez en cuando cabeceo y el mentón cae sobre mi pecho. El estómago me gruñe, la boca se siente pastosa y la fiebre me arranca del suelo, llevándome consigo a parajes insospechados, muy lejos de este escondite. Solo cuando amaina, comprendo que ese viaje que ha sido una ilusión. Porque aún estoy en esta habitación sucia, de un edificio en ruinas, escondido de la muerte, de ellos, del planeta que se viene abajo día a día, noche a noche.

¿Sobreviviente? ¿Fugitivo? ¿Cuál es la diferencia? Pienso que alguna vez dejaré de comer las desprevenidas cucarachas y beber la poca orina que genero, y entonces todo terminará de una vez por todas. Quizá cuando me canse. Por ahora evito esa salida. ¿Qué sentido tendría entonces, todo lo hecho? ¿Esta triste supervivencia, recordando la frustrada revolución? Escribo apuntes en mi libreta, antes de perder la razón.


19 de octubre de 2013

La fortuna de Lucía

Me pidió que le comprara un número de lotería. Uno cualquiera. Ella trabajaba en el negocio de al lado y sabía que cada viernes compraba uno para mí. Le dije que recién podría dárselo el lunes. Sonrió y me dijo que no había problema alguno. Le advertí que sorteaba el domingo, que quizá ella quería... me interrumpió, me guiñó un ojo y repitió que no era problema.
Era bonita, claro que me atraía. Tendría que haberle insistido en ese punto, porque no tenía sentido tener un boleto de lotería sin saber cuál era el número. Más si el sorteo se realizaba antes que ella pudiera tenerlo entre sus manos. Una de las razones por la que jugaba, era por la expectativa que me generaba el sorteo. No me perdía por nada del mundo la televisación de ese momento donde el suspenso se ponía de acuerdo con el azar para brindar un espectáculo tan sencillo como fortuito.
Había comprado dos números correlativos. El terminado en 15 para mí, el que finalizaba en 16 para ella. Los primeros números coincidían. Eran de la misma serie. Los puse sobre el televisor, debajo de una imagen de la Virgen. Allí quedaron hasta el domingo, cuando volví del viaje. Comí algo y puse el televisor. A la hora del sorteo busqué los boletos. Contemplé los números y me serví un aperitivo. El ritual de cada fin de semana, que disfrutaba con disimulada alegría.
Apreté los puños y me dejé llevar por los bolilleros que aparecían en pantalla. Cuando llegó el turno del primer premio fui viendo como las bolillas armaban los primeros números de ambos boletos. En el penúltimo bolillero cayó un uno, en el último, un seis. Me estremecí. Miré el boleto sobre la mesa, miré la pantalla. Miré otra vez el boleto, luego una vez más el televisor.
El locutor lo repetía una y otra vez. Me puse de pie, me serví algo más fuerte que el aperitivo. No podría definir el instante. Cierto vértigo me bajaba de la cabeza al corazón y volvía, como siguiendo una ruta invisible muy dentro del cuerpo. Finalmente me desahogué gritando a viva voz. Era lo que por tantos años había estado aguardando.
El lunes no fui a trabajar. Tuve que hacer otro viaje, a la casa central de la lotería nacional. A ella le envié a través de un cadete el boleto, tal como le había prometido. Le puse en una nota: "Querida Lucía, elegí la terminación en 15 para usted, porque ante mis ojos, es una niña bonita. Y mire que fortuna la suya, que tiene premio por aproximación".
Total, cómo mierda se iba a enterar que el dinero gordo me lo quedaba yo, si esa mañana había presentado la renuncia por telegrama y no esperaba verla más en la puta vida.

16 de octubre de 2013

Zapatos, zapatos, zapatos...

Zapatos, zapatos, zapatos. Necesito zapatos. No es que no tenga, al contrario, tengo muchos pero ninguno me sirve. Es difícil de explicar. Porque tampoco son para usar. Sé que le parece confuso, pero no lo es. O si. Pero déjeme que le explique. Todo comenzó hace un mes cuando de la nada apareció Robertito. ¿Qué quién es Robertito? Si le cuento su historia, me quedo sin tiempo para contarle la cuestión esta de los zapatos.
Hacía calor. Recuerdo porque en la verdulería las empleadas que atendían se quejaban con las mujeres que hacían las compra. Había ido para hacerle un mandado a mi vecina, que se había caído y fracturado un pie. Estaba eligiendo zanahorias y tratando de no escuchar las quejas, cuando sentí una mano que se apoyaba sobre mi hombro. No era una mano fuerte, ni un gesto de provocación. Era un apretón afectivo, como hacía rato no recibía. Levanté la mirada sabiendo que encontraría un rostro conocido, pero créame que jamás esperé toparme con Robertito.
Nos fundimos en un abrazo y tras cruzar dos o tres palabras, dejé de lado las zanahorias y calabazas que me había encargado la vecina, y le propuse cruzar a la vereda de enfrente, al bar del Gallego. Entramos haciendo bullicio, como en los viejos tiempos. Claro que la barra de antaño ya no estaba. El Gallego levantó la vista de la última página del Diario Popular y miró hacia la puerta con desgano. Volvió a bajarla de inmediato, para seguir meditando sobre la mujer de la contratapa.
Nos ubicamos en la mesita de siempre, la que daba contra la calle, a la altura de la segunda ventana.
- ¿Un cafecito o una birrita? - le pregunté entusiasmado.
- No, pará, nada, dejá. Mirá, estoy apurado, de paso nomás. Te vi y supe que eras la persona indicada.
- ¿No vas a tomar nada entonces? ¿La persona indicada para qué?
- No, dale, escuchame. Prestá atención. Tengo un negoción entre manos.
- Che, pero contame por donde anduviste, que es de tu vida. Aparecés de la nada y ni siquiera me aceptás algo para tomar.
- Zapatos, Julián. Zapatos.
- Pará, que no te sigo. Que mierda tienen que ver los zapatos con lo que te estoy diciendo.
- Hay un conteiner de zapatos en el puerto. Anotá este número, es el número del remito para que los retires: Triple cero... anotá Julián, que es importante. Triple cero, dos, guión, cuatro, cinco ceros, nueve, ocho, tres, siete, ocho.
- Pero pará, que hago con este número...
- Andá a la aduana, llená el papelerío y alquilate un flete o algo, tráetelos para acá. Me tenés que hacer esta gauchada.
- ¿Y después te aviso? ¿Vos te vas a alguna parte ahora?
- Si, mirá, es largo de contar. Encargate de eso. Zapatos. Acordate Julián, zapatos.
Robertito se puso de pie, me volvió a apretar el hombro y se fue. Quedé solo con la mesa vacía ante mis ojos, buscando con la mirada un indicio de la mañana a través de la ventana, que lentamente remitía vencida por la llegada del mediodía. El Gallego me tiró el diario sobre la mesa.
- Tomá, mirate los resultados de la quiniela. Que después viene el Zurdo y se lo lleva a escondidas el boludo.
Tomé el diario y le di un vistazo. Para cuando salí, la verdulería había cerrado. Agarré dos zanahorias en dudoso estado que había dentro de un cajón con verdura para tirar y me volví a casa. Le dije a mi vecina que calabaza no había y zanahoria era lo único que le quedaba, que hasta la tarde no llegaba mercadería fresca. Se quejó del dueño de la verdulería y se metió dentro de su casa, ayudada con las muletas.
A la mañana siguiente me fui a la aduana. Me tuvieron esperando una hora. Les di el número de remito, buscaron vaya a saber qué en la computadora y luego me alcanzaron varias planillas.
- ¿Ya tiene el transporte? - la mujer que me atendía vio mi negación con la cabeza y prosiguió hiriendo los oídos con su voz de pito - Si no lo tiene, aclare que tiene que retirar el contenido en los próximos días. Recuerde que tiene dos semanas, luego comenzamos a cobrarle estadía.
Asentí, al tiempo que internamente me cuestionaba las razones por las que había aceptado con tanta facilidad darle una mano a Robertito, a quién hasta la mañana anterior, no veía desde hacía años.
Comprendí al llegar a casa que no tenía manera de contactarlo para avisarle que había ido a la aduana. Caminé por el barrio, sabiendo que era inútil llegarme hasta la que había sido su antigua casa. Se había mudado mucho tiempo atrás y la casa la habían derribado para poner departamentos de dos pisos.
Pero le confié a esa caminata una especie de fe mística, un intento de lograr que en mi mente, abriéndose paso a machetazos, se hiciera presente alguna idea sobre cómo seguir adelante. Terminé como siempre, en el bar del Gallego.
- ¿No lo viste a Robertito hoy?
El Gallego levantó sus gruesas cejas, sobre las cuales bien podría sostener una botella de Gancia, y me miró como quién mira a un estúpido.
- Hace diez años que no lo veo. Todavía me debe las últimas cinco cervezas que se tomó. Ya voy a volver a pagarte, me dijo. Minga que volvió.
- Gallego, si ayer entró conmigo.
- Decime Julián, ¿vos le estás dando al chupi otra vez? Ayer te quedaste como un pelotudo en la mesa hasta el mediodía. Solo.
- Me quedé hasta el mediodía solo, pero cuando entré, llegué con Robertito. ¿Tenés alzhéimer? Boludo, entramos a los gritos.
Ahí nomás el Gallego me sacó el vaso que había colocado en la barra, con la intención de invitarme un trago, como era su costumbre cuando estaba de buen humor y ganas de charlar.
- Ni en pedo te doy de tomar, no sé con que desayunaste hoy.
Me fui contrariado del bar. Me crucé más tarde con dos amigos, Pepe y Saldívar y les comenté de la visita fugaz de Robertito. Se sorprendieron a más no poder. Ninguno sabía que era de la vida del viejo compañero de salidas y rondas de alcohol. Les conté también del episodio con el Gallego y se rieron de lo lindo.
- Está gagá, a veces si no le pegás el grito, ni cuenta se da que estás esperando en la mesa.
Recién a la semana pude conseguir un flete. Para mi sorpresa, la carga era gigantesca. Tuvo que hacer siete viajes para llevar todo lo que había en el conteiner hasta mi casa. Eran bolsones repletos de zapatos, de la clase que uno pueda imaginarse. Ocupé todo el garaje.
Esa noche me senté delante del amontonamiento de bolsas y mate en mano, reflexioné sobre el asunto. No saqué ninguna conclusión. Finalmente, ya el agua fría, desistí de seguir cebando y me puse en acción. Me dirigí hacia el bolsón más cercano y lo abrí.
Los zapatos eran usados. Algunos tenían las etiquetas internas en otros idiomas. Parecían ser parte de una compra alocada hecha por un coleccionista a lo largo de todo el mundo. Pero no podía entender el motivo, ya que ni siquiera encontraba similitud alguna entre los zapatos. Todos eran calzado de hombre, pero la variedad era infinita, si es que esa condición puede aplicarse al rubro.
En el umbral de mi falta de entendimiento, vibró el celular. Siempre lo tengo en vibración, porque me molesta el sonido de los timbres que tiene el aparato. Lo había dejado sobre la mesa de la cocina. Lo sostuve apenas un par de segundos delante de los ojos para ver el número que llamaba. Era "número desconocido" y en riesgo de caer en las garras de un telemarketer, contesté.
- Julián, habla Robertito.
La voz de mi amigo me tomó por sorpresa. ¿Cómo es que tenía mi número, si ni tiempo me había dado la semana anterior en dárselo?
- Robertito, que sorpresa. Estaba pensando en vos, justamente. Tengo en casa todos los bolsones.
- ¡Bien, muy bien Julián! Ya te dije, zapatos, zapatos.
- Si, zapatos. Muchos zapatos.
Reímos los dos, como en los viejos tiempos.
- Escuchame Julián, prestá atención, que es importante.
- Te escucho.
- Tenés que buscar en esos zapatos la forma de sacarme de dónde estoy. Por ahí no me crees, pero la cuestión es que estoy atrapado en otro mundo. Sé que es jodido para creerlo, pero es así. Me están ayudando unos hoggies a comunicarme con ese lado, pero no es fácil. Cuento con pocos minutos por vez y a través de distintas vías. La otra vez fue una aparición muy débil y ahora este llamado. Pero no sé si voy a poder comunicarme otra vez.
Para entonces, estaba sentado en el suelo del garaje, a lo indio, con las piernas cruzadas. Era la posición que de chico empleaba cuando me quedaba solo en casa y tenía miedo. Por alguna razón, pensaba que así estaría más protegido.
- ¿Qué tengo que buscar? - fue lo único que dije, como si el resto de lo que me había dicho, hubiese sido una abstracción, algo menor.
- Un trevor me jugó una broma y escondió en un zapato de hombre un dispositivo con forma de papel, con el que puedo regresar a nuestra dimensión. El problema es que puede ser cualquier zapato del planeta, porque los trevors no tienen miramientos cuando se divierten. Hace cinco años que estoy rastreando, gracias a mis amigos hoggies. Ese cargamento es el último que pude juntar. Necesito que busques en cada zapato.
- ¿Y si no está ahí?
- Seguí buscando Julián, seguí buscando. Donde veas un zapato, revisá. Si para dentro de dos meses no encuentro nada, la puerta se cerrará definitivamente. Y la verdad, quiero volver. Aquí es muy seco.
- ¿Muy seco qué, Robertito?
La pregunta fue en vano. Ya no volví a escuchar su voz. La comunicación se había cortado.
Terminé de inspeccionar cada zapato de ese cargamento hace cinco días. Fue una tarea que, pensé en un momento, sería interminable. Pero en realidad, fue un esfuerzo semejante al de sacar un balde de agua del océano. ¿Sabe usted cuántos pares de zapatos existen en el planeta? Estuve sacando cuentas y sinceramente, no creo que quiera saberlo. ¿Comprende ahora por qué le pedí que me dejara entrar en medio de la madrugada a este negocio que usted tiene de zapatos usados? Bueno, si, es cierto, no le pedí, sino que le exigí a punta de pistola. Pero ya ve, soy inofensivo. Todo lo que hago, lo hago por Robertito. Y no pienso robarle ni un solo cordón, tan solo quiero revisar y si encuentro lo que necesito, le compro el par. Así que si me permite, empiezo a buscar. Usted no se mueva de ahí. Mire que está cargado.
Zapatos, zapatos, zapatos...


13 de octubre de 2013

Un gran día (5ta parte)

¿Cuál es la conexión entre tantas muertes? ¿Cuál es el fin de crear caos, de despertar el espanto, de generar temor? ¿Cuál es la razón de matar?
Si tuviese que buscar respuestas, ahora que un celular me ha cambiado la vida, diría que no las hay. Porque por más que las elabore, ninguna encerrará la verdad absoluta. Siempre las causas quedarán escondidas a la razón.
Cuando ella dijo "dos", ya había sacado el revólver de la bolsa.
Cuando ella dijo "uno", sentí que el mundo tal como lo conocía, había acabado. Una fuerza extraña, dominaba mi brazo. Una encrucijada casi irreal entre moral, ética y responsabilidades. Todo lo que me habían inculcado, lo cubría ahora un pantano de locura. El "uno" sonó en mis oídos como una estampida.
Entonces, dejé de pensar.
Estiré mi brazo, lo puse a altura de los ojos y apreté el gatillo. El estruendo permaneció en el aire varios segundos. El cuerpo del intendente, sin embargo, se desplomó casi en un parpadeo. No obstante, alcancé a ver antes la sangre dibujarse en su pecho.
El muchedumbre se desbandó, atemorizada. Fue tal el descontrol, que nadie reparó en el revólver en mi mano. Miraban hacia arriba, creyendo que algún francotirador estaba apostado en lo alto de algún lugar remoto, apuntándoles a la cabeza.
Pero las fuerzas policiales si repararon en mi presencia. Al menos, dos efectivos desenfundaron sus armas y apuntaron. Aunque jamás alcanzaron a oprimir el gatillo. Fueron alcanzados por sendos disparos, perpetrados desde algún recóndito lugar.
Me perdí entre la multitud que escapaba. Me cuidé de no dejar caer el revólver. Ahora tenía mis huellas dactilares. Lo guardé entre mis ropas, mientras escapaba del lugar. En ningún momento dejé de sujetar con firmeza el celular. Solo cuando me sentí a salvo, bastante lejos del municipio, miré la pantalla.
La conversación se había cortado. Instintivamente agaché la cabeza y rogué que sonara de inmediato, para evitar más muertes.
Pero no hubo disparos que derribaran a las personas que deambulaban cerca de donde estaba. Tampoco una nueva llamada.
Miré extrañado aquel aparato. Estaba agitado y confundido. Aunque parezca raro, quería que llamara. Busqué en el registro y siempre aparecía "número desconocido". Revisé los contactos, pero la lista estaba vacía. El celular era otra vez un celular. Caro, de alta gama, una tentación del destino. No lo dudé. Lo dejé caer y primero con miedo y luego con prisa, me alejé del lugar.
Caminé sin sentido durante dos horas. Me decidí regresar a casa muy entrada la noche. Estaba asustado, hambriento y colmado de dudas. ¿Me estaría esperando la policía? ¿Estarían ellos, los que me habían hecho vivir una pesadilla todo el día, apuntándome para matarme? ¿Estaría seguro en casa?
No encendí ninguna luz. Me acurruqué en un rincón de la habitación, dejando que la oscuridad fuera la única compañía posible.
Me dormí sin darme cuenta. Desperté algunas horas más tarde, en la misma posición, pero mojado. Me había orinado. Recién entonces prendí la luz del velador. Lloré un rato, desconsolado. Me cambié de ropa y puse la televisión.
Era tarde y apenas si encontré imágenes de lo sucedido. Las pocas noticias transmitían impotencia y pánico. Daban cifras de muertos mientras se preguntaban si las tragedias tenían relación entre si. Lo apagué. A duras penas, llegué a la cama. Miré la hora y ya había pasado la medianoche.
El día había terminado. Pensé que nunca sucedería. ¿Que pasaría al despertar? No me importaba. Dejaría ese día atrás, si acaso eso era posible. Buscar razones era meter las manos en las entrañas de un cadáver aún tibio.
Como me había dicho la voz desde el otro lado de la línea, el azar era la pieza clave de un engranaje que jamás comprenderíamos.
Apagué la luz y me entregué al sueño. Rostros anónimos ensangrentados vinieron a mi una y otra vez. La pesadilla no terminaría jamás. La muerte posee una señal que jamás se corta.

10 de octubre de 2013

Un gran día (4ta parte)

Esta vez no huí. Quedé estático ante la escena. La gente comenzaba a agolparse con la intención de ayudar. Temí acercarme. Era culpable por haberme desmayado. Permanecí del otro lado de la calle. Casi de inmediato llegó un camión de los bomberos y dos vehículos policiales. La voz advirtió en un susurro:
- Ni se le ocurra Martín hablar con ellos.
- Las reglas - dije como un autómata.
- Exacto, las reglas. Usted las respeta y nadie muere.
Medité sobre aquella severidad. Era injusta. No tenía poder alguno sobre el alcance de las antenas. No podía pretender sentirme bien con lo que estaba viviendo. Estuve a punto de decirlo, pero me contuve. No tenía sentido. Como todo lo que estaba sucediendo desde el momento en que levanté del suelo el maldito celular.
- ¿Qué tengo que hacer ahora? - pregunté.
- Esperar.
- ¿Esperar? ¿Qué debo esperar?
- Los hechos. La sucesión de los mismos. Uno no puede planificar todo, Martín. El azar es el elemento clave en nuestra existencia. ¿Podemos controlarlo? ¿Puede usted controlarlo, Martín?
- ¿Desde dónde disparan? ¿Por qué no se dejan ver? ¡No sean cobardes!
Una mujer que caminaba cerca miró hacia donde estaba. Había elevado la voz. Era el único en veinte metros a la redonda que no le prestaba atención al rescate de los heridos del colectivo cuyo chofer se había estrellado minutos antes.
- Quiero que esto termine - supliqué - ¿Qué tengo que hacer para que el próximo disparo sea justo a mi cabeza?
No hubo respuesta. El silencio me acompañó los siguientes minutos. La llamada aún seguía estable. Busqué el amparo de una garita y me senté. A pocos metros, de manera incansable, los rescatistas ayudaban a la gente que viajaba en el ómnibus. Habían llegado los canales de televisión, que buscaban de manera desesperada testigos que pudieran narrar lo sucedido.
La sucesión de los hechos. Eso había dicho la mujer. Eso es lo que estarían reflejando los medios de comunicación desde hacía un par de horas. Tratando de relacionar las tragedias que habían sacudido la ciudad de manera tan repentina como asombrosa y macabra.
Nadie se imaginaba, del mundo de personas que se paseaban delante de mis ojos, que esa persona que los contemplaba desde la garita pudiera tener algo que ver. Quizá creyeran - si es que alguien había reparado en mi presencia - que se trataba de una persona golpeada por lo sucedido, a quien la trágica escena había hecho mella en el espíritu.
Un muchacho de unos veinte años se sentó a mi lado. Miró su reloj y luego hacia el otro lado de la calle. Finalmente me miró y largó la pregunta que lo tenía a mal traer.
- ¿Sabe si pasará el colectivo? Digo, con el accidente este. Ya veo que no pasa. Me mato.
No supe que decirle. Hizo un gesto de incertidumbre con los hombros, y miré hacia otro lado. Estaba en silencio, con el celular en la oreja. A la vista de otros, un loco, que no tiene otra que hacer. Desde mi lugar, la diferencia entre la vida y la muerte. No la propia, sino la ajena. La que pesa sobre los hombros, la que nunca dejará de visitarme en las noches de insomnio.
- Martín Balbastro, quiero que vaya hasta el centro de la ciudad.
La voz de la mujer me estremeció una vez más. Sentí dolor en el estómago, casi de inmediato. Me puse de pie y me alejé del lugar. Un policía me hizo señas que siguiera mi camino, que no me acercara hasta el lugar del siniestro. No lo pensaba contradecir.
- ¿Hasta que parte del centro de la ciudad?
- Al municipio.
- ¿Y allí todo termina?
No tuve contestación. El distante sonido de papeles, de alguien tomando notas.
- Vaya por la avenida, por la vereda impar.
¿Debía extrañarme ese pedido de precisión en la ruta? Quizá si. Al menos, debí suponer que algo debía esperarse. De la misma manera que el hecho de aproximarme hasta el punto de destino, significaba algo más que cumplir una orden.
Y si bien la señal no se cortó en todo el trayecto, la muerte ya estaba asegurada. Lo presentía. No importaba si la llamada se caía o no. Le volarían a alguien los sesos y luego llamarían de nuevo Pero no era es muerte la que ahora me preocupaba.
A dos cuadras del municipio la mujer me recordó lo importante de cumplir las reglas. El que no pronunció palabra alguna esta vez fui yo. Si buscaba una provocación, no obtendría nada de mí. Seguí caminando, sabiendo que lo que vendría luego, sería peor que todo lo previo.
- Cuando pase por el cesto de basura de la esquina del municipio, acérquese, levante la tapa y tome la bolsa roja.
Suspiré profundo. Se me hizo un nudo en la garganta. En ese instante deseé con ganas que la llamada se cortara. Tiraría el ceular y huiría corriendo. No me importaría nada, ni que mataran a decenas de personas, ni que luego me mataran a mi. Cualquier cosa, a cambio de tener que tomar la bolsa roja.
Levanté la tapa y no necesité hurgar demasiado para encontrarla. Allí estaba, pulcramente colocada, desentonando con el resto de los elementos esparcidos con indiferencia en aquel sitio.
La tomé. Palpé el bulto sin la menor sorpresa.
- Con cuidado, saque el arma que está dentro de la bolsa.
La mujer pronunció cada palabra con cautela. Probablemente para que no hiciera ninguna locura, como pegarme un tiro.
- ¿Está cargada? - pregunté.
- Lo está. Pero escúcheme, Martín Balbastro. La va a utilizar en diez minutos. Pero tiene prohibido usarla para suicidarse. Si lo hace, quiero que sepa que de la misma manera que hemos eliminado personas desconocidas para usted, podemos hacer lo mismo con gente que conoce.
- Son unos hijos de puta. Si pudiersa usar el arma contra ustedes, juro que les...
- Martín, guarde esa furia. Y deténgase, está frente al municipio.
Me detuve, presa del odio. En ese momento no me di cuenta que sabían exactamente mi posición. Aunque quizá de haber reflexionado sobre sus palabras, hubiese sospechado del sistema de gps del celular. Miré el edificio del municipio y vi apostado en las escalinatas a todos los canales de televisión de la zona. Una multitud rodeaba una especie de improvisado escenario, donde se destacaba un micrófono de pie y detrás del mismo, la figura del intendente y sus asesores más cercanos.
- Ahora va a usar ese arma y matará al intendente. Intente no fallar. No se preocupe por la represalia de las fuerzas de seguridad, estará bien cubierto por nuestros tiradores.
- ¡Por qué no lo matan ustedes! ¡No entiendo!
- Se lo estamos pidiendo a usted, Martín Balbastro. ¿Acaso no levantó el celular del suelo? ¿Pensó que las casualidades no tienen precio? Nuestro costo es alto, Martín. Ahora prepare el arma y dispare. No tenemos todo el tiempo del mundo.
- No voy a disparar...
-Cinco segundos Martín, o elegimos nosotros una víctima inocente.
- No, no van a lograrlo.
- Cinco.
- No.
- Cuatro.
- Tres.
- ¡Maldición, no!
- Dos.

(continuará...)

7 de octubre de 2013

Un gran día (3ra parte)

Dejé la plaza atrás y también el caos, que estaba convirtiéndose en un acompañante nada deseado. Sin embargo, un torbellino se desataba en mi cabeza. No podía evitar pensar en nuevas tragedias. Como tampoco quería observar la pantalla del teléfono, temiendo que las líneas de la señal disminuyeran hasta desapacer.
No recuerdo bien en que instante hice una de las preguntas que hasta el momento intentaba evadir.
- Voy a necesitar cargar el celular, no creo que tenga batería para mucho más.
Del otro lado la voz de mujer no me respondió. Pensé que había encontrado una brecha en el maléfico plan, que la posibilidad no había sido contemplada. No sé bien que creí en esos diez segundos de silencio, pero la sensación de alivio que de pronto me había invadido, creyendo tontamente que se suspendería el juego, se desmoronó con la misma fragilidad que lo haría un castillo de naipes.
- Tendrá que encontrar la forma, Martín. Usted ya lo sabe, si por alguna razón se corta, una persona muere. Si usted no vuelve a atender, morirá alguien cada treinta segundos. Le conviene ir pensando la manera de cargarlo.
Tenía que ser un chiste. Uno de muy mal gusto. De humor negro. Miré alrededor, intentando primero orientarme en que parte de la ciudad estaba. Divisé una avenida y caminé hacia allí.
- Voy a buscar una tienda de celulares - avisé. La mujer no me contestó. Miré la pantalla pensando que se había cortado.
Alcancé a ver el cartel de una empresa de telefonía celular a una cuadra. Suspiré. Allí podría comprar un cargador. Miré el modelo del teléfono. No me iba a salir nada barato. Me sobresalté un segundo, temiendo no llevar dinero encima. Pero recordé que tenía la tarjeta de crédito.
- ¿Piensa entrar a un comercio? - preguntó la mujer.
- Necesito comprar un cargador. Será solo un minuto - supliqué.
- Cualquier intento que haga para engañarnos, será castigado - la voz se mostró firme y no vaciló en ningún instante. Pero no me asustó. Sabía que no mentía.
El local comercial anterior al de celulares era una casa de turismo. Tenía un afiche enorme, con la imagen de una excursión en un rápido de montaña. Me metí a comprar el cargador. Para mi suerte tenían de ese modelo.
Salí rápidamente, con el fin de evitar cualquier tipo de enojo. Volví a mirar el afiche. Se me ocurrió entonces un nuevo paso en falso. El agua me transportó al río, que estaba a menos de cinco cuadras de distancia de donde me encontraba. Podía dirigirme hasta allí y buscar una zona apartada, donde no hubiese nadie. Y allí cortar la comunicación. A lo sumo intentarían dispararme a mi. Podría entonces arrojarme al río. Era buen nadador. En pocos minutos estaría lo suficientemente lejos como para que no pudieran matarme.
¿Suficientemente lejos de qué...? El pensamiento me abordó de golpe. ¿Desde dónde disparaban? ¿Cómo era posible que estuvieran al tanto de cada movimiento? No había ningún edificio o estructura que pudiese servir a ese propósito. ¿Tenía oportunidad alguna si seguía adelante con el plan de ir hacia el río?
Dudar no me sacaría del problema. Retomé el camino anterior, sin recibir ninguna orden contraria. Eso era bueno, al menos de momento.
La mujer hablaba cada tanto. Me recordaba las reglas, los riesgos, los costos de un movimiento en falso. Por momentos mi mente se empeñaba en hacerme creer que sabían hacia donde me dirigía. Luchaba contra esa idea, me decía que era imposible. Aunque a esa altura del día, pocas cosas podían llegar a resultarme imposibles.
Ahora me contaba que los medios de comunicación estaban transmitiendo desde los sitios donde habían ocurrido los tiroteos. Su voz era afable en ese momento, parecía estar contenta con lo que veía y seguramente, lo estaba. Decía palabras como "perplejos", "consternados", "horrorizados" y entendí que eran los términos que estaban utilizando en los canales de televisión para describir el tétrico cuadro que estaban mostrando al sorprendido público.
Pensé en esa gente que había visto caer. En sus vidas, sus historias. Quise incluso ponerle un nombre a cada uno. La imagen de la niña en patines, con el cuero cabelludo regado en sangre, se paseaba por mi retina como un cruel fantasma.
- A medida que se acerque al río irá perdiendo señal, Martín. No creo que sea buena idea.
Lo dijo de modo casual, pero de todos modos me estremeció. ¿Sabía lo que tenía en mente? ¿O simplemente era una advertencia a sabiendas que la señal se perdía en esa zona? Meditaba sobre eso cuando se perdió la comunicación. A media cuadra tenía el río. Podía verlo brillar allí donde el sol reposaba su luz. Ondulante, por el viento picaresco que se empeñaba en mecerlo. Una brisa inquieta recorría las cercanías. Allí estaba el río y al mismo tiempo, otra vez la realidad, o mejor dicho, la normalidad desaparecía ante mis ojos. La señal se había cortado.
Miré hacia un lado y otro. No había nadie. Tuve más miedo que nunca. ¿Al no haber una víctima cerca, me dispararían a mi? Tarde pensé en refugiarme. Entonces resonó el disparo. Escuché un grito y miré hacia arriba. En un quinto piso una mujer tambaleaba en el balcón. Se quiso asir de la baranda en un último acto pleno de instinto, pero cayó hacia delante, hacia el abismo mismo. Fue cuestión de un cerrar y abrir de ojos. El sonido del cuerpo al chocar contra el cemente fue estremecedor.
Habían encontrado a su víctima. Una mujer en el balcón, quizá regando sus plantas. Miré la pantalla. No tenía señal. Comencé a correr en la dirección que había llegado. Miré hacia atrás, el grito había alertado a vecinos y ahora la gente salía a la desolada calle. Quería gritarles que se metieran dentro, pero el tiempo corría.
Había recorrido una calle y media cuando escuché la segunda detonación. No miré hacia donde estaba la gente, supe que alguien más había sido abatido. Sentí más gritos, el pánico había llegado al barrio. Seguí corriendo y entonces, el teléfono volvió a llamar.
Atendí sin dejar de correr.
- Le advertí, Martín Balbastro. Cerca del río no hay señal.
- ¿Cuándo va a terminar esto? ¿Cuándo? - me dejé caer contra una pared, deslizándome con la espalda sobre el ladrillo rojo. Estaba a punto de llorar. Quería rendirme.
- ¿Se quiere rendir, Martín? - súbitamente levanté la vista, tenía que haber sido una coincidencia, no podían también leer mi pensamiento. No era posible.
- Quiero saber cómo termina. Dígame que tengo que hacer para que termine.
- Eso depende de usted.
No entendí la respuesta. Ni siquiera pude procesarla. En ese momento empecé a ver pequeñas manchas negras y luego, todo oscureció. Si no fuera porque el celular cayó de mis manos y al caer al suelo se cortó la llamada, no sé que tiempo habría estado fuera de combate.
Me despertó el disparo y el estruendo del colectivo al incrustarse en el frente de una panadería que estaba cerrada. Al abrir los ojos, vi el cuerpo del chofer caído sobre el volante.

(continuará...)

4 de octubre de 2013

Un gran día (2da parte)

La ambulancia ganaba paso entre los coches que marchaban más lento, mientras sus sirenas destrozaban los tímpanos y sus luces encandilaban a quienes la observaban pasar. Más atrás, a una calle o calle y media, venía otra.
Podía ver los rostros asustados detrás de los parabrisas de los vehículos que les daban paso. Ignoraban que sucedía más adelante, pero sospechaban de algo grave. Había mucho movimiento, gente escapando por las veredas. Yo también iba en dirección contraria a los hechos, pero no corría. No debía hacerlo. La voz de aquella mujer me obligaba a manejarme con cuidado.
Y mientras avanzaba, sin saber hacia donde, rezaba para que la llamada no tuviera ningún nuevo inconveniente.
- Siga caminando Martín, nosotros le diremos cuando detenerse.
La mujer seguía allí. Por momentos hacía silencio, se escuchaba el sonido de papeles, de una lapicera tomando notas, y luego, otra vez hacía vibrar las cuerdas vocales, desplegando alguna oración que me tenía como destinatario.
- Recuerde Martín, que si la llamada se corta, alguien muere.
Asentí. Lo sabía, lo había visto, no me quedaba la menor duda que sería así. Me embargaba una impotencia enorme. Por cada vez que se cortaba, alguien moría. Entonces fue que se me ocurrió la idea. Exigía un sacrificio, pero le pondría fin. Cortaría la llamada, alguien moriría, pero ya no volvería a atender. Dejaría que suene, o aún mejor, arrojaría el aparato lejos.
Tenía que encontrar el momento o bien, esperar a que la señal se perdiera una vez más. Rogaba que sucediera lo segundo. Sería como en el juego de la silla, cuando la música se acaba, encontrando por sorpresa a uno cerca o distante de la silla.
Sin embargo, me decidí a terminar la llamada cuando pisé la vereda de la plaza. Había mucha gente, si querían matar a alguien, podrían hacerlo entre la muchedumbre. En medio de la dispersión arrojaría el teléfono y huiría para siempre de aquella pesadilla.
Apreté el botón rojo del teclado pero sin alejar en ningún momento el celular de la oreja. No quería que vieran que lo había apagado. Fue instantáneo. El disparo pareció pasar delante de mis ojos, como una ráfaga. Una chica que andaba en patines quedó desparramada en el suelo, con un gran manchón rojo entre sus cabellos castaños.
Ese era mi momento. Tiré el celular dentro de un recipiente para la basura y salí corriendo, mezclándome entre la gente que corría escapando del lugar, agachando infantilmente la cabeza como si con ese simple gesto quedaran protegidos de un posible balazo.
Entonces, escuché otra detonación y una señora que apenas podía apurarse, porque empujaba un carrito de las compras, cayó a un metro de donde estaba.
De inmediato, otra estampida de gente. Y un nuevo disparo. Un niño con delantal de la escuela, quedó tendido a mis pies. Me paralicé. Miré para todos lados. Nadie sabía hacia donde correr. Un coche policial se detuvo al borde de la vereda. Me acerqué a ellos, con el deseo de contarles lo que estab ocurriendo y de pronto, el uniformado que salía del vehículo estalló (su cabeza) en un millar de diminutas gotas de sangre.
Aquello estaba sucediendo porque había abandonado el celular. No había otra respuesta. Quería gritar, pedir auxilio, pero estaba solo, en el sentido que si quería detener lo que estaba pasando, debía correr a buscar el teléfono.
Mis piernas doblegaron el esfuerzo, a pesar que los pulmones clamaban por piedad, a punto casi de explotar, sobreexigidos. En el apuro, me equivoqué de cesto de basura y un hombre mayor, que se había apoyado en un árbol buscando refugio, pagó las consecuencias con un tiro entre los ojos.
Divisé el lugar donde lo había tirado y corrí con mis últimas fuerzas. A medida que me acercaba, podía escuchar que estaba sonando. Me abalancé sobre la basura, metí medio cuerpo dentro del tacho y agarré el celular. Contesté en una fracción de segundos.
- ¡Basta! ¡Basta por favor! - grité con un hilo de voz, dejándome caer sobre el césped húmedo. Vi entonces que tenía sangre en mis pantalones, manchado con la sangre de alguna de las víctimas.
- Ahora sabe, Martín Balbastro, lo que sucede si usted abandona el celular. Hasta que no lo conteste, seguiremos matando gente a razón de una cada treinta segundos. ¿Entendió?
Cerré los ojos, había dejado de ser una pesadilla, era el infierno mismo.
- Repito ¿Entendió?
Querían una respuesta y yo solo quería dejar de existir.
- Si - contesté, y a pesar de querer insultarlos, demostrarles mi ira, guardé silencio.
- Se corta la llamada, alguien muere. Si no contesta, alguien muere. Todo depende de usted, Martín. Téngalo en cuenta.
A duras penas, de la peor manera, acababa de comprenderlo.

(continuará...)

1 de octubre de 2013

Un gran día (1ra parte)

Creí que sería un gran día, porque había comenzado de la mejor manera, al encontrarme un celular de alta gama tirado en la calle. Sabía que lo correcto hubiese sido preguntar en los comercios de la zona para saber si alguien lo estaba buscando o bien, dejar mis datos por si lo reclamaban. Pero lo correcto no siempre es lo que uno desea hacer.
El teléfono tenía todas las funciones que pudiera imaginarme. No sabía cuánto podía salir un equipo así, pero de algo estaba seguro: ni ahorrando cinco años habría tenido uno igual en mi poder. Ese fue uno de los motivos por los que decidí quedarme con el aparato.
Pero ese día, que había comenzado con tanta felicidad, pronto iba a deparar malas noticias. Y como se imaginarán, la causa sería el propio celular.
La cadena de fatalidades comenzó cerca del mediodía, al salir de la oficina con motivo del almuerzo. El celular, que ocupaba entonces un lugar preponderante en el bolsillo del pantalón, comenzó a sonar. Lo extraño, lo raro, es que en ese instante no alcanzaba a comprender cómo era posible eso, si lo primero que había hecho al guardar el teléfono, había sido sacarle el chip.
Miré la pantalla y decía "número desconocido". Dudé entre contestar o no, finalmente cometí el primero de tantos errores. O mejor dicho, el segundo, dado que el primero había sido recoger ese celular de la calle.
- Buenos días, ¿con quién tengo el gusto? - preguntó una voz femenina.
Volví a dudar. Responder o no responder, esa era la cuestión. Debí haber permanecido callado o cortar la llamada de inmediato. Aunque es probable que nada de eso hubiese servido.
- Martín Balbastro - contesté, sin mentir ni ocultar información.
- Estimado Martín, el celular que usted tiene en sus manos no es un celular común - dijo la mujer.
Pensé que hacía referencia al modelo, al costo del mismo, a cualquier cosa, salvo a lo que tenía reservado para decirme.
- Ese celular, Martín Balbastro, es la diferencia entre estar vivo y estar muerto. Si por ejemplo, usted ahora detiene esta conversación o por algún motivo externo, la comunicación se corta, alguien disparará a la cabeza de una persona que esté caminando cerca de usted.
Miré en derredor, esperando encontrar a algún conocido que me estuviese jugando una broma. Al fin de cuentas, estaba cerca del trabajo. Busqué con la mirada las ventanas de mi edificio, esperando encontrar asomados a los chicos de la oficina. Pero las ventanas estaban cerradas y salvo un par de palomas, no vi ninguna otra actividad en esa dirección.
- Escuche señorita, no estoy para bromas. Dígame si el celular le pertenece y se lo llevaré donde me diga.
Intenté mostrarme firme, pero mis palabras vacilaron. Ese fue otro error.
- Martín, el que debe escuchar es usted. Aquí nadie está jugando. Pero a pesar de no ser un juego, hay reglas. Nosotros vamos a decidir quién escucha y quien habla. Si cree que le estamos haciendo perder el tiempo, apague el celular.
Lo hice. Creo que por despecho. Ya perdí la cuenta de mis errores. Este fue el primero de los graves. Un disparó resonó en la calle. Escuché gritos, gente dispersándose y vi un cuerpo caer a tres metros de donde estaba. Tenía un orificio de bala en la sien derecha. Tuve ganas de vomitar. Instintivamente busqué refugio, tratando de no ser la siguiente víctima. El celular volvió a sonar. Atendí. Estaba temblando de pies a cabeza.
- ¿Conforme? - la voz de la mujer sonaba fría, distante.
- ¿Qué quiere? - pregunté.
- ¿Por qué recogió el celular de la calle?
- ¿Es eso? ¡Por Dios, se lo devuelvo!
- Responda la pregunta. ¿Por qué recogió el celular?
- ¡Porque tuve ganas de hacerlo! ¡Porque cualquiera lo hubiese agarrado!
La línea quedó en silencio. Me pareció que estaban tomando nota. Por un segundo tuve miedo que se hubiese cortado la llamada. Cerré los ojos, esperando sentir otro disparo. Pero eso no ocurrió, de inmediato la voz me habló de nuevo, mientras en la calle la gente seguía corriendo y se escuchaba aproximarse un vehículo policial con las sirenas encendidas.
- Ahora se va a ir de esa zona, lentamente, como si nada hubiera pasado. Recuerde, si se corta la llamada, alguien muere.
Comencé a alejarme en dirección contrario al sitio donde estaba tirado el hombre víctima del ataque. Entonces vi la puerta de un bar abierta. La gente miraba hacia afuera lo que había ocurrido. No supe la razón que me llevó a meterme dentro, creo que me imaginé que allí dentro no podría disparar a nadie cerca, pero fue una idea disparatada.
- ¿Dónde se metió Martín? Salga ya o alguien muere.
- Estoy en el bar, necesito un trago.
- Tiene cinco segundos.
- Por favor, es solo un trago.
- Cuatro.
- ¿Lo dice en serio?
- Tres.
Corrí hacia la puerta, pero los curiosos que miraban hacia afuera me impidieron el paso. Escuché la voz femenina diciendo, casi con gracia "cero" y al mismo momento, otro disparo, casi un trueno. Uno de los curiosos que estaba en la vereda cayó al suelo, mientras una masa de sangre y materia volaba por el aire.
Más gritos se apoderaron del mediodía. El pánico se instaló en la gente.
Me apresuré a quedar otra vez visible, mientras me alejaba del sitio.
- Siga caminando Martín y no vuelva a hacer nada que nos obligue a actuar. Y por nada del mundo permita que se le corte la llamada.
Jadeaba. El corazón parecía escaparse de mi pecho. Y al mismo tiempo, sufría. No tanto por los demás, sino por mi propia vida. Sospechaba que si se cortaba la comunicación, la siguiente víctima sería yo.
- ¿Qué quieren?
- Que nos haga caso.
- No, pregunto qué quieren con todo esto, es una locura, no entiendo por qué...
- ¿Por qué se metió en el bar, Martín?
- Ya le dije, necesitaba...
- Le habíamos pedido que se alejara de la zona. ¿Por qué lo hizo?
- Lo siento, ¿si? lo siento.
- No es una respuesta. Queremos una respuesta Martín.
El teléfono se quedó sin señal. Algo muy común en el microcentro. Me percaté de inmediato, porque la línea quedó en silencio. Agité el aparato, esperando que por un milagro la comunicación volviera a la vida. Pero en cambio, la vida de un kiosquero se apagó a dos metros. Primero fue el disparo, luego el hombre se desplomó sobre el puesto de revistas que tenía en la vereda.
Vi las rayitas de la señal recuperarse y enseguida volvió a sonar el timbre del celular.
- ¡Maldición! ¡Fue un accidente! ¡El teléfono perdió la señal!
- Nadie le echa la culpa esta vez Martín, pero las reglas son las reglas. Y la llamada se cortó.
- Por Dios, por Dios...
- Dios no lo va a ayudar. Estamos esperando su respuesta.
Mientras caminaba, trataba de ordenar las ideas, tarea nada fácil dadas las circunstancias. Querían una respuesta y no la tenía. Dije entonces lo primero que me vino a la mente.
- Pensé que podía escapar. Lo siento.
Otra vez la mujer se silenció. No me quedaban dudas que tomaba nota. Aproveché para preguntar.
- ¿Cuándo va a terminar esto?
- ¿Esto? Esto recién empieza, estimado Martín.

Continuará...

28 de septiembre de 2013

Querido compañero

Cuando el agua caliente, nunca hervida, acude al mate, se produce la magia, el ardor de años, de historias olvidadas, de palabras de por medio que las irán develando. Y la gente mientras coloca la bombilla, abre su alma, le da vida a la lengua y encamina el habla hacia tiempos remotos, hurgando con la mente, buscando retazos, hilvanando recuerdos, entre chupada y chupada.
En miles de mesas, a lo largo de eternas mañanas, o al calor de las tardes, o el silencio de las noches, entre pavas y termos, cambio de yerba, algún que otro bizcocho, el diálogo nace y renace, despierta y se acuna sobre voces que lo mecen, lo acarician, le piden que nunca acabe.
Llegará el amanecer, la hora de salir al trabajo, de volver a casa, de ir a hacer algo, y solo entonces, será el momento de abandonar el rito, de acallar las voces, de extrañar lo amargo, lo dulce, el paladar aún tibio, el suspiro ante lo cotidiano, de aquello a lo que no podemos escapar.
Sobre las mesas, solitarios, huérfanos momentáneos, el mate, la pava, el termo, la bombilla, la yerbera, la azucarera, la cáscara de naranja, el bizcocho, la charla, el momento, el encuentro, la paz, la calma, el deseo de otra ronda, de otra cebada, de más palabras, recuerdos, sueños y confesiones.
Y allí reposan, esperando, que pronto vuelva la magia, aquella que llega con el agua caliente, nunca hervida, acudiendo sobre la yerba, dentro del mate, amigo nuestro, querido compañero, eterno oído de nuestras historias.

25 de septiembre de 2013

Esperando a Eugenio

Cada domingo sus hermanas lo esperaban para almorzar. Se juntaban desde hacía años, alternando la casa. Ellas iban con sus maridos e hijos. Él, si hubiese ido alguna vez, lo habría hecho solo. Porque Eugenio era un solitario empedernido, mal llevado y poco compañero.
La invitación surgía en forma espontánea, entre semana. Eugenio no decía ni si ni no. Refunfuñaba, como si la invitación fuese un castigo. Y llegado el domingo, brillaba por su ausencia.
En más de una oportunidad, se ofrecieron a ir a buscarlo. Otras, incluso, se cansaron de hacer sonar la bocina del coche delante de la casa donde vivía. Eugenio eligió siempre la distancia.
Un domingo sacaron cuentas. No lo veían desde hacía quince años. ¿Seguiría viviendo el único hermano varón que tenía? ¿Sería él quien contestaba las llamadas telefónicas cada semana? ¿Aquella seguiría siendo la casa donde residía?
Las conversaciones de los domingos giraban en torno a él, a pesar del mal humor de los maridos, que terminaban hablando entre si de temas más triviales y amenos. Ellos consideraban que una persona que ni siquiera se preocupaba en conocer a sus sobrinos no merecía la mínima contemplación. Pero sus hermanas hacían caso omiso a dichas sugerencias.
Aquel domingo de septiembre, lluvioso y opaco, el timbre principal sonó en casa de Julieta justo en el momento que se servían las pastas. Atendió Pedro, su esposo. En el umbral de la puerta había un hombre alto, bien vestido, con saco oscuro. Le entregó una caja y una nota.
La caja apenas si tenía peso. La nota era escueta y escrita a mano. Decía lo siguiente:
"Queridas hermanas, espero llegar a horario. Si reciben esta carta es que me suicidé el viernes y si mi abogado trabaja con celeridad, estaré en casa de Julieta este domingo al mediodía. Ya pueden dejar de quejarse. A partir de ahora, me pueden llevar a cada uno de sus almuerzos".
Pedro calló luego de leer la nota en voz alta. Las hermanas de Eugenio lloraron desconsoladamente. Luego de unos minutos, secaron sus lágrimas. Fue Matilde la que rompió el silencio.
- Que bueno que Eugenio fuera tan considerado. Ahora estará con nosotros por siempre.
Las hermanas se fundieron en un abrazo.
Sus maridos perdieron el apetito.

22 de septiembre de 2013

Un disparo en la oscuridad

Nos quedamos quietos, casi sin respirar. No podíamos afirmar si primero había sido el disparo o el corte de luz. Creo no estar equivocado al afirmar que ambas cosas sucedieron al mismo tiempo. El disparo y la oscuridad, dos hechos que se cruzaron en forma deliberada en nuestras vidas, cambiándolas para siempre.
¿Cómo es que permanecíamos quietos luego de algo así? Es que omití un detalle crucial: previo a ese instante, cinco maleantes nos apuntaban con pistolas. Nosotros, los cinco empleados del negocio, estábamos dispersos, sin contacto el uno con el otro.
Sabíamos sin embargo, que a pesar de haberse ido la luz, uno de ellos había disparado y que ante el menor movimiento, los demás harían lo mismo. Corríamos la suerte de recibir una bala en el cuerpo. Ninguno se iba a arriesgar. A pesar del temor, creo que teníamos bien en claro ese punto.
El disparo, ese sonido certero, llevaba implícita una muerte. Pero la luz se había ido y sin ella, no podíamos distinguir quién había caído. De eso estábamos seguros. A pesar de la oscuridad, cerramos los ojos, apretándolos con fuerza. Quizá es una forma de defensa, de encerrarnos muy adentro, esperando como cuando somos niños, que al cerrar los ojos nadie nos encuentre.
Ellos no hablaban, pero se movían. Uno iba hacia la entrada y volvía, casi como si se tratase de un tic. El tema de la energía eléctrica no había estado en su planos, eso era un hecho. Los ponía nervioso. Pero tampoco explicaba el disparo. Porque había sido en el mismo instante, no producto del apagón, de la reacción súbica ante la sorpresa por parte de alguno de ellos.
No, el apretar el gatillo tenía alguna otra intrincada explicación, pero éramos ajenos a la misma. De igual modo, no era nuestra principal preocupación. La sería, claro, en el caso de ser los próximos en ser acribillados. Pero para entonces, no nos serviría respuesta alguna. En ello pensaba con los ojos cerrados, con las piernas temblando como si por debajo de mi cuerpo estuviese pasando un tren.
Escuchamos las sirenas policiales del otro lado de las persianas bajas. Aún no las habíamos levantado cuando ellos entraron por la fuerza. No recuerdo quién les había abierto. Ellos estaban apuntándonos de un momento a otro. Y fue casi de inmediato que ocurrió la macabra coincidencia.
Buscaba apartar de mi mente la imagen de alguno de los compañeros de trabajo herido de muerte, desangrándose sobre el parqué, pero volvía como un fantasma, o mejor dicho, como un presagio de futuro cercano.
Fueron cinco minutos desde que entraron hasta que se marcharon, utilizando una puerta trasera. Escuché la orden de retirada, casi en un susurro, y luego la sucesión de pasos, que casi tropezando se alejaron hacia la parte más distante del local.
Para cuando la policía logró ingresar, yo estaba corriendo hacia el tablero de energía. Me paralicé al escuchar el ¡alto! proferido por uno de los uniformados. Jugué a la estatua, quedando en una posición ridícula, a punto de caerme.
La voz volvió a repetir la misma exhortación a pesar de estar tan quieto como un muerto. Ni siquiera podía abrir la boca del miedo. El policía me siguió apuntando, en la misma medida que se me fue acercando. Debe haber visto el pánico en mis ojos, porque bajó de repente el arma y continuó su camino hasta el lugar donde me dirigía. Abrió el tablero y accionó la llave térmica.
La luz parpadeó una vez y luego se encendió en todo el salón, iluminando hasta el último rincón. Me costó adaptarme, pero fue cuestión de segundos. De inmediato vi los cuerpos, la sangre en las paredes, el trágico espectáculo.
Quedé atónito. Allí estaban, desplomados, mis cuatro compañeros. Los policías se me acercaron y me llevaron afuera, con sumo cuidado. Habían comprendido que no era uno de los criminales, sino...¿el sobreviviente?
¿Pero cómo? Si tan solo había sido un disparo, tan solo uno...
No hay explicación posible, ni siquiera la de cuatro disparos al unísono, combinados con el corte de energía al mismo tiempo. No existe posibilidad, no hay lógica, no hay motivos. Y sin embargo, aquí estoy, pensando en todo aquello, sin poder dormir, comer ni descansar la mente. Rememoro el disparo una y otra vez, al punto de taladrarme los nervios, tratando infructuosamente de develar detrás de aquel sonido, otros tres más. Y si quizá lo logre, tenga que pensar luego en el apagón. Y más adelante en los motivos. Y en por qué estoy vivo.
Son muchas tareas para una sola vida, son muchos castigos por haber sobrevivido.



19 de septiembre de 2013

Malas primaveras

Lo mismo cada año. Se acerca la primavera y Jacinta quiere hacer el pic nic. Que la canasta, que el mantel, que no puede faltar la pasta frola, no olvidarse de los cubiertos... y cuando está todo cargado en el auto, ya en camino al parque se larga a llorar.
Entonces tenemos que pegar la vuelta, consolarla un buen rato, prometerle que no nos enojamos con ella y recién luego de eso, una vez que por el agotamiento queda rendida en la cama, nosotros volvemos a salir y nos vamos al río.
Allí casi en un pacto de silencio, dejamos de pensar un buen rato. Nos olvidamos de lo que sucede cada primavera. No vale la pena, no va a cambiar nada. Y todo por culpa de aquella vez, cuando éramos pequeños y el viejo se ahogó con una aceituna. Desde entonces, cada día es una tortura, un suplicio, porque Jacinta vive en estado depresivo, casi en un mundo paralelo. Solo cuando se acerca la primavera ella parece despertar, para luego caer otra vez en el mismo sopor.
Volvemos a la noche, abrimos despacio la puerta y nos decepcionamos como cada año. Ella sigue durmiendo. Más de uno de nosotros ha soñado con verla juntar coraje, levantarse en nuestra ausencia y colgarse de un tirante del techo. Pero eso nunca sucede. En casa, las primaveras son una mierda. Y lo seguirán siendo.


16 de septiembre de 2013

Eusebio se declara

Eusebio era de los que decían que no existían demasiados secretos para escribir una carta de amor. Había que saber elegir las palabras, ser cautos y sensatos en las oraciones, y en lo posible, dejar un halo de misterio en la declaración.
Quizá eran esas las razones por las que ninguna mujer le contestó jamás carta alguna. De todas formas Eusebio se defendía diciendo que si no había contestación, era porque la mujer no era la adecuada. En su pensamiento, la carta era una especie de carnada y quien picara, sería la mujer ideal de sus sueños.
Ya grande, encontró en el correo electrónico el reemplazo de la carta tradicional y un ahorro considerable en sus gastos. Al poco tiempo le tomó el gusto y sus cartas de amor empezaron a ser emitidas con las destinatarias en Copia Oculta, ya que aprovechaba para hacer envíos masivos, asegurando que así se ahorraba tiempo.
Hoy en día las declaraciones electrónicas de amor de Eusebio recorren el mundo. Pero lamentablemente para sus pretensiones, terminan siempre en la bandeja de spam.

13 de septiembre de 2013

Clichés

Todas las pistas llevaban al mayordomo. Aquello le parecía muy cómico, un chiste. Sin embargo, no podía avalar esa idea. Sencillamente porque el mayordomo era el asesino solo en las películas. Estaba seguro que algún detalle había quedado librado al azar.
Revisó nuevamente la biblioteca, como lo había hecho decena de veces desde el día del crimen. Una fina capa de polvo se suspendía sobre los interminables volúmenes, los cuales, sospechaba, muy pocos habían sido leídos.
El dueño de la mansión, la víctima fatal del caso, había tenido la desdicha de quedar ciego a los cinco años. Y se opuso terminantemente a aprender a leer en sistema braille. Ninguno de los libros exhibidos en los estantes, a lo largo de las cuatro paredes de la habitación, estaba en ese lenguaje.
Los libros, en realidad, no eran suyos. Se los había ido comprando a su mujer, varios años más grande que él, que había sido en su momento la joven que lo cuidó de niño. Con los años y luego que la familia de Foreman, tal como se apellidaba la víctima, amasara una fortuna con la edificación de casinos, contrajeron matrimonio.
Al poco tiempo los Foreman emprendedores perecieron en un accidente de avión, quedando la fortuna y los negocios en manos del hijo ciego. Fue ella, su esposa, la que se hizo cargo de los casinos y a pesar de los vaticinios en contra, salió airosa en la empresa, aumentando el capital de la familia. Sin embargo, el dinero siempre estuvo a nombre de él.
Cuando ella murió, ya avejentada y sin haber podido darle hijos a la pareja, el mayordomo se transformó en la única familia de Foreman. Perkins, como inauditamente se llamaba el empleado, casi como si se tratase de una ironía, había servido a la familia desde pequeño, cuando correteaba detrás de los pasos de su padre, que oficiara en el mismo puesto casi a lo largo de cincuenta años.
Era adolescente cuando el hijo de los Foreman sufrió el accidente que lo dejó ciego. Al menos eso le había relatado al detective, que recordaba los pormenores de la charla mientras revisaba los estantes más altos, subido a una escalera.
Para entonces, la joven Isabella ya era parte de la servidumbre, cuidando al pequeño de la familia. Según Perkins, hacía solo un mes que ella trabajaba cuando ocurrió el infortunio. El accidente fue en el patio, donde había un establo con dos caballos. Purasangre, un ejemplar de carrera, se asustó de una laucha y salió en estampida, castigando con sus herraduras el rostro del niño. Luego de muchas intervenciones, salvó su vida, pero ya no pudo ver.
Isabella asumió la culpa y lo cuidó día y noche. Perkins le confesó al detective que entonces sintió celos del pequeño, pues Isabella era hermosa y cualquier muchacho de su edad la hubiese cortejado. Con el tiempo, el niño creció y la niñera pasó a ser su amante y luego su esposa.
El detective cesó su búsqueda. Era tarde, el ocaso se veía por la ventana y aquel lugar estaba atestado de clichés. Cada arista del caso le resultaba una mala broma. Sin querer golpeó un libro con el codo y cierto mecanismo se activó en alguna parte. Pudo escuchar el chasquido proveniente detrás de los libros. Observó con cautela la puerta. No creía que Perkins pudiera aparecer en ese momento. Casi con fruición comenzó la tarea de quitar los libros de sus respectivos lugares. Fue despejando los estantes, esperando la revelación. Se estaba por dar por vencido, cuando descubrió la caja fuerte. La puerta estaba semi abierta. Contuvo la respiración unos segundos. Luego la abrió por completo.
En su interior había un pergamino enrollado. El pulso le temblaba al tomarlo entre sus manos. Aquello parecía el desenlace de una película de misterio. Cierto escozor le recorrió el cuerpo. Nada en el caso estaba bien. Supo lo que iba a encontrar antes de abrirlo. Entonces, lo arrojó hacia un costado y echó a correr.
Perkins salió al cruce en el pasillo.
- ¡Deténgase detective, usted no puede irse!
- Váyase Perkins, esto es una pesadilla.
- Usted sabe que no lo es, detective.
El sobretodo largo y marrón parecía flotar por el aire, detrás del cuerpo del detective que corría velozmente a través del jardín. Dejó atrás los cables, las luces, las cámaras, los decorados, el set completo... al menos fue astuto para no desenrollar ese pergamino. La palabra Fin quedaría apresado en su interior y él sería para siempre un fugitivo dentro de una mala historia. 

10 de septiembre de 2013

Rotisería express

Jaime's tenía la fama de ser el lugar de cómidas más rápido de la ciudad. Un pedido podía ser elaborado en apenas dos minutos y estar en el domicilio del cliente en uno. Siempre y cuando viviera a no más de quince cuadras del comercio.
Hubo quienes trataron de hacerle mala reputación al lugar haciendo pedidos estrafalarios, combinando comidas de difícil preparación, que si bien estaban contempladas en el menú, se trataban de modificar. Pero jamás pudieron lograr. Tres minutos después de colgar el teléfono, el cadete estaba tocando timbre para entregar el pedido.
El dueño del lugar, Jaime, era un hombre muy tranquilo, de movimientos lentos y paso cansino. ¿Cómo podía Jaime administrar un sitio tan veloz? Bien, ese era el secreto mejor guardado, tan bien, que ni siquiera el propio Jaime lo sabía.
Para muchos, hoy en día, la razón de aquello tenía una explicación: Zulma. Y cuando decimos Zulma, hacemos referencia a la esposa del trabajador gastronómico. Dicen que desapareció después del voraz incendio. Algunos creen en la versión más popular, que sin embargo, es la que los investigadores descartan. Pero no perdamos el hilo del relato.
Jaime's era el lugar por excelencia para pedir comida. Principalmente cuando uno llegaba cansado de trabajar y estaba muerto de hambre. Se marcaba el número en el teléfono y apenas si se tenía tiempo para lavarse las manos y sacar la bebida de la heladera. Ni hablar de las comidas organizadas espontáneamente entre amigos. El nombre de Jaime era lo primero que se cruzaba por la cabeza.
Aquella noche de junio, en pleno invierno, la mitad del pueblo vio el rayo de luz proveniente del cielo. La explicación del relámpago dada por la policía, no nos convenció. Si bien Jaime's ardió hasta los cimientos, aquello no nos pareció un relámpago.
El cuerpo del conocido Jaime fue encontrado todo chamuscado. El de Zulma, no apareció nunca. El viejo Bassaro, que otrora fuera timbero día y noche y ahora purga los avatares de su vicio mendigando por la ciudad, jura que la luz provino de un plato volador y que vio a la mujer del rotisero subir por una escalera invisible hasta la nave.
La policía ignoró siempre a Bassaro, logrando por contraposición, que el mito se propagase. La explicación sobrenatural resolvía el enigma de la velocidad en la preparación de las comidas. Dueña quizá de alguna maquinaria de tecnología que desconocemos, lograba los resultados inmediatos que maravillaban a la ciudad.
De todas maneras, conviven hoy las dos interpretaciones del caso, la oficial, que indica un fatídico desenlace, con el infortunio del relámpago y la muerte de sus dueños, dado que esa versión postula que la pobre Zulma se carbonizó hasta las cenizas, y la extra oficial, que habla de un castigo de los extraterrestres al enterarse que una de las suyas utilizaba sus poderes o tecnología para hacer negocio en el planeta. Y dado que la segunda explica el misterio de la comida rápida, la gente se queda con esa.
La verdad está muy distante. Jaime era en realidad un verdadero hijo de puta. Tenía a quince inmigrantes ilegales trabajando como esclavos en la cocina y su mujer, empleada municipal, evitaba a toda costa que le cayeron inspecciones. Si a eso le sumamos que tenían un cadete que era un suicida andando en moto, que disfrutaba de cruzar los semáforos en rojo y exceder todos los límites de velocidad, llegamos al fondo del asunto.
Eso no explica sin embargo, que le pasó al local y a Zulma. En realidad si, pero habría que hilar muy fino. Mantener a quince ilegales, por más que se los tratara como esclavos y estuvieran encerrados durante la noche en un sótano, no era fácil. El negocio funcionaba, pero Zulma no se podía dar los lujos que soñaba. Ella quería viajar, comprarse alhajas y vivir como una reina. A Jaime le interesaba seguir siendo el rey de la comida express y jactarse de ello. Un buen día Zulma se enojó, discutieron y le prendió fuego a todo, con Jaime e inmigrantes adentro. De éstos, se encargó que no quedara ni un hueso.
Perpetrado el hecho, coimeó al comisario, le prometió parte del seguro y unas noches de placer. A cambio, el comisario dijo que había desaparecido y se encargó personalmente del cobro del seguro, que Zulma había puesto sin que se enterase su marido a nombre de otra mujer, cuya identidad tomó ella tras mandarse a mudar de la ciudad.
Siempre dudé de las versiones que circulaban en la ciudad, por eso hice una investigación por mi cuenta. Pude dar incluso con la antigua Zulma, ahora llamada Analía. Tiene un comercio de panchos que abre los fines de semana y un puesto de café al paso. Se gana la vida con lo justo. El comisario la cagó y se fue al año con la guita a otro país. Ella no pudo decir nada. Si confesaba, iba presa al menos por veinte años.
Descubrir la verdad no me llenó de satisfacción, ni nada parecido. En realidad, solo quería saber como hacer para poner una rotisería express y llegué, sin quererlo, al meollo de todo esto.
Dudo entre escribir un libro o escribir el guión para una película. Pienso que ella debería pagar lo que hizo, no por Jaime, sino por los que eran explotados y terminaron calcinados, pero al mismo tiempo reflexiono que la realidad es el peor de los castigos. El único que salió bien parado, o al menos así parece, es el comisario.
Con respecto a la rotisería que quería poner, la verdad es que perdí las ganas. Aunque no voy a negar que a veces extraño levantar el teléfono y tener una pizza en tres minutos. Claro que con todo lo que descubrí, un poco revuelve el estómago. El solo hecho de pensar de dónde saco quince inmigrantes ilegales, hace que todo el proyecto se ponga cuesta arriba.
Si. Escribir el libro es la mejor opción. Al menos, hasta dar con el comisario y empezar a chantajearlo.

7 de septiembre de 2013

El niño

Azul. El mar descansa bajo la mirada del niño, que recostado sobre la arena, sopesa la calma del día. En el horizonte, de pronto un punto. Una mancha oscura, que de a poco se agiganta, cobra forma, se hace objeto.
Las pupilas lo enfocan, su cuerpo espera. No se mueve, solo respira. Es paciente, no sabe de minutos ni horas. Aquello es inmenso. Descomunal. Jamás ha visto nada igual. De todas formas, aguarda, no corre, no escapa, solo aguarda.
Las aguas se inquietan, lanzándose contra la costa. Parece enojadas, molestas que le han quitado la serenidad. La mancha que ya no es mancha, que ahora es objeto, oculta detrás de si gran parte del cielo. Solo entonces, el niño, deja de ser niño. Se incorpora y camina hacia el azul, acortando distancia con eso que está llegando a la isla. No tiene miedo, tampoco curiosidad.
- ¡Un niño! ¡Hay un niño en la playa!
Escucha sonidos que no identifica. En lo alto de aquello, hay seres que caminan de un lado a otro. Otros, descienden al agua dentro objetos más pequeños. Se pone alerta. Por alguna razón, siente que puede convertirse en presa. Y entonces, se aleja.
- ¡Qué no se vaya! ¡Necesitamos que alguien nos diga dónde estamos!
Deja atrás las voces, y vuelve a la vegetación espesa, donde la noche se esconde del día. Siente sonidos más fuertes, varios, pero aquello ya no le interesa. Se interna entre la maleza y los árboles, perdiéndose sin perderse cada vez más en la isla, dejándose devorar por el paisaje, sabiéndose a salvo, lejos de cualquier peligro.
Se detiene delante de su sitio, bajo la gran roca. Allí donde duermen sus padres desde el último frío, cada día más quietos, más apestosos, perdiendo el color que les conocía. Ya no escucha las voces. Está en la penumbra, solo.
Negro. La nada descansa bajo la mirada del niño, que recostado sobre la piedra, sopesa la calma de la noche.

4 de septiembre de 2013

El pochoclero

Nos gustaba situarnos cerca de la máquina y escuchar el sonido del maíz al reventar. Lo veíamos a don Palmiro arrojar granos y al rato, con una pequeña palita de metal, sacar enormes copos de pochoclo. Aquella magia nos parecía única.
Los bañaba con un rico almíbar y luego los iba metiendo en bolsitas de papel. La gente se los llevaba de inmediato. Pochoclo dulce y calentito, así rezaba el cartel hecho a mano que pendía con unos broches del alero que tenía el carrito de don Palmiro.
Muy puntual, el hombre arribaba cada mañana a la plaza de la ciudad. A la del centro, que era donde pasaba más gente. Nosotros, que vivíamos escapando del colegio, lo observábamos armar el puestito, para luego acercanos y escuchar ese ruido.
Don Palmiro estaba viejito. Vaya a saber uno los años que venía repitiendo ese ritual. Dándole color a la plaza, llenando de sonrisas los rostros ajenos. Y sus pochoclos, que se veían tan ricos, terminaban gustosos en las bocas de los transeúntes que no dudaban en comprarse una bolsita, sobre todo cuando el frío se tornaba un enemigo.
Pero el viejo era también un tacaño. Porque jamás nos quiso regalar nada. No le pedíamos mucho, apenas unos pochoclitos. Creo que lo hartamos, porque lo nuestro era todos los días machacar con lo mismo. Le gritábamos cosas, le tirábamos piedras a la espalda, e incluso, tratábamos de apuntarle a la bolsita cuando la estaba preparando.
Y un día se calentó. No recuerdo quién de nosotros fue, pero se acercó por atrás y le metió una rama en el culo. Debe haber sido el Raúl, que después terminó haciéndose puto. Ya tenía esa manía de chiquito, la de querer meter cosas en el culo, digo. El viejo Palmiro se dio vuelta y nos vio a todos en el banco de madera más próximo. La mirada metía miedo, de eso no me voy a olvidar nunca. Tomó un cucharón que tenía para revolver y nos salió a correr. Nosotros, más rápidos, apuntamos para el otro lado de la calle. Cruzamos en un santiamén. Pero el viejo era lento y no vio venir el colectivo.
Ahora extraño el ruido del maíz al explotar y claro, ese aroma inconfundible. A veces, cuando paso por delante de otro puestito y el sonido y olor me llegan, miro asustado para todos lados, imaginando al viejo Palmiro con un cucharón, apenas sujetado por sus manos putrefactas, con jirones de carne cayendo como el almíbar de sus pochoclos. Pero nunca hay nadie cuando giro la cabeza. Solo el vacío, un cierto remordimiento y la sensación de haber sido un pelotudo toda la vida.

1 de septiembre de 2013

Héroe de supermercado

El guardia de seguridad del supermercado de la vuelta de casa fabula historias truculentas. Es un pasatiempo que tiene mientras pasan las horas de su turno, allí parado al lado de la puerta de salida, observando entre las góndolas, vigilando que nadie cometa alguna fechoría, por más mínima que sea, como meterse un sobre de jugo Tang en el bolsillo del pantalón para pasarlo gratarola por la caja o tratar de ventajear a la cajera con el vuelto.
Por eso, se imagina a la viejita que entró empujando un carrito como una guerrillera encubierta, que tarde o temprano apartará su pollera a un lado y sacará de entre sus piernas una potente AK-47 rusa, sembrando el pánico en todo el comercio. Condición que no aplicará a él, que en lugar de entumecer sus músculos a causa del miedo, se arrojará con valentía al rescate de todos los clientes. Entonces, se ve rodando detrás de la torre de latas de arvejas en conservas, mientras las balas de la vieja hacen saltar los productos de las góndolas por el aire, y al llegar junto al exhibidor de café La Morenita, se visualiza sacando su arma, quitándole en un cerrar de ojos el seguro y luego, despachando a la vieja hija de puta con dos disparos certeros, uno al pecho, el otro a la cabeza.
- Adiós señora - le dice a la viejita, inclinando la cabeza, minutos más tarde. Y para todos vuelve a ser la viejita inofensiva que había entrado empujando el carrito. Para todos, menos para él.
Sin embargo, la atención ahora está centrada en un niño de siete años, que en rebeldía de sus padres, se ha alejado y camina por su cuenta por el pasillo central, entre la yerba de medio kilo y las cajitas de té en saquito. Pero en su mente, no está mirando a un chiquillo. Porque en realidad, es un agente infiltrado de la CIA, de los llamados "agentes enanos", cuerpo especializado en el sabotaje en colegios y museos.
El enano, que simula ser hijo de una pareja que discute sobre el queso a llevar, si cremoso o port salut, en la góndola de frío, está estudiando el perímetro. Sabe que si algo no lo convence, deberá abortar la misión. El guardia se mueve despacio, quiere evitar el contacto visual. Cualquier pequeño error en sus movimientos, disparará la alarma en el agente, cancelando el plan que tuviese entre manos. Se acerca lentamente, esperando el momento oportuno. Sabe que no puede apresarlo sin que haga nada, debe ser testigo de la amenaza. Por eso abre los ojos, aguarda paciente y cuando el niño intenta meterle el dedo a la tapa de aluminio del frasco de dulce de leche Ilolay que acaba de agarrar, el guardia se lo quita, lo mira con severidad y lo manda con sus padres, que ahora no se deciden si llevar paleta o jamón cocido. El niño se acerca corriendo y se aferra a la pierna del padre, pero no hablará. Como todo agente enano, está adiestrado para callar, para ocultar la información.
El guardia vuelve a su puesto. Es conciente que lo ha abandonado durante unos minutos. Cualquier peligro pudo haber cruzado la puerta. Lo sospecha, lo presiente. Tarda en darse cuenta, pero finalmente lo ve. Es un lobo enorme, de pelaje como la ceniza. Está seguro que no es un lobo común. Puede ver el contorno de sus garras, la forma de erguir el lomo. Aquello es un hombre lobo. Y está a punto de atacar el puesto de Paladini. El guardia apela entonces a lo aprendido en la academia, en el crudo frío de Usuhaia, con temperaturas bajo cero. Silba fuerte, introduciendo dos dedos en la boca y luego, con la voz que entrenara por horas, para que sus órdenes llegaran al centro de la corteza auditiva del cerebro, azuzó al monstruo al grito de "¡camine cucha!".
- Perro de mierda - le dijo a la pasada, arrastrando las R con la bronca empastada, y lo vio correr por el estacionamiento, con la cola entre las patas. Si, ese era él, así lo habían entrenado, para no fallar. El hombre lobo había escapado espantado. Difícilmente volvería por el lugar.
La tarde había pasado, su reemplazo estaba allí esperando para entrar en acción. Le guiñó el ojo, lo palmeó en la espalda y le dio un consejo, como hacía siempre: "Prestale atención a los lácteos, decile al pibe que repone que los que tienen colchón de fruta están por vencer".
Y a paso firme, abandonó el lugar. En ningún momento miró hacia atrás.