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26 de septiembre de 2015

El vivero misterioso

La fachada repleta de flores invitaba a pasar. Una vez dentro las hojas verdes que colgaban de macetas elevadas formaban una especie de pasillo viviente que llevaba hasta un recinto mucho más amplio e iluminado de manera natural gracias a un techo vidriado.
Allí, sentado en un banco de madera, esos típicos de las plazas, aguardaba un señor de muy baja estatura. No era necesario verlo parado para comprender que alcanzaría con suerte el metro y medio. Sus pies no llegaban al suelo y la cabeza no sobrepasaba el respaldar. Masticaba tabaco y lo escupía en una maceta cercana.
El hombre se limitaba a estar allí, no atendía el lugar ni hablaba con nadie. Podría decirse que era algo más para ver en aquel sitio. Si uno seguía avanzando se encontraba con otro pasillo, pero ya no había plantas que lo rodearan. Muy por el contrario, era oscuro y de paredes sin terminar, en las que podía apreciarse el ladrillo sin revocar cubierto por telarañas.
Nadie se atrevía a ir más allá de ese sitio iluminado. Durante muchos días, desde que aquel extraño lugar abrió sus puertas, la gente entraba, llegaba hasta el hombre de baja estatura y al no recibir respuesta alguna, se marchaba sin saber si era un comercio, un pequeño jardín botánico o qué.
Vaya a saber quién fue un poco más allá del simple recorrido y tomó una planta con su respectiva maceta y se fue del lugar sin pagarla. La voz corrió con celeridad, como en todo pueblo chico, y tanto los previamente habían visitado el sitio como aquellos que no lo conocía, se aventuraron a su interior con el fin de llevarse consigo una planta de manera gratuita.
Parecía raro hacer algo semejante mientras el señor que masticaba tabaco sentado en el banco de madera observaba todo sin la menor intención de protestar o de abrir la boca para pronunciar alguna palabra.
Cierto grupo de vecinos se negaron a entrar. Tenían reticencia basada en sus observaciones, la mayoría con fuertes argumentos. Por ejemplo, se preguntaban "¿quién abre o cierra el comercio?" que era algo realmente enigmático, porque no se había visto a nadie hacerlo y sin embargo, durante la noche estaba cerrado. O bien "¿cómo es que uno puede llevarse lo que quiera sin que nadie diga nada?" y lo más preocupante, si es que uno lo analiza racionalmente, "¿cómo es que al día siguiente el sitio está otra vez poblado de macetas y plantas?".
De más está decir que el misterio detrás del hombre sentado en el banco de madera, al que ese grupo de vecinos jamás había visto dado que no habían entrado, era el eje principal de la negativa continua por aceptar el lugar y el acto de todos nosotros, propensos a ingresar una o dos veces al día por esa puerta tan bien adornada con flores con el único fin de hacernos de una nueva planta.
En mi caso, jamás me habían interesado las flores, las plantas, la jardinería y todo lo que tuviera que ver con el reino de la flora. Ni siquiera un cactus, que la gente usa como adorno porque apenas si tienen que recordar regarlo. Nada. Y ahora, casi como una adicción, recorría las diez calles que tenía hasta el lugar sin nombre de las flores y plantas bonitas, y regresaba portando una maceta con una planta diferente a la del día anterior.
De a poco, quiénes disfrutábamos de este ir y venir hacia el vivero misterioso y aquellos que renegaban del mismo diciendo que era cosa del demonio - entre algunos de los argumentos fantásticos que se oían a diario - nos fuimos distanciando. Vecinos de toda la vida, que sin embargo comenzamos a ver como enemigos, tomando sus palabras negativas como frases dirigidas a los que estábamos de acuerdo en que no hacíamos nada malo.
En un pueblo de tan poco habitantes, eso fue socavando la comunidad. No entrábamos a los comercios de los que estaban en contra de aquel sitio que nos ofrecía plantas a cambio de nada y ellos nos pisaban los nuestros. Habíamos tomado esa forma de hablar, ellos y nosotros. El otro bando hacía lo mismo. Y sin darnos cuenta, ni planearlo, habíamos dividido el pueblo en dos.
Pero nadie se detuvo a replantear la realidad. Se había dado así y así seguiría. Si a ellos no le gustaba lo que nosotros hiciéramos, por qué a nosotros debería importarnos lo que ellos hacían. En tanto, nosotros, íbamos al lugar, recorríamos sin prestar atención al hombre en el banco y al pasillo de paredes de ladrillos repletas de telarañas y nos íbamos con una nueva maceta y planta para el hogar.
Ya no sabía donde ponerlas, había en cada habitación, en el patio, en el exterior, incluso había comenzado a colocar en el techo. Muchas personas estaban en la misma situación. Pero eso no era impedimento para continuar con nuestros viajes diarios.
Claro que algo que no estaba en mis planes sucedió y ya nunca volvería a retornar a ese lugar. Fue en una de mis salidas en dirección a la fachada de las flores. Oscar, el kioskero al que le compraba el periódico antes que se pusiera del lado de ellos, hacía el reparto de diarios en su motoneta y en una esquina nos encontramos. El en su moto, yo a pie. Por supuesto, ninguno se detuvo. El orgullo ante todo. Y me quebró una pierna al chocarme. Él no la sacó barata, porque al caerse se fisuró el codo. Pero salí ganando yo, no tengo la menor duda.
Con la pierna quebrada, sin nadie que me ayudara, tuve que permanecer a la fuerza en cama con el yeso impidiéndome caminar. De a poco, fui testigo de como las plantas se marchitaban en sus macetas, que coincidencia o no, perdían al mismo tiempo el color y se opacaban. Había días que apenas me levantaba para ir al baño y buscar algo de comida, pero no podía regar las plantas. Eso las fue matando lentamente. Tras un mes y medio, recobré la movilidad gracias a las muletas. Ninguna planta había sobrevivido.
Pude salir a la calle al fin y la primera intención fue ir hasta aquel vivero donde regalaban las plantas. Para mi sorpresa, mientras caminaba con esfuerzo y lentitud, había desaparecido muchas viviendas. En realidad, esa fue la sensación inicial. Solo al observar con detenimiento comprendí que donde tenían que estar algunas casas, ahora era todo vegetación.
Hacia donde miraba encontraba una imagen similar. Y no tardé demasiado en asimilar que las viviendas que aún apreciaba pertenecían a ellos. Sentí odio, porque mi lógica me hizo sospechar de ellos como los causantes de lo que estaba viendo.
Avancé como pude, tratando de mover la muleta lo más rápido que pudiera, temiendo por mi vida, creyendo que en cualquier momento ellos se arrojarían  sobre mí, me secuestrarían y harían desaparecer mi vivienda. Buscaba con la mirada alguien de los míos, pero no había nadie en las calles. Tenía que llegar al vivero cuanto antes. Sin embargo, al llegar al lugar quedé en un estado de parálisis absoluto. La fachada floreada había desaparecido, la puerta parecía abandonada desde hacía años, repleta de telarañas con el picaporte herrumbrado. Traté en vano de abrirla.
De reojo vi como ellos venían hacia mí. Eran unos doce o quince y entre ellos estaba Oscar, la persona que me había atropellado. Me puse de espaldas a la puerta y esgrimí la muleta para defenderme. Atacaría sin piedad, si eso era necesario.
- ¡Fuera de aquí!¡No se acerquen! - les grité.
Pero ellos avanzaban, mirándose entre ellos, tan asustados como lo estaba yo. Vi en sus rostros miedo. No podía creer que mi presencia pudiera crear ese efecto. Ellos eran más de una docena y yo... tan solo una persona lisiada armada con su muleta.
Entonces el propio Oscar pidió a los demás que dejaran de acercarse y con cautela me hizo señas que me alejara de la puerta. Recién allí comprendí que no era a mí a quién temían, sino al lugar. Si saber por qué, le hice caso. Me tomó del brazo y me alejó de un tirón. Todos dieron un paso atrás, como si temieran que la puerta los engullera de un solo bocado. Pero la puerta permaneció en su lugar, como debía ser.
Con recelo los escuché. La historia que me contaban era macabra. Querían convencerme que las plantas engulleron a sus dueños, que se apropiaron de sus viviendas y que la única manera que tuvieron de impedir que eso prosiguiera, fue quemando el lugar. No había vestigios de un incendio en la fachada y eso les quitaba credibilidad. Me aseguraron que el lugar, tras el incendio, apareció así. Me imaginé al hombrecito escapando por el pasillo oscuro al final del lugar, llevándose su tabaco y todo aquello que tuviera a su alcance, pero no lo mencioné en voz alta.
Pregunté entonces si habían tratado de desmalezar las casas asaltadas por las plantas y contemplé rostros sombríos. Claro que lo habían hecho, afirmaron. Debajo de la vegetación ya no había nada.
Traté de hacerles entender que les creía y marché a mi casa. Hice todo lo posible por no observar en el camino las viviendas sepultadas bajo la frondosa vegetación. Intenté no pensar en los rostros amigos que nunca más volvería a ver.  Pero todo fue en vano. Las imágenes me asaltaron con furia y hasta la pierna aulló de dolor.
Crucé la calle intempestivamente y me dirigí hacia una de estas casas tomadas. Arranqué con bronca hojas y tallos y para mí horror, entre la espesura, apareció un rostro humano tan verde que dudé en una primera instancia en si lo que veía era verdad. El rostro, tan parecido al de Alicia, la dueña de esa casa, intentó abrir la boca para gritar pero ni bien lo hizo una raíz apareció en lugar de la lengua y dándole dos vueltas enteras a la cabeza, la arrojó hacia atrás, desapareciendo de mi vista.
Tambaleando, casi perdiendo la muleta en el movimiento, retrocedí todo cuanto pude. Al girar, quedé de cara a varios de ellos. Me miraban con una mezcla de piedad y sorna.
Volví a mi casa y eché a la vereda todas la macetas.
Durante la noche no pude pegar un ojo. A la madrugada tres golpes a la puerta demolieron mi cordura. Pensé que serían ellos, que venían por mí. Estaba segura que tarde o temprano lo harían. Pero al asomarme por la ventana no pude menos que reprimir un grito. Era el señor que se sentaba en el banco de madera en el vivero que quemaron ellos.
Era tarde, algo que no tenía explicación ocurría en el pueblo, había sido testigo de algo que aún perduraba en mis retinas horas antes y aún así, abrí la puerta. Por primera vez lo veía parado. Había errado el cálculo. Apenas medía un metro veinte. Su brazo estaba estirado hacia mí ofreciéndome una maceta con una planta de hojas redondas y verdes.
Sin vacilar la tomé.
- Mañana le traeré otra - me dijo antes de marcharse.
La coloqué en la pieza. Cómo negarse ante algo tan maravilloso.




22 de septiembre de 2015

Ni por todo el oro del mundo

Nos reunimos con el objetivo de hacer las paces. Cada año era la misma historia. Se acerca la fecha y debíamos mediar para poder concretar lo que era necesario. Cada uno le echa culpas al otro, en silencio y en voz alta. Algunas cosas se dicen, otras solo se piensan. Pero las palabras, por pocas que fueran, resultan hirientes e imperdonables. Las actitudes, también. El silencio, en todo caso, era acusador.
No es un secreto que estamos peleados. Lo sabe todo el mundo. Pueblo chico, infierno grande. Pero papá es papá y es el único momento del año en que de alguna manera debemos buscar la manera de poder estar cerca sin irnos a las manos. Por eso, nos citamos a una hora en un determinado bar, donde, casualmente, veinte años atrás comenzaron los resquemores.
Pedimos un café, lo tomamos, todo sin mediar palabra. Con los pocillos vacíos como testigos, tratamos de iniciar el diálogo. Fue en vano. El tono en la voz de ambos, fue agresivo. Como si estar ahí fuese un castigo y la oportunidad de hablar sirviera solo para reproches.
En determinado momento golpeó la mesa con un puño y me dijo:
- Basta Ezequiel, no tiene sentido, si lo sentís así, hacé lo que quieras.
Se levantó y se fue. Lo vi alejarse desde la ventana. Cruzó la calle y subió al asiento del acompañante de un auto importado que lo estaba esperando. Con seguridad ella estaba al volante, observando en todo momento hacia el bar, adivinando nuestras siluetas a la distancia.
Otra vez sería lo mismo. Busqué el celular, marqué el número y hablé con mamá. No hacía falta que entrara en detalles, parecía siempre la misma película. Le dije que iría temprano y que con seguridad Daniel llegaría más tarde.
- ¿Otra vez vendrán por separado? - preguntó conteniendo las lágrimas.
 Corté. Y si, la culpa era nuestra, compartida. Mamá no tenía nada que ver. Menos el viejo, pobre. Nuestra y de nadie más. Pero ninguno lo reconocería jamás, ni por todo el oro del mundo, ni por la salud de quiénes amamos. ¿O acaso el viejo, agonizando, no nos pidió como último deseo, que fuéramos juntos a verlo?
Como siempre, fuimos al bar y no hubo acuerdo. El pasado duele, las heridas no cierran, el orgullo es muy grande. Y el viejo se murió con mamá al lado, pero con nosotros distantes. Yo no fui al entierro. No podía. Porque iba a estar él, con ella.
Cada año, en esta fecha, todo lo que tratamos de olvidar a lo largo de los meses, se agolpa de repente en un torbellino de odio. Papá es papá, pero ni en vida nos sirvió de excusa. En su aniversario mamá sueña con reunirnos. Ni siquiera sabe de nuestros encuentros en el bar. De esos quince o veinte minutos de ambiente tenso y un café que carcome el estómago. Muchos menos sabe de lo que nos separó, Y no vale la pena entrar en detalles ahora.
Cuento esto porque incluso a mí me resulta difícil de entender. Siendo uno de los responsables de esta realidad, sigo sin aceptar mi mediocridad, mi actitud egoísta. Sin embargo, no hago demasiado por torcer el destino. Soy como la humanidad misma, que sabe lo que está mal pero lo sigue haciendo. Quizá por orgullo o estúpida soberbia, no lo sé. La vida es una sola y lo ideal sería aprovecharla, aferrarse a los seres queridos, sentir la dicha de cada día.
Pero así como entre todos matamos al planeta a diario, en lo personal destruyo lo poco que queda de esperanza en los seres que tengo cerca. Aún no sé la razón y si la supiera, quizá no la diría, ni por todo el oro del mundo. Ni aceptaría estar equivocado. A menos, claro, que Daniel lo reconociera primero.

15 de septiembre de 2015

Los campeones del mundo

Tokyo, año 2017. El Mundial de Bolitas transcurre con normalidad. Neumayer y Oyola avanzan sus respectivas rondas y todos esperan que lleguen a la gran confrontación final.
Claro que esto no sale en las noticias. Los fanáticos del campeonato más importante del mundo de las también denominadas canicas son muy pocos y a duras penas, a lo largo del planeta, rastrean la escasa información al respecto de la competencia. La encuentran en crónicas que aparecen en blogs especializados o en los mismos perfiles de los jugadores en las redes sociales.
Sin embargo, algo sucede en octavos de final que hace que toda la humanidad ponga su atención en el certamen y sobre todo, en los dos grandes candidatos al título, de quienes luego hablarán por años.
Aunque para llegar a ese punto, hay que retroceder un par de décadas. Y volver al siglo pasado.
Es 1991 y Nicolás Oyola apenas si ha escuchado hablar de Tokyo. Tiene cuatro años y una increíble habilidad para jugar a las bolitas. Tanto, que logra enojar a sus hermanos mayores y a los amigos de estos, a los que derrota en cada oportunidad con extrema facilidad. Su paso por la escuela primaria lo transforma en un mito viviente en el recinto escolar. Es el primer niño en cursar todos los grados sin haber perdido jamás una partida de bolita durante los recreos.
Lo notable es que también es imbatible en el barrio. Su fama se hizo tan grande que atrajo la visita de un hombre que estaba de visita en la ciudad. En la gran ciudad. Se presentó una tarde calurosa de verano a pocas semanas del comienzo de las clases. Para entonces se avecinaba para Nicolás el inicio de la educación secundaria y aquello lo tenía preocupado. Lo único que le interesaba era jugar a las bolitas. Pero sus padres le habían advertido que la escuela era importante y no permitirían que la dejara de lado por "ese juego de niños".
La llegada de ese nombre fue crucial. Quería llevarse a Nicolás a una gira internacional donde debía jugar contra chicos de todo el mundo. Era el sueño de su vida. Sus padres se opusieron tajantemente. Y Nicolás Oyola terminó haciendo lo que todo niño de doce años haría. Escaparse.
El hombre se llamaba Oliver Neumayer y era alemán. Su hijo, Helmet, tenía apenas tres años cuando su padre llegó a Berlín en compañía de un niño argentino llamado Nicolás.
Las giras llevaron a la familia Neumayer y Nicolás a recorrer el mundo. Y el entonces adolescente Oyola se fue haciendo amigo del pequeño Helmet, que a medida que crecía, dominaba más y más el juego que su joven amigo le enseñaba con entusiasmo.
Lo impensado ocurrió en 2002, en Ontario, Canadá. El imbatible Nicolás Oyola, la leyenda viviente de las bolitas en toda su historia, perdió por primera vez en su vida, en una partida de preparación para el mundial a jugarse en ese país de América del Norte. El verdugo, un pequeño de seis años. Se llamaba Helmet y él mismo le había enseñado a jugar.
Nicolás pensó siempre que el día que perdiera su invicto podría superarlo. Pero se equivocó. La derrota fue demasiado, se sintió desvalido y traicionado. Aquel pequeño, a quién tanto quería, se transformó en el ser que más odiaba en el mundo y de un día para otro abandonó a los Neumayer, retornando a su país.
Pero los Oyola, aún dolidos, no aceptaron recibirlo en el seno familiar. Nicolás, lejos de desanimarse, decidió que estaba lo suficientemente grande como para afrontar su vida y valerse por si mismo. Recordando entonces la manera de manejarse de Oliver Neumayer, y de la gente que éste frecuentaba, se dedicó a recorrer el mundo en solitario, sobreviviendo gracias al dinero de los torneos que ganaba y de las demostraciones en las que participaba.
A pesar que las noticias no le dedicaban espacio al juego de las bolitas, había suficiente terreno por recorrer y descubrió que podía vivir de lo que le gustaba. Mientras lo hacía, los rumores sobre la vertiginosa carrera de Helmet Neumayer llegaban a sus oídos. Pero no era eso lo que le daba bronca, sino que compararan su carrera con la de ese crío y aún peor, que algunos osaran afirmar que el alemán era mejor que él.
Nicolás evitó los torneos donde estaba el pequeño Neumayer. No los necesitaba para conservar su prestigio. Pero de a poco las insinuaciones sobre esos desencuentros, que si estaba uno, no estaba el otro, aparejaron especulaciones, como que Oyola le huía por miedo a perder como había sucedido aquella vez en Canadá.
Habían pasado diez años de aquel encuentro. Tiempo suficiente, según Nicolás y decidió anotarse en el Mundial de México. Pero para su sorpresa, Helmet no asistió. Según supo, los padres habían detenido por un tiempo las giras para permitirle terminar el colegio.
Ante la ausencia en el circuito mundial, Nicolás se quedó con los mundiales que se disputaron en México, Nepal y Finlandia. Su nombre era nuevamente el más importante en el firmamento del juego de bolitas.
Pero en 2016, y ante la muerte de Oliver Neumayer, su hijo Helmet, anunció que se graduaría como ingeniero y volvería a competir. Nicolás recibió la noticia en un certamen de demostración en Sudáfrica y no pudo dormir durante dos noches seguidas. Comprendió entonces que realmente le tenía miedo a su alumno, única persona que lo había vencido en su vida.
Tokyo había llegado y tanto Neumayer como Loyola derrotaban con amplitud a sus rivales. El gran duelo estaba garantizado. Los fanáticos de las bolitas de todo el mundo esperaban con ansias la tan postergada revancha. No había cadena de televisión que los televisara, ni diario en el mundo que publicara noticia alguna del trascendental campeonato, pero aquello que estaba sucediendo en el país asiático era algo que quedaría en los anales del juego de la bolita.
Aunque nadie preveía lo que sucedería aquel jueves de octavos de final.

Es tarde. Dos partidas se han extendido más de lo previsto y los dos encuentros más importantes, los que protagonizarían los dos candidatos, Oyola contra un pakistaní y Neumayer contra un español, se hacen desear. Hay ciento veinte espectadores en el auditorio transformado en cancha de bolitas en el centro comercial donde se desarrolla el torneo.
Nicolás espera tomando un café en un bar del primer piso. Helmet lee un diario en el restaurante situado a escasos metros del bar. Se han visto a la distancia, pero ninguno atinó a saludar al otro. Por más que estuvieran en el mismo lugar, no lo harían. Si eso tuviese que ocurrir, sucedería en el choque final. Nunca antes.
Nicolás no ve la hora de jugar, su partida es la siguiente. Helmet está tranquilo. Ninguno percibe el movimiento en la planta baja, ninguno sospecha de la camioneta que estaciona delante del complejo comercial. Sus mentes están en otras partes, donde imaginan una contienda sin igual, tantos años después.
Entonces, cada uno en su sitio, escucha el primer disparo. Parece un fuego artificial, algo extraño para el lugar. Luego llegan los gritos, la gente que corre y más disparos. Ahora están seguros, los sonidos provienen de armas de fuego.
Son yihadistas. Fundamentalistas del islam más radical. En los últimos cinco años han cometido brutales crímenes en nombre de la ideología que defienden. Y desde los últimos doce meses han expandido sus acciones más allá de su geografía original.
En planta baja, los hombres que responden al movimiento, disparan a mansalva sobre las sorprendidas personas que pasean o trabajan en el lugar. Algunos penetran dentro del auditorio donde se ha montado el campo de juego. Se escuchan más disparos y gritos. Nicolás corre instintivamente hacia el restaurante. Helmet está pálido sentado a una mesa. El diario que leía segundos antes descansa desparramado entre sus piernas. Al ver a su amigo de la infancia parado a pocos metros se convence que aquello es una escena que forma parte de un sueño o de una pesadilla.
Los yihadistas están subiendo al primer piso, Nicolas los ha visto camino al restaurante. Ocupaban las escaleras mecánicas, portando pesadas automáticas en los brazos. No tiene tiempo. En la mesa ve al Helmet de seis años, asustado, temeroso, que de todas formas salió en Ontario a disputarle esa partida sabiendo que llevaba las de perder.
Pero ahora ese niño ha crecido, es un hombre y teme por su vida. Como todos, como él. Corre y lo abraza y con un movimiento que no premeditó, lo arroja al suelo y escapa con él a gachas, hasta detrás de unos aparadores repletos de botellas de vino.
Segundos después los yihadistas irrumpen en el restaurante y abren fuego contra todas las personas a la vista. Oyola y Neumayer, sin que los terroristas lo sepan, permanecen agitados pero en silencio, en el reparo de aquella bodega improvisada. Respiran el polvo de meses sin limpieza, pero no abren la boca, no mueven ningún músculo. Solo escuchan, por la cercanía, el galopar sincronizado de ambos corazones.
Esos hombres y mujeres armados van y vienen, han ocupado todos los pisos del centro comercial. Los televisores permanecen encendidos y las cadenas de televisión emiten desde el exterior del lugar. Los pocos sobrevivientes que escaparon cuentan desesperados los momentos que pasaron dentro. En la pantalla del televisor que pueden observar a medias Nicolás y Helmet, a través de unas hendijas del aparador, aparece Sikolov, el jugador búlgaro. Entre lágrimas, parlotea un inglés que se entiende muy poco, pero con los gestos alcanza. El mundo se entera entonces que allí se estaba disputando el Mundial de Bolitas.
El tiempo se prolonga, las noticias hablan de muertos, de rehenes, de peticiones, de negociaciones que no terminan. Hablan familiares de los muertos cuyas identidades han sido identificadas, incluso ven sus propias biografías relatadas con pesar. Al parecer los jugadores de bolitas eran más reconocidos de lo que ellos creían. Sus fotografías ocupando la pantalla los estremecen. Nicolás siente la presión de la mano de Helmet estrechando la suya. Esos dedos que impulsaran las canicas con mayor precisión que él, tantos años atrás. Esos dedos que eran tan hábiles como los suyos, aferrándose con fuerza a él. Ellos dos, tan distantes y ahora tan juntos.
En la estrechez del escondite, en el umbral de la muerte, Nicolás deja caer sus últimas lágrimas. Helmet lo rodea con sus brazos y alcanza a susurrar una palabra que lo es todo, significado y significante, el universo mismo, la única verdad en la vida. Le dice "hermano".
Luego los gritos de alerta, las sombras aproximándose y los disparos.
Y nada más.

7 de septiembre de 2015

Respuestas

Del otro lado del río estaban las respuestas. De éste, solo la infinita paciencia y la incertidumbre eterna. Allá podía sentirse un hombre libre. Acá, un ser atado a responsabilidades.
Por eso cada fin de semana subía a su pequeña embarcación con motor fuera de borda y se escabullía corriente adentro, donde nadie pudiera encontrarlo. Era su rutina, su forma de vivir. Decía que si no lo hacía, iba a morir asfixiado.
Su mujer lo había aceptado mucho tiempo atrás. Sus hijos se acostumbraron a no tenerlo los fines de semana. Su carácter tajante lo había decidido así. Porque la isla no solo era un lugar de descanso, era su lugar en el mundo. Y no permitía que nadie fuera con él.
Cuando aquel lunes no regresó de madrugada, como cada lunes, su esposa se inquietó. Mandó a los chicos a la escuela y luego salió en bicicleta hacia la zona del cabotaje. Preguntó a los lugareños si habían visto a su marido. El hombre, si bien de pocas palabras, era conocido. Tampoco estaba el bote.
A media mañana se acercó a Prefectura y radicó la denuncia. Jamás lo había acompañado y no sabía el lugar exacto del rancho. Sintió vergüenza porque no podía brindar datos precisos. Y también bronca. Porque él jamás la había querido llevar. Si tan solo hubiera ido una sola vez, sabría indicarles.
Al mediodía regresó a su casa. Debía tener el almuerzo preparado para cuando volvieran los chicos del colegio. Por las dudas pasó por el taller donde trabajaba su marido. No fuera cosa que regresara tarde en otra embarcación, de algún conocido, y que en lugar de ir a casa, hubiese ido al taller.
Pero su capataz también estaba preguntando por él. Era la primera vez en quince años que se ausentaba sin aviso. Ella se asustó aún más. Tenía un feo presagio, si bien nunca se le habían dado esas cosas.
En casa se dio cuenta que estaba distraída. Se le pasó el arroz y se le quemó la salsa. Quería llorar pero de un momento a otro volverían sus hijos y no quería trasladarle la angustia que en esos momentos sentía.
Sin embargo, mientras ellos comían sentados a la mesa, escuchó los pasos al trote de alguien que se acercaba por el largo pasillo que conducía hasta la entrada de la casa. Quién fuera no tardó en golpear la puerta.
Abrió con el temor que se abren las puertas en estos casos, cuando una mala noticia está al caer. Era el Luis, el más grande de los Quiroga. Por la pinta, pantalones mojados, la piel colorada, venía del río. Cada mañana junto a sus hermanos se iban al río para pescar algo que pudieran vender en la ruta.
- Doña Irma, los de Prefectura la están buscando, parece ser...
La mujer no alcanzó a escuchar nada más. Se desvaneció, presa de la situación. Tardaron al menos cinco minutos, entre sus hijos y el Luis, en hacerla reaccionar.
- Mamá, mamá...
Los chicos estaban asustados y el Luis no se animaba a levantarla, por miedo que se le cayera de los brazos. Era de cuerpo grande mientras que al joven los huesos se le marcaban en la piel de lo flaco que era.
A duras penas la hicieron reaccionar. Una vez recuperada, se fue caminando hasta la zona de la ribera. En las afuera de la dependencia de prefectura había un revuelo de personas. Cuando la vieron llegar se fueron apartando, para dejarla entrar.
La recibió el prefecto en persona. Un hombre alto, de cabello blanco y bigotes oscuros.
- Mire señora, esto es difícil de explicar...
La mujer estuvo a punto de entrar en llanto, pero se hizo fuerte en el momento justo. Habría tiempo para derramar lágrimas.
La condujo hacia otra sala, acompañados por un subalterno. Señaló una puerta al fondo.
- Necesito que lo reconozca y nos diga si es su marido.
Respiró hondo. Jamás se había imaginado en esa situación. Los tres metros que la separaban de la puerta, que de un momento a otro sería abierta, eran tan cortos como eternos. Podía llegar en dos pasos y al mismo tiempo, cruzar ese marco representaría el camino más largo de su vida.
La puerta cedió y luego del subalterno y el prefecto, entró ella.
- Díganos... ¿es su marido?
Algo se rompió en el pecho de la mujer. Fue un sonido seco, casi un lamento. Pero solo ella pudo escucharlo. Coincidió con la imagen ante sus ojos, inesperada, dolorosa, en el límite mismo con la angustia y la histeria.
Allí estaba su marido, el mismo que había visto salir dos días atrás, pero al mismo tiempo, sin ser la misma persona.
- ¿Es el hombre que está buscando, señora?
Era, sin dudas que lo era. ¿Pero cómo decirlo? ¿Como desanudar eso que sentía en su garganta? ¿Cómo convertir el llanto reprimido en palabras? ¿Cómo superar la vergüenza?
Su marido estaba sentado en una silla de madera, maquillado, con peluca naranja y vestido de mujer. Estaba descalzo, pero los zapatos de aguja permanecían a un lado de sus pies.
- Lo encontramos en el yate de un concejal, en medio de una fiesta que se fue de las manos. Hemos arrestado a varios, incautado droga y alcohol. A este lo hemos reconocido por la foto que usted nos dejó. ¿Nos confirma que es su marido, señora?
Ella no pronunció palabra alguna. Pegó media vuelta y se marchó. Había respuestas que solo el silencio era capaz de brindar.

3 de septiembre de 2015

La china de Carlitos

Estaba a punto de pedir la cuenta y abandonar el bar, cuando lo vi del otro lado de la calle, mirando por encima de los techos de los coches, mientras aguardaba que el semáforo le diera la posibilidad de cruzar. Trataba de divisar mi silueta a través de la ventana, con la esperanza de encontrarme en una mesa cercana a los ventanales. No me vio, pero yo si a él y con eso bastó para que cambiara de idea y en lugar de pagar pidiera dos café, sabiendo que eso era lo que él iba a querer una vez se sentara a la mesa.
Entró empujando con violencia la puerta, no por bruto, sino de apurado. Sus ojos se movían al compás de su cuerpo, que parecía un maniquí al que giraban de un lado a otro. Cuando finalmente me ubicó, el mozo llegaba con lo que había pedido treinta segundos antes.
- Antonito, que suerte que todavía estás - me dijo mientras me estrechaba un abrazo. Ni siquiera había esperado que me levantara, se había arrojado sobre mi cuerpo efusivamente. Así era Carlitos desde el primer día que nos presentaron, en el último año de la secundaria.
- Me quedé a esperarte, me pusiste en el mensaje que era vital para vos hablar conmigo - aún recordaba el texto en el celular, cargado de misterio, como solía hacer mi amigo con todos sus mambos.
Puso cara de apesadumbrado y se llevo las manos al rostro. Detrás de los dedos, sus labios se movieron.
- No tenés idea Antonito lo que me está pasando.
Me podría haber asustado en caso de haber sido cualquier otro amigo, pero se trataba de Carlitos. Podría decirse que el "no tenés idea" era el preámbulo esperable en toda conversación con él.
- ¿No estarás enfermo, no? - pregunté por compromiso, mientras mojaba una medialuna en el café.
- Ojalá... - Carlitos hizo una pausa, miró el pocillo delante de sus narices como si recién se diera cuenta que estaba allí, como si el humeante espectáculo que surcaba el aire frente a sus ojos no fuera producto del vapor del café caliente sino fruto de un raro truco de magia ofrecido por la superficie vieja y descolorida de la mesa del bar - ¿Para mí? ¡Gracias Antonito! Pero mirá que estoy sin un mango, eh.
No hacía falta la aclaración. Siempre estaba sin un peso encima. Y no solo lo aceptaba sino que con seguridad en unos minutos se pediría un jugo de naranja, otro café y de ser posible un tostado con jamón pero sin queso.
- A ver Carlitos... ¿por qué ojalá? - estaba esperando que se lo preguntara, así funcionaba desde siempre.
- No sabés, no sabés... - hizo otra pausa, ahora para meterse la mitad de la medialuna en la boca y luego, apurarla con un tragó de café - Hay una mina que no me puedo sacar de encima.
Mi amigo tenía un repertorio. Pude haberme esperado un "hay una mina que no me puedo sacar de la cabeza", o "la nueva en el trabajo me vuelve loco", o yendo más lejos, "la del kiosco de la esquina se pone unos escotes que hace que vaya varias veces al día a comprar cualquier cosa, no importa, el tema es ir a verla". Esos ejemplos ya los había escuchado de su boca. El que había esgrimido era otro de sus clásicos.
- ¿En el trabajo, dónde...?
- No, qué va a ser en el trabajo... en la red social esta, no me sale el nombre, la del dibujito azul, que te etiqueto en las fotos...
- Si, si, ya sé, contame... - que me etiquetaran en las fotos vaya y pase, que Carlitos me etiquetara en las imágenes que creía graciosas era un dolor de testículo al que jamás me acostumbraría.
- Bueno, esta mina empezó a seguirme. Ojo, en la red social, no en la calle - rió con ganas - Es que no es de acá, Antonito, por eso me rió... es extranjera.
- Pasemos en limpio. Tenés un contacto que no es del país que te gusta.
- Pará, pará... ¡no te anticipes! Dejá que te cuente. Si, me gusta, claro que me gusta. Es china. Así que a veces me la confundo con otras chinas que tengo entre los contactos...
- ¿Tenés chinas? ¿Dónde las conociste?
- ¿Vas a dejarme contarte? Es largo de explicar y no es el caso.
Acepté a regañadientes. ¿Chinas? De Carlitos podía esperar cualquier cosa.
- El tema es que esta china, que es muy linda, tiene un cuerpazo y unas... - abrió las palmas de las manos y las puso hacia arriba, como si sostuviera un peso imaginario - bueno, esta china habla español. Empezamos a cruzar palabras, frase va, frase viene...
- ¿Qué le decís a una china? Porque debe ser una cultura diferente, una forma de pensar distinta... - Carlitos me miraba con su mirada de "arrojar rayos", mientras trataba de contener las ganas de reírme que tenía.
- ¿Podés dejar de interrumpirme? Es grave esto Antonio.
Mi nombre de pila, sin diminutivos. Lo pronunció con lentitud, enfatizando de esa manera la criticidad de lo que me estaba por - o intentaba - contarme. Hice silencio y con un además, mientras me llevaba el pocillo a la boca, le pedí que continuara.
- La china se me enamoró. Así, de un día para otro. Le escribí un par de poemas y se cayó de culo. Parece que en china no se estila, no sé. Con lo romántico la maté. Un amor platónico, pensé. Ella en China, yo acá. Miles de kilómetros, no sé cuantos mares de por medio, me imagino que aunque sea un par de océanos también. Fotito va, fotito viene y nada más. La tecnología habrá avanzado mucho, estarán las camaritas, pero no puedo meter una mano a través del monitor. Al menos por ahora. Así que me dije, vamos para adelante con la chinita. Total... - Carlitos volvió a llevarse las manos a la cara, agachando ahora la cabeza de tal manera que la frente quedó apoyada en la mesa.
- ¿Y qué pasó, Carlitos?
Se irguió con cara de preocupación.
- Comenzó a escribirme cada vez más seguido, ya no era solo cuando chateábamos. Cada vez que abría la computadora tenía al menos diez mensajes de ella. Empezaron siendo tiernos, luego con insinuaciones, luego acalorados y finalmente, totalmente explícitos. Caliente al cien por cien la china. No te imaginás las cosas que me dice, que me propone... me pongo colorado de solo pensarlo. Pero eso no es nada...
Nueva pausa. Me miró a los ojos y de inmediato giró la cabeza hacia la barra y llamó al Ruso, el mozo. Le pidió el jugo de naranja y el tostado de jamón pero sin queso. Omitió esta vez el café, Eso significaba que luego pediría helado. Carlitos no era complejo, más bien rutinario.
- Contame Carlitos, no me dejés con la intriga así...
- Ayer me llegó un solo mensaje. Te juro que ya me daba miedo meterme en la computadora. Pero al ver un solo mensaje, vos dirás, tendría que haberme aliviado. ¡No! Al contrario.Temblé. Y no era para menos. El mensaje tenía una imagen adjunta. Casi siempre las imágenes eran de sus te... bueno, de sus partes íntimas, cosas mundanas... esta imagen era otra cosa Antonito: era el boleto de avión hacia Argentina.
Me quedé mudo. Carlitos volvió a llevarse las manos a la cabeza. Luego me largué a reír.
- ¿De qué te reís, pelotudo?
No podía parar de hacerlo, Me dolía el estomago y empeoraba al verle el rostro sorprendido por mi reacción.
Me repitió la pregunta elevando el epíteto alrededor de cinco veces. Cuando pude calmarme le arrebaté el vaso de jugo y lo vacié en mi boca.
- Es que estas cosas te pueden pasar solo a vos Carlitos, empecemos que a mí nadie me daría bola jamás y por otra parte, jamás llevaría algo tan al extremo como vos. Mirá que encararte una china...
- No te hagás el vivo ahora, que necesito que me ayuden, no que me agarren para la joda.
Volví a reírme, pero pude contenerme con rapidez.
- Perdoná, es que te imagino poniéndole candados a la puerta de tu casa... pará un poco ¿y cómo podría ubicarte la china? ¿Le diste tu dirección?
- Y claro, aproveché apenas empezamos a chatear para que me mandara algunas cositas electrónicas de allá, por correo. Viste que allá es todo más barato, porque los fabrican ellos...
- ¿Y necesitás entonces dónde quedarte?
- Diste en el clavo. Si podés, necesito lugarcito en tu departamento...
- Carlitos, hace dos años que no vivo solo, lo sabés muy bien, apenas si entramos con Margarita. ¿Dónde querés que te meta?
- Si me agarra la china, me destroza.
- Carlitos, ponete firme y hacele saber que tus intenciones eran otras, en todo caso, no sé, hagan lo que tengan que hacer y que se pegue la vuelta. Mirá que te metés en cada una vos... en el departamento no te podés quedar.
- No, pero yo no me quiero quedar, ojo, Antonito, no entendés. La china me destroza, me mata, literalmente te lo digo. En casa ya tengo adentro a la portuguesa que me hablé todo el mes pasado... ¡cómo carajo hago para hacerle entender que eso de "sos la única mujer de mi vida" era puro verso! en cambio, si vos me bancás a la portuguesa un par de semanitas, yo...

Me dio lástima el Ruso, al que seguro Carlitos no solo no le pagó, sino que seguro le encargó algo más antes de irse. Lo dejé hablando solo, como sucede casi siempre. Es que Carlitos tiene ese no se qué, que es difícil decirle que no. Pero uno la ve venir antes, mucho antes. Cuando llegué a casa y Margarita me preguntó que le pasaba ahora al paparulo de mi amigo, le resté importancia: Nada grave vida, un litigio internacional de proporciones anecdóticas.







27 de agosto de 2015

El hombre bajo la lluvia pálida

Vertió el café dentro de la taza, llenándola hasta arriba. El vapor del calor escapó lentamente, haciéndole sentir en el rostro el presagio de un desayuno cálido en medio de una mañana fría, pero a resguardo en aquella cabaña en medio del bosque.
Se sentó a la mesa con la única compañía de un viejo libro elegido al azar de la biblioteca. Las hojas amarillentas se dejaban leer, a pesar incluso del olor a humedad y olvido que despedían.
Una fina llovizna blanca caía mansamente del otro lado de la ventana, pero la ignoraba, enfocando su mirada en la simpleza de la taza, el color del líquido y la certeza de su sabor.
Sorbió un poco y tomó una galleta. La masticó con voracidad. El sabor dulce se disolvió en su boca. Luego bebió el resto del café.
Algo le decía que sería un día diferente a los demás. Una sensación extraña, una especie de presagio. Aunque no creía en esas cosas, podía experimentar en su cuerpo algo más que el simple calor del líquido caliente recién ingerido.
Se puso de pie torpemente, golpeando la mesa. La taza bailoteó sobre la madera, pero se mantuvo de pie. Recién entonces miró hacia la ventana. El frío se mantendría, después de todo. Aunque eso no era algo nuevo. Sin embargo, unos pocos rayos de sol que habían logrado filtrarse entre las espesas nubes la tarde anterior le habían dado una pequeña esperanza.
Cubrió su cuerpo con abundante ropa de abrigo, se calzó guantes de doble grosor y el casco con lente protector. Suspiró asumiendo la responsabilidad de cada día y salió al exterior.
El frío lo envolvió con prisa, casi asfixiándolo. La blanquecina lluvia podía llegar a doler si no estuviera tan protegido. En el cielo los nubarrones se habían cerrado y era una sola cosa, entre oscuro y brillante, que dominaba desde el horizonte hasta donde llegaba su mirada. No había rastros del sol ni de alguna otra cosa en el firmamento.
El aire estaba imposible. El sensor en su vestimenta indicaba que los valores de dióxido de carbono estaban más altos que el día anterior. Cada jornada veía lo mismo. Hacía semanas que había dejado de reportarlo.
Caminó los dos kilómetros hasta el puesto de vigilancia, subiendo con cuidado la escarpada colina, traicionera por el resbaladizo suelo y la persistente pálida lluvia.
Ya en su sitio, observó a través de los amplios ventanales. Era la cima del mundo. Todo estaba debajo de él. Aquel puesto flotante era la isla artificial elevada más alta de todas. Podía ver a todas las demás y mucho más abajo, casi perdiéndose de la vista, lo que alguna vez había sido la superficie del planeta, ahora un mando de oscuridad y hielo.
La existencia era una cuenta regresiva, tan solo eso. Y cada día había menos tiempo en aquel reloj imaginario. El frío hacía más que congelar los huesos. Detenía toda esperanza. Mataba cada ilusión. Hacía estéril todo sueño.
Allí arriba, era testigo de eso. De cada fuego que más abajo se extinguía, de cada isla que quedaba en silencio sumándose a la oscuridad imperante. Ya no se comunicaba con los demás y los demás no trataban de hacerlo con él. A nadie le importaban sus reportes, ni el estado del clima. Era el mismo en todas partes. El fin de los días. El fin de la humanidad. En silencio, en soledad, sin que a nadie le importara.
Permaneció en el refugio de control hasta que su reloj interno le dijo que era de noche. Afuera, en cambio, todo permanecía igual. El frío, la lluvia, la sensación de adiós, esa que lo había embargado desde temprano.
Emprendió el regreso, paso tras paso, el pesar de la muerte próxima sobre sus hombros. Y entonces, escuchó la primera explosión. Luego otra y otra. A duras penas volvió a subir la pendiente para encaramarse en el puesto vigía.
Sus ojos vieron algo más que fuego. Eran gigantescas llamaradas, bolas enormes consumiéndose allá abajo. Tardó en comprender lo que sucedía. Ardían las islas flotantes, mientras las explosiones no cesaban. De una a la otra viajaban enormes misiles.
Atónito supo que era el fin. Que nada quedaría. Que no sería el frío, sino el fuego el que devastaría todo. Como si la humanidad quisiera, una vez más, tener la última palabra. Ya nada le importó. Resignado retornó a su cabaña. Se prepararía un café y se iría a dormir. No había necesidad de despertarse temprano el día siguiente. Ni ningún otro.

17 de agosto de 2015

Diluvio imposible

Las primeras gotas cayeron en forma oblicua, golpeando contra la ventana. Una, dos, tres... de pronto una docena, luego, un diluvio imposible.
El vidrio se tiñó de rojo y el otro lado era un misterio tenebroso. Nos levantamos abruptamente de la cama. Estábamos prácticamente desnudos. Corrimos a la puerta para salir a la calle pero nos detuvimos ni bien entramos a la sala de estar, al sentir bajo nuestros pies la humedad helada que mojaba la alfombra.
Encendimos las luces y reprimimos al unísono nuestros gritos. La alfombra estaba tan roja como una herida abierta. La sangre entraba a raudales por debajo de la puerta.
Ella se abrazó a mi cuerpo con tanta fuerza que caímos de espalda. Fue como chapotear en medio de una salvaje carnicería. Nos pusimos de pie como pudimos, resbalando en aquel torrente sanguíneo a escala y buscamos refugio en las habitaciones más alejadas.
Pero el pasillo estaba inundado y ningún lugar estaba a salvo. Ahora podíamos escuchar el estruendo de aquella lluvia feroz golpeando contra el techo. Parecían balas rebotando contra las tejas. Nos acurrucamos en un rincón, llorando casi sin darnos cuenta.
Cuando el sonido cesó, abrimos los ojos de a poco y separamos nuestros cuerpos como para poder observar alrededor. No dábamos crédito a lo que veíamos. La habitación estaba impoluta, sin una mancha roja.
Caminamos hasta el pasillo, revisamos cuarto por cuarto y pisamos nuevamente la alfombra: seca, como si jamás se hubiera vertido sobre la misma, líquido alguno. El silencio era absoluto. Fuimos hasta nuestra habitación. Podíamos ver la ventana y a través de ella. El paisaje era el anodino de siempre, con sus casas, la calle angosta y del otro lado, la plaza de juegos.
Pero había algo más que nos sobresaltó. En el centro de aquel paraje verde rodeado de hamacas, toboganes y sube y bajas, había una extraña montaña, tan alta que no podía creerse.
La tomé de la mano y corrimos hacia la calle. De la misma manera que lo hacíamos nosotros, otros vecinos se asomaban para corroborar lo que veían desde dentro. Apenas iban vestidos, sorprendidos a tal hora de la noche. Nos fuimos acercando a la plaza con el mismo espanto que minutos antes habíamos soportado esa particular tormenta.
Al hacerlo, comprobamos que no nos habíamos equivocado. El montículo era gigantesco. Apilados, uno sobre otro, en una montaña del terror, hueso sobre hueso, cráneo sobre cráneo, esqueleto sobre esqueleto. Entre uno y otro, en algunas partes, a pesar de la oscuridad, podía verse -  y olerse -
la sangre fresca.
Nos quedamos allí unos breves segundos. Luego, corrimos hacia nuestras casas. Allí estamos ahora, en silencio, sin abrir la boca, pensativos, tratando de entender lo que ha pasado. En la mente aún reverberan las gotas pesadas y oscuras, y en los cuerpos, sentimos aún la humedad de la muerte ahogando cada uno de nuestros sentimientos.
Tememos, ante todo, que las gotas vuelvan a golpear las ventanas.

12 de agosto de 2015

Entrevista a una sombra

Nos sentamos en sillones de respaldo alto, individuales, en una sala muy espaciosa que parecía transportarnos un siglo atrás. Iluminados apenas por la luz de las velas de un candelabro, celebramos el encuentro con un par de palabras de ocasión y dimos por entendido que era hora de comenzar con la excusa que nos reunía: la entrevista.
Debo destacar que a diferencia de otros diálogos que he tenido con diversas personalidades de variados ámbitos sociales y artísticos, me encontraba por primera vez con un entrevistado al que difícilmente podía catalogar en un extracto determinado. Consideré que por allí debía comenzar.

- ¿Cómo podría definirse?
- Como lo que soy: una sombra.
- ¿Una sombra de alguien particular...?
- Mire, las sombras somos inmortales. En la actualidad soy la sombra de un kiosquero. Vida sedentaria si las hay, siempre entre papeles, cuyas sombras inertes hacen poca compañía.
- ¿Y en este momento el kiosquero está sin sombra?
- No, salvo los vampiros, a quienes por una cuestión gremial le hemos quitado hace siglos el privilegio de acompañarlos, siempre una sombra acompaña a cada cosa. Existe lo que llamamos sombras suplementarias, que mientras esperan ser asignadas ocupan roles de reemplazo temporal.
- Menciona que son inmortales, eso significa que nadie tiene una sombra única, cuando uno muere esa sombra va a otra persona.
- Exacto. Su sombra, por ejemplo, la conozco de hace tiempo. Ahora toma su forma, pero la he visto en muchas otras personas y objetos a lo largo de nuestra existencia.
- ¿Conoce mi sombra?
- Si, hemos coincidido varias veces.
- Ustedes entonces han sido testigos de la humanidad...
- Existimos desde mucho antes, por supuesto.
- ¿Ha sido sombra de alguna reencarnación? Es decir, le ha tocado dos veces la misma persona.
- Esa cosa no existe. A lo sumo, me ha tocado en suerte ser la sombra de algún lazo dentro de una misma familia, a lo largo del tiempo.
- ¿Prefiere ser una sombra de un ser vivo o un objeto inanimado?
- No depende de uno, sino de la demanda laboral. Si me diera a elegir, me gusta ser la sombra de un tigre. Lo fui un par de veces y es emocionante. Sobre todo porque nada se compara con correr por la sabana africana en jornadas de sol pleno.
- Según las definiciones aceptadas en diccionarios e enciclopedias, una sombra es una región de oscuridad causada por la ausencia de luz, obstaculizada por el objeto que la sombra representa.
- Es solo una definición, somos más que eso. Nuestra existencia no es un secreto para nosotros, pero no podemos salir a contarlo así porque sí.
- ¿Las sombras vendrían a ser enemigas de la luz?
- Solo le puedo decir que nuestra oscuridad protege a la luz. De qué, seguro se preguntará. Bueno, eso no se lo voy a responder. Es más fácil explicar lo desconocido que entenderlo.
- ¿Qué quiere decir?
- Que la sola idea de concebir vida en las sombras, espantaría a cualquiera. Y creo que el pensamiento humano está muy lejos de comprender nuestra misión en el universo.
- Pero con esta entrevista eso quedará a la vista, el mundo...
- El mundo lo tomará como una mera ficción. Ni siquiera trajo consigo una cámara de fotografía para capturar este momento.
- Es que un buen dibujante hará luego la ilustración...
- Comprendo que tiene un bajo presupuesto, eso sí lo comprendo. Le di la entrevista porque no viene de la National Geographic ni de Gente. No deseo fama. Pero tenía ganas de hablar.
- ¿Cómo podemos contactar a nuestras sombras? - No es posible. Son dos realidades divergentes, unidas por una necesidad de equilibrio. Solo en la oscuridad total pareciera que existiera una ruptura, pero no es así, incluso allí, donde no pueden percibirnos, aún estamos.
- ¿Y cómo podemos hacer para convencer a una sombra que por un momento detenga su copia automática de nuestros movimientos y sea libre de hacer lo que quieran?
- ¿Cómo es que está tan seguro que es la sombra quien copia el movimiento?
- ¡Es lo que sucede! Mire, ahora mismo, muevo mi mano y mi sombra se mueve.

La sombra rió de buena gana y se puso de pie. Dijo algo como que se estaba haciendo tarde, me permitió un apretón de mano y se retiró sigilosamente hasta perderse en los rincones oscuros de aquel lugar donde me había citado.
Quedaron en mi libreta varias preguntas apuntadas y un montón de dudas bailoteando en la cabeza. El entender es a veces un don que no dominamos.
De ahora en más prestaré más atención a las sombras tratando de buscar en ellas las pistas que mi anónima entrevistada dejó en forma de respuestas. Y no habrá manera, estoy seguro, de no detenerme ante cada kiosco, aguardando que esa mancha oscura que se mueve a la par del kiosquero me haga un guiño al verme.
De vez en cuando, sentado en las penumbras, le hablo a la mía. Pero hasta ahora no tenido respuesta alguna. Y difícilmente la obtenga.

8 de agosto de 2015

Segunda oportunidad

La única vez en mi vida que observé algo parecido a una centella fue una fracción de segundo antes de la explosión. Fua algo emocionante y abrumador, pero la experiencia fue efímera. Luego llegó el sufrimiento.

El turno que se despierta con la primera claridad del día se encarga del riego. Los campos son arados por la noche, en la inclemencia propia de la oscuridad. Ellos, los que aran, se acuestan en el mismo momento que nosotros avanzamos con recipientes repletos de agua.
El trabajo es minucioso, coordinado. Ninguna parcela de tierra queda sin el líquido de la vida. Cuidamos mucho de ello. Nadie habla, el silencio es señal de respeto y también de vergüenza. En el aire vuelan unos pocos alados y desde los pocos rameríos distantes se escucha algún que otro sonido solitario.
Las nubes, en lo alto, pincelan al cielo con esos trazos claros y desprolijos que sin embargo irradian esperanza y sueños.
Cuando la faena ha terminado, regresamos lentamente hasta las cuevas. Otros saldrán en breve a rastrear malezas o alimañanas. Entre todos, buscamos sobrevivir.
Al atardecer, ya bajo ese techo precario, sumamos pieles a las que tenemos puestas. El clima comienza a enfriarse, de la misma manera que nuestros cuerpos. Un cuenco de sopa caliente nos calentará por dentro y tratará de apaciguar esa sensación extraña de estar vivo.
No siempre lo logra.

El descanso es importante. Debemos estar fuerte para el día a día. La rutina es agobiante, pero si el cuerpo está cansado, se hace el doble de difícil. Pero a todos nos cuesta cerrar los ojos. En la negrura del sueño suele aparecer el pasado en forma de imágenes devastadoras. El planeta nunca nos perteneció, pero recién ahora lo comprendemos. Nos cuesta poder adaptarnos pero no hay otro lugar donde ir.
Ya nadie habla de la venganza del planeta. Eso fue producto de la impotencia. Tan solo la naturaleza hizo su parte y nosotros estábamos donde no debíamos. Es decir, ocupando un rol que no merecíamos. La misma luz del cataclismo que nos borró del mapa es la que iluminó nuestras mentes, nuestra conciencia, nuestra capacidad de entender.
Algunos dicen que ocurrió tarde. No pienso del mismo modo. Aún estamos a tiempo. ¿Aún respiramos, no? Quizá este mundo nos esté dando una segunda oportunidad. O bien, solo se esté divirtiendo con nosotros, al menos por un rato más.
Finalmente el cansancio nos vence y caemos rendidos en el sopor sin luz de los párpados caídos. Hasta que llegan las imágenes...

Por la mañana el trajín reinicia su ciclo. Los tres soles emergen reyes del horizonte y nuestros rostros se vuelven radiantes con la luminosidad que gobierna el vasto terreno, mientras las cuatro extremidades abrazan el terreno pedregoso e inestable. Caminamos hacia los campos para darles de beber y aguardar esperanzados que la vida resurja del suelo derruido, que nuestro mundo nos perdone las impertinencias y podamos seguir viviendo como lo hacíamos antes.
El cielo sobre nuestras cabezas parece observarnos, casi con piedad. Nosotros tratamos de observar a través de su infinito paisaje, con la ilusión de no sentirnos tan solos en el universo. Aunque hoy nos conformamos con sobrevivir, en algún momento soñábamos con llegar más allá de las nubes.
Quizá si esta segunda oportunidad es tal, si podemos aprovecharla, el futuro sea un lugar mejor. Quizá. En tanto, dejamos fluir el agua a través de los surcos, aguardando el milagro.

4 de agosto de 2015

El ventanal del edificio de enfrente

La habitación era pequeña, pero confortable. El departamento en si resultaba espacioso, con varios baños y una sala de estar amplia, con sillones, mesa e incluso televisor. La cocina estaba aparte, lo que brindaba mayor comodidad. Había otras habitaciones con otros inquilinos, como sucede en los departamentos modificados para subdividir los ambientes y alquilar las piezas. Es un negocio rentable, redondo, sin fisuras. Más en ciudades grandes, donde la gente acude para estudiar o trabajar.
La ventana, la de la habitación - porque en la sala común no había como tampoco balcón - daba a la calle. Una cortada muy cerca de una avenida, que contrastaba con el ajetreo del tráfico automotor de otras arterias cercanas. De veredas angostas y calle aún empedrada, aunque disimulada por una fina cama de asfalto, la zona podía calificarse de tranquila. Casi un microclima dentro de la gran ciudad. Quizá por lo angostas de las veredas, los edificios parecían aproximarse de un lado y del otro de la calle, si bien era solo una sensación visual desde la ventana.
No era mía. Difícilmente habitaría en una ciudad donde la gente se aglutina en cada rincón y la rutina sea correr para todo, para llegar antes a la parada del colectivo, para poder entrar al subte, para ganar un minuto y cruzar la calle antes que el semáforo lo impida. Inconscientemente la vorágine nos devora y al poco tiempo de estar en sus fauces, nos hace creer que el tiempo marcha de manera distinta y que nuestras vidas dependiera de cómo nos movemos.
La habitación era de mi mujer, que cada tanto se afinca en ese vertiginoso mundo por cuestiones laborales y la mía era una visita de pocos días. No conocía ese lugar. Hacía rato que había optado por permanecer en mi ciudad, mucho más chica y silenciosa en lugar de acompañarla como otros años. Además, si bien los hijos ya están grandes, tampoco son adultos y necesitan de alguien cerca. Y las obligaciones escolares y sus amigos, impiden que se puedan movilizar tanto como cuando dependían en todo de sus padres.
Pero no fue el departamento ni esa zona de la ciudad lo que llamó mi atención. Fue la ventana. Pero no la nuestra, la que compartíamos con mi mujer cuando entrábamos a la pequeña habitación, sino la otra. La que vidrio de por medio y varios metros, en un cruce imaginario por encima de las veredas y la calle, nos miraba desde el edificio de enfrente.
Era un doble ventanal que mostraba un espacio vacío, salvo por detalles determinantes: un atril de pintor, dos enormes cuadros en la pared de cara a la ventana, manchas de colores en las paredes y tres flores troqueladas en papel y pegadas al vidrio.
Un poco más abajo, en la facha del edificio, se anunciaba la venta del piso. Las medidas eran colosales. Le pregunté a mi mujer que había sido ese lugar, si acaso un taller de pintura o estudio de un pintor. Me dijo que no sabía, que cuando llegó ya estaba el cartel de venta y que jamás había visto luz encendida y mucho menos, alguien en ese lugar.
Cada tanto, mientras me cambiaba o me preparaba para acostarme, a lo largo de esos días, me detenía a observar con curiosidad hacia aquel lugar vacío atrapado en un edificio de cuatro pisos y varias puertas en la fachada a la calle. Había algo que me cautivaba. Pero no sabía afirmar con precisión qué. Uno de los cuadros mostraban una figura que semejaba a un humano, pero con un cuerpo trazado con líneas simples y rectas y una cabeza redonda y expresiva, con la boca abierta de manera exagerada y los ojos inyectados de asombro.
La pintura a su lado era una explosión de rayas de colores, que nacían en un centro y se expandían en trescientos sesenta grados desde el punto en común. Pero una mitad del cuadro tenía fondo claro y el otro, una especie de rojo desteñido, como el de la sangre, pero seca y olvidada.
Las manchas en las paredes eran pequeñas, coloridas, hechas al azar pero con un patrón o lógica. La idea había sido, sin dudas, darle vida al apagado celeste de fondo. El atril, por su parte, estaba en el extremo derecho de la habitación. No sostenía ninguna hoja, pero estaba allí esperando algo. Su presencia era inquietante.
Las flores de papel cortadas, pintadas y pegadas en el vidrio era el detalle que delataba, a mi entender, un género. El femenino. Una tarde le dije con total seguridad a mi mujer que allí vivía una profesora de dibujo o artista plástica que daba clases y que algo le había pasado. Algo trágico y terrible. Algo que había detenido el tiempo en aquella gran habitación del edificio de enfrente. Ella rió con ganas. Me achacó que tenía mucha imaginación. Podía ser cierto, pero los detalles...
Debo reconocer que a favor de su teoría, en la que me enumeró todas las razones por las que era más fácil suponer que en realidad solo se le había terminado el alquiler a alguien o esta persona había dejado de dar clases, había varios puntos interesantes. Pero en cada ocasión que miraba a través de la ventana, esa sensación que a veces tenemos cuando está por avecinarse una tormenta me asaltaba con fuerza, erizando la piel de mis brazos.
Siempre en penumbras, el atril vacío, eran signos y voces que en silencio clamaban por algo. El cuadro de la figura gritando me conmovía cada vez más, de la misma manera que lo hacía la silenciosa explosión de colores del cuadro contiguo. Ningún movimiento, nadie visitando el sitio para comprarlo. Como si hubiese quedado en el olvido, como si el enorme cartel fuera una mera decoración que no le importaba a nadie.
- Allí murió alguien, por eso no se llevan las cosas - musité una noche, con la luz apagada. Mi mujer se revolvió en la cama y murmuró algo. No entendí qué. Quise cerrar los ojos, pero ya no pude. La idea creció en mi cabeza.
A la mañana siguiente preferí quedarme en el departamento. Alegué una descompostura. Ella salió a hacer unos trámites. Aproveché y bajé a la calle. Crucé hasta el otro lado y toqué timbre en una de las puertas. No respondió nadie al llamado. Podía ser que justo oprimiera el del piso vacío. Probé suerte con otra. Tampoco tuve éxito, Golpeé en todas. No hubo respuestas. Era probable que todos salieran a trabajar, que los niños estuvieran en sus respectivos colegios. Era probable. Cómo también que ellos supieran que yo sabía y que entonces escogieran dejar las cosas como estaban, en la oscuridad, optando por no abrirme la puerta.
Volví resignado al departamento. Cuando volvió mi mujer, le dije que estaba mejor. No era cierto. Aproveché los últimos días de mi visita para alejarme todo lo posible de aquella vista. Fuimos al cine, al teatro, compartimos un asado con amigos, recorrimos librerías y gastamos las suelas de nuestras zapatillas recorriendo zonas de compras.
La última mañana de mi visita le di un beso a mi mujer, agarré el bolso y de espaldas a la ventana, rodeándola con el brazo por la cintura, tomé una foto para recordar esos preciosos días juntos en el mismísimo infierno del caos citadino, junto al amor de mi vida, a quién pronto tendría nuevamente en casa.
Cuando llegué a casa descargué las fotos, sin poder quitarme ese ventanal doble de mi mente. Busqué la última fotografía y la imprimí en papel de buena calidad. La miré un buen rato, sin sorprenderme. La sonrisa amplia y hermosa de mi mujer domina la escena, y como siempre que la miro, me quita el aliento, me inspira paz, me da alegría. Detrás de ambos, a través de nuestra ventana, está el ventanal doble. A pesar de la distancia, la imagen es clara. La pared salpicada de colores, los dos cuadros imponentes, el atril vacío, las flores recortadas sobre el vidrio y la figura flácida y desgarbada de una mujer de cabello oscuro y largo, con ojeras profundas resaltadas por los rastros visibles de sangre que caen como pequeños hilos de su frente mirando triste y resignada hacia nuestra habitación, sabiéndose presa de la eternidad y del destino.
La foto descansa enmarcada sobre la repisa de la chimenea. Hace años que no viajo a la gran ciudad, pero estoy seguro que aquella escena permanece imperturbable, atrapada en el tiempo.

30 de julio de 2015

Carne y alma

Era una recorrida pendiente, un viaje que no se animaba a hacer. La pálida escalinata blanca, desgastada por el tiempo y el tránsito, lo depositó frente a ese lugar que tan bien conocía. El viejo barrio, el de la infancia, los primeros recuerdos, las horas en sus calles detrás de una pelota o sobre una bicicleta.
El barrio se hace carne, se funde con el alma. Cada baldosa era propia, todo desnivel era conocido, las fachadas de las casas eran puntos de referencias, las coordenadas eran detalles, meros datos pintorescos: nos vemos a las cinco frente al ceibo; te paso a buscar, esperame en el kiosco de Fito; nos juntamos en la farola que prende y apaga.
Y en esas calles, esas veredas, transcurrían los segundos, los minutos, los años. Pero el tiempo, cuando uno es niño, avanza de otra manera, más lento, sin tanto vértigo. Podían detenerse una tarde sobre un montículo de tierra para hacer pelear a dos libélulas entre sí. O dejar que la tarde se fuera a su refugio noctuno, mientras jugaban a la pelota en una calle poco transitada.
No había horarios, solo las voces de los padres que se asomaban a la vereda y pronunciaban alto sus nombres. El barrio era una gran vivienda sin techo, un lugar donde sentirse seguro, feliz, amado,
La banda de amigos, que con los años se fue desperdigando como por arte de magia, de la misma manera que un diente de león desaparece en el aire por voluntad del viento, parecía haber dejado una marca en aquel lugar, invisible pero indeleble. Porque cada rincón tenía su recuerdo, su anécdota, un hecho inolvidable.
Pero esos primeros pasos cargados de emoción, del retorno del pasado, de repente contrastaban con la angustia de los cambios. Aquella pared pintada con dibujos agoreros detrás de una iglesia evangelista había sido derrumbada. La enorme palmera frente a los Pérez, que tantas veces trataron de trepar, había dejado un espacio a un triste fresno.
Era imposible entender como habían reemplazado la plazoleta de la esquina de su antigua calle por un supermercado chino. O cómo el tradicional club de bochas al que acompañaba a su abuelo cuando muy pequeño, ahora se llamaba "Boutique Garden" y era un enorme invernadero repleto de plantas, árboles y flores, en un atentado de la "natura" ante el pasado perfecto de su memoria.
Habían transcurrido décadas de aquellos tiempos. El llamado progreso había redibujado el lienzo y la pintura ante sus ojos no lo convencía. El camino se fue haciendo tortuoso. Repleto de algo más que nostalgia. Un sentido de bronca, de angustia. De impotencia también. ¿Pero quién era él para reclamar algo? Si cuando creció un poco se fue por sus propios medios. ¿Podía acaso recriminarle a los que se quedaron del destino de aquel lugar?
Al mirar las casas se daba cuenta que en su gran mayoría, las formas le eran irreconocibles. Apresuró el paso. El corazón latía con fuerza. ¿Acaso su casa...? Y allí estaba. El lugar donde tantas veces se había sentado a pensar en su futuro. Esa vereda de baldosas amarillas acanaladas que habían cobijado sus enojos, sus berrinches, su deseos de atacar a golpes a sus padres, de hacerles entender que él podía decidir por cuenta propia. Sin embargo, allí estaba. No el lugar, sino la ausencia del mismo. Era el sitio, no había dudas. Pero ni las baldosas eran las mismas, ni la vivienda delante suyo era la que había conocido.
El primer impulso fue abalanzarse sobre la puerta y molerla a golpes hasta que atendieran, pero se frenó a tiempo. ¿A qué había vuelto, después de todo? ¿Para qué había hecho el viaje tantas veces postergados, sino a eso? A comprobar que a pesar de todo, de los años, de los cambios, seguía a salvo. Porque si tras tantas décadas nadie había dado con él, era probable dos cosas.
Una, que la fortuna siempre hubiese estado de su lado. Y si era así, no debía hacer nada por cambiar esa suerte.
O la otra, que en el fondo de esa casa reformada, que alguna vez había sido su morada, aún bajo dos metros de escombro y cemento, permanezcan ocultos, desechados, enterrados, lo que quede de los cuerpos de sus padres.
En cualquiera de los dos casos, estaba a salvo. El barrio era su cómplice silencioso, Carne y alma que con el tiempo habían sellado un pacto eterno.
Se alejó despacio, tratando de absorber lo poco que aún quedaba de aquellos años dorados.

26 de julio de 2015

Carrera contra la muerte

Las sirenas disparan el miedo en forma de sonido. Lo hace de una manera cruel, acercándose con furia y alejándose con pena. Dejan a su paso el miedo latente, una fuerza invisible dentro de cada persona que presagia una desgracia cercana.
La ambulancia se muestra ajena a lo que provoca. Recorre su camino como un caballo de competencia, yendo solo para delante. Quién la conduce es una parte más del vehículo. Existe una conexión en forma de adrenalina. Los brazos tensos, la mirada atenta y el pie sobre el acelerador, consciente que cada segundo que pasa es la diferencia entre la vida y la muerte.
En la cabina trasera su habitual compañero en el asiento derecho sufre a la par de la persona tendida sobre la camilla. Es paramédico y se llama Gabriel. Hace tres meses que comparten el turno nocturno y puede considerarlo un buen profesional y mejor persona. Por el espejo retrovisor puede ver los intentos apresurados por mantener respirando a ese malogrado hombre que recogieron cinco minutos antes.
Tiene el cabello transpirado y los ojos inyectados, presa del miedo. Es una escena habitual, pero a la que nadie puede acostumbrarse. La lucha contra la muerte es continua y no tiene reglas.
Algunos coches hacen paso ante el ulular de las sirenas, en cambio otros mantienen su marcha como si nada. Héctor, tal es el nombre del conductor, debe en esos casos aventajarlos y mantener al mismo tiempo la ambulancia estable, sin vaivenes bruscos que pudieran poner en riesgo a las personas que van atrás.
Cada calle superada es un paso menos. Los pasos hasta el destino parecen interminables. Cuando era pequeño soñaba con ser bombero. Se veía entrando a viviendas en llamas, portando esa manguera salvadora con la que extinguiría los focos del incendio. A veces se imaginaba saliendo por la puerta principal con una hermosa mujer en brazos. Todo aquello ocurría en cámara lenta, como en las películas.
Ahora, como chofer de ambulancia, sabía una verdad. La vida jamás avanza en cámara lenta. Y cuando la vida de otros pende de un hilo, de su pericia al volante, es todo lo contrario. La vida se acelera. Parece avanzar a toda velocidad, salteándose segundos vitales. Por un instante está cruzando un semáforo y al otro, superando a un colectivo, y de inmediato otro semáforo, luego el cruce de una avenida, un atajo para evitar un embotellamiento, una frenada a tiempo para no atropellar a unos adolescentes peleando en una esquina. Escenas sueltas, sin nada intermedio. Así es la noche, su trabajo. la carrera contra la muerte,
Y cuando lo que aparece delante de sus ojos es el hospital, algo golpea con fuerza en su pecho. Es la certeza de haber cumplido con el deber, de haber dado batalla a la muerte. Frena, quita el sonido pero no las luces y se apea con velocidad para abrir la puerta trasera, al mismo tiempo que dos enfermeros salen raudos con una camilla por la puerta de emergencias.
La puerta se abre y salta dentro. Lo primero que mira es a su compañero. Sabe que en esos ojos cansados encontrará la respuesta a sus pensamientos. No necesita cruzar palabra. Sobre todo cuando, como en esa ocasión, los encuentro cerrados, tan apretados que da miedo.
Sin necesidad de preguntar sabe que a pesar de todo, la escena final es la de la derrota. Los enfermeros llegan y se apresuran en cargar a la persona. Gabriel les avisa luego que no hay necesidad, que ya se ha ido.
Héctor se sienta al lado de su compañero sin abrir la boca. No hace falta. La ambulancia está ahora en silencio, albergando su pena. Las batallas son duras y siempre dejan heridas. La desgracia que algunos presagiaron a su paso, se ha cumplido, aunque esas personas difícilmente lo sepan. Pero siempre se intuye la muerte. Porque es lo único que nunca falla.
La noche es larga. Diez minutos después, la misma ambulancia acelera a fondo con sus luces y su cíclico sonido en las calles de una ciudad que no sabe de milagros. Una nueva batalla ha comenzado. Una más de tantas.

21 de julio de 2015

Un pueblo de mala muerte

El viajero descendió de su coche en lo que parecía ser el punto central de aquel pequeño pueblo. Calles de tierra, casas bajas, ventanas cerradas y una pequeña plaza como referente principal.
Ninguna iglesia, ni comisaría, tampoco escuelas o galpones. Un paraje en medio de la nada, rodeada por kilómetros de campo de un lado y de otro. Pero en esa extensa llanura, ninguna chacra ni molino.
El hombre se apeó preocupado. Hacia horas que recorría la zona, buscando una salida. En aquella pequeña plaza todo parecía en su lugar. Los canteros, los árboles, una pequeña fuente en el cruce de dos callejuelas empedradas. Pero no había rastro de quién la cuidaba. Como tampoco de los habitantes de aquel lugar.
Metió medio cuerpo dentro del auto y accionó la bocina. Prolongó el sonido en varias ocasiones. Esperaba que las puertas de las casas cercanas se abrieran, que la gente saliera a la vereda con curiosidad tratando de averiguar quien hacía semejante ruido en plena tarde.
Pero nada de eso sucedió. Escuchó en las ramas de los árboles el trinar de un pájaro y lejos, distante, el aullido de un animal. En el cielo, a gran velocidad, observó perplejo el aletear de un cuervo que sin quitarle los ojos de encima, se posó sobre el poste de alumbrado público del lado opuesto de la calle.
Contrariado, fue hasta la casa más próxima. Golpeó la puerta esperando con paciencia una respuesta. No la hubo. Avanzó hasta la casa lindante y hasta la otra, y así, una tras otra, por esa vereda, en toda la manzana, en cada une de las viviendas de aquel pueblo.
La noche lo sorprendió nuevamente donde había comenzado, frente a la plaza. El cuervo aún permanecía sobre el poste del alumbrado público. Pero su auto ya no estaba. Sintió frío en el cuerpo y tragó saliva. Si, estaba asustado. Entonces la luz de una casa del otro lado de la calle se encendió en el interior y la puerta se abrió sola, sin que nadie se asomara.
El viajero estaba solo en aquel lugar, perdido, sin su coche y con la noche cayendo abruptamente. Le temía a lo que pudiera encontrar en aquella casa, en la que en algún momento del día había golpeado a la puerta sin lograr respuesta alguna. Pero más le temía al cuervo que parecía estudiarlo con la minuciosidad de un cirujano. El hombre cruzó la calle y entró a la casa. La puerta se cerró detrás de él y la luz se extinguió dejando todo a oscuras, como lo hace la muerte.
Y el pueblo se sumió en su sepulcral silencio, preparándose para el reposo y la digestión.

17 de julio de 2015

Adiós hasta luego

Cuando uno sale de su casa no se prepara para no volver. No hay ceremonia, más allá de un beso en la mejilla, de un "adiós hasta luego", del silencio que se deja atrás solo interrumpido por el tintineo de las llaves.
Asomarse a la calle, aventurarse en la sociedad, en el entramado de calles y personas, de edificios y coches, del vértigo y la rutina, es un acto mecánico, casi inconsciente.
El motivo es diverso, a veces una excusa, otras una obligación. El trabajo, una cita, ejercicios, las compras, un encuentro, un olvido, una clase, una visita, un paseo. El catálogo sería infinito.
Según la ocasión, se viste bien, ropa cómoda, un poco de perfume, calzado liviano, todo terreno, las tarjetas, la billeteras, las llaves del auto, el candado de la bicicleta, el boleto de tren, la bolsa de las compras, o simplemente, sale, sin más.
Nadie repara en cómo ha dejado la mesada, si la cama ha quedado hecha, el polvo sobre las repisas, el libro a un lado del sillón, el control remoto encima del microondas, los huevos sobre la heladera, el reloj de la cocina sin pilas, los anteojos de lectura fuera de su estuche, las pre pizzas sobre la mesa; nadie mira hacia atrás para una última mirada, porque jamás se piensa en eso, porque cuando uno sale de su casa no imagina no volver.
El destino sin embargo no sabe de planes, de fechas, de promesas. Tampoco es cruel. Es directo, inesperado. tajante, definitivo.
Un accidente, un delincuente, una distracción, un conductor borracho, la caída de un alero, un avión con desperfectos, una caída desafortunada,  una bala, un cuchillo, el corazón, la mala suerte. Tantas posibilidades en el abanico de la muerte.
Y cuando las horas pasan y el sonido de la puerta no se escucha, ni los pasos en la entrada repiquetean como cada noche, ni el perro ladra cuando suele hacerlo, los que nos esperan se inquietan. Y en la casa, los objetos que allí dejamos permanecen como los dejamos, al aguardo del polvo y el tiempo, de su propio destino, el confinamiento en cajas, el reparto inescrupuloso, el olvido en el destierro.
Cada partida es un pedido silencioso de abrazo, el deseo de una última mirada, un arrebato de arrepentimiento y al mismo tiempo, un miedo a confrontar, un terror que erradicar. Porque sin saberlo puede llegar la muerte.
Cuando uno sale, no lo piensa.
Cuando uno sale, cree que va a volver.
Cuando uno sale, lo hace a ciegas.
Y está bien. Porque una cosa es el destino, y la otra, la libertad de vivir.

13 de julio de 2015

Viaje al fondo de la oscuridad

Día a día mis pensamientos se volvían más negativos. Una parte de mí se aferraba a mi antiguo ser, radiante, feliz, siempre preparado para devolver una sonrisa. Pero esa parte se fue convirtiendo en una exigua fracción hasta disolverse por completo,
Primero fue una nube oscura envolviendo las ideas, una especie de tormenta pasajera con intensos chaparrones. Imaginé que todo pasaría resolviendo algunos problemas de la vida cotidiana. Las asperezas en la rutina la tornan insoportable, y a veces, limar esas aristas se transforma en la solución. Reconozco que no fui intenso en mis acciones. Postergué decisiones, di vueltas alrededor de los dilemas y fui indiferente a las consecuencias.
El trabajo, la familia, la relación amorosa, los amigos, el club, la salida del fin de semana, las fechas de cumpleaños, las visitas a los parientes lejanos... cada cosa se convertía en un problema, un obstáculo, una piedra en el camino.
Una mínima porción de la cada vez menos sensata lógica me tironeaba de los brazos, tratándome de hacer entrar en razón. En realidad el camino era el de siempre, con los mismos condimentos de cada día, pero de un momento a otro se fueron tiñendo de otros colores. En tonos oscuros. Los quehaceres, las obligaciones, hasta las distracciones, iban paulatinamente ganando la condición de "algo molesto".
Fue enfermizo, una época desgastante. Hasta salir a correo por el parque con los auriculares puestos parecía un suplicio.
Fui alejándome de mis amigos, quejándome de la familia, peleándome con mi media naranja, chocando con los compañeros de trabajo y ni qué decir de los superiores. La habitual rutina de años se convirtió en un un lapso que no podía determinar, en el infierno de mi nueva vida.
Siempre amargado, con acidez, ojeras enormes, malhumor, ganas de mandar a todos a la mismísima mierda por el solo hecho de dirigirme la palabra. Me fui aislando, reprimiendo, encerrándome, sin salir a ninguna parte, a evitar las visitas, a no contestar llamados ni devolver correos electrónicos. Fui cerrando cuentas de redes sociales, obligando a los demás a odiarme, apartándome de todo lo conocido.
Fue internándome en las sombras, en el olvido, amigándome con la oscuridad que iba rodeando cada acto, cada movimiento, La visión de las cosas ya era totalmente negativa, no había luz en mi vida. Y de a poco, casi como el paso siguiente, fui dejándome atrapar por la penumbra, desapareciendo poco a poco, poro a poro, átomo a átomo, de manera irreal.
Una noche, que quizá era día, quién sabe, a mi alrededor solo reinaba un mundo oscuro. No era necesario buscar una luz. No había lugar en este nuevo universo para ello. Me convertí en penumbra, en sombra, en la profundidad de la noche, Eso que nadie ve y que envuelve todo. Ese vacío que no tiene nombre, que va más allá de nuestros ojos y que atemoriza con su sola presencia.
Soy la suma de cientos de cientos de almas oscuras, abandonadas a su suerte, atrapadas por este ente desconocido y confortable que nos adormece en el tiempo y nos propone la eternidad a cambio de un descanso infinito sobre un manto de oscura realidad, tan silenciosa y cautivante como la muerte misma, que sin embargo vive y late, que subrepticiamente está en todas partes acechando, buscando como sanguijuela su próxima victima, otro espíritu en pena, otro futuro incauto al que la rutina se le hace a cada segundo, cuesta arriba.
Sin ser nada, lo soy todo. Y la realidad furtiva de mi existencia, este anonimato de sombras, es tan fría como despreciable, tan extraña como reconfortante, Es una ultratumba sin forma, etérea, inmortal. Una marea que se mueve sin sonido. Un monstruo que espera sin ser visto.

4 de julio de 2015

Tiempo de vivir

La luz cambió, primero a amarillo, luego a verde. El sonido arrasó sobre la avenida. El de decenas de coches lanzándose frontalmente hacia su destino. Pude oírlo a pesar de la puerta de madera que se interponía entre el interior y la calle. A pesar de sus gemidos pidiendo piedad.
Miré sus ojos que parecían a punto de estallar. Los miré detenidamente como quién dispone de la eternidad. En cierta manera, al perderlo todo, la eternidad era lo único que me quedaba. Y en esas pupilas desgarradas, jaula del terror y la incertidumbre, supe que había ganado.
Aunque no era una victoria para celebrar. Muchos ni siquiera lo interpretarían como justicia. Significaba algo personal, el saber que algo llegaba a su punto final y a partir de allí lo que seguía era simplemente el futuro.
Temblaba. El cuerpo desnudo de aquella basura se agitaba como si estuviera congelándose, pero muy por el contrario, su piel transpiraba gota a gota. Estaba nervioso, asustado, consciente plenamente de la muerte.
Suspiré. Ese suspiro que dice "es la hora". Entonces volvió a gemir, a emitir una especie de lloriqueo. De repente el olor a orín invadió el aire. Había cerrado los ojos. Ese espectáculo me había sido vedado.
Con la boca áspera arrastré las palabras:
- Te disparo, te dejo bien muerto, dejo que te pudras y sigo con mi vida. ¿Pero cómo hago para que ella no vuelva en sueños? Diez años tardé en dar con vos. No tiene que ser tan fácil tu suerte.
Lo levanté, le pegué con la pistola en la sien y lo desmayé. Lo llevé a una habitación trasera. Era una joya de la mecánica y la informática. El dispositivo donde lo coloqué era fruto de una investigación de varios años. Ergonómico, autosuficiente, autoabastecible.
Los paneles solares le darían energía por al menos diez años. El resto de la maquinaría podía fabricar suero durante todo ese tiempo. El sistema de goteo estaba perfectamente parametrizado y los anclajes y cerramientos eran imposibles de ser evadidos.
El hombre quedó atrapado dentro de mí gran invención. Estaba inconsciente. Era una pena. Me hubiese encantado ver como esos ojos volvían a palidecer ante la comprensión de lo que estaría sucediendo de aquí en más.
En el botón de encendido no coloqué la palabra "Start". Decía "María". Sonreí al verlo escrito y acaricié la superficie plástica con nostalgia. Esta vez no suspiré. Dije en voz alta "es la hora". Accioné el botón y el mecanismo comenzó a funcionar. El goteo asegurando el alimento para el cuerpo prisionero, ese cuerpo que debía vivir hasta que el sufrimiento fuera suficiente para esa basura. Los paneles solares atrapando el sol a través de una fina hendija. Y el brazo metálico debajo del colchón subiendo y bajando lentamente, penetrando por un conducto recto, frío, hacia la intimidad más profunda de aquella porquería. Una y otra vez, hasta el hartazgo y la muerte durante todo el tiempo que fuese posible.
Me dirigí hacia la puerta. Tomé el sobretodo, la valija y el sombrero. Apagué las luces y salí a la calle. La brisa y el ruido infernal de la ciudad me abrazaron, despidiéndose. Me alejé caminando lentamente. No volvería a aquella casa nunca más a pesar de haber adelantado los impuestos por diez años. No hacía falta. Las fotos de mi querida hija María venían conmigo. Su recuerdo también. La eternidad había terminado. Ahora empezaba el tiempo de vivir.

30 de junio de 2015

Destinos distantes

La última vez que se habían visto fue en la fiesta de graduación. Compartieron cinco años en la facultad de Derecho y luego el destino los distanció. El destino y la voluntad. Porque ninguno se preocupó en mantener el trato.
No fueron años de buena convivencia. Si bien así lo aparentaban, el problema entre ellos iba más allá de lo académico, de la necesidad de destacarse por encima del otro. Es cierto, fueron los tres mejores promedios, pero allí no radicaba el conflicto de la relación.
Camilo se especializó en temas civiles y se asentó en la Capital del país. Enrique viajó hasta el viejo continente, siguiendo su deseo de especializarse en casos internacionales. Mauricio decidió quedarse en su ciudad natal, atendiendo un estudio propio, sin demasiadas pretensiones.
El reencuentro no fue una casualidad. Casi treinta años después coincidieron por una causalidad. El pasado distante se instaló en todos a través de un mismo mensaje de texto.
Las pocas palabras anunciaban fríamente el triste final de Elsa. Acudieron a la angustiosa cita sin reparar en que verían nuevamente sus rostros. Las arrugas no sepultaban los rasgos de antaño, si bien las miradas se habían transformado en cicatrices del tiempo. Se reconocieron al instante y de la misma manera, evitaron acercarse.
Elsa yacía en un féretro oscuro, como el color predominante en la sala. Costaba verla de cerca. Había sido tan hermosa...
Ella los había formado. Se había tomado en serio la educación de cada uno. Habían sido sus conejillos de india. Aquella ayudante de cátedra luego escalaría puesto tras puesto y no pararía hasta la Rectoría. Pero para entonces, en la mente de los tres era solo un recuerdo.
Un muy mal recuerdo.
Quizá había sido su inteligencia, o su belleza, amén de sus voluptuosas curvas. O su voz, casi un ronroneo, la forma de mirarlos, de escucharlos... el embrujo había sido total.
Los tres se devoraron por ella. Trataron de ser los mejores para conquistarla. ¡Cómo si ella fuera el premio principal! Sin embargo, era tan solo un anzuelo.
Se pelearon, se juraron destruirse y tantas cosas más. Ella rió sola al final. En aquella fiesta de graduación se abrazaba al vice rector con la sensualidad que tantas veces le habían visto. En cambio, ellos, caminaban cabizbajos cada cual en un rincón, tratando de esfumarse de la Tierra.
Luego emprendieron caminos separados. Hicieron sus carreras sin saber uno del otro. Y finalmente, la muerte de ella los reunió. ¿Por qué habían acudido si tanto dolor les había provocado? Quizá para cerciorarse que era verdad. Qué la bruja había muerto. Tanto escalar para caer tres metros bajo tierra. Suerte inevitable, metáfora de la vida.
No se miraron, ni siquiera cuando el séquito partió rumbo al cementerio. La parada final.
Pensaron que el hechizo finalizaría al verla tendida sobre la tumba final, pero no fue así. El sabor amargo fluía como entonces, cuando treinta años atrás, vencidos por los celos, se habían trenzado en recia lucha y en vano se habían golpeado hasta el borde de la muerte.
Las heridas internas son las que nunca cicatrizan. Las que quedan para siempre. Las que los demás, los que saben el por qué, aún pueden ver.
Por eso los tres evitaron mirarse.
Nadie quiere observarse tal cuál es. A veces, la distancia es la única solución. Cuando el espejo está lejos, no hay acusación a la vista.

17 de junio de 2015

El ejército invisible

Cuando lo vieron aparecer sobre la colina, montado en un caballo de oscuro pelaje aguardaron en sus posiciones. Llevaba una espada enorme, que brillaba con los reflejos del sol. El hombre tenía fuerza, porque a pesar del tamaño la blandía cortando el aire con asombrosa facilidad. Su armadura, en cambio, parecía oxidada, desvencijada por el tiempo y el descuido.
Sabían de antemano que para conquistar el último y recóndito paraje del reino iban a tener que luchar a diestra y siniestra, porque nadie antes lo había conseguido. Ni siquiera nadie había sido capaz de regresar para contarlo. Cuando Lucius tomó el mando del ejército, el rey en persona le prometió las mejores tierras si lograba retornar con la noticia que en aquel distante lugar flameaba su insignia.
Llamaban aquel sitio con el nombre que ellos le habían impuesto, porque desconocían el verdadero. Le decían "Maldita", por las tantas misiones enviadas sin gloria. Lucius dio su palabra de retornar. Jamás había sido vencido en batalla.
Al ver a ese solitario guerrero, pidió paciencia a sus líneas ofensivas, esperando que de un momento a otro el resto del ejército se hiciera ver, desplegando su poderío sobre la vasta colina recortada sobre un cielo gris, repleto de nubarrones.
La tensión duró tan solo unos pocos minutos. El guerrero hizo girar la espada su cabeza y tras tirar hacia atrás las riendas de su equino, profirió un grito de guerra tan agudo que erizó la piel de cada soldado del reino y sin más, salió disparado colina abajo, en dirección a Lucius y su ejército.
El comandante no daba crédito a sus ojos. El guerrero, con tan solo una espada y su caballo, le hacía frente a quinientos hombres armados y preparados para morir por su rey. Y a pesar que aún resonaba en sus oídos aquel grito salvaje e infernal, no pudo más que echar a reír.
Pronto sus súbditos imitaron el gesto y al pie de la colina, centenares de almas rieron por última vez. Casi por compromiso levantó su lanza y con la tranquilidad de un triunfo en ciernes, dio la orden a la primera fila de soldados de ponerse en guardia y avanzar.
El guerrero se acercaba con estrépito, como si aquella colina incrementara el sonido de los cascos del caballo, del golpeteo del metal de cada parte de la vieja armadura y de la respiración agitada, repleta de furia, de ese ser solitario y valiente, disparado hacia una trampa mortal.
El ejército del rey avanzó, sabiendo que en segundos tendrían al enemigo entre sus lanzas. Entonces, cuando se aprestaban a atacar, las cabezas de los soldados saltaron por al aire, despidiendo sangre a raudales, como si de la nada misma varias espadas al mismo tiempo hubiesen ejercido un movimiento lacerante y letal.
Lucius retrocedió, espantado, La segunda línea de soldados no tuvo tiempo de reacción. Los hombres comenzaron a caer de extraña manera, emanando sangre de heridas espontáneas, como si algo que nadie viera los estuviera atacando. En tanto, el guerrero solitario avanzando sobre los cuerpos que agonizaban o yacían en la gramilla húmeda.
Los soldados iban siendo alcanzados de a uno y Lucius no tardó en comprender que allí sucedía algo inexplicable. Aunque sus ojos no pudieran ver, estaba convencido que junto a ese guerrero había un ejército invisible destruyendo a los suyos.
Algunos trataron de escapar, pero fueron alcanzados por armas inexistentes, cayendo desplomados sin vida en el pie de la colina. Lucios no esperó a presenciar el desenlace. Se montó a su caballo y aterrado se internó en el bosque. Pudo sentir durante un buen tramo la sostenida y profunda respiración de aquel guerrero y el sonido de la espada abriéndose paso en la densidad de los árboles.
Estuvo seguro que tarde o temprano sentiría el metal en la carne. Supo que estaba llorando de miedo y no estuvo seguro que aún vivía hasta cruzar el río y saberse en tierras conocidas. Esa noche, desolado, no pudo dormir. Temía que fuerzas invisibles lo ajusticiaran sin piedad, como había sido el destino de su gente.
Lucius cumplió al menos la promesa de volver. Retornó en tan malas condiciones que sus palabras, la historia que les acabo de contar, fue repudiada por todos, principalmente por el rey que despojándolo de todo rango, solo tuvo piedad en perdonarle la vida.
Ahora mendiga en las afueras del castillo, repitiendo una y mil veces la misma historia, de las que todos se ríen, mofándose de su trágica suerte.
Pero en el fondo Lucius sabe que se ríen por miedo, porque condenarlo a la locura es más fácil que enfrentar lo desconocido. Y sabe que una noche, cuando nadie lo espere, el infierno invisible arrasará todo lo conocido.

13 de junio de 2015

Restos de la tragedia

Escucho pasos en la terraza, como si hubiera una loca. Silencio y dos nombres pronunciados, inentendibles. Luego, el silencio.
Permanezco de pie en la cocina, el repasador en una mano, el vaso en la otra. Los sonidos se han ido. Queda el propio de la soledad, inquietante pero habitual. Me propongo salir al balcón y espiar. Estoy en el último piso, podría al menos escuchar mejor.
Pienso entonces en los ruidos. En la voz de mujer. En esos dos nombres que no pude comprender. ¿Anazor, Zafanor, Estanor? ¿Y el otro? ¿Teao, Tecsao, Temón? Quizá alguien hacía una broma, quizá alguna pareja de otro piso jugaba a algo. La noche y la terraza se prestan para eso.
Pero... un escalofrío me recorre la espalda. Dejo lo que tengo en las manos y me acerco a la puerta del balcón. No la abro, al contrario, la trabo por dentro. ¿Y si alguien está haciendo magia negra? ¿Y si asomarse depara una revelación repugnante o peor aún, una curiosidad letal?
Apago las luces. De repente el miedo que alguien esté observando desde otro edificio me embarga. Escapo entonces de las ventanas. No quiero que vean hacia adentro. La oscuridad ayuda, porque las cortinas no están colocadas. La atención sigue pendiente en todo momento de la terraza. En cualquier momento podría volver a escuchar la voz, los pasos, cualquier otro indicio.
Miro la hora. Me cuesta distinguir el minutero en el reloj de pared. Las sombras alargan las formas y el tiempo paciera desmembrarse en la penumbra. Suspiro. Pronto escucharé las llaves, como cada noche a esta hora.
¡Un grito! Me apoyo contra la pared, trago saliva, es un grito desgarrador. Otra vez escucho pasos, pero ahora son más fuertes, más frecuentes... ¡alguien está corriendo en la terraza! Deseo estar lejos, deseo cerrar los ojos y estar en otra parte, tengo ganas de llorar, comienzo a rezar en voz baja, todo al mismo tiempo. Quiero escuchar las llaves, la puerta abrirse, quiero que su mano encienda las luces, me busque en este rincón donde yace mi cordura y me tome en sus brazos, me ponga de pie y me diga que todo está bien.
Otra vez el silencio. Pero ahora escucho mi sollozo ahogado, mi respiración agitada. Siento humedad en la entrepierna y ni siquiera puedo avergonzarme. Apenas si puedo moverse. Incluso el alma está petrificada.
Los pasos otra vez se instalan en la terraza, se vuelven ecos infinitos, un inmortal suplicio. Cierro los ojos. Los gritos, esos nombres, desgarran la noche, pero nadie más los escucha. Porque comprendo que no están en la terraza, al menos en la que está al aire libre unos metros más arriba. Y a pesar del esfuerzo por ganarle al recuerdo, por mentalizarme en opciones imposibles, la realidad gana la batalla. Y esos gritos marchitos, deformes, se transforman en crueles fotografías, tan claras y certeras como la muerte misma.
Entonces escucho, mientras huelo el orín en mis piernas, esas palabras puñales que nunca dejarán de proclamarse:
- ¡Eleonor te amo!
Ese "teamo" inseparable en plena carrera al vacío, dicho ya cuando las piernas escoltaban al cuerpo en esa última manera de decirme adiós.
Mi querida Claudia, cuyas llaves ya no escucho, que vuelve en forma de tormento dejándome sin consuelo.
Finalmente se hace el silencio, posándose sobre las sombras los restos de la tragedia como motas de polvo lanzados al olvido, pero que ninguna brisa se encargará jamás de llevar lejos. Y allí estarán, siempre pendientes de nosotros.

10 de junio de 2015

En los yuyos de la vergüenza

Una cacerola de metal abandonada en los yuyos de un baldío reflejaba el sol de la tarde y señalaba un punto de aquel lugar. Los chicos estaban un poco más allá y estaban ajenos a su presencia. Otro objeto brillante los distraía y con razón. Era el eje de una discusión.
- ¡Qué te digo que no! - dijo con bronca Mariano.
- ¡Qué sí! - retrucó un exaltado Horacio.
Estuvieron a punto de ir a las manos, pero Teodoro y Gabriel intercedieron en el momento justo. Nadie quería peleas, solo definir el asunto. Pero al parecer, no sería tan fácil. El tema a zanjar no era cuestión de todos los días. Era muy diferente a las veces que pateando se les iba la pelota a lo de Doña Teresa. A nadie le gustaba ir a tocar timbre, sobre todo porque los sermones de la vieja de ruleros eran sofocantes, pero a la larga las reglas eran claras y aquel que la enviaba la buscaba.
Pero ahora el problema superaba cualquier otro que hubieran atravesado como amigos en su joven existencia. Lo sabían los cuatros, pero lo tácito no siempre es lo deseado, lo ideal, lo que corresponde hacer. O lo que es peor, lo que se debe hacer.
- Es tu culpa - insistió Horacio, pero bajando la voz y sentándose en el pasto húmedo.
Mariano no dijo nada, bajó la vista y la paseó por sus zapatillas.
- No importa de quién es la culpa - Gabriel parecía tener agallas, pero era miedo lo que hacía que hablara y tratara de buscar una solución - Ahora tenemos que hacer algo.
Teodoro siempre llevaba la voz cantante pero estaba al borde de las lágrimas. Una certeza recaía sobre el grupo y era que nada jamás volvería a ser igual. No lo es cuando cuatro personas, sin importar la edad que tengan, deben decidir que hacer con un cadáver.
El cuchillo seguía allí, cerca curiosamente de donde lo habían encontrado.
- Para qué lo agarraste... - Horacio murmuraba, hablaba casi para sí mismo. Lo hacía porque necesitaba imperiosamente no llorar.
Mariano tomó coraje y aferró las piernas. Ya estaban frías.
- ¿Qué vas a hacer? - Gabriel estaba preocupado, al borde del desmayo.
- Voy a llevarla hasta allá, cerca del tapial. Los yuyos están más altos. Van a tapar el cuerpo hasta que se descomponga...
- ¿Y el olor? ¿Y cuando noten que no volvió a su casa? - Horacio lo desafiaba con la mirada, el rostro hacia arriba, una lágrima en su mejilla derecha - Lo primero que van a hacer es venir a la zona de los baldíos, van a buscar donde siempre estamos, donde saben que viene ella...
- Algo tenemos que hacer... - Teodoro sin embargo no sabía que proponer.
- Ir a la comisaría, aceptar lo que nos toque - Gabriel caminó hacia el cuchillo y lo pateó lejos - Mi viejo dice que nada en la vida es gratis y parece que tiene razón. Esta la vamos a tener que pagar.
Por primera vez desde que había sucedido la desgracia, Mariano se puso a llorar. Aceptaba su parte de culpa. Caía en la cuenta de lo sucedido. Pronto atardecería y llegaría la noche. Pero sería una figura, tan solo eso. La noche ya había llegado para todos.
Soltó las piernas frías y el sonido hueco al chocar en el piso estremeció a todos.
- Mejor la escondemos - dijo Teodoro - La escondemos y que crean que fue otro. La llevamos donde dijo Mariano. Es verdad, los yuyos están altos.
Sobrevino el silencio. La brisa movía los pastos e inquietaba los ánimos.
- ¿Qué es lo correcto? - preguntó Gabriel.
Nadie contestó.
Poco después cargaron el cuerpo y lo escondieron en los yuyos altos. Dejaron allí también parte de su infancia. Se llevaron en cambio la vergüenza de estar vivos. Había sido un accidente, pero el miedo a que los demás lo entiendan de la misma manera es mayor. Es el instinto de supervivencia humano, aunque ellos, a tan corta edad no lo sabían.
Cuando cayó la noche, los Fernández salieron a buscar a Celeste, la perra collie de diez años que jamás se salteaba la comida de las nueve. La encontrarían a medianoche, entre llantos y maldiciones. El cuchillo ensangrentado apareció por la mañana dentro de una cacerola abandonada que refulgía en la tristeza del día.