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28 de septiembre de 2013

Querido compañero

Cuando el agua caliente, nunca hervida, acude al mate, se produce la magia, el ardor de años, de historias olvidadas, de palabras de por medio que las irán develando. Y la gente mientras coloca la bombilla, abre su alma, le da vida a la lengua y encamina el habla hacia tiempos remotos, hurgando con la mente, buscando retazos, hilvanando recuerdos, entre chupada y chupada.
En miles de mesas, a lo largo de eternas mañanas, o al calor de las tardes, o el silencio de las noches, entre pavas y termos, cambio de yerba, algún que otro bizcocho, el diálogo nace y renace, despierta y se acuna sobre voces que lo mecen, lo acarician, le piden que nunca acabe.
Llegará el amanecer, la hora de salir al trabajo, de volver a casa, de ir a hacer algo, y solo entonces, será el momento de abandonar el rito, de acallar las voces, de extrañar lo amargo, lo dulce, el paladar aún tibio, el suspiro ante lo cotidiano, de aquello a lo que no podemos escapar.
Sobre las mesas, solitarios, huérfanos momentáneos, el mate, la pava, el termo, la bombilla, la yerbera, la azucarera, la cáscara de naranja, el bizcocho, la charla, el momento, el encuentro, la paz, la calma, el deseo de otra ronda, de otra cebada, de más palabras, recuerdos, sueños y confesiones.
Y allí reposan, esperando, que pronto vuelva la magia, aquella que llega con el agua caliente, nunca hervida, acudiendo sobre la yerba, dentro del mate, amigo nuestro, querido compañero, eterno oído de nuestras historias.

25 de septiembre de 2013

Esperando a Eugenio

Cada domingo sus hermanas lo esperaban para almorzar. Se juntaban desde hacía años, alternando la casa. Ellas iban con sus maridos e hijos. Él, si hubiese ido alguna vez, lo habría hecho solo. Porque Eugenio era un solitario empedernido, mal llevado y poco compañero.
La invitación surgía en forma espontánea, entre semana. Eugenio no decía ni si ni no. Refunfuñaba, como si la invitación fuese un castigo. Y llegado el domingo, brillaba por su ausencia.
En más de una oportunidad, se ofrecieron a ir a buscarlo. Otras, incluso, se cansaron de hacer sonar la bocina del coche delante de la casa donde vivía. Eugenio eligió siempre la distancia.
Un domingo sacaron cuentas. No lo veían desde hacía quince años. ¿Seguiría viviendo el único hermano varón que tenía? ¿Sería él quien contestaba las llamadas telefónicas cada semana? ¿Aquella seguiría siendo la casa donde residía?
Las conversaciones de los domingos giraban en torno a él, a pesar del mal humor de los maridos, que terminaban hablando entre si de temas más triviales y amenos. Ellos consideraban que una persona que ni siquiera se preocupaba en conocer a sus sobrinos no merecía la mínima contemplación. Pero sus hermanas hacían caso omiso a dichas sugerencias.
Aquel domingo de septiembre, lluvioso y opaco, el timbre principal sonó en casa de Julieta justo en el momento que se servían las pastas. Atendió Pedro, su esposo. En el umbral de la puerta había un hombre alto, bien vestido, con saco oscuro. Le entregó una caja y una nota.
La caja apenas si tenía peso. La nota era escueta y escrita a mano. Decía lo siguiente:
"Queridas hermanas, espero llegar a horario. Si reciben esta carta es que me suicidé el viernes y si mi abogado trabaja con celeridad, estaré en casa de Julieta este domingo al mediodía. Ya pueden dejar de quejarse. A partir de ahora, me pueden llevar a cada uno de sus almuerzos".
Pedro calló luego de leer la nota en voz alta. Las hermanas de Eugenio lloraron desconsoladamente. Luego de unos minutos, secaron sus lágrimas. Fue Matilde la que rompió el silencio.
- Que bueno que Eugenio fuera tan considerado. Ahora estará con nosotros por siempre.
Las hermanas se fundieron en un abrazo.
Sus maridos perdieron el apetito.

22 de septiembre de 2013

Un disparo en la oscuridad

Nos quedamos quietos, casi sin respirar. No podíamos afirmar si primero había sido el disparo o el corte de luz. Creo no estar equivocado al afirmar que ambas cosas sucedieron al mismo tiempo. El disparo y la oscuridad, dos hechos que se cruzaron en forma deliberada en nuestras vidas, cambiándolas para siempre.
¿Cómo es que permanecíamos quietos luego de algo así? Es que omití un detalle crucial: previo a ese instante, cinco maleantes nos apuntaban con pistolas. Nosotros, los cinco empleados del negocio, estábamos dispersos, sin contacto el uno con el otro.
Sabíamos sin embargo, que a pesar de haberse ido la luz, uno de ellos había disparado y que ante el menor movimiento, los demás harían lo mismo. Corríamos la suerte de recibir una bala en el cuerpo. Ninguno se iba a arriesgar. A pesar del temor, creo que teníamos bien en claro ese punto.
El disparo, ese sonido certero, llevaba implícita una muerte. Pero la luz se había ido y sin ella, no podíamos distinguir quién había caído. De eso estábamos seguros. A pesar de la oscuridad, cerramos los ojos, apretándolos con fuerza. Quizá es una forma de defensa, de encerrarnos muy adentro, esperando como cuando somos niños, que al cerrar los ojos nadie nos encuentre.
Ellos no hablaban, pero se movían. Uno iba hacia la entrada y volvía, casi como si se tratase de un tic. El tema de la energía eléctrica no había estado en su planos, eso era un hecho. Los ponía nervioso. Pero tampoco explicaba el disparo. Porque había sido en el mismo instante, no producto del apagón, de la reacción súbica ante la sorpresa por parte de alguno de ellos.
No, el apretar el gatillo tenía alguna otra intrincada explicación, pero éramos ajenos a la misma. De igual modo, no era nuestra principal preocupación. La sería, claro, en el caso de ser los próximos en ser acribillados. Pero para entonces, no nos serviría respuesta alguna. En ello pensaba con los ojos cerrados, con las piernas temblando como si por debajo de mi cuerpo estuviese pasando un tren.
Escuchamos las sirenas policiales del otro lado de las persianas bajas. Aún no las habíamos levantado cuando ellos entraron por la fuerza. No recuerdo quién les había abierto. Ellos estaban apuntándonos de un momento a otro. Y fue casi de inmediato que ocurrió la macabra coincidencia.
Buscaba apartar de mi mente la imagen de alguno de los compañeros de trabajo herido de muerte, desangrándose sobre el parqué, pero volvía como un fantasma, o mejor dicho, como un presagio de futuro cercano.
Fueron cinco minutos desde que entraron hasta que se marcharon, utilizando una puerta trasera. Escuché la orden de retirada, casi en un susurro, y luego la sucesión de pasos, que casi tropezando se alejaron hacia la parte más distante del local.
Para cuando la policía logró ingresar, yo estaba corriendo hacia el tablero de energía. Me paralicé al escuchar el ¡alto! proferido por uno de los uniformados. Jugué a la estatua, quedando en una posición ridícula, a punto de caerme.
La voz volvió a repetir la misma exhortación a pesar de estar tan quieto como un muerto. Ni siquiera podía abrir la boca del miedo. El policía me siguió apuntando, en la misma medida que se me fue acercando. Debe haber visto el pánico en mis ojos, porque bajó de repente el arma y continuó su camino hasta el lugar donde me dirigía. Abrió el tablero y accionó la llave térmica.
La luz parpadeó una vez y luego se encendió en todo el salón, iluminando hasta el último rincón. Me costó adaptarme, pero fue cuestión de segundos. De inmediato vi los cuerpos, la sangre en las paredes, el trágico espectáculo.
Quedé atónito. Allí estaban, desplomados, mis cuatro compañeros. Los policías se me acercaron y me llevaron afuera, con sumo cuidado. Habían comprendido que no era uno de los criminales, sino...¿el sobreviviente?
¿Pero cómo? Si tan solo había sido un disparo, tan solo uno...
No hay explicación posible, ni siquiera la de cuatro disparos al unísono, combinados con el corte de energía al mismo tiempo. No existe posibilidad, no hay lógica, no hay motivos. Y sin embargo, aquí estoy, pensando en todo aquello, sin poder dormir, comer ni descansar la mente. Rememoro el disparo una y otra vez, al punto de taladrarme los nervios, tratando infructuosamente de develar detrás de aquel sonido, otros tres más. Y si quizá lo logre, tenga que pensar luego en el apagón. Y más adelante en los motivos. Y en por qué estoy vivo.
Son muchas tareas para una sola vida, son muchos castigos por haber sobrevivido.



19 de septiembre de 2013

Malas primaveras

Lo mismo cada año. Se acerca la primavera y Jacinta quiere hacer el pic nic. Que la canasta, que el mantel, que no puede faltar la pasta frola, no olvidarse de los cubiertos... y cuando está todo cargado en el auto, ya en camino al parque se larga a llorar.
Entonces tenemos que pegar la vuelta, consolarla un buen rato, prometerle que no nos enojamos con ella y recién luego de eso, una vez que por el agotamiento queda rendida en la cama, nosotros volvemos a salir y nos vamos al río.
Allí casi en un pacto de silencio, dejamos de pensar un buen rato. Nos olvidamos de lo que sucede cada primavera. No vale la pena, no va a cambiar nada. Y todo por culpa de aquella vez, cuando éramos pequeños y el viejo se ahogó con una aceituna. Desde entonces, cada día es una tortura, un suplicio, porque Jacinta vive en estado depresivo, casi en un mundo paralelo. Solo cuando se acerca la primavera ella parece despertar, para luego caer otra vez en el mismo sopor.
Volvemos a la noche, abrimos despacio la puerta y nos decepcionamos como cada año. Ella sigue durmiendo. Más de uno de nosotros ha soñado con verla juntar coraje, levantarse en nuestra ausencia y colgarse de un tirante del techo. Pero eso nunca sucede. En casa, las primaveras son una mierda. Y lo seguirán siendo.


16 de septiembre de 2013

Eusebio se declara

Eusebio era de los que decían que no existían demasiados secretos para escribir una carta de amor. Había que saber elegir las palabras, ser cautos y sensatos en las oraciones, y en lo posible, dejar un halo de misterio en la declaración.
Quizá eran esas las razones por las que ninguna mujer le contestó jamás carta alguna. De todas formas Eusebio se defendía diciendo que si no había contestación, era porque la mujer no era la adecuada. En su pensamiento, la carta era una especie de carnada y quien picara, sería la mujer ideal de sus sueños.
Ya grande, encontró en el correo electrónico el reemplazo de la carta tradicional y un ahorro considerable en sus gastos. Al poco tiempo le tomó el gusto y sus cartas de amor empezaron a ser emitidas con las destinatarias en Copia Oculta, ya que aprovechaba para hacer envíos masivos, asegurando que así se ahorraba tiempo.
Hoy en día las declaraciones electrónicas de amor de Eusebio recorren el mundo. Pero lamentablemente para sus pretensiones, terminan siempre en la bandeja de spam.

13 de septiembre de 2013

Clichés

Todas las pistas llevaban al mayordomo. Aquello le parecía muy cómico, un chiste. Sin embargo, no podía avalar esa idea. Sencillamente porque el mayordomo era el asesino solo en las películas. Estaba seguro que algún detalle había quedado librado al azar.
Revisó nuevamente la biblioteca, como lo había hecho decena de veces desde el día del crimen. Una fina capa de polvo se suspendía sobre los interminables volúmenes, los cuales, sospechaba, muy pocos habían sido leídos.
El dueño de la mansión, la víctima fatal del caso, había tenido la desdicha de quedar ciego a los cinco años. Y se opuso terminantemente a aprender a leer en sistema braille. Ninguno de los libros exhibidos en los estantes, a lo largo de las cuatro paredes de la habitación, estaba en ese lenguaje.
Los libros, en realidad, no eran suyos. Se los había ido comprando a su mujer, varios años más grande que él, que había sido en su momento la joven que lo cuidó de niño. Con los años y luego que la familia de Foreman, tal como se apellidaba la víctima, amasara una fortuna con la edificación de casinos, contrajeron matrimonio.
Al poco tiempo los Foreman emprendedores perecieron en un accidente de avión, quedando la fortuna y los negocios en manos del hijo ciego. Fue ella, su esposa, la que se hizo cargo de los casinos y a pesar de los vaticinios en contra, salió airosa en la empresa, aumentando el capital de la familia. Sin embargo, el dinero siempre estuvo a nombre de él.
Cuando ella murió, ya avejentada y sin haber podido darle hijos a la pareja, el mayordomo se transformó en la única familia de Foreman. Perkins, como inauditamente se llamaba el empleado, casi como si se tratase de una ironía, había servido a la familia desde pequeño, cuando correteaba detrás de los pasos de su padre, que oficiara en el mismo puesto casi a lo largo de cincuenta años.
Era adolescente cuando el hijo de los Foreman sufrió el accidente que lo dejó ciego. Al menos eso le había relatado al detective, que recordaba los pormenores de la charla mientras revisaba los estantes más altos, subido a una escalera.
Para entonces, la joven Isabella ya era parte de la servidumbre, cuidando al pequeño de la familia. Según Perkins, hacía solo un mes que ella trabajaba cuando ocurrió el infortunio. El accidente fue en el patio, donde había un establo con dos caballos. Purasangre, un ejemplar de carrera, se asustó de una laucha y salió en estampida, castigando con sus herraduras el rostro del niño. Luego de muchas intervenciones, salvó su vida, pero ya no pudo ver.
Isabella asumió la culpa y lo cuidó día y noche. Perkins le confesó al detective que entonces sintió celos del pequeño, pues Isabella era hermosa y cualquier muchacho de su edad la hubiese cortejado. Con el tiempo, el niño creció y la niñera pasó a ser su amante y luego su esposa.
El detective cesó su búsqueda. Era tarde, el ocaso se veía por la ventana y aquel lugar estaba atestado de clichés. Cada arista del caso le resultaba una mala broma. Sin querer golpeó un libro con el codo y cierto mecanismo se activó en alguna parte. Pudo escuchar el chasquido proveniente detrás de los libros. Observó con cautela la puerta. No creía que Perkins pudiera aparecer en ese momento. Casi con fruición comenzó la tarea de quitar los libros de sus respectivos lugares. Fue despejando los estantes, esperando la revelación. Se estaba por dar por vencido, cuando descubrió la caja fuerte. La puerta estaba semi abierta. Contuvo la respiración unos segundos. Luego la abrió por completo.
En su interior había un pergamino enrollado. El pulso le temblaba al tomarlo entre sus manos. Aquello parecía el desenlace de una película de misterio. Cierto escozor le recorrió el cuerpo. Nada en el caso estaba bien. Supo lo que iba a encontrar antes de abrirlo. Entonces, lo arrojó hacia un costado y echó a correr.
Perkins salió al cruce en el pasillo.
- ¡Deténgase detective, usted no puede irse!
- Váyase Perkins, esto es una pesadilla.
- Usted sabe que no lo es, detective.
El sobretodo largo y marrón parecía flotar por el aire, detrás del cuerpo del detective que corría velozmente a través del jardín. Dejó atrás los cables, las luces, las cámaras, los decorados, el set completo... al menos fue astuto para no desenrollar ese pergamino. La palabra Fin quedaría apresado en su interior y él sería para siempre un fugitivo dentro de una mala historia. 

10 de septiembre de 2013

Rotisería express

Jaime's tenía la fama de ser el lugar de cómidas más rápido de la ciudad. Un pedido podía ser elaborado en apenas dos minutos y estar en el domicilio del cliente en uno. Siempre y cuando viviera a no más de quince cuadras del comercio.
Hubo quienes trataron de hacerle mala reputación al lugar haciendo pedidos estrafalarios, combinando comidas de difícil preparación, que si bien estaban contempladas en el menú, se trataban de modificar. Pero jamás pudieron lograr. Tres minutos después de colgar el teléfono, el cadete estaba tocando timbre para entregar el pedido.
El dueño del lugar, Jaime, era un hombre muy tranquilo, de movimientos lentos y paso cansino. ¿Cómo podía Jaime administrar un sitio tan veloz? Bien, ese era el secreto mejor guardado, tan bien, que ni siquiera el propio Jaime lo sabía.
Para muchos, hoy en día, la razón de aquello tenía una explicación: Zulma. Y cuando decimos Zulma, hacemos referencia a la esposa del trabajador gastronómico. Dicen que desapareció después del voraz incendio. Algunos creen en la versión más popular, que sin embargo, es la que los investigadores descartan. Pero no perdamos el hilo del relato.
Jaime's era el lugar por excelencia para pedir comida. Principalmente cuando uno llegaba cansado de trabajar y estaba muerto de hambre. Se marcaba el número en el teléfono y apenas si se tenía tiempo para lavarse las manos y sacar la bebida de la heladera. Ni hablar de las comidas organizadas espontáneamente entre amigos. El nombre de Jaime era lo primero que se cruzaba por la cabeza.
Aquella noche de junio, en pleno invierno, la mitad del pueblo vio el rayo de luz proveniente del cielo. La explicación del relámpago dada por la policía, no nos convenció. Si bien Jaime's ardió hasta los cimientos, aquello no nos pareció un relámpago.
El cuerpo del conocido Jaime fue encontrado todo chamuscado. El de Zulma, no apareció nunca. El viejo Bassaro, que otrora fuera timbero día y noche y ahora purga los avatares de su vicio mendigando por la ciudad, jura que la luz provino de un plato volador y que vio a la mujer del rotisero subir por una escalera invisible hasta la nave.
La policía ignoró siempre a Bassaro, logrando por contraposición, que el mito se propagase. La explicación sobrenatural resolvía el enigma de la velocidad en la preparación de las comidas. Dueña quizá de alguna maquinaria de tecnología que desconocemos, lograba los resultados inmediatos que maravillaban a la ciudad.
De todas maneras, conviven hoy las dos interpretaciones del caso, la oficial, que indica un fatídico desenlace, con el infortunio del relámpago y la muerte de sus dueños, dado que esa versión postula que la pobre Zulma se carbonizó hasta las cenizas, y la extra oficial, que habla de un castigo de los extraterrestres al enterarse que una de las suyas utilizaba sus poderes o tecnología para hacer negocio en el planeta. Y dado que la segunda explica el misterio de la comida rápida, la gente se queda con esa.
La verdad está muy distante. Jaime era en realidad un verdadero hijo de puta. Tenía a quince inmigrantes ilegales trabajando como esclavos en la cocina y su mujer, empleada municipal, evitaba a toda costa que le cayeron inspecciones. Si a eso le sumamos que tenían un cadete que era un suicida andando en moto, que disfrutaba de cruzar los semáforos en rojo y exceder todos los límites de velocidad, llegamos al fondo del asunto.
Eso no explica sin embargo, que le pasó al local y a Zulma. En realidad si, pero habría que hilar muy fino. Mantener a quince ilegales, por más que se los tratara como esclavos y estuvieran encerrados durante la noche en un sótano, no era fácil. El negocio funcionaba, pero Zulma no se podía dar los lujos que soñaba. Ella quería viajar, comprarse alhajas y vivir como una reina. A Jaime le interesaba seguir siendo el rey de la comida express y jactarse de ello. Un buen día Zulma se enojó, discutieron y le prendió fuego a todo, con Jaime e inmigrantes adentro. De éstos, se encargó que no quedara ni un hueso.
Perpetrado el hecho, coimeó al comisario, le prometió parte del seguro y unas noches de placer. A cambio, el comisario dijo que había desaparecido y se encargó personalmente del cobro del seguro, que Zulma había puesto sin que se enterase su marido a nombre de otra mujer, cuya identidad tomó ella tras mandarse a mudar de la ciudad.
Siempre dudé de las versiones que circulaban en la ciudad, por eso hice una investigación por mi cuenta. Pude dar incluso con la antigua Zulma, ahora llamada Analía. Tiene un comercio de panchos que abre los fines de semana y un puesto de café al paso. Se gana la vida con lo justo. El comisario la cagó y se fue al año con la guita a otro país. Ella no pudo decir nada. Si confesaba, iba presa al menos por veinte años.
Descubrir la verdad no me llenó de satisfacción, ni nada parecido. En realidad, solo quería saber como hacer para poner una rotisería express y llegué, sin quererlo, al meollo de todo esto.
Dudo entre escribir un libro o escribir el guión para una película. Pienso que ella debería pagar lo que hizo, no por Jaime, sino por los que eran explotados y terminaron calcinados, pero al mismo tiempo reflexiono que la realidad es el peor de los castigos. El único que salió bien parado, o al menos así parece, es el comisario.
Con respecto a la rotisería que quería poner, la verdad es que perdí las ganas. Aunque no voy a negar que a veces extraño levantar el teléfono y tener una pizza en tres minutos. Claro que con todo lo que descubrí, un poco revuelve el estómago. El solo hecho de pensar de dónde saco quince inmigrantes ilegales, hace que todo el proyecto se ponga cuesta arriba.
Si. Escribir el libro es la mejor opción. Al menos, hasta dar con el comisario y empezar a chantajearlo.

7 de septiembre de 2013

El niño

Azul. El mar descansa bajo la mirada del niño, que recostado sobre la arena, sopesa la calma del día. En el horizonte, de pronto un punto. Una mancha oscura, que de a poco se agiganta, cobra forma, se hace objeto.
Las pupilas lo enfocan, su cuerpo espera. No se mueve, solo respira. Es paciente, no sabe de minutos ni horas. Aquello es inmenso. Descomunal. Jamás ha visto nada igual. De todas formas, aguarda, no corre, no escapa, solo aguarda.
Las aguas se inquietan, lanzándose contra la costa. Parece enojadas, molestas que le han quitado la serenidad. La mancha que ya no es mancha, que ahora es objeto, oculta detrás de si gran parte del cielo. Solo entonces, el niño, deja de ser niño. Se incorpora y camina hacia el azul, acortando distancia con eso que está llegando a la isla. No tiene miedo, tampoco curiosidad.
- ¡Un niño! ¡Hay un niño en la playa!
Escucha sonidos que no identifica. En lo alto de aquello, hay seres que caminan de un lado a otro. Otros, descienden al agua dentro objetos más pequeños. Se pone alerta. Por alguna razón, siente que puede convertirse en presa. Y entonces, se aleja.
- ¡Qué no se vaya! ¡Necesitamos que alguien nos diga dónde estamos!
Deja atrás las voces, y vuelve a la vegetación espesa, donde la noche se esconde del día. Siente sonidos más fuertes, varios, pero aquello ya no le interesa. Se interna entre la maleza y los árboles, perdiéndose sin perderse cada vez más en la isla, dejándose devorar por el paisaje, sabiéndose a salvo, lejos de cualquier peligro.
Se detiene delante de su sitio, bajo la gran roca. Allí donde duermen sus padres desde el último frío, cada día más quietos, más apestosos, perdiendo el color que les conocía. Ya no escucha las voces. Está en la penumbra, solo.
Negro. La nada descansa bajo la mirada del niño, que recostado sobre la piedra, sopesa la calma de la noche.

4 de septiembre de 2013

El pochoclero

Nos gustaba situarnos cerca de la máquina y escuchar el sonido del maíz al reventar. Lo veíamos a don Palmiro arrojar granos y al rato, con una pequeña palita de metal, sacar enormes copos de pochoclo. Aquella magia nos parecía única.
Los bañaba con un rico almíbar y luego los iba metiendo en bolsitas de papel. La gente se los llevaba de inmediato. Pochoclo dulce y calentito, así rezaba el cartel hecho a mano que pendía con unos broches del alero que tenía el carrito de don Palmiro.
Muy puntual, el hombre arribaba cada mañana a la plaza de la ciudad. A la del centro, que era donde pasaba más gente. Nosotros, que vivíamos escapando del colegio, lo observábamos armar el puestito, para luego acercanos y escuchar ese ruido.
Don Palmiro estaba viejito. Vaya a saber uno los años que venía repitiendo ese ritual. Dándole color a la plaza, llenando de sonrisas los rostros ajenos. Y sus pochoclos, que se veían tan ricos, terminaban gustosos en las bocas de los transeúntes que no dudaban en comprarse una bolsita, sobre todo cuando el frío se tornaba un enemigo.
Pero el viejo era también un tacaño. Porque jamás nos quiso regalar nada. No le pedíamos mucho, apenas unos pochoclitos. Creo que lo hartamos, porque lo nuestro era todos los días machacar con lo mismo. Le gritábamos cosas, le tirábamos piedras a la espalda, e incluso, tratábamos de apuntarle a la bolsita cuando la estaba preparando.
Y un día se calentó. No recuerdo quién de nosotros fue, pero se acercó por atrás y le metió una rama en el culo. Debe haber sido el Raúl, que después terminó haciéndose puto. Ya tenía esa manía de chiquito, la de querer meter cosas en el culo, digo. El viejo Palmiro se dio vuelta y nos vio a todos en el banco de madera más próximo. La mirada metía miedo, de eso no me voy a olvidar nunca. Tomó un cucharón que tenía para revolver y nos salió a correr. Nosotros, más rápidos, apuntamos para el otro lado de la calle. Cruzamos en un santiamén. Pero el viejo era lento y no vio venir el colectivo.
Ahora extraño el ruido del maíz al explotar y claro, ese aroma inconfundible. A veces, cuando paso por delante de otro puestito y el sonido y olor me llegan, miro asustado para todos lados, imaginando al viejo Palmiro con un cucharón, apenas sujetado por sus manos putrefactas, con jirones de carne cayendo como el almíbar de sus pochoclos. Pero nunca hay nadie cuando giro la cabeza. Solo el vacío, un cierto remordimiento y la sensación de haber sido un pelotudo toda la vida.

1 de septiembre de 2013

Héroe de supermercado

El guardia de seguridad del supermercado de la vuelta de casa fabula historias truculentas. Es un pasatiempo que tiene mientras pasan las horas de su turno, allí parado al lado de la puerta de salida, observando entre las góndolas, vigilando que nadie cometa alguna fechoría, por más mínima que sea, como meterse un sobre de jugo Tang en el bolsillo del pantalón para pasarlo gratarola por la caja o tratar de ventajear a la cajera con el vuelto.
Por eso, se imagina a la viejita que entró empujando un carrito como una guerrillera encubierta, que tarde o temprano apartará su pollera a un lado y sacará de entre sus piernas una potente AK-47 rusa, sembrando el pánico en todo el comercio. Condición que no aplicará a él, que en lugar de entumecer sus músculos a causa del miedo, se arrojará con valentía al rescate de todos los clientes. Entonces, se ve rodando detrás de la torre de latas de arvejas en conservas, mientras las balas de la vieja hacen saltar los productos de las góndolas por el aire, y al llegar junto al exhibidor de café La Morenita, se visualiza sacando su arma, quitándole en un cerrar de ojos el seguro y luego, despachando a la vieja hija de puta con dos disparos certeros, uno al pecho, el otro a la cabeza.
- Adiós señora - le dice a la viejita, inclinando la cabeza, minutos más tarde. Y para todos vuelve a ser la viejita inofensiva que había entrado empujando el carrito. Para todos, menos para él.
Sin embargo, la atención ahora está centrada en un niño de siete años, que en rebeldía de sus padres, se ha alejado y camina por su cuenta por el pasillo central, entre la yerba de medio kilo y las cajitas de té en saquito. Pero en su mente, no está mirando a un chiquillo. Porque en realidad, es un agente infiltrado de la CIA, de los llamados "agentes enanos", cuerpo especializado en el sabotaje en colegios y museos.
El enano, que simula ser hijo de una pareja que discute sobre el queso a llevar, si cremoso o port salut, en la góndola de frío, está estudiando el perímetro. Sabe que si algo no lo convence, deberá abortar la misión. El guardia se mueve despacio, quiere evitar el contacto visual. Cualquier pequeño error en sus movimientos, disparará la alarma en el agente, cancelando el plan que tuviese entre manos. Se acerca lentamente, esperando el momento oportuno. Sabe que no puede apresarlo sin que haga nada, debe ser testigo de la amenaza. Por eso abre los ojos, aguarda paciente y cuando el niño intenta meterle el dedo a la tapa de aluminio del frasco de dulce de leche Ilolay que acaba de agarrar, el guardia se lo quita, lo mira con severidad y lo manda con sus padres, que ahora no se deciden si llevar paleta o jamón cocido. El niño se acerca corriendo y se aferra a la pierna del padre, pero no hablará. Como todo agente enano, está adiestrado para callar, para ocultar la información.
El guardia vuelve a su puesto. Es conciente que lo ha abandonado durante unos minutos. Cualquier peligro pudo haber cruzado la puerta. Lo sospecha, lo presiente. Tarda en darse cuenta, pero finalmente lo ve. Es un lobo enorme, de pelaje como la ceniza. Está seguro que no es un lobo común. Puede ver el contorno de sus garras, la forma de erguir el lomo. Aquello es un hombre lobo. Y está a punto de atacar el puesto de Paladini. El guardia apela entonces a lo aprendido en la academia, en el crudo frío de Usuhaia, con temperaturas bajo cero. Silba fuerte, introduciendo dos dedos en la boca y luego, con la voz que entrenara por horas, para que sus órdenes llegaran al centro de la corteza auditiva del cerebro, azuzó al monstruo al grito de "¡camine cucha!".
- Perro de mierda - le dijo a la pasada, arrastrando las R con la bronca empastada, y lo vio correr por el estacionamiento, con la cola entre las patas. Si, ese era él, así lo habían entrenado, para no fallar. El hombre lobo había escapado espantado. Difícilmente volvería por el lugar.
La tarde había pasado, su reemplazo estaba allí esperando para entrar en acción. Le guiñó el ojo, lo palmeó en la espalda y le dio un consejo, como hacía siempre: "Prestale atención a los lácteos, decile al pibe que repone que los que tienen colchón de fruta están por vencer".
Y a paso firme, abandonó el lugar. En ningún momento miró hacia atrás.

29 de agosto de 2013

Burbujas de plástico

Al mirar por la vidriera del local comercial, no le llamó la atención la moto que estaba en exhibición delante de todo ni las otras que la rodeaban, como tampoco el estante repletos de cascos y el perchero con camperas de cuero. Ni siquiera el hecho de ver que en el mostrador aguardaba con una sonrisa, a su próximo cliente, una morocha infartante.
Nada de eso fue lo que provocó que se pegara contra el vidrio para observar con mayor nitidez. Casi tembló al comprobar que sus ojos no lo engañaban. Pero guardó la compostura e hizo lo que debía hacer. Sacó el revólver de la cartuchera, abrió con fuerza la puerta del comercio y penetró como una exhalación, sin darle tiempo a nadie de moverse, y mucho menos de gritar. Lo que siguió a continuación, fue justicia.

Un año antes
Jonatan Dois no sabía que esa tarde perdería a su pequeña de cuatro años. Si lo hubiese sabido jamás se habría levantado temprano para llevarla a ese cumpleaños en el salón de fiestas "El patito feo". Pero la futurología no era su fuerte y recién después del mediodía, al ir a buscarla, recibió la nefasta noticia de su desaparición.
El salón de fiestas era un caos. A pesar de la presencia policial, algunos pequeños permanecían aún dentro del pelotero. Los padres, en cambio, prestaban declaración ante los uniformados, al igual que los empleados. Ninguno de ellos se había percatado en un primer momento que faltaba Úrsula. Jonatan había llamado, pidiendo que fueran preparando a su hija, porque estaba apurado y no quería bajar del coche.
Cuando fueron a buscarla, no la encontraron por ninguna parte. Revisaron en cada rincón, sin éxito alguno. El lugar contaba con cámaras de seguridad en la salida, pero según chequeó la policía en la grabación, no se vio a la pequeña salir por allí.
Fue una triste odisea. Entevistaron a todos los presentes, una y cien veces. Nadie cambió jamás su discurso. Era evidente que el culpable no estaba entre los interrogados. Tampoco los chicos pudieron aportar pistas. Eran muy pequeños y la mayoría no entendía que había sucedido. 
Difundieron imágenes de la niña por todas partes. Incluso, con la ropa que llevaba puesta y el detalle en el cabello, de un prendedor rosa en forma de mariposa con pintitas doradas, sosteniendo cada una de las colitas. Dois y su mujer perdieron con el tiempo las esperanzas. Pronto comenzaron tratamientos con psicólogos, ya resignados. Uno de los policías asignados al caso, Emiliano Estevez, les prometió encontrarla, tarde o temprano. Lo dijo convencido, pero los padres de Úrsula no le creyeron. Hubiese sido mejor así.

Ahora
Avanzó con el arma apuntando hacia delante y al grito de "nadie se mueva, soy policía" captó la atención de la chica del mostrador y de los dos vendedores que estaban dentro del local. Asustados, los empleados, atinaron a levantar los brazos, como si los estuvieran asaltando.
Pero el policía, vestido de civil, los pasó de largo. Algo había atrapado su mirada, como si lo hubiese embrujado desde el otro lado del vidrio.
Pasó por detrás del mostrador, y en un estante donde solo había accesorios pequeños para motos, pudo ver con detenimiento aquel objeto que lo envolvió en un escalofrío. Incrédulo, se giró hacia los empleados. Su voz pretendía estar firme, pero él mismo escuchaba el temblor al pronunciar las palabras.
- ¿De dónde sacaron este prendedor para el pelo? ¿De dónde?

Dos meses antes
Emiliano cerró los ojos y suspiró profundamente. Su superior, del otro lado del escritorio, volvió a reprenderlo. Las actitudes así le molestaban y a lo grande. Si su orden era cerrar el caso, el caso se cerraba. No podía pretender que su personal perdiera el tiempo en las causas complejas que jamás tendrían resolución. Pero Estevez parecía no darse por enterado.
- Patalee, haga lo que quiera Estevez, a mi no me cuesta nada suspenderlo. El caso está cerrado, así que no haga gestos. Si no le gusta, sabe dónde está la puerta.
El policía estuvo a punto de decirle algo, pero abandonó la idea. No tenía argumentos para seguir bregando por el caso de la pequeña Úrsula. El deseo que apareciera no contaba como argumento. Además, los padres de la niña, al borde de la depresión extrema, se habían convertido en una ayuda casi nula. De seguir, lo haría solo.
Miró a su superior y asintió con la cabeza. Había perdido la batalla. Las pocas esperanzas habían muerto en aquella oficina.

Ahora
La chica lo miró con ojos desorbitados. Emiliano agitaba el arma, asustándola. Repitió una y otra vez la pregunta, hasta que uno de los empleados mencionó un nombre, el del dueño del lugar.
Todo ocurrió muy rápido. El pedido de captura, la búsqueda, los allanamientos. Cuando dieron con la persona, horas más tarde, su sangre hervía con angustia. ¿Ella estaba viva? ¿Ella estaba en alguna parte? No pudo contenerse en la sala de interrogatorios. Lo tomó del cuello y lo golpeó para que confiese. Dos oficiales no pudieron separarlo.
El hombre, en lugar de amedrentarse, rió a carcajadas. A Emiliano aquello lo descolocó. Sacó el arma y se lo puso en la boca. Hubiese disparado, sino era por la intervención de un sargento que entró en el momento justo, cuando Estevez había perdido todo el sano juicio.


Un año antes
El bullicio provenía de arriba. Siempre el bullicio provenía de arriba. Era típico, reconfortante. Por esa razón había alquilado el viejo salón de la antigua concesionaria de motos. Había puesto otra concesionaria, en un sector más céntrico. Y que mejor forma de aprovechar aquel lugar que con un salón de fiestas para cumpleaños. Risas, niños, diversión. ¿Había disfrutado él de todo eso cuando pequeño? No. ¿Por qué no hacerlo ahora?
Le fascinaba escuchar la algarabía. Por las voces, hasta podía calcular la edad de los pequeños. Le encantaban los niños. Eran su debilidad. Desde el sótano, podía escuchar todo. Pero era su lugar secreto. Porque nadie sabía que existía. Al menos, nadie del salón de fiesta. Porque era una vieja comunicación con su casa, que quedaba al lado.
Mientras escuchaba con una sonrisa en el rostro los sonidos provenientes de la fiestita, observaba con más ganas la portezuela que estaba justo por encima de su cabeza. Era cuestión de accionar la palanca y... la idea le daba miedo. Podía ser un éxito, como un fatídico fracaso. Le sudaban las manos. Iba a hacerlo. El corazón galopaba con fuerza. Llevó sus dedos temblorosos hasta el mecanismo y entonces...


Ahora
- ¡Pero qué carajo estabas pensando! ¿Cómo se te ocurre meterle el arma en la boca?
Emiliano forcejeaba con un oficial, al tiempo que quería regresar a la habitación para completar lo que había comenzado.
- ¡El hijo de puta sabe que le pasó a la nena! ¡Quiero que hable, en eso pensaba!
- No es un novato Estevez, no puede hacer lo que se le antoja, usted lo sabe. ¿Tiene idea de los problemas que vamos a tener ahora?
- El tipo se llevó a la nena. Usted vio el prendedor.
- ¡No se precipite Estevez!
- Si no lo hace confesar usted, lo hago...
- Usted se va a su casa y se deja de joder. Veo que no está apto para llevar adelante el caso. Olvídese del asunto.
Los oficiales lo retiraron a la fuerza. Emiliano pudo observar mientras se iba, la sonrisa ladina del hombre esposado en la sala de interrogatorios, que a través del vidrio dejaba ver sus dientes en forma grotesca.

Un año antes
Entonces el sonido se hizo más fuerte, casi al punto de retumbar en sus oídos. La música era divertida y los colores aparecieron delante de sus ojos. Azules, rojos, amarillos, verdes. Todos con formas esféricas. Y se movían, como si tuvieran vida propia. Estiró la mano y atrvesó esa capa de colores movedizos, esas pelotas juguetonas que bailaban al  compás de la música. Y con sus dedos tanteó en el mar de burbujas plásticas hasta tocar algo diferente. Y cuando lo sintió, abrió su mano y se aferró a ese tesoro y con fuerza, casi sin tiempo a nada, tiró hacia abajo, atrayendo hacia su cuerpo la presa, como si de un trofeo se tratase.

Dos años después
Estevez lee el diario mientras su esposa amamanta a Matilda, de tan solo tres meses. Es domingo, no tiene que atender la tienda. No extraña para nada la época en que debía trabajar los fines de semana, recorriendo las calles, conviviendo con el peligro. Ahora disfruta de su familia, de su pequeña. Pero su alegría no es completa. Tiene miedo. Pánico. Terror. Piensa en su pequeña y no quiere que crezca, la quiere tener siempre en brazos, prendida a la teta de su esposa, segura, cuidada. Teme que desaparezca y que nadie haga justicia cuando tiene la oportunidad de hacerlo. Teme, porque sabe que en el mundo nadie está a salvo.





26 de agosto de 2013

Prefabricada

Cuando Venancio se decidió a construir su casa, tenía un buen dinero ahorrado. Alquilaba desde que tenía memoria y dado que nunca había formado pareja, la idea de un lugar propio no había prosperado en su vida.
Pero los hombres cambian, se dijo Venancio, como así también las mentes. Y ese cambio, en su caso, se debía más bien al poder de convencimiento de Evaristo, un viejo conocido que ahora estaba en el negocio de la construcción.
- Construcción no, querido Venancio. Yo te ofrezco el futuro, pero ahora - lo corregía días atras Evaristo, mientras compartían un café en el bar que está cruzando la plaza y cerraban el trato que ahora lo tenía entusiasmado y esperando.
Todo había comenzado en el club del barrio, en una partida de casín. Evaristo no era habitué, pero aquella tarde, había ido a acompañar a un amigo. La casualidad dispuso que Venancio, que tampoco concurría muy seguido, fuese en el mismo horario. Y casi sin darse cuenta, se toparon, se saludaron y mientras disputaban una partida, se pusieron al tanto de sus vidas.
- ¿Cómo que todavía alquilas, Venancio? ¿A esta altura de tu vida?
En su momento la respuesta fue la de siempre, excusándose en cosas triviales, como que así no tendría mayores responabilidades. Evaristo, no obstante, le contó que se dedicaba a vender casas. Pero no eran casas ya construidas. Su empresa las erigía de la nada, en cuestión de horas. Eran prefabricadas, pero no las habituales, le había aclarado. Las suyas, eran las casas del futuro.
Le dejó un folleto, una tarjeta con su número de teléfono y una promesa.
- Invertí tus ahorros, que no te vas a arrepentir.
Descartó la sugerencia, pero guardó todo lo que le había dado. Con el correr de los días, lo fue pensando. Consideró la idea de tener algo propio y para su sorpresa, le gustó.
A la semana llamó a su viejo conocido. Pactaron encontrarse en el bar que estaba frente a la plaza y allí conversaron durante una hora. Para cuando volvió al sitio que alquilaba, ya era dueño de una de las casas del futuro de Evaristo.
Aún resonaba la última parte del diálogo.
- Tengo un problema Evaristo, no tengo el terreno.
- ¿Terreno? - preguntó riendo su interlocutor - Esto es el futuro, Venancio. En el futuro, el terreno no significará nada.
Había querido indagar más sobre esa preocupación, pero Evaristo le dijo que no dijera una palabra más, que se olvidara de los conceptos actuales de construcción y que aguardara unos días, que tendría noticias suyas.
No podía ocultar la impaciencia. Varias veces al día sacaba de su billetera la tarjeta de Evaristo y se acercaba al teléfono para llamar al número, pero se contenía y seguía esperando.
El sonido del timbre, no fue presagio de nada. Observar por la mirilla de la puerta al cartero, tampoco. Pero luego, tras firmar la planilla de entrega, supo que aquel paquete que tenía entre manos era importante.
Tenía el logo de la empresa de Evaristo en el envoltorio. Era apenas más grande que una caja de zapatos. Rompió el paquete con energía. ¿Qué sería? ¿Un presente de la empresa?
Cayó al suelo un folleto, que parecía en realidad un manual de instrucciones. Venancio lo estudió atentamente. Le llamó la atención que tenía pocas hojas. En la caja había un cubo no más grande que una pelota de tenis. Venía protegido por un plástico, que impedía que se moviese.
Sacó el cubo de su protección y lo comparó con el de la foto que había en el folleto. Era el mismo y según el pie de foto de la imagen, aquello se llamaba "Kit de Vivienda Portátil Prefabricada EVST-977".
Las indicaciones eran escasas. Buscó por las dudas si había algún otro manual, pero no lo encontró. No entendía. ¿Había pagado un dineral por un cubo? ¿O era una broma de su viejo conocido?
Leyó lo que decía el papel que tenía en sus manos.
1) Coloque el Kit de Vivienda Portátil Prefabricada EVST-977 en una superficie lisa, cuidando de dejar al menos diez centímetros de distancia con cualquier objeto.
2) Busque y presione el dispositivo de encendido en uno de los lados.
3) Colóquese encima del cubo, cuidando de no pisarlo. Lo mejor es que el cubo quede entre sus pies.
No había punto cuatro. Se sentía tonto de seguir las instrucciones, pero lo hizo. Encontró el encendido, volvió a depositar en el piso el cubo y se posicionó tal como indicaba el folleto.
Lo que siguió a continuación, no tuvo explicación posible. Sintió que algo sucedía, y al segundo siguiente, estaba dentro de una vivienda enorme, de habitaciones espaciosas, totalmente amueblada, con terminaciones hermosas, tal como le había mostrado Evaristo en catálogos.
Pero no podía ser, era ridículo. Buscó una ventana y corrió hacia allí. Necesitaba saber hacia donde daba. Al asomarse, vio su living. Es decir, el living de la casa que alquilaba. No podía ser. Aquello no tenía explicación. Fue hasta la puerta y sin dudarlo, abrió y salió. Quedó en medio de su sala, en la que estaba antes de seguir las instrucciones. Giró en redondo y detrás suyo, en el suelo, estaba el cubo.
En ese preciso momento llamó el teléfono.
- ¿Y mi amigo, has visto la casa? - preguntó la voz, que no era otra que la de Evaristo.
- No entiendo nada, estaba en mi casa, y de repente, estaba dentro de otra casa...
- Te corrijo Venancio, estabas en la casa que debes rescindir el contrato y de repente, apareciste en tu casa. Te lo he dicho, es la casa del futuro. Sin terreno, sin necesidad de amoblarla, la llevas dónde quieres. Cuando quieres estar dentro, la dejas en el piso y listo. Tu adentro, el cubo afuera.
- Es imposible.
- No me hagas reír Venancio, que ya lo comprobaste. No quieres creerlo, que es muy diferente.
- Pero... pero incluso si fuese cierto, que pasaría si alguien patea el cubo mientras estoy dentro.
- El cubo desaparece, no es un simple objeto. Venancio, olvida la física tal como la conocemos. Olvida todo preconcepto, todo paradigma. El futuro no los necesita, porque siempre fueron erróneos. Esta es la verdad. Si quieres que alguien te visite, tu decides aparecer.
- No, no es posible.
- Si que lo es. Y ahora, debo cortar.
- ¡Espera! ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo es que nadie las utliza?
- ¿Nadie? No tienes idea de la gran cantidad que hoy por hoy es dueño de un Kit. En el futuro, es la única forma de vivir seguro.
- Entonces dime como es que tienes esta tecnología...
- He ahí mi truco, viejo amigo. Yo tengo otro Kit, algo más grande. Y cuando lo abro, no veo mi casa, sino mi planeta.
- ¿Tú...?
El clásico ruido de la línea al cortarse interrumpió su incredulidad, o en realidad, la prolongó junto al silencio que provenía de otro lado, ahora sin nadie que pudiera escucharlo.
Miró hacia el suelo, hacia aquel objeto inanimado que escondía un secreto. Lo observó con recelo y miedo. Pero fue solo un instante. Sin perder tiempo, lo levantó y lo puso encima de la cama.
El paso siguiente era idear la mudanza.

23 de agosto de 2013

La nena de papá

La niña se llamaba Miranda y era dueña de los ojos más lindos del mundo. Ella lo sabía porque su papá se lo recordaba a diario, mientras caminaban juntos hacia el colegio. Papá también le decía que solo las niñas buenas y obedientes llegaban a ser lindas de grande. Las que se comportaban mal, terminaban convirtiéndose en brujas horrendas, que terminaban sus vidas al lado de un caldero enorme, haciendo conjuros y lamiendo sapos.
Miranda ponía cara de asco y le prometía a su padre jamás portarse mal. El hombre la abrazaba y luego se marchaba, dejándola en aquel patio de baldosas blancas, donde niños y niñas ya correteaban de aquí para allá. La pequeña lo observaba alejarse hasta desaparecer por la puerta principal. En ese instante sonreía, mientras en su mente imaginaba el caldero de sus sueños.

22 de agosto de 2013

Villa Viñetas en Villa Constitución, 24 y 25 de agosto

Es una alegría compartir con ustedes el evento que estamos organizando con gente amiga en la ciudad de Villa Constitución y que tendrá lugar este fin de semana (sábado 24 y domingo 25). Se trata del primer encuentro de historietistas y dibujantes de la ciudad, al que hemos denominado "Villa Viñetas".
Además de generar un espacio para los artistas locales, recibiremos a otros de ciudades cercanas, compartiendo así una doble jornada de muestras de obras, charlas, talleres (dos de ellos para docentes), stand de publicaciones y dibujos en vivo.
Esto se realizará en la sede de Fundación Centro, en calle Salta 456 de Villa Constitución. Estarán presentes también personalidades reconocidas de la historieta nacional, como Decur (Guillermo Decurgez), Carlos Barocelli y Marcos Vergara, además de Ciervo Blanco (Marcela Leguizamón), Leonardo Cabrera, Matías Di Stéfano, Sergio Alvarez, José Hugo Goicoechea (presentando "Aquí Mismo III" y un taller docente), la Revista Terminus, la editorial Loco Rabia, la Escuela de Dibujo Barocelli, el suplemento nicoleño Los Chicos Contamos, el Taller de Historietas de Fundación Centro y exponiendo, porque no va a poder venir, Felipe Ricardo Ávila.
Es con entrada libre y gratuita. Un programa extenso de actividades y muchas sorpresas más.
En este enlace, todas las novedades de Villa Viñetas.


20 de agosto de 2013

Los sábados de Romualdo

El sábado era un día especial para Romualdo. Lo esperaba con ganas. Temprano, antes que amaneciera, se levantaba y ponía el agua al fuego. Mientras se cambiaba, escuchaba el leve sonido de la hornalla calentando el acero. Luego preparaba el mate, cuidando que le saliera suave, que era la mejor manera de tomarlo al comenzar la jornada.
Cuando el sol ganaba altitud sobre el horizonte, lo encontraba en el patio, con la pala en la mano. Con movimientos minuciosos, levantaba la tierra y separaba los cascotes hasta dar con las anheladas lombrices. Finalmente sacaba la caña y los anzuelos del cuartito que estaba en el fondo de la casa y provisto del termo, yerbera, mate y bombilla, salía montado en la bicicleta rumbo al río.
Apartado del ruido de la ciudad, de la rutina del día a día, de los mandados para el hogar, Romualdo era feliz. A veces la caña se movía y él amagaba con pegar el tirón, pero luego recordaba que no era intención suya pescar algo, sino abandonarse a la paz, y volvía a relajarse, confortándose con el sonido del agua, el andar del viento y el volar de los pájaros.

17 de agosto de 2013

Fotografía eterna

De pie detrás de uno de los arcos, el corazón le palpitaba a mil revoluciones. Sostenía con fuerza la cámara con la que esperaba sacar la mejor fotografía de su vida, esa que soñaba ver impresa en la tapa de la revista que trabajaba.
El estadio parecía venirse abajo, con la multitud entusiasmada y en la cancha, las dos mejores selecciones disputando la final del mundo. Estaba atento a cada movimiento, apuntando con el lente hacia los jugadores, esperando la jugada magistral para inmortalizar en una imagen.
Pero el partido era aburrido, ningún equipo se contagiaba de la gente. Las situaciones eran escasas y los minutos avanzaban hacia un inevitable empate. No podía concebir que no hubiese peligro en los arcos, que no arriesgaran un poco más. El reloj indicaba que era la hora.
Entonces, una pelota fue despejada al vacío. Enrique, el fotógrafo, no lo dudó. Corrió hacia ella metiéndose en el campo, se anticipó al defensor que iba a devolverla al terreno contrario y tras eludir al arquero, definió a un ángulo, mientras fotografiaba cada movimiento.
Ante el silencio de la gente y los manotazos de las fuerzas de seguridad, supo que había entrado en la historia.

14 de agosto de 2013

El puesto de mamá

-¿Y la lluvia, mamá?
- En cualquier momento para, hija.
La niña miró el agua a su alrededor, formando charcos en el suelo y mojándole los pies descalzos. Más allá, un chico de su edad caminaba a la par de su madre, protegido con un paraguas.
- ¿Podemos ir a la plaza?
- Todavía no cariño, tené paciencia.
Del otro lado de la calle, a través de la ventana del bar, dos nenas hacían morisquetas mientras las tazas con leche chocolatada descansaban olvidadas sobre la mesa, muy cerca de las de café con leche de sus padres.
- Tengo hambre mamá.
- Aún no, cielo, mamá todavía no trabajó lo suficiente.
Los automóviles pasaban veloces por la calle, arrojando el agua hacia la vereda. Las gotas llegaban hasta sus ropas empapadas, pero no le daba importancia. Aquella era su vida, sus días, junto al puesto de chipá de mamá.
- ¡Está parando de llover mamá!
- Siempre para, hija. Agarrá un chipá. Después si Dios quiere, te preparo una comida.

11 de agosto de 2013

Modelos

Enrique se levantó esa mañana con la necesidad de cambiar el teléfono móvil. El que tenía contaba con pantalla táctil, wi-fi, acceso a satélites climáticos e incluso, televisión digital. Pero esa noche no había podido dormir. ¿Y si lo asaltaban en su  casa en medio de la noche? Si tuviese el nuevo modelo UJ871, con alarma de seguridad conectada a la policía, se sentiría a salvo.
Pasó por dos comercios, pero ambos estaban atestados de gente. Era de esperar, la noche anterior había salido la publicidad en todos los canales de televisión. Con la ola de inseguridad reinante, un UJ871 era necesario. Finalmente encontró un comercio con menos clientes esperando y pudo comprar su aparato.
Lo probó durante todo el día. Estaba feliz con su nuevo dispositivo. Sin embargo a la hora de la cena, con el televisor encendido, su alegría se apagó por completo. Estaban anunciando el nuevo ZK055, que prometía contacto con la policía con una sola tecla y por si fuera poco, un software que emitía un rayo paralizante para desarmar a un ladrón.
Enrique no pudo dormir nuevamente. A la mañana siguiente corrió hacia el comercio más cercano, para adquirir el nuevo modelo. Para su desesperación, el lugar estaba atestado de personas. Se dirigió al siguiente y la escena era la misma. Su corazón se agitó aterrado. ¿Quedarían teléfonos para cuando encontrase un lugar con menos gente?
Cruzó la calle sin prestar atención. Llegó hasta la otra vereda sin darse cuenta que lo seguían. De repente alguien lo tomó del hombro. Un cuchillo se posó sobre su cuello. La figura desconocida revisó sus bolsillos y le quitó la billetera y el teléfono.
Enrique se amparó en una pared, donde apoyó la espalda y se dejó caer. Lloraba desconsolado. Sin dinero y sin teléfono el mundo era una oscura realidad. Preso del pánico, se acurrucó en aquel sitio, como un mendigo. Y así permaneció, hasta que el sueño atrasado lo sorprendió.

8 de agosto de 2013

Cosmos cíclico

Hace tiempo, en otra galaxia, una raza quiso dominar los cuerpos celestes lindantes a su órbita. Primero fue su satélite natural, luego el planeta más cercano. Mientras esto sucedía, en el planeta nativo de la raza, las condiciones de vida empeoraban día a día. Polución, violencia, descontrol.
Los que podían, compraban una nueva vida a millones de kilómetros del suelo que los vio nacer. Los que no, permanecían en la tierra del caos hasta la muerte, que jamás demoraba en llegar.
Hoy en día esa raza ha atravesado gran parte del universo, conquistando sistemas completos. El lugar de origen se había convertido en un recuerdo mencionado en los apuntes de historia. Y fue así hasta que una tripulación, en uno de sus viajes, dio con aquel lugar remoto, dejado atrás miles de siglos antes.
El planeta era el mismo, la raza que lo habitaba, muy similar. Sin embargo, el caos prevalecía, con enfrentamiento entre naciones, enfermedades, contaminación. A los tripulantes de aquella expedición no les llevó mucho llegar a la conclusión que era un sitio que no valía la pena. Había algo muy propio en aquel paraje que llevaba siempre al mismo destino.
Sospecharon que siempre sería así, que el ciclo no concluiría jamás. Quizá algunos lograran escapar, como sus antepasados. Mientras tanto, perecerían en la enorme jungla que ahora llamaban Tierra.

5 de agosto de 2013

Quieto

Sintió la presión en su espalda. No supo bien que pensar en primera instancia, de inmediato sospechó de algún atolondrado que llevaba algún objeto con punta de manera descuidada. Pero cuando aquella voz en forma de susurro le dijo "no te hagás el gil y quedate quieto, mientras te saco la billetera" comprendió que lo estaban asaltando.
Era inaudito. Iba parado en medio del subte, rodeado de una veintena de personas, todos amontonados. Podría intentar girar para ver frente a frente al ladrón, pero al mismo tiempo, la presión en su espalda lo ponía a pensar: ¿realmente está sucediendo, es un arma lo que me está apuntando?
Podía serlo, como no. Quizá era un ardid, una trampa, una manera de asegurarse su pasividad mientras procedía a quitar del bolsillo trasero la billetera, que si mal no recordaba, tenía un par de billetes y la documentación personal y del auto.
Bastaría con un grito suyo, un "me están asaltando", para poner en alerta a todo el vagón. Pero aquello podía también desencadenar una escena de pánico en la gente, y en lugar de ayudarlo, apartarse, dejarlo aún más solo con el delincuente. También, reflexionó, podía asustar a la persona que le apuntaba y provocar una reacción inesperada, un impulso de más, que llevara a que gatillara y de esa forma, acabar con su vida.
No te hagás el gil, le había dicho. Era un exhorto a quedarse quieto, a mantenerse así, conservando la calma, mientras le robaba las pertenencias. ¿Pero cómo podría hacerlo? Hay un instinto muy dentro de cada uno a defenderse. A actuar, a no dejarse pasar por encima. No, no estaba en sus planes rendirse a merced de la injusticia, de la delincuencia. No sucedería, no le haría caso.
Giró al mismo tiempo que dejó de sentir la presión sobre la espalda. Allí no había nadie en particular, solo gente. Palpó el bolsillo y lo encontró vacío. Barrió con la mirada el vagón y no pudo discernir quién le había robado.
- ¡Me robaron! ¡Me robaron! - gritó con bronca, esperando la reacción en la gente. Pero nadie movió un músculo, ninguno atinó siquiera a dirigirle una mirada.
Fue entonces que despertó. Estaba completamente empapado en sudor.
- Que sueño de mierda - le dijo a la habitación vacía.
Una rara sensación recorría su cuerpo. Sobre la mesa de luz estaba la billetera. Había sido una mala pesadilla, nada más. Volvió a cerrar los ojos, pero no pudo volver a dormir. La indiferencia de los demás, cuya imagen volvía una y otra vez a la mente, no le parecía un mal trago de su imaginación.

2 de agosto de 2013

Ruleta para el "Caballo"

En una ruleta rusa, las probabilidades de perder son proporcionales a la estupidez de la persona que acepta jugar. Claro, no es un axioma que muchos sepan o consideren a la hora de aceptar una invitación. Incluso, es común que quienes jueguen estén en un estado que va de la desesperación o la más inminente borrachera.
Al "Caballo" Gaona, un grandulón de buen corazón pero malas amistades, le hicieron creer que aquello era fácil, cuestión de azar, pero sin demasiadas consecuencias.
Previo a eso, se aseguraron que apostara una buena suma de dinero, que según el "Caballo", eran los ahorros de la vieja, a la que le había prometido que se los devolvía al día siguiente, pero duplicados.
Gaona llegó solo a la dirección que le habían anotado en el reverso de una caja de fósforos. Era un pasillo oscuro, bastante húmedo. La única puerta tenía una ventanilla muy sucia, que no dejaba ver hacia el interior. Golpeó la chapa repetidamente, como le habían dicho que hiciera. Esperó unos segundos y las bisagras oxidadas chirriaron agudamente, para que por el espacio entre la chapa entreabierta y el marco se asomara la cabeza de un enano vestido con ropas de cuero.
- ¿Qué quiere? - preguntó.
El grandote se agachó, para que el enano lo oyera mejor.
- Vengo a jugar a la ruleta.
El enano lo miró fijo, lo estudió de arriba abajo y luego lo hizo entrar.
- Si, ya me avisaron que venía uno como vos - le dijo mientras cerraba la puerta a su espalda.
- ¿Cómo yo?
- Si, ya sabés, grandote, medio... medio alto.
Otro pasillo los condujo hasta una nueva puerta. Tras la puerta, unas rejas. Tras las rejas, una sala con poca iluminación, salvo un lugar en el centro de la mima, donde una lámpara con un único foco, dejaba a la vista una mesa de paño verde, a la cual estaban sentadas cinco personas. Había una sexta silla, que estaba vacía.
Sobre el paño aguardaba un revólver. Gaona se sobresaltó. ¿Qué hacía el arma ahí? ¿Dónde, la ruleta?
Alguien corrió la silla libre hacia atrás, invitando al "Caballo" a ocuparla.
- ¿Trajo el dinero? - preguntó otro, a quién la poca luz le ocultaba el rostro.
- Si, pero... - el "Caballo" trató de hablar, pero sintió una mano sobre el hombro que lo empujaba hacia el asiento. El culo le rebotó en la madera, apenas mullida por un almohadón.
Se sorprendió del trato. Los que le habían pasado la información del lugar, eran conocidos. Le dijeron que era un buen lugar para ganar plata de manera rápida y veloz. Que a lo sumo en cuatro o seis tiros, duplicaba lo que apostaba.
Él era un apostador nato. Sabía que si la suerte estaba de su lado, podía darle la sorpresa a su madre. Pero el lugar distaba de cualquier otro que hubiera pisado en su vida. Sin mesa, con pocas luces.
- ¿Qué clase de ruleta clandestina es esta? - preguntó a la brevedad, recuperando la compostura.
- La que muchos mueren por jugar - respondió una voz, que no creyó reconocer.
- Saque el dinero - ordenó otro.
Gaona tanteó debajo del saco y buscó el sobre con la plata. Veinte grandes, chirola más, chirola menos. Lo dejó sobre la mesa, con desconfianza.
- ¿Esta es la mesa de apuestas? ¿Cómo carajo jugamos? - ahora comenzaba a perder la paciencia.
- Es fácil, agarre ese revólver, apúntelo a su cabeza y dispare. Si el tambor está vacío, gana. Si tiene una bala, poco le va a importar lo que suceda después.
Todos ríeron de buena gana. El "Caballo" se puso de pie, pero una vez más sintió la presión sobre el hombro y el cuerpo que se aceleró contra la silla.
- Usted se queda quieto. Ya cruzó la puerta, de aquí sale si la fortuna lo quiere. No antes.
- Nadie me dijo nada de esto, es un suicidio. No pienso jugar a esta mierda.
- Aceptó a venir y vino, llegó hasta acá, no tiene escapatoria. Hay otro revólver además del que está viendo y lo tiene Lucchiano. Ya conoce su mano y su fuerza, si se resiste o se niega a participar, conocerá lo bien que dispara.
Se hizo el silencio. Intentaba divisar entre sombras los rostros ajenos, pero le era imposible. La luz era nula y algunos fumaban. El humo enviciaba lo poco que se dejaba ver.
- ¿Cuántas balas hay? - preguntó el "Caballo", algo resignado.
- Tres.
- Tres se dividen el premio.
- Así es.
- ¿Debo empezar?
El brazo de Lucchiano, supuso, pasó a su lado hacia el centro de la mesa.
- Empieza el que elija el revólver - explicó otra voz, que hasta entonces no había oído.
La mano pesada del brazo cuyo dueño no podía distinguir, giró con fuerza el revólver de lado. Cañón y culata comenzaron a bailar en círculos en medio de la mesa. Se sucedían uno a otro, pareciendo en algún punto, que eran la misma cosa. De a poco, fue deteniéndose y con ese movimiento aterido, los corazones palpitaron uno a uno más rápido.
El "Caballo" había entrecerrado los ojos, no quería ver. Los abrió para observar que el cañón apuntaba hacia el hombre sentado en dirección opuesta a él. Suspiró.
Una mano se adelantó y tomó el arma. Luego, desaparecieron en la oscuridad, como si nunca hubiesen existido. Un estruendo poderoso las volvió a la vida, y al mismo tiempo, trajo muerte. El cuerpo se desplomó hacia atrás, cayendo pesadamente. El revólver cayó sobre la mesa, manchado en el cañón con sangre.
El brazo de Lucchiano se acercó con un trapo. Lo pasó rápido sobre las manchas y sin dar respiro, volvió a impulsar el arma en su danza macabra. Giró más que la vez anterior, haciendo la espera aún más angustiante.
Esta vez Gaona no cerró los ojos. De alguna manera, aquello comenzaba a gustarle. Al fin de cuentas, se trataba de azar.
El cañón apuntó a la persona que tenía a su derecha. El "Caballo" sonrió. El revólver volvió a desaparecer y él esperó el segundo estallido. Pero en cambio, solo hubo un "click". El arma volvió a su lugar y el brazo retornó para volver a poner en juego la calesita mortal.
¿Cuántas veces podía tocarle a uno? el pensamiento lo distrajo. Cuando el revólver se detuvo, creyó que apuntaba hacia su dirección. Pero no, lo hacía hacia su izquierda. El hombre a su lado lo tomó entre jadeos y disparó. Ahora si, el estruendo le llegó desde mucho más cerca y sintió que algo salpicaba su mejilla izquierda. Esta vez el revólver repiqueteó en el suelo.
Dos balas, quedaba una. La idea crecía en su mente. Podía lograrlo. El revólver giraba una vez más. Las posibilidades aumentaban, solo debía confiar en su suerte. El cañón frenó mirándolo acusadoramente. Sintió que el corazón se detenía, que la respiración caía en un abismo. Tragó saliva. Sintió que la mano de Lucchiano se posaba sobre su hombro, sin hacer presión, pero obligándolo a tomar el revólver.
No pudo vacilar más tiempo, se vio obligado a hacerlo. Adelantó la mano, tomó el revólver y lo llevó hacia las sombras. Apuntó hacia su frente y en el último momento, levantó el cañón y disparó. Lucchiano cayó hacia atrás, sin tiempo a darse cuenta de lo que había sucedido. El "Caballo" se puso de pie y tirando la silla al diablo, corrió hacia la puerta por donde había entrado.
Pero encontró las rejas con llave. Detrás suyo, las sillas se habían movido. Se giró sobre los talones y los vio. Eran rostros de muerte, espectros, calaveras andantes. Sus contrincantes, no tenían nada para perder. Y todos iban en pos de él. Su suerte había estado sellada desde mucho, pero mucho antes.

30 de julio de 2013

Adiós

Es difícil decir adiós. Más aún las circunstancias. El, detrás de aquel vidrio, ella tras las rejas. Sus ojos se volvían pequeños, observándose a la distancia, sin poder escuchar del otro aunque sea un breve aliento. Compartían la mirada y una historia pasada.
Pero distantes estaban los paseos en el bosque, los amaneceres en el campo, las veces que la noche los sorprendía encandilados en las ramas de algún árbol. El mundo que conocían, había cambiado.
Es triste el adiós. Ese momento eterno, que no perece en el olvido. Que no puede, que no debe. Sus alas ya no podían más, perdían las fuerzas. Observó por última vez a su amada, tras esa jaula estrecha y luego, voló hacia la tarde. Ella lo vio marcharse a través de la ventana, dolida, con el canto apagado y las plumas caídas.

27 de julio de 2013

El Emperador

Aquella mañana El Emperador se levantó con ganas de conquistar algunos territorios vecinos. Por la noche había llovido y el paisaje aún estaba húmedo. De las hojas de los árboles aún se desprendían pequeñas gotas de agua, que caían cenicientas sobre la verde gramilla.
El día estaba ideal para la batalla. La tierra convertida en lodo, cedería ante la fuerza, la lucha, el coraje. La brisa fría, herencia de la noche, envalentonaba su espíritu. Quería arremeter, atacar, sorprender.
Se despertó antes que los demás. Podía oír el despertar de la naturaleza y el sonido de los gallos a lo lejos. También, el aullido desde el monte, proveniente de algún lobo en plena cacería. El corazón le latía exultante. La sangre se agolpaba en las sienes. Un gruñido de guerra le recorría las vísceras.
Si quería atacar por sorpresa, debía ser ahora. No podía esperar más. Era ese momento, en las primeras horas del día con el hombre recién levantado, desorientado.
Ladró hasta reunir a su jauría, ladró para impartir sus órdenes y salió veloz, seguido por los demás, a campo traviesa. Si se apuraba podía asaltar los gallineros de dos o tres vecinos, matar cuánto pudiera, y regresar para cuando su amo lo necesitara.
El Emperador desapareció a la distancia, junto a los demás perros. Un halo de sangre parecía rodearlos, recortados contra el horizonte.

24 de julio de 2013

Silencio de taxi

Ella estaba callada desde que subieron al taxi. En realidad había dicho el destino y luego, cerrado la boca. El miraba por la ventanilla, como si viajara solo. El conductor de vez en cuando observaba por el espejo retrovisor, sin inmiscuirse. Algo sucedía, lo intuía, aunque desconocía desde sus nombres hasta la relación que los unía. Podían ser amigos, novios, hermanos. Lo cierto es que se ignoraban.
Ni siquiera le dijeron algo cuando tuvo que desviarse debido a una manifestación. No les importaba por dónde, sino llegar. Aunque tampoco lo demostraban. Era como si viajaran juntos a la fuerza. Era la típica indiferencia tras una pelea.
Reflexionó sobre el lugar donde los había recogido. Frente al hospital de emergencias, aunque en la vereda opuesta. ¿Podía tener alguna relación con el tenso ambiente que notaba en el asiento trasero? Aunque decir tenso, era quizá demasiado. Se ignoraban y punto, como si tácitamente cada uno fuera dueño de su espacio y los límites estuvieran previamente establecidos.
Veía muchas parejas a lo largo del día y los conflictos estaban al pie del cañón. A veces se daba cuenta al escucharlos hablar, otras veces por las actitudes o gestos. Reproches, insultos y hasta cachetadas. El amor va de la mano del odio. Aunque cueste creerlo. Una vida como taxista le permitía afirmarlo.
Faltaban dos cuadras para llegar a destino.
- Disculpe, a esa altura hay una plazoleta que divide la calle ¿los bajo en la calle de la derecha o de la izquierda? - preguntó el taxista, dirigiendo la mirada a la chica.
La joven lo observó y miró alrededor, sorprendida.
- Perdón, pero viajo sola - contestó.
El muchacho, de repente, giró su rostro hacia el frente, abandonando al fin la ventanilla.
- ¿Cómo dice? ¿Me habló a mí? - preguntó.
El taxista miró hacia atrás y apretó el freno. El coche se detuvo abruptamente en medio de la calle.
El asiento trasero estaba vacío.


21 de julio de 2013

Pineda y el sargento

Pineda se encogió de hombros, pretendiendo esquivar la pregunta. Salcedo salió en su defensa, pero el sargento le ordenó silencio. El calzado duro retumbó en el suelo mientras su agigantada figura se acercaba al pobre Pineda, que para entonces temblaba como una lechuga.
- ¿Le tengo que repetir la pregunta? - dijo el sargento, con cierto sarcasmo.
El soldado agachó la cabeza.
- ¿Acaso la respuesta está en sus medias, soldado? ¡Levante la cabeza cuando le hablo, carajo!
Inmediatamente Pineda enderezó el tronco y el cuello. Con mucho esfuerzo, centró su mirada en la del sargento, a quién las venas parecían querer reventarle la frente en cualquier momento.
La ventana abierta dejaba paso a un aire fresco, que lo hacía tiritar. Entre eso y el miedo, Pineda estaba listo para cagarse encima. Sus compañeros, despiertos a mitad de la noche, estaban parados al pie de la cama, según rezaba el protocolo.
El único sonido, era la respiración agitada del sargento. Nadie movía un pelo. Algunos temían que la situación se prolongara mucho tiempo. Descalzos o en medias, estaban sufriendo el frío en los pies.
El sargento agitó un puño en el aire y volvió a pedir una respuesta. El calzoncillo de Pineda mostró de repente una aureola en la zona de los genitales. Más de uno tragó saliva.
Alguien carraspeó dos camas a la derecha. No era Salcedo, sino Feijoo. El sargento desvió la mirada hacia aquel lugar.
- ¿Usted tiene algo para aportar? - preguntó la autoridad.
Si algo caracterizaba a Feijoo era su sentido del humor. Bonachón y rápido para la lengua, el soldado disparó la única certeza de la noche:
- Señor, está perdiendo demasiada sangre.
El destinatario de aquella oración lo observó con furia. Emitió una especie de gruñido, luego se pasó la mano por el culo y al llevarla delante de los ojos comprendió que era verdad. Tomó aire y lo expulsó con bronca.
- Voy hasta la enfermería pero den por seguro que vuelvo - anunció con aspereza, sin dejar de escrutar con la mirada salvaje y sedienta de venganza al soldado Pineda, cada vez más desahuciado con su porvenir.
El sargento se marchó dando grandes zancadas, un poco para imponer respeto, otro poco para seguir demostrando su enojo y otro para llegar más rápido a la enfermería.
Ni bien se fue, el murmullo de voces copó la barraca.
- Pineda, mirá en el lío que nos metiste - vociferó alguien desde la otra puta.
El pobre Pineda, mudo del miedo, atinó solo a volver a su cama. Salcedo, en cambio se llevó las manos a la boca e imitó el sonido de un pedo.
Todos estallaron en risas.
- No te preocupés Pineda, están acostumbrados a las bromas. Te azotarán un poco, nomás - le dijo Lorenzo, un poco en serio, un poco en joda.
Salcedo le tiró una toalla.
- No seas boludo, Lorenzo. Si sabés que él no fue. Cuando vuelva el sargento nos hacemos cargo y listo. ¿Qué nos puede hacer por lo que le hicimos? ¿Cortarnos las bolas? - preguntó Salcedo.
- Y, mirá... - la respuesta fue de Colombatti, que no había estado de acuerdo con la idea, que para muchos, un par de horas antes, era fabulosa.
- Ahora, mirá que ponerle el nombre al rallador, Pineda, eso es cosa de boludo - Lorenzo se tiró a la cama, mirando el techo.
- Dejalo al pibe - retrucó Salceda - Boludo es el que agarró justo el único rallador que debe tener el nombre del dueño escrito a un costado.
Mendoza se largó a reír. Otros hicieron lo mismo. Al rato, muchos hasta lloraban.
- Lo que hubiese pagado, te juro, lo que hubiese pagado - dijo Mendoza al fin - Me lo imagino al sargento agarrando la toalla para secarse el culo y de apurado rallarse el culo. Te juro que me lo imagino, y me meo encima. ¿No te pasa lo mismo Pinedita? ¿No? ¿Che, Pineda, por qué estás blanco, pibe, viste un fantasma?


18 de julio de 2013

Monstruo moderno

Me inquieta Raquel, me preocupa su forma de hablar en estas últimas semanas. Su mirada que por momentos se pierde en la nada, clavada en un punto fijo, para luego confesar que no sabía que miraba. Su balbuceo por las noches, mientras aparenta dormir.
Pero más aún, el temblequeo en las manos que no le permite siquiera llevarse el tenedor a la boca. El mismo que le noto al caminar, al subir las escaleras. Sus piernas se tuercen de manera extraña, como si sus huesos se estuvieran desintegrando.
Algo pasa en Raquel y me asusta. Porque llega la noche y es un despojo, una piltrafa. Pero luego, al amanecer, despierta renovada, como si nada hubiese pasado. Y arranca el día jovial, alegre. Pero a medida que avanza la mañana veo los síntomas, que de a uno se adhieren a su ser como una asquerosa sanguijuela. Para el mediodía, es la del día anterior, la que me aterra. Sus ojos, incluso, pierden el brillo habitual y quedan opacos, con el iris dimensionado y oscuro, como si estuviera en trance.
Sin embargo no lo está, porque detrás de esa apariencia extraña, sigue siendo ella, conversando de los mismos temas de siempre, pero ajena a lo que le sucede. Su interior pareciera no comprender lo que ocurre a la vista de los demás.
Sus amigas le han pedido que vaya al médico, pero ella rechaza la idea. Se escuda en la excusa de que está bien, que se siente bien. Sus amigas finalmente desistieron y con el tiempo, han dejado de venir a verla. Ahora está sola, todo el día. Hace tres días que no sale a hacer las compras, ni siquiera bien temprano, cuando su apariencia no asusta a nadie. Estoy convencido, que tampoco comprende que su imagen aterra.
He notado que su piel tiene un raro salpullido y que llegando a la tarde, pierde pedazos, que caen como escamas. Y a través de la piel, por momentos, he podido ver sus arterias hinchadas, pero no azules, sino negras, oscuras, como si el torrente interno no fuera de sangre.
Temo que esa transformación se torne completa. Que una mañana ya no despierte la Raquel jovial de todos los días, sino la misma que llega a la noche convertida en un mostruo moderno: solitaria, alejada del resto, ensimismada horas y horas delante de la computadora o delante del televisor, dejando pasar las horas, el tiempo, la vida misma, pudriéndose en vida. 
Por mí futuro no me preocupo, puedo buscarme mi alimento, maullar en alguna puerta y confiar en la suerte de ser adoptado por otras personas. Es el presente el que me preocupa, es el día a día y mi querida Raquel, que incluso ha olvidado que existo, aún cuando con mi ronroneo calmo su dolor cada noche.

15 de julio de 2013

Los huevos

Era necesario decirle la verdad, confesarle lo sucedido. ¿Pero cómo lo haría? ¿De qué manera se quitaría el disfraz de cordero del que durante años había hecho gala? Nada sería igual después de abrir la boca. No solo con ella, sino con todos. Los pibes del barrio, los compañeros del trabajo, su familia... no podía pensar en su viejo. Le destrozaría el corazón.
Ella, sin dudas, resultaba la más difícil, porque llevaban conviviendo más de cinco años. Habían pasado por tantas cosas juntos... la verdad para ella sería catastrófica. Siempre había confiado en él, creído cada cosa que le decía. Incluso cuando vinieron a preguntar por casa, el se mantuvo en sus cuarenta y ella lo había respaldado. ¿Que diría ahora? ¿Con qué cara saldría a la calle y enfrentaría a los vecinos? Era mucha carga para esa mujer, siempre fiel, derecha, trabajadora.
Y su papá... párrafo aparte. Un tipo a la antigua, férreo en sus convicciones, a los mandamientos que le inculcaron de pequeño y que él mismo se encargó de trasladar a cada uno de sus hijos. No había sido la excepción, a pesar de ser el más chico de los cinco, el más consentido en algunas aspectos.
Sentía que les fallaría, que les partiría el corazón. Pero lo estaban buscando, lo estaban cercando. Era mejor confesar que esperar a que lo descubrieran. Sabían que estaba en el barrio. En cualquier momento...
Lo primero que hizo, fue descolgar el cuadro. Tantos años ahí, simulando una farsa. Luego, el banderín. Cuando ella llegó, tenía ambos objetos sobre la mesa. Ella se detuvo, se aferró a la puerta y con un dejo de voz, dijo:
- ¿Fuiste vos? ¿Vos fuiste el que...?
Y sacando pecho, pero con lágrimas en los ojos, descargó las palabras que lo condenarían para siempre.
- ¡Si, yo fui el que me di de baja como socio en el club! ¿Y sabés por qué? Porque yo soy del Atlético, no del Sportivo me entendés, siempre tiré por el Atlético, siempre!
Los huevos no siempre se traen de nacimiento. A veces, los huevos, se hacen al andar.

12 de julio de 2013

Dilema de muerte

Ismael tenía dos problemas. El más sencillo de resolver era dónde enterrar el cuerpo. El más difícil, cómo matar a su mujer.
Lo venía maquinando desde hacía días. Más precisamente desde el momento que ella le dijo, en forma tajante, que no permitía discusión alguna: "En esta casa no se mira más fútbol".
Por ese motivo había salido temprano esa tarde del trabajo. Quería llegar antes que ella a la casa para pergeñar el homicidio.
Estaba nervioso, le sudaban las manos. Aún no tenía decidido cómo llevarlo a cabo, ni tampoco en qué lugar. Sabía que iba a ser dentro de la casa, porque afuera no le convenía. Los vecinos iban a sospechar viéndolo salir con un arma. O peor aún, atacando a su esposa.
Sería adentro. ¿Pero dónde? Resultaría muy sencillo esperar que ella se dirigiera escaleras arriba hasta la habitación. Podía empujarla apareciendo de sorpresa. Sin embargo no era habitual en ella, que tenía como costumbre al llegar de la comisaría - la mujer era policía - arrojar sus ropas de abrigo sobre alguna silla de la sala de estar y luego ir hasta la heladera, donde deformaba su cuerpo.
Rara vez, sopesaba Ismael, iba hasta el baño. Salvo, claro, que llegara con alguna urgencia. El ataque tendría que ser entonces, en la cocina. Una buena idea era electrificar la heladera, para que le diera una patada eléctrica. El problema estaba en que no sabía como hacerlo. Quizá podía mirar en Google, pero tiempo, era lo que no tenía. Cada minuto contaba.
Más simple, pensó, era aguardar detrás del mueble del microondas y atacar brutamente, con un cuchillo o tenedor. El inconveniente sería la sangre. El lugar quedaría hecho un enchastre. No se imaginaba limpiando los rastros del crimen.
Desechó la idea de inmediato. ¿Esperarla en el baño, detrás de la cortina de la ducha? Podía ser. Golpearla quizá con un ladrillo. No. La sangre otra vez. Tendría que usar un cable. El de la plancha, por ejemplo. Aunque para usar un cable debería estrangularla. Lo había visto en muchas películas, pero no sabía como se hacía. Esas son cosas básicas que uno tendría que salir sabiendo de la escuela, reflexionó.
No le gustaba el método, pero si el lugar. El baño era una buena opción. La cortina de la ducha no serviría: era transparente. Una pena, porque la idea que fuera transparente había sido suya. Su mujer quería una roja y negra, a lunares. Pero se había decantado por la otra porque podía espiarla cuando entraba a orinar y ella se estaba bañando.
Tendría que descartar ese lugar. Le quedaba la pieza donde dormían, en el piso de arriba. Pero para eso debería esperar, porque subiría recién para acostarse, después de comer y mirar televisión.
Estaba en una encrucijada. ¿Y el arma? ¿Cuál sería el arma? Qué difícil era planificar un asesinato. Tan fácil que lo hacían en el cine. Escuchó el timbre. No podía ser ella, a menos que se hubiese olvidado la llave.
Se acercó a la puerta principal. Por la ventana vio una luz azul que encandilaba la calle. Lo asaltó el temor. Era la policía. ¿Acaso sabían lo que tramaba? ¿Alguien había sospechado algo en su trabajo y lo había delatado? ¿Habría sido algún estómago resfriado del bar de la esquina, donde la noche anterior, en pedo y cayéndose debajo de la mesa de pool, había jurado y perjurado que mataría a su esposa por no dejarlo ver los partidos de fútbol?
Estaba aterrado. No obstante, trató de disimular su nerviosismo y abrió la puerta. Allí aguardaban dos uniformados. Parecían el gordo y el flaco. El gordo además usaba bigotes.
- ¿Señor Gutiérrez? - preguntó el flaco.
- Para servirle - contestó Ismael.
- Lamento informarle que su mujer tuvo un accidente.
El oficial de policía hizo un silencio. Ismael se quedó callado. El gordo agachó la cabeza, consternado. El flaco hizo un movimiento como queriendo decir "lo siento". Ismael siguió callado. El momento se hizo incómodo.
- Señor - dijo el policía que ya había hablado - Entiendo que es una situación difícil, pero necesitamos que venga con nosotros a reconocer el cuerpo.
Ismael se lo quedó mirando.
- ¿Ahora? - preguntó.
- Si - dijo sorprendido el uniformado - Si quiere lo esperamos, me imagino que primero desea avisar a sus familiares.
El gordo asintió, seguro que eso era lo correcto. Ismael paseó su mirada por ambos, luego observó la hora en su reloj. Entornó la puerta como para cerrarla y antes de hacerlo, confesó:
- No, en realidad ya que mi mujer no está, me gustaría ver la final de la Libertadores.

9 de julio de 2013

Caramelos para un antojo

Revolvió en el bolsillo trasero, con la esperanza de encontrar una moneda. Revisó otra vez en la billetera, pero no tenía ni un solo billete. ¿Cómo podía ser eso? La cajera, un minuto antes muy simpática, lo observaba ahora con ojos impacientes sosteniendo el ticket en la mano.
- Lo siento - dijo finalmente, rindiéndose en la búsqueda - No he traído dinero, dejaré las cosas y volveré en otro momento.
Si al menos hubiese encontrado una moneda, podría haberse llevado los caramelos. Estaba ahora en la vereda, pensativo. ¿En qué momento había sacado el dinero de la billetera? Se tanteó los bolsillos internos de la campera. Nada. Volvió a meter las manos en los del pantalón. Lo mismo que antes.
La imagen de su mujer pidiéndole desde la cama que no olvidara traerle los caramelos le remordió la conciencia. Era un antojo propio de embarazo. Pero no iba a poder cumplir con el pedido. Miró nuevamente la billetera. Ni siquiera estaba la tarjeta de débito. ¿Cómo podía ser posible?
Caminó hacia su casa, con una vaga sensación de malestar en la cabeza. Se detuvo unos segundos delante de una local de electrodomésticos. En el amplio ventanal vio su reflejo. Pero no podía ser él. Andrajoso, con ropa hecha jirones y el cabello revuelto. ¿Cómo podía haber salido a la calle así?
Llegó a su casa. Un enorme cartel informaba la venta. ¿En venta? No podía salir del asombro. Quiso empujar la reja de la entrada, pero estaba cerrada. Buscó las llaves entre sus pertenencias, pero no las encontró.
- ¡Anabel! - llamó - ¡Anabel, abrime! ¡Qué me olvidé las llaves! ¡Anabel!
Insistió largos minutos, hasta que alguien apoyó una mano sobre su hombro. Era Nicanor, el vecino de enfrente. Se sintió aliviado.
- Nicanor, que alegría verlo. ¿Ha visto salir a Anabel? Fui por unos caramelos y debo haber perdido las llaves.
- Marcelo, vení a casa, que llamoal refugio para que te vengan a buscar. ¿Ni siquiera te acordás que estuviste esta mañana? No, qué te vas a acordar. Dale, seguime. Pobrecito. Vení querido.
- No, Nicanor. Tengo que explicarle a Anabel que no pude traerle los caramelos. Pero primero tengo que cambiarme, si me llega ver vestido así, me mata. Además...
- Marcelo, tranquilizate. Dejá de culparte. Todos lo hicimos.
- ¿Culparme de qué? ¿Lo dice por los caramelos? Es que perdí el dinero, no recuerdo dónde...
Nicanor le pasó un brazo por detrás de la espalda y lo invitó a sentarse.
- Voy a hablar por teléfono, quedate acá.
Marcelo asintió y aguardó en silencio, mirando por la ventana hacia el otro lado de la calle, donde estaba su casa. Veía los árboles más frondosos, el césped crecido y las paredes faltas de pintura. Más detenidamente reparó en los vidrios de las ventanas rotos y las tejas sueltas. Al mirarse las manos, vio las arrugas, el paso del tiempo, las manchas en la piel. También Nicanor, hablando en la salita contigua por teléfono parecía más canoso. ¿Qué había pasado?
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Vio los cristales en el suelo, el reguero de sangre en el interior de la casa, el cuerpo de Anabel tendido sobre la cama, los cajones revueltos, la ventana que daba al patio abierta de par en par. No podía ser cierto. ¡No podía!
Nicanor regresó a su lado, pero ya era tarde. Se puso de pie y corrió hacia la puerta. Cruzó la calle gritando el nombre del amor de su vida, poseído por la locura. Gritó hasta quedarse afónico. Luego, cegado por el dolor, caminó calle arriba. Nicanor lo perdió de vista. Tarde o temprano volvería.
Siempre lo hacía.
Siempre el dolor vuelve.

6 de julio de 2013

Pantalla encendida

Con mucho cuidado, Juan instaló la cámara justo frente a la cuna. El vendedor le había dicho "esto es lo último que viene" y para él fue suficiente. No le importó el precio. Su mujer insistía en conseguir un sistema de monitoreo para llevar al bebé a la habitación que le tenían preparada desde hacía meses. Mientras tanto, seguiría en el cuarto con ellos.
Si la idea era que el pequeño se habituara a dormir en su propia cuna, debía afrontar ese gasto. De lo contrario su esposa no accedería a dejarlo solo. Con la cámara instalada, volvió a su habitación.
Un monitor de escasas dimensiones reposaba sobre una mesa de madera, que durante años no tuvo otro uso que el de sostener una maceta en la que crecían malvones. Juan conectó los cables que veían en la caja y luego de leer el manual por undécima vez, encendió el equipo.
La imagen tardó en aparecer, pero cuando lo hizo, mostró la cuna tal como la había dejado, a cinco metros de distancia, pared de por medio. Otra ventaja del sistema de monitoreo era que podía usar su teléfono celular para observar la cámara.
Para eso había configurado el software en su smartphone tal como indicaban las instrucciones. El equipo brindaba conexión a internet y de esa manera, él podía acceder desde donde estuviera. Aquello le parecía novedoso. Lo probó con resultado satisfactorio.
- ¿Tiene que estar siempre encendida? - preguntó su mujer acostada en la cama, con el bebé en brazos.
- ¿La cámara? Y claro, de lo contrario no veríamos nada.
Juan quedó conforme con la instalación. Era la primera vez que algo que armaba, funcionaba a la perfección.
- Y eso que era chino - dijo.
- ¿Qué cosa? - preguntó su mujer.
- El aparato, que otra cosa va a ser - respondió mientras guardaba las herramientas en la caja de metal - Ahora lo apago, después lo volvemos a encender.
La mujer ahogó un grito y asustada gritó:
- ¡Juan! ¡Qué fue eso!
Su marido pegó un salto y miró alrededor. Pensó que el monitor había hecho algún cortocircuito o algo por el estilo cuando lo apagó.
- ¿Qué cosa? ¿Viste algún chispazo?
- No, en la pantalla, cuando lo apagaste. Alcancé a ver algo que enfocaba la cámara.
- ¿Qué viste? No vi nada.
- No se lo que era, una sombra, como una mano o algo así.
Estaba asustada, se había incorporado en la cama y apoyado la espalda en el respaldar. Sostenía con fuerza al bebé, como si temiera que alguien quisiera quitárselo de las manos. Juan observó la pantalla apagada.
- Querida, cuando estos monitores se apagan, el negro de los bordes se va hacia el centro. Eso seguramente es lo que viste.
- No, te digo que era como una mano.
Juan encendió la cámara. Se veía la cuna, tal como la había visto por última vez.
- ¿Dónde la viste?
- Ahí mismo, justo antes que lo apagaras.
- Vamos a apagarlo de nuevo entonces.
Accionó el botón de apagado y la pantalla quedó negra. Se volvió hacia su mujer.
- ¿Ahora te pareció ver lo mismo?
- No Juan, ahora se apagó y punto. Te digo que vi algo. Encendelo de nuevo.
Su marido así lo hizo.
- Ana, no veo nada raro. Tiene que haber sido lo que te dije. Ahora voy a la pieza y me asomo por la cámara. Pegame el grito si notás algo raro. Puede ser que haya dejado algo suelto cuando la instalé o que tenga alguna mancha el lente.
- Se notaría si hubiese una mancha.
- Ya lo sé, pero por las dudas me fijo. Avisame si la imagen se distorsiona. Quizá sea eso, que esté suelto un cable.
- Tené cuidado, Juan.
- ¿Cuidado? Amor, voy a la habitación de al lado.
Ana volvió a gritar. Juan la estaba mirando en el preciso momento que ocurrió. Pudo ver la transformación en el rostro, los ojos agigantados por el miedo, la tensión en sus músculos y las facciones del rostro contraerse ante el miedo. Y el grito, por supuesto, que surcó el aire de la habitación.
- ¡Ana, que te pasa!
- ¡La pantalla! ¡Hay alguien en ese cuarto! ¡Vi la sombra de alguien moverse!
Juan estaba observando la pantalla, con cierto rechazo a la idea de su mujer. La imagen seguía mostrando la cuna vacía. La cuna donde dormiría su hijo.
- Voy a ver - anunció.
Ana estiró el brazo, para detenerlo, pero estaba muy lejos. Arrimó contra su cuerpo aún más al pequeño, que había despertado con el último grito y puesto a llorar. También en ella, brotaron lágrimas de sus ojos.
Escuchó los pasos de su marido en el cuarto vecino y de inmediato vio parte de su cuerpo, al lado de la cuna. Se movía lentamente, con sigilo. De repente vio una sombra y el cuerpo de su esposo tambaleó. Pudo escuchar un sonido seco proveniente del otro lado de la pared y ver, a través de la pantalla, caer a Juan contra la cuna. La baranda se quebró en mil partes y la manta se tinó de un color espeso. Algunas salpicaduras alcanzaron al lente de la cámara.
La sombra se tendió sobre el cuerpo de Juan, que había quedado fuera de cuadro.
Ana quedó petrificada en la cama. El bebé había dejado de llorar. Apenas si podía respirar e incluso, temía hacerlo, para evitar ser escuchada por quién estuviese en el cuarto de al lado.
- Te dije, no era nada.
La voz de Juan la sorprendió. Como si nada, entró por la puerta y caminó hasta el monitor.
- Ahora si, lo voy a apagar.
Ana aún seguía viendo en la pantalla las manchas de sangre. Pero aún más la aterrorizaba la imagen de su esposo, allí de pie, delante de ella, cuando segundos antes lo había visto caer a través del sistema de monitoreo. No le salía palabra alguna, estaba muda a causa del pánico.
El monitor se fundió a negro.
- Querida, te vendría bien dormir, dame al bebé que lo llevo a otra parte, así descansás tranquila.
Juan estiró los brazos hacia su hijo. Ana interpuso su cuerpo, alejándose hacia el otro lado de la cama.
- ¿Qué te pasa?
- Vos no sos Juan, alejate.
- Ana... ¿te volviste loca?
- Mirate la ropa, está llena de sangre. ¿Acaso no sentís el cuchillo que tenés clavado en la cabeza?
Juan se observó. Llevó una mano a la sangre, la palpó con sus dedos y luego los miró un buen rato, como si le costara comprender lo que significaba. Finalmente tanteó el cuchillo. Lo arrancó de un tirón.
Ana salió de la cama.
- ¿Dónde vas? - le preguntó Juan.
- Alejate, dejame en paz.
Buscó la puerta, de espaldas contra la pared, siempre sujetando al bebé.
- Ana... ¿qué pensás hacer?
- ¡Salir de acá! ¡Poner a salvo al bebé! - dijo llorando.
- ¿Qué bebé, Ana?
Al mirar entonces el manto que llevaba en brazos, se encontró allí con la sombra.
Bebé y cordura desaparecieron al mismo tiempo y el mundo que conocía se fundió a negro, como una pantalla.