Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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26 de mayo de 2014

Asado entre amigos

Un asado es más que una reunión para comer carne a la parrilla. Así lo comprendía Ismael, que la semana previa a la fecha pactada para el encuentro de amigos iniciaba su período de histeria, que consistía en estar atento a cada detalle, contactar a todos los invitados e insistir para que no faltara ninguno.
Si la fecha era el domingo, el lunes previo lo primero que hacía al despertar era preparar el listado de invitados, calcular los kilos de carne, el proporcional de ensaladas y comenzar a anotar las opciones para la picada, las bebidas y hasta el postre.
A media mañana enviaba sus primeros mensajes de texto. Para el mediodía ya había armado un grupo de Whatapps. Y se encargaba de retransmitir lo que allí se conversaba a los que no tenían celulares modernos.
Por la tarde, tenía definido el número que asistiría, así los cálculos comenzaban a cerrar de manera más precisa. Para la noche, la mayoría de sus destinatarios quería mandarlo a la mierda.
Es que Ismael, en su afán de juntarlos, convertía el arte de la organización, en un denso acoso virtual telefónico, ya fuese por mensajes o llamados. Algunos, incluso, se enojaban cuando escuchaban el ringtone del celular a las tres de la mañana y tras encender la luz del velador comprobaban que era el inagotable amigo.
El martes solía recibir varios insultos, que se atenuaban con el correr con las horas con las bromas y ocurrencias de los menos encolerizados del grupo. De todas maneras le advertían que no se pusiera pesado, que tanta organización era un desgaste innecesario.
Ismael argumentaba que no podía dejarse nada librado al azar. Un asado con amigos debía ser la reunión perfecta. Y él se encargaría de eso. Más de uno se resignaba, en tantos que otros, hablando a espaldas del organizador, se replanteaban la idea de ir.
Miércoles y jueves podían transformarse en un suplicio. Los más allegados, le pedían un poco menos de ansiedad. Pero para entonces, Ismael quería calcular hasta las aceitunas por personas para la picada.
El viernes ya tenía el setenta por ciento de las cosas compradas. Incluso, se había llegado al menos diez veces a la quinta de Oscar, el lugar en el que se siempre se reunían, por estar ubicada en una zona muy tranquila, lejos de la ciudad, tener un parrillero enorme y muchas otras comodidades.
Para el sábado había comprometido a tres de los amigos con el fin que lo acompañaran a comprar las bebidas. Por la tarde, en cinco viajes, había trasladado botellas, carne, verduras, el helado para el postre, las bolsas con copetín, todo, a la heladera y al freezer de la quinta de Oscar. Esa misma noche, alcanzaba en un último viaje los cubiertos, las servilletas y hasta el papel higiénico para el baño.
El domingo, el día del asado, estaba levantado antes de las seis. Se bañaba, buscaba la ropa adecuada (que debía ser cómoda e informal) y leía el diario, para estar informado y tener temas para hablar a la hora de la sobremesa.
Cerca de las diez, sacaba el auto de la cochera y tomaba la ruta hacia la quinta, que se la sabía de memoria, al punto que podría conducir con los ojos cerrados en el tramo desde la salida de la ciudad hasta el lugar de encuentro.
Sabía que el horario pautado era entre las diez y media y las once, pero sentía la necesidad de llegar primero, instalarse, confirmar que todo estuviera en su correcto lugar, ya sean sillas, mesa, como los utensilios para asar.
Por eso, aquel domingo en particular, no se sorprendió al encontrar el estacionamiento frente a la casa totalmente despejado. Colocó el vehículo en un lugar que le resultara luego sacarlo y bajó del maletero un par de bolsas más, que contenían papas fritas y palitos salados.
Todo iba bien, hasta que tomó el caminito de piedra que lo conducía hasta el quincho. Abrió los ojos, asustado. Las mesas, prolijamente acomodadas con antelación, no estaban. La mesa, que era un tablón largo con caballetes, tampoco. Las bolsas de carbón ubicadas bajo el parrillero, habían desaparecido. Incluso los elementos para asar. Soltó las bolsas, que golpearon contra el suelo, y se agarró la cabeza.
Lo primero que pensó fue ¡ladrones! pero con asombro descubrió que otros elementos de valor seguían en sus lugares, como ser una cortadora y una bordeadora de césped, la bicicleta de Oscar que la dejaba siempre al lado del parrillero y herramientas manuales que solían estar desparramadas por el sitio.
A medida que se fue acercando a la parrilla, fue percibiendo la silueta de un papel abandonado sobre las cenizas de las brasas del último asado, que nunca habían limpiado. Era muy blanco como para haber quedado olvidado desde aquel encuentro.
Se acercó con miedo, sigiloso. A un metro, se topó con su nombre escrito en letras grandes, intimidatorias. Las manos le temblaron cuando sus dedos se aproximaron a recogerlo. Tragó saliva antes de desplegarlo y respiró hondo previo a leerlo. Presagiaba malas noticias.
"Oscar, si estás leyendo esto, es porque llegaste y no encontraste a nadie. Hemos decidido, entre todos, mudar de lugar el encuentro, pero, debido a que estuviste insoportable desde el lunes, no avisarte. Nos hemos llevado todos los elementos como así las compras que trajiste en estos días. Esperamos que no te moleste. Muy atte. La barra".
Ismael quedó petrificado, con el papel en sus manos. Sus labios amagaron con abrirse para decir algo, pero fue un leve temblor, involuntario. Su rostro se contrajo y los ojos se le llenaron de lágrimas. Estaba al borde del llanto, de doblarse en dos, de caer de rodillas al suelo.
El cielo, colmado de sol, se le antojó gris, tormentoso. La brisa suave, cálida, le pareció amarga, sin oxígeno.
Entonces, por el rabillo del ojo, notó algo detrás del quincho. Quizá un animal, riéndose de su cruel angustia. O peor aún, un ladrón de verdad, llegando para atacarlo con furia. Poco le importaba, pero igual desvió su mirada hacia aquel lugar.
Y allí estaban todos, Oscar, Luis, Nacho, el Negro, Horacio, Fernando, El Garza, Alfredo, González, Piero, Tito, el hermano del Nacho que nunca le salía el nombre, Herminio, Diego, Felipe, el Oso, Alejandro, Manuel, Pablo, Esteban... todos. Y venían a las carcajadas, tomándose el estómago, partiéndose de la risa y entonces, Ismael, se quebró y con el llanto en la piel sonrió de oreja a oreja.
Es que los amigos pueden ser crueles, bromistas hasta no poder, capaces de llevar sus coches dos cuadras más adelante con tal de no ser detectados, esconder lejos sillas y tablones, incluso llevar los comestibles a otra habitación, todo con tal de hacer una broma que nunca olvidarán. Pueden ser eso y mucho más. Pero los amigos jamás abandonan a nadie. No los verdaderos.
Por eso, el asado era más que una reunión para comer carne a la parrilla. Era el templo de la amistad, vestido de fiesta. La santa misa de los afectos incondicionales, con sus errores y aciertos. Así lo entendía Ismael, secándose las lágrimas, así lo entendían los demás, dándole un abrazo.

23 de mayo de 2014

El viejazo

Hay cumpleaños y cumpleaños. Los que se celebran a lo grande, los que son moderados y aquellos donde el festejo no tiene lugar. Pero en todos impera una realidad. La del tiempo, que nos hace año a año, más viejos.
De Matilde quiero hablarles. Mujer de unos cuarenta y tantos largos. Nunca dice la edad exacta, pero haciendo cálculos, nos damos una idea del año en que nació. Hasta los treinta, los festejos de sus cumpleaños eran muy famosos en la zona.
Se sabía de antemano que habría mucha gente, bebida a granel y diversión hasta el amanecer. Y era así. Los excesos no tenían límite. Fue una época en los que cumplir años, para Matilde tenía cierto aliciente.
Luego de esa edad, la manera de pensar de la mujer cambió. Notó sus primeras arrugas, alguna que otra cana, molestias en las articulaciones si trajinaba demasiado y por primera vez en su vida tomó conciencia de una cosa: no somos eternos.
Apuró sus estudios, siempre postergados, se graduó y comenzó a trabajar ya no en empleos temporales, sino en algo que le asegurada el sueldo mensual. Evitó los gastos sin sentido y mesuró sus fiestas, reduciendo los invitados a un círculo íntimo y en un ambiente calmo.
Pero esa etapa podría decirse, duró hasta antes de cumplir los cuarenta. Con el cuatro como primer número de la edad, su forma de ver la vida tuvo otro cambio, cargado de angustia, de miedos, de desesperanza.
Había tenido decenas de novios, y otros tanto de relaciones indefinidas, que iban y venían, entrando y saliendo de su vida como si fuera la puerta de un bar. Se dijo que era hora de sentar cabeza y se impuso madurar la relación actual, formalizar y casarse. Tener un hijo rápidamente y formar una familia feliz y unida.
Lo intentó, pero no pudo quedar embarazada por la edad y terminó separándose al año. Se mudó a un departamento aunque en el mismo barrio y en los siguientes años, no organizó ningún tipo de celebración o encuentro para el día de su cumpleaños. Ni siquiera se plegaba a festejos ajenos, limitándose a un saludo informal telefónico.
Sus amigos decían entre si que a Matilde le había llegado de repente el viejazo. Sin embargo, lo de ella era mucho más profundo e intrincado. En realidad era otra cosa. Sentía que algo había perdido en el camino. Que en algún punto, la brújula había comenzado a apuntar hacia otro lado y no supo seguirle el rastro. Y ahora, como consecuencia, estaba extraviada en un bosque denso y peligroso, donde lo más ínfimo podía dañarla. La solución era recluirse, evitar aquello que podía lastimarla.
Cuando algún amigo la llamaba y recibía un no como respuesta, la frase era la misma: ¿Y cuando cumplas cincuenta o sesenta, qué? ¿Te vas a enterrar en un pozo?
Y hoy la vimos a Matilde, a días de cumplir los cincuenta (si bien no lo dice, lo calculamos) regresar de la ferretería con una pala de punta. Caminaba ligerito, mirando por encima del hombro de vez en cuando, esquivando las miradas y los saludos, casi como deseando ser invisible.
Aunque en el barrio ya estamos acostumbrados a su avinagrado trato, su mirada huidiza haciendo juego con el cabello entrecano recogido y ese andar nervioso, siempre alterado, el caso de Matilde nos sigue preocupando.
Nos preguntamos quiénes la conocíamos de antes, en qué momento se fue convirtiendo en ese ser opaco, próximo a desaparecer en el olvido. Fue culpa del tiempo solamente, que a todos nos persigue o quizá, el culpable es el qué dirán, los preconceptos sociales, la sociedad misma. Es más fácil buscar a quién endilgar las razones, que las razones mismas. Pero es parte del proceso, casi inevitable.
No es mucho más lo que puedo agregar de Matilde. Es probable que el día de su cumpleaños me llegue a su edificio y toque el timbre de su departamento en el portero eléctrico y cuando pregunte quién es, me limite a un simple pero sincero "feliz cumpleaños". Puede que no, pero también que si, que la haga sonreír. Y viendo en lo que se ha convertido, sería más que pedir.
El mundo tiene muchas más Matilde de lo que uno se imagina. Siempre furtivas, desconfiadas, ofendidas con la vida misma sin saber por qué, caminando ligerito, pala en mano, esperando el milagro de encontrarle el sentido al paso del tiempo, al color gris del cabello, al amargo olor de las velas de una triste y solitaria torta de cumpleaños.

20 de mayo de 2014

Paralelismos

Había algo en aquel relato, que el locutor narraba con prodigiosa dicción, que le llamaba la atención. Era la misma idea, palabra por palabra, que tenía desde hace unos días en su cabeza.
Se levantó, apagó la radio y corrió al teléfono. Estaba por levantarlo, cuando el aparato sonó. Atendió, impaciente. La voz lo dejó helado:
- "La idea de un escritor que escucha en la radio el cuento que tiene en su mente es mía, así que olvide...".
Allí se interrumpió la anónima amenaza, porque según pudo escuchar a través de la línea, del otro lado alguien golpeaba a la puerta.

17 de mayo de 2014

Erik el zancudo (cuento infantil)

En sus tiempos libres, Erik salía a recorrer las calles de la ciudad, subido a sus enormes zancos.
Desde lo alto saludaba a los niños, que extendían sus manos para querer alcanzarlo. Muchos lo conocían de haberlo visto en el circo, donde Erik trabajaba. Pero no solo los pequeños sonreían al verlo pasar: ¡también los más grandes se alegraban con su presencia!
Es que Erik era un zancudo muy simpático. En las tardes y noches de circo, actuaba con los payasos y era muy divertido lo que hacían. Los payasos, que eran cuatro, Abelito, Ballestita, Casimiro y Dedalito, lo perseguían por todas partes para mojarlo con una manguera.
Pero Erik y sus zancos, avanzaban mucho más rápido, con pasos gigantescos que permitían ganar distancia. Entonces, los payasos, que comenzaban a cansarse, caían rendidos al suelo y Erik, alentado por el público, tomaba la manguera y terminaba mojándolos a los cuatro.
Los payasos, sorprendidos, salían corriendo fuera del escenario y cuando todos pensaban que Erik se había salido con la suya, ellos volvían, ahora con tortas en las manos. Erik comenzaba a correr espantado, temiendo que le arrojaran una torta en la cara y lo hicieran caer. ¡Pero era tan hábil, que lograba esquivar cada torta que le tiraban! Y lo más gracioso, era que las tortas terminaban estampadas en los rostros de los propios payasos.
Claro que era una actuación y tanto los payasos como Erik saludaban al final del show todos juntos al público mientras una lluvia de aplausos bajaba desde las gradas, donde el público disfrutaba a lo grande.
Fuera de la carpa del circo, los niños corrían para buscarlo y sacarse una foto con él. Para eso, acercaban una escalera muy alta, donde con mucho cuidado los pequeños subían y se ponían a la altura de Erik. El fotógrafo, haciendo malabares sobre una silla, lograba así capturar la imagen.
Por eso, no sorprendía que cada paseo de Erik por la ciudad fuera motivo para que niños y grandes se acercaran a saludarlo.
Además, la ciudad sabía que Erik era un zancudo de gran corazón.
Porque no salía solamente para caminar y recorrer las calles, sino también para ayudar a quién lo necesitara.
En ocasiones, lo llamaron para tareas domésticas, como la vez que Doña Agustina, ya muy anciana y con miedo a subirse sobre sillas o escaleras para alcanzar lugares altos, le pidió que le cambiara una bombilla de la luz.
Para Erik aquello no resultó ningún problema. En un periquete cambió la bombilla y Doña Agustina tuvo luz otra vez en la cocina. ¡Pobre Agustina, que la noche anterior por no poder ver, había hervido un zapato en lugar de una patata!
Otra misión muy común en sus paseos era el rescate de gatos asustados. Porque como uno sabe, los gatos son muy valientes, persiguen a ratones inmensos, huyen de perros que quieren atraparlos y trepan a árboles altísimos.
Justamente es con los árboles que tienen problemas. Porque saben subir, pero algunos, que quizá no han tomado el número de lecciones suficientes, no saben bajar. Y es allí donde los dueños de los gatitos recurrían a nuestro querido Erik.
Con sus zancos Erik alcanzaba fácilmente las ramas más altas y con paciencia (porque los gatos no siempre hacen caso) los llamaba, hasta que lograba convencerlos que debían descender en sus brazos. Desde abajo, los que esperaban la resolución con éxito del rescate, escuchaban claramente el “mishi, mishi, mishi” de Erik, con el que convencía a los mininos.
Lo mejor era cuando el zancudo aparecía entre las ramas, trayendo al gatito entre sus brazos, porque allí todos estallaban en aplausos y cantitos de alegría.
Una vez, incluso, le pidieron que en vez de bajar algo de las alturas, lo subiera. Se trataba de un pichoncito de gorrión. Pobrecito, el pichoncito, se había acercado demasiado al borde del nido donde había nacido y un viento traicionero lo había empujado hacia abajo.
Había caído sobre la gorra del verdulero Froilán, que no se había dado cuenta que tenía el pájaro en la cabeza hasta que sus hijos fueron a saludarlo antes de salir al colegio. ¡Tienes un pájaro en la cabeza! gritó Raúl. ¡Es un pichón! gritó Belén.
Con el pichón en sus manos, Froilán observó las alturas, y notó en un poste de madera la presencia de un nido y supo que había caído desde allí. El inconveniente era cómo volverlo a subir. Pero en ese momento, Raúl y Belén vieron por la vereda de enfrente a Erik y lo llamaron a los gritos. A Raúl y Belén, se les daban muchos los gritos.
Con mucho cariño, Erik colocó en la palma de su mano al pichoncito, que no cesaba de repetir “pío, pío, pío” y luego, bajo la mirada feliz del verdulero y sus hijos, lo dejó en el nido.
Las caminatas colmaban de felicidad a Erik. Se sentía útil ayudando y no había mejor forma de agradecimiento, que las sonrisas de los demás. Como sucedía en el circo, cuando se divertía con los payasos y hacía reír a chicos y grandes. Escuchar las risas, los aplausos, era la mejor manera de disfrutar lo que hacía.
Por eso, cada noche, cuando llegaba a su casa, lo hacía con una sonrisa gigante en el rostro. Y luego de comer sano, lavarse los dientes, iba a la parte superior de su cama marinera, donde finalmente dejaba los zancos a un lado y tras arroparse bien, se ponía a leer un libro hasta que el sueño lo atrapara.
Soñaba con payasos, niños y personas que necesitaban de su ayuda. Y también en sueños, Erik era feliz.

14 de mayo de 2014

Oscuros nubarrones

El médico le devolvió la carpeta azul con cierre elástico. Se la tendió mirándolo a los ojos, con cierta severidad que no había tenido en citas anteriores.
- No hay mejorías en estos estudios, dudo que me esté haciendo caso a mis indicaciones.
La mujer bajó la mirada, asumiendo la culpa. El doctor estaba en lo correcto.
- No he podido, le juro que lo he intentado, pero no he podido - dijo con un hilo de voz, al borde del llanto.
El profesional giró su silla hacia la ventana y suspiró profusamente. Desde allí podía verse el cielo abarrotado de oscuros nubarrones, presagiando una tormenta que no tardaría en desatar su infierno personal sobre la ciudad.
- A ver si nos entendemos. Usted viene aquí para que la ayude. Pero no me hace caso. ¿Entonces, para qué viene?
La pregunta quedó en el aire, incómoda, punzante. No requería una respuesta. Su función era la del puñal, la de amedrentar con palabras. Ella lo sabía. Esperaba esa ofensiva. Su respuesta era tácita, con piel de silencio.
- Hagamos lo siguiente - sugirió el médico, poniéndose de pie - Usted se retira, durante dos semanas cumple con lo que le he pedido y vuelve a una nueva consulta, como si el día de hoy no hubiese existido, como si las indicaciones anteriores en realidad las acabara de recibir.
Era una buena propuesta, una oportunidad de remediar la situación, o al menos, para poder volver a ganarse la confianza del doctor. Pero al mismo tiempo, ella se resistía a cumplir con lo que le pedían. Un sacrificio enorme que sin embargo no le aseguraba una gran mejoría. Era tratar de frenar el avance de la enfermedad. Sostener la esperanza. Nadie hablaba de cura, de una sanación absoluta.
- ¿Y si no puedo? ¿Si otra vez...?
No pudo completar la oración, se sentía agotada. La mente es como una gran maquinaria, pero que se alimenta con hechos positivos. Cuando lo que abunda es lo negativo, se arruina, entra en una fase terminal, tan peligrosa como cualquier afección en otra parte del cuerpo.
- No hay demasiados caminos para optar, señora. Usted lo sabe. La vida a veces nos ofrece de todo y a veces, muy poco. Pero siempre algo hay. Esto es ese algo. Tiene esas indicaciones, intente, asuma la realidad, combata los miedos.
Cómo si fuera tan fácil, pensó ella, apretando con furia la carpeta de los estudios. Asumir, combatir, no eran verbos fáciles. Resignarse lo era. No requería esfuerzos ni otras complejidades. Resignarse era lo ideal.
- Le puedo recomendar un profesional muy bueno, un psicólogo, que sin dudas le será de ayuda - el médico garabateó un nombre y un teléfono sobre un papel en blanco, de los que utilizaba para dar los tratamientos.
La mujer aceptó el papel, a sabiendas que jamás llamaría ni conocería al conocido del doctor. Se puso de pie, estrechó la mano y salió por la puerta, aferrando contra sus pechos la carpeta azul.
Llamó al ascensor casi al borde del llanto. Pero no le daría el gusto al dramatismo. Era su decisión, debía aceptarla. Si resignarse era el camino, no había lugar para las lágrimas. La cobardía no requería mayores esfuerzos. Lo duro, lo difícil, lo jodidamente complicado, era vivir. Y afrontar lo que ese querer vivir implicara.
Ella ya no tenía ganas. Había puesto el punto final sin siquiera terminar la oración.
Afuera llovía. La tormenta era un hecho. Como muchas otras cosas que se presagian con oscuros nubarrones.

11 de mayo de 2014

El tuerto sin nombre

Desde que tengo memoria, el tuerto de la puerta siempre estuvo allí. Sentado en el umbral o parado contra el marco, su presencia identificaba más al bar que el enorme cartel de madera que pendía sostenido de un soporte de hierro, ya oxidado con el tiempo.
El tuerto estiraba su mano, que con los años fue ganando en arrugas y manchas en la piel, esperando la recompensa de algunas monedas o un billete. No hablaba, ni gesticulaba. Tan solo esa media mirada, fría, despojada de sentimientos. Pero al mismo tiempo, subyugante.
Solía dejarle monedas, aunque no siempre. Pero cada vez que no lo hacía, sentía su ojo sano clavándose en mi nuca, como si estuviese ejerciendo algún extraño designio sobre mi destino. Pensaba entonces que era la manera que mi mente se avergonzaba de no ayudar a una persona necesitada.
Recuerdo que cierta vez le pregunté al Ruso, que por entonces atendía la barra, si sabía de dónde venía cada tarde. Pero el Ruso, que conocía vida y obra de cada cliente, ignoraba por completo la historia del tuerto, incluso, su nombre.
- ¿Pero no se lo preguntaste nunca? - quise saber, asombrado.
- Si y me lo ha dicho, pero lo olvido cada vez que le doy la espalda.
Jamás lo intenté hacer. Lo de preguntarle el nombre, digo. Creo que el anonimato era mejor. Saber su nombre lo ubicaría en otro parámetro de conocimiento. Sin nombre, era solo el tuerto de la puerta del bar. Y así estaba bien.
Pero la otra noche, la que quisiera borrar de mi cabeza, comprendí que uno no controla el destino, ni siquiera los pequeños imprevistos, que tienen como objetivo sacarnos del camino.
Llovía. Correr no solucionaba nada, pero era una costumbre. Mis zapatos se hundieron en un charco profundo y proferí toda clase de insultos al aire. Recuerdo haber mirado el cielo y encontrar, entre las nubes que destilaban el torrencial aguacero, una luna marchita, pálida. Quería maldecirla por hacer más oscura la noche, pero parecía tan insignificante a la distancia, rodeado de aquella tormenta, que la hice a un lado en mis pensamientos.
Mojado, crucé la calle y antes de ver el cartel, incluso las luces que se filtraban por la ventana, lo vi al tuerto, parado delante de la puerta, enfundado apenas en una chaqueta sin mangas y un pantalón desgastado, que lo cubrían del temporal. Vaya a saber uno los motivos que lo llevan a actuar, a hablar, a mover los músculos cuando nada hace parecer que eso sucederá.
Quizá fue la bronca de estar empapado, de sentir el agua dentro de los zapatos, reptando hacia la pierna a través de las medias. Quizá el hecho de ignorar quién era, de dónde venía, por qué elegía ese lugar. O simplemente, verlo allí de pie, sin inmutarse, mojándose a placer, mientras uno lo único que quería era escapar de a intemperie y ponerse a refugio, beber algo frío y olvidarse de todo lanzándose al incógnito mar de las conversaciones.
Algo de eso, quién sabe. Puede que nada. Lo cierto es que me detuve delante de su pose habitual y espeté, casi con rabia:
- Tuerto de mierda, yo mojándome como un condenado y vos parado ahí como si nada. ¿Me querés decir que carajo hacés con esta lluvia? ¿Por qué no te vas a tu casa o te metés dentro de bar?
Me miró feo, con ese único ojo sano. Pude ver el blanco del ojo agrietarse en finas líneas rojas, el iris crecer en intensidad y la pupila contraerse, para luego, de una forma que casi no puedo explicar, encenderse en una sola llama a través de la que pude ver a un niño corriendo en el muelle de un puerto, dejando atrás cajones repletos de pescados; el niño se veía agitado, aterrado y solo cuando giró su cabeza hacia atrás comprendí la razón. Lo perseguían cinco jóvenes, blandiendo ganchos de hierro, de los que se usan para colgar la carne. Y a pesar que el pequeño movía sus piernas con fiereza, se encontró con las altas paredes de los galpones que cortaron su escapatoria y toda posibilidad de salir ilesa de aquella persecución.
No quise seguir viendo, pero no pude desviar la mirada. Una fuerza me obligaba a prestar atención. Los jóvenes se acercaron, vociferando insultos, amenazas. Podía incluso sentir el olor del mar, de pescado en descomposición, incluso el sudor agrio de los jóvenes, el aroma a miedo en el niño. Sentí que podía gritarles, que podía espantarlos. Pero al querer abrir la boca, no pude. Entonces, los ganchos de hierro se lanzaron en un ataque cruel, alcanzando al niño, hiriéndolo, regando el lugar de sangre.
Cerré los ojos, asustado, pero seguí viendo. La imagen de la punta acerada penetrando en el ojo del niño y retrocediendo en el aire, con la misma violencia que había llegado, llevándose en el retroceso la bola blanca con nervios que se desprendían del rostro como si fueran cables cortados de un tirón.
El grito.
El grito me heló la sangre. Y luego, el silencio atroz. Y contra el galpón apenas iluminado, la figura del niño, temblando como cristal a punto de desprenderse. Había quedado solo, desfalleciendo. Casi sin poder respirar, faltándole el aire, ahogándose en su propia sangre.
Sentí la asfixia y el hechizo o lo que fuera, terminó. El tuerto estaba allí, de pie contra la puerta. Su imagen gélida, casi petrificada. Tenía la mano estirada hacia mí. Pero esta vez no pedía nada a cambio, sino que sostenía algo que nunca podré olvidar. el ojo de aquel niño, aún cubierto de sangre.
Di un salto hacia atrás. Resistí la tentación de devolver el estómago por la boca y retrocedí hasta la calle. Ya no me importaba la lluvia ni el agua entrándome a los zapatos. Pegué media vuelta y corrí, ahora no para escaparle a la tormenta, sino para ponerme a salvo del monstruo que había despertado.
No me detuve hasta llegar a mi casa, incluso, seguí corriendo una vez en la cama, tapado hasta la cabeza con las frazadas. Sigo corriendo aún ahora, muy dentro de mis pensamientos. Creo que jamás escaparé de aquella visión. Es el castigo por remover lo que otros guardan con recelo. Por preguntar los nombres que no nos interesan, por querer saber las historias de quiénes no las quieren contar. Todos llevamos nuestros monstruos a cuesta, pero evitamos mostrarlos, salvo que insistan, salvo que quieran ser perseguidos ellos también.

8 de mayo de 2014

El control

Los papeles estaban en orden. Él lo sabía. Pero el policía no tenía por qué saberlo. De todas formas, le sudaban las manos mientras el uniformado revisaba con lentitud el sobre papel madera que le había entregado por la ventanilla segundos antes.
Esperaba que de un momento a otro el semblante del oficial de la ley cambiara de manera radical, convirtiéndose en una especie de monstruo salvaje cuyo único propósito fuera el de devorarlo o peor aún, hacerlo bajar del coche y pretender llevarlo a una cárcel.
Sentía como la transpiración se adhería poco a poco a la tela de la camisa, ganando lugares nada agradables. Se imaginó emanando un olor fétido, destilando gotas de sudor negro desde la cabellera húmeda y grasosa, en un cuadro patético que delataría su culpabilidad.
Pero sus papeles estaban bien. Nada extraño tenía que suceder. Era solo un control de rutina. El policía hacía su trabajo, como lo hacía el empleado de peaje por el que había pasado quince minutos atrás, como el camionero del Scania que transitaba a gran velocidad por la ruta en ese instante. Control de rutina. Nada más.
El agua corría incluso por sus manos. Las quitó de inmediato del volante, pero una mancha húmeda quedó sobre el mismo. Se apresuró en buscar un trapo en la guantera para limpiarla. El agente policial había vuelto a meter los papeles en el sobre, pero ahora hablaba con un compañero.
Seguramente le estaría diciendo que estaba todo en orden. No debía preocuparse. Sin embargo temblaba de pies a cabeza. No podía escucharlo. ¿Qué dirían? ¿Acaso existía alguna irregularidad? Se estaba quedando sin aire. El pecho le oprimía con fuerza. Revolvió otra vez en la guantera, buscando ahora el inhalador para el asma.
Lo accionó y echó la cabeza hacia atrás. El policía se alejó hasta el patrullero. Algo estaba ocurriendo. Algo andaba mal. No podía soportarlo. Los nervios. La tensión. Los latidos cada vez más fuertes. Podía escucharlos. Y si él los escuchaba, también el policía. Aceleró a fondo, sin pensarlo. Las gomas chirriaron en el pavimento y dejaron una estela de humo oscuro, como despedida del coche que salió como un misil disparado hacia el horizonte.
Miró por el espejo retrovisor y alcanzó a ver la perplejidad de los oficiales. Comenzó a respirar con normalidad, en tanto por el espejo veía como trataban de organizarse para comenzar la persecución. Cerró los ojos un instante. Ya no escuchaba los latidos. Eso era una buena señal. No podía estar sucediéndole, no podía pasar como en el cuento de Poe. Porque ante todo, se había asegurado que estuviera muerta. Y estaba bien seguro que no respiraba cuando la metió en el baúl trasero. Sería ináudito por otra parte que una persona viviera con la cabeza separada del tronco. De todas maneras, no podía arriesgarse. Apenas pudiera, detendría el auto y lo comprobaría.
Pero ahora no. Las sirenas policiales se estaban acercando. Era hora de buscar algún atajo, a campo traviesa.

5 de mayo de 2014

Una entrada sin ficción

Cada tanto, muy cada tanto, no es un cuento lo que aparece en el blog. En este caso, esta pausa, tiene tres motivos. El primero es que, dado que con seguridad me voy a olvidar cuando ocurra, es anunciar que el próximo 18 de junio (día que en el Mundial de Brasil se enfrentan Chile y España, por ejemplo) "Netomancia", este espacio literario virtual, estará cumpliendo 10 años de vida. ¡Una década, de no creer!
El segundo, es que me acabo de dar cuenta que se han superado las 700 publicaciones hace exactamente dos semanas. Supongo que al menos 690 tienen que ser entradas con ficción. Si le sumo los casi 300 relatos publicados en Villeraturas, podría afirmar que en breve estaré llegando a los 1000 textos de ficción ofrecidos en la web. Y sin cobrarles un peso, ja. Fuera de broma, un placer haber escrito cada ficción y saber que siempre hay alguien del otro lado para leerla. Espero poder seguir escribiendo muchos más.
Aprovecho para invitar a todos los que quieran, mediante una expresión artística a elección, plegarse a los festejos. La convocatoria ya está lanzada.
 Y tercero, mostrar lo que desde hace algunos meses estoy publicando en la revista mensual El Libertador de la ciudad de San Nicolás (Argentina), que si bien son cuentos, tienen la particularidad de estar ilustrados por Caio Di Lorenzo, un gran artista de dicha localidad.
Para quienes no frecuentan otras redes sociales, lo poco que se ha visto de esto en el blog, es lo que aparece en el tablón de anuncios a la derecha.
Les dejo los dibujos de Caio para "Aquello que llaman crecer" y "Pocas verdades", dos de los relatos publicados. Y de yapa, el enlace para leer online todas las publicaciones de El Libertador: http://issuu.com/ellibertadorsannicolasdelosarroyos


Agradezco a Daniel Luchina por las imágenes y lo felicito por su labor al frente de esta publicación.

2 de mayo de 2014

No les queda otra

Con el día que hace, tener que venir al parque. Solo a una mujer se le puede ocurrir semejante idea. Y para colmo, domingo. Lo bien que podría estar uno ahora delante del televisor, mirando algún partido de fútbol. ¿Qué diferencia puede haber entre un mate cebado en el living de tu casa y uno entre los yuyos, con los mosquitos dando vueltas y las hormigas esperando que uno se distraiga para morderte en alguna parte?
Pero está la otra, decís que no y enseguida el grito en el cielo. Qué uno vive encerrado, que uno no sale a ninguna parte, que esto, que aquello y la verdad, para que te rompan las guindas con eso, más vale salir un rato al parque y a otra cosa mariposa. Pero la verdad, como cuesta, mirá que perder el tiempo...
- ¿Está bien el mate, viejo o querés que le ponga algún yuyito? Tengo menta.
- No, dejalo así, no le metás esas mierdas, que después parece que estás chupando un perfume.
- Siempre exagerando vos. Un poquito le pongo. Una hojita apenas si le cambia el sabor.
- Dejate de joder, si querés con menta, te hubieras traído otro mate.
- Seguro que lo probás y te gusta.
No le iba a dar el brazo a torcer en esta. Con cáscara de naranjas me gustaba el mate, incluso, con un poco de tomillo. Pero a una mujer si uno le da la mano, le agarra el codo. Y si le dejo ponerle menta, mañana le está poniendo la huerta de aromáticas que tiene en la quinta, en el fondo del terreno. No, más vale decir que no y evitar una pelea más adelante. Eso es lo que no entienden las mujeres. Uno es diplomático y además piensa como los ajedrecistas, que se anticipan a los movimientos. Bueno, uno hace eso. Pero las mujeres no lo entienden.
- ¿Y vos que decís, viejo?
- ¿De qué?
- ¡Cómo de qué! Te acabo de decir que Norma nos invitó al bingo de la escuela donde trabaja la hija.
- ¿Y con eso? ¿Querés ir?
- Es lo que te estoy preguntando. Si me acompañás.
- ¡Cuándo! ¿Hoy?
- No ves que no me escuchás cuando te hablo. Sos igual que el nene vos, y después te preguntás por qué el nene no te da bola. Pero si te acordás bien...
Y siempre la misma cháchara. Porque en el fondo no está diciendo que somos iguales con el Matías, sino que me está haciendo culpable de cómo es él. Cómo si la crianza hubiera sido responsabilidad mía solamente. No la conozco a ésta. Ja. Si siempre hace lo mismo, te desvía cualquier diálogo para hacerte ver como el culpable hasta de la caída de la capa de ozono. Y deben ser todas iguales. Las mujeres digo. No me quedo con eso de qué "justo me venís a tocar vos". Cualquiera te debe romper las guindas con lo mismo. Aquella que está sentada contra el árbol debe tener las mismas conversaciones con el marido. La del banco de madera, otro tanto. La pelirroja sobre el mantelito verde... bueno, a esa la veo sola. Y la verdad, está linda la colorada. Bien cuidada. ¿Qué tendrá? ¿Cincuenta? No sé, eh. No sé. Los brazos parecen firmes y al menos como está sentada, no tiene rollitos.
- No me confirmó, pero vendría el domingo.
- ¿Cómo?
- Tu hija, que viene el domingo.
- ¿Por qué "mi" hija? ¿Acaso no es tuya también?
- Te estoy diciendo que la vas a tener que ir a buscar a la terminal.
- Qué se tome un taxi.
- Ay viejo, teniendo el auto, que te cuesta ir a buscarla. ¿Sabés lo que cuesta un taxi?
- Claro. Que me cuesta. Total, el que tiene que sacar el auto, cargarle nafta, conducir, soy yo.
- Ya salió él. Nunca va a decir que si de entrada. Nunca.
Y si, al final, a la hora de comprar el auto todos opinan, que el color, que con aire, que tenga para escuchar música, que los airbags, que rojo, que verde, pero a la hora de pagar las cuentas quién está. Y si, el mismo imbécil de siempre. Che, pero que linda la colorada. Ahora que le veo las piernas, no creo que llegue a los cincuentas esa mina. No debe ser de por acá, la tendría que haber visto antes. Tendría que ver la forma de pasar cerca y verla más detenidamente. Pero con ésta acá, como para moverme estoy. Pero la verdad, que buena está la colorada por favor. Pero si, mirá ahora que se puso de pie a espantarse mosquitos. Mamá, sabés cómo te los espantaría con placer...
- ¡Viejo!
- ¿Eh? ¿Qué pasa?
- ¡Qué agarrés el mate, che! Siempre en babia vos. Como para que no te caguen en el laburo. Hace dos años que te deberían haber jubilado y todavía estás ahí, con esos papeles de porquería.
- Pero qué sabés vos, siempre opinando gratuitamente. Para abrir la boca, son todas mandadas a hacer.
- ¿Todas quiénes? ¿Tenés alguna más que te opina gratis? ¿O alguna te cobra?
- Bueno, empezó la hora de la pavada.
¿Para esto quiere que venga al parque con ella? ¿Para recriminar estupideces? Para colmo, el mate tapado. Y no está lavado de casualidad, si casi siempre hierve el agua y se le lava al tercero o cuarto. Para lo único que ha servido esta caminata es para ver a esa colorada. Mirá que tener unos años menos y... no sé, no sé. Claro que con ésta al lado, qué carajo me voy a chamuyar a alguien. Si tendría que haber venido solo al parque. Con la excusa de distraerme. Ahora me estaría hablando con la cuarentona esa. En cambio, estoy renegando con el mate tapado...
- ...y churros, aunque sean dos.
- ¿Qué churros?
- Pero che, una cosa es volverse viejo y otra viejo y pelotudo. ¿Todos dos veces te tengo que decir? Te digo que cuando vayas a tirarle la yerba al mate, te llegues hasta el hombre de allá que tiene un puesto de churros y me traigas aunque sea dos.
- Pará, ¿y por qué no vas vos? Ya que la señora es tan viva, digo.
- Dame el mate. Y me traigo churros para mí nomás.
Pero si, andá un rato a otra parte. Si querés cruzar el río para ir a comprar churros, andá. Que yo aprovecho ahora que está mirando para este lado. ¿Me está mirando a mí? ¿Podrá ser, che? No tendré la facha de antes, pero me conservo. Además, ahora a estos rollitos lo ven sexy. Lo decían el otro día en la televisión. Y si, para mí me fichó. Me está relojeando. Fijate como entorna la mirada para este lado. Si, es cierto, tiene anteojos de sol, pero me doy cuenta, no soy ningún boludo. Y digo, ¿si me llego y le pregunto alguna trivialidad? ¿Quedará muy mal? Y si, la vieja, la vieja. Me ve y se arma un escándalo. Si tendría que haber venido solo yo. Por ahí si me apuro, total le pongo de excusa que necesitaba estirar las piernas y...
- ¿Dónde vas?
- ¿Ya volviste?
- Si, cuánto querés que demore. ¿Dónde vas?
- A ninguna parte.
- Entonces para que te parás. Desde allá te veía, parado y acomodándote las pelotas, como hacés cada ve que te preparás para ir a alguna parte.
- Fue para estirar las piernas.
- Y para eso te tenés que apretar las bolas. ¿No te das cuenta que es repugnante? Qué te vas a dar cuenta vos. Viejo y sucio.
- Habló la culo limpio.
- Bien limpio tengo mi culo señor, claro que si. En cambio, no puedo decir lo mismo de otros. No hay calzoncillo que te lave que no esté cagado.
- No exageres, mujer.
- Ahora le dicen exagerar.
No le basta con no darme tiempo a nada, sino que viene a despotricarme, así, como si nada, en medio del parque. Pensar que uno se acostumbra, que si tuviera unos años menos, me voy de sus narices hasta la manta de la pelirroja, me tiro al lado y dejo que se muera de celos. Pero uno a cierta edad tiene que guardar composturas, tampoco es cosa de estar haciendo las cosas a la ligera. Cuando uno es pibe, vaya y pase. Pero a los setenta pirulos, otra que el qué dirán.
- ... para esta noche.
- ¿Qué?
- ¿Qué qué?
- Qué pasa esta noche.
- Vos realmente no me escuchás o lo hacés solo para hacerme enojar.
- Ahora que lo decís, no se me había ocurrido. Pero podría empezar a implementarlo.
- Qué tenemos que pasar por la carnicería a comprar un kilo de picada para esta noche.
- Entonces marchemos, que se va a hacer tarde.
- Está bien, pero pasemos por aquel caminito que quiero saludar a tu sobrina.
- ¿Mi sobrina...? ¿Dónde?
- La pelirroja aquella. ¿No la viste? Si estabas dele mirar para aquel lado.
- Ah, vos decís ella. Estaba pensando en la otra, la hija de Ricardo.
- ¿Rocío?
- Esa misma.
- ¿Y cuando viste pelirroja a Rocío?
- Qué se yo, a ésta tampoco.
- A ésta... ay viejo, que mal que estás.
- Mirá, yo la voy a saludar, vos hacés lo que quieras.
- Yo voy apurándome para sacar número en la carnicería, que después nos tenemos que comer una cola de una hora.
- ¿Y qué le digo? ¿No vas a saludarla?
- Mandale besos de mi parte.
- Pero...
Y si, que voy a hacer. Si me vio cuando la miraba seductoramente a la distancia y me acomodaba el amigo y las aceitunas para aparentar un bulto más grande, me va a odiar de por vida. Al menos, así, evito el confrontamiento ahora. Pero mirá vos que resultar la hija del Esteban. La pucha que hace tiempo que no la veía, mirá que está crecida la nena. Y claro, la más grande. ¿Y que estará haciendo por acá? Pero claro, si seré pelotudo, si mañana es el cumpleaños del Esteban. Pero no pego una yo, que cagada. Es cierto que muchas posibilidades de quedar al margen no tengo, con esta pinta, que mina no se me queda mirando. Y si, lo mejor es salir solo. O bien, quedarse en casa, cómodo en el living, televisor encendido, unos mates y un partido de fútbol. Por lo menos de esa forma, uno preserva el matrimonio por buen camino. Y las minas que esperan a uno en la calle tendrán que esperar por su galán. No les queda otra.


29 de abril de 2014

Lo último que se pierde es la esperanza

La vio por primera vez a la salida de la clase de Teoría General de Derecho. Eran tantos dentro del salón que no había reparado en ella. Muy bonita, se llevaba todas las miradas a su paso. Pero era su cuerpo el que parecían bendecir los ojos de quiénes se perdían en ella con la mirada.
Todavía se preguntaba cómo era que no se había percatado antes de tan hermosa mujer, cuando comprendió que prácticamente la estaba siguiendo, sin sacarle la vista de la cola. Se detuvo y cambió de dirección en forma instantánea, algo ruborizado por la forma en que había actuado, casi de manera salvaje.
La volvió a observar al día siguiente en otra clase, ahora atento a su ubicación dentro de la sala. Pudo notar que eran al menos una docena los varones que trataban de acercarse lo más que podían hasta ella, incluso con pretextos inverosímiles, como el de pedirle la hora.
Sin embargo ella se mostraba reacia a los acercamientos, detalle que a él le agradó. Pero de la misma forma que el día anterior, siguió sus pasos al final de la clase. Esta vez, disimulando un poco más. Así pudo comprobar que tras esperar a dos amigas, se fueron juntas a almorzar a un bar a dos calles de la facultad.
Él se ubicó en una mesa cercana y mientras tomaba un cortado, hacía que repasaba unos apuntes sacados al azar de la mochila. Pero su atención estaba en ella, en sus cabellos oscuros que se deslizaban con elegancia sobre sus mejillas blancas, casi pálidas, que resaltaban sus ojos color café. En la silueta de sus hombros, que bajaban o subían al ritmo de sus risas y gestos. En la curvatura de sus senos, de buenas proporciones, ajustados bajo una prenda del color de la noche.
Había en ella cierta gracia, que muy difícilmente supiera describir. Era algo magnético, que creaba la atracción casi irresistible que sentía desde el día anterior. Tal fue su atención, que no tocó las medialunas que acompañaban la bebida caliente que fue sorbiendo de a poco, lentamente, sin perder detalle de lo que sucedía unas mesas más adelante.
Cuando ellas llamaron al mozo y pagaron, él hizo lo mismo, apurándose de acomodar sus cosas para poder salir al mismo tiempo y apreciar hacia donde se dirigía. Pero su emoción duró poco. En la esquina ella se apartó de sus amigas, a las que saludó con un beso, y se subió a un taxi, para esfumarse en una maraña de coches en pleno mediodía. Quedó desolado, pero solo fue un momento, porque sabía que la vería al día siguiente.
Repitió el rito de buscarla, de compartir la clase, de observarla de lejos, para luego a la salida, seguir sus pasos. Esta vez se sintió con suerte porque caminó hasta el bar sola. Dudó en sentarse en la mesa de al lado y cuando quiso ocuparla, una pareja de jubilados ya la había ocupado. Se tuvo que conformar con una ubicación algo retirada, pero desde donde podía verla de frente.
Tan solo tomó una gaseosa, recogió los apuntes que había desparramado sobre la mesa previamente y se retiró. Había dejado el dinero bajo el vaso. Ese movimiento lo desconcertó. Lo tomó de sorpresa y entre que metió las cosas en la mochila, llamó al mozo y le pagó el café que había pedido, ella le sacó ventaja. Quiso acortar la distancia corriendo, pero al doblar la esquina nunca imaginó que ella podía haberse detenido a mirar una vidriera. Como se suele decir: se la llevó puesta.
Cayeron los dos al suelo, de manera estrepitosa. No supo que era ella hasta que la tuvo debajo de su cuerpo, enredados de manera extraña y (visto desde afuera) cómica. Al comprender lo que había sucedido, cualquier intento de reacción escapó de su mente y de su cuerpo.
Ella, en cambio, gruñó, insultó y se lo sacó de encima empujándolo hacia un lado.
- ¡Estúpido, por qué no mirás por dónde vas! - fue la escueta y lapidaria frase que levantaba una paredón entre ambos.
Quiso explicarle, hacerle entender que todo había sucedido por el afán de no perderle el rastro, de saberla cerca, incluso, decirle del polo magnético que representaba para su corazón, la forma en que sus pensamientos se confundían mientras la observaba beber lentamente a la distancia. Quiso, trató, imaginó. Pero sus labios no se movieron, tensos, asustados. Y ella, furiosa, apretó los dedos en torno de la pequeña cartera que llevaba consigo y con violencia arrojó el golpe preciso, certero, poderoso, sobre la sien del chico que la había tirado al piso.
Despertó en la camilla de una ambulancia. Un médico le tomaba el pulso. A su lado, un policía revisaba un documento de identidad, que con seguridad sería el suyo. Más allá, en la vereda, divisaba a duras penas esa silueta encantadora, casi a los gritos con otro policía, señalando en su dirección. Las conclusiones apuradas que podía sacar de esa escena, no eran prometedoras. Seguramente ya lo había reconocido de la clase, de haberlo visto en el mismo bar... la situación tenía un solo nombre: acoso.
El uniformado que estaba con ella cerró una libreta donde había estado escribiendo y se dirigió hacia la ambulancia, dejándola sola, de brazos cruzados.
Al llegar hasta el otro policía, le dijo algo al oído. Su compañero asintió. Luego, le devolvieron el documento y se alejaron de la ambulancia.
- Lo vamos a llevar al hospital, para asegurarnos que no tiene ninguna lesión interna - le informó el médico, mientras cerraba la puerta trasera del vehículo.
En ese momento, aún dolorido, intentó abandonar la camilla y alcanzar la puerta. Pero al arrancar la ambulancia, lo único que consiguió fue precipitarse contra las ventanillas traseras y darse con dureza la cara contra el vidrio.
Lo último que vio, antes de caer de rodillas al suelo de chapa, era a los policías felices de hacer subir a la mujer de su perdición al patrullero, con seguridad para llevarla a declarar.
Pudo haberse puesto triste, pero en cambio, entendió que había un atisbo de esperanza. Si había denuncia, con seguridad la vería en alguna audiencia.
El médico, que salió disparado a pararle la hemorragia de la nariz, no entendía por qué carajo el joven podía estar sonriendo en esa situación.
- Cada loco con su tema - bufó en voz baja, mientras buscaba algodón en su maletín de primeros auxilios.

26 de abril de 2014

Quince tablas de pino

Quince tablas de pino, apiladas una encima de la otra, olvidadas en el fondo del galpón principal del establecimiento rural.
Las volvió a contar lentamente. Ignoraba cómo habían llegado allí y cuál era el propósito original de las mismas. Lo importante ahora era que le resultaban de suma utilidad. Casi como caídas del cielo.
Cada tabla debía andar en los cuatro metros de largo, por medio de ancho. El polvo se había acumulado sobre la áspera superficie oscureciendo el color natural de la madera. Sobresalían a la vista, como enormes lunares, los nudos de las vetas.
Eran ideales para cerrar el quincho que estaba construyendo en su casa. ¡Lo que se ahorraría! Su visita a aquel sector alejado del galpón había sido fructífera. Sin perder tiempo mandó a buscar a Euslaquio, un baqueano de su confianza que además manejaba un camioncito con acoplado con el que trasladaban cosas de un sector a otro.
- Quiero que me lleve esos tablones hasta el estacionamiento, Euslaquio. Luego veré como llevarlos para mi casa.
El baqueano se detuvo en seco. No demoró mucho en retroceder hasta donde estaba su patrón, aunque sin quitarle los ojos de encima a los tablones.
- Qué le pasa amigo? - preguntó asombrado - Parece que ha visto un fantasma.
El Euslaquio lo miró de soslayo, blanco como la leche. Si no hubiera sido un buen patrón, ya habría salido corriendo. Pero aquel hombre se merecía su respeto y también ser advertido.
- Mire mi jefe, yo que usted me olvido de esas tablas.
- No creo que nadie las reclame, si ese es su temor, vea que parecen abandonadas.
- Justamente, por algo están así, casi escondidas. Déjelas donde están, hágame caso.
- Quién se va a enojar, por favor Euslaquio, no dramatice.
- Le digo que se olvide, carajo!
El patrón se sorprendió con la reacción. Era lo que menos esperaba, aquel improperio.
Euslaquio se dio cuenta de su vehemencia y decidió que el misterio poco ayudaría al hombre, que solo veía en esas tablas el techo de su quincho.
- Esas tablas llevan el diablo en su interior. Fueron hechas del pino donde se colgó el Hilario Venancio Sánchez allá por los años ochenta.
- No me venga con cuentos del campo.
- Qué cuento ni ocho cuartos. Présteme atención. Este lugar en los ochenta estaba en quiebra. Así que el Hilario fue hasta el pueblo y por intermedio de la Pocha Zuliani, que tira las cartas y hace magia negra, le vendió el alma al diablo para no verse en la ruina. Las cosas mejoraron pero su vida comenzó a ser un tormento. Su mujer se fue con el dueño de una concesionaria de maquinarias agrícolas, su hijo se mató en un accidente de caza y por si fuera poco, por culpa de la diabetes le tuvieron que amputar una pierna. Así que tomó la decisión de atarse del cuello y dejarse caer de lo alto de su árbol predilecto, el pino que estaba frente a la ventana de su dormitorio. Pero la muerte fue poca cosa para Hilario. La gente del establecimiento comenzó a ver su figura deambulando sin sentido alrededor del pino, y casi siempre el fantasma del dueño terminaba colgándose otra vez del árbol, como si aquello fuera un castigo cíclico y eterno. La gente no dudó al tiempo en talar el pino. El tronco fue convertido en estas quince tablas. Las ramas, muchas de ellas, fueron echadas al parrillero para encender el fuego con la idea de hacer un asado. Sin embargo las llamas iniciaron un incendio que devoró gran parte del lugar. Nadie desde entonces ha tocado estas tablas. No seré yo quien lo haga.
El baqueano se llamó al silencio. Había dicho lo suyo. Podía ser un mito o una exageración desmedida de hechos reales, pero eso poco le importaba. Lo cierto es que no ignoraría el hecho de tener respeto y temor ante esa historia, más aun al estar viendo con ojos propios los tan nombrados quince escalones.
- Son creencias Euslaquio, no me joda.
- Haga lo que quiera. Si no me necesita para otra cosa, le voy a llevar unas bolsas de semillas al Reinaldo.
El patrón quedó a solas con las maderas dentro del galpón. Parecían tablas de pino comunes y corrientes. Les faltaba mucha lija, lustre y algún producto para protección. Se iba a arriesgar con todo lo que había escuchado? Lo dudaba. Sin embargo había algo en esas tablas que lo subyugaba. No sabía bien que era. Y tampoco se animaba ahora a averiguarlo. Solo podía estar seguro de una cosa: daría el alma por poder terminar ese quincho.
Las tablas tomaron nota de ese pensamiento.

23 de abril de 2014

En un tiempo remoto

La historia que les voy a contar sucedió hace mucho tiempo, incluso antes de la colonización de los planetas de Oximorea, en épocas donde la humanidad aún adoraba dioses paganos, la muerte era un proceso irreversible y las comunicaciones se realizaban mediante interminables tendidos de cables que cruzaban continentes y océanos.
En ese entonces, encerrado en su planeta original, el prematuro ser humano apenas si había concebido una idea certera de lo que era, de lo que todos conocemos hoy en día. El cuerpo era todavía considerado imprescindible y como tal, era el principio y el final de una persona. Como escuchan, les hablo de una era remota y hasta difícil de imaginar.
En una tierra llamada Vixaconxtituxion residía un hombre en su cuerpo de carne y huesos, llamado Venancio. Como todo hombre de aquella época, creía en el antiguo sentimiento del amor, en el que nuestros antepasados creyeron durante siglos hasta la oxagexación de la mente.
Venancio, cuyos hábitos diarios incluían los olvidados ritos del sueño, la alimentación y el trabajo, viajaba a diario usando sus miembros inferiores para trasladarse hasta la morada de la persona destinataria de sus halagos amorosos: una mujer de nombre Epifanía.
Pero, como solía ocurrir con ese equívoco sentimiento a lo largo del tiempo si importar el lugar y los protagonistas, no era correspondido. Es decir, Epifanía no amaba a Venancio. Puede que les resulte difícil entender la idea, confieso que le cuesta a mi mente, porque para comprender la esencia de ese sentir deberíamos desprendernos de toda la energía y luz que nos rodea al punto de apagarnos y convertirnos en el ser carente de sentido que eran aquellos primitivos seres humanos.
El regalo era una forma de convencimiento. Venancio lo practicaba con inútil insistencia. Pero ningún esfuerzo suyo era suficiente. La tonta creencia de que en el corazón, el órgano vital para la primera forma humana, residía todo lo concerniente al amor hacía de la existencia de Venancio un sufrimiento a toda hora pues su estéril intento de alcanzar la atención de Epifanía convertía su vida en un triste reflejo de la desazón humana.
El relato cuenta que harta la mujer del asedio de su enamorado, le dijo un día que aceptaría su amor cuando el ser humano conquistara el último planeta de la galaxia. Venancio, optimista, vio en esas palabras no un imposible sino una esperanza.
Hoy, a pocas horas de esa última conquista, renace el viejo cuento que ha sobrevivido miles y miles de generaciones, casi como un susurro del tiempo que ha sabido superar las barreras del pensamiento, la distancia, los multiversos, los plexoversos, la energía sideral, incluso, a la memoria colectiva misma, que es la que nos contiene como parte del eje universal.
Y ese cuento prevalece más allá de la idea primigenia de la promesa eterna en pos del amor imposible, sino como punto de partida de lo que hoy somos. Porque fue la descendencia de aquel hombre la que, valiéndose del progreso humano corporeo mental primero y mental energético después, la que se propuso el viaje interminable hasta este planeta lejano, el último de cientos de miles, con el que concluye la era más fructífera del género humano.
Hoy Epifanía debería rendirse ante Venancio, según las reglas olvidadas de aquellos sentimientos extintos. Tendría que doblegarse ante su condición, resignarse frente a la tenacidad del hombre que lejos de escabullirse de tremenda responsabilidad no solo la asume sino que además la planifica, la ejecuta y aliada con la memoria colectiva, la concreta a lo largo del tiempo, ese compañero no visible ni lineal que la humanidad conoce desde la primera hora.
A nombre de Venancio intensifico mi luz y brillo por su logro. Lejos estamos de sus creencias paganas y carentes de raciocinio, pero de algo podemos estar seguros. Si no fuera por aquel impulso químico mal entendido, de esa falsa religión del amor, nada de lo que somos sería posible. Somos el fruto de lo que nuestros antiguos llamaban una calentura. Y como corolario de esto que quería contarles, mis estimados camaradas, solo me queda la siguiente analogía muy en términos de aquellos tiempos remotos en las tierras de Vixaconxtituxion: hoy a Epifanía no la salvaría nadie.
¡A la conquista compañeros!

20 de abril de 2014

La cosecha

En calidad de abogado de la firma, concurrí a la principal bodega de la competencia. Allí me aguardaban dos matones de considerable tamaño. Tras presentarme y observar sus rostros adustos consultarse entre si, me llevaron casi a la rastra por un pasillo muy largo, que terminaba en una oficina cuya puerta principal estaba blindada.
Me arrojaron dentro como quien arroja una brasa al fuego, con el desdén propio de la altanería del poder. Caí de rodillas ante un escritorio de madera oscura, que debido a mi ignorancia general no supe precisar si era caoba o roble. De todas maneras, mi atención no estaba justamente en el mobiliario del lugar.
Un hombre vestido con traje de marca, habano en la boca y una copa de vino en su mano, me miraba desde el asiento de respaldo alto, que daba a un ventanal grande, a través del que podían apreciarse los viñedos de la bodega.
Me señaló la silla, como si fuera un irresponsable al haber caído al suelo tras el empellón de sus guardaespaldas. Me alisé la camisa, el pantalón y caminé lentamente hasta el único asiento disponible de este lado del escritorio.
Lo miré como si no hubiese pasado nado, guardando la compostura. Sabía que contaba con la ventaja. El maltrato era para inducir un impacto psicológico en mi conducta, para amedrentar el objetivo con el que me había apersonado en la famosísima estancia "El Zonda".
Comprendió mi jugada, lo vi en sus ojos. No iba a doblegarme tan fácilmente. Entonces buscó de un cajón otra copa, la colocó junto a la suya y sirvió vino de una botella sin etiquetar que estaba a sus pies. El color era perfecto, como así su textura. Podía palparse con la mirada. El sabor, llegaba con delicia hasta donde estaba.
- Malbec, cosecha 2001 - anunció.
No necesitaba traductor. Ejercía la abogacía, pero mis padres habían sido vitivinicultores toda la vida. Aunque eso el hombre de traje lo sabía.
- Buen año - acoté, aceptando la copa y llevándola con más ansias de lo que se notaba a mis labios.
Sonrió. Estaba relajado. Jugaba de local y esperaba mis movimientos. Quizá ese fue su error. Relajarse.
Saqué de mi maletín el expediente y lo dejé sobre el escritorio. Lo giré apenas como para que leyera las letras en rojo: Ejecución judicial.
- ¿Qué lo trae hasta aquí, Pereyra? - preguntó con desgano, a sabiendas de la respuesta.
- Se terminó el juego Saralegui - dije, saboreando las palabras, endulzadas con el rico Malbec.
Pereyra lo sabía, no obstante, iba a resistir. Se puso de pie y miró el ventanal. Los viñedos se extendían hasta el comienzo de las primeras colinas. El cielo azul le daba un tinte de ensueño. Aún de espaldas, comenzó a reír.
- ¿Sabe que si esto queda en manos de ellos, todo por lo que pelearon sus padres se pierde, se esfuma, se pica si prefiere el término? ¿Eso quiere Pereyra?
- A mi manera de ver, recupero lo que me pertenece. Esto en manos de los García Sotelo, queda bajo mi mando.
- ¿Administrando los viñedos de otros? ¿Usted cree Pereyra que esto pasa a ser suyo? Me hace reír, por esa razón sus padres confiaron en mí y no en usted. Ya lo decía entonces, cuando apenas era usted un purrete. Millonario de cuna, inservible para nada.
Quería desmoronarme, pero no lo conseguiría. Esperaba desde hacía años este momento, en el que vería al antiguo capataz suplicando por piedad, despojado de todo. Ya no iba a reír más, ni pondría en la comisura de los labios esos caros habanos cubanos. Mucho menos, podría disfrutar de un Malbec más allá de una cosecha cercana.
- Está acabado, Saralegui - y en mi rostro se dibujó una sonrisa.
Saralegui en cambio, se quitó el saco, lo dejó sobre el respaldar de su silla, se sirvió otra copa y escupió dentro.
- Eso es lo que está haciendo, abogado sabelotodo. Escupiendo en el vino de sus padres.
- En todo caso, en el mío - respondí.
- Imbécil.
Reí. Estaba todo dicho. Saralegui se fue, escoltado por sus guardaespaldas. La bodega quedaba en manos de los García Sotelo. Yo era su abogado. Por ende, quedaba en las mías. Los viñedos volvían a su sangre, sepultando así el insulto familiar, aquella degradación, aquel reproche lejano, distante, que ahora se perdía en el tiempo. ¿Justicia? Tan solo una cuestión de tiempo.
Miré los viñedos, el escritorio, la copa en la mano, la botella a medio terminar. Todo mío. Volví a reír. Luego levanté el tubo y mandé a pedir que cambiaran el cartel de la entrada. Bodega Pereyra era ahora Bodega García Sotelo.
Solo al ver el nombre en lo alto, labrado en madera, días después, comprendí el significado de "imbécil".

17 de abril de 2014

¡Ha nacido el sucesor!

El profesor Estrada abrió la puerta de un golpe, para sorpresa de todos. El rector y el cuerpo docente quedaron absortos. No solo por el imprevisto, sino por el aspecto del catedrático: los ojos desorbitados, el cabello enmarañado, las ojeras que delataban la falta de sueño, un lápiz sobre la oreja, manchas de cafe sobre la camisa blanca.
El hombre no se detuvo para buscar un asiento, ni siquiera prestó atención a los presentes. Como una exhalación cruzó el aula mayor y cerró la única ventana abierta, y tras mirar sobre el hombro, casi como alguien parodiaría a un paranoico, corrió también las cortinas, sumiendo al lugar en una oscuridad más notoria.
Algo desentonaba en el aspecto cataclísmico del profesor. Su reloj de oro, con el que lo premiaran un lustro atrás, por ser la eminencia viva más importante del colegio, cuyos estudios e investigaciones eran utilizadas en cientos de universidades del mundo, seguía tan reluciente como nunca. Quizá era aquel el único detalle que permitía comprender al resto, que aquello no era un mal sueño.
La voz entrecortada y agitada de Estrada rompió el silencio que el mismo había provocando, aunque en ese instante, era ajeno al estupor que había causado.
- ¡Ha nacido! ¡Ha nacido!
Más sorprendidos que antes, los colegas se miraron con cautela. El rector, que parecía echar fuego por los ojos, claramente enojado por la actitud de Estrada, se puso de pie y lo exhortó a gritos a explicarse.
- ¡Y más vale que sea una buena explicación, porque esta interrupción constará en su legajo!
El profesor tardó en ubicar de donde venía la voz. Giró sobre sus talones un par de veces antes de quedar de frente ante la mesa principal.
- ¡La clave son los apellidos! - aulló como un poseso, corriendo hasta la enorme pizarra. Allí tomó un fibrón y en letras grandes, escribió:
m  a r  a d o  n a
El silencio seguía siendo el común denominador en el aula. Estrada golpeó rápido y varias veces el fibrón contra la superficie blanca. El rector dio un paso adelante pero otro profesor lo sujetó del brazo y cordialmente le sugirió que dejara que "hiciera el papelón". La idea no le disgustó para nada.
- El más grande jugador de fúbol que vi jugar y ganar todo hace casi tres décadas, tiene ocho letras en su apellido. Cuatro consonantes y tan solo dos vocales, una de las cuales se repite tres veces. Si a cada una de esas letras le asignamos un valor que coincida con la numeración que le toca por su posición en el abecedario, tendríamos como resultado tras la suma de todas, de sesenta y nueve.
Es decir, que si
m   a   r     a   d    o    n  a
13   1  19   1    4  16  14  1 =  69
Nadie entendía nada. Mucho menos como podía ser posible, que una figura de la física en el país estuviera divagando sobre una personalidad deportiva de un juego de masas, cuyas reglas eran desconocidas por casi la gran mayoría de los presentes.
- Ahora bien - prosiguió Estrada - Tenemos ahora a otro maravilloso jugador, quizá tan maravilloso como Diego Armando. Veloz, exquisito, preciso, único. Su apellido tiene apenas cinco letras, tres son consonantes y dos vocales que no se repiten dentro de la misma palabra y, aquí un dato a tener en cuenta, tampoco con las vocales del apellido Maradona: es decir, la e y la i. Fíjense:
m  e  s   s   i
13 5  20 20 9 =  67
- ¿Lo ven? ¿Ven las vocales? A, e, i y o. Ambos empiezan con M. ¿Ven los patrones? ¿No comprenden? Bien, los ayudaré.
Estrada dejó la pizarra atrás y fue hasta la pared opuesta a las ventanas. Revolvió entre sus bolsillos y extrajo un aerosol negro.
- El próximo gran jugador de fútbol, el que será llamado a suceder a Maradona y Messi, también será argentino. No solo puedo afirmar eso, sino también, darles a conocer su apellido.
Se escucharon risas en la sala. Algún que otro comentario sobre si toda esa pérdida de tiempo formaba parte de una broma. El rector encolerizado le hacía señas a Estrada para que concluyera con el teatro que estaba haciendo.
El profesor no lo vio y si lo hubiera visto, no le habría hecho caso. Destapó el aerosol, lo agitó y trazó en la pared una M enorme.
- Maradona, Messi... y el próximo, el mejor jugador de todos los tiempos, también empezará con la misma letra... la M.
Hizo un silencio, esperando la aprobación. Sonrió al no obtener la respuesta deseado.
- Me creen loco. Ya se. Fíjense los valores asignados, uno suma sesenta y nueve y el otro sesenta y siete. La próxima gran estrella argentina del fútbol mundial sumará con las letras de su apellido, sesenta y ocho. Tomen nota también de la disminución de letras de Maradona a Messi. Vean el uso de las vocales que no se repiten. Y una vez considerado todo esto, pongan una U como segunda letra.
Con el aerosol hizo una U desproporcionada, que ocupó al menos un metro de ancho. El rector se tomó la cabeza. Si era necesario, lo mandaría al propio profesor a pintar esa pared, como castigo.
- Sesenta y ocho.
Y entonces, fue pintando entre la primer y segunda letra, otra más. La H. Y al final, una X.
- Sumen mentalmente mientras coloco los valores debajo- dijo.
m  h  u   x 
13 8  22  25 = 68  
- ¡Mhux, colegas! ¡Mhux es el próximo gran jugador de fútbol! Y lo que pocos saben, es que... ¡ha nacido!
El aula siguió en silencio. Un contraste entre su jubilo y la reacción de su público. Pero Estrada no se amilanó. Estaba seguro de tenerlos cautivos.
- Maradona nació el 30 de octubre de 1960. Veintisiete años más tarde, nació Messi, un 24 de junio de 1987. Sigamos el ciclo, sumemos veintisiete años otra vez y llegamos al 2014. ¿Cómo saber la fecha? Fácil. 
A 3010 que es la unión de día y mes para el natalicio de Maradona, le restamos 2406, la fecha que vio la luz Messi. Obtendremos 604, es decir, 6 de abril. Apenas hace unos días, ha nacido en alguna parte de este país alguien de apellido Mhux, que nos deslumbrará a todos en pocos años más. ¿No es grandioso? ¿No merezco un gran aplauso? ¿Rector, usted que dice? ¿Por qué me mira así? ¿No entiende lo que acabo de explicar? ¿Rector? ¿Rec..
El profesor cayó desplomado contra el Mhux en aerosol escrito a sus espaldas. El ojo se pondría en compota rápidamente. El aula fue quedando vacía. Solo su cuerpo, tirado en el suelo, cobijado por la escasa luz que se filtraba entre las cortinas de los ventanales, le daba vida a ese espacio vacío, que de a poco se sumía en el silencio propio de la espera, ese silencio de aula que es la antesala del conocimiento.

14 de abril de 2014

Extrema obsesión

A Fernando, científico de mediana edad retirado tras un pico de stress, no le bastaba con estar informado. El quería estarlo al instante. Pero ese deseo se había transformado en una obsesión. Se pasaba horas delante de la computadora con decenas de pestañas del navegador abiertas, saltando de una a otra constantemente, tratando de no perderse ninguna novedad de último momento.
Contra la pared opuesta tenía un televisor bastante viejo, pero que aún emitía una imagen clara. Estaba siempre encendido en un canal de noticias. Muchos más modernos, de pantalla plana, eran los otros tres televisores colocados en soportes sobre la pared derecha. Todos sintonizados en canales informativos.
En todas partes, repartidos, diarios viejos, que parecían alfombrar el lugar. Había estado suscripto a dos periódicos, pero los había cancelado. No le veía el sentido al hecho de pagar por información atrasada.
El dinero que destinaba a los periódicos los empleaba ahora para abonar el servicio de noticias vía sms al celular. Aunque estaba dudando si continuar con el mismo, dado que jamás había recibido una primicia.
Cuando salía de su casa, iba pendiente del teléfono, en cuya pantalla de cinco pulgadas se las arreglaba para ir intercambiando entre el navegador con diarios onlines y aplicaciones que sincronizaban las últimas noticias en las áreas de su interés.
Sin embargo, todo aquello le parecía poco. Los hechos se sucedían continuamente, mientras se enteraba de uno, ocurría otro. Para cuando leía la información, cientos de otros eventos habían tenido lugar en el mundo. La lógica era entonces un puñal al corazón: no se podía estar informado de todo y mucho menos, al instante.
Debía entonces cambiar las reglas del juego. Anticiparse, estar un paso por delante. De esa forma, al menos, ganaría tiempo. Si lograba saber los hechos antes que sucedieran, podría disponer de tiempo para otras clases de informaciones, menos impactantes, pero importantes al fin.
La obsesión, como sucede siempre en estos casos extremos, lo alejó de sus amigos y familiares. A menos que fueran noticia, no tenía ni siquiera un segundo para ellos. La información lo era todo.
Cuando aquella mañana logró al fin interceptar una onda radial proveniente del futuro, primero creyó que se había quedado dormido y estaba soñando. Tenía su lógica. Hacía casi tres meses que estaba despierto. Salvo siestas durante breves períodos, se mantuvo trabajando para cumplir su meta. Las pocas horas que no ocupó leyendo o observando noticieros, había estado trabajando en una serie de antenas radiotelescópicas que había construido basándose en varios estudios que había leído sobre la búsqueda de señales extraterrestres.
Enfocó su búsqueda en los canales de la frecuencia del hidrógeno neutro, que es el elemento más abundante del universo. Es decir, una frecuencia natural óptima para la emisión y recepción de señales.
Su teoría era que en algún punto del tiempo, los hechos ya habían tenido lugar y que entonces, la información viajaba por el espacio, sin la esperanza o propósito de ser captada.
Mediante el uso de la onda continua, equipos radiotelescópicos y antenas, centró todo el esfuerzo en lograr su propósito y vaya que lo hizo.
¿Estaba soñando? Claro que no. El mensaje que iba descifrando al mismo tiempo que se registraba en el disco duro del ordenador principal conectado a los equipos era claro. Demasiado al punto de sentirse exultante, como hacía tiempo no le sucedía.
Acababa de interceptar una señal generada quince años en el tiempo. Se estremecía de solo pensarlo. Tomó los auriculares y no esperó a que finalizara la recepción de los datos. Podía captar la voz detrás del ruido. Era una transmisión del año 2029. El que hablaba era un periodista. No podía definir si de radio o televisión. Tan solo tenía la voz. Había nombrado fechas y lugares, nombres que desconocía y situaciones que parecían trágicas.
Fue tomando nota, a gran velocidad. La emoción era enorme. Las noticias estaban llegando y no eran buenas. Pero eran noticias al fin. Una gran guerra, líderes combativos, pueblos replegados ante la violencia. Sonreía, aquello era increíble. Muertes en oriente, muertes en occidente. Ataques por aquí y por allá. Un futuro trémulo, angustiante. Fernando alzaba los brazos en señal de victoria. Dejó de tomar apuntes. Quería darle descanso al brazo.
Se echó hacia atrás en la silla, mientras observaba con felicidad como en la pantalla de la computadora los indicadores daban cuenta de los datos que se iban grabando en el equipo. Miró alrededor y vio los televisores encendidos. En otra computadora, la pantalla plagada de periódicos online abiertos. Las hojas de diario en el suelo.
Lanzó una carcajada y meneó la cabeza. Tonto, se dijo mentalmente, casi burlonamente. Se había engañado durante años pensando que estar pendiente de la información iba a ser suficiente para afrontar el mundo en el que vivía. Lejos estaba de estar en lo cierto. Pero eso ahora había cambiado. Se puso de pie, avanzó hasta donde estaban los controles a distancia de los televisores y los apagó. Luego fue hasta la otra computadora y cerró el navegador.
Volvió a la silla y se puso nuevamente los auriculares. Ahora si. ¿Para que preocuparse por el presente si tenía a mano el futuro? Feliz, se puso a escuchar las noticias quince años antes que sucedieran.

11 de abril de 2014

Él, Ella, la vida (2da parte)

(continuación)

Él no desconfiaba de ella. Pero esa tarde mientras se hacía mala sangre porque las cuentas no cerraban y su cuerpo respondía a medias a las drogas que le daban para calmar el dolor, se topó por accidente con una revelación que lo desconcertó.
Detrás de la mesa de luz de Lola, que se chocó sin querer, por no mirar por donde caminaba, había un sobre papel madera, de importante grosor.
Pensó en dejarlo ahí, pero lo asaltó la curiosidad. ¿Por qué su novia guardaría un sobre detrás de la mesa de luz? Y en todo caso, si se le había caído, nada mejor que levantarlo.
Claro que Ignacio no se conformó con ponerlo sobre la mesa de luz. Nervioso, como si presintiera algo extraño, abrió el sobre. Y lo que encontró en el interior lo noqueó.

Estaba llegando a la facultad. Repasaba mentalmente un texto para la clase, pero la imagen de los billetes que había recaudado en la jornada le daban vueltas por la mente. ¿Tres, cuatro, cinco mil? Podía ser, había sido un día espléndido, con muchos clientes.
Mentalmente sumaba todo lo que guardaba desde que había empezado a concurrir a la esquina de la peatonal. Los números se amontonaban con alegría y se confundían con las teorías del iluminismo que por alguna razón querían abrirse paso en la cabeza de Lola, que a esa altura era conciente que no le iría muy bien en el examen.
Aunque poco le importaba.

El celular, a tan solo dos pasos del aula. Estuvo a punto de ignorarlo, pero revisó quién llamaba. Era Ignacio. Se preocupó de inmediato y atendió, al tiempo que volvía sus pasos hacia el pasillo principal.
- ¿Qué pasa amor? ¿Estás bien?
- ¿Qué pasa? ¿Vos me preguntás a mí qué pasa?
Notó el timbre ronco y enojado de su novio. No entendía el motivo de ese tono en la voz
- Encontré el dinero que estás guardando... ¿me querés decir de dónde lo sacás?
Lola se quedó perpleja.
- ¿Importa eso? Es para vos, para que podamos disfrutar del futuro juntos.
- Es mucha plata Lola, mucha. Y nunca me quisiste decir dónde trabajás. ¿Qué estás haciendo? ¿Vendés droga? ¿Te prostituís?
- ¡Qué decís, Ignacio! Lo que hago lo hago por los dos.
- ¿Y qué carajo hacés? Porque esta plata...
- ¡Beso a la gente! Eso hago. Beso a la gente, Ignacio.

Cada mañana, con sol, con lluvia o con viento, era la misma rutina. Subte, caminata, su esquina en la peatonal. La mochila a un lado, la bolsa por el otro. Y dentro, el cartel que había hecho con tanto espero y del que estaba orgullosa.
"Un beso te alegra la vida, te doy un beso a cambio de $10"
Hermosa, joven, carismática, resuelta, sonriente. ¿Quién podía resistirse? Dame un beso, le había dicho Ignacio una noche. La misma que le había dicho que no llegarían a juntar el dinero.
Ella lo estaba haciendo. Un beso por dinero. Decenas de besos por día. Centenares por semana. Miles por mes. Besos a desconocidos, hombres, mujeres, niños, travestis, ancianos. ¿Eso era prostituirse para Ignacio? Si acaso lo era, se declaraba culpable. Lo hacía por amor. Cada beso, era una chance más para él. Cada extraño que dejaba su billete, era un paso más hacia el milagro.

- ¡No lo puedo creer, Lola! Y yo acá, enfermo, muriendo. Mientras vos, ahí, en la calle, besándote con todo el mundo, como si nada.
- Ignacio, cómo podés decir eso. ¿No ves lo que representa?
- Mirá, ni quiero pensar. Con el solo hecho de imaginarte...
- ¿Dándole un beso a alguien? A lo sumo he dado piquitos, besos en la frente, besos... no puedo creer que esté explicándote esto. ¿No ves el punto? Lo hago por vos, lo hago por nosotros.
- Dejame Lola. No puedo estar con alguien que a mis espaldas hace algo así.
- ¿Algo así? ¿Algo como querer salvarte la vida?
- ¡Salvarme...! ¡Besándote con otros!
- Juntando dinero, Ignacio. Lo creías imposible, fijate lo que hay, contalo. Lo que pensabas que íbamos a juntar en dos años quizá en dos meses más ya lo tengamos.
- ¿Tengamos? No, estás equivocada. ¡Tomá este dinero sucio! - le gritó, arrojándolo hacia donde estaba - ¡Y andate de acá! ¡No te quiero ver más!
- Ignacio...

Ella se fue, sin llevarse nada. Ni siquiera los recuerdos. El se quedó, masticando la bronca y muriendo cada día un poco más. Ya no hubo besos, ni abrazos, ni un futuro juntos.
Ignacio tenía razón. El mañana no existe.
Lola también la tenía. Él jamás quiso ver.
En la esquina de la peatonal extrañan a la joven hermosa que durante el día renovaba las esperanzas en medio del caos, de la vorágine de la vida.
Algunos dicen haberla vista, en otra esquina, de otro lugar, esperando muy seria, resignada, que alguien la bese.

8 de abril de 2014

Él, Ella, la vida (1ra parte)

Mientras se miraban, mesa cuadrada y de madera de por medio, ella creyó reconocer un gesto de preocupación en él. El sonido de los pocillos, las charlas ajenas, los mozos haciendo sus pedidos en la barra se hicieron a un lado para dejar silencio para su pregunta.
- ¿Qué tan grave es?
Él no había querido que lo acompañara. Habían discutido la noche anterior por esa cuestión. Y ahora, llevando los ojos hacia el servilletero rojo de Coca Cola, Ignacio volvió a mostrarse evasivo, molesto. Lola sabía que esa molestia no era para ella, pero de todas maneras mantuvo callada la boca y se propuso no hablar ni preguntar nada hasta que su novio diera alguna señal de querer dialogar.
Llegó el mozo y preguntó si querían algo más. Ella pidió la cuenta. El mozo se fue con las tazas. La suya llevaba café con leche hasta la mitad. Ignacio se distraía ahora con la ventana. Ni siquiera observaba a través del vidrio que daba a la vereda y que en ese horario brindaba un gran espectáculo con todas las chicas que salían de la facultad e iban al McDonald´s más cercano meneando sus cuidadas figuras. En cambio, había posado su vista en una mosca en una esquina de la abertura, donde lidiaba resignada contra una tela de araña.
El mozo volvió con el ticket. Lo dejó y siguió caminando, atento a las dos mujeres mayores que acababan de entrar, con seguridad para tomar un té con torta de chocolate.
Lola buscó la billetera. El movimiento fue suficiente para la reacción de Ignacio.
- No, pará. Pago yo.
Ella no le contestó. Sacó un billete, lo puso en la mesa, apartó la silla y se fue sin saludar. Él no podía verla, pero había empezado a llorar. Su hermoso rostro se contraía en una mueca de tristeza. La bronca no era con él, a pesar que lo parecía, sino con todo lo que decía ese silencio.
Se detuvo en la esquina a esperar que cambiara el semáforo para peatones. Aprovechó para secarse las lágrimas. En ese momento él aferró su brazo con firmeza, pero sin violencia. Otra vez se miraron y en esta ocasión, ambos lloraban.
Se abrazaron, con todo el desconsuelo del mundo.

Abrazados bajo las sábanas volvían a ser una misma persona, o al menos, dos personas con el mismo porvenir. Habían hecho el amor, pero las imágenes de la tarde se habían impregnado en sus cabezas. No el silencio, el mal humor, sino lo posterior.
La confesión. El veredicto. El saberse mortal. La impotencia de no tener el poder, la ignorancia de no conocer el destino.
- El mañana no existe - vaticinó él, casi en un susurro.
Ella se revolvió sobre su cuerpo, inquieta. No podía aferrarse a esa afirmación, no era justo. Por la ventana el sonido de la lluvia era un bálsamo para sus pensamientos.
- Dame un beso - le pidió él.
Mecánicamente, ella acercó su boca hacia la de su novio. Entonces, al sentir sus labios tibios y sugerentes, supo que nada estaba perdido.
- Vamos a conseguir el dinero - dijo Lola.
Ignacio sonrió, con falsa esperanza.

En la mochila sobre sus espaldas viajaban los apuntes y libros de la facultad. En la bolsa que llevaba en las manos, los elementos para su nuevo trabajo. Le había prometido a Ignacio que conseguirían el dinero para la intervención y haría realidad esa promesa.
Cursaba de noche, por lo que la mañana y la tarde eran suyas para sacar adelante la difícil situación financiera. Jamás se había propuesto algo así y mucho menos, imaginado. Tampoco se creía capaz, sin embargo, allí estaba decidida a todo por salvar a su amor.
Resuelta, llegó a la peatonal. No importaba el horario, allí siempre era un mar de gente. Las primeras horas de sol del día daban fe de aquello. Personas yendo a trabajar, jóvenes camino al colegio, vendedores ambulantes preparándose para un largo día, turistas que aún no se habían ido a acostar y otros que madrugaron. La ciudad era siempre la ciudad. Poco le importaba quién vivía y quién moría. A Lola si, y mucho.Y por la vida de Ignacio, poco le importaba lo que tuviera que entregar a cambio.

Él no sabía que trabajo había conseguido. Ella le había pedido que no le preguntara, al menos hasta saber si le gustaba lo que estaba haciendo. Era muy bonita, por lo que sospechaba que podía estar modelando, algo que Lola odiaba a pesar de haber recibido por años innumerables ofertas.
Debido a los estudios, que eran constantes, Ignacio había reducido su carga horario en el trabajo. Se las ingeniaba sin embargo para trabajar desde su casa y poder juntar algún dinero más. Si su cuerpo resistía, al igual que sus órganos, en dos años, según sus cálculos, podría estar cerca de la cifra que necesitaba para operarse.
El mañana no existía, según sus palabras, pero un mínimo de esperanza combatía gallardamente en su interior. Lola lo presentía y guardaba silencio. La lucha era desigual, pero la victoria era posible. Siempre lo es, cuando se da pelea.
Ella volvía cada noche, tras la facultad, repleta de felicidad.
- Lo vamos a lograr - le decía mientras se metía como una felina en la cama, sonriendo con toda la boca.
- Si, pero falta aún, no te apresures - contestaba él, aplacando los ánimos.
Lola sonreía, desbordando confianza.

Cada mañana era la misma rutina. Con sol, con lluvia, con viento. Bajaba del subte, caminaba unas pocas cuadras, llegaba a la esquina que había elegido de la peatonal, dejaba la mochila con los materiales de estudio a un lado, sacaba el cartel de la bolsa blanca y comenzaba a hacer lo suyo.
El dinero no tardaba en llegar. Un billete, dos, tres, diez, cien. Al término de la jornada podía llegar a contabilizar un promedio de tres mil pesos. Un viernes había juntado casi siete mil. Cuando los contó, escondida en el baño, casi le da un infarto de la emoción.
Los clientes aparecían desde temprano. Algunos se repetían día a día. Eran más los hombres, como podría suponerse, pero las mujeres no se quedaban atrás. Había mucho más que belleza en ella que subyugaba. Era el misterio detrás de la idea, el motivo de aquella locura.
Ignacio lo ignoraba y ella prefería que el conocimiento jamás llegara. Aquella idea, aquel emprendimiento, era al mismo tiempo, su más oscuro secreto con su novio. Pero al mismo tiempo, le gustase o no a él, era la puerta para la única chance de vida que le quedaba. Y cuánto antes se reuniera el dinero, que era mucho y en efectivo, mejores posibilidades habría.

(continuará)

5 de abril de 2014

Un final para la historia

El sonido del timbre lo sorprendió mientras buscaba un final para un cuento sobre dos marionetas que cobraban vida y decidían huir para emprender una aventura lejos de la persona que cada noche, tras mostarlas en un espectáculo en un bar, las encerraba en una vieja valija de cuero.
Iba a dejar que quién fuera el que estaba llamando, se cansara de esperar y desistiera, pero muy por el contrario, toco hasta cinco veces, motivando que se pusiera de pie, abandonara la computadora y se dirigiera nada contento hasta la puerta de entrada.
Lo aguardaba un hombre de mediana estatura, pronunciada calvicie y un lunar en el cachete izquierdo. Iba trajeado y portaba un maletín marrón. En la mano libre, estirada hacia delante, sostenía una tarjeta de presentación que inmediatamente terminó en poder de Alejandro.
- Perdone - dijo Alejandro, queriendo acelerar el trámite - pero no estoy interesado en comprar nada, así que si me permite...
- ¡Aguarde! Que el que quiere comprarle algo soy yo. Lea la tarjeta. Raymundo Ledarzón, representante editorial.
La respuesta lo tomó con la guardia baja. ¿Un editor en la puerta de su casa? A los pocos segundos, tras leer la tarjeta, el tal Ledarzón estaba en el living de su casa, aprestándose para sentarse en un sillón.
- ¿Puedo? - preguntó educadamente el hombre.
- Claro, disculpe, tome asiento - Alejandro quitaba un par de camisas sucias de una silla cercana para tomar asiento también. Contrariado, observó al calvo sentado en su sillón.
- ¿Cómo supo de mi? Apenas si tengo publicados unos cuentos en antologías de gente amiga. No recuerdo haber enviado originales a su editorial - miró la tarjeta que tenía en sus manos, tratando de buscar el nombre de la casa editora que el hombre representaba - y sinceramente no estaba buscando publicar.
- Es que uno olfatea en el aire a un buen escritor con futuro. Por eso me he llegado. Además, he visto sus datos en el blog en el que escribe.
- ¿Y cuál es la idea? ¿Quiere leer algunos escritos?
- No, mire, es mucho más sencillo el asunto. Usted me prepara una selección de cuentos, digamos, unas cien páginas. O las que quiera. O si tiene una novela inédita, me prepara eso.
- ¿Y después?
-  Me las manda al correo electrónico que figura en la tarjeta.
- ¿Y después?
- Después me tiene que depositar el dinero correspondiente a la lectura de esos textos.
- ¿Me va a cobrar por leerlos? No comprendo, me está pidiendo material mío pero me quiere cobrar para la lectura.
- Claro, imagínese que no es el único autor que estamos visitando.
Alejandro se puso se pie, aquello que hasta entonces le parecía una rara visita, ahora se tornaba un oscuro modo de sacarle dinero.
- Es decir, le pago, usted lee, pero nadie me garantiza que se vaya a publicar.
- ¡Pero amigo, si es bueno, claro que se publica! Lo leemos, nos gusta, lo corregimos... porque ningún libro sale de la agencia sin corrección porque esto daría mala imagen tanto a usted como a la agencia. El coste de la corrección tiene un valor por página.
- ¡Me cobran la corrección!
- Tenga en cuenta que no es una simple corrección, es ortográfica y de estilo.
- Y después de sacarme toda ese dinero, ahí me publican.
- No exactamente. Primero se debe aceptar el proyecto.
- Ustedes lo deben aceptar, eso me dice.
- No. Alguna editorial. Si ellos aceptan, se firma un contrato de representación con nosotros y otro de publicación con la editorial.
- Es decir que a pesar del dinero que hipotéticamente les estaría pagando, aún no estaría ligado a ustedes.
- No, claro. Pero una vez que la editorial acepta el proyecto, enviamos a ellos el material y empezamos a promocionar el libro y a usted como escritor.
 - ¿Y en vez de todas esas vueltas, no es más fácil que vaya directamente a una editorial a presentar mis escritos?
Raymundo Ledarzón lanzó una carcajada. La risa lo animó.
- Amigo, esto no funciona así. Todos tenemos que vivir, ustedes los que tienen el talento de escribir, las grandes editoriales que tienen los presupuestos para imprimir y nosotros, que tenemos el talento del olfato.
- ¿Del olfato?
En un solo movimiento Alejandro tomó del cuello de la camisa - arrugando la parte superior del traje - al editor y lo llevó a la rastra hacia la puerta.
- ¿Sabe lo que puede hacer con sus propuestas?
- ¡Pero Alejandro...!
Lo arrojó con fuerza a la vereda y cerró la puerta. El hombre insistió tocando el timbre para volver a entrar. Pero Alejandro retornó hacia la habitación donde estaba la computadora. Cerró la puerta y puso música. Abrió el cuento que estaba escribiendo y volvió a concentrarse en el final ideal para esa historia. Al fin de cuentas, inventaba mundos, creaba magia, le daba vida a sus personajes. Qué tan lejos llegaran, ya no dependía de él. Y tampoco, del poder del dinero.

2 de abril de 2014

Tero, tero, tero

La puerta del sótano se abrió violentamente y Jacinta se asomó con brusquedad. Comenzaba a bajar las escaleras cuando los ruidos de sus pasos despertaron a José, su hermano, que dormía sobre un colchón en el suelo.
- ¿Qué pasa, gorda? ¿Vinieron a buscarme? - preguntó asustado a su hermana, que ahora estaba a su lado.
- ¡Está en las noticias! ¡Invadimos las islas! ¡Tuvieron que rendirse!
José la escuchó con un reproche en la mirada, volvió a apoyar la cabeza sobre el colchón y le dio la espalda.
- No quiero saber nada sobre el tema - le pidió.
- Pero José, es una buena noticia. Todo el país está saliendo a las calles.
- Es un error gorda, sé lo que te digo. Puro patriotismo barato que lo único que va a lograr es que muera un montón de gente.
- Qué vos estés escondido no significa que los demás soldados sean igual de cagones.
Como accionado por un resorte, José se incorporó. Las palabras de Jacinta lo habían enojado.
- ¿Cagón? ¿Preferías que fuera con los brazos abiertos a que me maten a una tierra distante, que hasta hace poco a nadie le importaba?
- ¡No podés hablar así, José Manuel! Si tu padre te escuchara...
- Papá está muerto. Y yo lo estaría en unos días, de haberme dejado encontrar.
- Con qué frescura hablás, pensá bien dónde estás escondido, me estás poniendo en riesgo a mí, a mis hijos, mi marido. Si te llegan a encontrar acá, vamos todos presos, vos con corte marcial y nosotros...
- Callate por favor. Y abrí los ojos Jacinta. Si papá estuviese vivo, te diría lo mismo. Abrí los ojos, Jacinta.
- Todavía no entiendo por qué te escondí. Me diste pena, pero ahora, la verdad, siento que sos un egoísta. Si subieras a escuchar la radio, te darías cuenta que esos soldados están haciendo historia. Cuando en el futuro hablen de este día...
- Te repito, callate Jacinta. No quiero escuchar más del tema.
- ¿Sabés que va a pasar con vos? Te van a encontrar un día. Y nosotros no te vamos a defender. Y todos te van a llamar traidor. Porque eso es lo que sos. Un traidor a la patria. No como esos soldados que viajaron, con los oficiales que lo saben llevar, como los militares que tenemos en el gobierno y decidieron esta invasión. Ellos son patriotas, vos sos un traidor y un cagón.
José volvió a apoyar la cabeza contra el colchón. No quería seguir escuchando a su hermana. Sin embargo, no volvió a pedirle que cerrara la boca. Se quedó en silencio, escuchando los reproches. Cada palabra era un disparo a miles de kilómetros, cada frase era una formación que saltaba sobre tierra a cumplir una misión, el reproche entero era el éxito de la misión.
Pero José derramó una lágrima solo al imaginarse el futuro. Poco le importaba el camino que tomara esa guerra. Solo entendía una cosa. La muerte no era el camino. La guerra nada solucionaría. Por eso era un prófugo, por eso se resistía a apretar un gatillo en contra de otra persona. Nada resolvía esa guerra de su día a día, de su salir a palear pozos por unos pesos. ¿Patria? Siempre había pensado que la patria era otra cosa, tenía otros valores. Sin embargo, las banderas se alzan muy rápidamente. Y las masas, aclaman.
Jacinta se retiró varios minutos después. Se fue gritando un cantito que seguro había escuchado por la radio: "Tero, tero, tero, tero, tero, tero, tero, tero, hoy le toca a los ingleses y mañana a los chilenos". José no pudo reconocer en esa voz a su hermana. Era como si otros cantaran por ella.
Así ha sido por siglos, pensó. Los muertos no son nunca los que hacen y manipulan las guerras, sino quienes las pelean. Las guerras son un engaño. Y el ser humano, un engañado.

30 de marzo de 2014

LHDNT

El caso de Narciso Torres fue muy particular. Llamó la atención de especialistas del trastorno del lenguaje, psicólogos y psiquiatras. ¿Quién a esta altura no recuerda los extensos artículos publicados por expertos de todo el planeta en las prestigiosas revistas "Mentes humanas", "Ciencia al día" y "Analizando"? Son materiales de estudio en universidades e institutos privados.
Sin embargo, pocos han tenido la dicha de tratar con este joven mendocino, nacido en el seno de una acomodada familia de vitivinicultores. Y mucho menos, la desgracia de haberlo visto morir.
Lo conocí a los seis años, cuando sus padres, muy nerviosos, me lo llevaron al consultorio por consejo de los docentes del colegio. Iba medio ciclo lectivo y el pequeño Narciso no solo estaba atrasado con respecto a los demás en materia de aprendizaje del alfabeto y la lengua, sino que además no podía realizar una escritura coherente.
No tardé demasiado en comprender que aquello que asustaba a maestros y padres, lejos estaba de ser verdad. No había atraso alguno en Narciso, más bien lo contrario. Si alguien le pedía que escribiera su nombre, ponía N. A partir de ese detalle, di rápidamente con la respuesta por la cual, cuando en el pizarrón la maestra escribía con tiza "Mi mamá me mima", en el cuadernito del niño, que debía estar copiado aquello, aparecía "MMMM".
Narciso, para sorpresa de todos, solo podía comunicarse en la escritura mediante las iniciales de las palabras. Hablaba bien y leía bien, y así lo fue demostrando a medida que crecía, pero no había manera que escribiera como todo el mundo.
Lo llevé durante años a diversos especialistas del país e incluso, a encuentros y simposios sobre el lenguaje. Decenas de investigadores de diversas ramas viajaron desde remotos lugares para entrevistar y estudiar a fondo a Narciso Torres.
Con el tiempo, las horas compartidas en largos viajes, las sesiones en consultorios ajenos -a las que acompañaba - hicieron que ganáramos confianza. Al poco tiempo, se hizo amigo de mis hijos, que eran un poco más grandes de edad, y de esa manera, pude verlo incluso en mis tiempos libres, correteando por la casa o jugando a la pelota en la plaza de la esquina.
Pero a pesar de todo lo que se hacía para ayudarlo, sus textos seguían siendo tan preocupantes como enigmáticos, al punto de sacar de quicio a más de una persona, que impedida de comprender lo que intentaba plasmar sobre una hoja, terminaba ofuscada.
Recuerdo un mail donde me expresaba con felicidad "¡MFNQD!" que me llenó de alegría. Con simpleza me deseaba una "muy feliz navidad, querido doctor". Pero al imprimirlo y mostrarlo, nadie supo descifrar lo que quería.
En la escuela me llamaban casi a diario, para que corrigiera sus deberes o bien, para transcribir sus exámenes. Y debo confesar que muchas veces, viendo que las respuestas estaban equivocadas, ayudé a que se sacara una buena nota. Era en si, parte de la ventaja de entender sus iniciales, pero al mismo tiempo, la manera de hacer algo de justicia en nombre de Narciso, tan relegado y mal visto por su problema.
No pensaba entonces en el Narciso niño que le costaba comunicarse con los adultos mediante la letra escrita, sino en el Narciso grande, queriendo ir a una universidad o enviando una carta postulándose para un empleo.
Sus primeras composiciones, como ser la clásica "La vaca", fueron un dolor de cabeza para las docentes, pero no para mí. Si bien no había una gran originalidad en su descripción, el "LVEUAQVELCYDL" que encabezaba el cuarto de página que le había entregado a la maestra podía leerse con facilidad, a mi entender, si es que uno prestaba atención: La vaca es un animal que vive en el campo y da leche".
Pero no hubo caso. El pobre Narciso fue apartado del colegio tradicional y tampoco aceptado en escuelas especiales. Por fortuna para él, acepté ser su tutor y le impartí clases particulares, asistido por psicopedagogas de confianza, que aprendieron a la par mía a tomarle cariño y paciencia.
En mi libro "LHDNT", narro con lujo de detalles justamente lo que indica el título: La historia de Narciso Torres". Claro que cuando lo edité, Narciso aún vivía y no había sucedido el fatal desenlace.
Equivocarse en la traducción de un texto suyo era probable, claro que si. Sucedía a menudo y solía despertar entre nosotros alguna que otra sonrisa y en menor medida, arrancar una carcajada. Podría evocar muchas situaciones, pero hay algo que me lo impide y es el remordimiento.
Quizá este texto no sea otra cosa que un intento de disculpa con su familia, una forma de acercarme con cautela a esa tarde, que más allá de mis esfuerzos, retorna con dolor a mi mente en una frecuencia poco agradable.
Aquel papel pegado en la puerta de su casa, previendo mi visita rutinaria de cada tarde antes de ir al consultorio, con el fin de continuar nuestra interminable partida de ajedrez, fue su sentencia. O bien, mi condena.
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Lo quité de la madera y mientras entraba a su casa, de la que tenía llaves, ya que solía cuidar sus plantas y peces cuando salía de vacaciones (hasta ese punto nos habíamos hecho amigos), esbozaba una sonrisa, meneando la cabeza de un lado a otro, casi de manera cómplice.
En el centro del living, estaba el tablero con las piezas dispuestas. Me tocaba a mí y como había sospechado por el mensaje, seguramente había movido y percatado del error en el que había incurrido. Entonces, a modo de broma, me advertía sobre la obviedad de mi próximo movimiento. Así era Narciso.
"Estoy con la loca del segundo, no vayas a tomarme la torre".
La loca del segundo era una pelirroja que abundaba en curvas. Narciso estaba loco por ella, pero la chica no le permitía avanzar. Al fin lo había logrado. O eso me imaginaba. Pero ahí estaba, en su living, sonriendo con picardía, pensando en lo bien que lo estaría pasando, contento por ese joven al que a veces atormentaba presentándole profesionales de la salud de todo el mundo, que deseaban con ansias estudiar su caso. Ser su amigo era una forma de pagarle esa gratitud para conmigo, desde aquella primera vez que nos vimos en mi consultorio, cuando él aún era un niño y hacía poco que había soplado las seis velitas en la torte de cumpleaños.
Sopesé el tablero y vi su torre expuesta. Ya lo estaba de su movimiento anterior, pero había optado por poner a salvo mi rey. Ahora, quedaba a mi merced. La tarde caía afuera y la ventana delataba ese adiós del día. La luz era escasa y a mi edad, su presencia es más que una compañía. Me dirigí a la llave de la luz pero el clásico movimiento de la tecla no deparó ningún cambio en la habitación. Miré más allá y vi la térmica abajo. Me acerqué y la levanté. Ahí fue el instante en que escuhé su grito.
En la soledad de mi consultorio, donde me refugio cada atardecer, huyendo de mis pecados y de mis pacientes, trato de descifrar todos los mensajes posibles con esas doce letras, en el orden elegido por Narciso.
Y las posibilidades son demasiadas. Elegí una y me equivoqué. Y hoy pago por ello. Me cuesta creerlo, pero yo lo maté. Tendría que haberme dado cuenta que la loca del segundo no le hubiese dado bolilla ni en el mejor de los sueños y que la torre estaba así porque venía de una jugada anterior y no porque Narciso se equivocase en la movida previa.
Además, claro está, relacionado la térmica baja con su ausencia en la habitación.
"Estoy cambiando la lamparita del sótano, no vayas a tocar la térmica".
LPM, Narciso. Mirá que pifiarla así.