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8 de agosto de 2013

Cosmos cíclico

Hace tiempo, en otra galaxia, una raza quiso dominar los cuerpos celestes lindantes a su órbita. Primero fue su satélite natural, luego el planeta más cercano. Mientras esto sucedía, en el planeta nativo de la raza, las condiciones de vida empeoraban día a día. Polución, violencia, descontrol.
Los que podían, compraban una nueva vida a millones de kilómetros del suelo que los vio nacer. Los que no, permanecían en la tierra del caos hasta la muerte, que jamás demoraba en llegar.
Hoy en día esa raza ha atravesado gran parte del universo, conquistando sistemas completos. El lugar de origen se había convertido en un recuerdo mencionado en los apuntes de historia. Y fue así hasta que una tripulación, en uno de sus viajes, dio con aquel lugar remoto, dejado atrás miles de siglos antes.
El planeta era el mismo, la raza que lo habitaba, muy similar. Sin embargo, el caos prevalecía, con enfrentamiento entre naciones, enfermedades, contaminación. A los tripulantes de aquella expedición no les llevó mucho llegar a la conclusión que era un sitio que no valía la pena. Había algo muy propio en aquel paraje que llevaba siempre al mismo destino.
Sospecharon que siempre sería así, que el ciclo no concluiría jamás. Quizá algunos lograran escapar, como sus antepasados. Mientras tanto, perecerían en la enorme jungla que ahora llamaban Tierra.

5 de agosto de 2013

Quieto

Sintió la presión en su espalda. No supo bien que pensar en primera instancia, de inmediato sospechó de algún atolondrado que llevaba algún objeto con punta de manera descuidada. Pero cuando aquella voz en forma de susurro le dijo "no te hagás el gil y quedate quieto, mientras te saco la billetera" comprendió que lo estaban asaltando.
Era inaudito. Iba parado en medio del subte, rodeado de una veintena de personas, todos amontonados. Podría intentar girar para ver frente a frente al ladrón, pero al mismo tiempo, la presión en su espalda lo ponía a pensar: ¿realmente está sucediendo, es un arma lo que me está apuntando?
Podía serlo, como no. Quizá era un ardid, una trampa, una manera de asegurarse su pasividad mientras procedía a quitar del bolsillo trasero la billetera, que si mal no recordaba, tenía un par de billetes y la documentación personal y del auto.
Bastaría con un grito suyo, un "me están asaltando", para poner en alerta a todo el vagón. Pero aquello podía también desencadenar una escena de pánico en la gente, y en lugar de ayudarlo, apartarse, dejarlo aún más solo con el delincuente. También, reflexionó, podía asustar a la persona que le apuntaba y provocar una reacción inesperada, un impulso de más, que llevara a que gatillara y de esa forma, acabar con su vida.
No te hagás el gil, le había dicho. Era un exhorto a quedarse quieto, a mantenerse así, conservando la calma, mientras le robaba las pertenencias. ¿Pero cómo podría hacerlo? Hay un instinto muy dentro de cada uno a defenderse. A actuar, a no dejarse pasar por encima. No, no estaba en sus planes rendirse a merced de la injusticia, de la delincuencia. No sucedería, no le haría caso.
Giró al mismo tiempo que dejó de sentir la presión sobre la espalda. Allí no había nadie en particular, solo gente. Palpó el bolsillo y lo encontró vacío. Barrió con la mirada el vagón y no pudo discernir quién le había robado.
- ¡Me robaron! ¡Me robaron! - gritó con bronca, esperando la reacción en la gente. Pero nadie movió un músculo, ninguno atinó siquiera a dirigirle una mirada.
Fue entonces que despertó. Estaba completamente empapado en sudor.
- Que sueño de mierda - le dijo a la habitación vacía.
Una rara sensación recorría su cuerpo. Sobre la mesa de luz estaba la billetera. Había sido una mala pesadilla, nada más. Volvió a cerrar los ojos, pero no pudo volver a dormir. La indiferencia de los demás, cuya imagen volvía una y otra vez a la mente, no le parecía un mal trago de su imaginación.

2 de agosto de 2013

Ruleta para el "Caballo"

En una ruleta rusa, las probabilidades de perder son proporcionales a la estupidez de la persona que acepta jugar. Claro, no es un axioma que muchos sepan o consideren a la hora de aceptar una invitación. Incluso, es común que quienes jueguen estén en un estado que va de la desesperación o la más inminente borrachera.
Al "Caballo" Gaona, un grandulón de buen corazón pero malas amistades, le hicieron creer que aquello era fácil, cuestión de azar, pero sin demasiadas consecuencias.
Previo a eso, se aseguraron que apostara una buena suma de dinero, que según el "Caballo", eran los ahorros de la vieja, a la que le había prometido que se los devolvía al día siguiente, pero duplicados.
Gaona llegó solo a la dirección que le habían anotado en el reverso de una caja de fósforos. Era un pasillo oscuro, bastante húmedo. La única puerta tenía una ventanilla muy sucia, que no dejaba ver hacia el interior. Golpeó la chapa repetidamente, como le habían dicho que hiciera. Esperó unos segundos y las bisagras oxidadas chirriaron agudamente, para que por el espacio entre la chapa entreabierta y el marco se asomara la cabeza de un enano vestido con ropas de cuero.
- ¿Qué quiere? - preguntó.
El grandote se agachó, para que el enano lo oyera mejor.
- Vengo a jugar a la ruleta.
El enano lo miró fijo, lo estudió de arriba abajo y luego lo hizo entrar.
- Si, ya me avisaron que venía uno como vos - le dijo mientras cerraba la puerta a su espalda.
- ¿Cómo yo?
- Si, ya sabés, grandote, medio... medio alto.
Otro pasillo los condujo hasta una nueva puerta. Tras la puerta, unas rejas. Tras las rejas, una sala con poca iluminación, salvo un lugar en el centro de la mima, donde una lámpara con un único foco, dejaba a la vista una mesa de paño verde, a la cual estaban sentadas cinco personas. Había una sexta silla, que estaba vacía.
Sobre el paño aguardaba un revólver. Gaona se sobresaltó. ¿Qué hacía el arma ahí? ¿Dónde, la ruleta?
Alguien corrió la silla libre hacia atrás, invitando al "Caballo" a ocuparla.
- ¿Trajo el dinero? - preguntó otro, a quién la poca luz le ocultaba el rostro.
- Si, pero... - el "Caballo" trató de hablar, pero sintió una mano sobre el hombro que lo empujaba hacia el asiento. El culo le rebotó en la madera, apenas mullida por un almohadón.
Se sorprendió del trato. Los que le habían pasado la información del lugar, eran conocidos. Le dijeron que era un buen lugar para ganar plata de manera rápida y veloz. Que a lo sumo en cuatro o seis tiros, duplicaba lo que apostaba.
Él era un apostador nato. Sabía que si la suerte estaba de su lado, podía darle la sorpresa a su madre. Pero el lugar distaba de cualquier otro que hubiera pisado en su vida. Sin mesa, con pocas luces.
- ¿Qué clase de ruleta clandestina es esta? - preguntó a la brevedad, recuperando la compostura.
- La que muchos mueren por jugar - respondió una voz, que no creyó reconocer.
- Saque el dinero - ordenó otro.
Gaona tanteó debajo del saco y buscó el sobre con la plata. Veinte grandes, chirola más, chirola menos. Lo dejó sobre la mesa, con desconfianza.
- ¿Esta es la mesa de apuestas? ¿Cómo carajo jugamos? - ahora comenzaba a perder la paciencia.
- Es fácil, agarre ese revólver, apúntelo a su cabeza y dispare. Si el tambor está vacío, gana. Si tiene una bala, poco le va a importar lo que suceda después.
Todos ríeron de buena gana. El "Caballo" se puso de pie, pero una vez más sintió la presión sobre el hombro y el cuerpo que se aceleró contra la silla.
- Usted se queda quieto. Ya cruzó la puerta, de aquí sale si la fortuna lo quiere. No antes.
- Nadie me dijo nada de esto, es un suicidio. No pienso jugar a esta mierda.
- Aceptó a venir y vino, llegó hasta acá, no tiene escapatoria. Hay otro revólver además del que está viendo y lo tiene Lucchiano. Ya conoce su mano y su fuerza, si se resiste o se niega a participar, conocerá lo bien que dispara.
Se hizo el silencio. Intentaba divisar entre sombras los rostros ajenos, pero le era imposible. La luz era nula y algunos fumaban. El humo enviciaba lo poco que se dejaba ver.
- ¿Cuántas balas hay? - preguntó el "Caballo", algo resignado.
- Tres.
- Tres se dividen el premio.
- Así es.
- ¿Debo empezar?
El brazo de Lucchiano, supuso, pasó a su lado hacia el centro de la mesa.
- Empieza el que elija el revólver - explicó otra voz, que hasta entonces no había oído.
La mano pesada del brazo cuyo dueño no podía distinguir, giró con fuerza el revólver de lado. Cañón y culata comenzaron a bailar en círculos en medio de la mesa. Se sucedían uno a otro, pareciendo en algún punto, que eran la misma cosa. De a poco, fue deteniéndose y con ese movimiento aterido, los corazones palpitaron uno a uno más rápido.
El "Caballo" había entrecerrado los ojos, no quería ver. Los abrió para observar que el cañón apuntaba hacia el hombre sentado en dirección opuesta a él. Suspiró.
Una mano se adelantó y tomó el arma. Luego, desaparecieron en la oscuridad, como si nunca hubiesen existido. Un estruendo poderoso las volvió a la vida, y al mismo tiempo, trajo muerte. El cuerpo se desplomó hacia atrás, cayendo pesadamente. El revólver cayó sobre la mesa, manchado en el cañón con sangre.
El brazo de Lucchiano se acercó con un trapo. Lo pasó rápido sobre las manchas y sin dar respiro, volvió a impulsar el arma en su danza macabra. Giró más que la vez anterior, haciendo la espera aún más angustiante.
Esta vez Gaona no cerró los ojos. De alguna manera, aquello comenzaba a gustarle. Al fin de cuentas, se trataba de azar.
El cañón apuntó a la persona que tenía a su derecha. El "Caballo" sonrió. El revólver volvió a desaparecer y él esperó el segundo estallido. Pero en cambio, solo hubo un "click". El arma volvió a su lugar y el brazo retornó para volver a poner en juego la calesita mortal.
¿Cuántas veces podía tocarle a uno? el pensamiento lo distrajo. Cuando el revólver se detuvo, creyó que apuntaba hacia su dirección. Pero no, lo hacía hacia su izquierda. El hombre a su lado lo tomó entre jadeos y disparó. Ahora si, el estruendo le llegó desde mucho más cerca y sintió que algo salpicaba su mejilla izquierda. Esta vez el revólver repiqueteó en el suelo.
Dos balas, quedaba una. La idea crecía en su mente. Podía lograrlo. El revólver giraba una vez más. Las posibilidades aumentaban, solo debía confiar en su suerte. El cañón frenó mirándolo acusadoramente. Sintió que el corazón se detenía, que la respiración caía en un abismo. Tragó saliva. Sintió que la mano de Lucchiano se posaba sobre su hombro, sin hacer presión, pero obligándolo a tomar el revólver.
No pudo vacilar más tiempo, se vio obligado a hacerlo. Adelantó la mano, tomó el revólver y lo llevó hacia las sombras. Apuntó hacia su frente y en el último momento, levantó el cañón y disparó. Lucchiano cayó hacia atrás, sin tiempo a darse cuenta de lo que había sucedido. El "Caballo" se puso de pie y tirando la silla al diablo, corrió hacia la puerta por donde había entrado.
Pero encontró las rejas con llave. Detrás suyo, las sillas se habían movido. Se giró sobre los talones y los vio. Eran rostros de muerte, espectros, calaveras andantes. Sus contrincantes, no tenían nada para perder. Y todos iban en pos de él. Su suerte había estado sellada desde mucho, pero mucho antes.

30 de julio de 2013

Adiós

Es difícil decir adiós. Más aún las circunstancias. El, detrás de aquel vidrio, ella tras las rejas. Sus ojos se volvían pequeños, observándose a la distancia, sin poder escuchar del otro aunque sea un breve aliento. Compartían la mirada y una historia pasada.
Pero distantes estaban los paseos en el bosque, los amaneceres en el campo, las veces que la noche los sorprendía encandilados en las ramas de algún árbol. El mundo que conocían, había cambiado.
Es triste el adiós. Ese momento eterno, que no perece en el olvido. Que no puede, que no debe. Sus alas ya no podían más, perdían las fuerzas. Observó por última vez a su amada, tras esa jaula estrecha y luego, voló hacia la tarde. Ella lo vio marcharse a través de la ventana, dolida, con el canto apagado y las plumas caídas.

27 de julio de 2013

El Emperador

Aquella mañana El Emperador se levantó con ganas de conquistar algunos territorios vecinos. Por la noche había llovido y el paisaje aún estaba húmedo. De las hojas de los árboles aún se desprendían pequeñas gotas de agua, que caían cenicientas sobre la verde gramilla.
El día estaba ideal para la batalla. La tierra convertida en lodo, cedería ante la fuerza, la lucha, el coraje. La brisa fría, herencia de la noche, envalentonaba su espíritu. Quería arremeter, atacar, sorprender.
Se despertó antes que los demás. Podía oír el despertar de la naturaleza y el sonido de los gallos a lo lejos. También, el aullido desde el monte, proveniente de algún lobo en plena cacería. El corazón le latía exultante. La sangre se agolpaba en las sienes. Un gruñido de guerra le recorría las vísceras.
Si quería atacar por sorpresa, debía ser ahora. No podía esperar más. Era ese momento, en las primeras horas del día con el hombre recién levantado, desorientado.
Ladró hasta reunir a su jauría, ladró para impartir sus órdenes y salió veloz, seguido por los demás, a campo traviesa. Si se apuraba podía asaltar los gallineros de dos o tres vecinos, matar cuánto pudiera, y regresar para cuando su amo lo necesitara.
El Emperador desapareció a la distancia, junto a los demás perros. Un halo de sangre parecía rodearlos, recortados contra el horizonte.

24 de julio de 2013

Silencio de taxi

Ella estaba callada desde que subieron al taxi. En realidad había dicho el destino y luego, cerrado la boca. El miraba por la ventanilla, como si viajara solo. El conductor de vez en cuando observaba por el espejo retrovisor, sin inmiscuirse. Algo sucedía, lo intuía, aunque desconocía desde sus nombres hasta la relación que los unía. Podían ser amigos, novios, hermanos. Lo cierto es que se ignoraban.
Ni siquiera le dijeron algo cuando tuvo que desviarse debido a una manifestación. No les importaba por dónde, sino llegar. Aunque tampoco lo demostraban. Era como si viajaran juntos a la fuerza. Era la típica indiferencia tras una pelea.
Reflexionó sobre el lugar donde los había recogido. Frente al hospital de emergencias, aunque en la vereda opuesta. ¿Podía tener alguna relación con el tenso ambiente que notaba en el asiento trasero? Aunque decir tenso, era quizá demasiado. Se ignoraban y punto, como si tácitamente cada uno fuera dueño de su espacio y los límites estuvieran previamente establecidos.
Veía muchas parejas a lo largo del día y los conflictos estaban al pie del cañón. A veces se daba cuenta al escucharlos hablar, otras veces por las actitudes o gestos. Reproches, insultos y hasta cachetadas. El amor va de la mano del odio. Aunque cueste creerlo. Una vida como taxista le permitía afirmarlo.
Faltaban dos cuadras para llegar a destino.
- Disculpe, a esa altura hay una plazoleta que divide la calle ¿los bajo en la calle de la derecha o de la izquierda? - preguntó el taxista, dirigiendo la mirada a la chica.
La joven lo observó y miró alrededor, sorprendida.
- Perdón, pero viajo sola - contestó.
El muchacho, de repente, giró su rostro hacia el frente, abandonando al fin la ventanilla.
- ¿Cómo dice? ¿Me habló a mí? - preguntó.
El taxista miró hacia atrás y apretó el freno. El coche se detuvo abruptamente en medio de la calle.
El asiento trasero estaba vacío.


21 de julio de 2013

Pineda y el sargento

Pineda se encogió de hombros, pretendiendo esquivar la pregunta. Salcedo salió en su defensa, pero el sargento le ordenó silencio. El calzado duro retumbó en el suelo mientras su agigantada figura se acercaba al pobre Pineda, que para entonces temblaba como una lechuga.
- ¿Le tengo que repetir la pregunta? - dijo el sargento, con cierto sarcasmo.
El soldado agachó la cabeza.
- ¿Acaso la respuesta está en sus medias, soldado? ¡Levante la cabeza cuando le hablo, carajo!
Inmediatamente Pineda enderezó el tronco y el cuello. Con mucho esfuerzo, centró su mirada en la del sargento, a quién las venas parecían querer reventarle la frente en cualquier momento.
La ventana abierta dejaba paso a un aire fresco, que lo hacía tiritar. Entre eso y el miedo, Pineda estaba listo para cagarse encima. Sus compañeros, despiertos a mitad de la noche, estaban parados al pie de la cama, según rezaba el protocolo.
El único sonido, era la respiración agitada del sargento. Nadie movía un pelo. Algunos temían que la situación se prolongara mucho tiempo. Descalzos o en medias, estaban sufriendo el frío en los pies.
El sargento agitó un puño en el aire y volvió a pedir una respuesta. El calzoncillo de Pineda mostró de repente una aureola en la zona de los genitales. Más de uno tragó saliva.
Alguien carraspeó dos camas a la derecha. No era Salcedo, sino Feijoo. El sargento desvió la mirada hacia aquel lugar.
- ¿Usted tiene algo para aportar? - preguntó la autoridad.
Si algo caracterizaba a Feijoo era su sentido del humor. Bonachón y rápido para la lengua, el soldado disparó la única certeza de la noche:
- Señor, está perdiendo demasiada sangre.
El destinatario de aquella oración lo observó con furia. Emitió una especie de gruñido, luego se pasó la mano por el culo y al llevarla delante de los ojos comprendió que era verdad. Tomó aire y lo expulsó con bronca.
- Voy hasta la enfermería pero den por seguro que vuelvo - anunció con aspereza, sin dejar de escrutar con la mirada salvaje y sedienta de venganza al soldado Pineda, cada vez más desahuciado con su porvenir.
El sargento se marchó dando grandes zancadas, un poco para imponer respeto, otro poco para seguir demostrando su enojo y otro para llegar más rápido a la enfermería.
Ni bien se fue, el murmullo de voces copó la barraca.
- Pineda, mirá en el lío que nos metiste - vociferó alguien desde la otra puta.
El pobre Pineda, mudo del miedo, atinó solo a volver a su cama. Salcedo, en cambio se llevó las manos a la boca e imitó el sonido de un pedo.
Todos estallaron en risas.
- No te preocupés Pineda, están acostumbrados a las bromas. Te azotarán un poco, nomás - le dijo Lorenzo, un poco en serio, un poco en joda.
Salcedo le tiró una toalla.
- No seas boludo, Lorenzo. Si sabés que él no fue. Cuando vuelva el sargento nos hacemos cargo y listo. ¿Qué nos puede hacer por lo que le hicimos? ¿Cortarnos las bolas? - preguntó Salcedo.
- Y, mirá... - la respuesta fue de Colombatti, que no había estado de acuerdo con la idea, que para muchos, un par de horas antes, era fabulosa.
- Ahora, mirá que ponerle el nombre al rallador, Pineda, eso es cosa de boludo - Lorenzo se tiró a la cama, mirando el techo.
- Dejalo al pibe - retrucó Salceda - Boludo es el que agarró justo el único rallador que debe tener el nombre del dueño escrito a un costado.
Mendoza se largó a reír. Otros hicieron lo mismo. Al rato, muchos hasta lloraban.
- Lo que hubiese pagado, te juro, lo que hubiese pagado - dijo Mendoza al fin - Me lo imagino al sargento agarrando la toalla para secarse el culo y de apurado rallarse el culo. Te juro que me lo imagino, y me meo encima. ¿No te pasa lo mismo Pinedita? ¿No? ¿Che, Pineda, por qué estás blanco, pibe, viste un fantasma?


18 de julio de 2013

Monstruo moderno

Me inquieta Raquel, me preocupa su forma de hablar en estas últimas semanas. Su mirada que por momentos se pierde en la nada, clavada en un punto fijo, para luego confesar que no sabía que miraba. Su balbuceo por las noches, mientras aparenta dormir.
Pero más aún, el temblequeo en las manos que no le permite siquiera llevarse el tenedor a la boca. El mismo que le noto al caminar, al subir las escaleras. Sus piernas se tuercen de manera extraña, como si sus huesos se estuvieran desintegrando.
Algo pasa en Raquel y me asusta. Porque llega la noche y es un despojo, una piltrafa. Pero luego, al amanecer, despierta renovada, como si nada hubiese pasado. Y arranca el día jovial, alegre. Pero a medida que avanza la mañana veo los síntomas, que de a uno se adhieren a su ser como una asquerosa sanguijuela. Para el mediodía, es la del día anterior, la que me aterra. Sus ojos, incluso, pierden el brillo habitual y quedan opacos, con el iris dimensionado y oscuro, como si estuviera en trance.
Sin embargo no lo está, porque detrás de esa apariencia extraña, sigue siendo ella, conversando de los mismos temas de siempre, pero ajena a lo que le sucede. Su interior pareciera no comprender lo que ocurre a la vista de los demás.
Sus amigas le han pedido que vaya al médico, pero ella rechaza la idea. Se escuda en la excusa de que está bien, que se siente bien. Sus amigas finalmente desistieron y con el tiempo, han dejado de venir a verla. Ahora está sola, todo el día. Hace tres días que no sale a hacer las compras, ni siquiera bien temprano, cuando su apariencia no asusta a nadie. Estoy convencido, que tampoco comprende que su imagen aterra.
He notado que su piel tiene un raro salpullido y que llegando a la tarde, pierde pedazos, que caen como escamas. Y a través de la piel, por momentos, he podido ver sus arterias hinchadas, pero no azules, sino negras, oscuras, como si el torrente interno no fuera de sangre.
Temo que esa transformación se torne completa. Que una mañana ya no despierte la Raquel jovial de todos los días, sino la misma que llega a la noche convertida en un mostruo moderno: solitaria, alejada del resto, ensimismada horas y horas delante de la computadora o delante del televisor, dejando pasar las horas, el tiempo, la vida misma, pudriéndose en vida. 
Por mí futuro no me preocupo, puedo buscarme mi alimento, maullar en alguna puerta y confiar en la suerte de ser adoptado por otras personas. Es el presente el que me preocupa, es el día a día y mi querida Raquel, que incluso ha olvidado que existo, aún cuando con mi ronroneo calmo su dolor cada noche.

15 de julio de 2013

Los huevos

Era necesario decirle la verdad, confesarle lo sucedido. ¿Pero cómo lo haría? ¿De qué manera se quitaría el disfraz de cordero del que durante años había hecho gala? Nada sería igual después de abrir la boca. No solo con ella, sino con todos. Los pibes del barrio, los compañeros del trabajo, su familia... no podía pensar en su viejo. Le destrozaría el corazón.
Ella, sin dudas, resultaba la más difícil, porque llevaban conviviendo más de cinco años. Habían pasado por tantas cosas juntos... la verdad para ella sería catastrófica. Siempre había confiado en él, creído cada cosa que le decía. Incluso cuando vinieron a preguntar por casa, el se mantuvo en sus cuarenta y ella lo había respaldado. ¿Que diría ahora? ¿Con qué cara saldría a la calle y enfrentaría a los vecinos? Era mucha carga para esa mujer, siempre fiel, derecha, trabajadora.
Y su papá... párrafo aparte. Un tipo a la antigua, férreo en sus convicciones, a los mandamientos que le inculcaron de pequeño y que él mismo se encargó de trasladar a cada uno de sus hijos. No había sido la excepción, a pesar de ser el más chico de los cinco, el más consentido en algunas aspectos.
Sentía que les fallaría, que les partiría el corazón. Pero lo estaban buscando, lo estaban cercando. Era mejor confesar que esperar a que lo descubrieran. Sabían que estaba en el barrio. En cualquier momento...
Lo primero que hizo, fue descolgar el cuadro. Tantos años ahí, simulando una farsa. Luego, el banderín. Cuando ella llegó, tenía ambos objetos sobre la mesa. Ella se detuvo, se aferró a la puerta y con un dejo de voz, dijo:
- ¿Fuiste vos? ¿Vos fuiste el que...?
Y sacando pecho, pero con lágrimas en los ojos, descargó las palabras que lo condenarían para siempre.
- ¡Si, yo fui el que me di de baja como socio en el club! ¿Y sabés por qué? Porque yo soy del Atlético, no del Sportivo me entendés, siempre tiré por el Atlético, siempre!
Los huevos no siempre se traen de nacimiento. A veces, los huevos, se hacen al andar.

12 de julio de 2013

Dilema de muerte

Ismael tenía dos problemas. El más sencillo de resolver era dónde enterrar el cuerpo. El más difícil, cómo matar a su mujer.
Lo venía maquinando desde hacía días. Más precisamente desde el momento que ella le dijo, en forma tajante, que no permitía discusión alguna: "En esta casa no se mira más fútbol".
Por ese motivo había salido temprano esa tarde del trabajo. Quería llegar antes que ella a la casa para pergeñar el homicidio.
Estaba nervioso, le sudaban las manos. Aún no tenía decidido cómo llevarlo a cabo, ni tampoco en qué lugar. Sabía que iba a ser dentro de la casa, porque afuera no le convenía. Los vecinos iban a sospechar viéndolo salir con un arma. O peor aún, atacando a su esposa.
Sería adentro. ¿Pero dónde? Resultaría muy sencillo esperar que ella se dirigiera escaleras arriba hasta la habitación. Podía empujarla apareciendo de sorpresa. Sin embargo no era habitual en ella, que tenía como costumbre al llegar de la comisaría - la mujer era policía - arrojar sus ropas de abrigo sobre alguna silla de la sala de estar y luego ir hasta la heladera, donde deformaba su cuerpo.
Rara vez, sopesaba Ismael, iba hasta el baño. Salvo, claro, que llegara con alguna urgencia. El ataque tendría que ser entonces, en la cocina. Una buena idea era electrificar la heladera, para que le diera una patada eléctrica. El problema estaba en que no sabía como hacerlo. Quizá podía mirar en Google, pero tiempo, era lo que no tenía. Cada minuto contaba.
Más simple, pensó, era aguardar detrás del mueble del microondas y atacar brutamente, con un cuchillo o tenedor. El inconveniente sería la sangre. El lugar quedaría hecho un enchastre. No se imaginaba limpiando los rastros del crimen.
Desechó la idea de inmediato. ¿Esperarla en el baño, detrás de la cortina de la ducha? Podía ser. Golpearla quizá con un ladrillo. No. La sangre otra vez. Tendría que usar un cable. El de la plancha, por ejemplo. Aunque para usar un cable debería estrangularla. Lo había visto en muchas películas, pero no sabía como se hacía. Esas son cosas básicas que uno tendría que salir sabiendo de la escuela, reflexionó.
No le gustaba el método, pero si el lugar. El baño era una buena opción. La cortina de la ducha no serviría: era transparente. Una pena, porque la idea que fuera transparente había sido suya. Su mujer quería una roja y negra, a lunares. Pero se había decantado por la otra porque podía espiarla cuando entraba a orinar y ella se estaba bañando.
Tendría que descartar ese lugar. Le quedaba la pieza donde dormían, en el piso de arriba. Pero para eso debería esperar, porque subiría recién para acostarse, después de comer y mirar televisión.
Estaba en una encrucijada. ¿Y el arma? ¿Cuál sería el arma? Qué difícil era planificar un asesinato. Tan fácil que lo hacían en el cine. Escuchó el timbre. No podía ser ella, a menos que se hubiese olvidado la llave.
Se acercó a la puerta principal. Por la ventana vio una luz azul que encandilaba la calle. Lo asaltó el temor. Era la policía. ¿Acaso sabían lo que tramaba? ¿Alguien había sospechado algo en su trabajo y lo había delatado? ¿Habría sido algún estómago resfriado del bar de la esquina, donde la noche anterior, en pedo y cayéndose debajo de la mesa de pool, había jurado y perjurado que mataría a su esposa por no dejarlo ver los partidos de fútbol?
Estaba aterrado. No obstante, trató de disimular su nerviosismo y abrió la puerta. Allí aguardaban dos uniformados. Parecían el gordo y el flaco. El gordo además usaba bigotes.
- ¿Señor Gutiérrez? - preguntó el flaco.
- Para servirle - contestó Ismael.
- Lamento informarle que su mujer tuvo un accidente.
El oficial de policía hizo un silencio. Ismael se quedó callado. El gordo agachó la cabeza, consternado. El flaco hizo un movimiento como queriendo decir "lo siento". Ismael siguió callado. El momento se hizo incómodo.
- Señor - dijo el policía que ya había hablado - Entiendo que es una situación difícil, pero necesitamos que venga con nosotros a reconocer el cuerpo.
Ismael se lo quedó mirando.
- ¿Ahora? - preguntó.
- Si - dijo sorprendido el uniformado - Si quiere lo esperamos, me imagino que primero desea avisar a sus familiares.
El gordo asintió, seguro que eso era lo correcto. Ismael paseó su mirada por ambos, luego observó la hora en su reloj. Entornó la puerta como para cerrarla y antes de hacerlo, confesó:
- No, en realidad ya que mi mujer no está, me gustaría ver la final de la Libertadores.

9 de julio de 2013

Caramelos para un antojo

Revolvió en el bolsillo trasero, con la esperanza de encontrar una moneda. Revisó otra vez en la billetera, pero no tenía ni un solo billete. ¿Cómo podía ser eso? La cajera, un minuto antes muy simpática, lo observaba ahora con ojos impacientes sosteniendo el ticket en la mano.
- Lo siento - dijo finalmente, rindiéndose en la búsqueda - No he traído dinero, dejaré las cosas y volveré en otro momento.
Si al menos hubiese encontrado una moneda, podría haberse llevado los caramelos. Estaba ahora en la vereda, pensativo. ¿En qué momento había sacado el dinero de la billetera? Se tanteó los bolsillos internos de la campera. Nada. Volvió a meter las manos en los del pantalón. Lo mismo que antes.
La imagen de su mujer pidiéndole desde la cama que no olvidara traerle los caramelos le remordió la conciencia. Era un antojo propio de embarazo. Pero no iba a poder cumplir con el pedido. Miró nuevamente la billetera. Ni siquiera estaba la tarjeta de débito. ¿Cómo podía ser posible?
Caminó hacia su casa, con una vaga sensación de malestar en la cabeza. Se detuvo unos segundos delante de una local de electrodomésticos. En el amplio ventanal vio su reflejo. Pero no podía ser él. Andrajoso, con ropa hecha jirones y el cabello revuelto. ¿Cómo podía haber salido a la calle así?
Llegó a su casa. Un enorme cartel informaba la venta. ¿En venta? No podía salir del asombro. Quiso empujar la reja de la entrada, pero estaba cerrada. Buscó las llaves entre sus pertenencias, pero no las encontró.
- ¡Anabel! - llamó - ¡Anabel, abrime! ¡Qué me olvidé las llaves! ¡Anabel!
Insistió largos minutos, hasta que alguien apoyó una mano sobre su hombro. Era Nicanor, el vecino de enfrente. Se sintió aliviado.
- Nicanor, que alegría verlo. ¿Ha visto salir a Anabel? Fui por unos caramelos y debo haber perdido las llaves.
- Marcelo, vení a casa, que llamoal refugio para que te vengan a buscar. ¿Ni siquiera te acordás que estuviste esta mañana? No, qué te vas a acordar. Dale, seguime. Pobrecito. Vení querido.
- No, Nicanor. Tengo que explicarle a Anabel que no pude traerle los caramelos. Pero primero tengo que cambiarme, si me llega ver vestido así, me mata. Además...
- Marcelo, tranquilizate. Dejá de culparte. Todos lo hicimos.
- ¿Culparme de qué? ¿Lo dice por los caramelos? Es que perdí el dinero, no recuerdo dónde...
Nicanor le pasó un brazo por detrás de la espalda y lo invitó a sentarse.
- Voy a hablar por teléfono, quedate acá.
Marcelo asintió y aguardó en silencio, mirando por la ventana hacia el otro lado de la calle, donde estaba su casa. Veía los árboles más frondosos, el césped crecido y las paredes faltas de pintura. Más detenidamente reparó en los vidrios de las ventanas rotos y las tejas sueltas. Al mirarse las manos, vio las arrugas, el paso del tiempo, las manchas en la piel. También Nicanor, hablando en la salita contigua por teléfono parecía más canoso. ¿Qué había pasado?
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Vio los cristales en el suelo, el reguero de sangre en el interior de la casa, el cuerpo de Anabel tendido sobre la cama, los cajones revueltos, la ventana que daba al patio abierta de par en par. No podía ser cierto. ¡No podía!
Nicanor regresó a su lado, pero ya era tarde. Se puso de pie y corrió hacia la puerta. Cruzó la calle gritando el nombre del amor de su vida, poseído por la locura. Gritó hasta quedarse afónico. Luego, cegado por el dolor, caminó calle arriba. Nicanor lo perdió de vista. Tarde o temprano volvería.
Siempre lo hacía.
Siempre el dolor vuelve.

6 de julio de 2013

Pantalla encendida

Con mucho cuidado, Juan instaló la cámara justo frente a la cuna. El vendedor le había dicho "esto es lo último que viene" y para él fue suficiente. No le importó el precio. Su mujer insistía en conseguir un sistema de monitoreo para llevar al bebé a la habitación que le tenían preparada desde hacía meses. Mientras tanto, seguiría en el cuarto con ellos.
Si la idea era que el pequeño se habituara a dormir en su propia cuna, debía afrontar ese gasto. De lo contrario su esposa no accedería a dejarlo solo. Con la cámara instalada, volvió a su habitación.
Un monitor de escasas dimensiones reposaba sobre una mesa de madera, que durante años no tuvo otro uso que el de sostener una maceta en la que crecían malvones. Juan conectó los cables que veían en la caja y luego de leer el manual por undécima vez, encendió el equipo.
La imagen tardó en aparecer, pero cuando lo hizo, mostró la cuna tal como la había dejado, a cinco metros de distancia, pared de por medio. Otra ventaja del sistema de monitoreo era que podía usar su teléfono celular para observar la cámara.
Para eso había configurado el software en su smartphone tal como indicaban las instrucciones. El equipo brindaba conexión a internet y de esa manera, él podía acceder desde donde estuviera. Aquello le parecía novedoso. Lo probó con resultado satisfactorio.
- ¿Tiene que estar siempre encendida? - preguntó su mujer acostada en la cama, con el bebé en brazos.
- ¿La cámara? Y claro, de lo contrario no veríamos nada.
Juan quedó conforme con la instalación. Era la primera vez que algo que armaba, funcionaba a la perfección.
- Y eso que era chino - dijo.
- ¿Qué cosa? - preguntó su mujer.
- El aparato, que otra cosa va a ser - respondió mientras guardaba las herramientas en la caja de metal - Ahora lo apago, después lo volvemos a encender.
La mujer ahogó un grito y asustada gritó:
- ¡Juan! ¡Qué fue eso!
Su marido pegó un salto y miró alrededor. Pensó que el monitor había hecho algún cortocircuito o algo por el estilo cuando lo apagó.
- ¿Qué cosa? ¿Viste algún chispazo?
- No, en la pantalla, cuando lo apagaste. Alcancé a ver algo que enfocaba la cámara.
- ¿Qué viste? No vi nada.
- No se lo que era, una sombra, como una mano o algo así.
Estaba asustada, se había incorporado en la cama y apoyado la espalda en el respaldar. Sostenía con fuerza al bebé, como si temiera que alguien quisiera quitárselo de las manos. Juan observó la pantalla apagada.
- Querida, cuando estos monitores se apagan, el negro de los bordes se va hacia el centro. Eso seguramente es lo que viste.
- No, te digo que era como una mano.
Juan encendió la cámara. Se veía la cuna, tal como la había visto por última vez.
- ¿Dónde la viste?
- Ahí mismo, justo antes que lo apagaras.
- Vamos a apagarlo de nuevo entonces.
Accionó el botón de apagado y la pantalla quedó negra. Se volvió hacia su mujer.
- ¿Ahora te pareció ver lo mismo?
- No Juan, ahora se apagó y punto. Te digo que vi algo. Encendelo de nuevo.
Su marido así lo hizo.
- Ana, no veo nada raro. Tiene que haber sido lo que te dije. Ahora voy a la pieza y me asomo por la cámara. Pegame el grito si notás algo raro. Puede ser que haya dejado algo suelto cuando la instalé o que tenga alguna mancha el lente.
- Se notaría si hubiese una mancha.
- Ya lo sé, pero por las dudas me fijo. Avisame si la imagen se distorsiona. Quizá sea eso, que esté suelto un cable.
- Tené cuidado, Juan.
- ¿Cuidado? Amor, voy a la habitación de al lado.
Ana volvió a gritar. Juan la estaba mirando en el preciso momento que ocurrió. Pudo ver la transformación en el rostro, los ojos agigantados por el miedo, la tensión en sus músculos y las facciones del rostro contraerse ante el miedo. Y el grito, por supuesto, que surcó el aire de la habitación.
- ¡Ana, que te pasa!
- ¡La pantalla! ¡Hay alguien en ese cuarto! ¡Vi la sombra de alguien moverse!
Juan estaba observando la pantalla, con cierto rechazo a la idea de su mujer. La imagen seguía mostrando la cuna vacía. La cuna donde dormiría su hijo.
- Voy a ver - anunció.
Ana estiró el brazo, para detenerlo, pero estaba muy lejos. Arrimó contra su cuerpo aún más al pequeño, que había despertado con el último grito y puesto a llorar. También en ella, brotaron lágrimas de sus ojos.
Escuchó los pasos de su marido en el cuarto vecino y de inmediato vio parte de su cuerpo, al lado de la cuna. Se movía lentamente, con sigilo. De repente vio una sombra y el cuerpo de su esposo tambaleó. Pudo escuchar un sonido seco proveniente del otro lado de la pared y ver, a través de la pantalla, caer a Juan contra la cuna. La baranda se quebró en mil partes y la manta se tinó de un color espeso. Algunas salpicaduras alcanzaron al lente de la cámara.
La sombra se tendió sobre el cuerpo de Juan, que había quedado fuera de cuadro.
Ana quedó petrificada en la cama. El bebé había dejado de llorar. Apenas si podía respirar e incluso, temía hacerlo, para evitar ser escuchada por quién estuviese en el cuarto de al lado.
- Te dije, no era nada.
La voz de Juan la sorprendió. Como si nada, entró por la puerta y caminó hasta el monitor.
- Ahora si, lo voy a apagar.
Ana aún seguía viendo en la pantalla las manchas de sangre. Pero aún más la aterrorizaba la imagen de su esposo, allí de pie, delante de ella, cuando segundos antes lo había visto caer a través del sistema de monitoreo. No le salía palabra alguna, estaba muda a causa del pánico.
El monitor se fundió a negro.
- Querida, te vendría bien dormir, dame al bebé que lo llevo a otra parte, así descansás tranquila.
Juan estiró los brazos hacia su hijo. Ana interpuso su cuerpo, alejándose hacia el otro lado de la cama.
- ¿Qué te pasa?
- Vos no sos Juan, alejate.
- Ana... ¿te volviste loca?
- Mirate la ropa, está llena de sangre. ¿Acaso no sentís el cuchillo que tenés clavado en la cabeza?
Juan se observó. Llevó una mano a la sangre, la palpó con sus dedos y luego los miró un buen rato, como si le costara comprender lo que significaba. Finalmente tanteó el cuchillo. Lo arrancó de un tirón.
Ana salió de la cama.
- ¿Dónde vas? - le preguntó Juan.
- Alejate, dejame en paz.
Buscó la puerta, de espaldas contra la pared, siempre sujetando al bebé.
- Ana... ¿qué pensás hacer?
- ¡Salir de acá! ¡Poner a salvo al bebé! - dijo llorando.
- ¿Qué bebé, Ana?
Al mirar entonces el manto que llevaba en brazos, se encontró allí con la sombra.
Bebé y cordura desaparecieron al mismo tiempo y el mundo que conocía se fundió a negro, como una pantalla.


3 de julio de 2013

Calles frías

El viaje en colectivo llevaba ya una hora. Por la ventanilla podía divisar las casas bajas, sucediéndose una tras otra. Las calles casi desiertas, el tráfico aún escaso y el cielo ganando color a medida que el sol se elevaba sobre el horizonte.
Los demás pasajeros dormitaban. Pero él no podía. Se obligaba a cerrar los ojos, pero los párpados no resistían ser guardianes de la oscuridad. Se abrían al día que nacía, detrás de las construcciones.
Cada tanto el camino le mostraba algún signo esperanzador: Un vagabundo revisando la basura, un grupo de perros peleando entre sí, una bicicleta abandonada a la espera de su dueño...
Los vehículos que veía en las calles disminuían su velocidad al cruzarse con el omníbus, midiendo las distancias, poniendo un buen trecho entre uno y otro.
Llevó su mano a la cadera y palpó el arma. Fría, como la noche invernal. Apoyó la cabeza contra el vidrio. En algunas casas, en algunas ventanas, se podía notar el movimiento de las cortinas al ser desplazadas fugazmente para ver el paso del convoy.
Eran indicios, pequeñas muestras de que el mundo aún seguía vivo a pesar que ya no lo parecía. Sintió lástima por otros vagabundos que compartían sus penas bajo los primeros rayos del sol. Dudaba que llegaran a sobrevivir más de un mes. Al menos así, en contacto con el aire.
Aún faltaba para el puesto de vigilancia de su unidad. Al menos cuatro kilómetros más. La estética urbana seguía su ritmo inequívoco, repitiéndose cuadra a cuadra, como si fuese un mal sueño. Quizá era esa imagen nefasta la que lo mantenía despierto, temeroso de caer en las fauces del sueño.
Solo cuando el vehículo se detuvo, veinte minutos más tarde, buscó en su bolso la máscara y el traje para evitar la contaminación. El resto de sus compañeros había despertado y preparaban el descenso. Las calles seguían desiertas. Los pocos que se atrevían a salir, terminaban a la larga decorando apestosamente la ciudad.
Bajó y fue hasta el camión que había estacionado unos metros más atrás. Buscó su carretilla y emprendió hacia el norte, por la calle transversal. El área consignada era de un kilómetro a la redonda. Sabía que en ese espacio podía al menos cargar cien veces esa carretilla. Sería un día largo. Y espantoso. Como todos desde hacía un año. Desde aquello que no quería recordar.
Recogió cuatro cuerpos y aunque había lugar como para uno más, volvió hasta la base, para arrojarlos al incinerador móvil. Uno de los rostros abrió los ojos e intentó balbucear una frase errante. Odiaba que eso sucediese. Pero era inevitable. El sufrimiento no era la muerte, sino la lentitud con la que llegaba. Le hizo un favor. Sacó su arma y le disparó al corazón.
Luego siguió empujando la carretilla. El destino estaba dos calles por delante.

30 de junio de 2013

Las apariencias engañan

Vestía ropas desgastadas y un par de ojotas. Sus movimientos eran lentos, como si temiera estropear el suelo que pisaba. Parecía no haber comido por semanas. Pero no mendigaba ni tampoco aceptaba limosnas.
Solía pararse en la esquina de la plaza y mirar a la gente. Al principio los policías que recorrían la zona le pedían que se moviera, pero luego, se hizo tan habitual, que dejaron de ver en su persona una amenaza para los demás.
De vez en cuando, algún desprovisto de prejuicios se detenía a conversar con él. Aunque no eran demasiados. Era un hombre instruído, que estaba muy informado de lo que sucedía en todo el mundo.
La única vez que me detuve a hablar, tuve que reconocer que la impresión que tenía de esa persona, era totalmente errónea. No soy de hacer preconceptos, pero con ese hombre los había hecho.
Recuerdo que la charla se dio por casualidad. Al pasar por esa esquina, se me cayó el diario que llevaba bajo el brazo. Creo que fue por querer mirar la hora en el reloj. No me había percatado, pero escuché su voz.
- Señor, se le ha caído el periódico.
Al levantar la mirada, me topé con su fisonomía tantas veces vista. Luego observé hacia atrás y vi el diario desparramado en el piso.
Le agradecí y al cabo de unos minutos estábamos comentando los titulares del periódico. Me sorprendí sobremanera al notar los conocimientos de esta persona, la percepción de la realidad y principalmente, sus posturas sobre la política, la sociedad y las relaciones internacionales.
Le pregunté por qué la vida lo había llevado a esa situación de calle. Fue la única sonrisa que le vi.
- La vida no lleva a nadie a ninguna parte. Es uno el que para bien o mal tomas las decisiones. Quédese tranquilo con mi realidad. ¿Acaso me ve mal?
Y sinceramente, con esas vestimentas, esa forma de moverse, el hecho de estar allí parado como un mendigo, me daba toda la sensación de que era una persona que pasaba por una mala realidad. Se lo dije. Me palmeó el hombro y luego nos despedimos. Ni siquiera aceptó que lo invitara con un café.
Pasé muchas veces por esa esquina y en más de alguna ocasión cruzamos un saludo, pero nunca repetimos la charla. Luego, dejó de aparecer. Me imagino que todos sospechamos lo mismo: había pasado a mejor vida. O bien, quizá alguno con mayor esperanza o menos negativismo, que se había ido a otra ciudad.
Pero anoche, al sintonizar las noticias no debo haber sido el único que recibió lo que mostraban las imágenes con sorpresa. Es decir, con más de la normal.
El informe en vivo mostraba una majestuosa nave espacial descendiendo sobre el centro de Madrid, con miles de personas que se acercaban para apreciar el extraño acontecimiento. En los rostros se podía palpar la incertidumbre, el miedo y hasta la incredulidad. Los noticieros anunciaban que el descenso había sucedido sin previo aviso y que hasta el momento, no había existido contacto alguno con el interior de aquel gigantesco OVNI.
Minutos después se abrió una compuerta enorme y por allí salieron cuatro seres extraterrestres. Los reporteros y la gente hicieron un silencio. Aquellos seres eran como nosotros. Y el que tomó la palabra, para hablar en un claro español, ya no vestía ropas desgastadas y un par de ojotas, ni se movía lento y temeroso, pero era el mismo individuo que durante tanto tiempo había estado parado en la esquina de nuestra plaza.
Me quedé en silencio. Él no. Fue tan claro que me estremecí. En pocas palabras anunció que tras años de estudiarnos, habían decidido que era hora de marcharse, dejarnos solos.
- Ciertas cosas, no tienen remedio - concluyó.
La compuerta se cerró y la nave desapareció.
Con estremecimiento comprendí que ahora si, estábamos solos en el universo.

27 de junio de 2013

Las cañas

Siempre que íbamos al río, llevábamos nuestras cañas. No importaba si luego no las usábamos. Estaban allí, en el techo del auto, recordándonos el sentido de la vida.
Aquel domingo en particular, mami no quiso salir de casa. Mi mujer tampoco. Con Enrique no insistimos. No era un domingo común. Era el aniversario.
Enrique me recordó al pararnos sobre la orilla, de cara a las islas, que antes allí sabía haber un camalotal bastante grande. Asentí, también lo tenía fresco entre los recuerdos.
Miramos hacia el auto, contemplando las cañas. La tarde estaba fresca, ambos vestíamos camperas gruesas y bufandas. No había gente pescando, porque el sol ya casi estaba cayendo. Enrique sonrió.
- ¿Hace cuánto tiempo que no las usamos? - preguntó, aunque sabía la respuesta de antemano.
Me encogí de hombros y me agaché. Allí había una piedra ovalada. La lancé al agua y logré que rebotara tres veces antes de hundirse hasta el fondo. Enrique ya no me miraba.
- Creo que desde el accidente de papá - respondí a los minutos.
Mi hermano señaló el río, hacia el sur. Venía llegando un barco carguero. Se había dado cuenta por el movimiento de las aguas marrones, que habían ganando fuerza en su desplazamiento.
Entonces fue mi turno para sonreír. Cuando éramos niños nos quedábamos maravillados con los buques que entraban al puerto. Decíamos que seríamos marineros, que viajaríamos por el mundo recorriendo ríos y mares. Decíamos tantas cosas.
- Aún me gustaría navegar el Paraná en un barco así.
- A quién no - le dije.
- Hace frío Diego. Volvamos.
No era una propuesta ni una orden. Era un hecho. Subimos al coche y antes de ponerlo en marcha, miramos el paisaje inmaculado de nuestras vidas. Creo que suspiramos al unísono.
- ¿Qué grande el viejo, no? Hacer que amemos tanto esto.
- Si - reflexioné - El viejo siempre va a estar acá para nosotros.
El motor se puso en marcha. Dejamos atrás las islas, el verde, el río, su olor, su sonido. Sobre el auto, eternas, descansaban las cañas de la memoria.

24 de junio de 2013

En tu propio patio

La primera vez que lo vi fue suficiente. Y eso lo transformó en la última. Recuerdo bien el momento. Eran horas de la madrugada. No podía dormir y encendí la computadora. En realidad solo la pantalla, porque el equipo estaba descargando un par de películas. Leí algunos diarios en línea y finalmente caí donde caen todos: Facebook.
Miré actualizaciones durante diez minutos, riéndome con algunas ocurrencias y enojándome con ciertos comentarios intolerantes. Pero no fue nada de aquello lo que me impactó. De un momento a otro, en el muro de un joven que no conocía personalmente, pero que solía leer lo que colocaba en su perfil, comenzaron a aparecer sentidas frases repletas de angustia, dolor, pesar.
Leí una por una, completando el rompecabezas en mi mente. Algo le había ocurrido a cientos de kilómetros, en el lugar donde vivía. Y esa gente cercana, conocedora de los acontecimientos, iba agregando de a poco su despedida en el muro.
Si, porque todos los comentarios y publicaciones apuntaban a lo mismo: el joven había fallecido. Me quedé tenso frente a la computadora y con morbosa paciencia, dejé transcurrir los minutos mientras iba desglosando mensajes de dolor, algunos de los cuales arrojaban más luz a los hechos.
Para las cinco de la mañana, mi conocimiento estaba a la par de los que comentaban acongojados. De todos modos, me faltaba el contacto, la certeza de que esa persona era real. O que había sido real. Estaba asistiendo a un velorio virtual, de una persona de la que solo conocía su nombre y apellido y una foto de perfil. Pero era mucho más que un velatorio, era el repaso acelerado de su vida, viendo sus fotos, sus amistades, estableciendo lazos entre los firmantes y el infortunado. Aquello era una necrológica en tiempo real, pero al mismo tiempo, me parecía lejano, un hecho distante, que no podía afectarme.
Solo cuando el sol despuntaba por la ventana, indicando el inicio de un nuevo día, me aborrecí por la innecesaria curiosidad. Y lo peor de todo, es que comprendí que estaba asistiendo a un duelo verdadero, pero a puertas abiertas. Eso, no podía concebirlo. Era como asomarse a la ventana y encontrarse con que están enterrando a alguien, con cortejo incluído, en el patio de tu casa.
No estaba preparado para eso. La tecnología no solo me estaba acercando opiniones, comentarios, gente que publicaba cosas. Me estaba invitando a sus vidas, a sus miserias, a sus felicidades, a su muerte. Mi mundo virtual se había convertido en un gran conventillo, de pasillos amplios y departamentos de puertas y ventanas abiertas, donde todos y cada uno, podía observar al otro.
Me asusté. Aquello había dejado de gustarme. Odio que toquen timbre en mi casa para traerme malas noticias, odio el llamado del teléfono en horas de la madrugada que solo indica desgracia. No podía soportar ser espectador de aquello. Fue suficiente. Ni ahí, ni en ningún otro lugar. En ese preciso instante, borré mi cuenta.
Preferí el egoísmo de la soledad, al conventillero teatro del siglo XXI.

21 de junio de 2013

Tan solo una Y

Don Honorio encendió la tele y se acomodó en el sillón de siempre, donde su cuerpo se amoldaba a la perfección. La pantalla devolvía una molesta estática. Cambió de canal repetidamente, pero la situación persistió.
- ¡Vieja! - exlcamó al rato - ¿Hoy a la tarde pudiste ver a Rial? No se ve ningún canal.
Desde la cocina, entre sonidos de platos y el agua corriendo, llegó la voz de su mujer.
- Nos cortaron el cable, viejo. Hace dos meses que no pagamos.
El hombre apagó el aparato y resignado, buscó la radio portátil, que de vez en cuando usaba los domingos para escuchar algún partido de fútbol. Ninguno en especial, era hincha de Independiente, así que le daba lo mismo cualquier equipo en los últimos años.
Estaba el informativo:
"Estudios realizados en los últimos meses permiten vislumbrar con claridad que la brecha entre las clases altas y de poder, es ínfima. A tal punto, que los investigadores de la prestigiosa universidad han remarcado que esa diferencia equivale a tan solo una letra del abecedario. Aunque parezca mentira, se trataría de la vigésimosexta letra del alfabeto español, la i griega o como desde hace poco tiempo se recomienda decirle, la ye.
El ejemplo analizado con énfasis es claro y no escapa a segundas lecturas.
Por un lado, dice el informe, se puede establecer una certeza sobre las clases que prevalecen, con la cuál es fácil resolver el paradigma. En la misma, se afirma lo siguiente:
La clase gobernante "quiere tener poder y dinero"
La clase política "quiere tener poder y dinero"
La clase empresarial "quiere tener poder y dinero"
Siendo la premisa "tener poder y dinero", extrapolada a la clase media y clase baja, la misma, según los investigadores, quedaría reducida por la desaparición del conector Y. 
Ejemplo:
La clase trabajadora "quiere poder tener dinero", desprendiéndose como continuidad de la idea:
... para poder comer
... para acceder a servicios de salud
... para poder vestirse
... para llegar a fin de mes,
entre otras posibilidades existentes.
El estudio, ratificado por varias academias alrededor del mundo, es probable que se encamine sin lugar a dudas al premio Nobel, debido a...."
Don Honorio apagó la radio. Era demasiado.
- ¡Vieja! - volvió a llamar.
- ¡Qué querés ahora! - bramó Etelvina, que se había puesto a barrer el piso.
- Nada, que parece que los griegos hijos de mil puta nos cagaron la vida.

18 de junio de 2013

Nueve

Aquello le parecía muy extraño. Cada escalera de su edificio tenía nueve escalones. Jamás los había contado, pero esa mañana, con la energía eléctrica cortada, se le había hecho más ameno bajar los nueve pisos que lo separaban de la planta baja enumerando cada escalón.
Aunque todo intento de distracción quedó hecho a un lado al tomar nota mental de la coincidencia. Y si bien sabía que cualquiera le diría que era lógico que el número fuese el mismo en cada piso, había un detalle en el que esas otras personas no repararían: el edificio estaba situado en el número 9 de la calle 9 y tenía nueve pisos.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Miró su reloj. Faltaban segundos para la nueve de la mañana. Por suerte el número del día y del mes no coincidían. Ese conocimiento hubiese alcanzado para darle un síncope.
Llegó a la planta baja agitado, aunque no debido al descenso. Vio a uno de los conserjes del edificio y se acercó hasta donde estaba.
- Lupino - acertó el nombre, al menos se había dado vuelta al escuchar el nombre, simpre confundía a los dos empleados - Dígame una cosa. ¿Notó que cada escalera, en cada piso, tiene nueve escalones?
El hombre lo miró, dejando el escobillón contra la pared.
- La verdad que no, González.
- Si puede, cuéntelos. Más tarde, no ahora. Y me dice.
- ¿Le digo qué?
- Eso, que hay nueve escalones por escalera.
- No lo entiendo González. ¿Eso está mal? ¿Usted es arquitecto?
- ¿Arquitecto? No, lo que le digo, es que hay una enorme coincidencia.
- Eso espero, sino algunos pisos serían más altos o más bajos que otros.
- No, escúcheme Lupino. Mírelo con amplitud.
Lupino se quedó mirando a su interlocutor, achinando los ojos, haciendo un esfuerzo por seguir la idea.
- ¡Lupino, la dirección del edificio!
- Usted la sabe, número 9 de la calle 9.
- Claro que la sé, por eso mismo. ¿Se da cuenta? Nueve, nueve y más nueves. ¿Qué me dice?
- Que el culo le llueve.
González se quedó perplejo. Lupino, en tanto, lanzaba una estruendosa carcajada, para luego retomar la limpieza del piso con el escobillón. Silbando, se alejó por el pasillo, hasta la puerta de la conserjería.
No podía creer que tomara para la burla su descubrimiento. ¡Reírse de aquello! ¿Qué consecuencias tendría esa fatal cadena de nueves para su vida? ¿Para el destino mismo de la humanidad? Lupino podía tomarle el pelo, pero él sabía bien que había un significado oculto detrás de todo. Cómo estaba seguro también que había algo escondido en el contenido de los paquetes de garrapiñadas de almendra, luego de haber contado la misma cantidad de almendra en tres ocasiones diferentes, de vendedores de distintas plazas. O cómo también tenía la plena certeza que los taxistas cuyas patentes terminadas en 5 eran solteros. O la certidumbre que en los sonidos de estática de Radio El Mundo se disfrazaba un código secreto que solo podía ser captado por fuerzas alienígenas instaladas en el planeta.
- El culo te llueve... ¡que maleducado! Así está la humanidad. No vemos lo que tenemos en la punta de nuestras narices. ¡No nos quejemos cuando estemos al borde de la extinción! ¡Ni un quejido quiero escuchar, ni uno! - y tras dar un portazo, González salió a la calle, dejando atrás su último descubrimiento.



Este relato entre cómico, obsesivo y demencial, es una breve excusa para anunciar que hoy el blog cumple ¡9 años de vida! Les agradezco que estén del otro lado, leyendo los relatos que publico y muchos de ustedes, también comentando. Han pasado muchos lectores por este blog desde sus inicios, en el año 2004, y es mi deseo dar las gracias a todos, los de ahora, los de siempre y aquellos que se han perdido en el camino.
¡Y viva la literatura!

15 de junio de 2013

Tres actos

Primer acto
Un escenario repleto de personas que charlan entre si. En las sillas del teatro, solo una mujer.

Segundo acto
La mujer que está sola en las sillas, carraspea. Las personas sobre el escenario guardan silencio. La mujer saca una bolsa de pochoclos y comienza a comer.

Tercer acto
La mujer hace que se duerme, deja caer la bolsa de pochoclo y al caer la misma al suelo, se incorpora, como despertándose. Luego se pone de pie, abuchea hacia el escenario y se retira del teatro.
Cae el telón.

El público sobre el escenario aplaudió a rabiar. La mujer regresó para agradecer. La obra "La espectadora" fue un éxito, según sentenciaría luego la crítica especializada.

12 de junio de 2013

Resignación del fútbol

A Lucho no le gusta el fútbol, jamás le gustó el fútbol. A pesar de su padre, entrenador de las categorías juveniles del equipo del pueblo; a pesar  de sus dos hermanos, ambos futbolistas; Lucho siempre odió el fútbol.
Lo consideró banal, facilista, sin riesgos ni complicaciones, sin el intrincado laberinto que le ofrecía la literatura, su verdadera pasión desde que tenía memoria. El amor por los libros era su interés. La culpable era su madre, encantada de acercarle autores y aventuras.
Lucho siempre renegó del fútbol.
Desde que era un gurrumín, época en la que lo querían llevar a patear a la plaza. Resultaban tardes eternas, que terminaban en berrinches queriendo volver a su hogar. El lamento de su padre, al ver ese desprecio por la pelota, era enorme, casi trágico.
Aquella plaza se convirtió poco a poco en su temor máximo. Ni siquiera al crecer la contempló para arrimarse con un libro en las tardes cálidas y aprovechar sus bancos de madera, su escenario de hamacas y toboganes. Porque allí también habitaban dos arcos y casi siempre había una pelota rodando, pateada por otros. Se recordaba junto a sus hermanos,mientras esperaban el momento para saltar al césped, ellos felices y él, en tanto, con la bronca al hombro, odiando al fútbol.
Lo quisieron mandar al club a practicar, pero fue solo un par de veces. Ni siquiera quería ir con la familia a alentar al equipo del pueblo. Y mucho menos, viajar hasta Rosario para ver a los colores de su padre.
¡Cómo le dolió a don Pedro ver que su hijo renegaba del fútbol! Pero Lucho se plantó en la suya y siempre dijo, desde muy temprano en su vida: “Odio al fútbol”.
Ni aún cuando creció y pasó a ser Luis y en el laburo, en el estudio, el fútbol era la conversación que rompía el hielo, la excusa para conocer al otro, que igualaba o distanciaba, que creaba puntos en común o diferencias. El prefería utilizar esas horas - que de otra forma malgastaría inútilmente detrás de una pelota o hablando de ello - para sentarse a leer y a escuchar el sonido de las páginas, el áspero contacto de las yemas de sus dedos en la sustancia hermosa que era un libro.
Páginas e historias que lo trasladaban a mundos fantásticos, lugares increíbles; conocía a los personajes, los veía, los imaginaba, se hacía amigo de ellos, disfrutaba como si ese simple acto de leer, fuese vivir la aventura que tenía en sus manos. Incluso en la lectura sentía más pasión que en una cancha de fútbol.
Hasta se daba el gusto de leer sobre fútbol, porque ahí si veía, en esas líneas, en las palabras detrás de otras, en las ideas plasmadas por un autor en algún cuarto a media luz, que el fútbol tenía razón de ser.
Pero había un secreto, algo que no confesó jamás. Algo muy oculto en su interior. Lucho sabía que había nacido, en realidad, para el fútbol. Lo sabía desde la primera vez que tuvo contacto con la pelota. Lo sabía porque cuando la vio venir, supo de inmediato como patearla. Era, quizá, lo que también había visto su padre, y por eso, era probable, sufrió tanto. Lucho durante muchos años, cuando nadie lo veía, pisaba un balón y hacía malabares y sabía que esa pelota calzaba justo en su pie, y que su pie y su cuerpo estaban hechos para el fútbol.
Y comprendió entonces - quizá muy pronto - que si le daba tiempo al fútbol, no tendría lugar en su vida para el amor que lo había conquistado. Entonces, caprichoso, voluntario, se obligó a odiar al fútbol. Se alejó de aquello para lo que había nacido y ya grande, se impuso no tocar una pelota, no mirar un partido, alejarse todo lo posible, por miedo a que el destino interpusiera sus garras entre él y sus libros.
Lo odió para no amarlo. Lo alejó, para no acunarlo.
Incluso a sus propios hijos les prohibió el fútbol y les inculcó el amor por los libros. Desde la cuna misma, les impidió la pelota, la cancha, el estadio, la mística del juego de las multitudes.
Ni siquiera permitió que se acercaran a ese deporte. Les completó el tiempo que les quedaba libre del colegio y la lectura. Los envió a estudiar música, dibujo e incluso, otros deportes, pero nunca fútbol.
Y Luis, que antes había sido Lucho, pasó a ser Don Luis. Porque el tiempo avanza y se empecina, y uno, frágil, poco puede hacer ante la vida. Pero el fútbol, que antes había sido fútbol, seguía siendo fútbol. Eso si, siempre al margen de él, que lo ignoraba, le daba la espalda, haciendo que uno y otro fuera siempre por caminos separados.
Hasta que llegó Enzo.
A los nueve meses daba sus primeros pasos. Sus ojos, dos gemas verdes, que veían todo  por primera vez, con la alegría de quien descubre la luz, los colores, la alegría.
Su primer nieto. El hijo de su hijo. La debilidad de su corazón. La prolongación de su vida, de sus sueños. El culpable de esa sonrisa que lo acompañaba desde que se despertaba hasta que se acostaba.
Y esa tarde, con esa pelota de goma que algún tío le había regalado, fue que sucedió. La traía en sus manitos y la arrojó hacia él. Fue despacito, rodando, hasta llegar a sus pies. Quedó en su empeine, tentadora. Lucho la miró, la miró largamente y ya no tuvo más ganas, más ganas de odiarla. La devolvió con suavidad, mansamente para que Enzo la tomara otra vez entre sus manos  regresándole la sonrisa entre balbuceos de alegría, empezando junto a él, su abuelo, a compartir esa pasión que los dos sentían por ese acto tan sublime y sincero de jugar con una pelota.

9 de junio de 2013

El cumpleaños de mamá

Se le había pasado por alto y culpaba de ello al día ajetreado que había tenido. Papeles que llegaron sobre la hora, un par de empleados que no entregaron sus reportes a tiempo, un imprevisto en la bolsa de valores... una suma de situaciones que lo desbordaron.
Juan atendió del otro lado de la línea, con bastante mal humor.
- ¿Quién habla? ¿Quién llama a estas horas de la noche?
- Soy yo Juancito, tu hermano. Perdoná la hora...
- Esteban, la puta que te parió. Me tengo que levantar temprano, boludo.
- Justamente, por eso te hablaba.
- ¿Porque me tengo que levantar temprano?
- No, por mamá. Es el cumpleaños. Mañana. Y a mi se me pasó.
- ¿Mañana? La gran puta, ni me acordé.
- ¿Hiciste planes?
- Tengo que laburar, pero salgo a las dos de la tarde. Después estoy libre.
- Bien, pero en realidad te llamaba para que veamos el regalo.
- Esteban, es tarde. Buscale algo que te guste y lo pagamos a medias, como siempre.
- Juan, Juan... escuchame. Este año es distinto. Es el primero sin papá. ¿Te diste cuenta de eso, verdad?
Esteban escuchó el suspiro de su hermano a través del teléfono. Era increíble como podía ver, sin necesidad de hacerlo con los ojos, a Juan sentándose en la cama, sabiendo que no le quedaba otra que ponerse de pie, poner el fuego y prepararse una taza de café.
- Si, ya se - dijo al cabo de unos segundos, mientras dejaba atrás la habitación.
- Estaba pensando en un viaje.
- ¿Dónde te querés ir?
- Para mi no, boludo. Para mamá.
- ¿Un viaje? Y... que se yo, la verdad que no me atrae para regalo. ¿Por qué un viaje?
- Los últimos años se los pasó encerrada, cuidando al viejo. Imaginate, pobre. Creo que un viaje le vendría bien.
- ¿Pero... sola, Esteban? Se va a negar.
- No, escuchame bien. Ahí está la cosa. Un viaje los tres, juntos.
- Pará, pará, pará. Vos sos dueños de una empresa, negro. Yo soy un pirincho rasca en una fábrica. Vos podés tomarte los días que quieras, yo no. Si vas a organizar algo, incluite vos, pero no contés conmigo
- Juan, en primer lugar, no querés venir a laburar conmigo. Así que no te pongás en víctima. Y en segundo, la idea es esa. De lo contrario, mamá no viaja, ponele la firma.
- Viejo, a mi se me complica.
- Mentira, no te gusta la idea de viajar con mamá.
- Nada que ver. Pero si así fuera, ya somos grandes. Cada uno tiene su vida.
- Ves, ese es el tema. Te da vergüenza salir con tu vieja de paseo.
- Estás diciendo una pelotudez. No me da vergüenza, lo que digo es que no tengo ganas de salir de viaje con ella. Yo tengo mis gustos. Si viajo, quiero ir donde yo quiera, hacer lo que yo quiera. No ir de niñera.
- Vos y tus negativa a las responsabilidades. Por eso seguís soltero. Piola, solo, sin que nadie te joda.
- Es mi vida. Y es más de medianoche, así que si podemos ir cortando...
- Juan, dejate de joder. Hablamos de mamá. ¿Hace cuánto que no la ves feliz? Decime.
- Nunca fue feliz, siempre quejándose por todo.
- Pero la puta madre, Juan. ¿No te importa que los años que le quedan por delante, los viva bien, contenta?
- ¿Y que querés que haga? ¿Que me ponga un disfraz de payaso y la vaya a divertir?
- No necesitás ponerte nada, tu forma de pensar hace reír por si sola. Decime una cosa... ¿en qué momento te convertiste en una persona tan egoísta?
- ¿Yo? Vos sos el que está todo el día en ese edificio, con apenas tiempo para ir a visitarla. Pero claro, se te ilumina la cabeza, a la medianoche, y ya te creés que sos el salvador de mamá, que con ese viaje le arreglás la vida.
- Juan, podés parar. ¿Te das cuenta lo que decís? ¿Cuánto tiempo nos dedicó ella, criándonos?
- Era su obligación. Si no hubiese querido esa responsabilidad, que no nos hubiese parido.
- Me dejás sin palabras. ¿Tanto te cuesta asumir responsabilidades que querés desligarte hasta de tu condición de hijo?
- Yo no me desligo de nada.
- Una semana te pido. Un viaje de una semana. Y después, seguí con tu vida. Pero dame ese gusto, dáselo a ella. Los tres juntos, en alguna parte, lejos de todo esto.
- Mirá, estoy ahorrando para un negocio que tengo entre manos. Un viaje sale caro, pensemos en algo más práctico. Una plancha, un microondas, un televisor nuevo. Y de paso nos ahorramos esta charla.
- Lo pago yo. De eso no te preocupés.
Se hizo un silencio en la línea. Juan sorbió un sorbo del café que se había preparado.
- ¿Y para que fecha? - preguntó finalmente.
- No se, después lo vemos. También vemos el lugar. Una semana Juan, siete días.
- La silla la empujás vos.
- ¿La silla...? No te puedo creer, que estés pensando en eso...
- ¿Si o no?
- No lo puedo creer, sinceramente...
- ¿Si o no?
- ¡Si! ¡Si! Por favor, Juan. Debe ser que no te veía desde el velorio, pero que distinto te noto.
- Siempre fui el mismo. Quizá te estás poniendo viejo y más sensible.
- Quizá, puede ser. Te dejo dormir. Hasta mañana.
- Hasta mañana.
Esteban quedó con el teléfono en la mano, escuchando la línea muerta que provenía del otro lado. Se arrepentía de aquella llamada, de haber escuchado a su hermano. Pero al mismo tiempo se reprochaba su falta de tiempo. Porque sospechaba que se había perdido demasiado de lo que pasaba a su alrededor, en torno a su familia, mientras lidiaba con problemas ajenos.
De todos modos no podía culpar a nadie por la forma de ser. En algo tenía razón Juan. Cada uno hacía su vida.
Era tarde y tenía sueño. Con suerte vería a su madre unas horas por la tarde. Siempre y cuando sus negocios se lo permitieran.
Se acostó al lado de su mujer, que hacía rato dormía. Su último pensamiento antes de sumirse al sueño, fue que sería lindo poder enmendar las cosas, el tiempo perdido. Pero la vida va tan rápido, que era un imposible.
Soñó con un viaje, su hermano, él y una silla de ruedas.
En la silla de ruedas llevaban un esqueleto.

6 de junio de 2013

Pedazo de cielo

Alguien alzó su mano, apuntando con un dedo. Los demás siguieron con sus ojos la dirección señalada. El sol los enceguecía, pero insistieron aguzando las miradas. ¿Acaso aquello era posible?
Un pedazo de cielo caía agonizante, pesadamente. Se desprendía del firmamento como si hubiese estado dibujado. En todas partes se escucharon gritos. ¡Una pesadilla convertida en realidad! ¡El fin del mundo! Las voces angustiadas profetizaban el último día sobre la Tierra.
En tanto, por el hueco resultante de aquel trozo celeste que caía y caía, se asomó un rostro. Oscuro, de ojos desorbitados, extendió un brazo y con una mano terminada en garras, atrapó el cielo que caía.
Antes de colocarlo nuevamente en su lugar pidió disculpas en un idioma que entendieron todos.

3 de junio de 2013

De galera y bastón

Golpeó con el bastón repetidamente sobre el mostrador. Por una puerta que tenía colocada una cortina de plástico apareció una señora de avanzada edad, caminando muy despacio. La mujer, de aspecto oriental, sonrió, pero no pronunció palabra alguna.
- Estoy buscando a Yap Fu Yao - se anunció el hombre, quitándose la galera.
La anciana se retiró por donde había entrado, con la misma parsimonia con la que había llegado. Arrastraba los pies al caminar y sus pasos eran lo único que se escuchaba en aquel local comercial.
Por los ventanales que daban al exterior, apenas si entraba claridad. Estaba situado en una calle muy angosta, en los suburbios de la ciudad. La vereda del otro lado parecía estar a un paso y era improbable que pudieran pasar por el asfalto un coche y una moto al mismo tiempo.
La espera pareció una eternidad, pero al hombre apostado sobre el mostrador poco le importaba. No mostraba signos de impaciencia, tan solo aguardaba.
Cuando la mujer volvió a emerger entre los flecos de la cortina de plástico, el visitante parecía tener diez años más. Ella, en cambio, parecía más joven. A sus espaldas, venía una hombre de mediana edad, calvo en su totalidad, con aros en las orejas y un bigote largo y fino, cuyas puntas terminaban en un rulo gigante hacia arriba.
Al ver a la persona que lo había mandado a llamar, se detuvo en seco. Le pidió a la mujer que se fuera y con recelo, se acercó al mostrador.
- ¿Qué es lo que quiere, Collins?
Collins no respondió de inmediato. Puso la galera sobre la mesa y sacó de su bolsillo una pipa. La encendió con tranquilidad y tras la primera bocanada, dejó escapar el humo hacia el rostro de Yap Fu Yao.
- ¿Le han comido la lengua los ratones, Collins? Sabe muy bien que no quiero ver esa galera en mi tienda.
- Usted me engañó y lo sabe - retrucó el otro mientras le mostraba también el bastón.
Los ojos de Yap Fu Yao se agigantaron como dos monedas antiguas.
- ¿Cómo es posible? ¡Usted sabe el peligro de tener ambas cosas!
- No quiera engañarme otra vez. Ni el bastón ni la galera tienen poderes.
- ¡Qué está diciendo! ¿Acaso no se da cuenta que los está empleando en estos momentos? ¿O cómo me puede explicar que esté aquí, en esta tienda, luego de lo que le pasó?
Por primera vez, Collins perdió el semblante seguro que mostraba desde que había llegado al lugar.
- No entiendo ¿Qué me pasó?
- ¡Yo lo maté Collins!
- ¿Usted me mató...?
- Si y usted de alguna manera juntó los dos objetos en el más allá.
- No me engañe Collins, deje de hacerlo. La última vez que lo vi me vendió esta galera por cinco piezas de oro y me convenció que viajaría en el tiempo.
- Y le advertí que no intentara conseguir el bastón que hacía juego. ¿O no lo recuerda?
- Claro que me acuerdo. Lo he conseguido y ahora ya no puedo viajar en el tiempo, ni deshacerme de él. Lo olvido, lo pierdo, hago que me lo roben, pero siempre lo encuentro nuevamente. ¿Ese era el temible poder que podían tener juntos? Vengo a devolverle la galera y pedirle que me compre el bastón.
- No puede negarme que viaja en el tiempo. Lo hace a cada instante. Mire sus ropas, sin que usted se de cuenta están cambiando. Mire sus zapatos. Cambian cada cinco segundos. Usted está viajando en el tiempo continuamente.
Collins se asombró al notarlo.
- Espere... esto no sucedía antes. ¿Qué está haciendo Yap Fu Yao?
- ¡Hombre! Nada, usted lo está haciendo. El bastón lo ha resucitado y por eso no puede perderlo, por más que quiera. Si el bastón lo abandonara, usted moriría de inmediato. ¡Míreme bien! ¿Qué nota?
- Oh, es cierto. Por momentos tiene cabello, por momentos no. Su bigote crece, se achica, deja de tener rulo, luego lo vuelve a tener... y su piel, envejece y luego, es otra vez joven.
- El tema es que no recuerda Collins, ese es el problema.
- ¿Por qué hubiera usted de matarme? ¿Acaso ya le hice este reclamo antes?
- Usted vino a robarme el bastón Collins. Por eso lo maté.
- ¿Pero no me había dicho que el bastón lo encontré en el más allá?
- Es que allí lo llevé cuando morí. ¿No recuerda? Me ha matado muchas veces, y vuelto en el tiempo, hasta dar con el momento de mi vida en el que poseía el bastón. Una de esas veces, yo lo maté. Pero lo maté en un tiempo en el que yo también lo había matado. Supongo que allí me robó el bastón, en el más allá. Pero yo no soy como los demás, Collins. Ahora ha vuelto, porque las divinidades quieren que me cobre venganza y de paso ponga fin a su mísera vida.
- ¿Entonces, he de morir?
- Es lo que nos toca, tarde o temprano.
Collins tomó el bastón y la galera y trató de regresar en el tiempo, pero lo único que sucedió fue lo mismo que hasta entonces: solo cambiaba la fisonomía de Yap Fu Yao. Agotado, arrojó los elementos contra su interlocutor.
- Me rindo - anunció.
- Tome - le dijo Yap Fu Yao y le entregó diez piezas de oro.
- ¿Y esto por qué? - preguntó al tiempo que se guardaba ávidamente el oro en los bolsillos.
- Le compré el bastón, como usted quería. De otra manera, al matarlo, no ganaría nada. El bastón lo resucitaría. Ahora es mío.
- ¿Y usted por qué no resucitó la última vez que lo maté?
Yap Fu Yao sonrió.
- ¿Para qué? Vivimos varias vidas al mismo tiempo, solo que no lo sabemos. A diferencia de los demás, tengo conciencia de ello. Una, dos, cinco o siete muertes. Es lo mismo. El tema es estar vivo en la que nos importa. Hasta luego, Collins. No puedo decir que haberlo conocido, haya sido un placer.
El oriental sacó un revólver de su bolsillo y disparó sin titubear. Otra vez estaba calvo y sus bigotes con punta parecían bailotear burlonamente.

31 de mayo de 2013

Titiritero

Una sala repleta recibió con alegría y aplausos al titiritero. El calor de las palmas llegó hasta el escenario. El hombre agradeció inclinándose ante la platea. Luego, comenzó el espectáculo.
Uno a uno, fueron salieron a escena los títeres de un viejo maletín de cuero. Y como por arte de magia, cobraron vida, con movimientos y voces, haciendo reír e incluso llorar.
Las tablas de madera se transformaron en castillo, en selva, en espacio exterior. Luego en montañas, ciudad antigua y hasta catedral. El aire se vio envuelto en música, risas y un alboroto de felicidad, casi un murmullo de palabras aprobatorias, comentarios silenciosos y gestos cómplices.
A lo largo de una hora, la vida de cada espectador se alegró. Y cuando el telón rojo cayó, todos de pie aplaudieron a rabiar, esperando el momento cúlmine, en el que titiritero y títeres dieron un paso al frente, para agradecer el cumplido.
El teatro quedó vacío. La oscuridad se hizo eco en cada rincón. Los títeres guardaron entonces al titiritero en un gran cajón y a la luz de unas pocas velas, emprendieron la tarea ardua y cotidiana de remendarse para la próxima función.

28 de mayo de 2013

Pier, el derrotado

Su presencia podía causar asombro y hasta miedo. Había nacido en un parto complicado, aunque no fue el momento de su nacimiento el que lo moldó de esa forma. Dicen quiénes conocieron a su madre, que vivía intoxicada y que su aliento sabía a alcohol y otras sustancias. Además, se pasaba horas en la fábrica de papel de sus tíos, donde respiraba un aire contaminado.
Lo cierto es que jamás tuvo la oportunidad de culparla. Murió a los pocos días del parto. Jamás conoció a su padre. Fue críado por los abuelos, que lo mantenían la mayor parte del tiempo encerrado en un cuarto, que ni siquiera era la habitación donde dormía.
El lugar apestaba, dado que no tenía ventanas y la única bombilla de luz apenas si iluminaba el suelo. Creció en penumbras, porque sus abuelos pensaban que de esa manera, quizá pudiera aceptar más rápido lo que era.
Sus manos tenían seis dedos cada una. Había un tercer brazo, que llegaba solo hasta el codo, que crecía al lado del derecho. La nariz parecía partida al medio, como si en el momento de ver la luz algún médico piadoso hubiese querido ahorrarle sufrimientos, asestándole un hachazo sin piedad. Tenía cuatro orejas, si bien solo tenía desarrollado el oído en dos de ellas.
El cabello le crecía en mechones desperdigados y en la piel los lunares parecían multiplicarse como un salpullido. No obstante, Pier era muy inteligente. Demasiado, según pudo apreciar su tutora, luego de acostumbrarse a su presencia y perder los prejuicios.
Era capaz de resolver complejos problemas matemáticos a los ocho años de edad. Su memoria era increíble, no solo para los números. Podía recitar textos larguísimos e incluso, recordar la página exacta en la que estaba impreso cada párrafo.
El problema, el gran problema, era cuando salía a la calle. Muchos, espantados, huían despavoridos. Solo un par de veces la tutora trató de llevarlo al colegio. El temor que causaba fue excusa para que no lo dejaran entrar.
Se las arregló como pudo para educarlo por su cuenta. No contaba con la ayuda de los abuelos, que viendo que ella se ocupaba, se desentendieron del pequeño. Pero para Pier, la educación, era tan solo una parte de su vida. Había otras que le preocupaban y tenían que ver con el mundo que lo rodeaba. Había entendido desde siempre que sus malformaciones eran motivo suficiente para vivir apartado de la sociedad. Era un fenómeno, una rareza.
La imagen de su persona podía causar gritos, pánico, llanto descontrolado en los demás niños. Pero también los grandes lo repudiaban. En ocasiones deseaba estar enterrado, para que nadie lo viera. Sin embargo, estaba Ana. Su tutora, con la perseverancia, el deseo de ayudarlo.
A nadie sorprendió entonces, que el día que ella falleció, cuando él aún no había cumplido los quince años de edad, tomara la decisión que tomó. Pier, para entonces, era un conocido desconocido. Había escrito y publicado, alentado por Ana, decenas de tesis y tratados matemáticos, pero la comunidad científica solo sabía de su existencia a través de sus textos. No acudía a simposios, ni respondía invitaciones para disertaciones. Era un enigma, un ser misterioso.
La misma tarde de la muerte de Ana, sabiendo que la única persona que lo alentaba había desaparecido, se deshizo de sus miedos y salió a la calle. Enojado con la vida, con el destino, caminó por las veredas, disfrutando en secreto las reacciones ajenas, los alaridos sorprendidos de peatones asustados, incluso, el intento de agresión por parte de algunos.
Un patrullero de la policía se cruzó en su camino y dos uniformados, a punta de pistola, le pidieron que volviese de dónde había salido. Pier siguió adelante. Le gritaron la voz de alto una vez, dos veces, tres veces. Los niños gritaban, muchos se escondían, otros cruzaban al otro lado de la calle. Uno de los uniformados apretó el gatillo. La bala impactó en la espalda y Pier cayó. El monstruo sonreía, afirmarían testigos a los diarios de la ciudad.
Solo la comunidad científica lamentó su muerte, cuando meses después, supo que ya no habría nuevas tesis e hipótesis revolucionarias. Sus abuelos nunca reclamaron el cuerpo.

25 de mayo de 2013

Sin medias tintas

Siempre fueron amigos. Rolando y Marcelo compartieron desde la escuela primaria sus días. Compañeros de juego, de banco, de recreo. La adolescencia los sorprendió con nuevos gustos, pero mantuvo la complicidad entre ambos: A Rolando lo volvían locos las mujeres, mientras que Marcelo por más que se lo proponía, no lograba que le atrajeran.
- ¿No serás puto, vos? - le preguntó una tarde Rolando a su amigo, mientras pedaleaban por la avenida en dirección al puerto.
- Andá a cagar - contestó Marcelo, pero al cabo de unos segundos agregó - ¿Y eso cómo se sabe?
La pregunta los hizo estallar en risas y luego olvidaron el tema: el río había aparecido en escena, majestuoso y al mismo tiempo intimidante.
En la graduación Rolando logró llevar a un rincón a Carolina y allí además de tocarle las tetas, le dio un beso que no se podía sacar de la cabeza. Más tarde buscó a su amigo para contarle. Lo encontró en la mesa, solo, bajándose una botella de champagne.
- ¿Qué te pasa boludo? Mirá como se divierten todos, si supieras recién con la colorada Carolina...
- Rolando, creo que tenés razón.
- ¿En qué? ¿De qué me hablás?
- Que soy puto. Es decir, debo ser puto. Las minas no me calientan, pero me pasa algo con Adolfo.
Rolando lo miró frunciendo el ceño. Lo observó atentamente para saber si se trataba de una broma o iba en serio. Luego se sentó a su lado.
- ¿Qué es lo que te pasa con Adolfo?
Marcelo se mordió los labios. Ahora, esa confesión, a su mejor amigo, le resultaba embarazosa.
- No importa, dejá. Mirá, te anda buscando la colorada...
- Ni que colorada ni ocho cuartos, que se vaya a hacer toquetear por otro. Contame, para algo somos amigos.
- Es que... supongo que me atrae. No sé. Eso que vos sentís por las minas, parece que las siento por los hombres. Bah, por Adolfo.
- ¿Y él lo sabe?
- ¡Cómo lo va a saber, Rolando! Me imagino que a él le gustarán las mujeres. El torcido soy yo, no él. Por eso me siento mal, no sé que hacer.
Rolando abrió los ojos. Su mirada se topó con el mismo pasillo de las últimas horas. Silencioso, impregnado con olor a desinfectante, de cerámicos mortecinos combinando con las paredes blancas y tristes. El reloj marcaba las seis de la tarde. Ya iban más de siete horas de operación. Volvió a ese último recuerdo con el que jugaba su mente y sonrió. Suspiró profundamente, dolido en el alma por no haber sabido que responderle, pero emocionado por haberlo rescatado del olvido.Habían pasado tantos años, que quizá fuera el único de los dos que lo recordaba.
No tenía la certeza si volvería a ver con vida a su amigo. En el quirófano se jugaban las últimas cartas. La enfermedad lo había dejado entre la espada y la pared.
- Abrazame fuerte, que quizá sea la última vez - le había dicho Marcelo, esa misma mañana.
El silencio no siempre es buena compañía. Al menos, en esos instantes. Se le antojaba difícil pensar que sucedía puerta adentro. Deseaba poder irrumpir y averiguar si sobreviviría o no. Miró alrededor. ¿Dónde estaban los demás amigos de aquellos años? ¿Por qué había sido el único que jamás se distanció de Marcelo? ¿Acaso su amigo había hecho algo malo?
- Vos querés que te abrace porque sos puto - le había respondido.
Marcelo había reído, en medio de un acceso de tos. Luego lo abrazó.
- No te vas a ningún lado, me entendés, a ningún lado - le dijo en un susurro al oído.
Pero sabía que no tenía el poder, que sus palabras eran un anhelo. De la misma manera que en aquellos años no pudo convencerlo de mirarle el culo a una mina, ahora era una misión casi imposible que siguiera luchando. Porque la vida así lo había querido, sin vueltas, sin indirectas. Sos puto y sos puto. Te estás muriendo y te estás muriendo. Sin medias tintas, con el crudo sonido de la verdad, con el inquebrantable lazo de la amistad, con la inevitable lágrima del adiós.

22 de mayo de 2013

El Hediondo

Era sabido en el barrio que cinco golpes a la puerta significaban una sola cosa: el Hediondo venía a buscarte. No se trataba de una leyenda para niños, sino de grandes. Incluso se evitaba hablar delante de los pequeños del tema. El Hediondo era real, no un cuento de medianoche.
Cuando alguien faltaba en el barrio, no se hacían muchas preguntas. Si algún familiar lejano quería saber, se lo remitía a la policía. Pero las fuerzas de seguridad también ocultaban la verdad. Era mejor así. Dejar todo en la oscuridad, en la penumbra del desconocimiento.
Aquella noche, mi corazón se paralizó al escuchar los cinco golpes en mi puerta. Un frío recorrió todo el cuerpo. No sabía que seguiría a continuación. Nadie lo sabía. No escuché que la puerta se abriera ni que las ventanas hicieran sonar sus bisagras. Solo los cinco golpes, uno detrás de otro, con la claridad de los sonidos en verano.
Me aferré al sillón con fuerza. Si el Hediondo se aparecía, tendría que lidiar con mi esfuerzo para permanecer en la tierra de los vivos. Pero el Hediondo no apareció. Lo esperé por horas, sin moverme del lugar. Temía que al menor movimiento, el monstruo aparecería y me llevaría consigo. Solo cuando noté que afuera los primeros rayos de sol se arrojaban con mansa modestia sobre la faz de la humanidad, me levanté del sillón y corrí hacia la pieza.
Me desperté cerca del mediodía, en medio de un sueño atormentado por el miedo. Salí a la calle decidido a contar lo ocurrido, esperando que alguien me creyera, que no me tomara como un mentiroso: ¡el Hediondo había venido a buscarme pero no había podido llevarme!.
Caminé dos cuadras, en dirección al mercado. No me crucé con nadie en el trayecto. Me moría de ganas de contar mi historia. Aún podía escuchar el eco de aquellos cinco golpes. Abrí la puerta del mercado, pero me detuve allí mismo, bajo la entrada principal. Adentro no había nadie. Salí otra vez a la calle y fui notando, con cierto espanto, que no había alma alguna en las calles.
Comencé a golpear puerta por puerta, a gritar a viva voz los nombres conocidos, a espiar en vano por las ventanas. Nadie. Todos habían desaparecido en el barrio. Todos.
Esa misma tarde me mudé y ya nunca volví. Duermo sentado en el sillón, el mismo de aquella noche. Y lo aferro con fuerza, con mucha fuerza. Tarde o temprano, escucharé los golpes por última vez.

19 de mayo de 2013

Varada como una ballena

Quedó varada en la terminal de ómnibus. Se imaginó como una ballena, encallada sobre la arena de una playa inmensa, sin que nadie la pudiera socorrer. Luego se imaginó a los rescatistas, arribando presurosos, pero sin la menor idea de como proceder. No es común rescatar a una ballena. Y no era común que a ella la rescatara alguien.
Pero esta vez no había sido una mala decisión suya. O al menos, eso creía en ese momento. Estaba allí sin poder volver a su vida, pero por culpa de una huelga de colectivos. Igual que ella, había cientos de personas. Esta vez no era un ajuste de cuentas del destino. No se trataba del mundo contra ella.
De todos modos, que el malestar fuera para muchos, no la consolaba. Bien podría haber gastado los últimos pesos en un pasaje en tren o en avión. Había mil maneras de viajar. Quizá no tantas, pero con seguridad el universo no terminaba en un colectivo.
Pero ya era tarde. Había gastado el dinero y no le devolvían ni siquiera una mueca de burla, diciéndole "estúpida, otra vez te pasó". El sector de plataformas estaba repleto. La gente aún confiaba en un milagro, y que de repente, los coches comenzaran a llegar. Ella no, sabía que los finales felices raramente se hacían realidad.
Hurgó en su mochila hasta dar con una manzana. Apenas si pudo darle dos mordidas. La sintió insulsa y la despreció de inmediato. La dejó caer al suelo. La vio rodar entre valijas y bolsos, hasta desaparecer entre un grupo de piernas.
Intentó poner la mente en blanco, pensar en algo que la distrajera, pero le resultaba una misión trágica. Cada vez que cerraba los ojos para encontrar el punto exacto de paz interior, las imágenes la asaltaban tomándola por sorpresa.
Lo que más la espantaba era la sangre. El recuerdo nítido. El olor amargo en la habitación y ese sonido repulsivo, hartante, de las moscas.
Moscas. Como las que revoloteaban a su alrededor, mientras, resignada, se abrazaba a la mochila sabiendo que todo estaba perdido. Quitó las piernas de encima del bolso y lo atrajo más hacia su cuerpo. Miró la hora en el reloj y calculó rápidamente que ya habría llegado a su casa si el paro de ómnibus no la hubiera tomado por sorpresa.
Volvió a espantar las moscas. Cada vez eran más. En dos o tres horas, quizá menos, aquello se volvería insostenible. Ya no solo por las moscas, sino también por el olor. Sacó el perfume de la mochila y distraídamente, lo roció sobre el bolso. Pronto, tampoco tendría efecto.
Hasta la venganza le sabía amarga, inútil. En breve, sería también su condena. Volvió a pensar en una ballena. Esta vez, alejada de la playa. Se alejaba cada vez más mar adentro, hasta desaparecer en el horizonte. Era una ballena con suerte. La de su imaginación. Ella, en cambio, seguía allí. Con el espanto en forma de grilletes, creciendo poco a poco, en su mente, en las moscas, en el maldito y nauseabundo olor.

16 de mayo de 2013

Juegos de guerra

El último martillazo enterró la estaca bien profundo en la tierra. Por las dudas intentó moverla con sus manos, pero fue en vano. El golpe había sido certero.
Se quitó el sudor de la frente y volvió al campamento. Nadie le prestó atención a su llegada.
- La trampa está puesta - advirtió.
Fue suficiente para que el resto comprendiera. Alguien dio aviso al operador de radio, que de inmediato llamó al campamento vecino. La excusa elegida con antelación era una reunión para definir los días de caza en la zona del lago
A la hora pautada la caravana vecina quedó atrapada en una fosa de cinco metros de profundidad. Las hojas de palmeras, al desprenderse de la estaca que las contenía, cubrieron el sitio evitando cualquier intento de fuga.
Recién cuando cayó la noche, fueron a buscarlos. Sabían que estarían furiosos, pero también agotados por los nervios y los intentos de salir de la trampa. No fue difícil reducirlos y llevarlos prisioneros al campamento.
- Ahora son nuestros prisioneros. Mañana tomaremos el campamento y avanzaremos hacia las colinas - fue la única vez que les hablaron.
Una vez tomado el lugar, parte del grupo se trasladó hasta allí, reforzando las defensas.
- Solo nos faltan tres campamentos más para llegar a la meta - comentó alguien, sentado frente a una computadora portátil.
- La estrategia de parecer buenos vecinos ya no volverá a funcionar.
- El próximo ataque será sin tantas vueltas.
- ¿Cuánto es nuestro turno?
- Falta. Ahora deben estar moviendo los azules. Después los verdes, los rojos, los amarillos y recién otra vez nosotros.
El silencio avanzó sobre la charla. Uno de ellos se fue a dormir.
- Si toca defendernos, avisen - dijo antes de desaparecer en el interior de una carpa.
Una leve bruma pretendía, sin suerte, envolver al campamento. Los pocos despiertos, se mantenían atentos. Otros, soñaban con un triunfo entre ronquido y ronquido.
La noche traería otro día y el día, una nueva chance de ganar. Sin dados, sin cartas, sin fichas. En un mano a mano, y sobre un tablero donde la sangre era todo lo real que podía ser.

13 de mayo de 2013

Decisión en plena noche

Solo hay dos maneras de encarar el asunto, pensó. La primera, quizá la más resuelta, le revolvía el estómago. La segunda, más medida, le llevaría mucho tiempo.
Debatió entre dudas, en la soledad del patio. La brisa le traía recuerdos, la mayoría de una vida que le parecía lejana. Miró hacia la puerta y suspiró. La sangre en la pared era condenatoria: aquello había ocurrido.
Muy en lo profundo de la noche, escuchó el ladrido de los perros. Vaya saber dónde, vaya a saber a quién. Buscó la pala. Esa era la opción dos. No llovía desde el mes pasado, la tierra estaría dura y más en su patio, siempre repleto de tosca. La arrojó con bronca.
No tenía otro remedio. La opción uno era más práctica. Entró a la casa y esquivó como pudo el cuerpo. Buscó en la cocina el cuchillo de trozar carne. El eléctrico haría mucho ruido. De día pasaría desapercibido, pero a la una de la madrugada era imposible.
Se acercó con el cuchillo en la mano y contuvo una arcada. Se había olvidado las bolsas de residuos. Volvió a la cocina y las buscó. Regresó con el estómago queriendo escapar del cuerpo.
Su mujer le gritó desde el piso superior:
- ¿Todavía no terminaste con lo del Cachilo?
La odió de manera fulminante. "Lo del Cachilo". Lo hacía parecer tan sencillo. Maldita la idea de dejarlo afuera, maldita la insistencia de ella para que pasara la bordeadora a las diez de la noche, casi sin luz. La cabeza del pobre San Bernardo descansaba aún cerca de la puerta, mientras el resto del cuerpo permanecía tieso sobre el ingreso a la casa.
Aún no entendía como, estando decapitado, había avanzado tanto. Creyó que nunca caería. Ni siquiera el sonido al golpear el suelo, similar al de una bolsa de papas al caer desde una altura considerable, podía proporcionarle una pizca de realidad a lo que había ocurrido.
Su esposa volvió a preguntar a los gritos. Apretó con bronca el cuchillo. Cerró los ojos. ¿Cuánto valor se necesitaba para subir y hacerla callar? Los volvió a abrir. Demasiada tragedia para una sola noche. Conteniendo el vómito inminente, se puso a limpiar lo acontecido.