Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

www.OLVIDADOS.com.ar - Avila + Netomancia

16 de marzo de 2012

El Ilusionista

Cuando fundó El Ilusionista creyó estar cambiando el mundo. Sabía que solo era un periódico local, pero confiaba en que sería un éxito. Y la verdad, es que lo fue.
Un diario donde el equipo local de fútbol jamás perdía un partido de la liga, donde los robos eran esclarecidos, donde no se publicaban necrológicas sino nacimientos, en el que las noticias principales eran fiestas escolares o las murgas barriales, con fotografías repletas de color y tipografías alegres.
Como era de esperarse, la primera reacción de los vecinos fue de cautela. No sabían bien que era aquello. ¿Un periódico para desparramar felicidad? se preguntaban al leer el lema de la publicación. Algunos sospecharon de una broma, pero al ver que los ejemplares se editaban día a día, comprendieron que no era tal, sino una propuesta diferente.
Y con el paso de las semanas, triunfó. En los kioscos dejaron de venderse los demás diarios, ya sea los de circulación local como nacional. El Ilusionista era todo lo que la gente quería para leer. No había malas noticias, no aparecían fotos de masacres y el mundo hasta parecía ser mejor.
En este entonces, Pereyra, su fundador, se sentía el hombre más feliz de la tierra. Su diario se vendía y llovían centenares de cartas a la editorial por día para felicitar el contenido. El correo electrónico se veía saturado de mensajes que llegaban durante las veinticuatro horas.
Llegaron empresarios de otras partes para copiar la idea y Pereyra, encantado, se las cedió. El Ilusionista tenía espejos por todos lados. Con otros nombres, claro, pero con la misma premisa, el de alegrar a los ciudadanos. Un éxito con todas las letras. Una visión más allá de la realidad. El fundador fue condecorado por decenas de instituciones y su nombre asociado a esa palabra tan bonita como muchas veces irreal de tan solo seis letras: utopía.
Cuando fundó El Ilusionista jamás imaginó que estaba cambiando el mundo. Hoy se aborrece. Se odia. Desea abrir la ventana de la oficina en el vigésimo piso y arrojarse al vacío. No puede creer la sociedad en la que vive, la sociedad que él ha educado a través de su periódico y de la idea que concibió para que miles de empresarios repitieron su éxito en otras ciudades. Una sociedad que vive ajena a lo que sucede alrededor, a los robos, a los secuestros, a las violaciones, a los aumentos en los precios, a la corrupción creciente, a los políticos desvergonzados, a los asesinatos a plena luz del día...
Observa a través del enorme ventanal y se arrepiente, mientras piensa si aún estará a tiempo de incluir las necrológicas a partir del día siguiente.

13 de marzo de 2012

Martes trece

Contó las monedas de a una, con la parsimonia propia del que apenas sabe leer, pero con el ímpetu del que ha estado un día sin comer. Tomó el puñado contento, al tiempo que guardó la gorra dentro del pantalón, que de lo roto que estaba parecía una bermuda.
Podía correr hasta el kiosco de Pascual, donde siempre conseguía una rebaja o darse un gusto e ir del otro de la avenida, a la panadería. Le gustaban mucho las facturas que hacían allí, pero eran caras. Sin embargo, había juntado bastante.
Dudó apenas dos segundos. Cuando el semáforo se puso en rojo, sus piernas flacas corrieron hacia la vereda de enfrente. Los ojos le brillaban con entusiasmo y sus bracitos se agitaban en el aire, producto de la algarabía que emanaba en simultáneo de su corazón y de su estómago.
La entrada estaba en la esquina. El local comercial era de los más antiguos de la zona y se caracterizaba por la puerta giratoria que reemplazaba la puerta tradicional que se podía ver en los demás comercios.
El niño llegó a toda velocidad en el mismo momento que una señora de avanzada edad salía de la panadería. Fue inevitable el choque. La mujer se desarmó en el aire y se desplomó hacia un costado. El chico rebotó y cayó de culo sobre la vereda. Las monedas que atenazaba entre sus dedos se esparcieron por el aire, como si de pronto cobraran vida y se transformaran en pequeñas mariposas de metal.
Los ojitos del niño fueron solo para su tesoro, olvidándose por completo de la anciana. Apenas si pudo seguir con la mirada el vuelo de dos monedas. Escuchó el sonido de algunas otras, pero se arrojó con prisa sobre las que había observado. El gentío que iba de un lado a otro no era de mucha ayuda. Pudo ver como alguien pateaba una moneda de un peso, que desapareció debajo de los coches estacionados sobre la calle.
Detrás de su cuerpito frágil, la mujer con la ayuda de un joven, logró ponerse de pie. Estaba de mal humor y le dolía la cadera. Ya con el bolso de compras recobrado y en su poder, avanzó sobre el niño, que seguía de cuclillas buscando algo que para ella era ajeno y desconocido.
No fue sutil ni comprensiva, no tenía razón para serlo. La habían hecho caer. Golpeó la cabeza del pequeño con el bolso, haciendo que las pocas monedas que había recuperado, volvieran a escaparse de sus manos.
Sorprendido, el chico se puso de pie y giró sobre sus talones. Quedaron cara a cara, magullados en el orgullo, enfadados sin razón. El niño la escupió, sin más. Y salió corriendo, dejando atrás a la anciana y el dinero recolectado a lo largo del día. La mujer se quedó petrificada, bufando en voz baja. Segundos después se alejó calle arriba, rezongando para sus adentros.
El niño volvió más tarde, pero ya no encontró ningún vestigio de su tesoro. Se había perdido todo en aquel naufragio citadino. Miró con recelo la vidriera de la panadería y casi dejó escapar una lágrima al apreciar las bandejas de facturas.
Dos mujeres que pasaban a su lado comentaban en voz alta:
- Ay si, lo que hoy es martes trece, dejé todo para mañana.
- Hiciste bien Gladys, nunca sale nada bien cuando es martes trece.
Las vio alejarse, en la misma dirección que se había ido la anciana. Pensó en lo que habían dicho, en la fecha. Y entonces lo supo. Sus días siempre eran martes trece.
En algún lugar, cuadra más, cuadra menos, la anciana seguía rezongando sobre la juventud y la mala educación. Y pensaba "cuánto más grande uno, más difícil es sobrevivir en este mundo".
El niño se refugió en su esquina, debajo del cartón que le propiciaba un poco de reparo. Soñaba con sus monedas y pensaba "cuánto más chico, más difícil es sobrevivir en este mundo".

10 de marzo de 2012

Una falsa percepción

Es el sonido del violín el que lo perturba. Esa nota que se mantiene en el aire, suspendida, esperando entrar a un corazón en pena.
Levanta la mirada pero ya es tarde, lo sabe. La música lo ha puesto a llorar. Como cada noche, en la soledad de aquella habitación que supieron compartir.
Apaga el equipo de audio con resignación. El tiempo no cura nada y pareciera no avanzar.
Se queda allí mirando el techo, donde el ventilador proyecta sus aspas. En la sombra no se ve la tierra que cubren los largos maderos. La sombra tiene piedad, oculta la vergüenza.
¿Y si el tiempo en realidad no avanza? ¿Si acaso el tiempo es una entidad que no transcurre, una falsa percepción?
Por un momento se olvida del dolor. Ahora en su mente existe una duda. El tiempo existe porque el ser humano lo piensa. Los animales no saben de horas, meses y años. El hombre en cambio se apoya en esa idea y se deja arrastrar.
Piensa en ella, en su ausencia, en las palabras de sus amigos, en ese "ya pasará" que todos añaden tras la palmada en la espalda. Pero ahora entiende que no es así. Ella no murió hace un mes. Porque el tiempo no existe.
Murió y punto. El no se despegará de ese hecho. No deberá aguardar que transcurra una equis cantidad de días. Porque los días son una sucesión de soles y lunas, de un planeta inquieto que no para de girar. Pero el tiempo, en realidad, no tiene nada que ver.
Al no existir, lo atará por siempre a ese momento. Que en realidad, es el mismo momento que ahora vive. No hay pasado, no hay presente, no hay futuro. Es una misma cosa, que uno desglosa por comodidad, para crear un orden, una línea en la que cada cosa va detrás de otra.
Su comprensión lo asusta. Esa línea no existe. Todo está superpuesto en un mismo punto de la vida. Cada alegría, cada llanto, dolor, tristeza, risa, nacimiento y muerte. Todo empieza y termina allí, en ese punto. Sin ayeres ni mañanas.
Elisa muere en forma continua, mientras él respira. Y él muere desde que su madre lo parió. Y aguarda, allí al borde de la cama, que esa muerte vaya en su búsqueda para liberarlo de esa prisión.
El violín vuelve a perforar sus sentimientos. El equipo está encendido. ¿Pero cómo? piensa. ¿No lo apagué hace unos minutos? Y entonces hace una mueca. Qué tonto, qué forma idiota de razonar, se dice: El tiempo no existe, por lo tanto hace unos minutos no hizo nada. No se molesta en apagarlo. No sirve de nada, volverá a estar allí, como su amada Elisa no dejará nunca de morir, todos en el mismo punto de la existencia, superpuestos, condenados a la estática secuencia de la vida.

7 de marzo de 2012

El traicionero abrazo del miedo

Los miedos nacen en la oscuridad. Se alimentan de los sonidos que no existen bajo la luz del sol. Despliegan sus formas horrendas en la espesura de la noche, reptando subrepticiamente sobre las desveladas figuras que deambulan por lugares que no desearían.
Alicia tiene miedo. Es tarde, han perdido el último colectivo y sabe que hay dos horas de espera hasta el próximo. La calle está desierta y su novio se ha ofendido porque ella le ha reprochado que no tiene coche propio.
Buscó el amparo de un árbol para descansar la espalda, pero se alejó de inmediato. La textura de la corteza, fría e irregular, le hizo pensar en manos huesudas queriendo acariciar su cuerpo.
David se había sentado en el cordón de la vereda, mirando hacia el fondo de la calle, dónde las lámparas del alumbrado público apenas alcanzaban a iluminar los contornos de los vehículos estacionados.
Sabe que están allí porque su novia se atrasó en el baño del bar, pero evitó mencionarlo en todo momento. Sin embargo, ella se había despachado con el bendito tema del auto. La bronca lo carcomía por dentro, pero no quería enojarse. Estaban varados en una calle oscura, con una larga espera por delante, y era consciente que la reacción de Alicia se debía a su aversión a tener que esperar de madrugada en una zona poco habitada.
De todas formas se había alejado de ella. Quería que se sintiera sola, aunque fuese unos minutos. ¿Por qué no podía valorar otras cosas, como ser su presencia allí? Dejó escapar el aire por la boca y se puso de pie. Ya había sido suficiente. Ella no lo merecía.
Alicia lo vio ponerse de pie y temió que se marchara a pie, dejándola sola en aquel lugar. Pero él giró hacia ella y aún con el semblante duro, se puso a su lado y la atrajo hasta su cuerpo. Los dos quedaron en silencio, fundidos en un abrazo.
El miedo seguía allí, pero al menos en sus brazos Alicia se sintió mejor. Una lágrima que limpió rápidamente con el dorso de la mano rodó por su mejilla. La brisa la hizo tiritar. Se sentía sensible y expuesta. Se arrepentía de su reproche, pero no quería admitirlo.
El ruido de una lata rodando rompió la hegemonía del silencio. De inmediato se escuchó otro sonido, como si la lata recibiera una patada. El tintinear del metal, dando saltitos en el medio de la calle, hizo que los dos miraran en la dirección correcta.
Del otro lado de la calle una figura con capucha sobre el rostro los observaba atentamente. No se movía, solo estaba allí, como una estatua, con las manos en los bolsillos. Y no dejaba de mirar hacia donde ellos estaban. Alicia se movió inquieta; David la abrazó más fuerte, pero no se atrevió a decir palabra alguna.
La lata había detenido su andar en medio de la calle. La poca iluminación apenas si le arrancaba algún que otro destello. En cambio, le permitía a la figura del otro lado de la calle permanecer en la penumbra, como una alucinación perturbadora, capaz de quitar el sueño o de inducir a una pesadilla.
En algún momento se alejará, pensaban ambos, sin disimular que también lo imaginaban cruzando la calle en dirección hacia donde estaban petrificados por el miedo. Ninguno movía los labios, no lo necesitaban. Podían sentir recíprocamente el palpitar de los corazones.
El reproche volvía a nacer en la cabeza de Alicia. Si tan solo su novio tuviera un vehículo, no estarían allí. David por su parte se recordaba que estaban esperando en aquella calle oscura, observados por un extraño que bien podía ser un psicópata, por esos minutos que su novia había perdido en el baño.
No se movieron durante cinco minutos. Y la figura tampoco. Al fondo de la calle dos faros alumbraron el horizonte. Pero no era el colectivo, era imposible por la hora. Se trataba de un camión. El transporte recorrió con parsimonia los metros hasta la esquina donde esperaban y con un estruendo de llantas y metales retorcidos pasó por delante de ellos, calle arriba.
Cuando volvieron a mirar al otro lado de la calle, la figura ya no estaba. La lata tampoco, había sido arrollada por el camión y desaparecido en la anónima viscosidad de la noche.
Redoblaron el abrazo y así permanecieron hasta que hora y media después las luces del fondo de la calle se transformaron en el cuerpo de un colectivo de línea. No pronunciaron una sola palabra en todo ese tiempo.
Viajaron sentados juntos, ajenos al momento, pensando en aquel hombre con capucha, en el miedo que aún recorría cada fibra de sus cuerpos. Y sintieron vergüenza de sus reproches, de sus miedos. Pero ninguno lo admitió. En silencio se despidieron cuarenta minutos después y cada uno caminó hasta su casa, separadas apenas por tres calles.
Algo había cambiado, algo había nacido esa noche. Un miedo interior en cada uno de ellos, que se alimenta de los sonidos que no existen bajo la luz del sol, que despliega sus formas horrendas en la espesura de la noche, reptando subrepticiamente sobre las desveladas figuras que deambulan por lugares que no desearían, impregnando sus mentes de terrores que quitan el aliento y de reproches que nos conducen a la más mísera de las condiciones humanas.

4 de marzo de 2012

Se esfuma

Es como si se esfumara parte de la realidad. Esa sensación siente cuando se le nubla la vista, cada vez más seguido. Lo oculta, no dice nada. Intenta disimular, tanto en su trabajo como en su casa. Le cuesta, porque en ocasiones esto le sucede cuando está en plena actividad y debe detenerse, mantener el equilibro, buscar desesperadamente un punto de apoyo y redescubrir los alrededores. Porque la realidad, eso tan común que lo rodea a diario, ha desaparecido.
Busca en internet y se amarga durante días. Podría tener cientos de enfermedades, si es que se guía por los síntomas. Pero la idea de acudir a un especialista lo atemoriza. Una cosa es suponer y la otra es enfrentarse a una verdad. No quiere saber nada con ésto último. Prefiere la ignorancia y sobrellevar los momentos ciegos.
Pero el problema se incrementa. Sus alrededores se esfuman con mayor asiduidad y más de una vez tiene que dar explicaciones poco creíbles. Su habitual seguridad ha desaparecido, ahora es un pedazo de papel arrugado que alguien arroja al cesto de basura.
Camina y tiembla. Avanza con temor de quedar a oscuras. Sabe que son fragmentos, que no es todo lo que sus ojos dejan de ver. Pero las partes faltantes impiden que la totalidad se visualice y el vacío se transforma en un calvario temporal, mientras se aferra a lo más cercano y su mente se acelera en busca de una explicación lindante a lo racional.
Qué sucede, cómo sopesar la vida con tremenda tragedia entre manos. Esa ceguera tan particular que lo está carcomiendo como persona. Y sin embargo, el pavor lo atormenta y se deja estar. Lo que se esfuma luego vuelve. Se lo repite una y mil veces. Se resigna. Hasta que ocurre el accidente.
Su nieta quiere upa. Su nieta siempre quiere upa. Pero esta vez, camino a las alturas, tanto sus brazos como la pequeña desaparecen. Se esfuman. Están y luego ya no. Al menos para su vista. Esa fracción lo es todo. Porque cuando la oscuridad da paso a la luz y sus brazos vuelven a estar delante de él, la niña ya no. Se esfumó pero no volvió. Al menos en sus brazos.
La escucha llorar y observa a sus pies. No ve a la niña, no porque la realidad desapareciera otra vez, sino por el charco de sangre que la rodea. Su frágil cabeza ha dado contra una maceta. La sangre se le aproxima, amenazante. Deja de escuchar, porque los gritos de su hija se superponen a cualquier otro sonido. Lo apartan, lo despojan del último retazo de dignidad que le queda. Y mientras calman un llanto, en él se abre otro.
Acude al médico. Lo estudian. Encuentran algo peor que problemas en la vista. Es algo en su cabeza. Le dicen que se está evadiendo poco a poco de la realidad, que sus ojos no fallan, sino que su mente decide no ver todo. No entiende, se ofende. Se niega a ir a un psiquiatra. Alega no estar loco.
Pero sabe que no es así. Su mundo se sigue acotando cada vez peor. Los vacíos son más grandes, abarcan áreas mayores, se extienden durante más tiempo. Pronto serán más los momentos en los que no verá que aquellos en los que podrá apreciar los colores, la luz, la vida misma.
Comprende que se está encerrando, que se repliega a su interior. Un interior oscuro, de fría soledad, de palabras mezquinas. Las voces que llegan desde afuera son casi susurros en voz muy baja. Suele escuchar frases como "cada vez más loco", "lo vamos a tener que internar", "pobre Osvaldo". Algo le dice que hablan de él. Ya le cuesta discernir. No sale de su casa, no trabaja, todo se ha esfumado. De vez en cuando algunos destellos de luz le permiten respirar el mundo tal cual era.
Osvaldo aguarda en la oscuridad de su mundo, mientras los cuchicheos en la habitación de al lado se extienden largas horas. Lo último que escucha lo estremece.
Ese mismo día o al siguiente (ya ha perdido la noción del tiempo) llega la camilla a buscarlo. Se lo llevan sin darle explicaciones. No las necesita. Ni siquiera piensa en solicitarlas. Tiene incluso la sensacion de saber que si intentara hablar, no podría hacerlo.
Todo se ha esfumado, lo percibe tan claro como oscuro es su nuevo mundo. Todo ha desaparecido, incluso su condición humana.
Marchito es el tranco de aquella peregrinación solitaria, camino a un encierro que sepultará su alma y desterrará del mundo hasta el olvido mismo de su existencia.

1 de marzo de 2012

Rutina de campo

Agobiante, el calor se aferra a la tarde. No hay silencio en el aire, lo abarrotan esas cadencias propias de la estación, que parecen querer sofocar los instintos de quienes resisten al aire libre.
No llueve desde hace cuatro meses y el verde amarillea con vergüenza. Los animales pastan donde ya no quedan ni raíces secas. Pronto morirán algunos. Ramírez lo sabe, por eso maldice al cielo.
A lo lejos su hijo mayor cierra el enorme portón de chapa del galpón de suministros. Están escaseando víveres y productos para trabajar el campo y en lo que va del año, la cosecha se ha perdido en una gran parte. Ramírez se resigna con un gesto que solo los años han sabido domesticar.
Observa su vivienda a la distancia y distingue por la ventana abierta la figura ancha de Carmen, su mujer. Está amasando, lo que sugiere que está horneando pan casero como cada tarde desde que tiene memoria. Lo degustarán con la cena o al amanecer siguiente untado con mermeladas también elaboradas por ella.
No puede evitar extrañar el diálogo de antaño con aquella mujer. El tiempo redujo todo a breves intercambios de miradas y frases sueltas. La rutina convierte lo que toca en polvo, casi de la misma forma que lo hacen los años.
Su otro hijo está en la ciudad. Vuelve el fin de semana y traerá novedades de los animales que se llevó para vender, buscando obtener el mejor precio posible a pesar del estado de las pobres bestias.
Siente la espalda húmeda y la piel pegajosa. La sensación es placentera, a pesar del calor. La poco brisa que hay es cálida y llena los pulmones de un aire irrespirable. Allí, en medio de la nada, la vida tiene una marginalidad solo para entendidos.
Ramírez desmonta y camina hacia su hijo. Ha crecido y está hecho todo un hombre. Además posee inteligencia. Le hubiese gustado que él viajara a la ciudad con los animales en lugar del hermano, pero comprendía que quisiera quedarse, porque era más importante estar encima del campo y de su madre.
Tiene los rasgos firmes y el rostro tosco y hundido en vaya a saber que pensamientos. Los últimos tiempos han sido una sucesión de infortunios difícil de digerir.
Eso Ramírez también lo sabe. Desearía fundirse en un abrazo con aquel cuerpo que camina en su dirección. Cuerpo curtido por el trabajo bajo el sol desde muy pequeño, que más de una vez soportó el hambre y que a fuerza de resignación supo hacerse duro frente a las inclemencias de la naturaleza y las adversidades de la vida. Cuerpo de hijo, de hijo querido y valeroso, de niño que se hizo hombre y hombre que volvió a crecer, esta vez de golpe.
Ramírez duda en abrazarlo, pero se contiene. Lo deja pasar, pero el joven no le dirige la mirada. El hombre no se ofende, ya se está acostumbrando.
Aún lo sorprende el momento en el que es traspasado, como si no fuera nada. Sin embargo es mucho más que nada, es el recuerdo del que fue, es el alma en pena que no se ha podido ganar su descanso por culpa de la preocupación constante por los suyos, que es más fuerte y pura.
El calor lo agobia tanto como la muerte, pero al menos sabe que el calor no lo va a matar porque la muerte le ganó de mano. Pero el sigue allí, cuidando a su gente. Aunque más no sea con el deseo y la compañía silenciosa, que en los tiempos que corren es más que lo que otros tienen.

27 de febrero de 2012

Когда твой день рождения?

A pesar de sus años, Vasiliy Oleg Pávlov sigue levantándose a las seis de la mañana, desayuna, barre la vereda, compra el diario y se va a leerlo a la plaza. Todo en un meticuloso orden que en los últimos tiempos se ha convertido en rutina.
Nacido en la vieja Unión Soviética, viajó al país muy pequeño y sus padres le enseñaron desde temprana edad que la única manera de sobrevivir era ganándose el pan sin escatimar esfuerzos. Razón por la que a lo largo de su vida hizo de todo. Fue vendedor de café, lustrabotas, canillita, carpintero, albañil, electricista, plomero y hasta jardinero.
Vasha, así lo llamaban sus padres, formó una familia numerosa. Se mudó varias veces y comprendió en muchas oportunidades el dolor de la partida de un ser querido. Su semblante frío, propio del país donde nació, fue de gran ayuda para sobreponerse a esas pérdidas.
Pero siempre hubo algo más detrás de esos ojos claros de autómata, que no era pena ni melancolía. Ni por su patria que apenas recordaba ni por los familiares que lo iban dejando cada vez más solo en este mundo. Tampoco era dolor. Más bien, era vergüenza.
El sentimiento se remontaba al día que su madre lo parió. A la fecha, para ser más exactos. Porque Vasiliy había venido a este mundo un 30 de febrero.
- ¿Cómo 30 de febrero? - solían decirle en la escuela, durante los pocos años que cursó en este país cuando apenas si podía balbucear alguna que otra palabra en castellano.
Y esa fecha se fue transformando en un karma. Soñaba que los chicos lo rodeaban y en ruso le preguntaban Когда твой день рождения? una y otra vez, obligándolo a caer rendido de rodillas y llorar como un condenado.
El sueño jamás desapareció. Los compañeros de colegio dejaron su lugar con el tiempo a compañeros de trabajo e incluso, a sus propios hijos, nietos y primos. No importaba que tan buena fuera la relación con una persona. Tarde o temprano le preguntarían durante la noche, mientras la cabeza reposaba en la almohada Когда твой день рождения?
El tono de sorna iba a la par de esas palabras en aquel idioma que lo había recibido al mundo. Pero lo peor no era ese momento, sino el instante siguiente. Aquel que podía dividirse en dos partes, la primera, cuando sin poder evitarlo contestaba a viva voz que había nacido un 30 de febrero y la segunda, cuando todos estallaban en carcajadas.
Y si bien eran solo sueños, estaban nutridos de la realidad, de haber vivido ese momento una y mil veces, de haberse sentido el ser más ridículo sobre la Tierra. Porque eso le sucedía. Aborrecía aquel tiempo lejano dónde en la Unión Soviética durante dos años hubo un 30 de febrero. Porque de nada servía mentir, decir por piedad una fecha posterior.
Incluso, se hubiese conformado con haber nacido un 29 de febrero y disfrutar de las bromas cada cuatro años. Pero sabía que su fecha de cumpleaños jamás volvería a ocurrir.
Ya grande había intentado rastrear otras personas nacidas en la Unión Soviética en los años 1930 y 1931, en la misma fecha que él. Pero había sido en vano. Parecía el único sobreviviente de aquel extraño calendario, implementado por un gobierno de un país que le parecía extraño, distante, lejano.
Vasha habia dejado de celebrar su cumpleaños siendo muy joven. Sus familiares debatían cuando saludarlo, mientras él hacía oídos sordos y seguía con su rutina diaria.
A medida que se aproximaba febrero la vergüenza se iba apoderando de su alma. Cuando llegaban los últimos días del mes, se encerraba de a poco en su habitación, permitiéndose solo su rutina de la mañana, incluyendo la lectura del diario en la plaza. Pero ni bien observaba que los vecinos comenzaban sus tareas habituales, doblaba el diario y volvía a su casa.
Entonces Vasha, rodeado por la soledad de sus paredes, añorando a su fallecida mujer, a los hijos que ya no estaban, arremetía con insultos al destino, maldiciendo la fecha de su cumpleaños, signo del desarraigo, del olvido, de un pasado lejano y difícil, de los años transcurridos, del tiempo que todo se lleva, de una nación que ya no era, de otra nación que lo había acogido, de una burla propia de niños, de una pregunta que siempre odiaba, de una respuesta que lo condenaba.
Para Vasiliy uno era alguien a partir que nacía. Y por lo tanto, él no era nada. Porque ya no podía rememorar la fecha, se la habían robado. Como las guerras y conflictos se robaron su país, como los años a su familia, como el pasado sus sueños.
Solo le queda la vergüenza y esa manía de levantarse a las seis de la mañana, desayunar, barrer la vereda, comprar el diario e ir a leerlo a la plaza. Apenas pequeños rayos de sol que entibian el frío de ayer que aún lo envuelve, que por siempre lo envolverá.

24 de febrero de 2012

Teoría sobre los seres distintos

Por pereza, Ismael no lavó los platos por la noche, dejándolos para el otro día. El Ismael que se levantó por la mañana y vio lo que estaba pendiente por lavar insultó en voz alta al Ismael que había tomado esa decisión la noche anterior.
Andrea estuvo a punto de prepararse el bolso para salir temprano a la estación de ómnibus y volver a su pueblo. Sin embargo prefirió acostarse y hacerlo ni bien se levantara. La Andrea que se despertó aturdida por el radio reloj maldijo a la Andrea que prefirió descansar a armar los bolsos.
Nadie es el mismo al día siguiente. La mayoría de los recuerdos y sentimientos se conservan, el cuerpo y el carácter también, como así los planes y deberes, pero el que abre los ojos no es el que los cerró.
Esto nos lleva a afirmar que una persona en realidad son infinitas más que se suceden unas tras otras, apenas notándose diferencias entre sí y haciéndole creer este método al cerebro que se trata siempre del mismo ser. Pero esas diferencias, esas decisiones egoístas, nos permiten divisar las fisuras de esa realidad que a primera vista se nos escapa.
La sucesión de personas explicaría la degradación de la memoria, sería la razón por la que muchos recuerdos se van perdiendo en el camino. No siempre la persona de turno logra traspasar todo lo que tiene en la mente, quizá por dispersión o reticencia, o bien, por algún factor muy parecido al de la pereza, que es el más notorio en los ejemplos dados.
Se podrían explicar además las causas de los desamores, la pérdida de los afectos, los secretos revelados, los cambios de ánimo, de gustos, de infinidad de acciones humanas que hoy consideramos complejas o misteriosas.
El que narra estas líneas hoy no será el mismo que mañana las relea y quizá la corrija. Creerá en un primer momento que lo es, pero hilvanando las ideas que "otros yo" han ido pensando en días anteriores, caerá en la cuenta que no. Y por lo tanto, proseguirá con la idea de publicar este estudio.
Puede pasar también que ese "yo" de mañana o de pasado mañana, o de un futuro inmediato, decida que esta teoría no tiene pies ni cabeza y por lo tanto la elimine de la computadora. En ese caso, la efímera existencia en la que se apoyan estos movimientos de los dedos sobre el teclado, serán en vano. Cómo es en vano creer que somos la misma persona desde que nacemos hasta que morimos, cuando no lo somos.
Y por pura gracia y una cuota de egoísmo, tras escribir esto, me iré a dormir, que es lo mismo que dejar de existir, dejando para el yo de mañana la molesta tarea de sacar la basura a la calle. ¡Cómo me gustaría verle la cara!

21 de febrero de 2012

Ciudad del odio

La gran ciudad es un laberinto existencial, con mil caminos posibles y muy pocas salidas. Demencialmente se internaba cada día en sus fauces hambrientas, dejándose devorar por el caos y el vértigo, la urgencia y el tiempo.
Vivir para sobrevivir y sobrevivir para vivir, un juego de palabras angustiante que se convierte en rutina y sofoca en silencio, casi en la ignorancia del que lo sufre. Y lo sufre la mayoría en aquella gran ciudad. Rostros anónimos que se cruzan sin mirarse, que si sostienen las miradas lo hacen solo para ver el semblante aturdido del otro, como si ese acto justificase la sensación interior de resignación.
Inés era parte de ese andar sin sentido. Un sin sentido que sin embargo, si lo tenía. No para ella, sino para la sociedad en si. Porque la sociedad funcionaba con el trajinar de cada uno de sus engranajes, aunque poco le importaba a la sociedad el estado de los mismos.
Ella se convertía en una sombra más desde temprano, cuando dejaba atrás el silencio de su departamento y ponía un pie sobre el asfalto árido de la mole de cemento. Se mezclaba de pronto en el oceáno humano, sin costa alguna, sin salvación posible. Y se ahogaba sin remedio entre subtes y colectivos, entre trámites y oficinas, órdenes y tareas.
El reloj en su muñeca la instaba a apurar el paso, su mente no se detenía en el apetito ni en los semáforos. Comía cuando se acordaba y cruzaba la calle cuando todos lo hacían. Y la vista puesta en el reloj, mientras los segundos pasaban y los tiempos se acortaban. Tarde para esto, tarde para aquello. Apuraba el tranco, se empujaba con la gente, corría hasta el subte, se apretujaba en el colectivo.
Y llegaba, cansada, agitada, sabiéndose impuntual, como si alguien no lo fuese en la gran ciudad, como si el ser humano tuviese real ingerencia en el tiempo, creyéndose estar en falta con la sociedad, cuando es la sociedad la que está en falta con uno por obligar rutinas despiadas y pocos carentes de humanidad.
Pero ella no lo piensa así, no tiene ni siquiera un instante para hacerlo. Mira su reloj y sabe que está atrasada para el otro ítem de su agenda. El celular la llama y se preocupa, es algún reproche, un reclamo, un reto por la demora. Lo atiende mientras camina a paso redoblado. Escucha y contesta, sumisa.
Baja al subte casi volando por las escalinatas. La envuelve el aire quemado que lo sobrevuela y aguarda al gusano salir de la cueva, con su grito estrindente chirriando en los rieles. Y mientras lo hace, cruza miradas vacías con otros seres parecidos que no pueden evitar mirar de reojo el reloj y maldecir por lo bajo que otra vez están llegando tarde a alguna parte de aquella ciudad.

18 de febrero de 2012

Incógnita del hombre sentado

¿Qué espera ese hombre sentado, qué espera? ¿Qué espera desde que despierta, solitario en su cama? ¿Qué espera mientra aguarda a la enfermera, que sin paciencia lo arrojará fuera de la habitación?
Sentado frente a una ventana, ve pasar el día. Observa un minúsculo punto del mundo con toda su rutina. Gente con la que no habla pero que conoce a través de un vidrio. Gente que en cambio desconoce de la existencia suya. Observar y nada más, conformarse con respirar.
Languidece el día, con su eternidad a cuestas. El hombre sentado espera como es su costumbre. Sus piernas inútiles lo atan y su cuerpo marchito lo oprime. Quizá con su mente vuelve al pasado, quizá en su mente aún se siente vivo.
Oculto tras esa ventana, entre sombras y muebles repletos de polvo, parece un fantasma. Pero todavía tiene pulso, el corazón palpita y respira. Entonces el dolor y los achaques le recuerda que es verdad, que está vivo.
No se responde, no nos responde. El sabe la respuesta, la sabe desde hace tiempo. Pero la calla. Esa respuesta que otros omiten, que consideran mala palabra.
¿Qué espera ese hombre sentado, qué espera? ¿Qué espera con los ojos entornados y una lágrima resbalando sobre la mejilla? ¿Qué espera en la penumbra, contraste de la luz en el horizonte tras la delgada franja invisible empotrada en un marco sobre la pared?
¿Qué espera, sino la muerte?

15 de febrero de 2012

Nunca jamás

No tenía ni pensaba tener. Y no le harían cambiar de idea. Lo sabía desde pequeña, desde aquellas primeras peleas con los varones en el patio del colegio. Discusiones estúpidas contra mentes toscas, que lo único que sabían hacer era burlarse de ella o de sus compañeras.
Y en la medida que crecía y maduraba su forma de pensar como también su cuerpo, fue comprendiendo otras cosas, entre ellas, que los chicos eran todos unos imbéciles. Le sobraban motivos para aseverarlo. Se creían tan vivos creyendo que nadie se daba cuenta que espiaban sus piernas, que asomaban la vista sobre sus escotes o intercamiaban revistas de mujeres desnudas, que en su afán de ser audaces, le parecían retrasados mentales.
Fue catalogándolos a lo largo de toda su vida, lo suficientemente bien como para estar segura de que nunca tendría. Podía diferenciarlos en babosos, pajeros, manoseadores, huecos, tontos, degenerados y desagradables. No había varón que no entrara en alguna de sus categorías, a pesar de que algunas amigas quisieran defender a los chicos que les gustaban.
Había dejado la secundaria con placer, odió esos últimos años. Las chicas regalándose en cualquier esquina, provocativas y descocadas, y ellos, con la mesa servida en bandeja, devorando sin pasión e indiferencia.
Los años de la facultad no habían sido mejores. Se alejaba de las fiestas, de las compañeras que no dejaban de hablar de hombres y de los hombres mismos, a quiénes los años no parecían asentarlos en la vida, siempre tan predecibles y con la idea fija del sexo entre ojo y ojo.
El "para cuando" de sus familiares le resultaba insoportable, pero detestaba más aún que se lo dijeran sus amigas. Incluso, su compañera de departamento, con la que lidiaba a diario porque insistía en querer llevar a su novio allí, se volvía una tortura. Si quería tener novio, que lo tuviera, pero lejos de su lugar, de su espacio personal.
La determinación ante todo. No le importaba si se quedaba sola en el departamento, eran estúpidos y ella no compartiría ni un segundo con gente así. Además, para qué quería uno. Eran egoístas y solo pensaban en ellos. Terminaría siendo una sirvienta más, como su madre o su abuela.
Si su compañera de departamento quería que su novio la pudiera visitar, que se consiguiera otro lugar. Fin de la charla. Había visto en el rostro de ella la desilusión e interiormente lo disfrutó. El que quiere celeste, que le cueste, pensó para sus adentros.
Se iría, estaba seguro de eso. Se iría en una semana o dos. Lo había visto dibujado en sus ojos ni bien recibió su negativa. Y le parecía bien. Si quería involucrarse con ellos, que se mantuviera lo más lejos posibles. No dejaría que pisaran su territorio. No, de ninguna manera.
Nunca tuvo ni nunca tendría.Y así era feliz.
O al menos, se decía serlo.

12 de febrero de 2012

El sol o las cervezas

Se sentía mal desde antes. Quizá el sol a lo largo de todo el día, mientras disfrutaba de la playa con sus amigos o las cervezas que con el pasar de las horas había ido ingiriendo. El punto era que ahora la cabeza le daba vueltas. Una sensación muy extraña, rara. No era el típico mareo a causa del alcohol, que tan bien conocía. Era aún peor, una especie de terremoto interior que pugnaba por salir.
Sentado en la punta de la mesa de aquel bar en la playa, donde recibían a diario el atardecer, observaba como sus amigos parecían borronearse delante de sus ojos al mismo tiempo que sus voces flotaban a la deriva, como si estuviera escuchándolos a través de una radio con mala sintonía.
El mozo iba y venía, llevando botellas vacías y dejando en su reemplazo otras repletas y bien frías. Pero su vaso seguía lleno, con el contenido ya sin la temperatura ideal. El estado en el que se encontraba no le permitía concentrarse, ni siquiera para dirigir su brazo hacia el vaso, tomarlo con la mano y llevarlo a la boca. Algo en su interior le decía que tenía algo grave, que debía dar aviso a sus amigos.
Se preguntaba cómo podía ser posible que ninguno notara que estaba mal. ¿Nadie extrañaba sus comentarios? ¿Acaso no estaría pálido? El solo hecho de permanecer como una estatua, rígido, en aquella silla con publicidad de Budweiser, que minuto a minuto parecía hundirse más en la arena, debería ser indicio de su estado. Sin embargo, sus amigos seguían parloteando a los gritos, riéndose a carcajadas, ignorando totalmente su enfermizo momento.
Su cuerpo estaba cayendo. No era una sensación, más bien, le estaba pasando. Notó que el nivel de la mesa subía. Pensó, en realidad, que era eso lo que sucedía. Pero no. No era la mesa la que subía, sino su cuerpo que iba hacia abajo. Un alerta se encendió en su cabeza, pero no pudo dar aviso a sus amigos. Intentó abrir la boca, pero no supo como hacerlo. En ese instante, la mesa ya había alcanzado la altura de sus ojos.
La silla se estaba hundiendo en la arena, no había otra explicación. Lo comprobó al sentir el contacto de sus tobillos con la fina arenilla. ¿Arenas movedizas? ¡Tonterías! Estaba en la playa, en un bar del lugar, dónde transitaban cientos de personas por día. Si allí hubiese arenas movedizas, todo el mundo lo sabría. Imaginó que ahora sus amigos notarían lo anormal de la situación, pero volvió a equivocarse. Seguían charlando entre ellos y cuando volteaban la mirada hacia donde él estaba, ahora con arena hasta las rodillas y parte del asiento enterrado, parecían no darse cuenta, como si aquello no estuviese pasando.
Empezaba a desesperarse, a preocuparse. Elevó los brazos cuando sintió que estaba tocando la arena. El abdomen desapareció tras un cosquilleo. No veía ni sus miembros inferiores ni el short azul que había comprado para esas vacaciones. Ahora podía ver la parte inferior de la mesa plástica, incluso un chicle pegado por algún maleducado.
Alguien pronunció su sobrenombre. Por un instante creyó en el milagro, que al fin se habían percatado de que se estaba hundiendo, que la playa se lo estaba tragando. Pero no, era la voz de Alfonso, ya algo pastosa por tanta cerveza, que transmitía la decisión del grupo:
- Bueno Pepe, esta noche pagás vos. Así que muchachos, un aplauso para el Pepe que hoy costea los vicios de todos.
Escuchó el tronar de palmas y algún que otro insulto dicho en forma cariñosa. Hubiese querido retribuir el afecto o al menos, pedir ayuda, pero no pudo. Tenía la arena en el cuello. De todas formas, bajó uno de los brazos que apuntaba al cielo y lo enterró en la arena que cubría su cuerpo, tanteando casi por instinto hasta llegar al bolsillo del pantalón corto, donde tomó los dos billetes de cien que recordaba haber guardado esa misma mañana.
Con esfuerzo sacó el brazo otra vez a la superficie. Las pequeñas partículas de arena adornaban su piel con gracia. Pero aquel espectáculo ya estaba privado para su vista, dado la cabeza quedó enterrada tan pronto como sus amigos comenzaron a pararse para emprender la partida. Los billetes de cien resistían entre sus dedos, ondeándose con elegancia, producto de la brisa fresca que llegaba desde el río.
Sintió como alguien de un tirón le arrebataba el dinero y decía "gracias, espero verlos mañana" y reconoció en esa voz a Carlitos, el mozo del bar del que ya eran habitué. Sus dedos no tardaron en hundirse también, hasta desaparecer por completo en aquel pedazo de playa. Quería advertir que estaba ahí, pero si antes no pudo abrir la boca, ahora menos podría, aprisionado por esas minúsculas partículas de cuarzo que todo lo abarcaban.
Volvió a escuchar la voz de Carlitos, que volvía con el vuelto y anunciaba que lo dejaba sobre la mesa. Le hubiese encantado decirle que se lo quedara, pero le era imposible. Que raro todo esto, pensó Pepe resignado, sintiendo arenisca en cada milímetro de su cuerpo, covencido de que mal se sentía desde antes y que no había razón alguna para echarle la culpa al sol o a las cervezas. Ni dar un bufido con bronca, pudo. Se limitó a cerrar los ojos antes que se le llenaran de arena y a pensar esperanzado que quizá, alguna niña munida de una palita plástica lo desenterrara al día siguiente.

9 de febrero de 2012

La paliza

Como si la paliza no fuese suficiente, Benito levantó del suelo un ladrillo y se lo arrojó a la cabeza. Le dio de lleno, abriendo un surco en la frente del otro. La sangre dibujó una hoz en el piso, casi un presagio de futuro.
Su mirada ciega lo absorbía todo. Resoplaba por el esfuerzo y sus dientes chirriaban con saña. La muerte se estaba consumando, podía sentirla. Arrojó un puntapié al cuerpo malherido de su oponente haciéndolo rodar hasta el otro lado de la calle.
La cabeza chocó contra el cordón de la vereda opuesta y parte del torso se empapó con el agua estancada. El sonreía y avanzaba cansinamente hasta su contrincante. Nadie encendía las luces en el interior de las viviendas, pero sabía con certeza que estaban allí, observando entre los pliegues de las ventanas con solemne morbosidad.
- Vamos, a ver si ahora podés, dale, probá ahora, dale, probá te digo - le gritaba con fuerza a la figura tendida en el suelo.
No obtuvo respuesta alguna y entonces, soltó una carcajada. El cuerpo tendido sobre la calle gimió de dolor. El barrio siguió en silencio, espiando en la penumbra. El vencedor comenzó a alejarse lentamente. Se iba riendo y no era para menos. Detrás había dejado golpeada y dolorida a la maldita muerte, que sin previo aviso, había ido esa noche por él.

6 de febrero de 2012

El pueblo que está cruzando

Hay un oráculo en el pequeño pueblo del otro lado del límite provincial. Es tan ínfimo ese paraje que ni el nombre se recuerda. Se le dice "el pueblo que está cruzando" y se le señala al interesado el angosto arroyo que divide en aquel punto una provincia de otra. Lo primero que se ve es el precario puente que hace de nexo entre las dos geografías políticas. Ha resistido décadas y lo seguirá haciendo, como si un designio así lo determinara.
También es cierto que el lugar no es muy transitado. La autopista es el camino habitual de todos los vehículos que transitan por la región. Y el pueblo más grande, el de este lado del límite, no es muy importante y aunque tiene cerca de ocho mil habitantes pasa desapercibido para los ojos de los que marchan raudamente de un lado a otro por la veloz arteria asfaltada.
Quiénes se aventuran allí lo hacen por una única razón: visitar al oráculo. Aquel pueblo apenas si tiene doscientos habitantes y en una de las últimas casitas con techo de chapa y paredes muy angostas, las puertas siempre están abiertas de par en par para recibir la visita de todo aquel que está detrás de una respuesta.
Dentro de esa humilde vivienda se encuentra Adolfo, un hombre ya anciano, que ronda los noventa y tantos años de edad y que a pesar de ello mantiene su aspecto sano y fuerte, aunque algo encorvado por el tiempo. De todas formas se las apaña para atender a todos los que acuden, al tiempo que se cocina, hace los mandados y cuida su quinta, además de mantener su hogar lo más limpio posible.
- Si uno quiere estar limpio de alma, debe comenzar por limpiar su casa - suele repetir a los visitantes que van en busca de ayuda.
Vive en soledad, pero es solo una forma de decir. Lo visitan a diario decenas de personas, todos de lugares distantes, que atraviesan cientos de kilómetros para poder estar cara a cara con él.
El viejo los recibe de manera muy particular, ya sea invitándolos a ponerse cómodos en sus sillas de mimbre para tomar unos mates con él o bien, como ha sucedido, si justo está en la huerta, pidiéndoles una mano para alguna tarea que demandara algo de fuerza. De una u otra forma logra crear con el visitante, al que en la mayoría de los casos no ha visto antes, un vínculo íntimo y eso le permite, luego, poder percibir las respuestas que la persona quiere.
Es difícil precisar como es que toman conocimiento de la existencia de Adolfo, pero el boca a boca ha sido el medio de comunicación más importante de la historia, así como el más antiguo, por lo que tampoco puede extrañarse la peregrinación diaria de vehículos o gente de a pie, que con gusto (a pesar del cansancio y las horas de viaje encima) se encaminan hacia el pueblo que está cruzando.
Vaya a saber uno lo que hablan Adolfo y sus visitantes, pero suele dedicarles el tiempo necesario, por más que afuera de la vivienda hubiese más gente aguardando. Más de una vez se ha visto en horas de la madrugada gente esperando en la puerta, mientras dentro de la humilde casita Adolfo seguía hablando con otra persona.
Otra cosa que decía Adolfo a todo aquel que quisiera escuchar, era que servir al oráculo era ser prisionero de la vida de los demás y era muy cierto. No podía cerrarles la puerta en la cara y pedirles que volvieran al otro día. Habían esperado por horas y por ende, los atendía.
Había jornadas en las que no dormía, sobre todo cerca de los fines de año, cuando la gente acudía casi en masa, esperando las respuestas necesarias para comenzar los doce nuevos meses que se avecinaban de la mejor manera. No era de extrañar entonces verlo cabecear mientras quitaba yuyos entre medio de los zapallos o cuando, apoyado en algún estante del almacén, esperando su turno, dejaba caer su mentón sobre el pecho y se dormía hasta que era llamado al mostrador.
No ponía reparos, era su vida. Y el pueblo lo dejaba ser. Un tácito acuerdo, donde todos ganaban. A nadie le importaba ya no recordar el nombre del lugar, mientras hubiese para comer y donde refugiarse en las noches, podían ponerle como quisieran. Vive en "lo de Adolfo" es una de las frases que suele emplearse en el pueblo de este lado al hacer referencia de algún vecino del pueblo que está cruzando.
Con los años el viejo se transformó en la referencia de este lugar olvidado del mundo. La gente llega y le da color con su movimiento a un sitio que de otra forma sería un odio rutinario para todos sus habitantes. Este el escenario que vemos desde temprano, sol a sol, luna a luna.
Nosotros, los que estamos a un paso, ya hemos dejado de acudir a su casa de puertas abiertas. Antes íbamos con frecuencia, de una escapada. Tanto la gente de este lado, como del otro. Pero los autóctonos ya no nos dejamos engañar. Porque la realidad es que Adolfo es un chanta. Si, un chanta y la madre. Por eso les digo que ignoro de lo que hablará con la gente que lo visita, pero si fueron por una respuesta es probable que se lleven una mentira enorme como una casa.
Lo digo y lo decimos por experiencia propia. ¿Cuánto tiempo fuimos con nuestras preguntas urgentes? Muchísimo. Y nunca, pero nunca, ninguno de los que somos de este lado y fuimos, como los que conozco del otro lado cruzando el puente, y qu también acudieron, tuvimos la "bendición" del oráculo ese de mierda. ¿Cuántas veces le hemos preguntado "Adolfo, que sale esta noche en la quiniela"? para que ese viejo de porquería nos lanzara un número cualquiera, al que corríamos a apostar como tontos borregos.
Por eso, al ver esa peregrinación diaria pienso para mis adentros "crédulos imbéciles" mientras les sonrío con cierta ironía, al mismo tiempo que les señalo con la mano el frágil arroyo con su puente a cuestas y les digo entre pitada y pitada "queda en el pueblo que está cruzando".

3 de febrero de 2012

Desconfianza de la noche

La noche es una compañera peligrosa, le había inculcado siempre su madre. Por esa razón se cuidaba cuando debía deambular bajo la luna y discernir entre las sombras para tantear la realidad de los miedos dibujados por las palabras de años y años.
De todas formas, la noche crucial en su vida no lo sorprendió caminando desprevenido bajo las estrellas. Y podría decirse que si hubiese ocurrido en una vereda cualquiera, quizá su destino sería otro. Pero las desgracias no vienen solas, llegan por alguna razón. Llámese vaticinio o fatalidad, el destino tiene varias caras pero se obstina en mostrarnos solo una.
Cómo le ocurrió a Fidel, aquel que de niño le habían enseñado a desconfiar de la oscuridad, la noche en la que se le hizo muy tarde tras la sobremesa en la casa de unos amigos. Lo más prudente, pensó entonces y debió haber razonado durante largo tiempo después, habría sido quedarse en aquella casa, durmiendo en un sofá prestado o sobre un colchón en el piso.
Pero en cambio, decidido a regresar a su departamento, se encontró caminando hacia la parada del colectivo, con el croar de alguna que otra rana y el canto de los grillos como únicas compañías. No se trataba de la línea local, sino de media distancia. Su hogar distaba sesenta kilómetros de aquel paraje en el que se había críado.
Era entrada la madrugada y una brisa le recordaba que estaba desabrigado. Añoraba ya la posibilidad descartada minutos antes del sofá en lo de su amigo. Su vista iba del reloj en su muñeca izquierda a la ruta, más precisamente al fondo, donde las luces de un semáforo lejano cambiaban cada tanto. Esperaba ver emerger de la oscuridad la figura amarilla del omnibus. Lo esperaba con ansias. La soledad en aquel lugar lo angustiaba, además de la necesidad de apoyar su cabeza contra el respaldo y poder dormitar aunque sea media hora.
Ya su mente se interrogaba de manera lapidaria, preguntándose si acaso en ese horario tendría transporte. Se respondía negativamente, casi resignado a una espera eterna, o al menos, hasta el amanecer, cuando la línea de media distancia retomara su recorrido.
Sin embargo se produjo lo que en ese preciso instante creyó, era un milagro. La sencilla forma del colectivo irrumpió en el horizonte, dejando ver sus bordes rectos y el cartel luminoso que a medida que se acercaba, invitaba a leer el nombre de la ciudad destino, aquella que albergaba su cama y sus sábanas.
Subió Fidel sintiéndose más seguro, recobrando el calor en el cuerpo y retomando una respiración normal. La noche lo angustiaba terriblemente y a pesar que ya era un joven crecidito, el miedo todavía lo perseguía.
Se ubicó casi al fondo de la doble hilera de asientos. Apenas si viajaban seis o siete personas al momento de subir. Podría descansar tranquilo. Solo subieron dos pasajeros más antes de abandonar la ciudad que otrora cobijara su niñez. Y sería este último detalle, el que desencadenara todo.
Soñó en los minutos que se abandonó al sueño que estaba en su departamento mirando televisión, mientras comía una pizza con la muzzarella bien caliente. No supo si era por sentirse en su hogar o por lo sabrosa de la pizza, pero se despertó con una inmensa sensación de bienestar.
En realidad una conversacion lo arrancó de la ensoñación. Era un diálogo que se producía en el asiento atrás suyo. Recordaba que allí se habían sentado los dos últimos jóvenes en subir. No iba a negarlo, el aspecto de ambos no le había gustado. Gorritas con visera que le tapaban los ojos, camperas holgadas y varias cadenitas en las manos y cuello.
Los escuchaba hablar, con un tono elevado, incluso amenazante. Las palabras no eran nítidas, pero no porque no escuchara, sino porque pronunciaban muy mal. Y cada dos o tres palabras, había una que no entendía. Era joven, pero aquella jerga se le escapaba.
De a poco la charla comenzó a cobrar sentido. Los dos jóvenes de gorrita estaban planeando asaltar a los pasajeros.
El miedo lo puso rígido, pero solo fue un instante. Debía actuar. Por lo que escuchaba, los dos andaban calzados. Es decir, tenían armas de fuego. No podía caminar por el pasillo y avisarle al chofer, porque estos se avivarían y serían capaces de cualquier cosa por escapar. Decidió lo más arriesgado, que fue lo primero que se le ocurrió tras descartar avisarle al conductor. Hablarles.
- Chicos - les dijo girándose hacia ellos, casi con un hilo de voz; carraspeó para tomar fuerzas y seguir adelante - Chicos, no pude evitar escucharlos y quería pedirles que no lo hagan. Somos pocos, no vale la pena.
Los dos muchachos se miraron entre sí, no se imaginaban que iban a escuchar el plan. Además, las tres cervezas que se habían tomado en una estación de servicio antes de subir los había entonado y no era cuestión que un boludo les dijera que tenían que hacer.
- Flaco, chito. Te quedás calladito. Si no decís nada, la sacás barata. ¿Estamos?
- En serio, mirá bien, no vale la pena. Mirá si se te escapa un tiro y...
- Flaco, hacele caso a mi amigo. Quedate piola en su lugar que nosotros hacemos lo nuestro, bajamos y todos a salvo.
- Y si por esas cosas se les escapa un tiro...
- Si hacés algo raro, el tiro va para vos. Si el chofer decide hacerse el héroe y frenar, el que la liga es él. Y cualquier pelotudo que se haga el valiente, lo quemamos. Así que mirá para delante y esperá tu turno.
- Dale loco, media pila, mirá si vas a asaltar este cole, es tarde, tengo que llegar a casa...
- ¿Lo escuchás al gil este? ¿Vos sabés flaco con quién estás hablando? Nosotros cocinamos a varios, somos pesados, no te pasés de vivo con nosotros, no te pasés.
- No muchachos, no quiero que se malentienda, lo único que quiero es que no nos pase nada.
- Si te quedás callado no te pasa nada.
- Y... ustedes tienen armas, cómo puedo confiar que no va a pasar nada.
- ¿Querés que te de el arma? ¿Qué la tiremos por la ventana? - los dos de gorrita se pusieron a reír - Vos si que sos gracioso gil eh - acotó uno de ellos.
- Bueno - dijo el otro - Vamos a hacer esto rápido, porque la conversación me está aburriendo.
Y dicho esto, se puso de pie blandiendo el arma en la mano y gritando a toda jeta.
- ¡Hijos de mil putas, los estamos robando! ¡Chofer, ni se te ocurra frenar que te lleno de agujeros pedazo de forro!
- ¡Dale, la plata, vayan sacando la plata que tengan encima! - decía el otro mientras corría por el pasillo - Dame el celular mierda - le dijo de mala gana a un hombre que intentaba esconderlo debajo de la cola.
- ¡Vamos! ¡Vamos! Colaboren carajo. Vos imbécil, vos, dale, eso, la guita - exclamaba uno de lo ladrones, mientras se alejaban de los últimos asientos, avanzando hacia el chofer.
Fidel había quedado casi acurrucado en su asiento, temblando, porque cuando habían sacado las armas, pensó que lo primero que harían era dispararle un tiro en la cabeza. Cerró los ojos y recordó la voz de su madre, advirtiéndole sobre los peligros de la noche. Quiso replicarle a la voz, objetando que no estaba en la calle, sino dentro de un colectivo. Al mismo tiempo rezaba, pidiendo que los de gorrita se hubiesen olvidado de él.
Pero no, sintió el caño del arma contra la frente.
- Dale chabón, abrí los ojos. Faltás vos, dame la plata y el celular.
- Esperá - dijo levantando los párpados - te doy guita, pero el celular tiene datos del laburo y...
- Dame el celular o te quemo, así nomás te lo digo.
Dudó, pero con la mano temblorosa terminó alcanzádoselo.
El ladrón tomó el aparato y apartó la pistola de la cabeza.
- Flaco, no te preocupes, que vos vas a terminar mejor que nosotros en la vida. ¡Chofer! Frená para que bajemos y volvé a arrancar hijo de puta, que si veo que hacés algo raro te quemo, escuchaste te quemó - vociferó mientras corría hacia la puerta.
El colectivo frenó bruscamente sobre la banquina de la ruta y los dos muchachos bajaron corriendo para perderse en la oscuridad, que los encubrió como tragándose un bocado rico y sabroso.
Los pocos pasajeros quedaron en silencio, llenos de impotencia. Fidel aún sentía el frío del cañón en su frente y se imaginaba que allí todavía debía estar el círculo que éste había dejado sobre su piel.

El miedo a la noche, a los peligros que pueden esconderse tras su velo de estrellas mentirosas, que engañan con su brillo con el fin de hacerle creer a todos que son preciosas, dignas de ser observadas, en tanto la maldad se expande a espaldas de uno y lo toma por sorpresa.
La noche es eso, un despliegue de escenarios propicios para el crimen. Su madre tenía razón. La noche era ante todo una compañera peligrosa.
Había oportunidades, cuando la luna era único testigo de su deambular nocturno, que volvía a sentir el cañón sobre su frente. Por momentos pensaba que aquella marca jamás se había ido.
Ese viaje fue traumático, marcó su vida. Fue el desencadenante de lo que aconteció después. El temor lo desbordó al punto tal de hacerlo temblar ante la mínima sombra. Un pasado de advertencias gobernó su mente y durante largo tiempo sucumbió ante el recuerdo de su madre, los miedos inculcados y la experiencia de aquel asalto.
Pero como todas las cosas, no duró demasiado. Lo suficiente como para que comprendiera lo que debía hacer. La manera de enfrentar su miedo.
La noche ahora es su aliada. La que lo protege, envolviéndolo en su espesura cuando corre campo adentro tras saltar del colectivo que acaba de robar. Lo hace cada noche, esperando toparse con esos rostros conocidos y poder así cerrar el círculo.
No le molesta el miedo que causa, ni la sensación de estar a punto de ser apresado. El fue víctima de ese miedo y vivió preso del mismo. Ahora se siente vivo, porque lo enfrenta, lo hace suyo, lo gobierna. Pistola en mano grita desaforado y se imagina el escarnio que recorre interiormente a cada víctima y por una vez en la vida sabe que el enemigo no es la noche, sino el hecho de confundirla con la oscuridad que vive dentro de uno.

31 de enero de 2012

Pibe, pensalo bien

Mirá Carlitos, si te parece bien hacelo, dale para delante pibe pero no sé, pensalo bien, acá en el club tenés muchas posibilidades, pensá que el Turco Maderna se retira este año y si no es este año, es el próximo, vos lo viste al Turco, si ni se puede mover, para perseguir a un rival necesita una moto por lo menos, así que si el Turco se va es un casillero que avanzás pibe, claro, ya sé, están los hermanos Contreras, y esos son jóvenes pero con el nivel que tienen ¿cuánto te pueden durar en el club? una temporada o dos pibe, no más, después se las pican, vuelan, se van al mejor postor, eso de amar la camiseta no existe más y no importa que los Contreritas vengan jugando con el club desde el baby, ya eso no importa, cuando pinte la moneda los hermanitos hacen los bolsos y se marchan, y con el nivel que tienen hacete la idea que un campeonato más o dos y luego chau, si te he visto no me acuerdo, así que Carlitos esperá, no aflojes, vos sabés que tenés condiciones, además si vas a otro club a probarte y no quedás, acá te van a mirar feo cuando vuelvas, te conviene seguir peleándola acá, que si bien sabés hay buenos jugadores adelante, están al caer y cuando eso suceda ¡zaz! das el paso que te hace falta para afirmarte, porque es verdad, sos suplente en la reserva y ya tenés casi veintidós, pero ojo, no te asustes, he visto a grandes jugadores afirmarse en primera con más edad como el Águila Alarcón, te acordás, bueno no creo, tu viejo quizá se acuerda, vos vieras, tenía casi treinta cuando comenzó a jugar en primera, parecía el abuelo de los demás porque no solo no jugaba, vivía chupado Alarcón, así que el tinto le había modelado la cara, no sabés pibe lo que era esa nariz, roja como un tomate, parecía que estaba a punto de explotar y sin embargo el Águila jugó cinco torneos, cinco pibe y dejó un grato recuerdo porque se ganaron tres campeonatos en esa época, así que pibe que tengas veintidós pirulos no es señal de nada malo, al contrario, vas a empezar a jugar más maduro, mirá lo que le pasa a la mayoría de los pibes con las hormonas revolucionadas, con más ganas de coger que de otra cosa, que salen a la cancha como tromba y terminan mandándose macanas de todos los colores, y así Carlitos, vos supieras todos los pichones de crack que vi fracasar y que al poco tiempo colgaron los botines y que flor de jugadores que eran en las inferiores, no tenés idea, esto no es para cualquiera, acá no solo llegan los mejores sino los que perseveran, fijate el caso de Odilio, y si, me vas a decir que es el aguatero, bien, si, pero vos sabés lo que perseveró Odilio para ser aguatero y pensá que adelante tenía a grandes glorias del club que la vida bueno, viste como es la vida, dejó mal parados y necesitaban unos mangos y entonces las comisiones directivas los ponían de aguatero, pero Odilio sin ser alguna gloria pero cagado de hambre hasta los huesos insistió e insistió hasta que se le dio y ahora andá a sacarlo a Odilio, se las juna toda y es un tipazo, así que ya sabés, te armás de paciencia, venís a las prácticas, hacés banco cuando te toque el banco, salís a jugar cuando te toque jugar y en un par de años tenés pista libre para aterrizar vos pibe. ¿Estamos Carlitos? Dale, arriba ese ánimo ¡qué te vas a ir a probar a otro club, no seas boludo! En dos años, primera para vos. Segurísimo... siempre y cuando no traigan refuerzos. Y viste pibe, si se van Maderna y los hermanos Contreras, hay que ser realistas, hay que traer gente, no vamos a poner a Odilio a jugar, ¿no, verdad?. Pero tranquilo Carlitos, persevera y llegarás.

28 de enero de 2012

El hombre de la esquina

Lo asombroso era la constancia. Verlo todo el día parado en aquella esquina, sin importar si había sol, llovía a cántaros o si al mundo lo atravesaban ráfagas de viento de sesenta kilómetros por hora.
Su presencia era una postal en aquel punto de la ciudad. Aparecía bien temprano, con el sol comenzando a asomar por el este y permanecía hasta entrada la noche, cuando el firmamento era propiedad de las estrellas y la luna.
No ha faltado en todo este tiempo aquel buen vecino que quisiera acercarle una silla, pero como si aquella postura fuese un sacerdocio, el hombre agradecía y se negaba muy amablemente a aceptarla.
Cualquiera podía detenerse a conversar, no tenía inconveniente para ello. Era un hombre culto, aunque visiblemente perturbado. Si bien se lo veía sereno estando allí de pie y se lo percibía calmo a la hora de entablar una charla, su rutina no hablaba de una actitud o comportamiento normal.
La pregunta infaltable era la tendiente a descifrar las razones que lo movían a estarse parado en esa esquina. Y el hombre no la eludía. Decía que aquel punto del universo, en la unión de esas dos veredas, estaba el sentido de la vida y que su misión era poder comprenderlo.
- ¿Y por qué solo de día? - le preguntó más de uno alguna vez.
- Porque de noche duermo - respondió con toda lógica en cada oportunidad.
Nos preguntábamos siempre si la revelación del sentido de la vida le llegaría de repente o necesitaba ese minucioso estudio del ir y venir de las personas que realizaba a diario. De todas formas nos hacíamos esas preguntas en tono de broma.
Quién de nosotros no se ha parado a su lado algunos minutos, los suficientes como para observar desde el punto de vista del hombre. Sin embargo, más que la calle proyectándose hacia un lado y el otro, lo mismo que las veredas, los negocios y frentes de viviendas de siempre y el cambiante ir y venir de peatones, no vislumbrábamos nada que nos llamase la atención.
- ¿Y usted que ve? - se le preguntó una y mil veces.
- Lo mismo que usted - respondió ante cada ocasión, siempre con una sonrisa en la boca.
Cuando llovía uno esperaba que al menos abriese un paraguas o algo para protegerse, pero no, dejaba que el agua le cayera sobre su cuerpo sin demostrar la menor preocupación. Temíamos que se enfermera, dudábamos que tuviera obra social o cobertura médica. Sin embargo, siempre aparecía al día siguiente.
Eso si, comía puntualmente. Al mediodía extraía del bolsillo derecho de su saco (el uso de esta prenda era una de las principales características de este hombre, ya sea invierno o verano) un sánguche que devoraba con ganas pero sin prisa. Al atardecer, del bolsillo izquierdo, hacía aparecer una manzana o banana. A diferencia de lo que sucedía con la silla, si alguien le convidaba para comer, aceptaba. Salvo que fuesen chocolates, que según decía, le caían pesados.
- ¿Y, ya lo encontró? - solía preguntarle Bermúdez cada mañana, cuando llegaba para abrir el puesto de diarios.
- No estaría aún acá, mi amigo - le respondía sonriendo el hombre.
Severiano se llamaba, aunque nunca supimos el apellido. Al menos, nunca hasta antes de morir.
Pocos debemos imaginarnos dónde nos encontrará la parca en el momento último de nuestras vidas. Con este hombre era muy factible que sucediera ahí mismo, en la esquina que pasaba los días de su vida. Y así ocurrió. Pero no fue un ataque al corazón o una muerte súbita, ni mucho menos un ACV o una neumonía. Fue un colectivo de línea.
La mala fortuna, la desgracia, llámese como quiera. Un auto que cruza en rojo, el colectivero que intenta un volantazo para evitarlo y la esquina que se le viene encima. Y debajo del monstruoso vehículo, aplastado y con las piernas, costillas y brazos quebrados, terminó Severiano.
Una muerte que nos llegó de congoja a todos los vecinos que nos habíamos acostumbrados a tenerlo como parte del paisaje, del barrio, de la ciudad misma, porque... ¿quién no había oído hablar del loco de la esquina? Y ahora, de repente, ya no estaba. La esquina no era lo mismo sin su presencia. Parece extraño, pero es así.
Al recordarlo nos preguntamos todos si habrá valido la pena todo el esfuerzo por encontrar el sentido de la vida, porque al fin y al cabo lo suyo fue un apostolado que no le dejó vivir, al menos de la manera en la que lo demás entendemos esa palabra.
Y nos carcomen las dudas. ¿Entendemos bien esa palabra? ¿Vale la pena buscar el sentido? ¿Quedarse en una esquina esperando la revelación? Coincidimos en que no, en que Severiano estaba loco. Al menos, justificamos su muerte. Y al mismo tiempo, nos justificamos nosotros.
Quizá finalmente, creo a veces, el hombre encontró el sentido, irónicamente en el momento cúlmine de su existencia. Quizá el sentido de la vida no sea otro que esperar la muerte.
Y vaya que don Severiano la esperó.

25 de enero de 2012

Equívoco

Qué feo es equivocarse. Dicen sin embargo que errar es humano. Pero es horrible. La sensación que nos deja se asemeja un temblor interno, una duda lacerante que nos recorre de pies a cabeza poniendo a prueba hasta la última fibra y crispando cada nervio.
Qué feo, si señor. Más si nos ocurre haciendo algo importante. Por ejemplo, en el trabajo. Un sitio donde tenemos responsabilidades, quizá un cargo o simplemente funciones puntuales a las que atenernos.
Nos miden, nos evalúan, y algún paranoico incluso puede decir, esperan el más mínimo error para reprocharnos.
Es feo, claro que si.
Así lo entendió Rómulo después de haber enviado el correo electrónico. Lo supo de inmediato, incluso antes que el teléfono sonara. Aún escuchaba el sonido de la campanilla cuando cerró la puerta de su oficina por última vez. Se dirigió hacia la salida que daba a la calle. No necesitaba que lo echaran. Ya lo había hecho él solo.
Feo, muy feo es equivocarse. Escoger de la lista de contactos "Gerentes" en lugar de "Gentuza del club" y mandarles un e-mail con el asunto "Hola manga de putos".
Feo, de tal magnitud que únicamente podemos atinar a una sola respuesta: irnos y no regresar jamás.
Por vergüenza, aunque sea.

22 de enero de 2012

Gaspar

Las promesas, vaya tema ese para Gaspar. Las promesas y la que te parió, solía decir en voz alta mientras caminaba por las veredas del barrio hablando solo, como era su costumbre.
Los más chicos detenían sus juegos para verlo pasar y paraban las orejas para escuchar que nuevos improperios lanzaba al aire. Algunos le daban más de sesenta años, otros aventuraban que era mucho más joven pero que la vida le había jugado una mala broma.
En cambio, los adultos lo ignoraban. Se cuidaban, eso si, de no entorpecerle el paso, porque Gaspar no miraba por donde caminaba y si tenía alguien delante, lo atropellaba sin excusas para luego ponerse a rezongar por eso mismo.
Cuando alguien ajeno del barrio, de visita allí por razones diversas, se percataba de Gaspar era lógico que preguntara ¿y éste loco quién es?. Era el loco, el personaje diferente, el que rompía la monotonía de las calles, de las casas todas iguales, de la rutina de los mandados por la mañana, las siestas por la tarde y el andar cansino de las nochecitas.
Dormía en la plaza, cuando el placero se lo permitía, que era casi siempre. Las noches de invierno también, pero bajo el refugio de un sauce y varias mantas que le alcanzaban algunos vecinos piadosos. Comía gracias a las ofrendas de comerciantes generosos y se bañaba de vez en cuando, siempre que la fuente de la plaza tuviera agua.
Y a pesar de ese afecto mudo, de esa presencia aceptada por el barrio, que solo mostraba su peor faceta cuando lo ignoraban mientras caminaba, como si el hecho que el hombre se mezclara con la sociedad fuese malo, Gaspar no sabía de agradecimientos.
Nunca un gracias, un Dios se lo pague, nada de nada. Recibía y nada más. Si era comida, la comía. Si era abrigo, lo guardaba hasta usarlo. Si era ropa y la suya apestaba, se la ponía en ese momento. Pero sin gracias de por medio.
Solo hablaba al caminar, casi siempre en voz alta. Y la mayor parte de las veces se lo oía despotricar contra las promesas. El "que te parió" despertaba risas, pero no parecía importarle demasiado, porque jamás se detenía a ver de donde provenían. Y lo más probable, como decían algunos, era que quizá ni escuchara que alguien se reía de él.
Gaspar y sus promesas, yendo y viniendo a lo largo del día, recorriendo cada vereda, pasando cerca de todos los vecinos. Sin saludar, sin dar gracias, sin nada más que lo que llevaba puesto y sus palabras sin sentido. Eso era Gaspar, eso y los años encima, su historia desconocida, su pasado infranqueable.
Y solo por eso, por ese entendimiento tácito de esa vida cruel, es que los vecinos lo aceptaban. ¿Cuáles eran las promesas? ¿Algún amor no correspondido? ¿Un empleo que nunca llegó? ¿Algo que políticos de turno no le dieron?
¿Acaso importa? ¿Acaso queremos saberlo? ¿Cambiaría algo para Gaspar de ser así?
No, al barrio no le interesa y está bien. Cada uno sabe de promesas, cada uno tiene sus problemas y camina las mismas veredas, salvo que las palabras van por dentro y el despotricar sirve de poco, más cuando los dados ya han caído sobre la mesa.
Se escucha a veces un suave cuchicheo, unas risas y nada más. Gaspar sigue siendo el loco del barrio y para todos es suficiente.
- Ojo, ahí viene - le advierte la señora de rojo a su amiga.
- Si, me corro, no vaya a ser que se enoje.
Escuchan al pasar el "promesas y la que te parió" y se miran sonriendo. A lo lejos el viejo dobla la esquina. Ha dejado cierto olor a su paso.
- ¡Cuarenta y tres! - llama el verdulero.
- Es el mío - dice la señora de rojo.
Y la vida sigue ocurriendo, así, sin más.

19 de enero de 2012

Luz nieve

Solo aquel que ha visto a la muerte o desea verla, puede transitar en una noche de lluvia el camino que lleva al cementerio olvidado. El lugar, que para muchos en el pueblo es un mito, existe de verdad y está varios kilómetros adentro, luego de atravesar el bosque, pero son pocos los que han podido llegar.
¿Para qué alguien querría ir al cementerio olvidado? La respuesta es muy simple: allí reside la delgada línea entre un mundo y el otro, entre los vivos y los muertos. Y si uno quiere seguir viviendo, debe hacer lo posible para poder llegar. Antes, claro, tiene que haber muerto y vuelto a vivir.
Cuando Juan resbaló de la montaña que escalaba en la cordillera junto a sus amigos españoles, supo que iba a morir. Fue en el mismo momento que sintió como la piedra cedía debajo de su calzado. En ese instante se abrió un abismo en su mente, mucho más profundo que el que en realidad se cernía entre su cuerpo y el firmamento.
Luego tan solo se sintió caer. Mentalmente también las luces se apagaban. Su cuerpo iba camino a la muerte de manera estrepitosa y su cabeza hacía lo propio, presionándolo con imágenes puntuales, decisivas. Se moría y la culpa de otros avatares, rencores guardados y amores sin profesar, se sucedían unos a otros, con la seguridad de torturarlo, de impulsarle aún más velocidad a ese final tan angustiante que lo esperaba metros más abajo.
Sintió el impacto, pero en las extremidades. Luego todo fue oscuridad y más tarde, una solemne luz blanca, tan blanca como la nieve que solía divisar en las alturas, a temperaturas bajas. Pero aquí, esa luz nieve era cálida, confortable. Se sentía bien, sereno. Al menos, al principio.
No sabía dónde estaba, pero su cuerpo no le dolía, por lo que era una buena noticia. Lejos, vio cinco figuras. Se acercó para buscar una respuesta y en la misma medida, las figuras se alejaron. De golpe un brazo salió de la nada y lo tomó del cuello. El rostro dueño de ese brazo era atroz y su voz, era la del mismo diablo:
- ¿Qué haces aquí? ¿Qué haces? ¿Quién crees que eres para morir en este momento? Vuelve maldito ser vivo, vuelve y recibe tu castigo de morir en vida, día a día y aguardar en vano hasta que te llame. Vuelve, condenado, vuelve a tu martirio terrenal.
La voz desapareció luego de vociferar esas palabras y con la voz, retrocedió el brazo, la luz nieve y las figuras que se recortaban lejos. Volvió la oscuridad y de inmediato, el dolor.
- ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! – el grito desgarrador resumía el calvario que sentía. Y gracias a ese último alarido de su garganta, fue que sus dos compañeros andinistas españoles pudieron dar con él entre las rocas, aún respirando. Con un hilo de vida, pero respirando.
Su vida ya no fue la misma. Perdió sus piernas y también la posibilidad de seguir escalando. Apenas si podía movilizarse en la ciudad o en su departamento y veía en ese sobrevivir diario la ironía del destino, justo a él, que escalaba gigantes montañas, él que podía superar cualquier obstáculo, ahora era un rehén de una silla de ruedas y de una ciudad no pensada para gente así.
¿Acaso había sido Dios el que le había hablado o el mismísimo Diablo como había pensado en su momento? Lo había meditado durante muchas noches de largos meses, en los que no pudo conciliar el sueño. Y estaba seguro que no era ni uno ni el otro. El brazo, la voz, pertenecían a la muerte.
Se engañó mucho tiempo creyendo que alguna vez su vida sería como antes. Luego supo que ilusionarse era en vano. Comenzó a vagar por grupos de auto ayuda, sin encontrar nada que lo animara. Las palabras de la muerte eran un eco en su cabeza, como lo había vaticinado aquello era un martirio día a día que a veces lo llevaba a pensar en terminar con todo.
Fue en una reunión con personas que habían experimentado la muerte o al menos, la experiencia del “túnel de luz” que conoció a Gaspar. Era un hombre entrado en años, vigoroso y con un fuerte carácter. Solía discutir con todos y levantarse de su asiento enojado con alguien para salir del recinto dando un portazo. Una noche no lo hizo y coincidieron los dos en el bar de la esquina. Compartieron una mesa, dado que Juan no podía quedarse en la barra, que se le hacía eterna de alta.
Cada uno contó su experiencia, sin caer en sentimentalismos. Eran dos personas resignadas, que solo buscaban en esas reuniones un justificativo para levantarse al día siguiente. Al escuchar la historia de Juan y de su mal momento en la luz nieve, tal como él la seguía llamando, Gaspar entornó los ojos.
- Hay tres clases a la hora de experimentar la muerte – le dijo – La primera es aquella en la que no regresas, la segunda es la que regresas lleno de esperanza y la tercera es la que regresas creyendo estar vivo cuando en realidad estás muerto.
- No entiendo la último – le confesó Juan.
- Claro que si, la tercera es tu caso.
Juan no lo entendió. Se quedó mirando a su compañero de mesa, que apuraba el último trago de cerveza.
- Tú crees que volviste, pero no es así – Gaspar veía en los ojos de Juan la incomprensión – Me puedes decir que estás delante de mí, que estás tomando una cerveza y te voy a creer, lo estoy viendo, no soy ciego. Pero ya estás muerto, regresaste sin vida, solo eres una cáscara sin alma. La muerte se divierte, hace esas bromas. Te tendrá penando en vida. ¿Entiendes? Un muerto penando en vida. ¿Qué peor contradicción, que paradoja podría ser más cínica?
Juan se tomó la cabeza. Podía avistar algo de esa idea, pero la creía imposible. Pero en el fondo, alguien reía en su interior y estaba seguro, era la muerte. Y sabía, estaba convencido, que era verdad.
- Ve a Paraje Blanco, es un pueblo pequeño, en el oeste. No aparece en los mapas, pero puedes llegar preguntando. Nadie le negará ayuda a un lisiado. Allí te dirán cómo encontrar cierto lugar. Puedes que allí la muerte se redima y te permita descansar donde te corresponde.
Recién dos años después de aquella charla con Gaspar, y tras mucho andar, Juan se encontró atravesando el bosque de Paraje Blanco en su silla de ruedas, mientras entre las copas de los árboles el atardecer coronaba el cielo.
Su peregrinar había sido en solitario. Donde se dirigía únicamente lo esperaban a él. No necesitaba a nadie más. En el pueblo se habían mostrado reticentes, pero nadie dudó, al mirarlo a los ojos, que ese hombre en sillas de ruedas, rostro fatigado y pronunciadas ojeras, ya estaba muerto antes de llegar. Un muerto en vida, uno más. La muerte seguía jugando con la gente y para ellos la sorpresa se había extinguido hacía décadas.
El cementerio no era como los demás. No tenía murallas que lo ocultaran de la sociedad, ni presuntuosos mausoleos. Apenas si se veían algunas cruces de madera y lápidas derruidas con los años. La totalidad de los árboles que se erigían con pobre firmeza estaban secos. Algunos cuervos revoloteaban entre sus ramas, dándose picotazos entre ellos y desparramando en sus movimientos oscuras plumas al aire.
La noche se había cerrado en lo alto para cuando las ruedas de la silla dejaron sendos surcos sobre la tierra húmeda del lugar. Al notar la presencia de un extraño, los cuervos cesaron sus peleas.
De repente el silencio asaltó el paraje y embargó a Juan en una extraña sensación. Aquel silencio era igual al que había vivido años atrás, antes de arribar a la luz nieve. Cerró los ojos y aguardó el brazo, el mismo que aquell vez se despegara de la oscuridad, tomándolo otra vez del cuello. Prácticamente sintió las garras aferrarse a su piel. Pero fue eso, solo una sensación, porque nada apareció en la noche. Solo una brisa, suave pero fría, que lo hizo temblar.
Y tras la brisa, llegaron los pasos sobre la grava. Pasos fuertes, pero sin prisa. Lejos, entre cruces apuntando a ninguna parte, vio avanzar a la muerte. No llevaba una hoz como decían las creencias, ni tampoco vestía un traje con enorme capucha que lo cubriera de pies a cabeza. No era un ser físico, tan solo una sombra, una figura que se movía haciendo constar su presencia, que pisaba sin pies, que hablaba sin boca, que respiraba sin nariz.
- Muchos llegan después de tanto buscar – dijo la voz de aquella sombra, que tan bien recordaba de aquel atroz momento en la luz nieve.
Juan no contestó. Se limitó a observarla. La sombra se paseó a su lado, rodeándolo, como si estuviera cotejando a esa persona en silla de ruedas con el recuerdo de aquel andinista que quiso morir antes de tiempo y se atrevió a viajar hasta el más allá sin el permiso debido.
- ¿Consideras que ahora si es tu hora? ¿Vienes para que te lleve? ¿Tienes el coraje para morir de una buena vez?
- Ya morí una vez.
- No, no estabas muerto aquella vez.
- Pero tú hiciste que lo estuviera a partir de aquel momento.
La muerte sonrió.
- Haces ver como que el fracaso de la oportunidad que te di es culpa mía.
- Yo no fracasé – refutó enojado Juan – Yo debí morir y no sucedió así, pero te encargaste que mi vida después de eso fuese igual que estar muerto.
La sombra se movió de un lado a otro. Ya no sonreía.
- Morir día a día es lo que hacen todos. El martirio terrenal es el mismo para todos. ¿Por qué crees que esas palabras fueron diferentes para ti? ¿Hay cosas peores que la muerte? No lo creo. ¿Qué esperas que sea la muerte? ¿Un lugar de reflexión y relajamiento? ¿Unas largas vacaciones? Tuviste una oportunidad y te dedicaste a no usarla. ¿Me culpas a mí ahora?
- Me han dicho que aquí está la respuesta a todo eso, que la línea entre la vida y la muerte reside en este cementerio.
- ¿Una línea? Qué interesante. Suelen venir muchos como tú a este lugar. Puede que eso lo haga más atractivo. Estoy en todas partes. En definitiva soy la muerte. Pero si quieres que sea acá, será acá.
- ¿Qué debo hacer?
- ¿Para qué? – preguntó la muerte.
- Para dejar de sufrir.
- Puedes morir o simplemente, intentar vivir.
- Ya estoy muerto.
- Entonces no me necesitas.
- ¡Si te necesito!
La muerte había empezado a alejarse. Juan movilizó con fuerza su silla e intentó darle alcance. Una de las ruedas tropezó con una cruz y perdió el equilibrio. El cuerpo cayó hacia un costado, sin darle tiempo de anteponer los brazos. La cabeza dio contra media lápida partida, que estaba en el suelo. Primero fue el golpe, luego una grieta en la frente y más tarde, un borbollón de sangre escapando. Juan murió al instante. La sangre siguió vertiéndose unos minutos más.
En ningún momento la muerte volvió sobre sus pasos. No le hacía falta. Su trabajo lo había hecho años atrás, convenciendo a un ser vivo de que estaba muerto. Al fin y al cabo, todos los mortales lo están. Solo es cuestión de tiempo.

16 de enero de 2012

Días de pálida belleza

Era un buen día para morir. No tenía dudas. Corría una brisa suave que acariciaba la piel. El cielo estaba cubierto por pequeñas nubes amontonadas y en el horizonte se asomaban las islas, distantes y salvajes, como lo hacían cada día, desde que tenía memoria.
El bote resposaba sobre el agua, en un vaivén calmo y hasta hipnótico. Dentro, el hombre ya había arrojado un par de rifles, la carpa y una mochila con provisiones. Buscó con la vista los remos, que recordaba haber dejado cerca del muelle. Los había construdio con sus manos en la juventud.
Estaba preparado, así que respiró hondo y miró por última vez su humilde casa y la costa que la rodeaba. Escuchó ladrar al perro, pero lo ignoró a pesar del corazón que le pedía volver y soltarlo. No podía, alguien lo haría más tarde.
El agua lo invitaba a internarse río adentro. El sol entibiaba su rostro, casi con dulzura. Sus ojos estaban atentos, observaban los puntos lejanos con ávida experiencia, aguardando el menor movimiento sospechoso. Algunos pájaros surcaron el cielo y sus sombras se proyectaron sobre la viva superficie marrón, de textura brillante y movimiento continuo.
Las islas se acercaban en la medida que sus brazos empujaban más y más los remos. Aquel era un ejercicio que conocía bien, pero era la primera vez que lo ejecutaba para salvar su vida.
Su casa era un punto en la orilla cuando vio el humo desprenderse hacia el cielo. Habían llegado. Ya sabían que había escapado y pronto se harían al río con furia y desesperación. Debía llegar rápido a las islas, buscar un escondite, refugiarse un tiempo prudente y luego seguir tierra adentro hasta encontrar otros brazos del río e intentar la fuga hacia destinos remotos.
De vez en cuando miraba hacia la columna de humo y se preguntaba cómo es que había ocurrido. Aún no lo entendía. Al menos, no comprendía su conducta. De repente todo lo que conocía se había esfumado y en su lugar se habían plantado sentimientos tan horrendos como lo que hizo.
Seguía sin entender. Él, que jamás había utilizado sus armas para otra cosa que no fuera la caza, él,al que desde chico le habían enseñado a respetar a los demás y sobretodo a las mujeres. Él, que ahora escapaba tras la masacre que había cometido en el pueblo. Así, de repente, tras un click en su cabeza, sin siquiera entenderlo.
Si, era un buen día para morir. Después de lo que había hecho, era lo menos que le podía pasar. Cerró los ojos y aflojó sus brazos, dejando de remar.
El bote se detuvo en el río, moviéndose solo por la corriente. Pronto le darían alcance y se cobrarían venganza. Él lo sabía bien, y así lo quería. La muerte lo salvaría del infierno que bullía en su mente. Existían días hechos para morir y ese era uno de esos.

13 de enero de 2012

Frase con eco

La conversación había tomado un cauce controvertido desde hacía minutos, pero la última frase que le escuchó a su novia, fue la que lo estremeció.
- No es justo esperar a que se mueran los padres para ser beneficiaria - había dicho a un grupo de amigas con las que dialogaban en la cocina.
El había estado pintando las rejas del frente y el ir y venir le había permitido escuchar retazos de la charla. Antes ya se había sorprendido al oír oraciones como "la venganza es lo mejor", "habría que esperar el primer descuido y zaz" o la que hasta entonces le había preocupado más, que fue "se puede matar a alguien y que nadie se entere".
Debía reconocer que la mayoría de las veces que discutía con su novia, le daba algo de miedo. Más que nada porque los ojos se le inyectaban de furia y cuando hablaba, o gritaba en realidad, parecía estar rabiosa y con ganas de morderlo. Por esa razón, evitaba discurrir en confrontaciones.
Las amigas, en tanto, si bien no las conocía del todo, se asemejaban en ciertas actitudes. Ademanes fuertes, seguros, miradas que orillaban lo helado, saludos parcos... bueno, tampoco creía justo describir así a su novia, porque se llevaban bien, se querían y estaban proyectando juntos sus vidas. Era cierto, como en toda relación, había temores. Pero los suyos no tenían tanto que ver con proyectos laborales o la situación económica.
Le hubiese gustado interrumpir la conversación y preguntar si aludían a situaciones especiales, pero el solo hecho de pensar de entrar a esa cocina y pronunciar una sola palabra lo intimidaba. No sabía con exactitud la razón de ese miedo, que le parecía incluso irracional, dado que convivían desde hacía dos meses y salvo pequeñeces, ella se comportaba normal.
Pero aquellas pocas palabras sobre los padres se repetían en su cabeza como un eco. Hacía poco ella le había comentado que sus padres tenían cierto dinero guardado y que repartirían entre los hijos (su novia solo tenía un hermano) pero recién, cuando ambos murieran. Había sido un comentario al pasar, entre el reproche y la resignación.
Sin embargo, escuchado ahora en aquella conversación, encontraba otro matiz. Seguramente las amigas asintieron ante ese comentario, aunque ignoraba que acotaciones al margen se habrían impuesto sobre la razón, si es que acaso hubo alguna.
De algo estaba seguro. Cada una de las amigas recordaría esa frase. Y eso, en la idea que el eco estaba generando en su cabeza, era una gran, pero gran, coartada.

10 de enero de 2012

La vida es una ilusión

Cuando las luces se apagaban y los últimos pasos que se alejaban hacia la salida llegaban como un eco marchito, el mago se refugiaba en el cuartito del fondo del humilde teatro. Agradecía el descanso que le proporcionaba la silla, la firmeza del respaldo para su espalda y también el vaso de agua y el plato con comida que le dejaban preparado.
No había paga por su trabajo, no le hacía falta. El encanto mayor eran las sonrisas, las muecas de sorpresa, los gestos de asombro.
En el cuartito comía y descansaba, disfrutando el silencio. Durante la función sus oídos recibían aplausos y a veces carcajadas, cuando sus actos con rutinas de humor así lo propiciaban. Pero allí, solo ante su plato de comida y el vaso de agua, podía pensar con tranquilidad, casi escuchando a sus ideas.
Era un buen ejercicio, podía pensar el show de la noche siguiente, encontrarle la vuelta al truco que se le había ocurrido unos días antes, incluso, repasar los rostros de los presentes y hasta llevar la cuenta de las veces que cada vecino había ido a verlo sobre el escenario.
Pero había una imagen, que al llegar, lo absorbía por completo. Y eso sucedía cada noche, porque ella iba a todas las funciones. Era pelirroja, de enormes bucles y miraba curiosa. Se sentaba en las primeras butacas, pero jamás se acercaba a saludarlo al término del espectáculo, como solían hacer otros. Se iba en silencio, sonriente, mirando de vez en cuando por encima de su hombro, como asegurándose que él seguía allí, recibiendo apretones de manos y palmadas en la espalda.
Se sabía el nombre de todo el pueblo, salvo de esa chica. Se reía de su mala fortuna, porque si había un conocimiento que quería hacer suyo, era justamente el de ese nombre. Pensaba que sabiendo el nombre, no podría resistirse a marcharse si el la llamaba con fuerza.
Su rostro se paseaba delante de sus ojos, como un grato fantasma, mientras apuraba el último trago de agua. Se sintió satisfecho. Limpió algunas migajas que habían caído encima de su ropa y se puso de pie. Contempló el cuartito desde la puerta y tras un movimiento de sus manos, el lugar se redujo a una pequeña cajita de cartón. La tomó entre las manos y salió del teatro, por la puerta principal. Dejó la cajita en la vereda e hizo otro movimiento, ahora con una varita. El teatro de esfumó en el aire. En el suelo, donde antes había estado la construcción, había otra caja, un poco más grande que la anterior.
Tomó la chiquita y la introdujo dentro de la otra. Y llevándolas entre sus manos, caminó por la calle, observando la enorme luna que se elevaba entre los árboles. Al llegar a la salida del pueblo, giró sobre sus talones y parpadeó dos veces. El pueblo dejó de existir.
El mago sonrió complacido. Era hora de descansar y recuperar energías. Siempre la mejor función era la que no se había dado y cada noche soñaba con lo mismo, con dar con el nombre de la pelirroja. Suspiró profundo y puso en marcha sus piernas. Sus manos llevaban la caja y su magia, la ilusión.

7 de enero de 2012

A través de la pantalla

Las distancias, que tema tan complejo para su corta edad. Pero la vida es tan voraz que, o bien uno se sube al tren o queda por siempre varado en el andén, esperando algo que con el tiempo hasta olvidará de tanto esperar.
Eran muchos los amigos de la infancia y la adolescencia que habían abandonado el pueblo. Cada año sucedía lo mismo con una nueva camada de jóvenes, que albergaban la esperanza de un futuro mejor en ciudades lejanas, cuyos nombres pronunciaban con júbilo en sus bocas, como si estuviesen recitando el sentido de la existencia.
Pero él se había quedado. Era de los pocos.
El destino lo había puesto joven al frente del almacén de su padre, lisiado desde hacía años. Y esa era su función en el pueblo o como él pensaba, su lugar en el mundo. Y estaba bien. Al menos, siempre lo había creído así. Claro que ahora le costaba un poco y la razón tenía cuerpo de mujer.
Se llamaba Estela y se habían puesto de novios el verano último, en ocasión que ella había vuelto al pueblo en sus vacaciones. Estudiaba en una ciudad distante a seiscientos kilómetros. Sus visitas en el año eran esporádicas y para fechas especiales, como ser cumpleaños o fines de semana largos. Pero no siempre podía hacer un tiempo en su agenda, debido al propio estudio.
La distancia, pensaba Andrés, una y mil veces, desde que se despertaba hasta que se acostaba, en la soledad de su cuarto, a seiscientos kilómetros de la mujer que amaba. La puta distancia, solía decirse en el umbral del sueño.
Por esa razón había tenido que sumarse al tren de la nueva tecnología. Reacio a las computadoras, aprendió a usarlas. Ni siquiera para su almacén las utilizaba, le gustaba llevar las cuentas como lo hacía su padre y como antes lo había hecho su abuelo.
Sin embargo, tras cerrar el almacén, comer algo, encendía cada noche la computadora, abría el programa para poder hablar y verse al mismo tiempo, del que apenas recordaba el nombre y diferenciaba de todos por su ícono celeste, y esperaba ansioso que su novia se conectara.
Aquello era un ritual que solo se veía interrumpido si ella tenía un parcial o final al día siguiente. Había comprendido que las tecnologías, si bien no acortan las distancias, las hacen parecer menos dramáticas. Aunque muchas veces se quedaba mirando la pantalla, observando la imagen que le llegaba de su novia y se soñaba atravesando ese cristal hasta corporizarse del otro lado, para luego abrazarla y besarla. Se lo había hecho saber a ella y como era lógico, rieron un buen rato.
Lo extraño había comenzado una semana atrás. Un sábado si mal no recordaba. Estaban hablando y viéndose a través de la computadora como lo hacían normalmente. Ella fue a buscar algo a su habitación y antes que a ella, Andrés observó llegar una sombra al ordenador.
- Estela... - dijo tímidamente - ¡Estela!
El oyó que ella le contestaba desde lejos, casi en forma inaudible. Al cabo de unos segundos apareció casi corriendo y la vio en la pantalla.
- Andrés, que pasa...
- Estella, ¿quién está con vos?
- Estoy sola - dijo riendo - ¿Por qué me preguntás eso?
- Acabo de ver una sombra pasar por el video que me llega.
Ella volvió a reír, no sabiendo si se trataba de una broma u otra cosa.
- Andrés, no hay nadie. ¿Dónde la viste? ¿No habrá sido alguna distorsión en la imagen? Viste que estas camaritas a veces fallan o la conexión se pone lenta...
Finalmente Andrés cedió, no muy convencido. Y olvidaron el tema para hablar de ellos, de lo que sentían, de lo que se extrañaban.
Para la noche siguiente era un episodio barrido de la memoria. Hasta que en un momento dado, no tuvo dudas de lo que veía.
- Estela, veo una sombra de una mano en la pared, date vuelta, mirá, mirá... . - anunció en un susurro.
La joven se sacó los auriculares y giró la cabeza.
- ¿Dónde Andrés? Me asustás.
- Ahí, justo donde estás mirando. ¿Estela, no la ves? Fijate, hasta pareciera que el brazo doblara donde termina la pared.
Andrés observó a su novia levantarse y ausentarse vario segundos. Cuando comenzaba a preocuparse, retornó a su silla.
- Andrés, tiene que ser algún problema en tu monitor. No veo nada y, por suerte debo decirte, tampoco hay nadie. ¡Además de los exámenes que tengo la semana que viene, nadie me acecha, te lo juro! - bromeó ella.
Pero a la noche siguiente el muchacho supo que no era ninguna falla de su máquina, ni de video. Claramente, detrás de Estela, percibía la figura oscura de una persona. Se lo advirtió, pero ella insistió que no había nada. Y para demostrarlo, se movió por el lugar donde él le decía que estaba viendo la forma oscura.
- Pero... - balbuceó vacilando.
- Bien, vamos a hacer una cosa. ¿Sabes tomar una imagen de la pantalla? Bien, te enseño y vemos que aparece.
Con paciencia Estela logró que Andrés capturada una imagen de la pantalla, pero en el archivo jpg que le envió, el video aparecía normal.
- No hay nada aquí querido - sentenció ella y tras eso, no tocaron más el tema, por más que él no dejara de ver la figura en ningún momento.
Los dos días siguiente ocurrió lo mismo. Pero su insistencia solo consiguió el enfado de su novia. Por eso, cuando volvieron a conectarse, ni siquiera lo mencionó. Sin embargo, la figura parecía cada vez más nítida y más oscura. En un momento, al abandonar ella la silla, incluso vio a la forma ocupar el asiento y hasta podía jurar que lo observaba sin ojos atentamente.
Cuando esa noche, tras cerrar el almacén y llamarla al celular, cosa que hacía siempre, para coordinar el encuentro nocturno en la computadora, ella no contestó, una señal de alarma se encendió en su interior. Probó varias veces más, pero no hubo respuesta más que la casilla de mensajes del contestador.
Le envió unos cuantos mensajes, sin resultados en el momento. Un par de horas más tarde, estando ya conectado y esperando que ella apareciera, el ringtone de su celular le avisó que ella había escrito. Eran solo dos palabras: Me conecto.
Resultaban frías a la vista, tanto que le dolió el pecho. Al minuto vio que el usuario de ella aparecía como "conectado". Hizo la llamada y ella atendió.
- Hola Estela mi amor - dijo ganando tiempo, aguardando que ella activara el video.
No hubo respuesta. No hizo falta.
Al encenderse el video dos figuras oscuras, una de un hombre y otra de una mujer, llenaban la pantalla que tenía delante de los ojos.
Aterrorizado, supo que las distancias eran ahora más lejanas que nunca.

4 de enero de 2012

Un nuevo fin del mundo

Salió corriendo a la calle, sin importarle los coches que viajaban en una y otra dirección. La avenida estaba atestada en esa hora. Pero estaba cegado por sus pensamientos. Un colectivo de línea frenó dos metros antes de atropellarlo. El hombre se arrodilló sin percatarse de la mole que estuvo a punto de aplastarlo. Extendió sus brazos al cielo y aulló su profecía.
Tres hombres corrieron desde la vereda a sacarlo del lugar. El hombre hablaba del fin del mundo, de la llegada del demonio, de lenguas de fuego que lloverían del infierno. Algunos transeúntes miraban con compasión la escena, la locura del desconocido, el peligro al que se había expuesto (y expuesto a otros, claro).
Del edificio donde había salido, aparecieron una mujer y un joven que dijeron ser familiares. Mientras el hombre se revolvía en su locura, la mujer lo abrazó pidiéndole calma. El muchacho se notaba compungido, triste. Se lo llevaron en medio de sus gritos, de sus profecías sobre el fin de la humanidad.
La gente lo veía marcharse, casi a la rastra. Sentían pena por esa mujer y aquel joven. Solo unos pocos sopesaron el dolor interno de esa persona, el motivo de esa demencia, de esa realidad tan trágica y cruel. El colectivo de línea reanudó su marcha y siguió su viaje. Los coches siguieron yendo y viniendo como si nada.
En un departamento de aquel edificio en cambio, seguiría el infierno. El de la esposa y el hijo, y el de hombre, tan personal como los pensamientos fatídicos que torturaban su mente. Allí, para ellos, aquello era el fin de mundo.
Y para muchos en otras partes, acontece uno a cada instante, en forma de muerte, de separación, de decepción. Es que el infierno suele descender sobre nosotros en formas imperceptibles y a veces, ni tiempo a gritar nos da.

1 de enero de 2012

El hombre que no quería morir

De todos sus males, siempre el peor había sido la resignación. Era relativamente joven, había estado a punto de formar una familia y de pronto lo asaltó una enfermedad. Una tragedia habitual en este ínfimo punto del universo donde la muerte y la vida se disputan segundo a segundo su protagonismo entre los mortales.
Tres meses, a lo sumo cuatro había dicho el médico. Se había despedido de quién iba a ser su mujer, de sus amigos, de sus familiares lejanos, de aquellos conocidos que la vida se había encargado de poner en su camino.
Pero ese mal que siempre lo había aquejado, esta vez se hizo a un lado. Y cuando el cronómetro expiraba, las últimas partículas de arena se arrojaban a la mitad inferior del reloj de la vida, de su vida, profirió un grito desde las entrañas, más fuerte que mil gritos juntos.
Quiero vivir gritó.
De eso van ocho años. Su hijo más grande ya va a primer grado y la niñita que es el sol de la mañana en su corazón, ya viste el delantalcito del jardín.
Su médico lo sigue llamando a diario. Ya es una rutina, un motivo para sonreír, para mirar al cielo y agradecer. Contesta su celular y dice: "Aún sigo vivo y así seguiré".
Porque el peor de los males es la resignación.