Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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24 de febrero de 2009

Cuando la muerte es de otro

Estoy seguro que hay algo detrás de la roca
Y que se esconde un cielo en aquella nube
Como crece lento, pero crece, un ideal
En la mente de aquel joven atento que sube

Desde mi banco todo lo veo sin creerlo
Porque mientras el mundo se fragmenta y derrumba
Reconozco que no son más que mis sueños
Escapando del oscuro diapasón que suena en mi tumba

Y si del aire disfruto, en aquella plaza sin vida
Es porque aún me permito que a mi el llanto acuda
Viendo el cortejo marchar escaleras arriba
En tanto la esperanza por la tristeza se desnuda

23 de febrero de 2009

Fragmentos

Tan solo somos esquirlas en una guerra perdida.

21 de febrero de 2009

Pretensioso

¡Quién no ha querido alguna vez tocar una estrella! Entonces me hice astronauta y lo conseguí, pero no es nada del otro mundo. Una cosa gigante, caliente, distante, olvidada por algún Dios en alguna era remota.
¡Quién no ha soñado con vivir eternamente! Me hice explorador, descifré los misterios sin resolver de la historia humana y encontré la fuente de la eterna juventud. Pero uno no se vuelve joven por siempre, sino que sufre achaques, enfermedades, pero no muere. El dolor, el sufrimiento, no se quitan.
He convertido en realidad miles de anhelos. Sin embargo, hay algo que me gustaría y que no he podido aún: tocar el alma de alguien.
Por ese motivo me he convertido en un despiadado asesino y vigilo las callejuelas cuando la noche cae, en busca de una nueva víctima. Ansioso como un niño, aguardo el momento en el que el alma de alguno de mis muertos se deje ver al abandonar el cuerpo.

16 de febrero de 2009

La cruz que envenena

Inquebrantable, la locura, se cierne sobre sus días, bastión ineludible de pálidos atardeceres, en los que, encaminado a morir, sin embargo sobrevive.
La luna que lo acoge, viste de carmesí sus sueños, tiñe de oscuridad sus pesadillas y hiere con saña embebida en furia sus noches de insomnio.
El amanecer es un alarido de odio a todo lo conocido, un escapismo a la verdad que lo asecha, el dolor de saberse nuevamente empujado al viaje de cada día, de riscos y tedio, pedregoso y sucio, de aguja y sustancia.
Adicto a la muerte, acude entonces a los caminos que la conducen, como perro persigue a su amo, como moribundo a su tumba.

12 de febrero de 2009

Reflexión para la hora del llanto

Si alguna vez me pusiera a pensar que cuando te saludo, puede ser el último saludo, que cuando conversamos puede ser la última vez que escuche tu voz, si tan solo me pusiera a reflexionar... no dejaría jamás de hablar contigo.
Sufro en silencio, a la distancia, sin poder contar las horas, sin más lágrimas por derramar.
Me aferro a tu voz, a tus ganas, a tus fuerzas. Me aferro a tu corazón, dejando el mío en el esfuerzo.

10 de febrero de 2009

En el tercero C

Oprimía con furia el timbre del portero eléctrico mientras se preguntaba qué pecado escondía debajo de esa imagen angelical, de esa pureza maquillada, de tantas mentiras disfrazadas de verdades.
No le contestó. Llamó de nuevo, maldijo y volvió a llamar. El portero, que lo conocía de tantas veces que lo había visto entrar al edificio en medio de una discusión, se apiadó de su figura recortada contra la lluvia de la calle, y le abrió.
Subió presuroso las escaleras, porque no tenía paciencia para esperar el ascensor. Llegó al tercero C. Respiró hondo, se miró las zapatillas desatadas y dudó por un instante si atarse los cordones o no.
Demoraba el momento, era consciente de ello. Sabía que su piel estaba sudando. Volvió a tomar aire y exhalarlo. Se tocó la cintura, del lado derecho. Si, allí estaba, fría incluso debajo de la remera. La .38 de su padre.
Golpeó la puerta. Los dos primeros toc fueron débiles, tímidos. Los últimos cuatro, hirientes, impacientes. No le abrió. Decidido, sujetó el picaporte, lo giró y la puerta cedió. Estaba sin llave.
La imagen fue impactante. Los muebles desparramados, copas y platos arrojados con bronca contra los rincones, las paredes rociadas de sangre. En el dormitorio, un torso decapitado descansaba cruelmente sobre sábanas teñidas de rojo. No se preocupó en buscar la cabeza. Quizás el amante despechado que le había ganado de mano la había tomado como premio.
Se retiró en silencio, pero sonriendo y feliz de no haber tenido que usar el arma. Tarde se había dado cuenta que no la había cargado.

6 de febrero de 2009

Secretos olvidados

Dentro de cada hombre se esconden secretos. Es difícil hurgar en ellos, las revelaciones no suelen ser bienvenidas. El secreto es inexpugnable para los demás.
El Dr. Harsen aborrecía todo ello. Pero creyó tener la respuesta. Sacó un aviso en el diario y por algunos dólares por cabeza tuvo más de mil voluntarios.
Les colocó en la cabeza transmisores conectados a su computadora. En cada uno de los casos, los hombres se desplomaron en estado de coma.
Descubiertas las fallidas pruebas, Harsen fue apresado y condenado a perpetuidad. Los semi cadáveres fueron internados, pero ninguno logró recuperarse jamás.
La computadora yace en un depósito policial.
Dentro, muy dentro del procesador del equipo mil almas pugnan por escapar. De vez en cuando logran encender los leds de la máquina, pero nadie los ve. La computadora está dentro de una caja, bien al fondo, olvidada por todos.

4 de febrero de 2009

El regreso

Fue como un sueño, hasta que comencé a despertar. Era como si la oscuridad me hubiese invadido. La noche sumió al día en la penumbra y el cielo se cubrió de extraños seres alados, que a cada batir de alas desprendían chillidos tan agudos como terroríficos.
El firme terreno que hasta entonces pisaba se convirtió de repente en un pantano de dudosa espesura. Fue en vano escapar, me hundía, caía en él. Logré asirme de unas ramas secas que luego descubrí, era huesos de humanos en descomposición.
El olor... no puedo describirlo. Me cuesta encontrar palabras para ello. Parecía estar vivo. El olor jugaba conmigo, se divertía haciéndome recordar cosas buenas para luego mostrarme el rostro fétido de la muerte.
En medio de la nada, no estaba sola. Curiosos sonidos delataban la presencia de siniestras figuras ocultas en la viscosidad del anominato. No había estrellas, ni luna, no había horizonte ni certezas.
Vagué a oscuras durante noches y noches, cayendo de rodillas de vez en cuando, pero incorporándome antes que los seres ocultos me alcanzaran. Caminé en círculos supongo, porque siempre caía en el mismo lodo y me asía a los mismos huesos. Escapé mil veces de las mismas figuras y me estremecí ante los mismos sonidos.
Fui presa del pánico y rehén de la locura durante una eternidad. Hasta que desperté.
Pareció como si en el cielo se abriera una grieta y que desde allí se filtrara un pequeño haz de luz, tan pequeño que parecía una ilusión. Pero se ensanchó de a poco y de pronto, tras un manto nebuloso, me di cuenta que veía y que ya no quedaban rastros de las diabólicas aves.
Me sonrió un rostro conocido, como de otra vida, tan familiar para mi que me dolió en el corazón no reconocerlo. Una mano tomó la mía y sintiendo su calor, supe que me daba fuerzas.
- Corazón - me dijo con voz dulce y emocionada, casi al borde del llanto - bienvenida de nuevo, ya todo quedará atrás y vas a estar bien. Vas a ver.
Y por más que le creí y me sentí mejor, no supe de lo que me hablaba.

25 de enero de 2009

El tren que se lleva los sueños

El tren pasa a metros de mis sueños, tirando con fuerza de los vagones cargados de ilusiones. El maquinista hacer sonar el pito de la locomotora cuando me ve y mueve su brazo encogido arriba y abajo, como si estuviera jalando una soga invisible.
El tren siguió su rumbo, dejando tras su paso el silencio roto, las vías vacías y el humo perdiéndose en el aire.
Es un punto en el horizonte, como mis metas. Volverá a pasar mañana y pasado, y cada día. Sin embargo me he acostumbrado a contemplarlo y resignarme a la complicidad de un maquinista ajeno a la verdad que distrae mi mirada y esconde mi alma.

19 de enero de 2009

Bajo la bóveda

Desde los ventanales gigantes podía apreciar con cierto terror la tormenta que se desataba en el exterior. Estaba debajo de una especie de bóveda, de un techo inalcanzable, con vitrales en forma de cruz que filtraban una luz mortecina.
El frío se sentía hasta los huesos. Escaleras en espiral ascendían hasta lugares impensados. La arquitectura era propia de un demente y la incomprensión de las formas se cernía en cada detalle.
Observó la puerta principal hacia el oeste del hall. Corrió con todas las fuerzas, pero un viento lo hacía retroceder. Juraría escuchar voces en el ulular del mismo. Olores fétidos se desprendían de los mármoles del piso a medida que algo parecido a sangre se escurría por las grietas de los zócalos. Tras lo que fue una eternidad, ganó la puerta. El picaporte estaba decorado con hojas de afeitar y no obstante, no temió asirlo.
La puerta se abrió chirriando. El viento lo tumbó. Y lo que vió, lo desoló. La nada. Detrás del viento, oscuridad, vacío, soledad.
Despertó sobresaltado y agitado, bañado por la transpiración. Cuando los ojos se acostumbraron, el alivió lo invadió. Estaba seguro otra vez, en su oscura y apretada celda de prisión.

Dilemas

¿Budín o pan dulce? ¿Sidra o champagne? ¿Pollo o carne asada? ¿Ensalada o puré? ¿En lo de tus viejos o en los míos?¿Navidad o Año Nuevo? ¿Por la tarde o la noche? ¿Lo hacemos o no lo hacemos? ¿Serán buenos o malos? ¿Te dejo o me dejas? ¿Duele o no duele? ¿Lloro yo o llorás tu? ¿Disparo yo o disparás tú? ¿Soy yo o eres tú...? ¿y la sangre... de quién es la sangre?...

27 de diciembre de 2008

Una sola copa en la mesa vacía

Champaña sola y un pétalo de más,
en una flor olvidada por un jardinero poco fiel.
Recuerdos ingratos a la hora de brindar,
por la vida pagana, el deseo y la soledad.
Miradas ciegas por culpa de festejar
la salida de un año que no da para más.

Artificio en el aire, penumbra de navidad
Colores apagados, esta vez sin tintinear
La noche perdida por la vanidad
y el desenfreno medido, las ganas de gritar
Un grito silencioso de la más pura piedad
Para esa vida agobiada, cargada de culpabilidad

Y cuando las doce dan, las campanas suenan
pero no traen alegría, ni dicha próspera de año nuevo
se acabó la risa, hace rato, se acabó el juego
el manto echado sobre la piedra, donde lágrimas ruedan
El ayer terminó, comienza el hoy, comienza la nada
El estar parado donde ya se estuvo, tristeza sopesada.

Y cuando las doce dan, se va un año, se va la vida
Se va donde nadie la quiere, todos la olvidan
El niño sale a llorar y nadie enjuaga su llanto
Es que el niño es grande y ha quedado a la deriva
Es por culpa de crecer y creer en vano
Que el día es día y la noche, tan solo un cuento.

23 de diciembre de 2008

Festejos ajenos

Acá no hay nieve, acá no llega Santa Claus.
No hay chimeneas encendidas ni medias rojas rellenas de caramelos.
Las casas no están decoradas con luces brillantes que titilan como guiños en el aire.
Y no hay muérdagos bajo los cuales besarse a medianoche.
Acá no hay nada de eso.
En este callejón solo retumban, a lo lejos, fuegos ajenos, mientras la humedad se filtra entre las ropas de quienes, con tan solo pan duro y resignación vivimos los días de la humillación de no ser más que lo que somos y saber, con seguridad, que no seremos jamás, algo más.
Y entre sombras y dolor, soledad y desamparo, el mundo nos rodea sin abrazarnos y la felicidad pasa sin vernos.
Es nuestra historia y a nadie le importa.

22 de diciembre de 2008

Con qué cuento venís

Qué me van a contar a mí de lo caras que están las cosas! Qué me vienen a llorarme la carta los patrones de qué no pueden dar aumentos ni cajas navideñas ni nada de nada porque no hay dinero!
Pero qué me vienen a mi con esos cuentos, de miyaduras y pobrezas, cuando la palpo en el aire.
Si el otro día nomás quise suicidarme y fui a comprar gilletes; llegué a la caja y me dijeron cuánto salían! Me quise morir! No las compré, por supuesto! Me fue indignado por no poder ni siquiera matarme sin ser antes estafado.
Qué me van a contar a mí...

29 de noviembre de 2008

Negativa

Qué si no vamos. Qué si nos negamos. Qué si decimos basta y nos olvidamos de esa parte.
Qué si decidimos no morir y optamos por quedarnos.
¡¿Qué?!
¿Acaso nos perseguirán ángeles y nos llevarán a la rastra? ¿O enviarán demonios?
Cómo poder enojarse con nosotros si desde siempre hemos tolerado todo, cómo no permitirnos este últmo deseo.
Cómo convencer a la muerte que no nos lleven a quiénes amamos, cómo convencerla de que esto no es solo un juego...

14 de noviembre de 2008

Cuatro

Cuatro paredes te rodean y te hacen sentir.
Sentir la soledad y la condena.
Condena por no saber escapar y ser libre.
Libre de cargos y culpas, de hoy y de ayer.
Ayer de dolores y arrepentimientos.
Arrepentimientos que te obligan hoy a sufrir.
Sufrir por uno y por otros.
Otros que vivirán y vos entre paredes.
Paredes que serán por siempre, cuatro.

11 de noviembre de 2008

La vedette

Como si de una broma se tratase, la descomunal Brigitte arribó a su oficina. La Brigitte de sus sueños, el de todos.
La vedette estaba en desgracia. Su marido había sido asesinado. El detective la contempló con deseo, hipnotizado. Balbuceó antes de poder hablar, pero ella no se dio cuenta porque luchaba contra una marea de lágrimas.
La indagó ¿Sabía ella de enemigos de su marido? ¿Alguien que quisiera lastimarla? Bajo el arruinado maquillaje, una sonrisa triste y resignada surcó el rostro. Seguro que los había. La lista era innumerable.
El detective recorrió la zona, cabaret, sus contactos del bajo mundo, policías conocidos. Sacó fotografías de los alrededores de la mansión de Brigitte y las estudió minuciosamente.
La noticia fue tapa de todos los medios. La televisión se hizo un festín. La policía estaba desorientada. Pero William Scofet, tercera generación de detectives, no.
Sabía muy bien hacia donde apuntaban las pistas y los pasos que el criminal había seguido tras el crimen. Conocía el por qué y el cómo. Pero a pesar de ello, no podía develarlo.
El asesino era él y el destino lo había engañado con la broma de tener que descubrirse.
Era consciente que fallaría.

1 de noviembre de 2008

Resquicios

Para ese hombre de mirada perdida, su meta iba más allá de este mundo. Locura era lo que todos veíamos en él. Agachado en todo momento, buscando en los zócalos, en las uniones de las paredes, en los escondrijos más insólitos.
Qué es lo que buscaba. “Resquicios” decía él. Qué pasaría cuando los encontrara, indagábamos. “Sería al fin libre” explicaba. La gente afirmaba con la cabeza, fingiendo, como se suele fingir ante lo que nos desconcierta.
Libre de qué, le pregunté un buen día. “Libre de aquel que nos vigila con una lupa, desde lo alto. No te das cuenta… somos un experimento, una gran caja de cristal donde nos estudian, no es un cielo lo que nos cubre, sino la lente de una lupa”. Fingí, por supuesto. Hice que entendía.
Al tiempo nadie volvió a verlo. Encontró su “resquicio” nos decíamos. Ya casi no lo recordaba, pero hoy lo he visto del otro lado del río, agitando sus brazos. Señalaba hacia arriba, desesperado. No fue hasta entonces que levanté la mirada y esquivé la pinza gigantesca que venía hacia mí. Huí.
Estoy escondido, aún temblando. Necesito encontrar un resquicio y escapar. Dentro, la lupa me delatará tarde o temprano.

El que huye

Era un espíritu que soñaba con ser mortal, porque quería sentir y sufrir a la par de los seres que amaba. Era un espíritu que amanecía acompañando el último sueño de los moribundos. Susurraba esperanzas en los oídos de los indigentes y dibujaba ilusiones en los rostros de los niños sin familia.
Recorría en las primeras luces de la medianoche los lugares donde los hombres se juntaban a tomar, soplando en los vasos a medio terminar de los borrachos, cambiando amor por alcohol. Era un espíritu que reía cuando otro reía, que respondía con una sonrisa otra sonrisa, pero que abrazaba al que lloraba, sostenía al dolorido, acompañaba al solitario.
Era un espíritu que quería sentir ese abrazo, saber la sensación de una lágrima, quería que vieran su sonrisa. Anhelaba más que ser un aura, un sueño, una esperanza. Y se lo pidió al dios de los espíritus. Se lo suplicó una y otra vez. Pero el dios de los espíritus fue claro y no se lo permitió: debía ser una esperanza, debía inculcar amor, ser una compañía, sus propios sueños no podían entorpecer aquello para lo cual había sido creado. El hombre debía purgar sus pecados por el solo hecho de ser hombre, y él, debía cuidar que así fuera, aunque con los menos males posibles. Porque no todos los hombres eran iguales y aquellos de buen corazón, debían sufrir menos. Así estaba escrito, así debía ser.
Era un espíritu obediente. Pero no podía no ser lo que amaba. Entonces, se escapó del mundo espiritual y huyó al terrenal. Fue Jesús, fue Mahoma, fue Buda, fue Ghandi. Fue muchos y siempre sigue siendo. Huye, pero lo encuentran y logran callarlo. Pero su voz es fuerte y algún día prevalecerá. Sigue huyendo, buscando quien ser, cómo sufrir, como amar, como sentir y enseñar. Mantiene la esperanza de algún día vencer.

30 de octubre de 2008

Desaparecer

Acechante, el pasado, se puso a su lado. Lo tomó de la mano obligándole a avanzar.
Así fue que repetió los errores de antaño.
El presente no reaccionó. Y su mañana dejó de existir

14 de septiembre de 2008

Partida

Mirar no es mirar, es enfocar sin pensar decía ella al vivir. Y tendida horizontal, yace inerte en la habitación, pálida inmortal, sin ya pensar, sin ya mirar. Recuerdo los días de consejos y retos, de lecciones y reflexiones y saber que ya no está, que no fue más que un mortal, hace trizas mi ser, hacer perder mi convicción.
Retiro la manta y el viejo chal, estiro la sábana hasta el final, ocultando su rostro para el más allá, empezando a olvidarlo el más acá. Quiero creer que en algún lado reposarán sus pensamientos y se guardarán sus ideas, que no perderán con los años y el desamparo. Quiero creer que lo bueno al menos perdura en lo más hondo de los que quedan y sin embargo disiento.
Me recuesto a su lado, agitada en llanto, tomo su mano sin que se resista, aprieto con furia pero no hacia ella. Golpearía a la muerte de tenerla a mano, por ser despiadada y no dar posibilidad. El viejo cuarto se adueña de la soledad de mi persona, de mi llanto inútil, de mi pena derramada. Qué las vidas se pagan con nada y siempre la muerte se lleva todo. Qué dónde están los que en las buenas te rodean, parásitos de la felicidad, escapistas en las díficiles, ausentes en los finales.
Vivir no es vivir si uno desconoce que la muerte no es el final, decía ella al existir. Sintiéndola fría a mi lado, tan quieta, tan muerta, dudo de su teoría a pesar de mi ilusión, de mi amor, de mi grito anudado en la boca del corazón.

9 de septiembre de 2008

Nunca no hay nada

¿Qué hay del otro lado? ¿Qué encierra el viejo ventanal? Cubierto por el polvo de mil años, yacen detrás vaya a saber uno cuántos sueños inconclusos. Las miradas curiosas agudizan la vista, se hacen visera con la mano y decepcionados, siguen su camino. Nada se observa del otro lado. La verdad es inexpugnable.
Del otro lado, ellos observan. Gente extraña se arrima con miedo. El antiguo ventanal atrapa sus contornos en complicidad con el sol. Los ven acercarse y marcharse, casi huyendo. Ellos se preguntan que buscan dentro teniendo todo afuera.
La verdad permacerá allí, porque es mejor que no salga. El mundo está mejor sin ella.

20 de agosto de 2008

El espejo del abuelo

Mi abuelo me dejó tras su muerte, legado en su testamento, un viejo espejo del siglo XVIII, tan alto como yo. Según narraba en vida, había sido la única pertenencia que había sobrevivido del viaje de su padre desde Italia, allá en los años de la inmigración, cuando los grandes barcos descargaban en los puertos miles y miles de extranjeros que traían sueños, ropas viejas y más sueños.
Siempre había estado cubierto por una manta blanca, en el desván de su casa. Lo traje al departamento pero no le saqué la manta hasta hace unos días. Soñé que mi abuelo estaba conmigo en el balcón y me decía si ya había probado el espejo. ¿Qué debo probar? le pregunté en el sueño y él se reía a carcajadas, como quién escucha de un niño alguna tontería de esas que hacer morir de risa a los adultos.
La mañana de esa noche retiré la tela, lustré el antiquísimo marco y le pasé un paño limpio por toda la superficie del vidrio. Entonces me paré delante y observé atento mi reflejo. Allí estaba de pie, como un gendarme, portando trapo en una mano y aerosol lustra muebles en la otra.
Con esa postura, parecía a punto de irme con la infantería de limpieza al campo de batalla, a enfrentar a las férreas líneas enemigas, comandadas por el polvo y las telarañas. No había terminado de pensar en la graciosa situación cuando en el espejo algo se movió. Pudo haber sido un destello, pero sabía que no lo era. A mi alrededor (es decir, alrededor de la figura reflejada de mi cuerpo) todo se tornó grisáceo, como si el aire se enviciara de alguna especie de gas, y luego, lo que había imaginado cobró vida.
Un campo de batalla se extendía a mis espaldas (a espaldas de mi reflejo) y a lo lejos, tronaban los sonidos de los rifles. Gigantes motas de polvo se arrastraban en trincheras lejanas. Juro haber visto una polilla inmensa surcar el cielo. Mi reflejo estaba ataviado con pantalones y camisa militar. Había desaparecido el aerosol y en su lugar sostenía una escoba desflecada. El trapo seguía en mi otra mano, pero chorreaba sangre.
Me tapé los ojos y salté hacia atrás, desesperado por despertar si es que aún estaba dormido. Caí con fuerza sobre la cama y me lastimé la espalda contra el borde. El dolor me demostró que estaba despierto. Con miedo, volví la mirada al espejo. Tan solo se reflejaba la habitación.
Finalmente la curiosidad venció primero al terror y luego al asombro. Desde entonces he experimentado con el viejo espejo y he sido desde superhéroe a villano, de presidente a mensajero espacial. Lo que imagino allí aparece. Lo que deseo, allí lo alcanzo. Desde hace varios días que no hago otra cosa que soñar despierto.
Sin dudas que me siento hipnotizado por tan increíble objeto y sus sobrenaturales dones. Pero en los pocos instantes que he tenido para pensar en todos estos días, raptos de cordura han estado acudiendo a mi cabeza.
El martillo pesa demasiado es mis manos. Es difícil precisar la distancia hacia el espejo, porque llevo los ojos vendados. Estoy seguro que si el espejo abriera mis ojos a su mundo, me atraparía una vez más y hasta es probable, que sabiendo las intenciones de escaparme de su atracción, me condujera a un mundo sin retorno. Las conjeturas escapan a mis posibilidades en este momento, tan crucial, tan difícil, en el que el brazo va hacia atrás con fuerza, a pesar del vano esfuerzo del espíritu de mi abuelo, incapaz de sujetarme desde su intangible realidad, del otro lado de los vivos.

19 de agosto de 2008

Sueños de antes

Soñar... soñar se soñaba antes. Con volar por los aires cuál pájaro errante, alcanzar los polos sin temer un abismo al final del camino o surcar las profundidades de los océanos en naves cerradas. Antes se soñaba con llegar a la luna y explorar el espacio, en mirar alrededor y no encontrar un solo mendigo, en recostarse en la hierba húmeda y no parar de tocar la guitarra.
La palabra ha quedado en desuso. Ha trastocado su sentido. Hoy se vende al mejor postor y en los diccionarios tiende a desaparecer. Sinónimos viles han tomado su lugar. El derrocamiento comenzó hace tiempo, pero los soñadores, por no dejar de soñar, no se dieron cuenta de lo que sucedía.
Hoy los sueños, como los que se soñaban antes, han perecido. Ya nadie vitorea su nombre. Es que ya nadie recuerda el verdadero sentido. Soñar ya no es lo mismo.

4 de agosto de 2008

La nave

La luz cegó todo a su paso...
El frío presagió la partida, el adiós...
Y el viento arrasó con fuerza, arrojándome hacia atrás...
El silencio llegó de la nada, atrayendo al temor...
Después, nada, solo la oscuridad del cielo, puntos brillantes y la ilusión de verte escapar, como un cometa, un angel de luz, un pedazo de vida huyendo de mí...

19 de julio de 2008

Mis amigos los colores

Rojo a la mañana, ni bien sale el sol y la almohada aún me invita a seguir soñando.
Blanco al mediodía, mientras el televisor me acompaña en silencio a la espera del almuerzo.
Por la tarde, es azul. Tras la ventana se despliega el cielo y más alla, el pueblo cercano, a su vez tan lejano.
Cuando obscurece, es verde. Con agua y antes de la cena. Todos ríen, yo también. Ha sido otro día en la vida.
Otra vez en la cama, arropado, con sueño, esperando el último antes de dormir. Otra vez blanco, pero con una línea azul justo en la mitad. Me ayuda a cerrar los ojos y decir adiós.
En el hospicio los colores son mis amigos y sin ellos mis días serían de miedos y en las noches, durante mis sueños, atacarían como un pirata en ultramar.
Desvanecer, en paz, en silencio. Y de repente, negro.

12 de julio de 2008

El budín de pasas

Lo vi casi por casualidad, allí solitario en la vidriera. Quién sabe que hubiera pasado si en el preciso momento que pasaba por delante, miraba hacia la calle, pero es una pregunta que en circunstancias así no me hago muy seguido.
Parecía llamarme con sus ojos de chocolate. Era perfecto. Su cuerpo era una tentación y acostado sobre la radiante plata se asemejaba a un príncipe dormido en un estanque, bajo un cielo nevado, con pasas de uvas secas adornándo todo lo largo de su ser.
Mi admiración asaltó por sorpresa la amplia ventana. Apoyé mi rostro, que despedía ternura y deseo, agrandé los ojos lo más grande que se pueden llegar a abrir. Las palmas querían traspasar el vidrio, quería fundirme como un fantasma en la materia y atravesar hacia el otro lado. Quería abrazar a mi príncipe, besarlo, sentir su textura. Lo deseaba allí mismo.
Corrí hacia la puerta y maldije cuando la vi cerrada. Maldije porque quería entrar ya. Sin embargo, tras empujarla varias veces, comprendí algo aún peor. El negocio estaba cerrado. Qué irónico que un cartel de diminutas medidas albergara tan enorme desilusión. Decía Cerrado, con la C mayúscula. Era un mensaje frío, falto de vida.
Hice visera con mi mano y jugué a ver hacia el interior. Un juego inútil, fastidioso. No se veía a nadie dentro. No me salían las palabras, quería preguntarle al primero que pasara si sabía a que hora abría el lugar, pero no había gente alrededor. Miré la hora y hacía rato que se había ido el mediodía.
¿Abrirá a las cuatro? me preguntaba. Qué haría entonces, quedarme, irme, sentarme, fumar hasta que abra, irme y volver en unos minutos...
El lugar vacío, las calles desoladas, la impotencia de no poder saborearlo... ya pronto caería la siesta, el silencio se agudizaría, la soledad ganaría hasta el aire. ¿Y si acaso espero y ya alguien ha pasado por él y viene a buscarlo luego? No, no podría ser nada peor.
Debía actuar. Debía cruzar la muralla, derribarla si era necesario. Busqué con la mirada por la vereda, casi entrando en pánico. Encontré el arma. Un medio ladrillo. Estaba al pié de un árbol, inerte, ajeno a todo. Su piel colorada descansó en mi mano, la sensación me provocó placer y excitación. Contuve la respiración y avancé, midiendo el disparo.
Si lo arrojaba con poca fuerza, rebotaría, lo sabía. Lo impulsé con ganas y el ladrillo voló como un misil enojado. La vidriera se partió instantáneamente. Como una catarata de agua que se cristaliza y se derrumba, el vidrio se desmoronó con serenidad y resignación. Había sido vencido.
Quería llegar a él lo antes posible, pero tuve que perder tiempo haciéndome espacio en la ventana destruída, para no cortarme. Mis sentidos estaban puestos en la salvaje misión. Eso y el tiempo que perdí con el maldito vidrio, fueron fatales. Había entrado medio cuerpo al local cuando unos brazos fuertes me tomaron del cuello. Allí la realidad me golpeó con el sonido de la sirena de un patrullero. Forcejeamos un poco, pero no más de quince segundos después me estaban metiendo en el móvil policial.
Me tienen encerrada desde hace dos horas. Esto es penoso, aunque no me arrepiento. Quién sabe que hubiera pasado, me decía hace un instante, pero mantengo mi postura: en situaciones como estas, eso no se pregunta. Mientras terminan el papeleo de mi arresto, yo sigo saboreándolo, de a poco, para que no se den cuenta. Lo tengo escondido debajo de la campera. ¡Qué delicia de príncipe! Tan suave, tan dulce... mis ojos no me engañaron. Bien valía la pena el riesgo!
A oscuras, en la humedad de esta celda, sacío con placer mi deseo y estoy feliz.

16 de junio de 2008

Espía nocturno

Se escondía detrás del espejo para poder espiar mejor. Horacio había aprendido que para no ser encontrado, había que saber esconderse. La oscuridad no dejaba mucho librado a la imaginación.
La puerta del cuarto había quedado apenas abierta, dejando pasar tan solo un fino haz de luz. Podía ver desde donde estaba como ese rayito blanco invadía en forma tímida la negrura que lo rodeaba.
No llevaba la cuenta de las horas que tenía detrás del espejo, pero suponía que eran unas cuantas. Había oído a sus padres acostarse un buen rato atrás.
Estaba por darse por vencido, cuando escuchó el crujir de la madera del pasillo. Algo o alguien se estaba acercando. Sonrió en la penumbra, lejos de cualquier mirada acusadora.
La puerta comenzó a entornarse lentamente, dejando pasar cada vez un poco más de luz desde el pasillo. El bulto en la cama no era él, pero confundiría a cualquiera que no intentara destaparlo. Había puesto cuidado en ello.
Esperaba ver asomarse el cuerpo de alguien en cualquier momento, sim embargo la puerta se detuvo. Unos pequeños pasos resonaron fuera de su vista. No quería asomarse, porque podía ser descubierto.
Sintió ruidos de algo pequeño trepando a la cama. Vacilaba entre salir y sorprender a su visita o permanecer guarecido detrás del espejo. La incertidumbre lo carcomía. ¿Quién provocaba esos ruidos? No era lo que estaba esperando, sin dudas.
Solo entonces se dio cuenta que tenía miedo. Una vez que los sonidos cesaron, se mantuvo petrificado más de media hora en su lugar. Cuando estuvo seguro que lo que había entrado ya no estaba en la habitación, salió.
Encendió la luz y recorrió con la mirada cada rincón del cuarto. No había nadie o nada fuera de lugar. Cerró la puerta del todo y se sentó en la cama, palpando como con cierto orgullo el bulto que simulaba ser él.
Casi resignado metió la mano debajo de la almohada y palpó la desilusión de su hipótesis. Sus dedos regresaron a la luz sosteniendo un billete y dos monedas. La teoría se había venido abajo. El dinero, la ausencia de su diente y esos ruidos tan pequeños, tan diminutos, que no podían hacer otra cosa que desilusionarlo...
Había estado tan seguro que el Ratón Pérez no existía, pero tan seguro... y sin embargo, allí estaba su sello.
La magia ganaba esta vez, pero no dudaba en vencerla algún día.

8 de junio de 2008

El sueño de Sasha

Se encontró de repente en medio del sueño que la perseguía desde hacía tiempo. Sabía que estaría agitándose en la cama, transpirando y con los cabellos húmedos, como si tuviera fiebre.
En el sueño, su madre, cada días más débil, sollozaba con la cabeza sobre la mesa. La miraba a los ojos, con los suyos totalmente enrojecidos, y le pedía que por favor lo hiciese, pero ella no accedía.
Entonces, su madre, revelaba de abajo del brazo el revólver que allí reposaba guarecido de la vista y se pegaba un tiro en la sien. Y así es cómo se le permitía vivir. Maldecida en vida, debía morir cada noche para despertar al alba.
Sasha, en el sueño, permanecía despierta llorando a su lado, sosteniendo su cabeza pálida y fría, intentando no tocar la sangre. Y ni bien comenzaba a salir el sol, la sangre se secaba, la temperatura volvía al cuerpo de su madre y ella amanecía somnolienta, y de inmediato se veía rodeada por los brazos de su hija.
Y otra vez, en el sueño, llegaba la noche, y nuevamente la madre le imploraba que lo hiciera, que la ejecutase. Pero ella se negaba y la escena volvía a repetirse, en un ciclo sangriento, una y otra vez. Pero a cada despertar, su madre estaba más débil, más disminuída.
Y llegaba entonces una noche en el mismo sueño en el que ya no tenía las fuerzas para levantar el revólver y le rogaba, le imploraba que por favor lo hiciese, que si no disparaba, moriría. Y con lágrimas que le bañaban las mejillas, temblando por el horror, sacaba el arma de la mano avejentada de su madre y casi en un suplicio dirigía el cañón hacia su blanco y entonces, con fuerzas que no venían del corazón ni de su mente, apretaba el gatillo.
Y allí, como cada noche, despertaba, totalmente asustada, casi en un llanto, mojada de pies a cabeza, con las sábanas hechas un ovillo a un costado. Respiraba profundo y exhalaba, respiraba y exhalaba, de a poco pasaba la agitación.
Ya calmada, en puntas de pié para no despertar a nadie, llegaba hasta la puerta del domitorio de su madre y se quedaba allí, en la penumbra, contemplándola con una extraña mezcla de amor y tristeza, y ante todo, miedo. Un miedo indescriptible, que parecía arañarle la piel en ese mismo momento, agazapado en alguna parte de la casa.
Pero su madre descansaba tranquila, en el silencio de la noche, su contorno subiendo y bajando a medida que respiraba. Su mamá dormía y ella debía ir a hacer lo mismo si quería levantarse para ir a clases.
Echó un último vistazo y se fue conforme. Su madre descansaba como un angel y el revólver yacía manso sobre la mesa de luz.

4 de junio de 2008

Mis lápices de colores

Compré lápices de todos los colores, la caja de madera de doscientos cincuenta seis, uno más lindo que el otro. Venía el dorado, el verde limón, hasta pomelo rosado. Una maravilla la cajita! Y salí con la sonrisa fresca y el cabello al viento, sin perder ni un segundo y me perdí en las calles de mi barrio.
Pinté de rojo los troncos de los árboles y de naranja sus hojas, le di colorido a los perros blancos dejándolos azules, lilas y turquesas. No dejé senda peatonal sin retocar, una franja amarilla, otra plateada, la siguiente rosa, luego esmeralda y la siguiente siempre de otro color.
Mis colores lograron también que las veredas dejaran de ser grises y ahora relucen como el oro y las casas, cuyos frentes son siempre pálidos y aburridos, son dueñas (gracias a mis lápices!) de las tonalidades más bonitas que uno se pueda imaginar.
Dibujé estrellitas y soles en las calles, niños y niñas jugando en los tapiales y le di otra mano de celeste al cielo. Dejé que mis manos volaran coloreando con alegría los automóviles! Ahora circulan multicoloridos, simpáticos, bien despacio para que todos los contemplen.
Ya estaba ocultándose el sol cuando mamá me llamó para ir a cenar. Regresé trotando y feliz, con el sacapuntas desgastado y los lápices cortitos pero llenos aún de su magia. Y detrás mío quedó un mundo más lindo, digno de ser habitado. Y con la misma sonrisa que me había ido, ahora me sentaba a la mesa, con la caja de colores bien a mano siempre dispuesta a pintar una risa en lugar de un gesto triste y reemplazar lágrimas con dulces margaritas.