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29 de marzo de 2013

Maldición

El pecho de su hija subía y bajaba, en forma rítmica y constante. La respiración se escuchaba cada vez más comprometida. Afuera la tormenta azotaba ferozmente, golpeando ventanas y puertas con un viento implacable y obstinado.
Raquel volvió a asomarse. Los relámpagos surcaban el cielo y el agua caía vertiginosamente, sin dar tregua alguna. Estaba nerviosa, demasiado quizá. Temía que la pequeña Aldana se asustara aún más. Pero los minutos transcurrían y Enrique no volvía.
- Papá ya viene querida, tranquila, no te agites.
Quería calmarla, hacerla sentir segura. Pero se delataba en sus miradas furtivas a la ventana, en el sudor de su cuerpo.
Alexis y Martín estaban arriba, en la habitación de ellos. Les había pedido que subieran, que se encerraran en su cuarto. Apenas si tenían dos y tres años. Rogaba en silencio que no bajaran, que permanecieran en el piso superior. Estuvo a punto de llamarlos, para que buscaran el teléfono y llamaran a su padre. Se detuvo a tiempo.
Creyó escuchar el sonido de un motor, amortiguado por el temporal. Luego fueron pasos y finalmente la llave en la cerradura. La puerta se abrió con violencia, pero solo penetró el viento, salvaje y furioso, arrojando agua al interior y derribando las revistas que descansaban sobre una mesa. Se había puesto de pie, más asustada de lo que estaba. Entonces Enrique cruzó el umbral.
- Raquel, no hay tiempo. Debemos irnos - urgió desde donde estaba.
Ella no supo que hacer.
- ¿Y la niña? ¿Los chicos?
- Ya es tarde. Si la llevo al hospital, no hay escapatoria para vos. Ahora obstaculicé la ruta del lado del pueblo, tenemos la oportunidad de escapar hacia el oeste.
- Pero...
- ¡Nada Raquel! Nos vamos. No quiero que esto comience otra vez. Pensé que todo había cambiado, pero el doctor estaba equivocado. Es lo mismo que hace quince años Raquel, es lo mismo. Pero entonces no se salvó ninguno. Si te vuelven a atrapar, la locura dejará de ser excusa.
 - ¿Y los chicos? ¿Qué será de ellos?
- No importa, siempre estarán mejor lejos de vos.
Raquel se largó a llorar.
- No es mi culpa Enrique, es algo más fuerte que yo. No es mi culpa - decía entre sollozos, mientras se aferraba al cuello de su marido.
- Ya lo sé, chiquita, ya lo sé.
Aldana exhaló por última vez y dejó de respirar.
- Vámonos, no mires a la niña. Vámonos - pidió Enrique, consternado aún al ver el cuerpo de su hija atravesado por un enorme cuchillo de cocina - Vámonos Raquel, antes que llegue la policía.
- ¿Algún día va a terminar? - el llanto se mezcló con la tormenta, lo mismo que la respuesta de su marido.
- Por lo visto las maldiciones nunca terminan mi amor, nunca.

26 de marzo de 2013

Minicuentos x la Identidad III

Los siguientes, son mis aportes a la convocatoria "Minicuentos x la Identidad III" del sitio de microficción "Cuentos y más", de Juan José Panno y Mónica Pano. Hacen alusión, por supuesto,  a la conmemoración del 24 de marzo, del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. La consigna para este año fue que todos los micros (de hasta 140 caracteres) comenzaran con "Hace 37 años..."



Hace 37 años…
Un país se dividía y los militares se multiplicaban. La represión sumaba horror y las muertes restaban vidas. La ecuación fue negativa.

Hace 37 años…
De niño vio llevarse a sus vecinos. La niña, solitaria, sobreviviente, fue su amiga. Luego novia, esposa. Juntos no olvidan aquel espanto.

Hace 37 años…
El suelo argentino lloraba espanto sobre sus mejillas. El tiempo ha lavado algunas lágrimas, pero no ha podido cerrar las heridas.

Hace 37 años…
 En una esquina, éste diálogo:
- Volvieron los milicos
- Como otras épocas, dirá
- Pero esta es peor, mire bien, ahora sonríen y fingen bien

Hace 37 años…
El silencio fue edificado a base de muertes y secuestros. Hoy el grito de justicia sueña con derribarlo ladrillo por ladrillo.

Hace 37 años…
Durante las noches, llegaban camiones al Río de la Plata. Se iban vacíos, mientras el río escondía las culpas.

Hace 37 años…
Pensar distinto era ser subversivo. Por eso Juanito, se limitó a pensar en sueños. Y en sus sueños, era un subversivo.

Hace 37 años…
Sorprendidos por milicos, la pareja echo a correr. Dos disparos a cada uno y los hicieron caer. NN, archivados, enterrados en el cuartel.

23 de marzo de 2013

La parcela

Había llegado al pueblo a comprar terrenos en la zona. Era su meta, por eso ignoró cuando los vecinos le recomendaban que no comprara la última parcela en venta de los Terranova.
- ¡Está maldita!
- ¡No la compre!
Le previnieron, no obstante el corredor inmobiliario siguió adelante con la transacción. Aquella era la única porción de tierra que estaba en venta en ese pueblo y era suya.
Volvió a la ciudad feliz por su buen trabajo. Pero esa misma noche sucumbió ante el espanto de las pesadillas. Cuerpos acribillados, mujeres y hombres, se levantaban de sus tumbas y corrían tras de él.
Despertó bañado en sudor, en el patio de su casa. No supo como había llegado ahí, el solo hecho de verse sobre el césped, en plena noche, lo estremeció aún más que la pesadilla.
- ¿Qué puede ser? - le preguntó a su terapeuta.
- Quizá stress. Dígame ¿tuvo algún percance en su trabajo en estos días?
Claro que no lo había tenido. Su viaje al interior había sido próspero, logrando comprar más de lo que se imaginaba. Todo iba viento a favor. No creía que fuera eso. Por lo tanto, respondió en forma negativa.
Por la noche, antes de acostarse, recibió un llamado telefónico.
- No debió haber comprado esa parcela, su vida será un sufrimiento.
- ¿Me amenaza?
- Intento salvarlo.
La línea quedó muda. Tampoco esa noche pudo dormir.
A la mañana siguiente llamó a su socio. No había pegado un ojo, quería quedarse en su casa. Pero a media mañana estaba subido a su coche, de regreso al pueblo.
Llegó pasado el mediodía. La gente lo observaba con recelo. Solo un paisano se le acercó al coche, cuando estacionó frente a la plaza.
- ¿Viene a devolver la parcela?
- No, vengo a averiguar que es toda esta patraña.
El lugareño meneó la cabeza de un lado a otro, decepcionado. Luego se perdió cruzando la calle y doblando en la esquina más próxima.
No había muchos sitios por donde empezar las investigaciones. Entró al bar, donde daba la sensación que todos los estaban esperando. Incluso había una mesa con una cerveza servida, que el dueño del local, con un gesto desde la barra le indicó que era para él.
La bebió despacio, acomodando sus ideas. Todo le resultaba extraño, como las miradas que lo rodeaban y se posaban sobre su figura. Quince minutos más tarde un parroquiano se sentó a su lado.
- Le dijimos que no la compre. ¿Para que volvió?
- Para averiguar sobre la maldición.
- ¿Aún no comprende, verdad? Tuvo la oportunidad el otro día, ahora es tarde. Ya está aquí.
- ¿Y con eso, qué?
- El pueblo está erigido sobre tierras de los Terranova. Cada uno de nosotros le ha ido comprando una parte. Y estamos malditos. No nos podemos ir de aquí. No tenemos escapatoria.
- ¡Qué dice! ¿Quiere irse? Tiene una ruta. Váyase.
- ¿Si? Quiero verlo irsea usted primero.
El agente inmobiliario lanzó una carcajada. Apuró el vaso de cerveza y volvió a reír.
- Por lo visto, he perdido el tiempo. Ustedes están todos chiflados. Adiós.
Pero por más que quiso marcharse, no pudo hacerlo. Permaneció en la silla hasta que desistió de la idea. Entrada la noche, llamó al barman.
- Dígame... ¿dónde puedo comprar materiales en el pueblo para construirme una casita?

20 de marzo de 2013

Con la muerte no se jode

El hombre, vestido de saco y corbata, se acercó a la recepción del lugar. Una mujer joven y bonita le dirigió un cordial saludo.
- Quiero contratar sus servicios - anunció.
- Bien señor, le agradecemos en primer lugar su confianza. ¿Nos podría decir quién es la persona fallecida?
- No, en realidad es para mí.
- Entiendo, desea reservar un servicio de sepelio. ¿Usted tiene obra social?
- No, por eso estoy aquí. Tengo unos ahorros y me gustaría organizar todo, porque éste sabado me muero.
- Disculpe, pero... ¿usted quiere contratar un servicio ya, para éste sábado? Es decir... puede reservar un servicio, pero poner la fecha no es algo tan sencillo. A ver, si me aguarda...
- Espere. No se apresure. Tengo la plena certeza que el sábado voy a morir. No tenga miedo de organizar el sepelio, no le voy a fallar.
- Es que jamás han venido a contratar un servicio fúnebre con una fecha de antemano. Tengo que llamar al dueño para que...
- Perdón que insista, pero lo del sábado es un hecho. ¿Podríamos cerrar la compra sin necesidad de alarmar a nadie?
- Señor, tengo que consultar antes...
- ¿Prefiere que sea ahora y no el sábado?
- ¿Cómo dice?
- Mi muerte.
- ¿Su muerte? ¡No, por favor! Ni hoy, ni el sábado. ¿Qué clase de broma es esta?
- Si prefiere que sea hoy, le pago ahora, me deja terminar con unos asuntos y vuelvo hasta aquí para morir, así les ahorro el traslado.
- ¡Usted es un demente! - le gritó mientras se ponía de pie dispuesta a cruzar la puerta que tenía a sus espaldas.
- Aguarde, no se vaya. Le pago y muero, no voy me voy nada, así ni siquiera tienen que esperarme. ¿Le parece mejor?
La joven salió por la puerta, llamando a gritos al dueño. El hombre, lejos de inmutarse, se acomodó en la silla. Aprovechó para poner sobre sus piernas un bolso que llevaba y acomodar algo dentro. Al cabo de un minuto, la joven regresó con la compañía de una persona de edad avanzada, repleto de canas y que se sostenía con un bastón.
- Señor, le voy a pedir que se retire. Me dice Noelia que usted está haciendo una broma de muy mal gusto y eso acá no lo toleramos. ¡No se jode con la muerte! 
- Por favor, no se altere. No es ninguna broma. Es una pena que esta chica lo haya creído así. Déjeme explicarle, tengo la imperiosa necesidad de morir y deseo dejar organizada la cuestión del sepelio, para no importunar a mi familia.
- Le reitero, lo quiero fuera de esta oficina.
- Pago en efectivo.
- No me importa.
- Puedo dejar una importante propina.
- Le dije que no.
- Es una lástima, tenía muy buenas referencias de este sitio. Me hubiese gustado que fuese aquí.
- Acá no hay cosas raras, la gente se muere y la familia lo trae. Su pedido no es admisible. Así que si es tan amable...
- Ya me voy, no se preocupe. De todas formas, si el sábado desean pasar por mi velorio, serán bienvenidos.
- Gracias, pero me temo que estaremos aquí.
El hombre se retiró al fin. El dueño del lugar suspiró aliviado.
- Si vuelve, me avisás.
- Si señor. Lo haré, por supuesto.
Había pasado casi una hora, pero la joven seguía aún pensando en lo que había sucedido. Entonces, empezó a sonar el teléfono. Atendió.
- Funeraria Gómez, en que puedo ayudarlo.
- Si, cómo te va. ¿Noelia creo que te llamás, cierto? Mirá, yo estuve ahí hace un ratito. Era el que quería el servicio este sábado. ¿Podrías decirme si me dejé un bolso? Sabés, es gracioso. Estaba seguro que me vendías el sepelio y cuando te fuiste para adentro, programé la bomba con la que quería matarme. Está a quince segundos de explotar y no la encuentro por ningún lado. ¡Qué mala pata!

17 de marzo de 2013

Ventanas abiertas

La habitación era asfixiante. Un solo ambiente, donde la cama y la mesa apenas estaban separadas por un metro de distancia. El baño era un inodoro y una ducha en un rincón. Una pileta y un anafe conformaban la cocina. Ni siquiera un balcón. Aquel sitio en un octavo piso era su hogar.
Su forma de ganarse la vida, atendiendo un kiosco durante doce horas en una estación de subte, evitaba que pasara más tiempo en aquel cuarto. Pero las noches eran inevitables, al menos, ese tiempo muerto entre que llegaba, se aseaba, comía y se iba a dormir.
Había un solo ventanal. La persiana levantada por la mitad, para lograr algo de intimidad. Los demás edificios parecían abalanzarse unos sobre otros y las ventanas ajenas se mostraban distraídas, como salpicadas por el azar en la vista exterior, invitando a escenas de otras personas.
Aquello le provocaba cierto rechazo. Sentía la necesidad de mirar por la ventana para escapar del sofocante paisaje de su habitación, pero al hacerlo, de repente se sentía un voyeur, un curioso con sentido de la perversidad, tratando de espiar a personas que no conocía, que sin saber que los observaban, hacían sus vidas en sus departamentos.
Pero la imperiosa necesidad de asomarse al exterior, lo sentaba en la única silla que tenía, de cara a la ventana. Apagaba las luces y desde ese bosque de sombras, observaba en silencio ese paisaje con luces propias que se extendía a sus anchas, en medio de la noche.
Y sin quererlo, al menos de manera consciente, se introducía en otros departamentos, sin ponerse colorado.
En la ventana que tenía justo enfrente vivía un joven, aparentemente solo. Más bien gordo, cenaba en una mesa redonda, donde tenía la computadora. Estaba todo el tiempo chateando y se levantaba solo para buscar agua o algo más para comer de la heladera.
A la izquierda, había un cuarto muy iluminado, con la cama tendida. Miró su reloj, todavía era temprano. No creía que ella apareciera aún.
Un piso más abajo, en el mismo edificio, una familia compartía la comida alrededor del televisor. Dos niños, una niña y los padres. Los pequeños eran muy inquietos. La madre solía hacer ademanes, seguramente retándolos, pero era escaso el orden que podía lograr. El padre parecía distante de la situación, con la mirada fija en su plato, sin levantar la vista ni para mirar la televisión.
Si desplazaba la vista hacia la izquierda, en un edificio contiguo, podía divisar cuatro ventanas iluminadas. Una de ellas, quedó en penumbras justo que posaba su mirada. En las restantes, divisaba gente solo en la que estaba a la altura de su habitación. Una pareja de ancianos, que se ayudaban mutuamente mientras lavaban los platos. Podía ver como él iba secando cada cosa que ella le pasaba. Se imaginaba la habitación con algún vals sonando de fondo.
En el edificio de la derecha, en cambio, solía tener más vida. Varios de los departamentos estaban habitados por estudiantes. De vez en cuando los veía bailando o en grupos. En ese instante, tenía a la vista seis ventanas. En las dos más altas, solo divisaba personas mirando la tele. Más abajo, una mujer quitaba ropa tendida en el balcón. En la ventana vecina, una joven levantaba el alto a un niño de dos o tres años de edad.
En los ventanales inferiores, la contemplación se ponía más interesante. A la derecha, una joven hacía yoga sobre una manta color violeta. Llevaba un top ajustado y calzas negras. Sus movimientos eran pausados y rítmicos. La elegancia de sus piernas y brazos iba a la par del cuerpo esbelto, que realizaba posturas que le parecían imposibles.
A la izquierda, una parejita se besaba sobre un sillón. Apenas iluminados por un velador, exploraban sus bocas con pasión, en tanto las manos iban y venían por el cuerpo y la espalda.
Observó esas dos ventanas durante varios minutos, preguntándose de tanto en tanto si estaba bien lo que hacía, si acaso existía alguna prohibición o castigo por mirar lo que sucedía en los departamentos ajenos.
¿Mientras él comía o se preparaba para ir a dormir, acaso alguien también lo estaba observando desde un edificio lindante? ¿Habría gente que además de espiar las ventanas cercanas como él estaba haciendo, se dedicaba a hacer lo mismo con edificios más lejanos, usando binoculares o algo por el estilo?
Las dudas despertaban ciertos recelos, la sensación de estar desprotegido, de quedar a merced de los demás. Pero él estaba haciendo lo que temía que le sucediera. Resultaba contradictorio.
Por eso mantenía las persianas a medio levantar. Tenía por otra parte, un doble sentido. No solo el de protegerse de los demás, sino de quedar oculto cuando observaba. Si bien apagaba las luces, aquello le daba mayor protección.
El sueño comenzaba a atacarle. En cualquier momento se iría a dormir. Pero aún tenía esperanza que ella apareciera. Volvió su mirada al edificio de enfrente, a la habitación iluminada que mostraba una cama impecablemente tendida y puso allí su atención, mirando de vez en cuando el reloj.
Aguardó varios minutos, luchando contra el sueño que arremetía y los cabezazos al aire que lo mantenían ganando la batalla, aunque por escaso margen. Parecía que iba a darse por vencido, pero de pronto ella entró.
Como un ángel, vestida de oscuro, el cabello suelo, su piel radiante y desprendiendo un aroma que él imaginaba dulce y suave. Llegó hasta los pies de la cama, dejó caer una prenda que apenas cubría sus brazos, luego se quitó la remera dejando a la vista un corpiño obsceno, abundante; se sentó sobre el colchón y estiró sus brazos para sacarse el calzado. Luego levantó las piernas y con agilidad felina, se deshizo de los pantalones de jeans. Debajo, inmaculado, apareció la parte que combinaba con el corpiño.
Se adelantó en la silla, como si aquellos veinte centímetros que ahora separaban el respaldar de su espalda le dieran una mejor visión. Sintió su respiración más rápida. Por la ventana veía a la joven dejarse caer sobre la cama, de frente a su habitación. Podía verla extendida a lo largo, las rodillas flexionadas, con las pies aun tocando el piso. La ropa interior parecía bermellón y resaltaba su figura.
Ella llevó sus manos bajo la prenda inferior y las detuvo allí. Podía intuirse el movimiento, la serenidad de su rostro, cuyos gestos iban cambiando, mutando con los segundos. Una de sus manos subió por el estómago y se detuvo en los pechos, luego fue hasta la boca, que mordió de a uno los dedos.
El se puso de pie bruscamente y se alejó de la ventana. Se sentía agitado y fuera de si. ¿Qué estaba haciendo? No tenía respuestas, estaba desorientado como cada noche en ese punto, cuando se sorprendía a si mismo mirando por la ventana a una desconocida.
Avergonzado se descambió y se arrojó a la cama. Demoró en dormirse, angustiado por esa mano que aún seguía viendo en sus pensamientos, moviéndose sensualmente, alargándose de manera sobrenatural, cruzando el abismo entre los dos edificios, metiéndose en su cuarto asfixiante, alcanzando su pantalón, bajando el cierre relámpago, para llegar finalmente al éxtasis de su soledad.

14 de marzo de 2013

Micorrelatos sobre "Romeo y Julieta"

Micros escritos para el concurso "Romeo y Julieta" convocado por el sitio "Cuentos y mas".  Escúcheme Mr. Shakeaspeare fue el ganador de dicho certamen.

Escena de la escalera
- ¡Oh Julieta, amada mía! Mi amor es eterno, pero…
- Dime Romeo…
- ¿No podrías instalar Skype de una buena vez?

Moraleja
Al mirarse a los ojos comprendieron que nadie sale vivo del amor verdadero.

Escúcheme Mr. Shakespeare
Mire, le sugiero que cambie ese final mi amigo, con esta idea de matar a los dos amantes llevará la obra al olvido.

Entrevista a Julieta en el más allá
¿Qué sentí al matarme por Romeo? Mucho júbilo. La muerte me devolvía la vida.

Causalidades
Ella se llama Julieta y el, Romeo. Ninguno ha leído a Shakespeare, pero igual se enamoraron. No es la literatura, sino el amor.

11 de marzo de 2013

El secreto del universo

Abelardo era un eminente científico, una de las mentes más brillantes del planeta. El mundo de la ciencia se rendía a sus pies y las revistas especializadas publicaban cientos de páginas con sus descubrimientos y teorías.
Pero Abelardo, si pudiera, cambiaría todo ese genio resguardado en su cerebro, por un beso de una mujer. Tarde se dio cuenta que jamás había besado a una chica, ni que nadie del sexo opuesto había posado los labios en los suyos.
Tantas horas descifrando fórmulas imposibles y enigmas de la existencia, y ni siquiera un segundo dedicado al misterio del amor. Se supo viejo una mañana, al levantarse y mirarse al espejo. Arrugas, cabello ralo y canoso, la piel flácida y cadavérica y en su cama, el vacío de la ausencia, de la soledad.
¿Acaso se había perdido de lo más hermoso de la vida? ¿O tan solo era una angustia sin razón, una idea descabellada que se había posado en sus pensamientos de manera caprichosa?
Esa mañana llegó al laboratorio con el rostro demacrado. Apenas si había podido dormir. Perkins, su asistente, se sorprendió al verlo y temió alguna enfermedad.
- ¡Doctor, debe dejar que lo vea un médico! - la voz había entrado en pánico.
Sin embargo el notable sabio sacudió una mano en el aire y se dirigió a su escritorio. Perkins estaba nervioso, porque si algo le pasaba al doctor la ciencia se vería comprometida.
- Doctor, insisto.
Abelardo levantó la mirada y la posó con furia en su asistente. Quería concentrarse en sus cálculos, alejarse de todo pensamiento con remordimiento, que lo llevara a replantearse su vida, sus decisiones.
- Perkins, déjeme en paz o consígame una novia.
- ¿Qué le consiga qué...? - preguntó sorprendido, mientras hilvanaba teorías que iban desde un pico de stress a la demencia senil.
El científico hizo caso omiso de la reacción de su asistente, regresando de inmediato a sus asuntos. Perkins, en cambio, se acercó al teléfono. Dudaba entre llamar al director del instituto o a Graciela, la asistente más joven del doctor.
- ¿Graciela? - preguntó con el teléfono en la boca, tras unos minutos de indecisión - ¿El doctor actuó raro ayer, mientras estuvo con vos? Porque me está asustando. Creo que está enfermo y eso es algo terrible.
La chica, del otro lado de la línea, contestó que no. La tarde anterior había sido como tantas otras. El silencio parco de Abelardo, sus pedidos puntuales, el movimiento de un lado a otro del laboratorio. Lo de siempre. Solo cuando le sirvió café intentó lograr que se relajara, preguntándole por su familia. Pero la única respuesta fue un par de ojos severos que la escrutaron violentamente, para luego volver al trabajo rutinario de cotejar fórmular y encontrar los secretos que otras mentes no pudieron.
- ¿Estás segura? - Perkins no se daba por vencido. Si el doctor estaba enfermo, sería un problema para la investigación. Porque la investigación, era el doctor Abelardo. Nadie más podría seguirla adelante.
Al cabo de unos minutos, se acercó y volvió a preguntarle si se sentía bien. Esta vez el científico, candidato al Nobel cinco veces y ganador en una oportunidad, se puso de pie y le pidió que se retirara.
Quedó solo en el laboratorio. Las sienes parecían querer explotar. Volvió la vista a sus papeles. La cantidad de dígitos anotados era menor que lo acostumbrado. No había fórmulas ni la simbología habitual. Tampoco anotaciones al márgenes. El número no era parte de ningún cálculo, tan solo era un número telefónico. Lo había archivado por años en su mente, debajo de miles de datos más importantes. Y sin embargo, ahí estaba, como el mayor de sus descubrimientos.
Se volvió a parar, pero esta vez caminó hasta el teléfono. Sus manos temblaron al tomar el tubo. Marcó cada dígito con terror y aguardó con angustia mientras la línea llamó.
- ¿Hola, quién habla? - preguntó una voz trémula, desgastada por los años.
Abelardo sintió que el universo se abría a sus pies, sintiendo en su corazón una sensación tan extraña que ni la física cuántica podría explicarla. Y a duras penas, casi obligándose a reparar el pasado, habló.  
- Habla Abelardo, no se si te acordás de mí. Pasaron muchos años. En la secundaria te regalé una rosa - y con dolor y al mismo tiempo, esperanza, agregó -  Prometí verte en las vacaciones, pero nunca aparecí.
- Aberlardo... - las sílabas parecieron resquebrajarse en el aire - Es tarde, cincuenta años tarde.
Luego, el sonido de la línea muerta. Ella había colgado.
En esa soledad acostumbrada, por primera vez se sintió solo. El corazón lo exhortaba a gritos. Corrió hacia su escritorio, abrió uno de los cajones y sacó una pila de papeles. Los desparramó delante suyo y se sentó a corregir fórmulas como si estuviera poseído.
Pasaron las horas, el día, la gente en el laboratorio. No le habló a nadie, ni a Perkins, ni a Graciela. Absorto del mundo que lo rodeaba, escribía cálculos en márgenes repletos de anotaciones, tachaba y volvía a escribir, se ponía de pie, caminaba en círculos mirando a ninguna parte, los ojos en otro mundo, para luego volver a su silla, a sus papeles, a su mundo de números y signos, a cálculos y teorías.
Era de madrugada cuando levantó el rostro hacia el cielorraso y gritó de júbilo. Lo había logrado. Su vieja teoría sin resolver del viaje en el tiempo, era un hecho. Y no necesitaba mucho. Siempre había estado tan a la mano y no había podido verlo. Pero lo había resuelto. El objetivo no había sido la ciencia, ni el reconocimiento. Había sido lo más buscado por el ser humano, el verdadero secreto del universo: el amor. El mismo que había sepultado por estudios e investigaciones, por una vida dedicada a sus pasiones intelectuales.
Se encerró en la cámara de experimentación y adecuó el tunel de pruebas. Los cálculos le permitirieron crear un agujero de gusano, mientras aceleraba uno de los extremos a la velocidad de la luz. Lo que hizo a continuación, fue una revolución en la ciencia sin testigos. Aceleró el otro extremo, a una velocidad superior a la de la luz y con los números que había pergeñado en silencio, estaba seguro que lo lograría, que la gravedad cuántica no podría derrumbar ese túnel.
- Muy bien Einstein, vamos a probar que estabas equivocado. El espacio-tiempo también puede ir para atrás.
Los cilindros giraron como nunca los había visto y una luz irradió en todo el lugar. Sin pensarlo dos veces, se introdujo al túnel. Y luego, la noche lo dejó ciego.
Despertó aturdido, con ganas de vomitar. Miró sus manos, su cuerpo y aún no lo podía creer. No había arrugas, ni siquiera una mancha en la piel. Ya no estaba en el túnel, sino en un descampado, quizá en el mismo sitio donde estaba unos minutos antes el laboratorio, en las afueras de la ciudad. No lo sabía. De a poco, fue adaptándose a la claridad. Amanecía.
La ropa estaba hecha jirones y le quedaba grande. Caminó un par de kilómetros y de un patio robó un pantalón y una camisa que estaban tendidas. La ciudad apareció ante sus ojos con forma de pueblo, tal como la recordaba, cincuenta años atrás. Las fachadas le eran familiares, pero como salidas de un cuento que le habían contado hacía siglos.
Pero fue reconocimiento cada lugar, los rostros de las primeras personas que salían a la calle a desandar el día. No se detuvo a saludar a nadie, trotó por la calle, como un loco. Solo quería llegar a un lugar, golpear en una puerta, ser atendido por una mujer.
Sentía el peso de las piernas, el dolor en cada articulación, el latido del corazón que parecía salirse de la boca. Pero en su mente todo era un torbellino, ideas chocando unas contra otras. Sabía que no era momento para analizar resultados, para sacar conclusiones. Solo anhelaba una cosa y llevaba cincuenta años de retraso.
Llegó a la casa de frente blanco y tejas rojas. A la puerta de madera que tantas veces observó a la pasada, con cierta nostalgia. Una puerta a la que siempre le fue esquivo, por temor, por miedo, por priorizar todo menos su corazón.
Golpeó, lentamente. Era temprano, no pretendía sobresaltar a nadie. La joven se asomó por la ventana, apenas envuelta en un camisón. Abrió la puerta sorprendida.
- Abelardo ¿qué hacés tan temprano en casa? Mi madre me va a matar.
- ¿Temprano? Llego medio siglo tarde, mi querida Eloísa.
- ¿Qué decís? Es temprano Abelardo, si querés nos vemos más tarde en el convento. Estos días he estado en caso visitando a mi madre. Pero hoy debo volver. Así que estaré allí.
- ¿Convento?
- ¿Es que perdiste la memoria? No, en realidad no es eso. Seguramente ni te has enterado. Vives en tu mundo de cuentas y números. Soy monja Abelardo, desde hace un año. Ya hace tres que te fuiste a la universidad y jamás viniste por mí. Me cansé de esperar. Hoy tengo mi vida. Así, que si quieres hablar conmigo, hazlo allá, esta tarde. Adiós Abelardo.
La puerta se cerró delante de sus ojos. Abelardo cayó de rodillas. Volvió a mirarse las manos y ahora, las veía con arrugas y la piel manchada. Su corazón, de repente, se hizo viejo. Miró el cielo, imponente, maravilloso. ¿Acaso estaba allí, en un pasado inexacto, también tardío o la realidad era otra, había fallecido en el túnel y lo que experimentaba eran los últimos estertores de su mente, que en un piadoso intento, querían sepultar su amor, evitarle tanto sufrimiento?
Y mientras los ojos cansados se cerraban al sueño, el beso, ese beso tan anhelado, cuya ilusión había palpado en cada átomo de su ser, desaparecía para siempre en la eternidad, no importa la dirección en la que esta viajara. Se moría sin poder resolver ese secreto tan velado, tan intrigante, tan único y revelador, como el amor de una mujer, el amor correspondido de una mujer.

8 de marzo de 2013

Minuto final

Frente al equipo de audio, cayó de rodillas. El relator gritaba enloquecido que el árbitro había cobrado penal. ¡Un penal cuando el partido terminaba! Aquello era un milagro, una señal del cielo. No quería ponerse de pie, había cerrado los ojos y apoyado la frente contra el frío de las baldosas.
¿Quién lo patearía? No quería escuchar, no podía. Bajó el volumen a cero. El silencio que de inmediato invadió la habitación fue atroz. Un silencio que no era tal, porque podía escuchar los latidos de su corazón. Sentía que le faltaba el aire. Debía ser valiente.
Subió el volumen. Había un revuelo en el área y el árbitro estaba expulsando a un jugador local. Y si, no era para menos. Un penal en el último minuto y la posibilidad de ganar un partido imposible. ¿Quién patearía?
Entonces escuchó al relator pronunciar su apellido.
- ¡Torrenti toma la pelota y se dirige al punto penal!
No, ya era suficiente. Lo había intentado, no podía. Cinco años aún eran escasos. Apagó el equipo, quitó la grabación y se encerró otra vez en su pieza. La vergüenza no lo dejaría en paz jamás.

5 de marzo de 2013

El diario de Susana

En su diario personal la pequeña Susana llevaba registro de sus pensamientos, lo que le pasaba en la escuela y también en su casa. En esas hojas adornadas con dibujos infantiles iba plasmando su vida, a su manera, con lapiceras de colores y letra grande y prolija.
Desde las travesuras con sus amiguitas a las desventuras con sus hermanos, el amor a su madre y el odio a las maestras que le daban tareas. Allí plasmaba sus sueños de princesa, los deseos para Navidad pero también los tragos amargos, los chicos que la molestaban, los que no quería, a los que temía.
El día que Felipe, su hermano más chico, se lo robó para esconderlo creyó que el mundo se venía abajo. Primero lloró encerrada en su cuarto, luego, al regresar su madre del trabajo, imploró para que intercediera y cuando nada prosperaba, decidió hacer justicia por mano propia.
Fue hasta la habitación que compartían Felipe y Martín, el más grande y se escondió debajo de la cama. Ellos estaban en la casa del vecinito. Esperó bastante tiempo, pero finalmente escuchó la puerta del frente abrirse y luego los pasos apurados y torpes de sus dos hermanos. Entraron al cuarto empujándose, como era costumbre de ellos tratarse.
No se impacientó, al contrario, fue ganando confianza en tanto aguardaba el momento ideal. Martín se fue a hacer la tarea a la cocina y Felipe se quedó jugando en la computadora, de espaldas a la cama. Susana sacó el brazo de abajo de la cama y lo estiró hasta el cable de la computadora, que pasaba muy cerca de su posición. Con un tirón lo arrancó del enchufe y volvió a esconder su brazo fuera de la vista.
Felipe desplazó la silla para atrás y pegó un grito.
- ¡Nooooooo! ¡Perdí todo lo que había avanzado en el juego!
Salió corriendo de la habitación. Susana lo escuchaba llamando a los gritos a su madre, preguntando si se había cortado la luz.
Volvió con ella, que intentaba calmarlo.
- Ves, sacaste el enchufe de la zapatilla, seguro le diste una patada sin darte cuenta.
El desconsolado Felipe se limpió el rostro y volvió a encender la máquina. Susana sabía que estaba triunfando, que para su hermanito comenzar de nuevo aquel video juego era una tragedia. Pero no se rendiría hasta hacerlo sufrir mucho más.
Había aprovechado el momento que se había ido del cuarto para volcar en la silla medio frasco de pegamento escolar que había sacado de la mochila de Martín, que estaba tirada en el piso. Esperó unos minutos (la paciencia era ahora su aliada principal) y arrojó una pelotita de ping pong al otro lado de la habitación.
Felipe miró hacia donde cayó la pelotita con desconcierto.
- ¿De dónde te caíste? - le preguntó con aire repleto de bronca porque lo distrajo del juego. De inmediato se quiso poner de pie, pero le sucedió algo imprevisto. Al levantarse, la silla se levantó con él y las patas, que se alzaron al aire, voltearon en su paso el mouse y el teclado.
- ¡Mamááááá! - chilló como un poseído, mientras trataba de quitarse la silla.
La madre entró corriendo, quizá temiendo que otra vez le hubiese dado una patada al enchufe de la computadora, pero se sorprendió al ver lo que ocurría.
- ¿Felipe, que le pasa a la silla?
- ¡No sé mamá, está pegada!
- Seguro te dejaste un chicle en el asiento.
Lo ayudó a desprenderse de la silla y al ver el pegamento, sospechó en voz alta de Martín.
- Vos seguí jugando querido, que yo voy a buscar a tu hermano. Agarrate otra silla, que esta la voy a tener que limpiar.
Susana aguantaba la risa como podía. Y ahora vendría lo mejor. Tironeó la sábana hasta que la hizo caer al suelo, sin que su hermano se diera cuenta. Buscó los pliegues de la tela y se la puso encima. Con ese atuendo, completamente bajo la sábana, salió de su guarida y con un grito tremendo, hizo notar su presencia:
- ¡Búúúúúúúú!
La carita de Felipe se transformó, pasando de la sorpresa al terror. Soltó un alarido potente, desgarrador y luego, una gran mancha oscura se dibujó en su pantalón corto. El orín comenzó a caer en forma de chorrito, deslizándose por las piernas y las zapatillas, para terminar desparramándose en el piso, donde se formó en apenas unos segundos, un pequeño charco.
Su madre esta vez no lo escuchó, había salido al patio a buscar a Martín. Estaba solo, indefenso, frente a un fantasma. Y ahora el fantasma avanzaba hacia donde estaba. Se sentía paralizado y no podía atinar ni siquiera a salir corriendo.
La figura de blanco caminaba en forma lenta y con los brazos estirados, como deseando tomar su cuello. En ese instante, el fantasma habló con una voz gutural, de ultratumba. Se le escapó otro chorro de orina.
- Felipe - dijo el fantasma - si no le devolvés el diario que le robaste a tu hermana, te meto adentro del inodoro y tiro la cadena. Pero antes, te voy a sacar la lengua y los ojos.
El cuerpo de Felipe comenzó a temblar y al mismo tiempo, sus piernas parecían arquearse. Su mano derecha, que no podía permanecer firme, señaló un cajón. Pero ya no pudo resistir más. Cayó desmayado, encima de su propia meada.
Susana aprovechó para quitarse la sábana, arrojarla sobre la cama y luego correr hacia el cajón. Allí estaba su diario. Lo tomó y se marchó sonriendo a su habitación. Estaba fascinada. No solo por lo que había logrado, sino por todo lo que se venía. Se moría por ver la cara de su hermanito explicando a su madre lo del fantasma.
Riendo con ganas, tras haber aguantado las carcajadas durante tanto tiempo, buscó una lapicera de color y se puso a escribir. ¡Tenía tanto para contar!

2 de marzo de 2013

Realidad algebraica

Un día cualquiera, en un pueblo cualquiera. El sujeto X se cruza con P, la mujer más bonita del lugar. La saluda, le sonríe y sigue de largo. Es que X sabe que P sale con Y. Puede que sean apenas amigos, pero los ha visto en un par de oportunidades comiendo juntos y se rumorea que son pareja.
Esa noche X no puede dormir, ni la siguiente, ni la otra. No se puede quitar a P de la cabeza. La quiere, desea que sea suya. Por lo tanto, irremediablemente debe eliminar a Y. Traza entonces un plan, con exactitud matemática. El insomnio lo ayuda, le da las horas necesarias para pulirlo.
Nada puede salir mal. Tiene lugar, horario, forma e incluso, coartada. Pero P aparece con Q. No es Y el que la acompaña. Q es una variable fuera del esquema, el plan no podrá funcionar. Decide abortar, pero ya es tarde.
Su cómplice, R, no conoce a Y. No es del pueblo, solo ha venido porque X lo ha llamado. Y en ese instante conduce el coche a gran velocidad. Su objetivo es el hombre que acompaña a P, la mujer que tantas veces su amigo X le ha mostrado en fotografías.
X observa a R entrar a la avenida. En la vereda de enfrente, P y Q comienzan a cruzar la arteria. R acelera. P se sobresalta y Q da un paso atrás. X corre y se arroja, logra empujar a P pero R lo atropella y sale disparado, sin poder creer lo que ha pasado.
En el pueblo la tragedia es noticia. P llora a X sin saber que él la amaba. El entierro de X se hace con mucho dolor. Una P conmocionada, es abrazada por Y. Q asiste solo, avergonzado aún de su actitud. R mira desde unos arbustos, con la culpa sobre los hombros.
Nadie jamás se entera ni sospecha de la ecuasión de X, tan solo conocen el resultante, o un punto de vista del mismo. No hay nada exacto, sino partes del todo y ni siquiera así, si alguien pudiera sumar cada una de éstas, la realidad podría verse como realmente es. 

27 de febrero de 2013

Fe de erratas

Gertrudis recibió el sobre por debajo de la puerta. Blanco, con el membrete de una casa de electrodomésticos sobresaliendo en el frente. Lo abrió con curiosidad, como sucede con las cosas que llegan sin previo aviso.
"Estimada cliente, le pedimos disculpas por la información que le llegara el día de ayer con respecto a nuestras ofertas. Por un error de tipeo, todos los precios publicados son erróneos. Queremos subsanar este inconveniente invitándola a adquirir alguno de nuestros productos, con un descuento del veinte por ciento, que le será aplicado mencionando a la hora de realizar el pago el siguiente código de descuento: FEDEERRATAS".
La mujer se sorprendió, porque no había recibido ningún folleto el día anterior. Aunque creía no estar equivocada, revisó en el cajón donde guardaba la correspondencia y también sobre el televisor, que era el sitio donde terminaban todos las publicidades que llegaban a la casa.
De todas formas, pensó, el código de descuento lo tenía. Podía hacer la compra igual y tener el descuento. Era una buena oportunidad para la juguera que había visto en casa de una amiga o de cambiar la cocina, que tantos años venía postergando.
También era cierto que no estaba en sus planes ninguno de esos gastos. Su lado prudente le decía que omitiera la oferta, pero otra voz le decía que debía aprovechar el descuento. Lo mejor, decidió, sería reflexionarlo por la noche, antes de acostarse. Como siempre le sucedía en esos casos, se durmió sin haber tomado una decisión.
Por la mañana, mientras desayunaba, otro sobre se deslizó por debajo de la puerta, deteniéndose al hacer tope con la alfombra. Era también blanco y tenía el mismo logo.
"Estimada cliente, le pedimos disculpas por la información que le llegara en el día de ayer con respecto a nuestras ofertas. Por un error interno, se la invitó a disfrutar de un descuento del veinte por ciento, cuando en realidad esa promoción había terminado. Queremos resarcir los inconvenientes causados otorgándole un voucher por valor de cien pesos, que usted podrá utilizar en compras mayores a cuatrocientos pesos. La invitamos a que visite nuestro local".
Gertrudis se rió. Cien pesos no era lo mismo que el veinte por ciento. Si bien era un buen aliciente para una compra, los productos que tenía en mente costaban bastante. El descuento era un buen negocio, pero el voucher... de todas maneras podía utilizarlo, claro que si. Tendría que llegarse al comercio, observar los productos y analizar que le faltaba en la casa. Pero tenía tiempo, no era una cuestión de vida o muerte. Sujetó el voucher en la heladera con un imán y se olvidó del asunto, al menos durante dos días.
Esta vez no vio llegar el sobre, porque estaba en la verdulería. Pero al abrir la puerta lo vio, esta vez a medio camino entre la entrada y la alfombra. Blanco y con membrete, se dejó abrir fácilmente.
"Estimada clienta, le informamos que debido a un problema de reparto, no se le hizo entrega del folleto que contenía precios erróneos a causa de un tipeo. Considerando que usted no lo recibió, dejamos sin efecto la invitación a comprar productos con un descuento del veinte por ciento, promoción que por otra parte ya se le informó, no tiene vigencia. Le pedimos, en tanto, que por favor nos devuelva el voucher que le enviáramos para subsanar el error de ofrecerle un descuento que ya no se aplicaba, debido a que técnicamente jamás se lo tendríamos que haber otorgado, dado que no recibió nunca el folleto mencionado con anterioridad".
¿Cómo podían saber que no había recibido el folleto con los precios mal publicados? Gertrudis se sentía desorientada. Buscó el voucher y lo guardó en la cartera. Cuando estuviera en la zona céntrica, dejaría el bono de cien pesos en el local comercial. La situación comenzaba a fastidiarla.
Al día siguiente llegó un nuevo sobre, con las mismas características.
"Estimada cliente, nos vemos en la obligación de reiterarle el pedido para que nos devuelva el voucher que con equívoco le hicimos entrega esta semana. En caso de entregarlo en las próximas veinticuatro horas, accederá a una promoción especial, con un cinco por ciento de descuento en compras al contado. En caso de no hacerlo, procederemos a enviarle una carta documento y aplicarle una recarga del diez por ciento en cualquier compra futura que usted realice en nuestro comercio".
Aquello parecía una broma. La empresa cometía errores y ella era quién debía estar apurada por solucionar las cosas. Era injusto, absurdo, hasta se podía decir, autoritario. Se sentía furiosa. Había pensado en llamarlos por teléfono, pero luego consideró mejor denunciarlos en Defensa al Consumidor. Estaba buscando el número en la guía cuando sonó el timbre. Atendió, era Adelma, su vecina.
- Gertrudis, como está. Le devuelvo este folleto, se lo dejaron hace unos días en la puerta. Lo tomé prestado para verlo. Fíjese, hay muy buenos precios. Algunos parecen un chiste. ¡Mientras no sea una cuestión de marketing, de esas que se usan ahora!
Adelma se fue, con paso lento e inseguro. Gertrudis se quedó en la puerta, de pie, hojeando el folleto con los precios erróneos. Ahora se sentía confusa, era era la palabra. Se metió dentro de la casa y se dejó caer en el sofá. Había cerrado los ojos justo en el preciso momento que escuchó el sonido del papel deslizándose por el piso.
Se puso de pie de un salto. Un sobre blanco, con el membrete de la casa de electrodomésticos.
"Estimada clienta, considerando que acaba de recibir el folleto con los precios erróneos que no había recibido en su momento, descartamos las acciones legales mencionadas en una misiva anterior, como así también futuros recargos en sus compras. No obstante, le informamos que el voucher carece ahora de valor, por lo que puede romperlo o bien, devolverlo en nuestro local. Para hacer las paces con usted, nuestra junta directiva ha decidido beneficiarla con un secador de cabellos, de manera totalmente gratuita. Puede presentarse a retirarlo cuando guste".
Volvió a sentarse en el sofá. Tomó el sobre y lo partió en dos. Miró hacia todos lados y gritó:
- ¡Métanse el secador en el culo, mal paridos!
Un sobre entró desde la calle, por debajo de la puerta. No necesitó abrirlo para saber lo que decía ni necesitó hacer mucha memoria para estar segura que jamás en su vida, se había sentido tan asustada.

24 de febrero de 2013

Pizza y cerveza

Me pidió que lo acompañara. Había sido un día extraño. Apenas pronunció palabra alguna a lo largo del turno. Cuando salimos me tomó del brazo y me dijo: "¿Pizza y cerveza?". Fue en tono de pregunta, pero al mismo tiempo, imperativo. Era un hecho, íbamos a un bar cualquiera y con seguridad me diría que le sucedía.
Pedimos, comimos y bebimos. Pero la conversación no surgía. Un par de veces intenté comenzar el diálogo, pero me cortó en seco con alguna excusa y siguió en lo suyo. Entonces me decidí, sería tajante. Lo miré fijo, aparté el vaso con el último trago de cerveza y cuando estaba por hablar, llegó ella.
El se puso de pie, la abrazó, rodeó su cintura con el brazo y se marcharon por la puerta. No me saludó, ni siquiera se disculpó por no haber dejado para pagar la cuenta. Minutos más tarde llegó el mozo, se puso a mi lado y con fastidio dijo: "Se fue sin pagar, hijo de puta".
Estuve a punto de decirle que no se preocupara, que yo tenía dinero, pero el mozo levantó el vaso y las porciones de pizza que quedaban, pasó el trapo húmedo por la madera y acomodó las sillas. Incluso la mía, que ni siquiera estaba separada de la mesa.
Aturdido abandoné el bar y fui a buscarme.

21 de febrero de 2013

Casa quinta con pileta (2da parte)

Si no me desmayé o salí dando alaridos fue porque otros invitados se me adelantaron y se estrecharon en un abrazo con los recién llegados. Me hice a un lado y busqué un lugar donde sentarme. El mundo se me había puesto de color negro y comenzaba a moverse.
No se el tiempo que estuve allí. El anfitrión me preguntó en un momento si me sentía bien. No encontraba la manera de explicarle. Finalmente lo acompañé hasta la parrilla y mientras él removía las brasas, le dije que la última invitada en llegar, era la misma mujer que había visto en el agua.
- ¿Se da cuenta? – le dije - ¿Cómo voy a imaginar algo así, si es la primera vez que la veo?
No me contestó. Seguramente pensaba que algo no funcionaba bien en mi cabeza. Y no podía culparlo. Ni siquiera podía dar una explicación a lo que había visto. ¿Acaso pensaba, antes de que me sucediera, que algo así era posible?
Me tocó sentarme justo enfrente de la mujer. Evitaba mirarla, porque al hacerlo, un escalofrío recorría mi espalda. Supe allí que era una productora de televisión y que la acompañaba su marido.
La comida transcurrió sin inconvenientes. Pensé que mi amigo al final tendría razón y quizá me había quedado dormido al borde de la pileta. Pero no fue así. Luego del postre, que consistió en helado y ensalada de frutas, todos nos levantamos y copa de champagne en mano, anduvimos de grupo en grupo, charlando.
Todos menos ella, la mujer. No la pude divisar por ninguna parte. Algo me empujó a caminar hacia la pileta y la lógica a llamar a mi amigo. Le pedí que me acompañara, porque estaba seguro de lo que encontraría.
A regañadientes me siguió, cortando camino por el césped. Nos acercamos a la pileta y observamos el interior. En el centro mismo, flotaba una gran manta roja.
- ¡No! – gritó el hombre que me acompañaba, llevándose las manos a la cabeza – Ayúdeme, no se quede parado. Es la sábana preferida de mi madre, no entiendo que hace en el agua.
Mientras socorría el pedazo de tela, toda empapada, pude ver a la mujer caminando muy cerca de la casa. Miraba hacia donde estábamos y a pesar de la distancia, podía jurar que estaba sonriendo.
- Esa mujer me trae mala espina – dije en voz alta.
Fue la gota de agua que colmó la paciencia de mi anfitrión. Estalló en cólera y me pidió que dejara de hablar de ese tema o me fuera a mi casa. Estaba alterado, más que nada, por lo que le había sucedido a la sábana roja.
Pedí disculpas y decidí que lo mejor era marcharme. Estaba saliendo cuando su brazo firme y su mano suave y blanca me detuvieron. Entonces, la observé por primera vez con detenimiento.
Era hermosa, con facciones provocativas. En sus ojos se notaba un brillo particular y las comisuras de sus labios invitaban a un impulso salvaje de querer besarlos.
- ¿Ya se va? – me preguntó.
No me salieron las palabras. Quedé inmóvil, petrificado. Había algo en esa mirada, en la forma de tomarme del brazo…
- Pensaba ir a nadar, ¿no le gusta la idea?
Temblé. Quizá se haya notado en el rostro, o en la forma en que mis brazos se erizaron, pero al escucharla sentí terror.
- Debo irme – contesté y soltándome, corrí hacia la entrada. Miré por encima del hombro y allí estaba ella, de pie, imponente, con sus ojos negros apuntándome, sonriendo ante mi huida.
Prácticamente arranqué la puerta del auto, me subí y lo arranqué. Creí tomar el camino hacia la salida, pero al girar en una curva me encontré conduciendo en el césped recién cortado. Iba a gran velocidad y no tuve los reflejos de siempre, principalmente por la sorpresa. Con la mirada atónica, de pie y sosteniendo la sábana roja, estaba mi amigo, justo en el trayecto de mi coche.
Lo golpeé de lleno, lanzándolo contra la pileta. El auto terminó también adentro. El último indicio de vida de la persona que atropellé, fue el manotazo que arrojó, aferrándose por un segundo de mi pierna, que intentaba impulsarse hacia arriba, para encontrar la superficie. Salí justo que la falta de aire parecía ganar la partida.
De a poco se fueron acercando los invitados. Algunos gritaban, otros hacían ademanes ampulosos. Mi mente ya no estaba allí. Había cruzado lo real de lo imposible y no sabía como volver. En esos segundos fatídicos al sumergirme en la pileta dentro del auto, mientras el agua penetraba con bravura por el parabrisas roto, la había visto a ella, de pie en el fondo, con los brazos cruzados y guiñando un ojo.
Me acostaron sobre el pasto y me sugirieron calma. Perdí la conciencia. Cuando desperté, había una ambulancia y vehículos de la policía. Lo que sucedió después no vale la pena, no hace a esta historia.
Lo único que persiste, es esa imagen de ella bajo el agua. No importa el juicio, la condena, la locura. Solo importa ella y su sonrisa diabólica, y la certeza de un mundo paralelo cercano, tan cercano como la muerte, cuyas puertas pueden abrirse de un momento a otro para ya nunca volver a cerrarse. Porque no hace falta, no hay escapatoria.

18 de febrero de 2013

Casa quinta con pileta (1era parte)

La casa quinta quedaba a cinco kilómetros al oeste de la ciudad, pero ese es un dato que no viene a la historia. Pudo haber estado en cualquier parte del mundo. Aunque si tuviese que darle una ubicación, le daría sin dudarlo el mismísimo infierno.
En aquel entonces frecuentaba a la salida del trabajo una cancha de squash. No era un deporte de mi predilección, pero tenía una pequeña cafetería donde preparaban el mejor capuchino que había probado en mi vida. El dueño de aquel lugar era al mismo tiempo, socio de la compañía en la que trabajaba. Este, en cambio, no es un detalle menor.
Gracias a esa conexión, nuestros diálogos eran fluidos y al término de cierto espacio de tiempo, nos hicimos amigos. Un viernes por la tarde me invitó a comer un asado a la quinta que tenía en las afueras, lugar que por cierto despertaba mi curiosidad, dado que era epicentro de muchos de sus relatos. La invitación era para el domingo; según me había dicho, haría un costillar como para veinte personas, que era la cantidad que habitualmente se juntaban en aquel paraje.
El sábado discutimos con mi novia, porque no iba a estar el domingo con ella y no accedí a llevarla. En realidad, no la habían invitado y no podía ser tan caradura de caer con alguien. Está bien que tampoco pregunté cuando pude, si podía llevarla, pero lo considero un detalle menor. No es la historia que estoy contando, una historia de celos o engaños.
Fui en auto, con el sol de frente, filtrándose por el parabrisas con la rabia que suele tener en época estival. Fui el primero de los invitados en llegar. Lo hice adrede. Quería disfrutar de aquel lugar en solitario, al menos por una o dos horas.
Mi amigo me recibió con una copa de vino. Un malbec de un viñedo muy pequeño, que según me confío, era de un primo. Bebimos y salimos por una puerta que daba a la parte de atrás. Difícil resultaría llamarlo patio, porque la quinta estaba rodeada de verde, pero la extensión que nacía en aquel punto, parecía no tener fin. Árboles de todo tipo, césped prolijamente cortado, flores, huerta… aquello parecía un paraíso. El viento corría con libertad y el aire nos traía el sonido de los pájaros.
Entonces, mi amigo, señaló con su dedo índice:
- Allá la tiene, vaya a verla: la pileta de la que tanto le hablé.
Quedé maravillado a la distancia. Una pileta olímpica en medio del verde. Estaba rodeada de reposeras y mesas de plástico, y en algunos lugares, enormes sombrillas prometían sombra y protección del calcinante sol.
Aproveché que mi amigo se excusó para llevar las copas a la casa, para acercarme a la piscina. Nunca había visto una de esas dimensiones tan de cerca. Hasta me daban ganas de sacarme la ropa y tirarme. Parecía un gran estanque traslucido, que permitía ver el fondo y las paredes celestes con una nitidez sorprendente.
Me puse en cuclillas al borde del agua. Extendí una mano y la hundí sintiendo la frescura en todo el cuerpo. La saqué con algo de líquido y la llevé a la cara. ¡Qué placer! Volví a repetir la operación, pero ahora acercando al mismo tiempo la cabeza, con la idea de meterla al agua.
Metí el rostro primero y luego de a poco, con cuidado para no caerme, cubrí el cabello. Entonces, al sentir el agua en cada minúscula parte de mi cabeza, abrí los ojos. Y grité.
Saqué la cabeza casi ahogándome.
- ¡Dios mío! ¡Dios mío!
Allí abajo había una mujer. O el cuerpo de una mujer. Pero tenía los ojos abiertos y me miraba fijamente, con angustia.
Me alejé de la pileta, casi arrastrándome. Aún no había podido incorporarme cuando sentí que dos brazos me levantaban por las axilas.
- ¿Qué le pasa hombre? – me preguntó mi amigo asustado, que había venido corriendo.
Había escuchado los gritos y salió disparado. Me encontró a mitad de camino entre la pileta y la vivienda. Le conté como pude lo que había visto. Me acercó otra copa de vino y me preguntó si prefería algo más fuerte. Se lo agradecí.
Me pidió que le repita lo que había visto y así lo hice. Luego me pidió que lo acompañara. Debo confesar que me resistí a volver al borde de la pileta, me quedé a cinco metros, mientras él recorría todo el perímetro. Volvió a mi lado preocupado, no con la situación, porque no había encontrado nada, sino por mi estado.
- ¿Seguro que va a estar bien? Allí no hay nada. ¿No se habrá quedado dormido? – me preguntó.
Le dije que no y al mismo tiempo, que lo olvidara. Volvimos a la casa y nos quedamos en la sala más grande, bebiendo y esperando al resto de los invitados. No dijimos ni una sola palabra sobre el incidente y supuse que ninguno tampoco lo haría a lo largo de la jornada.
Luego comenzaron a llegar otras personas y mi mente, gracias a las conversaciones, fue dejando de lado lo sucedido. Hasta que dos horas después, sonó el timbre.
Era el que más cerca estaba de la puerta de entrada. Mi amigo, que estaba yendo hacia el asador a controlar el costillar, me pidió que por favor abriera. No me detuve para decirle que la venía abriendo desde hacía media hora, porque no era algo relevante, a él no le importaba y a mi no me molestaba.
Sin embargo, al girar el picaporte y abrir la puerta, la volví a ver. A la mujer que había visto en el agua. La misma que me había observado con ojos extrañados. Estaba frente a mí, sujeta del brazo de un hombre alto, elegante y de bigotes.

Continuará...

15 de febrero de 2013

El día después

Miró sus manos y las vio vacías. Las colocó en los bolsillos. Puso en marcha una pierna y luego la otra, alejándose al fin. Había sido un día largo, casi eterno.
Veinticuatro horas antes, intentaba cerrar los ojos para poder dormir. No pudo hacerlo en toda la noche. Pensó en el momento una y mil veces. Repasó las palabras hasta el cansancio. Pero agotado y todo, no pudo conciliar el sueño. Parecía una maldición. Y quizá así lo era. La maldición del enamorado.
Estaba duchado y desayunado para antes de las siete de la mañana. Tenía el reloj en hora, controlado más de veinte veces con los canales de televisión. Buscó el paquete envuelto en papel de diario y salió a la calle. Una hermosa brisa cruzaba la calle de lado a lado. El sol repuntaba como para brillar con fuerza el resto del día. El celeste del cielo parecía sacado de un cuadro, pintado con óleo y pinceles.
Caminó las cinco cuadras que lo separaban de su destino. Y aguardó en la esquina, como lo había imaginado. Le quitó el papel de diario al paquete, que de pronto se transformó en un ramo de rosas rojas. Olían bien, como la mañana.
Puntualmente, ella apareció en la esquina. Sonriente, elegante, vistiendo el atuendo azul que usaban todas las empleadas de la perfumería. Se apresuró entonces a poner su cuerpo firme y derecho, como un caballero. Preparó su garganta para disparar esas palabras que había hilvanado horas tras horas, pensando solo en ella, únicamente en ella, exclusivamente en ella.
No había mejor día que ese, el día de los enamorados. Nada podía salir mal. Nada.

Se estaba alejando, pero detuvo su andar. Sacó las manos de los bolsillos y una imagen cruzó su mente. ¿Dónde lo había dejado? ¿Podía haber sido tan distraído? Volvió sus pasos, ya no lentamente, sino con prisa, con cierta angustia creciendo en su pecho.
Doce horas antes apretaba los puños con mustio desagrado, instándola a contestar. ¡Dilo! ¡Dilo! le gritaba con furia. El rostro magullado por el espanto, apenas sin respondía con más y más sollozos. La joven era un solo manantial de lágrimas. Quería que lo dijera, que confesara su error. Porque lo de esa mañana no era más que eso, un error. El hecho de haber aparecido ese muchacho tan apuesto, con jazmines en la mano, justo en la puerta de la perfumería, había sido un error. Y mayor aún la equivocación de ella, de aceptarlos, de olerlos, de llevarlos a su pecho. Pero peor todavía, haber celebrado ese gesto con un beso, todo delante de sus ojos, de sus manos aferrando el ramo de rosas rojas, elegidas una por una, para ese día, único, especial, de los dos, tan esperado.

¿Dónde lo había dejado? Si sus manos estaban vacías, era que... El coche de policía estaba estacionado a un lado del andén. Dos uniformados recogían un revólver abandonado sobre el asiento de madera situado bajo el alero. Apretó los dientes. Nunca debió olvidarlo allí. Quiso emprender la marcha en dirección opuesta, pero escuchó el silbato en el aire. Miró por sobre su hombro y los vio acercarse, a los dos. Aún sostenían el revólver. Podía sentir el olor a pólvora. Y también el de la carne. El de la carne al quemarse con la pólvora.
Corrió.

Cuatro horas antes había terminado de arrojar la tierra sobre los cuerpos, pero aún sentía que algo faltaba en ese día eterno. Sus manos sucias, su ropa oscurecida, su mente siniestra. Desde allí se escuchaba el tren. Lo había escuchado mientras cavaba, también mientras cortaba los cuerpos. Ahora entendía la fascinación. Se iría en el próximo que pasara. Lo esperaría en el asiento de madera y cuando llegara, desaparecería para siempre.
Creyó escuchar algo y despertó bruscamente. Era un auto, del otro lado de las vías. Un patrullero. Se puso de pie y se alejó del andén. Se ocultó entre unos árboles. Estaba todavía somnoliento. Miró sus manos y las vio vacías. Las colocó en los bolsillos. Puso en marcha una pierna y luego la otra, alejándose al fin. Había sido un día largo, casi eterno.

12 de febrero de 2013

Turno largo

El teléfono emitió su sonido constante y rítmico. Esteban levantó el auricular y contestó la llamada.
- Hotel El Paraíso, buenas tardes.
- Esteban, soy Carolina, estoy retrasada. ¿Podés cubrirme hasta que llegue?
El recepcionista miró el reloj. Era la hora de salida.
- ¿Cuánto? - preguntó.
- Mmm... no sé. Cinco.
- Bien, cinco minutos no es nada. No te preocupes.
- No Esteban, cinco minutos no.
- ¿Cinco horas? No te voy a esperar cinco horas ¿Dónde estás?
- Tampoco. Cinco días. ¿Puede ser? Más adelante te los devuelvo.
Esteban pensó que era una broma. Alguien, seguro, lo estaba observando y riendo, o lo que era peor, lo estaban filmando.
- Carolina, no jodás. Cinco minutos y me voy, no estoy para bromas.
- ¡Es que estoy en Alaska!
- Claro.
- Te juro Esteban, estoy en Alaska. Sucede que ayer descubrimos con mi abuela que soy descendiente de una vieja tribu y por herencia sanguínea viajé para reclamar mi trono.
- ¿Caro, estás bien? ¿Fumaste algo? ¿Estás en pedo?
- No, escucháme, me tenés que hacer ese favor. Mirá, si me bancás cinco días te nombro ministro de algo, lo que sea.
- ¿En Alaska?
- Y si, de ocupar el trono, es en Alaska.
- ¿No me estás jodiendo?
- Claro que no.
- Bueno, cinco días haciendo dieciseis horas para después ser ministro de... ¿de qué tribu? ¿Se gana dinero?
- De los Iponawas. Y si, mucho. Pensá que acá está el negocio del petroleo.
- ¿En Alaska?
- Si, dónde más.
- Dale Caro, quedate tranquila.
Esteban colgó el teléfono.
Pensó en todo lo bueno que podría deparar el futuro. A cambio, solo debía cubrir a su compañera cinco días.
Las ocho horas fueron agotadoras, interminables.
El teléfono, que ya hería sus oídos, sonó una vez más en la eterna jornada.
- Hotel El Paraíso, buenas noches.
- ¿Esteban? Soy Marcos. ¿Me podés cubrir?
-  No, me estás jodiendo. ¿Cuántos minutos? No veo la hora de irme.
- No, minutos no. Tengo para largo. Estoy lejos.
- ¿En Alaska también?
- Este... si. ¡Y no sabés a quién me encontré de casualidad!

9 de febrero de 2013

El billete de cien

La mañana no había comenzado de la mejor manera. Se había despertado tarde y casi dormido se fue a trabajar sin haber desayunado. Ni bien salió a la calle notó que estaba fresco y en el afán de no seguir perdiendo tiempo, porque no llegaba a horario, volvió a la casa, manoteó la campera que estaba colgada en el perchero de la pared y corrió hasta la parada del colectivo.
Recién cuando estaba ascendiendo, se dio cuenta que la campera que había agarrado era la de su mujer. El rosa no le quedaba bien. Bufó por lo bajo y buscó un asiento, a sabiendas que tomaría frío, porque de ninguna manera se la pondría.
Hasta allí, una mañana para el olvido.
Fue minutos después, al mirar hacia sus zapatos, que vio el billete de cien. Primero lo embargó una sensación de incredulidad, luego de entusiasmo. Sin perder más tiempo lo agarró y lo metió en el bolsillo, mirando de reojo a los lados, con un sabor de regocijo y al mismo tiempo, temor de lo que lo hubiesen visto.
¿Por qué temor? se dijo mentalmente, en un diálogo donde quería imponer la lógica. No se lo había robado a nadie, la fortuna de haberlo encontrado contrastaba sin dudas con la mala suerte del que lo perdió, pero hasta allí no llegaba su ingerencia.
Está bien que podía ponerse de pie y preguntar si alguien, involuntariamente, había dejado caer un billete de cien, pero eso iba en contra de su voluntad, primero, porque no creía que la persona que lo hubiese perdido aún estuviese en el vehículo y segundo, porque existía la posibilidad que cualquier vivo lo reclamase como suyo.
Se lo había encontrado y punto. Como alguien en algún momento se había topado con los lentes de sol que perdió en la costa, la última vez que veraneó con su señora y los chicos. La dicha va y viene, y a cada cual le toca su parte. Así decía su abuelo y como nunca, estuvo de acuerdo. Cien, nada más y nada menos. Cien que llegaban en un momento justo, porque aún debía pagar un par de impuestos.
Aunque a medida que las calles por la ventanilla del colectivo lo transportaban a su lugar de trabajo, en ese recorrido rutinario que casi siempre realizaba en silencio, sin otro pensamiento que el de querer seguir durmiendo un poco más, la idea de utilizarlo para pagar deudas no lo convencía.
¿Por qué debía privarse también con ese dinero, provisto por el destino, de darse un gusto? ¿Acaso no era suficiente evitar gastar en trivialidades lo que recibía como paga por su trabajo? O bien, como siempre sucedía, que si compraba un regalo para su mujer, debía hacer otro para equilibrar la relación odio amor entre sus hijos, dejando de lado toda posibilidad de comprarse algo para su propio disfrute.
Ahora era dueño de un billete de ciente, que pedía a gritos que lo gastase. ¿No había una canción que decía algo parecido? Miró el reloj y supo que no podría impedir llegar tarde, pero eso no lo alarmó. Estaba feliz con el dinero encontrado y ya sabía como destinar la hora del almuerzo.
Ni siquiera se molestó con el reproche de su jefe y el trabajo atrasado que le derivaron en forma de castigo tácito. Cumplió con sus funciones como cada día, aunque deseando una sola cosa.
Y cuando la hora de comer llegó, fue el primero en abandonar su oficina y ganar la calle. Trabajar en el microcentro era también un punto a favor, que pocas veces valoraba.
Todos los negocios estaban abiertos y muchos se ganaban su atención. Una camisa parecía buena opción, pero un hombre no se compra ropa por placer. Distinto sucedía con las vidriedas de electrónica. Las ofertas eran variadas y atractivas, pero no podía decidirse. Estuvo a punto de comprar unos auriculares con bluetooth, pero entonces vio en otro local un juego de video portátil. Con ese billete solamente no llegaba, pero no veía mal poner un poco más para poder adquirirlo. Pero luego pensó y con razón que con seguridad terminaría en poder de sus hijos, así que lo desechó.
Los minutos iban pasando y se estaba poniendo nervioso. Hacía tiempo que no disponía de un dinero para él y no encontraba que era lo que quería hacer con el mismo. Si tomaba una decisión apurada, terminaría comprando algo que luego se arrepentiría, inviertiendo mal esa plata.
Miraba el reloj, las vidrieras y sentía como el billete le ardía en el bolsillo. El reloj, las vidrieras, el billete. El reloj, la vidriera, el billete. Tomó la decisión. Un libro. Había sido una de las cosas que le habían interesado, pero lo había relegado mentalmente en su lista de deseos. Era un libro de historietas, con una tapa muy sugestiva. Entró, lo hojeó, se convenció y lo compró, con el tiempo justo como para hacer las siete cuadras que tenía hasta el edificio donde trabajaba.
Volvió feliz, aunque algo agitado. ¡No recordaba la última vez que se había comprado un libro! ¡Y mucho menos, de historietas!
En el regreso a su casa, también en colectivo, comenzó a hojearlo. Le gustaba. No le importaba haberse salteado el desayuno, cargar todo el día con una campera rosa o haber tenido que trabajar de más como castigo de su jefe. Cuando entró a su casa, era un hombre rejuvenecido, contento y todo, gracias a la fortuna y ese bendito billetes arrojado a sus pies.
Saludó a su mujer con un beso en la mejilla, mientras ella hacía un crucigrama en la mesa.
- ¿Querido, vos te llevaste por error mi campera? La busqué por todos lados.
El hombre la dejó caer sobre el sillón, riéndose.
- Si mi amor, me quedé dormido y salí cagando, no me di cuenta y agarré la tuya.
- Me imagino que te moriste de frío entonces, porque con seguridad no te la pusiste.
El marido volvió a reír. Vaya si lo conocía. La vio acercarse al sillón mientras subía las escaleras para cambiarse la ropa.
- ¿Amor? - dijo ella dubitativa.
- Si mi cielo, qué pasa- le respondió él casi en la planta alta.
- ¿Qué hiciste con el billete de cien que guardaba en el bolsillo para pagar la peluquería?

6 de febrero de 2013

La raya del cero

La paga no era muy buena, pero era mejor a estar la semana sin trabajar. Mantenerse no era tarea fácil, más para una mujer con la firme convicción de ser independiente. Cuando su amiga le comentó que una familia estaba buscando alguien para cuidar una casa durante cinco días, no dudó y llamó por teléfono.
El trabajo era sencillo. Airear las habitaciones de día y estar unas horas de noche, como para hacer ver que había gente en la vivienda. No era necesario que pernoctara en el lugar y mucho menos, que tuviese que estar todo el día allí. Del otro lado de la balanza, el aspecto negativo, era el dinero que recibiría por eso.
Quedaba en el barrio de la ciudad donde las calles llevaban un número por nombre. Había garabateado la dirección mientras hablaba telefónicamente con la dueña, pero sin prestar atención. Ahora, no sabía si había escrito calle 20 o 28. El cero parecía doblarse al medio, pero bien podía ser la raya en diagonal que le gustaba trazarle encima para diferenciarlo de la O.
Por suerte había salido media hora antes. Si no era la calle 20, iría a la otra. Al menos el número de puerta existía. La casa era imponente, con enorme ventanales y un piso alto, con dos balcones a la vereda. Tocó el timbre y esperó. Un hombre de mediana edad abrió la puerta con sigilo, asomando solo parte de los ojos entre el marco y la puerta misma.
- Hola, soy la persona que habló por teléfono, vengo por el trabajo que ofrecían - dijo la joven.
El hombre la miró de abajo hasta arriba y luego, tras quitar el pasador, abrió más la puerta, dándole paso. Ella paseó la vista por la sala y se sorprendió por los lujos que adornaban cada rincón del lugar. Más allá, tras una puerta tres veces más grande que la que daba a la calle, podía ver un enorme piano de cola, y lo que parecía ser una biblioteca enorme, con cientos de volúmenes.
- La esperábamos más tarde - dijo con voz ronca la persona que ahora la acompañaba hacia el interior de la casa.
- Temía perderme, entonces salí antes - contestó entre risas nerviosas.
- Aguarde aquí.
Tras esas palabras, quedó sola. No estaba en la habitación del piano. En esta, había al menos cinco sillones. Estaban dispuestos en círculo y parecían encerrar en el medio, a una pequeña mesa redonda, que en la parte inferior atesoraba botellas de whisky importado.
No se escuchaba sonido alguno proveniente de los demás cuartos de la vivienda. No sabía si esperar sentada o permanecer de pie. Estaba en la disyuntiva si sentarse sin permiso, cuando regresó el hombre.
- Venga, ya está aquí, así que si no le importa, empezaremos ya mismo.
- Si, por supuesto. Si ustedes ya deben marcharse, con que me den las indicaciones básicas, después me arreglo. No es la primera vez que hago esto - aclaró.
- No tenemos en mente marcharnos, la idea es que podamos ver su trabajo.
- ¿No entiendo?
- Lo hablamos por teléfono señorita y usted pareció estar de acuerdo. Incluso accedimos a que sean veinte y no quince.
- ¿Veinte pesos? Acordamos cincuenta.
- Nunca hablamos de esa cifra.
- ¡Claro que si!
- Señorita, si ha cambiado de idea, no es nuestro problema. Usted ya nos firmó los papeles. Creemos que veinte mil es más que suficiente.
- ¿Papeles? ¡Veinte mil! ¿Dijo veinte mil?
- ¿Le sucede algo? Pareciera que ha perdido la memoria. Aquí estan los papeles que firmó en el estudio de nuestro abogado. Y dice claramente, veinte mil. Ya deben estar depositado en la cuenta que especificó.
- Creo que aquí hay una confusión.
- ¿Quiere leer lo que firmó?
- ¡Yo no firmé nada! Se suponía que venía hoy, ustedes se iban y el fin de semana cuando regresaban, me pagaban.
 - Me está haciendo enojar, el contrato es claro. Y no hay vuelta atrás. Así que hágame el favor de pasar a ese cuarto, que la cámara está esperando.
- ¿Qué cámara? - por primera vez, ella sospechó que la conversación iba más lejos que un simple malentendido.
El hombre se acercó velozmente y no le dio el tiempo de defenderse. La tomó del brazo y la llevó hasta una habitación mucho más pequeña, con poca luz, el piso de cemento, una silla de madera en el centro y una mesa a un costado. En lo alto pendía un foco de luz, apenas sosteniéndose con el cable que le daba la electricidad.
Sobre la mesa, con horror, puedo apreciar cuchillos y otros elementos que jamás había visto en su vida. Al fondo, sobre un trípode plateado, estaba apoyada una cámara de filmación. Dos hombres corpulentos aguardaban a su lado. Uno de ellos tenía una máscara puesta. El otro, esgrimía en su mano un látigo, de manera amenazante.
Cuando la puerta se cerró a su espalda, la cámara comenzó a filmar. Antes de recibir el primer puñetazo, su mente le dijo en solo lamento: "era un ocho, era un ocho...".

3 de febrero de 2013

El que persevera...

Al caer el telón, la magia se esfumó. Edgardo se transformó en un ser donde los trucos no servían de nada y el engaño era cuestión de estafadores. Apenas si escuchaba los aplausos que recorrían el pasillo que lo conducía hacia la puerta trasera. No eran dirigidos a él, sino al siguiente número, el de Osvaldo y los monos tití.
En el bolsillo llevaba el poco dinero que le había deparado la noche. De todas formas, era suficiente. Cruzó la calle y golpeó la puerta de madera pintada de azul. Aguardó pacientemente hasta que escuchó la voz.
- ¿Quién llama?
- Un alma en pena en busca de su noche de suerte.
La puerta se abrió. El enano del otro lado le hizo una mueca.
- Decí que te conozco, porque debería dejarte afuera. Tenés que dar la contraseña.
- Vaya a saber uno cuál es, el mundo cambia segundo a segundo - contestó Edgardo, que avanzó por el estrecho pasillo sin pedir permiso.
Una puerta tan angosta como su cuerpo lo condujo hasta una sala casi en penumbras, apenas iluminada por la luz de una vela. En el centro, una mesa con paño verde servía de excusa para que siete señores se dispusieran en ronda, uno al lado del otro. En sus manos, las barajas parecían temblar por el efecto de la llama.
- Llegó el mago - murmuró alguien, anuncio que fue refrendado por un par de silbidos e igual número de abucheos.
En un rincón, en plena oscuridad, se movió una sombra.
- No hay lugar para vos, Moreyra. Magos acá no, regla de la casa.
Edgardo sonrió hacia el lugar de donde provino la voz.
- Ya lo sé. En realidad vengo a cobrar lo que me deben.
- A intentar cobrar - replicó el hombre desde el rincón.
- A eso mismo.
- Usted cree en lo de perserveras y triunfarás, pero le repito, acá eso no va. Si usted nos hubiese dicho que era mago, ni se sentaba. Ahora, mire: hace un año que viene todas las noches a cobrar algo que nunca le será pagado.
- Uno nunca sabe, el mundo cambia a cada segundo.
- Aquí no, Moreyra. Acá el tiempo no existe. Lo único que se mueve es el dinero y si lo hace en dirección a mi bolsillo, mucho mejor.
El lugar se inundó de risotadas.
- Tómese un trago, Moreyra. La casa invita.
El mago, como cada noche se dirigió hacia otra puerta y la abrió. Del otro lado había una barra y varias personas que esperaban su turno para la mesa principal.
El barman lo vio entrar y buscó un vaso.
- ¿Lo de siempre Moreyra?
- Si Luisito, con hielo.
El mago se sentó en una banqueta y suspiró con desgano. Luego apuró el trago y se volvió a poner de pie.
- Hasta mañana Luisito.
- Hasta mañana Moreyra.
Volvió a meterse a la sala principal, saludó casi en un murmullo y enfiló para el pasillo. El enano al verlo, sacó la traba de la puerta.
- ¿Insistirá mañana, Moreya?
- Y a usted que le parece.
La noche se lo devoró como a un fantasma, alejándolo del lugar. Volvería la luna siguiente y la otra. No le disgustaba. Llevaba en tragos gratis más del triple de lo que le debían. Sería un mago mediocre y fracasado, pero no era ningún boludo.

31 de enero de 2013

Paciencia a cuesta

Conversaban en la esquina, con la paciencia a cuesta. Del clima, de la vida, de los muertos. Se conocían desde que tenían memoria. Hablaron hasta que el sol dijo basta y le pasó la posta a la noche.
Se saludaron, rieron con una broma de último momento y se alejaron en la misma dirección, sin poder separarse.
Entraron a la misma casa, pero sin saber uno del otro. Comieron y se acostaron. A la mañana siguiente se levantaron, sin siquiera notar la presencia uno del otro. Compartieron el cepillo de dientes y también la toalla. Desayunaron y caminaron durante la tibia mañana, sin rumbo fijo.
Luego de almorzar, se dirigieron juntos hasta la esquina, donde se vieron nuevamente las caras y luego de un abrazo, dieron rienda suelta a la lengua. Había tanto de que hablar, cosas por contarse, que el tiempo parecía no alcanzarles. Así que no perdieron segundo alguno y se pusieron a conversar, con la paciencia a cuesta.

28 de enero de 2013

El turista

Había algo raro en el viaje que no me convencía. No era el guía, ni los lugares. Tampoco la gente que me rodeaba. En realidad, era algo más profundo. La sensación, casi palpable, de ya haberlo realizado.
Cada cosa que veía no me parecía nuevo, como tampoco las acotaciones de los otros turistas. Esto ya lo había vivido. Al tercer día creí estar enloqueciendo. Sobre todo cuando, sentado en la cama de mi habitación, me dije a mi mismo, en voz alta, como quien está perdiendo la razón:
- Ahora van a golpear a la puerta.
De inmediato, de forma mecánica, alguien golpeó tres veces la puerta. Mi corazón pareció trepar una montaña y caer al vacío en el intento. Supe incluso las palabras que escucharía luego.
- Diez minutos y nos vamos.
Sentí naúseas. Nada de lo que pasaba estaba bien. Alguna tuerca se había salido de su lugar y mi mundo giraba a contramano. No me cambié ni me alisté. Aquello debía llegar a su fin. Si me quedaba en la habitación del hotel, la cadena invisible con aquel viaje paralelo llegaría a su fin. Sería libre de poder apreciar el viaje como una novedad y no como un viejo fantasma que me abrazaba mórbidamente cuando se le cantaba las ganas.
Volvieron a golpear la puerta. Contesté diciendo que prefería quedarme, que no me sentía bien. Comprendí entonces que lo que venía a continuación también lo había vivido. La puerta se abrió a la fuerza, con un violento empujón. No era el guía, sino un encapuchado, munido de una AK 47. El sudor le recorría la piel que la tela no ocultaba de su rostro y el movimiento de sus manos, temblorosas portando el arma, me hicieron saber que estaba nervioso y asustado.
Me apuntó, mientras pronunciaba a gritos palabras en un idioma que no conocía. Sabía de antemano que entonces dispararía al techo y luego volvería a apuntarme. Pero ese conocimiento no apaciguó mi sobresalto al escuchar los disparos. A continuación supe que en diez segundos moriría. Porque ya había muerto una vez, en aquel viaje paralelo. Y ahora, estaba a punto de volver a ocurrir.
Vi el arma apuntando hacia mi rostro y pensé, quizá una vez más, si acaso no estaba muriendo continuamente, una y otra vez, en una realidad inexistente, en una condena sin destino ni final. Luego, el hombre disparó.

25 de enero de 2013

Número correcto

El teléfono sonó de madrugada. Podían ser las dos o las tres. No lo sabía. Solo atinó a contestar.
- ¿Michelle? - preguntó la voz desde el otro extremo de la línea.
Anahí suspiró. No la buscaban a ella, era número equivocado. El temor a una llamada nocturna es que pocas veces traen buenas noticias.
- Disculpe, equivocado.
- ¿Cómo equivocado?
- Si, aquí no hay nadie que se llame Michelle...
- Es imposible, estoy viendo en la pantalla el número, es el número correcto.
- Intente de nuevo, hasta luego...
- ¡Espere! ¿Anahí?
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Era su nombre. Había caído como una daga sobre el mármol, el sonido aún reverberaba en su cabeza.
 - ¿Quién habla?
- Eso no importa. Escúcheme, si no es Michelle, es Anahí. Llamo del futuro, alguien las va a matar. Pensé que llamaba al año 2014, pero creo que me he equivocado en ese detalle. ¿Estoy llamando al 2013, cierto?
El silencio de la mujer lo convenció de que estaba en lo correcto. Anahí en tanto, apoyaba su espalda sobre el respaldo de la cama. De pronto se sentía liviana, como si estuviera a punto de desmayarse.
- Haga lo que le digo - dijo la voz, en un tono imperativo - Tome algo de ropa y salga por la puerta de atrás. Y corra, no vuelva la mirada atrás.
- No entiendo, cómo es que...
El sonido de la puerta del frente la paralizó. Alguien estaba entrando a la casa. No volvió a dudar. Tomó la ropa que se había quitado al acostarse, arrojada en su momento sobre una silla y corrió hasta la puerta trasera. Escuchó los pasos a su espalda, el repiqueteo de zapatos pesados y una cadena balancéandose. Tomó el picaporte y tiró hacia atrás. Luego cometió el último error de su vida. Miró hacia atrás.
En el teléfono, abandonado sobre la cama, una voz decía a los gritos: ¡No mires hacia atrás, por nada del mundo, mires hacia atrás!.

22 de enero de 2013

El arte es un acertijo

La historia de Benito Nardone comenzó en el preciso momento en que algo, una razón equis, lo obligó a detenerse delante del escaparate principal de la importante sala de arte Le Vanguardist. Iba de paso, con el tiempo justo en realidad, cargando las bolsas de los mandados. Tenía los minutos contados para llegar al departamento, dejar las compras sobre la mesa, bajar por el ascensor, tomar un taxi e ir a buscar a su hija más pequeña al jardín.
Sin embargo, al pasar por la vereda de Le Vanguardist, un destello llamó su atención. No se trató de un reflejo de la luz, o algo por el estilo, fue mucho más profundo. Aquello que vio con el rabillo del ojo, mientras pensaba en otras cosas, fue suficiente para ganar su atención.
Lo primero que pensó es que aquello era imposible, que debía haber un error. Pero no lo parecía, porque las personas que estaban del otro lado del vidrio, muy cerca del escaparate, que observaban lo que allí estaba expuesto, lo hacían con total seriedad, como absorbidos por lo que a él, en cambio, le había provocado una sensación que bien podría definirse como diferente a la de total respeto, que se podía apreciar en la gente.
Es que, sincerándose, aquello que se exhibía como una obra de arte en Le Vanguardist, le parecía muy distante al concepto que manejaba de arte. Y si bien se consideraba una persona tolerante, que incluso podía encontrar en lo abstracto significados con asidero en lo real, aquello que sus ojos le mostraban le causaban una sensación de abismo bajo sus pies.
Casi en un murmullo, dijo para si mismo:
- Si esto es arte, mi hermana es virgen.
Benito entró. No dudó en tomar una posición cercana y observar con detenimiento aquello. Le costaba pensar en eso como "la obra". Es que, en definitiva, no era otra cosa que un rollo de papel higiénico colocado sobre una silla de mimbre. ¿Acaso cuando iba a cagar y llevaba un rollo de papel y lo dejaba sobre algún mobiliario del baño, estaba haciendo arte?
- Perdone - le dijo a un señor de anteojos que tomaba fotografías afanosamente - ¿Me puede decir si es un rollo de verdad o es una escultura o algo así?
- ¿Cómo va a ser una escultura, hombre? Es arte realista en su máximo esplendor.
- ¿Y cómo se llama la obra?
- Rollo sobre silla.
Agradeció con una sonrisa, que fue más una mueca que otra cosa. Rollo sobre silla. Arte realista. Máximo esplendor. ¿Acaso era una broma? No resistió estar en el lugar mucho más y recordando todo lo que aún debía hacer, abandonó la sala.
Hizo todo lo que tenía que hacer, pero con una sola idea en la cabeza. El rollo sobre la silla. Esa noche no durmió. Su mujer le preguntó si le pasaba algo, pero divagó sobre cuestiones del trabajo, los impuestos y al final ella se durmió.
Se levantó antes que de costumbre. Había vuelto a ver aquel extraño destello que lo había motivado a ver la obra en Le Vanguardist. Entró el tendedero que su mujer dejaba en el balcón, descolgó la ropa y la arrojó desprolijamente sobre un sillón. Buscó una revista, no importaba cual. Encontró una sobre viajes. No se preocupó en mirar la fecha. Fue arracando las páginas de a una.
- Los broches - dijo en voz alta.
Los encontró en el lavadero, en una bolsa azul. Con cuidado fue colgando las hojas en el tender, apresándolas con los broches de madera. Cuando terminó, se alejó unos pasos hacia atrás.
- Le falta algo.
Los ojos brillaron. Salió disparado hacia la pieza de su hija y regresó con un ventilador de pie. Lo colocó a una distancia prudencial del tender, lo encendió y lo puso en la velocidad mínima. Las hojas recibieron la corriente y con suavidad, comenzaron a mecer sus delgados cuerpos, ante la atónica contemplación de Benito.
No pudo contener el impulso.
- ¡Hice arte! ¡Hice arte! - gritó con fuerza, despertando a su familia.
El resto, como todos saben, es historia. Hoy lo conocemos más como Ben Nar, el vanguardista más revolucionario del arte mundial.
Las grandes historias comienzan de las formas menos pensadas. Increíble pero real, nuestro querido Ben se volcó al arte por creer que el arte que había visto era una mierda. Como muchos otros, Ben aprendió la lección. El arte es un acertijo y nadie tiene la respuesta correcta.
Por eso, demos la bienvenida a Ben, hoy con nosotros en esta presentación, aquí en Le Vanguardist, estrenando su obra "Fresco y batata".

19 de enero de 2013

Estadía en la noche

Cuento ilustrado por Felipe Ricardo Ávila, publicado originalmente en el sitio Olvidados en el Espacio (www.olvidados.com.ar)

Es la muerte, es el fin. A duras penas escapamos por el monte luego de interminables planicies de llanura amarilla y desolada. Éramos cinco la última vez que vimos los altos paredones de la penitenciaría.
Corrimos a más no poder, sabiendo que a pesar del miedo, teníamos la ventaja a nuestro favor. Tardarían el encontrar el conducto hacia las cloacas. Pero cuando nos creímos en libertad, fue que comenzó el calvario.
La noche se ha cerrado sobre mi solitaria existencia. Me quedo quieto, escuchando los sonidos de la naturaleza. Las últimas lunas me enseñaron que hay cosas que uno desconoce, sonidos impensados, movimientos que el viento no puede provocar. Pueden ser espíritus o demonios, pero merodean bajo las estrellas, creyendo que nadie los percibe.
El frío cala los huesos. Me lamento por las vestimentas de mis compañeros, por no haberlas tomado en la medida que fueron quedando en el camino. Ahora me darían un cobijo.
Intento no pensar en ellos, en la fatídica sucesión de horas que anteceden este momento. La pesadilla que comenzó al cruzar el río, al caer la primera noche tras el escape.
Ahora que lo pienso, es como que la noche no se haya ido del todo, como que desde que nos metimos en ese hueco bajo la tierra y hundimos nuestras piernas en las cloacas, la misma se instaló para no irse.
Recuerdo haber visto el sol esta tarde, pero creo que no es otra cosa que un engaño, falsas esperanzas.
El sonido del río aún retumba en mis oídos. Furioso, profundo. A Pascual se lo llevó la corriente. Quisimos sujetarlo, pero se nos fue. Golpeó contra unas rocas metros más adelante. Es curioso como el color de la sangre se convierte en plata con la luz de la luna.
Pudimos pensar que solo se trató de un accidente, pero tras el mortal choque contra las piedras, la corriente se frenó. El río pareció convertirse en un estanque, carente de vida. Un tapir cruzó de orilla a orilla, ante nuestras pasmadas miradas. Aves negras como un demonio picoteaban su pelaje.
Avanzamos lo más rápido que nos daban las piernas. Nos internamos en un bosque, creyendo que estábamos a salvo. Nuestra fortuna parecía vedada. Aullidos espectrales nos mantuvieron despiertos. Enrique comenzó a balbucear tonterías, pasajes de la biblia, diciendo que era el castigo por habernos escapado. Intentamos calmarlo y creímos que lo habíamos conseguido.
Por la mañana, al despertar, lo encontramos ahorcado en un árbol cercano. Ninguno de nosotros pudo explicar de dónde había sacado la soga.
Espantados de horror, llegamos a la llanura despoblada. Estábamos perdiendo la fe, nuestros cálculos no habían sido correctos. Los pueblos que esperábamos encontrar, yacían ocultos de nuestra vista. Parecía que avanzábamos a ciegas, hambrientos y sintiéndonos enfermos.

Todavía veo los ojos de Ricardo. Los veo al cerrar los míos. Había caído el sol y el había ido a buscar leña, para que no nos sorprendiera el frío. Con Oscar nos quedamos ideando la forma de encender el fuego. Sus gritos nos alertaron que algo pasaba. Lo vimos correr hacia nosotros, totalmente fuera de si. Una lechuza enorme volaba a sus espaldas. Pasó rasante sobre nuestras cabezas. Ricardo cayó desplomado a nuestros pies. Cuando nos agachamos a socorrerlo, su corazón ya no latía.
Esa noche tuvimos que sepultarlo bajo un manto de hojas secas, para evitar tener que verlo. No pudimos descansar. Cada ruido nos sobresaltaba. Temíamos ver aquello que había asustado a nuestro compañero.
Antes que amaneciera, nos pusimos en marcha. Eso fue esta mañana. A Oscar lo perdí cerca del mediodía. Todo sucedió muy rápido, casi como salido de un mal sueño. Orillábamos un arroyo, buscando peces o algo para comer.
Ninguno de los dos vió la víbora. El alarido de dolor de Oscar me hizo voltear hacia el. Una sombra negra se deslizó entre los yuyos. Solo alcancé a escuchar el tintineo del cascabel.
Oscar había sido mi compañero de celda, el ideólogo de la fuga. Era un tipo práctico, que no tenía nada por perder. Se declaraba culpable de sus actos, de las razones que lo habían llevado a estar encerrado. Pero como todos, odiaba estar privado de la libertad.
Nunca imaginó que moriría al lado de un arroyo, en medio de la nada. Lo dejé allí, presa fácil de los cuervos. No había mucho por hacer, más que caminar y esperar la suerte propia.
La noche ha caído otra vez. Una laguna se extiende ante mis ojos. Todo parece apacible, pero ya conozco el secreto de lo que veo. La naturaleza esconde una piel áspera, unas garras enormes y ojos salpicados en sangre.

Nos fue llevando de la mano, haciéndonos creer que estaríamos a salvo y de a poco nos fue matando. Y tuvo como aliada a la noche, casi eterna, siempre con sus ojos en nuestras espaldas, esperando el momento oportuno para dar el zarpazo.
El hambre debilitó mis facultades, mis pensamientos. Siento que los demonios que están sueltos, se aproximan cada vez más. Quiero reírme de una idea que me retumba en la cabeza, pero no tengo fuerzas. Justicia divina, dice esa idea.
Seguramente nos merecíamos este final. Si cierro los ojos, es probable que no los vuelva a abrir. ¿Cuál será mi destino? ¿Un lobo? ¿Otra serpiente? ¿El demonio en persona? Mientras el frío penetra cada vez más en mi cuerpo, llevo la mirada a las estrellas. Es una noche despejada, limpia. E increíblemente, estoy seguro, cada astro se ríe de mi.

16 de enero de 2013

La cola

Las tardes de verano empañaban de nostalgia el viejo bar de la esquina. Los bebedores de siempre llegaban agobiados por el calor y cambiaban el vaso de vino por la cerveza, y apesadumbrados, se dejaban caer en sus sillas, con las miradas perdidas en los ventanales, esos que a pesar de la suciedad aún permitían divisar el mundo que se movía afuera, donde otras personas, valientes de estar al sol, iban de un lado a otro, con la premisa de llegar a alguna parte.
Edmundo Arrabal no solo poseía un apellido descomunal, sino que era el dueño de aquel tugurio, que desde hacía cuarenta años tenía un nombre obligado: El Arrabal. Se vestía a la antigua, con camisa color marrón, bolsillos con bordes más oscuros y llevaba una lapicera detrás de la oreja. Sus zapatos hacía rato habían dejado de irradiar brillo, a pesar de la insistencia de don Manuel, el último lustrabotas de la ciudad, que iba cada noche por un vermouth sin dejar pasar la oportunidad de lanzar esa invitación tan esquiva, que prometía una nueva vida a ese cuero desgastado.
Otrora las mesas se llenaban, ahora apenas si le alcanzaba para cubrir los gastos y llegar a fin de mes. En épocas de estío, la cerveza le repuntaba un poco la caja al final del día. Esa tarde en particular, siete de las veinte mesas estaban ocupadas. Al menos en el momento que por la puerta que daba a la avenida (y no por la ochava) entró una rubia despampanante, cubierta apenas por unos shorts que parecían trepar sus muslos y querer reptar hasta el ombligo acompañados por la parte superior de un bikini color naranja.
- ¿Puedo usar el baño? – le preguntó casi en un gemido a Edmundo, al que su llegada a la barra había tomado por sorpresa, no por el hecho de no verla, porque verla, la vieron todos, sino por la falta de costumbre de ver a una mujer en aquel lugar y menos, tan joven, tan hermosa, tan…
Solo pudo mover el dedo índice de su mano derecha, señalando la puerta de madera que conducía a los baños. No le salieron palabras, ni siquiera un suspiro. Al menos, pensó, el baño de mujeres se usaba tan poco, que con seguridad estaría limpio. Ella salió disparada hacia donde le había señalado y fue entonces que todas las miradas se dirigieron hacia un mismo sitio, que bamboleante, sugestivo, voluminoso, se movía al compás de los deseos más perversos. La puerta de madera se interpuso entre la imaginación y la realidad, casi como una madre mal llevada.
Nadie quitó los ojos de esa barrera visual,  sabiendas que tarde o temprano la joven saldría. Solo el viejo Soreyra, sordo y casi ciego, que había entrado en ese momento por la esquina, se movía en el bar. Fue tanteando hasta la barra, pidió un Cinzano, le dejó los billetes en la mano a Edmundo, y con cierto esfuerzo y nuevos tanteos, se acomodó en la mesa más cercana.
Entonces, se abrió otra vez la puerta y por la misma, cuál ángel de novela, salió ella, radiante, pulposa, de glúteos infernales. El mundo dejó de existir. O más bien, fue limitado a una sola mujer. En realidad, a una parte específica, la que todos salvo Soreyra, casi ciego, seguían con la vista en un estado de éxtasis paranormal. La cola descomunal pasó por delante de todos y cruzó frente a la barra. La muchacha murmuró un agradecimiento, que se perdió en los rincones sin ser escuchado. Su paso era lento, majestuoso, marcando en cada movimiento las formas perfectas de su culo fotográfico, definido con precisión por los pliegues de la tela de un short tan pequeño que parecía grande, porque dejaba tanto para ver que era innecesario no mostrar el resto.
Edmundo se imaginó la tersura de la piel, las dos colinas perfectas, la hondonada caprichosa. Si el mundo iba a acabarse, el ya sabía donde le gustaría estar. Se trasladó mentalmente a ese paraíso, que poco a poco se alejaba hacia el anonimato de la calle.
En cada mesa, el vaso a medio camino de la boca, los hombres se habían congelado por fuera, pero sentían el calor por dentro. Un ardor que la mayoría había creído extinto, de pasiones de antaño, que parecían reflotar como por arte de magia, hinchando el pecho, enervando las venas y endureciendo las partes más fláccidas.
La cola abrió la puerta de la ochava, se detuvo unos instantes, como dudando para que lado de la vereda tomar y luego, cerrando muy despacio, dejó atrás el lugar. Los de las mesas más cercanas rompieron su estado místico para correr a la ventana más próxima y poder contemplar, aunque sea durante un instante más, esa belleza sin igual, ese culo maravilloso, que invitaba a su encuentro, a su abrazo, caricia y mil cosas más.
Edmundo bajó entonces su mirada, buscando en su mano los billetes que Soreyra le había dejado, pero se encontró con el puño cerrado en torno a la nada misma. Observó con mayor detenimiento y tampoco vio la caja registradora en su lugar habitual sobre la barra. En las mesas lindantes a la puerta que daba a la avenida, tres de sus parroquianos buscaban infructuosamente sus billeteras. También faltaba el televisor de la pared opuesta y tres porta servilletas de las mesas vacías.
La puerta aún se movía con parsimonia, atestiguando la salida apurada de quienes, en complicidad con aquel culo que los había obnubilado, habían hecho el trabajo de limpieza.
Entre la vergüenza y la bronca, Edmundo resopló con desgano y se sirvió un vaso de vino. Soreyra, con cierta pereza, batió desde su mesa:
- Con esta calor, las minas deben estar casi en bolas ¿no Edmundo? ¡No tener vista, me cago!
Edmundo ni siquiera le contestó. Afuera el verano seguía agobiando los cuerpos.