Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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17 de mayo de 2020

Axioma

Morris siempre decía que había dos maneras de encubrir un crimen: bien o mal. 
Claro que el hecho que Morris esté cumpliendo condena deja en evidencia que hablar al respecto no significa ser un experto en la materia. 
No me gusta alardear, pero más allá del axioma de Morris, mi experiencia es mucho más positiva. He cometido cuánto crimen puedan imaginarse y aún camino libre por las calles. 
Por eso cuando Morris me mandó a llamar no fui a verlo. Él quiere que lo ayude a salir de la cárcel y a mí no me interesa que salga. Al fin de cuentas, está dentro porque las pistas lo pusieron en la escena del crimen. 
Cuando el agua te llega al cuello, hay que mantenerse respirando. O como diría Morris, hay dos maneras de hacerlo. Por más que para salvarse, haya que hundir a otro. 
Y en ese sentido, estar en libertad se me da muy bien.   

15 de mayo de 2020

El violinista

Subió hasta el techo para sentirse más cerca de las estrellas. Le sonrió a la luna menguante casi con picardía. Tomó aire y exhaló, nervioso. De solo mirar hacia abajo le temblaban las piernas. Pero infló el pecho, como en cada ensayo con la orquesta, antes de ejecutar la primera nota.
Acomodó el violín entre la clavícula y la barbilla, sintiendo la madera lustrada haciendo presión sobre su cuerpo, en un acto de mutuo afecto. Afirmó el instrumento con un leve movimiento y con la mano derecha acercó el arco. Y luego...
Dicen que se escuchó una melodía armoniosa, bella, espiritual. Que todo el barrio salió a la calle. Que todos miraron hacia el lugar de dónde provenía el sonido. Y que allí no había nadie. Tan solo la música, flotando, etérea.
Es increíble, dijeron. Viene del techo del malogrado violinista. Ese que se ahorcó antes de su primera función.

14 de mayo de 2020

Mate ruso

Éramos pibes y muy boludos. Y además teníamos algo de maldad, no me queda duda. Andábamos en el barrio siempre calzados, muchas veces sin una bala en el tambor. Pero asustábamos a los incautos. 
Éramos la banda de los pibes. La que un buen día consiguió una cápsula de cianuro y no tuvo mejor idea que inventar un juego. 
Armamos una ronda de mates y mientras iba pasando de mano a mano, entre cebada y cebada, nos reíamos de quién sería el "afortunado" al que se le desintegraría la cápsula enterrada entre la yerba.
Como la ruleta rusa, pero bien argentino, habíamos dicho. El juego se llevó al Raúl y nos metió en problemas. Pero de eso pasó mucho tiempo. Ya crecimos. 
Cada uno tiene su banda Y cuando matamos, lo hacemos cara a cara.

13 de mayo de 2020

La línea

Siente el deseo de dar ese paso, de trasnponer la línea que su mente ha dispuesto entre ella y él. Ese más allá del saludo, de la sonrisa casual, del café compartido en la hora del descanso, de las palabras triviales en jornadas aburridas, de la mirada esquiva al cruzarla en el ascensor, del adiós hasta mañana de cada día. 
Pero es más fuerte la timidez, la crianza, los miedos, los prejuicios, el qué dirán, la decepción, la cuasi amistad. Y el paso queda trunco, sin cruzar la línea.
Y cuando en la oficina lo echan, ella es solo una más que levanta la mirada para verlo partir. No hay ningún ademán extra, ni un gesto de consuelo. La última esperanza es que antes que la puerta del ascensor se cierre, ella se levante y trate de alcanzarlo. Pero no sucede. Él se abandona a su suerte, clavando los ojos en una botonera fría, que apunta hacia la planta baja. Desconsuelo, tristeza. El valor ausente. Frena, detiene. Ahora sube. Alto, bien alto. Hasta la azotea. Quiere que ella lo vea aunque sea una vez más, fugaz, cayendo, huyendo, dejando de ser.

7 de mayo de 2020

Espantapájaros

No le gustaba quedarse a dormir en casa de la abuela. Tenía mil motivos pero el peor de todos era esa ventana sin cortinas dando al patio. 
La habitación era tan pequeña que de un lado tenía la pared donde se proyectaban sombras horribles y del otro, el ventanal.
Lo asustaban los árboles inmensos, la luna en lo alto y sobre todo, ese maldito espantapájaros en la huerta, al que, de todas formas, no le encontraba el sentido. ¿Por qué ponerlo cada noche, si los pájaros solo andaban merodeando de día?
Una tarde, mientras ayudaba a su abuela a sacar la gramilla, le preguntó: ¿Dónde guardas el espantapájaros? Ella solo rio. Le acarició el cabello y soltó: ¡Qué ocurrente!
Esa noche, podía jurarlo, el espantapájaros parecía sonreírle.

5 de mayo de 2020

Patio prohibido

Nunca, pero nunca, se metan al patio del vecino. Era aquella una ley inexorable. Marcos y Jaime la sabían incluso antes de pronunciar las primeras palabras. 
Hasta aquella tarde, cuando sus piernas de niños grandecitos enviaron la pelota hacia el otro lado por encima del tapial. Había que cruzar. No lo dudaron. 
Treparon con esfuerzo y contemplaron el sitio prohibido. Esperaban ver un lugar tenebroso, con árboles raquíticos señalando hacia el cielo, y un vecino irascible apuntándoles con un rifle. 
Pero no, lo que vieron fue un terreno liso, removido en algunas partes en montículos rectangulares, y a su padre cavando una fosa, con una bolsa de plástico negra y forma humana, a sus pies.

4 de mayo de 2020

Ataúdes

Molinari no se decidía, el de caoba era imponente pero aquel con detalles en metal llamaba su atención.
¿Puedo probarlo? preguntó a un atónito vendedor que aprobó luego de sopesar las palabras varias veces. Molinari abrió el ataúd con los detalles y se metió dentro. Cerró y abrió la tapa varias veces. Luego fue hasta el de caoba e hizo lo propio.
Me quedo con éste, dijo y extendió un cheque. "Tiene la fecha de ayer, descuide, es un mero detalle, fondos sobran". 
Don García - interrumpió un empleado -, una tal Sra de Molinari lo espera en la recepción. Parece ser que anoche se suicidó el esposo y quiere ver ataúdes. 
García giró sobre sus talones y descubrió que estaba solo. En su mano, la tinta sobre el cheque aún estaba fresca.

23 de abril de 2020

Los trucos necesarios

A Julián no se le daba bien lo de la magia, por más que practicara, estaba lejos de ser un Harry Potter. Los conejos se le escapaban del sombrero, las palomas del pañuelo, las cartas se les caían al piso y la varita mágica siempre quedaba olvidada en otra mochila.
Todos se reían de sus actos, tanto, que parecía más un payaso que un mago. Todos, menos su abuelo Jaime y los demás abuelitos del asilo de ancianos dónde residían.
Cada domingo iba con su valijita y lograba que todos los trucos le salieran. Y ellos eran felices. Esa alegría le bastaba. Podían salirle todas sus demás funciones mal, que no le importaba. En su corazón estaban siempre esos rostros arrugados y agradecidos.

20 de abril de 2020

Con los ojos cerrados

En un pasillo largo, tan largo que jamás se llega al otro extremo y oscuro, tan oscuro que solo se detectan las paredes al chocar contra la áspera y dura textura del granito, caminan los que han perdido el rumbo en la existencia.
Con el tiempo se han acostumbrado y avanzan con los ojos cerrados, soñando una vida. Es tan profundo el sueño, que no caemos en la cuenta que lo hemos transformado en nuestra realidad diaria. Sin embargo, allá estamos, en ese pasillo distante, avanzando sin ton ni son.

14 de abril de 2020

Perro honesto

A Tomás le regalaron un perro. Era cachorro, marrón, movía la cola en todo momento y se llamaba Froilán. Lo reconoció de inmediato como su dueño y lo seguía a todas partes. Incluso cuando se juntaban con amigos en la placita de la esquina.
Julián fue el que preguntó si alguien tenía caramelos. ¡No! dijo Tomás y Froilán no tardó ni un instante en ladrarle, no una, sino dos veces.
Más tarde, Esteban preguntó si alguno tenía para prestarle la tarea. ¡No! contestó Tomás y Froilán volvió a ladrarle.
En el camino a casa, notó que su perro ya no movía la cola. Su madre también lo advirtió. ¿Qué le hiciste al perro, Tomás? le preguntó. El niño dijo que nada, pero luego comprendió.
- Hoy mentí dos veces, y me lo hizo saber con ladridos - confesó y hasta se sintió avergonzado.
Froilán movió la cola otra vez.

Por las dudas, no lo volvió a llevar a la plaza.

7 de abril de 2020

La ciudad ciega, ilustrado por Fabricio Garfagnoli

Cuento ilustrado por Fabricio Garfagnoli, publicado en GComics https://gcomics.online/relato/la-ciudad-ciega/

Las manos en los bolsillos, los brazos bien pegados al cuerpo, el cuello del rompevientos hacia arriba cubriendo la garganta. La cabeza descubierta, empapada por la demencial lluvia que cae como un torrente.
Aguarda, espera, observa, desde la oscura esquina de la intersección. La gente avanza apurada en todas direcciones espantada por la lluvia, algunos con paraguas, otros con el cuerpo de cara a las inclementes condiciones.

Nadie repara en su figura, nadie observa su semblante pétreo, ni siquiera les llama la atención el reflejo metálico sobresaliendo de su cinturón, visible entre los pliegos del rompevientos.
Los taxistas aceleran en las calles atestadas de agua y salpican hacia las veredas. Los transeúntes se quejan, maldicen, pero no se detienen, siguen su marcha, como si de alguna manera estuvieran jugándole una carrera a la tormenta. Más de uno resbala, cae, se lastima, se pone de pie sin la ayuda de nadie y vuelve a la afanosa misión de avanzar.
La lluvia arrecia, golpea con fuerza. Cada gota es un martillo. Las vidrieras de los comercios son paredes de agua y los comerciantes rezan en silencio para que no caiga granizo. Pero no permiten el ingreso de los niños de la calle, de los mendigos que quieren un techo pasajero.
Dos policías se refugian bajo el alero de un comercio, una calle más adelante y ninguno atina a cruzar para detener al joven que aprovechando el descuido de una anciana, le acaba de arrebatar el bolso. La mujer grita, desconsolada, pero sigue su marcha, huyendo de la lluvia, del viento.
La escena le parece un cuadro sobrenatural de la esencia humana. Tan previsible, tan dolorosa. Observa, en la plenitud del caos. Y comienza la cuenta regresiva en silencio, sin musitar ni una sola palabra. Como en cámara lenta, se pone en movimiento. El agua rebota en su cuerpo, su mano va a la cintura, abandona la vereda, pisa la calle con agua que le llega hasta los tobillos y sigue, no le importa el coche que viene, sabe que llegará a la otra acera y sigue contando, un número por vez, hacia atrás, preciso, certero, sin prisa y gana la vereda de enfrente y sin detenerse saca la pistola cromada que nadie ve, que a nadie le llama la atención y la extiende hacia delante, apuntando, mientras la lluvia la baña en un llanto divino y sigue contando mientras el cielo se resquebraja en relámpagos y truenos sin dejar de observar ni un solo momento, sabiendo que la espera está por terminar y entonces, como lo había calculado, llega a cero y la puerta se abre, la del edificio más grande de la calle, del hotel donde sabía que ella estaría y sale, sale con el otro del brazo, públicamente, como si no le importara, consciente que en la ciudad nadie mira, a nadie nada le importa y así impunemente sale, sonriendo, protegida por el paraguas que el otro sostiene, puntualmente, como cada tarde, para subir al taxi que la llevará lejos, donde vive su otra vida, la que ahora, él romperá como una foto vieja y…
El trueno disloca una vez más el cielo, la lluvia se hace más intensa y muchas personas directamente corren, abandonando el paso entre apurado y tímido para buscar un refugio donde escapar de las gotas frías que arriban con prisa desde lo alto.
Sigue en la esquina. Las manos aún en los bolsillos, los brazos bien pegados al cuerpo, el cuello del rompevientos bien arriba cubriendo la garganta. La cabeza descubierta, empapada por la lluvia que cae de forma violenta. El trueno lo trajo de nuevo al presente. Sabe que saldrá en menos de un minuto. No vale la pena ni siquiera contar como lo hace siempre. Será así y punto.
Esta vez no quiere ver. Se ajusta el rompevientos, da media vuelta y se marcha por la vereda en dirección contraria. La lluvia lo azota con violencia, pero no lo siente. Ha perdido la facultad de sentir hace mucho tiempo. De a poco va recobrando el coraje, pero aún es muy pronto. En tanto seguirá viviendo una vida que es irreal aparentando naturalidad.
Se pierde entre la gente que corre en la tormenta, como uno más. Nadie lo ve, nadie repara en él.
Su figura desaparece en la ciudad sin ojos.

1 de abril de 2020

Vieja deuda, ilustrado por Fabricio Garfagnoli

Cuento ilustrado por Fabricio Garfagnoli y publicado por GComics https://gcomics.online/relato/vieja-deuda/

Dejó las llaves puestas en el coche y el motor encendido, como presto a salir en cualquier momento. Tampoco cerró la puerta, apenas entreabierta. Caminó sobre la grava hasta donde comenzaba el césped.
El rocío de las primeras horas del día iluminaba el verde, aunque el contraste con el cielo gris y con ánimo de tormenta era notable. Sus zapatos se mojaron con el contacto, pero ni siquiera se percató de ello.
Pasó por encima del vallado de madera que demarcaba la propiedad privada a la que estaba entrando. Dos perros de enorme porte se lanzaron sobre él, apareciendo de la nada misma y uno logró darle una dentellada a sus pantalones.
Sin cambiar el semblante, les arrojó patadas, logrando en más de una ocasión acertar en los hocicos de los canes, entrenados para repudiar cualquier intromisión desconocida. Pero los animales no desistieron, frenándole la marcha.
En la vivienda de tres pisos se encendieron las luces. Se escuchó el ruido de una puerta trasera y una alarma aguda y potente se puso a sonar, como un bebé enfermo en pleno berrinche.
Para los caninos fue como una orden. Gruñeron con ferocidad y se lanzaron coordinadamente, uno de cada lado, sobre su persona.
Lograron tumbarlo y en medio de ladridos, le mordieron la cara. La sangre fluyó de inmediato, tiñendo el césped e inundando sus cuencas oculares. Un disparo en el aire detuvo el atroz ataque. Los perros corrieron hacia el hombre que había usado la escopeta, de cuyo caño una pequeña estela de humo indicaba la procedencia del reciente sonido.

El aprovechó para levantarse del suelo, a duras penas, dolorido y sangrando. Miró al viejo con el arma y no esperó a que lo reconociera. Al menos, aún no. Dio media vuelta para emprender el camino de regreso. Pero la escopeta volvió rugir y su andar se detuvo en el acto.
Sabía que ahora el cañón apuntaba a su espalda. No necesitaba girar para saberlo. La voz del viejo llegó a sus oídos temblorosa y supo también que no era un efecto del viento. Esa voz cargaba miedo a pesar de sujetar un arma.
Sonrió para sus adentros, seguro, sereno, cínico. Y sin elevar la voz, dijo:
– Lo espero en el auto. Cinco minutos. Si demora, usamos también los asientos de atrás. ¿Comprende?
Y dicho esto, volvió a su coche.
El viejo lo vio marcharse sobre el césped, traspasar la valla de madera y seguir camino hacia la calle. Sintió que sus piernas se doblaban y la escopeta le pareció pesar toneladas. La arrojó a un lado y se pasó la mano por la boca. ¿Con qué así era? pensó.
Retornó a su vivienda, apagó la alarma y fue hasta su habitación. Besó en la mejilla a su mujer, observó sus arrugas amables y familiares, agradeció que casi no oyera y secándose una lágrima que le caía, tomó el saco que estaba sobre la silla más cercana y con cuidado, cerró la puerta.
Acarició a la pasada a sus leales guardianes y salió a la calle por el portón del frente. A unos quince metros lo esperaba el coche en marcha. No se extrañó al notar el rostro pálido pero intacto del hombre que lo conducía. Nada lo extrañaba por entonces. Sabía que era hora de pagar el pacto.
El auto arrancó sin que nadie pronunciara palabra alguna. La calle se lo tragó en silencio, llevándose consigo al escritor famoso y al cobrador del infierno.

27 de marzo de 2020

El último día

En el día final la última pluma escribió: ni bombas nucleares, ni armas químicas, ni terremotos ni cataclismos, ni incendios descomunales o invasiones extraterrestres.
Tan solo un virus y la estupidez humana.


17 de marzo de 2020

Ahora solo hay palomas, ilustrado por Caio Di Lorenzo

Gravita sobre el poniente, medusa del aire, la hoja somnolienta. El árbol, indiferente, la deja. Se confunden ambos en un paisaje ausente.
Ecos de otros tiempos reverberan, en el silencioso rumor del viento, llevando a sus oídos nostalgias que perseveran, se entregan, se refugian, pero en ningún momento prosperan.

Ilustración de Caio Di Lorenzo

Ella observa envuelta en un pañuelo sin color, que a la luz del atardecer solo devuelve un leve resplandor. La plaza es gris. El cielo es negro. La ausencia es transparente.
No queda nada de antaño, ni palabras, ni pinturas, ni el canto de las voces, ni las utopías de los sueños. Dónde había esperanza, fuerza, entusiasmo, ahora sólo hay palomas.
Emplumadas, inquietas, se desplazan, van, vienen, alzan el vuelo pero bajo, corto, para retornar, volver, quedarse en el mismo lugar. Cuál cuervos disfrazados para atenuar el dolor, aguardando la carroña del ayer, picotear las últimas sobras del festín.
Camina, baldosa a baldosa, sin pereza, al contrario, consciente y con consciencia, la propia, la colectiva, la que la mantiene viva. Todo se antoja distante, incluso el frío, la noche que se avecina.
En la plaza no hay vestigios, en la ciudad no hay memoria. No es culpa del tiempo, sino de quiénes al reloj le dan cuerda, atrasando las manecillas para que el pueblo no despierte, adelantándolas para que el pueblo no recuerde.
Frágil, sus huesos aún la llevan. Frágil, aún mantiene sus fuerzas. Vasija de barro mil veces partida, mil veces restaurada. Las arrugas son tus cicatrices de los años, la soledad es la herida del olvido.
Como esa hoja en la brisa, tenaz en su huida, deja la rama y se echa a la suerte. Las jaulas de la mente, los cerrojos de la vida. Cárceles imaginarias para contrarrestar la muerte. Aunque sin ella, no tiene sentido el nacer, y sin luchar, no tiene sentido el vivir.
Metáfora de la nada, y al mismo tiempo del todo. Que las verdades serán mentiras, y las mentiras consecuencias. Pesadilla para el que la sueñe. Infierno para el que la viva.

8 de marzo de 2020

En lo alto

La máquina gravita en lo alto como si fuera un pájaro. Desde la colina es apenas una minúscula mancha que se desplaza más allá de las nubes. La mirada absorta y apacible es un recuerdo que acompañará a su madre todo el tiempo. Los ojos curiosos abiertos a más no poder, la boca haciendo una O y el dedito índice de la mano señalando aquel punto, siguiéndolo lentamente.
La mujer se pone la mano en la frente para protegerse del sol y también observa, pero aunque desea con toda el alma también poder ver, solo encuentra por delante nubes y azul. Pero la imagina, sabe que allí está. Una certeza improbable y al mismo tiempo real. ¿O acaso no está disfrutando del asombro de su pequeño? Un planeador de color claro, de interminables alas y cabina baja, por la que apenas puede verle el rostro por última vez. Cada tanto aparece, como si bajara a una altitud suficiente para que el niño pudiera conocerlo.
Madre y niño, miran a lo alto. Lo que no ven, lo sienten. Lo que no tienen, lo completan. La vida les da las piezas. Algunas tienen formas de tristezas, otras de alegrías. Pero son mágicas, como el cielo, las nubes y el pájaro de alas interminables que de tanto en tanto gravita como en un sueño.

14 de febrero de 2020

En la ruta

Vamos en el auto por una ruta de poco tráfico y muy deteriorada. La tormenta nos envolvió hace un par de horas. Le pido a Ester que deje de asomarse por la ventanilla, pero se escuda en que quiere sentir la lluvia sobre su rostro. Siento pánico al observarla, como si cada vez que su cabeza sale del vehículo, algo la fuera a sustituir por otra. También me preocupa que por dejar de mirar el camino fuésemos a chocar. Estoy pensando en eso cuando veo lo que tanto me temía. ¡Hola! me dice la nueva cabeza de mi novia. Cejas grandes, ojos ausentes y bigotes que no son bigotes, porque en realidad son dos gusanos reptando hacia abajo.

7 de febrero de 2020

Antonimia de pasado presente

Nos encontramos despidiéndonos,
nos abrazamos distanciándonos,
nos reímos llorando,
nos hablamos en silencio,
nos miramos sin vernos.
Fue un encuentro casual premeditado, en el que recordamos el pasado hablando del futuro.
Hacía muchos años que no coincidíamos a pesar de cruzarnos a diario. Estabas como siempre a pesar de estar tan distinta, radiante y apagada al mismo tiempo.
Me preguntaste por Abel y te conté de Gustavo. Quise saber de Analía y me hablaste de Raquel. Vimos fotos desgastadas en las pantallas relucientes de nuestros nuevos celulares. ¡Qué grandes vi a tus pequeños! ¡Qué lejos nuestros sueños más cercanos!
Y mientras a nuestras espaldas el sol subía hasta la noche y la luna bajaba al día, las manecillas de los relojes aventajaron al mismísimo tiempo, llevándonos a viejas infancias adultas, desempolvando recuerdos aún impolutos en la memoria.
Qué ganas de permanecer en esa esquina, mientras las piernas me llevaban lejos, hacia la rutina. Qué ganas de romper con esta armonía anodina de mis días y arrojarme a la contradicción de los imposibles. De decir basta y empezar de nuevo. De vivir de nuevo lo que me lleva a decir basta, pero tratando de hacer lo mismo aunque todo diferente.

23 de enero de 2020

Situación de juego

La situación era simple. Alguien se había robado el dinero. En algún momento, entre que la luz se apagó y volvió, la mano de uno de los cinco que jugaban la partida de poker se alargó hasta el centro de la mesa y tomó los billetes. Todos, al menos, coincidían en un punto: ninguno de los cinco apagó la luz. Fue fortuito, un bajón de tensión quizá. Pero lo del dinero, ese era otro cantar. No era una suma menor, al contrario. Habían estado apostando fuerte. Era una ronda pareja, todos tenían cartas buenas, podían intuirlo en el aire. Las miradas brillantes, los rostros tratando de disimular la buena fortuna, los cuerpos emitiendo señales involuntarias.
Lo que en principio parecía una broma, a esa altura, tras quince minutos de palabras que fueron elevando el tono frase tras frase, era ya motivo para una pelea. Es que ninguno de los cinco la iba a dejar pasar. Y cada uno sabía que los demás estaban dispuestos a lo que sea con tal de defender su dinero. Y aún más el que hubiese robado la plata. Ese estaba dispuesto además, a no ser descubierto.
El primero en ponerse de pie fue Alcides. Si solo se hubiese parado y dejado caer la silla, en señal de enojo, vaya y pase. Pero Alcides además tuvo la idea, mala por cierto, de llevar la mano derecha a la parte posterior de la cintura, dónde los demás sabían, llevaba siempre una pistola.
Los otros cuatro reaccionaron al instante y las balas cruzaron la mesa destrozando la camisa celeste de Alcides con agujeros enormes de los que saltó sangre para todas partes. El cuerpo cayó inerte contra la silla desplomada. La pistola seguía entre el pantalón y la camisa. No había llegado ni a tocarla con los dedos.
El estruendo de las cuatro armas escupiendo al mismo tiempo había retumbado en la habitación. No tardaría mucho en caer la policía. Alguien en el edificio los delataría, no había manera de evitarlo. Gustavo quiso apurar el asunto y se acercó a revisar el cuerpo tendido en el suelo. Pero los demás intuyeron que en ese movimiento escondía algo y volvieron a abrir fuego. Gustavo voló contra la pared, que quedó manchada de rojo. Una mancha que parecía haber estallado a media altura y luego deslizado hasta el zócalo.
Los tres que aún permanecían sentados y con sus armas en la mano se miraban fijamente. Los ojos iban de uno a otro. El menor movimiento en falso iba a desatar otra oleada de plomo. Lo sabían muy bien. Fernando decidió actuar. Dejó de apuntar a los demás y levantó su pistola hacia el techo mientras con la otra mano pedía tranquilidad. Uno de los otros dos asintió con la cabeza. El restante apretó el gatillo.
La bala atravesó el entrecejo con fría certeza. Enrique miró a Luis. Luis miró a Enrique. Uno de los dos había disparado. El otro sabía que haría lo mismo si no actuaba rápido. Dispararon, ambos, al mismo tiempo.
Enrique quedó con el cuerpo hacia atrás, la cabeza ladeada hacia la izquierda. Luis se fue hacia delante y la frente dio de lleno contra el as de corazones que tenía en la mesa.
La policía llegó algunos minutos después. Alertados de los disparos, pero actuando con tranquilidad debido al silencio, derribaron la puerta. La situación era simple. Cinco tipos jugaban al poker y uno quiso cagar a los otros. Terminaron todos muertos. El agente Gutiérrez le buscó el pulso a los cuerpos. El agente Miranda se quedó en la puerta. Cuando la luz se apagó y encendió, Gutiérrez sin saber por qué, desenfundó y disparó. Diría después que creyó haber visto un movimiento extraño acompañado por el ruido del martilleo de un arma. Lo cierto era que Miranda se había apoyado en la tecla de la luz, que estaba haciendo falso contacto. Aunque nunca lo supo.
La nueve milímetros de su compañero le partió el cráneo en dos.

8 de enero de 2020

Diálogos nocturnos

Con Adela nos quedaron cosas pendientes, principalmente conversaciones sin terminar, suspendidas por el cansancio de las noches, o el sonido nefasto del teléfono, que daba pie a otros problemas, a otras realidades, a mundos ajenos que descubríamos de pronto, con voces que nos transportaban a sus confesiones.
Nos tocaba el turno de noche en las líneas gratuitas del Estado para prevención de suicidios y adicciones. Trabajamos a la par dos años enteros. Pudimos compartir cientos de charlas, pero nos quedaron truncas miles más. A muchas podríamos achacarle la culpa los llamados, pero a otras no. Porque en otras, tomamos la decisión de callar angustias, de esquivar heridas, tratando de evitar el daño, la colisión, el desentierro de tantos males. Porque somos eso, tumbas alimentadas por arterias, con extremidades que nos llevan de un lado a otro y un cerebro que se encarga de administrar de mal modo nuestros pesares.
Es increíble cómo la gente trata de matarse los martes a la noche. Era el día de la semana que menos podíamos hablar entre llamada y llamada. Podría pensarse que el suicidio es un pensamiento de fin de semana, pero no es así. Los fines de semana había más inconvenientes para los adictos, que en el último manoteo, antes de ahogarse por completo en el mar de drogas, buscaban en este lado de la línea un salvavidas. Y ahí estábamos, pendientes de cada palabra, de cada quiebre en la voz, de todas las señales posibles, para pausar la agonía, darles un alivio, ayudarlos, al menos, en ese instante, de no sucumbir.
Y entre cada persona que atendíamos, teníamos un tiempo. A veces mínimo, otras más extenso. No obstante, esos diálogos nocturnos - los que teníamos con esos seres anónimos - nos dejaban con el corazón en la mano, la mirada extraviada. Las úlceras no eran por nada. Litros de café en una sola noche, con el fin de aferrarnos a algo. Nadie cuenta con la preparación suficiente para enfrentar la muerte - y sin verle la cara - por más títulos que uno cuelgue en la pared de la oficina.
Pero con Adela habíamos aprendido que las lágrimas entorpecen y la angustia no rescata a nadie. Quizá por eso es que hablábamos tanto. Nos fuimos revelando las vidas, anécdotas, realidades, parejas, engaños, decepciones. Nos abrimos más de lo que hubiésemos debido. Muchas veces me descubrí mirándole los labios, mientras estos se movían, distante mi atención de las palabras, pero absorta en sus gestos. Ella empezó a gustarme. Y creo que ella, comenzó a sentir lo mismo por mí. Las noches se fueron volviendo incómodas, nuestros cuerpos nos avergonzaban, tratábamos de no mirarnos, y lo que antes eran palabras, se fueron volviendo silencios.
Adela pidió el cambio y la trasladaron a un turno diurno. Durante un tiempo mantuvimos contacto mediante mensajes en el teléfono. Pero los fuimos espaciando y finalmente, dejamos de tenerlo. No pude disimularlo. Me cambió el humor, me volví irritante. Incluso me peleé con mi pareja. Me volví una persona ermitaña. Solo salía del departamento para ir al trabajo. Y del trabajo a dormir y encerrarme, con las persianas bajas y sin el menor deseo de ver a nadie.
Hasta una noche, que al levantar el teléfono y decir el discurso de presentación de siempre, del otro lado la voz me llamó por mi nombre. Esa voz de cientos de noches, sollozando. Y yo la llamé por el suyo. Cuánto extrañaba decirlo en voz alta: ¡Adela! Cómo deseaba ver sus labios, sus ojos, su rostro... me distraje en mis ilusiones, en mis caprichos, en ponerme a pensar en todas las conversaciones pendientes que teníamos que concluir.
- Laura, lo siento mucho Laura. Pero no puedo más, no puedo más. Mi vida es un infierno. Me voy. Lo siento tanto.
La línea quedó en un esteril pitido, una nota aguda y extensa, que me atravesó de lado a lado. Cuando reaccioné, lo sabía, ya era tarde. Traté de comunicarme desde mi teléfono, pero no hubo respuesta. Envié a la policía y a los paramédicos a su domicilio, mientras las lágrimas, esas que no servían para nada, caían sin piedad por mis mejillas. Mi nuevo compañero de la noche se acercó a consolarme, pero lo aparté. Él nunca entendería, porque con él todo era silencio. En cambio, con Adela...

3 de enero de 2020

Eso que llaman crecer (ilustrado por Caio Di Lorenzo)

Desde que se supo en la barra que la familia del Carlos volvía al barrio, no se habló de otra cosa. Es que el Carlos había dejado su huella. Tres años más grande que todos, de carácter fuerte y decisiones rápidas, era el líder indiscutido de ese grupo de chicos que deambulaban desde la hora de la siesta hasta que caía el sol por las calles, veredas y la plaza del lugar.
Cuando se fue, a causa de un trabajo del padre en otra ciudad, dejó un hueco que ninguno de ellos pudo llenar. Las travesuras no tenían el mismo color, las amenazas a los chicos del barrio vecino carecían de credibilidad y hasta los partidos de fútbol en la placita parecían sosos.
La barra no se separó, aunque las horas que pasaban juntos, eran cada vez menos. Algunos preferían, antes de aburrirse, quedarse en sus hogares a mirar televisión o jugar con la computadora.
Ilustración de Caio Di Lorenzo
Pero todo cambiaría ahora con el regreso del Carlos. El entusiasmo de los amigos de la infancia era tal que desde hacía una semana que venían juntándose después de almorzar y no se iban a sus casas hasta que algún padre no se asomaba a llamarlos para la cena.
Hacían planes, aventuraban nuevas travesuras y hasta hacían conjeturas de cuán cambiado estaría el Carlos. Algunos decían que tendría el pelo más largo, otros que ya andaría por el metro sesenta, y no faltaba el que pronosticaba que estaría más gordo. Pero nadie dudaba que todo volvería a ser como antes.
Aquel sábado cuando vieron pasar por la calle que entraba al barrio al camión de la mudanza cargado de muebles, los chicos salieron al trote en dirección de la casa donde siempre vivió el Carlos y que, desde la partida de la familia, ocupaban sus abuelos.
Dejaron sus bicicletas sobre el cordón de la vereda y se sentaron a esperar la llegada del amigo. No tardaron mucho en ver doblar hacia la casa, desde la calle principal, la vieja furgoneta del padre de Carlos. Y allí, en el asiento delantero, del lado del acompañante, estaba el Carlos. ¡Si hasta parecía el mismo que se había ido! Ni un ápice distinto. El mismo corte de pelo, la misma sonrisa, la confianza en la postura. Era él y los chicos ya estaban de pie.
La furgoneta se detuvo y los amigos se acercaron a la puerta, sonriendo al chico del otro lado de la ventanilla, que les devolvía la sonrisa y los saludaba con la mano. La puerta se abrió y Carlos, un Carlos más alto de lo que recordaban, pero para nada gordo, se apeó con la gracia de un ganador. Y de inmediato le llovieron los abrazos.
– Gracias chicos, gracias – les decía a cada uno, devolviendo generosamente cada gesto.
– Dale Carlos, apurate en bajar tus cosas y vamos para la plaza – le dijo el Willy, siempre impaciente.
Carlos sonrió. Esa sonrisa canchera que todos le recordaban, con la que sobraba a los chicos del barrio vecino sin que se le moviera un pelo. Los dientes blancos en fila, brillando con cierta picardía, la comisura estirada y los ojos acompañando con una mirada cómplice. El Carlos estaba de nuevo en el barrio, no existía duda alguna.
Y el Carlos dijo:
– Vamos che, que ya tengo quince años. Vayan ustedes, que todavía son chicos. Yo ya tengo otras cosas en la cabeza. Pero les agradezco que se hayan acordado de mí. Vayan, vayan, que acá tengo que ayudar a mis viejos con la mudanza.
Con los ojos tristes y sin comprender, los niños de la barra se fueron alejando. Miraban de tanto en tanto hacia atrás, esperando que el Carlos saliera corriendo detrás de ellos y les dijera que todo era una broma e iría con ellos. Pero el Carlos se había puesto a bajar valijas de la parte trasera de la furgoneta y ni siquiera les dirigía la mirada.
La barrita se retiró en silencio y en la medida que iban pasando por sus respectivas casas, se iba metiendo dentro, desmembrándose cuadra a cuadra el grupo.
De pronto, la barra ya no existía. Como la niñez y todo aquello que perdemos en el camino sin entender por qué.



Cuento publicado en el sitio GComics

28 de diciembre de 2019

Atrapada

La mujer negó con la cabeza. Los ojos buscaban en tanto algún punto de apoyo. Desde hacía horas repetía una y otra vez que ella no había sido. Que todo lo que contaba solo lo había visto. Pero sabía que era difícil de explicar y mucho más, que la entendieran. Sobre todo, cuando no solo había sido testigo de los crímenes, sino que el lugar que había ocupado como tal, era el mismo del asesino.
Las personas en la sala actuaban de modos diferentes. La psiquiatra se mostraba fría y distante, la escuchaba y hacía preguntas simples, directas, sin el menor indicio de empatía. El detective que la había llevado hasta el lugar era el único que le ofrecía agua, pañuelos o trataba de calmar los ánimos de los demás interrogadores. Había otro policía, de rostro agrio y ojos achinados, que sacaba fotos atroces de una carpeta y las arrojaba con violencia sobre la mesa. Eran imágenes de las víctimas, con escabrosos detalles, que harían vomitar a más de uno. Su abogado, en tanto, parecía asustado, acobardado por cada palabra que ella decía.
- Nos confirma señorita Estevez que estuvo presente entonces en cada uno de estos crímenes - señaló la psiquiatra, sin levantar la vista de su libreta de apuntes.
- Si. No. - se tomó la cabeza con las manos, estaba cansada y quería llorar - Si. Pero no estaba físicamente. Cómo le dije, podía ver todo como si fuese mi cuerpo el que estuviera cometiendo esos asesinatos, veía a las víctimas cómo los veo a ustedes acá, pero no era yo, no era yo.
- ¿Por qué no intervino? - ahora el que intervenía era el policía de mal talante.
- ¡Porque no era yo! Podía ver a través de los ojos del asesino, sentía los olores, los ruidos, hasta me daba cuenta de la agitación del asesino, del vértigo, pero solo era una espectadora, no estaba ahí.
- Varios testigos aseguran que era usted.
- ¡Pero no estaba yo dentro del cuerpo! ¿Comprenden? Sería mi cuerpo, puede ser, pero estaba atrapada, solo podía ver lo que pasaba. Cómo si a usted la pusieran delante de un televisor y fuera viendo como alguien va matando a otros, en primera persona.
- ¿Quiere ver de nuevo la grabación de la cámara de seguridad del crimen en la veterinaria?
- No.
- ¿Se reconoce a usted en la imagen?
- Reconozco mi cuerpo.
- ¿Usted escucha lo que dice? Si es su cuerpo, es usted. Me está confirmando entonces, que usted estaba ahí.
- ¡No! O sí. Estaba dentro de ese cuerpo, pero sin poder hacer nada. Ese cuerpo respondía a otras órdenes, por más que trataba de detener lo que estaba pasando, no podía hacerlo.
- ¿Órdenes de quién? ¿Extraterrestres? ¿Fantasmas? ¿Un dios supremo?
- ¿Se cree que estoy jugando?
- ¡Claro que creo que está jugando! Quiere hacernos creer que está loca.
- No estoy loca. No quiero hacerles creer eso. Quiero que me crean lo que les estoy diciendo.
El abogado colocó una mano sobre el brazo de la mujer, transmitiéndole calma.
- Esther... esta gente tiene pruebas, que son las imágenes en video y la palabra de testigos. Es evidente que estabas. Como te sugerí hace un momento, tenés derecho a no seguir contestando las preguntas de este interrogatorio.
- Carlos, no soy ciega. Veo lo que ustedes ven. Imaginate que en estos momentos algo se apodera de tu cuerpo, que seguís viéndome acá delante, que escuchás a los demás, incluso el tránsito de la calle que entra por la ventana, hasta el sonido de mierda que hace ese ventilador de techo que tenemos por encima de nuestras cabezas, imaginate por un instante que seguís apreciando todo eso, pero algo, no sé qué, empieza a mover tus manos hacia un lado y hacia otro. Y vos observás eso, atónito. Lo observás y decís: ¡Qué carajos pasa! Y las manos ya no solo se mueven, avanzan hacia el cuello de la persona que tenés adelante. Ves el rostro estupefacto de esa persona, incluso podés sentir a presión que hacen tus manos. Por dios, Carlos. ¡Sentís hasta el olor que destila el miedo, escapando de sus poros! Y creéme que tratás de detener esas manos, mientras buscás entender lo que sucede, pero no podés ni frenar lo que ocurre, ni entrar en razón. Lo único que podría salvarte, es que todo fuese una pesadilla. Pero todo es muy real, incluso la sangre que sale de las cuencas de los ojos de esa persona. Todo. Y de repente, estás caminando, las manos en los bolsillos, por una calle oscura y peligrosa. Una calle por la que ni en pedo andarías sola, porque sos mujer. Bueno, en tu caso no sé que harías, Carlos. Pero yo no podría ni pensar en transitarla. Pero ahí estoy, con mis tacones repiqueteando a más no poder, llamando la atención a cada paso, y eso es lo que más me preocupa Carlos, que alguien me vea sola y trate de atacarme, pero al mismo tiempo, se que llevo las manos ensangrentadas, que sobre el vestido hay vestigios de sangre, y algo debe tener mi rostro, porque las pocas personas que me cruzo me desvían la mirada, se hacen los que no me ven, se cruzan de vereda, y yo sigo, con paso decidido, sin abrir la boca, sin emitir ninguno de los gritos de auxilio que trato de lanzar, camino hasta una casa y entro, sin golpear antes, sin llamar a nadie por su nombre, y voy directo a la cocina, como si conociera el recorrido hasta ese lugar a pesar de no tener la menor idea de dónde estoy, ni de quien vive allí, o al menos, no saber su nombre, porque veo a la chica, está picando algo sobre una tabla, no tiene tiempo de nada, levanta las manos, se protege con el cuchillo, pero mis manos sostienen algo más letal, que no sé de dónde salió, y se escuchan tres disparos, siento como el brazo y el hombro retroceden en cada explosión, el olor a pólvora, la sangre en los azulejos, el camino de regreso hasta la calle, avanzar con pasos largos, entrar a la veterinaria, degollar a esa chica, volver a la calle, subir a una moto, oh por favor estoy en una moto, en la puta vida me animé a subir a una, pero ahí estoy, sintiendo el viento en el rostro, la adrenalina hecha un torbellino en la cabeza, la impotencia de no poder escaparme y otra vez los pies en el piso, la escalera, una puerta de chapa, un grandote con poco pelo y un tatuaje en el brazo, la mirada sorprendida en un intento de reconocerme y bang bang dos flores rojas en el pecho... y allí cerré los ojos, los ojos de la mente, porque me di cuenta que podía hacerlo. Seguía escuchando, oliendo, sintiendo los movimientos del cuerpo. Una o dos horas, no sé, de ir de un lado a otro, de forcejeos, de gritos, de pedidos de clemencia... y ni una palabra. Ese cuerpo, ese que ustedes dicen que es el mío, y que no me queda más remedio que reconocerlo, ese cuerpo no abrió la boca ni un instante, mientras hizo ese raid de sangre, llevándome como prisionera. Te das cuenta Carlos, que puedo contarles todo lo que quieran de este calvario, pero sin embargo, no tengo para darles ninguna respuesta.
El abogado levantó la vista, hacia los demás. El detective volvió a tender un pañuelo en dirección a la mujer, que lo tomó agradecida, en silencio. El policía juntó las fotografías que estaban sobre el escritorio y gruñó. La psiquiatra de acomodó los lentes y garabateó unas líneas en la libreta.
- Recomiendo su internación, en espera de la primera citación del juzgado - dijo finalmente.
- Sabía que se iba a salir con la suya, lo sabía - el policía golpeó la pared.
El abogado pidió compostura, interponiéndose por las dudas, entre ellos y su cliente.
Solo el detective permanecía ajeno, mirando a la mujer. Se acercó a ella y la invitó a ponerse de pie.
- ¿Dónde me llevan? - preguntó.
- A un hospital, no se preocupe. No irá a la cárcel por el momento.
- ¿Usted me cree?
- Eso no importa.
- ¡Claro que importa! ¿Se da cuenta que puede volver y matarme?
- ¿Y cómo lo haría? ¿Un suicidio?
- Suicidio sería si yo tomara la determinación. Pero si fuese lo que sea que se apoderó de mi cuerpo... ¡sería un asesinato!
- Señorita... por más que le crea... ¿cómo podríamos diferenciar una cosa de la otra?
Mientras la conducían hasta una ambulancia, supo que estaba en un callejón sin salida. Y qué dijera lo que dijera, no podría demostrar nada a su favor. El mejor escondite, es el silencio. E incluso, las palabras, cuando carecen de significado, suenan vacías e inútiles. Sentada en la camilla, en la parte posterior del vehículo, su brazo acercó la mano hasta un botiquín de aluminio. En el interior había un bisturí.
- Crean lo que quieran... - susurró como últimas palabras.


18 de diciembre de 2019

El laberinto y yo (ilustración de Fabricio Garfagnoli)

La pesadilla comenzó al poner un pie en el laberinto del parque, donde había prometido llevar a mis hijos. No éramos de ir muy seguido, pero de vez en cuando, un sábado o domingo, nos subíamos al auto y pasábamos el día aprovechando las bondades de una entrada general todavía accesible y que permitía utilizar todos los juegos, sin necesidad de un centavo extra.

Mi mujer llenaba tres termos, preparaba el mate, elegía cuidadosamente las galletitas dulces de la preferencia de cada uno y así nos asegurábamos una jornada amena, provistos de lo necesario para merendar y lograr que la armonía familiar se trasladase también al parque.

El laberinto era la nueva atracción. Lo promocionaban como natural, con arbustos y ligustros enormes y bien podados. En el folleto publicitario lo definían como un laberinto barroco, con varios caminos sin salida y solo un punto correcto donde salir. Y debo confesar, estaba más entusiasmado que nadie.

Entramos los tres, mis dos hijos y yo (mi mujer prefirió alimentar a los flamencos de un estanque cercano) a las cuatro de la tarde con veinticinco minutos, de ese primer sábado del mes de septiembre de hace siete años. Recuerdo exactamente la hora, porque nos propusimos tomar caminos diferentes y competir por ser los primeros en salir del laberinto.

Observé a Jaime corretear hacia la izquierda y a Mauro doblar en una bifurcación a la derecha. Fue la última vez en mi vida que los vi. Confiado en mi instinto, tomé un corredor por la izquierda, luego giré dos veces a la derecha, volví hacia la izquierda y allí me topé contra la primera vía muerta del recorrido. Lamenté esos minutos que irremediablemente perdería, aunque aún me tenía fe en ser el primero en encontrar la salida.

Estoy seguro de haber avanzado hacia la derecha, girar tres veces consecutivas hacia la izquierda y…, bueno, a partir de allí ya no estoy seguro de nada. Finales abruptos, giros imprevistos, recodos, arbustos en lugares imposibles. Perdí la paciencia, la noción del tiempo, la compostura. Llamé a gritos, pero jamás me crucé con ser viviente alguno. Corrí, caminé, anduve de rodillas. El cielo se llenó de estrellas con la luna majestuosa observando impávida, para luego, horas más tarde, dejar su lugar al sol prepotente, astro rey indiferente. Y la sucesión de ambos me fue dando la pauta que los días seguían su marcha inevitable, mientras mi presencia se limitaba al andar de un lado a otro dentro de un laberinto demoníaco en cuyas fauces me veía atrapado, cual pesadilla infantil de la cual esperaba despertar de una buena vez y totalmente mojado entre las piernas.

Ilustración de Fabricio Garfagnoli

Pero no fue así, no desperté, porque aquello era real. Sentí como el hambre comenzaba a atravesarme. Resignado, arranqué raíces de los arbustos y me alimenté con rabia y desesperación. Los días de lluvia atesoraba el agua como una bendición. Vagaba sin parar por los caminos entreverados, llenos de corredores interminables, delimitados de verde en todas partes y anclados en el fondo de un cielo que se repartía entre celestes, blancos, grises y negros.

Mis días fueron muchos. La cordura fue dejándome en un punto que hoy no creo recordar. Olvidé de a poco los rostros de mis hijos, de mi mujer, de la gente que quería. No dejé un solo día de ir y venir por el laberinto, pero estoy seguro de no haber repetido jamás un camino, como si cada uno de ellos fuera único e irrepetible.

Siete años vagué sin sentido, con el cuerpo hecho hilacha, las mandíbulas flojas, los ojos desorbitados, el cabello y la barba largas como imaginé siempre la de Noé o el propio Moisés. Podía verme los huesos a través de la piel. Estaba jadeando cuando al fin, tras siete años de perdición, de laberíntico anonimato, observé atónito y casi sin comprenderlo, la abertura al final del camino con enormes seis letras talladas en madera. Las primeras letras que veía en largo tiempo. Las letras que tanto anhelaba encontrar: Salida.

La gente se horrorizó al verme. Llamaron a los de seguridad, me interrogaron sobre mi estado, me preguntaron mis datos, pero entre tanta verborragia ajena fluyó la ironía contenida, el llanto patético, las emociones perdidas en el cuerpo de un ser cuya mente se había transformado en su única compañía y a la vez, en su peor enemigo. Lloré y reí, como un demente. Así deben haberme creído. Pero un guardia llegó corriendo con un panfleto muy viejo, casi arrugado, que guardaba vaya a saber dónde. Era sobre una persona desaparecida en el parque, hacía tiempo. Y en la foto, estaba mi rostro, o al menos, el que alguna vez había sido.

Ante la revelación, me llevaron con médicos, me alimentaron, vistieron. De a poco quisieron conocer la historia, saber dónde había estado. Confundido e intentando recuperar el habla, fui buscando la forma de hacerme entender. No aceptaban los hechos como se los contaba. Y era lógico: ¿quién podría hacerlo?

Ayer me dieron de alta en el hospital. He repetido desde hace una semana la historia mil veces. Podría contar con los dedos de una mano a aquellos que sinceramente creyeron mis palabras. Apenas dos días atrás me revelaron que fui dado por muerto oficialmente tres años después de haber desaparecido. Y que mi mujer y mis hijos se mudaron lejos, y que ella ya estaba casada nuevamente y que había tenido mellizos el invierno último. Estoy seguro de que se enterarán tarde o temprano que he vuelto, pero hoy siento que mi presencia en sus vidas sería un estorbo. Aprendieron a vivir con mi muerte. Mi supuesta muerte.

Entre que salí del hospital y este momento, he comprendido que nada me queda. En el barrio todo ha cambiado y ya ni casa tengo. Mis padres fallecieron al poco tiempo, mi hermano se suicidó el año pasado y de mis amigos, pocos han quedado en la ciudad y seguramente han borrado de su mente todo lo relacionado a este muerto viviente, hoy resucitado, o, mejor dicho, escupido al fin por el laberinto que se lo había tragado. Este demente, como muchos piensan.

Y aquí estoy, sentado en un banco de piedra, mirando las siete letras talladas en madera que me abren paso a ese infierno que hoy considero el lugar más seguro. Dejaré este escrito aquí mismo, para el que quiera leerlo. Mi mente y mi cuerpo van otra vez hacia ese laberinto de pesadilla. Pero esta vez no voy solo. Un calibre treinta y ocho va en mi bolsillo.

25 de noviembre de 2019

Un laburo fijo

Me había quedado sin trabajo mientras esperaba el bendito segundo semestre. Nos pasó a muchos. Al ser una ciudad chica, nos veíamos los rostros delante de las mismas puertas, a las que íbamos a golpear inútilmente. El despacho del secretario del intendente, las del concejo deliberante, en las oficinas de los políticos más conocidos, en las empresas que aún seguían en pie, en supermercados, distribuidores… son tiempos difíciles nos decían, cómo si no lo supiéramos.
Algunos hicieron las valijas y se fueron a lugares más poblados. Pero eran los pocos. Al resto aquello nos parecía una utopía. No estaban las cosas como para llevar a la familia a una ciudad desconocida y sin dónde caernos muertos. Al menos, acá, aunque sea en un rancho, teníamos techo.
Hice changas durante meses hasta que salió lo de la empresa nueva. Fue casi de casualidad. Había estado cortando el césped y arreglando el jardín de una señora mayor durante gran parte del verano. Cada tanto la visitaba el hijo, un hombre siempre bien vestido, de modales refinados, que no obstante, me ofrecía siempre un vaso de agua, cosa que la madre no hacía por estar siempre pendiente del televisor.
La cuestión es que al tipo le gustaba el fútbol y de eso, podíamos hablar a la par, porque el fútbol empareja, porque cuando dos personas hablan de lo que ocurre alrededor de una pelota, no importa cuánto dinero llevás en el bolsillo o tenés en una cuenta del banco; el tema es cuánto sabés y qué pensás de tal o cual equipo, jugador, técnico o árbitro. Así que con este tipo, Fabián, podíamos tener nuestras charlas, entre cada árbol podado o mientras removía la tierra de algún cantero.
- ¿Te gustaría un laburo fijo? - me dijo una tarde en la que el sol pegaba fuerte y mis brazos parecían dos morrones de lo colorado que estaban.
Lo miré, tratando de abrir bien los ojos, a pesar del sudor que me bajaba por la frente. ¿Quién no, verdad? Aunque quise decirle eso y balbuceé vaya a saber uno qué.
- ¿Cómo? - preguntó.
- Qué a quién tengo que matar - dije, para salir del paso con humor.
Me citó para el lunes siguiente, en una oficina del centro, en un edificio de varios pisos. Ese día me presentó a unas personas y se retiró. Quedé a solas con un grupo de ejecutivos que no levantaban la vista de los papeles que tenían sobre el escritorio. Hablaban y me hacían preguntas sin mirarme. Al cabo de un rato uno de ellos se puso de pie y me acompañó hasta la puerta.
- Bien, esté atento, en una semana lo llamamos. Pero si está dispuesto a hacer 50 kilómetros diarios, el trabajo será suyo.
Salí del edificio prácticamente volando. Quería llegar a casa y contarle todo a mi mujer y a los chicos. Otra vez iba a tener trabajo. Viajando todos los días, pero trabajo al fin. Ya no tendría que cortar clavos pensando en si conseguía o no una changa.
Dos semanas más tarde bajaba del colectivo interurbano en la garita que me habían indicado de la vecina localidad. Me habían dado un adelanto para que pudiera pagar los viajes. La empresa tenía un depósito dentro de un predio industrial, un galpón muy grande que se veía desde la ruta. Delante había mucha gente agolpada, obstaculizando el ingreso al lugar. Llevaban pancartas y cantaban como en una cancha de fútbol. Recién al acercarme un poco más entendí que frente a ellos había un cordón humano de efectivos policiales.
Miré el reloj. Mi mayor preocupación era cómo entrar con tanta gente bloqueando el acceso. Iba a llegar tarde al primer día de trabajo. Presté atención a los carteles de los manifestantes. En todas aparecía el nombre de la empresa que me había contratado.
- ¿Disculpe, la protesta por qué es? - le pregunté a un señor mayor que soportaba parte del peso de su cuerpo sobre un bastón.
- ¿No sabe? ¡Por la empresa de mierda ésta, Glifoxatrón, que se instaló acá en la ciudad y nos va a envenenar a todos!
- Perdón, no soy de la ciudad, no sabía… - me excusé, apartándome hacia una cabinita de seguridad vacía.
¿Envenenar? Lo único que sabía era que iba a trabajar con fertilizantes. ¿Lo fertilizantes envenenaban? ¿Y ahora qué hacía? Detrás de la cabinita había una puerta y un hombre me hacía señas para que me acercara.
- Venga, por acá. Usted es el nuevo. Menos mal que lo vi. Vamos a tener que ver por donde entra, porque es así cada día.
Me llevó hasta el galpón de la empresa. Me mostró el vestuario y las demás dependencias.
- Aquí tiene el celular del sector, lo tiene que dejar acá, no se lo puede llevar. Una vez que se ponga la ropa de trabajo, llame al número registrado así le indican qué hacer.
- ¿Y los demás operarios?
- Es usted solo. Estas empresas usan estos terrenos de depósitos. Están arancelados, se ahorran unos pesos. Y olvídese que vayan a invertir en personal. Con uno es suficiente.
- Pero… ¿no hay nadie de Seguridad, un patrón, un médico?
- Menos médico, usted es todo lo demás. Cualquier cosa me avisa, si se lastima, le llamo una ambulancia.
Me quedé entre asombrado y preocupado, con el teléfono en la mano. Dudé entre hacer la llamada primero y cambiarme después, pero seguí el consejo del hombre. Diez minutos después estaba hablando con una persona que me anunciaba la cantidad de camiones que iban a entrar entre esa tarde y el día siguiente.
- Pero, oiga don, el acceso está bloqueado. ¿Qué hacemos si no pueden entrar?
- Nada, espere. Ya le dimos aviso a la gendarmería, así que si la gente no se corre, se va a armar.
Y sucedió precisamente eso. Podía verlo desde lejos. La multitud agitando sus banderas con más fuerza que antes. El grito aguerrido en una sola voz y los camiones de asalto de gendarmería llegando de un lado y del otro. Gases lacrimógenos, sonido de disparos al aire - y de un momento a otro, la gente dispersándose a los tumbos, tratando de no ser alcanzada por la represión.
Sentí culpa. Aunque no era culpa por un acto consciente, sino un sentimiento de tristeza muy hondo, que caló rápidamente en el pecho. Pensé en el viejo con el bastón, temí incluso que le hubiese pasado algo. Había visto a mujeres, jóvenes. ¿Estarían ellos bien? Tenía ganas de caminar hacia la entrada y preguntar si alguien necesitaba algo. Pero con solo bajar la mirada podía darme cuenta que sería una pésima idea: estampado en mis ropas estaba el nombre maligno que tanto insultaban en sus cánticos de guerra.
Minutos después llegaron los primeros camiones. Los conductores, de mal humor, maldecían horrores contra los manifestantes. Algunos habían estado más de tres o cuatro horas esperando en la ruta la orden para avanzar.
Ayudé con la descarga y acomodé los barriles de fertilizantes durante horas. Ya había caído la noche cuando salí del vestuario. El acceso estaba despejado, aunque del otro lado de la ruta había una carpa. Se podían ver pancartas a su alrededor, así que supuse que la usaban de base los manifestantes. Me acerqué despacio, sin saber si alguno me había visto salir del predio.
En el interior había dos muchachas jóvenes y un hombre de camisa a cuadros, con el teléfono pegado al oído. Las chicas estaban tristes.
- ¿Cómo están? ¿Puedo ayudarles en algo? - les dije, llevando la mirada de un rostro al otro.
Me quedé un par de horas, tomando mates con ellos. Estaban angustiados por los compañeros de protesta que habían sido heridos y tres detenidos. Me contaron de la lucha por detener el ingreso de la empresa debido a la contaminación a la que comenzaba a exponerse la población, de los acuerdos políticos que lo permitían, de las vueltas y tiempo invertido en una pelea desproporcionada, entre intereses económicos y el bienestar de la población. Y que las promesas de fuente de trabajo eran falsas, que sabían bien que solo tomarían una persona y que ni siquiera sería de la ciudad.
No me animé a decirles que esa persona estaba tomando mates con ellos. No tenía sentido. El dolor de la lucha era también mío. Volví a casa muy tarde. Mi esposa me esperaba con alegría en los ojos. Mis niños estaban felices. Los abracé a todos. Les mostré mi mejor sonrisa. Comimos, reímos. Y luego nos fuimos a dormir.
Me desperté temprano, desayuné, le di un beso en la frente a cada uno y salí a buscar una changa. El bien de uno, no tiene por qué ser el mal de muchos. No necesitaba tener dinero para entenderlo.
El sol brillaba en lo alto. Seguramente muchos jardines esperaban por un buen corte de césped. Me perdí en las calles de la ciudad, pensando en quiénes la luchan a diario, enarbolando las banderas de lo correcto.

21 de noviembre de 2019

Un sol que brilla en lo alto

Este texto fue escrito para el homenaje del querido y recordado amigo e historietista Felipe Ricardo Ávila, con quién hicimos decenas de historias, muchas de las cuales plasmamos en Olvidados en el espacio, que se hizo el 21 de noviembre en la Biblioteca Nacional Argentina. 


Me resulta difícil escribir sobre Felipe, no porque no hubiese cosas por contar, sino por el dolor que genera la toma de consciencia, letra a letra, que su ausencia es real. Era, a su manera, un gigantesco sol que alumbraba y generaba energía, movilizando todo a su alrededor. Era un motor incansable, alguien que hacía, que era verbo y acción.
Lo conocí a través de mi blog de cuentos. Apareció un buen día como lector y al poco tiempo me estaba convenciendo de escribir guiones de historietas. Fue mi guía en este universo que él tanto amaba y por el que tanto hizo. Y conocí muchísimo gracias a su generosidad, a las horas compartidas, a las charlas en bares porteños, en su oficina de trabajo, en hermosas y esperadas conversaciones telefónicas o sencillamente por correo electrónico.
Desde sus blogs “Rebrote organizando eventos”, “Una pequeña idea así de grande” y “Alegría del hacer” daba cátedra contando anécdotas, recordando a grandes artistas, convocando iniciativas para el rescate de artistas e historietas, mostrando cuentos cortos de su autoría, develando procesos creativos e incluso, analizando la realidad desde su punto de vista, haciendo énfasis principalmente en la falta de veracidad en los medios de comunicación con la nefasta intención de confundir a la sociedad. Aún hoy esos artículos, escritos tras profundas búsquedas e investigaciones, siguen publicados en los blogs, para que cualquier entusiasta se sumerja y navegue libremente a través de palabras cargadas de pasión y amor por el arte de la historieta, palabras que esperan contagiar ese afecto y anhelan la continuidad de otros en este rescate continuo del patrimonio nacional.
Ya lo dice el propio Felipe, en un texto que lleva el mismo nombre que uno de sus blogs, “Una pequeña idea así de grande”:
“La idea germina, avanza siempre hacia arriba, porque va queriendo aparecer en su plenitud. Y no, aún no está del todo, pero ya no es tampoco sólo semilla. La idea crece. Avanza hacia arriba, se proyecta hacia la luz que en vez de ser la del Sol es la del descubrimiento, la de la plenitud, suya, de la idea. Esta, tiene como objeto mostrarse plena. La idea deja de serlo cuando se convierte en algo terminado, tal vez era proyecto, pero finalmente –y felizmente- es simplemente algo concreto, acabado. Entonces, eso que fue semilla, que germinó, que creció a la luz y se hizo realidad visible es festejado por los sentidos de los otros, de los demás, de los lectores de un libro si la idea era literaria, de los visionarios de un cuadro si la idea era plástica, de los que escuchan su música si la idea originalmente - cuando semilla - era auditiva. Y al festejar la plenitud, con esa alegría parecida a la de hacer, a la del que crea, entonces, se cierra el círculo. Con un recorrido que ha ido del cerebro de un ser humano al de otro/s. Pero no banalmente, porque indefectiblemente, habrá dejado una nueva semilla depositada, al llegar”.
Y es lo que Felipe hizo siempre, difundir, fomentar, investigar, para que las semillas se esparzan, encuentren tierras fértiles y germinen. Fue la chispa y el empuje para el sitio Rebrote, para las posteriores publicaciones que comenzaron con una serie de revistas y fueron ampliándose a libros. Tenía decenas de proyectos de libros anotados en un cuaderno, en el que también pasó sus últimos meses creando varias historietas.
Juntos habíamos publicado unos hermosos fanzines, que él se encargó de llevar a algunos eventos. Y un par de libros, en impresión bajo demanda, con dos historias que nos llenaban de orgullo: la recopilación de “Las lecturas de Borges” y la novela gráfica “3186”. Y la base de estas publicaciones, fue el sitio “Olvidados en el espacio”, donde creamos más de una veintena de historietas. Felipe había encontrado en esos guiones y relatos que transformaba en historietas, en el motivo inexcusable para retomar un ritmo de producción cómo hacía mucho no podía darse el gusto.
Dejó en cada persona que lo conoció, una marca indeleble. Atesoro con afecto cada charla, cada anécdota que me contó, su amor por la obra y la persona de Lucho Olivera, su cariño con los historietistas, su pasión por Oesterheld, por Wood, por Martha Barnes, y tantísimos otros. Un ser generoso en todo sentido, no solo con los conocimientos, siempre quería que uno se fuera con algún recuerdo de la visita regalándole algo, ya sea una revista, un dibujo original o incluso, un fibrón. Pero el regalo más hermoso, era su verborragia, el torbellino de ideas y propuestas, ese aluvión de imágenes e ideas que iba hilvanando, sacando recuerdos y proyectos de la galera, con la misma magia que poseía cuando tomaba una hoja y con unos simples garabatos, revelaba una forma, una semilla en forma de trazos.
A veces anhelo que al sonar el teléfono, la voz del otro lado sea la suya. Gracias a él, entré a este mundo de la historieta, conocí a Pablito Dell’Oca, tuve la oportunidad de conocer a otros artistas y aprender a amar este hermoso género narrativo. Le debo mucho. Nos quedaron largas charlas pendientes, varios proyectos en el tintero (como ese hermoso libro de ciencia ficción con otros amigos, que ya está escrito y nunca pudo ver la luz), y sobre todo, un último abrazo.
Fue el disparador de muchos cuentos que escribí, ilustró mi libro para niños y niñas “El hombrecito que miraba las estrellas”, al que también le puso nombre. Hoy, cuando escribo, pienso en él. En qué hubiese dicho, qué comentario tendría de su parte. Sigue siendo un faro, el sol que ilumina. Me puso en el camino, me alentó y desde alguna parte, me ayuda a continuar el recorrido. Qué lindo fue tenerlo en mi casa, en Villa Viñetas, en Villa Constitución, en Empalme, en compartir lugares, risas en el mítico El Cairo de Rosario, de sentirnos parte de una misma comunión.
Lo recuerdo con una sonrisa en el rostro, los ojos traspasando el tiempo y con ideas fluyendo a través del tono de su voz, como una brisa que tarde o temprano se convertirá en un viento fuerte pero amistoso, que nos llevará hacia una nueva aventura, invitándonos a viajar con la imaginación como si fuéramos niños disfrutando bajo el sol de viejas revistas de historietas. Y allí, entre cuadritos y globos de textos, siempre voy a encontrar a Felipe, porque Felipe vivió para la historieta y es -y será para siempre- parte inseparable de ella.


Ilustración realizada por Raúl Avila para el homenaje, artista al que Felipe admiraba muchísimo.



2 de noviembre de 2019

Temporada baja

Caminaba por la playa todas las mañanas, casi como un ritual. Solo cuando el dolor la aquejaba con locura durante la noche, se permitía seguir en la cama hasta cerca del mediodía. Y en esas oportunidades, se quedaba en su casa. No le gustaba cruzarse con otros caminantes, muchos de ellos turistas. Prefería el silencio, matizado tan solo por el ronronear del mar y el aleteo de los pájaros.
Solía ir con sus perros, que tenían la particularidad de no tener nombres. Pero ellos no bajaban a la playa, optaban por merodear entre los arbustos que lindaban con los médanos más altos. Por eso, la mañana en que desapareció, sus perros no pudieron seguir su rastro. Fueron encontrados días más tarde, aún en la zona de árboles, esperando quizá el silbido de su dueña.
La denuncia ante la policía la hizo su vecina. No se llevaban bien, era cierto, pero una cosa no quitaba la otra, les dijo por teléfono. Hacía al menos dos o tres días que no la veía regar el patio o cruzarse al otro lado de la calle, a comprar en la verdulería. Le tocó el timbre en distintos horarios y la llamó por el nombre, casi a los gritos, por el frente y a través del cerco lateral que separaba ambas viviendas. Recién luego de agotar todas esas instancias y estar segura que algo extraño pasaba, llamó al 911.
Dos móviles policiales estacionaron a los pocos minutos delante de la casa y tras varios llamados en vano, forzaron la puerta. En la casa no había nadie.
Interrogaron a la vecina, como era de esperarse y también a los demás vecinos, que no eran muchos, porque la mayoría de las viviendas estaban destinadas para el alquiler en temporada alta. No era demasiado lo que podían aportar. La mujer no tenía trato con ninguno. Y esa falta de contacto hacía que toda pregunta de los investigadores fuera respondida con dudas e incertidumbres. Nadie sabía si tenía familiares o amigos en alguna parte de la ciudad. La rutina de la caminata en la playa fue lo poco que tuvo apariencia de pista para la policía.  Y también el hecho que sufría alguna enfermedad, porque los vecinos coincidieron en que solía escucharse en medio de la noche, gritos de dolor provenientes de la casa.
Cuando se toparon con los perros deambulando en la zona de la playa, cuyas descripciones también habían recabado de los interrogatorios, pudieron determinar que efectivamente, la mujer había ido en algún momento a la playa y no había vuelto.
Solicitaron entonces que se hicieran peritajes en la playa. No encontraron ninguna pertenencia que pudiera vincularse con la mujer. Cualquier sugerencia en relación a una posible desaparición en el mar hacía perder toda esperanza. 
Los rastrillajes perdieron fuerza con el correr de los días. No había familiares que presionaran en la búsqueda y ni bien se hizo todo lo que estaba al alcance, se dio la orden de pausar la investigación. Quedaría a la espera de algún aporte fortuito que la pusiera una vez más en marcha.
La casa permaneció cerrada varios meses. Para evitar el deterioro y exponer el barrio a una mala imagen, la vecina pidió un permiso al municipio para hacerse cargo. Incluso, por el gesto, consiguió una rebaja en los impuestos.
No era algo nuevo, ya tenía al menos cinco propiedades en las mismas condiciones. Ella se ocupaba de mantenerlas y a modo de recompensa, el municipio le dejaba el alquiler de las viviendas durante el verano. Era bueno que existieran personas como esta mujer, tan predispuestas. Sobre todo en una ciudad con solo tres o cuatro meses de vida al año y que el resto del tiempo se convertía en un entramado fantasma de calles muertas que se llenaban de arena y aire salado, y que ocasionalmente era elegida por personas solitarias para radicarse y vivir sus últimos años. Personas casi siempre sin familiares, parcas, con escasas ganas de hacer amigos.
¿Cómo no ingeniárselas en dicho contexto? Al menos, eso pensaba la buena vecina, mientras publicaba un nuevo aviso en un sitio online de alquiler de viviendas para la temporada de verano.

28 de octubre de 2019

El baldío de Fulgencio (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)



Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.


27 de octubre de 2019

Amigas (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)



Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.


26 de octubre de 2019

Fútbol en el recreo (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)





Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.



25 de octubre de 2019

Marcio y las tapitas (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)




Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.




24 de octubre de 2019

Ícaro (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)





Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.