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14 de agosto de 2014

Sector Zero

La orden vino desde muy arriba. Llegó primero como un rumor y luego como algo firme, en forma de mensaje encriptado. Todos tuvieron que guardar sus opiniones.
El que estaba al mando de la computadora central era Eric, el "holandés". Le decíamos así por su cabellera naranja. Cuando supo lo que tenía que hacer, sintió un nudo en el estómago. Lo vimos reflejado en sus ojos, que se cubrieron de una espesa neblina, esa que solo aparece cuando el mundo se nos viene abajo.
Pero era su responsabilidad, su puesto. Sabía que estaba la posibilidad. Todos lo sabíamos.
El mecanismo existía desde hacía una década, pero era un secreto que se nos revelaba cuando entrábamos al Sector Zero. Todos pensábamos antes de llegar a ese punto de control, que se trataba solo de un monitoreo internacional, una especie de ojo satelital.
Éramos una especie de oficina oculta de un organismo mundial. No existíamos, salvo para nuestros jefes. Si nos llamaban para trabajar allí, era que nos tenían un grado de confianza muy alto. Lo que veíamos a diario no podía ser informado a cualquiera. Solo a un selecto grupo de personas. Debíamos mantener en secreto muchas cosas. Demasiadas.
Esa orden fue una patada en el estómago. Nos dobló en dos. Pero no podíamos negarnos. Estábamos para servir, no para cuestionar. Las órdenes se acataban y punto. Eric tenía la responsabilidad principal en ese momento, porque el control era suyo.
Tragó saliva y me miró. Entendí en esa fracción de segundos en la que nuestros ojos se cruzaron, que quería desaparecer del planeta, aunque jamás lo admitiría. En cambio, su actitud fue la que correspondía. Aceptó el mensaje, devolvió un "ok" bajo las mismas medidas de seguridad y preparó el panel en su pantalla. Digitó las coordenadas, orientó el satélite y al cabo de unos segundos, todo estaba hecho.
Nunca preguntábamos a quiénes beneficiábamos, en teoría, no nos debería importar. O al menos, eso debemos demostrar. A quiénes perjudicaría, éramos los primeros en saberlo. Como esa orden puntual, dirigida a aquella parte del mundo, de por sí tan castigada.
Camino por la calle y veo los titulares de los diarios, mientras sufro en silencio. Me detengo a comprar algún que otro caramelo y de reojo estudio las imágenes, el pánico, el dolor. Todo aquello es nuestra culpa y sin embargo, nadie va jamás a saberlo. Le echarán la culpa a la naturaleza, a la falta de higiene, a tantas otras cosas, pero nunca a nosotros. Cuesta hacerse la cabeza, pero en el fondo, somos inocentes, solo cumplimos órdenes. Es así, no tiene discusión.
El ébola sigue esparciéndose, avanzando por regiones pobre como un asesino invisible. Lo hemos manipulado, lo hemos dirigido, prácticamente lo instamos a matar. Pero quedará en eso, en un secreto digitado por gente de muy arriba, que de alguna manera se beneficiará. La humanidad es eso, desde siempre. Una guerra interminable. Y las víctimas, tarde o temprano, somos todos.

11 de agosto de 2014

Éxitos y fracasos de la vida online

Había descubierto que podía hacer lo que quisiera desde la computadora. No solo las trivialidades del día a día, que iban desde comprar comida a pagar los impuestos. El listado que Rigoberto había elaborado en su mente era muy largo.
Pero lo que más lo atraía, era aquello que no podría lograr sin ayuda de tecnología. Por ejemplo, conquistar mujeres. Su apariencia no era la mejor, estaba al tanto de ello. Prácticamente desde que se había visto en un espejo por primera vez. Pero no se trataba del único obstáculo. El hecho de no poder hablar dos palabras seguidas sin tartamudear delante de una mujer era lo que más lo angustiaba.
Las páginas de citas estaban de moda y él se había anotado en todas. En cada una asumía una personalidad diferente. Cambiaba nombre, fisonomía, gustos, absolutamente todo. Consideraba que de esa forma el abanico de posibilidades era mucho más grande.
Una vez que contactaba a una mujer (a veces jóvenes, otras de su edad, otras mayores), conversaba con ella durante días hasta pactar un día de encuentro. Prefería los almuerzos o cenas en pequeños restaurantes, no tanto los encuentros en lugares muy concurridos.
De todas maneras, cuando el contacto se forjaba de tal manera que obligaba a dar el paso siguiente de verse las caras, contrataba a alguien para que fuera en su lugar. El servicio de "personas para reemplazo" había sido la frutilla de la torta para su vida online.
Sabía, por otra parte, que tras esa cita, ya no volvería a chatear con esa mujer. Inmediatamente, mientras en algún lugar de la ciudad transcurría el encuentro, él desde su computadora borraba su perfil y creaba uno nuevo, con otra identidad, aspecto y hobbies.
Esto ocurría tan a menudo que la planilla en la que iba actualizando los datos ya superaba (en caso de querer imprimirla) las cien hojas.
Cada "cita fracaso", tal como denominaba el epílogo de toda relación online, marcaba un quiebre además en su corazón. La certeza de que jamás conocería a alguien para poder compartir su vida. Ni siquiera su familia, que tampoco estaba al tanto de su accionar en los sitios para buscar pareja, ayudaba demasiado. Lo veían tan bien en soledad, que no insistían para que saliera y conociera gente.
El primer indicio del fin, llegó una noche de lluvia. Había terminado de ver el capítulo de la semana de su serie favorita del momento y se proponía a entrar a uno de los sitios de citas.
El primer intento de acceso fue fallido. Por alguna razón, no reconocía la clave. Probó varias veces, sin éxito. Trató entonces de recuperar la contraseña, usando el formulario de contacto. Al entrar a su correo electrónico para buscar la respuesta automática que le permitiera generar una nueva credencial de ingreso, se encontró con la devastadora sorpresa.
Tenía correos de todas las páginas web de búsqueda de parejas en las que se encontraba registrado. El asunto de cada una era muy similar. Variaban en pocas cosas. Algunos decían "Inhabilitado", otros "Expulsado", otros "Baja del usuario".
¿Qué estaba pasando? Comenzó a abrirlos, buscando la explicación. Y la misma no tardó en llegar. Las quejas de las usuarias, las investigaciones posteriores, la detección de la misma dirección ip para crear las cuentas, la falsedad de los datos... los sitios no tardaron en detectar las anomalías y solicitar información entre sí. Los mails no solo advertían el hecho de no poder ingresar, sino que anunciaban medidas a través de la vía judicial del país.
Sintió un escozor en el cuerpo. Aquello se le había ido de las manos. Pensé en llamar a su hermano, pero dudó que la familia tomara bien lo que ocurría y lo que había hecho. Trató de pensar en algún amigo, pero cayó en la cuenta que solo tenía contactos en diversas redes sociales. De repente, sintió que estaba solo y no tenía nada. Pero no podía caer en un pozo, debía salir adelante. No dudó en dar el próximo paso y tecleó en el buscador "abogados online".
Rigoberto guardaba esperanzas. No importa lo que pasara. La computadora lo sacaría del problema.

8 de agosto de 2014

La infracción

No le pareció extraño que le llegara una infracción de tránsito por correo, nada de eso, estaba acostumbrado. Lo raro, para empezar, era el lugar donde había ocurrido.
No tenía presente aquella ciudad desde al menos una década, cuando se marchó y decidió, con mucha voluntad, no volverla a recordar. Eran demasiados malos momentos ocultos tras una enorme puerta, de la que había creído, había perdido la llave para siempre.
Pero entonces, llegó la multa.
¿Podía acaso el destino tejer una telaraña tal que una sucesión de errores administrativos diera lugar para que le llegara una infracción errónea? Claro, era posible. Más teniendo en cuenta cierta ineptitud a la hora de trabajar. Esto lo podía afirmar, dado que compartía ocho horas diarias en una oficina pública.
Sin embargo allí no había un error en el número de patente ni tampoco una foto borrosa de la que se hubiera sacado de manera equivocado el dato. Coincidía el número, coincidía el coche. Salvo la ciudad, la fecha, la infracción, todo lo demás parecía encajar en el mundo.
No podía ocultar que cierto malestar dominaba sus entrañas al sostener el papel que había llegado dentro de un sobre común, algo arrugado en una de sus puntas, adornado con un par de sellos municipales y otro del servicio de correo.
Esa ciudad, en primer lugar.
Se solo recordar sus calles, las personas que conoció, aquella mujer...
Largó una bocanada de aire. La oleada de imágenes provenientes de esa cueva perdida en su mente, lo desbordaba, lo doblegaba, le dolía.
La fecha, otro imposible.
Faltaban aún cinco meses, tres días y siete horas para que sucediera. Pero no era lo inverosímil de aquello lo que lo asustaba, sino, si realmente sería así, cuáles serían las causas que lo llevarían a desandar el pasado. ¿Qué oscuros motivos podrían conducirlo hasta aquel paraje que hasta una hora antes, había creído olvidar? El mismo sobre el que había jurado, nunca más volvería a visitar.
Y finalmente, la infracción.
No era por exceso de velocidad, no era por saltarse un semáforo en rojo. Ni siquiera por estar mal estacionado.
No, iba más allá.
Era por detenerse a un costado de la ruta y cavar un pozo. Uno muy profundo por lo que se veía en la fotografía. Ese cadáver al lado del montículo de tierra, sentenciaba su condena.
Por eso y mucho más, no podía ni podría dejar de temblar.

5 de agosto de 2014

Que los hay, los hay...

En las páginas amarillas de la guía telefónica figuraba como "Manosanta Online", aunque nadie buscaba sus servicios allí. El boom había sido internet. Por Facebook y Twitter había sumado cientos de miles de adeptos, que a diario acudían por un consejo, una lectura del futuro o un "trabajito".
Le llovían los mails y las actualizaciones del blog no alcanzaban para saciar tantas solicitudes. Sin embargo, Ludovico Aguirre dormía plácidamente la siesta en la terraza de su casa de dos pisos, en las afueras de la Capital. A su lado, descansaba sobre una mesita de madera oscura, los restos de una picada y un vaso ya sin contenido, pero en el que se podía adivinar que había estado hasta arriba de whisky. La delatora era una botella vacía de Chivas, adormecida en el suelo, a los pies de la reposera en la que descansaba el hombre detrás del negocio.
De la escalera en espiral emergió la figura de Estela, una rubia esbelta, de bronceado perfecto, llevando en sus manos una toalla blanca. Los anteojos de sol ocultaban dos perlas verdes que dejaban sin aliento a todo el que ella observara fijamente.
Su semblante, sin embargo, no era de felicidad.
Con violencia arrojó la toalla sobre el rostro de Ludovico, que despertó asustado, tambaleándose de la reposera y cayendo finalmente sobre el áspero piso.
- ¡Qué pasa! - alcanzó a gritar con cierto pánico en su voz, mientras trataba de ponerse de pie, tomando la mala decisión de asirse de la botella para lograrlo.
Volvió a caer, esta vez de bruces contra el suelo. A la joven no se le escapó la risa ni nada parecido. Hubiese deseado que la sangre le saliera a borbotones de la nariz. Pero hasta esa suerte tenía.
Gimió de dolor, logrando esta vez pararse.
- ¿Qué carajo te pasa? - preguntó con bronca a la chica.
- ¿Qué carajo me pasa? Estamos todos trabajando para que amases tu fortuna y vos acá, muy tranquilo, tomando sol, bebiendo... ¡Me estás hartando, eso pasa!
Si Estela no hubiese sido su hermana menor, Ludovico la habría abofeteado. Pero a pesar de las ganas que tenía, no podía hacerlo. De toda su familia, era la única integrante que aún le hablaba. Era claro el por qué. Gracias a su dinero, ella podía pagarse las camas solares, las lipos, las cirugías y ocultar así que tenía casi cuarenta años de edad y no veinte, como aparentaba. Por lo tanto, consideraba que cualquier intento de advertencia sobre su proceder, era una falta de consideración de parte de ella.
Ludovico se llevó una mano a la cabeza. La resaca estaba haciendo su efecto, además del sol, que estaba pegando fuerte.
- A ver si entiendo... ¿además de tenerlo todo, quieres que trabaje?
- ¡Quiero que seas tan responsable como cada una de las veinte personas que estamos abajo, trabajando y haciendo dinero a tu nombre!
- Un momentito, Estela. Aquí el que armó todo, el que ideó el plan, el que arroja las consignas, soy yo. Si no fuera por mi cabeza, cada uno de ustedes seguiría aún ganando dos pesos la hora en algún trabajo de morondanga.
- Si, pero los que contestamos cada pedido estúpido de gente desesperada, sin un gramo en la cabeza, somos nosotros.
- ¡Por favor, Estela! Les dejé cientos de respuestas para que elijan y contesten. Ya tienen todo el trabajo hecho.
- Contrata más gente entonces, porque no damos a basto.
- Claro que pueden. no ponen todo el esfuerzo.
- ¿Qué nosotros... ?
- Si, son haraganes. Los he estado observando. Podrían contestar cien consultas más por hora, sin embargo, se toman el tiempo para conversar entre ustedes. Ahora mismo, estás acá, mientras podrías estar abajo, haciendo tu trabajo.
Estela dio un paso adelante y le propinó un cachetazo. El sonido fue como el de una rama al partirse. El rostro de Ludovico giró hacia la derecha y retornó como si hubiese tenido un mecanismo de resorte. No le dio tiempo a reacción, pegó media vuelta y su cuerpo trabajado en el gimnasio se fue alejando en busca de la escalera en espiral.
Ludovico se llevó una mano a la cara, que seguramente se pondría colorada de un instante a otro y buscó nuevamente su asiento. Pateó de mala ganas la botella vacía y empujó el vaso de la mesa, para hacerlo caer. El estallido desparramó vidrios hacia todas direcciones.
El mal humor había tomado posesión de su estado. No podía comprender tanta ingratitud. Después de todo, el Manosanta era él. El que tenía el don de curar a distancia, era él. Los demás se estaban tomando atribuciones que no le correspondían. La empresa no podía seguir así.
Esa misma noche haría un "trabajito" para lavarles la cabeza a Estela y todos los demás. Apelaría a la magia negra si era necesario. Y no lo procesaría online, sino en su propia oficina y luego lo haría llegar personalmente a cada persona del piso de abajo. Era la hora que aprendieran a respetar a la gallina de los huevos de oro.
Sabía que a toda hora había empleados. No tenía sentido esperar hasta más tarde. Quizá no estuviera su hermana, pero igual habría gente. Se decidió a hacerlo en ese momento. Bajó por la misma escalera que lo hiciera Estela un rato antes y caminó por el pasillo hasta el ascensor. Buscó el botón del piso de trabajo y lo apretó con furia.
Las puertas se abrieron a un piso poblado de computadoras, separadas entre si por boxes de trabajo delimitados por ventanales de vidrio que no superaban el metro de altura. Los empleados lo observaron pasar raudamente, sin detenerse a saludar, como era su costumbre. Llevaba apenas unas bermudas verdes, que llamaban aún más la atención.
Se metió en su oficina, cerrando de un portazo.
El lugar estaba plagado de atrapasueños, adornos provenientes de diversas culturas, frascos con especias provenientes de puntos remotos del planeta y encima de su escritorio, un caldero enorme, que en todo momento burbujeaba.
Ludovico buscó con impaciencia los frascos que necesitaba, los apoyó sobre su escritorio y finalmente, tras abrir un cajón, extrajo un libro de pócimas de tapas negras, enorme, de casi veinte centímetros de alto. El volumen parecía desarmarse por los años, las hojas estaban amarillentas y en algunas partes, la tinta parecía caer en pequeñas gotas. El libro, a simple vista, daba la sensación de estar vivo.
Pasó las páginas con velocidad, deteniéndose casi por la mitad. Sonrió, transformando su rostro en una máscara de terror. Tomó los frascos y esparció la cantidad justa del contenido de cada uno dentro del caldero.
Lo que allí dentro hervía comenzó a emanar gases de colores, incluso, parecía que saltaban chispas al aire, resplandecientes. Un sonido agudo y extraño silbaba desde la poción. Incluso una brisa de aire fresco comenzó a recorrer la habitación.
Afuera, los empleados dejaron de atender sus computadoras.
Un murmullo de voces ausentes fue elevándose en cada rincón. A través del vidrio esmerilado de la puerta de la oficina de Ludovico alcanzaban a observar movimientos inexplicables de la luz, de sombras que se movían a ritmo inverosímil.
Estela, que aún no se había ido, alertada por los demás, se acercó a la puerta.
- ¿Qué haces ahí adentro, Ludovico? Estás inquietando a todos.
De repente la puerta se abrió de par en par, soplando un viento huracanado que arrastró todo en su camino. Seguido, una nube oscura, casi impenetrable, comenzó a cubrir la oficina. Durante treinta segundos, solo se escuchaban toses y el sonido de muebles atropellados, que caían con violencia sobre el piso de porcelanato.
Cuando la nube se disipó, los empleados yacían en el suelo. Ludovico salió de su oficina, triunfal.
Hizo sonar sus palmas repetidamente, como si estuviera llamando a la puerta. Las personas, incluida Estela,  abrieron los ojos paulatinamente.
Se veían en el piso, despertando de un sueño en el que no recordaban haber caído, la oficina hecha un caos, con sillas derrumbadas, escritorios y computadoras fuera de lugar, y no podían comprender.
- Vamos haraganes, a ponerse de pie - dijo de repente el manosanta, paseándose por el lugar - Se acabó la siesta. Sigan trabajando que debemos responder todas las consultas, como cada día. Vamos, no me gusta la pereza.
Le tendió la mano a Estela, que se estaba poniendo de pie.
- ¿Estás bien, hermanita? - preguntó.
- Si... - ella dudó incluso de dónde estaba - Pero... no recuerdo que sucedió, de repente...
- No te preocupes querida, el trabajo lleva a estas cosas, te vendría bien ir a descansar.
- Gracias Ludovico, siempre tan amable mi hermanito.
Se puso en punta de pies y le besó la mejilla. Luego, se marchó por el pasillo, en busca del ascensor. Ludovico se volvió a meter en la oficina, para poner un poco de orden.
- Nada como un buen reseteo de cerebros para que todo siga igual - dijo en voz baja, mientras buscaba un trapo limpio para limpiar su caldero favorito.
Algún que otro empleado escuchó risas del otro lado de la puerta con vidrio esmerilado y en su interior celebró tener un jefe tan feliz.


2 de agosto de 2014

En voz baja

Rosa murmuraba por lo bajo, casi en un susurro y nadie la oía. Repetía un sinsentido, frases inconexas, palabras sueltas. Iba de un lado a otro de la peatonal, mal vestida, harapienta, apestosa. La gente se hacía a un lado, dándole paso. Ella no los miraba, caminaba con pasos lentos en línea recta. Ni siquiera se detenía en las calles, provocando frenadas bruscas y muchos insultos.
Javito comenzó a observarla una mañana gris desde su puesto de flores. La brisa fresca, la falta de sol, parecía provocar que la gente pasara frente a su lugar sin detenerse a mirar las coloridas flores expuestas, como si el día hubiese empañado la belleza de todas las cosas. La veía siempre, pero jamás le había prestado atención. Quizá, pensó, se había acostumbrado al rechazo general y la había hecho parte de un paisaje prescindible, distante.
La mujer, cuya edad era indescifrable, pasó al menos dos veces delante de sus narices esa mañana. La primera vez hacia un lado, la segunda hacia el otro. Trató de escuchar lo que decía, pero apenas el molesto viento se llevó las pocas palabras vertidas entre labios resecos y sucios.
Tantas veces había escuchado el "vieja loca" de otros, que esa definición era lo primero que le venía a la mente. Todo el mundo sabía que se llamaba Rosa, aunque difícilmente se supiera alguna vez quién le había preguntado. Javito pensaba que como a todo, el ser humano le pone nombre. Uno le teme a lo que no sabe como llamarlo. Rosa debía ser la manera de restarle miedo.
Cerca del mediodía la vio venir otra vez por el medio de la peatonal, con la cabeza gacha y dando pasitos cortos, uno detrás del otro, casi rítmicos, sin preocuparse por el mundo que la rodeaba y las pocas personas que transitaban cerca. Esta vez, aprovechando que nadie estaba comprando en su puesto, se acercó más a la mujer.
Quería escuchar, saber que era lo que pronunciaba casi en un rezo, mientras iba y venía sin respiro por esa arteria urbana. Al pasar a su lado, pudo escucharla. Y al mismo tiempo, su sangre se heló.
Tuvo que aferrarse a su puesto, haciendo tambalear las flores. Oscar, el vendedor de diarios y revistas que tenía su casilla de chapa a cinco metros, corrió a ver que le sucedía. Había palidecido a tal punto de estar blanco como la leche, siendo que Javito, moreno de nacimiento, tenía rasgos bien norteños, y el sol, como una garrapata, se atenazaba a la piel de una punta a otra del año.
Oscar lo sostuvo y le acercó una silla de plástico.
- ¿Qué te pasó pibe? Estás flameando como un papel.
Javito permaneció en silencio. Hasta la peatonal parecía guardar respeto. No volaba ni una mosca. Oscar miró hacia un lado y otro, intuyendo que algo andaba mal, pero sin comprender qué.
- Me estás asustando Javito - le advirtió.
El chico le hizo un gesto con el pulgar para arriba, esperando que eso lo tranquilizara y se marchara. El diariero lo hizo, se alejó, pero volvió a los treinta segundos con un vaso de agua. Con educación, Javito bebió todo el contenido. Devolvió el vaso y a duras penas, tratando de permanecer calmo, musitó unas pocas palabras, que calmaron esta vez a Oscar. Una vez se alejó el hombre, ya menos preocupado, el chico comenzó a guardar las cosas en su puesto.
- Por hoy, suficiente - le había dicho a Oscar - Cierro y me voy a descansar, quizá venga mi tía a la tarde.
Pero la idea no era descansar. Bastante tiempo había perdido en la vida hasta ese momento. Cerró el puesto, metió las manos en los bolsillos de la campera y comenzó a caminar, en la misma dirección en la que había continuado su viaje Rosa.
Dado que caminaba rápido, la alcanzó cuatro cuadras más adelante, justo en el preciso momento que cruzaba - mal - una calle.
- ¡Rosa! - le gritó, pero supo de inmediato que tenía razón, que ella no respondería a ese nombre, coincidieran o no las cuatro letras con las impresas en su documento de identidad.
Se puso a su lado, tratando de aminorar la marcha, de avanzar al ritmo de la mujer. Le costaba, porque lo hacía muy despacio.
- Rosa o cómo se llame, yo la escuché, yo escuché lo que usted me dijo... - las palabras no le salían, sentía un ardor en la garganta, como si estuviera a punto de llorar, con un nudo atragantado que ardía en llamas - usted me llamó por mi nombre, entre murmullos y me dijo... me dijo eso...
Rosa siguió avanzando, casi llevándose por delante un tacho enorme de basura, pero no se inmutó. Javito iba a su lado, consciente que los pocos transeúntes lo observaban, como si el fuera también un bicho raro por acompañar al otro bicho raro, al que veían todos los días, o mejor dicho, al que ignoraban cada día.
Su cabeza parecía a punto de estallar. No resistió más y se interpuso en el camino de la mujer.
Ella no se detuvo y se golpeó con fuerza contra Javito, pero el joven permaneció estoico. Entonces ocurrió lo que pocas veces. Rosa dejó de caminar. Sus párpados, hasta entonces entornados, dejaron a la vista dos cuencos vacíos, dos abismos infinitos, en los cuales el chico pudo ver más que oscuridad.
La voz áspera de la mujer incrementó su volumen, haciéndose audible, quizá por primera vez en años.
- La vida no existe, tú estás muerto y el día no tiene noche, pero a todos les parece bueno creer lo contrario.
Javito carraspeó.
- ¿Es verdad lo que me dijo?
- Solo hay una manera de saberlo.
La mujer volvió a su postura de siempre, y tras esperar que Javito se hiciera a un lado, siguió camino.
El chico ni siquiera la observó marcharse. ¿Podía ser cierto? Cuando ella se lo mencionó, un rato antes, algo muy oculto dentro suyo se revolvió, como si las palabras hubieran activado un monstruo, una especie de secreto velado por siglos, imposibilitada de germinar en la mente a pesar de estar allí, como una semilla.
Pero solo había una forma de comprobarlo.
Debía pronunciar en voz alta tres veces la misma palabra. Esa que hasta entonces, nunca había escuchado.
Tomó coraje, sabiendo que serían las últimas que dijera estando muerto.
Y tras gritarlas al viento, todo alrededor desapareció, incluyendo su cuerpo. De pronto, estaba cayendo en un abismo sin fin, cada vez más profundo, sin poder gritar, sin dejar de ver, sin dejar de saber, que al final estaba vivo y que lo estaría por siempre, en ese tobogán eterno que nos depara el final de nuestros días.

30 de julio de 2014

Elena sin fiestas

La triste realidad de Elena se remontaba a su infancia. Desde pequeña sus padres se negaron a organizarle fiestas de cumpleaños. Y dado que tampoco eran de celebrar otras festividades, como ser Navidad, Año Nuevo o el Día del Niño, por citar algunos ejemplos, jamás tuvo fiesta alguna.
Lo más cercano a tal cosa, eran los actos escolares, con todo lo que ello implica. Elena creció anclándose en esas tradiciones, tomándolo como algo natural, aunque no aceptándolo, dado que en la misma medida que a ella se le negaban, veía como a sus amigas las agasajaban o eran partícipes de otras fiestas.
Trató de disuadirlos de que, al menos, la dejaran asistir a cumpleaños de otra forma, pero tras eternas negativos, desistió en forma definitiva.
En su adolescencia vio como sus pares disfrutaban de fiestas de quince, más adelante de graduaciones, casamientos e infinidad de cumpleaños. Ella, que había adoptado la postura de sus padres, se fue marginando no solo de los eventos sociales, sino también de sus amigos.
Con más de treinta años, la rutina la invitaba a acostarse apenas caía la noche, levantarse ni bien salía el sol, ir a su trabajo del que retornaba por la tarde, asear el departamento, comer delante del televisor - que a veces permanecía apagado - y volver a la cama.
Los fines de semana solía distraerse leyendo o viendo alguna película que ya había visto. Sus conocidos, que tenían relación con ella en el trabajo, habían dejado de invitarla a reuniones o fiestas hacía mucho tiempo atrás.
Sus padres habían fallecido años atrás y los únicos familiares vivos residían lejos. El llamarse por teléfono para saber cómo estaban, tampoco era tradición familiar. Si alguien le preguntaba, Elena podía afirmar que vivía en la más absoluta soledad. Ni siquiera tenía mascotas. Ni un mísero pez. O un bicho embalsamado. Hasta las cucarachas se habían aburrido y abandonado el piso de madera.
Lo que no sabía Elena, ni nadie más en el planeta, salvo una persona, era que ella era un experimento de la organización secreta más grande que jamás haya existido. Por esa razón, cuando el profesor Von Gast Hobben tocó a su puerta, ella no supo quién podía haberse equivocado de departamento.
El hombre, que se presentó con una foto de sus padres en mano, en la que sostenían a una pequeña Elena, recién nacida, le explicó el asunto en menos de media hora. En resumen, Elena se hizo una idea a grandes rasgos que Sergio y Flavia no eran más que dos personas tristes, solitarias, que aceptaron participar en un novedoso experimento, por una suma de dinero suficiente como para comprar una casa, pero con dos condiciones insalvables.
La primera, tener que criar a una niña como si fueran sus padres.
La segunda, jamás brindarle amor.
Von Gast Hobben estaba exaltado, exuberante de la alegría. Tenía delante de sus ojos el producto de su experimento más importante.
Elena aún ordenaba sus ideas cuando el profesor le mostró otra foto. Sus verdaderos padres.
- Mi hijo, Mathieu y mi nuera, Evangeline. Una pena, perecieron tan jóvenes.
Asimiló la información. El ser que se movilizaba como un rayo en su departamento, caminando de un lado a otro sin dejar de hablar, entusiasmado, el mismo que la había confinado a una tristeza controlada de por vida, era su abuelo.
A los treinta y tres años, cinco meses, cuatro días, Elena dio por sentado que sus tristes días habían llegado a su fin. Von Gast Hobben nunca supo de donde salió ese cuchillo, pero la última fracción de segundos de su existencia le bastó para comprender que la opaca joven lo estaba degollando.
Esa noche Elena no durmió en su cama. Salió a emborracharse.
Mientras alternaba entre una bebida y otra, resolvió que recién cuando saliera el sol y el amanecer la sorprendiera en alguna parte, decidiría que haría con su vida. Era muy pronto para tomar semejante decisión. Pero sin lugar a dudas, lo primero que haría sería organizar una fiesta. Una enorme y divertida fiesta.

27 de julio de 2014

Atraso

Se asomó por cuarta vez a la vereda, indignado. El taxi no llegaba y la fiesta comenzaba en quince minutos. Volvió a marcar el número de la compañía, lo atendió el mismo operador que cinco minutos antes y con temperamento reclamó una vez más.
La respuesta era la misma. Debía tener paciencia. ¿Pero cómo se podía tener paciencia cuando se iba a llegar tarde a un evento donde el agasajado era uno?
Finalmente, cuando estaba a punto de llamar a un conocido para avisar que llegaría atrasado, apareció el auto, un Peugeot avejentado, aunque reconocible por los colores habituales.
Pidió celeridad al chofer, que solo atinó a mirar por el espejo retrovisor y tras un gesto de desaprobación, encendió la radio.
El viaje era lento, por calles atestada de tránsito y con una banda de sonido que orillaba el mal gusto. Por si fuera poco, el taxista se puso a fumar.
Incrédulo, le pidió que por favor apagara el cigarrillo. No le preocupaba el humo, sino el olor que tomaría su ropa. ¡Tenía que estar elegante para la ocasión! Era la noche de una gran distinción.
Las últimas calles fueron interminables. Jóvenes en las veredas pasando el rato, parejas transitando lentamente, filas de personas pugnando por entradas en los teatros, vendedores ambulantes ganándose la vida y un sinfín de conductores al volante, recorriendo las arterias centrales de la ciudad a paso de tortuga.
Estaba nervioso. Miraba el reloj continuamente. Estaba atrasado al menos diez minutos. Podía divisar el hotel de lujo donde se realizaba la gala, pero aún tenía un par de minutos más de viaje. Aprovechó para volver a peinarse y ajustar su vestimenta.
El coche se estacionó en la dirección que había indicado. Pagó con un billete grande y muy a su pesar, para no perder más tiempo, le dijo al taxista que se guardara el cambio. Bajó disparado, se disculpó con dos jóvenes a las que casi arroja al suelo y llegó a la puerta giratoria del hotel. Antes de cruzarla, se observó en el reflejo del vidrio, aprobando su aspecto.
Se presentó en la recepción, anunciando grandilocuente su nombre. La mujer que estaba del otro lado del mostrador, vestida con extrema pulcritud, le sonrió de oreja a oreja.
- La fiesta en su honor fue ayer, Licenciado.
El botones, que estaba a su espalda, lo atajó en el momento justo del desmayo, más precisamente, a veinte centímetros del piso de mármol.

24 de julio de 2014

¿Y dónde querés que esté?

El teléfono sonó tres veces antes que atendiera. Lo hizo mecánicamente, mientras en la computadora guardaba el archivo en el que estaba trabajando. Dio su nombre, como era costumbre, como le habían enseñado hacía ya cinco años, durante sus primeros días en el puesto, antecedido siempre por un "buenos días" o "buenas tardes".
- ¡Pablito, por fin te ubico! - dijo con júbilo la voz del otro lado de la línea.
Conocía esa voz, claro que si, pero provenía de recuerdos distantes, casi de otra vida. Su mente le dijo que era improbable, mientras el corazón comenzaba a latirle frenéticamente.
- ¿Filomeno? - preguntó tímidamente.
- ¡Y quién otro puede ser! - contestó eufórico su entrañable amigo, al que no veía desde hacía veinte años. El cálculo era exacto, ni un año más, ni uno menos. La última vez que habían estado juntos fue para mediados de aquel año en el que habían ido de viaje a la Cordillera de los Andes, con el grupo de amigos de la universidad, que se había forjado a través de los años y que luego, tras terminar los estudios, prosiguió con entusiasmo.
Ese viaje lo habían organizado para celebrar el décimo aniversario de amistad. Era ineludible la fecha. Los veinte años, sin embargo, habían pasado volando. ¿Veinte años, ya? se preguntaba una parte de su cabeza, en tanto la otra, trataba de ordenar un poco las ideas.
Un viaje que ninguno jamás olvidó. La idea inicial había sido la de conocer el lugar. Pero dos o tres de la barra insistieron y al segundo día todos estaban internándose en aquel completo paisaje de rocas elevadas. El problema surgió casi de inmediato, cuando arreció la noche antes que ninguno se diera cuenta: no tenían la menor idea sobre supervivencia.
Armaron las carpas donde pudieron, improvisando sobre la marcha. El frío se acrecentó y el viento no permitía mantener el fuego demasiado tiempo. La noche se fue haciendo eterna, sin poder dormir, alarmados por los sonidos extraños del lugar. Aquello se tornó en pesadilla. Filomeno fue el primero en decir que no se quedaría de brazos cruzados. Y salió a la intemperie. Nunca más volvieron a verlo.
Apenas salió el sol, emprendieron el retorno. Mal dormidos, cansados y casi al punto de morir congelados, volvieron con la esperanza de encontrar en el camino a Filomeno.
Veinte años después, Pablo lo estaba escuchando al otro lado del teléfono.
- Filomeno... - las palabras parecían no querer salir de su boca - ¿Dónde estás?
- ¿Y dónde querés que esté, en Cancún? En casa perejil, como siempre. Che, a que hora salimos mañana, a las nueve o a las diez. Mirá que leí que hace frío allá.
Su voz se convirtió en una daga helada, pudo sentir el filo en cada fibra de su cuerpo, traspasando la realidad, llegando a lugares hasta ahora desconocido de su ser. Esas palabras, esa contestación, cada sonido articulado proveniente del otro lado de la línea, era un gigantesco déjà vu. Y de repente entendió que estaba sucediendo, que estaba recibiendo la misma llamada que veinte años atrás y...
- ¡Filomeno, no vayas...! - alcanzó a gritarle al auricular, antes de escuchar el sonido de la línea al quedar muerta. Sus ojos se posaron en el teléfono, que por un instante pareció convertirse en el viejo aparato gris con discador que estuviera en casa de sus padres durante años, ahora en silencio, con sus teclas modernas como ausentes, quietas, inertes, distantes de su semblante.
Pablito se movió incómodo en su asiento, con un dolor incipiente en el estómago. Colgó el auricular. Apagó la computadora. Se puso de pie y miró por la ventana. Su ciudad, las calles de siempre, la gente en movimiento, su tiempo, la vida que había seguido después de los Andes, tratando de dejarlo atrás. Pero hay cosas que nunca concluyen. La muerte, por ejemplo. Siempre vuelve, siempre está. Casi como una broma.
Se largó a llorar sin darse cuenta. Las lágrimas nublaron su vista. La oscuridad devoró el momento.

21 de julio de 2014

El pistolero

La pistola más rápida del oeste. No del mentado far west, sino del oeste de su pueblo, en el barrio La Cacerola. Lugar pobre si los hay, donde comida es una palabra fuerte, que hace ruido en el estómago de solo nombrarla. Pero, a pesar de ello, refugio de trabajadores.
Y él, el Pirigundín, de tan solo siete años, solía pasearse en patas y vestido solo con un pantaloncito corto que le quedaba grande, por las arterias de tierra y barrio de aquel paraje olvidado, y por qué no, evitado. Con sus manos sucias, de uñas negras, sujetaba firmemente una gomera, al tiempo que de reojo miraba las ramas de los árboles, esperando que se posara el desprevenido pájaro que caería fulminado por obra y gracia de su puntería.
Caminaba lentamente, con la mano izquierda haciéndose visera, como si supiera que en otras partes del planeta, cazadores experimentados respiraban la misma tensión aguardando por presas más grandes y peligrosas. Aunque, de haberlo sabido, poca importancia le hubiera dado. No era el prestigio ni las ansias de aventura lo que estaba en juego en su mundo, sino el equilibrio natural de la vida. Es decir, comer para vivir.
Adela, su mamá, salía cada mañana a limpiar casas a la ciudad. Volvía tarde, maltrecha y con apenas unos pesos. Hasta el transporte se le hacía cada día más difícil de pagar. Pero allá iba Adela, en busca del pan para su hijo. El único vivo, porque a los otros, a los que el Pirigundín no llegó a conocer, se los llevó el río, en aquella crecida de la década anterior, donde su madre casi se vuelve loca.
Muchas noches llegaba llorando, porque no le habían pagado o algún vivo de otro barrio - cosa que sucedía cuando se reservaba la plata del transporte  y volvía a pie - le sacaba el dinero a cambio de dejarla seguir su camino. Esas noches las tripas rugían ferozmente, casi salvajes.
Desde que tenía uso de la razón, la gomera era parte de sus manos. Fue el Alberto, el vecino que durante un tiempo frecuentaba a su mamá, hasta que le salió un trabajo en el norte y ya no volvió más, el que le enseñó a usarla.
Lo había hecho practicar con latas vacías y botellas. No tardó demasiado en tomarle el tiempo a la pequeña "y griega", como le decía Alberto a aquel instrumento. Pirigundín no sabía a que se refería cuando la llamaba así, pero poco cambiaba el hecho de ser ahora un "pistolero", otro término de su vecino, pero que en este caso si tenía una mayor dimensión en su cabeza.
A los cuatro años, el niño era un eximio tirador. Podía darle a cualquier cosa que estuviera a menos de cincuenta metros. Pero lo que más llamaba la atención, era la velocidad con la que podía armar la gomera con la piedra y soltarla en la dirección correcta.
Alberto ni siquiera era en el presente un recuerdo, su imagen había quedado atrás por otras premisas, como la de comer. Y esa mañana, en la que caminaba en patas vestido tan solo con un pantalón corto, no era diferente a cualquier otra. Pirigundín avanzaba lentamente hacia un sauce, donde había visto la sombra de un hornero moverse entre las ramas. Podía distinguir las sombras de las hojas, las hojas de las ramas y desentramar aquella maraña visual en tan solo un segundo.
Intentaba pisar con cuidado, evitando hasta el mínimo sonido, sabiendo que esos bichos alados podían escuchar lo que incluso, uno no escuchaba. Iba con sigilo, cuando los gritos lo alertaron a su espalda y vio, apesadumbrado, como el hornero escapaba a puro vuelo por encima del árbol.
- ¡Piri! ¡Piri!
Giró sobre sus talones, con el rostro ensombrecido por la bronca. Vio a Jacinto, el almacenero, corriendo a su encuentro. El mismo que no le fía ni los caramelos, porque sabe que nunca va a tener una moneda en el bolsillo. Y venía a los santos pedos, espantándole el pájaro del árbol.
- Tú mamá Piri... es terrible, mijo, justo una redrada, en la villa vecina, ella iba caminando y parece que la policía creyó que... y... ¿Piri? ¿Estás bien? ¿Dónde vas? ¿Entendés que tú mamá...?
Pirigundín sujetó con fuerza la gomera y se alejó lentamente. Jacinto le hablaba, pero era tiempo pasado. El estómago gruñía. Volvió a preguntarle si entendía. ¿Acaso era tonto? Hambriento si, pero estúpido no.
Apenas volvió su rostro sobre el hombro, lo justo para observar al almacenero, de cuya angustia desconfiaba.
- Claro que entiendo - le dijo - Si el pistolero no hace bien su trabajo de aquí en más, se muere de hambre.
Y allá salió la pistola más rápida del oeste, de ese confín llamado La Cacerola, en busca de su salvación, gomera en mano, la vista al frente y el dolor bien escondido, para que no lo muerda, para que no lo espante, para que nadie pueda aprovecharse. Sobre un cable del tendido eléctrico le pareció ver algunas palomas. Eran sabrosas a las brasas. Se relamió y tensó su arma.

18 de julio de 2014

El viejo de las palomas

Sentado en un banco de la plaza, rodeado de unas pocas palomas, un saco de lana cubriendo la camisa abotonada hasta el cuello, pantalones con broches para la ropa aún colocados que delataban la propiedad de la bicicleta  apoyada en un sauce, un par de metros a la derecha. El viejo estaba en su lugar, como cada mañana. Su mirada vagaba entre el suelo y las hojas secas que se llevaba el viento.
La bolsa del supermercado descansaba a un costado de su pierna. Dentro tenía un poco de pan, para tirarle migas a las palomas. Pero a diferencia de otras mañanas, no las alimentó. Sus alados compañeros merodeaban esperando el momento en que comenzara a llover comida, aunque sin mostrar impaciencia. Picoteaban aquí y allá, levantando la cabeza de tanto en tanto, como si realmente estuvieran esperando algo.
Su imagen era habitual a los transeúntes. El viejo de las palomas. Los que tenían negocio en la vereda de enfrente se sabían de memoria la rutina. Llegaba siempre puntual, a las nueve, montado en su bicicleta. Traía consigo una bolsa de supermercado en la que guardaba el pan. Hacía miguitas con los dedos y se entretenía arrojándolas a las palomas. Se quedaba hasta el mediodía y en el preciso momento en que las campanas de la iglesia hacían retumbar el aire con su inconfundible melodía, se ponía de pie y se marchaba.
Devolvía todos los saludos, aunque no dialogaba con nadie. Si alguien quería entablar una conversación, se hacía el desentendido mirando hacia otra parte. Muchos, por ese motivo, le tenían antipatía. Se lo veía venir por el sur, pero se marchaba hacia el norte. Nadie lo siguió jamás, ni tampoco, nadie se lo propuso. ¿Qué sentido tendría? Era el anciano anónimo que se pasaba las mañanas en soledad, con la única compañía de esas aves consideradas por una buena porción de la comunidad como una plaga. Era probable que no tuviera familia, ni amigos.
Pero esa mañana, se lo notaba extraño. Había pasado hora y media de su llegada y aún no había tocado el pan. La mirada parecía extraviada, como si no supiera donde estaba. Intentó ponerse de pie un par de veces, pero de inmediato volvió a sentarse. El farmacéutico y la camarera de un bar, que observaban por la ventana, salieron a la vereda y al notar que prestaban atención a lo mismo, cruzaron una mirada. Sin embargo, volvieron a meterse en sus locales.
De repente, de forma apresurada, el viejo tomó la bolsa, se puso de pie y salió caminando. Las palomas se dispersaron a su paso, temiendo ser atropelladas. Miraba continuamente hacia arriba, hacia las copas de los árboles que ornamentaban la plaza.
La dueña de la tienda de ropa de la esquina, que también estaba mirando hacia afuera, creyó que el hombre se estaba olvidando la bicicleta. Estaba por salir para avisarle, pero entró una clienta y se olvidó del asunto. En tanto, el viejo llegó al cordón de la vereda, ya preparado para cruzar la calle. Hacía gestos con los brazos, como si quisiera espantar a alguien.
La camarera volvió a asomarse. Escuchó claramente que hablaba en voz alta.
- ¡Ya vienen! ¡Ya vienen!
Ella miró hacia todas partes y sintió una opresión en el pecho. No de dolor, sino de lástima. Pobre hombre, pensó. Era quién más cerca estaba, así que decidió ir en dirección al anciano, para tratar de calmarlo.
El viejo, al verla caminar hacia él, retrocedió sin quitarle la mirada. Tenía sus brazos hacia delante y decía lo mismo una y otra vez.
- No, no, no.
La chica se detuvo al llegar a la plaza. El viento se puso raro, primero frío y luego, ruidoso. ¿El viento ruidoso? Miró hacia arriba. Las copas de los árboles se agitaban ferozmente. Volvió a enfocarse en el hombre, pero éste había llegado a su bicicleta y se trataba de montar. La bolsa de supermercado había quedado a mitad de camino.
¿Qué está haciendo? se preguntó la camarera, que al dar un paso se tuvo que atajar el rostro instintivamente, ante la estampida de palomas huyendo del lugar.
- ¡Qué fue eso! - aulló con bronca, porque una de las aves había arañado uno de sus brazos.
Entonces, el viento se convirtió en torbellino y las copas de los árboles se abrieron de par en par, dejando un claro. Pero en lugar de quedar a la vista el cielo y sus nubes, apareció un monstruoso objeto plateado. La chica ahogó un grito. Aquella cosa tenía un ojo gigante en el centro y parecía moverse.
El viejo también lo vio, pero el semblante no fue de horror, sino de resignación. Trató de pedalear, pero sabía que era tarde.
El ojo lo vio y de una compuerta que se abrió, salió un brazo mecánico que le dio alcance en menos de un segundo. Lo tomó por la cintura, lo elevó en el aire (la bicicleta siguió rodando sola unos cinco o seis metros más, para luego desplomarse hacia un lado) y se retrajo, desapareciendo la garra extensible y el viejo dentro de aquel objeto gigantesco que se había posado sobre la plaza del pueblo.
Luego, casi en un abrir y cerrar de ojos, aquella cosa desapareció. Cesó el viento, como el sonido que provocaba, las copas de los árboles volvieron a su posición de siempre y solo quedó en la plaza una bolsa de supermercado tirada a unos metros de la camarera y mucho más lejos, una bicicleta en el suelo.
Se había llevado las manos a la boca, pero no recordaba cuando. Quizá había sido un reflejo para dejar de gritar. Se volvió hacia la cuadra de enfrente, deseando que estuvieran todos en la vereda y le confirmaran lo que había visto. Pero allí no había nadie.
Solo las palomas volvieron, pasando muy cerca de ella, que una vez más se cubrió. Por alguna razón las había odiado siempre, desde que era pequeña. Y desde ese momento, las odiaría con más fuerza. Habían bajado alrededor de la bolsa y a picotazos la habían destruido en busca del pan que contenía en su interior.
Un frió bajó por su espalda. Sintió una arcada, luego otra y al final, no pudo contener el torrente. Cayó de rodillas al suelo. Había vomitado pan. Solo pan. Las palomas, que observaron lo sucedido, saltaron sobre ella.
Cuando despertó, el farmacéutico estaba a su lado.
- ¿Qué ha pasado, Lucrecia? ¿Cómo es que te desmayaste?
Ella no contestó. Estaba confundida. Vio sangre en sus manos. El farmacéutico notó la desesperación y se apuró en calmarla.
- No te asustes, una de las palomas quiso probar suerte en tu mejilla, pero no ha pasado nada. Justo salía a ver al viejo y te he visto caída. ¿Por cierto, los has visto? Se ha dejado tirada la bicicleta.
Lucrecia guardó silencio. Al ver una paloma de cerca, sintió repulsión.  Aquel ojo que había visto en el cielo era similar al de una paloma. Casi viene otra arcada, pero la reprimió.
- ¿Estás bien? Eh... Lucrecia ¿Dónde vas?
Era la voz del farmacéutico, pero ya no la distinguía. Se había puesto de pie y caminado a tropezones hasta la bolsa. Allí tironeó con las palomas, hasta que se quedó con el premio mayor. Luego siguió unos metros más, levantó la bicicleta y se fue pedaleando. Desde otra galaxia alguien la llamaba por su nombre, a los gritos. Solo tenía por delante la calle, el deseo de escapar y la seguridad, que en alguna parte, encontraría una plaza tranquila para alimentar a las palomas.

15 de julio de 2014

Teatros temporales

La discusión fue porque ya había comprado ropa la semana anterior. Por ese motivo, cuando me propuso entrar a la tienda, le dije que no. Me planté en la puerta y le advertí que no la acompañaría. No le prohibí que entrara, solo le manifesté mi posición de no hacerlo. Ella se ofendió, por supuesto, y cruzó la puerta sola.
Decidí sentarme en el cordón de la vereda, haciendo tiempo hasta que ella saliera. Lo haría con varios bolsos y prendas innecesarias, me lo imaginaba. Tenía una compulsión por adquirir nuevos moradores para su gigantesco guardarropa. La excusa de "no tengo que ponerme" era tan inverosímil como la cantidad de veces que la decía por semana.
Sencillamente, no pude con mi genio. Masticando bronca, busqué la calma mirando los coches pasar. No es un ejercicio muy relajante, menos cuando pasan velozmente y haciendo mucho ruido, pero era mejor que nada. O que imaginar en mi cabeza una pelea posterior, que era probable, si no controlaba mi temperamento, sucedería a la brevedad.
Supuse que estaría esperando media hora. Sin embargo, habían pasado cuarenta y cinco minutos y no había señales de ella. Me acerqué lentamente hasta la puerta. No iba a entrar. Hacerlo implicaba romper mi palabra. Si era lo que ella pretendía demorándose más de la cuenta, no lo iba a lograr. No había nacido ayer, no señor.
Traté de divisarla entre las clientas que iban de un lado a otro, la mayoría con una percha en la mano, y alguna que otra vestimenta colgando. Pero no la identifiqué. Observé atentamente los cambiadores, creyendo que podría estar allí. Pero tampoco tuve fortuna en la misión.
Me decidí a llamarla. Busqué el teléfono en el pantalón, sintiendo que estaba volviendo a enojar. Si estaba demorando adrede, estaba logrando su propósito. Busqué su nombre entre los contactos y marqué. Sonó una vez, dos veces, tres veces...
- ¿Dónde estás?
No fui yo el que pregunté. Fue ella, con una voz chillona, como cuando se volvía histérica porque algo no le salía bien.
- ¿Dónde estás vos? - retruqué, cada vez más enojado.
- ¡Mirá, si te cansaste de esperar y te fuiste, para después hacerme una escena, no lo voy a tolerar Roberto, porque ya somos grandes y si a mí se me canta comprar ropa, compro ropa, así que es hora que lo vayas entendiendo Roberto...!
- Pará loca, que me gritás, hace casi una hora que estoy como un boludo esperando acá afuera.
- No me mientas, hace treinta minutos al menos que salí. Te busqué por toda la cuadra. Hasta me crucé al bar ese de mala muerte que está del otro lado de la avenida.
Miré para el otro lado de la calle. El bar estaba atestado de gente en las mesas de la vereda, pero no la veía a ella. ¿Podía ser que pasara a mí lado y no la viera?
- ¿Todavía estás ahí? Porque estoy delante de la puerta de la tienda, mirando hacia el bar y no te veo.
- ¿Te pensás que te iba a seguir el jueguito? Claro que no estoy ahí. Estoy en un taxi, volviendo a casa.
- Te juro Malena que estuve acá afuera todo el tiempo, sentado en el cordón de la vereda. ¿No me viste cuando cruzaste la calle?
- No me vengas con boludeces Roberto, no soy una ingenua.
- Ya mismo voy para casa y hablamos ahí. Me estoy quedando sin créd...
El crédito se agotó. Era sabido. En cada pelea con ella, o se me acababa la batería o me quedaba sin crédito. Lancé una puteada de todos colores y dos mujeres que salían de la tienda cargadas de bolsas, me miraron con desaprobación. Mentalmente las mandé a la mierda.
Fui a casa caminando. Llegué veinte minutos después. No había nadie. Incluso estaba todo como cuando salimos. Busqué el teléfono fijo y marqué su número.
- ¿Querés que me enoje en serio? ¿Eso querés? - le dije levantando la voz.
- La que se voy a enojar soy yo. Cuando vas a...
- Cuando voy a qué, estoy en casa y vos no estás. Me hiciste venir para nada. Dónde estás, porque...
- Roberto...
- No, pará, dejame hablar a mí. Porque ya bastante tuviste por hoy. Decidiste comprar ropa, te fuiste del lugar dejándome ahí...
- Roberto...
- Paaaaará, paaaará Malena. No me vas a callar tan fácilmente, yo sabía cuando empezamos a discutir que esto terminaba mal, pero vos no, vos dale que va, que viva la pepa, que hago lo que se me antoje, que...
- ¡Roberto! ¡Escuchame carajo!
Me llamé al silencio, impresionado por su exhorto.
- Estoy mirando la pantalla del celular, Roberto. Me estás llamando desde el fijo de casa.
- Y si, de dónde querés que te llame. Me quedé sin crédito, llegué a casa, no estabas y te estoy llamando desde el fijo. Mañana compro una tarjeta y recargo, pero no tenía sentido comprar una en el camino, si en teoría vos ibas a estar acá. ¿Dónde carajo estás, Malena?
- En casa Roberto. Estoy parada en el living, al lado del teléfono fijo.
Me quedé tieso. Observé a mi alrededor de reojo, temiendo moverme.
- Malena, no me jodas.
- Roberto - su voz temblaba - te juro que estoy al lado del teléfono.
- Pero, entonces....
No pude articular ninguna palabra más. Colgué, resignado. Uno de los dos ya no estaba en este mundo. Uno de los dos, había cruzado la línea. Eso sucedía a menudo, cuando había un conflicto, desde no hacía muchas décadas. Al fin las fuerzas divinas que nos metieron en esta representación gigante, tomaron las riendas del asunto. Y cansados de nuestras peleas, comenzaron a evitar que las personas en confrontamientos se siguieran viendo. Entonces, como le ha sucedido a millones, nos colocaron en escenarios diferentes.
Universos paralelos le decían antes. Teatros temporales, le dicen ahora. Siempre lo habíamos temido, pero nunca creímos que nos fuera a tocar nosotros. La humanidad ha cambiado. Algunos dicen que para bien. La verdad que no lo sé. Miro alrededor y me cuesta imaginar una vida sin ella. A pesar de las discusiones, de los conflictos, de su histeria. Supongo que ella, en su nueva realidad, está derramando alguna lágrima. En el caos, el amor es el único lazo, más allá que por momentos, pareciese que no.

12 de julio de 2014

Hojas secas, flores hermosas

Omarcito comenzó a pasar casa por casa a muy corta edad. Algunos dicen que a los seis años, otros a los siete e incluso no falta el que aventure que antes.
Sencillo para vestir, sin compañía alguna más que la del perro callejero de turno, de esos que siempre están dando vueltas por las calles, Omarcito golpeaba despacito cada puerta, con un ritual que todos recuerdan: cinco golpecitos rápidos y dos lentos, bien pausados. El sonido se convirtió, con el tiempo, en su carta de presentación.
En otoño e invierno, llevaba en sus bolsillos hojas secas rescatadas de las veredas, en primavera y verano, hermosas flores robadas de los jardines del barrio. Pero se trataba de Omarcito, el pequeño de cachetes gordos y pecosos, de mirada cálida y ojos claros, ese gurrumín al que todos conocían, pero del que nadie sabía nada.
Por las tardes, después de la siesta, se lo solía ver caminando con su sonrisa habitual y esos bolsillos abultados. Se detenía en cada casa y golpeaba la puerta. Guiñaba un ojo si veía a alguien asomarse detrás de la cortina y era inevitable salir a recibirlo.
Y a cada persona que le abría la puerta, Omarcito le tendía una hoja seca o una flor hermosa. La gente, enternecida, le daba una moneda a cambio y algún que otro más pudiente, un billete. El niño agradecía con una reverencia y sin mediar palabra, guardaba el dinero en el bolsillo trasero de su pantalón y seguía su peregrinar, silbando una melodía por lo bajo, cuyo sonido todos han olvidado.
Durante años, Omarcito fue nuestro visitante diario. Con sol, con viento, frío o lluvia, él siempre llegaba al barrio. Se lo vio por última vez cuando orillaba los doce años, según los cálculos que se hacían en conversaciones de esquina, entre hombres y mujeres que iban y venían del mercado.
Algunos, con los años, aseguraban haberlo visto en otros barrios de la ciudad, vendiendo diarios o haciendo changas. Decían, esas personas, que lo reconocían fácilmente por la sonrisa, sus pecas y los ojos claros. Siempre creí que se equivocaban, que Omarcito seguía siendo un niño y caminaba otros barrios, si, pero llevando como siempre, hojas secas en otoño, flores hermosas, en primavera.
No volví a verlo, hasta hace unos días. En realidad, no supe que era él hasta que descorrí la tela blanca que cubría su cuerpo. Allí estaba su rostro, ya crecido, pero con esos rasgos que durante tanto tiempo habían comprado nuestra simpatía. Estaba solo en la morgue y miré hacia todas partes, pensando que aquello era una broma. No podía ser Omarcito, no podía ser él. Su cuerpo estaba pálido y nada quedaba de la luz que parecía desprenderse en su andar.
Miré la mesa contigua y observé la caja, donde sabía, iba a encontrar sus prendas. No dudé ni un instante. Tenía que confirmar que era él. Con nerviosismo hurgué en busca de sus pantalones y mis manos, al encontrarlos, se movieron automáticamente hacia sus bolsillos. Cerré los ojos al sentir entre mis dedos las hojas secas, que parecieron desgranarse con el contacto. En los bolsillos traseros había monedas y billetes. Un gélido invierno recorrió mi cuerpo, estremeciéndome el corazón. De repente escuché cinco golpecitos seguidos de dos más, con una pausa intermedia.
Me quedé de una sola pieza, asustado. Supe que si giraba, vería a Omarcito sentado en la mesa de la morgue. Lo hice, giré a pesar del miedo. Sin embargo, no había allí más que un cuerpo de un joven cuya identidad nadie conocía, ya sin vida. Seguía acostado, semicubierto con una tela blanca.
Suspiré en el silencio de aquel lugar, siempre lúgubre y final. Más allá del pánico, me había aferrado a una esperanza. Hubiera besado aquel milagro. Pero no hubo nada. Dejé los pantalones donde estaban. Y preparé el cuerpo.
Antes de irme, volví a la caja, tomé una hoja seca a cambio de un billete de los grandes. Existen ritos que no deberían acabar nunca. Los Omarcitos de la vida, deberían ser inmortales. Al menos, para recordarnos que nosotros lo somos.

9 de julio de 2014

Círculo de hielo, círculo de fuego

Primero fue un reflejo en el horizonte, una especie de luz mágica que se acrecentaba, proveniente quizá de los cielos. Para ellos, que danzaban en la costa, era la señal de algo divino, porque otra explicación no encontraban. De todas formas, entre la arena debajo de sus pies y aquel indicio de algo diferente, había un abismo de aguas para nada calmas, que se agolpaban en olas, sacudiendo la paz.
Un sonido potente y rítmico se desprendía desde las colinas, donde los jóvenes que aún no podían bajar a la playa, golpeaban enormes tambores como les habían enseñado desde que tenían memoria. El fuego, con una hoguera aquí, otra allá, se alzaba majestuoso hacia las estrellas, en un baile ritual cambiante, con vida propia.
La noche era perfecta. El círculo blanco de hielo brillaba imponente en lo alto. La brisa atraía olores propios de la selva, que ajena a todo le daba la espalda al delirio general.
Aquello siguió creciendo. Fue una mancha, una silueta y luego, una estructura extraña, enorme, repleta de misterio. Se fue acercando sin miedo sobre la bravia figura del mar, tan irritado que parecía devorarse la costa con feroces zarpazos de agua salada.
De un momento a otro, se convirtió en un imponente monstruo de fisonomía perfecta. La danza, que pretendía atraer a un dios, se transformó en una inquietante tensión. Los bombos dejaron de sonar. Los más sabios abandonaron las plegarias: aquel gigante estaba casi sobre la costa.
Pero no solo estaba allí, detenía su andar. Sino que abría sus fauces delanteras y de su interior, merced a una parte que se apoyó sobre la arena, surgió un rugido de otro mundo, un grito ronco, una especie de tos demoníaca. Y tras el ruido, que erizó la piel de quienes formaban parte del ritual bajo el mando oscuro de la noche, aparecieron veloces unos artefactos que rodaron sobre la playa, en dirección a ellos. Esas cosas, que jamás habían visto, iban montadas por seres de piel negra y cabeza protegida por una esfera sobre la que la luna reflejaba su luz.
El rugido provenía de esas extrañas maquinarias, que de pronto los rodearon haciendo círculos alrededor de ellos. Los que estaban en las colinas, dudaron entre correr hacia el boscoso paisaje a sus espaldas o descender hasta la playa, para ayudar a los suyos.
Entonces, comenzó todo. Si eran dioses, no venían a traer nada bueno. Se arrojaron al ataque, impiadosos, con unas especies de estacas que disparaban un objeto sólido que a una velocidad imposible de distinguir, surcaban el aire en busca de algo en que impactar.
Dispararon cientos de esas armas, que además de encender un fuego fugaz en su extremo, emitían repetidos sonidos que laceraban los oídos. Lo hicieron durante un breve lapso, el suficiente para acallar las estacas y permitir que el silencio se adueñara del lugar.
Con seguridad esperaban haber arrasado con todo. Pero ellos seguían allí. Ninguno había caído. Eso que salía de ese armamento desconocido no les había hecho daño. Se miraron entre si, apretaron los dientes y sacaron a relucir los colmillos. La danza ahora sería otra.
Esos foráneos no sabían que habían despertado. Hasta los jóvenes que estaban en las colinas, al sentir el llamado de la sangre, corrieron cuesta abajo. Primero fueron los hombres de piel negra, que en realidad, al clavar los colmillos buscando la carne, descubrieron que tan solo era una cobertura. Debajo, había piel blanda y mucho líquido. Luego fueron por el monstruo gigante y devoraron todo a su paso en su interior.
El amanecer los encontró con la panza llena, tirados en la arena, observando el majestuoso círculo de fuego subir al cielo. El monstruo estaba muerto. Era solo un objeto más en el paisaje.
Un tambor empezó a sonar a lo lejos. De a uno comenzaron a ponerse de pie. La playa era un cementerio de huesos y extrañas máquinas. Llevaría un tiempo arrojar todo al mar, como agradecimiento a los dioses. De vez en cuando regalaban festines como el de la noche anterior. Otros tambores se fueron sumando. Pronto el sonido rítmico se apoderó de sus cuerpos y comenzaron a danzar.
La vida bajo los dos círculos era un continuo momento sin fin.

6 de julio de 2014

La bufanda

La vio por primera vez en la feria de Oroño al fondo, lindante al río, en un puesto que ofrecía ropa usada a muy buen precio. Su intención era revolver hasta dar con una camisa decente, aunque las prendas con las que se cruzaba no eran precisamente de dicha índole. Sin embargo, luego de hurgar un par de minutos en aquel cubo de madera repleto, sus manos rescataron de la ensalada de telas una  bufanda que lo deslumbró desde ese primer momento.
No supo precisar entonces si lo que había subyugado su atención había sido el estampado de dibujos tribales, el color suave y cálido que predominaba  o esos flecos enormes en los extremos, que parecían tener vida propia. Lo que supo con certeza, era que esa bufanda debía irse con él, aunque de todos modos, estuvo como petrificado largos minutos contemplándola, extendida cuál largos sus brazos. El convencimiento, para entonces, era total. Era la bufanda para él.
Preguntó el precio a la joven que atendía el puesto, pero para su sorpresa, no se la quisieron cobrar. Insistió y a pesar de la risueña empleada, empecinada en sonreír, dejó unos billetes sobre el tablón de madera que servía de mostrador.
Se fue contento y ese sentir representaba todo un logro, porque estaba pasando por un difícil momento personal. Si bien su vida había sido siempre proclive a ir cuesta abajo, le parecía ahora un verdadero tobogán.
Las siguientes horas serían un ejemplo, con una fatalidad tras otra. Y empezó con una discusión con su novia, con quien no venía llevándose bien. Algo trivial, como un regalo, se convirtió en una feroz pelea. A pesar de sentirse feliz con su bufanda, decidió regalársela a ella. Lo consideró un gran gesto. Se trataba nada menos que de su flamante adquisición.
Sin embargo, ella rechazó el obsequio. ¿Cómo podía ser? No lo comprendía. Caminaron hasta la casa de ella trenzados en un diálogo subido de tono. La gente que pasaba por al lado, los miraba asustados. A veces las palabras son como revólveres desencajados.
Una vez en la casa, ella le pidió estar sola.
- ¿Todo por un regalo? - preguntó asombrado.
Ella no respondió. Su mueca era de desagrado. Sin mirarlo, encendió un hornalla para calentar café.
Ofendido, él arrojó la bufanda hacia ella.
- Te la dejo - anunció alzando la voz.
- Salí de acá - fue la respuesta de su novia, alejándose hacia su habitación.
La bronca lo encegueció. Pateó una silla y se fue de la casa, golpeando con violencia la puerta. No quiso explicaciones, ni nada. Se fue mascullando futuros insultos, con las manos enterradas en los bolsillos.
Recién al llegar a su departamento reparó en que no había tomado la bufanda despreciada. Y a pesar del enojo, de no haber pasado ni media hora de la pelea, la llamó por teléfono. Pero no tuvo suerte. Ella no le contestó. La maldijo en voz alta. No iba a salir de nuevo, mucho menos volver para buscar la bufanda. Iría al día siguiente, y con suerte, las aguas estarían más calmas.
Salió temprano, sabiendo que ella se levantaba antes de las ocho para ir a trabajar. Era probable que la encontrara en la parada del colectivo, o justo saliendo de su casa. Pero al llegar a la esquina divisó a los patrulleros. A medida que se fue acercando, confirmó que los policías entraban y salían de la casa de su novia. Una cinta blanca con letras en rojo prohibía el paso. Con voz temblorosa le preguntó a un uniformado que estaba sucediendo.
Primero hubo silencio. Luego, al anunciar que era el novio de la joven que vivía allí, surgieron las palabras. La noticia fue un latigazo en la frente. De inmediato lo llevaron hasta donde estaba un investigador para hacerle preguntas. Allí además de indagarlo, le dieron más datos: a su novia la habían ahorcado. La habían sofocado hasta la muerte.
Pensó en su bufanda y por alguna extraña razón, la reconoció como arma del crimen. Un gélido impulso recorrió su cuerpo. .Se sintió mareado y debió contestar más preguntas antes de quedar liberado. Jamás habló de la prenda, ni quiso tampoco preguntar por ella. Pero al avanzar por la vereda, entre los arbustos de la casa vecina, pudo verla abandonada, enredada entre las ramas. Miró hacia un lado y otro, temiendo que alguien lo estuviera observando. ¿Cómo había llegado hasta ahí?
De inmediato se hizo con ella, aferrándola con fuerza. No podía permitir que la policía la encontrara. A pesar de su consternación, su primera reacción fue poner a salvo la bufanda. 
Camino a su hogar, pensó en el día anterior. Habían discutido y se había ido sin saludarla. ¿Qué había pasado? La policía no sospechaba de un robo. ¿Acaso tenía un amante? ¿Se había suicidado? Al sentir la bufanda entre sus manos, dejó de pensar en ello. Aquello era un mal trago, pero no podía derrumbarse. La vida tenía que continuar.
La muerte lo desestabilizó, es cierto, pero fueron pocos días. Hasta donde pudo, colaboró con la investigación, pero su mayor preocupación, aquello que le impedía durante las noches cerrar los ojos y entregarse al sueño, era otra. No podía entender exactamente qué, pero estaba seguro que no era la muerte de su novia.
Por las noches solía despertar sobresaltado, sin recordar lo soñado. Una madrugada en particular, abrió los ojos de golpe, sintiéndose sofocado. A pesar de la penumbra, la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventaba, le permitió reconocer los tribales motivos de su bufanda muy cerca de su rostro.
La sintió en torno a su cuelo, oprimiendo con fuerza, asfixiándolo. De un tirón logró aflojarla y jadeando se la quitó. No podía recordar el momento en que se la había puesto, al acostarse.
El duelo por su novia duró un par de meses. Fue, a su entender, crudo invierno. La bufanda se transformó en una prenda de uso diario, imprescindible. Y si bien la había incorporado como parte de su fisonomía, notaba que nadie, ni en su trabajo, en su familia o en la calle, reparaba en ella, ya sea para criticarle el uso que le daba o bien, para elogiar sus bonitos dibujos o sus flecos enormes.
No dormir de noche se había hecho casi una constante. La mayoría de esas horas perdidas, las empleaba en estudiar su bufanda, contemplando las imágenes que cubrían gran parte de la superficie tersa y suave.
La primavera llegó sin prisa, pero con una nueva relación. Y de la misma manera que comenzó a sentirse mejor, notó que la bufanda, prenda que a pesar no ser época para usarla aún permanecía fiel a su cuerpo, se comportaba de manera extraña, si es que acaso una bufanda podía tener comportamientos.
Los días que decidía no usarla, de todas maneras terminaba alrededor de su cuello. Y cuando aflojaba un poco la vuelta que daba en torno a su cabeza, se volvía a tensar, como si quisiera extrangularlo. de todas formas, no pasaban de ser detalles. Su atención estaba en su nueva novia.
La relación era muy diferente a la anterior. Ella no era demasiado demandante, lo que le brindaba la libertad necesaria para sus ocupaciones. En ese matiz, creía, radicada el éxito de la pareja. Al menos, de momento.
Pero con el paso de las semanas, su novia comenzó con insinuaciones que rompieron con la tranquilidad a la que se había acostumbrado. Según ella, debían dar un paso más. Y ese paso implicaba compartir más tiempo juntos, quizá, había dicho, lo mejor sería mudarse con él.
Pero él no se sentía preparado ni su bufanda se lo iba a permitir. Lo supo de inmediato, cuando ella por teléfono le sugirió lo de la mudanza. De repente la bufanda se enredó con fuerza sobre los tendones del cuello. Tanta, que casi deja caer el celular. Tosió un par de veces y recién allí la presión cedió.
Más tarde, cuando se encontraron en un bar a compartir un café, él notó que mientras ella hablaba la bufanda se movía en su dirección. Parecía tener vida propia, alzando su vuelo hacia ella, como si una brisa invisible la empujara. Los flecos se movían con celeridad, impacientes, deseosos de llegar hasta su novia. Hasta los dibujos tribales daban la sensación de estar vivos, de moverse sobre la superficie, que lejos de la suavidad que la caracterizaba, parecía erizada como un animal salvaje.
Ella rió, lanzando una carcajada. La actitud lo sobresaltó.
- ¿Por qué te ríes? - le preguntó.
La joven se llevó un mano a la boca.
- Eres muy gracioso, amor. Eso que haces con los brazos, estirándolos hasta mí, moviendo tus dedos tan cómicamente... pareces una momia ¡Cómo quieres que no me ría!
Entonces, al volver a observar, él ya no vio la bufanda, sino sus brazos tatuados lanzados hacia delante, sus manos apuntando hacia su novia, sus dedos articulados en posiciones extrañas, el vello erizado, y el deseo de acabar con todo en cada milímetro de su piel.
Quiso gritar y no pudo. Ya no había bufanda. Solo quedaba él.
Y él, ya no gobernaba.


3 de julio de 2014

A la vuelta de la esquina

Cuando doblé la esquina y lo vi venir hacia mí, cruzando la calle, me quedé helado, de una sola pieza. Incluso su rostro sonriente contrastaba con aquel paisaje gris, en pleno invierno. Las pocas hojas estoicas aún aferradas a las ramas, se movían lentamente, como si fueran parte de una coreografía secreta.
Él apuró su paso, recorriendo los últimos metros al trote. Podía observar cada arruga, el pestañeo sobre sus ojos, los músculos de su rostro movilizarse para sonreír. Incluso el poco cabello, alborotado por la brisa.
Llegó a mi lado y como si la última vez en vernos hubiera sido ayer, me atrajo a su cuerpo con un abrazo, palmeando mi espalda con golpecitos suaves y cálidos, como solo él sabía hacer.
Me agarró de los hombros, tomó cierta distancia como si estuviera estudiándome y lanzó una carcajada contagiosa, alegre, totalmente viva.
- ¡Estás igual, Carlitos! ¡Igual!
¿Y qué podía contestarle? ¿Cómo, en realidad, podía contestarle? Sonreí, presa del pánico. Quería sentir alegría, pero el miedo atenazaba cada parte del cuerpo, de manera irracional, como la tarde misma. Debió haber intuido esa incomodidad, porque de inmediato aflojó sus manos de mis hombros. Pero no dejaba de sonreír, de mirarme con esos ojos de "¿Qué contás, Carlitos?".
Y mi boca, muda, desaparecida, brillaba sobre mi rostro, sumiéndose en una línea de quietud forzada, de un temblequeo que no se dejaba ver. Y hasta los ojos se me llenaron de lágrimas, aunque no supe discernir entonces si eran de felicidad o del mismo terror.
Allí estaba él, como si nada, a la vuelta de la esquina. Y los dos, parados al borde del cordón de la vereda, nos miramos, nos estudiamos, él sonriendo, yo muriendo, sin saber cómo seguir. Como siempre sucede cuando lo inesperado parte en dos la realidad.
Entonces, él se encargó de librar el momento, de entonar su voz de fumador, tantas veces quebradas en el pasado por una tos constante, condenatoria. Pero esta vez no, fue áspera, pero continua, libre de pecado y pecador.
- Me voy a visitar a Raulito, querido. Si Dios quiere, después nos vemos.
Me guiñó el ojo, compinche, como cuando caía al suelo trabando una pelota y sus piernas gigantes aparecían a mi lado y su mano estirada, era el consuelo y la ayuda; como cuando al salir para la escuela, me metía en el bolsillo trasero del pantalón un billete extra, sin que mamá lo viera; como cuando, en aquella habitación blanca me hizo prometer no olvidarlo jamás.
Intenté alargar mi brazo y detenerlo. Pero ya había llegado a la esquina. Quise atinar a gritarle, casi sin sentido, que Raulito había fallecido el año pasado, pero supe que era en vano. ¿Cómo advertirle a un muerto de otro muerto?
Y allí, de pie ante el invierno, en la soledad de aquella calle, contemplé el presente sin entender lo que había pasado.

30 de junio de 2014

Il cavallino rampante

No sé si hago bien en contar todo. Quizá deba guardar silencio, como hasta ahora. Dejar que los hechos continúen, que la vida transcurra para cada uno de los que protagonizamos aquel conocido incidente. Pero interiormente, la única salida, la mía, es hablar. A pesar de las consecuencias, la verdad debe salir a luz.
Me carcome el remordimiento. El haberle fallado a Luis. Porque si estuve metido en esa, fue por Luis. Claro que a los demás eso le importa poco. Para ellos era uno más. En el atraco, cada uno tenía su función. La mía era la de cubrir la retaguardia.
Parado en la vereda, con una tabla de madera y un par de caballetes, simulaba ser un vendedor ambulante. Había conseguido encendedores y llaveros con marcas de automóviles. Para que no se detuviera mucha gente a comprar (y así no distraerme) había colocado precios algo elevados en carteles blancos.
Salvo una señora, de esas que nunca faltan, que preguntan por cada cosa sabiendo que no van a llevarse nada, no hubo sorpresas. Al menos, durante la hora y media previa al robo, tiempo que estuve apostado tranquilamente hasta que los vi llegar.
Como estaba previsto, estacionaron el utilitario a media cuadra, sobre la mano del banco. Bajaron con sus atuendos azules, simulando ser de la empresa de mantenimiento del lugar. Cargaban pesadas cajas de herramientas, donde, yo lo sabía, no llevaban precisamente herramientas.
Evitaron mirarme porque así estaba previsto. No debíamos despertar sospechas. No estaba para mirarlos ni para vender chucherías. Estaba para vigilar que no llegaran efectivos policiales antes de tiempo. Y si era necesario, para armar una distracción en la vereda, para que nadie atinara entrar en el banco en el momento del robo.
Cuando el último en entrar cerró la puerta, sincronicé mi reloj. Serían los tres minutos más largos de mi vida. Pero no tuve tiempo de pensar en nada, porque entonces apareció ella. Rubia despampanante, con un escote bien cavado que dejaba a la vista más de lo que mi corazón podía resistir. Me quedé mirando hacia donde la tela convergía de un lado y del otro de esa osada remera rosa. Levanté la mirada de a poco, pasando de sus bucles a su rostro angelical, de labios finos e inocentes, sus mejillas ruborizadas y los ojos verdes, casi imposibles, destellando como dos faroles que iluminaban los míos a plena luz del día. Me detuve allí, en su sonrisa, en esos dientes blancos casi perfectos.
Y con voz armoniosa, suave, sensual y sugerente, me preguntó por un llavero con el logo de Ferrari. ¿Cómo podía mentirle con un precio a un ángel? No pude. Me doblegué ante su belleza y rebajé diez pesos el precio que figuraba en el cartel, que quité de inmediato como si su presencia molestara.
Sonrió y se le hicieron pocitos en las mejillas. A mi se me nubló la vista. ¿Podía una mujer ser tan bella? El corazón galopaba, era como il cavallino rampante de Ferrari. Me dijo que lo llevaba, sacó de su escote una billetera muy pequeña y revisó su interior. Hizo una mueca maravillosa, frunciendo los labios. Y con esa misma voz que había escuchado segundos antes, me confesó que no le alcanzaba.
Si hubiese sido un vendedor de verdad, quizá no habría cedido. Pero aquello era una fachada. Entonces, volví a rendirme ante la Venus que me visitaba, casi como en un sueño. Y casi temblando, de manera atolondrada, le dije: "Es tuyo, llevalo".
Y si algo puedo decir a mi favor, es que a pesar de haberme concentrado por completo en esa diosa cósmica, jamás vi un policía acercándose al banco. En contra, tengo todo lo demás. La camioneta que estacionó delante de la puerta, los cinco tipos encapuchados que entraron corriendo y portando armas de todos los calibres, el momento en que salieron, se subieron a la misma camioneta y partieron.
Eso, todo eso que tengo en contra, no lo vi. Porque eso, que habrán sido unos sesenta segundos, fue lo que duró el encuentro con la mujer de mis sueños. Ella, en ese encantamiento irreal, guiñándome el ojo me tomó la mano, sacó una lapicera de su escote y escribió un número telefónico, para luego girar e irse, bamboleando de un lado a otro esas caderas anchas y perfectas, repleta de curvas y riesgos. Recién entonces, al verla doblar la esquina, volví la vista hacia el banco, sin tener noción del tiempo. Allí los vi, los muchachos con su atuendo azul, mirando hacia un lado y otro, como si hubiesen perdido algo. Observé sus miradas furiosas hacia donde estaba, casi atravesándome como si fueran dagas cristalinas.
Y casi de inmediato, las sirenas, los patrulleros y a empezar a correr. No sé tampoco por qué salí también corriendo. Podría haberme quedado fingiendo que era un vendedor, como hasta entonces. Quizá al correr pensé en poder alcanzarla, decirle que jamás antes me había enamorado a primera vista, o bien, correr para buscar el teléfono más próximo y llamarla.
Pero no, salí corriendo y a las pocas cuadras nos habían atrapados a todos. Ellos trataron de explicar que técnicamente si, eran los que habían robado el banco, pero que cuando estaban por salir, los robaron a ellos, pero no hubo caso. Para la justicia eran culpables de igual manera. Éramos, mejor dicho, porque también fui preso.
No confieso para justificar mi error, sino por arrepentimiento. Estaba seguro que era el amor de mi vida el que se había cruzado en el camino. Pero no. Hace un par de días, después de mucho pensarlo, marqué ese número, aún grabado en la memoria a pesar de los meses. Pensé que nadie contestaría, pero aquella voz que recordaba dijo "hola" del otro lado. Traté de ordenar las ideas, juntar las palabras y lo hice. Imaginé que no recordaría, pero tras un silencio, llegó la carcajada. Larga y angustiosa carcajada. Y luego el "click" y la línea muerta.
Entonces comprendí. Tristemente el engaño envenenó mi corazón. Pude haberme callado y mentir, pero confieso. Me equivoqué. El amor de mi vida aún no ha llegado.

27 de junio de 2014

El pasado a resguardo

De Estelita guardo un gran recuerdo. Su encanto, la sonrisa siempre radiante, esa voz suave que te derretía por completo, sobre todo cuando el contar un secreto acercaba su cuerpo al mío.
¿Cuánto de noviazgo? Siete largos años. Tan extensos como hermosos. Desde la secundaria, más precisamente desde aquel día en la feria de ciencia, cuando ella destruyó sin querer mis probetas de vidrio. En lugar de bronca, al ver sus ojos, se desplegó ante mí una sensación de vulnerabilidad que jamás antes había sentido.
No tuve que perseguirla, ella también se enamoró. Fue instantáneo. ¡Qué linda parejita! Nos decían donde fuéramos. Y así salimos de esa etapa y entramos cegados a la universidad, ella con su afán por el Derecho, yo con mi obsesión por la Química. Cada uno por su lado, pero juntos en todo momento.
La pasaba a buscar para ir a comer, al cine, a tomar mates a orillas del Paraná. A veces, salíamos en bicicleta y nos perdíamos por caminos distantes, y al mismo tiempo, ajenos a nuestro amor. Paseamos nuestras sonrisas tomados de la mano, visitando familiares, compartiendo cenas y almuerzos construyendo el futuro inevitable como familia.
Ella se recibió primero, al poco tiempo lo hice yo. Volvimos a nuestra ciudad, nos empleamos y al tiempo decidimos mudarnos juntos. Fueron meses felices, de compañerismo y convivencia. Pero un día le pregunté, ansioso y expectante, si se casaría conmigo. Sonrió y me besó la boca. Al otro día, abandonó la casa.
La fui a buscar, confundido. Ella explicó sus miedos y sucedió lo inevitable. Peleamos, discutimos, prometimos entre gritos, no volvernos a ver. Pero aquello era violento, imposible, me ardía en el alma. Y entonces la perseguí en el silencio de la noche, escrutando sus pasos, sus amistades... su nueva relación.
En fin. Me alejé a tiempo, sin levantar sospechas. Ella desapareció un otoño. Llevaba bufanda azul y chaleco marrón. La bufanda había sido regalo de aniversario. Creo que el quinto. Nunca la encontraron. Y no lo harán. Pero me queda el mejor recuerdo, porque en el ático escondo su larga cabellera, aún empapada por la humedad de mayo, que de manera diabólica no se digna en secar. De vez en cuando la saco del herrumbroso baúl, la huelo y me hundo en esos años felices, que por supuesto, no volverán.

24 de junio de 2014

Escracho

Eduardo se miró al espejo y lo que vio no le gustó nada. Era el mismo de otros días pero al mismo tiempo no. El cabello alborotado, los ojos inyectados por el cansancio, las arrugas cada vez más incipientes, las ojeras delatoras, la barba de más de una semana, cada detalle era parte de un todo cuyo resultado final tenía por palabra "escracho".
Pensó en su madre, en lo que diría de verlo en ese estado. La imaginó regañando, con el delantal rojo puesto, el rodete sobre la nuca y esa expresión agria, casi amarga, que se le había hecho cotidiana, muy a su pesar. Seguramente lo culparía de todo, de cada acto, de cada error. No le importarían las excusas o amparos. Es tu culpa, es tu culpa, le diría hasta el cansancio o bien, hasta que él diera el portazo y se fuera para siempre, como había sucedido diez años atrás.
¿Y Estela? Otra que recriminaría, sin lugar a dudas. Fue su primera mujer y para su bien, tendría que haber sido la última. Pero quizá por extrañar estar con alguien, se sumió más adelante al amor una y otra vez. No sirvieron los escarmientos con Estela, siempre celando, reprochando, señalando horarios, salidas, lugares, amistades. Si ahora lo viera, lo menos que haría, sería soltar una carcajada. Pero...
Nada. Todos tendrían razón. Su padre, carpintero desde que tenía memoria. Dueño de horas bajo el sol, con el serrucho de un lado a otro, dándole duro a la madera, buscando las formas ocultas detrás de las vetas, de las imperfecciones de la naturaleza. Porque si algo no existe en la naturaleza, es justamente la perfección. ¿Qué ejemplo más cabal que uno mismo? Y Santiago, el padre que soñó con ver a su hijo haciendo lo mismo que él en el futuro, y que lo torturó con esa idea durante años, es otro clavo que podría reforzar su teoría. Obtuso, estructurado, egoísta. Él también reiría de estar a su lado, justo delante de ese espejo.
¿Quién no lo haría? Con ese aspecto de vagabundo, en medio de una habitación con todos los lujos. Cualquiera diría que se metió por la ventana a robar, que su presencia allí es tan inadmisible como la de un inodoro en medio del living. Sacar la vista de su rostro demacrado, para ver por el reflejo del vidrio el confort de su hogar, era otra puñalada, una risa silenciosa, ahora lanzada por el destino mismo. Tener todo y no tener nada, todo al mismo tiempo. ¿Era posible?
Claro que lo era. Él, Eduardo Aníbal Pereyra, el dueño de lo que quisiera, con solo abrir la billetera o tan simplemente, decir su nombre. El de la sonrisa fácil, los dientes perfectos, los autos último modelo, el glamour, las cenas en lugares exclusivos, los viajes por todo el mundo...
Sin embargo, le faltaba eso. Aquello que se había ido con Estela. Ninguna mujer lo había podido suplir. Ninguna estaba a su altura. A la de ella. La de Estela.
El espejo lo insultaba, pero no era culpa del espejo. Como tampoco, ese dolor latente como una estaca encarnada en el centro del corazón, no era culpa de la joven que yacía en la cama, justo a sus espaldas, ni tampoco, de la anterior, la pelirroja que había arrojado del balcón una semana antes. La culpa era de Estela. Y sus carcajadas resumían las de todos los que en algún momento lo agobiaron. Cerró los ojos y la imagen desapareció. Los volvió a abrir y allí estaba otra vez, junto a las risas, los reproches, los sermones.
Pero destruir la imagen sería en vano. Porque no estaba allí, sino en su propio cuerpo. El escracho era él, no su reflejo. Suspiró. Al ver a la chica, recordó que sería prudente limpiar la habitación. Levantó el teléfono y llamó a su seguridad. Era hora de seguir adelante.
Dejó el cuarto al mismo tiempo que cuatro matones entraban con guantes de látex, bolsas negras y sierras enormes.
No era fácil ser quién era. Vaya que no.

21 de junio de 2014

Bandera en la oscuridad

Le pidió que lo escuche y eso hizo, a pesar que en aquel aquelarre de violencia era una sombra más, un pedido de auxilio sofocado por el mismo exterminio que ocurría alrededor.
Apenas si podía sostenerse por sus propios medios, hundiéndose en el fango de la trinchera, las manos heladas confundidas con la noche y la espesura. No podía distinguir sus dedos de la tierra empantanada; su dolor, del dolor del que tenía al lado.
Y entre tanta agonía, sintió esa mano firme y al mismo tiempo temblorosa, que lo tomaba del cuello de la camisa empapada de esa mezcla extraña de sudor, humedad y sangre que tan familiar se le había hecho. Esa mano que lo arrastró hacia un rostro que alguna vez supo ser humano, bañado en barro y sufrimiento, tatuado con la muerte en cada línea, en cada gesto.
Y apenas audible, aunque supo en ese esfuerzo que aquel hombre en su interior bramaba las palabras, le pidió que lo escuchara. Y eso hizo. Sin importar los demás sonidos, esa hecatombe de explosiones, disparos y gritos. A medida que los labios del moribundo se movían y el susurro iba formando las oraciones, sus ojos se abrían de par en par y entendía, muy a su pesar.
La camisa se aflojó y la voz cesó. El hombre fue solo carne y hedor. La tormenta de la batalla volvió a arreciar a su alrededor. Las palabras formaban aún una corona de muerte en su interior. Cerró los ojos y escondió la mirada, aunque en vez del negro del sopor, se encontró con el gris del destino.
Entonces reaccionó, se puso en movimiento, casi a la rastra, tropezando con sus propias piernas, pasando por encima del cuerpo del hombre que le había pedido que escuchara. Más allá estaba la bandera. Podía verla. De la que el último suspiro del soldado sin nombre le había hablado. Sus colores inmaculados, contrastando con la muerte.
No podía dudar, el sentido de todo estaba en esa tela, aunque pareciera una locura. Y corrió hacia ella, con un grito de rabia explotando en la garganta. Se arrojó sobre ella, la sujetó con fuerza y poniéndose de pie, erguido ante el futuro, la flameó todo lo que pudo. No hubo bala que lo detuviera, ni explosión que lo espantara. La bandera brilló en la noche, con luz propia, con la seguridad de quiénes se abrazan a lo que aman, con la firmeza de quién conoce el camino y con la convicción de quién está seguro de querer atravesarlo.
Y todo, tuvo sentido.

18 de junio de 2014

¡Diez años del blog!

¡Llegó al fin! El blog Netomancia cumple 10 años de vida. Algo que nació casi por casualidad se convirtió en la excusa ideal para hacer esto tan hermoso que es escribir. Lector desde que tengo memoria, la escritura me acercó aún más al mundo literario y tímidamente primero, con más entusiasmo y ganas después, las letras comenzaron a fluir en este lugar.
Más de setecientos escritos, la mayoría de ellos, cuentos; arriba de las ciento diez mil visitas desde hace ocho años (antes no estaba la opción activada!) y un número increíble de comentarios, lectores y alegrías, le dan a esta década de existencia un brillo especial.
Conocí a través de este espacio tan lindo a muchísimos amigos, talentosos artistas y grandes historias. Una forma de retribuir la felicidad que hoy siento por el constante respaldo, la renovación y permanencia de lectores, es abrir las puertas para que sean los que están del otro lado de la pantalla, los que formen parte del blog. Son sus "regalos", sus obras artísticas, con las que hago este "número especial aniversario". 
Fue enorme recibir a lo largo de estas semanas, sus escritos e ilustraciones. Y todavía faltan obras por llegar, porque hay amigos que por diversos motivos prometieron sumarse en las próximas horas. 
Los voy a invitar a disfrutar de esta edición única de Netomancia, donde la imaginación la ponen amigos de la casa. En forma online ahora y con la promesa, en breve, de recopilar esta celebración en un archivo descargable en pdf y epub para dispositivos electrónicos, con el fin de hacer más práctica la lectura y de poder guardarlo como "souvenir" del cumpleaños.
Este fantasma hecho con los artistas que colaboraron con sus trabajos, los llevará a la fiesta. No se asusten si está oscuro. Es la temática. Tampoco me hago responsable de lo que suceda. Puede correr sangre. Y no la mía, precisamente.

¡Muchas gracias por estar!

17 de junio de 2014

La verdadera esencia de las cosas

Todas las cosas esconden más de lo que muestran o aparentan ser. Un vaso es más que un vaso. Roto, puede ser un arma mortal. Una tijera puede servir más que para cortar figuras de una revista y pegar en el cuaderno de tareas del nene. Bien dirigida, deja ciega a una persona.
No es algo que nos deba poner a reflexionar, ni mucho menos. Pero sabemos de esas diferencias incluso antes de ser consciente de ello.
Por ejemplo, al comenzar a gatear vemos dos orificios en la pared y a pesar de carecer de las facultades necesarias para definir a los mismos como parte integrante de una compleja instalación eléctrica que deriva en esa fase terminal en la que se puede conectar un aparato que utiliza corriente para funcionar, somos capaces de entender que metiendo los dedos dentro provocaremos un caos de consideración.
¿Cómo es que somos capaces de acercarnos tanto a la maldad sin comprenderla del todo? El sonajero pronto servirá para atacar en el rostro a ese hombre y mujer que con sonidos extraños tratan de hacernos comer esa papilla sosa o más adelante, la pelota será un objeto contundente a patear con intención clara y precisa de golpear la zona de entre piernas del adulto que tengamos adelante, con el fin de verlo retorcerse del dolor, mientras los demás ríen de la "gracia" de uno, que es apenas un infante torpe e inocente.
En algún momento con el paso de los años, y quizá, producto de la "civilización" que ejercen los padres sobre uno, esa maldad se recuesta en un rincón, latente para aparecer cuando sea llamada por algún factor en particular.
En algunos casos, no desaparece en ningún momento y uno pasa a ser para la sociedad un hijo de puta (así se definen) desde pequeño. Pero en la mayoría de los casos, si. Hasta que un día, adolescentes o adultos, esa rara faceta, que en algún momento era habitual, vuelve a tomar el control.
Y como en nuestros primeros años, seguimos sin saber bien como funciona, pero ahora, la inocencia troca en algo más: placer. No es hacer maldad por nada, sino para disfrutar con los resultados. Vemos que las travesuras nos causan gracia, cierta tranquilidad, en tanto que a los demás, les parecen fuera de lugar. Y a pesar de cierta contrariedad al principio, podría decirse, una disputa interna entre lo que nos han inculcado y aquello que traíamos de manera innata, nos vamos relajando y dejando crecer al ser primigenio, al que gobernaba en un principio.
La maldad se va haciendo cada día más notable, enérgica, poderosa. Las cosas, los objetos, comienzan entonces a cobrar la vida que decía en las primeras líneas. El vaso es un elemento cortante, la tijera puede perforar rostros, la soga sofocar cuellos, el ladrillo aplastar cráneos. Claro que aún nos quedan por descubrir las armas propiamente dicha, pero ese es otro tema. Aquí lo que nos incumbe son las cosas comunes, las que usamos a diario, las que podemos manipular a nuestro gusto, con los más versátiles fines.
¿Entienden?
- Profesor... ¿y vamos a tener clases prácticas de todo esto?
- ¡Por supuesto, Ávila! La teoría sola no lleva a ninguna parte. La verdadera esencia de las cosas, está dada por su parte oscura.
- Menos mal profe, había dudado mucho entre anotarme en Delincuencia o Derecho, pero su respuesta me deja tranquilo.
- Y si, no siempre es fácil esa elección, Ávila. Ahora, preste atención, que usaremos el borrador como proyectil para golpear al jardinero por la ventana.

14 de junio de 2014

El anillo


Un anillo bastante simple, de plata, sin inscripciones ni nada que lo hiciera sobresalir. Estaba en el asiento del colectivo, olvidado. Estuvo a punto de sentarse encima, pero un reflejo hizo que moviera la cabeza y lo divisara. Pudo haberlo pasado por alto, no darse cuenta, sentarse, hacer el viaje, levantarse y bajar, dejándolo atrás, pero no fue así. Porque el destino no es caprichoso, sino maligno.
Existe cierta característica en el ser humano, casi innata, que nos obliga a considerar todo hallazgo como un hecho positivo. Aun más cuando creemos que tiene un valor. En este caso, monetario. Si era de plata, podría valer algo. Y si así no lo fuera, venía de "arriba". Había sido perdido por alguien y ahora, recuperado.
Esteban aprovechó el viaje para estudiarlo. Pronto se acercaba el cumpleaños de su novia. ¿Sería un anillo de mujer o de hombre? Tenía poca experiencia en el tema. Debería consultar para estar seguro. Si resultaba ser para varón, su hermano cumplía años en un par de semanas. Aunque, también estaba la posibilidad de quedárselo. El anillo, por más sencillo que pareciese, era llamativo.
O al menos, había algo que lo hacía diferente. No podía precisar exactamente qué. Pero había algo. No le cabía la menor duda. Quizá la forma en la que el sol se reflejaba sobre su superficie pulida, o la perfección de la circunferencia, o bien, el hecho de no tener ningún grabado, que permitía sentirse dueño absoluto del objeto encontrado.
Es mío, pensaba sin quitarle la mirada. Era tal la atracción que sentía por el anillo, que no vio la calle en la que iba el ómnibus y se pasó de largo. Bajó a las apuradas, detrás de un grupo de chicas de algún colegio. Miró a su alrededor y tuvo una certeza: estaba perdido.
Se acercó a una señora que barría la vereda y le preguntó dónde estaba. La mujer le dijo el barrio, pero nunca lo había escuchado. Le pidió que le repitiera, creyendo haberle entendido mal, pero entre barrida y barrida, la señora repitió el mismo nombre que antes.
- ¿Y cómo vuelvo hacia el centro, usted sabe? Tengo que llegar a la universidad.
La mujer lo miró con cierta extrañeza en el rostro.
- ¿Qué universidad?
No había sido específico, tenía razón. Le aclaró que la de Derecho y en lugar de una explicación, recibió como respuesta una risotada. La mujer, olvidándose de él, comenzó a barrer hacia la dirección contraria, metiéndose pronto por un pasillo que daba a una puerta. Segundos después, ya no estaba más.
Esteban quedó sorprendido. ¿Qué clase de locura cargaba esa persona? pensó contrariado, en tanto jugueteaba sin darse cuenta con el anillo, que aún sostenía en su mano derecha. Se percató de ello y se lo colocó en el dedo anular.
Un hombre mayor, que paseaba a su perro, se detuvo a su lado.
- Pieza única, del 25.
Las palabras lo tomaron por sorpresa, demoró unos segundos en comprender que le hablaba a él.
- Perdón... no lo entiendo. ¿Del 25 qué?
- Del año 25, por supuesto. Mírele el perfil, es indiscutible.
Le hizo caso y observó con detenimiento el anillo que tenía en su dedo anular. No encontró nada fuera de lo común.
- ¿No lo ve? - insistió el hombre, mientras el perro orinaba contra la pared de la casa donde se había metido la mujer - Tiene las marcas.
- La verdad, no veo nada.
El hombre hizo un gesto de reproche y dándole un tirón de la correa, obligó al perro a seguir marchando.
- ¡Espere, señor... - aventuró vanamente Esteban, tratando de averiguar la manera de volver, pero el extraño personaje ya había doblado la esquina.
Fue entonces que notó un destello atípico en el anillo. ¿Y ahora qué? masculló por lo bajo.
- Frótelo, no deje pasar la oportunidad - le escuchó decir a alguien con voz de pito a su espalda.
Giró en redondo y se encontró con un canillita, de quizá diez u once años, con un montón de diarios bajo el brazo.
- ¿Qué lo frote? - preguntó Esteban.
- Y claro, hombre. ¿Para qué lo tiene, sino?
- En realidad, lo único que quiere, es saber que colectivo tomar para volver al centro.
- Comprendo, usted es el nuevo.
- ¿El qué?
- Veo que no leyó el diario. Tome un ejemplar, se lo obsequio. Con seguridad anda sin un mango encima.
El niño se marchó silbando una canción que le resultaba conocida, pero que le escapaba a la memoria. Desplegó el periódico en el aire, haciendo malabares. Era tipo tabloide y no era fácil de maniobrar sin tener una superficie donde apoyar. Pero al ver la tapa, casi se cae de culo. El diario, al menos, aterrizó en el suelo de baldosas.
Una foto suya a todo color, descendiendo del colectivo, ocupaba la página principal. El título rezaba: "Esteban de la Cruz, nuevo residente en Cárcel del Anillo".
Se puso de pie y levantó el diario. Miró a su alrededor, buscando a alguien para preguntarle qué significaba todo aquello, pero inquietantemente no había nadie en las calles. En cambio, pudo divisar claramente como algunos rostros se asomaban a través del vidrio de las ventanas, disimulando detrás de las cortinas.
Corrió hacia la vereda de enfrente, donde una mujer lo observaba descaradamente por una ventana pequeña, pero antes de llegar, ya había bajado las persianas. Escuchó el sonido de muchas otras persianas cayendo, casi de manera sincronizada. El cielo, hasta entonces radiante de sol, trocó en oscuridad y a lo lejos, calle arriba, se encendieron dos faroles rojos, casi destellantes.
En ese instante, sintió ardor en su dedo anular. Al bajar la mirada, dio un alarido. El anillo estaba en llamas, al rojo vivo. Se lo sacó como pudo, llorando del dolor. El objeto circular cayó al suelo, dio dos o tres vueltas sobre su eje y luego, como si supiera lo que hacía, comenzó a rodar en dirección a la calle, para luego, sin detener su marcha, avanzar hacia las luces rojas que titilaban con rabia varios metros más adelante.
Un hombre bajito, de aspecto sucio y desprolijo, salió de la nada con una llave en mano.
- ¿Ve aquella casa amarilla, en la vereda siguiente? Esa será su casa de ahora en más.
- ¿Qué? - exclamó Esteban, al que el dolor en la mano se le estaba extendiendo al cuerpo entero.
- El anillo lo atrapó amigo, como a cada uno de nosotros. Adáptese, o la pasará mal. Después de todo, no hay nada aquí que no haya del otro lado. Tendrá que trabajar, ganarse el pan, quizá formar una familia y envejecer. Más de lo mismo, pero con menos esperanzas. Vaya a dormir, tiene una pinta que ni le cuento.
El hombre desapareció. Esteban quedó solo, con el silencio como única compañía. Una brisa fresca lo obligó a moverse. Sin saber hacia dónde, dejó que sus piernas lo llevaran hasta la casa señalada. Sabía en el instante mismo que levantó la llave hacia la cerradura, que aquello era una pesadilla.
Los miedos inmediatos, eran dos.
El primero, no poder despertarse.
El segundo, que no lo fuera.