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11 de junio de 2014

Los niños del Brasil

Gonzalo llegaba con una caja de cartón. Le pesaba bastante, por eso caminaba despacio, apoyándola contra el abdomen.  Las baldosas de las veredas no ayudaban demasiado, provocando que tropezara varias veces, aunque nunca al punto de perder la estabilidad. La casa de Diego estaba cerca, a tan solo unos metros y eso era un triunfo, luego de haber hecho casi dos cuadras con esa carga.
Diego y Pablo no lo vieron hasta que dejó caer la caja al lado de ellos. Los chicos se sobresaltaron un instante, hasta que vieron que se trataba de su amigo. Estaban absortos revisando unos trastos viejos que habían sacado del garaje del padre de Juan Ignacio.
- ¿Y el Juani? – preguntó Gonzalo, al no ver al mayor de los cuatro amigos.
- Se fue hace un rato al kiosco a buscar unos jaimitos – contestó Pablo, casi mecánicamente, ajeno a todo, con la vista enfocada en los tesoros que sus manos revolvían.
- ¿Con el frío que hace?
- ¿Frío? – Diego levantó la cabeza y miró a su amigo – Vos porque estás sin campera, que vivo sos. Hace media hora que estamos acá, revisando.
- Pero me hice dos cuadras con esa caja y ni transpiré.
- Porque sos de madera – intervino riendo Juan Ignacio, que en ese momento llegaba con una bolsa en la mano y haciendo un globo con chicle de tuti frutti.
Cualquier cosa que dijera Juan Ignacio carecía de réplica. Un reto, un insulto, una broma. Lo que él decía, era palabra santa. Les llevaba dos años y eso era suficiente. Nueve años a cuestas era toda una vida y un sinfín de experiencias que ningún otro había vivido aún.
- ¿Cuándo terminen con eso, empezamos con las cosas que traje? – preguntó solemne Gonzalo, que no quería impacientar a los demás para vieran sus cachivaches y mucho menos, ganarse algún reproche.
- Si, no te preocupes, tenemos toda la tarde – respondió Juani.
- Hace un rato pasó Miranda, dijo que después vendría con la amiga de ella, la del flequillo – anunció Pablo, siempre hurgando con sus manos aquellos objetos de todo tipo.
Diego puso cara fea, la misma que Juani. A Gonzalo el hecho que Miranda estuviera con ellos, no le molestaba. Era una niña linda, incluso había soñado con ella, pero no se lo había dicho a nadie. Le daba vergüenza.
- Tenemos que apurarnos. Esto no es cosa de nenas. Van a molestar. Mi papá dice que es para lo único que sirven – advirtió Diego.
Juani hizo una aprobación con la cabeza, pero no afirmó ni contradijo nada. Pablo no se dio por enterado, la cabeza casi enterrada entre unas mochilas viejas del Hombre Araña y un par de autos de plásticos gigantes.
- ¿Vieron algo valioso, además del muñeco ese que hace luces? – Juani comenzó a repartir los jaimitos, incluso a Gonzalo, que tomó el suyo sin protestar por el frío.
- Pablo encontró un yo-yo luminoso de Batman y una caja de metal con figuritas viejas, de unos autos. Pero no deben valer nada, porque no son stickers. No entiendo cómo podrían pegarse en un álbum.
- Antes usaban plasticola, Diego. El stickers se descubrió hace poco.
- Pero yo vi stickers viejos en el almacén de doña Clota. Están amarillos de tanto tiempo que llevan pegados.
- Es otra clase de stickers, Gonzalo. Los de las figuritas son más modernos.
Diego y Gonzalo sacudieron la cabeza lentamente, de arriba hacia abajo, demostrando que entendían a la perfección la lección del día, a cargo del más grande de todos. Pablo, sumido en un silencio bastante extraño en el, hizo que los demás llevaran la vista hasta donde estaba.
-  ¡Miren!
 En sus manos levantaba una muñeca Barbie, vestida con pantalones jeans, camisa blanca y un peinado repleto de bucles.
- ¿Una Barbie? – preguntó desairado Diego.
- ¡Mi hermana tiene una y mis padres no quieren comprarle otra porque son muy caras! – defendió su descubrimiento Pablo.
 - Tiene razón, debe valer algo – terció Juan Ignacio, dando por zanjada la cuestión.
- ¿Y vos, que trajiste? – preguntó de repente Diego, dirigiéndose a la caja de Gonzalo, que había quedado olvidada a un costado.
- ¡Son muchas cosas! Mi mamá las sacó del armario de papá. Dijo que eran porquerías juntando telarañas.
- Las madres siempre dicen lo mismo de las cosas que no le pertenecen – comentó Juan Ignacio -  Hasta mis autitos que me regalaron para el último cumpleaños ya son porquerías que acumulan telarañas. Y todo porque no los guardo en algún lugar fuera de la vista.
Todos asintieron, incluso Pablo, que viendo la posibilidad de revisar en una caja nueva, dejó el montón en el que estaba curioseando hasta entonces.
- Manos a la obra, déjenme a mí, que ya soy un experto – dijo Pablo, empezando a sacar las cosas al piso.
- ¡Pero estas son cosas de otro siglo! – rió con ganas Diego.
- Las antigüedades valen más, eso me lo dijo una vez mi abuelo – informó muy serio Juani, por lo que a Diego no le quedó más remedio que quitarse la sonrisa de la boca.
- ¿Cuánto más plata nos den por estas cosas, más fácil va a ser, no? – preguntó Gonzalito, muy esperanzado en lo que había traído.
- Claro que sí. Es la idea – dijo Juani, sin quitar los ojos de las manos de Pablito, que iban moviéndose rápidamente, metiéndose en la caja y saliendo con diversos objetos en la mano.
A los pocos minutos, la caja estaba rodeada de juguetes viejos, una lámpara y hasta un álbum de figuritas.
- ¿Y cómo vamos a saber lo que vale cada cosa? ¿Y si nos cagan? – Pablo estaba preocupado en ese punto desde el día anterior.
- Ya te dije – Diego frunció el ceño – El viejo Sosa es amigo de mi papá, no nos va a cagar.
- Buscamos antes en Google, como hace todo el mundo – Juani miraba con entusiasmo el álbum de figuritas que había rescatado de la caja Pablo - ¡Miren chicos, el álbum del Mundial de Italia 90!
- ¡Uhh, eso fue hace un montón! – comentó Gonzalito – Ni sé si mi papá había nacido aún.
- Y si era de él, por supuesto – comentó Diego, peleando con Pablo por ponerse detrás de Juan Ignacio para ver mejor - ¿O te crees que tu papá es joven? Debe tener más de treinta años.
- ¿Nunca le preguntaste a tu papá si fue a ver un mundial, Gonza?
- No, nunca se me ocurrió. Pero supongo que sí. ¿No?
- Y si… si nosotros vamos a ir ahora vendiendo estas cosas viejas, imaginate ellos, que ya tienen un montón de años – reflexionó Pablo.
- Si fueron, mejor. Así no nos prohíben ir. Mirá si después de juntar la plata, no quieren dejarnos ir – dijo Diego al tiempo que comenzaba a enojarse con la idea.
- Si a mí no me dejan, me escapo – manifestó  muy decidido Gonzalito.
- En caso que a alguno no lo dejen, los demás vamos de noche y lo ayudamos a escapar por la ventana, porque este viaje lo tenemos que hacer entre todos – confió Juan Ignacio, dejando tranquilo al grupo.
- Yo quiero ver a Messi – sentenció Pablito.
- ¡Y yo! – gritó Diego, levantando al aire los dos brazos.
- ¡Yo también! – se unió Gonzalo.
- Seguro que se cae de culo Messi cuando nos vea llegar, cuatro chicos solos, allá en Brasil – la sola idea despertó en Juani una enorme alegría y brilló en su rostro a través de una sonrisa.
- Sigamos revisando entonces, que tenemos que hacer plata – sugirió Pablo, metiéndose de cabeza una vez más entre las cosas viejas.
Juani y Diego se tiraron al piso, a revisar las que ya estaban desparramadas. A Gonzalito, para entonces, ya se le había terminado su jaimito. Con resignación arrojó el envase vacío y siguió a los demás, con el entusiasmo propio de la niñez.

8 de junio de 2014

De vecinos y terquedades

Terco como una mula. Cuando era no, era no. Y cuando era si, era no. Así era Eduardo, el vecino de enfrente.
Primero fue el árbol, un hermoso jacarandá, que no dudó en podar aún cuando no era época ni tampoco una molestia. Poco tiempo después, fue el único en negarse a pagar la obra de cordón cuneta, demorando la puesta en marcha de la mejora.
Más adelante, las luminarias nuevas. Luego, la obra de asfaltado de la calle, que hasta entonces apenas si era un mejorado que ayudaba a que la zona se no embarrara los días de lluvia.
Más de un pibe del barrio había llorado tras mandar la pelota al patio de don Eduardo. Sabía que no tenía retorno. A veces, solían aparecer en la basura, pinchadas o con tajos de un lado a otro.
Los que habían tratado de hacerle frente, retrocedieron por miedo. Eduardo, además de terco, era medio loco y a más de uno lo atendió con una cuchilla en la mano.
Hasta una tarde, en pleno verano, que estando en ojotas, pantalón corto y camiseta regando la vereda, se descompuso y cayó al suelo, sin preámbulos ni nada.
El calor obligaba a tomar aire fresco, así que la caída de Eduardo fue vista por varios vecinos. Un par amagaron con acercarse, pero tras dudar, se metieron en sus casas. Los que miraron con indiferencia, entraron también.
De repente, el barrio era un solo espectador, ventanas adentro. Las miradas concentradas en un mismo punto, aguardando. Pero Eduardo era terco y si había caído, ahí se quedaría.
Hubo sonrisas con sorna, pocos lamentos y ningún llamado a la emergencia. A la media hora pasó un coche, el conductor se detuvo y dio aviso a la ambulancia. Pero ya era tarde. Al menos para Eduardo.
Desde entonces existe en la cuadra, cierta complicidad en las miradas. Como si ese sentimiento tácito de fría venganza se hubiese solidarizado en forma silenciosa, reptando subrepticiamente en cada uno, tiñendo de ese negro característico que ensombrece el alma y desnuda al ser humano.


5 de junio de 2014

El hombre al que le gritaban los goles antes de tiempo

El hincha de fútbol es un ser obsesivo, caprichoso. Quiere saber y ver todo, estar al tanto de los resultados, de los goles, de las declaraciones previas y pos partido. El hincha de fútbol (y no tanto, el que es fanático  únicamente de su equipo) es un ser informado, crítico, pero ante todo, entusiasta.
Por esa razón, la angustia que vivía Pablo lo sumía en una depresión que iba creciendo semana a semana. Y tenía que ver, precisamente, con el fútbol. Se lo veía mal en el trabajo, cabizbajo al caminar por la calle, triste a la hora de compartir con la familia.
Su esposa le preguntó que sucedía, temiendo que existiese algo estuviera haciendo mal. Pablo, hasta entonces reacio a contar su problema, decidió confesar aquello que lo tenía preocupado y al mismo tiempo, al borde de la histeria.
- Querida, el problema que tengo es que me gritan los goles antes de tiempo.
La mujer estaba preparada para cualquier respuesta, por terrible que fuera, sin embargo la que escuchó la dejó muda.
- No entiendo - pudo musitar, viendo que su marido se tomaba la cabeza entre las manos, mientras largaba un largo suspiro.
- Es algo que quizás no comprendas. Pero cada vez que veo un partido de fútbol, escucho que alguien grita el gol antes que ocurra. Por ejemplo, anoche, estaba atacando un jugador de Tigre y el vecino empezó a los gritos: "gol carajo, vamos River carajo". Me dije que no podía ser cierto, porque el equipo estaba jugando mal, pero en eso, la pierde el delantero, la agarra el dos, pelotazo para que la corra el nueve, se cae el defensor y gol de River. Diez segundos después que el vecino lo gritara. ¿Podés creer? ¿Cómo puedo celebrar un gol si ya no tiene sorpresa, si ya sé que va a ocurrir?
- ¿Me hablás en serio? Te juro que pensé que te pasaba algo malo.
- ¿Y esto no te parece malo? - respondió poniéndose de pie - En media hora juega San Lorenzo y unos brasileños. Si no es este vecino, son los del departamento de enfrente, que son hinchas del "cuervo". Lo sé, porque la semana pasada me hicieron lo mismo. Supe que era penal antes que arrancara la jugada. Y antes de anoche, en el partido de Boca, me amargué con el gol que hicieron mientras yo veía como preparaban la barrera. ¿Y eso no te parece algo malo?
- Algo malo es tener un problema de salud, que te estén por echar del trabajo, que no te lleves bien con alguien... ¡pero no que te quiten la emoción en un partido de fútbol!
- No entendés Matilde, no entendés.
- ¿Por qué no les preguntás que servicio de televisión paga tienen y te ponés la misma?
- ¡Porque la mía se ve bien y sale más barata!
- Por favor, entonces hacete amigo de alguno y andá a ver el partido con ellos.
- Mirá si esa va a ser una respuesta...
Tal como lo había vaticinado, escuchó los goles del partido antes que en su televisor ocurrieran. Mientras se ahorraba varios insultos, porque eran en vano, sacó cuentas de lo que saldría contratar un servicio de televisión satelital, que con seguridad era el que tenían sus vecinos. Al menos de momento, no podía. Pero tenía que haber otra solución.
Fue en diálogo con un compañero de trabajo que escuchó una gran idea. Además de encerrarse en la habitación, algo que ya hacía pero sin buenos resultados, porque los edificios lindantes estaban muy cerca y el sonido viajaba con facilidad entre las construcciones, podía recurrir a auriculares para sus oídos.
La primera prueba fue un fracaso. A pesar de tenerlos puestos, el grito del único gol del partido de la selección, en un partido amistoso, le llegó claro a los oídos. El problema era que había dejado la ventana abierta. La cerró, pero ya era tarde.
Al fin de semana siguiente, se aseguró de cerrar todo, casi en forma hermética. Y por fin, en varias semanas, no tuvo que escuchar que nadie le adelantara un solo tanto. ¡Había encontrado la solución! ¡Era el fin de su problema! Explotaba de felicidad, casi que podía treparse hasta lo alto de la biblioteca como si fuera un jugador de fútbol gritando el gol aferrado al tejido metálico que separa el campo de juego con la tribuna de la hinchada.
Pero al sacarse los auriculares se topó con el sonido insistente y repetido de la puerta, golpeada del lado de afuera. Al abrirla encontró a Matilde, echando humo por cada poro de su piel. Lo estaba llamando desde hacía una hora. No podía entrar porque la puerta estaba con llave. Su madre había sufrido un accidente y tenía que ir con urgencia al hospital.
El resto de ese domingo fue un suplicio. Reclamos, quejas y la conclusión que nunca más podría mirar un partido con los auriculares puestos, las ventanas cerradas y la puerta bien cerrada para que nadie pudiera interrumpirlo.
Su amigo, luego de enterarse, fue bastante práctico. Le sugirió que fuera a verlo a un bar y dejara de hacerse mala sangre. Cuando lo planteó en su casa, Matilde lo único que le pidió fue que no apagara el celular, por si lo necesitaba para algo.
El miércoles había copa. No jugaba su equipo favorito, pero el espectáculo prometía suficiente como para darse ese lujo de pagar una cerveza y un tostado mientras en la pantalla los protagonistas definían su destino. Acudió feliz, porque podría disfrutar de las jugadas sin el miedo a que nadie le gritara el gol segundos antes que ocurriera. Y sería tal el bochinche dentro del recinto, que por más que alguien tuviera la posibilidad de contar una transmisión más veloz en otra parte, no lograría escuchar festejo alguno.
Se acomodó en su mesa, se sirvió un vaso de cerveza negra y mordió el primer tostado. La pelota ya se había echado a rodar. Un partidazo. De ida y vuelta. Pero a los diez minutos, sucedió lo nefasto. El árbitro estaba sacando una amarilla cuando la multitud en el bar estalló en un solo grito, el grito del gol.
Pablo miró a un lado y otro, los ojos bien abiertos, totalmente incrédulo. ¿Se había puesto todos de acuerdo? ¿Era una cruel broma de su mujer? Imposible. Ella no tenía nada que ver. A los quince segundos del grito, mientras todos se abrazaban y algún que otro puteaba, en la pantalla pudo ver como el medio campista, tras eludir a dos rivales, la metía de sobre pique por encima del arquero. Un golazo, si. ¿Pero cómo podía explicar lo que acababa de suceder?
Apuró la cerveza, envolvió los tostados que le sobraban en una servilleta y abandonó el bar. Caminó meditabundo, algo errante. Pasó por enfrente de un negocio de electrodomésticos donde los televisores Led se agolpaban de un lado a otro, casi en una catarata de última tecnología. Estaba sintonizado en cada uno de ellos el mismo partido que había estado mirando en el bar. La imagen mostraba como un defensor le cometía una burda infracción a un delantero en el área penal. El árbitro no tuvo más remedio que cobrar la pena máxima. En el mismo momento, dos jóvenes se abrazaban al grito de gol.
Pablo escapó casi corriendo del lugar. Aquello no podía estar ocurriendo. Ya no tenía que ver con el atraso de una señal de cable con respecto a la satelital. ¡Le estaba ocurriendo lo mismo fuera de su casa, interactuando con otras personas!
Llegó a su departamento agitado, respirando con dificultad. Su mujer se alertó. Temió un infarto o algo peor. Lo llevó hasta la cama y en vano trató que le explicara lo ocurrido. Se durmió rápidamente, pero soñó con que le gritaban los goles en la cara con tanta fuerza que se le salía la piel. Además, eran goles de partidos que ni siquiera habían comenzado, de campeonatos futuros.
- Tenés que ir al psicólogo Pablo, no estás nada bien.
Pero Pablo se aferró a su malestar para quedarse en casa y no ir a trabajar durante los dos días siguientes. El fin de semana ni siquiera encendió el televisor. Escuchó goles procedentes de partidos que no estaba viendo y de momento no le interesaban.
Matilde lo sorprendió el lunes, diciéndole que el turno con el psicólogo ya estaba pedido y que debía ir, si es que quería seguir viviendo en paz con ella. No lo dudó.
El psicólogo parecía tener paciencia. Lo escuchó largamente y realizó preguntas puntuales, pero nada comprometedoras como él imaginaba que sucedería, como por ejemplo traumas de la infancia, peleas con sus padres, inconvenientes en la cama con su mujer.
El hombre, que vestía camisa a cuadros y usaba anteojos de marco grueso, jugueteó con la lapicera un buen rato. Finalmente habló.
- Estimado Pablo, debo decirle que su caso es muy particular. Usted atrasa.
Pablo se quedó en silencio, esperando una nueva oración que completara el diagnóstico. Pero no llegó nada más del profesional.
- Disculpe. ¿Cómo que atraso?
- Si, atrasa. Nadie le grita los goles antes, sino que usted está atrasando de a poco. Se está poniendo viejo. Lo nota con el fútbol, porque es a lo que más le presta atención. Pero con seguridad, si pusiera el mismo empeño en otras actividades, iría notando particularidades similares.
- Pero... - jamás había escuchado cosa parecida - ¿es normal lo que me dice? ¿Es grave?
- El paso de los años es grave, pero todos lo asumimos. Atrasar es parte de uno, claro que no todos somos tan perceptivos como parece ser su caso.
- No sé que decir, esto... - hizo una pausa, desorientado - ¿Me va a traer muchos inconvenientes?
- Sin dudas. Por ejemplo, se sentará a la mesa a comer y su mujer ya estará retirando los platos, ella le pedirá que hagan el amor y para cuando se haya sacado los pantalones ya estará durmiendo, le pedirán que llame a su jefe en el trabajo y para cuando lo haga él estará de vacaciones... y en materia de fútbol, tras mirar el sorteo de un mundial, alguien le dirá quién ha sido el ganador de la Copa. No por vidente, sino porque ya ha pasado.
- Pero eso es imposible.
- No, la vida se consume. El tiempo transcurre. Y los goles se gritan. Siento que sea tan perceptivo.
- ¿Y ahora que hago?
- Haga como que disfruta lo mismo. Todos lo hacemos en algún punto.
- ¿Y los goles, cuando los grito?
- Cuando los otros lo hagan.
- ¿Y así los disfrutaré como antes?
- No, así será menos infeliz. Es lo que hay.
Pablo se retiró sin esperanza alguna, pero al menos, preparado para el futuro. Llegó a la parada de taxis pensando en cada palabra del psicólogo. Al ver un coche con el cartel de Libre en rojo, levantó su mano. Pero el coche ya había pasado, sin detenerse. Comprendió que su problema sería difícil de sobrellevar. Esa tarde caminó.



2 de junio de 2014

El mensaje de texto

- ¿Venís esta noche?
Era una pregunta muy fácil de responder, en cualquier otra circunstancia. Personalmente sonreiría y guiñaría un ojo. Hasta podría haber agregado, de manera irónica: ¿Te queda alguna duda?
Pero en medio de la ruta, en pleno viaje, el hecho de contestar ese simple interrogante se tornaba complicado. Los motivos eran varios. Uno de ellos, la señal. Pero no podía ampararse en esa excusa. Porque su celular, cada tanto, mostraba en la pantalla un par de barras de conexión, las suficientes como para poder enviar un mensaje de texto, incluso más escueto que el que había recibido.
El verdadero motivo, el más angustiante, era otro. No tenía crédito. Su mujer se lo había recordado veinte veces antes de salir. Y él, siempre tan cortante, le había contestado en cada ocasión que compraría una tarjeta en la estación de servicio.
No podía llamar ni mandar un breve mensaje con el monosílabo que repetía una y otra vez en su mente, como si telepáticamente pudiera transmitir su respuesta.
Si al menos se cruzara con un teléfono público o de emergencia, de esos que suele haber en las rutas. Pero la suerte no estaba de su lado o mejor dicho, se había aliado a las palabras de su mujer, que tras bajarse en su trabajo, le dijo por la ventanilla: "No te olvides de la recarga, que después no vas a conseguir en ninguna parte durante el viaje".
Había transitado varias veces esa ruta, pero no recordaba si había algún parador o comedor en el camino. Su mujer, a pesar de no haberlo acompañado nunca en ese recorrido, había apelado a su instinto o bien, a sus recursos de bruja. La odiaba por eso. Aunque más se odiaba a sí mismo, por haberse olvidado de comprar cuando debía haberlo hecho.
Había salido con el tiempo justo, no tenía la posibilidad de desviarse o regresar por una tarjeta. Sabía una cosa de ese trayecto: no había peajes. Un peaje era una buena oportunidad para encontrar un teléfono. Aunque fuera uno prestado, de algún empleado del lugar o personal de seguridad.
Miraba la hora cada tanto, sabiendo que llegaría con lo justo para ver a su cliente, que vivía apartado de la ciudad, mucho antes de la entrada a la misma. Debía tomar un camino de tierra e internarse unos cinco kilómetros en la llanura, hasta dar con un bosque de eucaliptos. Los árboles protegían la estancia donde residía la persona que iba a visitar.
La idea de seguir hasta la ciudad, comprar una tarjeta y recargar el celular para enviar la respuesta, se iba diluyendo a medida que la tarde caía. Su cliente había puesto un horario y por experiencia sabía que llegar tarde implicaba perder el negocio. Pero por otra parte, quedarse sin responder el mensaje de texto, traía otra consecuencia.
A más de ciento veinte kilómetros por hora y con hora y media de viaje por delante, sabía que no podría contestar la pregunta. Por más que acelerara, condujera imprudentemente, no llegaría a recargar su crédito. La única posibilidad, casi remota, era que su cliente tuviera un celular que le prestara o un teléfono que le permitiera utilizar para llamar. Pero no quería engañarse. Su cliente vivía en medio del campo para no ser molestado. Era un importante hombre de negocios pero al mismo tiempo, extravagante. Y si lo había citado en aquel paraje, era justamente para no ser molestados. Allí no había teléfono y el hombre jamás llevaba consigo teléfono móvil.
El atardecer lo encontró llegando a la estancia de su cliente. Algo descuidada pero imponente, la vieja construcción lo recibió en silencio. Una camioneta moderna estacionada cerca de los eucaliptos delataba la presencia de gente en el interior.
Golpeó la puerta y a los pocos segundos le abrió la puerta la persona que lo estaba esperando. Se saludaron y hablaron con efusividad, como sucede antes de comenzar una charla de negocios. La cuestión que tenían que resolver les llevó largamente dos horas. El cliente, al mirar el reloj, abruptamente señaló que debía dar por concluida la reunión. Por suerte, ya habían llegado a un acuerdo en todo. Faltaba un detalle, casi imperioso.
- Disculpe, pero... ¿no tiene un teléfono que pueda usar?
El dueño de la estancia, que ya estaba colocándose el saco, lo miró con extrañeza.
- ¿Y el suyo? ¿O acaso no sabe que no uso?
- Si, perdone, pregunté por las dudas. Me quedé sin crédito y debía contestar un mensaje si o si.
- Una pena, con certeza. Eso sucede por depender de la tecnología.
- Si, realmente.
- ¿Y su avión sale puntualmente?
- ¿Mi avión? ¿Cómo sabe que viajo?
- Lo supuse - contestó velozmente, tratando de aparentar seguridad - Es usted una persona de negocios y si me citó para una hora determinada, con un tiempo determinado, seguro era porque no podía perderse un viaje.
- Es muy observador, lo felicito. Ahora si me lo permite, salgamos, que de lo contrario, el avión partirá y me olvidará en la ciudad.
El hombre apagó las luces, cerró con llave y tras el saludo formal, comenzó a caminar hacia su camioneta.
- Oiga... ¿usted ahora va para su casa?
El cliente, que entonces estaba abriendo la puerta de su vehículo, lo miró con recelo.
- Si. ¿Por qué lo pregunta?
- ¿Es casado?
- Si, claro.
- Mire, tengo aquí unas flores en el baúl que compré para mi mujer. Pero estaba pensando... ¿por qué no se las lleva a su esposa y le da una sorpresa?
- Es buena idea. ¿Y su mujer no se molestará?
- Descuide, ella no sabía que le llevaba flores.
- Se las acepto entonces.
- Espere, pongamos algo en la tarjeta que tiene en blanco algún mensaje, como por ejemplo... déjeme pensar... ah, ya sé, esto no falla nunca. Sé lo que le digo.
Garabateó algo con lapicera y se lo entregó a su cliente, que miraba de reojo la hora, para no demorarse mucho más.
- ¿Si, mi amor? - preguntó el hombre colocando las flores en el asiento del acompañante de la camioneta.
- Esa frase paga, hágame caso. Cuando su mujer le pregunte la razón, usted le dice algo romántico, como por ejemplo, que es la respuesta a cualquier pregunta que ella haga sobre la relación. Invente. Es divertido.
Se volvieron a saludar y luego la camioneta abandonó la estancia por el camino de tierra. Él esperó un par de minutos para subirse a su coche. El manotazo de ahogado podía dar o no resultado. Lo sabría una hora más tarde, cuando arribara al motel de la ciudad. Si ella estaba allí, era que había entendido el mensaje. Si no estaba, era que había subido al avión con su marido.
¡Qué manera de complicarse las cosas! Y todo por no hacerle caso a su mujer.

29 de mayo de 2014

El legado en la sangre

El Aurelio pocas veces era de charlar. Le gustaba la tranquilidad, el silencio. Era común verlo en la plaza, a la hora de siesta, termo y mate en mano, en completa soledad. Cebaba amargos y los tomaba solo, sin apurar la chupada. Entre mate y mate se quedaba contemplando los árboles, el cielo, la calle de tierra que apuntaba para el norte. Era meditabundo el Aurelio.
Pero apenas aparecían críos con una pelota bajo el brazo, dispuestos a destruir la paz de la tarde con gritos y patadas, el hombre se iba calle arriba, hasta donde terminaba el pueblo y comenzaban los maizales de Doña Lucía, la mujer más acaudalada del lugar.
La Lucía, como le decía Aurelio, era su hermana. Sin embargo, él no había heredado ninguno de sus rasgos y mucho menos, de sus ambiciones. Mientras ella pugnaba día a día por hacer una moneda más, engrosar sus arcas y soñar con un día mandarse a mudar a la gran ciudad, su hermano se conformaba con esa vista maravillosa que se esparcía hasta el horizonte. El campo, el sonido del viento, la luz del sol.
Se metía entre las plantaciones y observaba las mazorcas, ya grandes y prometedoras. Pronto su hermana las mandaría a cosechar y las transformaría en dinero. El ritual mágico que le cambiaba el humor al menos durante un par de semanas.
Llevó la bombilla a la boca y chupó sereno. Luego, respiró profundo el aire puro, hinchando el pecho con orgullo. Qué linda era su tierra. Qué tonta era su hermana, que soñaba con irse. Se cebó otro mate y el termo quedó vacío. Sin agua, no le quedaba otra que volver. Pero solo para calentar más en la pava y luego, volvería otra vez al campo. ¿Dónde mejor que allí?
- Cómo le va, don Aurelio - escuchó a sus espaldas, llevándose un susto.
Giró en redondo al no reconocer la voz y vio, abriéndose paso entre los maizales, a un hombre de baja estatura. Venía con un machete, sacándose de encima las ramas que lo molestaban.
- No se asuste - advirtió el extraño, al darse cuenta que Aurelio había atenazado con fuerza el termo y el mate y estaba a punto de comenzar a correr para ponerse a salvo.
El pedido del hombre también lo tomó por sorpresa. Al principio lo asaltó la idea de un malandra, de algún buscavidas robando mazorcas para el camino, pero el hecho de pronunciar su nombre lo desorientó totalmente. La advertencia para que no temiera, lo dejó pensando.
- ¿Y usted quién es, petiso? - interrogó Aurelio, que si bien era de pocas palabras, cuando abría la boca no se guardaba ningún comentario.
El extraño sonrió con el adjetivo que se le había adosado.
- Usted ya sabe lo que dicen de los petisos.
- No, la verdad que no lo sé.
- No se preocupe, es una broma y aquí no he venido a jugarle bromas a nadie.
- ¿Y a qué ha venido, si se puede saber? - preguntó Aurelio, que para entonces tenía preparado el termo como para poder defenderse, en caso de querer atacar el forastero. No era hombre de fiar y menos de petisos que sabían su nombre.
- Disculpe que no me he presentado, soy Rosamonte, enano que vive en las praderas que están al oeste, a más de una semana de caminata de acá.
- Y dígame, Rosamonte, si vive en el oeste, que desgracia o infortunio lo trae por aquí. Más que el pueblo, que son unas veinte chozas que se vienen abajo a pedazo, no va a encontrar nada.
- Lo busco a usted Aurelio, no le voy a mentir. Dicen que es hombre de pocas palabras, pero al mismo tiempo, el mejor cebador de mates que existe.
- ¿Y quién lo dice? Jamás he invitado un mate a nadie. Me gusta tomarlos solos.
- No necesita convidarlos, Aurelio. Como dice el refrán, hazte la fama y échate a dormir.
- ¿Y quién le ha hecho fama a sus mates? ¿Cómo sé que usted no es una broma de mi hermana Lucía?
- No sabía que tenía hermana. Y su fama, bueno... su fama la ha llevado el viento de la llanura, por así decirlo.
Aurelio hizo una mueca y sin mediar palabra, pegó media vuelta y comenzó a desandar su camino hacia el pueblo. El enano, como impulsado por un resorte, salió detrás suyo.
- Aurelio, espere. Le digo la verdad, necesitamos de su ayuda. Nuestro pueblo se ha quedado sin cebador. El Nicanor ha muerto de forma súbita y no ha tenido tiempo de enseñarle el arte de cebar a nadie. Comprenda, Aurelio. ¡Nuestro pueblo ya no puede tomar mate!
- Vamos, no me agarre para el churrete. Me va a decir que tenían un solo cebador para todo el pueblo.
- ¡Y qué cebador! El Nicanor cebaba el mejor mate del país.
- Lo dudo, le mejor lo cebo yo.
- Por eso hemos venido a buscarlo, las últimas palabras del Nicanor cuando... bueno, antes de morir.
- ¿De un infarto, supongo?
- No, se le empacó la mula y al tirarlo al piso, no quiso soltar el mate y terminó con la bombilla incrustada entre ojo y ojo.
- ¡Madre de Dios!
- Si, no quiera saber los detalles. Lo cierto, es que ya casi desfallecido, en su último hilo de voz, pronunció su nombre. Clarito, pero con esfuerzo, dijo "Aurelio":
- ¡Pero si yo no lo conozco!
- ¡Déjeme terminar, carajo! Dijo "Aurelio, mi nieto..." y entonces, supimos que el legado vivía en la descendencia de su sangre. Y no hemos cesado en la búsqueda. Hace casi un año que lo buscamos. Imagínese. Hace casi un año que no probamos mate alguno. ¿No me cebaría uno?
Los ojos de Aurelio entraron en paradoja. Mientras uno quería llorar ante la historia que acababa de escuchar, sobre quién sería su abuelo, que había fallecido poco tiempo atrás y de quién él no supiera nada más que viejas historias que alguna vez le escuchara contar con cierto recelo a su padre, el otro ojo había entrado en alerta, desconfiado del enano, que no había tenido mayor ímpetu que pedirle un mate, justo a él, a Aurelio, el que jamás le había cebado a nadie.
Los cuerpos no mienten, ni los movimientos. Aurelio se alistó como para esconder el termo detrás del cuerpo y el enano entendió de inmediato.
- ¡No me haga eso! ¡Cébeme uno y demuéstreme que es el nieto del Nicanor, el cebador que lleva en la sangre los mejores mates que se hayan probado!
- Si no me equivoco - retrucó resistiéndose el hombre, dando pasos hacia el pueblo, aunque sin perder de vista al petiso - con tanto tiempo tomando mates, a usted cualquier mate le vendría bien.
El rostro del enano cambió, se endureció. Aquellas palabras fueron como una cruel cachetada.
- ¡Cómo puede decir eso! El mate no es mate, si no está bien cebado. Cualquiera prepara un mate, pero pocos son dignos de llamarse cebador. Nuestro Nicanor lo era y usted lleva el legado sin saberlo. ¿Por qué no viene conmigo? Será venerado y ocupará el lugar de su abuelo. Hasta podrá, me imagino, saber más cosas sobre él.
¡Aquel hombre diminuto hacía bien su trabajo! Cómo resistirse ante esa tremenda revelación, a esa invitación que lo colmaría de prestigio y sobre todo, seguir los pasos de ese hombre misterioso que fue su abuelo y que por alguna razón, su padre había querido omitir en el pasado.
Podía llegar a entender el odio de su padre hacia su abuelo, si es que éste en su momento había optado por ser el cebador de todo un pueblo en vez de criar a su hijo. Y así lo creía, por las charlas que de pequeño recordaba haber escuchado. Incluso, hasta podía explicar el egoísmo de Lucía, que solo pensaba en el dinero y partir lejos de allí.
- ¿Y hasta entonces, ese tal Nicanor jamás había hablado de sus hijos y sus nietos? - preguntó ahora con cierto rencor Aurelio, mientras caminaba hacia el pueblo.
El enano, que lo seguía apurando el tranco, dado que sus piernas cortan no le permitían dar grandes zancadas, vaciló en la respuesta.
- Creo que no. O si. Alguna vez dijo algo, de una familia. Pero en realidad no tenía tiempo para esas cosas. Entienda, era el cebador del pueblo. Tenía una misión y no era la de contar historias, precisamente.
- El mate es para tomar en silencio, lo sé. Para cultivar la tranquilidad y perderse en el horizonte, mientras el sol lo abriga a uno, quitándole de encima el frío o el miedo. Vaya si lo entiendo. Pero de todas maneras, duele saberse ignorado.
Aurelio detuvo su andar y el enano recobró las esperanzas.
- ¿Quiere un mate? - preguntó de repente Aurelio.
El rostro del petiso de ensanchó. Aquella era la respuesta que estaba buscando.
- ¡Claro que si! ¿Se viene conmigo?
- No, aquí tiene - dijo acercándole el mate y el termo - Aprenda usted solo, mijo y enséñele a los demás. Nadie es maestro de nadie. Salvo que uno lo esté buscando. Y yo, para que le voy a mentir, ya tengo mi misión en el mundo. Y es contemplar lo que me rodea, tomando mates. Así de sencillo y en silencio.
- Pero... espere, no se vaya. ¿Y su mate? ¿Y su termo? ¿Con qué va a tomar ahora?
- ¿Se cree que son los únicos que hay? El mundo está lleno de mates y termos. La diferencia entre los que tiene en la mano y los que tengo de repuesto en la alacena de la cocina, es que esos están más cerca. El único secreto de cebar mates, es saber con quién se comparte. Vaya y disfrute a su pueblo. Déjeme a mí con mi campo.
El enano se marchó triste, pero con cierta esperanza. Si era verdad lo que decía Aurelio, la verdad del mate no estaba en el cebador, sino en los que formaban parte de la ronda. Y si era así, los suyos estarían salvados.
Aurelio, en cambio, caminó los metros que faltaban hasta su casa maldiciendo por lo bajo. Ahora que lo recordaba, la bombilla que le quedaba en casa se tapaba seguida, la buena se la había dado al petiso. Hasta no comprar otra, en la ciudad, las horas de chupar en paz, se habían acabado.

26 de mayo de 2014

Asado entre amigos

Un asado es más que una reunión para comer carne a la parrilla. Así lo comprendía Ismael, que la semana previa a la fecha pactada para el encuentro de amigos iniciaba su período de histeria, que consistía en estar atento a cada detalle, contactar a todos los invitados e insistir para que no faltara ninguno.
Si la fecha era el domingo, el lunes previo lo primero que hacía al despertar era preparar el listado de invitados, calcular los kilos de carne, el proporcional de ensaladas y comenzar a anotar las opciones para la picada, las bebidas y hasta el postre.
A media mañana enviaba sus primeros mensajes de texto. Para el mediodía ya había armado un grupo de Whatapps. Y se encargaba de retransmitir lo que allí se conversaba a los que no tenían celulares modernos.
Por la tarde, tenía definido el número que asistiría, así los cálculos comenzaban a cerrar de manera más precisa. Para la noche, la mayoría de sus destinatarios quería mandarlo a la mierda.
Es que Ismael, en su afán de juntarlos, convertía el arte de la organización, en un denso acoso virtual telefónico, ya fuese por mensajes o llamados. Algunos, incluso, se enojaban cuando escuchaban el ringtone del celular a las tres de la mañana y tras encender la luz del velador comprobaban que era el inagotable amigo.
El martes solía recibir varios insultos, que se atenuaban con el correr con las horas con las bromas y ocurrencias de los menos encolerizados del grupo. De todas maneras le advertían que no se pusiera pesado, que tanta organización era un desgaste innecesario.
Ismael argumentaba que no podía dejarse nada librado al azar. Un asado con amigos debía ser la reunión perfecta. Y él se encargaría de eso. Más de uno se resignaba, en tantos que otros, hablando a espaldas del organizador, se replanteaban la idea de ir.
Miércoles y jueves podían transformarse en un suplicio. Los más allegados, le pedían un poco menos de ansiedad. Pero para entonces, Ismael quería calcular hasta las aceitunas por personas para la picada.
El viernes ya tenía el setenta por ciento de las cosas compradas. Incluso, se había llegado al menos diez veces a la quinta de Oscar, el lugar en el que se siempre se reunían, por estar ubicada en una zona muy tranquila, lejos de la ciudad, tener un parrillero enorme y muchas otras comodidades.
Para el sábado había comprometido a tres de los amigos con el fin que lo acompañaran a comprar las bebidas. Por la tarde, en cinco viajes, había trasladado botellas, carne, verduras, el helado para el postre, las bolsas con copetín, todo, a la heladera y al freezer de la quinta de Oscar. Esa misma noche, alcanzaba en un último viaje los cubiertos, las servilletas y hasta el papel higiénico para el baño.
El domingo, el día del asado, estaba levantado antes de las seis. Se bañaba, buscaba la ropa adecuada (que debía ser cómoda e informal) y leía el diario, para estar informado y tener temas para hablar a la hora de la sobremesa.
Cerca de las diez, sacaba el auto de la cochera y tomaba la ruta hacia la quinta, que se la sabía de memoria, al punto que podría conducir con los ojos cerrados en el tramo desde la salida de la ciudad hasta el lugar de encuentro.
Sabía que el horario pautado era entre las diez y media y las once, pero sentía la necesidad de llegar primero, instalarse, confirmar que todo estuviera en su correcto lugar, ya sean sillas, mesa, como los utensilios para asar.
Por eso, aquel domingo en particular, no se sorprendió al encontrar el estacionamiento frente a la casa totalmente despejado. Colocó el vehículo en un lugar que le resultara luego sacarlo y bajó del maletero un par de bolsas más, que contenían papas fritas y palitos salados.
Todo iba bien, hasta que tomó el caminito de piedra que lo conducía hasta el quincho. Abrió los ojos, asustado. Las mesas, prolijamente acomodadas con antelación, no estaban. La mesa, que era un tablón largo con caballetes, tampoco. Las bolsas de carbón ubicadas bajo el parrillero, habían desaparecido. Incluso los elementos para asar. Soltó las bolsas, que golpearon contra el suelo, y se agarró la cabeza.
Lo primero que pensó fue ¡ladrones! pero con asombro descubrió que otros elementos de valor seguían en sus lugares, como ser una cortadora y una bordeadora de césped, la bicicleta de Oscar que la dejaba siempre al lado del parrillero y herramientas manuales que solían estar desparramadas por el sitio.
A medida que se fue acercando a la parrilla, fue percibiendo la silueta de un papel abandonado sobre las cenizas de las brasas del último asado, que nunca habían limpiado. Era muy blanco como para haber quedado olvidado desde aquel encuentro.
Se acercó con miedo, sigiloso. A un metro, se topó con su nombre escrito en letras grandes, intimidatorias. Las manos le temblaron cuando sus dedos se aproximaron a recogerlo. Tragó saliva antes de desplegarlo y respiró hondo previo a leerlo. Presagiaba malas noticias.
"Oscar, si estás leyendo esto, es porque llegaste y no encontraste a nadie. Hemos decidido, entre todos, mudar de lugar el encuentro, pero, debido a que estuviste insoportable desde el lunes, no avisarte. Nos hemos llevado todos los elementos como así las compras que trajiste en estos días. Esperamos que no te moleste. Muy atte. La barra".
Ismael quedó petrificado, con el papel en sus manos. Sus labios amagaron con abrirse para decir algo, pero fue un leve temblor, involuntario. Su rostro se contrajo y los ojos se le llenaron de lágrimas. Estaba al borde del llanto, de doblarse en dos, de caer de rodillas al suelo.
El cielo, colmado de sol, se le antojó gris, tormentoso. La brisa suave, cálida, le pareció amarga, sin oxígeno.
Entonces, por el rabillo del ojo, notó algo detrás del quincho. Quizá un animal, riéndose de su cruel angustia. O peor aún, un ladrón de verdad, llegando para atacarlo con furia. Poco le importaba, pero igual desvió su mirada hacia aquel lugar.
Y allí estaban todos, Oscar, Luis, Nacho, el Negro, Horacio, Fernando, El Garza, Alfredo, González, Piero, Tito, el hermano del Nacho que nunca le salía el nombre, Herminio, Diego, Felipe, el Oso, Alejandro, Manuel, Pablo, Esteban... todos. Y venían a las carcajadas, tomándose el estómago, partiéndose de la risa y entonces, Ismael, se quebró y con el llanto en la piel sonrió de oreja a oreja.
Es que los amigos pueden ser crueles, bromistas hasta no poder, capaces de llevar sus coches dos cuadras más adelante con tal de no ser detectados, esconder lejos sillas y tablones, incluso llevar los comestibles a otra habitación, todo con tal de hacer una broma que nunca olvidarán. Pueden ser eso y mucho más. Pero los amigos jamás abandonan a nadie. No los verdaderos.
Por eso, el asado era más que una reunión para comer carne a la parrilla. Era el templo de la amistad, vestido de fiesta. La santa misa de los afectos incondicionales, con sus errores y aciertos. Así lo entendía Ismael, secándose las lágrimas, así lo entendían los demás, dándole un abrazo.

23 de mayo de 2014

El viejazo

Hay cumpleaños y cumpleaños. Los que se celebran a lo grande, los que son moderados y aquellos donde el festejo no tiene lugar. Pero en todos impera una realidad. La del tiempo, que nos hace año a año, más viejos.
De Matilde quiero hablarles. Mujer de unos cuarenta y tantos largos. Nunca dice la edad exacta, pero haciendo cálculos, nos damos una idea del año en que nació. Hasta los treinta, los festejos de sus cumpleaños eran muy famosos en la zona.
Se sabía de antemano que habría mucha gente, bebida a granel y diversión hasta el amanecer. Y era así. Los excesos no tenían límite. Fue una época en los que cumplir años, para Matilde tenía cierto aliciente.
Luego de esa edad, la manera de pensar de la mujer cambió. Notó sus primeras arrugas, alguna que otra cana, molestias en las articulaciones si trajinaba demasiado y por primera vez en su vida tomó conciencia de una cosa: no somos eternos.
Apuró sus estudios, siempre postergados, se graduó y comenzó a trabajar ya no en empleos temporales, sino en algo que le asegurada el sueldo mensual. Evitó los gastos sin sentido y mesuró sus fiestas, reduciendo los invitados a un círculo íntimo y en un ambiente calmo.
Pero esa etapa podría decirse, duró hasta antes de cumplir los cuarenta. Con el cuatro como primer número de la edad, su forma de ver la vida tuvo otro cambio, cargado de angustia, de miedos, de desesperanza.
Había tenido decenas de novios, y otros tanto de relaciones indefinidas, que iban y venían, entrando y saliendo de su vida como si fuera la puerta de un bar. Se dijo que era hora de sentar cabeza y se impuso madurar la relación actual, formalizar y casarse. Tener un hijo rápidamente y formar una familia feliz y unida.
Lo intentó, pero no pudo quedar embarazada por la edad y terminó separándose al año. Se mudó a un departamento aunque en el mismo barrio y en los siguientes años, no organizó ningún tipo de celebración o encuentro para el día de su cumpleaños. Ni siquiera se plegaba a festejos ajenos, limitándose a un saludo informal telefónico.
Sus amigos decían entre si que a Matilde le había llegado de repente el viejazo. Sin embargo, lo de ella era mucho más profundo e intrincado. En realidad era otra cosa. Sentía que algo había perdido en el camino. Que en algún punto, la brújula había comenzado a apuntar hacia otro lado y no supo seguirle el rastro. Y ahora, como consecuencia, estaba extraviada en un bosque denso y peligroso, donde lo más ínfimo podía dañarla. La solución era recluirse, evitar aquello que podía lastimarla.
Cuando algún amigo la llamaba y recibía un no como respuesta, la frase era la misma: ¿Y cuando cumplas cincuenta o sesenta, qué? ¿Te vas a enterrar en un pozo?
Y hoy la vimos a Matilde, a días de cumplir los cincuenta (si bien no lo dice, lo calculamos) regresar de la ferretería con una pala de punta. Caminaba ligerito, mirando por encima del hombro de vez en cuando, esquivando las miradas y los saludos, casi como deseando ser invisible.
Aunque en el barrio ya estamos acostumbrados a su avinagrado trato, su mirada huidiza haciendo juego con el cabello entrecano recogido y ese andar nervioso, siempre alterado, el caso de Matilde nos sigue preocupando.
Nos preguntamos quiénes la conocíamos de antes, en qué momento se fue convirtiendo en ese ser opaco, próximo a desaparecer en el olvido. Fue culpa del tiempo solamente, que a todos nos persigue o quizá, el culpable es el qué dirán, los preconceptos sociales, la sociedad misma. Es más fácil buscar a quién endilgar las razones, que las razones mismas. Pero es parte del proceso, casi inevitable.
No es mucho más lo que puedo agregar de Matilde. Es probable que el día de su cumpleaños me llegue a su edificio y toque el timbre de su departamento en el portero eléctrico y cuando pregunte quién es, me limite a un simple pero sincero "feliz cumpleaños". Puede que no, pero también que si, que la haga sonreír. Y viendo en lo que se ha convertido, sería más que pedir.
El mundo tiene muchas más Matilde de lo que uno se imagina. Siempre furtivas, desconfiadas, ofendidas con la vida misma sin saber por qué, caminando ligerito, pala en mano, esperando el milagro de encontrarle el sentido al paso del tiempo, al color gris del cabello, al amargo olor de las velas de una triste y solitaria torta de cumpleaños.

20 de mayo de 2014

Paralelismos

Había algo en aquel relato, que el locutor narraba con prodigiosa dicción, que le llamaba la atención. Era la misma idea, palabra por palabra, que tenía desde hace unos días en su cabeza.
Se levantó, apagó la radio y corrió al teléfono. Estaba por levantarlo, cuando el aparato sonó. Atendió, impaciente. La voz lo dejó helado:
- "La idea de un escritor que escucha en la radio el cuento que tiene en su mente es mía, así que olvide...".
Allí se interrumpió la anónima amenaza, porque según pudo escuchar a través de la línea, del otro lado alguien golpeaba a la puerta.

17 de mayo de 2014

Erik el zancudo (cuento infantil)

En sus tiempos libres, Erik salía a recorrer las calles de la ciudad, subido a sus enormes zancos.
Desde lo alto saludaba a los niños, que extendían sus manos para querer alcanzarlo. Muchos lo conocían de haberlo visto en el circo, donde Erik trabajaba. Pero no solo los pequeños sonreían al verlo pasar: ¡también los más grandes se alegraban con su presencia!
Es que Erik era un zancudo muy simpático. En las tardes y noches de circo, actuaba con los payasos y era muy divertido lo que hacían. Los payasos, que eran cuatro, Abelito, Ballestita, Casimiro y Dedalito, lo perseguían por todas partes para mojarlo con una manguera.
Pero Erik y sus zancos, avanzaban mucho más rápido, con pasos gigantescos que permitían ganar distancia. Entonces, los payasos, que comenzaban a cansarse, caían rendidos al suelo y Erik, alentado por el público, tomaba la manguera y terminaba mojándolos a los cuatro.
Los payasos, sorprendidos, salían corriendo fuera del escenario y cuando todos pensaban que Erik se había salido con la suya, ellos volvían, ahora con tortas en las manos. Erik comenzaba a correr espantado, temiendo que le arrojaran una torta en la cara y lo hicieran caer. ¡Pero era tan hábil, que lograba esquivar cada torta que le tiraban! Y lo más gracioso, era que las tortas terminaban estampadas en los rostros de los propios payasos.
Claro que era una actuación y tanto los payasos como Erik saludaban al final del show todos juntos al público mientras una lluvia de aplausos bajaba desde las gradas, donde el público disfrutaba a lo grande.
Fuera de la carpa del circo, los niños corrían para buscarlo y sacarse una foto con él. Para eso, acercaban una escalera muy alta, donde con mucho cuidado los pequeños subían y se ponían a la altura de Erik. El fotógrafo, haciendo malabares sobre una silla, lograba así capturar la imagen.
Por eso, no sorprendía que cada paseo de Erik por la ciudad fuera motivo para que niños y grandes se acercaran a saludarlo.
Además, la ciudad sabía que Erik era un zancudo de gran corazón.
Porque no salía solamente para caminar y recorrer las calles, sino también para ayudar a quién lo necesitara.
En ocasiones, lo llamaron para tareas domésticas, como la vez que Doña Agustina, ya muy anciana y con miedo a subirse sobre sillas o escaleras para alcanzar lugares altos, le pidió que le cambiara una bombilla de la luz.
Para Erik aquello no resultó ningún problema. En un periquete cambió la bombilla y Doña Agustina tuvo luz otra vez en la cocina. ¡Pobre Agustina, que la noche anterior por no poder ver, había hervido un zapato en lugar de una patata!
Otra misión muy común en sus paseos era el rescate de gatos asustados. Porque como uno sabe, los gatos son muy valientes, persiguen a ratones inmensos, huyen de perros que quieren atraparlos y trepan a árboles altísimos.
Justamente es con los árboles que tienen problemas. Porque saben subir, pero algunos, que quizá no han tomado el número de lecciones suficientes, no saben bajar. Y es allí donde los dueños de los gatitos recurrían a nuestro querido Erik.
Con sus zancos Erik alcanzaba fácilmente las ramas más altas y con paciencia (porque los gatos no siempre hacen caso) los llamaba, hasta que lograba convencerlos que debían descender en sus brazos. Desde abajo, los que esperaban la resolución con éxito del rescate, escuchaban claramente el “mishi, mishi, mishi” de Erik, con el que convencía a los mininos.
Lo mejor era cuando el zancudo aparecía entre las ramas, trayendo al gatito entre sus brazos, porque allí todos estallaban en aplausos y cantitos de alegría.
Una vez, incluso, le pidieron que en vez de bajar algo de las alturas, lo subiera. Se trataba de un pichoncito de gorrión. Pobrecito, el pichoncito, se había acercado demasiado al borde del nido donde había nacido y un viento traicionero lo había empujado hacia abajo.
Había caído sobre la gorra del verdulero Froilán, que no se había dado cuenta que tenía el pájaro en la cabeza hasta que sus hijos fueron a saludarlo antes de salir al colegio. ¡Tienes un pájaro en la cabeza! gritó Raúl. ¡Es un pichón! gritó Belén.
Con el pichón en sus manos, Froilán observó las alturas, y notó en un poste de madera la presencia de un nido y supo que había caído desde allí. El inconveniente era cómo volverlo a subir. Pero en ese momento, Raúl y Belén vieron por la vereda de enfrente a Erik y lo llamaron a los gritos. A Raúl y Belén, se les daban muchos los gritos.
Con mucho cariño, Erik colocó en la palma de su mano al pichoncito, que no cesaba de repetir “pío, pío, pío” y luego, bajo la mirada feliz del verdulero y sus hijos, lo dejó en el nido.
Las caminatas colmaban de felicidad a Erik. Se sentía útil ayudando y no había mejor forma de agradecimiento, que las sonrisas de los demás. Como sucedía en el circo, cuando se divertía con los payasos y hacía reír a chicos y grandes. Escuchar las risas, los aplausos, era la mejor manera de disfrutar lo que hacía.
Por eso, cada noche, cuando llegaba a su casa, lo hacía con una sonrisa gigante en el rostro. Y luego de comer sano, lavarse los dientes, iba a la parte superior de su cama marinera, donde finalmente dejaba los zancos a un lado y tras arroparse bien, se ponía a leer un libro hasta que el sueño lo atrapara.
Soñaba con payasos, niños y personas que necesitaban de su ayuda. Y también en sueños, Erik era feliz.

14 de mayo de 2014

Oscuros nubarrones

El médico le devolvió la carpeta azul con cierre elástico. Se la tendió mirándolo a los ojos, con cierta severidad que no había tenido en citas anteriores.
- No hay mejorías en estos estudios, dudo que me esté haciendo caso a mis indicaciones.
La mujer bajó la mirada, asumiendo la culpa. El doctor estaba en lo correcto.
- No he podido, le juro que lo he intentado, pero no he podido - dijo con un hilo de voz, al borde del llanto.
El profesional giró su silla hacia la ventana y suspiró profusamente. Desde allí podía verse el cielo abarrotado de oscuros nubarrones, presagiando una tormenta que no tardaría en desatar su infierno personal sobre la ciudad.
- A ver si nos entendemos. Usted viene aquí para que la ayude. Pero no me hace caso. ¿Entonces, para qué viene?
La pregunta quedó en el aire, incómoda, punzante. No requería una respuesta. Su función era la del puñal, la de amedrentar con palabras. Ella lo sabía. Esperaba esa ofensiva. Su respuesta era tácita, con piel de silencio.
- Hagamos lo siguiente - sugirió el médico, poniéndose de pie - Usted se retira, durante dos semanas cumple con lo que le he pedido y vuelve a una nueva consulta, como si el día de hoy no hubiese existido, como si las indicaciones anteriores en realidad las acabara de recibir.
Era una buena propuesta, una oportunidad de remediar la situación, o al menos, para poder volver a ganarse la confianza del doctor. Pero al mismo tiempo, ella se resistía a cumplir con lo que le pedían. Un sacrificio enorme que sin embargo no le aseguraba una gran mejoría. Era tratar de frenar el avance de la enfermedad. Sostener la esperanza. Nadie hablaba de cura, de una sanación absoluta.
- ¿Y si no puedo? ¿Si otra vez...?
No pudo completar la oración, se sentía agotada. La mente es como una gran maquinaria, pero que se alimenta con hechos positivos. Cuando lo que abunda es lo negativo, se arruina, entra en una fase terminal, tan peligrosa como cualquier afección en otra parte del cuerpo.
- No hay demasiados caminos para optar, señora. Usted lo sabe. La vida a veces nos ofrece de todo y a veces, muy poco. Pero siempre algo hay. Esto es ese algo. Tiene esas indicaciones, intente, asuma la realidad, combata los miedos.
Cómo si fuera tan fácil, pensó ella, apretando con furia la carpeta de los estudios. Asumir, combatir, no eran verbos fáciles. Resignarse lo era. No requería esfuerzos ni otras complejidades. Resignarse era lo ideal.
- Le puedo recomendar un profesional muy bueno, un psicólogo, que sin dudas le será de ayuda - el médico garabateó un nombre y un teléfono sobre un papel en blanco, de los que utilizaba para dar los tratamientos.
La mujer aceptó el papel, a sabiendas que jamás llamaría ni conocería al conocido del doctor. Se puso de pie, estrechó la mano y salió por la puerta, aferrando contra sus pechos la carpeta azul.
Llamó al ascensor casi al borde del llanto. Pero no le daría el gusto al dramatismo. Era su decisión, debía aceptarla. Si resignarse era el camino, no había lugar para las lágrimas. La cobardía no requería mayores esfuerzos. Lo duro, lo difícil, lo jodidamente complicado, era vivir. Y afrontar lo que ese querer vivir implicara.
Ella ya no tenía ganas. Había puesto el punto final sin siquiera terminar la oración.
Afuera llovía. La tormenta era un hecho. Como muchas otras cosas que se presagian con oscuros nubarrones.

11 de mayo de 2014

El tuerto sin nombre

Desde que tengo memoria, el tuerto de la puerta siempre estuvo allí. Sentado en el umbral o parado contra el marco, su presencia identificaba más al bar que el enorme cartel de madera que pendía sostenido de un soporte de hierro, ya oxidado con el tiempo.
El tuerto estiraba su mano, que con los años fue ganando en arrugas y manchas en la piel, esperando la recompensa de algunas monedas o un billete. No hablaba, ni gesticulaba. Tan solo esa media mirada, fría, despojada de sentimientos. Pero al mismo tiempo, subyugante.
Solía dejarle monedas, aunque no siempre. Pero cada vez que no lo hacía, sentía su ojo sano clavándose en mi nuca, como si estuviese ejerciendo algún extraño designio sobre mi destino. Pensaba entonces que era la manera que mi mente se avergonzaba de no ayudar a una persona necesitada.
Recuerdo que cierta vez le pregunté al Ruso, que por entonces atendía la barra, si sabía de dónde venía cada tarde. Pero el Ruso, que conocía vida y obra de cada cliente, ignoraba por completo la historia del tuerto, incluso, su nombre.
- ¿Pero no se lo preguntaste nunca? - quise saber, asombrado.
- Si y me lo ha dicho, pero lo olvido cada vez que le doy la espalda.
Jamás lo intenté hacer. Lo de preguntarle el nombre, digo. Creo que el anonimato era mejor. Saber su nombre lo ubicaría en otro parámetro de conocimiento. Sin nombre, era solo el tuerto de la puerta del bar. Y así estaba bien.
Pero la otra noche, la que quisiera borrar de mi cabeza, comprendí que uno no controla el destino, ni siquiera los pequeños imprevistos, que tienen como objetivo sacarnos del camino.
Llovía. Correr no solucionaba nada, pero era una costumbre. Mis zapatos se hundieron en un charco profundo y proferí toda clase de insultos al aire. Recuerdo haber mirado el cielo y encontrar, entre las nubes que destilaban el torrencial aguacero, una luna marchita, pálida. Quería maldecirla por hacer más oscura la noche, pero parecía tan insignificante a la distancia, rodeado de aquella tormenta, que la hice a un lado en mis pensamientos.
Mojado, crucé la calle y antes de ver el cartel, incluso las luces que se filtraban por la ventana, lo vi al tuerto, parado delante de la puerta, enfundado apenas en una chaqueta sin mangas y un pantalón desgastado, que lo cubrían del temporal. Vaya a saber uno los motivos que lo llevan a actuar, a hablar, a mover los músculos cuando nada hace parecer que eso sucederá.
Quizá fue la bronca de estar empapado, de sentir el agua dentro de los zapatos, reptando hacia la pierna a través de las medias. Quizá el hecho de ignorar quién era, de dónde venía, por qué elegía ese lugar. O simplemente, verlo allí de pie, sin inmutarse, mojándose a placer, mientras uno lo único que quería era escapar de a intemperie y ponerse a refugio, beber algo frío y olvidarse de todo lanzándose al incógnito mar de las conversaciones.
Algo de eso, quién sabe. Puede que nada. Lo cierto es que me detuve delante de su pose habitual y espeté, casi con rabia:
- Tuerto de mierda, yo mojándome como un condenado y vos parado ahí como si nada. ¿Me querés decir que carajo hacés con esta lluvia? ¿Por qué no te vas a tu casa o te metés dentro de bar?
Me miró feo, con ese único ojo sano. Pude ver el blanco del ojo agrietarse en finas líneas rojas, el iris crecer en intensidad y la pupila contraerse, para luego, de una forma que casi no puedo explicar, encenderse en una sola llama a través de la que pude ver a un niño corriendo en el muelle de un puerto, dejando atrás cajones repletos de pescados; el niño se veía agitado, aterrado y solo cuando giró su cabeza hacia atrás comprendí la razón. Lo perseguían cinco jóvenes, blandiendo ganchos de hierro, de los que se usan para colgar la carne. Y a pesar que el pequeño movía sus piernas con fiereza, se encontró con las altas paredes de los galpones que cortaron su escapatoria y toda posibilidad de salir ilesa de aquella persecución.
No quise seguir viendo, pero no pude desviar la mirada. Una fuerza me obligaba a prestar atención. Los jóvenes se acercaron, vociferando insultos, amenazas. Podía incluso sentir el olor del mar, de pescado en descomposición, incluso el sudor agrio de los jóvenes, el aroma a miedo en el niño. Sentí que podía gritarles, que podía espantarlos. Pero al querer abrir la boca, no pude. Entonces, los ganchos de hierro se lanzaron en un ataque cruel, alcanzando al niño, hiriéndolo, regando el lugar de sangre.
Cerré los ojos, asustado, pero seguí viendo. La imagen de la punta acerada penetrando en el ojo del niño y retrocediendo en el aire, con la misma violencia que había llegado, llevándose en el retroceso la bola blanca con nervios que se desprendían del rostro como si fueran cables cortados de un tirón.
El grito.
El grito me heló la sangre. Y luego, el silencio atroz. Y contra el galpón apenas iluminado, la figura del niño, temblando como cristal a punto de desprenderse. Había quedado solo, desfalleciendo. Casi sin poder respirar, faltándole el aire, ahogándose en su propia sangre.
Sentí la asfixia y el hechizo o lo que fuera, terminó. El tuerto estaba allí, de pie contra la puerta. Su imagen gélida, casi petrificada. Tenía la mano estirada hacia mí. Pero esta vez no pedía nada a cambio, sino que sostenía algo que nunca podré olvidar. el ojo de aquel niño, aún cubierto de sangre.
Di un salto hacia atrás. Resistí la tentación de devolver el estómago por la boca y retrocedí hasta la calle. Ya no me importaba la lluvia ni el agua entrándome a los zapatos. Pegué media vuelta y corrí, ahora no para escaparle a la tormenta, sino para ponerme a salvo del monstruo que había despertado.
No me detuve hasta llegar a mi casa, incluso, seguí corriendo una vez en la cama, tapado hasta la cabeza con las frazadas. Sigo corriendo aún ahora, muy dentro de mis pensamientos. Creo que jamás escaparé de aquella visión. Es el castigo por remover lo que otros guardan con recelo. Por preguntar los nombres que no nos interesan, por querer saber las historias de quiénes no las quieren contar. Todos llevamos nuestros monstruos a cuesta, pero evitamos mostrarlos, salvo que insistan, salvo que quieran ser perseguidos ellos también.

8 de mayo de 2014

El control

Los papeles estaban en orden. Él lo sabía. Pero el policía no tenía por qué saberlo. De todas formas, le sudaban las manos mientras el uniformado revisaba con lentitud el sobre papel madera que le había entregado por la ventanilla segundos antes.
Esperaba que de un momento a otro el semblante del oficial de la ley cambiara de manera radical, convirtiéndose en una especie de monstruo salvaje cuyo único propósito fuera el de devorarlo o peor aún, hacerlo bajar del coche y pretender llevarlo a una cárcel.
Sentía como la transpiración se adhería poco a poco a la tela de la camisa, ganando lugares nada agradables. Se imaginó emanando un olor fétido, destilando gotas de sudor negro desde la cabellera húmeda y grasosa, en un cuadro patético que delataría su culpabilidad.
Pero sus papeles estaban bien. Nada extraño tenía que suceder. Era solo un control de rutina. El policía hacía su trabajo, como lo hacía el empleado de peaje por el que había pasado quince minutos atrás, como el camionero del Scania que transitaba a gran velocidad por la ruta en ese instante. Control de rutina. Nada más.
El agua corría incluso por sus manos. Las quitó de inmediato del volante, pero una mancha húmeda quedó sobre el mismo. Se apresuró en buscar un trapo en la guantera para limpiarla. El agente policial había vuelto a meter los papeles en el sobre, pero ahora hablaba con un compañero.
Seguramente le estaría diciendo que estaba todo en orden. No debía preocuparse. Sin embargo temblaba de pies a cabeza. No podía escucharlo. ¿Qué dirían? ¿Acaso existía alguna irregularidad? Se estaba quedando sin aire. El pecho le oprimía con fuerza. Revolvió otra vez en la guantera, buscando ahora el inhalador para el asma.
Lo accionó y echó la cabeza hacia atrás. El policía se alejó hasta el patrullero. Algo estaba ocurriendo. Algo andaba mal. No podía soportarlo. Los nervios. La tensión. Los latidos cada vez más fuertes. Podía escucharlos. Y si él los escuchaba, también el policía. Aceleró a fondo, sin pensarlo. Las gomas chirriaron en el pavimento y dejaron una estela de humo oscuro, como despedida del coche que salió como un misil disparado hacia el horizonte.
Miró por el espejo retrovisor y alcanzó a ver la perplejidad de los oficiales. Comenzó a respirar con normalidad, en tanto por el espejo veía como trataban de organizarse para comenzar la persecución. Cerró los ojos un instante. Ya no escuchaba los latidos. Eso era una buena señal. No podía estar sucediéndole, no podía pasar como en el cuento de Poe. Porque ante todo, se había asegurado que estuviera muerta. Y estaba bien seguro que no respiraba cuando la metió en el baúl trasero. Sería ináudito por otra parte que una persona viviera con la cabeza separada del tronco. De todas maneras, no podía arriesgarse. Apenas pudiera, detendría el auto y lo comprobaría.
Pero ahora no. Las sirenas policiales se estaban acercando. Era hora de buscar algún atajo, a campo traviesa.

5 de mayo de 2014

Una entrada sin ficción

Cada tanto, muy cada tanto, no es un cuento lo que aparece en el blog. En este caso, esta pausa, tiene tres motivos. El primero es que, dado que con seguridad me voy a olvidar cuando ocurra, es anunciar que el próximo 18 de junio (día que en el Mundial de Brasil se enfrentan Chile y España, por ejemplo) "Netomancia", este espacio literario virtual, estará cumpliendo 10 años de vida. ¡Una década, de no creer!
El segundo, es que me acabo de dar cuenta que se han superado las 700 publicaciones hace exactamente dos semanas. Supongo que al menos 690 tienen que ser entradas con ficción. Si le sumo los casi 300 relatos publicados en Villeraturas, podría afirmar que en breve estaré llegando a los 1000 textos de ficción ofrecidos en la web. Y sin cobrarles un peso, ja. Fuera de broma, un placer haber escrito cada ficción y saber que siempre hay alguien del otro lado para leerla. Espero poder seguir escribiendo muchos más.
Aprovecho para invitar a todos los que quieran, mediante una expresión artística a elección, plegarse a los festejos. La convocatoria ya está lanzada.
 Y tercero, mostrar lo que desde hace algunos meses estoy publicando en la revista mensual El Libertador de la ciudad de San Nicolás (Argentina), que si bien son cuentos, tienen la particularidad de estar ilustrados por Caio Di Lorenzo, un gran artista de dicha localidad.
Para quienes no frecuentan otras redes sociales, lo poco que se ha visto de esto en el blog, es lo que aparece en el tablón de anuncios a la derecha.
Les dejo los dibujos de Caio para "Aquello que llaman crecer" y "Pocas verdades", dos de los relatos publicados. Y de yapa, el enlace para leer online todas las publicaciones de El Libertador: http://issuu.com/ellibertadorsannicolasdelosarroyos


Agradezco a Daniel Luchina por las imágenes y lo felicito por su labor al frente de esta publicación.

2 de mayo de 2014

No les queda otra

Con el día que hace, tener que venir al parque. Solo a una mujer se le puede ocurrir semejante idea. Y para colmo, domingo. Lo bien que podría estar uno ahora delante del televisor, mirando algún partido de fútbol. ¿Qué diferencia puede haber entre un mate cebado en el living de tu casa y uno entre los yuyos, con los mosquitos dando vueltas y las hormigas esperando que uno se distraiga para morderte en alguna parte?
Pero está la otra, decís que no y enseguida el grito en el cielo. Qué uno vive encerrado, que uno no sale a ninguna parte, que esto, que aquello y la verdad, para que te rompan las guindas con eso, más vale salir un rato al parque y a otra cosa mariposa. Pero la verdad, como cuesta, mirá que perder el tiempo...
- ¿Está bien el mate, viejo o querés que le ponga algún yuyito? Tengo menta.
- No, dejalo así, no le metás esas mierdas, que después parece que estás chupando un perfume.
- Siempre exagerando vos. Un poquito le pongo. Una hojita apenas si le cambia el sabor.
- Dejate de joder, si querés con menta, te hubieras traído otro mate.
- Seguro que lo probás y te gusta.
No le iba a dar el brazo a torcer en esta. Con cáscara de naranjas me gustaba el mate, incluso, con un poco de tomillo. Pero a una mujer si uno le da la mano, le agarra el codo. Y si le dejo ponerle menta, mañana le está poniendo la huerta de aromáticas que tiene en la quinta, en el fondo del terreno. No, más vale decir que no y evitar una pelea más adelante. Eso es lo que no entienden las mujeres. Uno es diplomático y además piensa como los ajedrecistas, que se anticipan a los movimientos. Bueno, uno hace eso. Pero las mujeres no lo entienden.
- ¿Y vos que decís, viejo?
- ¿De qué?
- ¡Cómo de qué! Te acabo de decir que Norma nos invitó al bingo de la escuela donde trabaja la hija.
- ¿Y con eso? ¿Querés ir?
- Es lo que te estoy preguntando. Si me acompañás.
- ¡Cuándo! ¿Hoy?
- No ves que no me escuchás cuando te hablo. Sos igual que el nene vos, y después te preguntás por qué el nene no te da bola. Pero si te acordás bien...
Y siempre la misma cháchara. Porque en el fondo no está diciendo que somos iguales con el Matías, sino que me está haciendo culpable de cómo es él. Cómo si la crianza hubiera sido responsabilidad mía solamente. No la conozco a ésta. Ja. Si siempre hace lo mismo, te desvía cualquier diálogo para hacerte ver como el culpable hasta de la caída de la capa de ozono. Y deben ser todas iguales. Las mujeres digo. No me quedo con eso de qué "justo me venís a tocar vos". Cualquiera te debe romper las guindas con lo mismo. Aquella que está sentada contra el árbol debe tener las mismas conversaciones con el marido. La del banco de madera, otro tanto. La pelirroja sobre el mantelito verde... bueno, a esa la veo sola. Y la verdad, está linda la colorada. Bien cuidada. ¿Qué tendrá? ¿Cincuenta? No sé, eh. No sé. Los brazos parecen firmes y al menos como está sentada, no tiene rollitos.
- No me confirmó, pero vendría el domingo.
- ¿Cómo?
- Tu hija, que viene el domingo.
- ¿Por qué "mi" hija? ¿Acaso no es tuya también?
- Te estoy diciendo que la vas a tener que ir a buscar a la terminal.
- Qué se tome un taxi.
- Ay viejo, teniendo el auto, que te cuesta ir a buscarla. ¿Sabés lo que cuesta un taxi?
- Claro. Que me cuesta. Total, el que tiene que sacar el auto, cargarle nafta, conducir, soy yo.
- Ya salió él. Nunca va a decir que si de entrada. Nunca.
Y si, al final, a la hora de comprar el auto todos opinan, que el color, que con aire, que tenga para escuchar música, que los airbags, que rojo, que verde, pero a la hora de pagar las cuentas quién está. Y si, el mismo imbécil de siempre. Che, pero que linda la colorada. Ahora que le veo las piernas, no creo que llegue a los cincuentas esa mina. No debe ser de por acá, la tendría que haber visto antes. Tendría que ver la forma de pasar cerca y verla más detenidamente. Pero con ésta acá, como para moverme estoy. Pero la verdad, que buena está la colorada por favor. Pero si, mirá ahora que se puso de pie a espantarse mosquitos. Mamá, sabés cómo te los espantaría con placer...
- ¡Viejo!
- ¿Eh? ¿Qué pasa?
- ¡Qué agarrés el mate, che! Siempre en babia vos. Como para que no te caguen en el laburo. Hace dos años que te deberían haber jubilado y todavía estás ahí, con esos papeles de porquería.
- Pero qué sabés vos, siempre opinando gratuitamente. Para abrir la boca, son todas mandadas a hacer.
- ¿Todas quiénes? ¿Tenés alguna más que te opina gratis? ¿O alguna te cobra?
- Bueno, empezó la hora de la pavada.
¿Para esto quiere que venga al parque con ella? ¿Para recriminar estupideces? Para colmo, el mate tapado. Y no está lavado de casualidad, si casi siempre hierve el agua y se le lava al tercero o cuarto. Para lo único que ha servido esta caminata es para ver a esa colorada. Mirá que tener unos años menos y... no sé, no sé. Claro que con ésta al lado, qué carajo me voy a chamuyar a alguien. Si tendría que haber venido solo al parque. Con la excusa de distraerme. Ahora me estaría hablando con la cuarentona esa. En cambio, estoy renegando con el mate tapado...
- ...y churros, aunque sean dos.
- ¿Qué churros?
- Pero che, una cosa es volverse viejo y otra viejo y pelotudo. ¿Todos dos veces te tengo que decir? Te digo que cuando vayas a tirarle la yerba al mate, te llegues hasta el hombre de allá que tiene un puesto de churros y me traigas aunque sea dos.
- Pará, ¿y por qué no vas vos? Ya que la señora es tan viva, digo.
- Dame el mate. Y me traigo churros para mí nomás.
Pero si, andá un rato a otra parte. Si querés cruzar el río para ir a comprar churros, andá. Que yo aprovecho ahora que está mirando para este lado. ¿Me está mirando a mí? ¿Podrá ser, che? No tendré la facha de antes, pero me conservo. Además, ahora a estos rollitos lo ven sexy. Lo decían el otro día en la televisión. Y si, para mí me fichó. Me está relojeando. Fijate como entorna la mirada para este lado. Si, es cierto, tiene anteojos de sol, pero me doy cuenta, no soy ningún boludo. Y digo, ¿si me llego y le pregunto alguna trivialidad? ¿Quedará muy mal? Y si, la vieja, la vieja. Me ve y se arma un escándalo. Si tendría que haber venido solo yo. Por ahí si me apuro, total le pongo de excusa que necesitaba estirar las piernas y...
- ¿Dónde vas?
- ¿Ya volviste?
- Si, cuánto querés que demore. ¿Dónde vas?
- A ninguna parte.
- Entonces para que te parás. Desde allá te veía, parado y acomodándote las pelotas, como hacés cada ve que te preparás para ir a alguna parte.
- Fue para estirar las piernas.
- Y para eso te tenés que apretar las bolas. ¿No te das cuenta que es repugnante? Qué te vas a dar cuenta vos. Viejo y sucio.
- Habló la culo limpio.
- Bien limpio tengo mi culo señor, claro que si. En cambio, no puedo decir lo mismo de otros. No hay calzoncillo que te lave que no esté cagado.
- No exageres, mujer.
- Ahora le dicen exagerar.
No le basta con no darme tiempo a nada, sino que viene a despotricarme, así, como si nada, en medio del parque. Pensar que uno se acostumbra, que si tuviera unos años menos, me voy de sus narices hasta la manta de la pelirroja, me tiro al lado y dejo que se muera de celos. Pero uno a cierta edad tiene que guardar composturas, tampoco es cosa de estar haciendo las cosas a la ligera. Cuando uno es pibe, vaya y pase. Pero a los setenta pirulos, otra que el qué dirán.
- ... para esta noche.
- ¿Qué?
- ¿Qué qué?
- Qué pasa esta noche.
- Vos realmente no me escuchás o lo hacés solo para hacerme enojar.
- Ahora que lo decís, no se me había ocurrido. Pero podría empezar a implementarlo.
- Qué tenemos que pasar por la carnicería a comprar un kilo de picada para esta noche.
- Entonces marchemos, que se va a hacer tarde.
- Está bien, pero pasemos por aquel caminito que quiero saludar a tu sobrina.
- ¿Mi sobrina...? ¿Dónde?
- La pelirroja aquella. ¿No la viste? Si estabas dele mirar para aquel lado.
- Ah, vos decís ella. Estaba pensando en la otra, la hija de Ricardo.
- ¿Rocío?
- Esa misma.
- ¿Y cuando viste pelirroja a Rocío?
- Qué se yo, a ésta tampoco.
- A ésta... ay viejo, que mal que estás.
- Mirá, yo la voy a saludar, vos hacés lo que quieras.
- Yo voy apurándome para sacar número en la carnicería, que después nos tenemos que comer una cola de una hora.
- ¿Y qué le digo? ¿No vas a saludarla?
- Mandale besos de mi parte.
- Pero...
Y si, que voy a hacer. Si me vio cuando la miraba seductoramente a la distancia y me acomodaba el amigo y las aceitunas para aparentar un bulto más grande, me va a odiar de por vida. Al menos, así, evito el confrontamiento ahora. Pero mirá vos que resultar la hija del Esteban. La pucha que hace tiempo que no la veía, mirá que está crecida la nena. Y claro, la más grande. ¿Y que estará haciendo por acá? Pero claro, si seré pelotudo, si mañana es el cumpleaños del Esteban. Pero no pego una yo, que cagada. Es cierto que muchas posibilidades de quedar al margen no tengo, con esta pinta, que mina no se me queda mirando. Y si, lo mejor es salir solo. O bien, quedarse en casa, cómodo en el living, televisor encendido, unos mates y un partido de fútbol. Por lo menos de esa forma, uno preserva el matrimonio por buen camino. Y las minas que esperan a uno en la calle tendrán que esperar por su galán. No les queda otra.


29 de abril de 2014

Lo último que se pierde es la esperanza

La vio por primera vez a la salida de la clase de Teoría General de Derecho. Eran tantos dentro del salón que no había reparado en ella. Muy bonita, se llevaba todas las miradas a su paso. Pero era su cuerpo el que parecían bendecir los ojos de quiénes se perdían en ella con la mirada.
Todavía se preguntaba cómo era que no se había percatado antes de tan hermosa mujer, cuando comprendió que prácticamente la estaba siguiendo, sin sacarle la vista de la cola. Se detuvo y cambió de dirección en forma instantánea, algo ruborizado por la forma en que había actuado, casi de manera salvaje.
La volvió a observar al día siguiente en otra clase, ahora atento a su ubicación dentro de la sala. Pudo notar que eran al menos una docena los varones que trataban de acercarse lo más que podían hasta ella, incluso con pretextos inverosímiles, como el de pedirle la hora.
Sin embargo ella se mostraba reacia a los acercamientos, detalle que a él le agradó. Pero de la misma forma que el día anterior, siguió sus pasos al final de la clase. Esta vez, disimulando un poco más. Así pudo comprobar que tras esperar a dos amigas, se fueron juntas a almorzar a un bar a dos calles de la facultad.
Él se ubicó en una mesa cercana y mientras tomaba un cortado, hacía que repasaba unos apuntes sacados al azar de la mochila. Pero su atención estaba en ella, en sus cabellos oscuros que se deslizaban con elegancia sobre sus mejillas blancas, casi pálidas, que resaltaban sus ojos color café. En la silueta de sus hombros, que bajaban o subían al ritmo de sus risas y gestos. En la curvatura de sus senos, de buenas proporciones, ajustados bajo una prenda del color de la noche.
Había en ella cierta gracia, que muy difícilmente supiera describir. Era algo magnético, que creaba la atracción casi irresistible que sentía desde el día anterior. Tal fue su atención, que no tocó las medialunas que acompañaban la bebida caliente que fue sorbiendo de a poco, lentamente, sin perder detalle de lo que sucedía unas mesas más adelante.
Cuando ellas llamaron al mozo y pagaron, él hizo lo mismo, apurándose de acomodar sus cosas para poder salir al mismo tiempo y apreciar hacia donde se dirigía. Pero su emoción duró poco. En la esquina ella se apartó de sus amigas, a las que saludó con un beso, y se subió a un taxi, para esfumarse en una maraña de coches en pleno mediodía. Quedó desolado, pero solo fue un momento, porque sabía que la vería al día siguiente.
Repitió el rito de buscarla, de compartir la clase, de observarla de lejos, para luego a la salida, seguir sus pasos. Esta vez se sintió con suerte porque caminó hasta el bar sola. Dudó en sentarse en la mesa de al lado y cuando quiso ocuparla, una pareja de jubilados ya la había ocupado. Se tuvo que conformar con una ubicación algo retirada, pero desde donde podía verla de frente.
Tan solo tomó una gaseosa, recogió los apuntes que había desparramado sobre la mesa previamente y se retiró. Había dejado el dinero bajo el vaso. Ese movimiento lo desconcertó. Lo tomó de sorpresa y entre que metió las cosas en la mochila, llamó al mozo y le pagó el café que había pedido, ella le sacó ventaja. Quiso acortar la distancia corriendo, pero al doblar la esquina nunca imaginó que ella podía haberse detenido a mirar una vidriera. Como se suele decir: se la llevó puesta.
Cayeron los dos al suelo, de manera estrepitosa. No supo que era ella hasta que la tuvo debajo de su cuerpo, enredados de manera extraña y (visto desde afuera) cómica. Al comprender lo que había sucedido, cualquier intento de reacción escapó de su mente y de su cuerpo.
Ella, en cambio, gruñó, insultó y se lo sacó de encima empujándolo hacia un lado.
- ¡Estúpido, por qué no mirás por dónde vas! - fue la escueta y lapidaria frase que levantaba una paredón entre ambos.
Quiso explicarle, hacerle entender que todo había sucedido por el afán de no perderle el rastro, de saberla cerca, incluso, decirle del polo magnético que representaba para su corazón, la forma en que sus pensamientos se confundían mientras la observaba beber lentamente a la distancia. Quiso, trató, imaginó. Pero sus labios no se movieron, tensos, asustados. Y ella, furiosa, apretó los dedos en torno de la pequeña cartera que llevaba consigo y con violencia arrojó el golpe preciso, certero, poderoso, sobre la sien del chico que la había tirado al piso.
Despertó en la camilla de una ambulancia. Un médico le tomaba el pulso. A su lado, un policía revisaba un documento de identidad, que con seguridad sería el suyo. Más allá, en la vereda, divisaba a duras penas esa silueta encantadora, casi a los gritos con otro policía, señalando en su dirección. Las conclusiones apuradas que podía sacar de esa escena, no eran prometedoras. Seguramente ya lo había reconocido de la clase, de haberlo visto en el mismo bar... la situación tenía un solo nombre: acoso.
El uniformado que estaba con ella cerró una libreta donde había estado escribiendo y se dirigió hacia la ambulancia, dejándola sola, de brazos cruzados.
Al llegar hasta el otro policía, le dijo algo al oído. Su compañero asintió. Luego, le devolvieron el documento y se alejaron de la ambulancia.
- Lo vamos a llevar al hospital, para asegurarnos que no tiene ninguna lesión interna - le informó el médico, mientras cerraba la puerta trasera del vehículo.
En ese momento, aún dolorido, intentó abandonar la camilla y alcanzar la puerta. Pero al arrancar la ambulancia, lo único que consiguió fue precipitarse contra las ventanillas traseras y darse con dureza la cara contra el vidrio.
Lo último que vio, antes de caer de rodillas al suelo de chapa, era a los policías felices de hacer subir a la mujer de su perdición al patrullero, con seguridad para llevarla a declarar.
Pudo haberse puesto triste, pero en cambio, entendió que había un atisbo de esperanza. Si había denuncia, con seguridad la vería en alguna audiencia.
El médico, que salió disparado a pararle la hemorragia de la nariz, no entendía por qué carajo el joven podía estar sonriendo en esa situación.
- Cada loco con su tema - bufó en voz baja, mientras buscaba algodón en su maletín de primeros auxilios.

26 de abril de 2014

Quince tablas de pino

Quince tablas de pino, apiladas una encima de la otra, olvidadas en el fondo del galpón principal del establecimiento rural.
Las volvió a contar lentamente. Ignoraba cómo habían llegado allí y cuál era el propósito original de las mismas. Lo importante ahora era que le resultaban de suma utilidad. Casi como caídas del cielo.
Cada tabla debía andar en los cuatro metros de largo, por medio de ancho. El polvo se había acumulado sobre la áspera superficie oscureciendo el color natural de la madera. Sobresalían a la vista, como enormes lunares, los nudos de las vetas.
Eran ideales para cerrar el quincho que estaba construyendo en su casa. ¡Lo que se ahorraría! Su visita a aquel sector alejado del galpón había sido fructífera. Sin perder tiempo mandó a buscar a Euslaquio, un baqueano de su confianza que además manejaba un camioncito con acoplado con el que trasladaban cosas de un sector a otro.
- Quiero que me lleve esos tablones hasta el estacionamiento, Euslaquio. Luego veré como llevarlos para mi casa.
El baqueano se detuvo en seco. No demoró mucho en retroceder hasta donde estaba su patrón, aunque sin quitarle los ojos de encima a los tablones.
- Qué le pasa amigo? - preguntó asombrado - Parece que ha visto un fantasma.
El Euslaquio lo miró de soslayo, blanco como la leche. Si no hubiera sido un buen patrón, ya habría salido corriendo. Pero aquel hombre se merecía su respeto y también ser advertido.
- Mire mi jefe, yo que usted me olvido de esas tablas.
- No creo que nadie las reclame, si ese es su temor, vea que parecen abandonadas.
- Justamente, por algo están así, casi escondidas. Déjelas donde están, hágame caso.
- Quién se va a enojar, por favor Euslaquio, no dramatice.
- Le digo que se olvide, carajo!
El patrón se sorprendió con la reacción. Era lo que menos esperaba, aquel improperio.
Euslaquio se dio cuenta de su vehemencia y decidió que el misterio poco ayudaría al hombre, que solo veía en esas tablas el techo de su quincho.
- Esas tablas llevan el diablo en su interior. Fueron hechas del pino donde se colgó el Hilario Venancio Sánchez allá por los años ochenta.
- No me venga con cuentos del campo.
- Qué cuento ni ocho cuartos. Présteme atención. Este lugar en los ochenta estaba en quiebra. Así que el Hilario fue hasta el pueblo y por intermedio de la Pocha Zuliani, que tira las cartas y hace magia negra, le vendió el alma al diablo para no verse en la ruina. Las cosas mejoraron pero su vida comenzó a ser un tormento. Su mujer se fue con el dueño de una concesionaria de maquinarias agrícolas, su hijo se mató en un accidente de caza y por si fuera poco, por culpa de la diabetes le tuvieron que amputar una pierna. Así que tomó la decisión de atarse del cuello y dejarse caer de lo alto de su árbol predilecto, el pino que estaba frente a la ventana de su dormitorio. Pero la muerte fue poca cosa para Hilario. La gente del establecimiento comenzó a ver su figura deambulando sin sentido alrededor del pino, y casi siempre el fantasma del dueño terminaba colgándose otra vez del árbol, como si aquello fuera un castigo cíclico y eterno. La gente no dudó al tiempo en talar el pino. El tronco fue convertido en estas quince tablas. Las ramas, muchas de ellas, fueron echadas al parrillero para encender el fuego con la idea de hacer un asado. Sin embargo las llamas iniciaron un incendio que devoró gran parte del lugar. Nadie desde entonces ha tocado estas tablas. No seré yo quien lo haga.
El baqueano se llamó al silencio. Había dicho lo suyo. Podía ser un mito o una exageración desmedida de hechos reales, pero eso poco le importaba. Lo cierto es que no ignoraría el hecho de tener respeto y temor ante esa historia, más aun al estar viendo con ojos propios los tan nombrados quince escalones.
- Son creencias Euslaquio, no me joda.
- Haga lo que quiera. Si no me necesita para otra cosa, le voy a llevar unas bolsas de semillas al Reinaldo.
El patrón quedó a solas con las maderas dentro del galpón. Parecían tablas de pino comunes y corrientes. Les faltaba mucha lija, lustre y algún producto para protección. Se iba a arriesgar con todo lo que había escuchado? Lo dudaba. Sin embargo había algo en esas tablas que lo subyugaba. No sabía bien que era. Y tampoco se animaba ahora a averiguarlo. Solo podía estar seguro de una cosa: daría el alma por poder terminar ese quincho.
Las tablas tomaron nota de ese pensamiento.

23 de abril de 2014

En un tiempo remoto

La historia que les voy a contar sucedió hace mucho tiempo, incluso antes de la colonización de los planetas de Oximorea, en épocas donde la humanidad aún adoraba dioses paganos, la muerte era un proceso irreversible y las comunicaciones se realizaban mediante interminables tendidos de cables que cruzaban continentes y océanos.
En ese entonces, encerrado en su planeta original, el prematuro ser humano apenas si había concebido una idea certera de lo que era, de lo que todos conocemos hoy en día. El cuerpo era todavía considerado imprescindible y como tal, era el principio y el final de una persona. Como escuchan, les hablo de una era remota y hasta difícil de imaginar.
En una tierra llamada Vixaconxtituxion residía un hombre en su cuerpo de carne y huesos, llamado Venancio. Como todo hombre de aquella época, creía en el antiguo sentimiento del amor, en el que nuestros antepasados creyeron durante siglos hasta la oxagexación de la mente.
Venancio, cuyos hábitos diarios incluían los olvidados ritos del sueño, la alimentación y el trabajo, viajaba a diario usando sus miembros inferiores para trasladarse hasta la morada de la persona destinataria de sus halagos amorosos: una mujer de nombre Epifanía.
Pero, como solía ocurrir con ese equívoco sentimiento a lo largo del tiempo si importar el lugar y los protagonistas, no era correspondido. Es decir, Epifanía no amaba a Venancio. Puede que les resulte difícil entender la idea, confieso que le cuesta a mi mente, porque para comprender la esencia de ese sentir deberíamos desprendernos de toda la energía y luz que nos rodea al punto de apagarnos y convertirnos en el ser carente de sentido que eran aquellos primitivos seres humanos.
El regalo era una forma de convencimiento. Venancio lo practicaba con inútil insistencia. Pero ningún esfuerzo suyo era suficiente. La tonta creencia de que en el corazón, el órgano vital para la primera forma humana, residía todo lo concerniente al amor hacía de la existencia de Venancio un sufrimiento a toda hora pues su estéril intento de alcanzar la atención de Epifanía convertía su vida en un triste reflejo de la desazón humana.
El relato cuenta que harta la mujer del asedio de su enamorado, le dijo un día que aceptaría su amor cuando el ser humano conquistara el último planeta de la galaxia. Venancio, optimista, vio en esas palabras no un imposible sino una esperanza.
Hoy, a pocas horas de esa última conquista, renace el viejo cuento que ha sobrevivido miles y miles de generaciones, casi como un susurro del tiempo que ha sabido superar las barreras del pensamiento, la distancia, los multiversos, los plexoversos, la energía sideral, incluso, a la memoria colectiva misma, que es la que nos contiene como parte del eje universal.
Y ese cuento prevalece más allá de la idea primigenia de la promesa eterna en pos del amor imposible, sino como punto de partida de lo que hoy somos. Porque fue la descendencia de aquel hombre la que, valiéndose del progreso humano corporeo mental primero y mental energético después, la que se propuso el viaje interminable hasta este planeta lejano, el último de cientos de miles, con el que concluye la era más fructífera del género humano.
Hoy Epifanía debería rendirse ante Venancio, según las reglas olvidadas de aquellos sentimientos extintos. Tendría que doblegarse ante su condición, resignarse frente a la tenacidad del hombre que lejos de escabullirse de tremenda responsabilidad no solo la asume sino que además la planifica, la ejecuta y aliada con la memoria colectiva, la concreta a lo largo del tiempo, ese compañero no visible ni lineal que la humanidad conoce desde la primera hora.
A nombre de Venancio intensifico mi luz y brillo por su logro. Lejos estamos de sus creencias paganas y carentes de raciocinio, pero de algo podemos estar seguros. Si no fuera por aquel impulso químico mal entendido, de esa falsa religión del amor, nada de lo que somos sería posible. Somos el fruto de lo que nuestros antiguos llamaban una calentura. Y como corolario de esto que quería contarles, mis estimados camaradas, solo me queda la siguiente analogía muy en términos de aquellos tiempos remotos en las tierras de Vixaconxtituxion: hoy a Epifanía no la salvaría nadie.
¡A la conquista compañeros!

20 de abril de 2014

La cosecha

En calidad de abogado de la firma, concurrí a la principal bodega de la competencia. Allí me aguardaban dos matones de considerable tamaño. Tras presentarme y observar sus rostros adustos consultarse entre si, me llevaron casi a la rastra por un pasillo muy largo, que terminaba en una oficina cuya puerta principal estaba blindada.
Me arrojaron dentro como quien arroja una brasa al fuego, con el desdén propio de la altanería del poder. Caí de rodillas ante un escritorio de madera oscura, que debido a mi ignorancia general no supe precisar si era caoba o roble. De todas maneras, mi atención no estaba justamente en el mobiliario del lugar.
Un hombre vestido con traje de marca, habano en la boca y una copa de vino en su mano, me miraba desde el asiento de respaldo alto, que daba a un ventanal grande, a través del que podían apreciarse los viñedos de la bodega.
Me señaló la silla, como si fuera un irresponsable al haber caído al suelo tras el empellón de sus guardaespaldas. Me alisé la camisa, el pantalón y caminé lentamente hasta el único asiento disponible de este lado del escritorio.
Lo miré como si no hubiese pasado nado, guardando la compostura. Sabía que contaba con la ventaja. El maltrato era para inducir un impacto psicológico en mi conducta, para amedrentar el objetivo con el que me había apersonado en la famosísima estancia "El Zonda".
Comprendió mi jugada, lo vi en sus ojos. No iba a doblegarme tan fácilmente. Entonces buscó de un cajón otra copa, la colocó junto a la suya y sirvió vino de una botella sin etiquetar que estaba a sus pies. El color era perfecto, como así su textura. Podía palparse con la mirada. El sabor, llegaba con delicia hasta donde estaba.
- Malbec, cosecha 2001 - anunció.
No necesitaba traductor. Ejercía la abogacía, pero mis padres habían sido vitivinicultores toda la vida. Aunque eso el hombre de traje lo sabía.
- Buen año - acoté, aceptando la copa y llevándola con más ansias de lo que se notaba a mis labios.
Sonrió. Estaba relajado. Jugaba de local y esperaba mis movimientos. Quizá ese fue su error. Relajarse.
Saqué de mi maletín el expediente y lo dejé sobre el escritorio. Lo giré apenas como para que leyera las letras en rojo: Ejecución judicial.
- ¿Qué lo trae hasta aquí, Pereyra? - preguntó con desgano, a sabiendas de la respuesta.
- Se terminó el juego Saralegui - dije, saboreando las palabras, endulzadas con el rico Malbec.
Pereyra lo sabía, no obstante, iba a resistir. Se puso de pie y miró el ventanal. Los viñedos se extendían hasta el comienzo de las primeras colinas. El cielo azul le daba un tinte de ensueño. Aún de espaldas, comenzó a reír.
- ¿Sabe que si esto queda en manos de ellos, todo por lo que pelearon sus padres se pierde, se esfuma, se pica si prefiere el término? ¿Eso quiere Pereyra?
- A mi manera de ver, recupero lo que me pertenece. Esto en manos de los García Sotelo, queda bajo mi mando.
- ¿Administrando los viñedos de otros? ¿Usted cree Pereyra que esto pasa a ser suyo? Me hace reír, por esa razón sus padres confiaron en mí y no en usted. Ya lo decía entonces, cuando apenas era usted un purrete. Millonario de cuna, inservible para nada.
Quería desmoronarme, pero no lo conseguiría. Esperaba desde hacía años este momento, en el que vería al antiguo capataz suplicando por piedad, despojado de todo. Ya no iba a reír más, ni pondría en la comisura de los labios esos caros habanos cubanos. Mucho menos, podría disfrutar de un Malbec más allá de una cosecha cercana.
- Está acabado, Saralegui - y en mi rostro se dibujó una sonrisa.
Saralegui en cambio, se quitó el saco, lo dejó sobre el respaldar de su silla, se sirvió otra copa y escupió dentro.
- Eso es lo que está haciendo, abogado sabelotodo. Escupiendo en el vino de sus padres.
- En todo caso, en el mío - respondí.
- Imbécil.
Reí. Estaba todo dicho. Saralegui se fue, escoltado por sus guardaespaldas. La bodega quedaba en manos de los García Sotelo. Yo era su abogado. Por ende, quedaba en las mías. Los viñedos volvían a su sangre, sepultando así el insulto familiar, aquella degradación, aquel reproche lejano, distante, que ahora se perdía en el tiempo. ¿Justicia? Tan solo una cuestión de tiempo.
Miré los viñedos, el escritorio, la copa en la mano, la botella a medio terminar. Todo mío. Volví a reír. Luego levanté el tubo y mandé a pedir que cambiaran el cartel de la entrada. Bodega Pereyra era ahora Bodega García Sotelo.
Solo al ver el nombre en lo alto, labrado en madera, días después, comprendí el significado de "imbécil".