10 de mayo de 2013
Violencia de género
El hecho de no trabajar, de no compartir un espacio con otras personas, le permitía mantener la compostura. Se había acostumbrado a hacer las compras moviéndose furtivamente, evitando todo contacto visual con extraños. Eran pocas las veces que salía para eso, pero en esas ocasiones, era cuidadosa.
Los hematomas llevaban mucho tiempo allí, aunque no eran siempre los mismos, se iban renovando. A veces se dejaba el cabello suelto, para que las ondulaciones proporcionaran también reparo. Cuando volvía a casa, estaba más tranquila. Aunque de vez en cuando, la situación le costaba. Había una lucha interna en su mente, un miedo irracional que aún no podía combatir. Un miedo que solía lindar con la locura.
Dejó los bolsos en el pasillo. Su marido estaba en la cocina. Lo había dejado pelando papas y limpiando los pisos.
- Volví - le dijo, con voz fría, carente de matices.
Él no contestó. Hacía tiempo que no contestaba. Siguió en sus tareas, sin dedicarle un segundo de atención. Ella sonrió, borrando de momento cualquier remordimiento.
- Te traje cuatro litros de pintura, quiero que esta tarde, cuando vuelvas del laburo, me pintes la sala de costura. Y nada de peros, que ya lo sabés muy bien, me reviento con más fuerza el ojo y te condeno delante de todo el pueblo, diciendo que que me cagás a palo.
Triunfante, se recostó a leer un libro, mientras su marido continuaba con sus quehaceres.
7 de mayo de 2013
El reloj del abuelo
Era un relato breve, pero con la suficiente fuerza como para marcarlo de por vida. Por eso, cuando terminó la carrera y se recibió de ingeniero, antes de cualquier intento de conseguir trabajo o aceptar alguna de las becas que le habían ofrecido, decidió hacer ese viaje que venía postergando desde niño.
Se puso la mochila en la espalda, el casco en la cabeza, se montó en la moto y recorrió caminos desolados, cubriéndose de tierra bajo el rayo del sol, fuerte, calcinante.
Atardecía cuando vio las formas del pueblo. Apenas si lo recordaba. De pronto eran recuerdos borrosos, asaltados por el paso de los años, desvalijado de colores y aromas, de nitidez y certeza. Pero allí estaba la calle principal, las casas bajas, los pocos comercios, los vecinos del pueblo en sus quehaceres diarios.
Aminoró la marcha y comprendió que las miradas se posaban en él, en el forastero que llegaba con su moto. Lo observaban con recelo, como a todo visitante. No recordaba ningún rostro, habían pasado muchos años de la última vez.
Con esfuerzo, recordó que debía doblar en la última calle. De repente, al hacerlo, la casa de su abuelo apareció recortada en el paisaje. ¿Quién viviría ahora allí? ¿Le permitirían entrar?
Detuvo la moto y caminó hacia la puerta. Golpeó las manos, como cuando era pequeño. Allí no había timbres, eran las palmas o los gritos. Una mujer robusta se asomó a la puerta. Lo miró con desconfianza.
El se presentó y no demoró en hacerle saber la razón de su visita. La mujer en primera instancia dudó, pero luego permitió su paso.
Fue directo hacia el patio, aunque antes aceptó un vaso de agua, tanto por cortesía como por sed. El viaje lo había extenuado. Los árboles no eran los mismos, el verde ya no brillaba como en su memoria y hasta el cantar de los pájaros parecía diferente. El mundo pierde su brillo a medida que se lo vive, se lo camina. Es como un zapato nuevo, que se desgasta. Pero en definitiva, era aquel patio, era el lugar aquella historia.
Se dirigió hasta la higuera casi centenaria, se apoyó en el tronco y buscó el norte. Su abuelo le había enseñado como. Caminó diez pasos y giró cuarenta y cinco grados. Contó otros veinte pasos y frenó su marcha.
Sacó de su mochila una palita de jardinería y se puso a cavar. Estaría allí, a menos de medio metro. A los pocos minutos, sintió como la herramienta golpeaba algo metálico. Demoró un poco más es desenterrar el objeto con el que se había topado. Una caja metálica, que en algún momento tuvo pintada una escena escolar.
La abrió. Dentro estaba el reloj. El mismo de la historia. Aquella que su madre le contaba desde pequeño, pero que su abuelo jamás le quiso confirmar. El reloj de oro puro, con el que su abuelo se había pagado el viaje desde España, tras vendérselo al capitán de un barco. Ese objeto de valor cuantioso que luego recuperó matando a traición a su comprador, en el mismísimo puerto de Buenos Aires.
Lo apretó fuerte y comprendió la mirada siempre ausente, melancólica, arrepentida, de aquel viejo. Y esos ojos vacíos, dolidos por la vida. Y también el odio visceral de su madre, que le repetía una y mil veces la historia, para que odiara tanto como ella a su abuelo.
Pero en cambio, siempre sintió pena y al mismo tiempo, incredulidad. Su abuelo no podía haber hecho algo así, no podía. Y sin embargo, jamás respondió a su inquietud de saber. Solo aquel extraño mandato: "Cuando muera, de la higuera diez pasos, cuarenta y cinco grados norte, veinte pasos otra vez. He ahí mi respuesta".
Aquella historia, aquel reloj, aquel pasado.
El tiempo todo lo desgasta, incluso lo que nos avergüenza y condena.
4 de mayo de 2013
Carletti, el obsesivo
Pero eso no era todo. Debía haber la misma cantidad de vocales A y E, en tanto que permitía menos de las restantes siempre y cuando el orden fuese el siguiente: más O que I, más I que U.
El total de palabras debía coincidir página a página o bien, tener una diferencia entre si expresada en una cantidad "redonda", es decir, diez, veinte, treinta.
Los títulos debían valerse de doce letras, el total de páginas debía ser múltiplo de cuatro y los capítulos debían ser en total seis. En el contrato con su editorial exigía que las tiradas fueran de diez mil ejemplares. En las presentaciones hablaba exactamente veinte minutos y solo firmaba ochenta libros por vez.
Odiaba los reportes de venta, porque pocas veces los resultados coincidian con su obsesión. No le importaba si vendía más o vendía menos. Lo que realmente valía, era la cifra.
Cierta vez un reportero insistió con una séptima pregunta. Carletti se puso loco, hasta quiso tomarse a golpes de puño al grito de ¡nunca impar, nunca impar".
Al fallecer repentinamente en el día de ayer, su abogado dio a conocer su última voluntad. Dos ataúdes. En uno, la mitad de su cuerpo y en el otro, el resto.
El caos se desató no con ese pedido extraño y hasta de mal gusto, sino luego, cuando alguien preguntó en voz alta por su mujer, con el fin de darle el pésame. En ese instante, dos mujeres se adelantaron al mismo tiempo, para acercarse a la persona que había preguntado.
Las mujeres se miraron y comprendieron de inmediato. ¡Carletti se había casado dos veces! Los presentes en el velatorio no lo podían creer.
- ¿Quién sos vos? - preguntó una a la otra.
- ¡Analía, la esposa de Carletti!
- ¡Yo soy Analía!
La incredulidad había tomado por sorpresa la sala velatoria. Se escucharon algunas voces que decían algo así como "el hijo de puta se las buscó con el mismo nombre" y otras barbaridades, que no parecían acertadas para el acontecimiento. Las mujeres se trenzaron de los pelos. Las demás personas empezaron a mirarse con desconfianza. El abogado buscó con ojo clínico la presencia de algún colega, con el que Carletti lo estuviera engañando.
El desorden se hizo general y lo que debía ser un momento de reflexión, terminó siendo una escena de violencia injustificada. El corolario fue la llegada de patrulleros policiales y más de una veintena de detenidos.
El único beneficiado fue Carletti, que debido al caos, su apoderado determinó que el velatorio no había sido el ideal y por lo tanto, programaron otro más para mañana, con el fin de hacer justicia al recuerdo de sus letras. Obsesivo, hasta en la muerte.
1 de mayo de 2013
Oscuridad en la canchita
Los miércoles era tarde de picado a la vuelta de la estación de servicios. Allí había un baldío con un par de arcos y para dos equipos de siete jugadores era el lugar ideal. La misma gente de la estación lo mantenía en condiciones, cobrando una mínima colaboración. Ellos mismos jugaban sus partidos allí.
El grupo de los miércoles llegaba a veces a veinte personas. La mayoría ex compañeros de secundaria. El resto, amigos de algunos, que se fueron sumando. Aquella tarde éramos trece.
Habíamos armado un equipo de seis y otro de siete (diferencia que en la cancha no se vería, porque se había equilibrado la calidad de los integrantes). Cuando estábamos por arrancar, lo vimos entrar a Manuel. Por un lado, contentos, porque era uno más. Por el otro, fastidio, porque había que armar los equipos de nuevo.
Pero Manuel se sentó a un lado y dijo que largáramos, que no jugaría.
- ¿Qué te pasa? - le grité.
- La pierna, me duele. Jueguen - insistió.
Jugamos. Aunque de vez en cuando miraba para el costado. Allí estaba Manuel, observando sin observar. No tenía cara de "me duele una pierna". Se lo veía distraído, hasta algo pálido. Un par de veces la pelota fue hasta donde estaba y al golpearlo, lo sacaba del ensimismamiento en el que se encontraba. Pero irremediablemente, volvía a su postura.
Cuando terminamos, nos reunimos a un costado, para hacerles lugar a los chicos que jugaban después de nosotros, a los que ya conocíamos de vista de tanto coincidir en la cancha. Compramos unos porrones de cerveza en la estación y nos tiramos bajo unos árboles a tomarlas. Manuel se acercó, pero declinó la botella cuando alguien se la pasó.
Comentamos el partido, nos gastamos algunas bromas y luego cada uno empezó a alistar su bolso para volver a casa. Todos menos Manuel, que no había ido a jugar. Me di cuenta que se quedaba cerca mío y supuse que me iba a pedir que lo llevara.
- ¿Te llevo? - le pregunté mientras metía las medias y los botines dentro del bolsito deportivo.
- ¿A casa? No, hoy ni en pedo.
- Dale, contame. ¿Qué te pasa? No me creo el cuento de la pierna.
- Me echaron Adolfo, me echaron de la oficina.
- ¿Cómo que te echaron, negro?
- Así como lo escuchás. Reducción de personal, persona prescindible, agarre sus cosas y váyase. ¿Vos podés creer? Cinco años Adolfo, cinco putos años ahí adentro, quedándome después de hora para cumplir, yendo a trabajar con fiebre. Y me pagan así...
- Me imagino que todavía tu mujer no sabe nada.
- ¿Con qué cara le digo? Hace cinco meses nos metimos con el crédito hipotecario. Apenas si saca para sus gastos, con esas horas de mierda que hace en el jardín.
- Manuel, pensá que por un tiempo vas a tener la indemnización...
- Una mierda Adolfo, me pagan dos mangos. Ya me hicieron firmar los papeles.
- ¿Ya firmaste?
- Me dijeron que si dejaba pasar el tiempo, me iban a dar menos. Que si llevaba un abogado, iban a demorar el pago. Que si les ponía un juicio, no iba a cobrar ni el día del choto. Firmé, qué otra cosa podía hacer. Ni gremio tenemos.
Nos quedamos en silencio, compartiendo los sonidos de la cancha. Nos llegaban distantes, como si pertenecieran a otra realidad. Sentía bronca e impotencia. Lo veía a Manuel, pensaba en su mujer y al mismo tiempo, me imaginaba en una situación similar y se me revolvía el estómago.
- Te puedo sugerir en la fábrica, no es lo tuyo, pero hasta que encuentres algo...
- Lo que sea Adolfo, lo que sea. ¿Sabés algo? Te lo íbamos a decir el sábado, que es tu cumpleaños. Mariel está embarazada. Vamos a ser padres. ¿Podés creerlo? Vamos a tener un bebé. Justo ahora, vamos a tener un bebé.
Manuel comenzó a reír.
- Es irónico Adolfo. Comenzamos a soñar con nuestra casa propia, con nuestro primer hijo y me quedo sin laburo.
- Es injusto, más que irónico.
- No quiero importunarte más. Quería que te enteraras por mí.
- Te llevo a tu casa, dale.
- No, dejá. Me voy caminando. Así tengo más tiempo para pensar. No sé aún como voy a enfrentar a Mariel.
- Si querés, te acompaño y...
- Andá tranquilo a tu casa. Mañana te cuento como me fue.
- Mañana mismo hablo de vos en el trabajo.
- Te agradezco Adolfo. Andá ahora, andá con tu gente.
Y me fui. Subí al coche, lo puse en marcha y tomé la calle. Manuel aún estaba de pie, a lado de un árbol. Miraba hacia la cancha, como buscando en ese picado de extraños conocidos las palabras justas para decirle a su mujer. Un solo pensamiento me asaltó en el viaje: "Menos mal que no me pasó a mí". Me aborrecí el resto del camino, pero en el fondo lo creí acertado. De todas maneras, al contarle a mi esposa, mientras comíamos, tuve ganas de llorar, aunque no lo hice.
Sabía que no era el fin del mundo, pero si, un sismo bajo los pies de Manuel y su familia. Una brecha enorme, que lo distanciaba de la tranquilidad habitual, de los días rutinarios, del dinero a principio de mes para pagar las cuentas, del sentarse y reír, del cerrar los ojos y proyectar.
Cuando me acosté, supe que no podría dormir. Mi pensamiento egoísta se instalaba sin pedir permiso y por más que lo rechazara, allí estaba, espiando desde alguna parte. A medianoche sonó el teléfono. Intuí la voz que escucharía. Le dije a Mariel antes de cortar que no se preocupara, que saldría a buscarlo.
Fui con el auto directamente a la canchita de fútbol. Las luminarias estaban apagadas, pero ni bien bajé del coche, sentí el ruido de la pelota golpeando un poste. Caminé en la penumbra, mientras mis ojos se acostumbraban. Para cuando lo tuve a pocos metros, distinguía su figura nítidamente.
- Llamó a casa Manuel, está preocupada.
- No sé cómo Adolfo, no tengo la más puta idea... - y allí se quebró. Ni siquiera pudo patear la pelota; intentó hacerlo, pero se tambaleó y se abrazó a mi cuerpo para no caer. Quedó aferrado, como una parte de mí, llorando sobre mi hombro. Lo dejé que se desahogara, en silencio. Tampoco encontraría las palabras si me tocara estar en su lugar.
Cuando se calmó, solo atiné a decir unas pocas palabras.
- Ella más que nadie, va a estar a tu lado. Y juntos, van a salir adelante.
Me miró, sin poder discernir si aquello era cierto o no. Dejó escapar el aire contenido y respiró profundamente.
- ¿Me llevás? - preguntó finalmente.
Le palmeé la espalda y le dije "vamos". Miré de reojo la cancha vacía.
- Manuel... ¿unos penales a oscuras, como cuando éramos chicos?
Esta vez me observó con otros ojos, iluminados. Sonrió genuinamente y abrió los brazos.
- Y dale...
De inmediato se pasó la mano por la cara y se adelantó al trote.
- Al arco primero - me ventajeó.
No dije nada, no valía la pena. No iba a reclamar por un "pan y queso" esa noche. Lo dejé ser y juntos fuimos, aunque sea por diez minutos, libres otras vez de este maldito mundo.
28 de abril de 2013
El precio a pagar
Aquel libro, llamó la atención. ¿Cuál es el precio? me pregunté en silencio, acercándome para ver con mayor detenimiento la portada. No era nada de otro mundo. Un tono amarillo estrindente, el título en letra Arial tamaño descomunal y abajo de todo, el nombre del autor, que me era totalmente desconocido. No había ningún dibujo o fotografía.
Miré de soslayo hacia la caja y también por el pasillo. Era la librería habitual, donde compraba la mayor parte de mis libros, conocía a la gente que atendía, a varios clientes y me daba cierto pudor que me vieran acercarme a un libro de autoayuda, sobre todo porque vivía quejándome del género.
Finalmente vencí el prejuicio y lo tomé entre mis manos. No eran demasiadas páginas, tampoco en el interior había imágenes y la contratapa brindaba una breve sinopsis del contenido, haciendo hincapié principalmente en la necesidad de sumar preguntas a la inicial.
Pregunté por su valor, aclarando que era para regalar. Para mi sorpresa, no era caro. Lo compré, junto a una edición de bolsillo de La metamorfosis de Kafka, que si bien ya lo tenía en una antología del autor, era barata y de paso contrarrestaba la otra adquisición, principalmente ante ojos ajenos.
Lo empecé a leer en el colectivo, camino a casa. Me entusiasmó la narración simple del autor, directa. Parecía que me estaba hablando, que se estaba dirigiendo a mi persona. Para cuando llegué, había terminado el primer capítulo. Estaba sorprendido, tenía la idea que los libros de esta índole apestaban y ahora me encontraba enganchado con uno. Mi mujer me preguntó si había comprado algo y solo le mostré el de Kafka. Lo miró muy por arriba e hizo un gesto de indiferencia. Si no era de historia o filosofía, hacía el mismo gesto con cualquier libro.
Lo llevé a escondidas hasta la pieza y estuve a punto de ocultarlo detrás de la colección de Stephen King, pero lo aparté para meterlo en el bolso que llevo al trabajo. Tenía ganas de leerlo, de continuar la lectura cuanto antes. Y en casa se iba a complicar. No quería que mi esposa me viera leyéndolo.
Pude meterme al baño para prepararme, con el ejemplar camuflado en la campera. Leí un buen tramo sentado en el inodoro. Mi mujer me preguntó desde el pasillo si no se me estaba haciendo tarde. Caí en la cuenta que era cierto, se me estaba pasando la hora para tomar el colectivo de fábrica. Salí a las apuradas, pero cuidando de no mostrar el libro.
Lo metí en el bolso junto a la vianda para la tarde, le di un beso a mi mujer en la mejilla y corrí hacia la esquina. Llegué justo. Me senté en el primer asiento y a pesar del deseo de leer, me resistí. Sacar un libro así en aquel colectivo sería objeto de burla por lo menos, para dos años enteros.
En la hora de descanso, en cambio, sabía donde poder leer tranquilo. Con poca luz, apartado del resto, pude avanzar algunas páginas. Luego tuve que resignarme a abandonarlo otra vez en el bolso y hasta no regresar a mi hogar, no pude volver a ponerle las manos encima.
Mi mujer me recordó que cenábamos en lo de Adolfo, mi primo. Maldije el día que había aceptado la invitación. Apenas si pude ojear medio capítulo en el baño y un poco más mientras ella se bañaba. La cena fue un bodrio, la carne al horno muy dura y el vino blanco, casi tibio y muy dulce para mi gusto. A pesar de todo, esbocé en todo momento mi mejor sonrisa.
Le comenté luego mi impresión a mi señora y me reprochó que sea tan crítico. Me reprendió la actitud y me sermoneó durante todo el camino de regreso. Una vez en casa se dirigió directo al baño, momento en el que aproveché para poner en práctica el plan que vino a mi cabeza mientras ella me decía de todo un poco en el taxi. Busqué la cubierta de otro libro, la coloqué sobre el de autoayuda y así, disfrazado de libro serio, o al menos, de uno que vaya con mis gustos, lo dejé sobre la mesa de luz. Finalmente, había encontrado la manera de llevarlo donde sea, sin miedo a que me avergonzara.
Leí hasta alta la madrugada, sin reparar en la hora. Algún que otro quejido de mi mujer, debido a que tenía la luz encendida, interrumpía de vez en cuando la lectura, pero nada que impidiera seguir el hilo del discurso del autor.
Las oraciones acometían con fuerza, los argumentos eran válidos y los interrogantes se iban respondiendo con lógica y sabiduría. Para cuando apagué la luz, había avanzado al menos tres cuartas partes.
Desperté ahogado, asaltado por un extraño pánico. Aún era de noche, se podían ver las estrellas a través de la ventana. Busqué a ciegas el vaso de agua que solía dejar sobre la mesa de luz, pero no lo pude encontrar. No recordaba si lo había ido a buscar antes de acostarme. Había estado tan ansioso por ponerme a leer, que era probable que no. Encendí la luz como último recurso, sabiendo que eso despertaría a mi mujer y tendría algún reproche extra.
Esperaba escuchar su voz o un chistido. Pero no hubo nada. La imaginé profundamente dormida. Solo cuando miré por encima del hombro, supe que no se trataba de eso. El lado de su cama estaba vacío. Miré hacia el pasillo, pero no se veía ninguna luz proveniente desde el baño. Presté atención a los sonidos, esperando escuchar algo que viniera de la cocina, como ser un vaso, cubiertos, el televisor encendido. Me levanté cuidadosamente, calzándome las pantuflas.
- ¿Querida? - llamé en voz alta, saliendo del sopor del sueño, del que había sido arrebatado por esa sensación de ahogo tan rara.
Avancé hasta la puerta y volví la mirada hacia la mesa de luz. Mi libro no estaba. Observé en el suelo, pero no se había caído. ¿Ella lo había tomado?
Prendí la luz general de la habitación y luego la del pasillo. La llamé por su nombre. No hubo respuesta. Comencé a asustarme. Llegué hasta la cocina, busqué el interruptor, lo activé. Sobre la mesa, abierto por la mitad, estaba el libro que había comprado. Me acerqué y toqué sus hojas con suavidad. Miré alrededor, luego por la ventana que daba a la calle. Nada. Finalmente me senté.
Atraje el libro hacia mí y busqué la página por la que había quedado. Seguí leyendo con tranquilidad. Quizá, con suerte, pudiera terminarlo antes que mi mujer apareciera.
25 de abril de 2013
El Hombre Invisible
Se lo ubica de una manera sencilla, con un aviso en el diario. No importa cuál, la tendencia política y en la sección que se elija en el clasificado. El Hombre Invisible lo encontrará. Incluso si el aviso fuese del tipo encriptado.
Sus misiones lo han hecho recorrer el mundo, lo que hace presumir que es una persona que maneja varias lenguas y conoce las costumbres de infinidad de regiones. Nadie ha podido seguirle los pasos, por lo que se desconoce si viaja en avión, barco o vía terrestre. Algunos sospechan que alterna continuamente, incluso en regiones donde el barco sería una mala opción o los mares hicieran imposible el tránsito con un automóvil.
Del Hombre Invisible se cuentan las más grandes hazañas, aunque no en forma pública. Las mismas se pueden escuchar en tabernas y clubes nocturnos, a los que acuden personas de mala muerte, pocos amigables, en cuyas espaldas cargan con destinos oscuros y violentos. Se puede llegar a pensar que la mayor parte de esas historias son inventadas, dado que son precisamente pocos los que han tenido contacto alguna vez con el sujeto.
Sin embargo, gran parte de los conocedores de sus aventuras afirman hasta el cansancio que son todas verídicas, incluso aquellas en las que el Hombre Invisible termina muriendo.
Trazar una biografía de este individuo es igual de imposible que lograr ubicar el verdadero domicilio de Valdo López. Aquellos que lo han intentando se han llevado grandes sorpresas. Se dice que muchos, tras seguir varias pistas que parecían seguras, han terminado en sus propios domicilios, para sustos de sus esposas.
El Hombre Invisible es considerado un artista de la clandestinidad. Un ser mítico, pero viviente. En torno a su figura se tejen a diario las más asombrosas leyendas, que a medida que se vuelven a contar, crecen en hechos y hazañas.
Nosotros, los muchachos del billar de los sábados, pusimos un aviso para la edición de la mañana del lunes, del periódico local. Al mediodía una voz anónima nos contactó al celular de Pepe. Nadie había publicado ese número. El flaco nos reunió a todos, en la plaza del pueblo.
- Che, este chabón no es cuento, contesté y me dijo "cobro diez mil, déjenme un sobre con dinero bajo el puente del arroyo; adjunten una nota, escrita a máquina, que indique la misión, por muerto son cinco mil más, no hago precio por varias cabezas". Y había una postdata, escuchen: "Si esto es una joda, los siete van muertos".
Nos asustamos. Sabía el número exacto de nuestro grupo. Tenía el número de Pepe. Con seguridad en ese instante nos estaba observando desde la mirilla de un rifle de largo alcance, con el dedo índice descansando sobre el gatillo. Nos estremecimos. Todos pensábamos lo mismo.
- ¿Y ahora? - preguntó Cacho.
- Es muy caro, no vamos a juntar el dinero. Diría que le dejemos una nota, diciendo que no tenemos la guita que nos disculpe.
- ¿Vos te creés que el Hombre Invisible se va a quedar de brazos cruzados? ¿No escuchás las historias que se cuentan?
- Esperen - terció Esteban - Podemos decirle que en una semana le dejamos el dinero junto a la misión.
- Bien - dije yo - Hagamos el intento.
Pero el Hombre Invisible no es un tipo que le guste perder el tiempo. Casi una sombra, así lo describí al comienzo. Quizá estuvo cerca nuestro todo el tiempo, quizá había puesto micrófonos alrededor o bien, alguno de nosotros era un soplón. Lo cierto es que esa noche nos visitó uno por uno, mientras dormíamos. Y con cuidado, nos tajeó las frente con una navaja, dejándonos un "no me gusta perder el tiempo" como recuerdo. Es muy ridículo andar por todas partes con ese texto en la cara, realmente una vergüenza. En los bares se nos ríen y los del billar ya no nos dejan entrar. Somos mala palabra. Insultamos al mito y el mito se cobró venganza.
Valdo López, el Hombre Invisible, nos hizo caer en la cuenta que somos unos pendejos descerebrados. Hasta sacamos un aviso en el diario pidiendo perdón. Pero el pasado no se borra. El de él, lo ha convertido en lo que es. El nuestro, nos obligará a una cirugía reparadora. Lo peor de todos es que con todo esto, hasta perdimos las ganas de hacer boleta al Flaco Cáceres, que ya no nos fía más la merca.
22 de abril de 2013
Contingencias
Afuera llovía con saña, pero no se amedrentaba. Tenía preparado un viejo paraguas, de color azul, que le serviría para salir.
Tampoco lo preocupaba el viento, que movía los árboles de un lado a otro como si fueran de papel. De vez en cuando miraba por la ventana, pero el caos exterior no mellaba su espíritu decidido.
Cuando quedó satisfecho con el lustre de su calzado tomó el paraguas. Se cuidó de no abrirlo en el interior de la casa, por ese viejo dicho que decían sus padres, que el hacerlo traía mala suerte. Y no era cuestión de llamarla, menos esa tarde, tan importante y esperada.
Con la mano libre abrió la puerta y antes de dar un paso a la calle, abrió el paraguas. La tela se desplegó oponiéndose a las gotas de la lluvia, que repiqueteaban con violencia. Cerró la puerta y emprendió la marcha.
Los zapatos recién lustrados estaban ahora salpicados y el traje gris, que él mismo había planchado, mostraba zonas mojadas por la lluvia, dado que el paraguas apenas si podía cubrirlo ante tremendo temporal.
Pero el hombre no ahorró esperanzas y sin titubeos, cruzó una decena de calles, cubiertas de agua de punta a punta, para llegar a destino.
Allí tocó timbre y esperó cinco minutos. Sospechó que la energía eléctrica se había cortado y empleó su mano para golpear la puerta.
A los pocos segundos una mujer abrió la puerta. Llevaba un delantal sucio con harina y los ruleros en la cabeza.
- ¡Don Julian, pero que hace por aquí con este temporal! ¡Se va a enfermar, hombre!
Julián le mostró su mejor sonrisa, e hizo un movimiento de hombros, restándole importancia al clima. Y como para afirmar ese gesto, buscó en su bolsillo y extrajo un pequeño paquete envuelto en papel de regalo, con el detalle de un moño en una esquina.
- Por su cumpleaños, doña Elvira.
La mujer se vio sorprendida y al mismo tiempo halagada.
- Gracias - contestó al tiempo que tomaba el paquete entre sus manos - Pero mi cumpleaños no es hasta en cinco meses, Don Julián.
- Es que para entonces ya no estaré en este mundo y quería verla sonreír, ahora.
- Oh, don Julián, no me diga que el análisis ha...
El le hizo un gesto con la mano, para que se llamara al silencio.
- El regalo doña Elvira, lo demás no tiene importancia. Son las contingencias de la vida, que es efímera. En cambio, una sonrisa, puede ser eterna. ¿Sabe que pienso de las estrellas? Que son sonrisas que el cielo le ha robado a la Tierra. Ahora, cuando usted abra ese paquete, el cielo hará perdurar por siempre su sonrisa. La pondrá bien alto, radiante, para que jamás pueda olvidarse. Y entonces, usted acá y yo en alguna parte, podemos contemplarla y decir: ¡Eso y nada más, el resto no tiene importancia!
19 de abril de 2013
Cómplices de por vida
Cierta vez le pedimos a Paula, su sobrina, que no lo invitara, pero se ofendió con nosotros. Lucas era un tipo solitario, que jamás se había casado y vivía recluido en una casa muy modesta, a metros del río Paraná. Accedía a ir a nuestros fogones por la simple razón que la comida (para él, por ser invitado) era gratis.
Las últimas veces lo habíamos visto con la salud bastante deteriorada. Tosía mucho y se quejaba de dolores en todo el cuerpo. Su sobrina quiso llevarlo al médico, pero se opuso a la idea y no hubo forma de convencerlo.
Aquella noche en que murió, delante de nuestros ojos, había estado peor que nunca. Su tos era constante y apenas si había probado el asado que habíamos hecho. En el momento del fogón, oíamos su tos por encima de las voces. Alguien, no recuerdo quien, se ofreció a llevarlo a la guardia médica del hospital, pero no quiso saber nada.
Lucas, a pesar de su malestar, pidió la palabra.
- Quiero contarles un relato, el último que van a escucharme. Porque cuando termine de contar esta historia, lo único que me quedará, será irremediablemente morir.
Algunos rieron, otros vitorearon con sonidos guturales. Será que siempre le tuve miedo a sus relatos, pero la única sensación que tuve fue la de una tragedia. Le tomé la mano a mi novia y me di cuenta que ella sentía el mismo pánico en su interior.
Superando los accesos de tos, fue abriéndose paso en una historia que lo tenía como protagonista. Pero el viejo Lucas se había convertido en un joven de veinte años.
- Entonces tenía un grupo de amigos muy grande y estaba de novia con María Laura, una chica muy hermosa de Fighiera que venía a Villa Constitución casi todos los fines de semana. La excusa para la familia era que venía a misa, pero en realidad venía a verme a mí. Mi oficio era la carpintería, como mi abuelo. Pero ese verano, hace cuarenta años, cambió mi vida.
Tenía algo que nos hipnotizaba en cada relato. Estábamos seguros que inventaba la mayoría o magnificaba otros que pueden haber sido ciertos. Pero las maneras de contarlos, las pausas, las entonaciones o esos silencios macabros que realizaba, hacían de la experiencia de escucharlo, uno de los momentos más recordados de cada fogón. Esa razón era suficiente para que la mayoría quisiera que siguiera yendo. Otros, sentíamos un terror reptante, que parecía adueñarse de nuestra razón. Y sin embargo, nos decíamos sin convencimiento, que ya éramos grandes para tener miedo.
- Por las noches, iba al río a pescar. – prosiguió contando, luego de hacer un alto para toser durante un minuto completo – Era una vieja costumbre, que empezó cuando apenas tenía cinco años y mi papá me llevaba. Pero la bebida lo mató joven y esa rutina en lugar de morir, se transformó en la mejor forma de recordarlo. A los veinte años, era un pescador experimentado. Solía subirme a una canoa e internamente Paraná adentro, con la única compañía de la luna en lo alto.
“No existe el silencio en el Paraná. Hay sonidos de todo tipo. Si uno cierra los ojos, puede imaginar el mundo que lo rodea. Incluso el agua pareciera decir algo. Y uno, con el tiempo, interpreta los mensajes, los asimila. Con los años, uno sabe si el tiempo va a cambiar, si conviene volver a tierra, si habrá pique, si existen peligros. Tantas horas uno pasa en el lugar, que se transforma en parte de él.
Aquel sábado tuvimos un entredicho con María Laura. Estaba por llevarla en la canoa y entonces empezamos a discutir. No recuerdo la causa. Ella se enojó y se marchó, sola. La observé alejarse por la orilla del río. Me la imaginé subiendo por algún camino de la barranca, probablemente llorando. En lugar de ir tras ella, empujé la embarcación al agua y comencé remar.
Volví recién a media mañana. Dos oficiales de policía estaban preguntando por mí en las inmediaciones. Mientras aseguraba la canoa dieron conmigo. Tenían rostros de muerte. Fueron directos.
- Conoce a María Laura García.
- Si, es mi novia.
- ¿Cuándo la vio por última vez?
- ¿No llegó a su casa?
- Responda la pregunta, señor.
- Aquí mismo, anoche… ¿no saben donde está?
- Si lo sabemos, por eso estamos acá.
- ¿Dónde está?
- En la morgue del hospital.
Me detuvieron y me llevaron a la comisaría. Me interrogaron durante tres horas. Querían saber cuándo la había visto, si habíamos discutido, las razones y por qué la había matado. Pude responder todas las preguntas, menos la última. Me mostraron sus ropas ensangrentadas, las sandalias que llevaba puestas y la piedra que se había utilizado para asesinarla. Un golpe certero en la nuca, que no le había dado oportunidad de defenderse.
Pregunté cuál era la razón por la que sospechaban de mi persona y la respuesta fue tan sencilla como contundente: no le habían robado nada.
Mi coartada también era simple, había estado pescando en el río toda la noche. Tenía como prueba los pescados atrapados, pero no había testigos ni forma de demostrar la hora en la que había partido.
Aquel fue un año horrible. Sus familiares me perseguían, mis amigos se alejaron, los vecinos comenzaron a mirarme feo. Cada tanto tenía que ir al juzgado a declarar, mientras seguían buscando pruebas que me incriminaran. Finalmente la causa quedó inconclusa y jamás se supo la identidad del asesino de María Laura. Pero sobre mi nombre se extendió una mancha indisoluble. Tuve que dejar la carpintería e incluso alejarme de mi casa. De a poco me fui construyendo el rancho donde vivo hoy en día, donde muero hoy en día, poco a poco. E hice del río, ese cómplice nocturno, mi refugio, mi fuente de alimento, mi forma de ganarme la vida.
Pero ustedes son testigos de mi empeoramiento. Mi salud se resquebraja como la piel de un dorado, al abrirla con un cuchillo. Mis horas se acaban, se hunden en la oscuridad, como hace cuarenta años se hundieron los sueños de María Laura en un pozo sin regreso.
Todos se olvidaron de aquel crimen, incluso, supongo, con los años su familia. Se resignaron a su ausencia. Pero yo no puedo. Me acompañan los ojos de María Laura donde vaya. Es mi maldición. Mi justa maldición. Por no haber ido tras ella, por dejarla partir. O por creer, en realidad, que no lo hice. Por tratar, todo este tiempo, de engañarme con esa historia. Por eso hoy, les cuento el espanto de la verdad. Les confieso que hace cuarenta años mentí. Que fui detrás de ella, y luego que me dijera mirándome a los ojos, que había miles de hombres mejores que yo en la vida, le robé la suya con una piedra que alcé del suelo, ni bien me dio la espalda.
Huí al río y hasta pensé en no volver. Pero regresé. Creí que podría enfrentar la culpa, pero me rehusé con tesón. Arrojé una capa de mentiras para sobrevivir y aquí estoy, viejo, solo, moribundo y culpable. Hay una sola razón para contar esta historia: no quiero morir con esto dentro”.
El viejo Lucas silenció su voz, apagándola de a poco, como era su costumbre, pero en lugar de permanecer en silencio, sentado en su lugar, se puso de pie y avanzó hacia el fuego. Pero apenas hizo dos pasos, se desplomó en el suelo. Lo supimos de inmediato, había muerto.
Como nunca, el horror nos tocó a todos, nos traspasó como jamás nos había sucedido. Porque esta vez no éramos unos pocos los que nos sentimos mal, sino el grupo. Aquella verdad, adherida a una mentira tanto tiempo, nos había salpicado a todos. El nudo no era ahora en la garganta, sino en el corazón.
Y esta vez, podía estar seguro que lo que había escuchado había sido cierto.
Permanecimos en silencio unos minutos, el cuerpo tirado al lado del fuego. Irónicamente, la noche había terminado. No recuerdo quién llamó luego una ambulancia. Sin embargo, lo que me aterra aún más que el relato en sí, es que nadie tuvo la valentía para llamar también a la policía.
Cómo el río, también nos convertimos en sus cómplices. Y viviremos con esa verdad, el resto de nuestras vidas.
16 de abril de 2013
Cobardía
Pero la realidad era que, cualquiera haya sido la causa, el destino me puso delante de sus ojos celestes casi pálidos, en medio de una noche que recuerdo algo borrosa en sus imágenes, pero cuyos sonidos, desde los truenos hasta las palabras medidas y vertidas con sumo cuidado por el anciano, como si fueran a partirse con el roce del aire, reverberaron mucho después en mi cabeza.
No me di cuenta que estaba a mi lado hasta que pronunció mi nombre. No me asombró. Todos en el pueblo me conocen. Y cuando llegan desconocidos, me los envían a mí. Soy una especie de guía de turismo y en este lugar de mala muerte donde enterramos a los viejos mientras los jóvenes escapan en busca de mejores rumbos, lo único que llama la atención son unas grutas muy altas, entre caminos rocosos, donde voy a diario llevando gente que solo se detiene a mirar el paisaje a través de sus cámaras de fotos.
Este viejo no venía a escalar ninguna roca. Lo supe al ver sus manos artríticas y lo confirmé al escuchar su voz áspera, lastimosa, como si hubiese sido arrollada por un tren una y mil veces.
- Ernesto - me dijo, y ya no pude escapar de su embrujo. El iris apagado tenía toda mi atención. Los pocos sentidos que aún se mantenían en pie dentro de un cuerpo que ya no lo hacía y que agradecía en silencio la presencia de la barra de madera, se irguieron ante esa mirada extraña, que hablaba más allá de la boca, que aturdía más que el silencio.
Ni siquiera pude balbucear un monosílabo. Pero no fue solamente el hecho que mis labios se sintieran torpes, a causa del alcohol. Su presencia obligaba sumisión y mis acciones se rindieron ante esa sensación. Por un momento me creí otro, olvidando mi carácter fuerte y parco, que comúnmente habría dado por terminada la charla incluso antes de comenzarla.
- El tiempo es oro – prosiguió – Este pueblo es tu tumba. En unos años te mirarás al espejo y no te reconocerás. Mirarás alrededor y no verás nada que aún ames. Llegarás a viejo, solo y sin amigos. Es lo que hagas o lo que el tiempo haga con vos.
Lo escuché, mastiqué cada palabra suya, hasta pude sentirle un sabor distinto a cada una. Pero si allí había un mensaje, no existía para mí. ¿Acaso debía esperar para no reconocerme cada mañana? ¿No ocurría eso cada día, despertando con resaca y el rostro demacrado? ¿El tiempo me quitaría los amigos que no tenía? La única persona que aún me hablaba era el cantinero y lo hacía porque me recordaba que le debía dinero por los tragos.
El hombre estaba loco y solo quería hablar, decir algo, cosas de viejos. Quería comentar con seguridad que el mundo no era como antes, que la juventud estaba perdida, que deseaba morir y quería hacerlo con dignidad. Esos ojos suplicaban atención, la necesidad de ser escuchado…
Y sin embargo no.
El viejo no estaba ahí para decirme una trivialidad. No quería malgastar sus palabras en un borracho que lo mandaría a cagar. Se notaba porque en su mirada había interés y mucha pena. En su voz, un semblante de dureza, de reproche.
Puso una mano sobre la mía y por un instante, una fracción mínima en el universo, sentí repulsión, rechazo ante la textura del horror mismo, una comprensión que podría hacer claudicar incluso a una mente sana.
Su voz, ese trémulo espanto que se confundía con el murmullo constante del bar, hilvanó otras palabras y mis oídos, en lugar de replegarse y huir, se quedaron mustios y atentos.
- Cuando seas este viejo que te habla, comprenderás que es tarde. Recuerdo la vez que estuve en tu lugar, intentado recordar si iba por la quinta o la sexta cerveza y me aparecí de esta manera. Fui soberbio y subestimé a ese extraño que se me presentó. Ahora con seguridad estás haciendo lo mismo. Que la vida no te sumerja en su mar de conformismo, que no te engañe con diamantes fugaces y sueños eternos. Que no haga de tus noches, el calvario de los días. Y que los días no sean el tránsito al descanso. Y que el descanso, no sea la vida misma. Vive, Ernesto. Vive.
El anciano se puso de pie, me palmeó la espalda y se fue. No sonrió ni saludó. No hacía falta. Observe mis espaldas viejas dejar atrás la puerta del bar y no tuve el coraje de levantarme y correr detrás de mí.
Me llevó días armar el rompecabezas, más por miedo que por inteligencia. Lo supe cuando las pieles se tocaron, cuando los dos fuimos la misma persona, en esa porción de universo, espacio y tiempo reservada para ese instante.
Es amargo reconocer que nada he hecho, que el mundo sigue girando cada día de la misma manera. Que por las noches me emborracho, que en los días, cuando puedo y cuando hay trabajo, viajo a una gruta perdida en alguna parte y que más de cien veces he pensado en desviarme del camino, seguir de largo en un barranco y decirle adiós a todo.
Y sin embargo, con un vaso repleto de cerveza delante, comprendo que una noche diré basta y entonces, cuando quiera respirar aire puro, éste ya no existará.
Entonces, al mirarme al espejo, veré a un viejo con el semblante marchito, el cuerpo desgastado y dueño de una voz que me recordará pesadillas y no me dejará dormir de noche.
Será entonces cuando le pida a la vida una oportunidad, una sola chance. Y la misma me será otorgada y podré volver en el tiempo, por solo unos míseros minutos, y en ese lapso, en ese momento de la vida que podré verme cara a cara, con mis ojos moribundos intentaré suplicar clemencia a mi propio veneno. Y sabré, a pesar de las palabras, que ya es tarde. Que no hay marcha atrás.
La vida es un ciclo que se repite, si es que lo permitimos. A veces solo hace falta un paso al costado, en el momento justo, para romper ese vicio. Solo de esa forma, nos permitiremos morir, que es el fin, el objetivo, el triste sentido de todo.
Aquel encuentro no era el destino, no era el azar. Era un milagro. Y no quise verlo, ni tampoco lo haré, durante toda la eternidad.
Fui y seré, siempre, demasiado cobarde.
13 de abril de 2013
Venancio y los niños
Algunos vecinos sonreían al verlo solito, hablando rápido como los relatores de la radio, comentando jugadas que nadie veía, gritando como loco goles que muchos hubiesen querido ver. Y cuando se marchaba, no faltaba quien le guiñara el ojo o le sonriera al paso.
El único que miraba con recelo, era el viejo Venancio. Porque aquella vez que había querido cruzar la plaza mientras Pedrito estaba relatando, recibió un pelotazo desde ninguna parte, con una pelota que nunca vio. Y desde entonces, sospecha de los niños.
10 de abril de 2013
Dinero o consecuencia
- Te llegó esta carta - le dijo, arrojando el sobre en la cama.
- ¿Quién la trajo? - preguntó, pero ella ya se había marchado al lavadero, a seguir limpiando.
El sobre tenía escrito su nombre y nada más. Se podía palpar un peso considerable en su interior. No dudó más y lo abrió. Dejó caer sobre las sábanas el contenido: una hoja escrita a máquina y otro sobre pequeño, pero ancho, debido a lo que llevaba dentro.
Tomó la hoja y la leyó. A medida que lo hacía, sus manos comenzaron a temblar con más fuerza. Finalmente la dobló, buscó el sobre grande, y volvió a guardar todo. Cuando su mujer le preguntó más tarde que le habían mandado, dijo que eran folletos y que ya los había tirado.
Luego de cenar salió de su casa. Quiso pasar por la iglesia, pero estaba cerrada. Titubeó unos instantes y siguió su camino. Llegó hasta lo de Quintana, el periodista y golpeó despacio la puerta.
Escuchó venir los pasos y luego girar el picaporte. Para entonces había sacado su vieja .38 del bolsillo y cuando Quintana abrió la puerta, éste se encontró con el cañón del arma apuntando entre sus ojos. Fue lo último que vio. El disparo fracturó la noche y terminó con el periodista. Pascual corrió como si se lo llevara el diablo, cruzando descampados para cortar camino.
Lo único que hizo al arrojarse a su cama, una hora después, fue meter la mano debajo de la almohada y acariciar el sobre más chico, el que había venido dentro del grande. Las pesadillas que lo abordaron luego, habían tenido su precio.
A la mañana siguiente, a cinco calles de Pascual, un sobre se deslizó debajo de la puerta de Miguelito López. Vivía solo y no tenía familiares que se acordaran de su existencia. Creyó que aquello sería una factura o algo para pagar y no lo tocó hasta después de la siesta. En realidad, lo pateó sin querer y fue entonces, cuando al darse vuelta el papel, vio escrito con prolija caligrafía su nombre y apellido.
Lo abrió apresuradamente, esperanzado con alguna buena noticia. Cayó un sobre más pequeño y una hoja escrita a máquina. Tomó primero el sobre que había caído y lo abrió. No podía dar crédito a sus ojos. Al menos quince mil pesos.
Entusiasmado, leyó la carta:
"Ese dinero es suyo, siempre y cuando cumpla con nuestro pedido. En caso de no hacerlo, debe devolver el dinero. Lo hará dejándolo a medianoche en el interior de la vieja fuente de la plaza. Si se quedara con el dinero y no cumpliese con lo que le pedimos, usted correrá la suerte del sentenciado. Espero que sepa comprender. La misión elegida para usted es: asesinar al sacerdote Pedro, de la parroquia de su barrio. No acuda a la policía, de lo contrario también acabaremos con su vida".
Arrojó el papel lejos. ¿Qué clase de broma era esa? Buscó en los billetes alguna señal que indicara que fueran falsos, pero no lo eran. Corrió a la ventana y no vio a nadie. La persona que dejó la correspondencia, no se había quedado merodeando.
Comenzó a sentirse descompuesto. No sabía que hacer. Bajó las persianas de su casa. ¿Lo estarían vigilando? La cabeza lo mataba del dolor. No pudo cenar. Permanecio con el televisor encendido, aunque no le prestó atención. Los minutos fueron pasando, las horas, se hizo medianoche. ¿Debía devolver el dinero? No pensaba gastarlo, pero aún así, la idea de salir de su casa e ir hasta la plaza, lo intimidaba. ¿Y si aquello era una trampa? Se hizo de madrugada. No había llevado el sobre. Tampoco había cumplido con lo pedido. Cerca de las cuatro sintió ruidos en el techo. Se refugió en el placard de su pieza. Temblaba en el interior. Fue un error. Dos disparos desde el otro lado, fueron suficientes para quitarle la vida.
Andrada estaba consternado. El asesinato del sacerdote un día, el del solitario López al otro. No eran preocupaciones habituales para el comisario de un pueblo de cuatro mil almas. Su ayudante también parecía golpeado por lo que estaba pasando.
- Quédese tranquilo Pascual, que no se nos irá de las manos - le dijo el Comisario Andrada, viendo que tenía los ojos desorbitados y la piel pálida.
Pascual sostenía un sobre blanco, en cuyo revés tenía escrito a mano el nombre de la víctima. Se había sentado en la cama, afligido.
- Vamos, no es hora de descansar Pascual - le reprochó Andrada - Tenemos que buscar pistas. ¿Ese sobre le dice algo?
El ayudante dejó el papel en la cama y negó con la cabeza. Luego se encargaría de hacerlo desaparecer. Por lo pronto, debía mantener la calma, no podía delatarse. También estaba fresco el otro crimen, el que... no quería pensar en eso. Se mantuvo cerca de Andrada, asintiendo a todas sus reflexiones, como para parecer interesado en el asunto, pero la verdad era que donde menos quería estar, era en su propio cuerpo.
Pascual regresó a casa bastante tarde. Su mujer le gritó desde la habitación que tenía la comida en la heladera. Pero apenas si probó bocado. No quiso ir a la cama. Prefirió el sillón y el televisor, donde no daban nada que le interesara. Se quedó dormido. A las dos de la madrugada lo despertó un sonido en la puerta.
Se asomó y allí estaba Andrada. Con un gesto, el comisario le pidió que abriera la puerta. Traía cara de desolación.
- ¿Descubrió algo, comisario? - preguntó temeroso Pascual, que sintió en la piel la brisa fresca de la noche.
Andrada se mordió los labios y negó con la cabeza.
- Nada Pascual. En realidad, vengo por otra cosa.
Y dichas esas palabras, sacó un cuchillo y le cortó la garganta.
Pascual se llevó las manos a la herida, pero no podía hacer nada, ni siquiera gritar. Mientras el velo de la muerte lo cubría para siempre, alcanzó a divisar en el bolsillo trasero del comisario, que se alejaba por la vereda, un sobre doblado en dos, escrito a mano de uno de los lados. Y entonces, la muerte, le pareció justa.
9 de abril de 2013
Cuentos para escuchar: Alma negra
Alma negra, relato de Ernesto Parrilla by Netomancia
Tema musical: Division (Moby)
7 de abril de 2013
La orden
Sentía el sudor recorriéndole la piel. La orden se retrasaba por alguna razón y el corazón se aceleraba. De repente el coronel gritó y todos se tensaron en sus puestos. La palabra no había sido la que esperaban.
Se miraron unos a otros. Incluso el reo. Otros oficiales llegaron a la carrera y dispararon contra el coronel.
4 de abril de 2013
Alma negra
Miró por encima del hombro, hacia la vereda del otro lado de la calle. Ella seguía allí, firme en su postura, con el gesto adusto. El hombre suspiró una vez más, como lo venía haciendo a lo largo de todo el trayecto. No tenía escapatoria.
Su cuerpo entró al recinto y sus ojos contemplaron de cerca por primera vez las hileras de bancos, el techo inmenso y decorado, las columnas laterales y los santos que las escoltaban, el pasillo eterno y al fondo, el altar silencioso que aguardaba su arribo.
Caminó pesadamente, sabiendo que su mujer estaría observándolo. Cada paso era un suplicio, un dolor en su interior, como si se estuviese hirviendo un caldo denso y amargo. El Cristo en la pared lo miraba sin misericordia. Le quitó la vista, pero no detuvo su marcha.
El altar quedó a su merced. Se dejó caer de rodillas y sabiéndose culpable, metió la mano entre sus ropas. Extrajo el cuchillo ensangrentado y levantó el rostro en alto, aunque mantuvo los ojos cerrados.
- ¡Lo siento Ester, lo siento! ¡Mi alma está negra!
Enterró el filo entre sus costillas, profiriendo un fuerte gemido. Se retorció entre sollozos, mientras el cuerpo caía vencido por el peso y sus párpados, a pesar de no desearlo, volvieron a abrirse. La imagen de ella apareció nuevamente, ahora sentada sobre el altar. La vio desvanecerse lentamente, casi al mismo tiempo que su vida se distanciaba de la carne y comenzaba su derrotero amargo hacia las puertas del infierno.
1 de abril de 2013
El huevo de pascua
Aquel alarido, más el espanto general de los pequeños provocó que los mayores congregados al almuerzo familiar corrieran a la mesa de los niños. Ningún padre presente podía dar crédito a sus ojos. Ningún abuelo había visto algo similar en su vida.
Malena, paralizada, aún lo sostenía con sus dos manos. Aquella reunión de Pascuas quedaría para siempre en su vida y con seguridad retornaría en noches de tormentas, en forma de pesadilla. Parecía una estatua de mármol, por lo rígida y blanca. Las venas se marcaban en su cuello, por el fuerte grito que había dado. Una lágrima rodó por su mejilla y fue la señal para que alguien actuara.
Fue su padre, que tomando coraje, dio el paso al frente. Con asco le quitó a su hija el huevo de Pascua de las manos y lo arrojó a la pared más lejana, rompiéndolo en cientos de pedazos. Malena, ya sin aquello en su poder, agachó la cabeza y vomitó todo el almuerzo sobre sus zapatitos rosas.
Reinó un silencio casi espectral. Los niños se habían escondido en sus habitaciones y las mujeres, que hasta el momento habían permanecido detrás de sus hombres, quitaron la vista del espanto y fueron tras sus hijos y nietos.
Los que quedaron en el lugar, se ocuparon primero de alejar a Malena y luego, formaron un semicírculo alrededor de aquello, que tras haberse estampado contra la pared, había caído en el suelo. La cubierta de chocolate había desaparecido. Aquel horror que había aparecido en las manos de Malena al romper el huevo, latía ahora en el suelo.
Su peculiar sonido parecía el chapoteo en el barro de un animal pequeño. Una masa sin forma, de color rojizo de un lado y verde del otro, con pequeñas arterias que iban de un lado a otro, bombeando como un corazón.
Plop, plop, plop, plop, plop...
- ¡Basta! - gritó uno de los hombres.
El abuelo de Malena buscó una tabla de picar carne y avanzó entre los demás, hasta hacerse lugar frente a aquella repugnante cosa. Luego la azotó con todas sus fuerzas, golpeándola con la tabla. Aquello explotó violentamente, salpicando la pared y los pantalones de los que estaban más cerca.
- ¿Qué carajo era eso? - preguntó alguien, con voz temblorosa.
Pero no hubo tiempo para respuestas. Malena estaba delante de ellos, mirándolos fijamente. La blancura de su piel había desaparecido. Ahora la cubrían arterias azules y rojas, que bombeaban todo el tiempo, mientras su cuerpo iba perdiendo forma y sus ojos se convertían en algo sombrio, oscuro, tanto o más que el chocolante que los cubría.
29 de marzo de 2013
Maldición
Raquel volvió a asomarse. Los relámpagos surcaban el cielo y el agua caía vertiginosamente, sin dar tregua alguna. Estaba nerviosa, demasiado quizá. Temía que la pequeña Aldana se asustara aún más. Pero los minutos transcurrían y Enrique no volvía.
- Papá ya viene querida, tranquila, no te agites.
Quería calmarla, hacerla sentir segura. Pero se delataba en sus miradas furtivas a la ventana, en el sudor de su cuerpo.
Alexis y Martín estaban arriba, en la habitación de ellos. Les había pedido que subieran, que se encerraran en su cuarto. Apenas si tenían dos y tres años. Rogaba en silencio que no bajaran, que permanecieran en el piso superior. Estuvo a punto de llamarlos, para que buscaran el teléfono y llamaran a su padre. Se detuvo a tiempo.
Creyó escuchar el sonido de un motor, amortiguado por el temporal. Luego fueron pasos y finalmente la llave en la cerradura. La puerta se abrió con violencia, pero solo penetró el viento, salvaje y furioso, arrojando agua al interior y derribando las revistas que descansaban sobre una mesa. Se había puesto de pie, más asustada de lo que estaba. Entonces Enrique cruzó el umbral.
- Raquel, no hay tiempo. Debemos irnos - urgió desde donde estaba.
Ella no supo que hacer.
- ¿Y la niña? ¿Los chicos?
- Ya es tarde. Si la llevo al hospital, no hay escapatoria para vos. Ahora obstaculicé la ruta del lado del pueblo, tenemos la oportunidad de escapar hacia el oeste.
- Pero...
- ¡Nada Raquel! Nos vamos. No quiero que esto comience otra vez. Pensé que todo había cambiado, pero el doctor estaba equivocado. Es lo mismo que hace quince años Raquel, es lo mismo. Pero entonces no se salvó ninguno. Si te vuelven a atrapar, la locura dejará de ser excusa.
- ¿Y los chicos? ¿Qué será de ellos?
- No importa, siempre estarán mejor lejos de vos.
Raquel se largó a llorar.
- No es mi culpa Enrique, es algo más fuerte que yo. No es mi culpa - decía entre sollozos, mientras se aferraba al cuello de su marido.
- Ya lo sé, chiquita, ya lo sé.
Aldana exhaló por última vez y dejó de respirar.
- Vámonos, no mires a la niña. Vámonos - pidió Enrique, consternado aún al ver el cuerpo de su hija atravesado por un enorme cuchillo de cocina - Vámonos Raquel, antes que llegue la policía.
- ¿Algún día va a terminar? - el llanto se mezcló con la tormenta, lo mismo que la respuesta de su marido.
- Por lo visto las maldiciones nunca terminan mi amor, nunca.
26 de marzo de 2013
Minicuentos x la Identidad III
En una esquina, éste diálogo:
23 de marzo de 2013
La parcela
- ¡Está maldita!
- ¡No la compre!
Le previnieron, no obstante el corredor inmobiliario siguió adelante con la transacción. Aquella era la única porción de tierra que estaba en venta en ese pueblo y era suya.
Volvió a la ciudad feliz por su buen trabajo. Pero esa misma noche sucumbió ante el espanto de las pesadillas. Cuerpos acribillados, mujeres y hombres, se levantaban de sus tumbas y corrían tras de él.
Despertó bañado en sudor, en el patio de su casa. No supo como había llegado ahí, el solo hecho de verse sobre el césped, en plena noche, lo estremeció aún más que la pesadilla.
- ¿Qué puede ser? - le preguntó a su terapeuta.
- Quizá stress. Dígame ¿tuvo algún percance en su trabajo en estos días?
Claro que no lo había tenido. Su viaje al interior había sido próspero, logrando comprar más de lo que se imaginaba. Todo iba viento a favor. No creía que fuera eso. Por lo tanto, respondió en forma negativa.
Por la noche, antes de acostarse, recibió un llamado telefónico.
- No debió haber comprado esa parcela, su vida será un sufrimiento.
- ¿Me amenaza?
- Intento salvarlo.
La línea quedó muda. Tampoco esa noche pudo dormir.
A la mañana siguiente llamó a su socio. No había pegado un ojo, quería quedarse en su casa. Pero a media mañana estaba subido a su coche, de regreso al pueblo.
Llegó pasado el mediodía. La gente lo observaba con recelo. Solo un paisano se le acercó al coche, cuando estacionó frente a la plaza.
- ¿Viene a devolver la parcela?
- No, vengo a averiguar que es toda esta patraña.
El lugareño meneó la cabeza de un lado a otro, decepcionado. Luego se perdió cruzando la calle y doblando en la esquina más próxima.
No había muchos sitios por donde empezar las investigaciones. Entró al bar, donde daba la sensación que todos los estaban esperando. Incluso había una mesa con una cerveza servida, que el dueño del local, con un gesto desde la barra le indicó que era para él.
La bebió despacio, acomodando sus ideas. Todo le resultaba extraño, como las miradas que lo rodeaban y se posaban sobre su figura. Quince minutos más tarde un parroquiano se sentó a su lado.
- Le dijimos que no la compre. ¿Para que volvió?
- Para averiguar sobre la maldición.
- ¿Aún no comprende, verdad? Tuvo la oportunidad el otro día, ahora es tarde. Ya está aquí.
- ¿Y con eso, qué?
- El pueblo está erigido sobre tierras de los Terranova. Cada uno de nosotros le ha ido comprando una parte. Y estamos malditos. No nos podemos ir de aquí. No tenemos escapatoria.
- ¡Qué dice! ¿Quiere irse? Tiene una ruta. Váyase.
- ¿Si? Quiero verlo irsea usted primero.
El agente inmobiliario lanzó una carcajada. Apuró el vaso de cerveza y volvió a reír.
- Por lo visto, he perdido el tiempo. Ustedes están todos chiflados. Adiós.
Pero por más que quiso marcharse, no pudo hacerlo. Permaneció en la silla hasta que desistió de la idea. Entrada la noche, llamó al barman.
- Dígame... ¿dónde puedo comprar materiales en el pueblo para construirme una casita?
20 de marzo de 2013
Con la muerte no se jode
- Quiero contratar sus servicios - anunció.
- Bien señor, le agradecemos en primer lugar su confianza. ¿Nos podría decir quién es la persona fallecida?
- No, en realidad es para mí.
- Entiendo, desea reservar un servicio de sepelio. ¿Usted tiene obra social?
- No, por eso estoy aquí. Tengo unos ahorros y me gustaría organizar todo, porque éste sabado me muero.
- Disculpe, pero... ¿usted quiere contratar un servicio ya, para éste sábado? Es decir... puede reservar un servicio, pero poner la fecha no es algo tan sencillo. A ver, si me aguarda...
- Espere. No se apresure. Tengo la plena certeza que el sábado voy a morir. No tenga miedo de organizar el sepelio, no le voy a fallar.
- Es que jamás han venido a contratar un servicio fúnebre con una fecha de antemano. Tengo que llamar al dueño para que...
- Perdón que insista, pero lo del sábado es un hecho. ¿Podríamos cerrar la compra sin necesidad de alarmar a nadie?
- Señor, tengo que consultar antes...
- ¿Prefiere que sea ahora y no el sábado?
- ¿Cómo dice?
- Mi muerte.
- ¿Su muerte? ¡No, por favor! Ni hoy, ni el sábado. ¿Qué clase de broma es esta?
- Si prefiere que sea hoy, le pago ahora, me deja terminar con unos asuntos y vuelvo hasta aquí para morir, así les ahorro el traslado.
- ¡Usted es un demente! - le gritó mientras se ponía de pie dispuesta a cruzar la puerta que tenía a sus espaldas.
- Aguarde, no se vaya. Le pago y muero, no voy me voy nada, así ni siquiera tienen que esperarme. ¿Le parece mejor?
La joven salió por la puerta, llamando a gritos al dueño. El hombre, lejos de inmutarse, se acomodó en la silla. Aprovechó para poner sobre sus piernas un bolso que llevaba y acomodar algo dentro. Al cabo de un minuto, la joven regresó con la compañía de una persona de edad avanzada, repleto de canas y que se sostenía con un bastón.
- Señor, le voy a pedir que se retire. Me dice Noelia que usted está haciendo una broma de muy mal gusto y eso acá no lo toleramos. ¡No se jode con la muerte!
- Por favor, no se altere. No es ninguna broma. Es una pena que esta chica lo haya creído así. Déjeme explicarle, tengo la imperiosa necesidad de morir y deseo dejar organizada la cuestión del sepelio, para no importunar a mi familia.
- Le reitero, lo quiero fuera de esta oficina.
- Pago en efectivo.
- No me importa.
- Puedo dejar una importante propina.
- Le dije que no.
- Es una lástima, tenía muy buenas referencias de este sitio. Me hubiese gustado que fuese aquí.
- Acá no hay cosas raras, la gente se muere y la familia lo trae. Su pedido no es admisible. Así que si es tan amable...
- Ya me voy, no se preocupe. De todas formas, si el sábado desean pasar por mi velorio, serán bienvenidos.
- Gracias, pero me temo que estaremos aquí.
El hombre se retiró al fin. El dueño del lugar suspiró aliviado.
- Si vuelve, me avisás.
- Si señor. Lo haré, por supuesto.
Había pasado casi una hora, pero la joven seguía aún pensando en lo que había sucedido. Entonces, empezó a sonar el teléfono. Atendió.
- Funeraria Gómez, en que puedo ayudarlo.
- Si, cómo te va. ¿Noelia creo que te llamás, cierto? Mirá, yo estuve ahí hace un ratito. Era el que quería el servicio este sábado. ¿Podrías decirme si me dejé un bolso? Sabés, es gracioso. Estaba seguro que me vendías el sepelio y cuando te fuiste para adentro, programé la bomba con la que quería matarme. Está a quince segundos de explotar y no la encuentro por ningún lado. ¡Qué mala pata!
17 de marzo de 2013
Ventanas abiertas
Su forma de ganarse la vida, atendiendo un kiosco durante doce horas en una estación de subte, evitaba que pasara más tiempo en aquel cuarto. Pero las noches eran inevitables, al menos, ese tiempo muerto entre que llegaba, se aseaba, comía y se iba a dormir.
Había un solo ventanal. La persiana levantada por la mitad, para lograr algo de intimidad. Los demás edificios parecían abalanzarse unos sobre otros y las ventanas ajenas se mostraban distraídas, como salpicadas por el azar en la vista exterior, invitando a escenas de otras personas.
Aquello le provocaba cierto rechazo. Sentía la necesidad de mirar por la ventana para escapar del sofocante paisaje de su habitación, pero al hacerlo, de repente se sentía un voyeur, un curioso con sentido de la perversidad, tratando de espiar a personas que no conocía, que sin saber que los observaban, hacían sus vidas en sus departamentos.
Pero la imperiosa necesidad de asomarse al exterior, lo sentaba en la única silla que tenía, de cara a la ventana. Apagaba las luces y desde ese bosque de sombras, observaba en silencio ese paisaje con luces propias que se extendía a sus anchas, en medio de la noche.
Y sin quererlo, al menos de manera consciente, se introducía en otros departamentos, sin ponerse colorado.
En la ventana que tenía justo enfrente vivía un joven, aparentemente solo. Más bien gordo, cenaba en una mesa redonda, donde tenía la computadora. Estaba todo el tiempo chateando y se levantaba solo para buscar agua o algo más para comer de la heladera.
A la izquierda, había un cuarto muy iluminado, con la cama tendida. Miró su reloj, todavía era temprano. No creía que ella apareciera aún.
Un piso más abajo, en el mismo edificio, una familia compartía la comida alrededor del televisor. Dos niños, una niña y los padres. Los pequeños eran muy inquietos. La madre solía hacer ademanes, seguramente retándolos, pero era escaso el orden que podía lograr. El padre parecía distante de la situación, con la mirada fija en su plato, sin levantar la vista ni para mirar la televisión.
Si desplazaba la vista hacia la izquierda, en un edificio contiguo, podía divisar cuatro ventanas iluminadas. Una de ellas, quedó en penumbras justo que posaba su mirada. En las restantes, divisaba gente solo en la que estaba a la altura de su habitación. Una pareja de ancianos, que se ayudaban mutuamente mientras lavaban los platos. Podía ver como él iba secando cada cosa que ella le pasaba. Se imaginaba la habitación con algún vals sonando de fondo.
En el edificio de la derecha, en cambio, solía tener más vida. Varios de los departamentos estaban habitados por estudiantes. De vez en cuando los veía bailando o en grupos. En ese instante, tenía a la vista seis ventanas. En las dos más altas, solo divisaba personas mirando la tele. Más abajo, una mujer quitaba ropa tendida en el balcón. En la ventana vecina, una joven levantaba el alto a un niño de dos o tres años de edad.
En los ventanales inferiores, la contemplación se ponía más interesante. A la derecha, una joven hacía yoga sobre una manta color violeta. Llevaba un top ajustado y calzas negras. Sus movimientos eran pausados y rítmicos. La elegancia de sus piernas y brazos iba a la par del cuerpo esbelto, que realizaba posturas que le parecían imposibles.
A la izquierda, una parejita se besaba sobre un sillón. Apenas iluminados por un velador, exploraban sus bocas con pasión, en tanto las manos iban y venían por el cuerpo y la espalda.
Observó esas dos ventanas durante varios minutos, preguntándose de tanto en tanto si estaba bien lo que hacía, si acaso existía alguna prohibición o castigo por mirar lo que sucedía en los departamentos ajenos.
¿Mientras él comía o se preparaba para ir a dormir, acaso alguien también lo estaba observando desde un edificio lindante? ¿Habría gente que además de espiar las ventanas cercanas como él estaba haciendo, se dedicaba a hacer lo mismo con edificios más lejanos, usando binoculares o algo por el estilo?
Las dudas despertaban ciertos recelos, la sensación de estar desprotegido, de quedar a merced de los demás. Pero él estaba haciendo lo que temía que le sucediera. Resultaba contradictorio.
Por eso mantenía las persianas a medio levantar. Tenía por otra parte, un doble sentido. No solo el de protegerse de los demás, sino de quedar oculto cuando observaba. Si bien apagaba las luces, aquello le daba mayor protección.
El sueño comenzaba a atacarle. En cualquier momento se iría a dormir. Pero aún tenía esperanza que ella apareciera. Volvió su mirada al edificio de enfrente, a la habitación iluminada que mostraba una cama impecablemente tendida y puso allí su atención, mirando de vez en cuando el reloj.
Aguardó varios minutos, luchando contra el sueño que arremetía y los cabezazos al aire que lo mantenían ganando la batalla, aunque por escaso margen. Parecía que iba a darse por vencido, pero de pronto ella entró.
Como un ángel, vestida de oscuro, el cabello suelo, su piel radiante y desprendiendo un aroma que él imaginaba dulce y suave. Llegó hasta los pies de la cama, dejó caer una prenda que apenas cubría sus brazos, luego se quitó la remera dejando a la vista un corpiño obsceno, abundante; se sentó sobre el colchón y estiró sus brazos para sacarse el calzado. Luego levantó las piernas y con agilidad felina, se deshizo de los pantalones de jeans. Debajo, inmaculado, apareció la parte que combinaba con el corpiño.
Se adelantó en la silla, como si aquellos veinte centímetros que ahora separaban el respaldar de su espalda le dieran una mejor visión. Sintió su respiración más rápida. Por la ventana veía a la joven dejarse caer sobre la cama, de frente a su habitación. Podía verla extendida a lo largo, las rodillas flexionadas, con las pies aun tocando el piso. La ropa interior parecía bermellón y resaltaba su figura.
Ella llevó sus manos bajo la prenda inferior y las detuvo allí. Podía intuirse el movimiento, la serenidad de su rostro, cuyos gestos iban cambiando, mutando con los segundos. Una de sus manos subió por el estómago y se detuvo en los pechos, luego fue hasta la boca, que mordió de a uno los dedos.
El se puso de pie bruscamente y se alejó de la ventana. Se sentía agitado y fuera de si. ¿Qué estaba haciendo? No tenía respuestas, estaba desorientado como cada noche en ese punto, cuando se sorprendía a si mismo mirando por la ventana a una desconocida.
Avergonzado se descambió y se arrojó a la cama. Demoró en dormirse, angustiado por esa mano que aún seguía viendo en sus pensamientos, moviéndose sensualmente, alargándose de manera sobrenatural, cruzando el abismo entre los dos edificios, metiéndose en su cuarto asfixiante, alcanzando su pantalón, bajando el cierre relámpago, para llegar finalmente al éxtasis de su soledad.
14 de marzo de 2013
Micorrelatos sobre "Romeo y Julieta"
Escena de la escalera
- ¡Oh Julieta, amada mía! Mi amor es eterno, pero…
- Dime Romeo…
- ¿No podrías instalar Skype de una buena vez?
Moraleja
Al mirarse a los ojos comprendieron que nadie sale vivo del amor verdadero.
Escúcheme Mr. Shakespeare
Mire, le sugiero que cambie ese final mi amigo, con esta idea de matar a los dos amantes llevará la obra al olvido.
Entrevista a Julieta en el más allá
¿Qué sentí al matarme por Romeo? Mucho júbilo. La muerte me devolvía la vida.
Causalidades
Ella se llama Julieta y el, Romeo. Ninguno ha leído a Shakespeare, pero igual se enamoraron. No es la literatura, sino el amor.
11 de marzo de 2013
El secreto del universo
Pero Abelardo, si pudiera, cambiaría todo ese genio resguardado en su cerebro, por un beso de una mujer. Tarde se dio cuenta que jamás había besado a una chica, ni que nadie del sexo opuesto había posado los labios en los suyos.
Tantas horas descifrando fórmulas imposibles y enigmas de la existencia, y ni siquiera un segundo dedicado al misterio del amor. Se supo viejo una mañana, al levantarse y mirarse al espejo. Arrugas, cabello ralo y canoso, la piel flácida y cadavérica y en su cama, el vacío de la ausencia, de la soledad.
¿Acaso se había perdido de lo más hermoso de la vida? ¿O tan solo era una angustia sin razón, una idea descabellada que se había posado en sus pensamientos de manera caprichosa?
Esa mañana llegó al laboratorio con el rostro demacrado. Apenas si había podido dormir. Perkins, su asistente, se sorprendió al verlo y temió alguna enfermedad.
- ¡Doctor, debe dejar que lo vea un médico! - la voz había entrado en pánico.
Sin embargo el notable sabio sacudió una mano en el aire y se dirigió a su escritorio. Perkins estaba nervioso, porque si algo le pasaba al doctor la ciencia se vería comprometida.
- Doctor, insisto.
Abelardo levantó la mirada y la posó con furia en su asistente. Quería concentrarse en sus cálculos, alejarse de todo pensamiento con remordimiento, que lo llevara a replantearse su vida, sus decisiones.
- Perkins, déjeme en paz o consígame una novia.
- ¿Qué le consiga qué...? - preguntó sorprendido, mientras hilvanaba teorías que iban desde un pico de stress a la demencia senil.
El científico hizo caso omiso de la reacción de su asistente, regresando de inmediato a sus asuntos. Perkins, en cambio, se acercó al teléfono. Dudaba entre llamar al director del instituto o a Graciela, la asistente más joven del doctor.
- ¿Graciela? - preguntó con el teléfono en la boca, tras unos minutos de indecisión - ¿El doctor actuó raro ayer, mientras estuvo con vos? Porque me está asustando. Creo que está enfermo y eso es algo terrible.
La chica, del otro lado de la línea, contestó que no. La tarde anterior había sido como tantas otras. El silencio parco de Abelardo, sus pedidos puntuales, el movimiento de un lado a otro del laboratorio. Lo de siempre. Solo cuando le sirvió café intentó lograr que se relajara, preguntándole por su familia. Pero la única respuesta fue un par de ojos severos que la escrutaron violentamente, para luego volver al trabajo rutinario de cotejar fórmular y encontrar los secretos que otras mentes no pudieron.
- ¿Estás segura? - Perkins no se daba por vencido. Si el doctor estaba enfermo, sería un problema para la investigación. Porque la investigación, era el doctor Abelardo. Nadie más podría seguirla adelante.
Al cabo de unos minutos, se acercó y volvió a preguntarle si se sentía bien. Esta vez el científico, candidato al Nobel cinco veces y ganador en una oportunidad, se puso de pie y le pidió que se retirara.
Quedó solo en el laboratorio. Las sienes parecían querer explotar. Volvió la vista a sus papeles. La cantidad de dígitos anotados era menor que lo acostumbrado. No había fórmulas ni la simbología habitual. Tampoco anotaciones al márgenes. El número no era parte de ningún cálculo, tan solo era un número telefónico. Lo había archivado por años en su mente, debajo de miles de datos más importantes. Y sin embargo, ahí estaba, como el mayor de sus descubrimientos.
Se volvió a parar, pero esta vez caminó hasta el teléfono. Sus manos temblaron al tomar el tubo. Marcó cada dígito con terror y aguardó con angustia mientras la línea llamó.
- ¿Hola, quién habla? - preguntó una voz trémula, desgastada por los años.
Abelardo sintió que el universo se abría a sus pies, sintiendo en su corazón una sensación tan extraña que ni la física cuántica podría explicarla. Y a duras penas, casi obligándose a reparar el pasado, habló.
- Habla Abelardo, no se si te acordás de mí. Pasaron muchos años. En la secundaria te regalé una rosa - y con dolor y al mismo tiempo, esperanza, agregó - Prometí verte en las vacaciones, pero nunca aparecí.
- Aberlardo... - las sílabas parecieron resquebrajarse en el aire - Es tarde, cincuenta años tarde.
Luego, el sonido de la línea muerta. Ella había colgado.
En esa soledad acostumbrada, por primera vez se sintió solo. El corazón lo exhortaba a gritos. Corrió hacia su escritorio, abrió uno de los cajones y sacó una pila de papeles. Los desparramó delante suyo y se sentó a corregir fórmulas como si estuviera poseído.
Pasaron las horas, el día, la gente en el laboratorio. No le habló a nadie, ni a Perkins, ni a Graciela. Absorto del mundo que lo rodeaba, escribía cálculos en márgenes repletos de anotaciones, tachaba y volvía a escribir, se ponía de pie, caminaba en círculos mirando a ninguna parte, los ojos en otro mundo, para luego volver a su silla, a sus papeles, a su mundo de números y signos, a cálculos y teorías.
Era de madrugada cuando levantó el rostro hacia el cielorraso y gritó de júbilo. Lo había logrado. Su vieja teoría sin resolver del viaje en el tiempo, era un hecho. Y no necesitaba mucho. Siempre había estado tan a la mano y no había podido verlo. Pero lo había resuelto. El objetivo no había sido la ciencia, ni el reconocimiento. Había sido lo más buscado por el ser humano, el verdadero secreto del universo: el amor. El mismo que había sepultado por estudios e investigaciones, por una vida dedicada a sus pasiones intelectuales.
Se encerró en la cámara de experimentación y adecuó el tunel de pruebas. Los cálculos le permitirieron crear un agujero de gusano, mientras aceleraba uno de los extremos a la velocidad de la luz. Lo que hizo a continuación, fue una revolución en la ciencia sin testigos. Aceleró el otro extremo, a una velocidad superior a la de la luz y con los números que había pergeñado en silencio, estaba seguro que lo lograría, que la gravedad cuántica no podría derrumbar ese túnel.
- Muy bien Einstein, vamos a probar que estabas equivocado. El espacio-tiempo también puede ir para atrás.
Los cilindros giraron como nunca los había visto y una luz irradió en todo el lugar. Sin pensarlo dos veces, se introdujo al túnel. Y luego, la noche lo dejó ciego.
Despertó aturdido, con ganas de vomitar. Miró sus manos, su cuerpo y aún no lo podía creer. No había arrugas, ni siquiera una mancha en la piel. Ya no estaba en el túnel, sino en un descampado, quizá en el mismo sitio donde estaba unos minutos antes el laboratorio, en las afueras de la ciudad. No lo sabía. De a poco, fue adaptándose a la claridad. Amanecía.
La ropa estaba hecha jirones y le quedaba grande. Caminó un par de kilómetros y de un patio robó un pantalón y una camisa que estaban tendidas. La ciudad apareció ante sus ojos con forma de pueblo, tal como la recordaba, cincuenta años atrás. Las fachadas le eran familiares, pero como salidas de un cuento que le habían contado hacía siglos.
Pero fue reconocimiento cada lugar, los rostros de las primeras personas que salían a la calle a desandar el día. No se detuvo a saludar a nadie, trotó por la calle, como un loco. Solo quería llegar a un lugar, golpear en una puerta, ser atendido por una mujer.
Sentía el peso de las piernas, el dolor en cada articulación, el latido del corazón que parecía salirse de la boca. Pero en su mente todo era un torbellino, ideas chocando unas contra otras. Sabía que no era momento para analizar resultados, para sacar conclusiones. Solo anhelaba una cosa y llevaba cincuenta años de retraso.
Llegó a la casa de frente blanco y tejas rojas. A la puerta de madera que tantas veces observó a la pasada, con cierta nostalgia. Una puerta a la que siempre le fue esquivo, por temor, por miedo, por priorizar todo menos su corazón.
Golpeó, lentamente. Era temprano, no pretendía sobresaltar a nadie. La joven se asomó por la ventana, apenas envuelta en un camisón. Abrió la puerta sorprendida.
- Abelardo ¿qué hacés tan temprano en casa? Mi madre me va a matar.
- ¿Temprano? Llego medio siglo tarde, mi querida Eloísa.
- ¿Qué decís? Es temprano Abelardo, si querés nos vemos más tarde en el convento. Estos días he estado en caso visitando a mi madre. Pero hoy debo volver. Así que estaré allí.
- ¿Convento?
- ¿Es que perdiste la memoria? No, en realidad no es eso. Seguramente ni te has enterado. Vives en tu mundo de cuentas y números. Soy monja Abelardo, desde hace un año. Ya hace tres que te fuiste a la universidad y jamás viniste por mí. Me cansé de esperar. Hoy tengo mi vida. Así, que si quieres hablar conmigo, hazlo allá, esta tarde. Adiós Abelardo.
La puerta se cerró delante de sus ojos. Abelardo cayó de rodillas. Volvió a mirarse las manos y ahora, las veía con arrugas y la piel manchada. Su corazón, de repente, se hizo viejo. Miró el cielo, imponente, maravilloso. ¿Acaso estaba allí, en un pasado inexacto, también tardío o la realidad era otra, había fallecido en el túnel y lo que experimentaba eran los últimos estertores de su mente, que en un piadoso intento, querían sepultar su amor, evitarle tanto sufrimiento?
Y mientras los ojos cansados se cerraban al sueño, el beso, ese beso tan anhelado, cuya ilusión había palpado en cada átomo de su ser, desaparecía para siempre en la eternidad, no importa la dirección en la que esta viajara. Se moría sin poder resolver ese secreto tan velado, tan intrigante, tan único y revelador, como el amor de una mujer, el amor correspondido de una mujer.
8 de marzo de 2013
Minuto final
¿Quién lo patearía? No quería escuchar, no podía. Bajó el volumen a cero. El silencio que de inmediato invadió la habitación fue atroz. Un silencio que no era tal, porque podía escuchar los latidos de su corazón. Sentía que le faltaba el aire. Debía ser valiente.
Subió el volumen. Había un revuelo en el área y el árbitro estaba expulsando a un jugador local. Y si, no era para menos. Un penal en el último minuto y la posibilidad de ganar un partido imposible. ¿Quién patearía?
Entonces escuchó al relator pronunciar su apellido.
- ¡Torrenti toma la pelota y se dirige al punto penal!
No, ya era suficiente. Lo había intentado, no podía. Cinco años aún eran escasos. Apagó el equipo, quitó la grabación y se encerró otra vez en su pieza. La vergüenza no lo dejaría en paz jamás.
5 de marzo de 2013
El diario de Susana
Desde las travesuras con sus amiguitas a las desventuras con sus hermanos, el amor a su madre y el odio a las maestras que le daban tareas. Allí plasmaba sus sueños de princesa, los deseos para Navidad pero también los tragos amargos, los chicos que la molestaban, los que no quería, a los que temía.
El día que Felipe, su hermano más chico, se lo robó para esconderlo creyó que el mundo se venía abajo. Primero lloró encerrada en su cuarto, luego, al regresar su madre del trabajo, imploró para que intercediera y cuando nada prosperaba, decidió hacer justicia por mano propia.
Fue hasta la habitación que compartían Felipe y Martín, el más grande y se escondió debajo de la cama. Ellos estaban en la casa del vecinito. Esperó bastante tiempo, pero finalmente escuchó la puerta del frente abrirse y luego los pasos apurados y torpes de sus dos hermanos. Entraron al cuarto empujándose, como era costumbre de ellos tratarse.
No se impacientó, al contrario, fue ganando confianza en tanto aguardaba el momento ideal. Martín se fue a hacer la tarea a la cocina y Felipe se quedó jugando en la computadora, de espaldas a la cama. Susana sacó el brazo de abajo de la cama y lo estiró hasta el cable de la computadora, que pasaba muy cerca de su posición. Con un tirón lo arrancó del enchufe y volvió a esconder su brazo fuera de la vista.
Felipe desplazó la silla para atrás y pegó un grito.
- ¡Nooooooo! ¡Perdí todo lo que había avanzado en el juego!
Salió corriendo de la habitación. Susana lo escuchaba llamando a los gritos a su madre, preguntando si se había cortado la luz.
Volvió con ella, que intentaba calmarlo.
- Ves, sacaste el enchufe de la zapatilla, seguro le diste una patada sin darte cuenta.
El desconsolado Felipe se limpió el rostro y volvió a encender la máquina. Susana sabía que estaba triunfando, que para su hermanito comenzar de nuevo aquel video juego era una tragedia. Pero no se rendiría hasta hacerlo sufrir mucho más.
Había aprovechado el momento que se había ido del cuarto para volcar en la silla medio frasco de pegamento escolar que había sacado de la mochila de Martín, que estaba tirada en el piso. Esperó unos minutos (la paciencia era ahora su aliada principal) y arrojó una pelotita de ping pong al otro lado de la habitación.
Felipe miró hacia donde cayó la pelotita con desconcierto.
- ¿De dónde te caíste? - le preguntó con aire repleto de bronca porque lo distrajo del juego. De inmediato se quiso poner de pie, pero le sucedió algo imprevisto. Al levantarse, la silla se levantó con él y las patas, que se alzaron al aire, voltearon en su paso el mouse y el teclado.
- ¡Mamááááá! - chilló como un poseído, mientras trataba de quitarse la silla.
La madre entró corriendo, quizá temiendo que otra vez le hubiese dado una patada al enchufe de la computadora, pero se sorprendió al ver lo que ocurría.
- ¿Felipe, que le pasa a la silla?
- ¡No sé mamá, está pegada!
- Seguro te dejaste un chicle en el asiento.
Lo ayudó a desprenderse de la silla y al ver el pegamento, sospechó en voz alta de Martín.
- Vos seguí jugando querido, que yo voy a buscar a tu hermano. Agarrate otra silla, que esta la voy a tener que limpiar.
Susana aguantaba la risa como podía. Y ahora vendría lo mejor. Tironeó la sábana hasta que la hizo caer al suelo, sin que su hermano se diera cuenta. Buscó los pliegues de la tela y se la puso encima. Con ese atuendo, completamente bajo la sábana, salió de su guarida y con un grito tremendo, hizo notar su presencia:
- ¡Búúúúúúúú!
La carita de Felipe se transformó, pasando de la sorpresa al terror. Soltó un alarido potente, desgarrador y luego, una gran mancha oscura se dibujó en su pantalón corto. El orín comenzó a caer en forma de chorrito, deslizándose por las piernas y las zapatillas, para terminar desparramándose en el piso, donde se formó en apenas unos segundos, un pequeño charco.
Su madre esta vez no lo escuchó, había salido al patio a buscar a Martín. Estaba solo, indefenso, frente a un fantasma. Y ahora el fantasma avanzaba hacia donde estaba. Se sentía paralizado y no podía atinar ni siquiera a salir corriendo.
La figura de blanco caminaba en forma lenta y con los brazos estirados, como deseando tomar su cuello. En ese instante, el fantasma habló con una voz gutural, de ultratumba. Se le escapó otro chorro de orina.
- Felipe - dijo el fantasma - si no le devolvés el diario que le robaste a tu hermana, te meto adentro del inodoro y tiro la cadena. Pero antes, te voy a sacar la lengua y los ojos.
El cuerpo de Felipe comenzó a temblar y al mismo tiempo, sus piernas parecían arquearse. Su mano derecha, que no podía permanecer firme, señaló un cajón. Pero ya no pudo resistir más. Cayó desmayado, encima de su propia meada.
Susana aprovechó para quitarse la sábana, arrojarla sobre la cama y luego correr hacia el cajón. Allí estaba su diario. Lo tomó y se marchó sonriendo a su habitación. Estaba fascinada. No solo por lo que había logrado, sino por todo lo que se venía. Se moría por ver la cara de su hermanito explicando a su madre lo del fantasma.
Riendo con ganas, tras haber aguantado las carcajadas durante tanto tiempo, buscó una lapicera de color y se puso a escribir. ¡Tenía tanto para contar!
2 de marzo de 2013
Realidad algebraica
Esa noche X no puede dormir, ni la siguiente, ni la otra. No se puede quitar a P de la cabeza. La quiere, desea que sea suya. Por lo tanto, irremediablemente debe eliminar a Y. Traza entonces un plan, con exactitud matemática. El insomnio lo ayuda, le da las horas necesarias para pulirlo.
Nada puede salir mal. Tiene lugar, horario, forma e incluso, coartada. Pero P aparece con Q. No es Y el que la acompaña. Q es una variable fuera del esquema, el plan no podrá funcionar. Decide abortar, pero ya es tarde.
Su cómplice, R, no conoce a Y. No es del pueblo, solo ha venido porque X lo ha llamado. Y en ese instante conduce el coche a gran velocidad. Su objetivo es el hombre que acompaña a P, la mujer que tantas veces su amigo X le ha mostrado en fotografías.
X observa a R entrar a la avenida. En la vereda de enfrente, P y Q comienzan a cruzar la arteria. R acelera. P se sobresalta y Q da un paso atrás. X corre y se arroja, logra empujar a P pero R lo atropella y sale disparado, sin poder creer lo que ha pasado.
En el pueblo la tragedia es noticia. P llora a X sin saber que él la amaba. El entierro de X se hace con mucho dolor. Una P conmocionada, es abrazada por Y. Q asiste solo, avergonzado aún de su actitud. R mira desde unos arbustos, con la culpa sobre los hombros.
Nadie jamás se entera ni sospecha de la ecuasión de X, tan solo conocen el resultante, o un punto de vista del mismo. No hay nada exacto, sino partes del todo y ni siquiera así, si alguien pudiera sumar cada una de éstas, la realidad podría verse como realmente es.

