Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

www.OLVIDADOS.com.ar - Avila + Netomancia

28 de octubre de 2009

Existencia ausente

Como todas las mañanas, don Braulio sacó la silla a la vereda y con radio portátil en mano se dejó llevar por la rutina del barrio con sus protagonistas diarios: el canillita madrugador; doña Etelvina que salía a hacer sus mandados una hora antes que abrieran los negocios; los chicos que iban a la escuela, los barrenderos de la municipalidad; García y López, los dos empleados del banco que vivían en casas contiguas. Incluso hasta los perros callejeros que daban vueltas por la zona parecían ser puntuales en sus visitas a los árboles de la vereda de don Braulio.
En la radio las noticias anunciaban tiempos sombríos, con medidas económica extremas y posibilidad de nuevas pérdidas laborales, se detallaban crímenes violentos y las cifras de accidentes y fallecidos en estos parecían escalar paredes invisibles, subiendo cada vez más.
La amargura que el pequeño parlante despedía a través de voces sin rostro se matizaba con informaciones de menor importancia, como los resultados de los partidos del día anterior, los estrenos esperados para la semana en los teatros del centro y alguna que otra película importante que se vería en las salas en esos días.
Don Braulio permanecía ajeno a las noticias, concentrándose en las imágenes que le regalaban el día, su calle, su gente. El ir y venir que tanto extrañaba.
El mediodía se acercaba. El sol vertical se lo anunciaba. El show de coches por la calle y de gente por las veredas había crecido durante la mañana. Miraba sus rostros, sus gestos, esos pasos raudos y deseaba tanto poder detener a cada uno y preguntarles por sus vidas, invitarlos al diálogo, a hablar de la vida, de las cosas importantes, de los sueños que dejarán olvidados en un rincón en el afán de sobrevivir el día a día.
Anhelaba tanto hablar con la gente, su calle, su barrio. Y más de uno al pasar miraba hacia esa porción de vereda, delante del portón verde, donde solía sentarse todas las mañanas don Braulio con su radio portátil y ahora, vacío, delataba esa partida que tanto dolió.
El fantasma de don Braulio, entendiendo que es imposible volver a ser lo que fue, se conforma entonces con una existencia ausente en este más allá no tan complejo ni misterioso. Y viendo que el mediodía ya se ha instalado, se mete con su silla y radio adentro imitando esa rutina que tanto disfrutara en vida y que nadie le impide seguir repitiendo ahora.
De todos modos, se obliga a retener las lágrimas, porque no le es indiferente el hecho de no poder saludar a nadie y aún más grave, no poder volver a ser abrazado.

25 de octubre de 2009

Sin secretos para tu condena

Del trabajo a la casa, de la casa a la guardería, de la guardería a la casa, de la casa al supermercado, del supermercado a la casa. Y entre un viaje y otro, en la comodidad del living, frente a la computadora siempre encendida, se permitía esos minutos de distracción en el Facebook, colocando comentarios, etiquetando gente en las fotografías o avisando a viva voz que era lo estaba haciendo, por pura diversión, como todos sus conocidos.
Un relax, un parate entre tanto ir y venir. Como si un alpinista se tomara unos minutos en algún descanso de la montaña, sabiendo que luego habría más rocas de las cuales asirse para alcanzar la meta.
Nada grave, apenas un
"Estoooooy cansada de tanto trabajaaaaaaar"
o siendo más explícita
"Mañana no puedo ir al gimnasio porque tengo que trabajar una hora más: es justa esta mierda Señor!!!"
o simple divertimento
"Mañana: Viernes, viernes, viernes, fiesta, fiesta, fiesta"
Mensajes inofensivos, un tecleo casi automático y un afán por decir lo que a nadie en otra situación le podría llamar la atención. Salvo allí, claro. A los pocos minutos veía los comentarios de sus frases y a su vez contribuía con las masas, comentando las reflexiones de sus conocidos.
¿Pero que mal había en todo eso? ¿Acaso no eran sus amigos, sus conocidos más cercanos? Si no se podía permitir esas distracciones, bien se podía pegar un tiro, pensaba mientras cerraba todo, tomaba la cartera, las llaves del auto y salía otra vez, ahora ya casi de noche para llevarle los papeles del divorcio a su prima la abogada.
La rutina del siguiente día era la misma. Solo cambiaría la ropa que se pusiera, lo que comería al mediodía, los comentarios por la tarde de la maestra jardinera de la guardería, las compras de último momento, la no posibilidad de ir al gimnasio como todos loa martes y claro, los comentarios en el Facebook. El resto, era la misma y nefasta repetición de cada jornada.
"Llevé a Matías a la guardería"
"Hoy mi jefe me dijo: Ivana, sigue así. ¿Le tendría que haber pedido un aumento"
"Te odio a Julián. Por suerte pronto serás mi ex"
"Cinco minutos para irme a caaaaaaaaaaasa"
"Dejé un bizcochuelo en el horno, en veinte minutos vuelvo"

Y luego nada, al menos en el Facebook.

- Hola Mirna, cómo estás. Vengo por Mati. ¿Cómo se portó hoy?
- Ay Ivana... ¿Cómo qué venís por Mati? Si vinieron a buscarlo con una nota tuya hace quince minutos.
- ¿Julián? Vino ese hijo de...
- No, no era Julián querida, sino un señor, dijo ser de tu trabajo, que vos tenías una reunión y no podías venir a buscarlo. Ay mi amor, por Dios, decime que lo mandaste vos, me muero.
- ¡Dios mío! ¡Dios mío! Hay que llamar a la policía, urgente, por Dios...

- Julián, por favor, te repito, si me estás haciendo esto para hacerme quedar mal en el pedido de custodia, decímelo. ¡Me estás matando Julián! ¡Por favor!
- ¿Dónde estás Ivana? Por favor, es mi hijo también. Entendé que no hice nada. Decime que pasó, cómo fue... Ivana, Iva... ¡No cortes estúpida! Pero qué...

- Si oficial, todos los días. Alrededor de las 17.30. Salgo a las 17 del trabajo y dejo algunas cosas en casa y luego vengo a buscarlo.
- ¿Viene siempre por las mismas calles? ¿Ha notado que alguien la siguiera?
- Mmm... no se, no, que se yo. Si, creo que vengo por las mismas calles. ¿Eso es importante? Pero si alguien me estuvo siguiendo, no se. ¿Cómo me puedo dar cuenta?
- Es importante que lo recuerde. ¿Se ha peleando con alguien últimamente?
- Si me he peleado, ja. Ya le dije, estoy en pleno divorcio. ¿Eso no cuenta?

- Era un hombre común, no se cómo explicarle. Metro ochenta, con algo de barba... no, no era barba, quizá una pelusa o que no se había afeitado... ay no recuerdo. Estoy nerviosa sargento, discúlpeme no soy de gran ayuda... ¿cierto?
- Cálmese señora, sepa que es la única persona que puede describir a este hombre, así que siéntese aquí y vamos a esperar a que...

- ¿Qué hago Julián? ¿Me querés decir? ¿Qué hago?
- Ivana, no me cortes. Decime donde estás, en qué comisaría y dejame estar con vos. Decime, alguien sabía tus horarios, tus...
- ¡Ves! Ya queriéndome echar la culpa no, que soy la que le dice a todo el mundo qué y cuando hago algo, no. Cómo cuánto estábamos juntos. Igual. Qué que hago, dónde estuve, con quién, sabés qué, me tenés...
- Ivana...
- Ivana un cuerno, dejame de joder.
- Pero... la puta que la parió, me cortó de nuevo.

Llamada entrante. Número desconocido.
- ¿Si?
- Tengo a su hijo.
- ¡Matías! Matí... hijo de puta, tocás a mi bebé y te mato, te clavo las uñas en los ojos y te hago desangrar estúpido de mierda.
- Cállese y escúcheme. Sabemos donde vive, donde trabaja y como sabrá, donde está la guardería. Conocemos sus amistades, sus horarios, su vida completa. No se pase de lista. Haga lo que le pidamos y nada más. Queremos dinero. Nosotros le vamos a decir cuánto y cómo. Mientras tanto...

Ivana "Dejé un bizcochuelo en el horno, en veinte minutos vuelvo"
Juan Carlos "Nena, yo que vos lo saco, debe estar negrito ya jajajaj"
Analía "Una hora Iva, sacaaaalo, sacaaaalo. Te debe haber quedado riquísimo, verdad.
Paco Cortéz "Looooca tanto tiempo, avísame si te sobra y paso. Llevo cuchara propia"
Ana "Ivana, acordate esta noche de llevarme la campera negra plis, gracias"
Ana "Y si sobra bizcochuelo, llevame un poquito miserable"
Celeste "Iva, hoy llego 22.30 para cuidar a Mati, si, puede ser, me perdonás, me seguís queriendo, muack????"



- Mire señora, cuando vuelvan a llamar, pídale que hable con nosotros. Usted nos da el teléfono y buscamos la forma de terminar con esto antes de tiempo.
- Quieren treinta mil pesos, ya hablé con mi jefe, me prestan la plata, después veré como la devuelvo. No me importa cómo, quiero a mi hijo, entiendo eso, quiero a mi hijo.
- Señora, escúcheme, somos policías y todos los días vemos estas situaciones. Muchas veces desisten del secuestro.
- Quiero pagar, quiero que me den a mi hijo y quiero irme a casa. Nada más. Míreme los ojos. Nada más.
- En este estado, no puede ir usted con el dinero. Está nerviosa, en un estado psíquico inestable...
- ¡Qué me está diciendo! ¿Me dice loca? Me está diciendo eso, se cree que soy tonta. Déjeme hacer las cosas como ellos lo pidieron.
- Señora... señora...

Calle oscura. La brisa de la noche es como un secreto no contado. Permanece allí, flotando, alrededor, esperando por las estrellas que no saldrán y la luna esquiva, ausente tras los nubarrones. Pero desde allí no se distinguen, tan solo hay negrura. En el fondo de la calle también. La ventanilla está hasta arriba. Afuera hace frío.
Escucha un motor. Las luces de un coche se encienden al fondo de la calle. Ella sale del coche, con una mochila en la mano.

- Teniente, nos llegó el informe de Investigaciones. Por los conocidos que han contactado, no parece que tuviera enemigos, es una mujer que vive sola desde hace tres meses, tiene un trabajo estable, lleva a su hijo a la misma guardería desde hace año y medio...
- ¿Cómo estiman que llegaron a ella? ¿La perseguían?
- A ver... acá no... espere, si, acá. Internet. Chequearon su conexión y constataron que tiene usuario de Messenger, aunque no lo usa mucho, una conexión cada dos o tres días y de pocos minutos. Pero si hay conexiones frecuentes a Facebook. Son casi rutinarias, eso les llamó la atención. Horarios similares cada día, duraciones parecidas... a ver, acá. Bien, accedieron a la cuenta y chequearon los contactos. Aparentemente la frecuencia de visualización de su perfil es variable entre sus conocidos, pero según el reporte de seguridad de Facebook facilitado, hay un contacto que prácticamente vive dentro de su perfil.
- Bien, ya sabemos su nombre. ¿Pudieron ubicarlo?
- Si, hay un problema. Según han constatado. Esta persona está fuera del país.
- Descartado entonces...
- No. Ese no es el problema. El tema es que alguien accedía con la cuenta de esta persona, desde algún punto de la ciudad.
- Cuando todo el mundo se siente seguro rodeado de sus amistades, ignora que no siempre son sus amistades las que la rodean. ¿No?
- Llevará un tiempo rastrear la IP del infiltrado.
- ¡Maldición!

La luz encandiló sus ojos. Igual, siguió avanzando. El sonido de sus pasos llegaba claramente a sus oídos. Parecían irreales, como provenientes de una pesadilla. Entendió que estaba viviendo una. Alcanzó a distinguir una silueta parada a un lado del otro coche.
- ¡Tengo el dinero!
- Déjelo dónde está y retroceda.
- ¿Dónde está Matías? ¡Voy a dejar el dinero, pero por favor, dónde está Matías!
- Déjelo y retroceda. Le diremos dónde encontrarlo.
- ¡Nooo, por favor, no me pueden hacer esto! Les dejo el dinero, pero entréguenme a mi hijo. ¡Por favor, se los suplico!
- Deje el dinero y...
- Por favor, por favor, por favor...
- Le digo que deje... no avance mujer, no avance...
- ¡Matías!¡Matías!
- No avance, quédese...

Un disparo y la noche se quebró en dos. La puerta del coche se cerró con fuerza y el motor se puso en marcha. Las ruedas chirriaron al retroceder. De inmediato se escucharon sirenas policiales. No estaban lejos.
Desde las penumbras de la calle corrieron hacia la mujer tres efectivos policiales, con atuendos especiales que incluían chalecos antibalas y armas de alto calibre.
Dos rodearon el cuerpo que aún temblaba, acostado sobre su propio charco de sangre, con pequeños espasmos que presagiaban la muerte. Los ojos abiertos de la mujer rogaban piedad.
El tercero no encontró rastros del coche que había huido. La luna logró escaparse de la muralla de nubarrones para asomarse completa por unos breves instantes. Solo el destino sabe si para decorar la noche o sonreír burlona.

Mariam "Mi vida te estuve llamando toda la tarde. Nos juntamos en Pum's o en Barbarian?"
Angel "Linda, te veo esta noche, me debés un baile bonita"
Rafael "Ivana, me enteré, cualquier cosa avisame. Y el bizcochuelo es para celebrar cuando todo termine"
Marita "Ey nena nena, pasé por tu casa y no estabas. Avisá nena, para que tenés el Feisbuc tonta jajajaj. Nos vemos esta noche!!!"
Ezequiel "Te equivocaste perra, te equivocaste. Chau Ivana, chau Facebook. Chau Matías"

22 de octubre de 2009

Recuerdo Borneo

Recuerdo Borneo. Ese gran pedazo de tierra que desde el aire parecía caber en la palma de la mano. Allí fue cuando comencé a notar que la avioneta hacía un ruido extraño. Un chic chic cada treinta o cuarenta segundos.
Cruzaba entonces entre bancos de nubes y la isla se me antojaba una forma de facilitar las cosas. Descender, revisar la maquinaria y proseguir la hoja de vuelo. Pero sabía que no podía darme ese lujo.
Llevaba atrás un cargamento de quinientos kilos de cocaína pura. Me esperaban unos narcotraficantes en el continente. El sudeste asiático no es lugar fácil de meterse en este negocio y al fin tenía una venta. Con la avioneta me ahorraba un intermediario, pero el riesgo era el doble, era jugar con fuego y sostener la mecha hasta el último instante.
Si bajaba a la isla seguramente tendría a la policía encima. El chic chic debería esperar hasta llegar al continente. De todas formas el sonido seguía sin gustarme. De vez en cuando miraba por encima del hombro, hacia la parte trasera de la avioneta. Allí estaba la droga. Eran varios millones y el principio del negocio en esa parte del planeta.
Las moscas en el aire eran culpa de Adrián. Mi ex socio. La relación se había roto diez horas antes, cinco minutos antes de despegar. No nos pusimos de acuerdo en las ganancias de cada uno. Y aún a pesar de haber ganado la disputa, seguía pensando que no tendríamos que haber llegado tan lejos, puesto que además de negociar, en mi caso, ponía también el avión para el contrabando.
Pero Adrián quiso discutir. Y no se le discute a una Glock 17 9 mm. Dos disparos y asunto zanjado. No pude deshacerme del cuerpo. Despegué pensando que lo podría arrojar al océano, pero en todo el viaje hubo turbulencias y no quise arriesgarme a maniobras extremas. Así que ahora su cuerpo viaja también en la parte trasera, junto a la droga.
Cada vez que el ruido se repetía, me acordaba de Borneo. Era instantáneo: chic chic, Borneo. Minuto que pasaba, más seguridad tenía en que debía haber bajado a tierra. Aún no veía el continente. Si acaso el sonido provenía de alguna falla menor, no existiría problema para alcanzar la pista. Pero mi temor era algún daño mecánico de importancia.
Volví a buscar alguna señal de esperanza en el horizonte. Nada. La línea interminable del océano confundiéndose entre los bancos de nubes y el interminable espacio aéreo.
Miré la hora. Según mis cálculos, aún quedaba una media hora de vuelo.
Treinta minutos de incertidumbre y chics chics. De recordar la chance que tuve de bajar a tierra al pasar por encima de la isla. De estar cortando clavos deseando que no pasara nada grave.
Chic Chic.
Los nervios casi de punta, como decía Adrián. El altímetro, el velocímetro y el resto de los controles marcaban datos coherentes. Nada parecía estar fuera de lo normal. Por la ventanilla no se veía que hubiese alguna parte floja o desprendida, ni siquiera que la avioneta perdiera combustible.
Chic Chic.
Miré de nuevo el reloj. No habían pasado ni dos minutos desde la última vez.
Chic Chic.
Chic Chic.
¡Track!
Me sobresalté. Una corriente de aire en el cuello me hizo enderezar en el asiento. ¿Qué carajo había hecho ese ruido? Miré por sobre mi hombro y noté que la penumbra habitual de la parte trasera había desaparecido. La luz ingresaba de alguna parte. Dejé los controles y arrojé los auriculares sobre estos.
En la parte trasera algo había pasado. Un panel lateral de la avioneta se había desprendido. En su lugar se veía peligrosamente el cielo. Fuertes ráfagas de aire entraban al aeroplano y hacían que comenzara a moverse de un lado a otro.
Atónito observé el cadáver de Adrián con un brazo estirado hacia el lateral faltante. Su mano pálida y rodeada de moscas sostenía aún un tornillo. Los demás estaban a su alrededor.
Intenté sostener parte del cargamento que estaba desplomándose hacia el exterior por el agujero abierto, pero tropecé con el cuerpo. Quise asirme del metal del fuselaje, pero el vacío me absorbió. Me ví de repente cayendo al océano mientras la avioneta se alejaba sin destino alguno, cada vez más lejos.
Desperté hace una hora. Una patrulla naval de la costa asiática me encontró flotando en el agua, sobre una mochila cargada de drogas. Me estuvieron interrogando pero no entiendo su lengua.
Sospecho que ya han localizado la avioneta, que se debe haber estrellado en alguna parte. Imagino también que no van a creer ningún cuento sobre la droga que me mantenía a flote, ni mucho menos sobre lo que haya quedado dentro de la avioneta. Y me refiero a la cocaína y a mi ex socio.
La cabeza me duele intensamente, pero no quiero cerrar los ojos. Cuando lo hago me acuerdo de Borneo y de la mano de un Adrián muerto mucho antes, y la imagino sacando de a uno los tornillos.
Pero lo peor de todo es ese sonido, que tanto me hace estremecer y que sigo escuchando, aunque ahora con seguridad, proveniente de abajo de la cama.
Chic chic.
Chic chic.

19 de octubre de 2009

El dibujo de tiza

Jugando juntó sus cosas del suelo y riendo contrarrestó el enojo del guardia. Lo miró sobrándolo, no de frente, sino de reojo y trotando se marchó calle abajo, haciendo oír por sobre el ruido de los coches su carcajada, tan sonora como falsa.
El guardia limpió como pudo el lugar que antes ocupaba el vendedor ambulante. Con sus zapatos negros pateó hacia la calle restos de lo que parecían, eran pequeños huesos trabajados con detalles.
Pensó en llamar a la chica que limpiaba dentro del local comercial que lo contrataba para cuidar la seguridad y el orden, pero supuso que tampoco era para tanto. Apenas unas pequeñas cosas que el vendedor había dejado, que bien podía sacar del paso sin inconvenientes.
Solo una cosa no pudo quitar. Un dibujo en tiza de color que había hecho sobre la vereda. Era un dibujo pequeño, de no más de quince centímetros de alto por diez de largo. Sin agacharse no podía identificar que era. Tan solo veía un manchón celeste, verde y rojo, con algo de amarillo en el centro.
Acercó un poco más el rostro, doblando la espalda. Aún no divisaba lo que era. Se arqueó más y nada. Otro poco y... no sintió nada, tan solo el aire frío que lo llevaba hacia el dibujo y luego lo devoraba.
Carmencita salió a buscarlo porque el patrón lo necesitaba dentro del local. Pero no lo encontró afuera. Le preguntó al vendedor ambulante que estaba a un lado del negocio, pero este, desde el suelo donde estaba sentado, negó haberlo visto con un simple gesto de su cabeza mientras entre sus manos tallaba un pequeño hueso con una navaja afilada.

12 de octubre de 2009

Vigilia nocturna

Las luces rojas resplandecían en la noche. Creaban una iluminación falsa y caótica. Los vecinos se agolparon delante de sus casas, observando cada uno de ellos hacia lo de los Juárez. Veían la ambulancia con el motor en marcha, las luces encendidas y las puertas traseras abiertas de par en par. Ninguno emitía opinión alguna. Aguardaban, algunos cruzados de brazos para abrigar el cuerpo, otros con las manos en las caderas, pero todos con la vista puesta en un solo lugar.
La puerta de la casa de los Juárez había quedado abierta. Pero casi no se podía ver hacia dentro. Más de uno debió haber pensado en acercarse más, pero la sensatez prevaleció. Nadie se movió de donde estaba. Tarde o temprano los médicos y enfermeros tendrían que salir y entonces...
Un movimiento. Uno de los enfermeros salió corriendo hacia la ambulancia metiéndose raudamente en la parte posterior. Volvió a verse a los pocos segundos, cargando un maletín verde. Se metió dentro de la casa y ahora, cerró la puerta.
Algunos vecinos cruzaron miradas, cómo preguntándose "qué pasa". Solo hubo movimientos de hombros, expresando el desconocimiento. La pareja de ancianos que vivía al lado de los Juárez estaba en la vereda, prácticamente sobre el cordón que da a la calle. Estaban abrazados y miraban hacia la casa de sus vecinos. Ellos sabían que algo grave había pasado. Se habían despertado mucho antes que llegara la ambulancia. El ruido de vidrios que se rompían había sido el detonante. Se imaginaron que provenía de los Juárez, porque últimamente allí se escuchaba todo tipo de sonido en horas de la noche.
Melisa y su marido, al que nadie en el barrio veía con buenos ojos, también habían salido a la calle. Su casa era la que se encontraba del otro lado de los Juárez. No tenían las paredes lindantes, pero las ventanas del dormitorio daban al jardín de sus vecinos. Si les hubiesen preguntado por vidrios rotos, habrían dicho que no escucharon nada y no habrían mentido. A Melisa la había despertado un alarido. Su esposo no se había despertado, pero no podía fiarse de eso, podía pasarle un tren por al lado que no lo escuchaba.
De las viviendas de enfrente, los que no salieron a la calle al escuchar los disparos, lo hicieron cuando llegó la ambulancia haciendo rugir su sirena. Juan y Esther estaban seguros que nadie abría la boca porque tenían la certeza todos de haber escuchado lo mismo, pero se sorprendería de saber que solo ellos habían escuchado dos disparos de revólver. En el caso de Margarita, que esa noche cuidaba a su nietita, había escuchado lo que le pareció, fue una ráfaga de ametralladora. Los Martínez Gelman firmarían con los ojos cerrados, de ser solicitada, una descripción de los cinco escopetazos que los hicieron saltar de la cama. Y Miranda, la dueña del almacén, estaría segura de discutirle a cualquiera que más que disparos, fueron dos bombas las que escuchó provenientes de la casa de enfrente.
Pero nadie mencionó una sola palabra. El silencio flotaba como una niebla en esa noche fresca, alcanzando una y otra vereda, mientras las luces de la sirena, cuyo chillido había sido acallado al llegar, arrojaban salpicaduras de luz roja hacia todas partes.
El denso corolario de la espera, era el revoloteo de un cuervo de rama en rama, sobre el árbol de la entrada principal de los Juárez. Más de uno lo vio y desvió la mirada, pues no es precisamente un pájaro de buen agüero.
Cuando la eternidad parecía querer apoderarse de la escena, la puerta se abrió. Marchaba adelante el enfermero que había salido antes, llevando consigo el maletín verde. Su bata estaba regada en sangre. Detrás avanzaba otro enfermero, con rastros de sangre en las mangas y el barbijo aún puesto. Detrás, cerrando la fila, el paramédico principal, con un maletín en cada mano. Llevaba el gesto adusto y evitaba levantar la mirada. Uno de los enfermeros metió los maletines por la parte de atrás y cerró las puertas, en tanto los otros dos subían adelante. De repente las luces rojas se apagaron y las sombras se acentuaron en cada rincón del paisaje nocturno. La ambulancia arrancó y la vieron perderse por la calle rumbo a la intersección de la esquina, donde dobló para convertirse en un recuerdo de la noche.
Los vecinos quedaron allí, de pie, observando donde la ambulancia había girado, como hiptonizados. Comprendieron que todo había terminado o al menos, nada había sido tan grave como parecía. Se miraron entre si y algunos hasta se animaron a sonreír, como si compartieran cierta vergüenza por estar a esas horas de la noche esperando en la vereda, en pijamas, sin saber a ciencia cierta qué.
Emprendieron la retirada, lentamente, metiéndose en sus casas. Nadie volteó la cabeza para mirar por última vez. No hacía falta. El calor del hogar los llamaba, la cama los esperaba para proseguir el sueño. Desde la casa de los Juárez una figura observaba por la ventana, corriendo apenas las cortinas. Tenía sangre en la boca y un hueso en la mano. A sus pies, inertes, tres cadáveres vestidos con batas blancas, esperaban su turno para ser devorados.
Afuera, el cuervo chilló por última vez antes de levantar vuelo y confundirse con la noche.

9 de octubre de 2009

El hombre de la obsesión extraña

Cierta obsesión traumaba a Ricardo. No concebía ver dos objetos similares o relacionados juntos. Si dejaba revistas sobre la mesa, debían ser distintas, es decir que si había una historieta, no podía haber otra, pero si un catálogo, la programación del cable, pero ojo, un ejemplar solamente de cada uno, por más que fuera de otro mes.
Tenía cinco platos en su casa y no guardaba ninguno en el mismo lugar. Ni hablar de apilarlos. Uno estaba en la alacena, otro en el cajón de los cubiertos (donde solo había un cubierto), otro encima de la helada, uno siempre en la mesa y el restante en la pileta de la cocina.
No dejaba perfumes juntos, ni colocaba monedas del mismo valor dentro del bolsillo o billetes iguales dentro de la billetera. Solo plantaba una flor por cantero, que debía ser distinta a su vez de la que ponía en otro (el otro cantero no podía estar lindante al primero).
Muchos de sus amigos le recalcaban que lo suyo era para el diván. Pero Ricardo no les hacía caso. Incluso, no permitía que lo visitara más de un amigo por vez.
Cuando se llevaba un bocado a la boca, siempre hacía una pausa para el siguiente, bebiendo un vaso de agua.
En los muebles había adornos, pero ninguno tenía relación del otro. Había un elefantito con un billete de un dólar en la trompa, pero ningún otro objeto de cerámica. Un pequeño molino de metal, y ningún otro adorno de metal. Una casita hecha de madera y ningún otro objeto de madera.
La obsesión llegaba a grados inimaginables. Ropa interior desparramada por toda la casa, con la idea de no encontrar pares de medias o calzoncillos que estuviesen encimados; cigarrillos ubicados en lugares insólitos ante su imposibilidad de aceptar que pudieran estar juntos dentro del paquete en el que los compraba; verduras guardadas de la misma forma, por lo que se podían encontrar tomates en todas las habitaciones (uno en cada una, claro) y los ejemplos podrían extenderse para una infinidad de cosas.
Nadie recordaba cuando comenzó esta obsesión, pero lo cierto es que a Ricardo la actitud le costó bastante caro. Fue perdiendo conocidos, sus familiares comenzaron a considerarlo un ser extraño y a tomar distancia, su novia (la que tenía cuando comenzó su rara forma de actuar) lo dejó y perdió el trabajo de cajero de supermercado al comenzar a perder tiempo para guardar el dinero que cobraba.
Ahora es beneficiario de un plan por desempleo, pero retira del banco un billete distinto por vez.
En su casa nunca enciende más de una luz por habitación y si es posible, nunca dos en toda la vivienda. Y si tocan a la puerta, nunca la abre más de dos veces en una misma hora, por lo que si es un conocido, le pide que vuelva más tarde o bien, que espere.
Claro que cada vez son menos los que acuden a su casa. Es que su propia imagen ha ido cambiando desde que comenzó a actuar tan extrañamente. Porque en su obsesión llenó una oreja de piercings y la otra la dejó como siempre; se tatuó un brazo y el otro no; se prendió fuego una pierna protegiéndose bien la otra y se extirpó un ojo, cuidando de no lastimar el otro. En cuánto a sus dedos, quizá sea lo que más impresión provoca: muñones de por medio dejan a la vista que la obsesión ha cruzado ya la línea de la locura.
¿Cuál es la solución para Ricardo? Nadie lo sabe con seguridad, pero todos piensan en que tarde o temprano algo pasará. A muchos se les cruza por la cabeza que hay un solo destino para Ricardo. Un solo camino, no más.
La única bala en toda la casa la guarda en la mesa de luz.

6 de octubre de 2009

La calle (su calle)

Lo llamaron, saliendo del colegio. “¡Paragua, venite con nosotros!” le gritaban los chicos desde la puerta. El levantó la vista y les sonrió, agradecido. “¡Dale paragua, vení con nosotros que está lloviendo!” le gritaron esta vez y todos rompieron a reír mientras se alejaban por la puerta, sin el menor deseo de su compañía ni el menor atisbo de vergüenza.
Claudio se guardó la sonrisa y se ilusionó con hacerse invisible para desaparecer del patio de la escuela, donde otros que habían escuchado lo observaban y reían por lo bajo. Casi arrastrando los pies, para no hacer ruido ni llamar la atención, salió también a la calle. Evitó las arterias céntricas y fue bajando en la numeración hasta llegar a su barrio.
Las casitas humildes y venidas abajo lo saludaban en silencio mientras el mediodía lo recibía con olores tentadores que salían de las ventanas abiertas.
Oyó a doña Patricia gritarle a sus críos al pasar frente a la casa azul, una de las pocas coloridas sobre su calle y disfrutó con la melodía que venía de la casita blanca de al lado: Juanita practicando con la flauta dulce, la que le habían regalado un año atrás en la escuela para discapacitados donde iba.
En el baldío los pibes que iban al colegio de tarde jugaban un partido de fútbol, que seguramente habría empezado a mitad de mañana. A muchos de ellos nadie lo llamaría para comer. El Rauli y Jimena coqueteaban detrás de un arco. Eran primos y apenas si tenían cinco años.
Don Carmelo el almacenero estaba sentado en la vereda, observando a la gente pasar. Saludó con un guiño cómplice de ojo a Claudio. “Por la tarde date una vuelta, que voy a necesitar mover unas cajas que tengo atrás” le dijo con su voz ronca sin abandonar la silla que su gordo cuerpo ocupaba.
Claudio se ganaba unos pesos ayudando a Carmelo o a Ramón, el de la verdulería frente a su casa. Acomodaba cajones de frutas o de otras mercaderías. Y a veces le atendía un rato el negocio a cada uno, cuando sus dueños tenían que salir por alguna razón. Era obediente, inteligente y no robaba. Suficiente para Carmelo y Ramón.
Su mamá había llegado de Paraguay con él a cuestas, cuando todavía era un bebé. Le escapaba a la miseria en la que vivía en las afueras de Asunción. Acá no tenía mucho más, pero al menos decía que vivía tranquila. Es que no solo le escapaba a la pobreza y eso Claudio se fue dando cuenta de grandecito, cuando empezó a preguntar por su padre. Y aprendió con los silencios más de lo que hubiese querido.
Era un día más, la calle (su calle) reflejaba la rutina diaria a la que estaba acostumbrado y le parecía bien. Así debía ser. Porque su calle lo era todo. Tanto como su humilde casita y su querida mamá. No necesitaba más. Ni a los discriminadores compañeros de colegio, ni a los maestros pocos pacientes. ¿Acaso ir al colegio todos los días no significaba un sentimiento de humillación tan grande que a veces deseaba acabar debajo de un colectivo? Pero todo eso acababa con el timbre de salida, con la caminata numeración abajo hasta el barrio, hasta su calle, su hogar.
Pero debía ir a la escuela, por su mamá. Porque, le decía, con eso iba a poder conseguir trabajo más adelante y con suerte, ir a vivir a un lugar mejor. ¿Mejor que esto, mamá? Le preguntaba incrédulo Claudio. No se imaginaba nada mejor que su lugar en el mundo, esa calle, la gente de siempre, su casa chica pero cómoda… ¿mejor que esto, mamá?
Y allí estaba ella. Esperándolo en la puerta de casa, pasando la escoba como excusa, porque lo único que hacía desde que veía en el reloj rojo de la pared de la cocina que eran las doce, era salir afuera y clavar su mirada a la calle, aguardando por él. Y se le iluminaba la sonrisa al verlo llegar, con el guardapolvo hasta arriba de las rodillas y las carpetas bajo el brazo, el pelo revuelto por el viento, la boca sonriente.
En la mesa ya tenía el caldo caliente para calmar el rugir del estómago y calentar el cuerpo de su hijo. Claudio la abrazaba, la besaba en las mejillas y corría a la mesa, en busca de lo que su madre le había preparado.
La sentencia final lo era todo para su madre: “Riquísimo má”. Se daba cuenta que su cumplido la complacía y eso lo hacía también feliz a él. Y al rato quedaba solo, porque la madre se iba a limpiar unas casas al centro. Así que aprovechaba para completar cosas de la escuela y quedar con el día libre.
Luego iría a lo de Carmelo, a lo de Ramón, se llegaría a la plaza a ver que hacían algunos de sus amigos del barrio, más tarde esperaría a su mamá y la ayudaría con las cosas de la casa…
¿Mejor que esto má? Se volvía a repetir la pregunta en soledad, riendo ante los deseos de su madre.
El sol se fue moviendo y las horas corriendo. Nadie se detiene a mirar el sol, nadie tiene la necesidad. Así funciona, así es su rutina. La tarde fue cayendo y las sombras ganaron terreno, cubriendo con su manto oscuro esos lugares que antes desbordaban en luz.
La hora en que regresa mamá, pensó Claudio. Pero mamá no volvió. Ni a las siete, ni a las ocho, ni a las nueve. Preguntó en lo de Ana, la vecina, si le había dicho de algún trabajo extra que se hubiera olvidado de decirle. Pero Ana no sabía nada. Fue a lo de Carmelo, pasó por lo de Ramón. Nadie sabía nada.
Recordó que a veces pasaba por lo de la modista de la vuelta, para buscar algunas changas cosiendo ruedos o haciendo remiendos. Caminó hasta la casita de la modista. No había nadie, así que tampoco estaba allí.
Volvió a su casa, esperando encontrarla pero en su lugar lo esperaban dos uniformados. Los azules le daban miedo en cualquier circunstancia, pero ahora le temblaban las piernas. ¡Algo le pasó a mamá! se repetía mentalmente.
Y así era. Los policías le narraron los hechos, fríamente como si enfrente tuvieran a un hombre de cuarenta años, olvidando que trataban con un pibe.
Un pibe que quedaba solo.
Sintió que le atenazaban el corazón y se lo oprimían, con tanta fuerza que explotaría de dolor. Supo que podía morir de dolor. Lo supo allí mismo. En ese instante. Aún sin creerlo, rompió a llorar. Apenas si oyó el “vas a tener que venir con nosotros, para reconocer el cuerpo”.
En el patrullero, mientras avanzaban hasta el hospital, le hacían preguntas. “¿Paraguaya?” escuchó. “Si” respondió, esperando alguna acotación, como siempre le hacían en la escuela. Pero nadie acotó nada. “¿Alguien que quisiera lastimarla?”. Dudó. Fueron unos segundos, pero lo hizo. ¿Acaso podía mencionarle a su padre, al que había abandonado trece años antes? Si ni siquiera sabía su nombre. Dijo “No”. Por la ventanilla veía pasar una ciudad que desconocía, un mundo que le parecía lejano. Las voces de los agentes de policía parecían venir de otro plano, una existencia distante, imposible. Le preguntaba de su madre muerta. ¿Muerta? ¿Cómo podía estar muerta su mamá? Si al mediodía lo había esperado con un plato de caldo caliente y abrazado en la puerta y…
Claudio cerró los ojos y ya no contestó más preguntas. Se recluyó en lágrimas, sumido al dolor. El coche siguió avanzando en medio de un paisaje furioso, ajeno a su vida, a su calle, a sus días. Lo hacía presa del llanto, de un dolor desconocido, de una sensación de soledad intensa. Y con miedo. Terror. Pánico de abrir los ojos. Porque sabría que de hacerlo, ellos estarían allí, del otro lado de la ventanilla, sonriendo, hablando por lo bajo, codeándose entre si, señalándolo con gestos. Y escucharía sus voces, el “paragua” que tanto odiaba. Le harían bromas, se reirían de su pérdida. Y hasta quizá intentaran algo peor, como golpearlo. No abriría los ojos, no lo haría.
Sintió el coche detenerse y que le abrían la puerta. Lo acompañaron hasta la morgue. Las letras estaban impresas en grande. Los policías golpearon. A través del vidrio esmerilado vio moverse una figura. Y mientras el picaporte se movía y un nudo del tamaño del corazón se le hacía en el estómago, recordó con ironía y rencor la pregunta más estúpida que le hubiese hecho a su madre: ¿Mejor que esto má?
Supo que ya nada sería lo mismo. Ni su calle, ni su casa ni sus días.
La puerta se abrió.
Los policías entraron y lo llamaron desde adentro.
El escuchó: “Dale paragua, entrá con nosotros”.
No. Nada sería lo mismo. Ni siquiera volver a su lugar en el mundo.

2 de octubre de 2009

Los errores del hombre

Se alejó de ella y marchó hasta el borde un acantilado. El verde pintaba cada lugar donde enfocara su vista. La virginidad del lugar era pletórica. El cielo se extendía hasta más allá de lo imagible. La brisa hacía sentir frágil su cuerpo semidesnudo.
Más abajo las praderas indicaban rumbos desconocidos y algunos animales parecían indiferentes a todo lo que los rodeaba, husmeando aquí y allá, sin precisar con sus movimientos que harían a continuación.
Se sentó. Dejó que la gramilla fresca y húmeda le acariciara las piernas. Dejó que sus ojos apreciaran todo aquello durante un largo rato. Luego los cerró, ocultándose en su mente.
De inmediato llegaron las imágenes. De lugares nunca vistos, de otras personas que no conocía, de tiempos seguramente remotos. Observó poblarse la tierra, al fuego calentando la noche, a la piedra servir de pared.
Vio a la gente en grupos, viviendas y pueblos. También maldad y pecados y luego un gran diluvio. Otra vez se poblaron las praderas, se ocuparon los valles, se aprovecharon los ríos y nuevamente, el hombre era malo, robaba, mataba y engañaba. Fue testigo de castigos, de plagas, de errantes e incluso de varios mesías. Vio al hombre derrocarlos sin la menor vergüenza.
Y luego más ciudades, nuevos templos, armas, enormes navíos, soldados y muertes. Guerras tras guerras, sangre sobre sangre, herida sobre herida. Vio al hombre equivocarse y ser abandonado.
Las imágenes seguían llegando, una tras otras, como puñales en su cabeza. Millones de personas, el hambre, la muerte, el poder, el pecado, naciones en odio, hermanos en lucha. Las construcciones cambiaban, las armas eran más letales, los límites cada vez más lejanos, pero la mente humana siempre la misma, engañada por el oro y la muerte, el poder y la gloria efímera.
No pudo más. Ya no quiso seguir mirando. Abrió los ojos. Sintió lágrimas corriendo mejilla abajo. Se llevó una mano a la cara y palpó esa humedad que descendía. Se la llevó a la boca y saboreó lo salado. El futuro era sufrimiento. Era sangre y codicia, era barbarie y vergüenza.
Y sin embargo ese acantilado albergaba tanta paz. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía el hombre llegar a ser lo que había visto? Pero irremediablemente llegaría, lo sabía...
Se puso de pie y a pesar de saber muy poco aún, sabía lo suficiente como para darse cuenta que su fin era la solución. Caminó sin miedo hacia el borde, mirando el horizonte.
Entonces la escuchó detrás.

- ¿Adán? ¡Espera, no lo hagas! Ven a mí, te puedes lastimar ahí.

Y embelesado por su voz, volvió a hacerle caso por segunda vez.

28 de septiembre de 2009

Una espina en el lago

Desde la orilla del lago veía la fogata encendida y cómo las siluetas de los chicos se contorneaban contra el fuego, mientras danzaban al compás de una melodía y voces que le llegaban muy tenuemente a través del aire fresco de la noche.
Era la última, la despedida. El campamento había sido un éxito. Podía volver tranquila, sabiendo que los niños se habían divertido.
El agua parecía tan calma en la noche que no podía evitar acercarse. Le transmitía paz. Veía el brillo de la luna reflejada en la superficie, casi como en un espejo. Sentía melancolía y por eso huía del resto. De vez en cuando volvía su mirada hacia el campamento y sonreía con sinceridad al ver como los demás disfrutaban.
Había una sorpresa para los niños, que los otros profesores de educación física prepararon durante la tarde. Una torta inmensa, que llevaron a cocinar al puesto de la guardia del parque. En cualquier momento vería por el lado del camino de tierra acercarse las luces redondas y potentes del jeep del parque y sabría que sería su momento de regresar con el resto.
Sin embargo quería quedarse allí mismo, a la orilla del lago, porque la tristeza le empañaba la noche. En realidad, toda la excursión. Desde el día que salieron, buscó los lugares más apartados para llorar en soledad. Volvía con el grupo sonriente, pero sintiendo la espina clavándole el corazón.
Odiaba sentirse así. Pensaba en él. En la noche que estaba armando el bolso para salir esa misma madrugada. Buscaba prendas íntimas que le resultaran cómodas, cuando su novio le hizo un comentario que no le gustó. ¿Cuál había sido? Ya no lo recordaba. Así eran todas las peleas. Comenzaba por algo y llegaba un momento que ninguno de los dos sabía exactamente la razón por la que habían iniciado la discusión. Pero esa noche se pelearon. Feo. Se dijeron barbaridades que jamás se habían dicho. Algunas palabras aún resonaban en su mente, como un recuerdo culpable, como un dedo hurgando una herida.
Se había ido dando un portazo, tan fuerte que escuchó como caía dentro del departamento uno de los cuadros de naturaleza muerta que colgaban en la pared del living. Caminó las cinco cuadras que la separaban del colegio llorando. Haciendo un intento casi inhumano por no gritar de bronca, de desesperación. ¿Por qué esa noche? ¿Por qué justo antes de irse?
Llegó a la puerta de la escuela, donde el colectivo ya estaba esperando para partir, secándose los ojos con un pañuelo descartable. ¿Qué le pasa profe? le habían preguntado unas niñas y ella mintió muy bien. El resfrío que alegó sanó rápido y pronto se vio juntando los bolsos y subiéndolos al transporte.
En el viaje logró olvidarse de lo sucedido. La gracia de sus colegas, la algarabía de los niños, todo se convirtió de a poco en una manta que la cubrió del frío espiritual que la invadía internamente. Pero una vez en el campamento, empezó a recordar y las lágrimas se iban filtrando, de a poco, a escondidas, en un lamento infinito que no podía parar.
La última noche y como no podía esperarse de otra forma, era todo diversión. La pena llegaría en el viaje, ya cansados, los niños se darían cuenta que estaban volviendo a sus rutinas y eso sería el disparador de quejidos y alguna que otra broma sobre no querer volver. Pero aún faltaban varias horas para regresar y sin embargo ella estaba decidida: no volvería.
No soportaría regresar, no podría sobrevivir más tiempo con la realidad que le tocaría afrontar. Miró de nuevo hacia la fogata y ahora los chicos ya no cantaban ni bailaban, sino que estaban en silencio, todos sentados. Le llegaba un débil murmullo, acompañado del sonido de los grillos, que a esa altura ya le resultaba natural. Era la hora de las historias de terror, del silencio respetuoso, de los oídos atentos escuchando a los grandes.
Pensó en su novio, en la noche que armaba el bolso y parecía todo tan distante desde aquella orilla, que era como si le sacaran una tonelada de encima de sus hombros. Dio el primer paso hacia el campamento y otra vez sintió la angustia, el dolor. Se puso a llorar, desconsolada.
Se dejó caer y abrazar por la tierra. El agua le hizo caricias, tan cálidas, tan llenas de amor, que por un momento se creyó acompañada. Los ojos se dejaron llevar por las estrellas, mientras la frescura de la noche la envolvía en una mortaja de paz infinita y el sueño avanzaba letal, mortífero, silencioso, en tanto el agua cubría sus piernas, luego su cuerpo y finalmente los brazos y rostro, oscureciendo el cabello y ocultando su belleza, sin encontrar resistencia ni nuevos lamentos.
Al día siguiente, desde temprano la guardia del parque y la policía la buscaron en cada rincón del lugar. Al atardecer encontraron su cuerpo, en el fondo del lago.
La noticia llegó al pueblo antes que lo hiciese el colectivo con los niños y profesores. Sorpresa, incredulidad, las sensaciones dejaron a todos helados. La policía local notificó a la escuela y de allí fueron al departamento de la joven, donde vivía la única persona que podía considerarse un familiar, que era su novio. Los padres y demás parientes vivían en otra provincia, muy lejos. Forzaron la puerta porque nadie contestaba. Encontraron el cuerpo del joven sobre la cama, con la garganta cortada y signos de violencia por toda la habitación. Llevaba muerto varios días.

25 de septiembre de 2009

El muerto a la cabeza

Miró la hora. Casi las ocho de la noche. Su mujer había salido y le había dejado un pollo en el horno cocinándose.
Le recalcó bien clarito, que lo cuidara, que no permitiera que se dorara de más y que fuera moviendo las papas para que no se pegaran a la fuente. "Y por favor Roberto, prestale atención, que esta noche viene tu mamá y no quiero quedar mal. Hacé una bien Roberto, por una vez en la vida" le había dicho antes de salir hasta la panadería a comprar unas masas finas.
Volvió a mirar la hora. Casi las ocho. Venía jugándole desde hacía dos días, al 47 a la cabeza en la quiniela nocturna. Tenía un pálpito que prácticamente no lo dejaba dormir. Y por cábala se hacía una escapada hasta la agencia de quiniela que le quedaba a la vuelta siempre cinco minutos antes de las ocho, es decir, cinco minutos antes de cerrar.
Pero su mujer no volvía. ¿Se habría quedado a charlar en el camino con alguna vecina? Justo esa noche tenía que demorarse. No iba a llegar. Volvió a mirar la hora en el reloj con fondo de frutas que colgaba en la pared de la cocina.
Se acercó al horno y espió el pollo. Estaba dorado, lindo y el olor que invadía la cocina era buen indicio. ¿Cuánto podía tardar en ir hasta la agencia de quiniela y volver? ¿Diez minutos? Entre que iba, jugaba el número, hablaba dos palabras con Manuel, el quinielero...
Pero... y si justo regresaba su mujer y encontraba la casa vacía. O peor aún, llegaba antes su madre y dado que nadie le abriría, se quedaría esperando afuera y ahí si, con seguridad llegaba su mujer con la escena de la suegra en la entrada y la casa vacía. Y el pollo en el horno quemándose. Seguro, seguro. Podía ponerle la firma.
El pálpito. No podía dejar de pensar en el 47. Según la tabla de los sueños, el muerto. Pero muerto iba a terminar él si dejaba el pollo solo y volvía su mujer. Volvió a mirar el reloj. Las ocho en punto. Manuel debía estar preguntándose porque no había aparecido. ¿Pensaría que lo jugué en otra agencia? No, no lo creía. La manecilla del reloj se desplazó un poco más. Ya había pasado un minuto. Manuel estaría echando llave a la puerta, bajando la persiana preparándose para partir hacia su casa.
El pálpito era fuerte. La pucha, que era fuerte. Esa noche salía el 47 seguro. Y el cuidando el pollo. ¿Y si salía ya mismo por la puerta, corría hasta la agencia como para agarrar a Manuel antes de que se fuera y jugaba la apuesta?
Si, no podía más. No lo resistía. Tomó la billetera que estaba arriba de la mesa y las llaves. El pollo podía irse al mismísimo infierno. Su madre y su mujer también. Nada iba a...
Escuchó abrirse la puerta del frente. La voz de su mujer, que según él era como el chillido de un gato al que le pisaron una pata, le llegó claramente a los oídos. Y también la de su madre. Por eso se había demorado, la había pasado a buscar. Si hubiese salido hacia la agencia cinco minutos antes habrían encontrado la casa sola y tremendo problema hubiese tenido. Las saludo y ayudó con las bolsas. Cuando miró el reloj ya era muy tarde, no había posibilidad alguna de jugar el número.
La idea del 47 no lo abandonó en toda la cena. El pollo se le atragantaba de bronca. No quiso escuchar los resultados por la radio ni ve la televisión. ¿Para qué amargarse con el 47 a la cabeza? Porque seguro que había salido el 47 a la cabeza.
Se fue su madre. Ayudó a limpiar la cocina. Y se acostó.
Por la mañana se despertó con mal humor. Había soñado con la quiniela y que Manuel le decía "que suerte la suya, qué suerte la suya" en tanto le mostraba el extracto del sorteo con un 47 enorme en el primer lugar.
Se acomodó en la mesa para desayunar. Su mujer le dejó el diario a mano. El papel estaba algo húmedo. Otra vez el pavote que hacía el reparto lo había dejado caer sobre el jardín delantero.
No quería hojearlo. Lo miró de reojo sin prestarle atención a los titulares. Solo pensaba en ir directo a la página donde estaban los resultados, pero la idea de toparse con el 47 era muy chocante. ¿Cuánto podría haber ganado? Al menos para un auto le podría haber alcanzado. Lo lindo que hubiese sido cambiar el Citroen.
Tomó el diario, metió los dedos entre las hojas del medio y lo desplegó sobre la mesa. Sus ojos buscaron lo inevitable y allí estaba el muerto.
Quedó paralizado, atónito. Dejó caer la cuchara con la que, usando la otra mano, le estaba colocando azúcar al café. Su mujer lo miró por encima de los anteojos desde el otro de la mesa.
Roberto carraspeó y se golpeó el pecho. Sentía que le faltaba el aire, de repente el diario le daba vueltas delante de su vista, lo mismo que la mesa, la taza y las galletitas. Algo cercano al desmayo parecía apoderarse de su cuerpo, pero combatió para librarse de la sensación.
Con lágrimas en los ojos volvió a fijar su vista en el diario y se llevó una mano a la boca, para reprimir el gemido que nacía desde lo más produndo de su ser. El diario decía "Asaltan agencia de quiniela y matan a su dueño. Sucedió anoche a las ocho en punto. Manuel Larrazabal murió en el acto".
Su mujer se acercó para ver que le pasaba y él la abrazó. Parecía no poder hablar, pero sus labios musitaron las primeras palabras que el cerebro le dictó: "Qué suerte que tengo mi vida, que suerte que tengo...".

22 de septiembre de 2009

El colectivo de las diez y diez

La noche se había puesto fresca, así de golpe. El viento le despeinaba los bucles, mientras caminaba casi corriendo, mirando de vez en cuando en reloj pulsera, sabiendo que si no se apuraba perdía el colectivo de las diez y diez.
Sabía que la culpa era de ella misma, la tía Esther fue, es y será siempre igual, así que no podía enojarse con la única persona que, además, la soporta por horas llorando por Miguel, la facu, el encargado del bar dónde trabaja los fines de semana, los fideos que se le pasaron al mediodía... no era culpa de Esther. Punto.
No iba a llegar, estaba segura. Si tan solo se hubiese negado al tercer café, no estaría corriendo, con el cabello al viento, como una verdadera loca, con el riesgo de pisar mal, caerse y terminar con una bota de yeso. Porque si había alguien que le pudiese pasar, era ella.
Pero no le pudo decir que no a Esther. Prácticamente se lo sirvió de prepo. Pero era tan dulce y le recordaba tanto a mamá. Después de todo, eran mellizas. Claro que un café de la tía no termina con el último sorbo, implica un largo rato de escucharla hablar. Y sin edulcorante.
Escuchaba el tic toc tic toc que hacían sus zapatos en la vereda, repiqueteando con los pasos cortos que apenas alcanzaba a dar, porque estaba con una pollerita ajustada y no podía apresurarse más. El reloj era cruel, no dejaba de avanzar. Hace su trabajo, intentaba convencerse, pero no por ello lo odiaba menos. Las diez y nueve y le quedaba una cuadra y media.
¿Llegaría en un minuto? Iba al trote, o lo más cercano que podía. Respiraba agitada y el corazón bombeaba rapidito y mucho más de lo habitual. Los bucles no dejaban de bailotear al aire. La cartera le rebotaba contra la cadera. Intentaba prestarle atención, por miedo que se le abriera y perdiera algo en el camino.
A media cuadra de la parada sintió compañía a su espalda. Alguien que también avanzaba rápidamente. Un frío le recorrió por la columna. ¿Y si querían asaltarla? Apuró aún más el paso y aguzó el oído. Si, no había dudas. Alguien avanzaba detrás. No quería voltear, no lo quería por nada del mundo. Casi no podía tragar, un nudo le estaba ganando el estómago. Tenía la esquina y la parada a la vista. Solo unos pasos más... con desolación vio pasar el colectivo de las diez y diez.
Estuvo a punto de frenarse, pero recordó las pisadas que la seguían. Prácticamente corrió los últimos metros. Llegó a la parada. Por la calle, a su derecha, podía observar con claridad la parte anterior del colectivo. El sucio ventanal trasero parecía reírse, como si se hubiese tratado de una travesura dejarla allí.
Miró de reojo hacia atrás y no vio a nadie. La parada estaba vacía. En la vereda del otro lado de la calle, había una persona echada en el piso, recostada contra la pared. Podía ser un mendigo. Volvió a sentir pasos que se acercaban, por donde ella había venido.
Un hombre apareció desde la esquina, pero las sombras de la noche ocultaban sus formas. Se quedó a unos pocos metros, apoyado contra la pared. ¿Sería el que corría detrás de ella? ¿Habría perdido también el colectivo? ¿Estaba a esa altura paranoica? No lo sabía, apenas si podía recobrar un poco de aire. Se puso una mano en el pecho: subía y bajaba, con ritmo infernal. Calma, se propuso mentalmente.
Disimuladamente se acomodó el cabello. Los rulos ya no eran tales. Parecían haber sido acosados por un huracán. Escuchó que el hombre apoyado en la pared se movía. Se arrimó entonces un poco más al cordón de la vereda.
Miró el reloj. Apenas había pasado un minuto desde que perdiera el colectivo. Hizo memoria, creía que tenía otro a las y veinte, pero no estaba segura. Podía ser a las y veinte o a las y media. Escuchó toser. Miró hacia la vereda de enfrente. No había sido el mendigo, que ya no estaba echado contra la pared, sino de pié, observándola. Sintió el frío recorrerle todo el cuerpo. Se ajustó la campera, pero sabía que no era el clima fresco lo que la molestaba.
Buscó con la vista de quién procedía la tos. Hacia su izquierda, detrás de un árbol, divisó una silueta. Escuchó de nuevo toser y supo que provenía de allí. Como confirmando sus sospechas, la figura se adelantó y pudo ver a alguien fumando detrás del árbol. ¿Otro que esperaba el colectivo?
Empezaba a tener miedo. En realidad, a confirmar que estaba asustada. Las manecillas del reloj parecían estancadas, si bien el segundero daba su caminata habitual con la prisa que lo caracterizaba. Otros pasos a su espalda. Se sobresaltó. Giró la cabeza y vio a una pareja. Acababan de llegar a la parada, estaban distantes unos metros, pero la observaban con recelo. El chico tenía un tatuaje horrible en la cara, como de una calavera. La chica tenía piercings en todo el rostro. Las miradas eran apáticas pero intimidantes.
Aprovechó que había girado a mirar, para buscar con la vista al hombre que estaba contra la pared, pero la penumbra le devolvió un vacío en ese lugar. Podía observar el afiche pegado en la pared, pero no había rastros del hombre. Respiró hondo, con dificultad. Sentía que le faltaba el aire. Enfocó su mirada hacia otra parte. Del otro lado, el mendigo estaba con un pie en la calle, como aguardando una señal para cruzar hacia donde estaba ella.
Tembló, no sabía porqué, pero sentía pánico. De reojo supo que el hombre detrás del árbol ya no estaba allí. Lo buscó frenéticamente con la vista, pero sin éxito. El mendigo había comenzado a cruzar la calle.
Se fijó en la hora, apenas cinco minutos desde que había perdido su colectivo. Observó la calle, por dónde tenía que venir su transporte y no creyó lo que veía. Llegaba un colectivo. No era el suyo, pero no le importaba en lo más mínimo.
Miró hacia atrás, la pareja seguía allí e incluso más próxima a ella. Volvió a sobresaltarse. El hombre de la penumbra estaba otra vez allí, ocultando el afiche que acababa de ver. A dos metros de este, una segunda silueta de pié fumaba expulsando el humo hacia la noche, que conjuraba en el ascenso las formas más siniestras.
Frente a ella, el mendigo estaba a punto de llegar a mitad de la calle. No lo dudó. Estiró su brazo e hizo señas al colectivo para que se detuviera. El motor acercándose le parecía el sonido más hermoso del universo. Saboreó con ganas el chillido del freno. El gran armatoste pareció crujir cuando se detuvo. Era rojo intenso, furioso. Las luces de la calle parecían no brillar en su textura metálica, como si la noche absorbiera la iluminación antes que chocara contra su superficie.
Entró casi de un salto, sin la menor intención de mirar hacia atrás. Temió por un momento que una mano la sujetara del hombro y la arrojara con violencia hacia el suelo o peor aún, la arrastrara hacia la noche. Se imaginó mil formas de morir en ese segundo que tardó en subir. Creyó que alguno de esos seres que la rodeaban en la parada se lanzaría tras ella o que incluso, intentaran abrir la puerta una vez que se hubiese cerrado. Temblaba toda, aún le costaba respirar. La piel erizara y el frío carcomiéndole cada minúscula parte de su cuerpo, daban un cuadro poco certero del pánico que se había apoderado de su mente.
Sacó el cambio de su cartera con manos temblorosas y extendió un billete. Tenía los ojos cerrados, intentando con todas sus fuerzas volver a centrar su eje. Se dio cuenta que sentía nauseas y que estaba mareada. Pero iba a tener que luchar contra ese malestar. Ya estaba a salvo, había subido al colectivo rojo. El salvador colectivo rojo.
Solo cuando abrió los ojos para recibir el vuelto, contempló con estupor la verdosa mano que le soltaba sobre su palma extendida una moneda de veinticinco y otra de diez centavos. "Su vuelto señorita" escuchó decir de una voz que lejos estaba de ser humana, mientras sus ojos se posaban absortos y poseídos sobre los pasajeros de ese coche. Rostros pálidos y desencajados, algunos con viscosidades derramándose de poros inmundos, otros con gusanos recorriéndoles las extremidades. Colgados del techo, cientos de vampiros chillaban al unísono y al fondo del pasillo un grupo de seres de dos cabezas revolvían un viejo y enorme caldero, del cual provenían los gritos más aterradores que se pudiesen imaginar. Y próxima a ella, señalándole con un dedo muy largo el asiento vacío a su lado, una mujer de verrugas horrendas y ojos violáceos la invitaba a sentarse, mientras le alcanzaba con la mano libre otra taza de café.

18 de septiembre de 2009

Presentación de "Cantares de la Incordura"

No es común una entrada en el blog que no pertenezca al género de la ficción, pero la excusa en esta ocasión tiene relación a la presentación del pasado miércoles en Editorial Dunken (Ayacucho 357, Capital Federal) de la antología de cuentos "Cantares de la Incordura".
Para alegría de quién escribe, el cuento "Su última sonrisa", que escribí en el año 2002, fue seleccionado para formar parte de la antología, una de las tres que la editorial realiza por año, a lo largo del cual reciben alrededor de tres mil escritos para ser evaluados.
El evento, realizado en las instalaciones de Dunken, contó con la presencia de muchos de los autores seleccionados, acompañados de familiares y amigos. La presentación fue conducida por el escritor Cesar Melis, conjuntamente con Adriana Guerrero Medina, la joven escritora venezolana a cargo de la tarea de seleccionar a los textos que conformaron el libro.
El libro tiene cerca de doscientas páginas y contiene las historias relatadas por un centenar de autores argentinos, de distintos puntos del país. En la presentación, algunos de estos relatos fueron narrados por Cesar Melis.
El hecho de haber sido seleccionado para integrar esta antología es sin lugar a dudas una gran alegría personal y me alienta a seguir escribiendo, tanto como la recepción que a diario encuentro en los comentarios de mis escritos en este blog.
Pero mi alegría fue aún mayor al poder compartir este momento con dos personajes que conocí a través del blog, como Felipe Ricardo Avila y Martín Gardella. Con Felipe compartimos (junto a mi hermano, que me acompañó a la presentación) por la tarde un café y una grata charla sobre el oficio, la historieta, la literatura, y otros tantos temas que ahora se me escapan, pero que nos acercaron ante todo como amigos. Y luego pude contar con su presencia en las instalaciones de Dunken.
La presencia de Martín fue una sorpresa muy linda. Se me acercó cuando había terminado el acto de entrega de diplomas y me dijo con una enorme sonrisa "felicitaciones Ernesto, soy Martín". Haciendo un gran esfuerzo, porque tenía que estar dando clases en esos momentos, Martín se hizo ese tiempo que a veces nos privamos, para poder acompañarme y eso lo valoro enormemente. Breve, pero feliz, fue la charla que los tres mantuvimos, compartiendo esa felicidad de conocernos tras un largo tiempo de contacto virtual. Ambos compraron el libro, otro gesto que merece mi agradecimiento.
Un miércoles distinto. Cálido humanamente. Inolvidable.
Quería compartir con todos los que siguen el blog parte de lo que sentí y algunas de las imágenes que me traje de este viaje.
En estos días volveré al ruedo con más cuentos, que espero, les sigan gustando y generando sensaciones que hagan de volver al blog, una rutina placentera.
Un abrazo a todos.


Página de la Editorial
Editorial Dunken
Autores de Cantares de la Incordura

Blogs de Felipe Ricardo Avila

Rebrote: Pensar la historieta
Una pequeña idea así de grande
Alegría del hacer

Blog de Martín Gardella
El living sin tiempo

13 de septiembre de 2009

Bandera a cuadros

Mucho viento. Las ráfagas violentaban el circuito. Las banderas ondulaban alocadamente, mientras el público evitaba el contacto de frente. En la pista, los autos eran flechas disparadas a más de doscientos cincuenta kilómetros por hora.
El sonido de los motores se perdía por momentos llevado por el viento, pero cuando se hacía audible, atronaba con gusto en los oídos de los espectadores.
Era final de temporada y las tensiones se disimulaban con la adrenalina que se vivía en cada rincón. En los boxes los mecánicos y demás integrantes de los equipos vivían cada metro como si fuera el último. En las tribunas la gente no ocultaba sus pasiones, haciendo rugir sus gargantas alentando a pilotos y marcas.
Los banderilleros estaban atentos en cada curva, observando la posibilidad de un choque, la necesidad de una bandera que pudiera evitar mayores problemas. Eran espectadores de la desgracia, que por supuesto, no deseaban su presencia.
Pero la velocidad era reina de la escena, sin contratiempos, sin accidentes. Las revoluciones a pleno, el buen manejo y la adrenalina de un final tan esperado. Los nervios estaban presentes, sin dudas, pero la concentración de cada piloto era total. Nadie quería quedarse fuera de la carrera, todos evitaban los roces, aunque sin dejar de arriesgar.
El viento movía los autos, jugaba con ellos, mientras se lanzaban en las rectas a casi trescientos kilómetros por hora. Pero las manos en los volantes se volvían imperturbables. La decisión, el coraje, la temeridad y pericia, conjugadas para levantar de los asientos a los presentes, motivándolos a no dejar de gritar, de alentar, de sentirse piel y carne de cada coche, de cada piloto…
La última vuelta, la tan ansiada, la que define un año. Los dos primeros del campeonato palmo a palmo, pugnando en pista la celebración más importante. El acelerador a fondo en la recta, el rebaje antes de la curva, el volante firme y el cuerpo casi inclinado para llevar el coche. El público es un solo infarto, una masa uniforme que difiere en sentimientos pero que se limita a las mismas acciones. Los dos vehículos giran en esa última curva a la par, a una velocidad que hace de la maniobra una obra de arte, un momento irrepetible, más de uno quisiera inmortalizar el momento, encuadrar la escena, detener el tiempo.
Los coches salen de la curva disparados sin el más mínimo roce, sosteniendo la batalla en velocidad, ya en la recta final, con las gomas chirriando, el motor en su máximo esplendor, las miradas puestas solo hacia delante, el viento golpeando ahora de frente, sin poder detener esas máquinas colosales que avanzan hacia la gloria… y el público, que ya estaba de pié, que salta en sus lugares, que se toma la cabeza, abriendo los ojos, la boca, gritando… gritando con fuerza aquellos que no caen desmayados, horrorizados los que no encuentran el aire suficiente en sus pulmones, llorando unos, tapándose los ojos otros…
Y en la pista, los dos autos que aceleran, que solo tienen la mirada puesta en la meta, avanzando a la par, casi tocándose, echando chispas, rugiendo con estrépito, decididos a dar todo.
En las tribunas el infarto es masivo. En los boxes, pocos creen lo que están viendo. El banderillero está tan absorto que ni ha levantado la bandera a cuadros. Los coches aceleran sin tregua y no les importa nada. Ni siquiera la niñita que se ha cruzado en la recta principal y sentada sobre el pavimento, con el cabello revuelto por el viento, se ha puesto a dibujar con una tiza enormes árboles y un sol de sonrisa envidiable.

10 de septiembre de 2009

Carta ante una muerte inevitable

No se si la distancia podrá negarme esa caricia al despertar o relegar tu sonrisa al olvido. Puede que si, pero con sinceridad te lo digo, no lo se.
Quizá el tiempo ayude a borrar las huellas que el andar de nuestras vida fue dejando en los caminos que recorrimos juntos, muchas veces de la mano, otras distanciados, pero en todo momento, mirando hacia el mismo lado. Por mi parte, no lo ayudaré.
Me han querido convencer que al irte se romperá lo que teníamos, ese contrato silencioso que se pacta desde mucho antes del primer beso, con el primer cruce de miradas, las primeras sonrisas tontas que hoy ya se perdieron en la memoria. Mi vida quedará a merced del destino, de lo que imponga. Pero ese lazo, no morirá.
Mi mente vagará hacia tus ojos cuando lo necesite, escuchará tu voz en los momentos de ánimo y sentirá tus suaves manos cuando la soledad la agobie. Mi mente seguirá siendo tu esclavo.
Recrearé el pasado cuando el presente me atormente y dude del futuro. Te traeré a la vida cada vez que me sienta perdido, pues serás mi brújula, mi eje, mi punto de partida cada vez que decida volver a empezar.
No dejaré de llorar por lo que no podrá ser, pero tampoco de sonreír por lo que fue y todo aquello que disfrutamos. No toleraré que los años me obliguen a perder detalles del ayer. Volcaré lo vivido en cientos de hojas, con pulso firme y decidido, con letra grande y prolija, como la que usabas en aquellas viejas cartas de amor que tanto esperaba, acostado en mi habitación.
Todo eso mi amor te prometo para el día que no estés, para cuando llegue el momento de arrojar contra el viento las cenizas de tu ser, evitando que el polvo se mezcle con las lágrimas que seguramente dejaré caer.
Y con ese dolor carcomiendo mis horas, evitaré volver a creer en el amor, porque teniendo presente todo lo que te amé, soportaré guardar en mi mente que inevitablemente tuve que dejarlo correr. Porque la pena me embarga, me hiere, me obliga. Es que al descubrir que ya mi identidad no es secreto para ti, que la palabra sicario duele a tus oídos y sentir, no puedo menos que hacer lo que se hacer para sobrevivir.
¿A quién culparé por haberme animado a querer, cuando solo la muerte sé comprender? ¿A quién señalaré con recelo, a la hora de encontrarle sentido a la soledad a la que me condeno?
No te pediré comprensión ni mucho menos perdón cuando la hora nos llegue. Moriremos los dos en el mismo disparo. Y si tan solo escribo estas líneas, es para no olvidar lo que debo hacer, porque me duele cada verdad revelada, cada flor marchita en este jardín de tormentos que se avecina. Jamás leerás estas líneas, pero son mi juramento, mi forma de torturarme por lo que en unas horas habré hecho.
Es mi carta de despedida, dirigida a mi propia condena, a la realidad que no quise ver hace tiempo cuando elegí el lado de la vereda.

6 de septiembre de 2009

Brecha, resquicio... hendidura?

Cuando vi la brecha por primera vez, pensé en que era una mancha en la pared, porque claro, la pared me quedaba de fondo. Pero al acercarme para saber si era una rajadura o humedad, la brecha se movió y recién allí noté que no estaba donde había pensado.
Ahora bien, si quisiera aplicar todo lo que he estudiado en física en el colegio para explicar la existencia de la brecha en el living de mi casa, no podría. Al menos no con las simples enseñanzas recibidas. Puede que llamando a un físico especializado en cuántica u otra rama avanzada.
El tema es que llamé de inmediato a Isabelle, mi novia. Bien, mi ex novia. Cortamos hace un año y medio. El punto es que la llamé, porque ella trabaja en la universidad. Me dijo hace dos horas que ubicaría al jefe de cátedra de física y tomaría el primer taxi que viera para llegar a mi casa. Y de paso, me anunció, se llevaría los cinco cds de Arjona que había olvidado en ocasión de la ruptura y bla bla bla, que aprovechando el momento, arrojó sobre la mesa.
Colgué el teléfono y me senté en el sillón verde. El feo, el que no le gusta a nadie. Voy a hacer el intento de explicarles lo que desde allí, junto a mis ojos y mi cerebro, que debo reconocer, no es muy práctico y mucho menos, rápido, pude observar. Es decir, son mis apreciaciones, que no condicen seguramente con la realidad, y hablan en primera instancia de una brecha.
Les voy a ser sincero, me quedaba a mano un diccionario y busqué brecha y tampoco se ajusta a lo que estaba viendo. Verán, en el diccionario figura brecha como "rotura o abertura irregular, especialmente en una pared o muralla" o bien, "resquicio por donde algo empieza a perder su seguridad". Como les dije, esto no estaba en la pared, por eso me gustó más lo de resquicio. Además rima con hospicio y a esa altura, bien podría haberme internado en uno.
A ver, abran la mente. Hagamos un ejercicio mental. Imaginen un living. Uno cualquiera, no tiene que ser el mío. No hay razón para que ustedes tengan también un sillón verde. ¿Ya está? Bueno, imaginen una pared blanca. Si, ya se, van a imaginarse cuatro paredes blancas, pero en este caso enfoquémosnos en una sola. La más alejada. Desde donde están, ven una brecha. Digamos que es una brecha porque parece que está en la pared.
Bien, de pronto nos damos cuenta que en realidad no está en la pared. Dónde, se preguntarán. Imaginenlá en el aire. Si, en el aire, a un metro de la pared. Flotando. Una brecha, o un resquicio (ahora que flota, resquicio suena mejor o no?) a un metro de la pared, digamos que a unos setenta centímetros del techo y lejos de las paredes laterales.
Nos acercamos y vemos que si nos ponemos en diagonal, la seguimos viendo, pero sesgada. Como si se tratara de un objeto flotante, pero con forma de brecha y función de brecha. Claro, función porque podemos ver que hay algo del otro lado. Es algo angosta, mucho no se puede ver, pero en los seis centímetros de la parte más ancha, si me asomo, veo otra habitación.
Es otra, estoy seguro. Mis paredes y las que ustedes se están imaginando, son blancas. Puede que ustedes le hayan colgado algún que otro cuadro, cada uno hace de su pared lo que quiera, pero en la mía no hay nada y por la brecha no solo es de otro color (¡lila!) sino que además tiene un cuadro de una isla con chicas tomando sol. Justamente me llamó la atención eso, la isla, claro.
Pero si rodeo del todo la brecha, es decir, busco su parte de atrás, porque doy por hecho que la que observaba sentado en mi sillón verde, el feo, el que a nadie le gusta, era la de adelante, el resquicio desaparece.
Entonces me pongo adelante y aparece. Me voy del otro lado y ya no está. Lo repito y siempre es el mismo resultado. ¿La brecha es unilateral? No viene al caso. El tema es, que algo raro apareció en mi living. Y no es algo de todos los días. Mi living es normal, salvo para algunos el detalle del sillón verde.
Ahora bien, se justifica entonces que haya llamado a mi ex novia. Y se justifica que se hagan un viaje de casi setenta kilómetros en taxi con el profesor de ciencias que conoce.
Ustedes están esperando el pero. Ya se, porque siempre hay un pero. Claro que el de este caso es muy, pero muy extraño. ¿Más extraño que la brecha me dirán? Si, más extraño.
Hace diez minutos, es decir, segundos antes que comenzara a relatarles esta historia (porque quizá, ahora que lo pienso, necesitaba de alguien que me creyera y me apoyara) algo se movió del otro lado de la brecha. Primero vi una sombra, después un rostro con bigotes. El rostro me observó como si fuera cosa de todos los días, me guiñó el ojo y me señaló el resquicio: "Un pelotazo, pero ya lo arreglo". Y vi como el hombre de bigotes pasaba un fratacho por la hendidura hasta cubrirla totalmente. Y al cabo de unos minutos, desapareció.
Volví al sillón, incluso intenté ponerme en la misma posición que estaba antes, pero no había nada flotando. Ni brecha, ni resquicio. Me acerqué al lugar, moví las manos por el aire. Nada. Ni una sola sensación extraña. Aire. Nada más que aire.
Si mi reloj no me engaña, ya está por llegar mi ex novia, con el profesor que conoce. Y ahora qué les digo. No me van a creer. Ustedes si, porque son piolas. ¿Pero mi ex y un desconocido? Estoy pensando en esconder las botellas de vino que tengo y la de coñac que está en la mesita ratona, al menos para que no piensen que soy de tomar.
Pero lo peor de todo no es eso. Estoy seguro que se me arma. No por haberlos hecho venir desde lejos por una brecha flotante que ahora ya no está más porque un hombre con bigotes la arregló desde el otro lado.
No. Lo peor es que los cds de Arjona los tiré de bronca a la basura hace un año y medio. Pero con tremenda brecha en el living y sabiendo que era la única que podía ayudarme, como carajo se lo iba a decir antes por teléfono.


Imperdible aporte de Sergio Alvarez
Click aquí

3 de septiembre de 2009

Un mal presagio

Se despertó con gusto amargo en la boca. Una sensación extraña, como de un mal presagio rondándole. La persiana estaba levantada y el sol penetraba con fuerza, obligándole a cerrar los ojos. El lado de su esposa estaba vacío. ¿Dónde ha ido? ¿Acaso era domingo y había ido a llevar a los chicos a la misa?
No se molestó en buscar calzado. Prefería sentir el frío del porcelanato bajo sus pies. Fue hasta el baño y se miró al espejo. Todavía podía llamar la atención de las mujeres, no le quedaban dudas. Le sonrío a su imagen. Se mojó la cara. Se había levantado bien, no sentía cansancio. Si no fuera por ese sabor difícil de describir, ese no se qué... en fin, se dijo y volvió a mojarse el rostro.
Buscó sin éxito el cepillo de dientes. Le pegó un grito a su mujer, después recordó que no estaba. Tampoco encontró la espuma de afeitar. Gruñó por lo bajo. Si no fuera por esa sensación particular que lo preocupaba, ya se habría puesto de mal humor.
En la cocina encontró todo limpio. Si habían ido a la iglesia, entonces se habían levantado temprano, con tiempo incluso de limpiar las tazas y la mesa. Se preparó un café. Pero apenas probó un sorbo. Horrible de sabor.
¿Qué hora era? Pasadas las diez de la mañana. Bueno, sería domingo entonces. Puso la tele, esperando ver alguna carrera de autos o algún partido de fútbol. Nada de eso en los canales deportivos. Bueno, se dijo, un domingo aburrido. Apagó la tele.
Se asomó al patio. Miró por encima del cerco de madera que separaba la casa con la de su vecino. El viejo Ramírez no estaba sentado en su reposera, como todas las mañanas. Cómo envidiaba a Ramírez, jubilado de la prefectura, con un buen sueldo y todo el día para no hacer nada. Raro que no estuviera allí.
El mal presagio volvía a rondarle las ideas. ¿Pero de qué? ¿Por qué en realidad? Un día bárbaro, a pleno sol. Su mujer en la iglesia, con los chicos...
El auto estaba en la cochera. ¿Su mujer se había ido caminando a misa? No, era imposible. Iban a la catedral, al centro. Se acercó al coche. ¡No! ¡Por Dios! Tremendo golpe le dieron. Claro, ahora entendía. Su mujer lo había utilizado seguramente a la noche y lo había chocado contra un árbol o algo y por eso ni lo llamó a la mañana ni se fue en el auto. Con lo qué sale reparar una abolladura.
Algo no le cerraba de todas formas. ¿Por qué no le avisó que lo había chocado? Bueno, si, la única vez que lo había rayado y sin querer con la puerta del garaje él la había retado fuertemente y delante de los niños. Pero podría haberle dicho, al menos eso.
¿Era eso el presagio? ¿El auto chocado? Algo le decía que no. Pero dejó de lado el asunto. Si era domingo, podría invitar a su hermano a comer un asado. No recordaba tener planes ni que su mujer le dijera que venía alguien a almorzar. Y apenas eran las diez, tenía tiempo para comprar la carne, el carbón... se fijó en el número que había marcado y si, era el de la casa de Alberto. Pero llamaba y no atendía nadie. ¿Lo molestaría al celular? No, mejor no. Vaya a saber Dios dónde pasó la noche. Si no estaba en casa, es que estaba durmiendo en otra parte. Seguro.
O, pensó, está en lo de mamá. Aunque difícil que el chancho vuele, se decía mientras terminaba de marcar el teléfono de la casa de sus padres. Siempre les hacía un chiste cuando atendían, aprovechando tanto que mamá como papá eran un poco sordos. Pero el teléfono llamó y llamó y nadie contestó.
¿Pero qué pasa hoy? El mal presagio volvía a instalarse en su mente. ¿Es una coincidencia que no hay nadie en casa, ni que tampoco le contestara su hermano ni si madre? pensaba mientras recordaba que tampoco el viejo Ramírez estaba en su reposera en el patio. Aunque en realidad, que le importaba a él el viejo Ramírez. Pero era otra arista en el enigma mañanero le ponía delante de los ojos de su pensamiento.
Si no se hubiese levantado con esa sensación, se echaría en el sofá hasta que su mujer llegara y los críos le treparan encima, sacándolo con seguridad de la mejor parte del sueño... pero no se podía sacar de la cabeza esa mala espina que lo atravesaba como un puñal.
Estaba inquieto. Se movía impaciente por la casa. Salía al patio, volvía dentro. ¿Llamaba a su mujer? ¿Y si se preocupaba después ella? Pero ¿y si le había pasado algo? ¿O a los chicos?
Tomó el teléfono. Buscó en la agenda de tapa verde que siempre estaba sobre la pequeña mesa junto a las guías telefónicas y marcó el número de celular de su mujer. Llamó varias veces y apareció la casilla de mensajes. Cortó.
Iba a desistir, pero siguió un impulso y oprimió la tecla de rellamada. Escuchó el sonido del marcado. Los trece números eran eternos. ¿Tienen que ser trece? pensó ya fuera de si. Sonó una vez, dos veces

- ¿Hola quién habla? dijo una voz nerviosa de mujer.
- Mi amor, por fin, mirá no es nada, solo...
- ¿Quién habla?
- Soy yo corazón, pero no te preocu...
- ¿¡QUIEN HABLA!?
- Enrique, quién va a hablar. Qué te pasa. ¿Dónde estás?
- No. No sos vos.
- Amor, dónde estás.
- Enrique... estoy en tu entierro.

El presagio. La ficha cayó al instante. Escuchó el sonido del teléfono al caer al suelo. Ahora lo tenía todo tan claro, el accidente, el choque con el auto. Pero cómo se había olvidado! Siempre había sido distraído, pero hasta ese punto...
Empezó a temblar. No quería estar en la piel de su mujer en ese momento. Por Dios. Si hay algo que los muertos no pueden olvidarse, es justamente que han muerto. Levantó del piso el teléfono y lo dejó en su lugar. Mientras se marchaba raudamente escuchó el aparato sonar. Pero dejó que el sonido repiqueteara en la habitación. No se atrevía a levantar el teléfono para decirle a su esposa que había cometido un error y había vuelto sin querer.
Bastante explicaciones debería dar de seguro, ni bien regresara al más allá.

30 de agosto de 2009

Acorralar al loco

Los ojos parecían que se salían del rostro y el cabello empapado de sudor le daba un aire aún más grotesto. El joven se agazapaba contra la pared, mientras varias personas lo calmaban con palabras que no parecía escuchar. Estaba agitado, aterrado, aunque el aspecto demencial en el que se encontraba lindaba más el terreno de la locura que el del miedo.
Nadie sabe de dónde apareció, solo escucharon su respiración entrecortada como si hubiese estado corriendo o escapando de alguien. Y cuando quisieron ayudarlo, dado que parecía que se iba a desplomar sobre la transitada vereda, reaccionó hostilmente, empujando los brazos socorristas y gritándoles enfurecidamente que se hicieran para atrás.
Algunos de los transeúntes buscaron de inmediato el celular y llamaron a la policía. Ese joven necesitaba ayuda, era un grito de auxilio implícito que había surgido de la nada.
Quedaban aún osados que insistían en acercarse, pero eran repelidos por patadas y una mujer se ganó un arañazo en una de sus manos. ¡Alejénse! gritaba el muchacho, en un solo hilo de voz.
Alguien se dio cuenta que ocultaba algo en su pecho, cubriéndolo con la palma de su mano derecha. ¡Tiene algo! ¡Tiene algo! decían y la gente se agolpaba para ver y empujaban a los que estaban más cerca del joven y éste, pensando que se le iban encima, los atacaba con violencia.
¿Qué tienes ahí? ¡Vamos, muéstralo! le gritaban. ¿Es un arma? ¿Lleva una bomba? se preguntaban por lo bajo entre ellos.
Se escucharon las sirenas policiales. La masa se dispersó, pero sin alejarse demasiado. Querían ser testigos de lo que pasara. El orden contra la demencia, la ley sobre lo fuera de lugar.
Los uniformados pidieron calma a la gente. Se acercaron al chico, pero en forma prudencial. Notaban su miedo, sus ojos exaltados, la piel sudorosa. Podían jurar que emanaba olores extraño.
"Vamos pibe, quedate tranquilo" le decían. ¡Tiene algo en la mano, tiene algo! informaba la gente a los agentes de policía.
"Vamos pibe, no te hagás daño, entreganos lo que tenés ahí, dale".
Pero el chico se aferraba a lo que fuese que tuviera bajo la presión de la palma de la mano derecha.
Los policías insistieron por varios minutos. Llegó otro patrullero y más público. La escena era propia de circo romano. La presa contra la pared y el resto hostigando, enfureciendo a la fiera acorralada.
El chico quería salir corriendo, pero estaba rodeado. Empezó a moverse de un lado a otro, siempre con la espalda pegada a la pared. Los policías ya eran seis. Comenzaron a separarse entre si, cubriendo todos los ángulos de huída. El joven se vió invadido. Los uniformados saltaron sobre él. Forcejeó con bravura, asestó golpes, pero no pudo impedir que lo apresaran. Lo tomaron del cuello y los hombros. Lograron ponerlo contra la pared y llevarle los brazos a la espalda. En su mano derecha, seguía aferrando algo.
¡Suéltalo! le ordenaron. Su respuesta fue un rotundo ¡no!. Uno de los policías comenzó a golpearle la mano con violencia, pero el chico no aflojaba la presión. ¡Suéltalo! le repetían. ¡Suéltalo o te haremos daño! El joven les respondió, casi llorando, al borde de la desesperación: ¡No! ¡Si lo suelto, ustedes se harán daño!
Los representantes de la ley perdieron la paciencia. Uno de ellos sacó de su cinturón una picana eléctrica y la aplicó sobre la mano derecha del muchacho. Este dio un alarido y aflojó la presión. Sus dedos, casi morados, se replegaron hacia atrás, producto del dolor. Cayó sin fuerzas sobre un lado, con un hilo de baba cayendo de la boca y lágrimas surcándole las mejillas.
De su mano cayó un papel, arrugado y escrito de un lado.
¡No lo lean, imploró con sus últimas fuerzas! ¡Por favor, no lo lean!
El de la picana eléctrica lo levantó del suelo y mirando casi con lástima al que creía un pobre demente, leyó el papel escrito con letra manuscrita y tinta roja: "Y he aquí que la maldición no se consumará, hasta tanto un ser humano lea estas letras presumiendo que al dárselas de cuerdo, lo que está por suceder e ignora, no sucederá".
Sin dejarles tiempo a nada, una bola de fuego convirtió el día en noche, esparciendo al demonio por los cielos y llevando la muerte por todos los suelos.

27 de agosto de 2009

La raya

¿Todo esto por una bolsita? pensaba enojado Facundo. Qué persona sobre la tierra no ha inflado una bolsa de nylon y luego, hecho estallar! Todo el mundo, obviamente. Pero claro, a él que era el rebelde, el que desorganizaba la clase, al que siempre mandaban a dirección le tenían que dar tremenda reprimenda.
Y allí estaba, justamente en la dirección. Sentía como fuera de la oficina, en el pasillo, la directora chillaba y su maestra intentaba calmarla. Qué siempre era el mismo, que ya los tenía harto, que si no fuera por las reglamentaciones, que esto, que aquello. La maestra le pedía que bajara la voz. ¡Para qué! Más fuerte habló la directora: ¡Por qué me voy a tener que callar la boca, esta vez cruzó la raya!
¿La raya? Facundo no comprendía, es decir que ahora había una raya, una especie de límite, una cierta cantidad de "malestares de convivencia" causados que llevaban a la histeria.
Bueno, si he superado la raya, se decía, bienvenido sea. Seré, pensaba, el bicho raro del colegio "que ha cruzado la raya". Le causaba gracia. En realidad, estaba seguro de si mismo. Con el revuelo que había armado, su reputación entre los niños se había disparado y parecía no tener techo. ¿Quién iba ahora a negarle una golosina? ¿Qué compañera evitaría dejarse copiar en una prueba? No, ahora Facundo era el que había cruzado la raya. Era el más malo de todos. Facundo era de temer. Si, la sonrisa le cruzaba el rostro como a todo estúpido.
La puerta se abrió y la directora entró roja de furia.
- Acá está - dijo. Hagan lo que quieran.
Y dicho esto, dos policías vestidos de uniforme entraron a la oficina y lo tomaron del brazo. Facundo se puso pálido. ¿La policía? ¿No estaban exagerando? Pero no protestó, se puso de pié y fue con ellos, mientras la directora, a su espaldas se largaba a llorar.
- Vamos nene, vení con nosotros, hacete el malo ahora - le soltó uno de los policías.
En la puerta de calle del colegio una multitud de chicos estaban agolpados observando como se lo llevaban. Facundo les devolvía la mirada, incrédulo. ¿Todo por una bolsita?. Pero lo que más lo asustaba de la situación, era que no veía temor en los rostros de los niños, sino pena, tristeza, lástima.
Volvió la mirada al patrullero, que lo aguardaba con las luces encendidas, arrojando azules y rojos bajo el resplandor del sol. Estacionada a la par, estaba una ambulancia. Dos enfermeros subían a la parte trasera una camilla con alguien encima. Ese alguien iba cubierto con una manta negra. De repente la verdad lo tomó del cuello y deseó que lo asfixiara ahí mismo. Pero la verdad no es verdugo.
La bolsita esta vez si había asustado a alguien.
Y ahora el aterrorizado, era él.

25 de agosto de 2009

Lo que no se ve

La toco y le digo:
¿Te vas a despertar gorda? Porque parece dormida. Su pelaje suave al tacto, su color naranja brillante... tan solo está acostada, inmóvil, inerte. Entonces la zamarreo con cariño, esperando en vano que se mueva, sabiendo que ya se ha ido.
Y viéndola envuelta en tanta paz y mordiéndome los labios, aguantando las lágrimas que afloran de adentro, la pienso viva, ágil, arisca. La pienso vestida de días. Días de ayer a partir de hoy. Y ofrezco la mirada al silencio, sin detenerme especialmente en nada. O si, en la cruz que no está muy lejos, símbolo de la iglesia vecina, testigo irónico de la partida.
Y sin poder evitarlo, recuerdo los otros adioses recientes, los que calaron el corazón llevándose una parte en la huída. Y lo creo imposible, pero van para seis años sin el abuelo y dos sin la abuela. El ardor en mi pecho se vuelve una llama y ya no siento lágrimas, sino perlas de fuego. Una muerte me lleva a la otra y me anclan inevitablemente a la vida.
Siento el pelaje bajo mis dedos pero ya el corazón no late. El mío se hace más chico. Más duro. Más frío. Quisiera implorar un milagro, por cada muerte pasada.
Y sin embargo no es la tristeza la que me abraza, sino la resignación. Me atrapa, sutil, sin palabras, casi como sabiendo que allí me encontraría, de rodillas ante la muerte, sin poder hacer nada. Un inútil viviente.
Me guardo para mi sus últimos manotazos en vida, sus estertores finales, sus ojos revoloteando asustados, los quejidos sin fuerzas, sus pasos tambaleantes, el colapso de su cuerpo, el orín empapando sus patitas. No quiero pensar en las causas, en la mano maldita de algún hijo de puta, tan solo quiero quedarme con ella, como no pude hacerlo con la gente que amaba, en ese instante final, en esa despedida para siempre.
La brisa parece querer consolar lo irremediable. El trino de los pájaros suena a misericordia. Mi silencio es pena indigerible.
Los minutos en soledad, valen su peso en oro.
Escucho pasos y una voz que pregunta: ¿Y?
Respondo tras un suspiro, como si me demandara todas mis fuerzas: "Ya está. Ya se fue".
Allí está, recostada sobre el cemento frío. Como si estuviera durmiendo. Y comprendo en medio del dolor lo frágil que es la vida y lo que verdaderamente somos: una fuerza invisible.
Comprendo que entre ese cuerpo sin vida y el animal que era, la diferencia es exigua. Es algo que no vemos y que a veces llamamos alma. Pero no existe ante nuestros ojos, tan solo lo que logra su presencia. Entonces, arrodillado ante el saco de huesos color naranja, me doy cuenta entre lágrimas que creo en algo que no podemos ver, que no podemos tocar pero que sin embargo se puede sentir.
Y por más que nos preocupemos de nuestro físico, de nuestra apariencia, de nuestro ser visible, lejos estamos de ser tan poca cosa. Porque los seres vivos, somos lo que no se ve.
Sin ese algo, dejamos de existir.
Sin ese algo, el animalito no se va a despertar.
Y entonces mi algo me permite un consuelo, el de proyectar esa existencia que ya no es, en mi mente, donde, más allá que exista o no un lugar después de la muerte, yo pueda mantenerlos vivo, al menos en el recuerdo, en la presencia intangible de la memoria. Y allí, la veo corretear tan grácil como siempre, pero no tan arisca, dejándose acariciar de a ratos por mis abuelos queridos, que pasean sin prisa bajo el sol cálido de una tarde hermosa de invierno.

24 de agosto de 2009

Familia efímera

La puerta de calle se le antoja extraña. Se siente de pronto invadido por la duda. Gira en redondo y descubre que no es su casa, ni tampoco reconoce los cuadros que cuelgan de las paredes.
La mujer que lo mira tampoco es su esposa y los niños que la acompañan y le enseñan una enorme sonrisa a modo de despedida, no son sus hijos.
Presuroso y algo avergonzado, pide entonces disculpas y sale a la vereda, donde la brisa del invierno lo asalta por sorpresa y lo lleva casi de la oreja hasta el colectivo detenido en la esquina, al cual se sube para ya no volver.
Asomada bajo el dintel de su puerta, Gloria observa todo con nostalgia y desazón. Le permite a los niños de su vecina volver a su hogar y se encierra otra vez en el suyo, ahora nuevamente solitario.
Añora a ese extraño que tuvo por una noche, bajo el conjuro del suero del olvido y desea con fervor que la bruja consiga la próxima vez un efecto más acorde a su soledad.

14 de agosto de 2009

El equilibrio del caos

Eugenio observa preocupado la televisión. Y está asustado. No solo por el porvenir y el de su familia, debido a la pérdida de su trabajo esa misma tarde. Sabe que la realidad, ya de por si difícil, se desmoronará aún más si no consigue una entrada monetaria de inmediato, pero sin embargo no es lo que absorbe su mente en ese instante.
Tampoco lo es la idea de que sus hijos y su mujer, que desde hace tiempo lo ignoran y solo fijan su atención en él cuando necesitan de algo (rutina a la que estaba acostumbrado, casi por la misma obligación que sentía por ellos), lo estuvieran odiando en ese momento más que nunca.
Ni mucho menos, el bochornoso episodio que había vivido en la oficina (que hasta esa misma tarde ocupó) cuando su jefe le informó delante de todos que prescindía de sus servicios, debido a la cruda situación económica del país. La noticia lo destrozó y lloró delante de sus compañeros. O ex compañeros en realidad.
Ninguna de esas cosas, de por si preocupantes y lamentables, podían sacudirlo tanto como las noticias que estaba presenciando en el televisor: El pánico había ganado las calles. Una extraña enfermedad asolaba el mundo.
El número de miles de enfermos en apenas veinticuatro horas había sido un presagio. En siete días, ya eran dos millones en todo el planeta los infectados. Lo peor de todo no eran las cifras, sino el hecho de reconocer, los médicos e investigadores, que desconocían el origen y las formas de contagio.
La enfermedad se declaraba con pequeñas manchas en la piel, de color azul y al cabo de seis horas dejaba a la persona casi sin fuerzas.
Si bien a primera vista parecía tener una similitud con la enfermedad púrpura trombocitopénica (que ralentiza en el cuerpo la producción de plaquetas, que son las células sanguíneas que tienen por función detener las hemorragias y que por ende, al disminuir, dan lugar a la aparición de moretones, sangre en las encías y hemorragias internas), en los primeros días los estudios indicaron que no era así.
La nueva enfermedad, denominada por el momento Virus Indigo, provoca no una menor producción de plaquetas, sino que directamente bloquea la creación de las mismas y destruye las existentes. Las hemorragias entonces se extienden internamente en el cuerpo del afectado, matándolo a las pocas horas.
La noticia era espantosa y parecía traer el efecto de un dominó. Sintió que sus penas eran mínimas comparadas con lo que estaba sucediendo en el mundo. Se sentía inseguro. De todas formas, y a pesar de no mirarla, tampoco podía evitar que su esposa le estuviera clavando los ojos con furia y resentimiento, desde la otra punta de la mesa.


Cuando descendió del coche y vio la cantidad de autos en el estacionamiento, sintió una gran satisfacción. Habían acudido finalmente. Se miró en el reflejo de la puerta del hotel. Estaba elegante con ese traje. Su esposa no se había equivocado con la corbata roja. Iba con la situación.
Sabía que lo estarían esperando. Todos sentados alrededor de la gran mesa ovalada del piso seis. Aguardando su presencia, expectantes por saber que les diría. Y él, ansiaba hablarles. Al fin su oportunidad en el mundo de los grandes negocios. El gran momento de su vida.
El ascensor se detuvo. Llegó al piso seis. La sala de reuniones estaba al final del pasillo. Personal de seguridad cuidaba el lugar. Los saludó respetuosamente con un gesto de cabeza y una sonrisa genuina. El fin y al cabo, eran trabajadores como todos.
La puerta se abrió y el lugar estaba como lo esperaba. Los empresarios se pusieron de pié. Saludó uno por uno. Conocía la mayoría, por haberlos visto en revistas o televisión. La plana mayor del empresariado mundial. Y todos a sus pies.
Les sonrió, pero no tomó asiento. La silla en el extremo de la mesa quedó vacía. Pronunció las primeras palabras para quebrar el silencio:
- Señores, apagaré las luces y les mostraré y explicaré lo que he venido a ofrecerles.


Desde lejos cualquiera diría que era un galpón abandonado. Quizá de un viejo taller metalúrgico. Las paredes de ladrillos sólidos, sin pintar, apedreadas por el tiempo. El techo estaba cubierto por enormes planchas de zinc. Un paisaje cotidiano, propio de cualquier suburbio de ciudad.
Una especie de ambulancia se retiraba del lugar, aunque sin inscripción alguna. Sobresaliendo de un contenedor que habían bajado de la misma, se podían observar bolsas negras, aunque era imposible adivinar que contenían. Se abrió un portón y salieron dos personas, con batas de enfermeros. Uno parecía tener manchada su ropa con algo oscuro, podía ser sangre. La distancia era considerable.
Los tres chicos estaban agazapados detrás de unos arbustos, a una calle. Habían escuchado en su casa, hablar del lugar y tenían la certeza que allí ocurrían cosas anormales. En primer lugar, estaba emplazado en un sitio alejado de viviendas, lo que ya de por si era sospechoso. Aunque no era por eso que podría llegar a llamar la atención: el galpón tenía demasiada vida. Iban y venían coches y vehículos más grandes, como utilitarios, ambulancias y camiones.
Una vez que el portón se cerró, bastó un gesto del más grande de los tres para que salieran del escondite y cruzaran corriendo hacia la vereda. Sigilosamente llegaron hasta el galpón.
En uno de los laterales había una ventana ubicada a unos tres metros y medio del piso. Debajo habían visto suficientes cajas como para treparse y espiar. El sol pegaba fuerte y los tres estaban cansados, pero no tenían miedo a intentarlo. El mundo vivía en miedo, con esa enfermedad maldita, pero ellos no.
Ellos eran jóvenes.


Le ardían los pies de tanto caminar. Había recorrido media ciudad buscando trabajo. No había tenido nada de suerte. Con el tema del virus índigo, pocos lugares mantenían sus puertas abiertas. El desconocimiento de la forma de contagio era lo que más alarmaba a todos. Por esa razón, pocos se animaban a andar por las calles. En horas picos, las calles más transitadas parecían propias de barrio.
La situación era de poca ayuda. Se intentaba mantener escaso contacto con los demás, así que apenas se presentaba en un sitio, dejaba su currículum y lo invitaban a marcharse.
Mentalmente estaba agotado. Ponía el máximo esfuerzo en la situación, lo tenía bien claro. Pero así y todo, le daba miedo presentarse otra noche más a su casa con el semblante derrotado y la noticia negativa sobre su búsqueda laboral.
Eugenio suspiró. Tuvo ganas de ir a sentarse a la plaza, como hacía siempre al salir del trabajo, para despejar la mente un poco o atreverse a soñar con qué un día de estos saldría adelante. No solo no había salido, sino que se había enterrado. Desechó la idea y volvió a su hogar.
Como esperaba, escuchó regaños. Su mujer le tiró el plato de arroz sobre la mesa y se fue a ver televisión a su cuarto. Ninguno de los chicos estaba. Temió por ellos, por miedo a que se contagiaran en la calle, aunque de inmediato comprendió que no sabía como podían contagiarse. ¡Nadie lo sabía! Pensó en ver también algo de tele, pero en todos los canales daban noticias sobre la enfermedad. No se hablaba de otra cosa. Incluso en los de películas, ahora había micros sobre cómo cuidarse, qué hacer... todas mentiras, seguramente. De alguna forma había que llevar tranquilidad a la gente ante tanto caos.
Su mujer volvió de la habitación. Se imaginó que seguramente con otro ataque verbal. Pero se equivocó. En su lugar escuchó:
- Viejo, antes de cagarnos de hambre, te gustaría escuchar una idea que se me ocurrió. Pero ojo...


Todas las miradas apuntaban a él. Así lo había planificado. Apagó el proyector. El video los había dejado sin palabras.
- Esto que han visto, existe. Y está funcionando, ahora mismo. Cómo podrán entender, no puedo decirles ni dónde o cómo se consigue la materia prima. Mucho menos, por el momento, dónde está el sitio.
"Entenderán entonces el motivo por el cual, al aceptar venir a esta reunión, aceptaban además mantener confidencialidad extrema sobre lo que hoy se vea o se charle. Entenderán, amigos míos, que lo que hoy nos une es la muerte misma".
"Pero sepan y entiendan, que aún, a pesar del maldito Indigo, aún tenemos esperanzas. Y que en ella radica el negocio que vengo a proponerles para llevar a todo el planeta".
"Imaginen el dinero que he hecho en pocos meses. Ahora, multipliquen vuestra imaginación por una proporción mundial y por favor, no se asusten ante tantos ceros"
Se rió. Notó en los empresarios temor. Las imágenes habían sido fuertes. Pero era consciente que a esa raza que tenía delante no los movían los sentimientos, sino el dinero, y minutos más o minutos menos, el dinero treparía en lo más alto de la razón de esas personas y ganaría la batalla.
Era cuestión de seguir hablando. El convencimiento era cuestión de tiempo. Cuestión de sudor, le había dicho a su mujer antes de salir de su mansión. ¿De sangre no? le había preguntado ella. "No amor, la sangre es de otros" y ambos se habían puesto a reír a carcajadas.


Limpiaron el ventanal con un trapo viejo. No buscaron dejarlo perfecto, tan solo que les permitiera mirar hacia dentro. Era tan amplio que los tres podían observar al mismo tiempo, aunque siempre con cuidado de no caerse del lugar donde estaban trepados.
No era mucho lo que se veía, pero más que suficiente. El horror se reflejaba en cada centímetro del interior del galpón.
Estaban atónitos los tres, asustados sin poder comprender. Al menos veinte camillas, decenas de personas con batas verdes de enfermero, equipos de alta tecnología cada tres metros y sobre el extremo opuesto, lo que parecía ser una gran cámara frigorífica.
Pero lo más aterrador era lo que había en cada camilla y lo que sucedía con ellos. Entendían ahora el movimiento de vehículos. Sabían sin haber visto, lo que contenían esas bolsas negras. Ninguno de los tres hablaba, pero el silencio nefasto que los rodeaba parecía hablar por ellos.
Los cuerpos arrojados sobre las camillas estaban conectados por medio de agujas a unos tubos plásticos, por medio de los cuales se transportaba sangre. Los tubos terminaban en un contenedor plateado, rotulado.
Cada diez metros, unas enormes pizarras recordaban a los hombres de bata dónde colocar las agujas:
Cuero cabelludo: Venas superficiales del cráneo
Cuello: Yugular externa
Axila: Vena axilar
Fosa antecubital: Vena basílica, cefálica y mediana
Antebrazo: Vena radial, cubital y mediana
Mano: Venas dorsales de la mano
Tobillo: Safena interna y externa
Pie: Venas dorsales del pie
Las letras eran claras y legibles, aún desde el ventanal. Los hombres de bata parecían actuar mecánicamente, como si estuviesen tratando con piedras en lugar de cuerpos humanos. Todos llevaban guantes desechables y una rasuradora en el bolsillo. Uno de ellos estaba quitándole con una de estas el cuero cabelludo a un cuerpo recién depositado sobre una camilla.
Sentían que el estómago se les revolvía. Cómo podía ser que escucharan de ese lugar en... los tres sintieron el movimiento al mismo tiempo. Una de las cajas cedió. Se arrojaron sobre el ventanal para no caer, sabiendo que el vidrio no los resistiría. El peso lo partió en fragmentos filosos y los chicos cayeron al interior, golpeando con dureza en el piso de cemento, tras una caída de más de tres metros, en medio de astillas que se incrustaron en sus cuerpos, provocando un dolor adicional, llevándolos a un estado de inconsciencia y a merced de los hombres de bata.


"Lo acabo de escuchar en el noticiero Eugenio" le dijo su mujer. Las palabras que siguieron, lejos estuvo de imaginarlas nunca de la boca de ella. Pensó en lo raro de no conocer realmente a la persona con la que uno ha compartido la vida.
Con mucha frialdad, le informó que se había descubierto que la única forma de salvar a una persona infectada, era haciéndole una transfusión completa de sangre. De esa forma, era como si se le cambiara el agua sucia a un florero. El organismo, misteriosamente, comenzaba a crear plaquetas nuevamente y encontraba otra vez el equilibrio para recuperarse a pleno.
Y de inmediato, le planteó la idea. La macabra pero lucrativa idea. Llenó de ejemplos su discurso, enfatizó sobre la disparidad social, la eterna desesperanza y el anonimato de actuar en medio del caos. Le habló durante horas, hasta convencerlo. Sería muy fácil, pero había que cruzar una línea. Una vez del otro lado, no habría vuelta atrás.
El mejor negocio en tiempos de muerte, era la misma muerte. Si el virus seguía propagándose con la velocidad que lo estaba haciendo, en pocos días superaría los diez millones alrededor de todo el globo terráqueo. Era la oportunidad para actuar en consecuencia. Si la solución eran las transfusiones, los bancos de sangre iban a estar colapsados. Difícilmente se conseguirían dadores para ir recolectando sangre, por el temor a salir a la calle, por la falta de amor al prójimo, por mil razones.
Era hora de ensuciarse las manos y montar un banco de sangre clandestino, un lugar dónde poder recolectar la mayor cantidad de sangre posible y ofrecerla en el mercado negro. La demanda sería enorme en los tiempos venideros.
- ¿Pero de dónde sacamos la sangre? ¿Ponemos anuncios? preguntó Eugenio.
- ¿Anuncios? Eugenio, tenemos que salir a buscar la sangre. ¡A río revuelto, ganancia de pescadores! En el caos, nadie se preocupará por los mendigos que desaparezcan, ni los chicos de la calle, la gente de las villas. Hasta puede que alguno piense que le estamos haciendo un favor a la sociedad. Con suerte, hasta el gobierno nos ayudaría. Pensalo Eugenio, en unos meses más, esto se hará tan grande que podremos financiar bancos de sangre clandestinos en todo el mundo. Pero debemos actuar antes que nadie, buscar un lugar alejado, contratar gente que nos sea leal y trabaje en total silencio... pero ya Eugenio, esto debe ser ya.
Y Eugenio, cansado de la vida que llevaba, de la resignación diaria, no lo dudó. "Ya", se dijo con vehemencia.


El silencio se alargaba más de lo previsto. Conservó la compostura en todo momento, sabiendo que al final, todo sería felicidad. Paseaba su mirada animada de rostro en rostro, buscando deducir que estarían pensando los cerebros detrás de esos ojos temerosos.
Alguien levantó una mano y Eugenio contestó la pregunta que le hicieron y alentó a los demás a seguir preguntando. Evacuaría todas las dudas, se los aseguró. Y así lo hizo. Tendrían reservas, garantías, el anonimato asegurado, las ganancias depositadas a término. Tendrían todo en bandeja de plata, de oro si así lo querían. Solo debían dar el si y respaldar económicamente el proyecto para trasladarlo a todo el mundo.
Qué si, que sabía que se estaba negociando con la muerte, pero así era el mundo de los negocios, casi lo mismo que con las armas, los químicos y podía dar una lista interminable de ejemplos. Pero entendieron la idea.
Hablaron primero entre ellos. Al cabo de diez minutos, el silencio ganó la sala. Eugenio estaba ahora si sentado en la punta de la mesa oval, aguardando, sin perder la sonrisa del rostro. Las caras que veía, eran amigables, distendidas. De a uno fueron dando su veredicto.
Cómo lo había sospechado, todos le dieron el apoyo económico. Nadie se quería quedar afuera del negocio. El empresariado mundial lo acababa de convertir en una persona multimillonaria.
Invitó a todos a pasar al séptimo piso, donde con antelación, previendo el resultado feliz, había preparado un agasajo para todos sus invitados. Dejó que salieran, estrechando alguna que otra mano.
Marcó el número en el celular de su esposa. "Querida, lo logramos. Aún no les digas nada a los chicos, por el momento que sigan ignorando lo que pasa. Si, yo también te amo. Y hoy como nunca. Ya no nos falta nada, ni jamás nos faltará". Cortó. Había una celebración que esperaba por él.


Apenas si podían mantenerse en pie. Los tres estaban muy golpeados. Al más chico le había entrado una astilla de vidrio en el ojo. No paraba de llorar. Su hermano mayor lo consolaba, pero no podía disimular su dolor: el brazo parecía quebrado en dos partes. El tercer hermano, tenía sangre en el vientre. También se había cortado. Temía que fuese un corte profundo.
Sin embargo las penas por la caída remitieron a los pocos segundos. Cinco hombres de bata verde lo rodearon, sorprendidos y enfurecidos por su violenta intromisión. Los tomaron de los brazos y los arrastraron hasta el centro del galón.
- ¡¿Quiénes son!? ¡Qué estaban haciendo ahí arriba! ¿No saben que les pasa a los curiosos?
Y los llevaron hacia las camillas. Los chicos gritaban con fuerzas, pidiendo clemencia, jurando que no hablarían con nadie. El más chico se meó encima. Los tres querían vomitar. De a uno los fueron atando a camillas contiguas.
- ¡Vamos! Rápido con el cianuro, que nos atrasan los cuerpos que llegaron esta tarde.
Dos de los hombres de batas llegaban corriendo con ampollas y jeringas, mientras los chicos lloraban sin reparo. Sus bocas habían sido aquietadas con cinta adhesiva.
- El cianuro - le dijo uno de los hombres de bata a otro - Acaba de llamar Eugenio. Cerró el trato, parece que vamos a estar forrados en plata.
- Muy buena noticia, muy buena noticia - exclamó un tercero.
El nombre de Eugenio remitió las mentes de los chicos al recuerdo de su padre y también de su madre, de cuánto los extrañarían, del dolor que les causaría saber que ya no estaban. Si tan solo hubieran sido más cuidadosos. Pero cómo imaginarse que ese lugar sería un antro del horror, además, incomprensible, si había sido su padre quién nombrara esa dirección cuan...
Se disiparon las imágenes, se borraron los recuerdos. La oscuridad llegó primero, el dolor de las agujas después, cuando aún sentían el cuerpo y luego, la siempre inalcanzable paz.