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19 de noviembre de 2015

Mala suerte, buena suerte

La lluvia arremetió de imprevisto, aunque nadie podría negar que el agorero cielo cubierto de nubes oscuras no lo venía advirtiendo desde hacía un buen rato.
En las veredas las personas corrían tratando de alcanzar un resguardo del agua, ya fuera el balcón de un edificio, el toldo de un negocio o un árbol de frondosa copa.
Es ese momento en el que uno se detiene y observa cómo las reacciones se parecen entre sí, la gente buscando reparo, maldiciendo en voz baja, tratando de no mojar las ropas. Como si un resorte invisible se disparara en alguna parte de nuestro ser y de repente estuviéramos atravesados por una misma señal.
Pero es un instante, algo breve, porque a menos que estemos en un refugio, viéndolo a través de una ventana o con un paraguas en la mano, también atinamos a lo mismo: escapar de la tormenta.
Me detuve un momento en una esquina, esperando que dos vehículos doblaran y así, poder cruzar el pequeño lago que se estaba formando entre la vereda y la calle. En unos minutos más aquello sería un océano y atravesar de un lado a otro sería una verdadera odisea. Mis pies comenzaban a salpicarse y no quería que sucediera. Las sandalias eran nuevas.
Mi vista fue de la superficie multicolor de mis calzados-víctimas hasta un montón de papeles de colores convertidos en una especie de libro de hojas arrancadas que amagaba con arrojarse al agua en segundos más.
El viento empujaba con vehemencia a ese manojo de... ¡billetes! a caer de la vereda para perder todo su valor en las profundidades no tan profundas - aún - del agua que se acumulaba en el borde de la calle.
Corrí y los agarré justo que se volaban. Miré de inmediato en derredor. Alguien los había perdido al menos diez o quince segundos antes. De lo contrario, ya serían propiedad del viento, volando al libre albedrío o surcando los ríos naturales de las calles.
Una chica, pelirroja, cruzaba la calle en esos momentos, tratando de alcanzar el lado opuesto, alejándose de dónde estaba. No me quedaban dudas que a esa mujer se le habían caído los billetes. No podía detenerme a contarlos, porque la perdería de vista. Otro coche se interpuso entre el deseo de cruzar y la permanencia donde estaba. La chica para entonces estaba en la vereda del otro lado. En vano sería gritarle, aunque lo intenté.
Ni bien pude, me descalcé y troté atravesando la calle. Mis pies se mojaron completamente, pero al menos puse a reparo las sandalias. La joven había doblado en la esquina. Temí perderla de vista, pero al llegar al cruce de calles, la vi media cuadra adelante.
La lluvia venía de costado. En realidad, la lluvia venía desde lo alto y el viento la azotaba oblicuamente. La visibilidad se complicaba a cada segundo. Y el tránsito frenético, más el sonido de los vehículos desparramando agua por doquier, hacía que mis gritos para que la presunta dueña del dinero se detuviera fueran en vano.
La indiferencia de los demás transeúntes me exasperó. Me veían correr detrás de alguien, que al mismo tiempo aceleraba su paso metro a metro, no por otra razón que por la de escaparle a la lluvia, y nadie atinaba a nada. Una cadena de voces me hubiese ahorrado esfuerzo.
En la cuadra siguiente observé como la mujer se detenía y entraba a un edificio. Aceleré mi tranco, aunque el cansancio me estaba venciendo. Llevaba el dinero apretujado en una mano, dentro de uno de los bolsillos de mi campera. Temía que se mojara y también perderlo.
Al llegar a la puerta vidriada del edificio, vi a la joven en el momento que las puertas del ascensor se abrían. Golpeé el vidrio con la palma de la mano izquierda, que era la que tenía libre. Ella me miró, pero no denoté en su rostro intención alguna de responder a mi llamado, mucho menos, quizá, entender que la llamaba a ella. Las puertas se cerraron desde los laterales hacia el centro y su imagen desapareció.
Casi por inercia le pegué al vidrio una vez más y una mujer, que parecía estar viniendo desde el interior, pero desde una puerta trasera, me hizo un gesto con la mano como indicando que parara y de inmediato, se llevó un dedo a la cabeza girándolo rápidamente.
No tenía manera de explicarle que no estaba loca, y a pesar que le dije en voz alta que a la chica que acababa de entrar al ascensor se le había caído dinero en la calle, o no me oyó o bien poco le importaba. Me dio la espalda, ancha por cierto, y se dirigió a las escaleras, ubicadas al lado del ascensor.
No podía creerlo. Estaba absorta en aquello cuando me sobresaltó el sonido de una llave. Alguien estaba a mi lado, abriendo la puerta del edificio. Por impulso, traté de entrar.
Un hombre mayor, el que había abierto la puerta para ingresar, me cerró el paso.
- ¡Dónde cree que va! - me interpeló con razón.
- Disculpe, tiene razón, es que la chica que acaba de entrar, perdió dinero en la calle y...
El hombre cerró la puerta.
Me quedé pasmada.
- No sé cuánto es, pero quizá lo necesita, en todo caso...
Sin abrir la puerta, me dijo desde el otro lado.
- ¿La conoce?
- No... - vacilé, obvio que no la conocía, sino le estaría tocando el portero eléctrico pidiéndole que baje.
- Entonces mala suerte para ella, buena suerte para usted.
Pegó media vuelta y fue hasta las escaleras. El hall de entrada quedó desierto. A mis espaldas, la lluvia caía raudamente. Me percaté que estaba toda mojada y descalza. Mi aspecto en el reflejo del frente vidriado era patético.
Retrocedí unos pasos. Deseé con el alma maldecir la sociedad indiferente que nos rodea día a día, de la desconfianza galopante que nos domina, de las pocas ganas de creer en un acto de buena fe.
Del bolso sobresalía una de las sandalias. Se echarían a perder, lo sabía. No son de un material que soporte bien el agua.
Recordé mi mano en el bolsillo, aferrando aún ese bollo de dinero. La extraje y abrí los dedos. Conté los billetes y sonreí. Dos mil pesos. Llevé la mirada a la puerta del edificio, de allí a mis sandalias arruinadas y me detuve en el dinero.
- A la mierda con todos, ya lo dijo el viejo...
Y caminé hasta la zapatería más cercana con el fin de reemplazar el calzado caído en combate.

15 de noviembre de 2015

La fría verdad de los números

Las últimas voces se desparramaron como una ola a lo largo del pasillo y luego sobrevino el silencio. El lugar había quedado vacío. Alguien desde el exterior accionó los interruptores y las luces se fueron apagando de a una. Al silencio, la noche.
Aguardó unos instantes. Cuando intuyó que ya nadie retornaría, abrió la puerta del armario donde estaba escondido desde hacía cinco horas. Tenía las piernas entumecidas. Los primeros pasos fueron vacilantes y debió sostenerse de las paredes para no caer. Durante algunos minutos frotó con fuerzas los músculos de sus piernas para volverlas a la normalidad.
Algo más aliviado, hurgó en la mochila en busca de una linterna. Era pequeña y con luces de led que le proporcionaban una buena iluminación. Ni bien la encendió, un haz de luz dejó a la vista gran parte del pasillo. De un lado colgaban cuadros antiguos y del otro el ingreso a varios salones de clases. Al final del mismo el camino tomaba hacia la izquierda.
Fue hasta allí sin prisa. Iluminó la continuidad del pasillo antes de seguir caminando. Divisó un par de puertas a la derecha y quince metros más adelante, sobre el final del piso de cerámicos blancos y negros dispuestos en forma de damero, una enorme puerta de madera con pequeñas ventanillas de vidrio en cuyo marco superior un enorme letrero decía "Dirección".
En tanto se acercaba, su corazón latía más fuerte. Al llegar a la puerta, dejó la mochila en el suelo y casi en cuclillas buscó en uno de los cierres delanteros de ésta un manojo de llaves. Todas estaban relucientes. Había estado haciendo las copias a lo largo de los últimos meses, a razón de dos por semana.
Una de las llaves era más grande que el resto. Tomó esa y de frente a la puerta la introdujo en la cerradura. La giró dos veces hacia la izquierda y de inmediato se escuchó un chasquido en el mecanismo que reverberó en todo el pasillo. La puerta estaba ahora abierta.
A medida que se abría, un chirrido acompañaba el movimiento. Las ventanas estaban cerradas y aquello era una verdadera boca de lobo. Apuntó la linterna hacia el centro arrebatando a la oscuridad parte de su misterio. Un escritorio repleto de papeles quedó al descubierto.
Sin embargo no le importaba aquel mueble antiguo ni los papeles ordenados, casi de manera obsesiva, en pilas simétricas. Detrás había una biblioteca, aunque su función no era solamente poner al resguardo los cientos de libros que contenía. Con firmeza se apoyó en uno de sus laterales y empujando con todo el cuerpo, la desplazó un metro.
La biblioteca ocultaba de la vista un panel de acero sobre la pared. El panel a su vez estaba dividido en seis partes iguales, conteniendo cada una cerradura. Eran en realidad, seis cajas fuertes. Y dentro de las mismas estaba aquello por lo que había arriesgado todo en las últimas semanas.
No por nada lo consideraban el alumno más inteligente y a quién más confianza le tenían los profesores e incluso, la rectora. Era brillante y tenía un gran porvenir. Ese año en particular había trabajado codo a codo con varias investigaciones y en la universidad habían recibido ofertas de varias empresas para poder contratarlo ni bien se graduara. La rectora, algo ilusa, pretendía que diera clases en el futuro, razón por la que lo invitaba seguido a tomar el té en su propia oficina.
Aquellas seis cajas fuertes contenían el historial de todos los alumnos. Allí estaba la suerte de cada uno de ellos. Porque cualquiera podía hackear los servidores y modificar las notas, pero el papel siempre reflejaría la realidad, la fría verdad de los números.
Probó dos llaves antes de dar con la adecuada. La puerta se acero se abrió para su lado. Alumbró con la linterna y tiró del cajón hacia delante. Estaba en la letra del abecedario correcta. Fue pasando con los dedos a gran velocidad las carpetas guardadas. En la parte superior figuraba el apellido, lo que le permitía no detenerse una por una a ver a quién correspondía.
Treinta segundos después se detuvo en la carpeta que buscaba. La sacó con cuidado, como si fuera una bomba. Dejó por un momento la caja fuerte y fue hasta el escritorio. En la primera página estaba la foto de ella, sus tres nombres, su apellido. Sintió que el corazón le daba un vuelco. Suspiró. Las primeras páginas correspondían a los años anteriores. Saltó directamente hasta las últimas. Justamente donde estaba el problema.
Le dolían esos números de tan solo verlos escritos. Buscó en la mochila su libreta de apuntes y la colocó al lado de la hoja de calificaciones. Tomó luego una lapicera y el sello de la rectora. Con una espátula de metal bien afilado raspó la tinta seca hasta hacerla desaparecer, una técnica que había practicado horas y horas a lo largo de dos meses. Luego miró su libreta y con enorme habilidad, imitó la caligrafía de la rectora. Cuando hubo terminado, legitimó todo con el sello.
Apreció su obra a lo largo de un minuto. Luego guardó todo en su lugar sobre el escritorio, devolvió la carpeta a su sitio y volvió a colocar la biblioteca donde correspondía.
Se marchó en silencio, despacio. Recorrió el último tramo en total oscuridad. Luego, volvió al armario. Trataría de dormir parado, descansar algo. Cuando todo el mundo retornara por la mañana, abriría la puerta y se mezclaría en la multitud. El plan perfecto, el sacrificio necesario. Todo por verla feliz.

10 de noviembre de 2015

La descendencia de Aergia

Era dueño de una teoría que llevaba al límite de la astucia. No recordaba el momento exacto en que había nacido en el seno de su pensamiento, pero si que en plena adolescencia, cursando la escuela secundaria, había confirmado su eficacia.
Federico era una persona en apariencia normal, de vestir prolijo, cabello corto y barba siempre recortada. Todas las mañanas bajaba puntualmente los ocho pisos de su edificio en el ascensor de la derecha, cruzaba el hall principal, saludaba al portero y salía a la calle para recorrer los cien metros que lo separaban de la parada del colectivo.
Allí esperaba junto a otros trabajadores, estudiantes y docentes somnolientos. Pero a diferencia de ellos, con rostros de resignación y sueño, a él se lo veía espléndido.
Media hora más tarde se sentaba en su escritorio, dentro de una reconocida empresa, donde su jornada laboral transcurría con total tranquilidad.
Los superiores iban y venían, llamaban por el apellido a compañeros, daban órdenes tanto a hombres como mujeres que corrían de un lado a otro llevando papeles, buscando impresiones, arrastrando pilas de carpetas con información vital.
Y en ese caos rutinario, al que todos estaban tan acostumbrados como sumidos, descansaba Federico. Porque su teoría era endiabladamente efectiva. Sostenía, en silencio, sin compartirlo con nadie, pero orgulloso de los resultados, que la pereza lo resguardaba del trabajo.
La famosa ley del menor esfuerzo, pero transformada en un práctico manual de supervivencia laboral. De vez en cuando garabateaba en un cuaderno notas al respecto, porque pensaba que quizá algún día, cuando estuviera jubilado, podría tener la voluntad de escribir un libro con su postulado.
Había notado ya desde el colegio, que aquellos que más estudiaban o proponían ideas para proyectos, eran los que más debían preocuparse por cumplir con las obligaciones que les imponían. Fue entonces que comprobó que si lograba alejarse de las actividades pero sin que los demás se dieran cuenta de la actitud poco compañera, lograría un menor número de responsabilidades y horas de estudio o investigación. Y la mejor manera era no haciéndose notar. Nadie le pide algo a quién no está.
Con el tiempo fue puliendo la idea, las formas, las estrategias. Hizo lo mismo en la universidad. Comprendió que no era difícil. Parecía un ser invisible, alguien que estaba pero al mismo tiempo no. Era imposible asignarle algo, porque prácticamente no lo tenían en cuenta.
Para cuando consiguió el trabajo en la oficina, era ya un experto en el arte de pasar desapercibido. Federico era el maestro de la pereza. No hacía absolutamente nada, pero nadie se lo reclamaba. Los demás trabajaban, perdían en cabello en crisis de tensión, agrietaban sus rostros con estrías de cansancio, debilitaban el corazón siguiendo el ritmo inalcanzable e incestuoso de la supervivencia. Y Federico, en tanto, se recostaba en la plácida tarea de no hacer nada. De estar y al mismo tiempo no. De dejarse ver, pero solo lo suficiente, de desaparecer en el momento justo, de evitar las tareas, las obligaciones. Y en ese arte, era un artista. El mejor.
Cuando anunciaban los aumentos, él los recibía. Cuando llegaban los elogios, él los disfrutaba. Cuando veía venir trabajo, simplemente sonreía porque sabía muy bien que no lo afectaría. Estaba ahí, pero al mismo tiempo no.
Al finalizar el horario de la oficina, se ponía de pie y caminaba lentamente hasta las escaleras, que bajaba peldaño a peldaño, sin ningún apuro. Cuál fantasma, su figura se iba diluyendo, consumiéndose junto a las agujas del reloj, feliz de vivir sin necesidad de sobrevivir, de no hacer para ser, de tener solo que fingir estar para estar y no sufrir.

1 de noviembre de 2015

Seres felices

Lo vi esconderse entre los árboles, sobre las copas más altas. Era gris, con forma de plato. Se movía tan rápido como un colibrí, aunque no aleteaba ni se detenía en el aire buscando una nueva flor a la que acercarse.
Provocaba un zumbido extraño en el aire, como queriendo dejar asentado que era real y no solo mi imaginación.
Hasta la arboleda tenía al menos quinientos metros. Cruzar a través de ella me llevaría media hora. Aquel objeto podía emprender vuelo en cualquier momento. Aunque estaba seguro que era un OVNI, no quería pronunciar ese nombre.
Corrí a más no poder. Tropecé con raíces varias y veces y rodé sobre la hojarasca en un par de oportunidades. No me detuve a mirar los raspones en los brazos. Seguí corriendo, con la boca abierta, tratando de cambiar el aire en la misma proporción al esfuerzo.
Cuando divisé la última fila de árboles, el atardecer estaba cayendo. Al llegar al final del recorrido, me topé con el arroyo. Y sobre éste, flotando, esa enorme nave.
Quedé atónito ante la imagen y rendido ante el cansancio. Flexioné las rodillas hasta dejarlas caer al suelo. Apoyé las manos sobre la gramilla y el olor del agua envolvió mis sentidos, salvo el de la vista, atrapado por esa visión propia de un libro de ciencia ficción.
Dos seres extraterrestres chapuceaban en el agua, con flotadores en forma de pato alrededor de sus caderas. Uno le arrojaba agua en el rostro al otro, que se cubría su único ojo con una especie de garfio de carne.
Eran felices, como dos niños pequeños.
Pero entonces, involuntariamente, mi pierna quebró una rama y el sonido quebró el encanto. Ambos miraron hacia donde estaba y sin mediar movimiento alguno, nave, extraterrestres y patos salvavidas desaparecieron del arroyo.
Quedé contemplando el agua siguiendo su curso, sin siquiera estelas que confirmaran lo que acababa de presenciar. Anonadado me puse de pie y observé en derredor. Nada. Ni un solo rastro de los visitantes.
Volví triste, apesadumbrado. No sabía si por no haber podido obtener una prueba de aquello o por haberlos espantados.
Desde entonces visito el lugar, anhelando encontrarlos. No para fotografiarlos ni otras cosas raras, sino para nadar con ellos y salpicarlos con agua, tratando de comprender cómo es que en el resto del universo aún quedan seres felices.

24 de octubre de 2015

Las sirenas del fin del mundo

Cuando la sirena aullaba era mala señal. No las sirenas de las ambulancias, la mayor, que estaba encaramada en lo alto de la torre de lo que era la iglesia del pueblo, ahora convertida en un refugio para infectados.
Ese sonido, tan fuerte como agudo, penetraba el alma. Significaba una sola cosa. Más infectados en las fronteras.
Entonces si, las que escuchábamos a continuación eran las otras, las que se confundían en la letanía de los días gracias al efecto doppler que provocaban. Y si nos asomábamos por las ventanas, íbamos a ver las ambulancias partiendo raudamente por la calle principal hacia alguna de las tres salidas del pueblo.
A la hora, como mucho, las veíamos volver. Estacionaban delante de la vieja iglesia y arrojaban la carga puertas adentro. Los recién llegados iban envueltos en grandes bolsas que cubrían casi todo el cuerpo, salvo los pies, con los que podían desplazarse.
No observábamos sus rostros, tampoco nos interesaban. La preocupación por el mundo exterior había terminado hacía mucho tiempo. Lo que nos quedaba eran nuestras vidas y nada más. Los refugiados eran abandonados en ese lugar, porque salvo por sobras de comidas que se le arrojaban por encima de los tapiales del patio, nadie entraba ni siquiera a corroborar que estuvieran vivos.
Es que ellos también eran conscientes del final. Al menos, no iban a morir en el camino. Un techo y algo de comida podía darles una cuota de menos sufrimiento, si es que eso era acaso posible.
¿Cómo comenzó todo? Ya nadie lo recuerda. Una guerra allá, otra por acá, una más cerca, otra más lejos y un buen día el cielo se convirtió en una bola de gas rojo y la gente comenzó a enfermar. ¿Quién lanzó ese químico? Una pregunta que ninguno puede responder. Si alguno se creyó ganador, es porque también perdió.
En el pueblo sobrevivimos por una sola razón. Dios. Ojo, que no se malentienda. No fue un milagro místico, más bien de coincidencias. Cuando aquello ocurrió el pueblo estaba reunido dentro de la iglesia debatiendo una cosa: la demolición de la iglesia.
Y es que, siendo tan pocos y necesitando de dinero para poder comprar una mayor cantidad de provisiones, no veíamos con malos ojos vender las reliquias, los mármoles, los ladrillos y lo que hiciera falta para poder recaudar fondos.
Mal que nos pese, a pesar de lo que muchos dirían que era un sacrilegio, estar dentro de aquel recinto, nos salvó las vidas.
Aguardamos pacientes hasta que aquello remitió. Cuando salimos, descubrimos que quienes habían estado en sus hogares o en las calles, se habían infectado. Y de a poco, fueron muriendo. Los que venían de otros pueblos nos informaban que en todas partes sucedía lo mismo. Pero nosotros, la gran mayoría, estábamos sanos.
Hoy, no es novedad, el mundo se está muriendo. Las noticias no llegan, la era de la globalización retrocedió varias casillas y la humanidad misma camina a ciegas, enferma, hacia la extinción. En el pueblo intensificamos las huertas y de esa manera seguimos vivos.
Los infectados, aunque parezca mentira, siguen llegando. Los vigías apostados en las afueras nos lo hacen saber, para que evitemos que lleguen a las pocas tierras fértiles que quedan y nos contaminen los alimentos.
Quizá nunca agradezcan nuestro gesto de bondad al darles una última esperanza, pero es lo que hacemos. Los llevamos a un lugar que para nosotros es especial, porque nos salvó la vida y allí, entre santos y otros enfermos, puede que encuentren la redención o el sentido a tanto lamento.
Sabemos que mueren, vaya que lo sabemos. Los que viven queman a los que perecen, en una hoguera expiatoria cuyo humo sobrevuela la noche durante horas, confundiéndose con las estrellas y los últimos rastros del polvillo rojo que aún vaga en las alturas.
No nos queda otra que ser testigos, desde nuestras moradas. Somos conscientes que estamos tan muertos como ellos, pero en vida. Una paradoja difícil de explicar, pero que tácitamente todos aceptamos.
Las sirenas suenan demencialmente y nos arranca del sopor, solo para llevarnos hasta las ventanas y esperar.
Esperar y observar. Observar y esperar. Esperar...

20 de octubre de 2015

El jardín de Helena

Helena vivía postrada en una cama desde que tenía memoria. Su breve contacto con el mundo ocurría cuando de tanto en tanto una ambulancia venía a buscarla para llevarla a realizar algún estudio.
La desolación de sus días se veía compensada, si así podía decirse, por una ventana. Era amplia y sus cortinas blancas estaban siempre descorridas a pedido de la propia Helena.
Su padre se las había ingeniado para que la cabecera de la cama estuviera algo más elevada que el resto, por lo que su hija podía apreciar de menor manera el exterior, aunque fuera a través de un vidrio.
No solo era la rigidez de su cuerpo lo que la mantenía confinada. Su sistema inmunológico era tan sensible que cualquier cosa podía afectarla.
A Luis desde pequeño le había llamado la atención cuando pasaba por delante de esa casa de tres pisos, la ventana situada justo por la mitad de la construcción. Ese rostro blanquecino que se asomaba con timidez del otro lado, perteneciente a un cuerpo siempre acostado, le resultaba un misterio.
Sin embargo, con el correr de los años, fue sabiendo más de la persona que permanecía allí condenada al encierro. Y a pesar de la distancia, de verla a través de un vidrio, se fue enamorando.
Un sentimiento tonto, lo sabía. Porque ella no estaba enterada y él jamás la llegaría a conocer. Así se lo habían hecho saber. Nadie podía visitarla, salvo su familia.
De alguna manera ,sin embargo, quería hacerle saber lo que significaba para él. Del otro lado de la calle había un espacio verde. Un lote que nadie ocupaba. No le importó averiguar de quién era ni si tenía permiso para hacer lo que iba a hacer. Las buenas voluntades no conocen de esas cosas.
Cortó el césped y compró plantas. Muchas y diferentes, asegurándose que todas dieran flores.
Helena jamás había reparado en ese muchacho que desde hacía tiempo se detenía en la vereda a mirarla embelesado. La tarde que lo observó cortando el pasto no sospechó que lo que estaba haciendo la tenía como destinataria. Pensó que al fin alguien se dignaba a arreglar ese espacio abandonado.
Fue testigo entonces de cómo ese sitio se transformaba en algo bello. Primero el pasto corto, luego las plantas y finalmente las flores. Y cada tarde, ese mismo muchacho, echándoles agua con una regadera con toda la paciencia del mundo. Hasta le parecía que por momentos miraba hacia su ventana. Cosa extraña e imposible, por supuesto.
Ahora, cuando miraba hacia la calle, el rutinario paisaje le sonreía. Aquel jardín le arrancaba una sonrisa, le producía un cosquilleo interno que la hacía sentir radiante. Cuántas ganas tenía de decirle a ese muchacho lo agradecida que estaba, más allá que el jardín no era para ella.
Luis fue agregando flores día a día. El colorido le transmitía felicidad. Se imaginaba a la mujer de la que se había enamorado contenta con el nuevo paisaje que ahora podía disfrutar desde su lecho. Cada tarde al salir del trabajo se dirigía al jardín de Helena.
De vez en cuando miraba hacia la ventana, deseando que ella pusiera atención en él. A lo lejos distinguía el rostro pálido, pero no podía divisar sus facciones, las emociones, ni las palabras murmuradas por esa chica. Y si embargo, la amaba.
Cada tanto no estaba. Sabía que la llevaban a realizar estudios. Por eso esa tarde no se preocupó. Regó las plantas, quitó la gramilla invasora y se fue. Al otro día, tampoco la vio. Y al siguiente. Y al otro. Esas noches no pudo dormir. Temía algo.
Finalmente se decidió a tocar a la puerta. Era una casa de estilo antiguo y la puerta medía casi dos metros y medio de alto y dos de ancho. No obtuvo respuestas.
- ¿A quién busca? - preguntó un vecino que estaba a punto de introducir la llave en la cerradura de su casa, a unos quince metros hacia su izquierda - Enterraron a la hija hace dos días, estaban destruidos, no creo que le abran a nadie.
Las palabras significaron un sismo. Un cataclismo en su interior. Luis caminó toda la tarde y noche sin rumbo. Lloró en esquinas que jamás había visitado, sollozó en barrios que ni siquiera conocía. El amanecer lo recibió sentado entre sus plantas, en el jardín de Helena.
Luis vuelve cada tarde, riega las plantas, quita la hierba mala y agrega alguna que otra flor. En la entrada puso un cartel muy grande y repleto de color. Dice "El Jardín de Helena".
Días atrás un hombre corpulento pero al mismo tiempo abatido por el tiempo, se acercó tímidamente.
- Mi hija se llamaba así - le dijo a Luis - Murió hace pocas semanas. Es una rara coincidencia que haya bautizado así a este lugar, pero le quiero agradecer. Es lo primero que veo cada día al asomarme al que era su cuarto. Al mirar por la ventana y ver este lugar, el cartel, siento que ella aún está viva. Le quiero dar las gracias.
Se estrecharon en un abrazo y Luis lloró toda la noche. Pero ya no lo hace. Las lágrimas no tienen lugar en su vida. Las energías están puestas en ese mágico lugar, donde ella renace con el sol y se acuesta a descansar con la llegada de la luna.

16 de octubre de 2015

Un día perfecto

Fue un día soleado. Cálido, espléndido. Lo recuerdo muy bien. El cielo era celeste de una punta a la otra. No había nubes. No había nada que pudiera opacarlo. Era un día perfecto. Con la calma del campo, la brisa suave de la primavera, el deseo silencioso de concretarlo.
Había estacionado el coche cerca de la orilla de un arroyo. No había caminos que llevaran hasta allí. Había atravesado la naturaleza salvaje en medio de la noche aguardando el amanecer para hacer realidad el plan. Pero me quedé dormido. Cuando desperté estuvo a punto de maldecir tremenda distracción, pero al ver ese celeste en lo alto, supe que había sido una bendición y no un error.
Estiré las piernas caminando de norte a sur siguiendo el curso del agua. Retorné con los pulmones desbordantes de aire puro. ¡Qué lejos estaba la puta ciudad! Los oídos seguramente no creían tanta paz, tanto silencio. Los ojos observaban absortos el abundante verde. El tacto palpitaba con el roce de las plantas. El olfato se deleitaba con el aroma de la vida.
Llegué al auto. El sol había calentado su superficie. El rojo refractaba la luz del sol, obteniendo destellos conmovedores. Abrí el maletero. Chirrió como lo hacía siempre, producto de los años y el abandono. En su interior, acurrucado, estaba el estúpido que vendía flores en la esquina de la plaza. Durante años lo había visto allí parado, ofreciendo con su entrecortado murmullo, nombres mal pronunciados de naturaleza despojada de su hábitat natural.
A medida que el plan cobraba forma en mi mente fui sabiendo que era la persona para comenzar. Porque a él le había comprado esas flores de mierda que Susana me arrojó por la cabeza el día que rompimos y que a pesar de ello, cada vez que pasaba por el lugar seguía insistiendo con su monótono hablar, haciendo que mi odio se incrementara día a día.
No podía evitarlo, mi puesto de diarios estaba justo frente al suyo. Y verlo desde la mañana hasta que caía la noche, era ver el fracaso de aquella tarde, cuando Susana en un arrebato de locura me dijo adiós, me tiró las flores y corrió hacia un taxi con el infortunio de ser atropellada antes por una moto.
Cuántas veces me dije en las noches de desvelo, que esas flores gran parte tenían de la culpa de lo sucedido. Flores de porquería, sugeridas por un malparido que apenas sabía hablar. Y lo fui imaginando maniatado noche a noche, hasta que supe lo que debía hacer.
En realidad, no era el único culpable. La cadena era extensa. Él, su hermana, el ex novio, la madre, la vecina chismosa, la tía... Pero por alguien había que comenzar. Y entonces, aquella tarde maravillosa, a metros de un arroyo en medio de la nada, abrí el maletero y lo contemplé durante largos minutos, mientras él trataba de zafar el pañuelo que había metido la noche anterior en su boca y se agitaba inútilmente dentro del estrecho habitáculo.
El plan se ponía en marcha. Por eso lo recuerdo tan bien. Está grabado en mi memoria. Y hoy, en un día totalmente diferente, con la lluvia arreciando sobre mi rostro, cuerpo y alma, me encuentro a  un lado del mismo coche rojo, pero al borde de un acantilado. En el maletero está la tía, que todavía respira. Lo hará durante un tiempo más, hasta caer a lo largo de unos veinte o treinta segundos en pleno descenso contra rocas, arbustos y bordes filosos.
Será el fin del plan. Cerrar una etapa. En breve seré libre. El sol del primer día, la lluvia del último. El acantilado es el lugar perfecto para comenzar de nuevo. Primero la última persona culpable. Luego el esperado renacer.
Un diluvio borrando el pasado... como aquella vez en el campo: es un día perfecto.

7 de octubre de 2015

Algo huele mal en el sótano

Al desplazar las cajas quedó al descubierto lo que provocaba el mal olor. Sin embargo, no era lo que sospechaba. El ratón muerto que preveía se había transformado en algo mucho más grande y al mismo tiempo, espeluznante.
El estado de descomposición de aquel descubrimiento era avanzado, al menos de una semana. Si no hubiera estado visitando a su mamá en Buenos Aires, lo habría notado antes. Pero ese viaje era impostergable, los episodios de su madre de pánico se habían cada vez más intensos y todos en la familia temían por un suicidio.
Aunque no era solo el hecho de notar o no el olor y lo que allí había. Era el acto mismo de lo que había sucedido. Si él hubiera estado en casa, fuera lo que fuera que había pasado, no tendría por qué haber sucedido.
Los pensamientos iban y venían en su cabeza en forma de torbellino. Las imágenes también. El cuerpo a sus pies se mantenía inerte, con el rictus aterrador de la muerte en cada milímetro. Pero suponía, con una certeza que lo asustaba, que lejos había estado de permanecer quieto en los instantes finales. El torso desnudo parecía lacerado, grandes manchas oscuras evidenciaban mucha violencia en su contra.
Pero el horror era aún más vívido al observar lo que quedaba de la cabeza, con medio cráneo a la vista y las cuencas vacías donde debían estar los ojos.
Una cicatriz enorme surcaba la cara y atravesaba incluso la nariz, cuyo tabique estaba abierto dejando una hendidura por la que se movían libremente gusanos blancos.
Se quedó inmóvil mirando los detalles, asombrado, perplejo. Algo brillaba debajo del torso. Se acercó y movió el peso inerte con la punta del zapato. Debajo había un reloj. Su reloj.
Se agachó para recogerlo, sin poder entender como había llegado allí. La malla estaba rota y no podía leerse la hora por la cantidad de sangre seca que cubría la parte frontal.
Escuchó un ruido a sus espaldas. La puerta del sótano se había abierto. El sonido de los tacos bajando las escaleras era inconfundible. Virginia estaba bajando. Dudó entre mover de nuevo a su lugar la caja pero comprendió que no tenía mucho sentido. Por un lado, el olor era nauseabundo. Solo ocultaría el cuerpo. Por el otro, Vicky era quién había estado sola en la casa durante el tiempo que él se había ausentado. Si algo pasó, ella debía estar enterada...
- Vicky... ¿qué es esto?
- Si, ya sé... - respondió ella, llegando hasta él y extendiendo las manos buscando las suyas. Vestía una remera blanca de mangas cortas, lo suficientemente larga como para cubrir parte de sus muslos. Debajo no llevaba nada puesto - Prometí limpiarlo, pero sinceramente no pude Guillermo, no pude...
- Pero... ¿qué pasó acá, quién es esta persona? - estaba nervioso, las palmas le sudaban, ya no estaba seguro de conocer a como creía a la mujer que tenía adelante.
- Pasó lo que tenía que pasar - dijo ella tajante, haciéndolo a un lado - Era de lo que hablábamos Guillermo, tampoco te hagás el sorprendido.
La escuchaba y no comprendía.
- Vicky, decime... ¿lo mataste vos? ¿Lo conocías al menos?
- ¿Yo? Cada día estás más loco Guillermo. Si bien está desfigurado, pero hasta tu mamá en medio de un ataque de locura de esos que tiene se daría cuenta quién es.
- ¿Quién era? ¿Quién era este tipo?
- ¿Me hablás en serio? - Vicky estaba trayendo bolsas negras de consorcio, de las grandes, reforzadas.
Guillermo abrió los brazos, en un gesto que denotaba su ignorancia e impaciencia.
Virginia se llevó las manos a la cabeza.
- ¡Es tu editor, pedazo de infeliz! Lo mataste porque dijo que lo que escribías era pura basura y quería romper el contrato con vos. Y después hiciste lo de siempre que hacés una locura de estas, llamaste a tu mamá y le contaste, y la estúpida tuvo uno de sus ataques. Y acá me dejaste, con el fiambre en el sótano.
- Vicky, qué decís, no podés estar inventando...
- ¿Inventando? Ya me estoy cansando Guillermo... Qué casualidad, tus lagunas mentales son cada vez que te despachás a alguien. Te puedo tolerar este problemita tuyo, pero te lo digo ahora y nunca más: es la última vez que me dejás el muerto a mí sola.
Él tragó saliva, no podía recordar nada, pero aún más miedo le daba el tono de voz de su mujer, la manera en que preparaba las bolsas de consorcio, la seguridad con la que se movía...
- ¿Entendiste? - dijo de manera agresiva, sin llegar a ser una pregunta, sino una aseveración.
- S... Si... si mi amor, entendí.
- Bien, ahora traé la sierra que tenemos que tirarlo de a partes...
- ¿Estás segura que yo hice esto?
- Guillermo ¿podés concentrarte? Traé la sierra te dije. Me cago en la mierda, che. ¿Para nada servís?
El escritor se dirigió hacia el banco de trabajo donde estaban las herramientas, en total silencio. Ahora tenía la mente en blanco, como esas noches eternas en las que las musas lo abandonaban y la pantalla del ordenador permanecía impoluto. La voz de Virginia resonaba de fondo, dando órdenes e insultando. Podía verle el culo allí agachada, tratando de sacar uno de los brazos de debajo del torso. Era todo tan irreal, que parecía sacado de uno de sus cuentos.
Hacía esfuerzo por recordar, pero era en vano. Sus manos temblaban, no obstante tomó la sierra y volvió sobre sus pasos. Quedaba mucho por hacer y según ella, no era la primera vez.
Solo rogaba en silencio, que fuera la última.

3 de octubre de 2015

Ladrón Virtual

De: lvlvlvlvlvlv@xasascca.com

Para: Restaurant Las Estrellas de Oro (info@rledo.com)

Asunto: Robo

Mensaje enviado con importancia Alta.

Estimado encargado:

Por la presente, solicito me haga entrega del dinero de la caja mediante una transferencia electrónica a la cuenta bancaria que adjunto en un archivo encriptado y exija a los comensales que en este momento están en el local, a desviar por home banking una suma en concepto de robo adicional.
En caso de no cumplimentar con mi pedido, se verán expuestos a un ciber ataque en la red, en cuyas redes sociales aparecerán filmaciones extraídas de sus propios equipos de CCTV que comprometen la higiene del restaurant cómo así un resumen de transacciones fraudulentas, comprando a proveedores en negro para evadir impuestos.
En cuanto a los clientes, obligue a que colaboren, de lo contrario les haré llegar un mensaje de texto con una dirección url en la que comprobarán, mediante imágenes, que es lo que están comiendo exactamente. Material suficiente para demandas varias.
Espero haber sido claro.

Sin más, los saludo atte.

Ladrón Virtual
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26 de septiembre de 2015

El vivero misterioso

La fachada repleta de flores invitaba a pasar. Una vez dentro las hojas verdes que colgaban de macetas elevadas formaban una especie de pasillo viviente que llevaba hasta un recinto mucho más amplio e iluminado de manera natural gracias a un techo vidriado.
Allí, sentado en un banco de madera, esos típicos de las plazas, aguardaba un señor de muy baja estatura. No era necesario verlo parado para comprender que alcanzaría con suerte el metro y medio. Sus pies no llegaban al suelo y la cabeza no sobrepasaba el respaldar. Masticaba tabaco y lo escupía en una maceta cercana.
El hombre se limitaba a estar allí, no atendía el lugar ni hablaba con nadie. Podría decirse que era algo más para ver en aquel sitio. Si uno seguía avanzando se encontraba con otro pasillo, pero ya no había plantas que lo rodearan. Muy por el contrario, era oscuro y de paredes sin terminar, en las que podía apreciarse el ladrillo sin revocar cubierto por telarañas.
Nadie se atrevía a ir más allá de ese sitio iluminado. Durante muchos días, desde que aquel extraño lugar abrió sus puertas, la gente entraba, llegaba hasta el hombre de baja estatura y al no recibir respuesta alguna, se marchaba sin saber si era un comercio, un pequeño jardín botánico o qué.
Vaya a saber quién fue un poco más allá del simple recorrido y tomó una planta con su respectiva maceta y se fue del lugar sin pagarla. La voz corrió con celeridad, como en todo pueblo chico, y tanto los previamente habían visitado el sitio como aquellos que no lo conocía, se aventuraron a su interior con el fin de llevarse consigo una planta de manera gratuita.
Parecía raro hacer algo semejante mientras el señor que masticaba tabaco sentado en el banco de madera observaba todo sin la menor intención de protestar o de abrir la boca para pronunciar alguna palabra.
Cierto grupo de vecinos se negaron a entrar. Tenían reticencia basada en sus observaciones, la mayoría con fuertes argumentos. Por ejemplo, se preguntaban "¿quién abre o cierra el comercio?" que era algo realmente enigmático, porque no se había visto a nadie hacerlo y sin embargo, durante la noche estaba cerrado. O bien "¿cómo es que uno puede llevarse lo que quiera sin que nadie diga nada?" y lo más preocupante, si es que uno lo analiza racionalmente, "¿cómo es que al día siguiente el sitio está otra vez poblado de macetas y plantas?".
De más está decir que el misterio detrás del hombre sentado en el banco de madera, al que ese grupo de vecinos jamás había visto dado que no habían entrado, era el eje principal de la negativa continua por aceptar el lugar y el acto de todos nosotros, propensos a ingresar una o dos veces al día por esa puerta tan bien adornada con flores con el único fin de hacernos de una nueva planta.
En mi caso, jamás me habían interesado las flores, las plantas, la jardinería y todo lo que tuviera que ver con el reino de la flora. Ni siquiera un cactus, que la gente usa como adorno porque apenas si tienen que recordar regarlo. Nada. Y ahora, casi como una adicción, recorría las diez calles que tenía hasta el lugar sin nombre de las flores y plantas bonitas, y regresaba portando una maceta con una planta diferente a la del día anterior.
De a poco, quiénes disfrutábamos de este ir y venir hacia el vivero misterioso y aquellos que renegaban del mismo diciendo que era cosa del demonio - entre algunos de los argumentos fantásticos que se oían a diario - nos fuimos distanciando. Vecinos de toda la vida, que sin embargo comenzamos a ver como enemigos, tomando sus palabras negativas como frases dirigidas a los que estábamos de acuerdo en que no hacíamos nada malo.
En un pueblo de tan poco habitantes, eso fue socavando la comunidad. No entrábamos a los comercios de los que estaban en contra de aquel sitio que nos ofrecía plantas a cambio de nada y ellos nos pisaban los nuestros. Habíamos tomado esa forma de hablar, ellos y nosotros. El otro bando hacía lo mismo. Y sin darnos cuenta, ni planearlo, habíamos dividido el pueblo en dos.
Pero nadie se detuvo a replantear la realidad. Se había dado así y así seguiría. Si a ellos no le gustaba lo que nosotros hiciéramos, por qué a nosotros debería importarnos lo que ellos hacían. En tanto, nosotros, íbamos al lugar, recorríamos sin prestar atención al hombre en el banco y al pasillo de paredes de ladrillos repletas de telarañas y nos íbamos con una nueva maceta y planta para el hogar.
Ya no sabía donde ponerlas, había en cada habitación, en el patio, en el exterior, incluso había comenzado a colocar en el techo. Muchas personas estaban en la misma situación. Pero eso no era impedimento para continuar con nuestros viajes diarios.
Claro que algo que no estaba en mis planes sucedió y ya nunca volvería a retornar a ese lugar. Fue en una de mis salidas en dirección a la fachada de las flores. Oscar, el kioskero al que le compraba el periódico antes que se pusiera del lado de ellos, hacía el reparto de diarios en su motoneta y en una esquina nos encontramos. El en su moto, yo a pie. Por supuesto, ninguno se detuvo. El orgullo ante todo. Y me quebró una pierna al chocarme. Él no la sacó barata, porque al caerse se fisuró el codo. Pero salí ganando yo, no tengo la menor duda.
Con la pierna quebrada, sin nadie que me ayudara, tuve que permanecer a la fuerza en cama con el yeso impidiéndome caminar. De a poco, fui testigo de como las plantas se marchitaban en sus macetas, que coincidencia o no, perdían al mismo tiempo el color y se opacaban. Había días que apenas me levantaba para ir al baño y buscar algo de comida, pero no podía regar las plantas. Eso las fue matando lentamente. Tras un mes y medio, recobré la movilidad gracias a las muletas. Ninguna planta había sobrevivido.
Pude salir a la calle al fin y la primera intención fue ir hasta aquel vivero donde regalaban las plantas. Para mi sorpresa, mientras caminaba con esfuerzo y lentitud, había desaparecido muchas viviendas. En realidad, esa fue la sensación inicial. Solo al observar con detenimiento comprendí que donde tenían que estar algunas casas, ahora era todo vegetación.
Hacia donde miraba encontraba una imagen similar. Y no tardé demasiado en asimilar que las viviendas que aún apreciaba pertenecían a ellos. Sentí odio, porque mi lógica me hizo sospechar de ellos como los causantes de lo que estaba viendo.
Avancé como pude, tratando de mover la muleta lo más rápido que pudiera, temiendo por mi vida, creyendo que en cualquier momento ellos se arrojarían  sobre mí, me secuestrarían y harían desaparecer mi vivienda. Buscaba con la mirada alguien de los míos, pero no había nadie en las calles. Tenía que llegar al vivero cuanto antes. Sin embargo, al llegar al lugar quedé en un estado de parálisis absoluto. La fachada floreada había desaparecido, la puerta parecía abandonada desde hacía años, repleta de telarañas con el picaporte herrumbrado. Traté en vano de abrirla.
De reojo vi como ellos venían hacia mí. Eran unos doce o quince y entre ellos estaba Oscar, la persona que me había atropellado. Me puse de espaldas a la puerta y esgrimí la muleta para defenderme. Atacaría sin piedad, si eso era necesario.
- ¡Fuera de aquí!¡No se acerquen! - les grité.
Pero ellos avanzaban, mirándose entre ellos, tan asustados como lo estaba yo. Vi en sus rostros miedo. No podía creer que mi presencia pudiera crear ese efecto. Ellos eran más de una docena y yo... tan solo una persona lisiada armada con su muleta.
Entonces el propio Oscar pidió a los demás que dejaran de acercarse y con cautela me hizo señas que me alejara de la puerta. Recién allí comprendí que no era a mí a quién temían, sino al lugar. Si saber por qué, le hice caso. Me tomó del brazo y me alejó de un tirón. Todos dieron un paso atrás, como si temieran que la puerta los engullera de un solo bocado. Pero la puerta permaneció en su lugar, como debía ser.
Con recelo los escuché. La historia que me contaban era macabra. Querían convencerme que las plantas engulleron a sus dueños, que se apropiaron de sus viviendas y que la única manera que tuvieron de impedir que eso prosiguiera, fue quemando el lugar. No había vestigios de un incendio en la fachada y eso les quitaba credibilidad. Me aseguraron que el lugar, tras el incendio, apareció así. Me imaginé al hombrecito escapando por el pasillo oscuro al final del lugar, llevándose su tabaco y todo aquello que tuviera a su alcance, pero no lo mencioné en voz alta.
Pregunté entonces si habían tratado de desmalezar las casas asaltadas por las plantas y contemplé rostros sombríos. Claro que lo habían hecho, afirmaron. Debajo de la vegetación ya no había nada.
Traté de hacerles entender que les creía y marché a mi casa. Hice todo lo posible por no observar en el camino las viviendas sepultadas bajo la frondosa vegetación. Intenté no pensar en los rostros amigos que nunca más volvería a ver.  Pero todo fue en vano. Las imágenes me asaltaron con furia y hasta la pierna aulló de dolor.
Crucé la calle intempestivamente y me dirigí hacia una de estas casas tomadas. Arranqué con bronca hojas y tallos y para mí horror, entre la espesura, apareció un rostro humano tan verde que dudé en una primera instancia en si lo que veía era verdad. El rostro, tan parecido al de Alicia, la dueña de esa casa, intentó abrir la boca para gritar pero ni bien lo hizo una raíz apareció en lugar de la lengua y dándole dos vueltas enteras a la cabeza, la arrojó hacia atrás, desapareciendo de mi vista.
Tambaleando, casi perdiendo la muleta en el movimiento, retrocedí todo cuanto pude. Al girar, quedé de cara a varios de ellos. Me miraban con una mezcla de piedad y sorna.
Volví a mi casa y eché a la vereda todas la macetas.
Durante la noche no pude pegar un ojo. A la madrugada tres golpes a la puerta demolieron mi cordura. Pensé que serían ellos, que venían por mí. Estaba segura que tarde o temprano lo harían. Pero al asomarme por la ventana no pude menos que reprimir un grito. Era el señor que se sentaba en el banco de madera en el vivero que quemaron ellos.
Era tarde, algo que no tenía explicación ocurría en el pueblo, había sido testigo de algo que aún perduraba en mis retinas horas antes y aún así, abrí la puerta. Por primera vez lo veía parado. Había errado el cálculo. Apenas medía un metro veinte. Su brazo estaba estirado hacia mí ofreciéndome una maceta con una planta de hojas redondas y verdes.
Sin vacilar la tomé.
- Mañana le traeré otra - me dijo antes de marcharse.
La coloqué en la pieza. Cómo negarse ante algo tan maravilloso.




22 de septiembre de 2015

Ni por todo el oro del mundo

Nos reunimos con el objetivo de hacer las paces. Cada año era la misma historia. Se acerca la fecha y debíamos mediar para poder concretar lo que era necesario. Cada uno le echa culpas al otro, en silencio y en voz alta. Algunas cosas se dicen, otras solo se piensan. Pero las palabras, por pocas que fueran, resultan hirientes e imperdonables. Las actitudes, también. El silencio, en todo caso, era acusador.
No es un secreto que estamos peleados. Lo sabe todo el mundo. Pueblo chico, infierno grande. Pero papá es papá y es el único momento del año en que de alguna manera debemos buscar la manera de poder estar cerca sin irnos a las manos. Por eso, nos citamos a una hora en un determinado bar, donde, casualmente, veinte años atrás comenzaron los resquemores.
Pedimos un café, lo tomamos, todo sin mediar palabra. Con los pocillos vacíos como testigos, tratamos de iniciar el diálogo. Fue en vano. El tono en la voz de ambos, fue agresivo. Como si estar ahí fuese un castigo y la oportunidad de hablar sirviera solo para reproches.
En determinado momento golpeó la mesa con un puño y me dijo:
- Basta Ezequiel, no tiene sentido, si lo sentís así, hacé lo que quieras.
Se levantó y se fue. Lo vi alejarse desde la ventana. Cruzó la calle y subió al asiento del acompañante de un auto importado que lo estaba esperando. Con seguridad ella estaba al volante, observando en todo momento hacia el bar, adivinando nuestras siluetas a la distancia.
Otra vez sería lo mismo. Busqué el celular, marqué el número y hablé con mamá. No hacía falta que entrara en detalles, parecía siempre la misma película. Le dije que iría temprano y que con seguridad Daniel llegaría más tarde.
- ¿Otra vez vendrán por separado? - preguntó conteniendo las lágrimas.
 Corté. Y si, la culpa era nuestra, compartida. Mamá no tenía nada que ver. Menos el viejo, pobre. Nuestra y de nadie más. Pero ninguno lo reconocería jamás, ni por todo el oro del mundo, ni por la salud de quiénes amamos. ¿O acaso el viejo, agonizando, no nos pidió como último deseo, que fuéramos juntos a verlo?
Como siempre, fuimos al bar y no hubo acuerdo. El pasado duele, las heridas no cierran, el orgullo es muy grande. Y el viejo se murió con mamá al lado, pero con nosotros distantes. Yo no fui al entierro. No podía. Porque iba a estar él, con ella.
Cada año, en esta fecha, todo lo que tratamos de olvidar a lo largo de los meses, se agolpa de repente en un torbellino de odio. Papá es papá, pero ni en vida nos sirvió de excusa. En su aniversario mamá sueña con reunirnos. Ni siquiera sabe de nuestros encuentros en el bar. De esos quince o veinte minutos de ambiente tenso y un café que carcome el estómago. Muchos menos sabe de lo que nos separó, Y no vale la pena entrar en detalles ahora.
Cuento esto porque incluso a mí me resulta difícil de entender. Siendo uno de los responsables de esta realidad, sigo sin aceptar mi mediocridad, mi actitud egoísta. Sin embargo, no hago demasiado por torcer el destino. Soy como la humanidad misma, que sabe lo que está mal pero lo sigue haciendo. Quizá por orgullo o estúpida soberbia, no lo sé. La vida es una sola y lo ideal sería aprovecharla, aferrarse a los seres queridos, sentir la dicha de cada día.
Pero así como entre todos matamos al planeta a diario, en lo personal destruyo lo poco que queda de esperanza en los seres que tengo cerca. Aún no sé la razón y si la supiera, quizá no la diría, ni por todo el oro del mundo. Ni aceptaría estar equivocado. A menos, claro, que Daniel lo reconociera primero.

15 de septiembre de 2015

Los campeones del mundo

Tokyo, año 2017. El Mundial de Bolitas transcurre con normalidad. Neumayer y Oyola avanzan sus respectivas rondas y todos esperan que lleguen a la gran confrontación final.
Claro que esto no sale en las noticias. Los fanáticos del campeonato más importante del mundo de las también denominadas canicas son muy pocos y a duras penas, a lo largo del planeta, rastrean la escasa información al respecto de la competencia. La encuentran en crónicas que aparecen en blogs especializados o en los mismos perfiles de los jugadores en las redes sociales.
Sin embargo, algo sucede en octavos de final que hace que toda la humanidad ponga su atención en el certamen y sobre todo, en los dos grandes candidatos al título, de quienes luego hablarán por años.
Aunque para llegar a ese punto, hay que retroceder un par de décadas. Y volver al siglo pasado.
Es 1991 y Nicolás Oyola apenas si ha escuchado hablar de Tokyo. Tiene cuatro años y una increíble habilidad para jugar a las bolitas. Tanto, que logra enojar a sus hermanos mayores y a los amigos de estos, a los que derrota en cada oportunidad con extrema facilidad. Su paso por la escuela primaria lo transforma en un mito viviente en el recinto escolar. Es el primer niño en cursar todos los grados sin haber perdido jamás una partida de bolita durante los recreos.
Lo notable es que también es imbatible en el barrio. Su fama se hizo tan grande que atrajo la visita de un hombre que estaba de visita en la ciudad. En la gran ciudad. Se presentó una tarde calurosa de verano a pocas semanas del comienzo de las clases. Para entonces se avecinaba para Nicolás el inicio de la educación secundaria y aquello lo tenía preocupado. Lo único que le interesaba era jugar a las bolitas. Pero sus padres le habían advertido que la escuela era importante y no permitirían que la dejara de lado por "ese juego de niños".
La llegada de ese nombre fue crucial. Quería llevarse a Nicolás a una gira internacional donde debía jugar contra chicos de todo el mundo. Era el sueño de su vida. Sus padres se opusieron tajantemente. Y Nicolás Oyola terminó haciendo lo que todo niño de doce años haría. Escaparse.
El hombre se llamaba Oliver Neumayer y era alemán. Su hijo, Helmet, tenía apenas tres años cuando su padre llegó a Berlín en compañía de un niño argentino llamado Nicolás.
Las giras llevaron a la familia Neumayer y Nicolás a recorrer el mundo. Y el entonces adolescente Oyola se fue haciendo amigo del pequeño Helmet, que a medida que crecía, dominaba más y más el juego que su joven amigo le enseñaba con entusiasmo.
Lo impensado ocurrió en 2002, en Ontario, Canadá. El imbatible Nicolás Oyola, la leyenda viviente de las bolitas en toda su historia, perdió por primera vez en su vida, en una partida de preparación para el mundial a jugarse en ese país de América del Norte. El verdugo, un pequeño de seis años. Se llamaba Helmet y él mismo le había enseñado a jugar.
Nicolás pensó siempre que el día que perdiera su invicto podría superarlo. Pero se equivocó. La derrota fue demasiado, se sintió desvalido y traicionado. Aquel pequeño, a quién tanto quería, se transformó en el ser que más odiaba en el mundo y de un día para otro abandonó a los Neumayer, retornando a su país.
Pero los Oyola, aún dolidos, no aceptaron recibirlo en el seno familiar. Nicolás, lejos de desanimarse, decidió que estaba lo suficientemente grande como para afrontar su vida y valerse por si mismo. Recordando entonces la manera de manejarse de Oliver Neumayer, y de la gente que éste frecuentaba, se dedicó a recorrer el mundo en solitario, sobreviviendo gracias al dinero de los torneos que ganaba y de las demostraciones en las que participaba.
A pesar que las noticias no le dedicaban espacio al juego de las bolitas, había suficiente terreno por recorrer y descubrió que podía vivir de lo que le gustaba. Mientras lo hacía, los rumores sobre la vertiginosa carrera de Helmet Neumayer llegaban a sus oídos. Pero no era eso lo que le daba bronca, sino que compararan su carrera con la de ese crío y aún peor, que algunos osaran afirmar que el alemán era mejor que él.
Nicolás evitó los torneos donde estaba el pequeño Neumayer. No los necesitaba para conservar su prestigio. Pero de a poco las insinuaciones sobre esos desencuentros, que si estaba uno, no estaba el otro, aparejaron especulaciones, como que Oyola le huía por miedo a perder como había sucedido aquella vez en Canadá.
Habían pasado diez años de aquel encuentro. Tiempo suficiente, según Nicolás y decidió anotarse en el Mundial de México. Pero para su sorpresa, Helmet no asistió. Según supo, los padres habían detenido por un tiempo las giras para permitirle terminar el colegio.
Ante la ausencia en el circuito mundial, Nicolás se quedó con los mundiales que se disputaron en México, Nepal y Finlandia. Su nombre era nuevamente el más importante en el firmamento del juego de bolitas.
Pero en 2016, y ante la muerte de Oliver Neumayer, su hijo Helmet, anunció que se graduaría como ingeniero y volvería a competir. Nicolás recibió la noticia en un certamen de demostración en Sudáfrica y no pudo dormir durante dos noches seguidas. Comprendió entonces que realmente le tenía miedo a su alumno, única persona que lo había vencido en su vida.
Tokyo había llegado y tanto Neumayer como Loyola derrotaban con amplitud a sus rivales. El gran duelo estaba garantizado. Los fanáticos de las bolitas de todo el mundo esperaban con ansias la tan postergada revancha. No había cadena de televisión que los televisara, ni diario en el mundo que publicara noticia alguna del trascendental campeonato, pero aquello que estaba sucediendo en el país asiático era algo que quedaría en los anales del juego de la bolita.
Aunque nadie preveía lo que sucedería aquel jueves de octavos de final.

Es tarde. Dos partidas se han extendido más de lo previsto y los dos encuentros más importantes, los que protagonizarían los dos candidatos, Oyola contra un pakistaní y Neumayer contra un español, se hacen desear. Hay ciento veinte espectadores en el auditorio transformado en cancha de bolitas en el centro comercial donde se desarrolla el torneo.
Nicolás espera tomando un café en un bar del primer piso. Helmet lee un diario en el restaurante situado a escasos metros del bar. Se han visto a la distancia, pero ninguno atinó a saludar al otro. Por más que estuvieran en el mismo lugar, no lo harían. Si eso tuviese que ocurrir, sucedería en el choque final. Nunca antes.
Nicolás no ve la hora de jugar, su partida es la siguiente. Helmet está tranquilo. Ninguno percibe el movimiento en la planta baja, ninguno sospecha de la camioneta que estaciona delante del complejo comercial. Sus mentes están en otras partes, donde imaginan una contienda sin igual, tantos años después.
Entonces, cada uno en su sitio, escucha el primer disparo. Parece un fuego artificial, algo extraño para el lugar. Luego llegan los gritos, la gente que corre y más disparos. Ahora están seguros, los sonidos provienen de armas de fuego.
Son yihadistas. Fundamentalistas del islam más radical. En los últimos cinco años han cometido brutales crímenes en nombre de la ideología que defienden. Y desde los últimos doce meses han expandido sus acciones más allá de su geografía original.
En planta baja, los hombres que responden al movimiento, disparan a mansalva sobre las sorprendidas personas que pasean o trabajan en el lugar. Algunos penetran dentro del auditorio donde se ha montado el campo de juego. Se escuchan más disparos y gritos. Nicolás corre instintivamente hacia el restaurante. Helmet está pálido sentado a una mesa. El diario que leía segundos antes descansa desparramado entre sus piernas. Al ver a su amigo de la infancia parado a pocos metros se convence que aquello es una escena que forma parte de un sueño o de una pesadilla.
Los yihadistas están subiendo al primer piso, Nicolas los ha visto camino al restaurante. Ocupaban las escaleras mecánicas, portando pesadas automáticas en los brazos. No tiene tiempo. En la mesa ve al Helmet de seis años, asustado, temeroso, que de todas formas salió en Ontario a disputarle esa partida sabiendo que llevaba las de perder.
Pero ahora ese niño ha crecido, es un hombre y teme por su vida. Como todos, como él. Corre y lo abraza y con un movimiento que no premeditó, lo arroja al suelo y escapa con él a gachas, hasta detrás de unos aparadores repletos de botellas de vino.
Segundos después los yihadistas irrumpen en el restaurante y abren fuego contra todas las personas a la vista. Oyola y Neumayer, sin que los terroristas lo sepan, permanecen agitados pero en silencio, en el reparo de aquella bodega improvisada. Respiran el polvo de meses sin limpieza, pero no abren la boca, no mueven ningún músculo. Solo escuchan, por la cercanía, el galopar sincronizado de ambos corazones.
Esos hombres y mujeres armados van y vienen, han ocupado todos los pisos del centro comercial. Los televisores permanecen encendidos y las cadenas de televisión emiten desde el exterior del lugar. Los pocos sobrevivientes que escaparon cuentan desesperados los momentos que pasaron dentro. En la pantalla del televisor que pueden observar a medias Nicolás y Helmet, a través de unas hendijas del aparador, aparece Sikolov, el jugador búlgaro. Entre lágrimas, parlotea un inglés que se entiende muy poco, pero con los gestos alcanza. El mundo se entera entonces que allí se estaba disputando el Mundial de Bolitas.
El tiempo se prolonga, las noticias hablan de muertos, de rehenes, de peticiones, de negociaciones que no terminan. Hablan familiares de los muertos cuyas identidades han sido identificadas, incluso ven sus propias biografías relatadas con pesar. Al parecer los jugadores de bolitas eran más reconocidos de lo que ellos creían. Sus fotografías ocupando la pantalla los estremecen. Nicolás siente la presión de la mano de Helmet estrechando la suya. Esos dedos que impulsaran las canicas con mayor precisión que él, tantos años atrás. Esos dedos que eran tan hábiles como los suyos, aferrándose con fuerza a él. Ellos dos, tan distantes y ahora tan juntos.
En la estrechez del escondite, en el umbral de la muerte, Nicolás deja caer sus últimas lágrimas. Helmet lo rodea con sus brazos y alcanza a susurrar una palabra que lo es todo, significado y significante, el universo mismo, la única verdad en la vida. Le dice "hermano".
Luego los gritos de alerta, las sombras aproximándose y los disparos.
Y nada más.

7 de septiembre de 2015

Respuestas

Del otro lado del río estaban las respuestas. De éste, solo la infinita paciencia y la incertidumbre eterna. Allá podía sentirse un hombre libre. Acá, un ser atado a responsabilidades.
Por eso cada fin de semana subía a su pequeña embarcación con motor fuera de borda y se escabullía corriente adentro, donde nadie pudiera encontrarlo. Era su rutina, su forma de vivir. Decía que si no lo hacía, iba a morir asfixiado.
Su mujer lo había aceptado mucho tiempo atrás. Sus hijos se acostumbraron a no tenerlo los fines de semana. Su carácter tajante lo había decidido así. Porque la isla no solo era un lugar de descanso, era su lugar en el mundo. Y no permitía que nadie fuera con él.
Cuando aquel lunes no regresó de madrugada, como cada lunes, su esposa se inquietó. Mandó a los chicos a la escuela y luego salió en bicicleta hacia la zona del cabotaje. Preguntó a los lugareños si habían visto a su marido. El hombre, si bien de pocas palabras, era conocido. Tampoco estaba el bote.
A media mañana se acercó a Prefectura y radicó la denuncia. Jamás lo había acompañado y no sabía el lugar exacto del rancho. Sintió vergüenza porque no podía brindar datos precisos. Y también bronca. Porque él jamás la había querido llevar. Si tan solo hubiera ido una sola vez, sabría indicarles.
Al mediodía regresó a su casa. Debía tener el almuerzo preparado para cuando volvieran los chicos del colegio. Por las dudas pasó por el taller donde trabajaba su marido. No fuera cosa que regresara tarde en otra embarcación, de algún conocido, y que en lugar de ir a casa, hubiese ido al taller.
Pero su capataz también estaba preguntando por él. Era la primera vez en quince años que se ausentaba sin aviso. Ella se asustó aún más. Tenía un feo presagio, si bien nunca se le habían dado esas cosas.
En casa se dio cuenta que estaba distraída. Se le pasó el arroz y se le quemó la salsa. Quería llorar pero de un momento a otro volverían sus hijos y no quería trasladarle la angustia que en esos momentos sentía.
Sin embargo, mientras ellos comían sentados a la mesa, escuchó los pasos al trote de alguien que se acercaba por el largo pasillo que conducía hasta la entrada de la casa. Quién fuera no tardó en golpear la puerta.
Abrió con el temor que se abren las puertas en estos casos, cuando una mala noticia está al caer. Era el Luis, el más grande de los Quiroga. Por la pinta, pantalones mojados, la piel colorada, venía del río. Cada mañana junto a sus hermanos se iban al río para pescar algo que pudieran vender en la ruta.
- Doña Irma, los de Prefectura la están buscando, parece ser...
La mujer no alcanzó a escuchar nada más. Se desvaneció, presa de la situación. Tardaron al menos cinco minutos, entre sus hijos y el Luis, en hacerla reaccionar.
- Mamá, mamá...
Los chicos estaban asustados y el Luis no se animaba a levantarla, por miedo que se le cayera de los brazos. Era de cuerpo grande mientras que al joven los huesos se le marcaban en la piel de lo flaco que era.
A duras penas la hicieron reaccionar. Una vez recuperada, se fue caminando hasta la zona de la ribera. En las afuera de la dependencia de prefectura había un revuelo de personas. Cuando la vieron llegar se fueron apartando, para dejarla entrar.
La recibió el prefecto en persona. Un hombre alto, de cabello blanco y bigotes oscuros.
- Mire señora, esto es difícil de explicar...
La mujer estuvo a punto de entrar en llanto, pero se hizo fuerte en el momento justo. Habría tiempo para derramar lágrimas.
La condujo hacia otra sala, acompañados por un subalterno. Señaló una puerta al fondo.
- Necesito que lo reconozca y nos diga si es su marido.
Respiró hondo. Jamás se había imaginado en esa situación. Los tres metros que la separaban de la puerta, que de un momento a otro sería abierta, eran tan cortos como eternos. Podía llegar en dos pasos y al mismo tiempo, cruzar ese marco representaría el camino más largo de su vida.
La puerta cedió y luego del subalterno y el prefecto, entró ella.
- Díganos... ¿es su marido?
Algo se rompió en el pecho de la mujer. Fue un sonido seco, casi un lamento. Pero solo ella pudo escucharlo. Coincidió con la imagen ante sus ojos, inesperada, dolorosa, en el límite mismo con la angustia y la histeria.
Allí estaba su marido, el mismo que había visto salir dos días atrás, pero al mismo tiempo, sin ser la misma persona.
- ¿Es el hombre que está buscando, señora?
Era, sin dudas que lo era. ¿Pero cómo decirlo? ¿Como desanudar eso que sentía en su garganta? ¿Cómo convertir el llanto reprimido en palabras? ¿Cómo superar la vergüenza?
Su marido estaba sentado en una silla de madera, maquillado, con peluca naranja y vestido de mujer. Estaba descalzo, pero los zapatos de aguja permanecían a un lado de sus pies.
- Lo encontramos en el yate de un concejal, en medio de una fiesta que se fue de las manos. Hemos arrestado a varios, incautado droga y alcohol. A este lo hemos reconocido por la foto que usted nos dejó. ¿Nos confirma que es su marido, señora?
Ella no pronunció palabra alguna. Pegó media vuelta y se marchó. Había respuestas que solo el silencio era capaz de brindar.

3 de septiembre de 2015

La china de Carlitos

Estaba a punto de pedir la cuenta y abandonar el bar, cuando lo vi del otro lado de la calle, mirando por encima de los techos de los coches, mientras aguardaba que el semáforo le diera la posibilidad de cruzar. Trataba de divisar mi silueta a través de la ventana, con la esperanza de encontrarme en una mesa cercana a los ventanales. No me vio, pero yo si a él y con eso bastó para que cambiara de idea y en lugar de pagar pidiera dos café, sabiendo que eso era lo que él iba a querer una vez se sentara a la mesa.
Entró empujando con violencia la puerta, no por bruto, sino de apurado. Sus ojos se movían al compás de su cuerpo, que parecía un maniquí al que giraban de un lado a otro. Cuando finalmente me ubicó, el mozo llegaba con lo que había pedido treinta segundos antes.
- Antonito, que suerte que todavía estás - me dijo mientras me estrechaba un abrazo. Ni siquiera había esperado que me levantara, se había arrojado sobre mi cuerpo efusivamente. Así era Carlitos desde el primer día que nos presentaron, en el último año de la secundaria.
- Me quedé a esperarte, me pusiste en el mensaje que era vital para vos hablar conmigo - aún recordaba el texto en el celular, cargado de misterio, como solía hacer mi amigo con todos sus mambos.
Puso cara de apesadumbrado y se llevo las manos al rostro. Detrás de los dedos, sus labios se movieron.
- No tenés idea Antonito lo que me está pasando.
Me podría haber asustado en caso de haber sido cualquier otro amigo, pero se trataba de Carlitos. Podría decirse que el "no tenés idea" era el preámbulo esperable en toda conversación con él.
- ¿No estarás enfermo, no? - pregunté por compromiso, mientras mojaba una medialuna en el café.
- Ojalá... - Carlitos hizo una pausa, miró el pocillo delante de sus narices como si recién se diera cuenta que estaba allí, como si el humeante espectáculo que surcaba el aire frente a sus ojos no fuera producto del vapor del café caliente sino fruto de un raro truco de magia ofrecido por la superficie vieja y descolorida de la mesa del bar - ¿Para mí? ¡Gracias Antonito! Pero mirá que estoy sin un mango, eh.
No hacía falta la aclaración. Siempre estaba sin un peso encima. Y no solo lo aceptaba sino que con seguridad en unos minutos se pediría un jugo de naranja, otro café y de ser posible un tostado con jamón pero sin queso.
- A ver Carlitos... ¿por qué ojalá? - estaba esperando que se lo preguntara, así funcionaba desde siempre.
- No sabés, no sabés... - hizo otra pausa, ahora para meterse la mitad de la medialuna en la boca y luego, apurarla con un tragó de café - Hay una mina que no me puedo sacar de encima.
Mi amigo tenía un repertorio. Pude haberme esperado un "hay una mina que no me puedo sacar de la cabeza", o "la nueva en el trabajo me vuelve loco", o yendo más lejos, "la del kiosco de la esquina se pone unos escotes que hace que vaya varias veces al día a comprar cualquier cosa, no importa, el tema es ir a verla". Esos ejemplos ya los había escuchado de su boca. El que había esgrimido era otro de sus clásicos.
- ¿En el trabajo, dónde...?
- No, qué va a ser en el trabajo... en la red social esta, no me sale el nombre, la del dibujito azul, que te etiqueto en las fotos...
- Si, si, ya sé, contame... - que me etiquetaran en las fotos vaya y pase, que Carlitos me etiquetara en las imágenes que creía graciosas era un dolor de testículo al que jamás me acostumbraría.
- Bueno, esta mina empezó a seguirme. Ojo, en la red social, no en la calle - rió con ganas - Es que no es de acá, Antonito, por eso me rió... es extranjera.
- Pasemos en limpio. Tenés un contacto que no es del país que te gusta.
- Pará, pará... ¡no te anticipes! Dejá que te cuente. Si, me gusta, claro que me gusta. Es china. Así que a veces me la confundo con otras chinas que tengo entre los contactos...
- ¿Tenés chinas? ¿Dónde las conociste?
- ¿Vas a dejarme contarte? Es largo de explicar y no es el caso.
Acepté a regañadientes. ¿Chinas? De Carlitos podía esperar cualquier cosa.
- El tema es que esta china, que es muy linda, tiene un cuerpazo y unas... - abrió las palmas de las manos y las puso hacia arriba, como si sostuviera un peso imaginario - bueno, esta china habla español. Empezamos a cruzar palabras, frase va, frase viene...
- ¿Qué le decís a una china? Porque debe ser una cultura diferente, una forma de pensar distinta... - Carlitos me miraba con su mirada de "arrojar rayos", mientras trataba de contener las ganas de reírme que tenía.
- ¿Podés dejar de interrumpirme? Es grave esto Antonio.
Mi nombre de pila, sin diminutivos. Lo pronunció con lentitud, enfatizando de esa manera la criticidad de lo que me estaba por - o intentaba - contarme. Hice silencio y con un además, mientras me llevaba el pocillo a la boca, le pedí que continuara.
- La china se me enamoró. Así, de un día para otro. Le escribí un par de poemas y se cayó de culo. Parece que en china no se estila, no sé. Con lo romántico la maté. Un amor platónico, pensé. Ella en China, yo acá. Miles de kilómetros, no sé cuantos mares de por medio, me imagino que aunque sea un par de océanos también. Fotito va, fotito viene y nada más. La tecnología habrá avanzado mucho, estarán las camaritas, pero no puedo meter una mano a través del monitor. Al menos por ahora. Así que me dije, vamos para adelante con la chinita. Total... - Carlitos volvió a llevarse las manos a la cara, agachando ahora la cabeza de tal manera que la frente quedó apoyada en la mesa.
- ¿Y qué pasó, Carlitos?
Se irguió con cara de preocupación.
- Comenzó a escribirme cada vez más seguido, ya no era solo cuando chateábamos. Cada vez que abría la computadora tenía al menos diez mensajes de ella. Empezaron siendo tiernos, luego con insinuaciones, luego acalorados y finalmente, totalmente explícitos. Caliente al cien por cien la china. No te imaginás las cosas que me dice, que me propone... me pongo colorado de solo pensarlo. Pero eso no es nada...
Nueva pausa. Me miró a los ojos y de inmediato giró la cabeza hacia la barra y llamó al Ruso, el mozo. Le pidió el jugo de naranja y el tostado de jamón pero sin queso. Omitió esta vez el café, Eso significaba que luego pediría helado. Carlitos no era complejo, más bien rutinario.
- Contame Carlitos, no me dejés con la intriga así...
- Ayer me llegó un solo mensaje. Te juro que ya me daba miedo meterme en la computadora. Pero al ver un solo mensaje, vos dirás, tendría que haberme aliviado. ¡No! Al contrario.Temblé. Y no era para menos. El mensaje tenía una imagen adjunta. Casi siempre las imágenes eran de sus te... bueno, de sus partes íntimas, cosas mundanas... esta imagen era otra cosa Antonito: era el boleto de avión hacia Argentina.
Me quedé mudo. Carlitos volvió a llevarse las manos a la cabeza. Luego me largué a reír.
- ¿De qué te reís, pelotudo?
No podía parar de hacerlo, Me dolía el estomago y empeoraba al verle el rostro sorprendido por mi reacción.
Me repitió la pregunta elevando el epíteto alrededor de cinco veces. Cuando pude calmarme le arrebaté el vaso de jugo y lo vacié en mi boca.
- Es que estas cosas te pueden pasar solo a vos Carlitos, empecemos que a mí nadie me daría bola jamás y por otra parte, jamás llevaría algo tan al extremo como vos. Mirá que encararte una china...
- No te hagás el vivo ahora, que necesito que me ayuden, no que me agarren para la joda.
Volví a reírme, pero pude contenerme con rapidez.
- Perdoná, es que te imagino poniéndole candados a la puerta de tu casa... pará un poco ¿y cómo podría ubicarte la china? ¿Le diste tu dirección?
- Y claro, aproveché apenas empezamos a chatear para que me mandara algunas cositas electrónicas de allá, por correo. Viste que allá es todo más barato, porque los fabrican ellos...
- ¿Y necesitás entonces dónde quedarte?
- Diste en el clavo. Si podés, necesito lugarcito en tu departamento...
- Carlitos, hace dos años que no vivo solo, lo sabés muy bien, apenas si entramos con Margarita. ¿Dónde querés que te meta?
- Si me agarra la china, me destroza.
- Carlitos, ponete firme y hacele saber que tus intenciones eran otras, en todo caso, no sé, hagan lo que tengan que hacer y que se pegue la vuelta. Mirá que te metés en cada una vos... en el departamento no te podés quedar.
- No, pero yo no me quiero quedar, ojo, Antonito, no entendés. La china me destroza, me mata, literalmente te lo digo. En casa ya tengo adentro a la portuguesa que me hablé todo el mes pasado... ¡cómo carajo hago para hacerle entender que eso de "sos la única mujer de mi vida" era puro verso! en cambio, si vos me bancás a la portuguesa un par de semanitas, yo...

Me dio lástima el Ruso, al que seguro Carlitos no solo no le pagó, sino que seguro le encargó algo más antes de irse. Lo dejé hablando solo, como sucede casi siempre. Es que Carlitos tiene ese no se qué, que es difícil decirle que no. Pero uno la ve venir antes, mucho antes. Cuando llegué a casa y Margarita me preguntó que le pasaba ahora al paparulo de mi amigo, le resté importancia: Nada grave vida, un litigio internacional de proporciones anecdóticas.







27 de agosto de 2015

El hombre bajo la lluvia pálida

Vertió el café dentro de la taza, llenándola hasta arriba. El vapor del calor escapó lentamente, haciéndole sentir en el rostro el presagio de un desayuno cálido en medio de una mañana fría, pero a resguardo en aquella cabaña en medio del bosque.
Se sentó a la mesa con la única compañía de un viejo libro elegido al azar de la biblioteca. Las hojas amarillentas se dejaban leer, a pesar incluso del olor a humedad y olvido que despedían.
Una fina llovizna blanca caía mansamente del otro lado de la ventana, pero la ignoraba, enfocando su mirada en la simpleza de la taza, el color del líquido y la certeza de su sabor.
Sorbió un poco y tomó una galleta. La masticó con voracidad. El sabor dulce se disolvió en su boca. Luego bebió el resto del café.
Algo le decía que sería un día diferente a los demás. Una sensación extraña, una especie de presagio. Aunque no creía en esas cosas, podía experimentar en su cuerpo algo más que el simple calor del líquido caliente recién ingerido.
Se puso de pie torpemente, golpeando la mesa. La taza bailoteó sobre la madera, pero se mantuvo de pie. Recién entonces miró hacia la ventana. El frío se mantendría, después de todo. Aunque eso no era algo nuevo. Sin embargo, unos pocos rayos de sol que habían logrado filtrarse entre las espesas nubes la tarde anterior le habían dado una pequeña esperanza.
Cubrió su cuerpo con abundante ropa de abrigo, se calzó guantes de doble grosor y el casco con lente protector. Suspiró asumiendo la responsabilidad de cada día y salió al exterior.
El frío lo envolvió con prisa, casi asfixiándolo. La blanquecina lluvia podía llegar a doler si no estuviera tan protegido. En el cielo los nubarrones se habían cerrado y era una sola cosa, entre oscuro y brillante, que dominaba desde el horizonte hasta donde llegaba su mirada. No había rastros del sol ni de alguna otra cosa en el firmamento.
El aire estaba imposible. El sensor en su vestimenta indicaba que los valores de dióxido de carbono estaban más altos que el día anterior. Cada jornada veía lo mismo. Hacía semanas que había dejado de reportarlo.
Caminó los dos kilómetros hasta el puesto de vigilancia, subiendo con cuidado la escarpada colina, traicionera por el resbaladizo suelo y la persistente pálida lluvia.
Ya en su sitio, observó a través de los amplios ventanales. Era la cima del mundo. Todo estaba debajo de él. Aquel puesto flotante era la isla artificial elevada más alta de todas. Podía ver a todas las demás y mucho más abajo, casi perdiéndose de la vista, lo que alguna vez había sido la superficie del planeta, ahora un mando de oscuridad y hielo.
La existencia era una cuenta regresiva, tan solo eso. Y cada día había menos tiempo en aquel reloj imaginario. El frío hacía más que congelar los huesos. Detenía toda esperanza. Mataba cada ilusión. Hacía estéril todo sueño.
Allí arriba, era testigo de eso. De cada fuego que más abajo se extinguía, de cada isla que quedaba en silencio sumándose a la oscuridad imperante. Ya no se comunicaba con los demás y los demás no trataban de hacerlo con él. A nadie le importaban sus reportes, ni el estado del clima. Era el mismo en todas partes. El fin de los días. El fin de la humanidad. En silencio, en soledad, sin que a nadie le importara.
Permaneció en el refugio de control hasta que su reloj interno le dijo que era de noche. Afuera, en cambio, todo permanecía igual. El frío, la lluvia, la sensación de adiós, esa que lo había embargado desde temprano.
Emprendió el regreso, paso tras paso, el pesar de la muerte próxima sobre sus hombros. Y entonces, escuchó la primera explosión. Luego otra y otra. A duras penas volvió a subir la pendiente para encaramarse en el puesto vigía.
Sus ojos vieron algo más que fuego. Eran gigantescas llamaradas, bolas enormes consumiéndose allá abajo. Tardó en comprender lo que sucedía. Ardían las islas flotantes, mientras las explosiones no cesaban. De una a la otra viajaban enormes misiles.
Atónito supo que era el fin. Que nada quedaría. Que no sería el frío, sino el fuego el que devastaría todo. Como si la humanidad quisiera, una vez más, tener la última palabra. Ya nada le importó. Resignado retornó a su cabaña. Se prepararía un café y se iría a dormir. No había necesidad de despertarse temprano el día siguiente. Ni ningún otro.

17 de agosto de 2015

Diluvio imposible

Las primeras gotas cayeron en forma oblicua, golpeando contra la ventana. Una, dos, tres... de pronto una docena, luego, un diluvio imposible.
El vidrio se tiñó de rojo y el otro lado era un misterio tenebroso. Nos levantamos abruptamente de la cama. Estábamos prácticamente desnudos. Corrimos a la puerta para salir a la calle pero nos detuvimos ni bien entramos a la sala de estar, al sentir bajo nuestros pies la humedad helada que mojaba la alfombra.
Encendimos las luces y reprimimos al unísono nuestros gritos. La alfombra estaba tan roja como una herida abierta. La sangre entraba a raudales por debajo de la puerta.
Ella se abrazó a mi cuerpo con tanta fuerza que caímos de espalda. Fue como chapotear en medio de una salvaje carnicería. Nos pusimos de pie como pudimos, resbalando en aquel torrente sanguíneo a escala y buscamos refugio en las habitaciones más alejadas.
Pero el pasillo estaba inundado y ningún lugar estaba a salvo. Ahora podíamos escuchar el estruendo de aquella lluvia feroz golpeando contra el techo. Parecían balas rebotando contra las tejas. Nos acurrucamos en un rincón, llorando casi sin darnos cuenta.
Cuando el sonido cesó, abrimos los ojos de a poco y separamos nuestros cuerpos como para poder observar alrededor. No dábamos crédito a lo que veíamos. La habitación estaba impoluta, sin una mancha roja.
Caminamos hasta el pasillo, revisamos cuarto por cuarto y pisamos nuevamente la alfombra: seca, como si jamás se hubiera vertido sobre la misma, líquido alguno. El silencio era absoluto. Fuimos hasta nuestra habitación. Podíamos ver la ventana y a través de ella. El paisaje era el anodino de siempre, con sus casas, la calle angosta y del otro lado, la plaza de juegos.
Pero había algo más que nos sobresaltó. En el centro de aquel paraje verde rodeado de hamacas, toboganes y sube y bajas, había una extraña montaña, tan alta que no podía creerse.
La tomé de la mano y corrimos hacia la calle. De la misma manera que lo hacíamos nosotros, otros vecinos se asomaban para corroborar lo que veían desde dentro. Apenas iban vestidos, sorprendidos a tal hora de la noche. Nos fuimos acercando a la plaza con el mismo espanto que minutos antes habíamos soportado esa particular tormenta.
Al hacerlo, comprobamos que no nos habíamos equivocado. El montículo era gigantesco. Apilados, uno sobre otro, en una montaña del terror, hueso sobre hueso, cráneo sobre cráneo, esqueleto sobre esqueleto. Entre uno y otro, en algunas partes, a pesar de la oscuridad, podía verse -  y olerse -
la sangre fresca.
Nos quedamos allí unos breves segundos. Luego, corrimos hacia nuestras casas. Allí estamos ahora, en silencio, sin abrir la boca, pensativos, tratando de entender lo que ha pasado. En la mente aún reverberan las gotas pesadas y oscuras, y en los cuerpos, sentimos aún la humedad de la muerte ahogando cada uno de nuestros sentimientos.
Tememos, ante todo, que las gotas vuelvan a golpear las ventanas.

12 de agosto de 2015

Entrevista a una sombra

Nos sentamos en sillones de respaldo alto, individuales, en una sala muy espaciosa que parecía transportarnos un siglo atrás. Iluminados apenas por la luz de las velas de un candelabro, celebramos el encuentro con un par de palabras de ocasión y dimos por entendido que era hora de comenzar con la excusa que nos reunía: la entrevista.
Debo destacar que a diferencia de otros diálogos que he tenido con diversas personalidades de variados ámbitos sociales y artísticos, me encontraba por primera vez con un entrevistado al que difícilmente podía catalogar en un extracto determinado. Consideré que por allí debía comenzar.

- ¿Cómo podría definirse?
- Como lo que soy: una sombra.
- ¿Una sombra de alguien particular...?
- Mire, las sombras somos inmortales. En la actualidad soy la sombra de un kiosquero. Vida sedentaria si las hay, siempre entre papeles, cuyas sombras inertes hacen poca compañía.
- ¿Y en este momento el kiosquero está sin sombra?
- No, salvo los vampiros, a quienes por una cuestión gremial le hemos quitado hace siglos el privilegio de acompañarlos, siempre una sombra acompaña a cada cosa. Existe lo que llamamos sombras suplementarias, que mientras esperan ser asignadas ocupan roles de reemplazo temporal.
- Menciona que son inmortales, eso significa que nadie tiene una sombra única, cuando uno muere esa sombra va a otra persona.
- Exacto. Su sombra, por ejemplo, la conozco de hace tiempo. Ahora toma su forma, pero la he visto en muchas otras personas y objetos a lo largo de nuestra existencia.
- ¿Conoce mi sombra?
- Si, hemos coincidido varias veces.
- Ustedes entonces han sido testigos de la humanidad...
- Existimos desde mucho antes, por supuesto.
- ¿Ha sido sombra de alguna reencarnación? Es decir, le ha tocado dos veces la misma persona.
- Esa cosa no existe. A lo sumo, me ha tocado en suerte ser la sombra de algún lazo dentro de una misma familia, a lo largo del tiempo.
- ¿Prefiere ser una sombra de un ser vivo o un objeto inanimado?
- No depende de uno, sino de la demanda laboral. Si me diera a elegir, me gusta ser la sombra de un tigre. Lo fui un par de veces y es emocionante. Sobre todo porque nada se compara con correr por la sabana africana en jornadas de sol pleno.
- Según las definiciones aceptadas en diccionarios e enciclopedias, una sombra es una región de oscuridad causada por la ausencia de luz, obstaculizada por el objeto que la sombra representa.
- Es solo una definición, somos más que eso. Nuestra existencia no es un secreto para nosotros, pero no podemos salir a contarlo así porque sí.
- ¿Las sombras vendrían a ser enemigas de la luz?
- Solo le puedo decir que nuestra oscuridad protege a la luz. De qué, seguro se preguntará. Bueno, eso no se lo voy a responder. Es más fácil explicar lo desconocido que entenderlo.
- ¿Qué quiere decir?
- Que la sola idea de concebir vida en las sombras, espantaría a cualquiera. Y creo que el pensamiento humano está muy lejos de comprender nuestra misión en el universo.
- Pero con esta entrevista eso quedará a la vista, el mundo...
- El mundo lo tomará como una mera ficción. Ni siquiera trajo consigo una cámara de fotografía para capturar este momento.
- Es que un buen dibujante hará luego la ilustración...
- Comprendo que tiene un bajo presupuesto, eso sí lo comprendo. Le di la entrevista porque no viene de la National Geographic ni de Gente. No deseo fama. Pero tenía ganas de hablar.
- ¿Cómo podemos contactar a nuestras sombras? - No es posible. Son dos realidades divergentes, unidas por una necesidad de equilibrio. Solo en la oscuridad total pareciera que existiera una ruptura, pero no es así, incluso allí, donde no pueden percibirnos, aún estamos.
- ¿Y cómo podemos hacer para convencer a una sombra que por un momento detenga su copia automática de nuestros movimientos y sea libre de hacer lo que quieran?
- ¿Cómo es que está tan seguro que es la sombra quien copia el movimiento?
- ¡Es lo que sucede! Mire, ahora mismo, muevo mi mano y mi sombra se mueve.

La sombra rió de buena gana y se puso de pie. Dijo algo como que se estaba haciendo tarde, me permitió un apretón de mano y se retiró sigilosamente hasta perderse en los rincones oscuros de aquel lugar donde me había citado.
Quedaron en mi libreta varias preguntas apuntadas y un montón de dudas bailoteando en la cabeza. El entender es a veces un don que no dominamos.
De ahora en más prestaré más atención a las sombras tratando de buscar en ellas las pistas que mi anónima entrevistada dejó en forma de respuestas. Y no habrá manera, estoy seguro, de no detenerme ante cada kiosco, aguardando que esa mancha oscura que se mueve a la par del kiosquero me haga un guiño al verme.
De vez en cuando, sentado en las penumbras, le hablo a la mía. Pero hasta ahora no tenido respuesta alguna. Y difícilmente la obtenga.

8 de agosto de 2015

Segunda oportunidad

La única vez en mi vida que observé algo parecido a una centella fue una fracción de segundo antes de la explosión. Fua algo emocionante y abrumador, pero la experiencia fue efímera. Luego llegó el sufrimiento.

El turno que se despierta con la primera claridad del día se encarga del riego. Los campos son arados por la noche, en la inclemencia propia de la oscuridad. Ellos, los que aran, se acuestan en el mismo momento que nosotros avanzamos con recipientes repletos de agua.
El trabajo es minucioso, coordinado. Ninguna parcela de tierra queda sin el líquido de la vida. Cuidamos mucho de ello. Nadie habla, el silencio es señal de respeto y también de vergüenza. En el aire vuelan unos pocos alados y desde los pocos rameríos distantes se escucha algún que otro sonido solitario.
Las nubes, en lo alto, pincelan al cielo con esos trazos claros y desprolijos que sin embargo irradian esperanza y sueños.
Cuando la faena ha terminado, regresamos lentamente hasta las cuevas. Otros saldrán en breve a rastrear malezas o alimañanas. Entre todos, buscamos sobrevivir.
Al atardecer, ya bajo ese techo precario, sumamos pieles a las que tenemos puestas. El clima comienza a enfriarse, de la misma manera que nuestros cuerpos. Un cuenco de sopa caliente nos calentará por dentro y tratará de apaciguar esa sensación extraña de estar vivo.
No siempre lo logra.

El descanso es importante. Debemos estar fuerte para el día a día. La rutina es agobiante, pero si el cuerpo está cansado, se hace el doble de difícil. Pero a todos nos cuesta cerrar los ojos. En la negrura del sueño suele aparecer el pasado en forma de imágenes devastadoras. El planeta nunca nos perteneció, pero recién ahora lo comprendemos. Nos cuesta poder adaptarnos pero no hay otro lugar donde ir.
Ya nadie habla de la venganza del planeta. Eso fue producto de la impotencia. Tan solo la naturaleza hizo su parte y nosotros estábamos donde no debíamos. Es decir, ocupando un rol que no merecíamos. La misma luz del cataclismo que nos borró del mapa es la que iluminó nuestras mentes, nuestra conciencia, nuestra capacidad de entender.
Algunos dicen que ocurrió tarde. No pienso del mismo modo. Aún estamos a tiempo. ¿Aún respiramos, no? Quizá este mundo nos esté dando una segunda oportunidad. O bien, solo se esté divirtiendo con nosotros, al menos por un rato más.
Finalmente el cansancio nos vence y caemos rendidos en el sopor sin luz de los párpados caídos. Hasta que llegan las imágenes...

Por la mañana el trajín reinicia su ciclo. Los tres soles emergen reyes del horizonte y nuestros rostros se vuelven radiantes con la luminosidad que gobierna el vasto terreno, mientras las cuatro extremidades abrazan el terreno pedregoso e inestable. Caminamos hacia los campos para darles de beber y aguardar esperanzados que la vida resurja del suelo derruido, que nuestro mundo nos perdone las impertinencias y podamos seguir viviendo como lo hacíamos antes.
El cielo sobre nuestras cabezas parece observarnos, casi con piedad. Nosotros tratamos de observar a través de su infinito paisaje, con la ilusión de no sentirnos tan solos en el universo. Aunque hoy nos conformamos con sobrevivir, en algún momento soñábamos con llegar más allá de las nubes.
Quizá si esta segunda oportunidad es tal, si podemos aprovecharla, el futuro sea un lugar mejor. Quizá. En tanto, dejamos fluir el agua a través de los surcos, aguardando el milagro.

4 de agosto de 2015

El ventanal del edificio de enfrente

La habitación era pequeña, pero confortable. El departamento en si resultaba espacioso, con varios baños y una sala de estar amplia, con sillones, mesa e incluso televisor. La cocina estaba aparte, lo que brindaba mayor comodidad. Había otras habitaciones con otros inquilinos, como sucede en los departamentos modificados para subdividir los ambientes y alquilar las piezas. Es un negocio rentable, redondo, sin fisuras. Más en ciudades grandes, donde la gente acude para estudiar o trabajar.
La ventana, la de la habitación - porque en la sala común no había como tampoco balcón - daba a la calle. Una cortada muy cerca de una avenida, que contrastaba con el ajetreo del tráfico automotor de otras arterias cercanas. De veredas angostas y calle aún empedrada, aunque disimulada por una fina cama de asfalto, la zona podía calificarse de tranquila. Casi un microclima dentro de la gran ciudad. Quizá por lo angostas de las veredas, los edificios parecían aproximarse de un lado y del otro de la calle, si bien era solo una sensación visual desde la ventana.
No era mía. Difícilmente habitaría en una ciudad donde la gente se aglutina en cada rincón y la rutina sea correr para todo, para llegar antes a la parada del colectivo, para poder entrar al subte, para ganar un minuto y cruzar la calle antes que el semáforo lo impida. Inconscientemente la vorágine nos devora y al poco tiempo de estar en sus fauces, nos hace creer que el tiempo marcha de manera distinta y que nuestras vidas dependiera de cómo nos movemos.
La habitación era de mi mujer, que cada tanto se afinca en ese vertiginoso mundo por cuestiones laborales y la mía era una visita de pocos días. No conocía ese lugar. Hacía rato que había optado por permanecer en mi ciudad, mucho más chica y silenciosa en lugar de acompañarla como otros años. Además, si bien los hijos ya están grandes, tampoco son adultos y necesitan de alguien cerca. Y las obligaciones escolares y sus amigos, impiden que se puedan movilizar tanto como cuando dependían en todo de sus padres.
Pero no fue el departamento ni esa zona de la ciudad lo que llamó mi atención. Fue la ventana. Pero no la nuestra, la que compartíamos con mi mujer cuando entrábamos a la pequeña habitación, sino la otra. La que vidrio de por medio y varios metros, en un cruce imaginario por encima de las veredas y la calle, nos miraba desde el edificio de enfrente.
Era un doble ventanal que mostraba un espacio vacío, salvo por detalles determinantes: un atril de pintor, dos enormes cuadros en la pared de cara a la ventana, manchas de colores en las paredes y tres flores troqueladas en papel y pegadas al vidrio.
Un poco más abajo, en la facha del edificio, se anunciaba la venta del piso. Las medidas eran colosales. Le pregunté a mi mujer que había sido ese lugar, si acaso un taller de pintura o estudio de un pintor. Me dijo que no sabía, que cuando llegó ya estaba el cartel de venta y que jamás había visto luz encendida y mucho menos, alguien en ese lugar.
Cada tanto, mientras me cambiaba o me preparaba para acostarme, a lo largo de esos días, me detenía a observar con curiosidad hacia aquel lugar vacío atrapado en un edificio de cuatro pisos y varias puertas en la fachada a la calle. Había algo que me cautivaba. Pero no sabía afirmar con precisión qué. Uno de los cuadros mostraban una figura que semejaba a un humano, pero con un cuerpo trazado con líneas simples y rectas y una cabeza redonda y expresiva, con la boca abierta de manera exagerada y los ojos inyectados de asombro.
La pintura a su lado era una explosión de rayas de colores, que nacían en un centro y se expandían en trescientos sesenta grados desde el punto en común. Pero una mitad del cuadro tenía fondo claro y el otro, una especie de rojo desteñido, como el de la sangre, pero seca y olvidada.
Las manchas en las paredes eran pequeñas, coloridas, hechas al azar pero con un patrón o lógica. La idea había sido, sin dudas, darle vida al apagado celeste de fondo. El atril, por su parte, estaba en el extremo derecho de la habitación. No sostenía ninguna hoja, pero estaba allí esperando algo. Su presencia era inquietante.
Las flores de papel cortadas, pintadas y pegadas en el vidrio era el detalle que delataba, a mi entender, un género. El femenino. Una tarde le dije con total seguridad a mi mujer que allí vivía una profesora de dibujo o artista plástica que daba clases y que algo le había pasado. Algo trágico y terrible. Algo que había detenido el tiempo en aquella gran habitación del edificio de enfrente. Ella rió con ganas. Me achacó que tenía mucha imaginación. Podía ser cierto, pero los detalles...
Debo reconocer que a favor de su teoría, en la que me enumeró todas las razones por las que era más fácil suponer que en realidad solo se le había terminado el alquiler a alguien o esta persona había dejado de dar clases, había varios puntos interesantes. Pero en cada ocasión que miraba a través de la ventana, esa sensación que a veces tenemos cuando está por avecinarse una tormenta me asaltaba con fuerza, erizando la piel de mis brazos.
Siempre en penumbras, el atril vacío, eran signos y voces que en silencio clamaban por algo. El cuadro de la figura gritando me conmovía cada vez más, de la misma manera que lo hacía la silenciosa explosión de colores del cuadro contiguo. Ningún movimiento, nadie visitando el sitio para comprarlo. Como si hubiese quedado en el olvido, como si el enorme cartel fuera una mera decoración que no le importaba a nadie.
- Allí murió alguien, por eso no se llevan las cosas - musité una noche, con la luz apagada. Mi mujer se revolvió en la cama y murmuró algo. No entendí qué. Quise cerrar los ojos, pero ya no pude. La idea creció en mi cabeza.
A la mañana siguiente preferí quedarme en el departamento. Alegué una descompostura. Ella salió a hacer unos trámites. Aproveché y bajé a la calle. Crucé hasta el otro lado y toqué timbre en una de las puertas. No respondió nadie al llamado. Podía ser que justo oprimiera el del piso vacío. Probé suerte con otra. Tampoco tuve éxito, Golpeé en todas. No hubo respuestas. Era probable que todos salieran a trabajar, que los niños estuvieran en sus respectivos colegios. Era probable. Cómo también que ellos supieran que yo sabía y que entonces escogieran dejar las cosas como estaban, en la oscuridad, optando por no abrirme la puerta.
Volví resignado al departamento. Cuando volvió mi mujer, le dije que estaba mejor. No era cierto. Aproveché los últimos días de mi visita para alejarme todo lo posible de aquella vista. Fuimos al cine, al teatro, compartimos un asado con amigos, recorrimos librerías y gastamos las suelas de nuestras zapatillas recorriendo zonas de compras.
La última mañana de mi visita le di un beso a mi mujer, agarré el bolso y de espaldas a la ventana, rodeándola con el brazo por la cintura, tomé una foto para recordar esos preciosos días juntos en el mismísimo infierno del caos citadino, junto al amor de mi vida, a quién pronto tendría nuevamente en casa.
Cuando llegué a casa descargué las fotos, sin poder quitarme ese ventanal doble de mi mente. Busqué la última fotografía y la imprimí en papel de buena calidad. La miré un buen rato, sin sorprenderme. La sonrisa amplia y hermosa de mi mujer domina la escena, y como siempre que la miro, me quita el aliento, me inspira paz, me da alegría. Detrás de ambos, a través de nuestra ventana, está el ventanal doble. A pesar de la distancia, la imagen es clara. La pared salpicada de colores, los dos cuadros imponentes, el atril vacío, las flores recortadas sobre el vidrio y la figura flácida y desgarbada de una mujer de cabello oscuro y largo, con ojeras profundas resaltadas por los rastros visibles de sangre que caen como pequeños hilos de su frente mirando triste y resignada hacia nuestra habitación, sabiéndose presa de la eternidad y del destino.
La foto descansa enmarcada sobre la repisa de la chimenea. Hace años que no viajo a la gran ciudad, pero estoy seguro que aquella escena permanece imperturbable, atrapada en el tiempo.