6 de julio de 2013
Pantalla encendida
Si la idea era que el pequeño se habituara a dormir en su propia cuna, debía afrontar ese gasto. De lo contrario su esposa no accedería a dejarlo solo. Con la cámara instalada, volvió a su habitación.
Un monitor de escasas dimensiones reposaba sobre una mesa de madera, que durante años no tuvo otro uso que el de sostener una maceta en la que crecían malvones. Juan conectó los cables que veían en la caja y luego de leer el manual por undécima vez, encendió el equipo.
La imagen tardó en aparecer, pero cuando lo hizo, mostró la cuna tal como la había dejado, a cinco metros de distancia, pared de por medio. Otra ventaja del sistema de monitoreo era que podía usar su teléfono celular para observar la cámara.
Para eso había configurado el software en su smartphone tal como indicaban las instrucciones. El equipo brindaba conexión a internet y de esa manera, él podía acceder desde donde estuviera. Aquello le parecía novedoso. Lo probó con resultado satisfactorio.
- ¿Tiene que estar siempre encendida? - preguntó su mujer acostada en la cama, con el bebé en brazos.
- ¿La cámara? Y claro, de lo contrario no veríamos nada.
Juan quedó conforme con la instalación. Era la primera vez que algo que armaba, funcionaba a la perfección.
- Y eso que era chino - dijo.
- ¿Qué cosa? - preguntó su mujer.
- El aparato, que otra cosa va a ser - respondió mientras guardaba las herramientas en la caja de metal - Ahora lo apago, después lo volvemos a encender.
La mujer ahogó un grito y asustada gritó:
- ¡Juan! ¡Qué fue eso!
Su marido pegó un salto y miró alrededor. Pensó que el monitor había hecho algún cortocircuito o algo por el estilo cuando lo apagó.
- ¿Qué cosa? ¿Viste algún chispazo?
- No, en la pantalla, cuando lo apagaste. Alcancé a ver algo que enfocaba la cámara.
- ¿Qué viste? No vi nada.
- No se lo que era, una sombra, como una mano o algo así.
Estaba asustada, se había incorporado en la cama y apoyado la espalda en el respaldar. Sostenía con fuerza al bebé, como si temiera que alguien quisiera quitárselo de las manos. Juan observó la pantalla apagada.
- Querida, cuando estos monitores se apagan, el negro de los bordes se va hacia el centro. Eso seguramente es lo que viste.
- No, te digo que era como una mano.
Juan encendió la cámara. Se veía la cuna, tal como la había visto por última vez.
- ¿Dónde la viste?
- Ahí mismo, justo antes que lo apagaras.
- Vamos a apagarlo de nuevo entonces.
Accionó el botón de apagado y la pantalla quedó negra. Se volvió hacia su mujer.
- ¿Ahora te pareció ver lo mismo?
- No Juan, ahora se apagó y punto. Te digo que vi algo. Encendelo de nuevo.
Su marido así lo hizo.
- Ana, no veo nada raro. Tiene que haber sido lo que te dije. Ahora voy a la pieza y me asomo por la cámara. Pegame el grito si notás algo raro. Puede ser que haya dejado algo suelto cuando la instalé o que tenga alguna mancha el lente.
- Se notaría si hubiese una mancha.
- Ya lo sé, pero por las dudas me fijo. Avisame si la imagen se distorsiona. Quizá sea eso, que esté suelto un cable.
- Tené cuidado, Juan.
- ¿Cuidado? Amor, voy a la habitación de al lado.
Ana volvió a gritar. Juan la estaba mirando en el preciso momento que ocurrió. Pudo ver la transformación en el rostro, los ojos agigantados por el miedo, la tensión en sus músculos y las facciones del rostro contraerse ante el miedo. Y el grito, por supuesto, que surcó el aire de la habitación.
- ¡Ana, que te pasa!
- ¡La pantalla! ¡Hay alguien en ese cuarto! ¡Vi la sombra de alguien moverse!
Juan estaba observando la pantalla, con cierto rechazo a la idea de su mujer. La imagen seguía mostrando la cuna vacía. La cuna donde dormiría su hijo.
- Voy a ver - anunció.
Ana estiró el brazo, para detenerlo, pero estaba muy lejos. Arrimó contra su cuerpo aún más al pequeño, que había despertado con el último grito y puesto a llorar. También en ella, brotaron lágrimas de sus ojos.
Escuchó los pasos de su marido en el cuarto vecino y de inmediato vio parte de su cuerpo, al lado de la cuna. Se movía lentamente, con sigilo. De repente vio una sombra y el cuerpo de su esposo tambaleó. Pudo escuchar un sonido seco proveniente del otro lado de la pared y ver, a través de la pantalla, caer a Juan contra la cuna. La baranda se quebró en mil partes y la manta se tinó de un color espeso. Algunas salpicaduras alcanzaron al lente de la cámara.
La sombra se tendió sobre el cuerpo de Juan, que había quedado fuera de cuadro.
Ana quedó petrificada en la cama. El bebé había dejado de llorar. Apenas si podía respirar e incluso, temía hacerlo, para evitar ser escuchada por quién estuviese en el cuarto de al lado.
- Te dije, no era nada.
La voz de Juan la sorprendió. Como si nada, entró por la puerta y caminó hasta el monitor.
- Ahora si, lo voy a apagar.
Ana aún seguía viendo en la pantalla las manchas de sangre. Pero aún más la aterrorizaba la imagen de su esposo, allí de pie, delante de ella, cuando segundos antes lo había visto caer a través del sistema de monitoreo. No le salía palabra alguna, estaba muda a causa del pánico.
El monitor se fundió a negro.
- Querida, te vendría bien dormir, dame al bebé que lo llevo a otra parte, así descansás tranquila.
Juan estiró los brazos hacia su hijo. Ana interpuso su cuerpo, alejándose hacia el otro lado de la cama.
- ¿Qué te pasa?
- Vos no sos Juan, alejate.
- Ana... ¿te volviste loca?
- Mirate la ropa, está llena de sangre. ¿Acaso no sentís el cuchillo que tenés clavado en la cabeza?
Juan se observó. Llevó una mano a la sangre, la palpó con sus dedos y luego los miró un buen rato, como si le costara comprender lo que significaba. Finalmente tanteó el cuchillo. Lo arrancó de un tirón.
Ana salió de la cama.
- ¿Dónde vas? - le preguntó Juan.
- Alejate, dejame en paz.
Buscó la puerta, de espaldas contra la pared, siempre sujetando al bebé.
- Ana... ¿qué pensás hacer?
- ¡Salir de acá! ¡Poner a salvo al bebé! - dijo llorando.
- ¿Qué bebé, Ana?
Al mirar entonces el manto que llevaba en brazos, se encontró allí con la sombra.
Bebé y cordura desaparecieron al mismo tiempo y el mundo que conocía se fundió a negro, como una pantalla.
3 de julio de 2013
Calles frías
Los demás pasajeros dormitaban. Pero él no podía. Se obligaba a cerrar los ojos, pero los párpados no resistían ser guardianes de la oscuridad. Se abrían al día que nacía, detrás de las construcciones.
Cada tanto el camino le mostraba algún signo esperanzador: Un vagabundo revisando la basura, un grupo de perros peleando entre sí, una bicicleta abandonada a la espera de su dueño...
Los vehículos que veía en las calles disminuían su velocidad al cruzarse con el omníbus, midiendo las distancias, poniendo un buen trecho entre uno y otro.
Llevó su mano a la cadera y palpó el arma. Fría, como la noche invernal. Apoyó la cabeza contra el vidrio. En algunas casas, en algunas ventanas, se podía notar el movimiento de las cortinas al ser desplazadas fugazmente para ver el paso del convoy.
Eran indicios, pequeñas muestras de que el mundo aún seguía vivo a pesar que ya no lo parecía. Sintió lástima por otros vagabundos que compartían sus penas bajo los primeros rayos del sol. Dudaba que llegaran a sobrevivir más de un mes. Al menos así, en contacto con el aire.
Aún faltaba para el puesto de vigilancia de su unidad. Al menos cuatro kilómetros más. La estética urbana seguía su ritmo inequívoco, repitiéndose cuadra a cuadra, como si fuese un mal sueño. Quizá era esa imagen nefasta la que lo mantenía despierto, temeroso de caer en las fauces del sueño.
Solo cuando el vehículo se detuvo, veinte minutos más tarde, buscó en su bolso la máscara y el traje para evitar la contaminación. El resto de sus compañeros había despertado y preparaban el descenso. Las calles seguían desiertas. Los pocos que se atrevían a salir, terminaban a la larga decorando apestosamente la ciudad.
Bajó y fue hasta el camión que había estacionado unos metros más atrás. Buscó su carretilla y emprendió hacia el norte, por la calle transversal. El área consignada era de un kilómetro a la redonda. Sabía que en ese espacio podía al menos cargar cien veces esa carretilla. Sería un día largo. Y espantoso. Como todos desde hacía un año. Desde aquello que no quería recordar.
Recogió cuatro cuerpos y aunque había lugar como para uno más, volvió hasta la base, para arrojarlos al incinerador móvil. Uno de los rostros abrió los ojos e intentó balbucear una frase errante. Odiaba que eso sucediese. Pero era inevitable. El sufrimiento no era la muerte, sino la lentitud con la que llegaba. Le hizo un favor. Sacó su arma y le disparó al corazón.
Luego siguió empujando la carretilla. El destino estaba dos calles por delante.
30 de junio de 2013
Las apariencias engañan
Solía pararse en la esquina de la plaza y mirar a la gente. Al principio los policías que recorrían la zona le pedían que se moviera, pero luego, se hizo tan habitual, que dejaron de ver en su persona una amenaza para los demás.
De vez en cuando, algún desprovisto de prejuicios se detenía a conversar con él. Aunque no eran demasiados. Era un hombre instruído, que estaba muy informado de lo que sucedía en todo el mundo.
La única vez que me detuve a hablar, tuve que reconocer que la impresión que tenía de esa persona, era totalmente errónea. No soy de hacer preconceptos, pero con ese hombre los había hecho.
Recuerdo que la charla se dio por casualidad. Al pasar por esa esquina, se me cayó el diario que llevaba bajo el brazo. Creo que fue por querer mirar la hora en el reloj. No me había percatado, pero escuché su voz.
- Señor, se le ha caído el periódico.
Al levantar la mirada, me topé con su fisonomía tantas veces vista. Luego observé hacia atrás y vi el diario desparramado en el piso.
Le agradecí y al cabo de unos minutos estábamos comentando los titulares del periódico. Me sorprendí sobremanera al notar los conocimientos de esta persona, la percepción de la realidad y principalmente, sus posturas sobre la política, la sociedad y las relaciones internacionales.
Le pregunté por qué la vida lo había llevado a esa situación de calle. Fue la única sonrisa que le vi.
- La vida no lleva a nadie a ninguna parte. Es uno el que para bien o mal tomas las decisiones. Quédese tranquilo con mi realidad. ¿Acaso me ve mal?
Y sinceramente, con esas vestimentas, esa forma de moverse, el hecho de estar allí parado como un mendigo, me daba toda la sensación de que era una persona que pasaba por una mala realidad. Se lo dije. Me palmeó el hombro y luego nos despedimos. Ni siquiera aceptó que lo invitara con un café.
Pasé muchas veces por esa esquina y en más de alguna ocasión cruzamos un saludo, pero nunca repetimos la charla. Luego, dejó de aparecer. Me imagino que todos sospechamos lo mismo: había pasado a mejor vida. O bien, quizá alguno con mayor esperanza o menos negativismo, que se había ido a otra ciudad.
Pero anoche, al sintonizar las noticias no debo haber sido el único que recibió lo que mostraban las imágenes con sorpresa. Es decir, con más de la normal.
El informe en vivo mostraba una majestuosa nave espacial descendiendo sobre el centro de Madrid, con miles de personas que se acercaban para apreciar el extraño acontecimiento. En los rostros se podía palpar la incertidumbre, el miedo y hasta la incredulidad. Los noticieros anunciaban que el descenso había sucedido sin previo aviso y que hasta el momento, no había existido contacto alguno con el interior de aquel gigantesco OVNI.
Minutos después se abrió una compuerta enorme y por allí salieron cuatro seres extraterrestres. Los reporteros y la gente hicieron un silencio. Aquellos seres eran como nosotros. Y el que tomó la palabra, para hablar en un claro español, ya no vestía ropas desgastadas y un par de ojotas, ni se movía lento y temeroso, pero era el mismo individuo que durante tanto tiempo había estado parado en la esquina de nuestra plaza.
Me quedé en silencio. Él no. Fue tan claro que me estremecí. En pocas palabras anunció que tras años de estudiarnos, habían decidido que era hora de marcharse, dejarnos solos.
- Ciertas cosas, no tienen remedio - concluyó.
La compuerta se cerró y la nave desapareció.
Con estremecimiento comprendí que ahora si, estábamos solos en el universo.
27 de junio de 2013
Las cañas
Aquel domingo en particular, mami no quiso salir de casa. Mi mujer tampoco. Con Enrique no insistimos. No era un domingo común. Era el aniversario.
Enrique me recordó al pararnos sobre la orilla, de cara a las islas, que antes allí sabía haber un camalotal bastante grande. Asentí, también lo tenía fresco entre los recuerdos.
Miramos hacia el auto, contemplando las cañas. La tarde estaba fresca, ambos vestíamos camperas gruesas y bufandas. No había gente pescando, porque el sol ya casi estaba cayendo. Enrique sonrió.
- ¿Hace cuánto tiempo que no las usamos? - preguntó, aunque sabía la respuesta de antemano.
Me encogí de hombros y me agaché. Allí había una piedra ovalada. La lancé al agua y logré que rebotara tres veces antes de hundirse hasta el fondo. Enrique ya no me miraba.
- Creo que desde el accidente de papá - respondí a los minutos.
Mi hermano señaló el río, hacia el sur. Venía llegando un barco carguero. Se había dado cuenta por el movimiento de las aguas marrones, que habían ganando fuerza en su desplazamiento.
Entonces fue mi turno para sonreír. Cuando éramos niños nos quedábamos maravillados con los buques que entraban al puerto. Decíamos que seríamos marineros, que viajaríamos por el mundo recorriendo ríos y mares. Decíamos tantas cosas.
- Aún me gustaría navegar el Paraná en un barco así.
- A quién no - le dije.
- Hace frío Diego. Volvamos.
No era una propuesta ni una orden. Era un hecho. Subimos al coche y antes de ponerlo en marcha, miramos el paisaje inmaculado de nuestras vidas. Creo que suspiramos al unísono.
- ¿Qué grande el viejo, no? Hacer que amemos tanto esto.
- Si - reflexioné - El viejo siempre va a estar acá para nosotros.
El motor se puso en marcha. Dejamos atrás las islas, el verde, el río, su olor, su sonido. Sobre el auto, eternas, descansaban las cañas de la memoria.
24 de junio de 2013
En tu propio patio
Miré actualizaciones durante diez minutos, riéndome con algunas ocurrencias y enojándome con ciertos comentarios intolerantes. Pero no fue nada de aquello lo que me impactó. De un momento a otro, en el muro de un joven que no conocía personalmente, pero que solía leer lo que colocaba en su perfil, comenzaron a aparecer sentidas frases repletas de angustia, dolor, pesar.
Leí una por una, completando el rompecabezas en mi mente. Algo le había ocurrido a cientos de kilómetros, en el lugar donde vivía. Y esa gente cercana, conocedora de los acontecimientos, iba agregando de a poco su despedida en el muro.
Si, porque todos los comentarios y publicaciones apuntaban a lo mismo: el joven había fallecido. Me quedé tenso frente a la computadora y con morbosa paciencia, dejé transcurrir los minutos mientras iba desglosando mensajes de dolor, algunos de los cuales arrojaban más luz a los hechos.
Para las cinco de la mañana, mi conocimiento estaba a la par de los que comentaban acongojados. De todos modos, me faltaba el contacto, la certeza de que esa persona era real. O que había sido real. Estaba asistiendo a un velorio virtual, de una persona de la que solo conocía su nombre y apellido y una foto de perfil. Pero era mucho más que un velatorio, era el repaso acelerado de su vida, viendo sus fotos, sus amistades, estableciendo lazos entre los firmantes y el infortunado. Aquello era una necrológica en tiempo real, pero al mismo tiempo, me parecía lejano, un hecho distante, que no podía afectarme.
Solo cuando el sol despuntaba por la ventana, indicando el inicio de un nuevo día, me aborrecí por la innecesaria curiosidad. Y lo peor de todo, es que comprendí que estaba asistiendo a un duelo verdadero, pero a puertas abiertas. Eso, no podía concebirlo. Era como asomarse a la ventana y encontrarse con que están enterrando a alguien, con cortejo incluído, en el patio de tu casa.
No estaba preparado para eso. La tecnología no solo me estaba acercando opiniones, comentarios, gente que publicaba cosas. Me estaba invitando a sus vidas, a sus miserias, a sus felicidades, a su muerte. Mi mundo virtual se había convertido en un gran conventillo, de pasillos amplios y departamentos de puertas y ventanas abiertas, donde todos y cada uno, podía observar al otro.
Me asusté. Aquello había dejado de gustarme. Odio que toquen timbre en mi casa para traerme malas noticias, odio el llamado del teléfono en horas de la madrugada que solo indica desgracia. No podía soportar ser espectador de aquello. Fue suficiente. Ni ahí, ni en ningún otro lugar. En ese preciso instante, borré mi cuenta.
Preferí el egoísmo de la soledad, al conventillero teatro del siglo XXI.
21 de junio de 2013
Tan solo una Y
- ¡Vieja! - exlcamó al rato - ¿Hoy a la tarde pudiste ver a Rial? No se ve ningún canal.
Desde la cocina, entre sonidos de platos y el agua corriendo, llegó la voz de su mujer.
- Nos cortaron el cable, viejo. Hace dos meses que no pagamos.
El hombre apagó el aparato y resignado, buscó la radio portátil, que de vez en cuando usaba los domingos para escuchar algún partido de fútbol. Ninguno en especial, era hincha de Independiente, así que le daba lo mismo cualquier equipo en los últimos años.
Estaba el informativo:
"Estudios realizados en los últimos meses permiten vislumbrar con claridad que la brecha entre las clases altas y de poder, es ínfima. A tal punto, que los investigadores de la prestigiosa universidad han remarcado que esa diferencia equivale a tan solo una letra del abecedario. Aunque parezca mentira, se trataría de la vigésimosexta letra del alfabeto español, la i griega o como desde hace poco tiempo se recomienda decirle, la ye.
El ejemplo analizado con énfasis es claro y no escapa a segundas lecturas.
Por un lado, dice el informe, se puede establecer una certeza sobre las clases que prevalecen, con la cuál es fácil resolver el paradigma. En la misma, se afirma lo siguiente:
La clase gobernante "quiere tener poder y dinero"
La clase política "quiere tener poder y dinero"
La clase empresarial "quiere tener poder y dinero"
Siendo la premisa "tener poder y dinero", extrapolada a la clase media y clase baja, la misma, según los investigadores, quedaría reducida por la desaparición del conector Y.
Ejemplo:
La clase trabajadora "quiere poder tener dinero", desprendiéndose como continuidad de la idea:
... para poder comer
... para acceder a servicios de salud
... para poder vestirse
... para llegar a fin de mes,
entre otras posibilidades existentes.
El estudio, ratificado por varias academias alrededor del mundo, es probable que se encamine sin lugar a dudas al premio Nobel, debido a...."
Don Honorio apagó la radio. Era demasiado.
- ¡Vieja! - volvió a llamar.
- ¡Qué querés ahora! - bramó Etelvina, que se había puesto a barrer el piso.
- Nada, que parece que los griegos hijos de mil puta nos cagaron la vida.
18 de junio de 2013
Nueve
Aunque todo intento de distracción quedó hecho a un lado al tomar nota mental de la coincidencia. Y si bien sabía que cualquiera le diría que era lógico que el número fuese el mismo en cada piso, había un detalle en el que esas otras personas no repararían: el edificio estaba situado en el número 9 de la calle 9 y tenía nueve pisos.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Miró su reloj. Faltaban segundos para la nueve de la mañana. Por suerte el número del día y del mes no coincidían. Ese conocimiento hubiese alcanzado para darle un síncope.
Llegó a la planta baja agitado, aunque no debido al descenso. Vio a uno de los conserjes del edificio y se acercó hasta donde estaba.
- Lupino - acertó el nombre, al menos se había dado vuelta al escuchar el nombre, simpre confundía a los dos empleados - Dígame una cosa. ¿Notó que cada escalera, en cada piso, tiene nueve escalones?
El hombre lo miró, dejando el escobillón contra la pared.
- La verdad que no, González.
- Si puede, cuéntelos. Más tarde, no ahora. Y me dice.
- ¿Le digo qué?
- Eso, que hay nueve escalones por escalera.
- No lo entiendo González. ¿Eso está mal? ¿Usted es arquitecto?
- ¿Arquitecto? No, lo que le digo, es que hay una enorme coincidencia.
- Eso espero, sino algunos pisos serían más altos o más bajos que otros.
- No, escúcheme Lupino. Mírelo con amplitud.
Lupino se quedó mirando a su interlocutor, achinando los ojos, haciendo un esfuerzo por seguir la idea.
- ¡Lupino, la dirección del edificio!
- Usted la sabe, número 9 de la calle 9.
- Claro que la sé, por eso mismo. ¿Se da cuenta? Nueve, nueve y más nueves. ¿Qué me dice?
- Que el culo le llueve.
González se quedó perplejo. Lupino, en tanto, lanzaba una estruendosa carcajada, para luego retomar la limpieza del piso con el escobillón. Silbando, se alejó por el pasillo, hasta la puerta de la conserjería.
No podía creer que tomara para la burla su descubrimiento. ¡Reírse de aquello! ¿Qué consecuencias tendría esa fatal cadena de nueves para su vida? ¿Para el destino mismo de la humanidad? Lupino podía tomarle el pelo, pero él sabía bien que había un significado oculto detrás de todo. Cómo estaba seguro también que había algo escondido en el contenido de los paquetes de garrapiñadas de almendra, luego de haber contado la misma cantidad de almendra en tres ocasiones diferentes, de vendedores de distintas plazas. O cómo también tenía la plena certeza que los taxistas cuyas patentes terminadas en 5 eran solteros. O la certidumbre que en los sonidos de estática de Radio El Mundo se disfrazaba un código secreto que solo podía ser captado por fuerzas alienígenas instaladas en el planeta.
- El culo te llueve... ¡que maleducado! Así está la humanidad. No vemos lo que tenemos en la punta de nuestras narices. ¡No nos quejemos cuando estemos al borde de la extinción! ¡Ni un quejido quiero escuchar, ni uno! - y tras dar un portazo, González salió a la calle, dejando atrás su último descubrimiento.
Este relato entre cómico, obsesivo y demencial, es una breve excusa para anunciar que hoy el blog cumple ¡9 años de vida! Les agradezco que estén del otro lado, leyendo los relatos que publico y muchos de ustedes, también comentando. Han pasado muchos lectores por este blog desde sus inicios, en el año 2004, y es mi deseo dar las gracias a todos, los de ahora, los de siempre y aquellos que se han perdido en el camino.
¡Y viva la literatura!
15 de junio de 2013
Tres actos
Un escenario repleto de personas que charlan entre si. En las sillas del teatro, solo una mujer.
Segundo acto
La mujer que está sola en las sillas, carraspea. Las personas sobre el escenario guardan silencio. La mujer saca una bolsa de pochoclos y comienza a comer.
Tercer acto
La mujer hace que se duerme, deja caer la bolsa de pochoclo y al caer la misma al suelo, se incorpora, como despertándose. Luego se pone de pie, abuchea hacia el escenario y se retira del teatro.
Cae el telón.
El público sobre el escenario aplaudió a rabiar. La mujer regresó para agradecer. La obra "La espectadora" fue un éxito, según sentenciaría luego la crítica especializada.
12 de junio de 2013
Resignación del fútbol
Lo consideró banal, facilista, sin riesgos ni complicaciones, sin el intrincado laberinto que le ofrecía la literatura, su verdadera pasión desde que tenía memoria. El amor por los libros era su interés. La culpable era su madre, encantada de acercarle autores y aventuras.
Lucho siempre renegó del fútbol.
Desde que era un gurrumín, época en la que lo querían llevar a patear a la plaza. Resultaban tardes eternas, que terminaban en berrinches queriendo volver a su hogar. El lamento de su padre, al ver ese desprecio por la pelota, era enorme, casi trágico.
Aquella plaza se convirtió poco a poco en su temor máximo. Ni siquiera al crecer la contempló para arrimarse con un libro en las tardes cálidas y aprovechar sus bancos de madera, su escenario de hamacas y toboganes. Porque allí también habitaban dos arcos y casi siempre había una pelota rodando, pateada por otros. Se recordaba junto a sus hermanos,mientras esperaban el momento para saltar al césped, ellos felices y él, en tanto, con la bronca al hombro, odiando al fútbol.
Lo quisieron mandar al club a practicar, pero fue solo un par de veces. Ni siquiera quería ir con la familia a alentar al equipo del pueblo. Y mucho menos, viajar hasta Rosario para ver a los colores de su padre.
¡Cómo le dolió a don Pedro ver que su hijo renegaba del fútbol! Pero Lucho se plantó en la suya y siempre dijo, desde muy temprano en su vida: “Odio al fútbol”.
Ni aún cuando creció y pasó a ser Luis y en el laburo, en el estudio, el fútbol era la conversación que rompía el hielo, la excusa para conocer al otro, que igualaba o distanciaba, que creaba puntos en común o diferencias. El prefería utilizar esas horas - que de otra forma malgastaría inútilmente detrás de una pelota o hablando de ello - para sentarse a leer y a escuchar el sonido de las páginas, el áspero contacto de las yemas de sus dedos en la sustancia hermosa que era un libro.
Páginas e historias que lo trasladaban a mundos fantásticos, lugares increíbles; conocía a los personajes, los veía, los imaginaba, se hacía amigo de ellos, disfrutaba como si ese simple acto de leer, fuese vivir la aventura que tenía en sus manos. Incluso en la lectura sentía más pasión que en una cancha de fútbol.
Hasta se daba el gusto de leer sobre fútbol, porque ahí si veía, en esas líneas, en las palabras detrás de otras, en las ideas plasmadas por un autor en algún cuarto a media luz, que el fútbol tenía razón de ser.
Pero había un secreto, algo que no confesó jamás. Algo muy oculto en su interior. Lucho sabía que había nacido, en realidad, para el fútbol. Lo sabía desde la primera vez que tuvo contacto con la pelota. Lo sabía porque cuando la vio venir, supo de inmediato como patearla. Era, quizá, lo que también había visto su padre, y por eso, era probable, sufrió tanto. Lucho durante muchos años, cuando nadie lo veía, pisaba un balón y hacía malabares y sabía que esa pelota calzaba justo en su pie, y que su pie y su cuerpo estaban hechos para el fútbol.
Y comprendió entonces - quizá muy pronto - que si le daba tiempo al fútbol, no tendría lugar en su vida para el amor que lo había conquistado. Entonces, caprichoso, voluntario, se obligó a odiar al fútbol. Se alejó de aquello para lo que había nacido y ya grande, se impuso no tocar una pelota, no mirar un partido, alejarse todo lo posible, por miedo a que el destino interpusiera sus garras entre él y sus libros.
Lo odió para no amarlo. Lo alejó, para no acunarlo.
Incluso a sus propios hijos les prohibió el fútbol y les inculcó el amor por los libros. Desde la cuna misma, les impidió la pelota, la cancha, el estadio, la mística del juego de las multitudes.
Ni siquiera permitió que se acercaran a ese deporte. Les completó el tiempo que les quedaba libre del colegio y la lectura. Los envió a estudiar música, dibujo e incluso, otros deportes, pero nunca fútbol.
Y Luis, que antes había sido Lucho, pasó a ser Don Luis. Porque el tiempo avanza y se empecina, y uno, frágil, poco puede hacer ante la vida. Pero el fútbol, que antes había sido fútbol, seguía siendo fútbol. Eso si, siempre al margen de él, que lo ignoraba, le daba la espalda, haciendo que uno y otro fuera siempre por caminos separados.
Hasta que llegó Enzo.
A los nueve meses daba sus primeros pasos. Sus ojos, dos gemas verdes, que veían todo por primera vez, con la alegría de quien descubre la luz, los colores, la alegría.
Su primer nieto. El hijo de su hijo. La debilidad de su corazón. La prolongación de su vida, de sus sueños. El culpable de esa sonrisa que lo acompañaba desde que se despertaba hasta que se acostaba.
Y esa tarde, con esa pelota de goma que algún tío le había regalado, fue que sucedió. La traía en sus manitos y la arrojó hacia él. Fue despacito, rodando, hasta llegar a sus pies. Quedó en su empeine, tentadora. Lucho la miró, la miró largamente y ya no tuvo más ganas, más ganas de odiarla. La devolvió con suavidad, mansamente para que Enzo la tomara otra vez entre sus manos regresándole la sonrisa entre balbuceos de alegría, empezando junto a él, su abuelo, a compartir esa pasión que los dos sentían por ese acto tan sublime y sincero de jugar con una pelota.
9 de junio de 2013
El cumpleaños de mamá
Juan atendió del otro lado de la línea, con bastante mal humor.
- ¿Quién habla? ¿Quién llama a estas horas de la noche?
- Soy yo Juancito, tu hermano. Perdoná la hora...
- Esteban, la puta que te parió. Me tengo que levantar temprano, boludo.
- Justamente, por eso te hablaba.
- ¿Porque me tengo que levantar temprano?
- No, por mamá. Es el cumpleaños. Mañana. Y a mi se me pasó.
- ¿Mañana? La gran puta, ni me acordé.
- ¿Hiciste planes?
- Tengo que laburar, pero salgo a las dos de la tarde. Después estoy libre.
- Bien, pero en realidad te llamaba para que veamos el regalo.
- Esteban, es tarde. Buscale algo que te guste y lo pagamos a medias, como siempre.
- Juan, Juan... escuchame. Este año es distinto. Es el primero sin papá. ¿Te diste cuenta de eso, verdad?
Esteban escuchó el suspiro de su hermano a través del teléfono. Era increíble como podía ver, sin necesidad de hacerlo con los ojos, a Juan sentándose en la cama, sabiendo que no le quedaba otra que ponerse de pie, poner el fuego y prepararse una taza de café.
- Si, ya se - dijo al cabo de unos segundos, mientras dejaba atrás la habitación.
- Estaba pensando en un viaje.
- ¿Dónde te querés ir?
- Para mi no, boludo. Para mamá.
- ¿Un viaje? Y... que se yo, la verdad que no me atrae para regalo. ¿Por qué un viaje?
- Los últimos años se los pasó encerrada, cuidando al viejo. Imaginate, pobre. Creo que un viaje le vendría bien.
- ¿Pero... sola, Esteban? Se va a negar.
- No, escuchame bien. Ahí está la cosa. Un viaje los tres, juntos.
- Pará, pará, pará. Vos sos dueños de una empresa, negro. Yo soy un pirincho rasca en una fábrica. Vos podés tomarte los días que quieras, yo no. Si vas a organizar algo, incluite vos, pero no contés conmigo
- Juan, en primer lugar, no querés venir a laburar conmigo. Así que no te pongás en víctima. Y en segundo, la idea es esa. De lo contrario, mamá no viaja, ponele la firma.
- Viejo, a mi se me complica.
- Mentira, no te gusta la idea de viajar con mamá.
- Nada que ver. Pero si así fuera, ya somos grandes. Cada uno tiene su vida.
- Ves, ese es el tema. Te da vergüenza salir con tu vieja de paseo.
- Estás diciendo una pelotudez. No me da vergüenza, lo que digo es que no tengo ganas de salir de viaje con ella. Yo tengo mis gustos. Si viajo, quiero ir donde yo quiera, hacer lo que yo quiera. No ir de niñera.
- Vos y tus negativa a las responsabilidades. Por eso seguís soltero. Piola, solo, sin que nadie te joda.
- Es mi vida. Y es más de medianoche, así que si podemos ir cortando...
- Juan, dejate de joder. Hablamos de mamá. ¿Hace cuánto que no la ves feliz? Decime.
- Nunca fue feliz, siempre quejándose por todo.
- Pero la puta madre, Juan. ¿No te importa que los años que le quedan por delante, los viva bien, contenta?
- ¿Y que querés que haga? ¿Que me ponga un disfraz de payaso y la vaya a divertir?
- No necesitás ponerte nada, tu forma de pensar hace reír por si sola. Decime una cosa... ¿en qué momento te convertiste en una persona tan egoísta?
- ¿Yo? Vos sos el que está todo el día en ese edificio, con apenas tiempo para ir a visitarla. Pero claro, se te ilumina la cabeza, a la medianoche, y ya te creés que sos el salvador de mamá, que con ese viaje le arreglás la vida.
- Juan, podés parar. ¿Te das cuenta lo que decís? ¿Cuánto tiempo nos dedicó ella, criándonos?
- Era su obligación. Si no hubiese querido esa responsabilidad, que no nos hubiese parido.
- Me dejás sin palabras. ¿Tanto te cuesta asumir responsabilidades que querés desligarte hasta de tu condición de hijo?
- Yo no me desligo de nada.
- Una semana te pido. Un viaje de una semana. Y después, seguí con tu vida. Pero dame ese gusto, dáselo a ella. Los tres juntos, en alguna parte, lejos de todo esto.
- Mirá, estoy ahorrando para un negocio que tengo entre manos. Un viaje sale caro, pensemos en algo más práctico. Una plancha, un microondas, un televisor nuevo. Y de paso nos ahorramos esta charla.
- Lo pago yo. De eso no te preocupés.
Se hizo un silencio en la línea. Juan sorbió un sorbo del café que se había preparado.
- ¿Y para que fecha? - preguntó finalmente.
- No se, después lo vemos. También vemos el lugar. Una semana Juan, siete días.
- La silla la empujás vos.
- ¿La silla...? No te puedo creer, que estés pensando en eso...
- ¿Si o no?
- No lo puedo creer, sinceramente...
- ¿Si o no?
- ¡Si! ¡Si! Por favor, Juan. Debe ser que no te veía desde el velorio, pero que distinto te noto.
- Siempre fui el mismo. Quizá te estás poniendo viejo y más sensible.
- Quizá, puede ser. Te dejo dormir. Hasta mañana.
- Hasta mañana.
Esteban quedó con el teléfono en la mano, escuchando la línea muerta que provenía del otro lado. Se arrepentía de aquella llamada, de haber escuchado a su hermano. Pero al mismo tiempo se reprochaba su falta de tiempo. Porque sospechaba que se había perdido demasiado de lo que pasaba a su alrededor, en torno a su familia, mientras lidiaba con problemas ajenos.
De todos modos no podía culpar a nadie por la forma de ser. En algo tenía razón Juan. Cada uno hacía su vida.
Era tarde y tenía sueño. Con suerte vería a su madre unas horas por la tarde. Siempre y cuando sus negocios se lo permitieran.
Se acostó al lado de su mujer, que hacía rato dormía. Su último pensamiento antes de sumirse al sueño, fue que sería lindo poder enmendar las cosas, el tiempo perdido. Pero la vida va tan rápido, que era un imposible.
Soñó con un viaje, su hermano, él y una silla de ruedas.
En la silla de ruedas llevaban un esqueleto.
6 de junio de 2013
Pedazo de cielo
Un pedazo de cielo caía agonizante, pesadamente. Se desprendía del firmamento como si hubiese estado dibujado. En todas partes se escucharon gritos. ¡Una pesadilla convertida en realidad! ¡El fin del mundo! Las voces angustiadas profetizaban el último día sobre la Tierra.
En tanto, por el hueco resultante de aquel trozo celeste que caía y caía, se asomó un rostro. Oscuro, de ojos desorbitados, extendió un brazo y con una mano terminada en garras, atrapó el cielo que caía.
Antes de colocarlo nuevamente en su lugar pidió disculpas en un idioma que entendieron todos.
3 de junio de 2013
De galera y bastón
- Estoy buscando a Yap Fu Yao - se anunció el hombre, quitándose la galera.
La anciana se retiró por donde había entrado, con la misma parsimonia con la que había llegado. Arrastraba los pies al caminar y sus pasos eran lo único que se escuchaba en aquel local comercial.
Por los ventanales que daban al exterior, apenas si entraba claridad. Estaba situado en una calle muy angosta, en los suburbios de la ciudad. La vereda del otro lado parecía estar a un paso y era improbable que pudieran pasar por el asfalto un coche y una moto al mismo tiempo.
La espera pareció una eternidad, pero al hombre apostado sobre el mostrador poco le importaba. No mostraba signos de impaciencia, tan solo aguardaba.
Cuando la mujer volvió a emerger entre los flecos de la cortina de plástico, el visitante parecía tener diez años más. Ella, en cambio, parecía más joven. A sus espaldas, venía una hombre de mediana edad, calvo en su totalidad, con aros en las orejas y un bigote largo y fino, cuyas puntas terminaban en un rulo gigante hacia arriba.
Al ver a la persona que lo había mandado a llamar, se detuvo en seco. Le pidió a la mujer que se fuera y con recelo, se acercó al mostrador.
- ¿Qué es lo que quiere, Collins?
Collins no respondió de inmediato. Puso la galera sobre la mesa y sacó de su bolsillo una pipa. La encendió con tranquilidad y tras la primera bocanada, dejó escapar el humo hacia el rostro de Yap Fu Yao.
- ¿Le han comido la lengua los ratones, Collins? Sabe muy bien que no quiero ver esa galera en mi tienda.
- Usted me engañó y lo sabe - retrucó el otro mientras le mostraba también el bastón.
Los ojos de Yap Fu Yao se agigantaron como dos monedas antiguas.
- ¿Cómo es posible? ¡Usted sabe el peligro de tener ambas cosas!
- No quiera engañarme otra vez. Ni el bastón ni la galera tienen poderes.
- ¡Qué está diciendo! ¿Acaso no se da cuenta que los está empleando en estos momentos? ¿O cómo me puede explicar que esté aquí, en esta tienda, luego de lo que le pasó?
Por primera vez, Collins perdió el semblante seguro que mostraba desde que había llegado al lugar.
- No entiendo ¿Qué me pasó?
- ¡Yo lo maté Collins!
- ¿Usted me mató...?
- Si y usted de alguna manera juntó los dos objetos en el más allá.
- No me engañe Collins, deje de hacerlo. La última vez que lo vi me vendió esta galera por cinco piezas de oro y me convenció que viajaría en el tiempo.
- Y le advertí que no intentara conseguir el bastón que hacía juego. ¿O no lo recuerda?
- Claro que me acuerdo. Lo he conseguido y ahora ya no puedo viajar en el tiempo, ni deshacerme de él. Lo olvido, lo pierdo, hago que me lo roben, pero siempre lo encuentro nuevamente. ¿Ese era el temible poder que podían tener juntos? Vengo a devolverle la galera y pedirle que me compre el bastón.
- No puede negarme que viaja en el tiempo. Lo hace a cada instante. Mire sus ropas, sin que usted se de cuenta están cambiando. Mire sus zapatos. Cambian cada cinco segundos. Usted está viajando en el tiempo continuamente.
Collins se asombró al notarlo.
- Espere... esto no sucedía antes. ¿Qué está haciendo Yap Fu Yao?
- ¡Hombre! Nada, usted lo está haciendo. El bastón lo ha resucitado y por eso no puede perderlo, por más que quiera. Si el bastón lo abandonara, usted moriría de inmediato. ¡Míreme bien! ¿Qué nota?
- Oh, es cierto. Por momentos tiene cabello, por momentos no. Su bigote crece, se achica, deja de tener rulo, luego lo vuelve a tener... y su piel, envejece y luego, es otra vez joven.
- El tema es que no recuerda Collins, ese es el problema.
- ¿Por qué hubiera usted de matarme? ¿Acaso ya le hice este reclamo antes?
- Usted vino a robarme el bastón Collins. Por eso lo maté.
- ¿Pero no me había dicho que el bastón lo encontré en el más allá?
- Es que allí lo llevé cuando morí. ¿No recuerda? Me ha matado muchas veces, y vuelto en el tiempo, hasta dar con el momento de mi vida en el que poseía el bastón. Una de esas veces, yo lo maté. Pero lo maté en un tiempo en el que yo también lo había matado. Supongo que allí me robó el bastón, en el más allá. Pero yo no soy como los demás, Collins. Ahora ha vuelto, porque las divinidades quieren que me cobre venganza y de paso ponga fin a su mísera vida.
- ¿Entonces, he de morir?
- Es lo que nos toca, tarde o temprano.
Collins tomó el bastón y la galera y trató de regresar en el tiempo, pero lo único que sucedió fue lo mismo que hasta entonces: solo cambiaba la fisonomía de Yap Fu Yao. Agotado, arrojó los elementos contra su interlocutor.
- Me rindo - anunció.
- Tome - le dijo Yap Fu Yao y le entregó diez piezas de oro.
- ¿Y esto por qué? - preguntó al tiempo que se guardaba ávidamente el oro en los bolsillos.
- Le compré el bastón, como usted quería. De otra manera, al matarlo, no ganaría nada. El bastón lo resucitaría. Ahora es mío.
- ¿Y usted por qué no resucitó la última vez que lo maté?
Yap Fu Yao sonrió.
- ¿Para qué? Vivimos varias vidas al mismo tiempo, solo que no lo sabemos. A diferencia de los demás, tengo conciencia de ello. Una, dos, cinco o siete muertes. Es lo mismo. El tema es estar vivo en la que nos importa. Hasta luego, Collins. No puedo decir que haberlo conocido, haya sido un placer.
El oriental sacó un revólver de su bolsillo y disparó sin titubear. Otra vez estaba calvo y sus bigotes con punta parecían bailotear burlonamente.
31 de mayo de 2013
Titiritero
Uno a uno, fueron salieron a escena los títeres de un viejo maletín de cuero. Y como por arte de magia, cobraron vida, con movimientos y voces, haciendo reír e incluso llorar.
Las tablas de madera se transformaron en castillo, en selva, en espacio exterior. Luego en montañas, ciudad antigua y hasta catedral. El aire se vio envuelto en música, risas y un alboroto de felicidad, casi un murmullo de palabras aprobatorias, comentarios silenciosos y gestos cómplices.
A lo largo de una hora, la vida de cada espectador se alegró. Y cuando el telón rojo cayó, todos de pie aplaudieron a rabiar, esperando el momento cúlmine, en el que titiritero y títeres dieron un paso al frente, para agradecer el cumplido.
El teatro quedó vacío. La oscuridad se hizo eco en cada rincón. Los títeres guardaron entonces al titiritero en un gran cajón y a la luz de unas pocas velas, emprendieron la tarea ardua y cotidiana de remendarse para la próxima función.
28 de mayo de 2013
Pier, el derrotado
Lo cierto es que jamás tuvo la oportunidad de culparla. Murió a los pocos días del parto. Jamás conoció a su padre. Fue críado por los abuelos, que lo mantenían la mayor parte del tiempo encerrado en un cuarto, que ni siquiera era la habitación donde dormía.
El lugar apestaba, dado que no tenía ventanas y la única bombilla de luz apenas si iluminaba el suelo. Creció en penumbras, porque sus abuelos pensaban que de esa manera, quizá pudiera aceptar más rápido lo que era.
Sus manos tenían seis dedos cada una. Había un tercer brazo, que llegaba solo hasta el codo, que crecía al lado del derecho. La nariz parecía partida al medio, como si en el momento de ver la luz algún médico piadoso hubiese querido ahorrarle sufrimientos, asestándole un hachazo sin piedad. Tenía cuatro orejas, si bien solo tenía desarrollado el oído en dos de ellas.
El cabello le crecía en mechones desperdigados y en la piel los lunares parecían multiplicarse como un salpullido. No obstante, Pier era muy inteligente. Demasiado, según pudo apreciar su tutora, luego de acostumbrarse a su presencia y perder los prejuicios.
Era capaz de resolver complejos problemas matemáticos a los ocho años de edad. Su memoria era increíble, no solo para los números. Podía recitar textos larguísimos e incluso, recordar la página exacta en la que estaba impreso cada párrafo.
El problema, el gran problema, era cuando salía a la calle. Muchos, espantados, huían despavoridos. Solo un par de veces la tutora trató de llevarlo al colegio. El temor que causaba fue excusa para que no lo dejaran entrar.
Se las arregló como pudo para educarlo por su cuenta. No contaba con la ayuda de los abuelos, que viendo que ella se ocupaba, se desentendieron del pequeño. Pero para Pier, la educación, era tan solo una parte de su vida. Había otras que le preocupaban y tenían que ver con el mundo que lo rodeaba. Había entendido desde siempre que sus malformaciones eran motivo suficiente para vivir apartado de la sociedad. Era un fenómeno, una rareza.
La imagen de su persona podía causar gritos, pánico, llanto descontrolado en los demás niños. Pero también los grandes lo repudiaban. En ocasiones deseaba estar enterrado, para que nadie lo viera. Sin embargo, estaba Ana. Su tutora, con la perseverancia, el deseo de ayudarlo.
A nadie sorprendió entonces, que el día que ella falleció, cuando él aún no había cumplido los quince años de edad, tomara la decisión que tomó. Pier, para entonces, era un conocido desconocido. Había escrito y publicado, alentado por Ana, decenas de tesis y tratados matemáticos, pero la comunidad científica solo sabía de su existencia a través de sus textos. No acudía a simposios, ni respondía invitaciones para disertaciones. Era un enigma, un ser misterioso.
La misma tarde de la muerte de Ana, sabiendo que la única persona que lo alentaba había desaparecido, se deshizo de sus miedos y salió a la calle. Enojado con la vida, con el destino, caminó por las veredas, disfrutando en secreto las reacciones ajenas, los alaridos sorprendidos de peatones asustados, incluso, el intento de agresión por parte de algunos.
Un patrullero de la policía se cruzó en su camino y dos uniformados, a punta de pistola, le pidieron que volviese de dónde había salido. Pier siguió adelante. Le gritaron la voz de alto una vez, dos veces, tres veces. Los niños gritaban, muchos se escondían, otros cruzaban al otro lado de la calle. Uno de los uniformados apretó el gatillo. La bala impactó en la espalda y Pier cayó. El monstruo sonreía, afirmarían testigos a los diarios de la ciudad.
Solo la comunidad científica lamentó su muerte, cuando meses después, supo que ya no habría nuevas tesis e hipótesis revolucionarias. Sus abuelos nunca reclamaron el cuerpo.
25 de mayo de 2013
Sin medias tintas
- ¿No serás puto, vos? - le preguntó una tarde Rolando a su amigo, mientras pedaleaban por la avenida en dirección al puerto.
- Andá a cagar - contestó Marcelo, pero al cabo de unos segundos agregó - ¿Y eso cómo se sabe?
La pregunta los hizo estallar en risas y luego olvidaron el tema: el río había aparecido en escena, majestuoso y al mismo tiempo intimidante.
En la graduación Rolando logró llevar a un rincón a Carolina y allí además de tocarle las tetas, le dio un beso que no se podía sacar de la cabeza. Más tarde buscó a su amigo para contarle. Lo encontró en la mesa, solo, bajándose una botella de champagne.
- ¿Qué te pasa boludo? Mirá como se divierten todos, si supieras recién con la colorada Carolina...
- Rolando, creo que tenés razón.
- ¿En qué? ¿De qué me hablás?
- Que soy puto. Es decir, debo ser puto. Las minas no me calientan, pero me pasa algo con Adolfo.
Rolando lo miró frunciendo el ceño. Lo observó atentamente para saber si se trataba de una broma o iba en serio. Luego se sentó a su lado.
- ¿Qué es lo que te pasa con Adolfo?
Marcelo se mordió los labios. Ahora, esa confesión, a su mejor amigo, le resultaba embarazosa.
- No importa, dejá. Mirá, te anda buscando la colorada...
- Ni que colorada ni ocho cuartos, que se vaya a hacer toquetear por otro. Contame, para algo somos amigos.
- Es que... supongo que me atrae. No sé. Eso que vos sentís por las minas, parece que las siento por los hombres. Bah, por Adolfo.
- ¿Y él lo sabe?
- ¡Cómo lo va a saber, Rolando! Me imagino que a él le gustarán las mujeres. El torcido soy yo, no él. Por eso me siento mal, no sé que hacer.
Rolando abrió los ojos. Su mirada se topó con el mismo pasillo de las últimas horas. Silencioso, impregnado con olor a desinfectante, de cerámicos mortecinos combinando con las paredes blancas y tristes. El reloj marcaba las seis de la tarde. Ya iban más de siete horas de operación. Volvió a ese último recuerdo con el que jugaba su mente y sonrió. Suspiró profundamente, dolido en el alma por no haber sabido que responderle, pero emocionado por haberlo rescatado del olvido.Habían pasado tantos años, que quizá fuera el único de los dos que lo recordaba.
No tenía la certeza si volvería a ver con vida a su amigo. En el quirófano se jugaban las últimas cartas. La enfermedad lo había dejado entre la espada y la pared.
- Abrazame fuerte, que quizá sea la última vez - le había dicho Marcelo, esa misma mañana.
El silencio no siempre es buena compañía. Al menos, en esos instantes. Se le antojaba difícil pensar que sucedía puerta adentro. Deseaba poder irrumpir y averiguar si sobreviviría o no. Miró alrededor. ¿Dónde estaban los demás amigos de aquellos años? ¿Por qué había sido el único que jamás se distanció de Marcelo? ¿Acaso su amigo había hecho algo malo?
- Vos querés que te abrace porque sos puto - le había respondido.
Marcelo había reído, en medio de un acceso de tos. Luego lo abrazó.
- No te vas a ningún lado, me entendés, a ningún lado - le dijo en un susurro al oído.
Pero sabía que no tenía el poder, que sus palabras eran un anhelo. De la misma manera que en aquellos años no pudo convencerlo de mirarle el culo a una mina, ahora era una misión casi imposible que siguiera luchando. Porque la vida así lo había querido, sin vueltas, sin indirectas. Sos puto y sos puto. Te estás muriendo y te estás muriendo. Sin medias tintas, con el crudo sonido de la verdad, con el inquebrantable lazo de la amistad, con la inevitable lágrima del adiós.
22 de mayo de 2013
El Hediondo
Cuando alguien faltaba en el barrio, no se hacían muchas preguntas. Si algún familiar lejano quería saber, se lo remitía a la policía. Pero las fuerzas de seguridad también ocultaban la verdad. Era mejor así. Dejar todo en la oscuridad, en la penumbra del desconocimiento.
Aquella noche, mi corazón se paralizó al escuchar los cinco golpes en mi puerta. Un frío recorrió todo el cuerpo. No sabía que seguiría a continuación. Nadie lo sabía. No escuché que la puerta se abriera ni que las ventanas hicieran sonar sus bisagras. Solo los cinco golpes, uno detrás de otro, con la claridad de los sonidos en verano.
Me aferré al sillón con fuerza. Si el Hediondo se aparecía, tendría que lidiar con mi esfuerzo para permanecer en la tierra de los vivos. Pero el Hediondo no apareció. Lo esperé por horas, sin moverme del lugar. Temía que al menor movimiento, el monstruo aparecería y me llevaría consigo. Solo cuando noté que afuera los primeros rayos de sol se arrojaban con mansa modestia sobre la faz de la humanidad, me levanté del sillón y corrí hacia la pieza.
Me desperté cerca del mediodía, en medio de un sueño atormentado por el miedo. Salí a la calle decidido a contar lo ocurrido, esperando que alguien me creyera, que no me tomara como un mentiroso: ¡el Hediondo había venido a buscarme pero no había podido llevarme!.
Caminé dos cuadras, en dirección al mercado. No me crucé con nadie en el trayecto. Me moría de ganas de contar mi historia. Aún podía escuchar el eco de aquellos cinco golpes. Abrí la puerta del mercado, pero me detuve allí mismo, bajo la entrada principal. Adentro no había nadie. Salí otra vez a la calle y fui notando, con cierto espanto, que no había alma alguna en las calles.
Comencé a golpear puerta por puerta, a gritar a viva voz los nombres conocidos, a espiar en vano por las ventanas. Nadie. Todos habían desaparecido en el barrio. Todos.
Esa misma tarde me mudé y ya nunca volví. Duermo sentado en el sillón, el mismo de aquella noche. Y lo aferro con fuerza, con mucha fuerza. Tarde o temprano, escucharé los golpes por última vez.
19 de mayo de 2013
Varada como una ballena
Pero esta vez no había sido una mala decisión suya. O al menos, eso creía en ese momento. Estaba allí sin poder volver a su vida, pero por culpa de una huelga de colectivos. Igual que ella, había cientos de personas. Esta vez no era un ajuste de cuentas del destino. No se trataba del mundo contra ella.
De todos modos, que el malestar fuera para muchos, no la consolaba. Bien podría haber gastado los últimos pesos en un pasaje en tren o en avión. Había mil maneras de viajar. Quizá no tantas, pero con seguridad el universo no terminaba en un colectivo.
Pero ya era tarde. Había gastado el dinero y no le devolvían ni siquiera una mueca de burla, diciéndole "estúpida, otra vez te pasó". El sector de plataformas estaba repleto. La gente aún confiaba en un milagro, y que de repente, los coches comenzaran a llegar. Ella no, sabía que los finales felices raramente se hacían realidad.
Hurgó en su mochila hasta dar con una manzana. Apenas si pudo darle dos mordidas. La sintió insulsa y la despreció de inmediato. La dejó caer al suelo. La vio rodar entre valijas y bolsos, hasta desaparecer entre un grupo de piernas.
Intentó poner la mente en blanco, pensar en algo que la distrajera, pero le resultaba una misión trágica. Cada vez que cerraba los ojos para encontrar el punto exacto de paz interior, las imágenes la asaltaban tomándola por sorpresa.
Lo que más la espantaba era la sangre. El recuerdo nítido. El olor amargo en la habitación y ese sonido repulsivo, hartante, de las moscas.
Moscas. Como las que revoloteaban a su alrededor, mientras, resignada, se abrazaba a la mochila sabiendo que todo estaba perdido. Quitó las piernas de encima del bolso y lo atrajo más hacia su cuerpo. Miró la hora en el reloj y calculó rápidamente que ya habría llegado a su casa si el paro de ómnibus no la hubiera tomado por sorpresa.
Volvió a espantar las moscas. Cada vez eran más. En dos o tres horas, quizá menos, aquello se volvería insostenible. Ya no solo por las moscas, sino también por el olor. Sacó el perfume de la mochila y distraídamente, lo roció sobre el bolso. Pronto, tampoco tendría efecto.
Hasta la venganza le sabía amarga, inútil. En breve, sería también su condena. Volvió a pensar en una ballena. Esta vez, alejada de la playa. Se alejaba cada vez más mar adentro, hasta desaparecer en el horizonte. Era una ballena con suerte. La de su imaginación. Ella, en cambio, seguía allí. Con el espanto en forma de grilletes, creciendo poco a poco, en su mente, en las moscas, en el maldito y nauseabundo olor.
16 de mayo de 2013
Juegos de guerra
Se quitó el sudor de la frente y volvió al campamento. Nadie le prestó atención a su llegada.
- La trampa está puesta - advirtió.
Fue suficiente para que el resto comprendiera. Alguien dio aviso al operador de radio, que de inmediato llamó al campamento vecino. La excusa elegida con antelación era una reunión para definir los días de caza en la zona del lago
A la hora pautada la caravana vecina quedó atrapada en una fosa de cinco metros de profundidad. Las hojas de palmeras, al desprenderse de la estaca que las contenía, cubrieron el sitio evitando cualquier intento de fuga.
Recién cuando cayó la noche, fueron a buscarlos. Sabían que estarían furiosos, pero también agotados por los nervios y los intentos de salir de la trampa. No fue difícil reducirlos y llevarlos prisioneros al campamento.
- Ahora son nuestros prisioneros. Mañana tomaremos el campamento y avanzaremos hacia las colinas - fue la única vez que les hablaron.
Una vez tomado el lugar, parte del grupo se trasladó hasta allí, reforzando las defensas.
- Solo nos faltan tres campamentos más para llegar a la meta - comentó alguien, sentado frente a una computadora portátil.
- La estrategia de parecer buenos vecinos ya no volverá a funcionar.
- El próximo ataque será sin tantas vueltas.
- ¿Cuánto es nuestro turno?
- Falta. Ahora deben estar moviendo los azules. Después los verdes, los rojos, los amarillos y recién otra vez nosotros.
El silencio avanzó sobre la charla. Uno de ellos se fue a dormir.
- Si toca defendernos, avisen - dijo antes de desaparecer en el interior de una carpa.
Una leve bruma pretendía, sin suerte, envolver al campamento. Los pocos despiertos, se mantenían atentos. Otros, soñaban con un triunfo entre ronquido y ronquido.
La noche traería otro día y el día, una nueva chance de ganar. Sin dados, sin cartas, sin fichas. En un mano a mano, y sobre un tablero donde la sangre era todo lo real que podía ser.
13 de mayo de 2013
Decisión en plena noche
Debatió entre dudas, en la soledad del patio. La brisa le traía recuerdos, la mayoría de una vida que le parecía lejana. Miró hacia la puerta y suspiró. La sangre en la pared era condenatoria: aquello había ocurrido.
Muy en lo profundo de la noche, escuchó el ladrido de los perros. Vaya saber dónde, vaya a saber a quién. Buscó la pala. Esa era la opción dos. No llovía desde el mes pasado, la tierra estaría dura y más en su patio, siempre repleto de tosca. La arrojó con bronca.
No tenía otro remedio. La opción uno era más práctica. Entró a la casa y esquivó como pudo el cuerpo. Buscó en la cocina el cuchillo de trozar carne. El eléctrico haría mucho ruido. De día pasaría desapercibido, pero a la una de la madrugada era imposible.
Se acercó con el cuchillo en la mano y contuvo una arcada. Se había olvidado las bolsas de residuos. Volvió a la cocina y las buscó. Regresó con el estómago queriendo escapar del cuerpo.
Su mujer le gritó desde el piso superior:
- ¿Todavía no terminaste con lo del Cachilo?
La odió de manera fulminante. "Lo del Cachilo". Lo hacía parecer tan sencillo. Maldita la idea de dejarlo afuera, maldita la insistencia de ella para que pasara la bordeadora a las diez de la noche, casi sin luz. La cabeza del pobre San Bernardo descansaba aún cerca de la puerta, mientras el resto del cuerpo permanecía tieso sobre el ingreso a la casa.
Aún no entendía como, estando decapitado, había avanzado tanto. Creyó que nunca caería. Ni siquiera el sonido al golpear el suelo, similar al de una bolsa de papas al caer desde una altura considerable, podía proporcionarle una pizca de realidad a lo que había ocurrido.
Su esposa volvió a preguntar a los gritos. Apretó con bronca el cuchillo. Cerró los ojos. ¿Cuánto valor se necesitaba para subir y hacerla callar? Los volvió a abrir. Demasiada tragedia para una sola noche. Conteniendo el vómito inminente, se puso a limpiar lo acontecido.
10 de mayo de 2013
Violencia de género
El hecho de no trabajar, de no compartir un espacio con otras personas, le permitía mantener la compostura. Se había acostumbrado a hacer las compras moviéndose furtivamente, evitando todo contacto visual con extraños. Eran pocas las veces que salía para eso, pero en esas ocasiones, era cuidadosa.
Los hematomas llevaban mucho tiempo allí, aunque no eran siempre los mismos, se iban renovando. A veces se dejaba el cabello suelto, para que las ondulaciones proporcionaran también reparo. Cuando volvía a casa, estaba más tranquila. Aunque de vez en cuando, la situación le costaba. Había una lucha interna en su mente, un miedo irracional que aún no podía combatir. Un miedo que solía lindar con la locura.
Dejó los bolsos en el pasillo. Su marido estaba en la cocina. Lo había dejado pelando papas y limpiando los pisos.
- Volví - le dijo, con voz fría, carente de matices.
Él no contestó. Hacía tiempo que no contestaba. Siguió en sus tareas, sin dedicarle un segundo de atención. Ella sonrió, borrando de momento cualquier remordimiento.
- Te traje cuatro litros de pintura, quiero que esta tarde, cuando vuelvas del laburo, me pintes la sala de costura. Y nada de peros, que ya lo sabés muy bien, me reviento con más fuerza el ojo y te condeno delante de todo el pueblo, diciendo que que me cagás a palo.
Triunfante, se recostó a leer un libro, mientras su marido continuaba con sus quehaceres.
7 de mayo de 2013
El reloj del abuelo
Era un relato breve, pero con la suficiente fuerza como para marcarlo de por vida. Por eso, cuando terminó la carrera y se recibió de ingeniero, antes de cualquier intento de conseguir trabajo o aceptar alguna de las becas que le habían ofrecido, decidió hacer ese viaje que venía postergando desde niño.
Se puso la mochila en la espalda, el casco en la cabeza, se montó en la moto y recorrió caminos desolados, cubriéndose de tierra bajo el rayo del sol, fuerte, calcinante.
Atardecía cuando vio las formas del pueblo. Apenas si lo recordaba. De pronto eran recuerdos borrosos, asaltados por el paso de los años, desvalijado de colores y aromas, de nitidez y certeza. Pero allí estaba la calle principal, las casas bajas, los pocos comercios, los vecinos del pueblo en sus quehaceres diarios.
Aminoró la marcha y comprendió que las miradas se posaban en él, en el forastero que llegaba con su moto. Lo observaban con recelo, como a todo visitante. No recordaba ningún rostro, habían pasado muchos años de la última vez.
Con esfuerzo, recordó que debía doblar en la última calle. De repente, al hacerlo, la casa de su abuelo apareció recortada en el paisaje. ¿Quién viviría ahora allí? ¿Le permitirían entrar?
Detuvo la moto y caminó hacia la puerta. Golpeó las manos, como cuando era pequeño. Allí no había timbres, eran las palmas o los gritos. Una mujer robusta se asomó a la puerta. Lo miró con desconfianza.
El se presentó y no demoró en hacerle saber la razón de su visita. La mujer en primera instancia dudó, pero luego permitió su paso.
Fue directo hacia el patio, aunque antes aceptó un vaso de agua, tanto por cortesía como por sed. El viaje lo había extenuado. Los árboles no eran los mismos, el verde ya no brillaba como en su memoria y hasta el cantar de los pájaros parecía diferente. El mundo pierde su brillo a medida que se lo vive, se lo camina. Es como un zapato nuevo, que se desgasta. Pero en definitiva, era aquel patio, era el lugar aquella historia.
Se dirigió hasta la higuera casi centenaria, se apoyó en el tronco y buscó el norte. Su abuelo le había enseñado como. Caminó diez pasos y giró cuarenta y cinco grados. Contó otros veinte pasos y frenó su marcha.
Sacó de su mochila una palita de jardinería y se puso a cavar. Estaría allí, a menos de medio metro. A los pocos minutos, sintió como la herramienta golpeaba algo metálico. Demoró un poco más es desenterrar el objeto con el que se había topado. Una caja metálica, que en algún momento tuvo pintada una escena escolar.
La abrió. Dentro estaba el reloj. El mismo de la historia. Aquella que su madre le contaba desde pequeño, pero que su abuelo jamás le quiso confirmar. El reloj de oro puro, con el que su abuelo se había pagado el viaje desde España, tras vendérselo al capitán de un barco. Ese objeto de valor cuantioso que luego recuperó matando a traición a su comprador, en el mismísimo puerto de Buenos Aires.
Lo apretó fuerte y comprendió la mirada siempre ausente, melancólica, arrepentida, de aquel viejo. Y esos ojos vacíos, dolidos por la vida. Y también el odio visceral de su madre, que le repetía una y mil veces la historia, para que odiara tanto como ella a su abuelo.
Pero en cambio, siempre sintió pena y al mismo tiempo, incredulidad. Su abuelo no podía haber hecho algo así, no podía. Y sin embargo, jamás respondió a su inquietud de saber. Solo aquel extraño mandato: "Cuando muera, de la higuera diez pasos, cuarenta y cinco grados norte, veinte pasos otra vez. He ahí mi respuesta".
Aquella historia, aquel reloj, aquel pasado.
El tiempo todo lo desgasta, incluso lo que nos avergüenza y condena.
4 de mayo de 2013
Carletti, el obsesivo
Pero eso no era todo. Debía haber la misma cantidad de vocales A y E, en tanto que permitía menos de las restantes siempre y cuando el orden fuese el siguiente: más O que I, más I que U.
El total de palabras debía coincidir página a página o bien, tener una diferencia entre si expresada en una cantidad "redonda", es decir, diez, veinte, treinta.
Los títulos debían valerse de doce letras, el total de páginas debía ser múltiplo de cuatro y los capítulos debían ser en total seis. En el contrato con su editorial exigía que las tiradas fueran de diez mil ejemplares. En las presentaciones hablaba exactamente veinte minutos y solo firmaba ochenta libros por vez.
Odiaba los reportes de venta, porque pocas veces los resultados coincidian con su obsesión. No le importaba si vendía más o vendía menos. Lo que realmente valía, era la cifra.
Cierta vez un reportero insistió con una séptima pregunta. Carletti se puso loco, hasta quiso tomarse a golpes de puño al grito de ¡nunca impar, nunca impar".
Al fallecer repentinamente en el día de ayer, su abogado dio a conocer su última voluntad. Dos ataúdes. En uno, la mitad de su cuerpo y en el otro, el resto.
El caos se desató no con ese pedido extraño y hasta de mal gusto, sino luego, cuando alguien preguntó en voz alta por su mujer, con el fin de darle el pésame. En ese instante, dos mujeres se adelantaron al mismo tiempo, para acercarse a la persona que había preguntado.
Las mujeres se miraron y comprendieron de inmediato. ¡Carletti se había casado dos veces! Los presentes en el velatorio no lo podían creer.
- ¿Quién sos vos? - preguntó una a la otra.
- ¡Analía, la esposa de Carletti!
- ¡Yo soy Analía!
La incredulidad había tomado por sorpresa la sala velatoria. Se escucharon algunas voces que decían algo así como "el hijo de puta se las buscó con el mismo nombre" y otras barbaridades, que no parecían acertadas para el acontecimiento. Las mujeres se trenzaron de los pelos. Las demás personas empezaron a mirarse con desconfianza. El abogado buscó con ojo clínico la presencia de algún colega, con el que Carletti lo estuviera engañando.
El desorden se hizo general y lo que debía ser un momento de reflexión, terminó siendo una escena de violencia injustificada. El corolario fue la llegada de patrulleros policiales y más de una veintena de detenidos.
El único beneficiado fue Carletti, que debido al caos, su apoderado determinó que el velatorio no había sido el ideal y por lo tanto, programaron otro más para mañana, con el fin de hacer justicia al recuerdo de sus letras. Obsesivo, hasta en la muerte.
1 de mayo de 2013
Oscuridad en la canchita
Los miércoles era tarde de picado a la vuelta de la estación de servicios. Allí había un baldío con un par de arcos y para dos equipos de siete jugadores era el lugar ideal. La misma gente de la estación lo mantenía en condiciones, cobrando una mínima colaboración. Ellos mismos jugaban sus partidos allí.
El grupo de los miércoles llegaba a veces a veinte personas. La mayoría ex compañeros de secundaria. El resto, amigos de algunos, que se fueron sumando. Aquella tarde éramos trece.
Habíamos armado un equipo de seis y otro de siete (diferencia que en la cancha no se vería, porque se había equilibrado la calidad de los integrantes). Cuando estábamos por arrancar, lo vimos entrar a Manuel. Por un lado, contentos, porque era uno más. Por el otro, fastidio, porque había que armar los equipos de nuevo.
Pero Manuel se sentó a un lado y dijo que largáramos, que no jugaría.
- ¿Qué te pasa? - le grité.
- La pierna, me duele. Jueguen - insistió.
Jugamos. Aunque de vez en cuando miraba para el costado. Allí estaba Manuel, observando sin observar. No tenía cara de "me duele una pierna". Se lo veía distraído, hasta algo pálido. Un par de veces la pelota fue hasta donde estaba y al golpearlo, lo sacaba del ensimismamiento en el que se encontraba. Pero irremediablemente, volvía a su postura.
Cuando terminamos, nos reunimos a un costado, para hacerles lugar a los chicos que jugaban después de nosotros, a los que ya conocíamos de vista de tanto coincidir en la cancha. Compramos unos porrones de cerveza en la estación y nos tiramos bajo unos árboles a tomarlas. Manuel se acercó, pero declinó la botella cuando alguien se la pasó.
Comentamos el partido, nos gastamos algunas bromas y luego cada uno empezó a alistar su bolso para volver a casa. Todos menos Manuel, que no había ido a jugar. Me di cuenta que se quedaba cerca mío y supuse que me iba a pedir que lo llevara.
- ¿Te llevo? - le pregunté mientras metía las medias y los botines dentro del bolsito deportivo.
- ¿A casa? No, hoy ni en pedo.
- Dale, contame. ¿Qué te pasa? No me creo el cuento de la pierna.
- Me echaron Adolfo, me echaron de la oficina.
- ¿Cómo que te echaron, negro?
- Así como lo escuchás. Reducción de personal, persona prescindible, agarre sus cosas y váyase. ¿Vos podés creer? Cinco años Adolfo, cinco putos años ahí adentro, quedándome después de hora para cumplir, yendo a trabajar con fiebre. Y me pagan así...
- Me imagino que todavía tu mujer no sabe nada.
- ¿Con qué cara le digo? Hace cinco meses nos metimos con el crédito hipotecario. Apenas si saca para sus gastos, con esas horas de mierda que hace en el jardín.
- Manuel, pensá que por un tiempo vas a tener la indemnización...
- Una mierda Adolfo, me pagan dos mangos. Ya me hicieron firmar los papeles.
- ¿Ya firmaste?
- Me dijeron que si dejaba pasar el tiempo, me iban a dar menos. Que si llevaba un abogado, iban a demorar el pago. Que si les ponía un juicio, no iba a cobrar ni el día del choto. Firmé, qué otra cosa podía hacer. Ni gremio tenemos.
Nos quedamos en silencio, compartiendo los sonidos de la cancha. Nos llegaban distantes, como si pertenecieran a otra realidad. Sentía bronca e impotencia. Lo veía a Manuel, pensaba en su mujer y al mismo tiempo, me imaginaba en una situación similar y se me revolvía el estómago.
- Te puedo sugerir en la fábrica, no es lo tuyo, pero hasta que encuentres algo...
- Lo que sea Adolfo, lo que sea. ¿Sabés algo? Te lo íbamos a decir el sábado, que es tu cumpleaños. Mariel está embarazada. Vamos a ser padres. ¿Podés creerlo? Vamos a tener un bebé. Justo ahora, vamos a tener un bebé.
Manuel comenzó a reír.
- Es irónico Adolfo. Comenzamos a soñar con nuestra casa propia, con nuestro primer hijo y me quedo sin laburo.
- Es injusto, más que irónico.
- No quiero importunarte más. Quería que te enteraras por mí.
- Te llevo a tu casa, dale.
- No, dejá. Me voy caminando. Así tengo más tiempo para pensar. No sé aún como voy a enfrentar a Mariel.
- Si querés, te acompaño y...
- Andá tranquilo a tu casa. Mañana te cuento como me fue.
- Mañana mismo hablo de vos en el trabajo.
- Te agradezco Adolfo. Andá ahora, andá con tu gente.
Y me fui. Subí al coche, lo puse en marcha y tomé la calle. Manuel aún estaba de pie, a lado de un árbol. Miraba hacia la cancha, como buscando en ese picado de extraños conocidos las palabras justas para decirle a su mujer. Un solo pensamiento me asaltó en el viaje: "Menos mal que no me pasó a mí". Me aborrecí el resto del camino, pero en el fondo lo creí acertado. De todas maneras, al contarle a mi esposa, mientras comíamos, tuve ganas de llorar, aunque no lo hice.
Sabía que no era el fin del mundo, pero si, un sismo bajo los pies de Manuel y su familia. Una brecha enorme, que lo distanciaba de la tranquilidad habitual, de los días rutinarios, del dinero a principio de mes para pagar las cuentas, del sentarse y reír, del cerrar los ojos y proyectar.
Cuando me acosté, supe que no podría dormir. Mi pensamiento egoísta se instalaba sin pedir permiso y por más que lo rechazara, allí estaba, espiando desde alguna parte. A medianoche sonó el teléfono. Intuí la voz que escucharía. Le dije a Mariel antes de cortar que no se preocupara, que saldría a buscarlo.
Fui con el auto directamente a la canchita de fútbol. Las luminarias estaban apagadas, pero ni bien bajé del coche, sentí el ruido de la pelota golpeando un poste. Caminé en la penumbra, mientras mis ojos se acostumbraban. Para cuando lo tuve a pocos metros, distinguía su figura nítidamente.
- Llamó a casa Manuel, está preocupada.
- No sé cómo Adolfo, no tengo la más puta idea... - y allí se quebró. Ni siquiera pudo patear la pelota; intentó hacerlo, pero se tambaleó y se abrazó a mi cuerpo para no caer. Quedó aferrado, como una parte de mí, llorando sobre mi hombro. Lo dejé que se desahogara, en silencio. Tampoco encontraría las palabras si me tocara estar en su lugar.
Cuando se calmó, solo atiné a decir unas pocas palabras.
- Ella más que nadie, va a estar a tu lado. Y juntos, van a salir adelante.
Me miró, sin poder discernir si aquello era cierto o no. Dejó escapar el aire contenido y respiró profundamente.
- ¿Me llevás? - preguntó finalmente.
Le palmeé la espalda y le dije "vamos". Miré de reojo la cancha vacía.
- Manuel... ¿unos penales a oscuras, como cuando éramos chicos?
Esta vez me observó con otros ojos, iluminados. Sonrió genuinamente y abrió los brazos.
- Y dale...
De inmediato se pasó la mano por la cara y se adelantó al trote.
- Al arco primero - me ventajeó.
No dije nada, no valía la pena. No iba a reclamar por un "pan y queso" esa noche. Lo dejé ser y juntos fuimos, aunque sea por diez minutos, libres otras vez de este maldito mundo.
28 de abril de 2013
El precio a pagar
Aquel libro, llamó la atención. ¿Cuál es el precio? me pregunté en silencio, acercándome para ver con mayor detenimiento la portada. No era nada de otro mundo. Un tono amarillo estrindente, el título en letra Arial tamaño descomunal y abajo de todo, el nombre del autor, que me era totalmente desconocido. No había ningún dibujo o fotografía.
Miré de soslayo hacia la caja y también por el pasillo. Era la librería habitual, donde compraba la mayor parte de mis libros, conocía a la gente que atendía, a varios clientes y me daba cierto pudor que me vieran acercarme a un libro de autoayuda, sobre todo porque vivía quejándome del género.
Finalmente vencí el prejuicio y lo tomé entre mis manos. No eran demasiadas páginas, tampoco en el interior había imágenes y la contratapa brindaba una breve sinopsis del contenido, haciendo hincapié principalmente en la necesidad de sumar preguntas a la inicial.
Pregunté por su valor, aclarando que era para regalar. Para mi sorpresa, no era caro. Lo compré, junto a una edición de bolsillo de La metamorfosis de Kafka, que si bien ya lo tenía en una antología del autor, era barata y de paso contrarrestaba la otra adquisición, principalmente ante ojos ajenos.
Lo empecé a leer en el colectivo, camino a casa. Me entusiasmó la narración simple del autor, directa. Parecía que me estaba hablando, que se estaba dirigiendo a mi persona. Para cuando llegué, había terminado el primer capítulo. Estaba sorprendido, tenía la idea que los libros de esta índole apestaban y ahora me encontraba enganchado con uno. Mi mujer me preguntó si había comprado algo y solo le mostré el de Kafka. Lo miró muy por arriba e hizo un gesto de indiferencia. Si no era de historia o filosofía, hacía el mismo gesto con cualquier libro.
Lo llevé a escondidas hasta la pieza y estuve a punto de ocultarlo detrás de la colección de Stephen King, pero lo aparté para meterlo en el bolso que llevo al trabajo. Tenía ganas de leerlo, de continuar la lectura cuanto antes. Y en casa se iba a complicar. No quería que mi esposa me viera leyéndolo.
Pude meterme al baño para prepararme, con el ejemplar camuflado en la campera. Leí un buen tramo sentado en el inodoro. Mi mujer me preguntó desde el pasillo si no se me estaba haciendo tarde. Caí en la cuenta que era cierto, se me estaba pasando la hora para tomar el colectivo de fábrica. Salí a las apuradas, pero cuidando de no mostrar el libro.
Lo metí en el bolso junto a la vianda para la tarde, le di un beso a mi mujer en la mejilla y corrí hacia la esquina. Llegué justo. Me senté en el primer asiento y a pesar del deseo de leer, me resistí. Sacar un libro así en aquel colectivo sería objeto de burla por lo menos, para dos años enteros.
En la hora de descanso, en cambio, sabía donde poder leer tranquilo. Con poca luz, apartado del resto, pude avanzar algunas páginas. Luego tuve que resignarme a abandonarlo otra vez en el bolso y hasta no regresar a mi hogar, no pude volver a ponerle las manos encima.
Mi mujer me recordó que cenábamos en lo de Adolfo, mi primo. Maldije el día que había aceptado la invitación. Apenas si pude ojear medio capítulo en el baño y un poco más mientras ella se bañaba. La cena fue un bodrio, la carne al horno muy dura y el vino blanco, casi tibio y muy dulce para mi gusto. A pesar de todo, esbocé en todo momento mi mejor sonrisa.
Le comenté luego mi impresión a mi señora y me reprochó que sea tan crítico. Me reprendió la actitud y me sermoneó durante todo el camino de regreso. Una vez en casa se dirigió directo al baño, momento en el que aproveché para poner en práctica el plan que vino a mi cabeza mientras ella me decía de todo un poco en el taxi. Busqué la cubierta de otro libro, la coloqué sobre el de autoayuda y así, disfrazado de libro serio, o al menos, de uno que vaya con mis gustos, lo dejé sobre la mesa de luz. Finalmente, había encontrado la manera de llevarlo donde sea, sin miedo a que me avergonzara.
Leí hasta alta la madrugada, sin reparar en la hora. Algún que otro quejido de mi mujer, debido a que tenía la luz encendida, interrumpía de vez en cuando la lectura, pero nada que impidiera seguir el hilo del discurso del autor.
Las oraciones acometían con fuerza, los argumentos eran válidos y los interrogantes se iban respondiendo con lógica y sabiduría. Para cuando apagué la luz, había avanzado al menos tres cuartas partes.
Desperté ahogado, asaltado por un extraño pánico. Aún era de noche, se podían ver las estrellas a través de la ventana. Busqué a ciegas el vaso de agua que solía dejar sobre la mesa de luz, pero no lo pude encontrar. No recordaba si lo había ido a buscar antes de acostarme. Había estado tan ansioso por ponerme a leer, que era probable que no. Encendí la luz como último recurso, sabiendo que eso despertaría a mi mujer y tendría algún reproche extra.
Esperaba escuchar su voz o un chistido. Pero no hubo nada. La imaginé profundamente dormida. Solo cuando miré por encima del hombro, supe que no se trataba de eso. El lado de su cama estaba vacío. Miré hacia el pasillo, pero no se veía ninguna luz proveniente desde el baño. Presté atención a los sonidos, esperando escuchar algo que viniera de la cocina, como ser un vaso, cubiertos, el televisor encendido. Me levanté cuidadosamente, calzándome las pantuflas.
- ¿Querida? - llamé en voz alta, saliendo del sopor del sueño, del que había sido arrebatado por esa sensación de ahogo tan rara.
Avancé hasta la puerta y volví la mirada hacia la mesa de luz. Mi libro no estaba. Observé en el suelo, pero no se había caído. ¿Ella lo había tomado?
Prendí la luz general de la habitación y luego la del pasillo. La llamé por su nombre. No hubo respuesta. Comencé a asustarme. Llegué hasta la cocina, busqué el interruptor, lo activé. Sobre la mesa, abierto por la mitad, estaba el libro que había comprado. Me acerqué y toqué sus hojas con suavidad. Miré alrededor, luego por la ventana que daba a la calle. Nada. Finalmente me senté.
Atraje el libro hacia mí y busqué la página por la que había quedado. Seguí leyendo con tranquilidad. Quizá, con suerte, pudiera terminarlo antes que mi mujer apareciera.
25 de abril de 2013
El Hombre Invisible
Se lo ubica de una manera sencilla, con un aviso en el diario. No importa cuál, la tendencia política y en la sección que se elija en el clasificado. El Hombre Invisible lo encontrará. Incluso si el aviso fuese del tipo encriptado.
Sus misiones lo han hecho recorrer el mundo, lo que hace presumir que es una persona que maneja varias lenguas y conoce las costumbres de infinidad de regiones. Nadie ha podido seguirle los pasos, por lo que se desconoce si viaja en avión, barco o vía terrestre. Algunos sospechan que alterna continuamente, incluso en regiones donde el barco sería una mala opción o los mares hicieran imposible el tránsito con un automóvil.
Del Hombre Invisible se cuentan las más grandes hazañas, aunque no en forma pública. Las mismas se pueden escuchar en tabernas y clubes nocturnos, a los que acuden personas de mala muerte, pocos amigables, en cuyas espaldas cargan con destinos oscuros y violentos. Se puede llegar a pensar que la mayor parte de esas historias son inventadas, dado que son precisamente pocos los que han tenido contacto alguna vez con el sujeto.
Sin embargo, gran parte de los conocedores de sus aventuras afirman hasta el cansancio que son todas verídicas, incluso aquellas en las que el Hombre Invisible termina muriendo.
Trazar una biografía de este individuo es igual de imposible que lograr ubicar el verdadero domicilio de Valdo López. Aquellos que lo han intentando se han llevado grandes sorpresas. Se dice que muchos, tras seguir varias pistas que parecían seguras, han terminado en sus propios domicilios, para sustos de sus esposas.
El Hombre Invisible es considerado un artista de la clandestinidad. Un ser mítico, pero viviente. En torno a su figura se tejen a diario las más asombrosas leyendas, que a medida que se vuelven a contar, crecen en hechos y hazañas.
Nosotros, los muchachos del billar de los sábados, pusimos un aviso para la edición de la mañana del lunes, del periódico local. Al mediodía una voz anónima nos contactó al celular de Pepe. Nadie había publicado ese número. El flaco nos reunió a todos, en la plaza del pueblo.
- Che, este chabón no es cuento, contesté y me dijo "cobro diez mil, déjenme un sobre con dinero bajo el puente del arroyo; adjunten una nota, escrita a máquina, que indique la misión, por muerto son cinco mil más, no hago precio por varias cabezas". Y había una postdata, escuchen: "Si esto es una joda, los siete van muertos".
Nos asustamos. Sabía el número exacto de nuestro grupo. Tenía el número de Pepe. Con seguridad en ese instante nos estaba observando desde la mirilla de un rifle de largo alcance, con el dedo índice descansando sobre el gatillo. Nos estremecimos. Todos pensábamos lo mismo.
- ¿Y ahora? - preguntó Cacho.
- Es muy caro, no vamos a juntar el dinero. Diría que le dejemos una nota, diciendo que no tenemos la guita que nos disculpe.
- ¿Vos te creés que el Hombre Invisible se va a quedar de brazos cruzados? ¿No escuchás las historias que se cuentan?
- Esperen - terció Esteban - Podemos decirle que en una semana le dejamos el dinero junto a la misión.
- Bien - dije yo - Hagamos el intento.
Pero el Hombre Invisible no es un tipo que le guste perder el tiempo. Casi una sombra, así lo describí al comienzo. Quizá estuvo cerca nuestro todo el tiempo, quizá había puesto micrófonos alrededor o bien, alguno de nosotros era un soplón. Lo cierto es que esa noche nos visitó uno por uno, mientras dormíamos. Y con cuidado, nos tajeó las frente con una navaja, dejándonos un "no me gusta perder el tiempo" como recuerdo. Es muy ridículo andar por todas partes con ese texto en la cara, realmente una vergüenza. En los bares se nos ríen y los del billar ya no nos dejan entrar. Somos mala palabra. Insultamos al mito y el mito se cobró venganza.
Valdo López, el Hombre Invisible, nos hizo caer en la cuenta que somos unos pendejos descerebrados. Hasta sacamos un aviso en el diario pidiendo perdón. Pero el pasado no se borra. El de él, lo ha convertido en lo que es. El nuestro, nos obligará a una cirugía reparadora. Lo peor de todos es que con todo esto, hasta perdimos las ganas de hacer boleta al Flaco Cáceres, que ya no nos fía más la merca.
22 de abril de 2013
Contingencias
Afuera llovía con saña, pero no se amedrentaba. Tenía preparado un viejo paraguas, de color azul, que le serviría para salir.
Tampoco lo preocupaba el viento, que movía los árboles de un lado a otro como si fueran de papel. De vez en cuando miraba por la ventana, pero el caos exterior no mellaba su espíritu decidido.
Cuando quedó satisfecho con el lustre de su calzado tomó el paraguas. Se cuidó de no abrirlo en el interior de la casa, por ese viejo dicho que decían sus padres, que el hacerlo traía mala suerte. Y no era cuestión de llamarla, menos esa tarde, tan importante y esperada.
Con la mano libre abrió la puerta y antes de dar un paso a la calle, abrió el paraguas. La tela se desplegó oponiéndose a las gotas de la lluvia, que repiqueteaban con violencia. Cerró la puerta y emprendió la marcha.
Los zapatos recién lustrados estaban ahora salpicados y el traje gris, que él mismo había planchado, mostraba zonas mojadas por la lluvia, dado que el paraguas apenas si podía cubrirlo ante tremendo temporal.
Pero el hombre no ahorró esperanzas y sin titubeos, cruzó una decena de calles, cubiertas de agua de punta a punta, para llegar a destino.
Allí tocó timbre y esperó cinco minutos. Sospechó que la energía eléctrica se había cortado y empleó su mano para golpear la puerta.
A los pocos segundos una mujer abrió la puerta. Llevaba un delantal sucio con harina y los ruleros en la cabeza.
- ¡Don Julian, pero que hace por aquí con este temporal! ¡Se va a enfermar, hombre!
Julián le mostró su mejor sonrisa, e hizo un movimiento de hombros, restándole importancia al clima. Y como para afirmar ese gesto, buscó en su bolsillo y extrajo un pequeño paquete envuelto en papel de regalo, con el detalle de un moño en una esquina.
- Por su cumpleaños, doña Elvira.
La mujer se vio sorprendida y al mismo tiempo halagada.
- Gracias - contestó al tiempo que tomaba el paquete entre sus manos - Pero mi cumpleaños no es hasta en cinco meses, Don Julián.
- Es que para entonces ya no estaré en este mundo y quería verla sonreír, ahora.
- Oh, don Julián, no me diga que el análisis ha...
El le hizo un gesto con la mano, para que se llamara al silencio.
- El regalo doña Elvira, lo demás no tiene importancia. Son las contingencias de la vida, que es efímera. En cambio, una sonrisa, puede ser eterna. ¿Sabe que pienso de las estrellas? Que son sonrisas que el cielo le ha robado a la Tierra. Ahora, cuando usted abra ese paquete, el cielo hará perdurar por siempre su sonrisa. La pondrá bien alto, radiante, para que jamás pueda olvidarse. Y entonces, usted acá y yo en alguna parte, podemos contemplarla y decir: ¡Eso y nada más, el resto no tiene importancia!
19 de abril de 2013
Cómplices de por vida
Cierta vez le pedimos a Paula, su sobrina, que no lo invitara, pero se ofendió con nosotros. Lucas era un tipo solitario, que jamás se había casado y vivía recluido en una casa muy modesta, a metros del río Paraná. Accedía a ir a nuestros fogones por la simple razón que la comida (para él, por ser invitado) era gratis.
Las últimas veces lo habíamos visto con la salud bastante deteriorada. Tosía mucho y se quejaba de dolores en todo el cuerpo. Su sobrina quiso llevarlo al médico, pero se opuso a la idea y no hubo forma de convencerlo.
Aquella noche en que murió, delante de nuestros ojos, había estado peor que nunca. Su tos era constante y apenas si había probado el asado que habíamos hecho. En el momento del fogón, oíamos su tos por encima de las voces. Alguien, no recuerdo quien, se ofreció a llevarlo a la guardia médica del hospital, pero no quiso saber nada.
Lucas, a pesar de su malestar, pidió la palabra.
- Quiero contarles un relato, el último que van a escucharme. Porque cuando termine de contar esta historia, lo único que me quedará, será irremediablemente morir.
Algunos rieron, otros vitorearon con sonidos guturales. Será que siempre le tuve miedo a sus relatos, pero la única sensación que tuve fue la de una tragedia. Le tomé la mano a mi novia y me di cuenta que ella sentía el mismo pánico en su interior.
Superando los accesos de tos, fue abriéndose paso en una historia que lo tenía como protagonista. Pero el viejo Lucas se había convertido en un joven de veinte años.
- Entonces tenía un grupo de amigos muy grande y estaba de novia con María Laura, una chica muy hermosa de Fighiera que venía a Villa Constitución casi todos los fines de semana. La excusa para la familia era que venía a misa, pero en realidad venía a verme a mí. Mi oficio era la carpintería, como mi abuelo. Pero ese verano, hace cuarenta años, cambió mi vida.
Tenía algo que nos hipnotizaba en cada relato. Estábamos seguros que inventaba la mayoría o magnificaba otros que pueden haber sido ciertos. Pero las maneras de contarlos, las pausas, las entonaciones o esos silencios macabros que realizaba, hacían de la experiencia de escucharlo, uno de los momentos más recordados de cada fogón. Esa razón era suficiente para que la mayoría quisiera que siguiera yendo. Otros, sentíamos un terror reptante, que parecía adueñarse de nuestra razón. Y sin embargo, nos decíamos sin convencimiento, que ya éramos grandes para tener miedo.
- Por las noches, iba al río a pescar. – prosiguió contando, luego de hacer un alto para toser durante un minuto completo – Era una vieja costumbre, que empezó cuando apenas tenía cinco años y mi papá me llevaba. Pero la bebida lo mató joven y esa rutina en lugar de morir, se transformó en la mejor forma de recordarlo. A los veinte años, era un pescador experimentado. Solía subirme a una canoa e internamente Paraná adentro, con la única compañía de la luna en lo alto.
“No existe el silencio en el Paraná. Hay sonidos de todo tipo. Si uno cierra los ojos, puede imaginar el mundo que lo rodea. Incluso el agua pareciera decir algo. Y uno, con el tiempo, interpreta los mensajes, los asimila. Con los años, uno sabe si el tiempo va a cambiar, si conviene volver a tierra, si habrá pique, si existen peligros. Tantas horas uno pasa en el lugar, que se transforma en parte de él.
Aquel sábado tuvimos un entredicho con María Laura. Estaba por llevarla en la canoa y entonces empezamos a discutir. No recuerdo la causa. Ella se enojó y se marchó, sola. La observé alejarse por la orilla del río. Me la imaginé subiendo por algún camino de la barranca, probablemente llorando. En lugar de ir tras ella, empujé la embarcación al agua y comencé remar.
Volví recién a media mañana. Dos oficiales de policía estaban preguntando por mí en las inmediaciones. Mientras aseguraba la canoa dieron conmigo. Tenían rostros de muerte. Fueron directos.
- Conoce a María Laura García.
- Si, es mi novia.
- ¿Cuándo la vio por última vez?
- ¿No llegó a su casa?
- Responda la pregunta, señor.
- Aquí mismo, anoche… ¿no saben donde está?
- Si lo sabemos, por eso estamos acá.
- ¿Dónde está?
- En la morgue del hospital.
Me detuvieron y me llevaron a la comisaría. Me interrogaron durante tres horas. Querían saber cuándo la había visto, si habíamos discutido, las razones y por qué la había matado. Pude responder todas las preguntas, menos la última. Me mostraron sus ropas ensangrentadas, las sandalias que llevaba puestas y la piedra que se había utilizado para asesinarla. Un golpe certero en la nuca, que no le había dado oportunidad de defenderse.
Pregunté cuál era la razón por la que sospechaban de mi persona y la respuesta fue tan sencilla como contundente: no le habían robado nada.
Mi coartada también era simple, había estado pescando en el río toda la noche. Tenía como prueba los pescados atrapados, pero no había testigos ni forma de demostrar la hora en la que había partido.
Aquel fue un año horrible. Sus familiares me perseguían, mis amigos se alejaron, los vecinos comenzaron a mirarme feo. Cada tanto tenía que ir al juzgado a declarar, mientras seguían buscando pruebas que me incriminaran. Finalmente la causa quedó inconclusa y jamás se supo la identidad del asesino de María Laura. Pero sobre mi nombre se extendió una mancha indisoluble. Tuve que dejar la carpintería e incluso alejarme de mi casa. De a poco me fui construyendo el rancho donde vivo hoy en día, donde muero hoy en día, poco a poco. E hice del río, ese cómplice nocturno, mi refugio, mi fuente de alimento, mi forma de ganarme la vida.
Pero ustedes son testigos de mi empeoramiento. Mi salud se resquebraja como la piel de un dorado, al abrirla con un cuchillo. Mis horas se acaban, se hunden en la oscuridad, como hace cuarenta años se hundieron los sueños de María Laura en un pozo sin regreso.
Todos se olvidaron de aquel crimen, incluso, supongo, con los años su familia. Se resignaron a su ausencia. Pero yo no puedo. Me acompañan los ojos de María Laura donde vaya. Es mi maldición. Mi justa maldición. Por no haber ido tras ella, por dejarla partir. O por creer, en realidad, que no lo hice. Por tratar, todo este tiempo, de engañarme con esa historia. Por eso hoy, les cuento el espanto de la verdad. Les confieso que hace cuarenta años mentí. Que fui detrás de ella, y luego que me dijera mirándome a los ojos, que había miles de hombres mejores que yo en la vida, le robé la suya con una piedra que alcé del suelo, ni bien me dio la espalda.
Huí al río y hasta pensé en no volver. Pero regresé. Creí que podría enfrentar la culpa, pero me rehusé con tesón. Arrojé una capa de mentiras para sobrevivir y aquí estoy, viejo, solo, moribundo y culpable. Hay una sola razón para contar esta historia: no quiero morir con esto dentro”.
El viejo Lucas silenció su voz, apagándola de a poco, como era su costumbre, pero en lugar de permanecer en silencio, sentado en su lugar, se puso de pie y avanzó hacia el fuego. Pero apenas hizo dos pasos, se desplomó en el suelo. Lo supimos de inmediato, había muerto.
Como nunca, el horror nos tocó a todos, nos traspasó como jamás nos había sucedido. Porque esta vez no éramos unos pocos los que nos sentimos mal, sino el grupo. Aquella verdad, adherida a una mentira tanto tiempo, nos había salpicado a todos. El nudo no era ahora en la garganta, sino en el corazón.
Y esta vez, podía estar seguro que lo que había escuchado había sido cierto.
Permanecimos en silencio unos minutos, el cuerpo tirado al lado del fuego. Irónicamente, la noche había terminado. No recuerdo quién llamó luego una ambulancia. Sin embargo, lo que me aterra aún más que el relato en sí, es que nadie tuvo la valentía para llamar también a la policía.
Cómo el río, también nos convertimos en sus cómplices. Y viviremos con esa verdad, el resto de nuestras vidas.

