Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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17 de junio de 2009

La suerte

Lo volvió a mirar por centésima vez y seguía aún sin creerlo. Si, ese era su número. De millones y millones en todo el planeta, salió sorteado su número. Jamás se lo hubiese esperado.
Quería llorar, abrazar a todos sus seres queridos. Quién no lo haría en una situación así. Otra vez miraba la pantalla de su plasma holográfico y negaba con la cabeza, sorprendido, incrédulo, mortalmente asustado.
Y cómo podía estar, sabiendo que la suerte le había jugado en contra y ese 18 de junio de 2025 sería su último día en la Tierra. El maldito plan para reducir la población vigente desde hacía seis meses lo había escogido al azar para morir en la cámara de gas.

15 de junio de 2009

Lo lúdico de Dios

Por cada paso que daba, el oasis se alejaba dos. Sediento, moribundo, débil, ponía la poca fuerza que le quedaba en mover primero su pierna derecha, luego su pierna izquierda. Avanzaba con tanta pena que si alguien lo hubiese observado, habría quedado impactado ante semejante escena.
Los pies estaban en carne viva. El sol convertía el mar de arena en una sola brasa y cada ínfimo grano se transformaba en una daga filosa, impiadosa.
Las pocas luces que aún titilaban en lo alto de su cabeza, apenas si lograban iluminar sus pensamientos. Apenas si abría los ojos, porque hasta el más leve movimiento de los párpados suponía un suplicio indescriptible. La piel había sido calcinada por el sol y los pocos harapos que aún pendían de su cuerpo, parecían fundirse en la carne quemada. Su mente casi ausente, se decía en silencio que era lo mismo que estar vestido de volcán, de magma purulento. Los pensamientos que vagaban entre tinieblas, se deleitaban con la imposible idea de ser abrazados por el diablo y sobrevivir para contarlo. Ese sol era como el diablo. Ese desierto era como el infierno. Y su oasis, con la sombra de las altas palmeras, el agua nunca tan bendita de su pequeño estanque, que en lugar de acercarse, escapaba de su frágil mirada, como huyendo de su persona.
Comprendía sin comprender, porque las ideas eran vagas, como pensadas en una cabeza muy lejana a la suya, en un arrullo imperceptible de dolor y repugnancia, el sufrimiento de un drogadicto necesitado de su picadura o su raya blanca; la desesperación de un fumador, separado de su atado o escaso de encendedor; la opresión de un reo, privado de sus sueños y anclado a la ausencia de libertad.
Y en ese ir y venir de ideas, de pensamientos fugaces sin sentido, de dolor ante el roce de la arena con la carne viva, el triste avanzar de una pierna a un ritmo de muerte, de calamitosa fatalidad, comprendió también el juego, la parte lúdica del asunto, la diversión que otrora niño, le gustase tanto, de sacarle el queso al ratón, de quitarle el hueso al perro, de ofrecerle caramelo a otro niño para luego no darle... ese parte lúdica y sádica al mismo tiempo que todo llevamos impregnada en el alma, siempre impura, viciada, detestable, como la de cualquier humano. Esa parte que como seres creados a imagen y semejanza, también poseemos.
Fue la comprensión lo que motivó que cayera de rodillas, resignado, ya sin lágrimas por derramar. Sintió el ardor trepar por sus piernas y avanzar hasta el pecho. El calor inmundo arrasando lo último de su ser. Y sus ojos, cerrándose por última vez queriendo llevarse otra imagen y no esa que pergeñó en su mente, la del Dios en el que siempre creyó tomando con sus manos el oasis y colocándolo cada vez más lejos mientras reía a carcajadas, divirtiéndose como el rey que era, observando a una de sus criaturas sufrir tanto por nada.

12 de junio de 2009

El sueño latente

Soñaba con lo mismo desde el verano. En el sueño, las imágenes parecían reales, los sonidos estremecían y hasta podía jurar que la sensación de tacto era real. Incluso al despertar, en cada oportunidad, aún le dolía el pecho abierto del hachazo que alguien le propinaba en la oscuridad. Con esa última escena, abría los ojos a la otra oscuridad, la de su cuarto.
La penumbra lo envolvía en una seguridad irracional. Allí, creía, nadie por tocarlo. La puerta de la habitación estaba entreabierta y algo de claridad que provenía del pasillo se inmiscuía huidiza, pero no lograba quebrar la densa atmósfera.
No había sonidos más que los que llegaban desde fuera de la casa. Un ladrido lejano, grillos cantando, el paso veloz de algún automóvil. Permaneció con los ojos abiertos varios minutos, prestando atención a sus sentidos, jugando con la vista que se iba adaptando a la oscuridad y de a poco comenzaba a detectar los contornos de los armarios, los dos cuadros de la pared, el ventilador de techo... y si, también la imagen que siempre emergía delante de sus ojos tarde o temprano, detrás de la puerta entreabierta.
Esa imagen que le provocaba pánico desde que empezó el sueño y a la que aún no le encontraba explicación. Era la silueta perfecta de un leñador, enorme, musculoso, de cabeza acorde a su cuerpo y que en sus manos blandía el hacha de su pesadilla.
Entonces, cerraba fuertemente los ojos, se tapaba por completo la cabeza y le daba la espalda a esa figura y rezando el padre nuestro y el ave maría, se obligaba a volver al sueño.
Sabía que tarde o temprano, sentiría al fin el hachazo en el aire y el impacto mortal con el que tanto había soñado. Mientras tanto, volvía al mundo de los sueños, donde ya por esa noche, su asesino no se presentaría de nuevo.

8 de junio de 2009

Verdades sobre la noche

Sabía que caminar de noche por el camino lindante a la costa del río era peligroso. Cuántas veces se lo habían repetido desde que tenía noción de las cosas y sabía que el vino era para los adultos, igual que las armas y los insultos.
Pero ya era hora que todos supieran de una buena vez que había crecido, que podían dejarlo hacer y deshacer a su antojo. Qué ya era adulto, que si quería tomaba, y si tenía problemas, podía defenderse con su navaja, la que llevaba siempre consigo.
Sin embargo no había una sola vez que no saliera de su casa que su madre no le repitiera lo mismo, que la oscuridad, que los locos que andan por ahí, que cuidado con la gente... todos, absolutamente todos podían perderse en el infierno. ¿Hasta que edad le iban a decir lo mismo una y mil veces?
Y quizá por esa razón, desde hacía algunas noches, en lugar de regresar a su casa por las seguras calles iluminadas que habitualmente recorría, lo hacía por el camino cercano al río.
Era cierto, las lámparas de la zona si no estaban rotas a pedradas, ya no encendían debido a la falta de mantenimiento por parte de los empleados de la municipalidad, o del puerto, dato que no sabía y tampoco le importaba. Al este podía divisar la oscura superficie del río, apenas ondulante bajo el reflejo de la luna. El sonido procedente desde esa dirección, transmitía tranquilidad. El aire fresco le daba a todo un cuadro subrrealista, una imagen inacabada de la perfección. Manchones negros, casi sólidos, del otro lado del río, delataban las islas, ahora ocultas por la noche y la distancia.
Su madre le pedía prudencia, pero el sabía cuidarse solo. Además, la prudencia no era amiga de semejantes paisajes. Y de alguna manera, debía alimentar su alma belicosa, saciar los deseos que latían a flor de piel durante la agonizante luz del día.
El camino lindante al río, en horario nocturno, era propicioso para todo ello. Porque inspiraba terror; el terror que la gente misma le daba, hablando de miedos, de peligros, de cosas horribles que podían pasarte. Y en realidad, estaba la noche y la luna, el río y sus islas. Y uno. Uno con sus cavilaciones, sus deseos impronunciables, los debates internos, el dolor interminable.
Y entonces, desde algunas noches, sentía que el camino lo había llamado, clamado por su servicios. Primero, al notar la belleza por años ignorada, comprendió que no había horror alguno allí. Segundo, supo que si eso llegaba a saberse, se perdería la paz. Supo entonces la razón por la cual había acudido. El camino lo necesitaba. Temía ser descubierto.
Ruido de pasos lo sacaron de la meditación. Desvió la hipnotizada mirada del río y divisó a unos cincuenta metros una figura que se aproximaba. Metió las manos en los bolsillos y se puso a caminar en aquella dirección. En algún punto confluirían. ¿Sería un loco de los que hablaba su madre? ¿Un vagabundo en busca de refugio? ¿Una hermosa joven con plan de encontrarse con algún amor furtivo?
Los dos seres avanzaron hasta llegar a un punto medio. Y allí, vió a la otra persona. Quizá tendría su misma edad, quizá no. No se detuvo en detalles. Sacó las manos de los bolsillos y con la navaja que siempre llevaba encima, le cortó la yugular. La sangre saplicó los adoquines de la calle y la tierra del camino. El cuerpo del joven herido se desplomó sin gracia alguna, para quedar inerte en el suelo.
Lo arrastró hasta el río, con bastante esfuerzo. Buscó piedras en los alrededores y con ellas rellenó las ropas del cadáver, luego, lo arrojó al agua. El sonido del cuerpo al hundirse llegó a sus oídos y fue como una dulce melodía. Limpió su navaja y la volvió a guardar. Volvió al camino y otra vez estaba desierto. Tardarían en encontrar al muchacho y cuando lo hicieran, habría una nueva historia de terror para contar en la ciudad. Y sin dudas escucharía las advertencias de su madre, ahora impregnadas de sangre fresca.
Le daría lo mismo. Desde algunas noches sabía la verdad. El camino era inofensivo. Y él, era su guardián.

5 de junio de 2009

No era a él a quién buscaba

Sintió su presencia antes de verlo. Cuando giró su cabeza, ya estaba ahí, en el alféizar de la ventana. El cuervo se había parado en sus dos patas, mirándolo fijo, Su porte sereno, noctámbulo y macabro, lo hacía especial bajo aquella luna resplandeciente a lo lejos.
No era el cuervo de Poe, que le traía recuerdos de una pena anterior para que nunca olvidara el pasado, ni tampoco el cuervo de O'Barr, sediento de sangre y venganza, que venia a buscarlo por alguna atrocidad acometida en su contra.
El cuervo lo observó fijamente durante algunos segundos, tras lo cual, plegó sus alas del demonio, oscuras como la muerte misma, y elevó su vuelo para perderse en la letanía de la noche.
No era a él a quién buscaba, pensó y sin distraerse un segundo más, volvió a lo suyo. Primero la maniató bien, para que no volviera a escaparse y luego la azotó con dureza, cuidando de no salpicar sangre en sus ropas que luego pudieran delatarlo.

3 de junio de 2009

El escritor que se creyó prolífico

Anastasio Noriega hubiese sido un gran escritor si pudiese haber evitado ese episodio tan dramático cuando niño, en el que estando de visita con su madre en un museo de arte de la Capital, se le vino encima una réplica del David de Miguel Angel.
El accidente le costó varios puntos de sutura, innumerables estudios y un problema de memoria sumamente curioso y sin remedio alguno, según sentenciaron los especialistas que lo vieron entonces y todos aquellos que a lo largo de los años siguió visitando.
De pequeño en el colegio, sus maestros lo felicitaban muy seguido por la soltura y belleza de sus escritos, claro que se tornaban muy repetitivos. El problema no radicaba en falta de imaginación, sino que no recordaba lo que antes había escrito y volvía a la carga con lo mismo, o bien, situaciones que apenas se diferenciaban con otras de anteriores relatos, por mínimas diferencias.
Con el pasar del tiempo, siguió sin saberlo, repitiendo el mismo relato, aunque las experiencias de vida lo llevaban a aumentar el volumen de lo escrito y a agregarle, en cada oportunidad nuevos hechos al texto, aunque siempre la trama tomaba el mismo rumbo y el final conocido (por su círculo de amigos) irremediablemente se hacía presente en las páginas decisivas.
Por más que se lo dijeran, Anastasio olvidaba las advertencias y no paraba de escribir hasta acabarlo. Si bien siempre creyó haber publicado treinta y dos novelas, dado que sus amigos de siempre se habían hecho cargo (debido a los problemas que originaba su problema de memoria) de sus negocios, en realidad escribió solo una, aunque con treinta y ún reediciones, contando cada una de ellas con agregados distintos al anterior.
No obstante, su libro, era una maravilla literaria, en la que el desengaño y la pasión iban de la mano, hasta el instante final, donde una sospecha que se infiltraba en la trama desde un principio se volvía realidad y un asesinato remediaba todo, con la muerte de uno de los tres protagonistas principales.
A lo largo de los sesenta años que vivió, Anastasio mató a su personaje en más de doscientos relatos cortos, cincuenta poesías y cinco ensayos, contando además la brillante novela y sus reediciones. Murió creyéndose prolífico, pero tan solo publicó esa única novela y una versión de la misma como cuento corto y otra, como poema. Jamás lo supo. Y si acaso alguien se lo hizo notar, lo olvidó así sin más.
En su epitafio, sus amigos grabaron: Siempre te recordaremos, nosotros y también David, ese ser imaginario que tantas veces mataste en tu venganza inconsciente, pero que con tu muerte, dejará de morir.

1 de junio de 2009

El Ladrón de Sueños

De noche es invisible,
silencioso y rufián
no gusta de lo inservible
sino de lo fresco como el pan.

Se lleva lo que está a mano
sin que nadie vea su andar
No roba a cualquier humano
solo al que se ha puesto a soñar.

Es el Ladrón de Sueños
el caminante de la noche
marcha con señal de seño
siempre a pie, jamás en coche

Aún así, se jacta de ser veloz
y es verdad, nadie lo puede ver
y aunque lleva una enorme hoz
pasa a tu lado sin necesidad de correr

Y cuando los sueños son de día
y con su deber ha de cumplir
escapa del sol con picardía
engañando a las sombras sin mentir

Aquellos que son de hablar
dicen que su rostro es todo palidez
y que si te atreves a mirar
seguro serás tú el que termine con lividez

Pero son todas habladurías
sin ninguna certeza
puedes si quieres alegar brujerías
o historias inventadas con pereza

Hay quienes temen su presencia
en las noches oscuras y y sueño lerdo
debido que al despertar han notado la ausencia
de imágenes y recuerdos

Y otros que ignoran su existencia
Algunos adrede, otros por no saber
Es que el miedo de tal eminencia
ha obligado su historia por años esconder

Si me preguntan, les dire que si
que por mi parte creo
es que no puedo ocultar sin decir
que todas las noches lo veo

Si ya se, he dicho antes lo contrario
sobre su presencia fantasmal
pero es que a mi, su andar diario,
debo admitir, es de lo más normal

Lustro cada anochecer su hoz
con la que saldrá al caer la luna
Siguiéndolo de cerca para aprender del Dios
como robar sueños incluso en una cuna

Soy su ayudante sigiloso
el que vela por sus sueños
cuidándolo del día brumoso
y sirviéndolo como mi dueño

Y te advierto ahora, desde este umbral
cuando el Ladrón de Sueños entre a tu habitación
no serás capaz de poder escapar del mal
y evitar que se lleven el fruto de tu imaginación

Mi amo alimenta así sus pesadillas
con tus sueños frescos y deliciosos
entrando de noche a hurtadillas
a tu cuarto oscuro y silencioso.

Y si despiertas extraño, sintiéndote vacío
recuerda que alguien durante la luna te ha visitado
quizás sientas también miedo y algo de frío
Pero no podrás hacer nada, él volverá aunque pongas candado

Es el Ladrón de Sueños, es el amigo del diablo
Es a quién debes culpar cuando un sueño se te ha ido
Es a quién debes temer cuando despiertas sin vocablo
Es a quién debes rezar para que te deje tranquilo

30 de mayo de 2009

La pena máxima

(dedicado a don Oso, que jugando con los finales de sus amigos blogueros para una historia en común, me dio las pautas para este relato)

Quizás en algún momento de nuestras vidas, todos estemos destinados a tener la oportunidad de alcanzar, de un modo u otro, la gloria, el éxito, el objetivo máximo alguna vez soñado.
Quizás esa oportunidad nunca sea distinguida entre muchas otras, yaciendo así en el anonimato, en el olvido silencioso.
Pero esa tarde de domingo, Miguel creyó ser dueño de ella. Una oportunidad que, no podía negar, ansiaba desde hacía mucho tiempo. La que había soñado un año atrás, cuando a pesar de sus treinta y largos y de no jugar al fútbol desde una década atrás, la dirigencia del club de su pueblo lo fue a buscar al taller mecánico donde un primo suyo lo había empleado a medio tiempo.
Había pensado entonces que era la ocasión para demostrarle a todos que aún estaba a tiempo de ser la promesa que muchos habían creido imaginar cuando de pequeño lo veían acariciar la pelota en los potreros del pueblo. Y podía ser al fin, el ídolo que alguna vez soñó. Ese ídolo de gambeta y gol que jamás llegó a ser, viendo de joven morir su ilusión.
Y fue en el taller, que con las manos engrasadas, apretó firme la mano tendida por los dirigentes y dijo si, al tiempo que sonreía por primera vez en más de diez años.
Desde entonces fue consciente que en el pueblo se iba a hablar y mucho. No esperaba sentir el calor de la gente y menos, el aliento de la hinchada. Pero se había prometido ganarse a todos jugando, haciendo lo mejor que sabía hacer. Quizás, lo único que sabía hacer.
Fue un buen año, no lo dudaba. Difícil, pero bueno. Había hecho oído sordos a los insultos. Había minimizado la indiferencia de sus compañeros. En la cancha, había dejado todo, sin que le pesaran los años, ni el pasado. Por momentos fue muy duro, triste, pero no claudicó, no le dio el gusto a los que querían verlo caer otra vez. Y se mantuvo de pie, jugando y bien.
Tan bien, que llegaron a la final de la liga regional, a esa tarde de domingo que soñaba con enmarcar de gloria y de la cual asirse para dejar atrás el pasado; esa salida ahnelante del suplicio diario, de la condena pública.
Creía haberlo pagado. Diez años en la cárcel, se decía, habían sido suficientes. Pero para el resto del pueblo, no parecían serlos. Esa tarde podía ser la respuesta.
La gran final del torneo había pintado de alegría el pueblo y hasta algunos se animaban a corear su nombre, los menos, claro. El momento del pitido inicial, los cánticos, los intentos iniciles para llegar al otro arco, los primeros sustos ante la llegada de los delanteros rivales, las piernas fuertes que se sabían no iban a faltar... todo se fue dando tan rápidamente, que no pudo pensar en otra cosa que correr y meter. Partido bravo, jodido, donde todos ponían hasta la última pizca de alma. Iban y venían. Los gritos desde las tribunas se fundían al unísono y nadie reconocía para quién iba el aliento o el insulto. Era una batalla con la lluvia de balas rociándolo todo, donde el pasar de los minutos aumentaba la tensión y desgastaba a lo protagonistas, llevándolos al estado exhausto en el que se encontraban, jugando ya no con los músculos, sino con el corazón, el temple.
Y allí estaba él, esperando de espaldas el balón, en el área grande rival. Allí estaba esperando el pase, observando de reojo al central de melena recogida que no le perdía pisada. Y vio venir la pelota, como una amante en un reencuentro, corriendo descontrolada, perdida por la pasión. Pero él no se obnubiló e intuyendo la pierna del rival, no detuvo el balón, sino que no dejó correr para así, de imprevisto, girar la cadera y quedar de frente al arco. Y lo que suponía que pasaría, pasó. La pierna del rival enganchó la suya y lo hizo caer. Penal.
Alboroto, quejas, empujones. Griteríos desde afuera. Pero nadie se acercó a levantarlo. Vio todo desde el piso. El árbitro marcando el punto penal, los rivales corriendo hacia la figura de negro y las expresiones felices en los rostros de sus compañeros. El referí sacó una roja al aire, pero no le importó saber a quién correspondía. Ya tenía la pelota en su poder y se había ubicado en el punto del penal. Nadie le sacaría ese tiro.
El árbitro se le acercó y le dijo que era la última bola en juego, que se pateaba y se terminaba. Hasta entonces no se había percatado que habían pasado los noventa minutos. Si no la metía, la copa quedaba en poder del rival. Derecho obtenido por haber terminado mejor ubicado en la fase regular. Estupideces reglamentarias que a la hora del festejo, solo servían de excusas para los que perdían.
La oportunidad que había soñado, estaba allí. Se respiraba la tensión, hasta hacía daño el silencio proveniente de cada lado. El ídolo caído en desgracia llegaba del olvido para alcanzar la gloria. Un remate lo separaba del pasado oscuro al presente radiante. Si hasta podía adelantarse al ruido imperceptible de la red al golpear la pelota, ese chasquido mágico, tan ténue como fugaz, pero tan conciso y doloroso para el oído de todo guardameta.
La última mirada al juez, la concentración en la meta rival. Las manos a la cintura, el porte de un caballero a punto de salir a batalla, de cabalgar hacia las colinas y batirse a duelo contra el ayer. El instante preciso del silbatazo. El momento de correr y patear. Y de repente, su imagen entre las demás imágenes. Su rostro, entre los demás rostros. Ah crueldad, por qué. Su rostro, su inmaculado rostro. Esa belleza sin precio, esos ojos de perla, esos rizos que me estremecen aún en sueños. Esa nariz perfecta, sus pómulos altos, su sonrisa infantil. Oh crueldad, por qué.
Su mirada lo atraviesa, lo deja sin defensas mientras corre al balón. La ve a ella y a nadie más. Ni a nada más. La pierna se extiende y golpea, pero lo hace sin convicción, y la pelota sube y sube y se pierde por lo alto, muy por encima del travesaño, como viajando hacia las nubes, para nunca más volver.
Siente gritos de fondo, insultos por doquier, reproches, el sonido del alambrado retorciéndose. Pero no quiere mirar, aunque ya su rostro entrañable cubre por completo la oscuridad detrás de sus párpados y todo su ser se estremece en llanto, no por el penal errado ni la proximidad del dolor físico a manos de hinchas desbordados que escucha, están rompiendo el alambrado para saltar al campo de juego, sino por ella. Ese rostro al que le corresponde un nombre. Su Laura amada. La misma que una década atrás asesinara a golpes, en un rapto de celos y locura. La misma por la cual purgara una condena que no terminó al salir de la cárcel.
Ese rostro que creyó en vano dejar atrás, pero que vuelve cada noche, a cada momento, reclamando justicia. Ese fantasma que no duerme ni descansa y que le hace compañía desde que se despierta hasta que se acuesta. Ese espectro que jamás olvidará y no dejará que se olvide.
Laura jamás se iría y ni siquiera el suicidio lo salvaría del sufrimiento. Su fracaso, era el triunfo de ella. Ciego había sido en no reconocer en ella, el verdadero triunfo de su vida. Y no solo eso, sino que además, la había matado.
Al sentir los primeros golpes en su cuerpo, esas patadas furiosas de los hinchas enardecidos, no supo discernir con claridad si eran producto de ese tiro mal ejecutado o bien, eran los golpes que mucha gente quiso alguna vez propinarle por la barbarie cometida y jamás pudieron dar.
En cualquiera de los casos, estaba bien.

24 de mayo de 2009

La búsqueda

Sabe que ha conseguido un jarrón muy especial. Lo ha pagado caro, pero era el precio que debía tener. No se trataba de un jarrón como cualquier otro. No solo por el hecho de haberlo buscado durante los últimos veinte años, en los cuales había recorrido cientos de ciudades de todo el mundo y visitado los tugurios más peligrosos e impensados para dar con él.
Desde pequeño su madre le había contado la historia fantástica de ese jarrón y a él le había fascinado. Y le había revelado el secreto: dentro, estaba el tesoro más hermoso, la cosa más bella que hubiese pisado la Tierra en toda su existencia.
Ese jarrón, le dijo su madre, había estado en la familia desde hacía muchos años, pero su posesión significaba dolor, o lo que su mamá llamaba "el regreso de recuerdos que devastan y no dejan dormir". Lo había cedido, pero nunca alcanzó a decirle a quién. Cuándo una vez se lo mencionó a su abuelo, dejó caer una lágrima y le dijo que nunca volviera a hablarle de dicho jarrón.
Fue entonces cuando se propuso, una vez que fuese joven y fuerte, no descansar hasta encontrarlo. Y juró en aquel momento, no titubear ni un solo instante en su búsqueda y conseguirlo, a cualquier precio.
Y así fue que, finalmente, tras seguir una pista que había obtenido en las catacumbas de Venecia tres años atrás, dio con el jarrón en la esquina de su casa, en el viejo almacén de don Manolo, el tío de su mamá.
No podía creer cuando lo vió. Don Manolo lo tenía arriba de la heladera de los lácteos, juntando telarañas. Le preguntó a cuánto se lo dejaba. Don Manolo le dijo que no estaba en venta. El insistió, Manolo volvió a declinar. Se dijo que no se se daría por vencido, y se lo hizo saber al avejentado tío de su mamá. Manolo dijo que por nada del mundo se lo daría, que jamás comprendería la importancia de ese jarrón. Que se lo compro, que no se lo vendo. Que lo llevo, que lo deja ahí. Que si, que no. Que tengo una pistola, que tengo una escopeta. Que disparo, que yo también. Pum, pum. El viejó erró y murió.
Está corriendo, en busca de su auto. Debe escapar antes que llegue la policía. Sabe que ha conseguido un jarrón muy especial. Lo ha pagado caro, pero era el precio que debía tener. Mientras avanza por la carretera intenta resistirse, se dice que debe mirar el contenido solo cuando llegue a un lugar seguro. Pero la tentación es muy grande. Y mira. El corazón se le paraliza y comprende, tarde, muy tarde.
Dentro solo hay cenizas y una nota: "Amelia, querida esposa y madre".

22 de mayo de 2009

Pensamientos de un hombre que desea que la muerte llegue pronto

¿Cuándo claudica el hombre? ¿Cuál es el límite por soportar?
Las preguntan rondan en su mente con una inconsciencia encubierta, mientras por la ventana observa el paso de las nubes que presagian una tormenta. Es llamativo como las formas que gana el cielo ante el espectáculo del cual son testigos sus irritados ojos insisten en hacerlo viajar a recuerdos remotos, de cuando jugaba tirado en la tierra ensuciándose las rodillas, sin tener en cuenta el día de la semana , sin saber que marcaban esas agujas en el reloj ni preocupándose si alguien le decía algo hiriente, porque en definitiva, era el idioma de todos los niños.
El viaje atrás lo consume, lo revuelve interiormente. Se da cuenta que el dolor aflora cuando las lágrimas le mojan las manos, apoyadas sobre las piernas bien apretadas. Y se da cuenta además que hace rato que está llorando. Hace tiempo que comprendió que también hay llantos sin lágrimas, que son silenciosos y arden por dentro. Son llantos que se amontonan, se juntan como en una represa y el día que ésta se abre, fluye una cascada de insostenible pesar.
Si pudiera, dejaría de respirar en ese instante. Siente como la agitación del pecho lo domina, como se infla para luego desinflarse sin poder tomar control de la situación. Quiere detener todo, quiere decir basta, quiere creer que aún hay cosas en las que creer, que el amor volverá, que no quedará solo, que será querido otra vez
Se desploma sin caerse, se desmorona mentalmente, cruza esa línea entre la realidad y la locura, para después volver y no tener la certeza de haber vuelto de verdad. Se siente confuso, aturdido, defraudado. La resignación ya ha remitido, queda la angustia, el resabio de la amargura.
Pero sigue en la cama, sentado de frente a la ventana. Las nubes siguen su curso, ajenas a su presencia y el cree tener entonces algunas respuestas, que sin sentido van cobrando forma desafiando el caos de sus ideas.
¿Es cuando ya no quedan puertas por abrir, caminos por recorrer, miradas por conocer, amores que corresponder...?
Pero la respuesta es distinta cada vez. No hay una sola respuesta, como no hay una sola causa por la cual la vida no es la que desea. Los sentimientos apuñalados yacen en un cajón, a la espera del resto de su ser. Y lo sabe. Es una de las pocas cosas de las que puede estar seguro de saber. Que desea morir. Lo anhela con todo el alma. Se ha formulado esa palabra en su cabeza un millón de veces, ha estudiado sus ocho letras con tanto detenimiento que podría jurar conocer su substancia. Y juega con ella como si fuese un dado, una ruleta rusa, un maldito boleto de lotería. Pero no culpa al azar por no dictar sentencia, sino a su propia voluntad, aún engañada por los fantasmas de la vida, aquellos que le susurran en los momentos aciagos convenciéndolo de que aún hay motivos por los cuales vale la pena sobrevivir.
Entonces las voces en su cabeza se elevan en eterna discusión, algunas murmullan secretos, recuerdos escondidos por vergüenza, otras reclaman partir, otras quedarse; algunas alegan ya no sentir, otras ya no amar; se escuchan pedidos de auxilio, socorros no correspondidos, preguntas sin contestar, respuestas de preguntas jamás formuladas. Las voces se entrelazan una a otra, el aturdimiento llega a su climax, la cabeza estalla de dolor, de horror, de temor.
En cuando las voces se vuelven una, la definitiva. Esa que traerá la decisión, que marcará el destino y demarcará el futuro. Al menos, por un tiempo.
Pero nunca, jamás, todas las voces suelen acallarse. Y por más que se silencian, quedan allí latentes, en alguna parte, a merced del miedo, de la impotencia, del dolor, de la pena. Aguardando para un nuevo veredicto.
Hoy dijeron que no. Y la vida, entonces, sigue. Con sus sinsabores, sus esporádicas alegrías, sus ilusiones sin fin, el deseo de que todo cambie, de que el sol brille siempre y las cálidas caricias sean cosa de todos los días.
Hoy las voces le dieron otra oportunidad.
Verá que hacer con ella.

20 de mayo de 2009

A nadie le importó

El ídolo cayó en desgracia la tarde en que se descubrió su relación con aquella mujer que había sido arrestada por tráfico de drogas.
No sirvieron las explicaciones, la prensa lo condenó y la opinión pública lo envió al olvido. Nadie lo oyó suplicar indulgencia ni lo vieron llorar a escondidas en los bares de su barrio.
Se internó en la bebida y se marginó del día. Así vivió sus horas, sin las mieles de la gloria ni las sonrisas del éxito.
Murió entre lágrimas, no por la idolatría perdida, sino por su madre condenada. Pero a nadie le importó.

18 de mayo de 2009

Los niños de la Misericordia

No todos los juegos son peligrosos, pero el que nosotros jugábamos si lo era. Éramos niños y no lo sabíamos. Aunque no podemos echarle toda la culpa a la edad.
Teníamos doce años, algunos pocos once. Nos unía no solo la infancia, sino también el colegio. Éramos alumnos del Hermanos de la Misericordia, un recinto de estudio privado dirigido por monjas. Se imponía el respeto, el silencio, la religión. Se nos inculcaba la Biblia, el perdón, la piedad, aunque no siempre importaba el orden de los mismos.
Sin embargo nos quitaban la libertad, la personalidad, el temor a equivocarnos. Existía mucha rigurosidad y eso, principalmente, nos llevó a hacer lo que hicimos. A jugar el juego que nos condenaría.
Uno de nuestros profesores era particularmente malvado. En el sentido de exponernos en ridículo ante la menor falta o error. No hacía distinciones. Todos, en mayor o menor medida, habíamos caído en sus garras. Le teníamos odio, pero ante todo, terror.
No recuerdo quién lo propuso, si recuerdo cómo era la tarde: gris, el viento soplaba fuerte y el sonido se confundía con las voces, haciéndolo todo más subrealista, más lejano de nuestra edad. Pues de lo que hablábamos no condecía con lo que éramos: niños.
Aceptamos sin vacilar, sabiendo que todo lo que nos habían enseñado quedaba atrás. Pactamos con las miradas, sabiendo que el silencio sería nuestro lazo y el tiempo, nuestro peor amigo.
Fue tras el tercer recreo, al comienzo de su clase. Cerramos la puerta y todo sucedió. Nadie se repartiría las culpas. Cuando tocaron el timbre de salida, formamos como siempre y salimos en silencio al patio, en pulcra hilera, con paso sereno, cargando las mochilas en las espaldas como la cruz que realmente representaban.
Asistimos al discurso de cada tarde de la hermana Esther. Vimos como la bandera descendía en una desigual lucha con el viento. Agradecimos en silencio el permiso para partir a nuestros hogares. Y nos fuimos, cada cual siguiendo su camino, sabiendo que ya nada sería igual y sin olvidar que volveríamos al día siguiente.
Lo que vino después era de esperar. Los directivos nos anunciaron que el profesor que tanto odiábamos había desaparecido, que no nos preocupáramos ante los rumores que corrían, que seguramente estaría bien, que aparecería... y sabíamos que no sería así, pero nadie habló. Dejamos que la policía buscara, que pasaran los días primero, luego las semanas, los meses... un día anunciaron que la búsqueda había llegado a su fin y al no haberse encontrado rastro alguno, se lo había declarado oficialmente como desaparecido. Supimos que unos años después, lo declararon como correspondía, oficialmente muerto.
Nunca dejamos de mirarnos a los ojos, sin embargo ahora distinguíamos las ojeras debajo de ellos. Muchos no conciliamos el sueño durante largo tiempo. Los más duros nos hicieron creer que si, pero sabíamos la verdad. Todos la sabíamos. Los veinticinco que éramos.
Hemos crecido, hecho nuestras vidas pero jamás pudimos olvidar. Jugábamos a juegos peligrosos, vaya que si. Si quisiera buscar un motivo, una razón exacta, podría alegar en mi defensa que debido al paso del tiempo he olvidado las causas, pero eso no es defensa alguna, más bien tonta justificación.
Cómo olvidar el macabro plan, las certeras apreciaciones sobre nuestros mayores. Cómo dejar atrás tantas meditaciones a oscuras, cuando la noche tejía punto a punto mis pesadillas. Esa tarde salimos del colegio con rostros inocentes y corazones manchados.
Cargábamos nuestras mochilas orgullosos, llevando cada uno, una parte del difunto. Habíamos rebanado el cuerpo en pedazos, dejando escurrir la sangre entre los tablones de madera del piso del antiguo salón. Cada uno puso en su mochila una parte de su pacto de sangre. Una parte de la maldición.
Salimos como si nada, porque quién puede imaginarse algo así. Nosotros sabíamos que nadie. Y sabíamos algo más. Qué ningún padre nos revisaría las mochilas y que lo que guardásemos en ellas, estaría seguro. Nos deshicimos de los restos, sin dejar cabos sueltos. El plan perfecto. Lo macabro consumado por niños de once y doce años. Jugábamos juegos peligrosos.
Y el tiempo se ha encargado de no hacernos olvidar. Cada día, cada noche, en cada mirada, en cada sombra, purgamos por el pasado. Seguimos cargando esas mochilas. Salvo que ahora sentimos la humedad filtrándose, dejando una mancha roja, muy roja, delatora, incisiva, dolorosa.
La mancha que estuvo desde el primer momento en nuestros corazones.
Y si alguien intentara imaginarse algo así, cómo podría. ¿Quién sería capaz de desconfiar de niños tan pequeños? ¿Quién?


Yo lo haría.

14 de mayo de 2009

Personalidad difícil

Ariana era psicóloga y andaba por la vida intentando descubrir la verdadera faceta de su yo interior. Dialogaba a diario con su alma interna, tomando apuntes y soñando con llegar a alguna revelación que la hicera famosa, libro de por medio, claro está.
James, Freud, Adler, todos quedarían como sus precursores. Cómo le gustaba soñar a Ariana, hasta ella misma se reía de sus ideas e ilusiones. Y si bien sospechaba de su éxito a la larga, lo mantenía muy en secreto.
Mientras eculubraba razonadamente, haciendo trabajar a diez mil revoluciones a su cerebro, caminaba por las veredas evitando ser embestida por la gente, que ignoraba en los importantes temas en los que iba sumida.
De pronto, al mirar una vidriera vio su cuerpo pero no era su rostro el que se reflejaba completando la imagen. Pegó un grito y dejó caer unos libros que llevaba en sus manos. Los transeúntes se hicieron a un lado, mostrándose ajenos e indiferentes. Alarmada, recogió las cosas y corrió hacia el Instituto en el que trabajaba.
En la puerta, el custodio de seguridad de todos los días la detuvo y le pidió que por favor volviera después de las ocho: ningún profesional había llegado todavía y los pacientes no podían esperar en el hall.
"Soy yo, soy Ariana" suplicó y al no encontrar documentación que lo validara, se retiró llorando y confundida. Su brillante mente le dio la respuesta. Le había confesado tantas cosas a su yo interior, que ahora él era quién estaba interesado en salir al mundo a conocer lo que había alrededor. Fue su último pensamiento consciente, ya que cayó en sopor por más de comprender que su cuerpo seguía erguido y caminando.

12 de mayo de 2009

El infierno no es como lo pintan

El día que llegué al infierno, comprendí que no era tan malo como lo pintaban. Calor intenso, gritos de dolor aullando por doquier, olores repugnantes, castigo físico a la vista de todos, violaciones, promesas falsas de salvación, descuartizaciones parciales...
Y sin embargo, estaba ausente la muerte porque su presencia sería una paradoja. Y al no existir aquello que tanto había temido en vida, siempre huyendo tras los crímenes que cometí con pasión y morbosidad, me sentí en el paraíso.

10 de mayo de 2009

Un viaje singular

Subió al colectivo en la parada de siempre y buscó el asiento que solía ocupar (si es que no había nadie allí, claro), del lado izquierdo, de la mitad dos asientos atrás.
Miraba sin mirar por la ventana, casi ajeno a los sonidos provenientes de la calle e intentando no prestar atención a las conversaciones de los demás pasajeros.
En un momento dado, alguien lo llamó por su nombre. Primero pensó en una coincidencia, pero la suposición finalizó al instante de ver en la fila de la derecha, a la misma altura, a un hombre mayor que lo saludaba con una sonrisa de oreja a oreja, manteniendo la mirada fija en él a pesar del movimiento de los pasajeros que estaban parados y de la señora que se había sentado a su lado y se interponía entre el pasillo y su eventual conocido.
Por educación, devolvió el saludo y de inmediato, focalizó su vista otra vez en la ventana. Pero el hombre de fila de asientos vecina, gritó nuevamente su nombre, elevando la voz lo suficiente como para que cuatro o cinco se dieran vuelta.
Volvió a saludarlo, procurando sonreír como para que se diera cuenta que ya estaba, ya lo había visto, saludado y cumplido, que cada uno siguiera con su viaje, su mente en sus asuntos y... justo la señora que estaba a su lado se levantó y el hombre del otro lado del pasillo, ni lerdo ni perezoso, se le sentó a su lado.
- A esta hora es imposible el colectivo, todos amontados, apurados - le dijo iniciando la charla.
Lo único que le faltaba. Tener que darle charla a alguien que lo saludaba por el nombre y él sin saber ni siquiera de dónde se conocían.
- Disculpe señor, creo que se confunde, es mi nombre efectivamente, pero...
- Vamos Pedrito, que ya se que no me conocés, no te preocupes. Pero es un gusto. Te ves realmente muy bien. De dónde vienes, de la Facultad supongo, no? Día pesado, como todos. Los alumnos de seguro que te han dado un dolor de cabeza. Siempre lo hacen, no?
- Si, pero cómo...
- Vamos Pedrito, que me caes bien y cómo no hacerlo jajaja. Mira, que solo he venido a verte un rato. Debo hacer otras cosas aún. Aún conservas el reloj de papi, que bien. Es una pena que yo lo haya perdido, pero en fin, ya sabrás. Mira, solo he querido decirte una cosa...
- ¿Quién...
- Vamos Pedrito, calla, déjame hablar que se me hace tarde. Siempre con esa costumbre, ya se te pasará. Mira, no te detengas en las nimiedades, en los detalles y habla con María. Te lo reprocharás de por vida si no lo haces. Pedrito, querido, que te quiero, venga un beso. Me tengo que bajar y no te distraigas, que siete cuadras más adelante bajas tú.
Y sin que pudiera decir una palabra, el hombre mayor se fue. Bajó por atrás y se perdió entre la gente. Un impulso lo hizo poner de pié, para bajar trás él, pero algo raro le decía que no. Era una mezcla de temor con presagio. Esas palabras, con tanto sentido, tan repletas de verdad. Esos ojos, tan azules, como los de su padre. Como los suyos. Esa voz cascada por el cigarrillo, el mismo que él sabía, lo consumía fuera de las horas de clases. Ese aire familiar que uno sospecha del que tiene delante, al pararse frente a un espejo. Ese saber que él mismo había viajado en el tiempo para hablarse lo hizo estremecer. La comprensión lo aterró y paralizó al mismo tiempo.
Por supuesto, se distrajo y se pasó de largo de la parada en la que debía bajar.

8 de mayo de 2009

El último andén

Alza la bolsa al llegar a la escalera de la estación. Se cuida de no golpearla contra los escalones. Está oscuro y las luces del lugar hace años que no encienden de noche. Como toda estación de ferrocarril, se sume en el silencio, tapada por pastizales.
Es por lo tanto, el lugar perfecto. La escalera queda atrás. El andén está sucio por las hojas secas y la tierra acumulada. El alero de chapa armoniza con una melodía demencial, producto del viento y su afán por rozar lo que no le incumbe.
Sobre los rieles, descansan quietos, viejos vagones de carga, olvidados quién sabe cuando por alguna locomotora cruel, que partió susurrando un "ya no volveré" sin mirar atrás.
Son vagones de nadie, como lo es la noche. Del que quiera tocarlos y besarlos, o tan solo usarlos, como en este caso para esconder la bolsa. Se trepó al interior, sin el mínimo esfuerzo. Buscó una de las esquinas, donde ni la oscuridad parecía penetrar y allí, bajo algunos tablones, dejó la carga.
Descendió de la enorme caja y miró en derredor. El silencio quebrantado por algún que otro grillo y el viento errante. Ni siquiera la luna había querido ser testigo y estaba bien. Un par de estrellas guiñaron un brillo y bajo ese cielo negro, vestido de esplendor, el hombre desapareció.
En realidad, con un último esfuerzo como espíritu en tierra, llevó sus restos a un lugar seguro, dónde nadie lo encontrara ni perturbara, pues su plan era el suicidio perfecto.
Esa última sombra de su ser, ese fantasma espectral, lo había conseguido. Muerto y escondido por propia mano, ahora del otro lado, dormita en el reposo definitivo.

6 de mayo de 2009

Celos en noche de luna blanca

Detrás de la fría imagen de la mujer, existía un secreto. Su novio la vigilaba escondido en un callejón contiguo al departamento de sus padres, donde habían pasado tantas noches de pasión en ausencia de estos.
Pero el amor se había diluído como el azúcar en el agua y en lugar de dulzura, había nacido un océano de amargura empañando cada segundo de su existir. Sin embargo no podía quedarse conforme. Ella había cambiado. Lo venía notando en pequeños detalles, en la forma de besar, en las caricias que fueron desapareciendo, en las contestaciones silenciosas...
Un témpano había reemplazado a la mujer que amaba. Y él necesitaba saber las razones, un simple "no va más" no era respuesta para su corazón.
Aguardó en la noche fresca, cubriéndose el cuello con una bufanda, que a su vez disimulaba su rostro entre las sombras del oscuro lugar. Las manos enfundadas en los bolsillos de la campera de cuero, el cuero quieto, atento, como el de un gato antes de lanzarse por su presa.
Pero ella no aparecía y la luna parecía hacerse más gigante a cada segundo allá en lo alto. Sentía sus piernas entumecidas y un extraño hormigueo en los pies. El sueño comenzaba a atacarlo cuando un coche se detuvo delante de la puerta principal del edificio.
No le cabían dudas que era ella. Sus piernas largas, la cabellera pelirroja cayendo hasta mitad de la espalda, el bolso rojo que le había regalado para su último cumpleaños. Descendió por la puerta del acompañante. Sintió un puñal en el alma al ver salir del lado del conductor a un hombre mayor, entrado en años según delataba su cabeza blanca y el bastón que blandía con elegancia.
Entraron juntos, ella primero, él detrás.
No lo soportó, por más que sabía que era una probabilidad con la cuál podía llegar a toparse. Se decidió a cometer el peor error de su vida, ir tras ella, pedirle explicaciones, saber la razón por la cuál otro si y él no. Corrió hacia la puerta. No era obstáculo que ya estuviera cerrada. Tenía una copia de la llave.
Esperó por el ascensor, dejó que la puerta se abriera pero se detuvo. Los nervios lo comían por dentro, sentía el sudor en su cuerpo y un nudo enorme en su estómago. Sabía que la conversación terminaría mal. ¿Estaba preparado para ello? No importaba. Entró, apretó el botón con el 6 y contempló ausente la gruesa puerta de acero cerrarse.
¿Qué pasaría cuando llegara a la puerta del departamento? ¿Golpearía? ¿Entraría como si nada, esperando encontrar la escena obscena que vagaba por su cabeza? ¿Y si ella había cambiado la cerradura? ¿Y si estaban los padres? No, los padres seguramente no estaban. Ella no volvería con un hombre en horas de la madrugada sabiendo que ellos estarían allí. Al menos nunca lo había hecho con él.
Su cabeza era un verdadero martilleo, le dolía el cuerpo de tanto pensar. La máquina había comenzado a trabajar y no había forma de detenerla. Aparecían imágenes que de inmediato desaparecían y en todas estaba ella, en las poses más extrañas, en las acciones más viles.
El ascensor se detuvo. La puerta se abrió. Tomó aire y salió al pasillo. El 6 F era el último departamento a la derecha.
Caminó sobre la alfombra verde. Sentía plomo en los pies. Las manos estaban húmedas, el pulso acelerado. Se quitó la bufanda y buscó la llave en la campera. Se quedó inmóvil ante la puerta, indeciso de entrar o pegar media vuelta y escapar para nunca más saber nada de ella. Escapar del dolor, de la humillación, aunque sabía que jamás huiría del recuerdo.
No lo volvió a pensar. Metió la llave, la giró dos veces y empujó con fuerza la puerta.
Allí estaba ella, desnuda, las piernas bien abiertas, protegiendo bajo su vientre el cuerpo también desnudo de su acompañante de cabellos blancos. Primero lo cegó la furia, luego vió la sangre. El cuadro se completó con el cuchillo en sus bellas manos , bañado en un tinte rojo, casi perlado por el reflejo de la luz de la luna que penetraba por la ventana.
Se sintió confundido, aturdido, casi asfixiado. Ella lo miró en silencio, bajando los párpados, casi con vergüenza. Dejó caer el cuchillo y se puso de pie. Avanzó lenta y sensualmente hacia él y lo tomó de las manos. Se las besó dejando marcas de sangre en los nudillos. Soltó una y llevo la otra hacia su bajo vientre. El palpó el calor, la excitación que reinaba allí, a la vez que mente entraba en pánico y terror.
- Vete - le dijo ella. Si dudabas de mi amor, ahora sabes lo que siento. Aún respiras.
Sumiso y sin protestar, corrió hacia la puerta. Arrojó la llave en el pasillo y no esperó llegar al ascensor, sin detenerse ni mirar atrás, se lanzó por las escaleras en una loca carrera hacia la calle, sabiendo que jamás volvería ni sabría nada de ella y principalmente, jamás olvidaría.

4 de mayo de 2009

La leyenda oculta

El hombre había pecado y había sido maldecido. Cargaba sobre sus espaldas el no poder enamorarse. Bellas mujeres lo cortejaban, lo seducían o al menos lo intentaban, y él, aunque atento y caballero, las dejaba alejarse.
Consciente de su destino y resignado a no poder conocer el amor, optó por su antónimo: el odio. A partir de entonces, toda mujer que se acercaba en busca de su corazón huía despavorida ante las maldades a la que era sometida, con crueldad y desidia.
No conforme con ello, las persiguió y torturó a cada una de ellas hasta el hartazgo. No solo mutiló sus cuerpos, sino que condenó sus almas a la eterna soledad.
Esa rabia visceral lo fue consumiendo, ya casi no era humano. Vivía en la oscuridad, deambulando en los callejones, comiendo ratas y alimañas, saciando su sed con el agua estancada de las cunetas y el líquido impuro de los orinales.
Ya no diferenció mujer de hombre, como él no podía ser distinguido entre ser humano y animal. Mató una y mil veces. Sucumbió al deseo de la sangre que lo llamaba y lo obligaba a sentir su sabor áspero, dulce y viscoso en el paladar o salpicando sus manos, sus piernas, su cuerpo entero.
Salieron a buscarlo, miles, cientos de miles. No había duda si lo querían vivo o muerto. La respuesta también estaba teñida en sangre. Lo persiguieron en distintas ciudades, luego en diferentes países, por todo el mundo.
Y un buen día, desapareció. Se dice que su forma humana se extinguió en forma definitiva, espaciéndose por el aire, llevando consigo la maldición transmutada a cada corazón de hombre y mujer en la Tierra. Y hoy yace oculto en mínimas proporciones en el mismo lugar donde nace el amor y muere la esperanza, esperando paciente, malicioso, el momento justo para seducir a la mente y ajustar de a poco cuentas con su destino.

2 de mayo de 2009

El cubo

Mire por donde lo mire, es un cubo. Seis caras cuadradas iguales, ocho vértices y doce aristas, es decir, lo que aquellos que hablan bien, nombran como hexaedro. No hay ningún misterio.
Y entonces... de dónde proviene la música? Porque si me lo acerco al oído, no percibo que llegue desde su interior. Si lo agito, no detecto nada dentro, al menos que esté suelto. Pero no pareciera haber un parlante o circuito o lo que corno sea que pueda emitir sonido. Y no cualquier sonido. Estamos hablando de la overtura de La Flauta Mágica, de Mozart.
Ahora, qué hago con este cubo en la mano. También es extraño. A ver, veamos... venía caminando por el sendero que va al arroyo, pero en dirección este, de repente... de repente qué? si, algo pasó, pero qué...
Si, si, la luz. Una gran bola de luz. Lo recuerdo, bien. Y algo que se estrelló detrás de la colina. A medida que me acercaba el olor a chamuscado me llegaba claramente a la nariz. El olfato no me engañaba, algo muy caliente había caído del otro lado de la colina.
Metal retorcido. Esa es la imagen que tengo en la cabeza. Una gran bola de color acero, despidiendo humo y vapor y a pocos metros, sobre la gramilla quemada, estaba el cubo.
Y corrí a buscarlo. Estaba sobre algo... tengo que recordar. Una mano! Si, al cubo lo sostenía una mano. Y tenía algo raro... los dedos! Solo eran tres y largos y las uñas de un color violáceo, casi cristalino. Y la mano pertenecía a un brazo largo y escuálido, repleto de pintitas rojas, como si fueran pequeños lunares. Pero no vi el cuerpo, porque estaba aplastado debajo de lo que debió ser, parte de algún tipo de nave.
Tomé el cubo y seguí caminando. Por algún motivo me cuesta recordarlo todo. Incluso no se cómo es que llegué aquí... pero, ¿dónde estoy?.
Cuatro paredes iguales, el piso, el techo. Seis cuadrados perfectos, ocho vértices y doce aristas. Es imposible...
El miedo, la angustia, el no saber dónde estar, ni como salir. Los cómo, los por qué, los dónde y los cuándo, todos se agolpan en mi mente, junto a la imagen tétrica y enfermiza del pequeño cubo que aún sostengo en mis manos y al sonido fuerte y delicioso que acompaña mi perdición en los bosques hexaédricos de la demencia.

26 de abril de 2009

Confesión de alguien que no existe

Mentí.
Dije ser una persona y no lo era.
Te hice creer que hasta podías escucharme, pero siempre lo imaginaste, nunca fue real.
Ahora sientes el vacío de mis palabras, la oscuridad que acompaña a la ausencia.
Eres presa de tu confusión.
Ni siquiera fui una sombra, mucho menos una ilusión.
No fui nada.

Ni siquiera este texto existe.

23 de abril de 2009

El caserón de la esquina

Los chicos del barrio le temían al viejo caserón de dos pisos ubicado justo en diagonal a la plaza. Decían que estar cerca de ese lugar de noche, traía mala suerte. Por las dudas, cuando las luces del día daban muestras de querer desaparecer, o se iban a sus casas o cambiaban de lugar para sus juegos.
Era otra época, no había computadoras, ni videojuegos y tampoco ese lazo inseparable con el televisor. Los juegos eran al aire libre, con pelota, rayuela, mancha o escondidas.
La barra de entonces era de ocho chicos. Todos varones. A veces dejábamos jugar a las nenas con nosotros, pero no mucho. Siempre terminábamos peleando y teníamos que estar de muy buen humor (y ella compartir galletitas o algo) para dejarlas estar con nosotros.
Mientras el día gobernaba, nos animábamos a permanecer en la vereda del caserón. Nos llamaban la atención las ventanas del piso superior, redondas y sin cortinas. Los marcos quebrados y despintados por el paso del tiempo y los vidrios rotos y los que no, astillados.
El caserón tenía una enorme entrada, pero no crecía pasto ni planta alguna, a diferencia de otros frentes vecinos. Todo estaba seco. A veces veíamos sapos rondando la puerta o gatos durmiendo en el tejado. Siempre eran negros.
Las ventanas de la planta baja eran rectangulares y allí si había cortinas. Seguramente habían sido blancas en algún momento, ahora todas estaban amarillentas, salvo una que además de dicho color, presentaba una mancha negra, como de haberse quemado.
La puerta de entrada, que jamás vimos abierta, era gigante y tenía grabada una luna. Lustrada seguramente sería hermosa, pero con el desgaste encima, era tétrica. Teníamos miedo, si. Pero por alguna razón que entonces no conocíamos, nos gustaba estar allí, frente a ese caserón, jugando en la vereda.
Supongo que la casa no era solo una fachada tenebrosa, seguramente tenía una historia atrás. Pero nadie nos hablaba de ello. Si uno preguntaba por ese lugar, siempre respondían: "¿Casa? ¿Cuál casa? Ahh, esa..." y jamás nos daban una pista sobre su pasado, sus últimos habitantes, nada.¨
Eramos muy chicos para suponer que la casa además del miedo que inspiraba, podía dominar las mentes o asustarlas de tal forma, que uno no la recordara, o simplemente, deseara ignorarla, así sin más.
Sucedió un sábado lluvioso. Habíamos estado jugando con la pelota en la plaza, los ocho. Uno de nosotros, no recuerdo quién, había conseguido unas figuritas de fútbol en otro barrio. Nos sentamos a verlas en la vereda del caserón. Las figuritas nos fascinaron, estaban casi todos los equipos, las imágenes parecían fotografías de verdad y fue tal el encandilamiento de las mismas, que perdimos noción del tiempo. Los nubarrones anticiparon la noche y para cuando nos dimos cuenta, la casa había cobrado vida.
Sentimos algo raro, como si el aire se volviera espeso. Primero fue la sensación de asfixia, luego la oscuridad rodeándolo rodo. No se veía la plaza del otro lado de la calle. Oí a un par de mis amigos gritar y yo comencé a llorar. Algo me agarró una pierna y tuve la suerte de poder zafarme. Uno de los chicos fue arrastrado de mi lado hacia la casa en una fracción de segundo. Aproveché y corrí contra la negrura. No sabía hacia donde, pero estaba descontrolado.
Agitado, asustado, meado hasta las medias y llorando casi a gritos, corrí y corrí. Me pareció correr un siglo, una eternidad. Corrí hasta que tropecé contra el cordón de la manzana de enfrente y me abrí la frente contra el suelo.
Desperté varios días después en el hospital, con mis padres cuidándome a mi lado. Fueron prudentes las primeras horas, me dejaron tranquilizarme. Luego me pidieron que hablara. ¿Dónde están los chicos? me preguntaron.
Comprendí entonces que ninguno había logrado escapar, que había sido el único. Me largué a llorar. Me ganó la angustia, el remordimiento, el dolor. Les nombré la casa, les conté de las figuritas, les pedí perdón por no habernos percatado de la noche. Volví a llorar. Y me di cuenta que estaban pálidos y no podían ocultarlos.
Con los años aprendí a sobrellevar el pasado y aunque costó, a hacer nuevos amigos. Aún tengo pesadillas, aún, en las noches de tormenta, tengo esa sensación de algo agarrándome la pierna. A veces, temo, estoy seguro que algo me arrebatará de la cama.
Intento no pasar delante de la casa. Ya no por miedo, porque ya no soy niño y he comprendido que solo le gustan ellos. Sino porque por esas ventanas sin cortinas del piso superior los veo.
Si, a ellos, que fueron mis amigos, los veo gritando, pidiendo por ayuda con gestos de dolor y desesperación. A los siete golpeando las ventanas rotas, llorando sin compasión, sin poder crecer, siempre con la misma edad, pero cada vez con peor aspecto. Y se muy bien que todos los adultos de este barrio, ven al pasar por esa vereda nefasta a los pequeños amigos perdidos en la niñez. Porque el caserón siempre deja cabos sueltos para que el dolor se extienda por toda la eternidad.
Pero no hablamos de ello, nos conformamos con seguir vivos. A veces, incluso, olvidamos que algo sucedió. Así que nos callamos, evitamos las ventanas, miramos para otro lado y seguimos avanzando.

20 de abril de 2009

Presagio imperfecto

Noté el silencio avanzada la mañana. El amargo en la mano, la pava ya tibia reposando en la mesa. El viejo no roncaba. Me quedé escuchando inmóvil, esperando ese sonido tan familiar y a veces molesto. Y nada. Me empezaron a temblar las piernas y un nudo tomó por asalto mi estómago.
Cuando el miedo nos domina, son muchas las sensaciones que nos pueden atacar. El pánico es una de ellas. En menos de cinco segundos, sentía como el sudor me recorría la frente, brazos y espalda. El corazón se había acelerado en forma abrupta y prácticamente no podía tragar saliva.
Es que no escuchaba el ronquido del viejo. Tenía que pararme, obligar a las piernas maltrechas a caminar y emprender el camino por el pasillo. Tenía que llegar a la habitación. Pero el pánico se había apoderado de mi cuerpo.
Me froté las rodillas, me sentía helada. Solté un gemido sin darme cuenta y comprendí que estaba a punto de llorar. Me puse de pié. Casi pierdo el bastón, pero lo sostuve a tiempo. Respiré hondo, asida aún a la mesa. Y fui.
El silencio proveniente de la habitación (si es que el silencio puede provenir de alguna parte) me agobiaba y hacía que cada paso costara tanto como mover una tonelada de barro. Mi respiración entrecortada era lo único que escuchaba. Eso y el corazón latiendo sin escrúpulos.
La puerta. Allí estaba ella, un guardián macizo, firme. Giré el picaporte y sin pensar más, entré.
La cama hecha. El orden pulcro. La serenidad de un cuarto sin uso desde hacía largo tiempo. Y la verdad que cayó a mi mente como un martillo. Su muerte pasada, su recuerdo eterno, la necesidad de tenerlo aunque sea un instante más a mi lado... la pesadilla que aún mi mente no quería entender.

17 de abril de 2009

La respuesta esquiva

Llegar ante una cama vacía y descubrir que nadie te espera ni mucho menos, desea
Nace entonces una lágrima que es esconde en alguna esquina, esperando por quién la enjuague, por quién la entienda
Es la resignación de los días, esperando el ocaso como única hora para creer de nuevo en la vida, rememorando un pasado de iguales altibajos
Hurgando por esa respuesta que nos esquiva y atormenta, que quizás no exista o haya sido escondida por un dios en la tristeza o en un bello poema a la muerte
Razón entonces que determina mis horas, embebido en versos sin colores, de pasiones fatales, finales abruptos e innombrables horrores
Mis muebles abarrotados de escritos, las paredes pintadas con desquicio y mis venas llorando la ausencia de sangre, y la luna en lo alto, asomando por la ventana, con esa letal indeferencia que la caracteriza
Qué cuadro aterrador encierran mis noches, con sus lamentos y miedos, pero qué fresca es la brisa que cada día me trae el sol por la mañana
Me convenzo entonces que todo es una pesadilla, una idea absurda, un antojo intenso y mal abordado, el deseo morbo de no ser amado
Ultrajado por esa mentira, caigo en la cuenta que todo ha sido en vano cuando al regresar abro la puerta y ese salón desolado y frío me recibe altivo, a sabiendas de ser mi único dueño y que el camino que me queda, es el que lleva a mi cuarto, donde yace una cama vacía

15 de abril de 2009

El brillo de la luna

Soy investigador privado desde hace quince años. He seguido a gente famosa, he investigado en villas en las que pocos salen vivos a plena luz del día y hasta, en varias ocasiones, me he visto envuelto en tiroteos con maleantes peligrosos.
Esta noche es especial. Sigo a una persona misteriosa, que pocas veces se deja ver. Me encomendaron esta tarea ayer por la tarde, en mi oficina. Una persona alta, cabello rizado, ojos negros como la noche. Usaba bastón y sombrero de copa. Me pareció bastante gracioso, pero no dije ni pío, puesto que me pagó por adelantado y en efectivo.
¿Por qué especial? Por el nombre de la persona que sigo. Es el de mi hermano. Hace dos décadas que no lo veo. En realidad, debido a que había desaparecido de la faz de la tierra. Fue la idea de no poder encontrarlo, la impotencia durante mucho tiempo de observar a la institución policial incapaz de resolver su desaparición, la que me llevó a convertirme en investigador.
Aparentemente había estafado a la persona que me fue a ver. No me resultaba extraño, claro que no se lo dije al hombre del bastón. Mi hermano, en realidad, no era un santo. Al cumplir los dieciocho ya había cumplido más de dos años en distintos reformatorios de la zona. Para los veinticinco, sus entradas y salidas de las comisarías en cien kilómetros a la redonda sumaban más de una centena.
Era ladrón de poca monta, se quedaba prácticamente con vueltos y si, efectivamente, no era muy bueno. Acababa siempre adentro, como si le gustara pertenecer a ese mundo, tanto fuera como dentro de la cárcel. Hasta el día que desapareció, claro.
El hombre fue muy claro. Saber dónde se alojaba y si lograba un contacto directo con el individuo, hacerle saber que "Don Savarino" lo estaba buscando y darle una tarjeta con un número telefónico.
La noche estaba más oscura que otras noches. La luna no se decidía a brillar con fuerza, como temiendo a ser descubierta allí en lo alto y delatar su presencia a los astros celosos que pueblan el cielo.
El sujeto que seguía, en teoría mi hermano, había cenado en "Britney", jugado al bowling en "Carnavalarama" y luego, acompañado de una dulce y joven señorita, pasado gran parte de la noche en el motel "Sexys". Era una noche de mucho despliegue, algo raro para una persona que hace veinte años nadie encuentra.
Cerca de las cuatro, salió de la habitación solo. Caminó hasta la ruta y se dispuso a esperar, quizás un auto o un taxi, nunca lo sabré. Fue mi oportunidad. Descendí con velocidad de mi oxidado Fairlane y llegué hasta sus espaldas. Pronuncié su nombre, pero no se dió vuelta. El sujeto, con toda la naturalidad del mundo, encendió un cigarrillo y arrojó el fósforo hacia la ruta, como si no me hubiese escuchado. Le toqué un hombro y reaccionó con tal velocidad que no vi venir el cuchillo. Por fortuna sólo rozó mi cadera. Me sobrepuse, le di un golpe en la mandíbula pero el sujeto (que la noche no me dejaba ver el rostro) sacó un revólver, calibre .38 y gatilló.
Se escuchó el click del tambor vacío. Había olvidado cargarla o fue solo la suerte que jugó a mi favor. Sin pensarlo saqué mi pistola y disparé al corazón. Cayó fulminado. Miré su rostro, a la luz de la pálida luna. No era mi hermano. Una sensación extraña me recorrió el cuerpo, sentí que las piernas se me doblaban. Pude recuperar la compostura a tiempo, sabía que el disparo alarmaría a la gente del motel. Corrí al coche y huí de la escena.
¿Cómo podía ser? No me había equivocado con la persona. Estaba dónde debía estar. Las características que me habían dado, eran las que encontré. Salvo el rostro, que nunca había podido ver, lo demás era exacto. Pero el nombre y esa persona no tenían nada que ver.
Conduje hasta el otro lado de la ciudad. Debía llamar al hombre del bastón. Me detuve en una cabina telefónica. Busqué monedas en el bolsillo y encontré las suficientes para que la operadora me comunicara con el teléfono que tenía escrito en la tarjeta.
- ¿Don Savarino? - pregunté al sentir que levantaban el auricular del otro lado de la línea.
Una risa.
- ¿Don Savarino? - repetí, ahora levantando un poco la voz. No quería dejar que se me notara la falta de aliento y el miedo de haber fallado.
La voz me contestó. Conocía esa voz.
- Muy buen trabajo. Más de lo que pedí, pero mejor.
Aún no le había dicho nada, alguien seguro me había estado observando. Entendía poco de lo que pasaba y la verdad era que no quería entender más nada. Volvió a hablar y esta vez me estremecí.
- Es fácil ser el diablo, cuando nadie espera encontrárselo. Sabes que es malo y le temes, pero no quisieras topártelo. En cambio tu, querido hermano, has sabido de él durante mucho tiempo, hasta que claro, era hora de buscar nuevos desafíos. Sabía que si me buscabas, sería para matarme. Fue como sacarle un caramelo a un niño o mejor, como quitarle...
Río alocadamente y colgó. Me dejó helado en aquella cabina telefónica, casi temblando del miedo y del espanto, de odio y bronca. Mi cabeza era un caos y su frase final me remontaba a un ayer olvidado, que ahora vertía otra vez la sangre sobre la herida, haciéndome sufrir. "Como quitarle la vida a quién amas" había querido decir.
Si, tenía razón. Si lo encontraba, lo iba a matar. Pero no se mata al diablo, ahora lo sabía. El te mata a tí y no una vez, todas las que quiera.
Las sirenas policiales se escuchan muy cerca. No me extraña, la luna ahora si ha vuelto a brillar.

12 de abril de 2009

Palomas muertas

Encontrar una paloma muerta no es nada extraño. Toparse con una segunda en menos de treinta metros ya es llamativo. Uno piensa de inmediato en niños con gomeras o algún grandulón de mente aviesa con rifle de aire comprimido.
A la segunda la moví casi con asco con el pie. No tenía golpe de piedra o marca de un impacto de rifle. O se había muerto volando y caído o caído y muerto al impactar en el piso, pero la causa exacta que desencadenó el deceso del ave era toda una incógnita para mi mente curiosa.
Seguí caminando y contando. Tres, cuatro, cinco, seis. Llegué a treinta. ¿En qué tramo? Unas cinco cuadras calculo.
Si dos me resultaban extrañas, treinta sonaba a alarmante. Fui hasta la comisaría. Entré temiendo que se rieran de lo que expondría, pero había un revuelo de novela en las oficinas: decenas de llamados denunciaban lo que yo había visto.
Vi como los uniformados salían presurosos y ganaban la calle. ¿Hacia donde van? Atiné a preguntarle a una agente, pero me miró de reojo (inspeccionándome de pié a cabeza en una fracción de segundo) y viendo que no era nadie importante, me atacó con la indeferencia.
Quedé solo en la comisaría y fue allí cuando comencé a escuchar los golpes en el alero de chapa de la galería interior del edificio. Me asomé y con incredulidad creciente observé como del cielo caían palomas muertas como si fueran piedras en medio de un temporal.
Caían con fuerza y en algunos casos, los pechos explotaban estrepitosamente. La sangre comenzó a acumularse en el piso y se estaba formando un enorme charco carmesí.
Pensé en huir a la calle, pero reflexioné sobre el peligro de ser golpeado por uno de esos seres muertos. ¿Pero dónde habían ido todos?
Me asomé a la calle, no había nadie afuera. Las veredas estaban desiertas y hasta las luces en las viviendas se habían apagado. Con repugnancia me di cuenta que un gran río de sangre se estaba formando en las calles y sobre él, el reflejo de la luna se tornaba desquiciado y fantasmal.
De repente, los cuerpos inertes de las palomas muertas comenzaron a ulular al unísono. Sus guturales sonidos movían el aire y la atmósfera se convirtió en una espesura irrespirable. Las aves temblaban en su sitio, impregnadas en la sangre que las rodeaba. Sentí como el aire me sofocaba y caí de rodillas.
Mis pantalones se pusieron húmedos de inmediato. La sangre de las palomas muertas lo bañaba todo. El sonido del ulular masivo rompía los tímpanos y despedazaba la cabeza. Caí rendido, mi cuerpo se desmoronó a lo largo y la sangre cubrió mi rostro y penetró por mis labios, mis fosas nasales, mis oídos. Ganó el interior de mi cuerpo y mis venas sucumbieron a ella.
El ulular comenzó a hacerse familiar y los pensamientos más claros. Abrí los ojos y el mundo se tornó de dos colores: azul y violeta. Hinché el pecho y desplegué las alas. Y esparciendo sangre en mi despegue, volé alto, muy alto, gracias a mis plumas nuevas.

10 de abril de 2009

Fracaso

El hombre insistía en su culpabilidad. Alegaba sufrimientos, despojos, bronca acumulada. Se señalaba, se inculpaba. Pero el juez no le creía. Quedó en libertad.
Salió decidido a demostrar que realmente había maldad en su interior. Atracó a un policía en la esquina y le robó el arma. Corrió hasta el primer banco y lo asaltó. Tomó a dos rehenes y mató un guardia de seguridad. Huyó con casi doscientos mil dólares y en la fuga hirió a dos ancianas. Dejó ir a uno de los rehenes, pero retuvo a una chica de veinte años.
Se refugió en un motel de poca monta, cerca del acceso a la autopista. Violó repetidamente a la inocente joven. Dos horas más tarde se entregó.
El hombre volvió a insistir en su culpabilidad. Alegó indiferencia e incredulidad de parte de los demás, se proclamó víctima del sistema. El juez no le creyó y le dijo:
- Vos hiciste todo esto para que yo te creyera lo primero, o pensás que no me doy cuenta. No tonto, a mi no me engañás.
Y lo dejó en libertad.

8 de abril de 2009

Bolsillos llenos

Qué das cuando la vida está en juego. Todo, o me equivoco? Es como jugarse todo a un solo número, ya estás jugado, si ganás bien y si no, chau, te vas con los bolsillos vacíos. Pero a no arrepentirse.
Es lo mismo, salvo que con la vida no se juega, entonces, no pensás en esto o aquello, vas al grano. Es así. Y si no tenés un peso te la rebuscás. Sabés que para comer no te alcanza el mango, que a la changa vas prendido de donde sea de un bondi, sin que te vea el chofer, claro. Y si tenés que meter la cabeza en un horno y limpiarlo con la lengua, lo limpiás.
Es así, porque de lo contrario se me muere la nena. Porque en la farmacia tengo que dejar como cinco gambas cada quince días, pero no me importa, viste. Qué me va a importar si casi la tengo que llorar. Qué son quinientos, que son mil, que es la plata en realidad si yo no tengo esa sonrisa que me invita a salir a laburar. Qué es mendigar al lado de tenerla en brazos un día más.
Me cago, mirá si voy a andar eligiendo en esta situación. Así que acá estamos. La nena tira, viste. No me voy a arrepentir, no te preocupes. Vos inyectá tranquilo y sacá lo que tengas que sacar. Córnea, hígado, pulmón, lo que quieras. Vos sacá y dale la plata a mi mujer. Decile que la quiero, decile que lo hago por la nena. Qué lo parió, si la viera sonreír doctor... es como el amanecer, siempre te pone feliz.

4 de abril de 2009

El ente

Era una persona tímida y retraída, siempre absorta en sus pensamientos, con los ojos desencajados pero sin prestar atención a nada en especial. Se escabullía de las multitudes y cuando podía, se encerraba en algún lugar oscuro y solitario.
Nadie sabía dónde vivía, tampoco a nadie le importaba. No tenía amigos ni hablaba con nadie. Prácticamente era una sombra que durante el día deambulaba por los pasillos de la biblioteca del colegio, sin compañía, sin prisa.
Pocas veces intentaron algunos estudiantes dirigirle la palabra y cuando lo hicieron, se dieron cuenta de inmediato que perdían su tiempo, pues el "ente" tampoco contestaba preguntas ni seguía una charla.
Algunos intentaban evitarlo, como si su presencia fuera razón para el contagio de una rara enfermedad. Otros preferían no cruzarlo, porque su imagen les resultaba patética y digna de un retrasado mental.
En definitiva, se fue convirtiendo en un bicho raro al cual nadie agradaba pero que también nadie alcanzaba odiar. El trato con los demás pasó a ser la indiferencia. Todos por un lado, el "ente" por el otro. Y así estaban bien.
El por su parte estaba satisfecho, de esa forma no causaría daño alguno. Por supuesto que lamentaba no tener amigos, no poder hablar dos palabras con nadie, notar cuando alguien evitaba hasta el mínimo roce con su persona. Pero no podía ser de otra manera, era consciente.
De esa forma, la maldición que descansaba en sus entrañas seguiría allí y la lucha mental contra el anticristo que residía en su interior se mantendría firme. En tanto hablara o dejara entrar a alguien dentro de su coraza espiritual, todo se derrumbaria. Y nadie quería eso. Ni siquiera aquellos, que ignorantes de la verdad, lo señalaban a sus espaldas con dedos acusadores, epítetos descalificadores y enormes carcajadas; en tanto él, se alejaba escaleras abajo cargando en el seno oculto el equivalente al fin del mundo.

29 de marzo de 2009

El instante clave

La incertidumbre de no saber es tan espantosa como la certeza de saberlo todo. No hay sabiduría en el que peca de soberbio, no hay valentía en el que expone a otros al peligro. No hay verdades en aquel que se miente a si mismo.
En esta cruda realidad de lo que somos, en la que tejemos a diario la tela que sostiene nuestras vidas, a sabiendas que cada puntada es un sacrificio, estamos conscientes además que cada instante es un presente en fuga. En fuga hacia el pasado, el olvido. Y de ese instante que nos valemos para ser, dependemos para seguir. Y el futuro será a partir de lo que hagamos en el ahora.
La sutileza en el manejo de la pinza, era el ahora de Horacio, que meditaba en silencio mientras las gotas de sudor bañaban su rostro y sus manos pseudo temblorosas dirigían la esperanza propia y ajena hacia el complejo circuito. La explosión dependía de él y su mente reflexionaba para no pensar en lo que realmente debía pensar: en su mujer y en sus hijas. Sin embargo era consciente que si lo hacía, debía ponerse de pié, guardar las herramientas en el maletín y renunciar al escuadrón antibombas.
El precio de la vida se determinaba en la suma de responsabilidades. Y el suyo, era muy alto. De todas formas, todo era relativo y el cable más fino y más insignificante era capaz de volver la cifra a cero.
Afirmó la mano, acomodó el filo de la pinza en derredor del cable verde y cortó...

24 de marzo de 2009

El príncipe y el mar

Se sentaba todas las mañanas sobre la arena, mirando el mar. Parecía un príncipe semidesnudo, sin capa, ornamentos ni espada. Tan solo su túnica blanca, su mirada quieta y su aura inmóvil.
Las olas paseaban por sus ojos y el agua salada bañana sus pies. Las horas se iban consumiendo y con ella el día. Las gaviotas volaban plácidas y serenas, con sus graznidos lejanos y responsabilidades ausentes.
La playa era un desierto de soledad, un bálsamo de tranquilidad y olvido. La memoria de un pasado que había quedado, como todo pasado, atrás.
La noche asaltaba el horizonte y de a poco lo oscuro ocultaba la luz. El cielo se iba poniendo negro y miles de puntos brillantes se encendían sin avisar. La brisa se tornaba fresca y el mar abrigaba entonces su andar.
El príncipe despertaba de su letargo antes de la medianoche y observaba las constelaciones. Se dejaba embelesar un rato y luego se ponía de pie. Era el momento de los sórdidos recuerdos, de la cruda realidad. Caminaba ahuyentando los sonidos de su mente, las voces profanas que le decían lo que nunca hubiese querido saber: "Eres el último, eres el adiós. Eres el último ser humano sobre la tierra y no tienes redención".