Julián era un tipo serio, trabajador y honesto. Se había marchado de la casa paterna antes de los dieciocho, ni bien terminó el colegio secundario. Le parecía de aquello una eternidad, pero aún no había pasado una década. Recordaba claramente la discusión con su madre, porque se había plantado en la postura de no seguir estudiando y buscar un trabajo.
Se quedó con la suya, lágrimas de por medio de su madre y varios meses sin hablarse con su padre, pero nunca se arrepintió. Capaz y versado, supo ganarse la confianza de sus patrones en una tienda de un pueblo vecino y con el tiempo, ser promovido como encargado de una sucursal mayor, ubicada en la capital de la provincia.
Así fue como perdió contacto fluido con su familia. Atrás había dejado además de sus padres, con los que, luego de aceptar su decisión, la relación siempre fue estupenda, a cinco hermanos, una gran cantidad de primos y tíos y a los abuelos por parte de su madre.
No dejaba de llamar todos los domingos, pero no era lo mismo. Las conversaciones parecían superficiales, intangibles. De vez en cuando se enteraba de alguna novedad de sus hermanos o primos, pero era lo mismo que enterarse en el diario que un hombre en otra parte del mundo se había ganado la lotería. Sus "qué bien", "mandale saludos", "decile que los quiero", "los extraño" se fueron haciendo cada vez más forzados.
Eran su gente y ese lazo era más fuerte que el olvido y la distancia y por ello, cada domingo marcaba en el teléfono el número que conocía de memoria y aguardaba el tono de llamada hasta que la inconfundible voz de su madre lo aturdía con "¡hola Julián!" seguida de un "vos siempre te acordás de nosotros". Y a Julián, aunque sea un par de segundos, se le aflojaban las piernas. Pero duraba poco. Luego la frialdad a la que se había acostumbrado, tomaba posesión otra vez de él.
Pero desde el último domingo, es decir, dos días atrás, que no podía dormir. Era algo extraño, pero de pensarlo se le erizaba la piel. No podía dejar de recordar unos meses atrás, también domingo - ahora estaba seguro - que al regresar a su solitaria casa de pasar la tarde con unos amigos del trabajo, con los que había comido un asado, sintió a sus espaldas mientras cruzaba del living a la cocina el aleteó de un animal.
Pensó en un pájaro. Entonces revisó las ventanas y se dio cuenta que había dejado abierta la que daba al pequeño patio. La cerró y tomó la escoba, para intentar cazarlo.
Lo buscó hasta el cansancio. Cuando se daba por vencido, escuchó el sonido otra vez. Giró y no era un pájaro. Una enorme mariposa negra se poso en el estante de los libros, en una posición tal que hubiese jurado, lo estaba observando.
Apurado, quiso encender también la luz que daba para ese sector, así la veía con más claridad si escapaba hacia el techo, pero se equivocó de tecla y dejó todo a oscuras. Fue un segundo, pero en ese instante sintió pavor. En el lugar donde estaba la mariposa, dos puntos rojos se suspendían fijos en el aire, como si fuesen ojos. Activó la tecla de inmediato.
La luz trajo de nuevo a su vista la imagen de la mariposa. Corrió hacia ella con la escoba en alto y el bicho, presintiendo el peligro, se alejó volando hacia la cocina. Julián fue tras ella, pero tuvo que agacharse para evitar chocar con la mariposa, que ahora volaba en dirección contraria perdiéndose por la puerta que daba al dormitorio.
"Ya te tengo" dijo Julián recordando que había acabado de cerrar la ventana pero al llegar al marco de la puerta se detuvo con la boca abierta, al ver la ventana abierta hasta arriba y las cortinas arrebatadas por la brisa.
No había pensado más en el asunto hasta que un par de horas después su madre se anticipó a su llamado y llorando le dio la noticia de la muerte de Pedro, el más pequeño de todos.
Un accidente fatal, en la ruta, dos horas antes. Julián no supo que decir. Lo velaban a la mañana siguiente, estaba destrozado "mejor no vengas Julián". Y él, por supuesto, no fue.
Y a su vez, pensar en ese episodio, le traía a la memoria lo del último domingo. Había terminado de ver el partido de fútbol de su equipo en la tele. Tenía que ponerse a pensar en lo que se haría de cenar. En la heladera había algo de fiambre, pero ya había hecho sánguches la noche anterior. Vio que en la puerta tenía unos huevos y supuso que un omelette no estaría mal.
Cerró la puerta de la heladera y su vista quedó cara a cara con la ventana de la cocina, la que da al pasillo con el vecino. Del otro lado del vidrio, posada sobre el mismo, la mariposa negra lo observaba fijamente, como esperando su próximo movimiento.
No supo si estuvo congelado en esa posición mirándola durante pocos segundos o un par de horas, tampoco le importaba, el hecho de tenerla delante, aunque separada por un cristal, no hacía más que hacerle sentir una sensación repugnante.
Por fin se movió y fue hasta la ventana. La mariposa desplegó sus alas y desapareció de su vista. Un fino sudor lo había empapado debajo de la camiseta. Se pasó la mano por el rostro y también estaba húmedo.
Era la hora de llamar a su casa, pero vacilaba en hacerlo, sin saber muy bien por qué. Lo hizo. Marcó el número que se sabía de memoria. Sonó una vez, dos veces, tres veces, cuatro... no atendió su mamá.
"¿Quién habla?" preguntó una voz grave, cascada por el cigarrillo. Era su papá. De inmediato le explicó que algo le pasaba a su madre, que desde la tarde sentía dolores en el pecho y que un médico la había ido a examinar. Al día siguiente irían al hospital a que le hicieran estudios. Julián asintió sumiso a cada oración. No sabía si estaba sorprendido o no. Algo le decía que no. Dejó saludos para todos "especialmente a mamá" y cortó.
Desde entonces no dormía.
Se había sentado en el sillón más cómodo, repasando los hechos. Aún tenía sangre en la mano. El corazón todavía le latía acelerado y el estómago era una piedra lacerante de ácidos revolucionados y teorías descabelladas.
El domingo de la muerte de su hermano, dos días atrás, cuando su madre comenzó a sentirse mal... y hacía veinte minutos.
Siempre ella, siempre la mariposa negra de ojos rojos. Antes, hace dos días, recién, cuando casi lo mata a él de un infarto. Salía de bañarse, semidesnudo, con una toalla cubriéndole de la cintura para abajo, más por intentar no mojar el trayecto hasta su pieza que por otra cosa, cuando el sonido espeluznante del aleteo del insecto, aún presente en su memoria, lo golpeó de lleno en el inconsciente, sacándolo de los pensamientos en los que estaba inmiscuido y llevándolo a ese terreno de lo irracional que tanto temía.
Improvisó un arma con la toalla húmeda, haciendo una especie de trenza con ambas manos y la agitó sobre su cabeza, aguardando que se acercara. Poco le importaba quedar con sus partes íntimas expuestas, solo quería matarla.
La mariposa entendió el juego y bailoteó a su alrededor, suspendida con una gracia tan desagradable como terrorífica, clavándole la mirada desde los dos puntos rojos que con mayor detenimiento, comprendió Julián, que no parecían ojos, sino más bien, dos protuberancias sobre su cuerpo.
El insecto se movió rápido y decidido hacia la izquierda y Julián atacó con la toalla. Erró el golpe y la mariposa se abalanzó sobre él. No podía creerlo, estaba luchando contra ella. Las alas batieron muy cerca de su rostro, pero a tiempo que pudo arrojarse al suelo, esquivándola.
Se puso de pie de inmediato. Ella cargaba de nuevo. Le arrojó la toalla instintivamente. ¡La había atrapado! Se agachó con recelo y apretó con fuerza la toalla contra el piso. Pero la mariposa se escabulló antes que pudiera aplastarla, contraatacando contra su espalda desnuda. Julián sintió el escozor del roce y gritó con fuerza. Se afirmó en la pared para no caerse y cuando levantó la mirada la mariposa ya estaba encima de él. Lo embistió con fuerza, haciéndole perder el equilibrio. Algo caliente el surcaba la frente, pero no podía pensar qué era, porque estaba cayendo. Interpuso sus manos ante su cara a tiempo para evitar que fuera ésta la que diera de lleno contra la mesa ratona de vidrio, que estalló en mil pedazos con la fuerza de su cuerpo.
Vio desde el piso los cristales esparcidos por la alfombra. Se miró las manos. Una estaba cortada, la otra otro. Con esta última comprobó que también era sangre lo de su frente.
Aún tirado en el piso, buscó la forma de girar su cuerpo sin lastimarse con los fragmentos de vidrio para ponerse a resguardo de la mariposa. Sin embargo, la vio alejarse por el pasillo, camino a su habitación.
Finalmente se puso de pie y armado ahora con la escoba, fue hasta su pieza. Allí no quedaban rastros del horrible insecto. Tan solo la ventana abierta. La cerró sabiendo que debía volver al living y marcar el número que conocía de memoria.
Pero allí estaba, sentado en el sillón más cómodo de su casa, sin la voluntad de querer hacerlo. No era ahora la frialdad de la distancia, sino la certeza de lo inexplicable lo que lo detenía.
Dolorido y con ganas de llorar por una noticia que aún no le habían dado, aguardó en el silencio de la habitación el llamado que no tardaría en producirse.
Un instante eterno
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*Clave de lectura:* Expectativas y posibilidades de actuación después de
los 50 años.
*Valoración:* ✮✮✮✮✩
*Comentario personal:* De espíritu y contenido mu...
Hace 5 horas.