Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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30 de septiembre de 2010

La habitación del teléfono

A Prinston Márquez lo llamaron en medio de la noche. No comprendía que era ese sonido, si acaso el despertador o el timbre de calle. Comprendió que era el teléfono, en el cuarto de al lado. Se levantó casi dormido y caminó hacia el aparato. Levantó el tubo buscando las palabras apropiadas para tratar al desatinado que lo llamaba tan tarde.
¿Quién habla? preguntó de mal humor. Del otro lado de la línea recibió solo silencio como única respuesta. Repitió su pregunta, elevando el tono de voz. Ninguna respuesta. Decía "quién" por tercera vez cuando escuchó como cortaban la comunicación.
Maldijo por lo bajo. Miró el reloj de pared. Eran más de las tres de la madrugada. Se sirvió un vaso de agua y fue al baño. Volvió luego a la cama, pero se habia desvelado. Estuvo casi una hora buscando formas en las sombras del techo, hasta que finalmente sus ojos se fueron cerrando de a poco, vencidos por el sueño y el cansan... el teléfono otra vez.
Se levantó de mala gana, dejando caer las sábanas en el piso. Prácticamente corrió hacia la otra habitación y tomó el teléfono con rabia. ¡Hola! le gritó al auricular.
Otra vez el silencio, la línea muda. ¡Hola! volvió a gritar sin obtener respuesta alguna. ¡Hablá la puta madre que...! El interlocutor cortó.
Esta vez maldijo con ganas. Eran casi las cinco de la mañana, en dos horas debía levantarse para ir a trabajar. Prinston volvió a su cuarto, levantó con furia las sábanas del suelo y las arrojó sobre el colchón, al cual se dejó caer pesadamente.
Intentó dormirse, pero no podía.
Media hora más tarde los párpados cayeron sin preámbulos. Diez segundos después, volvió a sonar el teléfono.
El hombre abrió los ojos sin poder creerlo. Estaban colorados por el sueño y las ojeras oscurecían su rostro. Esta vez no dio vueltas, ni siquiera se molestó en contestar la llamada. Fue directo al cable y de un tirón lo desenchufó de la caja anclada a la pared. ¡Basta! dijo convicción ¡Basta! ¡Basta!
Miró el aparato con fiereza, obnubilado por la rabia. Regreso a su cuarto, se metió bajo las sábanas y cerró los ojos. Se obligó a dormirse. Y casi lo logró, cuando otro sonido agrietó sus tímpanos... ¡el timbre de calle!.
¡No puede ser! se decía, mientras colocándose los pantalones se abría paso por el pasillo para alcanzar la puerta. ¿Quién es? preguntó aún a falta de tres metros para llegar al picaporte. "Caaaaartero" le contestaron.
Detuvo su mano camino al porta llaves. ¿Cartero? ¿A esta hora? Tomó la llave y en el manojo le costó varios segundos encontrar la correspondiente a la cerradura. Abrió la puerta y no había nadie. Pero si algo. En el suelo, sobre la vieja alfombra que rezaba en un verde apagado la sucesión de letras que formaban "bienvenido", habían dejado un sobre sin remitente alguno.
Se agachó y lo tomó, notando como su mano se había vuelto temblorosa a pesar de que la noche no era fresca, sino todo lo contrario. Vaciló entre abrirlo y arrojarlo lejos, pero lo venció la curiosidad e hizo lo primero.
En letra cursiva y grande, con tinta roja, el mensaje decía "Volvé a conectar el teléfono". Se le erizó la piel y le dio un vuelco el estómago. Miró hacia todas partes, pero la calle estaba desolada. Sintió que alguien lo estaba observando, pero que no estaba allí.
Volvió muy lentamente hasta la habitación del teléfono y conectó otra vez el aparato. A los cinco segundos comenzó a sonar. Levantó el tubo, pero no pronunció palabra alguna. Del otro lado de la línea permaneció el silencio. Con el tubo aún en la oreja se sentó en un sillón cercano. Cerró los ojos, pensando en que quizá en esa posición podría dormir, mientras no se le cayera el teléfono... pero comprendió de inmediato que no podría, que ese silencio atroz lo atormentaba de una forma tan horrenda como ningún otro sonido podría haber logrado jamás.
Y allí permanece Prinston Márquez, desde que lo llamaron en medio de la noche.

27 de septiembre de 2010

El cafetero

Qué raro nos parece verlo vestido de blanco, recorriendo los comercios de la cuadra cada mañana. Casi una imagen robada al tiempo, mientras empuja su carrito de madera con pequeñas ruedas por las veredas imperfectas cargando consigo una decena de termos humeantes.
Siempre con su sonrisa por saludo, inmutable más allá del clima. Se asoma, pregunta y no importa la respuesta: sonríe. Es así con todos, cada día. Julián, el cafetero. Juli a secas, debido al saludo diario, a la rutina repetitiva de las mañanas, a esa figura casi necesaria para comprender que una nueva jornada estaba en marcha.
Diálogo corto y habitual, sobre el frío o el calor, la lluvia de la noche anterior o el anuncio para la tarde. Breve quizá como el chorro de café que vierte con profesionalismo, sin siquiera salpicar la inmaculada camisa blanca que lo identifica.
Juli no se preocupa si alguien no tiene cambio para abonar los cuatro con cincuenta, porque está toda la mañana recorriendo la calle y vuelve más tarde, o cuando uno le dice. Es bonachón, alegre y trabajador.
Pero es raro verlo, como decía al principio, más que nada por la tragedia. Quién diría que ese hombre carismático que empuja el carrito sirviendo café perdió todo lo que tenía pero realmente no sabe qué.
En qué pensará cuando regresa a su casa cada mediodía y al abrir la puerta lo recibe el silencio, la ausencia de vida, el futuro truncado. Pero aún peor, el tormento de ignorar aquello que tendría que doler, pero a su vez, dolido por no poder recordar lo que le cuentan que perdió.
Es que Julián sobrevivió entre los hierros retorcidos, pero no así sus recuerdos, agravados con el golpe, que lo dejó sin memoria. Y luego que no lo viéramos por meses, regresó un día, vestido de blanco y sonriendo, como si el tiempo no hubiese pasado, como si la muerte no lo hubiese acariciado en tanto se llevaba consigo a sus niños y a su amor.
Es raro verlo, cumpliendo con el trabajo que le contaron, solía hacer; intentando ser cordial con los que le dijeron, eran sus clientes; pretendiendo ser feliz con lo que le aseguraron, era un milagro.
Y sin embargo, cada vez que nos da la espalda para seguir con su rutina, aparece ese nudo de angustia irreprimible que nos atenaza la garganta y nos nubla la vista, y un deseo, casi una necesidad, de gritar de cara al cielo un insulto infinito en nombre del cafetero, imposibilitado de sufrir por aquello que la muerte le arrebató.

24 de septiembre de 2010

Suficiente

Cierto día un amigo me confió aterrado que su vida era una pendiente vertiginosa, en la que hechos insólitos y desafortunados se iban sucediendo en forma de cascada, transformando su existencia y la de sus seres queridos en una tragedia continua.
Buscando la manera de reconfortarlo le dije en broma que consultara con una bruja, que en las afueras seguramente encontraría a varias. Sabía de todos modos que la realidad de este muchacho era tal cual me la había pintado, pues sus desgracias eran comentario diario en el trabajo.
Conocido de toda la vida, nos distanciamos bastante luego que la barra que se juntaba a jugar los jueves se disolvió tras una discusión en un asado, motivada en el momento de juntar el dinero para pagar los gastos. Igualmente, solía cruzármelo a la salida del colegio, cuando coincidíamos para buscar a los chicos. Eran suficientes esos minutos para que el contacto permaneciera y saludo más, saludo menos, intercambiáramos alguna que otra novedad de nuestras vidas.
Al poco tiempo me enteré que había tomado el consejo al pie de la letra. Avergonzado en parte por haberle hecho la sugerencia, evité encontrarlo cuando iba en busca de los niños. Pero el destino caprichoso quiso que lo encontrara en el supermercado, cerca de la góndola de los aceites y vinagres.
Me saludó afectuosamente y con breves palabras me informó que estaba visitando a una "vidente". Y que no solo podía ver cosas, sino que además tenía el poder de subsanar lo que estaba fuera de lugar.
Me lo contaba con los ojos desorbitados, como cuando un niño narra una experiencia reveladora para su temprana edad. Mi amigo me detallaba todo lo que la anciana, en un rito de velas y escrituras sobre papel, había podido ver.
Según le había dicho, alguien había echado una maldición sobre su persona y sus allegados. Varios de los interrogantes que la mujer planteaba, haciendo memoria y esforzándose mi amigo había podido corroborar, como por ejemplo, haber encontrado un sapo muerto en la puerta de su casa, que a palabra de la vidente era "clara señal de un trabajo".
Otros detalles, como el olor a incienso en horas de la madrugada, algunos rayones hechos con carbón en las paredes exteriores de su casa, la extraña aparición de grillos y langostas en su jardín, la presencia de zapatillas colgando en los cables que llevaban la energía eléctrica a su hogar, eran pruebas determinantes para esta mujer. A mi amigo lo habían maldecido.
Pasó una semana y volví a encontrarlo. A decir verdad, ya no intentaba esquivarlo en la escuela, pero se había dado que entre la charla que tuvimos en el supermercado y esa tarde siete días después, no me lo había vuelto a encontrar. Esta vez fue en la carnicería.
Mi amigo cargaba una bolsa de carbón, lo que provocó la pregunta habitual en estos casos: ¿Asadito?. Negó con la cabeza casi de inmediato, pero se acercó para decirme al oído que en realidad el carbón era parte de la curación de la maldición. Me hizo un gesto con la cabeza y lo seguí a la calle. Allí me detalló que debía colocar sobre el fuego un poco de carbón de leña hasta dejarlo hecho una brasa, y luego rociarlo con sal y unos polvos que la anciana le vendía. Al estar bien caliente, debía recorrer la casa haciendo que el humo penetrara en cada rincón.
Escuché atentamente, como si se tratase de indicaciones para una receta mágica de cocina. Me mostró que en el coche llevaba varias botellas de vinagre, dado que utilizaba una por noche para lavar los pisos, porque la anciana le había dicho que de esa forma se enviaba lo malo hacia la calle.
Asentí reflejando en mi rostro toda la curiosidad y preocupación que un amigo puede demostrar y dejé que partiera en su coche, no sin antes prometerle que lo iría a visitar en unos días y que entonces me mostraría in situ algunos de los rituales que debía seguir para subsanar los males que perjudicaban su vida.
Sentí pena por el pobre, llegando a límites insospechados, creyendo en cosas que quizá unas semanas atrás ni siquiera sabía que existían. Caminé hacia casa preocupado, midiendo cada paso, apisonando la tierra, sintiéndolo real. Pensé en todo aquello que nos rodea sin que lo sepamos, en esas creencias que coexisten y que ignoramos, en cómo se puede vivir creyendo que todo es tangible y seguro cuando debajo de cada baldosa es posible encontrar un mundo insospechado.
Me lo imaginé a mi amigo llevando la cacerolita o lo que tuviese a mano para calentar carbón, llorando casi por el humo lastimando sus ojos, pero haciendo el sacrificio para poder vivir otra vez con dignidad, sin altibajos. Lo vi suplicar a todos los santos y recurrir a una vieja bruja para poder enderezar su vida, la que por derecho natural tendría que seguir un curso normal, sin magias de ningún color.
Llegué a casa maltrecho por esas imágenes. Al fin y al cabo en aquel asado todos nos comportamos mal, no fue solo él, que me quedó debiendo doscientos pesos. Así que resignado levanté el teléfono de casa y llamé al "Negro" Ranquel, brujo de la zona sur, y le dije que parara con el trabajito, que ya había sido suficiente.

21 de septiembre de 2010

Los ojos celestes

Suelen decir que todas las obsesiones se remontan a la infancia y puede que sea así. Al menos en el caso de Epifanio Ricarte, eso es una afirmación.
Al mirar por primera vez a una mujer, Epifanio dirige su vista allí, a ese lugar tan inmaculado e importante para su memoria. Esa parte del rostro que brilla con luz propia, como dos faroles encendidos, que irradian fuerza y pasión. Los ojos. Epifanio no puede evitar mirarlos con detenimiento, como quién calcula el valor de una gema preciosa a través de un refractómetro.
Y son los ojos (y no otra parte del siempre hermoso entorno femenino) debido a una mujer. Su primer gran amor, aquel que siempre, como ley universal, no es correspondido. Le ocurrió a sus jóvenes diez años. Epoca difícil, de una nueva mudanza, otra ciudad, otro volver a empezar. Sin embargo el sol iluminó aquella mañana cuando mamá los llamó a él y a su hermana menor para que conocieran a Patricia, la nueva niñera.
Patricia era, a los ojos de Epifanio, la mujer más hermosa sobre el planeta, como cualquier primer amor lo es. Y justamente los ojos, eran aquello que ese niño más amaba. Por una cuestión de edad y de lógico desconocimiento, no eran otros de los voluptuosos atributos de Patricia los que le llamaban la atención. Solo esas dos hermosas perlas celestes, que en todo momento refulgían con vida propia desde esa posición privilegiada en tan angelical rostro.
Apenas si fueron seis meses de contacto con aquella chica, pero fue el tiempo más preciado de su vida. Podía pasarse horas mirando de reojo esa mirada inocente, rebozante de paz y amor. Y los ojos entonces permitían que la voz que de ese cuerpo se desprendía, dominara cada acción del suyo, acatando así toda orden, recado y solicitud que de su princesa amada fuese emanada.
La partida de Patricia, por entonces incomprendida, despertó en él sentimientos jamás antes vividos. Descubrió un mundo de infinita tristeza y comprendió que las plegarias siempre están de más a muy temprana edad. Las horas aletargadas por la agonía de su corazón marchito cubrieron de piedra la felicidad que por entonces ya añoraba, extraviada por siempre en ese par de ojos celestes que jamás volvería a ver.
Desde entonces, toda relación o contacto con una mujer partía de una base: ella debía tener los ojos celestes. No importaba cuál era el motivo, ya sea por estudio, encuentro casual en algún boliche ya siendo más joven o laboral una vez recibido, solo permitía el comienzo del diálogo si la misma poseía entre sus cualidades, los ojos celestes.
Su obsesión se había vuelto casi enfermiza, al punto de dejar de hablarle a su madre y su hermana. Tampoco visitaba a las demás mujeres de su familia, ninguna de ellas agraciada con el atributo esencial para Epifanio.
El niño creció y se volvió casi un ermitaño, de tareas rutinarias, de poco contacto social. Se lo vio muchas veces con mujeres, siempre de ojos celestes, hermosos, radiantes, pero nunca dos veces con la misma. Se hablaba que era un pervertido y que por eso lo dejaban. Otros decían que al contrario, era un imbécil y que por eso lo dejaban.
Epifanio sin embargo salía todas las noches a recorrer bares o cines, buscando esos ojos que tanto anhelaba. Se había vuelto un experto en reconocer el color de los ojos, aun si hubiese poca luz en el ambiente. Sus recorridos eran cada vez más extensos, y muchas noches terminaba exhausto tras haber recorrido infinidad de barrios, cosechando tan solo el sabor amargo del fracaso.
De vez en cuando se topaba con un par de ojos celestes e intentaba mitigar su alma destrozada con ellos, pero al cabo de unas horas, algo de charla, una cena, sexo y quién sabe que más, se daba cuenta que no eran los mismos, que no alcanzaban a saciar su sed, su necesidad de Patricia.
Entonces echaba mano a su navaja, la que guardaba bajo la almohada, y asestaba el movimiento de muñeca lateral que rebanaba el cuello en forma limpia y letal. Luego extirpaba sin torpeza los ojos celestes y los ponía a resguardo dentro de un frasco con formol, que más tarde, tras desprenderse del cuerpo, depositaba en su enorme refrigerador de cuatro puertas. La colección parecía la de un obsesivo. Cientos y cientos de francos, cientos y cientos de ojos celestes que parecían observarlo, pero que no lo hacían.
Y sin embargo, ninguno de ellos eran los de aquella doncella de sus diez años, aquellos por los cuales ningún otro par de ojos celestes valía la pena, condenando a Epifanio a una vida trágica y sin amor.

18 de septiembre de 2010

Marcas para siempre

La marca estaba cada vez más arriba. Desde hacía un año cada primero de mes corría a la pared donde papá le había dibujado una cinta métrica que llegaba hasta el techo con la satisfacción y la inquietud de saber cuánto había crecido desde la última vez.
Con lápiz marcaba apretando con fuerza, haciendo que el grafito dejara una marca visible por sobre encima de su cabeza, justo donde nacía el cabello. Entonces, terminada la faena, giraba entusiasmado preparado para abrir la boca de asombro.
Aquello se había convertido en rito. Y era motivo de alegría el hecho de informar la cantidad de centímetros que había ganado en un mes.
- Papá, por qué no te mides - le preguntó un día a su padre, que lo observaba desde su sillón favorito mientras leía el periódico.
Su padre sonrió y sin bajar el diario le dijo desde el otro lado de las hojas:
- No Raulito, para qué. Cuando nos venimos viejos ya no crecemos, al contrario, nos achicamos.
Aquellas palabras calaron fuerte en Raulito, que desde entonces no solo ha abandonado el ritual cada primero de mes, sino que a escondidas mientras sus padres duermen, los mide con un viejo centímetro del costurero de la abuela.
La maravilla de crecer ha quedado a un lado. Ahora le teme a eso que los grandes llaman muerte, que seguramente se debe producir a llegar a un tamaño que permita meterlo a uno dentro de una vasija, como al abuelo, que desde que tiene noción lo tienen guardado en una sobre la chimenea.
Ahora el solo hecho de pensar en crecer, le da escalofríos.

15 de septiembre de 2010

La leyenda del Boga y el Diablo

El cigarrillo pendiendo de la comisura de sus labios, el humo flotando en torno a sus ojos, el olor rancio del abandono. El cuadro inevitable que cada noche deparaba la mesita más retirada del bar de García.
Hombre de pocos amigos, se sentaba cada luna con el rostro pétreo y el billete de diez en la mano, doblado en dos y estirado hacia delante.
Julián, el más jóven de los mozos que trabajaban para García se acercaba en silencio, tomaba el billete y volvía al cabo de unos minutos con el habitual vaso de whisky, un cenicero y, fundamental, un vasito de soda.
Se cuchicheaba en las mesas lindantes sobre los orígenes del hombre, aunque en realidad no se supiese nada, como en toda comunidad que se precie de tal. Aventuraban historias mal habidas, viejas deudas y hasta enconos con la ley.
Lo cierto era que el sospechoso bebedor de whisky, sospechoso para las mentes inquietas, permanecía siempre en silencio y si alguna vez oyó hablar de su persona, hizo caso omiso y jamás perturbó la paz del lugar.
Fue aquella noche de pertinaz llovizna en la que se desencadenaron los hechos que ya son leyenda en el pueblo. Apareció el hombre empapado y rumbeó como de costumbre hacia la mesa del fondo. El cigarrillo ya venía encendido, algo mojado eso si, por la lluvia que caía en forma de garúa, molesta y húmeda, esto último para variar.
Tomó asiento, soltó una bocanada de humo y dejó ver su mano hacia delante, con el billete doblado como era habitual. Sin embargo tamaña sorpresa se llevó Julián al retirar el billete y caminar hacia la barra. ¡No eran diez, sino cien pesos!
- ¡García! - llamó a su patrón por la puerta que daba a la bodega - ¡Psss! ¡García!
Petiso y desgarbado, si acaso era ello posible, García se tiró hacia atrás el poco cabello que le quedaba y con un gesto de fastidio muy teatral, preguntó que pasaba.
- El sucio de la mesa del fondo, el de siempre. ¡Me acaba de dar cien pesos en lugar de diez!
- ¿Y? - preguntó absorto Garcia - No tendrá cambio.
Un segundo de indecisión atravesó la mente de Julián. Era una posibilidad que no había pensado.
- No García, siempre paga con diez, jamás pagó con un billete más grande ni con uno más chico.
- ¿Qué pasa che? - la voz era de Pedrito "la Boga" Cardinali. Había visto que hablaban por lo bajo y se había interesado.
- Nada Boga, volvé a tu mesa - le contestó García.
- No seas ortiva García, la reconcha de tu madre, que nos conocemos de pibes - dijo riendo -  Dale flaco, contame, que pasa - y con la mirada prácticamente convenció a Julián de hablar.
- El del fondo Boga, me dio cien en lugar de diez.
- ¿Cien? No creo que se haya quedado sin cambio. Acá hay gato encerrado.
- Ve don García - exclamó con cierta alegría Julián, viendo que el Boga pensaba como él.
- ¿Qué querés que vea nene? Te dio cien, llevale el whisky de siempre, la soda, un cenincero y el vuelto.
- Pero...
- Pero nada Julián, me cago en vos.
- García - intervino el Boga - El pibe tiene razón, déjeme que yo le averiguo.
- ¿Qué vas a averiguar? Por el amor de Dios, la Virgen de Luján y todos los santos. Llevale Julián el maldito w... ¡Boga, vení para acá!
El Boga salió sacando pecho de la barra, encaminándose hacia la parte más oscura del bar, justamente la del fondo. Pensó en ese detalle, en que García debía dejar de amarretear y poner un tubo fluorescente en lugar de la bombita de cuarenta que no alumbraba una mierda. A cada paso retumbaba la madera, como en las viejas películas del oeste que miraba de pibe, tirado en la cama de su abuelo, con el viejo al lado. Escuchaba como el agua caía afuera, haciendo tintinear el alero de chapa. El cuchicheo de las conversaciones penetraba la piel, pero no desviaba su atención. Caminaba con paso firme, decidido en llegar al fondo del asunto.
Quedó delante de la mesa, a un metro del sujeto. El humo ocultaba sus facciones, aunque podía ver los remiendos en la vestimenta, el cabello enmarañado y sucio. Carraspeó dos veces y fuerte, para llamarle la atención. El hombre levantó la vista y las miradas se cruzaron.
El Boga creyó ver el mal en persona, dos centelleantes cañones de piratas, el presagio de una pelea inminente. Ese hombre no era de fiar, lo veía en el rostro curtido, quizá por una vida repleta de crímenes. Podía jurar, ahora que lo miraba de cerca, que esa cara había aparecido alguna vez en un noticiero, como un criminal buscado. Estaba seguro de haberlo visto en algún diario. Si, era la mismísima cara del diablo. Y en esos ojos que ahora pendían en la misma dirección de los suyos, había algo que podía calificar con una sola palabra: maldad.
Hasta el silencio mismo parecía haberse extinguido. Una exhalación podía llegar a aturdir los oídos en tremendo instante. Todas las mesas miraban hacia esa dirección. El pulso se había acelerado en todos los parroquianos. En todos, menos en el Boga. Le hacía frente al mismísimo demonio, al menos eso pensaba mientras sopesaba las palabras adecuadas para iniciar el diálogo que estaba al caer. Ese diálogo que marcaría el comienzo de una leyenda en todo el pueblo. La leyenda del Boga y el Diablo, enfrentados cara a cara en el bar de García.
Entornando los ojos, ladeando la boca y colocando las manos sobre la cintura, el Boga articuló una primera palabra:
- Mire...
Y luego, impostando la voz, como si fuese un locutor de radio matriculado, prosiguió:
- ...acaba de darle al mozo un billete de cien. ¿Qué tiene para decirme?
Acentuó cada palabra del interrogante, como quizá Dick Tracy lo hiciera en aquellas historietas que se devoraba de pequeño, intentando asemejar el tono que tendría un héroe de acción en un momento similar, sabiendo del peligro de muerte, del péndulo sobre su cabeza, pero a la vez, manteniendo la convicción de la justicia, del honor.
El hombre, aún con el cigarrillo en la boca, hizo hacia un costado la silla y se puso de pie. El Boga se vio sorprendido y dio un salto hacia atrás. Varias sillas se arrastraron en la misma dirección en todo el salón y el chirrido de las patas de madera fue un solo estruendo. El sujeto hizo un movimiento de manos veloz, digno de un gran contrincante y la llevó a la cintura. La mano volvió y no lo hacía sola.
El Boga alcanzó a ver el bulto y tragó saliva. Cerró los ojos, convenciéndose que quizá también otro héroe hubiese hecho lo mismo, quitándole mérito a las viejas películas, donde los protagonistas jamás arrugaban en las feas. En su mente cruzó "los del cine que mierda van a saber de esto", elevándose a mártir en ese mismo instante. Esperó el disparo, resignado. Hubiese querido hacerlo con el pecho hacia delante y no de costado como estaba ahora, porque no había podido evitar voltearse, como si aquello obrase el milagro de esquivar la bala.
Pero solo escuchó una voz ronca, agrietada por el pucho.
- Disculpe don, no me di cuenta. Está muy oscuro acá atrás. Tome, uno de diez así no se hace quilombo con el cambio.

Cuenta la leyenda que desde entonces el Boga no sale de su casa de noche, asustado por esa voz fantasmal que ulula los días de viento, arreciando con fuerza sobre las tejas de su casa. La misma voz que cuando se ve obligado a hacer los mandados en horas del día lo ataca sin clemencia desde cada esquina del pueblo. Esa voz tremenda y descalificadora que dice con furia "¡Boga cagón!".

12 de septiembre de 2010

Presentación de "Los vuelos del tintero"

El jueves 9 de septiembre fue presentado en la sede de la Editorial Dunken, en Capital Federal, la antología "Los vuelos del tintero", en la que se encuentra mi cuento "Las esquinas silenciosas".
Un gran marco de autores y familiares de los mismos le dio brillo al evento, que contó con Cesar Mellis como anfitrión y la presencia de Roberto Barletta, seleccionador de las obras en esta primera antología de Dunken del año 2010.
Por segundo año consecutivo tuve la suerte de ser elegido (el año pasado en la antología "Cantares de la Incordura"), por lo que agradezco a Editorial Dunken no solo por la invitación sino por la hospitalidad de siempre, extendiendo el agradecimiento a Sabrina Vega que es la persona que organiza y contacta a los autores.
Tuve la oportunidad de conocer a Doña Mariarosa (María Rosa Giovanazzi) y de disfrutar una vez más de esta excelente editorial ubicada en calle Ayacucho 357 de Capital.
Y antes de Dunken, me di otro gusto, poder compartir desde el mediodía y casi toda la tarde junto a Felipe Avila, gran amigo y dibujante. Nos faltan fotografías del almuerzo, compartido también junto a Marcelo Buvakev. Las imágenes atestiguan mejor la grata jornada del pasado jueves, de esas que con el tiempo se tornan inolvidables.

Recibiendo diploma y libro
Junto a Doña Mariarosa

En el "bunker" Felipesco
Felipe y Paul Grill, fotógrafo del día

9 de septiembre de 2010

Huecos en los huecos

La vida de Prudencio Oportuno Gatica es entendible si creemos posible la acción de meter un hueco dentro de otro hueco.
Prudencio es desde siempre un hombre muy atareado. Su rutina comienza a las cinco en punto de la mañana, cuando suena el despertador sobre su mesa de luz. Rigurosamente baja las piernas hasta el piso, apaga el despertador, se calza las pantuflas y camina a oscuras (con la habilidad del que conoce cada mueble de su casa) hasta el baño. Se higieniza y ya más despierto enciende la luz de la cocina, donde apurando los movimientos se prepara un café con tostadas y desayuna.
Media hora más tarde sale raudo hacia su trabajo, en una oficina céntrica. No tiene vehículo, por lo que camina por las veredas desiertas de una ciudad que aún duerme sus últimos minutos nocturnos. Es el único que ingresa a esa hora, porque alega que no le alcanza el tiempo para hacer todo lo que le corresponde.
Para las ocho, cuando llegan sus compañeros, Prudencio ya tiene varias carpetas adelantadas y planillas repletas de datos. Al mediodía hace un alto, de quince minutos. Apenas si saborea el sandwich que compra en el kiosco de la esquina. Lo hace pasar pro su garganta con el contenido de una botella pequeña de agua mineral. Vuelve a su puesto y no quita la vista del monitor hasta las cinco de la tarde, horario en el que todos se van.
Por supuesto, él también se retira, aunque siempre con la sensación de haber dejado cosas pendientes. Camina apurado por la vereda, atento al reloj de pulsera. A las cinco y treinta de la tarde comienza el taller de escritura al que asiste puntualmente desde hace una década.
Cerca de las siete de la tarde hay un alto, pero es común no verlo en la vereda, donde el resto de los alumnos del taller salen a charlar, estirar las piernas o fumar un cigarrillo. Recién a las ocho y media, cuando todos salen, Prudencio asoma la cabeza a la calle.
Siempre a pie, hace diez cuadras y entra a la rotisería de la esquina de su casa. Pide unas empanadas y aguarda sentado, mirando sin prestar atención el televisor encendido sobre un soporte en la pared. Veinte minutos más tarde está en su casa, empanadas y botella de gaseosa en mano.
Come en forma atolondrada y la última empanada está en la boca cuando prende su computadora personal. Mira su reloj, son las nueve con treinta minutos. Por la ventana ve la luna en todo su esplendor, pero quita la mirada rápido cuando ve aparecer el escritorio de Windows en el monitor. Abre el procesador de texto y conecta su pendrive. Se sumerge entonces en la novela que tanto tiempo le está demandando y de la que lleva escritas doscientas treinta y dos páginas y media.
A la medianoche suena la alarma del reloj de pulsera. Igualmente escribe dos líneas más. Las relee y se arrepiente. Las borra. Mira la hora y decide que debe ir a dormir, por lo tanto va al baño, se higieniza, se descambia rapidamente y se mete en la cama.
A las cinco vuelve a sonar el despertador.
Hasta allí, una vida rutinaria, común, solitaria. Ahora veamos los huecos dentro de los huecos.
Prudencio llega a la oficina y sabe que debe adelantar trabajo por un motivo. Le robará tiempo a su trabajo para escribir. Entonces completa una planilla; a continuación escribe una página de su novela de la que es probable borre la mitad o descarte en su totalidad; de inmediato busca un expediente, resume lo relevante y hace un informe; terminado eso, escribe otra página o continua la anterior; luego, busca una nueva planilla, la rellena según necesita su superior, lo hace a consciencia, cuidando cada detalle. Luego se mete de lleno otra vez en la novela. Y finalmente otra vez una tarea del trabajo. Almuerza, rápido. Vuelve al trabajo, a la novela, al trabajo, a la novela...
Para el horario de salida ha logrado hacer el mismo trabajo o más que el resto y avanzar al menos media página de su escrito. Graba todo en su pendrive.
Llega al taller literario, se sienta en la computadora asignada. Coloca su pendrive. Abre su documento y escucha al profesor. Un ojo mira hacia delante y una oreja atrapa lo que la voz del hombre delante de la pizarra manifiesta. El otro ojo está atento al texto que tiene desplegado en el procesador de texto y el oído restante equilibra la situación, manteniendo la atención en ambas partes.
Tras diez minutos de diálogo, en el que jamás participa, llega el turno de la consigna diaria. Entonces comienza a tipear aceleradamente un escrito que cumpla lo pedido. Hace cinco líneas, clickea en el otro archivo abierto y escribe en su novela, al menos cinco líneas. Vuelve a la consigna, hace diez líneas, va a la novela, hace otro tanto. Se anuncia un descanso. Prudencio opta por seguir delante del monitor. El teclado se sigue escuchando ahora en la sala vacía. El profesor se retira y le sonríe. Prudencio está atento incluso al gesto y le contesta con otra sonrisa. Pero sigue escribiendo, ahora en su novela.
Vuelven los demás alumnos, retoman la consigna. También lo hace él, pero solo por cinco minutos, porque  otra vez tiene delante de sus ojos la novela. Alterna, un rato una, un rato otra. Escucha al profesor avisar que quedan unos diez minutos y luego se leerán los trabajos. Prudencio entonces se concentra en la consigna, la termina. Aprovecha los dos minutos que le quedan y se enfoca en el otro texto.
Empiezan a leer los trabajos. Lentamente, sin presionar con fuezas las teclas para no hacer ruido, Prudencio sigue escribiendo en su novela. De vez en cuando borra. Demasiado en ocasiones. Le toca leer. Lo hace. Recibe la crítica del profesor pero no le presta atención si es buena o mala, hace que lo mira, pero de reojo analiza el último párrafo que escribió de la novela. Empieza a leer otro alumno, aprovecha y borra ese párrafo.
Termina la clase, sale con tranco apurado a la calle. Piensa en el camino que será más rápido para la cena, porque una milanesa a la napolitana tarda cerca de media hora, una pizza casi veinte, las tartas no le gustan, por lo que no le queda otra que nuevamente empanadas. Pide las empanadas, mientras mentalmente repasa lo escrito en la novela. Mira fijamente el televisor, pero lo único que tiene en su mente son los personajes de su argumento.
Están listas las empanadas, paga, sale presuroso. Ya en su casa come, toma algo de gaseosa y sin siquiera esperar a finalizar la última empanada, se sienta delante de su computadora personal. Ahora si, es su momento, no se tiene que hacer tiempo desdoblándose en otra actividad, ahora es todo para su novela. Coloca el pendrive, abre el archivo, comienza a tipear. Relee, no le gusta, lo borra. Vuelve a la carga, eso está mejor, sigue, corrige, se detiene, piensa, tipea, borra, vuelve atrás, relee.
De repente suena la alarma de su reloj. No lo puede creer, ya se hizo la medianoche. El tiempo pasó volando. Intenta un par de minutos más, pero no lo convence. Se obliga a acostarse, debe descansar. En el baño se cepilla los dientes y se asea a las apuradas, mientras piensa en la novela. Apaga las luces, se acuesta pensando en cómo darle continuidad a esa escena tan difícil.
Piensa en variantes en la oscuridad de la habitación. Algunos perros ladran a lo lejos y escucha coches pasar cada tanto. Tiene dilemas, opiniones encontradas sobre algunas situaciones planteadas en otros capítulos. Piensa en tener que reelaborar algunos de ellos. El sonido de las manecillas del reloj despertador marcan el compás de sus pensamientos. Finalmente se decide por corregir un par de escenas, dos capítulos antes del actual que está escribiendo. Queda conforme mentalmente. Supone que deben ser las tres de la madrugada. Cierra los ojos, de a poco va llegando el sueño.
Sueña con la novela, en realidad sueña que está escribiendo la novela. Le gusta lo que escribe. Incluso es apropiado y se ahorra modificar los capítulos que estaba pensando cambiar antes de dormirse. En el sueño borra algunos pasajes del actual capítulo, los reescribe. Relee parte de lo escrito. Le parece excelente. Cierra el capítulo de manera magistral. Suena el despertador. Abre los ojos, la oscuridad de la habitación. Baja las piernas hasta el piso. El suelo frío lo despavila un poco. Intenta recordar lo que había soñado, pero las imágenes se le van. Piensa que durante el día seguramente recuperará parte de lo que se le había ocurrido y aunque no está seguro, tiene la certeza de que era algo bueno.
A oscuras, sin chocar nada en el camino, va hacia el baño, aún algo dormido, entremezclando imágenes del sueño con ideas para la novela. Hace todo apurado, sabe que no tiene tiempo que perder, porque deberá hacerse espacio en otros espacios para poder seguir dándole rienda suelta a su imaginación, tal como lo viene haciendo desde hace diez largos pero excitantes años.

6 de septiembre de 2010

El muñeco de nieve

Salvo en películas, jamás he visto un muñeco de nieve y dado que no soy precisamente un ser de mucha imaginación, escapa de mi comprensión la razón por la cual todas las noches sueño con ellos. Vivo en una región de clima cálido, los fríos más inclementes del invierno pueden provocar alguna que otra helada, pero jamás han provocado una nevada. Y a menos que los cambios climáticos de los que tanto se hablan sean extremos, tampoco tendré oportunidad alguna de presenciar alguna en un futuro.
No me sobra el dinero para ir de vacaciones a sitios donde la nieve caiga en abundancia, ni tampoco la idea me atraería de tenerlo estando en sillas de ruedas y siendo consciente de las dificultades que representaría el querer movilizarme bajo dichas condiciones del clima. De todos modos, no es mi intención conocer la nieve. En realidad, no es la nieve lo que me preocupa; lo que me preocupa es el muñeco de nieve.
No la figura que uno se hace en la mente, sino, quiero que me entiendan, ese muñeco de nieve, el de mis sueños, que cada noche puntualmente suceda donde suceda el argumento de mi historia surrealista mental, hace su aparición estremeciendo mi ser.
Enorme, de quizás dos metros o dos metros y medio, con grandes botones en lugar de ojos, una zanahoria bañada en sangre a modo de nariz, una bufanda oscura y de una textura similar a una telaraña y largas ramas secas haciendo las veces de brazos, lo veo venir cada noche con su porte descomunal, mirándome fijo a los ojos y amenazándome en forma tácita, hasta que la sombra de su cuerpo me oscurece, absorbiendo por completo todo el sueño logrando despertarme.
Es allí que empiezo a temblar, como si el frío fuese algo real y miro mis sábanas empapadas, quiero creer del sudor de mi piel producto del miedo y la desesperación. Pero al ascender la mirada encuentro entonces colgando de una de las esquinas del techo una enorme telaraña que antes con seguridad no estaba y afuera, a través de la ventana, el árbol más próximo extiende sus ramas con salvajismo y perversidad y estoy seguro que son las mismas que antes eran brazos; pero aún se que todavía no he dado con los botones y la zanahoria, entonces busco denodadamente, debajo de la cama, dentro de los roperos, porque se que en alguna parte aparecerán, como cada noche. Me rindo, el oprobio de la resignación, el sueño que se  ha ido y mis ojos que se desvelan.
Los dedos tamborilean en el colchón mientras los ojos se adaptan a la noche y la vista viene y va hacia las sombras, atentos los oídos a cada murmullo de las sombras, expectantes y acechantes, aguardando ese algo, esa razón que me impide descansar. El mismo rito cada noche, incluso los mismos pasos en el pasillo, el roce de las paredes de alguien que se aproxima y de pronto el golpe en la puerta. Se que pasará, pero no puedo adelantarme. Vuelvo al suelo, me arrastro una vez más, ahora sobre la silla de ruedas y avanzo hacia la puerta. No hay nadie allí, pero en el pasillo está mojado.
Quiero gritar, deseo hacerlo. A veces lo hago. Entonces la enfermera llega, me vuelve a acostar, me arropa y la noche se repite, incansablemente, murmullo a murmullo, paso a paso, golpe a golpe. Pero ya no repito el viaje: resisto, soporto. Y cuando el amanecer amenaza con nacer, el sueño regresa y me sumo en él. Sueño entonces con primaveras y colores, pero es efímero. Me llevan el desayuno y con los ojos derrotados por el cansancio, le doy la cara al día.
Mi mente, sin embargo, queda atrapada en la noche por la figura horrible del muñeco de nieve. Y si bien nunca he visto uno, tarde o temprano lo veré. Esta mañana he amanecido con la zanahoria a mis pies, dos botones sobre la frente y algo que creo era nieve, cubriéndome.
Pero no es la nieve lo que me preocupa... sino aquello que no logro ver..

2 de septiembre de 2010

Las sendas químicas (parte IV)

El oficial de la policía sacó su arma y realizó cinco disparos. Pero el coche no se detuvo y lo atropelló sin miramientos. El cuerpo rebotó contra el parabrisas y dio un tumbo por encima del techo del vehículo. El auto se perdió en la siguiente esquina. Nadie acudió en ayuda del hombre tendido en medio de la calle.

Alrededor, cientos de personas se manifestaban a los gritos en contra del complot de exterminio, y otros cientos dedicaban todos sus esfuerzos a delinquir.
Las noticias en los medios tampoco eran alentadoras. En el mundo el efecto dominó estaba dando sus frutos y en pocas horas varias ciudades habían sido tomadas por la gente y las escenas de violencia, protestas y saqueos se volvía una constante.
Los políticos salían al cruce de las versiones, en tanto los noticierons no dejaban de pasar filmaciones y fotografías de los aviones dejando las estelas en el cielo, explicando que aquello no era condensación del aire, sino otra cosa. Aquellas filmaciones que seguramente habían recabado por años de aficcionados que las enviaban con el deseo que las pasaran, finalmente habían salido del letargo y eran ahora centro de la escena audiovisual.
Internet estaba abarrotada de comentarios y opiniones. Los sitios que desde hacía tiempo informaban estos sucesos se vieron colapsados de visitantes. De pronto el tema merecía atención. Las fuerzas mundiales intentaban dar de baja esas webs, pero no daban a basto. Bloqueaban una y se creaban al mismo tiempo de cinco a diez nuevas.
Profetas en las calles, oportunistas en los medios de comunicación ofreciendo máscaras y ropas especiales, ancianos asustados, jóvenes alterados, adultos preocupados por sus hijos. Todas las miradas apuntaban al cielo. El enemigo estaba allí, pero no tenía rostro. Era como el mismísimo diablo, pero en este caso, real.

La noche se cernía en llamas. Pero las voces no se acallaban. La plaza más importante de la ciudad estaba atestada de personas que en la furia escondían el terror más profundo, que era la muerte.
Alejo estaba sobre las tarimas que servían de escenario principal. Desde hacía diez minutos contaba su historia, sus muertes y el drama de vivir ocho años persiguiendo una idea que finalmente se transforma en una triste realidad.
El público lo oye a pesar de los gritos contínuos, del ulular de las sirenas policiales y algún que otro disparo que resuena bajo la luna en cuarto creciente.
Las cámaras de televisión lo muestran en cada hogar del país primero, del mundo más tarde, porque es la imagen misma de la tragedia. "No podemos quedarnos de brazos cruzados" grita ante la multitud. "No podemos dejar que nos quiten los sueños" dice con los pulmones a punto de explotar.
Lo aplauden a rabiar, lo vitorean. Tiene los ojos repletos de lágrimas. Al fin la verdad sale a la luz. También para el comienza un nuevo mundo. Ahora sabe que debe luchar para evitar que esa verdad logre su cometido. Varias personas se le acercan, mientras sobre el escenario otros toman la palabra. Recibe el afecto. Uno de los jóvenes que tiene delante le dice:
- "Mi amigo murió en el bosque hoy a la tarde y fue eso que largan los aviones. Eran como telarañas que caían del cielo".
Alejo se detuvo. Las telarañas de Amanda.
- ¿Tuvo naúseas, dolores fuertes, se le irritó la piel donde esas telarañas lo tocaron? - le preguntó.
A pesar del griterío, el joven lo escuchó a la perfección.
- Si, todo eso. Los brazos estaba irritados. Yo también estaba ahí, pero sigo vivo, aunque no me siento bien.
Se compadeció del joven. Aún estaba vivo pero ya estaba condenado. Si había estado expuesto, podría combatir como lo había hecho su hija, pero día más, día menos, la batalla estaba perdida.
Alguien que estaba cerca de ellos escuchó lo del bosque y subió al escenario: "¡En el bosque!¡En el bosque ha caido hoy parte de eso que esparcen! ¡Incendiemos el bosque!"
Alejo escuchó el bramido de público y no dio crédito a lo que había oído. Se apartó del camino sujetando al joven, dejando paso a la multitud que salía disparada como una manada. Parecían animales a los que se le ha abierto la tranquera, que enceguecidos salen a campo traviesa.
"¡Al bosque!¡Al bosque" gritaban como si hubiesen descubierto la razón de la existencia.
Intentó detenerlos, pero nadie le hizo caso. Elevó la voz, pero fue en vano.
- Vámonos chico, esto se va a poner peligroso - le dijo al joven cuyo nombre era Benjamín y que esa misma tarde había visto morir a su amigo.

Se levantó de donde estaba sentado y se asomó al pasillo.
- Andrés - le dijo desde su asiento Enrique - No te impacientes. Sentate. Cuando termine la reunión nos dirán que hacer.
- No Enrique - dijo para sorpresa de su compañero - No voy a esperar a que esto termine. Renuncio. Quiero irme de acá. No quiero pertenecer más a esto. ¿Me entendés? Todas estas pruebas en las que estuvimos metidos, al final son para matarnos entre nosotros. ¡No! ¡No quiero pertenecer a esto!
- Andrés...
Pero el científico joven atravesó el pasillo del sector de oficinas del observatorio, lugar al que había sido convocado a trabajar tres años antes, en lo que le habían dicho eran "experimentos secretos para mejorar el futuro de la humanidad" que se hacían en distintas partes del planeta al mismo tiempo.
Dos militares le cerraron el camino y lo obligaron a regresar. Andrés se resistió. Intentó escapar de los militares.
Enrique escuchó los disparos desde el salón, sentado aún en su asiento. Nadie salió de la sala de reuniones para ver que había pasado. Estaban alertados con seguridad que cualquier insurrección sería pagada con la muerte y aquellos estruendos no eran motivos de sorpresa.
Una lágrima amagó a caer en el rostro de Enrique, pero juntó fuerzas y la retuvo. Cerró los ojos y aguardó a que llegaran las órdenes.

Las llamas parecían querer alcanzar el cielo. Los bosques ardían vehementemente. Las imágenes sobrevolaban el planeta de satélite en satélite. La escena arrastró a la humanidad a lo que mejor sabía hacer: ejercer la locura colectiva.
Los incendios se propagaron en distintas partes del mundo, con el objeto de destruir aquellos lugares donde creían que podía haber caido parte de la sustancia que se utilizaría para aniquilar a gran parte de la humanidad. El descontrol es total y ya no hay vuelta atrás.
En la ciudad Alejo acompaña por calles atestadas y peligrosas a Benjamín hasta su casa. Hablan muy poco, pero el dolor los carcome por dentro. Acaban de ver las imágenes de los incendios en la vidriera destruida de una tienda de electrodomésticos, en el único televisor que aún quedaba, pues los demás ya se los habían robado.
Se da cuenta que es en vano, que los gobiernos detrás del maléfico plan seguramente sonríen en el anonimato. Alejo piensa que los grandes mandatarios podrían haberse ahorrado años de investigaciones para crear esos compuestos e idear una estrategia de aniquilación si tan solo hubiesen estudiado los siglos de historia de la humanidad y comprendido que no hace falta tanto ingenio para lograr que el hombre se mate a si mismo. Solo hay que darles razones, motivarlos, confundirlos y hacerles creer que el mal se combate con violencia. Entonces así, el hombre invita a la muerte a su banquete.
Y mientras todos se plegarían al caos, a los reclamos desmedidos, los cielos seguirían tiñéndose de blanco, contrastando con el rojo cada vez más presente en la superficie terrestre.
Se arrepentía de haber compartido su drama ante un mundo psicótico. Su mujer y su hija necesitaban justicia, no venganza.

- Aquí Comando Aire Exilón, espero órdenes. Cambio.
- Comando Aire Exilón, aquí Control. Estelar tiene órdenes, prepare para recibir. Cambio.
- Preparado para recibir las órdenes Control. Cambio.
- Ejecución de Fase 6. Repito, Fase 6. Cambio.
- Confirmado Control, Fase 6 en inicio. Ataque masivo con gas de benzodiacepina, GHB, poppers y PCP . Cambio.
- Exacto Aire Exilón. Cambio.
- ¿Orden de ejecución zonal Control?. Cambio.
- Mundial, Aire Exilon. Cambio.
- Entendido. A dormir al rebaño. Cambio y fuera.

Ignora donde está su jeep y también sus fuerzas. Se siente derrotado por la verdad. Sabe que no está a la altura del enemigo. Que nadie en realidad lo está. Piensa en Amanda y en Jazmín. Mientras camina en la cada vez más solitaria madrugada, repasa sus sonrisas, ese recuerdo tan suyo que atesora como ninguna otra cosa en el mundo.
A cada paso se sienté más aletargado, cansado, hasta el pensamiento se torna nebuloso. Ya no escucha alrededor el griterio de unas horas atrás, ni nadie correo o saquea negocios. Algunas personas deambulan taciturnos, casi errantes en el paso, como si vinieran de correr largas distancias.
Se sienta en el cordón de la vereda, con el corazón palpitándole angustiosamente. La respiración se la ha vuelto pastosa. Observa a otras personas dejarse caer en las veredas cercanas. Algunos hacen lo mismo que él y se sientan. Otros se aferran a columnas o ventanas.
Tiene sueño pero es muy difícil ordenar las ideas. Tan solo detiene la mirada en unas graciosas telarañas blancas que caen del cielo y se posan en su mano. Sonríe, sin saber por qué. Quiere recordar algo importante, pero no sabe que, se lo impide. Que más da, piensa. Y se deja vencer por el sueño como gran parte del mundo.

Fin

30 de agosto de 2010

Las sendas químicas (parte III)

Hospital. El joven se pasea por el hall de entrada de un lado a otro, nervioso, conmovido. La puerta principal se abre y los padres de su amigo ingresan a la carrera. Los ve, los detiene, les quiere explicar. Es en vano. Los llantos, el reclamo, la imposibilidad de la resignación.
No puede explicarles, porque sencillamente no sabe. No tiene la menor idea de lo que pasó. No sabe cómo pudo enfermarse y morir tan rápido. Ignora cuánto tiempo de vida le queda a él. Solo les dice que habían ido al bosque para ver las estelas blancas que dejaban los aviones en el cielo, porque en aquella parte de la ciudad se pueden observar mejor que en ningún otro lado.
Los padres no quieren escuchar tonterías, le preguntan de drogas, de sobredosis. No dejan que se defienda, para ellos es el culpable. Lo dejan solo, quieren ir a la morgue. El ya no se pasea, ya no está nervioso. Solo desea no haber ido al bosque ni haber mirado nunca hacia el cielo.

El celular vibra dentro del bolsillo de la campera. Nadie suele molestarlo a ese número. Deja entonces a un lado los prismáticos y busca el teléfono entre sus ropas. Mirá por un segundo la pantalla para saber quién lo llama: "Ismael". Su hermano.
- Alejo ¿escuchaste la radio?
- No, estoy fuera de la ciudad ¿por qué?
- Sobre lo que hablás siempre, lo que vos decís, eso de los aviones, de las líneas blancas en el cielo... Alejo, hablaron de eso, de un gran complot, la verdad que no se que creer. Siempre fui reticente a escucharte, creí que era una forma de escapismo que elegías por las muertes de Jazmín y Amanda, pero luego de escuchar lo que acaban de decir, bueno, hace una media hora que estoy meditando sobre este llamado y... tengo miedo hermano.
- Ismael, me estás asustando. ¿De qué hablas? ¿Qué dijeron?
- Tenías razón en todo viejo, desde el principio. Hay gobiernos poderosos detrás de todo, dicen que existe una gran estrategia mundial destinada a un solo objetivo: reducir la población mundial. Eso blanco que dejan esos aviones serían varios compuestos experimentales, algunos de los cuales tienen la misión de generar depresión y malestar entre la gente, otros esparcen virus que van desde la gripe común a variantes más fuertes. Pero también están los más mortíferos, aquellos que dejan a su paso un compuesto con minerales altamente tóxicos, que sirven a fines de control de imágenes satelitales y que al entrar en contacto con seres vivos, los van matando de a poco y que parecería, que si esos seres son además propensos a tener enfermedades, resisten muy poco y mueren en pocas horas.
- Me dejás sin palabras, es lo que vengo investigando desde las muertes de ellas. Te acordás de lo que me dijo Amanda: "Caían telarañas del cielo papá" y a pesar de haber luchado dos semanas, no pudo contra esa rara enfermedad.
- Tenías razón desde el principio.
- Nos están matando Ismael, te das cuenta. Nos están aniquilando.
- En la radio dicen que es para reducir la población mundial, porque los científicos calculan que con el número actual en pocos años más se sentirá la falta de agua, de comida...
- Nos están matando...
- La gente comenzó a salir a las calles en la ciudad. No se que puede pasar cuando esto se vaya difundiendo.
- Hay que hacer algo Ismael. No podemos permitirlo.
- ¿Pero qué?
- No se, pero algo rápido. Porque una de dos, o la gente aúna fuerzas para protestar o se divide e intenta sacar partido del caos que reinará. En todos los casos, ellos seguirán pintando el cielo.
Ya estaba encima de su jeep, poniéndolo en marcha. Cortó la comunicación y salió raudo para la ciudad, dejando detrás del vehículo una estela, pero de tierra.

- Qué día de mierda eh - la aseveración era de Almada, uno de los tantos periodistas agolpados frente al edificio del que horas antes se había arrojado un senador de la nación.
Algunos coincidieron, otros prefieron no escucharlo. Almada era un bocón. Entre los que pensaban eso, estaba Torrales. Escribía para una agencia de noticias extranjera y no para un diario local, por lo que las conveniencias políticas del caso no eran de su incumbencia.
Había estado tomando nota de las versiones circulantes sobre el suicido del senador cuando se enteró por algunos colegas de la gente que había salido a las calles a protestar, aunque no tenía muy en claro el motivo. Según decían, en una radio importante se había dado a conocer una noticia sobre ciertos complots de los gobiernos mundiales. Sonaba como argumento de película e inlcuso escuchó a su alrededor quiénes lo tomaban en broma.
Pero su instinto lo obligaba a mirar más allá de la puerta del edificio, aún vedada para el ingreso de las cámaras, y volver la mirada hacia el lado más céntrico de la ciudad, donde le habían dicho se estaba reuniendo la gente. Y mientras hacía eso, trazaba una línea que pretendía relacionar los dos puntos distantes. Sin embargo se contuvo de hacer algún comentario al respecto.
Cerró su libreta de apuntes y excusándose que tenía una reunión, dejó el lugar. Podía llamar a cualquier colega conocido más tarde y copiar los datos que surgieran de ahí en más. Su Yamaha 250 estaba muy cerca. En el trayecto hacia la misma escuchó comentarios de la gente, hablando de lo que sucedía en las calles.
Pensó en que seguramente sería un movida política o de algún grupo ecologista alarmando al resto sobre los peligros ambientales. Cuando llegó a la zona donde se estaba sumando la gente, se cruzó con un par de colegas.
- César ¿qué pasa? - le preguntó al reportero gráfico de otra agencia.
- En la radio, en el programa de Estevez, se dijo de un complot secreto a escala mundial para el exterminio de dos tercios de la población, para que así la raza humana pueda sobrevivir en el futuro.
- ¿Estevez dijo eso? ¿Que se fumó?
- Eso es lo más raro de todo, no salió en algún noticiero de morondanga, lo dijo Estevez y ese tipo no va a tirar abajo su reputación por una estupidez así, ni lo va a inventar. Si lo dijo es porque una fuente le pasó un dato confiable.
- No te puedo creer. ¿Sabés si alguien ya lo entrevistó o algo?
- Hasta ahora nadie se pudo comunicar y a la radio no podés entrar, recién vengo de allí, está acá nomás, porque debido a los llamados parecen que pidieron seguridad o algo.
- ¿Estevez contratando seguridad?
- Por ahí fue la radio misma.
- Esto me huele mal César y si...
El estallido los arrojó a ambos al suelo. Torrales dio con la cara en el suelo y desde allí pudo ver como la gente que estaba en las cercanías también estaba tirada en el suelo, muchos de ellos golpeados y aturdidos. Los oídos le retumbaban y los sonidos parecían provenir desde el interior de un tubo metálico. Sintió que lo tomaban del brazo. Era César. Tenía el rostro con sangre, seguramente de haber golpeado contra el pavimento. Con un gesto le indicó que estaba bien.
Buscaron con la vista el lugar de la explosión y vieron salir llamas de un edificio a una cuadra.
- ¡Vamos! - gritó Torrales al fotógrafo, notando que su voz parecía venir de otra galaxia - ¡Vamos que si no me equivoco la explosión es en el edificio de la radio donde hace el programa Estevez!

- Enrique, hace una hora que lo escuchamos en la radio y aún no tenemos órdenes, estoy asustado.
- Calma Andrés. No creo que tuviesen un plan para una contingencia de esta magnitud.
- ¿No entiendo, pensarían que jamás nadie se enteraría?
- Acordate de lo que nos dijeron anoche, que algunos de los gases son para manipular a las personas. Seguramente esperaban contar con unos años de ventaja antes de que alguno abriese la boca.
- Tengo miedo, no lo puedo ocultar. ¡Nos van a acusar de cómplices!
- Andrés, cortala con eso. Estamos atados de manos, como miles de otros científicos en todo el planeta. Nos hicieron el cuento y ahora estamos todos pegados, como supongo los políticos que firmaron las autorizaciones. Estoy seguro que nadie sabía lo que firmaba. ¿Oíste lo de Moreyra, el senador? Se suicidó por esto, estoy seguro. Debe haber sido uno de los que metió el gancho en el país.
- ¿Qué va a pasar ahora?
- No se, sinceramente no lo se. Como te dije antes, es el comienzo del fin. Aunque en forma precipitada.

Tres horas después de la noticia
El televisor en el bar estaba con el volumen al máximo. La conductora del noticiero decía en ese instante "la muerte del senador Moreyra ha dejado de ser la noticia del día, porque el caos reina en el centro de la ciudad debido a una noticia vertida por una radio local, que una hora más tarde fue blanco de un atentado con una potente bomba; los periodistas que difundieron la noticia de un extraño complot perecieron en la explosión, como así personal que trabajaba en la radio y en oficinas lindantes; dicha noticia y el posterior atentado ha sido el disparador de cientos de manifestaciones espontáneas en ciudades del país y del mundo, cobrando fuerza lo revelado por esta radio, sobre el posible plan mundial de reducción de la población que se estaría ejecutando en forma silenciosa desde hace un tiempo en distintas partes del mundo y que...
Mira hacia afuera y ve correr a uniformados policiales detrás de los oportunistas de siempre, que aprovechando la movilización de la gente comenzó a saquear locales comerciales. En los rostros ajenos solo ve incertidumbre y miedo. Observa su reloj y sabe que es muy tarde, pero tan solo el comienzo de una nueva era.
Filiberti paga su cerveza y sale a la calle. Se pierde en medio del caos. El mundo ya no es el mismo y es debido a él. Ahora la verdad está afuera y es aterradora.

Continuará...

27 de agosto de 2010

Las sendas químicas (parte II)

Conducir el jeep bajo la noche estrellada era un bálsamo ilusorio, pero lo arrebataba de sus pensamientos cotidianos. La brisa movía todo su ser y mientras las ruedas avanzaban aplastando la grava a su paso, el corazón latía deprisa, inquieto, como expectante de que algo sucediera, algo milagroso, poético, divino.
Pero nunca nada sucedía y entonces las lágrimas surcaban sus mejillas, en tanto el horizonte comenzaba a clarear con sus matices tan hermosos, cargados de colores y emociones, las mismas que le contagiaban y que se sumaban a su llanto silencioso de cada amanecer.
Entonces detenía el vehículo, muy cerca de unas colinas y tras limpiar su rostro de todo vestigio de dolor, buscaba en su mochila los prismáticos y se apostaba para observar. Rodeado de soledad y recuerdos, de un deseo indescriptible de alcanzar algún tipo de respuesta con lo que estaba haciendo, se abandonaba a la espera, que era siempre cauta y paciente, casi un arte.
La recompensa llegaba tarde o temprano. El cielo se dividía, el misterioso avión sin bandera ni insignia lo partía al medio con la columna blanca que dejaba atrás para perderse de vista, dejando sin embargo esa estela extraña que no se esfumaba como las que recordaba de chico, sino que permanecía allí, como a la espera de algo. Otros aviones hacían lo mismo y las líneas se trazaban perpendiculares, oblicuas, transversales e incluso, a veces, hasta en espiral. Y cuando creía que lo había visto todo, entonces el sol le deparaba ese espectáculo singular de sus rayos atravesando el blanco de las sendas dejadas por las máquinas voladoras tornando la luz solar en efectos iridiscentes, como si de un arco iris se tratase.
Hacía ocho largos años que estudiaba el fenómeno, desde la muerte de Jazmín. Se culpaba de que su obsesión se hubiese llevado también a Amanda, pero sabía que no era así. Que justamente era aquello que observaba lo que le había arrebatado a los dos seres que más amaba en la vida.
Atrás en el tiempo estaba esa época en su vida en la que se dedicaba a trabajar para vivir. Ahora vivía para un fin mayor. Y ese fin era alcanzar la verdad.

Quizá Donsantis sabía que todo se volvería patas para arriba mucho antes de que sucediera, sin embargo, es probable, que no pudiera identificar esa sensación hasta que aquello ocurrió.
Si alguien le preguntase, recordaría muy vagamente que le pasó el llamado a Estevez y que luego este se mantuvo al teléfono al menos por quince minutos. Eso si lo recordaría, pues en tanto sacó al aire dos tandas publicitarias, un tema de Bon Jovi y otro de Queen.
El rostro de Estevez no era el de siempre, aquel despreocupado y resignado con el que encaraba cada programa. Tras colgar el tubo su mirada parecía perdida y la boca algo entre abierta. Incluso al querer hablar estando al aire, le costó hilvanar las primeras dos frases.
El operador se lo achacó a las cervezas de más que se tomaron con el almuerzo, aunque para entonces el efecto tendría que haber pasado. Fue cuando escuchó por el retorno que tenía dentro de la sala de control que Estevez decía "tengo algo para contarles" que sus ojos se posaron en los de su compañero.
Puede que haya sido el tono con el que lo dijo o una premonición, pero allí esa sensación, vaga, es cierto, pero sensación al fin, se hizo realidad. Fue como ver transformarse una piedra inmóvil en un monstruo de dos cabezas, cien veces el tamaño de la piedra.
Estevez escupió las palabras, no las dijo. Unas tras otras, hilvanando un argumento tan tenebroso como posible. ¿Era aquello una historia que se estaba inventando? ¿Estaba intentando llamar la atención? Pero al hablar se le notaba la lividez en el rostro, el temblequeo en las manos, el ardor en cada acento, la pausa agitada en cada coma. El silencio de muerte en cada punto y aparte.
Aquel discurso duró diez minutos, pero fue tan convincente, tan real, tan dramático, que dicho lapso fue suficiente para reprocharse una vida. El teléfono comenzó a sonar ni bien se agotaron las palabras. Sonaba y sonaba, pero nadie se movía. Estevez inmóvil, detrás del micrófono. Donsantis como una estatua, del otro lado del vidrio. ¿Era un cuento lo que había escuchado? No lo creía así y sin embargo, algo le decía que en esos diez minutos, el mundo había cambiado. Al menos, el mundo inmediato, el que no se atrevía mirar ahora por la ventana.

Viajaban en silencio, en la incomodidad de la mentira. Andrés miraba las luminarias de la avenida y se imaginaba en el mismo mundo dentro de unos pocos años, pero un sentimiento de angustia le atravesaba el pecho y hasta le dificultaba respirar.
- Enrique - dijo finalmente .- Y si filtramos la información, ponemos en conocimiento a la gente.
- Andrés, te imaginás lo que sería eso. El pánico que generaría. Sería peor eso, que la ignorancia.
- Pero no podemos permitirlo.
- Es cierto, no podemos. Como tampoco podemos hacer nada.
- ¿Sabés qué Enrique? Cuando los escuchaba discutir en medio de la videoconferencia, me preguntaba mentalmente en qué momento nos desviamos en nuestra misión y cuándo nos convertimos en los cómplices que somos hoy por hoy.
- De qué te sirve hacerte mala sangre Andrés, vos decís cómplices, pero no se hasta que punto. Hace un año que sabemos a medias lo que realmente sucede e incluso así, tenemos nuestras dudas. Es verdad, los informes que presentaron esta tarde son contundentes, quizá inesperados. Pero no podemos negarle cabida a la duda. Caso contrario, no seríamos científicos.
- Allá en el observatorio tuve la certeza de que la cagamos. Que podríamos haber cambiado el mundo y sin embargo, nos dejamos engañar.
- Si te sirve de algo, con el doble de tu edad o más quizá, tengo la misma sensación y me duele reconocerlo. Aún hay unos años, preparémonos.
Andrés sonrió desde el lado del acompañante.
- ¿Algo de música? - preguntó estirando la mano hacia el estéreo.
- Si, por favor - contestó también con una sonrisa, Enrique.
Los leds azules del equipo de audio se encendieron, los números mostraron una frecuencia y los parlantes dejaron escuchar la voz armoniosa y grave de un locutor:
- Tengo algo que contarles - afirmó la radio.

Benjamín corría más rápido que el Oreja, pero sentía que el pecho le iba a estallar. El Oreja en cambio había caído de rodillas delante de un charco de agua, jadeaba con dificultad y se había llevado una mano al cuello.
Benja notó que su amigo se había quedado atrás, casi a cincuenta metros. Volvió sus pasos corriendo y se arrodilló al lado del Oreja.
- Vamos Oreja, debe faltar un kilómetro para salir del bosque, el hospital está ahí nomás. Ponete de pie, que vos podés.
Su amigo estaba llorando, pero en silencio. Sentía que no podía respirar. Benjamín intentó erguirlo, pero no tenía las fuerzas suficientes. Se alejó corriendo con la idea de ir en busca de ayuda, pero a los treinta metros se asustó, no quería dejar solo a su amigo. Volvió junto a él. El Oreja era un solo quejido, apenas un sonido sibilante.
Cinco minutos más tarde, estaba muerto. Benja se apartó al darse cuenta y girando hacia el lado opuesto, vomitó completo el desayuno. Notó la sangre en su boca. Aquello no era solo el asco de lo que estaba presenciando. Era la confirmación de que también estaba enfermo.
Sobre su cabeza, las líneas blancas trazaban la forma de una estrella.

- Senador, creo que lo ideal sería hablar ahora con el presidente o...
- Filiberti, por favor, dejemos eso para más tarde.
- Es por su bien senador, es su firma la que apañó todo esto en el país hace diez años.
- Cree que no lo se. Nunca imaginé esto.
- Podría intentar para ganar tiempo hablar con sus pares extranjeros, para pedir consejo de como proceder...
- Filiberti, concédame cinco minutos por favor. ¿Puede ser?
El asistente salió del despacho, sin chistar.
El senador volteó su silla en dirección al ventanal que daba al río. La imponente vista del edificio era suficiente para relajar a una persona en la situación más tensa. Sin embargo, no estaba sucediendo en esta oportunidad. Es que aquella situación era única, decisiva, conclusiva.
Poniéndose de pie se dirigió hasta la ventana y apoyó la frente sobre la fría superficie. Cerró los ojos y se imaginó cayendo a lo largo de esos quince pisos. Se imaginó como una hoja descendiendo de un árbol, como una pluma desprendiéndose de un pájaro. Se imaginó libre.
En la oficina contigua Filiberti hacía una llamada anónima a una popular radio de la ciudad, el senador lo ignoraba. Tampoco le hubiese importado. Su único deseo era huir. Tomó la silla y la arrojó contra el ventanal. El cristal saltó para todas partes y la silla siguió su rumbo por los aires, esparciendo vidrios en una escena impactante. Esperó que su asistente entrara raudo por la puerta, pero no ocurrió así, seguramente absorto con alguna otra tarea. Aprovechó esa ausencia. Se encaramó sobre el marco de la ventana, ahora destruida y casi con sorna le sonrió al cielo celeste y a sus líneas blancas, que graciosamente parecían saludarlo en el mismo momento en que se dejaba caer hacia la muerte, que lo esperaba quince pisos más abajo, con tan solo el remordimiento como excusa.


Continuará...

24 de agosto de 2010

Las sendas químicas (parte I)

- Mamá, están dibujando en el cielo.
- ¿Qué?
- El cielo mamá, mirá, alguien dibujó líneas blancas.

Observatorio, Miércoles 25 de agosto de 2010, 19.15 hs. 
La campanilla del teléfono repiqueteaba continuamente. El sonido pretendía devastar hasta al tímpano más entrenado, sin embargo nadie acudía para atenderlo. Los hombres reunidos en la oficina del director lo escuchaban, pero era un detalle menor en aquella tarde.
Los ánimos estaban caldeados. El silencio que escondía el problema desde hacía años finalmente se había quebrado. La verdad era parte del problema. Ni siquiera ellos, allí entre esas cuatro paredes, podían estar seguros de saber con exactitud lo que estaba pasando. Y sin embargo, eran conscientes de estar enfrentando el último designio por la supervivencia de la humanidad.

La ciudad, tarde del 25 de agosto de 2010
Juan caminaba apurado, sin siquiera observar con detenimiento el tránsito alrededor. La ciudad respiraba a sus anchas, mientras él la atravesaba como un rayo, los ojos puestos en su celular enviando y contestando mensajes sin levantar la vista en ningún momento.
Analía casi se lo lleva por delante, pero no se detiene, tampoco le importa. Está acostumbrada, así es la ciudad, todos viven en su mundo y por ella está bien. Esa forma de pensar evita que pierda el hilo de la conversación con su jefe, que luego de enviarla a sacar fotocopias se ha dado cuenta que necesita al menos tres legajos más que resguardar. Analía por lo tanto pega la vuelta por donde vino, sin chistar, sin quejarse. Solo se apura, para poder cumplir con los mandados a tiempo.
¿Es Joaquín un buen taxista? Los últimos libros de autoayuda que leyó lo llevan a pensar de esa forma. ¿Es Joaquín buen marido?¿Es Joaquín un hombre que guarda sus ahorros? Al principio aquello le parecía una pavada, pero ahora era un buen ejercicio que lo mantenía despierto al volante de su vehículo y atento a los vaivenes del caos vehícular de la ciudad. Cómo le decía su esposa, podía manejar y escuchar esos cds de autoayuda al mismo tiempo. ¿O acaso no era hombre?
Afuera parece hacer un día hermoso, pero para Kevin y Ezequiel el mundo es rectangular, tiene pantalla plana y dos mandos a distancia, además de una consola negra y delgada. El sonido de la batalla los envuelve en el encierro, en un cuarto A de un edficio cualquiera.
Miranda piensa en que es posible que le pregunten lo de Gordon Childe. Si bien solo había sido sugerencia lo del libro, al final siempre sucedía lo mismo. Aquello que no estudiaba o leía, era bolilla en el examen. De todas formas no tenían intención alguna de ponerse a leer en el subte. Mp3 en el bolsillo, auriculares en los oídos, la música era ahora su dueña. La música y el deseo de terminar el día.
Sonidos de cubiertos chocando entre si, murmullo interminable de mesas cercanas y el mismo menú de todos los días. Llama a la chica con un ademán de cabeza. Pide su triple de miga, con jugo de naranja para tomar. Mira el reloj, apenas si llegará a comer su sandwich, en diez minutos debe entregar las fotos en el diario. observa por la ventana su moto roja, encadenada contra una baranda en la vereda. Si no fuera por ella, no llegaría a tiempo a ninguna parte.

Estudios de la radio, tarde del 25 de agosto de 2010
Donsanti lo mira a Estevez por tercera vez y baja de nuevo la vista. Cuelga el teléfono y se mete en el estudio.
- Che, Cacho. Otro llamado con eso del cielo.
- Me tienen los huevos llenos con eso. Desde ayer que rompen las pelotas. Si querés digo algo, pero es una gilada.
- No se, no escuché nada en la tele. Pero bueno, en la tele si no hay un escándalo de un famoso, no lo pasan, viste como es...
- Ojo Willy que se te va el tema, dale, abrime el micrófono después de la tanda que digo alguna pelotudez así se dejan de llamar. 

Despacho de un senador, tarde del 25 de agosto de 2010
Pasea su mirada sobre el escritorio, evitando el escrutinio de esos ojos vidriosos a punto de estallar que están del otro lado del mueble. Debe ceder, porque su cargo no le permite esos privilegios. Los ojos se cruzan y las palabras finalmente salen de su boca.
- ¿Está seguro de lo que me informa Filiberti? ¿No le estaremos errando con esto? Mire que parece... no se, parece...
- Una película de ciencia ficción ¿no?
- Si, exacto.
- Eso quisiéramos Senador, pero no. Es la verdad.

Afueras de la ciudad, misma tarde, 25 de agosto de 2010
La brisa se había levantado minutos atrás, pero había ido prevenido. Se puso el saco de hilo que le había regalado su mujer para el último cumpleaños que pasaron juntos. Ahora estaba mejor. Se colocó de nuevo los prismáticos y siguió observando el cielo.
El celeste recortado por líneas blancas, tres en paralelo de norte a sur y dos cruzando a éstas de este a oeste. Estaban allí desde hacía media hora, pero todavía no se habían disipado. Tomaba nota en su libreta, sentado sobre el capot del jeep.
El tiempo medio para desaparecer era de cuarenta minutos, al menos era el promedio de los avistamientos de los últimos ocho años. De sus avistamientos. Pero coincidían con los de los demás.
Los dos primeros aviones habían dejado las estelas que había catalogado como vertical derecha y vertical centro, luego un tercer avión dibujó la horizontal superior y otro, que no creía que fuera alguno de los dos iniciales, la horizontal inferior. La vertical centro era la más reciente y su forma aún no se había ensanchado tanto como las otras.
Apenas cinco, hubo ocasiones en que había observado hasta doce al mismo tiempo. Sucedía en algunas partes, era posible verlas desde la ciudad, pero le resultaba más cómodo hacerlo desde un lugar calmo, alejado de la locura, del ajetreo, el mismo que paradójicamente quitaba la costumbre de mirar hacia arriba, de apreciar la bóveda que nos cubre como humanidad y que desde hacía un tiempo era escenario de un terrorífico plan del que nadie podría escapar.
Y sin embargo, pocos lo sabían.

Cabina del jet Babylon X815, tarde 25 de agosto de 2010
- BJ reportándose, solicito nuevas coordenadas. Cambio.
- BJ aquí Control, coordenadas enviadas al computador, accesibles en cinco, cuatro, tres, dos, uno. Cambio.
- Coordenadas recibidas y ejecutadas. Cambio.
- Siga en solitario BJ, el rebaño se retira por hoy. Cambio.
- Entendido Control, voy a coordenadas como Lobo. Cambio.
- Ejecute y aguarde nuevas órdenes. Cambio y fuera.

Escuela de Enseñanza Media, tarde 25 de agosto de 2010
- ¡Benja, no seas boludo, se van a dar cuenta!
- Dale Oreja, saltá vos también. No seas pelotudo. No te van a echar por escaparte una vez.
- Pero si me ven escapandome con vos y le avisan a mis viejos, se arma boludo.
- Uh loco, tenés más vueltas. ¿No querías ver las sendas? Dale, que este es el horario. A la mañana no creo que te guste levantarte temprano.
- Bueno, salto. Esperá que veo si no me ve nadie...
- ¡Saltá la concha de tu madre!
- Bueno, ahí voy Benja.

Observatorio, Miércoles 25 de agosto de 2010, 20.05 hs. 
Noche cerrada, de pocas estrellas. La luna pisa el firmamento pero como con temor. En la puerta del observatorio, un joven que ya peina canas fuma un cigarrillo. Entre pitada y pitada observa detenidamente la brasa de la punta, el rojo resaltando en la oscuridad.
A su lado aparece Enrique, colega que lo dobla en edad. Inmaculada como siempre, la camisa parece querer ahorcarlo, sin embargo le gusta usarlas así y ya nadie le dice nada. Pero se lo nota pálido, ofuscado. Como pocas veces, está despeinado y ese signo, ese solo detalle, es suficiente para devolver al joven a la realidad, mucho más compleja que esa brasa que cobra vida cada vez que pita con fuerza.
- ¿Qué han dicho? - le pregunta a su colega.
- Lo de siempre, que debemos hacer silencio. Que hay órdenes.
- Pero no dicen de quién ¿cierto?
- Cierto. Es todo una mierda. Una puta mierda. Sabemos que no es bueno, pero si decimos algo desmantelan esto en un abrir y cerrar de ojos y a nosotros nos desacreditan para siempre.
- ¿Te dijeron eso? ¿Así abiertamente?
Enrique lo miró entornando los párpados e inclinando la comisura derecha del labio.
- Te creés que son boludos. Insinúan, no dicen nada, pero a la vez, te dejan saber que va a suceder sin necesidad de pronunciarlo.
- Eso allá arriba no es bueno, verdad. ¿Eso ya podemos darlo por seguro?
- Eso allá arriba no solo no es bueno. Es el comienzo del fin.
- ¿Del fin de qué?
Enrique no contestó. Se metió las manos en los bolsillos y contempló la noche. Luego de un par de minutos, preguntó:
- ¿Te llevo?
- Enrique, el fin de qué.
Su colega le acercó una mano al hombro y en gesto paternal lo oprimió suavemente.
- Querido Andrés, vamos, no más preguntas por esta noche. Te llevo a tu casa. Disfrutá de tu mujer. Quiero irme a la mía. Aún creo tener tiempo suficiente a pesar de todo para recomponer la relación con mi señora. Porque en definitva, nos iremos todos, de todos modos.

Estudios de la radio, noche del 25 de agosto de 2010 
El teléfono volvió a sonar. El operador lo atendió con la parsimonía de siempre. La voz del otro lado decía que tenía información sobre lo que habían mencionado al aire minutos antes. Miró al conductor, que hojeaba las páginas de un diario sobre la mesa del estudio y le indicó que levantara el tubo.
- Cacho, es sobre lo del cielo, atendé - le dijo desde el otro lado del vidrio.
A regañadientes cerró el diario y estiró el brazo hacia el tubo del teléfono.
- Si, diga.
- Mire Estevez, lo que acaba de decir al aire es un tema jodido, no me pregunte quién soy ni nada, le aseguro que no se trata de una estupidez ni de algo que pueda agarrar para la joda como hizo...
- ¿Quién habla? ¿Piraña sos vos, me estás jodiendo che?
- No soy... ¿cómo dijo, Piraña? no, no soy... escúcheme y escúcheme bien. Estoy arriesgando mucho con esta llamada. Trabajo con gente importante y esto que usted mencionó no es nuevo, hace rato que existe. Es delicado. ¿Alguna vez escuchó hablar de "sendas químicas"?
- En la puta vida.
- Bien, entonces présteme atención, porque las sendas químicas harán que su puta vida sea más corta de lo que espera.


- Mamá, que es esto que cae del cielo... ¿mamá? ¿mamá estás bien? No me asustes, levantate, mamá, levantate...
Amanda salió corriendo. El jeep de papá estacionaba justo delante de la casa. Corrió a sus brazos desesperada, con lágrimas en los ojos. 

Y de eso, hace ocho largos años.

Continuará....

21 de agosto de 2010

Él

Aquello que tanto lo apremiaba era su necesidad por llamar la atención. Era vital para su existencia ser el eje de toda conversación. Vivía penurias cuando, estando en una reunión, las conversaciones no giraban en torno a sus logros.
Sabía que no era algo normal, razón por la cual a lo largo de su vida había concurrido a infinidad de especialistas, pero los terminaba abandonando cuando comenzaban a compararlo con otros casos. Odiaba la comparación. El solo hecho que una acción suya tuviera siempre alguna similitud con otra, rebajaba su autoestima.
Su forma de ser lo había apartado de muchas personas que había conocido en su vida. Pero le daba lo mismo, pues eso significaba que no valoraban las cosas que él hacía. Siempre podía encontrar a gente que si lo hiciese. Claro que ese alejamiento, que en la mayoría de las veces la proponía la otra persona, se hacía cada vez más recurrente.
Notaba ya que la soledad era un sitio común en su vida. Motivó ello a medidas extremas. Si antes sus logros eran académicos o de índoles menores, ahora pasarían a ser de un calibre mayor. Por ejemplo, un mes atrás había decidido pasar de un edificio a otro volando un aladelta.
Por supuesto, su peripecia había salido en todos los medios de comunicación. En la universidad, donde era catedrático, todos hablaron de él, al menos una semana. Cuando aquello pasó a formar parte del pasado, le sacó el coche al rector y paseó por el boulevard durante media hora, con la particularidad de hacerlo en dos ruedas.
A la semana siguiente provocó un apagón en media ciudad, autoproclamándose responsable de lo ocurrido, sin temor a las represalias judiciales de la ciudadanía. Y hace dos días, ingenió un atraco a un banco con armas falsas. Claro que la policía no sabía de ese pequeño detalle y en el intento de recuperar el control de la situación, mató en el operativo a dos civiles que eran rehenes del enfermizo pseudo-ladrón.
Todo el mundo habla de él, ya sea en un bar, en la verdulería, en la esquina del barrio. Incluso en otros países es noticia. Y a pesar de todo, de los años que dicen le van a dar, se lo puede ver sonriendo como un niño, mientras los flashes de las cámaras y los micrófonos de los periodistas lo rodean y preguntan por él.

15 de agosto de 2010

Ironía del destino

La promocionaban como la "solución definitiva en limpieza". Era una mezcla de color azul, algo espesa, pero que combinada con cloro se volvía cristalina.
Sin embargo no era esa su característica más significativa. La mezcla, cuyo nombre comercial no mencionaremos, se convirtió de un día para otro en una amenaza sin igual.
El descubrimiento de la propiedad que la hizo peligrosa, fue por accidente, como la mayoría de los grandes descubrimientos. Un peón de fábrica designado para limpiar un derrame de aceite, sabiendo que la botella de litro del producto no era muy rendidora si no la mezclaba con cloro, decidió reemplazar al mismo, que ya no le quedaba, con aguarrás.
De cierta volatilidad, el aguarrás, que es una mezcla de hidrocarburos producto de la destilación de la resina de pino, produjo en forma instantánea una reacción ante el contacto con el producto de limpieza.
Primero fue un burbujeo, luego un chillido y finalmente una explosión. La imagen del peón es una suposición, puesto que solo quedan las hectáreas desiertas del lugar donde se encontraba la fábrica en la que se produjo la primera muestra del poder bélico de la "solución definitiva en limpieza".
Las pericias posteriores determinaron la causa de lo que en un primer momento se pensó, había sido un atentado a gran escala. Sin embargo, al saberse la causa, la información se convirtió en forma inmediata en un secreto de estado.
Había que ratificar aquello que indicaban las investigaciones en el lugar de la tragedia. Varios ingenieros y militares hicieron la prueba en medio del desierto, logrando el mismo resultado, aunque en menores proporciones, ya que se utilizaron pequeñas muestras de ambos productos.
Los informes fueron precisos. El gobierno no necesitó muchas explicaciones para tomar la siguiente medida. Al día siguiente con una excusa falsa, basada en una supuesta alergia que podía producir la mezcla líquida de limpieza, se ordenó retirar la mercadería de todos los puestos de venta.
La empresa dueña del producto fue intervenida de inmediato y en pocos días sus acciones dejaron de cotizar en la bolsa y el cartel de quiebra fue colocado en la puerta principal de cada oficina. El segundo paso del gobierno fue adquirir a través de empresarios amigos las tres mayores productoras de aguarrás del país. De esta manera tenía todos los canales controlados.
El último accionarfue el que seguía por decantación. Anunciar mundialmente ser la nación más poderosa del mundo y comenzar a atacar a las demás.
Solo pocas naciones aún resisten, el resto ya es parte de ese país dominador. El lema es "mundo limpio para un nuevo orden".
Algunos aún recuerdan aquella vieja mezlca y resulta irónico no traer a la mente el eslogan: "la solución definitiva en limpieza". Sin dudas que así lo es, aunque en otras proporciones y no con los fines originales.

12 de agosto de 2010

La misa de los domingos

Era tradición en el pueblo que los domingos luego de la celebración de la misa, alguna de las familias invitara al sacerdote a quedarse para el almuerzo. La ciudad de donde provenían los religiosos a dar las misas estaba a setenta kilómetros y suponía el punto más cercano hasta el alejado paraje, en el que residían apenas unas doce familias.
No solía ser siempre el mismo, razón por la cual no sorprendió un nuevo rostro aquella mañana de invierno. Las frías manos del sacerdote apretaron con ganas las de los feligreses del pueblo, en un gesto de confianza y pronta gratitud. La misa fue más agradable que otras. Ramón, que así se llamaba el cura, era de los que se aferraban a la canción como instrumento de oración. Y los vecinos, acostumbrados a la cansina charla de cada domingo, se vieron rápidamente atrapados por el carisma de este joven.
Sin embargo, no por eso, el oficio fue más corto. Al contrario, se extendió por casi dos horas. Si bien por ser domingo la gente disponía de mayor libertad, el mediodía era sagrado, con asado en algunos hogares y tallarines en otros. Razón por la cuál no eran pocos los que miraban de reojo cada tanto el reloj, deseando que terminara de una buena vez.
Cuando escucharon el esperado "vayan en paz" algunos salieron casi al trote, sin importar que pensaban los demás. En cambio, doña Clotilde de Pérez y Felicia Euricata Sánchez caminaron en dirección contraria a la puerta de salida, hasta el mismísimo altar, donde Ramón recogía aún sus cosas.
- Padre - dijo Clotilde - como es la primera vez que viene, me gustaría en nombre de mi familia invitarlo a quedarse a almorzar en mi casa.
El sacerdote estuvo a punto de decir algo, pero la voz  estridente de Felicia silenció sus intenciones.
- Padre, pero que coincidencia - dijo mirando de soslayo a la otra mujer - en casa tenemos ya preparada la mesa con un lugar para usted.
- Bueno Felicia, pues entonces deberán quitar un plato - afirmó Clotilde - porque como habrás notado, lo invité primero.
- Querida, por favor, por supuesto que lo noté. Sin embargo nuestro nuevo y joven amigo estará con ganas de retornar a la ciudad y dado que nosotros ya tenemos todo preparado, seguramente por conveniencia de tiempos le gustará más mi propuesta. ¿No es así sacerdote Ramón?
- ¡Ay por favor, pero que dice la biblia sobre desear lo que ya tiene otro!
- Clotilde no me hagas reír, vas a hacer sonrojar al sacerdote. Dices "desear" como si quisiera llevarlo a la cama en lugar del comedor. Por favor querida.
- ¡Felicia! - dijo la mujer poniéndose colorada, incluso por encima del exagerado maquillaje que le cubría los pómulos - Por favor joven Ramón, disculpe esa grosería. Usted sabe que no me refería eso. Lo único que quiero es...
- A esta altura no se Clotilde, el sacerdote se va a llevar una muy mala impresión del pueblo por tu...
- Señoras...
- Mirá Felicia, que si...
- Escuchate, mandoneando, vos que...
- ¡Señoras!
El grito del joven sacerdote fue como un shock eléctrico para los cuerpos de las dos mujeres, que de inmediato se volvieron a él y en silencio, milagrosamente.
- Señoras, son muy amables, pero no es mi intención quedarme. En realidad, y no quiero ser grosero, me están demorando más de lo que imaginaba. Ya tendría que estar partiendo para la ciudad.
- ¡Pero cómo! - dijo Felicia - Siempre el sacerdote se queda a almorzar, es un hecho. Por favor Ramón, no sea tímido y tome sus cosas, que tengo el coche afuera.
- Felicia ¡yo lo invité primero!
- Señoras, en serio, debo irme. No puedo...
Clotilde dio un paso adelante y sin apartar los ojos de los de Felicia, se aferró al brazo izquierdo del sacerdote.
- Pero... ¿qué hace? - atinó a balbucear el sorprendido cura.
- Ah no, esta no me la ganás - y tras decir eso, Felicia lo tomó del otro brazo.
- Señoras ¡me lastiman!
Pero ninguna de las dos se apartó del religioso, tironéandolo de cada lado y en medio de gritos. Varias personas volvieron a ingresar a la capilla al escuchar el tono de las voces y no podían dar crédito a sus ojos al ver a las dos mujeres de avanzada edad zamarreando al sacerdote nuevo.
Y entre tanto tironeo, un celular cayó de las ropas del sacerdote, golpeando estrepitósamente el suelo de baldosas. El sonido de pequeños cristales anunció que la caída había sido fatídica para el aparato.
- ¡No! - gritó Ramón, con cierta agonía en la voz. - ¡Me hicieron cagar el teléfono!
El término cagar hizo que instantáneamente soltaran las mujeres las extremidades del hombre. Ambas lo miraron sorprendidas de que hubiese pronunciado una palabra tan vulgar e incluso, dieron un paso atrás, ya sin amenazarse mutuamente y con cinismo a los ojos. Ahora, en cambio, lo miraban a él, como acusándolo por lo que había dicho.
Pero a Ramón poco le importaba lo que estuvieran haciendo las dos ancianas. Se arrodilló frente al altar a juntar los pedazos de su teléfono, gimiendo de impotencia. Las dos mujeres aprovecharon para alejarse, cada una por el lado opuesto de una fila de bancos largos. Aquellos que habían ingresado para ver que pasaba, también abandonaron el lugar. Solo quedó Ramón, con los ojos cerrados y algunas de las partes hechas añicos en las manos.
Mientras todos se alejaban al calor de sus hogares, felices al fin de estar camino a preparar la comida, el sacerdote se lamentaba que todo hubiese terminado así. Una pena, sin dudas, porque la misa había sido un éxito, logrando ocupar esas dos horas que se había propuesto alcanzar para darle tiempo a los chicos. Incluso nadie había abandonado la capilla antes de la finalización de la misa, que era uno de los miedos que tenían. Pero esas dos mujeres, demorándolo primero, destrozando su teléfono celular después... esas dos mujeres habían tirado por la borda el plan.
Ahora los chicos debían estar en las afueras del pueblo, intentando llamarlo en vano para indicarle donde estarían para escapar antes que se dieran cuenta de lo sucedido. Y los pueblerinos estarían llegando a sus hogares y descubriendo que sus pertenencias más valiosas, el dinero, las joyas, ya no estaban. Y él ahí, delante del altar, orando por un milagro que sabía no iba a suceder.
Ya escuchaba afuera la señal de alarma de algunos vecinos, que gritaban que le habían saqueado la casa. Esos gritos se harían eco en cada rincón del pequeño paraje, hasta convertirse en un tormento. Y pronto apuntarían al nuevo rostro, a la extraña duración de la misa, a la resistencia a quedarse a almorzar.
Y cuando eso ocurriese, solo le esperaba la crucifixión.

9 de agosto de 2010

El arte de lo desconocido

En la pared de la centenaria casona de ladrillos de la esquina de Avellaneda y Brown, más precisamente sobre  la que da a ésta última, apareció una mañana una pintada fuera de lo común. Abandonada hace tiempo, con los yuyos comiendo el zaguán, es común que esa pared de ladrillos desgastados sea blanco para las espontáneas obras de artes de los jóvenes que aerosol en mano, trazan los más absurdos dibujos y escritos, los cuales con el tiempo se superponen uno a otros, haciendo un collage tan desagradable como conocido.
Pero no fue producto de una noche de travesuras ni tampoco una pintada de alguna campaña política. Aquello que vieron los vecinos al comenzar sus respectivas rutinas los dejó con la boca abierta. Era una composición de colores que tocaba el alma, traspasando el concepto de belleza que conocían de siempre. La pared estaba vestida de azul, como si fuese un océano inmenso, y entre sus olas, una ballena blanca atravesaba con bestial fiereza el agua. A tal punto, que cualquiera hubiese podido jurar que el cetáceo estaba cayéndose de la pared.
Maravillados, los vecinos intentaron averiguar quién había sido el autor, pero nadie lo sabía. El comentario de la pintura en aquella esquina llegó a puntos distantes de la ciudad y aunque resultó sorpresiva, al rato dejó de llamar la atención la cantidad de vehículos que pasaban lentamente por delante del lugar, con sus pasajeros observando anonadados.
Contento por la obra que manos anónimas le habían regalado, el barrio descansó esa noche sin imaginarse que otra vez, bajo la confidencialidad de la luna, el artista tenía algo para dejarle.
Las primeras luces del alba despejaron de las sombras los nuevos trazos y en la claridad de esas horas vírgenes, vieron que la ballena ya no estaba, como tampoco quedaba rastro alguno del furioso océano. En su lugar, portentoso y colosal, la imagen de un ángel alado parecía iluminar la vereda. El detalle de cientos de plumas a su alrededor le daban a la pintura una movilidad que no tenía y más de uno, aturdido por la belleza, osó en vano de quedarse con alguna de ellas.
¿Cuánto trabajo había demandado tremenda pintura? ¿Cómo habían logrado cubrir a la perfección a la otra? ¿En qué momento tuvieron la oportunidad de hacerlo? Los vecinos hablaban entre ellos, emocionados, sorprendidos, intrigados.
Alguien aventuró que quizá podían esperar lo mismo cada mañana, otro que se quedaría levantado toda la noche para espiar por la ventana. Un par de ancianas sospechaban de sus nietos y recelaban entre si. Una feligresa de la capilla preguntó si acaso eso no sería "obra del diablo". La policía se acercó para averiguar si vivía alguien en la casa y si deseaban levantar una denuncia.
Pero la casa estaba abandonada desde hacía veinte años, según testimoniaba la gente del lugar. Sin embargo, de pronto, había cobrado vida. La pared se la había devuelto y todo un barrio estaba pendiente de la vieja construcción.
Esa noche algunos se quedaron despiertos, deambulando por las calles cercanas, aguardando que apareciera el artista. Pero éste no dio señales y la noche transcurrió fresca y serena. La mañana recibió entonces al mismo ángel que el día anterior.
Algunos vecinos bufaron al pasar frente a la pared, fastidiados que aún siguiera el ángel. Otros aseguraban que ya se había cansado y no eran pocos los que aseguraban que por culpa de los que merodeaban, el autor de los dibujos no había aparecido.
Tampoco apareció esa noche, ni la siguiente. Pero en la quinta luna contando desde que fue pintada la ballena, los colores volvieron a asaltar la pared de la vieja casona. Al amanecer, las irresistibles líneas del contorno de cinco figuras cabalgando en un desierto, asombraron una vez más a los habitantes de las casas lindantes.
Los caballos al trote levantan arena, que parecía escapar de la pared y penetrar en los ojos de los que observaban de cerca. Los jinetes huían hacia el horizonte. El rostro de uno de ellos estaba vuelto hacia atrás y en sus ojos se transmitía un horror indescriptible. Alguien dijo que algo se veía en el reflejo pintado en sus pupilas, pero nadie fue en busca de una escalera para poder contemplar los detalles de más cerca.
Una niña notó que uno de los caballos sangraba en una de sus patas y varias mujeres dieron un brinco hacia atrás al notar que lo rojo continuaba sobre las baldosas. Sin embargo era pintura. Pero no se podía aventurar si era un detalle de la obra o una mera casualidad. La niña se puso a llorar y tras cruzar la calle, se metió en su casa.
Para el mediodía los vecinos habían deliberado y decidido que la imagen era portadora de un mal presentimiento. Alguien puso orden en aquella reunión improvisada en la misma esquina de la casona y convincentemente propuso hacer una votación. Moción uno, dejar la pintura. Moción dos, cubrirla por completo. Tras un largo debate y posterior votación, optaron por dejarla.
De todas maneras, los jinetes no pasaron de aquella noche. Por la mañana, el desierto había desaparecido pero a diferencia de la vez que desapareció la ballena y la reemplazó un ángel, el cambio en esta oportunidad logró que a más de uno se le escapara un aullido de terror al posar la mirada en la particular pared.
Abarcándola toda, la imagen detallada y casi real de una serpiente de ojos asesinos y la piel recubierta con escamas oscuras, miraba fijo a todos aquellos que se acercaban. Sus colmillos afilados parecían abalanzarse sobre la gente y la boca, abierta en forma exagerada, indicaba que en cualquier momento los devoraría.
No fueron pocos los que alegando que la serpiente movía los ojos y los seguía con estos cada vez que ellos cambiaban de lugar, se retiraron a la seguridad de sus hogares. Si acaso la imagen de los jinetes había sido para muchos de mal augurio, ahora no habían quién no manifestara su temor y repudio al dibujo.
Sin mediar votación alguna, fueron hasta la pinturería del barrio y se hicieron con varias latas de pintura blanca y pinceles. Eran diez los que se tomaron el trabajo de cubrir la imagen.
No tardaron en percatarse que la pintura del dibujo se chupaba la pintura blanca, absorbiéndola por completo. Los vecinos mencionaban a satanás, al diablo, a Jesús, María y José. Algunos  se persignaban, en tanto la feligresa que había hablado aquella mañana en la que encontraron el dibujo de la ballena no dejaba de jactarse de su advertencia.
Abandonaron el intento de cubrirla con pintura. Debatieron que hacer y trajeron otro tono, pero solo una lata, para probar. Era pintura negra. Sucedió lo mismo que con la blanca. La pintura se filtraba por los ladrillos, sin dejar huellas sobre la imagen de la víbora. Parecía una gran esponja que chupaba cada gota que se vertía encima, pero sin cambiar de textura ni aparentar otra cosa que no fuera una pared de ladrillos.
La desesperación había ganado las veredas para la hora de la siesta, algunos discutían, otros se empujaban entre si al disentir en las opiniones... la cotidiana paz del lugar se había hecho a un lado. Reinaba la confusión, el caos, la incertidumbre. Lo desconocido había provocado en esa gente calma, acostumbrada a la armonía y la rutina, un miedo irracional. Cierto instinto de rechazo estaba ahora despierto y los diálogos se tornaban ásperos, frontales.
Antes que comenzara a anochecer, un grupo apareció con una topadora de la municipalidad. Se detuvieron las confrontaciones, se acallaron las voces divergentes, quedó mudo hasta el mismo silencio.
La maquina, conducida por gente del barrio, se detuvo unos instantes delante de la pared, como retándola a defenderse, pero solo recibió esa mirada álgida y desafiante de la serpiente pintada. Se escuchó el rugir del motor al cambiar de marcha y las ruedas rodaron hacia delante.
La topadora asestó uno, dos, tres golpes y la pared se resquebrajó al medio. La vieja construcción no resistió muchos embates más y en menos de cinco minutos, la pared había caído. El barrio celebró con júbilo, profiriendo gritos y aplausos. Hasta incluso encendieron una fogata frente a los escombros y algunos jóvenes pasaron la noche allí.
Habían derrotado a la pared, al misterioso artista. Vencido al miedo, a la irracionalidad. Eran felices otra vez, dueños de lo concreto, de lo absoluto, de lo tangible y real. La pared era ya un recuerdo, como aquellos dibujos.
Con el tiempo prefirieron olvidar, los dibujos, la pared, incluso la vieja casona. El barrio había obrado haciendo lo correcto. Estaban seguro de ello. Habían destruido lo desconocido, no lo habían dejado crecer.
Sin embargo ahora nadie descansa bien, por más que por las mañanas aparenten lo contrario e intenten disimular las ojeras. Ninguno se levanta menos de dos o tres veces por noche, para espiar por la ventana. Es que el miedo (y ahora lo saben) no cae tan fácilmente, el miedo perdura. Espían sigilosamente, temerosos, rogando en voz baja no toparse en ninguna otra pared con una de esas obras. Y por ahora, solo por ahora, esas plegarias están siendo oídas.