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28 de septiembre de 2009

Una espina en el lago

Desde la orilla del lago veía la fogata encendida y cómo las siluetas de los chicos se contorneaban contra el fuego, mientras danzaban al compás de una melodía y voces que le llegaban muy tenuemente a través del aire fresco de la noche.
Era la última, la despedida. El campamento había sido un éxito. Podía volver tranquila, sabiendo que los niños se habían divertido.
El agua parecía tan calma en la noche que no podía evitar acercarse. Le transmitía paz. Veía el brillo de la luna reflejada en la superficie, casi como en un espejo. Sentía melancolía y por eso huía del resto. De vez en cuando volvía su mirada hacia el campamento y sonreía con sinceridad al ver como los demás disfrutaban.
Había una sorpresa para los niños, que los otros profesores de educación física prepararon durante la tarde. Una torta inmensa, que llevaron a cocinar al puesto de la guardia del parque. En cualquier momento vería por el lado del camino de tierra acercarse las luces redondas y potentes del jeep del parque y sabría que sería su momento de regresar con el resto.
Sin embargo quería quedarse allí mismo, a la orilla del lago, porque la tristeza le empañaba la noche. En realidad, toda la excursión. Desde el día que salieron, buscó los lugares más apartados para llorar en soledad. Volvía con el grupo sonriente, pero sintiendo la espina clavándole el corazón.
Odiaba sentirse así. Pensaba en él. En la noche que estaba armando el bolso para salir esa misma madrugada. Buscaba prendas íntimas que le resultaran cómodas, cuando su novio le hizo un comentario que no le gustó. ¿Cuál había sido? Ya no lo recordaba. Así eran todas las peleas. Comenzaba por algo y llegaba un momento que ninguno de los dos sabía exactamente la razón por la que habían iniciado la discusión. Pero esa noche se pelearon. Feo. Se dijeron barbaridades que jamás se habían dicho. Algunas palabras aún resonaban en su mente, como un recuerdo culpable, como un dedo hurgando una herida.
Se había ido dando un portazo, tan fuerte que escuchó como caía dentro del departamento uno de los cuadros de naturaleza muerta que colgaban en la pared del living. Caminó las cinco cuadras que la separaban del colegio llorando. Haciendo un intento casi inhumano por no gritar de bronca, de desesperación. ¿Por qué esa noche? ¿Por qué justo antes de irse?
Llegó a la puerta de la escuela, donde el colectivo ya estaba esperando para partir, secándose los ojos con un pañuelo descartable. ¿Qué le pasa profe? le habían preguntado unas niñas y ella mintió muy bien. El resfrío que alegó sanó rápido y pronto se vio juntando los bolsos y subiéndolos al transporte.
En el viaje logró olvidarse de lo sucedido. La gracia de sus colegas, la algarabía de los niños, todo se convirtió de a poco en una manta que la cubrió del frío espiritual que la invadía internamente. Pero una vez en el campamento, empezó a recordar y las lágrimas se iban filtrando, de a poco, a escondidas, en un lamento infinito que no podía parar.
La última noche y como no podía esperarse de otra forma, era todo diversión. La pena llegaría en el viaje, ya cansados, los niños se darían cuenta que estaban volviendo a sus rutinas y eso sería el disparador de quejidos y alguna que otra broma sobre no querer volver. Pero aún faltaban varias horas para regresar y sin embargo ella estaba decidida: no volvería.
No soportaría regresar, no podría sobrevivir más tiempo con la realidad que le tocaría afrontar. Miró de nuevo hacia la fogata y ahora los chicos ya no cantaban ni bailaban, sino que estaban en silencio, todos sentados. Le llegaba un débil murmullo, acompañado del sonido de los grillos, que a esa altura ya le resultaba natural. Era la hora de las historias de terror, del silencio respetuoso, de los oídos atentos escuchando a los grandes.
Pensó en su novio, en la noche que armaba el bolso y parecía todo tan distante desde aquella orilla, que era como si le sacaran una tonelada de encima de sus hombros. Dio el primer paso hacia el campamento y otra vez sintió la angustia, el dolor. Se puso a llorar, desconsolada.
Se dejó caer y abrazar por la tierra. El agua le hizo caricias, tan cálidas, tan llenas de amor, que por un momento se creyó acompañada. Los ojos se dejaron llevar por las estrellas, mientras la frescura de la noche la envolvía en una mortaja de paz infinita y el sueño avanzaba letal, mortífero, silencioso, en tanto el agua cubría sus piernas, luego su cuerpo y finalmente los brazos y rostro, oscureciendo el cabello y ocultando su belleza, sin encontrar resistencia ni nuevos lamentos.
Al día siguiente, desde temprano la guardia del parque y la policía la buscaron en cada rincón del lugar. Al atardecer encontraron su cuerpo, en el fondo del lago.
La noticia llegó al pueblo antes que lo hiciese el colectivo con los niños y profesores. Sorpresa, incredulidad, las sensaciones dejaron a todos helados. La policía local notificó a la escuela y de allí fueron al departamento de la joven, donde vivía la única persona que podía considerarse un familiar, que era su novio. Los padres y demás parientes vivían en otra provincia, muy lejos. Forzaron la puerta porque nadie contestaba. Encontraron el cuerpo del joven sobre la cama, con la garganta cortada y signos de violencia por toda la habitación. Llevaba muerto varios días.

25 de septiembre de 2009

El muerto a la cabeza

Miró la hora. Casi las ocho de la noche. Su mujer había salido y le había dejado un pollo en el horno cocinándose.
Le recalcó bien clarito, que lo cuidara, que no permitiera que se dorara de más y que fuera moviendo las papas para que no se pegaran a la fuente. "Y por favor Roberto, prestale atención, que esta noche viene tu mamá y no quiero quedar mal. Hacé una bien Roberto, por una vez en la vida" le había dicho antes de salir hasta la panadería a comprar unas masas finas.
Volvió a mirar la hora. Casi las ocho. Venía jugándole desde hacía dos días, al 47 a la cabeza en la quiniela nocturna. Tenía un pálpito que prácticamente no lo dejaba dormir. Y por cábala se hacía una escapada hasta la agencia de quiniela que le quedaba a la vuelta siempre cinco minutos antes de las ocho, es decir, cinco minutos antes de cerrar.
Pero su mujer no volvía. ¿Se habría quedado a charlar en el camino con alguna vecina? Justo esa noche tenía que demorarse. No iba a llegar. Volvió a mirar la hora en el reloj con fondo de frutas que colgaba en la pared de la cocina.
Se acercó al horno y espió el pollo. Estaba dorado, lindo y el olor que invadía la cocina era buen indicio. ¿Cuánto podía tardar en ir hasta la agencia de quiniela y volver? ¿Diez minutos? Entre que iba, jugaba el número, hablaba dos palabras con Manuel, el quinielero...
Pero... y si justo regresaba su mujer y encontraba la casa vacía. O peor aún, llegaba antes su madre y dado que nadie le abriría, se quedaría esperando afuera y ahí si, con seguridad llegaba su mujer con la escena de la suegra en la entrada y la casa vacía. Y el pollo en el horno quemándose. Seguro, seguro. Podía ponerle la firma.
El pálpito. No podía dejar de pensar en el 47. Según la tabla de los sueños, el muerto. Pero muerto iba a terminar él si dejaba el pollo solo y volvía su mujer. Volvió a mirar el reloj. Las ocho en punto. Manuel debía estar preguntándose porque no había aparecido. ¿Pensaría que lo jugué en otra agencia? No, no lo creía. La manecilla del reloj se desplazó un poco más. Ya había pasado un minuto. Manuel estaría echando llave a la puerta, bajando la persiana preparándose para partir hacia su casa.
El pálpito era fuerte. La pucha, que era fuerte. Esa noche salía el 47 seguro. Y el cuidando el pollo. ¿Y si salía ya mismo por la puerta, corría hasta la agencia como para agarrar a Manuel antes de que se fuera y jugaba la apuesta?
Si, no podía más. No lo resistía. Tomó la billetera que estaba arriba de la mesa y las llaves. El pollo podía irse al mismísimo infierno. Su madre y su mujer también. Nada iba a...
Escuchó abrirse la puerta del frente. La voz de su mujer, que según él era como el chillido de un gato al que le pisaron una pata, le llegó claramente a los oídos. Y también la de su madre. Por eso se había demorado, la había pasado a buscar. Si hubiese salido hacia la agencia cinco minutos antes habrían encontrado la casa sola y tremendo problema hubiese tenido. Las saludo y ayudó con las bolsas. Cuando miró el reloj ya era muy tarde, no había posibilidad alguna de jugar el número.
La idea del 47 no lo abandonó en toda la cena. El pollo se le atragantaba de bronca. No quiso escuchar los resultados por la radio ni ve la televisión. ¿Para qué amargarse con el 47 a la cabeza? Porque seguro que había salido el 47 a la cabeza.
Se fue su madre. Ayudó a limpiar la cocina. Y se acostó.
Por la mañana se despertó con mal humor. Había soñado con la quiniela y que Manuel le decía "que suerte la suya, qué suerte la suya" en tanto le mostraba el extracto del sorteo con un 47 enorme en el primer lugar.
Se acomodó en la mesa para desayunar. Su mujer le dejó el diario a mano. El papel estaba algo húmedo. Otra vez el pavote que hacía el reparto lo había dejado caer sobre el jardín delantero.
No quería hojearlo. Lo miró de reojo sin prestarle atención a los titulares. Solo pensaba en ir directo a la página donde estaban los resultados, pero la idea de toparse con el 47 era muy chocante. ¿Cuánto podría haber ganado? Al menos para un auto le podría haber alcanzado. Lo lindo que hubiese sido cambiar el Citroen.
Tomó el diario, metió los dedos entre las hojas del medio y lo desplegó sobre la mesa. Sus ojos buscaron lo inevitable y allí estaba el muerto.
Quedó paralizado, atónito. Dejó caer la cuchara con la que, usando la otra mano, le estaba colocando azúcar al café. Su mujer lo miró por encima de los anteojos desde el otro de la mesa.
Roberto carraspeó y se golpeó el pecho. Sentía que le faltaba el aire, de repente el diario le daba vueltas delante de su vista, lo mismo que la mesa, la taza y las galletitas. Algo cercano al desmayo parecía apoderarse de su cuerpo, pero combatió para librarse de la sensación.
Con lágrimas en los ojos volvió a fijar su vista en el diario y se llevó una mano a la boca, para reprimir el gemido que nacía desde lo más produndo de su ser. El diario decía "Asaltan agencia de quiniela y matan a su dueño. Sucedió anoche a las ocho en punto. Manuel Larrazabal murió en el acto".
Su mujer se acercó para ver que le pasaba y él la abrazó. Parecía no poder hablar, pero sus labios musitaron las primeras palabras que el cerebro le dictó: "Qué suerte que tengo mi vida, que suerte que tengo...".

22 de septiembre de 2009

El colectivo de las diez y diez

La noche se había puesto fresca, así de golpe. El viento le despeinaba los bucles, mientras caminaba casi corriendo, mirando de vez en cuando en reloj pulsera, sabiendo que si no se apuraba perdía el colectivo de las diez y diez.
Sabía que la culpa era de ella misma, la tía Esther fue, es y será siempre igual, así que no podía enojarse con la única persona que, además, la soporta por horas llorando por Miguel, la facu, el encargado del bar dónde trabaja los fines de semana, los fideos que se le pasaron al mediodía... no era culpa de Esther. Punto.
No iba a llegar, estaba segura. Si tan solo se hubiese negado al tercer café, no estaría corriendo, con el cabello al viento, como una verdadera loca, con el riesgo de pisar mal, caerse y terminar con una bota de yeso. Porque si había alguien que le pudiese pasar, era ella.
Pero no le pudo decir que no a Esther. Prácticamente se lo sirvió de prepo. Pero era tan dulce y le recordaba tanto a mamá. Después de todo, eran mellizas. Claro que un café de la tía no termina con el último sorbo, implica un largo rato de escucharla hablar. Y sin edulcorante.
Escuchaba el tic toc tic toc que hacían sus zapatos en la vereda, repiqueteando con los pasos cortos que apenas alcanzaba a dar, porque estaba con una pollerita ajustada y no podía apresurarse más. El reloj era cruel, no dejaba de avanzar. Hace su trabajo, intentaba convencerse, pero no por ello lo odiaba menos. Las diez y nueve y le quedaba una cuadra y media.
¿Llegaría en un minuto? Iba al trote, o lo más cercano que podía. Respiraba agitada y el corazón bombeaba rapidito y mucho más de lo habitual. Los bucles no dejaban de bailotear al aire. La cartera le rebotaba contra la cadera. Intentaba prestarle atención, por miedo que se le abriera y perdiera algo en el camino.
A media cuadra de la parada sintió compañía a su espalda. Alguien que también avanzaba rápidamente. Un frío le recorrió por la columna. ¿Y si querían asaltarla? Apuró aún más el paso y aguzó el oído. Si, no había dudas. Alguien avanzaba detrás. No quería voltear, no lo quería por nada del mundo. Casi no podía tragar, un nudo le estaba ganando el estómago. Tenía la esquina y la parada a la vista. Solo unos pasos más... con desolación vio pasar el colectivo de las diez y diez.
Estuvo a punto de frenarse, pero recordó las pisadas que la seguían. Prácticamente corrió los últimos metros. Llegó a la parada. Por la calle, a su derecha, podía observar con claridad la parte anterior del colectivo. El sucio ventanal trasero parecía reírse, como si se hubiese tratado de una travesura dejarla allí.
Miró de reojo hacia atrás y no vio a nadie. La parada estaba vacía. En la vereda del otro lado de la calle, había una persona echada en el piso, recostada contra la pared. Podía ser un mendigo. Volvió a sentir pasos que se acercaban, por donde ella había venido.
Un hombre apareció desde la esquina, pero las sombras de la noche ocultaban sus formas. Se quedó a unos pocos metros, apoyado contra la pared. ¿Sería el que corría detrás de ella? ¿Habría perdido también el colectivo? ¿Estaba a esa altura paranoica? No lo sabía, apenas si podía recobrar un poco de aire. Se puso una mano en el pecho: subía y bajaba, con ritmo infernal. Calma, se propuso mentalmente.
Disimuladamente se acomodó el cabello. Los rulos ya no eran tales. Parecían haber sido acosados por un huracán. Escuchó que el hombre apoyado en la pared se movía. Se arrimó entonces un poco más al cordón de la vereda.
Miró el reloj. Apenas había pasado un minuto desde que perdiera el colectivo. Hizo memoria, creía que tenía otro a las y veinte, pero no estaba segura. Podía ser a las y veinte o a las y media. Escuchó toser. Miró hacia la vereda de enfrente. No había sido el mendigo, que ya no estaba echado contra la pared, sino de pié, observándola. Sintió el frío recorrerle todo el cuerpo. Se ajustó la campera, pero sabía que no era el clima fresco lo que la molestaba.
Buscó con la vista de quién procedía la tos. Hacia su izquierda, detrás de un árbol, divisó una silueta. Escuchó de nuevo toser y supo que provenía de allí. Como confirmando sus sospechas, la figura se adelantó y pudo ver a alguien fumando detrás del árbol. ¿Otro que esperaba el colectivo?
Empezaba a tener miedo. En realidad, a confirmar que estaba asustada. Las manecillas del reloj parecían estancadas, si bien el segundero daba su caminata habitual con la prisa que lo caracterizaba. Otros pasos a su espalda. Se sobresaltó. Giró la cabeza y vio a una pareja. Acababan de llegar a la parada, estaban distantes unos metros, pero la observaban con recelo. El chico tenía un tatuaje horrible en la cara, como de una calavera. La chica tenía piercings en todo el rostro. Las miradas eran apáticas pero intimidantes.
Aprovechó que había girado a mirar, para buscar con la vista al hombre que estaba contra la pared, pero la penumbra le devolvió un vacío en ese lugar. Podía observar el afiche pegado en la pared, pero no había rastros del hombre. Respiró hondo, con dificultad. Sentía que le faltaba el aire. Enfocó su mirada hacia otra parte. Del otro lado, el mendigo estaba con un pie en la calle, como aguardando una señal para cruzar hacia donde estaba ella.
Tembló, no sabía porqué, pero sentía pánico. De reojo supo que el hombre detrás del árbol ya no estaba allí. Lo buscó frenéticamente con la vista, pero sin éxito. El mendigo había comenzado a cruzar la calle.
Se fijó en la hora, apenas cinco minutos desde que había perdido su colectivo. Observó la calle, por dónde tenía que venir su transporte y no creyó lo que veía. Llegaba un colectivo. No era el suyo, pero no le importaba en lo más mínimo.
Miró hacia atrás, la pareja seguía allí e incluso más próxima a ella. Volvió a sobresaltarse. El hombre de la penumbra estaba otra vez allí, ocultando el afiche que acababa de ver. A dos metros de este, una segunda silueta de pié fumaba expulsando el humo hacia la noche, que conjuraba en el ascenso las formas más siniestras.
Frente a ella, el mendigo estaba a punto de llegar a mitad de la calle. No lo dudó. Estiró su brazo e hizo señas al colectivo para que se detuviera. El motor acercándose le parecía el sonido más hermoso del universo. Saboreó con ganas el chillido del freno. El gran armatoste pareció crujir cuando se detuvo. Era rojo intenso, furioso. Las luces de la calle parecían no brillar en su textura metálica, como si la noche absorbiera la iluminación antes que chocara contra su superficie.
Entró casi de un salto, sin la menor intención de mirar hacia atrás. Temió por un momento que una mano la sujetara del hombro y la arrojara con violencia hacia el suelo o peor aún, la arrastrara hacia la noche. Se imaginó mil formas de morir en ese segundo que tardó en subir. Creyó que alguno de esos seres que la rodeaban en la parada se lanzaría tras ella o que incluso, intentaran abrir la puerta una vez que se hubiese cerrado. Temblaba toda, aún le costaba respirar. La piel erizara y el frío carcomiéndole cada minúscula parte de su cuerpo, daban un cuadro poco certero del pánico que se había apoderado de su mente.
Sacó el cambio de su cartera con manos temblorosas y extendió un billete. Tenía los ojos cerrados, intentando con todas sus fuerzas volver a centrar su eje. Se dio cuenta que sentía nauseas y que estaba mareada. Pero iba a tener que luchar contra ese malestar. Ya estaba a salvo, había subido al colectivo rojo. El salvador colectivo rojo.
Solo cuando abrió los ojos para recibir el vuelto, contempló con estupor la verdosa mano que le soltaba sobre su palma extendida una moneda de veinticinco y otra de diez centavos. "Su vuelto señorita" escuchó decir de una voz que lejos estaba de ser humana, mientras sus ojos se posaban absortos y poseídos sobre los pasajeros de ese coche. Rostros pálidos y desencajados, algunos con viscosidades derramándose de poros inmundos, otros con gusanos recorriéndoles las extremidades. Colgados del techo, cientos de vampiros chillaban al unísono y al fondo del pasillo un grupo de seres de dos cabezas revolvían un viejo y enorme caldero, del cual provenían los gritos más aterradores que se pudiesen imaginar. Y próxima a ella, señalándole con un dedo muy largo el asiento vacío a su lado, una mujer de verrugas horrendas y ojos violáceos la invitaba a sentarse, mientras le alcanzaba con la mano libre otra taza de café.

18 de septiembre de 2009

Presentación de "Cantares de la Incordura"

No es común una entrada en el blog que no pertenezca al género de la ficción, pero la excusa en esta ocasión tiene relación a la presentación del pasado miércoles en Editorial Dunken (Ayacucho 357, Capital Federal) de la antología de cuentos "Cantares de la Incordura".
Para alegría de quién escribe, el cuento "Su última sonrisa", que escribí en el año 2002, fue seleccionado para formar parte de la antología, una de las tres que la editorial realiza por año, a lo largo del cual reciben alrededor de tres mil escritos para ser evaluados.
El evento, realizado en las instalaciones de Dunken, contó con la presencia de muchos de los autores seleccionados, acompañados de familiares y amigos. La presentación fue conducida por el escritor Cesar Melis, conjuntamente con Adriana Guerrero Medina, la joven escritora venezolana a cargo de la tarea de seleccionar a los textos que conformaron el libro.
El libro tiene cerca de doscientas páginas y contiene las historias relatadas por un centenar de autores argentinos, de distintos puntos del país. En la presentación, algunos de estos relatos fueron narrados por Cesar Melis.
El hecho de haber sido seleccionado para integrar esta antología es sin lugar a dudas una gran alegría personal y me alienta a seguir escribiendo, tanto como la recepción que a diario encuentro en los comentarios de mis escritos en este blog.
Pero mi alegría fue aún mayor al poder compartir este momento con dos personajes que conocí a través del blog, como Felipe Ricardo Avila y Martín Gardella. Con Felipe compartimos (junto a mi hermano, que me acompañó a la presentación) por la tarde un café y una grata charla sobre el oficio, la historieta, la literatura, y otros tantos temas que ahora se me escapan, pero que nos acercaron ante todo como amigos. Y luego pude contar con su presencia en las instalaciones de Dunken.
La presencia de Martín fue una sorpresa muy linda. Se me acercó cuando había terminado el acto de entrega de diplomas y me dijo con una enorme sonrisa "felicitaciones Ernesto, soy Martín". Haciendo un gran esfuerzo, porque tenía que estar dando clases en esos momentos, Martín se hizo ese tiempo que a veces nos privamos, para poder acompañarme y eso lo valoro enormemente. Breve, pero feliz, fue la charla que los tres mantuvimos, compartiendo esa felicidad de conocernos tras un largo tiempo de contacto virtual. Ambos compraron el libro, otro gesto que merece mi agradecimiento.
Un miércoles distinto. Cálido humanamente. Inolvidable.
Quería compartir con todos los que siguen el blog parte de lo que sentí y algunas de las imágenes que me traje de este viaje.
En estos días volveré al ruedo con más cuentos, que espero, les sigan gustando y generando sensaciones que hagan de volver al blog, una rutina placentera.
Un abrazo a todos.


Página de la Editorial
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Rebrote: Pensar la historieta
Una pequeña idea así de grande
Alegría del hacer

Blog de Martín Gardella
El living sin tiempo

13 de septiembre de 2009

Bandera a cuadros

Mucho viento. Las ráfagas violentaban el circuito. Las banderas ondulaban alocadamente, mientras el público evitaba el contacto de frente. En la pista, los autos eran flechas disparadas a más de doscientos cincuenta kilómetros por hora.
El sonido de los motores se perdía por momentos llevado por el viento, pero cuando se hacía audible, atronaba con gusto en los oídos de los espectadores.
Era final de temporada y las tensiones se disimulaban con la adrenalina que se vivía en cada rincón. En los boxes los mecánicos y demás integrantes de los equipos vivían cada metro como si fuera el último. En las tribunas la gente no ocultaba sus pasiones, haciendo rugir sus gargantas alentando a pilotos y marcas.
Los banderilleros estaban atentos en cada curva, observando la posibilidad de un choque, la necesidad de una bandera que pudiera evitar mayores problemas. Eran espectadores de la desgracia, que por supuesto, no deseaban su presencia.
Pero la velocidad era reina de la escena, sin contratiempos, sin accidentes. Las revoluciones a pleno, el buen manejo y la adrenalina de un final tan esperado. Los nervios estaban presentes, sin dudas, pero la concentración de cada piloto era total. Nadie quería quedarse fuera de la carrera, todos evitaban los roces, aunque sin dejar de arriesgar.
El viento movía los autos, jugaba con ellos, mientras se lanzaban en las rectas a casi trescientos kilómetros por hora. Pero las manos en los volantes se volvían imperturbables. La decisión, el coraje, la temeridad y pericia, conjugadas para levantar de los asientos a los presentes, motivándolos a no dejar de gritar, de alentar, de sentirse piel y carne de cada coche, de cada piloto…
La última vuelta, la tan ansiada, la que define un año. Los dos primeros del campeonato palmo a palmo, pugnando en pista la celebración más importante. El acelerador a fondo en la recta, el rebaje antes de la curva, el volante firme y el cuerpo casi inclinado para llevar el coche. El público es un solo infarto, una masa uniforme que difiere en sentimientos pero que se limita a las mismas acciones. Los dos vehículos giran en esa última curva a la par, a una velocidad que hace de la maniobra una obra de arte, un momento irrepetible, más de uno quisiera inmortalizar el momento, encuadrar la escena, detener el tiempo.
Los coches salen de la curva disparados sin el más mínimo roce, sosteniendo la batalla en velocidad, ya en la recta final, con las gomas chirriando, el motor en su máximo esplendor, las miradas puestas solo hacia delante, el viento golpeando ahora de frente, sin poder detener esas máquinas colosales que avanzan hacia la gloria… y el público, que ya estaba de pié, que salta en sus lugares, que se toma la cabeza, abriendo los ojos, la boca, gritando… gritando con fuerza aquellos que no caen desmayados, horrorizados los que no encuentran el aire suficiente en sus pulmones, llorando unos, tapándose los ojos otros…
Y en la pista, los dos autos que aceleran, que solo tienen la mirada puesta en la meta, avanzando a la par, casi tocándose, echando chispas, rugiendo con estrépito, decididos a dar todo.
En las tribunas el infarto es masivo. En los boxes, pocos creen lo que están viendo. El banderillero está tan absorto que ni ha levantado la bandera a cuadros. Los coches aceleran sin tregua y no les importa nada. Ni siquiera la niñita que se ha cruzado en la recta principal y sentada sobre el pavimento, con el cabello revuelto por el viento, se ha puesto a dibujar con una tiza enormes árboles y un sol de sonrisa envidiable.

10 de septiembre de 2009

Carta ante una muerte inevitable

No se si la distancia podrá negarme esa caricia al despertar o relegar tu sonrisa al olvido. Puede que si, pero con sinceridad te lo digo, no lo se.
Quizá el tiempo ayude a borrar las huellas que el andar de nuestras vida fue dejando en los caminos que recorrimos juntos, muchas veces de la mano, otras distanciados, pero en todo momento, mirando hacia el mismo lado. Por mi parte, no lo ayudaré.
Me han querido convencer que al irte se romperá lo que teníamos, ese contrato silencioso que se pacta desde mucho antes del primer beso, con el primer cruce de miradas, las primeras sonrisas tontas que hoy ya se perdieron en la memoria. Mi vida quedará a merced del destino, de lo que imponga. Pero ese lazo, no morirá.
Mi mente vagará hacia tus ojos cuando lo necesite, escuchará tu voz en los momentos de ánimo y sentirá tus suaves manos cuando la soledad la agobie. Mi mente seguirá siendo tu esclavo.
Recrearé el pasado cuando el presente me atormente y dude del futuro. Te traeré a la vida cada vez que me sienta perdido, pues serás mi brújula, mi eje, mi punto de partida cada vez que decida volver a empezar.
No dejaré de llorar por lo que no podrá ser, pero tampoco de sonreír por lo que fue y todo aquello que disfrutamos. No toleraré que los años me obliguen a perder detalles del ayer. Volcaré lo vivido en cientos de hojas, con pulso firme y decidido, con letra grande y prolija, como la que usabas en aquellas viejas cartas de amor que tanto esperaba, acostado en mi habitación.
Todo eso mi amor te prometo para el día que no estés, para cuando llegue el momento de arrojar contra el viento las cenizas de tu ser, evitando que el polvo se mezcle con las lágrimas que seguramente dejaré caer.
Y con ese dolor carcomiendo mis horas, evitaré volver a creer en el amor, porque teniendo presente todo lo que te amé, soportaré guardar en mi mente que inevitablemente tuve que dejarlo correr. Porque la pena me embarga, me hiere, me obliga. Es que al descubrir que ya mi identidad no es secreto para ti, que la palabra sicario duele a tus oídos y sentir, no puedo menos que hacer lo que se hacer para sobrevivir.
¿A quién culparé por haberme animado a querer, cuando solo la muerte sé comprender? ¿A quién señalaré con recelo, a la hora de encontrarle sentido a la soledad a la que me condeno?
No te pediré comprensión ni mucho menos perdón cuando la hora nos llegue. Moriremos los dos en el mismo disparo. Y si tan solo escribo estas líneas, es para no olvidar lo que debo hacer, porque me duele cada verdad revelada, cada flor marchita en este jardín de tormentos que se avecina. Jamás leerás estas líneas, pero son mi juramento, mi forma de torturarme por lo que en unas horas habré hecho.
Es mi carta de despedida, dirigida a mi propia condena, a la realidad que no quise ver hace tiempo cuando elegí el lado de la vereda.

6 de septiembre de 2009

Brecha, resquicio... hendidura?

Cuando vi la brecha por primera vez, pensé en que era una mancha en la pared, porque claro, la pared me quedaba de fondo. Pero al acercarme para saber si era una rajadura o humedad, la brecha se movió y recién allí noté que no estaba donde había pensado.
Ahora bien, si quisiera aplicar todo lo que he estudiado en física en el colegio para explicar la existencia de la brecha en el living de mi casa, no podría. Al menos no con las simples enseñanzas recibidas. Puede que llamando a un físico especializado en cuántica u otra rama avanzada.
El tema es que llamé de inmediato a Isabelle, mi novia. Bien, mi ex novia. Cortamos hace un año y medio. El punto es que la llamé, porque ella trabaja en la universidad. Me dijo hace dos horas que ubicaría al jefe de cátedra de física y tomaría el primer taxi que viera para llegar a mi casa. Y de paso, me anunció, se llevaría los cinco cds de Arjona que había olvidado en ocasión de la ruptura y bla bla bla, que aprovechando el momento, arrojó sobre la mesa.
Colgué el teléfono y me senté en el sillón verde. El feo, el que no le gusta a nadie. Voy a hacer el intento de explicarles lo que desde allí, junto a mis ojos y mi cerebro, que debo reconocer, no es muy práctico y mucho menos, rápido, pude observar. Es decir, son mis apreciaciones, que no condicen seguramente con la realidad, y hablan en primera instancia de una brecha.
Les voy a ser sincero, me quedaba a mano un diccionario y busqué brecha y tampoco se ajusta a lo que estaba viendo. Verán, en el diccionario figura brecha como "rotura o abertura irregular, especialmente en una pared o muralla" o bien, "resquicio por donde algo empieza a perder su seguridad". Como les dije, esto no estaba en la pared, por eso me gustó más lo de resquicio. Además rima con hospicio y a esa altura, bien podría haberme internado en uno.
A ver, abran la mente. Hagamos un ejercicio mental. Imaginen un living. Uno cualquiera, no tiene que ser el mío. No hay razón para que ustedes tengan también un sillón verde. ¿Ya está? Bueno, imaginen una pared blanca. Si, ya se, van a imaginarse cuatro paredes blancas, pero en este caso enfoquémosnos en una sola. La más alejada. Desde donde están, ven una brecha. Digamos que es una brecha porque parece que está en la pared.
Bien, de pronto nos damos cuenta que en realidad no está en la pared. Dónde, se preguntarán. Imaginenlá en el aire. Si, en el aire, a un metro de la pared. Flotando. Una brecha, o un resquicio (ahora que flota, resquicio suena mejor o no?) a un metro de la pared, digamos que a unos setenta centímetros del techo y lejos de las paredes laterales.
Nos acercamos y vemos que si nos ponemos en diagonal, la seguimos viendo, pero sesgada. Como si se tratara de un objeto flotante, pero con forma de brecha y función de brecha. Claro, función porque podemos ver que hay algo del otro lado. Es algo angosta, mucho no se puede ver, pero en los seis centímetros de la parte más ancha, si me asomo, veo otra habitación.
Es otra, estoy seguro. Mis paredes y las que ustedes se están imaginando, son blancas. Puede que ustedes le hayan colgado algún que otro cuadro, cada uno hace de su pared lo que quiera, pero en la mía no hay nada y por la brecha no solo es de otro color (¡lila!) sino que además tiene un cuadro de una isla con chicas tomando sol. Justamente me llamó la atención eso, la isla, claro.
Pero si rodeo del todo la brecha, es decir, busco su parte de atrás, porque doy por hecho que la que observaba sentado en mi sillón verde, el feo, el que a nadie le gusta, era la de adelante, el resquicio desaparece.
Entonces me pongo adelante y aparece. Me voy del otro lado y ya no está. Lo repito y siempre es el mismo resultado. ¿La brecha es unilateral? No viene al caso. El tema es, que algo raro apareció en mi living. Y no es algo de todos los días. Mi living es normal, salvo para algunos el detalle del sillón verde.
Ahora bien, se justifica entonces que haya llamado a mi ex novia. Y se justifica que se hagan un viaje de casi setenta kilómetros en taxi con el profesor de ciencias que conoce.
Ustedes están esperando el pero. Ya se, porque siempre hay un pero. Claro que el de este caso es muy, pero muy extraño. ¿Más extraño que la brecha me dirán? Si, más extraño.
Hace diez minutos, es decir, segundos antes que comenzara a relatarles esta historia (porque quizá, ahora que lo pienso, necesitaba de alguien que me creyera y me apoyara) algo se movió del otro lado de la brecha. Primero vi una sombra, después un rostro con bigotes. El rostro me observó como si fuera cosa de todos los días, me guiñó el ojo y me señaló el resquicio: "Un pelotazo, pero ya lo arreglo". Y vi como el hombre de bigotes pasaba un fratacho por la hendidura hasta cubrirla totalmente. Y al cabo de unos minutos, desapareció.
Volví al sillón, incluso intenté ponerme en la misma posición que estaba antes, pero no había nada flotando. Ni brecha, ni resquicio. Me acerqué al lugar, moví las manos por el aire. Nada. Ni una sola sensación extraña. Aire. Nada más que aire.
Si mi reloj no me engaña, ya está por llegar mi ex novia, con el profesor que conoce. Y ahora qué les digo. No me van a creer. Ustedes si, porque son piolas. ¿Pero mi ex y un desconocido? Estoy pensando en esconder las botellas de vino que tengo y la de coñac que está en la mesita ratona, al menos para que no piensen que soy de tomar.
Pero lo peor de todo no es eso. Estoy seguro que se me arma. No por haberlos hecho venir desde lejos por una brecha flotante que ahora ya no está más porque un hombre con bigotes la arregló desde el otro lado.
No. Lo peor es que los cds de Arjona los tiré de bronca a la basura hace un año y medio. Pero con tremenda brecha en el living y sabiendo que era la única que podía ayudarme, como carajo se lo iba a decir antes por teléfono.


Imperdible aporte de Sergio Alvarez
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3 de septiembre de 2009

Un mal presagio

Se despertó con gusto amargo en la boca. Una sensación extraña, como de un mal presagio rondándole. La persiana estaba levantada y el sol penetraba con fuerza, obligándole a cerrar los ojos. El lado de su esposa estaba vacío. ¿Dónde ha ido? ¿Acaso era domingo y había ido a llevar a los chicos a la misa?
No se molestó en buscar calzado. Prefería sentir el frío del porcelanato bajo sus pies. Fue hasta el baño y se miró al espejo. Todavía podía llamar la atención de las mujeres, no le quedaban dudas. Le sonrío a su imagen. Se mojó la cara. Se había levantado bien, no sentía cansancio. Si no fuera por ese sabor difícil de describir, ese no se qué... en fin, se dijo y volvió a mojarse el rostro.
Buscó sin éxito el cepillo de dientes. Le pegó un grito a su mujer, después recordó que no estaba. Tampoco encontró la espuma de afeitar. Gruñó por lo bajo. Si no fuera por esa sensación particular que lo preocupaba, ya se habría puesto de mal humor.
En la cocina encontró todo limpio. Si habían ido a la iglesia, entonces se habían levantado temprano, con tiempo incluso de limpiar las tazas y la mesa. Se preparó un café. Pero apenas probó un sorbo. Horrible de sabor.
¿Qué hora era? Pasadas las diez de la mañana. Bueno, sería domingo entonces. Puso la tele, esperando ver alguna carrera de autos o algún partido de fútbol. Nada de eso en los canales deportivos. Bueno, se dijo, un domingo aburrido. Apagó la tele.
Se asomó al patio. Miró por encima del cerco de madera que separaba la casa con la de su vecino. El viejo Ramírez no estaba sentado en su reposera, como todas las mañanas. Cómo envidiaba a Ramírez, jubilado de la prefectura, con un buen sueldo y todo el día para no hacer nada. Raro que no estuviera allí.
El mal presagio volvía a rondarle las ideas. ¿Pero de qué? ¿Por qué en realidad? Un día bárbaro, a pleno sol. Su mujer en la iglesia, con los chicos...
El auto estaba en la cochera. ¿Su mujer se había ido caminando a misa? No, era imposible. Iban a la catedral, al centro. Se acercó al coche. ¡No! ¡Por Dios! Tremendo golpe le dieron. Claro, ahora entendía. Su mujer lo había utilizado seguramente a la noche y lo había chocado contra un árbol o algo y por eso ni lo llamó a la mañana ni se fue en el auto. Con lo qué sale reparar una abolladura.
Algo no le cerraba de todas formas. ¿Por qué no le avisó que lo había chocado? Bueno, si, la única vez que lo había rayado y sin querer con la puerta del garaje él la había retado fuertemente y delante de los niños. Pero podría haberle dicho, al menos eso.
¿Era eso el presagio? ¿El auto chocado? Algo le decía que no. Pero dejó de lado el asunto. Si era domingo, podría invitar a su hermano a comer un asado. No recordaba tener planes ni que su mujer le dijera que venía alguien a almorzar. Y apenas eran las diez, tenía tiempo para comprar la carne, el carbón... se fijó en el número que había marcado y si, era el de la casa de Alberto. Pero llamaba y no atendía nadie. ¿Lo molestaría al celular? No, mejor no. Vaya a saber Dios dónde pasó la noche. Si no estaba en casa, es que estaba durmiendo en otra parte. Seguro.
O, pensó, está en lo de mamá. Aunque difícil que el chancho vuele, se decía mientras terminaba de marcar el teléfono de la casa de sus padres. Siempre les hacía un chiste cuando atendían, aprovechando tanto que mamá como papá eran un poco sordos. Pero el teléfono llamó y llamó y nadie contestó.
¿Pero qué pasa hoy? El mal presagio volvía a instalarse en su mente. ¿Es una coincidencia que no hay nadie en casa, ni que tampoco le contestara su hermano ni si madre? pensaba mientras recordaba que tampoco el viejo Ramírez estaba en su reposera en el patio. Aunque en realidad, que le importaba a él el viejo Ramírez. Pero era otra arista en el enigma mañanero le ponía delante de los ojos de su pensamiento.
Si no se hubiese levantado con esa sensación, se echaría en el sofá hasta que su mujer llegara y los críos le treparan encima, sacándolo con seguridad de la mejor parte del sueño... pero no se podía sacar de la cabeza esa mala espina que lo atravesaba como un puñal.
Estaba inquieto. Se movía impaciente por la casa. Salía al patio, volvía dentro. ¿Llamaba a su mujer? ¿Y si se preocupaba después ella? Pero ¿y si le había pasado algo? ¿O a los chicos?
Tomó el teléfono. Buscó en la agenda de tapa verde que siempre estaba sobre la pequeña mesa junto a las guías telefónicas y marcó el número de celular de su mujer. Llamó varias veces y apareció la casilla de mensajes. Cortó.
Iba a desistir, pero siguió un impulso y oprimió la tecla de rellamada. Escuchó el sonido del marcado. Los trece números eran eternos. ¿Tienen que ser trece? pensó ya fuera de si. Sonó una vez, dos veces

- ¿Hola quién habla? dijo una voz nerviosa de mujer.
- Mi amor, por fin, mirá no es nada, solo...
- ¿Quién habla?
- Soy yo corazón, pero no te preocu...
- ¿¡QUIEN HABLA!?
- Enrique, quién va a hablar. Qué te pasa. ¿Dónde estás?
- No. No sos vos.
- Amor, dónde estás.
- Enrique... estoy en tu entierro.

El presagio. La ficha cayó al instante. Escuchó el sonido del teléfono al caer al suelo. Ahora lo tenía todo tan claro, el accidente, el choque con el auto. Pero cómo se había olvidado! Siempre había sido distraído, pero hasta ese punto...
Empezó a temblar. No quería estar en la piel de su mujer en ese momento. Por Dios. Si hay algo que los muertos no pueden olvidarse, es justamente que han muerto. Levantó del piso el teléfono y lo dejó en su lugar. Mientras se marchaba raudamente escuchó el aparato sonar. Pero dejó que el sonido repiqueteara en la habitación. No se atrevía a levantar el teléfono para decirle a su esposa que había cometido un error y había vuelto sin querer.
Bastante explicaciones debería dar de seguro, ni bien regresara al más allá.

30 de agosto de 2009

Acorralar al loco

Los ojos parecían que se salían del rostro y el cabello empapado de sudor le daba un aire aún más grotesto. El joven se agazapaba contra la pared, mientras varias personas lo calmaban con palabras que no parecía escuchar. Estaba agitado, aterrado, aunque el aspecto demencial en el que se encontraba lindaba más el terreno de la locura que el del miedo.
Nadie sabe de dónde apareció, solo escucharon su respiración entrecortada como si hubiese estado corriendo o escapando de alguien. Y cuando quisieron ayudarlo, dado que parecía que se iba a desplomar sobre la transitada vereda, reaccionó hostilmente, empujando los brazos socorristas y gritándoles enfurecidamente que se hicieran para atrás.
Algunos de los transeúntes buscaron de inmediato el celular y llamaron a la policía. Ese joven necesitaba ayuda, era un grito de auxilio implícito que había surgido de la nada.
Quedaban aún osados que insistían en acercarse, pero eran repelidos por patadas y una mujer se ganó un arañazo en una de sus manos. ¡Alejénse! gritaba el muchacho, en un solo hilo de voz.
Alguien se dio cuenta que ocultaba algo en su pecho, cubriéndolo con la palma de su mano derecha. ¡Tiene algo! ¡Tiene algo! decían y la gente se agolpaba para ver y empujaban a los que estaban más cerca del joven y éste, pensando que se le iban encima, los atacaba con violencia.
¿Qué tienes ahí? ¡Vamos, muéstralo! le gritaban. ¿Es un arma? ¿Lleva una bomba? se preguntaban por lo bajo entre ellos.
Se escucharon las sirenas policiales. La masa se dispersó, pero sin alejarse demasiado. Querían ser testigos de lo que pasara. El orden contra la demencia, la ley sobre lo fuera de lugar.
Los uniformados pidieron calma a la gente. Se acercaron al chico, pero en forma prudencial. Notaban su miedo, sus ojos exaltados, la piel sudorosa. Podían jurar que emanaba olores extraño.
"Vamos pibe, quedate tranquilo" le decían. ¡Tiene algo en la mano, tiene algo! informaba la gente a los agentes de policía.
"Vamos pibe, no te hagás daño, entreganos lo que tenés ahí, dale".
Pero el chico se aferraba a lo que fuese que tuviera bajo la presión de la palma de la mano derecha.
Los policías insistieron por varios minutos. Llegó otro patrullero y más público. La escena era propia de circo romano. La presa contra la pared y el resto hostigando, enfureciendo a la fiera acorralada.
El chico quería salir corriendo, pero estaba rodeado. Empezó a moverse de un lado a otro, siempre con la espalda pegada a la pared. Los policías ya eran seis. Comenzaron a separarse entre si, cubriendo todos los ángulos de huída. El joven se vió invadido. Los uniformados saltaron sobre él. Forcejeó con bravura, asestó golpes, pero no pudo impedir que lo apresaran. Lo tomaron del cuello y los hombros. Lograron ponerlo contra la pared y llevarle los brazos a la espalda. En su mano derecha, seguía aferrando algo.
¡Suéltalo! le ordenaron. Su respuesta fue un rotundo ¡no!. Uno de los policías comenzó a golpearle la mano con violencia, pero el chico no aflojaba la presión. ¡Suéltalo! le repetían. ¡Suéltalo o te haremos daño! El joven les respondió, casi llorando, al borde de la desesperación: ¡No! ¡Si lo suelto, ustedes se harán daño!
Los representantes de la ley perdieron la paciencia. Uno de ellos sacó de su cinturón una picana eléctrica y la aplicó sobre la mano derecha del muchacho. Este dio un alarido y aflojó la presión. Sus dedos, casi morados, se replegaron hacia atrás, producto del dolor. Cayó sin fuerzas sobre un lado, con un hilo de baba cayendo de la boca y lágrimas surcándole las mejillas.
De su mano cayó un papel, arrugado y escrito de un lado.
¡No lo lean, imploró con sus últimas fuerzas! ¡Por favor, no lo lean!
El de la picana eléctrica lo levantó del suelo y mirando casi con lástima al que creía un pobre demente, leyó el papel escrito con letra manuscrita y tinta roja: "Y he aquí que la maldición no se consumará, hasta tanto un ser humano lea estas letras presumiendo que al dárselas de cuerdo, lo que está por suceder e ignora, no sucederá".
Sin dejarles tiempo a nada, una bola de fuego convirtió el día en noche, esparciendo al demonio por los cielos y llevando la muerte por todos los suelos.

27 de agosto de 2009

La raya

¿Todo esto por una bolsita? pensaba enojado Facundo. Qué persona sobre la tierra no ha inflado una bolsa de nylon y luego, hecho estallar! Todo el mundo, obviamente. Pero claro, a él que era el rebelde, el que desorganizaba la clase, al que siempre mandaban a dirección le tenían que dar tremenda reprimenda.
Y allí estaba, justamente en la dirección. Sentía como fuera de la oficina, en el pasillo, la directora chillaba y su maestra intentaba calmarla. Qué siempre era el mismo, que ya los tenía harto, que si no fuera por las reglamentaciones, que esto, que aquello. La maestra le pedía que bajara la voz. ¡Para qué! Más fuerte habló la directora: ¡Por qué me voy a tener que callar la boca, esta vez cruzó la raya!
¿La raya? Facundo no comprendía, es decir que ahora había una raya, una especie de límite, una cierta cantidad de "malestares de convivencia" causados que llevaban a la histeria.
Bueno, si he superado la raya, se decía, bienvenido sea. Seré, pensaba, el bicho raro del colegio "que ha cruzado la raya". Le causaba gracia. En realidad, estaba seguro de si mismo. Con el revuelo que había armado, su reputación entre los niños se había disparado y parecía no tener techo. ¿Quién iba ahora a negarle una golosina? ¿Qué compañera evitaría dejarse copiar en una prueba? No, ahora Facundo era el que había cruzado la raya. Era el más malo de todos. Facundo era de temer. Si, la sonrisa le cruzaba el rostro como a todo estúpido.
La puerta se abrió y la directora entró roja de furia.
- Acá está - dijo. Hagan lo que quieran.
Y dicho esto, dos policías vestidos de uniforme entraron a la oficina y lo tomaron del brazo. Facundo se puso pálido. ¿La policía? ¿No estaban exagerando? Pero no protestó, se puso de pié y fue con ellos, mientras la directora, a su espaldas se largaba a llorar.
- Vamos nene, vení con nosotros, hacete el malo ahora - le soltó uno de los policías.
En la puerta de calle del colegio una multitud de chicos estaban agolpados observando como se lo llevaban. Facundo les devolvía la mirada, incrédulo. ¿Todo por una bolsita?. Pero lo que más lo asustaba de la situación, era que no veía temor en los rostros de los niños, sino pena, tristeza, lástima.
Volvió la mirada al patrullero, que lo aguardaba con las luces encendidas, arrojando azules y rojos bajo el resplandor del sol. Estacionada a la par, estaba una ambulancia. Dos enfermeros subían a la parte trasera una camilla con alguien encima. Ese alguien iba cubierto con una manta negra. De repente la verdad lo tomó del cuello y deseó que lo asfixiara ahí mismo. Pero la verdad no es verdugo.
La bolsita esta vez si había asustado a alguien.
Y ahora el aterrorizado, era él.

25 de agosto de 2009

Lo que no se ve

La toco y le digo:
¿Te vas a despertar gorda? Porque parece dormida. Su pelaje suave al tacto, su color naranja brillante... tan solo está acostada, inmóvil, inerte. Entonces la zamarreo con cariño, esperando en vano que se mueva, sabiendo que ya se ha ido.
Y viéndola envuelta en tanta paz y mordiéndome los labios, aguantando las lágrimas que afloran de adentro, la pienso viva, ágil, arisca. La pienso vestida de días. Días de ayer a partir de hoy. Y ofrezco la mirada al silencio, sin detenerme especialmente en nada. O si, en la cruz que no está muy lejos, símbolo de la iglesia vecina, testigo irónico de la partida.
Y sin poder evitarlo, recuerdo los otros adioses recientes, los que calaron el corazón llevándose una parte en la huída. Y lo creo imposible, pero van para seis años sin el abuelo y dos sin la abuela. El ardor en mi pecho se vuelve una llama y ya no siento lágrimas, sino perlas de fuego. Una muerte me lleva a la otra y me anclan inevitablemente a la vida.
Siento el pelaje bajo mis dedos pero ya el corazón no late. El mío se hace más chico. Más duro. Más frío. Quisiera implorar un milagro, por cada muerte pasada.
Y sin embargo no es la tristeza la que me abraza, sino la resignación. Me atrapa, sutil, sin palabras, casi como sabiendo que allí me encontraría, de rodillas ante la muerte, sin poder hacer nada. Un inútil viviente.
Me guardo para mi sus últimos manotazos en vida, sus estertores finales, sus ojos revoloteando asustados, los quejidos sin fuerzas, sus pasos tambaleantes, el colapso de su cuerpo, el orín empapando sus patitas. No quiero pensar en las causas, en la mano maldita de algún hijo de puta, tan solo quiero quedarme con ella, como no pude hacerlo con la gente que amaba, en ese instante final, en esa despedida para siempre.
La brisa parece querer consolar lo irremediable. El trino de los pájaros suena a misericordia. Mi silencio es pena indigerible.
Los minutos en soledad, valen su peso en oro.
Escucho pasos y una voz que pregunta: ¿Y?
Respondo tras un suspiro, como si me demandara todas mis fuerzas: "Ya está. Ya se fue".
Allí está, recostada sobre el cemento frío. Como si estuviera durmiendo. Y comprendo en medio del dolor lo frágil que es la vida y lo que verdaderamente somos: una fuerza invisible.
Comprendo que entre ese cuerpo sin vida y el animal que era, la diferencia es exigua. Es algo que no vemos y que a veces llamamos alma. Pero no existe ante nuestros ojos, tan solo lo que logra su presencia. Entonces, arrodillado ante el saco de huesos color naranja, me doy cuenta entre lágrimas que creo en algo que no podemos ver, que no podemos tocar pero que sin embargo se puede sentir.
Y por más que nos preocupemos de nuestro físico, de nuestra apariencia, de nuestro ser visible, lejos estamos de ser tan poca cosa. Porque los seres vivos, somos lo que no se ve.
Sin ese algo, dejamos de existir.
Sin ese algo, el animalito no se va a despertar.
Y entonces mi algo me permite un consuelo, el de proyectar esa existencia que ya no es, en mi mente, donde, más allá que exista o no un lugar después de la muerte, yo pueda mantenerlos vivo, al menos en el recuerdo, en la presencia intangible de la memoria. Y allí, la veo corretear tan grácil como siempre, pero no tan arisca, dejándose acariciar de a ratos por mis abuelos queridos, que pasean sin prisa bajo el sol cálido de una tarde hermosa de invierno.

24 de agosto de 2009

Familia efímera

La puerta de calle se le antoja extraña. Se siente de pronto invadido por la duda. Gira en redondo y descubre que no es su casa, ni tampoco reconoce los cuadros que cuelgan de las paredes.
La mujer que lo mira tampoco es su esposa y los niños que la acompañan y le enseñan una enorme sonrisa a modo de despedida, no son sus hijos.
Presuroso y algo avergonzado, pide entonces disculpas y sale a la vereda, donde la brisa del invierno lo asalta por sorpresa y lo lleva casi de la oreja hasta el colectivo detenido en la esquina, al cual se sube para ya no volver.
Asomada bajo el dintel de su puerta, Gloria observa todo con nostalgia y desazón. Le permite a los niños de su vecina volver a su hogar y se encierra otra vez en el suyo, ahora nuevamente solitario.
Añora a ese extraño que tuvo por una noche, bajo el conjuro del suero del olvido y desea con fervor que la bruja consiga la próxima vez un efecto más acorde a su soledad.

14 de agosto de 2009

El equilibrio del caos

Eugenio observa preocupado la televisión. Y está asustado. No solo por el porvenir y el de su familia, debido a la pérdida de su trabajo esa misma tarde. Sabe que la realidad, ya de por si difícil, se desmoronará aún más si no consigue una entrada monetaria de inmediato, pero sin embargo no es lo que absorbe su mente en ese instante.
Tampoco lo es la idea de que sus hijos y su mujer, que desde hace tiempo lo ignoran y solo fijan su atención en él cuando necesitan de algo (rutina a la que estaba acostumbrado, casi por la misma obligación que sentía por ellos), lo estuvieran odiando en ese momento más que nunca.
Ni mucho menos, el bochornoso episodio que había vivido en la oficina (que hasta esa misma tarde ocupó) cuando su jefe le informó delante de todos que prescindía de sus servicios, debido a la cruda situación económica del país. La noticia lo destrozó y lloró delante de sus compañeros. O ex compañeros en realidad.
Ninguna de esas cosas, de por si preocupantes y lamentables, podían sacudirlo tanto como las noticias que estaba presenciando en el televisor: El pánico había ganado las calles. Una extraña enfermedad asolaba el mundo.
El número de miles de enfermos en apenas veinticuatro horas había sido un presagio. En siete días, ya eran dos millones en todo el planeta los infectados. Lo peor de todo no eran las cifras, sino el hecho de reconocer, los médicos e investigadores, que desconocían el origen y las formas de contagio.
La enfermedad se declaraba con pequeñas manchas en la piel, de color azul y al cabo de seis horas dejaba a la persona casi sin fuerzas.
Si bien a primera vista parecía tener una similitud con la enfermedad púrpura trombocitopénica (que ralentiza en el cuerpo la producción de plaquetas, que son las células sanguíneas que tienen por función detener las hemorragias y que por ende, al disminuir, dan lugar a la aparición de moretones, sangre en las encías y hemorragias internas), en los primeros días los estudios indicaron que no era así.
La nueva enfermedad, denominada por el momento Virus Indigo, provoca no una menor producción de plaquetas, sino que directamente bloquea la creación de las mismas y destruye las existentes. Las hemorragias entonces se extienden internamente en el cuerpo del afectado, matándolo a las pocas horas.
La noticia era espantosa y parecía traer el efecto de un dominó. Sintió que sus penas eran mínimas comparadas con lo que estaba sucediendo en el mundo. Se sentía inseguro. De todas formas, y a pesar de no mirarla, tampoco podía evitar que su esposa le estuviera clavando los ojos con furia y resentimiento, desde la otra punta de la mesa.


Cuando descendió del coche y vio la cantidad de autos en el estacionamiento, sintió una gran satisfacción. Habían acudido finalmente. Se miró en el reflejo de la puerta del hotel. Estaba elegante con ese traje. Su esposa no se había equivocado con la corbata roja. Iba con la situación.
Sabía que lo estarían esperando. Todos sentados alrededor de la gran mesa ovalada del piso seis. Aguardando su presencia, expectantes por saber que les diría. Y él, ansiaba hablarles. Al fin su oportunidad en el mundo de los grandes negocios. El gran momento de su vida.
El ascensor se detuvo. Llegó al piso seis. La sala de reuniones estaba al final del pasillo. Personal de seguridad cuidaba el lugar. Los saludó respetuosamente con un gesto de cabeza y una sonrisa genuina. El fin y al cabo, eran trabajadores como todos.
La puerta se abrió y el lugar estaba como lo esperaba. Los empresarios se pusieron de pié. Saludó uno por uno. Conocía la mayoría, por haberlos visto en revistas o televisión. La plana mayor del empresariado mundial. Y todos a sus pies.
Les sonrió, pero no tomó asiento. La silla en el extremo de la mesa quedó vacía. Pronunció las primeras palabras para quebrar el silencio:
- Señores, apagaré las luces y les mostraré y explicaré lo que he venido a ofrecerles.


Desde lejos cualquiera diría que era un galpón abandonado. Quizá de un viejo taller metalúrgico. Las paredes de ladrillos sólidos, sin pintar, apedreadas por el tiempo. El techo estaba cubierto por enormes planchas de zinc. Un paisaje cotidiano, propio de cualquier suburbio de ciudad.
Una especie de ambulancia se retiraba del lugar, aunque sin inscripción alguna. Sobresaliendo de un contenedor que habían bajado de la misma, se podían observar bolsas negras, aunque era imposible adivinar que contenían. Se abrió un portón y salieron dos personas, con batas de enfermeros. Uno parecía tener manchada su ropa con algo oscuro, podía ser sangre. La distancia era considerable.
Los tres chicos estaban agazapados detrás de unos arbustos, a una calle. Habían escuchado en su casa, hablar del lugar y tenían la certeza que allí ocurrían cosas anormales. En primer lugar, estaba emplazado en un sitio alejado de viviendas, lo que ya de por si era sospechoso. Aunque no era por eso que podría llegar a llamar la atención: el galpón tenía demasiada vida. Iban y venían coches y vehículos más grandes, como utilitarios, ambulancias y camiones.
Una vez que el portón se cerró, bastó un gesto del más grande de los tres para que salieran del escondite y cruzaran corriendo hacia la vereda. Sigilosamente llegaron hasta el galpón.
En uno de los laterales había una ventana ubicada a unos tres metros y medio del piso. Debajo habían visto suficientes cajas como para treparse y espiar. El sol pegaba fuerte y los tres estaban cansados, pero no tenían miedo a intentarlo. El mundo vivía en miedo, con esa enfermedad maldita, pero ellos no.
Ellos eran jóvenes.


Le ardían los pies de tanto caminar. Había recorrido media ciudad buscando trabajo. No había tenido nada de suerte. Con el tema del virus índigo, pocos lugares mantenían sus puertas abiertas. El desconocimiento de la forma de contagio era lo que más alarmaba a todos. Por esa razón, pocos se animaban a andar por las calles. En horas picos, las calles más transitadas parecían propias de barrio.
La situación era de poca ayuda. Se intentaba mantener escaso contacto con los demás, así que apenas se presentaba en un sitio, dejaba su currículum y lo invitaban a marcharse.
Mentalmente estaba agotado. Ponía el máximo esfuerzo en la situación, lo tenía bien claro. Pero así y todo, le daba miedo presentarse otra noche más a su casa con el semblante derrotado y la noticia negativa sobre su búsqueda laboral.
Eugenio suspiró. Tuvo ganas de ir a sentarse a la plaza, como hacía siempre al salir del trabajo, para despejar la mente un poco o atreverse a soñar con qué un día de estos saldría adelante. No solo no había salido, sino que se había enterrado. Desechó la idea y volvió a su hogar.
Como esperaba, escuchó regaños. Su mujer le tiró el plato de arroz sobre la mesa y se fue a ver televisión a su cuarto. Ninguno de los chicos estaba. Temió por ellos, por miedo a que se contagiaran en la calle, aunque de inmediato comprendió que no sabía como podían contagiarse. ¡Nadie lo sabía! Pensó en ver también algo de tele, pero en todos los canales daban noticias sobre la enfermedad. No se hablaba de otra cosa. Incluso en los de películas, ahora había micros sobre cómo cuidarse, qué hacer... todas mentiras, seguramente. De alguna forma había que llevar tranquilidad a la gente ante tanto caos.
Su mujer volvió de la habitación. Se imaginó que seguramente con otro ataque verbal. Pero se equivocó. En su lugar escuchó:
- Viejo, antes de cagarnos de hambre, te gustaría escuchar una idea que se me ocurrió. Pero ojo...


Todas las miradas apuntaban a él. Así lo había planificado. Apagó el proyector. El video los había dejado sin palabras.
- Esto que han visto, existe. Y está funcionando, ahora mismo. Cómo podrán entender, no puedo decirles ni dónde o cómo se consigue la materia prima. Mucho menos, por el momento, dónde está el sitio.
"Entenderán entonces el motivo por el cual, al aceptar venir a esta reunión, aceptaban además mantener confidencialidad extrema sobre lo que hoy se vea o se charle. Entenderán, amigos míos, que lo que hoy nos une es la muerte misma".
"Pero sepan y entiendan, que aún, a pesar del maldito Indigo, aún tenemos esperanzas. Y que en ella radica el negocio que vengo a proponerles para llevar a todo el planeta".
"Imaginen el dinero que he hecho en pocos meses. Ahora, multipliquen vuestra imaginación por una proporción mundial y por favor, no se asusten ante tantos ceros"
Se rió. Notó en los empresarios temor. Las imágenes habían sido fuertes. Pero era consciente que a esa raza que tenía delante no los movían los sentimientos, sino el dinero, y minutos más o minutos menos, el dinero treparía en lo más alto de la razón de esas personas y ganaría la batalla.
Era cuestión de seguir hablando. El convencimiento era cuestión de tiempo. Cuestión de sudor, le había dicho a su mujer antes de salir de su mansión. ¿De sangre no? le había preguntado ella. "No amor, la sangre es de otros" y ambos se habían puesto a reír a carcajadas.


Limpiaron el ventanal con un trapo viejo. No buscaron dejarlo perfecto, tan solo que les permitiera mirar hacia dentro. Era tan amplio que los tres podían observar al mismo tiempo, aunque siempre con cuidado de no caerse del lugar donde estaban trepados.
No era mucho lo que se veía, pero más que suficiente. El horror se reflejaba en cada centímetro del interior del galpón.
Estaban atónitos los tres, asustados sin poder comprender. Al menos veinte camillas, decenas de personas con batas verdes de enfermero, equipos de alta tecnología cada tres metros y sobre el extremo opuesto, lo que parecía ser una gran cámara frigorífica.
Pero lo más aterrador era lo que había en cada camilla y lo que sucedía con ellos. Entendían ahora el movimiento de vehículos. Sabían sin haber visto, lo que contenían esas bolsas negras. Ninguno de los tres hablaba, pero el silencio nefasto que los rodeaba parecía hablar por ellos.
Los cuerpos arrojados sobre las camillas estaban conectados por medio de agujas a unos tubos plásticos, por medio de los cuales se transportaba sangre. Los tubos terminaban en un contenedor plateado, rotulado.
Cada diez metros, unas enormes pizarras recordaban a los hombres de bata dónde colocar las agujas:
Cuero cabelludo: Venas superficiales del cráneo
Cuello: Yugular externa
Axila: Vena axilar
Fosa antecubital: Vena basílica, cefálica y mediana
Antebrazo: Vena radial, cubital y mediana
Mano: Venas dorsales de la mano
Tobillo: Safena interna y externa
Pie: Venas dorsales del pie
Las letras eran claras y legibles, aún desde el ventanal. Los hombres de bata parecían actuar mecánicamente, como si estuviesen tratando con piedras en lugar de cuerpos humanos. Todos llevaban guantes desechables y una rasuradora en el bolsillo. Uno de ellos estaba quitándole con una de estas el cuero cabelludo a un cuerpo recién depositado sobre una camilla.
Sentían que el estómago se les revolvía. Cómo podía ser que escucharan de ese lugar en... los tres sintieron el movimiento al mismo tiempo. Una de las cajas cedió. Se arrojaron sobre el ventanal para no caer, sabiendo que el vidrio no los resistiría. El peso lo partió en fragmentos filosos y los chicos cayeron al interior, golpeando con dureza en el piso de cemento, tras una caída de más de tres metros, en medio de astillas que se incrustaron en sus cuerpos, provocando un dolor adicional, llevándolos a un estado de inconsciencia y a merced de los hombres de bata.


"Lo acabo de escuchar en el noticiero Eugenio" le dijo su mujer. Las palabras que siguieron, lejos estuvo de imaginarlas nunca de la boca de ella. Pensó en lo raro de no conocer realmente a la persona con la que uno ha compartido la vida.
Con mucha frialdad, le informó que se había descubierto que la única forma de salvar a una persona infectada, era haciéndole una transfusión completa de sangre. De esa forma, era como si se le cambiara el agua sucia a un florero. El organismo, misteriosamente, comenzaba a crear plaquetas nuevamente y encontraba otra vez el equilibrio para recuperarse a pleno.
Y de inmediato, le planteó la idea. La macabra pero lucrativa idea. Llenó de ejemplos su discurso, enfatizó sobre la disparidad social, la eterna desesperanza y el anonimato de actuar en medio del caos. Le habló durante horas, hasta convencerlo. Sería muy fácil, pero había que cruzar una línea. Una vez del otro lado, no habría vuelta atrás.
El mejor negocio en tiempos de muerte, era la misma muerte. Si el virus seguía propagándose con la velocidad que lo estaba haciendo, en pocos días superaría los diez millones alrededor de todo el globo terráqueo. Era la oportunidad para actuar en consecuencia. Si la solución eran las transfusiones, los bancos de sangre iban a estar colapsados. Difícilmente se conseguirían dadores para ir recolectando sangre, por el temor a salir a la calle, por la falta de amor al prójimo, por mil razones.
Era hora de ensuciarse las manos y montar un banco de sangre clandestino, un lugar dónde poder recolectar la mayor cantidad de sangre posible y ofrecerla en el mercado negro. La demanda sería enorme en los tiempos venideros.
- ¿Pero de dónde sacamos la sangre? ¿Ponemos anuncios? preguntó Eugenio.
- ¿Anuncios? Eugenio, tenemos que salir a buscar la sangre. ¡A río revuelto, ganancia de pescadores! En el caos, nadie se preocupará por los mendigos que desaparezcan, ni los chicos de la calle, la gente de las villas. Hasta puede que alguno piense que le estamos haciendo un favor a la sociedad. Con suerte, hasta el gobierno nos ayudaría. Pensalo Eugenio, en unos meses más, esto se hará tan grande que podremos financiar bancos de sangre clandestinos en todo el mundo. Pero debemos actuar antes que nadie, buscar un lugar alejado, contratar gente que nos sea leal y trabaje en total silencio... pero ya Eugenio, esto debe ser ya.
Y Eugenio, cansado de la vida que llevaba, de la resignación diaria, no lo dudó. "Ya", se dijo con vehemencia.


El silencio se alargaba más de lo previsto. Conservó la compostura en todo momento, sabiendo que al final, todo sería felicidad. Paseaba su mirada animada de rostro en rostro, buscando deducir que estarían pensando los cerebros detrás de esos ojos temerosos.
Alguien levantó una mano y Eugenio contestó la pregunta que le hicieron y alentó a los demás a seguir preguntando. Evacuaría todas las dudas, se los aseguró. Y así lo hizo. Tendrían reservas, garantías, el anonimato asegurado, las ganancias depositadas a término. Tendrían todo en bandeja de plata, de oro si así lo querían. Solo debían dar el si y respaldar económicamente el proyecto para trasladarlo a todo el mundo.
Qué si, que sabía que se estaba negociando con la muerte, pero así era el mundo de los negocios, casi lo mismo que con las armas, los químicos y podía dar una lista interminable de ejemplos. Pero entendieron la idea.
Hablaron primero entre ellos. Al cabo de diez minutos, el silencio ganó la sala. Eugenio estaba ahora si sentado en la punta de la mesa oval, aguardando, sin perder la sonrisa del rostro. Las caras que veía, eran amigables, distendidas. De a uno fueron dando su veredicto.
Cómo lo había sospechado, todos le dieron el apoyo económico. Nadie se quería quedar afuera del negocio. El empresariado mundial lo acababa de convertir en una persona multimillonaria.
Invitó a todos a pasar al séptimo piso, donde con antelación, previendo el resultado feliz, había preparado un agasajo para todos sus invitados. Dejó que salieran, estrechando alguna que otra mano.
Marcó el número en el celular de su esposa. "Querida, lo logramos. Aún no les digas nada a los chicos, por el momento que sigan ignorando lo que pasa. Si, yo también te amo. Y hoy como nunca. Ya no nos falta nada, ni jamás nos faltará". Cortó. Había una celebración que esperaba por él.


Apenas si podían mantenerse en pie. Los tres estaban muy golpeados. Al más chico le había entrado una astilla de vidrio en el ojo. No paraba de llorar. Su hermano mayor lo consolaba, pero no podía disimular su dolor: el brazo parecía quebrado en dos partes. El tercer hermano, tenía sangre en el vientre. También se había cortado. Temía que fuese un corte profundo.
Sin embargo las penas por la caída remitieron a los pocos segundos. Cinco hombres de bata verde lo rodearon, sorprendidos y enfurecidos por su violenta intromisión. Los tomaron de los brazos y los arrastraron hasta el centro del galón.
- ¡¿Quiénes son!? ¡Qué estaban haciendo ahí arriba! ¿No saben que les pasa a los curiosos?
Y los llevaron hacia las camillas. Los chicos gritaban con fuerzas, pidiendo clemencia, jurando que no hablarían con nadie. El más chico se meó encima. Los tres querían vomitar. De a uno los fueron atando a camillas contiguas.
- ¡Vamos! Rápido con el cianuro, que nos atrasan los cuerpos que llegaron esta tarde.
Dos de los hombres de batas llegaban corriendo con ampollas y jeringas, mientras los chicos lloraban sin reparo. Sus bocas habían sido aquietadas con cinta adhesiva.
- El cianuro - le dijo uno de los hombres de bata a otro - Acaba de llamar Eugenio. Cerró el trato, parece que vamos a estar forrados en plata.
- Muy buena noticia, muy buena noticia - exclamó un tercero.
El nombre de Eugenio remitió las mentes de los chicos al recuerdo de su padre y también de su madre, de cuánto los extrañarían, del dolor que les causaría saber que ya no estaban. Si tan solo hubieran sido más cuidadosos. Pero cómo imaginarse que ese lugar sería un antro del horror, además, incomprensible, si había sido su padre quién nombrara esa dirección cuan...
Se disiparon las imágenes, se borraron los recuerdos. La oscuridad llegó primero, el dolor de las agujas después, cuando aún sentían el cuerpo y luego, la siempre inalcanzable paz.

9 de agosto de 2009

Un día de estos

Sale a caminar sin pensar en nada, como cada tarde, después de trabajar. En su casa lo espera una mujer que ya no reconoce y tres hijos que apenas le hablan. Hay días que siente que su vida no es su vida, sino la de otro, y que por error, la está viviendo él.
Se imagina despertando en una enorme mansión, sobre una cama matrimonial hecha en bronce, el techo bien alto y ornamentado, repleto de detalles y figuras, ventanales amplios por los cuales entra el sol y la brisa de la mañana, mientras contempla a través a los vidrios el verde campo extendiéndose más allá de su imaginación, recortado de árboles sobre un cielo límpido y mágico.
En su ilusión, tiene mayordomos que lo atienden, un magnífico Rolls Royce en la entrada de su casa y millones de dólares en cuentas de banco. Es dueño del tiempo, de los sueños, de sus anhelos. Lo tiene todo.
Ya no necesita trabajar, no necesita preocuparse por el dinero, ni por tener que hacer lo que dice el patrón. No necesita absolutamente nada de la vida de un ser común. Tiene lo que quiere, puede comprar lo que se le antoje. Es un empresario, no, mejor que eso, es una estrella de rock, no, tampoco, es un magnate, no, es un príncipe, un rey, es dueño de un país, de un continente...
Si, en su sueño es más que nadie. Es casi Dios Todopoderoso.
El sonido de una bocina.
Pide disculpas avergonzado. Apura el tranco y termina de cruzar la calle. Mira el reloj: van a ser las ocho. Su señora debe estar por empezar a hacer la comida. Más vale que vuelva a casa, quizá haga falta ir a comprar algo a la despensa. Retoma el camino mientras mira de reojo las primeras estrellas de la noche. Seguramente alguien allá arriba se estará riendo de sus sueños. Bastó un bocinazo para volverlo a la realidad. Suspira, resignado. Sin embargo, para sus adentros, jura que un día de estos...
Se sube el cierre de la campera, porque está refrescando. Falta que se enferme y no pueda ir a laburar. Marcha casi al trote, para no llegar tarde y preocupar a su mujer.
En la esquina dobla y se lo traga la noche, ya fuera de nuestra vista, perdiéndose en el anonimato de la ciudad y la eternidad de los días.

5 de agosto de 2009

El silencio de las habitaciones

Juana era madre soltera. Sus días se dividían en partes iguales. Trabajaba por la mañana en un empleo, como camarera en un bar; tras el mediodía regresaba a su pequeño departamento para prepararle algo de comer a Matías, su único hijo, de solo nueve años. Tenía solamente tiempo para eso, pues a las tres de la tarde ya estaba en una casa a cinco calles de su hogar, como doméstica.
Regresaba cansada a prepararle la cena a su niño, que a todo esto se las arreglaba solo para vestirse, ir al colegio, volver, esperar a su madre, jugar a los videojuegos, ver televisión, esperar a su madre e irse a dormir.
Luego de comer, ella se acostaba un rato. A la medianoche tomaba un turno de seis horas en un puesto del peaje, en una autopista en las afueras de la ciudad.
A pesar de tantos trabajos, con suerte pagaba los gastos del departamento, incluido el alquiler y las despensas, además de mantener a su hijo bien vestido y alimentado. Era consciente que sacrificaba no solo su vida y salud, sino también la posibilidad de ver crecer a su pequeño, que cada día estaba más grande, como así también ayudarlo en sus tareas cotidianas.
La rutina era parte de su vida, hacía todo en forma automática, y esa automatización era en realidad lo que más asustaba a Matías, porque parecía un fantasma y no una persona. Cuando su madre se iba del hogar, se quedaba asimilando el silencio de las habitaciones; luego, inspeccionaba el sonido procedente desde la ventana que daba a la calle. Soñaba con que su madre se arrepentiría de dejarlo solo y regresaría, para compartir sus juegos y ayudarlo con las tareas de la escuela .
Pero luego de sopesar primero el silencio propio y luego el ruido ajeno, entendía que sería un día como todos, sin milagros ni alegrías.
Esa mañana en particular, salió al colegio más triste que otras veces. Debía actuar en una obra y su madre ni siquiera había leído la invitación que le dejó la noche anterior sobre la mesa de la cocina.
El papel, hecho un bollo, descansaba ahora en el fondo del bolsillo de su pantalón. Caminaba casi rumiando de bronca y no podía ocultar los ojos sollozos. Pensó en ir hasta el trabajo de su madre, pero desechó la idea. En cambio, fue hasta el colegio y soportó la ausencia, como quién se resigna a recibir una vacuna o una paliza, cuando se porta mal. Deseó con todas las fuerzas de su alma, que fuera la última vez que su madre faltara a una obra suya.
De regreso a casa sintió que algo de tranquilidad había vuelto a su cuerpo. No obstante, se prometió decirle lo que sentía a su madre.
Llegó al departamento, se detuvo frente a la puerta y sacó la llave. Se percató sin embargo que la puerta estaba abierta. ¿Mamá? Se preguntó casi sin creerlo. Entró velozmente. Ella no estaba en la cocina, tampoco en la habitación. Miró con detenimiento la cama y vio que estaba sin hacer. Las sábanas revueltas, la almohada torcida y una frazada a los pies de la misma, esperando a que alguien la recogiera.
En el centro del colchón, había una mancha roja, que parecía vieja, como lavada por el tiempo y a punto de esfumarse, pero visible aún.
Matías se asustó y llamó a su mamá por el nombre: ¡Juana! ¡Juana! ¿Estás en casa? Recorrió el pasillo hasta la cocina, observó las ollas colocadas en sus estantes, los platos en el fregadero, la mesa aún sin levantar, con la taza de su desayuno y las migajas que había hecho al comer.
Abrió la heladera, casi por un impulso tonto y no encontró más que un par de botellas y comida vieja. Algo, además, olía mal. Supuse que era un plato con carne al horno, que vaya a saber cuánto hacía que estaba allí dentro.
Corrió a su cuarto, mamá podía estar armándole la cama. La ilusión lo embargó, lo llenó de alegría. Mamá se había tomado la mañana para él. Abrió la puerta sintiéndose un misil, pero la habitación lo recibió vacía. Su cama estaba como la había dejado cuando se levantó. El despertador con forma de payaso seguía marchando. Los segundos pasaban delante de su mirada. Matías volvió a llamar a su madre, gritando su nombre. El silencio le contestó sin inmutarse.
Volvió al cuarto de su madre. Volvió a la cocina. Había estado en el living cuando llegó y allí no había nadie, pero no vaciló y fue esperanzado hasta allí. La nada misma. Una brisa le rozó el cuerpo; sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo. La puerta vidriada que daba al balcón estaba abierta. La brisa y el frío penetraban ferozmente.
Salió al balcón y observó el mundo que se extendía ante sus ojos. Una ciudad ajena al sufrimiento que lo atormentaba, el anhelo casi vívido de querer a su madre en casa, la sospecha que ella ya no quería estar con él. Sentimientos que se encontraban en su mente y le hacían un nudo en el corazón. Pero para la ciudad que lo rodeaba, no era más que una nimiedad en un universo de problemas. Su realidad no le importaba. Era un niño, una pequeñez, una insignificancia, apenas un número en las estadísticas.
Matías se aferró de la baranda del balcón y con fuerzas gritó: ¡Mamá! El sonido se prolongó por los aires, pero sin llegar a ningún oído. En la ciudad, los gritos son mudos y los demás, sordos. Lloró, rendido sobre suelo del balcón.
La puerta estaba abierta, si. La puerta siempre estaba abierta desde hacía varios meses. La dejaba así para creer que ella había vuelto. Recreaba esa rutina, la que tanto había odiado para soñar que aún estaba. Y se ilusionaba con su presencia para no odiarla tanto por su ausencia.
Había días en que el plan funcionaba, que salía por la puerta y al volver, todo parecía normal, y entonces, en silencio, se preparaba la comida creyendo que era su madre la que lo hacía. Y se conformaba engañándose que nuevamente había ido a trabajar, por no tenerla cerca para mostrarle algo que había descubierto en la televisión o pedirle ayuda en los deberes que no entendía.
La rutina del engaño, ahora era suya. Desde el día que ella agotada, resentida y hasta quizá, odiándolo a él por la vida que llevaba, se clavó un puñal en su propia cama, dejándolo solo, además de testigo.
La policía se llevó el cuerpo y nadie volvió por él. Sin embargo el volvía todos los días por su madre, temiendo que si no lo hacía, ella jamás lo perdonaría, sea donde sea que estuviese.
Porque al final, se había convertido en ese fantasma que tanto temía. Y no habitaba la casa, sino aún peor, residía en su mente.

3 de agosto de 2009

Los callejones y el errante

Existen callejones más largos que otros, algunos que son más sucios, unos más oscuros, otros menos transitados, en definitiva, el mundillo de estos lugares es amplio y prácticamente desconocido.
Se dice que una persona se ha encargado de recorrerlos todos, trazando un mapa de los mismos, detallando los secretos que cada uno esconde, quiénes los habitan, los mensajes ocultos que encierran sus paredes, los significados de los grafitis, las muertes que acontecieron en el lugar.
El mapa, se comenta, ha sido muy pocas veces visto. Y aquellos que juran haber sido testigos de tan oscura obra, producto de siglos de trabajo, han comentado que conocer esos secretos, lleva a la perdición, al deseo inconmovible de penetrar en ellos y desaparecer en la neblina que los envuelve durante las noches.
Este hombre, cuya identidad se desconoce, se ha mencionado alguna vez en ciertos pasajes de libros de historia, y se lo ha señalado como un ser errante, sin patria ni credo. Su edad se calcula en cientos de años. Los callejones que ha trazado se remontan a siglos pasados ya distantes de nuestro tiempo. El hombre, se especula, no es un hombre.
Por cómo se describe, el mapa es un volumen enorme, de tapa rústica, forjada en un metal ignoto, recubierta con cuero animal para preservarlo del tiempo. Contiene miles de páginas, de papel duro y rugoso, desgastado por el tiempo, las más antiguas posiblemente hechas con láminas de tronco de papiro y las más recientes, con deshechos de algodón, cortezas de plantas y agua, que una vez coladas, prensadas y puestas a secar, dan un resultado similar al papel que conocemos.
Los mapas de los callejones están trazados cronológicamente, respetando las épocas en las que fueron visitados por el errante. Los detalles, secretos y otros comentarios, están escrito en los márgenes. Lo que más ha llamado la atención a los que han accedido al enorme libro, además de su estado de preservación, es la tinta. Si bien el tiempo ha intentado borrar todos los vestigios de la misma, en los mapas más antiguos, la misma aún persiste y pareciera que en el momento de ser observado, el mapa resplandeciera y la tinta casi inexistente, cobrara vida y se afirmara sobre el papel con fuerza y decisión. Las palabras de los que narran estas historias, es que la tinta pareciera cobrar vida.
Y es aquí el punto en el cual he basado mis años de interrogatorios a estas personas bendecidas por el honor de haber accedido a tan invaluable volumen, y más aún, estado de pie y vivir para contarlo, del último errante sobre la tierra, cuya misión pareciera un castigo eterno por algún crimen tan remoto y lejano que ya nadie, ni siquiera él mismo, debe recordar
No puedo ocultar mi deseo de tener ese volumen en mis manos y de mirar a los ojos a ese caminante de los siglos. No puedo aplacar mi anhelo de conocer los secretos de los callejones de todo el mundo a lo largo del tiempo. Pero ante todo, no puedo refrenar mi compulsión por llegar al final del misterio, descubrir la verdadera esencia del errante.
Y en ese volumen están las respuestas. Lo se, porque he seguido las pistas, he hablado con los testigos, he descubierto las pistas más fascinantes que cualquier hombre haya encontrado sobre la Tierra y mi descanso no será tal ni podrá ser compensado hasta tanto no solo llegue al errante, sino que además le haga caer la máscara y lo defina, ante el mundo de los vivos y de los muertos, como quién verdaderamente es.
He seguido sus pasos, he estado dónde él, pero siempre me lleva la delantera. Por siglos lo he perseguido sin poder atraparlo, sin poder demostrarle a las divinidades que mi teoría es correcta y que el errante no es más que un demente inmortal que sacia su sed asesinando en la comodidad de la noche, en la paz de la oscuridad, en la privacidad que solo los callejones pueden albergar.
Y teniendo su libro, tendré la verdad. Porque es la tinta la que me dirá el secreto. Porque la certeza me dice que cada mapa está dibujado con la sangre de una víctima distinta, de una muerte cobrada sin ninguna razón. Una certeza que persigo desde tiempos inmemoriales. Y entonces, cuando el velo caiga, los callejones se verán liberados del maleficio que el hombre que no es hombre ha invocado sobre ellos con la única finalidad de seguir errando, por los siglos de los siglos.
Solo después, podré sumirme en el descanso.

31 de julio de 2009

Luces cómplices del engaño

La razón por la cual le mentía a su mujer le era difícil de explicar. No sabía la manera de confesar su debilidad. Sentía pánico de solo pensarlo. El pecho se le oprimía y el aire parecía escabullirse hacia algún rincón ignoto, temiendo morir en el instante.
Era un cobarde, tenía que reconocerlo. Desde hacía un tiempo le temblaban las manos y la sensación de sudor recorriéndole la espalda sucedía muy a menudo. Se escabullía por las noches, cuando su mujer dormía profundamente.
Conocía los escalones que no debía pisar, la ubicación exacta de los muebles, la manera de abrir la puerta sin hacer el menor ruido. Se consideraba un experto en la materia. Tanto como una basura.
Hasta entonces había sido siempre tan fácil, que pensó que la suerte lo acompañaría por toda la eternidad. Pero sabía que se engañaba. Era consciente que tarde o temprano debería afrontar la verdad. Decirle cara a cara lo que durante los últimos años había hecho a sus espaldas. La idea le daba vuelta el estómago, se lo retorcía en un nudo tan duro como un puño.
Sin embargo, la sensación de huir furtivamente, la brisa de la noche susurrándole cómplice, querían convencerlo que no había hecho nada malo. Pero sabía que si. El huir era solo el comienzo, lo más fácil de confesar cuando la hora le tocase. El resto era lo que torturaba su mente.
Esas calles recorridas de memoria, el trayecto repetido, ese edificio conocido. Las luces lo aguardaban siempre encendidas para él. Y esa luminosidad era suficiente para despertar el deseo irrefrenable de su interior. La excitación le elevaba el pulso y todo temblequeteo moría allí, como su verdadera vida, su mujer, su hogar, su propio espíritu.
Pero esa noche era la que había esperado con temor durante años. La noche en la que todo se derrumbaría, irremediablemente. Había sido sigiloso, recorrido el camino y arribado al edificio. Las luces lo invitaron a entrar y dentro, sucumbió la perdición. Se supo desnudo al poco tiempo, despojado de todo lo material que pudiera solventar los deseos de su ser, envuelto para entonces dentro de una mortaja endemoniada, preso del desenfreno y la ambición.
Y esa desnudez lo hizo marcharse desesperado, falto de aire, casi demente. Y corrió hacia quién pudiera ayudarlo. Y casi sin pensarlo corrió por la noche, bajo las estrellas indiferentes y se detuvo delante de otra puerta conocida, más humilde. Y golpeó con fuerzas, sintiendo cada golpe como un tronido pero sin abandonar la ensoñación en la que estaba envuelto, con el placer latiendo en su corazón anhelante de regresar al otro lugar. El farol de calle se encendió y una figura asomó su rostro por la ventana. Miró con miedo, moviendo levemente las cortinas. La puerta se abrió y él no aguardó ni siquiera una pregunta: lo empujó hacia el interior y lo tiró al piso.
Lo increpó con furia, sin la menor pizca de cordura: "Vamos viejo de mierda, soltá algo de plata una vez en la vida, soy tu yerno carajo". La soledad de la casa devolvió el eco de sus palabras, las cuales sintió ajenas, dichas en otra dimensión. Lo levantó del piso y lo arrojó con bronca hacia la pared opuesta. Su suegro impactó con fuerza y perdió el sentido. Fue hasta el dormitorio y revisó los cajones, pero no había dinero en ninguna parte. Se topó con una foto del casamiento, que su suegro atesoraba sobre una repisa y lo invadió la vergüenza. La cólera remitió ante la imagen y sintió que el mundo se le venía abajo. Se mareó, y tanteó los muebles para no caerse. Las náuseas invadieron su alma. Se sintió sucio, además de cobarde, de inútil.
Corrió a socorrer al padre de su esposa, pero era tarde. El golpe le había abierto una herida en la cabeza y la sangre le cubría la cara. El susto había hecho el resto, matándolo de un infarto.
Y como lo presagiaba, la más fatídica de las noches le cayó encima. El rayo de locura que lo había asaltado, sentenció su futuro sin que él se enterada. Arrodillado ante el cuerpo, despojado de sus últimos ahorros en aquella casa de apuestas clandestinas, se dio cuenta que las luces eran ficticias y que siempre lo habían sido. Ahora lo aguardaba la verdad, que solo conocía de oscuridad.
Fue hasta el teléfono y antes de llamar a la policía, marcó el número de su casa. Era hora de afrontar la realidad.

29 de julio de 2009

El extraño caso del hombre que pretendía salvar el mundo

El enorme edificio de la casa de gobierno parecía estrecharse ante la magnificencia de la mañana, radiante y pura, como pocas veces en el año. El trajinar de los empleados, el ir y venir de personas, ensuciaban la escena. Afuera, el chillido del bestial tránsito, lastimaba los sentidos.
El hombre atravesó la puerta principal como uno más, maletín en mano, traje pulcro, zapatos oscuros, cabello corto y prolijo. Se dirigió al guardia de seguridad y luego a una oficina de atención al público. Pidió hablar con el presidente.
- Disculpe señor - le dijo amablemente la joven recepcionista. Existe una agenda, un sistema de citas y así y todo, no es un pedido muy accesible, más si usted es una persona común. ¿Es usted una persona común, verdad?
El hombre asintió con la cabeza y contestó que realmente debía hablar con el presidente.
- Me temo que será imposible, señor...
- ¿Y algún secretario personal? ¿Podría entonces hablar con alguno de ellos? Señorita, es realmente importante.
- Bien, podría intentarlo, de todos modos me debe dar sus datos y claro, decirme el motivo por el cuál quiere hablar.
- El nombre es lo de menos señorita. El tema es el que importa.
La mujer lo miró, pensando cada vez con mayor seguridad que al hombre que tenía detrás del vidrio "no le llegaba el agua al tanque", cómo decía su madre para referirse a las personas de las que dudaba de la capacidad mental. A pesar de ello, le preguntó: ¿Cuál es el tema que le urge hablar con el presidente, señor?
- Conozco las respuestas para solucionar los problemas del mundo - le contestó sin inmutarse.
La joven se mordió los labios, con miedo a reírse delante de esa persona. Sintió una mezcla de pena con gracia. Así y todo, algo en el hombre la conmovió. Aguarde allí, le dijo señalando una hilera de butacas empotradas en la pared.
El hombre sonrió y se sentó, obediente como un chico en la sala de espera de un odontólogo. La recepcionista levantó el teléfono e hizo varias llamadas. Suplicó en un par de oportunidades y debido a su insistencia, logró que una secretaria, no del presidente, claro está, sino de un legislador, lograra recibir a la extraña persona, a la que observaba en ese instante, sentado con la espalda erguida, el semblante tranquilo y la mirada en vaya saber qué cosa.
- Señor. Señor - lo llamó. Lo esperan en el segundo piso, le pedirán sus datos allí.
El hombre subió las escaleras, brindó sus datos a otra recepcionista y aguardó una media hora sentado en otra silla. Al fin, lo invitaron a pasar a una oficina, donde una mujer de refinada elegancia le indicó con un gesto una nueva silla y le pidió que la aguardara.
Cinco minutos después, guardó los papeles que leía en el cajón de su escritorio, levantó la vista, y preguntó casi en forma automática: ¿Qué se le ofrece?
- Vengo a traer las respuestas a todos los problemas del mundo - le dijo él.
La mujer lo miró. Pensó en quién podría estar intentando hacerle perder su preciado tiempo. Es decir, quién le había mandado al monigote que tenía delante. Los ojos de su visita en cambio, parecían sinceros.
- Ajá. ¡Usted es el que las tiene entonces! - dijo riendo, pero comprendiendo que sus palabras no contagiaban la risa, agregó con rapidez - Disculpe, no acostumbran a traer soluciones, sino problemas. Pero dígame señor, a cuáles problemas se refiere usted.
- A todos, señora. El hambre, la desnutrición, la guerra, la violencia, el maltrato, la falta de educación, la economía, la mala distribución de las riquezas naturales, la discriminación, los conflictos religiosos, la política, la esclavitud, la opresión, la represión, la salud, el odio...
- Y dígame, las tiene por escrito o pretende vendernos esas respuestas.
- ¿Vender las respuestas?
- Claro, si usted nos dice las respuestas y nosotros indagamos y por esas cosas de la vida son ciertas, póngale, no, es un ejemplo... cuánto nos va a pedir a cambio, qué quiere a cambio en realidad. Esto hipotéticamente, claro, en el caso que sea verdad lo que tenga para decirnos.
- No, no las vendo, las comparto. Necesito llegar a la gente con poder para transmitírselas y de esa forma subsanar al mundo. Es una ayuda que quiero brindar, porque sería egoísta de mi parte tener las respuestas y guardarlas en mi interior.
- ¿Puedo preguntarle algo? ¿Y cómo es que tiene esas presuntas respuestas?
- ¿Cómo? Reflexioné sobre cada tema. Observé, pensé, una y otra vez. Y las obtuve.
- Pero cómo podemos estar seguros que en caso de llegar al presidente, sean las respuestas adecuadas.
- Son las adecuadas.
- Eso lo dice usted.
- Eso lo se yo. Si. Por eso las traigo. Para que lleguen al presidente.
- Bien, hagamos una cosa. ¿Usted nos puede dedicar unos días para hablar a fondo estos temas? Para que podamos comprobar que realmente tiene algo como para contactarlo con el presidente, usted me comprende.
El hombre asintió.
- Bien, entonces usted ahora dejará sus datos en la recepción, si es que no los dejó ya y nosotros lo estaremos visitando este jueves. ¿Le parece bien?
- ¿Y podré ver luego al presidente?
- Depende de usted, de la entrevista del jueves. ¿Bien?
- Bien.
La mujer se levantó, le tendió la mano y acompañó con la mirada como este extraño sujeto abandonaba su oficina.
Aguardó unos minutos y tomó el teléfono.
- Si, estuvo acá. Supongo que el mismo que quiso hablar con el presidente de los otros cinco países que lo reportaron. Si, también me pareció sincero. ¿Qué creo yo? Qué si, que tiene las respuestas. Si, ya se lo que eso significa... si, claro, no me lo tiene que recalcar señor, por supuesto. Si, entendido. Si, millones y millones. Si si, ya se, todos los negocios, y cuando digo todo, son todos. Exacto. Bien. Procedo entonces.
Colgó.
Respiró profundamente, dejando salir el aire con paciencia. Hizo crujir las articulaciones del cuello. Empezaba a sentirse tensionada. Odiaba estar así.
Levantó el teléfono de nuevo. Volvió a marcar. Aguardó en línea. Tras unos segundos, pudo hablar:
- Orden de eliminación nivel cinco autorizada, repito, autorizada. Sujeto a eliminar edad aproximada entre treinta y treinta y cinco años, único nombre conocido Jesús, domicilio presumible en...

27 de julio de 2009

Demasiado (bis)

Hice este texto en abril del año pasado, lo encontré hace unos días releyendo algunas cosas del blog y no solo me volvió a cautivar el texto, sino también la melodía. Cómo aclaré entonces, jamás en mi vida toqué un instrumento, soy nulo en eso, pero con paciencia y una aplicación online jugué un rato hasta encontrar el clima exacto para estas breves líneas que se detienen en un instante exacto de fragilidad. Hubo buenas críticas entonces y se que hay mucha gente nueva que lee el blog desde aquel momento y me parece buena oportunidad para rescatarlo y permitir que otras personas lo lean y escuchen.
No suelo reflotar textos antiguos, porque se que están ahí y siempre existe la posibilidad de navegar y llegar hasta los mismos. Hago una excepción en este caso. Mañana o pasado quizás aparezca algo fresco y con tintes sangrientos que desbordes sobre cada letra, como suele gustarme presentar últimamente. Saludos!

Demasiado

El frío se hace intenso al borde del camino. Intento hacerme un ovillo sobre el césped, para calmar el sufrimiento y engañar la soledad. Nadie viene a buscarme en la noche oscura, a rescatarme de la pesadilla del dolor. Solo ante el silencio, ante la espera agridulce de la condena. Cierro los ojos y lloro. La melodía me acompaña, me traspasa, me recuerda que estoy vivo. Y entonces me pregunto una y otra vez, dónde queda el mundo, cuál es la dirección correcta. Creo haber viajado en vano durante mucho tiempo. Y me digo que ya es demasiado.
Me dejo dormir, en la espesura de la noche, en la comodidad de la desesperanza, en el exilio de las ideas, en la muerte de las ilusiones.

25 de julio de 2009

Penitentes al pastel

Al morir don Carmelo, su sobrino Fabricio decidió hacer un poco de limpieza en la vieja mansión. Familiares que residían en otras ciudades, que no habían asistido al funeral, si asistirían a la reunión del fin de semana, en la que se haría la lectura del testamento y se conocerían los herederos de la inmensa fortuna del difunto. Fabricio quería que todos se llevaran una buena impresión de su tío, si bien era consciente que el desorden era una característica que Carmelo había dominado toda la vida.
En el desván encontró una pintura que le llamó particularmente la atención y decidió colgarla en el vestíbulo, lugar donde todos los concurrentes podrían observarla con detenimiento y apreciar, si gustaban del arte tanto como él, de una obra singular, repleta de detalles y misteriosamente, anónima. Desconocía cómo había llegado a manos de su tío y lo más extraño, la razón por la cual jamás la había visto.
La pintura, de colores pasteles oscuros, con tonalidades opacas, mostraba a un conjunto de personas en medio de una campiña. Los rostros de los hombres dibujados eran claros, tan nítidos como una fotografía y no había en ellos pizca alguna de entusiasmo. Todos miraban hacia delante, como esperando una orden. El cielo gris no pasaba desapercibido, como tampoco los nubarrones que parecían avanzar hacia el fondo. De cada lado del grupo de personas, había dos pequeñas casas bastante rústicas. Las cuatro en total tenían las ventanas y puertas de madera cerradas. En algunas partes, el revestimiento se había caído y se veían los ladrillos, casi como una herida cicatrizando en la piel de nuestros brazos.
Fabricio, que parecía hipnotizado por la pintura, había contado a las personas. Cincuenta y uno en total. Notó que las ropas no eran las de campesinos pero no pudo descifrar a qué época podrían pertenecer. Atemporal fue la palabra que brotó en su mente, como gramilla en un cantero de flores.
Esa misma tarde, Héctor el mayordomo le avisó que una persona lo esperaba en la puerta principal. Pensó que podía ser alguien de los preparativos para el fin de semana, sin embargo en el hall de entrada lo esperaba un hombre alto, de pelo largo, piel pálida y gestos cautivantes.
Se presentó como Eric Oinomed, coleccionista de arte. Sin rodeos le expresó su interés por adquirir la obra de los cincuenta y un penitentes. La llamó así, dándole a Fabricio el nombre que desconocía, pero sobre todo, una rara sensación. Se disculpó y le dijo no conocer la obra. El hombre le dijo que era imposible, porque sabía que la pintura estaba en poder de Carmelo y que ante la muerte del mismo quería aprovechar para comprarla. Incluso se la describió con lujos de detalles.
Fabricio terminó por aceptar que sabía de cuál pintura le hablaba. No obstante, le advirtió, no estaba en venta. No sabía porque le había dicho eso, porque de todas formas no sabía a quién se la dejaría en el testamento su tío. El visitante le ofreció un millón de dólares. Fabricio abrió los ojos, sorprendido. Preguntó si sabía quién era el autor. El coleccionista le dijo que estimaba que si, que tenía más de tres siglos y había sido obra de un romano, de quién se sabía solamente que estaba loco y confinado en una prisión siciliana.
El hombre insistió varias veces, pero Fabricio no se dejó convencer. Visiblemente contrariado, el visitante meneó la cabeza y le aseguró que volvería la semana siguiente, pero que ya no ofrecería lo mismo, sino cien veces menos y así y todo, se lo venderían igual. El gesto de Fabricio fue de asentimiento. Acompañó el hombre hacia la calle y volvió a sus quehaceres.
Olvidó el asunto. Al día siguiente recibió al abogado de su tío para ultimar algunos detalles. Héctor le informó alarmado que por la noche alguien había atacado la casa de huéspedes y asustado a la ama de llaves. Pero lo peor no era eso, sino que Goliat, uno de los doberman, había sido encontrado degollado en el jardín.
Luego de inspeccionar los alrededores, regresó a la mansión. En el vestíbulo el abogado observaba embelesado la pintura. Hermoso, le dijo. Sencillamente hermoso, repitió. En el despacho continuaron con los trámites de última hora. Cuando se retiraba le pregunto a Fabricio y se tendría que ver algo que fuesen cincuenta. ¿Cincuenta qué? preguntó Fabricio, desorientado. Cincuenta personas en el cuadro, le respondió el abogado.
Se marchó. Fabricio quedó pensativo. Estaba seguro de haber contado bien el día anterior. En el vestíbulo señaló con el dedo nuevamente uno por uno y era verdad, eran cincuenta. Pero el coleccionista había dicho "los cincuenta y uno...". Habría entendido mal, seguramente.
Al atardecer Héctor ingresó sobresalto a su despacho. El ventanal de uno de los dormitorios se había desplomado y una chica que estaba aseando el lugar había sufrido la amputación de una mano. Se disgustó más que preocuparse. Había aún tantos preparativos por delante y los pormenores no hacían más que atrasarlo.
Fue a revisar el ventanal y notó que se había partido como papel y caído como si de una guillotina se tratase. Pasó por el vestíbulo camino a su despacho. Los volvió a contar, para quedarse tranquilo: cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve... cuarenta y nueve! No podía ser posible. Iba a contar de nuevo, pero el teléfono estaba sonando en su oficina.
Esa noche el cielo se tornó más oscuro, según su parecer. No podía dormir. Las estrellas refulgían en lo alto. Se sentía un observador no invitado a tan bello espectáculo. La pintura le carcomía la mente. Quería pensar en otra cosa, pero no podía. Estaba por rendirse al sueño, cuando una explosión despertó todos sus sentidos en menos que un disparo atraviesa un corazón.
Salió semi desnudo al pasillo, bajó las escaleras y siguió la pista del humo que parecía provenir de la cocina. El olor a quemado lastimaba las fosas nasales. Entre las llamas, alcanzó a divisar a Clarisa, la cocinera, que se protegía con un viejo delantal del fuego, mientras a su lado un joven ayudante de cocina combatía el siniestro con un matafuego.
Una cañería de gas había tenido una pérdida y Clarisa, al encender el horno el pan, había desatado la combustión. Por suerte, estaba bien.
Mientras caminaba hacia su cuarto, notaba como le temblaban las extremidades. Tenía la piel erizada, en señal de miedo. No era frío lo que le recorría el cuerpo, sino terror. Se obligó a no pasar por el vestíbulo, pero cuando se dio cuenta estaba parado delante de la pintura, observando la muchedumbre de rostros imperturbables. Los volvió a contar. Sabía cuál sería el número: cuarenta y ocho. Se fue a acostar.
Mal dormido, se levantó torpe, adolorido. La cabeza parecía a punto de estallar. Héctor lo llamó desde el otro lado de la puerta. ¿Cuál era la mala noticia ahora Héctor? pensó. Y no estaba equivocado. Diego, el arquitecto que estaba refaccionando el quincho del jardín, se había suicidado durante la noche. Acababan de avisar desde el estudio donde trabajaba.
A un día de la lectura del testamento, quiso olvidar las tragedias de los últimos días y por sobre todas las cosas, la pintura que había encontrado en el desván. Por alguna razón no se animaba a quitarla. Se buscó todo tipo de tareas, con el fin de no caer en la tentación de ir a observarla. Pero por más que se resistiera, sabía que tarde o temprano la pintura lo llamaría, lo envolvería con ese convencimiento silencioso y lo haría viajar a voluntad hasta su presencia, para luego consumirlo con la misma avidez que una araña envuelve a su presa.
Al mediodía sintió la necesidad imperiosa de pararse delante de la pintura. Contó cuarenta y siete personas. Al atardecer contó cuarenta y seis y el ama de llaves se había ahogado en la piscina, intentando sacar del agua un mantel que el viento había llevado burlescamente.
Esa noche no durmió. A las tres de la madrugada sintió pisadas en el pasillo. Con miedo, abrió la puerta. Le pareció ver una sombra descendiendo la escalera. También bajó. No había nadie en la planta baja. Caminó en la oscuridad, esperando encontrarse cara a cara con algún monstruo, como si tuviese cinco años de nuevo. La opresión dominaba su pecho. De repente no sabía donde había llegado. Tanteó con la mano y el mínimo roce con la tela cubierta por los tonos pasteles apagados hizo que la retirara de inmediato, como si hubiese tocado las entrañas del mismísimo demonio.
Allí la tenía, otra vez delante de sus ojos. Sus ojos se movieron rápido y sin pestañar concluyeron que ahora eran cuarenta y cinco. Retrocedió espantado, falto de respuesta y casi sin aire, del miedo que le carcomía el alma. Cuando sintió la baranda de la escalera bajo la palma de su mano, giró y corrió hacia su cuarto. Aturdido como estaba tropezó a medio camino. Se fue de cabeza hacia delante. La frente pegó contra el filo de un escalón y la sangre salpicó la pared. El cuerpo inerte cayó como un muñeco de trapo hasta el primer peldaño. Para cuando Héctor se despertó y llegó al pie de la escalera, Fabricio ya estaba helado y con varias horas de fallecido.
A pesar de la desgracia, el abogado decidió no postergar la lectura del testamento de Carmelo, pues los familiares seguramente estaban en viaje. La jornada, empañada por la muerte de Fabricio, fue un desfile de lamentos, pésames e intereses financieros.
Todos los bienes fueron repartidos y la herencia desmembrada. Ya vería el abogado que hacer con la parte del ahora también difunto Fabricio. Se retiraba ya cuando un hermano de Carmelo le llamó la atención sobre la insulsa pintura que decoraba el vestíbulo: la imagen de una campiña, en tonos opacos y descoloridos, con un fondo gris repleto de nubarrones y tan solo cuatro casitas en los extremos, dos de cada lado, de las cuales tres tenían las ventanas y puertas de madera cerradas y una sola, la más alejada de la derecha daba señal de vida, con las puerta y ventanas abiertas, a través de las cuales se veía luz.
El abogado la miró y compartiendo la opinión del otro le dijo "no debe valer ni dos centavos" y sin reconocer en la pintura la obra que lo había cautivado unos días antes, apagó las luces del vestíbulo y abandonó la mansión.
Del otro lado de la calle, apoyado en un árbol, un hombre alto, de cabello largo y piel pálida sonreía complacido. Sabía que ahora todos estarían celebrando en la casita del fondo. No era para menos, tan solo habían bastado siete movimientos.