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18 de enero de 2016

El maldito año de los goles

¿La maldición de Ramsey? No me vengan con tonterías. No es más que una estúpida búsqueda de patrones. En un planeta con siete billones de almas, no es tan difícil que cada día muera alguna persona más conocida que otra. La teoría que el pobre galés sea un verdugo maldito es tan endeble como en contrapartida debe existir la certeza que irremediablemente cuando cualquier otro jugador de fútbol convierte un gol, alguien muere en alguna parte.
Diferente es el caso del pueblo donde nací. Quizá ya nadie lo recuerde, pero allí estaba la fábrica de armas más importante del país, la Remigio Martínez. No obstante el pueblo no llevaba en su nombre ningún vestigio de aquel establecimiento que generaba la fuerza laboral del ochenta por ciento de las familias que allí residían. Se llamaba "Pago chico" y nunca un nombre podría haber representado mejor un lugar.
Las casi trescientas personas que moraban en Pago chico se habían acostumbrado a una existencia tranquila, sin sobresaltos, pero como todo sitio que ofrece una sola fuente de trabajo el día que desapareció la fábrica también desapareció el pueblo.
Esta pequeña población santafesina supo de épocas de esplendor, de prosperidad. Alejada de otras localidades, permitía su acceso una deteriorada ruta provincial, pero aun así y más allá de no crecer demográficamente, los habitantes eran felices y mostraban orgullo de pertenecer a ese rincón del mundo.
Y la bandera que mejor los representaba lejos estaba de ser la fábrica: era el fútbol. Porque si bien “Pago chico” tenía pocos habitantes, siempre se las arreglaba para armar un equipo de fútbol competitivo, con un nivel aceptable como para jugar en la liga regional y en varias ocasiones, pelear incluso por el título.
Eran recordadas por los memoriosos las formaciones del setenta y cuatro y del ochenta y cinco, equipos que disputaron hasta las últimas fechas el campeonato regional que otorgaba además una plaza para jugar los torneos del interior. Equipos que si bien no habían inscrito el nombre del pueblo entre los campeones, habían dejado un recuerdo indeleble en las retinas de la memoria de los hinchas de fútbol de la zona.
Pero sin dudas no fueron esas gestas épicas por las que se recuerda a Pago chico y a su equipo de fútbol. Todo ese derrotero de gloria quedó sepultado bajo el nombre de un solo jugador: Lionel “El Pomelo” Martinelli.
Un jugador aguerrido, volante de marca, que siempre le daba una mano a sus compañeros en defensa. Pocas veces incursionaba en ataque y cuando eso sucedía, se batían las palmas en las tribunas celebrando la “guapeada”.
Es que al Pomelo lo quería todo el mundo. El mismo espíritu combativo que mostraba dentro del rectángulo de juego lo tenía fuera, donde repartía sus tiempos entre la verdulería de los Vigo y la tienda de mascotas de los Hernández. Y por las tardes, religiosamente, dejándolo todo en el campo de entrenamiento junto a sus compañeros de fútbol.
No brillaba, no lucía, pero era el motor y corazón de ese equipo. Hasta que empezó eso. Lo raro. Lo que acabó con su carrera. La maldición.
Jamás había hecho un gol, ni siquiera cuando era más pibe. Hasta se reía de ese detalle. Decía que el día que hiciera uno, se vendría el mundo abajo. Sin embargo, ocurrió algo que podría resultarnos más familiar. Ese domingo de abril del 95, cuando un tiro que pretendía ser un centro se coló impulsado por el viento por encima del arquero, sucedieron dos cosas. La primera, que Pomelo, sin entender que pasaba y tener nula experiencia en celebrar un gol propio, se quedó petrificado sobre el césped sin atinar ni siquiera a salir gritando el tanto. Sus compañeros, en cambio, lo derribaron en una montonera repleta de alegría e incredulidad.
Lo segundo que ocurrió, fue que una hora después de terminado el partido, el obispo de Rosario, orgullo de Pueblo chico, dado que allí había nacido seis décadas antes, falleció de un paro cardíaco.
La tarde de aquel domingo, premonitoria, fue contradictoria. Un ídolo lograba un imposible, un ilustre del pueblo cerraba para siempre sus ojos. Y no había quién no relacionara los hechos y ponderara la desgastada frase “un gol cada muerte de Obispo”.
Pero si solo hubiera sido eso, otra sería la historia.
Fatídicamente, ese año a Pomelo se le abrió el arco.
Al domingo siguiente marcó de cabeza, dándole con el remolino. La pelota dio en el travesaño, picó en la línea y se metió. Esta vez lo gritó con fuerza. Nada hacía pensar que su primer gol y la muerte del obispo no eran nada más que una triste coincidencia.
El gol sirvió para empatar un partido fulero de visitante, en Villa Constitución. El regreso en el colectivo fue con cánticos y algunos porrones de cerveza. Al arribar al pueblo, sin embargo, no los espera la misma algarabía.
El viejo Tomás, ferretero de años, había muerto hacía unos minutos tras un súbito ACV cuando estaba arrojándole migas de pan a las palomas en la plaza del pueblo. Querido por todos, arrancó más de una lágrima. Los festejos de los jugadores quedaron en un segundo plano.
Tres domingos, en una tarde de mucho frío de mayo, Pomelo volvió a anotar. Fue jugando de local, contra uno de los equipos que prometían pelear por el título. Un gol de carambola, tras un remate duro y seco que pasó entre varias piernas y se metió en un rincón, inalcanzable para el arquero. Lo gritaron todos en las tribunas y los jugadores se apilaron encima del recio mediocampista.
Todavía no habían cesado los festejos, cuando un grito desgarrador que se escuchó por encima todos los demás sonidos en la cancha, desvió todas las miradas hacia la cantina. Allí estaba Ana, la eterna cocinera del pueblo, sujetando con fuerza a su hijo adolescente, que a duras penas se sostenía a centímetros del piso. En medio de su espalda sobresalía un cuchillo largo, de esos para pinchar los chorizos en la parrilla. Luego contaría Ana que había tropezado en su afán de apreciar el festejo de los hinchas, con nefasta fortuna, cayendo de lleno sobre el cuchillo que estaba apoyado contra una silla.
El partido no siguió. El ingreso de la ambulancia y el dramatismo que se vivía en los alrededores del terreno hicieron imposible la continuidad. Para entonces los rumores estaban de boca en boca. Cada vez que Pomelo hacía un gol, alguien del pueblo moría.
La razón llevaba a desechar esa idea, pero en los pueblos lo sobrenatural es cosa seria. En la parroquia se hablaba de bañarlo en agua bendita, en el bar de hacerle algún “trabajito” en lo de la Chola, la bruja del pueblo y en los pasillos de la comisaría abonaban a la idea de inventarle algún problema el domingo por la mañana y así evitar que jugara el próximo partido.
El que más sufría estos dichos, era el propio Pomelo. Notaba que hasta sus compañeros tomaban cierta distancia cuando él se les acercaba. Tenía que demostrar que todo era una macabra coincidencia. Y así se lo hizo saber al cuerpo técnico. Él no estaba maldito, les dijo. Y pidió que al partido siguiente lo dejaran patear los penales y si era posible, meterlo de nueve. No accedieron a lo segundo, pero si a lo primero.
El rival de turno era el último de la tabla. Cuarenta y cinco goles en contra en ocho partidos. No por nada decían que la defensa era lo más parecido a un flan que se había visto en la liga. A Pomelo le dolió salir a la cancha y escuchar silbidos a sus espaldas. Pero lo peor fue ver en las tribunas a toda esa gente conocida con amuletos, crucifijos y hasta bidones de agua bendita a su lado.
El dominio del equipo de Pago chico fue abrumador. A los cinco minutos ganaban dos a cero. A los diez minutos se paralizaron todos los corazones. Penal para el local y Pomelo caminando hacia el punto de sentencia, pelota bajo el brazo. Todos miraban en dirección a Jacinto Gómez, el técnico del equipo, como pidiéndole explicaciones.
El ídolo devenido en mufa jamás había pateado un penal en su vida. Poco le importaba. Recordaba los consejos de su viejo. Fuerte y al medio, como si fueras a matar al arquero. Ese pensamiento, en realidad, no era el más adecuado para el momento, pero al menos le dieron fuerzas. Pomelo avanzó y pateó. El balón salió con fuerza, impulsado al centro del arco. El arquerito rival ya estaba jugado a uno de los costados. El chasquido en la red lo ratificó. Sobre todo porque el silencio en la cancha era tal, que fue lo único que se escuchó en el aire. Ese chasquido mortal, que dejó a todos con un nudo en la garganta.
Nadie lo celebró, nadie se movió de su asiento. Luego llegaría una catarata de goles. Pomelo anotaría dos más, uno de tiro libre y otro con la rodilla. Salvo esos goles que él hizo a lo largo del partido, los demás fueron todos vitoreados.
Tres goles. Lionel estaba tranquilo, estaba seguro que no habría una muerte en el pueblo. Y en parte, acertó. Porque no fue una muerte, fueron tres. Una por cada gol. La desgracia le tocó a la familia Carrosseti. El auto en el que viajaban de regreso al pueblo fue embestido por un camión que trasladaba aceros.
No había consuelo en Pago chico. Y mucho menos para Pomelo. Debía reconocerlo, estaba maldito. No entendía el por qué, ni cómo. Más que nadie, él lo sabía. Ahora esas muertes estaban en su cabeza. Y también en la de los demás habitantes. Ya no sería visto de la misma manera. No solo se había acabado su carrera. Consideraba que también su vida.
Por esas cosas del destinoa, esa tarde salí de viaje. Dejé atrás Pago chico para ya nunca volver. Por eso puedo contar esta historia. Porque aquella noche fatídica, Pomelo tomó la decisión más importante en su existencia. En el año que había hecho todos los goles de su vida, metería el más difícil. Un gol en contra con forma de cañón de 38 vuelto hacia su rostro. Y sin pensarlo dos veces, pateó el gatillo hasta el fondo de la red.
Quiero creer que fue en el mismo momento. Que hubo al menos una decisión divina al respecto. Que la explosión en la Fábrica de Armas Remigio Martínez ocurrió en el mismo momento que Pomelo jaló el gatillo. Y que la enorme cantidad de armamentos y pólvora se cargaron al pueblo sin que nadie haya sentido ni una pizca de dolor.
Pero sé que no fue así. Porque cuando iba saliendo con el auto por la ruta provincial, escuché a través de la ventanilla el comentario de algunos que corrían hacia lo de Pomelo diciendo que habían escuchado un estruendo en la casa del otrora querido jugador.
Esa noche, Pago chico desapareció en un solo “bum”. Uno gigantesco y mortal. Y ya nunca pude volver.
Por eso, no me vengan a hablar de maldiciones. Le he visto la cara al diablo y no ha sido más que un buen tipo que jugaba al fútbol sin escatimar esfuerzos. Ya pueden ir dejando en paz a ese tal Ramsey y dedicar el tiempo de ocio a búsquedas más importantes, el sentido de la vida, la solución al hambre que hay en el mundo, la fórmula de la eterna juventud. Para maldiciones está mi recuerdo y el de los que aún en aquella zona de mi provincia retienen en la memoria los fatídicos hechos de aquel eterno 1995 lleno de gol.  

14 de enero de 2016

Desértico árido destino

La aeronave se movió hacia su izquierda y casi de inmediato, enderezó el rumbo. Era pequeña, una especie de avioneta para pocas personas. Había aparecido en el horizonte como un pequeño punto en el cielo y se fue agigantando con el correr de los segundos.
Era blanca y tenía pintada una franja azul recorriéndola de punta a punta a media altura del fuselaje. A los ojos de Franco, era el avión más grande que había visto en su vida. Es que en aquella zona de paisajes áridos y desérticos difícilmente se dejaba ver algún artefacto mecánico que no fuera un automóvil o camión entrado en años y kilómetros.
Estaba tan embobado con lo que veía, atónito ante semejante avistamiento, que no oía los gritos de su madre desde la puerta de la casa, a unos doscientos metros de dónde estaba.
El sonido del motor y la hélice aproximándose imprimía al habitual escenario una característica impensada, avasallante, doblegando la atención de Franco, petrificado ante el espectáculo que el destino le ofrecía.
Ensimismado, viendo como la nave se acercaba más y más en dirección donde estaba, y con el ensordecedor rugir de la máquina arrebatando el silencio al que estaba habituado, apenas si se percató que ella venía corriendo hacia él. Por eso, cuando sintió que era levantado por el aire y arrastrado a la fuerza, se asustó como si despertara de una pesadilla.
En ese mismo momento la avioneta pasó como una exhalación por el lugar donde el niño había estado parado, comenzando a carretear unos metros más adelante, en una maniobra de aterrizaje que la mujer había sospechado.
Abrazó a su hijo con fuerza, sin sacarle la vista de encima a la aeronave, que se había alejado - ya en tierra - al menos unos cien metros. Se dio cuenta entonces que en el apuro por salvar a su niño, no tuvo la precaución de buscar alguna de las armas de su esposo. Cuánto hubiera deseado que él estuviera ahí, pero había salido la tarde anterior hacia el monte, con la premisa de traer algunos animales para aprovechar la carne y el cuero.
En el aire, suspendida pero en movimiento, la tierra alborotada se dispersaba con parsimonia. La mujer no esperó a que el motor de la avioneta se detuviera. Alzó a su pequeño y corrió hacia la casa. Con suerte podía llegar a la escopeta de caño recortado que su marido guardaba encima de la alacena, a solo dos metros de la puerta de entrada.
El corazón le latía con fuerza y el peso del niño no ayudaba en nada. Casi sofocada, llegó a la casa, aunque pudo escuchar un grito a lo lejos, una orden de alto a la que no le haría caso. Cerró la puerta a sus espaldas, dejando a Franco en el piso. En vano trabó la puerta. Era de madera, rústica, muy endeble. Una patada bastaría para derribarla. Recordó su objetivo y acercando una silla, alcanzó la parte superior de la alacena.
Allí estaba, pudo sentirla bajo sus dedos. La escopeta de caño recortado que su esposo tenía para espantar intrusos. En realidad, jamás había tenido la necesidad de usarla. Y justo cuando se presentaba la oportunidad, brillaba por su ausencia. No, debía sacarse esa idea de la cabeza. No era su culpa, así se estaban dando las cosas. Bajó de la silla observando que los cartuchos estuvieran en su lugar. Había una caja en el último cajón, detrás de los manteles. Con destreza, casi sin pensarlo, abrió el cajón con la punta de la zapatilla.
Le pidió a su hijo que buscara la caja que estaba en el fondo. Franco tardó en asimilar la orden, aunque creía que no tanto como para que su mamá le volviera a repetir lo que necesitaba en un tono más alto. De todas maneras, no se ofendió. Estaba demasiado confundido con lo que sucedía como para hacerlo.
Una vez que le alcanzó los cartuchos, le ordenó que se escondiera en su habitación, bajo la cama y que no saliera por nada del mundo. Suponía que eso se le decía a un hijo cuando uno o más intrusos aterrizaban en medio de un paraje solitario, bajo sospecha de amenaza.
Ahora estaba sola, la espalda contra la puerta, la respiración inflando y desinflando su pecho, un dolor de cabeza naciendo detrás de los ojos. Ya no escuchaba el motor del pequeño avión, pero si los pasos acercándose.
Se había acostumbrado en el último año a reconocer cada sonido proveniente del exterior. Y la llegada del avión había sido tan devastadora para la paz habitual, que el retorno del silencio parecía haber sido con mayor fuerza que la habitual. Podía sentir el pesado cómo calzado se detenía un instante sobre la tierra árida, poco transitada, que se resquebrajaba con facilidad y luego, al instante, daba otro paso en dirección a la casa.
Tenía la opción de aproximarse a la ventana y observar a través del vidrio. Pero temía de encontrarse con más de una persona - por las pisadas sabía que solo era una, pero dudaba incluso de sus sentidos - y más que nada, tener que hacer uso de la escopeta. Una cosa era imaginarse apretando el gatillo para espantar algún animal salvaje de los que nunca faltaban, sobre todo por las noches, y otra, hacerlo para atacar a un intruso.
Un intruso, por otra parte, que no sabía quién era ni qué buscaba en aquel punto desolado del planeta. Aunque de algo estaba segura: había puesto en peligro a su hijo. Lo otro que la preocupaba es que nadie sabía que estaban allí.
De llegar a la vivienda, la vida de su hijo probablemente estaría otra vez en riesgo. Ese solo pensamiento fue suficiente. Abrió la puerta y la cerró tras de sí, con la escopeta apuntando hacia delante, el dedo preparado para accionar el gatillo y la mirada desbordada de miedo, el mismo de una fiera salvaje defendiendo su terreno.
A menos de diez metros, corriendo en dirección a ella, la figura de un hombre de gran porte, cabello oscuro, barba de varios días y una pistola al costado de su cintura. Al verla con un arma, instintivamente llevó la mano hacia la suya.
Ella no dudó.
El estruendo del disparo volvió a disipar el silencio, dejando un eco en el aire que se prolongó durante varios segundos, como si en alguna parte del extenso y árido lugar alguien más estuviera disparando una y otra vez, una y otra vez...
El hombre retrocedió dos pasos, con los ojos muy abiertos. Una mancha oscura comenzó a teñir su camisa clara. La tela estaba desgarrada a la altura del abdomen. En realidad, era un enorme agujero del que brotaba sangre. Primero cedió la pierna derecha y luego la izquierda, cayendo de rodillas al suelo.
La mujer se acercó, asegurándose de no quitar de la mira de la cabeza del malherido hombre. Siempre apuntando, sin dejar de resoplar con furia en forma repetida, expulsando el aire de su excitado cuerpo.
El hombre balbuceaba sus últimas palabras. El disparo había certero. Eran sus últimos segundos. La voz se quebraba, de la misma manera que los músculos dejaban de sostener la estructura ósea y de a poco, como una vieja esfinge olvidada, se iba desmoronando segundo a segundo.
Ella acercó el oído. Quería saber que tenía que decir, quería...
- Su... su esposo... él...
El corazón se le detuvo al tiempo que se le erizaba cara poro de la piel.
- ¿Mi esposo qué? - preguntó, primero vacilando, luego con convicción - ¿Qué pasa con mi esposo?
Pero el hombre se desplomó sobre su propia sangre. Fue un ruido sordo, asqueroso, como el del chapoteo de un caimán en un charco de agua y barro. Arrojó la escopeta lejos y lo zamarreó con fuerzas. Pero el intruso que había llegado en la avioneta no se movió.
- ¿Mami?
La voz de Franco la hizo retroceder. Corrió hasta la puerta y abrazó a su niño. No podía apartar la vista del cuerpo tendido en el suelo. Más allá, aquel armatoste mecánico ahora detenido, sin vida. Y esas palabras resonando en su cabeza.
- Tranquilo querido, estamos bien, no te preocupes, solo debemos esperar que papi regrese, solo eso.
Algo tan simple como esperar. Aguardar a que la silueta de su esposo se dibujara en el infinito horizonte de esa llanura árida, lejos de todo, en aquel lugar perfecto para volver a comenzar cómo solía llamar él a aquella aventura, esa a la que los había arrastrado a cambio de su libertad, de escaparle al destino que la sociedad quería para él.
Esperar su regreso, la comida, el abrigo, el resguardo, la compañía. Esperar en medio de la nada, los dos, juntos. Con un cuerpo pudriéndose a pocos metros y una aeronave - la más grande que Franco había visto en su vida - estacionada a menos de cien metros.
Esperar con esperanza.
A su esposo.
O con el tiempo, a la muerte.

11 de enero de 2016

La fuga

Lo miré al Marito y el me miró a mí. Con eso fue suficiente. Los dos habíamos visto la puerta abierta y a las dos autoridades hablando de espaldas a nosotros, a más de media habitación de distancia. No dudamos un instante.
Creo que pocas veces en la vida corrí tan rápido. Pensé que no me darían las patas, pero verlo al Marito que era el doble de mi tamaño estar delante en la carrera, supuso otro desafío y me esforcé al máximo a pesar de sentir el pecho a punto de reventar.
No quise mirar para atrás o por encima del hombro, porque ya me imaginaba los uniformes azules pisándonos los talones. Pero era la mente que jugaba una mala pasada, porque los únicos pasos que resonaban - prácticamente delatando la huida - eran los nuestros.
Vimos el tapial al mismo tiempo. Si bien nos superaba con amplitud en altura, sabíamos que podíamos escalarlo. Ganamos el patio casi a la velocidad del sonido. O al menos eso nos parecía, porque nos chiflaban los oídos frutos del cansancio. Y como si estuviéramos preparados para eso de nacimiento, al llegar al tapial brincamos con fuerza y alcanzamos el borde superior, asiéndonos con tenacidad y logrando encaramarnos a lo alto.
Una vez arriba, nos dejamos caer del otro lado. Estábamos fusilados. No podíamos ni respirar. El Marito parecía un tomate y si seguía resoplando, pronto sería salsa ketchup. Nos recostamos sobre la pared que acabábamos de sortear, dándonos un momento de descanso. Sabíamos que se percatarían pronto de la fuga e irían tras nuestros pasos, pero debíamos recuperar el aliento.
Comenzamos a escuchar las voces de alarma y para nuestra sorpresa, en lugar de asustarnos, nos echamos a reír, aunque tratando de no hacer demasiado ruido. Estábamos afuera, pero el viento podía hacernos una mala pasada.
La que gritaba más fuerte era Patricia, la directora. Chillaba pidiéndole a una de las porteras, con la prepotencia que siempre utilizaba para tratar a las mujeres vestidas de delantal azul, que buscaran a Cristian, el profesor de música para que saliera a la calle a buscarnos. Pero la vice, Gabriela, le espetó un "¿Para qué? ¡Si es un imbécil, no es capaz ni de encontrar la nata en la leche!".
En la vereda, seguíamos conteniendo la risa. Los chicos en el salón seguro se estaban divirtiendo como nosotros. Y como niños que éramos, hicimos lo que más nos gusta. Correr hacia la plaza a jugar a la pelota con los chicos del turno mañana, que como cada tarde se juntaban a hacer un picadito con arcos de remeras amontonadas y reglas enmarañadas.

6 de enero de 2016

Fausto, un karma

El asunto de los vasos comenzó varios meses después de la muerte de Fausto. Primero lo tomamos con incredulidad, como la obra de algún amante en la familia del humor negro. Pero luego, suceso tras suceso, asumimos el miedo que correspondía, la macabra y amarga realidad arrojada sobre nuestras existencias cual tierra sobre una tumba.
Fausto era mi primo, pero bien podría haber sido un vecino o un desconocido, porque como familiar era un verdadero hijo de puta. Es difícil describirlo, no por no encontrar palabras, sino porque cuesta reconocer ciertos aspectos.
Es que uno quiera o no, además de llevar el mismo apellido, de ser emparentado con él desde siempre, Fausto era como un chicle en el suelo, de alguna manera se pegaba molestamente a uno en el momento menos esperado.
Recuerdo un verano en el que su padre viajó al sur por trabajo y su madre no podía cuidarlo de día por haber conseguido un trabajo en la casa de una costurera – mi madre sostiene hasta el día de hoy que el único trabajo verdadero de esa mujer fue revolear la cartera en la ruta, pero esa es otra historia - quedando al resguardo de mi familia desde la mañana hasta el atardecer. Fue un espanto. Nos quitaba – a mis hermanos y a mí – los juguetes, nos los escondía, nos golpeaba, nos mentía, nos asustaba… y lo que era pequeño apenas si recibía algún que otro reto.
Creíamos que con el transcurrir de los años maduraría, se transformaría en un hombre correcto, pero fue todo lo contrario o mejor dicho, prosiguió con su línea de conducta, puliéndola al punto de convertirse en su juventud en un bravucón y estafador.
Dado que su físico no lo acompañaba, la primera “virtud” fue desapareciendo, incrementándose la segunda y ganando, con el paso del tiempo y la experiencia, otras aptitudes que bien podrían engrosar un (mal) currículum o prestigiar un prontuario.
Mencionar su nombre era como invocar al mismísimo diablo. Claro que un diablo muy propio, al que todos asociaban con nuestra familia, porque a partir de este verano nefasto su presencia en casa fue haciéndose cada vez más asidua merced a la poca disponibilidad horaria de sus padres, que cuando Fausto entró en su edad de la adolescencia directamente se borraron del mapa. De vez en cuando llegaban postales de diversos puntos del país, donde la pareja contaba sus idas y vueltas – siempre cercanas a lo trágico – en su desesperada búsqueda de prosperidad y bienestar.
Nos mantuvo en vilo por años, en los que se ausentaba durante largos días, la mayoría de las veces debido a terminar preso por cometer fechorías menores. Hasta que un día anunció su partida de la casa. Eso no fue suficiente para tenerlo siempre cerca. Volvía por dinero, por comida, por vestimenta. Incluso, a veces, por un lugar donde poder estar a solas con la novia de turno para meterle mano o asuntos más profundos.
Mis padres lo soportaron bastante, quizá por guardar la promesa a la sufrida mamá de Fausto – para entonces viuda y haciendo decenas de tareas para sobrevivir en el norte argentino según sus palabras – de estar pendientes en todo momento de su hijo.
En el barrio Fausto no era bien visto y por lo tanto, tampoco nosotros. Había estafado a casi todos los vecinos en algún momento de su vida. Nos hacían sentir culpable de cada acto que él cometía y hasta hacían correr la bolilla que éramos sus cómplices. Más de una vez la policía realizó requisas en nuestra vivienda.
Y cuando aquel día en la que – justamente – un efectivo de la Federal llegó entallado en su pulcro uniforme a notificar su deceso en una confusa balacera, parecía que el karma de Fausto se alejaba de nosotros, en realidad se estaba tomando un descanso.
Porque unos meses después empezó lo de los vasos.
Levantarnos por la mañana y encontrarnos con todos los vasos de la casa apilados en pirámide sobre la mesa de la cocina. Volver a la tarde y toparnos nuevamente con la escena, a sabiendas que nadie había estado en casa.
Asombrarnos y asustarnos al mismo tiempo al descubrir que a pesar de ser guardados en cajones bajo llave, al amanecer los vasos aparecían otra vez uno sobre otros, trepando hacia el techo ennegrecido de humedad.
Mamá llamó a un cura que bendijo la casa. Pero los vasos aparecían una y otra vez. Nadie mencionaba su nombre, pero todos teníamos el mismo pensamiento. Solo cuando la vieja de la esquina, que tenía tanta mala fama como nosotros en el barrio, aunque ella por ser algo pirada – le gritaban “bruja” a sus espaldas - nos dijo que esto era una forma de manifestarse desde el infierno (“porque dudo que haya ido al cielo”, acotó la casi senil mujer) de Fausto, solo ahí, pudimos reconocerlo abiertamente.
Es que tanto nos había hecho sufrir el condenado en vida, que nada queríamos hacer como para mandarlo a llamar ahora muerto. Pero de esa forma, a pesar de nuestro odio, volvió a instalarse en casa.
No sabemos por qué demoró tanto. Si acaso para lograrlo debió escapar de algún siniestro recoveco del infierno o bien, si todo forma parte de una misión castigo para quiénes no supimos encarrilarlo.
Lo ignoramos. Quizá todo este tiempo tan solo estuvo vagando en el más allá, pensando la forma de cagarnos la vida. Porque así era Fausto y así seguirá siendo.

31 de diciembre de 2015

La prueba final

Con paso vacilante, el hombre - entrado en años, según delataban sus arrugas, las canas, el temblequeo de las manos - entró al banco y se colocó en la cola.
Sus piernas, cansadas, comenzaron a flaquear. Solo una persona - una joven - se acercó a preguntarle si estaba bien, si necesitaba ayuda y con esfuerzo lo acompañó hasta una de las sillas.
- ¿Señora,  le guarda el lugar a este hombre? - preguntó la muchacha a quién se encontraba detrás del anciano en la fila. La única respuesta fue una mirada evasiva hacia otra parte.
Pero el hombre jadeaba, falto de aire y el lugar en la cola le pareció lo último en importancia.
- Ahora voy a avisar a la gente del banco así llama a un médico, ellos tienen cobertura... - el anciano la detuvo, sosteniendo sin fuerza su brazo.
- No se vaya...
- Ya vuelvo, solo quiero dar aviso...
Al tiempo que suspiraba, el hombre negó con la cabeza.
- Quédese - le pidió.
Ella no sabía qué hacer, miraba hacia todos lados y nadie miraba hacia donde ellos estaban. Tal indiferencia provocaba un ardor en su estómago, el deseo frenético de gritar y expulsar esa rabia que nacía en su interior.
- Mire, si tiene miedo a que me aleje para ya no volver, se equivoca, a diferencia de esta gente de mierda - elevó la voz en esas tres palabras - yo soy humana, tengo sentimientos, y me preocupan los demás. Solo iré a buscar ayuda para volver a su lado.
- Sé que de irse, volvería, querida. No tengo dudas de eso. Pero no es necesario que vaya, porque en realidad he venido por usted.
La joven notó que la respiración del anciano había mejorado, que las manos ya no temblaban, que incluso lucía radiante con esa sonrisa que le cruzaba de oreja a oreja.
- ¿Qué quiere decir con...? - no pudo completar la frase, porque la luz la cegó. Y mientras cerraba los ojos, casi de manera instintiva, escuchó la voz del hombre susurrada a su oído: "De todos los seres vivos, la indiferencia, en cambio de ti, pequeña, que el infortunio te arrebató la vida en plena calle, la esperanza... y por eso, el que te lleva soy yo".
Al abrir los ojos, desde muy alto, mientras parecía elevarse de manera extraña pero repleta de placer, vio un auto destrozado contra una columna y un cuerpo sangrando a su lado. En la puerta del banco, la mujer que estaba en la cola parecía ser la única de todas las personas allá abajo que miraba para arriba y agitando el puño al aire algo les gritaba... pero a nadie - al menos en la Tierra y en el Cielo - le importaba.

26 de diciembre de 2015

La difícil decisión de hacer algo con nuestras vidas

El calor era agobiante. En plena tarde, el aire caliente convertía la ciudad en un tejido ausente de viviendas y calles. Agustín no veía la hora de llegar a destino. Hacía diez minutos que caminaba casi a la par de su hermano mayor, Fernando.
Marchaban en silencio, aunque él reprimía de tanto en tanto las ganas de preguntar cuánto faltaba para llegar. Pero la advertencia de su hermano antes de salir había sido clara: "No abras la boca hasta que yo te lo diga".
Siempre había admirado a Fernando, en parte quizá porque era mucho más grande, pero también porque siempre había tenido ese aire a persona mayor. No jugaba con él y tampoco le tenía paciencia. No obstante, jamás le había levantado una mano a pesar de saber muy bien que entre sus amigos era bravucón y que los chicos del barrio le tenían miedo.
Pero el amor incondicional por su hermano llegó el día que atrapado entre la pared del baño y los puños de su padre, al borde del desmayo, escuchó su voz firme y determinante, exigiéndole que "dejara en paz al chico".
Su padre no lo hizo y Fernando le partió la cabeza con una silla. Desde entonces ya no vive en la casa pero su padre no ha vuelto a pegarle.
Anda en cosas raras, suele decir su madre, al hablar del hijo mayor. Agustín no es tonto, sabe lo que significa. Y por eso mismo, durante las últimas semanas, las veces que lo vio - porque Fernando siempre se acercaba a verlo a la salida de la escuela - le pidió una y mil veces que le permitiera hacer lo que él hacía.
Él no contestaba nunca por sí o por no. Pero ese sábado infernal, había ido a buscarlo temprano a casa.
- Voy con los muchachos ¿querés venir? - había preguntado desde la vereda, mientras él trataba de arreglar el escape de una moto que sabía, no tenía arreglo.
La palabra "muchachos" era importante. No podía imaginarse quiénes serían, pero como en esa vieja película que había visto alguna vez, los "buenos muchachos" no eran para nada buenos. Fernando lo estaba llevando nada menos que al lugar secreto donde se reunían.
Por eso el silencio, la larga caminata, los caminos inhóspitos por donde lo llevaba. No conocía aquel sector de la ciudad. Ninguna casa parecía estar terminada, sin embargo podía verse ropa tendida afuera, el sonido de lo televisores dentro. Hogares de ladrillo a flor de piel, techos de chapa, calles de tierra. Entonces, Fernando se metió a un pasillo muy angosto. Agustín dudó, pero fueron pocos segundos. Enseguida estaba tras los pasos de su hermano, que a mitad de camino dobló hacia la derecha y se metió en una de esas casas a medio terminar.
- Este es el pibe - dijo como presentación a una sala semi vacía, en la que los únicos muebles eran un sillón viejo de tres plazas, donde había dos jóvenes sentados y una silla delante de un escritorio, en la que estaba encendida una computadora.
Su hermano se sentó en el lugar disponible en el sillón. Otro de los jóvenes le señaló a Agustín con la cabeza un banquito en un rincón, que había escapado de su primera inspección ocular.
- Acercate - fue la orden.
- ¿Hay algo Gonza? - preguntó Fernando al chico que manejaba la computadora. Tenía abierto Facebook.
- Cómo haber hay, pero viste como es, falta algún que otro chequeo - respondió el tal Gonza.
- Tenemos marcados dos perfiles - anunció el que estaba sentado al lado de su hermano - uno viene anunciando hace unos días que sale de vacaciones y otro ya está subiendo fotos de la costa.
- ¿Chequeados?
- Maso - dijo el que aún no había hablado - Es decir, los de la costa si, pero el pendejo que va a cuidar la casa es cualquiera con los horarios men. Medio peligroso.
- ¿Y el que viene anunciando que sale?
- Se va hoy, pero es en un segundo piso y abajo vive un rati.
- Y no de los nuestros.
- No, uno que hace buena letra.
- Qué leche.
- Mirá, trajiste suerte - avisó Gonza - Con este otro perfil tengo unos que siguen la página de chistes, parece que están en Córdoba... desde hoy arrancaron a subir fotos, al mediodía.
- A ver - los tres que estaban en el sillón se pusieron de pie y se acercaron a la pantalla.
Agustín se levantó y trató de mirar por encima de los hombros de los demás.
- Fijate, foto de la mina ésta con los hijos en la sierra, la mina comprando boludeces en un puesto de artesanos, la hija de la mina que es más fulera que la mierda probándose un poncho...
- Pendeja pelotuda, con el calor que hace...
- Otra vez la mina y los hijos, en caballo.
- ¿Qué onda, tiene marido, quedó alguien acá?
- El tipo debe ser el que saca la foto. En la descripción de las fotos pone "la familia completa visitando esto, la familia completa visitando lo otro"...
- Bien - dijo con entusiasmo Fernando - ¿Sabemos donde viven? Con el pibe puedo ir a dar una vuelta.
- Me parece bien, pero que vaya con cuidado. El golpe no te preocupes, que la cana nos presta al Parolo el sábado, una salida transitoria. Por ahí puede ir el pibe, así aprende a sostener el caño.
Fernando asintió con la cabeza. Tomó el papel que le pasó Gonza con la dirección y condujo a Agustín hasta afuera. Nuevamente el calor, con el sol pegando a pleno.
- Esta es la mejor hora para andar, aprendelo. Con este calor todos están encerrados con el aire puesto o en un club mirándose los culos.
El hermano menor movió la cabeza afirmativamente.
- ¿Te comieron la lengua los ratones que no hablás?
La pregunta lo sacó del estado de tensión en el que estaba.
- Nnn... no... vos me dijiste que no abriera la boca hasta...
Fernando lanzó una carcajada.
- ¡Boludo! ¿Y si no te decía nada no ibas a hablar? Qué pelotudo... - dijo entre risas - Está bien, veo que hacés caso, eso es bueno. Los que no hacen caso, terminan mal. Si uno quiere andar de este lado de la vida, tiene que hacerlo con cuidado. Ahora mismo vamos a ir a la casa de esa gente que se saca fotos en Córdoba y vigilar que esté liberada. Si lo está, un flaco de la banda que está entre barrotes la desvalija el sábado a la noche.
- ¿Y cómo nos damos cuenta?
- Estando atentos a los detalles y parando la oreja. Vamos a estar un par de horas en la zona, escuchar a los vecinos, tomando nota de los movimientos. Después van a venir los otros. Nos vamos rotando. La idea es que no despertemos sospechas. Y al mismo tiempo, estudiar la casa.
- Ok
- ¿Te das cuenta lo que hago? ¿Lo que vamos a hacer? ¿Te das cuenta, no?
- Si
- Y comprenderás entonces que de esto, ni una palabra a la vieja y menos al viejo.
-  Seguro
Fernando lo miró de reojo. Confiaba en su hermano, pero nunca estaba de más un recordatorio.
Fueron hasta la dirección anotada en el papel y recorrieron la zona hasta la hora de apertura de los comercios. La vivienda tenía las persianas bajas, la alarma conectada y rejas en la parte delantera. Recién por la noche podría averiguar si también en el patio las condiciones eran similares. La sensación era de estar cerrada, sin nadie que la estuviera cuidado.
Antes de un robo, le confió Fernando a Agustín, mercaban las casas desde las redes sociales aprovechando el estúpido comportamiento de mucha gente de informar paso a paso su vida. Lo que debían confirmar era si a pesar de no estar sus moradores habituales, otra gente cuidada la propiedad. Eso llevaba un par de días.
- ¿Y cuántas casas desvalijan por semana? - preguntó ya de regreso Agustín.
-  Depende, la semana pasada fueron tres. Este fin de semana solo haremos una. Si desvalijamos muchas, llega a los diarios o a las radios y entonces la gente se cuida más, pone alarmas, rejas. Y si bien no son impedimento, te hace laburar más.
Agustín siguió yendo al búnker toda la semana, siempre acompañado de su hermano. De a poco fue conocimiento más a la banda, y también los sobrenombres de los otros dos, Jota y Kilo.
El día previo al robo Kilo llegó con otro dato más. A la familia ya le habían robado dos veces en el año.
- No debe ser muy segura por detrás - acotó Gonza, que seguía marcando perfiles potenciales - La familia sigue de viaje, ahora cambiaron de localidad, pero están aún en Córdoba. La mina esa me tiene los huevos al plato, siempre ella en las fotos. El marido es un pelotudo, no sale en ninguna foto pero debe estar cargando la cámara todo el día.
- Parolo sale el sábado a última hora. Tiene que estar en la puerta de la comisaría antes de las siete, que llega el comisario. Así que después de medianoche atacamos. ¿El pibe se la banca?
La pregunta era para Fernando, pero Agustín no perdió su chance de hablar.
- Claro que me la banco, yo quiero estar.
- Entonces venís, me gusta la actitud - remarcó Jota,
Cada tarde Fernando acompañaba unas cuadras a su hermano de regreso a casa.
- ¿Estás seguro Agustín que querés esto? Yo muchas chances no tengo, desde que me fui de casa me las rebusqué, pero vos...
- Me gusta, además, si lo hacés vos...
- Porque lo haga yo no significa que no sea lo mejor. No te niego que pueda vivir bien, pero estás siempre al filo. Es una vida marginal.
- Me parece bien. Ni bien tenga algo de plata, me largo de la casa.
- ¿Y vas a dejar a la vieja sola?
- Si no se va, por algo es. Desde siempre la caga a palos. Es verdad que desde que te fuiste, paró un poco. Pero borracho vuelve siempre. Y ella está siempre ahí.
- ¿Y dónde querés que vaya?
Agustín no respondió. Si su hermano se había ido, él también quería hacerlo. La idea de dejar la casa, la escuela, y volver parte de los "muchachos" lo tenía entusiasmado. Hacer algo de su vida, eso es lo que soñaba cada noche.
El sábado fue la primera vez que fue a la casa del pasillo solo. Llegó incluso antes que su hermano. Tuvo tiempo de estar un rato con Gonza y que éste le explicara mejor cómo funcionaba el tema de espiar a la gente por las redes sociales.
Cuando lo llegaron los demás, abrieron unas cervezas que guardaban en una heladera portátil. Al caer la noche, llegó el tan nombrado Parolo. De baja estatura, mirada huidiza y una extraña vibración en cada movimiento.
Partieron en dos autos en medio de la noche. En la zona no había alumbrado público, por lo que la oscuridad era más cerrada. Los faros delanteros era toda la iluminación con la que contaron hasta salir del barrio.
La casa estaba en total silencio. Pasaron por delante y siguieron de largo, al menos tres calles. Habían estudiado como llegar al patio desde los techos lindantes. En el momento indicado, Kilo acercaría uno de los autos para poder cargar lo robado. A la casa entrarían Parolo, Fernando y Agustín. Los tres portaban armas. Gonza no iba nunca a los asaltos y Jota manejaba el otro coche.
Parolo conocía a la perfección su oficio, no por nada era el preferido de los policías a la hora de dejarlo salir. Iban a porcentaje. Además, en caso de sonar una alarma, le garantizaban un tiempo extra para poder escapar. De todas maneras, puso desactivar la alarma y en pocos minutos quitó las rejas de una de las ventanas.
- Por eso robaron dos veces en esta casa - sentenció - Es muy fácil entrar.
La ventana daba a una habitación, por los juguetes en el suelo, la de los niños. La puerta al pasillo estaba abierta. La luz de la luna les permitía divisar las formas de los objetos. Fernando le advirtió en voz baja a su hermano que por nada del mundo encendiera una luz. Podía delatarlos.
El pasillo daba a varias puertas. Parolo señaló en cambio hacia la abertura principal, que llevaba con seguridad al living de la vivienda.
- Comencemos por adelante y vayamos hacia atrás - fue su orden.
Se movieron en bloque hasta llegar al living. Se podía reconocer un diván de cuero a menos de un metro y una gran mesa en el centro. Parolo sacó de su bolsillo una linterna y dijo casi en un susurró que sería la única luz que usarían.
El haz de la linterna recorrió las paredes. Algunos platos de adorno y un par de cuadros grandes. Nada de valor. A un costado, un viejo aparador con puertas de vidrio contenía copas, vasos y todo tipo de vajillas. Podían obtener un buen dinero por todo, pero no valía la pena el esfuerzo.
Avanzaron hasta el otro extremo de la mesa y el presidiario barrió con la linterna la pared más lejana. Su movimiento fue veloz, no obstante algo le llamó la atención. Regresó la luz hacia el centro y con estupor la detuvo.
El rostro de un hombre con los dientes apretados los miraba repleto de rabia. El caño de una recortada asomaba apenas en el círculo de luz que proporcionaba la pequeña linterna. Recién entonces escucharon la respiración entrecortada del hombre. Fernando alcanzó a ver entre las sombras varios tupper con comida, botellas de agua... el hombre se había instalado a esperar, el hombre no había viajado a Córdoba...
Se escucharon tres disparos, tres fuertes estruendos. Y media hora más tarde, arribó la policía. Para entonces los dos coches estacionados a tres calles, habían desaparecido. Dentro de la casa, el hombre aún permanecía sentado en el suelo, espaldas a la pared, con la escopeta en la mano. Los cuerpos tendidos a sus pies en un charco de sangre eran prueba irrefutable del destino.
La noche se había encandilado de luces azules refulgentes, acompañada por el ulular de las sirenas que solo entonan gritos de desgracia, locura y muerte, mientras las ventanas de las casas contiguas cambiaban del oscuro sopor al iluminado desvelo, la fatídica duda y la morbosa curiosidad de la que estamos hechos.
Al mismo tiempo, en Facebook, alguien subía una nueva foto celebrando sus vacaciones. Y alguien, en alguna parte, tomaba nota en silencio.

17 de diciembre de 2015

El abominable monstruo del jardín

Vio a la criatura cuando lavaba los platos, a través de la ventana chica de la cocina. En realidad, no alcanzó a verla del todo, sino su abominable sombra escabulléndose entre los árboles del jardín. Lo suficiente, diría después al cronista del periódico local, como para correr al teléfono y hacer la denuncia.
La policía buscó en los alrededores del vecindario y en los campos lindantes. La zona donde estaba emplazada la pesquisa era bien al oeste, donde la localidad terminaba y le daba paso a una extensa llanura que se extendía cinco kilómetros hasta el siguiente pueblo, otro sitio olvidado en la recóndita pampa húmeda argentina.
Cuando el patrullero llegó, Irma aún se estaba secando las manos en el delantal. Estaba visiblemente nerviosa, no obstante, asumía con hidalguía el rol de "única testigo". Luego llegarían los reporteros, los vecinos y más tarde, su marido.
- ¿Qué es todo esto, Irma? - preguntó contrariado, bajando del tractor de los Santos, que siempre tomaba prestado para ir y venir a su trabajo en los campos situados unos tres kilómetros al norte.
Su mujer le pidió guardar la compostura. No era para menos. Estaba a punto de salir en directo para el noticiero del canal de cable.
Cuando solo quedaron los dos, Rodolfo quiso saber bien que había pasado.
- ¿Un monstruo, estás segura? - a pesar de haberla oído repetir al menos una decena de veces la misma historia a todo el que preguntara desde que había llegado a casa, aún no podía creer lo que su esposa estaba diciendo.
Irma se ofendió, como era de esperar. Arrojó el delantal sobre la mesa y anunció que se iría a comer a lo de su madre.
- Sola - le aclaró un segundo antes de dar un portazo.
Rodolfo se preparó una milanesa con dos huevos fritos. Hubiese querido acompañar el plato con papas fritas, pero solo a Irma le salían crocantes como a él le gustaban. Se acostó temprano, mirando en la repetición del noticiero la imagen de su mujer hablando en el frente de la casa, sin dejar de gesticular y señalar hacia el patio.
Despertó sobresaltado en la madrugada y buscó con la mirada el cuerpo dormitando de Irma a su lado. No lo encontró. Encendió la luz. Eran las tres. Primero se preocupó, luego se enfadó. No podía creer que su mujer se hubiese ofendido de tal manera como para dormir en lo de la madre. Ya no era una chiquilla, tenía sus responsabilidades... escuchó ruidos en el patio.
Se levantó sin siquiera calzarse las pantuflas. Descalzo avanzó en la oscuridad, tanteando las paredes para evitar tropezar y espantar al intruso. A esa altura, estaba seguro que era alguien. Podía sentir los pasos que venían del exterior. Alcanzó a agarrar un viejo paraguas y puso la mano en el picaporte de la puerta trasera. Con la punta del paraguas accionó el interruptor de la luz del patio y abrió la puerta. Salió casi dando un salto, blandiendo el paraguas.
Quedó petrificado. Allí estaba, enorme, de más dos metros, imponente y al mismo tiempo, bestial. Su rostro peludo, sus brazos anchos, el torso firme y preponderante, las piernas tan robustas como troncos de árboles señoriales... y tomada de la mano, con una sonrisa que le surcaba el rostro de oreja a oreja, Irma.
- ¿Irma... es... es el monstruo? - preguntó balbuceando Rodolfo, que para entonces había olvidado por completo que estaba en pantuflas, calzoncillos y con un paraguas en la mano.
Ella lanzó una carcajada y con un ademán, lo hizo a un lado.
- ¡Ay, si! ¡Pero es de divino!
Luego entraron a la casa y cerraron la puerta al pasar. Con llave. Rodolfo, sin salir de su asombro, escuchó a la brevedad sonoros aullidos y los gritos de su mujer.
No pedía auxilio, por cierto.

11 de diciembre de 2015

El cuento del tío

A una cuadra pueden observar el movimiento de los chicos saliendo de la escuela, desperdigándose como hormigas antes de la lluvia. Dentro del coche hay silencio, pero el humo del cigarrillo torna irrespirable el aire.
- ¿Puedo bajar un poco la ventanilla? - preguntó el hombre sentado en el asiento del acompañante, que hace lo imposible por no toser.
- Ni se te ocurra - le advierte el otro ocupante del vehículo, que mira fijamente por encima del volante, mientras se lleva la mano a la boca para darle otra pitada al Rodeo que tiene entre los dedos - Por algo tengo el polarizado, para que no nos junen.
El hombre comenzó a toser. Con desdén, el otro apagó el cigarrillo.
- Mirá que sos flojo Anguila, si un poco de humo te hace eso, no me quiero imaginar si te prendieran fuego los pantalones...
- Si tuviera fuego en los pantalones, lo que menos me preocuparía sería el humo, Carancho - a pesar que el cigarrillo había sido apagado, aún sentía que le faltaba el aire.
- ¿Pensás ahogarte? -  Carancho miraba al otro con asombro, que ahora no paraba de toser - Mirá que si me cagás el plan...
- Dame un... cof cof... dame un minuto - le pidió Anguila, colorado por el esfuerzo.
- Tenemos que esperar que se despeje la pibada. Cuando ya no quede ninguno de esos enanos felices, nos acercamos.
- Tendríamos que haber estacionado un poco más adelante, Anguila.
- ¿Estás loco, vos? Más adelante está la escuela, con lo histéricos que son los padres ven el Chevy estacionado más de media hora y llaman a la policía. Nos denuncian por depravados o por miedo a que seamos secuestradores de chicos.
- No justo enfrente, pero más para allá, estamos a casi dos calles...
- Más para allá hay una financiera, nos quedamos estacionados un rato y se piensan que los vamos a robar a la hora del cierre...
- Cómo lo pintás pareciera que no se pudiera estacionar en este país...
- ¡Es que es así, Anguila! ¡Es así! Allá porque hay estacionamiento medido, acá porque hay un garaje, en la otra cuadra porque está la escuela, en la loma del orto porque piensan que vendemos drogas, es así, tenés que estar atento a todo, por eso el que piensa acá soy yo y no vos, punto.
Silencio. Anguila suspiró y jugueteó con su reloj. El Carancho amagó con encender otro vicio pero recordó que a su compañero le molestaba y descartó la idea dando un chistido sonoro.
- ¿Qué te pasa? - preguntó el Anguila.
- Nnnn... nada - el Carancho se moría por un cigarrillo.
- Mirá, allá hay una farmacia.
- ¿Y?
- No sé, por ahí puedo conseguir unos caramelitos para la tos.
- ¡Pero aguantate esa tos, me cago en vos! Mirá si vas a mostrar la jeta por el barrio. Solo a mí se me ocurre traerte, solo a mí...
El Anguila se prometió no abrir la boca nuevamente, sin embargo, treinta segundos más tarde, mientras a su lado Carancho seguía refunfuñando, anunció con entusiasmo que la calle estaba al fin despejada.
- Acá vamos - dijo Carancho y arrancó el auto.
Dos cuadras más adelante detuvo el motor delante de una casa de frente pintado de blanco, con puerta y ventanas en madera.
- Che... - dijo Anguila - la Betty te habrá batido bien el nombre de la piba ¿no?
- La Betty es de fierro, y no es ninguna pelotuda, o te creés que la escuchó una sola vez a la vieja en la peluquería... - dejó caer un bufido, no de fastidio, sino de suficiencia - Al menos tres cortes de pelo le hizo a la vieja antes de estar segura de todos los datos. Viste como es la gente grande, primero no largan nada, pero cuando entran en confianza te dicen hasta el número de bombacha que usan.
- El talle...
Carancho la dejó pasar. Luego, tras cruzar una mirada en la que reforzaron todo lo planificado en los últimos días, bajaron del coche. Los dos estaban bien vestidos, nada demasiado formal pero con buen aspecto.
- Ajustate el cuello de la camisa - le ordenó Carancho a su compañero.
Una vez que comprobó que estuviera hecho, golpeó a la puerta tres veces.
Los atendió un hombre mayor, de semblante cansado. Las arrugas le acanalaban la frente al tiempo que el poco cabello canoso, algo raleado, le confería más años de los que seguramente tendría. Poco lo ayudan los vellos blancuzcos que sobresalían de las fosas nasales y que crecían en las orejas como yuyos en maceta.
- ¿El señor es don Alejo Ferreyra?
Con ojos de pocos amigos, algo desconfiado, el viejo los relojeó de arriba abajo y largó la contra pregunta.
- ¿Quién dice que lo busca?
- ¿Alejo Ferreyra, el papá de Nadia? Nadia, de España. España, Sevilla...
- ...
- Nadia, en fin, nosotros estuvimos por España, aquí con mi hermano, que me acompaña, y la hemos conocido...
- ¿Conocieron a Nadia?
- Si, si, a Nadia. Nadia Ferreyra, su hija. La que está en España desde hace veinte años.
- ...
- Bien, y verá, para ella fue una sorpresa saber que éramos de la misma ciudad, imagínese allá lejos, a tanta distancia, y de repente se encuentra con gente que ha caminado las mismas calles, ha visto los mismos árboles, las mismas esquinas...
- ¿En Sevilla la conocieron? A esa ciudad viajó, pero...
- Si, si. En Sevilla, pero...
El Anguila algo vio en los ojos del viejo, porque se adelantó y abrió la boca.
- Pero paseando, ella nos dijo que estaba viviendo en...
Buscó en vano un milagro en los ojos del Carancho, sabiendo la mirada inquisidora del viejo bajo el umbral de la puerta.
- ... en Barcelona. ¡Joder tío! No me salía el nombre...
El viejo miró por encima del hombro, hacia el interior de la casa.
- ¡Vieja! Vení un cacho, haceme el favor.
Una mujer frágil de cuerpo y grande de edad se asomó por el espacio que su esposo dejaba al descubierto, entre su prominente panza y la puerta.
- Hola, ¿qué venden estos muchachos? - preguntó inocentemente.
- No señora - dijo riendo el Carancho, a quién le había vuelto el alma al cuerpo luego de quedarse petrificado segundos antes,
- No venden nada vieja, dicen que conocieron a Nadia en España - terció su marido.
- ¿A Nadia? - dijo sorprendida la mujer, abriendo enormemente los ojos, aprovechando para estudiar a los dos desconocidos - ¡Pero qué chico es el mundo! - afirmó con una sonrisa.
Anguila y Carancho respondieron con risas nerviosas.
- ¿Y qué los trae por acá? ¿Traen alguna postal? - preguntó con cara de pocos amigos el padre.
- Algo mejor que una postal - anunció el Carancho - Les traemos un cheque.
Los que cruzaron miradas ahora fueron marido y mujer.
- Si, un cheque bastante jugoso, porque se dio algo muy gracioso, fuimos juntos a un casino y tuvimos una noche de suerte...
- Mucha suerte - acotó innecesariamente el Anguila.
-  Y cobramos un buen dinero y ella quería participarlos a ustedes, como una sorpresa. Y vamos a ser sinceros, ella ganó más que nosotros, así que nos dio un cheque para que cobráramos aquí en Argentina, porque como se imaginará, no podíamos entrar con ese dinero en las maletas. Parte de esa plata, gran parte vamos a decir, es de ustedes.
- ¿Nadia nos manda plata? ¿Escuchaste eso, viejo? - dijo la anciana mujer.
El viejo respondió con una especie de gruñido o algo semejante.
- Pero hay un problema - continuó Carancho - Nosotros estamos viajando esta noche y en la financiera nos podrían pagar el cheque recién mañana, lo que es un inconveniente. Entonces pensamos con mi hermano, que quizá lo que podríamos hacer es dejarles el cheque a ustedes y que nuestra parte, si no es molestia, nos lo dieran en efectivo. Total, después ustedes cobran el cheque y listo.
El matrimonio volvió a cruzar una mirada.
- ¿De cuánta plata estamos hablando? - el viejo fue al grano.
- El cheque es por treinta mil euros, pero dieciocho son para ustedes, es decir que lo de nosotros son apenas doce...
- Mire mijo, euros no tengo...
- Pero no mi amigo, Betty... perdón, Nadia ya nos dijo que usted es de ahorrar en moneda nacional y nos parece perfecto, es más, hasta hablamos con mi hermano de hacer la conversión al cambio oficial, nada de cotizaciones paralelas ni ocho cuartos. ¡Son los padres de Nadia, carajo!
La desconfianza permanecía en los ojos del viejo. Anguila y Carancho sentían la tensión propia del momento, de los gajes del oficio como solían decir, pero había una especie de estática en el aire que les carcomía los nervios.
- Pasen - dijo finalmente el hombre.
Se sentaron a la mesa, en una cocina bastante simple. La mesa era para no más de cuatro personas. En las paredes colgaban platos antiguos y la heladera estaba plagada de imanes de delivery.
- Los adornos eran de mi madre, yo odio el rol de cocinera - dijo la mujer, casi leyéndole la mente a sus visitantes.
- Entonces ustedes me dan el cheque y se llevan su parte en pesos. ¿Eso pautaron con Nadia?
- Eso mismo señor... - poniéndose a la defensiva - pero si usted prefiere hablar con ella por teléfono, no digo ahora, sino más tarde, no hay problema, nosotros somos gente de palabra pero nada como la palabra en la voz de un hijo, eso lo entendemos y sin más que decir, nos ponemos de pie y seguimos viaje y cuando estemos de vuelta por la ciudad, completamos este trámite.
Para entonces, Carancho y Anguila se habían puesto de pie. Era una escena ensayada. Un instante crucial.
El viejo llamó a su esposa al pasillo. Hablaron durante unos segundos, casi en un cuchicheo, Ella afirmó con la cabeza. Entonces él hizo una señal: esperen.
Volvieron a tomar asiento. La mujer les trajo un café a cada uno. A los diez minutos, Alejo Ferreyra volvió a la cocina.
- Vengan conmigo - pidió.
Anguila apuró su café. Su compañero, ansioso, lo dejó por la mitad.
Lo siguieron por el pasillo, pasando por delante del baño, hasta llegar a la habitación más alejada. La puerta estaba abierta y una cama matrimonial que con seguridad ocupaba el centro mismo, estaba desplazada en diagonal al menos uno o dos metros.
A la vista había quedado el piso de cerámicos, al que le faltaban varias piezas. La superficie debajo de los mismos no era material, sino tierra.
Carancho sonrió casi con complicidad, mientras codeaba al Anguila.
- Viejo perspicaz - dijo riendo - ¡Así que aquí esconde el dinero que ahora!
El hombre lo miró con ojos perturbadores.
- No - dijo tajante - Aquí está enterrada la nena.
Algo caliente y viscoso salpicó el rostro de Carancho, que de inmediato se giró hacia el Anguila. Éste no había tenido tiempo ni de gemir, con el cuchillo Tramontina incrustado en el cuello y la sangre saltando por doquier. El mango aún seguía aferrado por la mano manchada y arrugada de la vieja. No hubo tiempo para nada más. Apenas si vio venir el zarpazo del viejo, armado con un oxidado puñal. Sintió un escozor debajo de la oreja y luego, nada más.

10 de diciembre de 2015

¡Un premio en historieta!

A veces las muy buenas noticias arriban cuando uno menos se lo espera. La vida es así, un vaivén de momentos. Y fue una alegría recibir el mensaje de un dibujante que admiro y que a pesar de no conocer personalmente, aprecio como persona: Pablo Dell'Oca.
El mensaje, en resumidas cuentas, decía que lo habían llamado por teléfono para anunciarle, desde el Ministerio de Cultura de la Nación que la obra que habían presentado al Concurso Federal de Historietas, con Pablo a cargo del dibujo y yo del guión, había obtenido el primer premio.
La alegría fue inmediata e inmensa, sentí ganas de darle un abrazo a Pablo a pesar de la distancia. Una satisfacción muy grande, por la magnitud del certamen.
En el día de hoy ese adelanto de la noticia se concretó en algo oficial, porque desde la web de Cultura (¡la que tiene el punto gob punto ar al final!) publicaron lo siguiente:


El Ministerio de Cultura de la Nación anunció los ganadores del Concurso Federal de Historietas.

El jurado, conformado por Oscar Steimberg, Enrique Alcatena y Patricia Breccia —en la categoría historieta—; y Juan Pablo González (Max Cachimba), Juan Sáenz Valiente y Horacio Lalia —en la categoría tira diaria—, premió a veinte dibujantes y guionistas aficionados, que presentaron trabajos sobre mitos y costumbres de la Argentina.

Las tres mejores obras de cada categoría recibirán $10.000 (primer puesto), $6.000 (segundo puesto) y $3.000 (tercer puesto), mientras que los veinte trabajos finalistas formarán parte de antologías que se publicarán con el título “Historietas argentinas”, y se difundirán en suplementos periodísticos de tirada nacional.

El certamen es impulsado por la Secretaría de Políticas Socioculturales y se propone revalorizar la producción de guiones e historietas como modo de expresión artística. A la vez, promueve el surgimiento de nuevos artistas en un género de fructífera tradición e historia en el país.

Ganadores categoría “Tira diaria”

1º Premio: “Cactus Juan y Dominga la Coya”, de Luis Hernán Castelli (Ciudad de Buenos Aires).
2º Premio: Sin título, de Gustavo Soria (Ciudad de Buenos Aires).
3º Premio: Sin título, de Andrés Farías (Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires).
Finalistas categoría “Tira diaria”
“Bondi”, de Darío Oliva (Claypole, provincia de Buenos Aires)
“La monótona vida del Sr. G”, de Julián Sanzeri (Rosario, Santa Fe).
“Costumbres Argentinas”, de Damián Carlos Hadyi (Remedios de Escalada, provincia de Buenos Aires).
Sin título, de Dalmiro Zantleifer Ojeda (Bolívar, provincia de Buenos Aires).
“La Kuñataí”, de Leandro Ubaldo Singh (Rosario, Santa Fe).
“Tres tristes trucos”, de Nahuel Nicolás Bardi (Rosario, Santa Fe).
Sin título, de Emilio Eduardo Arias (Río Grande, Tierra del Fuego).

Ganadores categoría “Historieta”

1º Premio: “La yerba mate y el yaguareté”, de Pablo Dell´Oca y Ernesto Parrilla (Ciudad de Buenos Aires).

2º Premio: “El intocable”, de Julián Camezzana (Mar del Plata, provincia de Buenos Aires).

3º Premio: “La visita de Don James”, de Mariano Antonelli (Viedma, provincia de Río Negro)
Finalistas categoría “Historieta”
“Zoilo, el lobizón de Punta Porá”, de Néstor Omar Fabozzi (Santa Rosa, La Pampa)
“Tal vez alguien le rece un bendito”, de Víctor Marcelo Páez (Ciudad de Buenos Aires).
“Yaguareté”, de Jonhattan Balcázar Durán (Ciudad de Buenos Aires).
“Malambogedón”, de Ariel Román Noriega (Malagueño, Córdoba).
“Luz mala”, de Luciano Rodríguez Riva (Vedia, provincia de Buenos Aires).
“El aguante”, de Iván Federico Zigarán (ciudad de Córdoba).
“El nido de hornero”, de Gustavo Omar Martínez (Granadero Baigorria, Santa Fe).

Fuente: http://www.cultura.gob.ar/noticias/ganadores-del-concurso-federal-de-historietas/

Qué el jurado además haya estado compuesto por Quique Alcatena, Patrica Breccia y Steimberg también tiene un gusto especial, sobre todo - perdón que ponga uno por encima de los demás - la figura de Enrique, alguien a quién admiro muchísimo.
Solo me queda agradecerles, tanto a ellos integrantes del jurado, como a Pablo por haber transformado en una obra de arte un simple guión y a Felipe Ávila, que me contactó con este gran dibujante, que merece ser conocido y reconocido.
Ojalá pronto poder acceder a todas las obras finalistas, de artistas que llegaron a esta instancia y a quién aprovecho también para felicitar.



30 de noviembre de 2015

Series

Sus días se diferenciaban y dividían en ficciones. Así como su mundo físico se reducía a una pequeña habitación, el universo de su existencia se expandía más allá de lo imaginable.
No había lunes, martes, miércoles... tampoco las dos de la tarde, las tres, las cuatro... ni meses, ni años. Su forma de capturar el tiempo era otra.
Sabía que al despertar, luego del desayuno, era el momento de los Expedientes X. Luego, Criminal Minds. A continuación, CSI Miami. La lista era extensa, hasta llegar a MacGyver. Finalmente apagaba las luces y descansaba hasta que el sol comenzaba a filtrarse a través de la ventana y era el instante preciso para comenzar la jornada mirando House.
Las series proseguían una tras otra, en un orden predeterminado, casi obsesivo, quitando cada tanto alguna, sumando algún estreno, colocando alguna reposición ya vista pero considerada necesaria. Una continuidad que solo se frenaba para alimentarse, hacer las necesidades fisiológicas o permitir algún cambio de ropa o sábanas.
El breve contacto con la servidumbre se limitaba a aguardar en silencio que se marcharan una vez que ingresaban ya sea para llevar la comida o limpiar el lugar y claro, entregar la hoja arrancada de la libreta de anotaciones donde hacía el listado de series que quería disponible en el disco rígido portátil que en cada despertar ya aparecía conectado a su televisor de pantalla plana de 50 pulgadas empotrado en la pared frente a su cama,
Y mientras las imágenes se sucedían en dramas, policiales, ciencia ficción y comedias dentro de esa habitación, en el resto de aquel lugar rostros tristes y apagados corrían de un lado a otro para que todo estuviera bien, que nadie se preocupara por la reclusión obsesiva del magnate, que la señora tuviera siempre a tiempo sus pastillas antidepresivas, que los jóvenes herederos fueran atendidos en todos sus caprichos y que desde el boulevard la imponente mansión se viera impoluta, esplendorosa, reluciente como un diamante.
Como en las series, la vida es un capítulo tras otro, con mayor o menor maquillaje, con menos o más efectos, como mejor o peor dirección, hasta que las horas dejan de ser tales, los días pierden sus nombres y el tiempo se convierte en un transcurrir sin sentido, destinado al fracaso y el olvido o el éxito y la repetición continua.

26 de noviembre de 2015

Poros opuestos

La pereza del campo que no es tal, esa mentirosa siesta burlona que parece una postal del no hacer pero que equivale al descanso ganado tras horas tempranas con el cuerpo entre el suelo y el cielo, boceto de una llanura domesticada con el tiempo, dueña de sonidos tan propios que adormecen con su armonía hasta al más guapo o desconfiado, de colores que envuelven y transportan a una existencia sin reloj, de horas eternas que no se mueven, de noches estrelladas y frescas, atravesadas por la brisa de la vida misma.
Don Pascual se mece en su silla, la que tiene una pata más corta atrás, su favorita, jugando con el equilibrio de su figura avejentada, de piel ultrajada por el sol, de manos hechas de pura herramienta, callo sobre callo, esfuerzo sobre esfuerzo. Lleva su mirada más allá de los límites de sus tierras, barre con la vista todo alrededor aunque así no lo pareciera. Es que con los años el observar se vuelve un arte y no hacen faltas movimientos. Cada sentido está puesto en ello, no solo el destinado a sus descoloridos ojos marrones.
Anita se acerca. Su abuelo ya sabe que está allí, pero no interrumpe su andar. La pequeña intenta una broma y le toca con la punta de los dedos el hombro izquierdo. De inmediato corre hacia el otro lado. Pascual sonríe y mira de todas maneras hacia el lado que sabe, ya no está su nieta. Ella celebra el éxito con un chillido. Su abuelo se hace el sobresaltado y ambos terminan en un abrazo estrecho, entre risas y falsos quejidos de la niña, que sin intención de lograrlo, se revuelve para zafar de los brazos aguerridos de su querido "abu".
La faena termina con Anita en la falda del abuelo. Ahora ambos contemplan el campo, la vasta extensión de verde interrumpido aquí y allá por árboles, algún tejido, una zona más amarillenta de un cultivo cosechado, o las figuras cansinas y desperdigadas del ganado vacuno en su rutina diaria de recorrer la pastura.
La pequeña disfruta sus vacaciones de la ciudad, de la escuela, de los amiguitos que quiere pero que no extraña. Es que allí es otra cosa. Se respira diferente, aunque no sabe como explicarlo. Cuando se lo cuenta al abuelo, él se ríe, pero no con sorna, al contrario. Lo hace cómplice y satisfecho. Le gustaría disfrutarla más seguido, pero su hija no quiere recorrer los trescientos kilómetros en otra fecha del año que no fuese enero. Que el trabajo, que la escuela, que el régimen de visitas de Ana con su ex... un mundo de peros, un universo de excusas.
El silencio se convierte en un tesoro en común. Cuando dos personas guardan sus voces durante un instante y se abstraen de la cotidianidad para inmiscuirse en la realidad, se dicen más cosas entre sí que si pronunciaran mil palabras. Luego, cuando las cuerdas vocales finalmente vencen la magia, el encanto, el momento se desvanece, efímero pero inmortal.
- Mamá dice que es mucho campo para vos, abuelo, que algún día debería convencerte de vender una parte - dice Anita, con la inocencia del loro que repite sin saber.
Pascual conoce el discurso de su hija y también los motivos. Nunca fue de discutir, pero si de escuchar. Esto último no le hace mal a nadie.
- Tu mamá ama este campo, solo que se convence en creer que la felicidad está en otras partes y me parece bien, la felicidad debería viajar con uno y no tener una residencia fija, pero aquí me ves, contemplando lo que me llena el corazón.
Anita no respondió. No entendía muchas de las cosas que decía el abuelo. Ni tampoco las que mencionaba su madre.
- Dice que los Martínez en cuanto te descuides, se quedan con tus tierras - dijo al pasar la niña, que golpeaba sus talones contra la pierna del abuelo, en un balancín ida y vuelta, que la divertía desde que tenía memoria.
Los Martínez. Sus vecinos de toda la vida. Compraron las tierras casi al mismo tiempo, sesenta años antes. Ambos muy jóvenes, sin idea de lo que les depararía la vida, sin saber siquiera cómo administrar un campo, mucho menos trabajarlo. Testigos mutuos de sus vidas, de sus desdichas y alegrías.
- ¿Eso dice? ¿Por qué? - aquello le resultaba gracioso.
- Porque dice que no tienen nada en común, que son poros opuestos.
- Polos.
- Eso, polos.
Pascual suspiró. Se le escapó en la mirada la nostalgia de lo vivido. Los ojos se volvieron vidriosos, no por tristeza, al menos propia, sino por la forma de pensar de su hija.
- Es verdad mi querida Anita, los Martínez y los Suárez, es decir, nosotros, somos diferentes. El viejo Martínez reza otras oraciones por las noches, trabaja el campo de otra manera, compra sus provisiones en un almacén diferente, no le paga lo mismo a sus empleados que yo, tiene la manía de renovar sus vehículos cada un año mientras que yo lo hago solo cuando hace falta, tiene riego artificial y no le importan las épocas de sequía, le gusta derrochar dinero en el casino en lugar de comprar más ganado, es celoso de los límites de sus tierras y a diario recorre el perímetro cuidando de no tener la alambrada rota, no va nunca a las fiestas del pueblo, no comparte mi ideología política, es incluso hincha de otro club de fútbol, detesta el juego de bochas que tanto amo...
- Entonces mamá tiene razón...
- Si, la tiene, en qué somos polos opuestos. ¿Pero sabés que tenemos en común?
- ¿Qué?
- La inteligencia y la consciencia de sabernos seres humanos. Nosotros nos saludamos con la misma efusividad cada vez que nos cruzamos, nos preguntamos con sinceridad cómo estamos, nos ayudamos en las malas como cuando el arroyo creció y le llevó varias vacas y le cedí unas cuantas, o cuando la lluvia no llegaba y antes que perdiera la cosecha prolongó el riego hasta este lado. Nosotros nos miramos a los ojos y encontramos un hermano. No hay bandos en esta vida, sino malas decisiones. Y una de ellas, es creerse más o menos que el otro, de sentirnos en la obligación de elegir en lugar de integrar, de dividir en lugar de multiplicar. Cada uno puede vivir como se le antoje, pero debe saber que no hay nadie enfrente, sino muchos al lado. Y así, se construye la vida. De otra manera, se destruye. Los Martínez y los Suárez han vivido uno al lado del otro por sesenta años y jamás se han peleado. Porque ninguno pretende lo que tiene el otro, ni compite, ni pone obstáculos. Cada uno tiene sus tierras y es bienvenido en la del otro. El respeto, el trabajo, la amistad, son nuestros valores. Si algo me pasara, a mí o a tu abuela, los Martínez estarían acá pero no para sacar tajada como piensa tu madre, sino para dar una mano. Y si algo les pasara a ellos, allí estaríamos nosotros para brindar una ayuda, un abrazo, una palabra sincera.
Pascual se puso de pie con Anita en brazos. Avanzaron hacia la cosecha. A lo lejos el tractor de los Martínez recorría sus tierras. Levantó su brazo derecho, sin dejar de sujetar a su nieta con el otro, y lo movió lentamente por el aire de un lado a otro. A la distancia, el viejo Martínez levantó el suyo a modo de respuesta. No hacía falta estar cerca para saber que ambos sonrían. ¿Cómo no hacerlo bajo ese sol de verano? ¿Cómo no hacerlo, ante tanto esplendor y vida?
El viejo volvió a suspirar.
- No sé mi querida Anita si entendiste algo de lo que dije, espero que tu memoria lo guarde muy celosamente y cuando seas más grande lo recuerdes y comprendas. Ya no miro las noticias, ya no enciendo la radio, hace rato que no abro un diario. Ya no quedan Martínez y Suárez en el mundo, al menos no como estos dos viejos olvidados en este rincón del cosmos. Las palabras de tu mamá no deber ser las tuyas, los pensamientos de los demás no deben ser los únicos. Podemos crear los propios, podemos tratar al menos. Y el día de mañana, ni siquiera deben ser mis palabras. Tan solo los hechos, esos que nos permiten sentirnos libres. Aquel hombre que me devuelve el saludo tiene tantas virtudes y defectos como los tengo yo, pero tiene consciencia y además piensa. Y es el pensamiento y no el progreso lo que nos permite crecer como personas. Lo que más me gusta del campo es su murmullo, ese que apenas se escucha pero que está siempre alrededor... ¿lo escuchás?
Anita se llevó la manito a la oreja, formando una especie de tubo.
- ¡Creo que sí abu!
- Ese murmullo es la vida misma Anita y nos dice miles de cosas. Cada día nos cuenta algo distinto, porque cada día es otro, uno nuevo, irrepetible. Y debemos vivirlo de esa manera, con alegría de aprender, de atravesar nuestro lugar en el mundo con todos los sentidos predispuestos para crecer. Hoy te miro mi amor y me doy cuenta que estás más grande que ayer pero no tanto como lo estarás mañana. Y no solo lo veo en tu cuerpo, sino acá dentro - dijo apoyándole la palma de la mano sobre la cabeza.
- Abu...
- Si, Anita.
- ¿Podemos jugar a armar la huerta?
Don Suárez la dejó en el suelo y le besó la frente.
- ¡El primero en llegar elige las herramientas! - gritó y salió al trote, al que su edad le permitía, mientras la pequeña, riendo, comenzaba una alocada carrera que ganaría con holgada diferencia.

23 de noviembre de 2015

El garante

Metro noventa, barba candado, anteojos oscuros, cabello peinado hacia atrás, semblante tranquilo, movimientos lentos, ropa costosa, sombrero a tono. El hombre se paseaba cada tarde por el boulevard, haciéndose el tiempo necesario para sentarse a la mesa de algún bar al azar de los tantos desperdigados por el transitado nervio neurálgico de la ciudad. Cuando el mozo se acercaba a tomar el pedido, lo alejaba con un simple ademán. Tan solo permanecía allí, observando, viendo a la gente ir y venir. Luego se ponía de pie y seguía caminando, hasta otro bar, otra mesa, otro ademán.
Su mirada era escrutadora, se jactaba de ella interiormente, dado que no tenía ni quería amigos con quiénes hablar. Podía percibir, por ejemplo, que el gordo de conjunto deportivo azul y amarillo que trotaba por la vereda haciendo footing estaba apremiado por cuestiones de dinero. O que la rubia que paseaba el perro, uno blanco y chiquito, sentía la necesidad de cambiar el vehículo. O que la jubilada que estaba por cruzar la calle, sin mirar hacia el lado correcto de donde venían los vehículos, no tenía seguro alguno. Un auto compacto frenó a tiempo, evitando la desgracia.
¿Cómo lo hacía? Ese era su don. En los gestos, las formas de mirar, de caminar, los murmullos inconscientes, las prendas puestas, en cada detalle estaba escrita una respuesta. El problema común a todos era formular la pregunta exacta. Él podía.
Vivió en la calle hasta entrada su juventud. Mientras otros mendigaban o robaban, él se sentaba en la plaza, entre los árboles, a observar a la gente. Sin saberlo, encontraba patrones, los comparaba, analizaba y desmenuzaba en su cabeza confeccionando día a día un mapa humano que nadie hasta entonces se había tomado el trabajo de hacer.
Aprendió que todo tenía un significado, que caminar con pasos alargados no era lo mismo que hacerlo trotando, que los tropezones no eran distracciones, ni la manía de hablar solo una característica de los locos.
Supo de los conflictos de parejas de hombres y mujeres paseando de la mano incluso antes que las mismas parejas. Determinó reacciones antes que sucedieran. Predijo suicidios mucho antes que los suicidas comprendieran que ese era su destino.
El conjunto de conocimientos lo alimentó y cobijó en las noches de frío. Convencía con facilidad a las personas, dado que las palabras bien utilizadas eran las verdaderas llave del paraíso. Pronunciaba las frases que los demás necesitaban escuchar y de esa manera, como un jugador de ajedrez, componía en su mente todas las maniobras posteriores sin dificultad alguna. Al leer al ser humano, se enfrentaba a ellos sabiéndolos seres desnudos, desprovistos de secretos.
Tenía ya cuarenta años. Hacía mucho tiempo que las calles habían dejado de ser su hogar. Su don lo había salvado y no solo eso, aquel ser solitario mirando a la anciana salvarse por un pelo de ser atropellada, era millonario.
Aunque el dinero poco le importaba le permitía tener una casa propia, una oficina y vestir bien. La primera era indispensable para descansar, la segunda la fachada obligatoria para sus negocios y con el tercer privilegio el tiempo le había enseñado que la gente además de querer escuchar las palabras justas también desea toparse con personas bien vestidas.
Se puso de pie, dejó pasar un coche y cruzó hasta la calle siguiente. Una morocha treintañera estaba a veinte segundos de encender un cigarrillo, aunque probablemente aún lo sabía. Él si, por supuesto. Observó las pistas: la mujer había pateado sin querer una caja de Marlboro del piso, luego sacudió la pierna como si tuviera un tic, se había pasado el dorso de la mano por la boca y finalmente, sus dedos manchados de amarillo se habían cerrado en puño con bronca.
Para cuando se detuvo a buscar en su cartera el atado de cigarrillos, él estaba allí extendiéndole uno, con el encendedor preparado en la otra mano. También había leído otras cosas en ella. El origen de su nerviosismo, el problema con el juego, la mala fortuna en el amor, el temor de la bancarrota y del corazón deshecho.
Cruzaron unas palabras, ella agradeció. Antes de irse, tomó una tarjeta que él le daba. La morocha se alejó sin mirar atrás. No era necesario, él sabía que lo llamaría a lo sumo al día siguiente. No había margen de error. El ser humano era un libro abierto, aunque vedado a la ceguera general. Esa mujer necesitaba dinero, él sería su garante y cada uno tendría su ganancia. Ella seguiría jugando, él cobraría su interés y la vida seguiría adelante. Hasta quizá se diera el gusto de recomponer su relación sentimental. Siempre sucedía así. Ella, el tipo que venía unos pasos atrás, la mujer de la otra vereda, el pelado que andaba en bicicleta, el de bigotes estacionado a bordo de un taxi en el semáforo... todos necesitaban algo y él podía ayudarlos, claro, con un beneficio propio. ¿De lo contrario, cuál es el chiste de ayudar?
¿O acaso el dinero que repartía entre la gente de la calle cada noche no era en beneficio propio también, una forma de aliviar el hambre, el frío, la soledad, el olvido? Esas necesidades angustiantes de otros que alguna vez fueron suyas.
La vida viene sin garantía, ni posibilidad alguna de reclamo. Lo que toca, toca. Y lo que no, se obtiene de alguna manera. Algunos pueden, otros no. Qué más da, todos vamos a parar a la misma bolsa, tarde o temprano. Poco le importaba. Volvió a la mesa del bar y ahora si pidió un café. Negro, sin azúcar. Cómo la vida misma.


19 de noviembre de 2015

Mala suerte, buena suerte

La lluvia arremetió de imprevisto, aunque nadie podría negar que el agorero cielo cubierto de nubes oscuras no lo venía advirtiendo desde hacía un buen rato.
En las veredas las personas corrían tratando de alcanzar un resguardo del agua, ya fuera el balcón de un edificio, el toldo de un negocio o un árbol de frondosa copa.
Es ese momento en el que uno se detiene y observa cómo las reacciones se parecen entre sí, la gente buscando reparo, maldiciendo en voz baja, tratando de no mojar las ropas. Como si un resorte invisible se disparara en alguna parte de nuestro ser y de repente estuviéramos atravesados por una misma señal.
Pero es un instante, algo breve, porque a menos que estemos en un refugio, viéndolo a través de una ventana o con un paraguas en la mano, también atinamos a lo mismo: escapar de la tormenta.
Me detuve un momento en una esquina, esperando que dos vehículos doblaran y así, poder cruzar el pequeño lago que se estaba formando entre la vereda y la calle. En unos minutos más aquello sería un océano y atravesar de un lado a otro sería una verdadera odisea. Mis pies comenzaban a salpicarse y no quería que sucediera. Las sandalias eran nuevas.
Mi vista fue de la superficie multicolor de mis calzados-víctimas hasta un montón de papeles de colores convertidos en una especie de libro de hojas arrancadas que amagaba con arrojarse al agua en segundos más.
El viento empujaba con vehemencia a ese manojo de... ¡billetes! a caer de la vereda para perder todo su valor en las profundidades no tan profundas - aún - del agua que se acumulaba en el borde de la calle.
Corrí y los agarré justo que se volaban. Miré de inmediato en derredor. Alguien los había perdido al menos diez o quince segundos antes. De lo contrario, ya serían propiedad del viento, volando al libre albedrío o surcando los ríos naturales de las calles.
Una chica, pelirroja, cruzaba la calle en esos momentos, tratando de alcanzar el lado opuesto, alejándose de dónde estaba. No me quedaban dudas que a esa mujer se le habían caído los billetes. No podía detenerme a contarlos, porque la perdería de vista. Otro coche se interpuso entre el deseo de cruzar y la permanencia donde estaba. La chica para entonces estaba en la vereda del otro lado. En vano sería gritarle, aunque lo intenté.
Ni bien pude, me descalcé y troté atravesando la calle. Mis pies se mojaron completamente, pero al menos puse a reparo las sandalias. La joven había doblado en la esquina. Temí perderla de vista, pero al llegar al cruce de calles, la vi media cuadra adelante.
La lluvia venía de costado. En realidad, la lluvia venía desde lo alto y el viento la azotaba oblicuamente. La visibilidad se complicaba a cada segundo. Y el tránsito frenético, más el sonido de los vehículos desparramando agua por doquier, hacía que mis gritos para que la presunta dueña del dinero se detuviera fueran en vano.
La indiferencia de los demás transeúntes me exasperó. Me veían correr detrás de alguien, que al mismo tiempo aceleraba su paso metro a metro, no por otra razón que por la de escaparle a la lluvia, y nadie atinaba a nada. Una cadena de voces me hubiese ahorrado esfuerzo.
En la cuadra siguiente observé como la mujer se detenía y entraba a un edificio. Aceleré mi tranco, aunque el cansancio me estaba venciendo. Llevaba el dinero apretujado en una mano, dentro de uno de los bolsillos de mi campera. Temía que se mojara y también perderlo.
Al llegar a la puerta vidriada del edificio, vi a la joven en el momento que las puertas del ascensor se abrían. Golpeé el vidrio con la palma de la mano izquierda, que era la que tenía libre. Ella me miró, pero no denoté en su rostro intención alguna de responder a mi llamado, mucho menos, quizá, entender que la llamaba a ella. Las puertas se cerraron desde los laterales hacia el centro y su imagen desapareció.
Casi por inercia le pegué al vidrio una vez más y una mujer, que parecía estar viniendo desde el interior, pero desde una puerta trasera, me hizo un gesto con la mano como indicando que parara y de inmediato, se llevó un dedo a la cabeza girándolo rápidamente.
No tenía manera de explicarle que no estaba loca, y a pesar que le dije en voz alta que a la chica que acababa de entrar al ascensor se le había caído dinero en la calle, o no me oyó o bien poco le importaba. Me dio la espalda, ancha por cierto, y se dirigió a las escaleras, ubicadas al lado del ascensor.
No podía creerlo. Estaba absorta en aquello cuando me sobresaltó el sonido de una llave. Alguien estaba a mi lado, abriendo la puerta del edificio. Por impulso, traté de entrar.
Un hombre mayor, el que había abierto la puerta para ingresar, me cerró el paso.
- ¡Dónde cree que va! - me interpeló con razón.
- Disculpe, tiene razón, es que la chica que acaba de entrar, perdió dinero en la calle y...
El hombre cerró la puerta.
Me quedé pasmada.
- No sé cuánto es, pero quizá lo necesita, en todo caso...
Sin abrir la puerta, me dijo desde el otro lado.
- ¿La conoce?
- No... - vacilé, obvio que no la conocía, sino le estaría tocando el portero eléctrico pidiéndole que baje.
- Entonces mala suerte para ella, buena suerte para usted.
Pegó media vuelta y fue hasta las escaleras. El hall de entrada quedó desierto. A mis espaldas, la lluvia caía raudamente. Me percaté que estaba toda mojada y descalza. Mi aspecto en el reflejo del frente vidriado era patético.
Retrocedí unos pasos. Deseé con el alma maldecir la sociedad indiferente que nos rodea día a día, de la desconfianza galopante que nos domina, de las pocas ganas de creer en un acto de buena fe.
Del bolso sobresalía una de las sandalias. Se echarían a perder, lo sabía. No son de un material que soporte bien el agua.
Recordé mi mano en el bolsillo, aferrando aún ese bollo de dinero. La extraje y abrí los dedos. Conté los billetes y sonreí. Dos mil pesos. Llevé la mirada a la puerta del edificio, de allí a mis sandalias arruinadas y me detuve en el dinero.
- A la mierda con todos, ya lo dijo el viejo...
Y caminé hasta la zapatería más cercana con el fin de reemplazar el calzado caído en combate.

15 de noviembre de 2015

La fría verdad de los números

Las últimas voces se desparramaron como una ola a lo largo del pasillo y luego sobrevino el silencio. El lugar había quedado vacío. Alguien desde el exterior accionó los interruptores y las luces se fueron apagando de a una. Al silencio, la noche.
Aguardó unos instantes. Cuando intuyó que ya nadie retornaría, abrió la puerta del armario donde estaba escondido desde hacía cinco horas. Tenía las piernas entumecidas. Los primeros pasos fueron vacilantes y debió sostenerse de las paredes para no caer. Durante algunos minutos frotó con fuerzas los músculos de sus piernas para volverlas a la normalidad.
Algo más aliviado, hurgó en la mochila en busca de una linterna. Era pequeña y con luces de led que le proporcionaban una buena iluminación. Ni bien la encendió, un haz de luz dejó a la vista gran parte del pasillo. De un lado colgaban cuadros antiguos y del otro el ingreso a varios salones de clases. Al final del mismo el camino tomaba hacia la izquierda.
Fue hasta allí sin prisa. Iluminó la continuidad del pasillo antes de seguir caminando. Divisó un par de puertas a la derecha y quince metros más adelante, sobre el final del piso de cerámicos blancos y negros dispuestos en forma de damero, una enorme puerta de madera con pequeñas ventanillas de vidrio en cuyo marco superior un enorme letrero decía "Dirección".
En tanto se acercaba, su corazón latía más fuerte. Al llegar a la puerta, dejó la mochila en el suelo y casi en cuclillas buscó en uno de los cierres delanteros de ésta un manojo de llaves. Todas estaban relucientes. Había estado haciendo las copias a lo largo de los últimos meses, a razón de dos por semana.
Una de las llaves era más grande que el resto. Tomó esa y de frente a la puerta la introdujo en la cerradura. La giró dos veces hacia la izquierda y de inmediato se escuchó un chasquido en el mecanismo que reverberó en todo el pasillo. La puerta estaba ahora abierta.
A medida que se abría, un chirrido acompañaba el movimiento. Las ventanas estaban cerradas y aquello era una verdadera boca de lobo. Apuntó la linterna hacia el centro arrebatando a la oscuridad parte de su misterio. Un escritorio repleto de papeles quedó al descubierto.
Sin embargo no le importaba aquel mueble antiguo ni los papeles ordenados, casi de manera obsesiva, en pilas simétricas. Detrás había una biblioteca, aunque su función no era solamente poner al resguardo los cientos de libros que contenía. Con firmeza se apoyó en uno de sus laterales y empujando con todo el cuerpo, la desplazó un metro.
La biblioteca ocultaba de la vista un panel de acero sobre la pared. El panel a su vez estaba dividido en seis partes iguales, conteniendo cada una cerradura. Eran en realidad, seis cajas fuertes. Y dentro de las mismas estaba aquello por lo que había arriesgado todo en las últimas semanas.
No por nada lo consideraban el alumno más inteligente y a quién más confianza le tenían los profesores e incluso, la rectora. Era brillante y tenía un gran porvenir. Ese año en particular había trabajado codo a codo con varias investigaciones y en la universidad habían recibido ofertas de varias empresas para poder contratarlo ni bien se graduara. La rectora, algo ilusa, pretendía que diera clases en el futuro, razón por la que lo invitaba seguido a tomar el té en su propia oficina.
Aquellas seis cajas fuertes contenían el historial de todos los alumnos. Allí estaba la suerte de cada uno de ellos. Porque cualquiera podía hackear los servidores y modificar las notas, pero el papel siempre reflejaría la realidad, la fría verdad de los números.
Probó dos llaves antes de dar con la adecuada. La puerta se acero se abrió para su lado. Alumbró con la linterna y tiró del cajón hacia delante. Estaba en la letra del abecedario correcta. Fue pasando con los dedos a gran velocidad las carpetas guardadas. En la parte superior figuraba el apellido, lo que le permitía no detenerse una por una a ver a quién correspondía.
Treinta segundos después se detuvo en la carpeta que buscaba. La sacó con cuidado, como si fuera una bomba. Dejó por un momento la caja fuerte y fue hasta el escritorio. En la primera página estaba la foto de ella, sus tres nombres, su apellido. Sintió que el corazón le daba un vuelco. Suspiró. Las primeras páginas correspondían a los años anteriores. Saltó directamente hasta las últimas. Justamente donde estaba el problema.
Le dolían esos números de tan solo verlos escritos. Buscó en la mochila su libreta de apuntes y la colocó al lado de la hoja de calificaciones. Tomó luego una lapicera y el sello de la rectora. Con una espátula de metal bien afilado raspó la tinta seca hasta hacerla desaparecer, una técnica que había practicado horas y horas a lo largo de dos meses. Luego miró su libreta y con enorme habilidad, imitó la caligrafía de la rectora. Cuando hubo terminado, legitimó todo con el sello.
Apreció su obra a lo largo de un minuto. Luego guardó todo en su lugar sobre el escritorio, devolvió la carpeta a su sitio y volvió a colocar la biblioteca donde correspondía.
Se marchó en silencio, despacio. Recorrió el último tramo en total oscuridad. Luego, volvió al armario. Trataría de dormir parado, descansar algo. Cuando todo el mundo retornara por la mañana, abriría la puerta y se mezclaría en la multitud. El plan perfecto, el sacrificio necesario. Todo por verla feliz.

10 de noviembre de 2015

La descendencia de Aergia

Era dueño de una teoría que llevaba al límite de la astucia. No recordaba el momento exacto en que había nacido en el seno de su pensamiento, pero si que en plena adolescencia, cursando la escuela secundaria, había confirmado su eficacia.
Federico era una persona en apariencia normal, de vestir prolijo, cabello corto y barba siempre recortada. Todas las mañanas bajaba puntualmente los ocho pisos de su edificio en el ascensor de la derecha, cruzaba el hall principal, saludaba al portero y salía a la calle para recorrer los cien metros que lo separaban de la parada del colectivo.
Allí esperaba junto a otros trabajadores, estudiantes y docentes somnolientos. Pero a diferencia de ellos, con rostros de resignación y sueño, a él se lo veía espléndido.
Media hora más tarde se sentaba en su escritorio, dentro de una reconocida empresa, donde su jornada laboral transcurría con total tranquilidad.
Los superiores iban y venían, llamaban por el apellido a compañeros, daban órdenes tanto a hombres como mujeres que corrían de un lado a otro llevando papeles, buscando impresiones, arrastrando pilas de carpetas con información vital.
Y en ese caos rutinario, al que todos estaban tan acostumbrados como sumidos, descansaba Federico. Porque su teoría era endiabladamente efectiva. Sostenía, en silencio, sin compartirlo con nadie, pero orgulloso de los resultados, que la pereza lo resguardaba del trabajo.
La famosa ley del menor esfuerzo, pero transformada en un práctico manual de supervivencia laboral. De vez en cuando garabateaba en un cuaderno notas al respecto, porque pensaba que quizá algún día, cuando estuviera jubilado, podría tener la voluntad de escribir un libro con su postulado.
Había notado ya desde el colegio, que aquellos que más estudiaban o proponían ideas para proyectos, eran los que más debían preocuparse por cumplir con las obligaciones que les imponían. Fue entonces que comprobó que si lograba alejarse de las actividades pero sin que los demás se dieran cuenta de la actitud poco compañera, lograría un menor número de responsabilidades y horas de estudio o investigación. Y la mejor manera era no haciéndose notar. Nadie le pide algo a quién no está.
Con el tiempo fue puliendo la idea, las formas, las estrategias. Hizo lo mismo en la universidad. Comprendió que no era difícil. Parecía un ser invisible, alguien que estaba pero al mismo tiempo no. Era imposible asignarle algo, porque prácticamente no lo tenían en cuenta.
Para cuando consiguió el trabajo en la oficina, era ya un experto en el arte de pasar desapercibido. Federico era el maestro de la pereza. No hacía absolutamente nada, pero nadie se lo reclamaba. Los demás trabajaban, perdían en cabello en crisis de tensión, agrietaban sus rostros con estrías de cansancio, debilitaban el corazón siguiendo el ritmo inalcanzable e incestuoso de la supervivencia. Y Federico, en tanto, se recostaba en la plácida tarea de no hacer nada. De estar y al mismo tiempo no. De dejarse ver, pero solo lo suficiente, de desaparecer en el momento justo, de evitar las tareas, las obligaciones. Y en ese arte, era un artista. El mejor.
Cuando anunciaban los aumentos, él los recibía. Cuando llegaban los elogios, él los disfrutaba. Cuando veía venir trabajo, simplemente sonreía porque sabía muy bien que no lo afectaría. Estaba ahí, pero al mismo tiempo no.
Al finalizar el horario de la oficina, se ponía de pie y caminaba lentamente hasta las escaleras, que bajaba peldaño a peldaño, sin ningún apuro. Cuál fantasma, su figura se iba diluyendo, consumiéndose junto a las agujas del reloj, feliz de vivir sin necesidad de sobrevivir, de no hacer para ser, de tener solo que fingir estar para estar y no sufrir.

1 de noviembre de 2015

Seres felices

Lo vi esconderse entre los árboles, sobre las copas más altas. Era gris, con forma de plato. Se movía tan rápido como un colibrí, aunque no aleteaba ni se detenía en el aire buscando una nueva flor a la que acercarse.
Provocaba un zumbido extraño en el aire, como queriendo dejar asentado que era real y no solo mi imaginación.
Hasta la arboleda tenía al menos quinientos metros. Cruzar a través de ella me llevaría media hora. Aquel objeto podía emprender vuelo en cualquier momento. Aunque estaba seguro que era un OVNI, no quería pronunciar ese nombre.
Corrí a más no poder. Tropecé con raíces varias y veces y rodé sobre la hojarasca en un par de oportunidades. No me detuve a mirar los raspones en los brazos. Seguí corriendo, con la boca abierta, tratando de cambiar el aire en la misma proporción al esfuerzo.
Cuando divisé la última fila de árboles, el atardecer estaba cayendo. Al llegar al final del recorrido, me topé con el arroyo. Y sobre éste, flotando, esa enorme nave.
Quedé atónito ante la imagen y rendido ante el cansancio. Flexioné las rodillas hasta dejarlas caer al suelo. Apoyé las manos sobre la gramilla y el olor del agua envolvió mis sentidos, salvo el de la vista, atrapado por esa visión propia de un libro de ciencia ficción.
Dos seres extraterrestres chapuceaban en el agua, con flotadores en forma de pato alrededor de sus caderas. Uno le arrojaba agua en el rostro al otro, que se cubría su único ojo con una especie de garfio de carne.
Eran felices, como dos niños pequeños.
Pero entonces, involuntariamente, mi pierna quebró una rama y el sonido quebró el encanto. Ambos miraron hacia donde estaba y sin mediar movimiento alguno, nave, extraterrestres y patos salvavidas desaparecieron del arroyo.
Quedé contemplando el agua siguiendo su curso, sin siquiera estelas que confirmaran lo que acababa de presenciar. Anonadado me puse de pie y observé en derredor. Nada. Ni un solo rastro de los visitantes.
Volví triste, apesadumbrado. No sabía si por no haber podido obtener una prueba de aquello o por haberlos espantados.
Desde entonces visito el lugar, anhelando encontrarlos. No para fotografiarlos ni otras cosas raras, sino para nadar con ellos y salpicarlos con agua, tratando de comprender cómo es que en el resto del universo aún quedan seres felices.