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17 de julio de 2012

Tengo uno para ofrecerle

A Marcos le gustaba caminar por la ciudad. Lo encontraba placentero y colaboraba ese ejercicio con la premisa que se había propuesto tiempo atrás, después de asustarse con los resultados de los análisis de rutina en el trabajo. Tuvo que reconocer entonces que era una persona sedentaria. Por suerte aquello que había considerado un esfuerzo se transformó en una agradable rutina. Gran parte de las ganas que sentía de salir a caminar se debía en la variación de los recorridos. La ciudad era grande y desde el primer momento creyó que repetir siempre los mismos lugares lo llevaría a cansarse pronto y tuvo razón. No solo la rutina implicaba salir a caminar, había todo un trabajo de logística previo, o al menos, así lo sentía Marcos, que se tomaba media hora cada noche antes de acostarse para diagramar los cinco kilómetros diarios que se imponía en cada salida. Los itinerarios no siempre comenzaban en la puerta de su edificio. A veces se tomaba un colectivo y recorría una zona distante de su hogar. Tras dos años con esa práctica, podía jactarse de conocer ampliamente la ciudad en la que vivía. Le hacía sentirse bien estar escuchando una conversación y reconocer los sitios que se hacían mención, o estar dialogando con algún compañero de trabajo y que ante el mínimo comentario del mismo sobre un lugar en particular de su barrio, pudiera decirle “lo conozco”. Ese día bien temprano se tomó el colectivo que iba hacia el oeste. Había planificado un recorrido de cinco kilómetros que arrancaba en la plaza del barrio más alejado de la ciudad y terminaba a una distancia similar de su departamento. Por supuesto, luego debería tomarse otro transporte para poder llegar a su casa, darse una ducha, comer algo e ir a trabajar. Pero, como siempre se decía, el esfuerzo valía la pena. El sol apenas si asomaba por el horizonte, tapado de edificaciones. El tránsito se movía lentamente, sin el apuro que tendría en un par de horas. La ciudad despertaba en parte y se acostaba en otra, porque había miles y miles que trabajaban de noche y en ese horario retornaban a sus hogares. Marcos había aprendido a reconocerlos y también, admirarlos. Como también hacía lo propio con los hombres mayores, que en verano se sentaban en las veredas y que en invierno se asomaban cubiertos de bufandas y gruesos pulóveres tejidos por manos hábiles. Y ni hablar de las mujeres de avanzada edad, que sin vacilar ante el frío o el calor, avasallaban la vereda bien temprano, provistas de escobas y ruleros. La plaza vestía el silencio propio de esas horas. La vista se paseaba sobre el verde, sin demasiados otros coloridos. En la calle estaba el barrendero municipal empujando hojas con un enorme escobillón. En la vereda del otro lado, dos ancianas habían hecho un alto en la limpieza de sus baldosas y hablaban elocuentemente sobre algún suceso de la cuadra. Las voces apenas si llegaban, tragadas por la brisa que le birlaba la calma a sus cabellos. Había terminado de atarse los cordones de las zapatillas, en otro ritual necesario previo a la caminata. Fue cuando se percató que una señora le hacía señas desde la vereda de enfrente, invitándolo a acercarse. Hacía un ademán con la mano y miraba hacia dentro de su casa, a través de la puerta semi abierta. Al cuarto o quinto llamado, Marcos decidió cruzar la calle. - ¿Señora, la puedo ayudar en algo? – preguntó con cortesía, sabiéndose con tiempo de sobra para postergar unos minutos el comienzo de su andar diario. La mujer, a la que de cerca Marcos le notó arruga sobre arruga, se mostró conforme con su presencia y abriendo la puerta de par en par, dejó a la vista el problema por el que estaba necesitando ayuda. Una escalera nacía allí mismo, que iba hacia las habitaciones superiores de la vivienda, y sobre los últimos escalones, atravesado, estaba un cochecito de bebé. La madre del niño o niña que dormía plácidamente dentro del aparato intentaba con fuerza enderezarlo, pero el esfuerzo era en vano. No podía. Marcos comprendió de inmediato y sin pedir permiso llegó hasta la escalera y ayudó en acomodar el coche, levantándolo desde las patas con rueditas. - ¡Muchas gracias! – dijo contenta y extenuada al mismo tiempo la madre del bebé. - Sabía que algún buen caballero podría darnos una mano – comentó la anciana, que agradeció con una palmadita en la espalda de Marcos. - No es nada, por favor – se apresuró a contestar el, mientras se hacía a un lado para dejar pasar el coche con el niño (la ropita celeste así lo delataba) que salió a la calle. Tras saludar, la mujer se marchó, dejando a Marcos y la anciana al pie de la escalera. - Bueno señora, ahora si, a retomar lo que dejé a medias – anunció, con la intención de marcharse. La señora, pareció como si no lo hubiese escuchado. - ¿Vio que bonita la criatura? – le preguntó. Si, claro que lo era. A Marcos, que no tenía hijos, los bebés siempre le habían parecido preciosos. - Si, realmente – contestó. - ¿Le gustan los niños? – le preguntó en tono confidente la mujer. - Claro, si – dijo él, aunque se apresuró a aclarar – Pero no tengo hijos, al menos de momento. Estamos proyectando con mi novia, pero aún falta, imagínese, ni siquiera estamos casados… - la mujer lo detuvo, haciéndole un gesto con la mano, para que se acercara. - Escúcheme – le pidió, mientras acercaba su rostro avejentado hasta Marcos, que inclinó la cabeza para escucharla mejor, dado el tono de voz que había puesto – Si le gustan los bebés, ¿por qué no me acompaña? Tengo uno para ofrecerle. La primera reacción fue la lógica, es decir, pensar que había escuchado mal. Pero algo muy fuerte, que no podría describir, le decía claramente que no, que lo que había creído escuchar era exactamente lo que había dicho la anciana: Tengo uno para ofrecerle. - ¿Cómo dice? – preguntó al cabo de unos segundos en los que creyó perder la percepción de la realidad. - Le repito, si le gustan, puedo darle uno para que se lleve. - ¿Un qué? – de alguna manera debía convencerse de que no estaba refiriéndose a lo que con seguridad, la mujer hacía referencia. - ¡Un bebé! ¿Qué otra cosa va a ser? – le respondió moviendo los hombros. Marcos se quedó en silencio, lejos estaba en su mente el recorrido que debía emprender de cinco kilómetros y más lejos aún, la continuidad del día. Su atención, toda su atención, estaba puesta en esos ojos apagados detrás de enormes ojeras que lo miraban expectantes, ansiosos de una respuesta. Pero al mismo tiempo, se sentía en otra parte, quizá en un sueño, en un vertiginoso juego de su imaginación, en un delirio nocturno. Eso era, estaba dormido, aún no había despertado. Pero si, lo había hecho. Recordaba el desayuno, el tibio sabor del té con jugo de limón, el olor de las tostadas, la fresca mañana que lo había recibido al cruzar el umbral de su edificio, el trajinar en el colectivo compartiendo el viaje con obreros cansados que cabeceaban distraídos pensando en el momento de llegar a la cama para dormir. Movió la cabeza de un lado a otro, instintivamente. Escuchó el sonido de su cuello crujir, como solía suceder cuando sus músculos se tensionaban. No era un sueño, aquello le estaba ocurriendo. Esa mujer anciana, de sonrisa postiza y acanalada textura, estaba delante de él ofreciéndole un disparate. - Los tengo arriba, vamos, aproveche que hoy tengo de los dos sexos. Hay un rubiecito que es una ternura. ¿Cómo los prefiere? No lo toleraba más, era inaudito. - Señora ¿cómo que tiene bebés para ofrecer? – y de inmediato relacionó a la mujer que se iba y no pudo reprimir la indignación que nacía en su interior - ¿Esa mujer que salió, se llevaba un bebé que no era de ella? - No, claro que no. A partir que lo escoge, ya es de ella. Así que ese bebé, ya era de ella cuando usted la vio. - ¿Me está cargando, es así? ¡Lo que hace es ilegal! ¡Voy a ir a la policía! ¿Los roba? ¿De dónde… de dónde carajo los saca? - ¡Pero señor, cómo puede decir una cosa así! ¿Me está acusando de ladrona y ni siquiera ha subido a ver a los niños? - ¡Por supuesto que no subiré! Es más, me voy a ir ahora mismo a la comisaría más cercana. Entonces la anciana, con un golpe del pie, cerró la puerta violentamente. Ambos quedaron en el pequeño hall de entrada, a los pies de la escalera. - Usted no se va a ninguna parte – advirtió la mujer – No sin antes ver a los niños. Marcos se abalanzó sobre la puerta, pero la anciana fue más rápida y la cerró con una vuelta de llave. - Deme la llave – le pidió él. Ella la mostró en el aire, por encima de su cabeza y luego la dejó caer, justo a su boca. Pudo observar, por el relieve de la piel, que se tensó en su garganta, como la llave pasaba hacia el aparato digestivo. - Usted… es un monstruo – alcanzó a decirle, antes de sentirse presa del pánico. Pensó en golpear a la mujer, pero sus convicciones se lo impedían. No se veía pegándole a una mujer mayor. La anciana, en tanto, comenzó a subir por las escaleras. Las piernas escuálidas la sostenían con firmeza. - Sígame – ordenó secamente. De alguna manera tendría que escapar, pero por lo pronto le hizo caso y puso los pies en los peldaños de la escalera. Era de madera y los tablones rechinaron ante su peso. No recordaba haber escuchado sonido parecido mientras ayudaba a la mujer a quitar el cochecito de ese lugar. La escalera terminaba un piso más arriba. La anciana empujó la puerta y ante sus ojos apareció un cuarto apenas iluminado, con telarañas en cada rincón y repleto, de punta a punta, de cunas de madera, en su mayoría despintadas y muy antiguas. Entró casi sin poder pensarlo, sin poder decirle a sus piernas que se detuvieran. Como coordinado, el llanto de varios bebés estalló en la penumbra de la habitación. - Ahí están, elija – dijo la mujer, sobresaltándolo. Marcos se sujetó a una de las cunas, porque sintió que el piso se le movía. Le había bajado la presión y un nudo le atenazaba el estómago. La mujer estaba loca y él no sería su cómplice. - No, no lo haré – le contestó con frialdad. - Entonces, deberá quedarse. Es simple. El que no lleva, es mío. Primero fue una punzada en las piernas, luego un dolor en las articulaciones. Pensó en un ataque cardíaco, luego lo descartó por un pico de stress o quizá un ACV. Pero no fue nada de eso. Lo comprobó de inmediato, al sentir las extremidades reducirse y su piel ablandarse. Su mente comenzó a apagarse, reduciéndose en pequeñas imágenes, cara vez menos claras. Finalmente fue un inútil balbuceo, que ni siquiera podía dominar. La cuna en la que estaba apoyado se le antojaba ahora gigantesca. Unas manos frías lo levantaron del suelo y lo dejaron dentro de aquel pequeño mobiliario de madera, desgastado por el tiempo y el uso. Esas mismas manos ajadas y de uñas pronunciadas, arrojaron una pequeña manta sobre su cuerpito desnudo. Sintió frío a pesar de todo. Y luego, rompió a llorar. El llanto se confundió con los otros. Pronto la puerta volvió a cerrarse. Y el cuarto volvió al silencio. Al menos, hasta que la misma volviera a abrirse.

14 de julio de 2012

Límite

El límite estaba tan solo demarcado por un arroyo que podía cruzarse a píe. De agua turbia, aún dejaba ver el fondo. Era playo, demasiado. La idea de cruzar los bultos flotando ya no le servía. Se miró las manos. Estaban muy lastimadas. Los últimos dos días por la selva lo habían disminuído mental y físicamente.
A sus pies, la carga que había arrastrado casi en un llanto. Se dejó caer al suelo y mojó sus pies para refrescarse. Luego se puso de rodillas y hundió la cabeza en el agua. Por último, con desconfianza, hizo lo mismo con las manos. Le ardieron. Pero no se quejó.
Volvió a observar la otra orilla. Tan solo veinte metros. Cerró los ojos, dejándose acariciar por el sol de la tarde. Tenía hambre, podía escuchar el gruñido de su estómago. Pero no pensaba en comida. Era el primer respiro desde el enfrentamiento, así que pensaba en poder estar en paz.
Podía, claro que si. Pero debía llegar del otro lado del límite. Pero los bultos... no podría cargarlos. Había muchas piedras en ese arroyo y la profundidad escasa.
Creyó escuchar voces entre los árboles. Se sobresaltó. Permaneció diez minutos en silencio, sin poder percibir ningún otro sonido distinto a los propios de la naturaleza. No había nadie allí, pero pronto lo habría, sino no se apuraba.
Calculaba que le había sacado tres o cuatro horas de distancia a sus perseguidores. Volvió a mirar los sacos cargados y se persignó. Hasta allí había llegado con ellos. Pensó que podía salirse con la suya y llevarse su tesoro en la huída.
Los perseguidores llegaron a la orilla del arroyo casi atardeciendo. Encontraron los cuerpos de sus mujeres dentro de unos sacos cocidos a mano. Del maldito asesino no tenían un solo indicio.

11 de julio de 2012

Llamando

En la oficina de al lado suena el teléfono interminablemente. Matías sabe que todos se han ido y que esa persona, del otro lado de la línea, llama en vano, perdiendo el tiempo. ¿Pero acaso es él responsable de aquella llamada? Está seguro que no. Lo deja sonar, a pesar que el sonido lo aturde, lo distrae.
Amaga dos veces con levantarse e ir hasta la oficina, levantar el tubo, gritarle al oído a la persona que llama que deje de hacerlo, que si acaso es idiota que no comprende que nadie le va a contestar, para luego estrellar el auricular en su lugar, cargado de furia. Pero solo amaga, no se levanta, no camina esos cinco metros hasta la oficina contigua.
¿Y si lo que quieren comunicar es importante? ¿O si acaso, lo que quieren decirle a su compañero de trabajo es urgente? Ahora que lo piensa, no sabe quién ocupa ese puesto. No recuerda la fisonomía de la persona que entra por la puerta blanca que ahora observa como si fuera la primera vez. Incluso, no sabe si es hombre o mujer.
Es que ha estado tan absorto en sus tareas diarias que apenas si levanta la cabeza. Ahora mismo, hace media hora que todos se han ido, pero el permanece estoico en su silla completando planillas y haciendo cálculos para determinar si las finanzas de la empresa están al día o no.
Y aunque no es dueño, ni socio, ni siquiera jefe, tan solo empleado, sabe que su responsabilidad es para con su trabajo. Por ese motivo está aún en el edificio, escuchando un teléfono que no cesa de sonar. El sonido es una estaca clavada en su mente. Confunde las cifras, se olvida anotaciones mentales, se detiene antes de ingresar en el teclado los números que tiene anotados en un formulario que sostiene con su mano.
Se impone levantarse, ir hasta la oficina y descolgar el teléfono. Pero de inmediato desiste y enfoca sus pensamientos en su trabajo. Entonces, el teléfono deja de sonar. Y ya no vuelve a hacerlo. Su primera reacción es respirar hondo, celebrar internamente.
Cinco minutos después ya no puede seguir trabajando. En su mente repercute una idea: aquella llamada era vital, necesaria. El sonido, ahora imaginario, se instala de nuevo en su cabeza, y su imaginación, tan acostumbrada a los números, ahora proyecta una sola imagen: la suya, sosteniendo desesperado un teléfono, llamando sin suerte, pidiendo auxilio con desesperación.
Pero nadie lo atiende. No hay nadie del otro lado.
O si.

8 de julio de 2012

La muerte varias veces

Lo tenía acorralado contra el suelo. La suela de su zapato derecho retenía con fuerza el cuello del hombre sobre las frías baldosas. A su espalda Juan Carlos le gritaba con furia que le disparase. Los ojos de su víctima parecían fuera de órbita; grandes y con un punto marrón en el centro, imploraban el perdón o la muerte, aunque le resultaba difícil acertar la respuesta. Podía ver como apretaba los dientes, soltando de vez en cuando un bufido, no sin un gran esfuerzo de por medio. Del labio inferior caía un hilo de sangre, producto del golpe que le había propinado un instante antes. Por la posición, no podía observar la oreja izquierda, pero sabía que estaba bañada en sangre, porque ahí le había dado con el caño de acero. El rostro, de todas maneras, era un lienzo sobre el cuál había desparramado su paleta de morados. Había rastro de golpes en todas partes. Estaba orgulloso de aquello. Era una obra de arte, una obra maestra. Y el hombre sufría. Lo notaba en cada agitación que sentía debajo del peso de su pierna, de los estertores previos a la muerte. Pero a su espalda Juan Carlos seguía profiriendo gritos. Le repetía que lo matara. Que no perdiera el tiempo. Basta Juan Carlos, basta, se dijo mentalmente. Pero Juan Carlos prosiguió con su perorata.
Evaristo desvió su arma hacia el cielorraso y disparó dos veces. Tras los estruendos un pedazo de mampostería aterrizó en el suelo, haciendo más ruido y levantando polvillo. De inmediato dirigió el cañón del revólver otra vez sobre el rostro del hombre que esperaba morir bajo la suela de su zapato derecho.
Juan Carlos ya no volvió a gritar. Quedó petrificado en su lugar, observando el techo, al que ahora le faltaba un pedazo y a cambio, tenía dos marcas perfectas de los disparos hechos por su compañero.
El polvillo terminó entregándose al aire, rindiéndose ante el silencio que perturbó la habitación.
- ¡Qué fue eso, carajo! – exclamó luego de un minuto Juan Carlos, que se había animado a moverse de dónde estaba quieto.
Evaristo no contestó. Miraba a los ojos a su víctima, con una sonrisa en los labios. Juan Carlos no supo si había hecho oídos sordos a sus palabras o simplemente no lo había escuchado. Se acercó hasta su compañero y le sujetó el hombro. Fue un error.
Sin sacar el pie del cuello de la persona en el piso, Evaristo tomó la mano de Juan Carlos y la dobló hacia delante, torciéndola en el movimiento. Éste aulló de dolor. Aquello provocó más a Evaristo, que sin inmutarse atrajo el cuerpo del otro hacia el suyo y le aplicó, con la pierna libre, un artero rodillazo en el rostro.
Un relámpago de sangre saltó en el aire, como si hubiese explotado una arteria. La nariz de Juan Carlos parecía partida al medio, lo que pudo comprobar tras caer al suelo y llevarse las manos hacia la cara, atribulado por el dolor.
- Pero… - el dolor apagó el resto de las palabras, estaba sorprendido, no se había esperado la reacción de Evaristo, ni siquiera los disparos previos y sentía en ese momento que su nariz se había partido de mil pedazos.
- Otra palabra y te mato primero a vos – rugió Evaristo, que sin embargo no parecía alterado. Al contrario, sus ojos mostraban un brillo inusual y la sonrisa se le torcía en una mueca extraña. Pero nada de eso podía ver Juan Carlos, que luchaba por evitar que le siguiera perdiendo sangre, llevándose las manos a la herida.
Pero el hombre que estaba en el suelo, que apenas podía respirar, debido al peso del pie en su cuello, si podía apreciarlo. Estaba aterrado. Sabía que iba a morir. Era una certeza. Aquel sujeto no lo perdonaría. Era capaz de matar incluso al que había llegado con él. Lo acababa de demostrar. Hubiese tragado saliva de haber podido. Ya se había cagado y orinado encima. Se aguantaba las ganas de vomitar con un esfuerzo mayor, porque temía asfixiarse.
Y a pesar de estar en el momento cúlmine de su vida, no le importaba más que conocer la razón, el motivo, la causa de ese desenlace. Poco podía aventurar, por un lado, porque no podía razonar demasiado debido al estado de pánico que se había apoderado de su mente, y por el otro, porque creía no estar involucrado en nada que pudiese catalogarse como “malo”.
El par de ojos brilloso y decidido de su verdugo lo miraba con una sentencia incrustada en el centro. Todo estaba dicho. Al menos, por esa mirada. Sería asfixia o un tiro en la frente. Lo primero estaba a punto de producirse si la presión del pie no aflojaba y lo segundo, por como apuntaba el hombre, sería casi de inmediato. Sin embargo, aún el “por qué” flotaba en su cabeza, como una molesta mosca sobre un cadáver putrefacto.
Escuchó el click del revólver, que quitaba el seguro. Bajó los párpados por primera vez. La valentía también tenía sus límites. En la oscuridad pensó en su gente. En sus padres, en sus hermanos, mientras otra línea mental repetía de fondo en voz baja “ahora viene el disparo, ahora viene”.
Se preparó para el momento. La presión sobre su cuello lo estaba dejando sin aire. La tensión tensaba cada músculo de su cuerpo.
El estruendo fue un mazazo en sus oídos.
El siguiente sonido que escuchó fue el del metal contra las baldosas. Supo lo que era. El revólver golpeando primero y rebotando después. La presión cedió en su cuello y el cuerpo de su verdugo se desplomó hacia un costado.
Inspiró agitadamente, llenando sus pulmones. Recién luego, abrió los ojos.
El otro sujeto estaba de pie, con una mano presionando sobre la nariz, y con la otra, sosteniendo una pistola. El rostro se veía cubierto de sangre y podía notar por sus gestos que se encontraba muy dolorido.
Cruzaron las miradas y por un momento imaginó que el hombre de la pistola completaría la tarea que su compañero, al que había ejecutado fríamente, no pudo terminar. Pero éste dio medio vuelta y se alejó en dirección opuesta.
Frágil y descompuesto, al borde de la histeria y el llanto, el hombre que a punto estuvo de morir, irguió su cuerpo y con la poca voz que su garganta afectada por el pie de su casi verdugo, le gritó a quién antes pedía por acelerar su muerte:
- ¿¿¿Por qué???
El sujeto, que ya había guardado el arma entre sus ropas teñidas de sangre, miró por encima del hombro. Aún apretaba con fuerza una mano sobre la nariz. Se detuvo tan solo un instante, lo suficiente como para pronunciar unas pocas palabras.
- ¿Por qué, qué? ¿Qué quisiéramos matarte? ¿Qué él me haya golpeado? ¿Que yo lo haya matado? ¿O que vos estés aún vivo? Un consejo, mejor atenerse a lo sucedido y no a los interrogantes.
Lo perdió de vista, devorado por la distancia. Entonces percibió el hedor inconfundible del orín en sus pantalones y de la mierda en sus calzoncillos. Recién ahí ladeó la cabeza y vomitó todo lo que pudo. Estuvo con arcadas un minuto más. Cuando se puso de pie, tambaleante, no supo si preocuparse por lo sucedido o por los interrogantes. Lo único que quería era salir corriendo de allí y dejar atrás el cadáver del verdugo que ahora yacía silencioso a sus pies, sin ojos brillantes ni sonrisa extraña, tan solo con el semblante triste y oscuro de la muerte.
Y eso mismo fue lo que hizo.

5 de julio de 2012

Libros equivocados

Es probable que haya sido esa infancia tan extraña la culpable de lo acontecido ayer a Pascual Ricarte. Al menos fue la hipótesis que más circuló esta mañana en el hospital, mientras el infortunado luchaba por salvar su vida.
Pascual reunía dos cualidades que lo hicieron popular en el barrio. Era un gran cocinero y podía reparar cualquier cosa. Era increíble ver como, tras haber estado arreglando el motor de un auto en la vereda de su casa, se metía engrasado hasta los codos y volvía a aparecer dos horas más tarde, impecable, con una torta de cumpleaños que alguien le había encargado que parecía sacada de un libro de cocina.
Se podía pensar que la suma de sus habilidades daban como resultado la constante demanda de las mujeres del barrio, pero no era así. Muchos hombres hacían solícitos sus pedidos gastronómicos para agasajar a sus esposas, novias, hermanas y madres y aprovechaban, el contacto, para alcanzar algún que otro aparetejo con mal funcionamiento.
El hombre era infalible. Cualquier receta que se le pedía, terminaba siendo un manjar y si le llevaban algo que no funcionaba, cuando el dueño aparecía, ya estaba arreglado. De más está decir que Pascual no hacía las cosas gratuitamente, pero su reputación había logrado que nadie escatimara el precio, porque acudir a su persona valía cada centavo, tanto para una cosa como para otra.
Sin embargo su comportamiento era un tanto raro, por no decir fuera de lo normal. La infancia de Pascual no fue fácil y explica en parte los conocimientos que más tarde le darían tanto rédito. Su madre, que se ganaba la vida como repostera en la panadería del barrio, y su padre, un empleado de fábrica, habían descartado desde los primeros meses la lectura de los libros que podrían denominarse clásico, para los chicos.
En lugar de las historias que todo niño oía antes de dormir de parte de sus padres, Pascual había tenido que escuchar en su cama la lectura de enormes libros de tapa dura con centenares de receta de comida e incontables volúmenes de Mecánica Popular y Electricidad en casa.
Si bien se iban renovando de vez en cuando, era muy común además que esas lecturas volvieran a repetirse una y otra vez, logrando asentar de a poco los conocimientos en su cabeza, que ya a los cinco años era capaz de hacer unos bizcochuelos de vainilla que nada tenían que envidiarle a los de su madre o de reparar los juguetes que se le rompían justamente por experimentar para desarmarlos.
Poco participativo en la escuela, también se alejaba de sus compañeros, ganándose desde chico la condición de "extraño". No gustaba de salir a jugar a la calle ni mucho menos, reunirse con otros niños en la plaza. Sus lugares favoritos comenzaron a ser la cocina y el garage de su padre, donde podía desarmar y arreglar cualquier tipo de artefactos.
Creció con esas habilidades y también con esas limitaciones a la hora de relacionarse con los demás. Cuando sus padres fallecieron, pudo mantenerse con sus elaboraciones en la cocina y reparando todo lo que le llevaran los vecinos. De algún modo, se sintió parte de la sociedad que lo rodeaba y el barrio, de esa manera, lo aceptó tal cual era, ya sin prejuicios.
Pero ayer ocurrió algo impensado. Marita, hija de la hermana de Dora Gutiérrez, una de las vecinas de Pascual, llegó al barrio a visitar a su tía. El problema comenzó cuando la mujer acompañó a su tía a buscar una torta de cumpleaños que había encargado. El cocinero arregla todo salió con el pedido, pero ni bien observó a Marita, apenas si pudo balbucear el precio de la torta. Fue amor a primera vista. Al menos, para Pascual.
Ni bien se retiraron con lo que habían ido a buscar, Pascual corrió hacia la cocina y tras un buen rato de amasar, cocinar y decorar, llevó a la heladera una torta con forma de corazón, revestida en crema de color rosa y una leyenda en chocolate que decía "para la mujer más hermosa que han visto mis ojos". No conforme con ello, se puso a trabajar en un viejo Ford T que le habían traído para reparar la semana anterior, pero que había postergado durante todos esos días. No solo lo dejó arreglado para las cinco de la tarde, sino que además lo lavó, pulió y enceró.
Todavía no había atardecido cuando lo vieron salir por el garage, conduciendo un Ford T que brillaba bajo los úiltimos indicios de sol. Dio una vuelta a la manzana para justificar que lo había sacado a la calle y luego estacionó frente a la vivienda lindante a la suya, donde vivía Dora Gutiérrez. Bajó del coche con la torta en forma de corazón y tocó timbre.
Salió la dueña de casa y sorprendida de verlo, le preguntó para quién era esa torta, pensando que quizá venía de regalo por la compra de la de cumpleaños. Pero la sorpresa fue mayor cuando Pascual, tras aclararse la voz, le dijo que era para su sobrina, que lo había flechado de amor con la mirada.
Dora no pudo contener la risa. El pobre de Pascual quedó atónito. La actitud de su vecina lo hice sentirse un estúpido y sin pedir explicaciones, se subió al coche y se marchó. Dora no alcanzó a detenerlo. Luego diría que su intención fue pedirle disculpas.
Lo cierto es que humillado, Pascual condujo a ciegas. El destino no estuvo de su lado y en el primer paso a nivel, no vio las barreras que estaban bajas y cruzó igual. El tren de las siete lo embistió justo a la mitad del vehículo.
Un ambulancia lo llevó raudamente al hospital, con pérdida de conocimiento, varias costillas rotas y las dos piernas quebradas. Había perdido mucha sangre.
Dora se sentía culpable y dijo haberse reído porque en el apuro por llevar la torta no se había quitado la grasa de encima de haber estado reparando el Ford T, y su rostro, manos y ropas, estaban manchadas. Lloraba desconsoladamente, mientras Marita le acariciaba el cabello, apenada. Los demás vecinos la calmaban recordándole que la culpa que Pascual fuera tan introvertido era de los padres, de esa infancia tan singular que había tenido.
Eso fue ayer. Esta mañana aún seguía internado, en grave estado. Se decían comentarios similares y se repetían las mismas historias de siempre. Para el mediodía el médico apareció en la sala de espera para anunciar que Pascual había mejorado su estado y que pronto podrían sacarlo de terapia intensiva. Todos se alegraron. Fue cuando el doctor hizo mención a otra cosa: el paciente había perdido la memoria.
Hace un rato Marita, que no se había movido de la sala de espera desde el día anterior, quizá sintiéndose culpable en parte, porque a ella le llevaba la torta, dijo algo que dejó a todos en silencio. En las últimas horas había escuchado tanto de la vida de Pascual, que sentía conocerlo desde siempre.
- Ni bien abra los ojos, ni bien pueda escucharnos, quiero que me ayuden con algo - y tras aguardar que los presentes asintieran con la cabeza, informó - quiero que nos turnemos entre todos y leamos a Pascual los cuentos que nadie le leyó en la infancia. Si va a empezar de cero, esta vez hagámoslo bien.
Nadie puso reparos. Algunos se fueron y volvieron al rato, con libros bajo el brazo. Y aquí estamos, esperando que nos den el último parte. No habrá más cocina y reparaciones, pero quizá haya tiempo para una nueva oportunidad.

2 de julio de 2012

Tecnología de última generación

El viejo Pérez jamás imaginó que la tecnología podría incidir tanto en su existencia. Se había jubilado diez años atrás, luego de haber trabajando en el correo durante toda su vida. Mientras sus compañeros utilizaban computadoras y se veían los primeros celulares, Pérez (al que muchos llamaban a sus espaldas, viejo gruñón) prefería el tradicional papelerío en cuadernos y planillas.
Pero todo cambiaría el día que Tecnologix XXI, la compañía líder en todo el mundo en productos de última generación de electrónica e informática, sacó al mercado la tablet Nigro Max Connecting. No solo poseía un revolucionario concepto de las conexiones inalámbricas, sino que aprovechaba como ninguna la tecnología infrarroja, accediendo a cualquier dispositivo preparado para tal función, como ser un televisor, un equipo de audio, el equipo de aire acondicionado. Pero sin dudas, lo fantástico, era poder administrar la iluminación desde el mismo equipo, encendiendo, atenuando o apagando las luces del hogar o la oficina.
Hasta allí, un avance tecnológico con un propósito comercial bien definido y un éxito casi asegurado. Al menos, hasta que alguno de sus competidores pudieran sacar al mercado un producto similar.
Como era previsto, el día que salió a la venta vendió casi un millón de unidades. No fue el total de ventas lo que preocupó a Pérez, sino las que se vendieron en un radio de cinco kilómetros de su casa, que se calcula, fueron unas ochenta y ocho.
Por alguna extraña razón, la señal de las tablets hacían interferencia con la casa del viejo Pérez. Aunque claro, esto se supo después de varios días. El viejo, por otra parte, ignoraba absolutamente todo de la Nigro Max Connecting y si incluso hubiese visto la propaganda en la tele o el diario, hubiese desconocido lo que se promocionaba. Apenas entendía la diferencia entre un teclado y un mouse como para comprender el concepto de una tablet.
Sin embargo, ese día, después de las nueve de la mañana, su vida dejó de ser la misma.
Estaba subiendo al altillo de su casa a buscar unos diarios viejos cuando las luces se apagaron en su totalidad. Pensó de inmediato que serían los tapones y comenzó a descender por la escalera, cuando de repente la energía retorno y las lámparas resplandecieron. Gruñó por lo bajo y emprendió otra vez el ascenso. No había llegado a subor dos peldaños, cuando otra vez quedó en prenumbras.
Aquello no le gustaba nada. Si alguien estaba provocando que se cortara la energía cada dos segundos, ponía en peligro la integridad de los artefactos del hogar. Bajó la escalera y se encaminó a la cocina, para desenchufar la heladera y también el televisor. Lo último que quería era que se quemaran.
No había salido del pasillo cuando volvió la luz. Escuchó el motor de la heladera al arrancar y notó como le costaba. Lanzó un "que lo parió" al aire y fue raudo hasta el enchufe, para desconectarlo de la corriente eléctrica. Apenas lo había hecho, la casa quedó otra vez sin energía.
- ¿Pero que carajo están haciendo? ¿Están jugando? - dijo con bronca en la voz.
En ese momento volvió otra vez la luz y el televisor se encendió solo. Fue hasta el aparato y lo apagó. No le había alcanzado a dar la espalda que se volvió a prender. Lo apagó una vez más y lo desenchufó. Entonces, se volvió a cortar la luz.
- ¡La puta madre, van a quemar todo! - bufó a pecho limpio.
Se apuró es desconectar todos los equipos que necesitaran de corriente eléctrica para funcionar. La luz iba y venía, constantemente. Salió a la calle y afuera parecía todo normal, sin ninguna cuadrilla de la empresa de energía trabajando en la zona. Fue hasta lo de su vecino y le golpeó la puerta, temiendo que no anduviera el timbre.
- ¿Disculpe Ferreyra, pero dígame una cosa, usted también está teniendo problemas con la energía eléctrica?
- ¿Qué clase de problema, Pérez? - preguntó un recién levantado Ferreyra, que aún no se había dado cuenta que llevaba puestas las pantuflas rosas de su mujer.
- Viene y va. Me va a quemar todo.
- Fíjese si no tiene algo en corto. Acá funciona todo bien. Estoy viendo el canal de compras desde hace un rato y no se me ha cortado nunca.
Le dio las gracias y volvió a su casa. Allí la luz seguía dando su propio espectáculo. Llamó a la empresa. Aguardó hora y media hasta que llegaron para verificar lo que estaba sucediendo. No le encontraron respuesta a lo que estaban ocurriendo. Todo parecía estar bien...
- Mire señor, en realidad ni siquiera se le está cortando la energía - le explicaron - Son las luces las que se apagan, lo mismo que los aparatos. Fíjese el televisor, se acaba de apagar, pero las luces siguen encendidas. Y ahora mire... se han apagado las luces, pero la heladera está marchando.
El viejo Pérez no se había puesto a hilar tan fino. Aquello lo alarmaba. ¿Su casa estaba maldita? ¿O la instalación estaba pidiendo a gritos un recambio del cableado?
Para la noche, el viejo estaba a punto del colapso. Estaba presenciando el caos personificado. Se sentía estresado, al borde de un ataque de nervios. Apenas si pudo dormir. A la mañana siguiente se presentó en la empresa de energía y logró que volvieran a revisar todo. No encontraban ninguna anomalía. Y si no hubiese sido porque uno de los jefes de la empresa se acercó a conocer la magnitud del reclamo, la incógnita seguiría sin haberse revelado.
La diferencia entre el jefe y sus empleados no era el conocimiento, sino la tablet recién adquirida: la Nigro Max Connecting. Hacía gala de ella como un niño lo hace de su último juguete. Todo lo que le decían, lo volcaba con velocidad sobre el aparato. Estuvo así un buen rato, hasta que por error activó la función de encendido de las luces y con alarmante incredulidad notó como por coincidencia, las luminarias de la casa se prendían.
Podía haber sido una casualidad, una más de las tantas que nos da la vida. Pero el hombre no dudó en volver a probar, accionando la desactivación de las luces. Las mismas, aunque no podía creer, se apagaron en ese preciso momento. No, no era posible. No había configurado la tablet aún, ni siquiera en su propio hogar. Miró el televisor apagado. Buscó la función en su dispositivo portátil y cruzó los dedos. Al hacer On en la función de encendido remoto, el televisor se puso a emitir.
Al rato se apagó, pero no había sido él. Lo mismo con las luces, que seguían su show personal de estar brillantes para luego sumirse al silencio de la oscuridad y viceversa.
¿Y si.... ? No, no podía. Sabía que una de las características de la Nigro Max era el alcance. Pero le parecía imposible que tuviera algo que ver. ¿Cuántas se habrían vendido en la zona, como para provocar ese caos hogareño en lo de Pérez? No, era imposible. No obstante, dio aviso al fabricante.
Las pruebas fueron categóricas. Por alguna inexplicable razón, las frecuencia en las que trabajaban las tablets Nigro, coincidían con las instalaciones existentes en la casa del viejo Pérez, y por algún otro rarísimo motivo, hacía las veces de llave maestra a la inversa, permitiendo que toda función emitida por una tablet dentro del radio de alcance, modificara los valores existentes del lugar.
El fabricante negó falla alguna y adjudicó todo al destino. El viejo Pérez resolvió mudarse al quedar al borde de la locura, tras cuatro semanas de no ser dueño en absoluto de la iluminación de su vivienda ni de nada de lo electrónico que poseía bajo su techo.
Odiaba más que nunca la tecnología. Razón suficiente para mudarse a una cabaña cercana al bosque, en medio de la nada, sin más compañía que una estufa de leña y un paisaje acogedor. Su casa la puso en venta y la compró un tal Gómez, que pagó en efectivo.
A Pérez poco le importa que ese tal Gómez responda a la empresa Nigro Max Connectiong y que su antigua casa esté siendo estudiada por analistas en conjunto con el gobierno. Es que allí radica el futuro del convencimiento, el poder sobre la intimidad, el acceso a lo privado. Por eso, con dedicación y esmero, se analiza cada centímetro del lugar, en busca de respuestas.Pérez, en tanto cierra los ojos y respira aliviado.
Está a salvo.

29 de junio de 2012

Niño otra vez [3ra parte]

Entre los aspectos positivos de ser jefe en una empresa, estaba el de poder retirarse cuando quisiera. Ese lunes Francisco esperó que terminara la hora del almuerzo y salió del edificio. La idea era regresar a su casa, pero sin avisar.
Sus hijos volvían al mediodía, almorzaban la comida que Mara les tenía preparada y luego de hacer las tareas, salían a jugar al patio o si habían acordado previamente, a la casa de algún amigo en común. Tenía que ser en común ya que no los dejaban ir a cada uno a un lugar distinto, porque aún eran pequeños.
El plan era estacionar a varias cuadras, caminar hasta la casa sin ser visto y entrar a la cochera sin llamar la atención. A medida que se acercaba se imaginaba diferentes formas de fracaso para su idea: Mara saliendo a la vereda a barrer en el momento que estuviera abriendo la cochera; los niños jugando en la calle y él doblando la esquina quedando cara a cara con ellos; o peor aún, siendo atrapado dentro de la máquina, ya sea por su esposa o por sus hijos.
Pero nada de eso sucedió. Llegó bien hasta su casa y pudo entrar sin que lo vieran. Se imaginaba a Mara en el patio y a los chicos jugando en sus cuartos o en la casa de algún amigo. Esto último no era bueno para su propósito, pero debía arriegarse. Se acercó a la máquina y respiró profundo. Accionó los controles tal como su padre le había indicado y se metió en el receptáculo.
A los pocos segundos, tenía el cuerpo de un niño. Se volvió a asombrar del resultado. Observó sus manos diminutas y el largo de sus piernas, que lo coloaban tan cerca del piso que podía incluso llegar a marearse. Aquello lo divertía. Era verdad, el dolor de ciática que lo aquejaba en las últimas semanas permanecía a pesar del cambio radical de su cuerpo, pero la sensación de plenitud que embargaba su ser era única. Quizá su padre se equivocaba en algunos puntos y aquella máquina, además de devolver el cuerpo de un niño podía obtener algunas mejoras físicas para la persona.
Pero no era su objetivo comprobar los beneficios del invento de su papá, sino aprovechar al máximo el tiempo que le daba ese milagro tecnológico. Buscó en la bolsa que llevaba consigo ropa acorde a los ocho años y se la puso.Guardó la llave en el bolsillo del pantalón y salió por la misma puerta por la que había entrado.
Sabía que no tenía mucho tiempo. Se quedó merodeando cerca de la casa. Temía que sus hijos no aparecieran, pero finalmente los vio abrir la puerta del frente y salir corriendo. Su esposa salió detrás de ellos, gritándoles porque habían dejado la puerta abierta de par en par.
Malena llevaba el skate que le habían regalado para su cumpleaños. Pero no era su intención, al parecer, utilizarlo como se debía, sino que lo que pretendía era poner a su hermano de espaldas sobre la tabla y hacerlo avanzar a toda velocidad por la bajada del garage.
Francisco se acercó a ellos, con las manos en los bolsillos y silbando una vieja canción de su infancia. Agustín y Malena lo miraron con recelo.
- Hola - saludó el pequeño Francisco.
Sus hijos no contestaron. En ningún momento sospecharon de la identidad del niño. Para ellos era un desconocido, un extranjero, alguien que no pertenecía al barrio. El silencio era señal de que no era bienvenido. La indiferencia suele ser una pancarta que dictamina un mal recibimiento.
- Hola - volvió a decir Francisco y sin perder tiempo agregó - Yo solía, digo, suelo jugar con una patineta. Tengo una en casa.
- ¿Y dónde vivís? - preguntó con frialdad Agustín.
- Lejos, en otro barrio. Estoy en lo de una tía, por allá - y señaló al azar, del otro lado de los árboles, disfrutando el hecho que sus hijos no lo reconocieran.
- Ajá - acotó Malena.
- Bueno, volate - dijo Agustín.
- ¿Volate? No entiendo.
- ¿Que no entendés? - preguntó la nena, perdiendo la paciencia - ¿Sos boludo o te hacés? Andate, dale, dejanos en paz.
Francisco estuvo a punto de reprocharles la mala palabra, pero recordó que no estaba haciendo el papel de padre, sino que quería acercarse a sus hijos.
- Si me dejan jugar con ustedes, mañana vuelvo con la bicicleta que me regalaron la semana pasada por mi cumpleaños - mintió.
Los niños mostraron cierto interés en esa promesa y tras cruzar una mirada, dieron el visto bueno.
- Dale, pero un rato nomás.
- ¿Qué les gusta hacer? - preguntó Francisco.
- Que se yó, y a vos que te importa - le respondió Malena.
Francisco se sintió en parte avergozado. Era su hija la que le había hablado así. Era una mal educada.
- Quería saber. Donde vivo tengo muchos amigos - dijo y como último recurso, sentenció - Y son mucho mejores que ustedes dos.
Eso les dolió a los hermanitos.
- ¿Mejor en qué, si vos no nos conocés? - dijo Agustín, a la defensiva.
- No, pero los veo y me doy cuenta que mis amigos son mejores que ustedes. En todo.
- ¿Si? ¿Ellos hacen esto? - preguntó socarronamente Malena, para luego levantarse la falda del vestido y mostrarle la bombacha rosa que llevaba puesta.
- ¡Pero... qué hacés! - balbuceó consternado Francisco.
- ¿Qué? ¿No te gusta? Che, Agu, es un maricón. Seguro que sus amigos son todos maricones como el.
Agustín se puso a reír, acostado sobre el skate.
- No, lo que te digo es que cómo vas a andar mostrando la bombacha. Está mal eso, tus padres acaso...
- Si querés me puedo levantar el vestido y mostrarte otra cosa y no la bombacha, pero para eso tenés que pagarnos algo, a los dos.
- No puedo creer lo que me estás diciendo - alcanzó a decir Francisco.
- ¿No? Si tenés algo de plata...
Francisco dio dos pasos hasta Malena y le cruzó un sopapo. Fue instintivo. No supo frenarse, no pudo, no quiso. El sonido retumbó en la tarde. Al instante tenía a Agustín viniéndosele encima, con el skate agarrado con las dos manos. Alcanzó a esquivar el primer golpe, pero no el segundo, que le dio de lleno en el brazo. Malena, recuperada del cachetazo y saliendo del asombro, también atacó a Francisco, con una patada en los tobillos.
Franciscó acusó los golpes, pero se topó con un árbol al querer retroceder y permitió que el skate lo volviera a impactar, esta vez en el estómago.
Malena chillaba, como poseída:
- ¡Pegale Agustín, pegale al maricón, pegale!
Entonces supo que debía salir corriendo o terminaría todo magullado. Se corrió justo y el skate se estrelló contra la corteza del árbol. Francisco salió huyendo de sus hijos, hacia el lado de la casa. No supo en que momento Mara había salido a la vereda, quizá con los gritos de Malena o por pura coincidencia, pero lo tomó del brazo en plena huída.
- ¡Adonde vas, vos! ¿Qué está pasando acá? ¿Qué es eso de estar peleando con mis hijos?
- Mara, escuchame, me estaban matando a golpes...
Su esposa, sin dejar de apretarle el brazo, se alejo un poco. Se sorprendió de escuchar su nombre.
- ¿Quién sos? No te vi nunca por acá. ¿Cómo sabés mi nombre?
Francisco entendió que estaba en problemas. Malena lo estaba acusando de haberla golpeado y Agustín se justificaba diciendo que era verdad, que por eso "le estaba dando" con el skate. Y por si fuera poco, su esposa lo miraba como un bicho raro.
Forcejeó y logró quedar libre de la mano que lo apresaba de su esposa. Agustín quiso dar un paso adelante para volver a atacarlo, pero Mara lo retuvo. Francisco la miró a los ojos y en una súplica silenciosa, se declaró inocente. Sin perder tiempo, salió corriendo en dirección contraria, buscando la esquina que le permitiera desaparecer de la vista de los tres.
Se sentía agitado y a la vez enfurecido. Hasta tenía ganas de llorar, como un niño. Es que al fin de cuentas, lo era. Se dirigió hasta la plaza y aguardó una hora, lo suficiente como para volver a asomarse a la vereda de su casa y esperar la oportunidad para volver al interior de la cochera, donde quería estar al momento de volver a su cuerpo de adulto, dado que allí había guardado la ropa.
En ese lapso pensó en sus hijos, en cómo se habían comportado. Se repetía una y otra vez que Malena se merecía ese sopapo. Sin dudas que la reprimenda había sido merecida. ¿Pero cómo decirle a Mara lo que había pasado? ¿Cómo enfrentar a una niña de nueve años que tiene esas actitudes? No, ser padre era algo extenuante. Había querido ser niño para dejar de ser padre y no lo había podido lograr.
Se metió en la cochera y se desplomó a un costado del receptáculo. La máquina de su padre era un verdadero logro, pero no tenía sentido. Un adulto no puede volver a ser un niño, porque la visión es otra. Solo cuando se es niño se disfruta de la vida en toda su dimensión. Por eso estaba llorando en esos momentos, porque sus hijos no lo estaban haciendo.
O lo que era peor, lloraba porque quizá si estuvieran disfrutando, pero a su manera, de un modo más moderno, actual.
La máquina valdría la pena si además de convertirlo en niño, pudiera llevarlo a su época, a transitar esas cuadras de su niñez donde convivía con sus amigos, donde compartían una pelota en la plaza, o se perseguían jugando a la mancha venenosa.
En cambio, convirtiéndolo en niño pero dejándolo en el presente, lo único que lograba era depositarlo en un mundo hostil, donde se sentía un ser extraño, ingenuo. Los tiempos cambian muy rápidamente, se dijo mentalmente, mientras se despojaba de la ropa de niño que llevaba puesta. A los pocos minutos, ya era otra vez un hombre. Se vistió y salió de la cochera, en busca de su vehículo, estacionado a varias cuadras.
Una duda lo asaltaba. ¿Se animaría a volver? ¿Podría mirar a los ojos a sus hijos? ¿Encontraría en los ojos de su mujer la súplica silenciosa que le había hecho esa misma tarde? Caminó resignado, con sabor a derrota en los labios.
Si tan solo jamás hubiese deseado volver a ser un niño...

26 de junio de 2012

Niño otra vez [2da parte]

La mañana era propicia para embarcarse en algo extraño. Apenas si había dormido pensando en la máquina inventada por su padre. Era domingo y su mujer se había ido a misa con los chicos. Mara se había molestado al enterarse que no iría con ellos. La excusa era que debía conducir hasta lo de su papá, porque se había dejado la billetera con las tarjetas y documentación importante. Y era verdad, salvo que no había sido un descuido, sino adrede, para tener una razón con el fin de volver.
Su padre lo esperaba ansioso, parecía un chiquillo a punto de mostrar su nuevo juguete. La máquina ya no estaba en el cobertizo. La había llevado esa misma mañana hasta el cuarto de invitados de la casa.
- Tu madre preguntó que era y le dije que un viejo invento que quería mostrarte, pero no le dije lo que hacía, porque me creería loco - le advirtió a Francisco mientras le quitaba una manta que le había colocado encima.
- ¿Solo tengo que meterme dentro y vos accionás esa botonera?
- Si, pero recuerda que son solo unas pocas horas, a lo sumo dos o tres. Lo probé en su momento con uno de mis socios, Edgardo, ya falleció, no se si te acordarás, en fin, y estuvo convertido en niño tres horas. Es algo instantáneo, tanto la conversión como la vuelta a la normalidad. La verdad es que nos asustamos mucho con el resultado y temimos lo que pudiera suceder con el invento. Así que lo abandonamos.
- Papá, vas a tener que llamar a Mara y decirle que me quedo a comer, que el auto tuvo algún problema o algo. No puedo conducir siendo un niño y menos llegar con ese aspecto a casa.
- No te preocupes, yo me encargo de eso. Tu madre también va a estar preguntando por vos, con seguridad. Algo inventaré para cada una. Soy bueno para eso - bromeó - Ven, entra.
Apenas si entraba en aquel aparato, sus brazos se aprisionaban contra el interior metalizado y debía agachar la cabeza para no golpearla con la parte superior.
Su padre se posicionó en los comandos. Tras asegurarse que estaba alimentada de energía y que los leds parpadeaban como correspondía, procedió a iniciar el proceso. En ningún momento temió por su hijo. Sabía que la máquina haría lo que debía. Y en tan solo una fracción de segundos, Francisco adulto se convirtió en Francisco de ocho años.
- ¡Guau! - dijo Francisco al verse de repente tan pequeño dentro de la máquina - Papá, un espejo por favor, tengo que verme.
La voz le sonaba aflautada a sus propios oídos. No podía creer lo liviano que se sentía, la agilidad de su cuerpo. Se situó delante del espejo de pared en la misma habitación. Se miró durante cinco minutos, casi sin soltar el aire. Estaba tal como se recordaba de pequeño. La máquina funcionaba, el invento de su padre hacía real lo imposible: era niño otra vez.
Ahora su papá parecía su abuelo. Cuando quitó los ojos del espejo y los puso sobre el hombre que había creado esa maravilla, vio que se estaba secando algunas lágrimas de las mejillas. Podía imaginarse lo emotivo de ver a su hijo siendo otra vez un niño. Se estrecharon en un abrazo. Ambos extrañaban esa sensación.
- Papá, esto es increíble, es un invento sensacional, con esto... - quiso seguir, pero no sabía que se podía lograr con eso, porque de repente lo asaltaron un montón de dudas. - Papá, si alguien que está enfermo, ponele de cáncer, quiere volver a ser niño, ¿la enfermdad sigue o qué?
- Si hijo, esta máquina no tiene más fin que devolvernos por unas horas a una etapa de nuestras vidas, pero conserva todo achaque y enfermedad. No hay forma de escaparle al tiempo. Si alguien la perfeccionara, para que en lugar de dos o tres horas, fuesen días o semanas, el cuerpo seguiría muriendo, solo que en otro tamaño. Quizá pueda tener otras funciones, pero como te dije, tuvimos miedo.
- Si tan solo pudiera usarla para entender a mis hijos... mirá papá, estuve pensando, que si acaso me la llevo y uso en forma cuidadosa, podría acercarme con esta forma a Malena y Agustín y tratar de comprenderlos, de aprender a tratarlos. Siento que se me escapan, que los pierdo. Esta máquina tuya podría ayudarme.
- Es peligroso, pero siempre que tengas cuidado querido Francisco y la uses como decís, podrías obtener algún resultado. ¿Estás seguro de no querer intentar entenderlos como padre?
- ¡Lo he intentado, papá! Una y mil veces. Pero me sacan de mis casillas. Quiero probar de esta forma, ser uno más para ellos y quizá así, aprender a educarlos.
Su padre lo observó un buen rato, sintiendo que el que hablaba era un niño y no un adulto dentro del cuerpo de un chico. La idea no le gustaba. El no había necesitado de artimañas para educarlo, si bien a veces se mostraba enojado par imponer respeto. Pero los tiempos habían cambiado y quizá su invento podría serle útil a Francisco.
Ayudó a cargarlo en el auto. Le enseñó usarlo y le recomendó mucho cuidado. El niño Francisco volvió a su estado normal de adulto a las dos horas y media. Tomó nota del tiempo que demoraba, porque le sería indispensable para trazar cualquier idea. Tampoco hubo efectos secundarios ni nada que lo persuadiera de lo que tenía en mente. El plan se había puesto en marcha.
La tarde se había puesto gris cuando tomó la ruta para volver a casa. Al llegar comprobó que Mara y los chicos había salido, con certeza a la plaza. Aprovechó para guardar el artefacto en la cochera, donde solía entrar solamente el.
Su mujer e hijos regresaron una hora más tarde. Ella preguntó por sus padres y si el auto ahora funcionaba bien. Los chicos, en cambio, pasaron a su lado sin siquiera saludar. No importa, se dijo mentalmente, ya iba a descifrar como pensaban y las cosas irían cambiando de a poco.




Continuará...

23 de junio de 2012

Niño otra vez [1ra parte]

Para Francisco la tarea de ser padre representaba los momentos nefastos del día. Resumía las horas que compartía con sus dos hijos, como caóticas. Por más que se mentalizara durante todo el camino de regreso desde su trabajo, sabía que aquellos dos pequeños que había visto por la mañana descansando en sus camitas estarían transformados para esa altura de la tarde, en dos monstruos inagotables.
A veces solía reprocharle a Mara, su esposa, el hecho de no ponerle límites, y que por esa razón, los niños, Agustín de siete y Malena de nueve, se comportaban de la manera en la que lo hacían, siendo contestatarios, irrespetuosos y sin hacer caso de las recomendaciones y órdenes que se les daban.
Mara se defendía alegando que él pasaba mucho tiempo fuera de casa y la imagen de autoridad que debía dar, estaba fallando. Por supuesto, el diálogo se volvía exasperante y ambos terminaban discutiendo y malhumorados.
No quería perder la compostura delante de sus hijos, pero en varias ocasiones había llegado a gritarles bien fuerte. Recordaba que de chico su madre, cuando se portaba mal o cometía alguna travesura que salía de los márgenes de lo permitido, le daba unos cuantos coscorrones y lo mandaba a la cama. También estaba en su memoria la imagen de su padre, amagando con quitarse el cinto, cosa que nunca había llegado a hacer. Al menos para golpearlo.
Pero odiaba la violencia y más si se trataba de sus hijos. No quería repetir lo que consideraba puntos flacos en la relación con sus padres, si bien había momentos en los que creía entender la razón por la que actuaban de aquella manera. Además, Mara también era la idea de evitar todo tipo de corrección por la fuerza.
La tarde en la que casi se salió de los estribos, Agustín y Malena le habían sacado al vecino dos gallinas para encerrarlas dentro de una caja de cartón. Luego la envolvieron con papel de regalo y se la dejaron en la puerta a Doña Cornelia, la antigua peluquera de la cuadra, ahora muy avejentada y con problemas motrices. Cuando Cornelia salió atender la puerta se encontró con ese regalo. Entusiasmada abrió la caja y una de las gallinas le picoteó la mano. La vecina del otro lado de la calle había visto todo y no tardaron en llegar lo reclamos a casa de Francisco, que hacía cinco minutos había vuelto del trabajo.
Salió del cuarto de los chicos furioso, les había hablado durante media hora y ellos como si nada. No entendía como llegarles y veía que su mujer tampoco. Esa misma noche, en casa de sus padres, donde toda la familia se había reunido a comer, le había confesado a su papá, compartiendo una copa de vino en la terraza que daba al jardín, que por momentos "deseaba volver a ser un niño".
Era verdad, por momentos sentía el ferviente deseo de dar vuelta atrás la cuerda y regresar en el tiempo, ser otra vez un chico y olvidarse de toda responsabilidad, del trabajo, de los horarios, incluso de su esposa y sus hijos. Se sentía cruel pensando así. Al menos, se decía, ser niño para entender como pensaban sus hijos y poder, de esa forma, llegar a ellos.
Su padre se quedó en silenció, observando el fondo de su copa vacía. La brisa parecía ser cómplice de sus pensamientos. Francisco estaba ensimismado en aquel deseo, obnubilado un poco por el alcohol. A lo lejos escuchaba las voces de su esposa en diálogo con las cuñadas, el griterío de los niños en alguna parte y el canto de los grillos, que anunciaban altas horas de la noche.
Sintió que su papá lo tomaba del brazo. Escuchó el "vení conmigo" como saliendo de un sueño. Si, el vino le había hecho efecto muy rápido. Caminaba con cierto tambaleo, pero seguía de cerca a su padre, que lo llevaba por el jardín hasta el viejo cobertizo. Allí se guardaban antiguos trastos, de la época en la que a su padre le gustaba inventar cosas. Se había ganado la vida así y aún poseía varias patentes a su nombre, aunque ya estaba retirado.
- Nunca supe que hacer con esto - le dijo su padre, tras encender la única luz que había en el interior, que bañaba apenas tenuemente el ambiente. Le señalaba una caja muy alta, sujetada por una cadena que la cruzaba de lado a lado.
Francisco avanzó tratando de no tropezar con nada de lo que estaba desparramado casi al azar por la habitación.
- ¿Qué es? - le preguntó, tratando de poder ver algún detalle, algo, a través de los resquicios de la caja.
- Lo que necesitás para volver a ser un pibe, es una máquina, tiene un funcionamiento muy complejo. No la quise patentar ni mostrar a nadie porque es peligrosa, es decir, es increíble lo que hace y me da miedo pensar que podría llegar a hacerse con algo así.
- ¿Pero qué hace, papá?
- Te convierte en niño, por unas horas.
- ¿Me estás jodiendo?
Su padre metió la mano en el bolsillo y sacó una llave muy pequeña. Buscó a un costado de la caja y encontró un candado. Lo abrió con la llave y la cadena cayó al suelo, levantando un poco de polvo. Le pidió a su hijo que lo ayudara a moverla hacia el centro de la habitación. Una vez allí, abrió la caja y dejó a la vista un receptáculo de madera, con interior metálico. Un sistema de plaquetas y pequeños leds se incrustaban en la parte alta, en tanto una pequeña botonera asomaba de un lateral.
- Funciona con energía - anunció entusiasmado el hombre - Si querés la enchufamos y vemos si todavía funciona.
- Esperá un poco, vos me estás diciendo que esto me puede convertir en un niño. ¿Me estás diciendo eso? ¿O entendí mal?
- Así es.
- Papá, si eso es cierto, cómo crees que reaccionaría Mara si me ve salir de acá como un chico. ¿Funciona en serio, no? ¿Podemos probarla mañana?


Continuará...

20 de junio de 2012

En el shopping

Los altoparlantes dejaron de rugir una vez que la masacre estaba consumada. Hasta entonces una voz chillona había repetido hasta el cansancio que se debía mantener la calma y no asustarse. Sin embargo, nadie le hizo caso a la orden. Era imposible mantener, directamente, la cordura.
Sería también difícil explicar como comenzó aquello. El shopping estaba atestado de gente, cada cual en lo suyo, mirando vidrieras, almorzando en los bares, haciendo compras. Los niños corriendo, como hacen los niños desde que el mundo es mundo. Un día normal, agitado, claro que si, como sucede siempre en el shopping, pero alejado de cualquier hecho sobrenatural que pudiera presagiar lo que ocurrió a continuación, en algún momento del mediodía, entre que se sintió la explosión y los vidrios del techo de cristal estallaron en pedazos cayendo en forma de una lluvia asesina.
Sangre, eso fue lo primero que todos notaron. Sangre espaciérdose por las escaleras, los amplios salones, los ascensores. El cristal se había derramado sobre la gente, cayendo sin piedad sobre sus cuerpos, cercenando partes casi sin producir dolor, con la impronta de lo inesperado, con el sello de la desgracia.
Algunos se vieron sus dedos rebanados y comenzaron a gritar. Otros ni siquiera pudieron hacerlo. Los cristales habían rebanado sus cabezas. Entonces fue el caos. Las familias se desmembraron, los amigos se separaron, los conocidos se alejaron. Cada uno corrió hacia donde pudo, gritando, con el terror galopando en sus corazones.
Y mientras eso sucedía, una sombra se tendió sobre el lugar, oscureciendo todo el interior del recinto, sumiéndolo en una penumbra dolorosa. La gente se chocaba entre si, se apartaba a los empujones, tropezaban con los cuerpos sin vida o resbalaban en la sangre viscosa y hedionda que todo lo inundaba.
El pánico se apodero de los sobrevivientes. Los altoparlantes pedían calma. Las voces desesperadas, sin embargo, lograban imponerse. Pero algo estaba mal, además de la tragedia, de la muerte instalada en el lugar. Porque de esa sombra en lo alto, descendió un infierno de escarabajos y cucarachas.
Los insectos treparon sobre las personas, que enloquecían minuto a minuto. Las puertas de salida parecían cerradas desde afuera. La oscuridad también se había apoderado de exterior, al menos, del exterior que rodeaba al shopping.
La gente golpeaba a los bichos, pero en su afán, también a otras personas. Algunos tomaban sillas y las usaban para aplasar a las cucarachas y escarabajos, sin importar si estaban encima de otras personas. Golpeaban con fuerza, hasta quebrar la madera. Algunas sillas se astillaban en la carne de hombres y mujeres, que pedían piedad desde el suelo, mientras los asquerosos insectos caminaban sobre sus piernas, brazos, espaldas...
Al cabo de tres horas, no había ninguna persona mentalmente sana con vida en aquel lugar. Los altoparlantes ya no chillaban. En el exterior luchaban por abrir las puertas para ingresar. La oscuridad se disipaba de a poco. Nadie, afuera, sabía con certeza que había sucedido dentro. Habían sido testigos de la extraña penumbra que había rodeado el shopping, de la explosión que se había escuchado a kilómetros de distancia y estuvieron impedidos de poder acudir en ayuda, porque las puertas no se abrían.
La calma se apoderó al fin, demasiado tarde, del lugar. Las puertas se abrieron. Los integrantes de las fuerzas de seguridad y voluntarios que estaban esperando para ingresar asomaron apenas sus cabezas al interior, para salir espantados, en retirada. Algunos ordenaron cerrar de inmediato las puertas. Dicen que lo poco que alcanzaron a ver, era atroz.
En pocos días cercaron el shopping con vallas de madera y chapas altas. Algunos vecinos lindantes, se mudaron a otras localidades. Nadie jamás entró al lugar. Del día de la tragedia, pasaron cinco años. La sociedad prefiere la ignorancia, vive bien así. Se resigna a extrañar a los que no están, antes de enfrentarse a lo irreal, a lo desconocido.
De vez en cuando se escuchan activarse, durante la noche, los altoparlantes. Una voz chillona pide calma y en la ciudad todos se acurrucan en sus camas, protegidos por las sábanas y el instinto de supervivencia, muy ligado al de la indiferencia.

17 de junio de 2012

Cuento para la hora de dormir

Es tarde, le repite la madre una y otra vez. Papá ya debe estar acostado, le advierte por última vez. Pero Nadine, con sus cuatro añitos, solo entiendo una cosa: quiere a papá al teléfono para que le cuente una historia antes de ir a dormir.
Entonces mamá, mirando de reojo el reloj y esperando no despertar a su marido, que con seguridad está acostado en el hotel que le da la empresa en la capital, con motivo de la reunión semanal del consejo directivo, marca el número de la habitación.
Suena una vez, dos, tres, y se muerde los labios, porque se imagina a Carlos abriendo los ojos en medio de la oscuridad, insultando mentalmente al que está llamando. Y entonces, se escucha el sonido del tubo al ser levantado y seguido, casi sin dar tiempo a nada, ni siquiera a respirar, la voz de una mujer: ¿Hola?
María del Carmen se queda muda, solo atina a decir: ¿Carlos?. Del otro lado se escucha un cuchicheo, el ruido del teléfono cambiando de manos y la voz de su esposo, que sin tener el teléfono cerca de la boca ya está preguntando ¿quién habla?.
Nadine se apresura, no sabe que no ha sido su padre el que ha contestado del otro lado, le arrebata el teléfono a su madre, que parece una estatua apoyada contra la pared, sostenida por piernas que no responden a una cabeza que está viajando sin destino, rondando ideas sin sentido.
La niña grita ¡papá! entusiasmada y papá entonces, sopesando la situación, cumple su rol. Nadine permanece cinco minutos al teléfono riendo y haciendo acotaciones a la historia que viaja cientos de kilómetros para llegar a sus oídos, mientras mamá mira a la nada misma a los ojos y retiene el llanto que más tarde derramará en la soledad de su habitación.
La pequeña se despide, le da un beso al auricular del teléfono y luego cuelga. Una sonrisa le atraviesa el rostro. Está feliz, ahora puede ir a dormir. Mamá la acompaña hasta el cuarto, pintado de rosa y la arropa en la cama, para que no tome frío. Cuando apaga la luz, Nadine ya está dormida.
Ella, sin embargo, no podrá. Y lejos, muy lejos, su marido se quedará pensando si acaso ella escuchó la voz de la mujer o la creyó producto de su imaginación. El mundo, para ambos, dejó de ser el mismo. Por suerte, Nadine ya duerme.

14 de junio de 2012

Piropeador de alma

La anécdota del nacimiento de Esteban era sabida por toda la familia. Era algo pintoresco y al mismo tiempo llamativo, un detalle que brillaba con luz propia en un día ya de por sí, especial. Había sonrisas al momento de contar que Esteban, con apenas segundos de vida fuera del vientre de su madre, le había guiñado el ojo a la enfermera. Y se aclaraba rápidamente que no había sido un tic o un movimiento involuntario, fue un guiño de ojo con todas las de la ley.
Aquella fiesta duró un par de años. Porque Esteban fue creciendo y guiñarle el ojo a las mujeres se convirtió en un ritual que comenzó a asustar a sus padres. Las sospechas sobre aquel comportamiento se acentuaron con la llegada del habla. Su primera palabra no fue papá ni mamá, sino bombón, dicha a su tía, que realmente era una belleza.
Esteban podía estar sentado en la vereda de su casa por horas, con un solo objetivo, que era mirar mujeres. Las contemplaba con deleite, como cualquier niño a edad temprana podría estar observando un helado o una barra de chocolate.
Su sonrisa era tan grande y genuina, que cuando asomaba en su rostro no le quedaba otra a la mujer que entonces pasaba delante suyo que devolverle ese gesto. Entonces Esteban, envalentonado por esa respuesta, saludaba diciendo "adiós hermosa" o "hasta luego mi ángel".
El comienzo de la escuela fue un suplicio para sus padres. A la maestra le había preguntado el primer día de clases si su padre acaso era un pirata. ¿Por? preguntó asombrada la docente, aunque más asombrada quedó con la respuesta: Porque usted es un tesoro.
Con el aprendizaje de la escritura, el síndrome del piropeo (al menos cada compañerita recibía dos piropos al día y las alumnas de otros cursos, uno) se hizo alarmante. Ya no solo los decía, sino que los enviaba por escrito en hojas dobladas a la mitad.
Por debajo de las puertas, fue dejando cada día un piropo para cada mujer del barrio. Y lo que para muchas era un gesto dulce y tierno, del que tendrían que aprender los grandes, para sus padres era un dolor de cabeza en aumento. No analizaban el presente, sino que temían al futuro. Una cosa es un niño enviando piropos o diciéndolos todo el día, y otra es un adolescente o persona mayor en el mismo estado. Lo que es tierno en un momento pasa a ser pajero, alzado, pervertido, e incluso, viejo verde.
Frases como "quisiera ser picaflor, pequeñito y volador, para volar hasta tu pecho y cantarte versos de amor" o "quisiera ser caramelo para derretirme en tu boca" eran monedas corrientes en Esteban. Si algo había que reconocerle, era que no había piropos guarangos en su repertorio. Le gustaba lo delicado, aquello que realmente agasajara a la mujer que le destinaba sus palabras.
Llegó a la adolescencia y a pesar de querer ponerse de novio, jamás lo consiguió. A ninguna chica le gustaba que estando juntos, él le dijera piropos a toda mujer que pasara cerca. Lo suyo se había vuelto una patología, tal como vaticinaran en silencio sus padres.
Su soledad era inalterable, no podía evitar piropear a toda mujer que viera. Esteban era buen tipo, nadie lo ponía en duda, incluso las chicas que había apostado a salir con él, confiando en que una vez juntos, solo tendría ojos para ellas. Trataba de explicarles que era algo más poderoso que él, pero no lo entendían.
Tenía veinticinco años cuando, angustiado por su soledad, por no poder amar y ser correspondido, atrapado por la depresión, se tomó un frasco completo de ansiolíticos.
Pero no pudo evitarlo, no pudo.
Al llegar la muerte le dijo: "Si tu cuerpo fuera una cárcel y tus brazos cadenas, qué bonito sitio sería, para cumplir mi condena".
Y la muerte, encantada, lo dejó con vida para volver tantas veces como él se lo propusiera. 

11 de junio de 2012

El imaginador

Desbordaba el río su cauce ante la mirada impávida de los sobrevivientes. Almas mártires de aquella guerra en vano que había arrasado con todo. La última explosión, la de aquella mañana, había causado ese desastre natural que se había llevado las casas erigidas en la orilla.
Algunos sollozaban por su gente ausente, esas que no volverían. Otros iban más allá en el lamento y gemían por el futuro incierto que tenían entre manos, solo por el hecho de no perecer en la contienda. Ninguno cuestionaba para entonces si la guerra había sido necesaria o no, de nada valía, nada cambiaba.
El imaginador caminaba entre ellos, mudo de asombro. Se detenía de vez en cuando y observaba hacia un lado y el otro. El panorama era desolador. Los sobrevivientes ya no le temían, le habían perdido el miedo a todo.
El hombre se quitó su chaleco plateado y lo dejó sobre unos troncos. Se sentó en silencio, resignado.
Era obra suya. Lo que veía y lo que no. Lo que sus ojos le permitían divisar y aquello que el horizonte le ocultaba. Le dolía la cabeza y no era por usar sus poderes mentales con tanta violencia, sino por culpa.
Sabía que era su misión, que para vencer en una guerra había que destruir. Pero siempre había estado lejos cuando imaginaba, cuando creaba la destrucción a partir de su mente. Por primera vez estaba en el lugar mismo de los hechos, porque su nave había caído. Los demás perecieron. Él no, el había imaginado su salvación. Ahora se arrepentía de ello.
Se puso de pie y se alejó del río desbordado, de las personas sin destino, del paisaje sin color. Se distanció de lo que había creado y se imaginó en otra galaxia, muy lejos, donde nadie pudiera encontrarlo, donde pudiera lamentarse de tanto daño hecho, ese día, siempre.
Y ya nadie volvió a verlo.

8 de junio de 2012

Venganza

La noche en la que apuntó la pistola al asesino de su esposa, sintió que la alegría inundaba su corazón. La tarde en la que al doblar la esquina lo vio caminando por la vereda contraria, creyó que el mundo se detenía. No podía ser, lo había visto caer, derramar sangre, balbucear un insulto inconcluso.
El shock duró muy poco, lo suficiente para que el hombre le sacara media cuadra de distancia. Corrió hacia el, evitando chocar con los demás transeúntes. Llegaron a la otra esquina al mismo tiempo. No dudó en ponerse en su camino. Y aunque no llevaba ningún arma encima, tanteó en su cintura, casi por instinto.
El hombre que había matado, se detuvo. Lo observó sin reconocerlo y haciendo caso omiso de su presencia, intentó seguir su marcha. No se lo permitió. Lo empujó hacia atrás, haciendo que trastabille.
- Vas a morir por segunda vez - le anunció.
Desde el suelo, el sentenciado argumentó:
- Pero... si nunca morí.
Ahora si, encontró un arma. Un tablón de madera en el suelo. Lo levantó en alto y lo bajó con fuerza, estrellándolo contra el rostro de su víctima (su víctima una vez más).
Volvió a sentir algarabía en todo su ser. La venganza otra vez consumada. Miró alrededor y vio a la gente observándolo con espanto. Soltó la madera. Aquello no era posible. Todos los que lo miraban tenían el mismo rostro. Todos eran el asesino de su mujer.

5 de junio de 2012

Presagio de la noche

La ciudad se ve distinta desde lo alto. El caos toma distancia, las calles se tornan insignificantes y los vehículos parecen indefensos insectos de colores que marchan sin otro sentido que el de ir para delante. Como si fueran hormigas, pero de colores.
El horizonte no aparece, ha sido robado por los altos edificios que se recortan contra el cielo. Ni siquiera desde la terraza es posible divisarlo. El paisaje es un continuo collage de bloques rectangulares, algunos más altos, otros más bajos. De vez en cuando una ornamentación rompe la monotonía. Pero no sucede muy seguido, al menos en esta ciudad.
Aquí el tiempo flota como una densa cortina de humo. Parece estancado y no sorprendería que entre edificio y edificio aparecieran telarañas enormes y sucias, algunas incluso balanceándose a causa del viento.
La noche llega sigilosa y muy temprana. El día apenas si tiene un instante para respirar. La oscuridad se prolonga desde entonces hasta que tiene ganas de marcharse. Las estrellas casi no brillan, son opacos resplandores moribundos. La luna en cambio, se agiganta contra el fondo negro. Su figura es amenazante y es posible ver el relieve de sus imperfecciones en la superficie sin necesidad de binoculares o telescopios.
La gente se ha acostumbrado a dejar las calles ni bien llegan las primeras sombras. Nadie se rige por las horas. No son parámetros en este lugar. La negrura vaya que lo es. Representa los miedos que todos llevan dentro y quieren evitar. Las puertas se cierran con llave y las ventanas quedan detrás de las persianas, que caen como murallas.
Es posible escuchar el aleteo de los murciélagos y el aullido de otros seres que nadie se atreve a describir, por el simple temor a imaginarlos. Sonidos guturales de la muerte, del terror. Los niños cierran los ojos y se entierran bajo las sábanas mientras los padres sujetan con fuerza sus pequeñas manos. Algunos, incluso, rezan.
Para mí, sin embargo, es el momento que me permito para vivir. Cuando todos se esconden en sus propias viviendas, buscando refugio de la tenebrosa noche que los atemoriza, mi silueta cobra forma en la penumbra.
Y entonces mis brazos se extienden más allá de mis ojos y en sus extremidades crecen finos y largos dedos. Las piernas se lanzan hacia la superficie con elegancia, permitiéndose un vano zapateo al sentirse afirmadas en el suelo.
El cuerpo parece desmembrarse, pero en realidad no hace otra cosa que ganar volumen. Capas y capas de piel horadada por cicatrices me dan forma en la misma medida que la cabellera espesa y kilométrica se propaga en todas direcciones. Con los años se ha vuelto blanca, por lo que la sensación es de un mar nevado que me persigue en el andar.
Estoy vivo. En la noche, bajo esa luna imponente, siento mi ser completo. Ya escucho, respiro, veo, olfateo y puedo sentir. Mis pies me llevan donde quiero. Mi cuerpo se estrecha para pasar entre las construcciones o simplemente escalarlas. Es que desde las alturas la ciudad parece otra. A lo lejos puedo ver los pocos coches que parecen darle vida al lugar. Son personas que se les ha hecho tarde, que deben estar implorando para llegar sanos y salvo a sus hogares.
Entonces sonrío, no puedo evitarlo. Debe haber gente esperándolos en alguna parte. Esposas al borde del llanto, hijos preguntando por ellos, padres y madres repitiendo un viejo sermón. Un extraño comportamiento para seres acostumbrados a la mortalidad, a la tragedia, al fatídico fantasma de la muerte. Como si a pesar de todo, la muerte no fuese parte de la vida.
Y en el aire revolotean las bestias negras, aullando sin piedad. Las pocas farolas encendidas oscilan con el viento. La brisa del día se ha convertido en una ventisca truculenta, que golpea las puertas y mueve las tejas. Es que así se divierte la noche, es que así sobrevive. Cansada de ser solo oscuridad, al fin ha despertado y con ella, muchos de nosotros.
Somos sus bufones, súbditos sin más mérito que el de existir, el de poder caminar las desiertas calles, subir techos y azoteas, trepar edificios y sentir la luna más cerca. Transitar el reino de la noche y ser, sin demasiada estrategia, los miedos de otros. Lograr que nuestros pasos penetren con su eco el corazón de las almas despiertas, calando en lo más profundo de la racionalidad, abriendo heridas sangrantes en esa fina capa que la separa de lo irracional.
La noche es nuestra madre, nos ha escupido en esta ciudad para no dejar dudas de lo que representa. De a poco lo irá haciendo en todas partes, hasta reinar como hace siglos. La tarea es ardua, pero necesaria. La humanidad es aliada del día y a la luz del sol ha avanzado, adueñándose de un territorio que no le pertenecía.
Pronto seremos por siempre. Ya no habrá un amanecer que nos obligue a cerrar los ojos y desaparecer, ni un atardecer que traiga las primeras sombras y esa penumbra necesaria para renacer, noche a noche. Pronto la noche será eterna y las bestias se adueñarán de aquello que alguna vez les perteneció.
Mientras tanto, la ciudad se esconde dentro de sus propias estructuras, esos refugios creados para tomar distancia de lo que lo rodea, guareciéndose de todo, menos de ellos mismos.
Los últimos vehículos llegan a destino y sus conductores corren a las puertas, que se abren y cierran en un santiamén. Se saben observados, vigilados. Sienten ojos en sus espaldas, pueden percibir el hedor de la noche envolviéndolos. Y tienen miedo. Mucho miedo.
Podríamos pisotearlos como ellos hacen con las hormigas. Podríamos. Pero es mejor el espectáculo que brindan, huyendo de lo que no ven, de lo que imaginan que los hostiga. De lo que en realidad no quieren ni siquiera imaginar, por miedo al espanto.
Y es mejor que no lo hagan, porque jamás podrían acertar lo distante que están al verdadero horror de lo que representamos. Somos seres de la noche, oscuros, damos pavor. La oscuridad existe con el único propósito de ocultarnos, de dejarnos en penumbras. Nuestra imagen desfigura, vernos mata. La noche se ríe gracias a nosotros, sus bufones.
La ciudad se ve insignificante desde lo alto. En realidad lo es, como todo lo que existe. Nada tiene razón de ser y por eso, la noche lo sepultará todo tarde o temprano bajo un manto de densa oscuridad. La humanidad se rendirá al fin y el tiempo detendrá de una vez por toda su andar. Es que nadie estará para permitirle ser, ni siquiera el día, que sucumbirá junto a su astro rey, errante para la eternidad, en un futuro que añoramos oscuro e indescriptible, como los miedos que pronto arribarán.


Relato escrito para la revista digital "Piso Trece". Publicado en el #1, correspondiente al mes de mayo de 2012.

2 de junio de 2012

Un tres de junio

Pendenciero como pocos, Jacinto González armó aquel domingo una de sus clásicas escenas, apurando a otro parroquiano del bar y encendiendo con ello las brasas para la disputa posterior, de la puerta hacia afuera, a puño limpio. Le importaba poco si perdía o ganaba, que más daba a esa altura de su vida el ojo en compota una vez más. El fin era otro: su fascinación por ver a la gente enardecida, fuera de si, dispuesta a olvidar su recato o educación con tal de redimir la hombría, la falta de respeto con la que se la ultrajó.
Escupía sangre al suelo tras los golpes bien puestos contra su rostro. Se quitaba el cabello de la frente, transpirado, maloliente. Y volvía a buscar a su oponente, a hablarle por lo bajo, incitándolo a la violencia, a la necesidad de acercarse para arrojar otro puño y entonces... entonces arremetía como el sabía, ahora que la mosca se había embelezado con la miel, era su turno de acometer con fuerza, como si en cada brazo lanzado al aire estuviera encerrada toda la tragedia de su vida, el odio acumulado, los insultos recibidos y dados. Nada como la sorpresa, ver el semblante asustado de su oponente, sentir el impacto, verlo caer cuán largo era.
Y cuando el otro ya no reaccionaba, caminaba con lentitud hacia el cuerpo malherido y lo pateaba dos o tres veces, apuntalando la victoria, dejando en claro quien era el vencedor. No para el hombre tendido en el piso, sino para todos los curiosos que observaban en silencio, alejados unos metros, fascinados con el espectáculo.
Como otras veces, volvió al bar, hinchando el pecho. Los golpes en la cara eran parte de aquel juego, un sacrificio premeditado. Aunque a diferencia de otras veces, aquel domingo no previno lo que sucedería. Ya se había acodado en la barra y pedido un trago, cuando la puerta que daba a la calle se abrió con violento ímpetu, golpeando contra la pared. Los parroquinos giraron de inmediato sus cabezas, lo mismo que Flores, el dueño del lugar. El único que hizo como que no le importaba, era Jacinto, siempre recio. Pero aquellos que miraron hacia la puerta se quedaron mudos, con cierta sensación de inquietud recorriéndoles los huesos. Parada bajo el umbral repleto de telarañas, estaba Augusta, la vieja gitana que vivía en una casilla de chapa en el baldío cruzando la plaza del pueblo. Llevaba un pañuelo que le envolvía parte de la cabeza, polleras amplias que tocaban el suelo y dejaba ver su mano derecha, cerrada en un puño, que apretaba con vehemencia.
- Vois, el bravo, qui sos el diablo en pinta, vas a ver al diablo antes de verme a mi - vociferó con furia, pronunciando mal las palabras, que parecían escaparse entre los dientes faltantes de una dentadura amarillenta y rancia.
Y tras aquel enunciado, abrió el puño y mostró lo que llevaba. Algunos se animaron a levantarse de sus asientos para poder ver que guardaba con tanto recelo, otros, los que estaban más cerca, se alarmaron. Jacinto terminó el trago y sin abandonar la barra, movió su cabeza hacia el lado de donde le había llegado la voz. Observó a la gitana de la misma manera que contemplaría a un perro con sarna.
La vieja dejó caer en el piso de madera lo que sostenía en su mano. Los dientes cayeron provocando sonidos lacerantes. No eran los dientes de la gitana. Estaban aún recubiertos de sangre y sucios de tierra. - Son de mi chico, ese que golpeastes, vois el bravo, ahí afuera. A vois, auguro tu muerte. El tres de junio, ningún día antes y ninguno después. Tres. Tres de junio - sentenció. La mujer pateó los dientes, que se desparramaron por el salón. El aire pareció helarse unos segundos. La vieja bufó con rabia y se fue por la puerta que había entrado.
El silencio permaneció dentro del bar. Jacinto meneó la cabeza, asqueado por la presencia de la gitana en aquel lugar. Flores se le acercó, cauteloso.
- Jacinto, esa vieja lo ha maldecido. Tiene que ir a ver al sacerdote o a la Salomé, la curandera que vive en el campo.
- Déjese de pavadas Flores y sírvame otro trago. Tres de junio las pelotas. Voy a morir el día que se me canten las bolas. ¿Entendido? Y apure ese trago, que tengo la garganta seca.
De todos modos, los que estaban ese día en el bar hicieron correr la versión de lo sucedido y en el pueblo era un hecho que el tres de junio al pendenciero de González le esperaba un trágico final. La maldición de una gitana no era cosa de todos los días y los pueblerinos lo sabían muy bien. A Jacinto empezaron a mirarlo con cara de velorio, cada saludo parecía el último.
Algunas mujeres aseguraban que incluso, podía notarse que el color de la piel de González estaba cambiando, tomando ese verde aceituna tan propio de los muertos. Claro que los maridos la mandaban a callar, no fuese ser que Jacinto las escuchara y se las agarrara con ellos. La sentencia era un hecho y no eran pocos los que mentirían si dijeran que no estaban tristes por la noticia. Que Jacinto estirara la pata sería beneficioso, porque estaban hartos de sus golpizas.
El propio Jacinto, tan duro a la vista de todos, había empezado a mirar de reojo el calendario que colgaba de la pared de la pieza que alquilaba en el pasillo de los Romano. A diferencia de otras veces, que se detenía solo para contemplar la rubia que se abría de piernas sin ropa alguna que la protegiera de ojos curiosos, ahora posaba su atención en la fecha, que día a día se aproximaba a la que la gitana le vaticinara en el bar.
El primer día de junio no pudo pegar un ojo. Desvelado, se vistió ni bien cantó el gallo de los Pereyra. Buscó debajo del colchón y sacó un revólver viejo, con el cañó con claras muestras de óxido. Se lo puso entre el pantalón y el calzoncillo, dejando la culata afuera. Se acomodó el sombrero gris y salió a la calle, aún en la penumbra de las últimas horas nocturnas, la misma que tantas veces lo había visto regresar borracho o sangrando tras alguna pelea.
Ahora lo escoltaba en silencio, mientras avanzaba decidido a buscar a la vieja. Llegó hasta el baldío con el corazón en la boca. Quién lo diría, Jacinto González asustado. El pensamiento era suyo. Tanteó el arma y allí la encontró, donde debía estar, agazapada, esperando su momento.
Poco se sabe sobre lo que sucedió después. Algunos dicen que Jacinto derribó de una patada la tabla de madera que hacía de puerta y ahí mismo disparó. Otros aseguran que la gitana esperaba su llegada y salió a su encuentro. Lo cierto es que se escucharon tres disparos y que al llegar los primeros vecinos al lugar, allí no había nadie. Ni rastros de sangre, ni de la gitana, ni de Jacinto.
Que Jacinto haya estado allí se desprende del hecho de no haberlo encontrado en su pieza, ni de haberlo visto otra vez por el pueblo. De lo que está seguro cada habitante del lugar es que Jacinto no murió esa madrugada. Agonizó durante dos días y el tres de junio, en alguna parte, cerró los ojos por última vez. Lo que no pueden asegurar es si la gitana estaba a su lado, sonriendo, mostrando esa dentadura amarillenta, repleta de huecos enormes, dueña de una sonrisa negra, tan negra como el abismo de lo desconocido, de lo que no se puede explicar.

30 de mayo de 2012

El amor es cosa de todos los días

Se lo veía subir la cuadra siempre con esa sonrisa a flor de piel, saludando con amabilidad, predispuesto al abrazo, al apretón de manos.
Algunos días se detenía en la bombonería y elegía los rellenos de dulce de leche "porque son los que a ella le gustan".
Otras veces, hurgaba entre las baratijas de la bijouterie, porque "ella es coqueta y con un par de aros o un anillo, quedo bien".
Y no faltaba día en la semana que detuviera su andar frente a la florería. Un ramo de rosas, otro de fresias, o bien, algún helecho de hojas enormes y dentadas. En realidad "le gustan todas, por eso me cuesta tanto decidirme".
Pero también podían ser libros, perfumes, prendas de vestir, incluso lencería. El hombre se paseaba todos los días por el barrio y le compraba algo a su amada.
Y la razón era simple, no se cansaba de repetir su consigna, su postura en la vida, la bandera que enarbolaba con orgullo y alegría: "El amor es cosa de todos los días".
Vaya si todos fuésemos así, que bello mundo tendríamos.
El hombre desaparecía de nuestra vista cada mañana, tras doblar en la esquina. Se iba feliz, radiante, con esa energía que contagiaba a todos. Y de esa forma, y sin darnos cuenta, olvidábamos que se dirigía al cementerio a visitar a su mujer, a ese amor único, que como todo amor, es irremplazable.

27 de mayo de 2012

Derrotero de un mentiroso

Le mentí, padre, le mentí. Lo hice porque temí que me dejara y que en la soledad, me tragara el olvido. Soy culpable, lo reconozco. Mentí para sobrevivir, para seguir respirando. Pero terminé lastimándonos a los dos. Ahora lo sé, ahora que es tarde.
Escuche las campanas padre, escúchelas. Redoblan por ella, en mi mente, a cada instante, eternamente. No hay lugar donde vaya, donde pueda ocultarme, que no me persigan. Y está bien, es justo. Al fin y al cabo, le mentí.
¿A qué he venido, me pregunta? Aún lo ignoro, quizá pretendo que me diga que no había otro camino así mi corazón encuentra el sosiego, así mi mente al fin reposa en calma. Sin embargo no lo hará, usted no me mentirá. No puede hacerlo y si pudiera, no lo haría. Porque faltar a la verdad solo lo hacen los cobardes.
Míreme, parezco un desvalido. Voy solitario, un bandoneón de penas. Ni siquiera puedo caminar erguido. Deseo ocultar mi rostro, padre, que nadie lo vea. Siento vergüenza, no de mis lágrimas, sino de mis actos. Es tan triste vivir así. Arrastrando las penas, penando la vida.
Las horas por delante serán mi penitencia. El pasado, la condena. Y todo por mentirle, por miedo a lo que ahora soy, a este descalabro de persona, a este desolado presente que se ríe en mis entrañas, mientras me desarmo como un rompecabezas que ha perdido la mayor parte de sus piezas en manos de la verdad, entonces ausente, hoy juez y verdugo.

24 de mayo de 2012

Adune

Warren me miró a mi y yo lo miré a Warren. El tenía algo que yo no. Ese conocimiento era la diferencia entre la vida y la muerte. Corrió hacia la puerta y digitó la clave.

Dos días antes habíamos coincidido en el ascensor de Industrias Xexeryx. Nos conocíamos poco. Warren trabajaba en Control de Calidad y mi puesto pertenecía a Investigación y Recursos. Algunas veces nos veíamos en el comedor o en el estacionamiento, mientras el buscaba su Audi y yo iba por mi Corvette.
En la intimidad del ascensor me habló por lo bajo, como percibiendo que alguien podía escucharlo desde la cámara de seguridad.
- Conozco el proyecto Adune - fue su breve declaración. Suficiente para que mi vista se desplazara del pálido piso a su rostro impávido. Me quedé mirándolo, como queriendo informarle con el gesto que aquello no me preocupaba, pero no era cierto.
De todas formas, desvié la mirada y me concentré en el tablero del ascensor. A punto estuve de detenerlo y preguntarle de donde había sacado la información, pero logré contenerme. De todas maneras, volvió a romper el silencio y mi paciencia.
- También sé muy bien que vale millones. Muchos millones - remarcó.
Golpeé con el puño el interruptor rojo y el ascensor se frenó bruscamente, mientras mi cuerpo se arrojaba encima del de Warren, que solo había atinado, sorprendido, a refugiarse apoyando la espalda sobre la puerta de metal.
Lo tomé del cuello de la camisa y debió haber visto mis ojos encendidos, porque noté el miedo en los suyos. Apreté mi puño con bronca, frunciéndole la tela. Sentí como intentaba tragar saliva, ya sin el semblante seguro y sereno que portaba un minuto antes.
Arremetí con preguntas:
- ¿Qué carajo sabés? ¿Y cómo carajo sabés? Ahora hablá ¿Me vas a chantajear o qué?
Revoleó la mirada hacia arriba, esperanzado que alguien de seguridad lo observara a través de la cámara, pero al mismo tiempo supo que si alguien iba a su rescate, no llegaría a tiempo. Lo golpeé en la boca del estómago y se retorció sobre las rodillas.
- Dale, contame o te sigo pegando ¿Quién te mandó? ¿Qué querés?
Warren sabía que estaba jugado, que se había metido en una situación que iba más allá de la rutina diaria de controles diarios y planillas para rellenar. Pero no se acobardó, muy por el contrario, soltó sus pretensiones.
- Quiero la mitad. Y la promesa que nadie me va a seguir. A cambio tienen mi silencio absoluto. Pueden quedarse con la patente, el secreto y lo que se les antoje.
No podía estar seguro que supiera todo, pero tampoco podía salir del asombro de haber escuchado "Adune" de su boca. De alguna forma había hurgado en los archivos clasificados y sabía de la existencia del proyecto. Eso solo significaba un descalabro de dimensiones que poco podía calcular en esas circunstancias. 
- Conozco los montos - dijo mirándome a los ojos, ya sin el miedo de segundos antes - Conozco como lo llevarán a cabo y el plan para quedar bien parados. Sé cuales son los países detrás del plan, como también cada uno de las regiones del planeta que se verán afectadas.
Eran muchas precisiones, demasiadas. Activé el ascensor y pulsé con bronca el piso trece. El de mayor seguridad, al que solo accedíamos los que estábamos involucrados. No había guardias, no era necesario. Se entraba como en cualquier otro piso, pero no se salía sin la clave, que cambiaba a diario. Y digitarla mal equivalía a recibir una descargar de trecientos ochenta voltios.
Lo empujé hacia el pasillo. Su cuerpo se desparramó cuán largo era. Me acerqué sin prisa y lo ayudé a ponerse de pie, para luego empujarlo contra una de las paredes. Rebotó y volvió a caer al suelo. El muy maldito apenas si se quejaba. Había calculado todo, sabía que no teníamos opciones. O lo eliminábamos del camino o lo hacíamos partícipes.
- ¿Estás trasmitiendo, cierto? - le pregunté.
- Si - respondió entre jadeos - Todo lo que hemos hablado se ha ido grabando en forma remota. Alguien está guardando esta charla y si algo me pasa, lo dará a conocer. Tengo papeles también. Muchos papeles.
Supe que estaba mintiendo. No había forma de transmitir hacia el exterior sin que pasase por nuestros equipos filtradores de comunicación. Cada conversación de celular, cada mensaje de texto, cada bit enviado por una computadora, era interceptado y chequeado. La sola pronunciación de la palabra "Adune" reducía la transmisión a cenizas. Bien podría creer que estaba transmitiendo, pero no lo estaba haciendo. No tenía forma de hacerlo y quizá lo ignoraba.
En cuanto a los papeles, era imposible. Todo estaba en soporte digital, imposible de ser impreso por la programación en cinco dimensiones en la que se encontraba. Podía haberse filtrado en los servidores y haber visto, pero no pasaba de eso. Sabía lo que se tramaba, pero había elaborado su propia jaula.
- Bien - le dije - Entonces no hay formar de ganar. Vayamos al vigésimo piso y arreglemos esto por las buenas. 
Me adelanté, pero Warren se puso de pie y tomándome de un hombro me arrojó hacia atrás.
- También sé lo que es este piso y lo que supone que digites primero. Quedaré atrapado aquí adentro ¿verdad? - sonrió burlonamente, había pensado en todo, sin dudas.
Entonces Warren me miró y yo lo miré a él. El tenía algo que yo no y ese conocimiento era la diferencia entre la vida y la muerte. Corrió hacia la puerta y digitó la clave.
Murió al instante. Poseía el dato inválido. En mi mente estaba la contraseña correcta. El pobre Warren tenía quizá la del día anterior, o más vieja aún. Un detalle fatal.
Adune seguía a salvo.

21 de mayo de 2012

La oportunidad de Gustavito

Las tribunas llenas, las pulsaciones al máximo por la definición del torneo, en el banco después de ocho meses de rehabilitación y por si fuera poco, se lesionó Ávila.
Manzoti, el técnico, se puso de pie y se tomó la cabeza ni bien lo vio caer. En realidad todos dimos un brinco. Ávila había intentado la más dificil y en lugar de cambiarla toda para el carril del ocho, quiso hacer la individual y entre el lateral izquierdo y el segundo central lo cortaron abajo, con extrema fiereza. La pierna zurda de Ávila se dobló como una papa frita, lo suficiente como para que entendiéramos a la distancia que algo se había roto y que el partido había terminado para el.
Pensé que lo metía a Fiorucci, más que nada por lo jodida que estaba la mano, con un empate que nos relegaba el título por diferencia de gol, diez minutos por jugar y un rival que nos comía el mediocampo sin despeinarse. Pero en lugar de llamar al aguerrido volante central, que había perdido la titularidad debido a las tres expulsiones que había sumado en los primeros siete partidos, Manzoti me miró a mí.
- Gustavito ¿estás para entrar? - me soltó, con una pregunta que no era tal, porque ya lo tenía todo en la cabeza.
En cualquier otra oportunidad hubiese estado feliz de la vida, pero esa noche era distinta y por muchos motivos. Por primera vez en el año entraba a la cancha con el equipo titular porque el año pasado me rompí los ligamentos cruzados y hasta se temió por mi continuidad en el fútbol, pero la luché y con paciencia, me fui recuperando. Pero no jugaba oficialmente desde hacía ocho meses y recién hacía dos semanas que había comenzado a hacer fútbol en la semana. El técnico me había puesto en el banco porque era el último partido del torneo, quizá pensando en la posibilidad de meterme unos pocos minutos para el aplauso general. Sin embargo ni el público estaba con ánimo de aplaudir a nadie, ni yo preparado para una parada tan brava, después de tanto tiempo y falto de juego.
Es que todo aquello fue muy duro. Pienso en eso como "todo aquello" porque hablar del partido en el que me lesioné me pone mal. Habíamos tenido una campaña desigual, pero levantamos en la segunda mitad y no es por agrandado ni nada, pero gran parte de esa remontada se debió a que el técnico empezó a confiar en mí. La venía rompiendo en la reserva y no exagero. Si incluso desde el diario local metían presión para que me llevaran aunque sea al banco. Una tarde Manzoti se me acercó y me dijo "el domingo no jugás en la reserva, vas conmigo, contra Ferroviario y vas de titular, así que preparate". Mierda que me preparé, no dormí durante tres noches. Ganamos cinco a cero y metí tres. En mi debut.
El día que me lesioné jugábamos para alcanzar el cuarto puesto y acceder a la liguilla por el título. Veníamos con una racha de diez partidos sin perder y llevabámos convertidos en ese lapso más de veinte goles. Quince de mi cosecha personal. En la semana se había corrido el rumor que iba a estar gente de Ñuls mirando el partido, porque me querían llevar para Rosario. Pero se dio un partido raro. Sabíamos que Atlético iba a defender su lugar en la liguilla con los dientes apretados, pero nos sorprendieron en el primer ataque y quedaron mano a mano con Uliandre, nuestro arquero en ese partido, que no tuvo otra que cometer penal. Expulsión, gol y remar de atrás.
Nos volvimos locos, no supimos cómo resolverlo. Con uno menos dejamos huecos en todas partes y de contra en menos de media hora nos convirtieron dos más. Intenté ponerme el equipo al hombro, pero no nos salía una. Y como si aquello no bastase, cuando fui a disputar una pelota abajo con el cinco de ellos chocamos y me quedé clavado ahí, con un dolor de la puta madre. Pensé que se me había salido la rodilla. Literalmente. Recuerdo que me revolqué del dolor y miré alrededor para ver dónde había quedado.
Me enteré más tarde, mientras aún intentaban calmarme, que nos comimos seis goles. Con un solo partido por delante en el campeonato, habíamos quedado sentenciados, sin posibilidades de nada. Pero además de las caras tristes, empecé a darme cuenta que me miraban con preocupación y hablaban de llevarme para unos estudios, porque la lesión parecía grave.
A partir de ahí comenzó el calvario. Los estudios, los informes preliminares, la confirmación de la lesión, la operación y una rehabilitación eterna, y entre tanto los que me advertían que no me preocupara si no podía volver a jugar, que siempre iba a haber algo en el club para mi o que podía aprovechar que era joven para terminar la secundaria y empezar algún estudio.
- Mirá pibe, si le ponés ganas, salís adelante. La lesión es jodida, pero acordate que el fútbol da revancha. Mientras esté al frente del equipo, vos vas a estar en mis planes. Así que dale, ponete las pilas con todo - me dijo después de la operación Manzoti.
Se lo agradecí, por supuesto. Y debo reconocer que en momentos de incertidumbre, fueron sus palabras las que me empujaron a no bajar los brazos. Es que estos ocho meses no fueron fáciles, no señor. Costó mucho sacrificio y había días es los que me detenía en medio de la sesión de rehabilitación solo para preguntarme si todo aquello valía la pena. ¿Y si no me recuperaba? ¿Y si quedaban secuelas? Ponete las pilas, me repetía dentro de la cabeza Manzoti y entonces acallaba los interogantes y volvía a la rutina que me daba el kinesiólogo.
Y hace una semana, como aquella tarde del año pasado, se me acercó el técnico y mientras elongaba, me dijo algo que casi me hace llorar de la emoción.
- Pibe, estuve yendo estos dos meses a misa exclusivamente para pedir por tu recuperación, para poder tenerte aunque sea en el último partido. Y sabés algo, te veo bien. ¿Te ves en el banco este domingo? Porque yo si te veo. Así que preparate, que damos la vuelta olímpica con algunos minutos tuyos en cancha.
Después de tanto tiempo cerraba los ojos y me volvía a ver con la camiseta, con la gente alentando alrededor, con la ilusión de un título. No pensé que pudiera darse, la recuperación había sido lenta, el tiempo que llevaba practicando otra vez era escaso, pero a pesar de todo ello, Manzoti se la había jugado. Como aquella vez que se atrevió a hacerme debutar sin siquiera hacerme pisar previamente el banco en Primera. Ahora me llevaba a la fiesta.
Pero algo había fallado en los cálculos. No había nada aún para festejar. Los de Urrutia habían salido a la cancha con la intención absoluta de no dejarnos celebrar. Y lo estaban logrando. Con Ávila afuera, el refuerzo de categoría que habíamos traído para este campeonato, nuestras chances eran escasas. Ese pensamiento nos recorrió la piel ni bien lo vimos tomarse la pierna tras la fuerte falta a la que lo habían sometido.
Y entonces, de la nada, me miró y me preguntó si estaba para entrar. Quería advertirle que hacía ocho meses que no jugaba, que lo más prudente sería esperar porque la mano estaba brava y quizá no estuviera a la altura del partido, pero no dije ni mú. Me levanté con temor y me saqué la campera. Las piernas parecían pesarme dos toneladas, pero me moví en el lugar, para que entraran en calor.
Vi pasar a mi lado la camilla con Ávila encima, haciendo gestos de dolor y mis recuerdos se dispararon a la misma escena, pero con los camilleros cargándome, ocho meses atrás. Manzoti me sacó del pasado, aferrándome de un brazo y apartándome del banco de suplentes.
- Gustavito, pedí la pelota, movete, no dejés que te tomen la marca, fijate que los centrales son lentos, ganales la espalda como vos sabés. Entrá sin miedo, que volvés y nos llevás a la gloria. Vamos Gustavito, es tu partido.
Lo miré de reojo a Fiorucci que masticaba bronca en el banco. Con seguridad también pensaba que era él quién debía entrar. Observé la tribuna, al borde del infarto, pendiente del reloj y luego me acerqué a la línea de cal. El juez de línea estaba allí, esperándome.
- ¿Número? - me preguntó.
No tenía la menor idea. En realidad si, pero lo había olvidado. La cabeza me iba a mil, podía ver el semblante preocupado de mis compañeros en la cancha, algunos pateando el césped de bronca, otros lamentándose por anticipado. Me giré para que lo viera. En voz alta dijo "dieciseis" y allí lo recordé. Salvo el primer partido que había utilizado la nueve, siempre había jugado con la diez. El árbitro movió las manos indicándome que entrara. Y eso hice.
Fui al trote hasta el área, mientras Pereyra seguía discutiendo con un rival el lugar exacto donde cobrar la falta. Quedaban nueve minutos y si no metíamos un tanto, nos ganaban el campeonato por diferencia de gol. Lo sabía cada hincha, lo sabía cada jugador y la sensación era la misma que sentir un cuchillo clavándose en el estómago, que con cada minuto, se introducía más y más.
Me moví en el área de un lado a otro, acercándome primero al arquero, luego al primer palo, para finalmente girar y quedar cerca del punto de penal. No miré a quiénes me marcaban, solo me preocupé por no quedarme quieto. Cuando el árbitro hizo sonar el silbato dando la orden de ejecución un defensor me tenía agarrado del brazo. Vi la pelota venir hacia el centro del área grande y a pesar de estar sujetado le saqué un cuerpo de distancia al defensa.. No tenía tiempo para bajarla y estaba de espalda para cabecear. Hice lo que marcaba la lógica de todo delantero. Tiré la chilena. La tiré con la marca encima, con la rehabilitación en contra, con el título a punto de irse por el desagüe. E impacté de lleno, tras sentir el balón calzar justo sobre el botín mientras mi cuerpo se arqueaba en el aire cuál acróbata.
Luego escuché el sonido, al tiempo que caía sobre el césped. Ese sonido funesto del metal que reverbera, que queda vibrando, que estoicamente resiste la celebración, que pone límites entre el abrazo y la desazón, entre la algarabía y la desolación. Ese sonido propio del travesaño, convertido en estaca clavándose en el corazón.
Quedé tendido un par de segundos, observando como la pelota se iba hacia fuera del área grande, la tomaba el siete de ellos y metía un pelotazo terrible para la contra. Me incorporé en el preciso instante que la tomaba el nueve lanzado como un cohete, superando al nuestro último hombre. A lo lejos, muy a lo lejos, fui testigo de la definición sutil de aquel delantero cuyo apellido desconocía, que enviaba el balón, el mismo que antes mi pie derecho había impactado con destino de gloria, por sobre el inútil esfuerzo de Fernández, nuestro arquero, transformándolo en nuestro infierno, en un nuevo infierno.
Lo miré a Manzoti, pero él ya no estaba de pie. Se había desplomado sobre el banco de suplentes, al lado de Fiorucci. Y entonces supe que ya no había chances, que no importaba los minutos que faltaran. Hay destinos que están escritos de antemano. El mío era uno de ellos. Escrito en tiza que borra el viento y con letras enormes que muestran una sola palabra: fracaso.

18 de mayo de 2012

Inocente

Entré en una librería, cuando para mi sorpresa me topé con mi fotografía en la tapa de un libro. Me precipité a tomarlo entre mis manos y leí el título. Letras gigantes impresas en blanco sentenciaban: “Inocente”. Busqué en la contratapa y descubrí un nombre desconocido, un pequeño resumen de la historia y la promesa de “la mejor historia de ficción de los últimos años”. 
Corrí en busca de un vendedor y le pregunté que hacía mi imagen allí. El joven no supo que decirme, aunque se mostró igual de sorprendido. Consultó a su jefe y tampoco hubo respuesta. Me dieron el número de la editorial, pero en vano traté de comunicarme. No contestaba nadie. Esa misma noche leí el libro. 
Me esperaba aquello. El libro era sobre mi vida. Dudé entonces si mi existencia había comenzado treinta y cinco años atrás o solo era producto de la imaginación de un escritor. Comencé a temblar. Desperté en medio de la noche, conciente que todo aquello había sido una pesadilla. Ya no podía dormirme. 
Me dirigí a mi sala de trabajo y encendí la computadora. Busqué entre mis archivos la novela que había comenzado la semana anterior y me puse a escribir. Noté entonces que el nombre del escritor del libro de mi pesadilla llevaba el mismo nombre que mi personaje. Sentí otra vez un temblor. Ahora si que estaba confundido. ¿Quién de los dos escribía a quién?