La
mañana en la que la Orden atacó el primer poblado del reinado de Cerceña, el
asesino de Grujio estaba en su choza. Los Carrarios recordaban la muerte del
lider de jarush en el desierto pero jamás supieron la identidad del agresor. En
Lougarex, en algunos poblados, se hablaba de un guerrero gigante que había
logrado vengarse en nombre de ellos, pero tampoco ellos sabían quién había
sido. Ese desconocimiento fue quizá el peor error de la Orden en doscientos
años. Porque aquel asesino se había transformado con los años en algo mucho
peor. Era la esperanza de Lougarex, por más que Lougarex tampoco lo supiera.
Madriñan
lo despertó, asustada. Los pequeños críos lloraban desconsolados. En las calles
del pueblo se escuchaban gritos de horror y el sonido de los cascos de cientos
de caballos. El olor a humo y heno quemándose presagiaban un desastre. El
gemido de mujeres era lacerante. Algunas eran violadas a la vista de todos. Sus
ropas arrancadas dejaban al desnudo los cuerpos apetecibles por los salvajes
del reino oscuro.
Lagashx
se vistió sin prisa. Tomó la espada en el mismo momento que un jarush, al que
reconoció por la franja de sangre en el rostro, penetró en la choza. Fue
más rápido que un relámpago, el atacante jamás supo que le sucedió. El
otrora niño, que supo matar con una honda, blandió la espada con destreza y
rebanó de una sola vez la cabeza del jarush en dos. Madriñan gritó, más
de sorpresa que de miedo. El niño que había acogido bajo su tutela no solo
había estado jugando con su espada.
Sus
miradas se cruzaron. No hicieron faltas palabras. Ambos comprendieron que era
la última vez que se veían a los ojos. Ella, la madre que le habían quitado;
el, ese hijo que entonces no tenía. Esa no era su tierra, Madriñan lo entendió
al ver el fulgor en sus pupilas, dilatadas por la sed de sangre. Lagashx
entornó los párpados tan solo un segundo y salió a la batalla. La mujer
abrazó a sus críos y lloró en soledad. Temía la muerte del ahora joven, pero
sus lágrimas en realidad eran de felicidad. Había visto en esos ojos la
esperanza que creía imposible. Aquel no era su niño. Aquel era la muerte
vestida de hombre.
La
masacre de Cerceña. Así llegó el rumor a Lougarex. Todo un batallón jarush
había sido destrozado en el pequeño reino del este. Los pobladores esbozaron
silenciosas sonrisas, en la penumbra de sus chozas. A pesar que ello implicaría
represalias de los Carrarios, una nueva luz se vislumbraba en el horizonte. ¿Un
nuevo ejército del otro lado de las fronteras? Nadie tenía respuestas. El boca
a boca traía sin embargo buenas nuevas y se agradecían, como se agradece
el calor del fuego en invierno.
En
las filas de la Orden la confusión era mayor. La noticia había sido muy mal
recibida. En las Tierras Morhas la noche en la que se recibió la noticia los
gritos de furia aterrorizaron incluso a los moradores de la región, que siempre
se sintieron protegidos de servir a los Carrarios. Los pocos sobrevivientes de
la contienda, que llegaron a duras penas sin sus caballos hasta Lougarex
hablaban de un ejército de un solo hombre.
-
¡Era una bestia! ¡De dientes filosos y enormes garras!
Las
voces exageraban, infundadas en la mismísima incomprensión. Por primera vez en
doscientos años, habían tenido que retroceder. Los líderes no toleraron la derrota. Los
sobrevivientes fueron masacrados y sus cabezas colgadas en los árboles del
bosque de Halixar.
Los
Kirosh querían vengarse esa misma noche, con sus propios ejércitos. No querían
la ayuda de los Jarush, que a su entender ya habían demostrado su ineptitud.
Aquello fue una provocación. Pero los líderes Hauritas evitaron la confrontación. Aquello
era inadmisible. La Orden no podía desintegrarse, debían mantener la calma.
Ellos
sabían que el conjuro de la noche eterna podía expandirse. Para ello
necesitaban avanzar hasta los territorios de los otros reinados y hacerse de
varios poblados. No creían que sucediera otro desastre como en Cerceña, no
podía ocurrir, se dijeron. La invasión debía ser de inmediato, aprovechando que
los reinados estarían celebrando esa primera victoria. No se esperarían un
avance tan rápido. Correría más sangre, serían más brutales, no dejarían
sobrevivientes. La oscuridad envolvería cada reino y se harían con el
continente.
La
noche estaba en su punto más álgido. La Orden había terminado de decidir la
suerte de la gran comarca. Entonces fue que llegaron jinetes jarush desde el
lado del desierto, con fantasmas en los ojos.
-
¡La bestia! ¡La bestia está viniendo!
La
figura solitaria avanzaba en la penumbra, sin caballo, ni paso errante. En su
mano derecha, una espada. No portaba escudo y tampoco lo necesitaba. Sus
cabellos se movían con el andar. Los jarush por primera vez en dos siglos, se
sentían atemorizados. No veían las garras ni los dientes afilados, pero aquella
seguridad, esa firmeza al sostener la espada eran quizá más intimidantes que
todo lo que habían oído.
Avanzaron
en contra de aquel solitario hombre y fueron pereciendo de a uno. El movimiento
letal, el corte preciso y la sangre dibujando en la noche formas
dolosas.
Lagashx
no parpadeó y miró a los ojos a cada una de sus víctimas. Primero decenas,
luego miles. Aquello no parecía posible. Uno solo hombre contra todo un reino.
Pero cada golpe de espada era un juramento hecho en el pasado. Por Alix, por
Fartán, por cada mujer violada, por cada hombre castigado, por cada niña
abusada, por cada niño mutilado, por cada injusticia, dolor y crimen, por cada
minuto de terror dentro de la choza, por el sonido de aquellas estampidas
nocturnas, por cada lágrima que no había podido derramar...
Un
río de sangre corría a sus pies. El desierto se había teñido de rojo. Avanzó
con un mar de enemigos y a todos fue derrotando. A medida que fue llegando a
poblados, los moradores se fueron sumando a sus espaldas, con palos afilados a
modo de lanzas. Y luego, en el camino, se fueron haciendo de las armas de
los derrotados Carrarios.
El
grito de libertad se fue haciendo eco en cada rincón de Lougarex. Los
Kirosh y Hauritas unieron sus fuerzas con los Jarush en un intento desesperado.
El poder de la magia de los Hauritas, en tanto, fue perdiendo el temple y se
fue derrumbando. La oscuridad comenzó a disiparse. El júbilo en los
poblados fue mayor y muchos de ellos no esperaron la llegada de la Bestia. Atacaron
como pudieron a los ejércitos de la Orden, sin importar si perecían en el
intento.
La
batalla por Lougarex duró siete días. En ese breve lapso el calvario de los
últimos doscientos años se marchitó como un cuerpo putrefacto. Con Lagashx al
mando, cayeron las tres dinastías de los Carrarios. Ni el salvajismo, ni el
canibalismo ni la magia pudieron con el niño malherido que vivía dentro del
ahora joven vigoroso. Su espada cercenó toda maldad sobre el reino y acabó con
la tiranía.
En
siete días, el sol volvió a salir en Lougarex. Lo celebró su gente y la gran
comarca, mientras nuevos ríos de un color rojizo trazaban sus cauces con
paciencia y empeño, vertientes de sangre para no olvidar el pasado y mucho
menos, repetirlo.
El
cielo cae sobre Lougarex, con el color de antaño. Ha recuperado la forma y la paz. Los prados de a poco
comienzan a recuperar el verdor y los habitantes se animan a sembrar sus
tierras, sin temor a ser arrasadas. Los poblados han construido nuevas chozas,
pero se han despojado de las grandes piedras y maderos que utilizaban para
protejerlas.
Los
tiempos han cambiado, vaya que lo han hecho.
Otros
aires se respiran, por más que los rumores que provienen de otros reinados
hablan de enfrentamientos. En estas tierras eso ya no les importa. Saben lo que
es el sufrimiento, el dolor. Las lágrimas contenidas se vertieron en la
victoria y fueron de felicidad. Allí, el pasado no regresará.
Porque
nadie lo quiere y porque está el, el protector, la bestia.
Lagashx,
el guerrero.
Lagashx,
de Lougarex.
Relato
publicado en junio del 2011 en "Némesis: Sangre y Acero", antología de
fantasía épica coordinada por el español Alexis Brito.
4 comentarios:
Excelente relato. Neto ya no me asombras con tu capacidad de escritor. Este cuento tiene un estilo diferente a tus otras historias, sin embargo su argumento y su desarrollo, en el primero y en el de hoy: atrapan. Felicitaciones. Como siempre un abrazo fuerte.
mariarosa
Qué hallazgo la frase "Aquel no era su niño. Aquel era la muerte vestida de hombre", monumental.
Genial, Netomancia, de principio a fin.
Todo un mundo nuevo en tus letras, imposible no ser transportado hasta aquellas tierras y aquellos tiempos lejanos.
La violencia redactada como debe ser, con los adjetivos calificativos justos (ni más ni menos). Los neologismos (¿así se dice?) para señalar lugares, personajes, hordas, de primera.
Te felicito. Un placer de lectura.
¡Saludos!
Que buena historia. Reconozco o creo reconocer una manipulacion de escritor, para que el lector casi se identifique con La Orden, parece estar contado de un punto de vista cercano. Hasta que aparece el heroe, legendario, que no necesita escudo. Y que termina con las injusticias. Cambió el punto de vista. El lector esta con el heroe. Esa manipulacion es de un escritor con talento.
Me ha encantado.
También me evoca aquellas hazañas de Nippur de Lagash que leía cuando era joven, jaja.
Hay una doble lectura preciosa, nadie hiere impunemente, sin que en alguna de sus víctimas se geste la venganza que lo destruirá.
Abrazo grande.
SIL
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