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29 de junio de 2009

El laberinto y yo

La pesadilla comenzó al poner un pié en el laberinto del parque, al que había prometido llevar a mis hijos. No éramos de ir muy seguido, pero de vez en cuando, un sábado o domingo, nos subíamos al auto y pasábamos el día aprovechando las bondades de una entrada general todavía accesible y que permitía utilizar todos los juegos, sin necesidad de un centavo extra.
Mi mujer llenaba tres termos, preparaba el mate, elegía cuidadosamente las galletitas dulces de la preferencia de cada uno y así nos asegurábamos una jornada amena, provistos de lo necesario para merendar y lograr que la armonía familiar se trasladase también al parque.
El laberinto era la nueva atracción. Según nos habían dicho, era natural, con arbustos y ligustros enormes y bien podados. En el folleto publicitario, lo anunciaban como un laberinto barroco, es decir, con varios caminos sin salida y solo un punto correcto dónde salir. Y debo confesar que fui el que más entusiasmo tenía al respecto del mismo.
Entramos los tres, mis dos hijos y yo (mi mujer prefirió alimentar a los flamencos de un estanque cercano) a las cuatro de la tarde con veinticinco minutos, de ese primer sábado del mes de septiembre de hace siete años. Recuerdo exactamente la hora, porque nos propusimos tomar caminos diferentes y competir por ser los primeros en salir del laberinto.
Observé a Jaime corretear hacia la izquierda y a Mauro doblar en una bifurcación a la derecha. Fue la última vez en mi vida que los vi. Confiado en mi instinto, tomé un corredor por la izquierda, luego giré dos veces a la derecha, volví hacia la izquierda y allí me topé contra la primer vía muerta del recorrido. Lamenté esos minutos que perdería, aunque aún me tenía fe en ser el primero en encontrar la salida.
Estoy seguro de haber avanzado hacia la derecha, girar tres veces consecutivas hacia la izquierda y... bueno, a partir de allí ya no estoy seguro de nada. Finales abruptos, giros imprevistos, recodos, arbustos en lugares imposibles. Perdí la paciencia, la noción del tiempo, la compostura. Llamé a gritos pero jamás me crucé con ser viviente alguno. Corrí, caminé, anduve de rodillas. El cielo se llenó de estrellas con la luna majestuosa observando impávida, para luego, horas más tarde, dejar su lugar al sol prepotente, astro rey indiferente. Y la sucesión de ambos me fue dando la pauta que los días seguían su marcha inevitable, mientras mi presencia se limitaba al andar de un lado a otro dentro de un laberinto demoníaco en cuyas fauces me veía atrapado, cual pesadilla infantil de la cual esperaba despertar de una buena vez totalmente mojado.
Pero no fue así, no desperté, porque era real. Sentí como el hambre comenzaba a atravesarme. Resignado, arranqué raíces de los arbustos y me alimenté con rabia y desesperación. Los días de lluvia atesoraba el agua como una bendición. Vagaba en tanto entre esos caminos entreverados, llenos de corredores interminables, delimitados de verde en todas partes y anclados en el fondo de un cielo que se repartía entre celestes, blancos, grises y negros.
Mis días fueron muchos. La cordura fue dejándome en un punto que hoy no creo recordar. Olvidé a mis hijos, a mi mujer, a la gente que quería. No dejé un solo día de ir y venir por el laberinto, pero estoy seguro de no haber repetido jamás un camino, como si cada uno de ellos fuera único e irrepetible.
Siete años vagué sin sentido, con el cuerpo hecho hilacha, las mandíbulas flojas, los ojos desorbitados, el cabello y la barba largas como imaginé siempre la de Noé o el propio Moisés. Podía verme los huesos a través de la piel. Estaba jadeando cuando al fin, tras siete años de perdición, de laberíntico anonimato, observé atónito y casi sin comprenderlo, la abertura al final del camino con enormes seis letras talladas en madera. Las primeras letras que veía en largo tiempo. Las letras que tanto anhelaba encontrar: Salida.
La gente se horrorizó al verme. Llamaron a los de seguridad, me interrogaron sobre mi estado, me preguntaron mis datos, pero entre tanta verborragia ajena fluyó la ironía contenida, el llanto patético, las emociones perdidas en el cuerpo de un ser cuya mente se había transformado en su única compañía y a la vez, en su peor enemigo. Lloré y reí, como un demente. Así deben haberme creído. Pero un guardia llegó corriendo con un panfleto muy viejo, casi arrugado, que guardaba vaya a saber donde. Era sobre una persona desaparecida en el parque, hacía tiempo. Y en la foto, estaba mi rostro, o al menos, el que alguna vez había sido.
Ante la revelación, me llevaron con médicos, me alimentaron, vistieron. De a poco quisieron conocer la historia, saber donde había estado. Confundido e intentando recuperar el habla, fui buscando la forma de hacerme entender. No aceptaban los hechos como se los contaba. Y era lógico, quién podría hacerlo.
Ayer me dieron de alta en el hospital. He repetido desde hace una semana la historia mil veces. Podría contar con los dedos de una mano a aquellos que sinceramente creyeron mis palabras. Apenas dos días atrás me revelaron que fui dado por muerto oficialmente tres años después de haber desaparecido. Y que mi mujer y mis hijos se mudaron lejos, y que ella ya estaba casada nuevamente y que había tenido mellizos el invierno último. Estoy seguro que se enterarán tarde o temprano que he vuelto, pero hoy siento que mi presencia en sus vidas, sería un estorbo. Aprendieron a vivir con mi muerte. Mi supuesta muerte.
Entre que salí del hospital y este momento, he comprendido que nada me queda. En el barrio todo ha cambiado y ya ni casa tengo. Mis padres fallecieron al poco tiempo, mi hermano se suicidó el año pasado y de mis amigos, pocos han quedado en la ciudad y seguramente han borrado de su mente todo lo relacionado a este muerto viviente, hoy resucitado, o mejor dicho, escupido al fin por el laberinto que se lo había tragado. Este demente, como muchos piensan.
Y aquí estoy, sentado en un banco de piedra, mirando las siete letras talladas en madera que me abren paso a ese infierno que hoy considero el lugar más seguro. Dejaré este escrito aquí mismo, para el que quiera leerlo. Mi mente y mi cuerpo van otra vez hacia ese laberinto de pesadilla. Pero esta vez no voy solo. Un calibre treinta y ocho va en mi bolsillo.

27 de junio de 2009

De competencias y amistad

Este sábado 27 de junio se presentó en la ciudad de Villa Constitución la "X Antología de Narradores y Poetas del Departamento Constitución", en el marco de una nueva edición de la Feria del Libro de la mencionada localidad. Estuvimos con don Oso (Los Apuntes del Oso) y Carla (Taller Literario Kapasulino) para recibir los ejemplares que nos obsequiaron por participar y ser seleccionados para integrar dicho compendio de relatos y poesías.
Es un placer invitarlos a la lectura del texto con el cual participé y que afortunadamente fue elegido, para poder estar por tercera vez formando parte de la antología.
Aquí, el texto de mi autoría. Saludos!

De competencias y amistad

Desde pequeños, Sebastián y Ezequiel compitieron entre sí. Cosa rara del destino, nacieron el mismo día y a la misma hora, pero recién se conocieron en primer grado.
Durante la escuela primaria, era la batalla por quién conseguía la mayor cantidad de “felicitados”, “muy bien” y, cuando llegaron las notas numéricas, como era de esperarse, de “10”.
En los recreos, fueran figuritas, bolitas, mancha o escondidas, la lucha era siempre entre ambos. Podían participar otros, pero los ojos de todos estaban puestos en los que hicieran los dos. Y a ellos, no había tercero que le importara. Era eternamente, un mano a mano.
En los partidos de fútbol, jugaban de delanteros, uno para cada equipo. Y llevaban la cuenta de sus tantos. Si uno iba al arco, el otro se ponía bajo los tres palos de la portería contraria. Y el tema pasaba por ver a quién le metían menos goles.
En el colegio secundario no cambió nada, incluso, se intensificó. Llegó la época del primer amor, las primeras cartas, los sobres a escondidas, las miradas ruborizadas, los guiños pícaros. Y claro, si la más linda era Alicia, ambos peleaban por el cariño de ella. Si llegaba una más linda, desde otra escuela, los dos se olvidaban de la anterior y pugnaban por la nueva.
Y aunque cueste creerlo, tremenda rivalidad no lograba romper el lazo de amistad entre ambos. Ezequiel y Sebastián eran los mejores amigos que podían existir. Siempre estaba el uno para el otro, cuando no había competencia de por medio.
Incluso las familias se habían hecho muy amigas. Los hermanos de Sebastián compartían sus horas fuera de la escuela con los de Ezequiel y emprendían toda actividad alterna en forma conjunta.
Fueron años de compartir cursos de idiomas, computación, catecismo, deportes. Pasaron inolvidables noches de campamento contando historias y claro, luchando por ver quién contaba la mejor, la más aterradora.
La rivalidad era un juego, una forma de hacer los días más amenos, de convivir lo mejor posible y demostrar que más allá de querer alcanzar la meta antes que el otro, había algo que nada podría cambiar, que era lo que sentían sus corazones.
Si bien no maduraron mucho en cuanto a las chicas, si comprendieron que no podrían disputarse toda la vida las mismas mujeres y en ese sentido, hicieron una tregua tácita. Así fue que formaron sus respectivas familias y también éstas, fueron grandes amigas. Los dos habían hecho excelentes carreras universitarias y como se esperaba, compitieron por ser los mejores, más allá que las vocaciones eran distintas. El hecho era recibirse primero, pero fueron tales las ganas que le pusieron, que terminaron al mismo tiempo. Se graduaron y vivieron la fiesta juntos. Los estudios les valieron la posibilidad de conseguir muy buenos trabajos.
Allí también, a pesar de estar en empresas diferentes, cotejaban avances y resultados, ufanándose uno del otro de cada aspecto en el que se consideraban mejores.
Los años pasaron, el mundo siguió girando y siempre hubo rivalidad y competencia, pero sana, divertida, picaresca. El tiempo trajo hijos, y los hijos nietos. El tiempo fue un rival al que no pudieron vencer ni siquiera peleándole lado a lado. De a poco fueron dejando de lado muchas de las actividades que hacían en conjunto, como los partidos de fútbol semanales, los encuentros de paddle, los enfrentamientos de ajedrez e incluso, las excursiones familiares con largas caminatas incluidas.
Primero fueron los años los que los achacaron, luego fue la salud la resentida. Compartían cada vez menos tiempo, pero el poco que tenían, era único: Una devastadora ola de recuerdos, imágenes, evocaciones, anécdotas y claro, estadísticas de batallas ganadas y perdidas. Incluso en esas charlas, competían para ver quién recordaba tal y cuál cosa. Sus esposas los contemplaban con esa alegría que solo pueden llevar en el corazón quienes sienten verdadero amor por las personas que quieren.
Una tarde, la ambulancia llegó rauda a casa de Sebastián. Infarto e internación. Habían quedado consecuencias y la operación era inminente. Los médicos, llevando aparte a los familiares, les dieron la delicada noticia: era muy difícil que pudiera salir vivo de la cirugía, pero no llevarla a cabo, era una sentencia de muerte segura.
Los llantos, los lamentos. El inevitable llamado a Ezequiel. Dolorido en el alma y acompañado por su señora e hijos, llegó a los pocos minutos. Lo dejaron entrar a verlo, solo. Se hicieron bromas, jugaron con la memoria, hicieron apuestas que ninguno cobraría. Antes que las lágrimas brotaran salvajes, Sebastián dijo desde la cama:
- En esta viejo querido, no me vas a ganar. Me voy primero.
- No digas eso – replicó Ezequiel. – Con esto no jugamos.
Sebastián sonrió y respondió: - ¡Vos no jugarás! A mí no me queda otra.
Se abrazaron, Ezequiel intentando no estropearle el suero. No pudo evitar una lágrima, que Sebastián limpió con el dorso de su avejentada mano.
Ezequiel lo contempló irse y supo que era la última vez que lo veía.
El día de la operación su mujer llegó llorando. Pensó que era por miedo, pero en cambio le dijo: “Ezequiel… Ezequiel murió mi vida. Falleció anoche, de un ataque al corazón”.
Y a Sebastián le salió del alma, casi sin pensarlo: “Ah maldito hijo de puta, hasta en esto quisiste competir”. Y solo ahí, se largó a llorar.

21 de junio de 2009

La revelación de Sam

I

Sam Weinslerg era un sociólogo respetado. Los años dedicados al estudio, al pensamiento y a la enseñanza le hicieron un lugar principal en el campo del conocimiento. Sus libros de sociología eran referentes inevitables de las universidades alrededor del planeta, como así también los escritos y ensayos sobre filosofía, antropología y política.
Los últimos dos años habían sido diferentes a todos los anteriores. Había comenzado a recluirse en su domicilio, a rechazar invitaciones a simposios, disertaciones y otros eventos, y finalmente, también a desistir de seguir dando clases. Sus allegados intentaron en vano sacarlo de las cavilaciones en las que se encontraba sumergido. Tampoco pudieron saber que era aquello que lo había sumido en esa postura.
Otrora un hombre social, amistoso, querible, Sam se había convertido en un ermitaño hosco que solo salía de su hogar si su salud así lo requería. La casa, por cierto, era una hermosa construcción victoriana, en las afueras de Londres. Vivía solo, con la única compañía de Dolores, la ama de llaves.
La presencia de Dolores en la casa se remontaba a treinta años. Ella creía conocer a Sam mejor que nadie, sin embargo también para ella significaba un enigma indescifrable la actitud de los últimos meses de su patrón.
La mañana del último día del mes, ella escuchó desde su habitación los pasos de Sam bajando las escaleras que comunicaban con las habitaciones superiores. Bajaba llamándola desesperadamente. Ella temió lo peor. Adoraba a su patrón, por lo que no perdió tiempo en ir en su ayuda. Sin embargo el rostro de Sam no reflejaba dolor o malestar alguno. Fue a su encuentro, lo ayudó a descender los últimos escalones, controlándole el pulso sin que éste se diera cuenta.
"Dolores, Dolores" comenzó a decirle y comprendió que su apuro se debía a que necesitaba decirle algo urgente. Y comprendió que era aquello que durante dos años lo había mantenido en el más oscuro de los pensamientos.
Le pidió que se sentara e hizo lo propio, ocupando uno de los sillones de la sala principal. Sus ojos estaban recubiertos con una capa húmeda y ella intuyó que era de emoción. Sin embargo, no estaba alegre, o al menos, no lo demostraba.
- Hace tiempo Dolores que estoy sumido en una idea - comenzó diciendo - que me consumía por dentro. Se que no es propio de mi y ante todo, le debo mis disculpas. Tanto a usted como a todos los conocidos a los que le he fallado a invitaciones o no correspondido a los más simples saludos. Pero debe entenderme Dolores, jamás me había enfrentado a un pensamiento como el que ahora le contaré. A esta revelación del que soy dueño y que debo comunicar con responsabilidad y sabiduría.
Dolores se acomodó en el sillón, sabiendo que Sam necesitaba que alguien lo escuchara. Además, estaba muerta de curiosidad.
"Dolores, le hablaré de la existencia. De nuestra existencia. La suya, la mía, la del vecino, la del lechero. La existencia humana. Resumimos la existencia en una palabra, en un significante, en este caso, life en inglés, vida en castellano. De está última sabemos un origen remoto, en el antiguo latín: vita".
"La lingüística enseña que a todo significante, le corresponde un significado. Y que en algún momento, los significados fueron colocados, quizás arbitrariamente. En fin, no es tan así, es mucho más complejo. Si me escuchara Saussure... a lo que voy querida Dolores, es que podemos creer que el término vita fue colocado arbitrariamente y que con el tiempo, si esa palabra era dueña de un concepto bien definido, lo perdió indefectiblemente. Y más descabellado aún, abrirnos a interrogantes sin respuestas, como quién le dio ese nombre, quién definió vita para el sentido de vida. No quiero entrar en debates religiosos, históricos ni científicos, aunque se que será imposible evitarlos. Teniendo en cuenta lo que ahora se, es inevitable".
"Hace dos años Dolores me enfrenté a la muerte. Quizá usted ni nadie lo sepa, pero así fue. El hombre es un ser existencial, justamente. Usted podrá decir que a mi vida no le falta nada, con una carrera excepcional, una trayectoria que seguramente quedará en la historia de la sociología y amistades en los ámbitos más renombrados de la sociedad, no solo del Reino Unido, sino del mundo entero. Y tendrá, en esos puntos, toda la razón. Pero pregúntese qué es mi vida más allá de eso. La absoluta nada. Ningún familiar, ninguna esposa, ningún hijo a quién amar. Somos mis estudios y yo. Es patético mi querida Dolores. Y por favor, no crea que no la estimo, pero considere el término familia, su significado y verá la ausencia total del mismo en mi persona. Fue entonces, hace dos años, que en una crisis interior, dominado por el dolor, la soledad y la tristeza, llevé a mi boca el caño de un revolver y gatillé dos veces. Solo había una bala en el tambor, al que había hecho girar antes y la misma no se dignó, en esos primeros dos intentos, a darme el gusto. Un instante de cordura me salvó de la muerte, porque entendí lo que estaba intentando hacer y me asusté, arrojé lejos el arma y rompí a llorar, toda la noche. Y mientras la penumbra me envolvía y el llanto se transformaba en pena, comencé a pensar en la existencia humana, en la existencia en si, en el término vida, en aquel origen latín".
"Lo que a continuación le revelaré, Dolores, es el producto de meses y meses de corroboraciones, de casos estudiados. El margen de error es mínimo. Refutarán lo que le diré en segundos, intentarán destruirlo con los argumentos más diversos, pero creáme mi fiel amiga, que estoy seguro del resultado al cual mis pensamientos y reflexiones me han llevado. Y puedo decirle que jamás estuve tan seguro de algo".
"Le hablaré de la vita, si usted lo quiere, del destino. Me dirá que son cosas dispares, que la vida es una certeza y el destino una conjetura. Le diré que a esta altura de mis estudios, ignoro donde trazar la línea que los distinga. Y de lo que le hablaré es de algo tan simple, tan a la vista por siglos, que me aterra pensar las razones que han motivado que la verdad se mantuviese oculta durante tanto tiempo. Todo se resume en una simple línea horizontal y otra vertical".

II

"El latín estaba compuesto por un alfabeto de veintiún letras. Recién en los primeros siglos de la era que contamos posterior a Cristo, se le sumaron dos más, provenientes de otros alfabetos, que para entonces comenzaban a interactuar en un mundo que se movilizaba. A su vez el latín tenía distintos dialectos y no era el mismo latín que se hablaba en una zona que en otra, en una época y en otra. El latín que hoy se escucha en las iglesias, tampoco es aquel latín, sino un latín reconstituido. Las imprecisiones son las verdaderas estrellas de la historia mi querida Dolores. Quiénes nos embarcamos en los estudios desde el pasado, aprendemos a convivir con ellas, e incluso, a encariñarnos. Entre esas veintiún letras, la v no existía. Aparecería luego en la Romania oriental. La u suplía a la misma. El orden en una línea horizontal, es similar al que conocemos hoy de nuestro alfabeto".
"Ahora bien, tomemos las letras. En primer lugar la v, o bien, la u. Pensemos que vita ya se utilizaba en el latín arcaico. Contamos desde la primer letra hasta llegar a esa. Anotamos veinte. Buscamos la segunda, la i. Contamos, y tenemos siete. Busquemos la t. Nos da diecinueve. Finalmente la a. Aquí solo anotamos uno. Ahora trazamos una línea vertical y otra horizontal que parten de un mismo punto. En la vertical, de arriba hacia abajo colocamos la u, la i, la t y la a. En la horizontal colocamos números desde el cero en adelante, manteniendo siempre una misma relación temporal entre uno y otro. Ahora trazamos desde la u hacia el costado derecho, veinte espacios, completados estos, llevamos el final de la línea hasta abajo y llegando a la altura de la i, dibujamos la línea recta hacia la derecha respetando siete lugares. Continuamos el proceso con la t y finalmente con la a. Veremos en esta última que la línea cae abruptamente".
"Esta ecuación me ha tenido en vilo durante muchos meses. Le he dado vueltas, a sabiendas que aquí estaba la respuesta a mis cavilaciones. Pero algo en mi interior, como sociólogo y filósofo, se oponía tenazmente a aferrarme de las matemáticas para llegar a una conclusión sobre la vida y la muerte, sobre nuestra existencia y el destino. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, las posibilidades de otra explicación iban desapareciendo. No obstante, luché contra esta respuesta matemática, obstinadamente luché, se lo juro querida Dolores. Pero hoy me rindo ante este tétrico rompecabezas matemático, ante esta revelación de la que hasta el momento, le he contado solo la mitad".
"Ese esquema gráfico que nos queda tras seguir los pasos que le enuncié, es imperturbable. Nos indica la extensión promedio de cada etapa de nuestras vidas, la niñez, la adolescencia, la adultez y la vejez. Pero faltaba algo más, sin dudas. Entonces comencé a investigar en forma práctica. Tomé como ejemplares de estudio a mis amigos muertos. Anoté sus fechas de nacimiento, sus nombres y les di valores en esa escala. Bien podría decirle que en todo este tiempo lo que más he hecho además de pensar, es trazar líneas. Primero probé con los nombres completos, pero me di cuenta que incurría en un grave error. En la época en la que el término vita fue concebido, solo el nombre principal era el que importaba. Entonces comprendí también que las fechas que estaba anotando no eran válidas. En aquel entonces no había un antes y un después de Cristo, el calendario gregoriano no estaba en la imaginación de nadie. Estuve a punto de desistir, pero esas noches de resignación fueron las más largas de mi vida y me obligué a proseguir".
"Inventé una fecha al azar, partí de un cero imaginario, intuyendo un tiempo cero, un inicio de la civilización como tal o al menos, una civilización que le importara medir el tiempo, tal como hoy hacemos, casi esclavos del mismo. El tiempo en realidad no existe, es una forma de medición humana. Es decir, siempre creí eso. Pero este enigma matemático me decía lo contrario a cada momento. Qué el tiempo era más que un invento o recurso humano, era algo tangible, una parte necesaria e irremplazable en la ecuación. ¿Pero cómo podía lograr encontrar ese cero imaginario? Si me remontaba en la historia, el latín arcaico data de unos tres mil años, pero los relojes de arena ya lo conocían los antiguos egipcios hace cinco mil años. ¿Debía dudar de la palabra vita? ¿Debía abandonar todo lo que hasta el momento había estudiado? Me dije que no. Deduje que vita era una adaptación matemática de alguna palabra más antigua aún, quizás de un idioma como el sumerio o el tamil. Deduje que la translación al latín había sido por algún tipo de ecuación que la dejó conformada con la u, la i, la t y la a, manteniendo los mismos valores matemáticos que tenía en la otra lengua. En lugar de resignarme, había logrado interesarme más en la búsqueda de la respuesta."
"Coloqué mi cero imaginario unos ocho mil años atrás. Volví entonces a mis dos líneas unidas por el mismo punto de nacimiento. Tracé lo correspondiente a vita, cómo le enseñé hace instantes. Tomé los datos de uno de mis amigos fallecidos y volqué allí su nombre convertido en números según el primer alfabeto latino. Estimé su fecha de nacimiento a partir de mi cero imaginario. Y aquí llega la parte que pude descubrir recientemente. La última pieza del rompecabezas. La forma de descifrar exactamente ese cero imaginario, era con su fecha de fallecimiento. Con ambos datos, logré crear una fórmula que ajusta el punto de partida de cualquier ser en esa línea temporal y me devuelve el número vita".
El número vita es un número único, que solo se logra de restar, sumar, multiplicar y dividir en forma intrincada y astuta, la fecha exacta de nacimiento a partir de mi cero imaginario, los valores fijos de la propia palabra vita y los valores numéricos del nombre de la persona. Y usted aquí me dirá que por ende, este número es imposible de calcular para una persona viva y es aquí que yo le digo que no, que justamente, el número vita nos permite saber la fecha de fallecimiento de cualquier persona antes que esta haga realidad, con tan solo tener las restantes piezas del cuadro".

III

Dolores estaba asustada. El fervor de Sam había ido creciendo a medida que avanzaba en la explicación. Sus ojos parecían desorbitados y la verborragia, poco propia en él, parecía no tener fin. Pero lo que más le aterraba, era la revelación a la cual estaba asistiendo. Sam le estaba diciendo que se podía saber con exactitud la fecha de fallecimiento de una persona. Le estaba aseverando que nuestras vidas tenían un principio y fin ya establecidos. Qué no éramos más que instancias previstas en una línea de extensión infinita. ¿Sam se había vuelto loco? ¿Los dos años de cavilaciones lo habían vuelto demente? Quería sentir pena por Sam, pero no podía, porque en su corazón le creía, por más que su mente se resistiera a la idea de lo que estaba escuchando.
- Me cree loco Dolores, supongo que si - dijo Sam. También creí estar atrapado por la locura en todo este tiempo. Más aún, ahora lo quisiera. Sobretodo ahora que comprendo más de lo que hubiese querido comprender a lo largo de mi vida, quisiera no tener la facultad del raciocinio.
"Esta fórmula lejos está de ser maravillosa y allí la paradoja. Quizá nunca estuvimos ante una fórmula más reveladora, más significativa que la que he descubierto. Pero esta fórmula Dolores, nos condena. A toda la humanidad. Nos muestra tal lo que somos. Reduce nuestra existencia a simples números. Porque esos somos, números de una ecuación universal, previamente contemplados. Esta fórmula arcaica, conocida por antiguas razas inteligentes de nuestro planeta, extintas por el tiempo o el propio conocimiento de su destino, se perdió en la historia probablemente con el fin de no volver a ver la luz jamás."
"Cuando la revelación se haga pública, tendrá distintos efectos. Los científicos y matemáticos la estudiarán, algunos la rechazarán, otros buscarán los argumentos que la invaliden y otros, no lo dudo, terminarán confirmándola. Eso llevará años, pero no es lo que me preocupa. No es lo que ocurra en el terreno científico lo que me aqueja. Es en la gente, en lo que representará en su espíritu el hecho de saber que nuestras vidas no son consecuencias de nuestras acciones, sino designios preestablecidos, que por más que nos esforcemos, no podremos romper. Nacemos y morimos en las fechas que ya están escritas. Qué algún ser, organismo, ente, o la nada misma, ya dibujó hace millones de años y que alguien transmitió a los antiguos o bien, algún antiguo logró develar".
"Qué pasará con las religiones, con las creencias, con los seres de bien. Qué sucederá con quiénes cuidan de su salud, los que obran por los demás. Puedo presentir que sus corazones se romperán, la vida cobrará un nuevo valor, repleta de sinsabor. Y por otro lado, esa información, quién la administrará, quién podrá saber la muerte de los demás, quiénes querrán saber de antemano el día de su fallecimiento o bien, será algo normal en un futuro que al nacer nos coloquen en la partida de nacimiento la fecha de ver la luz e inmediatamente, la de nuestra muerte. Le puedo asegurar Dolores que no es fervor lo que siento por este descubrimiento. Todo lo contrario. Es opresión, es temor, es decepción".
"Se estará preguntando si acaso probé la fórmula conmigo - Dolores asintió con la cabeza, en el más absoluto de los silencios -. Lo hice anoche. Apliqué la fórmula luego de varios días de resistirme y ha sido el resultado lo que ha motivado que saliera corriendo escaleras abajo para hablar con usted. Mi querida Dolores, el día de mi muerte es hoy".


IV

Sam apaciguó el intento de Dolores de levantarse del sillón con un simple movimiento de manos. No muy conforme, la ama de llaves le hizo caso.
- Mi querida - prosiguió Sam - no debe preocuparse por mi salud, porque mi salud está bien. Se que esto la confunde, pero la fórmula funciona bien y su resultado es exacto. Hoy moriré. Usted debe comprender que como hombre de ciencia que soy, me debo a ella. Y por lo tanto, no puedo seguir mis propias motivaciones o apreciaciones sobre la magnitud de lo que he descubierto a lo largo de estos dos años de reflexiones e investigaciones.
"En otras palabras, es mi deber para con la ciencia, con la humanidad y mis colegas, exponer el descubrimiento, con todo lo que ello implique, no tanto para mi persona, que sufrirá sin dudas lo mismo que Charles Darwin tras su Origen de las Especies, sino para la existencia misma. Comprenderá Dolores que hacer público a mis colegas y a la humanidad estos conocimientos será lo mismo que la apertura de una nueva caja de Pandora. Puede que no se expandan todos los males, pero solo uno bastará para motivar la aparición de todos los otros. Temo, y mucho temo, que este conocimiento arrase con la poca buena voluntad, con la casi inexistente paz y con el poco amor que nos queda, como así con la civilización misma, para el inicio de una nueva época de barbarie. Así de grande es mi temor, fiel Dolores".
"Pero cómo le decía, me es imposible, incluso por principios, ocultar esta información. Por eso es necesario Dolores que usted me mate. Se que no podrá hacerlo, como no pude hace dos años, cuando esa decisión me llevó a este descubrimiento. Es que entonces, yo no lo sabía, aún no debía morir. Pero si lo debo hacer hoy, porque así está establecido. Arriba en mi habitación he dejado una carpeta con todos los apuntes. Una vez muerto, puede hacer con ella lo que quiera. Le diría que quemarla es quizás la mejor opción, pero mi consciencia aún está viva y admitir ello de un descubrimiento propio tan grande, es muy triste. Pero lo dejaré a su consideración."
"Usted sabe donde se guarda el revolver en esta casa. Por más que hace dos años no haya notado que un día faltó, ahí ha vuelto a estar desde entonces, con la bala que ha permitido este tiempo adicional de mi vida, sumida ahora en pensamientos confusos, justamente por no haber muerto cuando me lo propuse. Con todo el amor que le tengo y por todo el amor que usted me tiene, mi querida y fiel Dolores, le pido que vaya por ese revolver y termine con mi sufrimiento y de esa forma, evite que motivado por mis afán de hombre de ciencia, vuelque sobre las mentes humanas la reveladora verdad sobre la existencias de sus vidas".
A Dolores, dos lágrimas le surcaban las mejillas. Sam era un hombre sincero, al que respetaba y amaba en silencio. Si la revelación de su intento de suicidio la había golpeado minutos antes, el anuncio de su inminente muerte y el pedido suplicante de que ella lo ejecutara para evitar otros males, le había atravesado el corazón de una forma más letal que una bala, porque una bala la hubiese matado y ella seguía viva, sentada en el sillón, de cara a Sam, llorando sin saber como reaccionar ni que hacer.
Con todo el valor que pudo acopiar, se levantó del sillón. Sam la miraba con ojos repletos de esperanza. La capa de humedad que recubría sus ojos también se había transformado en lágrimas y recorrían ya el sinuoso camino que los años había tejido en su tez.
Dolores fue hasta el cajón inferior del aparador del vestíbulo y tomó el arma de la que le había hablado Sam. Volvió a la sala principal, empuñando el revólver con miedo, la mano temblorosa y el corazón acelerado.
- ¿Qué diré... qué excusas pondré cuando la policía llegue? - preguntó alarmada.
- Dirás que estos dos años habían cambiado mi temperamento. Tendrás muchas personas que asegurarán que en este tiempo cambié y no estarán equivocados. Y dirás, que hoy particularmente estuve con muy mal humor y que intenté apuñalarte, preso en mi demencia. Alcánzame un cuchillo, así podré morir sosteniéndolo y facilitarle la razón de tu disparo a la policía.
Dolores así lo hizo. Lo despidió con un beso. Le acarició el rostro, su barba blanca. Miró esos ojos claros abiertos por última vez. Se tapó el rostro para no llorar desconsoladamente delante de Sam. El le sonrió, comprensivo.
Dio tres pasos atrás, mientras Sam se ponía de pie. "Dispara" le ordenó tranquilamente y ella lo hizo. El estruendo la sobresaltó. La bala atravesó el pecho de Sam y salpicó de sangre la pared que estaba a su espalda. Sam se desplomó sin vida sobre el sillón, aún sosteniendo el cuchillo, como había prometido. Dolores cayó de rodillas y se arrastró hasta el cuerpo inerte de su patrón. Lloró, cómo nunca había llorado.
Pero debía actuar antes que llegase la policía, así que fue hasta el piso superior, tomó la carpeta con los apuntes de Sam y todo su macabro contenido y lo llevó hasta la chimenea, que ya estaba encendida. No quiso mirar las hojas, ni sintió curiosidad por saber la fórmula exacta. Arrojó todo al fuego y observó como las llamas consumían sin saberlo el mayor secreto de la humanidad. El crepitar del fuego la sobrecogió, recordó el cadáver de Sam en la sala principal y no pudo soportar más. Corrió hacia el pasillo, llegó hasta la escalera y la bajó a toda velocidad. Pero ya era tarde, la policía estaba allí, irrumpiendo por la puerta principal, alertada por algún vecino del estruendo de arma de fuego que se había escuchado.
Ya no estaba a tiempo para tomar el revólver, buscar otra bala en el cajón y pegarse un tiro en la sien. Ahora tendría que dar su versión de los hechos, ocuparse del funeral de Sam, llamar a los conocidos, cargar con el sufrimiento, la culpa y la verdad.
Se dijo, antes de recibir las primeras peguntas de parte de los policías, que seguramente su día para morir no era ese. Se preguntó si acaso Sam ya lo sabía. El cuerpo ensangrentado sobre el sofá y la cabeza apoyada grotescamente sobre el respaldo ya no tenían la respuesta.

19 de junio de 2009

Lo maravilloso de las estrellas

Todas las noches salía al patio y se quedaba horas mirando las estrellas. No sabía el nombre de ninguna, pero el espectáculo le resultaba maravilloso. Tanta inmensidad lo hacía sentir más pequeño de lo que realmente era.
Una noche abrió la puerta como todas las noches anteriores y en lugar de estrellas se encontró con un hombre con cara de malo empuñando una pistola que lo hizo entrar de nuevo para luego golpear a su padre, violar a su madre y robarse todo lo que encontró de valor.
Llorando comprendió que lo maravilloso solo podía existir lejos de este planeta.

17 de junio de 2009

La suerte

Lo volvió a mirar por centésima vez y seguía aún sin creerlo. Si, ese era su número. De millones y millones en todo el planeta, salió sorteado su número. Jamás se lo hubiese esperado.
Quería llorar, abrazar a todos sus seres queridos. Quién no lo haría en una situación así. Otra vez miraba la pantalla de su plasma holográfico y negaba con la cabeza, sorprendido, incrédulo, mortalmente asustado.
Y cómo podía estar, sabiendo que la suerte le había jugado en contra y ese 18 de junio de 2025 sería su último día en la Tierra. El maldito plan para reducir la población vigente desde hacía seis meses lo había escogido al azar para morir en la cámara de gas.

15 de junio de 2009

Lo lúdico de Dios

Por cada paso que daba, el oasis se alejaba dos. Sediento, moribundo, débil, ponía la poca fuerza que le quedaba en mover primero su pierna derecha, luego su pierna izquierda. Avanzaba con tanta pena que si alguien lo hubiese observado, habría quedado impactado ante semejante escena.
Los pies estaban en carne viva. El sol convertía el mar de arena en una sola brasa y cada ínfimo grano se transformaba en una daga filosa, impiadosa.
Las pocas luces que aún titilaban en lo alto de su cabeza, apenas si lograban iluminar sus pensamientos. Apenas si abría los ojos, porque hasta el más leve movimiento de los párpados suponía un suplicio indescriptible. La piel había sido calcinada por el sol y los pocos harapos que aún pendían de su cuerpo, parecían fundirse en la carne quemada. Su mente casi ausente, se decía en silencio que era lo mismo que estar vestido de volcán, de magma purulento. Los pensamientos que vagaban entre tinieblas, se deleitaban con la imposible idea de ser abrazados por el diablo y sobrevivir para contarlo. Ese sol era como el diablo. Ese desierto era como el infierno. Y su oasis, con la sombra de las altas palmeras, el agua nunca tan bendita de su pequeño estanque, que en lugar de acercarse, escapaba de su frágil mirada, como huyendo de su persona.
Comprendía sin comprender, porque las ideas eran vagas, como pensadas en una cabeza muy lejana a la suya, en un arrullo imperceptible de dolor y repugnancia, el sufrimiento de un drogadicto necesitado de su picadura o su raya blanca; la desesperación de un fumador, separado de su atado o escaso de encendedor; la opresión de un reo, privado de sus sueños y anclado a la ausencia de libertad.
Y en ese ir y venir de ideas, de pensamientos fugaces sin sentido, de dolor ante el roce de la arena con la carne viva, el triste avanzar de una pierna a un ritmo de muerte, de calamitosa fatalidad, comprendió también el juego, la parte lúdica del asunto, la diversión que otrora niño, le gustase tanto, de sacarle el queso al ratón, de quitarle el hueso al perro, de ofrecerle caramelo a otro niño para luego no darle... ese parte lúdica y sádica al mismo tiempo que todo llevamos impregnada en el alma, siempre impura, viciada, detestable, como la de cualquier humano. Esa parte que como seres creados a imagen y semejanza, también poseemos.
Fue la comprensión lo que motivó que cayera de rodillas, resignado, ya sin lágrimas por derramar. Sintió el ardor trepar por sus piernas y avanzar hasta el pecho. El calor inmundo arrasando lo último de su ser. Y sus ojos, cerrándose por última vez queriendo llevarse otra imagen y no esa que pergeñó en su mente, la del Dios en el que siempre creyó tomando con sus manos el oasis y colocándolo cada vez más lejos mientras reía a carcajadas, divirtiéndose como el rey que era, observando a una de sus criaturas sufrir tanto por nada.

12 de junio de 2009

El sueño latente

Soñaba con lo mismo desde el verano. En el sueño, las imágenes parecían reales, los sonidos estremecían y hasta podía jurar que la sensación de tacto era real. Incluso al despertar, en cada oportunidad, aún le dolía el pecho abierto del hachazo que alguien le propinaba en la oscuridad. Con esa última escena, abría los ojos a la otra oscuridad, la de su cuarto.
La penumbra lo envolvía en una seguridad irracional. Allí, creía, nadie por tocarlo. La puerta de la habitación estaba entreabierta y algo de claridad que provenía del pasillo se inmiscuía huidiza, pero no lograba quebrar la densa atmósfera.
No había sonidos más que los que llegaban desde fuera de la casa. Un ladrido lejano, grillos cantando, el paso veloz de algún automóvil. Permaneció con los ojos abiertos varios minutos, prestando atención a sus sentidos, jugando con la vista que se iba adaptando a la oscuridad y de a poco comenzaba a detectar los contornos de los armarios, los dos cuadros de la pared, el ventilador de techo... y si, también la imagen que siempre emergía delante de sus ojos tarde o temprano, detrás de la puerta entreabierta.
Esa imagen que le provocaba pánico desde que empezó el sueño y a la que aún no le encontraba explicación. Era la silueta perfecta de un leñador, enorme, musculoso, de cabeza acorde a su cuerpo y que en sus manos blandía el hacha de su pesadilla.
Entonces, cerraba fuertemente los ojos, se tapaba por completo la cabeza y le daba la espalda a esa figura y rezando el padre nuestro y el ave maría, se obligaba a volver al sueño.
Sabía que tarde o temprano, sentiría al fin el hachazo en el aire y el impacto mortal con el que tanto había soñado. Mientras tanto, volvía al mundo de los sueños, donde ya por esa noche, su asesino no se presentaría de nuevo.

8 de junio de 2009

Verdades sobre la noche

Sabía que caminar de noche por el camino lindante a la costa del río era peligroso. Cuántas veces se lo habían repetido desde que tenía noción de las cosas y sabía que el vino era para los adultos, igual que las armas y los insultos.
Pero ya era hora que todos supieran de una buena vez que había crecido, que podían dejarlo hacer y deshacer a su antojo. Qué ya era adulto, que si quería tomaba, y si tenía problemas, podía defenderse con su navaja, la que llevaba siempre consigo.
Sin embargo no había una sola vez que no saliera de su casa que su madre no le repitiera lo mismo, que la oscuridad, que los locos que andan por ahí, que cuidado con la gente... todos, absolutamente todos podían perderse en el infierno. ¿Hasta que edad le iban a decir lo mismo una y mil veces?
Y quizá por esa razón, desde hacía algunas noches, en lugar de regresar a su casa por las seguras calles iluminadas que habitualmente recorría, lo hacía por el camino cercano al río.
Era cierto, las lámparas de la zona si no estaban rotas a pedradas, ya no encendían debido a la falta de mantenimiento por parte de los empleados de la municipalidad, o del puerto, dato que no sabía y tampoco le importaba. Al este podía divisar la oscura superficie del río, apenas ondulante bajo el reflejo de la luna. El sonido procedente desde esa dirección, transmitía tranquilidad. El aire fresco le daba a todo un cuadro subrrealista, una imagen inacabada de la perfección. Manchones negros, casi sólidos, del otro lado del río, delataban las islas, ahora ocultas por la noche y la distancia.
Su madre le pedía prudencia, pero el sabía cuidarse solo. Además, la prudencia no era amiga de semejantes paisajes. Y de alguna manera, debía alimentar su alma belicosa, saciar los deseos que latían a flor de piel durante la agonizante luz del día.
El camino lindante al río, en horario nocturno, era propicioso para todo ello. Porque inspiraba terror; el terror que la gente misma le daba, hablando de miedos, de peligros, de cosas horribles que podían pasarte. Y en realidad, estaba la noche y la luna, el río y sus islas. Y uno. Uno con sus cavilaciones, sus deseos impronunciables, los debates internos, el dolor interminable.
Y entonces, desde algunas noches, sentía que el camino lo había llamado, clamado por su servicios. Primero, al notar la belleza por años ignorada, comprendió que no había horror alguno allí. Segundo, supo que si eso llegaba a saberse, se perdería la paz. Supo entonces la razón por la cual había acudido. El camino lo necesitaba. Temía ser descubierto.
Ruido de pasos lo sacaron de la meditación. Desvió la hipnotizada mirada del río y divisó a unos cincuenta metros una figura que se aproximaba. Metió las manos en los bolsillos y se puso a caminar en aquella dirección. En algún punto confluirían. ¿Sería un loco de los que hablaba su madre? ¿Un vagabundo en busca de refugio? ¿Una hermosa joven con plan de encontrarse con algún amor furtivo?
Los dos seres avanzaron hasta llegar a un punto medio. Y allí, vió a la otra persona. Quizá tendría su misma edad, quizá no. No se detuvo en detalles. Sacó las manos de los bolsillos y con la navaja que siempre llevaba encima, le cortó la yugular. La sangre saplicó los adoquines de la calle y la tierra del camino. El cuerpo del joven herido se desplomó sin gracia alguna, para quedar inerte en el suelo.
Lo arrastró hasta el río, con bastante esfuerzo. Buscó piedras en los alrededores y con ellas rellenó las ropas del cadáver, luego, lo arrojó al agua. El sonido del cuerpo al hundirse llegó a sus oídos y fue como una dulce melodía. Limpió su navaja y la volvió a guardar. Volvió al camino y otra vez estaba desierto. Tardarían en encontrar al muchacho y cuando lo hicieran, habría una nueva historia de terror para contar en la ciudad. Y sin dudas escucharía las advertencias de su madre, ahora impregnadas de sangre fresca.
Le daría lo mismo. Desde algunas noches sabía la verdad. El camino era inofensivo. Y él, era su guardián.

5 de junio de 2009

No era a él a quién buscaba

Sintió su presencia antes de verlo. Cuando giró su cabeza, ya estaba ahí, en el alféizar de la ventana. El cuervo se había parado en sus dos patas, mirándolo fijo, Su porte sereno, noctámbulo y macabro, lo hacía especial bajo aquella luna resplandeciente a lo lejos.
No era el cuervo de Poe, que le traía recuerdos de una pena anterior para que nunca olvidara el pasado, ni tampoco el cuervo de O'Barr, sediento de sangre y venganza, que venia a buscarlo por alguna atrocidad acometida en su contra.
El cuervo lo observó fijamente durante algunos segundos, tras lo cual, plegó sus alas del demonio, oscuras como la muerte misma, y elevó su vuelo para perderse en la letanía de la noche.
No era a él a quién buscaba, pensó y sin distraerse un segundo más, volvió a lo suyo. Primero la maniató bien, para que no volviera a escaparse y luego la azotó con dureza, cuidando de no salpicar sangre en sus ropas que luego pudieran delatarlo.

3 de junio de 2009

El escritor que se creyó prolífico

Anastasio Noriega hubiese sido un gran escritor si pudiese haber evitado ese episodio tan dramático cuando niño, en el que estando de visita con su madre en un museo de arte de la Capital, se le vino encima una réplica del David de Miguel Angel.
El accidente le costó varios puntos de sutura, innumerables estudios y un problema de memoria sumamente curioso y sin remedio alguno, según sentenciaron los especialistas que lo vieron entonces y todos aquellos que a lo largo de los años siguió visitando.
De pequeño en el colegio, sus maestros lo felicitaban muy seguido por la soltura y belleza de sus escritos, claro que se tornaban muy repetitivos. El problema no radicaba en falta de imaginación, sino que no recordaba lo que antes había escrito y volvía a la carga con lo mismo, o bien, situaciones que apenas se diferenciaban con otras de anteriores relatos, por mínimas diferencias.
Con el pasar del tiempo, siguió sin saberlo, repitiendo el mismo relato, aunque las experiencias de vida lo llevaban a aumentar el volumen de lo escrito y a agregarle, en cada oportunidad nuevos hechos al texto, aunque siempre la trama tomaba el mismo rumbo y el final conocido (por su círculo de amigos) irremediablemente se hacía presente en las páginas decisivas.
Por más que se lo dijeran, Anastasio olvidaba las advertencias y no paraba de escribir hasta acabarlo. Si bien siempre creyó haber publicado treinta y dos novelas, dado que sus amigos de siempre se habían hecho cargo (debido a los problemas que originaba su problema de memoria) de sus negocios, en realidad escribió solo una, aunque con treinta y ún reediciones, contando cada una de ellas con agregados distintos al anterior.
No obstante, su libro, era una maravilla literaria, en la que el desengaño y la pasión iban de la mano, hasta el instante final, donde una sospecha que se infiltraba en la trama desde un principio se volvía realidad y un asesinato remediaba todo, con la muerte de uno de los tres protagonistas principales.
A lo largo de los sesenta años que vivió, Anastasio mató a su personaje en más de doscientos relatos cortos, cincuenta poesías y cinco ensayos, contando además la brillante novela y sus reediciones. Murió creyéndose prolífico, pero tan solo publicó esa única novela y una versión de la misma como cuento corto y otra, como poema. Jamás lo supo. Y si acaso alguien se lo hizo notar, lo olvidó así sin más.
En su epitafio, sus amigos grabaron: Siempre te recordaremos, nosotros y también David, ese ser imaginario que tantas veces mataste en tu venganza inconsciente, pero que con tu muerte, dejará de morir.

1 de junio de 2009

El Ladrón de Sueños

De noche es invisible,
silencioso y rufián
no gusta de lo inservible
sino de lo fresco como el pan.

Se lleva lo que está a mano
sin que nadie vea su andar
No roba a cualquier humano
solo al que se ha puesto a soñar.

Es el Ladrón de Sueños
el caminante de la noche
marcha con señal de seño
siempre a pie, jamás en coche

Aún así, se jacta de ser veloz
y es verdad, nadie lo puede ver
y aunque lleva una enorme hoz
pasa a tu lado sin necesidad de correr

Y cuando los sueños son de día
y con su deber ha de cumplir
escapa del sol con picardía
engañando a las sombras sin mentir

Aquellos que son de hablar
dicen que su rostro es todo palidez
y que si te atreves a mirar
seguro serás tú el que termine con lividez

Pero son todas habladurías
sin ninguna certeza
puedes si quieres alegar brujerías
o historias inventadas con pereza

Hay quienes temen su presencia
en las noches oscuras y y sueño lerdo
debido que al despertar han notado la ausencia
de imágenes y recuerdos

Y otros que ignoran su existencia
Algunos adrede, otros por no saber
Es que el miedo de tal eminencia
ha obligado su historia por años esconder

Si me preguntan, les dire que si
que por mi parte creo
es que no puedo ocultar sin decir
que todas las noches lo veo

Si ya se, he dicho antes lo contrario
sobre su presencia fantasmal
pero es que a mi, su andar diario,
debo admitir, es de lo más normal

Lustro cada anochecer su hoz
con la que saldrá al caer la luna
Siguiéndolo de cerca para aprender del Dios
como robar sueños incluso en una cuna

Soy su ayudante sigiloso
el que vela por sus sueños
cuidándolo del día brumoso
y sirviéndolo como mi dueño

Y te advierto ahora, desde este umbral
cuando el Ladrón de Sueños entre a tu habitación
no serás capaz de poder escapar del mal
y evitar que se lleven el fruto de tu imaginación

Mi amo alimenta así sus pesadillas
con tus sueños frescos y deliciosos
entrando de noche a hurtadillas
a tu cuarto oscuro y silencioso.

Y si despiertas extraño, sintiéndote vacío
recuerda que alguien durante la luna te ha visitado
quizás sientas también miedo y algo de frío
Pero no podrás hacer nada, él volverá aunque pongas candado

Es el Ladrón de Sueños, es el amigo del diablo
Es a quién debes culpar cuando un sueño se te ha ido
Es a quién debes temer cuando despiertas sin vocablo
Es a quién debes rezar para que te deje tranquilo

30 de mayo de 2009

La pena máxima

(dedicado a don Oso, que jugando con los finales de sus amigos blogueros para una historia en común, me dio las pautas para este relato)

Quizás en algún momento de nuestras vidas, todos estemos destinados a tener la oportunidad de alcanzar, de un modo u otro, la gloria, el éxito, el objetivo máximo alguna vez soñado.
Quizás esa oportunidad nunca sea distinguida entre muchas otras, yaciendo así en el anonimato, en el olvido silencioso.
Pero esa tarde de domingo, Miguel creyó ser dueño de ella. Una oportunidad que, no podía negar, ansiaba desde hacía mucho tiempo. La que había soñado un año atrás, cuando a pesar de sus treinta y largos y de no jugar al fútbol desde una década atrás, la dirigencia del club de su pueblo lo fue a buscar al taller mecánico donde un primo suyo lo había empleado a medio tiempo.
Había pensado entonces que era la ocasión para demostrarle a todos que aún estaba a tiempo de ser la promesa que muchos habían creido imaginar cuando de pequeño lo veían acariciar la pelota en los potreros del pueblo. Y podía ser al fin, el ídolo que alguna vez soñó. Ese ídolo de gambeta y gol que jamás llegó a ser, viendo de joven morir su ilusión.
Y fue en el taller, que con las manos engrasadas, apretó firme la mano tendida por los dirigentes y dijo si, al tiempo que sonreía por primera vez en más de diez años.
Desde entonces fue consciente que en el pueblo se iba a hablar y mucho. No esperaba sentir el calor de la gente y menos, el aliento de la hinchada. Pero se había prometido ganarse a todos jugando, haciendo lo mejor que sabía hacer. Quizás, lo único que sabía hacer.
Fue un buen año, no lo dudaba. Difícil, pero bueno. Había hecho oído sordos a los insultos. Había minimizado la indiferencia de sus compañeros. En la cancha, había dejado todo, sin que le pesaran los años, ni el pasado. Por momentos fue muy duro, triste, pero no claudicó, no le dio el gusto a los que querían verlo caer otra vez. Y se mantuvo de pie, jugando y bien.
Tan bien, que llegaron a la final de la liga regional, a esa tarde de domingo que soñaba con enmarcar de gloria y de la cual asirse para dejar atrás el pasado; esa salida ahnelante del suplicio diario, de la condena pública.
Creía haberlo pagado. Diez años en la cárcel, se decía, habían sido suficientes. Pero para el resto del pueblo, no parecían serlos. Esa tarde podía ser la respuesta.
La gran final del torneo había pintado de alegría el pueblo y hasta algunos se animaban a corear su nombre, los menos, claro. El momento del pitido inicial, los cánticos, los intentos iniciles para llegar al otro arco, los primeros sustos ante la llegada de los delanteros rivales, las piernas fuertes que se sabían no iban a faltar... todo se fue dando tan rápidamente, que no pudo pensar en otra cosa que correr y meter. Partido bravo, jodido, donde todos ponían hasta la última pizca de alma. Iban y venían. Los gritos desde las tribunas se fundían al unísono y nadie reconocía para quién iba el aliento o el insulto. Era una batalla con la lluvia de balas rociándolo todo, donde el pasar de los minutos aumentaba la tensión y desgastaba a lo protagonistas, llevándolos al estado exhausto en el que se encontraban, jugando ya no con los músculos, sino con el corazón, el temple.
Y allí estaba él, esperando de espaldas el balón, en el área grande rival. Allí estaba esperando el pase, observando de reojo al central de melena recogida que no le perdía pisada. Y vio venir la pelota, como una amante en un reencuentro, corriendo descontrolada, perdida por la pasión. Pero él no se obnubiló e intuyendo la pierna del rival, no detuvo el balón, sino que no dejó correr para así, de imprevisto, girar la cadera y quedar de frente al arco. Y lo que suponía que pasaría, pasó. La pierna del rival enganchó la suya y lo hizo caer. Penal.
Alboroto, quejas, empujones. Griteríos desde afuera. Pero nadie se acercó a levantarlo. Vio todo desde el piso. El árbitro marcando el punto penal, los rivales corriendo hacia la figura de negro y las expresiones felices en los rostros de sus compañeros. El referí sacó una roja al aire, pero no le importó saber a quién correspondía. Ya tenía la pelota en su poder y se había ubicado en el punto del penal. Nadie le sacaría ese tiro.
El árbitro se le acercó y le dijo que era la última bola en juego, que se pateaba y se terminaba. Hasta entonces no se había percatado que habían pasado los noventa minutos. Si no la metía, la copa quedaba en poder del rival. Derecho obtenido por haber terminado mejor ubicado en la fase regular. Estupideces reglamentarias que a la hora del festejo, solo servían de excusas para los que perdían.
La oportunidad que había soñado, estaba allí. Se respiraba la tensión, hasta hacía daño el silencio proveniente de cada lado. El ídolo caído en desgracia llegaba del olvido para alcanzar la gloria. Un remate lo separaba del pasado oscuro al presente radiante. Si hasta podía adelantarse al ruido imperceptible de la red al golpear la pelota, ese chasquido mágico, tan ténue como fugaz, pero tan conciso y doloroso para el oído de todo guardameta.
La última mirada al juez, la concentración en la meta rival. Las manos a la cintura, el porte de un caballero a punto de salir a batalla, de cabalgar hacia las colinas y batirse a duelo contra el ayer. El instante preciso del silbatazo. El momento de correr y patear. Y de repente, su imagen entre las demás imágenes. Su rostro, entre los demás rostros. Ah crueldad, por qué. Su rostro, su inmaculado rostro. Esa belleza sin precio, esos ojos de perla, esos rizos que me estremecen aún en sueños. Esa nariz perfecta, sus pómulos altos, su sonrisa infantil. Oh crueldad, por qué.
Su mirada lo atraviesa, lo deja sin defensas mientras corre al balón. La ve a ella y a nadie más. Ni a nada más. La pierna se extiende y golpea, pero lo hace sin convicción, y la pelota sube y sube y se pierde por lo alto, muy por encima del travesaño, como viajando hacia las nubes, para nunca más volver.
Siente gritos de fondo, insultos por doquier, reproches, el sonido del alambrado retorciéndose. Pero no quiere mirar, aunque ya su rostro entrañable cubre por completo la oscuridad detrás de sus párpados y todo su ser se estremece en llanto, no por el penal errado ni la proximidad del dolor físico a manos de hinchas desbordados que escucha, están rompiendo el alambrado para saltar al campo de juego, sino por ella. Ese rostro al que le corresponde un nombre. Su Laura amada. La misma que una década atrás asesinara a golpes, en un rapto de celos y locura. La misma por la cual purgara una condena que no terminó al salir de la cárcel.
Ese rostro que creyó en vano dejar atrás, pero que vuelve cada noche, a cada momento, reclamando justicia. Ese fantasma que no duerme ni descansa y que le hace compañía desde que se despierta hasta que se acuesta. Ese espectro que jamás olvidará y no dejará que se olvide.
Laura jamás se iría y ni siquiera el suicidio lo salvaría del sufrimiento. Su fracaso, era el triunfo de ella. Ciego había sido en no reconocer en ella, el verdadero triunfo de su vida. Y no solo eso, sino que además, la había matado.
Al sentir los primeros golpes en su cuerpo, esas patadas furiosas de los hinchas enardecidos, no supo discernir con claridad si eran producto de ese tiro mal ejecutado o bien, eran los golpes que mucha gente quiso alguna vez propinarle por la barbarie cometida y jamás pudieron dar.
En cualquiera de los casos, estaba bien.

24 de mayo de 2009

La búsqueda

Sabe que ha conseguido un jarrón muy especial. Lo ha pagado caro, pero era el precio que debía tener. No se trataba de un jarrón como cualquier otro. No solo por el hecho de haberlo buscado durante los últimos veinte años, en los cuales había recorrido cientos de ciudades de todo el mundo y visitado los tugurios más peligrosos e impensados para dar con él.
Desde pequeño su madre le había contado la historia fantástica de ese jarrón y a él le había fascinado. Y le había revelado el secreto: dentro, estaba el tesoro más hermoso, la cosa más bella que hubiese pisado la Tierra en toda su existencia.
Ese jarrón, le dijo su madre, había estado en la familia desde hacía muchos años, pero su posesión significaba dolor, o lo que su mamá llamaba "el regreso de recuerdos que devastan y no dejan dormir". Lo había cedido, pero nunca alcanzó a decirle a quién. Cuándo una vez se lo mencionó a su abuelo, dejó caer una lágrima y le dijo que nunca volviera a hablarle de dicho jarrón.
Fue entonces cuando se propuso, una vez que fuese joven y fuerte, no descansar hasta encontrarlo. Y juró en aquel momento, no titubear ni un solo instante en su búsqueda y conseguirlo, a cualquier precio.
Y así fue que, finalmente, tras seguir una pista que había obtenido en las catacumbas de Venecia tres años atrás, dio con el jarrón en la esquina de su casa, en el viejo almacén de don Manolo, el tío de su mamá.
No podía creer cuando lo vió. Don Manolo lo tenía arriba de la heladera de los lácteos, juntando telarañas. Le preguntó a cuánto se lo dejaba. Don Manolo le dijo que no estaba en venta. El insistió, Manolo volvió a declinar. Se dijo que no se se daría por vencido, y se lo hizo saber al avejentado tío de su mamá. Manolo dijo que por nada del mundo se lo daría, que jamás comprendería la importancia de ese jarrón. Que se lo compro, que no se lo vendo. Que lo llevo, que lo deja ahí. Que si, que no. Que tengo una pistola, que tengo una escopeta. Que disparo, que yo también. Pum, pum. El viejó erró y murió.
Está corriendo, en busca de su auto. Debe escapar antes que llegue la policía. Sabe que ha conseguido un jarrón muy especial. Lo ha pagado caro, pero era el precio que debía tener. Mientras avanza por la carretera intenta resistirse, se dice que debe mirar el contenido solo cuando llegue a un lugar seguro. Pero la tentación es muy grande. Y mira. El corazón se le paraliza y comprende, tarde, muy tarde.
Dentro solo hay cenizas y una nota: "Amelia, querida esposa y madre".

22 de mayo de 2009

Pensamientos de un hombre que desea que la muerte llegue pronto

¿Cuándo claudica el hombre? ¿Cuál es el límite por soportar?
Las preguntan rondan en su mente con una inconsciencia encubierta, mientras por la ventana observa el paso de las nubes que presagian una tormenta. Es llamativo como las formas que gana el cielo ante el espectáculo del cual son testigos sus irritados ojos insisten en hacerlo viajar a recuerdos remotos, de cuando jugaba tirado en la tierra ensuciándose las rodillas, sin tener en cuenta el día de la semana , sin saber que marcaban esas agujas en el reloj ni preocupándose si alguien le decía algo hiriente, porque en definitiva, era el idioma de todos los niños.
El viaje atrás lo consume, lo revuelve interiormente. Se da cuenta que el dolor aflora cuando las lágrimas le mojan las manos, apoyadas sobre las piernas bien apretadas. Y se da cuenta además que hace rato que está llorando. Hace tiempo que comprendió que también hay llantos sin lágrimas, que son silenciosos y arden por dentro. Son llantos que se amontonan, se juntan como en una represa y el día que ésta se abre, fluye una cascada de insostenible pesar.
Si pudiera, dejaría de respirar en ese instante. Siente como la agitación del pecho lo domina, como se infla para luego desinflarse sin poder tomar control de la situación. Quiere detener todo, quiere decir basta, quiere creer que aún hay cosas en las que creer, que el amor volverá, que no quedará solo, que será querido otra vez
Se desploma sin caerse, se desmorona mentalmente, cruza esa línea entre la realidad y la locura, para después volver y no tener la certeza de haber vuelto de verdad. Se siente confuso, aturdido, defraudado. La resignación ya ha remitido, queda la angustia, el resabio de la amargura.
Pero sigue en la cama, sentado de frente a la ventana. Las nubes siguen su curso, ajenas a su presencia y el cree tener entonces algunas respuestas, que sin sentido van cobrando forma desafiando el caos de sus ideas.
¿Es cuando ya no quedan puertas por abrir, caminos por recorrer, miradas por conocer, amores que corresponder...?
Pero la respuesta es distinta cada vez. No hay una sola respuesta, como no hay una sola causa por la cual la vida no es la que desea. Los sentimientos apuñalados yacen en un cajón, a la espera del resto de su ser. Y lo sabe. Es una de las pocas cosas de las que puede estar seguro de saber. Que desea morir. Lo anhela con todo el alma. Se ha formulado esa palabra en su cabeza un millón de veces, ha estudiado sus ocho letras con tanto detenimiento que podría jurar conocer su substancia. Y juega con ella como si fuese un dado, una ruleta rusa, un maldito boleto de lotería. Pero no culpa al azar por no dictar sentencia, sino a su propia voluntad, aún engañada por los fantasmas de la vida, aquellos que le susurran en los momentos aciagos convenciéndolo de que aún hay motivos por los cuales vale la pena sobrevivir.
Entonces las voces en su cabeza se elevan en eterna discusión, algunas murmullan secretos, recuerdos escondidos por vergüenza, otras reclaman partir, otras quedarse; algunas alegan ya no sentir, otras ya no amar; se escuchan pedidos de auxilio, socorros no correspondidos, preguntas sin contestar, respuestas de preguntas jamás formuladas. Las voces se entrelazan una a otra, el aturdimiento llega a su climax, la cabeza estalla de dolor, de horror, de temor.
En cuando las voces se vuelven una, la definitiva. Esa que traerá la decisión, que marcará el destino y demarcará el futuro. Al menos, por un tiempo.
Pero nunca, jamás, todas las voces suelen acallarse. Y por más que se silencian, quedan allí latentes, en alguna parte, a merced del miedo, de la impotencia, del dolor, de la pena. Aguardando para un nuevo veredicto.
Hoy dijeron que no. Y la vida, entonces, sigue. Con sus sinsabores, sus esporádicas alegrías, sus ilusiones sin fin, el deseo de que todo cambie, de que el sol brille siempre y las cálidas caricias sean cosa de todos los días.
Hoy las voces le dieron otra oportunidad.
Verá que hacer con ella.

20 de mayo de 2009

A nadie le importó

El ídolo cayó en desgracia la tarde en que se descubrió su relación con aquella mujer que había sido arrestada por tráfico de drogas.
No sirvieron las explicaciones, la prensa lo condenó y la opinión pública lo envió al olvido. Nadie lo oyó suplicar indulgencia ni lo vieron llorar a escondidas en los bares de su barrio.
Se internó en la bebida y se marginó del día. Así vivió sus horas, sin las mieles de la gloria ni las sonrisas del éxito.
Murió entre lágrimas, no por la idolatría perdida, sino por su madre condenada. Pero a nadie le importó.

18 de mayo de 2009

Los niños de la Misericordia

No todos los juegos son peligrosos, pero el que nosotros jugábamos si lo era. Éramos niños y no lo sabíamos. Aunque no podemos echarle toda la culpa a la edad.
Teníamos doce años, algunos pocos once. Nos unía no solo la infancia, sino también el colegio. Éramos alumnos del Hermanos de la Misericordia, un recinto de estudio privado dirigido por monjas. Se imponía el respeto, el silencio, la religión. Se nos inculcaba la Biblia, el perdón, la piedad, aunque no siempre importaba el orden de los mismos.
Sin embargo nos quitaban la libertad, la personalidad, el temor a equivocarnos. Existía mucha rigurosidad y eso, principalmente, nos llevó a hacer lo que hicimos. A jugar el juego que nos condenaría.
Uno de nuestros profesores era particularmente malvado. En el sentido de exponernos en ridículo ante la menor falta o error. No hacía distinciones. Todos, en mayor o menor medida, habíamos caído en sus garras. Le teníamos odio, pero ante todo, terror.
No recuerdo quién lo propuso, si recuerdo cómo era la tarde: gris, el viento soplaba fuerte y el sonido se confundía con las voces, haciéndolo todo más subrealista, más lejano de nuestra edad. Pues de lo que hablábamos no condecía con lo que éramos: niños.
Aceptamos sin vacilar, sabiendo que todo lo que nos habían enseñado quedaba atrás. Pactamos con las miradas, sabiendo que el silencio sería nuestro lazo y el tiempo, nuestro peor amigo.
Fue tras el tercer recreo, al comienzo de su clase. Cerramos la puerta y todo sucedió. Nadie se repartiría las culpas. Cuando tocaron el timbre de salida, formamos como siempre y salimos en silencio al patio, en pulcra hilera, con paso sereno, cargando las mochilas en las espaldas como la cruz que realmente representaban.
Asistimos al discurso de cada tarde de la hermana Esther. Vimos como la bandera descendía en una desigual lucha con el viento. Agradecimos en silencio el permiso para partir a nuestros hogares. Y nos fuimos, cada cual siguiendo su camino, sabiendo que ya nada sería igual y sin olvidar que volveríamos al día siguiente.
Lo que vino después era de esperar. Los directivos nos anunciaron que el profesor que tanto odiábamos había desaparecido, que no nos preocupáramos ante los rumores que corrían, que seguramente estaría bien, que aparecería... y sabíamos que no sería así, pero nadie habló. Dejamos que la policía buscara, que pasaran los días primero, luego las semanas, los meses... un día anunciaron que la búsqueda había llegado a su fin y al no haberse encontrado rastro alguno, se lo había declarado oficialmente como desaparecido. Supimos que unos años después, lo declararon como correspondía, oficialmente muerto.
Nunca dejamos de mirarnos a los ojos, sin embargo ahora distinguíamos las ojeras debajo de ellos. Muchos no conciliamos el sueño durante largo tiempo. Los más duros nos hicieron creer que si, pero sabíamos la verdad. Todos la sabíamos. Los veinticinco que éramos.
Hemos crecido, hecho nuestras vidas pero jamás pudimos olvidar. Jugábamos a juegos peligrosos, vaya que si. Si quisiera buscar un motivo, una razón exacta, podría alegar en mi defensa que debido al paso del tiempo he olvidado las causas, pero eso no es defensa alguna, más bien tonta justificación.
Cómo olvidar el macabro plan, las certeras apreciaciones sobre nuestros mayores. Cómo dejar atrás tantas meditaciones a oscuras, cuando la noche tejía punto a punto mis pesadillas. Esa tarde salimos del colegio con rostros inocentes y corazones manchados.
Cargábamos nuestras mochilas orgullosos, llevando cada uno, una parte del difunto. Habíamos rebanado el cuerpo en pedazos, dejando escurrir la sangre entre los tablones de madera del piso del antiguo salón. Cada uno puso en su mochila una parte de su pacto de sangre. Una parte de la maldición.
Salimos como si nada, porque quién puede imaginarse algo así. Nosotros sabíamos que nadie. Y sabíamos algo más. Qué ningún padre nos revisaría las mochilas y que lo que guardásemos en ellas, estaría seguro. Nos deshicimos de los restos, sin dejar cabos sueltos. El plan perfecto. Lo macabro consumado por niños de once y doce años. Jugábamos juegos peligrosos.
Y el tiempo se ha encargado de no hacernos olvidar. Cada día, cada noche, en cada mirada, en cada sombra, purgamos por el pasado. Seguimos cargando esas mochilas. Salvo que ahora sentimos la humedad filtrándose, dejando una mancha roja, muy roja, delatora, incisiva, dolorosa.
La mancha que estuvo desde el primer momento en nuestros corazones.
Y si alguien intentara imaginarse algo así, cómo podría. ¿Quién sería capaz de desconfiar de niños tan pequeños? ¿Quién?


Yo lo haría.

14 de mayo de 2009

Personalidad difícil

Ariana era psicóloga y andaba por la vida intentando descubrir la verdadera faceta de su yo interior. Dialogaba a diario con su alma interna, tomando apuntes y soñando con llegar a alguna revelación que la hicera famosa, libro de por medio, claro está.
James, Freud, Adler, todos quedarían como sus precursores. Cómo le gustaba soñar a Ariana, hasta ella misma se reía de sus ideas e ilusiones. Y si bien sospechaba de su éxito a la larga, lo mantenía muy en secreto.
Mientras eculubraba razonadamente, haciendo trabajar a diez mil revoluciones a su cerebro, caminaba por las veredas evitando ser embestida por la gente, que ignoraba en los importantes temas en los que iba sumida.
De pronto, al mirar una vidriera vio su cuerpo pero no era su rostro el que se reflejaba completando la imagen. Pegó un grito y dejó caer unos libros que llevaba en sus manos. Los transeúntes se hicieron a un lado, mostrándose ajenos e indiferentes. Alarmada, recogió las cosas y corrió hacia el Instituto en el que trabajaba.
En la puerta, el custodio de seguridad de todos los días la detuvo y le pidió que por favor volviera después de las ocho: ningún profesional había llegado todavía y los pacientes no podían esperar en el hall.
"Soy yo, soy Ariana" suplicó y al no encontrar documentación que lo validara, se retiró llorando y confundida. Su brillante mente le dio la respuesta. Le había confesado tantas cosas a su yo interior, que ahora él era quién estaba interesado en salir al mundo a conocer lo que había alrededor. Fue su último pensamiento consciente, ya que cayó en sopor por más de comprender que su cuerpo seguía erguido y caminando.

12 de mayo de 2009

El infierno no es como lo pintan

El día que llegué al infierno, comprendí que no era tan malo como lo pintaban. Calor intenso, gritos de dolor aullando por doquier, olores repugnantes, castigo físico a la vista de todos, violaciones, promesas falsas de salvación, descuartizaciones parciales...
Y sin embargo, estaba ausente la muerte porque su presencia sería una paradoja. Y al no existir aquello que tanto había temido en vida, siempre huyendo tras los crímenes que cometí con pasión y morbosidad, me sentí en el paraíso.

10 de mayo de 2009

Un viaje singular

Subió al colectivo en la parada de siempre y buscó el asiento que solía ocupar (si es que no había nadie allí, claro), del lado izquierdo, de la mitad dos asientos atrás.
Miraba sin mirar por la ventana, casi ajeno a los sonidos provenientes de la calle e intentando no prestar atención a las conversaciones de los demás pasajeros.
En un momento dado, alguien lo llamó por su nombre. Primero pensó en una coincidencia, pero la suposición finalizó al instante de ver en la fila de la derecha, a la misma altura, a un hombre mayor que lo saludaba con una sonrisa de oreja a oreja, manteniendo la mirada fija en él a pesar del movimiento de los pasajeros que estaban parados y de la señora que se había sentado a su lado y se interponía entre el pasillo y su eventual conocido.
Por educación, devolvió el saludo y de inmediato, focalizó su vista otra vez en la ventana. Pero el hombre de fila de asientos vecina, gritó nuevamente su nombre, elevando la voz lo suficiente como para que cuatro o cinco se dieran vuelta.
Volvió a saludarlo, procurando sonreír como para que se diera cuenta que ya estaba, ya lo había visto, saludado y cumplido, que cada uno siguiera con su viaje, su mente en sus asuntos y... justo la señora que estaba a su lado se levantó y el hombre del otro lado del pasillo, ni lerdo ni perezoso, se le sentó a su lado.
- A esta hora es imposible el colectivo, todos amontados, apurados - le dijo iniciando la charla.
Lo único que le faltaba. Tener que darle charla a alguien que lo saludaba por el nombre y él sin saber ni siquiera de dónde se conocían.
- Disculpe señor, creo que se confunde, es mi nombre efectivamente, pero...
- Vamos Pedrito, que ya se que no me conocés, no te preocupes. Pero es un gusto. Te ves realmente muy bien. De dónde vienes, de la Facultad supongo, no? Día pesado, como todos. Los alumnos de seguro que te han dado un dolor de cabeza. Siempre lo hacen, no?
- Si, pero cómo...
- Vamos Pedrito, que me caes bien y cómo no hacerlo jajaja. Mira, que solo he venido a verte un rato. Debo hacer otras cosas aún. Aún conservas el reloj de papi, que bien. Es una pena que yo lo haya perdido, pero en fin, ya sabrás. Mira, solo he querido decirte una cosa...
- ¿Quién...
- Vamos Pedrito, calla, déjame hablar que se me hace tarde. Siempre con esa costumbre, ya se te pasará. Mira, no te detengas en las nimiedades, en los detalles y habla con María. Te lo reprocharás de por vida si no lo haces. Pedrito, querido, que te quiero, venga un beso. Me tengo que bajar y no te distraigas, que siete cuadras más adelante bajas tú.
Y sin que pudiera decir una palabra, el hombre mayor se fue. Bajó por atrás y se perdió entre la gente. Un impulso lo hizo poner de pié, para bajar trás él, pero algo raro le decía que no. Era una mezcla de temor con presagio. Esas palabras, con tanto sentido, tan repletas de verdad. Esos ojos, tan azules, como los de su padre. Como los suyos. Esa voz cascada por el cigarrillo, el mismo que él sabía, lo consumía fuera de las horas de clases. Ese aire familiar que uno sospecha del que tiene delante, al pararse frente a un espejo. Ese saber que él mismo había viajado en el tiempo para hablarse lo hizo estremecer. La comprensión lo aterró y paralizó al mismo tiempo.
Por supuesto, se distrajo y se pasó de largo de la parada en la que debía bajar.

8 de mayo de 2009

El último andén

Alza la bolsa al llegar a la escalera de la estación. Se cuida de no golpearla contra los escalones. Está oscuro y las luces del lugar hace años que no encienden de noche. Como toda estación de ferrocarril, se sume en el silencio, tapada por pastizales.
Es por lo tanto, el lugar perfecto. La escalera queda atrás. El andén está sucio por las hojas secas y la tierra acumulada. El alero de chapa armoniza con una melodía demencial, producto del viento y su afán por rozar lo que no le incumbe.
Sobre los rieles, descansan quietos, viejos vagones de carga, olvidados quién sabe cuando por alguna locomotora cruel, que partió susurrando un "ya no volveré" sin mirar atrás.
Son vagones de nadie, como lo es la noche. Del que quiera tocarlos y besarlos, o tan solo usarlos, como en este caso para esconder la bolsa. Se trepó al interior, sin el mínimo esfuerzo. Buscó una de las esquinas, donde ni la oscuridad parecía penetrar y allí, bajo algunos tablones, dejó la carga.
Descendió de la enorme caja y miró en derredor. El silencio quebrantado por algún que otro grillo y el viento errante. Ni siquiera la luna había querido ser testigo y estaba bien. Un par de estrellas guiñaron un brillo y bajo ese cielo negro, vestido de esplendor, el hombre desapareció.
En realidad, con un último esfuerzo como espíritu en tierra, llevó sus restos a un lugar seguro, dónde nadie lo encontrara ni perturbara, pues su plan era el suicidio perfecto.
Esa última sombra de su ser, ese fantasma espectral, lo había conseguido. Muerto y escondido por propia mano, ahora del otro lado, dormita en el reposo definitivo.

6 de mayo de 2009

Celos en noche de luna blanca

Detrás de la fría imagen de la mujer, existía un secreto. Su novio la vigilaba escondido en un callejón contiguo al departamento de sus padres, donde habían pasado tantas noches de pasión en ausencia de estos.
Pero el amor se había diluído como el azúcar en el agua y en lugar de dulzura, había nacido un océano de amargura empañando cada segundo de su existir. Sin embargo no podía quedarse conforme. Ella había cambiado. Lo venía notando en pequeños detalles, en la forma de besar, en las caricias que fueron desapareciendo, en las contestaciones silenciosas...
Un témpano había reemplazado a la mujer que amaba. Y él necesitaba saber las razones, un simple "no va más" no era respuesta para su corazón.
Aguardó en la noche fresca, cubriéndose el cuello con una bufanda, que a su vez disimulaba su rostro entre las sombras del oscuro lugar. Las manos enfundadas en los bolsillos de la campera de cuero, el cuero quieto, atento, como el de un gato antes de lanzarse por su presa.
Pero ella no aparecía y la luna parecía hacerse más gigante a cada segundo allá en lo alto. Sentía sus piernas entumecidas y un extraño hormigueo en los pies. El sueño comenzaba a atacarlo cuando un coche se detuvo delante de la puerta principal del edificio.
No le cabían dudas que era ella. Sus piernas largas, la cabellera pelirroja cayendo hasta mitad de la espalda, el bolso rojo que le había regalado para su último cumpleaños. Descendió por la puerta del acompañante. Sintió un puñal en el alma al ver salir del lado del conductor a un hombre mayor, entrado en años según delataba su cabeza blanca y el bastón que blandía con elegancia.
Entraron juntos, ella primero, él detrás.
No lo soportó, por más que sabía que era una probabilidad con la cuál podía llegar a toparse. Se decidió a cometer el peor error de su vida, ir tras ella, pedirle explicaciones, saber la razón por la cuál otro si y él no. Corrió hacia la puerta. No era obstáculo que ya estuviera cerrada. Tenía una copia de la llave.
Esperó por el ascensor, dejó que la puerta se abriera pero se detuvo. Los nervios lo comían por dentro, sentía el sudor en su cuerpo y un nudo enorme en su estómago. Sabía que la conversación terminaría mal. ¿Estaba preparado para ello? No importaba. Entró, apretó el botón con el 6 y contempló ausente la gruesa puerta de acero cerrarse.
¿Qué pasaría cuando llegara a la puerta del departamento? ¿Golpearía? ¿Entraría como si nada, esperando encontrar la escena obscena que vagaba por su cabeza? ¿Y si ella había cambiado la cerradura? ¿Y si estaban los padres? No, los padres seguramente no estaban. Ella no volvería con un hombre en horas de la madrugada sabiendo que ellos estarían allí. Al menos nunca lo había hecho con él.
Su cabeza era un verdadero martilleo, le dolía el cuerpo de tanto pensar. La máquina había comenzado a trabajar y no había forma de detenerla. Aparecían imágenes que de inmediato desaparecían y en todas estaba ella, en las poses más extrañas, en las acciones más viles.
El ascensor se detuvo. La puerta se abrió. Tomó aire y salió al pasillo. El 6 F era el último departamento a la derecha.
Caminó sobre la alfombra verde. Sentía plomo en los pies. Las manos estaban húmedas, el pulso acelerado. Se quitó la bufanda y buscó la llave en la campera. Se quedó inmóvil ante la puerta, indeciso de entrar o pegar media vuelta y escapar para nunca más saber nada de ella. Escapar del dolor, de la humillación, aunque sabía que jamás huiría del recuerdo.
No lo volvió a pensar. Metió la llave, la giró dos veces y empujó con fuerza la puerta.
Allí estaba ella, desnuda, las piernas bien abiertas, protegiendo bajo su vientre el cuerpo también desnudo de su acompañante de cabellos blancos. Primero lo cegó la furia, luego vió la sangre. El cuadro se completó con el cuchillo en sus bellas manos , bañado en un tinte rojo, casi perlado por el reflejo de la luz de la luna que penetraba por la ventana.
Se sintió confundido, aturdido, casi asfixiado. Ella lo miró en silencio, bajando los párpados, casi con vergüenza. Dejó caer el cuchillo y se puso de pie. Avanzó lenta y sensualmente hacia él y lo tomó de las manos. Se las besó dejando marcas de sangre en los nudillos. Soltó una y llevo la otra hacia su bajo vientre. El palpó el calor, la excitación que reinaba allí, a la vez que mente entraba en pánico y terror.
- Vete - le dijo ella. Si dudabas de mi amor, ahora sabes lo que siento. Aún respiras.
Sumiso y sin protestar, corrió hacia la puerta. Arrojó la llave en el pasillo y no esperó llegar al ascensor, sin detenerse ni mirar atrás, se lanzó por las escaleras en una loca carrera hacia la calle, sabiendo que jamás volvería ni sabría nada de ella y principalmente, jamás olvidaría.

4 de mayo de 2009

La leyenda oculta

El hombre había pecado y había sido maldecido. Cargaba sobre sus espaldas el no poder enamorarse. Bellas mujeres lo cortejaban, lo seducían o al menos lo intentaban, y él, aunque atento y caballero, las dejaba alejarse.
Consciente de su destino y resignado a no poder conocer el amor, optó por su antónimo: el odio. A partir de entonces, toda mujer que se acercaba en busca de su corazón huía despavorida ante las maldades a la que era sometida, con crueldad y desidia.
No conforme con ello, las persiguió y torturó a cada una de ellas hasta el hartazgo. No solo mutiló sus cuerpos, sino que condenó sus almas a la eterna soledad.
Esa rabia visceral lo fue consumiendo, ya casi no era humano. Vivía en la oscuridad, deambulando en los callejones, comiendo ratas y alimañas, saciando su sed con el agua estancada de las cunetas y el líquido impuro de los orinales.
Ya no diferenció mujer de hombre, como él no podía ser distinguido entre ser humano y animal. Mató una y mil veces. Sucumbió al deseo de la sangre que lo llamaba y lo obligaba a sentir su sabor áspero, dulce y viscoso en el paladar o salpicando sus manos, sus piernas, su cuerpo entero.
Salieron a buscarlo, miles, cientos de miles. No había duda si lo querían vivo o muerto. La respuesta también estaba teñida en sangre. Lo persiguieron en distintas ciudades, luego en diferentes países, por todo el mundo.
Y un buen día, desapareció. Se dice que su forma humana se extinguió en forma definitiva, espaciéndose por el aire, llevando consigo la maldición transmutada a cada corazón de hombre y mujer en la Tierra. Y hoy yace oculto en mínimas proporciones en el mismo lugar donde nace el amor y muere la esperanza, esperando paciente, malicioso, el momento justo para seducir a la mente y ajustar de a poco cuentas con su destino.

2 de mayo de 2009

El cubo

Mire por donde lo mire, es un cubo. Seis caras cuadradas iguales, ocho vértices y doce aristas, es decir, lo que aquellos que hablan bien, nombran como hexaedro. No hay ningún misterio.
Y entonces... de dónde proviene la música? Porque si me lo acerco al oído, no percibo que llegue desde su interior. Si lo agito, no detecto nada dentro, al menos que esté suelto. Pero no pareciera haber un parlante o circuito o lo que corno sea que pueda emitir sonido. Y no cualquier sonido. Estamos hablando de la overtura de La Flauta Mágica, de Mozart.
Ahora, qué hago con este cubo en la mano. También es extraño. A ver, veamos... venía caminando por el sendero que va al arroyo, pero en dirección este, de repente... de repente qué? si, algo pasó, pero qué...
Si, si, la luz. Una gran bola de luz. Lo recuerdo, bien. Y algo que se estrelló detrás de la colina. A medida que me acercaba el olor a chamuscado me llegaba claramente a la nariz. El olfato no me engañaba, algo muy caliente había caído del otro lado de la colina.
Metal retorcido. Esa es la imagen que tengo en la cabeza. Una gran bola de color acero, despidiendo humo y vapor y a pocos metros, sobre la gramilla quemada, estaba el cubo.
Y corrí a buscarlo. Estaba sobre algo... tengo que recordar. Una mano! Si, al cubo lo sostenía una mano. Y tenía algo raro... los dedos! Solo eran tres y largos y las uñas de un color violáceo, casi cristalino. Y la mano pertenecía a un brazo largo y escuálido, repleto de pintitas rojas, como si fueran pequeños lunares. Pero no vi el cuerpo, porque estaba aplastado debajo de lo que debió ser, parte de algún tipo de nave.
Tomé el cubo y seguí caminando. Por algún motivo me cuesta recordarlo todo. Incluso no se cómo es que llegué aquí... pero, ¿dónde estoy?.
Cuatro paredes iguales, el piso, el techo. Seis cuadrados perfectos, ocho vértices y doce aristas. Es imposible...
El miedo, la angustia, el no saber dónde estar, ni como salir. Los cómo, los por qué, los dónde y los cuándo, todos se agolpan en mi mente, junto a la imagen tétrica y enfermiza del pequeño cubo que aún sostengo en mis manos y al sonido fuerte y delicioso que acompaña mi perdición en los bosques hexaédricos de la demencia.

26 de abril de 2009

Confesión de alguien que no existe

Mentí.
Dije ser una persona y no lo era.
Te hice creer que hasta podías escucharme, pero siempre lo imaginaste, nunca fue real.
Ahora sientes el vacío de mis palabras, la oscuridad que acompaña a la ausencia.
Eres presa de tu confusión.
Ni siquiera fui una sombra, mucho menos una ilusión.
No fui nada.

Ni siquiera este texto existe.

23 de abril de 2009

El caserón de la esquina

Los chicos del barrio le temían al viejo caserón de dos pisos ubicado justo en diagonal a la plaza. Decían que estar cerca de ese lugar de noche, traía mala suerte. Por las dudas, cuando las luces del día daban muestras de querer desaparecer, o se iban a sus casas o cambiaban de lugar para sus juegos.
Era otra época, no había computadoras, ni videojuegos y tampoco ese lazo inseparable con el televisor. Los juegos eran al aire libre, con pelota, rayuela, mancha o escondidas.
La barra de entonces era de ocho chicos. Todos varones. A veces dejábamos jugar a las nenas con nosotros, pero no mucho. Siempre terminábamos peleando y teníamos que estar de muy buen humor (y ella compartir galletitas o algo) para dejarlas estar con nosotros.
Mientras el día gobernaba, nos animábamos a permanecer en la vereda del caserón. Nos llamaban la atención las ventanas del piso superior, redondas y sin cortinas. Los marcos quebrados y despintados por el paso del tiempo y los vidrios rotos y los que no, astillados.
El caserón tenía una enorme entrada, pero no crecía pasto ni planta alguna, a diferencia de otros frentes vecinos. Todo estaba seco. A veces veíamos sapos rondando la puerta o gatos durmiendo en el tejado. Siempre eran negros.
Las ventanas de la planta baja eran rectangulares y allí si había cortinas. Seguramente habían sido blancas en algún momento, ahora todas estaban amarillentas, salvo una que además de dicho color, presentaba una mancha negra, como de haberse quemado.
La puerta de entrada, que jamás vimos abierta, era gigante y tenía grabada una luna. Lustrada seguramente sería hermosa, pero con el desgaste encima, era tétrica. Teníamos miedo, si. Pero por alguna razón que entonces no conocíamos, nos gustaba estar allí, frente a ese caserón, jugando en la vereda.
Supongo que la casa no era solo una fachada tenebrosa, seguramente tenía una historia atrás. Pero nadie nos hablaba de ello. Si uno preguntaba por ese lugar, siempre respondían: "¿Casa? ¿Cuál casa? Ahh, esa..." y jamás nos daban una pista sobre su pasado, sus últimos habitantes, nada.¨
Eramos muy chicos para suponer que la casa además del miedo que inspiraba, podía dominar las mentes o asustarlas de tal forma, que uno no la recordara, o simplemente, deseara ignorarla, así sin más.
Sucedió un sábado lluvioso. Habíamos estado jugando con la pelota en la plaza, los ocho. Uno de nosotros, no recuerdo quién, había conseguido unas figuritas de fútbol en otro barrio. Nos sentamos a verlas en la vereda del caserón. Las figuritas nos fascinaron, estaban casi todos los equipos, las imágenes parecían fotografías de verdad y fue tal el encandilamiento de las mismas, que perdimos noción del tiempo. Los nubarrones anticiparon la noche y para cuando nos dimos cuenta, la casa había cobrado vida.
Sentimos algo raro, como si el aire se volviera espeso. Primero fue la sensación de asfixia, luego la oscuridad rodeándolo rodo. No se veía la plaza del otro lado de la calle. Oí a un par de mis amigos gritar y yo comencé a llorar. Algo me agarró una pierna y tuve la suerte de poder zafarme. Uno de los chicos fue arrastrado de mi lado hacia la casa en una fracción de segundo. Aproveché y corrí contra la negrura. No sabía hacia donde, pero estaba descontrolado.
Agitado, asustado, meado hasta las medias y llorando casi a gritos, corrí y corrí. Me pareció correr un siglo, una eternidad. Corrí hasta que tropecé contra el cordón de la manzana de enfrente y me abrí la frente contra el suelo.
Desperté varios días después en el hospital, con mis padres cuidándome a mi lado. Fueron prudentes las primeras horas, me dejaron tranquilizarme. Luego me pidieron que hablara. ¿Dónde están los chicos? me preguntaron.
Comprendí entonces que ninguno había logrado escapar, que había sido el único. Me largué a llorar. Me ganó la angustia, el remordimiento, el dolor. Les nombré la casa, les conté de las figuritas, les pedí perdón por no habernos percatado de la noche. Volví a llorar. Y me di cuenta que estaban pálidos y no podían ocultarlos.
Con los años aprendí a sobrellevar el pasado y aunque costó, a hacer nuevos amigos. Aún tengo pesadillas, aún, en las noches de tormenta, tengo esa sensación de algo agarrándome la pierna. A veces, temo, estoy seguro que algo me arrebatará de la cama.
Intento no pasar delante de la casa. Ya no por miedo, porque ya no soy niño y he comprendido que solo le gustan ellos. Sino porque por esas ventanas sin cortinas del piso superior los veo.
Si, a ellos, que fueron mis amigos, los veo gritando, pidiendo por ayuda con gestos de dolor y desesperación. A los siete golpeando las ventanas rotas, llorando sin compasión, sin poder crecer, siempre con la misma edad, pero cada vez con peor aspecto. Y se muy bien que todos los adultos de este barrio, ven al pasar por esa vereda nefasta a los pequeños amigos perdidos en la niñez. Porque el caserón siempre deja cabos sueltos para que el dolor se extienda por toda la eternidad.
Pero no hablamos de ello, nos conformamos con seguir vivos. A veces, incluso, olvidamos que algo sucedió. Así que nos callamos, evitamos las ventanas, miramos para otro lado y seguimos avanzando.

20 de abril de 2009

Presagio imperfecto

Noté el silencio avanzada la mañana. El amargo en la mano, la pava ya tibia reposando en la mesa. El viejo no roncaba. Me quedé escuchando inmóvil, esperando ese sonido tan familiar y a veces molesto. Y nada. Me empezaron a temblar las piernas y un nudo tomó por asalto mi estómago.
Cuando el miedo nos domina, son muchas las sensaciones que nos pueden atacar. El pánico es una de ellas. En menos de cinco segundos, sentía como el sudor me recorría la frente, brazos y espalda. El corazón se había acelerado en forma abrupta y prácticamente no podía tragar saliva.
Es que no escuchaba el ronquido del viejo. Tenía que pararme, obligar a las piernas maltrechas a caminar y emprender el camino por el pasillo. Tenía que llegar a la habitación. Pero el pánico se había apoderado de mi cuerpo.
Me froté las rodillas, me sentía helada. Solté un gemido sin darme cuenta y comprendí que estaba a punto de llorar. Me puse de pié. Casi pierdo el bastón, pero lo sostuve a tiempo. Respiré hondo, asida aún a la mesa. Y fui.
El silencio proveniente de la habitación (si es que el silencio puede provenir de alguna parte) me agobiaba y hacía que cada paso costara tanto como mover una tonelada de barro. Mi respiración entrecortada era lo único que escuchaba. Eso y el corazón latiendo sin escrúpulos.
La puerta. Allí estaba ella, un guardián macizo, firme. Giré el picaporte y sin pensar más, entré.
La cama hecha. El orden pulcro. La serenidad de un cuarto sin uso desde hacía largo tiempo. Y la verdad que cayó a mi mente como un martillo. Su muerte pasada, su recuerdo eterno, la necesidad de tenerlo aunque sea un instante más a mi lado... la pesadilla que aún mi mente no quería entender.

17 de abril de 2009

La respuesta esquiva

Llegar ante una cama vacía y descubrir que nadie te espera ni mucho menos, desea
Nace entonces una lágrima que es esconde en alguna esquina, esperando por quién la enjuague, por quién la entienda
Es la resignación de los días, esperando el ocaso como única hora para creer de nuevo en la vida, rememorando un pasado de iguales altibajos
Hurgando por esa respuesta que nos esquiva y atormenta, que quizás no exista o haya sido escondida por un dios en la tristeza o en un bello poema a la muerte
Razón entonces que determina mis horas, embebido en versos sin colores, de pasiones fatales, finales abruptos e innombrables horrores
Mis muebles abarrotados de escritos, las paredes pintadas con desquicio y mis venas llorando la ausencia de sangre, y la luna en lo alto, asomando por la ventana, con esa letal indeferencia que la caracteriza
Qué cuadro aterrador encierran mis noches, con sus lamentos y miedos, pero qué fresca es la brisa que cada día me trae el sol por la mañana
Me convenzo entonces que todo es una pesadilla, una idea absurda, un antojo intenso y mal abordado, el deseo morbo de no ser amado
Ultrajado por esa mentira, caigo en la cuenta que todo ha sido en vano cuando al regresar abro la puerta y ese salón desolado y frío me recibe altivo, a sabiendas de ser mi único dueño y que el camino que me queda, es el que lleva a mi cuarto, donde yace una cama vacía

15 de abril de 2009

El brillo de la luna

Soy investigador privado desde hace quince años. He seguido a gente famosa, he investigado en villas en las que pocos salen vivos a plena luz del día y hasta, en varias ocasiones, me he visto envuelto en tiroteos con maleantes peligrosos.
Esta noche es especial. Sigo a una persona misteriosa, que pocas veces se deja ver. Me encomendaron esta tarea ayer por la tarde, en mi oficina. Una persona alta, cabello rizado, ojos negros como la noche. Usaba bastón y sombrero de copa. Me pareció bastante gracioso, pero no dije ni pío, puesto que me pagó por adelantado y en efectivo.
¿Por qué especial? Por el nombre de la persona que sigo. Es el de mi hermano. Hace dos décadas que no lo veo. En realidad, debido a que había desaparecido de la faz de la tierra. Fue la idea de no poder encontrarlo, la impotencia durante mucho tiempo de observar a la institución policial incapaz de resolver su desaparición, la que me llevó a convertirme en investigador.
Aparentemente había estafado a la persona que me fue a ver. No me resultaba extraño, claro que no se lo dije al hombre del bastón. Mi hermano, en realidad, no era un santo. Al cumplir los dieciocho ya había cumplido más de dos años en distintos reformatorios de la zona. Para los veinticinco, sus entradas y salidas de las comisarías en cien kilómetros a la redonda sumaban más de una centena.
Era ladrón de poca monta, se quedaba prácticamente con vueltos y si, efectivamente, no era muy bueno. Acababa siempre adentro, como si le gustara pertenecer a ese mundo, tanto fuera como dentro de la cárcel. Hasta el día que desapareció, claro.
El hombre fue muy claro. Saber dónde se alojaba y si lograba un contacto directo con el individuo, hacerle saber que "Don Savarino" lo estaba buscando y darle una tarjeta con un número telefónico.
La noche estaba más oscura que otras noches. La luna no se decidía a brillar con fuerza, como temiendo a ser descubierta allí en lo alto y delatar su presencia a los astros celosos que pueblan el cielo.
El sujeto que seguía, en teoría mi hermano, había cenado en "Britney", jugado al bowling en "Carnavalarama" y luego, acompañado de una dulce y joven señorita, pasado gran parte de la noche en el motel "Sexys". Era una noche de mucho despliegue, algo raro para una persona que hace veinte años nadie encuentra.
Cerca de las cuatro, salió de la habitación solo. Caminó hasta la ruta y se dispuso a esperar, quizás un auto o un taxi, nunca lo sabré. Fue mi oportunidad. Descendí con velocidad de mi oxidado Fairlane y llegué hasta sus espaldas. Pronuncié su nombre, pero no se dió vuelta. El sujeto, con toda la naturalidad del mundo, encendió un cigarrillo y arrojó el fósforo hacia la ruta, como si no me hubiese escuchado. Le toqué un hombro y reaccionó con tal velocidad que no vi venir el cuchillo. Por fortuna sólo rozó mi cadera. Me sobrepuse, le di un golpe en la mandíbula pero el sujeto (que la noche no me dejaba ver el rostro) sacó un revólver, calibre .38 y gatilló.
Se escuchó el click del tambor vacío. Había olvidado cargarla o fue solo la suerte que jugó a mi favor. Sin pensarlo saqué mi pistola y disparé al corazón. Cayó fulminado. Miré su rostro, a la luz de la pálida luna. No era mi hermano. Una sensación extraña me recorrió el cuerpo, sentí que las piernas se me doblaban. Pude recuperar la compostura a tiempo, sabía que el disparo alarmaría a la gente del motel. Corrí al coche y huí de la escena.
¿Cómo podía ser? No me había equivocado con la persona. Estaba dónde debía estar. Las características que me habían dado, eran las que encontré. Salvo el rostro, que nunca había podido ver, lo demás era exacto. Pero el nombre y esa persona no tenían nada que ver.
Conduje hasta el otro lado de la ciudad. Debía llamar al hombre del bastón. Me detuve en una cabina telefónica. Busqué monedas en el bolsillo y encontré las suficientes para que la operadora me comunicara con el teléfono que tenía escrito en la tarjeta.
- ¿Don Savarino? - pregunté al sentir que levantaban el auricular del otro lado de la línea.
Una risa.
- ¿Don Savarino? - repetí, ahora levantando un poco la voz. No quería dejar que se me notara la falta de aliento y el miedo de haber fallado.
La voz me contestó. Conocía esa voz.
- Muy buen trabajo. Más de lo que pedí, pero mejor.
Aún no le había dicho nada, alguien seguro me había estado observando. Entendía poco de lo que pasaba y la verdad era que no quería entender más nada. Volvió a hablar y esta vez me estremecí.
- Es fácil ser el diablo, cuando nadie espera encontrárselo. Sabes que es malo y le temes, pero no quisieras topártelo. En cambio tu, querido hermano, has sabido de él durante mucho tiempo, hasta que claro, era hora de buscar nuevos desafíos. Sabía que si me buscabas, sería para matarme. Fue como sacarle un caramelo a un niño o mejor, como quitarle...
Río alocadamente y colgó. Me dejó helado en aquella cabina telefónica, casi temblando del miedo y del espanto, de odio y bronca. Mi cabeza era un caos y su frase final me remontaba a un ayer olvidado, que ahora vertía otra vez la sangre sobre la herida, haciéndome sufrir. "Como quitarle la vida a quién amas" había querido decir.
Si, tenía razón. Si lo encontraba, lo iba a matar. Pero no se mata al diablo, ahora lo sabía. El te mata a tí y no una vez, todas las que quiera.
Las sirenas policiales se escuchan muy cerca. No me extraña, la luna ahora si ha vuelto a brillar.