28 de mayo de 2020
El programador
27 de mayo de 2020
Dolor
26 de mayo de 2020
Grito sagrado
25 de mayo de 2020
Pueblo fantasma
24 de mayo de 2020
Cálculos confiables
Mal de olores
Sufro de olores. Suena extraño, lo sé. Pero desde pequeño los olores me abruman. Cuesta explicarlo, porque no son los mismos olores que los demás perciben. No es que se intensifican el olor de la rosa, del asado, de la caca del perro. Ni siquiera es olor a podrido. Si se pareciera a algo, sería al olor de la muerte. Pero más incisivo, penetrante.
Lo peor es que llegan acompañados de sensaciones, premoniciones, la certeza de fatalidad. De niño supe que morirían mis padres, mis abuelos, mis tíos. Y a medida que fui creciendo, fui sabiendo de antemano de las muertes de muchas otras personas cercanas.
El olor las hace inevitables. Y por eso lo odio, lo aborrezco. Porque cada vez que lo siento, es un aviso. Y cuando se intensifica, una señal, una orden. Es, entonces, cuándo los mato, antes que la locura sensitiva me destroce a mí.
Sufro de olores desde niño, así que imaginarán mi tortura.
22 de mayo de 2020
Malhumorado
21 de mayo de 2020
Marcas
19 de mayo de 2020
Sobrevivientes
18 de mayo de 2020
Chance
17 de mayo de 2020
Axioma
15 de mayo de 2020
El violinista
Subió hasta el techo para sentirse más cerca de las estrellas. Le sonrió a la luna menguante casi con picardía. Tomó aire y exhaló, nervioso. De solo mirar hacia abajo le temblaban las piernas. Pero infló el pecho, como en cada ensayo con la orquesta, antes de ejecutar la primera nota.
Acomodó el violín entre la clavícula y la barbilla, sintiendo la madera lustrada haciendo presión sobre su cuerpo, en un acto de mutuo afecto. Afirmó el instrumento con un leve movimiento y con la mano derecha acercó el arco. Y luego...
Dicen que se escuchó una melodía armoniosa, bella, espiritual. Que todo el barrio salió a la calle. Que todos miraron hacia el lugar de dónde provenía el sonido. Y que allí no había nadie. Tan solo la música, flotando, etérea.
Es increíble, dijeron. Viene del techo del malogrado violinista. Ese que se ahorcó antes de su primera función.
14 de mayo de 2020
Mate ruso
13 de mayo de 2020
La línea
7 de mayo de 2020
Espantapájaros
5 de mayo de 2020
Patio prohibido
4 de mayo de 2020
Ataúdes
23 de abril de 2020
Los trucos necesarios
Todos se reían de sus actos, tanto, que parecía más un payaso que un mago. Todos, menos su abuelo Jaime y los demás abuelitos del asilo de ancianos dónde residían.
Cada domingo iba con su valijita y lograba que todos los trucos le salieran. Y ellos eran felices. Esa alegría le bastaba. Podían salirle todas sus demás funciones mal, que no le importaba. En su corazón estaban siempre esos rostros arrugados y agradecidos.
20 de abril de 2020
Con los ojos cerrados
Con el tiempo se han acostumbrado y avanzan con los ojos cerrados, soñando una vida. Es tan profundo el sueño, que no caemos en la cuenta que lo hemos transformado en nuestra realidad diaria. Sin embargo, allá estamos, en ese pasillo distante, avanzando sin ton ni son.
14 de abril de 2020
Perro honesto
Julián fue el que preguntó si alguien tenía caramelos. ¡No! dijo Tomás y Froilán no tardó ni un instante en ladrarle, no una, sino dos veces.
Más tarde, Esteban preguntó si alguno tenía para prestarle la tarea. ¡No! contestó Tomás y Froilán volvió a ladrarle.
En el camino a casa, notó que su perro ya no movía la cola. Su madre también lo advirtió. ¿Qué le hiciste al perro, Tomás? le preguntó. El niño dijo que nada, pero luego comprendió.
- Hoy mentí dos veces, y me lo hizo saber con ladridos - confesó y hasta se sintió avergonzado.
Froilán movió la cola otra vez.
Por las dudas, no lo volvió a llevar a la plaza.
7 de abril de 2020
La ciudad ciega, ilustrado por Fabricio Garfagnoli
Las manos en los bolsillos, los brazos bien pegados al cuerpo, el cuello del rompevientos hacia arriba cubriendo la garganta. La cabeza descubierta, empapada por la demencial lluvia que cae como un torrente.
Aguarda, espera, observa, desde la oscura esquina de la intersección. La gente avanza apurada en todas direcciones espantada por la lluvia, algunos con paraguas, otros con el cuerpo de cara a las inclementes condiciones.
Nadie repara en su figura, nadie observa su semblante pétreo, ni siquiera les llama la atención el reflejo metálico sobresaliendo de su cinturón, visible entre los pliegos del rompevientos.
Los taxistas aceleran en las calles atestadas de agua y salpican hacia las veredas. Los transeúntes se quejan, maldicen, pero no se detienen, siguen su marcha, como si de alguna manera estuvieran jugándole una carrera a la tormenta. Más de uno resbala, cae, se lastima, se pone de pie sin la ayuda de nadie y vuelve a la afanosa misión de avanzar.
La lluvia arrecia, golpea con fuerza. Cada gota es un martillo. Las vidrieras de los comercios son paredes de agua y los comerciantes rezan en silencio para que no caiga granizo. Pero no permiten el ingreso de los niños de la calle, de los mendigos que quieren un techo pasajero.
Dos policías se refugian bajo el alero de un comercio, una calle más adelante y ninguno atina a cruzar para detener al joven que aprovechando el descuido de una anciana, le acaba de arrebatar el bolso. La mujer grita, desconsolada, pero sigue su marcha, huyendo de la lluvia, del viento.
La escena le parece un cuadro sobrenatural de la esencia humana. Tan previsible, tan dolorosa. Observa, en la plenitud del caos. Y comienza la cuenta regresiva en silencio, sin musitar ni una sola palabra. Como en cámara lenta, se pone en movimiento. El agua rebota en su cuerpo, su mano va a la cintura, abandona la vereda, pisa la calle con agua que le llega hasta los tobillos y sigue, no le importa el coche que viene, sabe que llegará a la otra acera y sigue contando, un número por vez, hacia atrás, preciso, certero, sin prisa y gana la vereda de enfrente y sin detenerse saca la pistola cromada que nadie ve, que a nadie le llama la atención y la extiende hacia delante, apuntando, mientras la lluvia la baña en un llanto divino y sigue contando mientras el cielo se resquebraja en relámpagos y truenos sin dejar de observar ni un solo momento, sabiendo que la espera está por terminar y entonces, como lo había calculado, llega a cero y la puerta se abre, la del edificio más grande de la calle, del hotel donde sabía que ella estaría y sale, sale con el otro del brazo, públicamente, como si no le importara, consciente que en la ciudad nadie mira, a nadie nada le importa y así impunemente sale, sonriendo, protegida por el paraguas que el otro sostiene, puntualmente, como cada tarde, para subir al taxi que la llevará lejos, donde vive su otra vida, la que ahora, él romperá como una foto vieja y…
El trueno disloca una vez más el cielo, la lluvia se hace más intensa y muchas personas directamente corren, abandonando el paso entre apurado y tímido para buscar un refugio donde escapar de las gotas frías que arriban con prisa desde lo alto.
Sigue en la esquina. Las manos aún en los bolsillos, los brazos bien pegados al cuerpo, el cuello del rompevientos bien arriba cubriendo la garganta. La cabeza descubierta, empapada por la lluvia que cae de forma violenta. El trueno lo trajo de nuevo al presente. Sabe que saldrá en menos de un minuto. No vale la pena ni siquiera contar como lo hace siempre. Será así y punto.
Esta vez no quiere ver. Se ajusta el rompevientos, da media vuelta y se marcha por la vereda en dirección contraria. La lluvia lo azota con violencia, pero no lo siente. Ha perdido la facultad de sentir hace mucho tiempo. De a poco va recobrando el coraje, pero aún es muy pronto. En tanto seguirá viviendo una vida que es irreal aparentando naturalidad.
Se pierde entre la gente que corre en la tormenta, como uno más. Nadie lo ve, nadie repara en él.
Su figura desaparece en la ciudad sin ojos.
1 de abril de 2020
Vieja deuda, ilustrado por Fabricio Garfagnoli
Dejó las llaves puestas en el coche y el motor encendido, como presto a salir en cualquier momento. Tampoco cerró la puerta, apenas entreabierta. Caminó sobre la grava hasta donde comenzaba el césped.
El rocío de las primeras horas del día iluminaba el verde, aunque el contraste con el cielo gris y con ánimo de tormenta era notable. Sus zapatos se mojaron con el contacto, pero ni siquiera se percató de ello.
Pasó por encima del vallado de madera que demarcaba la propiedad privada a la que estaba entrando. Dos perros de enorme porte se lanzaron sobre él, apareciendo de la nada misma y uno logró darle una dentellada a sus pantalones.
Sin cambiar el semblante, les arrojó patadas, logrando en más de una ocasión acertar en los hocicos de los canes, entrenados para repudiar cualquier intromisión desconocida. Pero los animales no desistieron, frenándole la marcha.
En la vivienda de tres pisos se encendieron las luces. Se escuchó el ruido de una puerta trasera y una alarma aguda y potente se puso a sonar, como un bebé enfermo en pleno berrinche.
Para los caninos fue como una orden. Gruñeron con ferocidad y se lanzaron coordinadamente, uno de cada lado, sobre su persona.
Lograron tumbarlo y en medio de ladridos, le mordieron la cara. La sangre fluyó de inmediato, tiñendo el césped e inundando sus cuencas oculares. Un disparo en el aire detuvo el atroz ataque. Los perros corrieron hacia el hombre que había usado la escopeta, de cuyo caño una pequeña estela de humo indicaba la procedencia del reciente sonido.
El aprovechó para levantarse del suelo, a duras penas, dolorido y sangrando. Miró al viejo con el arma y no esperó a que lo reconociera. Al menos, aún no. Dio media vuelta para emprender el camino de regreso. Pero la escopeta volvió rugir y su andar se detuvo en el acto.
Sabía que ahora el cañón apuntaba a su espalda. No necesitaba girar para saberlo. La voz del viejo llegó a sus oídos temblorosa y supo también que no era un efecto del viento. Esa voz cargaba miedo a pesar de sujetar un arma.
Sonrió para sus adentros, seguro, sereno, cínico. Y sin elevar la voz, dijo:
– Lo espero en el auto. Cinco minutos. Si demora, usamos también los asientos de atrás. ¿Comprende?
Y dicho esto, volvió a su coche.
El viejo lo vio marcharse sobre el césped, traspasar la valla de madera y seguir camino hacia la calle. Sintió que sus piernas se doblaban y la escopeta le pareció pesar toneladas. La arrojó a un lado y se pasó la mano por la boca. ¿Con qué así era? pensó.
Retornó a su vivienda, apagó la alarma y fue hasta su habitación. Besó en la mejilla a su mujer, observó sus arrugas amables y familiares, agradeció que casi no oyera y secándose una lágrima que le caía, tomó el saco que estaba sobre la silla más cercana y con cuidado, cerró la puerta.
Acarició a la pasada a sus leales guardianes y salió a la calle por el portón del frente. A unos quince metros lo esperaba el coche en marcha. No se extrañó al notar el rostro pálido pero intacto del hombre que lo conducía. Nada lo extrañaba por entonces. Sabía que era hora de pagar el pacto.
El auto arrancó sin que nadie pronunciara palabra alguna. La calle se lo tragó en silencio, llevándose consigo al escritor famoso y al cobrador del infierno.
27 de marzo de 2020
El último día
Tan solo un virus y la estupidez humana.
17 de marzo de 2020
Ahora solo hay palomas, ilustrado por Caio Di Lorenzo
Ecos de otros tiempos reverberan, en el silencioso rumor del viento, llevando a sus oídos nostalgias que perseveran, se entregan, se refugian, pero en ningún momento prosperan.
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| Ilustración de Caio Di Lorenzo |
Ella observa envuelta en un pañuelo sin color, que a la luz del atardecer solo devuelve un leve resplandor. La plaza es gris. El cielo es negro. La ausencia es transparente.
No queda nada de antaño, ni palabras, ni pinturas, ni el canto de las voces, ni las utopías de los sueños. Dónde había esperanza, fuerza, entusiasmo, ahora sólo hay palomas.
Emplumadas, inquietas, se desplazan, van, vienen, alzan el vuelo pero bajo, corto, para retornar, volver, quedarse en el mismo lugar. Cuál cuervos disfrazados para atenuar el dolor, aguardando la carroña del ayer, picotear las últimas sobras del festín.
Camina, baldosa a baldosa, sin pereza, al contrario, consciente y con consciencia, la propia, la colectiva, la que la mantiene viva. Todo se antoja distante, incluso el frío, la noche que se avecina.
En la plaza no hay vestigios, en la ciudad no hay memoria. No es culpa del tiempo, sino de quiénes al reloj le dan cuerda, atrasando las manecillas para que el pueblo no despierte, adelantándolas para que el pueblo no recuerde.
Frágil, sus huesos aún la llevan. Frágil, aún mantiene sus fuerzas. Vasija de barro mil veces partida, mil veces restaurada. Las arrugas son tus cicatrices de los años, la soledad es la herida del olvido.
Como esa hoja en la brisa, tenaz en su huida, deja la rama y se echa a la suerte. Las jaulas de la mente, los cerrojos de la vida. Cárceles imaginarias para contrarrestar la muerte. Aunque sin ella, no tiene sentido el nacer, y sin luchar, no tiene sentido el vivir.
Metáfora de la nada, y al mismo tiempo del todo. Que las verdades serán mentiras, y las mentiras consecuencias. Pesadilla para el que la sueñe. Infierno para el que la viva.
8 de marzo de 2020
En lo alto
La mujer se pone la mano en la frente para protegerse del sol y también observa, pero aunque desea con toda el alma también poder ver, solo encuentra por delante nubes y azul. Pero la imagina, sabe que allí está. Una certeza improbable y al mismo tiempo real. ¿O acaso no está disfrutando del asombro de su pequeño? Un planeador de color claro, de interminables alas y cabina baja, por la que apenas puede verle el rostro por última vez. Cada tanto aparece, como si bajara a una altitud suficiente para que el niño pudiera conocerlo.
Madre y niño, miran a lo alto. Lo que no ven, lo sienten. Lo que no tienen, lo completan. La vida les da las piezas. Algunas tienen formas de tristezas, otras de alegrías. Pero son mágicas, como el cielo, las nubes y el pájaro de alas interminables que de tanto en tanto gravita como en un sueño.
14 de febrero de 2020
En la ruta
7 de febrero de 2020
Antonimia de pasado presente
nos abrazamos distanciándonos,
nos reímos llorando,
nos hablamos en silencio,
nos miramos sin vernos.
Fue un encuentro casual premeditado, en el que recordamos el pasado hablando del futuro.
Hacía muchos años que no coincidíamos a pesar de cruzarnos a diario. Estabas como siempre a pesar de estar tan distinta, radiante y apagada al mismo tiempo.
Me preguntaste por Abel y te conté de Gustavo. Quise saber de Analía y me hablaste de Raquel. Vimos fotos desgastadas en las pantallas relucientes de nuestros nuevos celulares. ¡Qué grandes vi a tus pequeños! ¡Qué lejos nuestros sueños más cercanos!
Y mientras a nuestras espaldas el sol subía hasta la noche y la luna bajaba al día, las manecillas de los relojes aventajaron al mismísimo tiempo, llevándonos a viejas infancias adultas, desempolvando recuerdos aún impolutos en la memoria.
Qué ganas de permanecer en esa esquina, mientras las piernas me llevaban lejos, hacia la rutina. Qué ganas de romper con esta armonía anodina de mis días y arrojarme a la contradicción de los imposibles. De decir basta y empezar de nuevo. De vivir de nuevo lo que me lleva a decir basta, pero tratando de hacer lo mismo aunque todo diferente.
23 de enero de 2020
Situación de juego
Lo que en principio parecía una broma, a esa altura, tras quince minutos de palabras que fueron elevando el tono frase tras frase, era ya motivo para una pelea. Es que ninguno de los cinco la iba a dejar pasar. Y cada uno sabía que los demás estaban dispuestos a lo que sea con tal de defender su dinero. Y aún más el que hubiese robado la plata. Ese estaba dispuesto además, a no ser descubierto.
El primero en ponerse de pie fue Alcides. Si solo se hubiese parado y dejado caer la silla, en señal de enojo, vaya y pase. Pero Alcides además tuvo la idea, mala por cierto, de llevar la mano derecha a la parte posterior de la cintura, dónde los demás sabían, llevaba siempre una pistola.
Los otros cuatro reaccionaron al instante y las balas cruzaron la mesa destrozando la camisa celeste de Alcides con agujeros enormes de los que saltó sangre para todas partes. El cuerpo cayó inerte contra la silla desplomada. La pistola seguía entre el pantalón y la camisa. No había llegado ni a tocarla con los dedos.
El estruendo de las cuatro armas escupiendo al mismo tiempo había retumbado en la habitación. No tardaría mucho en caer la policía. Alguien en el edificio los delataría, no había manera de evitarlo. Gustavo quiso apurar el asunto y se acercó a revisar el cuerpo tendido en el suelo. Pero los demás intuyeron que en ese movimiento escondía algo y volvieron a abrir fuego. Gustavo voló contra la pared, que quedó manchada de rojo. Una mancha que parecía haber estallado a media altura y luego deslizado hasta el zócalo.
Los tres que aún permanecían sentados y con sus armas en la mano se miraban fijamente. Los ojos iban de uno a otro. El menor movimiento en falso iba a desatar otra oleada de plomo. Lo sabían muy bien. Fernando decidió actuar. Dejó de apuntar a los demás y levantó su pistola hacia el techo mientras con la otra mano pedía tranquilidad. Uno de los otros dos asintió con la cabeza. El restante apretó el gatillo.
La bala atravesó el entrecejo con fría certeza. Enrique miró a Luis. Luis miró a Enrique. Uno de los dos había disparado. El otro sabía que haría lo mismo si no actuaba rápido. Dispararon, ambos, al mismo tiempo.
Enrique quedó con el cuerpo hacia atrás, la cabeza ladeada hacia la izquierda. Luis se fue hacia delante y la frente dio de lleno contra el as de corazones que tenía en la mesa.
La policía llegó algunos minutos después. Alertados de los disparos, pero actuando con tranquilidad debido al silencio, derribaron la puerta. La situación era simple. Cinco tipos jugaban al poker y uno quiso cagar a los otros. Terminaron todos muertos. El agente Gutiérrez le buscó el pulso a los cuerpos. El agente Miranda se quedó en la puerta. Cuando la luz se apagó y encendió, Gutiérrez sin saber por qué, desenfundó y disparó. Diría después que creyó haber visto un movimiento extraño acompañado por el ruido del martilleo de un arma. Lo cierto era que Miranda se había apoyado en la tecla de la luz, que estaba haciendo falso contacto. Aunque nunca lo supo.
La nueve milímetros de su compañero le partió el cráneo en dos.
8 de enero de 2020
Diálogos nocturnos
Nos tocaba el turno de noche en las líneas gratuitas del Estado para prevención de suicidios y adicciones. Trabajamos a la par dos años enteros. Pudimos compartir cientos de charlas, pero nos quedaron truncas miles más. A muchas podríamos achacarle la culpa los llamados, pero a otras no. Porque en otras, tomamos la decisión de callar angustias, de esquivar heridas, tratando de evitar el daño, la colisión, el desentierro de tantos males. Porque somos eso, tumbas alimentadas por arterias, con extremidades que nos llevan de un lado a otro y un cerebro que se encarga de administrar de mal modo nuestros pesares.
Es increíble cómo la gente trata de matarse los martes a la noche. Era el día de la semana que menos podíamos hablar entre llamada y llamada. Podría pensarse que el suicidio es un pensamiento de fin de semana, pero no es así. Los fines de semana había más inconvenientes para los adictos, que en el último manoteo, antes de ahogarse por completo en el mar de drogas, buscaban en este lado de la línea un salvavidas. Y ahí estábamos, pendientes de cada palabra, de cada quiebre en la voz, de todas las señales posibles, para pausar la agonía, darles un alivio, ayudarlos, al menos, en ese instante, de no sucumbir.
Y entre cada persona que atendíamos, teníamos un tiempo. A veces mínimo, otras más extenso. No obstante, esos diálogos nocturnos - los que teníamos con esos seres anónimos - nos dejaban con el corazón en la mano, la mirada extraviada. Las úlceras no eran por nada. Litros de café en una sola noche, con el fin de aferrarnos a algo. Nadie cuenta con la preparación suficiente para enfrentar la muerte - y sin verle la cara - por más títulos que uno cuelgue en la pared de la oficina.
Pero con Adela habíamos aprendido que las lágrimas entorpecen y la angustia no rescata a nadie. Quizá por eso es que hablábamos tanto. Nos fuimos revelando las vidas, anécdotas, realidades, parejas, engaños, decepciones. Nos abrimos más de lo que hubiésemos debido. Muchas veces me descubrí mirándole los labios, mientras estos se movían, distante mi atención de las palabras, pero absorta en sus gestos. Ella empezó a gustarme. Y creo que ella, comenzó a sentir lo mismo por mí. Las noches se fueron volviendo incómodas, nuestros cuerpos nos avergonzaban, tratábamos de no mirarnos, y lo que antes eran palabras, se fueron volviendo silencios.
Adela pidió el cambio y la trasladaron a un turno diurno. Durante un tiempo mantuvimos contacto mediante mensajes en el teléfono. Pero los fuimos espaciando y finalmente, dejamos de tenerlo. No pude disimularlo. Me cambió el humor, me volví irritante. Incluso me peleé con mi pareja. Me volví una persona ermitaña. Solo salía del departamento para ir al trabajo. Y del trabajo a dormir y encerrarme, con las persianas bajas y sin el menor deseo de ver a nadie.
Hasta una noche, que al levantar el teléfono y decir el discurso de presentación de siempre, del otro lado la voz me llamó por mi nombre. Esa voz de cientos de noches, sollozando. Y yo la llamé por el suyo. Cuánto extrañaba decirlo en voz alta: ¡Adela! Cómo deseaba ver sus labios, sus ojos, su rostro... me distraje en mis ilusiones, en mis caprichos, en ponerme a pensar en todas las conversaciones pendientes que teníamos que concluir.
- Laura, lo siento mucho Laura. Pero no puedo más, no puedo más. Mi vida es un infierno. Me voy. Lo siento tanto.
La línea quedó en un esteril pitido, una nota aguda y extensa, que me atravesó de lado a lado. Cuando reaccioné, lo sabía, ya era tarde. Traté de comunicarme desde mi teléfono, pero no hubo respuesta. Envié a la policía y a los paramédicos a su domicilio, mientras las lágrimas, esas que no servían para nada, caían sin piedad por mis mejillas. Mi nuevo compañero de la noche se acercó a consolarme, pero lo aparté. Él nunca entendería, porque con él todo era silencio. En cambio, con Adela...
3 de enero de 2020
Eso que llaman crecer (ilustrado por Caio Di Lorenzo)
Cuando se fue, a causa de un trabajo del padre en otra ciudad, dejó un hueco que ninguno de ellos pudo llenar. Las travesuras no tenían el mismo color, las amenazas a los chicos del barrio vecino carecían de credibilidad y hasta los partidos de fútbol en la placita parecían sosos.
La barra no se separó, aunque las horas que pasaban juntos, eran cada vez menos. Algunos preferían, antes de aburrirse, quedarse en sus hogares a mirar televisión o jugar con la computadora.
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| Ilustración de Caio Di Lorenzo |
Hacían planes, aventuraban nuevas travesuras y hasta hacían conjeturas de cuán cambiado estaría el Carlos. Algunos decían que tendría el pelo más largo, otros que ya andaría por el metro sesenta, y no faltaba el que pronosticaba que estaría más gordo. Pero nadie dudaba que todo volvería a ser como antes.
Aquel sábado cuando vieron pasar por la calle que entraba al barrio al camión de la mudanza cargado de muebles, los chicos salieron al trote en dirección de la casa donde siempre vivió el Carlos y que, desde la partida de la familia, ocupaban sus abuelos.
Dejaron sus bicicletas sobre el cordón de la vereda y se sentaron a esperar la llegada del amigo. No tardaron mucho en ver doblar hacia la casa, desde la calle principal, la vieja furgoneta del padre de Carlos. Y allí, en el asiento delantero, del lado del acompañante, estaba el Carlos. ¡Si hasta parecía el mismo que se había ido! Ni un ápice distinto. El mismo corte de pelo, la misma sonrisa, la confianza en la postura. Era él y los chicos ya estaban de pie.
La furgoneta se detuvo y los amigos se acercaron a la puerta, sonriendo al chico del otro lado de la ventanilla, que les devolvía la sonrisa y los saludaba con la mano. La puerta se abrió y Carlos, un Carlos más alto de lo que recordaban, pero para nada gordo, se apeó con la gracia de un ganador. Y de inmediato le llovieron los abrazos.
– Gracias chicos, gracias – les decía a cada uno, devolviendo generosamente cada gesto.
– Dale Carlos, apurate en bajar tus cosas y vamos para la plaza – le dijo el Willy, siempre impaciente.
Carlos sonrió. Esa sonrisa canchera que todos le recordaban, con la que sobraba a los chicos del barrio vecino sin que se le moviera un pelo. Los dientes blancos en fila, brillando con cierta picardía, la comisura estirada y los ojos acompañando con una mirada cómplice. El Carlos estaba de nuevo en el barrio, no existía duda alguna.
Y el Carlos dijo:
– Vamos che, que ya tengo quince años. Vayan ustedes, que todavía son chicos. Yo ya tengo otras cosas en la cabeza. Pero les agradezco que se hayan acordado de mí. Vayan, vayan, que acá tengo que ayudar a mis viejos con la mudanza.
Con los ojos tristes y sin comprender, los niños de la barra se fueron alejando. Miraban de tanto en tanto hacia atrás, esperando que el Carlos saliera corriendo detrás de ellos y les dijera que todo era una broma e iría con ellos. Pero el Carlos se había puesto a bajar valijas de la parte trasera de la furgoneta y ni siquiera les dirigía la mirada.
La barrita se retiró en silencio y en la medida que iban pasando por sus respectivas casas, se iba metiendo dentro, desmembrándose cuadra a cuadra el grupo.
De pronto, la barra ya no existía. Como la niñez y todo aquello que perdemos en el camino sin entender por qué.
Cuento publicado en el sitio GComics






