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28 de mayo de 2020

El programador

Desde pequeño Facundo se había vuelto un adicto a los lenguajes de programación. Era incapaz de pronunciar dos palabras en castellano juntas, pero podía programar una aplicación en minutos. 
Para él no existían los lenguajes convencionales, solo Java, Phyton, Assembler, HTML5, C++, PHP, entre otros cientos que conocía de memoria.
Su comunicación con los demás era a través de robots programados o archivos .bat que ejecutaban funciones. Sus amigos y familiares lo contactaban a través de una sofisticada web, a través de la que codificaba y decodificaba la interacción con ellos. 
Un día llegó el amor. Una hacker rusa con la que se topó en la deep web mientras buscaba códigos de las naves de SpaceX. Mensajes encriptados van, mensajes encriptados vienen, decidieron pautar un encuentro virtual en Jitsi. 
Facundo invirtió varios bitcoins en un regalo especial, pero ella nunca se conectó. Una amarga sensación invadió su ser y de inmediato lo comprobó.
Ella no existía, no era más que un exploit. Nada quedaba en sus cuentas y todas sus password habían sido robadas. Un mensaje colgaba de fondo de pantalla en su ordenador: Lamer.
Nunca había deseado tanto terminar en la papelera de reciclaje como aquel día.
sudo rm -rf ~/.local/share/Trash/

27 de mayo de 2020

Dolor

El dolor de cabeza le pide que lo alimente. Primero con analgésicos, luego con algo más fuerte. Prueba unos ansiolíticos, pero el dolor se ríe a carcajadas. Se mofa del débil intento por derrotarlo.
Aborda la heladera, cuál pirata en atraco. Da cuenta de las seis cervezas que tenía reservadas para el fin de semana, luego de una botella de tinto que estaba por la mitad.
Se tambalea de la misma manera que el pirata en la proa del galeón asaltado. En la alacena hay un ron. En la biblioteca, detrás de un par de libros de Stephen King una botella de whisky. Las vacía en su boca. El calor le calcina el estómago, que devuelve bocanadas de fuego. Pero el dolor sigue allí, doblándose de la risa.
Para entonces, entre el mareo y el dolor insoportable, no ve. No distingue siluetas ni diferencia superficies. Primero bebe el detergente, luego la botella de lavandina. Va por la mitad del amoníaco cuando ya no siente el dolor... aunque a ciencia cierta, ya tampoco siente, ni sentirá, ninguna otra cosa.

26 de mayo de 2020

Grito sagrado

Todas las noches en el barrio se escuchaba el himno nacional. Los compases tan conocidos y sentidos entraban por las ventanas sin posibilidad alguna de pasar desapercibidos.
Las primeras veces, sorprendió la osadía del vecino que lo ponía, su sentido patrio en épocas en las que los simbolismos habían perdido fuerza. 
El volumen alto evidenciaba una intencionalidad: el de hacerse escuchar y ser escuchado.
Con el tiempo, se hizo una costumbre bienvenida. Si bien algún que otro se quejaba, la mayoría coincidía en la importancia del acto, no demagógico, sino de consciencia patriótica.
Hasta que una noche el himno brilló por su ausencia y varios móviles policiales tiñeron la calle de colores azules intermitentes. 
Mirta, la mujer del vecino que ponía el himno, había logrado defenderse y desmayar a su marido. Y esa noche, en lugar de los golpes que recibía y sus gritos sepultados bajo la canción patria, su voz en llanto pudo llamar a la policía.
En el silencio de la revelación, podía sentirse vibrar en el aire: "oíd el ruido de rotas cadenas"...

25 de mayo de 2020

Pueblo fantasma

En mi pueblo el tren de carga pasa dos veces al mes. Cuando va hacia el sur y cuando vuelve hacía el norte. 
No hay estación, no se detiene, es solo una formación que pasa velozmente a metros de las pocas casas que quedan habitadas en este paraje olvidado del país.
Los que aquí vivimos, somos viejos. Los jóvenes se marcharon hace tiempo y no van a volver. La existencia del pueblo es proporcional a nuestras vidas. Cuando no estemos, serán solo casas vacías a la veda del tren.
Quizá no falte mucho para que se convierta en pueblo fantasma. Aquí la causa de muerte de mayor frecuencia no es el cáncer, ni la gripe, ni los problemas cardíacos, ni la diabetes. Es por atropello en las vías del ferrocarril. Por suerte, el tren solo pasa dos veces al mes.

24 de mayo de 2020

Cálculos confiables

La mente de Raulito funciona muy rápido. Hace cálculos a una velocidad que impresiona hasta a los matemáticos más expertos. Ha superado en complejas operaciones a computadoras especialmente preparadas. Puede predecir órbitas espaciales y desplazamientos cuánticos en cuestión de segundos.
Sin embargo, en la góndola del supermercado, no puede encontrar la diferencia entre la gaseosa bajas calorías y la sin azúcar y cómo, de manera directa, puede mejorar la calidad de vida de las personas tal como lo afirma el afiche publicitario que acompaña las botellas.
Por eso Raulito trata de evitar el engañoso mundo que lo rodea y se abstrae en el silencioso universo de los números, que nunca mienten y mucho menos, traicionan.

Mal de olores

Sufro de olores. Suena extraño, lo sé. Pero desde pequeño los olores me abruman. Cuesta explicarlo, porque no son los mismos olores que los demás perciben. No es que se intensifican el olor de la rosa, del asado, de la caca del perro. Ni siquiera es olor a podrido. Si se pareciera a algo, sería al olor de la muerte. Pero más incisivo, penetrante. 

Lo peor es que llegan acompañados de sensaciones, premoniciones, la certeza de fatalidad. De niño supe que morirían mis padres, mis abuelos, mis tíos. Y a medida que fui creciendo, fui sabiendo de antemano de las muertes de muchas otras personas cercanas. 

El olor las hace inevitables. Y por eso lo odio, lo aborrezco. Porque cada vez que lo siento, es un aviso. Y cuando se intensifica, una señal, una orden. Es, entonces, cuándo los mato, antes que la locura sensitiva me destroce a mí.
Sufro de olores desde niño, así que imaginarán mi tortura.

22 de mayo de 2020

Malhumorado

Labios apretados, mirada al piso, las manos en los bolsillos de la campera. El hombre esperaba su turno en la farmacia, de manera silenciosa. Una persona recién llegada le preguntó si había que sacar número. Nunca obtuvo respuesta. 
El farmacéutico llamó al próximo y el hombre se acercó al mostrador, sin cambiar en lo más mínimo su postura. En lugar de abrir la boca y anunciar lo que necesitaba, arrojó sobre el mostrador un papel escrito a mano.
Con recelo, el farmacéutico lo leyó y comenzó a preparar el pedido. Finalmente metió todo en una bolsa y le dijo el costo. El hombre sacó un puñados de billetes del pantalón y los tiró al mostrador. Tomó la bolsa y dió media vuelta, hacía la salida.
- ¡Señor, su vuelto! - gritó el farmacéutico.
Sin detenerse, el hombre levantó la mano libre y extendió el dedo media hacia arriba. Dió un portazo y desapareció en la calle.
Al bajar la vista, el dinero ya no estaba. Desconcertado, el farmacéutico buscó por todas partes, mientras la única persona que aguardaba ser atendido, le preguntaba una y otra vez si debía sacar número.
 

21 de mayo de 2020

Marcas

Al OVNI lo vimos todos, los cuatro que éramos esa tarde en la vieja colina.  Pero a quien más afectó fue a Jazmín. 
No en ese instante, en el que los cuatro quedamos paralizados, con el corazón latiendo sin parar. Ella comenzó a manifestar su malestar con los días. 
Fuimos los primeros a los que les mostró las marcas. Decía que cada mañana despertaba vestida con ropa diferente a la que se había puesto al acostarse y con marcas en el cuerpo.
Empezó a hablar de abducciones, de naves espaciales, experimentos, secretos del universo... todo giraba en torno a eso. La gente dejó de hablarle por temor y sus padres terminaron por internarla, porque no sabían cómo tratarla.
Me había olvidado de ella, hasta esta mañana, cuando en todos los canales de televisión y de internet su figura encabezaba la comitiva de extraterrestres que bajaba de la nave nodriza en París, luego de devastar media ciudad y declararle la guerra al Planeta Tierra.

19 de mayo de 2020

Sobrevivientes

Lo tenía de vista de hacía tiempo, pero recién lo conocí personalmente en 1927, en las afueras de un colegio inglés. Volvimos a cruzarnos veinte años después, en una devastada Alemania. 
La tercera vez que coincidimos, Centroamérica estaba en ebullición. En los setenta lo encontré en Argentina. Desde hacía tiempo que no nos deteníamos a charlar. Un saludo desde lejos y cada uno seguía su rumbo. 
En 1993 volví a verlo, en Egipto. En vísperas del 2000 en Finlandia. En 2020, en una desolada calle de Italia, en plena pandemia. La última vez fue en lo que era Japón, en 2031, hace exactamente cuarenta años. La sensible ausencia presagia su partida.
Me cuesta creer que soy el último atlante con vida, pero es un aliciente saber que eso significa el reinicio de todo, una vez más. Ojalá poder vivir también tantos años en la próxima existencia.

18 de mayo de 2020

Chance

Solo quedaba una chance. Una sola. Distante, épica, imposible. Había que meter cuatro goles y el puntero perder por cinco. Nosotros jugábamos contra el tercero y ellos contra el último.
A nuestros rivales los arreglamos con algo de dinero, pero nada sideral. 
Los jugadores del equipo que marchaba en la cola de la tabla se nos rieron. Fueron muy claros. No era cuestión de plata, sino de habilidad. Ni todo el oro del mundo iba a lograr que el domingo jugaron mejor que el rival. Igual aceptaron un incentivo. 
Pero el éxito lo alcanzamos por otro lado. Si, pueden decir que nos sobrepasamos, pero así es esto. 
Mandamos a varios muchachos a ver los partidos en casa de los familiares del candidato. Y si, algunos iban armados. Nadie lo niega. Pero manda el negocio y a la larga, cómo decía un grande del fútbol nacional, todo pasa.

17 de mayo de 2020

Axioma

Morris siempre decía que había dos maneras de encubrir un crimen: bien o mal. 
Claro que el hecho que Morris esté cumpliendo condena deja en evidencia que hablar al respecto no significa ser un experto en la materia. 
No me gusta alardear, pero más allá del axioma de Morris, mi experiencia es mucho más positiva. He cometido cuánto crimen puedan imaginarse y aún camino libre por las calles. 
Por eso cuando Morris me mandó a llamar no fui a verlo. Él quiere que lo ayude a salir de la cárcel y a mí no me interesa que salga. Al fin de cuentas, está dentro porque las pistas lo pusieron en la escena del crimen. 
Cuando el agua te llega al cuello, hay que mantenerse respirando. O como diría Morris, hay dos maneras de hacerlo. Por más que para salvarse, haya que hundir a otro. 
Y en ese sentido, estar en libertad se me da muy bien.   

15 de mayo de 2020

El violinista

Subió hasta el techo para sentirse más cerca de las estrellas. Le sonrió a la luna menguante casi con picardía. Tomó aire y exhaló, nervioso. De solo mirar hacia abajo le temblaban las piernas. Pero infló el pecho, como en cada ensayo con la orquesta, antes de ejecutar la primera nota.
Acomodó el violín entre la clavícula y la barbilla, sintiendo la madera lustrada haciendo presión sobre su cuerpo, en un acto de mutuo afecto. Afirmó el instrumento con un leve movimiento y con la mano derecha acercó el arco. Y luego...
Dicen que se escuchó una melodía armoniosa, bella, espiritual. Que todo el barrio salió a la calle. Que todos miraron hacia el lugar de dónde provenía el sonido. Y que allí no había nadie. Tan solo la música, flotando, etérea.
Es increíble, dijeron. Viene del techo del malogrado violinista. Ese que se ahorcó antes de su primera función.

14 de mayo de 2020

Mate ruso

Éramos pibes y muy boludos. Y además teníamos algo de maldad, no me queda duda. Andábamos en el barrio siempre calzados, muchas veces sin una bala en el tambor. Pero asustábamos a los incautos. 
Éramos la banda de los pibes. La que un buen día consiguió una cápsula de cianuro y no tuvo mejor idea que inventar un juego. 
Armamos una ronda de mates y mientras iba pasando de mano a mano, entre cebada y cebada, nos reíamos de quién sería el "afortunado" al que se le desintegraría la cápsula enterrada entre la yerba.
Como la ruleta rusa, pero bien argentino, habíamos dicho. El juego se llevó al Raúl y nos metió en problemas. Pero de eso pasó mucho tiempo. Ya crecimos. 
Cada uno tiene su banda Y cuando matamos, lo hacemos cara a cara.

13 de mayo de 2020

La línea

Siente el deseo de dar ese paso, de trasnponer la línea que su mente ha dispuesto entre ella y él. Ese más allá del saludo, de la sonrisa casual, del café compartido en la hora del descanso, de las palabras triviales en jornadas aburridas, de la mirada esquiva al cruzarla en el ascensor, del adiós hasta mañana de cada día. 
Pero es más fuerte la timidez, la crianza, los miedos, los prejuicios, el qué dirán, la decepción, la cuasi amistad. Y el paso queda trunco, sin cruzar la línea.
Y cuando en la oficina lo echan, ella es solo una más que levanta la mirada para verlo partir. No hay ningún ademán extra, ni un gesto de consuelo. La última esperanza es que antes que la puerta del ascensor se cierre, ella se levante y trate de alcanzarlo. Pero no sucede. Él se abandona a su suerte, clavando los ojos en una botonera fría, que apunta hacia la planta baja. Desconsuelo, tristeza. El valor ausente. Frena, detiene. Ahora sube. Alto, bien alto. Hasta la azotea. Quiere que ella lo vea aunque sea una vez más, fugaz, cayendo, huyendo, dejando de ser.

7 de mayo de 2020

Espantapájaros

No le gustaba quedarse a dormir en casa de la abuela. Tenía mil motivos pero el peor de todos era esa ventana sin cortinas dando al patio. 
La habitación era tan pequeña que de un lado tenía la pared donde se proyectaban sombras horribles y del otro, el ventanal.
Lo asustaban los árboles inmensos, la luna en lo alto y sobre todo, ese maldito espantapájaros en la huerta, al que, de todas formas, no le encontraba el sentido. ¿Por qué ponerlo cada noche, si los pájaros solo andaban merodeando de día?
Una tarde, mientras ayudaba a su abuela a sacar la gramilla, le preguntó: ¿Dónde guardas el espantapájaros? Ella solo rio. Le acarició el cabello y soltó: ¡Qué ocurrente!
Esa noche, podía jurarlo, el espantapájaros parecía sonreírle.

5 de mayo de 2020

Patio prohibido

Nunca, pero nunca, se metan al patio del vecino. Era aquella una ley inexorable. Marcos y Jaime la sabían incluso antes de pronunciar las primeras palabras. 
Hasta aquella tarde, cuando sus piernas de niños grandecitos enviaron la pelota hacia el otro lado por encima del tapial. Había que cruzar. No lo dudaron. 
Treparon con esfuerzo y contemplaron el sitio prohibido. Esperaban ver un lugar tenebroso, con árboles raquíticos señalando hacia el cielo, y un vecino irascible apuntándoles con un rifle. 
Pero no, lo que vieron fue un terreno liso, removido en algunas partes en montículos rectangulares, y a su padre cavando una fosa, con una bolsa de plástico negra y forma humana, a sus pies.

4 de mayo de 2020

Ataúdes

Molinari no se decidía, el de caoba era imponente pero aquel con detalles en metal llamaba su atención.
¿Puedo probarlo? preguntó a un atónito vendedor que aprobó luego de sopesar las palabras varias veces. Molinari abrió el ataúd con los detalles y se metió dentro. Cerró y abrió la tapa varias veces. Luego fue hasta el de caoba e hizo lo propio.
Me quedo con éste, dijo y extendió un cheque. "Tiene la fecha de ayer, descuide, es un mero detalle, fondos sobran". 
Don García - interrumpió un empleado -, una tal Sra de Molinari lo espera en la recepción. Parece ser que anoche se suicidó el esposo y quiere ver ataúdes. 
García giró sobre sus talones y descubrió que estaba solo. En su mano, la tinta sobre el cheque aún estaba fresca.

23 de abril de 2020

Los trucos necesarios

A Julián no se le daba bien lo de la magia, por más que practicara, estaba lejos de ser un Harry Potter. Los conejos se le escapaban del sombrero, las palomas del pañuelo, las cartas se les caían al piso y la varita mágica siempre quedaba olvidada en otra mochila.
Todos se reían de sus actos, tanto, que parecía más un payaso que un mago. Todos, menos su abuelo Jaime y los demás abuelitos del asilo de ancianos dónde residían.
Cada domingo iba con su valijita y lograba que todos los trucos le salieran. Y ellos eran felices. Esa alegría le bastaba. Podían salirle todas sus demás funciones mal, que no le importaba. En su corazón estaban siempre esos rostros arrugados y agradecidos.

20 de abril de 2020

Con los ojos cerrados

En un pasillo largo, tan largo que jamás se llega al otro extremo y oscuro, tan oscuro que solo se detectan las paredes al chocar contra la áspera y dura textura del granito, caminan los que han perdido el rumbo en la existencia.
Con el tiempo se han acostumbrado y avanzan con los ojos cerrados, soñando una vida. Es tan profundo el sueño, que no caemos en la cuenta que lo hemos transformado en nuestra realidad diaria. Sin embargo, allá estamos, en ese pasillo distante, avanzando sin ton ni son.

14 de abril de 2020

Perro honesto

A Tomás le regalaron un perro. Era cachorro, marrón, movía la cola en todo momento y se llamaba Froilán. Lo reconoció de inmediato como su dueño y lo seguía a todas partes. Incluso cuando se juntaban con amigos en la placita de la esquina.
Julián fue el que preguntó si alguien tenía caramelos. ¡No! dijo Tomás y Froilán no tardó ni un instante en ladrarle, no una, sino dos veces.
Más tarde, Esteban preguntó si alguno tenía para prestarle la tarea. ¡No! contestó Tomás y Froilán volvió a ladrarle.
En el camino a casa, notó que su perro ya no movía la cola. Su madre también lo advirtió. ¿Qué le hiciste al perro, Tomás? le preguntó. El niño dijo que nada, pero luego comprendió.
- Hoy mentí dos veces, y me lo hizo saber con ladridos - confesó y hasta se sintió avergonzado.
Froilán movió la cola otra vez.

Por las dudas, no lo volvió a llevar a la plaza.

7 de abril de 2020

La ciudad ciega, ilustrado por Fabricio Garfagnoli

Cuento ilustrado por Fabricio Garfagnoli, publicado en GComics https://gcomics.online/relato/la-ciudad-ciega/

Las manos en los bolsillos, los brazos bien pegados al cuerpo, el cuello del rompevientos hacia arriba cubriendo la garganta. La cabeza descubierta, empapada por la demencial lluvia que cae como un torrente.
Aguarda, espera, observa, desde la oscura esquina de la intersección. La gente avanza apurada en todas direcciones espantada por la lluvia, algunos con paraguas, otros con el cuerpo de cara a las inclementes condiciones.

Nadie repara en su figura, nadie observa su semblante pétreo, ni siquiera les llama la atención el reflejo metálico sobresaliendo de su cinturón, visible entre los pliegos del rompevientos.
Los taxistas aceleran en las calles atestadas de agua y salpican hacia las veredas. Los transeúntes se quejan, maldicen, pero no se detienen, siguen su marcha, como si de alguna manera estuvieran jugándole una carrera a la tormenta. Más de uno resbala, cae, se lastima, se pone de pie sin la ayuda de nadie y vuelve a la afanosa misión de avanzar.
La lluvia arrecia, golpea con fuerza. Cada gota es un martillo. Las vidrieras de los comercios son paredes de agua y los comerciantes rezan en silencio para que no caiga granizo. Pero no permiten el ingreso de los niños de la calle, de los mendigos que quieren un techo pasajero.
Dos policías se refugian bajo el alero de un comercio, una calle más adelante y ninguno atina a cruzar para detener al joven que aprovechando el descuido de una anciana, le acaba de arrebatar el bolso. La mujer grita, desconsolada, pero sigue su marcha, huyendo de la lluvia, del viento.
La escena le parece un cuadro sobrenatural de la esencia humana. Tan previsible, tan dolorosa. Observa, en la plenitud del caos. Y comienza la cuenta regresiva en silencio, sin musitar ni una sola palabra. Como en cámara lenta, se pone en movimiento. El agua rebota en su cuerpo, su mano va a la cintura, abandona la vereda, pisa la calle con agua que le llega hasta los tobillos y sigue, no le importa el coche que viene, sabe que llegará a la otra acera y sigue contando, un número por vez, hacia atrás, preciso, certero, sin prisa y gana la vereda de enfrente y sin detenerse saca la pistola cromada que nadie ve, que a nadie le llama la atención y la extiende hacia delante, apuntando, mientras la lluvia la baña en un llanto divino y sigue contando mientras el cielo se resquebraja en relámpagos y truenos sin dejar de observar ni un solo momento, sabiendo que la espera está por terminar y entonces, como lo había calculado, llega a cero y la puerta se abre, la del edificio más grande de la calle, del hotel donde sabía que ella estaría y sale, sale con el otro del brazo, públicamente, como si no le importara, consciente que en la ciudad nadie mira, a nadie nada le importa y así impunemente sale, sonriendo, protegida por el paraguas que el otro sostiene, puntualmente, como cada tarde, para subir al taxi que la llevará lejos, donde vive su otra vida, la que ahora, él romperá como una foto vieja y…
El trueno disloca una vez más el cielo, la lluvia se hace más intensa y muchas personas directamente corren, abandonando el paso entre apurado y tímido para buscar un refugio donde escapar de las gotas frías que arriban con prisa desde lo alto.
Sigue en la esquina. Las manos aún en los bolsillos, los brazos bien pegados al cuerpo, el cuello del rompevientos bien arriba cubriendo la garganta. La cabeza descubierta, empapada por la lluvia que cae de forma violenta. El trueno lo trajo de nuevo al presente. Sabe que saldrá en menos de un minuto. No vale la pena ni siquiera contar como lo hace siempre. Será así y punto.
Esta vez no quiere ver. Se ajusta el rompevientos, da media vuelta y se marcha por la vereda en dirección contraria. La lluvia lo azota con violencia, pero no lo siente. Ha perdido la facultad de sentir hace mucho tiempo. De a poco va recobrando el coraje, pero aún es muy pronto. En tanto seguirá viviendo una vida que es irreal aparentando naturalidad.
Se pierde entre la gente que corre en la tormenta, como uno más. Nadie lo ve, nadie repara en él.
Su figura desaparece en la ciudad sin ojos.

1 de abril de 2020

Vieja deuda, ilustrado por Fabricio Garfagnoli

Cuento ilustrado por Fabricio Garfagnoli y publicado por GComics https://gcomics.online/relato/vieja-deuda/

Dejó las llaves puestas en el coche y el motor encendido, como presto a salir en cualquier momento. Tampoco cerró la puerta, apenas entreabierta. Caminó sobre la grava hasta donde comenzaba el césped.
El rocío de las primeras horas del día iluminaba el verde, aunque el contraste con el cielo gris y con ánimo de tormenta era notable. Sus zapatos se mojaron con el contacto, pero ni siquiera se percató de ello.
Pasó por encima del vallado de madera que demarcaba la propiedad privada a la que estaba entrando. Dos perros de enorme porte se lanzaron sobre él, apareciendo de la nada misma y uno logró darle una dentellada a sus pantalones.
Sin cambiar el semblante, les arrojó patadas, logrando en más de una ocasión acertar en los hocicos de los canes, entrenados para repudiar cualquier intromisión desconocida. Pero los animales no desistieron, frenándole la marcha.
En la vivienda de tres pisos se encendieron las luces. Se escuchó el ruido de una puerta trasera y una alarma aguda y potente se puso a sonar, como un bebé enfermo en pleno berrinche.
Para los caninos fue como una orden. Gruñeron con ferocidad y se lanzaron coordinadamente, uno de cada lado, sobre su persona.
Lograron tumbarlo y en medio de ladridos, le mordieron la cara. La sangre fluyó de inmediato, tiñendo el césped e inundando sus cuencas oculares. Un disparo en el aire detuvo el atroz ataque. Los perros corrieron hacia el hombre que había usado la escopeta, de cuyo caño una pequeña estela de humo indicaba la procedencia del reciente sonido.

El aprovechó para levantarse del suelo, a duras penas, dolorido y sangrando. Miró al viejo con el arma y no esperó a que lo reconociera. Al menos, aún no. Dio media vuelta para emprender el camino de regreso. Pero la escopeta volvió rugir y su andar se detuvo en el acto.
Sabía que ahora el cañón apuntaba a su espalda. No necesitaba girar para saberlo. La voz del viejo llegó a sus oídos temblorosa y supo también que no era un efecto del viento. Esa voz cargaba miedo a pesar de sujetar un arma.
Sonrió para sus adentros, seguro, sereno, cínico. Y sin elevar la voz, dijo:
– Lo espero en el auto. Cinco minutos. Si demora, usamos también los asientos de atrás. ¿Comprende?
Y dicho esto, volvió a su coche.
El viejo lo vio marcharse sobre el césped, traspasar la valla de madera y seguir camino hacia la calle. Sintió que sus piernas se doblaban y la escopeta le pareció pesar toneladas. La arrojó a un lado y se pasó la mano por la boca. ¿Con qué así era? pensó.
Retornó a su vivienda, apagó la alarma y fue hasta su habitación. Besó en la mejilla a su mujer, observó sus arrugas amables y familiares, agradeció que casi no oyera y secándose una lágrima que le caía, tomó el saco que estaba sobre la silla más cercana y con cuidado, cerró la puerta.
Acarició a la pasada a sus leales guardianes y salió a la calle por el portón del frente. A unos quince metros lo esperaba el coche en marcha. No se extrañó al notar el rostro pálido pero intacto del hombre que lo conducía. Nada lo extrañaba por entonces. Sabía que era hora de pagar el pacto.
El auto arrancó sin que nadie pronunciara palabra alguna. La calle se lo tragó en silencio, llevándose consigo al escritor famoso y al cobrador del infierno.

27 de marzo de 2020

El último día

En el día final la última pluma escribió: ni bombas nucleares, ni armas químicas, ni terremotos ni cataclismos, ni incendios descomunales o invasiones extraterrestres.
Tan solo un virus y la estupidez humana.


17 de marzo de 2020

Ahora solo hay palomas, ilustrado por Caio Di Lorenzo

Gravita sobre el poniente, medusa del aire, la hoja somnolienta. El árbol, indiferente, la deja. Se confunden ambos en un paisaje ausente.
Ecos de otros tiempos reverberan, en el silencioso rumor del viento, llevando a sus oídos nostalgias que perseveran, se entregan, se refugian, pero en ningún momento prosperan.

Ilustración de Caio Di Lorenzo

Ella observa envuelta en un pañuelo sin color, que a la luz del atardecer solo devuelve un leve resplandor. La plaza es gris. El cielo es negro. La ausencia es transparente.
No queda nada de antaño, ni palabras, ni pinturas, ni el canto de las voces, ni las utopías de los sueños. Dónde había esperanza, fuerza, entusiasmo, ahora sólo hay palomas.
Emplumadas, inquietas, se desplazan, van, vienen, alzan el vuelo pero bajo, corto, para retornar, volver, quedarse en el mismo lugar. Cuál cuervos disfrazados para atenuar el dolor, aguardando la carroña del ayer, picotear las últimas sobras del festín.
Camina, baldosa a baldosa, sin pereza, al contrario, consciente y con consciencia, la propia, la colectiva, la que la mantiene viva. Todo se antoja distante, incluso el frío, la noche que se avecina.
En la plaza no hay vestigios, en la ciudad no hay memoria. No es culpa del tiempo, sino de quiénes al reloj le dan cuerda, atrasando las manecillas para que el pueblo no despierte, adelantándolas para que el pueblo no recuerde.
Frágil, sus huesos aún la llevan. Frágil, aún mantiene sus fuerzas. Vasija de barro mil veces partida, mil veces restaurada. Las arrugas son tus cicatrices de los años, la soledad es la herida del olvido.
Como esa hoja en la brisa, tenaz en su huida, deja la rama y se echa a la suerte. Las jaulas de la mente, los cerrojos de la vida. Cárceles imaginarias para contrarrestar la muerte. Aunque sin ella, no tiene sentido el nacer, y sin luchar, no tiene sentido el vivir.
Metáfora de la nada, y al mismo tiempo del todo. Que las verdades serán mentiras, y las mentiras consecuencias. Pesadilla para el que la sueñe. Infierno para el que la viva.

8 de marzo de 2020

En lo alto

La máquina gravita en lo alto como si fuera un pájaro. Desde la colina es apenas una minúscula mancha que se desplaza más allá de las nubes. La mirada absorta y apacible es un recuerdo que acompañará a su madre todo el tiempo. Los ojos curiosos abiertos a más no poder, la boca haciendo una O y el dedito índice de la mano señalando aquel punto, siguiéndolo lentamente.
La mujer se pone la mano en la frente para protegerse del sol y también observa, pero aunque desea con toda el alma también poder ver, solo encuentra por delante nubes y azul. Pero la imagina, sabe que allí está. Una certeza improbable y al mismo tiempo real. ¿O acaso no está disfrutando del asombro de su pequeño? Un planeador de color claro, de interminables alas y cabina baja, por la que apenas puede verle el rostro por última vez. Cada tanto aparece, como si bajara a una altitud suficiente para que el niño pudiera conocerlo.
Madre y niño, miran a lo alto. Lo que no ven, lo sienten. Lo que no tienen, lo completan. La vida les da las piezas. Algunas tienen formas de tristezas, otras de alegrías. Pero son mágicas, como el cielo, las nubes y el pájaro de alas interminables que de tanto en tanto gravita como en un sueño.

14 de febrero de 2020

En la ruta

Vamos en el auto por una ruta de poco tráfico y muy deteriorada. La tormenta nos envolvió hace un par de horas. Le pido a Ester que deje de asomarse por la ventanilla, pero se escuda en que quiere sentir la lluvia sobre su rostro. Siento pánico al observarla, como si cada vez que su cabeza sale del vehículo, algo la fuera a sustituir por otra. También me preocupa que por dejar de mirar el camino fuésemos a chocar. Estoy pensando en eso cuando veo lo que tanto me temía. ¡Hola! me dice la nueva cabeza de mi novia. Cejas grandes, ojos ausentes y bigotes que no son bigotes, porque en realidad son dos gusanos reptando hacia abajo.

7 de febrero de 2020

Antonimia de pasado presente

Nos encontramos despidiéndonos,
nos abrazamos distanciándonos,
nos reímos llorando,
nos hablamos en silencio,
nos miramos sin vernos.
Fue un encuentro casual premeditado, en el que recordamos el pasado hablando del futuro.
Hacía muchos años que no coincidíamos a pesar de cruzarnos a diario. Estabas como siempre a pesar de estar tan distinta, radiante y apagada al mismo tiempo.
Me preguntaste por Abel y te conté de Gustavo. Quise saber de Analía y me hablaste de Raquel. Vimos fotos desgastadas en las pantallas relucientes de nuestros nuevos celulares. ¡Qué grandes vi a tus pequeños! ¡Qué lejos nuestros sueños más cercanos!
Y mientras a nuestras espaldas el sol subía hasta la noche y la luna bajaba al día, las manecillas de los relojes aventajaron al mismísimo tiempo, llevándonos a viejas infancias adultas, desempolvando recuerdos aún impolutos en la memoria.
Qué ganas de permanecer en esa esquina, mientras las piernas me llevaban lejos, hacia la rutina. Qué ganas de romper con esta armonía anodina de mis días y arrojarme a la contradicción de los imposibles. De decir basta y empezar de nuevo. De vivir de nuevo lo que me lleva a decir basta, pero tratando de hacer lo mismo aunque todo diferente.

23 de enero de 2020

Situación de juego

La situación era simple. Alguien se había robado el dinero. En algún momento, entre que la luz se apagó y volvió, la mano de uno de los cinco que jugaban la partida de poker se alargó hasta el centro de la mesa y tomó los billetes. Todos, al menos, coincidían en un punto: ninguno de los cinco apagó la luz. Fue fortuito, un bajón de tensión quizá. Pero lo del dinero, ese era otro cantar. No era una suma menor, al contrario. Habían estado apostando fuerte. Era una ronda pareja, todos tenían cartas buenas, podían intuirlo en el aire. Las miradas brillantes, los rostros tratando de disimular la buena fortuna, los cuerpos emitiendo señales involuntarias.
Lo que en principio parecía una broma, a esa altura, tras quince minutos de palabras que fueron elevando el tono frase tras frase, era ya motivo para una pelea. Es que ninguno de los cinco la iba a dejar pasar. Y cada uno sabía que los demás estaban dispuestos a lo que sea con tal de defender su dinero. Y aún más el que hubiese robado la plata. Ese estaba dispuesto además, a no ser descubierto.
El primero en ponerse de pie fue Alcides. Si solo se hubiese parado y dejado caer la silla, en señal de enojo, vaya y pase. Pero Alcides además tuvo la idea, mala por cierto, de llevar la mano derecha a la parte posterior de la cintura, dónde los demás sabían, llevaba siempre una pistola.
Los otros cuatro reaccionaron al instante y las balas cruzaron la mesa destrozando la camisa celeste de Alcides con agujeros enormes de los que saltó sangre para todas partes. El cuerpo cayó inerte contra la silla desplomada. La pistola seguía entre el pantalón y la camisa. No había llegado ni a tocarla con los dedos.
El estruendo de las cuatro armas escupiendo al mismo tiempo había retumbado en la habitación. No tardaría mucho en caer la policía. Alguien en el edificio los delataría, no había manera de evitarlo. Gustavo quiso apurar el asunto y se acercó a revisar el cuerpo tendido en el suelo. Pero los demás intuyeron que en ese movimiento escondía algo y volvieron a abrir fuego. Gustavo voló contra la pared, que quedó manchada de rojo. Una mancha que parecía haber estallado a media altura y luego deslizado hasta el zócalo.
Los tres que aún permanecían sentados y con sus armas en la mano se miraban fijamente. Los ojos iban de uno a otro. El menor movimiento en falso iba a desatar otra oleada de plomo. Lo sabían muy bien. Fernando decidió actuar. Dejó de apuntar a los demás y levantó su pistola hacia el techo mientras con la otra mano pedía tranquilidad. Uno de los otros dos asintió con la cabeza. El restante apretó el gatillo.
La bala atravesó el entrecejo con fría certeza. Enrique miró a Luis. Luis miró a Enrique. Uno de los dos había disparado. El otro sabía que haría lo mismo si no actuaba rápido. Dispararon, ambos, al mismo tiempo.
Enrique quedó con el cuerpo hacia atrás, la cabeza ladeada hacia la izquierda. Luis se fue hacia delante y la frente dio de lleno contra el as de corazones que tenía en la mesa.
La policía llegó algunos minutos después. Alertados de los disparos, pero actuando con tranquilidad debido al silencio, derribaron la puerta. La situación era simple. Cinco tipos jugaban al poker y uno quiso cagar a los otros. Terminaron todos muertos. El agente Gutiérrez le buscó el pulso a los cuerpos. El agente Miranda se quedó en la puerta. Cuando la luz se apagó y encendió, Gutiérrez sin saber por qué, desenfundó y disparó. Diría después que creyó haber visto un movimiento extraño acompañado por el ruido del martilleo de un arma. Lo cierto era que Miranda se había apoyado en la tecla de la luz, que estaba haciendo falso contacto. Aunque nunca lo supo.
La nueve milímetros de su compañero le partió el cráneo en dos.

8 de enero de 2020

Diálogos nocturnos

Con Adela nos quedaron cosas pendientes, principalmente conversaciones sin terminar, suspendidas por el cansancio de las noches, o el sonido nefasto del teléfono, que daba pie a otros problemas, a otras realidades, a mundos ajenos que descubríamos de pronto, con voces que nos transportaban a sus confesiones.
Nos tocaba el turno de noche en las líneas gratuitas del Estado para prevención de suicidios y adicciones. Trabajamos a la par dos años enteros. Pudimos compartir cientos de charlas, pero nos quedaron truncas miles más. A muchas podríamos achacarle la culpa los llamados, pero a otras no. Porque en otras, tomamos la decisión de callar angustias, de esquivar heridas, tratando de evitar el daño, la colisión, el desentierro de tantos males. Porque somos eso, tumbas alimentadas por arterias, con extremidades que nos llevan de un lado a otro y un cerebro que se encarga de administrar de mal modo nuestros pesares.
Es increíble cómo la gente trata de matarse los martes a la noche. Era el día de la semana que menos podíamos hablar entre llamada y llamada. Podría pensarse que el suicidio es un pensamiento de fin de semana, pero no es así. Los fines de semana había más inconvenientes para los adictos, que en el último manoteo, antes de ahogarse por completo en el mar de drogas, buscaban en este lado de la línea un salvavidas. Y ahí estábamos, pendientes de cada palabra, de cada quiebre en la voz, de todas las señales posibles, para pausar la agonía, darles un alivio, ayudarlos, al menos, en ese instante, de no sucumbir.
Y entre cada persona que atendíamos, teníamos un tiempo. A veces mínimo, otras más extenso. No obstante, esos diálogos nocturnos - los que teníamos con esos seres anónimos - nos dejaban con el corazón en la mano, la mirada extraviada. Las úlceras no eran por nada. Litros de café en una sola noche, con el fin de aferrarnos a algo. Nadie cuenta con la preparación suficiente para enfrentar la muerte - y sin verle la cara - por más títulos que uno cuelgue en la pared de la oficina.
Pero con Adela habíamos aprendido que las lágrimas entorpecen y la angustia no rescata a nadie. Quizá por eso es que hablábamos tanto. Nos fuimos revelando las vidas, anécdotas, realidades, parejas, engaños, decepciones. Nos abrimos más de lo que hubiésemos debido. Muchas veces me descubrí mirándole los labios, mientras estos se movían, distante mi atención de las palabras, pero absorta en sus gestos. Ella empezó a gustarme. Y creo que ella, comenzó a sentir lo mismo por mí. Las noches se fueron volviendo incómodas, nuestros cuerpos nos avergonzaban, tratábamos de no mirarnos, y lo que antes eran palabras, se fueron volviendo silencios.
Adela pidió el cambio y la trasladaron a un turno diurno. Durante un tiempo mantuvimos contacto mediante mensajes en el teléfono. Pero los fuimos espaciando y finalmente, dejamos de tenerlo. No pude disimularlo. Me cambió el humor, me volví irritante. Incluso me peleé con mi pareja. Me volví una persona ermitaña. Solo salía del departamento para ir al trabajo. Y del trabajo a dormir y encerrarme, con las persianas bajas y sin el menor deseo de ver a nadie.
Hasta una noche, que al levantar el teléfono y decir el discurso de presentación de siempre, del otro lado la voz me llamó por mi nombre. Esa voz de cientos de noches, sollozando. Y yo la llamé por el suyo. Cuánto extrañaba decirlo en voz alta: ¡Adela! Cómo deseaba ver sus labios, sus ojos, su rostro... me distraje en mis ilusiones, en mis caprichos, en ponerme a pensar en todas las conversaciones pendientes que teníamos que concluir.
- Laura, lo siento mucho Laura. Pero no puedo más, no puedo más. Mi vida es un infierno. Me voy. Lo siento tanto.
La línea quedó en un esteril pitido, una nota aguda y extensa, que me atravesó de lado a lado. Cuando reaccioné, lo sabía, ya era tarde. Traté de comunicarme desde mi teléfono, pero no hubo respuesta. Envié a la policía y a los paramédicos a su domicilio, mientras las lágrimas, esas que no servían para nada, caían sin piedad por mis mejillas. Mi nuevo compañero de la noche se acercó a consolarme, pero lo aparté. Él nunca entendería, porque con él todo era silencio. En cambio, con Adela...

3 de enero de 2020

Eso que llaman crecer (ilustrado por Caio Di Lorenzo)

Desde que se supo en la barra que la familia del Carlos volvía al barrio, no se habló de otra cosa. Es que el Carlos había dejado su huella. Tres años más grande que todos, de carácter fuerte y decisiones rápidas, era el líder indiscutido de ese grupo de chicos que deambulaban desde la hora de la siesta hasta que caía el sol por las calles, veredas y la plaza del lugar.
Cuando se fue, a causa de un trabajo del padre en otra ciudad, dejó un hueco que ninguno de ellos pudo llenar. Las travesuras no tenían el mismo color, las amenazas a los chicos del barrio vecino carecían de credibilidad y hasta los partidos de fútbol en la placita parecían sosos.
La barra no se separó, aunque las horas que pasaban juntos, eran cada vez menos. Algunos preferían, antes de aburrirse, quedarse en sus hogares a mirar televisión o jugar con la computadora.
Ilustración de Caio Di Lorenzo
Pero todo cambiaría ahora con el regreso del Carlos. El entusiasmo de los amigos de la infancia era tal que desde hacía una semana que venían juntándose después de almorzar y no se iban a sus casas hasta que algún padre no se asomaba a llamarlos para la cena.
Hacían planes, aventuraban nuevas travesuras y hasta hacían conjeturas de cuán cambiado estaría el Carlos. Algunos decían que tendría el pelo más largo, otros que ya andaría por el metro sesenta, y no faltaba el que pronosticaba que estaría más gordo. Pero nadie dudaba que todo volvería a ser como antes.
Aquel sábado cuando vieron pasar por la calle que entraba al barrio al camión de la mudanza cargado de muebles, los chicos salieron al trote en dirección de la casa donde siempre vivió el Carlos y que, desde la partida de la familia, ocupaban sus abuelos.
Dejaron sus bicicletas sobre el cordón de la vereda y se sentaron a esperar la llegada del amigo. No tardaron mucho en ver doblar hacia la casa, desde la calle principal, la vieja furgoneta del padre de Carlos. Y allí, en el asiento delantero, del lado del acompañante, estaba el Carlos. ¡Si hasta parecía el mismo que se había ido! Ni un ápice distinto. El mismo corte de pelo, la misma sonrisa, la confianza en la postura. Era él y los chicos ya estaban de pie.
La furgoneta se detuvo y los amigos se acercaron a la puerta, sonriendo al chico del otro lado de la ventanilla, que les devolvía la sonrisa y los saludaba con la mano. La puerta se abrió y Carlos, un Carlos más alto de lo que recordaban, pero para nada gordo, se apeó con la gracia de un ganador. Y de inmediato le llovieron los abrazos.
– Gracias chicos, gracias – les decía a cada uno, devolviendo generosamente cada gesto.
– Dale Carlos, apurate en bajar tus cosas y vamos para la plaza – le dijo el Willy, siempre impaciente.
Carlos sonrió. Esa sonrisa canchera que todos le recordaban, con la que sobraba a los chicos del barrio vecino sin que se le moviera un pelo. Los dientes blancos en fila, brillando con cierta picardía, la comisura estirada y los ojos acompañando con una mirada cómplice. El Carlos estaba de nuevo en el barrio, no existía duda alguna.
Y el Carlos dijo:
– Vamos che, que ya tengo quince años. Vayan ustedes, que todavía son chicos. Yo ya tengo otras cosas en la cabeza. Pero les agradezco que se hayan acordado de mí. Vayan, vayan, que acá tengo que ayudar a mis viejos con la mudanza.
Con los ojos tristes y sin comprender, los niños de la barra se fueron alejando. Miraban de tanto en tanto hacia atrás, esperando que el Carlos saliera corriendo detrás de ellos y les dijera que todo era una broma e iría con ellos. Pero el Carlos se había puesto a bajar valijas de la parte trasera de la furgoneta y ni siquiera les dirigía la mirada.
La barrita se retiró en silencio y en la medida que iban pasando por sus respectivas casas, se iba metiendo dentro, desmembrándose cuadra a cuadra el grupo.
De pronto, la barra ya no existía. Como la niñez y todo aquello que perdemos en el camino sin entender por qué.



Cuento publicado en el sitio GComics