Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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11 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (4 de 5) - Escrito junto a Juan Esteban Bassagaisteguy



– 12 –
Salió del hospicio desahuciado, rumiando bronca y dolor, con su hija recién nacida en brazos. Su esposa ya no le pertenecía y su mejor amigo le había dado la espalda. Justo cuando más los necesitaba.
Y la beba le generaba una desconfianza de la que no podía dilucidar con claridad su origen.
Fue hasta su hogar y allí estuvo a solas con su hija hasta que, varias horas después, su mente se abrió encontrando la salida.
Esperaría el momento oportuno. Aunque para ello pasaron mil años y tuviera que remover cielo y tierra. Porque sabía que el hijo de puta que le había hecho eso a su mujer (había comprobado con sus propios ojos el horror del que era capaz, cuando llegó a su hogar luego de la cacería nocturna en la casona de la escalera de mármol) no pertenecía a este mundo.
La venganza es un plato que se come frío.

– 13 –
 El anochecer cubría con su manto claroscuro la ciudad y Enrique Gómez, conduciendo su auto, aceleraba por la avenida.
—¿Dónde vamos, papi? —preguntó desde el asiento trasero Rosa, su pequeña hija.
—A la casa de la tía Alicia, Rosi. Hoy te vas a quedar a dormir con ella. Y mañana sábado te vengo a buscar.
—¡Qué bien! Me encanta ir a lo de la tía Alicia. —Para la niña, de solo ocho años de edad, visitar a su tía los fines de semana era una actividad para disfrutar en toda su plenitud.
—¿Por qué?
—Porque después de cenar, y antes de ir a dormir, jugamos a las cartas.
—¿Ah, sí? No me habías contado nada. ¿Y a qué te enseñó a jugar la tía?
—Al pinche. Y le gano siempre —sonrió, cruzando su mirada con la de su padre, quien la miraba por el espejo retrovisor. Este desvió la vista justo cuando las lágrimas comenzaban a asomar por sus ojos.
Hacía solo una hora que, como cada vez que un fantasma andaba a la deriva, había sentido el pitido infernal resonar en su cerebro. Pero, esta vez, la alarma que siempre lo predisponía para lo mejor sonaba con una estridencia enorme, distinta. Y entonces dedujo que algo grande, algo espectral fuera de lo común, había invadido la ciudad.
El momento de la venganza había llegado.
Arribó a la casa de su hermana y, mintiéndole acerca de que era Rosa quien había rogado ir a dormir a su casa ese viernes, le dio un beso en la frente a su hija y prometió regresar a buscarla al día siguiente.
Nunca más pudo volver a acariciarla. Ni tampoco a besarla.

– 14 –
Luego de dejar a su hija con su hermana y subir al auto, cerró los ojos y dejó que su mirada interior, como tantas otras noches, lo guiara por las calles de la ciudad. Cuando se detuvo los abrió. Había estacionado junto a la vereda de su casa.
—Hijo de puta —murmuró, bajando del auto. Corrió hasta la puerta de su hogar, la abrió e ingresó en él, cerrándola de un portazo. No encendió las luces: cazar espectros en la oscuridad era su especialidad.
Un resplandor asomó desde el primer piso y, entonces, Enrique corrió escaleras arriba. Al llegar al último peldaño lo vio. Flaco, espigado, apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos y un cigarro cubano en la boca.
—No te das una idea de cómo gozó tu mujer cuando se la metí bien hasta el fondo —dijo el intruso, arrastrando la «b» de «bien»—. Se le caía la baba a la muy puta; nunca debe haber sentido tan adentro del orto una pija como esta —mintió, tomándose la entrepierna y escupiendo el cigarro.
El cazador de espectros, daga dorada en mano, se lanzó al ataque como un oso a la miel. Pero cuando estaba a centímetros de su rival, este levantó uno de sus brazos y, apoyándolo en el pecho de Enrique, frenó en seco su carrera, inmovilizándolo y convirtiéndolo en una estatua de carne.
—Así te quería ver —dijo, rodeándolo con parsimonia—. Me presento. Soy Arnaldo, recolector de almas. —Y, quitándole la daga de la diestra y clavándola en el piso, a su lado, estrechó la mano inerte de Enrique—. Al que lo has cagado más de una vez con tus putas cacerías de fantasmas. Miles me he perdido de llevar al infierno. Y eso tiene un precio, cazador. —Chasqueó la lengua y continuó—: Tu propia alma.
Dejó de hablar y acercó su boca a la de Enrique. Besándolo, sopló la muerte en sus labios y un color grisáceo sombreó la piel del cazador de espectros en el preciso instante en que dejó de existir, desplomándose sobre el suelo.
Arnaldo se acuclilló junto al cadáver, sonriendo en el silencio del lugar.
Y, cuando iba a introducir sus garras en el pecho de Enrique para cosechar su alma, escuchó el chistido. Giró la cabeza y se levantó como impulsado por la ráfaga de un tornado.
—No, no, mi querido Arnaldo —dijo el hombrecito del traje gris desde el fondo del pasillo—. Ese es nuestro, eh.
El recolector de almas reconoció a Rafael, el arcángel, y maldijo su mala suerte. Pero no se iba a rendir así nomás: el alma del cazador era una de las más buscadas por su jefe, y, si lograba llevársela consigo, el ascenso jerárquico no se iba a hacer esperar.
Por lo que puso ambas manos en su boca y, formando con ellas un círculo, abrió sus fauces como una serpiente pitón comiéndose un cervatillo y escupió con violencia un meteorito llameante directo a la cabeza del arcángel.
Este fue aún más rápido. Sacó su espada de fuego de adentro del traje y rechazó la piedra ígnea como si se tratara de una pelotita de ping-pong; el proyectil se volvió contra Arnaldo y este lo esquivó a duras penas. Blandiendo su espada, Rafael corrió hacia su atacante dispuesto a todo.
Arnaldo, sabiéndose en inferioridad de condiciones (hacía casi cinco mil años que, periódicamente, se topaba con el hijo de puta del arcángel; y nunca había podido con él al momento de batallar por un alma), abrió en el aire un círculo de fuego y se esfumó en su interior.
Rafael, viendo cómo se agotaba la última llamita de la circunferencia, desclavó la daga de oro del piso y dedicó toda su atención al cuerpo sin vida de Enrique. Percibió que el alma todavía estaba en su interior y eso lo tranquilizó; pero también notó que la misma se angustiaba sobremanera por la suerte de Rosa, su pequeña hija.
Entonces supo qué hacer.
Rozó con la punta de su espada el pecho del hombre, en el preciso lugar en donde su corazón había dejado de latir. Y, sonriendo, desapareció en un haz de luz que lo envolvió todo.
Cinco minutos después, y mientras la casa de Enrique Gómez seguía en completo silencio, alguien volaba por todas sus dependencias rozando el cielorraso.
El fantasma del cazador de espectros, acongojado, buscaba desesperado a su hija.
No la pudo encontrar.


(finaliza el lunes 15 de diciembre)...

8 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (3 de 5) - Escrito junto a Juan Esteban Bassagaisteguy



– 9 –
—¡Qué pare de llorar, por Dios, qué pare de llorar!
—¡No dejes que se escape, Tomás, cerrá la puerta!
El guardia empujó la hoja de la puerta y el hombre vestido solo con una bata se estrelló violentamente contra la madera. Cayó de espaldas, de manera estrepitosa. Otros dos guardias lo alcanzaron, poniéndolo de pie casi de inmediato.
—Vamos adentro, se acabó el paseo por hoy.
Diez metros más adelante, junto a un televisor, otros internados elevaban la cabeza observando las imágenes en movimiento. El volumen estaba en cero y a nadie le importaba.
Solo un rostro estaba vuelto hacia donde los guardias se llevaban al hombre de la bata. La joven tenía enormes ojeras y la piel muy pálida. Sentía el cuerpo ido, lo mismo que la mente. Sin embargo, tenía la certeza de que no pertenecía a aquel lugar.
El doctor canoso que había entrado minutos antes a la sala y ahora conversaba con una enfermera, le resultaba extrañamente conocido. Incluso, hasta la manera de acercarse a ella le parecía difícil de entender. Mientras que a otros los trataba con total indiferencia, a ella la miraba con simpatía, como si la conociera de otra vida.
Aquella mañana le había prometido que pronto se iría del lugar. No necesitaba estar demasiado lúcida para comprender que aquel no era un hospital común. Un pasillo largo llevaba a un ventanal y lo recorría con total libertad a diario. Por las ventanas podía ver los pabellones y a los pacientes deambulando por los patios internos. Aquello era un manicomio.
El paciente vestido solo con la bata fue sacado a la rastra del lugar. El doctor canoso dejó a la enfermera y se acercó a ella. Se situó a sus espaldas y con delicadeza movió la silla de ruedas. La empujó con calma, en dirección a una de las puertas que llevaba al exterior.
Una vez afuera, respiró hondo el aire puro. El verde de la vegetación le confería al lugar un calificativo especial, pero carecía de la totalidad de sus sentidos para poder definirlo con una sola palabra.
El doctor dejó de empujar y se colocó frente a ella.
—Yo te vi nacer, en este mismo lugar.
Ella lo miró sorprendida, y se imaginó que el hombre no era en realidad un doctor, sino otro paciente. Estuvo a punto de decir algo pero él no la dejó, porque siguió hablando.
—Tu padre y yo éramos grandes amigos, pero tomamos caminos diferentes. El recurrió a mí cuando ya era tarde. No obstante, pude salvarte. Pensé que afuera de este lugar no duraría un instante y menos con vos a cargo. Pero me equivoqué. Sin que él lo supiera, vigilé su vida, preparado para ayudarlo. Estaba seguro de que tarde o temprano se descarrilaría nuevamente, pero vos lo cambiaste.
Hizo un silencio. Ella no podía imaginar qué recuerdos pasaban por su cabeza, pero supo que eran fuertes.
—Tu padre... no era una persona normal. No me refiero a la locura, sino a su profesión. Era... muy particular. Nunca lo creí hasta que vi a tu madre darte a luz...
—¿Realmente estuvo usted cuando yo nací?
—Mirá, es largo de explicar. Tu padre era un cazador de espectros, uno de los últimos. Y creo que no ha muerto; o, al menos, es lo que quiero creer. Creo que lo han convertido en uno.
Ella se quedó mirando al hombre de blanco. Apenas si podía entender lo que le decía.
—¿Por qué estoy aquí? Tendría que estar en una clínica común, haciendo quimio, o esperando para morir en paz.
—Es que no tenés cáncer. Lo sé, porque fui testigo de la muerte de tu madre. Lo que tenés es otra cosa. Es la puerta a otra dimensión. Tu padre nunca lo supo y por eso está muerto. Yo lo sé, porque tuve que matar a tu madre. Lo siento tanto…, pero tuve que matarla.
El médico se derrumbó a los pies de la silla de ruedas, ante los atónitos ojos de la joven. Algo se había resquebrajado en el aire y era la realidad misma.

– 10 –
El hombre abrió la puerta de la casa en ruinas e ingresó en una amplia sala. Frente a él, una escalera ubicada en mitad del lugar —en la que una mezcla de tierra apelmazada, guano de murciélago y musgos ocultaban el mármol que la recubría— lo invitaba a ascender.
No lo hizo, porque un olor mayor al de la humedad reinante en toda la casona puso sus sentidos en alerta.
Y entonces lo vio volar hacia él.
Sin embargo, el hombre permaneció estático donde estaba. El fantasma estiró los brazos y abrió sus fauces en la estocada final. Y allí fue cuando Enrique Gómez, cazador de espectros, sacó las manos de atrás de su espalda y lanzó un puñado de sal gruesa directo a los ojos rojos de su atacante. Este se frenó en seco, no solo sorprendido porque el hombre no huía sino, sobre todo, porque la sal quemó su esencia incorpórea. Y le dolió.
Aunque no tuvo demasiado tiempo para sentir el ardor interno. Rápido, el cazador de espectros sacó de la vaina que llevaba en su cinturón una daga dorada con forma de cruz —bañada en agua bendita—, se abalanzó sobre el fantasma y la hundió en el lugar donde, en vida, estaba el cuello de su rival. Este se retorció, atónito, confundido, y, sin emitir un solo gruñido, explotó en millones de gotitas de luz.
Enrique Gómez observó cómo estas se unían en el aire formando el cuerpo esbelto de una mujer; a la vez, y junto al cielorraso del lugar, una puerta blanca apareció de la nada. La mujer se elevó, atravesó el portal y desapareció cuando este, esfumándose en un punto brillante, se cerró.
«Listo, misión cumplida», pensó. Y, envainando la daga, salió del lugar en completo silencio para perderse en la oscuridad de la noche.
Un par de minutos después, un Ford Valiant rojo llegó al lugar. Su conductor bajó y, mirando la casona mientras escupía el resto de un cigarro cubano, percibió que allí ya no había fantasmas. Y maldijo por el alma que se había perdido de recolectar por solo unos segundos.
Otra vez.

– 11 –
El conductor del Valiant no vio ninguna luz encendida en la vivienda, y siguió manejando su auto a baja velocidad hasta que, luego de doblar en la esquina, lo estacionó bajo un foco de luz amarilla. Bajó de él, dirigió la vista al foco y desprendió de sus ojos dos llamaradas incandescentes que lo hicieron estallar sin hacer ruido. Luego hizo lo mismo con el resto de las luminarias de la calle, y todo quedó a oscuras.
Satisfecho, caminó hacia la casa por la que había pasado antes. Llegó a ella y olfateó el aire. No había rastro del cazador de espectros y eso significaba dos cosas: una, que seguía en plena faena por la ciudad; y otra, que su esposa estaba sola. Y aunque el primer punto le generaba un resquemor insoportable, el segundo inclinaba la balanza a su favor.
Se elevó en el aire hasta llegar al primer piso de la morada. Descendió al balcón y sonrió al ver que la persiana estaba alta. Entonces, elevó sus brazos, apoyó las manos contra el ventanal y, dibujando en el vidrio un círculo enorme, desplazó un fragmento igual a su circunferencia y el mismo desapareció en el aire.
Entró en el hogar y volvió a usar su sentido del olfato. La mujer dormía. En la habitación contigua. Y no estaba sola. O sí, porque la otra presencia que el recolector de almas olió fue el pequeño ser que la mujer llevaba en su vientre encinto.
«Espera una niña. Ocho meses de embarazo». Entonces le sobrevino una repentina idea, chasqueó los dedos y desapareció.
La mujer, que dormía de costado, despertó cuando sintió que unos dedos atrevidos rozaban sus pezones bajo el camisón de seda. Sonrió y se movió sinuosa, rozando con sus nalgas la dureza que, allí abajo, se apoyaba contra ella pidiendo más.
—Mmm… Cómo me gustás —suspiró, mientras notaba (y disfrutaba) cómo su entrepierna se humedecía. El hombre deslizó su ropa interior de algodón y ella contrajo su pierna izquierda dejando su sexo en libertad. Él la penetró con suavidad en la oscuridad de la habitación y los movimientos de ambos crecieron en intensidad y lujuria; como tantas otras veces, llegaron al orgasmo en perfecta comunión. Luego, su esposo se retiró de ella y se acostó a su lado. La mujer, entonces, prendió el velador de la mesa de luz. Y el rostro se le enmudeció de terror.
No era su marido quien yacía en la cama junto a ella, sino un hombre flaco, desgarbado, que le sonreía mostrando una dentadura completamente irregular. La mujer llevó sus manos a la boca pero no alcanzó a gritar porque el hombre la tomó del cuello y ambos se elevaron en el aire. Ella intentó defenderse golpeándolo con sus puños, pero fue en vano; sintió cómo poco a poco el aire se esfumaba de sus pulmones ante la presión en su garganta y dejó de pelear. Fue entonces cuando Arnaldo, el recolector de almas, besó los labios amoratados de la mujer y sopló en el interior de su boca. Ella abrió grande los ojos al sentir el fuego que la quemaba por dentro, y fue lo último que hizo antes de que su espalda golpeara contra una de las paredes de la habitación; su agresor la había arrojado contra ella y algo se rompió en su interior. Ninguna de sus extremidades volvió a responderle.
El intruso dejó de flotar, apoyó sus pies sobre el suelo de la habitación y, complacido, observó el resultado de su obra: la mujer no moriría —no en ese instante— y tampoco volvería a mover ni sus piernas ni sus brazos. Aunque eso no era todo. Porque el hálito de fuego que había echado en la boca de la esposa de Gómez iba quemándola por dentro, sin prisa pero sin pausa; y, a la vez, mutándola en un ser único sobre la Tierra. Ya se notaba. Y no solo en las protuberancias que comenzaban a salirle en la frente, por encima de sus ojos, sino también en la coloración amarilla de estos y en las membranas grises, terminadas en garras, en las que se iban transformando sus brazos. Un murciélago. Que no podía mover sus alas. Qué ironía.
Y además estaba lo otro. Su semen había penetrado la placenta, y la niña que crecía en el vientre de la mujer —y a la que había prestado atención en no dañar en ningún momento— ya no era una niña normal. Lo había sentido en el preciso momento de eyacular: el feto se había contraído en una forma imposible dentro de la mujer, y en su pequeño torso en formación había brillado una luz acompañada de los gritos de cien mil almas en pena. Que solo él escuchó.
Ya estaba hecho. El portal estaba abierto. Para bien o para mal.
Siguió mirando a la madre de la futura beba. Que ya no era la madre, sino un despojo de carne, mitad humano, mitad murciélago. Y que, sin poder moverse, lo miraba furioso con sus ojos color de la orina.
Arnaldo fue junto al monstruo y escupió un gargajo en medio de los cuernos nacientes.
—Conmigo no se jode —dijo. Y, chasqueando los dedos, desapareció del lugar.

(continúa el jueves 11 de diciembre)...

4 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (2 de 5) - Escrito junto a Juan Esteban Bassagaisteguy



– 7 –
Cuando era un niño le apasionaban las historias de fantasmas que le contaba su madre a la hora de ir a dormir.
Y desde hacía quince años era uno de ellos, el único de su especie en la urbe que había sido su lugar en el mundo hacía ya tanto tiempo.
Como todas las mañanas, se sentó en el banco de la plaza de su barrio a mirar la gente pasar. Nadie le prestó atención (¿así se sentirían aquellas personas a las que él ignoraba por completo cuando le pedían una moneda?): todos corrían rumbo a sus trabajos, mirando sin ver el suelo bajo sus pies. El sol brillaba en lo alto, pero no podía sentir su calor en la piel; y eso era una de las cosas que más odiaba de ser un fantasma.
Maldecía para sus adentros por ello cuando la vio frente a él, estática en la vereda de enfrente. La belleza de su hija lo había impactado desde que era una beba; pero ahora, que ya había cumplido veintitrés años, superaba todo lo imaginado. Se sentía orgulloso por ello. Y por eso sufría tanto por la enfermedad que ella padecía, sin poder hacer nada para salvarla. El cáncer de mama la estaba carcomiendo por dentro, royendo su interior como una rata inmunda. Y sabía que la metástasis mortal no tardaría en llegar.
Cuando sintió los ojos de la joven clavados en los suyos se levantó como un resorte, con todos sus sentidos en alerta. Algo andaba mal. En quince años nadie se había percatado de su presencia, y ahora su hija cruzaba la avenida caminando a su encuentro. Y, además, parecía que la ciudad, de repente, se había vaciado: ningún auto en la avenida, ningún transeúnte en las veredas. Un silencio de muerte lo invadía todo.
Su hija llegó adonde estaba él.
—¿Dónde estoy, papá? ¿Dónde…? —preguntó angustiada. Él intentó abrazarla para calmar su congoja pero fue imposible: sus cuerpos no se tocaron, sino que se atravesaron por completo.
Se dio vuelta y vio cómo ella caminaba por un laberinto de luz en medio de la plaza, desapareciendo en su interior. Quiso gritar, pero de su boca no salió ni un hilo de voz. Tampoco salieron lágrimas de sus ojos, a pesar de la congoja que sentía en sus venas.
Entonces todo cobró vida otra vez. Los sonidos de la ciudad volvieron a hacerse audibles, la gente volvió a correr hacia sus trabajos y los autos a volar por la avenida.
Cruzó la arteria sabiendo que, ya muerto, nadie podría atropellarlo.
Y fue en medio de la calle cuando un Ford Valiant modelo 72 color rojo frenó a escasos centímetros de su cuerpo. La ventanilla del conductor se abrió y un hombre, de anteojos negros y con un cigarro cubano en su boca, le sonrió desde adentro mostrando una fila de dientes irregulares manchados de amarillo.
—Hola, hijo de puta —dijo—. Vine por vos. —Sacó un revólver calibre .45 y apuntó al lugar que, en vida, ocupaba su corazón. Aún sorprendido porque, en menos de cinco minutos, dos personas se habían fijado en él cuando en quince años nadie le había prestado atención (y mientras le parecía oír la voz de su hija a lo lejos), no dudó en salir corriendo. Oyó el disparo pero la bala no le dio, sino que fue a parar contra el puesto de revistas de la esquina. Giró allí escuchando el chirriar de las ruedas del Valiant acelerando tras él.
Y se chocó de frente con un hombrecito ataviado con un traje gris.
—Fíjese por dónde va, Enrique —le dijo este, algo malhumorado. No medía más de un metro sesenta de altura, y tenía ambas manos enlazadas tras su espalda; llevaba un sombrero (también gris) a la usanza de los años treinta.
—¿Cómo… cómo sabe mi nombre? —preguntó Enrique, agitado por la huida reciente.
—Menos pregunta Dios y perdona —respondió el hombrecito, guiñándole un ojo.
El Valiant rojo dobló en la esquina y frenó con un ruido atronador junto a ellos, interrumpiendo el diálogo. El conductor volvió a disparar su arma contra Enrique pero, a pesar de que este no se movió, la bala nunca llegó a destino. Con la velocidad de un rayo, el pequeño hombre se interpuso entre el auto y el fantasma, sacó las manos de atrás de su espalda y, con una espada de fuego que sostenía entre ellas, desvió el proyectil.
El conductor del Valiant miró fijo al hombrecito de gris y, al reconocerlo, comenzó a temblar como una hoja en medio del ojo de un huracán y el cigarro se le cayó de la boca. Subió la ventanilla del auto, puso primera y aceleró hasta perderse de vista.
Enrique respiró aliviado y se dirigió a su salvador.
—Gracias —le dijo. El otro sostenía la espada de fuego con una mano, apoyando la hoja contra uno de sus hombros; el traje gris, a pesar de ello, seguía impecable—. Todavía no sé su nombre —continuó, sin desviar la mirada de aquel hierro candente.
—Rafael —dijo el hombrecito, estrechándole la diestra con su mano libre—. ¿Le llama la atención la espada? —Enrique asintió con un leve movimiento de cabeza—. Elemento esencial para nuestra tarea.
—¿Su tarea?
—Sí, Enrique. La mía y la de otros tres colegas. Pelear en nombre de Dios por las almas que buscan la paz. Como la suya.
—¡¿Usted es un ángel?! —preguntó Enrique, asombrado. Aunque todo parecía ser posible en aquel día donde la monotonía de los últimos quince años se había hecho humo.
—No precisamente. Soy un arcángel. Nuestra esencia es diferente a la de ellos: nosotros guerreamos contra Lucifer desde el inicio de los tiempos, intentando impedir que se lleve las almas al infierno. No siempre lo conseguimos, aunque tenemos más batallas ganadas que perdidas —sonrió.
—¡No me diga que el del Valiant era el Diablo! —exclamó Enrique.
—No. Era Arnaldo, uno de sus lugartenientes. A ese lo tengo de hijo, ja: nunca me ha robado ningún alma. —Dicho esto, sopló a la espada de fuego y esta desapareció en el aire—. ¿Vamos? —preguntó, y extendiendo el brazo señaló hacia el final de la calle. Una puerta blanca se encontraba en mitad de ella, y otra vez el silencio se había hecho carne. Ningún transeúnte, ningún automóvil en el lugar.
—¿Adónde? —repreguntó Enrique, aunque sabía la respuesta.
—Usted se ganó el cielo, Enrique —dijo Rafael, palmeándole la espalda—. Allá vamos. —La puerta blanca se abrió y un rayo de sol salió de ella. El hombre se sintió atraído instantáneamente por aquel fulgor amarillo que lo llenaba de felicidad plena; pero, a duras penas, detuvo su ansiedad y sus pies y, mirando a los ojos a Rafael, preguntó con voz ronca:
—¿Puedo pedirle un favor?
—Por supuesto.
—No quiero que mi hija muera, Rafael —dijo. La angustia de su voz podía palparse en el aire—. Es muy joven, y demasiado ya sufrió con la muerte de su madre y la mía.
—Eso no está en mis manos, Enrique.
—¿No hay nada que se pueda hacer? Su cáncer es… es… —Suspiró pero no pudo seguir hablando; bajó la cabeza y fijó sus ojos en la vereda, intentando sin éxito negar la realidad. Rafael apoyó un brazo en uno de los hombros del hombre fantasma.
—Solo Dios conoce el destino de la humanidad. Y todo depende de Él. —Hizo una pausa—. Será lo que Dios quiera.
—Lo que Dios quiera —repitió Enrique, levantando su cabeza—. Cuántas veces habré dicho esa frase antes de morir…
—Pero le puedo anticipar algo, Enrique, aunque mi jefe me rete por esto —dijo el arcángel al notar que el hombre no salía de la desazón que lo embargaba—. Su hija no tiene cáncer.
—¡¿Ah, no?! Pero, entonces, ¿qué es lo que tiene? Dígame, Rafael, por favor.
La luz de la puerta brilló con más intensidad
—Todas las respuestas se encuentran allí, mi amigo —dijo el arcángel señalando el portal luminoso—. ¿Podemos ir?
—Sí, claro. Gracias, Rafael. Le debo una.
—No me debe nada. Gracias a usted por su comprensión.
Dicho esto, los dos caminaron hacia la puerta entreabierta y se adentraron en ella. La misma se cerró y la ciudad recuperó su devenir bullicioso.
Aunque don Melquíades Amestoy, el dueño del puesto de revistas de la esquina de la avenida, jamás pudo explicarse de dónde salió el agujero de bala que atravesaba el techo del lugar.

– 8 –
El viejo hospicio hacía valer sus paredes anchas y el calor del exterior se quedaba donde debía.
La luz, adentro y fuera, sentenciaba un día espléndido. 
El pasillo daba a un ventanal fantástico, digno de una escena de Hollywood, mostrando un paisaje de ensueño. Sin embargo, ni el lugar ni la situación le recordaban un momento feliz.
Ella había dado a luz encadenada a una camilla. El solo hecho de rememorar lo que minutos antes había presenciado a través de una mirilla de cristal, le crispaba los nervios.
Los alaridos aún repercutían en la memoria reciente. Sabía que conviviría con ellos el resto de sus días.
Un médico llegó en silencio y se situó a su lado.
—Los días así sirven para pensar en los errores que a uno lo llevan a estar donde se está.
Guardó silencio. Muchos años de juventud compartida le daban el privilegio a opinar sobre su vida. En realidad, había sido el único amigo que trató por todos los medios de ayudarlo a seguir un camino correcto. Pero jamás lo tomó en serio. Y el amigo, delante del ventanal, sabiendo que ya jamás disfrutaría de un día de luz como el que tenía delante de los ojos, le estaba diciendo en pocas palabras que el tiempo es irreversible.
—¿Cómo está ella? —preguntó sin ofrecerle una mirada, ni siquiera de vergüenza.
—¿Ella? ¿La madre o la niña? —Pregunta contra pregunta, su amigo se las estaba cobrando todas juntas, en el peor momento de su vida.
—Mi mujer.
—No tiene remedio, pero eso lo sabías antes de traerla. ¿Cómo es que...
—No tenés derecho. Sí a criticarme mi pasado, pero no el de ella. Las fuerzas contra las que nos enfrentamos...
—¡Y un carajo! Tus batallas las tenés en la mente. ¡Por favor, soy director de este hospicio! He tratado con locos de verdad, no farsantes como vos. Tu mujer pelea por su vida solo por seguir los pasos de un chiflado por conveniencia, que le importa...
—¡Claro que me importa mi mujer! ¿Creés que ha sido fácil para mí?
—Lo que está allá adentro ya no es tu mujer, quiera Dios que alguien sepa lo que es. Pero esa niña, esa que ha sobrevivido a lo que carajo haya sido eso, esa niña te necesita.
—¡No la quiero!
—No solo la vas a querer, sino que te la vas a llevar de acá y no vas a volver nunca más.
La voz grave retumbó en el pasillo. El doctor se fue alejando, al igual que el sonido de sus pasos. El espléndido día jamás lo había sido; un nubarrón enorme lo cubría desde el primer momento, pero nunca había sido capaz de darse cuenta. Hasta que irrumpió en llanto y supo que allí había más que un milagro.

(continúa el lunes 8 de diciembre)...