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31 de agosto de 2012

El moderador de contenidos

Me encontraba escribiendo delante de la computadora, como cada noche, cuando escuché el timbre. Me sorprendió tanto la hora en la que alguien me estuviera visitando como el propio hecho de que alguna persona se dignara en hacerme una visita.
Al abrir la puerta de calle no encontré a nadie conocido. Pero había alguien. Era un hombre desgarbado, de sobretodo color ocre y sombrero a tono. Lucía una barba candado y llevaba un maletín que sujetaba sobre el pecho, aferrado por su brazo izquierdo.
Me tendió su mano y se presentó: Augusto Locorso, moderador de contenidos.
Respondí el saludo por educación y me quedé mirándolo. No sabía que venía a venderme y más siendo tan tarde. No necesité invitarlo a pasar, él mismo lo hizo, sin mediar palabra alguna. Cuando me di cuenta, estaba en mi sala. Se quedó allí, parado, esperando que cerrara la puerta. Lo hice, aún sin salir de mi asombro.
- Un vaso de agua está bien - me dijo.
No comprendí y lo debo haber observado de forma extraña, porque de inmediato agregó:
- Digo, un vaso de agua, para cuando usted me ofrezca algo de beber. Me gusta anticiparme a los hechos, es vital contar con una respuesta para todo, más en estos tiempos que corren tan vertiginosos.
Estupefacto, me dirigí a la cocina y regresé a la sala con el vaso de agua en la mano. Locorso ya no estaba allí. Me alarmé, como correspondía para una situación así. Había un extraño en mi casa y ahora se me había perdido. Podía estar robando en cualquier habitación. Sin embargo su voz me llegó desde el estudio.
- Filomeno - Filomeno es mi nombre - ¿esto que tiene aquí es su próxima novela?
Me apuré en llegar hasta la computadora, volcando gotas de agua por todo el camino. Nunca mostraba mis escritos en proceso y menos a un desconocido. Estuve a punto de recriminarle su actitud al entrar al estudio, pero verlo sentado en la silla, colocándose unos lentes al tiempo que tomaba control del mouse e iba al principio del texto, me shockeó.
Quedé mudo. Era como llegar temprano y encontrar a tú mujer leyendo el diario desnuda en las piernas del diariero. Sentí que estaban manoneseando mi manuscrito, que el mouse recorría sus partes íntimas, previo a haberle quitado toda su ropa.
Logré vencer el síndrome de estatua que me dominaba y dejé caer el vaso. El sonido sobresaltó a Locorso, que desvió la mirada hacia donde me encontraba.
- Filomeno, mire que dejar caer un vaso encima de esa alfombra persa, que derroche por favor. Pruebe de prestar un poco más de atención.
Avancé decidido a tomarlo del cuello, pero el hombre me volvió a sorprender.
- No, imposible Filomeno querido, imposible que esto pueda salir publicado así - vociferó, visiblemente ofuscado.
Me detuve. ¿Se refería a mi novela? No podía creerlo.
- Mire Filomeno, acá usted está criticando al estado. No se puede. Esto no saldrá impreso, está fuera de toda discusión. Para que no se olvide, hagamos lo siguiente... - tomó el mouse, marcó varios párrafos y oprimió Delete.
Grité. Fue el "no" más fuerte que jamás había dicho. Locorso guardó los cambios y siguió leyendo, como si nada.
Me agarraba la cabeza, sentía la impotencia ganándome. Busqué a tientas algo con que pegarle a ese tipo. Había un paraguas encima de una pila de libros. Lo agarré con firmeza, como si fuera una espada. Pero él habló de nuevo.
- ¿Y ésto? Es una barbaridad Filomeno. ¿Piensa que puede meterle esto a la gente en la cabeza? No me subestime por favor.
Ante mis ojos borró todo un capítulo.
Agité el paraguas en el aire y lo lancé hacia la cabeza del extraño visitante. Estaba seguro que le rompería el cráneo por la fuerza que llevaba. Pero el paraguas atravesó el aire y golpeó el respaldo de la silla. Miré hacia ambos lados. ¿Dónde se había metido?
-Veamos - escuché su voz provenir de atrás del escritorio - En el tercer capítulo están de más los últimos cinco párrafos. Muy tendenciosos.
Quedé atónito. El archivo de texto se marcó solo y se borró sin que Locorso estuviera sentado al frente de la máquina.
- Y en esta parte del quinto capítulo, esta que le subrayo - varias oraciones aparecieron de repente resaltadas en amarillo - lo que dice está fuera de lugar, así que no me queda más remedio que suprimirla.
Corrí hacia Locorso, pero cuando llegué ya no estaba. Al girar lo vi de nuevo en la silla. Miraba de cerca la pantalla y su rostro se fruncía en gesto de reprobación.
- Sinceramente Filomeno, mirando bien, no creo que nada de esto valga la pena. No le haga perder tiempo a los lectores. Borremos todo.
Para cuando me abalancé encima de él, ya era tarde. La silla estaba vacía y el archivo había sido suprimido de la computadora. Busqué por todas partes a uno y a otro, pero no encontré en la casa a Locorso y en ningún pendrive o carpeta de backup al archivo de la novela. Grité fuerte, tan fuerte, que desperté a mi mujer.
Puso una mano sobre mi hombro y me zamarreó.
- Filomeno ¿estás bien?
Desperté muy confundido, envuelto en el espanto. Fui comprendiendo de a poco que todo había sido una pesadilla. Ella me calmaba pero no era suficiente, tenía un pálpito extraño. No atiné a cambiarme, ni nada. Salí de la cama semi desnudo y corrí al estudio. La computadora estaba prendida.
Me senté lentamente en la silla y me coloqué los anteojos que estaban al lado del mouse. Miré la pantalla y busqué el archivo. Allí estaba, donde siempre. Le hice doble click y se abrió. Estaba completo, tal como lo había dejado antes de acostarme. Suspiré aliviado.
Volví a la habitación relajado, con el corazón mucho más tranquilo. Al entrar el estupor volvió a invadirme. Mi mujer estaba desnuda leyendo el diario, sentada sobre las piernas de Augusto Locorso que le pasaba crema en la espalda.
- Hubiese sido muy fácil si todo era un sueño, Filomeno. Y ahora salga de la habitación, que lo que viene a continuación con su esposa, no puedo permitir que salga publicado.

28 de agosto de 2012

Tasador

Era inútil, por más que lo intentara no podía apartar su oficio de las cosas cotidianas. Y ese, era un problema difícil de sobrellevar, porque no era un docente o un filósofo, ni un médico o escritor.
Si la panadera cortaba una porción de torta, tal como le solicitaba día por medio, probablemente no coincidía con el precio que le daba.
- Cuarenta y cinco pesos, Ricardo.
- Analía, esa porción se la taso en treinta. Ni un peso más.
- Cuarenta y cinco, y cinco de pan, cincuenta. Pague y déjese de embromar Ricardo.
Y así, Ricardo, el tasador, pagaba y se retiraba con un sabor amargo, porque sentía que tenía razón.
Incluso la relación con su esposa se había visto empañada por la insistencia de él en hacer pesar su oficio en cada conversación.
- ¿Te gusta este nuevo peinado, Ricardo? ¿No me hace más joven?
- Te doy cuarenta y ocho años.
- ¡Pero tengo cuarenta y tres!
Era común entonces verlo salir a la vereda cubriéndose la cabeza, mientras volaba algún que otro elemento por el aire, proveniente del interior de la vivienda. Luego se escuchaba el portazo, que dejaba a Ricardo afuera, con aire de solitario y pinta de exiliado.
A veces esperaba que a su mujer se le fuera el enfado, sentado en la plaza. Allí solía conversar con algunos jubilados o con Jacinto el pochoclero.
- ¿Y? ¿Qué dice Ricardo? ¿Qué me dice de la selección de fútbol, cómo la ve para el próximo partido?
- Dos goles abajo, Jacinto.
- ¡Pero vienen todas las figuras y jugamos contra el peor de las eliminatorias!
- Dos goles abajo.
Evaristo, su amigo psicólogo, le dijo una tarde que el problema suyo no era querer darle un valor a todo, sino ser tan negativo.
- Tu apreciación es para cuatro puntos, Evaristo.
- No ves lo que te digo Ricardo, tenés una visión muy pesimista de todo.
- Cuatro, pero tirando a tres diría.
Una noche, mientras calculaba desde su cama el valor de cada estrella, según su brillo y tamaño, lo visitó la muerte.
- Ricardo, vengo a llevarte. ¿Algo que decir sobre tu vida?
- La verdad, no tuve tiempo para valorarla.
- Me imagino, siempre tasando cosas ajenas, relegando lo propio.
- No, jamás tuve interés y por eso no le brindé el tiempo necesario.
- Y si lo tuvieras, si ahora mismo te diera la oportunidad de volver a vivir tu vida, ¿podrías valorarla?
- ¿A cambio de qué?
- De tu alma.
- Mi alma al menos la taso en dos vidas.
- Negociemos Ricardo, puedo llevarte ahora mismo o a cambio de tu alma concederte una nueva oportunidad.
- Está bien. Te doy mi alma y vivo desde el principio otra vez toda mi vida.
- Exacto.
Ricardo volvió a nacer y creció sin alma. Su visión de la vida no distaba demasiado de la anterior experiencia. Y al momento de elegir su oficio, nuevamente se inclinó por la de tasador. Repitió sus mismos pasos y reiteró con exactitud cada paso de su primera oportunidad en el mundo.
El día que volvió a encontrarse con la muerte, ésta le preguntó por qué no había aprovechado la posibilidad que le había dado.
- ¿Qué posibilidad? - preguntó Ricardo.
- ¡La chance que tuvo de vivir de nuevo su vida! ¡Hizo todo como antes, tal cual!
- ¿Debía cambiar algo?
- Era la idea.
- Pensé que solo debía valorarla.
- Claro hombre, justamente. ¿Estaba conforme con tu vida anterior?
- Si
- Pero... me dijo que no tenía interés, que no había  tenido tiempo para valorarla.
- Bueno, ahora lo hice.
- Bien y que me puede decir entonces de su vida.
- Que no pude encontrar diferencia alguna entre tener alma y no tenerla. Supongo que es culpa de los números, tan fríos y precisos. Tuve una vida de siete puntos sobre diez.
- ¿Eso lo deja conforme? Bien, entonces es hora de llevarlo.
- En cambio - agregó Ricardo - su forma de obrar no pasa de un tres sobre diez.
- ¿Por qué tan bajo? - preguntó ofuscada la muerte.
-  Mucho preámbulo, no cumple de inmediato con su función, hace negocios poco entendibles y se quiere hacer la misteriosa apareciendo cuando nadie la espera y sin embargo uno la aguarda desde que nace.
La muerte se fastidió con Ricardo. Aquellas palabras la habían herido.
- Una le da otra oportunidad y así le pagan - se quejó - Ahora, como castigo, seguirás viviendo varios años más, hasta que me digne a volver.
Desapareció por la ventana que daba al patio. Ricardo retomó el cálculo del valor de las estrellas. A su lado su esposa roncaba plácidamente. Tasó la Cruz del Sur en una cifra astronómica, nadie en el planeta podría comprarla. Luego lo venció el cansancio y se durmió. Soñó que la muerte volvía y le quería devolver el alma.
- Ya no la quiero - le decía él - Sin alma, pocas cosas me lastiman. Aunque podríamos hacer un trato. Yo la acepto a cambio de que usted le ponga precio y valor a todas las cosas de la existencia.
En el sueño la muerte aceptaba y ponía en marcha una misión infinita. Ricardo se despertó riendo. Su mujer lo miró con bronca, malhumorada porque temía desvelarse. Él en cambio volvió a dormirse sin demasiadas vueltas, con la muerte tasando el universo, nadie moriría por largo rato. A eso le daba un diez. Aunque se tratase solo de un sueño.



25 de agosto de 2012

El chiflete

Mierda que hacía frío en la casa de la tía Elisa. Podía escuchar como le castañeaban los dientes a sus hermanos en aquella habitación de paredes celestes y techo muy alto. Pero lo peor no era eso, sino que tenía ganas de ir a mear.
Era una casa antigua, y parece que antes no gustaban de hacer el baño dentro, sino que preferían hacerlo aparte, en el patio. Por la ventana podía verlo. Una especie de cuartito, a cinco metros de la puerta trasera. En cualquier situación aquello no le habría preocupado, pero con seguridad estaba cayendo una helada.
Si intentaba dormirse, podía terminar todo mojado. Ya se imaginaba a sus hermanos riendo y a su tía castigándolo todo el día sin permitirle jugar. Tenía que ir.
Se puso las zapatillas para abrigar sus pies, aunque optó por no ponerse el pantalón. Al verse en el espejo, de zapatillas y calzoncillos, le dieron ganas de reír. Error. Aquello apuró la gestión de la orina por querer escapar de su cuerpo. Salió presuroso al pasillo, olvidándose de colocarse alguna campera o lo que sea para un mayor cobijo.
Abrió la puerta que daba al patio y el chiflete le penetró hasta el alma. Estaba seguro que si se meaba encima, el líquido no alcanzaría a mojarlo, porque se congelaría en el instante. Corrió hacia el baño y entró en pánico cuando al llegar a la puerta notó que no podía abrirla. Pensó que estaría cerrada con llave, que no llegaría hacer a tiempo de volver a la casa y buscarla. Pero, entonces, comprendió que estaba girando el pomo para el lado equivocado.
La puerta cedió con un sonido oxidado. El baño estaba frío y por el vidrio roto de una de las ventanas entraba un cihiflete aún peor del que lo había recibido cuando se asomó al patio. Estaba temblando de frío. Quería mear, pero temblaba tanto que no podía ni bajarse el calzoncillos.
Se iba a hacer encima, estaba seguro. La tapa del inodoro estaba baja. La quiso levantar, sin embargo el frío la había sellado.
- No puede ser - quiso decir, pero le salió un sonido gutural, muy difícil de describir. Los labios, morados, apenas si podían moverse. No tenía dominio sobre los mismos.
Su razón estaba confundida, daba órdenes pero el cuerpo no respondía. Las imágenes mentales parecían cubrirse de un manto blanco, como de escarcha. Y alrededor, el baño daba la sensación de estar cada vez más lejano. Ya no se movía, ni siquiera sentía la necesidad de orinar. También los sonidos remitían. Incluso el frío.
Lo encontraron sus hermanos, bien temprano. Una estatua de hielo, casi perfecta. Muy real, se dijeron.
A media mañana comenzó la búsqueda en el pueblo del niño desaparecido. Los diarios hablaban al otro día del raptor artista, que había dejado en lugar de la víctima, una figura que lo representaba hecha en hielo.
Con el correr de las horas, ésta se derritió.
En vano, todos siguieron buscando al niño.

22 de agosto de 2012

Adicto

Solo un poco más, se dijo, pero cuando observó el reloj habían pasado cinco horas. Se asustó. Apagó de inmediato la computadora y se acostó. Quería dormirse, pero no podía. ¿Cómo es que se había quedado tanto tiempo levantado? En menos de tres horas tendría que estar saliendo a trabajar y sin embargo aún no había podido descansar.
Lo logró, pero por muy poco tiempo. Se despertó entumecido, con dolor de cabeza. El sol se filtraba por la persiana, como burlándose de su cansancio. Volvió a maldecir su estúpida idea de quedarse hasta tan tarde delante de la pantalla de su máquina.
Aún seguía sin entender como se había dejado llevar por el momento, sin percatarse de la hora. Le costó bastante permanecer despierto en el trabajo. Salió malhumorado, con ganas de llegar a su casa y arrojarse sobre la cama. Pero sabía que era imposible, su agenda estaba repleta de mandados para la tarde.
Regresó con la noche ya avanzada. Se cocinó algo rápido y encendió la computadora para chequear el correo electrónico antes de acostarse. Ya se había puesto cómodo, con la ropa que utilizaba para dormir y las alpargatas que le había regalado su novia para el cumpleaños.
Mientras miraba los mails, abrió en otra ventana un juego online de estrategia. Respondió unos cuantos, escribió otros, eliminó algunos que eran publicidad, guardó en carpetas aquellos que sabía podría llegar a necesitar en otro momento y de vez en cuando, alternaba con la otra ventana del navegador y clickeaba aquí y allá, según la necesidad del juego.
Terminó con los correos y llevó el mouse a la esquina superior del lado derecho, para cerrar la aplicación. Solo un poco más, se dijo y puso su atención en el juego. Cuando miró el reloj, habían pasado cuatro horas. Sobesaltado apagó la computadora y corrió a acostarse. Mientras apagaba la luz y se acomodaba debajo de las sábanas, pensaba que no podía ser que le ocurriera otra vez lo mismo.
Durmió apurado y con pesadillas: estaba en un lugar muy oscuro y debía salir corriendo, pues habían comenzado a bombardearlo, pero no podía, por alguna razón delante de él había una computadora y en la pantalla estaba el juego de estrategia que tanto le fascinaba, entonces se acomodó y se puso a jugar, mientras las bombas caían cada vez más cerca...
Despertó temblando. Aquel bombardeo había sido demasiado realidad, hasta podía jurar que aún sentía el suelo moverse tras la última explosión. Algo debía hacer, ese juego lo estaba traumando.
En el trabajo consultó si había alguna forma de bloquearlo. Un compañero le sugirió la forma de hacerlo. No dudó en tomar notas. Llegó a su casa pensando solamente en hacer paso a paso lo que decían sus anotaciones.
Tomó el papel y leyó lo que había anotado. Luego volvió al primer punto e inició el proceso. Primero debía abrir el navegador. Luego, abrir la dirección web del juego. Luego... solo un poco y después lo bloqueo, se dijo. Cuando se percató ya era medianoche. No había hecho las compras, ni comido, ni bañado... nada, solo había estado delante de la computadora, con el juego de estrategia.
No podía creerlo, no entraba en su cabeza. Jamás había sido adicto a nada y ahora... debía hacer algo, urgente. El no podría bloquearlo, porque abriría la web otra vez y quedaría enganchado como le había pasado. Buscó su celular y sin detenerse por el horario, llamó a su compañero del trabajo. Le suplicó que por favor lo ayudara, que si era necesario le pagaba el taxi, pero que por favor se llegara para bloquearle la página.
- ¿Vos estás bien? - le preguntó con un tono entre sarcástico y enfurecido desde el otro lado de la línea.
Volvió a insistir que era urgente, que le pagaba el taxi. Su compañero le dijo que no era necesario y de mala gana le anunció que ya salía en el auto.
A los veinte minutos estaba delante de la computadora.
- Bien ¿qué página hay que bloquear?
Le enseñó cual era.
- ¿Un juego? ¿De qué se trata?
No quería explicarle, solo deseaba que la bloqueara y punto. No quería, pero lo hizo. Le comentó lo maravilloso que era, lo emocionante de ser un estratega, las ventajas de expandir sus imperios, la posibilidad de interactuar con otra gente... y a los pocos minutos estaban jugando.
Los despabiló el teléfono celular, cinco horas después. Era la mujer de su compañero. Gritaba como histérica preguntádole que estaba haciendo que no regresaba. No supo que contestar, no tenía noción del tiempo. Le pidió perdón y le prometió que salía para la casa.
Se miraron, sin comprender muy bien que había pasado, cómo era posible que ya fuera tan tarde.
- Bueno, se hizo tarde, me mata mi mujer si no salgo ya, vuelvo mañana y la bloqueo ¿te parece bien?
- Si, dale. La puerta está abierta. Mientras voy apagando, así me acuesto.
Se saludaron. A los pocos segundos sintió el motor del coche de su compañero ponerse en marcha para luego partir. Miró la pantalla y amagó a cerrar todo. Pero aquello fue más fuerte. Solo un poco más, se dijo.

19 de agosto de 2012

La presencia

Soñaba todas las noches que una presencia se acercaba a su cama y se le sentaba al lado. Despertaba sobresaltado, temiendo que al abrir los ojos, aquella cosa estuviera ahí.
Pensó que podía ser la habitación, que algo le ocurriera al lugar. Durmió en el sillón del living y le sucedió exactamente lo mismo. Esta vez no se sentaba al lado, sino que se apoyaba en el respaldo.
El miedo lo llevó a no poder cerrar los ojos y temblando en la oscuridad sucumbió al espanto. Por la puerta ingresó esa sombra para internarse en su alma y nunca más salir.

16 de agosto de 2012

Arnulfo y Etelvina

Etelvina tenía una compulsión por hacer crucigramas. Era tal su adicción que tenía por costumbre contar las letras de cada palabra y dar a conocer ese dato en conversaciones que poco tenían que ver con su pasatiempo, además de expresarse según las definiciones que habitualmente leía para resolver los mismos.
- Margarita, me alcanzás la vasija pequeña, de loza o de metal y con asa, empleada generalmente para tomar líquidos. Cuatro letras. Vertical, que si no se vuelca.
Sus amigas le habían perdido la paciencia rápidamente. Quizá quince o veinte años que lo hicieran sus hijas. Pero el pobre de Arnulfo, que ya tenía el cielo ganado según palabras de los familiares, aún seguía escuchando a su (para todos los demás) insoportable esposa.
Había aprendido que la forma de sobrellevar mejor las cosas, era proveerle material para que se entretuviera. Por eso, le compraba entre cinco o seis revistas de crucigramas por día. Muchas veces se hacía largos viajes hasta librerías que vendían publicaciones usadas y compraba ediciones de larga data, que seguramente ya había comprado uno, dos o tres veces, pero que servían para que ella se pusiera a hacerlos. Lo bueno, se decía, era que por suerte resultaba imposible que se acordara si había completado la revista con anterioridad.
- Arnulfo, vale la pena decirlo de nuevo, tengo hacia vos un sentimiento que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear. Cuatro letras. En la cama, horizontal.
- Me amás, ¿eso querés decir?
- Si
- Yo también vieja, yo también.
La paciencia de Arnulfo podía medirse en años luz. Por eso fue la persona que además sintió con mayor dolor y pena la muerte de Etelvina. También, fue el único que estaba con ella cuando sucedió el fatal accidente. Aún hoy, se reprocha su accionar.
- Querida ¿otra empanada?
Etelvina lo miró, rojas sus  facciones y con mucho esfuerzo, le dijo:
- Arnulfo, ocho letras, vertical, el fruto del olivo me produce, siete letras, horizontal, suspensión o dificultad en la respiración, creo que me, nueve letras, vertical, ahogo por detenerse algo en la garganta y me, cinco letras, horizontal permanente, llego al término de mi vida.
Acostumbrado a trazar una cuadrícula mental para descifrar a su mujer, el pobre de Arnulfo no pudo completar las pistas a tiempo y vio, con angustia, como ella caía desplomada hacia atrás en la silla.
La enterró junto a muchas de sus revistas y en la lápida las palabras Querida y esposa se cruzaban como en un crucigrama.
Sueña despierto, que en alguna intersección de la vida, Arnulfo y Etelvina, volverán a juntarse.

13 de agosto de 2012

A un kilómetro

El hombre cambiaba la rueda de su vehículo sobre un camino poco transitado. La última ciudad que había dejado atrás había sido cinco horas antes y ya ni recordaba el nombre. La llave cruz dio el último ajuste y se puso de pie. Le dolía la espalda por el esfuerzo y haber estado en esa posición tanto tiempo.
Habían sido minutos, pero debido a su exceso de peso, le habían parecido siglos. Se limpió las manos en los pantalones, previendo ya los reproches de su mujer cuando los viera.
- Si me dice algo, la mando a cagar. Hubiese cambiado ella la goma - le dijo a nadie en particular.
Se subió al coche y cuando lo estaba por poner en marcha, se percató del cartel que estaba unos cien metros adelante. Se apeó del vehículo y se acercó unos pasos, para asegurarse que estaba leyendo bien.
"Tu muerte está a solo 1 km de aquí" rezaba la señalización vial, sobre fondo verde y letras enormes blancas.
Torció la boca en una mueca, pero no supo discernir si era de gracia o de miedo.
- ¿Qué carajos?
Le pareció escuchar su voz repetirse en el aire, una y cien veces. No había colinas, ni cerros, ni sierras y mucho menos montanas que pudiesen haber ocasionado un eco. Giró en redondo buscando figuras extrañas que le estuvieran jugando una broma. Chicos de la zona, adolescentes sin otra cosa mejor que hacer o incluso, algún paisano chambón con tiempo al cuete.
Pero nada. El lugar sorprendía por su calma. De un lado el camino por el que venía, a los lados el interminable campo de la llanura argentina y delante, la continuidad de la ruta y aquel letrero hecho por algún imberbe.
Se amonestó mentalmente, porque consideró que estaba haciendo conjeturas propias de alguien que no tiene ni dos dedos de frente. Y el era todo un ingeniero, que si bien no ejercía, al menos había llevado el título a la pared de su casa. Podía tratarse de un bar u otro tipo de lugar llamado "Tu muerte".
El hombre sabía al mismo tiempo que se estaba engañando. Volvió al coche y hurgó en la guantera. Sabía que en alguna parte había un mapa. Estaba intacto dentro de una bolsa de nylon. La misma con la que lo había comprado. No lo había usado nunca.
- Para qué, si me conozco todos los caminos - afirmó sin esperar respuesta de nadie.
Lo desplegó sobre el asiento del acompañante y tardó varios minutos en ubicar donde estaba. Calculó el tiempo que había tardado en cambiar la goma, el paso por la última ciudad y con el dedo fue trazando un recorrido imaginario sobre la línea de la ruta que transitaba. Estaba en medio de ninguna parte. Según sus cálculos le faltaba bastante para llegar al poblado más próximo. Y en ninguna parte figuraba algo llamado (aunque sea parecido) a "Tu muerte".
Su mujer solía decirle que no debía andar por caminos alternativos, que debía utilizar las rutas más conocidas. No entendía que para él manejar era un placer y que parte del encanto estaba por recorrer hasta el último kilómetro de ruta existente. Al menos a su alcance, por supuesto.
Volver hasta la ciudad anterior le demandaría lo que quedaba de sol. Tendría que quedarse a descansar en ese pueblo y la día le disgustaba. Prefería seguir adelante y en tres horas llegar al pueblo donde debía dejar la encomienda.
Maldijo el día que había aceptado ese envío en particular. Justamente había dicho que si porque no era su zona y le parecía interesante hacer el viaje.
- Interesante y la concha del mono - farfulló entre dientes, mientras prendía un cigarrillo.
Encendió el motor y aceleró de a poco, con temor. Un kilómetro era rápido de alcanzar. Pisó el freno. El coche se detuvo en el camino. El sol pegaba sobre el capó y lanzaba destellos apagados hacia el vidrio. Volvió a poner en marcha el auto y pegó un volantazo hacia la derecha girándolo por completo hasta apuntar hacia donde había venido.
- Qué se cague el infeliz ese, el paquete se lo entregará mengueche. Ya es muy tarde como para seguir perdiendo el tiempo. Me vuelvo directo para casa y a la mierda.
Emprendió el viaje de regreso, por donde había venido. Para su sorpresa, tras recorrer cien metros encontró un nuevo cartel. "Si usted no va a su Muerte, ella vendrá por usted". Y por primera vez en horas, dejó de hablarle a nadie en particular.

10 de agosto de 2012

El excéntrico tío Gaspar

El anecdotario familiar ubicaba al tío Gaspar como un personaje excéntrico, más bien huraño. Pero al mismo tiempo, era el que más se disponía para ayudar a otros económicamente. Claro que existía una razón, que era recíproca con su forma de vivir. Odiaba que todo integrante de la familia se le acercara, por lo que prefería darle dinero para que regresara de donde hubiese venido a tener que soportarlo por unos días en su mansión en las afueras de la ciudad.
Vivienda ostentosa que quedaba sobre un camino que debido a la falta de mantenimiento, era casi intransitable. El municipio no tenía necesidad de repararlo, dado que la única persona que vivía por esa zona era el tío Gaspar. Cuentan algunos que fue adquiriendo las propiedades cercanas y echando a la gente, para no tener que lidiar con vecinos. Esa soledad le garantizaba a su vez la tranquilidad que no arrgelarían el camino ni tampoco se acercarían con otras obras "mundanas" y "corrosivas", tal como las denominaba.
La historia de Gaspar se remonta a muchos años en el tiempo, pero lo que más le interesaba al seno familiar en las reuniones donde salía el tema, era sobre el momento en que heredó la fortuna de sus padres, los condes Alicia y Gilberto. Eran parientes lejanos que supieron de sus primos en el preciso instante que en Europa estallaba la guerra. No dudaron en venir y traer todo su dinero. Aquí compraron tierras y prosperaron.
Su único hijo, Gaspar, nació cuando ellos ya eran grandes. Apenas si pudieron cuidarlo y criarlo. A los pocos años lo llevaron a un internado y mientras el cursaba la primaria, murieron intoxicados luego de una gran cena que habían dado para conmemorar un nuevo aniversario de su llegada al país.
Podría hacerse un paréntesis aquí y hacer mención de la tragedia del joven Gaspar, pero no fue así. A Gaspar la noticia, como vulgarmente se dice, no le fue ni le vino. Apenas si tenía trato con ellos. Pero si, al enterarse que había heredado semejante fortuna, pidió a los abogados de sus padres que lo sacaran del internado y lo regresaran a la mansión y que si fuese necesario, le contrataran maestras particulares para terminar sus estudos.
El dinero lo permitió y así fue que Gaspar, lejos del ruido de otros compañeros, se internó en el silencio de la enorme mansión, ahora suya, con la única presencia de la servidumbre, a la que con el tiempo fue reduciendo en número, siempre con la excusa de sentirse con demasiada compañía alrededor.
Me decidí a visitarlo antes de ingresar a la universidad. Debo confesar que si bien mi mayor deseo era recibir alguna suma de dinero para poder así afrontar la carrera que tenía en mente cursar, también guardaba con recelo el anhelo de conocer al fin a esa persona tan nombrada y criticada en las reuniones donde la familia se juntaba para celebrar un cumpleaños, un agasajo o las fiestas de Navidad y año nuevo.
El camino estaba más deteriorado de lo que imaginaba y debí caminar los últimos tres kilómetros, porque el taxi no podía llegar más lejos. Llevaba un bolso de mano con muy poca ropa, conciente que mi estadía sería de horas. En la medida que me acercaba cobraba vida ante mis ojos un paisaje maravilloso, desprovisto de cualquier tipo de avance tecnológico. La naturaleza parecía haberse apoderado de todo, incluso, de los cimientos derruidos de viejas casas, que sin lugar a dudas habían sido demolidas tras haber sido vendidas por sus originales dueños.
La leyenda, de pronto, comenzaba a tener un sentido real en mi mente. Las palabras se iban convirtiendo en una experiencia in situ. Y muy lejos, la única propiedad de pie, se erigía como un gigante sobre la pradera, dejando a merced del cielo y mi fascinación todo despojo de soberbia que despedía sin disimulo, desde donde se la mirara.
Me fui acercando sin permitirme desviar la vista. La contemplación de aquel lugar, de aquella majestuosa mansión, era un espectáculo en si mismo. Pero advertí, contra mi voluntad, que aquello no dejaba de ser una ilusión, que pronto el tío Gaspar, al que conocía finalmente, me haría pasar a su interior para luego mandarme por el mismo camino que había llegado, con la promesa de nunca más volver y algún que otro dinero en el bolsillo.
Llegué hasta la entrada. Una puerta de hierro, demasiada alta como para treparla, me impedía el paso. Observé que si seguía caminando por el perímetro, podía pasar entre unos setos muy grandes. No perdí el tiempo y en breve estuve delante de la escalinatas de la mansión. Esperé ahí mismo, confiado que alguien me había visto caminar hasta allí. Al cabo de unos minutos, avancé temeroso por la escalinata y golpee en la puerta con enorme fuerza.
No hubo respuestas. Me asomé por las ventanas y para mi sorpresa, los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas. Una voz me sobresaltó y giré en redondo, cayendo como un imbécil al suelo.
Me observaba una mujer madura, de cuerpo firme y robusto, con una palangana entre los brazos.
- ¿Qué anda buscando? Esto es propiedad privada.
Las palabras no querían salir, al menos en los dos primeros intentos. Luego pude y contesté:
- Lo sé, busco al tío Gaspar. Soy Horacio, hijo de su prima Margarita. Venía a conocerlo, me han hablado tanto de él...
- Si, claro. Seguro que si. ¿Y que te daría dinero y te irías de aquí feliz? Pues si, puede que en otros tiempos. Ya no más. Gaspar murió, hace dos años. Ahora quedamos nosotros, los pocos sobrevivientes de la servidumbre. Y la casa nos pertenece, pagamos los impuestos y hemos hecho nuevas reglas. La primera es, nada de parientes.
- No puedo creer que haya muerto. No supimos nada...
- Pues creélo. Y si no se enteraron es que solo venían cuando necesitaban dinero. Ya nos estábamos preguntando a quién más conoceríamos. Ahora vete y no vuelvas nunca más.
- ¿Pero... hubo herencia, algo? Es decir, ¿quién les dio la casa?
- ¡Que te vayas he dicho! Tenemos armas aquí. Te irás por las buenas o las malas.
Había algo en sus ojos que me convenció, supe que debía irme. Ese fulgor en su mirada, los dientes rechinando... temí, temí por mi vida. Emprendí el regreso, bajo la atenta mirada de esa mujer. Solo volví la vista una vez, para hacerla la última pregunta.
- ¿De qué murió?
- Cianuro. Del mismo frasco que hizo usar setenta años, con sus padres. El mismo que mi madre me legó antes de morir.

7 de agosto de 2012

El hombre circo

Sus padres sabían que iba a ser artista de circo desde que le vieron hacer las primeras morisquetas mientras les cambiaban los pañales. Al año ya sabía dar un doble salto mortal desde la cuna hasta el suelo. A los tres, hacía malabares con clavas y pelotas como si fuera un experto.
A los cuatro años se despidió de ellos, para unirse al Gran Circo Mágico de Arturo, que justo pasaba por la ciudad. Facundo, así era su nombre, se convirtió en la estrella más joven y prometedora de la compañía.
Arturo, el dueño del circo, le puso como nombre artístico "Le Gigant Baby". Le sentó bien los primeros años, luego, al ir creciendo, parecía un chiste. De todas maneras, lo seguían conociendo de esa forma.
El aprendizaje parecía no tener fin para Facundo. A los diez años era trapecista, malabarista, contorsionista, domador y hasta payaso. Su protagonismo crecía al mismo tiempo que el Gran Circo Mágico se hacía famoso, principalmente por su atractivo. Para cuando cumplió los catorce, el circo había sido rebautizado, y junto al "Arturo" figuraba en todos los carteles "y Le Gigant Baby".
Diez años habían transcurrido desde aquel adiós a sus padres. Las coincidencias, si es que existen, lo llevaron una década después, de regreso a su ciudad. En la primera función creyó ver a su mamá y a su papá en primera fila. No estaba seguro, jamás los había vuelto a ver, no sabía como podíar ser sus rostros con más años encima. Ni siquiera habían intercambio de cartas ni nada por el estilo. Se había ensimismado con el mundo del circo y ninguna otra cosa parecía tener sentido para él.
Pero esos rostros que aún perduraban grabados en su memoria, aunque cada vez más desdibujados, aparecieron fantasmales ante sus ojos, cuando desde lo alto se lanzaba a una minúscula pileta inflable, vestido pies a cabeza como payaso.
Salió del agua sonriendo, y al mismo tiempo preocupado, mirando hacia donde creyó haberlos visto. Barrió con su mirada la hilera de butacas, comprobando que no conocía a nadie. En cada una de sus salidas a la pista, miraba para ese lado. La luz era tenue y apenas si dejaba identificar algunos rostros. Supo que no estaba luciéndose ante el público, que de todas maneras lo aplaudía a rabiar. ¿Sabría alguno de los presentes que él era de esa ciudad? Lo dudaba.
La función terminó entre vitores y palmas batiendo. Todos los artistas saludaron y se retiraron a sus carpas. Facundo volvió más tarde a la pista, aún con el traje de trapecista puesto. El lugar estaba a oscuras y en silencio. Se sentó en el mismo sitio donde creyó haber visto a sus padres. Se sentía enfermo, mal, angustiado. Se sentía en deuda, culpable.
Corrió en la noche, apelando a la memoria. Poco sabía de las calles de esa ciudad, como en realidad, poco sabía del mundo fuera del circo. Corrió hacia donde le indicaba el instinto, la memoria primigenia. Divisó contornos familiares y una casita blanca, al fondo de una calle. Las luces estaban encendidas y la puerta abierta.
Se estremeció al cruzar el umbral y ver a sus padres, alrededor de una cuna, aplaudiendo con ganas al bebé que entre risas, daba volteretas sobre su propio cuerpo.
- ¡Papá! ¡Mamá! - llamó.
Arturo lo sacudió con cuidado, asustado.
- Facundo ¿estás bien? Escuché llorar un bebé y vine para acá, pero estabas solo, dormido en esta butaca, con lágrimas en los ojos.
El joven le dijo que si y se puso de pie. Un bebé. El aún era un bebé. Un bebé gigante, que no recordaba el momento de haber crecido. Podría salir corriendo como en su sueño, buscar la casita blanca. Pero ya no pertenecía a ese recuerdo, como sus padres habían entendido en aquel entonces, que él no les pertenecía a ellos, sino al circo.
Y en un acto de justicia, se fue a su carpa a dormir.

4 de agosto de 2012

El puestito de la esquina

El hombre tenía un puestito de choripanes en la esquina de la cancha. Trabajaba muy bien cada domingo, porque los dos clubes de la ciudad jugaban allí y se alternaban la localía. Salvo los meses de verano y un par de fines de semana en el invierno, cuando no había fútbol, el humo de las brasas se alzaba como un fantasma cada tarde.
Pocos podían precisar con exactitud desde cuando el hombre montaba su puesto antes del mediodía, con esa parsimonia ya por todos conocida. Se iba cuando caía la tarde, desprovisto totalmente de su mercadería y a cambio, con los bolsillos gruesos. Su presencia era una postal, un latiguillo de los días domingos.
Era de poco hablar, le bastaba con dar los precios y saludar al cliente cuando se iba. Algunas veces se le han quedado al lado muchachos que hacían tiempo, esperando la llegada de otros para entrar a la cancha, y juran que por más temas que le sacaran, apenas si contestaba con monosílabos.
De todas maneras, quien se acercaba al puestito no era para dialogar, sino para comprarse un choripán. Le salían sabrosos, en parte porque el chorizo era muy bueno. El gusto picantón quedaba bailoteando en el palador, largos minutos después de haber sido devorado.
También fracasaron los que intentaron alguna vez sacarle el dato sobre la procedencia del embutido. Ni siquiera la calle de la carnicería, nada. Con los años algunos aventuraron que eran caseros, que el propio hombre era el que faenaba en su casa y luego los vendía en el puestito, con pan y adherezos.
Pero el interés llegaba hasta ahí, porque nadie jamás se dignó aunque sea de seguirlo, como para poder matar la curiosidad. Y entonces, el domingo que el hombre no apareció a la hora de siempre, los habituales concurrentes a la cancha y también vecinos de la zona, se vieron preocupados.
- ¿Le habrá pasado algo? - preguntaba Clotilde, la esposa del boletero, mientras barría la vereda que daba al frente de la cancha.
- ¿Había faltado alguna vez? - quiso saber Euclides, su vecina.
Sabían que no, mientras hubo partidos, el hombre nunca había dejado de asistir con su puestito de choripanes.
Se acercaron a preguntar incluso integrantes de los planteles, directivos y hasta la terna arbitral. Pero los hinchas que iban entrando, la policía que custodiaba la calle y los vecinos, no sabían que respuesta dar, ni siquiera a ellos mismos.
- ¿Nadie sabe donde vive? - preguntó alguien a la pasada.
El silencio fue la única respuesta, más allá de un intento de protagonismo de alguno, que amagó con un "yo lo vi una vez doblar la otra esquina", conciente que con eso no aportaba nada, para luego quedarse callado.
No había humo en el aire, ni olor a chorizo asado. Fue extraña esa tarde, como de velorio. Cuando los equipos entraron a la cancha, las hinchadas se olvidaron de los papelitos. Los jugadores incluso, miraban el terreno de juego y pateaban con bronca las pocas matas de pasto que sobrevivían al invierno.
El árbitro se adhirió a la tristeza generalizada y pidió un minuto de silencio que fue cumplido con extremo rigor. Ni siquiera los pájaros piaron en los árboles adyacentes a la cancha. Cuando el juez pitó para que se iniciara el cotejo, el silencio era tal que el sonido del balón al ser impactado con suavidad hacia delante resonó en el aire, como si hubiesen hecho un disparo.
La tarde transcurrió gris, angustiada y el resultado fue solo una anécdota.

1 de agosto de 2012

Las teorías de Yos

El único alumno que no aprobaría el año sería Yoselin. Sus profesores estaban tan seguros de eso, que ni siquiera se preocupaban en corregirle los exámenes.
Yos, como todos le decían, era alguien muy particular. Sus padres habían desistido de seguir acudiendo a la escuela ante cada llamado, porque consideraban que el chico no tenía remedio alguno.
No era problemático ni tampoco tenía problemas de aprendizaje, pero no estaba a la altura de sus compañeros. Es más, no le interesaba.
Cada mañana entraba al salón a horario y se sentaba en su asiento, a la par del resto. Pero luego, su atención de dispersaba hacia lugares distantes de aquella habitación, ignorando toda advertencia, reto o queja del profesor de turno, e incluso, de sus compañeros.
A veces miraba por la ventana durante horas y otras, tan solo enfocaba su vista en una hoja en blanco y allí la dejaba, hasta que el timbre de salida resonaba en los oídos del alumnado.
Las pocas veces que hablaba era para dejar perplejos a sus interlocutores. Muchas veces, con el fin de ponerlo en ridículo delante de la clase, algunos profesores se paraban delante de él y le preguntaban sobre lo que estaban hablando. Yos no solía responder, pero cuando lo hacía, era a la perfección, ampliaba el tema y siempre, en cada oportunidad, aportaba algo personal, su propia teoría sobre el tema que fuese.
Sus teorías, justamente, llamaban la atención. Solía pronunciarlas en esas situaciones o bien, en determinado momento se le acercaba a alguien que elegía al azar y le formulaba una de las tantas que tenía.
Las mismas abarcaban muchas temáticas, al menos eso corroboraron cuando empezaron a tomar nota sus propios compañeros, por lo visto, más interesados que los adultos en lo que decía Yos.
Algunas parecían inverosímiles, como la que postulaba que los ovnis no eran otra cosa que ideas fugaces que recorrían los cielos, buscando una mente en la que posarse. Otras causaban risa, como la que afirmaba que la mayoría de las personas peladas, salen a correr, debido a una necesidad inconciente de ventilar la zona calva. A un profesor le había dicho que la teoría heliocéntrica estaba equivocada, porque la visión humana aplicaba una óptica unidireccional no compatible con la idea de universo. Solía decir que los perros tienen clones, que cuando uno cree que un perro es parecido a otro, en realidad es el mismo, dado que la naturaleza tiene el poder de imitarlos exactamente.
Pero las teorías que más debate generaban eran las que tenían que ver con las conductas humanas. Decía que los profesores que se arremangaban las camisas, eran proclives a sufrir disfunciones eréctiles. Que aquellos que hacían anotaciones en los márgenes de los cuadernos, hojas o libros, escondían secretos inconfesables, mayormente relacionados a la homesexualidad. Que mirar mucho el piso era señal de poseer genes pedofílicos en el ADN. Que los que sonreían demasiado eran personas que decían lo que los demás querían escuchar y no lo que realmente pensaban. Que ir a misa era señal de no creer en uno mismo. Que escuchar conversaciones ajenas era propio de los que tenían sueños recurrentes en los que hacían el amor con integrantes de su propia familia de sangre.
Esas y decenas de otras teorías se han ido anotando en hojas sueltas, que luego se han recopilado y fotocopiado, siendo un material que recorre todas las aulas del colegio desde hace un tiempo. Los profesores saben que Yos seguirá en el curso, porque no desean tenerlo otro año a su cargo. No quieren que continue atormentándolos con sus teorías, muchas de las cuales, saben, solo son pronunciadas para resaltar este o aquel defecto sobre sus personas.
A Yos tampoco le importa demasiado la situación. Tiene la teoría que la escuela no educa, solo transmite conocimientos obsoletos. Al mismo tiempo, descree de sus propias experiencias y hasta, de muchas de sus teorías. Solo se aferra a un postulado, que sabe, jamás cambiará, por los siglos de los siglos. Es aquel que dice, con una seguridad irrefutable: solo sé, que no sé nada. Y su teoría al respecto es que aquel que piense lo contrario, tendría que tener al menos la soberbia de afirmarlo.
Aguarda la comprobación de su teoría en silencio, mirando el infinito, ese punto que no existe, suspendido en alguna parte, entre sus ojos y la nada misma.

29 de julio de 2012

Cuenta hackeada

Recibí el primer mensaje de texto cerca del mediodía. Debo confesar que aún estaba en la cama, pero a mi favor podría decir que era domingo y que había estado trabajando hasta tarde. Era corto pero conciso: "Te hackearon la cuenta".
Si bien no estaba dormido, el mensaje me desorientó. Lo enviaba un amigo muy cercano y no parecía tratarse de una broma. Mi primera reacción fue repasar cuáles eran mis cuentas. Pensé en las cuentas del banco, en la caja de ahorro, en la cuenta corriente, pero supuse que mi amigo, por más cercano que sea, tenía pocas posibilidades de enterarse si algo le había pasado a las mismas.
Se refería a una cuenta de mail o quizá la de twitter. O podía ser la de facebook. ¿Qué otras cuentas tenía? Me resultaba imposible enumerarlas, desconocía la cantidad exacta. Estaba registrado en foros, sitios de compras, portales, paneles de encuestas, casas de apuestas y mil etcéteras más.
Le contesté: "¿A qué cuenta te referís?". Los cinco minutos que transcurrieron desde que envié el mensaje hasta que el celular emitió el ringtone que me indicaba que había llegado la respuesta fueron eternos. Para entonces ya había comenzado a cambiarme. Algo de luz se filtraba por la persiana y los ladridos de los perros en el patio habían logrado despabilarme. Pero no podía mentirme, lo que realmente me había impulsado a ponerme de pie, colocarme los pantalones y calzarme, había sido el mensaje de mi amigo.
Miré la pantalla del celular y sentí que se me caía el alma al piso: "La del juego online".
Entré en pánico. Solo él sabía que jugaba en la computadora a ese juego. Corrí a encenderla. Mi esposa y los chicos habían viajado el fin de semana a casa de una tía. Por mi trabajo no había podido ir. Agradecía al destino, no hubiese podido conectarme estando allá, porque la tía no tenía conexión de internet.
El inicio de la máquina se me hizo eterno. Abrí con desesperación el navegador y entré a la web del juego. Mi amigo estaba en lo cierto, me habían cambiado la clave. Lo llamé.
- Cacho, no puedo creerlo, pongo la clave y nada. ¿Cómo carajo te diste cuenta?
- Porque están haciendo spam con tu dirección, promocionando el juego. Estás frito Alfredito. Por las dudas me di de baja, no vaya a ser cosa que me pase lo mismo.
- ¿En serio me lo decís? Me quiero morir. ¿Y a vos te llegó algo desde mi dirección?
- Si, a mi, a mi mujer. Ella me preguntó que era eso, si sabía en que estabas metido. Por supuesto, me hice el boludo.
La angustia ganaba terreno en mi interior. Me preparé un café bien fuerte. Por suerte mi mujer no tenía internet allá. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía evitar que le llegara a todo el mundo? O al menos, que no dieran crédito del spam. El rostró se me iluminó de repente.
Haría spam. Uno con mis cuentas de correo, dirigido a todos mis contactos, aclarando que por alguna extraña razón, un sitio web estaba enviando información falsa usando mi nombre. Me apuré en redactarlo y lo envié a través de las cuatro casillas de mails, además de publicarlo en todas las redes sociales a las que estaba registrado.
Sentí cierto alivio, como que un peso gigante desaparecía de mi espalda. Mi amigo me felicitó a través de otro mensaje: "Bien pensado, con eso zafás". La sola idea de que esa información llegara a todos mis conocidos me espantaba. Ahora, al menos se vería de otra manera.
Varias veces había pensado en dejar ese juego, pero era muy adictivo. Ahora no me quedaba otra. Por otro lado, estaba bien. A esta edad, esposo y padre de familia, no estaba bien lo que hacía. Si bien era un juego, podía indicar una pauta, una conducta. Si, definitvamente sentía alivia.
Miré por última vez la página principal del juego y me despedí en silencio. El Travesti Simulator había quedado atrás en mi vida.

26 de julio de 2012

El vecino que robaba wi-fi

No podía creerlo. Había esperado toda la semana para esa noche, porque se jugaba la final del campeonato, y la conexión de internet comenzó a ponerse lenta al grado extremo de no llegar a mostrar cinco segundos de video sin cortarse.
No tenía televisor, no lo necesitaba. Podría ver todo a través de internet. Sin embargo, se maldecía por tener que estar renegando en lugar de disfrutar del último partido del torneo.
Apagó y encendió el router wi-fi. Reinició su equipo. Nada. La conexión seguía muy lenta. En los últimos días había notado cierta desmejoría en la navegación, pero lo había atribuido al servicio, que solía mostrar inestabilidad. Pero nunca al nivel que lo estaba sufriendo entonces.
Marcó al número de asistencia técnica. Aguardó impaciente la grabación automática y digitó las opciones que le fueron enumerando y haciéndole perder el tiempo, hasta que finalmente lo atendió un operador. Le tomaron el reclamo, le hicieron hacer pruebas inútiles y finalmente le aseguraron que entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas estaría solucionado.
- ¿Cómo cuarenta y ocho o setenta y dos horas? ¡Ahora lo quiero! - gritó en vano al teléfono.
Volvió a intentar suerte, pero el resultado fue el mismo. La imagen del partido deteniéndose a cada tanto, permaneciendo congelada entre veinte y treinta segundos. No lo toleró más. Apagó todo y salió de su casa, en busca del bar más cercano.
Odiaba todo acercamiento social, incluso tener que ir al supermercado. El hecho de hacerse la idea que estaría compartiendo con otras personas en un bar, lo estremecía. Pero era eso o quedarse sin el partido. Ya se había perdido casi todo un tiempo. Al menos podría ver el final.
Al salir de su casa se percató de algo. O mejor dicho, recordó que el fin de semana se había mudado un nuevo vecino. Su mente tejió una teoría: el vecino le estaba robando la señal de wi-fi. De inmediato torció su caminata y se encontró golpeando la puerta de la casa de al lado. Salió a atenderlo un muchacho joven, de ojos vivaces.
- Disculpe - le dijo - soy el vecino de acá al lado, sabe, quisiera saber que servicio de internet tiene, porque el mío está funcionando mal y si por esas casualidades es el mismo, podría darme cuenta si es un problema general o algo en mi computadora.
El joven dudó en la respuesta y eso fue suficiente para él, sin embargo, se contuvo. Finalmente contestó.
- Me mudé hace poco - dijo como excusándose - así que todavía no contraté ninguno, pero me estoy conectando a una señal cercana, que no tiene clave de seguridad.
- Y decime - le preguntó, seguro que se encontraba ante el culpable - ¿la usás para el laburo o bajás pavadas?
El joven se la vio venir, sin lugar a dudas. Porque retrocedió un par de pasos y miró por encima del hombro. Su notebook podía verse desde la puerta. Y a pesar de estar a cinco metros, el programa que estaba abierto en primer plano era un gestor de descarga.
- De todo un poco - se apresuró a contestar, queriendo cerrar la puerta a su espalda - Pero, si, un poco de trabajo, otro de estudio...
- ¿Y otro de música, y otro de películas y otro de porno...? ¿Cierto? - el tono que usó fue irónico y elevado.
El muchacho retrocedió asustado.
- Mire... - balbuceó - si la señal es suya y le está ocasionando problemas, ya mismo me desconecto, no sabía...
- Así que robás señal y te sorprendés que le joda la vida al que la garpa. Te voy a enseñar a vos...
Quería propinarle un par de puñetazos, al menos para desquitarse del tiempo que se había perdido del partido, del mal humor que se había apoderado de su espíritu. Un par de puñetazos y asegurarse que entendiera la lección. Un par de...
En el camino había un escalón. Daba a la entrada de la casa, a un metro de la puerta. Por supuesto, no lo vio. Se tropezó de lleno y se fue de cabeza al suelo. Golpeó con fuerza.
Despertó en el hospital, en una sala oscura. Había un televisor frente a su cama, pero estaba apagado. El único sonido que se escuchaba era el del goteo de una canilla, proveniente del baño. Estuvo despierto un buen rato, hasta que llegó una enfermera.
Le tomó los signos vitales y el cambió una venda que tenía en la frente.
- ¿Me lastimé mucho? - le preguntó.
- Bastante, pero va a estar bien - lo tranquilizó.
- Todo por culpa de ese ladrón de señal - masculló en voz alta - ¿Sabe algo señorita? Me estaban robando el wi-fi, puede creerlo.
- Bueno, ahora por un día o dos, nada de wi-fi ni nada
- Al menos me dice como salió el partido de la final.
- No tengo idea señor, no miro tele, en realidad, tampoco tengo.
- ¿Me puede conectar el televisor?
- Disculpe, pero eso lo hace otra gente.
Resopló fastidiado. El gesto no fue del agrado de la enfermera, que de todos modos intentó ser amable.
- Hay alguien esperando verlo en el pasillo, dice no ser familiar ¿lo hago entrar?
- Me da lo mismo, quizá sepa el resultado.
Por la puerta ingresó el vecino, con aspecto temeroso.
- ¡Vos acá! - vociferó desde la cama - ¡Acercate, que te pego de una buena vez!
- Cálmese señor, vine a pedirle disculpas. Ya me desconecté. Y si quiere le enseño a colocarle clave a la señal, así no se la pueden usar.
- Usar, claro. Usar es la palabra para vos, ladrón.
- Lo que sea, le pido disculpas. Ahora me voy...
- ¡No no no! No te vas a ninguna parte. Antes, decime como terminó el partido.
- ¿El partido? La verdad... no sé. No me interesa el deporte.
- Como si no bastara, además de ladrón, raro.
- Pero si quiere le averiguo, dígame quiénes jugaban.
- ¿Quiénes...? ¿Vivís en la luna pibe? Era la final, todo el mundo hablaba de ese partido. En la tele, en la radio, en los diarios...
- No me informo demasiado, la realidad no me gusta.
- Te entiendo, por eso no sabías que robar estaba mal. No te habían informado.
- Mire, ahora salgo y le averiguo. ¿Está bien? Dos minutos, ya vuelvo.
El joven salió de la habitación, dejándolo otra vez solo. No había pasado ni un minuto, cuando la puerta volvió a abrirse. No era su vecino ladrón de wi-fi, sino un médico que le sonrió, como hace todo médico para atraer la atención cuando se apresta a dar una mala noticia.
- Mire amigo - le dijo acercándose a la cama - le sacamos una plaquita radiográfica por las dudas y sabe, detectamos otra cosa.
Extendió la placa ante los ojos del hombre recostado en la cama y le señaló una mancha casi imperceptible.
- Debemos operar - anunció-. Es un pequeño tumor, nada que no se pueda solucionar, pero siempre y cuando actuemos con celeridad. Es usted una persona afortunada amigo, considere ese golpe un hecho milagroso, porque gracias a esta placa hemos podido detectar a tiempo esto.
El doctor saludó y se retiró, al tiempo que regresaba el vecino, con gesto preocupado.
- Me han dado el resultado - comenzó a decirle - pero ignoro si lo alegrará o no, porque en definitiva no sé para quién alienta. Ganó Atlético, en los penales.
El hombre en la cama estalló en lágrimas, pero sin dejar de sonreír. El muchacho sintió alivio. Al menos había ganado el equipo del que era hincha.
- Bueno, por suerte era de Atlético, temía que además me quisiera pegar por eso también - bromeó el chico.
Desde la cama, el hombre meneó la cabeza.
- No, soy de Sportivo. Perdimos. Pero igual estoy contento pibe. Sin quererlo, me salvaste la vida. Acercate, dale, que lo único que quiero ahora es abrazarte.
El muchacho se imaginó la trampa, el golpe certero. Entonces se mantuvo alejado, a salvo de cualquier represalia. Ese hombre podía llegar a cualquier ardid con tal de vengarse.

23 de julio de 2012

Día de pesca

A lo largo de la semana apenas si presta atención a la caña de pescar que descansa apoyada sobre la pared más lejana de su habitación, aquella que el sol ilumina tibiamente por la mañana, para luego quedar sumida en la oscuridad durante el resto del día.
Pero llega el sábado y muy temprano, tras sonar el despertador, se levanta, busca la caña y se va al patio, semidesnudo, a buscar lombrices para usar como carnada. Con las manos escarba en la tierra húmeda hasta dar con sus presas, que intentan escabullirse pero sin éxito.
Recién luego de conseguir más de media docena y colocarlas en una bolsa de nylon, se vuelve a meter en la casa, siempre con la caña de compañía. Se cambia, alistándose con la ropa adecuada para la hora, con las botas amarillas que le llegan muy por debajo de la rodilla y el sombrero de pescador, con anzuelos enganchados en la tela.
Por la ventana una densa capa de neblina impide ver con claridad el otro lado de la calle. La mañana será húmeda, piensa. Antes de salir se busca un piloto, también de color amarillo, por las dudas que se pusiera a llover.
Arroja la caja de anzuelos en el asiento trasero del coche, junto a la carnada y una mochila con el almuerzo, que ya tenía preparada desde la noche anterior. La caña, en cambio, la coloca con cuidado al lado suyo, en el asiento del acompañante.
- Vamos de pesca, flaca - le dice a la caña, mientras pone en marcha el motor. Las luces se encienden y un haz amarillento se incrusta en la neblina, sin lograr atravesarla. Solo cuando el auto se pone en movimiento, la neblina cede terreno a su paso.
Bordea la costanera, desierta a esa hora del sábado. Algunos pescadores preparan sus embarcaciones para salir río adentro y perderse entre las islas. Pero son pocos. La jornada no acompaña. El, sin embargo, prefiere el viejo muelle.
Recorre hasta allí casi doscientos metros, porque no tiene un lugar más cercano con reparo para dejar el coche. Hay cierta complicidad en el aire, con la brisa fresca erizándole la piel y la neblina comenzando a disiparse, dejando a la vista el verde de los árboles distantes, en la orilla opuesta del río. Puede conversar en silencio con el paisaje. Es un diálogo que disfruta y anhela.
Prepara entonces la caña, encarna una lombriz en el anzuelo y cuida que la línea esté sana. Luego, con entusiasmo, elige el lugar donde lanzar el armamento. Segundos después ve la pequeña boya roja y blanca flotar en el agua. Se mueve de un lado a otro, en ese arrumaco tan propio del río.
Mientras sostiene la caña con una mano, con la otra hurga en la mochila en busca del termo con el café. Se sirve una taza, y la apura saboreándola, acompañándola con medialunas cortadas en dos, con rebanadas de queso y jamón en el medio.
Así transcurre una hora, entre desayuno y pesca. No hay pique, tampoco lo espera. Es solo una excusa. Aprecia la sensación de libertad, el aire de la mañana penetrando los pulmones, los minutos que faltan para que su amigo llegue.
Poco queda de la neblina que lo había acompañado en todo el trayecto hasta el río. El cielo, en cambio, no perturba su consistencia gris y anodina. La brisa se ha hecho más fuerte y mueve los árboles que vislumbra a la distancia. Es una buena mañana. El lugar está prácticamente desierto, apenas unos pescadores se atreven pero a una distancia prudente, la suficiente como para sentirse seguro.
Escucha el sonido de un vehículo que se acerca. Va deteniendo su marcha. Puede sentir como las gomas frenan lentamente sobre el empedrado. No se voltea, permanece con la mirada al río, puesta donde la boya roja y blanca es símbolo de temblorosa vigía. Una puerta se abre y se cierra. Pasos. Su amigo acaba de llegar.
- Pensar que ayer había un sol de la puta madre y mirá ahora... - dice el recién llegado.
- Es un día como todos, con un poco más de melancolía - acota él, mientras cambia de mano la caña para saludar a su amigo.
 Estrechan un apretón de mano. Se conocen hace tiempo. Prescinden de las palabras que están de más. Van al grano, valorando el tiempo, evitando los preámbulos.
- ¿Que me trajiste, algo bueno? - pregunta sin quitar los ojos de la boya, que segundos antes le había parecido, se había hundido una fracción de segundos.
Su amigo sonríe. 
- No necesitás ir a la combi para comprobarlo, sabés que siempre es mercadería buena la que te traigo.
- Bueno... en realidad si necesito ir, justamente, para comprobarlo - le dice al tiempo que estallan ambos en carcajadas.
- Acá tenés las llaves. Está atrás. Ya está domesticada.
- Sosteneme la caña y estate atento, que creo que hay uno o dos a punto de picar. Decime, ¿de la villa?
- Quedate tranquilo, que no hay pescado que se me resista. Si, de la villa, podemos llevarla cuando se nos antoje, la vieja quedó conforme con la guita. Doce años, una delicia.
- Pez.
- ¿Cómo?
- Que aún son peces. Si pescás alguno, ahí vas a poder decirle pescado.
- Bueno, bueno, menos corrige Dios... dale, andá, y tratá de no hacer mucho ruido.
Se aleja, llaves en mano. Se vuelve a los pocos pasos y pregunta:
-  ¿Sabés el nombre?
- ¿El nombre? - se asombra su amigo - ¿Desde cuando querés saber el nombre? Ni idea Cacho, no tengo la menor idea. 
Tras un gesto de "no importa" retoma el trayecto. Siente el aire puro, la tranquilidad que precede a la tormenta. La suya, la que lo transforma. Esa perversión escondida en lo más oscuro de su ser, ese deseo sucio y vil que lo lleva a abrir la puerta de la combi y mirarla con ojos desorbitados.
- Vine de pesca, flaca - le dice y luego cierra la puerta.
Y entonces, reina la oscuridad.

20 de julio de 2012

Amor de verano

Quizá sea hora de confesar, de arrancarle al silencio que otorgo, nombres y apellidos. Conozco demasiado, estoy al tanto de muchos detalles y es por eso que me persiguen desde hace algunos días. Creen que aún no me di cuenta, pero sé muy bien quiénes son y lo que pretenden.
Todo comenzó en una ciudad de la costa, hace una semana. Había ido con un grupo de amigos, pero al segundo día conocía a una chica que me volvió loco. Literalmente. Dejé el hotel en el que estaba y me fui con ella, que estaba hospedada en una casa que le habían prestado. Fue algo muy intenso, difícil de describir. Pero al mismo tiempo fue mi perdición.
Me llevó a un par de boliches con un ambiente algo turbio. No necesité demasiado para darme cuenta que la mina andaba en cosas raras. Se metía en oficinitas escondidas a un costado de la barra, intercambiaba "vaya a saber qué" con extraños haciéndose la distraída, recibía llamadas a toda hora y vivía pensando que la seguían.
La pasábamos muy bien cuando volvíamos a la casa, así que soporté tres noches en esos antros. Cuando quise llamar a mis amigos para avisarles que volvía, me di cuenta que no tenía el chip en el celular. Le pregunté a ella, que recién se despertaba, si sabía que había pasado, pero no solo no me contestó, sino que salió de la habitación y cerró con llave.
La llamé a los gritos, golpeé la puerta, incluso busqué forzar la ventana, pero no pude. Esta última me sirvió en cambio para observar cuando se fue, tras subir a bordo de un auto deportivo que la pasó a buscar. Su nombre era Laura, o al menos, ese fue el nombre con el que la conocí.
Dormí toda la tarde. Me despertó el ruido de la puerta al abrirse. No era Laura, sino un morocho grandote que traía una pistola en la mano. Me apuntó y me dijo que me fuera. No lo dudé un instante. Tomé la mochila y salí raudo. Caminé hasta el hotel de mis amigos, mirando en todo momento por encima del hombro, temiendo que en cualquier momento el morocho apareciese y me pegara un tiro. Me pedía calma y me convencía a mi mismo que si me hubiese querido matar, lo habría hecho en la casa.
Los chicos ya no estaban, supuse entonces que se habían vuelto porque no les había alcanzado el dinero o se habían cambiado de hotel. Alquilé una habitación simple. Quería encerrarme y descansar, me sentía muy tensionado, pero no pude dormir. Estuve toda esa noche tejiendo hipótesis sobre Laura. La imaginé narcotraficante o miembro de alguna mafia de trata de mujeres. En cualquiera de los casos, mi vida había corrido peligro.
Me volví al día siguiente. Fui hasta lo de Julián, pero se sorprendieron de verme. Me excusé diciendo que me había vuelto antes y que solo quería avisar que estaba todo bien. Llamé desde casa a su celular, pero no me atendió. Tampoco Quique, Horacio y Felipe. Me asusté y con razón. ¿Debía volver y buscarlos? No hizo falta. Estaban en las noticias. Sus cuerpos habían sido encontrados acribillados y enterrados en la playa.
No dudé un solo instante, le pedí el coche a mi primo y salí de la ciudad. Conduje casi sin destino durante dos días, parando de noche a descansar en estaciones de servicio que tuvieran mucho movimiento de camiones. Estaba en alguna parte de Córdoba, no me importaba donde. Fue allí que noté que en mi billetera había un chip de celular suelto.
No entendí como había llegado allí. Creí que era el mío, el que había desaparecido del teléfono. Pero al colocarlo descubrí que no. Estaba repleto de nombres que desconocía. Tenía sus números y direcciones electrónicas. Y también sus fotos. Había un comentario sobre cada uno. Y ninguno de esos comentarios era bueno. No se trataba de una libreta de direcciones, era un catálogo de delincuentes. Salvo el morocho, el que me había apuntado con el arma. Se llamaba Alejandro y era agente encubierto. Había una acotación que decía "mi compañero".
Me volví a subir al auto, para no volver a detenerme. Llevo un día y medio manejando; me consume el sueño. Busco a una persona, la misma que hizo que perdiera la cabeza por ella para involucrarme adrede y ser su salvo conducto en caso de peligrar su misión. Ahora tengo su chip con toda una red criminal descripta. Algunos de ellos me están persiguiendo desde hace unos días.
Mientras escapo intento encontrar una solución para todo. No quiero llamar a casa, ni a nadie. No quiero enterarme de ninguna otra masacre por mi culpa. No los querían a ellos, me querían a mi y al chip. ¿Y ella, dónde estará esa belleza salvaje y tramposa? Probé de llamar a su compañero, pero atiende un contestador. Aún no entiendo muchas partes de este rompecabezas. Tampoco creo que me interese. Lo único que deseo es dejar de huir, recuperar mi vida. Al mismo tiempo comprendo que ya es tarde, que aquello que comenzó hace una semana no fue una aventura amorosa, sino un alud fuera de control, y que aquellos besos apasionados, repletos de calor, no fueron más que una ilusión. Ahora el frío de la muerte me recorre la espalda, mientras atravieso rutas sin destino y me debato entre confesar o seguir escapando, entre perder mi vida o apostarla a la suerte de fugitivo.

17 de julio de 2012

Tengo uno para ofrecerle

A Marcos le gustaba caminar por la ciudad. Lo encontraba placentero y colaboraba ese ejercicio con la premisa que se había propuesto tiempo atrás, después de asustarse con los resultados de los análisis de rutina en el trabajo. Tuvo que reconocer entonces que era una persona sedentaria. Por suerte aquello que había considerado un esfuerzo se transformó en una agradable rutina. Gran parte de las ganas que sentía de salir a caminar se debía en la variación de los recorridos. La ciudad era grande y desde el primer momento creyó que repetir siempre los mismos lugares lo llevaría a cansarse pronto y tuvo razón. No solo la rutina implicaba salir a caminar, había todo un trabajo de logística previo, o al menos, así lo sentía Marcos, que se tomaba media hora cada noche antes de acostarse para diagramar los cinco kilómetros diarios que se imponía en cada salida. Los itinerarios no siempre comenzaban en la puerta de su edificio. A veces se tomaba un colectivo y recorría una zona distante de su hogar. Tras dos años con esa práctica, podía jactarse de conocer ampliamente la ciudad en la que vivía. Le hacía sentirse bien estar escuchando una conversación y reconocer los sitios que se hacían mención, o estar dialogando con algún compañero de trabajo y que ante el mínimo comentario del mismo sobre un lugar en particular de su barrio, pudiera decirle “lo conozco”. Ese día bien temprano se tomó el colectivo que iba hacia el oeste. Había planificado un recorrido de cinco kilómetros que arrancaba en la plaza del barrio más alejado de la ciudad y terminaba a una distancia similar de su departamento. Por supuesto, luego debería tomarse otro transporte para poder llegar a su casa, darse una ducha, comer algo e ir a trabajar. Pero, como siempre se decía, el esfuerzo valía la pena. El sol apenas si asomaba por el horizonte, tapado de edificaciones. El tránsito se movía lentamente, sin el apuro que tendría en un par de horas. La ciudad despertaba en parte y se acostaba en otra, porque había miles y miles que trabajaban de noche y en ese horario retornaban a sus hogares. Marcos había aprendido a reconocerlos y también, admirarlos. Como también hacía lo propio con los hombres mayores, que en verano se sentaban en las veredas y que en invierno se asomaban cubiertos de bufandas y gruesos pulóveres tejidos por manos hábiles. Y ni hablar de las mujeres de avanzada edad, que sin vacilar ante el frío o el calor, avasallaban la vereda bien temprano, provistas de escobas y ruleros. La plaza vestía el silencio propio de esas horas. La vista se paseaba sobre el verde, sin demasiados otros coloridos. En la calle estaba el barrendero municipal empujando hojas con un enorme escobillón. En la vereda del otro lado, dos ancianas habían hecho un alto en la limpieza de sus baldosas y hablaban elocuentemente sobre algún suceso de la cuadra. Las voces apenas si llegaban, tragadas por la brisa que le birlaba la calma a sus cabellos. Había terminado de atarse los cordones de las zapatillas, en otro ritual necesario previo a la caminata. Fue cuando se percató que una señora le hacía señas desde la vereda de enfrente, invitándolo a acercarse. Hacía un ademán con la mano y miraba hacia dentro de su casa, a través de la puerta semi abierta. Al cuarto o quinto llamado, Marcos decidió cruzar la calle. - ¿Señora, la puedo ayudar en algo? – preguntó con cortesía, sabiéndose con tiempo de sobra para postergar unos minutos el comienzo de su andar diario. La mujer, a la que de cerca Marcos le notó arruga sobre arruga, se mostró conforme con su presencia y abriendo la puerta de par en par, dejó a la vista el problema por el que estaba necesitando ayuda. Una escalera nacía allí mismo, que iba hacia las habitaciones superiores de la vivienda, y sobre los últimos escalones, atravesado, estaba un cochecito de bebé. La madre del niño o niña que dormía plácidamente dentro del aparato intentaba con fuerza enderezarlo, pero el esfuerzo era en vano. No podía. Marcos comprendió de inmediato y sin pedir permiso llegó hasta la escalera y ayudó en acomodar el coche, levantándolo desde las patas con rueditas. - ¡Muchas gracias! – dijo contenta y extenuada al mismo tiempo la madre del bebé. - Sabía que algún buen caballero podría darnos una mano – comentó la anciana, que agradeció con una palmadita en la espalda de Marcos. - No es nada, por favor – se apresuró a contestar el, mientras se hacía a un lado para dejar pasar el coche con el niño (la ropita celeste así lo delataba) que salió a la calle. Tras saludar, la mujer se marchó, dejando a Marcos y la anciana al pie de la escalera. - Bueno señora, ahora si, a retomar lo que dejé a medias – anunció, con la intención de marcharse. La señora, pareció como si no lo hubiese escuchado. - ¿Vio que bonita la criatura? – le preguntó. Si, claro que lo era. A Marcos, que no tenía hijos, los bebés siempre le habían parecido preciosos. - Si, realmente – contestó. - ¿Le gustan los niños? – le preguntó en tono confidente la mujer. - Claro, si – dijo él, aunque se apresuró a aclarar – Pero no tengo hijos, al menos de momento. Estamos proyectando con mi novia, pero aún falta, imagínese, ni siquiera estamos casados… - la mujer lo detuvo, haciéndole un gesto con la mano, para que se acercara. - Escúcheme – le pidió, mientras acercaba su rostro avejentado hasta Marcos, que inclinó la cabeza para escucharla mejor, dado el tono de voz que había puesto – Si le gustan los bebés, ¿por qué no me acompaña? Tengo uno para ofrecerle. La primera reacción fue la lógica, es decir, pensar que había escuchado mal. Pero algo muy fuerte, que no podría describir, le decía claramente que no, que lo que había creído escuchar era exactamente lo que había dicho la anciana: Tengo uno para ofrecerle. - ¿Cómo dice? – preguntó al cabo de unos segundos en los que creyó perder la percepción de la realidad. - Le repito, si le gustan, puedo darle uno para que se lleve. - ¿Un qué? – de alguna manera debía convencerse de que no estaba refiriéndose a lo que con seguridad, la mujer hacía referencia. - ¡Un bebé! ¿Qué otra cosa va a ser? – le respondió moviendo los hombros. Marcos se quedó en silencio, lejos estaba en su mente el recorrido que debía emprender de cinco kilómetros y más lejos aún, la continuidad del día. Su atención, toda su atención, estaba puesta en esos ojos apagados detrás de enormes ojeras que lo miraban expectantes, ansiosos de una respuesta. Pero al mismo tiempo, se sentía en otra parte, quizá en un sueño, en un vertiginoso juego de su imaginación, en un delirio nocturno. Eso era, estaba dormido, aún no había despertado. Pero si, lo había hecho. Recordaba el desayuno, el tibio sabor del té con jugo de limón, el olor de las tostadas, la fresca mañana que lo había recibido al cruzar el umbral de su edificio, el trajinar en el colectivo compartiendo el viaje con obreros cansados que cabeceaban distraídos pensando en el momento de llegar a la cama para dormir. Movió la cabeza de un lado a otro, instintivamente. Escuchó el sonido de su cuello crujir, como solía suceder cuando sus músculos se tensionaban. No era un sueño, aquello le estaba ocurriendo. Esa mujer anciana, de sonrisa postiza y acanalada textura, estaba delante de él ofreciéndole un disparate. - Los tengo arriba, vamos, aproveche que hoy tengo de los dos sexos. Hay un rubiecito que es una ternura. ¿Cómo los prefiere? No lo toleraba más, era inaudito. - Señora ¿cómo que tiene bebés para ofrecer? – y de inmediato relacionó a la mujer que se iba y no pudo reprimir la indignación que nacía en su interior - ¿Esa mujer que salió, se llevaba un bebé que no era de ella? - No, claro que no. A partir que lo escoge, ya es de ella. Así que ese bebé, ya era de ella cuando usted la vio. - ¿Me está cargando, es así? ¡Lo que hace es ilegal! ¡Voy a ir a la policía! ¿Los roba? ¿De dónde… de dónde carajo los saca? - ¡Pero señor, cómo puede decir una cosa así! ¿Me está acusando de ladrona y ni siquiera ha subido a ver a los niños? - ¡Por supuesto que no subiré! Es más, me voy a ir ahora mismo a la comisaría más cercana. Entonces la anciana, con un golpe del pie, cerró la puerta violentamente. Ambos quedaron en el pequeño hall de entrada, a los pies de la escalera. - Usted no se va a ninguna parte – advirtió la mujer – No sin antes ver a los niños. Marcos se abalanzó sobre la puerta, pero la anciana fue más rápida y la cerró con una vuelta de llave. - Deme la llave – le pidió él. Ella la mostró en el aire, por encima de su cabeza y luego la dejó caer, justo a su boca. Pudo observar, por el relieve de la piel, que se tensó en su garganta, como la llave pasaba hacia el aparato digestivo. - Usted… es un monstruo – alcanzó a decirle, antes de sentirse presa del pánico. Pensó en golpear a la mujer, pero sus convicciones se lo impedían. No se veía pegándole a una mujer mayor. La anciana, en tanto, comenzó a subir por las escaleras. Las piernas escuálidas la sostenían con firmeza. - Sígame – ordenó secamente. De alguna manera tendría que escapar, pero por lo pronto le hizo caso y puso los pies en los peldaños de la escalera. Era de madera y los tablones rechinaron ante su peso. No recordaba haber escuchado sonido parecido mientras ayudaba a la mujer a quitar el cochecito de ese lugar. La escalera terminaba un piso más arriba. La anciana empujó la puerta y ante sus ojos apareció un cuarto apenas iluminado, con telarañas en cada rincón y repleto, de punta a punta, de cunas de madera, en su mayoría despintadas y muy antiguas. Entró casi sin poder pensarlo, sin poder decirle a sus piernas que se detuvieran. Como coordinado, el llanto de varios bebés estalló en la penumbra de la habitación. - Ahí están, elija – dijo la mujer, sobresaltándolo. Marcos se sujetó a una de las cunas, porque sintió que el piso se le movía. Le había bajado la presión y un nudo le atenazaba el estómago. La mujer estaba loca y él no sería su cómplice. - No, no lo haré – le contestó con frialdad. - Entonces, deberá quedarse. Es simple. El que no lleva, es mío. Primero fue una punzada en las piernas, luego un dolor en las articulaciones. Pensó en un ataque cardíaco, luego lo descartó por un pico de stress o quizá un ACV. Pero no fue nada de eso. Lo comprobó de inmediato, al sentir las extremidades reducirse y su piel ablandarse. Su mente comenzó a apagarse, reduciéndose en pequeñas imágenes, cara vez menos claras. Finalmente fue un inútil balbuceo, que ni siquiera podía dominar. La cuna en la que estaba apoyado se le antojaba ahora gigantesca. Unas manos frías lo levantaron del suelo y lo dejaron dentro de aquel pequeño mobiliario de madera, desgastado por el tiempo y el uso. Esas mismas manos ajadas y de uñas pronunciadas, arrojaron una pequeña manta sobre su cuerpito desnudo. Sintió frío a pesar de todo. Y luego, rompió a llorar. El llanto se confundió con los otros. Pronto la puerta volvió a cerrarse. Y el cuarto volvió al silencio. Al menos, hasta que la misma volviera a abrirse.

14 de julio de 2012

Límite

El límite estaba tan solo demarcado por un arroyo que podía cruzarse a píe. De agua turbia, aún dejaba ver el fondo. Era playo, demasiado. La idea de cruzar los bultos flotando ya no le servía. Se miró las manos. Estaban muy lastimadas. Los últimos dos días por la selva lo habían disminuído mental y físicamente.
A sus pies, la carga que había arrastrado casi en un llanto. Se dejó caer al suelo y mojó sus pies para refrescarse. Luego se puso de rodillas y hundió la cabeza en el agua. Por último, con desconfianza, hizo lo mismo con las manos. Le ardieron. Pero no se quejó.
Volvió a observar la otra orilla. Tan solo veinte metros. Cerró los ojos, dejándose acariciar por el sol de la tarde. Tenía hambre, podía escuchar el gruñido de su estómago. Pero no pensaba en comida. Era el primer respiro desde el enfrentamiento, así que pensaba en poder estar en paz.
Podía, claro que si. Pero debía llegar del otro lado del límite. Pero los bultos... no podría cargarlos. Había muchas piedras en ese arroyo y la profundidad escasa.
Creyó escuchar voces entre los árboles. Se sobresaltó. Permaneció diez minutos en silencio, sin poder percibir ningún otro sonido distinto a los propios de la naturaleza. No había nadie allí, pero pronto lo habría, sino no se apuraba.
Calculaba que le había sacado tres o cuatro horas de distancia a sus perseguidores. Volvió a mirar los sacos cargados y se persignó. Hasta allí había llegado con ellos. Pensó que podía salirse con la suya y llevarse su tesoro en la huída.
Los perseguidores llegaron a la orilla del arroyo casi atardeciendo. Encontraron los cuerpos de sus mujeres dentro de unos sacos cocidos a mano. Del maldito asesino no tenían un solo indicio.

11 de julio de 2012

Llamando

En la oficina de al lado suena el teléfono interminablemente. Matías sabe que todos se han ido y que esa persona, del otro lado de la línea, llama en vano, perdiendo el tiempo. ¿Pero acaso es él responsable de aquella llamada? Está seguro que no. Lo deja sonar, a pesar que el sonido lo aturde, lo distrae.
Amaga dos veces con levantarse e ir hasta la oficina, levantar el tubo, gritarle al oído a la persona que llama que deje de hacerlo, que si acaso es idiota que no comprende que nadie le va a contestar, para luego estrellar el auricular en su lugar, cargado de furia. Pero solo amaga, no se levanta, no camina esos cinco metros hasta la oficina contigua.
¿Y si lo que quieren comunicar es importante? ¿O si acaso, lo que quieren decirle a su compañero de trabajo es urgente? Ahora que lo piensa, no sabe quién ocupa ese puesto. No recuerda la fisonomía de la persona que entra por la puerta blanca que ahora observa como si fuera la primera vez. Incluso, no sabe si es hombre o mujer.
Es que ha estado tan absorto en sus tareas diarias que apenas si levanta la cabeza. Ahora mismo, hace media hora que todos se han ido, pero el permanece estoico en su silla completando planillas y haciendo cálculos para determinar si las finanzas de la empresa están al día o no.
Y aunque no es dueño, ni socio, ni siquiera jefe, tan solo empleado, sabe que su responsabilidad es para con su trabajo. Por ese motivo está aún en el edificio, escuchando un teléfono que no cesa de sonar. El sonido es una estaca clavada en su mente. Confunde las cifras, se olvida anotaciones mentales, se detiene antes de ingresar en el teclado los números que tiene anotados en un formulario que sostiene con su mano.
Se impone levantarse, ir hasta la oficina y descolgar el teléfono. Pero de inmediato desiste y enfoca sus pensamientos en su trabajo. Entonces, el teléfono deja de sonar. Y ya no vuelve a hacerlo. Su primera reacción es respirar hondo, celebrar internamente.
Cinco minutos después ya no puede seguir trabajando. En su mente repercute una idea: aquella llamada era vital, necesaria. El sonido, ahora imaginario, se instala de nuevo en su cabeza, y su imaginación, tan acostumbrada a los números, ahora proyecta una sola imagen: la suya, sosteniendo desesperado un teléfono, llamando sin suerte, pidiendo auxilio con desesperación.
Pero nadie lo atiende. No hay nadie del otro lado.
O si.

8 de julio de 2012

La muerte varias veces

Lo tenía acorralado contra el suelo. La suela de su zapato derecho retenía con fuerza el cuello del hombre sobre las frías baldosas. A su espalda Juan Carlos le gritaba con furia que le disparase. Los ojos de su víctima parecían fuera de órbita; grandes y con un punto marrón en el centro, imploraban el perdón o la muerte, aunque le resultaba difícil acertar la respuesta. Podía ver como apretaba los dientes, soltando de vez en cuando un bufido, no sin un gran esfuerzo de por medio. Del labio inferior caía un hilo de sangre, producto del golpe que le había propinado un instante antes. Por la posición, no podía observar la oreja izquierda, pero sabía que estaba bañada en sangre, porque ahí le había dado con el caño de acero. El rostro, de todas maneras, era un lienzo sobre el cuál había desparramado su paleta de morados. Había rastro de golpes en todas partes. Estaba orgulloso de aquello. Era una obra de arte, una obra maestra. Y el hombre sufría. Lo notaba en cada agitación que sentía debajo del peso de su pierna, de los estertores previos a la muerte. Pero a su espalda Juan Carlos seguía profiriendo gritos. Le repetía que lo matara. Que no perdiera el tiempo. Basta Juan Carlos, basta, se dijo mentalmente. Pero Juan Carlos prosiguió con su perorata.
Evaristo desvió su arma hacia el cielorraso y disparó dos veces. Tras los estruendos un pedazo de mampostería aterrizó en el suelo, haciendo más ruido y levantando polvillo. De inmediato dirigió el cañón del revólver otra vez sobre el rostro del hombre que esperaba morir bajo la suela de su zapato derecho.
Juan Carlos ya no volvió a gritar. Quedó petrificado en su lugar, observando el techo, al que ahora le faltaba un pedazo y a cambio, tenía dos marcas perfectas de los disparos hechos por su compañero.
El polvillo terminó entregándose al aire, rindiéndose ante el silencio que perturbó la habitación.
- ¡Qué fue eso, carajo! – exclamó luego de un minuto Juan Carlos, que se había animado a moverse de dónde estaba quieto.
Evaristo no contestó. Miraba a los ojos a su víctima, con una sonrisa en los labios. Juan Carlos no supo si había hecho oídos sordos a sus palabras o simplemente no lo había escuchado. Se acercó hasta su compañero y le sujetó el hombro. Fue un error.
Sin sacar el pie del cuello de la persona en el piso, Evaristo tomó la mano de Juan Carlos y la dobló hacia delante, torciéndola en el movimiento. Éste aulló de dolor. Aquello provocó más a Evaristo, que sin inmutarse atrajo el cuerpo del otro hacia el suyo y le aplicó, con la pierna libre, un artero rodillazo en el rostro.
Un relámpago de sangre saltó en el aire, como si hubiese explotado una arteria. La nariz de Juan Carlos parecía partida al medio, lo que pudo comprobar tras caer al suelo y llevarse las manos hacia la cara, atribulado por el dolor.
- Pero… - el dolor apagó el resto de las palabras, estaba sorprendido, no se había esperado la reacción de Evaristo, ni siquiera los disparos previos y sentía en ese momento que su nariz se había partido de mil pedazos.
- Otra palabra y te mato primero a vos – rugió Evaristo, que sin embargo no parecía alterado. Al contrario, sus ojos mostraban un brillo inusual y la sonrisa se le torcía en una mueca extraña. Pero nada de eso podía ver Juan Carlos, que luchaba por evitar que le siguiera perdiendo sangre, llevándose las manos a la herida.
Pero el hombre que estaba en el suelo, que apenas podía respirar, debido al peso del pie en su cuello, si podía apreciarlo. Estaba aterrado. Sabía que iba a morir. Era una certeza. Aquel sujeto no lo perdonaría. Era capaz de matar incluso al que había llegado con él. Lo acababa de demostrar. Hubiese tragado saliva de haber podido. Ya se había cagado y orinado encima. Se aguantaba las ganas de vomitar con un esfuerzo mayor, porque temía asfixiarse.
Y a pesar de estar en el momento cúlmine de su vida, no le importaba más que conocer la razón, el motivo, la causa de ese desenlace. Poco podía aventurar, por un lado, porque no podía razonar demasiado debido al estado de pánico que se había apoderado de su mente, y por el otro, porque creía no estar involucrado en nada que pudiese catalogarse como “malo”.
El par de ojos brilloso y decidido de su verdugo lo miraba con una sentencia incrustada en el centro. Todo estaba dicho. Al menos, por esa mirada. Sería asfixia o un tiro en la frente. Lo primero estaba a punto de producirse si la presión del pie no aflojaba y lo segundo, por como apuntaba el hombre, sería casi de inmediato. Sin embargo, aún el “por qué” flotaba en su cabeza, como una molesta mosca sobre un cadáver putrefacto.
Escuchó el click del revólver, que quitaba el seguro. Bajó los párpados por primera vez. La valentía también tenía sus límites. En la oscuridad pensó en su gente. En sus padres, en sus hermanos, mientras otra línea mental repetía de fondo en voz baja “ahora viene el disparo, ahora viene”.
Se preparó para el momento. La presión sobre su cuello lo estaba dejando sin aire. La tensión tensaba cada músculo de su cuerpo.
El estruendo fue un mazazo en sus oídos.
El siguiente sonido que escuchó fue el del metal contra las baldosas. Supo lo que era. El revólver golpeando primero y rebotando después. La presión cedió en su cuello y el cuerpo de su verdugo se desplomó hacia un costado.
Inspiró agitadamente, llenando sus pulmones. Recién luego, abrió los ojos.
El otro sujeto estaba de pie, con una mano presionando sobre la nariz, y con la otra, sosteniendo una pistola. El rostro se veía cubierto de sangre y podía notar por sus gestos que se encontraba muy dolorido.
Cruzaron las miradas y por un momento imaginó que el hombre de la pistola completaría la tarea que su compañero, al que había ejecutado fríamente, no pudo terminar. Pero éste dio medio vuelta y se alejó en dirección opuesta.
Frágil y descompuesto, al borde de la histeria y el llanto, el hombre que a punto estuvo de morir, irguió su cuerpo y con la poca voz que su garganta afectada por el pie de su casi verdugo, le gritó a quién antes pedía por acelerar su muerte:
- ¿¿¿Por qué???
El sujeto, que ya había guardado el arma entre sus ropas teñidas de sangre, miró por encima del hombro. Aún apretaba con fuerza una mano sobre la nariz. Se detuvo tan solo un instante, lo suficiente como para pronunciar unas pocas palabras.
- ¿Por qué, qué? ¿Qué quisiéramos matarte? ¿Qué él me haya golpeado? ¿Que yo lo haya matado? ¿O que vos estés aún vivo? Un consejo, mejor atenerse a lo sucedido y no a los interrogantes.
Lo perdió de vista, devorado por la distancia. Entonces percibió el hedor inconfundible del orín en sus pantalones y de la mierda en sus calzoncillos. Recién ahí ladeó la cabeza y vomitó todo lo que pudo. Estuvo con arcadas un minuto más. Cuando se puso de pie, tambaleante, no supo si preocuparse por lo sucedido o por los interrogantes. Lo único que quería era salir corriendo de allí y dejar atrás el cadáver del verdugo que ahora yacía silencioso a sus pies, sin ojos brillantes ni sonrisa extraña, tan solo con el semblante triste y oscuro de la muerte.
Y eso mismo fue lo que hizo.

5 de julio de 2012

Libros equivocados

Es probable que haya sido esa infancia tan extraña la culpable de lo acontecido ayer a Pascual Ricarte. Al menos fue la hipótesis que más circuló esta mañana en el hospital, mientras el infortunado luchaba por salvar su vida.
Pascual reunía dos cualidades que lo hicieron popular en el barrio. Era un gran cocinero y podía reparar cualquier cosa. Era increíble ver como, tras haber estado arreglando el motor de un auto en la vereda de su casa, se metía engrasado hasta los codos y volvía a aparecer dos horas más tarde, impecable, con una torta de cumpleaños que alguien le había encargado que parecía sacada de un libro de cocina.
Se podía pensar que la suma de sus habilidades daban como resultado la constante demanda de las mujeres del barrio, pero no era así. Muchos hombres hacían solícitos sus pedidos gastronómicos para agasajar a sus esposas, novias, hermanas y madres y aprovechaban, el contacto, para alcanzar algún que otro aparetejo con mal funcionamiento.
El hombre era infalible. Cualquier receta que se le pedía, terminaba siendo un manjar y si le llevaban algo que no funcionaba, cuando el dueño aparecía, ya estaba arreglado. De más está decir que Pascual no hacía las cosas gratuitamente, pero su reputación había logrado que nadie escatimara el precio, porque acudir a su persona valía cada centavo, tanto para una cosa como para otra.
Sin embargo su comportamiento era un tanto raro, por no decir fuera de lo normal. La infancia de Pascual no fue fácil y explica en parte los conocimientos que más tarde le darían tanto rédito. Su madre, que se ganaba la vida como repostera en la panadería del barrio, y su padre, un empleado de fábrica, habían descartado desde los primeros meses la lectura de los libros que podrían denominarse clásico, para los chicos.
En lugar de las historias que todo niño oía antes de dormir de parte de sus padres, Pascual había tenido que escuchar en su cama la lectura de enormes libros de tapa dura con centenares de receta de comida e incontables volúmenes de Mecánica Popular y Electricidad en casa.
Si bien se iban renovando de vez en cuando, era muy común además que esas lecturas volvieran a repetirse una y otra vez, logrando asentar de a poco los conocimientos en su cabeza, que ya a los cinco años era capaz de hacer unos bizcochuelos de vainilla que nada tenían que envidiarle a los de su madre o de reparar los juguetes que se le rompían justamente por experimentar para desarmarlos.
Poco participativo en la escuela, también se alejaba de sus compañeros, ganándose desde chico la condición de "extraño". No gustaba de salir a jugar a la calle ni mucho menos, reunirse con otros niños en la plaza. Sus lugares favoritos comenzaron a ser la cocina y el garage de su padre, donde podía desarmar y arreglar cualquier tipo de artefactos.
Creció con esas habilidades y también con esas limitaciones a la hora de relacionarse con los demás. Cuando sus padres fallecieron, pudo mantenerse con sus elaboraciones en la cocina y reparando todo lo que le llevaran los vecinos. De algún modo, se sintió parte de la sociedad que lo rodeaba y el barrio, de esa manera, lo aceptó tal cual era, ya sin prejuicios.
Pero ayer ocurrió algo impensado. Marita, hija de la hermana de Dora Gutiérrez, una de las vecinas de Pascual, llegó al barrio a visitar a su tía. El problema comenzó cuando la mujer acompañó a su tía a buscar una torta de cumpleaños que había encargado. El cocinero arregla todo salió con el pedido, pero ni bien observó a Marita, apenas si pudo balbucear el precio de la torta. Fue amor a primera vista. Al menos, para Pascual.
Ni bien se retiraron con lo que habían ido a buscar, Pascual corrió hacia la cocina y tras un buen rato de amasar, cocinar y decorar, llevó a la heladera una torta con forma de corazón, revestida en crema de color rosa y una leyenda en chocolate que decía "para la mujer más hermosa que han visto mis ojos". No conforme con ello, se puso a trabajar en un viejo Ford T que le habían traído para reparar la semana anterior, pero que había postergado durante todos esos días. No solo lo dejó arreglado para las cinco de la tarde, sino que además lo lavó, pulió y enceró.
Todavía no había atardecido cuando lo vieron salir por el garage, conduciendo un Ford T que brillaba bajo los úiltimos indicios de sol. Dio una vuelta a la manzana para justificar que lo había sacado a la calle y luego estacionó frente a la vivienda lindante a la suya, donde vivía Dora Gutiérrez. Bajó del coche con la torta en forma de corazón y tocó timbre.
Salió la dueña de casa y sorprendida de verlo, le preguntó para quién era esa torta, pensando que quizá venía de regalo por la compra de la de cumpleaños. Pero la sorpresa fue mayor cuando Pascual, tras aclararse la voz, le dijo que era para su sobrina, que lo había flechado de amor con la mirada.
Dora no pudo contener la risa. El pobre de Pascual quedó atónito. La actitud de su vecina lo hice sentirse un estúpido y sin pedir explicaciones, se subió al coche y se marchó. Dora no alcanzó a detenerlo. Luego diría que su intención fue pedirle disculpas.
Lo cierto es que humillado, Pascual condujo a ciegas. El destino no estuvo de su lado y en el primer paso a nivel, no vio las barreras que estaban bajas y cruzó igual. El tren de las siete lo embistió justo a la mitad del vehículo.
Un ambulancia lo llevó raudamente al hospital, con pérdida de conocimiento, varias costillas rotas y las dos piernas quebradas. Había perdido mucha sangre.
Dora se sentía culpable y dijo haberse reído porque en el apuro por llevar la torta no se había quitado la grasa de encima de haber estado reparando el Ford T, y su rostro, manos y ropas, estaban manchadas. Lloraba desconsoladamente, mientras Marita le acariciaba el cabello, apenada. Los demás vecinos la calmaban recordándole que la culpa que Pascual fuera tan introvertido era de los padres, de esa infancia tan singular que había tenido.
Eso fue ayer. Esta mañana aún seguía internado, en grave estado. Se decían comentarios similares y se repetían las mismas historias de siempre. Para el mediodía el médico apareció en la sala de espera para anunciar que Pascual había mejorado su estado y que pronto podrían sacarlo de terapia intensiva. Todos se alegraron. Fue cuando el doctor hizo mención a otra cosa: el paciente había perdido la memoria.
Hace un rato Marita, que no se había movido de la sala de espera desde el día anterior, quizá sintiéndose culpable en parte, porque a ella le llevaba la torta, dijo algo que dejó a todos en silencio. En las últimas horas había escuchado tanto de la vida de Pascual, que sentía conocerlo desde siempre.
- Ni bien abra los ojos, ni bien pueda escucharnos, quiero que me ayuden con algo - y tras aguardar que los presentes asintieran con la cabeza, informó - quiero que nos turnemos entre todos y leamos a Pascual los cuentos que nadie le leyó en la infancia. Si va a empezar de cero, esta vez hagámoslo bien.
Nadie puso reparos. Algunos se fueron y volvieron al rato, con libros bajo el brazo. Y aquí estamos, esperando que nos den el último parte. No habrá más cocina y reparaciones, pero quizá haya tiempo para una nueva oportunidad.

2 de julio de 2012

Tecnología de última generación

El viejo Pérez jamás imaginó que la tecnología podría incidir tanto en su existencia. Se había jubilado diez años atrás, luego de haber trabajando en el correo durante toda su vida. Mientras sus compañeros utilizaban computadoras y se veían los primeros celulares, Pérez (al que muchos llamaban a sus espaldas, viejo gruñón) prefería el tradicional papelerío en cuadernos y planillas.
Pero todo cambiaría el día que Tecnologix XXI, la compañía líder en todo el mundo en productos de última generación de electrónica e informática, sacó al mercado la tablet Nigro Max Connecting. No solo poseía un revolucionario concepto de las conexiones inalámbricas, sino que aprovechaba como ninguna la tecnología infrarroja, accediendo a cualquier dispositivo preparado para tal función, como ser un televisor, un equipo de audio, el equipo de aire acondicionado. Pero sin dudas, lo fantástico, era poder administrar la iluminación desde el mismo equipo, encendiendo, atenuando o apagando las luces del hogar o la oficina.
Hasta allí, un avance tecnológico con un propósito comercial bien definido y un éxito casi asegurado. Al menos, hasta que alguno de sus competidores pudieran sacar al mercado un producto similar.
Como era previsto, el día que salió a la venta vendió casi un millón de unidades. No fue el total de ventas lo que preocupó a Pérez, sino las que se vendieron en un radio de cinco kilómetros de su casa, que se calcula, fueron unas ochenta y ocho.
Por alguna extraña razón, la señal de las tablets hacían interferencia con la casa del viejo Pérez. Aunque claro, esto se supo después de varios días. El viejo, por otra parte, ignoraba absolutamente todo de la Nigro Max Connecting y si incluso hubiese visto la propaganda en la tele o el diario, hubiese desconocido lo que se promocionaba. Apenas entendía la diferencia entre un teclado y un mouse como para comprender el concepto de una tablet.
Sin embargo, ese día, después de las nueve de la mañana, su vida dejó de ser la misma.
Estaba subiendo al altillo de su casa a buscar unos diarios viejos cuando las luces se apagaron en su totalidad. Pensó de inmediato que serían los tapones y comenzó a descender por la escalera, cuando de repente la energía retorno y las lámparas resplandecieron. Gruñó por lo bajo y emprendió otra vez el ascenso. No había llegado a subor dos peldaños, cuando otra vez quedó en prenumbras.
Aquello no le gustaba nada. Si alguien estaba provocando que se cortara la energía cada dos segundos, ponía en peligro la integridad de los artefactos del hogar. Bajó la escalera y se encaminó a la cocina, para desenchufar la heladera y también el televisor. Lo último que quería era que se quemaran.
No había salido del pasillo cuando volvió la luz. Escuchó el motor de la heladera al arrancar y notó como le costaba. Lanzó un "que lo parió" al aire y fue raudo hasta el enchufe, para desconectarlo de la corriente eléctrica. Apenas lo había hecho, la casa quedó otra vez sin energía.
- ¿Pero que carajo están haciendo? ¿Están jugando? - dijo con bronca en la voz.
En ese momento volvió otra vez la luz y el televisor se encendió solo. Fue hasta el aparato y lo apagó. No le había alcanzado a dar la espalda que se volvió a prender. Lo apagó una vez más y lo desenchufó. Entonces, se volvió a cortar la luz.
- ¡La puta madre, van a quemar todo! - bufó a pecho limpio.
Se apuró es desconectar todos los equipos que necesitaran de corriente eléctrica para funcionar. La luz iba y venía, constantemente. Salió a la calle y afuera parecía todo normal, sin ninguna cuadrilla de la empresa de energía trabajando en la zona. Fue hasta lo de su vecino y le golpeó la puerta, temiendo que no anduviera el timbre.
- ¿Disculpe Ferreyra, pero dígame una cosa, usted también está teniendo problemas con la energía eléctrica?
- ¿Qué clase de problema, Pérez? - preguntó un recién levantado Ferreyra, que aún no se había dado cuenta que llevaba puestas las pantuflas rosas de su mujer.
- Viene y va. Me va a quemar todo.
- Fíjese si no tiene algo en corto. Acá funciona todo bien. Estoy viendo el canal de compras desde hace un rato y no se me ha cortado nunca.
Le dio las gracias y volvió a su casa. Allí la luz seguía dando su propio espectáculo. Llamó a la empresa. Aguardó hora y media hasta que llegaron para verificar lo que estaba sucediendo. No le encontraron respuesta a lo que estaban ocurriendo. Todo parecía estar bien...
- Mire señor, en realidad ni siquiera se le está cortando la energía - le explicaron - Son las luces las que se apagan, lo mismo que los aparatos. Fíjese el televisor, se acaba de apagar, pero las luces siguen encendidas. Y ahora mire... se han apagado las luces, pero la heladera está marchando.
El viejo Pérez no se había puesto a hilar tan fino. Aquello lo alarmaba. ¿Su casa estaba maldita? ¿O la instalación estaba pidiendo a gritos un recambio del cableado?
Para la noche, el viejo estaba a punto del colapso. Estaba presenciando el caos personificado. Se sentía estresado, al borde de un ataque de nervios. Apenas si pudo dormir. A la mañana siguiente se presentó en la empresa de energía y logró que volvieran a revisar todo. No encontraban ninguna anomalía. Y si no hubiese sido porque uno de los jefes de la empresa se acercó a conocer la magnitud del reclamo, la incógnita seguiría sin haberse revelado.
La diferencia entre el jefe y sus empleados no era el conocimiento, sino la tablet recién adquirida: la Nigro Max Connecting. Hacía gala de ella como un niño lo hace de su último juguete. Todo lo que le decían, lo volcaba con velocidad sobre el aparato. Estuvo así un buen rato, hasta que por error activó la función de encendido de las luces y con alarmante incredulidad notó como por coincidencia, las luminarias de la casa se prendían.
Podía haber sido una casualidad, una más de las tantas que nos da la vida. Pero el hombre no dudó en volver a probar, accionando la desactivación de las luces. Las mismas, aunque no podía creer, se apagaron en ese preciso momento. No, no era posible. No había configurado la tablet aún, ni siquiera en su propio hogar. Miró el televisor apagado. Buscó la función en su dispositivo portátil y cruzó los dedos. Al hacer On en la función de encendido remoto, el televisor se puso a emitir.
Al rato se apagó, pero no había sido él. Lo mismo con las luces, que seguían su show personal de estar brillantes para luego sumirse al silencio de la oscuridad y viceversa.
¿Y si.... ? No, no podía. Sabía que una de las características de la Nigro Max era el alcance. Pero le parecía imposible que tuviera algo que ver. ¿Cuántas se habrían vendido en la zona, como para provocar ese caos hogareño en lo de Pérez? No, era imposible. No obstante, dio aviso al fabricante.
Las pruebas fueron categóricas. Por alguna inexplicable razón, las frecuencia en las que trabajaban las tablets Nigro, coincidían con las instalaciones existentes en la casa del viejo Pérez, y por algún otro rarísimo motivo, hacía las veces de llave maestra a la inversa, permitiendo que toda función emitida por una tablet dentro del radio de alcance, modificara los valores existentes del lugar.
El fabricante negó falla alguna y adjudicó todo al destino. El viejo Pérez resolvió mudarse al quedar al borde de la locura, tras cuatro semanas de no ser dueño en absoluto de la iluminación de su vivienda ni de nada de lo electrónico que poseía bajo su techo.
Odiaba más que nunca la tecnología. Razón suficiente para mudarse a una cabaña cercana al bosque, en medio de la nada, sin más compañía que una estufa de leña y un paisaje acogedor. Su casa la puso en venta y la compró un tal Gómez, que pagó en efectivo.
A Pérez poco le importa que ese tal Gómez responda a la empresa Nigro Max Connectiong y que su antigua casa esté siendo estudiada por analistas en conjunto con el gobierno. Es que allí radica el futuro del convencimiento, el poder sobre la intimidad, el acceso a lo privado. Por eso, con dedicación y esmero, se analiza cada centímetro del lugar, en busca de respuestas.Pérez, en tanto cierra los ojos y respira aliviado.
Está a salvo.