Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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16 de marzo de 2019

El hombre de la máscara (ilustración de Leo Cabrera)

- Tráeme al doctor, hijo, ve por él.

Giuseppe corrió por las callejuelas malolientes esquivando transeúntes y carros. Los pies sucios se enterraban hasta el tobillo en los charcos de agua que la lluvia de la noche había dejado como herencia.
El doctor vivía cerca del puerto, pero nunca estaba allí. Cuidaba a los enfermos en sus casas o en las calles, que en definitiva, no dejaban de ser sus hogares. La peste acababa con casi todos, tarde o temprano. Era el castigo de los dioses.
Reconoció la figura del doctor desde lejos. Su porte erguido, cubierto de ropas y cuero y ese pico enorme que se desprendía de su rostro, que lo asemejaba más a una gigantesca ave que a un ser humano.

- ¡Doctor, doctor! Mi madre, ella...

- Tranquilo niño - trató de calmarlo, pero más que nada, que dejara de gritar - Dime dónde debo ir.

El pequeño lo tomó de la mano y lo llevó. La muerte a su alrededor era un cuadro diario, que ya no llamaba su atención. Había visto cuerpos descomponerse por días desde que tenía memoria, y otros tantos, apilados en enormes hogueras que ardían bajo la atenta mirada del sol.
Avanzaron velozmente, pero al llegar, el doctor supo que era tarde. El brazo flácido cayendo a un lado del camastro era suficiente para determinar la suerte de la mujer.

- ¿Qué será de tí muchacho, a quién tienes? preguntó contemplando la minúscula habitación.

- A mamá - dijo señalándola.

- Además de ella - insistió el doctor.

El niño negó con la cabeza.

Así era a diario. La peste dejaba huérfanos por un lado, familias destruidas por el otro. Y él, dentro de ese traje, detrás de esa máscara donde podía respirar un aire sin la contaminación de la muerte, solo podía esperar con ellos, aguardar a que la Parca les tuviera piedad y se los llevara. Porque no era doctor ni sabía cómo calmar el dolor de la agonía. Su misión era estar allí, una figura para llevar calma, esperanza.
Miró con lástima al pequeño, mientras esa palabra que aborrecía, que para nada lo describía, volvía a llegar a sus oídos, muy por encima de los otros sonidos, del llanto de los vivos, los gemidos de los agonizantes y las risas del diablo, que escondido en los rincones, saboreaba segundo a segundo su victoria.

Arte Leo Cabrera. Cuento inspirado en sunilustracion "Médico de la Peste".

23 de febrero de 2019

El pintor que no lo sabía

Era temprano cuando sonó el timbre de la casa. Fabrizio se había acostado tarde, culpa de esa serie que quería terminar de ver desde hacía una semana. Pensó en quedarse en la cama, pero la insistencia en el segundo y tercer llamado, terminó por despertarlo del todo. Con mala gana se puso un pantalón y se dirigió a abrir la puerta. Tres personas elegantemente vestidas aguardaban sonrientes en la vereda. Testigos de Jehová no eran, porque siempre andan de a dos. La única mujer del grupo se adelantó y le preguntó si él era Fabrizio Titinoli.
Asintió con la cabeza. Aún tenía sueño y con ganas de estar en la cama.
- ¿El pintor Fabrizio Titinoli? - preguntó una vez más, la mujer.
Fabrizio guardó un instante de silencio. ¿Pintor? Si, era verdad, dibujaba. Pero como un pasatiempo. Aunque, pensándolo bien, también por un tema laboral. Era arquitecto. Es decir, se le daba bien el dibujo y de tanto en tanto manchaba una hoja con acuarela, trazaba un Batman, o hacía algún paisaje que quedaba archivado entre otras cientos de hojas, en sus carpetas del trabajo. Pero pintor, así como uno entiende el oficio de pintor, no lo era en absoluto. Apenas recordaba haber pintado un lienzo de joven, el típico encargue del familiar que cree que uno es un talento innato y lo alienta pidiéndole una muestra de esa capacidad. Incluso recordaba que había hecho un mural una vez, de chico, con los compañeros de la escuela de dibujo. Es decir, si le pidieran que escribiera que había hecho en su vida, y la categoría fuese dibujo, esa sería su respuesta, escueta y escasa.
- Creo que me están confundiendo con alguien más - contestó sonriendo, esperando zanjar con eso el malentendido y volver a la cama.
- No, no, es usted - terció uno de los dos hombres del grupo - Mire, este es su facebook, el de la foto es usted - le dijo acercándole la pantalla de un celular.
- Si, es mi perfil. Pero no soy pintor.
- No sea modesto, hombre - manifestó el que había estaba callado hasta entonces - Hemos visto sus trabajos, creo que sobran las palabras ante tanto talento. Solo venimos a avisarle que queremos hacer una muestra esta semana, en la galería Principal.
- ¿Una muestra? ¿De qué? No entiendo para qué me necesitan, yo trabajo en el estudio...
- ¡Suya, hombre, suya! ¿Para qué cree que hemos venido?
- Pero yo no pinto.
- Claro que usted no pinta, usted hace magia Fabrizio, magia. Uno ve sus dibujos y se siente tocado por una varita, encantado, subyugado. Su obra es la luz que el mundo necesita, es...
- Es un honor estar hablando con usted - interrumpió la mujer que prácticamente estaba al lado de Fabrizio - no sabe las ganas que teníamos todos de poder conocerlo, es un momento... creo que me emocioné, perdón Fabrizio, perdón... no todos los días uno...
- Discúlpela, por favor, ella está tan emocionada como nosotros, sucede que, bueno, ella ha perdido hace poco a su abuelo y ha visto en sus obras ese bálsamo para poder cubrir las heridas del alma.
- No entiendo nada.
- El artista no debe entender, el artista es artista, el artista crea. Nosotros debemos entender. Y dar gracias. Al artista, claro.
- Sinceramente, no entiendo. ¿Es una joda? ¿Los mandó la gente de la oficina? ¿Dónde está la cámara...?
Fabrizio empezó a buscar en los alrededores. Los dos hombres salieron tras suyo.
- Vuelva, Fabrizio, vuelva...
- ¡Basta! ¿Qué quieren? - dijo resignado, fastidiado por no encontrar una sola cámara que lo estuviera filmando y totalmente absorto por la situación.
- Hacer una muestra - respondió la mujer - Pero no cualquier muestra, una internacional, enorme. Mire Fabrizio, vienen poderosos mecenas del arte mundial, funcionarios de embajadas extranjeras, youtubers, incluencers, hasta gente de la televisión. Ya está todo reservado. No entra ni un alfiler.
- ¿No entra un...? ¿Van a organizar una muestra con un material que me vienen a pedir a mí, que en teoría soy pintor? Realmente, creo que me están agarrando para la joda.
- Sabíamos que esto podía pasar - le confió un hombre al otro, bajando la voz, aunque Fabrizio escuchó claramente - ¡Al final de cuentas, es Titinoli, carajo!
- A ver, Fabrizio, permítame explicarle, hemos sido quizá, un poco bruscos y usted está acostumbrado a otro trato - la mujer evitaba mirarle los ojos al hablar - pero créame, créanos en realidad, que lo respetamos mucho, estamos maravillados de estar aquí, y no es nuestra intención demorarlo demasiados minutos, conocemos muy bien los tiempos de los artistas y sería una falta de respeto de nuestra parte que esté perdiendo parte vital de su línea temporal cósmica hablando con nosotros, simples admiradores de su obra. Tan solo queremos retirar la obra.
- ¿La obra? ¿Buscan una sola obra?
- Si, ésta, mire, esta que tiene publicada aquí en la galería de fotos.
Fabrizio la observó atentamente. Era un dibujo en acuarelas de un perro acostado en la nieve, con la baba cayendo de la comisura de la boca convertida en un hilo de hielo.
- Si, ese original lo tengo, lo hice el otro día en un rato.
- ¡Qué magnífico!
- ¡Cuánto talento!
- A ver, si lo que quieren es esa obra, les doy esa obra así me dejan tranquilos. No sé para que tanta alharaca por una obra para una muestra colectiva.
- No ¿Cómo colectiva? Cómo el gran Fabrizio Titinoli va a exponer en una muestra colectiva. ¡No ha nacido aún el artista que esté a su altura, admirado Fabrizio!
- En algún momento voy a descubrir quién me está gastando esta joda. Se los aseguro. Voy a traerles el dibujo.
- Por favor, ¿nos permitiría acompañarlo? ¡Qué mayor sueño de todo mortal, qué conocer el estudio dónde se gestan obras inmortales!
- Si quieren pasar, pasen, pero está todo revuelto, porque tuve una semana complicada...
- ¿Podemos sacar fotos?
- ¿Fotos? No, no saquen fotos. Mi casa es un desorden. ¿Fotos? Por favor, siéntense en ese sillón y me esperan.
- ¿Podemos conocer el estudio?
- El estudio de arquitectura está en el centro. ¿Para qué quieren conocer el estudio?
- Perdón Fabrizio, queremos referirnos a su lugar sagrado.
- ¿Mi...? Mi lugar sagrado es el inodoro. Cuando cago, me siento en el cielo. Ese es mi lugar sagrado. ¡Dios mío! Se quedan en e sillón, ahora les traigo el dibujo.
- La obra maestra - corrigió la mujer.
Fabrizio la miró de reojo, metiéndose en su habitación. Quería buscar el maldito dibujo, dárselos y cerrar la puerta de calle con llave. Las tres personas estaban ele umbral de la puerta.
- ¿Qué hacen acá? - les gritó de mala manera.
- El genio de todo artista - suspiró la mujer.
- ¿Aquí dibuja? - preguntó el más hablador de los hombres.
- Se siente como un lugar sagrado - afirmó el más callado.
Fabrizio se agarró la cabeza. Había encontrado el dibujo en una carpeta vieja de la facultad. Por suerte lo había escaneado hacía poco y sabía donde estaba.
- Aquí tienen, por favor, agarren este dibujo y váyanse de mi casa.
La mujer se puso unos guantes blancos y tomó con cuidado la hoja. Uno de los hombres sacó de un maletín un folio transparente y guardó dentro del original del perro en la nieve.
- Ya nos vamos, maestro. Es un honor para nosotros. Vamos a enviarle un coche con chofer para la inauguración. Va a estar el presidente y es probable que la reina de Holanda.
- Llévense éste también, lo tenía en la misma carpeta.
- Oh, qué belleza - exclamó la mujer.
- Es un árbol. Un simple y puto árbol seco, que ha perdido sus hojas - Fabrizio no quería escuchar un elogio más.
- Pero no, guárdelo por favor. Vamos a tener que pensar una muestra para esa obra. ¿No? Qué maravilla. Pero ahora, todo está montado para "Perro en la nieve".
- Una muestra con un solo cuadro. Va a ser un éxito, me imagino - ironizó Fabrizio.
- Si si, exacto, tenemos el mismo optimismo. Una muestra que será recordada en la historia de a pintura universal. La gran muestra en la galería Principal, con la obra maestra del único, del inigualable, Fabrizio Titinoli. Nuestra felicidad no cabe en nuestros cuerpos, vamos a explorar en cualquier momento.
Los tres lanzaron risotadas al aire. Al menos, pensó el dueño de casa, se estaban marchando.
- ¿Y en esta supuesta muestra, cómo van a montar una sala con una sola obra? - preguntó, ya despidiéndolos en la vereda, resignado a que se tratase de la bronca de algún grupo de amigos.
- Sé que es una obviedad contestar a su pregunta, porque seguramente pretende ponernos a prueba, pero quédese tranquilo que está ante curadores profesionales. Su confianza, al darnos esta obra, es muy importante. No sabe todo lo que representa para nuestras carreras. ¡Los curadores de la majestuosa muestra de Titinoli!
- No, en serio, quiero saber.
- Es que la obra habla por si sola, como solo usted lo ha hecho hablar, esas palabras tácitas que ha colocado a su alrededor, ese mensaje oculto en cada trazo, esas indicaciones que hemos leído entre líneas, bajo cada mancha de acuarela, recorriendo con la mirada ese blanco que se expande hacia cada dirección diciéndonos que es nieve... y haremos lo que usted nos ha dicho que hagamos, en este lenguaje tan nuestro ¿no? que es el arte: llenaremos las paredes de marcos con lienzos en blanco, hacia arriba, hacia abajo, hacia la derecha, hacia la izquierda, en las paredes opuestas, en las laterales, en todas partes. Y en el centro, como usted nos dijo, su obra, el perro en la nieve. En ese campo blanco, infinito, sin horizonte alguno, tan amplio como el universo mismo. Sí, así lo haremos, gracias a usted, maestro, gracias a usted, que es nuestra inspiración, el pintor que todos añoran ser.

7 de febrero de 2019

Pasos

El salto al vacío no fue un impulso suicida que llegó de la noche a la mañana, fue un sinuoso camino que comenzó ese mismo día, en aquel trayecto al trabajo, que lo cambiaría todo.
Sucedió a mitad de semana, una mañana que decidió salir hacia el trabajo con el tiempo necesario para ir caminando. Habitualmente se tomaba el colectivo o agarraba la bicicleta. Pero el viento fresco que entraba por la ventana y las energías renovadas por un suculento desayuno, le dieron los motivos necesarios para ir a pie.
En esas horas tempranas las calles estaban desiertas. Al menos en su barrio. Eran pocas las personas que podía encontrarse caminando. Alguna vecina de sueño ligero, que aprovecha para barrer la vereda, o los laburantes que se quedaban dormidos y perdían el transporte de la fábrica y tenían que caminar con desgano hasta la avenida para tomarse un colectivo que los acercara.
Los pájaros, trinaban de árbol en árbol, algún que otro felino regresaba a su hogar luego de una noche de ajetreo, los perros callejeros olfateaban los canastos de basura esperanzados en alguna sobra caída. Esa mañana, en particular, la brisa era hermosa. Podía apreciar el sonido de sus propios pasos. Y fue justamente estando atento a los suyos, que escuchó los otros.
Pasos más pesados, apurados, generados a su espalda. Giró sobre su cintura, asustado. Pensó en algún ladrón tomándolo por sorpresa, y con seguridad, a punto de golpearlo. Pero al darse vuelta, no se topó con nadie. Y sin embargo, a su lado, sintió el jadeo de alguien que pasaba.
Se estremeció, buscó el resguardo de la pared más próxima y se apoyó con fuerza, la espalda contra el material, la mirada al frente. Un par de perros gruñeron al aire y un gato trepó apurado a un árbol. Ya no escuchaba los pasos. En realidad, ya no escuchaba nada. Ni siquiera los pájaros cantaban.
Fueron treinta segundos en los que las palpitaciones en su pecho eran lo más parecido a un sonido que podía percibirse en el aire. Por suerte, el motor ronroneante de la motito del repartidor de diarios le devolvió algo de tranquilidad. Aprovechó para despegarse de la pared y apurar el paso. Pero no podía dejar de mirar hacia un lado y el otro, por encima del hombro derecho y el contrario. Incluso tropezó un par de veces, debido a avanzar de manera atolondrada. Pasó por un par de vidrieras y vio su reflejo. Estaba pálido. Si quería ir en colectivo, debía volver todo el trayecto y dirigirse hacia la dirección opuesta. No pensaba retroceder, mucho menos pasar nuevamente por esa vereda.
¿Pero qué era lo que lo había asustado? ¿Haber creído escuchar algo o no haber encontrado nada? No había sido su imaginación, había escuchado los pasos y también el jadeo. Se había alejado dos calles del sitio y sin embargo, algo iba mal. Estaba parado otra vez en la esquina de la misma cuadra. Podía reconocer con claridad los árboles, la vereda y la pared donde se había apoyado. No podía ser cierto. No había retrocedido, no había doblado la esquina, no podía estar llegando, entonces, otra vez por el mismo lado.
Pegó media vuelta, cruzó la calle y prácticamente trotó. Si, volvería entonces el trayecto y se iría a tomar el colectivo, ya no tenía que pasar por delante del lugar donde había sentido los pasos y...
Otra vez estaba en la misma esquina. Nuevamente tenía por delante el tramo que tanto lo asustaba. A lo lejos escuchaba el andar de la motito del diariero, repartiendo casa por casa el ejemplar recién impreso del semanario de la ciudad. Lo buscó con la vista, pero no supo identificar de dónde provenía el sonido.
Miró la hora en el celular. Apenas habían pasado cinco minutos desde que había salido de su casa. A él le parecía una eternidad. Se pediría un taxi, claro que sí. Un maldito y caro taxi, para ir al trabajo. No le importaba en realidad lo que le saldría. Tenía grabado el número en la libreta de contactos. Puso marcar, el número se agigantó en la pantalla y luego desapareció. Comprobó la señal y tenía todas las rayitas. Volvió a marcar, pero el número no llamó. Puteó en voz alta. Quiso buscar otro número de teléfono en internet, pero el navegador le devolvió un tenebroso "no se puede mostrar la página".
Tomó coraje y avanzó unos pasos. El gato y los perros estaban echados cerca del cordón de la vereda, juntos. Lo observaban con atención. Ya no parecían asustados. Los pájaros permanecían en silencio. Pero llegó un punto en que se detuvo. Vio algo moverse con el rabillo del ojo. Lentamente giró hacia la calle. Detrás de un árbol parecía haber alguien. Quizá era el ladrón, quizá estaba escondido esperando asaltarlo. Respiró hondo y retomó su camino, apretando el paso. Podía sentir el esfuerzo en los músculos de las piernas y la tensión en la mandíbula. Estaba apretando los dientes, resoplando sin parar. Entonces, los volvió a escuchar.
Esta vez no se giró, mucho menos se detuvo. Empezó a correr como poseído. Los pasos se aceleraron a su espalda. Un par de veces sintió incluso como que alguien quería sujetarlo de la ropa. Arrojó manotazos hacia atrás en plena carrera, que no golpearon nada ni a nadie. Corrió velozmente cruzando las calles sin mirar, saltando temerariamente los charcos de agua antes de los cordones de las veredas. Podía escuchar todavía los pasos que lo seguían. Las calles seguían desiertas, las persianas de las viviendas del barrio aún estaban bajas. Esa mañana parecía que ninguna viejita había madrugado para barrer afuera y todos los obreros de las fábricas habían tomado puntuales sus transportes.
Cada dos cuadras la vereda volvía a repetirse. ¿Cuántas veces había pasado por ahí? ¿Cuatro, cinco? Por más que doblara hacia el otro lado, que eligiera una esquina diferente, que se lanzara a contramano por la calle, siempre terminaba en la misma vereda.
Había visto el pasillo de un PH en dos ocasiones. La tercera vez que pasó por delante, se metió sin pensarlo. En el pasillo los pasos cesaron. Desembocó en una puerta de chapa, con rejas en la parte inferior. Extenuado, miró hacia atrás. Nadie venía por él. El sudor le bañaba el rostro. Se tocó la camisa y la notó toda mojada. Sacó el celular del bolsillo y volvió a marcar, ahora a la policía. No tenía señal. Se quitó la mochila y hurgó entre sus pertenencias. Un desodorante, una camisa limpia, auriculares, formularios sin completar, la billetera, una libreta de almacenero y una lapicera. Lo más parecido a un arma, era la maldita lapicera.
Golpeó la puerta, impaciente. En cualquier momento sentiría los pasos en el pasillo, estaba seguro de su suerte. Insistió dándole puños a la chapa, pero nadie contestó. Sorprendido, porque no se le había ocurrido antes, manoteó el picaporte. La puerta estaba abierta. La abrió, se metió del otro lado y la cerró con fuerza. Aquello era un descampado. No había paredes por ninguna parte. Salvo los que lindaban con la puerta, que vistos desde allí parecían un enorme y largo paredón.
Cruzó el descampado y más allá vio una calle. Trotó resoplando, siendo consciente de su magro estado físico. A lo lejos vio al diariero repartiendo el semanario. Le gritó, agitó los brazos en altos y casi suplicó que por favor mirara hacia dónde estaba, mientras avanzaba entre el pastizal alto y seco de aquel lugar. Al llegar a la calle, la motito ya se había perdido lejos. Ahora tenía tres caminos posibles. Hacia la derecha, hacia la izquierda o adelante, cruzando la calle. Aquello era una T. Y cada esquina, era la misma.
Detrás suyo, escuchó los pasos desplazándose entre los pastizales. No iba a mirar, no lo iba a hacer. Y salió corriendo.
Eligió cruzar la calle. Y siguió corriendo. Pasó por delante de los animales que lo seguían observando, y siguió corriendo. Pasó de largo el pasillo que daba al descampado. Cruzo otra calle, dobló la esquina, y otra vez aquella vereda. Se detuvo, con la boca abierta, casi sin poder respirar. El ruido de los pasos comenzaba a acercarse. Entonces, por fin, una señora mayor, escoba en mano, salió a la vereda.
- Buen día, mijito. Veo que ha corrido. ¿Quiere pasar por un paso de agua?
Se olvidó de la cortesía, se olvidó de los modales, hizo a un lado a la mujer y se metió dentro de la casa. Pero allí, lo único que había, era un precipicio enorme. Y entonces, sin dudarlo, saltó.
Lo dejó todo anotado en una libreta de almacenero, esas chiquitas con espirales. La encontraron debajo de su cuerpo, empapada de sangre.
A nadie le importa cuando la escribió.

2 de febrero de 2019

La realidad según Alina

La voz aflautada lastimaba los oídos de las personas sentadas en las mesas cercanas. El continuo parlotear transformaba el sonido en una hiriente ráfaga de palabras que ametrallaban la falsa tranquilidad del recinto.
Marietta escuchaba, consciente de las miradas rabiosas que le lanzaban a su interlocutora desde las otras mesas. Pero dejaba que hablara, que descargara su frustración, aunque apenas seguía el hilo de lo que decía. Por momentos observaba sus labios agrietados y resecos, apreciando cómo se movían, separándose uno de otro, en un vaivén interminable, entre lo sensual y lo grotesco, dejando ver por instantes la inmaculada dentadura blanca de Alina, de dientes alineados y parejos.
De repente se hizo silencio. Fue tan brusco el cambio que las personas de las mesas aledañas sintieron alivio, como si se hubiese apagado la turbina de un avión. Marietta demoró en reaccionar. Fueron un par de segundos entre que notó que los labios habían cesado de moverse y comprendió que su amiga estaba ahora llorando. De manera torpe agarró un pañuelo doblado en el bolsillo de la campera y se lo acercó al rostro, cruzando el brazo por encima de las dos botellas de agua sin gas que permanecían sin abrir sobre la mesa.
Marietta quería decir algo pero no sabía en qué punto del monólogo su amiga se había quebrado. Atinó a pedirle calma. Pensó que volvería a la carga con otra batería de palabras, pero se mantuvo en silencio.
Alina se limpió el rostro. Tomó su botella de agua y se sirvió medio vaso. Bebió sin pausa. Recién entonces pareció percatarse de su alrededor. Las otras mesas, las otras personas, algunos enfermeros rondando la puerta de salida. Del otro lado del ventanal un jardín verde y repleto de plantas florecidas ofrecía un paisaje inalcanzable para su estado de ánimo.
¿Y cómo sigo, amiga? le preguntó a Marieta, que bajando la mirada esquivó la pregunta. ¿Cómo sigo? volvió a preguntar con una voz más apagada, casi imperceptible. Permaneció en silencio hasta que una enfermera se acercó y avisó que era hora de volver a la habitación.
La enfermera ayudó a ponerse de pie a Marietta y la llevó por un pasillo, lejos de la sala de visitas. Alina se quedó sentada un buen rato, terminando primero su botella de agua y luego la que había dejado sin tocar su amiga. ¿Cómo sigo? volvía a preguntarse una y otra vez, ahora en su interior, en una sala que cada vez se vaciaba más. Casi un calco de su vida, cada día más sola.
Ni siquiera Marietta, la buena de Marietta, tenía las palabras que ella necesitaba escuchar para vivir. Su Marietta del alma, que había privado su libertad a cambio de una mentira y ahora convivía a diario con cuatro paredes acolchadas. Era ella quién tendría que estar allí, era ella la que había estrangulado a Filomena y no tenía consciencia de ello. ¿Pero cómo iba a sobrevivir la pobre de Alina en un lugar así? ¿Cómo? No, nunca lo hubiese logrado. La frágil, débil, inestable Alina, no podría haber sobrevivido un solo día al encierro.
Lloraba nuevamente cuando dejó el hospicio. Qué difícil era seguir estando tan sola en la vida. Sin Filomena, sin Marietta. Si tan solo pudiera hacer algo por ellas. Sin tan solo…

18 de enero de 2019

Correr

Correr, correr enloquecido, correr sin mirar sobre el hombro, sintiendo las pisadas detrás, el jadeo propio y ajeno, los resoplidos, con el corazón bombeando a más no poder, con la sensación de ser la última vez que las piernas van a desplazarse, que no importa el dolor en los músculos, ni el ahogo, ni las lágrimas en los ojos. Correr como si fuera lo último que harías, como si en ese esfuerzo estuviera el destino de nuestras vidas en el planeta, correr sabiendo que detenerse es morir, que aflojar el paso es lo mismo a caer presa de la oscuridad, de las garras de un demonio temerario y carente de piedad. Correr, sabiendo que al final del trayecto no ni hay nada más, pero tampoco, nada menos. Correr.

16 de diciembre de 2018

Mi amigo Felipe Ricardo Ávila

Hubo una época en la que viajaba muy seguido a Capital Federal, tanto que con Felipe nos habíamos acostumbrados a tomar un café en algún bar diferente cada vez de Parque Patricios, o cerca de su trabajo. Todavía no había iniciado su cruzada editorial con Rebrote y disfrutaba de dibujar los guiones de historieta que le escribía, a veces partiendo de ideas suyas. Fue una época en donde durante horas disfrutó de contarme anécdotas e historias de nuestra historieta nacional, de sus autores, de sus ídolos. Sabía mucho, muchísimo, era una gran enciclopedia verborrágica que, no obstante, hacia la pausa justa para preguntar por uno, por la familia, atento a las cosas que suceden fuera de la ficción. Me gustaba hablar con él porque respetaba mis opiniones, por más que no coincidiéramos. Nosotros nunca nos peleamos, me decía sonriendo, valorando esa verdad en nuestra amistad.
Le ponía mucha pasión a lo que hacía, amaba la historieta, la música, la literatura, sumamente generoso, compartía absolutamente todo lo que sabía, tanto que a veces lo dejaron en offiside, cómo la vez que llevó a Télam la idea de un suplemento de historietas y a la hora de concretarlo, llamaron a otra gente. Eso le dolió mucho.
Cada vez que nos veíamos me regalaba algo. Un libro, un marcador, cajas de cd, originales de alguna historieta hecha en conjunto... se sentía bien al hacerlo. Incluso la última vez que lo visité, en aquella clínica de Vila Urquiza, quería darme alguno de los marcadores que tenia para dibujar. Porque así era él.
Se le iluminaban los ojos al hablar de sus hijos. Cuánto orgullo tenía de ellos. Se aferraba a su familia y a las historietas para atravesar momentos amargos. Y tuvo muchos, pobre Felipe.
Tengo recuerdos imborrables de Felipe en Villa y en Empalme. Primero fue a Empalme, en 2010, a dar una charla que compartimos con Decur y Sergio Álvarez, sobre la historieta. Felipe, en su apuro por volver a Rosario, quiso comer un carlito rápido y dejó caer queso sobre su camisa. Brillante para hacer únicos los momentos, tomó un sifón y bañó en soda su cuerpo. Su humor era magnífico. En Villa estuvo dos veces, una vez en un asado en casa de Néstor Marinozzi y la restante en el Villa Viñetas de 2015, donde se quedó a dormir en casa.
Me acuerdo en una feria del libro en Buenos Aires, Felipe nos presentó (estaba con Martín, un gran amigo, y su hijo Teseo) a uno de los hermanos Villagrán, que enterado del nombre del pequeño, le dibujó de inmediato un Nippur. Felipe, embelesado con el dibujo, miró a Villagrán y le dijo: ¿Maestro, y a mí no me hace uno?
Sonrio y me pongo triste al mismo tiempo. Ese era Felipe. Cuánto lo voy a extrañar. Además de nuestras largas charlas café de por medio o telefónicas, cuando la distancia lo imponía, hicimos tantas cosas juntos, que buscando me sorprendo con proyectos que jamás terminamos.
La mayor parte está en el blog de Olvidados en el espacio. Ese es el título además de la primera historieta juntos. Publicamos una hermosa novelita gráfica, 3186. Ilustró el libro de cuentos que escribí, El hombrecito que miraba las estrellas. Editó con nuestros trabajos unas lindas revisitas con las que recorrió varias ferias. Juntos ganamos tres primeros premios, un certamen de la Biblioteca Nacional con Las lecturas de Borges, un certamen Iberoamericano con La niña Bontemps y el primer premio en la Feria de Moreno, por Cenizas.
Lueego se embarcó en el proyecto editorial de Rebrote, donde a su manera, con su empuje, sacó adelante numerosas publicaciones, algunas en formato de revista clásica de aventuras y otras, en libros. El me presentó a gente que hoy quiero mucho, cómo Martha Barnes, Jorge Pérez Perri, Marcelo Bukavec, Pablo Barbieri, José Angonoa, y claro, Pablito Dell'Oca. Quiero creer que con Pablito están ahora dibujando trazos sobre páginas infinitas, soñando la mejor historieta de todas, homenajeando a todos los que, en esta línea temporal tan tirana, han ido forjando este hermoso universo de viñetas.
Felipe ya no está con nosotros, pero no puedo decir que Felipe se marchó. ¿Cómo se puede marchar alguien que nos ha legado tanto, que ha hecho tanto? Está en cada uno de nosotros, de los que aman las historietas. En sus libros, en los de Rebrote. En cada anécdota, en cada viñeta que dibujó, en cada ensayo que nos dejó. Hace un par de meses le dije que hiciera las cosas tranquilo, que no se sintiera ansioso, que eso podía hacerle mal, que lo primero era su recuperación. Me dijo que no podía decirle eso, que él tenía que seguir proyectando, haciendo, que tenía que aprovechar todo el tiempo que tuviera por delante. Jamás pensé que se iría. Siempre lo ví cómo el Gilgamesh de su amado Lucho Olivera. Cuánta desolación esta noticia. Trato de pensar que al menos, ya no está sufriendo.
Gracias Felipe por tanto. Por todas tus enseñanzas, consejos, ideas, impulso. Gracias por tu honestidad en todo momento, tu forma de ser frontal que te hacía tan transparente. Siempre vas a estar conmigo en cada escrito. Te quiero mucho.

Felipe en Villa Viñetas, año 2015.

26 de noviembre de 2018

Monoblock 4

El viejo cruzó las vías en las primeras horas del día. Bajo la arboleda todo era de los pájaros, con su canto tempranero. Alguna que otra cagada le cayó en la cabeza. Había muchas ramas donde posarse por encima de su figura lenta y pesada. Pero para el viejo aquello era moneda corriente, su día a día, su manera de afrontar la vida.
Poco le importaba que los trabajadores que salían a la calle a tomar el colectivo de fábrica lo miraran de reojo, o que las ancianas madrugadoras, que despuntaban la lengua mientras hacían de barredoras de veredas, hablaran a su espalda tras su andar parsimonioso.
Puntualmente, el canillita que recibía los diarios con las primeras luces del día, lo saludaba con un ademán de cabeza al verlo pasar. No recordaba cuando había sido la última vez que no coincidieron en horario, en esa esquina. Porque con tormenta, con temperaturas bajo cero o calor calcinante, el viejo arrastraba sus piernas en un mismo derrotero que concluían, cada vez, en un mismo lugar.
Había un rincón de la ciudad al que pocos iban. Se notaba por las veredas sucias, callejuelas con verdín en los extremos, paredes repletas de pintadas sin sentido, que con el tiempo, se había superpuesto en un diálogo eterno y sordo, palabra sobre palabra, insulto sobre insulto. Un contraste de ladrillos rotos, árboles mutilados, autos abandonados, y edificaciones que si bien parecían abandonadas estaban habitadas por personas sin otros recursos, sin otro amparo que un techo sucio, húmedo y repugnante en olores, tan propicio a las enfermedades como a la muerte. Un rincón donde no entraba ni siquiera la policía, que los políticos hacía tiempo habían olvidado y que incluso, hasta en los nuevos mapas había tapado con una leyenda enorme con el nombre del municipio.
Hacia ese rincón, cada mañana, tras atravesar las vías del olvidado ferrocarril, ser blanco de las heces de los pájaros, ignorado y maldecido por las lenguas viperinas de otros seres humanos, caminaba el viejo, con paso desganado y resignado. Llegaba, los zapatos sin suela envueltos en barro, la planta del pie hecho un solo callo, las hilachas del pantalón flameando al viento, la barriga sucia y ruidosa asomando entre los botones faltantes de una camisa dos números menos, que le apretaba los hombros, rasgados, de tela hecha jirones, que cubrían apenas el cuerpo de ese viejo barbudo, casi sin dientes, de pómulos hundidos, ojos achinados, frente engrasada y cabello ralo y revuelto, duro por la tierra, repleto de mierda de pájaro, reseca incluso sobre la oreja y dentro del oído.
Allí nadie lo observaba de mala manera, era uno más, tan sucio como cualquiera, tan hambriento como todos, tan muerto en vida como los demás habitantes de ese confín de la ciudad, cuyo nombre también nadie recuerda, sumergido en las sombras del tiempo y de los hechos que sucumbieron al anonimato y escarnio a esa porción de civilización incivilizada.
Con la lentitud de quién ya no tiene apuro por nada, tan solo por morir, se dirigía cada mañana al monoblock 4, de puertas que otrora habían sido azules, empujaba el metal desvencijado dejando huérfano un chirriar oxidado de fuertes agudos y penetraba en un pasillo tan oscuro como apestoso que terminaba en unas escaleras cuyos peldaños no podían verse ni escucharse, porque incluso cada pisada estaba sepultada en capas de polvo acumuladas por los años. Pero si algo le quedaba al viejo, era memoria. Y sabía la cantidad de pasos, de giros, de puertas que debía dejar pasar de largo, para, finalmente, llegar a la que cada día visitaba. A diferencia de otros picaportes, ese estaba limpio.
Lo hizo girar, dejó que la puerta de madera se golpeara contra el marco, se sacó los zapatos y avanzó hacia la habitación. El lugar estaba impoluto. Hasta parecía brillar. El viejo agarró la escoba y barrió el piso. Luego cambió el agua de un balde, buscó un trapo secándose en la ventana y lo pasó por el suelo, arrastrándose todo a lo largo.
Dejó que se secara, apoyado contra un viejo armario repleto de libros. Luego sacó una gamuza de un cajón y repasó los muebles, las mesas, las sillas. Siguió con la cocina, la habitación y luego el baño. En algunos casos, limpiaba sobre limpio. Hacia brillar más el brillo de la superficie. Hasta el aire, en aquella habitación, parecía ser diferente al que se respiraba en el exterior.
Cuando terminó con la faena, la tarde estaba cayendo. Observó el lugar con atención, como reteniendo cada detalle de la habitación. Fijó su mirada en la imagen que colgaba sobre la pared opuesta, el único ornamento que podía apreciarse en las paredes, una fotografía a color detrás de un vidrio, enmarcada en madera oscura y tallada. Un hombre sonreía abrazando a una hermosa mujer y en brazos de ella, una beba de pocos meses dormitaba, serena, en paz, con la seguridad de estar protegida por esos dos jóvenes adultos que la cobijaban.
El viejo suspiró, en el único gesto que podía hacer sospechar a alguien que el viejo estaba vivo. Abrió la puerta, la cerró, se puso los zapatos sucios y emprendió el regreso. Fue dejando atrás las escaleras, la oscuridad, la humedad de las paredes, la vieja puerta de un deteriorado azul, las calles sucias, las veredas opacas, el lugar sin nombre, el rincón olvidado. Cruzó la plaza, el puesto de diarios, las calles habitadas, transeúntes de miradas hoscas y juicios fáciles, hasta llegar a las vías. Se escuchaban los pájaros y algunos grillos. Pisó un durmiente y luego otro, de manera lenta, acompasada. El sonido de sus días, el repiqueteo de sus pasos, separados por silencios, por recuerdos, por decisiones que ya no tienen vuelta atrás. Y el viejo, como el día, se va perdiendo, se aleja, se ausenta de la vista, para tranquilidad de todos, que no saben dónde va, ni de donde viene, que solo lo ven andar y que con eso, les es suficiente, porque tampoco les importa, pero claramente, les incomoda. Volverá por la mañana, sin el rugir del tren, pero tirando tras de sí, una carga mucho más pesada, invisible, dolorosa, que a nadie le importa y que sin embargo, a todos incomoda.


14 de noviembre de 2018

La sala de espera


ph Colo Cossy + txt Netomancia


- ¿Señor, es su hija?
- Si
- ¿Está solo?
- Si. No… mi esposa viene en camino. Ella estaba de viaje, pero ahora… bueno, está viniendo.
- Cuénteme qué pasó.
- ¿Cómo está ella?
- Sedada. Necesitamos saber cómo empezó.
- Es que… fue todo muy rápido.
- Trate de recordar todo lo que pueda.
- Estábamos en el shopping. Todos los sábados vamos. Todos los que podemos. Hoy no íbamos a ir. Al menos ayer habíamos dicho de no ir. Pero ella se levantó con ganas y al final fuimos. Usted ya la vio… pobrecita, perdió todo el cabello muy pronto, al mes nomás de empezar con el tratamiento. No siempre tiene fuerzas. Y cuando las tiene, quiere aprovechar. Por eso fuimos. Nos levantamos temprano, desayunamos y nos fuimos a tomar el colectivo. El auto lo tiene mi esposa, que tuvo que salir anoche de urgencia porque su mamá se descompensó en el pueblito donde vive. Así que la salida también servía un poco para que ella no pensara en su abuela. Porque le tuvimos que decir, no se pueden ocultar estas cosas. Ir al shopping pareció en definitiva una buena idea. Llegamos a media mañana. Le compré un helado de agua, no muy costoso. Paseamos, miramos vidrieras, ella me iba diciendo todas las cosas que le gustaban para mí, para la madre… nunca elige nada para ella ¿sabe? Nunca. Piensa siempre en los demás, tiene un corazón enorme. A mi se me parte el alma, verla así, sabiendo que… y ella tan buena, tan noble. Me hace sentir tan orgulloso. A veces me la imagino mayor, haciendo cosas por los demás… disculpe, no puedo evitarlo. Ella… me dijo que estaba cansada. Es habitual, es el momento de descansar un poco, así que caminamos hacia la casa de comidas rápidas que prepara platos vegetarianos, que tanto le gustan. Estábamos en el segundo piso, así que bajamos por la escalera mecánica. Fue donde sucedió.
- ¿En la escalera?
- Si, si. Es lo último que recuerdo. Después… después son todas imágenes confusas.
- ¿Qué recuerda en la escalera?
- Mientras bajábamos podíamos ver que había una cola bastante larga en el lugar al que íbamos. Y más allá, en las mesas, varias familias comiendo, con niños y niñas correteando de un lado a otro. Mi hija me sostenía la mano. Siempre vamos de la mano. Además, es una cuestión de seguridad. Por las dudas que se caiga, que tropiece, no sé, le pueden pasar mil cosas. Siento que si la sostengo de la mano, puedo ayudarla de inmediato. Pero… ella me soltó la mano. Primero sentí que temblaba y enseguida se soltó. Alcancé a verla abrir los brazos en cruz y mirar hacia arriba, hacia el techo vidriado del shopping. Y entonces…
- ¿Entonces?
- Cayó el rayo. O lo que haya sido. Una luz blanca, potente, cegadora. Una especie de haz gigantesco, algo muy difícil de explicar. Cayó verticalmente encima de ella, sin emitir sonido alguno. Podría decir que absorbió todos los demás sonidos. Fue un instante, una fracción de segundo. Y luego, no recuerdo nada más. Solo despertar en una camilla, esperar que me revisaran, que me dijeran que no tenía nada y que me sentara a esperar en esta sala. ¿Esperar qué? le pregunté al enfermero, tal era mi aturdimiento. Y me dice: “a su hija, la niña que llegó con usted”. Y ahí recordé todo lo que le he contado, casi de manera instantánea, como si alguien hubiera descorrido un velo delante de mis ojos. Fue cuando le pedí al enfermero que por favor le diera aviso a mi esposa, porque mi teléfono está sin señal.
- ¿No sabe ni siquiera cómo llegó a la ambulancia o lo que pasó en el shopping?
- No. Me imagino que ha sido una descarga eléctrica, algún cable que cayó sobre ella.
- ¿Alcanzó a ver los cuerpos?
- ¿De quién?
- Los que estaban por doquier.
- No sé de qué me habla.
- Hubo una explosión, señor. En el shopping. Usted y su hija son los únicos sobrevivientes. Usted sin un rasguño, su hija en estado catatónico. Alrededor de dónde los encontramos, aún respirando, había centenares de cuerpos sin vida.
- Oh, por Dios, toda esa gente…
- No, los cuerpos de las personas que estaban en el shopping en el momento del evento, aún no han sido encontrados.
- No comprendo…
- Los cuerpos que encontramos, son de personas fallecidas hace poco tiempo. Aparecieron por doquier. Hemos comprobado en algunos casos que faltan en sus tumbas y nichos. En cambio, no hemos podido dar con el paradero de las personas que según las cámaras de seguridad, estaban en el shopping este mediodía. Reitero la pregunta, señor. ¿Recuerda algo más de lo sucedido en la escalera?
- No… no entiendo. Mi memoria está en blanco, solo la luz y… ¿cuál es su nombre doctor, no lo recuerdo?
- No soy doctor. Y no está en un hospital. Quédese en esta sala y trate de recordar.
- ¿Pero qué…? Ya le dije, la luz y…
- Lo que sea.
- ¿Y mi hija? ¿Puedo verla?
- Seguirá sedada, hasta que recobre el conocimiento. De momento, no. No podrá verla
- ¿Y qué hago mientras tanto? ¿Cómo hago para recordar?
- Haga su mejor esfuerzo. Es la mejor respuesta que le puedo dar. Espere, y recuerde.
- ...
- Espere y recuerde...

10 de noviembre de 2018

Cuentos de mi madre

* Relato seleccionado y publicado en la antología de cuentos de terror "Mi abuela tiene un bicho", de Lafarium Contenidos.

En el monte, entre arbustos y árboles que conforman un paisaje tan inhóspito como salvaje, vive sola mi abuela, ocupando la vieja casita que construyó su padre, mucho antes que ella naciera, mucho antes incluso que Yaldaboath maldijera a la familia.
Solo una vez, antes de esta noche, había viajado hasta ese paraje olvidado del universo. Fue tras la muerte de mamá, hace unos tres años. A pesar de haberse negado ella toda la vida de traerme al monte a conocer a la abuela, creí importante que la anciana tuviera noción de la desgraciada noticia.
Su rostro surcado de gruesos pliegues de piel sucia, el cabello gris como nieve sucia y esos ojos blancos, ciegos como la nada misma, hicieron que balbuceara la trágica razón de la visita y dos minutos más tarde estaba otra vez al volante, acelerando a fondo la destartalada coupé que tenía entonces.
Aunque la imagen que más me había acobardado no había sido la de la vieja, sino aquello que había detrás, que se dejaba ver sobre el hombro huesudo de ese cuerpo marchito. Era una bicho. No tengo palabras para describirlo. Parecía un pulpo, cabía sobre la mesa, pero tenía la cabeza enorme, ojos desproporcionados y tan oscuros que parecían huecos, los tentáculos… si acaso podían llamarse, tuve la impresión que eran extremidades humanas moviéndose sin ton ni son.
Siempre creí que las historias de mamá formaban parte del folclore familiar, historias inventadas para asustarnos y que el hecho de tapiar las ventanas eran solo para darnos mayor seguridad, no por temor a algo extraño. Incluso, que el nombre de Yaldaboath era alguna que otra broma pesada de algún ancestro. Y que, quizá, su negativa de llevarnos a conocer a la abuela se debía a un capricho por una antigua pelea irreconciliable, de esas que no se hablan.
Traté de olvidar aquella visita, empecé a tomar pastillas para conciliar el sueño, incluso asistí por meses a un psicólogo. Pero los ojos blancos de la abuela y los ojos negros de ese bicho se convirtieron en un tatuaje sangrante en mí mente.
Por eso es que esta noche volví al monte, por última vez. Para acallar los gritos ahogados con los que me despierto tras cada pesadilla y asegurarme que había sido una alucinación, despedirme para siempre de la abuela, del puto monte y dejar atrás las viejas historias de terror y el cuento de la maldición.
Igual que la otra vez, la abuela me recibió en la puerta, con esa mirada de muerto, que observa con algo más que la vista y penetra hasta el alma misma. Pero ahora, la empujé, la saqué del camino y fui hasta la mesa. Allí estaba el bicho, como lo había visto hacía tres años. No había sido mi imaginación. Y sus tentáculos… oh, sus tentáculos. Eran los brazos de mi padre, de mi madre, los de otros integrantes de la familia, porque tenía montones, y en esos huecos del infierno… allí estaban los rostros de los muertos, gritando y aullando, sufriendo la eterna condenación de dolor.
¿Cómo no sucumbir? ¿Cómo no incendiar todo, Comisario? Creerá que estoy loco, pero no. Verá, mi madre siempre me contaba…



Descargar el ebook gratuito "Mi abuela tiene un bicho"

26 de octubre de 2018

El rincón del bosque


Ornella se fue mucho antes. Quince, veinte años, me animo a decir. El viejo Tomás se guardó estoico en su cabaña y se dejaba ver solo una vez a la semana cuando bajaba al pueblo a buscar provisiones. Nunca nos quiso, por más que fuéramos sus nietos. Pasábamos las tardes jugando cerca del auto abandonado y cuando el abuelo salía, nos escondíamos entre el hierro herrumbrado y el cuero chamuscado cubierto de tierra. Lo espiábamos a través del parabrisas ausente, escondidos de su vista detrás del capot levantado. Salía a media tarde y volvía al atardecer. Siempre solo, siempre a paso lento.
Fue tras su muerte que con mi hermano emprendimos la caminata por el sendero boscoso que le veíamos tomar cuando éramos niños. Treinta minutos después nos topamos con una colina. El sol brillaba sobre las cuatro cruces. Cada una tenía un nombre. En una, una inscripción rezaba: "Perdón por no poder sacarlos de las llamas, perdón por dejarlos morir en el maldito coche. Sus papis, Ornella y Tomás".
Temblamos ante esas tumbas y no demoramos en marcharnos. Pensar en aquel rincón del bosque me da escalofríos hasta el día de hoy, aunque es peor imaginarnos de pequeños, jugando dentro del verdadero cementerio. Jamás le pregunté a mi hermano qué siente al respecto, jamás lo haré. En quién más pienso es en el viejo Tomás, cargando la culpa solo durante sus últimos años de vida y en esos dos niños imbéciles, riendo entre los hierros retorcidos que alguna vez apagaron, para siempre, los sueños de otros.

txt: Ernesto Parrilla + ph: Colo Cossy

22 de octubre de 2018

El mundo a su espalda

Agustina pasa el tiempo en la ventana. Observa la calle, los autos que circulan, los transeúntes ausentes, incluso otras ventanas de otras casas, de otros edificios, que esconden figuras que también observan. Es sorda y no sabe lo que es el ruido.
Su vida son imágenes, escenas en movimiento, ideas que no escucha, pero interpreta. Siente que le falta algo y no solo es el sonido. Porque a través de su ventana descubre emociones en rostros pétreos y distantes, que transitan fugaz y eventualmente su vida.
Sabe que el hombre de anteojos de marco dorado que acaba de tomar un taxi hace duelo por su novio; que la señora que camina apurada con un chihuahua pisándole los talones sufre porque la tarjeta ya no tiene saldo y si sus amigas se enteran quedará mal ante ellas; que el niño que llora casi arrastrado por su madre hace al menos un mes que no le permiten ver a su papá.
Agustina sabe muchas cosas, porque se concentra en mirar. Y porque mirando por la ventana, se esconde detrás de un vidrio y se aparta del mundo a su espalda que tanto le aterra. Abriéndole los ojos a un mundo que le es ajeno, siente que tiene menos tristeza, menos dolor. No escuchar, en su caso, es un don.
No escuchar a mamá llorando. Los sonidos de los golpes de manos grandes y recias. Los bramidos de borracho del hombre que la molesta cuando todos duermen. La ventana es su mundo, el verdadero, el que le permite camuflarse en aquel hogar silencioso, de gritos ahogados y sin voz, de oscura melancolía, de corazones vacíos y futuros truncos.
La ventana es refugio, es escondite, es un ojo que observa. Es su propio dolor que la atraviesa y le ayuda a encontrar el que esconden los demás. Es su sentido agudo. La ventana es un todo. Incluso, una puerta por la cual, algún día escapar.

5 de octubre de 2018

Revolución


No vuelven, ni ella ni él. Afuera la calle, desierta y extraña a estas horas de la mañana. Desolación que estremece.
Se fueron anoche, todos. Ellos dos, los que estaban en sus casas y salieron exaltados a las veredas, otros que pasaban y se sumaron. Gritaban como si fueran una sola voz, fuerte y alto: ¡Revolución! ¡Revolución!
Me dejaron encerrado en el almacén, esperando su regreso. No puedo despegarme de la ventana. Debo estar atento para cuando vuelvan. No sé qué es Revolución o si queda demasiado lejos. Pero parece ser algo de donde no se vuelve, al menos, rápidamente.
En tanto, aguardo, fiel, paciente, guardián.

PH: Colo Cossy + TXT: Netomancia

30 de septiembre de 2018

El hombre que sueña

Soñé con un momento de mi infancia. Uno feo. La tarde en que probando la bicicleta de un amigo perdí el control, embestí el cordón de la vereda y terminé golpeando un árbol. Fue el comienzo de un mes en cama, con un brazo y una pierna enyesada.
Pero en el sueño, evitaba el árbol y tan solo terminaba con rasguños en las rodillas y un par de moretones.
No era la primera vez que soñaba con algún hecho pasado y lo que vivía dormido era diferente a lo que realmente habia sucedido. Durante un tiempo pensé en que eran deseos proyectados. Lo que me hubiese gustado no sufrir ese mes en cama, no haber cruzado la calle con el semáforo en rojo, no haber dejado a Ximena, copiar en aquel examen que nunca aprobé, no haber bajado la ventanilla del coche el día que dejé a mi hijo esperando en el estacionamiento...
Voy al psicólogo desde que tengo memoria. Me ayuda. Soy dependiente de las consultas. No puedo hacer nada sin antes hablarlo en una sesión. Pero durante años omití lo de los sueños. Porque eran deseos. Hechos que no podía cambiar. Era el pasado. Y al psicólogo voy para afrontar el futuro. Hasta que lo expuse. Porque, en definitiva, era hablar del tema o volverme loco. Sobre todo, después de esa visita.
Fue hace una semana, más o menos. Llegaba tarde como de costumbre. Además, llovía. Nunca hay lugar disponible para estacionar en la calle de la oficina donde trabajo. Debo hacer un rodeo previo y divisar un hueco. Esa faena suele demorarme unos minutos. Esa mañana, en particular, me llevó casi quince. No uso paraguas. Así que corrí. Pero en la esquina alguien cubierto completamente con un rompevientos amarillo me sujetó del brazo.
El psicólogo me preguntó por qué no seguí mi carrera hacia la oficina. Qué es lo que no hizo que empujara a esa persona y continuara mi camino. Desde su punto de vista, yo estaba esperando que alguien me detuviera.
Llegaba tarde, me estaba empapando y ese sujeto me tomó del brazo. La lluvia había mojado mis anteojos. El hombre se asemejaba a una figura bajo el agua, difusa y oculta tras el manto de gotas que se deslizaban cuesta abajo por las lentes de vidrio. Tendría que haberme apartado, apurar el paso, pedir ayuda. Pero entonces me llamó por mi nombre y olvidé todo lo que debía hacer en un caso así.
Al psicólogo le mencioné ese detalle, pero no lo que ví al sacarme las gafas y limpiar el cristal. Haberlo hecho suponía otra clase de terapia. Y no estaba dispuesto. Además, esa persona me había revelado algo que aún debía asimilar y en parte, todavía dudaba si hacía bien en contarle a mi psicólogo.
¿Solo lo sujetó del brazo y luego dejó que se marchara? Eso me había preguntado en la sesión. Sopesé la pregunta. Aún no estaba seguro sobre la razón por la que se lo había contado. La respuesta fue una mentira. Rápida, sencilla, efectiva.
- Antonio. Antonio, no tengas miedo. No voy a lastimarte, soy yo.
¿Quién era yo? ¿A quién debía reconocer debajo de ese rompevientos amarillo que parecía brillar debido a la lluvia? Me quité los anteojos con el brazo libre, limpié como pude el cristal y me los volví a colocar. Debo haber parpadeado varias veces, porque el hombre volvió a hablarme con calma: Si, soy yo.
En mis sueños, los que tengo de manera abundante, esos en los que naufrago en hechos del pasado, ciertos detalles carecen de nitidez, sin embargo, las situaciones principales llegan con una fuerza tremenda, al punto que tras despertarme puedo seguir recordando lo visto, a diferencia de otras clases de sueños, que luego de abrir los ojos, van perdiendo claridad hasta desaparecer definitivamente de todas partes. Esa es la razón, esa persistencia de las imágenes en mi memoria, por la que he podido comparar cada sueño con el suceso real. Pero al mismo tiempo, esa dualidad mezclándose en la mente, ha provocado que más de una vez terminara dudando sobre cuál de las dos situaciones había sido la real y cuál el sueño. Y en algunos casos, temiendo que ninguna realmente lo fuera.
Me estremecí al reconocer el rostro de la persona que me sujetaba el brazo. Cualquiera se hubiera sentido de la misma manera. Una sensación de estupor y de incredulidad. Durante unos segundos creí que el cristal de los anteojos me estaba jugando una mala pasada, pero no había error alguno sobre la identidad de ese hombre. Y sin embargo, no era posible.
Cada sesión con el psicólogo se extiende indefectiblemente por espacio de cincuenta y cinco minutos. Me cobra, en cambio, por una hora. Jamás reclamé esos cinco minutos, no tendría sentido hacerlo. ¿Qué pueden cambiar cinco minutos en una sesión? Además, tiene su lógica. Es el lapso que aprovecha entre una sesión y otra para hacer las anotaciones de las consideraciones sobre el paciente. Y preparar la ficha del siguiente. O simplemente, ir hasta el baño, refrescarse la cara o hacer pis. Pero la otra noche soñé que en lugar de estrecharle la mano y marcharme, me plantaba delante suyo y le hacía el reclamo por esos cinco minutos, alegando que cada doce sesiones, me robaba una. El sueño no terminaba bien. El psicólogo se ofendía, yo me ofendía, discutíamos y nos mandábamos al diablo los dos. Había sido tan nítido que tuve miedo que realmente hubiese sucedido. Pero cuando fui a la siguiente sesión, nos estrechamos la mano con una cálida sonrisa.
La lluvia se había intensificado. Caía sin inclemencias, con gotas que hacían doler. El sujeto, al que ahora reconocía, me apartó hacia las vidrieras de una tienda de ropa. Un pequeño toldo de lona nos guarecía del agua. Me encontraba en estado de entumecimiento. No podía articular palabra. Por suerte él, sí.
- Esos sueños, esos sueños que tenemos, no son deseos. No son proyecciones de lo que nos hubiese gustado, ni una prueba subconsciente de tratar de imaginar lo que hubiese ocurrido de hacer otra cosa. No, esos sueños son reales. Pero no ocurren aquí en esta vida, no ocurren ahí dentro de la cabeza. Esos sueños son puertas a universos paralelos donde vos, donde yo, donde cada uno de nosotros, de la misma porción de energía que representamos, actúa de manera diferente. ¿Entendés?
Le pagué, firmé el recibo, estreché su mano y antes de alcanzar el picaporte me detuve. No había tenido el valor al entrar, pero ahora estaba seguro. Le anuncié entonces a mí psicólogo que ya no volvería. Pude ver su cara de asombro, no obstante, decidí no dar explicaciones. Me apuré en abrir la puerta y dejar atrás ese consultorio para siempre. ¿Qué sentido tenía continuar yendo, cuando las respuestas no estaban allí?
Un trueno resonó tan cerca que sentí como me temblaron las piernas. Lo miré bien, lo miré con detenimiento, estuve a punto de tocarle el rostro. No hizo falta, comprendió. Soy real, me dijo. Es decir, yo estaba ahí, delante mío. Otro yo, claro. Y estábamos hablando bajo la lluvia. Los sueños no son sueños, volvió a decirme. Son ventanas abiertas a otros mundos. Similares a éste, pero distintos. En detalles. En decisiones. En pequeñas cosas. O en grandes. Pero similares. Para mí cada frase era un peldaño de una escalera difícil de subir. Y no entendía hacia donde podía llegar. ¿Cómo? ¿De qué manera había llegado a mí? Solo me dijo que no había mucho tiempo, que en cualquier momento podía despertar.
- Si aprendés a dominar el momento del sueño, vas a poder atravesar los universos. Tenés que lograrlo, tenés que avisarles a otros, ten...
Ya no estaba. La tormenta arreciaba y mis ojos tenían delante una vidriera con ofertas. Pensé en cada palabra que me había dicho y decidí no ir a trabajar. Llamé desde el celular y di parte de enfermo. Volví a casa a dormir. Es lo que hago la mayor parte del tiempo. He dejado el psicólogo, el trabajo... las deudas pronto comenzarán a taparme. Pero de momento, tengo algo más importante que hacer. Ignoro el tiempo que me llevará. Tampoco me importa.

25 de septiembre de 2018

La maldición



En una ciudad de fantasmas, soy apenas una sombra, algo incluso menos visible.
Los fantasmas deambulan de día atestando las calles, conduciendo vehículos, atendiendo los mostradores, concurriendo a las escuelas, formando filas en los bancos. Se parecen a las personas que alguna vez soñaron que iban a ser.
Nosotros, las sombras, apenas resaltamos en la oscuridad, al margen de la vida. Nos movemos cuando todos se encierran, quizá para evitarles un mal momento. Sigilosos, marchamos buscando restos de la fantasmal sociedad que nos permitan de alguna manera la subsistencia. Somos los que ni siquiera tuvimos el derecho de soñar.
Sucede de un momento a otro, de desgracia en desgracia, de olvido en olvido. Un día somos fantasmas, al otro devenimos en sombras. De ser un espejismo dentro de un engranaje, a ser una pieza sobrante que refleja las ausencias.
Jamás seremos lo que anhelamos. Las calles, tarde o temprano, sabrán de nosotros y susurrarán muy por lo bajo el por qué de la maldición de nunca ser humano.

Fotografía: Colo Cossy

22 de septiembre de 2018

La cuenta


Había perdido la cuenta. No solo de los actos previos, sino de los días desde el encierro. Solo un ventanal alto y pequeño, me recordaba a diario que la libertad era un pedazo de cielo recortado en un cuadrado en la pared. El resto del tiempo la vida era una monótona soledad en una habitación de dos por uno, en la que apenas entraba un colchón y un balde para las necesidades.
Hasta hoy, que se abrió la puerta. Siendo que apenas puedo moverme, que me duelen los huesos, que mi cabeza ya no tiene cabello. Perdí la cuenta y prácticamente la vida. Ya no recuerdo el pecado. Mi cuerpo es la evidencia del castigo. Aquella habitación a mi espalda, el símbolo del arrepentimiento.

txt: Ernesto Parrilla
ph: Colo Cossy

17 de septiembre de 2018

Antes que amanezca


En el desamparo de la noche, en las horas turbias que envuelven las primeras neblinas del invierno, en la desolación que invita la luna, testigo imperturbable de cada paso en falso del ser humano, la desgracia acecha como un tigre hambriento.

No hay sangre, ni armas. Tan solo la tensa espera. La pronta llegada del recado. El intercambio de manos, oferta y demanda. La vida en caída libre, como en un tobogán. Una pendiente pronunciada, sin horizonte.

Donde pronto trinarán los pájaros, la muerte sella un pacto antes que llegue el amanecer.


Arte fotográfico @colocossy + Microrelato @netomancia

31 de agosto de 2018

Pobres tipos


Los veo ensimismados en llegar cada día más alto, en cobrar cada vez más y más dinero, en ocuparse las horas libres en cuestiones del trabajo, ponerse la camiseta de una empresa que no les pertenece, en creerse parte de una estructura irreal, de la que simplemente son números, piezas de un engranaje, propietarios tan solo de una pizca de monedas en un caudal inmenso de billetes y transacciones electrónicas, eslabones intercambiables y desechables de una maquinaria gigantesca que, en todos los casos, responde a capitales de un monstruo más grande y casi siempre extranjero.
Los veo tan felices, tan llenos de éxito, de dinero, de realidades fugaces, que no puedo más que lamentarme por ellos y decir en voz baja: "Pobres tipos".

29 de agosto de 2018

Los gobernantes de los desmemoriados


Empezaron contaminando el agua en algunos barrios, luego en ciudades enteras. Más adelante, le tocó el turno a los alimentos elementales como la leche, la carne, las verduras y el pan. Fue un trabajo meticuloso, sin que mediara denuncia alguna. De a poco, la gente comenzó a sentir los primeros síntomas.
Algunas lagunas mentales, pequeños olvidos, aniversarios pasados de largo, cosas de todos los días que de pronto dejaban de hacerse. Hasta que un día, ya nadie tenía memoria.
Y desde entonces, ganan siempre ellos. Los gobernantes de los desmemoriados.

25 de agosto de 2018

La verdad espera en un cementerio

Debí sospechar cuando me dijo que lo acompañara, porque él jamás me había pedido antes tal cosa. Fue la primera señal, pero no me percaté. Quizá porque estaba ensimismado con mis problemas, sin dudas menores, como la humedad en la pieza del nene, la boleta del gas que aún no pude pagar y con seguridad deba financiarla en cuotas, la úlcera en el ojo del Fido, que pobre Fido, todos sabemos que está en las últimas. Por eso, si bien no es excusa, cuando él me pidió eso, me puse una campera y salí, un poco para tomar aire fresco, otro para escapar del caos rutinario que hay en casa, los gritos de los chicos, los reclamos de Ana. No levanté mucha plata, porque me conozco, si tengo plata, un par de cervezas me tomo. Tampoco era la idea. Porque cerca del cementerio no hay bares.
Caminé. Al bondi me revienta esperarlo, un remis te sale un ojo de la cara. A mitad de camino me pregunté para qué me precisaba. La última vez que había ido con él al cementerio, teníamos quince años. Estábamos ahí para acompañar a la vieja, para despedir a nuestro padre, a quien, a pesar de todo, ella quería.
Lo encontré cerca de la entrada, sentado en un cantero. No llevaba flores, pero si un gesto duro. Lo llamé por el nombre dos veces y pareció no escucharme. Al llegar a su lado, le pegué con el zapato en la pierna. Recién ahí levantó la mirada. Parecía absorto, en otro mundo. Tardó en reconocerme. Se quedó observándome como si fuera un desconocido. Esa fue la segunda señal y también la pasé por alto. Permanecí allí, como un tonto.
- ¿Qué te pasa? - le pregunté.
Se puso de pie, revolvió en su bolsillo y sacó una medalla. Me la mostró con la palma de la mano extendida hacia mí.
- ¿La conocés? - dijo.
El tono de voz, neutro en su totalidad, interpuso una distancia entre ambos de mucho más de los pocos centímetros que nos separaban. Era una distancia cósmica, inalcanzable. Debo haberme puesto pálido. No lo sé. Internamente sentí un crujido en las tripas, tragué saliva y noté, claramente noté, que el corazón se me aceleraba. Ahora sus ojos oscuros, que siempre comparaba con la negrura del carbón, se clavaban en los míos, esquivos, equívocos, errantes. Esperaba una respuesta, esperaba una confirmación. Y a mí, en ese instante, se me había paralizado hasta la respiración.
La mano que no sostenía la medalla se disparó hasta mi cuello. Lo aferró con tanta fuerza que solo quería agradecerle que la agonía no durara tanto tiempo. Pero me lanzó con fuerza hacia el cemento frío y reboté con violencia. Me dolía la espalda y también la nuca. Entonces, ya lo tenía nuevamente encima y esta vez, con ambas manos libres. Me debe haber agarrado de la ropa, lo ignoro, pero de un momento a otro me vi despedido por el aire, en dirección a un viejo paraíso, donde de niño jugaba a alcanzar las ramas más bajas. Sentí la corteza lastimarme la cara y cortarme el párpado. Me desplomé como una estatua sobre las raíces que sobresalían de la tierra. Tomé una bocanada de aire y de inmediato sentí un puntapié en la cintura. Luego otro y otro. Estaba en el piso, a merced de él. Imaginé que seguiría así hasta hacerme vomitar mis propios intestinos pero no hubo más. Ni patadas, ni trompadas, nada de nada. Solo me arrojó la medalla en el rostro y se alejó.
Una señora que salía del cementerio me vio en el piso y se acercó a ayudarme. La aparte de un manotazo. Me mandó a la mierda. Yo la mandé a la mierda. Traté de ponerme de pie y volví a caerme. Recién lo logré cuando me asistí del paraíso.
Me largué a reír. Él ya no estaba, la medalla hacía equilibrio sobre un montón de hojas secas y yo, a duras penas me podía mantener de pie, apoyado contra el árbol. Claro que conocía esa medalla. A pesar de los años, parecía brillar como siempre. La robé aquella noche, cuando me metí en su casa por la claraboya pensando que estaba en el telo con la vieja. Y no, el muy hijo de puta estaba en la casa. Dijeron que no atinó a defenderse. Y así fue, quizá del estupor de ver a su propio hijo con un chumbo entrando a robarle. Me llevé plata y esa maldita medalla.
Y desde entonces, se me aparece él. Soy yo, pero no lo soy. Me acompañó aquella vez al velorio y sentí que el culpable era él y no yo. Cada vez que algo malo sucedía, él estaba para hacerse responsable. Es la primera vez que pedía algo, por eso fui al cementerio. No me esperaba su reacción.
Me dolía todo el cuerpo y la medalla era como una herida palpitante en mi mano. La guardé en un bolsillo y emprendí el regreso, sintiéndome más solo que nunca en la vida. Volví caminando, a duras penas. ¿Volvería a verlo? ¿O desde ahora debería afrontar el hecho que siempre fui yo?
Lamenté no haber levantado dinero antes de salir. Estaría buscando ahora un lugar donde tomar una cerveza bien fría.

12 de agosto de 2018

La derrota de los escritores fugaces

Este relato obtuvo el 1er Premio en el Concurso Provincial de Cuentos organizado por la Municipalidad de Villa Constitución a través de la Dirección de Cultura, y publicado en la 19 Antología de Poetas y Narradores.

La derrota de los escritores fugaces

Hubo una época en que nos sentábamos a escribir. No precisamente juntos, si bien ganas no faltaban: las distancias lo impedían. No había un acuerdo previo, ni una misma motivación. Solo sabíamos que el otro, en papel, en la computadora o mentalmente, estaba creando una historia. Y cada uno, sin saber que escribía el otro, creaba una parte de ese escrito. Lo llamábamos el texto universal, porque todos y cada uno escribíamos sobre lo mismo, sobre la vida.
Estábamos felices, dedicados de lleno a cerrar los ojos e imaginarnos oraciones, párrafos completos, de un solo tirón. Escribíamos sin parar, de día y de noche, riendo y llorando, acompañados por música o en el más absoluto de los silencios. Podían pasar días sin que nos diéramos cuenta que no habíamos probado alimento alguno o ingerido un poco de agua. Nuestras venas tenían palabras, nuestro corazones bombeaban argumentos. En aquella época, nuestras almas convergían en un solo ser, un solo escritor.
Hasta que uno de nosotros comprendió que si escribíamos sobre la vida, el texto concluiría indefectiblemente en la muerte. Quizá se adelantó más que los demás en los capítulos posteriores, vislumbrando el inevitable final. Cuando todos caímos en la cuenta que por más líneas que agregáramos, o giros argumentales que interpusiéramos, el final sería siempre el mismo, ya no pudimos continuar.
Abandonamos nuestros teclados, nuestras máquinas de escribir, los lápices, los ejercicios mentales. Las hojas dejaron de acumularse en pilas enormes a punto siempre de desmoronarse y se transformaron en resmas estáticas, pálidas, sin ninguna atracción. La tierra y el polvo avanzaron de a poco, cubriendo esas superficies que alguna vez fueron nuestras. Dejamos las ideas adormecidas, sin ninguna esperanza de despertarlas. Nos arrojamos a la rutina del día a día, del sobrevivir, postergando nuestros sueños, porque al fin de cuentas, el final siempre es el mismo.
Y así, convencidos de nuestro fracaso, dejamos que la que camina lento, la que nos da una vida de ventaja, nos devore vivos. Las letras olvidadas, ya no darán cuenta de esta derrota.