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26 de marzo de 2015

Hacker a domicilio

El aviso en el diario despertó su curiosidad. La posibilidad de tener internet era tentadora. No tenía aún porque a su barrio solo llegaba el servicio a través de la telefonía y el hecho que le impusieran un teléfono de línea no era de su agrado.
En letras sin destacar, en la página 4 de la sección de Clasificados, el texto anunciaba: "Hacker a domicilio. Tenga Wi-Fi gratis en su casa sin abono mensual. Total discreción". Cerraba el recuadro un número de teléfono celular.
Sin darse cuenta, le estuvo dando vueltas a la idea durante todo el día. A la noche, mientras cambiaba de un canal a otro en el televisor, casi por inercia, comprendió que lo que le estaba haciendo falta era internet. Sus amigos del bar siempre hablaban de las bondades de navegar, de leer los diarios sin pagar un peso, de entrar a sitios que mostraban mujeres en paños menores o mejor aún, sin ellos; incluso podían contactar a gente distante.
Era cierto que para la gente mayor comenzar con aventuras de ese tipo, tanta tecnología de golpe, era una complicación. Pero si los demás se animaban... pero estaba el tema del teléfono. No quería y no lo pondría. Por nada del mundo. Ni siquiera tenía celular. Y aunque mucho costara creerlo, no tenía todo eso pero si una notebook. Por supuesto, no la usaba. Regalo de su hijo para convencerlo de estar más conectados y no depender de los viajes de él y que su padre se dignara a llamarlo desde un teléfono público. Pero reposaba como un olvido, guardada en su caja con el envoltorio de nylon que la protegía.
A la mañana siguiente recorrió con presteza las cuatro cuadras hasta lo de González, el almacenero del barrio. En la entrada del almacén, casi como un dinosaurio de otra era, había un teléfono público.
- Cómo le va, Hernández - lo saludó el almacenero, al que conocía desde hacía años.
Le respondió el saludo con un movimiento de cabeza, acompañado de una mano en alto, pero sin acercarse al mostrador. De esa manera dejaba en claro que había ido solo a usar el teléfono. González era un buen hombre, pero algo charlatán para su gusto y entonces, si podía evitarlo, mejor.
Buscó con preocupación el papel en los bolsillos de su pantalón hasta que recordó haberlo colocado en el bolsillo delantero de la camisa rayada que llevaba puesta. Lo desplegó con cuidado y tras repasarlo un par de veces, lo marcó en el teléfono de pared luego de haber introducido las monedas correspondientes.
Aguardó unos instantes escuchando el tono de llamada, mientras trataba con una mano de tapar el oído libre, para impedir que los ruidos de la calle y la radio que tenía encendida el almacenero no lo molestaran para entablar el diálogo.
Contestó una voz adormecida, algo ronca. Hernández se preguntó si acaso no era muy temprano, pero el reloj en su muñeca señalaba las diez de la mañana, horario más que normal para todo hijo de buen vecino.
- Si, quién habla - preguntó mecánicamente la voz del otro lado del teléfono.
- Hola, mire, lo llamo por lo del anuncio en el diario, lo del internet gratis.
- Ajá, bien. Dígame un horario y la dirección, que lo agendo para este jueves si le parece bien.
- Está bien, si, pero le quería preguntar cómo era la cosa...
- Nada de otro mundo don, usted abona una vez, le hackeo una cuenta de la zona y usted tiene internet gratarola. Y nadie se entera.
- ¿Y es muy caro el servicio que ofrece?
- Es lo que le costaría dos meses de internet, si lo tuviera contratado. En ese lapso lo amortiza.
Hernández le dio la dirección y no tuvo reparos con los horarios. Estaba jubilado y salvo ir al bar, no tenía otro motivo para no estar en su casa.
El jueves esperó con ansias le llegada del técnico. ¡La sorpresa que le daría a su hijo! Finalmente, cerca del mediodía, tocaron el timbre.
- Mucho gusto - dijo el muchacho en la puerta, extendiendo la mano - Gastón Narciso Castillos.
- Pase, pase... saqué la notebook de la caja, así ganaba tiempo.
El joven le sonrió mientras abría una mochila en la que tenía una computadora personal pequeña y herramientas varias.
- Pensé que iba a llegar antes, pero hay bastante trabajo por suerte, así que me vi obligado a demorarme. Ahora, si me permite...
Hernández hizo un ademán dando a entender que lo dejaba a solas, para que pudiera trabajar. De todas maneras no se alejó mucho, para poder observar lo que el técnico hacía.
Castillos desplegó su arsenal informático sobre una mesa y encendió la computadora portátil. Comenzó a teclear frenéticamente, abrir y cerrar ventanas en la pantalla, tomar anotaciones con su smartphone, todo sin sacar la vista de la notebook del dueño de casa, que había prendido al mismo tiempo que la suya.
Tras unos quince minutos así, anunció en voz alta:
- Ahora a esperar.
Roto el silencio (que en realidad no era tal, por el sonido constante de las teclas) Hernández se acercó al hombre.
- ¿Qué esperamos? - preguntó con curiosidad.
- Es un proceso delicado y aburrido - comentó Castillos, que parecía no iba a describir nada más, sin embargo, luego añadió - Estoy escaneando las redes de todo el barrio, centrándome en las que tienen mejor señal. Una vez detectada la que más convenga, usaré una aplicación de ataque que buscará penetrar la seguridad del router y de esta manera, usando una técnica llamada sniffing, apropiarnos de la clave.
A Hernández la explicación le pareció tan compleja como si le hubiesen tratado de enseñar a pilotear una nave espacial. De todas maneras asintió.
- ¿Y eso cuánto puede llevar?
- Y... - Castillos abrió la calculadora en su teléfono y se puso a hacer cuentas - Estimo unas tres horas, con suerte dos y media. ¿Usted tiene que hacer algo?
- No, no. A esta hora suelo cocinarme algo para comer, pero no es problema...
- Perfecto, por mí no hay problema. Casi siempre me invitan a comer, así que encantado.
La auto invitación a almorzar del técnico lo desconcertó, aunque luego de unos segundos tampoco le pareció tan descarado. Si tenía que esperar ese tiempo, no podía estar cocinando para él con esa persona ahí sentada.
Cada tanto abandonaba la cocina y se asomaba para ver que hacía. Castillos estaba muy cómodo en un sillón mirando televisión. Solo un par de veces, al sentirse observado, hizo el ademán de chequear el monitor de su computadora.
Preparó una fuente grande de ravioles con la intención que le sobraran para la noche, pero no contaba con el voraz apetito de Castillos que se sirvió tres veces.
- ¿No tiene algo de postre, un heladito, algo de eso? - preguntó el auto invitado a la mesa.
Se conformó con un postrecito de chocolate y dulce de leche. Luego volvió a la sala, donde siguió mirando televisión un buen rato.
Tras lavar los platos y ordenar la cocina, Hernández también fue hasta la habitación contigua.
- ¿Ya termina? - preguntó esperanzado.
Castillos levantó la mano, pidiendo silencio. Al parecer la película que miraba estaba en su desenlace. Solo cuando la película terminó, volteó el rostro hasta Hernández, que para entonces se había sentado en otro sillón.
- ¿Me decía?
- Le preguntaba si ya termina. El proceso ese que está haciendo.
- El hackeo dice usted.
- Eso.
El muchacho se estiró hasta la computadora y apretó unas cuentas teclas.
- Listo - anunció.
Luego fue hasta la notebook de Hernández, buscó las conexiones inalámbricas, escogió una red wi-fi, hizo clic sobre la misma, introdujo una contraseña y se apartó.
- Venga don, mire - dijo invitando a acercarse a Hernández - Veálo por usted mismo.
- ¿Qué veo?
- Mire ese simbolito ahí abajo, ese que le señalo con el dedo, significa que ya tiene internet.
- ¿En serio?
- Mire, entró acá, que es un navegador, y pongo acá Google y... mire, tiene Google.
Hernández estaba sonriendo. No sabía que significaba con exactitud tener Google pero escuchaba continuamente en el bar a sus amigos hablando que habían buscado esto o aquello en Google.
- Bueno, supongo que tendré que ponerme a estudiar un poco como funciona todo. ¿Y esto ya me queda para siempre, no?
- Es una buena pregunta - dijo el técnico - Mi servicio es el de hackear una red y permitirle acceder a internet sin pagar, ahora bien, si el administrador de esa red decide por esas cosas del destino cambiar la contraseña, me veo en la desagradable obligación de advertirle que dejará de tener internet.
- ¿Y en ese caso, habría que hacer esto de nuevo?
- Exactamente.
- ¿Y eso sucede muy a menudo?
- ¿Qué le cambien la clave a la red? Es difícil precisarlo, puede que si como que nunca la toquen.
El técnico juntó sus cosas, las metió en la mochila y guardó el dinero en la billetera. Hernández lo acompañó hasta la vereda para luego entrar raudo a la casa, con seguridad para tratar de probar de navegar con la flamante conexión de internet.
Castillos caminó unos metros, miró hacia la casa de su cliente y tras comprobar que no lo estaba observando, se encaminó hasta la casa lindante. Golpeó la puerta mientras buscaba la billetera.
- ¿Quién es? - preguntó una voz desde el otro lado.
- Soy el técnico, Lorenzotti. Le traigo su dinero.
La puerta se abrió y se asomó un hombre en camiseta, con una pata de pollo en la mano.
- Tenga, doscientos como le prometí. En un mes le cambia la contraseña. Si puede aguantar dos, mejor. Y no se preocupe, es un hombre grandes, si logra aprender a usar internet no creo que le insuma nada de tráfico.
El vecino tomó el dinero, le dio un mordiscón a la pata y se metió en su casa. Castillos guardó la billetera y se alejó silbando una melodía de moda. Se había hecho el día, almuerzo incluido.

21 de marzo de 2015

La linterna del tiempo

El hall de entrada era espacioso, con gran altura. Levantando la vista se podía apreciar una enorme lámpara que pendía desde el techo y que al mismo tiempo estaba a una distancia de cinco metros del suelo.
A cada lado enormes afiches anunciaban el evento que transcurría puertas adentro. El ingreso estaba habilitado, pero Carlos permanecía de pie sobre la alfombra gris del hall. La gente debía esquivarlo para seguir su camino, pero él no se inmutaba. Tenía la mirada fija en el corredor central del otro lado de la puerta.
Desde donde estaba podía apreciarse como ese pasillo que parecía infinito era recorrido por personas que iban de un stand a otro. Había estado tan entusiasmado esa misma mañana, que ahora, al recordarlo, le parecía algo sacado de otra vida.
Dos promotoras que sonreían a todo el mundo, entregándoles folletos, le habían preguntando al menos tres veces si estaba bien. Les respondía que si, mintiéndoles. En ese momento estaba dudando si acercarse nuevamente. A lo sumo, llamar a alguien de seguridad. Tampoco era tranquilizador una persona en su postura, la de quedarse de pie en el halla de entrada sin entrar ni tampoco abandonar el recinto. Y él era consciente de eso, pero al mismo tiempo, se sentía paralizado.
Escuchó una voz conocida a su espalda. Lo estaban llamando por el nombre. Pensó que no lograría girar sobre sus talones, pero lo hizo sin problemas. Allí estaba Raúl, su antiguo compañero en la facultad. Se lo veía como siempre, jovial, con el pelo revuelto y las ojeras de poco dormir tatuadas en el rostro.
- ¡Carlos, estaba seguro que te iba a encontrar acá! ¿Estás exponiendo? ¿Si, no? ¿Qué llevás en esa bolsa a tus pies?
Raúl era avasallador, podía colmar de preguntas y no darse cuenta de ello. Aún así, a Carlos le caía muy bien.
- Tendría que estar exponiendo, pero...
- ¿Pero qué? ¿No te dieron el stand? Mirá que conozco a uno de los organizadores, podemos ir a buscarlo - Raúl hubiese seguido hablando si no era porque Carlos levantó con suavidad una mano pidiendo silencio.
- No, no, nada de eso. Supongo que el stand debe estar en su lugar. No lo sé, no pude entrar Raúl.
- ¿Cómo que no pudiste entrar? ¿No te dejaron? - al levantar la vista y comprobar que no había nadie interrumpiendo el paso en la puerta supo que la razón no era esa - ¿Te pasa algo? ¿Es eso, no? Te sentís mal.
- Algo así, no sabría cómo explicarlo.
- De a poco, así se explican las cosas. Vamos por orden, venís a exponer me imagino lo que llevás en la bolsa.
Carlos asintió. No era una pregunta la que hacía su amigo, sino una afirmación.
- ¿Y que traés en la bolsa?
Agachándose, Carlos metió una mano en la bolsa y extrajo una linterna de mano, aunque no de las pequeñas.
Cualquier otra persona se hubiese extrañado, pero no Raúl. Conocía muy bien a Carlos y sabía que si había sacado una linterna de esa bolsa era por la sencilla razón que no era una simple linterna.
- Y ahora me vas a explicar cuál es el motivo por el que no podés entrar a mostrar esa linterna en la exposición más importante de ciencia del país - eso era un exhorto, pero al mismo tiempo, la única manera de liberar a Carlos del estado en el que estaba.
Carlos se permitió llevarse la mano a la cabeza y pasársela por el cabello. Lo hacía solo cuando estaba nervioso. Luego miró la linterna y apunto con ella a la pared, pero sin encenderla.
- Cuando yo encienda esta linterna provocaré una luxación del tiempo, que vendría a ser como una especie de desprendimiento de la materia sólida de la intangible.
- Suena interesante, pero no lo entiendo - dijo interrumpiendo Raúl.
- No espero que lo entiendas, ni yo lo hago. Pero mi teoría fue la siguiente: el tiempo es sólido, es materia. Y por lo tanto, tiene volumen y cuerpo. Difícil de calcular, imposible de medir, pero tiene. Si a esa materia la cortamos o dividimos de alguna manera, podemos ver su interior. Y he aquí lo grandioso. La luz. Nosotros somos luz, energía, una fuerza vital, si así queremos llamarla. Y esta linterna era mi presentación en la feria, es una linterna manipulada para que emita luz a rangos experimentales y nos permita ver a través de la materia.
Raúl guardó silencio. Vio en los ojos entornados de su amigo que algo que lo asustaba. Quizá la comprensión de lo que había logrado o...
- La linterna funciona - prosiguió Carlos bajando la vista - Hasta hace una hora estaba seguro de haber logrado algo formidable, excepcional, pero ahora me debato entre destruirla o darla a conocer. Y estoy seguro que si hago esto último, yo deberé dejar de existir. Porque la linterna y su creador no pueden estar al mismo tiempo en este mundo.
- ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Qué es lo que te ha hecho cambiar de parecer tan drásticamente?
Sin poder disimular el movimiento tembloroso de su mano, accionó la linterna apuntando hacia un rincón. La luz, muy tenue, casi sin brillo, dibujó un haz débil que a Raúl no le pareció nada de otro mundo.
- Solo el que la sostiene puede ver lo que se alumbra. De manera indistinta la luz me muestra en donde apunto un hecho del pasado o del futuro, que ha tenido o tendrá lugar en ese preciso lugar. Lo pasado, es probable, podamos precisarlo. Lo futuro, no.
Raúl no soportó más tanto misterio.
- Carlos, por favor, dame un segundo la linterna, quiero comprobarlo.
- Te advierto Raúl, el pasado no es peligroso, salvo que te topes con un hecho desagradable. Sin embargo, el futuro... el futuro es indescriptible.
Le tendió la linterna a su amigo y fue como quitarse mil años de encima. Una lágrima bordeaba su mejilla izquierda.
- ¿La enciendo y listo? - preguntó Raúl. Carlos asintió con la cabeza.
El haz de luz se extendió por el pasillo, pasando entre las dos promotoras. El semblante de Raúl pareció envejecer cien años. Tras veinte segundos, optó por apagarla. En silencio se la devolvió a su dueño.
- Vamos Carlos, vamos a tomar algo. Yo invito. Creo que a partir de hoy, tomar es lo único que nos queda.
El imponente edificio donde se realizaba la exposición de ciencias se fue distanciando de los dos hombres, que a paso lento caminaban sin hablar. El cielo parecía cubrirse de nubes, pero de todas maneras seguía siendo un buen día. El tránsito, los peatones, el ritmo rutinario de la vida fluía como siempre. El futuro les era ajeno a todos. Y era mejor así.

7 de marzo de 2015

La vida y la muerte según Emilio Miguel

Crecer en Villa Urraca le costó a Emilio Miguel su infancia y juventud. Nada agraciado de aspecto, cuerpo frágil, no aparentaba tampoco muchas luces.
Los pocos intentos de integrarse a la precaria sociedad que lo rodeaba fueron inútiles desengaños al corazón. Los niños le decían con desprecio “el tísico”, marginándolo de cualquier juego. Dónde Emilio Miguel llegaba, los grupos de chicos se disgregaban de inmediato, como lo hacen las hormigas cuando uno ha dado el primer pisotón.
Los mayores lo miraban de reojo y hablaban a sus espaldas. Varias veces escuchó el cuchicheo arrastrado por la brisa fría y certera del otoño, distinguiendo palabras que eran dagas disfrazadas de “pobrecito”, “chico feo” o “bastardito”. Fue una época mala, que se complicó cuando su madre se fue de casa y quedó solo con una tía.
Salió a golpear puertas con apenas once abriles, claudicando para siempre a las risas, sumiéndose al desencanto. Años de portazos uno tras otros, acumulándolos en cuerpo y alma. Se fue convirtiendo en un saco de huesos fútiles, un mendigo fantasma, un ser prescindible para cualquier habitante de Villa Urraca.
De lo único que podía jactarse Emilio Miguel era de su memoria. Podía enumerar las veces que cada uno de los vecinos le había cerrado la puerta en la cara o hecho un comentario injurioso pensando que él no los escuchaba. Aunque lo único que lograba era acumular odio, capa tras capa, forrando su interior de una materia tan viscosa como el olvido.
Nadie lo extrañó cuando siendo un adolescente desgarbado y sucio, abandonó la ciudad. Con suerte dispar, transitó pueblos, rutas y quimeras. Siempre corriendo detrás de su sombra, del pasado gris y maloliente acodado siempre en la barra de su mente.
Treinta y cinco años después y con al menos cuarenta kilos más, regresó a Villa Urraca. Nadie lo recordaba y nadie lo reconoció. Traía una carta de recomendación de un pariente del intendente, al que le había mantenido el jardín durante años en un pueblo lejano, perdido en el paisaje litoral que dormita a lo largo del Paraná.
Le preguntaron si era bueno con la pala y sacando yuyos. Él no se achicó. Dijo que era el mejor. Le dieron el puesto de cuidador del cementerio. Para Emilio Miguel fue el mejor trabajo del mundo.
Allí sigue al día de hoy, siempre con una sonrisa extraña cruzándole el rostro. Es que disfruta cada día, manteniendo en orden el lugar, haciéndose el tiempo justo y necesario para mear sobre las tumbas de aquellos que durante años guardó en algún lugar de su memoria. De tanto en tanto, deja caer también un sorete.
Crecer y morir en Villa Urraca, es difícil. Casi para pensarlo dos veces.

4 de marzo de 2015

El de muchos nombres

El paciente del pabellón cinco estaba creando nuevamente un caos en las habitaciones. No era la primera vez y muy difícilmente la última. Se las había ingeniado para encender una fogata dentro del comedor y los pasillos se habían convertido en las arterias mismas del infierno, con enfermeros tratando de llamar al orden y pacientes destrozando todo a su paso.
Cuando el psiquiatra llegó, el hombre estaba apenas cubierto por una manta blanca, dejando a la vista sus tatuajes, que abarcaban casi todo el cuerpo. Se había encaramado en lo alto de una escalera que llevaba a la terraza y desde allí repelía cualquier intento por atraparlo blandiendo con agilidad un pedazo de hierro, como si de una espada se tratara.
- ¡Basta Omar! - le gritó el profesional.
El hombre lo encandiló desafiante con sus ojos grises. El doctor retrocedió. La luz que ingresaba por un ventanal a sus espaldas hacía resplandecer los tatuajes, donde abundaban dragones de todos los tamaños.
- ¡No me llamo Omar! Llámeme Marduk, Teššup ó Sigfrido, llámame si quiere Perseo, Tristán o incluso, Margarita, pues estos han sido mis nombres. Memorice cada uno, porque ellos están por llegar y cuando lo hagan, solo a esos nombres le temerán.
El psiquiatra suspiró. La patología de Omar era una esquizofrenia con delirios y alucinaciones. Se hacía llamar “el matadragones” y solía hablar en extraños dialectos.
- Deja eso Omar, vamos, que vas a lastimar a alguien.
- Tienen que dejarme salir, nada podré hacer aquí atrapado cuando ellos lleguen!
Así era cada vez, y de nada servía dejarlo aislado por semanas, al primer contacto con los demás internos, generaba una situación de violencia y desorden como la de ese preciso momento.
En un descuido, tratando de alcanzar la ventana, dos enfermeros lograron asirlo de los brazos. Cayeron sobre él con fuerza. El hierro se le escapó de las manos y fue a parar a la escalera. En pocos minutos habían logrado ponerle una camisa de fuerza.
- ¡Cometen un error! ¡Vendrán por todos! - los gritos se escuchaban por los pasillos, mientras lo alejaban hacia las celdas de castigo. Una vez más repetía aquellos nombres, como si fueran una plegaria.
El doctor ayudó a devolver la tranquilidad en el pabellón. Luego volvió a su despacho. Debía registrar lo sucedido. No volvería a casa esa noche. No lo hacía luego de esa clase de episodios. Prefería acercarse hasta la puerta de la celda y quedarse del lado de afuera, escuchando.
Jamás había visto una patología tan aguda. Le costaba entender qué murmuraba en sueños, en qué idioma lo hacía y sobre todo, comprender que eran esas marcas grabadas a fuego que aparecían en su cuerpo cada amanecer, para ser luego, con el correr de las horas, ser devoradas por los tatuajes que en forma de dragones parecían esconder una revelación mucho más allá de lo comprensible.

28 de febrero de 2015

A salvo en casa

Mientras recorría los últimos metros en dirección a su casa a gran velocidad, volvía a recriminarse su reacción, que en definitiva lo estaban obligando a correr con el máximo esfuerzo de piernas y pulmones,
Aunque eran pensamientos desordenados, trataba de armar en su cabeza la sucesión de eventos que lo llevaban a esa corrida extenuante. Alcanzó la puerta de su casa con el último aliento. Metió la llave con la mano temblorosa, abrió y cerró en un solo movimiento, asegurando la puerta con el peso de su propio cuerpo agitado y transpirado.
¿Cómo es que había sucedido todo aquello? Había ido temprano al centro a realizar unos trámites, para no tener que regresar a las apuradas había optado por almorzar en un bar. Eligió uno bastante modesto, en una calle paralela a la principal de la ciudad. Algo oscuro porque tenía las persianas a medio levantar y las luces fluorescentes apagadas, quizá porque era de día y el dueño quería abaratar gastos.
Pidió un tostado con un vaso de cerveza. Leyó el diario que estaba en una mesa contigua, pagó, dejó la propina debajo del plato y se marchó. Hasta ahí sin ningún problema. Había terminado los trámites, almorzado y solo le restaba regresar y dormir una siesta. Un plan sencillo, nada de otro mundo. Pero entonces fue que aparecieron los coches de la patrulla de policía.
Fue cuando cruzó la calle, tras abandonar el bar. Los coches se detuvieron chirriando los frenos, justo a sus espaldas. Las puertas de los vehículos se abrieron con estrépito y los agentes policiales bajaron con las armas desenfundadas.
No podía creer lo que veía. Se apearon con tanta celeridad que en menos de cinco segundos dos de los uniformados ya se habían metido al bar, mientras los demás iban en camino o cubrían desde la vereda.
No tuvo tiempo ni de pensar en lo que estaba pasando. Uno de los agentes se dio vuelta y por algún motivo intuyó que él había salido del interior del local. Con voz ronca y firme le gritó que se quedara quieto en el lugar.
- Usted, el de remera azul, no se mueva - esas fueron las palabras del oficial. El de remera azul era él, no había lugar a dudas. Aunque no necesitaba saber el color de la remera para caer en la cuenta que le hablaban. Los ojos penetrantes y el brazo apuntando en su dirección eran razones suficientes para estar seguro.
Tendría que haberse quedado quieto cómo le pedían. Pero pudo haber sido el arma en la mano del policía, la velocidad con la que se desencadenaron los hechos o el mismo miedo que vive dentro de uno y que nos domina cuando menos lo esperamos. Pudo haber sido cualquiera de esas opciones.
Lo cierto es que no se quedó inmóvil para esperar al hombre de uniforme azul que había comenzado a avanzar hacia donde él estaba. Muy por el contrario, salió corriendo.
No miró para atrás ni se detuvo, cruzó calles con los semáforos en rojo, tropezó con personas que caminaban por las veredas o salían de negocios, pero jamás dejó de mover sus piernas. No pensó, no utilizó la razón - si es que acaso había lugar para la misma -, simplemente huyó.
La puerta a sus espaldas era suficiente protección. Eso pensaba ahora, mientras la agitación le arrebataba el control del cuerpo. Estaba seguro de haberlos perdidos varios kilómetros atrás, pero no se había confiado y por eso no detuvo la marcha rauda.
Esperó sin moverse, con los ojos cerrados. No escuchó sirenas ni movimientos extraños. El barrio se comportaba como cada tarde, sin sobresaltos. Recién después de dejar pasar una hora, se animó a ir hasta la cocina. Buscó con desesperación la heladera y sacó una botella. No era agua. Bebió con fruición. De repente lo asaltaba una sensación rara. Se sentía invulnerable.
Sonrió. Luego dejó lugar a la risa. Carcajadas cortas, casi perversas. Ahora veía con claridad lo infantil de su reacción. Y eso le causaba gracia. Se había asustado y no tenía explicación para eso. Era una redada al bar. Quizá por drogas o por ser el aguantadero de algún delincuente. Pero no lo buscaban a él. Era para reírse.
Dio vueltas por la casa una media hora. Los nervios iniciales habían dado paso a la excitación. Finalmente bajó hasta el sótano. No se molestó en encender la única lámpara porque sabía que estaba quemada. La oscuridad no lo incomodaba, todo lo contrario. Bajó los peldaños de la escalera lentamente, silbando una vieja canción que lo remontaba a su adolescencia.
A pesar de estar todo oscuro, pudo divisar las siluetas. Sentía además el esfuerzo por liberarse. Las dos mujeres que tenía maniatada desde hacía semanas allí abajo seguían donde las había dejado. Sucias, malolientes y con un daño psicológico irremediable.
Estaban amordazadas y desnudas. Las acarició, percibiendo el terror en sus cuerpos. Luego se sentó en el suelo, a pocos metros de ellas. Sabía que su solo presencia era motivo para que se orinaran encima. Y le parecía bien. De repente se largó a reír. No podía olvidar la reacción al salir del bar.
Suspiró, repleto de felicidad. Se divertiría un poco allí abajo y luego iría a descansar. ¿Quién sabe ahora cuándo tocarían a la puerta para llevarlo tras las rejas?  
La policía lo estaría buscando y en cualquier momento lo atraparían. Pero no ese día. Porque ese día era invulnerable. ¿Se habrá imaginado el agente a quién le había dado la orden de alto? No, imposible. En la calle, es un ciudadano más. ¿Con cuántos psicópatas se cruzaría uno a lo largo del día sin saberlo?
Con ese pensamiento en la cabeza comenzó a ponerse de pie, con ganas de acercarse a sus prisioneras.

24 de febrero de 2015

Mientras el sol brilla en lo alto

Parecían los de la obra de teatro, esos que esperaban a un tipo que nunca aparecía. Así estaban cuando el sol del mediodía comenzó a azuzar con fuerza, invitando a buscar refugio.
- Ya va a venir - sentenciaba cada tanto Omar, responsable en realidad que estuvieran en esa esquina desde bien temprano.
La gente iba y venía, sin prestarles atención, pero el hombre del puesto de diarios y un par de propietarios de comercios de la calle miraban de mala forma hacia la esquina. Al menos eso sentía Pablo. Y eso que con el kioskero había estado charlando una media hora, discutiendo los títulos del diario deportivo de la fecha.
Pablo escapó del sol ni bien pudo, metiéndose debajo del toldo de una florería. Miraba su reloj pulsera importado de China a cada instante. El desacertado y continuo vaticinio de su amigo lo exasperaba,
- Vámonos a la mierda - volvió a repetir, creía que por vigésima vez en lo que iba del día, pero Omar se hacía el desentendido, tal su costumbre.
- Mirá que lindo se ve aquel avión con el cielo despejado como hoy - mencionó como al pasar, ajeno al comentario de Pablo que no dudó en despotricar mientras acomodaba su espalda sobre la pared del negocio.
- ¿Sabés dónde te podés meter el avión y el bonito día? Lo digo siempre y nunca lo cumplo, pero esta es la última vez que te acompaño.
Omar sonrió sin mirarlo a los ojos. Tenía la atención puesta calle arriba, como si enfocando la vista hacia ese punto específico, llegaría. Poco parecía importarle que el sol del mediodía le diera de lleno.
- ¿Te conté de la vez que esperé casi seis horas el tren a Tucumán?
- ¿Me estás jodiendo Omar? Estuve clavado con vos toda la puta tarde. ¿Cómo querés que me olvide? No ves, ahí tenés otra... no, si soy un pelotudo yo...
- No, esa vez no, cuando tenía que ir a ver a mi primo.
- Esa vez fueron dos horas. Esperaste seis cuando murió tu mamá.
Omar hizo un silencio. Su amigo tenía razón. Suspiró, siempre mirando hacia el mismo lado.
- Yo digo la vez que fui a ver a mi primo.
- Fueron dos horas... y también estuve.
- Bueno, esa. Me acuerdo que... ¿seguro eras vos?... No importa, me acuerdo de algo de esa espera. Estaba seguro que era la última. No dije nada entonces, pero tenía la intuición que moriría en ese viaje. Durante el tiempo que esperé... perdón, esperamos sentados en el banco de la estación, supe que jamás regresaría.
- Volviste, quedate tranquilo. No va a venir, regresemos.
- Ya va a venir - dijo sin cambiar el tono de voz - A lo que voy, es que estoy teniendo un presentimiento parecido.
- ¿Parecido al "ya va a venir"? ¿O al "no vuelvo de Tucumán"? Porque de ser así, ahorrate las palabras.
- Escuchame Pablo - y tras un par de horas sin mirarlo al rostro, Omar volteó hacia su amigo - ella va a venir, pero no de la forma que la esperamos. Hasta dudo, mirá lo que te digo, que nos demos cuenta que ella ha llegado. Me animo a decirte que ya está con nosotros y no lo sabemos.
- Si algo te faltaba, era perder los pocos pajaritos que tenías en la cabeza. No te dejo solo porque seguro te perdés. Si tu hermana no vino, es que no alcanzó el colectivo o se arrepintió. Ya sabés como terminamos. La conocés, los dos la conocemos. Vamos a estar tres días acá y ella no se va a dignar en aparecer.
- Pablo, sabés que no tenés por qué estar acá. No te obligo, es una decisión tuya.
Su amigo no dijo nada. El dueño de la florería estaba cerrando la persiana y le dedicó una mirada de pies a cabeza. Se alejó con cierto recelo.
- Estoy porque soy el único amigo que tenés - dijo al fin,
- Estás para no sentirte solo. El sentido de la vida es una constante manera de eludir la soledad. Vos lo sabés mejor que nadie. Por eso siempre que estoy en la ciudad me buscás.
- Extraño a tu hermana, quizá ya lo sabés. Pero hoy no va a venir, por más que me lo asegures.
- Yo creo que ya está aquí. Me pareció sentirla en la brisa.
- No viene, mirá que fui boludo en hacerte caso. Llamarla después de años y decirle tantas palabras juntas. Se asustó y me hizo venir para que perdiera el tiempo y las últimas esperanzas. Es tu culpa que estemos esperando acá, sabía que brillaría por su ausencia.
- ¿Y si no es eso, Pablo? Si realmente venía a verte y sufrió un accidente. La sentí, es mi hermana.
- Si así fuese, la habría visto. ¿Acaso no te veo a vos? Debo parecer un enfermo mental, parado aquí solo hablando con la nada misma y sin embargo, acá estoy Omar, esperando a tu lado, como siempre.
- Es hora entonces que dejes de hacerlo, Pablo. Creo que como me buscaste a mí, es hora que la busques a ella. Mi presentimiento es muy fuerte, como aquella vez que iba a ver a mi primo...
- Callate Omar, volviste. Punto.
- Pablo, jamás volví, lo sabés mejor que nadie. Me buscaste y me trajiste. Es hora que me dejes ir, que me liberes. Puedes ayudarla a ella, como lo hiciste conmigo. Ayudarme a entender lo ocurrido. Pero por favor Pablo, no te vuelvas a engañar. Ni ella te va a corresponder ni tampoco será tu eterna compañía.
- Nada es eterno, Omar.
- Nada, mi querido Pablo. Ni siquiera la muerte. Así que tampoco la esperes, ella vendrá cuando lo crea necesario y se irá cuando menos lo esperes.
- Entonces es hora que te marches. Trataré de buscar a tu hermana. La muerte es un lugar oscuro para que esté sola.
- De alguna manera siempre lo estamos.
Omar volvió a sonreír, esta vez tan cerca que creyó que al fin podría volver a abrazarlo, pero a los pocos segundos ya no estaba. Una brisa fresca envolvió a Pablo mientras una sensación de amarga melancolía colmaba su ser.
A paso lento, fue abandonando aquella esquina. El sol era un punto radiante en el cielo. En su cabeza se formaba una idea clara y precisa: en alguna parte de aquella gigantesca ciudad vagaba ella, sin saber a qué mundo pertenecía. Nadie lo sabe en realidad, pero el trataría de encontrarla para así juntos tratar de develar el misterio.


19 de febrero de 2015

Un mágico centro del mundo

La primera vez que coincidieron en la plaza del barrio eran unos niños y aquello era semejante al paraíso, con sus juegos, espacio para correr y jugar a la pelota y los árboles que ofrecían un sinfín de aventuras con sus brazos alzados al cielo a modo de escaleras interminables que lo transportaban a sus mundos de fantasía, donde por momentos eran piratas buscando un tesoro imposible y al rato, los salvadores del mundo ante el inminente ataque extraterrestre,
Fue el paraje donde también descubrieron que las niñas eran más que unas molestas compañeras de juego y que detrás de las voces agudas había belleza y sensaciones agradables. De pasar las tardes bajo el sol, o con lluvia, en la medida que crecieron fueron cambiando los horarios y postergando su visita hasta entrada la noche, ya sin elegir los juegos y los imaginarios campos de fútbol, dejándose llevar por la privacidad propia de los árboles, de su oscuridad encantadora, de la textura áspera pero amiga en la cual reposar los cuerpos para dar un beso, intentar un movimiento osado con la mano o simplemente intentar un tímido "te quiero".
El grupo fue tejiendo su propia geografía y existencia alrededor de aquella plaza. Pablito se convirtió en Pablo, el Piru en Alejandro, Eze en Ezequiel y Cachimba en Roberto. El nombre los convirtió en adultos jóvenes, en nuevos rumbos, en decisiones difíciles. La plaza fue el nexo, el vínculo eterno en tiempo y espacio, que sin cambiar su fisonomía conectaba pasado y presente con tanta simpleza que parecía ajena al mundo que la rodeaba.
Los fines de semana largos, las navidades, algunas semanas de las vacaciones, aquel lugar abría una puerta mágica y los cuatro desandaban los pasos desde sus lugares en el mundo para encontrarse de manera tácita sobre el verde césped, donde en pie esperaban los árboles de siempre (cada vez más altos) y esos juegos de robusto metal, pintados una y otra vez, capa sobre capa, como la memoria misma.
Reían, recordaban, volvían a ser felices. Se lamentaban que sus respectivas vidas los mantuvieran tan distantes a lo largo del año, pero aplaudían ese centro del mundo que los atraía como una fuerza magnética cada tanto. Bromeaban incluso que sin ellos, la plaza no existiría. La plaza, en silencio, asentía. Los árboles con sus hojas aplaudían de cara al viento. Se despedían con abrazos y promesas en vano. Sabían de toda forma que aquel lugar los reuniría.
La última vez que compartieron una charla en la plaza fue un año nuevo, tras los fuegos de artificio que inundaron el cielo del barrio. Pablo y Alejandro pensaban que sus dos amigos no irían. No era para menos. Ezequiel, que se había casado con la hermana de Roberto, había sido denunciado por su esposa por violencia doméstica.
Era raro estar bajo los árboles y respirar ese aire de realidad, siempre ajeno en esos pocos metros cuadrados. Pablo lo comentaba en voz alta y a Alejandro se le antojaba fuera de lugar. Comprendía que algo estaba contaminando la intimidad de la plaza.
Estaban por irse cuando los vieron venir, caminando muy despacio, a través de la calle. Venían discutiendo, a casi dos metros de distancia uno de otro. Se acercaron, creyendo que con el gesto la tensión se disiparía. Pablo alcanzó a ver una botella rota en la mano de Roberto. Alejandro supo que lo que asomaba del pantalón de Ezequiel era una pistola. Pero todo sucedió muy rápido. Lo que vieron jamás iban a poder contárselo uno a otro.
Roberto levantó la botella en el aire en el mismo momento que pisó el césped de la plaza. Quizá como manera de demostrar su lamento, uno de los árboles dejó caer la rama más alta, cuyo impacto arrancó una de las hamacas. Ezequiel, que ya estaba cerca del subi-baja reaccionó de inmediato. De nada sirvió que sus amigos corrieran hacia ellos. O si, pero no de la manera que esperaban.
Ezequiel disparó y la bala se alojó en el pecho de Alejandro, que nerviosamente se interponía entre ambos. Pablo no supo que eso sucedía a sus espaldas, porque en ese instante trataba de quitarle la botella a Roberto. Pero el brazo de su amigo resbaló y el filo del vidrio le cercenó la vena yugular a la altura del cuello.
El lugar se llenó de patrulleros y lágrimas. Los agresores fueron llevados a la comisaría, donde esa misma noche, antes del amanecer, Roberto se quitó la vida colgándose en la celda en la que lo habían encerrado. Ezequiel fue condenado y todavía permanece preso.
La plaza ya no luce, los árboles han perdido las hojas y los juegos yacen herrumbrados. El césped extraña a los niños luego jóvenes, finalmente adultos.
Ellos tenían razón. Ausentes, los lugares mágicos no existen.

5 de febrero de 2015

Claves para la vida

Cuando uno se equivoca al escribir una contraseña, vaya y pase. Cuando esto ocurre seguido y la cuenta se bloquea, es un dolor de cabeza. Hasta se comienza a dudar de la memoria, o a creer en los dichos que afirman que los años no vienen solos. Pero cuando se vuelve una regla general y ninguna clave funciona, y todas las cuentas de todos los correos quedan paralizadas, el logon a páginas que uno accedía habitualmente ya no puede realizarse y el ingreso a la cuenta electrónica bancaria queda impedida, vemos venir una cataclismo mucho mayor: el fin de nuestra existencia.
La clave del cajero no funciona, tampoco para comprar con tarjeta. El pin del teléfono no es el que creíamos, incluso la contraseña de la nueva cerradura electrónica del edificio. El mundo comandado por asteriscos se nos revela. Se nos vuelve en contra. ¿Hemos perdido la memoria? ¿Eso ha sucedido?
De pronto estamos afuera de todo. Nos sentimos como un astronauta olvidado en el espacio, viendo como se aleja nuestra nave e internándonos más y más en el hondo horizonte nocturno, ese que algunos postulan como infinito.
En medio de la calle tratamos de frenar a alguien para contarles nuestra vergüenza. Aún es posible, todavía no hay contraseñas para que nos hablen. ¿Pero a quién detenemos? El resto del mundo se mueve ajeno a nuestro. Un policía. Está parado en la esquina, haciendo un turno adicional en el banco. Nos acercamos lentamente, como quién ha cometido una falta. Nos cuesta mirarlo, quizá tememos que nos vea en actitud sospechosa. Al final lo encaramos, carraspeamos y en el momento de soltar la verdad, de pedir ayuda, atinamos a preguntar la hora.
Nos vamos con un "once menos cuarto" carente de sabor, arriando a duras penas con el problema al hombro. Sin teléfono, sin tarjeta, sin poder consultar el correo desde la tablet, sin poder ingresar al departamento, sin poder sacar un solo billete del banco. No es posible olvidarse todas las contraseñas. Una, dos, tres incluso. Pero todas no es creíble.
Nuestro psicólogo. El debe tener la llave que abra la memoria. Pero claro, no nos atiende sin turno previo. Venga mañana nos dice la recepcionista, siempre amable, bien pintada y arreglada y perfumada con alguna colonia de marca. ¿Pero qué hacemos hasta el día siguiente? ¿Dónde dormiremos? Si ni siquiera podemos desbloquear el teléfono para llamar a alguien.
Entonces caminos hacia donde creemos, vive gente conocida. Es que se ha perdido esto de ir de visitas, es más fácil el skype, el mail, el mensaje, el whatsapp. El café se comparte, pantalla de por medio, cada uno con un pocillo diferente, sin el sonido de fondo de otras conversaciones, ni el tránsito filtrándose por el ventanal que da a la calle. Y caminamos, nos perdemos, volvemos atrás, tratamos de dar sin éxito con esa calle tan ansiada. Y cuando llegamos, dudamos que realmente hubiese sido esa. Comenzamos de nuevo, buscando un nuevo destino que cree estar guardado en alguna parte de nuestra memoria. Junto a las contraseñas, nos decimos con cierta ironía.
Deambulamos y vemos gente durmiendo en colchones sobre las veredas. Es gente que ha perdido sus claves, nos decimos mentalmente. Tomamos nota de ese registro y nos angustiamos. Encontramos en ese pensamiento la respuesta a tantos problemas. Algo tan simple como el olvido de una clave, o de todas en realidad, nos llevaría a una población marginal, a una desolación universal. Nos asustamos ante tal magnitud. Cuesta respirar. El final inminente siempre provoca la asfixia. Hay que frenar la marcha, recostar la espalda contra la pared y relajar los músculos, dejar que el pecho se infle y se desinfle, retomar el ritmo, cerrar los ojos, pensar en nada. Repetirnos la palabra tranquilo hasta el cansancio, pero lentamente, para no ponernos nerviosos. Tranquilo, tranquilo, tranquilo...
Cuando eso pasa, podemos seguir. Aunque a cada paso nos carcomerá la duda. ¿Seguir hacia dónde? ¿Quién nos devolverá lo que somos? ¿Dónde clamaremos por nuestras claves, la identidad velada, la existencia toda?
Entonces vemos ese rostro conocido, rubio, bonito, que viene directo a nosotros. Ese rostro de juventud perdida, entrada en años. El gesto mustio, los ojos sombríos, la boca ancha parloteando en voz alta. Dice un nombre, y acaso ¿no es el nombre de todos? Nos toma de los hombros y nos zamarrea. Luego nos deja, se hace un lado, se toma la cabeza, mira hacia abajo, hacia un costado, está llorando y ya dejamos de verla, porque aparecen dos hombres de blanco que repiten el mismo nombre que ella, pero en tono calmo, casi de amigos, y nos conducen despacio, sin apuro hacia esa ambulancia estacionada a un lado de la calle.
- ¿Nos llevan a recuperar las contraseñas? - preguntamos esperanzados, iluminados por el sol del mediodía golpeando a pleno en nuestros rostros desencajados.
Responden que si. Entonces, tras un largo suspiro, sonreímos.

1 de febrero de 2015

Días felices, días oscuros

Hay días en los que siento que puedo lograr lo que me proponga y otros que no. Hay días en los que ningún sueño es inalcanzable y otros donde ni siquiera me permito soñar. Días felices, días oscuros. Contrastes propios de la existencia, duelo de las ideas y los sinsabores.
Camino con la mirada al piso, con la firme convicción de renunciar. Me permito de manera enérgica imaginar el momento, el rostro de mi superior, el cruce de palabras y mi verba segura, calma y tajante.
Llego hasta el edificio, atravieso el umbral sabiendo que será la última vez, subo las escaleras de a dos escalones por vez, tal la tranquilidad que pesa sobre mí. El pasillo se bifurca. A la derecha es la rutina. A la izquierda, el lugar pocas veces visitado, que termina en puerta de madera noble y cartel de letras grandes formando un nombre importante dentro de aquel lugar en el mundo.
Dejo escapar un suspiro. Mi mente dice izquierda, pero mi cuerpo opta por la derecha. La puerta que se abre es la de siempre, metal gris topo, dejando a la vista un puñado de escritorios desparramados sin un orden preciso, de espaldas a un ventanal sucio oculto detrás de persianas que pocas veces se levantan hasta arriba de todo.
Las piernas me depositan al lado del escritorio de todos los días. Los papeles están como los dejé la última vez. Me niego a sentarme, pero no encuentro resistencia. La computadora está iniciando con su habitual forma de darme los buenos días. Escuchó algún que otro comentario, quizá un saludo, pero forma parte de la rutina, ese envolvente proceso cíclico que nos gobierna en todos los sentidos.
Me llega un mensaje de texto. Lo observo un buen rato. Ella pregunta si ya está, si ya lo he hecho. Me muerdo los labios. Sabe que no he podido tomar el pasillo de la izquierda. Lo sabe bien porque cada día es la misma historia. Como si mi existencia se desdoblara en dos partes, una, la que no quiere desprenderse de lo conocido, y la otra, que teme aventurarse en los sueños.
No voy a contestarle. No es necesario, conoce la respuesta. Ha enviado el mensaje solo para clavarme una aguja. Sé que ahora está camino a su casa, quizá parando en una panadería a comprar medialunas calientes a pesar de haber desayunado conmigo una hora atrás. Así es ella. En cambio, yo... bien, es difícil describirse uno mismo. Hay días que puedo hacerlo y otros que no.
Alguien deja una pila de papeles a mi lado. No he visto quién. A veces creo que solo llegan, que nadie los trae. Pero es imposible. Cierro los ojos y me cuesta sacarme de encima su rostro. Risueño muerde una tostada y me guiña un ojo: "Hoy es el gran día, al fin". Me lo dice con tono burlón, conocedora del futuro inmediato. Así es ella.
Escucho mi nombre a mi espalda. Giro. Un compañero quiere saber si puedo darle una mano con sus papeles. Quiero decirle que no, pero me sale un "claro". Más trabajo. El mismo precio. La escucho a ella, siempre tan sencilla de palabras: "Después no te quejés". Y tiene razón. ¿Pero cómo se hace? A nadie le enseñan cómo moverse en el mundo. Ni cuál es la forma de encarar el pasillo de la izquierda. De afuera todo parece fácil, pero no lo es.
Ella me dice que uno la complica, que las cosas son sencillas. Puede que tenga razón. Mi compañero ya me ha traído sus papeles. Luego se marcha. Dice algo como que debe ir al doctor. Pero quizá vaya a la plaza de la esquina a leer un libro. No lo sé. Tampoco me voy a asomar por la ventana a comprobarlo.
Tengo uno de esos momentos de epifanía en los que me decido, apago la computadora (no sé por qué, pero siempre me imagino apagando la máquina antes de un gran paso en la vida) y salgo de esa enorme habitación para al fin tomar el pasillo que lleva a la puerta de buena madera. Pero es fugaz, tan solo una imagen. Al abrir los ojos, una diversidad alarmante de íconos y carpetas se alinean como si estuviera tallados en la pantalla del ordenador. No me he movido, ni lo haré, al menos hasta el mediodía, en el horario del almuerzo que como cada mediodía, consistirá en un sandwich de milanesa del barcito de al lado.
La partida se inclina otra vez. Ya tiene ganador.
Pero algún día me veré en el podio. Y en su rostro ya no percibiré la sorna de hoy, sino la sonrisa genuina del "viste que podés".

27 de enero de 2015

La valiente, desolada y olvidada historia de Éritrio

Éritrio era un valiente y leal guerrero, soldado audaz que podía enfrentar a un ejército enemigo sin otra ayuda que su espada.
El rey Horacio lo mandó a llamar, en su afán ambicioso de conquistar nuevas tierras y acaparar todo el oro que fuera posible.
Éritrio acudió de inmediato al gran palacio, sintiéndose bendecido por el llamado.
- Conquistarás en mi nombre y todo lo que tú te apoderes será de nuestro reino. ¡Lo llenarás de gloria!
- Iré dónde usted lo desee, su majestad.
- ¡Quiero que conquistes el mundo!
Sin perder tiempo, Éritrio partió raudo con un grupo de hombres. A medida que fue avanzando, fue sumando gente en sus filas. Mercenarios, guerreros, simples campesinos. Hubo una época de esplendor donde los ejércitos enemigos se rendían a sus pies.
Llegó cierto momento en que era tan grande la distancia que lo apartaba de su rey, que dejó de enviar el oro. En su lugar, fue fundando pequeñas aldeas. Pero jamás se detuvo. Cruzó mares y desiertos, selvas y montañas.
Durante décadas siguió sumiso su misión. Sin darse cuenta, ya viejo y acompañado de un puñado de hombres, arribó nuevamente a su reino. Ya no quedaba tierra por recorrer.
Pero al querer entrar al palacio, se lo impidieron.
- ¿Y quién eres tú? - le preguntaron, apuntándole con lanzas.
Vociferó su hombre, golpeándose el pecho. Pero no hubo voces de asombro ni de aprobación.
- ¡Exijo ver al rey Horacio!
Los guardias rieron. Había invocado al pasado.
- Horacio está muerto desde hace treinta años, imbécil. Lárgate de aquí de inmediato.
El héroe olvidado en vano trató de abrirse paso, ni siquiera con la ayuda de quiénes lo acompañaban. Su reino lo desconocía. Ya no quedaba nadie que recordara su rostro. Y mucho menos, nada de aquella promesa  de gloria que alguna vez le habían permitido soñar.
No permitió que lo siguieran. Se internó solo en la noche, perdiéndose en el horizonte entre almas vagabundas y soldados abandonados.

24 de enero de 2015

Esperadas vacaciones

Ok, si, me fui de vacaciones. Para un tipo de mi estirpe no es fácil planificarlo. No es cuestión de mirar el almanaque y elegir una fecha. Uno tiene que estar siempre porque el deber es el deber. Uno así lo eligió. Sin embargo el cuerpo habla y cada tanto pide un descanso.
El celular tuve que llevarlo, no podía apagarlo de un día para otro. Me suena todo el tiempo, lo que es un fastidio. No en sí por tener que escucharlo, sino por esa voz en mi cabeza que dice en todo momento "tenés que atender, tenés que atender". Contesto cada llamada un poco más tarde con un mensaje de texto. Estoy seguro que piensan que no soy yo el que les responde. Me deben imaginar secuestrado o peor aún, ahogado en el fondo de algún lado. No es para menos.
La última vez que perdí contacto con el mundo, fue hace una década. Estuve afuera un mes. Al volver me habían hecho un velorio y un funeral sin cuerpo presente. Lo más difícil fue hacer los trámites para darme de alta otra vez como "ser vivo". Esta vez hay una persona que sabe, aunque solo hablará en caso de llegar nuevamente a este instante extremo. Odiaría pasar por lo mismo una vez más.
La finalidad es la misma que la de cualquier buen vecino. Quitarse un poco de stress de encima y dejar de pensar en el trabajo. Si uno no logra despegarse de lo que hace, no solo corre el riesgo de caer en un vacío provocado por la rutina sino que además es probable que termine odiando la actividad que realiza.
Dudo que me suceda, reitero, la última vez que lo dejé fue hace una década. Pero lo mío es una cuestión de mentalidad. Tengo nervios de acero. No es una expresión, sino un hecho. Si no fuera así, no podría cumplir mi rol en la sociedad. La falsa justicia es necesaria, de la misma manera que debe haber un justificativo para que existan las cucarachas.
El mar es atrapante, debo reconocerlo. Tiene un no sé qué que lo hace especial. Sobre todo en las noches nubladas, cuando la oscuridad lo confunde con el horizonte mismo y el sonido es la única percepción que nos queda mientras nuestros pies reposan sobre la arena húmeda y fresca.
Por supuesto que he estado antes en el mar, incluso he navegado bastante, pero no en plan de vacaciones. Es diferente enfrentarse a tanta maravilla y poder apreciarla. Cuando uno trabaja, lo que nos rodea forma parte de un escenario, una gran oficina. El mar, las montañas, las calles, el cielo. Todo. Pero al anteponerle la palabra vacaciones a nuestro andar, transformamos esa fachada que nos imponen las obligaciones en un distendido cuadro de unas pocas semanas de duración.
Aunque hay cosas que no puedo dejar atrás. El celular es uno de ellos. La Glock 18 es otra. Encajan bien debajo de la camisa rosa a medio abrochar y el look de playa con el que me he vestido, completado con ojotas negras y short de baño azul.
La gente pasa a mi lado, le sonrío a las jóvenes en diminutos trajes de baño, le guiño el ojo al niño que arroja la pelota de goma a mis pies y compro alguna que otra bebida fría en el puesto de ventas sobre la arena, casi con la misma naturalidad que el resto del año me enfundo en mi verdadera personalidad, la que no deja de atender el teléfono y no esconde el arma.
Mis conocidos se preguntarán en tanto, perplejos, dónde carajo estoy. Más de uno sospechará que al fin me han dado caza. Pero lo cierto es lo que les he contado. Playa, mar y sol. Y de noche, cuando las nubes ocultan la luna y no hay diferencia entre el mar, la arena y el horizonte, largas caminatas. Puede que se escuche un disparo o dos. Puede... pero no está en mí confesar tales acciones. En esos casos, es la Glock la que se distiende, como todo hijo de buen vecino.

21 de enero de 2015

Coma primero, pregunte después

Golpeó con tanta fuerza el escritorio que el puño le quedó doliendo. El semblante del director del canal no había cambiado un ápice. Era decisión tomada, sin vuelta atrás. El del viernes sería el último programa del exitoso ciclo. Cinco años ininterrumpidos, visitantes ilustres, recetas épicas. La combinación más galardonada de la televisión en las últimas décadas: cocina, entrevistas en un marco exótico y misterioso. Por todo eso, Augusto no podía creer la decisión.
- ¡El programa es lo mejor de la televisión! ¡No lo puede terminar así!
- Claro que puedo, el rating está bien, pero no es lo mismo que otros años. Los demás canales tienen juegos, regalan drones, hay desnudos...  la entrevista en vivo pasó de moda Augusto y esto de jugar al chefs extravagante ya fue. Quizá en unos cinco años a alguien le interese reflotar la idea, pero mientras tanto le sugiero que abra un restaurant y aproveche lo que le queda de fama.
Augusto seguía sin poder caer en la cuenta de lo que sucedía. O en realidad, caía y no podía entenderlo. "Coma primero, pregunte después" era el programa más original de cocina del que tenía memoria. Un formato de hora y media donde sentaba a comer a grandes personalidades de diferentes ámbitos, dialogaban de temas diversos mientras iban degustando un plato exótico, del que no se proporcionaba ningún dato hasta el último segmento, donde se emitía la grabación del momento en que era preparado. Los platos contenían elementos poco vistos o a veces repudiados, como insectos o vegetales no tradicionales, que sin embargo, con la gran mano culinaria de Augusto se convertían en manjares que largamente eran comentados a lo largo de la semana en las redes sociales y en otros programas televisivos.
Era increíble ver la cara de sorpresa de los invitados, que el director de cámaras oportunamente iba tomando y emitiendo en un recuadro de la pantalla, en la medida que se iban develando los secretos del plato de turno. "Coma primero, pregunte después" había vendido incluso franquicias a otros países, pero solo aquí había logrado permanecer tanto tiempo en el aire.
Hasta ahora.
El chef trató de disuadir a lo largo de dos horas al director, pero su posición era inflexible. Ya tenía incluso la programación preparada para el mes siguiente. Y el rumor que había corrido por los pasillos en las últimas semanas se había transformado en un hecho. El fin tenía su cita.
- Entonces solo me queda un programa - reflexionó a punto de irse de la oficina el chef - Solo uno...
- Exacto - confirmó el ejecutivo.
- Está bien, solo le pido una cosa, permítame traer a quiénes yo quiera, no importa el costo. Solo le pido eso y terminaremos el programa de la mejor manera. Un gran final, que nadie olvide.
- Concedido - dijo el hombre sentado del otro lado del escritorio.
Augusto eligió a lo grande. Un ministro de jerarquía, el presidente de la Nación, el jefe de estado del país vecino con quién las relaciones no estaban del todo bien, el conductor televisivo de moda que tenía a su cargo el programa que reemplazaría al suyo, el representante máximo de la iglesia católica local, un rabino de renombre y un político de trayectoria cuya función parecía ser la de quejarse de quién estuviera en el poder, sin importar bandera.
Los datos de los invitados del último programa fueron filtrados a cuenta gotas, con el fin de crear misterio. Siempre la incógnita del programa era la mesa, cómo estaría conformada y por supuesto, el plato principal. Se esperaba un buen rating, aunque ya se le había adelantado que ninguna cifra cambiaría el destino.
El viernes por la mañana los diarios hacían mención de la última emisión del otrora aclamado programa en artículos de hasta una página de extensión. Augusto estaba feliz. No era común una mesa con tan prestigiosos invitados. Por eso es que se había esmerado con el plato principal, uno suculento y al mismo tiempo delicioso, cuyo preparativo le llevó casi toda la tarde. Para que nadie delatara, solía preparar el plato en soledad, en una cocina con cámaras fijas, para que luego su editor de confianza preparara el compilado definitivo que se emitía como frutilla del postre. Cumplió el rito por última vez, casi con un dejo de tristeza.
Pero al salir del estudio donde estaba la cocina, el pavor se había apoderado de los pasillos.
- ¿Qué sucede? - le preguntó a un sonidista, uno de los pocos que parecía no tener prisa en aquel manicomio en el que se había convertido el canal.
- Secuestraron al director del canal.
- ¿Cómo?
- Si, parece que dejaron una nota o algo. La verdad, me parece una movida política. Escuché que se quiere postular, así que seguro está haciendo alarde...
- Pero... ¿salimos al aire con el programa?
- Ni idea, yo me quedo acá, en mi puesto. No me van a pagar más ni menos por preocuparme.
Augusto dejó al sonidista atrás y tomó el pasillo que conducía hasta la dirección. Como era de suponer, había convocada una reunión.
El segundo ejecutivo de la emisora tenía la palabra.
- Si lo que desean es ponernos de rodillas, no lo harán. No haremos un circo de esto, saldrá el programa al aire y haremos énfasis dentro del programa de lo sucedido, pero no cambiaremos nuestra rutina. Eso quieren estos terroristas...
- ¿Han sido terroristas? - preguntó en voz baja Augusto a su director de cámaras, que estaba parado debajo del marco de la puerta.
- No, no se sabe en realidad, pero viene usando ese término desde hace media hora.
- ...quieren que les rindamos tributos y es precisamente lo que no haremos. Está llegando el presidente al canal, el jefe de estado de un país vecino, personalidades de suma importancia. Esas son nuestras cartas. Y las jugaremos en el peor momento. Y les demostraremos quienes somos. Nuestro director estará orgulloso cuando todo esto termine.
Hubo aplausos, aunque no tan firmes. Algunos dudaban. Los demás canales estarían emitiendo durante todo momento sobre el secuestro y ellos estarían haciendo en vivo un programa de entrevistas y cocina.
Augusto cruzó una mirada con su director.
- ¿Salimos al aire entonces?
El director se encogió de hombros.
- Así parece.
Faltaba una hora para el comienzo del programa. Cada uno comenzó con sus respectivas tareas. Augusto se encerró en su camarín, repasando una serie de preguntas que había elaborado para sus invitados. Claro que los temas irremediablemente se desviarían hacia la noticia del momento.
Un mensaje de texto obligó a que observara un instante su celular. Era de su editor de confianza.
- Terminada la edición. ¡Qué plato!
No solo era su editor, sino también su mano derecha y pareja. Aunque esto último era un enorme secreto. Augusto sonrió. Si el plato le había gustado, sería un éxito en la pantalla.
Faltando quince minutos, se dirigió a la cocina a servir los platos. Se encargaba personalmente de hacerlo desde el primer programa. Aquello, decía, era un arte. Y gran parte del valor agregado que le daba a cada porción estaba en ese instante de intimidad.
Lo que siguió a continuación ocurrió con la voracidad de un tifón. El vértigo de la televisión y del último programa, de la noticia impactante del secuestro del máximo ejecutivo del canal, del impacto mediático de tener en medio de la tormenta a importantes personalidades en una misma mesa. La presentación, las expresiones de congoja ante lo sucedido, los invitados, la mesa, las primeras preguntas, las alusiones permanentes al secuestro, otras preguntas, la comida, la degustación, los rostros felices ante el buen sabor de la carne y su salsa, los elogios en los cortes comerciales... un verdadero tornado de emociones, una montaña rusa siempre en ascenso y el rating trepando índices como hacía tiempo no se veía.
Los televidentes llamaban y dejaban sus mensajes. Había record de mensajes de textos y las redes sociales explotaban. Mientras tanto, en cada pausa para las publicidades se emitía un flash de noticias con la actualidad del secuestro. Los minutos pasaban y el último programa del ciclo se consumía de manera épica.
El retorno del bloque de publicidades y noticias los encontró terminando el plato principal. El presidente había repetido por tercera vez, lo mismo que el ministro. Los demás se sirvieron dos veces. Algo notable que era característico de "Coma primero, pregunte después", es que la comida era abundante y Augusto tenía el tino de ir turnando las entrevistas para que los comensales pudieran disfrutar sus manjares.
A pesar de la tensión que se vivía detrás de cámaras, donde se esperaban noticias de los secuestradores, en la mesa se había logrado un clima distendido en el tramo final. Con sonrisas picaronas los invitados aventuraban sobre la preparación del plato principal, principalmente, en la salsa que acompañaba la carne. Nombraban ingredientes como si arriesgaran respuestas en un concurso de preguntas. Augusto sonreía y levantaba las manos, en su gesto habitual que su tele audiencia traducía como un "todo a su debido momento". El "detrás de escena" de la preparación y la revelación de los ingredientes era la parte más festejada del programa y lo que, con seguridad, lo diferenciaba de todos los demás.
Las cámaras enfocaban a Augusto y saltaban de un comensal a otro. El chef manejaba muy bien los tiempos y sabía que el silencio era un ensayo de la despedida. Entonces, miró la cámara principal. Se acercaba el adiós.
- Hoy nuestros ilustres invitados han saboreado un plato que a simple vista es tan solo carne al horno con salsa y ensaladas varias. Pero como es costumbre, aquí nada es lo que parece, sino mucho más. Salvo las ensaladas, que no tienen demasiado secreto en el día de hoy, vamos a revelar a nuestros invitados y a ustedes del otro lado de la pantalla, la receta misteriosa del día de hoy.
Una breve publicidad que patrocinaba el momento le permitió a Augusto ponerse de pie. Al volver su imagen, el semblante era de total felicidad.
- Hoy - prosiguió - vamos a presenciar una comida única, difícil de repetir, dado los ingredientes. Podríamos decir que hoy los sentados a la mesa han sido unos privilegiados - dijo con complicidad hacia sus invitados - como lo he sido yo, este chef extravagante pasado de moda que les está hablando, al poder elaborar esta receta, la última, la mejor, la que dará que hablar por décadas. Y antes de ir al video, les voy anticipando el ingrediente principal. Tome nota señor, señora. ¿Está preparado? No se equivoque, ni se haga ilusiones, no se lo van a vender en la carnicería de su barrio. Pero si quiere pregunte, por ahí tienen aunque sea un kilo de un director ejecutivo de un importante canal de televisión.

18 de enero de 2015

La oportunidad

La luciérnaga vuela en espiral, esa gran curva sin fin. Despliega su andar sin importarle el viento ni la muerte. La noche se vuelve cómplice sin otro esmero que el de estar. Una danza que no lo es, una sombra cuya luz apaga y enciende a capricho, surcando la oscuridad, dejando una estela que a nadie le ha de importar.
Pero de todos modos él está para observarla parado al lado de la ventana. Hace una hora que tomó su turno en el hospital, pero aún deambula por los pasillos enfundado con su bata celeste propia de los enfermeros. No quiere asumir su responsabilidad, al menos de momento no desea hacerlo. Apenas si ha podido dormir. Jornadas largas, descanso imposible. El resultado era el reflejo en aquella ventana, con las últimas palpitaciones de la noche antes de cederle su lugar al amanecer.
El vuelo de la luciérnaga se perdió entre árboles altos aunque él permaneció de pie ante el vidrio contemplando el exterior. A lo lejos divisaría pronto esa línea de fuego alzándose que luego, como por arte de magia, convertiría lo oscuro en luz. Uno de los pocos milagros en los que creía.
Los pasos apurados en el pasillo delatan una urgencia. El sonido de las ruedas de una camilla, el murmullo acelerado de voces conocidas, las puertas de vaivén que se cierran con la misma fuerza que fueron desplazadas para abrir el camino. Todo es urgencia allí. Sobre todo en las horas últimas de la noche.
Con cuántas ganas hubiese dejado el uniforme sobre una silla y caminado hacia la salida. La parada del colectivo estaba en la esquina misma. Podría esperar uno y estar en un rato en su casa. O bien, hacer el recorrido largo, a pie. Disfrutar la mañana, el aire aún no tan viciado de la ciudad, el contacto con el día naciendo. Con cuántas ganas uno haría las cosas si no existiese la responsabilidad.
Alguien corre en dirección contraria por el pasillo, pero se detiene en la puerta y lo exhorta por el nombre a ir a la sala de urgencias. Todo es urgencia allí. La persona sigue corriendo y él finalmente rompe el letargo y marcha hacia donde le ordenaron. Al fin de cuentas de qué sirve presenciar el amanecer si no se tiene a nadie a quien abrazar en ese preciso momento.
El lugar al que llega es el infierno mismo. Médicos gritando, enfermeros corriendo y un cuerpo sobre una camilla. Alguien juguetea con el más allá. Pero esa gente quiere impedirlo. De pronto, se convierte en uno más.
Recién a los cinco minutos de estar allí entiende que es una joven la que está tendida sobre la camilla. Está grave, en una especie de shock. Según el médico, a causa de una hipotermia. Las marcas en los brazos indican además que existe una consecuencia debido al abuso de drogas.
- No es lo que consumió - dictamina el médico principal, buscando algo en los ojos de la muchacha - Si no lo que no.
Un cuadro de abstinencia, sumado a precarias condiciones de vida, mala alimentación, una noche a la intemperie.
Sobre una silla han dejado las pocas pertenencias de la chica al momento de ser encontrada. Una campera de hilo con grandes bolsillos, una vincha y un celular tan viejo y golpeado como su alma, joven de años, marchita de dolor.
Durante media hora luchan denodadamente por estabilizarla. El ritmo cardíaco, la temperatura, se convierten en las preocupaciones principales. El infierno es así. Una batalla constante. ¿Bien contra el mal? No, nunca es así. Siempre es contra la muerte. La única lucha es por sobrevivir. Por respirar un segundo más.
Finalmente los signos vitales responden dentro de los parámetros que bien podrían señalarse como normales. No hay sonrisas entre los médicos y enfermeros. Solo el saber que se ha cumplido con el deber. Apenas crucen la puerta habrá otras guerras que pelear. Y nadie puede permitirse el lujo de relajarse. La muerte puede estar disfrazada de la menor distracción.
Solo queda él en la habitación. Quedan cosas por hacer, pero la urgencia mayor ha pasado. Ahora es su turno, el de controlar el suero, los antibióticos, medir la temperatura, asegurarse que todo esté bien para la paciente y luego retomar el pasillo, las demás puertas, los otros infiernos. Como cada día a lo largo de jornadas extenuantes.
Algo hace ruido en su interior. No es la cercanía de la muerte, ni el sufrimiento de esa joven en la camilla. El día anterior había pensado en renunciar. El dolor se le hacía una montaña difícil de escalar. Y como frutilla del postre, algo que nunca había hecho, aquella llamada en el colectivo...
¿Cómo se le pudo haber ocurrido llamar a un número escrito en el asiento? Había pensado en la tal Alejandra, en aquel "si" al preguntar por ella, la catarata de insultos, el dolor que sin entender la razón había consumado. Si entender o sin querer hacerlo. Nadie llama a otro por el gratuito placer de degradarlo y eso había hecho él. ¿Había pensado que el dolor se puede trocar por otra cosa?
No había dormido pensando en ello. El teléfono llamando una y otra vez, pero con el sonido desactivado, sobre la mesa de luz. Hasta que en un punto de la noche, había dejado de insistir. ¿Qué cosas tenía para decirle la tal Alejandra? ¿Cuántos insultos más caben en una persona?
El pulso de la chica estaba bien. Sus ojos seguían dilatados pero debido a la medicación suministrada seguiría durmiendo unas horas más. Se quedó mirando ese rostro que nada tenía de joven a pesar de la edad. Las marcas de la vida, pero presentes mucho antes de lo que correspondía. ¿Podía quejarse de su existencia cuando delante tenía casos extremos como los de esa muchacha? Claro que podía. Cada uno tenía sus propios infiernos. Aunque le preocupaba uno en especial. El de la tal Alejandra. La "zorra".
Aún podía llamarla. Ser más cauteloso esta vez. Pedir perdón para comenzar. Aunque quizá ella esperara esa oportunidad para seguir insultándolo. No podía saberlo. De la misma manera, no podía seguir pensando en el asunto. Debía encontrarle una solución.
Miró la hora y aún era temprano. Podía estar durmiendo o trabajando. Al pensar en el término "trabajar" no pudo ocultar de su mente una imagen de una Alejandra encendida en la cama con un cliente. ¿Y si no lo era? ¿Si aquella anotación en el asiento era fruto de una persona que no la quería? Era lo más probable. Por eso su reacción, el ataque verbal. ¿Quién podía creerse él para juzgar a otra persona? ¿Acaso no había aprendido en su profesión que se atendía a todos por igual, sin importar condición, raza o religión?
- Alejandra - murmuró.
Volvió a mirar a la joven. El brazo sobresalía por debajo de la sábana. Las marchas indicaban una fuerte adicción. Se lamentó por ello. ¿Cómo se llamaría ella? No había documentación entre sus pertenencias. Seguramente el hospital estaba haciendo ya las averiguaciones correspondientes. Pero no era un interés burocrático el suyo, sino real.
Buscó el celular en el bolsillo de su pantalón. Le había puesto nombre al número que tantas había llamado por la noche. Lo había hecho durante el trayecto al hospital en colectivo. Era el primero en su libreta de contactos. Alejandra, a secas.
Dudó un par de minutos, con el dedo separado dos milímetros por encima del botón de llamada y los ojos puestos en el monitor que mostraba los signos vitales de la joven inducida al descanso en la camilla a escasos metros de dónde permanecía de pie.
Estuvo a punto de no llamar, pero en el último instante presionó el botón. Se llevó el celular al oído y se preparó la escuchar como se producía la llamada, con esa melodía monótona, sinónimo de espera.
Escuchó el primer eco sonoro y luego otro sonido, más cercano, una melodía suave, inesperada. Una musiquilla cargada de dolor e inseguridad, desprovista de felicidad. Al levantar la vista vio además la luz. La pantalla del celular de la joven sin nombre estaba sonando.
Se apresuró por llevar su dedo al botón de "colgar" en su teléfono, para atender esa llamada pero se detuvo a tiempo. Prolongó la suya, la que estaba haciendo, para corroborar que el otro seguía llamando. Solo cuando el buzón de voz tomó la llamada y él cortó, la melodía que envolvía la habitación cesó.
Su cuerpo se paralizó. No hacía falta volver a marcar. Supo que temblaba casi de inmediato, incluso antes de tomar la mano de aquella frágil Alejandra, que ahora cobraba vida y dejaba de ser un nombre escrito con borratinta blanco en la parte de atrás de un asiento de ómnibus. Vida que casi se extingue, una hora antes. Rostro demacrado por la vida, arrugas en un cuerpo joven, marcas indelebles en sus brazos, difíciles de olvidar por esa mente adormecida cuyo destino no ha sido el mejor, sin duda alguna. Y su llamada... solo Dios sabe en qué momento llegó.
La tiene ahora delante, podría pedirle perdón, pero ella no lo escucharía. Descansa tras haber estado en el borde mismo de la muerte. Como quizá lo ha estado antes, como lo estará muchas veces más. Pero esta ocasión es especial, es la que él está presenciando. Es la que forma parte de su vida de manera accidental.
Pedir perdón y escuchar. Elegir las palabras, buscar la manera, ubicarse en el mundo. Misiones de todos los días que pocos desean encarar. Las existencias vacías, los sufrimientos invisibles, los mártires en movimiento que el mismo ser humano crea para evitar las verdaderas confrontaciones que exige el destino.
Alejandra duerme en aquella camilla mientras él la observa, esperando con temor el momento en que despierte. Así se irá el día, lentamente. No sabe que resultará de su confesión, pero tampoco le importa. ¿Qué son las oportunidades? Esos instantes es los que uno decide qué camino tomar. Y él, que a veces desconocía el trayecto diario creyendo haberse pasado cuando aún no había llegado a destino, veía por primera vez con claridad la presencia de una oportunidad. En medio del infierno, una luz. En medio de la batalla, un alto al fuego. En el bosque, un camino.
Su ignorancia, el padecimiento de ella. La confusión y ese anhelo de todos, de encontrar el sentido, la verdad, la razón por la cuál cada día debemos abrir los ojos y respirar.

14 de enero de 2015

El padecimiento

Las tardes son frías cuando el alma está en pena. El clima que reina para los demás es ajeno, inútil. Las tormentas internas no tienen pronósticos pero si consecuencias. Y no existe recaudos que uno pueda tomar para evitarlos. No hay sótanos en los recovecos de nuestra existencia. Cada rincón es alcanzable por el tornado.
Cuenta el dinero en su bolsillo sin extraerlo. Es un ejercicio que la acompaña de pequeña, cuando la vida en la calle era su certeza y el futuro una quimera. Conoce las texturas y las marcas para ciegos. Sabe que tiene lo suficiente como para un par de gramos. El corazón le late con prisa, como el deseo mismo. Es adicta, no lo niega, aunque se esconde.
Hace diez minutos que espera en aquel pasillo húmedo. Su reflejo es una imagen borrosa en un charco cercano, aunque le recuerda mucho a su apariencia real. Del otro lado de la puerta alguien espera una orden y ella, de éste, su turno.
Las cáscaras de naranja derrumbadas a un lado de un viejo trapos de piso le recuerdan que no ha comido. Pero no es hambre lo que tiene, si bien aquella imagen le arranca una fugaz tentación, efímera como su mirada siempre esquiva, saltando de un objeto a otro, como si donde posara su vista hubiese fuego. El olor que llega no es el que recuerda de pequeña, cuando perseguían con su hermano al camión de las naranjas con la esperanza que al menos una cayera sobre el asfalto. Casi siempre se perdía al final de la calle sin haber dejado una mísera muestra de su paso.
Eso sucede con la mayoría. Se van sin dejar una muestra de su paso por la vida. Su hermano, su madre. Ella seguiría el mismo camino. Le duele la pierna. Eso es una huella de su pasado. Ya no recuerda qué golpe la fracturó. Pero en la humedad, el dolor vuelve. Quizá por eso las lágrimas son húmedas. El agua trae la tristeza. A veces en forma de lluvia, otras de mar que invita a los suicidas.
Una rata cruza impune hacia el otro lado. Está acostumbrada a verlas. La puerta, en tanto, sigue cerrada. Pero entonces escucha el sonido del picaporte y de inmediato lo ve moverse. Se produce el milagro, lo que tanto ansía. La madera se pliega hacia afuera y salen tres jóvenes con gorrita. Caminan muy juntos, hablando por lo bajo. Ella no los mira. Aprendió hace tiempo que es de mala educación.
- Pasá.
La voz proveniente desde la boca oscura que ha quedado con la puerta abierta la invita a expulsar un suspiro. Al fin. Vuelve a apretujar los billetes en el bolsillo, consciente de la cantidad que lleva. El dueño de la voz en tanto la conduce por un pasillo que tiene sus vericuetos. La oscuridad se ocupa de ocultarlos. No es la primera vez que los transita y sabe que tampoco será la última.
Finalmente llega a un salón amplio, donde media docena de mesas con sus respectivas sillas se disputan el lugar. Algunas están ocupadas. Una música suave suena en alguna parte. Pero ella no mira, no escucha, no siente. Solo avanza. Y cuenta el dinero, una y mil veces, sin quitarle la mano de encima.
En la pared opuesta está la barra con bebidas. A un lado, una nueva puerta, pero con rejas por delante. Cuando llega hasta allí, una mirilla se abre. Más abajo hay una puerta muy pequeña, de unos treinta centímetros de lado por veinte de alto. Es el lugar donde debe dejar el dinero y por dónde llegará lo que anhela.
Puede ver un ojo en la mirilla. Una voz dice que se apure. Ella dice lo que quiere, apresurada. Se vuelve torpe al querer aclarar la cantidad. Sabe que no había necesidad. La voz no le traería nada hasta que ella no lo indicara. No son cosas de traer y llevar.
Ahora debe aguardar, alimentar la paciencia con la sabiduría de la espera, de la...
Su celular.
Se ve sorprendida. Sabe que tendría que haberlo apagado. De reojo alcanzar a darse cuenta que la observan. No atenderlo sería sospechoso. Su respiración de agita. Se vuelve impertinente. Como su celular, que sigue sonando.
Lo atiende.
- Hola.
Ha dicho hola, su tono ha estado cargado de preocupación, al punto de no poder pronunciar bien la última letra. Tiene miedo, está triste, solo desea esos pocos gramos. Y aquella llamada está fuera de lugar.
Del otro lado escucha un motor lejano y nada más. El hombre que la acompañó hasta la puerta enrejada le pide que se corra hacia otro lugar. Se inquieta. No quiere perder el turno, ya ha entregado el dinero.
Alguien pronuncia su nombre. Alguien que no reconoce.
Duda. Quiere volver a la puerta, sin embargo afirma. Hubiese querido decir con firmeza "Si, soy Alejandra" pero en cambio le sale un simple "si". Entonces, todavía sin convicción, hace su pregunta.
- ¿Quién habla?
El hombre se vuelve a acercar a ella y le pide que se retire. Ella mueve de manera negativa su cabeza, incrédula. No quiere que la echen. No quiso recibir esa llamada, no quiso. Pero se queda sin palabras. Del otro lado escucha que alguien pronuncia un nombre. Pudo haber sido Luis, Raúl, Esteban o Diego Armando, en ese momento no le importa, la están sacando del lugar, de ese sitio donde bien sabía tenía que ingresar con el celular apagado, donde desconfían hasta de la sombra que uno lleva. Mientras la empujan para que salga, le arrojan el dinero.
No lo puede creer. De repente está juntando el dinero del piso y diciéndole, consternada al auricular del teléfono móvil, que no conoce a nadie con ese nombre, nombre que ya ha olvidado, que nunca le importó, que bien se podía ir al mismísimo carajo.
Está llegando a la puerta que da al pasillo húmedo cuando esa voz del otro lado de la línea le dice que ha sacado el número de la parte de atrás de un asiento de ómnibus.
Se paraliza. Pero dos manos enormes y fuertes la arrojan contra la puerta que en un mismo movimiento se abre y la deja a solas con sus charcos y el cielo gris y encapotado.
Alejandra escucha a sus espaldas como la puerta se cierra. Es un sonido doloroso. El mismo sonido de un trueno en medio de la montaña, o de un relámpago en plena noche, bajo la cobija de frazadas mojadas, al amparo de un árbol de plaza, como antaño, cuando era pequeña.
Solo atina a una cosa. Una catarata de insultos sale de su boca como si fuese una cámara septica llena de mierda. Deja sus últimas energías en ese grito intenso e infinito, desgarrando sus cuerdas vocales, blandiendo sus pocas armas que son las palabras contra el imbécil que le había impedido ser libre. Cae de rodillas, jadeando, fulminada por el esfuerzo. Pero aún no ha terminado. Aún tiene más que decir, solo necesita un respiro, recambiar al aire, recargar la recámara con las únicas municiones que puede concebir... y escucha el "clic".
¿Cortó?
No lo puede creer. Se mira las manos, las piernas, la vestimenta. Trata de ponerse de pie, pero resbala y cae sobre un charco. Escucha risas inexistentes burlándose de su existencia, de su vida entera. El teléfono también ha caído. Todo está cuesta abajo. La fachada se desmorona con tremenda morbosidad. Esa que trató de construir por años para esconder los años remotos, la inocencia robada, los dolores premeditados. Cada ladrillo que cae es un peldaño más que retrocede. Sabe que pronto volverá a ser aquella niña en cuerpo y alma. Viviendo con miedo, bajo las estrellas con nada más que el cobijo de un árbol.
A tientas escapa de aquel lugar. El boulevard la asalta de pronto como un león hambriento. Pero al mismo tiempo, le devuelve las fuerzas. Instintivamente tiene el celular delante de sus ojos. Allí tiene el número. Marca. Y llama.
Es de esperar, nadie atiende.
Pero insiste. Lo hará de ser necesario toda la noche, o toda la vida, daba igual.
La vida, lo que le restaba de ella, podía ser esa noche. O esa noche, podía ser el resumen de su vida.
Hoy su techo serían las estrellas. Cruzó la calle, en dirección a la plaza. Extenuada, se sentó bajo un árbol. Estaba en su hogar.

11 de enero de 2015

La ignorancia

El ómnibus se detiene. Me muevo en el asiento hacia delante y vuelvo a caer sobre el respaldo. Es algo breve, rutinario, pero me percato de ello. De la misma forma, escucho el llanto de un bebé al fondo del pasillo. Se escucha el murmullo apagado de una música proveniente de los auriculares de una joven de pelo corto un asiento por delante, de la hilera contraria.
Una ráfaga de aire me golpea el rostro. El vehículo se ha vuelto a poner en marcha y la ventanilla de mi lado está abierta. Pero el lugar contiguo lo ocupa un hombre que parece estar dormido y me desanima a pedirle que la cierre. No tengo frío, al contrario, el calor es agobiante, pero las corrientes de aire me provocan alergia.
No sé donde estoy. Con seguridad he dormido más de la cuenta y me he pasado de largo. Sucede muy a menudo, sobre todo en jornadas largas, en las que el trabajo se aprovecha de mi voluntad y mi estupidez lo permite. A medida que los sentidos retornan de a uno al cuerpo, trato de pensar con celeridad que hacer, aunque sin mover un sólo músculo sobre aquel asiento.
Mi primera intención es ponerme de pie y adelantarme hasta el sitio de chofer para preguntarle una obviedad para él. Me pregunto cuántas veces por día le sucederá lo mismo, de tener que responder ante la irresponsabilidad de un pasajero, que en lugar de estar atento se duerme o se pierde en cavilaciones sin sentido. Ninguna idea que tenga su raíz sobre un colectivo puede tener sentido. Observo al hombre guiar el ómnibus y descarto la idea. Se puede ver su rostro cansado y fastidiado en el espejo retrovisor.
Mis ojos se distraen y se posan en la parte posterior del asiento que tengo delante. Lo han escrito al menos mil veces pero predomina el blanco del esmalte que se usa para borrar texto en papel. Un par de insultos y una descalificada descripción de una tal Alejandra. Al lado de "zorra" figura un número de celular.
A mi lado el pasajero que duerme revolea un brazo y me pega en la pierna. Suspiro. Desconozco donde estoy, viajo incómodo y no quiero ir a preguntar cuán grave es mi error. En algún lugar terminará el recorrido y allí mismo podré tomar otro de regreso. Es lo que se me ocurre a continuación. Una idea poco graciosa se cruza fugaz en el camino: aquel recorrido no tiene final de línea y estaré viajando por toda la eternidad. En algún punto la encuentro placentera y como todo lo que parece ideal, desaparece de la misma forma en la que llegó.
Sin darme cuenta tengo el teléfono en la mano. No es moderno ni tiene internet, pero sirve para llamar y recibir mensajes y con eso es suficiente. Los primeros tres números los ingreso dudando, pero el resto fluye con total naturalidad. Ignoro si corresponde realmente a esa tal Alejandra, pero nada hay por perder. Mucho menos por ganar.
Llama una, dos, tres veces. Imagino que en cualquier momento saldrá el buzón de voz y será el momento en el que cortaré la llamada, pero entonces escucho su voz.
- Hola.
Hola. La voz es de mujer. De mujer desganada o triste. La última vocal apenas si se alcanza a distinguir. Noto un ruido de fondo, quizá es música o gente hablando. A veces lo que uno cree percibir es lo que espera y no lo que es en realidad.
Me siento estúpido. Pero en lugar de cortar pregunto si es ella. No sé por qué, solo lo hago. Digo su nombre pero en tono interrogatorio. Lo encierro en signos de pregunta, encarcelándolo para siempre, incriminándolo como sospechoso de un crimen del que con seguridad era ajeno.
- Si - duda la voz con lógica, porque desconoce mi timbre, mi modulación, soy una persona que no conoce que ha preguntado por ella - ¿Quién habla?
Quiere saber. La ignorancia es el peor de los estados. Es estar indefenso. Débil, enfermo. Alguien pregunta por ella, sabe su número, su nombre y vaya a saber qué cosas más. Delante de mis ojos la tildan de muchas maneras. Lo hace un trazo tembloroso que pudo haber sido a causa de la bronca o del mismo tránsito. Quiero pensar que es lo primero, que no ha sido ella. Nadie se auto proclama prostituta, chupapenes ni zorra a menos que lo desee con toda el alma. También quiero saber. No sé a ciencia cierta qué, pero coincido con ella en eso.
Le digo mi nombre como si eso aclarara todo, pero lo único que hace es arrojar un nuevo manto de confusión. A mi alrededor todo sigue igual, con la diferencia de tres jóvenes de gorrita que charlan animosamente en el pasillo. El colectivo sigue avanzando como si no supiera que debió dejarme mucho antes en el camino. Ella vuelve a hablar. Dice que no conoce a nadie con mi nombre. Eso es algo difícil de creer. Con mi nombre hay cientos de personas. Alguno debe haber cruzado a lo largo de su vida. Pero no la culpo. Es de noche, alguien la llama a su celular y le dice su nombre. Alguien que por su voz, no conoce. Por ende, a la fuerza debe desconocer a todos, porque solo así se siente protegida.
- Perdón - la palabra me sale sin pensarlo, casi como acto reflejo y me parece la más apropiada - He visto tu número en un asiento del ómnibus y lo he marcado.
Se enoja. Vaya que lo hace. Me insulta. Me trata de hijo de puta, de pervertido, de muchas cosas más, pero no me inmuto. Ella no me lo dice a mí, se lo dice a la voz que no conoce que la ha llamado. Y puede que en algo tenga razón, porque es probable que alguien que llame a los números que aparecen escritos en los asientos de los colectivos o en las puertas de los baños públicos así lo sean. La escucho esgrimir todo un arsenal de palabras que tratan de atentar sobre mi moral, pero me sorprendo al notar que no me lastiman.
Ella termina de descargarse pero no corta, escucho su jadeo, su voz a punto de quebrarse, siento que debo decirle algo, que está esperando una respuesta a su pergamino de ofensas. Pero en lugar de eso, corto. Y en voz alta, sin darme cuenta, digo:
- Zorra
El hombre a mi lado se despierta y me mira con ojos entrecerrados. Uno de los chicos con gorrita desvía u atención hasta donde estoy sentado. Quizá alguno más haya reaccionado igual. No lo sé. Como tampoco sé sobre esa chica, la razón de su enojo, las veces que la han llamado culpa de ese texto escrito con borratintas. Pero en estos casos, la ignorancia es una bendición. Siempre que se obra mal, no saber es lo mejor.
El colectivo vuelve a frenar. Reconozco mi parada. Me levanto velozmente y aprovecho que hay gente descendiendo y bajo. Por alguna razón no había reconocido el camino habitual. Quizá algún desvío o simplemente, por estar distraído. No me importa. Estoy cerca de casa. El celular llama, miro la pantalla y no es un número que tenga registrado, pero reconozco los úlitmos tres dígitos. Es Alejandra. Dejo que llame. Más tarde lo bloquearé. Ha sido una jornada larga, pero ya estoy llegando.

8 de enero de 2015

Noches de día

La lluvia cae como una triste historia que se repite una y otra vez. Afuera las calles escupen agua y los pocos valientes que disfrazados salen a la carga como si no se pudiera esperar, se ven difusos entre la balacera de gotas que se interpone entre ellos y nosotros.
En las noticias dicen que mañana saldrá el sol. Mienten descaradamente. Los días que vienen serán siempre grises. Lo sabe el mundo entero, pero de todas maneras intentan decirnos que no es así. La lluvia esta vez no parará.
El agua le dará paso al viento. Luego al barro. Finalmente llegará la sangre. No es un presagio, está escrito. Lo dicen las estrellas durante la noche, las pocas que brillan entre nubarrones de pésimo augurio. Lo dicen los libros antiguos, atrincherados en sótanos húmedos e inalcanzables. También lo gritan los huesos de los desahuciados, cuya voces carecen de sentido.
Lo intolerantes están de parabienes. La gran fiesta ha comenzado. Pocos valores quedan en pie. Pero ninguno sobrevivirá para cuando llegue la noche. La lluvia irá destilando los últimos vestigios de bondad, llevándose las risas y las alegrías a los desagües de un putrefacto canal.
Encerrados, observamos cómo la oscuridad va cubriendo todo, a pesar de ser aún de día. Vemos las rejas cubriendo entradas y ventanas, las alarmas comunitarias asaltando las calles, los vecinos asegurando sus puertas con dos vueltas de llave, las miradas continuas detrás de las cortinas que se descorren ante el menor sonido proveniente de afuera. Nos escondemos sigilosamente, porque falta poco para la noche.
La lluvia se hace intensa, sofoca, asfixia, se hace carne. Empapados de miedo, sentimos el frío de la desconfianza. Nos observamos de reojo dudando del otro. Leemos los diarios, escuchamos la radio, vemos la televisión, pero a nadie le creemos. La verdad ya no existe, ha dejado de tener valor.
Nos queda la lluvia y el saber que no se detendrá. Analogía perfecta de la humanidad, el nacimiento y la muerte, el trueno y el relámpago, el correr a refugiarnos, el sentirnos a salvo y de tanto en tanto, cuando es solo una llovizna, animarnos a disfrutarla, darle la cara, abrazarnos a ella, aunque solo hasta que se vuelve tormenta y se olvida de la piedad. Y se repite, una y otra vez, como nuestra bélica historia humana.
Cuando amaine, veremos los charcos. Y si aún tenemos fuerzas, saltaremos encima. Como cuando éramos niños y éramos inocentes. Allá lejos y hace tanto.


5 de enero de 2015

Las palmas

Que triste se fue Mariana de su clase, caminando esas calles con aire de fiesta, colmadas de personas angustiadas por las compras de fin de año. Que triste es el mundo, por más que nos cansemos de sonreír y ponerle ganas. No es algo que podamos ocultar con maquillaje o debajo de una alfombra. Es la realidad y nos envuelve, aunque hagamos lo posible por cerrar los ojos.
Podemos engañarnos con buenas noticias, con creer que a todos les importa, con tragarnos los discursos de campaña y esperar que el planeta abra los ojos. Pero encendemos el televisor y nos convertimos en testigos de enfrentamientos, de guerras, de ataques con misiles, de aniquilamientos masivos, de persecuciones sin sentido, de tragedias y vanidades, del estertor continuo de la humanidad.
Maldecimos, nos ponemos de mal humor y nos refugiamos en la biblioteca. Tomamos un libro, una tragedia. Un nuevo libro, otra tragedia. Otro libro, otra tragedia. La historia es tragedia. En cada rincón el ser humano se ha bañado de sangre, ha motivado el hambre, impuesto la muerte, la condena, la tortura. Ha perseguido y ha sido perseguido. Los opuestos, el blanco y el negro, el rico y el pobre, la paz y la guerra, la vida y la muerte, el poder y la humillación.
Una tras otra, las finas capas de la historia fueron superponiéndose con el paso del tiempo, pero la humedad y el color de la sangre se ha extendido a través de la superficie y contagiando a cada generación. Así, el violento ser humano se ha reproducido durante siglos. Así lo sigue haciendo. Así seguirá sucediendo.
La gran balanza está equilibrada. Unos pocos de un lado, el resto, una multitud, del otro. Un planeta tan amplio, tan rico, en manos de elegidos. Uno existe con la sensación de tener que pagar a cada paso el precio por estar vivo, de respirar el aire que nos rodea, como si no fuera la naturaleza la verdadera dueña de nuestras vidas. La historia y los que la escriben nos han hecho creer que no es así, y hoy damos por sentado que debemos dávidas a nuestros gobernantes, a los tiranos del mundo, a los que deciden por nosotros, a los que inventan guerras a cambio de dinero, que respirar tiene un costo, que la vida es para ganarse el pan, que el planeta no es gratuito, que el sacrificio es la moneda corriente y que el hambre les toca a los que no pueden subirse al tren de los afortunados.
Mariana está triste. Se cruza a uno de "sus chicos" que cabizbajo cuenta monedas, mientras su brazo derecho hace malabarismo para no perder los pocos diarios que aún le quedan por vender. Hoy a ido a clases. Era jornada de trabajo. Recorrer las calles, vender el semanario, comer al final del día. Si sobraba algo, por ahí había algo más, algún estímulo.
Aún resuenan las palabras de una hora atrás. Mientras espera el semáforo, se quita las lágrimas con el dorso de la mano. Los coches frenan con el rojo y el paso se abre para los que esperan. Se adelantan unos niños, entusiasmados con los regalos que llevan en unas enormes bolsas. La madre los sigue detrás, cargando una bolsa con botellas.
El juego era sencillo y al mismo tiempo, divertido. Los que no sabían leer se acercaban a su oído a escuchar la consigna. Los que tenían la suerte de haber concurrido al menos un tiempo a la escuela, leían el cartelito que ella le había puesto al compañero en la espalda y trataban de representar con mímica lo que allí decía.
Los chicos, a veces dispersos, otras violentos, jugaban sin embargo en esa ocasión con mucho entusiasmo. El juego, en general, era una forma de acercarse. Sus duras vidas por un momento se abrían a otras perspectivas. Llegarían luego las horas para el dolor de estómago, para patear por unas monedas, el sobrevivir al barrio, a las juntas, volverse a calzar las mochilas con sus historias sobre la espalda con todo lo que eso significaba. Pero allí, en la clase de teatro, el juego era un abrazo cálido en medio de la gélida realidad del día a día. Y aquel específicamente, les daba un grato momento de risas, que no es poco.
El niño leyó el cartel en la espalda del otro. Dudó un segundo y empezó su actuación, con la esperanza de representar bien la frase y que los demás adivinaran. Batió las palmas, como llamando a una casa, y luego uniendo los dedos de la mano derecha por la punta, se los llevó a la boca repetidamente, como si estuviera introdujendo algo al tiempo que su mano izquierda se movía en círculos encima de su estómago.
Ella sintió un nudo en la garganta. Si los demás niños no adivinaban la frase había dejado de importarle. Ella lo entendía a la perfección. El hambre había sido representado con el batir de palmas, con ese llamado (casi siempre no contestado) esperanzado que con seguridad el niño repetía a diario, yendo de casa en casa, en un acto de supervivencia, de necesidad y urgencia.
El cartel decía: "Cuando tengo hambre me hace ruido el estómago". Los chicos arriesgaban a los gritos, tapando una voz con la otra. Mariana solo escuchaba el repiquetear de las palmas, una y otra vez. Y ese batir se convirtió en todas las palmas de alguien pidiendo que escuchó en su vida. En las palmas de niños, de mujeres y de hombres. En rostros y siluetas asomados detrás de una reja, de un mosquitero, desde la vereda misma, con una tibia sonrisa y un mismo pedido. Ese "tiene algo para darme" que nos devolvía cada tanto a la realidad, con la fuerza de un uppercut de campeón de los pesos pesados. Esa sonido hijo de la historia, de la humanidad. Esa plegaria es busca de un pequeño milagro, en el socorro del prójimo, venciendo a la humillación, a la vergüenza, porque la muerte y el hambre no perdonan ni a una ni a otra, y la supervivencia se olvida de ciertas nimiedades cuando el dolor ha doblegado ya las piernas y obliga a uno a andar de rodillas.
La clase termina, los niños vuelven a sus realidades y solo quedan las palmas en el aire. Mariana camina con el sonido en su cabeza. Sabe que no hay nadie lo demasiado fuerte como para contener el llanto ante tremenda verdad, salvo claro, aquellos que están por encima de todo, incluso del prójimo, de la solidaridad, los que se creen dueño del mundo y de todos los que lo habitan. Son los que ríen a altas horas, los que entrechocan copas con el champán más caro, los que desconocen el sufrimiento, los que hacen y deshacen a su antojo, sin importar el credo, la bandera y la nación. Los mismos que a lo largo de la historia han ido cavando la gran tumba de la humanidad, esa que de a poco, ocupamos todos.
Cuando llega a su casa, se lava la cara, respira hondo y presta atención a la calle. Quiere estar atenta, quiere que todos lo estemos. Un pedazo de pan no hará la diferencia, pero si los oídos de todos están despiertos, puede que haya un cambio. Sabe que la esperanza no viene envuelta en celofán ni tiene un moño de regalo. No se compra en las tiendas, ni con efectivo ni tarjeta de crédito. Nace en el corazón, en el sentido común y el amor al prójimo. Cree en el ejemplo, en que el ayudar puede cambiar historias mínimas, y que la lágrima puede transformarse en una sonrisa. Es una ilusa de corazón enorme, que no se resigna a creer que la vida es sinónimo de tristeza y que el mundo es en verdad un lugar hermoso.
Debe haber otra gente que piensa igual, parte de la humanidad que odia los opuestos, que sueñan con un mundo sin disparidades, donde todos estemos hombro a hombro, y sin hambre. Donde las palmas ya no se escuchen. Donde no sean necesarias.

2 de enero de 2015

Canción para el otoño

El verano es una estación cruel, pero al menos con un poco de agua los chicos se refrescaban. El miedo de Lucía era a futuro, para cuando llegara el otoño y comenzaran los primeros fríos. El lugar donde vivía - porque no se podía llamar una vivienda - se sostenía apenas por unas chapas y troncos. Cuando llovía, era lo mismo adentro que afuera.
No era el mejor lugar para que crecieran, pero era lo poco que había conseguido. En los apremios, los deseos no existen. Es lo que hay, como le había enseñado su mamá cuando aún vivían en el norte, hacía tanto y tan allá a lo lejos.
Ninguna vida era fácil. Lo había aprendido de pequeña. Cada persona que había conocido era un ejemplo. Nadie, hasta los que tienen un poco más, tienen servido el destino. Por eso, jamás había sentido envidia. La suerte iba y venía, como la dicha y la felicidad, y en esa ruleta que era la existencia, algún día la fortuna le tenía que tocar. Y si no era a ella, a su corazón le alcanzaba con que fuera a ellos, sus niños, que descalzos chapoteaban a la orilla del río, calmando la furia del sol que quemaba la piel.
Las cosas se hacen por amor o no sirven le había dicho una vez su mamá, que se lo había escuchado a un tal Cabral. Y era cierto. Cuando se puso en pareja con José, era porque había quedado embarazada, no por otra cosa. Y no sirvió. Porque llegaron más críos y más responsabilidades, pero jamás había dinero para otra cosa que no fuera para el vino.
Fue entonces, al saber que estaba en camino el cuarto hijo, que decidió cambiar el rumbo y de un día para otro se encontró haciendo dedo con los chicos a cuesta para buscar otra suerte, esa tan esquiva desde siempre. Terminó lejos, en una ciudad nueva, con tantos miedos como posibilidades.
La calle fue su hogar hasta que consiguió el precario techo donde cada noche se ocultaban de las estrellas. En la cama, donde dormían todos, su último pensamiento consciente solía ser siempre el mismo: estaba allí por amor a sus hijos.
Cada día era una nueva ilusión. Por supuesto, no creía en cuentos de hadas, sabía que no aparecía un príncipe vestido de gala ofreciéndole probarse un zapato. Las fábulas, los relatos, eran formas de endulzar los oídos y abrir las mentes. El verdadero factor era el trabajo. Salir a ganarse el pan, cómo había hecho su madre. A fregar pisos, a limpiar veredas, a pasar el trapo. Si quería soñar otros trabajo, podía, claro que sí, pero de nada le serviría. Con los pies en la tierra el camino era más fácil de transitar.
Los miedos, claro, estaban al pie del cañón. Dejar solo a los chicos en la precaria construcción, delegar que lo miraran de tanto en tanto sus vecinas, estremecerse al pensar que les podría ocurrir un accidente, o bien, pensando en el otoño y la llegada de los primeros fríos, que el dinero no fuera suficiente para poder comprar un calentador o pagar por un lugar mejor.
Había temores, pero también optimismo. Una especie de balanza, de contrapeso, lo bueno y lo malo, como en todas las cosas. El equilibrio, ese del que tanto habla la gente. Gente que ni siquiera se ven privados de las necesidades básicas, pero que de todas formas tienen sus problemas. Como todo el mundo.
Cuando regresaba, casi al atardecer, los encontraba felices jugando en el agua. Siempre ante el amable cuidado de alguien del barrio, a quien por supuesto, Lucía agradecía infinitamente. Se ponía a pensar en lo infeliz que sería de no tenerlos, en lo aberrante que habría sido permanecer donde estaba, siendo testigo de cómo el hombre que los había procreado los privaba de alimento y también de cariño.
Era libre y al mismo tiempo, esclava. Aunque por elección. Por cuando uno ama, todo sirve. Ya sea el sacrificio o el dolor, el pasar hambre para que un hijo coma o encamarse a escondidas con el marido de alguna de las mujeres que la contrata para limpiar la casa. Todo suma para poner el pan sobre la mesa, para verlos felices y sonriendo, para pensar en cómo combatir el frío cuando llegue.