Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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17 de octubre de 2017

Macabro

Me despertaron los pasos, el ir y venir vertiginoso de desconocidos, la imagen lívida de un oficial espantado tratando de alcanzar la puerta de salida, una detective joven abriéndose paso de manera atolondrada para arrojar el desayuno de una sola bocanada, los restos humanos esparcidos por todo el suelo de la habitación casi con caprichoso desorden y las paredes, todas ellas, matizadas de moho y mucho color rojo.
En una sola mirada pude ver el desasosiego, el asco, la pena, la maldad, lo incomprensible. Hasta que de repente una mano se cerró sobre mí, dejándome en la total oscuridad, al tiempo que desde alguna parte escuché:
- ¡Aquí están los ojos!

12 de octubre de 2017

Juego de niños

Cuando Nacho llegó corriendo a casa y se encerró en su habitación pensó que, como cada tarde, se había peleado con Matías, el vecino, hijo de Laura. Le pegó un grito al escuchar el portazo que hizo temblar los cuadros de las paredes pero no fue tras él. Odiaba que su hijo se portara de esa manera y si reaccionaba acorde a sus arranques de locura, tarde o temprano terminaría dándole una bofetada y era lo que menos deseaba en el mundo. Por lo tanto, dejó que trasladara sus broncas a la cama y siguió ocupándose del piso, que de la misma manera que el resto de la casa, no se limpiaba mágicamente.
Extenuada, se sentó cinco minutos a mirar televisión. Nada en especial, encender el aparato e ir pasando los canales uno a uno para que la mente fluyera entre imagen e imagen, sin nada en que pensar. Porque cuando se levantara de la silla tendría por delante aún muchos quehaceres hogareños, incluyendo hacer las compras y más tarde, preparar la comida. Que Nacho no estuviera jugando alrededor, era, por más que le costara admitirlo, una bendición.
Pero ese descanso no duró ni sesenta segundos. El timbre de la casa la obligó a ponerse otra vez en movimiento. Al abrir la puerta se alegró, porque era Laura, aunque de inmediato pensó en la posibilidad que estuviera allí para regañarla por alguna pelea entre sus hijos, sin embargo le llevó una minúscula fracción de tiempo comprender que su talante no era el habitual.
Se la veía pálida, nerviosa, las dos manos unidas en súplica.
- Laura ¿estás bien? – preguntó con honesta preocupación, sabiendo que no lo estaba.
Ella vaciló, llevó la mirada por encima del hombro derecho, como observando hacia su casa, se frotó las manos varias veces y finalmente abrió la boca para hablar.
- Busco a Matías, desde hace unas horas que no lo encuentro. No está en casa, ni en lo del primo. Temprano me dijo que quizá pasaba a buscar a Ignacio. ¿Está acá, Miriam?
No, no estaba, claro que no. Su preocupación era ahora también de ella. Y no solo por la angustia de no saber el paradero de un hijo, sino porque veía en sus ojos que ella ya sabía que Nacho no estaba en mi casa, y que cuando lo preguntaba, en realidad, escondía otra pregunta, más difícil de pronunciar, más difícil de digerir.
- No, no está acá Laura. Le podemos preguntar a Nacho si sabe algo.
Miriam sintió que Laura la miró de una forma extraña. Dudó incluso en entrar a la casa. Notó también que su vecina tenía frío. Los brazos desnudos llevaban todos los vellos erizados.
Llamó a la puerta de Nacho dos veces, golpeando con los nudillos. Luego pronunció su nombre. Sus berrinches solían tener el efecto de un somnífero. Si terminaba en la cama, con seguridad se dormía. Le sonrió a Laura, excusándose infantilmente por la ausencia de una respuesta. Pero ella no la observaba, miraba hacia la puerta de calle. Miriam imaginaba el sufrimiento interno, el deseo de ver a su hijo en ese mismo instante, ya sea por la calle o entrando por la puerta. ¿Qué puede ser peor que no saber cómo y dónde está un hijo?
Accionó el picaporte y abrió con cuidado la puerta, para no sobresaltar a Nacho que podría estar dormido profundamente. Se quedó sorprendida. La cama estaba hecha, las ventanas cerradas, los juguetes en su sitio y su hijo… su hijo no estaba en ningún rincón de la habitación.
- Si no está, no importa, no te preocupes, yo me vuelvo a casa, quizá… - comenzó a decirle Laura, mientras Miriam en su cabeza revolvía con celeridad en la sucesión de recuerdos de las últimas horas, segura de saber que Nacho estaba en su cuarto.
- Laura – dijo Miriam, interrumpiéndola - hace una hora o a lo sumo, una hora y media que Nacho volvió de afuera. Entró como loco y se metió acá dentro. Casi me hace la puerta giratoria del golpazo que le dio. No puedo entender cómo es que no está.
Quería conservar la calma, mostrarse más entera que su vecina y amiga, pero una rara sensación en el estómago comenzaba a llenarle de pequeños retorcijones el abdomen.
- ¿Vos los viste jugando juntos, Laura? ¿O solo te dijo que Nacho lo iba a pasar a buscar?
Laura comenzó a caminar hacia la puerta.
- No lo vi, Miriam. No recuerdo si habían quedado en jugar juntos. Lo siento, quiero volver a casa y ver si regresó. Seguro Ignacio en cualquier momento también vuelve.
- Pero Laura, me dijiste hace cinco minutos que tu hijo te avisó que Nacho lo pasaba a buscar.
- ¿Si? Puede ser, tengo la mente desordenada, no puedo pensar con tranquilidad, discúlpame Miriam, tengo que volver, seguro Sergio está también preocupado que me ausenté…
- Laura, escúchame, pensá en dónde los viste por última vez, si estaban juntos, si Matías te dijo algo en particular antes de que no lo vieras más, pensá, todo es importante.
Pensó que Laura se largaba a llorar en ese mismo momento, ya con la puerta de calle en la mano. Entonces, bajo el marco, apareció Sergio, con su imponente cuerpo de jugador de rugby, que la agarró del brazo y tiró de ella hacia afuera.
- ¿Qué hacés acá? Vamos, que tenemos que salir a buscar al chico por el barrio.
- Vine a preguntar por Ignacio, como me pediste.
- Eso fue hace diez minutos, era preguntar y volver, no podemos perder tiempo. Vamos, vamos, que tenemos cosas que hacer.
- Sergio, escúchame, tampoco encuentro a Nacho… - dijo Miriam, llamando su atención.
- Ahora no Miriam, si lo vemos, te lo traemos.
Vio a la pareja cruzar la calle y meterse en la casa que compartían. No le gustaba Sergio, siempre tan arrogante y de modales poco amables con su mujer. Pero su esposo se llevaba con él muy bien por la mutua afición al deporte. De todas maneras, le disgustó darse cuenta lo poco que les importaba la situación de Nacho.
Volvió a la habitación de su hijo, esperando encontrarlo escondido debajo de la cama o dentro del armario, pero no lo encontró. Recordó el modo con el que entró a la casa y cómo corrió hacia su cuarto y se estremeció. Lo había visto. O al menos, había sentido la forma en que, como una exhalación, se lanzó al interior de su habitación.
Buscó el celular en la cocina, donde lo había dejado cargando. Tenía que avisarle a su marido. Entonces vio que tenía un mensaje de texto. Era de Laura. De hacía más de media hora. Eran unas pocas palabras: Por favor, no me abras.
Repasó el mensaje varias veces. No debía calcular demasiado para entender que su amiga lo había mandado antes de haber tocado timbre.
Necesitaba hablar con ella. Salió a la calle y vio como Sergio la ayudaba a entrar en el auto. El hombre vio a Miriam y le hizo un gesto con la mano, indicándole que salían a dar vueltas con el coche. Pudo ver el rostro de Laura a través de una de las ventanillas bajas. Estaba llorando y a diferencia de un rato antes, tenía un ojo morado.
Vio al auto seguir derecho hasta el boulevard que cruzaba el barrio y en lugar de girar hacia la derecha, como para comenzar a recorrer la zona en círculos, mantuvo su rumbo hacia el oeste. Al cabo de unos segundos, era un punto en la distancia, perdido entre otros puntos que iban en la misma dirección.
Volvió al interior de su casa y llamó a su marido. Le pidió calma y trató de tranquilizarla. Luego, marcó el número de la policía. Dos horas no era motivo para preocuparse. Dudó que la mujer que atendió el llamado fuera madre.
Buscó la bicicleta y con las ruedas algo desinfladas, salió a andar por las calles del barrio, deteniéndose especialmente en la plaza y los descampados, donde los chicos podrían haber estado jugando. Aunque dudaba si aún los niños de nueve o diez años seguían aún jugando a la pelota en los campitos. Nacho solía pasar horas en casa con sus amigos jugando a los videojuegos. Comprendía que ignoraba totalmente qué era lo que hacía estando en la casa de Matías o de algún otro amiguito.
Aprovechó uno de los bancos de la plaza para sentarse y recuperar el aliento. Se sentía agitada. Pronto anochecería. No quería que su hijo estuviera dando vueltas en la oscuridad, con lo peligroso que estaba todo. Recordó que llevaba el celular en el bolsillo de la campera y recorrió la libreta de direcciones de arriba hasta abajo, llamando a las madres de los compañeritos de la escuela. Nadie lo había visto.
Probó con Laura, pero saltaba de inmediato la casilla de mensajes. Volvió a llamar a su marido y le pidió que llamara a Sergio. Dos minutos después Sergio la estaba llamando a ella. El mismo resultado, el celular parecía apagado. Ahora sí, su marido estaba asustado.
Miriam retornó a su casa y esperó por su esposo. Luego, fueron juntos a la Comisaría. Les llevó mucho trabajo convencerlos de que algo podía haberle sucedido a su hijo. Finalmente enviaron una patrulla a revisar la zona. Ella pidió acompañarlos, pero no se lo permitieron.
Al oscurecer, todos los miedos la asaltaron. Quería llorar pero no se lo permitía. Su marido parecía más entero. Ella observaba desde la ventana, con la esperanza de divisar la figura de su hijo retornando a casa. Fue entonces que vio la luz encendida en la casa del otro lado de la calle. No veía el auto afuera, por lo tanto, no habían regresado. ¿Estarían Matías y Nacho jugándoles una broma a todos y se escondían en alguna parte de la casa de Laura?
Cruzó la calle velozmente. La puerta del frente estaba cerrada. Golpeó con fuerza. Llamó a los gritos a Nacho y Matías. Gritaba sus nombres, con todo lo que le daba la garganta. Se acercó a la ventana y volvió a golpear, ahora el vidrio. No podía creerlo. Allí estaban, los dos niños, de pie en la mitad de la sala, mirando hacia ella. Volvió a gritar sus nombres, desesperada, pero ahora su grito era silencioso, ahogado, inútil, y los brazos de alguien fornido tiraban de ella para alejarla, haciéndole perder el equilibrio.
Giró y allí estaba su marido, con ojos preocupados y cansados. La noche cerrada se cernía sobre ambos. Varios vecinos se habían asomado a la calle. Él trataba de calmarla, de decirle que se tranquilizara, que volviera a la cama, pero ella no podía, quería quedarse allí, buscar a su hijo, quería…
Traspasaron las cintas amarillas puestas por la policía y llegaron a la vereda. Entonces, volvió la vista hasta la casa de Laura y Sergio. Estaba toda cercada y había montículos de tierra por todas partes, producto de las excavaciones. Ahora podía recordarlo. Detrás del parrillero habían encontrado el cuerpo enterrado de Matías. A Nacho, debajo del alero.
Rompió en un llanto y se desmoronó en medio de la calle. Su marido la dejó estar un rato y luego la cargó hacia la casa. Las pesadillas que uno vive despierto, son las más terroríficas.

30 de septiembre de 2017

Río cómplice

* Cuento ganador del "2do Encuentro Nacional de Poetas y Narradores" organizado por la Municipalidad de Villa Constitución, publicado en la "18va Antología de Poetas y Narradores" *

Faltaba poco. Alicia lo sabía. A pesar de la neblina que convertía la ruta en un fantasmal abismo, la silueta del río se destacaba inmóvil un kilómetro más adelante.
Miró hacia el asiento trasero. El niño dormía. Mejor así. A ella todavía le costaba respirar. Sentía el pecho agitado y el cuerpo sudado. Recordaba las palabras de su marido: "No podés hacerlo". Y sin embargo, allí estaba, manejando a mitad de la noche.
El niño se movió atrás pero no alcanzó a despertarse. Nunca sospechó que podría encariñarse de alguien tan rápidamente.
Cuando un día antes había aparecido en la parte trasera de su vivienda, con un corte en la frente y moretones en el rostro, su primera reacción había sido asustarse. ¡Era un niño, por el amor de Dios!
Lo limpió y curó. Estaba familiarizada con esos menesteres y trató que al pequeño no le doliera, pero no lloró en ningún momento, aunque tampoco abrió la boca.
Hubiese querido, aunque sea, poder cambiarle la remera, quitarle la que llevaba puesta, manchada de sangre, pero no tenía hijos y por lo tanto, tampoco ropa para el niño.
Sabía que si forzaba una manera para hacerlo hablar, era probable que el chico se cerrara aún más. Por eso prefirió simplemente hacerle compañía, quedándose cerca mientras él se devoraba las galletitas que le había puesto en un plato, junto a una taza de café con leche.
El problema comenzó un poco más tarde, cuando su marido llegó de trabajar. Era peón en el mismo campo en cuyos terrenos estaba la casa que habitaban y solía volver cansado y de mal humor.
Se detuvo bajo el marco de la puerta de la cocina y elevó la voz al ver al niño sentado a su mesa.
- ¿Qué carajo hace ese pibe acá, Alicia? ¿Me podés explicar que hace acá?
Y sin perder un segundo, avanzó hacia el niño, lo arrancó de la silla tomándolo con fuerza de los hombros y lo arrastró hasta la puerta trasera.
- Andate - le ordenó - Andate y no vuelvas por la casa, no quiero problemas.
Alicia quedó estupefacta, paralizada en su silla.
- No quiero volver a verlo por acá ¿entendiste? - el hombre se acercó a ella y le retorció el brazo - ¿Entendiste?
Si, por supuesto, claro que lo había entendido. El dolor estaba llegando al hombro. Su marido por fin aflojó la presión y un alivió recorrió su brazo.
- Entendí - dijo con un hilo de voz
Luego, cometió uno de sus habituales errores: no permanecer en silencio.
- ¿Quién es? ¿Lo conocés?
Él se volvió para mirarla con ojos de animal salvaje.
- Es el pibe de Quiroga, y si lo quiere matar a palos, es problema de Quiroga. Es el patrón y nosotros comemos de su mano. Y lo sabés bien: no se caga donde se come.
Alicia asintió con la cabeza, bajando la vista al plato con galletitas que había quedado sobre la mesa. No esperaba la mano de su marido, que atenazó con violencia su cuello.
- ¡Mirame a los ojos cuando te hablo! Si te digo que no te metas con ese pibe, no te metés. ¿O querés cobrar vos también?
Apenas si podía respirar. Con esfuerzo, balbuceó un "no". Él la soltó. Alicia tosió, ahogándose con su propia saliva. Claro que no quería "cobrar". Si cuando vio al pequeño golpeado, fue como verse reflejada en un espejo.
Detuvo el coche. Al silenciar el motor y bajar las ventanillas, el interior del vehículo pareció llenarse de grillos. A pesar de ser plena madrugada, la temperatura era alta. Ni siquiera la leve brisa que venía del río le daba un respiro. A sus espaldas, el niño permanecía dormido.
¿Cuándo se decidió a hacerlo? ¿Fue esa misma noche, mientras él la golpeaba con fuerza tras el quinto vaso de cerveza? ¿O al día siguiente, al ver al niño escondido entre las maquinarias, con nuevos nubarrones morados en la cara?
- Ven aquí, no voy a hacerte daño - trató que su voz fuese lo más amable posible. El niño accedió, abandonando su escondite detrás de un arado.
No tenía dónde llevarlo, más que a su casa. Y sin embargo, aquel era el lugar menos seguro que podía imaginarse. Volvió a servirle un café con leche y darle galletitas. Mientras el niño comía, ella fue a armar la valija. Metería lo indispensable para alejarse de la casa. Algo de ropa para ella y algunos objetos de valor, para poder cambiarlos en la ciudad por ropa para el niño y comida. No tenía dinero. Lo poco o mucho que había bajo ese techo lo administraba su marido.
Escuchó un tractor deteniéndose afuera. ¡Era él! La puerta principal se golpeó con fuerza contra la pared. Ella corrió hacia la cocina. El niño se había refugiado en un rincón, entre la heladera y el canasto para las verduras. Alicia llegó sin aliento en el momento justo que su marido acortaba la suficiente distancia como para golpear al pequeño.
- ¡Basta Roberto! - gritó ella con furia. En la mesa había un tenedor. Lo tomó.
Roberto rio ante la imagen de su esposa amenazándolo con algo tan ridículo.
- No podés hacerlo. Vení para acá Alicia.
Ni bien le dio la espalda al niño, éste se abalanzó sobre él. Lo empujó con tanta fuerza que lo hizo trastabillar hacia delante. Lo de Alicia fue puro acto reflejo. Sin pensarlo, clavó el tenedor en la cabeza de su marido. Entonces él, comenzó a gemir...
El graznido de un pato la puso en movimiento. Volvió a asegurarse que el niño durmiera y de inmediato bajó del auto. Lo rodeó y fue hasta el baúl. Suspiró profundamente y lo abrió.
Sacar el cuerpo de su marido le llevó varios minutos. Su mayor preocupación era no hacer demasiado ruido. Una vez en el suelo, lo arrastró hacia el pequeño muelle para pescadores que había en aquel lugar del río. A duras penas empujó el cuerpo por el borde. El sonido al caer al agua fue espeluznante, casi como...
Gemía y daba alaridos, arrojando manotazos a todas partes. Incluso se había quitado el tenedor, pero andaba a ciegas. La sangre había cubierto sus ojos. Alicia había quedado paralizada, como cuando él la amenazaba o golpeaba. Pero el niño no. Tenía un cuchillo en la mano que tomó de un cajón y no tardó en lanzarse sobre el hombre que lo doblaba en tamaño. Solo necesitó un par de puñaladas para darle muerte.
Ahora, el cuerpo había desaparecido en el río, llevándose consigo muchas penas. Alicia se despidió en silencio, sin la menor pizca de tristeza. Se subiría al auto y conduciría. Se llevaría lejos al niño y enterraría donde no pudiera encontrarlo jamás, al dolor del pasado. Verían luego como sobrevivir. Sonrió ante la idea: sobrevivir era lo único que había hecho bien en su vida.

17 de septiembre de 2017

Edades

El patio es grande, pero sin árboles ni flores. Los yuyos avanzaron sobre el césped en una batalla que no encontró oposición. En los veranos el sol es arrasador. En el invierno no existe reparo alguno. Solo en el otoño, pero en los días más benévolos, y en primavera, le gusta salir a sentarse afuera y pasar horas sin hacer otra cosa que ausentarse mirando nada en particular.
Recuerdo haberle preguntado una vez si no prefería que le llevara una silla, así al menos no se quedaba parado. Me había dicho que para estar sentado, se quedaba dentro. Y no le ofrecí nunca más una silla.
Otra vez me acerqué a su lado y lancé al aire dos o tres comentarios. Me preguntó si no tenía otra cosa que hacer.
Nunca nos llevamos muy bien, así que no podría imaginar otras respuestas. Uno es hiriente con los que no quiere, e indiferente con los que poco le importan.
Era extraño verlo desde la ventana allí parado, contemplando el infinito. Más raro, supongo, debe haber sido para un tercero observarme observándolo a él. Aunque esa persona, en realidad, no me habría visto. Nadie viene por aquí.
De la misma manera, no me engaño, yo también al verlo a él allí en el patio, me miro a mí. Al que seré dentro de unos años, a ese ermitaño que se abre paso en mi interior minuto a minuto, y que en algunos años más gobernará mi existencia.
Es extraño contar todo esto, hablando de un futuro que ya sucedió. Porque en realidad, solo soy el pasado de ese hombre, que convive con conmigo en su mente. Creo que sale al patio para sentirse solo, para no verme ni escucharme, para no caer en la cuenta, al estudiarme, de todos los errores que cometió. Los que yo iré cometiendo en esa línea de tiempo que me separa de él, esa línea de tiempo que él ya conoce y por la que tanto pena.
El patio es enorme, aunque apenas es el patio de su encierro. Y por lo tanto, es minúsculo. Afuera o adentro, el ayer y el hoy conviven presos del destino, en un futuro ya escrito.

12 de septiembre de 2017

El eslabón más débil

La mirada de Andrés era siempre dispersa y no solo por el problema de estrabismo que lo afectaba desde pequeño. Se distraía, perdía la atención en lo que estaba haciendo y generaba el enojo de manera continua de su primo, varios años más grande que él, al que todos en el barrio conocían como el “Lungo”.
Andrés también carecía de carácter y decisión propia. Huérfano, su infancia y adolescencia había quedado en manos del hermano de su madre. Su primo, un flaco desgarbado y mal hablado, que no solía bañarse por días, había sido una especie de hermano mayor, aunque no precisamente un ejemplo a seguir. El hecho que lo llamara “bizcocho” ya era motivo suficiente para que Andrés lo odiara.
Pero se había acostumbrado a pasar las horas junto a él, que eran mejor a pasarlas solo en la reducida habitación que tenía en el departamento de sus tíos. Los amigos de su primo tampoco eran de su agrado. De cada diez palabras que pronunciaban, nueve eran insultos. Cuando todos se juntaban, a diferencia de otros chicos, no iban a la plaza a jugar al fútbol, sino que salían a “buscar víctimas” para sus pesadas bromas.
Tenían un amplio repertorio. El que más le divertía era la broma del billete al que le ataban una tanza muy fina, casi imperceptible a la vista, que dejaban en la vereda y cuando un desprevenido transeúnte trataba de recogerlo, ellos tiraban de la tanza sacando del alcance el billete y en muchos casos, haciendo caer de la sorpresa a la “víctima”.
También jugaban al ring raje, a tirarle petardos a los pies a las personas escondidos detrás de tapiales, o se entretenían robando frutas de los cajones a las verdulerías del barrio.
Andrés era el blanco de las cargadas. Esa era la peor parte (si acaso, acompañarlo en todas las demás travesuras resultara poco motivo de disgusto). Su anhelo era hacerse respetar, pero jamás lo había logrado. Por esa razón, la tarde que vio cómo la señora Dennis (una ricachona jubilada, que pasaba sus tardes jugando al bridge en el club) dejaba olvidada abierta la puerta de calle al tomar un taxi delante de su casa, creyó tocar el cielo con las manos.
Al llegar al punto de encuentro rutinario, que era en el bicicletero frente a la sala de videojuegos, no esperó ni treinta segundos para sorprender a todos y abrir la boca. Más de uno se vio sorprendido de escucharlo hablar. Su primo estuvo a punto de hacerlo callar, pensando que diría alguna estupidez, pero la revelación que dio a conocer dejó a todos con los ojos bien abiertos.
Bien sabido era que la “vieja” Dennis (así la llamaban en el barrio, tanto los chicos como los vecinos) tenía mucho dinero y según contaban la malas lenguas, lo guardaba distribuido en distintos lugares de la casa. ¡Aquello vislumbraba como una verdadera caza del tesoro!
Por fin Andrés sentía que era parte del grupo y que el premio por el dato que había dado sería nada menos que el respeto y un mejor trato de ahí en más. Pero ni bien llegaron a la puerta y efectivamente la vieron apenas entornada, su primo y los demás chicos le prohibieron el paso, asignándole la más aburrida de las tareas: hacer de “campana”.
Allí permaneció durante casi una hora, haciendo pasar por un interesado en la vida de los pájaros que iban y venían en el jacarandá que la vieja Dennis tenía en la vereda. Tardó en darse cuenta que los chicos ya no estaban dentro de la vivienda. Habían escapado por una ventana del patio y saltado un par de cercos para alejarse del lugar.
Cuando Andrés los encontró, su primo y los amigos se jactaban de lo inteligentes que eran, de cómo habían encontrado un par de puñados de billetes y un teléfono celular y que habían sido unos genios invirtiendo lo robado en helados, petardos y un par de revistas para adultos. Al verlo, se rieron de él. Les divertía saber que mientras ellos escapaban y gastaban todo el dinero, él había permanecido como un tonto delante de la puerta de la vieja Dennis.
Estaba repleto de rabia, aguantando las ganas de llorar pero en lugar de marcharse, preguntó qué harían con el celular. Su primo lo contempló unos segundos y dijo que sería buena idea venderlo. Andrés se lo pidió para verlo y aunque dudando, su primo se lo alcanzó. Sin que nadie se diera cuenta, bajó el volumen y marcó el 911. Luego, se lo devolvió a su primo que sin prestarle atención, lo guardó en el bolsillo de la campera.
Los amigos volvieron a narrar, casi a los gritos, lo que habían hecho, como si aquello fuera el hecho más significativo de sus vidas. Andrés no dudó en irse caminando lentamente. Si su plan no fallaba, la operadora del 911 escucharía todo lo que el grupo de imbéciles estaría confesando sin saberlo.
A las dos cuadras escuchó las primeras sirenas policiales. Al pasar delante de la casa de la vieja Dennis, la señora llamaba a los gritos a sus vecinos, dando la voz de alerta de que le habían robado. Andrés sonreía. No veía la hora que el “Lungo” y sus amigos se dieran cuenta quién había sido más inteligentes que ellos.

12 de agosto de 2017

Mano verde

La última vez que visitó la casa de verano fue diez años antes. Desde entonces el sitio había permanecido cerrado, salvo cuando acudía la señora Gómez, que se encargaba de mantener la limpieza y de airear las habitaciones cada tanto.
Sin embargo, el lugar no aparentaba abandono. La casa, de estilo victoriano, se veía impecable desde la calle. Incluso el jardín ostentaba un verde intenso y las flores, lejos de estar marchitas, ofrecían un espectáculo de colores digno de contemplarse.
Podía dar gracias del estado de la vivienda a la señora Gómez, que además de limpiar se encargaba de llamar a pintores y albañiles para hacer un mantenimiento anual de la fachada y los interiores, pero no así del jardín. Porque era la misma mujer la que le aseguraba que a pesar que ella no regaba ni una sola planta, la naturaleza parecía cuidarse sola en aquel lugar.
Pero no era algo que podía atribuirle al azar, lo sabía muy bien. Aún recordaba de pequeña, cuando iba de vacaciones con sus padres, que era su madre la que lidiaba con el jardín. Sembraba semillas de flores que jamás crecían y los cortes de césped que ordenaba terminaban por dejarlo amarillo.Su abuela le decía que solo una mano verde podía llevarse bien con la naturaleza.
Según su abuela, la mano verde era un don. Y muy pocos lo tenían. Ella le había preguntado si acaso lo tenía, pero la abuela había reído y tras un además con la mano, le había dicho que no. Tampoco ella lo tenía. Poco y nada de lo que plantaba, crecía. Parecía que el linaje familiar era ajena a ese don. Aunque eso cambiaría con el nacimiento de Natalia.
La llegada de la más pequeña de la familia fue también el nacimiento de un clima distinto en el hogar. Miradas reacias, silencios prolongados y conversaciones en tonos elevados. Natalia, de alguna manera, generaba esa discordia y eso hizo que ella la odiara.
En la casa de verano, Natalia demostró tener mano verde. Había dejado caer en un descuido un paquete de semillas de girasoles, algo que le valió un reto, pero un par de semanas después, en aquel sitio, se podían ver los primeros brotes.
La abuela comenzó entonces a estar más tiempo con ella, ayudándola a mantener el jardín. En pocas semanas, el lugar había ganado en armonía y belleza. Eso provocó que tuviera muchos celos de la pequeña.
Al año siguiente, solo viajaron a la casa las dos hermanas y la madre. La abuela prefería quedarse en su casa y el padre había tenido que atender unos asuntos del trabajo. Al menos, esa fue la primera excusa. Al pasar el primer mes y no aparecer, surgió un nuevo motivo: un viaje inesperado al exterior.
Pero pasó el verano y el padre no apareció. Al regresar de las vacaciones, tampoco lo encontraron en casa. Como así, tampoco estaban sus ropas. La explicación no tardó en llegar. Sus padres comenzaban a divorciarse.
Las hermanas se sumieron en una gran tristeza, aunque la más pequeña solo porque extrañaba, sin entender aún lo que realmente significaba. En cambio ella, además de entender, sabía que aquello tenía relación con el nacimiento de su hermana.
No fue hasta el siguiente verano, mientras la pequeña jugaba en el jardín, cada día más precioso, que ella escuchó a su madre en una conversación telefónica hablar de otro hombre a alguien. Dos noches después juntó el valor para enfrentarla y preguntarle por el nombre que había escuchado accidentalmente. La madre, pálida, confesó entonces una relación a escondidas, fruto de la que había nacido la más pequeña y que había motivado la separación.
El odio fue mayor, inmenso. Trató ese año de contactar a su padre, pero fue imposible. Dolido, se había alejado para siempre de su familia. El verano siguiente fue trágico. Primero, el suicidio de su madre, sumergida desde hacía meses en cócteles de somníferos para dormir. Una semana después, la desaparición de su hermana, también en la casa de verano, el día antes de retornar con la abuela a la ciudad.
La búsqueda fue intensa y se sospechó, con plena certeza, que en plena depresión por el fallecimiento de su madre, se había internado en el mar, a trescientos metros de la casa, y que había sido arrastrada por la marea.
Ese verano, diez años atrás, había sido el último en aquella casa. En la ciudad se mudó con su abuela, terminó el colegio secundario, estudió bellas artes y consiguió trabajo en una importante galería. Día a día, sin embargo, el peso del pasado retumbaba en su cabeza. Quizá por eso, no era feliz, no podía serlo. Su abuela, enferma, le había pedido varias veces que volviera y se reconciliara con aquello que tan mal la tenía, que si no lo hacía, se volvería una persona gris.
Aquello le resultaba una ironía. Su hermana, mano verde, ella, persona gris. El color y la opacidad, dos extremos, dos seres opuestos, con un lazo de sangre. Pero detenía esos pensamientos a tiempo. Su hermana ya no estaba.
La casa de verano estaba espléndida. La luz del sol además, provocaba destellos en los cristales de los enormes ventanales. El lugar parecía mágico. Quizá alguna vez lo había sido, cuando ella era chica. Ya no lo era, por más que lo aparentaba. La señora Gómez le había ofrecido la llave cuando charlaron la tarde anterior por teléfono, pero había declinado la oferta. No iba a quedarse, solo a despedirse. El cartel de venta también le quedaba muy bien a la casa de estilo victoriano. No dudaba que se vendería de inmediato. La había dejado a muy bajo precio.
Antes de irse, observó por última vez el ventanal del primer piso, que daba a la habitación de su madre. Allí la habían encontrado, desplomada sobre la cama. El frasco de pastillas, vacío, a su lado.
Y también, miró de reojo el jardín. Deslumbrante, tupido, colorido. Para no estarlo. Había enterrado una mano verde en sus entrañas.
Ahora podía irse en paz. Su abuela tenía razón. Debía dejar atrás todo aquello que la atormentaba si es que quería comenzar a disfrutar de la vida.




8 de agosto de 2017

El acaparador de ideas

El barrio, de los más poblados de la ciudad, tenía a su escritor: Douglas José. Así al menos firmaba sus escritos. Lo más cercanos le decían Pepe. Lo suyo era la poesía, pero cada tanto sorprendía con un cuento o ensayo. La municipalidad le había editado dos libros y el semanario le publicaba en cada número alguna colaboración.
Pero lo que hacía particular a Douglas era su obsesión por registrar cada idea que se le ocurría. Pregonaba a quién quisiera escucharlo que ninguna idea era mala, todas debían tenerse en consideración.
Con el tiempo, fue actualizando el método para llevar ese registro. Comenzó con unas pequeñas libretitas, las llamadas "de almacenero", luego llevaba siempre consigo un cuaderno de apuntes de tapas duras y desde hace unos años, un pequeño grabador de periodista, de los modernos, que tienen tarjeta de memoria.
Podía estar en el bar, compartiendo un café con los amigos y de repente, ponerse de pie, sacar el grabador y susurrarle a la entrada de micrófono:
- Mosca se posa en pocillo y hombre detecta microchip sobre el lomo del insecto, paranoia, conspiración. Lo siguen. Espionaje. Muerte. Desenlace. La vieja KGB.
Douglas no elegía los momentos. No hay momentos para la aparición de ideas, solía decir. Cuando estaba poético, decía: "los raptos de inspiración son los que llegan a uno y si se está distraído, es probable que sin querer se deje pasar la idea más valiosa del universo".
Hace unos años, en el acto de inauguración de la entonces nueva sede de la Comisión Vecinal se vio asaltado por la inspiración en medio de su discurso - dado que era el vecino más famoso, había sido elegido para ser el principal orador del evento - y los presentes, entre divertidos y atónitos, escucharon:
- Corte de luz. Fiesta queda a oscuras. Terremoto. Brecha en el suelo. Sonido desde las profundidades. Salen garras peludas, gigantes. Pánico. Monstruos invaden la ciudad.
Era común verlo frenar su marcha en la vereda, sacar el grabador y tomar nota de algo que se le había ocurrido. Incluso, a veces lo hacía en medio de la calle. Los conductores que lo reconocían, aguardaban con paciencia. Otros se volvían locos de bronca y se colgaban de la bocina con la idea de hacerle explotar los tímpanos. Más de uno se ha bajado del coche a prepotearlo. Pero Douglas, al terminar de grabar la idea, era un tipo normal, solía pedir disculpas y como si nada, seguir su camino.
Era cierto, además, que no sentía incomodidad por lo que sucedía a su alrededor cuando grababa sus notas. Uno de los casos más recordados fue en el entierro del ex intendente de la ciudad, Anastasio Paredón. Al pobre Anastasio, muy querido en los barrios, se lo devoró una cruel enfermedad en muy pocos meses, dejando viuda a una joven mujer, con la que había contraído matrimonio poco tiempo antes. En el momento que ella se abrazaba al féretro, previo a ser depositado en el espacio excavado en tierra, cuando solo su llanto interrumpía ese silencio respetuoso que la comunidad estaba haciendo, la voz algo ronca e inconfundible de Douglas laceró el aire de manera imprevista:
- Viuda sexy, escote pronunciado, llanto fingido. Testamento sospechoso. Abogados cómplices. Denuncia anónima, exhumación del cuerpo, pedido de autopsia. Hermano anónimo. Asesinato.
Esa anotación le valió varios reproches y algunas semanas sin poder publicar en el semanario. Al poco tiempo, como en toda ciudad chica, el tema quedó en el olvido.
El pasado domingo a la noche, cruzando la plaza, se puso rígido como una estatua, pero en lugar de sacar el grabador, gritó a viva voz:
- ¡Oscuridad. Luna llena. Farolas intermitentes. Un coche a gran velocidad por la calle angosta y desierta. Hombre desprevenido cruzando en la esquina. Conductor borracho. Desgracia. Muerte. Silencio!
Luego, salió corriendo. Los que fuimos testigos de ese momento, sonreímos. Al fin lo veíamos ir apresurado a la máquina de escribir a plasmar su historia, porque no todas las ideas que le escuchábamos veían la luz. Esa noche, Douglas José corrió como si se lo llevara el mismo demonio.
Nos enteramos más tarde que a unas pocas calles, un vehículo conducido por un borracho lo levantó por el aire, matándolo al instante.
No corrió para escribir su historia, sino para no llegar tarde a su propia muerte, que ya estaba escrita.

2 de agosto de 2017

Salir a caminar

Esos días grises y fríos que se intercalan entre lluvia y lluvia, pueblan al invierno de rostros desanimados, apagados. La gente que puede, se encierra a mirar televisión, los menos escuchan algo de música o leen un libro o una revista. Difícilmente se escuche algún rasguido de guitarra, un solo de saxo o el recitado de una poesía. Eso está pasado de moda. En el calor del hogar, la pereza la gana al esfuerzo, la pantalla chica a cualquier aspiración artística.
Vivo en un bloque de departamentos. Todo hoy es un bloque. Departamentos, casas, casillas, villas. Uno al lado del otro, y el otro sin saber que hay al lado. Vivimos en un mundo fragmentado, cada uno en su realidad, ajeno al otro. No digo que esté mal, digo que es así. Y en mi bloque, hay muchas realidades, pero a ninguna le importan las demás. A mí tampoco, que se yo, aprendí a que las cosas son así. Soy joven, supongo que todos los que me anteceden nos llevaron a que sea así. No busco respuestas, tampoco me hago muchas preguntas. Interpreto, muy por arriba. Sobre todo en estos días grises, fríos, en los que me da fiaca salir a caminar.
Porque cuando salgo a caminar me siento mejor. Debe ser el aire libre, el sol, la brisa que me envuelve. Algo hay, algo cambia. Quizá es la libertad, la falta de paredes alrededor, la sensación de poder moverme con tan solo mis piernas, de sorprenderme con los colores que en realidad son más nítidos de cómo los muestra la tv, de escuchar los sonidos que vuelan sin un volumen que pueda regularlos. Al caminar, se enciende la chispa que el encierro apaga.
En la calle uno entiende, aprende. Se empapa de lo que ve. Se entristece al ver el colchón vacío en el frente de un negocio cerrado, porque se comprende que la persona que duerme allí cada noche a la intemperie está deambulando buscando la manera de engañar al estómago. Se solidariza ante la mujer embarazada que nadie le permite ser atendida antes en la cola del rapipago del barrio. Se asusta al ver que el dinero alcanza menos. Pero también sonríe al ver a los chicos jugar en la plaza, se alegra al ver a ese adolescente como ayuda a cruzar la plaza a una señora muy anciana. Malas y buenas, buenas y malas. Así se hace uno, así entiende lo que lo rodea. En la calle, al salir a caminar. Encerrado, más que el ombligo, no hay mucho para ver. Menos en televisión.

25 de julio de 2017

El guionista

Desde hacía muchos años, Pedro Pomposo, el galardonado guionista, concurría al bar ubicado en diagonal a la plaza, que no solo era famoso por tener como habitué al habitante más reconocido de la ciudad, sino también por la enorme marquesina plateada que en ciertas horas de la tarde, por el reflejo del sol, confundía a los automovilistas y provocaba, de tanto en tanto, algún que otro accidente.
La rutina de Pedro era por todos conocida. Llegaba temprano, buscaba una mesa cerca de la ventana a la calle, desplegaba los diarios y le pedía a Omar, el mozo de la mañana, un cortado con tres medialunas, dos saladas y una dulce, para no tentar a la diabetes según añadía en cada ocasión.
Solía quedarse por más de dos horas, leyendo meticulosamente uno por uno los artículos de los periódicos. A veces pedía también un vaso de jugo y los días grises o con lluvia, un Cynar cortado con pomelo. Solía conversar con todo aquel que se acercara, ya sea de las exitosas películas escritas por él como de cualquier otra cuestión. Luego se marchaba a su casa, donde lo esperaba la máquina de escribir para desatar esa esperada batalla campal entre la imaginación y la hoja en blanco.
Una mañana de domingo, día en que los diarios llegaban más gordos y obligaban a Pedro a quedarse hasta el mediodía, se le acercó un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, que no era de la ciudad. Antes se había arrimado a la barra y preguntado si era el bar dónde desayunaba Pomposo, el guionista.
El hombre se presentó, estrechó la mano de Pedro y señaló la silla vacía, frente a la que él ocupaba. Luego de recibir el asentimiento con un leve movimiento de cabeza, se sentó en la misma. Se lo notaba nervioso, principalmente por las manos, que no podía dejar quietas.
Le habló unos minutos de las últimas películas guionadas por Pedro, de lo mucho que le agradaban e incluso, de una novela que Pomposo había publicado unos veinte años antes y que era la única que había escrito, dado que después se había dedicado exclusivamente a las producciones audiovisuales, con las que había hecho su enorme trayectoria.
Pero luego la conversación cambió su rumbo. El hombre sacó de su billetera una fotografía que mostraba a una joven voluptuosa. Le explicó que no era su esposa, sino su amante. Y que su mujer había empezado a sospechar y ya no sabía como mentirle. Creía haber dicho todas las mentiras posibles. El único que podía salvarlo, era un buen guionista.
Pedro se echó a reír. Miró alrededor, buscando a la mente que había pergeñado tal broma. Sin embargo, nadie estaba pendiente de su mesa. El hombre no reía. Lo miraba con decisión. Dejó de reír. Le preguntó si hablaba en serio y recibió una respuesta que no dejaba lugar a dudas: un cheque extendido a su nombre, con una cifra de cinco ceros. Era más de lo que le habían dado de adelanto para el próximo libreto que debía entregar.
Pedro aceptó. No solo por el dinero, comentó tiempo después, sino por el desafío de escribirle el guión a una persona en la vida real, con todo lo que ello implicaba.
Cada semana entregaba las páginas con el guión que su cliente debía seguir. De esta manera, esa persona tenía excusas bien elaboradas, con tramas que difícilmente harían sospechar a la esposa.
De alguna manera se corrió el rumor. Al poco tiempo, varias personas lo contactaron en el bar. Y no solo hombres.
En un año, Pedro tenía un total de veintidós clientes. A cada uno le escribía el guión de sus vidas. Y a cada uno, le cobraba una fortuna.
Pero el volumen de trabajo era tal que con el correr de los meses dejó la rutina de desayunar en el bar. También comenzó a rechazar el pedido de guiones para cine y televisión. Ninguna cifra se aproximaba a las que ganaba con los libretos de vida que realizaba.
La existencia de Pedro se concentró en un solo lugar: su estudio, en el piso alto de su casa. Delante de su máquina de escribir tipeaba día y noche. Apenas si hacía altos para comer, una o dos veces al día, descansar unas tres horas salteadas y cada tanto, darse un baño.
Sus clientes tocaban el timbre, dejaban el dinero y se marchaban con las páginas mecanografiadas. Estaban todos felices.
El único guión del que no pudo tener control, fue el de su propia vida. Pedro Pomposo falleció una madrugada, entre las tres y las cuatro - según estimaron los forenses - desplomado sobre la máquina de escribir. Las últimas líneas escritas cimentaban una mentira encima de otra. El guión, a ojo del inspector de la policía que lo escudriñó, era una basura.

25 de junio de 2017

La loca solitaria

Vivía en las montañas, en una modesta cabaña que había sido propiedad de su abuelo, mucho antes incluso de haber conocido a su abuela. Era muy sencilla y el mayor lujo era la estufa de leña que hacía posible sobrevivir al invierno.
En el pueblo, a cinco kilómetros de caminata entre senderos, pequeñas vertientes y un bosque, la llamaban la loca solitaria. Una vez a la semana bajaba por provisiones. Solo el padre Bonifacio, a cargo de la única capilla en la zona, subía de tanto en tanto a visitarla. La conocía desde que era una niña y sus padres acudieron por primera vez con ella a verlo.
Su nombre era Amelia y cuenta la leyenda que era muy bonita, de ojos claros como el cielo y cabellera tan oscura como la noche. No siempre vivió en la cabaña. Nació en el pueblo, en una casa cruzando la plaza principal. Allí residía su familia, muy conocida por ser los dueños de gran parte de los terrenos donde estaban más mejores vides y que eran famosas por producir vinos que se exportaban a Europa.
La erupción de un volcán, cuando Amelia aún cursaba los primeros grados de la escuela primaria, los llevaron a la ruina. Tuvieron que vender a muy bajo precio las tierras que poseían para poder afrontar deudas. Solo se quedaron con la casa y la cabaña en la montaña, que decían, era un recuerdo familiar difícil de desprenderse.
Amelia fue retirada del colegio y dejó de ser vista haciendo los mandados o jugando en la calle o en la plaza. Según cuchicheaban las vecinas, apenas si tenían para comer. A la pequeña la educaban en la casa y cada tanto se veía al padre Bonifacio acudir a la misma. El religioso era de gran ayuda y compañía para la desdichada familia.
Poco tiempo después murió la madre de Amelia, a quién tampoco se la veía mucho. El padre vivió todavía unos años más. Cuando falleció, la niña tenía dieciséis años. La única manera de sobrevivir, era vendiendo la casa. Los memoriosos recuerdan cuando apareció el cartel de venta pero nadie, cuando la niña se marchó a la montaña.
La casa quedó deshabitada y demoró unos meses en venderse. Mientras tanto, el padre Bonifacio era todo el sustento de la adolescente. Casi a diario emprendía su caminata hacia la montaña, llevando consigo alimentos o lo que ella necesitara.
Con los años, las visitas de Bonifacio se fueron espaciando y la presencia en el pueblo de Amelia, la loca solitaria, comenzó a ser habitual, al menos una vez por semana o cada quince días. Llegaba temprano en la mañana y se marchaba apenas terminaba las diligencias que tenía que hacer. Jamás aceptaba una invitación a comer y mucho menos, a quedarse hasta la noche.
A pesar de cómo la llamaban, en el pueblo le tenía mucho respeto. Había que ser valiente para vivir sola en la montaña, tan lejos de la comunidad más cercana, con tanto animal salvaje suelto en los alrededores. Muchos pueblerinos, cazadores en su mayoría, habían sucumbido ante las garras de los depredadores. Ninguno había sobrevivido como para alertar qué clase de bestias acechaban.
El problema se desató cuando el padre Bonifacio enfermó. Contaba con más de setenta años y la otrora pequeña, ahora una mujer de más de cuarenta, bajó con mayor asiduidad para asistirlo. Incluso, se quedaba hasta tarde. Más de una vez se la vio corriendo a la hora del atardecer, en dirección a la montaña.
Cuando el sacerdote falleció, tras dos meses de agonía, Amelia anunció en el velatorio que ya no bajaría y prohibió terminantemente que nadie subiera a llevarle víveres ni para ver cómo estaba.
- Nadie puede subir a la montaña a buscarme – sentenció.
Esa tarde subió a la montaña y jamás volvió a bajar. Al menos, con la forma de Amelia.
Cuando los aullidos se hicieron sentir en las noches, en el pueblo temieron que los depredadores estuviesen asentándose más cerca, lo que era un peligro. Pero no fue mucho después que comenzaron los ataques. Siempre de noche, una bestia de filosas garras, penetró en varias viviendas y mató a sus ocupantes. La señora Torres y su hija ciega, el carnicero Jackson y la familia Benetti, completa.
El pueblo decidió montar una guardia con todos los hombres. El perímetro estuvo cubierto en los cuatro puntos cardinales. Portaban fusiles y cuchillas. A las dos de la madrugada del 25 de junio de 1980, Horacio Jent, peluquero de profesión, divisó a la bestia saliendo detrás de unos arbustos y disparó dos veces al cuerpo. El animal salvaje cayó desplomado y Horacio, aterrado como nunca en su vida, gritó a viva voz que lo había matado.
Cuando los hombres se acercaron al sitio donde había caído la bestia, constataron su muerte. Lo que sea que fuese aquello, no respiraba. Al acercar una lámpara de kerosene para alumbrar el cuerpo a más de uno se le cortó la respiración. Aquel animal llevaba puesto un zapato de mujer y en el pelaje sucio y cubierto de sangre reseca se podían ver pedazos de telas que probablemente, habían pertenecido a un vestido. Colgada al cuello, junto a un rosario, llevaba una botella vacía que en su exterior decía “Agua bendita” con la inconfundible letra del padre Bonifacio, la misma que tantas veces habían visto en las pizarras de la capilla.
No fue hasta una semana después que un grupo se armó de valor y subió hasta la cabaña. Amelia no estaba allí y el lugar era una tumba maloliente y arrasada. Dentro, los fétidos restos de animales muertos, conferían un cuadro terrorífico y cualquier cosa que hubiese pasado allí escapaba de la imaginación de aquellas personas. En la madera de las paredes, con una caligrafía que comenzaba de manera entendible y que luego, a lo largo de las más de doscientas veces que se veía escrita la frase, parecía transformarse en desquiciados trazos desesperados, alguien había grabado “necesito agua bendita”.
La misma leyenda cuenta que nadie volvió a subir hasta la cabaña y el cuerpo de la bestia, en primera instancia arrojado al bosque, fue enterrado días más tarde en la misma fosa que el padre Bonifacio. En el pueblo coincidieron que si por alguna razón, eso quería volver a la vida, solo el sacerdote podría protegerlos.
Cómo había hecho durante tantos años.

22 de junio de 2017

Más allá

Tras el último estertor y la oscuridad inicial, volvió a abrir los ojos, aunque eran otros ojos: las formas cobraron una nueva dimensión, los colores explotaron en mil matices desconocidos y la luz se deshizo en brillantes perlas danzantes.
Y con ellos, observó el mundo y vio algo que estremeció sus nuevos sentidos: los vivos eran los verdaderos muertos.

8 de junio de 2017

Alsina

Alsina es mi perro, una cruza de galgo con callejero, flaco pero no hasta los huesos, rápido pero no para atrapar una liebre, ladrador pero solo para jugar. Se aquerenció de a poco, de venir hasta la entrada de casa a protegerse del frío y recibir cada dos por tres alguna que otra sobra de parte de la piba más chica.
Me vi venir el pedido de la mocosa. Siempre compradora, sonriendo como cuando se manda una macana, se acercó una mañana y me preguntó si podía meter al patio el perro que estaba afuera.
Ni se te ocurra, le dije. Si mis hijos no tenían perro hasta entonces era porque sabía muy bien que no se iban a hacer cargo. Ningún pibe lo hace. No lo hice yo, ni mis hermanos con los que tuvimos en la infancia. Y con este era clavado que el chochín de la mascota nueva duraba una semana y después los adultos teníamos que hacernos cargo.
Me convenció cuando caía la noche, más por cansancio que por otra cosa. Reconozco que estaba haciendo frío y uno de sus argumentos fue justamente ese. Pero para la noche la nena había cumplido su objetivo. El perro estaba en el patio, contento, meneando la cola y a punto de terminar de devorar el tercer plato de comida.
Mañana lo llevás al veterinario, le dije. ¿Usted lo llevó? Ella tampoco. Me tuve que hacer cargo y con esa tarea arranqué la lista de cosas de las que me tuve que encargar para que el amigo pierde pelos pudiera quedarse en casa. Vacunas, antiparasitarios, correa, alimento, paseos, baños, cucha...
Le habían puesto un nombre horrible. Un no sé qué de la televisión. Horrible. Medio que me dio bronca. Ni un dedo movían por el perro pero igual tenían derecho a bautizarlo. Así que a la semana más o menos me declaré en rebeldía y autoimpuse un nuevo nombre.
¿Alsina? se sorprendían todos. Si, Alsina. Mi respuesta era contundente. Si no te gusta, bañalo. Si te parece feo, anda a comprarle la comida. Si está fuera de onda, sacalo a pasear y juntale toda la caca en una bolsa. Quedó Alsina, por supuesto. Antes la derrota que el esfuerzo, y esa fue mi ventaja.
La cosa es que con el bicho comenzamos a hacernos compinches. Salir a caminar juntos, hacer los mandados, andar en bici con él corriendo al lado, jugar con alguna rama a lanzarla lejos y esperar su devolución toda repleta de baba, disfrutar de los partidos en la radio con el tipo echado a los pies, o hacer un asado y cortarle pedacitos con grasitas para que se los engullera de un salto.
Mi mujer empezó a decir que lo quería más a él que a ella. Sé que lo decía en broma, pero son esas frases que encierran un reproche. Pasa que un animal es otra cosa, es muy diferente a una persona. El animal te espera, te recibe con alegría, te reprocha pero sin rencor, te hace compañía y a cambio pide nada más que amor y comida. Y si, algún que otro paseo, jugar un rato. Todo es más sencillo en una relación perro persona que en una de persona a persona. No descubro la pólvora ni mucho menos pregono que dejemos de socializar con los demás. Voy a otra cosa. Algo más básico.
Un perro, como cualquier mascota, se vuelve de alguna manera parte de uno. Y ahí está el problema. La verdadera razón por la que prefiero no tener ningún bicho a cargo. Porque me encariño. Eso no tiene de malo, por supuesto. Lo malo es que el tiempo pasa. Y con los años, el perro envejece más rápido que uno. Cuando uno lo advierte, ya no es un cachorro, no juega como antes, duerme más tiempo, engorda un poco, es más lento, se vuelve frágil. Pero increíblemente, jamás deja de ser fiel.
Entonces, como me pasó ayer con el Alsina, cuando un veterinario te dice que no va más, que es la ley de la vida, que es lo mejor para el perro... entonces ahí ya no puedo hacerme cargo más, ahí la llamo a mi mujer y le pido a ella que tome la decisión, que sea ella y no yo, porque yo ya estoy masticando la bronca, el dolor, los paseos que no serán, sus pelos en mis ropas, sus patadas al aire mientras duerme y sueña vaya a saber qué, su ladrido pidiéndome que le devuelva la pelota... que sea ella quién lo condene, porque yo ya tengo la mía: mi condena es su recuerdo, su ausencia.
Alsina es mi perro, aunque no esté. Me pregunta mi hija, ahora mayor, si voy a reemplazarlo y no puedo evitar llorarlo. ¿Acaso es posible? ¿El sufrimiento puede suplantarse? ¿Existe una cura para el dolor del alma?
Si, el tiempo. Lo mismo que nos mata. En el trascurso del proceso nos regala la falta de memoria. Las penas están, pero bajo capas de olvido. Claro, también arrasa con lo lindo. Pero no tenemos opción. El tiempo es un vendaval.

4 de junio de 2017

El vecino

Hace veinte años que vivo en la misma casa y unos quince que tengo al mismo vecino. Nuestras paredes limitan en gran parte de la medianera y durante una década discutimos a diario por los temas recurrentes en estos casos: humedad, grietas, ruidos.
Nunca nos llevamos bien, pero las discusiones cesaron porque tomé la decisión de mudar la habitación hacia otra parte de la casa y reconstruir de tal manera que el espacio lindante se convirtió en el garaje. Mucho tiempo antes a esa decisión ya le había quitado el saludo. Una persona que se caga en el otro no merece el tiempo ni el esfuerzo que implica decir "hola".
De esa manera, con una importante inversión de dinero, al menos obtuve cierta paz. Me limité a reparar lo que se arruinaba de mi lado y a olvidarme de la estructura en general. Si las paredes en algún momento se desmoronaban, ahí veríamos como proceder. De haber continuado el roce diario las cosas se nos hubiesen ido de las manos.
Creí que jamás volvería a cruzar una palabra con este tipo, pero esta mañana al verlo llegar a su casa, lo saludé. Si, con palabras. Nada de un gesto, ni un movimiento de las manos. Dije, alto y claro: " Buenos días ".
El desconcierto fue absoluto. Se quedó de una pieza y frunciendo el ceño se metió con celeridad dentro de su casa. Me quedé en la vereda, observando su ventana. Lo suficiente para notar la cortina desplazarse unos pocos centímetros. Ahí estaba, escondido, mirando para la calle. Sonreí, como pocas veces.
Claro, también los habré desorientado a ustedes. ¿Por qué iba a querer ahora recomponer las relaciones? Nada menos acertado que eso. Exactamente, para qué querría subsanar lo insalvable.
Todo comenzó dos días antes, cuando atardecía. Suelo sentarme en la cocina, a mirar alguna serie en Netflix. Las españolas o alguna policial. Me encanta la forma en la que hablan los españoles. Y si además tienen algo de misterio, mejor. Pero por alguna razón, no me funcionaba internet.
El router lo tengo instalado en el garaje. Cómo me había enseñado el técnico, si dejaba de andar nada mejor que apagarlo y encenderlo. Esto lo aprendí después que me pasara dos veces y el técnico se cansara de indicarme cómo proceder. A la tercera, fue muy franco: "Apague y prenda, ya no tengo cara para ir y hacer eso y encima cobrarle". Supongo que tampoco tenía ganas de cruzarse la ciudad para algo tan básico.
Mientras esperaba que volviera a encender para asegurarme que todas las lucecitas titilaban en su debido lugar, escuché los quejidos. Creí que era un ratón metido entre los trastos que tengo tirados contra la pared del fondo. Pero de inmediato el sonido llegó con mayor nitidez. Era un ruido proveniente del otro lado, del lado de mi vecino.
Acerqué el oído a la pared y aguardé. Ya había perdido la esperanza de volver a escucharlo, cuando volvió a repetirse. Golpeé la pared, casi por instinto. El sonido se intensificó. Luego se escuchó un portazo, nuevos quejidos y nada más. Permanecí una hora esperando volver a escucharlos, pero ya no se reiteraron.
Me costó dormir, pensando en aquellos quejidos. Por la mañana, ni bien me levanté, preparé el mate y me lo llevé al garaje. Me acomodé en una silla tipo playera y me pasé tres horas en el más absoluto silencio. Nada.
Lo bueno de estar jubilado es que uno dispone del tiempo y si bien es común decir que nunca nos alcanza para nada, en realidad solemos desperdiciarlo en nimiedades. Estar sentado en el garaje esperando el quejido proveniente de la casa de al lado no me pareció para nada una pérdida de tiempo.
De todos modos, no escuché nada más. Luego llegó mi hija y olvidé el asunto. Si hubiese traído a mi única nieta es probable que jamás me hubiese enterado de lo que pasaba, pero no la trajo y al irse, en lugar de quedarme a jugar con la pequeña como solía pasar varias veces en la semana, me volví a encerrar en el garaje. Y esta vez, créame, sí que se escucharon los ruidos.
Estaba tan absorto en el silencio, que me sobresalté como pocas veces en la vida. Creo que debo haber estado a un tris de un infarto. Salí disparado hacia la pared. Con un zapato golpeé como la tarde anterior. Del otro lado los quejidos cesaron para dar lugar a otro tipo de sonido, uno más rítmico. Cuando se hizo el silencio, volví a golpear con el taco del zapato.
Del otro lado se escuchó como si trataran de imitar el ruido. No necesité ser un erudito para comprender que me estaban contestando. Di golpecitos cada cinco segundos y la réplica fue casi exacta. Estuvimos así casi una hora. Entonces escuché el motor del Chevrolet del vecino parando delante de su casa y prudencialmente dejé de golpear la pared.
Imaginé que quién fuera el que respondía se iba a desesperar al cesar yo los golpes. Y así pasó. Comenzaron los quejidos y a la par, fuertes golpes como los que hacíamos hasta unos minutos antes. Enseguida se escuchó el mismo portazo que la tarde anterior y un quejido más potente, dolorido. Los sonidos desaparecieron. En vano esperé escuchar algo más.
Esta mañana, tras otra noche sin poder dormir, salí con el mate al jardín delantero. Esperé hasta ver que el vecino se alejaba de su casa a pie. No perdí un solo segundo. Rodeé su casa y forcé una ventana lateral. En eso nos parecemos. Ninguno confía en las alarmas. Menos mal. Recorrí con cautela el interior de la vivienda, buscando a manera de llegar a la habitación contigua a mi garaje. Di con una puerta de madera. Traté de abrirla, pero estaba trabada. Recordé los portazos. Arremetí con el hombro y la puerta cedió, golpeando contra la pared.
La habitación era un vertedero de mugre, repleta de telarañas y botellas plásticas. En el centro, sobre un colchón sucio y pestilente, estaba inconsciente una joven. Al acercarme comprobé que estaba maniatada y amordazada. Toqué su brazo y sus ojos se abrieron como accionados por un resorte. Estaba por gritar, pero supongo que mi cara de susto la hizo comprender que yo era de los buenos.
La desaté y ayudé a ponerse de pie. Estaba muy débil. La insté a que se apurara. Fue cuando me señaló un rincón en el que no había reparado. En la penumbra, una pila de huesos humanos coronaba la habitación. Me estremecí. Salimos corriendo y llevé a la chica a mi casa. La puse a resguardo en mi habitación, provista de agua y comida.
De inmediato llamé a la policía y salí a la calle a esperarlos. Entonces vi calle abajo al vecino retornar caminando. Venía trayendo dos bolsas plásticas. Había ido de compras. Me arrimé hasta el límite de ambas casas y cuando estaba entrando al jardín de la suya, lo saludé.
El vecino seguía espiando detrás de las cortinas cuando comencé a escuchar las sirenas policiales. Mi sonrisa era ancha, casi de súper héroe. Aunque en parte me sentía culpable. Si tan solo hubiese arreglado las cosas por las malas en el pasado, cuántos huesos menos habría ahora en esa habitación.
Volví a mi casa. La policía ya había llegado.

31 de mayo de 2017

Detrás de un carrito de praliné

Me acuerdo de Nacha, de Tito, Gonzalo, Alejandra, me acuerdo de todos, de cada uno de ellos. Cuando me despierto, cuando camino por las calles empujando el carro de praliné, cuando recorro el pasillo hacia mi habitación, por las noches cuando la luna está en lo alto y mis ojos la observan sin poder cerrarse. Me acuerdo de cada uno.
Cómo poder olvidar.
Cómo quisiera hacerlo.
Veo sus rostros en el reflejo de cada vidriera, en los charcos de agua abandonados por la última lluvia, en el gesto de los niños que vienen con sus padres a comprar garrapiñada. Ellos saben, de la misma manera que todos los niños saben. Solo cuando uno crece, olvida. Mientras tanto, cuando uno es niño, la verdad anida muy dentro en ese rincón de la infancia destinada al miedo, esa puerta cerrada que por las noches se entreabre lentamente dejando una luz en forma de hendija y por la que escapan los monstruos. Los niños me miran a los ojos y saben. Y me temen. Y yo les temo. Porque cuando el mal reina en ellos, es peor que mil demonios, que mil bombas nucleares juntas.
Y cada otoño, sus padres me buscan. Siempre olvido que lo harán y concurro igual a la plaza. O en realidad, no lo olvido y solo quiero sentir la tranquilidad de no ser el único que sufre. Me abrazan, me cuentan sus vidas, todo lo que los extrañan y qué lindo sería saber que hubiese sido de cada uno de no haber ocurrido lo que ocurrió. Los escucho, no puedo hacer otra cosa. Los escucho y afirmo con la cabeza cada palabra, cada idea. Me vuelven a abrazar antes de irse. Me preguntan por décima vez cómo estoy, les miento y dejo que se marchen. No volverán a aparecer hasta el próximo año y yo olvidaré y por lo tanto, volverán a encontrarme.
Cuando los veo, cuando trato de reconocer en esas facciones avejentadas algo que los una a las personas que conocí hace décadas, no encuentro más que soledad. Ya no queda nada de lo que eran. Cuando se marcharon sus hijos, ellos comenzaron a acelerar su muerte. El destino, caprichoso, los mantiene con vida. Y cada año acuden a mí, el único sobreviviente, en busca de alguna respuesta que los haga sentir mejor. Aunque con el tiempo se han resignado. Saben que se irán con las manos vacías. Tan vacías como sienten las cavidades del corazón.
El otoño se marchará en breve, no así los recuerdos. El tiempo que les sobrevivo es una condena.
Cuando los padres se alejan, se pierden de mi vista, el sufrimiento vuelve a ser absoluto. Y Nacha, Tito, Gonzalo, Alejandra, fijan sus garras a mi mente. Se instalan para no ir a ninguna otra parte. Porque no hay escapatoria. Las mentiras que uno dice de niño de nada sirven contra el verdadero horror, que es la verdad que uno guarda con recelo en lo más profundo del ser. La versión del accidente que uno ha hecho creer, y que en parte, ha convertido en cierta, no le escapa al alma, a lo que uno esconde más allá de la capa de cinismo que debe sostener bajo máscaras de mil formas diferentes para sobrevivir en un mundo tan inmundo como furioso. Y más cuando uno es niño, cuando tiene el poder de mil demonios, de mil bombas nucleares juntas.
Veo sus rostros, culpándome. Veo sus rostros, mientras la balsa se hunde. No escucho sus gritos, porque tampoco los escuché entonces. Pero la imagen es más que suficiente. Los veo, hasta que ya no los veo más. Y sin embargo, los sigo viendo. No en el intento último de sobrevivir, sino en la eterna figura de la inmortalidad de la culpa, en esa etérea mancha que carcome lentamente en forma de justicia, segundo a segundo, hora a hora, día a día, hasta la muerte propia y más, hasta que el responsable del destino, del universo, lo decida.
Sesgando mi existencia, pero obligándome a sobrevivir para recordar la miseria de mis días, la cobardía me enfrenta cada día a mi verdadero ser. En esa condena, ellos ríen de mí.

27 de mayo de 2017

Pájaro en el cielo

El baldío estaba en la esquina de su cuadra. Allí remontaba su barrilete cada tarde, tras salir del colegio. Si llovía, pasaba las horas espiando por la ventana hacia aquel sitio. Anhelaba el sol dominante y la piola tensa en su mano.
Pero esa tarde en particular había sol y la brisa necesaria para hacer volar su cometa de caña y papel japonés. Su mirada acompañaba el barrilete, un pájaro en el cielo.
Un quejido lo distrajo de su infancia. El cuerpo a medio vestir de la adolescente, detrás de un arbusto, le arrebató la inocencia. El hombre sorprendido en pleno acto, le quitó la vida.

23 de mayo de 2017

Vi morir a Gutiérrez

Esa noche, la noche en la que el viejo Gutiérrez se enfrentaba a la muerte, yo estaba ahí.
Es difícil precisar cómo el destino se empeña en colocarnos en situaciones complejas, a veces hasta irrisorias. Porque en lo que se refiere a algún tipo de respeto por Gutiérrez, jamás tuve. Pendenciero, mal hablado, buscaba pelea en cada gesto, en cada palabra. Un tipo de esos que siempre se hay que tratar de evitar. Y eso es lo que hacía, hasta esa noche.
Uno vive al día, con lo que gana de las changas. No es una vida de lujos, ni por asomo. Muy por el contrario, es el pan de cada día y punto. Y la Estela lo sabe, por eso no chilla cuando al caer la tarde me voy por ahí. Ella tiene su mundo con los críos, y yo, que pongo el hombro por el jornal, tengo el mío, en el bar de los Aguada.
Hay un sector en la barra que me pertenece y la gente lo sabe. Por eso cuando llego siempre está libre, esperando por mi cuerpo, que se desploma sobre la madera desgastada y sucia a la espera del primer vaso de vino. Claro que a veces hay excepciones. Por ejemplo, si el lugar está siendo ocupado por Gutiérrez, prefiero evitarlo. Pero esa noche, esa noche de la que le estoy hablando, no había nadie.
El bar, incluso, parecía menos concurrido que nunca. Salvo en la zona de luces bajas, donde en la penumbra se jugaba al truco o al chinchón, en las otras mesas no se veía a nadie. Aproveché la tranquilidad para pedirle al más petiso de los Aguada un platito de maní. No me gusta pedirlo cuando hay más gente, porque no falta el que se acerca y guiñando el ojo te saca dos o tres. Y eso, mi amigo, eso a mí no me gusta. Uno tiene lo que puede, lo que no, que se quede en deseo. Eso lo aprendí de mi viejo, que en paz descanse. Yo tengo lo que tengo y punto. Pero la gente no es así.
Una hora después, apareció el viejo Gutiérrez. Ni él ni nadie de los parroquianos del bar imaginábamos que iba a ser la última vez que lo pisaba. Llegó en bastante mal estado. Y no solo por el alcohol. Se lo veía asustado, con las ropas arrugadas. No obstante, tenía el mismo carácter de mierda que siempre. Apartó una silla del camino de mala gana y se acordó a mi lado. Noté entonces que en el cuello tenía una marca roja, como si algo con filo hubiese estado apoyado ahí mismo pocos minutos antes.
Pidió agriamente una caña y escupió en el suelo. Miré de reojo y observé que había algo de sangre en ese gargajo. Vació el vaso de un solo envión. Yo seguí concentrado en el maní y en mi vaso de vino, sin darle importancia a su presencia. Pero Gutiérrez me codeó y llamó mi atención.
- Casi me matan - largó, resoplando.
Me hice el sorprendido. Esa marca en el cuello no podía significar otra cosa. Al menos era señal de una amenaza. No pronuncié ninguna palabra. Uno sabe cuando se debe abrir la boca y cuando aguardar la continuidad del relato.
Gutiérrez por primera vez me miró a los ojos. Adiviné en los suyos la sentencia de la muerte. Podría haberme confundido y creer que la película de agua que le cubría los ojos era producto de la tristeza, pero no, era simplemente la bronca del que sabe que la suerte está echada.
- La cagué. La cagué.
Apuró un segundo trago, dejó un billete bajo el vaso, me dirigió una última mirada y se marchó.
A pesar que la noche estaba en pañales, esa breve confesión me provocó un escalofrío y ni siquiera pude terminar el vino. Salí detrás de él, sin saber si tenía la intención de hablarle y volver al bar o seguirlo hasta dónde lo llevaran sus pies.
Afuera me sorprendió un fresco repentino. Lo busqué calle arriba y no lo vi. Me giré en redondo y alcancé a ver su figura doblar la esquina. Caminé con prisa hasta tenerlo cerca. Luego, fui cuidando mi andar, cosa de no delatar mi presencia.
Caminaba hacia el oeste. El paisaje me era familiar. Lo hacía cada noche, camino al bar. Lo estaba desandando por lo menos tres o cuatro horas antes de lo habitual. No recordaba la última vez que había dejado el bar tan temprano. Pero algo me decía que tenía que seguirle los pasos al viejo pendenciero.
Llegamos a mi calle y con asombro vi que se detenía delante mi casa. Avanzó por el jardín delantero y de una patada abrió la puerta. Comencé a correr. Llegué a la puerta en el momento que la Estela arrojaba un par de navajazos al aire, delante del rostro de Gutiérrez.
- ¡Esta vez no le erro, viejo de mierda, te dije que basta! - le decía ella, que todavía no me había visto.
Gutiérrez se había desabrochado el cinturón y tenía la bragueta baja.
- Dale Estelita, uno más y se acabó - imploraba el viejo.
Creo que tiré al piso un jarrón que estaba encima de una mesita de madera, no lo recuerdo bien. Pero ellos se sobresaltaron.
- ¿Qué hacés acá? - me recriminó de mala manera mi mujer, como si estar allí fuera lo incorrecto. Reconozco que no era lo habitual, pero era mi casa. Inconscientemente me apuntaba a mí con la navaja. Gutiérrez se apresuró a abrocharse el cinto, pero olvidó la bragueta abierta. Si no fuera por la situación, hubiese sido gracioso.
Estela me arrojó un par de navajazos.
- Volvé al bar, borracho de porquería - me gritó, dando un paso hacia donde estaba.
Un navajazo al aire, otro. Al tercero, le quité la navaja de la mano. Pude haberme defendido, pero solo atiné a empujarla a un lado. Y ni siquiera fue porque pensé en los críos. Me enfoqué en Gutiérrez, el siempre prepotente, ahora hecho un cobarde, de espaldas contra la pared, tratando de ganar la puerta dando pasos cortos. Entonces supe lo que sentí en el bar. Supe que ese escalofrío era una sospecha subyacente, ubicada muy por debajo de las diez a doce copas que me bebía cada noche. Y también, que la sentencia de muerte estaba en mis manos.
Dos pasos largos, tan largos que fueron casi zancadas, y una estocada, una sola. Dejé la navaja en su abdomen hasta que el último estertor resonó cerca de mi oído. Luego, lo dejé caer.
Estela me miraba desde la puerta, con los ojos tan grandes como el agujero que le quedó a Gutiérrez en el cuerpo.
- Escuchame, esta mierda entró a robarte y lo mataste, así de simple. Lo que hayan hecho, me importa mierda. Pensá en los chicos y decile eso a la policía. Me voy al bar. La noche es larga.
Por eso, cuando hoy hablan del viejo Gutiérrez, de lo que pasó en mi casa, hay noches que tengo muchas ganas de confesar que yo estuve ahí, que fue mi diestra la que acabó con su vida... pero no me conviene. Es probable que termine en la cárcel, mi mujer se quede con la casa y los pibes no fueran nunca a visitarme. Así está bien, me alcanza y me sobra. Changas durante el día, unos vinos por las noches. En casa, la Estela cuida de los críos y la mantiene en orden. ¿Qué más se puede pedir en estos tiempos que corren? Bueno, si, que los mierdas como Gutiérrez no quieran cagarnos ni el vicio ni la mujer. Pero se comprende, no se puede todo en la vida. Uno tiene lo que puede.


19 de mayo de 2017

Ocho patas

La casa era nueva, el trabajo era nuevo, la ciudad era nueva. El "gran salto" era nombre elegido por Julián para el paso que habían dado en sus vidas y no solo como matrimonio. Victoria estaba de acuerdo. No solo se habían casado poco tiempo atrás, sino que habían optado por aceptar una propuesta laboral que le habían ofrecido a él y mudarse a más de dos mil kilómetros, lejos de sus familiares, de sus amistades y lugares conocidos. Pero la idea de afrontar el destino juntos, comenzando prácticamente de cero en muchos aspectos, los había convencido.
Extrañaban, claro que si. Aunque la tecnología, una vez que la compañía de internet fuera a conectarle el servicio,  los ayudaría a sentirse más cerca a los afectos. Las redes sociales, los mensajes de textos, convertirían en la experiencia en más llevadera. Julián, en realidad, pasaba muchas de las horas en su nuevo trabajo, en un edificio de cristal de más de treinta pisos. En cambio, Victoria, se ocupaba de la casa en el barrio tranquilo y apartado de la zona céntrica donde habían alquilado. Era también quién recorría la zona, aprendiendo la ubicación de las calles, los comercios cercanos e incluso, el rostro de los vecinos.
Le parecía increíble que a pesar de llevar una semana en la casa, todavía hubiese una decena de cajas sin desembalar. No solo habían mudado todo lo que tenían en el departamento, sino cosas personales que ambos aún guardaban en casas de sus padres. Por ejemplo, los libros de Julián. Nunca había tenido la necesidad de trasladarlos cuando se mudaron al primer departamento, apenas se casaron. Era más sencillo, si quería leer algo en particular, pasar en algún momento por la casa de sus padres y buscarlo. Ahora, en cambio, esa practicidad había quedado anulada.
Las horas en la casa, sola, le provocaban cierta nostalgia. Hasta que no hiciera nuevas amigas, consiguiera un trabajo, y pudiera socializar, no tendría con quién tomar mates, ir a tomar un café o simplemente dialogar en medio de un paseo. Pero lo sabía de antemano y lo que realmente le importaba era poder asentarse, porque todo se iría dando a su tiempo, esa era su filosofía. Conocería gente, haría nuevos amigos, obtendría un trabajo, vendrían los hijos, las salidas familiares, los viajes en vacaciones...
La casa era amplia. Más de lo que habían imaginado. A los casi cien metros cuadrados techados tenían que sumarle el sótano, de diez por veinte, que no le habían informado cuando concretaron el alquiler. Julián se entusiasmó al verlo. No tenía humedad y era por lo tanto el lugar perfecto para un pequeño taller. Allí podría desarmar y arreglar computadoras, un pasatiempo de toda la vida que también podría darle unos ingresos adicionales. A Victoria le hubiese gustado más una sala de juegos, pero su marido tenía razón: para eso debían gastar mucho dinero en ponerlo en óptimas condiciones y mejorar la iluminación, que apenas si contaba con un par de luces colgantes y una luz de led de seguridad al pie de la escalera.
De momento era un espacio amplio, vacío, con esquinas oscuras y donde estaban depositando todo lo que aún no le habían dado ubicación. Entre esas cosas, las cajas sin desembalar.
"Voy a ver que hay en las cajas" le escribió un mensaje de texto a Julián. En una semana había escrito más mensajes con el celular que en toda su vida. Pronto tendría internet y podría enviarle mensajes de voz, videos, fotos, chatear, podría hacer de todo, pero de momento estaba limitada al simple sms. Para no sentirse tan sola, había convertido el ritual de escribirle en un juego y cada cosa que hacía o le llamaba la atención, se lo transmitía. Julián tenía la delicadeza de contestarle cada uno de esos mensajes, aunque más no fuera con un emoticón de sonrisa.
El celular vibró en su mano: "Seguramente ropa tuya" había escrito su esposo. Sonrió, porque era verdad. Vaya sorpresa se había llevado cuando al buscar la ropa en el viejo placard de su habitación en la casa de su madre, se había encontrado con el triple de lo que recordaba poseer.
"Celoso,vos y tus tres calzoncillos" le respondió. Si por él fuera, se vestiría con papel de diario, le había dicho ella una vez. La que se encargaba de obligarlo a salir a comprar ropa era Victoria. Y fue una de las primeras cosas que hicieron ni bien llegaron, para que fuera presentable al nuevo trabajo.
Movió una de las cajas y leyó con la poca luz a su alcance la etiqueta que le había puesto para reconocerla: Ropa de verano. Algunas de las prendas podían servirle, aunque no todas. Si bien el otoño no era frío, tampoco podía esperar que el clima templado permaneciera mucho más. Sintió algo en la pierna, que hizo que desviara la vista hasta su rodilla.
El chillido que pegó resonó con eco dentro del sótano. Instintivamente dio un paso hacia atrás y tropezó con otra de las cajas. Cayó de culo sobre el cemento frío y áspero. Pudo ver alejarse y perderse en la oscuridad al responsable de su caída.
"Amor, hay arañas" escribió. Esperó la respuesta sentada en el suelo, mirando de reojo hacia un lado y otro. Si algo odiaba, eran las arañas.
"No me extraña, apenas si revisamos. Llego y vemos" respondió Julián.
A Victoria no le hacía demasiada gracia tener que esperar que llegara. Si no calculaba mal, no era todavía ni mediodía y su esposo regresaba después de las cinco de la tarde.
"Qué veneno compro?" le preguntó, mientras repasaba mentalmente los negocios del barrio, pensando en cuál de todos podían vender insecticidas.
"Alguno que no sea muy invasivo, esperame y vamos juntos. Quizá no sea necesario matarlas, suelen comerse a los otros bichos".
La alimentación de las arañas no le merecía ninguna consideración. Comieran otros bichos, milanesas, polenta, o lo que fuera, lo único que deseaba era erradicarlas.
Estaba por contestar, cuando un bulto negro pasó veloz por el piso, a un par de metros de dónde estaba. Se puso de pie de un salto. El corazón comenzó a latirle más fuerte.
"Julián, son enormes" le informó, asustada y algo enfadada con ella misma, por el miedo irracional que le tenía desde pequeña a todo lo que tuviera ocho patas.
"Salí del sótano entonces".
Por más que saliera, las arañas seguirían allí y sabiendo eso, no estaría tranquila en ninguna otra parte de la casa. Hizo caso omiso del mensaje y buscó una caja que recordaba haber llevado al sótano que tenía escrito "limpieza". La encontró y revolvió con desenfreno en su interior. Estaba convencida de haber puesto ahí un aerosol mata cucarachas. Luego de buscar un minuto que se le antojó eterno, dio con el envase. Para su alegría la etiqueta decía también "arañas".
El celular volvió a vibrar. No le interesó ver que ponía Julián. Lo único que deseaba era aniquilar a los ocho patas. Si tenía que rociar todo el maldito sótano, lo haría. Por las dudas comprobó que ninguna de las cajas fuera de alimentos o algo que pudiera ser afectado por el veneno. Ninguna lo era. Se dirigió hasta la zona más oscura del sótano, donde la penumbra no permitía el paso de la luz y roció con los ojo cerrados. Si algo temía, era que alguna araña en un rapto de enojo saliera corriendo hacia ella. Si no miraba, no lo sabría.
Retrocedió de un salto, asqueada ante la sola idea de tener arañas cerca de los pies. El celular volvió a vibrar a la distancia. Se encaminó hasta otro rincón. Volvió a proceder de la misma manera. Párpados apretados, gatillo hasta el fondo. Un frío le recorrió el cuerpo. Se estremecía ante la idea de ser vulnerada por alguno de esos arácnidos.
Escuchó pasos a sus espaldas. No pasos de personas, sino diminutos, como si de repente un ejército de duendes hubiese cruzado por detrás de ella. Salvo que sabía que allí no había duendes, sino arañas. No quiso mirar. El teléfono seguía reclamando su atención. Por la forma que lo hacía ahora, ya no eran mensajes, su marido la estaba llamando. Solo vibraba, porque odiaba el sonido que hacían. Julián había tratado de configurarle temas musicales, pero al poco tiempo comenzaba a aborrecerlos. Ella y sus manías, decía su esposo. Ella y sus arañas, debería estar pensando en esos instantes.
Victoria avanzó lateralmente, perpendicular a la pared. Fue rociando todo a su paso. En cualquier momento el aerosol agotaría hasta la última pizca de contenido. Los pasos se agigantaban a sus espaldas. Ahora el miedo la acobardaba. No quería girar la cabeza. Siguió rociando, ya sin importante si había tirado o no en cada lugar. Algo trepó a su pierna. Gritó y pegó un salto. El aerosol cayó de sus manos y el sonido metálico rebotando en el piso le hizo saber que se había alejado al menos unos cinco o seis pasos hacia el sector oscuro.
Se pasó la mano por la pierna, sollozando. Tuvo la impresión de haberse sacado de encima una araña, pero no podía asegurarlo. El terror tenía paralizado sus párpados y no podía abrirlos. Se agachó hasta queda en cuclillas y desde esa posición, a gatas, avanzó hacia donde había escuchado rodar el aerosol. Apoyaba las manos horrorizada, con la fatal certeza de golpear en el próximo movimiento la mano sobre un cuerpo peludo y caliente.
Sentía que la seguían. Que las arañas estaban a centímetros de su cuerpo. El teléfono ya no sonaba. En su mente, Julián seguramente se había enojado porque ella no le contestaba y había desistido. De repente estaba enojada con él. Se aferró a ese sentimiento para arrastrarse con más velocidad por el suelo. Fue entonces que la mano rodeó una figura conocida: el aerosol.
Una triste sonrisa se dibujó en la oscuridad. Con bronca y desesperadamente vació el contenido del envase a su alrededor. Continuó apretando el mecanismo hasta que el dedo comenzó a dolerle. El aire estaba viciado. El olor impregnaba cada centímetro cuadrada del sótano. Estuvo a punto de abrir los ojos, pero el sonido de pequeños pasos en la escalera hicieron que en su lugar soltara un chillido y comenzara a llorar. Se envolvió con sus propios brazos y de a poco se fue dejando caer al suelo. El cemento frío fue un alivio. La sensación de miedo, sin embargo, lejos de remitir, se volvía una pesadilla. el teléfono comenzó a vibrar nuevamente, pero ella dejó de escucharlo.
Julián llegó pocos minutos después. Había intentando comunicarse desde el taxi, pero Victoria seguía sin contestar. Del apuro, había olvidado la llave del auto sobre el escritorio y la única solución fue uno de los coches pintados de negro y amarillo. Cuando entró a la casa, la encontró vacía. Corrió hacia la puerta que llevaba al sótano. La abrió violentamente, gritando el nombre de su mujer. El olor a insecticida lo golpeó con intensidad. Tuvo que retroceder y sacar un pañuelo del bolsillo. Uno blanco que Victoria siempre planchaba para que llevara consigo.
Tosiendo y con dificultades para respirar, bajó las escaleras. La tenue luz le devolvió un escenario espantoso. Sobre el suelo, desplomada, yacía su esposa. No necesitó acercarse para comprobar que no respiraba. En su mano sostenía un envase de mata cucarachas y arañas en aerosol. Lo habían comprado antes de la mudanza. Julián se arrodilló a su lado. Las lágrimas caían de sus ojos y se enterraban en el pañuelo que aún apretaba contra su boca. Debajo de la tela, sus dientes mordían hasta hacer sangrar los labios.
Una araña, muy pequeña, los observaba desde lo alto, sostenida por un hilo tan delgado como resistente. Antes que Julián saliera del sótano cargando a Victoria en sus brazos, la araña se había escondido en alguno de los oscuros rincones de aquel lugar.

12 de mayo de 2017

El seleccionado de mi biblioteca

Si Sampaoli tuviera a estos jugadores de cara a lo que resta de eliminatorias, otra sería la novela.
Mirando mi biblioteca, armé este Seleccionado de Escritores. En el camino quedaron varios convocados. Dieciséis es un número caprichoso pero es el dilema de todo técnico cada fin de semana. Más cuando el plantel de mi biblioteca es tan rico.
Faltan muchas incorporaciones, pero hay que cuidar las arcas del hogar, más con la economía que nos rodea. Porque la idea es que estos jugadores formen parte de la biblioteca, no que hayan llegado en calidad de préstamo, condición por la que grandes escritores ni siquiera han estado en la pre selección.

El orden numérico no supone una preferencia. Es más bien un esquema para salir a la cancha.

En el arco, Osvaldo Soriano. Si bien, quien fuera conocido hincha de San Lorenzo, soñó con ser delantero, el puesto se lo ganó en homenaje al arquero del Notts que describiera en "Últimos días del arquero feliz" donde narra el nacimiento del tiro penal y por su admiración del libro  La angustia del arquero frente al tiro penal, del austriaco Peter Handke. Soriano no solo me deslumbra con sus cuentos, sino que cada vez que me embarco en una de sus novelas me transporta casi a su lado, como un observador más de los hechos.
Abajo, línea de cuatro.
Marcando el lateral derecho, Julio Cortázar. En 1983 dijo en una entrevista "Detesto el fútbol así como me gusta el boxeo. Bueno, no es que deteste el fútbol, pero me es totalmente indiferente. Ocurre que esta afirmación, en boca de un argentino, es algo grave…". En algún momento se declaró hincha de Banfield, barrio en el que creció. Un escritor como pocos, leerlo es un placer, es divertirse con su modo de jugar con las palabras. El cuento que más me gusta, de todos los escritores del mundo, es suyo: "Silvia", perteneciente a "Último round".
De dos, férreo en la marca, Roberto Arlt. Nos dejó muy joven, pero con un legado literario inapelable. Sus aguafuertes, sus novelas y sus obras de teatro son un reflejo de una época y al mismo tiempo, una crónica de hechos que superar cualquier límite temporal, que se repiten una y otra vez. Una de sus aguafuertes, publicada en 1929 se tituló "Ayer vi ganar a los argentinos" y fue una crónica del primer partido que vio, un cotejo del seleccionado argentino contra el uruguayo: "Ni un equipo de ametralladoras puede hacer más ruido que esas ochenta mil manos que aplaudían el éxito argentino. Tanta gente aplaudía tras mis orejas, que el viento desalojado por las manos zumbaba en mis mejillas".
El otro central, un pilar de la literatura y el estudio literario, el cordobés Enrique Anderson Imbert, uno de mis preferidos. Más allá de todo lo relacionado a investigación literaria, cátedras en famosas universidades, fue un narrador excepcional, de esos que no ponen una palabra de más ni una de menos. Sus sorprendentes cuentos me fascinan y cada tanto vuelvo a "Fuga", esa novela corta tan increíble como hipnótica.
En el otro lateral, ubico a Rodolfo Walsh, periodista y escritor comprometido si los hubo. Publicar en la época que lo hizo, con los temas que abarcó, habla de su figura. Se lo llevaron para que su voz deje de oírse, pero ignoraban que el escritor es eterno. Algo anecdótico, muy reciente: El martes 1° de marzo de 2016, en un bar de la localidad de Boulogne, el presidente de Ballester y algunos jugadores narraron un fragmento del libro "Operación Masacre". La referencia a Rodolfo Walsh fue la excusa para presentar la nueva camiseta del equipo, que en el pecho tiene un dibujo alegórico a una famosa pintura del español Francisco de Goya, que ilustra los fusilamientos de las tropas francesas de Napoleón a los españoles sublevados por la ocupación de 1808. La pintura que fue utilizada como tapa de Operación Masacre, editado en 1957, después de que se publicara en relatos por entregas en el diario Mayoría. Paradójicamente, al club le dicen el "Canalla".
Nos metemos en la mitad de la cancha. Eje del juego, el equilibrio entre defender y atacar. Y de cinco, pongo a un pulpo, al único escritor extranjero entre los titulares: Stephen King. Me rindo ante el nacido en Maine. Escribe más rápido de lo que leo. Cuando creo que ya me puse al día, aparecen dos libros más. Dueño de un universo que cada lector constante agradece cada vez que agarra un libro de su autoría. Versátil, más allá que algunos lo encasillen en autor de terror. Es el mediocampista perfecto, si bien lo suyo es el béisbol, del que incluso ha escrito un libro. Pero cómo supo hacer girar sus libros en torno a La Torre Oscura, seguramente sabrá maniobrar los hilos del haz que cruzan el campo de juego.
De ocho, el Negro. Roberto Fontanarrosa es fútbol por dónde se lo mire y lea. Dibujante, historietista integral, cuentista, novelista... y todo lo que ha hecho es maravilloso. Tengo todos sus libros. Con las historietas lloro de la risa, con sus narraciones también. Un grande con todas las letras. El rosarino, fanático de Central, autor del "El Hincha", ese símbolo canalla que dejó al club como legado poco antes de su muerte. Si hay fútbol, el Negro no puede faltar.
En la otra banda, parado como un diez de los de antes, un escritor que a base de enigmas, ingenio, imaginación, y una escritura que me deleita, se ha convertido en uno de mis favoritos: Pablo De Santis. Desde sus primeros guiones en la Fierro (ilustrados por Max Cachimba) a sus cuentos y novelas. De los pocos escritores que hacen del lenguaje, un protagonista más en sus argumentos. Está ahí para inventar el juego, y de eso, sabe una bocha.
Arriba, delantera con dos extremos y un nueve.
Por la banda derecha, otro experto en la materia. Eduardo Sacheri. El profesor de historia cuyos cuentos empezaron a hacerse objeto de culto a través de la voz de Alejandro Apo. Si Fontanarrosa te hace reír, Sacheri te extruja los sentimientos hasta hacerte lagrimear, porque explora en lo más profundo del alma y la pasión. El fútbol es su excusa principal para tal fin, escenario en muchos de sus cuentos y también novelas. "Me van a tener que disculpar" es un monumento al Diego, relato al que adhiero palabra por palabras. El hincha de Independiente se ha ganado su lugar, porque escribe y transmite sentimientos como pocos.
En la izquierda, aparece Samanta Schweblin, la gran apuesta del equipo, una de las más recientes apariciones en la literatura argentina. Es una escritora que lejos de caer en los lugares comunes, se aleja totalmente de los mismos, metiéndose en terrenos escabrosos, hurgando en la miseria humana, dejando al descubierto las telarañas de los rincones. Sus libros de cuentos y su hasta ahora única novela, "Distancia de rescate", la ubicaron en el once titular. Así de avasallante.
Y de nueve y capitán del equipo, con olfato goleador, otro Negro. Alejandro Dolina. Otro polifacético en el equipo, que como escritor ha construido las gemas "El angel gris" y "Cartas marcadas", entre otros libros, donde el barrio, lo imposible y lo poético no solo conviven, sino que se conjugan para envolvernos en su magia y obligarnos a retornar una y otra vez. Además, el hincha de Boca, es dueño de una de las frases más bonitas jamás escritas sobre el fútbol: "Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables". Todavía recuerdo, cuando de pibe, lo veía en la tele armando picaditos en el estudio con los invitados. Otro que lleva el fútbol en las venas.

Ojo, que el banco es de lujo.
Arquero suplente, James Ellroy. El californiano sale con los puños a todos los centros y no se achica en ninguna. Crudo, directo, malhablado. Sus libros escupen furia y realidad. Infaltable.
Esperando su turno, otro nacido en el país del norte, un escritor y visionario de lo fantástico y la ciencia ficción: Ray Bradbury. Alguien que consideró a la biblioteca como la verdadera escuela. El conocimiento, la magia, en los libros. ¿Con esa idea, cómo no estar en la selección?
Otra apuesta, aguardando su momento de salir a jugar. Federico Axat, un joven escritor argentino, otro fanático de King, pero que se ha hecho un nombre propio. ¿Todavía no leyeron "Benjamín", "El pantano de las mariposas" o "La última salida? ¡Vamos, qué esperan!
Reforzando el mediocampo, un ruso. Isaac Asimov. Porque el fútbol también es una ciencia y no solo de ficción. De mis favoritos, acompañándome en la infancia con sus relatos futurísticos. El también profesor de bioquímica, siempre preparado para la acción.
Y como delantero de reserva, un aventurero: el paraguayo Robin Wood. Un guionista de historietas excepcional, creador de decenas de personajes, entre ellos Nippur que este año cumple cincuenta años de existencia. Dueño de una vida tan asombrosa como sus historietas, le ganó la pulseada a otros guionistas de mi biblioteca y obtuvo su lugar.

No ha sido fácil, más con una biblioteca tan amplia. En el camino quedaron Kafka, Rice, Oesterheld, Dick, Trillo, Verne, Baert, Gorostiza, todos autores que me fascinan. Pero de algunos tengo pocos libros y otros he tenido que relegar con dolor. Cómo decía antes, hay autores que también me gustan, pero he tenido la oportunidad de leerlos de "prestado" y no cuentan para este seleccionado. Porque esta selección es local, en base a mis libros.
Seguramente algunos discreparán de algunos autores, pedirán la inclusión de otros, que salga un titular y entre un suplente... pero el fútbol es así, nunca estamos conformes, es como la vida misma. En cambio, los libros nos llenan. Nos enriquecen. Cada uno siempre tendrá su lugar en nuestro corazón. No cambiaríamos a ninguno por nada del mundo. No al menos a los libros que amamos, a los autores que tanto nos dieron y nos dan. Porque, estén o no físicamente en este mundo, nos legan su obra, nos brindan lo más hermoso de todo, las letras, la imaginación, la realidad transformada en literatura.

Debería definir el escudo, la camiseta, la bandera de la selección. Imagino páginas escritas, tapas de libros, tinta, viejas máquinas de escribir, teclados de computadoras.
Entre las certezas, se que con esta selección, levanto la Copa del Mundo, como lo hizo Diego en el '86. Aunque Maradona escribió con las piernas y ese mérito, me van a disculpar (escribiría Sacheri), no se lo quita nadie.

¿Y vos... ya tenés en mente la selección de tu biblioteca?


30 de abril de 2017

Corre alto

Tenía diez años cuando vi por última vez al abuelo. De todos mis hermanos, solo pidió por mí. Los demás quedaron en aquel pasillo con olor a desinfectante. Incluso hizo salir de la habitación a mis padres. Al entrar lo vi con la mirada perdida en el techo y el cuerpo vencido por la enfermedad y el tiempo. Lo cubría apenas una sábana, que le dejaba ver una pierna con la piel enrojecida y arrugada. Cuando a mis espaldas mi mamá cerró la puerta, el abuelo desvió su vista hacia mí. Sus ojos recuperaron un brillo de cordura y sus labios me llamaron para que me aproximara sin miedo.
Podía ver en su rostro que ya era su hora, que para ese hombre no había esperanza. Los rezos de mis hermanos, de mis padres y parientes, de poco servirían. El abuelo agonizaba. Me sorprendió cuando su brazo se separó de la cama y como una serpiente atenazó el mío, acercándome aún más. Cualquiera hubiese dicho, de haberlo visto, que era el rostro de un demente. Jamás lo creía así. El horror que sentía podía respirarse.
Su voz, cascada por el cigarrillo y débil por la presencia de la muerte en la misma habitación, me quedó grabada con cincel en mi mente con sus últimas palabras.
- Cuando veas el fuego, escóndete. Cuando veas el agua, corre alto.
Me volvió a mirar con firmeza, buscando algún signo en mí que delatara mi comprensión hacia sus palabras. Pero creo que lo que se llevó al más allá, fue mi rostro asustado, al borde del llanto. Por supuesto, no comprendí lo que dijo. Pero jamás lo compartí con nadie. Ni siquiera con mi mujer y mis hijos. Creí que era el desvarío de un viejo perdido en sus últimas ensoñaciones en vida, que la sola mención a esa imagen tiraría por borda los muchos recuerdos hermosos que todos guardábamos de él. El abuelo, ese viejo lindo de graciosa sonrisa y espíritu aventurero, al que a veces veíamos partir y no volver por meses, y luego, un día, cruzaba nuestro patio delantero con un sinfín de regalos para cada uno de nosotros. No, no podía ensuciar esa imagen. El abuelo se había ido diciéndome tan solo "crece y sé una buena persona", porque esas son las palabras que un moribundo debe decir, la que todo sobreviviente desea escuchar. Esas y ninguna otra,
Cuarenta años más tarde, aquellas palabras cobraron otro significado. Pero antes es importante saber que ya adulto, casado y con - por entonces - un hijo, me moví con la familia a la patagonia. Lejos del infierno de la ciudad, de la falta de trabajo, de la escasez de oportunidades. A ciegas, acepté un trabajo en un pueblo afincado en el sur, a medio camino de la cordillera y a la misma distancia del mar argentino. Un lugar sin lujos, pero dónde no nos faltaba nada para crecer y ser buenas personas.
Y allí nacieron mis otros dos hijos, allí trabajamos todos. También allí enterré a mi esposa.  Y vi partir con el tiempo a mis hijos, ante mi enojo e impotencia, porque querían retornar de dónde yo había escapado. Los dejé ir, porque cada uno es dueño de su destino, nadie puede saber que le depara. O al menos, eso creía en esos tiempos.
Hoy ya no lo creo. Porque mi abuelo tenía razón y sabía muy bien lo que se avecinaba. Por eso me eligió entre todos mis hermanos. Porque sabía dónde me iba a llevar la vida. Aunque por entonces me sentía solo y aturdido, de largas noches en el único bar del pueblo, sentado esperando quizá a la muerte, supe distinguir la llegada del fuego.
En la patagonia cruda, en esos parajes a la buena de Dios, las noticias llegan pero nadie les da importancia. Las noticias no traen soluciones a los confines del mundo. Hablan de personas y situaciones tan ajenas como los recursos naturales que se llevan con el trabajo de los trabajadores locales.
Mientras me acodaba noche a noche en la barra del bar, el mundo ardía en llamas, literalmente. Las naciones se habían levantado en armas entre sí. No peleaban por el petróleo, ni por dólares, euros o todo el puto oro del planeta. Ni siquiera por el recurso del agua dulce. Luchaban por sobrevivir, por ganar las tierras que no serían arrasadas por la subida del nivel del mar.
Fue una noticia en la radio, sobre el desembarco de tropas chinas en las costas patagónicas lo que me movilizó. Tuve que ponerme cerca de la radio para esperar que repitieran la noticia, para poder creer lo que estaba escuchando. No tardaron en hacerlo. Hablaron toda la noche del tema. En el bar la mayoría se había ido. Quedábamos Gavilán, el dueño, y yo. Me apuraba para que me fuera y le dije - porque en casa no tenía radio - que me siguiera sirviendo, que mi dinero valía.
Me fui antes del amanecer, un poco a los tumbos, por tanto vino en el cuerpo, pero totalmente despierto y alerta,  En casa preparé un bolso ligero, provisiones y seguí el consejo formulado por un moribundo cuarenta años antes. Huí hasta los bosques, donde conocía cuevas y refugios. Llevaba cuchillos para cazar. No sabía el tiempo que demoraría el fuego en llegar y propagarse.
La noche siguiente escuché las primeras explosiones y el cielo nocturno se convirtió en un paisaje extraño, de luces en forma de ráfagas que iban y venían. Me oculté durante días que se convirtieron en semanas y meses. Fui cambiando de escondite en la medida que veía soldados chinos ganar terreno y extender las bases.
Había visto el fuego. Solo faltaba el agua. Esperé una lluvia copiosa e interminable. Esperé una tormenta como ninguna otra. Pero jamás esperé lo que finalmente ocurrió, lo que mi abuelo sabía, era mi destino.
Fue un amanecer. Mi escondite en ese momento era sobre una ladera, en una cueva natural, de apenas cuatro metros de profundidad. Escuché a la tierra moverse, como si una gran fuerza se arrastrara con ella. Instintivamente tomé el bolso, las provisiones que siempre tenía preparadas ante la posibilidad de huir de repente y comencé a subir la montaña. En la medida que lo hacía, atiné a mirar hacia el este. Mis ojos no dieron crédito a lo que veían. El árido paisaje, solitario, desesperante, de la patagonia, había desaparecido bajo un manto de agua embravecida que avanzaba arrastrando consigo todo lo que hombre y la naturaleza habían concebido durante siglos.
Recordé las últimas palabras de mi abuelo, en aquel lecho de muerte, cuarenta años atrás. Corre alto, había dicho. Y supe, solo entonces, que él me había visto en esa situación, de alguna manera, esos ojos extraviados oteando el techo de aquel hospital, no hacían otra cosa que suplicar a un Dios eterno que protegiera a ese hombre en el que había reconocido a su nieto, en un tiempo y lugar que le eran desconocidos. Corre alto había dicho y yo, como nunca, corrí.
Escalé la montaña, tropezando, cayendo, lastimándome, pero siempre poniéndome de pie para dar el siguiente paso, sin mirar atrás. Solo cuando me supe seguro, a una altura considerable, donde el frío hacía mella en el cuerpo, me abracé a la esperanza de vivir.
Solitario en la montaña, miro cada día hacia abajo y solo observo un extenso mar que todo lo abarca. El mundo se ha movido, de una manera impensada. A veces pienso en mis hijos, en sus destinos, pero a diferencia de mi abuelo, no veo nada. También pienso en la tumba de mi mujer, ahora en el fondo de un mar nuevo e inesperado.
Cada tanto surcan el cielo veloces aviones, pero evito ser visto. He acogido a la montaña como mi tierra, mi nuevo pago. Y aquí viviré el resto de mis días. Tan ajeno al mundo, como el mundo lo está de mí. A veces triste, otras resignado, solo recuerdo del hombre a medida que pasa el tiempo, las palabras de mi abuelo, esas que me prevenían del fuego y del agua.
La muerte llegará en algún momento y lamento, si he de tener una revelación, no poder compartirla con nadie. Aunque prefiero la soledad, que la compañía incierta de quiénes aún sobrevivan en este planeta a la defensiva, que tan solo pretende recuperar lo que ha perdido en manos de sus temporales ocupantes.
Solo habrá un ganador.
Solo es cuestión de tiempo.