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29 de agosto de 2014

El gran detective Tolkov y el caso de la misteriosa muerte de su asistente Salerno

No es común ver un detective investigar envuelto solo en un batón, pero al ruso Tolkov, no le quedó otra. La muerte de Salerno, su asistente italiano, lo sorprendió a la salida de su baño matinal, tapado tan solo con la mencionada prenda.
Los policías que llegaron a la escena del crimen le preguntaron cuál era la razón por la que no se cambiaba y manifestó que nada debía modificarse, incluso su situación semi desnuda, dado que ahora él formaba parte de la escena.
De todas maneras, algunos se sentían incómodos, como el caso de Paulenka, la sumariante. Por más que desviara la mirada, cada tanto, en sus movimientos torpes agachándose en un rincón o subiéndose a la silla para observar sobre los muebles, podía descubrir sus partes íntimas colgando, aún húmedas.
Se lo hizo notar a un compañero, pero solo ganó en burlas.
Tolkov se paseó por su casa como si tuviese puesto su habitual sobretodo oscuro, con el que era común verlo en las conferencias de prensa explicando la resolución de sus casos. Llevaba una hora inspeccionando cada habitación hasta que cayó en la cuenta que había omitido algo. El batón.
Sin perder tiempo, se lo quitó de un tirón y ante los murmullos generalizados que poco le importaban, lo desplegó en todo su largo sobre la mesa antigua de estilo inglés emplazada en el living.
Su intimidad quedó a la vista de todos. Incluso su culo peludo. El comisario Tronchosky se acercó apresurado, llevando un saco que tomó de una silla.
- ¡Tolkov, por favor! Está dando todo un espectáculo.
Pero el detective lo apartó sin violencia, quejándose porque le interfería con la luz natural que ingresaba por el ventanal este, y siguió inspeccionando el algodón algo húmedo del batón. De repente, el detective tuvo una erección. El que no la vio, la oyó, porque golpeó contra la mesa.
Entonces, proclamó su célebre frase, la que siempre profería al desentrañar el misterio en una investigación: ¡He visto la luz!
Paulenka se llevó las manos a la boca. El comisario trinó de bronca. Podía percibir los flashes desde las ventanas, donde estaban apostados un par de fotógrafos de la prensa que habían logrado colarse por algún sector desprotegido.
Tolkov apoyó el puño con fuerza sobre la mesa, lo volvió a levantar y bajar de inmediato, dándole otro golpe a la madera. El miembro hizo lo mismo, coronando con dos golpecitos su inesperada actuación.
- ¡Díganos que pasó detective y tápese las bolas, por el amor a Rusia! - le gritó desaforado Tronchosky, que de haber tenido un cuchillo a mano, se lo hubiera cortado.
El detective dejó caer las palabras, con la soberbia de siempre.
- Salerno murió de un infarto, fíjese aquí, en el batón, está la pastilla que debía tomar temprano. Recuerdo haber apoyado el batón sobre la mesa y luego me fui a bañar, un baño largo, de esos donde uno se frota hasta las partes que hace rato no se frota, y claro, el pobre de Salerno debe haber buscado por todas partes, necesita esas pastillas como el pez necesita el agua. Y mire lo que es el destino, la tenía en el batón, atrapada. El pobre me había dicho que necesitaba que lo llevara a la ciudad al mediodía, para visitar al boticario. Esta era su última pastilla.
 - ¿Ahora puede taparse? - masculló el comisario.
Tolkov, que cuando investigaba parecía vivir en un mundo propio, se mostró confundido pero de inmediato cayó en la cuenta de lo que ocurría. Miró para abajo y se encontró con su miembro apuntando hacia arriba. No dudó en agarrar el batón de un tirón y cubrirse, mientras que la pastilla voló por la habitación.
- No sé si debo arrestarlo por la imprudencia de haberle arrebatado la pastilla a Salerno o por la impúdica actitud a la que nos ha tenido a todos por testigos. Por lo pronto, le haré un sumario - anunció el comisario, en tanto arengaba a los demás a salir de la casa - Pero usted se queda Paulenka, tiene que hacer el sumario una vez que retiren el cuerpo.
Paulenka sonrió, esta vez contenta.
- ¿A solas? - preguntó.
- Si, no pienso quedarme un minuto más aquí. ¿Qué le sucede? ¿Tiene miedo de quedarse con el detective? Es imprudente, pero no un criminal.
- Oh, no, al contrario. Me agrada la idea.
Tronchosky no entendió el guiño de ojos de la sumariante. Tolkov, que no salía de la vergüenza, mucho menos. Lejos del heroico ímpetu de unos minutos antes, tanto Tolkov como su miembro, se habían apichonado. A Paulenka poco le importaba. Aquella imagen no se le borraría jamás de la cabeza.

26 de agosto de 2014

Génesis y apocálipsis de Eladio

El verdadero amor es aquel que no lastima, muy por el contrario, sana el alma. Es el que se persigue sin saber que existe, hasta que para algunos (los afortunados) llega y para otros, se convierte en una utopía. El verdadero amor es una piedra preciosa que no necesita pulirse, porque es tal cual es, imperfecta.
Eladio González creyó decenas de veces haber dado con ese sentimiento. Y la misma cantidad de veces, terminó decepcionado, con un pedazo de su corazón arrancado. Porque en cada conflicto, se desgrana una parte interior, una que no figura en los libros de anatomía, ni siquiera en los de medicina.
Hastiado de desaciertos en su vida sentimental, ya orillando los cuarenta años, buscó la paz fuera de su entorno habitual. Renunció a su trabajo, vendió la casa, el auto, se despojó de todas las pertenencias y compró un boleto de avión al azar.
Cargó solamente un bolso y un poco de dinero. No miró el destino en ningún momento, no quería saberlo. Se guió en todo momento por el número de vuelo, evitando observar en las pantallas la columna del lugar donde aterrizaría. Tampoco se quitó los auriculares, para no escuchar conversaciones ajenas que le revelaran la tierra donde buscaría renacer.
Y subió al avión, como quién va a la muerte. Al aterrizar, ya no sería el mismo Eladio González. Ese, el que veía cada mañana en el espejo desde hacía cuatro décadas, moriría en pleno vuelo. El otro, el que pisara el suelo que el azar había puesto en su camino, no cometería los mismos errores, no esperaría tanto del amor, no sufriría por otra persona. Viviría. Algo tan simple como eso. Pero lo haría lejos. Respirando otros aires, escuchando otras voces, quizá nuevas palabras, rasgos, idiomas, paisajes... ¡las posibilidades eran infinitas! Al menos, este Eladio contemplaba ese génesis con alegría.
El otro, el que aún no había nacido, ansiaba, como todo aquel que espera el amanecer tras la oscuridad protectora de la noche.
Eladio volvió a sus calles veinte años después, con el cabello canoso, las grietas de la vejez en el rostro, el paso más lento y la sonrisa forzada del que se acostumbra al saludo mecánico de compromiso. Aunque ya no eran sus calles, y eso lo sabía de antemano. Habían dejado de serlo cuando trató de matar al antiguo Eladio, cuando se despojó de todo lo material para lanzarse a la búsqueda espiritual.
Pero de todos modos quiso recorrerlas, calle a calle, para tratar de hallar allí lo que no había encontrado a lo largo de dos décadas de viajes continuos, sobreviviendo con trabajos temporales, conociendo gente que jamás trascendería en su vida, yendo de un lugar a otro, sin saber el nombre, sin importarle el dónde.
Y en esas viejas calles, que ya no reconocía, vio fachadas arropadas de recuerdos, guiños del pasado, rostros que parecían reconocerlo para luego seguir su camino. Vio el ayer sin verlo. Porque el ayer es algo que no existe más que en la memoria y la suya, la suya plena, ahora le pertenecía al nuevo Eladio, a ese ser que por no repetir la vida de su predecesor, jamás se enamoró, jamás abrazó, jamás besó, pensando que si se apartaba de lo que tarde o temprano se oxidaba como hojalata, cortando, lastimando, lograría mantener el alma sana.
Con dolor supo que el alma necesita al amor, como necesitamos al oxígeno, y que la felicidad no es otra cosa que la tristeza con disfraz. Para poder disfrutar una, se necesita a la otra. Como la luz necesita de la oscuridad para hacerse notar, como la noche necesita al día para pedirle su lugar. El corazón late para vivir, pero al amar, siente. Y ese sentir, ese sentimiento, es el combustible del alma. Es lo que se va desgranando de a poco, en la medida que los tropiezos son muchos.
El viejo Eladio se había resignado. El nuevo, se había negado.
Allí estaban las calles, sin decir nada. Solo hogares, árboles en las veredas, coches yendo y viniendo, semáforos cambiando de color, y muchas personas viviendo sus vidas de la única manera que es posible, que es haciendo el intento.
Dejó escapar un suspiro. Y cómo el dónde no importaba, el quién tampoco. No era el lugar, sino la persona.
Se desplomó en un banco de la plaza, agotado. Muchos años perdido en el mundo y la conclusión ya la conocía: la perfección no existía, la perfección no se debía buscar. Tampoco esperar.
Eladio buscaría un hotel y pasaría el primer día del resto de su vida, de su tercera vida, confesando su primer obstáculo: la falta de amor propio. El desamor que más duele, pero que no se puede ver. Luego, trataría de vivir. Con lo que eso implica.

23 de agosto de 2014

Historia japonesa

Hayato solía despertarse mucho antes del amanecer para caminar hasta la bahía, sentarse sobre el muelle y contemplar el mar escapando de su vista. Las estrellas, el silencio, eran meros espectadores de la belleza de aquel lugar. Hayato, entonces, cerraba los ojos y escribía. Lo hacía mentalmente, grabando palabra por palabra en su memoria. Más tarde, al regresar a su casa, volcaría en papel cada línea de sus versos, tejiéndolos uno a uno como si fuera una delicada manta.
Luego, con su ritual concluido, se vestía y volvía al muelle, pero ahora para forjar el pan en su mesa, convertido en un peón más del puerto, sin la belleza de la noche, tan solo con la pesada carga del trabajo sobre sus hombros.
Así transcurrió la vida del solitario Hayato, hasta que la muerte lo sorprendió aún joven, en un accidente estúpido, al venirse abajo un contenedor de un barco y dejarlo sin chances de escapar. Nadie en el puerto lo lloró, solo Misaki, su hermana, con la que poco contacto tenía y que sin embargo, al enterarse de lo sucedido, viajó hasta el pueblo totalmente consternada, sabiendo que ya no tendría la manera de despedirse.
Tuvo que encargarse del papelerío, de los arreglos fúnebres y finalmente, de la casa de su hermano. Retiró todas las pertenencias y la puso en venta. Pasaron casi seis meses hsata que tuvo valor, una mañana de sol, de abrir el baúl de mimbre donde había amontonado las cosas.
Algunas pocas fotografías, adornos que habían pertenecido a su abuela, igual que un par de mantas bordadas por ella cuando ambos eran pequeños y una carpeta repleta de papeles. Se sorprendió al descubrir que era la caligrafía de su hermano, alternando el hiragana que habían aprendido de su madre y el kanji.
Misaki le dedicó el día y la noche a esos escritos, derramando lágrimas que parecían llegar desde el alma. Aquellas poesías eran hermosas, inspiraban amor y paz, le resultaba increíble que su hermano hubiese tenido tanto talento y jamás se lo hiciera saber. Era cierto que no se hablaban desde que había muerto el padre de ambos, pero ni siquiera antes o en su niñez, Hayato le había mostrado sus habilidades con la escritura.
La lectura de los escritos de su hermano le infundó esperanzas. La tristeza que sentía podía ser reemplazada por alegría si lograba publicar los textos de Hayato. Sería su obra póstuma. Y Misaki sería feliz que el mundo conociera los valores que impregnaban esas bellas poesías.
Pero primero debía estar segura que realmente eran buenas. Conocía poco de poesía, y quizá le habían llegado al corazón por ser lo único que le quedaba de Hayato. En Tokyo vivía Tsubasa, un viejo pretendiente. No habían terminado de la mejor manera, pero era profesor de letras. Si alguien podía determinar si la poesía de su hermano era buena, era Tsubasa.
A él le sorprendió el llamado de su antigua novia, pero tuvo curiosidad por volver a verla y sobre todo, por la causa por la que quería reencontrarse.
Se vieron en un restaurant, donde compartieron sendos cuencos de dangojiru, se pusieron al día y luego, con la llegada del postre (ambos coincidieron también con anmitsu), Misaki sacó de su bolso, los escritos de Hayato. Tsubasa enarcó las cejas. Tampoco sabía que el Hayato, al que apenas había visto un par de veces en el pasado, escribía poesía.
Fue leyendo poco a poco, tratando con cuidado los papeles, sabiendo en su condición de profesor de letras, que estaba ante manuscritos originales. Su rostro fue mutando paulatinamente, del desinterés a la incredulidad. Las poesías eran maravillosas, la métrica impecable y tenía algo más, un componente que no podía identificar de ninguna manera, pero que le daba a cada verso alma propia.
- Es único, es magnífico - concluyó, sin haber leído más de una tercera parte de los textos.
Misaki se llevó las manos al rostro, emocionada. Su sueño en las últimas semanas, de lograr la publicación de los poemas de Hayato, estaba cada vez más cerca.
Le prometió a Tsubasa una copia completa para el día siguiente. Ella misma se ocupó de llevarla a la oficina que él poseía en la universidad.
Durante un mes, Tsubasa la mantuvo al tanto de las conversaciones con editoriales. Sin embargo, Misaki murió al salir del mismo restaurant donde se habían reencontrado por primera vez. Ella salió contrariada porque Tsubasa había faltado a la cita y al cruzar la calle, un coche que se dio posteriormente a la fuga, la atropelló.
Tsubasa, en tanto, logró convertirse un año más tarde, en el poeta más importante y famoso de su país.

20 de agosto de 2014

La fea de tres pisos

En la esquina de Salvador y Presidente Tegarca, en el modesto pueblo de Encimada, existe una casona de construcción antigua, de tres pisos de alto, verjas altas y desgastadas por el tiempo que ponen una barrera
tranquilizadora entre la fachada de aspecto intimidante y los moradores del distante paraje litoraleño.
Todos hemos escuchado en alguna circunstancia, al menos una historia de casa embrujada o lugar donde ocurren hechos paranormales. Pero el caso de este sitio, es sumamente aterrador.
En primer lugar, nadie recuerda la obra. De un día para otro, el baldío de aquella esquina, caracterizado por pastizales altos y mosquitos zumbadores, se vio asaltado por aquella casona. Algunos dudan de esa particularidad de la historia, alegando que en realidad nadie habla de la construcción porque en la misma perecieron al menos una docena de obreros, pero ni una versión ni la otra logran ponerse de acuerdo. La más aceptado, por supuesto, es la que indica que apareció de la nada.
En cuanto a época, los primeros recuerdos del lugar se remontan a la década del veinte, del siglo pasado, pero incluso, hasta ese dato es improbable de ratificar. Las fotografías antiguas han desaparecido y las que se conservan, ya no permiten ver la casa. Incluso, hasta las imágenes que en algún momento, hace más de siete décadas, se publicaron por diversos motivos en los periódicos de la zona, se han modificado sobre el papel. Y en lugar de aquel inquietante edificio, suelen aparecer sombras, árboles o los pastizales originales que se dice, ocupaban ese lugar.
Con el paso del tiempo, los rumores fueron corriendo como regueros de pólvora y extendiéndose a otras ciudades. Investigadores, aventureros y pseudo científicos de todo el mundo han visitado la localidad con el fin de examinar el lugar. El gran inconveniente con el que se han topado es que nadie habita el lugar y las rejas nunca pudieron ser abiertas.
Los pocos que se han atrevido a trepar las rejas, no han podido franquear luego la enorme puerta de madera, que pareciera crujir todo el tiempo, como si el viento la golpeara, aún los días en los que no se siente siquiera una brisa.
Algunos valientes trataron de romper las ventanas, pero las piedras y otros elementos arrojados, han rebotado con furia. Otras veces, la policía local logró erradicar a los curiosos y osados, que cruzaban el límite entre la aventura y la violación de los derechos de la propiedad privada.
Es que si bien el lugar está deshabitado, no posee deudas en materia de impuestos, porque cada mes llega a la comuna un cheque con el monto exacto de lo que se debe abonar. Incluso, los meses en los que se aprobaron aumentos de último momento.
Los que intentaron rastrear el remitente de esos cheques, han tenido poca suerte. Entre el secreto bancario y la habilidad para no dejas pistas de parte de la persona que los envía, jamás se ha logrado averiguar algo al respecto.
La casona, llamada despectivamente como "la Fea de Tres pisos", trata de reposar en paz, pero no puede. No solo por los curiosos, sino por los extraños sucesos que la envuelven. Las luces que se encienden y apagan en su interior, a pesar de no estar conectada la electricidad, los sonidos de agua corriendo por las cañerías, sin que estén hechas las conexiones pertinentes, o los aullidos y gritos que suelen escucharse, principalmente de noche, provenientes de sus habitaciones superiores.
Hace veinte años, aproximadamente, se habían levantado firmas para pedir a la comuna la demolición del lugar. Asustaba mucho a los vecinos y habían desaparecido al menos una decena de perros en los alrededores. La petición no fue aprobada y las tres personas que habían fomentado la iniciativa murieron en un lapso menos a tres meses, en accidentes irrelevantes, pero que de todas maneras, se cobraron sus vidas.
La gente volvió a la carga con el mote de "maldita", siempre presente, pero muchas veces relegado por el afán de encontrarle una respuesta a cada cosa. Ya no. Aquella casa, la fea de tres pisos, estaba maldita. El pueblo lo dictaminaba y así sería por siempre.
Hasta hace unos días.
Porque el lunes las rejas, desde muy temprano, estaban abiertas. Al viejo Gómez, que gustaba de salir a caminar temprano, casi le da un infarto al pasar por la vereda. Aunque eso no era todo. La puerta de madera, quizá cedro, estaba también abierta de par en par. Si uno trataba de mirar hacia dentro, perdía el tiempo, porque la mirada se perdía en una vasta oscuridad, que desde el umbral parecía eterna.
El ochenta por ciento del pueblo se convocó a sus puertas. Se hablaba casi en voz baja, como temiendo que aquellos ladrillos escucharan y tomaran pronto una acción de represalia. Era poco entendible, pero el comportamiento humano nunca lo es en episodios donde la razón no tiene lugar para existir.
El comisario y su gente pidió prudencia y alejó a los que pudo hasta el otro lado de la calle. Pidió voluntarios para entrar a verificar, dado que temía que la apertura de la casona hubiese sido obra de ladrones y no de fuerzas de otro mundo. Sin embargo, no hubo aceptación a la invitación.
Eligió a dedo a tres uniformados, que munidos de linternas, temblando y siguiéndole a él, penetraron por la puerta a esa cueva oscura que había por entrada. Sus espaldas fueron lo último que vimos de ellos. Algunos nubarrones inundaron el cielo y las primeras gotas espantaron a varios, que fueron en busca de refugio. Minutos más tarde los goznes de las puertas comenzaron a chirriar. Los que se habían animado a cruzar las rejas y acercarse a la puerta, salieron corriendo como si los hubiese espantado un fantasma. La puerta, que quizá fuera de cedro, se cerró con un violento golpe. Pensamos en los policías, pero fue apenas un segundo, porque de inmediato también se cerraron y para siempre, las rejas de la casona.
Desde ese día, evito pasar por la vereda de la casona y mucho más, de noche.
De día, porque me recorre cierto escalofrío por todo el cuerpo al ver esas paredes, sus formas que se erigen hacia el cielo, sus misterios escondidos en las grietas, que pareciera, fueran cada día más.
De noche, porque me provoca pavor y angustia, ganas de gritar y salir huyendo, el hecho de ver por las ventanas los haces de luz de las linternas del comisario y sus policías, deambulando sin detenerse de un lado a otro, ignorando aún que las puertas se han cerrado, dejándolos sin posibilidad de escape, sin saber que la eternidad se los ha devorado para toda la vida y que ahora son, una parte más de ese monstruo feo de tres pisos.

17 de agosto de 2014

Tecnología Eyesinf

La instalación no era muy complicada. Estaba todo en el manual de instrucciones, un pequeño compendio de papel de mala calidad con imágenes en blanco y negro que graficaban escuetamente el modelo que había adquirido.
Lo embargaba la emoción. No todos los días uno decide a dar el salto tecnológico para llegar a lo último del mercado. Pasar del viejo televisor led de 32 pulgadas a tremenda belleza de 48 pulgadas con tecnología eyesinf. Si, no era el más grande en existencia, pero contaba con la tecnología y era suficiente.
Una conexión por aquí, otra por allá, el adaptador, la red inalámbrica y principalmente, la novedad de la que hablaba el mundo entero: el sensor óptico informativo, el famosísimo eyesinf.
Las indicaciones mostraban como debía ajustar el lector frontal, acercando sus ojos para que grabara la información de las retinas y de esa forma, mantener el vínculo. El invento, dado a conocer pocos meses antes, fue una revolución. La aplicación inmediata a los televisores causó un revuelo gigantesco, con voces a favor y en contra.
No se podía ir en contra de los avances tecnológicos. Siempre lo había creído así, por eso no dudó en ser uno de los primeros en comprar un aparato. De pocas pulgadas, era cierto, porque no le daba para más el sueldo, pero ahora lo tenía delante de él con los ajustes hechos, preparado para ser encendido.
Se frotó las manos, ansioso. Tomó el control remoto y apuntó hacia el objetivo. El televisor cobró vida, tornado el negro de la pantalla por colores claros, poco brillantes, donde resaltaban dos palabras: "Configuración inicial".
Para su sorpresa, en menos de tres segundos desapareció esa leyenda, reemplazados por sus datos. Allí estaba su foto, su firma, los datos personales... ¡no podía creerlo! En letras pequeñas, en un ángulo inferior, se leía: "Conectando con red oficial de datos biométricos".
Era increíble. La lectura previa de sus ojos por parte del sensor había personalizado el televisor. De inmediato surgieron un montón de opciones, muchas de ellas ligadas a servicios que poseía, como ser el acceso al sitio de su banco, su cuenta de correo, el mercado online donde hacía la mayoría de las compras, hasta los diarios que solía leer.
Se sentó maravillado en el sillón estampado que dominaba el centro de la habitación. Aquello era fabuloso. No podía creer que con tan solo una simple lectura de retina, el sistema hubiese logrado acceso a tanta información. Se percató entonces del sensor, que se podía ver activo a partir de un led azul muy tenue. Según decía el manual, permanecería en todo momento alerta, siguiendo sus retinas, con el fin de determinar estados de la persona y de esa manera, realizar sugerencias interactivas.
De alguna manera, en una pantalla más chica dentro de la pantalla grande, apareció la transmisión de un noticiero. No necesitó mirar el reloj para saber que estaba empezando su informativo favorito. Justamente el que se había puesto solo. En realidad, el que había puesto el sistema del televisor.
Buscó en el control la opción para maximizar la pantalla auxiliar y logró que se convirtiera en la principal. De todas maneras, seguía viendo en una franja lateral otras opciones. Tenía tanta curiosidad que decidió no prestarle atención a las noticias. En su lugar, comenzó a explorar el control y el abanico de posibilidades que dormía latente en la palma de su mano.
Jugó con los botones, encontrándole el sentido a muchos y quedando en ascuas con otros. El sensor emitió un par de destellos y en la pantalla apareció un explicativo mucho más grande que el que estaba en el manual, sobre las opciones del control remoto. ¿Cómo podía ser? ¿El sensor se había dado cuenta que no sabía usarlo? Eso lo entusiasmó aún más.
Quitó la vista del televisor para mirar la hora en la pared de la cocina, pero en el momento que lo hacía, en la pantalla apareció la hora. ¡Qué fantástico! pensó de inmediato. De todas maneras, era tarde, tenía que empezar a preparar la cena. Aunque esa noche comería algo semi preparado, algo instantáneo. Se levantó del sillón y el televisor emitió una música que lo obligó a devolverle la atención. En la pantalla leía: ¿Está seguro que no quiere seguir mirando televisión?
Sin pensarlo, contestó en voz alta, como si le hablara a alguien: Voy a prepararme algo de comer. La pantalla volvió a la transmisión del noticiero.
Buscó en la heladera una bebida, la cena instantánea y regresó al sillón. En la franja lateral aparecieron ofertas de productos similares a los que estaba consumiendo. Algunos, con un precio mayor, pero sin dudas, con mejores ventajas. Le pareció buena la idea, de encontrar sugerencias para la próxima vez que fuera al mercado o bien, que hiciera compras desde la web. Una ventana emergente, que no obstaculizaba la visión de las noticias, le mostró la tienda online más cercana. Sin embargo no tenía intenciones de comprar en ese momento, así que buscó el botón de ocultar en el control y la volvió la pantalla a su lugar.
Tras las noticias miró series de acción. Las sugerencias siempre eran acorde a sus gustos. Sin embargo, el cansancio comenzó a ganarle la partida. En la pantalla lateral aparecían publicidades tanto de energizantes como de almohadas y colchones.
Decidió apagar el televisor. Apretó el botón del control, pero la pantalla siguió emitiendo. Al segundo intento, el televisor, en otra pantalla contextual preguntó si estaba seguro de lo que estaba haciendo y de inmediato ofreció una lista de series y programas que estaban emitiéndose en otros canales. Un par de las opciones las quería ver desde hacía tiempo, así que no dudó en hacer un esfuerzo y quedarse despierto.
Permaneció varias horas más en el sillón, hasta que la claridad de la ventana lo tomó por sorpresa. ¡El trabajo! No había dormido y debía salir en menos de una hora.
Lo primero que se le ocurrió era llamar y dar aviso que no concurriría, que estaba enfermo. ¡Así podría dormir un poco! En todo caso, iría después del mediodía. Para su sorpresa le informaron que no era el primero en reportar enfermedad ese día. Dos compañeros de oficina, un superior y hasta el gerente, no irían a trabajar.
No creía en las coincidencias, pero eran justamente los dos compañeros que lo habían convencido en adquirir el televisor el día de su salida al mercado. Y por alguna razón, sospechaba que tanto su superior como el gerente, también se habían hecho de uno.
Claro que no se acostó. Había muy buenos programas y las sugerencias eran excelentes. Compró a través del televisor víveres para los próximos días y hasta logró que le extendieran una licencia médica online, para excusarse en el trabajo. Se llevó almohadas, sábanas y frazadas y se instaló definitivamente en el sillón. El sensor eyesinf está atento a todo y nunca le falta nada. Incluso desde el trabajo le permitieron hacer sus tareas desde su casa. Aparentemente la modalidad se estaba extendiendo a muchas empresas.
No se arrepentía para nada de su inversión. En la comodidad de su casa, era dueño del mundo.

14 de agosto de 2014

Sector Zero

La orden vino desde muy arriba. Llegó primero como un rumor y luego como algo firme, en forma de mensaje encriptado. Todos tuvieron que guardar sus opiniones.
El que estaba al mando de la computadora central era Eric, el "holandés". Le decíamos así por su cabellera naranja. Cuando supo lo que tenía que hacer, sintió un nudo en el estómago. Lo vimos reflejado en sus ojos, que se cubrieron de una espesa neblina, esa que solo aparece cuando el mundo se nos viene abajo.
Pero era su responsabilidad, su puesto. Sabía que estaba la posibilidad. Todos lo sabíamos.
El mecanismo existía desde hacía una década, pero era un secreto que se nos revelaba cuando entrábamos al Sector Zero. Todos pensábamos antes de llegar a ese punto de control, que se trataba solo de un monitoreo internacional, una especie de ojo satelital.
Éramos una especie de oficina oculta de un organismo mundial. No existíamos, salvo para nuestros jefes. Si nos llamaban para trabajar allí, era que nos tenían un grado de confianza muy alto. Lo que veíamos a diario no podía ser informado a cualquiera. Solo a un selecto grupo de personas. Debíamos mantener en secreto muchas cosas. Demasiadas.
Esa orden fue una patada en el estómago. Nos dobló en dos. Pero no podíamos negarnos. Estábamos para servir, no para cuestionar. Las órdenes se acataban y punto. Eric tenía la responsabilidad principal en ese momento, porque el control era suyo.
Tragó saliva y me miró. Entendí en esa fracción de segundos en la que nuestros ojos se cruzaron, que quería desaparecer del planeta, aunque jamás lo admitiría. En cambio, su actitud fue la que correspondía. Aceptó el mensaje, devolvió un "ok" bajo las mismas medidas de seguridad y preparó el panel en su pantalla. Digitó las coordenadas, orientó el satélite y al cabo de unos segundos, todo estaba hecho.
Nunca preguntábamos a quiénes beneficiábamos, en teoría, no nos debería importar. O al menos, eso debemos demostrar. A quiénes perjudicaría, éramos los primeros en saberlo. Como esa orden puntual, dirigida a aquella parte del mundo, de por sí tan castigada.
Camino por la calle y veo los titulares de los diarios, mientras sufro en silencio. Me detengo a comprar algún que otro caramelo y de reojo estudio las imágenes, el pánico, el dolor. Todo aquello es nuestra culpa y sin embargo, nadie va jamás a saberlo. Le echarán la culpa a la naturaleza, a la falta de higiene, a tantas otras cosas, pero nunca a nosotros. Cuesta hacerse la cabeza, pero en el fondo, somos inocentes, solo cumplimos órdenes. Es así, no tiene discusión.
El ébola sigue esparciéndose, avanzando por regiones pobre como un asesino invisible. Lo hemos manipulado, lo hemos dirigido, prácticamente lo instamos a matar. Pero quedará en eso, en un secreto digitado por gente de muy arriba, que de alguna manera se beneficiará. La humanidad es eso, desde siempre. Una guerra interminable. Y las víctimas, tarde o temprano, somos todos.

11 de agosto de 2014

Éxitos y fracasos de la vida online

Había descubierto que podía hacer lo que quisiera desde la computadora. No solo las trivialidades del día a día, que iban desde comprar comida a pagar los impuestos. El listado que Rigoberto había elaborado en su mente era muy largo.
Pero lo que más lo atraía, era aquello que no podría lograr sin ayuda de tecnología. Por ejemplo, conquistar mujeres. Su apariencia no era la mejor, estaba al tanto de ello. Prácticamente desde que se había visto en un espejo por primera vez. Pero no se trataba del único obstáculo. El hecho de no poder hablar dos palabras seguidas sin tartamudear delante de una mujer era lo que más lo angustiaba.
Las páginas de citas estaban de moda y él se había anotado en todas. En cada una asumía una personalidad diferente. Cambiaba nombre, fisonomía, gustos, absolutamente todo. Consideraba que de esa forma el abanico de posibilidades era mucho más grande.
Una vez que contactaba a una mujer (a veces jóvenes, otras de su edad, otras mayores), conversaba con ella durante días hasta pactar un día de encuentro. Prefería los almuerzos o cenas en pequeños restaurantes, no tanto los encuentros en lugares muy concurridos.
De todas maneras, cuando el contacto se forjaba de tal manera que obligaba a dar el paso siguiente de verse las caras, contrataba a alguien para que fuera en su lugar. El servicio de "personas para reemplazo" había sido la frutilla de la torta para su vida online.
Sabía, por otra parte, que tras esa cita, ya no volvería a chatear con esa mujer. Inmediatamente, mientras en algún lugar de la ciudad transcurría el encuentro, él desde su computadora borraba su perfil y creaba uno nuevo, con otra identidad, aspecto y hobbies.
Esto ocurría tan a menudo que la planilla en la que iba actualizando los datos ya superaba (en caso de querer imprimirla) las cien hojas.
Cada "cita fracaso", tal como denominaba el epílogo de toda relación online, marcaba un quiebre además en su corazón. La certeza de que jamás conocería a alguien para poder compartir su vida. Ni siquiera su familia, que tampoco estaba al tanto de su accionar en los sitios para buscar pareja, ayudaba demasiado. Lo veían tan bien en soledad, que no insistían para que saliera y conociera gente.
El primer indicio del fin, llegó una noche de lluvia. Había terminado de ver el capítulo de la semana de su serie favorita del momento y se proponía a entrar a uno de los sitios de citas.
El primer intento de acceso fue fallido. Por alguna razón, no reconocía la clave. Probó varias veces, sin éxito. Trató entonces de recuperar la contraseña, usando el formulario de contacto. Al entrar a su correo electrónico para buscar la respuesta automática que le permitiera generar una nueva credencial de ingreso, se encontró con la devastadora sorpresa.
Tenía correos de todas las páginas web de búsqueda de parejas en las que se encontraba registrado. El asunto de cada una era muy similar. Variaban en pocas cosas. Algunos decían "Inhabilitado", otros "Expulsado", otros "Baja del usuario".
¿Qué estaba pasando? Comenzó a abrirlos, buscando la explicación. Y la misma no tardó en llegar. Las quejas de las usuarias, las investigaciones posteriores, la detección de la misma dirección ip para crear las cuentas, la falsedad de los datos... los sitios no tardaron en detectar las anomalías y solicitar información entre sí. Los mails no solo advertían el hecho de no poder ingresar, sino que anunciaban medidas a través de la vía judicial del país.
Sintió un escozor en el cuerpo. Aquello se le había ido de las manos. Pensé en llamar a su hermano, pero dudó que la familia tomara bien lo que ocurría y lo que había hecho. Trató de pensar en algún amigo, pero cayó en la cuenta que solo tenía contactos en diversas redes sociales. De repente, sintió que estaba solo y no tenía nada. Pero no podía caer en un pozo, debía salir adelante. No dudó en dar el próximo paso y tecleó en el buscador "abogados online".
Rigoberto guardaba esperanzas. No importa lo que pasara. La computadora lo sacaría del problema.

8 de agosto de 2014

La infracción

No le pareció extraño que le llegara una infracción de tránsito por correo, nada de eso, estaba acostumbrado. Lo raro, para empezar, era el lugar donde había ocurrido.
No tenía presente aquella ciudad desde al menos una década, cuando se marchó y decidió, con mucha voluntad, no volverla a recordar. Eran demasiados malos momentos ocultos tras una enorme puerta, de la que había creído, había perdido la llave para siempre.
Pero entonces, llegó la multa.
¿Podía acaso el destino tejer una telaraña tal que una sucesión de errores administrativos diera lugar para que le llegara una infracción errónea? Claro, era posible. Más teniendo en cuenta cierta ineptitud a la hora de trabajar. Esto lo podía afirmar, dado que compartía ocho horas diarias en una oficina pública.
Sin embargo allí no había un error en el número de patente ni tampoco una foto borrosa de la que se hubiera sacado de manera equivocado el dato. Coincidía el número, coincidía el coche. Salvo la ciudad, la fecha, la infracción, todo lo demás parecía encajar en el mundo.
No podía ocultar que cierto malestar dominaba sus entrañas al sostener el papel que había llegado dentro de un sobre común, algo arrugado en una de sus puntas, adornado con un par de sellos municipales y otro del servicio de correo.
Esa ciudad, en primer lugar.
Se solo recordar sus calles, las personas que conoció, aquella mujer...
Largó una bocanada de aire. La oleada de imágenes provenientes de esa cueva perdida en su mente, lo desbordaba, lo doblegaba, le dolía.
La fecha, otro imposible.
Faltaban aún cinco meses, tres días y siete horas para que sucediera. Pero no era lo inverosímil de aquello lo que lo asustaba, sino, si realmente sería así, cuáles serían las causas que lo llevarían a desandar el pasado. ¿Qué oscuros motivos podrían conducirlo hasta aquel paraje que hasta una hora antes, había creído olvidar? El mismo sobre el que había jurado, nunca más volvería a visitar.
Y finalmente, la infracción.
No era por exceso de velocidad, no era por saltarse un semáforo en rojo. Ni siquiera por estar mal estacionado.
No, iba más allá.
Era por detenerse a un costado de la ruta y cavar un pozo. Uno muy profundo por lo que se veía en la fotografía. Ese cadáver al lado del montículo de tierra, sentenciaba su condena.
Por eso y mucho más, no podía ni podría dejar de temblar.

5 de agosto de 2014

Que los hay, los hay...

En las páginas amarillas de la guía telefónica figuraba como "Manosanta Online", aunque nadie buscaba sus servicios allí. El boom había sido internet. Por Facebook y Twitter había sumado cientos de miles de adeptos, que a diario acudían por un consejo, una lectura del futuro o un "trabajito".
Le llovían los mails y las actualizaciones del blog no alcanzaban para saciar tantas solicitudes. Sin embargo, Ludovico Aguirre dormía plácidamente la siesta en la terraza de su casa de dos pisos, en las afueras de la Capital. A su lado, descansaba sobre una mesita de madera oscura, los restos de una picada y un vaso ya sin contenido, pero en el que se podía adivinar que había estado hasta arriba de whisky. La delatora era una botella vacía de Chivas, adormecida en el suelo, a los pies de la reposera en la que descansaba el hombre detrás del negocio.
De la escalera en espiral emergió la figura de Estela, una rubia esbelta, de bronceado perfecto, llevando en sus manos una toalla blanca. Los anteojos de sol ocultaban dos perlas verdes que dejaban sin aliento a todo el que ella observara fijamente.
Su semblante, sin embargo, no era de felicidad.
Con violencia arrojó la toalla sobre el rostro de Ludovico, que despertó asustado, tambaleándose de la reposera y cayendo finalmente sobre el áspero piso.
- ¡Qué pasa! - alcanzó a gritar con cierto pánico en su voz, mientras trataba de ponerse de pie, tomando la mala decisión de asirse de la botella para lograrlo.
Volvió a caer, esta vez de bruces contra el suelo. A la joven no se le escapó la risa ni nada parecido. Hubiese deseado que la sangre le saliera a borbotones de la nariz. Pero hasta esa suerte tenía.
Gimió de dolor, logrando esta vez pararse.
- ¿Qué carajo te pasa? - preguntó con bronca a la chica.
- ¿Qué carajo me pasa? Estamos todos trabajando para que amases tu fortuna y vos acá, muy tranquilo, tomando sol, bebiendo... ¡Me estás hartando, eso pasa!
Si Estela no hubiese sido su hermana menor, Ludovico la habría abofeteado. Pero a pesar de las ganas que tenía, no podía hacerlo. De toda su familia, era la única integrante que aún le hablaba. Era claro el por qué. Gracias a su dinero, ella podía pagarse las camas solares, las lipos, las cirugías y ocultar así que tenía casi cuarenta años de edad y no veinte, como aparentaba. Por lo tanto, consideraba que cualquier intento de advertencia sobre su proceder, era una falta de consideración de parte de ella.
Ludovico se llevó una mano a la cabeza. La resaca estaba haciendo su efecto, además del sol, que estaba pegando fuerte.
- A ver si entiendo... ¿además de tenerlo todo, quieres que trabaje?
- ¡Quiero que seas tan responsable como cada una de las veinte personas que estamos abajo, trabajando y haciendo dinero a tu nombre!
- Un momentito, Estela. Aquí el que armó todo, el que ideó el plan, el que arroja las consignas, soy yo. Si no fuera por mi cabeza, cada uno de ustedes seguiría aún ganando dos pesos la hora en algún trabajo de morondanga.
- Si, pero los que contestamos cada pedido estúpido de gente desesperada, sin un gramo en la cabeza, somos nosotros.
- ¡Por favor, Estela! Les dejé cientos de respuestas para que elijan y contesten. Ya tienen todo el trabajo hecho.
- Contrata más gente entonces, porque no damos a basto.
- Claro que pueden. no ponen todo el esfuerzo.
- ¿Qué nosotros... ?
- Si, son haraganes. Los he estado observando. Podrían contestar cien consultas más por hora, sin embargo, se toman el tiempo para conversar entre ustedes. Ahora mismo, estás acá, mientras podrías estar abajo, haciendo tu trabajo.
Estela dio un paso adelante y le propinó un cachetazo. El sonido fue como el de una rama al partirse. El rostro de Ludovico giró hacia la derecha y retornó como si hubiese tenido un mecanismo de resorte. No le dio tiempo a reacción, pegó media vuelta y su cuerpo trabajado en el gimnasio se fue alejando en busca de la escalera en espiral.
Ludovico se llevó una mano a la cara, que seguramente se pondría colorada de un instante a otro y buscó nuevamente su asiento. Pateó de mala ganas la botella vacía y empujó el vaso de la mesa, para hacerlo caer. El estallido desparramó vidrios hacia todas direcciones.
El mal humor había tomado posesión de su estado. No podía comprender tanta ingratitud. Después de todo, el Manosanta era él. El que tenía el don de curar a distancia, era él. Los demás se estaban tomando atribuciones que no le correspondían. La empresa no podía seguir así.
Esa misma noche haría un "trabajito" para lavarles la cabeza a Estela y todos los demás. Apelaría a la magia negra si era necesario. Y no lo procesaría online, sino en su propia oficina y luego lo haría llegar personalmente a cada persona del piso de abajo. Era la hora que aprendieran a respetar a la gallina de los huevos de oro.
Sabía que a toda hora había empleados. No tenía sentido esperar hasta más tarde. Quizá no estuviera su hermana, pero igual habría gente. Se decidió a hacerlo en ese momento. Bajó por la misma escalera que lo hiciera Estela un rato antes y caminó por el pasillo hasta el ascensor. Buscó el botón del piso de trabajo y lo apretó con furia.
Las puertas se abrieron a un piso poblado de computadoras, separadas entre si por boxes de trabajo delimitados por ventanales de vidrio que no superaban el metro de altura. Los empleados lo observaron pasar raudamente, sin detenerse a saludar, como era su costumbre. Llevaba apenas unas bermudas verdes, que llamaban aún más la atención.
Se metió en su oficina, cerrando de un portazo.
El lugar estaba plagado de atrapasueños, adornos provenientes de diversas culturas, frascos con especias provenientes de puntos remotos del planeta y encima de su escritorio, un caldero enorme, que en todo momento burbujeaba.
Ludovico buscó con impaciencia los frascos que necesitaba, los apoyó sobre su escritorio y finalmente, tras abrir un cajón, extrajo un libro de pócimas de tapas negras, enorme, de casi veinte centímetros de alto. El volumen parecía desarmarse por los años, las hojas estaban amarillentas y en algunas partes, la tinta parecía caer en pequeñas gotas. El libro, a simple vista, daba la sensación de estar vivo.
Pasó las páginas con velocidad, deteniéndose casi por la mitad. Sonrió, transformando su rostro en una máscara de terror. Tomó los frascos y esparció la cantidad justa del contenido de cada uno dentro del caldero.
Lo que allí dentro hervía comenzó a emanar gases de colores, incluso, parecía que saltaban chispas al aire, resplandecientes. Un sonido agudo y extraño silbaba desde la poción. Incluso una brisa de aire fresco comenzó a recorrer la habitación.
Afuera, los empleados dejaron de atender sus computadoras.
Un murmullo de voces ausentes fue elevándose en cada rincón. A través del vidrio esmerilado de la puerta de la oficina de Ludovico alcanzaban a observar movimientos inexplicables de la luz, de sombras que se movían a ritmo inverosímil.
Estela, que aún no se había ido, alertada por los demás, se acercó a la puerta.
- ¿Qué haces ahí adentro, Ludovico? Estás inquietando a todos.
De repente la puerta se abrió de par en par, soplando un viento huracanado que arrastró todo en su camino. Seguido, una nube oscura, casi impenetrable, comenzó a cubrir la oficina. Durante treinta segundos, solo se escuchaban toses y el sonido de muebles atropellados, que caían con violencia sobre el piso de porcelanato.
Cuando la nube se disipó, los empleados yacían en el suelo. Ludovico salió de su oficina, triunfal.
Hizo sonar sus palmas repetidamente, como si estuviera llamando a la puerta. Las personas, incluida Estela,  abrieron los ojos paulatinamente.
Se veían en el piso, despertando de un sueño en el que no recordaban haber caído, la oficina hecha un caos, con sillas derrumbadas, escritorios y computadoras fuera de lugar, y no podían comprender.
- Vamos haraganes, a ponerse de pie - dijo de repente el manosanta, paseándose por el lugar - Se acabó la siesta. Sigan trabajando que debemos responder todas las consultas, como cada día. Vamos, no me gusta la pereza.
Le tendió la mano a Estela, que se estaba poniendo de pie.
- ¿Estás bien, hermanita? - preguntó.
- Si... - ella dudó incluso de dónde estaba - Pero... no recuerdo que sucedió, de repente...
- No te preocupes querida, el trabajo lleva a estas cosas, te vendría bien ir a descansar.
- Gracias Ludovico, siempre tan amable mi hermanito.
Se puso en punta de pies y le besó la mejilla. Luego, se marchó por el pasillo, en busca del ascensor. Ludovico se volvió a meter en la oficina, para poner un poco de orden.
- Nada como un buen reseteo de cerebros para que todo siga igual - dijo en voz baja, mientras buscaba un trapo limpio para limpiar su caldero favorito.
Algún que otro empleado escuchó risas del otro lado de la puerta con vidrio esmerilado y en su interior celebró tener un jefe tan feliz.


2 de agosto de 2014

En voz baja

Rosa murmuraba por lo bajo, casi en un susurro y nadie la oía. Repetía un sinsentido, frases inconexas, palabras sueltas. Iba de un lado a otro de la peatonal, mal vestida, harapienta, apestosa. La gente se hacía a un lado, dándole paso. Ella no los miraba, caminaba con pasos lentos en línea recta. Ni siquiera se detenía en las calles, provocando frenadas bruscas y muchos insultos.
Javito comenzó a observarla una mañana gris desde su puesto de flores. La brisa fresca, la falta de sol, parecía provocar que la gente pasara frente a su lugar sin detenerse a mirar las coloridas flores expuestas, como si el día hubiese empañado la belleza de todas las cosas. La veía siempre, pero jamás le había prestado atención. Quizá, pensó, se había acostumbrado al rechazo general y la había hecho parte de un paisaje prescindible, distante.
La mujer, cuya edad era indescifrable, pasó al menos dos veces delante de sus narices esa mañana. La primera vez hacia un lado, la segunda hacia el otro. Trató de escuchar lo que decía, pero apenas el molesto viento se llevó las pocas palabras vertidas entre labios resecos y sucios.
Tantas veces había escuchado el "vieja loca" de otros, que esa definición era lo primero que le venía a la mente. Todo el mundo sabía que se llamaba Rosa, aunque difícilmente se supiera alguna vez quién le había preguntado. Javito pensaba que como a todo, el ser humano le pone nombre. Uno le teme a lo que no sabe como llamarlo. Rosa debía ser la manera de restarle miedo.
Cerca del mediodía la vio venir otra vez por el medio de la peatonal, con la cabeza gacha y dando pasitos cortos, uno detrás del otro, casi rítmicos, sin preocuparse por el mundo que la rodeaba y las pocas personas que transitaban cerca. Esta vez, aprovechando que nadie estaba comprando en su puesto, se acercó más a la mujer.
Quería escuchar, saber que era lo que pronunciaba casi en un rezo, mientras iba y venía sin respiro por esa arteria urbana. Al pasar a su lado, pudo escucharla. Y al mismo tiempo, su sangre se heló.
Tuvo que aferrarse a su puesto, haciendo tambalear las flores. Oscar, el vendedor de diarios y revistas que tenía su casilla de chapa a cinco metros, corrió a ver que le sucedía. Había palidecido a tal punto de estar blanco como la leche, siendo que Javito, moreno de nacimiento, tenía rasgos bien norteños, y el sol, como una garrapata, se atenazaba a la piel de una punta a otra del año.
Oscar lo sostuvo y le acercó una silla de plástico.
- ¿Qué te pasó pibe? Estás flameando como un papel.
Javito permaneció en silencio. Hasta la peatonal parecía guardar respeto. No volaba ni una mosca. Oscar miró hacia un lado y otro, intuyendo que algo andaba mal, pero sin comprender qué.
- Me estás asustando Javito - le advirtió.
El chico le hizo un gesto con el pulgar para arriba, esperando que eso lo tranquilizara y se marchara. El diariero lo hizo, se alejó, pero volvió a los treinta segundos con un vaso de agua. Con educación, Javito bebió todo el contenido. Devolvió el vaso y a duras penas, tratando de permanecer calmo, musitó unas pocas palabras, que calmaron esta vez a Oscar. Una vez se alejó el hombre, ya menos preocupado, el chico comenzó a guardar las cosas en su puesto.
- Por hoy, suficiente - le había dicho a Oscar - Cierro y me voy a descansar, quizá venga mi tía a la tarde.
Pero la idea no era descansar. Bastante tiempo había perdido en la vida hasta ese momento. Cerró el puesto, metió las manos en los bolsillos de la campera y comenzó a caminar, en la misma dirección en la que había continuado su viaje Rosa.
Dado que caminaba rápido, la alcanzó cuatro cuadras más adelante, justo en el preciso momento que cruzaba - mal - una calle.
- ¡Rosa! - le gritó, pero supo de inmediato que tenía razón, que ella no respondería a ese nombre, coincidieran o no las cuatro letras con las impresas en su documento de identidad.
Se puso a su lado, tratando de aminorar la marcha, de avanzar al ritmo de la mujer. Le costaba, porque lo hacía muy despacio.
- Rosa o cómo se llame, yo la escuché, yo escuché lo que usted me dijo... - las palabras no le salían, sentía un ardor en la garganta, como si estuviera a punto de llorar, con un nudo atragantado que ardía en llamas - usted me llamó por mi nombre, entre murmullos y me dijo... me dijo eso...
Rosa siguió avanzando, casi llevándose por delante un tacho enorme de basura, pero no se inmutó. Javito iba a su lado, consciente que los pocos transeúntes lo observaban, como si el fuera también un bicho raro por acompañar al otro bicho raro, al que veían todos los días, o mejor dicho, al que ignoraban cada día.
Su cabeza parecía a punto de estallar. No resistió más y se interpuso en el camino de la mujer.
Ella no se detuvo y se golpeó con fuerza contra Javito, pero el joven permaneció estoico. Entonces ocurrió lo que pocas veces. Rosa dejó de caminar. Sus párpados, hasta entonces entornados, dejaron a la vista dos cuencos vacíos, dos abismos infinitos, en los cuales el chico pudo ver más que oscuridad.
La voz áspera de la mujer incrementó su volumen, haciéndose audible, quizá por primera vez en años.
- La vida no existe, tú estás muerto y el día no tiene noche, pero a todos les parece bueno creer lo contrario.
Javito carraspeó.
- ¿Es verdad lo que me dijo?
- Solo hay una manera de saberlo.
La mujer volvió a su postura de siempre, y tras esperar que Javito se hiciera a un lado, siguió camino.
El chico ni siquiera la observó marcharse. ¿Podía ser cierto? Cuando ella se lo mencionó, un rato antes, algo muy oculto dentro suyo se revolvió, como si las palabras hubieran activado un monstruo, una especie de secreto velado por siglos, imposibilitada de germinar en la mente a pesar de estar allí, como una semilla.
Pero solo había una forma de comprobarlo.
Debía pronunciar en voz alta tres veces la misma palabra. Esa que hasta entonces, nunca había escuchado.
Tomó coraje, sabiendo que serían las últimas que dijera estando muerto.
Y tras gritarlas al viento, todo alrededor desapareció, incluyendo su cuerpo. De pronto, estaba cayendo en un abismo sin fin, cada vez más profundo, sin poder gritar, sin dejar de ver, sin dejar de saber, que al final estaba vivo y que lo estaría por siempre, en ese tobogán eterno que nos depara el final de nuestros días.

30 de julio de 2014

Elena sin fiestas

La triste realidad de Elena se remontaba a su infancia. Desde pequeña sus padres se negaron a organizarle fiestas de cumpleaños. Y dado que tampoco eran de celebrar otras festividades, como ser Navidad, Año Nuevo o el Día del Niño, por citar algunos ejemplos, jamás tuvo fiesta alguna.
Lo más cercano a tal cosa, eran los actos escolares, con todo lo que ello implica. Elena creció anclándose en esas tradiciones, tomándolo como algo natural, aunque no aceptándolo, dado que en la misma medida que a ella se le negaban, veía como a sus amigas las agasajaban o eran partícipes de otras fiestas.
Trató de disuadirlos de que, al menos, la dejaran asistir a cumpleaños de otra forma, pero tras eternas negativos, desistió en forma definitiva.
En su adolescencia vio como sus pares disfrutaban de fiestas de quince, más adelante de graduaciones, casamientos e infinidad de cumpleaños. Ella, que había adoptado la postura de sus padres, se fue marginando no solo de los eventos sociales, sino también de sus amigos.
Con más de treinta años, la rutina la invitaba a acostarse apenas caía la noche, levantarse ni bien salía el sol, ir a su trabajo del que retornaba por la tarde, asear el departamento, comer delante del televisor - que a veces permanecía apagado - y volver a la cama.
Los fines de semana solía distraerse leyendo o viendo alguna película que ya había visto. Sus conocidos, que tenían relación con ella en el trabajo, habían dejado de invitarla a reuniones o fiestas hacía mucho tiempo atrás.
Sus padres habían fallecido años atrás y los únicos familiares vivos residían lejos. El llamarse por teléfono para saber cómo estaban, tampoco era tradición familiar. Si alguien le preguntaba, Elena podía afirmar que vivía en la más absoluta soledad. Ni siquiera tenía mascotas. Ni un mísero pez. O un bicho embalsamado. Hasta las cucarachas se habían aburrido y abandonado el piso de madera.
Lo que no sabía Elena, ni nadie más en el planeta, salvo una persona, era que ella era un experimento de la organización secreta más grande que jamás haya existido. Por esa razón, cuando el profesor Von Gast Hobben tocó a su puerta, ella no supo quién podía haberse equivocado de departamento.
El hombre, que se presentó con una foto de sus padres en mano, en la que sostenían a una pequeña Elena, recién nacida, le explicó el asunto en menos de media hora. En resumen, Elena se hizo una idea a grandes rasgos que Sergio y Flavia no eran más que dos personas tristes, solitarias, que aceptaron participar en un novedoso experimento, por una suma de dinero suficiente como para comprar una casa, pero con dos condiciones insalvables.
La primera, tener que criar a una niña como si fueran sus padres.
La segunda, jamás brindarle amor.
Von Gast Hobben estaba exaltado, exuberante de la alegría. Tenía delante de sus ojos el producto de su experimento más importante.
Elena aún ordenaba sus ideas cuando el profesor le mostró otra foto. Sus verdaderos padres.
- Mi hijo, Mathieu y mi nueva, Evangeline. Una pena, perecieron tan jóvenes.
Asimiló la información. El ser que se movilizaba como un rayo en su departamento, caminando de un lado a otro sin dejar de hablar, entusiasmado, el mismo que la había confinado a una tristeza controlada de por vida, era su abuelo.
A los treinta y tres años, cinco meses, cuatro días, Elena dio por sentado que sus tristes días habían llegado a su fin. Von Gast Hobben nunca supo de donde salió ese cuchillo, pero la última fracción de segundos de su existencia le bastó para comprender que la opaca joven lo estaba degollando.
Esa noche Elena no durmió en su cama. Salió a emborracharse.
Mientras alternaba entre una bebida y otra, resolvió que recién cuando saliera el sol y el amanecer la sorprendiera en alguna parte, decidiría que haría con su vida. Era muy pronto para tomar semejante decisión. Pero sin lugar a dudas, lo primero que haría sería organizar una fiesta. Una enorme y divertida fiesta.

27 de julio de 2014

Atraso

Se asomó por cuarta vez a la vereda, indignado. El taxi no llegaba y la fiesta comenzaba en quince minutos. Volvió a marcar el número de la compañía, lo atendió el mismo operador que cinco minutos antes y con temperamento reclamó una vez más.
La respuesta era la misma. Debía tener paciencia. ¿Pero cómo se podía tener paciencia cuando se iba a llegar tarde a un evento donde el agasajado era uno?
Finalmente, cuando estaba a punto de llamar a un conocido para avisar que llegaría atrasado, apareció el auto, un Peugeot avejentado, aunque reconocible por los colores habituales.
Pidió celeridad al chofer, que solo atinó a mirar por el espejo retrovisor y tras un gesto de desaprobación, encendió la radio.
El viaje era lento, por calles atestada de tránsito y con una banda de sonido que orillaba el mal gusto. Por si fuera poco, el taxista se puso a fumar.
Incrédulo, le pidió que por favor apagara el cigarrillo. No le preocupaba el humo, sino el olor que tomaría su ropa. ¡Tenía que estar elegante para la ocasión! Era la noche de una gran distinción.
Las últimas calles fueron interminables. Jóvenes en las veredas pasando el rato, parejas transitando lentamente, filas de personas pugnando por entradas en los teatros, vendedores ambulantes ganándose la vida y un sinfín de conductores al volante, recorriendo las arterias centrales de la ciudad a paso de tortuga.
Estaba nervioso. Miraba el reloj continuamente. Estaba atrasado al menos diez minutos. Podía divisar el hotel de lujo donde se realizaba la gala, pero aún tenía un par de minutos más de viaje. Aprovechó para volver a peinarse y ajustar su vestimenta.
El coche se estacionó en la dirección que había indicado. Pagó con un billete grande y muy a su pesar, para no perder más tiempo, le dijo al taxista que se guardara el cambio. Bajó disparado, se disculpó con dos jóvenes a las que casi arroja al suelo y llegó a la puerta giratoria del hotel. Antes de cruzarla, se observó en el reflejo del vidrio, aprobando su aspecto.
Se presentó en la recepción, anunciando grandilocuente su nombre. La mujer que estaba del otro lado del mostrador, vestida con extrema pulcritud, le sonrió de oreja a oreja.
- La fiesta en su honor fue ayer, Licenciado.
El botones, que estaba a su espalda, lo atajó en el momento justo del desmayo, más precisamente, a veinte centímetros del piso de mármol.

24 de julio de 2014

¿Y dónde querés que esté?

El teléfono sonó tres veces antes que atendiera. Lo hizo mecánicamente, mientras en la computadora guardaba el archivo en el que estaba trabajando. Dio su nombre, como era costumbre, como le habían enseñado hacía ya cinco años, durante sus primeros días en el puesto, antecedido siempre por un "buenos días" o "buenas tardes".
- ¡Pablito, por fin te ubico! - dijo con júbilo la voz del otro lado de la línea.
Conocía esa voz, claro que si, pero provenía de recuerdos distantes, casi de otra vida. Su mente le dijo que era improbable, mientras el corazón comenzaba a latirle frenéticamente.
- ¿Filomeno? - preguntó tímidamente.
- ¡Y quién otro puede ser! - contestó eufórico su entrañable amigo, al que no veía desde hacía veinte años. El cálculo era exacto, ni un año más, ni uno menos. La última vez que habían estado juntos fue para mediados de aquel año en el que habían ido de viaje a la Cordillera de los Andes, con el grupo de amigos de la universidad, que se había forjado a través de los años y que luego, tras terminar los estudios, prosiguió con entusiasmo.
Ese viaje lo habían organizado para celebrar el décimo aniversario de amistad. Era ineludible la fecha. Los veinte años, sin embargo, habían pasado volando. ¿Veinte años, ya? se preguntaba una parte de su cabeza, en tanto la otra, trataba de ordenar un poco las ideas.
Un viaje que ninguno jamás olvidó. La idea inicial había sido la de conocer el lugar. Pero dos o tres de la barra insistieron y al segundo día todos estaban internándose en aquel completo paisaje de rocas elevadas. El problema surgió casi de inmediato, cuando arreció la noche antes que ninguno se diera cuenta: no tenían la menor idea sobre supervivencia.
Armaron las carpas donde pudieron, improvisando sobre la marcha. El frío se acrecentó y el viento no permitía mantener el fuego demasiado tiempo. La noche se fue haciendo eterna, sin poder dormir, alarmados por los sonidos extraños del lugar. Aquello se tornó en pesadilla. Filomeno fue el primero en decir que no se quedaría de brazos cruzados. Y salió a la intemperie. Nunca más volvieron a verlo.
Apenas salió el sol, emprendieron el retorno. Mal dormidos, cansados y casi al punto de morir congelados, volvieron con la esperanza de encontrar en el camino a Filomeno.
Veinte años después, Pablo lo estaba escuchando al otro lado del teléfono.
- Filomeno... - las palabras parecían no querer salir de su boca - ¿Dónde estás?
- ¿Y dónde querés que esté, en Cancún? En casa perejil, como siempre. Che, a que hora salimos mañana, a las nueve o a las diez. Mirá que leí que hace frío allá.
Su voz se convirtió en una daga helada, pudo sentir el filo en cada fibra de su cuerpo, traspasando la realidad, llegando a lugares hasta ahora desconocido de su ser. Esas palabras, esa contestación, cada sonido articulado proveniente del otro lado de la línea, era un gigantesco déjà vu. Y de repente entendió que estaba sucediendo, que estaba recibiendo la misma llamada que veinte años atrás y...
- ¡Filomeno, no vayas...! - alcanzó a gritarle al auricular, antes de escuchar el sonido de la línea al quedar muerta. Sus ojos se posaron en el teléfono, que por un instante pareció convertirse en el viejo aparato gris con discador que estuviera en casa de sus padres durante años, ahora en silencio, con sus teclas modernas como ausentes, quietas, inertes, distantes de su semblante.
Pablito se movió incómodo en su asiento, con un dolor incipiente en el estómago. Colgó el auricular. Apagó la computadora. Se puso de pie y miró por la ventana. Su ciudad, las calles de siempre, la gente en movimiento, su tiempo, la vida que había seguido después de los Andes, tratando de dejarlo atrás. Pero hay cosas que nunca concluyen. La muerte, por ejemplo. Siempre vuelve, siempre está. Casi como una broma.
Se largó a llorar sin darse cuenta. Las lágrimas nublaron su vista. La oscuridad devoró el momento.

21 de julio de 2014

El pistolero

La pistola más rápida del oeste. No del mentado far west, sino del oeste de su pueblo, en el barrio La Cacerola. Lugar pobre si los hay, donde comida es una palabra fuerte, que hace ruido en el estómago de solo nombrarla. Pero, a pesar de ello, refugio de trabajadores.
Y él, el Pirigundín, de tan solo siete años, solía pasearse en patas y vestido solo con un pantaloncito corto que le quedaba grande, por las arterias de tierra y barrio de aquel paraje olvidado, y por qué no, evitado. Con sus manos sucias, de uñas negras, sujetaba firmemente una gomera, al tiempo que de reojo miraba las ramas de los árboles, esperando que se posara el desprevenido pájaro que caería fulminado por obra y gracia de su puntería.
Caminaba lentamente, con la mano izquierda haciéndose visera, como si supiera que en otras partes del planeta, cazadores experimentados respiraban la misma tensión aguardando por presas más grandes y peligrosas. Aunque, de haberlo sabido, poca importancia le hubiera dado. No era el prestigio ni las ansias de aventura lo que estaba en juego en su mundo, sino el equilibrio natural de la vida. Es decir, comer para vivir.
Adela, su mamá, salía cada mañana a limpiar casas a la ciudad. Volvía tarde, maltrecha y con apenas unos pesos. Hasta el transporte se le hacía cada día más difícil de pagar. Pero allá iba Adela, en busca del pan para su hijo. El único vivo, porque a los otros, a los que el Pirigundín no llegó a conocer, se los llevó el río, en aquella crecida de la década anterior, donde su madre casi se vuelve loca.
Muchas noches llegaba llorando, porque no le habían pagado o algún vivo de otro barrio - cosa que sucedía cuando se reservaba la plata del transporte  y volvía a pie - le sacaba el dinero a cambio de dejarla seguir su camino. Esas noches las tripas rugían ferozmente, casi salvajes.
Desde que tenía uso de la razón, la gomera era parte de sus manos. Fue el Alberto, el vecino que durante un tiempo frecuentaba a su mamá, hasta que le salió un trabajo en el norte y ya no volvió más, el que le enseñó a usarla.
Lo había hecho practicar con latas vacías y botellas. No tardó demasiado en tomarle el tiempo a la pequeña "y griega", como le decía Alberto a aquel instrumento. Pirigundín no sabía a que se refería cuando la llamaba así, pero poco cambiaba el hecho de ser ahora un "pistolero", otro término de su vecino, pero que en este caso si tenía una mayor dimensión en su cabeza.
A los cuatro años, el niño era un eximio tirador. Podía darle a cualquier cosa que estuviera a menos de cincuenta metros. Pero lo que más llamaba la atención, era la velocidad con la que podía armar la gomera con la piedra y soltarla en la dirección correcta.
Alberto ni siquiera era en el presente un recuerdo, su imagen había quedado atrás por otras premisas, como la de comer. Y esa mañana, en la que caminaba en patas vestido tan solo con un pantalón corto, no era diferente a cualquier otra. Pirigundín avanzaba lentamente hacia un sauce, donde había visto la sombra de un hornero moverse entre las ramas. Podía distinguir las sombras de las hojas, las hojas de las ramas y desentramar aquella maraña visual en tan solo un segundo.
Intentaba pisar con cuidado, evitando hasta el mínimo sonido, sabiendo que esos bichos alados podían escuchar lo que incluso, uno no escuchaba. Iba con sigilo, cuando los gritos lo alertaron a su espalda y vio, apesadumbrado, como el hornero escapaba a puro vuelo por encima del árbol.
- ¡Piri! ¡Piri!
Giró sobre sus talones, con el rostro ensombrecido por la bronca. Vio a Jacinto, el almacenero, corriendo a su encuentro. El mismo que no le fía ni los caramelos, porque sabe que nunca va a tener una moneda en el bolsillo. Y venía a los santos pedos, espantándole el pájaro del árbol.
- Tú mamá Piri... es terrible, mijo, justo una redrada, en la villa vecina, ella iba caminando y parece que la policía creyó que... y... ¿Piri? ¿Estás bien? ¿Dónde vas? ¿Entendés que tú mamá...?
Pirigundín sujetó con fuerza la gomera y se alejó lentamente. Jacinto le hablaba, pero era tiempo pasado. El estómago gruñía. Volvió a preguntarle si entendía. ¿Acaso era tonto? Hambriento si, pero estúpido no.
Apenas volvió su rostro sobre el hombro, lo justo para observar al almacenero, de cuya angustia desconfiaba.
- Claro que entiendo - le dijo - Si el pistolero no hace bien su trabajo de aquí en más, se muere de hambre.
Y allá salió la pistola más rápida del oeste, de ese confín llamado La Cacerola, en busca de su salvación, gomera en mano, la vista al frente y el dolor bien escondido, para que no lo muerda, para que no lo espante, para que nadie pueda aprovecharse. Sobre un cable del tendido eléctrico le pareció ver algunas palomas. Eran sabrosas a las brasas. Se relamió y tensó su arma.

18 de julio de 2014

El viejo de las palomas

Sentado en un banco de la plaza, rodeado de unas pocas palomas, un saco de lana cubriendo la camisa abotonada hasta el cuello, pantalones con broches para la ropa aún colocados que delataban la propiedad de la bicicleta  apoyada en un sauce, un par de metros a la derecha. El viejo estaba en su lugar, como cada mañana. Su mirada vagaba entre el suelo y las hojas secas que se llevaba el viento.
La bolsa del supermercado descansaba a un costado de su pierna. Dentro tenía un poco de pan, para tirarle migas a las palomas. Pero a diferencia de otras mañanas, no las alimentó. Sus alados compañeros merodeaban esperando el momento en que comenzara a llover comida, aunque sin mostrar impaciencia. Picoteaban aquí y allá, levantando la cabeza de tanto en tanto, como si realmente estuvieran esperando algo.
Su imagen era habitual a los transeúntes. El viejo de las palomas. Los que tenían negocio en la vereda de enfrente se sabían de memoria la rutina. Llegaba siempre puntual, a las nueve, montado en su bicicleta. Traía consigo una bolsa de supermercado en la que guardaba el pan. Hacía miguitas con los dedos y se entretenía arrojándolas a las palomas. Se quedaba hasta el mediodía y en el preciso momento en que las campanas de la iglesia hacían retumbar el aire con su inconfundible melodía, se ponía de pie y se marchaba.
Devolvía todos los saludos, aunque no dialogaba con nadie. Si alguien quería entablar una conversación, se hacía el desentendido mirando hacia otra parte. Muchos, por ese motivo, le tenían antipatía. Se lo veía venir por el sur, pero se marchaba hacia el norte. Nadie lo siguió jamás, ni tampoco, nadie se lo propuso. ¿Qué sentido tendría? Era el anciano anónimo que se pasaba las mañanas en soledad, con la única compañía de esas aves consideradas por una buena porción de la comunidad como una plaga. Era probable que no tuviera familia, ni amigos.
Pero esa mañana, se lo notaba extraño. Había pasado hora y media de su llegada y aún no había tocado el pan. La mirada parecía extraviada, como si no supiera donde estaba. Intentó ponerse de pie un par de veces, pero de inmediato volvió a sentarse. El farmacéutico y la camarera de un bar, que observaban por la ventana, salieron a la vereda y al notar que prestaban atención a lo mismo, cruzaron una mirada. Sin embargo, volvieron a meterse en sus locales.
De repente, de forma apresurada, el viejo tomó la bolsa, se puso de pie y salió caminando. Las palomas se dispersaron a su paso, temiendo ser atropelladas. Miraba continuamente hacia arriba, hacia las copas de los árboles que ornamentaban la plaza.
La dueña de la tienda de ropa de la esquina, que también estaba mirando hacia afuera, creyó que el hombre se estaba olvidando la bicicleta. Estaba por salir para avisarle, pero entró una clienta y se olvidó del asunto. En tanto, el viejo llegó al cordón de la vereda, ya preparado para cruzar la calle. Hacía gestos con los brazos, como si quisiera espantar a alguien.
La camarera volvió a asomarse. Escuchó claramente que hablaba en voz alta.
- ¡Ya vienen! ¡Ya vienen!
Ella miró hacia todas partes y sintió una opresión en el pecho. No de dolor, sino de lástima. Pobre hombre, pensó. Era quién más cerca estaba, así que decidió ir en dirección al anciano, para tratar de calmarlo.
El viejo, al verla caminar hacia él, retrocedió sin quitarle la mirada. Tenía sus brazos hacia delante y decía lo mismo una y otra vez.
- No, no, no.
La chica se detuvo al llegar a la plaza. El viento se puso raro, primero frío y luego, ruidoso. ¿El viento ruidoso? Miró hacia arriba. Las copas de los árboles se agitaban ferozmente. Volvió a enfocarse en el hombre, pero éste había llegado a su bicicleta y se trataba de montar. La bolsa de supermercado había quedado a mitad de camino.
¿Qué está haciendo? se preguntó la camarera, que al dar un paso se tuvo que atajar el rostro instintivamente, ante la estampida de palomas huyendo del lugar.
- ¡Qué fue eso! - aulló con bronca, porque una de las aves había arañado uno de sus brazos.
Entonces, el viento se convirtió en torbellino y las copas de los árboles se abrieron de par en par, dejando un claro. Pero en lugar de quedar a la vista el cielo y sus nubes, apareció un monstruoso objeto plateado. La chica ahogó un grito. Aquella cosa tenía un ojo gigante en el centro y parecía moverse.
El viejo también lo vio, pero el semblante no fue de horror, sino de resignación. Trató de pedalear, pero sabía que era tarde.
El ojo lo vio y de una compuerta que se abrió, salió un brazo mecánico que le dio alcance en menos de un segundo. Lo tomó por la cintura, lo elevó en el aire (la bicicleta siguió rodando sola unos cinco o seis metros más, para luego desplomarse hacia un lado) y se retrajo, desapareciendo la garra extensible y el viejo dentro de aquel objeto gigantesco que se había posado sobre la plaza del pueblo.
Luego, casi en un abrir y cerrar de ojos, aquella cosa desapareció. Cesó el viento, como el sonido que provocaba, las copas de los árboles volvieron a su posición de siempre y solo quedó en la plaza una bolsa de supermercado tirada a unos metros de la camarera y mucho más lejos, una bicicleta en el suelo.
Se había llevado las manos a la boca, pero no recordaba cuando. Quizá había sido un reflejo para dejar de gritar. Se volvió hacia la cuadra de enfrente, deseando que estuvieran todos en la vereda y le confirmaran lo que había visto. Pero allí no había nadie.
Solo las palomas volvieron, pasando muy cerca de ella, que una vez más se cubrió. Por alguna razón las había odiado siempre, desde que era pequeña. Y desde ese momento, las odiaría con más fuerza. Habían bajado alrededor de la bolsa y a picotazos la habían destruido en busca del pan que contenía en su interior.
Un frió bajó por su espalda. Sintió una arcada, luego otra y al final, no pudo contener el torrente. Cayó de rodillas al suelo. Había vomitado pan. Solo pan. Las palomas, que observaron lo sucedido, saltaron sobre ella.
Cuando despertó, el farmacéutico estaba a su lado.
- ¿Qué ha pasado, Lucrecia? ¿Cómo es que te desmayaste?
Ella no contestó. Estaba confundida. Vio sangre en sus manos. El farmacéutico notó la desesperación y se apuró en calmarla.
- No te asustes, una de las palomas quiso probar suerte en tu mejilla, pero no ha pasado nada. Justo salía a ver al viejo y te he visto caída. ¿Por cierto, los has visto? Se ha dejado tirada la bicicleta.
Lucrecia guardó silencio. Al ver una paloma de cerca, sintió repulsión.  Aquel ojo que había visto en el cielo era similar al de una paloma. Casi viene otra arcada, pero la reprimió.
- ¿Estás bien? Eh... Lucrecia ¿Dónde vas?
Era la voz del farmacéutico, pero ya no la distinguía. Se había puesto de pie y caminado a tropezones hasta la bolsa. Allí tironeó con las palomas, hasta que se quedó con el premio mayor. Luego siguió unos metros más, levantó la bicicleta y se fue pedaleando. Desde otra galaxia alguien la llamaba por su nombre, a los gritos. Solo tenía por delante la calle, el deseo de escapar y la seguridad, que en alguna parte, encontraría una plaza tranquila para alimentar a las palomas.

15 de julio de 2014

Teatros temporales

La discusión fue porque ya había comprado ropa la semana anterior. Por ese motivo, cuando me propuso entrar a la tienda, le dije que no. Me planté en la puerta y le advertí que no la acompañaría. No le prohibí que entrara, solo le manifesté mi posición de no hacerlo. Ella se ofendió, por supuesto, y cruzó la puerta sola.
Decidí sentarme en el cordón de la vereda, haciendo tiempo hasta que ella saliera. Lo haría con varios bolsos y prendas innecesarias, me lo imaginaba. Tenía una compulsión por adquirir nuevos moradores para su gigantesco guardarropa. La excusa de "no tengo que ponerme" era tan inverosímil como la cantidad de veces que la decía por semana.
Sencillamente, no pude con mi genio. Masticando bronca, busqué la calma mirando los coches pasar. No es un ejercicio muy relajante, menos cuando pasan velozmente y haciendo mucho ruido, pero era mejor que nada. O que imaginar en mi cabeza una pelea posterior, que era probable, si no controlaba mi temperamento, sucedería a la brevedad.
Supuse que estaría esperando media hora. Sin embargo, habían pasado cuarenta y cinco minutos y no había señales de ella. Me acerqué lentamente hasta la puerta. No iba a entrar. Hacerlo implicaba romper mi palabra. Si era lo que ella pretendía demorándose más de la cuenta, no lo iba a lograr. No había nacido ayer, no señor.
Traté de divisarla entre las clientas que iban de un lado a otro, la mayoría con una percha en la mano, y alguna que otra vestimenta colgando. Pero no la identifiqué. Observé atentamente los cambiadores, creyendo que podría estar allí. Pero tampoco tuve fortuna en la misión.
Me decidí a llamarla. Busqué el teléfono en el pantalón, sintiendo que estaba volviendo a enojar. Si estaba demorando adrede, estaba logrando su propósito. Busqué su nombre entre los contactos y marqué. Sonó una vez, dos veces, tres veces...
- ¿Dónde estás?
No fui yo el que pregunté. Fue ella, con una voz chillona, como cuando se volvía histérica porque algo no le salía bien.
- ¿Dónde estás vos? - retruqué, cada vez más enojado.
- ¡Mirá, si te cansaste de esperar y te fuiste, para después hacerme una escena, no lo voy a tolerar Roberto, porque ya somos grandes y si a mí se me canta comprar ropa, compro ropa, así que es hora que lo vayas entendiendo Roberto...!
- Pará loca, que me gritás, hace casi una hora que estoy como un boludo esperando acá afuera.
- No me mientas, hace treinta minutos al menos que salí. Te busqué por toda la cuadra. Hasta me crucé al bar ese de mala muerte que está del otro lado de la avenida.
Miré para el otro lado de la calle. El bar estaba atestado de gente en las mesas de la vereda, pero no la veía a ella. ¿Podía ser que pasara a mí lado y no la viera?
- ¿Todavía estás ahí? Porque estoy delante de la puerta de la tienda, mirando hacia el bar y no te veo.
- ¿Te pensás que te iba a seguir el jueguito? Claro que no estoy ahí. Estoy en un taxi, volviendo a casa.
- Te juro Malena que estuve acá afuera todo el tiempo, sentado en el cordón de la vereda. ¿No me viste cuando cruzaste la calle?
- No me vengas con boludeces Roberto, no soy una ingenua.
- Ya mismo voy para casa y hablamos ahí. Me estoy quedando sin créd...
El crédito se agotó. Era sabido. En cada pelea con ella, o se me acababa la batería o me quedaba sin crédito. Lancé una puteada de todos colores y dos mujeres que salían de la tienda cargadas de bolsas, me miraron con desaprobación. Mentalmente las mandé a la mierda.
Fui a casa caminando. Llegué veinte minutos después. No había nadie. Incluso estaba todo como cuando salimos. Busqué el teléfono fijo y marqué su número.
- ¿Querés que me enoje en serio? ¿Eso querés? - le dije levantando la voz.
- La que se voy a enojar soy yo. Cuando vas a...
- Cuando voy a qué, estoy en casa y vos no estás. Me hiciste venir para nada. Dónde estás, porque...
- Roberto...
- No, pará, dejame hablar a mí. Porque ya bastante tuviste por hoy. Decidiste comprar ropa, te fuiste del lugar dejándome ahí...
- Roberto...
- Paaaaará, paaaará Malena. No me vas a callar tan fácilmente, yo sabía cuando empezamos a discutir que esto terminaba mal, pero vos no, vos dale que va, que viva la pepa, que hago lo que se me antoje, que...
- ¡Roberto! ¡Escuchame carajo!
Me llamé al silencio, impresionado por su exhorto.
- Estoy mirando la pantalla del celular, Roberto. Me estás llamando desde el fijo de casa.
- Y si, de dónde querés que te llame. Me quedé sin crédito, llegué a casa, no estabas y te estoy llamando desde el fijo. Mañana compro una tarjeta y recargo, pero no tenía sentido comprar una en el camino, si en teoría vos ibas a estar acá. ¿Dónde carajo estás, Malena?
- En casa Roberto. Estoy parada en el living, al lado del teléfono fijo.
Me quedé tieso. Observé a mi alrededor de reojo, temiendo moverme.
- Malena, no me jodas.
- Roberto - su voz temblaba - te juro que estoy al lado del teléfono.
- Pero, entonces....
No pude articular ninguna palabra más. Colgué, resignado. Uno de los dos ya no estaba en este mundo. Uno de los dos, había cruzado la línea. Eso sucedía a menudo, cuando había un conflicto, desde no hacía muchas décadas. Al fin las fuerzas divinas que nos metieron en esta representación gigante, tomaron las riendas del asunto. Y cansados de nuestras peleas, comenzaron a evitar que las personas en confrontamientos se siguieran viendo. Entonces, como le ha sucedido a millones, nos colocaron en escenarios diferentes.
Universos paralelos le decían antes. Teatros temporales, le dicen ahora. Siempre lo habíamos temido, pero nunca creímos que nos fuera a tocar nosotros. La humanidad ha cambiado. Algunos dicen que para bien. La verdad que no lo sé. Miro alrededor y me cuesta imaginar una vida sin ella. A pesar de las discusiones, de los conflictos, de su histeria. Supongo que ella, en su nueva realidad, está derramando alguna lágrima. En el caos, el amor es el único lazo, más allá que por momentos, pareciese que no.

12 de julio de 2014

Hojas secas, flores hermosas

Omarcito comenzó a pasar casa por casa a muy corta edad. Algunos dicen que a los seis años, otros a los siete e incluso no falta el que aventure que antes.
Sencillo para vestir, sin compañía alguna más que la del perro callejero de turno, de esos que siempre están dando vueltas por las calles, Omarcito golpeaba despacito cada puerta, con un ritual que todos recuerdan: cinco golpecitos rápidos y dos lentos, bien pausados. El sonido se convirtió, con el tiempo, en su carta de presentación.
En otoño e invierno, llevaba en sus bolsillos hojas secas rescatadas de las veredas, en primavera y verano, hermosas flores robadas de los jardines del barrio. Pero se trataba de Omarcito, el pequeño de cachetes gordos y pecosos, de mirada cálida y ojos claros, ese gurrumín al que todos conocían, pero del que nadie sabía nada.
Por las tardes, después de la siesta, se lo solía ver caminando con su sonrisa habitual y esos bolsillos abultados. Se detenía en cada casa y golpeaba la puerta. Guiñaba un ojo si veía a alguien asomarse detrás de la cortina y era inevitable salir a recibirlo.
Y a cada persona que le abría la puerta, Omarcito le tendía una hoja seca o una flor hermosa. La gente, enternecida, le daba una moneda a cambio y algún que otro más pudiente, un billete. El niño agradecía con una reverencia y sin mediar palabra, guardaba el dinero en el bolsillo trasero de su pantalón y seguía su peregrinar, silbando una melodía por lo bajo, cuyo sonido todos han olvidado.
Durante años, Omarcito fue nuestro visitante diario. Con sol, con viento, frío o lluvia, él siempre llegaba al barrio. Se lo vio por última vez cuando orillaba los doce años, según los cálculos que se hacían en conversaciones de esquina, entre hombres y mujeres que iban y venían del mercado.
Algunos, con los años, aseguraban haberlo visto en otros barrios de la ciudad, vendiendo diarios o haciendo changas. Decían, esas personas, que lo reconocían fácilmente por la sonrisa, sus pecas y los ojos claros. Siempre creí que se equivocaban, que Omarcito seguía siendo un niño y caminaba otros barrios, si, pero llevando como siempre, hojas secas en otoño, flores hermosas, en primavera.
No volví a verlo, hasta hace unos días. En realidad, no supe que era él hasta que descorrí la tela blanca que cubría su cuerpo. Allí estaba su rostro, ya crecido, pero con esos rasgos que durante tanto tiempo habían comprado nuestra simpatía. Estaba solo en la morgue y miré hacia todas partes, pensando que aquello era una broma. No podía ser Omarcito, no podía ser él. Su cuerpo estaba pálido y nada quedaba de la luz que parecía desprenderse en su andar.
Miré la mesa contigua y observé la caja, donde sabía, iba a encontrar sus prendas. No dudé ni un instante. Tenía que confirmar que era él. Con nerviosismo hurgué en busca de sus pantalones y mis manos, al encontrarlos, se movieron automáticamente hacia sus bolsillos. Cerré los ojos al sentir entre mis dedos las hojas secas, que parecieron desgranarse con el contacto. En los bolsillos traseros había monedas y billetes. Un gélido invierno recorrió mi cuerpo, estremeciéndome el corazón. De repente escuché cinco golpecitos seguidos de dos más, con una pausa intermedia.
Me quedé de una sola pieza, asustado. Supe que si giraba, vería a Omarcito sentado en la mesa de la morgue. Lo hice, giré a pesar del miedo. Sin embargo, no había allí más que un cuerpo de un joven cuya identidad nadie conocía, ya sin vida. Seguía acostado, semicubierto con una tela blanca.
Suspiré en el silencio de aquel lugar, siempre lúgubre y final. Más allá del pánico, me había aferrado a una esperanza. Hubiera besado aquel milagro. Pero no hubo nada. Dejé los pantalones donde estaban. Y preparé el cuerpo.
Antes de irme, volví a la caja, tomé una hoja seca a cambio de un billete de los grandes. Existen ritos que no deberían acabar nunca. Los Omarcitos de la vida, deberían ser inmortales. Al menos, para recordarnos que nosotros lo somos.

9 de julio de 2014

Círculo de hielo, círculo de fuego

Primero fue un reflejo en el horizonte, una especie de luz mágica que se acrecentaba, proveniente quizá de los cielos. Para ellos, que danzaban en la costa, era la señal de algo divino, porque otra explicación no encontraban. De todas formas, entre la arena debajo de sus pies y aquel indicio de algo diferente, había un abismo de aguas para nada calmas, que se agolpaban en olas, sacudiendo la paz.
Un sonido potente y rítmico se desprendía desde las colinas, donde los jóvenes que aún no podían bajar a la playa, golpeaban enormes tambores como les habían enseñado desde que tenían memoria. El fuego, con una hoguera aquí, otra allá, se alzaba majestuoso hacia las estrellas, en un baile ritual cambiante, con vida propia.
La noche era perfecta. El círculo blanco de hielo brillaba imponente en lo alto. La brisa atraía olores propios de la selva, que ajena a todo le daba la espalda al delirio general.
Aquello siguió creciendo. Fue una mancha, una silueta y luego, una estructura extraña, enorme, repleta de misterio. Se fue acercando sin miedo sobre la bravia figura del mar, tan irritado que parecía devorarse la costa con feroces zarpazos de agua salada.
De un momento a otro, se convirtió en un imponente monstruo de fisonomía perfecta. La danza, que pretendía atraer a un dios, se transformó en una inquietante tensión. Los bombos dejaron de sonar. Los más sabios abandonaron las plegarias: aquel gigante estaba casi sobre la costa.
Pero no solo estaba allí, detenía su andar. Sino que abría sus fauces delanteras y de su interior, merced a una parte que se apoyó sobre la arena, surgió un rugido de otro mundo, un grito ronco, una especie de tos demoníaca. Y tras el ruido, que erizó la piel de quienes formaban parte del ritual bajo el mando oscuro de la noche, aparecieron veloces unos artefactos que rodaron sobre la playa, en dirección a ellos. Esas cosas, que jamás habían visto, iban montadas por seres de piel negra y cabeza protegida por una esfera sobre la que la luna reflejaba su luz.
El rugido provenía de esas extrañas maquinarias, que de pronto los rodearon haciendo círculos alrededor de ellos. Los que estaban en las colinas, dudaron entre correr hacia el boscoso paisaje a sus espaldas o descender hasta la playa, para ayudar a los suyos.
Entonces, comenzó todo. Si eran dioses, no venían a traer nada bueno. Se arrojaron al ataque, impiadosos, con unas especies de estacas que disparaban un objeto sólido que a una velocidad imposible de distinguir, surcaban el aire en busca de algo en que impactar.
Dispararon cientos de esas armas, que además de encender un fuego fugaz en su extremo, emitían repetidos sonidos que laceraban los oídos. Lo hicieron durante un breve lapso, el suficiente para acallar las estacas y permitir que el silencio se adueñara del lugar.
Con seguridad esperaban haber arrasado con todo. Pero ellos seguían allí. Ninguno había caído. Eso que salía de ese armamento desconocido no les había hecho daño. Se miraron entre si, apretaron los dientes y sacaron a relucir los colmillos. La danza ahora sería otra.
Esos foráneos no sabían que habían despertado. Hasta los jóvenes que estaban en las colinas, al sentir el llamado de la sangre, corrieron cuesta abajo. Primero fueron los hombres de piel negra, que en realidad, al clavar los colmillos buscando la carne, descubrieron que tan solo era una cobertura. Debajo, había piel blanda y mucho líquido. Luego fueron por el monstruo gigante y devoraron todo a su paso en su interior.
El amanecer los encontró con la panza llena, tirados en la arena, observando el majestuoso círculo de fuego subir al cielo. El monstruo estaba muerto. Era solo un objeto más en el paisaje.
Un tambor empezó a sonar a lo lejos. De a uno comenzaron a ponerse de pie. La playa era un cementerio de huesos y extrañas máquinas. Llevaría un tiempo arrojar todo al mar, como agradecimiento a los dioses. De vez en cuando regalaban festines como el de la noche anterior. Otros tambores se fueron sumando. Pronto el sonido rítmico se apoderó de sus cuerpos y comenzaron a danzar.
La vida bajo los dos círculos era un continuo momento sin fin.

6 de julio de 2014

La bufanda

La vio por primera vez en la feria de Oroño al fondo, lindante al río, en un puesto que ofrecía ropa usada a muy buen precio. Su intención era revolver hasta dar con una camisa decente, aunque las prendas con las que se cruzaba no eran precisamente de dicha índole. Sin embargo, luego de hurgar un par de minutos en aquel cubo de madera repleto, sus manos rescataron de la ensalada de telas una  bufanda que lo deslumbró desde ese primer momento.
No supo precisar entonces si lo que había subyugado su atención había sido el estampado de dibujos tribales, el color suave y cálido que predominaba  o esos flecos enormes en los extremos, que parecían tener vida propia. Lo que supo con certeza, era que esa bufanda debía irse con él, aunque de todos modos, estuvo como petrificado largos minutos contemplándola, extendida cuál largos sus brazos. El convencimiento, para entonces, era total. Era la bufanda para él.
Preguntó el precio a la joven que atendía el puesto, pero para su sorpresa, no se la quisieron cobrar. Insistió y a pesar de la risueña empleada, empecinada en sonreír, dejó unos billetes sobre el tablón de madera que servía de mostrador.
Se fue contento y ese sentir representaba todo un logro, porque estaba pasando por un difícil momento personal. Si bien su vida había sido siempre proclive a ir cuesta abajo, le parecía ahora un verdadero tobogán.
Las siguientes horas serían un ejemplo, con una fatalidad tras otra. Y empezó con una discusión con su novia, con quien no venía llevándose bien. Algo trivial, como un regalo, se convirtió en una feroz pelea. A pesar de sentirse feliz con su bufanda, decidió regalársela a ella. Lo consideró un gran gesto. Se trataba nada menos que de su flamante adquisición.
Sin embargo, ella rechazó el obsequio. ¿Cómo podía ser? No lo comprendía. Caminaron hasta la casa de ella trenzados en un diálogo subido de tono. La gente que pasaba por al lado, los miraba asustados. A veces las palabras son como revólveres desencajados.
Una vez en la casa, ella le pidió estar sola.
- ¿Todo por un regalo? - preguntó asombrado.
Ella no respondió. Su mueca era de desagrado. Sin mirarlo, encendió un hornalla para calentar café.
Ofendido, él arrojó la bufanda hacia ella.
- Te la dejo - anunció alzando la voz.
- Salí de acá - fue la respuesta de su novia, alejándose hacia su habitación.
La bronca lo encegueció. Pateó una silla y se fue de la casa, golpeando con violencia la puerta. No quiso explicaciones, ni nada. Se fue mascullando futuros insultos, con las manos enterradas en los bolsillos.
Recién al llegar a su departamento reparó en que no había tomado la bufanda despreciada. Y a pesar del enojo, de no haber pasado ni media hora de la pelea, la llamó por teléfono. Pero no tuvo suerte. Ella no le contestó. La maldijo en voz alta. No iba a salir de nuevo, mucho menos volver para buscar la bufanda. Iría al día siguiente, y con suerte, las aguas estarían más calmas.
Salió temprano, sabiendo que ella se levantaba antes de las ocho para ir a trabajar. Era probable que la encontrara en la parada del colectivo, o justo saliendo de su casa. Pero al llegar a la esquina divisó a los patrulleros. A medida que se fue acercando, confirmó que los policías entraban y salían de la casa de su novia. Una cinta blanca con letras en rojo prohibía el paso. Con voz temblorosa le preguntó a un uniformado que estaba sucediendo.
Primero hubo silencio. Luego, al anunciar que era el novio de la joven que vivía allí, surgieron las palabras. La noticia fue un latigazo en la frente. De inmediato lo llevaron hasta donde estaba un investigador para hacerle preguntas. Allí además de indagarlo, le dieron más datos: a su novia la habían ahorcado. La habían sofocado hasta la muerte.
Pensó en su bufanda y por alguna extraña razón, la reconoció como arma del crimen. Un gélido impulso recorrió su cuerpo. .Se sintió mareado y debió contestar más preguntas antes de quedar liberado. Jamás habló de la prenda, ni quiso tampoco preguntar por ella. Pero al avanzar por la vereda, entre los arbustos de la casa vecina, pudo verla abandonada, enredada entre las ramas. Miró hacia un lado y otro, temiendo que alguien lo estuviera observando. ¿Cómo había llegado hasta ahí?
De inmediato se hizo con ella, aferrándola con fuerza. No podía permitir que la policía la encontrara. A pesar de su consternación, su primera reacción fue poner a salvo la bufanda. 
Camino a su hogar, pensó en el día anterior. Habían discutido y se había ido sin saludarla. ¿Qué había pasado? La policía no sospechaba de un robo. ¿Acaso tenía un amante? ¿Se había suicidado? Al sentir la bufanda entre sus manos, dejó de pensar en ello. Aquello era un mal trago, pero no podía derrumbarse. La vida tenía que continuar.
La muerte lo desestabilizó, es cierto, pero fueron pocos días. Hasta donde pudo, colaboró con la investigación, pero su mayor preocupación, aquello que le impedía durante las noches cerrar los ojos y entregarse al sueño, era otra. No podía entender exactamente qué, pero estaba seguro que no era la muerte de su novia.
Por las noches solía despertar sobresaltado, sin recordar lo soñado. Una madrugada en particular, abrió los ojos de golpe, sintiéndose sofocado. A pesar de la penumbra, la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventaba, le permitió reconocer los tribales motivos de su bufanda muy cerca de su rostro.
La sintió en torno a su cuelo, oprimiendo con fuerza, asfixiándolo. De un tirón logró aflojarla y jadeando se la quitó. No podía recordar el momento en que se la había puesto, al acostarse.
El duelo por su novia duró un par de meses. Fue, a su entender, crudo invierno. La bufanda se transformó en una prenda de uso diario, imprescindible. Y si bien la había incorporado como parte de su fisonomía, notaba que nadie, ni en su trabajo, en su familia o en la calle, reparaba en ella, ya sea para criticarle el uso que le daba o bien, para elogiar sus bonitos dibujos o sus flecos enormes.
No dormir de noche se había hecho casi una constante. La mayoría de esas horas perdidas, las empleaba en estudiar su bufanda, contemplando las imágenes que cubrían gran parte de la superficie tersa y suave.
La primavera llegó sin prisa, pero con una nueva relación. Y de la misma manera que comenzó a sentirse mejor, notó que la bufanda, prenda que a pesar no ser época para usarla aún permanecía fiel a su cuerpo, se comportaba de manera extraña, si es que acaso una bufanda podía tener comportamientos.
Los días que decidía no usarla, de todas maneras terminaba alrededor de su cuello. Y cuando aflojaba un poco la vuelta que daba en torno a su cabeza, se volvía a tensar, como si quisiera extrangularlo. de todas formas, no pasaban de ser detalles. Su atención estaba en su nueva novia.
La relación era muy diferente a la anterior. Ella no era demasiado demandante, lo que le brindaba la libertad necesaria para sus ocupaciones. En ese matiz, creía, radicada el éxito de la pareja. Al menos, de momento.
Pero con el paso de las semanas, su novia comenzó con insinuaciones que rompieron con la tranquilidad a la que se había acostumbrado. Según ella, debían dar un paso más. Y ese paso implicaba compartir más tiempo juntos, quizá, había dicho, lo mejor sería mudarse con él.
Pero él no se sentía preparado ni su bufanda se lo iba a permitir. Lo supo de inmediato, cuando ella por teléfono le sugirió lo de la mudanza. De repente la bufanda se enredó con fuerza sobre los tendones del cuello. Tanta, que casi deja caer el celular. Tosió un par de veces y recién allí la presión cedió.
Más tarde, cuando se encontraron en un bar a compartir un café, él notó que mientras ella hablaba la bufanda se movía en su dirección. Parecía tener vida propia, alzando su vuelo hacia ella, como si una brisa invisible la empujara. Los flecos se movían con celeridad, impacientes, deseosos de llegar hasta su novia. Hasta los dibujos tribales daban la sensación de estar vivos, de moverse sobre la superficie, que lejos de la suavidad que la caracterizaba, parecía erizada como un animal salvaje.
Ella rió, lanzando una carcajada. La actitud lo sobresaltó.
- ¿Por qué te ríes? - le preguntó.
La joven se llevó un mano a la boca.
- Eres muy gracioso, amor. Eso que haces con los brazos, estirándolos hasta mí, moviendo tus dedos tan cómicamente... pareces una momia ¡Cómo quieres que no me ría!
Entonces, al volver a observar, él ya no vio la bufanda, sino sus brazos tatuados lanzados hacia delante, sus manos apuntando hacia su novia, sus dedos articulados en posiciones extrañas, el vello erizado, y el deseo de acabar con todo en cada milímetro de su piel.
Quiso gritar y no pudo. Ya no había bufanda. Solo quedaba él.
Y él, ya no gobernaba.


3 de julio de 2014

A la vuelta de la esquina

Cuando doblé la esquina y lo vi venir hacia mí, cruzando la calle, me quedé helado, de una sola pieza. Incluso su rostro sonriente contrastaba con aquel paisaje gris, en pleno invierno. Las pocas hojas estoicas aún aferradas a las ramas, se movían lentamente, como si fueran parte de una coreografía secreta.
Él apuró su paso, recorriendo los últimos metros al trote. Podía observar cada arruga, el pestañeo sobre sus ojos, los músculos de su rostro movilizarse para sonreír. Incluso el poco cabello, alborotado por la brisa.
Llegó a mi lado y como si la última vez en vernos hubiera sido ayer, me atrajo a su cuerpo con un abrazo, palmeando mi espalda con golpecitos suaves y cálidos, como solo él sabía hacer.
Me agarró de los hombros, tomó cierta distancia como si estuviera estudiándome y lanzó una carcajada contagiosa, alegre, totalmente viva.
- ¡Estás igual, Carlitos! ¡Igual!
¿Y qué podía contestarle? ¿Cómo, en realidad, podía contestarle? Sonreí, presa del pánico. Quería sentir alegría, pero el miedo atenazaba cada parte del cuerpo, de manera irracional, como la tarde misma. Debió haber intuido esa incomodidad, porque de inmediato aflojó sus manos de mis hombros. Pero no dejaba de sonreír, de mirarme con esos ojos de "¿Qué contás, Carlitos?".
Y mi boca, muda, desaparecida, brillaba sobre mi rostro, sumiéndose en una línea de quietud forzada, de un temblequeo que no se dejaba ver. Y hasta los ojos se me llenaron de lágrimas, aunque no supe discernir entonces si eran de felicidad o del mismo terror.
Allí estaba él, como si nada, a la vuelta de la esquina. Y los dos, parados al borde del cordón de la vereda, nos miramos, nos estudiamos, él sonriendo, yo muriendo, sin saber cómo seguir. Como siempre sucede cuando lo inesperado parte en dos la realidad.
Entonces, él se encargó de librar el momento, de entonar su voz de fumador, tantas veces quebradas en el pasado por una tos constante, condenatoria. Pero esta vez no, fue áspera, pero continua, libre de pecado y pecador.
- Me voy a visitar a Raulito, querido. Si Dios quiere, después nos vemos.
Me guiñó el ojo, compinche, como cuando caía al suelo trabando una pelota y sus piernas gigantes aparecían a mi lado y su mano estirada, era el consuelo y la ayuda; como cuando al salir para la escuela, me metía en el bolsillo trasero del pantalón un billete extra, sin que mamá lo viera; como cuando, en aquella habitación blanca me hizo prometer no olvidarlo jamás.
Intenté alargar mi brazo y detenerlo. Pero ya había llegado a la esquina. Quise atinar a gritarle, casi sin sentido, que Raulito había fallecido el año pasado, pero supe que era en vano. ¿Cómo advertirle a un muerto de otro muerto?
Y allí, de pie ante el invierno, en la soledad de aquella calle, contemplé el presente sin entender lo que había pasado.