Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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22 de agosto de 2016

El diamante

Un día mi padre, cuando yo era pequeño, llegó exultante a casa luego de una larga jornada de trabajo. No le habían aumentado el sueldo ni le habían otorgado días extras de vacaciones. Nada de eso. Mi padre había encontrado un diamante.
A mí corta edad sabía que un diamante era algo poco común para mortales como nosotros, que vivíamos con lo justo y necesario. Veía que era motivo de luchas y robos en películas que pasaban en la tele, pero desconocía el verdadero significado de tener uno propio. Me divertía ver como la policía perseguía a los ladrones de la joyería, pero jamás me puse a pensar que tan valioso podían ser.
En ese momento lo único que quería, era poder verlo. No me importaba otra cosa. Estaba hecho un loro, repitiendo siempre las mismas palabras: ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo!
Papá hizo gala de su afecto al suspenso. Extrajo de su bolsillo un pañuelo blanco atravesado por franjas marrones y celestes, que estaba doblado varias veces, escondiendo el diamante en su interior.
El pañuelo estaba bastante roto, era probablemente el único que él tenía, y por un momento temí que por uno de los agujeros de la tela lo hubiese perdido. Pero tras ese lapso infinito - al menos para mi corta edad, que tampoco entendía de paradojas - en el que fue desplegando los dobleces de la tela con sus dedos grandes y algo sucios debajo de las uñas, quedó a la vista el impoluto y brillante diamante.
Quisimos agarrarlo, tanto yo como mi hermano menor, pero papá, rápido de reflejos, lo hizo desaparecer nuevamente dentro del pañuelo, alejándolo de nuestro alcance.
- No es para jugar, esto vale mucho dinero - dijo, llevándolo hasta su dormitorio, terreno inexpugnable para nosotros.
Mucho dinero. Esas dos palabras transformaron nuestros rostros. No porque fuéramos avaros, muy por el contrario. Porque justamente, dinero era lo que nunca había en casa. ¿Y qué significaba entonces ese diamante? Para nuestras cabezas con poco conocimiento, era la puerta a la abundancia y a las cosas prohibidas: las golosinas, los juguetes, pistas de carreras y quizá, con suerte, hasta una bicicleta.
Sospecho que el mismo pensamiento deslumbraba la mente de papá desde el mismo momento que recogió ese diamante del suelo. Y era probable, que entre todo lo que proyectaba en su cabeza, algo de lo que nosotros queríamos formara parte de la lista. El solo hecho de pensar en el nuevo abanico de posibilidades que se nos abría ante nuestros ojos, nos hacía saltar de alegría. Con mi hermano corrimos a la cama para enumerar todo lo que nos gustaría tener.
Mi padre esgrimía una sonrisa radiante durante la cena. Mamá le decía una y otra vez que lo mejor era poner un aviso en el diario para informar que habíamos encontrado un diamante, asegurando que el dueño debía estar lamentándose. Ni papá ni nosotros estábamos de acuerdo. El que lo encuentra es para él, eso lo sabíamos todos, incluso en la escuela. Era igual al otro dicho: rompe paga. Son leyes universales, tácitas. Están impuestas desde el vamos. El diamante estaba allí y papá lo encontró. Punto.
Tomamos la sopa con entusiasmo. Mi padre dijo que quizá fuera el último plato de sopa aguado de nuestras vidas.
- Mañana a esta hora vamos a estar comiendo pizza... ¡pero de la pizzería!
Cuánta felicidad con mi hermano. Parece que fue ayer. Creo que hasta nos abrazamos. Pedir pizza era todo un lujo.
Esa noche nadie durmió. Con mi hermano estuvimos hasta altas horas debatiendo que juguetes debíamos pedir primero. Por supuesto, descartando la pelota número cinco, en la que coincidíamos los dos. Mamá, preocupada, con temor a que en cualquier momento el dueño del diamante apareciera y quisiera llevárselo a la fuerza. Y papá, sintiéndose el hombre más rico del barrio, proyectando mil cosas con el dinero que le darían en la joyería a cambio de esa pequeña y maravillosa piedra.
Por la mañana, tras el desayuno, anunció que luego del trabajo iría a vender la piedra. Tiramos las mochilas al suelo del salto que dimos. Mamá se enojó porque acababa de colocarnos los guardapolvos para que fuéramos al colegio. Papá se fue riendo. Recuerdo el gesto serio que nos hizo, haciendo como que tuviera un cierre en la boca.
- De esto, ni mu en la escuela. ¿Entendido?
Con mi hermano cumplimos la promesa, aunque ese debe haber sido el único día en nuestras vidas que estuvimos en la escuela con una sonrisa en el rostro. Cuando la campana de salida repicó en los salones, fuimos los primeros en salir corriendo. Ninguno de los dos escuchó que fue lo que nos gritó la maestra.
Volvimos tan rápido como nos dieron las piernas. Sabíamos que aún tendríamos que esperar un buen rato para la llegada de papá, pero solo queríamos estar en casa. Prepararnos para el gran momento de nuestras vidas. ¿En qué traería papá tanto dinero? ¿En carretilla? ¿En una gran valija? ¿O se compraría un auto para traerla dentro del maletero?
¡Qué expectativa! Mamá, en cambio, tenía rostro de preocupación. Pero no nos importaba. Allá ella si no quería tener dinero, regalos, ropa nueva. Solo pensábamos en los juguetes, la pelota, la bicicleta... todo lo que el diamante nos daría.
Pero las cosas no funcionan así. Al menos, no para nosotros, en aquel pobre barrio, con nuestras prendas remendadas. Papá abrió la puerta lentamente, sin nada de ímpetu. Hasta parecía que le costaba caminar. El semblante triste, los ojos rojos, un funeral en sí mismo, el ocaso mismo de la esperanza.
Mamá corrió hacia él. Le preguntaba si lo habían asaltado, si había perdido el diamante... lo acompañó hasta una silla y dejó que cayera sentado. Cuando no soportó más su sepulcral silencio, le pidió a gritos que hablara de una buena vez,
Mi padre metió la mano en el bolsillo, extrajo el pañuelo y lo dejó sobre la mesa. La tela se desplegó, dejando a la vista el diamante, que a pesar de mantener su brillo y encanta, ya no encandilaba a papá.
- ¿Qué pasó, cariño? - preguntó mamá, reticente a soportar ese voto de silencio caprichoso - ¿No quisieron comprarlo?
- No vale nada - contestó casi en un suspiro, desinflándose - Es un diamante industrial.
No entendí nada. Ni yo, ni mi hermano. Mamá lo abrazo y hasta lo acompañó en el llanto. No por todo lo que no tendría, porque ella no había soñado nada. Sino porque vio en las lágrimas de su esposo, la muerte de la esperanza.
¿Qué era un diamante industrial? ¿No era acaso, de todos modos, un diamante? Solo a los días, cuando recuperó parte de su compostura (aunque nunca volvería a ser el de antes) papá nos explicó que solo son valiosos los diamantes naturales y que los industriales se usan para otros fines, pero el valor es irrisorio.
Aprendí muchas cosas en aquel suceso de mi niñez. La más importante, que el dinero no cae del cielo y que las buenas noticias llegan tan rápido como se marchan. Por alguna razón, papá guardó el diamante dentro de una copa de vidrio, arriba de un armario. Creo que lo hizo para que, al pasar por delante, recordara siempre que no podía esperar milagros.
Uno no recuerda cómo y cuánto, pero al poco tiempo, era un viejo. Y con los años, los achaques. Y con los achaques, la muerte. Lo despedimos con tristeza, añorando los tiempos buenos, lejos y a la distancia.
Cuando abandonamos aquella casa, nos llevamos la copa y el diamante. Durante décadas estuvo en la alacena de la nueva casa. Hasta hace un par de semanas que volví a encontrarlo. Uno tiene tiempo libre cuando se queda sin trabajo. Entonces se dedica a perder el tiempo de la manera más útil posible. Y en casa, siempre hay cosas por remendar. La misma casa donde nos mudamos con mamá y mi hermano. Donde incluso ella murió, ya hace bastante. La que hoy ocupo con mi esposa y mis dos nenas. Las que, hasta hace dos semanas, no sabía cómo carajo iba a mantener.
Hasta que di con ese bendito diamante. Es industrial, había dicho papá, sirve para otros fines.
Recién entonces me pregunté cuáles. Me informé, leí lo suficiente. Y allí estaba, esa insignificante piedra, que le había robado la ilusión a mi padre, conjugándose con mi realidad, el desempleo, la desesperación, una familia.
El diamante es el mineral más duro. El diamante se usa para, entre tantas cosas, cortar vidrio.
La noche estaba helada, por la calle no volaba ni una mosca. Pude comprobar que esa propiedad del diamante era verdad. Corté el vidrio de la joyería con total facilidad. Pude entrar sin hacer sonar ninguna alarma. Cargué todo lo que pude dentro de la mochila: alianzas de oro, de plata, relojes, incluso algunos diamantes naturales.
Vendí todo esa misma noche, en el mundillo negro de la compra venta. Volví a casa con la mochila repleta de dinero. De a poco estoy comprando todo lo que siempre nos hizo falta. Ver a las nenas felices con las muñecas nuevas, me hace llorar de la emoción. Cuánto entiendo ahora a papá, destrozado por no poder darnos una mejor vida. Veo a mi familia hoy, que desconoce mi secreto, pero que cree en la indemnización milagrosa de mi antiguo empleo. No me siento feliz por lo hecho, sino por la felicidad de quiénes me rodean. Me angustia mi secreto, pero tampoco me arrepiento.
Cada vez que, al pasar delante de la copa con el diamante en su interior, que he vuelto a colocar encima de un armario, me acuerdo de aquel día en el que papá llegó exultante a casa con miles de sueños en su cabeza. Creo que de alguna manera, he podido darle utilidad a su diamante. No puedo esperar que esté orgulloso de su hijo, pero al menos, que las lágrimas que derramo en la oscuridad de mi habitación, no terminen siendo en vano.



16 de agosto de 2016

Tres amigos y un vampiro (cuento infantil)

Cada tarde, Agustín, Germán y Axel se juntaban a jugar en la plaza del barrio, que a esa hora estaba lleno de niños y niñas usando las hamacas, el tobogán, el sube y baja y el pasamanos.
Trataban de llegar temprano, para poder conseguir lugar donde tirar unos penales. Pero ese día, al pisar la plaza, escucharon el sonido de un silbato.
¡Otros chicos estaban jugando al fútbol e incluso uno hacía de árbitro!
Con algo de bronca, decidieron ir a jugar a casa de Germán, que vivía cerca, atravesando la plaza. Al llegar a la esquina, mientras esperaban que pasaran los autos para cruzar la calle, observaron que la vieja casa abandonada de tejas rojas y telarañas en las ventanas estaba iluminada.
Todos sabían que nadie vivía allí. Los amigos se miraron entre sí. Aquello era muy extraño. ¡Pero no era solo luz que se veía a través de las cortinas blancas y desgastadas que cubrían las ventanas! ¡Se escuchaban ruidos provenientes del interior!
- Vamos, acerquémonos para averiguar que pasa – sugirió Agustín, aunque sus amigos no estaban muy convencidos.
Temerosos, los tres abrieron la vieja y oxidada reja del frente. Una escalera descolorida conducía hasta la enorme puerta de madera. Desde el interior no provenía ningún sonido nuevo. Solo se escuchaban sus pasos sobre los escalones.
- ¿Nos imaginamos esos ruidos? Porque ahora no se escucha nada – dijo Axel, arrojando una piedra pequeña contra una de las ventanas.
Pero entonces, claro y fuerte, se escuchó una voz desde el otro lado de la puerta.
̶-¡Vampiro, te atraparé dónde sea que te hayas escondido!
Los chicos pegaron un grito del susto y del salto que dieron, se golpearon con la puerta. Como si eso fuera poco, la gran puerta de madera comenzó a abrirse lentamente.
̶-¡El vampiro! ¡El vampiro! – chilló Agustín, tapándose los ojos.
Pero el que apareció, sosteniendo unos papeles, no fue un vampiro, sino un hombre con unos auriculares en la cabeza.
̶- Chicos, estamos filmando una película acá dentro. ¿Ustedes tiraron la piedra?
Más avergonzados que asustados, los tres amigos admitieron lo hecho.
- Bueno, si prometen hacer silencio y no romper nada, pueden ver el resto de la filmación. ¿Están de acuerdo?
De la emoción Agustín, hizo picar la pelota tres veces en el suelo, Germán silbó con alegría y  Axel… arrojó otra piedra a la ventana.

(cuento escrito para mi esposa Mariana, con el fin de realizar un juego en una clase de teatro para alumnos de 7mo grado)

12 de agosto de 2016

El reencuentro

Había estado nervioso todo el último mes. Más precisamente desde que había confirmado que iba a la cena del reencuentro con sus compañeros del colegio secundario. Lo habían invitado a principio de año, cuando algunos de sus viejos amigos comenzaron a organizarlo. Pero dudó hasta último momento. Hasta que llegó el ultimátum en su teléfono celular: ¿"Te anoto? Cerramos hoy las reservas".
En ese momento dijo que sí y de inmediato se arrepintió. Pero no era posible retractarse. No se trataba de una comida en el trabajo o en el club, era nada menos que con los ex compañeros de colegio. Ya había confirmado. No había vuelta atrás. Se imaginaba lo que dirían: "Siempre igual vos, amargado". O peor aún "No cambiás más, que pelotudo sos".
En su defensa podía alegar que no fue una época fácil. Sufrió mucho la adolescencia. En aquel entonces era muy tímido. En realidad, lo seguía siendo, pero al menos podía pronunciar dos palabras seguidas sin trabarse. Trataba de pasar desapercibido, pero sus esfuerzo fueron siempre en vano. Ese afán por convertirse en un fantasma, parecían irónicamente dejarlo más expuesto.
Cómo aquel episodio en la fiesta de graduación, que por apartarse del grupo para no salir con su ridícula cara en la foto grupal y arruinar ese recuerdo a los demás, tropezó con la mesa donde estaban los vasos servidos que luego los mozos repartían entre los presentes. Tambalearon todos y más de la mitad derramó el líquido que contenía. Una verdadera catástrofe.
O la vez que por no animarse a dar aviso que lo habían encerrado en uno de los armarios cuando la profesora preguntaba a viva voz dentro del aula dónde estaba Aroldi - tal era su apellido- permaneció en silencio con el fin que no castigaran a sus compañeros y se quedó hasta la noche en la oscuridad, cuando sus padres fueron a buscarlo al colegio asustados que no había retornado y lo encontraron allí, orinado y temblando del miedo.
El día del acto de fin de curso, que debía desfilar con una compañera hasta el escenario central, no concurrió, por miedo a que le jugaran una broma. El pobre Aroldi logró atravesar esa etapa, pero aún los recuerdos pesaban en su mente. A veces, incluso, volvían en forma de pesadillas.
Las últimas cuatro semana habían sido traumáticas. Su cabeza iba y volvía en el tiempo, entre su ser adolescente y éste de ahora, casado y con dos hijos, empleado en una farmacéutica de renombre. Su mujer le había preguntado varias veces si le pasaba algo, a lo que él respondía siempre con la verdad: lo tenía a maltraer esa bendita cena del reencuentro.
Una noche ella le dijo: "¿Y entonces para que vas, si te pone así?
¡Vaya pregunta! De la misma manera que había dicho que iba y luego se había arrepentido, no tenía manera de explicarle a su mujer las razones. Porque era algo que estaba muy adentro suyo. Después de veinticinco años podía demostrarle a todos que había cambiado, que era otra persona, que al fin había dejado de existir el paliducho tímido y tartamudo de la adolescencia.
Ojalá fueran todos, incluso alguno de los profesores, si es que eran que vivían. Porque incluso mucho de ellos se habían mofado de él en aquella etapa tan brava de su vida. No quería pensar en todo ello. Porque el objetivo era demostrar que Aurelio Aroldi era otra persona. Y el nuevo Aurelio Aroldi no solo hablaba bien, tampoco se dejaba pasar encima como antes. Y a diferencia de aquel enclenque de dieciséis años, era capaz de muchas cosas. Entre ellas, cobrarse revancha.
Su mujer lo despidió con un beso en la mejilla. Hacía rato que no lo veía tan exultante. Aurelio subió a su coche cargando el maletín de su trabajo: "Les llevo presentes querida" le dijo antes de arrancar. Y así era: lindas botellitas de vidrio con picosulfato de sodio líquido que vertería en el ponche de bienvenida. No había vuelta atrás.Se lo había jurado en aquellos tiempos: algún día los iba a hacer cagar a todos juntos.



 

8 de agosto de 2016

La cima

Era él y la cima, nada ni nadie más. Allá, en lo alto, la inalcanzable meta. Allí, donde él estaba, el punto de partida. Elevó el rostro para observar su destino y dejó que la brisa fresca lo golpeara. Cerró los ojos y respiró hondo. Los pulmones se llenaron de aire. Exhaló. Volvió a abrirlos.
Exhibía una sonrisa contagiosa, sincera. De quién comprende el significado de estar vivo. Emprender su camino entre rocas y salientes era el siguiente paso. Ascender, con la sola ayuda de su cuerpo. Aferrarse a la naturaleza, a sus años en forma de minerales sólidos. Llegar hasta tan lejos, a un sitio que no había soñado de niño. Quería abrazar ese paisaje ríspido que se rendía a sus pies, ese lugar que para otros era quizá tan peligroso como desolador. Y luego, alzarse como una bandera hacia arriba, hasta donde pocos habían llegado.
¿Y para qué? ¿Para qué ese riesgo? ¿Por qué desafiar a la muerte? Su novia lo había perseguido a sol y sombra con esas preguntas. Le había mostrado filmaciones de accidentes en escaladas, imágenes terribles, sucesos desgraciados, uno tras otro, día a día, durante todo el último mes. Y al no poderlo hacer cambiar de idea, se había negado a acompañarlo.
Por eso estaba solo, ante imponente lugar. De nada serviría tratar de llamarla para escuchar su voz y aguardar esperanzado sus buenos deseos, porque no atendería y si lo hiciera, solo habría reproches. Y en aquel instante, envuelto en un aire tan puro, solo pensaba en la cima.
Apoyó el pie derecho sobre una roca y con las manos, buscó una saliente para sujetarse. ¿Para qué? La voz de ella surgió de la nada, apenas audible. Sonrió. La respuesta estaba a su alrededor. Para fundirse en la naturaleza, para atrapar sus formas, para mimetizarse con aquel paisaje al punto de confundirse y la montaña sea hombre y el hombre montaña, que en un momento no se sepa quién sujeta a quién, que ya no sea que escala, sino que la montaña lo sube, agradecida por su abrazo.
La sonrisa de quién está vivo y comprende la vida, cuyo significado está distante de lo material y más cercano a lo simbólico, como aquella cima en lo alto. Vivir es un riesgo a largo plazo porque implica, en un punto imposible de predecir, la muerte. Y feliz es aquel que la enfrenta, buscando no la muerte, sino sus propios límites. Porque son esos límites los que nos recuerdan lo hermoso de lo que nos rodea.
Un pie, luego el otro. Las manos firmes. Un metro, dos. De a poco, disfrutando, el objetivo es más nítido. A veces distante, pero nunca imposible.

4 de agosto de 2016

Afiches negros

La sala estaba a oscuras. Un acomodador acompañaba a los espectadores hasta sus asientos. Algunos, con generosidad, le daban algún billete a cambio. La ausencia de luz le confería un aire íntimo, de sepulcral silencio. Se escuchaban, sin embargo, suaves cuchicheos, parlamentos en voz baja, el crujir de los asientos, alguna que otra tos que trataba de ser disimulada. Se intuía, el lugar se estaba colmando.
Durante la semana intrigantes afiches habían decorado el frente del modesto teatro. Sugestivos carteles negros sin imágenes ni textos. En la parte inferior, un papel de reducidas dimensiones, pegado por encima del mayor, rezaba: "Jueves imperdible estreno".
¡Una obra cuya publicidad no hacían mención al título, ni a los actores, director y autor, que carecía de respaldo de una gráfica impactante! Tan solo, afiches negros. Nada más.
Pero esa simpleza fue suficiente para acaparar la atención. Ni siquiera en la boletería del teatro daban mayores precisiones. Hasta parecía que ni los responsables del espacio sabían de qué iba la obra. ¿Cómo no ir?
Pasaban los minutos y el haz de la linterna del acomodador hacía rato no se veía enfocar de manera temblorosa las filas de asientos, tratando de encontrar un sitio disponible. Nos decíamos que tarde o temprano debía comenzar. Pero la espera se hacía larga, casi burocrática, como si hubiese un horario estipulado que cumplir no informado en ninguna parte. Se escuchaban entonces algunos comentarios con el tono más elevado que antes.
De repente escuchamos un sonido sobre el escenario. El de una silla que era arrastrada. Está por comenzar, arriesgamos todos interiormente. Y así fue, porque una tenue luz iluminó el escenario, sacándolo de la penumbra. En el centro del mismo, una silla. Y sentada a la silla, una mujer.
Estaba arropada con un gran vestido blanco. Lo que parecía ser una vincha o venda de tela, del mismo color, pendía de su cuello como un collar de mal gusto. Miraba hacia delante, hacia nosotros. Pétrea en su postura, pero el semblante indiferente, los ojos extraviados en ninguna parte en particular. Estaba descalza, pero a pocos metros podían apreciarse desparramados unos zapatos de tacón. Cerca de estos, lo que parecía ser una espada. No alcanzaba a distinguirse bien, uno estaba sentado y el escenario estaba un tanto más alto, apenas si podíamos ver la silueta del objeto. Pero más atrás, fácil de reconocer, una oxidada balanza griega de dos platillos.
La mujer observaba, parpadeaba, pero no se movía de su lugar. Los labios permanecían impávidos, rigurosamente en silencio. Parecía mirarnos y nosotros a ellas. Pero no había conexión. Era como si su mirada nos traspasara y la nuestra, un inútil intento de alcanzarla.
Seguía sentada sin hacer nada. En cambio, uno se ponía nervioso. Podía percibir la tensión en cada uno, el deseo de preguntarle al otro qué es lo que estaba sucediendo allí arriba del escenario, si acaso la obra estaba por empezar o era parte de la puesta en escena. Aparecieron algunas toses, carraspeos, síntomas de impaciencia. ¿Nos estaban poniendo a prueba? ¿Era parte de un experimento artístico? ¿Era acaso arte lo que estábamos presenciando? Si el arte debe movilizar, vaya si lo estaba haciendo. Se escuchó el sonido de una butaca, un insulto débil pero insulto al fin lanzado al aire y los pasos audibles por el pasillo de un par de piernas retirándose del recinto.
La mujer sobre el escenario, miró hacia otro lado. Como si no quisiera ser cómplice de ese desplante. ¿Era parte de la obra? ¿Ese sujeto en la oscuridad era un integrante del elenco y su partida marcaba el comienzo de un segundo acto? La mujer continuó mirando hacia atrás, en parte dándonos la espalda. A pesar de estar a oscuras, tratábamos de mirar hacia otros asientos, cruzar miradas, encontrar respuestas que no teníamos. La ignorancia es la peor de las mochilas que uno puede cargar.
Otras personas se levantaron de sus asientos y emprendieron el camino central hacia la salida. Los que aún dudábamos sobre lo que estaba sucediendo comenzamos a sospechar algo: esa gente se iba por voluntad propia. Voluntad que otros no teníamos, porque guardábamos celosamente la esperanza de un giro en los acontecimientos.
La mujer de blanco, seguía observando para otro lado, cómo si lo que ocurría en la sala no fuera de su incumbencia.  Una señora de la primera fila de quizá unos setenta años de edad, que seguramente ha visto infinidad de escenarios a lo largo de su vida, se puso de pie y con voz trémula exigió que comenzara la función. Otras personas se sumaron al pedido.
La mujer, estoicamente, siguió mirando para otro lado. La señora levantó los brazos y los bajó de golpe. Su paciencia se había acabado. Refunfuñando tomó la ruta del pasillo y fue dejando atrás fila por fila, con personas que trataban de asimilar lo que sucedía y tomar una decisión pronto. ¿Irse o quedarse? ¿Aguardar a la mujer sobre el escenario o resignarse a la pasividad casi criminal de la que incluso parecía jactarse con su indiferencia?
Los que comenzaban a irse mencionaban términos como estafa, fraude, vergüenza... ¡todo parecía irreal! ¿Qué estábamos viendo? Entonces, entre tantas personas que marchaban en dirección a la salida, apareció un joven yendo hacia el escenario. Caminaba con la cabeza gacha, casi eludiendo las miradas. Se acercó hasta el escenario y desde el borde mismo, le hizo seña a la mujer para que se acercara.
Quiénes quedábamos en las butacas, algunos ya de pie esperando su turno para salir al pasillo y de allí a la calle, tratamos de prestar atención a la escena. ¿Ahora si? ¿Comenzaba el espectáculo?
La mujer se volteó hacia el joven y se puso de pie. Nosotros, yo, los que aún permanecíamos, sentimos una extraña sensación de alivio. La mujer ataviada de blanco fue hasta la balanza, la tomó y se acercó al borde del escenario, donde se agachó para agarrar algo que el sujeto le alcanzaba. Era algo chico. La frágil iluminación no permitía una visión clara, pero era una bolsa de plástico. Parecía un sobre al principio porque dentro de la bolsa había algo blanco y el color había brindado la falsa familiaridad del papel.
Con la balanza a sus pies, la mujer depositó sobre uno de los platillos la bolsa con el contenido blanco. La estaba pesando. Pareció asentir con la cabeza, conforme. Se irguió y retrocedió hasta el otro objeto que estaba en el suelo. Las sospechas se disiparon. Era una espada. Y tenía filo. Tal, que la utilizó para rasgar apenas la bolsa plástica. Introdujo un dedo en la misma y lo sacó con un poco del contenido. Acercó su mano al rostro y con la nariz absorbió la sustancia que se ofrecía con el dedo. Arrojó la cabeza hacia atrás y permaneció así medio minuto. Luego se enderezo, buscó algo en su vestido, a la altura de los pechos y extrajo una billetera. La abrió, tomó unos billetes y se las entregó, tras volverse a agachar, al sujeto que le había dado la bolsa de plástico.
El intrigante personaje se marchó por el pasillo, esquivando a los espectadores que en medio de la huida se habían detenido a contemplar lo que sucedía al fin sobre el escenario. En realidad, en el borde mismo, ese que habitualmente delimita la ficción de la realidad.
Miramos de inmediato hacia el escenario. La mujer nos estaba dando de nuevo la espalda, pero porque se estaba marchando. Se llevaba consigo la espada y la balanza. Segundos después había desaparecido detrás de un telón. La silla quedó olvidada, en el centro de la escena, con la pálida luz del único reflector activo.
Quedamos una vez más en silencio, sintiéndonos abandonados, en el desamparo mismo. Cruzamos semblantes perturbados. ¿Qué palabras utilizar para describir las sensaciones? De repente la poca iluminación dejó de ser y como al principio, todo quedó en penumbras.
Tanteando, fuimos buscando la salida, no sin chocarnos unos con otros en varias oportunidades. Era tal la desazón, que ni disculpas nos pedíamos. Solo queríamos estar afuera, lejos de las fauces de aquella sala, lejos de esa mujer, a años luz de su indiferencia.
Marché, marchamos, con la cabeza cabizbaja, con la derrota en la boca y tristeza en el corazón. Son los tiempos que corren, pensé, quizá engañándome. Fuimos dejando a nuestras espaldas los afiches negros, sobre los cuales no pudimos trazar ninguna imagen, ni - imagino - podremos en días posteriores.
Aquella mujer de blanco parecía disfrutar nuestro desconcierto. Sensación amarga y de vulgar familiaridad, como si esa mujer fuera el presente y nosotros, simples espectadores de su decadencia.

30 de julio de 2016

Barranca abajo

Hay un río barranca abajo. Es bello y desde lejos parece sereno. Sin embargo, es traicionero.
Lo conozco bien de pequeño. De cuando íbamos con mi padre a pescar antes del amanecer para poder vender luego lo obtenido a la veda de la ruta.
Eran otros tiempos. El río me pertenecía, era parte de mis días. Hoy en día no suelo venir muy seguido hasta aquí, hasta la barranca. Solo en los días en los que pretendo buscar respuestas.
Me gusta dibujar en el horizontes los trazos del pasado, los que se han perdido. Es casi un capricho, un inútil intento de aferrarme a algo que ya no existe.
Por la barranca no solo se ve el río, sino toda la zona baja, esa donde alguna vez había casas una al lado de la otra.
El paisaje es desolador. Pero también lo es a mis espaldas. La ciudad dormida, la ciudad fantasma. Las calles desiertas, las pocas viviendas en pie venidas abajo: puertas que chirrían con el viento, viejas ventanas golpeándose sobre sus marcos y las paredes llorando su pintura seca y descolorida.
No ha quedado nada. Tan solo mi solitaria presencia que no se ha marchado, no por nostalgia, no se confunda. Mis piernas no me lo permiten. No están desde las revueltas, desde el ocaso de la ciudad.
Me las quitó un camión hidrante, en plena contienda. Creo que mis hermanos huyeron creyéndome muerto. Mis padres... de ellos ya no sabía desde mucho antes.
Ya casi ni recuerdo cómo empezó. El hambre y la falta de trabajo me imagino. Años difíciles. Nos decían que había que esperar, que pronto todo mejoraría. Y nosotros, esperábamos.
Cerraron las fábricas, luego los comercios, poco después todos estábamos en las calles. La gente se peleaba hasta para un lugar para pescar a la orilla del río. Nos robábamos la comida entre vecinos. La lucha fue descarnada. ¿Por qué no nos íbamos? Porque cerraron las salidas, la ciudad quedó sitiada. Solo cuando el lugar se convirtió en un cementerio, dejaron que los sobrevivientes se fueran.
Por eso vuelvo a esta barranca. ya sin posibilidad de poder bajar hasta el río y sentir de cerca su olor repugnante, que sabe a dolor. En sus aguas se dejaron caer los cuerpos desde lo alto de las palas mecánicas. Durante días se limpió la ciudad de esa manera. Pero ya nadie nunca volvió. Observé el último suspiro de existencia retorciéndome del dolor, entre arbustos y hojas secas. Me alimenté de alimañas aguardando la muerte. Pero incluso la muerte me abandonó.
Ya pasan vehículos por las rutas, no hay electricidad, no hay servicio de agua ni de gas. Sospecho que hasta el río ha sido desviado más al norte para evitar este paso. Ni siquiera un avión cruza el cielo.
La ciudad fue borrada del mapa. Eso, o cada lugar del mundo luchó por sobrevivir y murió en el intento.
No lo sé. No lo sabré. Permanezco aquí, arrastrándome por las calles, luchando con los animales por la poca comida, viviendo como uno de ellos.
Éramos animales en la barbarie, pero incluso también antes, lamiendo las botas de nuestros dueños por las migajas para comer. El destino estaba escrito desde mucho antes. El final era inevitable. Lo sigue siendo.
El atardecer comienza a pintar los cielos y la temperatura a enfriar la piel. Es hora de volver para buscar un refugio. Es invierno. Lo es todo el año. Porque ni siquiera el sol quita el hielo en mi sangre. No creo que vuelva hasta la barranca por un tiempo.
En un tiempo, el río me pertenecía, porque era mi vida. Hoy es un trazo oscuro a la distancia. Pero algún día, en uno de estos viajes, lo haré. Volveré a conquistarlo. Es tan solo caer barranca abajo y sobrevivir. Luego, arrastrarme con todas las fuerzas, llegar al agua, beber de su cauce y dejarme caer. Hundirme, sentir cómo la corriente me lleva, cómo también mi cuerpo, lo que queda de él, le dice por fin adiós a esta ciudad de nadie.

23 de julio de 2016

Conservar la calma

No podía llamar a su hermano, porque él lo primero que haría sería echarle en cara las veces que se lo había advertido. Y era cierto, no una, dos o tres veces... ¡al menos cien!: Marisa, poné alarma. Marisa, tenés que poner rejas. Marisa, vienen unos rollos de alambre para poner encima del tapial. Marisa, tené cuidado, dejá las luces prendidas.
Y lo peor es que ella había considerado cada uno de los consejos, pero jamás materializó alguno. Porque costaba dinero, porque había otras prioridades pero principalmente, porque a ella no le iba a pasar. Entonces, por todo eso, no podía sencillamente marcar en el celular el número de su hermano. ¡Pero algo tenía que hacer! Esta gente no actúa sola, y tarde o temprano, algo van a sospechar y entonces... el gato pasó corriendo entre sus piernas y se tiró de cabeza a su sillón preferido. Marisa sintió que se le escapó un poco de pis entre las piernas.
Temblaba. Todo su cuerpo era una bola de nervios. Sentía que la presión se le caía al suelo, pero mentalmente se imponía mantenerse erguida, tomar un vaso de agua, asegurar las puertas, las ventanas. Pero tenía que llamar a alguien. ¿A quién podía recurrir? Claro, cómo no lo había pensado antes. Edgar, el guardia de seguridad de su trabajo.
Buscó en la agenda de contactos del teléfono hasta dar con su número. Lo marcó, pero sabía que era tarde, que quizá no estaba, o estaría trabajando de vigilancia en algún lugar, sábado a la noche, era de esperarse, podría estar durmiendo, con el celular apagado.
- ¿Quién habla?
La voz la sorprendió al punto de dejar caer el teléfono. Se apresuró en levantarlo del suelo. No sabía que decir, las palabras se agolpaban en su boca, fuera de control de su cerebro.
- Soy Marisa, Marisa del trabajo, Marisa,,,
- Calma, calma... ¿qué sucede Marisa?
- Edgar, siento llamarlo a esta hora, pero ha sido algo horrible, he llegado a casa, tarde, abrí la puerta y ahí estaba, no me dio tiempo a nada.,.
- ¿Quién estaba Marisa?
- ¡El ladrón! ¡El ladrón estaba dentro de casa!
- ¡Por Dios! ¿Está escondida en alguna habitación, logró salir de la casa...?
- No, nada de eso, estoy en mi casa. Pero tengo una situación complicada. Por eso lo llamo.
- ¿La está amenazando? ¿El ladrón aún está allí?
- No, no me amenaza. Pero está acá, es decir, está y no está. ¡Lo maté Edgar! ¡Lo maté!
- ¡Cómo sucedió eso! ¿La ha lastimado?
- Vea, entré así de sopetón porque me estaba orinando encima, ni siquiera encendí las luces y este delincuente debe haber estado tan concentrado buscando cosas de valor a oscuras, que ni prestó atención. Así que imagínese, entré y ahí veo su silueta. Casi me cago encima Edgar, se lo juro. El ladrón se me vino encima y atiné a tomar lo primero y lanzarlo en su dirección.
- ¿Qué le tiró?
- Una imitación de espada samurai que estaba en la pared, al lado de la puerta. Es de mi ex marido. Nunca la vino a buscar. Se la tiré a la bartola, no apunté ni nada. Pero cuando prendí la luz, porque el tipo no se levantaba, vi que se la clavé entre los ojos.
- ¿Está segura que murió? ¿No lo habrá golpeado nada más?
- ¡Claro que estoy segura Edgar! No seré médica, pero que la punta de la espada haya salido por atrás es señal que lo reventé. Además, no se imagina cómo quedó la alfombra persa que era de mi abuela. ¡Llena de sangre! No sé cómo voy a limpiar eso.
- Está bien, trate de conservar la calma.
- Eso intento, pero no se qué hacer. Mi duda principal, no le voy a mentir, es si llamo o no a la policía. Es decir, voy a tener que llamarla, pero... ¿cómo tengo que explicarle, debo decirle que fue defensa propia, qué debo decir?
- No Marisa, no los llame. En primer lugar, si esto llega a la policía, usted va a tener un montón de horas perdidas en la comisaría, en los tribunales, porque por más que haya matado a un ladrón y dentro de su vivienda. Por otro lado, uno nunca sabe de qué lado están, a veces dejan salir de la cárcel a tipos como este para que afanen y se reparten el botín. Además, piense en la prensa, van a venir a hacerle notas, llamarla por teléfono. Pero eso no es nada. Este delincuente debe tener amigos y familiares. Y a ellos les importa un comino que el tipo haya estado violando la ley. Lo único que les va a importar, es cobrarse venganza. Si ellos se enteran, usted es boleta.
- ¡Ay, no! ¡No quiero que me vengan a buscar! ¡Esto es una encrucijada! No lo puedo creer, es una pesadilla. ¿Los ciudadanos que vivimos al día y pagamos los impuestos no tenemos forma de defendernos?
- ¿En qué país vive Marisa? Claro que no. Desde los que gobiernan hasta el más mísero ladrón tienen más derecho que usted y cada uno de nosotros. Tanto unos como los otros viven de nosotros. Lo único que nos queda, es ayudarnos entre nosotros y usted lo ha hecho al llamarme.
- Menos mal que lo llamé Edgar. ¿Usted puede venir a ayudarme?
- Estoy en la isla Marisa, del lado de Entre Ríos. Me vine a pescar. Pero puedo ayudarla igual, Usted tendrá que seguir al pie de la letra mis instrucciones.
- ¿Y no puede venir igual?
- Deberá hacer lo que le digo. No se ponga nerviosa. Primero, debe asegurarse que esté muerto.
- ¡Le digo que está muerto!
- Bien, le creo. Pero busque una cuchilla afilada. ¿Tiene una?
- Por supuesto, para hacer las milanesas. La llevo a afilar una vez al mes.
- Búsquela y clávesela por todo el cuerpo.
- ¡Está loco Edgar!
- Hágame caso. Imagínese que es la rueda del auto de su ex marido y que en un ataque de bronca, le clava la cuchilla cien veces,
- ¿Por qué le haría algo así?
- No sé, quizá la engañó.
- ¿Ese estúpido? No lo creo.
- Marisa, piense en alguien que odie y entonces imagine que le está haciendo agujeros a la pelopincho en el fondo del patio.
- La turra de mi vecina, que le da carne podrida al gato para que se intoxique.
- Eso, piense en su vecina. ¿Ya tiene la cuchilla?
- Si. ¿Podré usarla en milanesas después de esto?
- Claro que podrá, pero trate de clavarla por todo el cuerpo.. Eso servirá para lo que haremos después.
- ¿No cree que si le clavo una sola vez la cuchilla en el corazón, ya está?
- Hágame caso Marisa.
- ¡Lo estoy haciendo, lo estoy haciendo! Esto no es soplar y hacer botellas. Hay partes donde cuesta sacarla.
- Lo está haciendo bien. Ahora vaya recordando donde puede conseguir un poco de alambrado romboidal.
- ¿Qué cosa?
- Un poco de cerco de alambre, ese que tiene forma de rombos.
- ¿Y eso para qué?
- Para envolver el cadáver.
- ¡No diga cadáver! ¡Qué me impresiona!
- Bueno, el cuerpo. Hay que envolverlo.
- Puedo usar la alfombra, total, ya está perdida.
- El alambrado no dejaría que suba a flote.
- Espere un momentito... ¿a flote de dónde?
- Del río. ¿Dónde piensa esconderlo? ¿Va a hacer un pozo en el patio de su casa o en el de su vecina? Apuesto que no tiene ni una pala.
- Claro, apuesta eso pero me pide un cerco perimetral de alambre.
- ¿Tiene o no una pala?
- No tengo.
- ¿Y sabe dónde conseguir algo de ese alambre?
- El frente de mi vecina tiene. Todavía no hizo el tapial. Puedo quitar una parte.
- Bueno, vaya por el alambre.
-  Estoy yendo.
- Antes de salir a la calle, mire si no hay un secuaz del ladrón esperando afuera.
- Acabo de mirar por la ventana, no hay nadie.
- Sea cuidadosa. ¿Llevar algo para cortar?
- La cuchilla.
- ¡Va a ensuciar donde corte con sangre!
- ¡Ya la limpié! En la alfombra. ¿Se cree que soy una improvisada?
- Disculpe, no me gustaría que deje cabos sueltos.
- Le dije que la cuchilla es buena, corta como si nada el alambre.
- Solo un poco, con una vuelta alrededor del cuerpo alcanza.
- Ya lo tengo. Me demoré porque aproveché para cortarle el rosal a la turra ésta,
- Vuelva rápido a su casa, no pierda el tiempo.
- No pierdo el tiempo, fue solo una satisfacción personal, ¿Algo me merezco en una noche de mierda como ésta, no cree?
- No se me vaya de tema, necesitamos concentración. Proceda a envolver el... cuerpo.
- Iba a decir la palabra que me impresiona. Vamos, concéntrese.
- Utilice el mismo alambre para ajustar, así no se abre.
- Se lo estoy enganchando en la ropa, así tiene un agarre extra.
- Bien pensado Marisa. Ahora, dígame. ¿Tiene auto?
- Si, un Mini Cooper.
- ¿Y entra el fiambre en el baúl?
- ¿Quiere que lleve el cuerpo al río en mi auto?
- Pedir un taxi y cargar un muerto va a ser sospechoso.
- Tiene razón. Pero ahora que lo pregunta, este tipo no entra en la parte de atrás.
- Va a tener que llevarlo con usted.
- ¡Me va a manchar todo el interior con sangre!
- Utilice una frazada o algo para cubrirlo. O cubra los asientos con algo. Un plástico, una lona.
- Tengo un mantel de hule que era de mi abuela. Pobre abuela, estoy arruinando todas las cosas que me dejó.
- Valore que se las haya dejado, entonces.
- Tampoco me dejó tantas cosas. Era media amarreta la vieja.
- Ya tengo el mantel dentro del auto, ahora tengo que arrastrar al ladrón hasta ahí.
- Use la alfombra para llevarlo.
- Cuando vuelva voy a tener que baldear todo. Es un desastre esto.
- Revise antes los bolsillos del tipo. Saque todo lo que tenga en ellos y después lo quema.
- ¡Cien pesos! No paga ni los productos de limpieza que voy a necesitar.
- Si es documentación, queme todo. Así demoran más en identificarlo, en caso de encontrarlo.
- Usted me dijo que con lo que hice, no deberían.
- Exacto, no tendría motivo para salir a flote. Pero siempre existe la posibilidad que lo encuentre alguien pescando o alguna embarcación lo enganche y lo tire para arriba.
- Ufff... ¡cómo pesa!
- Fuerza, Marisa. Vamos, que usted puede.
- ¿Me está alentando o se refiere a que soy gordita?
- La aliento. De todas formas el ejercicio no le viene mal.
- El lunes vamos a tener que hablar seriamente, Edgar. Creo que se está pasando de la raya.
- Concéntrese. Cierre bien el auto. Ponga el cuerpo de tal manera que no parezca extraño lo que lleva si alguien mira desde afuera.
- Lo estoy haciendo, soy la menos interesada en que eso suceda.
- La idea es arrojarlo al río. Un sector profundo. Si lo hace en cualquier lado, corre el riesgo que sea una zona playita y el cuerpo quede a la vista.
- Odio el río, así que dígame usted dónde lo llevo. Mi ex marido me llevaba a pescar. Bah, pescar. Estábamos cinco horas con las cañas y no sacábamos un solo pescado.
- Tiene que ir más cerca del puerto, donde el calado es mayor. Pero debe evitar lugares donde vea gente paseando.
- ¿A esta hora?
- La gente pasea a toda hora Marisa.
- Se nota que estoy mucho tiempo sola en casa. ¿Debería salir más, no cree?
- Si hubiese estado en casa, el ladrón la hubiese sorprendido dentro.
- Buen punto. En realidad salgo poco. Hoy había ido al cine. Sola.
- El lunes podríamos hablar también sobre eso.
- ¿Quiere que le cuente la película? No se desconcentre Edgar. Ya tomé la calle que va al puerto.
- Siga de largo en la zona de remolcadores. Y también donde se realiza la carga de buques cerealeros.
- Más allá está bastante oscuro.
- Por eso es mejor esa zona. Nadie podrá verla.
- Muy astuto, pero me da miedo.
- Acaba de matar a un delincuente y viaje con él en su auto. ¿Algo le puede dar más miedo que eso?
- Si, que la familia y amigotes de esta mierda se entere y quiera hacerme vuelta y vuelta a la plancha.
- Estacione lo más cerca de la orilla que pueda. Con la puerta del acompañante del lado del río,
- Listo. Le digo Edgar, no se ve un alma. Hasta el río parece quieto. Y a la luna la deben tapar los nubarrones. No está por ninguna parte.
- Mejor, mejor. Saque el cuerpo y hágalo rodar hacia el agua. Esa orilla tiene pendiente, así que va a caer rodando al río.
- Uff... y eso que era flaco. Listo, en el suelo. Ahora lo empujo.
- Empuje.
- ¡Está rodando! ¡Está rodando!
- Bien, bien. Asegúrese que entre al agua.
- Oh no.
- ¿Qué pasa Marisa?
- Se trabó en una madera atravesada. Pensé que la saltaría.
- ¿Había visto la madera antes? ¡Cómo iba a saltar...!
- Ya cállese Edgar, un error de principiante. O cree que salgo a hacer esto todas las noches.
- Baje con cuidado y saque la madera del camino. Luego vuelva a empujar.
- Ve, mire usted lo que ha pasado. La madera tenía clavos y se han enganchado en el alambre romboidal. No es toda mi culpa, Edgar. Usted ha tenido su parte.
- Al contrario, eso demuestra que el alambre va a servir.
- Claro, lo suyo es positivo, lo mío es negativo.
- No discutamos Marisa. Prioricemos el asunto principal.
- El fiambre.
- El fiambre, usted lo ha dicho.
- Listo, ahora si. ¿Escuchó? Entró al agua.
- Bien, ahora aléjese con tranquilidad, súbase al auto y vuelva despacio.
- ¿Le molesta si conversamos en el camino? Esta situación me ha dejado algo tensa. ¿A todo esto, le queda batería en el celular?
- Afortunadamente, parece que ambos lo teníamos bien cargado.
- No hay nada mejor que tener el celular al tope de carga. Mire de la que me ha sacado esta vez.
- Lo que debe prever de ahora en más, es la seguridad de su casa.
- Ya se parece a mi hermano, Edgar. Siempre con advertencias que ponen los pelos de punta.
- Ha quedado demostrado que es mejor prevenir. ¿Tiene alarma?
- No.
- ¿Tiene un perro para que ladre si entra algún intruso y despierte a los vecinos?
- No.
- ¿Tiene rejas en las ventanas, así los delincuentes se topan con un obstáculo que los haga desistir?
- No, harían desentonar los marcos de las ventanas.
- Tiene que pensar en todas esas cosas, Marisa. Hoy en día nadie está seguro.
- ¿Usted tiene alarma dónde está?
- Estoy en la isla, claro que no hay alarma. Pero tengo un arma cerca, por las dudas.
- Si ese es el punto, yo tenía un sable samurai.
- Y ha visto todo lo que ha implicado utilizarlo. Piense si le hubiese errado, quizá no estaríamos hablando.
- Puede ser, debo considerar esos consejos, lo sé. Estoy llegando Edgar, quiero agradecerle lo mucho que... ¡la puta madre!
- ¿Marisa? ¿Qué pasa?
- ¡Dejé la puerta abierta de casa! No, no, no... no puede ser. ¡No, Edgard, no!
- Marisa, me asusta, qué sucede,
- ¡Se han llevado todo, se han llevado todo! ¡La casa vacía, Edgar! ¡No hay seguridad en este país! ¡Estamos solos, Edgar, estamos solos! Lo único que han dejado, es la alfombra repleta de sangre. Ni el estúpido favor de llevarme esa porquería han hecho, malnacidos de porquería. ¿Qué voy a hacer, Edgar, qué voy a hacer?
- Marisa, no hay otro remedio: llame a la policía.

17 de julio de 2016

El número de la quiniela de mañana

La ciudad, cualquier ciudad, parece otra en invierno. La gente se esconde en sus hogares escapando del frío, dejando las calles en soledad. De tanto en tanto algún que otro valiente escudado en abrigos las atraviesa en pos de un mandado que no puede esperar, aunque retornan rápido con el fin de buscar reparo en el calor artificial de puertas adentro.
Hay otros que no tienen esa suerte, para quienes las calles representan todo: su vivienda, su medio de vida, su rutina diaria. Escapan de la realidad solo cuando entran algunos minutos a un bar a pedir limosnas, a un garaje para llevarse bolsas con cosas que los dueños piensan tirar o cuando son llevados a la comisaría por alguna denuncia de un vecino malhumorado.
Detrás del supermercado de la calle principal suelen encontrarse por las noches varias personas que juntan cartón, otras que van por el vidrio y el plástico, y hasta casos más críticos que pelean hasta la última sobra de comida o alimento que se haya descartado por haber superado la fecha de vencimiento.
Como hormigas se van llevando poco a poco, hasta limpiar el lugar. Lo van haciendo sabiendo que tienen toda la noche por delante y que allí o dónde tengan el colchón para dormir, sufrirán el mismo frío. Para ellos, el invierno es eterno.
- Me gustaría saber el número de la quiniela, don Alfredo y poder comprarme un lugar decente para dormir - dijo Horacio mientras separaba cartón por un lado y vidrio por el otro.
Alfredo, a quien solo le interesaba por el vidrio, aguardaba a que el hombre más joven terminara para poder cargar lo suyo en su carretón.
- ¡Imagínese! Una casita con estufita, un plato de sopa cada noche y a dormir, nada de estar yirando en medio del frío para poder ganar unos mangos.
El viejo a su lado sonreía. Qué otra cosa podía hacer. Sueños tenían todos y cada uno de los que cada noche se cruzaban en aquel amplio patio. 
- ¿Sabe lo que estaría bueno, Alfredo? Una máquina del tiempo ¿Qué me dice? Uno viaja hasta mañana, espía el numerito que salió y vuelve. Al día siguiente lo juega y solucionados todos los problemas.
-  Si fuera tan fácil - contestó el viejo, mientras frenaba con la zapatilla un frasco de mermelada que rodaba hacia donde estaba.
- Ya lo sé Alfredo, es un decir, esas cosas no existen.
El viejo largó una carcajada.
- No se me ría Alfredito, por favor.
- No me rio de usted, Horacio. Sino de lo que acaba de decir...
- Por eso, de que quiero viajar al futuro... 
- ¡De lo de la máquina me rio! De eso que dijo que no existe.
- Si existiera, todos seríamos ricos - ahora el que reía con toda la jeta era Horacio.
- No, ricos no. Fue un caos. 
- ¿Qué cosa?
- Todo.
- ¿Todo qué? 
- Todo, la sociedad, las guerras, el hambre, todo fue un caos.
- No le entiendo un pito Alfredo, de qué me habla. Si estábamos hablando de la quiniela y de...
- ¡Viajar en el tiempo! De eso le hablo. ¿Para qué quiere eso de nuevo, Horacio? Aquello...
- Perdió la chaveta don Alfredo. ¿Cómo de nuevo?
El hombre mayor, que tendría unos setenta años se movió inquieto. Sacó dos cigarrillos de un bolsillo y extendió uno hacia Horacio. 
- No fumo, gracias.
El viejo insistió, agitando el cigarrillo.
- Bueno, uno no me va a matar - aceptó el otro.
- Venga Horacio, tómese unos minutos y descanse mientras le cuento algo.
- A menos que me vaya a decir el número que sale mañana en la quiniela, me quedo trabajando.
- Le voy a decir por qué no le conviene conocer el número que saldrá mañana.
- Explíquese Alfredo.
- Así como me ve, estoy aquí por decisión propia. Nadie me quitó la casa, ni me despidió de un empleo. No me abandonó mi familia, ni me dejó una mujer. Muy por el contrario, fui quién se fue de su casa, renunció al empleo, se alejó de su familia, de su mujer, de sus seres queridos...
"Todo comenzó hace treinta años, cuando logré lo que me había propuesto desde mi juventud: vencer al tiempo. Cuando era pequeño, leía y veía en cine todo lo que tuviera que ver con viajes en el tiempo. Sabía que era ciencia ficción pero al mismo tiempo, estaba seguro que era posible. Estudié Física e Ingeniería. Me gradué con las mejores notas. Y comencé a trabajar en ese imposible, en una máquina del tiempo. Y hace treinta años, exactamente, lo logré. Fue todo un acontecimiento, el mundo se rindió ante mí". 
"Me dieron el Nobel, di conferencias en todo el mundo, fue multimillonario de la noche a la mañana. El mundo hablaba de mí. Alfredo Titor figuraba en todos los diarios, revistas, canales de televisión, radio... la máquina del tiempo era un éxito. Los experimentos iniciales permitieron a historiadores revisar la historia con descubrimientos notables... si usted supiera Horacio, que distinta es la verdad... pero si tan solo se hubiesen atenido a eso, pero no, usted sabe como son, ellos, los que tiene poder, los que viven bien... ellos quieren más y más, y si bien no viajaron al futuro para buscar un simple número de quiniela, lo hicieron para cosas más atroces, conocimientos que todavía no debían llegar..."
"Horacio, si usted hubiese visto, el mundo se había vuelto demente, estallaban guerras por problemas que aún no habían comenzado, por agravios aún no recibidos, guerras a cuenta de un futuro que transformaban en presente sin interpretación alguna. El pasado quedó en el olvido, la cuestión era el futuro, cómo sacarle ventajas. El caos fue insostenible".
"No lo dudé Horacio. Viajé en el tiempo hasta el momento mismo de la creación y llevé conmigo imágenes grabadas de lo que sucedería si esa máquina que acababa de construir llegaba al conocimiento de la humanidad. Entonces, ese hombre igual que yo, que llegó advirtiéndome que cometería el error más grave en la historia de la humanidad, me persuadió de lo que estaba haciendo y destruí todo. Hasta la nota más minúscula, todo. Arrojé por la borda mis sueños, mi trabajo, absolutamente todo. Mi ruina fue la culpa. Porque por más que obré a tiempo, otorgándole a la humanidad esta segundad oportunidad, día a día me carcome esa otra existencia paralela, en la que no fuimos de capaces de progresar como sociedad".
"Prefiero esta soledad nocturna, mi amigo. Esta vida anónima, sobreviviendo con lo justo, pasando hambre y frío. Prefiero estar aquí con usted, soñando con un futuro mejor, que vivir una pesadilla gracias a poder ver el mañana. El mañana es el esfuerzo del hoy. Sin embargo, si existiera la mínima posibilidad de espiarlo por un breve lapso, lo que haríamos sería justamente lo inapropiado: cortar camino. Y el camino que no es recorrido, es una enseñanza perdida. Lo aprendí hace treinta años. Y pesa sobre mi consciencia, a diario".
"Vamos, apure ese cigarrillo, que hay bastante por hacer. Y no se preocupe por el número de mañana. Ese número siempre estará allí. Pero no siempre nos pertenece. Así es el futuro. Y así debe ser".

13 de julio de 2016

El meteoro

Hace rato que vengo observando ese planeta. Quedó a mi cargo luego de descubrir que tenía las condiciones necesarias para la existencia de vida. Claro que mi investigación no terminó allí, pude demostrar con el tiempo que no solo ofrecía las cualidades, sino que además, había vida. Y no solo eso, era vida inteligente.
Por supuesto, nuestra agencia trabaja de manera cautelosa. No podemos darle a conocer a nuestra población semejante noticia sin antes tomar todos los recaudos en materia de seguridad. Debemos estudiar a las diversas formas de vida, analizarlas, determinar el grado de inteligencia y los potenciales beneficios o peligros de hacer contacto.
Por si fuera poco, no es un planeta que esté cerca, por el contrario, la distancia es enorme. Pero de todas maneras es un logro del que todos estamos satisfechos y orgullosos. La búsqueda en el universo de otros vestigios de vida siempre nos ha apasionado, a lo largo de toda la historia. Poder toparnos con un sitio, si bien lejano, pero real, nos ayuda a repensar lo que nos rodea, a imaginarnos no uno, sino muchísimos planetas en constelaciones de las que probablemente no tenemos aún conocimiento.
Estoy casi seguro que muchas de las máquinas voladoras con las que no hemos encontrado en el espacio, pertenecen a la raza inteligente que domina ese planeta. También hemos ocultado esos descubrimientos. Hemos capturado algunos equipos y notamos que es una tecnología muy diferente a la nuestra. Casi a diario visito las instalaciones donde los tenemos guardados, bien distante de la población. Trato de estudiar cada detalle, como si pudiera encontrar algún tipo de revelación instantánea.
Sin embargo, la esperanza de hacer contacto, se ha ido diluyendo en los últimos meses. Hasta hace poco me imaginaba a una generación futura logrando la comunicación que nos diera la posibilidad de estudiarlos mejor. Nosotros, lamentablemente, a pesar de nuestros esfuerzos, nos hemos aproximado pero sin alcanzar el objetivo.
Lo más cercano, es lo intentado hace un año. Un acto desesperado, como suelo llamarlo delante de los demás miembros del equipo. Un arrebato al comprender que ese objeto que no podíamos identificar, viajando en una órbita extraña, se dirigía finalmente a nuestro planeta especial. Una especie de roca gigante, desprendida de algún cuerpo más grande, quizá un cometa, que a velocidades siderales arremetía contra nuestro hallazgo planetario.
¿Cómo advertirles del peligro? ¿Cómo decirles que debían hacer algo o sufrirían una destrucción masiva? Entonces, usando una de las máquinas capturadas, envié el mensaje. ¿Cómo saber en qué lenguaje hablarles? ¿Cómo hacerme entender?
Recordé esa rara señal que captamos hace mucho tiempo y que identificamos como un lenguaje. Extraño, por cierto, con tan solo puntos y rayas. No lo dudé. Envié el mensaje. Y hoy, debo reconocer, entiendo que no lo han visto o comprendido.
Como me señalara un colega, hace poco, el problema no estuvo en el método o el lenguaje, sino en la noción que teníamos de ese código. ¿Acaso era un lenguaje en sí o solo una manera de encriptar un lenguaje?
El esfuerzo por grabar en ese rojizo planeta cercano el mensaje, modificando su superficie, fue en vano. Hasta ahí podemos llegar hoy con nuestra tecnología. Tan cerca y al mismo tiempo, tan lejos. Mi alerta la borrará el tiempo. Y a ese punto en el universo, en el que deposité mis esperanzas, se lo devorará un maldito meteoro.

NEE NED ZB 6TNN DEIBEDH SIEFI EBEEE SSIEI ESEE SEEE !!

Meteoro Meteoro Gigante A 6 Yahhjs De Distancia Tomar Medidas Urgentes Salven al Planeta Deseamos desde Nuestro Planeta Trex !!

¡Qué pena! ¡Qué gran pena!


* El cuento es más divertido luego de leer esta noticia  http://www.lanacion.com.ar/1917737-la-nasa-descifra-mensaje-en-codigo-morse-encontrado-en-la-superficie-de-marte






9 de julio de 2016

El destino a cuestas

Las pocas luminarias de la calle quitaban un poco de ferocidad a la noche.
De todos modos, aquello no lo inquietaba. El retorno a casa era lento, como cada final de jornada.
La moto traqueteaba con sus años encima. El frío golpeaba su rostro y le escarchaba los ojos.
Había sido un largo día. Y una vez más, volvía con las manos vacías. Se imaginaba la tristeza en el semblante de su esposa. El llanto del bebé en la cuna. La mesa vacía.
Su recorrido diario había sido en vano. En cada tugurio de la ciudad la respuesta había sido la misma.
El negocio se estaba viniendo abajo. Ya nada era como antes. La moto comenzó a toser y a los pocos metros se detuvo.
Si algo le faltaba, era hacer las últimas diez calles a pie.
Se apeó y empujó el vehículo con lentitud delante de viviendas similares, con sus ventanas bajas, el frente descuidado y sin luces afuera.
El ladrido de algún que otro perro rompía con el silencio cómplice del barrio.
Cuando creyó divisar su casa, vio además una silueta negra en la esquina próxima. Pensó que sería algún borracho, pero la figura comenzó a avanzar hacia él, recortando distancias.
Instintivamente se llevó la mano al cinturón, donde guardaba un cuchillo afilado.
Aminoró la marcha y lo esperó bajo una de las farolas de la calle.
Intuyó que era un ladronzuelo de alguna otra zona, probando suerte. Pero al verle las facciones, el cuchillo cayó de sus manos.
La silueta que avanzaba era su viva imagen, pero al menos quince años más joven.
- A vos te quería encontrar - le dijo la aparición.
- ¿Quién sos? - dudó entre buscar el arma y quitarle la vista de encima. Prefirió esto último.
- ¿Quién te crees que soy? Soy vos. Pero el vos antes de mandarte todas las cagadas juntas. Vergüenza debería darte.
- ¡Cómo te atrevés a hablarme así!
- Te miro y me cuesta reconocerme. Parece mentira, tanto sacrificio de la vieja, para que vos salieras como saliste.
- No tenés idea de mi vida.
- Claro que la tengo. ¿De dónde crees que vengo? De ver a Carla y al nene. No sabés la alegría de ella cuando me vio. No te das una idea. Me pidió llorando que no me fuera, que me quedara con ella. Quedate que todavía sos bueno, me decía.
- Levanto el cuchillo este y te mando a mudar. ¿Qué clase de magia negra es esta?
- Ignorante, ni magia negra ni un carajo. Mirate las manos, llenas de sangre que no lava por más que la enjabones. De tugurio en tugurio, ensuciando el alma por dos mangos. Cerrá los ojos y escuchá la consciencia. Hasta olor a podrido debe haber ahí dentro. Para que no llore la Carla. Si sos un malviviente. Pobre de tu hijo, de nuestro hijo, el padre que le ha tocado.
- ¡A mi nadie... !
La silueta ya no estaba. Solo la esquina de su casa y más allá las precarias paredes, el techo que se venía abajo y un poco de césped en la entrada, que de tanto en tanto lo cuidaba Carla mientras él salía a hacer una de sus changas que ella tanto odiaba.
- ¿Dónde mierda se fue?
Por más que buscó con la vista, solo divisó las formas conocidas del barrio, ese lugar de espanto en el que vivía desde hacía diez años.
Levantó el cuchillo y lo volvió a meter en el cinturón. Empujó la moto el tramo que faltaba y llegó a su casa.
Al entrar, encontró a su mujer llorando.
- ¿Qué te pasa?
- Nada, nada. Tuve una visión y fue... horrible. Pero nada más. Ya te tengo la comida preparada. Ahora pongo la mesa.
- Pará Carla, decime: ¿En ese sueño aparecía yo con quince años menos?
El rostro de Carla palideció.
- No, en mi sueño era yo la que tenía quince años menos. Entraba por la puerta y traía en la mano tu cabeza, que aún chorreaba sangre. Me miraba furiosa y me decía: Ves, esto es lo que tenés que hacer, esto. Cuando duerme, se la cortás y listo.
- Tranquilizate, fue una pesadilla. Alguna brujería de las viejas del barrio.
Carla se largó a llorar de nuevo.
- ¡Pará te dije! Vas a despertar al bebé. ¿Por qué seguís llorando?
- Porque afilé la cuchilla de la carne, pero no tengo la valentía.
Y aún con lágrimas en los ojos, comenzó a poner la mesa. El vio la cuchilla sobre fuera del cajón y supo que tarde o temprano sucedería. Hasta creyó escuchar a su versión más joven reírse del otro lado de la ventana.
No tuvo más remedio que sacar su arma.


2 de julio de 2016

La firma

El formulario era el mismo de cada día. No había nada extraño en eso. El membrete de siempre, los datos completados directamente en la computadora, la puntualidad en la entrega. Todo debería ser igual, pero no lo era. El elemento que la inquietó, fue la firma a mano alzada.
Ella no conocía personalmente a Eleuterio Gutiérrez, como suponía que él no la conocía a ella. Trabajaban incluso en edificios distanciados, haciendo tareas diferentes. Sin embargo, cada día, los formularios que él aprobaba en su oficina, llegaban con un cadete horas más tarde a la suya, donde eran colocados en sobres y enviados a sus destinatarios.
El único conocimiento que ella tenía de Eleuterio, era su firma. El trazo firme, armonioso, la E gigantesca seguida de un garabato que parecía querer escalar hacia el noroeste para luego convertirse en una G tan grande como la E, que concluía en un perfil de cardiograma y una línea que recorría la parte inferior de las letras hasta llegar al punto de partida.
Pero notaba esa tarde la firma algo temblorosa, como si la mano que sostenía la pluma, hubiese vibrado en el momento de hacer la presión sobre el papel. Conocía de memoria cada milímetro de la firma, no solo por la rutina de su trabajo, sino porque admiraba el trazo seguro y elegante de Eleuterio.
Muchas veces se había preguntado cómo sería él. Había tenido la esperanza de conocerlo en alguna de las tantas fiestas que organizaba la empresa, pero Eleuterio no era un hombre demasiado sociable, ya que jamás asistía. Lo imaginaba corpulento, entrado en años, siempre bien vestido con traje y corbata, el cabello blanco y prolijo. Casado, sin dudas. Y quizá con varios hijos. Un hombre recto, buen padre, buen esposo. No sabía la razón por la que lo idealizaba de esa manera, pero le gustaba pensar que así sería el hombre detrás de la firma.
En más de una ocasión, a lo largo de los últimos quince años, tuvo el impulso de levantar el teléfono y marcar el número de la oficina de Eleuterio. Pero jamás consiguió una excusa para hacerlo. Esperaba con ansias el día que los formularios demoraran en llegar, en que faltara uno, en que hubiese un dato mal para poder reclamar... pero nunca sucedió. Siempre la labor desde la oficina de Eleuterio fue sencillamente perfecta.
Hasta esa tarde, en la que advirtió la vacilación en la firma. Aquel detalle la angustió. ¿Y si Eleuterio estaba enfermo? No era posible, un hombre como él... Pero la letra temblorosa era evidente, estaba allí, plasmada en el papel. La firma le estaba dando un indicio. Era la excusa para llamar. Para conocer su voz. ¿Y qué le diría? ¿Le preguntaría si estaba enfermo, así, sin más?
Quizá no era un problema de salud. Al menos propio. Podía tratarse de algún problema familiar que lo estaba afectando. ¿Su esposa? ¿Alguno de sus hijos? Debía estar sufriendo. Era probable que el temblequeo en sus manos al firmar los formularios fuera por estar llorando. Y si había estado llorando, lo mejor era algo de consuelo. ¡La incertidumbre la llenaba de congoja!
¿Qué podría estar afectando a Eleuterio? Tenía que llamar. Además, no sabía si tendría otra oportunidad. Debía juntar coraje y levantar el teléfono. Era lo que había esperado por tanto tiempo. Y la excusa estaba delante de sus ojos. Era un pedido de auxilio encubierto, que solo ella podía advertir.
Se puso de pie, se acercó a la ventana, cerró los ojos, respiró profundamente como le enseñaban en las clases de yoga y volvió hasta su escritorio. Tomó asiento y marcó en el teléfono el número que conocía de memoria y cuya secuencia jamás había pulsado.
La línea llamó una vez, dos veces y en la tercera, alguien contestó.
- Oficina de deudas - dijo una voz masculina, aunque joven y demasiado aguda como para ser la de un hombre como Eleuterio.
- Hola, mi nombre es Patricia... - dudó entre seguir hablando y colgar, pero ya había movido los labios y se veía obligada a continuar - y trabajo en la oficina de Logística y Distribución, quisiera si es posible hablar con el señor Gutiérrez.
- ¿Con Gutiérrez?
- Si, con Eleuterio Gutiérrez
- Aguarde un segundo en la línea.
Patricia se mordió los labios. ¿Qué diría a continuación cuando él se pusiera al habla?
- ¿Hola? - otra voz habló del otro lado del teléfono.
- ¿Eleuterio? Perdón... ¿señor Gutiérrez?
- No, eh... disculpe, soy el coordinador del sector, Ramirez, mire Eleuterio Gutiérrez no está en la oficina.
- ¿Se fue a su casa? ¿Se sentía mal, verdad?
- No, mire...
- No es que quiera molestarlo, pero sospeché que no estaba bien, por eso llamé.
- Señora, ¿usted quiere hablar con alguien en particular?
- Si, ya le dije, con Eleuterio Gutiérrez. El gerente que firma los formularios.
El otro hombre hizo un silencio. Escuchó murmullos a través del teléfono.
- Señora... - otro silencio - ¿Patricia dijo que se llamaba, no?
- Si.
- Patricia, escuche: Eleuterio Gutiérrez no existe. La firma la hacen un grupo de empleados, que la tienen estudiada. La verdad que son excelentes.
Ahora la que había quedado en silencio era ella. Estaba tratando de asimilar la información. Aquello no era posible. Lo que le estaban diciendo, no podía ser verdad.
- Pero...
- Son formularios de aviso de deuda, no importa quién los firme, pero es una decisión del negocio desde hace años que siempre sea el mismo nombre, para mantener una coherencia. Gutiérrez no existe, eligieron el nombre al azar. Aunque le soy sincero Patricia, no entendemos para qué quería hablar con él.
- Porque... nada, es que... siempre creí que él... bueno, que él existía y hoy, hoy había algo raro en la firma y...
- Viste García, oíste... - en la otra oficina los murmullos se había elevado, pero ya no hablaban con ella, se habían olvidado que estaba al otro extremo de la conversación - Te dije que el nuevo no tiene la misma mano que los otros, estaba crudo todavía, hasta esta mujer se dio cuenta, yo te dije García, al nuevo le falta...
La llamada se cortó. Alguien en la oficina de Deudas había colgado el teléfono.
Patricia aún tenía el teléfono cerca del oído. Permaneció así varios minutos, sin pensar en nada. Más tarde colgó, se puso de pie y caminó hacia la ventana. Afuera las nubes se agolpaban. La lluvia era inminente. Ella estaba llorando, anticipando la tormenta. No sabía por qué, no entendía la razón, ¿Llorar por alguien que nunca existió? ¿O por tantos años viviendo una misma rutina solo por una falsa ilusión?
Sin embargo, lloraba por él. Por ese hombre que secretamente amaba y ahora no sabía su nombre.





25 de junio de 2016

Ilusión

La he visto en sueños. Ayer nomás, al despertar, ella estaba ahí.
Parpadeé varias veces ahuyentando fantasmas, pero siguió pétrea, inmóvil, maravillosa.
Me dije que se iría al ponerme de pie, pero fallé. Sus ojos me seguían como hechizados, pero no eran los suyos frutos de ningún encanto, sino los míos ya perdidos y sumidos a su hipnosis profunda y - me animaría a decir - casi real.
Salí de la habitación, me duché, volví y aún me agasajaba dejándose ver. ¡Y cuánto lo necesitaba!
No sonreía, no hablaba, ni siquiera respiraba. Estaba, nada más.
Era la hora de salir a trabajar. Miré el reloj en la pared. Irme de esa forma, sabiendo que ella estaba en casa, era una puñalada en el corazón. Al cruzar la puerta de calle, desaparecería, sería otra vez un fantasma y debería rogar por un sueño donde apareciera y me abrazara como solo ella sabe.
Si no partía en ese momento, perdería el ómnibus y llegaría tarde. La miré por última vez, guardando parte de ella en mi alma y salí. Fue instantáneo. Esa pequeña porción de ella se esfumó, de la misma forma que su imagen, su aroma, todo lo que representaba. Así de golpe, dejó de existir. El caos de la rutina la consumió en una fracción de segundos.
Respiré profundo, como cada día y me lancé a la rutina. Con suerte, quizá, alguna divinidad del universo me compensara esa noche y me la entregara en sueños, o como esa misma mañana, una vez en un millón, me visitara al despertar. Y cuando eso sucediera, aferrarla para toda la eternidad, si acaso eso era posible.
Cuanto ilusión al evocarla, a pesar de ser sus formas ahora algo difusas. Es que ella, la esperanza, nos corteja muy poco, y a medida que el tiempo avanza, menos que menos. La he visto en sueños y hoy a mi lado. Pero es volátil, como la capacidad de creer en ella.

19 de junio de 2016

La complejidad de tener una mascota

Nunca estuve seguro de querer tener una mascota. Porque una cosa es tener y otra querer tener. Puede que uno de tus hijos se aparezca un día con una mascota que lo siguió en la calle y no quede más remedio que aceptarlo, como para demostrar que uno tiene sentimientos o quiere apoyarlo en la causa. O bien, puede suceder, que uno quiera tener una mascota con todo lo que eso implica.
Porque más allá de lo lindo que puede resultar la compañía, hay que entender que conlleva responsabilidades. Se le debe proveer comida, cuidar que esté limpia, que no tenga parásitos, que no se enferme, darles las vacunas necesarias, limpiar donde ensucia, adiestrarla para que haga caso, para que no rompa el mobiliario... podría enumerar cientos de detalles que deben ser tenidos en cuenta a la hora de introducir una mascota en el hogar.
Los límites es otro de los temas. Dónde puede estar, qué hacer, en qué horarios. La permisividad no solo hará que gane una confianza no deseada, sino que además complicará la relación con la mascota. De la misma manera que lo hará el hecho de no impartir las mismas reglas. Esto se aplica a los integrantes de la familia. Porque si alguien desautoriza a otro delante de la mascota, ésta podrá entender de inmediato quién es más débil para tratar de dominarlo.
La debilidad es una cuestión de carácter. Uno puede ser débil con la mascota por una razón de ternura, de no querer retarla cuando es necesario. Los roles deben estar bien distribuidos, pero en ningún momento se debe perder la noción del respeto. Dejarse avasallar por una mascota es firmar la derrota en su educación. Y seamos sinceros, nadie disfruta cuando delante de familiares, amigos o conocidos, la mascota hace de las suyas, pero no precisamente de las "cosas graciosas" que podrían ser motivo de celebración.
Cuando llegó Larry a casa, me propuse ser un dueño con carácter pero que al mismo tiempo le brindara al nuevo habitante de la casa, todo el cariño y atención que fuera posible. Previamente con mis hijos y mujeres acordamos el tema de los roles. Creímos que sería fácil.
Larry, sin embargo, poco tiene de fácil. Esta raza, capturada más allá del cinturón de Orión, suele ser problemática, no sabemos por qué. Pero se deja adiestrar. Lleva trabajo, es cierto, pero es posible. Además, verlos con sus cuerpos de dos patas, erguidos, esas dos extremidades superiores que terminan en pequeñas garritas con cinco extensiones móviles tan flexibles y hábiles que causan gracia y esos rostros diminutos y bellos con tan solo dos ojos y una boca, despiertan en el interior de uno sentimientos que parecían ocultos.
Y ni hablar de la variedad de sonidos que emiten, que en el caso de nuestro Larry, se escuchan a toda hora detrás de los barrotes de su jaulita y que también tanta gracia nos hacen: "Joeputas, joeputas, joeputas".
¡Qué hermosa especie! Y tan escurridizos, que debemos estar alertas y mantener nuestros veinte ojos bien abiertos para que no se nos escapen.
Pero reitero, entre tener y querer tener hay un abismo de diferencia, sin embargo, lo más importante es comprender las responsabilidades. Una mascota no es un simple pasatiempo. No señor. Es mucho más complejo que eso.

15 de junio de 2016

Rostros de sangre

Valentina se asomó por la pequeña claraboya. El cielo invitaba a salir, pero aún no era posible. El aire maloliente le era indiferente. Había perdido la cuenta de las semanas hacinada en aquella bodega sucia y repleta de alimañas. Pero le bastaba mirar hacia el rincón donde estaba su madre sosteniendo en brazos a su pequeño hermano para olvidar aquel calvario y mentalizarse en lo único importante: la esperanza.
Las voces provenientes desde arriba llegaban con cierta nitidez. Varias lenguas hablando al mismo tiempo, palabras conocidas y otras que eran un solo misterio. Lo mismo sucedía allí abajo. No todos provenían de su patria. Vio a muchos no resistir el viaje, quebrarse en llanto, quitarse la vida o simplemente, morir sin llegar a destino.
La oscuridad era constante, si alguien encendía una vela corría el riesgo de provocar un incendio o ser severamente castigado por la tripulación, que de tanto en tanto bajaba a inspeccionar.
Había un sonido que podría relacionar eternamente: el de las toses, casi como un coro nefasto, presagio de muerte. Toses potentes, carraspeos, otras muy agudas. De grandes, de hombres, de mujeres, de niños. Podía identificarlas sin siquiera levantar la vista.
Los que compartían el mismo idioma conjeturaban sobre el momento que los dejarían abandonar la embarcación. Sospechaban que los dejaban para lo último. Primero descenderían los que tenían boletos en los camarotes, gente con mayor cantidad de dinero, algunos de los cuales solo viajaba para hacer negocios sin la intención de quedarse.
Ellos, cada uno de los ocupantes de la bodega, habían dejado lo mucho o lo poco que tenían en su patria para encontrar su lugar en el mundo. El viaje valía la pena. Todo el sufrimiento de las últimas semanas era el premio a una vida de miseria, de justicias negadas, de trabajos mal pagos, de hambre, de dolor, de enfermedad. Llegaban a tierras prometidas, verdaderos paraísos. El pasado era un mal trago. Lo que importaba era el futuro.
Volvió a mirar por la claraboya. Algunas nubes surcaban el cielo. Parecía mentira que fuera el mismo celeste. Creyó que allí brillaría con mayor intensidad, que quizá en lugar de celeste fuera azul. Pero al mismo tiempo, esa familiaridad la reconfortaba. Volvió la mirada hacia su madre, agotada, con ojeras que parecían haberle comido el rostro. Flaca, desnutrida. La prioridad había sido el pequeño. Y él... ¡Qué decir del benjamín de la familia! Cachetes grandes, rosados, el cabello oscuro como lo había tenido papá, la misma sonrisa de mamá - difícil de adivinar en su actual semblante demacrado -, el llanto casi silencioso como si verdaderamente no quisiera ser una carga para mamá.
Cuánta lástima sería por su madre. Había sido fuerte allá, en su infancia, con su esposo al lado. Extrañaba a su padre, pero su madre seguramente más. Porque él había sido el que había ideado el viaje, el que trabajó a destajo para conseguir el dinero y los lugares en el barco. Se encargó de vender todo, de ponerlos en el barco y antes de partir, dos o tres semanas antes, enfermó y murió.
¿Cómo se las arreglaría su madre, con ese pequeño a cuestas? Un país nuevo, con un idioma nuevo, con gente que no conoce, con la responsabilidad de sostenerse de pie, con la entereza de toda su vida. La miraba  y trataba de reconocer en sus facciones tristes la mujer que le enseñó a ser una buena persona, a ganarse el pan para la familia. La buscó y creyó encontrarla debajo de la trama de arrugas nuevas, fruto del viaje y de la muerte tan cercana.
Papá murió antes de zarpar. No podía culparlo. Había desgastado su salud para que su familia tuviera lo mejor. Pero ella, que derecho tenía. En el lecho de muerte su padre había tomado su mano y le había dicho "cuida de tu madre y de tu hermano". Y ella, con lágrimas en los ojos, le había prometido que lo haría. Sin embargo, le había fallado.
Un tripulante anunció que descenderían a tierra firme, en el puerto. Todos se apuraron a ponerse de pie y tomar sus cosas. La mujer en el rincón hizo lo propio, tratando de sostener a su pequeño y poner bajo el otro brazo sus dos valijas. Valentina reprimió un grito de impotencia al alargar sus brazos para ayudarla y traspasarla como si su madre fuera una entidad de aire. Pero era ella el fantasma, era ella con sus jóvenes quince años y esa tos que comenzó a poco de partir. Esas noches de calor inhumano quemándole el alma, atosigándole la cabeza. Esa espesura de noche sin fin ante el dolor de su madre, su mano firme sobre la suya, el rezo interminable, las promesas a un Dios demasiado ocupado en demasiadas miserias juntas y la despedida definitiva, sin mediar palabras, en una simple y devastadora mirada.
Su madre avanzó con su hermano y las valijas, a ritmo lento y torpe, aturdida por la vida. Trató de seguirla, pero estaba inmóvil. La bodega quedó vacía y volvió la oscuridad, con la fuerza de la marea en plena tempestad, arrojándola hasta el fondo de ese barco, ahora su morada, su lecho de muerte. Atrapada para siempre en aquel lugar donde la esperanza se confunde con los sueños, las ilusiones con lo imposible y la vida con la muerte. Cientos de fantasmas como ella, compartiendo un lugar, pero sin poder sentirse, siendo testigos de miles de rostros ajenos que sufren y sueñan al mismo tiempo, con la esperanza de toparse algún día con los que importan, los rostros de quiénes dejaron atrás.
Los rostros de su sangre.

9 de junio de 2016

Juguetes del destino

Cuando nombro a Morgan, debo referirme indefectiblemente al futuro. Es que a Morgan lo conoceré dentro de dos décadas, sin embargo y de alguna manera, conozco ahora nuestras conversaciones aún no mantenidas, tanto como sus deseos y miedos, alegrías y prejuicios.
Cada noche al cerrar los ojos, aparece ante mí y se sienta en una reposera de madera con lona blanca, ubicada al lado de una piscina de al menos veinte metros de largo, en un jardín desconocido pero que siempre me brinda la tranquilidad y paz que solo un lugar familiar puede dar.
Solemos compartir un refresco, que no necesariamente es el mismo cada vez. A veces me siento a su lado, sobre el césped y otras, en un pequeño banco de hierro. No he encontrado jamás un significado para cada sitio, como tampoco para lo que bebemos.
En cuanto a nuestras charlas, fluyen y mantienen un orden lógico y cronológico. Nos referimos a los temas de la noche anterior como "lo conversado ayer". Las palabras son racionales, claras, para nada absurdas. Y si bien siento que estoy en un sueño, la presencia de Morgan es real como cada una de las frases que salen de nuestras bocas.
Claro que no es un sueño y eso debe quedar aclarado. Nuestros encuentros ocurren en un universo atemporal, una especie de vacío cósmico en el que convergen nuestras mentes cuando estamos descansando. Pero ni Morgan es una alucinación para mí ni yo represento eso para el bueno de Morgan.
Si pudiera expresarlo en una imagen, es como si al cerrar los ojos diera un salto hasta un jardín ubicado veinte años en el futuro y Morgan hiciera lo mismo, pero su salto en lugar de ir para delante, va hacia atrás, porque Morgan en el momento de cerrar los ojos cada noche, hace al menos dos décadas que me conoció.
Pensé siempre que ese acontecimiento, para el que faltan dos décadas, sería yo quién generase el encuentro, obligado por estos diálogos nocturnos. No Morgan, quién para cuando yo lo encontrara, aún no sabría nada de mi existencia, dado que sus viajes al jardín ocurren veinte años después de aquello.
Teníamos un conocimiento sobre ese encuentro, pero no la totalidad de las piezas. Nos dábamos cuenta, conversación a conversación, que estábamos ante un rompecabezas gigante y gran parte de nuestras charlas se centraban en aquel momento. Es que por mi parte ignoraba todo lo relacionado a ese momento, en tanto Morgan apenas tenía recuerdos vagos. No obstante, estábamos convencidos, ese cruce depararía los destinos de nuestras existencias.
El primer encuentro en el jardín fue hace varios meses. Desperté todo sudado, alterado y asustado. Nunca había tenido un sueño tan nítido. Morgan no podía ser una invención de mi mente. Cuando a la noche siguiente noté que volvía a aquel jardín tan cálido y repleto de tranquilidad, supe que iba más allá de un juego de la cabeza.
Con el correr de las conversaciones comprendimos que cada uno procedía de un tiempo en particular. Pero el impacto mayor fue ese instante en común, ese futuro y al mismo tiempo, pasado, que se unirían en la continuidad del espacio tiempo, esa fracción de segundos en la que finalmente estaríamos realmente en una misma línea de realidad.
Cada día esperaba con ansias la llegada del sueño, la necesidad de retomar el diálogo en el punto exacto dejado la noche anterior. Poco me importaban las responsabilidades laborales, la rutina mundana, la salidas con amigos, el compromiso con familiares... el verdadero fin de mis días era la noche y con la noche el sueño profundo y aquel jardín rebosante de verde, con piscina, reposera de lona blanca y Morgan sentado en ella.
A diferencia de los sueños, que en la medida que pasan las horas vamos perdiendo referencias, formas y recuerdos, estos diálogos permanecían como esculpido en piedra, palabra por palabra. Y con cada nuevo encuentro nuevas piezas se iban agregando al rompecabezas. Una tras otra, completando los claros y al mismo tiempo, arrojando luz sobre el entramado final, ese que dentro de dos décadas acercaría nuestras vidas.
Pero anoche... anoche ha sido terrible. Por primera vez desde que convergemos en el jardín, nos hemos quedado en silencio, observándonos absortos, tratando de huir sin lograrlo, ni siquiera sin poder movernos de nuestros lugares. Dimos gracias a los vasos en nuestras manos, porque de esa manera, durante la eternidad que duró aquello, jugamos con ellos, con el líquido que contenían, tratando de disparar las ideas hacia otra parte, de hacernos de una forma de escapar del sueño.
Cadía día (o noche) restaban menos piezas por colocar en el rompecabezas. Nos habíamos percatado de ello. Sin embargo, los fragmentos que revelaremos en el próximo encuentro, serán atroces.
Pensar en el siguiente salto al jardín me sabe a dolor. Es una grieta en el alma, algo descabellado. Se revelará lo que me temo, lo que tememos, lo que Morgan también advierte,
Nuestros destinos se unirán dentro de veinte años por unos instantes y a partir de lo que aportamos cada uno, prácticamente sabemos cuando, dónde y por qué. Podemos, porque hemos dialogado durante meses, en ese lugar extraño que nos ha ofrecido el universo.
Dentro de veinte años, con total seguridad, conoceré a Morgan. Sabré que es él y dudo que esa certeza logre evitar lo que inevitablemente ocurrirá. Y Morgan, que ha creído todo este tiempo, cómo lo he creído también, que esa persona sentada en el pasto o sobre el banquito de metal era ese ser que en el pasado había estado en el peor momento de su vida tratando de protegerlo, es sin embargo, la que en aquel pasado difuso apretó el gatillo.
Y aunque me cueste creerlo, aunque me cueste imaginar cómo es que mi vida dará un giro tan extraño y siniestro en las próximas dos décadas, sé que nada podré hacer para remediarlo.
Ese jardín no es más que el juego cruel de algún ser superior, un juego maldito y eterno, casi una pesadilla, en la que creíamos tener el control pero no tenemos nada. Casi como la vida misma, que un día es de una forma y al siguiente, de otra.
Morgan es mi amigo ahora y debería serlo a partir de ese día dentro de veinte años, donde trataríamos de prolongar el encuentro y extender la amistad, como si el universo nos perteneciera y uno pudiera apropiarse del mismo. Juguetes del destino y nada más, sombras en un jardín que palidece con la caída del sol y la oscuridad penetrante de la noche cómplice, que acompaña al demonio en la risa desmedida en el inverosímil infierno de nuestra existencia.
Y de pronto, temer a entrar en la cama, horror ante la idea del sueño, de los ojos cerrados y de la presencia de Morgan sentado ante uno, ya no amigo, sino víctima y juez, consciente de tener delante al asesino de sus padres cuando él apenas era un crío y no al salvador que entre la muchedumbre lo llevó a un refugio.
El temor agonizante de enfrentarme al asesino dormido, que en alguna parte acecha. La angustia de no poder enderezar jamás ese camino. Ese soy yo, el cazador acorralado.
Por eso no dormí antes de anoche, ni anoche y llevo tantas horas en vela, sin concurrir al trabajo, sin contestar el teléfono, ni abrir la puerta ante los repetidos llamados en forma de golpes de puños de vaya saber quiénes, porque el fin está cerca, porque Morgan es mi amigo y porque hace dos noches que me espera en la reposera para decirme lo que durante veinte años se guardó muy adentro. Y no es justo, no es justo para él saber de la muerte por mi propia mano.
Ya casi vencido por el cansancio, no me arrodillo ante el sueño. Morgan me espera, lo sé. Pero Morgan no debe sufrir, No si dentro de veinte años ya no soy, no si para cuando el sueño llegue, yo ya me he ido.
El balcón, la altura.
Morgan.
La caída.
La amistad.
El adiós.

5 de junio de 2016

El desafío

Cada mediodía tras salir del colegio se reunían en los viejos asientos de madera ubicados en la plaza, sobre la avenida principal de la pequeña ciudad. No hacían nada en particular, solo perder el tiempo y alargar conversaciones iniciadas en el horario de clase.
Algunas permanecían de pie, otras en los bancos de madera - incluso sentados sobre el respaldo - y otras se ponían de cuclillas, con las carpetas entre las piernas. El atuendo escolar le confería al grupo cierta unidad visual.
El centro de atención solía ser Helena. Le gustaba hablar y hablar. Podía hacerlo durante minutos sin tomarse pausa alguna. El resto de las chicas dejaba que hablara porque los temas que tocaba eran de los más interesantes: chicos, fiestas y experiencias sexuales. Y si bien estaban seguras que inventaba la mayor parte de lo que narraba, al menos las entretenía.
Paula, por el contrario, era de las más calladas. Se había sumado al colegio ese año y tras cinco o seis semanas de compartir las mañanas había logrado integrarse. Solía permanecer de pie, apoyada contra un árbol, a menos de un metro del banco de madera. Le gustaba comerse las uñas y pensar en Paula era imaginarla siempre con una mano en las cercanías de su boca.
Ese mediodía en particular, algo llamó la atención del grupo. Paula no solo no se estaba mordiendo uña alguna, sino que en lugar de prestar atención a lo que contaba Helena, miraba embobada hacia el centro de la plaza, donde alrededor del mástil principal - que a pocos metros tenía la compañía del busto de un prócer olvidado - se juntaban los varones.
Fue Helena la que - a pesar de estar hablando sin parar - reparó en Paula y detuvo su monólogo.
- Parece que a una que yo sé está enamorando - dijo, con la pizca de ironía justa como para que las demás adolescentes rieran con su frase.
Paula comprendió de inmediato que se reían de ella. No se molestó. En lugar de eso, se acercó al banco de madera.
- No estoy mirando a nadie en particular - dijo antes que alguien quisiera acotar algo.
- ¡Vamos! ¡Decinos! ¿Quién te gusta? -preguntó Florencia.
- Ninguno, en serio - y mirando a una por una, notando la picardía en sus rostros, agregó - Además, no necesito que me guste ninguno para mirarlos, podría salir con el que quisiera.
Las chicas se rieron.
- Bueno princesa, se te subieron los humitos - le dijo Helena poniéndose de pie.
- En serio - se defendió Paula - ¿Querés probar?
- Mmm... - Griselda, siempre fabuladora, se interpuso entre ambas - Acá me parece que Paulita ya anda con alguien y nos quiere hacer caer en alguna trampa. Nos va a decir que va a salir con fulano y después aparece con fulano. Pero en realidad, ya estaba con fulano. ¿Me siguen?
- Elegí vos, dale - Paula la miraba directamente a los ojos - Decime qué chico querés que salga este fin de semana conmigo. Y este fin de semana lo vas a ver.
El grupo volvió a reírse.
- Lo digo en serio - enfatizó Paula.
Helena llamó aparte a Griselda.
- Dale, decile alguien boluda, pero no seas tonta, no le digás uno feo que seguro va a agarrar viaje, hacela difícil, decile el más lindo o alguno que tenga novia.
Griselda asintió en silencio. Su amiga tenía razón. El desafío no podía ser sencillo.
- Quiero que salgas con Humberto - anunció Griselda.
Las adolescentes se miraron entre sí. Humberto era el deseo de todas. Jugaba al básquet en la primera división del club de la ciudad y era titular a pesar de su corta edad. Pero no solo era su carisma y cuerpo atlético. Humberto hacía al menos tres años que tenía su noviecita. Una pelirroja de la escuela privada. No solo era la rivalidad escolar, sino el hecho que Humberto hubiese preferido a alguien de otro establecimiento que a cualquiera de ellas.
Paula dio un paso adelante, estrechó la mano de Griselda y se marchó. Las chicas volvieron a reír y Helena retomó la historia que estaba contando antes de la interrupción. Aunque ninguna volvió a prestarle la misma atención. Todas estaban pensando en cómo haría Paula para superar el desafío.
Durante los días siguientes la mayoría de las chicas trató de seguir de cerca a Paula, con el fin de poder sorprenderla hablando con Humberto. Pero en ningún momento vieron que se acercara al chico. Tampoco se veía a Paula preocupada. Cada mediodía iba con ellas a la plaza y de ahí a su casa. Sus compañeras se preguntaban si haría algo por tratar de lograr lo que había prometido.
El viernes, cuando se estaba yendo, Helena le recordó lo pactado.
- Si necesitás ayuda, avisame, quizá con mi experiencia te pueda dar una mano - le dijo en sorna.
Paula no respondió con palabras. Solo le guiñó un ojo. Luego cruzó la avenida y la perdieron de vista.
El grupo comentaba que Paula se había jactado para no quedar como una cobarde, aunque había voces que afirmaban que solo lo había hecho para no develar el nombre del chico que le gustaba.
El sábado a la noche, que era cuando solían encontrarse en el único boliche de la ciudad, lejos de haberse olvidado del desafío, el grupo de chicas se había puesto de acuerdo para estar temprano en el lugar. Si Paula no aparecía, irían en plena madrugada a su casa a arrojarle huevos a la ventana. Era lo mínimo que se merecía si no cumplía con su palabra. Tenían tres docenas en el maletero del auto del hermano de Florencia.
Pero faltando cinco minutos para las dos de la madrugada, vieron entrar a Paula al boliche. Y no iba sola. Humberto caminaba a su lado, tomado de la mano.
Algunas balbucearon. Otras directamente no podían creerlo.
- ¿Y la noviecita de Humberto dónde está?
- No, esto tiene que ser un arreglo. Se pusieron de acuerdo, a mi no me engaña.
- Seguro le dio plata, para no perder el desafío.
En ese instante, Humberto le daba un beso en la boca delante de todos.
- No creo que Humberto se deje ver besando a alguien que no sea su novia... y lo está haciendo delante de todas.
No hablaron por más de diez minutos. Sus miradas estaban atrapadas en los movimientos de Paula y Humberto, que bailaban, permanecían abrazados y se besaban de tanto en tanto.
Finalmente Helena se dirigió a ellos.
- ¡Paula, que sorpresa! - gritó al verla y luego, mirando a Humberto - ¿Estrenando novia?
Humberto sonrió.
- No diría estrenar, hace cuánto que salimos Paula... ¿Dos o tres años?
- Tres mi amor, tres ¿Ya no te acordás?
- ¡Si vos viniste a vivir este año a la ciudad Paula! ¿Qué decís?
Paula y Humberto le dirigieron una mirada de sorpresa.
- Helena, ¿estás bien? - Paula apoyó una mano sobre su hombro - Vos viniste este año a la ciudad, yo nací acá.
Helena estalló en carcajadas.
- ¡Entiendo! ¡Entiendo! Me están haciendo una broma, me doy cuenta...
La miraron como si estuviera loca y se alejaron hacia la barra.
Helena quedó perpleja. En su interior estaba creciendo rabia y el deseo de asestarle un buen sopapo a Paula. La había hecho quedar como una tonta delante del chico más popular del colegio. Volvió cargando la bronca con el grupo de amigas.
- No lo puedo creer, sinceramente no lo puedo creer...
- ¿Qué cosa Helena? - preguntó Griselda,
- ¡Qué no solo llega con Humberto, sino que además me pusieron de acuerdo para hacerme quedar como una tonta!
- Y con quién querés que llegue, si son novios desde hace años... - dijo Florencia mientras tomaba una gaseosa.
- Y vos de lo que dijiste que ibas a hacer, nada, puro bla bla bla - Griselda se reía.
- ¿Yo? ¿Qué iba a hacer yo?
- ¿Ahora no te acordás? Dijiste que ibas a encararte a Humberto delante de Paula. Si lo hacías, tenías el derecho de cagarnos a huevazos y si no lo hacías, esa suerte la corrías vos.
- ¿Ustedes están locas? ¿Se pusieron de acuerdo con la nueva?
El grupo de amigas comenzó a reír al unísono, como una jauría de hienas. A Helena se le erizó el cuerpo. En la barra, mirándola de soslayo, Paula, que se había puesto un tonto y raro sombrero que terminaba en punta, sonreía. Creyó ver un brillo extraño en sus ojos, un punto rojo incandescente, un destello tan aterrador como real. Para entonces la sangre en sus venas era un solo río helado.

27 de mayo de 2016

Gripe

Benito no quería ir a la escuela. Se había levantado con fiaca y el cielo gris que se proyectaba a través de su ventana confirmó su poca voluntad de salir esa mañana de la casa. Así que decidido, tomó el teléfono y llamó a la directora.
- Ana, hoy no voy a dar clases, llame si es posible a una reemplazante.
- ¿No te sientes bien?
Titubeó, podía mentirle acerca de su estado de salud o bien alegar un trámite de último momento. Eligió sin pensar.
- Gripe. Me sentí fatal toda la tarde y anoche caí en cama con fiebre.
- Benito, cuánto me apena escuchar eso. ¿Mucha fiebre?
- Si, muy alta - y como para confirmar su malestar, acotó a continuación: - Dudo que pueda ir al médico, quizá haga reposo todo el día.
Claro que lo haría. Se quedaría toda la mañana en la cama mirando alguna película online, luego pediría comida a domicilio, almorzaría y volvería a acostarse en su habitación a seguir mirando televisión. Era un plan perfecto para una jornada de nubarrones oscuros y brisa fresca.
- No te preocupes por eso Benito, no salgas, el día está espantoso. Nosotros te enviaremos al médico laboral.
Aquello despertó todas sus alarmas. Un profesional no demoraría ni dos segundos en darse cuenta de su estado. Debía actuar rápido.
- Ana, tengo pensado llamar a mi hermana, ella con seguridad me llevará cuando salga de trabajar, al mediodía.
- ¿Seguro? - la directora mostraba un real interés.
- Si Ana, además, una simple gripe no puede hacerme nada.
- No sabemos si es simple Benito, por favor, está la gripe A por todas partes. ¿Quién te dice que no la sea? Además, con tanta fiebre... es un factor a tener en cuenta. Mira, si para la tarde no has ido, envío al médico. Te estaré llamando.
Al cortar la comunicación, recordó a su amigo Fabián. El hermano era médico. No perdía nada con llamarlo y preguntarle si no le extendería un certificado médico. De esa manera, podría decirle a Ana que había ido al médico y tener el justificativo en papel.
Su amigo le solucionó el problema en pocos minutos.
- Me pidió mi hermano que pases a buscarlo cerca de las siete de la tarde, cuando está cerrando el consultorio - le informó Fabián más tarde.
Cuando a la tarde empezó a llover, agradeció no haber ido a trabajar. Consultó la hora y aún tenía tiempo para ver un capítulo más de la serie que había comenzado después de almorzar. Las ventajas de tener todo el tiempo del mundo es que uno podía decidir en qué malgastarlo.
A la tarde salió a buscar el certificado. Mientras conducía hacia el consultorio del hermano de Fabián se imaginó faltando varios días, quedándose en su casa, pidiendo comida a los deliverys y mirando películas y series. Sumaba al factor "no ir a trabajar", el de "estar soltero". ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes?
Cuando el médico le entregó el certificado, Benito hizo la pregunta.
- ¿Podrías darme otro con más días? La verdad es que estoy escribiendo una tesis de un posgrado y necesito de todo el tiempo posible, porque la fecha de entrega es antes de fin de mes y estoy atrasado.
Volvió a su casa con dos certificados, un kilo de helado y un pollo de la rotisería de la esquina. Antes de encender el televisor, le escribió un mensaje a la directora.
"Ana, es gripe. Me dieron un certificado por hoy y otro para los próximos cinco días, ya que debo hacer reposo". Recibió un "Ok que te mejores Besos" como respuesta.
Eran unas mini vacaciones, aunque debía cuidarse de no salir de casa. No podía exponerse que alguien del colegio lo viera lo más campante por la ciudad.
Al otro día, mientras miraba una película, recibió un llamado de Ana.
- Benito, por las dudas estamos tomando medidas de prevención y advirtiendo a los niños que la gripe está rondando. Hoy vendrá un médico a dar una charla al respecto. Tu caso nos ha puesto en alerta.
Agradeció el dato y aconsejó que se cuidaran. Mientras lo hacía, una gran sonrisa estaba instalada en su rostro. No le costaba mentir, lo estaba disfrutando. Cómo no hacerlo, recostado en su cama, con un desayuno abundante y una buena película en la pantalla.
Para la tarde había terminado una temporada más de la serie policial con la que se había enganchado la noche anterior, aunque estaba dudando entre una de un hospital y otra de zombis, como para variar un poco. En medio de una indecisión, llamó su amigo Fabián.
- ¿Vos sugeriste a mi hermano para que vaya a dar una charla sobre la gripe a tu escuela?
Benito casi se atraganta con la medialuna que estaba comiendo.
- ¿Llamaron a tu hermano de la escuela? No lo puedo creer...
- Me avisó recién que pasaba por casa después de la charla y cuando me dijo que era en esa escuela, supuse que vos lo habías invitado. ¿Fuiste a verlo ayer, no?
- Si, por el certificado, pero...
- ¿Pero?
- Le pedí otro, por cinco días más. Y en la escuela dije que tenía gripe. Hoy me avisaron que dan una charla sobre eso. Nunca me imaginé que iría tu hermano. ¡Con todos los médicos que hay en la ciudad!
- Bueno, si sabe que faltás con la excusa de la gripe, no pasa nada.
- En realidad, le mentí...
- ¿Cómo que le mentiste? ¿Dijiste una mentira en la escuela y otra a él?
- Y si, cómo le voy a decir que tengo gripe si estaba más fresco que una lechuga.
- ¡Pero es mi hermano, le hubieras dicho que era un pequeño favor nada más!
- Es que quería faltar más de un día.
- Vos querés mucho, eso es lo que pasa. Espero que no meta la pata.
- De todos modos, no sabe que trabajo ahí.
- Sabe, le dije hace un rato.
- ¡Le dijiste!
- Se me escapó en realidad, me nombró a la escuela y solté "el colegio donde da clases Benito".
- Seguro va a meter la pata, seguro...
- ¿Qué excusa le pusiste a él?
- Una tesis, de un posgrado...
- ¿Al menos lo estás haciendo? Al posgrado, digo.
- No, qué va. Ni pienso pisar volver a pisar un colegio en mi vida. Para estudiar, claro. Lo piso todos los días, enseñando.
- Entonces te corto y lo llamo. Quizá esté a tiempo de advertirle.
- ¿Y yo quedar como un mentiroso?
- ¡Sos un mentiroso! Ni estás enfermo, ni estás estudiando. Al menos decime la verdad a mí, qué cosa tan importante estás haciendo para inventar tantos pretextos.
- Estoy arreglando la casa, eso estoy haciendo. En la semana no tengo tiempo, los fines de semana los uso para descansar y no quiero perder las vacaciones haciendo lo que no puedo hacer el resto del año. La escuela es agobiante Fabián, los chicos están más descontrolados que nunca, son violentos, insufribles, cuando llego a casa por las tardes no tengo ganas de nada, ni una serie en la tele puedo ver, ni una serie...
Había levantado el tono de la voz, poniendo énfasis en cada palabra, dándole mayor vigor a lo que decía.
- Está bien Benito, está bien... tenés razón. La vida nos obliga a veces a sacrificar nuestro tiempo para sobrevivir, una rara y angustiante paradoja. Me gustaría poder decirte que estás equivocado, pero es un pensamiento afín. Más de una vez he tenido la misma reflexión y debo reconocer que no he tenido los huevos para poder aferrarme a una mentira y poder hacer en casa todo lo que Elvira me viene pidiendo desde que nos casamos.
- Tenés un hermano médico, podés aprovechar.
- Si, aunque es todo un tema para mí, está en el límite entre lo moral y lo filosófico. Lo que debo hacer, lo que necesito hacer. Mi familia me instruyó así, lo sabés bien, Podría hablarlo con mi primo, que es psiquiatra y ha estudiado mucho la mente y las derivaciones...
- ¿Tenés un primo psiquiatra?
- Si, Enrique. Lo has visto en algún que otro cumpleaños. Flaco, de barba...
- ¿Anteojos culo de botella?
- ¡Ese mismo! Bueno, te decía...
- ¿Y vive en la ciudad?
- Si, claro. Frente a lo de Marcos. Bueno, en realidad ahí tiene el consultorio. Vive con los padres, a la vuelta. El tema es que este dilema debo hablarlo con alguien. Lidiar con esta paradoja y quizá si, me anime, Ojo, no digo que estés equivocado. Pero hoy, no estoy de acuerdo. Y si mi hermano habla de más, por boludo vas a estar en problemas.
- No te preocupes Fabián, en serio. No va a pasar nada. Me ayudaste un montón llamándome.
Se despidieron, promesa de verse el fin de semana en el cumpleaños de Horacio. Al fin había podido cortar. Benito estaba exultante. ¿Hablaría de más el hermano de Fabián? No le importaba. ¿Consultaría Ana al doctor, por la gripe contraída por uno de sus maestros, que justamente saltaría en la conversación, sería un conocido en común? Tampoco lo inquietaba.
¡Cómo podía estar preocupado! Más sabiendo que el primo de Fabián era psiquiatra. No solo podía alegar un problema con el manejo de la verdad sino que podía pedir licencia indefinida. ¡Cuánto porvenir repleto de descanso asomaba en el horizonte! ¡Cuántas horas mirando series y películas! ¡Comidas en la cama! ¡Postres a cualquier hora! ¿Y si se cansaba? ¿Si esa vida lo aburría?
Y bueno, siempre estaba la posibilidad de volver a la escuela. Al fin de cuentas, era su trabajo.