Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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28 de mayo de 2015

El conocimiento que viene del más allá

El niño se mostraba reticente, desviaba la mirada y buscaba en todo momento concentrarse en algún punto distante de la habitación.
- Martín, no tienes que preocuparte, tus padres solo quieren ayudarte.
El niño no contestó, sumiendo el lugar en un silencio incómodo, aborrecible. Por la ventana podía ver una ciudad inmensa extendiéndose hasta el horizonte, pero no llegaba ningún sonido a través de la misma. Era un piso veinticinco. Una especie de abstracción del universo.
El hombre caminó hasta su sillón de respaldo algo. Tomó asiento con movimientos lentos. No quería asustar al pequeño.
Permanecieron sin abrir la boca casi media hora. Martín, muy a pesar, rompió la monotonía.
- No estoy loco.
Tres palabras. Demasiadas. Necesarias.
El Dr. Rettana, según señalaba el título en la pared opuesta, supo que no debía desaprovechar el momento.
- No me han dicho que lo estés, si eso es lo que te ofusca.
- Es que... las voces solo las puedo escuchar yo. Por más que esté rodeado de gente, soy al único que le hablan.
- ¿Y qué es lo que te dicen?
- No lo recuerdo... ¡y eso me pone mal!
- ¿Nada de nada?
- A veces me parece que si y cuando voy a contar, me olvido, se me van las palabras. Creo que son respuestas a cosas que no sabemos, porque lo que me queda es la sensación de saber de repente algo muy importante, pero al querer transmitirlo a alguien, todo desaparece.
- Tus padres quieren que te hipnotice.
Martín dudó. Pensó que lo llevaban por creer que tenía algún tipo de demencia. Había leído sobre eso en internet. Jamás se imaginó que quisieran ayudarlo.
- ¿Y eso haría que recuerde?
- Podría ayudar.
- ¿Y si lo que las voces no quieren que transmita lo que me dicen...?
- No tendría sentido entonces que quieran darte conocimientos.
- Quizá si, quizá solo debería quedármelos. ¿Entiende? Si no busco divulgarlos, es posible que empiece a recordar lo que dicen las voces.
- Martín, eso no tendría sentido. Si tienes conocimientos importantes, es vital que los hagas saber.
- ¿Para qué?
- Para el bien de todos.
- ¿Y cómo saber si esos conocimientos causarán el bien?
El doctor guardó silencio.
- Voy a tratar de hipnotizarte, Martín.
- No quiero. Prefiero ir a casa.
Martín se puso de pie y avanzó hasta la puerta. El doctor no se movió de su silla. Esbozaba una sonrisa tímida, incierta. Cuando el niño llegó al picaporte, trató de girarlo. Estaba con llave.
- Quiero irme - dijo con énfasis
El doctor avanzaba en su dirección, caminando muy despacio.
- Eso no va a ser posible Martín,  tus padres están de acuerdo en que colabores. Para ellos, estás loco.

20 de mayo de 2015

Estrellas fugaces

Cuarenta y cinco hombres partieron desde la base antártica secreta ubicada justo debajo de la base alemana de Neumayer. Durante años se había construido un túnel hacia las profundidades. Minuciosamente se había quitado centímetro a centímetro de hielo, abriéndose paso a lo desconocido.
En la última década, minúsculos robot nanotecnológicamente preparados habían refinado los trabajos. Cuando los sensores enviaron la señal que indicaba que se había llegado a veinte kilómetros de profundidad, el organismo internacional a cargo de la expedición dio la orden de llamar a las personas elegidas a lo largo y ancho del planeta, cada una especializada en un área diferente.
Equipados con tecnología de última generación, incluso herramientas aún sin patentes, los hombres emprendieron la marcha sabiendo de la importancia de la misión, sin perder de vista que al mismo tiempo, se trataba de una aventura arriesgada como siempre lo es hurgar en lo desconocido.
Las comunicaciones se mantuvieron durante cincuenta y seis horas. Luego, de un momento a otro, de manera abrupta, se perdió todo contacto. Infructuosos fueron los intentos de los técnicos ubicados en la base secreta de recuperar la señal de los equipos de la expedición.
El silencio en las radios los paralizó durante setenta y ocho horas. En ese lapso se realizaron más de una docena de reuniones. Pocos líderes en el mundo sabían de la expedición pero exigirían una respuesta llegado el momento. Sin embargo, cuando el contacto se creía perdido para siempre, una estática inundó la sala de control de la base.
El operador de turno corrió a los sensores y no supo si gritar, llorar o reír cuando proveniente del parlante de la radio escuchó una voz en un idioma que desconocía. Pronto llegaron todos los intérpretes y el japonés supo que la suya era la lengua que se escuchaba. El rostro se le desdibujó al comenzar a traducir.
- Soy el único sobreviviente, no doy más, por favor vengan a buscarme.
El operativo demoró cinco horas en organizarse. No se sabía a qué distancia estaba el científico de nacionalidad japonesa que se había comunicado. Afortunadamente había recorrido a duras penas casi todo el camino de retorno, pudiéndose comunicar cuando le quedaban por recorrer tres kilómetros.
Su condición crítica de salud hizo temer por su supervivencia, pero los médicos de la base lograron mantenerlo respirando lo suficiente como para que su cuerpo se recuperara. Una semana más tarde volvía a hablar, ahora en inglés, idioma que conocía. A las pocas horas pidió conversar con el máximo responsable de la misión. A solas.
La reunión duró solo treinta minutos En medio de la misma, pidió que le alcanzaran su mochila. Habían revisado todo, pero no se habían detenido en un pequeño bolsillo donde el científico había guardado una tarjeta de memoria. Pidió una computadora portátil y colocó la tarjeta.
- Véalo por usted mismo - dijo el japonés.
El hombre parado a un lado de la cama palideció.
- Al final del túnel está la Tierra, como si la observáramos desde la Luna. Allí cayeron todos. Vi como se desintegraban en la atmósfera terrestre. Si no me cree, aquí están las fotos.
Dicen que la base ahora está cerrada y no se tiene en los planes volver a ocuparla El túnel ha sido cerrado y las pruebas de todo lo ocurrido, eliminadas. Hay quiénes afirman haber visto las fotos. Sin embargo no se conoce la identidad de ninguno de los involucrados.
Los intentos de este reportero de llegar al área donde funcionó la base han sido en vano. Nadie dice conocer su existencia. He estado en Neumayer y prácticamente me han tratado de loco. De manera obsesiva me encuentro interrogando a todo científico japonés que se tenga conocimiento. Espero algún día dar con la verdad. Mientras tanto observo el firmamento. Temo que las estrellas fugaces que a veces vemos, no sean tales.

16 de mayo de 2015

El eterno círculo de la vida, la muerte y el dolor

Para el filósofo Molitorni, la muerte es un punto inexacto en un círculo infinito que no marca un final (¿cómo podría en un círculo?) sino la continuidad de un mismo ciclo, eterno, infinito. Los círculos son personales y se cruzan a lo largo de la eternidad cíclica con otros círculos en indefinida cantidad de ocasiones.
Cada persona, por lo tanto, representa un círculo que en alguna parte tiene su nacimiento y en otra su muerte, siendo tan próximas una a otra, un punto del otro, que es imposible discernir entre ambos. Y además de próximos, son sucesivos.
Por supuesto, su visión ha sido denostada de mil maneras diferentes, desde el escarnio en el mundo de las ciencias a la edición de extensos trabajos en prestigiosas publicaciones refutando y abochornando al filósofo nacido en algún punto de su ciclo en la localidad argentina de Villa Constitución.
Molitorni ha visto erigir monstruosos interrogantes con el solo fin de desmoronar su teoría, como el de poner en duda la existencia de tal círculo al sentenciar que este no podría existir - como afirma el filósofo villense - previo a la muerte, dado que no estaría completo. Habría un principio y no un final. En cientos de foros ha tenido que defenderse afirmando uno de sus máximos postulados: los términos que conocemos y comprendemos como "principio" y "fin" no existen, son falsos. La continuidad es infinita, el círculo lo es, los hechos que suceden en ese círculo lo son. Se renuevan segundo a segundo, del nacimiento a la muerte - estados establecidos por el hombre y su ciencia - haciéndolo continuo, interminable.
Todo se repite en algún momento, todo es cíclico. Molitorni explica entonces a los que quieran oír - ya sea para asimilar o refutar - que lo que está haciendo en ese preciso momento, ya lo ha hecho infinita cantidad de veces y no habrá nada que pueda cambiarlo, ni lo que ha pasado antes o lo que vendrá después.
El mundo pensante se divide entre los que lo escuchan con paciencia y tratan de reflexionar acerca de sus ideas y los que sin preámbulos, se ríen a carcajada limpia. A Molitorni, sinceramente, todo aquello le chupa un huevo.
Sabe que en su círculo nada salvará a su hija de aquel asesinato a sangre fría en manos de un novio despechado y mucho menos, lo exonerá a él de la venganza fría y meticulosa, planeada durante meses, mientras la burocrática existencia acumulaba papeles en una causa judicial que se dilataba amontonando recuerdos y odio sobre capa y capa de polvo de bibliorato archivado.
Y entonces, una vez más, en su infinito infierno (y el de todos, el de cada uno), defiende a rajatabla su hipótesis. Lo seguirá haciendo, una y mil veces, en la eternidad de su círculo, que de tanto en tanto lo llevará a mancharse las manos de sangre y perecer entre barrotes, con el dolor encadenado al tiempo.

12 de mayo de 2015

Tren a París

La delgada línea blanca delimita su área. Hasta ahí puede llegar. Ni un paso más. Al cerrar los ojos el bullicio la asedia con mayor intensidad. Voces de hombres y mujeres cruzando barreras idiomáticas, palabras que no comprende pero que suenan dulcemente en sus oídos. Aquel es el paraíso, la antesala a una maravilla.
Tras las voces, otros sonidos. El vendedor de diarios en su puesto, ofreciendo los titulares del día. Las valijas con rueditas marcando el paso apresurado de sus dueños. El chirriar de los frenos de las grandes maquinarias, el pitido de los coches a punto de partir. Un océano vívido  de sensaciones que al cerrar los ojos impregna su espíritu. Universo único de la estación, de aquel andén en particular, de esa constelación de almas que coinciden con el mismo objetivo.
Una voz femenina con cierto eco metálico, anuncia a viva voz que el tren a París está pronto a partir. El bullicio se intensifica y puede sentir como pasan a su lado, la empujan, tratando de ganar el andén y aproximarse a los vagones que aguardan la partida. Un escozor recorre su cuerpo, que tiembla mientras las lágrimas la hacen sucumbir a su encanto. Quiere llorar pero se reprime. Sabe lo que sigue a continuación.
Abre los ojos y la línea blanca está allí, cercando su habitación, esas paredes blancas acolchadas, esa cama poco mullida en un rincón y una puerta más allá que no puede atravesar.
Y la vía de escape se esfuma, como un sueño, entre sollozos que no tienen libertad.

7 de mayo de 2015

Agujero negro

Bistotti. Joven argentino sin (demasiadas) aspiraciones. Estudia para contador por mandato familiar. Si hubiese podido elegir, habría sido guardavidas. No es un experto nadando, pero la idea de ganarse la vida en la playa se acerca lo suficiente al sueño perfecto. Se decantó por lo que querían sus padres por un motivo muy sencillo: tiene todo servido.
De chico le decían alambre de cobre, porque tenía que pasar dos veces para hacer sombra. Las visitas casi diarias al gimnasio a partir de la adolescencia han moldeado un cuerpo mucho más interesante para el espejo y las mujeres. En su clase hay una chica que le gusta, pero la idea misma de enamorarse atenta contra su pensamiento de disfrutar con todas las mujeres que pueda, sin importar el dónde y el cómo.
Aristimurri. Joven argentina con un claro objetivo inmediato y una serie de metas futuras bien definidas. Quiere ser contadora como su abuelo y sabe que lo logrará con la mejor calificación de la facultad. Su preparación no está en el estudio según afirma, sino que la lleva en la sangre. Ninguna otra carrera podría suplir lo que para ella significa la que con éxito está haciendo. Proviene de una familia de clase alta, por lo que la imagen, la indumentaria, los accesorios, son importantes. De la misma manera, las apariencias. Por lo tanto trata de no equivocarse con las compañías que están a su lado. Odia con todas sus fuerzas (y mucho más) a un compañero de clase que se pavonea en todo momento y que no se toma la carrera en serio. Lo ha visto poner su atención en ella y eso ha hecho que además de odio, sienta adversión.
O'haio. Es el bar donde coinciden la mayoría de los estudiantes de la facultad. Tiene una onda retro durante el día y se transforma en un ruidoso pub de noche. suele ser el punto de partida hacia otras salidas. Pasar por "el bar" es para los estudiantes asiduos sinónimo de ese lugar. Aristimurri y su grupo de allegados (ella no le dice amigos, dado que es un concepto muy específico y peligroso de usar libremente) despliega sus camperas, carteras y mochilas en un sector de mesas situado muy cerca de la ventana que da a la calle. Bistotti, que concurre solo o a lo sumo con dos o tres compañeros de clase, se acoda siempre en la barra. Desde allí puede ver la puerta de entrada y la mayoría de las mesas, tan solo con voltear levemente la cabeza.
La conversación. La tienen en O'haio una tarde de invierno, tras salir de un parcial. Aristimurri luce el desenfado de quien sabe ha salido triunfante de la contienda. No menos que un diez, piensa con más soberbia que orgullo. Poco le importa cómo le ha ido a los demás, ella bien se merece un trago caro, de esos que solo hacen en la barra. Bistotti mastica la bronca. Le han tomado justo lo que no estudió. Tendrá que darle explicaciones a sus padres y el solo imaginar la situación lo pone de mal humor. Ya sabe lo que va a suceder, además de la reprimenda habrá amenazas y correrán riesgo algunos de los víveres. Tendrá que buscar las palabras justas para hacer las promesas exactas. Pero la procesión va por dentro, su semblante jamás se altera, luce imperturbable, seguro, sonriente. Acaba de hacer un chiste y una morocha a su lado ríe a carcajadas. Entonces siente un codo inoportuno que roza su espalda. Observa de reojo y es ella. Aclara la voz y dejando atrás a la (ahora) desconcertada morocha, le pregunta a ella, a la que le gusta muy a su pesar, cómo le ha ido. La joven se sorprende. No entiende cómo la simple acción de solicitar un trago al barman se ha convertido en el suplicio de tener que soportar que el aborrecible Bistotti le esté hablando. Y no solo pregunta una vez, sino que reitera las mismas palabras, creyendo quizá que ella no lo ha oído, pero se equivoca, ella en realidad trata de ignorarlo, pero no lo consigue. La sonrisa enorme en ese rostro falsamente bronceado, que casi no encaja con ese cuerpo trabajado durante años, sigue estando allí, esperando una respuesta. Aristimurri suspira, intenta no arruinar la vibra positiva que el examen le ha conferido, finge una mueca que trata de aproximar a una sonrisa y muy a su pesar mueve los labios. Ambos recordarán ese instante. Pudo haber pronunciado muchas frases, pero las cuatro palabras que salieron de la boca de ella, envueltas en un cálido aliento a menta (sin azúcar), fueron lo más parecido a un agujero negro en la faz del planeta: Qué mierda te importa.
Aristimurri volvió con los suyos, portando su trago. Bistotti permaneció con la sonrisa inmaculada, pero los ojos perdidos. Vio la silueta alejarse y perderse en un mar de gente, experimentando una rara sensación, como si algo hubiera succionado toda su seguridad. Ni siquiera la morocha con la que estaba hablando antes, permanecía a su lado. Distante, el objeto de su deseo seguía de largo en dirección a la puerta. Toda la dicha del triunfo se había ido a la mismísima cloaca. Arrojó el vaso largo con el trago en un cantero cercano, mientras sus zapatos de taco alto la llevaban al borde de la acera para tomar un taxi.


4 de mayo de 2015

Días helados

Los primeros fríos del año llegaron sin previo aviso. Por suerte Amanda era precavida y había comprado en rebaja el año anterior bastante abrigo como para que Lucas pudiera disfrutar tranquilo de la plaza. Porque a Lucas no había nada que le gustara más que hamacarse, treparse a los juegos o sentirse más cerca del cielo en el sube y baja.
Cada tarde, tras la escuela, iban juntos de la mano hasta la plaza que estaba cerca de la casa donde vivían. Era común para Amanda encontrarse con madres de otros chicos que concurrían seguido, igual que ellos. De algunas no sabía ni siquiera el nombre, pero en el reino de la madre y los juegos, aquello no era impedimento para conversar mientras de reojo, con ese instinto innato de sobreprotección, vigilaban a sus críos.
Interrumpían sus diálogos para algún grito oportuno, con el fin de evitar un golpe no deseado de sus niños, no tanto por el miedo a que se lastimaran, sino para evitar que lloraran camino - obligado tras una caída - a casa.
El paisaje, a pesar del frío, era el de siempre aunque la gente pareciera más gorda, enfundada en ropas gruesas. El vendedor de pochoclos estaba en su rincón cercano a la fuente, el cantero principal ocupado por adolescentes que ríen y se empujan sin medir sus fuerzas, los bancos de madera ocupados por jubilados o mujeres descansando con las bolsas de las compras a los pies. La brisa fresca movía las ramas suavemente y los árboles daban la sensación de estar temblando por culpa de la baja temperatura.
Apacible, la tarde parecía la de todos los días, pero entonces sucedió lo inesperado. Amanda no recuerda el momento exacto, pero de un momento a otro, todo comenzó a transcurrir en cámara lenta.
Una paloma cruzaba el aire aleteando a tan baja velocidad que podía ver el detalle de cada pluma, mientras las palabras de la mamá del nene de anteojos oscuros que se columpiaba con Lucas llegaban casi como arrastrándose a sus oídos. Y las hamacas, con Lucas y el chico cuyo nombre desconocía, se movían con una lentitud pasmosa, como si en lugar de balancearse, estuvieran escalando el aire.
Con esfuerzo supremo y demorando una eternidad, llevó la vista al centro de la plaza. Parecía que estaba viendo una película con la función de cámara lenta. Pudo notar en los ojos de la mujer que tenía delante, que estaba tan asustada como ella. También lo estaba percibiendo. Y a diferencia del frío, que había llegado sin avisar pero para instalarse, aquella rara sensación se esfumó.
Todo lo que la rodeaba recuperó su velocidad habitual, incluso las palabras de aquella mujer, que preguntaba en voz alta ¿Qué pasó, qué fue eso?.
Amanda, aún aterrada, corrió hacia las hamacas. El niño de anteojos se lanzaba en ese momento a la arena, para correr a los brazos de su madre. En cambio Lucas...
Su hijo seguía moviéndose en cámara lenta. Trató de devolverlo a la velocidad natural con un par de cachetazos, pero no hubo caso. Lucas lloró lentamente.
El regreso de la casa fue traumático porque el niño apenas si podía hacer diez metros cada dos minutos.
Amanda sabe que debe tener paciencia, que quizá lo que le ocurre a su hijo termine de un momento a otro. Ningún médico ha sabido explicarle lo que le está pasando. Escucharlo es doloroso. Cinco minutos para decir una frase.
El frío aún persiste. Sin embargo para Amanda, ya no es una preocupación. Casi no salen de casa y allí dentro tienen calefacción.

25 de abril de 2015

El genio del Paraná

En una isla del Paraná a la que se puede acceder en noches de luna llena y guiados por algùn conocedor del intrincado laberinto de canales propios del majestuoso río, vive un genio moderno que no aparece tras frotar lámpara alguna. El hombre acepta efectivo y tarjetas, aunque únicamente cuando le funciona el posnet.
A él acudieron tres amigos que desde siempre soñaban con triunfar en un proyecto en conjunto. Uno era escritor, el otro dibujante y el tercero vivía pergeñando estrategias de venta, ya sea para su hermana que tenía un maxi kiosco como para el verdulero de la esquina, famoso por sus pizarrones de ofertas, donde cada día rimaba una fruta o verdura con un verso de doble sentido.
Éste último fue quien presentó a todos ante el genio, que se llamaba Enrique pero le decían Cacho y que en ese momento trataba de encender un espiral para espantar los mosquitos que pululaban por todas partes.
- Queremos que nos cumpla un sueño - dijo el tercero de los amigos - Pero sabemos que además del dinero, hay otras cuestiones…
Cacho, que había logrado con éxito prender el espiral, se cruzó de piernas y los miró seriamente.
- Todo deseo tiene su costo, más allá del monetario que se paga en efectivo o en tarjeta con diez por ciento de recargo. Y esto se debe a que tampoco les voy a dar todo en bandeja.
- Ni aunque le paguemos un poco más de la tarifa - consultó esperanzado el escritor.
- Ni por todo el oro del mundo. Si lo quisiera, lo desearía y ya. Lo mío es un capricho, vayan sabiendo. Sería muy fácil resolverle la vida a los demás. No tendría sentido, algo debe costarle.
- Bueno, pero en nuestro caso - informó el dibujante - no es tan difícil, mire, queremos hacer una revista cultural entre los tres y deseamos que sea exitosa, que cobre importancia y se convierta en un boom editorial.
- ¿Y si no es tan difícil para que vienen? - contestó el genio, riéndose - No me hagan reír, que termino de comer un dorado a las brasas. Vamos al grano, puedo hacer lo que quieren, pero el costo para ustedes es que jamás volverían a estar juntos. Harían la revista, sería un éxito y se llenarían de dinero. Pero nunca más se verían personalmente. Porque el destino siempre hará que cuando uno esté un lugar, el otro deba viajar. Y por más que traten de todas las maneras que imagine, organizar para juntarse, nunca lo lograrían. Ese sería el costo. ¿Lo aceptan?
Los tres amigos se miraron. No podía ser posible. No había forma que nunca más estuviesen junto.
- Ya sé lo que piensan - dijo el genio - Que sería increíblemente difícil que eso sucediera. Les aseguro que si quieren que les cumpla el sueño, eso sucederá. Se los advierto ahora, porque no es mi intención que gasten su dinero en vano. Aquí tengo todo lo que necesito, me da lo mismo unos clientes menos, unos clientes más. Lo que disfruto, es ese sacrificio que conlleva toda meta. ¿Están dispuestos a triunfar pero no estar juntos nunca más?
- ¿Podemos pensarlo? - preguntó el estratega de ventas.
- Claro, vuelvan la próxima luna llena si están de acuerdo.
Se saludaron con un apretón de manos y los amigos dejaron atrás la isla, remando lentamente. No hablaron en todo el trayecto. Recién a la noche siguiente, en el bar de siempre, tocaron el tema. La decisión fue unánime. Y hoy, a varios años de aquel viaje al Paraná recóndito, no se arrepienten. Tienen la revista, no son famosos, llegan a fin de mes con lo justo pero al final del día disfrutan de ver sus rostros y saber que cada cosa vale la pena.



* Cuento escrito con motivo del tercer aniversario de la revista "El Libertador de San Nicolás"

21 de abril de 2015

Las últimas horas de Valentín Aristóbulo Pérez

El dolor en la espalda le hacía ver las estrellas en plena mañana. Podía observar por la ventana, a través de la cual se filtraba el sol como un cálido intruso, el despejado cielo celeste que cubría cada espacio dentro del marco de madera.
El polvo acumulado en el piso le provocaba alergia y estornudaba cada tanto. Era consciente que no barría muy a menudo pero tampoco se arrepentía. El tema de la limpieza había sido siempre uno de los motivos de pelea con su difunta mujer y luego había proseguido con sus hijos.
¿Hacía cuánto que no los veía? Al menos cinco años, quizás más. La última pelea había sido por algo de eso. Ya no lo recordaba. Siempre pensó que sus hijos eran unos desagradecidos. ¡Tener el ímpetu de querer enseñarle a hacer las cosas! Justo a él, con tantos años encima.
Aunque pudiese llegar al teléfono, sería a los últimos en llamar. No los necesitaba, como era visto, ellos no lo necesitaban a él. Ni un solo llamado para las fiestas. Ni una carta, nada. Hijos, que más se puede pedir.
Valentín bufó en la sala vacía. El sonido retumbó para que nadie, salvo él, lo escuchara. La espalda era un volcán en erupción. Pensar que estaba seguro que lo lograría y sin embargo...
La escalera yacía sobre el respaldar del sillón, exactamente donde había caído la noche anterior, con él encima. La mala suerte dispuso que no pudiera caer sobre el sillón, que si bien no era mullido y estaba tan o más sucio que el piso, le hubiera evitado el golpe.
Pero había pasado de largo, cayendo como un peso muerto. Escuchó el crack en la columna por encima de todos los demás sonidos en el aparatoso accidente. Y supo de inmediato que aquello era más que una simple caída.
Imposibilitado de moverse, había logrado ponerse de espaldas, con la vista clavada al techo. La noche había sido larga, silenciosa, repleta de espanto. La mañana no trajo nada nuevo, solo la luz del sol. Trató de moverse, pero no pudo hacerlo. No había mueble alguno a su alcance. La escalera lo había arrojado al centro exacto de la habitación, la que había despejado con el tiempo, sacándose de encima todo lo innecesario.
No tenía contacto con los vecinos, ni con sus hijos ni le quedaba amigo alguno que pudiera preocuparse por él. Se había convertido prácticamente en un ermitaño, un ser irascible. Ý se había recluido en su casa, donde salvo con el televisor, no tenía con quién pelearse.
La soledad era ahora su prisionera y al mismo tiempo, el verdugo que tarde o temprano lo ejecutaría. De nada servía amargarse por eso. Suficiente era soportar tanto dolor. No podía moverse, ni siquiera arrastrarse hasta el teléfono. Moriría no por la espalda, sino por falta de agua y comida. Ya se había orinado encima una vez. ¿Cuántas más faltarían hasta que dejara de respirar? Aquel pensamiento le arrancó carcajadas. Sus hijos lo tildarían, de manera póstuma, de reverendo inútil. Poco le importaba.
Miró una vez más por la ventana. El sol se movía rápido, no tanto como la vida que a su entender duraba un santiamén. ¿En qué momento todo se había convertido en un suplicio? No lo sabía. De todas maneras, era un interrogante que pronto dejaría de preocuparle. Horas, quizá días. Pero no mucho más.
Trató de relajarse y no pensar. Ocupó la vista en el techo descascarado y se concentró en las telarañas. Iba a ser un adiós largo y doloroso.

17 de abril de 2015

Boca de lobo

De a poco el día se acorta, así como la libertad. No es un acortamiento natural, no tiene relación con la prematura ausencia del sol. Todo comienza en largos pasillos, en oficinas o recónditos tugurios de mala muerte.
Allí se negocia, se hacen acuerdos, hay risas cómplices y palmadas en la espalda. Se liberan zonas, se arreglan nombres, se rubrican firmas tácitas de beneficios mutuos, proteccionismo por vandalismo garantido, números en forma de boletas por calles oscuras.
Leyes detrás de las leyes, tratados silenciosos entre gente de miradas lascivas, conveniencias de ida y vuelta, hoy blanco, mañana negro, pasado se negocia.
Las calles van perdiendo su luz, las luminarias se olvidan de sus funciones, quienes las encienden se palpan los bolsillos mientras la oscuridad se traga la ciudad y la boca de lobo nos engulle lentamente, como en una pesadilla pero en la más absoluta vigilia.
Los pasos se aceleran, el corazón se comprime. Las veredas se hacen eternas y las sombras quitan la respiración con cada rama que se mueve. Caminamos asustados, aterrorizados. Buscamos en las tenues luces de las viviendas la bendición de una tranquilidad temporal.
En cada esquina nos detenemos, ahogamos un grito ante el menor ruido, evitamos toda silueta cercana. Las gorras y camisetas de fútbol se transforman en tragedia segura. Sabemos que estamos expuestos, que nos han dejados solos bajo un cielo infesto, tan negro como el destino, tan ausente como la justicia.
Vemos rejas en cada ventana, candados reforzando lo ya reforzado, rostros temerosos que cierran sus puertas y bajan sus persianas.
Vehículos policiales deambulan con sus luces parpadeantes arrojando azul en las paredes en penumbras. Algunos dicen que dispersan las malas intenciones, otros que solo advierten los lugares que quedaron atrás.
El hogar está cerca. Agitados buscamos la llave. Estamos convencidos que nos observan, que detrás de los árboles nos esperan. La llave cae al piso, se activa el pánico pero la recuperamos. Entramos. Suspiramos. Podemos ahora tragar saliva, sentarnos con las piernas temblorosas.
Afuera se escucha el andar de una moto. Una, dos, otra más. Nos hacemos un té, algo caliente. A la distancia suena una alarma. Parece de una vivienda. Suena y suena, nadie la detiene. No se escuchan sirenas policiales, solo la alarma.
Al mirar por la ventana, todo es oscuridad. Una alarma más cercana comienza a sonar en ese instante. Es una comunitaria, quizá de la otra cuadra. Del otro lado del vidrio hay barrotes. Parece mentira, pero estar detrás de ellos nos da una ficticia sensación de seguridad, la necesaria para sobrevivir. El placebo de los débiles.
Es tarde. Puede ser la tensión, la extensa jornada laboral, los problemas económicos del día a día, pero el cuerpo está cansado. La cama es una tentación. Tratamos de cerrar los ojos y dejar todo de lado, poner la mente en blanco.
Pero se torna difícil. Las alarmas no cesan y parecen cada vez más cercanas. Hay otros ruidos, ladridos, explosiones semejantes a disparos que resuenan en alguna parte y despiertan ideas horribles.
El sueño se disipa, el descanso parece ser un tema secundario. Los miedos se vuelven carne. Los que negocian son los únicos que duermen, en tanto la ciudad permanece en vela.
Porque cuando la oscuridad cae lentamente y las sombras se apoderan de la ciudad, la libertad queda presa por su propia seguridad y el libre albedrío tiene piedra libre para andar. Para nosotros, tendidos en la cama, los ojos inyectados por no poder dormir, la noche se vuelve interminable en un cuento sin fin.

13 de abril de 2015

Heridas internas

La desesperación de Alicia no fue al masticar la hamburguesa con vidrios, sino al darse cuenta que en las demás mesas, los rostros de las personas se contraían en expresiones raras y algunos incluso forzaban el vómito sobre los mismos platos donde comían.
El lugar se asemejó de repente a un hervidero de hormigas, esos que suelen verse cuando uno con saña dedica su tiempo a pisotear un hormiguero con el fin de disfrutar del caos ajeno.
Escuchó voces que gritaban a otros con teléfonos que llamaran a las ambulancias, otros a la policía. Algunos padres que no habían probado bocado, querían ingresar a la fuerza a la cocina del lugar, con el deseo de apresar a los trabajaban dentro.
Alicia en cambio, permaneció en silencio, sintiendo como los vidrios pasaban por la garganta, sintiendo (o imaginando, no lo sabía) como iban lacerando todo a su paso, abriendo largas grietas en su cuerpo y provocando pequeñas hemorragias. Había devorado al menos media hamburguesa antes de darse cuenta.
Una niña se había tirado al piso y lloraba con mucha angustia, tomándose el estómago. Tenía sangre en la boca que su madre trataba torpemente de quitar con una servilleta.
El gerente del local, que había salido de su oficina con prisa al ser alertado, trataba de llevar calma, y al mismo tiempo, debía evitar que los más exaltados lo empujaran hacia atrás, en el afán de querer confrontarse cara a cara.
Las pobres chicas que atendían el mostrador estaban al borde del llanto. Jamás iban a imaginarse una escena así, ni siquiera en sueños. Aquel era un trabajo de medio tiempo, mal pago, pero que de todas maneras les redituaba para pagarse los estudios y tener un lugar donde dormir. Se sentían cómplices de lo que estaba sucediendo.
A los pocos minutos arribaron las ambulancias, la policía y los medios de comunicación. Dos pequeños estaban bastantes asustados y doloridos. Peor estaban sus padres, convencidos que los chicos se les morían a la brevedad. Seguían los gritos, sobre todo entre los que se agolpaban a las puertas de la cocina, aún cerrada por dentro, donde estaban atrincherados los responsables de preparar las hamburguesas, temerosos de ser linchados.
Un enfermero le preguntó a Alicia si había ingerido hamburguesa en la última hora. Mecánicamente dijo que si. Aquello parecía estar ocurriendo en otra parte, lejos de ella. El enfermero le pidió que la acompañara y ella lo siguió sin prisa.
En la vereda se había armado un cordón policial que permitía la salida de las personas del interior del local de comidas rápidas y que los encaminaba directamente a un puesto sanitario conformado por dos ambulancias y varios médicos.
Alicia fue recostada en una camilla. A su lado, acostado en otra camilla, atendían a uno de los niños que peor estaba. Lo había visto antes jugando con los juguetitos que venían con la comida en el menú infantil. Ahora se movía nerviosamente, teniendo que ser sujetado por un enfermero y un médico.
Se podía escuchar el murmullo de la gente agolpada en el lugar, el movimiento de la gente yendo y viniendo de manera apresurada, todo entre mezclado con las preguntas que le comenzaban a hacer y que apenas podía entender: ¿Siente dolor? ¿Qué hamburguesa comió? ¿Tuvo alguna hemorragia en la boca?
En ese momento todos los sonidos quedaron eclipsados por uno. Una gran explosión proveniente del interior del local. Entonces, nuevamente los gritos.
Los particulares que quedaban en el interior salieron corriendo, tosiendo, llorando y gritando. El humo comenzó a salir poco a poco y también algunos uniformados, con los rostros tapados, tratando de no inhalar el aire viciado.
Los médicos que atendían comenzaron a preguntar a viva voz que es lo que había sucedido. Nadie sabía, el caos inmerso en el caos. El incertidumbre sobre lo que debían atenerse. Pronto llegó la primera información. Alguien dijo al pasar mientras escapaba del lugar que la persona encerrada en la cocina había hecho explotar algo. Otros decían que había sido la policía para entrar.
Un enfermero abrió su boca y observó ayudado por una linterna de bolsillo. Luego le aplicó un calmante y le dijo que se quedara tranquila, que apenas despejaran la calle la llevarían a una clínica cercana. Alicia asintió con la cabeza.
- ¿Cómo está el niño? - preguntó Alicia, comprendiendo que el hecho de hablar le provocaba un gran dolor.
- ¿El de aquí al lado? Debemos llevarlo para hacer estudios, el hermano ya fue derivada, está grave - dijo el enfermero, que tras un silencio, añadió -  Esto ha sido una locura.
Ella compartía ese pensamiento. Cerró los ojos pero sus oídos seguían escuchando. Dos disparos resonaron en el aire. No le interesaba saber de dónde provenían. Quería quedarse dormida y despertar lejos de aquel lugar. Sintió como elevaban su camilla y la metían en un vehículo. No quiso levantar los párpados. Respondía a cada pregunta con los ojos cerrados. Se aferraba a la oscuridad, porque en ocasiones, como en ese caso, se sentía más segura sin ver.
La ambulancia la alejó del lugar a toda velocidad y haciendo sonar las sirenas. Recién entonces, algo más tranquila, sintió una lágrima en los ojos. Luego se llevó las manos a la boca. Había estado a punto de emitir una carcajada. Luego alternó lágrimas con risas. Se reía del destino, de la ironía de la vida. Aquel mediodía se había decidido tras mucho meditarlo. La separación, la pérdida de la tenencia de su hijo, el problema sin solución con el alcohol... había dicho basta. Y había entrado al local preferido de su pequeño, pedido un menú infantil pensando en él y diluido en su vaso de gaseosa una dosis letal de cianuro.
Y luego, todo aquello a lo que aún no podía poner nombre. Ahora, a pesar del dolor, no podía parar de reír entre lágrimas. Jamás había alcanzado a probar la gaseosa y allí debía estar, sobre su mesa, envuelta en humo, o mejor aún, quizá vertida en el piso, empujada sin querer por alguien saliendo a tientas, tratando de buscar aire en el exterior.
Alicia y la ambulancia se perdieron en las arterias de la convulsionada ciudad. Algunas desgracias son la salvación de otros, y la salvación de unos la desgracia de otros. Si, el destino es cruel. Sin miramientos.


9 de abril de 2015

Los pensamientos

La vida de Faustino cambió de un momento a otro, inexplicablemente. Ordenado, meticuloso, de acciones medidas y calculadas, la tarde del primer domingo de abril fue el equivalente a un apocalipsis en su existencia.
Sucedió mientras quitaba los yuyos que amenazaban los pensamientos, nos los interiores que en ese momento estaban tranquilos y en su lugar, sino los pertenecientes a la familia de las violáceas, que con sus coloridas flores matizaban el verde semblante del jardín.
Estaba agachado, las rodillas en la tierra, las manos compenetradas en capturar, tirar hacia atrás, soltar la presa y volver a capturar. La jardinería, como la vida, se vuelve con la práctica en un acto mecánico, ornamental.
Escuchó el timbre, pero dado que no esperaba a nadie, dejó que sonara. Una vez, dos veces, tres... Trató de abstraerse a la tarea planificada para la tarde, pero su paciencia sucumbió ante la insistencia de ese dedo fustigante.
Caminó por el sendero de piedras que había colocado a mano, tras seleccionar y recolectar una por una en un viaje a la cordillera una década atrás (había regresado con el baúl repleto) al tiempo que limpiaba sus manos con un trapo que otrora había sido blanco.
La puerta de calle poseía un panel de vidrio esmerilado encastrado en un lateral en posición vertical. Le era útil para distinguir la fisonomía de sus visitantes. A veces con una simple silueta, podía saber de quién se trataba y optaba, haciendo uso de su derecho a la privacidad, por atender o no, Los contornos nos delatan.
Por eso, al asomarse desde el pasillo al living y mirar hacia ese panel esmerilado, como hacía siempre antes de acercarse a la puerta principal de la casa, supo que algo no marchaba bien, Y su hipótesis instantánea, de fácil comprobación, se debía a que allí no había una silueta, sino una absoluta oscuridad con sus respectivos matices, propia de una multitud. Y una multitud insistiendo para que abran, tocando timbre repetidamente, nunca era bueno. La historia estaba plagada de ejemplos.
Faustino sintió un nudo en el pecho, allí donde el miedo se mide en palpitaciones. ¿Podía estar sucediendo? Lo creía imposible, pero...
El timbre volvió a escucharse. Había perdido la cuenta de las veces que lo habían oprimido. La campanilla reverberaba en su mente de forma permanente, Sospechó que la escucharía durante toda la eternidad.
Atinó a dirigirse a una de las ventanas y espiar tras las cortinas, pero no hizo falta. Podía distinguir los flashes de las cámaras, el movimiento en la calle, los grandes utilitarios de los canales de televisión apostados en la calle, incluso, podía leer en las mentes las preguntas que pugnaban por salir disparadas como puñales con el único fin de perpetrar la justicia, casi como una venganza.
Retrocedió espantado. Buscó consuelo alrededor, aferrarse a lo conocido, a los cuadros silenciosos que observaban sin juzgar, a las fotografías enmarcadas sobre los muebles que fingían desconocer la verdad, los mullidos sillones que tantas veces lo habían acogido, la pulcra sala cuyas luminarias limpiaba a diario, el piso de mármol que parecía un espejo de tan perfecto que estaba... de esa fachada de perfección que todos anhelan y que Faustino poseía.
Se imaginó a los periodistas derribando la puerta, a la policía arribando tarde o temprano y sintió pánico. Donde mirara, todo se desmoronaba. El mármol se resquebrajaba, las pinturas y cuadros caían, los muebles temblaban, las paredes se descascaraban y debajo... ¡oh, Dios, debajo...!
Sangre, dolor, gritos ausentes de tiempos lejanos, el pasado volviendo. Supo que los siete jinetes habían llegado. Faustino entendió que no sería juzgado en el más allá. Su infierno sería seguir vivo.
Mientras subía las escaleras con el pecho convertido en un solo tifón, escuchaba el grito en la calle, que eran muchas voces convertidas en una sola. Era el veredicto, sin vuelta atrás. La palabra a la que había escapado durante tanto tiempo y que inexplicablemente, escuchaba ahora fuera de su casa. Esa que con pocas letras, decía todo.
Y de fondo, las sirenas policiales, las campanilla del timbre y el palpitar cada vez más fuerte del corazón. Pero por encima de todo, esa palabra. Represor.
Al llegar al dormitorio, abrió el ventanal que daba hacia el jardín. Sus pensamientos lo esperaban abajo. Había dejado el trabajo por la mitad, sin poder quitar todo el yuyo. Nunca es posible. Era extraño pensar que cinco minutos antes estaba allí, siguiendo su rutina. Y de repente, todo había cambiado. Pero no podía mentirse en aquel instante. Porque en realidad, nada cambia, sino que a su tiempo, todo retoma su curso. Porque aunque se lo maquille de perfección, el pasado se abre paso sin importarle el presente.

2 de abril de 2015

Presagio de eternidad

Una rara brisa cálida se colaba por los primeros días de abril de aquel almanaque de bolsillo que era su vida, un compendio de días apretujados, uno encima del otro, sin recuerdos certeros ni vivencias puras, devorado todo por el vértigo incipiente de los años que como un proyectil avanza en línea recta hasta encontrar su destino.
Aún no llegaban las hojas de otoño con su alfombra crujiente de color naranja apagado, haciéndose desear por hombres como él, que añoran las nostalgias y al mismo tiempo desentierran recuerdos para que sigan doliendo,
Estaba solo en aquel andén. Algún que otro envoltorio de caramelo le ponía color al suelo gris. El ladrido de un perro rompía la monotonía que flotaba en el aire, que por momentos hacía pensar que el mundo se había detenido.
La idea de un planeta gigante a cuerda no le era extraña, de niño se imaginaba que un día el tiempo diría basta y todo quedaría congelado. En su imaginación, era el único que podía seguir moviéndose en aquella realidad paralizada. Transitaba entonces mentalmente las calles que le eran conocidas y con atrevimiento se asomaba en las ventanas para descubrir lo que cada casa escondía.
Pero el niño se había ausentado en algún momento. Las arrugas en sus manos, la piel quebradiza de sus brazos, el rostro achacado, eran pruebas fieles de aquel desatino de la existencia.
En su bolsillo estaba el boleto. Lo sacó por quinta vez y volvió a revisar la fecha. Miró la hora en su reloj pulsera y dejó escapar una bocanada de aire. Hacía dos horas que esperaba. El tren no llegaba y no había nadie a quién preguntar.
Dobló en dos el boleto cuidando de hacerlo por la marca que ya tenía y lo metió otra vez en su pantalón. Las demoras más grandes son las que uno sabe de antemano que sucederán. Tenía el presentimiento. Siempre que uno quiere huir, los caminos se confunden con el único fin de dejarlo a uno en el mismo lugar de dónde quería escapar. No sabía si era una máxima o qué. Sospechaba que bien podía ser una ley de la vida.
Escuchó pasos a su espalda. Un hombre con camisa azul comenzaba a pasar la escoba delante de un pequeño kiosco que hasta minutos antes, estaba cerrado.
Al verlo le dirigió un saludo breve. Sin dudar, sacó el boleto una vez más y caminó hacia el hombre con la escoba.
- Buenos días ¿podría decirme si el tren de las seis suele pasar atrasado? - preguntó, estirando la mano con el boleto, para que el otro lo mirase.
La camisa azul dejó de moverse. La escoba se detuvo. El hombre que la portaba la apoyó contra la pared y tomó un cigarrillo que tenía sobre la oreja. Se lo puso en la boca sin encenderlo.
Tomó el boleto y lo observó un largo rato. Lo dobló en dos y lo devolvió. Luego agarró la escoba y se puso a barrer de nuevo.
- ¿Y? ¿Suele pasar atrasado?
El otro sonrió. Una sonrisa sin brillo, mecánica.
- Ese tren no pasa más, señor. Hace rato.
No podía ser. Tenía el boleto, lo tenía en la mano, delante de sus ojos.
- Pero... ¡si me lo han vendido! Mire la fecha, es el día de hoy.
- ¿A qué hoy se refiere? El suyo parece ser un hoy con cincuenta años de atraso.
- ¡Qué dice hombre, acá dice bien claro, la fecha de hoy y acá el año, 2015!
- Por eso le digo. Hace cincuenta años. Mire hacia arriba. Pero mire en serio. Vea la realidad, no lo que anhela ver.
El hombre de la camisa azul se alejó sin dejar de barrer, levantando a su paso una fina capa de tierra que quedó flotando durante largos minutos.
En el cielo, desde aquel andén, aquel viejo que otrora había sido niño - otra ley de la vida - observaba fascinado los canales de tráfico que se erigían como por arte de magia en la nada misma, flotando como si fuera lo más sencillo del mundo.
Se sintió más solo que nunca, tan insignificante como una hormiga. ¿En qué momento había sucedido todo? ¿Llevaba esperando dos horas o cincuenta años? En su mente, el tiempo era un remolino. La única certeza lo aterraba: El tren no estaba demorado, lo había dejado atrás hacía mucho tiempo.
Las hojas amarillentas estaban ahora por todas partes, como un presagio de eternidad.

26 de marzo de 2015

Hacker a domicilio

El aviso en el diario despertó su curiosidad. La posibilidad de tener internet era tentadora. No tenía aún porque a su barrio solo llegaba el servicio a través de la telefonía y el hecho que le impusieran un teléfono de línea no era de su agrado.
En letras sin destacar, en la página 4 de la sección de Clasificados, el texto anunciaba: "Hacker a domicilio. Tenga Wi-Fi gratis en su casa sin abono mensual. Total discreción". Cerraba el recuadro un número de teléfono celular.
Sin darse cuenta, le estuvo dando vueltas a la idea durante todo el día. A la noche, mientras cambiaba de un canal a otro en el televisor, casi por inercia, comprendió que lo que le estaba haciendo falta era internet. Sus amigos del bar siempre hablaban de las bondades de navegar, de leer los diarios sin pagar un peso, de entrar a sitios que mostraban mujeres en paños menores o mejor aún, sin ellos; incluso podían contactar a gente distante.
Era cierto que para la gente mayor comenzar con aventuras de ese tipo, tanta tecnología de golpe, era una complicación. Pero si los demás se animaban... pero estaba el tema del teléfono. No quería y no lo pondría. Por nada del mundo. Ni siquiera tenía celular. Y aunque mucho costara creerlo, no tenía todo eso pero si una notebook. Por supuesto, no la usaba. Regalo de su hijo para convencerlo de estar más conectados y no depender de los viajes de él y que su padre se dignara a llamarlo desde un teléfono público. Pero reposaba como un olvido, guardada en su caja con el envoltorio de nylon que la protegía.
A la mañana siguiente recorrió con presteza las cuatro cuadras hasta lo de González, el almacenero del barrio. En la entrada del almacén, casi como un dinosaurio de otra era, había un teléfono público.
- Cómo le va, Hernández - lo saludó el almacenero, al que conocía desde hacía años.
Le respondió el saludo con un movimiento de cabeza, acompañado de una mano en alto, pero sin acercarse al mostrador. De esa manera dejaba en claro que había ido solo a usar el teléfono. González era un buen hombre, pero algo charlatán para su gusto y entonces, si podía evitarlo, mejor.
Buscó con preocupación el papel en los bolsillos de su pantalón hasta que recordó haberlo colocado en el bolsillo delantero de la camisa rayada que llevaba puesta. Lo desplegó con cuidado y tras repasarlo un par de veces, lo marcó en el teléfono de pared luego de haber introducido las monedas correspondientes.
Aguardó unos instantes escuchando el tono de llamada, mientras trataba con una mano de tapar el oído libre, para impedir que los ruidos de la calle y la radio que tenía encendida el almacenero no lo molestaran para entablar el diálogo.
Contestó una voz adormecida, algo ronca. Hernández se preguntó si acaso no era muy temprano, pero el reloj en su muñeca señalaba las diez de la mañana, horario más que normal para todo hijo de buen vecino.
- Si, quién habla - preguntó mecánicamente la voz del otro lado del teléfono.
- Hola, mire, lo llamo por lo del anuncio en el diario, lo del internet gratis.
- Ajá, bien. Dígame un horario y la dirección, que lo agendo para este jueves si le parece bien.
- Está bien, si, pero le quería preguntar cómo era la cosa...
- Nada de otro mundo don, usted abona una vez, le hackeo una cuenta de la zona y usted tiene internet gratarola. Y nadie se entera.
- ¿Y es muy caro el servicio que ofrece?
- Es lo que le costaría dos meses de internet, si lo tuviera contratado. En ese lapso lo amortiza.
Hernández le dio la dirección y no tuvo reparos con los horarios. Estaba jubilado y salvo ir al bar, no tenía otro motivo para no estar en su casa.
El jueves esperó con ansias le llegada del técnico. ¡La sorpresa que le daría a su hijo! Finalmente, cerca del mediodía, tocaron el timbre.
- Mucho gusto - dijo el muchacho en la puerta, extendiendo la mano - Gastón Narciso Castillos.
- Pase, pase... saqué la notebook de la caja, así ganaba tiempo.
El joven le sonrió mientras abría una mochila en la que tenía una computadora personal pequeña y herramientas varias.
- Pensé que iba a llegar antes, pero hay bastante trabajo por suerte, así que me vi obligado a demorarme. Ahora, si me permite...
Hernández hizo un ademán dando a entender que lo dejaba a solas, para que pudiera trabajar. De todas maneras no se alejó mucho, para poder observar lo que el técnico hacía.
Castillos desplegó su arsenal informático sobre una mesa y encendió la computadora portátil. Comenzó a teclear frenéticamente, abrir y cerrar ventanas en la pantalla, tomar anotaciones con su smartphone, todo sin sacar la vista de la notebook del dueño de casa, que había prendido al mismo tiempo que la suya.
Tras unos quince minutos así, anunció en voz alta:
- Ahora a esperar.
Roto el silencio (que en realidad no era tal, por el sonido constante de las teclas) Hernández se acercó al hombre.
- ¿Qué esperamos? - preguntó con curiosidad.
- Es un proceso delicado y aburrido - comentó Castillos, que parecía no iba a describir nada más, sin embargo, luego añadió - Estoy escaneando las redes de todo el barrio, centrándome en las que tienen mejor señal. Una vez detectada la que más convenga, usaré una aplicación de ataque que buscará penetrar la seguridad del router y de esta manera, usando una técnica llamada sniffing, apropiarnos de la clave.
A Hernández la explicación le pareció tan compleja como si le hubiesen tratado de enseñar a pilotear una nave espacial. De todas maneras asintió.
- ¿Y eso cuánto puede llevar?
- Y... - Castillos abrió la calculadora en su teléfono y se puso a hacer cuentas - Estimo unas tres horas, con suerte dos y media. ¿Usted tiene que hacer algo?
- No, no. A esta hora suelo cocinarme algo para comer, pero no es problema...
- Perfecto, por mí no hay problema. Casi siempre me invitan a comer, así que encantado.
La auto invitación a almorzar del técnico lo desconcertó, aunque luego de unos segundos tampoco le pareció tan descarado. Si tenía que esperar ese tiempo, no podía estar cocinando para él con esa persona ahí sentada.
Cada tanto abandonaba la cocina y se asomaba para ver que hacía. Castillos estaba muy cómodo en un sillón mirando televisión. Solo un par de veces, al sentirse observado, hizo el ademán de chequear el monitor de su computadora.
Preparó una fuente grande de ravioles con la intención que le sobraran para la noche, pero no contaba con el voraz apetito de Castillos que se sirvió tres veces.
- ¿No tiene algo de postre, un heladito, algo de eso? - preguntó el auto invitado a la mesa.
Se conformó con un postrecito de chocolate y dulce de leche. Luego volvió a la sala, donde siguió mirando televisión un buen rato.
Tras lavar los platos y ordenar la cocina, Hernández también fue hasta la habitación contigua.
- ¿Ya termina? - preguntó esperanzado.
Castillos levantó la mano, pidiendo silencio. Al parecer la película que miraba estaba en su desenlace. Solo cuando la película terminó, volteó el rostro hasta Hernández, que para entonces se había sentado en otro sillón.
- ¿Me decía?
- Le preguntaba si ya termina. El proceso ese que está haciendo.
- El hackeo dice usted.
- Eso.
El muchacho se estiró hasta la computadora y apretó unas cuentas teclas.
- Listo - anunció.
Luego fue hasta la notebook de Hernández, buscó las conexiones inalámbricas, escogió una red wi-fi, hizo clic sobre la misma, introdujo una contraseña y se apartó.
- Venga don, mire - dijo invitando a acercarse a Hernández - Veálo por usted mismo.
- ¿Qué veo?
- Mire ese simbolito ahí abajo, ese que le señalo con el dedo, significa que ya tiene internet.
- ¿En serio?
- Mire, entró acá, que es un navegador, y pongo acá Google y... mire, tiene Google.
Hernández estaba sonriendo. No sabía que significaba con exactitud tener Google pero escuchaba continuamente en el bar a sus amigos hablando que habían buscado esto o aquello en Google.
- Bueno, supongo que tendré que ponerme a estudiar un poco como funciona todo. ¿Y esto ya me queda para siempre, no?
- Es una buena pregunta - dijo el técnico - Mi servicio es el de hackear una red y permitirle acceder a internet sin pagar, ahora bien, si el administrador de esa red decide por esas cosas del destino cambiar la contraseña, me veo en la desagradable obligación de advertirle que dejará de tener internet.
- ¿Y en ese caso, habría que hacer esto de nuevo?
- Exactamente.
- ¿Y eso sucede muy a menudo?
- ¿Qué le cambien la clave a la red? Es difícil precisarlo, puede que si como que nunca la toquen.
El técnico juntó sus cosas, las metió en la mochila y guardó el dinero en la billetera. Hernández lo acompañó hasta la vereda para luego entrar raudo a la casa, con seguridad para tratar de probar de navegar con la flamante conexión de internet.
Castillos caminó unos metros, miró hacia la casa de su cliente y tras comprobar que no lo estaba observando, se encaminó hasta la casa lindante. Golpeó la puerta mientras buscaba la billetera.
- ¿Quién es? - preguntó una voz desde el otro lado.
- Soy el técnico, Lorenzotti. Le traigo su dinero.
La puerta se abrió y se asomó un hombre en camiseta, con una pata de pollo en la mano.
- Tenga, doscientos como le prometí. En un mes le cambia la contraseña. Si puede aguantar dos, mejor. Y no se preocupe, es un hombre grandes, si logra aprender a usar internet no creo que le insuma nada de tráfico.
El vecino tomó el dinero, le dio un mordiscón a la pata y se metió en su casa. Castillos guardó la billetera y se alejó silbando una melodía de moda. Se había hecho el día, almuerzo incluido.

21 de marzo de 2015

La linterna del tiempo

El hall de entrada era espacioso, con gran altura. Levantando la vista se podía apreciar una enorme lámpara que pendía desde el techo y que al mismo tiempo estaba a una distancia de cinco metros del suelo.
A cada lado enormes afiches anunciaban el evento que transcurría puertas adentro. El ingreso estaba habilitado, pero Carlos permanecía de pie sobre la alfombra gris del hall. La gente debía esquivarlo para seguir su camino, pero él no se inmutaba. Tenía la mirada fija en el corredor central del otro lado de la puerta.
Desde donde estaba podía apreciarse como ese pasillo que parecía infinito era recorrido por personas que iban de un stand a otro. Había estado tan entusiasmado esa misma mañana, que ahora, al recordarlo, le parecía algo sacado de otra vida.
Dos promotoras que sonreían a todo el mundo, entregándoles folletos, le habían preguntando al menos tres veces si estaba bien. Les respondía que si, mintiéndoles. En ese momento estaba dudando si acercarse nuevamente. A lo sumo, llamar a alguien de seguridad. Tampoco era tranquilizador una persona en su postura, la de quedarse de pie en el halla de entrada sin entrar ni tampoco abandonar el recinto. Y él era consciente de eso, pero al mismo tiempo, se sentía paralizado.
Escuchó una voz conocida a su espalda. Lo estaban llamando por el nombre. Pensó que no lograría girar sobre sus talones, pero lo hizo sin problemas. Allí estaba Raúl, su antiguo compañero en la facultad. Se lo veía como siempre, jovial, con el pelo revuelto y las ojeras de poco dormir tatuadas en el rostro.
- ¡Carlos, estaba seguro que te iba a encontrar acá! ¿Estás exponiendo? ¿Si, no? ¿Qué llevás en esa bolsa a tus pies?
Raúl era avasallador, podía colmar de preguntas y no darse cuenta de ello. Aún así, a Carlos le caía muy bien.
- Tendría que estar exponiendo, pero...
- ¿Pero qué? ¿No te dieron el stand? Mirá que conozco a uno de los organizadores, podemos ir a buscarlo - Raúl hubiese seguido hablando si no era porque Carlos levantó con suavidad una mano pidiendo silencio.
- No, no, nada de eso. Supongo que el stand debe estar en su lugar. No lo sé, no pude entrar Raúl.
- ¿Cómo que no pudiste entrar? ¿No te dejaron? - al levantar la vista y comprobar que no había nadie interrumpiendo el paso en la puerta supo que la razón no era esa - ¿Te pasa algo? ¿Es eso, no? Te sentís mal.
- Algo así, no sabría cómo explicarlo.
- De a poco, así se explican las cosas. Vamos por orden, venís a exponer me imagino lo que llevás en la bolsa.
Carlos asintió. No era una pregunta la que hacía su amigo, sino una afirmación.
- ¿Y que traés en la bolsa?
Agachándose, Carlos metió una mano en la bolsa y extrajo una linterna de mano, aunque no de las pequeñas.
Cualquier otra persona se hubiese extrañado, pero no Raúl. Conocía muy bien a Carlos y sabía que si había sacado una linterna de esa bolsa era por la sencilla razón que no era una simple linterna.
- Y ahora me vas a explicar cuál es el motivo por el que no podés entrar a mostrar esa linterna en la exposición más importante de ciencia del país - eso era un exhorto, pero al mismo tiempo, la única manera de liberar a Carlos del estado en el que estaba.
Carlos se permitió llevarse la mano a la cabeza y pasársela por el cabello. Lo hacía solo cuando estaba nervioso. Luego miró la linterna y apunto con ella a la pared, pero sin encenderla.
- Cuando yo encienda esta linterna provocaré una luxación del tiempo, que vendría a ser como una especie de desprendimiento de la materia sólida de la intangible.
- Suena interesante, pero no lo entiendo - dijo interrumpiendo Raúl.
- No espero que lo entiendas, ni yo lo hago. Pero mi teoría fue la siguiente: el tiempo es sólido, es materia. Y por lo tanto, tiene volumen y cuerpo. Difícil de calcular, imposible de medir, pero tiene. Si a esa materia la cortamos o dividimos de alguna manera, podemos ver su interior. Y he aquí lo grandioso. La luz. Nosotros somos luz, energía, una fuerza vital, si así queremos llamarla. Y esta linterna era mi presentación en la feria, es una linterna manipulada para que emita luz a rangos experimentales y nos permita ver a través de la materia.
Raúl guardó silencio. Vio en los ojos entornados de su amigo que algo que lo asustaba. Quizá la comprensión de lo que había logrado o...
- La linterna funciona - prosiguió Carlos bajando la vista - Hasta hace una hora estaba seguro de haber logrado algo formidable, excepcional, pero ahora me debato entre destruirla o darla a conocer. Y estoy seguro que si hago esto último, yo deberé dejar de existir. Porque la linterna y su creador no pueden estar al mismo tiempo en este mundo.
- ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Qué es lo que te ha hecho cambiar de parecer tan drásticamente?
Sin poder disimular el movimiento tembloroso de su mano, accionó la linterna apuntando hacia un rincón. La luz, muy tenue, casi sin brillo, dibujó un haz débil que a Raúl no le pareció nada de otro mundo.
- Solo el que la sostiene puede ver lo que se alumbra. De manera indistinta la luz me muestra en donde apunto un hecho del pasado o del futuro, que ha tenido o tendrá lugar en ese preciso lugar. Lo pasado, es probable, podamos precisarlo. Lo futuro, no.
Raúl no soportó más tanto misterio.
- Carlos, por favor, dame un segundo la linterna, quiero comprobarlo.
- Te advierto Raúl, el pasado no es peligroso, salvo que te topes con un hecho desagradable. Sin embargo, el futuro... el futuro es indescriptible.
Le tendió la linterna a su amigo y fue como quitarse mil años de encima. Una lágrima bordeaba su mejilla izquierda.
- ¿La enciendo y listo? - preguntó Raúl. Carlos asintió con la cabeza.
El haz de luz se extendió por el pasillo, pasando entre las dos promotoras. El semblante de Raúl pareció envejecer cien años. Tras veinte segundos, optó por apagarla. En silencio se la devolvió a su dueño.
- Vamos Carlos, vamos a tomar algo. Yo invito. Creo que a partir de hoy, tomar es lo único que nos queda.
El imponente edificio donde se realizaba la exposición de ciencias se fue distanciando de los dos hombres, que a paso lento caminaban sin hablar. El cielo parecía cubrirse de nubes, pero de todas maneras seguía siendo un buen día. El tránsito, los peatones, el ritmo rutinario de la vida fluía como siempre. El futuro les era ajeno a todos. Y era mejor así.

7 de marzo de 2015

La vida y la muerte según Emilio Miguel

Crecer en Villa Urraca le costó a Emilio Miguel su infancia y juventud. Nada agraciado de aspecto, cuerpo frágil, no aparentaba tampoco muchas luces.
Los pocos intentos de integrarse a la precaria sociedad que lo rodeaba fueron inútiles desengaños al corazón. Los niños le decían con desprecio “el tísico”, marginándolo de cualquier juego. Dónde Emilio Miguel llegaba, los grupos de chicos se disgregaban de inmediato, como lo hacen las hormigas cuando uno ha dado el primer pisotón.
Los mayores lo miraban de reojo y hablaban a sus espaldas. Varias veces escuchó el cuchicheo arrastrado por la brisa fría y certera del otoño, distinguiendo palabras que eran dagas disfrazadas de “pobrecito”, “chico feo” o “bastardito”. Fue una época mala, que se complicó cuando su madre se fue de casa y quedó solo con una tía.
Salió a golpear puertas con apenas once abriles, claudicando para siempre a las risas, sumiéndose al desencanto. Años de portazos uno tras otros, acumulándolos en cuerpo y alma. Se fue convirtiendo en un saco de huesos fútiles, un mendigo fantasma, un ser prescindible para cualquier habitante de Villa Urraca.
De lo único que podía jactarse Emilio Miguel era de su memoria. Podía enumerar las veces que cada uno de los vecinos le había cerrado la puerta en la cara o hecho un comentario injurioso pensando que él no los escuchaba. Aunque lo único que lograba era acumular odio, capa tras capa, forrando su interior de una materia tan viscosa como el olvido.
Nadie lo extrañó cuando siendo un adolescente desgarbado y sucio, abandonó la ciudad. Con suerte dispar, transitó pueblos, rutas y quimeras. Siempre corriendo detrás de su sombra, del pasado gris y maloliente acodado siempre en la barra de su mente.
Treinta y cinco años después y con al menos cuarenta kilos más, regresó a Villa Urraca. Nadie lo recordaba y nadie lo reconoció. Traía una carta de recomendación de un pariente del intendente, al que le había mantenido el jardín durante años en un pueblo lejano, perdido en el paisaje litoral que dormita a lo largo del Paraná.
Le preguntaron si era bueno con la pala y sacando yuyos. Él no se achicó. Dijo que era el mejor. Le dieron el puesto de cuidador del cementerio. Para Emilio Miguel fue el mejor trabajo del mundo.
Allí sigue al día de hoy, siempre con una sonrisa extraña cruzándole el rostro. Es que disfruta cada día, manteniendo en orden el lugar, haciéndose el tiempo justo y necesario para mear sobre las tumbas de aquellos que durante años guardó en algún lugar de su memoria. De tanto en tanto, deja caer también un sorete.
Crecer y morir en Villa Urraca, es difícil. Casi para pensarlo dos veces.

4 de marzo de 2015

El de muchos nombres

El paciente del pabellón cinco estaba creando nuevamente un caos en las habitaciones. No era la primera vez y muy difícilmente la última. Se las había ingeniado para encender una fogata dentro del comedor y los pasillos se habían convertido en las arterias mismas del infierno, con enfermeros tratando de llamar al orden y pacientes destrozando todo a su paso.
Cuando el psiquiatra llegó, el hombre estaba apenas cubierto por una manta blanca, dejando a la vista sus tatuajes, que abarcaban casi todo el cuerpo. Se había encaramado en lo alto de una escalera que llevaba a la terraza y desde allí repelía cualquier intento por atraparlo blandiendo con agilidad un pedazo de hierro, como si de una espada se tratara.
- ¡Basta Omar! - le gritó el profesional.
El hombre lo encandiló desafiante con sus ojos grises. El doctor retrocedió. La luz que ingresaba por un ventanal a sus espaldas hacía resplandecer los tatuajes, donde abundaban dragones de todos los tamaños.
- ¡No me llamo Omar! Llámeme Marduk, Teššup ó Sigfrido, llámame si quiere Perseo, Tristán o incluso, Margarita, pues estos han sido mis nombres. Memorice cada uno, porque ellos están por llegar y cuando lo hagan, solo a esos nombres le temerán.
El psiquiatra suspiró. La patología de Omar era una esquizofrenia con delirios y alucinaciones. Se hacía llamar “el matadragones” y solía hablar en extraños dialectos.
- Deja eso Omar, vamos, que vas a lastimar a alguien.
- Tienen que dejarme salir, nada podré hacer aquí atrapado cuando ellos lleguen!
Así era cada vez, y de nada servía dejarlo aislado por semanas, al primer contacto con los demás internos, generaba una situación de violencia y desorden como la de ese preciso momento.
En un descuido, tratando de alcanzar la ventana, dos enfermeros lograron asirlo de los brazos. Cayeron sobre él con fuerza. El hierro se le escapó de las manos y fue a parar a la escalera. En pocos minutos habían logrado ponerle una camisa de fuerza.
- ¡Cometen un error! ¡Vendrán por todos! - los gritos se escuchaban por los pasillos, mientras lo alejaban hacia las celdas de castigo. Una vez más repetía aquellos nombres, como si fueran una plegaria.
El doctor ayudó a devolver la tranquilidad en el pabellón. Luego volvió a su despacho. Debía registrar lo sucedido. No volvería a casa esa noche. No lo hacía luego de esa clase de episodios. Prefería acercarse hasta la puerta de la celda y quedarse del lado de afuera, escuchando.
Jamás había visto una patología tan aguda. Le costaba entender qué murmuraba en sueños, en qué idioma lo hacía y sobre todo, comprender que eran esas marcas grabadas a fuego que aparecían en su cuerpo cada amanecer, para ser luego, con el correr de las horas, ser devoradas por los tatuajes que en forma de dragones parecían esconder una revelación mucho más allá de lo comprensible.

28 de febrero de 2015

A salvo en casa

Mientras recorría los últimos metros en dirección a su casa a gran velocidad, volvía a recriminarse su reacción, que en definitiva lo estaban obligando a correr con el máximo esfuerzo de piernas y pulmones,
Aunque eran pensamientos desordenados, trataba de armar en su cabeza la sucesión de eventos que lo llevaban a esa corrida extenuante. Alcanzó la puerta de su casa con el último aliento. Metió la llave con la mano temblorosa, abrió y cerró en un solo movimiento, asegurando la puerta con el peso de su propio cuerpo agitado y transpirado.
¿Cómo es que había sucedido todo aquello? Había ido temprano al centro a realizar unos trámites, para no tener que regresar a las apuradas había optado por almorzar en un bar. Eligió uno bastante modesto, en una calle paralela a la principal de la ciudad. Algo oscuro porque tenía las persianas a medio levantar y las luces fluorescentes apagadas, quizá porque era de día y el dueño quería abaratar gastos.
Pidió un tostado con un vaso de cerveza. Leyó el diario que estaba en una mesa contigua, pagó, dejó la propina debajo del plato y se marchó. Hasta ahí sin ningún problema. Había terminado los trámites, almorzado y solo le restaba regresar y dormir una siesta. Un plan sencillo, nada de otro mundo. Pero entonces fue que aparecieron los coches de la patrulla de policía.
Fue cuando cruzó la calle, tras abandonar el bar. Los coches se detuvieron chirriando los frenos, justo a sus espaldas. Las puertas de los vehículos se abrieron con estrépito y los agentes policiales bajaron con las armas desenfundadas.
No podía creer lo que veía. Se apearon con tanta celeridad que en menos de cinco segundos dos de los uniformados ya se habían metido al bar, mientras los demás iban en camino o cubrían desde la vereda.
No tuvo tiempo ni de pensar en lo que estaba pasando. Uno de los agentes se dio vuelta y por algún motivo intuyó que él había salido del interior del local. Con voz ronca y firme le gritó que se quedara quieto en el lugar.
- Usted, el de remera azul, no se mueva - esas fueron las palabras del oficial. El de remera azul era él, no había lugar a dudas. Aunque no necesitaba saber el color de la remera para caer en la cuenta que le hablaban. Los ojos penetrantes y el brazo apuntando en su dirección eran razones suficientes para estar seguro.
Tendría que haberse quedado quieto cómo le pedían. Pero pudo haber sido el arma en la mano del policía, la velocidad con la que se desencadenaron los hechos o el mismo miedo que vive dentro de uno y que nos domina cuando menos lo esperamos. Pudo haber sido cualquiera de esas opciones.
Lo cierto es que no se quedó inmóvil para esperar al hombre de uniforme azul que había comenzado a avanzar hacia donde él estaba. Muy por el contrario, salió corriendo.
No miró para atrás ni se detuvo, cruzó calles con los semáforos en rojo, tropezó con personas que caminaban por las veredas o salían de negocios, pero jamás dejó de mover sus piernas. No pensó, no utilizó la razón - si es que acaso había lugar para la misma -, simplemente huyó.
La puerta a sus espaldas era suficiente protección. Eso pensaba ahora, mientras la agitación le arrebataba el control del cuerpo. Estaba seguro de haberlos perdidos varios kilómetros atrás, pero no se había confiado y por eso no detuvo la marcha rauda.
Esperó sin moverse, con los ojos cerrados. No escuchó sirenas ni movimientos extraños. El barrio se comportaba como cada tarde, sin sobresaltos. Recién después de dejar pasar una hora, se animó a ir hasta la cocina. Buscó con desesperación la heladera y sacó una botella. No era agua. Bebió con fruición. De repente lo asaltaba una sensación rara. Se sentía invulnerable.
Sonrió. Luego dejó lugar a la risa. Carcajadas cortas, casi perversas. Ahora veía con claridad lo infantil de su reacción. Y eso le causaba gracia. Se había asustado y no tenía explicación para eso. Era una redada al bar. Quizá por drogas o por ser el aguantadero de algún delincuente. Pero no lo buscaban a él. Era para reírse.
Dio vueltas por la casa una media hora. Los nervios iniciales habían dado paso a la excitación. Finalmente bajó hasta el sótano. No se molestó en encender la única lámpara porque sabía que estaba quemada. La oscuridad no lo incomodaba, todo lo contrario. Bajó los peldaños de la escalera lentamente, silbando una vieja canción que lo remontaba a su adolescencia.
A pesar de estar todo oscuro, pudo divisar las siluetas. Sentía además el esfuerzo por liberarse. Las dos mujeres que tenía maniatada desde hacía semanas allí abajo seguían donde las había dejado. Sucias, malolientes y con un daño psicológico irremediable.
Estaban amordazadas y desnudas. Las acarició, percibiendo el terror en sus cuerpos. Luego se sentó en el suelo, a pocos metros de ellas. Sabía que su solo presencia era motivo para que se orinaran encima. Y le parecía bien. De repente se largó a reír. No podía olvidar la reacción al salir del bar.
Suspiró, repleto de felicidad. Se divertiría un poco allí abajo y luego iría a descansar. ¿Quién sabe ahora cuándo tocarían a la puerta para llevarlo tras las rejas?  
La policía lo estaría buscando y en cualquier momento lo atraparían. Pero no ese día. Porque ese día era invulnerable. ¿Se habrá imaginado el agente a quién le había dado la orden de alto? No, imposible. En la calle, es un ciudadano más. ¿Con cuántos psicópatas se cruzaría uno a lo largo del día sin saberlo?
Con ese pensamiento en la cabeza comenzó a ponerse de pie, con ganas de acercarse a sus prisioneras.

24 de febrero de 2015

Mientras el sol brilla en lo alto

Parecían los de la obra de teatro, esos que esperaban a un tipo que nunca aparecía. Así estaban cuando el sol del mediodía comenzó a azuzar con fuerza, invitando a buscar refugio.
- Ya va a venir - sentenciaba cada tanto Omar, responsable en realidad que estuvieran en esa esquina desde bien temprano.
La gente iba y venía, sin prestarles atención, pero el hombre del puesto de diarios y un par de propietarios de comercios de la calle miraban de mala forma hacia la esquina. Al menos eso sentía Pablo. Y eso que con el kioskero había estado charlando una media hora, discutiendo los títulos del diario deportivo de la fecha.
Pablo escapó del sol ni bien pudo, metiéndose debajo del toldo de una florería. Miraba su reloj pulsera importado de China a cada instante. El desacertado y continuo vaticinio de su amigo lo exasperaba,
- Vámonos a la mierda - volvió a repetir, creía que por vigésima vez en lo que iba del día, pero Omar se hacía el desentendido, tal su costumbre.
- Mirá que lindo se ve aquel avión con el cielo despejado como hoy - mencionó como al pasar, ajeno al comentario de Pablo que no dudó en despotricar mientras acomodaba su espalda sobre la pared del negocio.
- ¿Sabés dónde te podés meter el avión y el bonito día? Lo digo siempre y nunca lo cumplo, pero esta es la última vez que te acompaño.
Omar sonrió sin mirarlo a los ojos. Tenía la atención puesta calle arriba, como si enfocando la vista hacia ese punto específico, llegaría. Poco parecía importarle que el sol del mediodía le diera de lleno.
- ¿Te conté de la vez que esperé casi seis horas el tren a Tucumán?
- ¿Me estás jodiendo Omar? Estuve clavado con vos toda la puta tarde. ¿Cómo querés que me olvide? No ves, ahí tenés otra... no, si soy un pelotudo yo...
- No, esa vez no, cuando tenía que ir a ver a mi primo.
- Esa vez fueron dos horas. Esperaste seis cuando murió tu mamá.
Omar hizo un silencio. Su amigo tenía razón. Suspiró, siempre mirando hacia el mismo lado.
- Yo digo la vez que fui a ver a mi primo.
- Fueron dos horas... y también estuve.
- Bueno, esa. Me acuerdo que... ¿seguro eras vos?... No importa, me acuerdo de algo de esa espera. Estaba seguro que era la última. No dije nada entonces, pero tenía la intuición que moriría en ese viaje. Durante el tiempo que esperé... perdón, esperamos sentados en el banco de la estación, supe que jamás regresaría.
- Volviste, quedate tranquilo. No va a venir, regresemos.
- Ya va a venir - dijo sin cambiar el tono de voz - A lo que voy, es que estoy teniendo un presentimiento parecido.
- ¿Parecido al "ya va a venir"? ¿O al "no vuelvo de Tucumán"? Porque de ser así, ahorrate las palabras.
- Escuchame Pablo - y tras un par de horas sin mirarlo al rostro, Omar volteó hacia su amigo - ella va a venir, pero no de la forma que la esperamos. Hasta dudo, mirá lo que te digo, que nos demos cuenta que ella ha llegado. Me animo a decirte que ya está con nosotros y no lo sabemos.
- Si algo te faltaba, era perder los pocos pajaritos que tenías en la cabeza. No te dejo solo porque seguro te perdés. Si tu hermana no vino, es que no alcanzó el colectivo o se arrepintió. Ya sabés como terminamos. La conocés, los dos la conocemos. Vamos a estar tres días acá y ella no se va a dignar en aparecer.
- Pablo, sabés que no tenés por qué estar acá. No te obligo, es una decisión tuya.
Su amigo no dijo nada. El dueño de la florería estaba cerrando la persiana y le dedicó una mirada de pies a cabeza. Se alejó con cierto recelo.
- Estoy porque soy el único amigo que tenés - dijo al fin,
- Estás para no sentirte solo. El sentido de la vida es una constante manera de eludir la soledad. Vos lo sabés mejor que nadie. Por eso siempre que estoy en la ciudad me buscás.
- Extraño a tu hermana, quizá ya lo sabés. Pero hoy no va a venir, por más que me lo asegures.
- Yo creo que ya está aquí. Me pareció sentirla en la brisa.
- No viene, mirá que fui boludo en hacerte caso. Llamarla después de años y decirle tantas palabras juntas. Se asustó y me hizo venir para que perdiera el tiempo y las últimas esperanzas. Es tu culpa que estemos esperando acá, sabía que brillaría por su ausencia.
- ¿Y si no es eso, Pablo? Si realmente venía a verte y sufrió un accidente. La sentí, es mi hermana.
- Si así fuese, la habría visto. ¿Acaso no te veo a vos? Debo parecer un enfermo mental, parado aquí solo hablando con la nada misma y sin embargo, acá estoy Omar, esperando a tu lado, como siempre.
- Es hora entonces que dejes de hacerlo, Pablo. Creo que como me buscaste a mí, es hora que la busques a ella. Mi presentimiento es muy fuerte, como aquella vez que iba a ver a mi primo...
- Callate Omar, volviste. Punto.
- Pablo, jamás volví, lo sabés mejor que nadie. Me buscaste y me trajiste. Es hora que me dejes ir, que me liberes. Puedes ayudarla a ella, como lo hiciste conmigo. Ayudarme a entender lo ocurrido. Pero por favor Pablo, no te vuelvas a engañar. Ni ella te va a corresponder ni tampoco será tu eterna compañía.
- Nada es eterno, Omar.
- Nada, mi querido Pablo. Ni siquiera la muerte. Así que tampoco la esperes, ella vendrá cuando lo crea necesario y se irá cuando menos lo esperes.
- Entonces es hora que te marches. Trataré de buscar a tu hermana. La muerte es un lugar oscuro para que esté sola.
- De alguna manera siempre lo estamos.
Omar volvió a sonreír, esta vez tan cerca que creyó que al fin podría volver a abrazarlo, pero a los pocos segundos ya no estaba. Una brisa fresca envolvió a Pablo mientras una sensación de amarga melancolía colmaba su ser.
A paso lento, fue abandonando aquella esquina. El sol era un punto radiante en el cielo. En su cabeza se formaba una idea clara y precisa: en alguna parte de aquella gigantesca ciudad vagaba ella, sin saber a qué mundo pertenecía. Nadie lo sabe en realidad, pero el trataría de encontrarla para así juntos tratar de develar el misterio.


19 de febrero de 2015

Un mágico centro del mundo

La primera vez que coincidieron en la plaza del barrio eran unos niños y aquello era semejante al paraíso, con sus juegos, espacio para correr y jugar a la pelota y los árboles que ofrecían un sinfín de aventuras con sus brazos alzados al cielo a modo de escaleras interminables que lo transportaban a sus mundos de fantasía, donde por momentos eran piratas buscando un tesoro imposible y al rato, los salvadores del mundo ante el inminente ataque extraterrestre,
Fue el paraje donde también descubrieron que las niñas eran más que unas molestas compañeras de juego y que detrás de las voces agudas había belleza y sensaciones agradables. De pasar las tardes bajo el sol, o con lluvia, en la medida que crecieron fueron cambiando los horarios y postergando su visita hasta entrada la noche, ya sin elegir los juegos y los imaginarios campos de fútbol, dejándose llevar por la privacidad propia de los árboles, de su oscuridad encantadora, de la textura áspera pero amiga en la cual reposar los cuerpos para dar un beso, intentar un movimiento osado con la mano o simplemente intentar un tímido "te quiero".
El grupo fue tejiendo su propia geografía y existencia alrededor de aquella plaza. Pablito se convirtió en Pablo, el Piru en Alejandro, Eze en Ezequiel y Cachimba en Roberto. El nombre los convirtió en adultos jóvenes, en nuevos rumbos, en decisiones difíciles. La plaza fue el nexo, el vínculo eterno en tiempo y espacio, que sin cambiar su fisonomía conectaba pasado y presente con tanta simpleza que parecía ajena al mundo que la rodeaba.
Los fines de semana largos, las navidades, algunas semanas de las vacaciones, aquel lugar abría una puerta mágica y los cuatro desandaban los pasos desde sus lugares en el mundo para encontrarse de manera tácita sobre el verde césped, donde en pie esperaban los árboles de siempre (cada vez más altos) y esos juegos de robusto metal, pintados una y otra vez, capa sobre capa, como la memoria misma.
Reían, recordaban, volvían a ser felices. Se lamentaban que sus respectivas vidas los mantuvieran tan distantes a lo largo del año, pero aplaudían ese centro del mundo que los atraía como una fuerza magnética cada tanto. Bromeaban incluso que sin ellos, la plaza no existiría. La plaza, en silencio, asentía. Los árboles con sus hojas aplaudían de cara al viento. Se despedían con abrazos y promesas en vano. Sabían de toda forma que aquel lugar los reuniría.
La última vez que compartieron una charla en la plaza fue un año nuevo, tras los fuegos de artificio que inundaron el cielo del barrio. Pablo y Alejandro pensaban que sus dos amigos no irían. No era para menos. Ezequiel, que se había casado con la hermana de Roberto, había sido denunciado por su esposa por violencia doméstica.
Era raro estar bajo los árboles y respirar ese aire de realidad, siempre ajeno en esos pocos metros cuadrados. Pablo lo comentaba en voz alta y a Alejandro se le antojaba fuera de lugar. Comprendía que algo estaba contaminando la intimidad de la plaza.
Estaban por irse cuando los vieron venir, caminando muy despacio, a través de la calle. Venían discutiendo, a casi dos metros de distancia uno de otro. Se acercaron, creyendo que con el gesto la tensión se disiparía. Pablo alcanzó a ver una botella rota en la mano de Roberto. Alejandro supo que lo que asomaba del pantalón de Ezequiel era una pistola. Pero todo sucedió muy rápido. Lo que vieron jamás iban a poder contárselo uno a otro.
Roberto levantó la botella en el aire en el mismo momento que pisó el césped de la plaza. Quizá como manera de demostrar su lamento, uno de los árboles dejó caer la rama más alta, cuyo impacto arrancó una de las hamacas. Ezequiel, que ya estaba cerca del subi-baja reaccionó de inmediato. De nada sirvió que sus amigos corrieran hacia ellos. O si, pero no de la manera que esperaban.
Ezequiel disparó y la bala se alojó en el pecho de Alejandro, que nerviosamente se interponía entre ambos. Pablo no supo que eso sucedía a sus espaldas, porque en ese instante trataba de quitarle la botella a Roberto. Pero el brazo de su amigo resbaló y el filo del vidrio le cercenó la vena yugular a la altura del cuello.
El lugar se llenó de patrulleros y lágrimas. Los agresores fueron llevados a la comisaría, donde esa misma noche, antes del amanecer, Roberto se quitó la vida colgándose en la celda en la que lo habían encerrado. Ezequiel fue condenado y todavía permanece preso.
La plaza ya no luce, los árboles han perdido las hojas y los juegos yacen herrumbrados. El césped extraña a los niños luego jóvenes, finalmente adultos.
Ellos tenían razón. Ausentes, los lugares mágicos no existen.

5 de febrero de 2015

Claves para la vida

Cuando uno se equivoca al escribir una contraseña, vaya y pase. Cuando esto ocurre seguido y la cuenta se bloquea, es un dolor de cabeza. Hasta se comienza a dudar de la memoria, o a creer en los dichos que afirman que los años no vienen solos. Pero cuando se vuelve una regla general y ninguna clave funciona, y todas las cuentas de todos los correos quedan paralizadas, el logon a páginas que uno accedía habitualmente ya no puede realizarse y el ingreso a la cuenta electrónica bancaria queda impedida, vemos venir una cataclismo mucho mayor: el fin de nuestra existencia.
La clave del cajero no funciona, tampoco para comprar con tarjeta. El pin del teléfono no es el que creíamos, incluso la contraseña de la nueva cerradura electrónica del edificio. El mundo comandado por asteriscos se nos revela. Se nos vuelve en contra. ¿Hemos perdido la memoria? ¿Eso ha sucedido?
De pronto estamos afuera de todo. Nos sentimos como un astronauta olvidado en el espacio, viendo como se aleja nuestra nave e internándonos más y más en el hondo horizonte nocturno, ese que algunos postulan como infinito.
En medio de la calle tratamos de frenar a alguien para contarles nuestra vergüenza. Aún es posible, todavía no hay contraseñas para que nos hablen. ¿Pero a quién detenemos? El resto del mundo se mueve ajeno a nuestro. Un policía. Está parado en la esquina, haciendo un turno adicional en el banco. Nos acercamos lentamente, como quién ha cometido una falta. Nos cuesta mirarlo, quizá tememos que nos vea en actitud sospechosa. Al final lo encaramos, carraspeamos y en el momento de soltar la verdad, de pedir ayuda, atinamos a preguntar la hora.
Nos vamos con un "once menos cuarto" carente de sabor, arriando a duras penas con el problema al hombro. Sin teléfono, sin tarjeta, sin poder consultar el correo desde la tablet, sin poder ingresar al departamento, sin poder sacar un solo billete del banco. No es posible olvidarse todas las contraseñas. Una, dos, tres incluso. Pero todas no es creíble.
Nuestro psicólogo. El debe tener la llave que abra la memoria. Pero claro, no nos atiende sin turno previo. Venga mañana nos dice la recepcionista, siempre amable, bien pintada y arreglada y perfumada con alguna colonia de marca. ¿Pero qué hacemos hasta el día siguiente? ¿Dónde dormiremos? Si ni siquiera podemos desbloquear el teléfono para llamar a alguien.
Entonces caminos hacia donde creemos, vive gente conocida. Es que se ha perdido esto de ir de visitas, es más fácil el skype, el mail, el mensaje, el whatsapp. El café se comparte, pantalla de por medio, cada uno con un pocillo diferente, sin el sonido de fondo de otras conversaciones, ni el tránsito filtrándose por el ventanal que da a la calle. Y caminamos, nos perdemos, volvemos atrás, tratamos de dar sin éxito con esa calle tan ansiada. Y cuando llegamos, dudamos que realmente hubiese sido esa. Comenzamos de nuevo, buscando un nuevo destino que cree estar guardado en alguna parte de nuestra memoria. Junto a las contraseñas, nos decimos con cierta ironía.
Deambulamos y vemos gente durmiendo en colchones sobre las veredas. Es gente que ha perdido sus claves, nos decimos mentalmente. Tomamos nota de ese registro y nos angustiamos. Encontramos en ese pensamiento la respuesta a tantos problemas. Algo tan simple como el olvido de una clave, o de todas en realidad, nos llevaría a una población marginal, a una desolación universal. Nos asustamos ante tal magnitud. Cuesta respirar. El final inminente siempre provoca la asfixia. Hay que frenar la marcha, recostar la espalda contra la pared y relajar los músculos, dejar que el pecho se infle y se desinfle, retomar el ritmo, cerrar los ojos, pensar en nada. Repetirnos la palabra tranquilo hasta el cansancio, pero lentamente, para no ponernos nerviosos. Tranquilo, tranquilo, tranquilo...
Cuando eso pasa, podemos seguir. Aunque a cada paso nos carcomerá la duda. ¿Seguir hacia dónde? ¿Quién nos devolverá lo que somos? ¿Dónde clamaremos por nuestras claves, la identidad velada, la existencia toda?
Entonces vemos ese rostro conocido, rubio, bonito, que viene directo a nosotros. Ese rostro de juventud perdida, entrada en años. El gesto mustio, los ojos sombríos, la boca ancha parloteando en voz alta. Dice un nombre, y acaso ¿no es el nombre de todos? Nos toma de los hombros y nos zamarrea. Luego nos deja, se hace un lado, se toma la cabeza, mira hacia abajo, hacia un costado, está llorando y ya dejamos de verla, porque aparecen dos hombres de blanco que repiten el mismo nombre que ella, pero en tono calmo, casi de amigos, y nos conducen despacio, sin apuro hacia esa ambulancia estacionada a un lado de la calle.
- ¿Nos llevan a recuperar las contraseñas? - preguntamos esperanzados, iluminados por el sol del mediodía golpeando a pleno en nuestros rostros desencajados.
Responden que si. Entonces, tras un largo suspiro, sonreímos.