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25 de noviembre de 2014

La razón de Natalia

Natalia necesitaba una sola razón para apretar el gatillo. Solo una. Pero en la cama, la espalda desnuda contra el respaldar, el joven no pronunciaba las palabras condenatorias que ella esperaba.
Al contrario, lo notaba seguro, tranquilo, hasta por momentos, sonriente.
- ¿Te estás riendo de mí Julián? ¿Es eso, no? Te causo gracia.
La joven movía con nerviosismo sus manos. El arma por momentos apuntaba la cabeza del chico, pero luego oscilaba entre el techo, la pared y la cama. Parecía estar sujeta por una persona con Parkinson. El dedo, de la misma forma, bailoteaba sobre el percutor. Una presión de más y...
- ¿Vas a contestarme?
Julián no profería palabra alguna. Se mantenía en la misma posición, exacerbando a Natalia.
Entonces ella saltó a la cama, presa de cólera, vociferando el nombre del joven. Llegó hasta él y descargó con violencia el peso del revólver sobre el rostro, subiendo y bajando su arma al menos cinco veces.
El cuerpo se desplomó hacia un costado. Natalia bajó de la cama y volvió a la posición previa, apuntado el arma con las dos manos.
- ¿Y ahora? ¿Te hacés el dormido? ¿Con eso me vas a engañar?
La furia desbordaba por sus poros. Arrojó una patada al colchón y pronunció varias malas palabras. No podía creer la desfachatez de...
Ya había olvidado el nombre. Siempre lo olvidaba.
- ¿Qué pasa Alberto? ¿Te vas a quedar ahí todo el día? Dale, decime la verdad. El nombre de la mina, todo.
Fue hasta la cama y volvió a erguir el cuerpo. Otra vez estaba con la espalda desnuda contra el respaldar. El rostro demacrado, desfigurado por la sangre.
- Te seguís riendo, no lo puedo creer. Sin dudas te merecés la bala, pero antes tenés que decirme el nombre.
Natalia se paseó alrededor de la cama, pasando por delante de las paredes salpicadas de sangre. Sus pasos iban dejando un reguero rojo hacia un lado y hacia el otro.
La voz chillona de la chica rebotaba en los rincones, penetrando solo en sus propios oídos, mientras el olor fétido que envolvía el ambiente parecía ser inadvertido de la misma manera que la sangre. El dedo se tensaba sobre el gatillo, pero no había presión suficiente. Ella quería el nombre de la puta. El maldito nombre. Y hasta que no lo consiguiera, no dispararía.
- Gastón, puedo seguir toda la noche así. No me vas a comprar con su sonrisa, andá sabiéndolo.
Volvió a subirse a la cama y lo golpeó con saña. Odiaba dilatar tanto la situación, pero era la única manera.
- Ya vas a hablar. ¿Cuánto tiempo más podés resistir?
De eso estaba segura. No resistiría mucho tiempo más con esa sonrisa tonta, esa falsa seguridad y esa fingida tranquilidad con la que pretendía engañarla. Y entonces, tendría su nombre. La razón que le bastaba para terminar con aquella faena.

22 de noviembre de 2014

Tragedia en la esquina de Pampa y Perdigones

Cuesta creer que al viejo Pereyra le haya ocurrido tremenda tragedia. Más teniendo en cuenta lo meticuloso que era, siempre cuidando dónde pisaba, de mirar de un lado y del otro de la calle antes de cruzar, de prestar atención a los aleros donde se posaban palomas para no terminar cagado, de observarse de reojo en las vidrieras para notar si estaba despeinado, de evitar las veredas con perros que pudieran tirarle tarascones o ensuciarle las pilchas...
Cuesta, pero es cierto. Todos lo hemos visto esta mañana. En el barrio la noticia corrió como si viajara sobre una bala y no faltó nadie a la esquina de Pampa y Perdigones. Para nuestro asombro, era real. Allí estaba tendido sobre el mejorado de la calle, el viejo Pereyra.
Una pierna extendida, la otra formando una extraña L. Los brazos, apuntando hacia los lados, como si hubiese tratando de abrazar una gigantesca mariposa. La cara ladeada, la boca semi abierta y los ojos (gracias a Dios) entornados, como si el último suspiro lo hubiese sorprendido en pleno sueño.
Era el cuadro típico de la muerte, cuando en un arrebato estruja el corazón de su víctima, achicharrando el cuerpo y llevándose el alma, dejando para la contemplación de los vivos el caparazón de lo que somos. Un ataque fulminante, letal, definitivo.
Pero no era el deceso lo que estaba fuera de lugar allí. El viejo Pereyra no tenía ese adjetivo en boca de todos por una mera cuestión estética; también era informativa. Tenía sus años, que se notaban a leguas en el rostro arrugado, el andar lento, la voz pastosa que se arrastraba con paciencia en cada frase. Pero Pereyra, siempre coqueto, lo disimulaba con su elegancia, con el caballeresco andar diurno, pavoneándose en el barrio como si fuera una gema preciosa escapada del museo.
Y sin embargo, en esa última caminata donde lo asaltó la muerte, el destino jugó la peor broma para Pereyra. El pobre viejo, siempre meticuloso, detallista, pulcro, había omitido (quizá por primera vez en años) cerrar la bragueta y esa imagen, de piernas y brazos despatarrados, rostro caído a un lado, chocante y repugnante a la vez, por tratarse de la firma de la parca, se tornaba aún más punzante para los curiosos al quedar a la vista no solo el descuido, sino la puntilla blanca sobre la bombacha rosa que descansaba con escarnio entre los dientes de la cremallera.
Es difícil decir que el viejo Pereyra descansa en paz. Al menos, no en el imaginario popular del barrio, donde detrás de "viejo" se invoca desde esta mañana un nuevo adjetivo.

19 de noviembre de 2014

Cruzar la calle

Su destino estaba del otro lado. Parecía fácil, unos pocos pasos, apenas unos treinta segundos de su vida. Pero al mismo tiempo, aquella calle era un límite.
No era como otras calles que había cruzado. Porque del otro lado, en esa casa de fachada gris, lo aguardaba ella.
Los coches pasaban por delante como disparados por resortes. De tanto en tanto el camino quedaba libre. Podía avanzar si lo quería. Dar el primer paso, luego el otro. Avanzar sobre la calle. Acortar distancia hasta la puerta desvencijada.
Pero se mantenía quieto, permitiendo a la brisa jugar con el cabello. Sentía una tonelada sobre sus pies. La calle estaba ahí, delante de sus ojos. Y sin embargo, a medida que pasaban los segundos, el otro lado se iba haciendo más distante. Como si existiese una relación entre el tiempo y la distancia.
Y entonces, por la vereda contraria, lo vio venir. Alto, rubio, de sonrisa permanente. Lo conocía. Claro que lo conocía. Se detuvo, golpeó la puerta y allí la vio. Entraron juntos y la puerta se cerró.
Si tan solo hubiese cruzado antes... pero no siempre lo sencillo resulta serlo. O si y uno es el que se encarga de hacerlo difícil.
Dio media vuelta y se marchó. Las demás calles no le representaron problema alguno en la vuelta.

16 de noviembre de 2014

Un buen pintor suizo

Lapicera en mano se paseaba por la galería de arte. Llevaba una libreta de apuntes y allí hacía una anotación tras otra luego de observar detenidamente cada uno de los cuadros exhibidos.
Ingrid, la curadora de la muestra, sospechó que podía ser crítico de alguna revista cultural. Más que nada por lo bien vestido que estaba y el tiempo que le dedicaba a cada obra.
Se acercó con fingido interés hasta el hombre, acomodándose el cabello con un prendedor plateado y con disimulo trató de espiar lo que escribía. No tuvo éxito y apeló a su encanto y conocimientos. Con tono confidente le habló de las vicisitudes en el armado de la muestra y le dio pautas sobre las razones que la llevaron a diseñar la exposición de esa manera.
Estaba entusiasmada. Jamás había estado tan cerca de alguien que escribiera en una revista y que pudiera darle un empujón a su carrera mencionándola en el artículo. ¿Y si era una publicación extranjera? La sola idea hizo que casi diera un salto.
No dudó en buscar una copa de champagne y alcanzársela. El hombre agradeció con un gesto, mientras detenía por un momento, con una sola mano, lapicera y libreta.
- ¿Quiere que le sostenga? - se animó ella, en una jugada muy arriesgada, pero al mismo tiempo inteligente.
El hombre negó con un leve movimiento de cabeza, sin dejar de observar una obra de un pintor suizo.
- ¿Conoce su obra? Es uno de los artistas más importantes de la muestra. Es una pena que no haya podido venir. Aquella obra es mi preferida, la del bosque y el castillo a lo lejos, ese que parece tener las luces encendidas.
La voz encantadora de Ingrid se perdió en la sala, sin que el hombre diera motivos para pensar que la había escuchado. Ahora si, estaba convencida de la profesión. Un crítico está siempre en otro nivel. No puede distraerse, pues su función es determinante.
- Mi nombre es Ingrid Dyjkens, soy la curadora de la muestra. Es un placer conocerlo... - dijo, entregando al hombre su mano con el dorso vuelto hacia arriba, esperando del él una respuesta acorde, aunque sea un nombre, una presentación... ¡algo!
Pero el hombre aprovechó el instante para devolverle la copa, retomar con la mano libre la lapicera y ponerse en marcha por un nuevo pasillo que hasta entonces no había visitado.
Asombrada, Ingrid reaccionó con cierta tardanza, cuando el hombre estaba al menos a cinco metros.
- Pero... ¡al menos dígame su nombre!
Una mano se posó sobre su hombro.
- ¿Ingrid, qué te sucede?
Allí estaba Ismael, su novio, uno de los socios de la galería.
Quería explicarle, pero le daba vergüenza admitir que había querido ser amable con el crítico. Así que solo le dijo que le había dado bronca que el enviado de la revista no le hubiese dirigido la palabra.
- ¿Qué enviado, amor?
- Aquel - dijo ella señalando el pasillo a su espalda, pero al hacerlo vio que estaba vacío. Corrió hacia el otro lado, buscando en la sala donde lo había visto por primera vez y tampoco estaba. Recorrió con Ismael pisándole los talones el resto del lugar.
- Te juro que estuve con esta persona, estaba aquí mismo, incluso le di de beber una copa.
- Querida, esta semana fue difícil, con todos los nervios, la inauguración...
- ¡No me trates de loca!
Ismael se resignó. Conocía bien a Ingrid como para saber que lo mejor era la retirada.
Lo vio alejarse y decidió ir por una copa para ella. En la barra improvisada para las bebidas dos mozos servían el champagne entre los pocos invitados que deambulaban por esas horas. Una mujer muy bien vestida se retocaba el maquillaje ayudada por un espejo de mano con marco dorado.
Ingrid le sonrió al pasar, pero no obtuvo la misma respuesta de parte de la mujer.
- No te hagás la mosquita muerta, que te vi hablando con él.
- ¿Me habla a mí? - preguntó Ingrid, sorprendida.
- A quién más. Sos la única que le coqueteó. Incluso le llevaste de beber. ¡Por favor! ¿Y todavía tenés el ímpetu de preguntarme?
Aquello, más que angustiarla, reavivó el ánimo en Ingrid.
- ¿Usted lo conoce?
- ¡Claro que lo conozco! El Conde es mi esposo y no voy a permitir - la mujer había metido el espejo en su bolso de mano y se movía hacia Ingrid - que cualquier mujerzuela trate de conquistarlo.
- Pero... - para Ingrid la fuerza de la mujer fue demasiado, ni siquiera le dio tiempo para hablar y explicarse, se sintió arrastrada hacia la pared con suma violencia y casi de manera irracional. Apenas si pudo voltear la mirada y ver sobre su hombro la proximidad de la pared y el cuadro del bosque que tanto le encantaba, ese donde había una especie de castillo a lo lejos, donde las luces parecían encendidas. Cerró los ojos para reprimir mentalmente el impacto, esperando el golpe y el dolor, sin embargo, trastabilló y cayó sobre un colchón de hojas.
Al abrir los ojos, la mujer, aún furiosa estaba de pie. Detrás, los árboles se erigían en punta hacia el cielo.
- Ahora vamos hablar seriamente los tres, claro que si - aulló la mujer, que tomaba un sendero por el bosque.
Ingrid no necesitó llevar la vista hacia el otro lado. Sabía que allí estaría el castillo del cuadro.
Tanteó sin esperanzas el aire, buscando la forma de retornar a la galería. Pero la noche arreciaba y el cantar de la fauna era más aterrador que el sonido de la ciudad. No tuvo más remedio que internarse en el bosque y seguir los pasos de la mujer, que más que caminar, parecía avanzar a los saltos.
Cuando el castillo estuvo cerca, pudo ver al hombre asomado en una de las ventanas altas. Creyó haber visto la libreta en sus manos.
- ¿Tengo que entrar ahí? - le gritó Ingrid a la mujer, que ya había atravesado el umbral del lugar.
No tuvo ninguna respuesta, aunque la soledad del bosque pareció ser suficiente. Penetró con miedo. sin poder quitarse de la cabeza que se había vuelto loca, como presagiaba su novio que le pasaría si no se serenaba un poco.
El interior del castillo era una sucesión de lujos. Paredes repletas de cuadros, arañas colgantes con cristales de todos los tamaños, columnas en todos los estilos y detalles en oro y plata en cada rincón. Una enorme escalera de mármol que se abría en dos, llevaba a las alas superiores. En el hall central, gobernado por una gigantesca alfombra persa, discutían airadamente el conde y su enérgica mujer.
- ¡Te conozco! Ibas a seducirla, como hacés siempre.
- Por favor querida, el recato ante todo.
- ¿Sabés por dónde me paso el recato? Vos y tu maldito pintor suizo que nos embaucó con eso de pintarnos para la posteridad. Nosotros acá y él en nuestro castillo, dueño de todo.
- Estamos en nuestro castillo, veamos el lado positivo.
- ¡Callate! Esto es una maldición, no un castillo. Y por si fuera poco, tengo que soportar que te escapes a buscar mujeres. Porque esa excusa tuya de que estás buscando las pistas para deshacer el hechizo es una estúpida mentira. Lo único que buscás son faldas fáciles.
A Ingrid aquello le resultaba irreal, pero ni siquiera en un sueño se iba a dejar tratar de mujer fácil.
- ¡No le voy a permitir! Me trae acá a la fuerza y me trata de mujerzuela. ¡Me cansaron! Y ahora, si me permiten, me retiro.
- Se hubiese quedado en el bosque, nadie le dijo que entrara - la mujer se dirigió a las escaleras, sin volver la vista.
El hombre bajó la mirada.
- Perdón, no era mi intención involucrarla. Todo esto es un malentendido que hemos tenido en el pasado con el pintor suizo que usted mencionaba en la galería. Como habrá comprendido, estamos atrapados en un cuadro de su autoría.
- Es imposible...
- La lógica indicaría eso, lo sé. Es por esa razón que en cada exhibición que se realiza, se abre por unos momentos una puerta en la que se me permite salir. Desconozco si sucede adrede o es una falla en la maldición. Lo cierto es que mi presencia del otro lado, si se quiere, es como la de un fantasma. Salvo con ciertas personas, con las que hago contacto. Como su caso. Mi problema es que el tiempo es limitado y debo hacer averiguaciones antes que esa puerta se cierre.
- ¿Y esa puerta se ha cerrado?
- Temo que si.
- ¿Y cuándo podré regresar?
- Cuando pueda resolver el enigma.
- ¡No me ponga nerviosa! ¿Esas anotaciones le han servido de algo?
- Debo estudiarlas. De todas maneras hay tiempo, no creo que haya otra muestra en al menos tres o cuatro meses.
- ¿Qué? No tengo ese tiempo.
- Hace cincuenta años que estamos atrapados, le aseguro que uno se acostumbra.
- Pero... qué haré mientras tanto, mi vida está del otro lado.
- Puede compartir con el resto de mujeres que mi esposa, la Condesa, ha arrastrado como a usted, en un ataque de celos.
- Esto es una locura.
- Una maldición.
- Lo que sea. No puede estar pasando.
- Pero está pasando y le pido que se haga la idea de ello.
- No, no, no, no, no...
¡Ingrid!
¡Ingrid!
- ¡No!
¡Ingrid!
Ingrid abrió entonces los ojos y se sujetó a su novio. Todo alrededor parecía moverse a otra velocidad. Se a poco fue tomando noción de donde estaba. Era el baño de la galería.
- ¿Por qué tomaste tanto? ¿Es por lo que te dije?
- No recuerdo haber...
- Ya hemos hablado del alcohol, te avergonzaste ante muchísima gente... ¡Ingrid! ¿Dónde vas?
Corrió por el pasillo de regreso a la sala. La galería estaba desierta, ya había cerrado. Se detuvo agitada ante el cuadro del pintor suizo. Sintió como se le erizaba la piel en todo el cuerpo. Las luces se habían apagado. Su novio llegó a su lado, seguía hablando en voz alta, pero ya no lo escuchaba. Había algo en aquel cuadro que la angustiaba y al mismo tiempo, asustaba. Tardó un rato en darse cuenta. Pero al fin, vio las sombras en las ventanas de alto. Dos, la de un hombre y una mujer discutiendo. Y en la parte inferior, hojas revueltas y un prendedor plateado. El suyo.

13 de noviembre de 2014

Los artistas tristes

Por más que trataba de escribir algo distinto, cada vez que se detenía ante una hoja en blanco, narraba la misma historia.
Cuando dibujaba, aunque le ponía todo el empeño, siempre el resultado tenía los mismos trazos y matices, y el rostro, era de la misma persona.
Si cantaba, más allá que le pusieran una pista musical diferente, la letra era la de aquella canción que los había sorprendido en el primer abrazo.
Parecía una maldición, pero no lo era. Ella incluso lo había olvidado. Pero Horacio la perseguía hasta en sueños. Y lo seguiría haciendo. Porque era su musa inspiradora. Y había cometido el peor de los pecados. Se había enamorado.
Su mejor amigo, Lautaro, cansado de verlo sufrir en vano, decidió que era hora de ayudarlo a confrontar la situación.
- Ella ya no existe, Horacio.
- Si, cada vez que la escribo, la dibujo, la canto.
- Por eso mismo, solo vive porque la mantenés en tu cabeza.
- ¿Y acaso debería dejarla ir, siendo que es lo único que me hace feliz?
- Pero Horacio... ¿Y tu talento? ¿Tus ideas? ¿Acaso no ves que siempre es ella y nunca la obra que te hará famoso?
- Ella es mi obra.
- Pero te volverá loco, no famoso.
- La felicidad es eso, un poco de locura. Y la fama sin ella, es el anonimato mismo.
Su amigo desistió, con algo de bronca y celos. Regresó a su máquina de escribir, donde dormitaba una hoja en blanco. A diferencia de Horacio, ni siquiera podía garabatear una oración.
- Al menos no me volveré loco - dijo en un murmullo, sabiendo que se mentía. Incluso Horacio, abandonado por su musa, tenía más posibilidades que él.
Se acercó a la ventana y encendió un cigarrillo. Era un momento aterrador. Había esperado por años que ella apareciera, que le diera un indicio. Cuando su amigo perdió la suya, hasta tuvo la esperanza de poder encontrarla. Pero el tiempo había transcurrido y no había llegado.
Horacio insistía con lo mismo y él, con la nada misma. Los dos eran artistas fracasados. Compartían el café de la mañana y una caminata por la tarde. Uno confesaba su repetición continua, y el otro, la imposibilidad misma de la creación.
Lautaro estaba convencido que la amistad los matenía con vida. Que las frustraciones los obligaban a esperar el día siguiente para poder narrarla al otro y que escuchar el pesar ajeno, mitigaba el propio.
Era la manera de sobrevivir, de pasar los días. Quizá algún día ella retornaría en la vida de Horacio y le concedería el permiso de escribir, dibujar o cantar otra sobre cosa. O bien, se dignaría de aparecer en la de Lautaro, y permitirle, aunque sea una vez, contar una historia.
En tanto, los artistas tristes, volverán a reencontrarse cada día con la premisa de esperar, tratando en vano de convencerse que la vida puede ser distinta.

10 de noviembre de 2014

Sobre la colina

Sobre la colina se erige un complejo de casas. La particularidad es que ninguna está habitada. Fueron construidas una década atrás, cuando en la zona corrió el rumor de la llegada de una fábrica de armas.
La fábrica nunca llegó y las casas se sumieron al abandono, hasta que unos años después llegó aquel circo, del que todos en el pueblo guardamos horribles recuerdos.
En enormes carromatos llegó procedente del oeste. Arribó sin aviso previo y se instaló a pocos metros del barrio abandonado.
Hombres y mujeres vestidos con atuendos oscuros montaron carpas negras, altas y apuntaladas con gruesos hierros. Desde el pueblo, la colina había cobrado un matiz fuera de la común, cercano a lo tenebroso.
La tarde en la que el circo cobró vida, un coche de vidrios polarizados recorrió las pocas calles del pueblo repartiendo volantes de color escarlata, donde en letras blancas decía "Esta noche única función".
No había ningún otro dato. El papel no mencionaba el nombre, tampoco el horario y mucho menos, cuales eran las atracciones principales.
Los vecinos dudaban de ir. Por alguna razón, aquello le daba mala espina. Así, con esas palabras, se refirió el viejo Palacios en el bar, cuando le preguntaron si llevaría a los nietos.
Lo mismo se expresó en cada charla que tuvo lugar en las calles, a lo largo de la jornada. Sin embargo, cuando cayó el sol, de alguna forma todos sintieron la misma inquietud. Conocer aquel circo.
Pocas veces podían disfrutarse de visitas de ese estilo. La última vez que había llegado un circo había sido cinco años atrás, justo antes del rumor de la fábrica. Y antes de aquello, lo más cercano había sido un parque de diversiones, cuyos juegos mecánicos destacaban por dos cosas: lo antiguo y la cantidad de óxido.
La población, por curiosidad y tedio acumulado, decidió acudir a la cita. No había horario estipulado, así que las ventanas estuvieron abiertas en todas las viviendas para observar el movimiento en las calles. Cuando el primer vecino se pusiera en marcha, el resto haría lo propio.
Con las primeras estrellas salieron de sus casas los más decididos, casi todo ellos, jóvenes. Se notaba el entusiasmo genuino por ver algo distinto. Los demás se fueron animando en la medida que los veían acercarse al camino que llevaba a la colina.
Se fueron perdiendo de a uno en las fauces de aquellas carpas oscuras. Los que quedamos en el pueblo, veíamos a lo lejos, desde nuestras ventanas, el artificio de luces que comenzaron a salir de pequeños orificios de aquellas construcciones efímeras.
Se escuchaban explosiones, gritos y aplausos. Debe haber sido el único momento en el que deseé haber tenido aún las piernas para poder desplazarme hasta el circo. Pero mi silla de ruedas no podía enfrentar semejante faena.
Me debo haber dormido sin quererlo. Supongo que lo mismo le sucedió al resto del pueblo. Pues al amanecer, viéndonos las caras en las veredas, ninguno recordaba haber escuchado a sus familiares retornar del espectáculo. Y en un despertar simultáneo, los que se habían quedado en sus viviendas, salían entonces afuera en busca de respuestas.
De aquella mañana recuerdo le brisa fresca, los rostros adormecidos y al mismo tiempo, aterrorizados. Y sobre todo, la sensación de vacío al divisar la colina desierta, tan solo habitada por las abandonadas casas del sueño armamentil.
No había indicios del circo, ni de sus carpas, sus carromatos, ni siquiera un folleto caído en el suelo. Tampoco estaba el que el día anterior, había doblado y guardado en mi bolsillo.
Lo más intrépidos corriendo hacia la colina, pero volvieron pronto, espantados. No solo por haber comprobado que nada quedaba de aquella siniestra visita. Sino también, por haber visto a través de las ventanas de las casas abandonadas los rostros salvajes, enfurecidos, de quiénes parecen haber sido los mismos seres queridos que habitaban con nosotros unas pocas horas antes.
Dicen haber abierto las puertas y toparse con la nada misma. Y que al cerrarlas, otras vez estaban ellos, gritando a través de los vidrios. Y que al girar los picaportes otra vez desaparecían.
Nunca subí a comprobarlo. No hacía falta. Esa misma semana cubrieron las ventanas con maderas. Si alguien tiene que pasar por la colina, no verá nada desagradable. Es la única manera de sobrevivir a la tragedia. Y si alguien pregunta por esas casas, quizá algún viajante desprevenido o un turista que se ha perdido, en el pueblo contestamos con la única verdad: allí no vive nadie.

7 de noviembre de 2014

Objetos perdidos

Cada sábado y domingo en la plaza del pueblo se celebra la feria de artesanos. Es una costumbre que se remonta varias décadas en la historia del lugar y que tuvo su origen en la falta de trabajo. Con el tiempo la propuesta inicial de un grupo de jóvenes y mujeres cobró fuerza, convirtiéndose no solo en una fuente laboral, sino en una atracción para la región. A tal punto, que es común encontrarse de un fin de semana a otro, con puestos nuevos, de gente de otras localidades que ha pedido permiso para vender sus artesanías.
En un rincón de la plaza, en los últimos años, tomó forma además la feria de antigüedades. Un anexo que se complementa a la perfección para los visitantes y también, una manera de permitirle abrir un puesto a personas sin habilidades para las manualidades, pero capaces de conseguir objetos antiguos, restaurarlos y ponerlos a la venta.
En este espacio, el fin de semana pasado sucedió algo muy extraño. Aún no me puedo explicar qué es lo que ocurrió. Lo cierto es que cuando todos llegamos, él ya estaba ahí. Cuando digo él, me refiere a un anciano de mirada rancia, pero al mismo tiempo, cautivante. Se presentó como José María y nos estrechó a los presentes la mano con una firmeza que no condecía con la edad que delataban sus arrugas.
Mi lugar allí no es atendiendo un puesto, no soy artesano ni tengo noción de artículos que puedan tener un valor para la venta. Trabajo en la comuna y me encargo de colocar los tablones. Pero de todas formas, al ver lo que el hombre sacaba de una de las cajas de cartón que había descargado de un viejo Chevy, sentí un escalofrío por el cuerpo.
Con mucha parsimonia, hundía las manos dentro de las cajas y extraía de a uno los objetos que luego colocaba en exhibición sobre la tarima que le había montado unos minutos antes. Mi asombro fue al ver un oso de peluche color naranja. El tamaño podía engañarme, porque habían pasado muchos años, pero no el detalle del ojo izquierdo. Allí, donde en algún momento había un plástico blanco y negro, mi madre había pegado un botón dorado.
Aquel no había sido mi juguete preferido, es más, lo aborrecía. Su color naranja chillón estaba lejos de mi ideal de oso. Pero es el que más recuerdo de todos, precisamente por el día que perdió el ojo. Aún los truenos retumban en mi memoria cuando pienso en aquello. Tendría cinco años o menos. Mi madre me había obligado a salir con el oso. Habíamos ido al pediatra y afuera llovía torrencialmente. La sala de espera estaba atestada y me había fastidiado. Tanto, que comencé a golpear con el oso un enorme florero de pie. Le pegué tantas veces que se tambaleó y se fue hacia un costado.
El florero se rompió en mil pedazos al dar contra una mujer que llevaba a su bebé de meses en brazos. Ella y el niño cayeron también al suelo. Recuerdo el estruendo entremezclado con los truenos que provenían de la calle, el llanto del bebé y los gritos de la mujer, asustada y enojada al mismo tiempo. El pequeño no se lastimó, pero una esquirla del florero rozó su rostro e hizo que asomara una gota de sangre. Fue suficiente para que la madre pensara lo peor y sin soltar al bebé, se puso de pie y trató de golpearme. Mi mamá intercedió pero alcanzó a manotear el oso de peluche. También recuerdo el sonido del ojo plástico al rebotar varias veces en los cerámicos del piso.
Jamás me habían retado como ese día y nunca más hubo necesidad de hacerlo. Aprendí la lección y vivo cada día de mi vida con la vergüenza en la memoria, tratando con sumo cuidado de no traerla a la superficie. Sin embargo, parado sobre la tarima, estaba aquel oso, del que nunca había sabido el destino que había tenido. Atiné a abrir la boca para preguntar, pero la cerré de inmediato. Estoy seguro que el anciano me había mirado de reojo, como esperando una reacción.
Me alejé con lentitud. Tenía la excusa de ver que todo estuviera armado en ambas ferias. Pero volví la vista varias veces. Y entonces fui testigo de muchos rostros vueltos hacia esa tarima larga de madera, cada vez más cubierta por objetos que el hombre seguía sacando de sus cajas.
Y las miradas que iban dirigidas a ese puesto tenían algo el común. Podía apreciarse un destello plagado de terror en cada una de estas. La gente se fue alejando, de la misma manera que lo hice yo. Se me había erizado el vello en todo el cuerpo. Me fui lo más lejos que pude.
Cuando retorné, la tarima estaba desierta. Solo la madera sostenida por dos caballetes. No había rastros del anciano, de sus objetos ni del Chevy con el que había llegado. Pregunté a las personas que estaban cerca y todos, incluso los que recuerdo le habían estrechado la mano, me negaron que haya estado una persona con tales características en el lugar. Noté que cada persona a la que interrogué me contestó con un énfasis fuera de lo común.
Pero vi otra cosa. Sus miradas, antes aterrorizadas, ahora eran esquivas, como si temieran que a través de sus ojos, pudiera descubrir un secreto muy profundo. Supe entonces que cada uno había encontrado su objeto perdido. Y lo peor de todo, es que alguien anda por ahí cargando con el pasado.
Temo que aparezca algún otro fin de semana. Creo que lo hará. Nos ha mostrado lo que tiene. La próxima vez, con seguridad, le pondrá precio. Y por ciertas cosas, uno es capaz de pagar hasta con lo que no tiene.

4 de noviembre de 2014

De lado a lado

Con el carro a cuestas cruzó la autopista. Las voces de los conductores llegaban clara a sus oídos, pero había aprendido a ignorarlas mucho tiempo atrás.
Avanzaba lento, en parte por el peso de aquel armatoste, con las ruedas desvencijadas, y otro poco culpa del dolor en los huesos que acometía desde el último invierno. Sobre todo en las piernas, que sentía siempre duras y ateridas.
- ¡No ves que vas a hacer matar a alguien, viejo de mierda! - exclamó una voz a través de una ventanilla baja, al tiempo que el coche aceleraba y lo dejaba atrás.
Si, era cierto. Estaba viejo. Lo otro no le importaba. Se lo decían cada vez que cruzaba de un lado a otro de la autopista. Lo sentía no solo en el dolor corporal, sino en que notaba cada día más distantes los recuerdos. Y la escasa gente que lo quería, familiares y amigos, gente de la villa con la que había compartido tantos días y noches, se le había ido muriendo de a poco. Se sentía rodeado por extraños, por rostros que desconocía. El sentirse solo, estaba seguro, era parte de ese proceso inevitable de seguir vivo cuando los demás se empecinaban en no hacerlo.
Llegó al otro lado. Los coches eran ahora exhalaciones a su espalda. Debía cruzar de lado al menos dos veces al día. Su casilla estaba en el este. La ciudad, en el oeste. Aquella arteria criminal trazaba una división perfecta. Con su carro, que él mismo había construido más de treinta años antes, sorteaba esa suerte de ruleta rusa bien temprano por la mañana y volvía a repetir el rito antes que cayera la noche.
Lo hacía con un solo objetivo. Comer. Aunque no iba a ningún lugar en especial. Solo a recorrer las calles, a juntar las botellas y cartones de las veredas. El estómago vacío le recordaba en la tarde que era momento de volver, porque ni siquiera sabía leer la hora. Entonces, pegaba la vuelta a sabiendas que trescientos metros antes del cruce, quedaba el lugar donde vendía el vidrio y el cartón.
Recién entonces, con los pocos billetes en mano que le daban, empujaba el carro hacia la autopista. Volvía sintiendo el sonido de las monedas en el único bolsillo sano, que era el de la camisa raída. Volvía pensando en un poco de pan, una sopa, o lo que pudieran darle a cambio en el almacén que estaba cerca de la casilla.
Las voces, los gritos, los insultos, las bocinas. Disparos a su cabeza, a su andar. Y finalmente, el otro lado. El carro, con lentitud, lo seguía. A pesar que cada día las fuerzas eran menos, que las piernas se movían con menos prisa, que la memoria se iba desdibujando como el sol en un día nublado, el hombre (ya viejo) mantenía la frente erguida. Las manos sucias, las vestimentas casi en harapos, pero los ojos firmes, hacia delante. Un paso, luego el otro. Matar el hambre, el cansancio, las voces. ¿Qué más? Su misión en el mundo era, simplemente, sobrevivir.

1 de noviembre de 2014

Encerrar el pasado

Aquella mañana Héctor se levantó con ganas de desprenderse del pasado. Venía evitando la idea desde hacía tiempo, pero al abrir los ojos y ver por la ventana el sol que se elevaba sobre las copas de los árboles, sintió una fuerza interna que no había experimentado jamás.
Plantó los pies sobre el piso de madera, se quitó la ropa de dormir y se vistió con lo más moderno que tenía. En una hora había amontonado en su habitación todo aquello que quería dejar atrás: viejos cuadros, fotos de familiares que desconocía, camisas y pantalones que ya no usaba, sillas y mesas que había legado en la misma medida que iban muriendo algunos de sus parientes, carpetas repletas de papeles cuyos contenido ignoraba o simplemente no recordaba, borradores obsoletos con cientos de ideas nunca desarrolladas, decenas de adornos que juntaban polvo sobre muebles que también odiaba, radios a pilas, una colección de estampillas...
Cuando reparó en todo aquello, se sorprendió. No sabía que había tantas cosas de su pasado que ya no quería consigo. Hizo una última inspección por el resto de la vivienda. No quedaba nada. Literalmente. Todo lo había trasladado a su habitación. Hasta el televisor y la heladera. Héctor comprendió que todo lo que tenía, tarde o temprano, lo desmoronaba hacia el pasado. Al contemplar una vez más aquella montaña de cosas que llegaban hasta el techo, sonrió por primera vez en años.
Le puso llave a la puerta y luego la dejó caer al piso. Con un puntapié la pasó por debajo de la puerta. Ahora no tenía manera de volver a abrirla. La única forma, sería derribándola. ¿Pero para qué querría hacerlo? Al fin había cortado amarras. La vida era una página en blanco. Feliz, trotó hasta la cocina a desayunar. Al llegar se percató que no tenía dónde ni qué.
Media hora más tarde los operarios de la empresa de gas que estaba haciendo una obra en la esquina, derribaron la puerta. Héctor les agradeció, sin poder ocultar su vergüenza. Le llevó todo el día ubicar cada cosa en su lugar. Llegó a la noche rendido, casi sin fuerzas. Se hundió en la cama, con ganas de desaparecer. Soñó que llevaba un candado enorme en la pierna, amarrado a una palabra. No era de seis letras para su asombro, sino de cuatro. Decía "vida" y supo que jamás encontraría la llave.

29 de octubre de 2014

Calle sin ángel

El hombre no tenía muchas razones para golpear la puerta, pero de todos modos lo hizo. Era tarde, las luces de la calle apenas si iluminaban con la pobre luz amarilla que emitían. Solo se escuchaba el cantar de los grillos y algún que otro ladrido distante. No pasaban coches ni se movían las ramas de los árboles. Hasta el viento parecía durmiendo.
Debajo de un sombrero desgastado por los años, el rostro arrugado del hombre se mantuvo sereno, a la espera de una respuesta. Su cuerpo respondía a dicho semblante, manteniéndose firme, sin muestras de nervios o impaciencia. En medio de la noche, la silueta era la de una figura inmóvil recortada en el aire.
Esperó delante de la puerta de madera, que en la noche, parecía más oscura, escondiendo de la vista los rayones y demás estigmas del tiempo. Permaneció allí varios minutos, hasta que finalmente se marchó. Su figura se perdió en la esquina, entre la neblina y los ladrillos de una obra en construcción.
Recién entonces una mano descorrió una de las cortinas. Sus dedos quedaron visibles del lado exterior, aunque nadie estaba allí para verlos. Segundos después se asomó un rostro, espiando hacia afuera. Pertenecía a una mujer de enormes ojeras. A pesar de la hora, llevaba puesto un vestido de día, que apenas le cubría el cuello, dejando libre la piel manchada por los años. Movió la cabeza, tratando de mirar hacia un lado y otro. Luego, con lentitud, llevó un pañuelo a la cara y atrapó una lágrima. Lo hizo con la delicadeza de quién está acostumbrado.
La cortina volvió a su lugar. La ventana quedó opacada por la tela raída y cubierta de polvo. El lugar se sumió otra vez en el murmullo propio de la noche. Solo algunos grillos y algún que otro ladrido lejano. La temperatura bajó unos grados y la brisa sopló más fuerte.
Volverá la siguiente noche, y la otra, y así sucesivamente. Y ella descorrerá el velo siempre tarde.
muy propio de esa calle desangelada que los fantasmas no puedan reencontrarse. Taciturnos, deambulan presintiéndose, pero no son capaces de verse.
Algunos suponen que se trata de una maldición.
Otros aseveran que, sencillamente, así es la muerte.

26 de octubre de 2014

Los crímenes de Morini

El coche aparcado en la vereda llamaba mucho la atención. Un auto rojo, largo, de los años sesenta. Impecable, de vidrios polarizados, reluciente al sol, pero tétrico bajo la luz de la luna. Hacía un día que estaba delante del edificio de ladrillos vistos desgastados por el paso del tiempo.
Un patrullero pasó dos veces en menos de quince minutos por la calle, reduciendo la velocidad para detectar algún ocupante en su interior. Una llamada anónima había alertado sobre el vehículo. Más tarde arribó otro auto, sin insignias oficiales, del que descendieron dos personas. Una de ellas llevaba una linterna y escrutaba por la ventanilla del acompañante. El otro, tenía la mano metida dentro del pantalón, sosteniendo algo más firme que sus genitales.
Lo que ocurrió después se extendió por un breve lapso de segundos. Una luz se iluminó en el interior del auto rojo. Un destello en realidad. Un punto brillante en la oscuridad, que encendía y apagaba. Los hombres apenas si tuvieron tiempo de reaccionar. Alcanzaron a cruzar una mirada antes de la explosión.
El lugar se llenó de vehículos de la policía, un camión de los bomberos y dos ambulancias. Las dos víctimas eran del personal de investigaciones, vestidos de civil. Los vecinos espiaban desde las puertas de sus hogares. Algunos curiosos sacaban la cabeza tímidamente por las ventanas de los edificios más próximos. Sin embargo, nadie se asomaba desde el edificio de ladrillos que estaba delante del siniestro.
Un grupo de policías ingresó al mismo a inspeccionarlo. Se encontraron con una edificación semi abandonada, con cuartos saqueados, paredes faltantes, restos claros de lo que eran reductos de drogadictos y en el sexto piso, el último, una habitación con una sola silla, sobre la que encontraron, abandonado, el equipo de detonación que provocó la explosión del auto.
Morini, mientras tanto, sonreía observando todo desde el café de la esquina, donde un ventanal enorme le permitía una vista de privilegio.
Había comenzado su vida en el crimen casi por casualidad. Una tarde, apostando en el Jockey Club a un caballo que le habían asegurado tenía ganada la carrera, se reencontró con dos viejos amigos de la escuela. No eran precisamente las compañías que deseaba su madre. Pero se los veía bien vestidos, con semblante de ganadores.
- ¿En qué andan? Parece que la vida les sonríe.
Los amigos le guiñaron un ojo. El caballo ganó y esa noche salieron de recorrida en los boliches de la ciudad. Por la mañana, era el nuevo socio de su ex compañeros de escuela. El detalle era que aún no le habían dicho que era lo que hacían. Se enteró al día siguiente, cuando le entregaron una escopeta de caño recortado y una bolsa para meter el dinero.
Desde aquel atraco a la financiera habían pasado muchos años e infinidad de crímenes. Si algo recordaba del robo en el que se inició, fue la sensación de apretar el gatillo y sentir el poder de un arma en las manos. Con sus amigos duró poco. Un par de robos solamente. Luego, le voló la cabeza a cada uno. Le parecía poco lo que recibía y tampoco le gustaba discutir demasiado. Había descubierto que se podían resolver las cosas de manera inmediata. Un mundo nuevo se abría camino a sus pies. Y le encantaba.
Ahora, mientras le agregaba azúcar al café y lo revolvía con parsimonia, no dejaba de disfrutar del espectáculo que le regalaban las fuerzas de autoridad, totalmente nerviosas y perplejas ante el desastre que había armado. Seguro ya habían descubierto el aparato en el sexto piso y estarían buscando huellas por todas partes. Contenía la risa. Aquello era su definición de placer.
Morini bebió el café, dejó propina a un lado del pocillo y salió a la calle. Se acercó a preguntarle a un uniformado qué era lo que había pasado y hasta intercambió algunas palabras con el chofer de una ambulancia sobre lo sucedido.
Luego se acercó a la máxima autoridad presente en el lugar y le tocó la espalda.
- Morini... ¿qué hace acá?
- Estaba cerca y escuché en la radio lo ocurrido, si necesita mi presencia...
- Por favor Comisario, usted está de vacaciones.
Morini asintió con la cabeza, le dio el pésame por los agentes caídos y arrojó una falsa promesa en el aire. Luego se alejó del lugar, esquivando agentes alterados y patrullas con luces furiosas rugiendo sobre los techos. El caos era excitante. Sumamente excitante.

23 de octubre de 2014

Fracaso interestelar

La misión interestelar H-F2015 falló por varios motivos. No hacía falta una investigación demasiada profunda para llegar a dicha conclusión.
Las discusiones posteriores, con voces levantándose en tonos fuera de lo común, con cuerpos empujándose delante de las anotaciones que previamente nadie había cuestionado, eran consecuencias sin sentido de un rotundo fracaso.
Se podía hablar por horas, endilgar culpas, buscar excusas, pero las causas estaban a la vista. Y la principal fue el mal cálculo en el lanzamiento. Algo, que por otro lado, representaba algo bochornoso. Tanto esfuerzo y dedicación yéndose a la borda por un simple error de ubicación.
La fuerza, la reacción, el impulso, la gravedad, cientos de números más. Estudios, consultas, referencias. Libros y libros con experiencias anteriores. Fórmulas matemáticas, principios, teoremas. Miles de buenas razones para pensar en un exitoso anochecer. Pero ninguno vio el árbol de la vecina.
Hubo otros factores. La chapa demasiado oxidada, cohetes con la pólvora húmeda, linternas sin baterías suficientes para andar por el patio a altas horas. En fin.
Ariel y sus amigos se resignaron a pasar la noche leyendo historias del espacio en viejas revistas de historietas de su abuelo. Al otro día irían a buscar el prototipo destruido a la casa de al lado.

20 de octubre de 2014

Bajo el mismo cielo

Cuando se vio encañonada con el revólver, pensó en sus hijos. En Gonzalo, estudiando arquitectura a muchos kilómetros de distancia, sin verlo desde su cumpleaños. En Esteban, probando suerte en España, porque en el país no se sentía seguro. Y especialmente en Adela, sumida a una cama, casi de forma permanente, por una enfermedad de mierda. Pensó en todos ellos y al mismo tiempo en nada. Porque la muerte no se permite coherencias, ni mucho menos, tiempo para administrarla.

Cuando la encañonó con la pistola, sintió que el miedo previo que tenía mientras esperaba afuera que saliera el último cliente, había remitido. Ahora tenía control total sobre el arma, los temblores y hasta sobre su timbre de voz, que rugía furioso diciendo palabras fuertes y dando amenazas certeras. Era dueño del momento, la mujer desprendía terror por cada poro y nada podía fallar. Sería dinero fácil para luego ir a lo del Checho y comprar un poco de pasta. Y si la mujer se resistía, le reventaría un par de tiros. Él tenía el poder, él podía. Era cuestión de accionar el gatillo, nomás.

Cuando el Negro sacó el arma y le apuntó a la vieja que atendía, sintió que un tigre escapaba de su pecho. Supo que eso quería hacer él apenas pudiera. Sentía la sangre hirviendo bajo la piel y la respiración entrecortada, casi de la misma manera que se había sentido la otra noche, con la pendeja del curso que lo venía buscando desde hacía un par de semanas. Aunque esto era mejor. ¡La plata, vieja de mierda, la plata o te quemo, la puta que te parió! decía su amigo, con los ojos desorbitados. Y eso mismo quería gritar él con toda la boca, pero en cambio, escuchaba, porque estaba aprendiendo. Sonreía con los ojos, deseando que el arma disparara de una buena vez.

Solo un fragmento, una imagen recortada del tiempo. Un instante que perdura una eternidad en la totalidad misma de la existencia. Y luego, la batalla diaria de la vida y la muerte. El grito, la amenaza, el disparo, la sangre, el caos. El nunca acabar. La violencia, la maldad, los extremos, los sin sentidos.

Adela nunca lo sabrá, mientras agoniza. Ya tiene bastante, pobre niña. Esteban se reprocha, en un país lejano, rodeado de un acento diferente que por un momento, le causa bronca. Gonzalo vuelve, estrechándose al dolor. Escucha una frase fraudulenta, que se repite en todas partes: la vida sigue.

El Checho le vende menos que la última vez, porque dice que ahora cuesta más. Eso lo disgusta. Aún tiene el fierro caliente. No le costaría nada sacarlo y poner las cosas en su lugar. Pero hay ciertas reglas y el Checho es el que manda. Algún día será él. Entonces acepta sin decir una palabra. Afuera lo espera su hermano más chico. Le sonríe al salir. El pibe tiene huevos. Lo está preparando para que salga bueno. Quizá en el próximo le ponga el chumbo en las manos. Quizá, aún no está seguro.

Mientras espera del otro lado de la puerta de chapa, evoca la secuencia. El disparo, la sangre, el cuerpo cayendo. Reprime una arcada y teme por un momento que el Negro estuviera saliendo justo para verlo flaquear. Pero el Negro sigue adentro, comprando pasta. Temblaba. Había creído que aquella sería un espectáculo, pero había salido horrorizado. Sin embargo, no podía decir nada. Era su destino. Y por lo tanto, tenía que afrontarlo. Cuando el Negro sale, estaba vomitando.

Se marchan entre callejuelas sucias, con paso rápido.
Bajo el mismo cielo, en lugares remotos, una familia llora.
Nadie entiende el por qué. A nadie más que a ellos, le importa.

17 de octubre de 2014

Día de pago

El hombre abrió el sobre mientras cebaba un mate. Lo hacía con la inocencia de siempre, esperando ver un monto razonable. Pero el número que leyó hizo que lanzara el mate por el aire, salpicando una pared de verde y desparramando la yerba mojada y caliente sobre el suelo de cerámico verde que su mujer había elegido veinte años antes.
Ella bajó las escaleras corriendo, asustado.
- ¿Qué pasó? Gordo ¿estás bien?
Su esposo levantó la vista, con los ojos aún perturbados.
- Llegó la boleta, Estela.
La mujer se detuvo, llevándose las manos al pecho. Por la reacción de su marido, aquello era más de lo que podían pagar. Dudó en preguntar. Pero era un titubeo inútil. No había forma de no enterarse. Tarde o temprano, la realidad la tomaría del cuello.
- ¿Cuánto? - preguntó al fin, en un hilo de voz.
La respuesta fue un suspiro. Si hubiese tenido un sillón a su espalda, el hombre se habría dejado caer. En cambio, meneó la cabeza de un lado a otro y tras dejar caer el papel sobre la mesa, se llevó las manos a la cabeza.
- ¿Y ahora, Estela? ¿Y ahora?
- No quiero decir que te lo advertí...
- Ya sé, no empieces con eso.
Se quedaron en silencio. Ella sin avanzar, él sin soltar los pocos cabellos que tenía. Detener el tiempo, volverlo atrás. Nada era posible. El tic tac universal no se detenía. No sabía hacerlo. Arrastraba todo a su paso, como un río desbocado. Y ahora, el momento que ella temía, había llegado al fin.
- Vayámonos, lejos - dijo la mujer, con firmeza.
El hombre se lamentó. Allí tenía todos sus afectos. Pero su esposa tenía razón. No había otra posibilidad. Afrontar esa cifra era imposible.
Hicieron las valijas en una hora. Para la tarde estaban en el tren camino a la frontera.
Cuando fueran a reclamar el pago, ya estarían a días de distancia, instalados en alguna parte. La idea de matarla había sido de él, pero ella lo había secundado. La agencia de sicarios no daba el precio hasta un tiempo prudente después del hecho, cuando la investigación se estancaba. Con eso daban seguridad al cliente, al mismo tiempo que se cobraban una buena comisión por la espera. El monto, en definitiva, era razonable.
- Pero valió la pena, gordo - murmuró casi durmiéndose sobre el hombro de su esposo, arrullada por el suave vaivén del tren.
- Claro que sí, preciosa - su voz aún estaba teñida de nervios, por el osado escape, pues sabía bien de quiénes huían - Claro que sí.
La imagen de su madre gritando a los cuatro viento que le contaría a todo el mundo que eran hermanos y que eran conscientes de eso cuando se casaron, repercutía aún en su cabeza. Durante veinte años habían estado a salvo, lejos de ella. Pero los había encontrado.
Y ahora, incluso muerta, los hacía escapar nuevamente. No de ella, pero si seguramente de su fantasma.

14 de octubre de 2014

Villa Viñetas 2: ¡Gracias!

En el blog hoy no hay cuento, porque un evento me absorbió totalmente. Les dejo a cambio, la crónica sobre Villa Viñetas 2. El placer de haber organizado, junto a Leo Cabrera, y rodeado de gente excelente, un encuentro repleto de maravillas.


Villa Viñetas 2 fue un fin de semana que nos quedará de manera indeleble en nuestros corazones. Muy buena gente. Sensacionales artistas. Fantásticos recuerdos que uno amalgama en su mente y para siempre.
¡Cuánto talento junto!¡Cuántas emociones disparadas por un mismo motor, el cultural! La idea primigenia, la de la primera edición, se mantuvo y por si fuera poco, creció, dio un paso gigantesco contagiando el espíritu de muchas personas que se brindaron al ciento por ciento por el evento.
El punto de encuentro soñado para los artistas de la región, el granito de arena para la cultura de esta parte del universo, volvió a fortalecerse. Con luces y sombras, por supuesto, porque la perfección no existe, pero con un balance sumamente positivo, porque el hacer, el construir, cuesta, lleva tiempo, y Villa Viñetas en tan solo dos años, con un respaldo que va creciendo de a poco, se ha consolidado y se proyecta hacia el futuro con mucho entusiasmo.
Historietistas, ilustradores, artistas plásticos, investigadores del género, guionistas, artesanos, músicos, le dijeron SI a la propuesta, como muchísimos comercios y emprendimientos de la región, que apostaron a las jornadas desarrolladas bajo un nuevo techo (y nueva casa) que fue la Biblioteca Popular “María Perrissol”, donde absolutamente todos, nos sentimos cómodos, respaldados, contenidos. Miguel y Sandro fueron anfitriones de lujo. Gente con la que eternamente estaremos agradecidos.
Figuras de la talla de Daniel “Pito” Campos, proveniente desde Córdoba; Felipe Ricardo Ávila, de Capital Federal; Decur (Guillermo Decurgez), de Arroyo Seco; Carlos Barocelli, de la ciudad de Rosario; Fernando Biz, de Morón, provincia de Buenos Aires, se sumaron a los artistas del sur santafesino y norte bonaerense, como los reconocidos a nivel nacional Marcos Vergara y Caio Di Lorenzo, los también nicoleños Matías Di Stéfano, Ciervo Blanco (Marcela Leguizamón), Germán Bernardéz, y los “locales” Sergio Ariel Alvarez, Mariano Mancini (escultor), Hernán Spinetta, José Hugo Goicoechea y por supuesto, Leo Cabrera.
La muestra fue una delicia. Variada, colorida, repleta de matices. Ciervo Blanco, Pito Campos, Caio Di Lorenzo, Sergio Alvarez, Alicia Laner, Marcos Vergara, Decur, Felipe Ávila, Matías Di Stéfano, Leo Cabrera, nos regalaron desde el sector de obras expuestas, un sinfín de sensaciones. Alvarez, además, se robó las carcajadas de todos con su “rincón de humor”, repleto de tiras de su autoría.
Nos dimos gustos enormes, que pocos pueden darse. Disfrutar en una misma dibujando a Pito Campos, Decur (que tenía que terminar una portada e igual se hizo el tiempo) y Carlos Barocelli (recién llegado de la Feria del Libro de Mendoza), pocas veces se da. Incansables, junto a Pito (los aplausos más intensos en el cierre, fueron para él), dos talentosos, Sergio Alvarez y Germán Bernardez batieron récord delante de la hoja, sentados en la mesa de dibujantes, accediendo a todos los pedidos de la gente. Fue el tridente mágico de los dibujantes.
Como también, fue un placer escuchar la charla de Felipe Ricardo Ávila y tener la sensación de haber deseado que continuara por horas. O maravillarnos (maravillarme, no puedo ocultar mi fanatismo) con la charla sobre guión de Federico Baert, que además, el día sábado, dictó su taller de historietas (que funciona en Librería Mafalda) en el evento.
De la misma manera que celebramos el taller de dibujo que dictó Gastón Barticevik, este joven dibujante de la Escuela Barocelli, que enseñó a niños y no tan niños a dibujar dragones, en una mesa al aire libre que brilló gracias a su carisma y habilidad.
Desde sus stands, Mariano Mancini cautivó a todos merced a su trabajo modelando una escultura; Augusto Schienke nos sorprendió con su dibujo en vivo, rememorando una escena clásica de Rocky IV. Y fue hermoso tener la presencia del escritor de Arroyo Seco José Zardi presentando su libro “Gritos”, de Celina Pérez Novoa dando a conocer la revista “Visionarios” y convocando a todos os artistas de la zona, o compartir la presentación del libro “El hombrecito que miraba las estrellas” junto a Felipe Ávila, amigo y autor del arte de tapa. Como así también descubrir a una joven promesa, como Mauricio Morel, del taller de Leo, que nos deleitó con sus creaciones: dragones y animales hechos de manera artesanal, que generaron el entusiasmo general.
José Hugo Goicoechea y Carlos Barocelli nos hablaron de su proyecto en conjunto, del que además pudieron verse en exclusivo, las primeras páginas e ilustraciones como parte de la muestra: Aquí Mismo IV girando en torno al “Grito de Alcorta”. Pero no fue solo eso, porque el diálogo nos llevó a repasar la historia contada en historietas, y por supuesto, el libro más reciente de Barocelli, sobre la historia de Cañada de Gómez.
Y José Hugo, además, hizo un experimento y le salió de maravilla, con su taller sobre “El arte en la enseñanza de la historia”, uniendo los juegos de simulación, con el aula, el debate y la historieta.
Hubo una energía extra, diferente, no solo gracias a los artistas, sino también por cada una de las personas que permaneció de manera estoica, incluso en las horas más difíciles, esas donde poca gente recorría la feria (y que lamentablemente, nos tocó vivir varias franjas horarias flojas en ese sentido). Andrea, en el puesto de Librería Mafalda, a quién le estamos profundamente agradecidos, porque desde el año pasado confía en Villa Viñetas y esta vez, estuvo presente con libros y revistas. Mauricio y Adrián, de Planeta Vicio, que se encontraron con gente amiga y conocieron a nuevas amistades, mientras ofrecían sus remeras. En el stand vecino, el “local” de L.A. Comics, Matías y María, compartiendo las jornadas con Fernando Biz, de Ediciones Módena y sus libros de manga nacional.
En el pasillo central, Ema Flores y Marcela Leguizamón, brillaron con los diseños de Puerto Norte Serigrafía, mientras que Marcos Vergara (muy bien custodiado por el incondicional Caio Di Lorenzo) no hacía otra cosa que provocar admiración con los libros de la editorial que conduce junto a Alejandro Farías, Loco Rabia. Y bien pegados, dos propuestas rosarinas que se han ganado un espacio a nivel nacional: César Libardi con Rabdomantes Ediciones (las revistas Quimera y el libro de Javier Rovella, “Cándido”) y Gastón Flores, de Revista Terminus. Dos grandes guionistas, por otra parte. Sin olvidarnos, del stand de “Pánico” de Hernán Spinetta (que prácticamente se quedó sin fanzines por la repercusión que tuvo) y de “Dragon Fly” de Mauricio Morel.
Y en la última franja de expositores, Augusto y “Retratarte” con pinturas deliciosas del género de la ficción, acompañado en todo momento por Cecilia, comandando su puesto de remeras “Alquimia Bohemia”. El villense Mariano Mancini, rodeado por familiares, recreó la vista con sus esculturas, mientras que los chicos de “El Caldero Burbujeante” inundaron de color el salón gracias a sus “amigurumis superhéroes”. Y hubo un stand que un día tuvo a Felipe Ávila con sus producciones “La verdad es un perro que te ladra y muerde”, “El combate de la vuelta de obligado”, entre otras, y también con libros de “Oenlao presenta”, y que al otro día se transformó en un espacio que se ganó las miradas por los fantásticos juguetes y figuras, de la mano de “El Nido Rol”, gente muy buena onda que el próximo fin de semana organiza el “Rosario Horror Fest” en el Centro de la Juventud de dicha ciudad.
Pero hubo más, y estoy seguro, me olvidaré en esta crónica de miles de cosas. Pero imposible obviar la presentación “casi” debut del “Dúo Menos Dos” integrado por Néstor Marinozzi y Fernando Elía, el sábado por la noche, cerrando la primera jornada, y mucho menos, el inolvidable show que nos obsequiaron “Yanapay” (gracias Sole, Beto, Christian y Juan!) y Cantopuro Trío (impagables, Marijó, Jorgelina y Alfredo!). Le dieron un plus a Villa Viñetas 2 y los disfrutamos muchísimo, como la muestra fotográfica de María Gabriela Alvarez, con las imágenes del primero Villa Viñetas, o la presentación de maquillaje artístico a cargo de María Pieretti, que nos dejó boquiabiertos a todos.
Lo artístico nos envolvió de riquezas espirituales. La cultura nos cubrió de exponentes únicos. Y estamos agradecidos. Tanto como (y no alcanzan las palabras) para aquellos que se pusieron el overol y no dudaron un segundo en trabajar, en poner “el lomo”, en hacer lo posible para concretar este sueño que es Villa Viñetas. Y si bien en esto no hay competencia ni podios, creo que nadie me objetará afirmar (con Leo, a lo largo de este finde, lo hablamos mil veces) que mi querido amigo (desde hace añares, casi un hermano) Rafael Manzano, se ganó toda nuestra admiración por su dedicación y empeño. Gracias Rafa, te debo un alma y media y lo dejo escrito en esta crónica. Y como él, Maricel Santander, en todos los detalles; Mariana Brarda (gracias amor!), Sabrina Hasik (ídola, cortando el tránsito en pleno centro), Paul Grill (que el año que viene se disfraza de super héroe según prometió), Fernando Biz, Rodrigo y Lola del taller de Leo; Mariano Colle (Irradia Produccciones), capo es poco, hizo magia con el sonido, se merece todos los aplausos; Néstor Marinozzi que nos consiguió el proyector; Alicia Laner que ayudó en el armado, los ya nombrados Miguel y Sandro de la Biblioteca, Pito Campos que no solo dibujó en todo momento, sino que además hizo una invitación para colocar en la calle, Caio y Marcos que decoraron el salón de charlas y me quedo corto, lo sé. Me olvido de nombres, de hechos, de colaboraciones.
Apartado especial para Mafalda Librería, por todos sus aportes; para Camelli, que también brindó lo suyo, para la Panadería Nona Tucha que se jugó con los bizcochos, para Federico Larrañaga y un aporte junto a Fundación Centro que agradecemos, para Juventud que nos dio los tablones (y nos plantó con los afiches jajaja), para los medios que nos tuvieron en cuenta y difundieron (aunque los extrañamos en el evento!), para cada una de las personas que se llegó, que disfrutó, que compartió con nosotros su alegría, que asistió a las charlas y talleres, observó, preguntó, compró en los stands, que supo aprovechar la oportunidad de tener en la ciudad un evento que con humildad, el apoyo de unos pocos, pero la voluntad de muchos, quiere seguir creciendo.
Y no nos olvidamos, claro que no, de Germán Giacomino, senador provincial de nuestra ciudad, que desde el año pasado nos decía que iba a estar a nuestro lado y no nos defraudó, al contrario, Su aporte hizo realidad muchas cosas y la sorpresa que nos dio, hace que valoremos aún más lo que hemos creado. ¡Villa Viñetas 2 fue declarado “de interés provincial” por la Cámara de Senadores de la Provincia de Santa Fe”! ¡Muchas gracias!
El texto es extenso, lo sé. Pero no puedo evitarlo. Nos quedan anécdotas, comidas, risas, momentos que jamás olvidamos. Y certezas. Como por ejemplo, que hay cosas por mejorar, muchas, y fueron muy bienvenidos los consejos. Todavía es reciente este fin de semana hermoso, así que es difícil pensar en cómo sigue esta historia. Pero sabemos que estamos por el buen camino. Lo demuestra el clima que hubo, la cordialidad, el sentido de amistad, de compañerismo.
Pudo haber poca gente por momentos, pero nunca faltaron las sonrisas, las charlas, las miradas contagiando la fuerza. A todos ustedes, gente del Villa Viñetas 2, muchísimas gracias.
Leo, gracias por todo lo que hiciste. Te cargaste muchas cosas sobre la espalda cuando estuve complicado. Fuiste comprensivo y excelente amigo. El aplauso final, es para vos.








10 de octubre de 2014

Las estrellas

De la mano de su padre, Juan Pablo recorría el trayecto de regreso desde el almacén hasta su casa. La noche era cálida tras varios días de lluvias y mal tiempo. En el manto de oscuridad que sobrevolaba los árboles, las estrellas brillaban con intensidad.
El niño las miraba embelesado, tropezando de vez en cuando con las irregularidades de la vereda. Llevaba bajo su brazo una bolsa de papas fritas, de la marca que tanto le gustaba.
- Papá, las estrellas nos persiguen - advirtió asombrado, como conclusión de su observación.
El padre sonrió y le explicó en pocas palabras, que no era así. Que las estrellas estaban muy lejos y que el movimiento era ilusorio. Y le prometió que algún día, les diría el nombre de las más importantes.
Juan Pablo no sintió ningún tipo de desilusión. Menos aún cuando por la noche, ya acostado, escuchó el sonido en su ventana. No tuvo más que correr el vidrio para dejar que las algunas de las estrellas entraran.
Esa noche hasta sus sueños brillaron, bajo el encanto de sus compañeras de habitación.

7 de octubre de 2014

Tres patas

Desde que había ganado aquel premio gordo en la quiniela, Ricardo se dedicaba a conocer el país. Pero lo hacía a su manera. Renunció a la fábrica, se compró una moto KTM 990 Adventure importada, se equipó con lo necesario y puso las ruedas sobre el pavimento.
Su aventura llevaba seis meses de ajetreo cuando llegó a la localidad de Loza Grande, perdida en el interior de una provincia cuyana. Parecía una ciudad pequeña más, como las tantas que había atravesado en su extenso viaje y que por momentos le daban la sensación de alinearse unas a otras, prácticamente iguales, mientras las iba dejando atrás montado en su moto.
De vez en cuando se detenía en alguna. En pocas ocasiones sucedía porque algo le llamara la atención. Solía ocurrir cuando le faltaban provisiones o el sueño lo vencía. En Loza Grande pasó lo primero. Necesitaba al menos un par de botellas de agua.
En los lugares distantes y remotos, las calles anchas suelen llevar al centro de la ciudad. Ricardo solía recurrir a dichas arterias para evitarse frenar con el fin de tener que preguntarle a la gente dónde comprar lo que estuviera necesitando. Sabía que en el centro encontraría todo.
Llegó con facilidad a la plaza central. A una calle divisó el cartel de un supermercado. Condujo despacio y estacionó la moto contra el cordón de la vereda. Se bajó lentamente, estirando la piernas. Pero la tranquilidad del momento duró muy poco. El ladrido de un perro lo sobresaltó de tal forma que se le cayó la mochilla al suelo. Ricardo, con bronca, le gritó como para alejarlo. El canino, pensando que iba a arrojarle algo, salió corriendo en dirección contraria. Recién ahí pudo observar que tenía solo tres patas.
Olvidó pronto al animal y se dirigió al supermercado, pero se topó con la puerta cerrada. Consultó su reloj y comprendió su error. Era la hora de la siesta. Solo en las grandes ciudades los comercios hacen horario corrido. El resto de los mortales apela al sentido común y descansa.
Se subió a la moto y decidió pasear por la ciudad con el fin de encontrar algún kiosco o comercio chico cuyo dueño tuviera la creencia que abriendo en el horario de la siesta y aprovechando que los demás cerraban, se haría rico más rápido.
En la medida que avanzaba notó dos cosas. La primera, las persianas bajas en todas las casas. La siesta parecía obligatoria. La segunda, los perros. De cinco que había visto, cuatro tenían una pata menos. Aquella característica no era privilegio del que lo había recibido con ladridos al descender de la moto.
Durate media hora transitó las calles desiertas de Loza Grande. Si no fuera porque estaba todo limpio, y que los perros (en su mayoría con tres patas) iban de un lado otro y parecían bien alimentados, aquello bien podría haber pasado por un pueblo fantasma. Resignado, tomó la misma calle ancha que lo había llevado al centro de la ciudad. Fue cuando vio al joven que lo llamaba desde un árbol.
- Por acá, por acá... - le decía sin levantar demasiado la voz.
Ricardo se quitó el casco y miró hacia las ramas, que estaban a unos tres metros del suelo.
- ¿Qué hacés ahí arriba pibe? - preguntó con incredulidad Ricardo, sin poder evitar mirar hacia un lado y otro, temiendo que quizá un grupo de jóvenes estuviera tratando de darle una paliza al que estaba ahí arriba, justo encima de su cabeza.
- Es que me subí en el horario que la gente maneja y se me trabó el pie en la horqueta del tronco.
- ¿Subiste a qué, a buscar un gato o hacerle una broma a alguien? Mirá que quedarte atascado... dejame ver si puedo subir y ayudarte.
Ricardo trepó con facilidad y tras tironear un poco, logró sacar el pie del muchacho de dónde había quedado. Ambos descendieron un tramo y luego saltaron hacia tierra firme.
- Gracias señor, se nota que usted no es de acá.
- ¿Acá nadie ayuda?
- No por eso, sino que lo vi manejando la moto y lo hace muy bien.
Ricardo, que estaba por colocarse el casco para seguir viaje, lanzó una carcajada.
- ¿Muy bien? Iba a veinte kilómetros por hora, para poder divisar un kiosco o algo... ¡pero este pueblo es la muerte! Solo perros de tres patas y un chiquillo atrapado en un árbol.
El chico observó la hora en su reloj y su rostro se alarmó.
- Es mejor que se vaya, la gente va a comenzar a levantarse de la siesta.
- Esperé una hora para que abrieran los comercios, así que esperaré entonces unos minutos más. Es la mejor noticia que escuché en el día.
- ¡No, por favor!  No se quede, siga por la ruta, al oeste, a tres horas, tiene un pueblo donde podrá comprar lo que quiera.
Ricardo observó la genuina preocupación en el semblante del joven, pero le costaba entender una razón lógica para su advertencia. El chico volvió a consultar la hora y sin preámbulos, echó a correr por la vereda.
La respuesta no llegó de boca del muchacho, que se alejó a toda velocidad sin volver la vista atrás, sino que provino del sonido unísono de motores poniéndose en marcha. Un coro estrepitoso, más acorde a un circuito automovilístico que a una calle en una pequeña localidad perdida en el interior del país.
A las cuatro en punto de la tarde, las cocheras de las casas de la calle donde estaba parado Ricardo aún con el casco en mano, como la totalidad de estas en la ciudad, se abrieron con macabra precisión. Del interior de las mismas emergieron autos bramando de vida y en pocos segundos, ganaron la calle. El desértico paisaje cambió de inmediato, por el de una ciudad con calles atestadas de autos yendo y viniendo a gran velocidad. Y con una particularidad. Ninguno de los conductores era muy bueno haciéndolo.
Una vieja Chevy pisó el cordón de la vereda a pocos centímetros de Ricardo, que saltando hacia atrás, salvó sus piernas. Sin perder el tiempo, terminó de colocarse el casco y se montó a la moto. A lo lejos creyó oír el aullido de dolor de un perro. Sintió un escalofrío en el cuerpo e imploró mentalmente por el chico que corría a su casa. Que hubiese llegado o al menos, alcanzado la copa de un árbol. Puso en marcha el motor y bajó a la calle, justo detrás de una Ford 100 que iba en zig zag.
La salida estaba a tan solo cinco calles, sin embargo, sabía que el solo hecho de intentarlo, era una especie de ruleta rusa con volante. Los perros corrían despavoridos, escapandole a la locura. Aceleró entre monstruos de metal carentes de lógica y cordura, sintiendo que no eran calles, sino las arterias envenenadas del mismísimo demonio.

4 de octubre de 2014

El color más intenso

El hombre era ciego desde nacimiento, sin embargo conocía bien los colores. Podía diferenciarlos, para asombro de los demás. Decía que emanaban un aroma diferente y que merced a eso, podía percibirlos.
Y parecía cierto, porque jamás se equivocaba al referirse al color de algo. Incluso, le mezclaban varios lápices y los dejaban esparcidos frente a su oscuridad. El hombre los elegía de a uno, anunciando en voz alta el color. Jamás se equivocaba.
Otro hombre, alto y algo desgarbado, se acercó a la plaza donde solía ir a pasear y darle de comer a las palomas. Llevaba una bolsa y esgrimía una sonrisa malvada.
El ciego estaba sentado en un banco, con las piernas cruzadas. El otro se sentó a su lado.
Abrió la bolsa y sacó un cuaderno. Lo abrió en la página inicial y habló:
- Hice un dibujo, dígame de qué color lo pinté.
- Déjeme sentir el papel.
- ¿Para qué quiere hacer eso, qué más da? Dígame solo el color.
- Es que percibo el color de su corazón y no me dice nada bueno.
El otro lanzó una carcajada.
- ¿Quiere palpar el papel? Tome, hágalo.
Acercó el cuaderno al ciego, pero éste ni siquiera lo tocó.
- Allí no hay nada. Solo la tersa textura de la perversidad.
El cuaderno cayó sobre sus piernas. La mano que lo sostenía había desaparecido, así como la persona que se había sentado en el mismo banco.
El ciego sonrió. No era la primera vez que una oscuridad mayor a la que estaba acostumbrado quería engañarlo. Sin embargo, su ceguera tenía límites. La maldad era una de ellas. A veces el color que la envolvía, era capaz de cubrir todo lo demás.
Siguió alimentando a las palomas, disfrutando el celeste del cielo y el verde de los árboles.

1 de octubre de 2014

Colas del más allá

Lo llevaron por un pasillo de paredes blancas, casi inmaculadas. Al final había una puerta. La atravesó y al darse vuelta para agradecer a quién lo acompañaba, se encontró solo. Pero la sensación fue efímera. Al mirar hacia delante vio que estaba en una enorme sala de espera. Tan grande, que no alcanzaba a ver las paredes laterales.
Tampoco se veía el suelo que pisaba. Una especie de bruma sobrevolaba el lugar donde en teoría estarían sus pies. Por todas partes había gente formando fila. Algunos, cansados, esperaban sentados en el piso. La neblina los cubría hasta la cintura.
Se acercó al último de una de las filas.
- Disculpe, acabo de llegar y no sé muy bien dónde debo ir.
- Elija una cola y espere. Ya perdí la cuenta del tiempo que llevo aquí.
- ¿Una fila cualquiera?
- Todas llevan al mismo lugar - contestó señalando un punto en el horizonte.
- ¿Eso es...?
- La administración, es imponente, pero imagínese la cantidad de gente que llega por día. Nos han dicho que si uno se queda, tiene posibilidades de tener una ocupación allí.
- Pero... ¿es que no nos quedamos aquí?
El interlocutor lo observó sorprendido.
- Me extraña que no lo sepa. ¿Acaso comprende dónde está?
- Ahora que lo pienso, no. Salí esta mañana de casa, llevé al nene al jardín y después fui al trabajo.
- Le falta algo...
- No, creo que es todo. Al mediodía fue a almorzar a la esquina y...
- ¿Y...?
- Me cuesta recordar lo que almorcé.
- Es que quizá nunca llegó.
- Si, claro que llegué, recuerdo que me senté al lado de la ventana que da a la ochava y... luego entró ese hombre con la pistola.
Hizo un silencio. Volvió a recorrer con la mirada el lugar donde se encontraba. Notó que reinaba el silencio. Que los semblantes se traducían en rostros tranquilos, sin prisa.
- ¿Estoy muerto? - preguntó al fin.
- Eso es algo que le puedo garantizar.
- No lo puedo creer, pero cómo es posible que no lo recuerde, una cosa tan importante...
- No se engañe, lo importante es esta cola que estamos haciendo.
- ¿Por qué? ¿Qué esperamos?
- Vaya, la persona que lo trajo sin dudas que evitó fatigarse con usted.
- Por favor, explíqueme.
- En la administración está Él.
- ¿Quién es él?
- Él, con mayúsculas.
- Esto es un sueño.
- No, es la muerte.
- Lo que ¿Quiere decir que él nos atenderá?
- Si, pero debemos tener paciencia. Hay gente esperando hace años. Aunque acá el tiempo transcurre de manera diferente. Hay días que pienso que llevo horas esperando y otras, siglos.
- Pero realmente... ¿hace cuánto que espera?
- Solo Él lo sabe.
- Esa no es una respuesta.
- Es la verdad.
- ¿Y para qué tenemos que verlo?
- Para lo esencial, como ya le dije. Saber si nos quedamos o no.
- Es decir, si nos quedamos acá arriba o vamos para abajo.
- Según lo que usted defina como arriba y abajo.
- Arriba, bueno, el cielo, es lo mismo. ¿Acaso lo que nos tapa los pies no son nubes?
- Lo ignoro. De todas formas, usted puede ponerle el nombre que quiera.
- Entonces, Él decide... ¿en base a qué?
- ¿Cómo a qué?
- Claro, tenemos que responder un cuestionario, un examen...
- No, contempla cada acto de nuestras vidas. Lo bueno y lo malo, cada cosa tiene su puntaje, a favor y en contra. Por eso es que demora tanto con cada uno. ¿Ni siquiera leíste los carteles en las escaleras?
- Creo que las subí dormido, solo recuerdo un pasillo...
- No importa. El tema es ese. Formas en una fila y esperas. Y si es posible, en silencio. Debemos aprovechar para meditar.
- Hay algo que no entendí. Si nos da negativo, vamos hacia abajo, al infierno.
- ¿Al infierno?
- Claro, dijiste abajo...
- Si nos rechazan, volvemos a la Tierra.
- ¿Reencarnamos?
- Si tienes esa suerte. Reencarnar es tener otra oportunidad para volver a una de estas colas. Pero la fortuna debe estar de tu lado. El mundo está plagado de almas sin destino. Ahora, búscate un lugar y calla la boca.
Vagó hasta encontrar una lejos de la que se había detenido. Había al menos mil personas delante suyo. Hizo lo que le dijeron. Cerró los ojos y trató de meditar. Tenía tiempo de sobra para repasar el debe y haber de su vida.

28 de septiembre de 2014

El acto final

Los ensayos se hacían de noche, porque todos trabajaban. Los días de encuentro se iban pautando en la medida que podía la mayoría. En pocas ocasiones estaban todos. Pero aquello era un obstáculo que sabían desde el primer momento.
De todas manera, la obra iba bien encaminada. Algunos pasajes aún debían ser repasados con énfasis, pero en líneas generales el director estaba conforme.
Había llegado a aquella ciudad litoraleña sin demasiadas pretensiones, como preceptor de un colegio. Lugar de pocas almas, descubrió pronto que solo hacía falta movilizarlos. Los fue conociendo por el rol que ocupaba. Y lentamente, los fue convenciendo. 
Los vecinos del pueblo que se estaban animando a descubrir sus cualidades como actores, estaban muy entusiasmados y lo demostraban ensayo a ensayo. Pero había ciertas cosas que los preocupaban, aunque eran reticentes incluso a comentarlas dentro del grupo.
Eran detalles, como por ejemplo, ensayar al aire libre, aún si hacía frío. A pesar que  algunos ofrecieron sus hogares e incluso, las instalaciones cubiertas del club local, el director fue determinante en su decisión: el lugar era vital. Y el sitio en si, también representaba un trastorno. No solo porque estaba retirado, sino porque era el cementerio y a muchos el hecho de ver las tumbas de sus seres queridos tan cerca, con la penumbra rodeando la lápida, no era les resultaba del todo feliz.
Pero la obra lo necesitaba. Eso repetía una y otra vez el director. Y era cierto. Lo sentían. La ambientación permitía que las actuaciones fueran más realistas.
Ninguno conocía al autor de la obra, pero les había gustado. Las escenas, los diálogos, eran realmente interesantes,. El director dijo al pasar que se trataba de un autor no muy conocido, que le había facilitado el guión teatral justo antes de sufrir un accidente fatal.
Alguas noches los ensayos se prolongaban hasta la madrugada, a pesar que la mayoría debía levantarse temprano para trabajar. Pero el entusiasmo era tal, que los reclamos iniciales perdían fuerza y se diluían, así como las horas, que pasaban casi sin que se dieran cuenta, entre parlamentos y escenas.
Pero la preocupación más grande, de parte de los actores, era el último acto. Aún no les había revelado el final. Varias veces habían reiterado la necesidad de conocer el desenlace, sin embargo el director defendía su misteriosa postura con una sola frase: "El final no importa, solo se llega". Y como sucedía con todo lo demás, nadie lo hablaba con otro.
Una noche, llegando a fin de mes, llegó con la noticia. Había fecha de estreno.
La gente aplaudió contenta, acompañando con silbidos de alegría y haciendo sonar las palmas con fuerza.
- Mañana a la noche presentamos la obra - anunció con una gran sonrisa.
Los aplausos cesaron y se vieron rostros con visible asombro. Era muy pronto.
- ¿Cuántas funciones haremos? - preguntó uno de los protagonistas principales.
El director se mostró sorprendido por la pregunta, como si la respuesta fuera obvia.
- ¿Cuántas? ¡Una, por supuesto!
Aquello desconcertó a los actores. Se escucharon murmullos que fueron elevándose, hasta hacerse un diálogo generalizado.
- ¿Y el último acto? - preguntó un joven que hacía un papel secundario.
Las voces volvieron a escucharse, pero el parloteo al unísono duró muy poco. El director mostró un papel en alto. Aquel movimiento fue suficiente para recuperar la atención.
La idea de una sola representación tras tantas semanas de ensayos quedó de momento en el olvido. El grupo se acercó para recibir una copia. Cada uno fue alejándose del otro, para leer con tranquilidad. La luz de la luna propiciaba una lectura casi fantasmagórica.
Los rostros fueron cambiando. La ansiedad y curiosidad fueron trocando en espanto. Las miradas se desviaban del papel a medida que leían y se posaban en el director, que apoyado sobre una lápida no dejaba de sonreír.
- Esto es imposible - dijo una de las actrices - Es... imposible.
El director sonrió, pero no con la boca. Lo hizo con los ojos. Los mismos que ahora parecían observar a todos al mismo tiempo.
- En este gran final todos tienen un rol preponderante, nadie en el pueblo olvidará esa función - el director se movió a un lado, dejando la lápida a la vista. El nombre era el de la actirz que había hecho la última pregunta.
Los actores miraron las demás lápidas, donde fueron encontrando sus nombres.
- Practiquen bien la letra del acto final para que lo último que hagan sobre la Tierra sea digno de ser visto. El arte los sobrevivirá.
El director se fue riendo, dejándolos solos en el cementerio. Solo entonces pudieron advertir la cola colgando entre sus piernas y que los libretos que sostenían entre sus manos, era un vil acuerdo con la muerte.