Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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15 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (5 de 5) - Escrito junto a Juan Esteban Bassagaisteguy



– 15 –
Un haz de luz salió del pecho de la joven de la silla de ruedas y surcó el aire hasta situarse a una distancia prudencial, formando un cuadrado perfecto de diez metros por lado. El portal se abrió, y un Ford Valiant aceleró desde el fondo del mismo hasta llegar junto a la silla de ruedas y frenar junto a ella, al lado del médico desmayado. La joven observó, espantada, al hombre que se bajaba del auto; alto, con un cigarro en la boca y una mirada feroz que no se parecía a nada de este mundo.
—Hola, preciosa —dijo el hombre, cerrando la puerta del lado del conductor—. ¿Solita?
—¿Quién es usted?
—¿Yo? Arnaldo, un amigo de tu padre —respondió. Acto seguido, apoyó el talón de una de sus botas de cuero en el cuerpo inmóvil del médico y, empujándolo, lo hizo girar lo suficiente hasta generar un espacio para acuclillarse junto a la joven y apoyar sus manos en los brazos de la silla de ruedas—. Rosa te llamás, ¿no? —Ella asintió con un movimiento de cabeza—. ¿Tu viejo nunca te habló de mí?
—No —dijo la joven intentando esconder su miedo—. Mi padre falleció cuando yo tenía ocho años. —Y, tomando coraje, se separó del hombre y desplazó la silla de ruedas hacia atrás; luego se levantó de ella y siguió hablando—: Nunca mencionó a ningún amigo.
—¿Ah, no? Tenía un millón, como dice la canción. —Arnaldo sonrió y miró hacia el portal de luz. Rosa hizo lo mismo, y ambos divisaron allí una cantidad imprecisa de figuras cuasihumanas, de cuerpos deformes, aullando en su interior y esperando la orden de Arnaldo para salir—. Allá están. Y vos tenés la llave que les da entrada a este mundo —dijo, señalando con uno de sus dedos raquíticos el pecho de la joven—. ¿No te duele ahí?
—No.
—Porque de ahí surge todo, Rosa. Sos una puerta andante a otra dimensión. Hacia un lugar… mmm… digamos… muy particular. Muy incandescente, ja. —Arnaldo miró hacia el portal repleto de almas y continuó—: Y ellos sus moradores habituales para toda la eternidad.
—Pero yo… nunca supe de esto. Papá nunca me dijo, y el médico…
—No es un médico como cualquier otro, querida. Es uno de los científicos más importantes del planeta. O podemos anticiparnos y decir «era». Nunca lo pudimos convencer de pasarse a nuestro lado y eso, hoy, le costará la vida. —Dicho esto, y sin avisar, se acercó a la joven y oprimió con lujuria los senos turgentes bajo la bata de hospital. Los humanoides del portal volvieron a aullar, y Rosa se defendió del acoso golpeando con una de sus rodillas la entrepierna de Arnaldo. Este acusó el impacto y, sin inmutarse, sonrió—: Eso de ahí abajo es lo que creó el portal. Lo tuvo la muy puta de tu madre entre sus piernas, y ahora lo vas a tener vos.
Arnaldo empujó a la joven y esta cayó sobre el césped del lugar. Y, cuando aquel se desabrochaba el cinturón dispuesto a todo, el cielo explotó con la fuerza de mil bombas atómicas.
Un segundo después, vieron a un hombrecito vestido con un traje gris caminando hacia ellos, empuñando una espada de fuego en su mano derecha. Arnaldo puteó para sus adentros, se abrochó el cinturón e hizo una seña a los demonios que lo habían acompañado para que acudieran en su ayuda. No lo pudieron hacer, porque el hombrecito de gris lanzó su espada hacia el portal y, cuando la misma impactó contra aquel, formó una capa gélida de hielo rígido que contuvo la invasión de los seres infernales; estos la rasgaron y golpearon con todas sus fuerzas, pero no la pudieron romper.
Al ver al hombre de gris desarmado, el recolector de almas se elevó en el aire y comenzó a girar sobre sí mismo como poseído por un millón de huracanes; cinco segundos después se lanzó sobre él. Rafael, el arcángel, su enemigo más odiado.
El impacto movió cielo y tierra, y ambos rodaron por el césped formando un surco en él y levantando una polvareda que lo cubrió todo de marrón. Al disiparse la bruma momentánea, Rosa vio con pavor que el hombrecito había quedado debajo de Arnaldo; este, apoyando toda su humanidad sobre él, lo ahorcaba apretando la glotis con ambas manos.
—¡Ja, ja, ja! Ni tu Dios de mierda te va a salvar de esta, enano hijo de puta —vociferó el recolector de almas. Rafael intentó zafar del ahorcamiento pero no pudo: tenía todos sus sentidos puestos en el freno a las almas del infierno que querían penetrar por el portal, y eso lo dejaba sin poderes celestiales para poder defenderse a sí mismo.
—Su Dios no, pero yo sí —dijo Rosa a sus espaldas. Estaba junto a ellos y llevaba consigo la silla de ruedas; como pudo, la levantó y la lanzó contra Arnaldo. Este, sin dejar de ahorcar a Rafael, achinó sus ojos y escupió de ellos dos llamaradas candentes directo a aquella. La silla de ruedas se desvió por completo de su trayecto y fue a dar contra un árbol añejo.
—Vos no existís, pendeja del orto. —Y, luego de decir esto, abrió su boca y escupió una nube gris de langostas hacia la joven. La potencia de los insectos lanzados en velocidad hizo que Rosa cayera al suelo tomándose la cara, blanco predilecto de los voladores inmundos.
Arnaldo sonrió satisfecho y volvió a poner sus cinco sentidos sobre Rafael.
—El jefe va a estar contento —masculló. El aliento a azufre dio de lleno en el rostro de un exhausto Rafael, quien, a pesar de todo, no dejaba de pelear—. El alma de un arcángel no tiene precio. —Y oprimiendo el cuello del hombre de gris con toda la potencia del averno, concluyó —: Chau, hijo de puta, te veo en el infierno.
—Yo no estaría tan seguro.
La voz resonó detrás de Arnaldo y este se dio vuelta, sin aflojar la presión de sus manos sobre la garganta del arcángel. Rosa estaba de pie, a un metro de distancia; las langostas muertas, sobre el césped, formaban junto a ella una alfombra putrefacta. Pero no era la joven la que había hablado, sino el hombre a su lado, que llevaba en su diestra la espada de fuego de Rafael.
El recolector de almas entornó los ojos, intentando reconocer al sujeto. Lo hizo al instante y dejó de apretar el cuello del arcángel; levantándose, miró más allá del hombre y la joven, directo hacia el portal. La espada de Rafael había sido reemplazada por una daga de oro, clavada en el mismo lugar que la anterior y frenando, asimismo, la invasión de los habitantes del otro mundo.
—¡Rafael! —gritó el hombre junto a Rosa—. ¡La espada! —Y, diciendo esto, lanzó el arma incandescente hacia su dueño. La espada dio un giro en el aire, pasando por encima de la cabeza de Arnaldo (este saltó intentando asirla, sin lograrlo) y cayó junto al arcángel, clavándose en el césped. Rafael se levantó a duras penas y la tomó con sus dos manos. El arma brilló con luminosidad intensa y el arcángel recobró su vitalidad.
Arnaldo, previendo lo peor, corrió como rata por tirante y se subió al Valiant. Hizo una seña a las almas en pena del portal, y estas desaparecieron de su vista; luego, aceleró a fondo directo hacia la puerta a la otra dimensión. El ruido al atravesar la capa de hielo taladró los oídos de Rosa, Rafael y el otro hombre.
Lo último que vieron los tres fue el brazo derecho de Arnaldo saliendo de la ventanilla del conductor, y el dedo medio de su mano extendido en el conocido e insultante gesto.
Luego, la daga de oro cayó al piso y el portal se cerró.
El pecho de Rosa brilló un instante bajo la bata del hospicio, y luego recuperó su tinte normal.
Y fue entonces cuando la joven se fundió en un abrazo interminable con el hombre a su lado. Rafael los miró con ternura y sonrió.
—Gracias, papá —dijo Rosa, separándose apenas del cuerpo de Enrique Gómez. Las lágrimas dijeron «presente» en el rostro de la joven. Pero no eran de tristeza, sino de alegría.
—No, amor, gracias a vos. Por no olvidarme nunca. Y por guiarme hacia la verdad con ese par de perlas que tenés por ojos. —Enrique secó las lágrimas de Rosa, deslizando con suavidad ambos pulgares sobre las mejillas de la joven—. Son hermosos, idénticos a los de tu mamá. Color sepia. Inigualables…
—Perdón, Enrique —los interrumpió Rafael—, pero tu permiso se terminó y nos tenemos que ir. De lo contrario, El De Arriba nos va a pegar una levantada en peso que ni te cuento.
Enrique miró a su hija a los ojos y, poniéndose en puntas de pie, besó su frente con una dulzura sin igual —como aquella lejana vez en la puerta de la casa de su hermana—.
—Te amo, linda, y siempre voy a estar con vos. No lo olvides.
—Lo sé, papá. Y yo también te amo. Con todo mi corazón.
Y, entonces, Enrique Gómez retrocedió un par de pasos hasta quedar junto al arcángel. Una bruma nebulosa los envolvió y ambos desaparecieron de la vista de Rosa. Aunque antes de que la niebla se dispersara en su totalidad, la joven escuchó la voz de Rafael atravesando el aire:
—El portal hacia la otra dimensión se cerró para siempre, Rosa. Estás curada. —La joven se tocó el pecho con ambas manos y suspiró. El arcángel continuó—: Y la daga dorada de tu padre ahora te pertenece. Órdenes de mi Superior. —Dicho esto, el arma con forma de cruz se elevó del piso como sostenida por los hilos invisibles de un titiritero y viajó hasta las manos de Rosa. Esta sintió una descarga eléctrica de vitalidad atravesándole la piel al contacto con el arma—. De ahora en más serás nuestra cazadora de espectros estrella. Como lo era tu viejo.
—Pero yo no sé qué hacer —protestó Rosa mirando la nada.
—Ya vas a aprender. Miles de almas en pena te necesitan, Rosa En Sepia. Para descansar en paz a nuestro lado.
La joven miró al cielo y no cerró los ojos cuando los rayos de sol se reflejaron en ellos. Iba a contestarle al arcángel que sí, que aceptaba el reto, que asumía la responsabilidad.
Pero él ya no estaba allí.
Con energías renovadas, caminó hacia la silla de ruedas. La arrastró consigo hasta dejarla junto al médico amigo de su padre, quien todavía seguía desmayado. Luego se sentó en ella e, inclinándose, dio un par de suaves bofetadas en el rostro del galeno. Este se despertó y, luego de incorporarse —a duras penas—, lo primero que vio fue la daga de oro sobre el regazo de la joven. Su mente bulló a miles de kilómetros por hora, pero Rosa interrumpió sus pensamientos.
—Sí, es la daga de papá. Y voy a necesitar de su ayuda, doctor. Por el honor de la amistad que lo unió a mi padre.
—Contá conmigo, Rosa.
—Rosa no, doctor. —El médico la miró extrañado—. De ahora en más, Rosa En Sepia.

– Epílogo –
Cuando las puertas del ascensor se abrieron al detenerse en el piso decimotercero, la joven entendió el porqué del miedo del dueño del hotel —uno de los más lujosos de la gran ciudad— y de todo el personal que allí trabajaba. Y de los turistas que evitaban alojarse en ese piso en especial.
Dos espectros que, en otra vida, habían sido un par de fornidos fisicoculturistas, la escrutaban con sus ojos rojos desde el fondo del pasillo.
La joven salió del ascensor y uno de ellos silbó piropeándola. La perfección de sus caderas se percibía con claridad bajo una calzas color sepia, las que realzaban su hermosura hasta límites insospechados.
La joven sonrió ante el piropo y agitó la mano que contenía la sal gruesa.
Y corrió hacia ellos blandiendo una daga de oro que pedía acción.


Ernesto Parrilla
Juan Esteban Bassagaisteguy
Julio de 2014 a Noviembre de 2014


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 Tuve el placer de crear y narrar Rosa en sepia junto al escritor Juan Esteban Bassagaisteguy, a quien además debo agradecer por su constante lectura de mis escritos.
Juanito, como también se lo conoce a Juan Esteban Bassagaisteguy, es oriundo de la localidad de Rauch, ubicada en el sudeste de la provincia de Buenos Aires, es el escritor detrás de «The Juanito's Blog» (http://thejuanitosblog.blogspot.com.ar), sitio donde podrán disfrutar de sus historias, que les asegurarán horas de excelente lectura. 
Es también una de las personas que dirige el sitio literario "El Edén de los Novelistas Brutos"  (http://eledendelosnovelistasbrutos.blogspot.com.ar) como así también colaborador de otros espacios de escritura en la web. Ha recibido distinciones por sus escritos, al tiempo que ha participado en antologías y publicaciones digitales.
La idea de escribir algo juntos surgió tras su participación en el especial por los diez años de existencia del blog "Netomancia". La experiencia fue maravillosa. No solo en lo creativo. Admiro también a Juan por su labor meticulosa, detallista y sus conocimientos gramaticales. Es un placer el intercambio de correos electrónicos con él. Ojalá algún día pueda conocerlo personalmente.
Gracias Juan por aceptar este desafío y hacerlo realidad.
 

11 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (4 de 5) - Escrito junto a Juan Esteban Bassagaisteguy



– 12 –
Salió del hospicio desahuciado, rumiando bronca y dolor, con su hija recién nacida en brazos. Su esposa ya no le pertenecía y su mejor amigo le había dado la espalda. Justo cuando más los necesitaba.
Y la beba le generaba una desconfianza de la que no podía dilucidar con claridad su origen.
Fue hasta su hogar y allí estuvo a solas con su hija hasta que, varias horas después, su mente se abrió encontrando la salida.
Esperaría el momento oportuno. Aunque para ello pasaron mil años y tuviera que remover cielo y tierra. Porque sabía que el hijo de puta que le había hecho eso a su mujer (había comprobado con sus propios ojos el horror del que era capaz, cuando llegó a su hogar luego de la cacería nocturna en la casona de la escalera de mármol) no pertenecía a este mundo.
La venganza es un plato que se come frío.

– 13 –
 El anochecer cubría con su manto claroscuro la ciudad y Enrique Gómez, conduciendo su auto, aceleraba por la avenida.
—¿Dónde vamos, papi? —preguntó desde el asiento trasero Rosa, su pequeña hija.
—A la casa de la tía Alicia, Rosi. Hoy te vas a quedar a dormir con ella. Y mañana sábado te vengo a buscar.
—¡Qué bien! Me encanta ir a lo de la tía Alicia. —Para la niña, de solo ocho años de edad, visitar a su tía los fines de semana era una actividad para disfrutar en toda su plenitud.
—¿Por qué?
—Porque después de cenar, y antes de ir a dormir, jugamos a las cartas.
—¿Ah, sí? No me habías contado nada. ¿Y a qué te enseñó a jugar la tía?
—Al pinche. Y le gano siempre —sonrió, cruzando su mirada con la de su padre, quien la miraba por el espejo retrovisor. Este desvió la vista justo cuando las lágrimas comenzaban a asomar por sus ojos.
Hacía solo una hora que, como cada vez que un fantasma andaba a la deriva, había sentido el pitido infernal resonar en su cerebro. Pero, esta vez, la alarma que siempre lo predisponía para lo mejor sonaba con una estridencia enorme, distinta. Y entonces dedujo que algo grande, algo espectral fuera de lo común, había invadido la ciudad.
El momento de la venganza había llegado.
Arribó a la casa de su hermana y, mintiéndole acerca de que era Rosa quien había rogado ir a dormir a su casa ese viernes, le dio un beso en la frente a su hija y prometió regresar a buscarla al día siguiente.
Nunca más pudo volver a acariciarla. Ni tampoco a besarla.

– 14 –
Luego de dejar a su hija con su hermana y subir al auto, cerró los ojos y dejó que su mirada interior, como tantas otras noches, lo guiara por las calles de la ciudad. Cuando se detuvo los abrió. Había estacionado junto a la vereda de su casa.
—Hijo de puta —murmuró, bajando del auto. Corrió hasta la puerta de su hogar, la abrió e ingresó en él, cerrándola de un portazo. No encendió las luces: cazar espectros en la oscuridad era su especialidad.
Un resplandor asomó desde el primer piso y, entonces, Enrique corrió escaleras arriba. Al llegar al último peldaño lo vio. Flaco, espigado, apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos y un cigarro cubano en la boca.
—No te das una idea de cómo gozó tu mujer cuando se la metí bien hasta el fondo —dijo el intruso, arrastrando la «b» de «bien»—. Se le caía la baba a la muy puta; nunca debe haber sentido tan adentro del orto una pija como esta —mintió, tomándose la entrepierna y escupiendo el cigarro.
El cazador de espectros, daga dorada en mano, se lanzó al ataque como un oso a la miel. Pero cuando estaba a centímetros de su rival, este levantó uno de sus brazos y, apoyándolo en el pecho de Enrique, frenó en seco su carrera, inmovilizándolo y convirtiéndolo en una estatua de carne.
—Así te quería ver —dijo, rodeándolo con parsimonia—. Me presento. Soy Arnaldo, recolector de almas. —Y, quitándole la daga de la diestra y clavándola en el piso, a su lado, estrechó la mano inerte de Enrique—. Al que lo has cagado más de una vez con tus putas cacerías de fantasmas. Miles me he perdido de llevar al infierno. Y eso tiene un precio, cazador. —Chasqueó la lengua y continuó—: Tu propia alma.
Dejó de hablar y acercó su boca a la de Enrique. Besándolo, sopló la muerte en sus labios y un color grisáceo sombreó la piel del cazador de espectros en el preciso instante en que dejó de existir, desplomándose sobre el suelo.
Arnaldo se acuclilló junto al cadáver, sonriendo en el silencio del lugar.
Y, cuando iba a introducir sus garras en el pecho de Enrique para cosechar su alma, escuchó el chistido. Giró la cabeza y se levantó como impulsado por la ráfaga de un tornado.
—No, no, mi querido Arnaldo —dijo el hombrecito del traje gris desde el fondo del pasillo—. Ese es nuestro, eh.
El recolector de almas reconoció a Rafael, el arcángel, y maldijo su mala suerte. Pero no se iba a rendir así nomás: el alma del cazador era una de las más buscadas por su jefe, y, si lograba llevársela consigo, el ascenso jerárquico no se iba a hacer esperar.
Por lo que puso ambas manos en su boca y, formando con ellas un círculo, abrió sus fauces como una serpiente pitón comiéndose un cervatillo y escupió con violencia un meteorito llameante directo a la cabeza del arcángel.
Este fue aún más rápido. Sacó su espada de fuego de adentro del traje y rechazó la piedra ígnea como si se tratara de una pelotita de ping-pong; el proyectil se volvió contra Arnaldo y este lo esquivó a duras penas. Blandiendo su espada, Rafael corrió hacia su atacante dispuesto a todo.
Arnaldo, sabiéndose en inferioridad de condiciones (hacía casi cinco mil años que, periódicamente, se topaba con el hijo de puta del arcángel; y nunca había podido con él al momento de batallar por un alma), abrió en el aire un círculo de fuego y se esfumó en su interior.
Rafael, viendo cómo se agotaba la última llamita de la circunferencia, desclavó la daga de oro del piso y dedicó toda su atención al cuerpo sin vida de Enrique. Percibió que el alma todavía estaba en su interior y eso lo tranquilizó; pero también notó que la misma se angustiaba sobremanera por la suerte de Rosa, su pequeña hija.
Entonces supo qué hacer.
Rozó con la punta de su espada el pecho del hombre, en el preciso lugar en donde su corazón había dejado de latir. Y, sonriendo, desapareció en un haz de luz que lo envolvió todo.
Cinco minutos después, y mientras la casa de Enrique Gómez seguía en completo silencio, alguien volaba por todas sus dependencias rozando el cielorraso.
El fantasma del cazador de espectros, acongojado, buscaba desesperado a su hija.
No la pudo encontrar.


(finaliza el lunes 15 de diciembre)...

8 de diciembre de 2014

Rosa en sepia (3 de 5) - Escrito junto a Juan Esteban Bassagaisteguy



– 9 –
—¡Qué pare de llorar, por Dios, qué pare de llorar!
—¡No dejes que se escape, Tomás, cerrá la puerta!
El guardia empujó la hoja de la puerta y el hombre vestido solo con una bata se estrelló violentamente contra la madera. Cayó de espaldas, de manera estrepitosa. Otros dos guardias lo alcanzaron, poniéndolo de pie casi de inmediato.
—Vamos adentro, se acabó el paseo por hoy.
Diez metros más adelante, junto a un televisor, otros internados elevaban la cabeza observando las imágenes en movimiento. El volumen estaba en cero y a nadie le importaba.
Solo un rostro estaba vuelto hacia donde los guardias se llevaban al hombre de la bata. La joven tenía enormes ojeras y la piel muy pálida. Sentía el cuerpo ido, lo mismo que la mente. Sin embargo, tenía la certeza de que no pertenecía a aquel lugar.
El doctor canoso que había entrado minutos antes a la sala y ahora conversaba con una enfermera, le resultaba extrañamente conocido. Incluso, hasta la manera de acercarse a ella le parecía difícil de entender. Mientras que a otros los trataba con total indiferencia, a ella la miraba con simpatía, como si la conociera de otra vida.
Aquella mañana le había prometido que pronto se iría del lugar. No necesitaba estar demasiado lúcida para comprender que aquel no era un hospital común. Un pasillo largo llevaba a un ventanal y lo recorría con total libertad a diario. Por las ventanas podía ver los pabellones y a los pacientes deambulando por los patios internos. Aquello era un manicomio.
El paciente vestido solo con la bata fue sacado a la rastra del lugar. El doctor canoso dejó a la enfermera y se acercó a ella. Se situó a sus espaldas y con delicadeza movió la silla de ruedas. La empujó con calma, en dirección a una de las puertas que llevaba al exterior.
Una vez afuera, respiró hondo el aire puro. El verde de la vegetación le confería al lugar un calificativo especial, pero carecía de la totalidad de sus sentidos para poder definirlo con una sola palabra.
El doctor dejó de empujar y se colocó frente a ella.
—Yo te vi nacer, en este mismo lugar.
Ella lo miró sorprendida, y se imaginó que el hombre no era en realidad un doctor, sino otro paciente. Estuvo a punto de decir algo pero él no la dejó, porque siguió hablando.
—Tu padre y yo éramos grandes amigos, pero tomamos caminos diferentes. El recurrió a mí cuando ya era tarde. No obstante, pude salvarte. Pensé que afuera de este lugar no duraría un instante y menos con vos a cargo. Pero me equivoqué. Sin que él lo supiera, vigilé su vida, preparado para ayudarlo. Estaba seguro de que tarde o temprano se descarrilaría nuevamente, pero vos lo cambiaste.
Hizo un silencio. Ella no podía imaginar qué recuerdos pasaban por su cabeza, pero supo que eran fuertes.
—Tu padre... no era una persona normal. No me refiero a la locura, sino a su profesión. Era... muy particular. Nunca lo creí hasta que vi a tu madre darte a luz...
—¿Realmente estuvo usted cuando yo nací?
—Mirá, es largo de explicar. Tu padre era un cazador de espectros, uno de los últimos. Y creo que no ha muerto; o, al menos, es lo que quiero creer. Creo que lo han convertido en uno.
Ella se quedó mirando al hombre de blanco. Apenas si podía entender lo que le decía.
—¿Por qué estoy aquí? Tendría que estar en una clínica común, haciendo quimio, o esperando para morir en paz.
—Es que no tenés cáncer. Lo sé, porque fui testigo de la muerte de tu madre. Lo que tenés es otra cosa. Es la puerta a otra dimensión. Tu padre nunca lo supo y por eso está muerto. Yo lo sé, porque tuve que matar a tu madre. Lo siento tanto…, pero tuve que matarla.
El médico se derrumbó a los pies de la silla de ruedas, ante los atónitos ojos de la joven. Algo se había resquebrajado en el aire y era la realidad misma.

– 10 –
El hombre abrió la puerta de la casa en ruinas e ingresó en una amplia sala. Frente a él, una escalera ubicada en mitad del lugar —en la que una mezcla de tierra apelmazada, guano de murciélago y musgos ocultaban el mármol que la recubría— lo invitaba a ascender.
No lo hizo, porque un olor mayor al de la humedad reinante en toda la casona puso sus sentidos en alerta.
Y entonces lo vio volar hacia él.
Sin embargo, el hombre permaneció estático donde estaba. El fantasma estiró los brazos y abrió sus fauces en la estocada final. Y allí fue cuando Enrique Gómez, cazador de espectros, sacó las manos de atrás de su espalda y lanzó un puñado de sal gruesa directo a los ojos rojos de su atacante. Este se frenó en seco, no solo sorprendido porque el hombre no huía sino, sobre todo, porque la sal quemó su esencia incorpórea. Y le dolió.
Aunque no tuvo demasiado tiempo para sentir el ardor interno. Rápido, el cazador de espectros sacó de la vaina que llevaba en su cinturón una daga dorada con forma de cruz —bañada en agua bendita—, se abalanzó sobre el fantasma y la hundió en el lugar donde, en vida, estaba el cuello de su rival. Este se retorció, atónito, confundido, y, sin emitir un solo gruñido, explotó en millones de gotitas de luz.
Enrique Gómez observó cómo estas se unían en el aire formando el cuerpo esbelto de una mujer; a la vez, y junto al cielorraso del lugar, una puerta blanca apareció de la nada. La mujer se elevó, atravesó el portal y desapareció cuando este, esfumándose en un punto brillante, se cerró.
«Listo, misión cumplida», pensó. Y, envainando la daga, salió del lugar en completo silencio para perderse en la oscuridad de la noche.
Un par de minutos después, un Ford Valiant rojo llegó al lugar. Su conductor bajó y, mirando la casona mientras escupía el resto de un cigarro cubano, percibió que allí ya no había fantasmas. Y maldijo por el alma que se había perdido de recolectar por solo unos segundos.
Otra vez.

– 11 –
El conductor del Valiant no vio ninguna luz encendida en la vivienda, y siguió manejando su auto a baja velocidad hasta que, luego de doblar en la esquina, lo estacionó bajo un foco de luz amarilla. Bajó de él, dirigió la vista al foco y desprendió de sus ojos dos llamaradas incandescentes que lo hicieron estallar sin hacer ruido. Luego hizo lo mismo con el resto de las luminarias de la calle, y todo quedó a oscuras.
Satisfecho, caminó hacia la casa por la que había pasado antes. Llegó a ella y olfateó el aire. No había rastro del cazador de espectros y eso significaba dos cosas: una, que seguía en plena faena por la ciudad; y otra, que su esposa estaba sola. Y aunque el primer punto le generaba un resquemor insoportable, el segundo inclinaba la balanza a su favor.
Se elevó en el aire hasta llegar al primer piso de la morada. Descendió al balcón y sonrió al ver que la persiana estaba alta. Entonces, elevó sus brazos, apoyó las manos contra el ventanal y, dibujando en el vidrio un círculo enorme, desplazó un fragmento igual a su circunferencia y el mismo desapareció en el aire.
Entró en el hogar y volvió a usar su sentido del olfato. La mujer dormía. En la habitación contigua. Y no estaba sola. O sí, porque la otra presencia que el recolector de almas olió fue el pequeño ser que la mujer llevaba en su vientre encinto.
«Espera una niña. Ocho meses de embarazo». Entonces le sobrevino una repentina idea, chasqueó los dedos y desapareció.
La mujer, que dormía de costado, despertó cuando sintió que unos dedos atrevidos rozaban sus pezones bajo el camisón de seda. Sonrió y se movió sinuosa, rozando con sus nalgas la dureza que, allí abajo, se apoyaba contra ella pidiendo más.
—Mmm… Cómo me gustás —suspiró, mientras notaba (y disfrutaba) cómo su entrepierna se humedecía. El hombre deslizó su ropa interior de algodón y ella contrajo su pierna izquierda dejando su sexo en libertad. Él la penetró con suavidad en la oscuridad de la habitación y los movimientos de ambos crecieron en intensidad y lujuria; como tantas otras veces, llegaron al orgasmo en perfecta comunión. Luego, su esposo se retiró de ella y se acostó a su lado. La mujer, entonces, prendió el velador de la mesa de luz. Y el rostro se le enmudeció de terror.
No era su marido quien yacía en la cama junto a ella, sino un hombre flaco, desgarbado, que le sonreía mostrando una dentadura completamente irregular. La mujer llevó sus manos a la boca pero no alcanzó a gritar porque el hombre la tomó del cuello y ambos se elevaron en el aire. Ella intentó defenderse golpeándolo con sus puños, pero fue en vano; sintió cómo poco a poco el aire se esfumaba de sus pulmones ante la presión en su garganta y dejó de pelear. Fue entonces cuando Arnaldo, el recolector de almas, besó los labios amoratados de la mujer y sopló en el interior de su boca. Ella abrió grande los ojos al sentir el fuego que la quemaba por dentro, y fue lo último que hizo antes de que su espalda golpeara contra una de las paredes de la habitación; su agresor la había arrojado contra ella y algo se rompió en su interior. Ninguna de sus extremidades volvió a responderle.
El intruso dejó de flotar, apoyó sus pies sobre el suelo de la habitación y, complacido, observó el resultado de su obra: la mujer no moriría —no en ese instante— y tampoco volvería a mover ni sus piernas ni sus brazos. Aunque eso no era todo. Porque el hálito de fuego que había echado en la boca de la esposa de Gómez iba quemándola por dentro, sin prisa pero sin pausa; y, a la vez, mutándola en un ser único sobre la Tierra. Ya se notaba. Y no solo en las protuberancias que comenzaban a salirle en la frente, por encima de sus ojos, sino también en la coloración amarilla de estos y en las membranas grises, terminadas en garras, en las que se iban transformando sus brazos. Un murciélago. Que no podía mover sus alas. Qué ironía.
Y además estaba lo otro. Su semen había penetrado la placenta, y la niña que crecía en el vientre de la mujer —y a la que había prestado atención en no dañar en ningún momento— ya no era una niña normal. Lo había sentido en el preciso momento de eyacular: el feto se había contraído en una forma imposible dentro de la mujer, y en su pequeño torso en formación había brillado una luz acompañada de los gritos de cien mil almas en pena. Que solo él escuchó.
Ya estaba hecho. El portal estaba abierto. Para bien o para mal.
Siguió mirando a la madre de la futura beba. Que ya no era la madre, sino un despojo de carne, mitad humano, mitad murciélago. Y que, sin poder moverse, lo miraba furioso con sus ojos color de la orina.
Arnaldo fue junto al monstruo y escupió un gargajo en medio de los cuernos nacientes.
—Conmigo no se jode —dijo. Y, chasqueando los dedos, desapareció del lugar.

(continúa el jueves 11 de diciembre)...