Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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22 de septiembre de 2014

Carmen en primavera

Pedir en primavera es lo más lindo. El sol tibio arrullando con ternura el rostro, la brisa fresca abanicando el aire, las flores coloridas asomando en cada esquina. Hasta la gente parece más bondadosa, suelta de bolsillo.
Para Carmen, pedir en primavera es como meterse en el río en pleno verano, como encontrar un cobijo adecuado en pleno invierno, como saltar con ganas sobre las hojas secas en otoño. La primavera le contagia una sonrisa que no aparece en ninguna otra época y es quizá ese detalle el que provoca el milagro.
Llega para la siesta a la casilla de chapa con las manos llenas. Varias monedas, algunos billetes y dos bolsas de pan. Todo desaparece en un santiamén en poder de sus padres, pero se sienta a la tabla que hace de mesa con la misma sonrisa que le regaló a las calles, en su andar tempranero.
Recibe algo de pan y un poco de caldo, demasiado frío. ¿Qué mejor premio para tanta caminata y cantito repetido? Luego la calle de tierra, alguna pelota de trapo que aparece por ahí, restos de alguna muñeca que alguien le presta al pasar. Comparten, juegan, se olvidan de los pies cansados, del estómago hambriento. Pero el recreo termina con el grito adulto, que los llama para seguir recorriendo la ciudad de la única manera que conoce.
- Insistí Carmen, que pedir no es una ofensa - le dice su madre despidiéndola delante de la puerta de madera, que a duras penas se mantiene recta.
La niña se aleja correteando, casi sin mirar el camino. Lo conoce de memoria. Y se pierde entre otras casillas, en un paisaje de supervivencia, mientras la madre se mete adentro para amasar algo de pan que Enrique, el más grande, saldrá a vender cerca del atardecer. Ninguno conoce de oportunidades, más que las que tienen al alcance de la mano.
Carmen no sufre, no se queja. Así es su vida, por mil razones que no conoce. Solo sabe pocas cosas. Las necesarias para sobrevivir. Porque de eso se trata la vida. Y para Carmen, si es en primavera, mucho mejor.

19 de septiembre de 2014

Horas de ausencia

Don Tonoleto miro la hora constantemente. Observa como las agujas del reloj se mueven al ritmo del tiempo, con la parsimonia producto de la suma de instantes. El segundero se desplaza en una misma dirección, sin importarle nada, solo el avanzar. Todo es un conjunto que delata su prisa.
Cada tanto voltea la vista y espía por la ventana. Se impacienta, murmura por lo bajo. Hace crujir los nudillos, aunque poco, porque los años no han venido solos y los huesos no son los de antaño. Nada lo es, realmente. Ni siquiera la puntualidad. La calle está vacía. Ningún coche se detiene, ninguna persona camina la vereda.
Y el reloj marcha, dejando un sonido en la habitación, un chic chic repetitivo, desolado, vástago de la sucesión de años, lustros, décadas. No vendrá, piensa Don Toneloto, bajando brevemente los párpados. Quiere provocar una mueca de pena, pero no le sale. Todo es angustia.
El reloj, las agujas, la ventana. Y alrededor, la ausencia.
- Don Toneloto, las pastillas - la voz irrumpe estridente, inoportuna, como un mal sueño.
El hombre se siente violado, asaltado de forma abrupta. Observa su cuerpo y descubre las manchas, los pliegues de la piel, la vejez en carne propia. La realidad lo traspasa. Ella no vendrá. La mujer que sostiene un vaso en su mano derecha no se irá hasta que tome las cápsulas que tiene en la otra. El reloj seguirá marchando. Inexorable. Irrevocable.
Acepta. Engulle. Bebe. Luego, llora.
Cada día, uno menos del almanaque. Uno más del alma.


16 de septiembre de 2014

El acantilado

El profeta levantó su pesado culo de la piedra y poniendo grave su voz, dijo:
- Todo aquel que crea en lo que les he narrado, que se arroje por el acantilado. Pues de esa forma evitará perecer en el infierno, donde el propio Satanás los torturará día y noche hasta el fin de los tiempos.
Se hizo silencio. Ninguno de los que habían escuchado atentamente las palabras del profeta movió músculo alguno. Al cabo de unos minutos se sintieron tan solo unos pocos carraspeos. Alguien estornudó pero pasó desapercibido. El hombre gordo y de papada grande los seguía mirando desafiante. Finalmente fue él quien quebró el sibilante sonido del viento.
- Es lo que siempre sucede. El miedo, la cobardía. Prefieren el sufrimiento futuro a la salvación inmediata.

Una nube envolvió al profeta y de la misma escapó luego un ave blanca, que los pueblerinos no pudieron describir. Atónitos, varios optaron por correr al acantilado. Pero tan solo murieron al estamparse contra las rocas. La oferta ya había caducado. 

13 de septiembre de 2014

Santo y seña

Los verdes campos se habían teñido de rojo durante las últimas centurias. Las batallas entre los imperios renacientes, las pujas de poder, la sórdida crueldad de los reyes de las naciones, vapuleaban la paz.
En las enormes abadías, en las tabernas, se habían instalados códigos para poder entrar. Las puertas de robusta madera no eran solo el medio de acceso: representaban verdaderos paredones que mantenían a salvo el interior de la barbarie al aire libre, incluso, abarrotado de pestes y enfermedades.
Las palabras claves, que debían ser pronunciadas desde el lado externo de la puerta y reconocidas por la persona que estaba en el interior, se las conocía como santo y seña. La modalidad, implementada durante las guerras por los centinelas para identificar a los soldados propios, fue instalándose en otros ámbitos.
De esta manera, un religioso que tras cruzar campiñas, colinas y decenas de poblados, si quería ingresar, por ejemplo, al monasterio ubicado en la ladera de la montaña, cerca del río, debía saber el santo y seña del lugar. El mismo era proporcionado por contactos y garantizaba que la persona que lo poseía, era de confianza.
Claro que cada lugar tenía su propio canto, con su respectiva respuesta. Memorizar cada uno se hacía difícil, no obstante, era la diferencia en muchos casos entre la vida y la muerte. Había lugares donde largar un santo y seña incorrecto equivalía a decir el propio epitafio.
Entre tantos tormentos, las guerras que se desataban como lluvias de verano, el cansancio de largas jornadas de caminata, el esfuerzo de sobrevivir con la escasez de alimentos, las plagas, las enfermedades, la capacidad de pensar en ocasiones se veía reducidas y muchas personas, agotadas mentalmente, caían destruidos en ese último paso, cuando desde el otro lado de la madera una voz pedía gravemente esa frase salvadora.
En un pueblo sin nombre, en medio de la nada, un grupo de religiosos, rechazados en una abadía por no recordar el santo y seña, armaron una revuelta. Los hombres de paz, desataron la furia. En realidad, era eso o morir en manos de unos bárbaros, que los venían persiguiendo desde hacía días.
En medio del caos, de campos incendiados, pudieron huir. Sin embargo, reunidos alrededor de una hoguera, hablaron lo siguiente:
- Con esto del santo y seña me tenéis hasta los huevos.
- Euladio, cuida tu vocabulario, estamos ante hermanos.
- Hermanos que no os ponéis de acuerdo en las palabras a decir y ahora, aquí estamos, escapando por poco de la muerte.
- Es la única manera, lo sabéis.
- Tiene que haber otra, esto no puede proseguir toda la vida. En un futuro los santos y señas dejarán de existir, recordad lo que hoy les digo.
- Pues claro, hombre, a quién se le ocurre pensar que la humanidad deba recurrir a estos artilugios de tiempos arcaicos para estar segura.
Los hombres prosiguieron discutiendo en la hoguera, mientras la noche consumía el sueño. Siguieron huyendo al amanecer, entre colinas y bosques devastados por las guerras, pisando los pastos de los campos rojos, que otrora fueran verdes y que quizá en el futuro, volverían a serlo.

10 de septiembre de 2014

Jugando con el reflejo

Solía sentarse durante un largo rato en el inodoro, fascinado con el espejo que tenía delante. El mismo formaba parte de un botiquín con repisa en la parte baja y estantes a la derecha. Podía verse sentado y practicar gestos con el rostro. Era actor y aquel ejercicio resultaba un buen entrenamiento.
Una mañana se le ocurrió jugar con su reflejo a que agarraba los envases que estaban en la repisa. Al principio fue divertido. Su yo del espejo trataba de asir los elementos, jugando con las perspectivas. Aquello le causaba gracia, hasta que de alguna manera golpeó un frasco de perfume y cayó al suelo.
No fue tanto el estrepitoso sonido al partirse en mil partes en el cerámico gris del piso, sino la sorpresa sobrenatural de haber tumbado algo desde el espejo.
Su pulso se aceleró sin que se percatara de ello. No era para menos. Lo que acababa de suceder no tenía ninguna base racional. Trató de apurar el trámite en el inodoro y se puso de pie, acercándose con cierto recelo. Inconscientemente escondió sus manos, para que no se reflejaran. Tenía la piel erizada.
La imagen en el vidrio le sonrió. Su reacción fue la lógica. Un grito y un salto hacia atrás. En el espejo su yo reflejado ni se inmutó. En cambio, la fisonomía del baño comenzó a modificarse. Las paredes parecían acercarse, reduciéndose proporcionalmente de cada uno de los cuatro lados. Su respiración era agitada. Sintió como para las paredes lo enfrentaban sin escapatoria al botiquín. La vista comenzó a nublarse, pequeñas chispas inundaron la noche y un segundo después cayó desmayado.
Fue despertando de a poco, sin noción de lo que había pasado. Pero paulatinamente, mientras los ojos se acostumbraban a la luz, recordó lo sucedido. ¿Un sueño? Eso podría explicar todo. Al recuperar la visión del todo, miró hacia delante. Se vio sentado en el inodoro, con una mueca macabra en el rostro. Se puso de pie, pero había un vidrio delante. Volvió a sentarse. Estaba del lado incorrecto.



7 de septiembre de 2014

La voz de un fantasma

Cada vez que escucho el sonido de una ambulancia me estremezco. Ese ulular es la voz de un fantasma que me atormenta y que no conforme con el susto que propicia el recuerdo ingrato de aquella noche, asalta el presente, llevándose consigo la poca esperanza que aún resguardo.
Mis sentidos se paralizan hasta que el sonido se aleja, se diluye, escapa de mi conciencia. El proceso puede durar horas. La ambulancia, de vez en cuando, parece no irse por días.
Mi psiquiatra sabe que cuando llego al consultorio sin turno, es que he atravesado una de estas experiencias. No necesita preguntarme nada. Mis ojeras me delatan.
He progresado, no lo niego. Al menos ya no pienso en el balcón como una rápida salida. El tiempo, en verdad, ha sido un tirano. No ha borrado ni una pizca las sensaciones de aquel instante. Pareciera como si aquella luna de septiembre de hace quince años se hubiese tatuado en la mente, regresando una y otra vez, cada vez que la compuerta de dolor se abre merced a ese ruido infernal, ese grito desahuciado proveniente de una sirena que parpadea y exclama a viva voz una maldición que me penetra.
Entonces, sin importar la hora, voy hacia el teléfono y marco un número que ya no existe, pero que mi memoria se niega a olvidar. Y a pesar que la grabación en la línea explica mecánicamente que la combinación numérica no corresponde a nadie, sé que me miente. Porque ese destino tiene dueño y ese dueño es la muerte.
Como hace quince años, cuando el sonido rompió el silencio de la noche, en el mismo momento que el teléfono comenzaba a sonar. Recuerdo que dudé, asustada. La ambulancia, el teléfono, la inminencia de la desgracia. Y en el visor del teléfono, un número que no conocía.
Imprudente, lo contesté. Y esa voz, ese ronco crepitar de la tragedia, riéndose del otro lado.
- Es tarde, se va conmigo.
Un cuchillo de hielo recorriendo la espina dorsal. El temblor de mis piernas. El horror en mi mente. Todo regresa con el sonido, todo se vuelve tan real, que por momentos temo que otra vez golpeen la puerta y ellos, vestidos de azul, me den la noticia una vez más, de que ya no te veré. Y no puedo, no creo, dudo, que pueda volver a resistirlo.
Por eso, me estremezco y me ausento, con los ojos cerrados, hasta que todo pase, todo cese, el fantasma escape y la muerte se canse.

4 de septiembre de 2014

El gato

El gato maulló toda la noche. Era un llanto compungido, un melodrama agudo. Por la mañana, al despertar, el niño corrió hacia el patio. Allí estaba el animal con el que había soñado toda la noche, echado sobre el césped, con cara de espanto. Se había percatado de él. El gato era todo instinto. Pero de todos modos permaneció allí. Es que sabía, de alguna manera, que esa era su oportunidad.
El niño trató de acercarse y lo hubiese logrado, de no haber intervenido la voz de su madre, que de un grito le exhortó a alejarse.
- Es un animal vagabundo, Lucas - aclaró en tono más sereno, minutos más tarde mientras le servía el desayuno.
Regresó al interior de la casa y se ubicó cerca de la ventana para observarlo. El gato apenas se movía. Parecía temblar, aunque no hacía frío.
- Mamá, me parece que está enfermo.
- Una razón más por la cual no debés acercarte, esos animales están llenos de pestes.
- ¿No podemos entrarlo y darle de comer, aunque sea hasta que esté sano?
- ¡Ni se te ocurra! Si le das de comer, no se va más. Apenas llegue tu padre, le digo que lo saque del patio.
Por la mañana el niño acudió a la escuela. Al retornar al mediodía, corrió a la ventana. El gato seguía allí. Esta vez no hizo ningún comentario en voz alta. Pensó que si su mamá no recordaba la presencia del felino, existía una posibilidad para que no lo echaran del patio.
Sin embargo, no se había olvidado. Lo comprobó al abrir la puerta que daba al patio.
- ¿Dónde vas? – preguntó ella, conociendo la respuesta.
- A jugar afuera.
- Está el gato enfermo, te quedás adentro hasta que venga papá.
- Pero mamá…
- Ponete a dibujar, mirá los dibujos en la tele, pero al patio no salís.
La tarde transcurrió entre el aburrimiento y la bronca. Varias veces se asomó para mirar al gato, que parecía estar cada vez más achacado. La cola no se movía y apenas percibía el movimiento rítmico de la panza, que era la única señal que indicaba que estaba vivo.
Volvió a insistir para que su madre le permitiera salir, pero no hubo respuesta, solo un semblante serio.
- Y si le tiramos algo de comida, pero sin acercarnos…
- No.
Tajante. Tanto la respuesta como el tono. El niño se fue a su pieza, pero no tocó los crayones ni sus juguetes. Se dejó caer boca abajo sobre la cama. Estaba triste. Demasiado. Se durmió sin darse cuenta. Cuando despertó, ya era de noche y la voz de su padre llegaba desde la cocina.
Se puso de pie de un salto y recorrió el pasillo en un santiamén.
- ¡Papá! – le dijo antes de darle un fuerte abrazo.
El padre devolvió el gesto y le preguntó sobre su día, la escuela, las tareas… pero el niño quería llegar a un tema específico.
- Afuera hay un gato, ¿te contó mamá?
La madre, que estaba sentada cerca, recordó entonces la presencia del animal. Y aprovechando la mención, hizo referencia a su deseo.
- ¿Papá, podemos quedarnos con el gato?
- Querido, si está enfermo, no podemos. Mamá tiene razón.
El desconsuelo recorrió por segunda vez su cuerpo. Pero ante su padre demostraría un poco más de entereza.  Se mantuvo firme delante de la ventana, mientras él salía al patio. Y desde allí pudo comprobar, incluso antes que su padre lo tocara con la punta del zapato, que el gato no se movía. Se le hizo un nudo en la garganta. Minutos después, la muerte del animal estaba confirmada.
No pudo contener el llanto. Su mamá quiso consolarlo, pero la sentía culpable. Trató de expresarlo, entre lágrimas. Su padre apareció minutos más tarde. Le prometió si tanto le gustaban los gatos, que irían a buscar uno al día siguiente. Pero había algo más en su dolor. No era la necesidad de una mascota, era la impotencia de no haber hecho nada.  ¿Y si le daban de comer? ¿Si lo llevaban a un lugar limpio y lo aseaban? ¿Si le brindaban protección?
Esa noche se fue a la cama temprano. Creyó soñar otra vez con maullidos. Con el lamento de un gato enfermo tirado en el patio. Se despertó incluso en plena madrugada y estando despierto, volvió a escucharlo. ¿O era parte del sueño? Se levantó en la oscuridad y caminó por el pasillo. La casa, salvo el maullido lejano, se mantenía en silencio. Pasó delante de la habitación de sus padres, cruzó la cocina y llegó a la ventana. No se veía nada hacia afuera. Todo era negro, con algunas estrellas minúsculas en lo alto.
Pegó la frente contra el vidrio y concentró la mirada. La oscuridad no se fue disipando, al contrario, parecía acumularse como una masa ciega. Hasta que de repente aparecieron dos esferas amarillas y el niño, del susto, pegó un salto hacia atrás.
Corrió todo el camino de regreso a su habitación. Se arropó con las sábanas y hundió la cabeza bajo la almohada. A pesar de todo, el maullido llegaba claramente a sus oídos.
Cuando despertó por la mañana, sintió las mejillas húmedas.  Estuvo a punto de comentarle más tarde a su madre, durante el desayuno, de lo sucedido a la noche, pero prefirió no hacerlo. Aún le duraba el enojo con ella del día anterior. Su padre, que se iba temprano a trabajar, ya no estaba.
Antes de irse al colegio, miró por la ventana. El patio estaba vacío.
Su madre, percatándose de lo que sucedía, puso una mano en su hombro.
- Querido, si el dábamos de comer, no se iba a ir más y estando así enfermo…
- Ya no importa mamá – dijo el niño, haciendo un esfuerzo supremo para no llorar – Se murió y tampoco se va a ir más.
Los maullidos seguían retumbando en sus oídos. Era el único que los escuchaba. Se marchó sin decir una palabra más y camino a la escuela siguió recibiendo ese lamento moribundo, que ya no sabía si provenía del patio, su mente o el más allá.

1 de septiembre de 2014

Livingstone, el movedizo

¡Qué jugador Livingstone, el movedizo! Un zurdo de novela, pero que le gustaba jugar con el perfil cambiado por el carril de la derecha. Corría toda la cancha con la misma intensidad los noventa minutos del partido, como si tuviera un pulmón extra o una receta mágica para no cansarse.
No estaba nunca quieto, siempre en movimiento, pidiendo la pelota, acompañando al ataque, defendiendo, presionando, incluso en el momento de la foto había que pedirle que dejara de dar saltitos. Cuando el partido se detenía por cualquier circunstancia seguía trotando, hacía zig zag, ejercitaba de alguna manera su cuerpo.
Y con la pelota al pie, era un monstruo. Se lanzaba en carrera, sabiendo la posición de su compañeros, dando el pase justo, el centro certero o el toque para buscar la devolución al vacío. ¡Qué jugador Livingstone, por favor!
Por eso es que el Sportivo Cruzada lo trajo para la Copa, porque era un diamante en bruto, un jugador con un futuro brillante en el fútbol mundial. Así lo entendió el cuerpo técnico, que de inmediato lo puso en el once titular. Y Livingstone se ganó a la hinchada en un solo partido.
El progreso fue meteórico. Titular indiscutido, ídolo de la hinchada y el preferido por los equipos europeos en los sondeos de mercado, con cotizaciones que aumentaban partido a partido. Faltaban solo dos cosas para que el juvenil viviera su primer año profesional en el fútbol grande nacional. Una, salir campeón de la Copa. La otra, una gran venta a un club del viejo continente, que le asegurara el porvenir económico.
El destino dictaminó que estuviera a un paso de las dos cosas, en la última semana de julio del año pasado. El equipo había llegado a la final, tras un arduo camino recorrido. Livingstone había sido crucial para alcanzar la meta. Eso le valió la primera oferta que el Sportivo consideró. El Real de España ofreció más de veinte millones de euros por la joven promesa.
El destino, al mismo tiempo, sentenció un paro de transporte aéreo justo el día antes de la final. El viaje, entonces, se haría por tren, aprovechando las nuevas unidades del ferrocarril, que prometían confort y un viaje más rápido que el ómnibus.
Livingstone, que daba saltitos de un lado a otro, trotaba en el sitio, estiraba brazos y piernas, se movía junto al grupo de jugadores y cuerpo técnico, que avanzaba por el andén, esperando la llegada del tren de las doce, en el que partirían hacia el partido final de la Copa.
El capitán Randazzo, fue el de la idea de fotografiar el momento. ¡Una selfie, una selfie! gritó con algarabía, acomodándose de espaldas a las vías, con el smartphone apuntando hacia él y el resto de los jugadores que empezaban a acomodarse detrás. ¡Ahora, que viene el tren! gritó otro, contento con la idea de ser retratados con los vagones llegando.
En el momento del "flash" de la cámara del teléfono, se escuchó un sonido desgarrador y el grito de horror de la multitud que observaba la situación. El cuadro no podía ser peor. La sangre había manchado incluso a los jugadores, que seguían sin entender lo que sucedía. Hasta que comprendieron que Livingstone no estaba con ellos.
Marchetti, el técnico, se agarraba la cabeza, mientras sus compañeros comenzaban a temer lo peor. "¿No lo vieron?" preguntaba, azorado. "Estaba detrás de todos, dando saltitos y de repente... - las palabras no acudían a la boca - de repente perdió el equilibrio y se lo llevó puesto el tren".
El partido se suspendió una semana, la copa se perdió, Livingstone se transformó en un recuerdo y la selfie quedó archivada en la memoria del celular, sin ganas de ser vista: rostros felices, ojos sonrientes y colmados de sueños, y los brazos revoleándose al cielo de Livingstone, perdiendo el equilibrio; justo a la derecha de la imagen, el fantasma oscuro del tren, casi una mancha, arribando con fuerza.
Qué jugador ese muchacho, lástima tanto movimiento, tanta euforia trocada en desencanto.

29 de agosto de 2014

El gran detective Tolkov y el caso de la misteriosa muerte de su asistente Salerno

No es común ver un detective investigar envuelto solo en un batón, pero al ruso Tolkov, no le quedó otra. La muerte de Salerno, su asistente italiano, lo sorprendió a la salida de su baño matinal, tapado tan solo con la mencionada prenda.
Los policías que llegaron a la escena del crimen le preguntaron cuál era la razón por la que no se cambiaba y manifestó que nada debía modificarse, incluso su situación semi desnuda, dado que ahora él formaba parte de la escena.
De todas maneras, algunos se sentían incómodos, como el caso de Paulenka, la sumariante. Por más que desviara la mirada, cada tanto, en sus movimientos torpes agachándose en un rincón o subiéndose a la silla para observar sobre los muebles, podía descubrir sus partes íntimas colgando, aún húmedas.
Se lo hizo notar a un compañero, pero solo ganó en burlas.
Tolkov se paseó por su casa como si tuviese puesto su habitual sobretodo oscuro, con el que era común verlo en las conferencias de prensa explicando la resolución de sus casos. Llevaba una hora inspeccionando cada habitación hasta que cayó en la cuenta que había omitido algo. El batón.
Sin perder tiempo, se lo quitó de un tirón y ante los murmullos generalizados que poco le importaban, lo desplegó en todo su largo sobre la mesa antigua de estilo inglés emplazada en el living.
Su intimidad quedó a la vista de todos. Incluso su culo peludo. El comisario Tronchosky se acercó apresurado, llevando un saco que tomó de una silla.
- ¡Tolkov, por favor! Está dando todo un espectáculo.
Pero el detective lo apartó sin violencia, quejándose porque le interfería con la luz natural que ingresaba por el ventanal este, y siguió inspeccionando el algodón algo húmedo del batón. De repente, el detective tuvo una erección. El que no la vio, la oyó, porque golpeó contra la mesa.
Entonces, proclamó su célebre frase, la que siempre profería al desentrañar el misterio en una investigación: ¡He visto la luz!
Paulenka se llevó las manos a la boca. El comisario trinó de bronca. Podía percibir los flashes desde las ventanas, donde estaban apostados un par de fotógrafos de la prensa que habían logrado colarse por algún sector desprotegido.
Tolkov apoyó el puño con fuerza sobre la mesa, lo volvió a levantar y bajar de inmediato, dándole otro golpe a la madera. El miembro hizo lo mismo, coronando con dos golpecitos su inesperada actuación.
- ¡Díganos que pasó detective y tápese las bolas, por el amor a Rusia! - le gritó desaforado Tronchosky, que de haber tenido un cuchillo a mano, se lo hubiera cortado.
El detective dejó caer las palabras, con la soberbia de siempre.
- Salerno murió de un infarto, fíjese aquí, en el batón, está la pastilla que debía tomar temprano. Recuerdo haber apoyado el batón sobre la mesa y luego me fui a bañar, un baño largo, de esos donde uno se frota hasta las partes que hace rato no se frota, y claro, el pobre de Salerno debe haber buscado por todas partes, necesita esas pastillas como el pez necesita el agua. Y mire lo que es el destino, la tenía en el batón, atrapada. El pobre me había dicho que necesitaba que lo llevara a la ciudad al mediodía, para visitar al boticario. Esta era su última pastilla.
 - ¿Ahora puede taparse? - masculló el comisario.
Tolkov, que cuando investigaba parecía vivir en un mundo propio, se mostró confundido pero de inmediato cayó en la cuenta de lo que ocurría. Miró para abajo y se encontró con su miembro apuntando hacia arriba. No dudó en agarrar el batón de un tirón y cubrirse, mientras que la pastilla voló por la habitación.
- No sé si debo arrestarlo por la imprudencia de haberle arrebatado la pastilla a Salerno o por la impúdica actitud a la que nos ha tenido a todos por testigos. Por lo pronto, le haré un sumario - anunció el comisario, en tanto arengaba a los demás a salir de la casa - Pero usted se queda Paulenka, tiene que hacer el sumario una vez que retiren el cuerpo.
Paulenka sonrió, esta vez contenta.
- ¿A solas? - preguntó.
- Si, no pienso quedarme un minuto más aquí. ¿Qué le sucede? ¿Tiene miedo de quedarse con el detective? Es imprudente, pero no un criminal.
- Oh, no, al contrario. Me agrada la idea.
Tronchosky no entendió el guiño de ojos de la sumariante. Tolkov, que no salía de la vergüenza, mucho menos. Lejos del heroico ímpetu de unos minutos antes, tanto Tolkov como su miembro, se habían apichonado. A Paulenka poco le importaba. Aquella imagen no se le borraría jamás de la cabeza.

26 de agosto de 2014

Génesis y apocálipsis de Eladio

El verdadero amor es aquel que no lastima, muy por el contrario, sana el alma. Es el que se persigue sin saber que existe, hasta que para algunos (los afortunados) llega y para otros, se convierte en una utopía. El verdadero amor es una piedra preciosa que no necesita pulirse, porque es tal cual es, imperfecta.
Eladio González creyó decenas de veces haber dado con ese sentimiento. Y la misma cantidad de veces, terminó decepcionado, con un pedazo de su corazón arrancado. Porque en cada conflicto, se desgrana una parte interior, una que no figura en los libros de anatomía, ni siquiera en los de medicina.
Hastiado de desaciertos en su vida sentimental, ya orillando los cuarenta años, buscó la paz fuera de su entorno habitual. Renunció a su trabajo, vendió la casa, el auto, se despojó de todas las pertenencias y compró un boleto de avión al azar.
Cargó solamente un bolso y un poco de dinero. No miró el destino en ningún momento, no quería saberlo. Se guió en todo momento por el número de vuelo, evitando observar en las pantallas la columna del lugar donde aterrizaría. Tampoco se quitó los auriculares, para no escuchar conversaciones ajenas que le revelaran la tierra donde buscaría renacer.
Y subió al avión, como quién va a la muerte. Al aterrizar, ya no sería el mismo Eladio González. Ese, el que veía cada mañana en el espejo desde hacía cuatro décadas, moriría en pleno vuelo. El otro, el que pisara el suelo que el azar había puesto en su camino, no cometería los mismos errores, no esperaría tanto del amor, no sufriría por otra persona. Viviría. Algo tan simple como eso. Pero lo haría lejos. Respirando otros aires, escuchando otras voces, quizá nuevas palabras, rasgos, idiomas, paisajes... ¡las posibilidades eran infinitas! Al menos, este Eladio contemplaba ese génesis con alegría.
El otro, el que aún no había nacido, ansiaba, como todo aquel que espera el amanecer tras la oscuridad protectora de la noche.
Eladio volvió a sus calles veinte años después, con el cabello canoso, las grietas de la vejez en el rostro, el paso más lento y la sonrisa forzada del que se acostumbra al saludo mecánico de compromiso. Aunque ya no eran sus calles, y eso lo sabía de antemano. Habían dejado de serlo cuando trató de matar al antiguo Eladio, cuando se despojó de todo lo material para lanzarse a la búsqueda espiritual.
Pero de todos modos quiso recorrerlas, calle a calle, para tratar de hallar allí lo que no había encontrado a lo largo de dos décadas de viajes continuos, sobreviviendo con trabajos temporales, conociendo gente que jamás trascendería en su vida, yendo de un lugar a otro, sin saber el nombre, sin importarle el dónde.
Y en esas viejas calles, que ya no reconocía, vio fachadas arropadas de recuerdos, guiños del pasado, rostros que parecían reconocerlo para luego seguir su camino. Vio el ayer sin verlo. Porque el ayer es algo que no existe más que en la memoria y la suya, la suya plena, ahora le pertenecía al nuevo Eladio, a ese ser que por no repetir la vida de su predecesor, jamás se enamoró, jamás abrazó, jamás besó, pensando que si se apartaba de lo que tarde o temprano se oxidaba como hojalata, cortando, lastimando, lograría mantener el alma sana.
Con dolor supo que el alma necesita al amor, como necesitamos al oxígeno, y que la felicidad no es otra cosa que la tristeza con disfraz. Para poder disfrutar una, se necesita a la otra. Como la luz necesita de la oscuridad para hacerse notar, como la noche necesita al día para pedirle su lugar. El corazón late para vivir, pero al amar, siente. Y ese sentir, ese sentimiento, es el combustible del alma. Es lo que se va desgranando de a poco, en la medida que los tropiezos son muchos.
El viejo Eladio se había resignado. El nuevo, se había negado.
Allí estaban las calles, sin decir nada. Solo hogares, árboles en las veredas, coches yendo y viniendo, semáforos cambiando de color, y muchas personas viviendo sus vidas de la única manera que es posible, que es haciendo el intento.
Dejó escapar un suspiro. Y cómo el dónde no importaba, el quién tampoco. No era el lugar, sino la persona.
Se desplomó en un banco de la plaza, agotado. Muchos años perdido en el mundo y la conclusión ya la conocía: la perfección no existía, la perfección no se debía buscar. Tampoco esperar.
Eladio buscaría un hotel y pasaría el primer día del resto de su vida, de su tercera vida, confesando su primer obstáculo: la falta de amor propio. El desamor que más duele, pero que no se puede ver. Luego, trataría de vivir. Con lo que eso implica.

23 de agosto de 2014

Historia japonesa

Hayato solía despertarse mucho antes del amanecer para caminar hasta la bahía, sentarse sobre el muelle y contemplar el mar escapando de su vista. Las estrellas, el silencio, eran meros espectadores de la belleza de aquel lugar. Hayato, entonces, cerraba los ojos y escribía. Lo hacía mentalmente, grabando palabra por palabra en su memoria. Más tarde, al regresar a su casa, volcaría en papel cada línea de sus versos, tejiéndolos uno a uno como si fuera una delicada manta.
Luego, con su ritual concluido, se vestía y volvía al muelle, pero ahora para forjar el pan en su mesa, convertido en un peón más del puerto, sin la belleza de la noche, tan solo con la pesada carga del trabajo sobre sus hombros.
Así transcurrió la vida del solitario Hayato, hasta que la muerte lo sorprendió aún joven, en un accidente estúpido, al venirse abajo un contenedor de un barco y dejarlo sin chances de escapar. Nadie en el puerto lo lloró, solo Misaki, su hermana, con la que poco contacto tenía y que sin embargo, al enterarse de lo sucedido, viajó hasta el pueblo totalmente consternada, sabiendo que ya no tendría la manera de despedirse.
Tuvo que encargarse del papelerío, de los arreglos fúnebres y finalmente, de la casa de su hermano. Retiró todas las pertenencias y la puso en venta. Pasaron casi seis meses hsata que tuvo valor, una mañana de sol, de abrir el baúl de mimbre donde había amontonado las cosas.
Algunas pocas fotografías, adornos que habían pertenecido a su abuela, igual que un par de mantas bordadas por ella cuando ambos eran pequeños y una carpeta repleta de papeles. Se sorprendió al descubrir que era la caligrafía de su hermano, alternando el hiragana que habían aprendido de su madre y el kanji.
Misaki le dedicó el día y la noche a esos escritos, derramando lágrimas que parecían llegar desde el alma. Aquellas poesías eran hermosas, inspiraban amor y paz, le resultaba increíble que su hermano hubiese tenido tanto talento y jamás se lo hiciera saber. Era cierto que no se hablaban desde que había muerto el padre de ambos, pero ni siquiera antes o en su niñez, Hayato le había mostrado sus habilidades con la escritura.
La lectura de los escritos de su hermano le infundó esperanzas. La tristeza que sentía podía ser reemplazada por alegría si lograba publicar los textos de Hayato. Sería su obra póstuma. Y Misaki sería feliz que el mundo conociera los valores que impregnaban esas bellas poesías.
Pero primero debía estar segura que realmente eran buenas. Conocía poco de poesía, y quizá le habían llegado al corazón por ser lo único que le quedaba de Hayato. En Tokyo vivía Tsubasa, un viejo pretendiente. No habían terminado de la mejor manera, pero era profesor de letras. Si alguien podía determinar si la poesía de su hermano era buena, era Tsubasa.
A él le sorprendió el llamado de su antigua novia, pero tuvo curiosidad por volver a verla y sobre todo, por la causa por la que quería reencontrarse.
Se vieron en un restaurant, donde compartieron sendos cuencos de dangojiru, se pusieron al día y luego, con la llegada del postre (ambos coincidieron también con anmitsu), Misaki sacó de su bolso, los escritos de Hayato. Tsubasa enarcó las cejas. Tampoco sabía que el Hayato, al que apenas había visto un par de veces en el pasado, escribía poesía.
Fue leyendo poco a poco, tratando con cuidado los papeles, sabiendo en su condición de profesor de letras, que estaba ante manuscritos originales. Su rostro fue mutando paulatinamente, del desinterés a la incredulidad. Las poesías eran maravillosas, la métrica impecable y tenía algo más, un componente que no podía identificar de ninguna manera, pero que le daba a cada verso alma propia.
- Es único, es magnífico - concluyó, sin haber leído más de una tercera parte de los textos.
Misaki se llevó las manos al rostro, emocionada. Su sueño en las últimas semanas, de lograr la publicación de los poemas de Hayato, estaba cada vez más cerca.
Le prometió a Tsubasa una copia completa para el día siguiente. Ella misma se ocupó de llevarla a la oficina que él poseía en la universidad.
Durante un mes, Tsubasa la mantuvo al tanto de las conversaciones con editoriales. Sin embargo, Misaki murió al salir del mismo restaurant donde se habían reencontrado por primera vez. Ella salió contrariada porque Tsubasa había faltado a la cita y al cruzar la calle, un coche que se dio posteriormente a la fuga, la atropelló.
Tsubasa, en tanto, logró convertirse un año más tarde, en el poeta más importante y famoso de su país.

20 de agosto de 2014

La fea de tres pisos

En la esquina de Salvador y Presidente Tegarca, en el modesto pueblo de Encimada, existe una casona de construcción antigua, de tres pisos de alto, verjas altas y desgastadas por el tiempo que ponen una barrera
tranquilizadora entre la fachada de aspecto intimidante y los moradores del distante paraje litoraleño.
Todos hemos escuchado en alguna circunstancia, al menos una historia de casa embrujada o lugar donde ocurren hechos paranormales. Pero el caso de este sitio, es sumamente aterrador.
En primer lugar, nadie recuerda la obra. De un día para otro, el baldío de aquella esquina, caracterizado por pastizales altos y mosquitos zumbadores, se vio asaltado por aquella casona. Algunos dudan de esa particularidad de la historia, alegando que en realidad nadie habla de la construcción porque en la misma perecieron al menos una docena de obreros, pero ni una versión ni la otra logran ponerse de acuerdo. La más aceptado, por supuesto, es la que indica que apareció de la nada.
En cuanto a época, los primeros recuerdos del lugar se remontan a la década del veinte, del siglo pasado, pero incluso, hasta ese dato es improbable de ratificar. Las fotografías antiguas han desaparecido y las que se conservan, ya no permiten ver la casa. Incluso, hasta las imágenes que en algún momento, hace más de siete décadas, se publicaron por diversos motivos en los periódicos de la zona, se han modificado sobre el papel. Y en lugar de aquel inquietante edificio, suelen aparecer sombras, árboles o los pastizales originales que se dice, ocupaban ese lugar.
Con el paso del tiempo, los rumores fueron corriendo como regueros de pólvora y extendiéndose a otras ciudades. Investigadores, aventureros y pseudo científicos de todo el mundo han visitado la localidad con el fin de examinar el lugar. El gran inconveniente con el que se han topado es que nadie habita el lugar y las rejas nunca pudieron ser abiertas.
Los pocos que se han atrevido a trepar las rejas, no han podido franquear luego la enorme puerta de madera, que pareciera crujir todo el tiempo, como si el viento la golpeara, aún los días en los que no se siente siquiera una brisa.
Algunos valientes trataron de romper las ventanas, pero las piedras y otros elementos arrojados, han rebotado con furia. Otras veces, la policía local logró erradicar a los curiosos y osados, que cruzaban el límite entre la aventura y la violación de los derechos de la propiedad privada.
Es que si bien el lugar está deshabitado, no posee deudas en materia de impuestos, porque cada mes llega a la comuna un cheque con el monto exacto de lo que se debe abonar. Incluso, los meses en los que se aprobaron aumentos de último momento.
Los que intentaron rastrear el remitente de esos cheques, han tenido poca suerte. Entre el secreto bancario y la habilidad para no dejas pistas de parte de la persona que los envía, jamás se ha logrado averiguar algo al respecto.
La casona, llamada despectivamente como "la Fea de Tres pisos", trata de reposar en paz, pero no puede. No solo por los curiosos, sino por los extraños sucesos que la envuelven. Las luces que se encienden y apagan en su interior, a pesar de no estar conectada la electricidad, los sonidos de agua corriendo por las cañerías, sin que estén hechas las conexiones pertinentes, o los aullidos y gritos que suelen escucharse, principalmente de noche, provenientes de sus habitaciones superiores.
Hace veinte años, aproximadamente, se habían levantado firmas para pedir a la comuna la demolición del lugar. Asustaba mucho a los vecinos y habían desaparecido al menos una decena de perros en los alrededores. La petición no fue aprobada y las tres personas que habían fomentado la iniciativa murieron en un lapso menos a tres meses, en accidentes irrelevantes, pero que de todas maneras, se cobraron sus vidas.
La gente volvió a la carga con el mote de "maldita", siempre presente, pero muchas veces relegado por el afán de encontrarle una respuesta a cada cosa. Ya no. Aquella casa, la fea de tres pisos, estaba maldita. El pueblo lo dictaminaba y así sería por siempre.
Hasta hace unos días.
Porque el lunes las rejas, desde muy temprano, estaban abiertas. Al viejo Gómez, que gustaba de salir a caminar temprano, casi le da un infarto al pasar por la vereda. Aunque eso no era todo. La puerta de madera, quizá cedro, estaba también abierta de par en par. Si uno trataba de mirar hacia dentro, perdía el tiempo, porque la mirada se perdía en una vasta oscuridad, que desde el umbral parecía eterna.
El ochenta por ciento del pueblo se convocó a sus puertas. Se hablaba casi en voz baja, como temiendo que aquellos ladrillos escucharan y tomaran pronto una acción de represalia. Era poco entendible, pero el comportamiento humano nunca lo es en episodios donde la razón no tiene lugar para existir.
El comisario y su gente pidió prudencia y alejó a los que pudo hasta el otro lado de la calle. Pidió voluntarios para entrar a verificar, dado que temía que la apertura de la casona hubiese sido obra de ladrones y no de fuerzas de otro mundo. Sin embargo, no hubo aceptación a la invitación.
Eligió a dedo a tres uniformados, que munidos de linternas, temblando y siguiéndole a él, penetraron por la puerta a esa cueva oscura que había por entrada. Sus espaldas fueron lo último que vimos de ellos. Algunos nubarrones inundaron el cielo y las primeras gotas espantaron a varios, que fueron en busca de refugio. Minutos más tarde los goznes de las puertas comenzaron a chirriar. Los que se habían animado a cruzar las rejas y acercarse a la puerta, salieron corriendo como si los hubiese espantado un fantasma. La puerta, que quizá fuera de cedro, se cerró con un violento golpe. Pensamos en los policías, pero fue apenas un segundo, porque de inmediato también se cerraron y para siempre, las rejas de la casona.
Desde ese día, evito pasar por la vereda de la casona y mucho más, de noche.
De día, porque me recorre cierto escalofrío por todo el cuerpo al ver esas paredes, sus formas que se erigen hacia el cielo, sus misterios escondidos en las grietas, que pareciera, fueran cada día más.
De noche, porque me provoca pavor y angustia, ganas de gritar y salir huyendo, el hecho de ver por las ventanas los haces de luz de las linternas del comisario y sus policías, deambulando sin detenerse de un lado a otro, ignorando aún que las puertas se han cerrado, dejándolos sin posibilidad de escape, sin saber que la eternidad se los ha devorado para toda la vida y que ahora son, una parte más de ese monstruo feo de tres pisos.

17 de agosto de 2014

Tecnología Eyesinf

La instalación no era muy complicada. Estaba todo en el manual de instrucciones, un pequeño compendio de papel de mala calidad con imágenes en blanco y negro que graficaban escuetamente el modelo que había adquirido.
Lo embargaba la emoción. No todos los días uno decide a dar el salto tecnológico para llegar a lo último del mercado. Pasar del viejo televisor led de 32 pulgadas a tremenda belleza de 48 pulgadas con tecnología eyesinf. Si, no era el más grande en existencia, pero contaba con la tecnología y era suficiente.
Una conexión por aquí, otra por allá, el adaptador, la red inalámbrica y principalmente, la novedad de la que hablaba el mundo entero: el sensor óptico informativo, el famosísimo eyesinf.
Las indicaciones mostraban como debía ajustar el lector frontal, acercando sus ojos para que grabara la información de las retinas y de esa forma, mantener el vínculo. El invento, dado a conocer pocos meses antes, fue una revolución. La aplicación inmediata a los televisores causó un revuelo gigantesco, con voces a favor y en contra.
No se podía ir en contra de los avances tecnológicos. Siempre lo había creído así, por eso no dudó en ser uno de los primeros en comprar un aparato. De pocas pulgadas, era cierto, porque no le daba para más el sueldo, pero ahora lo tenía delante de él con los ajustes hechos, preparado para ser encendido.
Se frotó las manos, ansioso. Tomó el control remoto y apuntó hacia el objetivo. El televisor cobró vida, tornado el negro de la pantalla por colores claros, poco brillantes, donde resaltaban dos palabras: "Configuración inicial".
Para su sorpresa, en menos de tres segundos desapareció esa leyenda, reemplazados por sus datos. Allí estaba su foto, su firma, los datos personales... ¡no podía creerlo! En letras pequeñas, en un ángulo inferior, se leía: "Conectando con red oficial de datos biométricos".
Era increíble. La lectura previa de sus ojos por parte del sensor había personalizado el televisor. De inmediato surgieron un montón de opciones, muchas de ellas ligadas a servicios que poseía, como ser el acceso al sitio de su banco, su cuenta de correo, el mercado online donde hacía la mayoría de las compras, hasta los diarios que solía leer.
Se sentó maravillado en el sillón estampado que dominaba el centro de la habitación. Aquello era fabuloso. No podía creer que con tan solo una simple lectura de retina, el sistema hubiese logrado acceso a tanta información. Se percató entonces del sensor, que se podía ver activo a partir de un led azul muy tenue. Según decía el manual, permanecería en todo momento alerta, siguiendo sus retinas, con el fin de determinar estados de la persona y de esa manera, realizar sugerencias interactivas.
De alguna manera, en una pantalla más chica dentro de la pantalla grande, apareció la transmisión de un noticiero. No necesitó mirar el reloj para saber que estaba empezando su informativo favorito. Justamente el que se había puesto solo. En realidad, el que había puesto el sistema del televisor.
Buscó en el control la opción para maximizar la pantalla auxiliar y logró que se convirtiera en la principal. De todas maneras, seguía viendo en una franja lateral otras opciones. Tenía tanta curiosidad que decidió no prestarle atención a las noticias. En su lugar, comenzó a explorar el control y el abanico de posibilidades que dormía latente en la palma de su mano.
Jugó con los botones, encontrándole el sentido a muchos y quedando en ascuas con otros. El sensor emitió un par de destellos y en la pantalla apareció un explicativo mucho más grande que el que estaba en el manual, sobre las opciones del control remoto. ¿Cómo podía ser? ¿El sensor se había dado cuenta que no sabía usarlo? Eso lo entusiasmó aún más.
Quitó la vista del televisor para mirar la hora en la pared de la cocina, pero en el momento que lo hacía, en la pantalla apareció la hora. ¡Qué fantástico! pensó de inmediato. De todas maneras, era tarde, tenía que empezar a preparar la cena. Aunque esa noche comería algo semi preparado, algo instantáneo. Se levantó del sillón y el televisor emitió una música que lo obligó a devolverle la atención. En la pantalla leía: ¿Está seguro que no quiere seguir mirando televisión?
Sin pensarlo, contestó en voz alta, como si le hablara a alguien: Voy a prepararme algo de comer. La pantalla volvió a la transmisión del noticiero.
Buscó en la heladera una bebida, la cena instantánea y regresó al sillón. En la franja lateral aparecieron ofertas de productos similares a los que estaba consumiendo. Algunos, con un precio mayor, pero sin dudas, con mejores ventajas. Le pareció buena la idea, de encontrar sugerencias para la próxima vez que fuera al mercado o bien, que hiciera compras desde la web. Una ventana emergente, que no obstaculizaba la visión de las noticias, le mostró la tienda online más cercana. Sin embargo no tenía intenciones de comprar en ese momento, así que buscó el botón de ocultar en el control y la volvió la pantalla a su lugar.
Tras las noticias miró series de acción. Las sugerencias siempre eran acorde a sus gustos. Sin embargo, el cansancio comenzó a ganarle la partida. En la pantalla lateral aparecían publicidades tanto de energizantes como de almohadas y colchones.
Decidió apagar el televisor. Apretó el botón del control, pero la pantalla siguió emitiendo. Al segundo intento, el televisor, en otra pantalla contextual preguntó si estaba seguro de lo que estaba haciendo y de inmediato ofreció una lista de series y programas que estaban emitiéndose en otros canales. Un par de las opciones las quería ver desde hacía tiempo, así que no dudó en hacer un esfuerzo y quedarse despierto.
Permaneció varias horas más en el sillón, hasta que la claridad de la ventana lo tomó por sorpresa. ¡El trabajo! No había dormido y debía salir en menos de una hora.
Lo primero que se le ocurrió era llamar y dar aviso que no concurriría, que estaba enfermo. ¡Así podría dormir un poco! En todo caso, iría después del mediodía. Para su sorpresa le informaron que no era el primero en reportar enfermedad ese día. Dos compañeros de oficina, un superior y hasta el gerente, no irían a trabajar.
No creía en las coincidencias, pero eran justamente los dos compañeros que lo habían convencido en adquirir el televisor el día de su salida al mercado. Y por alguna razón, sospechaba que tanto su superior como el gerente, también se habían hecho de uno.
Claro que no se acostó. Había muy buenos programas y las sugerencias eran excelentes. Compró a través del televisor víveres para los próximos días y hasta logró que le extendieran una licencia médica online, para excusarse en el trabajo. Se llevó almohadas, sábanas y frazadas y se instaló definitivamente en el sillón. El sensor eyesinf está atento a todo y nunca le falta nada. Incluso desde el trabajo le permitieron hacer sus tareas desde su casa. Aparentemente la modalidad se estaba extendiendo a muchas empresas.
No se arrepentía para nada de su inversión. En la comodidad de su casa, era dueño del mundo.

14 de agosto de 2014

Sector Zero

La orden vino desde muy arriba. Llegó primero como un rumor y luego como algo firme, en forma de mensaje encriptado. Todos tuvieron que guardar sus opiniones.
El que estaba al mando de la computadora central era Eric, el "holandés". Le decíamos así por su cabellera naranja. Cuando supo lo que tenía que hacer, sintió un nudo en el estómago. Lo vimos reflejado en sus ojos, que se cubrieron de una espesa neblina, esa que solo aparece cuando el mundo se nos viene abajo.
Pero era su responsabilidad, su puesto. Sabía que estaba la posibilidad. Todos lo sabíamos.
El mecanismo existía desde hacía una década, pero era un secreto que se nos revelaba cuando entrábamos al Sector Zero. Todos pensábamos antes de llegar a ese punto de control, que se trataba solo de un monitoreo internacional, una especie de ojo satelital.
Éramos una especie de oficina oculta de un organismo mundial. No existíamos, salvo para nuestros jefes. Si nos llamaban para trabajar allí, era que nos tenían un grado de confianza muy alto. Lo que veíamos a diario no podía ser informado a cualquiera. Solo a un selecto grupo de personas. Debíamos mantener en secreto muchas cosas. Demasiadas.
Esa orden fue una patada en el estómago. Nos dobló en dos. Pero no podíamos negarnos. Estábamos para servir, no para cuestionar. Las órdenes se acataban y punto. Eric tenía la responsabilidad principal en ese momento, porque el control era suyo.
Tragó saliva y me miró. Entendí en esa fracción de segundos en la que nuestros ojos se cruzaron, que quería desaparecer del planeta, aunque jamás lo admitiría. En cambio, su actitud fue la que correspondía. Aceptó el mensaje, devolvió un "ok" bajo las mismas medidas de seguridad y preparó el panel en su pantalla. Digitó las coordenadas, orientó el satélite y al cabo de unos segundos, todo estaba hecho.
Nunca preguntábamos a quiénes beneficiábamos, en teoría, no nos debería importar. O al menos, eso debemos demostrar. A quiénes perjudicaría, éramos los primeros en saberlo. Como esa orden puntual, dirigida a aquella parte del mundo, de por sí tan castigada.
Camino por la calle y veo los titulares de los diarios, mientras sufro en silencio. Me detengo a comprar algún que otro caramelo y de reojo estudio las imágenes, el pánico, el dolor. Todo aquello es nuestra culpa y sin embargo, nadie va jamás a saberlo. Le echarán la culpa a la naturaleza, a la falta de higiene, a tantas otras cosas, pero nunca a nosotros. Cuesta hacerse la cabeza, pero en el fondo, somos inocentes, solo cumplimos órdenes. Es así, no tiene discusión.
El ébola sigue esparciéndose, avanzando por regiones pobre como un asesino invisible. Lo hemos manipulado, lo hemos dirigido, prácticamente lo instamos a matar. Pero quedará en eso, en un secreto digitado por gente de muy arriba, que de alguna manera se beneficiará. La humanidad es eso, desde siempre. Una guerra interminable. Y las víctimas, tarde o temprano, somos todos.

11 de agosto de 2014

Éxitos y fracasos de la vida online

Había descubierto que podía hacer lo que quisiera desde la computadora. No solo las trivialidades del día a día, que iban desde comprar comida a pagar los impuestos. El listado que Rigoberto había elaborado en su mente era muy largo.
Pero lo que más lo atraía, era aquello que no podría lograr sin ayuda de tecnología. Por ejemplo, conquistar mujeres. Su apariencia no era la mejor, estaba al tanto de ello. Prácticamente desde que se había visto en un espejo por primera vez. Pero no se trataba del único obstáculo. El hecho de no poder hablar dos palabras seguidas sin tartamudear delante de una mujer era lo que más lo angustiaba.
Las páginas de citas estaban de moda y él se había anotado en todas. En cada una asumía una personalidad diferente. Cambiaba nombre, fisonomía, gustos, absolutamente todo. Consideraba que de esa forma el abanico de posibilidades era mucho más grande.
Una vez que contactaba a una mujer (a veces jóvenes, otras de su edad, otras mayores), conversaba con ella durante días hasta pactar un día de encuentro. Prefería los almuerzos o cenas en pequeños restaurantes, no tanto los encuentros en lugares muy concurridos.
De todas maneras, cuando el contacto se forjaba de tal manera que obligaba a dar el paso siguiente de verse las caras, contrataba a alguien para que fuera en su lugar. El servicio de "personas para reemplazo" había sido la frutilla de la torta para su vida online.
Sabía, por otra parte, que tras esa cita, ya no volvería a chatear con esa mujer. Inmediatamente, mientras en algún lugar de la ciudad transcurría el encuentro, él desde su computadora borraba su perfil y creaba uno nuevo, con otra identidad, aspecto y hobbies.
Esto ocurría tan a menudo que la planilla en la que iba actualizando los datos ya superaba (en caso de querer imprimirla) las cien hojas.
Cada "cita fracaso", tal como denominaba el epílogo de toda relación online, marcaba un quiebre además en su corazón. La certeza de que jamás conocería a alguien para poder compartir su vida. Ni siquiera su familia, que tampoco estaba al tanto de su accionar en los sitios para buscar pareja, ayudaba demasiado. Lo veían tan bien en soledad, que no insistían para que saliera y conociera gente.
El primer indicio del fin, llegó una noche de lluvia. Había terminado de ver el capítulo de la semana de su serie favorita del momento y se proponía a entrar a uno de los sitios de citas.
El primer intento de acceso fue fallido. Por alguna razón, no reconocía la clave. Probó varias veces, sin éxito. Trató entonces de recuperar la contraseña, usando el formulario de contacto. Al entrar a su correo electrónico para buscar la respuesta automática que le permitiera generar una nueva credencial de ingreso, se encontró con la devastadora sorpresa.
Tenía correos de todas las páginas web de búsqueda de parejas en las que se encontraba registrado. El asunto de cada una era muy similar. Variaban en pocas cosas. Algunos decían "Inhabilitado", otros "Expulsado", otros "Baja del usuario".
¿Qué estaba pasando? Comenzó a abrirlos, buscando la explicación. Y la misma no tardó en llegar. Las quejas de las usuarias, las investigaciones posteriores, la detección de la misma dirección ip para crear las cuentas, la falsedad de los datos... los sitios no tardaron en detectar las anomalías y solicitar información entre sí. Los mails no solo advertían el hecho de no poder ingresar, sino que anunciaban medidas a través de la vía judicial del país.
Sintió un escozor en el cuerpo. Aquello se le había ido de las manos. Pensé en llamar a su hermano, pero dudó que la familia tomara bien lo que ocurría y lo que había hecho. Trató de pensar en algún amigo, pero cayó en la cuenta que solo tenía contactos en diversas redes sociales. De repente, sintió que estaba solo y no tenía nada. Pero no podía caer en un pozo, debía salir adelante. No dudó en dar el próximo paso y tecleó en el buscador "abogados online".
Rigoberto guardaba esperanzas. No importa lo que pasara. La computadora lo sacaría del problema.

8 de agosto de 2014

La infracción

No le pareció extraño que le llegara una infracción de tránsito por correo, nada de eso, estaba acostumbrado. Lo raro, para empezar, era el lugar donde había ocurrido.
No tenía presente aquella ciudad desde al menos una década, cuando se marchó y decidió, con mucha voluntad, no volverla a recordar. Eran demasiados malos momentos ocultos tras una enorme puerta, de la que había creído, había perdido la llave para siempre.
Pero entonces, llegó la multa.
¿Podía acaso el destino tejer una telaraña tal que una sucesión de errores administrativos diera lugar para que le llegara una infracción errónea? Claro, era posible. Más teniendo en cuenta cierta ineptitud a la hora de trabajar. Esto lo podía afirmar, dado que compartía ocho horas diarias en una oficina pública.
Sin embargo allí no había un error en el número de patente ni tampoco una foto borrosa de la que se hubiera sacado de manera equivocado el dato. Coincidía el número, coincidía el coche. Salvo la ciudad, la fecha, la infracción, todo lo demás parecía encajar en el mundo.
No podía ocultar que cierto malestar dominaba sus entrañas al sostener el papel que había llegado dentro de un sobre común, algo arrugado en una de sus puntas, adornado con un par de sellos municipales y otro del servicio de correo.
Esa ciudad, en primer lugar.
Se solo recordar sus calles, las personas que conoció, aquella mujer...
Largó una bocanada de aire. La oleada de imágenes provenientes de esa cueva perdida en su mente, lo desbordaba, lo doblegaba, le dolía.
La fecha, otro imposible.
Faltaban aún cinco meses, tres días y siete horas para que sucediera. Pero no era lo inverosímil de aquello lo que lo asustaba, sino, si realmente sería así, cuáles serían las causas que lo llevarían a desandar el pasado. ¿Qué oscuros motivos podrían conducirlo hasta aquel paraje que hasta una hora antes, había creído olvidar? El mismo sobre el que había jurado, nunca más volvería a visitar.
Y finalmente, la infracción.
No era por exceso de velocidad, no era por saltarse un semáforo en rojo. Ni siquiera por estar mal estacionado.
No, iba más allá.
Era por detenerse a un costado de la ruta y cavar un pozo. Uno muy profundo por lo que se veía en la fotografía. Ese cadáver al lado del montículo de tierra, sentenciaba su condena.
Por eso y mucho más, no podía ni podría dejar de temblar.

5 de agosto de 2014

Que los hay, los hay...

En las páginas amarillas de la guía telefónica figuraba como "Manosanta Online", aunque nadie buscaba sus servicios allí. El boom había sido internet. Por Facebook y Twitter había sumado cientos de miles de adeptos, que a diario acudían por un consejo, una lectura del futuro o un "trabajito".
Le llovían los mails y las actualizaciones del blog no alcanzaban para saciar tantas solicitudes. Sin embargo, Ludovico Aguirre dormía plácidamente la siesta en la terraza de su casa de dos pisos, en las afueras de la Capital. A su lado, descansaba sobre una mesita de madera oscura, los restos de una picada y un vaso ya sin contenido, pero en el que se podía adivinar que había estado hasta arriba de whisky. La delatora era una botella vacía de Chivas, adormecida en el suelo, a los pies de la reposera en la que descansaba el hombre detrás del negocio.
De la escalera en espiral emergió la figura de Estela, una rubia esbelta, de bronceado perfecto, llevando en sus manos una toalla blanca. Los anteojos de sol ocultaban dos perlas verdes que dejaban sin aliento a todo el que ella observara fijamente.
Su semblante, sin embargo, no era de felicidad.
Con violencia arrojó la toalla sobre el rostro de Ludovico, que despertó asustado, tambaleándose de la reposera y cayendo finalmente sobre el áspero piso.
- ¡Qué pasa! - alcanzó a gritar con cierto pánico en su voz, mientras trataba de ponerse de pie, tomando la mala decisión de asirse de la botella para lograrlo.
Volvió a caer, esta vez de bruces contra el suelo. A la joven no se le escapó la risa ni nada parecido. Hubiese deseado que la sangre le saliera a borbotones de la nariz. Pero hasta esa suerte tenía.
Gimió de dolor, logrando esta vez pararse.
- ¿Qué carajo te pasa? - preguntó con bronca a la chica.
- ¿Qué carajo me pasa? Estamos todos trabajando para que amases tu fortuna y vos acá, muy tranquilo, tomando sol, bebiendo... ¡Me estás hartando, eso pasa!
Si Estela no hubiese sido su hermana menor, Ludovico la habría abofeteado. Pero a pesar de las ganas que tenía, no podía hacerlo. De toda su familia, era la única integrante que aún le hablaba. Era claro el por qué. Gracias a su dinero, ella podía pagarse las camas solares, las lipos, las cirugías y ocultar así que tenía casi cuarenta años de edad y no veinte, como aparentaba. Por lo tanto, consideraba que cualquier intento de advertencia sobre su proceder, era una falta de consideración de parte de ella.
Ludovico se llevó una mano a la cabeza. La resaca estaba haciendo su efecto, además del sol, que estaba pegando fuerte.
- A ver si entiendo... ¿además de tenerlo todo, quieres que trabaje?
- ¡Quiero que seas tan responsable como cada una de las veinte personas que estamos abajo, trabajando y haciendo dinero a tu nombre!
- Un momentito, Estela. Aquí el que armó todo, el que ideó el plan, el que arroja las consignas, soy yo. Si no fuera por mi cabeza, cada uno de ustedes seguiría aún ganando dos pesos la hora en algún trabajo de morondanga.
- Si, pero los que contestamos cada pedido estúpido de gente desesperada, sin un gramo en la cabeza, somos nosotros.
- ¡Por favor, Estela! Les dejé cientos de respuestas para que elijan y contesten. Ya tienen todo el trabajo hecho.
- Contrata más gente entonces, porque no damos a basto.
- Claro que pueden. no ponen todo el esfuerzo.
- ¿Qué nosotros... ?
- Si, son haraganes. Los he estado observando. Podrían contestar cien consultas más por hora, sin embargo, se toman el tiempo para conversar entre ustedes. Ahora mismo, estás acá, mientras podrías estar abajo, haciendo tu trabajo.
Estela dio un paso adelante y le propinó un cachetazo. El sonido fue como el de una rama al partirse. El rostro de Ludovico giró hacia la derecha y retornó como si hubiese tenido un mecanismo de resorte. No le dio tiempo a reacción, pegó media vuelta y su cuerpo trabajado en el gimnasio se fue alejando en busca de la escalera en espiral.
Ludovico se llevó una mano a la cara, que seguramente se pondría colorada de un instante a otro y buscó nuevamente su asiento. Pateó de mala ganas la botella vacía y empujó el vaso de la mesa, para hacerlo caer. El estallido desparramó vidrios hacia todas direcciones.
El mal humor había tomado posesión de su estado. No podía comprender tanta ingratitud. Después de todo, el Manosanta era él. El que tenía el don de curar a distancia, era él. Los demás se estaban tomando atribuciones que no le correspondían. La empresa no podía seguir así.
Esa misma noche haría un "trabajito" para lavarles la cabeza a Estela y todos los demás. Apelaría a la magia negra si era necesario. Y no lo procesaría online, sino en su propia oficina y luego lo haría llegar personalmente a cada persona del piso de abajo. Era la hora que aprendieran a respetar a la gallina de los huevos de oro.
Sabía que a toda hora había empleados. No tenía sentido esperar hasta más tarde. Quizá no estuviera su hermana, pero igual habría gente. Se decidió a hacerlo en ese momento. Bajó por la misma escalera que lo hiciera Estela un rato antes y caminó por el pasillo hasta el ascensor. Buscó el botón del piso de trabajo y lo apretó con furia.
Las puertas se abrieron a un piso poblado de computadoras, separadas entre si por boxes de trabajo delimitados por ventanales de vidrio que no superaban el metro de altura. Los empleados lo observaron pasar raudamente, sin detenerse a saludar, como era su costumbre. Llevaba apenas unas bermudas verdes, que llamaban aún más la atención.
Se metió en su oficina, cerrando de un portazo.
El lugar estaba plagado de atrapasueños, adornos provenientes de diversas culturas, frascos con especias provenientes de puntos remotos del planeta y encima de su escritorio, un caldero enorme, que en todo momento burbujeaba.
Ludovico buscó con impaciencia los frascos que necesitaba, los apoyó sobre su escritorio y finalmente, tras abrir un cajón, extrajo un libro de pócimas de tapas negras, enorme, de casi veinte centímetros de alto. El volumen parecía desarmarse por los años, las hojas estaban amarillentas y en algunas partes, la tinta parecía caer en pequeñas gotas. El libro, a simple vista, daba la sensación de estar vivo.
Pasó las páginas con velocidad, deteniéndose casi por la mitad. Sonrió, transformando su rostro en una máscara de terror. Tomó los frascos y esparció la cantidad justa del contenido de cada uno dentro del caldero.
Lo que allí dentro hervía comenzó a emanar gases de colores, incluso, parecía que saltaban chispas al aire, resplandecientes. Un sonido agudo y extraño silbaba desde la poción. Incluso una brisa de aire fresco comenzó a recorrer la habitación.
Afuera, los empleados dejaron de atender sus computadoras.
Un murmullo de voces ausentes fue elevándose en cada rincón. A través del vidrio esmerilado de la puerta de la oficina de Ludovico alcanzaban a observar movimientos inexplicables de la luz, de sombras que se movían a ritmo inverosímil.
Estela, que aún no se había ido, alertada por los demás, se acercó a la puerta.
- ¿Qué haces ahí adentro, Ludovico? Estás inquietando a todos.
De repente la puerta se abrió de par en par, soplando un viento huracanado que arrastró todo en su camino. Seguido, una nube oscura, casi impenetrable, comenzó a cubrir la oficina. Durante treinta segundos, solo se escuchaban toses y el sonido de muebles atropellados, que caían con violencia sobre el piso de porcelanato.
Cuando la nube se disipó, los empleados yacían en el suelo. Ludovico salió de su oficina, triunfal.
Hizo sonar sus palmas repetidamente, como si estuviera llamando a la puerta. Las personas, incluida Estela,  abrieron los ojos paulatinamente.
Se veían en el piso, despertando de un sueño en el que no recordaban haber caído, la oficina hecha un caos, con sillas derrumbadas, escritorios y computadoras fuera de lugar, y no podían comprender.
- Vamos haraganes, a ponerse de pie - dijo de repente el manosanta, paseándose por el lugar - Se acabó la siesta. Sigan trabajando que debemos responder todas las consultas, como cada día. Vamos, no me gusta la pereza.
Le tendió la mano a Estela, que se estaba poniendo de pie.
- ¿Estás bien, hermanita? - preguntó.
- Si... - ella dudó incluso de dónde estaba - Pero... no recuerdo que sucedió, de repente...
- No te preocupes querida, el trabajo lleva a estas cosas, te vendría bien ir a descansar.
- Gracias Ludovico, siempre tan amable mi hermanito.
Se puso en punta de pies y le besó la mejilla. Luego, se marchó por el pasillo, en busca del ascensor. Ludovico se volvió a meter en la oficina, para poner un poco de orden.
- Nada como un buen reseteo de cerebros para que todo siga igual - dijo en voz baja, mientras buscaba un trapo limpio para limpiar su caldero favorito.
Algún que otro empleado escuchó risas del otro lado de la puerta con vidrio esmerilado y en su interior celebró tener un jefe tan feliz.


2 de agosto de 2014

En voz baja

Rosa murmuraba por lo bajo, casi en un susurro y nadie la oía. Repetía un sinsentido, frases inconexas, palabras sueltas. Iba de un lado a otro de la peatonal, mal vestida, harapienta, apestosa. La gente se hacía a un lado, dándole paso. Ella no los miraba, caminaba con pasos lentos en línea recta. Ni siquiera se detenía en las calles, provocando frenadas bruscas y muchos insultos.
Javito comenzó a observarla una mañana gris desde su puesto de flores. La brisa fresca, la falta de sol, parecía provocar que la gente pasara frente a su lugar sin detenerse a mirar las coloridas flores expuestas, como si el día hubiese empañado la belleza de todas las cosas. La veía siempre, pero jamás le había prestado atención. Quizá, pensó, se había acostumbrado al rechazo general y la había hecho parte de un paisaje prescindible, distante.
La mujer, cuya edad era indescifrable, pasó al menos dos veces delante de sus narices esa mañana. La primera vez hacia un lado, la segunda hacia el otro. Trató de escuchar lo que decía, pero apenas el molesto viento se llevó las pocas palabras vertidas entre labios resecos y sucios.
Tantas veces había escuchado el "vieja loca" de otros, que esa definición era lo primero que le venía a la mente. Todo el mundo sabía que se llamaba Rosa, aunque difícilmente se supiera alguna vez quién le había preguntado. Javito pensaba que como a todo, el ser humano le pone nombre. Uno le teme a lo que no sabe como llamarlo. Rosa debía ser la manera de restarle miedo.
Cerca del mediodía la vio venir otra vez por el medio de la peatonal, con la cabeza gacha y dando pasitos cortos, uno detrás del otro, casi rítmicos, sin preocuparse por el mundo que la rodeaba y las pocas personas que transitaban cerca. Esta vez, aprovechando que nadie estaba comprando en su puesto, se acercó más a la mujer.
Quería escuchar, saber que era lo que pronunciaba casi en un rezo, mientras iba y venía sin respiro por esa arteria urbana. Al pasar a su lado, pudo escucharla. Y al mismo tiempo, su sangre se heló.
Tuvo que aferrarse a su puesto, haciendo tambalear las flores. Oscar, el vendedor de diarios y revistas que tenía su casilla de chapa a cinco metros, corrió a ver que le sucedía. Había palidecido a tal punto de estar blanco como la leche, siendo que Javito, moreno de nacimiento, tenía rasgos bien norteños, y el sol, como una garrapata, se atenazaba a la piel de una punta a otra del año.
Oscar lo sostuvo y le acercó una silla de plástico.
- ¿Qué te pasó pibe? Estás flameando como un papel.
Javito permaneció en silencio. Hasta la peatonal parecía guardar respeto. No volaba ni una mosca. Oscar miró hacia un lado y otro, intuyendo que algo andaba mal, pero sin comprender qué.
- Me estás asustando Javito - le advirtió.
El chico le hizo un gesto con el pulgar para arriba, esperando que eso lo tranquilizara y se marchara. El diariero lo hizo, se alejó, pero volvió a los treinta segundos con un vaso de agua. Con educación, Javito bebió todo el contenido. Devolvió el vaso y a duras penas, tratando de permanecer calmo, musitó unas pocas palabras, que calmaron esta vez a Oscar. Una vez se alejó el hombre, ya menos preocupado, el chico comenzó a guardar las cosas en su puesto.
- Por hoy, suficiente - le había dicho a Oscar - Cierro y me voy a descansar, quizá venga mi tía a la tarde.
Pero la idea no era descansar. Bastante tiempo había perdido en la vida hasta ese momento. Cerró el puesto, metió las manos en los bolsillos de la campera y comenzó a caminar, en la misma dirección en la que había continuado su viaje Rosa.
Dado que caminaba rápido, la alcanzó cuatro cuadras más adelante, justo en el preciso momento que cruzaba - mal - una calle.
- ¡Rosa! - le gritó, pero supo de inmediato que tenía razón, que ella no respondería a ese nombre, coincidieran o no las cuatro letras con las impresas en su documento de identidad.
Se puso a su lado, tratando de aminorar la marcha, de avanzar al ritmo de la mujer. Le costaba, porque lo hacía muy despacio.
- Rosa o cómo se llame, yo la escuché, yo escuché lo que usted me dijo... - las palabras no le salían, sentía un ardor en la garganta, como si estuviera a punto de llorar, con un nudo atragantado que ardía en llamas - usted me llamó por mi nombre, entre murmullos y me dijo... me dijo eso...
Rosa siguió avanzando, casi llevándose por delante un tacho enorme de basura, pero no se inmutó. Javito iba a su lado, consciente que los pocos transeúntes lo observaban, como si el fuera también un bicho raro por acompañar al otro bicho raro, al que veían todos los días, o mejor dicho, al que ignoraban cada día.
Su cabeza parecía a punto de estallar. No resistió más y se interpuso en el camino de la mujer.
Ella no se detuvo y se golpeó con fuerza contra Javito, pero el joven permaneció estoico. Entonces ocurrió lo que pocas veces. Rosa dejó de caminar. Sus párpados, hasta entonces entornados, dejaron a la vista dos cuencos vacíos, dos abismos infinitos, en los cuales el chico pudo ver más que oscuridad.
La voz áspera de la mujer incrementó su volumen, haciéndose audible, quizá por primera vez en años.
- La vida no existe, tú estás muerto y el día no tiene noche, pero a todos les parece bueno creer lo contrario.
Javito carraspeó.
- ¿Es verdad lo que me dijo?
- Solo hay una manera de saberlo.
La mujer volvió a su postura de siempre, y tras esperar que Javito se hiciera a un lado, siguió camino.
El chico ni siquiera la observó marcharse. ¿Podía ser cierto? Cuando ella se lo mencionó, un rato antes, algo muy oculto dentro suyo se revolvió, como si las palabras hubieran activado un monstruo, una especie de secreto velado por siglos, imposibilitada de germinar en la mente a pesar de estar allí, como una semilla.
Pero solo había una forma de comprobarlo.
Debía pronunciar en voz alta tres veces la misma palabra. Esa que hasta entonces, nunca había escuchado.
Tomó coraje, sabiendo que serían las últimas que dijera estando muerto.
Y tras gritarlas al viento, todo alrededor desapareció, incluyendo su cuerpo. De pronto, estaba cayendo en un abismo sin fin, cada vez más profundo, sin poder gritar, sin dejar de ver, sin dejar de saber, que al final estaba vivo y que lo estaría por siempre, en ese tobogán eterno que nos depara el final de nuestros días.

30 de julio de 2014

Elena sin fiestas

La triste realidad de Elena se remontaba a su infancia. Desde pequeña sus padres se negaron a organizarle fiestas de cumpleaños. Y dado que tampoco eran de celebrar otras festividades, como ser Navidad, Año Nuevo o el Día del Niño, por citar algunos ejemplos, jamás tuvo fiesta alguna.
Lo más cercano a tal cosa, eran los actos escolares, con todo lo que ello implica. Elena creció anclándose en esas tradiciones, tomándolo como algo natural, aunque no aceptándolo, dado que en la misma medida que a ella se le negaban, veía como a sus amigas las agasajaban o eran partícipes de otras fiestas.
Trató de disuadirlos de que, al menos, la dejaran asistir a cumpleaños de otra forma, pero tras eternas negativos, desistió en forma definitiva.
En su adolescencia vio como sus pares disfrutaban de fiestas de quince, más adelante de graduaciones, casamientos e infinidad de cumpleaños. Ella, que había adoptado la postura de sus padres, se fue marginando no solo de los eventos sociales, sino también de sus amigos.
Con más de treinta años, la rutina la invitaba a acostarse apenas caía la noche, levantarse ni bien salía el sol, ir a su trabajo del que retornaba por la tarde, asear el departamento, comer delante del televisor - que a veces permanecía apagado - y volver a la cama.
Los fines de semana solía distraerse leyendo o viendo alguna película que ya había visto. Sus conocidos, que tenían relación con ella en el trabajo, habían dejado de invitarla a reuniones o fiestas hacía mucho tiempo atrás.
Sus padres habían fallecido años atrás y los únicos familiares vivos residían lejos. El llamarse por teléfono para saber cómo estaban, tampoco era tradición familiar. Si alguien le preguntaba, Elena podía afirmar que vivía en la más absoluta soledad. Ni siquiera tenía mascotas. Ni un mísero pez. O un bicho embalsamado. Hasta las cucarachas se habían aburrido y abandonado el piso de madera.
Lo que no sabía Elena, ni nadie más en el planeta, salvo una persona, era que ella era un experimento de la organización secreta más grande que jamás haya existido. Por esa razón, cuando el profesor Von Gast Hobben tocó a su puerta, ella no supo quién podía haberse equivocado de departamento.
El hombre, que se presentó con una foto de sus padres en mano, en la que sostenían a una pequeña Elena, recién nacida, le explicó el asunto en menos de media hora. En resumen, Elena se hizo una idea a grandes rasgos que Sergio y Flavia no eran más que dos personas tristes, solitarias, que aceptaron participar en un novedoso experimento, por una suma de dinero suficiente como para comprar una casa, pero con dos condiciones insalvables.
La primera, tener que criar a una niña como si fueran sus padres.
La segunda, jamás brindarle amor.
Von Gast Hobben estaba exaltado, exuberante de la alegría. Tenía delante de sus ojos el producto de su experimento más importante.
Elena aún ordenaba sus ideas cuando el profesor le mostró otra foto. Sus verdaderos padres.
- Mi hijo, Mathieu y mi nueva, Evangeline. Una pena, perecieron tan jóvenes.
Asimiló la información. El ser que se movilizaba como un rayo en su departamento, caminando de un lado a otro sin dejar de hablar, entusiasmado, el mismo que la había confinado a una tristeza controlada de por vida, era su abuelo.
A los treinta y tres años, cinco meses, cuatro días, Elena dio por sentado que sus tristes días habían llegado a su fin. Von Gast Hobben nunca supo de donde salió ese cuchillo, pero la última fracción de segundos de su existencia le bastó para comprender que la opaca joven lo estaba degollando.
Esa noche Elena no durmió en su cama. Salió a emborracharse.
Mientras alternaba entre una bebida y otra, resolvió que recién cuando saliera el sol y el amanecer la sorprendiera en alguna parte, decidiría que haría con su vida. Era muy pronto para tomar semejante decisión. Pero sin lugar a dudas, lo primero que haría sería organizar una fiesta. Una enorme y divertida fiesta.

27 de julio de 2014

Atraso

Se asomó por cuarta vez a la vereda, indignado. El taxi no llegaba y la fiesta comenzaba en quince minutos. Volvió a marcar el número de la compañía, lo atendió el mismo operador que cinco minutos antes y con temperamento reclamó una vez más.
La respuesta era la misma. Debía tener paciencia. ¿Pero cómo se podía tener paciencia cuando se iba a llegar tarde a un evento donde el agasajado era uno?
Finalmente, cuando estaba a punto de llamar a un conocido para avisar que llegaría atrasado, apareció el auto, un Peugeot avejentado, aunque reconocible por los colores habituales.
Pidió celeridad al chofer, que solo atinó a mirar por el espejo retrovisor y tras un gesto de desaprobación, encendió la radio.
El viaje era lento, por calles atestada de tránsito y con una banda de sonido que orillaba el mal gusto. Por si fuera poco, el taxista se puso a fumar.
Incrédulo, le pidió que por favor apagara el cigarrillo. No le preocupaba el humo, sino el olor que tomaría su ropa. ¡Tenía que estar elegante para la ocasión! Era la noche de una gran distinción.
Las últimas calles fueron interminables. Jóvenes en las veredas pasando el rato, parejas transitando lentamente, filas de personas pugnando por entradas en los teatros, vendedores ambulantes ganándose la vida y un sinfín de conductores al volante, recorriendo las arterias centrales de la ciudad a paso de tortuga.
Estaba nervioso. Miraba el reloj continuamente. Estaba atrasado al menos diez minutos. Podía divisar el hotel de lujo donde se realizaba la gala, pero aún tenía un par de minutos más de viaje. Aprovechó para volver a peinarse y ajustar su vestimenta.
El coche se estacionó en la dirección que había indicado. Pagó con un billete grande y muy a su pesar, para no perder más tiempo, le dijo al taxista que se guardara el cambio. Bajó disparado, se disculpó con dos jóvenes a las que casi arroja al suelo y llegó a la puerta giratoria del hotel. Antes de cruzarla, se observó en el reflejo del vidrio, aprobando su aspecto.
Se presentó en la recepción, anunciando grandilocuente su nombre. La mujer que estaba del otro lado del mostrador, vestida con extrema pulcritud, le sonrió de oreja a oreja.
- La fiesta en su honor fue ayer, Licenciado.
El botones, que estaba a su espalda, lo atajó en el momento justo del desmayo, más precisamente, a veinte centímetros del piso de mármol.