Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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4 de julio de 2018

Monocromo

Me levanté de mal humor. El despertador no sonó y me quedé dormida. Ya llegaba tarde al trabajo. No hice a tiempo de desayunar. Pero lo peor de todo fue que al salir a la calle no había color.
Salí apurada, peleando con la llave en la cerradura, corrí hacia la esquina para cruzar antes que el semáforo cambiara y ahí lo noté. Todo era monocromático. Las luces que debían ser verdes, o rojas o amarillas, no lo eran. Ni siquiera el cuerpo del semáforo tenía los suyos. Y los autos, y la gente, hasta el cielo mismo. Toda la realidad había perdido el color.
Estaba llegando tarde al trabajo, así que corrí de todos modos, alcancé el colectivo y apretujada -cuando no- seguí cavilando sobre la ausencia de algo tan elemental, tratando de no caerme o golpear a alguien en cada frenada del transporte.
Dudé en preguntar a alguien más. La gente lleva auriculares, desvía la vista hacia otro lado, esconde las miradas en el suelo, se aparta al mínimo contacto. La gente odia hablar. La duda me carcomía. ¿Sería yo o serían todos?
Saqué el teléfono, abrí las redes sociales. Nadie mencionaba el monocromático fenómeno. Era yo; sin dudas, era yo. ¿Estaría enferma? Pensé en qué día me convendría pedir turno con un oftalmólogo o aún mejor, con un neurólogo. El jueves, ese día era el mejor.
Llegué al trabajo, hubo reproches, me dieron una pila de carpetas. No podía diferenciarlas por color. Demoré más de la cuenta en ordenarlas. ¿Qué carajo me pasa? pensaba en todo momento.
Sufrí hasta la hora de salida. Incluso el almuerzo había sabido mal debido a la falta de color. Un sándwich gris, un tomate opaco, un queso desabrido.
Alguien se ofreció a llevarme a tomar el colectivo. Cómo si fuese una broma, me hablaba de los colores de moda para el verano. Le pedí que me bajara antes. Inventé una excusa. Estaba angustiada. Quería llorar. Extrañaba el rojo, el azul, el naranja. Todo era insulso, ajeno. Una fotocopia mal sacada. Me dieron ganas de vomitar. Fue cuando lo vi.
Un hombre, muy mayor, casi anciano, cruzaba la calle. Se desprendía de él un color púrpura intenso. Era el primer color que veía en el día. Me apresuré en ir a su encuentro, mis piernas cobraron impulso y me trasladé entre la marea de personas grises en busca de aquel hombre. Estaba a un metro cuando se derrumbó. Cómo si alguien le hubiese disparado. La gente se agolpó a su alrededor y pude ver el instante exacto en que el color púrpura se elevaba con velocidad hacia el cielo oscuro, hasta desaparecer.
Me alejé, espantada. Empecé a prestar atención al cielo. Cada tanto, más lejos, más cerca, veía algún destello púrpura elevarse y desaparecer, como un fuego artificial. Parecían disparados hacia una misma dirección en lo alto, más allá de las nubes.
Paré un taxi. Pedí que me llevarán al hospital más cercano. No podía esperar un turno, debía ir a una guardia médica cuanto antes. Pagué sin esperar el vuelto. El lugar estaba atestado. En una camilla se quejaba una mujer ensangrentada. Todos los presentes eran testigos de esa agonía. Un accidente de coches murmuraba una joven con su bebé prendido al gris pezón de su teta.
De repente, el color púrpura comenzó a emanar del cuerpo desparramado en la camilla. Claro que nadie más lo notaba. Intenté acercarme, pero sus quejidos se transformaron primero en gritos, luego en una respiración agitada y finalmente, en la quietud absoluta. Preciso momento en el que el color púrpura se disparó hacia arriba, perdiéndose en el techo descascarado y salpicado por manchones de humedad.
Llegaron los enfermeros, pero nada había por hacer. Retrocedí. El espanto. La comprensión. Mi monocromática situación. Y aquel color, aquella certeza. Podía ver la muerte. No antes, sino en el momento que se consumaba. La angustia ganó mi cuerpo. Estaba temblando. Alguien se me acercó preguntando si estaba bien y lo aparté de un empujón. ¿En serio me preguntaba eso? Me fui corriendo. Bajé al subterráneo, subí a un vagón y lloré hasta el fin de línea. Ubiqué la salida, detuve un taxi y aquí estoy. En el único lugar donde es difícil que vea las luces púrpuras. En el cementerio. Porque los que aquí residen ya tienen resuelto su destino.
Y mientras contemplo el gris de las lápidas, me pregunto qué clase de brujería me acecha. La paz del lugar se confunde con el monocromo de la escena. La noche no tiene tanta diferencia del día, vista de esta manera. Es un tanto más oscura, pero mucho más sincera. Hasta la luna se apiada y sin demasiados matices se parece a la de siempre. Mi pregunta es la misma desde hace horas. Y ya no es por qué ni cómo. Es simplemente, qué. Qué haré con esto.
Mis pasos me llevan desconsolada a casa. Reconozco el camino. Aunque apenas levanto la mirada. No es el gris, es el púrpura al que temo. El que delata a los que se alejan. No puedo negarlo. La idea de verme rodeada por ese único color es tentadora. Una especie de libertad hasta ayer insospechada, más cercana a las calles de lápidas y cruces que a las atestadas de vehículos y personas presurosas de llegar a horario a destinos predestinados. Pero es una decisión difícil. El qué, no tiene respuestas fáciles.

28 de junio de 2018

A salvo

Trato de no ver, de apartar la mirada, de hacer fuerza con los párpados para espantar los miedos. Pero hay algo que es peor, algo que aún persiste y es el sonido. Porque aún puedo oírlo, y a pesar de tener clausurados los ojos, mis oídos traicionan todo esfuerzo. Por eso llevo las manos hacia las orejas y las oprimo con violencia, sin importar el dolor que les causo, que me causo.
Ahora sí, ahora estoy a salvo. Me creo a salvo. Evado el momento, el temor, al monstruo del destino. Y entonces, cuando siento que las paredes vibran, que bajo mis pies pareciera que se ha desatado un terremoto, abro los ojos, hago las manos a un lado y me uno al grito de todos, al alarido más potente que un ser humano pueda dar: penal y gol sobre la hora.

16 de junio de 2018

Bartolomeo enamorado

Algunos enamorados regalan flores, otros bombones y no falta quien aún persiste con el antiguo rito de la carta escrita a mano.
Pero lo de Bartolomeo era distinto, único. Hoy en día hay libros enteros hablando de aquello. Es incluso material de estudio en ciertos ámbitos. Su regalo es muy difícil de equiparar con otros ejemplos.
Lo que Bartolomeo le enviaba a su novia, eran cadáveres. Primero fue el de un anciano, luego el de un piloto de autos de carrera y, finalmente, antes que ella lo denunciara, el de un bombero.
Mientras lo llevaban preso, bajo una fuerte custodia policial, cuentan que alcanzó a gritarle a su amada por encima de los insultos de la multitud: ¡Amor, en el freezer dejé a tus padres!
Ella cayó desmayada, según narran algunas crónicas de la época. Las mismas que aseveran que al enamorado Bartolomeo, en cambio, el corazón le volvía a galopar al ritmo de las mariposas que le revoloteaban en el estómago.

5 de junio de 2018

Tiempos difíciles

"Desolación" de Leonardo Cabrera
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Camilo persigue las vías saltando de durmiente en durmiente, sintiendo en la piel desprotegida el frío de la tarde.
Busca algo de valor con la mirada atenta, aunque sea una mínima excusa con la que volver a casa.
Pero las horas pasan y la noche se anuncia. Debe retornar antes que salgan los otros, los que no se conforman solo con minucias.
Se resigna y emprende la vuelta con las manos vacías. Piensa en su gente, en la desazón que tendrán al verlo, en la desesperanza que va en aumento. Las vías, dos brazos infinitos a cuyos lados sobrevive la humanidad, lo llevan hasta el refugio.
Alguien le ha contado que alguna vez las transitaban los trenes, esas maquinarias que hora los albergan de la intemperie. Son tiempos difíciles.
Siempre los son.
Siempre los han sido.

2 de junio de 2018

La respiración

De todas las canciones, aquella es la que más le gusta. Por eso la repite una y otra vez en el celular, mientras se mece en la hamaca de la plaza, sin otra compañía que la brisa de finales de otoño, cada vez más fría, anunciando otro año de bufandas y camperas gruesas.
Tiene puestos los auriculares, esos que le había regalado su novio cuando aún era su novio. Ahora era uno más, otro más, alguien con el que su vida se había cruzado y ya no se cruzaría. Sin nostalgias, sin reproches.
Es por la canción, es por los auriculares, es en parte por tener la mente en mil partes y en ningún lado, que no percibe la silueta a sus espaldas, ni escucha los pasos sobre las hojas secas, como tampoco se percata del movimiento sutil del brazo rodeando su cuello.
Es sorpresa, es miedo. Es todo y mucho más. Porque no puede explicarlo, casi ni tiempo tiene de experimentarlo. Una mano enorme, robusta, cubierta de guantes oscuros, se cierne sobre su boca, oprimiendo con fuerza, mientras su cuerpo se levanta de la hamaca, aunque comprende -si es que algo puede comprender- que no es ella la que lo hace, sino la violenta carga del otro cuerpo, que por detrás la empuja hacia arriba, sin dejar nunca de presionar la mano contra sus labios que ahora duelen, contra sus dientes que retroceden y su respiración que se agita, angustiada, asfixiada, alterada.
Sus brazos pretenden liberarse del letargo, pero ese alguien se lo impide, porque de alguna manera la tiene prisionera, impidiéndole gritar, moverse, llorar. Siente el tirón en sus orejas cuando lo que se desprende son los auriculares, vencidos por la gravedad, arrastrados por el peso del celular que se desmorona sobre el césped recientemente cortado de la plaza. Y a pesar de lo caro que lo había pagado, de los reproches de sus padres por un gasto que consideraron innecesario e inoportuno, no piensa en eso, no puede en realidad. Su cabeza procesa todo a gran velocidad pero al mismo tiempo parece agarrotada por el miedo, todo es vértigo y al mismo tiempo quietud. Es una película acelerada que aún sigue corriendo en cámara lenta. Es el corazón que palpita a mil revoluciones por segundo y un cerebro que ha detenido todas sus funciones.
La arrastra hacia el tobogán. Sus pies parecen flotar en el aire. Sus ojos celestes están cubiertos de agua, aunque no llora. Todo se ve nublado. Ahora que no tiene los auriculares, escucha. Pero lo que escucha es su propio forcejeo. Son los pasos de ese alguien sobre las hojas amarillentas desparramadas en el camino. No hay nada más. Ni un pájaro trinando, ni un automóvil pasando, ni algún vecino pidiendo auxilio por ella. Es la brisa fría, son sus piernas agitándose, es su frágil cuerpo prisionero, su boca obligada a callar. Y la respiración.
La respiración es la que lo convierte en real. Áspero sonido entrecortado, húmedo y frío vaho que duele en el cuello, que estremece más que cien disparos, que atormenta más que mil cañonazos. Es la respiración, jadeo violento, que perturba toda esperanza, que coloca en su mente las imágenes más asquerosas, que obligan a su alma querer morir ahí mismo.
El tobogán queda atrás. Y ahora sí, aparece el objetivo. Un auto estacionado. Un auto viejo, no destartalado, pero no moderno. No sabe de autos, no conoce marcas, no le importan, nunca le importaron. Ella camina. Sus padres caminan. Usan el bondi, la bicicleta. No es que no puedan, no quieren. No le gustan los autos, tampoco les tiene miedo, pero sí respeto. Cree que estar al volante es como montarse a una bomba que puede explotar en cualquier esquina. Y ahora, ese alguien, violentamente la conduce hacia el interior de la bomba. La puerta se abre y desde el interior la envuelve un olor poderoso, a cuero, a viejo, a humedad, a dolor, a agonía. Entonces recibe el golpe y ya nada importa.
Despierta dolorida, cansada, desnuda. Se sabe desnuda antes siquiera de llevar sus manos a la piel. Se sabe golpeada, incluso antes de pasar la lengua por sus labios agrietados. Se sabe ultrajada, antes siquiera de abrir los ojos. Tampoco necesita abrirlos para sentir los altos pastizales que rozan su cuerpo, ni exhalar demasiado para ser asaltada por el hedor de la bosta de caballo que está en todas partes, incluso bajo su abdomen, ni necesita pellizcarse para saber que nada de aquello es un sueño.
A lo lejos, muy a lo lejos, tanto que parece proveniente de otro universo, otra vida quizá, alguien tararea su canción preferida. Es un tarareo básico, incluso erróneo por momentos, falto de ritmo, pero es su canción. Y sus fibras, con tan poco, se retuercen levemente. Se dice, en voz muy baja. que está viva. ¿Acaso debe conformarse? ¿Acaso debe celebrarlo?¿Sobrevivir es sinónimo de estar vivo? No lo sabe, ya no sabe nada. Solo que esa canción es cada vez más fuerte, tanto o más que su llanto, tanto o más reales que las lágrimas que caen sobre sus mejillas doloridas, tanto o más que las ganas de respirar, de abrir los ojos, de separar los labios, de pedir ayudar, de gritar con las pocas fuerzas que aún posee.
Se desmaya, los pasos se acercan, pero se desmaya, es tarde, es suficiente, las voces quiebran el aire, pero se desmaya, cae, lentamente, cae, mientras los pasos, las voces, cae, mientras todo se apaga, los pasos la alcanzan, las voces preguntan y algunos, otros, otras, no sabe, sollozan, maldicen, se apresuran, y nada, solo su canción, su canción sonando bien, como si tuviera sus auriculares, como si aún la hamaca la estuviera meciendo y en la palma de la mano el celular costoso que sus padres tanto odiaban fuera un mero accesorio de una tarde fría presagiando un invierno intenso y cruel, cuya brisa helada, entrecortada como la respiración de un perverso, se convirtiera de a poco en el sonido infinito de su mente, mientras la noche cae, en soledad, en tinieblas, con la fragilidad tangible de los miedos que se vuelven carne, y cuyas heridas difícilmente alguna vez sanen.

30 de mayo de 2018

Letras olvidadas

La carta llegó después de su muerte. Era de hacer esas cosas, de sorprender de las maneras menos esperadas. Pero aquello... aquello era demasiado.
En lugar de abrirla, la guardó sobre la pila de libros que estaba leyendo antes de ese fatídico viaje y que nunca terminaría.
De tanto en tanto se detenía a observarla, pero no atinaba a agarrarla. El polvo se fue acumulando sobre la carta y los libros. Los años cambiaron muebles, color de las paredes, pero aquel rincón parecía ajeno a todo, sumando cada vez más telarañas, que es la forma que toma el olvido.
La carta se perdió para siempre en un montículo de nostalgias, junto a otras lecturas perdidas.
Misteriosas palabras que jamás dirían aquello para las que fueron escritas.

17 de mayo de 2018

La palabra

El sonido intercalado y espaciado de la gotera interrumpía el ocioso silencio en el que se sumía el sótano del viejo Barraza.
La humedad trasladaba a los huesos el frío de la muerte. Una muerte cercana e inminente. Y Gómez lo sabía. Maniatado y con la cabeza como un melón por culpa de la hinchazón, tenía plena consciencia de su suerte. Había una palabra para aquella instancia, pero no podía encontrarla.
De tanto en tanto lo miraba a Barraza, al que un infarto lo había reducido a un cuerpo inerte, sorprendido en pleno ejercicio de la tortura.
En el momento que había ocurrido, Gómez lo había celebrado como justicia divida. Pero ahora, sin noción del tiempo, con la gotera como única ilusión de compañía y el final por inanición o deshidratación acercándose, no podía hacer otra cosa que echarlo de menos.
Tampoco era que no mereciera el atroz suplicio, vaya que lo merecía, pero así, de ese modo, con su verdugo tirado a tan solo medio metro y la imposibilidad de escapar, aquel final le sabía a morbosa comicidad del destino.
Morbosa, esa era la palabra.

30 de abril de 2018

Heridas abiertas

Silencio de miradas. Ese momento incómodo tras un relato descarnado. La pausa necesaria para mirarse unos a otros, respirar profundo, digerir las palabras, elevar una plegaria, maldecir por lo bajo, dejarse arrastrar por el llanto. Un instante que se hace herida abierta, que se abre para no cerrar, que se suma a otras, tan ajenas como propias.
Wilkinsen carraspea. Hace un gesto para que las miradas se posen en él. Le cuesta mantener la compostura, sus ojos también se tiñen de agua. Pero debe reponerse, es el moderador.
- Gracias Estefanía... es bueno que hayas compartido con todos nosotros esa angustia. Como siempre les digo, nada podemos hacer para remediar lo pasado. Nada. Pero podemos hacernos fuertes, como grupo, como individuos, para seguir afrontando la vida. Tu hija así lo hubiese querido, Estefanía.
Las palabras de Wilkinsen arrancaron aplausos, no para él, sino para la pobre mujer, desconsolada y falta de esperanza como cada uno en aquel triste salón del centro de jubilados del barrio, donde cada semana se reunían para compartir el dolor que arrastraban de haber vivido de cerca distintas tragedias, como víctimas o familiares de otros más desafortunados aún.
De a uno fueron contando desgracias, algunas recientes, otras imperecederas debido a la falta de justicia. Hubo más lágrimas, más aplausos y antes de retirarse, abrazos sinceros.
Wilkensen acomodó las sillas, le dio una barrida al piso y apagó la luz. Cerró la puerta de madera algo hinchada por la humedad y le dio las dos vueltas de llave correspondientes, no sin antes perder al menos un minuto en tratar de discernir en la penumbra de la calle, cuál era la correcta.
Escuchó entonces los pasos a su espalda y se sobresaltó. Una figura imponente estaba a escasos dos metros de distancia. Wilkensen temió lo peor, pero los brazos de ese enorme contorno humano se alzaron en alto, con el fin de darle tranquilidad. Luego, al dar un paso al frente, la tenue lámpara de la calle iluminó en parte su rostro.
- Me llamo Gabriela – dijo con voz tan áspera como inesperada – Mi tía viene a sus grupos de ayuda. Le hace bien.
El hombre, aún con el susto en el pecho, agradeció con un movimiento de cabeza.
- No voy a entretenerlo, iré al grano y le seré franca. Ella me cuenta las historias que la gente expresa, sé que no debería, pero ella lo hace para hacer catarsis y me parece bien. Pero no he venido a contarle eso. Voy a tomar cartas en el asunto. Contra esta gente. Los que hacen tanto daño. No me pregunte cómo, ni cuando, si le voy a decir el por qué. Porque quiero que despertemos. Que abramos los ojos. Porque no lo hacen los jueces, no lo hacen los políticos, no lo hace la policía, no lo hace la gente de pie. Todos duermen. Algunos por intereses, otros por estúpidos y otros por miedo. Pero se acabó. Me escucha Wilkensen, se acabó. Y el primero será usted señor. Porque usted es de la peor clase, de los que se visten de cordero. De los que creen que la redención está en el arrepentimiento. Míreme Wilkensen, míreme bien. Ya no soy el varoncito de flequillito que iba a su clase de canto, al que tanto le gustaba darle clases particulares. Hasta la voz he tratado de cambiar para olvidar lo pasado. Pero no puedo Wilkensen, no puedo. Usted estará muy arrepentido, querrá ayudar a la gente, pero qué hay con el pasado, cómo nos hacemos cargo de lo que hemos hecho. Si, todos nos podemos equivocar, es cierto. El tema está en tener la certeza de asumir las consecuencias. Yo pienso asumirlas. Por eso empiezo con usted, Wilkensen. Veremos cuándo y cómo termino.
A Wilkensen le estaba dando un infarto cuando el puñal lo alcanzó a la altura del corazón. El informe forense concluyó en que no hubo atisbo alguno de defenderse.

21 de abril de 2018

Los que bajaban siempre eran otros

Ya van a volver, le respondió su hermana cuando preguntó por ellos. Había estado mirando por la ventana desde mucho antes que empezara a llover. Los relámpagos lo asustaban. Cada chispazo del cielo le provocaba un escalofrío que comenzaba en la nuca, recorría la espalda y parecía hacerle vibrar brazos y piernas. Estaba parado sobre una caja de madera que alguna vez había contenido manzanas. De tanto en tanto se miraba los pies: temía que una distracción terminara con un golpazo en el piso.
Su hermana preparaba la comida. Podía escuchar el agua entrar en hervor dentro de la vieja cacerola plateada. Ella le pidió que se bajara y fuera a lavarse las manos. Estaba por echar los fideos al agua. Volvió la mirada hacia la ventana. El vidrio mojado no le permitía ver con claridad y el viento afuera era intenso, sacudiendo las ramas de los árboles con gran violencia. Creyó ver sus figuras varias veces. Una vez fue una mujer en bicicleta que a duras penas siguió pedaleando bajo el temporal, otra un grupo de perros que escapaban de la lluvia a gran velocidad. Cada vez que el colectivo de línea urbana pasaba por delante de la casa, contenía la respiración, esperando ver sus contornos descender de la puerta trasera. Pero los que bajaban siempre eran otros.
La comida ya estaba. Su hermana lo llamó sentada a la mesa. Pronunció su nombre, una, dos, tres veces. No insistió. Era así en todo momento, para la cena, el almuerzo, la hora de bañarse, la hora de dormir... no importaba que fuera mayor que ella, que a pesar de tener diecinueve años no iba a la escuela ni trabajaba, que se pasaba todas las horas de su vida asomado a esa ventana esperando un regreso que jamás se produciría. Suspiró profundo y probó la comida. Estaba desabrida. Como para no estarlo, ni para salsa le había alcanzado. Pero algo debía comer, tenía toda la tarde por delante para patear la calle en busca de limosnas. Su hermano volvió a preguntarle cuándo volverían, ya olvidado del llamado a comer. Ella le repitió lo mismo que siempre, porque era más fácil y porque tampoco se animaba a convertir la realidad en una certeza más cruel.

14 de abril de 2018

Dos perros dormidos

Los perros dormían en sendas colchonetas, ajenos al griterío de la calle. El viento hacía golpear las persianas abiertas de la ventana que daba al patio. Matilde corrió a cerrarlas, luego de haber hecho lo propio con las que tenía más próxima. Al cerrarla, el sonido proveniente de afuera se atenuó. Apoyó la espalda contra la pared y miró el reloj colgado en el extremo opuesto. Faltaba poco para que anocheciera y su marido no había regresado. En circunstancias comunes aquello no le había molestado, pero...
Buscó el sofá para sentarse y luego accionó el control remoto. Algunos canales no transmitían. Otros daban películas que había visto decenas de veces. Buscaba uno que diera las últimas noticias pero no encontró ninguno. Se levantó, apagó el televisor y luego de esquivar la cola de una de sus mascotas, tomó por enésima vez el teléfono celular. Era en vano. No había señal.
Una explosión hizo que se encogiera de hombros. Se volvió asustada hacia una de las ventanas. Una columna de humo se recortaba contra el cielo. Los perros seguían durmiendo, como si no hubiese pasado nada. Se asomó. Pudo ver a unos veinte metros a unos jóvenes corriendo con palos en las manos. Estaban metiéndose por una puerta cuando un rayo de color rojo intenso impactó en la espalda del que iba último. Quedó tendido en el suelo, con un gran agujero atrás. Nadie acudió en su ayuda.
Corrió la cortina. Le costaba respirar. Ahora escuchaba disparos. Uno, dos. Silencio. Una seguidilla. Otra explosión, aunque algo más distante. Y otra vez, silencio. El griterío de hacía unos minutos había desaparecido. Pero era cuestión de tiempo para que volviera a derrumbar la calma. Las últimas cinco horas habían sido un deliberado ciclo de caos que no paraba de repetirse.
El teléfono vibró en su mano y del susto pegó un salto. Esta vez el perro no tuvo la suerte de antes y el pie derecho de la mujer le aplastó una oreja contra el suelo. El perro aulló dolorido, lanzando varios mordiscos al aire. Uno alcanzó la mano de su dueña y el teléfono que sostenía voló contra el cerámico color arena que habían elegido de un extenso catálogo con su marido el día después de haber comprado el departamento.
Matilde trató de calmar a su perro, pero ahora tenía a los dos despiertos y gruñéndole. El otro se había puesto a la par del primero. De reojo miraba el celular, a tres metros de distancia, que ya no sonaba. Afuera estallaron los vidrios de un auto e instintivamente, giró la mirada hacia la ventana. Fue entonces que sintió la mandíbula de uno de sus perros en el cuello.
Lo pateó con fuerza, tratándolo de sacárselo de encima, pero mientras luchaba con uno, el otro se prendió de su brazo. Ahora la que aullaba de dolor era ella. Apenas si podía pensar, el ardor era enorme y la dentadura firme y fría de su perro se clavaba más y más. Pero sacó fuerzas de donde no sabía que las tenía y se arrastró hasta la mesa ratona de la sala. Con un último esfuerzo, casi al borde de no poder respirar, alcanzó de encima de la mesa un jarrón y se lo partió al perro que atenazaba su cuello. La cerámica estalló en mil pedazos, quedando aún una parte en su mano, con el filo suficiente para usar como punta para atacar al perro que le mordía el brazo atrapado.
Vio sangre a sus pies y se llevó la mano al cuello. Pero no encontró allí ni rastro de sangre. Tampoco al llevar la mirada al brazo encontró marca alguna de la mordedura.
El sonido inconfundible de la llave abriendo la cerradura encendió sus alarmas, más que con cualquier otro sonido anterior. Se preparó para correr hacia alguna habitación al abrirse la puerta, pero se contuvo al ver que la persona que ingresaba no era otro que su esposo. Vestía igual que en la mañana, cuando lo había visto partir hacia el trabajo.
El hombre dejó una bolsa repleta de verduras sobre la mesa y luego, al girar hacia su mujer, quedó petrificado.
- Matilde... - fue lo único que pudo decir. Su mujer estaba de pie en medio del living, delante de los perros acostados sobre las colchonetas como si estuvieran dormidos, pero rodeados de sendos charcos de sangre y sobre la oscura materia, esparcidos violentamente, cientos de pedazos de cerámica azul.
- Es que los extraterrestres, las explosiones, toda esa gente luchando, disparando, los volvieron loco y yo... tuve que matarlos, antes que ellos me mataran - trató de explicarse Matilde, sollozando con real desconsuelo.
El hombre se llevó la mano a la boca. Sobre la mesa, al lado de la bolsa de las compras, estaban aún las pastillas de su mujer.


24 de marzo de 2018

La verdadera muerte

Nunca había estado tanto tiempo sin escribir sobre una hoja, ni siquiera cuando a los quince años, en plena edad del pavo, por querer demostrarle a la chica linda del barrio lo bien que se le daba andar en bicicleta haciendo acrobacias, se había fracturado la mano derecha en varias partes. Aprendió entonces varias lecciones. La primera, que lo suyo era la escritura y no las piruetas. La segunda, que las chicas lindas jamás se fijarían en él. Y la tercera y más importante, que si una mano se rompía, aún quedaba la otra.
Pero su situación actual distaba bastante de una calentura de juventud y si lo pensaba con detenimiento, incluso hacía más tiempo que no estaba con una mujer que con una hoja en blanco. Además, lejos estaba de aquellos quince. Sus cabellos grises, los pliegues en la piel, el dolor en las articulaciones delataban otra edad física. Aunque la vejez, que en el pasado el solo imaginarla le había traído más de una noche en vela, no era tampoco su mayor preocupación.
Como al resto de los recluidos en aquel sótano oscuro y húmedo, los pocos pensamientos que el miedo y el dolor de los golpes le permitían tenían que ver con la libertad. La sola idea de que los dejaran irse, era algo imposible. Mucho menos pensar en escapar. Atados, separados entre sí por varios metros de absoluta oscuridad, la única cercanía con los demás eran los gemidos, los sollozos, los gritos en medio de la noche. La esperanza era una gélida ilusión y nada más.
El tiempo, allí, parecía no transcurrir. Se medía en ganas de orinar, en el incremento del ruido de las tripas, en los pasos de botas pesadas deambulando cada tanto del otro lado de la puerta. La falta de agua hacía que hablar fuera un suplicio y las secas gargantas se permitían vagos susurros, que a veces, resultaban incomprensibles.
Y el silencio, en tales circunstancias, era un aullido constante que podía empujar a cualquiera a la locura. Por eso, anhelaba escribir. Sentarse al escritorio, colocar el papel blanco en el carrete de la máquina y sentir el relieve de las teclas con las yemas de los dedos. El preámbulo necesario para zambullirse en el armónico concierto que lo envolvía por horas, mientras las letras iban golpeando de a una el fondo blanco estampando sus formas según su capricho.
Extrañaba esa magia, mezcla de melancolía y alegría, de sentir cómo una idea que nacía muy dentro suyo de a poco lo iba abandonando para formar parte de algo mucho más grande, inmortal, que a los pocos minutos de escribirlo, sabía, ya no era suyo sino de todo el que lo leyera de allí en más.
Y vaya paradoja, que aquello que tanto lamentaba no tener, era lo que había provocado su destino. Palabra que no le gustaba esa, destino, porque definía lo ya escrito, y como hombre de letras, sabía que eso no existía, que las palabras aparecían gracias a las anteriores y no porque hubiese un designio universal que las predefiniera. Pero su suerte, quiera o no, la habían decidido sus textos. Porque a la hora de elegir las letras, el orden de las mismas, las palabras que formaban y las oraciones que éstas iban encadenando, había escrito con el corazón en la mano y los ojos bien abiertos, no solo en la hoja en blanco, sino en todo lo que lo rodeaba. Si lo que sabía hacer, lo único que sabía hacer, era escribir, entonces lo haría de la mejor manera. Y cada cosa que narró, cada texto que pulió, cada escrito que firmó, llevó esa premisa. Y entonces, una mañana, en lugar de escuchar "cuidate" y "ojo lo que escribís", sintió la crueldad de un culatazo en plena caminata hacia la editorial.
Semanas, meses, qué importaba. Nunca saldría de ese agujero. Nadie lo haría. Estaba atado, famélico, maloliente y en la constante necesidad de llorar. Pero más que nada, quería escribir. Y aunque lo intentaba, tratando de hilvanar en su mente párrafos precisos, cada golpe que le propinaban, cada vez que debía cagarse encima, cada grito de un compañero de encierro, era como si una mano arrancara la hoja de su cabeza, la hiciera un bollo y la arrojara a un excusado.
Estaba exhausto, con su cuerpo viejo, maltratado y dolorido. Se decía de tanto en tanto, qué sentido tenía escribir mentalmente en aquella situación. Pero la respuesta se caía de madura, como una inyección de adrenalina: Ellos no podían ganar. No importaba la cantidad de hojas arrancadas, él pondría una nueva, empezaría otra vez de cero, porque no se rendiría. Antes, muerto. E incluso muerto, si lo que había hecho en vida había sido útil, seguiría peleando, no personalmente, no en dos piernas y golpeando las teclas de una máquina de escribir, pero si como un símbolo, una bandera, uno más en la memoria colectiva que recordaría cada día que rendirse no es una opción y que solo el olvido es la verdadera muerte.
En la oscuridad, con el eco de las de botas repiqueteando en dirección a él, puso una nueva hoja y comenzó a escribir.

26 de febrero de 2018

Ahora

¿Y ahora? En medio de la noche, se hace esa pregunta. De las cuatro lámparas del alumbrado público, solo una emite un tenue haz que se derrame casi con lástima entre las copas de los árboles. A lo lejos, un perro ladra. Las calles están desiertas. Ningún auto, ningún sonido de motor en la cercanía.
Al aquietarse su respiración, apaciguando de a poco la agitación que asaltaba su cuerpo, otros ruidos, antes imperceptibles, llegan a sus oídos: grillos, polillas chocando contra un lamparita de veinticinco delante del portón de una casa, el aleteo de un pájaro trasnochado, oculto en las ramas sobre su cabeza.
Tirita, ya no del miedo, sino del frío. Descubre sus brazos desnudos. Solo lleva puesta una remera y la brisa que la abraza es fría, impiadosa. Se lleva las manos a las manchas de sangre sobre la tela. Instintivamente se palpa la piel por debajo de la remera. No hay heridas. No es su sangre. Lo sabe. Pero necesita confirmarlo. Por una vez, no es su sangre y le cuesta creerlo.
Tiene que irse, volver a casa. Da un paso, dos. Su pie tropieza con algo. Con una pierna. Un cuerpo. Con él. Está sobre la vereda, como si durmiera. Casi pensaría que borracho, se tiró a dormir ahí mismo, como otras tantas veces. Pero no, no es así. Lo sabe.
Un metro más adelante estaba su celular. La pantalla astillada, la carcasa quebrada en varias partes y la batería fuera del aparato. Se había convertido en la primera víctima de la fatídica noche. O la segunda, en realidad.
Su marido le prohibía ponerle clave. De la misma manera que no podía usar facebook o whatapps, y ninguna otra red social donde existiese la remota posibilidad de tener un contacto varón. Como con cualquier otra exigencia que viniese de él, conocía los riesgos de no cumplirla. Aunque a veces, el solo motivo de la sospecha era suficiente
Podía soportarlo, porque a lo largo de la relación - de más de quince años - había soportado muchas otras cosas peores. Ella se sabía culpable. Por no escapar. Por no darle a Renata la posibilidad de un hogar libre de traumas. Por no tener la valentía de afrontar el futuro tan solo con su hija. Aunque en parte, esa culpabilidad – en alguna parte de su razonamiento la verdad siempre vedada hacía fuerza por asomar – era también producto de las humillaciones que recibía.
Pero Renata… viviendo sus primeros años de adolescencia, con el arrollador ímpetu de cualquier joven, no era culpable de nada. Una niña haciéndose grande, desprendiéndose de los inocentes años de su infancia, asumiendo responsabilidades y obligaciones, conociendo los sinsabores de los primeros amores imposibles y el deseo – cada vez más apresurado – de un primer beso. ¿Cuál había sido el error? ¿Comprarle un celular en su cumpleaños, como ella tanto deseaba? ¿O el error era el otro, el propio, de no haber escapado con ella cuando aún podía hacerlo?
Creer que él se lo tomaría bien, que no se opondría. Y cuando lo hizo, ella siempre tan tonta, tan inútil, de utilizar el maldito aparato como una excusa en lugar de un merecido regalo tal como lo era y decirle que serviría para saber dónde estaba, dónde iba, que había leído en una revista de las aplicaciones que permitían a los padres saber en todo momento la ubicación de sus hijos mediante el GPS del celular.
Tonta, inútil. Ciega, ante todo. ¡Cómo no comprender que no eran las discusiones cotidianas con su marido lo que tenía de mal humor a Renata! Y estúpida por darle esa idea. Si, está bien. Le instalaron la aplicación como condición para que lo use. Podían saber dónde estaba en todo momento. Pero nunca sospechó que él se lo instalaría también en su celular.
Había convertido a su marido en una especie de Dios, que podía saber dónde estaba una y otra. Y conocer cuando ella salía a hacer un mandado y su hija, la hija de ambos, quedaba sola en la casa.
¿Cómo? ¿Cómo demoró tanto en comprenderlo? Si, era culpable. De todo. Incluso del cuerpo que yacía sobre la vereda, sobre una mancha de sangre que crecía lentamente tratando de alcanzar de un lado la pared descascarada de la casa más cercana y del otro, el cordón de la vereda.
El llanto de Renata todavía dolía en sus oídos y le provocaban otras lágrimas, casi de sangre, de un dolor compartido, de un ultraje pervertido, de un desenlace enceguecido. Todo se había precipitado como un rayo en medio de una tormenta. Su celular cayendo al piso en la cola del cajero del banco, el gentil muchachito ayudándola a encenderlo cuando pensaba que se había roto, la pregunta que no entendía sobre si volvía a activar el GPS para que el localizador funcionara (porque eso era el cartelito que aparecía), la tardía comprensión que él la estaba vigilando y ese volver a casa con un feo presentimiento, apurando el paso en medio de las últimas horas de la noche, no por temor a que su marido una vez más le reclamara la comida no preparada sino algo peor, algo que crecía en su pecho en forma de angustioso puñal.
Abrió la puerta con el mismo miedo con el que alguien se enfrentaría a la muerte, sabiendo que tiene todas las de perder, el rostro lívido, el corazón galopante y el cuerpo tenso. Escuchó los gritos y corrió hacia la habitación del fondo y allí lo vio, a él, el golpeador, el humillador, al que nunca se atrevió a denunciar, encima de Renata, convertida en llanto.
No hubo lucha, no hubo palabras, tan solo gritos. Sonidos de furia y de angustia. Pero él respondió con la única réplica posible: un cachetazo. Y sin más, salió del cuarto, transitó el pasillo y buscó la puerta de calle. Caminaba con el tambaleo de un borracho y la impunidad de un hijo de puta. Ella salió a correrlo. Lo vio cruzando la calle y con el último aliento lo alcanzó. Lo tomó del brazo con una mano mientras que con la otra marcaba el 911.
- ¡Nunca más! ¡Nunca más! – gritaba en la desierta vereda para los anónimos oídos ventanas adentro del no te metás.
El hombre tomó el celular y lo estrelló contra el piso. Luego, con los ojos cargados de ira, arremetió contra su cuello. Atenazó las dos manos con crueldad y decisión. ¿Era acaso, en el final de su vida, la primera vez que lo veía tal cual era? ¿Esa sería la última imagen que se llevaría a la tumba? Entonces, el hombre prorrumpió en un grito ahogado, desarticulado, balbuceante. Sus manos perdieron fuerza, la tensión sobre la tráquea se fue relajando y la mole de su marido se derrumbó como un edificio en implosión, dejando a la vista una postal que difícilmente podría borrar: Renata, cuchillo en mano, temblando como una hoja.
Se miraron, con más amor que miedo, con un silencio de por medio que abarcaba todas las conversaciones que jamás habían tenido.
- Corré Renata, corré.
Vio a su hija perderse en la noche, con la esperanza que encontrara en la casa de alguna amiga la contención que necesitaba. Permaneció inmóvil varios minutos. No podía pensar con claridad y una sola pregunta rondaba su cabeza: ¿Y ahora?
El ruido de una motoneta, en esa desolada noche, hizo que levantara la vista. Un joven había estacionado a escasos metros y corría hacia ella.
- ¡Nos asaltaron, nos asaltaron! – gritó ella, mintiéndose una vez más.
El muchacho sacó el celular y llamó de inmediato. Apenas si había pronunciado dos palabras, cuando ella lo detuvo.
- Mejor deciles la verdad. Yo maté a este hijo de puta, yo y nadie más.

21 de febrero de 2018

Escritor nocturno

Espera a que las potentes luces delanteras del ómnibus se pierdan al doblar la esquina y recién luego cruza, cuando la oscuridad ha devuelto su manto a la calle, a merced del silencio y el leve movimiento de las hojas en los árboles.
Un maullido. Un ladrido distante. La soledad reina en el barrio. El hombre camina lentamente, sin apurar los pasos. Le gusta escuchar el eco de sus propias pisadas. Parece ser la única persona transitando esas altas horas, pero sabe que otras almas deambulan cerca, algunas errantes, otras apresuradas y temerosas.
Lo sabe porque la noche es su hogar, un refugio al que acude en tiempos de desesperación pero al mismo tiempo, de inspiración. Se siente escritor, reconoce la pasión que recorre sus venas, pero no puede ejercerlo continuamente.
Tiene etapas. A veces duran semanas, otras meses y hasta incluso, ha sido escritor por un breve lapso de días. Desde que tiene memoria, el instinto ha sido el disparador de sus obras pero una vez agotado ese impulso inicial su mente se torna un verdadero vacío de letras.
Pero por suerte allí está, lo que sea que se convierte en fuente de sus obras, ha vuelto. Y el hombre, otra vez escritor, está en la calle en plena noche, saboreando las sombras, los contornos poco definidos, el murmmullo del viento, el ocaso de la comunidad como tal. Y espera. Aguarda. Camina con paciencia, con la tranquilidad de la experiencia de otras novelas ya escritas. Tarde o temprano aparecerán. Se cruzará con una, dos o tres personas a lo largo de la madrugada y escribirá sobre ellas.
Entonces, escucha pasos, otros, no los suyos. Se detiene. Juega con el contraluz que le regala la luna. La ve venir. Una mujer, a media cuadra. Sonríe. A su cabeza ha llegado la primera oración para un nuevo capítulo.

Tiene sueño. Ha sido una noche larga, pero fructífera. Se mira las manos repletas de tinta. Se pregunta si será necesario lavarse ahora o pegarse un baño al levantarse. Decide lo segundo. El sol comienza a filtrarse por la ventana a pesar de estar la persiana baja. Corre la cortina y la penumbra lo envuelve. Así está bien. Se recuesta. Los ojos comienzan a cerrarse. De fondo, desde la cocina, llega el sonido bajo de la radio. Mientras se duerme, escucha con claridad la voz grave del locutor del informativo: "Reiteramos, dos nuevos homicidios durante la madrugada, ocurrieron en la zona sur de la ciudad. Si bien la policía no dio detalles oficiales, fuentes confiables indicaron que se trataría del asesino de las letras, como así se lo conoce al homicida aún no identificado que tras degollar a su víctima, con una navaja escribe mediante cortes en todo el cuerpo lo que se supone es una novela en capítulos. Las personas asesinadas anoche son..."

Duerme.

10 de febrero de 2018

El mapa de todos los laberintos

A Johansson le llamó la atención el mensaje de texto de Pitarrosa citándolo al bar de la universidad a tomar un café. No porque no fueran conocidos, sino porque hacía al menos diez meses que no veía al científico argentino. En el pasado juntarse cada tarde a beber un poco de cafeína y compartir avances en sus respecticas investigaciones era algo habtiual, una especie de ritual antes de escapar unas horas a casa o bien, volver a la oficina o al laboratorio para seguir trabajando hasta altas horas de la madrugada.
Al sueco le caía muy bien Pitarrosa, porque a diferencia de otros colegas, el argentino era sincero, no temía hablarle abiertamente de sus investigaciones y además, era dueño de una humildad que pocas veces había visto en aquel recinto europeo donde llevaban a cabo sus actividades desde hacía más de un lustro.
Pero todo había cambiado diez meses atrás. Su colega había faltado casi una semana seguida al trabajo. Él había tomado algunas de sus clases, sin saber con exactitud que le pasaba. Alguien le había mencionado que tenía problemas personales, otro que estaba con un inconveniente de salud. Finalmente volvió, un martes, y solo cruzaron unas breves palabras en el pasillo central. Pitarrosa, con los ojos empañados, se lo resumió en dos palabras: Me dejó.
El sueco sabía a que se refería. A Ornella, la italiana que trabajaba en la administración y que convivía con Pitarrosa desde hacía un par de años. Johansson puso una mano en el hombro de su amigo y con ánimo de darle fuerzas le sugirió, lo que luego creyó fue un error: que se centrara en sus investigaciones, que no pensara en ella, que el amor era una cuestión de suerte y que el tiempo todo lo sanaría.
Pitarrosa le sonrió, lo abrazó y se dirigió a su oficina. Desde entonces no habían vuelto a cruzar una palabra. Ni siquiera lo volvió a encontrar en el bar. Alguna que otra vez, a la distancia, lo vio entrar a la oficina. La primera sensación fue que Pitarrosa se había enojado con él por algún motivo. Pero con el correr de las semanas, la renuncia de Pitarrosa a sus horas cátedra, su exclusiva dedicación a la investigación, lo llevaron a la conclusión que el argentino lo único que estaba haciendo era seguir su consejo al extremo. La investigación pasó a ser el centro de su vida, su obsesión, para poder olvidar en paz, dejando atrás de esa manera a Ornella, pero al mismo tiempo, a los pocos que frecuentaba.
Por esa razón, Johansson miraba una y otra vez la pantalla de su teléfono celular, incluso en medio de la clase, porque sentía una extraña mezcla de nostalgia y ansiedad ante el inminente encuentro con su colega y amigo. Y volvía a revisar esas pocas palabras del mensaje de texto en la puerta del bar, tratando de confirmar que el mensaje era real y que pronto vería a Pitarrosa.
Abrió la puerta, saludó a algunos colegas sentados en las mesas cercanas y de inmediato sus pasos lo llevaron hasta el fondo, al rincón menos concurrido del lugar, donde siempre compartían la misma mesa. Al verlo sentado, haciendo un origimi con una servilleta de papel, pensó que esos diez meses en realidad nunca habían transcurrido y que tan solo ayer habían estado allí mismo, hablando de fórmulas e investigaciones. Pero entonces, cuando Pitarrosa levantó la vista e intentó una mueca en forma de sonrisa, divisó las marcas del tiempo y el encierro: ojeras bien marcadas, cabello largo y desprolijo, ropas arrugadas y una imagen en general desaliñada. Pero Johansson, como buen amigo, no mencionó nada de eso, al contrario, sonrió con sinceridad y abrazó a su amigo.
Cuando el mozo se acercó, pidieron un café. El sueco pidió también medialunas. Más de las que pedía habitualmente, porque cuando estaba con Pitarrosa, este siempre le comía dos o tres.
Hubo un silencio algo incómodo hasta que llegó el café. Como si su presencia significara una señal, Pitarrosa comenzó a hablar.
- Lo hice Alexander, seguí tu consejo y lo logré.
Johansson, que pocas veces oía de boca del argentino su nombre, pensó que se refería a sanar la herida abierta tras la partida de Ornella.
- El amor - dijo el sueco - viene y va, es una experiencia que no deberíamos creer que será por siempre, porque nunca lo es.
- No, amigo, no - Pitarrosa reía - Al contrario, puedo demostrar que el amor existe y no es casualidad. Pero lo que logré, es otra cosa. Descubrí el algoritmo que todos soñamos alguna vez con alcanzar.
Hizo un silencio. Johansson suspendió en el aire el viaje de la taza a su boca. Había un brillo en los ojos de Pitarrosa, que no había percibido hasta entonces. En aquel despojo de persona parecía esconderse algo más. Y estaba convencido que en pocos segundos más lo sabría.
- He descubierto el algoritmo del azar.
El argentino bebió su café y se sirivó una de las medialunas que había pedido su colega. Johansson devolvió la taza a su plato.
- ¿Estás hablando en serio? ¿Realmente...?
Pitarrosa sacó una libreta del bolsillo trasero de su pantalón. Buscó una página en la que estaba la fecha del día anterior y debajo, varios números.
- Busca en internet los sorteos de hoy de las loterías. Y compara los números que salieron en primer lugar con los que anoté anoche. Al lado de cada número te indica a qué lotería pertenece y el país. Mientras, voy a sacarte una medialuna más.
Johasson desbloqueó su celular y abrió el navegador. Buscó una página con resultados de loterías mundiales y comenzó a comparar. Necesitó dos coincidencias para entender que todos los demás números también corresponderían.
- Esto es...
- ¿Increíble?
-¡Imposible!
Ambos se miraron. El sueco lanzó una carcajada al aire, de inmediato el argentino comenzó a reír. A los pocos segundos, ambos se doblaban de la risa.
- No lo puedo creer, realmente, es maravilloso. ¿Te das cuenta que descubrir el funcionamiento del azar implica justamente que el mismo deje de existir? Es decir, existirá, pero se llamará "la ley de Pitarrosa".
Volvieron a reír. Para entonces, el argentino se había devorado todas las medialunas.
- Lo he aplicado a otros ámbitos. Nada es fortuito, nada es casual. Al contrario, la fórmula puede predecir una infinidad de sucesos y permite que ya ninguna búsqueda sea azarosa. ¡Te imaginas!
- No veo la hora de poder estudiarla para encontrarle aplicaciones... - Johansson se detuvo, dudando - por supuesto, si es que me lo permites, no quiero entrometerme...
Pitarrosa hizo un gesto con la mano, para que no se preocupara.
- La daré a conocer este viernes y si te he llamado, es porque quiero que seas quien me acompañe y seas quien lleve adelante todas las investigaciones en el futuro. Yo... abandonaré la universidad luego de este fin de semana.
-¿Qué estás diciendo, Ricardo? ¿Tienes un ofrecimiento de alguna otra universidad?
- No, para nada. Supongo que luego del viernes, las tendré, pero no perderé el tiempo escuchando ninguna. El mundo académico se acabará para mí una vez hecha la presentación. No es algo que haya decidido así al... azar.
Sonrió. Johansson supo que lo que había escondido detrás de esa figura mal vestida era solo pura genialidad y conocimiento. Pero un conocimiento reciente, producto de lo que había descubierto. El azar ya no existía en la mente de Pitarrosa, todo era acción y reacción, hechos y consecuencias.
- Pero... no entiendo. ¿Por qué no seguir comandado la investigación sobre una revelación científica que lo cambiará todo?
- Porque ya tengo la respuesta que buscaba. No indagué los misterios del azar para colocar mi nombre en los anales de la ciencia, mucho menos para hacerme rico jugando a la loteria, aunque mal no vendría. Lo hice para determinar que nada existe por azar. Qué había algo que conducía cada acción del universo. Qué seguramente hay millones de probabilidades en cada encrucijada, pero que no es el azar el que nos determina. Los números no salen sorteados por azar, sino porque antes salieron sorteados millones y millones de otros números. Alexander, no podía enamorarme mil veces más para sufrir la misma cantidad de veces hasta que el azar me llevara al amor de mi vida, al que realmente me correspondiera. No existe el tiempo, el tiempo para un ser humano, para que eso suceda. Y lo que yo quería, lo que yo quiero, es el amor verdadero. Y ahora, con esta fórmula, puedo determinarlo, se dónde y cómo buscarlo. Esta fórmula, querido amigo, es la fórmula que me hará feliz sin temor a equivocaciones, sin temor a sufrir.
Johansson se había quedado sin palabras. ¿Era eso posible? ¿Si quitábamos el factor azar a nuestras vidas, podíamos alcanzar la felicidad total? Se quedó observando el rostro contento de Pitarrosa. Pequeñas migas de medialunas adornaban el contorno de su boca.
- Todo esto por amor... ¡quién lo diría! - exclamó el sueco.
- No amigo, todo esto por dolor. El amor nos conduce a laberintos imposibles. El dolor nos apura a encontrar la salida. Nunca más sufriré por amor, Alexander, porque descubrí la clave, el mapa de todos los laberintos.
Pitarrosa se marchó, con la frente erguida. Johansson permaneció sentado un buen rato. Volvió a mirar el mensaje de texto que había recibido más temprano, tratando de discernir si la charla que había acontecido en aquella mesa había sido real. El plato de medialunas estaba vacío y él no había probado ninguna. Por lo tanto, aquello había sido real. Las había comprado previendo que su amigo comería algunas, pero se las había comido todas. No había sido azar. Y su amigo lo sabía, lo había previsto. Porque el azar ya no existía. Pitarrosa lo habìa quitado de toda ecuación.






24 de enero de 2018

El miedo

El miedo no es el chirrido de una puerta del armario en medio de la noche, ni la forma grotesca de una sombra proyectada con malicia por la luna. No es ni siquiera esa araña caminando por el brazo ni aquella calavera asomada a la ventana. Es algo más profundo, más perturbador, es un calvario que nace muy dentro y lucha por exteriorizarse pero no lo hace, no puede, no se lo permiten. Se transforma en un terror inmenso, una daga en el cerebro que penetra cada día más en el alma hasta llegar al desquicio total, la vergüenza eterna o la muerte lapidaria.
Comienza con una burla, un chiste de mal gusto, una mirada lasciva, un golpe que aseguran fue sin intención. Y crece, se desarrolla, avanza como la gramilla sobre el césped, una metástasis en la psique que carcome lentamente la voluntad, el carácter, la personalidad, cercenando a la persona de una manera tal que ni el monstruo más repulsivo de una película de terror podría lograr.
El miedo es esa transformación que hace que el individuo no pueda mirar a los ojos a los seres que quiere, que tema de quienes le profesan amor, que guarde para sí todo lo que debiera gritar a viva voz, que llore por las heridas en el silencio que propician los rincones austeros de una habitación, que decida incluso no salir de su casa ni volver a ver el sol, que sufra con cada luna que sale y que tiemble ante el tintineo lejano de una llave cuya risa cómplice no puede detener.
El miedo es un viejo cáncer y no existen monstruos, fantasmas o demonios que sean capaces de propagarlos. Tampoco lo hace la noche, los truenos o los relámpagos, mucho menos el viento, las historias truculentas de una ronda de verano o el vuelo rasante y fugaz de un murciélago en celo. Es solo el ser humano el que lo causa y también el que lo sufre.
El espejo, el pecho agitado, los ojos delineados de tanto llanto. La promesa de un nunca más que no depende del que la hace. Los labios que se mueven, que repiten esas dos palabras, una y otra vez hasta que pierden sentido, como todo lo que se dice porque sí, porque otros lo dicen, porque es una moda, una tendencia, pero que en su súplica es un deseo, casi utópico, de salvación. Pero nadie la oye, porque esa persona está sola, delante de un espejo, con el pecho agitado, los ojos demacrados por el llanto y moviendo los labios sin voz. Escucha la puerta, la de calle y también los pasos que preceden al primer sonido. Y tiembla. Como cuando era más joven, de cuerpo, de alma, de edad, y transitaba ese largo pasillo escolar y las palabras hirientes parecían cuchillos que volaban de un lado a otro, entre todos, entre sí, hacia su persona, hacia otros. O como cuando, en aquel primer trabajo, los méritos de nada valieron y solo una mano casi casual, tocando lo que no debía, fue la única prueba de aptitud posible. Los pasos se aproximan, acechan, rompen las últimas defensas que aún resisten en su mente. Pasos vacilantes, errantes, como el destino mismo. Quiera la fuerza mayor que domina el universo que sigan de largo, pero sabe que no es así, como sabía entonces que los cuchillos voladores se incrustarían en su espalda o que la única posibilidad de ganar un dinero era aceptando lo que no quería.
Entonces el desquicio, la vergüenza, la muerte, convergen en un solo estado: el miedo. Ese que nos arrastra hasta lugares insospechados, despojándonos de todo lo que anhelamos. Y aprendemos a sobrevivir, pero nunca a derrotarlo. Porque se vuelve silencio, una moda, una sensación. Porque muchos olvidan que es real y no solo una bandera. Una pancarta no hace la diferencia, una denuncia si. Y sin embargo, por miedo, gana la comodidad y el infierno no deja de ser la realidad que nos rodea pero disfrazado de un día hermoso.


4 de enero de 2018

Los exploradores

No, los fantasmas no existen. Eso me respondió, sin dar ninguna otra explicación. Me dejó a solas con su respuesta, en medio de la noche, con la brisa fresca del mar golpeándome el rostro. A lo lejos se escuchaba el romper de las olas, en una melodía monótona y salvaje.
La miré, como quién mira a alguien a sabiendas que le está mintiendo, como si esa mirada, de ojos ardientes, obligase a decir la verdad. Pero su rostro no me observaba. Estaba enfocada en el viejo faro, que pretendía esconderse entre las sombras de la noche a unos pocos metros de dónde estábamos.
Pero la noche era clara y la luna lo delataba sin piedad. Majestuoso y olvidado, el faro dormía con su único ojo apagado desde que tenía memoria. Empezó a tararear una canción. Ella, no el faro.
Le pregunté si quería volver al hotel, pero guardó silencio. Mi hermana podía hacerme perder la paciencia muy velozmente, pero esa noche en particular su falta de palabras no tuvo ese efecto, al contrario. Tuve una sensación de confort, de fría calma. Solo algo me inquietaba. La mujer que ella juraba haber visto saludando desde la playa.
Había dejado la luz encendida. No recordaba si la hornalla de la cocina también. Desde la playa podía observar la ventana de nuestra habitación en el hotel. Estaba abierta y la cortina se ondulaba con poca gracia. Cuando escuché sus gritos salí corriendo, así que era probable que la hornalla siguiera prendida.
Su mano sobre la mía me sobresaltó.
- ¿Y si están muertos? ¿Si todo este tiempo tenías razón?
Su voz, quebrada, trataba que sus oídos escucharan lo que su mente no se permitía. La realidad. Porque desde que papá y mamá se perdieron en el mar habían pasado ya diez años. Y durante cada uno de esos diez años, todos los veranos, ella me obligaba a acompañarla. No usábamos la palabra veranear. Sino explorar. Porque eso hacíamos, así pasábamos las horas, siempre en el mismo sitio. Explorábamos.
Y hasta esta noche, solo habían sido horas perdidas, abandonadas a una causa insensata. Cómo si, por arte de magia, por nuestro espíritu incansable, mamá y papá pudieran emerger de las aguas de la mano de algún milagro marítimo desconocido. Pero entonces, ella había visto una figura y gritado. Fuerte, casi hasta las lágrimas. Porque esa figura, dijo, era igual a la de mamá. ¿Un fantasma, acaso viste un fantasma? le había preguntado.
No, los fantasmas no existen. Me respondió. Y sé que en el fondo me esconde la verdad. Porque esa misma tarde habíamos discutido en la heladería. Le había dicho que era el último año que vendría, que no quería seguir con esta farsa, con esta búsqueda sin sentido. Y entonces, esa figura despierta de nuevo la esperanza, porque los fantasmas no existen, y si no existen, la playa, el faro y mi hermana fueron testigos de algo más, algo que es difícil de explicar.
La abracé. Dejé que llorara sobre mi hombro y le prometí, con las olas rompiendo detrás nuestro, que la seguiría acompañando, que lo haría por siempre. Porque eso hacen los hermanos. Se quieren, se ayudan y nunca dejan que los sueños del otro se derrumben.
Luego, nos alejamos de la playa. Miré hacia atrás y no vi a nadie. Solo el faro, el mar y la playa, todos bajo la sombra de la noche. Me mordí los labios para no llorar.

31 de diciembre de 2017

El hombre de la cabecera

Sentados a la mesa, sin hablar nadie con nadie, con el sonido único de la discordia flotando en el aire. Los cubiertos golpeando los platos, la mandíbulas triturando el alimento, el vaso posándose sobre la mesa. El silencio que no es tal. Y una frase que aún resuena en todos.
Con el gesto adusto, el hombre sentado a la cabecera de la mesa abre nuevamente la boca, esta vez para pedir el pan. Nadie mueve un dedo en aquella dirección. Entonces el hombre, bufando por la bajo, pronuncia el nombre de su hija más grande, que si bien no es la más cercana al pan, es la que considera al nombrarla como la encargada de devolver el orden y la cordura en aquella mesa.
Ella escucha su nombre y levanta la vista. Pero no la posa en el hombre que es su padre, sino en los demás. Algunos entornan los ojos, otros hacen que se ocupan en algo más para no devolverle la mirada. ¿Qué hace? ¿Se levanta, toma el pan y se lo da al hombre sentado a la cabecera? ¿O ignora la orden y desata el tsunami?
Se pone de pie, busca el pan y se lo acerca. Aquí tiene, le dice, una vez que le deja el pan delante del plato. El hombre no agradece, jamás lo hace. Ella vuelve a su lugar, de espaldas al padre. No quiere que nadie le vea la lágrima que desciende sobre la mejilla, pero principalmente, que no la vea él. Se pasa con rapidez el dorso de la mano por el rostro antes de ocupar nuevamente su asiento. Ya está, se dice, ya está. Y a pesar de no tener hambre, se lleva una tajada de fiambre a la boca.
Alguien carraspea. Pareciera que va a decir algo, pero nadie habla. La comida desaparece de a poco de los platos de la misma manera que las bebidas de los vasos. El menor de los varones mueve un poco la silla hacia atrás, como a punto de pararse. La voz del hombre de la cabecera suena clara y fuerte y quiere una respuesta a la pregunta ¿Ya ha acabado de comer?. Quizá el menor de los varones desea ir al baño, o mucho más sensatamente, escapar de aquel lugar, pero el miedo le hace mostrar una sonrisa, asegurar que no y acomodar la silla en su lugar.
Entonces aparece Elvira. La eterna Elvira. Ama de llaves desde que todos tienen noción del tiempo y de sus vidas en aquella enorme casa. Se acerca al hombre en la cabecera. Le susurra algo casi al oído. El hombre abre los ojos y suelta, sorprendido: ¿Ahora?.
Elvira se aleja, el hombre toma una servilleta, se limpia de mala manera la boca y la arroja contra la mesa. Todos dejan de comer. Alguno disimula llevando el vaso a la boca. Se escuchan los pasos de Elvira en la habitación contigua, acercándose otra vez. Pero ahora otro par de pasos, tacón de mujer, replican como un eco por detrás.
La imagen de la eterna Elvira precede a la de una mujer joven, de rasgos sensuales, ropa ajustada, joyas caras en manos y cuello, movimientos lentos y calculados. No mira a ninguno de los sentados a la mesa, tan solo al hombre de la punta, que se pone de pie para recibirla. Le abre los brazos, ante los incrédulos rostros de los demás. La abraza y la besa. Más de uno quiere hablar, pero nadie lo hace. Nadie se atrevería.
Al fin, la mujer se pone de frente a todos, sin ocultar como con su mano derecha estrecha la del hombre y los observa. Su sonrisa perlada, su piel tersa y cuidada, su cabello lacio y largo, son una provocación en esa habitación hostil y asfixiante. Pero el silencio prevalece, como siempre ha sucedido bajo el techo familiar.
Pero no habla, solo muestra sus dientes perfectos. El que habla es él. Les enseña su nombre, su relación y la obligación de tratarla como quién es de ahora en más. ¿Alguna objeción? pregunta, sabiendo que no tendrá oposición. Jamás la ha tenido. Y ante el menor acto de rebeldía, la mejor respuesta era el respeto y vaya que sabía cómo ganarlo. Sus hijos lo sabían muy bien. La vida no era nada sin el respeto. Lo había recordado al comenzar la cena: "Cómo verán, Susana no está a la mesa, porque Susana ya no está con nosotros. Ella no entendía que es el respeto. Ustedes lo saben bien, si quieren seguir siendo mis hijos, me respetan. De la misma manera, la mujer que quiera seguir a mi lado, me respeta".
Nadie elevó una voz de objeción y el hombre se fue con la joven de tacones altos a la habitación. Los demás quedaron mirando sus platos vacíos. Elvira comenzó a retirarlos sin preguntar si alguien deseaba repetir. No era necesario. Tenía los años suficientes en aquella casa para saber que el apetito había desaparecido. Su manera de sobrevivir había sido la sumisión enfermiza, la renuncia a seguir siendo madre, la imposibilidad de decirle "nieto" a cualquiera de los sentados a la mesa.
Ella misma se veía como una pintura desdibujada, una caricatura grotesca. Y al mismo tiempo, cuando no lloraba en los rincones, agradecía poder ver estar cerca de quiénes la desconocían por completo. Quiénes viven en una tormenta interminable, no saben de otra cosa que de sufrimientos. Elvira lo aceptaba. Para ella, confrontar la indiferencia de esos jóvenes era como salir a contemplar un día de sol. Y así sería, en la medida que los años se sucedieran y escaparan, cada uno a su manera, de faltarle el respeto al hombre de la cabecera.


28 de diciembre de 2017

Día de los inocentes

El amanecer sorprendió a Ricardo con los ojos abiertos, la mirada clavada en el techo de la habitación y una sonrisa que le partía el rostro en dos hemisferios. Ni siquiera esperó que sonara el despertador. La fecha era la culpable, nada menos que el día de los inocentes. Apenas si había dormido. Se había pasado toda la noche pensando qué broma gastarle a sus amigos. Cada año trataba de esmerarse un poco más, sorprender a todos.
Ellos estarían esperando que él hiciera alguna de las suyas, estarían a la defensiva, cuidando sus espaldas, por eso es que debía actuar cuando menos se lo esperaban. Y permanecer despierto había sido la manera de encontrar la broma por excelencia. Algo original, único, que jamás olvidarían. Algo que ni la propia Muerte planearía. Épico.
Pero por sobre todas las cosas, debía actuar antes que Mauro. Dentro del grupo, Mauro era otro que se tomaba el día de los inocentes de manera personal. La opinión general era que competían entre sí. En parte, al resto del grupo, le causaba gracia esa competencia. Aunque coincidían también que podía trocar en algo tedioso si no le ponían límites.
Ricardo se aprovisionó de los elementos necesarios. Un frasco con éter, un pasamontañas, la llave del viejo Falcon del abuelo, una pala y un par de frazadas. Todavía estaba a tiempo. Por las calles deambulaban pocas almas. Obreros en su mayoría, que hacían el primer turno en la fábrica. Sus amigos no vivían muy lejos. Dos en una misma cuadra. El otro dos manzanas más al oeste. Mauro, del otro lado de las vías.
Lo bueno de vivir en un pueblo chico era que aún no eran necesarias las rejas que decoraban las casas en ciudades más grandes. Se veían algunas, pero eran escasas. Sus amigos, afortunadamente para sus planes, tenían las ventanas de sus habitaciones desprovistas de cualquier tipo de seguridad. Y con el calor que asolaba al pueblo en los últimos días, además estaban abiertas para aprovechar el fresco de la noche.
Detuvo el motor a distancia prudencial. Sacó una de las frazadas, cargó el éter y un trapo en sus manos y tras colocarse el pasamontañas saltó el cerco de madera, rodeó la casa y sigilosamente se metió en el cuarto de Abel. Dormía despatarrado, con un testículo fuera del calzoncillos. Ricardo hizo un gesto de desagrado y se lanzó con cuidado hacia su amigo. El trapo embebido en éter hizo rápidamente el efecto deseado. Envolvió a Abel en la frazada y lo arrastró hasta el auto. Tuvo que hacer un esfuerzo extra para levantarlo sobre la cerca de madera.
Una vez depositado en el asiento de atrás, tomó la otra frazada y fue dos casas más adelante. Esta vez no había cerco, sino una entrada con una puertita de metal que abrió despacio, porque chirriaba de lo lindo por la falta de anti óxido. Se asomó a la habitación de Pablo y para su felicidad no estaba durmiendo con la novia. Entró en puntas de pie, repitió el procedimiento y volvió hacia el auto arrastrando la frazada. Acomodó a Pablo en el asiento trasero, cerró la puerta, saludó al vendedor de diarios que pasaba adormilado en bicicleta y puso en marcha el Falcon del abuelo.
Quedaban Pedro y Mauro, pero ya no tenía lugar en la parte trasera y el baúl estaba lleno de herramientas. Haría un primer reparto y volvería por los demás.
El cementerio aún no había abierto. Era muy temprano para que lo estuviera. Con suerte el cuidador llegaría a media mañana, siempre y cuando la botella de vino de la noche no hubiese pegado más de lo acostumbrado. Su familia tenía mausoleo y él había hecho una copia de la llave unos meses antes, sin saber entonces con qué necesidad. Estaba pegado al mausoleo de la familia de Mauro. No podía aguantar las ganas de echarse a reír con fuerza. Serían apenas unas horas, pero la pasaría en grande. Cuando sus amigos despertaran, gritarían de horror.
Colocó a Abel y Pablo en un rincón, a menos de un metro del féretro de su bisabuelo. Cerró y fue en busca de Pedro. Mientras manejaba le pareció que a lo lejos, una cuadra y media por detrás, un coche lo seguía. Temió que alguien lo hubiese visto en el cementerio. Quizá el comisario, o el propio cuidador. Dio un par de vueltas para corroborar su teoría, pero se dio cuenta que estaba equivocado. No había nadie tras sus pasos. Envalentonado, tomó rumbo hacia la casa de su amigo.
Se puso el pasamontañas, agarró los elementos que había usado antes y se metió por el pasillo lateral de la casa. La habitación daba al patio. Encontró la ventana abierta y se jactó en silencio de su suerte. Pero al espiar hacia el interior de la habitación, Pedro no estaba en la cama. Las sábanas estaban revueltas, la almohada en el piso y el celular en la mesa de luz. Pero ni noticias de su amigo. Esperó unos minutos, por las dudas que estuviera en el baño. Sin embargo, Pedro no apareció.
Su plan encontraba un primer imprevisto, pero de todas formas, no se desalentó. Iba ahora por Mauro. Cruzó las vías a baja velocidad, para no llamar la atención de los albañiles que trabajaban en una obra donde estaba la vieja estación del ferrocarril. La casa de Mauro era la más sencilla. Los padres ocupaban la planta alta, mientras que su amigo tenía toda la planta baja para él. Su habitación tenía puerta balcón y según decía siempre, le encantaba abrirla de par en par ni bien amanecía, para seguir durmiendo con el aire de la mañana alrededor. Esa imagen, en realidad, era la que había impulsado el plan. Ricardo lo imaginó a merced de cualquier loco y entonces la idea se disparó casi por inercia.
Tal como lo esperaba, la puerta balcón estaba abierta. Y bajo las sábanas, envuelto como un bebé, dormía plácidamente Mauro. Se acercó con sigilo y apretó con fuerza el trapo embebido con éter a la altura de la boca. Forcejeó unos segundos, extrañado por la poca resistencia corporal bajo su mano. Fue cuando vio la abundante y extraña cabellera marrón debajo de las sábanas y de inmediato, desprenderse una parte que cayó al suelo. La cabeza, pensó y dio un salto hacia atrás, asustado. Entonces lo vio. Un peluche de Donkey Kong. Pero no tuvo tiempo para pensar. Una mano se cerró en torno a su boca y el mundo se desvaneció.
Despertó tiritando de frío. Quiso moverse, pero la humedad lo estremeció. El olor a tierra húmeda era penetrante. Abrió los ojos, pero seguía sin ver. La tierra comenzó a entrarle en los ojos y los volvió a cerrar. Tanteó con la mano y comprendió. Quiso gritar, pero la tierra húmeda se metió en la boca. Tosió, mientras un tangible horror se apoderaba de cada milímetro de su cuerpo. Se revolvió con fuerza, pero el intento fue inútil. Estaba aprisionado. Inmovilizado. Enterrado.
Fue cuando empezaron las risas. Muchas risas. Carcajadas por doquier. Y a duras penas, sus lágrimas, iban transformando la tierra en barro. Sintió que alguien estaba quitando el peso que tenía encima. Se imaginó a sus amigos observando la tumba, jugándole la mejor broma de todas, cuando él pensó que la suya sería inolvidable.
De a poco, alguien escarbaba para sacarlo de allí. Sintió una mano tirándolo hacia arriba. Pudo al fin incorporar su cuerpo, toser con fuerza y abrir los ojos, ardidos por el llanto y la tierra. Pudo ver como algunas lombrices se metían dentro de su pantalón. Estaba espantado. Miró alrededor. Buscó con los ojos empañados a Mauro, a Abel, a Pablo, a Pedro. Pero allí no había nadie. Ni siquiera la persona que lo había sacado de la tumba.
Se puso de pie, se quitó la tierra de encima y caminó entre las tumbas viejas de la parte antigua del cementerio. A lo lejos, una multitud se congregaba cerca de la capilla. Parecía estar todo el pueblo. A medida que se acercaba escuchaba llantos, lamentos, algún que otro grito ahogado. Se abrió paso entre la gente hasta llegar al pequeño altar. Uno al lado de otro, cinco ataúdes contenían los jóvenes cuerpos para su último adiós. El suyo estaba en el medio, entre Abel y Mauro. Dio un paso atrás, abrió la boca para gritar y lo hizo, pero su grito no fue escuchado por nadie y nadie ponía atención a su figura sucia, repleta aún de tierra. Solo una figura, al final de la multitud, mostraba interés en él. No podía distinguir sus rasgos, mucho menos su rostro. Pero a pesar de tanta oscuridad concentrada, tenía una certeza: estaba sonriendo.
Incluso pudo escuchar un susurro flotando hasta sus oídos que le decía, con total claridad: Qué la inocencia te valga, Ricardito.


24 de diciembre de 2017

La cicatriz

Desperté sospechosamente consciente en un pasillo de cerámicos blancos salpicados con pequeñas manchas negras. Justo a mi lado había una puerta. El silencio me estremeció, no por incómodo, sino por todo lo contrario. Sin haber estado jamás en aquel lugar, me parecía conocerlo de toda la vida. En ambos extremos del pasillo había una nueva puerta y otras dos de cada lado, a lo largo del mismo. Caminé hacia la derecha, tanteando las paredes, revestidas con un papel viejo dueño de cierto olor a humedad que me llevó mentalmente a otras épocas, cuando de pequeño recorría la vieja casona de una tía a la que visitábamos cada verano.
Escuché un sonido extraño que pronto identifiqué: el del viento atravesando los árboles. Es un sonido que solo puede percibirse en la naturaleza, alejado de las edificaciones de cemento, en sitios abiertos sin paredes que lo aprisionen ¿Pero en aquel pasillo, de dónde provenía?
Me detuve y cerré los ojos. Allí estaba el viento, como una melodía. De pronto cesó. Otra vez el silencio. Y de inmediato, el ruido del picaporte de la puerta más alejada. Me giré a tiempo para ver a un niño salir por ella. La cerró con cuidado, visiblemente asustado. Al verme, quedó inmovilizado. Atiné a acercarme, pero me detuve. Verlo me horrorizó.
Entonces, a mi espalda, la puerta que estaba en el extremo opuesto se abrió. Salió un viejo que apenas podía caminar apoyándose en la pared. Su rostro arrugado delataba su avanzada edad, pero adiviné en aquella amalgama de piel frágil las formas que tantas veces había estudiado en el espejo. Respiré hondo. Aquello no era posible. En ese momento, otras dos puertas se abrieron. Una entre el niño y mi cuerpo y otra antes de llegar al hombre mayor. En la primera, me vi a los veinte años, en la segunda, unos veinte años más viejo de lo que soy ahora. Creo que no lo aclaré, pero el horror al ver al niño fue por la misma razón que me paralicé al ver a los demás. Era también mi persona, en otra edad de mi existencia.
¿Era un sueño? Tenía que serlo.
El niño nos preguntó sin moverse un metro de su puerta, quiénes éramos. Salvo el viejo, que estaba lejos y estaba más preocupado por no caerse que por prestarle atención a los demás, todos sabíamos quién era el niño. Era injusto. El niño no podía imaginarnos en su futuro. Pero nosotros, lo reconocíamos del pasado. Y cada uno de los otros fue atando los mismos cabos que había atado yo segundos antes. Nos contemplábamos pero sin dar un paso hacia ninguna parte. En la fascinación residía también el miedo.
El niño volvió a preguntar. Estuve a punto de hablar, pero me ganó de mano mi versión a los cincuenta años. Su voz, familiar, resultó aplomada. Eligió las palabras cuidadosamente, hasta casi con elegancia. El niño escuchó atentamente, pero podía leer en su cara su falta de entendimiento. Era la misma cara que ponía al escuchar las explicaciones de la maestra de química. Estuve por explicarlo con otras palabras, pero entonces mi versión adolescente se largó a reír. Me dio bronca. Esa falta de respeto y ubicación me habían traído muchos problemas de joven, pero con esfuerzo lo había superado. Y ahora, estaba allí, como un fantasma. No pude contenerme.
- ¿De qué te reís, pelotudo? No ves que con esa edad es difícil que entienda.
El adolescente dio dos pasos hacia mí pero entonces el de cincuenta años intercedió.
- Tranquilos, tranquilos... Seguramente no quiso decirte eso, ya sabes como es nuestro carácter. Con el tiempo lo irán gobernando. Tranquilos.
Pareció calmarse. Yo también. La bronca remitió y le sonreí. No hay nada peor que enojarse con uno mismo. Entonces si, abrí de nuevo la boca, pero para explicarle al niño quiénes éramos. Me miró con desconfianza, como si aún estuviera fresco el consejo de mamá, de no confiar en los extraños.
Fue otra vez el de cincuenta años el que enderezó el rumbo.
- A ver, todos, mostremos la planta del pie. Vamos, sáquense los zapatos, las zapatillas. El corte lo tenemos desde los cinco años, de cuando fuimos por primera vez a la costa. Supongo que ninguno ha olvidado el susto.
- ¿Qué susto? - preguntó el viejo.
Los demás, que nos mordimos el labio al escuchar la voz apagada del hombre más alejado, mostramos la planta del pie. Allí estaba, la vieja cicatriz.
- Esto fue hace poco - dijo el niño.
Pero para ninguno era reciente. Si bien así lo parecía, con la imagen grabada a fuego de la sangre manchando la arena, nuestra memoria había puesto mucha distancia entre aquel nefasto momento y el presente. El presente, claro, de cada uno. El joven, sin lugar a dudas, no tendría mis últimos quince años de recuerdos, como yo no tenía los recuerdos que tenía el de cincuenta y mucho menos, del anciano. El viejo, cuyas piernas temblaban por el peso de la bolsa de huesos que cargaba, sin embargo, ya no atesoraba ningún recuerdo, casi como una cruel paradoja. Al levantar la vista, no nos reconocía, y avergonzado de su estado, volvía a desviarla hacia alguna de las paredes, escondiendo el rostro de su curtida vida.
La herida que todos poseíamos fue suficiente para que el pequeño comprendiera. Sin embargo, ninguno se movió de su lugar. Solo el viejo avanzaba y retrocedía, como buscando una puerta que no existía. De vez en cuando se detenía y volvía a mirarnos. Al desconocernos, volvía a su trajín de querer escapar de aquel pasillo.
Parecía estar atrapado en ese ida y vuelta, sin poder retornar a la puerta por la que había salido. Nosotros, al mirarnos, estábamos atrapados en otro laberinto: ninguno podía volver a ser la persona que nos precedía en aquel pasillo.
El joven dijo que afortunadamente, no quería ser otra vez el niño, pero que le daba curiosidad mi edad. El de cincuenta años daría cualquier cosa por ser cualquiera de los tres que le precedían. Y yo, sinceramente, añoraba de la misma forma el pasado. El viejo no opinaba, perdido en esa extraña búsqueda, en esa tensa espera que no llevaba a ningún lugar.
Hablamos todos, salvo el viejo y el niño, que sin necesidad de desearlo, sería todos los demás.
- ¿Qué me espera? - le pregunté al de cincuenta, pero el hombre guardó silencio.Tuve ganas de maldecirlo por eso, pero entonces el adolescente me hizo una preguntar similar y también quedé en silencio. ¿Qué sentido tenía advertirle de las mujeres de las que me enamoraría, de los trabajos que tendría, de las cosas de las que me arrepentía? ¿Acaso no tenía derecho él de experimentarlas?
El joven, en cambio, le dijo al niño: No te copies en Física de tercero, porque te van a descubrir y te van a hacer perder el año.
Me sorprendí. No recordaba haber repetido tercero. ¿Era posible que esa frase del joven hubiese modificado mis recuerdos?
Entonces en voz alta le dije al joven: No lleves a Julia a su casa en la despedida de Cacho a España.
Inmediatamente miré al de cincuenta años. ¿Recuerdas a Julia? le pregunté.
Negó con la cabeza, contrariado. Incluso en mi mente la palabra Julia comenzó a desdibujarse.
- Esto... esto es peligroso - dijo el hombre de cincuenta.
Nos miramos, alternando los rostros, como si estuviéramos delante de espejos mágicos. Todos, salvo el viejo. Ahora el anciano, lejos de seguir nuestra conversación, miraba su puerta, como ensimismado. Giró lentamente y esta vez no escondió su rostro luego de mirarnos. Lentamente, movió sus labios.
- El baúl... el viejo baúl...
Todos sonreímos. El viejo baúl era el primer recuerdo, había estado siempre al lado de nuestra cama en la infancia, luego se convirtió en el sitio predilecto para guardar lo que no quisiéramos que nuestros padres encontraran y finalmente, en un adorno elegante de la casa, que con orgullo mostrábamos a todo visitante. El baúl, el legado de nuestro padre, rescatado según sus palabras, de la vieja casa del abuelo...
- El baúl - continuó dolorosamente el viejo - tiene un doble fondo. Allí... allí está nuestra partida de nacimiento. Ellos nos... - su voz se quiebra, la fragilidad se vuelve lágrima - mintieron. En el baúl hay una foto de una mujer y un hombre que se abrazan delante de un pelotón de fusilamiento. En esa imagen vieja están nuestros padres. Puta madre... ¿cómo salgo de este lugar?
El viejo abrió la puerta y desapareció. Nosotros quedamos en el pasillo, atrapados por siempre en esa revelación. Al abrirse nuestras puertas y salir, ya no éramos los mismos. El tiempo nos había jugado una mala pasada.

30 de noviembre de 2017

De cero

Cuando volvió del extranjero lo hizo con la esperanza de empezar de cero. Por esa razón no retornó a su ciudad, ni buscó empleo de la profesión que había estudiado en su juventud. Ni siquiera se tomó el trabajo de avisar a sus viejos amigos. De cero, tenía que ser de cero.
Se le había pegado cierto acento francés, así que lo aprovechó. Reformó su nombre de manera tal que, más allá de lo que indicara el documento de identidad, en la pronunciación sonaba mucho más musical. Hizo nuevos amigos, eligió nuevas modas, se sumó a otras banderas.
Antes bebía cerveza, ahora vinos caros. Antes le gustaba el fútbol, ahora el polo. Lo que le caía mal, ahora le caía bien. Y a la inversa, disfrutaba de aquellas cosas que en el pasado odiaba.
Cuando un viejo recuerdo parecía asomar, lo sometía al olvido. Se imponía el presente. Esa forma de ser, viviendo siempre el hoy, lograba que sus personas cercanas lo amaran.
Siempre había sido una persona ahorrativa. En su nueva vida, el ahorro era visto como un error. Era habitual entonces que pagara las bebidas de todos, que invitara al cine, que comprara lo que salía al mercado por el solo hecho de tenerlo. El dinero volaba de sus manos, mucho más rápido de lo que llegaba.
El carisma que brillaba en él hizo que sus amigos lo presentaran a otros amigos, y estos amigos, a otros. Uno en particular vio en él una gema por pulir, la imagen perfecta. Y charlas de por medio, con salidas en yate por el río y varias botellas de champán, lo convencieron de ser un candidato político.
¿Qué sabía de política? Nada, pero eso era lo mejor según este amigo: no era necesario saber para ser político. En su caso, cubría todas las cualidades que estaban buscando.
Su rostro empapeló al poco tiempo las paredes de la ciudad. Su nombre, con tinte francés, se convirtió en modernos jingles de radio. La televisión le permitió hacerse conocido y las redes sociales viralizaron su sonrisa.
Hasta ese mediodía, en el que aún dormido de tanto trasnochar, se dirigió a la puerta de su selecto departamento. El timbre había sonado una vez y lo había dejado estar. Pero un segundo llamado lo desveló. Al tercer timbrazo, se puso en movimiento. Mientras caminaba, revisaba su celular. Ningún mensaje daba aviso de una visita.
Miró la mirilla y sintió que el tiempo lo succionaba. La imagen estaba distorsionada, pero los rasgos eran inconfundibles. Del otro lado, estaba el pasado. Volvió a mirar, no sin antes pellizcarse. No, no estaba soñando. Allí estaba su madre, y su padre, sus cuatro hermanos, su esposa, sus dos hijas, su primera novia, su amigo del alma, los amigos de la secundaria, sus tíos, sus primos...
Después de tanto andar para olvidar, para empezar de cero, el pasado lo había encontrado. Se observó colgado en la pared, de traje, sonrisa canchera y su nombre sobre impuesto en letras enormes. Ser ese afiche era lo más deseaba en el mundo.
Pero no lo era. Siempre sería el llamado a la puerta. Miró hacia la ventana. ¿Saltar sería empezar de nuevo? ¿Sería un comienzo de cero? Dudó. No lo creía.
Suspiró. Volver a probar una cerveza no le parecía una mala idea. Lo demás llegaría a colación. Apretó el picaporte, giró la llave y abrió la puerta.