Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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21 de julio de 2014

El pistolero

La pistola más rápida del oeste. No del mentado far west, sino del oeste de su pueblo, en el barrio La Cacerola. Lugar pobre si los hay, donde comida es una palabra fuerte, que hace ruido en el estómago de solo nombrarla. Pero, a pesar de ello, refugio de trabajadores.
Y él, el Pirigundín, de tan solo siete años, solía pasearse en patas y vestido solo con un pantaloncito corto que le quedaba grande, por las arterias de tierra y barrio de aquel paraje olvidado, y por qué no, evitado. Con sus manos sucias, de uñas negras, sujetaba firmemente una gomera, al tiempo que de reojo miraba las ramas de los árboles, esperando que se posara el desprevenido pájaro que caería fulminado por obra y gracia de su puntería.
Caminaba lentamente, con la mano izquierda haciéndose visera, como si supiera que en otras partes del planeta, cazadores experimentados respiraban la misma tensión aguardando por presas más grandes y peligrosas. Aunque, de haberlo sabido, poca importancia le hubiera dado. No era el prestigio ni las ansias de aventura lo que estaba en juego en su mundo, sino el equilibrio natural de la vida. Es decir, comer para vivir.
Adela, su mamá, salía cada mañana a limpiar casas a la ciudad. Volvía tarde, maltrecha y con apenas unos pesos. Hasta el transporte se le hacía cada día más difícil de pagar. Pero allá iba Adela, en busca del pan para su hijo. El único vivo, porque a los otros, a los que el Pirigundín no llegó a conocer, se los llevó el río, en aquella crecida de la década anterior, donde su madre casi se vuelve loca.
Muchas noches llegaba llorando, porque no le habían pagado o algún vivo de otro barrio - cosa que sucedía cuando se reservaba la plata del transporte  y volvía a pie - le sacaba el dinero a cambio de dejarla seguir su camino. Esas noches las tripas rugían ferozmente, casi salvajes.
Desde que tenía uso de la razón, la gomera era parte de sus manos. Fue el Alberto, el vecino que durante un tiempo frecuentaba a su mamá, hasta que le salió un trabajo en el norte y ya no volvió más, el que le enseñó a usarla.
Lo había hecho practicar con latas vacías y botellas. No tardó demasiado en tomarle el tiempo a la pequeña "y griega", como le decía Alberto a aquel instrumento. Pirigundín no sabía a que se refería cuando la llamaba así, pero poco cambiaba el hecho de ser ahora un "pistolero", otro término de su vecino, pero que en este caso si tenía una mayor dimensión en su cabeza.
A los cuatro años, el niño era un eximio tirador. Podía darle a cualquier cosa que estuviera a menos de cincuenta metros. Pero lo que más llamaba la atención, era la velocidad con la que podía armar la gomera con la piedra y soltarla en la dirección correcta.
Alberto ni siquiera era en el presente un recuerdo, su imagen había quedado atrás por otras premisas, como la de comer. Y esa mañana, en la que caminaba en patas vestido tan solo con un pantalón corto, no era diferente a cualquier otra. Pirigundín avanzaba lentamente hacia un sauce, donde había visto la sombra de un hornero moverse entre las ramas. Podía distinguir las sombras de las hojas, las hojas de las ramas y desentramar aquella maraña visual en tan solo un segundo.
Intentaba pisar con cuidado, evitando hasta el mínimo sonido, sabiendo que esos bichos alados podían escuchar lo que incluso, uno no escuchaba. Iba con sigilo, cuando los gritos lo alertaron a su espalda y vio, apesadumbrado, como el hornero escapaba a puro vuelo por encima del árbol.
- ¡Piri! ¡Piri!
Giró sobre sus talones, con el rostro ensombrecido por la bronca. Vio a Jacinto, el almacenero, corriendo a su encuentro. El mismo que no le fía ni los caramelos, porque sabe que nunca va a tener una moneda en el bolsillo. Y venía a los santos pedos, espantándole el pájaro del árbol.
- Tú mamá Piri... es terrible, mijo, justo una redrada, en la villa vecina, ella iba caminando y parece que la policía creyó que... y... ¿Piri? ¿Estás bien? ¿Dónde vas? ¿Entendés que tú mamá...?
Pirigundín sujetó con fuerza la gomera y se alejó lentamente. Jacinto le hablaba, pero era tiempo pasado. El estómago gruñía. Volvió a preguntarle si entendía. ¿Acaso era tonto? Hambriento si, pero estúpido no.
Apenas volvió su rostro sobre el hombro, lo justo para observar al almacenero, de cuya angustia desconfiaba.
- Claro que entiendo - le dijo - Si el pistolero no hace bien su trabajo de aquí en más, se muere de hambre.
Y allá salió la pistola más rápida del oeste, de ese confín llamado La Cacerola, en busca de su salvación, gomera en mano, la vista al frente y el dolor bien escondido, para que no lo muerda, para que no lo espante, para que nadie pueda aprovecharse. Sobre un cable del tendido eléctrico le pareció ver algunas palomas. Eran sabrosas a las brasas. Se relamió y tensó su arma.

18 de julio de 2014

El viejo de las palomas

Sentado en un banco de la plaza, rodeado de unas pocas palomas, un saco de lana cubriendo la camisa abotonada hasta el cuello, pantalones con broches para la ropa aún colocados que delataban la propiedad de la bicicleta  apoyada en un sauce, un par de metros a la derecha. El viejo estaba en su lugar, como cada mañana. Su mirada vagaba entre el suelo y las hojas secas que se llevaba el viento.
La bolsa del supermercado descansaba a un costado de su pierna. Dentro tenía un poco de pan, para tirarle migas a las palomas. Pero a diferencia de otras mañanas, no las alimentó. Sus alados compañeros merodeaban esperando el momento en que comenzara a llover comida, aunque sin mostrar impaciencia. Picoteaban aquí y allá, levantando la cabeza de tanto en tanto, como si realmente estuvieran esperando algo.
Su imagen era habitual a los transeúntes. El viejo de las palomas. Los que tenían negocio en la vereda de enfrente se sabían de memoria la rutina. Llegaba siempre puntual, a las nueve, montado en su bicicleta. Traía consigo una bolsa de supermercado en la que guardaba el pan. Hacía miguitas con los dedos y se entretenía arrojándolas a las palomas. Se quedaba hasta el mediodía y en el preciso momento en que las campanas de la iglesia hacían retumbar el aire con su inconfundible melodía, se ponía de pie y se marchaba.
Devolvía todos los saludos, aunque no dialogaba con nadie. Si alguien quería entablar una conversación, se hacía el desentendido mirando hacia otra parte. Muchos, por ese motivo, le tenían antipatía. Se lo veía venir por el sur, pero se marchaba hacia el norte. Nadie lo siguió jamás, ni tampoco, nadie se lo propuso. ¿Qué sentido tendría? Era el anciano anónimo que se pasaba las mañanas en soledad, con la única compañía de esas aves consideradas por una buena porción de la comunidad como una plaga. Era probable que no tuviera familia, ni amigos.
Pero esa mañana, se lo notaba extraño. Había pasado hora y media de su llegada y aún no había tocado el pan. La mirada parecía extraviada, como si no supiera donde estaba. Intentó ponerse de pie un par de veces, pero de inmediato volvió a sentarse. El farmacéutico y la camarera de un bar, que observaban por la ventana, salieron a la vereda y al notar que prestaban atención a lo mismo, cruzaron una mirada. Sin embargo, volvieron a meterse en sus locales.
De repente, de forma apresurada, el viejo tomó la bolsa, se puso de pie y salió caminando. Las palomas se dispersaron a su paso, temiendo ser atropelladas. Miraba continuamente hacia arriba, hacia las copas de los árboles que ornamentaban la plaza.
La dueña de la tienda de ropa de la esquina, que también estaba mirando hacia afuera, creyó que el hombre se estaba olvidando la bicicleta. Estaba por salir para avisarle, pero entró una clienta y se olvidó del asunto. En tanto, el viejo llegó al cordón de la vereda, ya preparado para cruzar la calle. Hacía gestos con los brazos, como si quisiera espantar a alguien.
La camarera volvió a asomarse. Escuchó claramente que hablaba en voz alta.
- ¡Ya vienen! ¡Ya vienen!
Ella miró hacia todas partes y sintió una opresión en el pecho. No de dolor, sino de lástima. Pobre hombre, pensó. Era quién más cerca estaba, así que decidió ir en dirección al anciano, para tratar de calmarlo.
El viejo, al verla caminar hacia él, retrocedió sin quitarle la mirada. Tenía sus brazos hacia delante y decía lo mismo una y otra vez.
- No, no, no.
La chica se detuvo al llegar a la plaza. El viento se puso raro, primero frío y luego, ruidoso. ¿El viento ruidoso? Miró hacia arriba. Las copas de los árboles se agitaban ferozmente. Volvió a enfocarse en el hombre, pero éste había llegado a su bicicleta y se trataba de montar. La bolsa de supermercado había quedado a mitad de camino.
¿Qué está haciendo? se preguntó la camarera, que al dar un paso se tuvo que atajar el rostro instintivamente, ante la estampida de palomas huyendo del lugar.
- ¡Qué fue eso! - aulló con bronca, porque una de las aves había arañado uno de sus brazos.
Entonces, el viento se convirtió en torbellino y las copas de los árboles se abrieron de par en par, dejando un claro. Pero en lugar de quedar a la vista el cielo y sus nubes, apareció un monstruoso objeto plateado. La chica ahogó un grito. Aquella cosa tenía un ojo gigante en el centro y parecía moverse.
El viejo también lo vio, pero el semblante no fue de horror, sino de resignación. Trató de pedalear, pero sabía que era tarde.
El ojo lo vio y de una compuerta que se abrió, salió un brazo mecánico que le dio alcance en menos de un segundo. Lo tomó por la cintura, lo elevó en el aire (la bicicleta siguió rodando sola unos cinco o seis metros más, para luego desplomarse hacia un lado) y se retrajo, desapareciendo la garra extensible y el viejo dentro de aquel objeto gigantesco que se había posado sobre la plaza del pueblo.
Luego, casi en un abrir y cerrar de ojos, aquella cosa desapareció. Cesó el viento, como el sonido que provocaba, las copas de los árboles volvieron a su posición de siempre y solo quedó en la plaza una bolsa de supermercado tirada a unos metros de la camarera y mucho más lejos, una bicicleta en el suelo.
Se había llevado las manos a la boca, pero no recordaba cuando. Quizá había sido un reflejo para dejar de gritar. Se volvió hacia la cuadra de enfrente, deseando que estuvieran todos en la vereda y le confirmaran lo que había visto. Pero allí no había nadie.
Solo las palomas volvieron, pasando muy cerca de ella, que una vez más se cubrió. Por alguna razón las había odiado siempre, desde que era pequeña. Y desde ese momento, las odiaría con más fuerza. Habían bajado alrededor de la bolsa y a picotazos la habían destruido en busca del pan que contenía en su interior.
Un frió bajó por su espalda. Sintió una arcada, luego otra y al final, no pudo contener el torrente. Cayó de rodillas al suelo. Había vomitado pan. Solo pan. Las palomas, que observaron lo sucedido, saltaron sobre ella.
Cuando despertó, el farmacéutico estaba a su lado.
- ¿Qué ha pasado, Lucrecia? ¿Cómo es que te desmayaste?
Ella no contestó. Estaba confundida. Vio sangre en sus manos. El farmacéutico notó la desesperación y se apuró en calmarla.
- No te asustes, una de las palomas quiso probar suerte en tu mejilla, pero no ha pasado nada. Justo salía a ver al viejo y te he visto caída. ¿Por cierto, los has visto? Se ha dejado tirada la bicicleta.
Lucrecia guardó silencio. Al ver una paloma de cerca, sintió repulsión.  Aquel ojo que había visto en el cielo era similar al de una paloma. Casi viene otra arcada, pero la reprimió.
- ¿Estás bien? Eh... Lucrecia ¿Dónde vas?
Era la voz del farmacéutico, pero ya no la distinguía. Se había puesto de pie y caminado a tropezones hasta la bolsa. Allí tironeó con las palomas, hasta que se quedó con el premio mayor. Luego siguió unos metros más, levantó la bicicleta y se fue pedaleando. Desde otra galaxia alguien la llamaba por su nombre, a los gritos. Solo tenía por delante la calle, el deseo de escapar y la seguridad, que en alguna parte, encontraría una plaza tranquila para alimentar a las palomas.

15 de julio de 2014

Teatros temporales

La discusión fue porque ya había comprado ropa la semana anterior. Por ese motivo, cuando me propuso entrar a la tienda, le dije que no. Me planté en la puerta y le advertí que no la acompañaría. No le prohibí que entrara, solo le manifesté mi posición de no hacerlo. Ella se ofendió, por supuesto, y cruzó la puerta sola.
Decidí sentarme en el cordón de la vereda, haciendo tiempo hasta que ella saliera. Lo haría con varios bolsos y prendas innecesarias, me lo imaginaba. Tenía una compulsión por adquirir nuevos moradores para su gigantesco guardarropa. La excusa de "no tengo que ponerme" era tan inverosímil como la cantidad de veces que la decía por semana.
Sencillamente, no pude con mi genio. Masticando bronca, busqué la calma mirando los coches pasar. No es un ejercicio muy relajante, menos cuando pasan velozmente y haciendo mucho ruido, pero era mejor que nada. O que imaginar en mi cabeza una pelea posterior, que era probable, si no controlaba mi temperamento, sucedería a la brevedad.
Supuse que estaría esperando media hora. Sin embargo, habían pasado cuarenta y cinco minutos y no había señales de ella. Me acerqué lentamente hasta la puerta. No iba a entrar. Hacerlo implicaba romper mi palabra. Si era lo que ella pretendía demorándose más de la cuenta, no lo iba a lograr. No había nacido ayer, no señor.
Traté de divisarla entre las clientas que iban de un lado a otro, la mayoría con una percha en la mano, y alguna que otra vestimenta colgando. Pero no la identifiqué. Observé atentamente los cambiadores, creyendo que podría estar allí. Pero tampoco tuve fortuna en la misión.
Me decidí a llamarla. Busqué el teléfono en el pantalón, sintiendo que estaba volviendo a enojar. Si estaba demorando adrede, estaba logrando su propósito. Busqué su nombre entre los contactos y marqué. Sonó una vez, dos veces, tres veces...
- ¿Dónde estás?
No fui yo el que pregunté. Fue ella, con una voz chillona, como cuando se volvía histérica porque algo no le salía bien.
- ¿Dónde estás vos? - retruqué, cada vez más enojado.
- ¡Mirá, si te cansaste de esperar y te fuiste, para después hacerme una escena, no lo voy a tolerar Roberto, porque ya somos grandes y si a mí se me canta comprar ropa, compro ropa, así que es hora que lo vayas entendiendo Roberto...!
- Pará loca, que me gritás, hace casi una hora que estoy como un boludo esperando acá afuera.
- No me mientas, hace treinta minutos al menos que salí. Te busqué por toda la cuadra. Hasta me crucé al bar ese de mala muerte que está del otro lado de la avenida.
Miré para el otro lado de la calle. El bar estaba atestado de gente en las mesas de la vereda, pero no la veía a ella. ¿Podía ser que pasara a mí lado y no la viera?
- ¿Todavía estás ahí? Porque estoy delante de la puerta de la tienda, mirando hacia el bar y no te veo.
- ¿Te pensás que te iba a seguir el jueguito? Claro que no estoy ahí. Estoy en un taxi, volviendo a casa.
- Te juro Malena que estuve acá afuera todo el tiempo, sentado en el cordón de la vereda. ¿No me viste cuando cruzaste la calle?
- No me vengas con boludeces Roberto, no soy una ingenua.
- Ya mismo voy para casa y hablamos ahí. Me estoy quedando sin créd...
El crédito se agotó. Era sabido. En cada pelea con ella, o se me acababa la batería o me quedaba sin crédito. Lancé una puteada de todos colores y dos mujeres que salían de la tienda cargadas de bolsas, me miraron con desaprobación. Mentalmente las mandé a la mierda.
Fui a casa caminando. Llegué veinte minutos después. No había nadie. Incluso estaba todo como cuando salimos. Busqué el teléfono fijo y marqué su número.
- ¿Querés que me enoje en serio? ¿Eso querés? - le dije levantando la voz.
- La que se voy a enojar soy yo. Cuando vas a...
- Cuando voy a qué, estoy en casa y vos no estás. Me hiciste venir para nada. Dónde estás, porque...
- Roberto...
- No, pará, dejame hablar a mí. Porque ya bastante tuviste por hoy. Decidiste comprar ropa, te fuiste del lugar dejándome ahí...
- Roberto...
- Paaaaará, paaaará Malena. No me vas a callar tan fácilmente, yo sabía cuando empezamos a discutir que esto terminaba mal, pero vos no, vos dale que va, que viva la pepa, que hago lo que se me antoje, que...
- ¡Roberto! ¡Escuchame carajo!
Me llamé al silencio, impresionado por su exhorto.
- Estoy mirando la pantalla del celular, Roberto. Me estás llamando desde el fijo de casa.
- Y si, de dónde querés que te llame. Me quedé sin crédito, llegué a casa, no estabas y te estoy llamando desde el fijo. Mañana compro una tarjeta y recargo, pero no tenía sentido comprar una en el camino, si en teoría vos ibas a estar acá. ¿Dónde carajo estás, Malena?
- En casa Roberto. Estoy parada en el living, al lado del teléfono fijo.
Me quedé tieso. Observé a mi alrededor de reojo, temiendo moverme.
- Malena, no me jodas.
- Roberto - su voz temblaba - te juro que estoy al lado del teléfono.
- Pero, entonces....
No pude articular ninguna palabra más. Colgué, resignado. Uno de los dos ya no estaba en este mundo. Uno de los dos, había cruzado la línea. Eso sucedía a menudo, cuando había un conflicto, desde no hacía muchas décadas. Al fin las fuerzas divinas que nos metieron en esta representación gigante, tomaron las riendas del asunto. Y cansados de nuestras peleas, comenzaron a evitar que las personas en confrontamientos se siguieran viendo. Entonces, como le ha sucedido a millones, nos colocaron en escenarios diferentes.
Universos paralelos le decían antes. Teatros temporales, le dicen ahora. Siempre lo habíamos temido, pero nunca creímos que nos fuera a tocar nosotros. La humanidad ha cambiado. Algunos dicen que para bien. La verdad que no lo sé. Miro alrededor y me cuesta imaginar una vida sin ella. A pesar de las discusiones, de los conflictos, de su histeria. Supongo que ella, en su nueva realidad, está derramando alguna lágrima. En el caos, el amor es el único lazo, más allá que por momentos, pareciese que no.

12 de julio de 2014

Hojas secas, flores hermosas

Omarcito comenzó a pasar casa por casa a muy corta edad. Algunos dicen que a los seis años, otros a los siete e incluso no falta el que aventure que antes.
Sencillo para vestir, sin compañía alguna más que la del perro callejero de turno, de esos que siempre están dando vueltas por las calles, Omarcito golpeaba despacito cada puerta, con un ritual que todos recuerdan: cinco golpecitos rápidos y dos lentos, bien pausados. El sonido se convirtió, con el tiempo, en su carta de presentación.
En otoño e invierno, llevaba en sus bolsillos hojas secas rescatadas de las veredas, en primavera y verano, hermosas flores robadas de los jardines del barrio. Pero se trataba de Omarcito, el pequeño de cachetes gordos y pecosos, de mirada cálida y ojos claros, ese gurrumín al que todos conocían, pero del que nadie sabía nada.
Por las tardes, después de la siesta, se lo solía ver caminando con su sonrisa habitual y esos bolsillos abultados. Se detenía en cada casa y golpeaba la puerta. Guiñaba un ojo si veía a alguien asomarse detrás de la cortina y era inevitable salir a recibirlo.
Y a cada persona que le abría la puerta, Omarcito le tendía una hoja seca o una flor hermosa. La gente, enternecida, le daba una moneda a cambio y algún que otro más pudiente, un billete. El niño agradecía con una reverencia y sin mediar palabra, guardaba el dinero en el bolsillo trasero de su pantalón y seguía su peregrinar, silbando una melodía por lo bajo, cuyo sonido todos han olvidado.
Durante años, Omarcito fue nuestro visitante diario. Con sol, con viento, frío o lluvia, él siempre llegaba al barrio. Se lo vio por última vez cuando orillaba los doce años, según los cálculos que se hacían en conversaciones de esquina, entre hombres y mujeres que iban y venían del mercado.
Algunos, con los años, aseguraban haberlo visto en otros barrios de la ciudad, vendiendo diarios o haciendo changas. Decían, esas personas, que lo reconocían fácilmente por la sonrisa, sus pecas y los ojos claros. Siempre creí que se equivocaban, que Omarcito seguía siendo un niño y caminaba otros barrios, si, pero llevando como siempre, hojas secas en otoño, flores hermosas, en primavera.
No volví a verlo, hasta hace unos días. En realidad, no supe que era él hasta que descorrí la tela blanca que cubría su cuerpo. Allí estaba su rostro, ya crecido, pero con esos rasgos que durante tanto tiempo habían comprado nuestra simpatía. Estaba solo en la morgue y miré hacia todas partes, pensando que aquello era una broma. No podía ser Omarcito, no podía ser él. Su cuerpo estaba pálido y nada quedaba de la luz que parecía desprenderse en su andar.
Miré la mesa contigua y observé la caja, donde sabía, iba a encontrar sus prendas. No dudé ni un instante. Tenía que confirmar que era él. Con nerviosismo hurgué en busca de sus pantalones y mis manos, al encontrarlos, se movieron automáticamente hacia sus bolsillos. Cerré los ojos al sentir entre mis dedos las hojas secas, que parecieron desgranarse con el contacto. En los bolsillos traseros había monedas y billetes. Un gélido invierno recorrió mi cuerpo, estremeciéndome el corazón. De repente escuché cinco golpecitos seguidos de dos más, con una pausa intermedia.
Me quedé de una sola pieza, asustado. Supe que si giraba, vería a Omarcito sentado en la mesa de la morgue. Lo hice, giré a pesar del miedo. Sin embargo, no había allí más que un cuerpo de un joven cuya identidad nadie conocía, ya sin vida. Seguía acostado, semicubierto con una tela blanca.
Suspiré en el silencio de aquel lugar, siempre lúgubre y final. Más allá del pánico, me había aferrado a una esperanza. Hubiera besado aquel milagro. Pero no hubo nada. Dejé los pantalones donde estaban. Y preparé el cuerpo.
Antes de irme, volví a la caja, tomé una hoja seca a cambio de un billete de los grandes. Existen ritos que no deberían acabar nunca. Los Omarcitos de la vida, deberían ser inmortales. Al menos, para recordarnos que nosotros lo somos.

9 de julio de 2014

Círculo de hielo, círculo de fuego

Primero fue un reflejo en el horizonte, una especie de luz mágica que se acrecentaba, proveniente quizá de los cielos. Para ellos, que danzaban en la costa, era la señal de algo divino, porque otra explicación no encontraban. De todas formas, entre la arena debajo de sus pies y aquel indicio de algo diferente, había un abismo de aguas para nada calmas, que se agolpaban en olas, sacudiendo la paz.
Un sonido potente y rítmico se desprendía desde las colinas, donde los jóvenes que aún no podían bajar a la playa, golpeaban enormes tambores como les habían enseñado desde que tenían memoria. El fuego, con una hoguera aquí, otra allá, se alzaba majestuoso hacia las estrellas, en un baile ritual cambiante, con vida propia.
La noche era perfecta. El círculo blanco de hielo brillaba imponente en lo alto. La brisa atraía olores propios de la selva, que ajena a todo le daba la espalda al delirio general.
Aquello siguió creciendo. Fue una mancha, una silueta y luego, una estructura extraña, enorme, repleta de misterio. Se fue acercando sin miedo sobre la bravia figura del mar, tan irritado que parecía devorarse la costa con feroces zarpazos de agua salada.
De un momento a otro, se convirtió en un imponente monstruo de fisonomía perfecta. La danza, que pretendía atraer a un dios, se transformó en una inquietante tensión. Los bombos dejaron de sonar. Los más sabios abandonaron las plegarias: aquel gigante estaba casi sobre la costa.
Pero no solo estaba allí, detenía su andar. Sino que abría sus fauces delanteras y de su interior, merced a una parte que se apoyó sobre la arena, surgió un rugido de otro mundo, un grito ronco, una especie de tos demoníaca. Y tras el ruido, que erizó la piel de quienes formaban parte del ritual bajo el mando oscuro de la noche, aparecieron veloces unos artefactos que rodaron sobre la playa, en dirección a ellos. Esas cosas, que jamás habían visto, iban montadas por seres de piel negra y cabeza protegida por una esfera sobre la que la luna reflejaba su luz.
El rugido provenía de esas extrañas maquinarias, que de pronto los rodearon haciendo círculos alrededor de ellos. Los que estaban en las colinas, dudaron entre correr hacia el boscoso paisaje a sus espaldas o descender hasta la playa, para ayudar a los suyos.
Entonces, comenzó todo. Si eran dioses, no venían a traer nada bueno. Se arrojaron al ataque, impiadosos, con unas especies de estacas que disparaban un objeto sólido que a una velocidad imposible de distinguir, surcaban el aire en busca de algo en que impactar.
Dispararon cientos de esas armas, que además de encender un fuego fugaz en su extremo, emitían repetidos sonidos que laceraban los oídos. Lo hicieron durante un breve lapso, el suficiente para acallar las estacas y permitir que el silencio se adueñara del lugar.
Con seguridad esperaban haber arrasado con todo. Pero ellos seguían allí. Ninguno había caído. Eso que salía de ese armamento desconocido no les había hecho daño. Se miraron entre si, apretaron los dientes y sacaron a relucir los colmillos. La danza ahora sería otra.
Esos foráneos no sabían que habían despertado. Hasta los jóvenes que estaban en las colinas, al sentir el llamado de la sangre, corrieron cuesta abajo. Primero fueron los hombres de piel negra, que en realidad, al clavar los colmillos buscando la carne, descubrieron que tan solo era una cobertura. Debajo, había piel blanda y mucho líquido. Luego fueron por el monstruo gigante y devoraron todo a su paso en su interior.
El amanecer los encontró con la panza llena, tirados en la arena, observando el majestuoso círculo de fuego subir al cielo. El monstruo estaba muerto. Era solo un objeto más en el paisaje.
Un tambor empezó a sonar a lo lejos. De a uno comenzaron a ponerse de pie. La playa era un cementerio de huesos y extrañas máquinas. Llevaría un tiempo arrojar todo al mar, como agradecimiento a los dioses. De vez en cuando regalaban festines como el de la noche anterior. Otros tambores se fueron sumando. Pronto el sonido rítmico se apoderó de sus cuerpos y comenzaron a danzar.
La vida bajo los dos círculos era un continuo momento sin fin.

6 de julio de 2014

La bufanda

La vio por primera vez en la feria de Oroño al fondo, lindante al río, en un puesto que ofrecía ropa usada a muy buen precio. Su intención era revolver hasta dar con una camisa decente, aunque las prendas con las que se cruzaba no eran precisamente de dicha índole. Sin embargo, luego de hurgar un par de minutos en aquel cubo de madera repleto, sus manos rescataron de la ensalada de telas una  bufanda que lo deslumbró desde ese primer momento.
No supo precisar entonces si lo que había subyugado su atención había sido el estampado de dibujos tribales, el color suave y cálido que predominaba  o esos flecos enormes en los extremos, que parecían tener vida propia. Lo que supo con certeza, era que esa bufanda debía irse con él, aunque de todos modos, estuvo como petrificado largos minutos contemplándola, extendida cuál largos sus brazos. El convencimiento, para entonces, era total. Era la bufanda para él.
Preguntó el precio a la joven que atendía el puesto, pero para su sorpresa, no se la quisieron cobrar. Insistió y a pesar de la risueña empleada, empecinada en sonreír, dejó unos billetes sobre el tablón de madera que servía de mostrador.
Se fue contento y ese sentir representaba todo un logro, porque estaba pasando por un difícil momento personal. Si bien su vida había sido siempre proclive a ir cuesta abajo, le parecía ahora un verdadero tobogán.
Las siguientes horas serían un ejemplo, con una fatalidad tras otra. Y empezó con una discusión con su novia, con quien no venía llevándose bien. Algo trivial, como un regalo, se convirtió en una feroz pelea. A pesar de sentirse feliz con su bufanda, decidió regalársela a ella. Lo consideró un gran gesto. Se trataba nada menos que de su flamante adquisición.
Sin embargo, ella rechazó el obsequio. ¿Cómo podía ser? No lo comprendía. Caminaron hasta la casa de ella trenzados en un diálogo subido de tono. La gente que pasaba por al lado, los miraba asustados. A veces las palabras son como revólveres desencajados.
Una vez en la casa, ella le pidió estar sola.
- ¿Todo por un regalo? - preguntó asombrado.
Ella no respondió. Su mueca era de desagrado. Sin mirarlo, encendió un hornalla para calentar café.
Ofendido, él arrojó la bufanda hacia ella.
- Te la dejo - anunció alzando la voz.
- Salí de acá - fue la respuesta de su novia, alejándose hacia su habitación.
La bronca lo encegueció. Pateó una silla y se fue de la casa, golpeando con violencia la puerta. No quiso explicaciones, ni nada. Se fue mascullando futuros insultos, con las manos enterradas en los bolsillos.
Recién al llegar a su departamento reparó en que no había tomado la bufanda despreciada. Y a pesar del enojo, de no haber pasado ni media hora de la pelea, la llamó por teléfono. Pero no tuvo suerte. Ella no le contestó. La maldijo en voz alta. No iba a salir de nuevo, mucho menos volver para buscar la bufanda. Iría al día siguiente, y con suerte, las aguas estarían más calmas.
Salió temprano, sabiendo que ella se levantaba antes de las ocho para ir a trabajar. Era probable que la encontrara en la parada del colectivo, o justo saliendo de su casa. Pero al llegar a la esquina divisó a los patrulleros. A medida que se fue acercando, confirmó que los policías entraban y salían de la casa de su novia. Una cinta blanca con letras en rojo prohibía el paso. Con voz temblorosa le preguntó a un uniformado que estaba sucediendo.
Primero hubo silencio. Luego, al anunciar que era el novio de la joven que vivía allí, surgieron las palabras. La noticia fue un latigazo en la frente. De inmediato lo llevaron hasta donde estaba un investigador para hacerle preguntas. Allí además de indagarlo, le dieron más datos: a su novia la habían ahorcado. La habían sofocado hasta la muerte.
Pensó en su bufanda y por alguna extraña razón, la reconoció como arma del crimen. Un gélido impulso recorrió su cuerpo. .Se sintió mareado y debió contestar más preguntas antes de quedar liberado. Jamás habló de la prenda, ni quiso tampoco preguntar por ella. Pero al avanzar por la vereda, entre los arbustos de la casa vecina, pudo verla abandonada, enredada entre las ramas. Miró hacia un lado y otro, temiendo que alguien lo estuviera observando. ¿Cómo había llegado hasta ahí?
De inmediato se hizo con ella, aferrándola con fuerza. No podía permitir que la policía la encontrara. A pesar de su consternación, su primera reacción fue poner a salvo la bufanda. 
Camino a su hogar, pensó en el día anterior. Habían discutido y se había ido sin saludarla. ¿Qué había pasado? La policía no sospechaba de un robo. ¿Acaso tenía un amante? ¿Se había suicidado? Al sentir la bufanda entre sus manos, dejó de pensar en ello. Aquello era un mal trago, pero no podía derrumbarse. La vida tenía que continuar.
La muerte lo desestabilizó, es cierto, pero fueron pocos días. Hasta donde pudo, colaboró con la investigación, pero su mayor preocupación, aquello que le impedía durante las noches cerrar los ojos y entregarse al sueño, era otra. No podía entender exactamente qué, pero estaba seguro que no era la muerte de su novia.
Por las noches solía despertar sobresaltado, sin recordar lo soñado. Una madrugada en particular, abrió los ojos de golpe, sintiéndose sofocado. A pesar de la penumbra, la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventaba, le permitió reconocer los tribales motivos de su bufanda muy cerca de su rostro.
La sintió en torno a su cuelo, oprimiendo con fuerza, asfixiándolo. De un tirón logró aflojarla y jadeando se la quitó. No podía recordar el momento en que se la había puesto, al acostarse.
El duelo por su novia duró un par de meses. Fue, a su entender, crudo invierno. La bufanda se transformó en una prenda de uso diario, imprescindible. Y si bien la había incorporado como parte de su fisonomía, notaba que nadie, ni en su trabajo, en su familia o en la calle, reparaba en ella, ya sea para criticarle el uso que le daba o bien, para elogiar sus bonitos dibujos o sus flecos enormes.
No dormir de noche se había hecho casi una constante. La mayoría de esas horas perdidas, las empleaba en estudiar su bufanda, contemplando las imágenes que cubrían gran parte de la superficie tersa y suave.
La primavera llegó sin prisa, pero con una nueva relación. Y de la misma manera que comenzó a sentirse mejor, notó que la bufanda, prenda que a pesar no ser época para usarla aún permanecía fiel a su cuerpo, se comportaba de manera extraña, si es que acaso una bufanda podía tener comportamientos.
Los días que decidía no usarla, de todas maneras terminaba alrededor de su cuello. Y cuando aflojaba un poco la vuelta que daba en torno a su cabeza, se volvía a tensar, como si quisiera extrangularlo. de todas formas, no pasaban de ser detalles. Su atención estaba en su nueva novia.
La relación era muy diferente a la anterior. Ella no era demasiado demandante, lo que le brindaba la libertad necesaria para sus ocupaciones. En ese matiz, creía, radicada el éxito de la pareja. Al menos, de momento.
Pero con el paso de las semanas, su novia comenzó con insinuaciones que rompieron con la tranquilidad a la que se había acostumbrado. Según ella, debían dar un paso más. Y ese paso implicaba compartir más tiempo juntos, quizá, había dicho, lo mejor sería mudarse con él.
Pero él no se sentía preparado ni su bufanda se lo iba a permitir. Lo supo de inmediato, cuando ella por teléfono le sugirió lo de la mudanza. De repente la bufanda se enredó con fuerza sobre los tendones del cuello. Tanta, que casi deja caer el celular. Tosió un par de veces y recién allí la presión cedió.
Más tarde, cuando se encontraron en un bar a compartir un café, él notó que mientras ella hablaba la bufanda se movía en su dirección. Parecía tener vida propia, alzando su vuelo hacia ella, como si una brisa invisible la empujara. Los flecos se movían con celeridad, impacientes, deseosos de llegar hasta su novia. Hasta los dibujos tribales daban la sensación de estar vivos, de moverse sobre la superficie, que lejos de la suavidad que la caracterizaba, parecía erizada como un animal salvaje.
Ella rió, lanzando una carcajada. La actitud lo sobresaltó.
- ¿Por qué te ríes? - le preguntó.
La joven se llevó un mano a la boca.
- Eres muy gracioso, amor. Eso que haces con los brazos, estirándolos hasta mí, moviendo tus dedos tan cómicamente... pareces una momia ¡Cómo quieres que no me ría!
Entonces, al volver a observar, él ya no vio la bufanda, sino sus brazos tatuados lanzados hacia delante, sus manos apuntando hacia su novia, sus dedos articulados en posiciones extrañas, el vello erizado, y el deseo de acabar con todo en cada milímetro de su piel.
Quiso gritar y no pudo. Ya no había bufanda. Solo quedaba él.
Y él, ya no gobernaba.


3 de julio de 2014

A la vuelta de la esquina

Cuando doblé la esquina y lo vi venir hacia mí, cruzando la calle, me quedé helado, de una sola pieza. Incluso su rostro sonriente contrastaba con aquel paisaje gris, en pleno invierno. Las pocas hojas estoicas aún aferradas a las ramas, se movían lentamente, como si fueran parte de una coreografía secreta.
Él apuró su paso, recorriendo los últimos metros al trote. Podía observar cada arruga, el pestañeo sobre sus ojos, los músculos de su rostro movilizarse para sonreír. Incluso el poco cabello, alborotado por la brisa.
Llegó a mi lado y como si la última vez en vernos hubiera sido ayer, me atrajo a su cuerpo con un abrazo, palmeando mi espalda con golpecitos suaves y cálidos, como solo él sabía hacer.
Me agarró de los hombros, tomó cierta distancia como si estuviera estudiándome y lanzó una carcajada contagiosa, alegre, totalmente viva.
- ¡Estás igual, Carlitos! ¡Igual!
¿Y qué podía contestarle? ¿Cómo, en realidad, podía contestarle? Sonreí, presa del pánico. Quería sentir alegría, pero el miedo atenazaba cada parte del cuerpo, de manera irracional, como la tarde misma. Debió haber intuido esa incomodidad, porque de inmediato aflojó sus manos de mis hombros. Pero no dejaba de sonreír, de mirarme con esos ojos de "¿Qué contás, Carlitos?".
Y mi boca, muda, desaparecida, brillaba sobre mi rostro, sumiéndose en una línea de quietud forzada, de un temblequeo que no se dejaba ver. Y hasta los ojos se me llenaron de lágrimas, aunque no supe discernir entonces si eran de felicidad o del mismo terror.
Allí estaba él, como si nada, a la vuelta de la esquina. Y los dos, parados al borde del cordón de la vereda, nos miramos, nos estudiamos, él sonriendo, yo muriendo, sin saber cómo seguir. Como siempre sucede cuando lo inesperado parte en dos la realidad.
Entonces, él se encargó de librar el momento, de entonar su voz de fumador, tantas veces quebradas en el pasado por una tos constante, condenatoria. Pero esta vez no, fue áspera, pero continua, libre de pecado y pecador.
- Me voy a visitar a Raulito, querido. Si Dios quiere, después nos vemos.
Me guiñó el ojo, compinche, como cuando caía al suelo trabando una pelota y sus piernas gigantes aparecían a mi lado y su mano estirada, era el consuelo y la ayuda; como cuando al salir para la escuela, me metía en el bolsillo trasero del pantalón un billete extra, sin que mamá lo viera; como cuando, en aquella habitación blanca me hizo prometer no olvidarlo jamás.
Intenté alargar mi brazo y detenerlo. Pero ya había llegado a la esquina. Quise atinar a gritarle, casi sin sentido, que Raulito había fallecido el año pasado, pero supe que era en vano. ¿Cómo advertirle a un muerto de otro muerto?
Y allí, de pie ante el invierno, en la soledad de aquella calle, contemplé el presente sin entender lo que había pasado.

30 de junio de 2014

Il cavallino rampante

No sé si hago bien en contar todo. Quizá deba guardar silencio, como hasta ahora. Dejar que los hechos continúen, que la vida transcurra para cada uno de los que protagonizamos aquel conocido incidente. Pero interiormente, la única salida, la mía, es hablar. A pesar de las consecuencias, la verdad debe salir a luz.
Me carcome el remordimiento. El haberle fallado a Luis. Porque si estuve metido en esa, fue por Luis. Claro que a los demás eso le importa poco. Para ellos era uno más. En el atraco, cada uno tenía su función. La mía era la de cubrir la retaguardia.
Parado en la vereda, con una tabla de madera y un par de caballetes, simulaba ser un vendedor ambulante. Había conseguido encendedores y llaveros con marcas de automóviles. Para que no se detuviera mucha gente a comprar (y así no distraerme) había colocado precios algo elevados en carteles blancos.
Salvo una señora, de esas que nunca faltan, que preguntan por cada cosa sabiendo que no van a llevarse nada, no hubo sorpresas. Al menos, durante la hora y media previa al robo, tiempo que estuve apostado tranquilamente hasta que los vi llegar.
Como estaba previsto, estacionaron el utilitario a media cuadra, sobre la mano del banco. Bajaron con sus atuendos azules, simulando ser de la empresa de mantenimiento del lugar. Cargaban pesadas cajas de herramientas, donde, yo lo sabía, no llevaban precisamente herramientas.
Evitaron mirarme porque así estaba previsto. No debíamos despertar sospechas. No estaba para mirarlos ni para vender chucherías. Estaba para vigilar que no llegaran efectivos policiales antes de tiempo. Y si era necesario, para armar una distracción en la vereda, para que nadie atinara entrar en el banco en el momento del robo.
Cuando el último en entrar cerró la puerta, sincronicé mi reloj. Serían los tres minutos más largos de mi vida. Pero no tuve tiempo de pensar en nada, porque entonces apareció ella. Rubia despampanante, con un escote bien cavado que dejaba a la vista más de lo que mi corazón podía resistir. Me quedé mirando hacia donde la tela convergía de un lado y del otro de esa osada remera rosa. Levanté la mirada de a poco, pasando de sus bucles a su rostro angelical, de labios finos e inocentes, sus mejillas ruborizadas y los ojos verdes, casi imposibles, destellando como dos faroles que iluminaban los míos a plena luz del día. Me detuve allí, en su sonrisa, en esos dientes blancos casi perfectos.
Y con voz armoniosa, suave, sensual y sugerente, me preguntó por un llavero con el logo de Ferrari. ¿Cómo podía mentirle con un precio a un ángel? No pude. Me doblegué ante su belleza y rebajé diez pesos el precio que figuraba en el cartel, que quité de inmediato como si su presencia molestara.
Sonrió y se le hicieron pocitos en las mejillas. A mi se me nubló la vista. ¿Podía una mujer ser tan bella? El corazón galopaba, era como il cavallino rampante de Ferrari. Me dijo que lo llevaba, sacó de su escote una billetera muy pequeña y revisó su interior. Hizo una mueca maravillosa, frunciendo los labios. Y con esa misma voz que había escuchado segundos antes, me confesó que no le alcanzaba.
Si hubiese sido un vendedor de verdad, quizá no habría cedido. Pero aquello era una fachada. Entonces, volví a rendirme ante la Venus que me visitaba, casi como en un sueño. Y casi temblando, de manera atolondrada, le dije: "Es tuyo, llevalo".
Y si algo puedo decir a mi favor, es que a pesar de haberme concentrado por completo en esa diosa cósmica, jamás vi un policía acercándose al banco. En contra, tengo todo lo demás. La camioneta que estacionó delante de la puerta, los cinco tipos encapuchados que entraron corriendo y portando armas de todos los calibres, el momento en que salieron, se subieron a la misma camioneta y partieron.
Eso, todo eso que tengo en contra, no lo vi. Porque eso, que habrán sido unos sesenta segundos, fue lo que duró el encuentro con la mujer de mis sueños. Ella, en ese encantamiento irreal, guiñándome el ojo me tomó la mano, sacó una lapicera de su escote y escribió un número telefónico, para luego girar e irse, bamboleando de un lado a otro esas caderas anchas y perfectas, repleta de curvas y riesgos. Recién entonces, al verla doblar la esquina, volví la vista hacia el banco, sin tener noción del tiempo. Allí los vi, los muchachos con su atuendo azul, mirando hacia un lado y otro, como si hubiesen perdido algo. Observé sus miradas furiosas hacia donde estaba, casi atravesándome como si fueran dagas cristalinas.
Y casi de inmediato, las sirenas, los patrulleros y a empezar a correr. No sé tampoco por qué salí también corriendo. Podría haberme quedado fingiendo que era un vendedor, como hasta entonces. Quizá al correr pensé en poder alcanzarla, decirle que jamás antes me había enamorado a primera vista, o bien, correr para buscar el teléfono más próximo y llamarla.
Pero no, salí corriendo y a las pocas cuadras nos habían atrapados a todos. Ellos trataron de explicar que técnicamente si, eran los que habían robado el banco, pero que cuando estaban por salir, los robaron a ellos, pero no hubo caso. Para la justicia eran culpables de igual manera. Éramos, mejor dicho, porque también fui preso.
No confieso para justificar mi error, sino por arrepentimiento. Estaba seguro que era el amor de mi vida el que se había cruzado en el camino. Pero no. Hace un par de días, después de mucho pensarlo, marqué ese número, aún grabado en la memoria a pesar de los meses. Pensé que nadie contestaría, pero aquella voz que recordaba dijo "hola" del otro lado. Traté de ordenar las ideas, juntar las palabras y lo hice. Imaginé que no recordaría, pero tras un silencio, llegó la carcajada. Larga y angustiosa carcajada. Y luego el "click" y la línea muerta.
Entonces comprendí. Tristemente el engaño envenenó mi corazón. Pude haberme callado y mentir, pero confieso. Me equivoqué. El amor de mi vida aún no ha llegado.

27 de junio de 2014

El pasado a resguardo

De Estelita guardo un gran recuerdo. Su encanto, la sonrisa siempre radiante, esa voz suave que te derretía por completo, sobre todo cuando el contar un secreto acercaba su cuerpo al mío.
¿Cuánto de noviazgo? Siete largos años. Tan extensos como hermosos. Desde la secundaria, más precisamente desde aquel día en la feria de ciencia, cuando ella destruyó sin querer mis probetas de vidrio. En lugar de bronca, al ver sus ojos, se desplegó ante mí una sensación de vulnerabilidad que jamás antes había sentido.
No tuve que perseguirla, ella también se enamoró. Fue instantáneo. ¡Qué linda parejita! Nos decían donde fuéramos. Y así salimos de esa etapa y entramos cegados a la universidad, ella con su afán por el Derecho, yo con mi obsesión por la Química. Cada uno por su lado, pero juntos en todo momento.
La pasaba a buscar para ir a comer, al cine, a tomar mates a orillas del Paraná. A veces, salíamos en bicicleta y nos perdíamos por caminos distantes, y al mismo tiempo, ajenos a nuestro amor. Paseamos nuestras sonrisas tomados de la mano, visitando familiares, compartiendo cenas y almuerzos construyendo el futuro inevitable como familia.
Ella se recibió primero, al poco tiempo lo hice yo. Volvimos a nuestra ciudad, nos empleamos y al tiempo decidimos mudarnos juntos. Fueron meses felices, de compañerismo y convivencia. Pero un día le pregunté, ansioso y expectante, si se casaría conmigo. Sonrió y me besó la boca. Al otro día, abandonó la casa.
La fui a buscar, confundido. Ella explicó sus miedos y sucedió lo inevitable. Peleamos, discutimos, prometimos entre gritos, no volvernos a ver. Pero aquello era violento, imposible, me ardía en el alma. Y entonces la perseguí en el silencio de la noche, escrutando sus pasos, sus amistades... su nueva relación.
En fin. Me alejé a tiempo, sin levantar sospechas. Ella desapareció un otoño. Llevaba bufanda azul y chaleco marrón. La bufanda había sido regalo de aniversario. Creo que el quinto. Nunca la encontraron. Y no lo harán. Pero me queda el mejor recuerdo, porque en el ático escondo su larga cabellera, aún empapada por la humedad de mayo, que de manera diabólica no se digna en secar. De vez en cuando la saco del herrumbroso baúl, la huelo y me hundo en esos años felices, que por supuesto, no volverán.

24 de junio de 2014

Escracho

Eduardo se miró al espejo y lo que vio no le gustó nada. Era el mismo de otros días pero al mismo tiempo no. El cabello alborotado, los ojos inyectados por el cansancio, las arrugas cada vez más incipientes, las ojeras delatoras, la barba de más de una semana, cada detalle era parte de un todo cuyo resultado final tenía por palabra "escracho".
Pensó en su madre, en lo que diría de verlo en ese estado. La imaginó regañando, con el delantal rojo puesto, el rodete sobre la nuca y esa expresión agria, casi amarga, que se le había hecho cotidiana, muy a su pesar. Seguramente lo culparía de todo, de cada acto, de cada error. No le importarían las excusas o amparos. Es tu culpa, es tu culpa, le diría hasta el cansancio o bien, hasta que él diera el portazo y se fuera para siempre, como había sucedido diez años atrás.
¿Y Estela? Otra que recriminaría, sin lugar a dudas. Fue su primera mujer y para su bien, tendría que haber sido la última. Pero quizá por extrañar estar con alguien, se sumió más adelante al amor una y otra vez. No sirvieron los escarmientos con Estela, siempre celando, reprochando, señalando horarios, salidas, lugares, amistades. Si ahora lo viera, lo menos que haría, sería soltar una carcajada. Pero...
Nada. Todos tendrían razón. Su padre, carpintero desde que tenía memoria. Dueño de horas bajo el sol, con el serrucho de un lado a otro, dándole duro a la madera, buscando las formas ocultas detrás de las vetas, de las imperfecciones de la naturaleza. Porque si algo no existe en la naturaleza, es justamente la perfección. ¿Qué ejemplo más cabal que uno mismo? Y Santiago, el padre que soñó con ver a su hijo haciendo lo mismo que él en el futuro, y que lo torturó con esa idea durante años, es otro clavo que podría reforzar su teoría. Obtuso, estructurado, egoísta. Él también reiría de estar a su lado, justo delante de ese espejo.
¿Quién no lo haría? Con ese aspecto de vagabundo, en medio de una habitación con todos los lujos. Cualquiera diría que se metió por la ventana a robar, que su presencia allí es tan inadmisible como la de un inodoro en medio del living. Sacar la vista de su rostro demacrado, para ver por el reflejo del vidrio el confort de su hogar, era otra puñalada, una risa silenciosa, ahora lanzada por el destino mismo. Tener todo y no tener nada, todo al mismo tiempo. ¿Era posible?
Claro que lo era. Él, Eduardo Aníbal Pereyra, el dueño de lo que quisiera, con solo abrir la billetera o tan simplemente, decir su nombre. El de la sonrisa fácil, los dientes perfectos, los autos último modelo, el glamour, las cenas en lugares exclusivos, los viajes por todo el mundo...
Sin embargo, le faltaba eso. Aquello que se había ido con Estela. Ninguna mujer lo había podido suplir. Ninguna estaba a su altura. A la de ella. La de Estela.
El espejo lo insultaba, pero no era culpa del espejo. Como tampoco, ese dolor latente como una estaca encarnada en el centro del corazón, no era culpa de la joven que yacía en la cama, justo a sus espaldas, ni tampoco, de la anterior, la pelirroja que había arrojado del balcón una semana antes. La culpa era de Estela. Y sus carcajadas resumían las de todos los que en algún momento lo agobiaron. Cerró los ojos y la imagen desapareció. Los volvió a abrir y allí estaba otra vez, junto a las risas, los reproches, los sermones.
Pero destruir la imagen sería en vano. Porque no estaba allí, sino en su propio cuerpo. El escracho era él, no su reflejo. Suspiró. Al ver a la chica, recordó que sería prudente limpiar la habitación. Levantó el teléfono y llamó a su seguridad. Era hora de seguir adelante.
Dejó el cuarto al mismo tiempo que cuatro matones entraban con guantes de látex, bolsas negras y sierras enormes.
No era fácil ser quién era. Vaya que no.

21 de junio de 2014

Bandera en la oscuridad

Le pidió que lo escuche y eso hizo, a pesar que en aquel aquelarre de violencia era una sombra más, un pedido de auxilio sofocado por el mismo exterminio que ocurría alrededor.
Apenas si podía sostenerse por sus propios medios, hundiéndose en el fango de la trinchera, las manos heladas confundidas con la noche y la espesura. No podía distinguir sus dedos de la tierra empantanada; su dolor, del dolor del que tenía al lado.
Y entre tanta agonía, sintió esa mano firme y al mismo tiempo temblorosa, que lo tomaba del cuello de la camisa empapada de esa mezcla extraña de sudor, humedad y sangre que tan familiar se le había hecho. Esa mano que lo arrastró hacia un rostro que alguna vez supo ser humano, bañado en barro y sufrimiento, tatuado con la muerte en cada línea, en cada gesto.
Y apenas audible, aunque supo en ese esfuerzo que aquel hombre en su interior bramaba las palabras, le pidió que lo escuchara. Y eso hizo. Sin importar los demás sonidos, esa hecatombe de explosiones, disparos y gritos. A medida que los labios del moribundo se movían y el susurro iba formando las oraciones, sus ojos se abrían de par en par y entendía, muy a su pesar.
La camisa se aflojó y la voz cesó. El hombre fue solo carne y hedor. La tormenta de la batalla volvió a arreciar a su alrededor. Las palabras formaban aún una corona de muerte en su interior. Cerró los ojos y escondió la mirada, aunque en vez del negro del sopor, se encontró con el gris del destino.
Entonces reaccionó, se puso en movimiento, casi a la rastra, tropezando con sus propias piernas, pasando por encima del cuerpo del hombre que le había pedido que escuchara. Más allá estaba la bandera. Podía verla. De la que el último suspiro del soldado sin nombre le había hablado. Sus colores inmaculados, contrastando con la muerte.
No podía dudar, el sentido de todo estaba en esa tela, aunque pareciera una locura. Y corrió hacia ella, con un grito de rabia explotando en la garganta. Se arrojó sobre ella, la sujetó con fuerza y poniéndose de pie, erguido ante el futuro, la flameó todo lo que pudo. No hubo bala que lo detuviera, ni explosión que lo espantara. La bandera brilló en la noche, con luz propia, con la seguridad de quiénes se abrazan a lo que aman, con la firmeza de quién conoce el camino y con la convicción de quién está seguro de querer atravesarlo.
Y todo, tuvo sentido.

18 de junio de 2014

¡Diez años del blog!

¡Llegó al fin! El blog Netomancia cumple 10 años de vida. Algo que nació casi por casualidad se convirtió en la excusa ideal para hacer esto tan hermoso que es escribir. Lector desde que tengo memoria, la escritura me acercó aún más al mundo literario y tímidamente primero, con más entusiasmo y ganas después, las letras comenzaron a fluir en este lugar.
Más de setecientos escritos, la mayoría de ellos, cuentos; arriba de las ciento diez mil visitas desde hace ocho años (antes no estaba la opción activada!) y un número increíble de comentarios, lectores y alegrías, le dan a esta década de existencia un brillo especial.
Conocí a través de este espacio tan lindo a muchísimos amigos, talentosos artistas y grandes historias. Una forma de retribuir la felicidad que hoy siento por el constante respaldo, la renovación y permanencia de lectores, es abrir las puertas para que sean los que están del otro lado de la pantalla, los que formen parte del blog. Son sus "regalos", sus obras artísticas, con las que hago este "número especial aniversario". 
Fue enorme recibir a lo largo de estas semanas, sus escritos e ilustraciones. Y todavía faltan obras por llegar, porque hay amigos que por diversos motivos prometieron sumarse en las próximas horas. 
Los voy a invitar a disfrutar de esta edición única de Netomancia, donde la imaginación la ponen amigos de la casa. En forma online ahora y con la promesa, en breve, de recopilar esta celebración en un archivo descargable en pdf y epub para dispositivos electrónicos, con el fin de hacer más práctica la lectura y de poder guardarlo como "souvenir" del cumpleaños.
Este fantasma hecho con los artistas que colaboraron con sus trabajos, los llevará a la fiesta. No se asusten si está oscuro. Es la temática. Tampoco me hago responsable de lo que suceda. Puede correr sangre. Y no la mía, precisamente.

¡Muchas gracias por estar!

17 de junio de 2014

La verdadera esencia de las cosas

Todas las cosas esconden más de lo que muestran o aparentan ser. Un vaso es más que un vaso. Roto, puede ser un arma mortal. Una tijera puede servir más que para cortar figuras de una revista y pegar en el cuaderno de tareas del nene. Bien dirigida, deja ciega a una persona.
No es algo que nos deba poner a reflexionar, ni mucho menos. Pero sabemos de esas diferencias incluso antes de ser consciente de ello.
Por ejemplo, al comenzar a gatear vemos dos orificios en la pared y a pesar de carecer de las facultades necesarias para definir a los mismos como parte integrante de una compleja instalación eléctrica que deriva en esa fase terminal en la que se puede conectar un aparato que utiliza corriente para funcionar, somos capaces de entender que metiendo los dedos dentro provocaremos un caos de consideración.
¿Cómo es que somos capaces de acercarnos tanto a la maldad sin comprenderla del todo? El sonajero pronto servirá para atacar en el rostro a ese hombre y mujer que con sonidos extraños tratan de hacernos comer esa papilla sosa o más adelante, la pelota será un objeto contundente a patear con intención clara y precisa de golpear la zona de entre piernas del adulto que tengamos adelante, con el fin de verlo retorcerse del dolor, mientras los demás ríen de la "gracia" de uno, que es apenas un infante torpe e inocente.
En algún momento con el paso de los años, y quizá, producto de la "civilización" que ejercen los padres sobre uno, esa maldad se recuesta en un rincón, latente para aparecer cuando sea llamada por algún factor en particular.
En algunos casos, no desaparece en ningún momento y uno pasa a ser para la sociedad un hijo de puta (así se definen) desde pequeño. Pero en la mayoría de los casos, si. Hasta que un día, adolescentes o adultos, esa rara faceta, que en algún momento era habitual, vuelve a tomar el control.
Y como en nuestros primeros años, seguimos sin saber bien como funciona, pero ahora, la inocencia troca en algo más: placer. No es hacer maldad por nada, sino para disfrutar con los resultados. Vemos que las travesuras nos causan gracia, cierta tranquilidad, en tanto que a los demás, les parecen fuera de lugar. Y a pesar de cierta contrariedad al principio, podría decirse, una disputa interna entre lo que nos han inculcado y aquello que traíamos de manera innata, nos vamos relajando y dejando crecer al ser primigenio, al que gobernaba en un principio.
La maldad se va haciendo cada día más notable, enérgica, poderosa. Las cosas, los objetos, comienzan entonces a cobrar la vida que decía en las primeras líneas. El vaso es un elemento cortante, la tijera puede perforar rostros, la soga sofocar cuellos, el ladrillo aplastar cráneos. Claro que aún nos quedan por descubrir las armas propiamente dicha, pero ese es otro tema. Aquí lo que nos incumbe son las cosas comunes, las que usamos a diario, las que podemos manipular a nuestro gusto, con los más versátiles fines.
¿Entienden?
- Profesor... ¿y vamos a tener clases prácticas de todo esto?
- ¡Por supuesto, Ávila! La teoría sola no lleva a ninguna parte. La verdadera esencia de las cosas, está dada por su parte oscura.
- Menos mal profe, había dudado mucho entre anotarme en Delincuencia o Derecho, pero su respuesta me deja tranquilo.
- Y si, no siempre es fácil esa elección, Ávila. Ahora, preste atención, que usaremos el borrador como proyectil para golpear al jardinero por la ventana.

14 de junio de 2014

El anillo


Un anillo bastante simple, de plata, sin inscripciones ni nada que lo hiciera sobresalir. Estaba en el asiento del colectivo, olvidado. Estuvo a punto de sentarse encima, pero un reflejo hizo que moviera la cabeza y lo divisara. Pudo haberlo pasado por alto, no darse cuenta, sentarse, hacer el viaje, levantarse y bajar, dejándolo atrás, pero no fue así. Porque el destino no es caprichoso, sino maligno.
Existe cierta característica en el ser humano, casi innata, que nos obliga a considerar todo hallazgo como un hecho positivo. Aun más cuando creemos que tiene un valor. En este caso, monetario. Si era de plata, podría valer algo. Y si así no lo fuera, venía de "arriba". Había sido perdido por alguien y ahora, recuperado.
Esteban aprovechó el viaje para estudiarlo. Pronto se acercaba el cumpleaños de su novia. ¿Sería un anillo de mujer o de hombre? Tenía poca experiencia en el tema. Debería consultar para estar seguro. Si resultaba ser para varón, su hermano cumplía años en un par de semanas. Aunque, también estaba la posibilidad de quedárselo. El anillo, por más sencillo que pareciese, era llamativo.
O al menos, había algo que lo hacía diferente. No podía precisar exactamente qué. Pero había algo. No le cabía la menor duda. Quizá la forma en la que el sol se reflejaba sobre su superficie pulida, o la perfección de la circunferencia, o bien, el hecho de no tener ningún grabado, que permitía sentirse dueño absoluto del objeto encontrado.
Es mío, pensaba sin quitarle la mirada. Era tal la atracción que sentía por el anillo, que no vio la calle en la que iba el ómnibus y se pasó de largo. Bajó a las apuradas, detrás de un grupo de chicas de algún colegio. Miró a su alrededor y tuvo una certeza: estaba perdido.
Se acercó a una señora que barría la vereda y le preguntó dónde estaba. La mujer le dijo el barrio, pero nunca lo había escuchado. Le pidió que le repitiera, creyendo haberle entendido mal, pero entre barrida y barrida, la señora repitió el mismo nombre que antes.
- ¿Y cómo vuelvo hacia el centro, usted sabe? Tengo que llegar a la universidad.
La mujer lo miró con cierta extrañeza en el rostro.
- ¿Qué universidad?
No había sido específico, tenía razón. Le aclaró que la de Derecho y en lugar de una explicación, recibió como respuesta una risotada. La mujer, olvidándose de él, comenzó a barrer hacia la dirección contraria, metiéndose pronto por un pasillo que daba a una puerta. Segundos después, ya no estaba más.
Esteban quedó sorprendido. ¿Qué clase de locura cargaba esa persona? pensó contrariado, en tanto jugueteaba sin darse cuenta con el anillo, que aún sostenía en su mano derecha. Se percató de ello y se lo colocó en el dedo anular.
Un hombre mayor, que paseaba a su perro, se detuvo a su lado.
- Pieza única, del 25.
Las palabras lo tomaron por sorpresa, demoró unos segundos en comprender que le hablaba a él.
- Perdón... no lo entiendo. ¿Del 25 qué?
- Del año 25, por supuesto. Mírele el perfil, es indiscutible.
Le hizo caso y observó con detenimiento el anillo que tenía en su dedo anular. No encontró nada fuera de lo común.
- ¿No lo ve? - insistió el hombre, mientras el perro orinaba contra la pared de la casa donde se había metido la mujer - Tiene las marcas.
- La verdad, no veo nada.
El hombre hizo un gesto de reproche y dándole un tirón de la correa, obligó al perro a seguir marchando.
- ¡Espere, señor... - aventuró vanamente Esteban, tratando de averiguar la manera de volver, pero el extraño personaje ya había doblado la esquina.
Fue entonces que notó un destello atípico en el anillo. ¿Y ahora qué? masculló por lo bajo.
- Frótelo, no deje pasar la oportunidad - le escuchó decir a alguien con voz de pito a su espalda.
Giró en redondo y se encontró con un canillita, de quizá diez u once años, con un montón de diarios bajo el brazo.
- ¿Qué lo frote? - preguntó Esteban.
- Y claro, hombre. ¿Para qué lo tiene, sino?
- En realidad, lo único que quiere, es saber que colectivo tomar para volver al centro.
- Comprendo, usted es el nuevo.
- ¿El qué?
- Veo que no leyó el diario. Tome un ejemplar, se lo obsequio. Con seguridad anda sin un mango encima.
El niño se marchó silbando una canción que le resultaba conocida, pero que le escapaba a la memoria. Desplegó el periódico en el aire, haciendo malabares. Era tipo tabloide y no era fácil de maniobrar sin tener una superficie donde apoyar. Pero al ver la tapa, casi se cae de culo. El diario, al menos, aterrizó en el suelo de baldosas.
Una foto suya a todo color, descendiendo del colectivo, ocupaba la página principal. El título rezaba: "Esteban de la Cruz, nuevo residente en Cárcel del Anillo".
Se puso de pie y levantó el diario. Miró a su alrededor, buscando a alguien para preguntarle qué significaba todo aquello, pero inquietantemente no había nadie en las calles. En cambio, pudo divisar claramente como algunos rostros se asomaban a través del vidrio de las ventanas, disimulando detrás de las cortinas.
Corrió hacia la vereda de enfrente, donde una mujer lo observaba descaradamente por una ventana pequeña, pero antes de llegar, ya había bajado las persianas. Escuchó el sonido de muchas otras persianas cayendo, casi de manera sincronizada. El cielo, hasta entonces radiante de sol, trocó en oscuridad y a lo lejos, calle arriba, se encendieron dos faroles rojos, casi destellantes.
En ese instante, sintió ardor en su dedo anular. Al bajar la mirada, dio un alarido. El anillo estaba en llamas, al rojo vivo. Se lo sacó como pudo, llorando del dolor. El objeto circular cayó al suelo, dio dos o tres vueltas sobre su eje y luego, como si supiera lo que hacía, comenzó a rodar en dirección a la calle, para luego, sin detener su marcha, avanzar hacia las luces rojas que titilaban con rabia varios metros más adelante.
Un hombre bajito, de aspecto sucio y desprolijo, salió de la nada con una llave en mano.
- ¿Ve aquella casa amarilla, en la vereda siguiente? Esa será su casa de ahora en más.
- ¿Qué? - exclamó Esteban, al que el dolor en la mano se le estaba extendiendo al cuerpo entero.
- El anillo lo atrapó amigo, como a cada uno de nosotros. Adáptese, o la pasará mal. Después de todo, no hay nada aquí que no haya del otro lado. Tendrá que trabajar, ganarse el pan, quizá formar una familia y envejecer. Más de lo mismo, pero con menos esperanzas. Vaya a dormir, tiene una pinta que ni le cuento.
El hombre desapareció. Esteban quedó solo, con el silencio como única compañía. Una brisa fresca lo obligó a moverse. Sin saber hacia dónde, dejó que sus piernas lo llevaran hasta la casa señalada. Sabía en el instante mismo que levantó la llave hacia la cerradura, que aquello era una pesadilla.
Los miedos inmediatos, eran dos.
El primero, no poder despertarse.
El segundo, que no lo fuera.

11 de junio de 2014

Los niños del Brasil

Gonzalo llegaba con una caja de cartón. Le pesaba bastante, por eso caminaba despacio, apoyándola contra el abdomen.  Las baldosas de las veredas no ayudaban demasiado, provocando que tropezara varias veces, aunque nunca al punto de perder la estabilidad. La casa de Diego estaba cerca, a tan solo unos metros y eso era un triunfo, luego de haber hecho casi dos cuadras con esa carga.
Diego y Pablo no lo vieron hasta que dejó caer la caja al lado de ellos. Los chicos se sobresaltaron un instante, hasta que vieron que se trataba de su amigo. Estaban absortos revisando unos trastos viejos que habían sacado del garaje del padre de Juan Ignacio.
- ¿Y el Juani? – preguntó Gonzalo, al no ver al mayor de los cuatro amigos.
- Se fue hace un rato al kiosco a buscar unos jaimitos – contestó Pablo, casi mecánicamente, ajeno a todo, con la vista enfocada en los tesoros que sus manos revolvían.
- ¿Con el frío que hace?
- ¿Frío? – Diego levantó la cabeza y miró a su amigo – Vos porque estás sin campera, que vivo sos. Hace media hora que estamos acá, revisando.
- Pero me hice dos cuadras con esa caja y ni transpiré.
- Porque sos de madera – intervino riendo Juan Ignacio, que en ese momento llegaba con una bolsa en la mano y haciendo un globo con chicle de tuti frutti.
Cualquier cosa que dijera Juan Ignacio carecía de réplica. Un reto, un insulto, una broma. Lo que él decía, era palabra santa. Les llevaba dos años y eso era suficiente. Nueve años a cuestas era toda una vida y un sinfín de experiencias que ningún otro había vivido aún.
- ¿Cuándo terminen con eso, empezamos con las cosas que traje? – preguntó solemne Gonzalo, que no quería impacientar a los demás para vieran sus cachivaches y mucho menos, ganarse algún reproche.
- Si, no te preocupes, tenemos toda la tarde – respondió Juani.
- Hace un rato pasó Miranda, dijo que después vendría con la amiga de ella, la del flequillo – anunció Pablo, siempre hurgando con sus manos aquellos objetos de todo tipo.
Diego puso cara fea, la misma que Juani. A Gonzalo el hecho que Miranda estuviera con ellos, no le molestaba. Era una niña linda, incluso había soñado con ella, pero no se lo había dicho a nadie. Le daba vergüenza.
- Tenemos que apurarnos. Esto no es cosa de nenas. Van a molestar. Mi papá dice que es para lo único que sirven – advirtió Diego.
Juani hizo una aprobación con la cabeza, pero no afirmó ni contradijo nada. Pablo no se dio por enterado, la cabeza casi enterrada entre unas mochilas viejas del Hombre Araña y un par de autos de plásticos gigantes.
- ¿Vieron algo valioso, además del muñeco ese que hace luces? – Juani comenzó a repartir los jaimitos, incluso a Gonzalo, que tomó el suyo sin protestar por el frío.
- Pablo encontró un yo-yo luminoso de Batman y una caja de metal con figuritas viejas, de unos autos. Pero no deben valer nada, porque no son stickers. No entiendo cómo podrían pegarse en un álbum.
- Antes usaban plasticola, Diego. El stickers se descubrió hace poco.
- Pero yo vi stickers viejos en el almacén de doña Clota. Están amarillos de tanto tiempo que llevan pegados.
- Es otra clase de stickers, Gonzalo. Los de las figuritas son más modernos.
Diego y Gonzalo sacudieron la cabeza lentamente, de arriba hacia abajo, demostrando que entendían a la perfección la lección del día, a cargo del más grande de todos. Pablo, sumido en un silencio bastante extraño en el, hizo que los demás llevaran la vista hasta donde estaba.
-  ¡Miren!
 En sus manos levantaba una muñeca Barbie, vestida con pantalones jeans, camisa blanca y un peinado repleto de bucles.
- ¿Una Barbie? – preguntó desairado Diego.
- ¡Mi hermana tiene una y mis padres no quieren comprarle otra porque son muy caras! – defendió su descubrimiento Pablo.
 - Tiene razón, debe valer algo – terció Juan Ignacio, dando por zanjada la cuestión.
- ¿Y vos, que trajiste? – preguntó de repente Diego, dirigiéndose a la caja de Gonzalo, que había quedado olvidada a un costado.
- ¡Son muchas cosas! Mi mamá las sacó del armario de papá. Dijo que eran porquerías juntando telarañas.
- Las madres siempre dicen lo mismo de las cosas que no le pertenecen – comentó Juan Ignacio -  Hasta mis autitos que me regalaron para el último cumpleaños ya son porquerías que acumulan telarañas. Y todo porque no los guardo en algún lugar fuera de la vista.
Todos asintieron, incluso Pablo, que viendo la posibilidad de revisar en una caja nueva, dejó el montón en el que estaba curioseando hasta entonces.
- Manos a la obra, déjenme a mí, que ya soy un experto – dijo Pablo, empezando a sacar las cosas al piso.
- ¡Pero estas son cosas de otro siglo! – rió con ganas Diego.
- Las antigüedades valen más, eso me lo dijo una vez mi abuelo – informó muy serio Juani, por lo que a Diego no le quedó más remedio que quitarse la sonrisa de la boca.
- ¿Cuánto más plata nos den por estas cosas, más fácil va a ser, no? – preguntó Gonzalito, muy esperanzado en lo que había traído.
- Claro que sí. Es la idea – dijo Juani, sin quitar los ojos de las manos de Pablito, que iban moviéndose rápidamente, metiéndose en la caja y saliendo con diversos objetos en la mano.
A los pocos minutos, la caja estaba rodeada de juguetes viejos, una lámpara y hasta un álbum de figuritas.
- ¿Y cómo vamos a saber lo que vale cada cosa? ¿Y si nos cagan? – Pablo estaba preocupado en ese punto desde el día anterior.
- Ya te dije – Diego frunció el ceño – El viejo Sosa es amigo de mi papá, no nos va a cagar.
- Buscamos antes en Google, como hace todo el mundo – Juani miraba con entusiasmo el álbum de figuritas que había rescatado de la caja Pablo - ¡Miren chicos, el álbum del Mundial de Italia 90!
- ¡Uhh, eso fue hace un montón! – comentó Gonzalito – Ni sé si mi papá había nacido aún.
- Y si era de él, por supuesto – comentó Diego, peleando con Pablo por ponerse detrás de Juan Ignacio para ver mejor - ¿O te crees que tu papá es joven? Debe tener más de treinta años.
- ¿Nunca le preguntaste a tu papá si fue a ver un mundial, Gonza?
- No, nunca se me ocurrió. Pero supongo que sí. ¿No?
- Y si… si nosotros vamos a ir ahora vendiendo estas cosas viejas, imaginate ellos, que ya tienen un montón de años – reflexionó Pablo.
- Si fueron, mejor. Así no nos prohíben ir. Mirá si después de juntar la plata, no quieren dejarnos ir – dijo Diego al tiempo que comenzaba a enojarse con la idea.
- Si a mí no me dejan, me escapo – manifestó  muy decidido Gonzalito.
- En caso que a alguno no lo dejen, los demás vamos de noche y lo ayudamos a escapar por la ventana, porque este viaje lo tenemos que hacer entre todos – confió Juan Ignacio, dejando tranquilo al grupo.
- Yo quiero ver a Messi – sentenció Pablito.
- ¡Y yo! – gritó Diego, levantando al aire los dos brazos.
- ¡Yo también! – se unió Gonzalo.
- Seguro que se cae de culo Messi cuando nos vea llegar, cuatro chicos solos, allá en Brasil – la sola idea despertó en Juani una enorme alegría y brilló en su rostro a través de una sonrisa.
- Sigamos revisando entonces, que tenemos que hacer plata – sugirió Pablo, metiéndose de cabeza una vez más entre las cosas viejas.
Juani y Diego se tiraron al piso, a revisar las que ya estaban desparramadas. A Gonzalito, para entonces, ya se le había terminado su jaimito. Con resignación arrojó el envase vacío y siguió a los demás, con el entusiasmo propio de la niñez.

8 de junio de 2014

De vecinos y terquedades

Terco como una mula. Cuando era no, era no. Y cuando era si, era no. Así era Eduardo, el vecino de enfrente.
Primero fue el árbol, un hermoso jacarandá, que no dudó en podar aún cuando no era época ni tampoco una molestia. Poco tiempo después, fue el único en negarse a pagar la obra de cordón cuneta, demorando la puesta en marcha de la mejora.
Más adelante, las luminarias nuevas. Luego, la obra de asfaltado de la calle, que hasta entonces apenas si era un mejorado que ayudaba a que la zona se no embarrara los días de lluvia.
Más de un pibe del barrio había llorado tras mandar la pelota al patio de don Eduardo. Sabía que no tenía retorno. A veces, solían aparecer en la basura, pinchadas o con tajos de un lado a otro.
Los que habían tratado de hacerle frente, retrocedieron por miedo. Eduardo, además de terco, era medio loco y a más de uno lo atendió con una cuchilla en la mano.
Hasta una tarde, en pleno verano, que estando en ojotas, pantalón corto y camiseta regando la vereda, se descompuso y cayó al suelo, sin preámbulos ni nada.
El calor obligaba a tomar aire fresco, así que la caída de Eduardo fue vista por varios vecinos. Un par amagaron con acercarse, pero tras dudar, se metieron en sus casas. Los que miraron con indiferencia, entraron también.
De repente, el barrio era un solo espectador, ventanas adentro. Las miradas concentradas en un mismo punto, aguardando. Pero Eduardo era terco y si había caído, ahí se quedaría.
Hubo sonrisas con sorna, pocos lamentos y ningún llamado a la emergencia. A la media hora pasó un coche, el conductor se detuvo y dio aviso a la ambulancia. Pero ya era tarde. Al menos para Eduardo.
Desde entonces existe en la cuadra, cierta complicidad en las miradas. Como si ese sentimiento tácito de fría venganza se hubiese solidarizado en forma silenciosa, reptando subrepticiamente en cada uno, tiñendo de ese negro característico que ensombrece el alma y desnuda al ser humano.


5 de junio de 2014

El hombre al que le gritaban los goles antes de tiempo

El hincha de fútbol es un ser obsesivo, caprichoso. Quiere saber y ver todo, estar al tanto de los resultados, de los goles, de las declaraciones previas y pos partido. El hincha de fútbol (y no tanto, el que es fanático  únicamente de su equipo) es un ser informado, crítico, pero ante todo, entusiasta.
Por esa razón, la angustia que vivía Pablo lo sumía en una depresión que iba creciendo semana a semana. Y tenía que ver, precisamente, con el fútbol. Se lo veía mal en el trabajo, cabizbajo al caminar por la calle, triste a la hora de compartir con la familia.
Su esposa le preguntó que sucedía, temiendo que existiese algo estuviera haciendo mal. Pablo, hasta entonces reacio a contar su problema, decidió confesar aquello que lo tenía preocupado y al mismo tiempo, al borde de la histeria.
- Querida, el problema que tengo es que me gritan los goles antes de tiempo.
La mujer estaba preparada para cualquier respuesta, por terrible que fuera, sin embargo la que escuchó la dejó muda.
- No entiendo - pudo musitar, viendo que su marido se tomaba la cabeza entre las manos, mientras largaba un largo suspiro.
- Es algo que quizás no comprendas. Pero cada vez que veo un partido de fútbol, escucho que alguien grita el gol antes que ocurra. Por ejemplo, anoche, estaba atacando un jugador de Tigre y el vecino empezó a los gritos: "gol carajo, vamos River carajo". Me dije que no podía ser cierto, porque el equipo estaba jugando mal, pero en eso, la pierde el delantero, la agarra el dos, pelotazo para que la corra el nueve, se cae el defensor y gol de River. Diez segundos después que el vecino lo gritara. ¿Podés creer? ¿Cómo puedo celebrar un gol si ya no tiene sorpresa, si ya sé que va a ocurrir?
- ¿Me hablás en serio? Te juro que pensé que te pasaba algo malo.
- ¿Y esto no te parece malo? - respondió poniéndose de pie - En media hora juega San Lorenzo y unos brasileños. Si no es este vecino, son los del departamento de enfrente, que son hinchas del "cuervo". Lo sé, porque la semana pasada me hicieron lo mismo. Supe que era penal antes que arrancara la jugada. Y antes de anoche, en el partido de Boca, me amargué con el gol que hicieron mientras yo veía como preparaban la barrera. ¿Y eso no te parece algo malo?
- Algo malo es tener un problema de salud, que te estén por echar del trabajo, que no te lleves bien con alguien... ¡pero no que te quiten la emoción en un partido de fútbol!
- No entendés Matilde, no entendés.
- ¿Por qué no les preguntás que servicio de televisión paga tienen y te ponés la misma?
- ¡Porque la mía se ve bien y sale más barata!
- Por favor, entonces hacete amigo de alguno y andá a ver el partido con ellos.
- Mirá si esa va a ser una respuesta...
Tal como lo había vaticinado, escuchó los goles del partido antes que en su televisor ocurrieran. Mientras se ahorraba varios insultos, porque eran en vano, sacó cuentas de lo que saldría contratar un servicio de televisión satelital, que con seguridad era el que tenían sus vecinos. Al menos de momento, no podía. Pero tenía que haber otra solución.
Fue en diálogo con un compañero de trabajo que escuchó una gran idea. Además de encerrarse en la habitación, algo que ya hacía pero sin buenos resultados, porque los edificios lindantes estaban muy cerca y el sonido viajaba con facilidad entre las construcciones, podía recurrir a auriculares para sus oídos.
La primera prueba fue un fracaso. A pesar de tenerlos puestos, el grito del único gol del partido de la selección, en un partido amistoso, le llegó claro a los oídos. El problema era que había dejado la ventana abierta. La cerró, pero ya era tarde.
Al fin de semana siguiente, se aseguró de cerrar todo, casi en forma hermética. Y por fin, en varias semanas, no tuvo que escuchar que nadie le adelantara un solo tanto. ¡Había encontrado la solución! ¡Era el fin de su problema! Explotaba de felicidad, casi que podía treparse hasta lo alto de la biblioteca como si fuera un jugador de fútbol gritando el gol aferrado al tejido metálico que separa el campo de juego con la tribuna de la hinchada.
Pero al sacarse los auriculares se topó con el sonido insistente y repetido de la puerta, golpeada del lado de afuera. Al abrirla encontró a Matilde, echando humo por cada poro de su piel. Lo estaba llamando desde hacía una hora. No podía entrar porque la puerta estaba con llave. Su madre había sufrido un accidente y tenía que ir con urgencia al hospital.
El resto de ese domingo fue un suplicio. Reclamos, quejas y la conclusión que nunca más podría mirar un partido con los auriculares puestos, las ventanas cerradas y la puerta bien cerrada para que nadie pudiera interrumpirlo.
Su amigo, luego de enterarse, fue bastante práctico. Le sugirió que fuera a verlo a un bar y dejara de hacerse mala sangre. Cuando lo planteó en su casa, Matilde lo único que le pidió fue que no apagara el celular, por si lo necesitaba para algo.
El miércoles había copa. No jugaba su equipo favorito, pero el espectáculo prometía suficiente como para darse ese lujo de pagar una cerveza y un tostado mientras en la pantalla los protagonistas definían su destino. Acudió feliz, porque podría disfrutar de las jugadas sin el miedo a que nadie le gritara el gol segundos antes que ocurriera. Y sería tal el bochinche dentro del recinto, que por más que alguien tuviera la posibilidad de contar una transmisión más veloz en otra parte, no lograría escuchar festejo alguno.
Se acomodó en su mesa, se sirvió un vaso de cerveza negra y mordió el primer tostado. La pelota ya se había echado a rodar. Un partidazo. De ida y vuelta. Pero a los diez minutos, sucedió lo nefasto. El árbitro estaba sacando una amarilla cuando la multitud en el bar estalló en un solo grito, el grito del gol.
Pablo miró a un lado y otro, los ojos bien abiertos, totalmente incrédulo. ¿Se había puesto todos de acuerdo? ¿Era una cruel broma de su mujer? Imposible. Ella no tenía nada que ver. A los quince segundos del grito, mientras todos se abrazaban y algún que otro puteaba, en la pantalla pudo ver como el medio campista, tras eludir a dos rivales, la metía de sobre pique por encima del arquero. Un golazo, si. ¿Pero cómo podía explicar lo que acababa de suceder?
Apuró la cerveza, envolvió los tostados que le sobraban en una servilleta y abandonó el bar. Caminó meditabundo, algo errante. Pasó por enfrente de un negocio de electrodomésticos donde los televisores Led se agolpaban de un lado a otro, casi en una catarata de última tecnología. Estaba sintonizado en cada uno de ellos el mismo partido que había estado mirando en el bar. La imagen mostraba como un defensor le cometía una burda infracción a un delantero en el área penal. El árbitro no tuvo más remedio que cobrar la pena máxima. En el mismo momento, dos jóvenes se abrazaban al grito de gol.
Pablo escapó casi corriendo del lugar. Aquello no podía estar ocurriendo. Ya no tenía que ver con el atraso de una señal de cable con respecto a la satelital. ¡Le estaba ocurriendo lo mismo fuera de su casa, interactuando con otras personas!
Llegó a su departamento agitado, respirando con dificultad. Su mujer se alertó. Temió un infarto o algo peor. Lo llevó hasta la cama y en vano trató que le explicara lo ocurrido. Se durmió rápidamente, pero soñó con que le gritaban los goles en la cara con tanta fuerza que se le salía la piel. Además, eran goles de partidos que ni siquiera habían comenzado, de campeonatos futuros.
- Tenés que ir al psicólogo Pablo, no estás nada bien.
Pero Pablo se aferró a su malestar para quedarse en casa y no ir a trabajar durante los dos días siguientes. El fin de semana ni siquiera encendió el televisor. Escuchó goles procedentes de partidos que no estaba viendo y de momento no le interesaban.
Matilde lo sorprendió el lunes, diciéndole que el turno con el psicólogo ya estaba pedido y que debía ir, si es que quería seguir viviendo en paz con ella. No lo dudó.
El psicólogo parecía tener paciencia. Lo escuchó largamente y realizó preguntas puntuales, pero nada comprometedoras como él imaginaba que sucedería, como por ejemplo traumas de la infancia, peleas con sus padres, inconvenientes en la cama con su mujer.
El hombre, que vestía camisa a cuadros y usaba anteojos de marco grueso, jugueteó con la lapicera un buen rato. Finalmente habló.
- Estimado Pablo, debo decirle que su caso es muy particular. Usted atrasa.
Pablo se quedó en silencio, esperando una nueva oración que completara el diagnóstico. Pero no llegó nada más del profesional.
- Disculpe. ¿Cómo que atraso?
- Si, atrasa. Nadie le grita los goles antes, sino que usted está atrasando de a poco. Se está poniendo viejo. Lo nota con el fútbol, porque es a lo que más le presta atención. Pero con seguridad, si pusiera el mismo empeño en otras actividades, iría notando particularidades similares.
- Pero... - jamás había escuchado cosa parecida - ¿es normal lo que me dice? ¿Es grave?
- El paso de los años es grave, pero todos lo asumimos. Atrasar es parte de uno, claro que no todos somos tan perceptivos como parece ser su caso.
- No sé que decir, esto... - hizo una pausa, desorientado - ¿Me va a traer muchos inconvenientes?
- Sin dudas. Por ejemplo, se sentará a la mesa a comer y su mujer ya estará retirando los platos, ella le pedirá que hagan el amor y para cuando se haya sacado los pantalones ya estará durmiendo, le pedirán que llame a su jefe en el trabajo y para cuando lo haga él estará de vacaciones... y en materia de fútbol, tras mirar el sorteo de un mundial, alguien le dirá quién ha sido el ganador de la Copa. No por vidente, sino porque ya ha pasado.
- Pero eso es imposible.
- No, la vida se consume. El tiempo transcurre. Y los goles se gritan. Siento que sea tan perceptivo.
- ¿Y ahora que hago?
- Haga como que disfruta lo mismo. Todos lo hacemos en algún punto.
- ¿Y los goles, cuando los grito?
- Cuando los otros lo hagan.
- ¿Y así los disfrutaré como antes?
- No, así será menos infeliz. Es lo que hay.
Pablo se retiró sin esperanza alguna, pero al menos, preparado para el futuro. Llegó a la parada de taxis pensando en cada palabra del psicólogo. Al ver un coche con el cartel de Libre en rojo, levantó su mano. Pero el coche ya había pasado, sin detenerse. Comprendió que su problema sería difícil de sobrellevar. Esa tarde caminó.



2 de junio de 2014

El mensaje de texto

- ¿Venís esta noche?
Era una pregunta muy fácil de responder, en cualquier otra circunstancia. Personalmente sonreiría y guiñaría un ojo. Hasta podría haber agregado, de manera irónica: ¿Te queda alguna duda?
Pero en medio de la ruta, en pleno viaje, el hecho de contestar ese simple interrogante se tornaba complicado. Los motivos eran varios. Uno de ellos, la señal. Pero no podía ampararse en esa excusa. Porque su celular, cada tanto, mostraba en la pantalla un par de barras de conexión, las suficientes como para poder enviar un mensaje de texto, incluso más escueto que el que había recibido.
El verdadero motivo, el más angustiante, era otro. No tenía crédito. Su mujer se lo había recordado veinte veces antes de salir. Y él, siempre tan cortante, le había contestado en cada ocasión que compraría una tarjeta en la estación de servicio.
No podía llamar ni mandar un breve mensaje con el monosílabo que repetía una y otra vez en su mente, como si telepáticamente pudiera transmitir su respuesta.
Si al menos se cruzara con un teléfono público o de emergencia, de esos que suele haber en las rutas. Pero la suerte no estaba de su lado o mejor dicho, se había aliado a las palabras de su mujer, que tras bajarse en su trabajo, le dijo por la ventanilla: "No te olvides de la recarga, que después no vas a conseguir en ninguna parte durante el viaje".
Había transitado varias veces esa ruta, pero no recordaba si había algún parador o comedor en el camino. Su mujer, a pesar de no haberlo acompañado nunca en ese recorrido, había apelado a su instinto o bien, a sus recursos de bruja. La odiaba por eso. Aunque más se odiaba a sí mismo, por haberse olvidado de comprar cuando debía haberlo hecho.
Había salido con el tiempo justo, no tenía la posibilidad de desviarse o regresar por una tarjeta. Sabía una cosa de ese trayecto: no había peajes. Un peaje era una buena oportunidad para encontrar un teléfono. Aunque fuera uno prestado, de algún empleado del lugar o personal de seguridad.
Miraba la hora cada tanto, sabiendo que llegaría con lo justo para ver a su cliente, que vivía apartado de la ciudad, mucho antes de la entrada a la misma. Debía tomar un camino de tierra e internarse unos cinco kilómetros en la llanura, hasta dar con un bosque de eucaliptos. Los árboles protegían la estancia donde residía la persona que iba a visitar.
La idea de seguir hasta la ciudad, comprar una tarjeta y recargar el celular para enviar la respuesta, se iba diluyendo a medida que la tarde caía. Su cliente había puesto un horario y por experiencia sabía que llegar tarde implicaba perder el negocio. Pero por otra parte, quedarse sin responder el mensaje de texto, traía otra consecuencia.
A más de ciento veinte kilómetros por hora y con hora y media de viaje por delante, sabía que no podría contestar la pregunta. Por más que acelerara, condujera imprudentemente, no llegaría a recargar su crédito. La única posibilidad, casi remota, era que su cliente tuviera un celular que le prestara o un teléfono que le permitiera utilizar para llamar. Pero no quería engañarse. Su cliente vivía en medio del campo para no ser molestado. Era un importante hombre de negocios pero al mismo tiempo, extravagante. Y si lo había citado en aquel paraje, era justamente para no ser molestados. Allí no había teléfono y el hombre jamás llevaba consigo teléfono móvil.
El atardecer lo encontró llegando a la estancia de su cliente. Algo descuidada pero imponente, la vieja construcción lo recibió en silencio. Una camioneta moderna estacionada cerca de los eucaliptos delataba la presencia de gente en el interior.
Golpeó la puerta y a los pocos segundos le abrió la puerta la persona que lo estaba esperando. Se saludaron y hablaron con efusividad, como sucede antes de comenzar una charla de negocios. La cuestión que tenían que resolver les llevó largamente dos horas. El cliente, al mirar el reloj, abruptamente señaló que debía dar por concluida la reunión. Por suerte, ya habían llegado a un acuerdo en todo. Faltaba un detalle, casi imperioso.
- Disculpe, pero... ¿no tiene un teléfono que pueda usar?
El dueño de la estancia, que ya estaba colocándose el saco, lo miró con extrañeza.
- ¿Y el suyo? ¿O acaso no sabe que no uso?
- Si, perdone, pregunté por las dudas. Me quedé sin crédito y debía contestar un mensaje si o si.
- Una pena, con certeza. Eso sucede por depender de la tecnología.
- Si, realmente.
- ¿Y su avión sale puntualmente?
- ¿Mi avión? ¿Cómo sabe que viajo?
- Lo supuse - contestó velozmente, tratando de aparentar seguridad - Es usted una persona de negocios y si me citó para una hora determinada, con un tiempo determinado, seguro era porque no podía perderse un viaje.
- Es muy observador, lo felicito. Ahora si me lo permite, salgamos, que de lo contrario, el avión partirá y me olvidará en la ciudad.
El hombre apagó las luces, cerró con llave y tras el saludo formal, comenzó a caminar hacia su camioneta.
- Oiga... ¿usted ahora va para su casa?
El cliente, que entonces estaba abriendo la puerta de su vehículo, lo miró con recelo.
- Si. ¿Por qué lo pregunta?
- ¿Es casado?
- Si, claro.
- Mire, tengo aquí unas flores en el baúl que compré para mi mujer. Pero estaba pensando... ¿por qué no se las lleva a su esposa y le da una sorpresa?
- Es buena idea. ¿Y su mujer no se molestará?
- Descuide, ella no sabía que le llevaba flores.
- Se las acepto entonces.
- Espere, pongamos algo en la tarjeta que tiene en blanco algún mensaje, como por ejemplo... déjeme pensar... ah, ya sé, esto no falla nunca. Sé lo que le digo.
Garabateó algo con lapicera y se lo entregó a su cliente, que miraba de reojo la hora, para no demorarse mucho más.
- ¿Si, mi amor? - preguntó el hombre colocando las flores en el asiento del acompañante de la camioneta.
- Esa frase paga, hágame caso. Cuando su mujer le pregunte la razón, usted le dice algo romántico, como por ejemplo, que es la respuesta a cualquier pregunta que ella haga sobre la relación. Invente. Es divertido.
Se volvieron a saludar y luego la camioneta abandonó la estancia por el camino de tierra. Él esperó un par de minutos para subirse a su coche. El manotazo de ahogado podía dar o no resultado. Lo sabría una hora más tarde, cuando arribara al motel de la ciudad. Si ella estaba allí, era que había entendido el mensaje. Si no estaba, era que había subido al avión con su marido.
¡Qué manera de complicarse las cosas! Y todo por no hacerle caso a su mujer.

29 de mayo de 2014

El legado en la sangre

El Aurelio pocas veces era de charlar. Le gustaba la tranquilidad, el silencio. Era común verlo en la plaza, a la hora de siesta, termo y mate en mano, en completa soledad. Cebaba amargos y los tomaba solo, sin apurar la chupada. Entre mate y mate se quedaba contemplando los árboles, el cielo, la calle de tierra que apuntaba para el norte. Era meditabundo el Aurelio.
Pero apenas aparecían críos con una pelota bajo el brazo, dispuestos a destruir la paz de la tarde con gritos y patadas, el hombre se iba calle arriba, hasta donde terminaba el pueblo y comenzaban los maizales de Doña Lucía, la mujer más acaudalada del lugar.
La Lucía, como le decía Aurelio, era su hermana. Sin embargo, él no había heredado ninguno de sus rasgos y mucho menos, de sus ambiciones. Mientras ella pugnaba día a día por hacer una moneda más, engrosar sus arcas y soñar con un día mandarse a mudar a la gran ciudad, su hermano se conformaba con esa vista maravillosa que se esparcía hasta el horizonte. El campo, el sonido del viento, la luz del sol.
Se metía entre las plantaciones y observaba las mazorcas, ya grandes y prometedoras. Pronto su hermana las mandaría a cosechar y las transformaría en dinero. El ritual mágico que le cambiaba el humor al menos durante un par de semanas.
Llevó la bombilla a la boca y chupó sereno. Luego, respiró profundo el aire puro, hinchando el pecho con orgullo. Qué linda era su tierra. Qué tonta era su hermana, que soñaba con irse. Se cebó otro mate y el termo quedó vacío. Sin agua, no le quedaba otra que volver. Pero solo para calentar más en la pava y luego, volvería otra vez al campo. ¿Dónde mejor que allí?
- Cómo le va, don Aurelio - escuchó a sus espaldas, llevándose un susto.
Giró en redondo al no reconocer la voz y vio, abriéndose paso entre los maizales, a un hombre de baja estatura. Venía con un machete, sacándose de encima las ramas que lo molestaban.
- No se asuste - advirtió el extraño, al darse cuenta que Aurelio había atenazado con fuerza el termo y el mate y estaba a punto de comenzar a correr para ponerse a salvo.
El pedido del hombre también lo tomó por sorpresa. Al principio lo asaltó la idea de un malandra, de algún buscavidas robando mazorcas para el camino, pero el hecho de pronunciar su nombre lo desorientó totalmente. La advertencia para que no temiera, lo dejó pensando.
- ¿Y usted quién es, petiso? - interrogó Aurelio, que si bien era de pocas palabras, cuando abría la boca no se guardaba ningún comentario.
El extraño sonrió con el adjetivo que se le había adosado.
- Usted ya sabe lo que dicen de los petisos.
- No, la verdad que no lo sé.
- No se preocupe, es una broma y aquí no he venido a jugarle bromas a nadie.
- ¿Y a qué ha venido, si se puede saber? - preguntó Aurelio, que para entonces tenía preparado el termo como para poder defenderse, en caso de querer atacar el forastero. No era hombre de fiar y menos de petisos que sabían su nombre.
- Disculpe que no me he presentado, soy Rosamonte, enano que vive en las praderas que están al oeste, a más de una semana de caminata de acá.
- Y dígame, Rosamonte, si vive en el oeste, que desgracia o infortunio lo trae por aquí. Más que el pueblo, que son unas veinte chozas que se vienen abajo a pedazo, no va a encontrar nada.
- Lo busco a usted Aurelio, no le voy a mentir. Dicen que es hombre de pocas palabras, pero al mismo tiempo, el mejor cebador de mates que existe.
- ¿Y quién lo dice? Jamás he invitado un mate a nadie. Me gusta tomarlos solos.
- No necesita convidarlos, Aurelio. Como dice el refrán, hazte la fama y échate a dormir.
- ¿Y quién le ha hecho fama a sus mates? ¿Cómo sé que usted no es una broma de mi hermana Lucía?
- No sabía que tenía hermana. Y su fama, bueno... su fama la ha llevado el viento de la llanura, por así decirlo.
Aurelio hizo una mueca y sin mediar palabra, pegó media vuelta y comenzó a desandar su camino hacia el pueblo. El enano, como impulsado por un resorte, salió detrás suyo.
- Aurelio, espere. Le digo la verdad, necesitamos de su ayuda. Nuestro pueblo se ha quedado sin cebador. El Nicanor ha muerto de forma súbita y no ha tenido tiempo de enseñarle el arte de cebar a nadie. Comprenda, Aurelio. ¡Nuestro pueblo ya no puede tomar mate!
- Vamos, no me agarre para el churrete. Me va a decir que tenían un solo cebador para todo el pueblo.
- ¡Y qué cebador! El Nicanor cebaba el mejor mate del país.
- Lo dudo, le mejor lo cebo yo.
- Por eso hemos venido a buscarlo, las últimas palabras del Nicanor cuando... bueno, antes de morir.
- ¿De un infarto, supongo?
- No, se le empacó la mula y al tirarlo al piso, no quiso soltar el mate y terminó con la bombilla incrustada entre ojo y ojo.
- ¡Madre de Dios!
- Si, no quiera saber los detalles. Lo cierto, es que ya casi desfallecido, en su último hilo de voz, pronunció su nombre. Clarito, pero con esfuerzo, dijo "Aurelio":
- ¡Pero si yo no lo conozco!
- ¡Déjeme terminar, carajo! Dijo "Aurelio, mi nieto..." y entonces, supimos que el legado vivía en la descendencia de su sangre. Y no hemos cesado en la búsqueda. Hace casi un año que lo buscamos. Imagínese. Hace casi un año que no probamos mate alguno. ¿No me cebaría uno?
Los ojos de Aurelio entraron en paradoja. Mientras uno quería llorar ante la historia que acababa de escuchar, sobre quién sería su abuelo, que había fallecido poco tiempo atrás y de quién él no supiera nada más que viejas historias que alguna vez le escuchara contar con cierto recelo a su padre, el otro ojo había entrado en alerta, desconfiado del enano, que no había tenido mayor ímpetu que pedirle un mate, justo a él, a Aurelio, el que jamás le había cebado a nadie.
Los cuerpos no mienten, ni los movimientos. Aurelio se alistó como para esconder el termo detrás del cuerpo y el enano entendió de inmediato.
- ¡No me haga eso! ¡Cébeme uno y demuéstreme que es el nieto del Nicanor, el cebador que lleva en la sangre los mejores mates que se hayan probado!
- Si no me equivoco - retrucó resistiéndose el hombre, dando pasos hacia el pueblo, aunque sin perder de vista al petiso - con tanto tiempo tomando mates, a usted cualquier mate le vendría bien.
El rostro del enano cambió, se endureció. Aquellas palabras fueron como una cruel cachetada.
- ¡Cómo puede decir eso! El mate no es mate, si no está bien cebado. Cualquiera prepara un mate, pero pocos son dignos de llamarse cebador. Nuestro Nicanor lo era y usted lleva el legado sin saberlo. ¿Por qué no viene conmigo? Será venerado y ocupará el lugar de su abuelo. Hasta podrá, me imagino, saber más cosas sobre él.
¡Aquel hombre diminuto hacía bien su trabajo! Cómo resistirse ante esa tremenda revelación, a esa invitación que lo colmaría de prestigio y sobre todo, seguir los pasos de ese hombre misterioso que fue su abuelo y que por alguna razón, su padre había querido omitir en el pasado.
Podía llegar a entender el odio de su padre hacia su abuelo, si es que éste en su momento había optado por ser el cebador de todo un pueblo en vez de criar a su hijo. Y así lo creía, por las charlas que de pequeño recordaba haber escuchado. Incluso, hasta podía explicar el egoísmo de Lucía, que solo pensaba en el dinero y partir lejos de allí.
- ¿Y hasta entonces, ese tal Nicanor jamás había hablado de sus hijos y sus nietos? - preguntó ahora con cierto rencor Aurelio, mientras caminaba hacia el pueblo.
El enano, que lo seguía apurando el tranco, dado que sus piernas cortan no le permitían dar grandes zancadas, vaciló en la respuesta.
- Creo que no. O si. Alguna vez dijo algo, de una familia. Pero en realidad no tenía tiempo para esas cosas. Entienda, era el cebador del pueblo. Tenía una misión y no era la de contar historias, precisamente.
- El mate es para tomar en silencio, lo sé. Para cultivar la tranquilidad y perderse en el horizonte, mientras el sol lo abriga a uno, quitándole de encima el frío o el miedo. Vaya si lo entiendo. Pero de todas maneras, duele saberse ignorado.
Aurelio detuvo su andar y el enano recobró las esperanzas.
- ¿Quiere un mate? - preguntó de repente Aurelio.
El rostro del petiso de ensanchó. Aquella era la respuesta que estaba buscando.
- ¡Claro que si! ¿Se viene conmigo?
- No, aquí tiene - dijo acercándole el mate y el termo - Aprenda usted solo, mijo y enséñele a los demás. Nadie es maestro de nadie. Salvo que uno lo esté buscando. Y yo, para que le voy a mentir, ya tengo mi misión en el mundo. Y es contemplar lo que me rodea, tomando mates. Así de sencillo y en silencio.
- Pero... espere, no se vaya. ¿Y su mate? ¿Y su termo? ¿Con qué va a tomar ahora?
- ¿Se cree que son los únicos que hay? El mundo está lleno de mates y termos. La diferencia entre los que tiene en la mano y los que tengo de repuesto en la alacena de la cocina, es que esos están más cerca. El único secreto de cebar mates, es saber con quién se comparte. Vaya y disfrute a su pueblo. Déjeme a mí con mi campo.
El enano se marchó triste, pero con cierta esperanza. Si era verdad lo que decía Aurelio, la verdad del mate no estaba en el cebador, sino en los que formaban parte de la ronda. Y si era así, los suyos estarían salvados.
Aurelio, en cambio, caminó los metros que faltaban hasta su casa maldiciendo por lo bajo. Ahora que lo recordaba, la bombilla que le quedaba en casa se tapaba seguida, la buena se la había dado al petiso. Hasta no comprar otra, en la ciudad, las horas de chupar en paz, se habían acabado.