Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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2 de julio de 2019

Los nenes del carro

El frío de la tarde cortaba la piel. Los primeros días de julio habían llegado con la crudeza indiferente del invierno.
El carrito tenía dos ruedas de bicicleta y un mango largo por detrás, que servía de timonel. Era pequeño, de apenas un metro de largo por poco más de medio de ancho. El chico más alto lo empujaba. Desgarbado, pelo corto y desabrigado para el clima reinante. El otro lo acompañaba al lado del carro, portando una campera inflable roja dos tallas más grande, una sonrisa risueña y el cabello repleto de rulos disparados al viento.
Se reían con ganas, empujando el carro repleto de cartones. Iban por la calle, cerca del cordón, pero sin prestar atención al tránsito. Se detenían en cada cesto de la basura mirando con ansiedad las bolsas de residuos, sobre todo las que eran más claras y traslucían parte del contenido. Las cajas de cartón las manoteaban sin dudar y en un santiamén las desarmaban y aplanaban para que ocuparan menos lugar.
El más pequeño, libre de la tarea de llevar el carro, se adelantaba en la búsqueda del siguiente canasto. De pronto pegó el grito.
- ¡Mirá guacho, está casi llena!
Con habilidad había sacado de una bolsa, una botella de aceite. La sostenía en lo alto, como un premio. El más grande se acercó, festejando el hallazgo.
- Uy, eso también sirve - le dijo al otro.
En la misma bolsa había una caja de salsa de tomate y una de hamburguesas. La alegría era inmensa, el botín incalculable.
- Levantá eso que se te cayó, que le hacés mugre a la gente - reprendió el más grande, ante el descuido del pequeño.
Fue cuando se abrió la puerta de calle de la casa a la que pertenecía el canasto de la basura. Salió una mujer, levantando la voz.
- No toquen eso chicos, que está todo vencido. Hay pilas viejas, que es veneno.
La mujer se acercó velozmente, le sacó de las manos las hamburguesas y la salsa, y en su lugar les dejó un paquete de galletitas.
- Lleven eso, que esto les va a hacer mal.
Los chicos agradecieron, sin dejar de mirar el paquete de galletitas, y felices que aún tenían la botella con aceite.
- ¿Las comemos ahora? - preguntó el más chico, mientras se alejaban.
- No, vamos a llevarla para las casas - dijo el más grande, sabiendo que allí estaban los gurises, los que todavía no andaban la calle.
- Mirá - dijo su hermanito, señalando la placita del otro lado de la calle - esos nenes están jugando a la pelota.
- Ajá - respondió el más grande, que otra vez paseaba su mirada atenta sobre los canastos de basura que tenían por delante, a lo largo de la calle.
Avanzaron hacia el ocaso de la tarde, soportando el frío de igual manera que lo hacían con el hambre, tirando del carro, deteniéndose ante cada bolsa, dejando atrás la placita, el partido de fútbol, la pelota, la infancia misma.

17 de junio de 2019

La montaña

Desde lo alto es apenas una mancha avanzando en un claro de la vegetación. Muy cerca, hacia la derecha, está el río. Brilla mientras serpentea de un lado a otro en un dibujo que aunque estático, es al mismo tiempo vívido, hipnotizador. Pero para la mancha, allí a varios metros, aquello que lo rodea es un paisaje ajeno. Cientos de árboles y arbustos se interponen para esconder de su vista ese brazo de agua, a pesar de la cercanía.
Y desde lo alto, la mancha sigue su trayecto. El helicóptero no le pierde pisada. Aunque distante, la vista es clara.
Claro, es difícil proponer un rompecabezas visual de esta índole sin un contexto. La única manera de ocultarse, sería entre los árboles, pero nadie se animaría. No con todas esas cosas sueltas. Partamos entonces desde el principio. No muchas horas antes, después del gran ruido.

La explosión fue muy clara. Estremecedora en algún sentido. Retumbaron los vidrios, sin llegar a romperse. Se movió el suelo, sin saltarse ningún cerámico. Se revolvieron los estómagos de todos y cada uno, sin llegar nadie a devolver. Demoraron muy poco en correr hacia el exterior, no sin antes cruzar miradas de estupefacción, en total silencio por una cuestión meramente de miedo, que los imposibilitaba de mover los labios y pronunciar palabra alguna.
Cuando decidieron correr hacia fuera del salón comedor dónde el turno DIA estaba desayunando, lo hicieron en tiempo récord, atravesando la doble puerta de ingreso casi en una exhalación.
Luego, el primer obstáculo fue el sol. Irradiaba tanta fuerza justo desde donde había provenido la explosión, que solo colocando la mano en forma de visera, podían llegar a ver algo. Y ese algo que observaron todos al mismo tiempo, fue suficiente. Algunos se llevaron la mano libre a la boca, otros sintieron las piernas doblegarse. No pocos dejaron caer lágrimas de angustia. Es que la montaña, la enorme montaña ubicada a dos kilómetros a la que ingresaban cada día a las diez de la mañana de manera puntual para relevar al turno NOCHE, ya no estaba. Y en su lugar, además del sol que ahora los atravesaba, había una voluptuosa nube de polvo que amenazaba incluso con cubrir a la enorme estrella de luz y también todo lo que estuviera a su paso, en un avance de pasmoso silencio, prácticamente al ritmo de una tortuga, que hacía aquello aún más morboso e inquietante.
Es que en ese silencio, en ese tácito mutismo, resonaba a viva voz una única pregunta: ¿Dónde estaban sus compañeros, los cien mineros del turno que iban a reemplazar en menos de una hora?
Fue un grito, que surgió del mismísimo abismo de polvo, el que terminó con todo pensamiento y desató la locura. Un grito como nunca nadie había escuchado.

Eran otros cien mineros, más los empleados del complejo. No había directivos de la minera, nunca los hay. Solo están para los actos de protocolo. El resto del tiempo, están a merced del destino, a miles de kilómetros de cualquier civilización. Esa mañana algo sucedió en la montaña, algo terrible. Ahora, huyendo en la camioneta por un camino que desconoce, rodeado de árboles, sin poder detenerse, puede pensar en dos posibilidades. La primera, que alguna detonación abrió una puerta en el corazón de la montaña dando comunicación con lo inesperado. La segunda, que ellos estaban allí dormidos y ellos lo habían despertado.
Lo cierto es que el grito los paralizó. Fue algo tan extraño que no atinaron a nada. Permanecieron de pie, observando el polvo creciendo en el aire, como una nueva montaña, pero volátil, intensa, tenebrosa. El olor debería haberles llamado la atención, pero el sonido de la explosión había perturbado todos los demás sentidos. El olor era a huevo en mal estado, a podredumbre. Como si la muerte hubiese pasado a su lado, dejando una estela de fetidez. Aún así, no nadie se detenía a pensar en ello. Pero aquel grito, aquel estremecedor sonido...
Y entonces, como salidos desde el mismo infierno, aparecieron. Aparecieron del polvo, como disparados por una enorme catapulta, haciendo un arco en el aire y aterrizando a muy pocos metros de donde todos estaban. En sus ojos podían encontrar la definición del horror. Grandes, blancos, inyectados de pequeñas arterias negras. Sus garras afiladas, enterradas en el suelo. El pecho repleto de espinas, gruesas y desparejas subiendo y bajando, al ritmo de una respiración salvaje, desquiciada. Eran abominables. Difícil de ser llamados seres, engendros o animales. Aquel contacto visual entre el minero y esas cosas, fue efímero. Equivalente, quizá, a un parpadeo. Pero lo suficiente como para grabar a fuego tan siniestra imagen.
Esas cosas no perdieron el tiempo. Se arrojaron sobre los trabajadores. Sus movimientos eran tan ágiles como mortales. Sus extremidades tenían firmeza, elasticidad y una precisión absoluta. Al menos cinco cabezas volaron por los aires, decapitadas de un solo zarpazo. El minero de apellido Gutiérrez retrocedió como pudo, cayéndose tres veces. Otros trataron de hacer lo mismo, pero fueron alcanzados y asesinados al instante. Gutiérrez tuve suerte. Mientras otros a su lado caían bajo el filo espeluznante de esas cosas, sus piernas seguían avanzando. Corrió hasta la camioneta del capataz y subió sin pensarlo. La llave de arranque estaba allí, lista para que la gire, para encender el motor, poner en marcha aquel vehículo y salir derrapando sobre la grava, acelerando a más no poder, mirando en todo momento por el espejo retrovisor, viendo como los pocos que aún quedaban en pie, sucumbían ante la monstruosa horda de cosas y cómo algunos de estos bichos avanzaban detrás de la camioneta, que ganaba velocidad y se alejaba. No supo en que momento comenzó a llorar, pero cuando llegó a la ruta, el rostro estaba empapado en una mezcla de sudor y lágrimas.

En algún momento, aunque breve, Gutiérrez creyó sentirse a salvo. Respiraba hondo, tratando de no entrar en pánico. Pero luego comenzó a verlos. Los engendros estaban por todas partes, como si aquella montaña hubiese escondido un enorme hormiguero. Los veía a los lados del camino, entre los árboles, algunos trataban de alcanzar la camioneta. Eran veloces, pero la camioneta no bajaba de los cien kilómetros por hora. El tanque, afortunadamente, estaba lleno. Pero si esas cosas seguían multiplicándose y apareciendo de la nada, no faltaría mucho tiempo para que en algún punto del camino, en alguna parada obligatoria, o donde se viera forzado a reducir la velocidad, lograran tenerlo a mano y dar cuenta de su existencia.
¿Qué sentido tenía la huida, al fin y al cabo? ¿Acaso estaba prolongando la agonía, sufriendo a cuenta de un final que tarde o temprano se produciría? Pero existe el llamado instinto de supervivencia. El deseo de vivir. Aunque sea una hora, dos horas, tres horas más. La muerte es siempre la última opción. Incluso, cuando la muerte es la única opción.
Se percató del equipo de radio a la media hora de viaje. No sabía usarlo, pero atinó a usar la lógica. Ignoraba de frecuencias y más aún, de cómo configuraba ese aparato. Apenas que sabía usar el celular para comunicarse con su hija, que no llevaba consigo, porque siempre lo dejaba en la habitación.
Estuvo treinta minutos repitiendo el mismo llamado de auxilio. Era un pedido desesperado y así sonaba. Lo único que decía era: "Aquí operario Gutiérrez, huyendo de la minera Excav. Hubo una explosión y está repleto de monstruos". Cualquiera que lo escuchara podía optar por reírse o preocuparse. Pero podía escucharse en el tono de su voz el miedo a flor de piel. Cada palabra vibraba con angustiosa tensión. Cada sílaba parecía a punto de romperse por el llanto. El idioma, el lenguaje, eso que nos permite comunicarnos, es en sí un pedido constante de ayuda. Para no sentirnos solos, para sabernos acompañados, para saber del otro. Gutiérrez quería saber de todos, que alguien le respondiera, que alguien le dijese que aquello no era real sino una mala pesadilla.
Hablaba a aquel aparato sin tener la certeza de tenerlo encendido. Media hora estuvo repitiendo lo mismo, observando al mismo tiempo de reojo cómo en el paisaje se adivinaban esas cosas, siempre al acecho. Hasta que un sonido áspero y entrecortado, similar al de un relator de fútbol sonando en una radio vieja y sucia, lo hizo llorar por segunda vez en la misma mañana.
Esa voz decía "Aquí Control Norte, enviando unidad de apoyo. Indique ubicación". Tardó un buen rato, mientras puteaba a viva voz, en darse cuenta que aquello que estaba por encima del volante era un gps. Lo encendió y obtuvo las coordenadas de la camioneta. El camino era menos sinuoso, ya no había ripio y el paisaje se estaba convirtiendo en algo que en cualquier otra situación sería digno de contemplar, con arboleda de un lado y del otro. Al vehículo le quedaba aún medio tanque de combustible. Esas cosas seguían apareciendo cada tanto. Podía verlos a través de las ventanillas cada vez que desviaba la vista del pavimento. Sabía que si se detenía, destrozarían la camioneta en cuestión de segundos. 
Pensaba que si había viviendas en los alrededores, con seguridad sus moradores ya estaban muertos. La voz en el radio le dio aviso que un helicóptero militar estaba cerca de su posición. De la misma manera que no le habían pedido explicaciones a su pedido de ayuda, tampoco le habían advertido del tipo de ayuda que enviarían. Y eso lo puso en alerta. Trató de mirar hacia el cielo, pero divisó nada. Si vio, en cambio, algunas columnas de humo oscuro a los costados, entre los árboles. Incendios. Tuvo entonces imágenes fugaces en su mente de vecinos de la zona espantados por esas monstruosidades, tratando de atacarlos y pereciendo en la lucha, con sus hogares en llama por alguna explosión involuntaria. Su imaginación iba más rápido que la camioneta, tratando de borrar esos pensamientos, que, sin embargo, se interponían a su voluntad. Es que, tarde o temprano, era la suerte que le esperaba. Y era consciente de ello, El derrotero de su huida, no era otro que la demora en un corredor de la muerte, y esas cosas de garras afiladas, los verdugos que lo ejecutarían en la horca, en la hora final.
Pudo ver al helicóptero en un claro entre las copas de los árboles, tratando de girar hacia él. Estaba a muy baja altura, casi rozando los árboles. Como le habían dicho, era del ejército, con armas en sus laterales y misiles bajo la cabina. Se fue poniendo a la par de la ruta, y comenzó a girar lentamente, suspendido en una misma posición. A medida que avanzaba, Gutiérrez lo veía más grande. De repente la trompa del helicóptero observaba frontalmente a la camioneta. Y de un momento a otro, vio absorto salir disparado un misil.

En el despacho principal de la base militar subterránea, ubicada a quinientos kilómetros de la excavación, las miradas son de preocupación. El informe de la torre de Control Norte fue recibido como una bala en el pecho. El helicóptero alcanzó a disparar contra el minero que había escapado pero no podían confirmar si habían impactado en el objetivo: las bestias habían aprovechado la proximidad con los árboles para lanzarse desde las ramas y derribarlo. Estimaban que piloto y militares a bordo habían perecido en la caída. Y si había posibilidad alguna de que se hubiesen salvado, las bestias los habrían asesinado entre los restos del siniestro.
- ¿Tenemos entonces un testigo vivo?
Nadie se atrevió a decir lo contrario. No se manejaban con supuestos, sino con certezas. No tenían pruebas que indicaran lo contrario. Ni siquiera podían valerse de los otros datos reportados por el informe: el minero no contestaba el radio y tampoco detectaban datos del gps del vehículo.
El militar sentado en la cabeza se puso de pie y caminó hasta la pared más cercana, donde se extendía un mapa de la zona, con diversas marcas de colores, una de ellas sobre un punto que decía "Montaña X". Tomó de una mesa una ficha roja y la colocó lejos de la excavación, en un lugar determinado de la única ruta de la región.
- Aquí perdimos el helicóptero. No podemos enviar unidades terrestres para confirmar si eliminamos el error colateral. Tampoco nada tripulado. Que sean drones y que nos digan cuánto antes si lo que debía hacerse, está hecho.
- ¿Podemos irnos? - preguntó un oficial.
Pero antes que el de mayor rango hablara, otro oficial se puso de pie y se dirigió al mapa. Señaló líneas distantes, de color naranja.
- ¿Cómo podemos estar seguros que las bestias no pasarán de estos límites? Hemos visto satelitalmente que son sanguinarias, más de lo que preveíamos. Si nuestros científicos se equivocaron al respecto, cómo podemos confiar en que el material colocado a lo largo de ese perímetro las contendrá. ¿Y si también calcularon mal? Cómo podemos estar tan seguros que en realidad no escapaban de la montaña por otra cuestión. Dejarlas escapar y estudiarlas en un área tan grande, es un riesgo.
- ¿Ya dijo todo lo que tenía para decir, Teniente? El plan era éste y el alto mando estuvo de acuerdo, nuestro gobierno y el de veinte naciones más estuvieron de acuerdo, y los dueños de la minera estuvieron de acuerdo. Prioridad uno, mantener como ultra secreta esta misión, la explosión y todas las muertes. Y eso implica que ese minero, ya sea por nosotros o esas bestias, esté muerto, bien muerto. Prioridad dos, hacer cumplir la prioridad uno, para que quiénes deben ocuparse de la fase de estudio, análisis y todo lo que quieran hacer con esas cosas allá afuera, se ocupen de sus tareas. Si esos límites fallan, Teniente, deberemos enfrentarnos a esas bestias. Mientras tanto, tenemos órdenes. Y debemos cumplirlas. Manden esos malditos drones y háganme saber si el minero está muerto o no.

La primera explosión no lo había matado por una hora. La segunda explosión había fallado por solo cinco segundos, que fue el tiempo que le llevó abrir la puerta y arrojarse fuera. Eso y la presencia de dos de esos bichos que saltaron sobre él cuando se tiró de la camioneta.
La onda expansiva golpeó los cuerpos de las cosas que arrastraron el suyo contra la zona boscosa. Cuando despertó, sintió una fuerte opresión sobre su espalda. Pensó que el golpe le había quebrado la columna, pero el malestar era por otra cosa. Uno de los letales engendros estaba sobre su cuerpo, sin vida. Le había servido de coraza contra la explosión. A duras penas pudo quitárselo de encima. A medida que lo movía, un líquido viscoso y tibio salía de esa cosa y lo iba cubriendo lentamente. Era como estar bajo un chorro de miel con mucho olor a mierda.
A pesar de dolerle todo el cuerpo, se puso de pie, asiéndose del tronco de un árbol. Las hojas secas crujiendo a su espalda delataron la presencia de otro de esos seres. Supo que no iba a tener tiempo de darse vuelta y que sentiría un ardor en su cuelo cuando el zarpazo lo atravesara de lado a lado. Cerró los ojos y esperó. Un frío recorrió su cuerpo y se le escapó un chorro de orina.
Al cabo de diez segundos, giró sobre sus talones. El bicho estaba ahí, a cuatro o cinco metros. Lo miraba atentamente, pero no se movía. Parecía olfatear el aire, aunque no tenía nariz. Los ojos blancos estaban atentos, mientras las líneas finas y negras que parecían tatuados en él se movían casi imperceptiblemente. Finalmente se marchó en otra dirección. Gutiérrez, que para entonces también se había cagado encima, comenzó a llorar una vez más, dejándose caer con la espalda contra el árbol, hasta quedar en posición fetal en el suelo. Todavía estaba vivo. Era el único pensamiento coherente en su mente. Y el que lo movilizó a ponerse de pie.
El helicóptero había disparado contra él, no contra esas cosas. Era una idea difícil de asimilar. Más cuando el helicóptero era su única oportunidad. Dos de los engendros pasaron a su lado, sin detenerse. Aparecieron tan abruptamente que no tuvo tiempo de reaccionar, sin embargo el corazón se paralizó un instante. No tenía que analizar demasiado para comprender que aquella sustancia que había caído sobre él lo ayudaba a pasar desapercibido de los monstruos.
Se internó cada vez más en el bosque, tratando de esconderse detrás de los árboles. En la medida que avanzaba, llegaba a sus oídos un rumor constante. Finalmente lo vio. Era un río, con una corriente bastante fuerte, pero lo suficientemente corto a lo ancho como para llegar hasta el otro lado. Aunque el agua... el agua podía limpiar esa viscosidad que lo mantenía a salvo.
Observó en los árboles trepar hasta lo alto a varios de los bichos. En lo alto, a través de las copas, algunos drones captaban la atención de las cosas. Rápidamente se puso a resguardo, para no ser visto. Los monstruos parecían saltar de árbol en árbol, en la medida que los drones se movían. Cuando notó que todos iban en una dirección contraria de dónde estaba, no lo dudó más. Corrió hacia el agua y se arrojó. La corriente era muy fuerte, trató de dar brazadas, pero era imposible. Entonces, se dejó arrastrar.

El puño golpeó la mesa con violencia y el estruendo estremeció al mensajero, que se retiró tras la orden del general. El hombre se paseó por su despacho, con pasos lentos. Finalmente se acercó al escritorio, levantó el teléfono y mintió a su superior.
- La camioneta quedó destruida por el misil, si señor. Totalmente destruida. No hay chances de que haya supervivientes. La fase dos puede comenzar.
Colgó y se sentó en su silla de respaldar alto. Volvió a tomar la tablet que le llevó el oficial y le dio play al video. El drone había filmado al camioneta, aún despidiendo humo provocado por el misil. Se veía claramente la destrucción, pero la puerta del conductor estaba abierta, no había cadáver alguno carbonizado en el asiento y más allá, contra los árboles, se veían dos bestias muertas, despedidas por la explosión. El drone las había sobrevolado detenidamente. Segundos antes que la filmación se cortara abruptamente, se podía ver un pedazo de tela, con el logo de la compañía Excav, entre los restos de la bestia. Pero no había ningún cadáver humano en el lugar.
El puño volvió a bajar con fuerza con la madera. Su futuro al mando de la misión dependía de una sola cosa: de la capacidad de esas bestias en impedir que el minero saliera de la zona de restricción.

Por momentos parecía que se ahogaba, pero entonces emergía y respiraba, mientras la correntada lo llevaba río abajo. Se había golpeado varias veces contra rocas en el camino, y sangraba de diferentes partes del cuerpo, pero confiaba en que, de alguna manera, aquel viaje tempestuoso acabaría en algún momento. Finalmente pudo agarrarse de unas ramas y asiéndose con fuerza, llegó a la costa, repleta de camalotes, ramas y botellas de plástico. Esto último le daba el indicio de estar cerca de algún lugar poblado. No sabía cuánto había viajado y había perdido la noción de la ubicación. Una pequeña barranca lo llevó hasta una zona de yuyos altos, que terminaban en un alambrado de púas. A medida que se acercaba, vio pastando vacas y mucho más lejos, algunos caballos. Las heridas le ardían y pronto comenzaría a atardecer. La temperatura había comenzado a bajar, sentía hambre y estaba muy cansado. No obstante, cruzó el alambrado y anduvo con cuidado, ocultándose entre los pastizales más altos.
A lo lejos, cuando ya anochecía, divisó una ruta. Pasaban de tanto en tanto camiones y vehículos. Se acercó lo suficiente como para identificarlos. La mayoría eran transportes militares, que le recordaban el episodio con el helicóptero. A la rastra, llegó cerca de arbustos ubicados a escasos metros del camino. Aguardó durante horas, siempre oculto. Calculó al menos una docena de camiones del ejército, pasando de un lado a otro. Creyó ver una estrella fugaz desaparecer en el firmamento, entre dos constelaciones que le eran familiares. De inmediato, vio aproximarse un viejo rastrojero, que marchaba a baja velocidad. Lo dejó pasar y echó a correr detrás. Se asió de la caja trasera y con mucho cuidado, se dejó caer dentro. El vehículo llevaba herramientas, bolsones de cereal y una lona oscura, bajo la cual se escondió. El dolor lo sumió en un sueño profundo, aunque alerta. Quizá, se dijo antes de cerrar los ojos, todo aquello fuera tan solo un mal sueño que al despertar, desaparecería. Aunque las heridas, dijesen lo contrario.

Desde lo alto es apenas una mancha avanzando en un claro de la vegetación. Muy cerca, hacia la derecha, está el río. Brilla mientras serpentea de un lado a otro en un dibujo que aunque estático, es al mismo tiempo vívido, hipnotizador. Pero para la mancha, allí a varios metros, aquello que lo rodea es un paisaje ajeno. Cientos de árboles y arbustos se interponen para esconder de su vista ese brazo de agua, a pesar de la cercanía.
Y desde lo alto, la mancha sigue su trayecto. El helicóptero no le pierde pisada. Aunque distante, la vista es clara. Es un sencillamente un viejo rastrojero, pero las órdenes son órdenes. Todo vehículo debe ser controlado.
- Perdemos el tiempo, Tom. Nadie escapa a cuarenta kilómetros por hora.
Tom, rio fuerte. Si algo le gustaba hacer, era reírse fuerte.
Más adelante, en dirección contraria, venía un auto deportivo.
- Vigilemos a ese, será más divertido.
Y Tom volvió a reír, contento de esa decisión.


26 de mayo de 2019

El antojo

Tenía un antojo. Simple, es verdad, pero no había un solo chocolate en toda la casa. Miró la hora y era casi la medianoche. El kiosco que estaba pegado al edificio cerraba más temprano. Se volvió a acostar, contrariada.  Trató de dormir pero estaba incómoda, daba vueltas bajo las sábanas, acomodaba la almohada a cada instante, hasta que malhumorada encendió la luz y se sentó en el borde de la cama. Agarró de mala gana el celular que reposaba sobre la mesa de luz y buscó en los contactos el número de un delivery. Quería un chocolate e iba a conseguir un chocolate.

Bostezó con toda la boca, como si se fuera a comer una ballena. Hacía diez horas que estaba encima de la bicicleta, el cansancio era evidente. La enorme mochila cuadrada que llevaba en la espalda se había convertido desde unas horas antes, en una verdadera carga. Quería ir a dormir. No podía quejarse, había sido un día productivo, había hecho muchos viajes. El celular vibró. Un nuevo pedido. Podía tomarlo o dejarlo. Miró la hora. Llegaría a su casa extenuado y por la mañana tenía facu, pero necesitaba la plata. Aceptó y se puso a leer la pantalla para saber más del pedido que debía hacer.

Había subido al auto una hora atrás y el único viaje que había logrado hacer, fue de diez calles. Estaba consumiendo el combustible dando vueltas de un lado a otro, por arterias transitadas pero sin potenciales pasajeros. Cada tanto veía gente subiendo a coches sin pintar de negro y amarillo y sospechaba que eran vehículos de alguna de esas aplicaciones que le quitaban el trabajo. Los puteaba con bronca a través de la ventanilla baja, a la pasada. En cada semáforo trataba de calmarse, concentrándose en la fotografía de sus hijos, que llevaba colgada del espejo retrovisor. Pero entonces veía a su pequeña, que en seis meses cumpliría los quince y volvía a recordar que el dinero no le alcanzaba para hacerle una fiesta. Entonces, apretaba el acelerador y salía disparado con la luz verde, tratando de alcanzar un pasajero antes que otro taxi se lo arrebatara.

Le costaba creer que hubiese gente que pidiera un delivery por solo un chocolate, pero no era la primera vez que le causaba gracia algún servicio. Una noche había tenido que alcanzar a una dirección una caja de preservativos. Se reía de solo recordarlo. Compró el chocolate en un maxi kiosco del centro y ni siquiera lo guardó en la mochila. Lo puso en el bolsillo del pantalón, para tenerlo bien a mano, entregarlo de inmediato, cobrar y retornar a su casa. Tenía al menos cincuenta minutos de pedaleo antes de desplomarse sobre su cama. Lo bueno era que estaba a dos cuadras de su destino. Dos...

Otra esquina vacía, y otra más. La situación estaba igual para todos. Por eso es que de tanto en tanto se encontraba con dos taxis tratando de estacionar delante de un mismo pasajero que había hecho seña. No quería llegar a esa situación, si veía a otro taxi mejor ubicado, resignaba la posibilidad. Pero cómo venía la mano... se replanteaba si no tendría que actuar de la misma manera. Entonces, a una cuadra y media, vio un grupo de jóvenes asomadas al cordón de la vereda, mirando a lo lejos. La experiencia le decía que estaban esperando un taxi. Al fin un viaje, pensó. Al fin...

Estaba tirada sobre la cama, pero se había vestido. De un momento a otro le tocarían el portero y tendría que bajar. Ya tenía la tarjeta preparada, para bajar rápido. Pero el sueño la estaba venciendo, si no llegaba rápido el delivery, se iba a quedar dormida. Se obligaba a mantener los ojos despiertos. Podría ponerse de pie, bajar y esperar abajo, pero no tenía ganas. El sonido del tránsito que llegaba desde la ventana, solía sobresaltarla, pero ni siquiera el sonido de las ambulancias que se escuchaba le llamaba en ese momento la atención. Estaba apostando, inconscientemente, entre quedarse dormida y sucumbir a su capricho o ganarle la batalla al sueño y obtener como recompensa el chocolate. Aunque dos minutos después, se durmió profundamente.

- Para mí que el delivery iba con auriculares, porque la frenada me hizo asustar de lo fuerte que se escuchó.
- Cruzó la calle y no lo vio, oficial. El pibe iba por la senda de las bicicletas y el taxi se lo llevó puesto.
- La verdad, no sé que pasó, cuando llegué el muchacho de la bicicleta estaba tirado por allá y el tachero estaba afuera del auto, agarrándose la cabeza. 
- Mírelo, tiene un ataque de nervios. No es para menos, no todos los días se mata a alguien. A mi me pasó una vez, hace como treinta años, si tiene un momentito, le cuento...


18 de mayo de 2019

En el mar

Las olas golpeaban la embarcación, una tras otra, en una repetición monótona pero que creciente intensidad. El viento arreciaba con furia, pero hacía un largo rato que quedaban velámenes que empujar. Sobre la cubierta un joven de poco más de veinte años trataba infructuosamente de sacar el agua que ingresaba al pequeño velero. Estaba desesperado y con razón. A ese ritmo, se hundiría en pocos minutos más.
De tanto en tanto miraba hacia el horizonte, con la esperanza de divisar un barco que lo rescatara a tiempo, pero su vista chocaba contra el cielo oscuro y amenazador. Augurios de muerte sobrevolaban su cuerpo empapado. Su mente ya no pensaba, solo imploraba, aunque el cansancio confundía sus oraciones. Le dolían los brazos de tantos baldes con agua que llenaba en un envión y arrojaba con fuerzas por estribor. Pero el agua seguía entrando...

- ¿Por qué, Martín?
Ella había preguntado sin esperar una respuesta. Era quizá una formalidad que necesitaba hacer en la hora de la partida. Su hijo era lo suficientemente grande para tomar decisiones. El lazo se había cortado hacía tiempo, con sus silencios. De alguna manera, la hacía sentir culpable de todo. De la separación, de haber tenido que vivir con ella, de no tener a su padre cerca. Simplemente, había intentado ser madre. Y al verlo partir, con los bolsos a cuestas, sentía que había fracasado.

El músculo sintió el cansancio y el balde se le resbaló de las manos. Cayó pesadamente en la cubierta y rodó hasta el borde de la madera. Martín, dolorido, trató de alcanzarlo, pero el viento lo arrojó al agua. A los pocos segundos era un manchón naranja flotando en el agua. Si algo faltaba, estaba comenzando a llover. Las primeras gotas fueron puñales en su rostro.

- ¿Y qué dice tu madre?
Le dio bronca escuchar esa pregunta. Al fin se había decidido por ir a buscarlo, por salir del nicho materno, encarar su futuro desde otra perspectiva y a su papá lo único que le importaba era saber que decía ella. Si nunca le importó lo que ella pensara, por qué debía importarle ahora. Y la respuesta era simple: porque no quería estar con él. A la pregunta le siguieron excusas, explicaciones tontas e inventadas por las que no era una decisión acertada. Cuando la comunicación telefónica terminó, Martín se quedó con la vista clavada en el enorme ventanal del bar, sin mirar nada en particular, resignándose a las formas humanas que iban y venían del otro lado, a los edificios recortados contra el cielo, al sonido de una calle que le parecía lejana, el olor de un café cada vez más frío, más amargo, sin sabor, sin sentido a nada.

El viento, la lluvia, los relámpagos, el vaivén de una estructura endeble, inundada, hundiéndose. Mucho frío. Mucho miedo. Y las lágrimas. Porque al final, siempre llegan.
En el horizonte no hay ningún barco. No lo habrá. Porque tampoco sería justo.

- Claro, tu padre te rechaza y volvés, porque no tenés donde caerte muerto.
Es despecho, lo sabe. Es dolor contenido, lo entiende. Pero él carga con mucho más. Su madre no va a detenerlo,  va dejar que entre a la casa. Pero quiere que le duela aunque sea un poquito. Y lo logra, claro que sí. ¿La puede culpar, acaso? No, no puede. Y se va. Para siempre, le grita, antes de golpear con vehemencia la puerta de calle.
La ira lo carcome. Lo envenena. Lo obliga a volver hasta la estación de ómnibus, a comprar un nuevo pasaje hasta la ciudad donde vive su padre. Las ideas vuelan en su cabeza durante las tres horas de viaje. Esta vez no llama, no pierde el tiempo. Va directamente hasta la casa. Y cuando su padre abre, que se queda paralizado al verlo, como si fuese un fantasma y para coronar el momento, titubea un "te dije que no quería que..." ya no le quedan dudas que lo ha declarado culpable. No sabe cómo, ni de dónde sacó las fuerzas, pero lo empuja hacia el interior de vivienda, lo hace trastabillar y caer hacia atrás. La cabeza golpea contra un escritorio y la sangre mancha la alfombra.
Martín se siente agitado, pero no asustado. Actúa de manera impulsiva. No siente compasión. Ve el cuerpo de su padre en el suelo, los ojos abiertos, la mirada en blanco, los brazos abiertos en cruz y solo atina a hacer una cosa: patearlo hasta que le duele el pie.
Busca las llaves del auto pero encuentra algo mejor. La del pequeño velero que su padre guarda en el muelle. Y entonces, se imagina internándose en el mar, recorriendo un largo trecho hasta otro punto del mapa donde no haya recuerdos, no haya un pasado y todo sea futuro.

Su cuerpo estaba extendido sobre la cubierta, con el agua cubriéndolo. Sintió como la gravedad y el mar engullían la embarcación. Se dio cuenta entonces que llevaba puesto un chaleco flotador. Y que más allá, flotaba un salvavidas. Fue quizá lo último que vio, antes de entregarse a la muerte. Sus últimas fuerzas las destinó a quitarse el chaleco. Una vez libre, escapó a la profundidad del olvido.

13 de mayo de 2019

20 de abril de 2019

El testigo

Cuando Barrios llegó a la habitación, los forenses ya se habían retirado. Cerca de la ventana, prestando atención a los detalles de la abertura, estaba Ortiz. Llevaba puestos guantes descartables y sus movimientos parecían una coreografía en cámara lenta. En el centro de la habitación una manta negra dejaba adivinar que estaba allí para cubrir el cuerpo de la víctima.
Barrios contó los uniformados desde la puerta de entrada del edificio hasta donde se encontraba. Solo tres. Uno abajo, otro en el pasillo y el restante dentro de la habitación, observando una estantería de libros.
- ¿Cuál fue la causa? - preguntó el detective, sobresaltando tanto a Ortiz como al policía de uniforme.
Ortiz se acercó, sacándose los guantes y guardándolos en los bolsillos del saco.
- Un infarto. Según los compañeros de cuarto, comenzó a tener un ataque al corazón y llamaron de inmediato a la ambulancia, pero no llegó a tiempo.
- Muy oportuno. Un ataque al corazón a menos de veinticuatro horas de declarar en una causa por drogas.
- ¡Y qué causa!
- ¿Dónde están ahora los compañeros de cuarto?
- Los amigos fueron liberados luego del interrogatorio de rutina, deben estar ahogando penas en un bar o dónde hoy en día se estile ahogar las penas.
- ¿Tenemos sus datos?
- Todo. Hasta el grupo sanguíneo.
El detective giró en redondo, observando la puerta de salida al pasillo.
- ¿Tenía custodia?
- No, era un domicilio no declarado. En teoría nadie sabía que estaba acá. Es el departamento que alquilan unos amigos de su pueblo, que están estudiando medicina aquí en la ciudad.
- Tendría que haber tenido custodia igual. Pudo haber tratado de escapar, pudieron intentar matarlo... es mejor prevenir.
- No hay presupuesto, Barrios. Usted lo sabe, yo lo sé. Además... ¿piensa que para este muchacho las cosas iban a terminar con la declaración? Estaba en una encrucijada. Si no declaraba, iba preso. Si iba preso, la banda con la que estaba metido lo degollaba el primer día. Eligió declarar. Este pibe, si no se moría hoy, terminaba en unos días en alguna zanja.
- Entiendo que nos han llamado para asegurarnos que no fue un asesinato. No veo el sentido de estar acá.
- Si, el juez de la causa accionó este peritaje, pero ya te voy adelantando que no hay nada raro. La banda se salva de su declaración y él se evitó la venganza.
- Está muerto Ortiz.
- Pero no fue asesinado.
Barrios hizo una mueca de desaprobación al comentario de su compañero. Se acercó a la manta negra y levantó una de sus puntas. Debajo estaba el cuerpo rígido del testigo de la causa.
- ¿Qué estudian los amigos?
- Medicina.
- ¿Le van a hacer autopsia?
- No hemos encontrado indicio alguno de violencia en el cuerpo, tampoco hay elementos en el lugar que prueben que haya sido una muerte infringida. Por lo tanto, estimo que irá de aquí a una funeraria o dónde crean conveniente los familiares.
- ¿Se ha descartado veneno, suicidio con pastillas...?
- No quieren alargar el asunto, Barrios. Demasiado tendrá la prensa cuando se entere del fallecimiento de este muchacho. Ellos van a conjeturar todas las hipótesis posible.
- Justamente, el fiscal y el juez deberían asegurarse contar con todas las cartas a su favor.
- Olvidate. No hay...
- Presupuesto, ya lo sé.
El detective suspiró. El informe diría infarto y a otra cosa. Saludó a Ortiz y se marchó raudo. En la escalinata del edificio se topó con los de la funeraria. Estaban subiendo una camilla por los escalones. Algunos curiosos habían detenido su marcha y observaban la escena. Aún los medios de comunicación no sabían nada. Había suficiente hermetismo como para que la noticia estallara recién al día siguiente. No tenía mucho que hacer allí. Salvo que no creía en las casualidades. El asunto le daba vueltas en su cabeza: el muchacho ya estaba muerto, no tenía forma de escapar a su destino. Ya lo había dicho Ortiz. Si no declaraba, iba a morir en la cárcel, si lo hacía, iba a morir antes de poder escapar de la ciudad. Y ahora, finalmente, ya nadie lo mataría, porque le había dado un infarto. Paradójico. Conveniente.
Desde la esquina podía ver la entrada al edificio. Sacó el celular y llamó a una periodista de confianza.
- Ema, ¿qué chances tiene la justicia de encerrar a los capos de la droga, los del juicio que se está llevando a cabo ahora? - hizo una pausa, escuchando la respuesta - Ajá. ¿Y el testimonio de mañana? ¿Ayudaría? - meneó la cabeza de un lado a otro - Así que el fiscal tira en contra, es decir, ni le conviene que declare, si por él fuera, retira la acusación hoy mismo.
Sonrió. Aún seguía observando el edificio. Agradeció a su fuente y guardó el teléfono. A los pocos minutos bajó Ortiz y también los uniformados. Detrás, la camilla con el cuerpo del pibe. Lo metieron en el coche fúnebre. Los policías subieron a sus respectivos vehículos y se marcharon. El que llevaba el cuerpo, también arrancó. Detrás, se puso en marcha otro auto, un Fiat Palio, con tres jóvenes en el interior.
Barrios volvió a suspirar. No tenía apuro, sabía el nombre de la empresa funeraria. Caminó lentamente hacia su viejo Mustang y se mezcló con el tráfico. Llegó a la casa fúnebre media hora más tarde que el cuerpo del testigo infartado. Como lo supuso, el Palio estaba también allí. Se quedó dentro del vehículo, con la mirada puesta en un portón. Sabía que tarde o temprano se abriría. Solo aguardó quince minutos. Dos de los jóvenes que iban en el Palio salieron primero, luego lo hizo el tercero en compañía de un empleado de la funeraria. Cargaban un bulto que pusieron en el asiento trasero. Todo fue rápido, incluso el sobre que los jóvenes le entregaron al empleado.
El Palio salió despacio, tratando de no llamar la atención. Barrios lo siguió con sigilo y manteniendo la distancia. Tuvo que dejar alejarse un tramo al otro vehículo, dado que tomaron la ruta hacia las afueras de la ciudad y sería muy notoria la presencia del Mustang en el espejo retrovisor. De todos modos, no fue difícil detectar el auto estacionado del otro lado de un cerco, en una casa quinta con variada arboleda en el frente.
Dejó su vehículo lejos y caminó. No había perros ni otro tipo de vigilancia. El lugar se usaba poco. No tuvo inconvenientes en acercarse hasta una ventana trasera. Podía ver el living, una enorme mesa y más allá, un sofá. Alrededor del sofá estaban los tres estudiantes de medicina y el muchacho, el fallecido, estaba tendido sobre unos almohadones. Uno de los amigos le daba sopapos en la cara, otro sostenía una aguja en la mano. El tercero le echaba aire con una revista de historieta.
Barrios esbozó una sonrisa. En el fondo, quería golpear la puerta y felicitarlos. Eran estudiantes de medicina, seguramente lo habían conseguido con facilidad. Sobre la mesa podía ver el envase de haloperidol, un fármaco antipsicótico, un neuroléptico,​ que se usa mucho para las enfermedades mentales y que también pueden provocar a estados catalépticos.
El muchacho había sido declarado muerto oficialmente y seguramente en la funeraria reducirían algo a cenizas en lugar de su cuerpo. Mientras tanto, sus amigos lo sacarían de la catalepsia inducida. Con suerte, para la noche estaría fuera del país. Vivo, pero muerto. Lejos, pero a salvo.
¿Quién era Barrios para hacer algo? El muchacho ya tenía su sentencia de muerte, de una forma o de otra. Y detalle menor, no había presupuesto. Con paso cansino volvió a su Mustang. Suspiró al ver que una paloma le había cagado el parabrisas. Cosas de la vida, se dijo, mientras ponía el motor en marcha.


1 de abril de 2019

Ahora solo hay palomas

Gravita sobre el poniente, medusa del aire, la hoja somnolienta. El árbol, indiferente, la deja. Se confunden ambos en un paisaje ausente.
Ecos de otros tiempos reverberan, en el silencioso rumor del viento, llevando a sus oídos nostalgias que perseveran, se entregan, se refugian, pero en ningún momento prosperan.
Ella observa envuelta en un pañuelo sin color, que a la luz del atardecer solo devuelve un leve resplandor. La plaza es gris. El cielo es negro. La ausencia es transparente.
No queda nada de antaño, ni palabras, ni pinturas, ni el canto de las voces, ni las utopías de los sueños. Dónde había esperanza, fuerza, entusiasmo, ahora sólo hay palomas.
Emplumadas, inquietas, se desplazan, van, vienen, alzan el vuelo pero bajo, corto, para retornar, volver, quedarse en el mismo lugar. Cuál cuervos disfrazados para atenuar el dolor, aguardando la carroña del ayer, picotear las últimas sobras del festín.
Camina, baldosa a baldosa, sin pereza, al contrario, consciente y con consciencia, la propia, la colectiva, la que la mantiene viva. Todo se antoja distante, incluso el frío, la noche que se avecina.
En la plaza no hay vestigios, en la ciudad no hay memoria. No es culpa del tiempo, sino de quiénes al reloj le dan cuerda, atrasando las manecillas para que el pueblo no despierte, adelantándolas para que el pueblo no recuerde.
Frágil, sus huesos aún la llevan. Frágil, aún mantiene sus fuerzas. Vasija de barro mil veces partida, mil veces restaurada. Las arrugas son tus cicatrices de los años, la soledad es la herida del olvido.
Como esa hoja en la brisa, tenaz en su huida, deja la rama y se echa a la suerte. Las jaulas de la mente, los cerrojos de la vida. Cárceles imaginarias para contrarrestar la muerte. Aunque sin ella, no tiene sentido el nacer, y sin luchar, no tiene sentido el vivir.
Metáfora de la nada, y al mismo tiempo del todo. Qué las verdades serán mentiras, y las mentiras consecuencias. Pesadilla para el que la sueñe. Infierno para el que la viva.

16 de marzo de 2019

El hombre de la máscara (ilustración de Leo Cabrera)

- Tráeme al doctor, hijo, ve por él.

Giuseppe corrió por las callejuelas malolientes esquivando transeúntes y carros. Los pies sucios se enterraban hasta el tobillo en los charcos de agua que la lluvia de la noche había dejado como herencia.
El doctor vivía cerca del puerto, pero nunca estaba allí. Cuidaba a los enfermos en sus casas o en las calles, que en definitiva, no dejaban de ser sus hogares. La peste acababa con casi todos, tarde o temprano. Era el castigo de los dioses.
Reconoció la figura del doctor desde lejos. Su porte erguido, cubierto de ropas y cuero y ese pico enorme que se desprendía de su rostro, que lo asemejaba más a una gigantesca ave que a un ser humano.

- ¡Doctor, doctor! Mi madre, ella...

- Tranquilo niño - trató de calmarlo, pero más que nada, que dejara de gritar - Dime dónde debo ir.

El pequeño lo tomó de la mano y lo llevó. La muerte a su alrededor era un cuadro diario, que ya no llamaba su atención. Había visto cuerpos descomponerse por días desde que tenía memoria, y otros tantos, apilados en enormes hogueras que ardían bajo la atenta mirada del sol.
Avanzaron velozmente, pero al llegar, el doctor supo que era tarde. El brazo flácido cayendo a un lado del camastro era suficiente para determinar la suerte de la mujer.

- ¿Qué será de tí muchacho, a quién tienes? preguntó contemplando la minúscula habitación.

- A mamá - dijo señalándola.

- Además de ella - insistió el doctor.

El niño negó con la cabeza.

Así era a diario. La peste dejaba huérfanos por un lado, familias destruidas por el otro. Y él, dentro de ese traje, detrás de esa máscara donde podía respirar un aire sin la contaminación de la muerte, solo podía esperar con ellos, aguardar a que la Parca les tuviera piedad y se los llevara. Porque no era doctor ni sabía cómo calmar el dolor de la agonía. Su misión era estar allí, una figura para llevar calma, esperanza.
Miró con lástima al pequeño, mientras esa palabra que aborrecía, que para nada lo describía, volvía a llegar a sus oídos, muy por encima de los otros sonidos, del llanto de los vivos, los gemidos de los agonizantes y las risas del diablo, que escondido en los rincones, saboreaba segundo a segundo su victoria.

Arte Leo Cabrera. Cuento inspirado en sunilustracion "Médico de la Peste".

23 de febrero de 2019

El pintor que no lo sabía

Era temprano cuando sonó el timbre de la casa. Fabrizio se había acostado tarde, culpa de esa serie que quería terminar de ver desde hacía una semana. Pensó en quedarse en la cama, pero la insistencia en el segundo y tercer llamado, terminó por despertarlo del todo. Con mala gana se puso un pantalón y se dirigió a abrir la puerta. Tres personas elegantemente vestidas aguardaban sonrientes en la vereda. Testigos de Jehová no eran, porque siempre andan de a dos. La única mujer del grupo se adelantó y le preguntó si él era Fabrizio Titinoli.
Asintió con la cabeza. Aún tenía sueño y con ganas de estar en la cama.
- ¿El pintor Fabrizio Titinoli? - preguntó una vez más, la mujer.
Fabrizio guardó un instante de silencio. ¿Pintor? Si, era verdad, dibujaba. Pero como un pasatiempo. Aunque, pensándolo bien, también por un tema laboral. Era arquitecto. Es decir, se le daba bien el dibujo y de tanto en tanto manchaba una hoja con acuarela, trazaba un Batman, o hacía algún paisaje que quedaba archivado entre otras cientos de hojas, en sus carpetas del trabajo. Pero pintor, así como uno entiende el oficio de pintor, no lo era en absoluto. Apenas recordaba haber pintado un lienzo de joven, el típico encargue del familiar que cree que uno es un talento innato y lo alienta pidiéndole una muestra de esa capacidad. Incluso recordaba que había hecho un mural una vez, de chico, con los compañeros de la escuela de dibujo. Es decir, si le pidieran que escribiera que había hecho en su vida, y la categoría fuese dibujo, esa sería su respuesta, escueta y escasa.
- Creo que me están confundiendo con alguien más - contestó sonriendo, esperando zanjar con eso el malentendido y volver a la cama.
- No, no, es usted - terció uno de los dos hombres del grupo - Mire, este es su facebook, el de la foto es usted - le dijo acercándole la pantalla de un celular.
- Si, es mi perfil. Pero no soy pintor.
- No sea modesto, hombre - manifestó el que había estaba callado hasta entonces - Hemos visto sus trabajos, creo que sobran las palabras ante tanto talento. Solo venimos a avisarle que queremos hacer una muestra esta semana, en la galería Principal.
- ¿Una muestra? ¿De qué? No entiendo para qué me necesitan, yo trabajo en el estudio...
- ¡Suya, hombre, suya! ¿Para qué cree que hemos venido?
- Pero yo no pinto.
- Claro que usted no pinta, usted hace magia Fabrizio, magia. Uno ve sus dibujos y se siente tocado por una varita, encantado, subyugado. Su obra es la luz que el mundo necesita, es...
- Es un honor estar hablando con usted - interrumpió la mujer que prácticamente estaba al lado de Fabrizio - no sabe las ganas que teníamos todos de poder conocerlo, es un momento... creo que me emocioné, perdón Fabrizio, perdón... no todos los días uno...
- Discúlpela, por favor, ella está tan emocionada como nosotros, sucede que, bueno, ella ha perdido hace poco a su abuelo y ha visto en sus obras ese bálsamo para poder cubrir las heridas del alma.
- No entiendo nada.
- El artista no debe entender, el artista es artista, el artista crea. Nosotros debemos entender. Y dar gracias. Al artista, claro.
- Sinceramente, no entiendo. ¿Es una joda? ¿Los mandó la gente de la oficina? ¿Dónde está la cámara...?
Fabrizio empezó a buscar en los alrededores. Los dos hombres salieron tras suyo.
- Vuelva, Fabrizio, vuelva...
- ¡Basta! ¿Qué quieren? - dijo resignado, fastidiado por no encontrar una sola cámara que lo estuviera filmando y totalmente absorto por la situación.
- Hacer una muestra - respondió la mujer - Pero no cualquier muestra, una internacional, enorme. Mire Fabrizio, vienen poderosos mecenas del arte mundial, funcionarios de embajadas extranjeras, youtubers, incluencers, hasta gente de la televisión. Ya está todo reservado. No entra ni un alfiler.
- ¿No entra un...? ¿Van a organizar una muestra con un material que me vienen a pedir a mí, que en teoría soy pintor? Realmente, creo que me están agarrando para la joda.
- Sabíamos que esto podía pasar - le confió un hombre al otro, bajando la voz, aunque Fabrizio escuchó claramente - ¡Al final de cuentas, es Titinoli, carajo!
- A ver, Fabrizio, permítame explicarle, hemos sido quizá, un poco bruscos y usted está acostumbrado a otro trato - la mujer evitaba mirarle los ojos al hablar - pero créame, créanos en realidad, que lo respetamos mucho, estamos maravillados de estar aquí, y no es nuestra intención demorarlo demasiados minutos, conocemos muy bien los tiempos de los artistas y sería una falta de respeto de nuestra parte que esté perdiendo parte vital de su línea temporal cósmica hablando con nosotros, simples admiradores de su obra. Tan solo queremos retirar la obra.
- ¿La obra? ¿Buscan una sola obra?
- Si, ésta, mire, esta que tiene publicada aquí en la galería de fotos.
Fabrizio la observó atentamente. Era un dibujo en acuarelas de un perro acostado en la nieve, con la baba cayendo de la comisura de la boca convertida en un hilo de hielo.
- Si, ese original lo tengo, lo hice el otro día en un rato.
- ¡Qué magnífico!
- ¡Cuánto talento!
- A ver, si lo que quieren es esa obra, les doy esa obra así me dejan tranquilos. No sé para que tanta alharaca por una obra para una muestra colectiva.
- No ¿Cómo colectiva? Cómo el gran Fabrizio Titinoli va a exponer en una muestra colectiva. ¡No ha nacido aún el artista que esté a su altura, admirado Fabrizio!
- En algún momento voy a descubrir quién me está gastando esta joda. Se los aseguro. Voy a traerles el dibujo.
- Por favor, ¿nos permitiría acompañarlo? ¡Qué mayor sueño de todo mortal, qué conocer el estudio dónde se gestan obras inmortales!
- Si quieren pasar, pasen, pero está todo revuelto, porque tuve una semana complicada...
- ¿Podemos sacar fotos?
- ¿Fotos? No, no saquen fotos. Mi casa es un desorden. ¿Fotos? Por favor, siéntense en ese sillón y me esperan.
- ¿Podemos conocer el estudio?
- El estudio de arquitectura está en el centro. ¿Para qué quieren conocer el estudio?
- Perdón Fabrizio, queremos referirnos a su lugar sagrado.
- ¿Mi...? Mi lugar sagrado es el inodoro. Cuando cago, me siento en el cielo. Ese es mi lugar sagrado. ¡Dios mío! Se quedan en e sillón, ahora les traigo el dibujo.
- La obra maestra - corrigió la mujer.
Fabrizio la miró de reojo, metiéndose en su habitación. Quería buscar el maldito dibujo, dárselos y cerrar la puerta de calle con llave. Las tres personas estaban ele umbral de la puerta.
- ¿Qué hacen acá? - les gritó de mala manera.
- El genio de todo artista - suspiró la mujer.
- ¿Aquí dibuja? - preguntó el más hablador de los hombres.
- Se siente como un lugar sagrado - afirmó el más callado.
Fabrizio se agarró la cabeza. Había encontrado el dibujo en una carpeta vieja de la facultad. Por suerte lo había escaneado hacía poco y sabía donde estaba.
- Aquí tienen, por favor, agarren este dibujo y váyanse de mi casa.
La mujer se puso unos guantes blancos y tomó con cuidado la hoja. Uno de los hombres sacó de un maletín un folio transparente y guardó dentro del original del perro en la nieve.
- Ya nos vamos, maestro. Es un honor para nosotros. Vamos a enviarle un coche con chofer para la inauguración. Va a estar el presidente y es probable que la reina de Holanda.
- Llévense éste también, lo tenía en la misma carpeta.
- Oh, qué belleza - exclamó la mujer.
- Es un árbol. Un simple y puto árbol seco, que ha perdido sus hojas - Fabrizio no quería escuchar un elogio más.
- Pero no, guárdelo por favor. Vamos a tener que pensar una muestra para esa obra. ¿No? Qué maravilla. Pero ahora, todo está montado para "Perro en la nieve".
- Una muestra con un solo cuadro. Va a ser un éxito, me imagino - ironizó Fabrizio.
- Si si, exacto, tenemos el mismo optimismo. Una muestra que será recordada en la historia de a pintura universal. La gran muestra en la galería Principal, con la obra maestra del único, del inigualable, Fabrizio Titinoli. Nuestra felicidad no cabe en nuestros cuerpos, vamos a explorar en cualquier momento.
Los tres lanzaron risotadas al aire. Al menos, pensó el dueño de casa, se estaban marchando.
- ¿Y en esta supuesta muestra, cómo van a montar una sala con una sola obra? - preguntó, ya despidiéndolos en la vereda, resignado a que se tratase de la bronca de algún grupo de amigos.
- Sé que es una obviedad contestar a su pregunta, porque seguramente pretende ponernos a prueba, pero quédese tranquilo que está ante curadores profesionales. Su confianza, al darnos esta obra, es muy importante. No sabe todo lo que representa para nuestras carreras. ¡Los curadores de la majestuosa muestra de Titinoli!
- No, en serio, quiero saber.
- Es que la obra habla por si sola, como solo usted lo ha hecho hablar, esas palabras tácitas que ha colocado a su alrededor, ese mensaje oculto en cada trazo, esas indicaciones que hemos leído entre líneas, bajo cada mancha de acuarela, recorriendo con la mirada ese blanco que se expande hacia cada dirección diciéndonos que es nieve... y haremos lo que usted nos ha dicho que hagamos, en este lenguaje tan nuestro ¿no? que es el arte: llenaremos las paredes de marcos con lienzos en blanco, hacia arriba, hacia abajo, hacia la derecha, hacia la izquierda, en las paredes opuestas, en las laterales, en todas partes. Y en el centro, como usted nos dijo, su obra, el perro en la nieve. En ese campo blanco, infinito, sin horizonte alguno, tan amplio como el universo mismo. Sí, así lo haremos, gracias a usted, maestro, gracias a usted, que es nuestra inspiración, el pintor que todos añoran ser.

7 de febrero de 2019

Pasos

El salto al vacío no fue un impulso suicida que llegó de la noche a la mañana, fue un sinuoso camino que comenzó ese mismo día, en aquel trayecto al trabajo, que lo cambiaría todo.
Sucedió a mitad de semana, una mañana que decidió salir hacia el trabajo con el tiempo necesario para ir caminando. Habitualmente se tomaba el colectivo o agarraba la bicicleta. Pero el viento fresco que entraba por la ventana y las energías renovadas por un suculento desayuno, le dieron los motivos necesarios para ir a pie.
En esas horas tempranas las calles estaban desiertas. Al menos en su barrio. Eran pocas las personas que podía encontrarse caminando. Alguna vecina de sueño ligero, que aprovecha para barrer la vereda, o los laburantes que se quedaban dormidos y perdían el transporte de la fábrica y tenían que caminar con desgano hasta la avenida para tomarse un colectivo que los acercara.
Los pájaros, trinaban de árbol en árbol, algún que otro felino regresaba a su hogar luego de una noche de ajetreo, los perros callejeros olfateaban los canastos de basura esperanzados en alguna sobra caída. Esa mañana, en particular, la brisa era hermosa. Podía apreciar el sonido de sus propios pasos. Y fue justamente estando atento a los suyos, que escuchó los otros.
Pasos más pesados, apurados, generados a su espalda. Giró sobre su cintura, asustado. Pensó en algún ladrón tomándolo por sorpresa, y con seguridad, a punto de golpearlo. Pero al darse vuelta, no se topó con nadie. Y sin embargo, a su lado, sintió el jadeo de alguien que pasaba.
Se estremeció, buscó el resguardo de la pared más próxima y se apoyó con fuerza, la espalda contra el material, la mirada al frente. Un par de perros gruñeron al aire y un gato trepó apurado a un árbol. Ya no escuchaba los pasos. En realidad, ya no escuchaba nada. Ni siquiera los pájaros cantaban.
Fueron treinta segundos en los que las palpitaciones en su pecho eran lo más parecido a un sonido que podía percibirse en el aire. Por suerte, el motor ronroneante de la motito del repartidor de diarios le devolvió algo de tranquilidad. Aprovechó para despegarse de la pared y apurar el paso. Pero no podía dejar de mirar hacia un lado y el otro, por encima del hombro derecho y el contrario. Incluso tropezó un par de veces, debido a avanzar de manera atolondrada. Pasó por un par de vidrieras y vio su reflejo. Estaba pálido. Si quería ir en colectivo, debía volver todo el trayecto y dirigirse hacia la dirección opuesta. No pensaba retroceder, mucho menos pasar nuevamente por esa vereda.
¿Pero qué era lo que lo había asustado? ¿Haber creído escuchar algo o no haber encontrado nada? No había sido su imaginación, había escuchado los pasos y también el jadeo. Se había alejado dos calles del sitio y sin embargo, algo iba mal. Estaba parado otra vez en la esquina de la misma cuadra. Podía reconocer con claridad los árboles, la vereda y la pared donde se había apoyado. No podía ser cierto. No había retrocedido, no había doblado la esquina, no podía estar llegando, entonces, otra vez por el mismo lado.
Pegó media vuelta, cruzó la calle y prácticamente trotó. Si, volvería entonces el trayecto y se iría a tomar el colectivo, ya no tenía que pasar por delante del lugar donde había sentido los pasos y...
Otra vez estaba en la misma esquina. Nuevamente tenía por delante el tramo que tanto lo asustaba. A lo lejos escuchaba el andar de la motito del diariero, repartiendo casa por casa el ejemplar recién impreso del semanario de la ciudad. Lo buscó con la vista, pero no supo identificar de dónde provenía el sonido.
Miró la hora en el celular. Apenas habían pasado cinco minutos desde que había salido de su casa. A él le parecía una eternidad. Se pediría un taxi, claro que sí. Un maldito y caro taxi, para ir al trabajo. No le importaba en realidad lo que le saldría. Tenía grabado el número en la libreta de contactos. Puso marcar, el número se agigantó en la pantalla y luego desapareció. Comprobó la señal y tenía todas las rayitas. Volvió a marcar, pero el número no llamó. Puteó en voz alta. Quiso buscar otro número de teléfono en internet, pero el navegador le devolvió un tenebroso "no se puede mostrar la página".
Tomó coraje y avanzó unos pasos. El gato y los perros estaban echados cerca del cordón de la vereda, juntos. Lo observaban con atención. Ya no parecían asustados. Los pájaros permanecían en silencio. Pero llegó un punto en que se detuvo. Vio algo moverse con el rabillo del ojo. Lentamente giró hacia la calle. Detrás de un árbol parecía haber alguien. Quizá era el ladrón, quizá estaba escondido esperando asaltarlo. Respiró hondo y retomó su camino, apretando el paso. Podía sentir el esfuerzo en los músculos de las piernas y la tensión en la mandíbula. Estaba apretando los dientes, resoplando sin parar. Entonces, los volvió a escuchar.
Esta vez no se giró, mucho menos se detuvo. Empezó a correr como poseído. Los pasos se aceleraron a su espalda. Un par de veces sintió incluso como que alguien quería sujetarlo de la ropa. Arrojó manotazos hacia atrás en plena carrera, que no golpearon nada ni a nadie. Corrió velozmente cruzando las calles sin mirar, saltando temerariamente los charcos de agua antes de los cordones de las veredas. Podía escuchar todavía los pasos que lo seguían. Las calles seguían desiertas, las persianas de las viviendas del barrio aún estaban bajas. Esa mañana parecía que ninguna viejita había madrugado para barrer afuera y todos los obreros de las fábricas habían tomado puntuales sus transportes.
Cada dos cuadras la vereda volvía a repetirse. ¿Cuántas veces había pasado por ahí? ¿Cuatro, cinco? Por más que doblara hacia el otro lado, que eligiera una esquina diferente, que se lanzara a contramano por la calle, siempre terminaba en la misma vereda.
Había visto el pasillo de un PH en dos ocasiones. La tercera vez que pasó por delante, se metió sin pensarlo. En el pasillo los pasos cesaron. Desembocó en una puerta de chapa, con rejas en la parte inferior. Extenuado, miró hacia atrás. Nadie venía por él. El sudor le bañaba el rostro. Se tocó la camisa y la notó toda mojada. Sacó el celular del bolsillo y volvió a marcar, ahora a la policía. No tenía señal. Se quitó la mochila y hurgó entre sus pertenencias. Un desodorante, una camisa limpia, auriculares, formularios sin completar, la billetera, una libreta de almacenero y una lapicera. Lo más parecido a un arma, era la maldita lapicera.
Golpeó la puerta, impaciente. En cualquier momento sentiría los pasos en el pasillo, estaba seguro de su suerte. Insistió dándole puños a la chapa, pero nadie contestó. Sorprendido, porque no se le había ocurrido antes, manoteó el picaporte. La puerta estaba abierta. La abrió, se metió del otro lado y la cerró con fuerza. Aquello era un descampado. No había paredes por ninguna parte. Salvo los que lindaban con la puerta, que vistos desde allí parecían un enorme y largo paredón.
Cruzó el descampado y más allá vio una calle. Trotó resoplando, siendo consciente de su magro estado físico. A lo lejos vio al diariero repartiendo el semanario. Le gritó, agitó los brazos en altos y casi suplicó que por favor mirara hacia dónde estaba, mientras avanzaba entre el pastizal alto y seco de aquel lugar. Al llegar a la calle, la motito ya se había perdido lejos. Ahora tenía tres caminos posibles. Hacia la derecha, hacia la izquierda o adelante, cruzando la calle. Aquello era una T. Y cada esquina, era la misma.
Detrás suyo, escuchó los pasos desplazándose entre los pastizales. No iba a mirar, no lo iba a hacer. Y salió corriendo.
Eligió cruzar la calle. Y siguió corriendo. Pasó por delante de los animales que lo seguían observando, y siguió corriendo. Pasó de largo el pasillo que daba al descampado. Cruzo otra calle, dobló la esquina, y otra vez aquella vereda. Se detuvo, con la boca abierta, casi sin poder respirar. El ruido de los pasos comenzaba a acercarse. Entonces, por fin, una señora mayor, escoba en mano, salió a la vereda.
- Buen día, mijito. Veo que ha corrido. ¿Quiere pasar por un paso de agua?
Se olvidó de la cortesía, se olvidó de los modales, hizo a un lado a la mujer y se metió dentro de la casa. Pero allí, lo único que había, era un precipicio enorme. Y entonces, sin dudarlo, saltó.
Lo dejó todo anotado en una libreta de almacenero, esas chiquitas con espirales. La encontraron debajo de su cuerpo, empapada de sangre.
A nadie le importa cuando la escribió.

2 de febrero de 2019

La realidad según Alina

La voz aflautada lastimaba los oídos de las personas sentadas en las mesas cercanas. El continuo parlotear transformaba el sonido en una hiriente ráfaga de palabras que ametrallaban la falsa tranquilidad del recinto.
Marietta escuchaba, consciente de las miradas rabiosas que le lanzaban a su interlocutora desde las otras mesas. Pero dejaba que hablara, que descargara su frustración, aunque apenas seguía el hilo de lo que decía. Por momentos observaba sus labios agrietados y resecos, apreciando cómo se movían, separándose uno de otro, en un vaivén interminable, entre lo sensual y lo grotesco, dejando ver por instantes la inmaculada dentadura blanca de Alina, de dientes alineados y parejos.
De repente se hizo silencio. Fue tan brusco el cambio que las personas de las mesas aledañas sintieron alivio, como si se hubiese apagado la turbina de un avión. Marietta demoró en reaccionar. Fueron un par de segundos entre que notó que los labios habían cesado de moverse y comprendió que su amiga estaba ahora llorando. De manera torpe agarró un pañuelo doblado en el bolsillo de la campera y se lo acercó al rostro, cruzando el brazo por encima de las dos botellas de agua sin gas que permanecían sin abrir sobre la mesa.
Marietta quería decir algo pero no sabía en qué punto del monólogo su amiga se había quebrado. Atinó a pedirle calma. Pensó que volvería a la carga con otra batería de palabras, pero se mantuvo en silencio.
Alina se limpió el rostro. Tomó su botella de agua y se sirvió medio vaso. Bebió sin pausa. Recién entonces pareció percatarse de su alrededor. Las otras mesas, las otras personas, algunos enfermeros rondando la puerta de salida. Del otro lado del ventanal un jardín verde y repleto de plantas florecidas ofrecía un paisaje inalcanzable para su estado de ánimo.
¿Y cómo sigo, amiga? le preguntó a Marieta, que bajando la mirada esquivó la pregunta. ¿Cómo sigo? volvió a preguntar con una voz más apagada, casi imperceptible. Permaneció en silencio hasta que una enfermera se acercó y avisó que era hora de volver a la habitación.
La enfermera ayudó a ponerse de pie a Marietta y la llevó por un pasillo, lejos de la sala de visitas. Alina se quedó sentada un buen rato, terminando primero su botella de agua y luego la que había dejado sin tocar su amiga. ¿Cómo sigo? volvía a preguntarse una y otra vez, ahora en su interior, en una sala que cada vez se vaciaba más. Casi un calco de su vida, cada día más sola.
Ni siquiera Marietta, la buena de Marietta, tenía las palabras que ella necesitaba escuchar para vivir. Su Marietta del alma, que había privado su libertad a cambio de una mentira y ahora convivía a diario con cuatro paredes acolchadas. Era ella quién tendría que estar allí, era ella la que había estrangulado a Filomena y no tenía consciencia de ello. ¿Pero cómo iba a sobrevivir la pobre de Alina en un lugar así? ¿Cómo? No, nunca lo hubiese logrado. La frágil, débil, inestable Alina, no podría haber sobrevivido un solo día al encierro.
Lloraba nuevamente cuando dejó el hospicio. Qué difícil era seguir estando tan sola en la vida. Sin Filomena, sin Marietta. Si tan solo pudiera hacer algo por ellas. Sin tan solo…

18 de enero de 2019

Correr

Correr, correr enloquecido, correr sin mirar sobre el hombro, sintiendo las pisadas detrás, el jadeo propio y ajeno, los resoplidos, con el corazón bombeando a más no poder, con la sensación de ser la última vez que las piernas van a desplazarse, que no importa el dolor en los músculos, ni el ahogo, ni las lágrimas en los ojos. Correr como si fuera lo último que harías, como si en ese esfuerzo estuviera el destino de nuestras vidas en el planeta, correr sabiendo que detenerse es morir, que aflojar el paso es lo mismo a caer presa de la oscuridad, de las garras de un demonio temerario y carente de piedad. Correr, sabiendo que al final del trayecto no ni hay nada más, pero tampoco, nada menos. Correr.

16 de diciembre de 2018

Mi amigo Felipe Ricardo Ávila

Hubo una época en la que viajaba muy seguido a Capital Federal, tanto que con Felipe nos habíamos acostumbrados a tomar un café en algún bar diferente cada vez de Parque Patricios, o cerca de su trabajo. Todavía no había iniciado su cruzada editorial con Rebrote y disfrutaba de dibujar los guiones de historieta que le escribía, a veces partiendo de ideas suyas. Fue una época en donde durante horas disfrutó de contarme anécdotas e historias de nuestra historieta nacional, de sus autores, de sus ídolos. Sabía mucho, muchísimo, era una gran enciclopedia verborrágica que, no obstante, hacia la pausa justa para preguntar por uno, por la familia, atento a las cosas que suceden fuera de la ficción. Me gustaba hablar con él porque respetaba mis opiniones, por más que no coincidiéramos. Nosotros nunca nos peleamos, me decía sonriendo, valorando esa verdad en nuestra amistad.
Le ponía mucha pasión a lo que hacía, amaba la historieta, la música, la literatura, sumamente generoso, compartía absolutamente todo lo que sabía, tanto que a veces lo dejaron en offiside, cómo la vez que llevó a Télam la idea de un suplemento de historietas y a la hora de concretarlo, llamaron a otra gente. Eso le dolió mucho.
Cada vez que nos veíamos me regalaba algo. Un libro, un marcador, cajas de cd, originales de alguna historieta hecha en conjunto... se sentía bien al hacerlo. Incluso la última vez que lo visité, en aquella clínica de Vila Urquiza, quería darme alguno de los marcadores que tenia para dibujar. Porque así era él.
Se le iluminaban los ojos al hablar de sus hijos. Cuánto orgullo tenía de ellos. Se aferraba a su familia y a las historietas para atravesar momentos amargos. Y tuvo muchos, pobre Felipe.
Tengo recuerdos imborrables de Felipe en Villa y en Empalme. Primero fue a Empalme, en 2010, a dar una charla que compartimos con Decur y Sergio Álvarez, sobre la historieta. Felipe, en su apuro por volver a Rosario, quiso comer un carlito rápido y dejó caer queso sobre su camisa. Brillante para hacer únicos los momentos, tomó un sifón y bañó en soda su cuerpo. Su humor era magnífico. En Villa estuvo dos veces, una vez en un asado en casa de Néstor Marinozzi y la restante en el Villa Viñetas de 2015, donde se quedó a dormir en casa.
Me acuerdo en una feria del libro en Buenos Aires, Felipe nos presentó (estaba con Martín, un gran amigo, y su hijo Teseo) a uno de los hermanos Villagrán, que enterado del nombre del pequeño, le dibujó de inmediato un Nippur. Felipe, embelesado con el dibujo, miró a Villagrán y le dijo: ¿Maestro, y a mí no me hace uno?
Sonrio y me pongo triste al mismo tiempo. Ese era Felipe. Cuánto lo voy a extrañar. Además de nuestras largas charlas café de por medio o telefónicas, cuando la distancia lo imponía, hicimos tantas cosas juntos, que buscando me sorprendo con proyectos que jamás terminamos.
La mayor parte está en el blog de Olvidados en el espacio. Ese es el título además de la primera historieta juntos. Publicamos una hermosa novelita gráfica, 3186. Ilustró el libro de cuentos que escribí, El hombrecito que miraba las estrellas. Editó con nuestros trabajos unas lindas revisitas con las que recorrió varias ferias. Juntos ganamos tres primeros premios, un certamen de la Biblioteca Nacional con Las lecturas de Borges, un certamen Iberoamericano con La niña Bontemps y el primer premio en la Feria de Moreno, por Cenizas.
Lueego se embarcó en el proyecto editorial de Rebrote, donde a su manera, con su empuje, sacó adelante numerosas publicaciones, algunas en formato de revista clásica de aventuras y otras, en libros. El me presentó a gente que hoy quiero mucho, cómo Martha Barnes, Jorge Pérez Perri, Marcelo Bukavec, Pablo Barbieri, José Angonoa, y claro, Pablito Dell'Oca. Quiero creer que con Pablito están ahora dibujando trazos sobre páginas infinitas, soñando la mejor historieta de todas, homenajeando a todos los que, en esta línea temporal tan tirana, han ido forjando este hermoso universo de viñetas.
Felipe ya no está con nosotros, pero no puedo decir que Felipe se marchó. ¿Cómo se puede marchar alguien que nos ha legado tanto, que ha hecho tanto? Está en cada uno de nosotros, de los que aman las historietas. En sus libros, en los de Rebrote. En cada anécdota, en cada viñeta que dibujó, en cada ensayo que nos dejó. Hace un par de meses le dije que hiciera las cosas tranquilo, que no se sintiera ansioso, que eso podía hacerle mal, que lo primero era su recuperación. Me dijo que no podía decirle eso, que él tenía que seguir proyectando, haciendo, que tenía que aprovechar todo el tiempo que tuviera por delante. Jamás pensé que se iría. Siempre lo ví cómo el Gilgamesh de su amado Lucho Olivera. Cuánta desolación esta noticia. Trato de pensar que al menos, ya no está sufriendo.
Gracias Felipe por tanto. Por todas tus enseñanzas, consejos, ideas, impulso. Gracias por tu honestidad en todo momento, tu forma de ser frontal que te hacía tan transparente. Siempre vas a estar conmigo en cada escrito. Te quiero mucho.

Felipe en Villa Viñetas, año 2015.

26 de noviembre de 2018

Monoblock 4

El viejo cruzó las vías en las primeras horas del día. Bajo la arboleda todo era de los pájaros, con su canto tempranero. Alguna que otra cagada le cayó en la cabeza. Había muchas ramas donde posarse por encima de su figura lenta y pesada. Pero para el viejo aquello era moneda corriente, su día a día, su manera de afrontar la vida.
Poco le importaba que los trabajadores que salían a la calle a tomar el colectivo de fábrica lo miraran de reojo, o que las ancianas madrugadoras, que despuntaban la lengua mientras hacían de barredoras de veredas, hablaran a su espalda tras su andar parsimonioso.
Puntualmente, el canillita que recibía los diarios con las primeras luces del día, lo saludaba con un ademán de cabeza al verlo pasar. No recordaba cuando había sido la última vez que no coincidieron en horario, en esa esquina. Porque con tormenta, con temperaturas bajo cero o calor calcinante, el viejo arrastraba sus piernas en un mismo derrotero que concluían, cada vez, en un mismo lugar.
Había un rincón de la ciudad al que pocos iban. Se notaba por las veredas sucias, callejuelas con verdín en los extremos, paredes repletas de pintadas sin sentido, que con el tiempo, se había superpuesto en un diálogo eterno y sordo, palabra sobre palabra, insulto sobre insulto. Un contraste de ladrillos rotos, árboles mutilados, autos abandonados, y edificaciones que si bien parecían abandonadas estaban habitadas por personas sin otros recursos, sin otro amparo que un techo sucio, húmedo y repugnante en olores, tan propicio a las enfermedades como a la muerte. Un rincón donde no entraba ni siquiera la policía, que los políticos hacía tiempo habían olvidado y que incluso, hasta en los nuevos mapas había tapado con una leyenda enorme con el nombre del municipio.
Hacia ese rincón, cada mañana, tras atravesar las vías del olvidado ferrocarril, ser blanco de las heces de los pájaros, ignorado y maldecido por las lenguas viperinas de otros seres humanos, caminaba el viejo, con paso desganado y resignado. Llegaba, los zapatos sin suela envueltos en barro, la planta del pie hecho un solo callo, las hilachas del pantalón flameando al viento, la barriga sucia y ruidosa asomando entre los botones faltantes de una camisa dos números menos, que le apretaba los hombros, rasgados, de tela hecha jirones, que cubrían apenas el cuerpo de ese viejo barbudo, casi sin dientes, de pómulos hundidos, ojos achinados, frente engrasada y cabello ralo y revuelto, duro por la tierra, repleto de mierda de pájaro, reseca incluso sobre la oreja y dentro del oído.
Allí nadie lo observaba de mala manera, era uno más, tan sucio como cualquiera, tan hambriento como todos, tan muerto en vida como los demás habitantes de ese confín de la ciudad, cuyo nombre también nadie recuerda, sumergido en las sombras del tiempo y de los hechos que sucumbieron al anonimato y escarnio a esa porción de civilización incivilizada.
Con la lentitud de quién ya no tiene apuro por nada, tan solo por morir, se dirigía cada mañana al monoblock 4, de puertas que otrora habían sido azules, empujaba el metal desvencijado dejando huérfano un chirriar oxidado de fuertes agudos y penetraba en un pasillo tan oscuro como apestoso que terminaba en unas escaleras cuyos peldaños no podían verse ni escucharse, porque incluso cada pisada estaba sepultada en capas de polvo acumuladas por los años. Pero si algo le quedaba al viejo, era memoria. Y sabía la cantidad de pasos, de giros, de puertas que debía dejar pasar de largo, para, finalmente, llegar a la que cada día visitaba. A diferencia de otros picaportes, ese estaba limpio.
Lo hizo girar, dejó que la puerta de madera se golpeara contra el marco, se sacó los zapatos y avanzó hacia la habitación. El lugar estaba impoluto. Hasta parecía brillar. El viejo agarró la escoba y barrió el piso. Luego cambió el agua de un balde, buscó un trapo secándose en la ventana y lo pasó por el suelo, arrastrándose todo a lo largo.
Dejó que se secara, apoyado contra un viejo armario repleto de libros. Luego sacó una gamuza de un cajón y repasó los muebles, las mesas, las sillas. Siguió con la cocina, la habitación y luego el baño. En algunos casos, limpiaba sobre limpio. Hacia brillar más el brillo de la superficie. Hasta el aire, en aquella habitación, parecía ser diferente al que se respiraba en el exterior.
Cuando terminó con la faena, la tarde estaba cayendo. Observó el lugar con atención, como reteniendo cada detalle de la habitación. Fijó su mirada en la imagen que colgaba sobre la pared opuesta, el único ornamento que podía apreciarse en las paredes, una fotografía a color detrás de un vidrio, enmarcada en madera oscura y tallada. Un hombre sonreía abrazando a una hermosa mujer y en brazos de ella, una beba de pocos meses dormitaba, serena, en paz, con la seguridad de estar protegida por esos dos jóvenes adultos que la cobijaban.
El viejo suspiró, en el único gesto que podía hacer sospechar a alguien que el viejo estaba vivo. Abrió la puerta, la cerró, se puso los zapatos sucios y emprendió el regreso. Fue dejando atrás las escaleras, la oscuridad, la humedad de las paredes, la vieja puerta de un deteriorado azul, las calles sucias, las veredas opacas, el lugar sin nombre, el rincón olvidado. Cruzó la plaza, el puesto de diarios, las calles habitadas, transeúntes de miradas hoscas y juicios fáciles, hasta llegar a las vías. Se escuchaban los pájaros y algunos grillos. Pisó un durmiente y luego otro, de manera lenta, acompasada. El sonido de sus días, el repiqueteo de sus pasos, separados por silencios, por recuerdos, por decisiones que ya no tienen vuelta atrás. Y el viejo, como el día, se va perdiendo, se aleja, se ausenta de la vista, para tranquilidad de todos, que no saben dónde va, ni de donde viene, que solo lo ven andar y que con eso, les es suficiente, porque tampoco les importa, pero claramente, les incomoda. Volverá por la mañana, sin el rugir del tren, pero tirando tras de sí, una carga mucho más pesada, invisible, dolorosa, que a nadie le importa y que sin embargo, a todos incomoda.


14 de noviembre de 2018

La sala de espera


ph Colo Cossy + txt Netomancia


- ¿Señor, es su hija?
- Si
- ¿Está solo?
- Si. No… mi esposa viene en camino. Ella estaba de viaje, pero ahora… bueno, está viniendo.
- Cuénteme qué pasó.
- ¿Cómo está ella?
- Sedada. Necesitamos saber cómo empezó.
- Es que… fue todo muy rápido.
- Trate de recordar todo lo que pueda.
- Estábamos en el shopping. Todos los sábados vamos. Todos los que podemos. Hoy no íbamos a ir. Al menos ayer habíamos dicho de no ir. Pero ella se levantó con ganas y al final fuimos. Usted ya la vio… pobrecita, perdió todo el cabello muy pronto, al mes nomás de empezar con el tratamiento. No siempre tiene fuerzas. Y cuando las tiene, quiere aprovechar. Por eso fuimos. Nos levantamos temprano, desayunamos y nos fuimos a tomar el colectivo. El auto lo tiene mi esposa, que tuvo que salir anoche de urgencia porque su mamá se descompensó en el pueblito donde vive. Así que la salida también servía un poco para que ella no pensara en su abuela. Porque le tuvimos que decir, no se pueden ocultar estas cosas. Ir al shopping pareció en definitiva una buena idea. Llegamos a media mañana. Le compré un helado de agua, no muy costoso. Paseamos, miramos vidrieras, ella me iba diciendo todas las cosas que le gustaban para mí, para la madre… nunca elige nada para ella ¿sabe? Nunca. Piensa siempre en los demás, tiene un corazón enorme. A mi se me parte el alma, verla así, sabiendo que… y ella tan buena, tan noble. Me hace sentir tan orgulloso. A veces me la imagino mayor, haciendo cosas por los demás… disculpe, no puedo evitarlo. Ella… me dijo que estaba cansada. Es habitual, es el momento de descansar un poco, así que caminamos hacia la casa de comidas rápidas que prepara platos vegetarianos, que tanto le gustan. Estábamos en el segundo piso, así que bajamos por la escalera mecánica. Fue donde sucedió.
- ¿En la escalera?
- Si, si. Es lo último que recuerdo. Después… después son todas imágenes confusas.
- ¿Qué recuerda en la escalera?
- Mientras bajábamos podíamos ver que había una cola bastante larga en el lugar al que íbamos. Y más allá, en las mesas, varias familias comiendo, con niños y niñas correteando de un lado a otro. Mi hija me sostenía la mano. Siempre vamos de la mano. Además, es una cuestión de seguridad. Por las dudas que se caiga, que tropiece, no sé, le pueden pasar mil cosas. Siento que si la sostengo de la mano, puedo ayudarla de inmediato. Pero… ella me soltó la mano. Primero sentí que temblaba y enseguida se soltó. Alcancé a verla abrir los brazos en cruz y mirar hacia arriba, hacia el techo vidriado del shopping. Y entonces…
- ¿Entonces?
- Cayó el rayo. O lo que haya sido. Una luz blanca, potente, cegadora. Una especie de haz gigantesco, algo muy difícil de explicar. Cayó verticalmente encima de ella, sin emitir sonido alguno. Podría decir que absorbió todos los demás sonidos. Fue un instante, una fracción de segundo. Y luego, no recuerdo nada más. Solo despertar en una camilla, esperar que me revisaran, que me dijeran que no tenía nada y que me sentara a esperar en esta sala. ¿Esperar qué? le pregunté al enfermero, tal era mi aturdimiento. Y me dice: “a su hija, la niña que llegó con usted”. Y ahí recordé todo lo que le he contado, casi de manera instantánea, como si alguien hubiera descorrido un velo delante de mis ojos. Fue cuando le pedí al enfermero que por favor le diera aviso a mi esposa, porque mi teléfono está sin señal.
- ¿No sabe ni siquiera cómo llegó a la ambulancia o lo que pasó en el shopping?
- No. Me imagino que ha sido una descarga eléctrica, algún cable que cayó sobre ella.
- ¿Alcanzó a ver los cuerpos?
- ¿De quién?
- Los que estaban por doquier.
- No sé de qué me habla.
- Hubo una explosión, señor. En el shopping. Usted y su hija son los únicos sobrevivientes. Usted sin un rasguño, su hija en estado catatónico. Alrededor de dónde los encontramos, aún respirando, había centenares de cuerpos sin vida.
- Oh, por Dios, toda esa gente…
- No, los cuerpos de las personas que estaban en el shopping en el momento del evento, aún no han sido encontrados.
- No comprendo…
- Los cuerpos que encontramos, son de personas fallecidas hace poco tiempo. Aparecieron por doquier. Hemos comprobado en algunos casos que faltan en sus tumbas y nichos. En cambio, no hemos podido dar con el paradero de las personas que según las cámaras de seguridad, estaban en el shopping este mediodía. Reitero la pregunta, señor. ¿Recuerda algo más de lo sucedido en la escalera?
- No… no entiendo. Mi memoria está en blanco, solo la luz y… ¿cuál es su nombre doctor, no lo recuerdo?
- No soy doctor. Y no está en un hospital. Quédese en esta sala y trate de recordar.
- ¿Pero qué…? Ya le dije, la luz y…
- Lo que sea.
- ¿Y mi hija? ¿Puedo verla?
- Seguirá sedada, hasta que recobre el conocimiento. De momento, no. No podrá verla
- ¿Y qué hago mientras tanto? ¿Cómo hago para recordar?
- Haga su mejor esfuerzo. Es la mejor respuesta que le puedo dar. Espere, y recuerde.
- ...
- Espere y recuerde...

10 de noviembre de 2018

Cuentos de mi madre

* Relato seleccionado y publicado en la antología de cuentos de terror "Mi abuela tiene un bicho", de Lafarium Contenidos.

En el monte, entre arbustos y árboles que conforman un paisaje tan inhóspito como salvaje, vive sola mi abuela, ocupando la vieja casita que construyó su padre, mucho antes que ella naciera, mucho antes incluso que Yaldaboath maldijera a la familia.
Solo una vez, antes de esta noche, había viajado hasta ese paraje olvidado del universo. Fue tras la muerte de mamá, hace unos tres años. A pesar de haberse negado ella toda la vida de traerme al monte a conocer a la abuela, creí importante que la anciana tuviera noción de la desgraciada noticia.
Su rostro surcado de gruesos pliegues de piel sucia, el cabello gris como nieve sucia y esos ojos blancos, ciegos como la nada misma, hicieron que balbuceara la trágica razón de la visita y dos minutos más tarde estaba otra vez al volante, acelerando a fondo la destartalada coupé que tenía entonces.
Aunque la imagen que más me había acobardado no había sido la de la vieja, sino aquello que había detrás, que se dejaba ver sobre el hombro huesudo de ese cuerpo marchito. Era una bicho. No tengo palabras para describirlo. Parecía un pulpo, cabía sobre la mesa, pero tenía la cabeza enorme, ojos desproporcionados y tan oscuros que parecían huecos, los tentáculos… si acaso podían llamarse, tuve la impresión que eran extremidades humanas moviéndose sin ton ni son.
Siempre creí que las historias de mamá formaban parte del folclore familiar, historias inventadas para asustarnos y que el hecho de tapiar las ventanas eran solo para darnos mayor seguridad, no por temor a algo extraño. Incluso, que el nombre de Yaldaboath era alguna que otra broma pesada de algún ancestro. Y que, quizá, su negativa de llevarnos a conocer a la abuela se debía a un capricho por una antigua pelea irreconciliable, de esas que no se hablan.
Traté de olvidar aquella visita, empecé a tomar pastillas para conciliar el sueño, incluso asistí por meses a un psicólogo. Pero los ojos blancos de la abuela y los ojos negros de ese bicho se convirtieron en un tatuaje sangrante en mí mente.
Por eso es que esta noche volví al monte, por última vez. Para acallar los gritos ahogados con los que me despierto tras cada pesadilla y asegurarme que había sido una alucinación, despedirme para siempre de la abuela, del puto monte y dejar atrás las viejas historias de terror y el cuento de la maldición.
Igual que la otra vez, la abuela me recibió en la puerta, con esa mirada de muerto, que observa con algo más que la vista y penetra hasta el alma misma. Pero ahora, la empujé, la saqué del camino y fui hasta la mesa. Allí estaba el bicho, como lo había visto hacía tres años. No había sido mi imaginación. Y sus tentáculos… oh, sus tentáculos. Eran los brazos de mi padre, de mi madre, los de otros integrantes de la familia, porque tenía montones, y en esos huecos del infierno… allí estaban los rostros de los muertos, gritando y aullando, sufriendo la eterna condenación de dolor.
¿Cómo no sucumbir? ¿Cómo no incendiar todo, Comisario? Creerá que estoy loco, pero no. Verá, mi madre siempre me contaba…



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26 de octubre de 2018

El rincón del bosque


Ornella se fue mucho antes. Quince, veinte años, me animo a decir. El viejo Tomás se guardó estoico en su cabaña y se dejaba ver solo una vez a la semana cuando bajaba al pueblo a buscar provisiones. Nunca nos quiso, por más que fuéramos sus nietos. Pasábamos las tardes jugando cerca del auto abandonado y cuando el abuelo salía, nos escondíamos entre el hierro herrumbrado y el cuero chamuscado cubierto de tierra. Lo espiábamos a través del parabrisas ausente, escondidos de su vista detrás del capot levantado. Salía a media tarde y volvía al atardecer. Siempre solo, siempre a paso lento.
Fue tras su muerte que con mi hermano emprendimos la caminata por el sendero boscoso que le veíamos tomar cuando éramos niños. Treinta minutos después nos topamos con una colina. El sol brillaba sobre las cuatro cruces. Cada una tenía un nombre. En una, una inscripción rezaba: "Perdón por no poder sacarlos de las llamas, perdón por dejarlos morir en el maldito coche. Sus papis, Ornella y Tomás".
Temblamos ante esas tumbas y no demoramos en marcharnos. Pensar en aquel rincón del bosque me da escalofríos hasta el día de hoy, aunque es peor imaginarnos de pequeños, jugando dentro del verdadero cementerio. Jamás le pregunté a mi hermano qué siente al respecto, jamás lo haré. En quién más pienso es en el viejo Tomás, cargando la culpa solo durante sus últimos años de vida y en esos dos niños imbéciles, riendo entre los hierros retorcidos que alguna vez apagaron, para siempre, los sueños de otros.

txt: Ernesto Parrilla + ph: Colo Cossy

22 de octubre de 2018

El mundo a su espalda

Agustina pasa el tiempo en la ventana. Observa la calle, los autos que circulan, los transeúntes ausentes, incluso otras ventanas de otras casas, de otros edificios, que esconden figuras que también observan. Es sorda y no sabe lo que es el ruido.
Su vida son imágenes, escenas en movimiento, ideas que no escucha, pero interpreta. Siente que le falta algo y no solo es el sonido. Porque a través de su ventana descubre emociones en rostros pétreos y distantes, que transitan fugaz y eventualmente su vida.
Sabe que el hombre de anteojos de marco dorado que acaba de tomar un taxi hace duelo por su novio; que la señora que camina apurada con un chihuahua pisándole los talones sufre porque la tarjeta ya no tiene saldo y si sus amigas se enteran quedará mal ante ellas; que el niño que llora casi arrastrado por su madre hace al menos un mes que no le permiten ver a su papá.
Agustina sabe muchas cosas, porque se concentra en mirar. Y porque mirando por la ventana, se esconde detrás de un vidrio y se aparta del mundo a su espalda que tanto le aterra. Abriéndole los ojos a un mundo que le es ajeno, siente que tiene menos tristeza, menos dolor. No escuchar, en su caso, es un don.
No escuchar a mamá llorando. Los sonidos de los golpes de manos grandes y recias. Los bramidos de borracho del hombre que la molesta cuando todos duermen. La ventana es su mundo, el verdadero, el que le permite camuflarse en aquel hogar silencioso, de gritos ahogados y sin voz, de oscura melancolía, de corazones vacíos y futuros truncos.
La ventana es refugio, es escondite, es un ojo que observa. Es su propio dolor que la atraviesa y le ayuda a encontrar el que esconden los demás. Es su sentido agudo. La ventana es un todo. Incluso, una puerta por la cual, algún día escapar.

5 de octubre de 2018

Revolución


No vuelven, ni ella ni él. Afuera la calle, desierta y extraña a estas horas de la mañana. Desolación que estremece.
Se fueron anoche, todos. Ellos dos, los que estaban en sus casas y salieron exaltados a las veredas, otros que pasaban y se sumaron. Gritaban como si fueran una sola voz, fuerte y alto: ¡Revolución! ¡Revolución!
Me dejaron encerrado en el almacén, esperando su regreso. No puedo despegarme de la ventana. Debo estar atento para cuando vuelvan. No sé qué es Revolución o si queda demasiado lejos. Pero parece ser algo de donde no se vuelve, al menos, rápidamente.
En tanto, aguardo, fiel, paciente, guardián.

PH: Colo Cossy + TXT: Netomancia

30 de septiembre de 2018

El hombre que sueña

Soñé con un momento de mi infancia. Uno feo. La tarde en que probando la bicicleta de un amigo perdí el control, embestí el cordón de la vereda y terminé golpeando un árbol. Fue el comienzo de un mes en cama, con un brazo y una pierna enyesada.
Pero en el sueño, evitaba el árbol y tan solo terminaba con rasguños en las rodillas y un par de moretones.
No era la primera vez que soñaba con algún hecho pasado y lo que vivía dormido era diferente a lo que realmente habia sucedido. Durante un tiempo pensé en que eran deseos proyectados. Lo que me hubiese gustado no sufrir ese mes en cama, no haber cruzado la calle con el semáforo en rojo, no haber dejado a Ximena, copiar en aquel examen que nunca aprobé, no haber bajado la ventanilla del coche el día que dejé a mi hijo esperando en el estacionamiento...
Voy al psicólogo desde que tengo memoria. Me ayuda. Soy dependiente de las consultas. No puedo hacer nada sin antes hablarlo en una sesión. Pero durante años omití lo de los sueños. Porque eran deseos. Hechos que no podía cambiar. Era el pasado. Y al psicólogo voy para afrontar el futuro. Hasta que lo expuse. Porque, en definitiva, era hablar del tema o volverme loco. Sobre todo, después de esa visita.
Fue hace una semana, más o menos. Llegaba tarde como de costumbre. Además, llovía. Nunca hay lugar disponible para estacionar en la calle de la oficina donde trabajo. Debo hacer un rodeo previo y divisar un hueco. Esa faena suele demorarme unos minutos. Esa mañana, en particular, me llevó casi quince. No uso paraguas. Así que corrí. Pero en la esquina alguien cubierto completamente con un rompevientos amarillo me sujetó del brazo.
El psicólogo me preguntó por qué no seguí mi carrera hacia la oficina. Qué es lo que no hizo que empujara a esa persona y continuara mi camino. Desde su punto de vista, yo estaba esperando que alguien me detuviera.
Llegaba tarde, me estaba empapando y ese sujeto me tomó del brazo. La lluvia había mojado mis anteojos. El hombre se asemejaba a una figura bajo el agua, difusa y oculta tras el manto de gotas que se deslizaban cuesta abajo por las lentes de vidrio. Tendría que haberme apartado, apurar el paso, pedir ayuda. Pero entonces me llamó por mi nombre y olvidé todo lo que debía hacer en un caso así.
Al psicólogo le mencioné ese detalle, pero no lo que ví al sacarme las gafas y limpiar el cristal. Haberlo hecho suponía otra clase de terapia. Y no estaba dispuesto. Además, esa persona me había revelado algo que aún debía asimilar y en parte, todavía dudaba si hacía bien en contarle a mi psicólogo.
¿Solo lo sujetó del brazo y luego dejó que se marchara? Eso me había preguntado en la sesión. Sopesé la pregunta. Aún no estaba seguro sobre la razón por la que se lo había contado. La respuesta fue una mentira. Rápida, sencilla, efectiva.
- Antonio. Antonio, no tengas miedo. No voy a lastimarte, soy yo.
¿Quién era yo? ¿A quién debía reconocer debajo de ese rompevientos amarillo que parecía brillar debido a la lluvia? Me quité los anteojos con el brazo libre, limpié como pude el cristal y me los volví a colocar. Debo haber parpadeado varias veces, porque el hombre volvió a hablarme con calma: Si, soy yo.
En mis sueños, los que tengo de manera abundante, esos en los que naufrago en hechos del pasado, ciertos detalles carecen de nitidez, sin embargo, las situaciones principales llegan con una fuerza tremenda, al punto que tras despertarme puedo seguir recordando lo visto, a diferencia de otras clases de sueños, que luego de abrir los ojos, van perdiendo claridad hasta desaparecer definitivamente de todas partes. Esa es la razón, esa persistencia de las imágenes en mi memoria, por la que he podido comparar cada sueño con el suceso real. Pero al mismo tiempo, esa dualidad mezclándose en la mente, ha provocado que más de una vez terminara dudando sobre cuál de las dos situaciones había sido la real y cuál el sueño. Y en algunos casos, temiendo que ninguna realmente lo fuera.
Me estremecí al reconocer el rostro de la persona que me sujetaba el brazo. Cualquiera se hubiera sentido de la misma manera. Una sensación de estupor y de incredulidad. Durante unos segundos creí que el cristal de los anteojos me estaba jugando una mala pasada, pero no había error alguno sobre la identidad de ese hombre. Y sin embargo, no era posible.
Cada sesión con el psicólogo se extiende indefectiblemente por espacio de cincuenta y cinco minutos. Me cobra, en cambio, por una hora. Jamás reclamé esos cinco minutos, no tendría sentido hacerlo. ¿Qué pueden cambiar cinco minutos en una sesión? Además, tiene su lógica. Es el lapso que aprovecha entre una sesión y otra para hacer las anotaciones de las consideraciones sobre el paciente. Y preparar la ficha del siguiente. O simplemente, ir hasta el baño, refrescarse la cara o hacer pis. Pero la otra noche soñé que en lugar de estrecharle la mano y marcharme, me plantaba delante suyo y le hacía el reclamo por esos cinco minutos, alegando que cada doce sesiones, me robaba una. El sueño no terminaba bien. El psicólogo se ofendía, yo me ofendía, discutíamos y nos mandábamos al diablo los dos. Había sido tan nítido que tuve miedo que realmente hubiese sucedido. Pero cuando fui a la siguiente sesión, nos estrechamos la mano con una cálida sonrisa.
La lluvia se había intensificado. Caía sin inclemencias, con gotas que hacían doler. El sujeto, al que ahora reconocía, me apartó hacia las vidrieras de una tienda de ropa. Un pequeño toldo de lona nos guarecía del agua. Me encontraba en estado de entumecimiento. No podía articular palabra. Por suerte él, sí.
- Esos sueños, esos sueños que tenemos, no son deseos. No son proyecciones de lo que nos hubiese gustado, ni una prueba subconsciente de tratar de imaginar lo que hubiese ocurrido de hacer otra cosa. No, esos sueños son reales. Pero no ocurren aquí en esta vida, no ocurren ahí dentro de la cabeza. Esos sueños son puertas a universos paralelos donde vos, donde yo, donde cada uno de nosotros, de la misma porción de energía que representamos, actúa de manera diferente. ¿Entendés?
Le pagué, firmé el recibo, estreché su mano y antes de alcanzar el picaporte me detuve. No había tenido el valor al entrar, pero ahora estaba seguro. Le anuncié entonces a mí psicólogo que ya no volvería. Pude ver su cara de asombro, no obstante, decidí no dar explicaciones. Me apuré en abrir la puerta y dejar atrás ese consultorio para siempre. ¿Qué sentido tenía continuar yendo, cuando las respuestas no estaban allí?
Un trueno resonó tan cerca que sentí como me temblaron las piernas. Lo miré bien, lo miré con detenimiento, estuve a punto de tocarle el rostro. No hizo falta, comprendió. Soy real, me dijo. Es decir, yo estaba ahí, delante mío. Otro yo, claro. Y estábamos hablando bajo la lluvia. Los sueños no son sueños, volvió a decirme. Son ventanas abiertas a otros mundos. Similares a éste, pero distintos. En detalles. En decisiones. En pequeñas cosas. O en grandes. Pero similares. Para mí cada frase era un peldaño de una escalera difícil de subir. Y no entendía hacia donde podía llegar. ¿Cómo? ¿De qué manera había llegado a mí? Solo me dijo que no había mucho tiempo, que en cualquier momento podía despertar.
- Si aprendés a dominar el momento del sueño, vas a poder atravesar los universos. Tenés que lograrlo, tenés que avisarles a otros, ten...
Ya no estaba. La tormenta arreciaba y mis ojos tenían delante una vidriera con ofertas. Pensé en cada palabra que me había dicho y decidí no ir a trabajar. Llamé desde el celular y di parte de enfermo. Volví a casa a dormir. Es lo que hago la mayor parte del tiempo. He dejado el psicólogo, el trabajo... las deudas pronto comenzarán a taparme. Pero de momento, tengo algo más importante que hacer. Ignoro el tiempo que me llevará. Tampoco me importa.