Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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23 de julio de 2016

Conservar la calma

No podía llamar a su hermano, porque él lo primero que haría sería echarle en cara las veces que se lo había advertido. Y era cierto, no una, dos o tres veces... ¡al menos cien!: Marisa, poné alarma. Marisa, tenés que poner rejas. Marisa, vienen unos rollos de alambre para poner encima del tapial. Marisa, tené cuidado, dejá las luces prendidas.
Y lo peor es que ella había considerado cada uno de los consejos, pero jamás materializó alguno. Porque costaba dinero, porque había otras prioridades pero principalmente, porque a ella no le iba a pasar. Entonces, por todo eso, no podía sencillamente marcar en el celular el número de su hermano. ¡Pero algo tenía que hacer! Esta gente no actúa sola, y tarde o temprano, algo van a sospechar y entonces... el gato pasó corriendo entre sus piernas y se tiró de cabeza a su sillón preferido. Marisa sintió que se le escapó un poco de pis entre las piernas.
Temblaba. Todo su cuerpo era una bola de nervios. Sentía que la presión se le caía al suelo, pero mentalmente se imponía mantenerse erguida, tomar un vaso de agua, asegurar las puertas, las ventanas. Pero tenía que llamar a alguien. ¿A quién podía recurrir? Claro, cómo no lo había pensado antes. Edgar, el guardia de seguridad de su trabajo.
Buscó en la agenda de contactos del teléfono hasta dar con su número. Lo marcó, pero sabía que era tarde, que quizá no estaba, o estaría trabajando de vigilancia en algún lugar, sábado a la noche, era de esperarse, podría estar durmiendo, con el celular apagado.
- ¿Quién habla?
La voz la sorprendió al punto de dejar caer el teléfono. Se apresuró en levantarlo del suelo. No sabía que decir, las palabras se agolpaban en su boca, fuera de control de su cerebro.
- Soy Marisa, Marisa del trabajo, Marisa,,,
- Calma, calma... ¿qué sucede Marisa?
- Edgar, siento llamarlo a esta hora, pero ha sido algo horrible, he llegado a casa, tarde, abrí la puerta y ahí estaba, no me dio tiempo a nada.,.
- ¿Quién estaba Marisa?
- ¡El ladrón! ¡El ladrón estaba dentro de casa!
- ¡Por Dios! ¿Está escondida en alguna habitación, logró salir de la casa...?
- No, nada de eso, estoy en mi casa. Pero tengo una situación complicada. Por eso lo llamo.
- ¿La está amenazando? ¿El ladrón aún está allí?
- No, no me amenaza. Pero está acá, es decir, está y no está. ¡Lo maté Edgar! ¡Lo maté!
- ¡Cómo sucedió eso! ¿La ha lastimado?
- Vea, entré así de sopetón porque me estaba orinando encima, ni siquiera encendí las luces y este delincuente debe haber estado tan concentrado buscando cosas de valor a oscuras, que ni prestó atención. Así que imagínese, entré y ahí veo su silueta. Casi me cago encima Edgar, se lo juro. El ladrón se me vino encima y atiné a tomar lo primero y lanzarlo en su dirección.
- ¿Qué le tiró?
- Una imitación de espada samurai que estaba en la pared, al lado de la puerta. Es de mi ex marido. Nunca la vino a buscar. Se la tiré a la bartola, no apunté ni nada. Pero cuando prendí la luz, porque el tipo no se levantaba, vi que se la clavé entre los ojos.
- ¿Está segura que murió? ¿No lo habrá golpeado nada más?
- ¡Claro que estoy segura Edgar! No seré médica, pero que la punta de la espada haya salido por atrás es señal que lo reventé. Además, no se imagina cómo quedó la alfombra persa que era de mi abuela. ¡Llena de sangre! No sé cómo voy a limpiar eso.
- Está bien, trate de conservar la calma.
- Eso intento, pero no se qué hacer. Mi duda principal, no le voy a mentir, es si llamo o no a la policía. Es decir, voy a tener que llamarla, pero... ¿cómo tengo que explicarle, debo decirle que fue defensa propia, qué debo decir?
- No Marisa, no los llame. En primer lugar, si esto llega a la policía, usted va a tener un montón de horas perdidas en la comisaría, en los tribunales, porque por más que haya matado a un ladrón y dentro de su vivienda. Por otro lado, uno nunca sabe de qué lado están, a veces dejan salir de la cárcel a tipos como este para que afanen y se reparten el botín. Además, piense en la prensa, van a venir a hacerle notas, llamarla por teléfono. Pero eso no es nada. Este delincuente debe tener amigos y familiares. Y a ellos les importa un comino que el tipo haya estado violando la ley. Lo único que les va a importar, es cobrarse venganza. Si ellos se enteran, usted es boleta.
- ¡Ay, no! ¡No quiero que me vengan a buscar! ¡Esto es una encrucijada! No lo puedo creer, es una pesadilla. ¿Los ciudadanos que vivimos al día y pagamos los impuestos no tenemos forma de defendernos?
- ¿En qué país vive Marisa? Claro que no. Desde los que gobiernan hasta el más mísero ladrón tienen más derecho que usted y cada uno de nosotros. Tanto unos como los otros viven de nosotros. Lo único que nos queda, es ayudarnos entre nosotros y usted lo ha hecho al llamarme.
- Menos mal que lo llamé Edgar. ¿Usted puede venir a ayudarme?
- Estoy en la isla Marisa, del lado de Entre Ríos. Me vine a pescar. Pero puedo ayudarla igual, Usted tendrá que seguir al pie de la letra mis instrucciones.
- ¿Y no puede venir igual?
- Deberá hacer lo que le digo. No se ponga nerviosa. Primero, debe asegurarse que esté muerto.
- ¡Le digo que está muerto!
- Bien, le creo. Pero busque una cuchilla afilada. ¿Tiene una?
- Por supuesto, para hacer las milanesas. La llevo a afilar una vez al mes.
- Búsquela y clávesela por todo el cuerpo.
- ¡Está loco Edgar!
- Hágame caso. Imagínese que es la rueda del auto de su ex marido y que en un ataque de bronca, le clava la cuchilla cien veces,
- ¿Por qué le haría algo así?
- No sé, quizá la engañó.
- ¿Ese estúpido? No lo creo.
- Marisa, piense en alguien que odie y entonces imagine que le está haciendo agujeros a la pelopincho en el fondo del patio.
- La turra de mi vecina, que le da carne podrida al gato para que se intoxique.
- Eso, piense en su vecina. ¿Ya tiene la cuchilla?
- Si. ¿Podré usarla en milanesas después de esto?
- Claro que podrá, pero trate de clavarla por todo el cuerpo.. Eso servirá para lo que haremos después.
- ¿No cree que si le clavo una sola vez la cuchilla en el corazón, ya está?
- Hágame caso Marisa.
- ¡Lo estoy haciendo, lo estoy haciendo! Esto no es soplar y hacer botellas. Hay partes donde cuesta sacarla.
- Lo está haciendo bien. Ahora vaya recordando donde puede conseguir un poco de alambrado romboidal.
- ¿Qué cosa?
- Un poco de cerco de alambre, ese que tiene forma de rombos.
- ¿Y eso para qué?
- Para envolver el cadáver.
- ¡No diga cadáver! ¡Qué me impresiona!
- Bueno, el cuerpo. Hay que envolverlo.
- Puedo usar la alfombra, total, ya está perdida.
- El alambrado no dejaría que suba a flote.
- Espere un momentito... ¿a flote de dónde?
- Del río. ¿Dónde piensa esconderlo? ¿Va a hacer un pozo en el patio de su casa o en el de su vecina? Apuesto que no tiene ni una pala.
- Claro, apuesta eso pero me pide un cerco perimetral de alambre.
- ¿Tiene o no una pala?
- No tengo.
- ¿Y sabe dónde conseguir algo de ese alambre?
- El frente de mi vecina tiene. Todavía no hizo el tapial. Puedo quitar una parte.
- Bueno, vaya por el alambre.
-  Estoy yendo.
- Antes de salir a la calle, mire si no hay un secuaz del ladrón esperando afuera.
- Acabo de mirar por la ventana, no hay nadie.
- Sea cuidadosa. ¿Llevar algo para cortar?
- La cuchilla.
- ¡Va a ensuciar donde corte con sangre!
- ¡Ya la limpié! En la alfombra. ¿Se cree que soy una improvisada?
- Disculpe, no me gustaría que deje cabos sueltos.
- Le dije que la cuchilla es buena, corta como si nada el alambre.
- Solo un poco, con una vuelta alrededor del cuerpo alcanza.
- Ya lo tengo. Me demoré porque aproveché para cortarle el rosal a la turra ésta,
- Vuelva rápido a su casa, no pierda el tiempo.
- No pierdo el tiempo, fue solo una satisfacción personal, ¿Algo me merezco en una noche de mierda como ésta, no cree?
- No se me vaya de tema, necesitamos concentración. Proceda a envolver el... cuerpo.
- Iba a decir la palabra que me impresiona. Vamos, concéntrese.
- Utilice el mismo alambre para ajustar, así no se abre.
- Se lo estoy enganchando en la ropa, así tiene un agarre extra.
- Bien pensado Marisa. Ahora, dígame. ¿Tiene auto?
- Si, un Mini Cooper.
- ¿Y entra el fiambre en el baúl?
- ¿Quiere que lleve el cuerpo al río en mi auto?
- Pedir un taxi y cargar un muerto va a ser sospechoso.
- Tiene razón. Pero ahora que lo pregunta, este tipo no entra en la parte de atrás.
- Va a tener que llevarlo con usted.
- ¡Me va a manchar todo el interior con sangre!
- Utilice una frazada o algo para cubrirlo. O cubra los asientos con algo. Un plástico, una lona.
- Tengo un mantel de hule que era de mi abuela. Pobre abuela, estoy arruinando todas las cosas que me dejó.
- Valore que se las haya dejado, entonces.
- Tampoco me dejó tantas cosas. Era media amarreta la vieja.
- Ya tengo el mantel dentro del auto, ahora tengo que arrastrar al ladrón hasta ahí.
- Use la alfombra para llevarlo.
- Cuando vuelva voy a tener que baldear todo. Es un desastre esto.
- Revise antes los bolsillos del tipo. Saque todo lo que tenga en ellos y después lo quema.
- ¡Cien pesos! No paga ni los productos de limpieza que voy a necesitar.
- Si es documentación, queme todo. Así demoran más en identificarlo, en caso de encontrarlo.
- Usted me dijo que con lo que hice, no deberían.
- Exacto, no tendría motivo para salir a flote. Pero siempre existe la posibilidad que lo encuentre alguien pescando o alguna embarcación lo enganche y lo tire para arriba.
- Ufff... ¡cómo pesa!
- Fuerza, Marisa. Vamos, que usted puede.
- ¿Me está alentando o se refiere a que soy gordita?
- La aliento. De todas formas el ejercicio no le viene mal.
- El lunes vamos a tener que hablar seriamente, Edgar. Creo que se está pasando de la raya.
- Concéntrese. Cierre bien el auto. Ponga el cuerpo de tal manera que no parezca extraño lo que lleva si alguien mira desde afuera.
- Lo estoy haciendo, soy la menos interesada en que eso suceda.
- La idea es arrojarlo al río. Un sector profundo. Si lo hace en cualquier lado, corre el riesgo que sea una zona playita y el cuerpo quede a la vista.
- Odio el río, así que dígame usted dónde lo llevo. Mi ex marido me llevaba a pescar. Bah, pescar. Estábamos cinco horas con las cañas y no sacábamos un solo pescado.
- Tiene que ir más cerca del puerto, donde el calado es mayor. Pero debe evitar lugares donde vea gente paseando.
- ¿A esta hora?
- La gente pasea a toda hora Marisa.
- Se nota que estoy mucho tiempo sola en casa. ¿Debería salir más, no cree?
- Si hubiese estado en casa, el ladrón la hubiese sorprendido dentro.
- Buen punto. En realidad salgo poco. Hoy había ido al cine. Sola.
- El lunes podríamos hablar también sobre eso.
- ¿Quiere que le cuente la película? No se desconcentre Edgar. Ya tomé la calle que va al puerto.
- Siga de largo en la zona de remolcadores. Y también donde se realiza la carga de buques cerealeros.
- Más allá está bastante oscuro.
- Por eso es mejor esa zona. Nadie podrá verla.
- Muy astuto, pero me da miedo.
- Acaba de matar a un delincuente y viaje con él en su auto. ¿Algo le puede dar más miedo que eso?
- Si, que la familia y amigotes de esta mierda se entere y quiera hacerme vuelta y vuelta a la plancha.
- Estacione lo más cerca de la orilla que pueda. Con la puerta del acompañante del lado del río,
- Listo. Le digo Edgar, no se ve un alma. Hasta el río parece quieto. Y a la luna la deben tapar los nubarrones. No está por ninguna parte.
- Mejor, mejor. Saque el cuerpo y hágalo rodar hacia el agua. Esa orilla tiene pendiente, así que va a caer rodando al río.
- Uff... y eso que era flaco. Listo, en el suelo. Ahora lo empujo.
- Empuje.
- ¡Está rodando! ¡Está rodando!
- Bien, bien. Asegúrese que entre al agua.
- Oh no.
- ¿Qué pasa Marisa?
- Se trabó en una madera atravesada. Pensé que la saltaría.
- ¿Había visto la madera antes? ¡Cómo iba a saltar...!
- Ya cállese Edgar, un error de principiante. O cree que salgo a hacer esto todas las noches.
- Baje con cuidado y saque la madera del camino. Luego vuelva a empujar.
- Ve, mire usted lo que ha pasado. La madera tenía clavos y se han enganchado en el alambre romboidal. No es toda mi culpa, Edgar. Usted ha tenido su parte.
- Al contrario, eso demuestra que el alambre va a servir.
- Claro, lo suyo es positivo, lo mío es negativo.
- No discutamos Marisa. Prioricemos el asunto principal.
- El fiambre.
- El fiambre, usted lo ha dicho.
- Listo, ahora si. ¿Escuchó? Entró al agua.
- Bien, ahora aléjese con tranquilidad, súbase al auto y vuelva despacio.
- ¿Le molesta si conversamos en el camino? Esta situación me ha dejado algo tensa. ¿A todo esto, le queda batería en el celular?
- Afortunadamente, parece que ambos lo teníamos bien cargado.
- No hay nada mejor que tener el celular al tope de carga. Mire de la que me ha sacado esta vez.
- Lo que debe prever de ahora en más, es la seguridad de su casa.
- Ya se parece a mi hermano, Edgar. Siempre con advertencias que ponen los pelos de punta.
- Ha quedado demostrado que es mejor prevenir. ¿Tiene alarma?
- No.
- ¿Tiene un perro para que ladre si entra algún intruso y despierte a los vecinos?
- No.
- ¿Tiene rejas en las ventanas, así los delincuentes se topan con un obstáculo que los haga desistir?
- No, harían desentonar los marcos de las ventanas.
- Tiene que pensar en todas esas cosas, Marisa. Hoy en día nadie está seguro.
- ¿Usted tiene alarma dónde está?
- Estoy en la isla, claro que no hay alarma. Pero tengo un arma cerca, por las dudas.
- Si ese es el punto, yo tenía un sable samurai.
- Y ha visto todo lo que ha implicado utilizarlo. Piense si le hubiese errado, quizá no estaríamos hablando.
- Puede ser, debo considerar esos consejos, lo sé. Estoy llegando Edgar, quiero agradecerle lo mucho que... ¡la puta madre!
- ¿Marisa? ¿Qué pasa?
- ¡Dejé la puerta abierta de casa! No, no, no... no puede ser. ¡No, Edgard, no!
- Marisa, me asusta, qué sucede,
- ¡Se han llevado todo, se han llevado todo! ¡La casa vacía, Edgar! ¡No hay seguridad en este país! ¡Estamos solos, Edgar, estamos solos! Lo único que han dejado, es la alfombra repleta de sangre. Ni el estúpido favor de llevarme esa porquería han hecho, malnacidos de porquería. ¿Qué voy a hacer, Edgar, qué voy a hacer?
- Marisa, no hay otro remedio: llame a la policía.

17 de julio de 2016

El número de la quiniela de mañana

La ciudad, cualquier ciudad, parece otra en invierno. La gente se esconde en sus hogares escapando del frío, dejando las calles en soledad. De tanto en tanto algún que otro valiente escudado en abrigos las atraviesa en pos de un mandado que no puede esperar, aunque retornan rápido con el fin de buscar reparo en el calor artificial de puertas adentro.
Hay otros que no tienen esa suerte, para quienes las calles representan todo: su vivienda, su medio de vida, su rutina diaria. Escapan de la realidad solo cuando entran algunos minutos a un bar a pedir limosnas, a un garaje para llevarse bolsas con cosas que los dueños piensan tirar o cuando son llevados a la comisaría por alguna denuncia de un vecino malhumorado.
Detrás del supermercado de la calle principal suelen encontrarse por las noches varias personas que juntan cartón, otras que van por el vidrio y el plástico, y hasta casos más críticos que pelean hasta la última sobra de comida o alimento que se haya descartado por haber superado la fecha de vencimiento.
Como hormigas se van llevando poco a poco, hasta limpiar el lugar. Lo van haciendo sabiendo que tienen toda la noche por delante y que allí o dónde tengan el colchón para dormir, sufrirán el mismo frío. Para ellos, el invierno es eterno.
- Me gustaría saber el número de la quiniela, don Alfredo y poder comprarme un lugar decente para dormir - dijo Horacio mientras separaba cartón por un lado y vidrio por el otro.
Alfredo, a quien solo le interesaba por el vidrio, aguardaba a que el hombre más joven terminara para poder cargar lo suyo en su carretón.
- ¡Imagínese! Una casita con estufita, un plato de sopa cada noche y a dormir, nada de estar yirando en medio del frío para poder ganar unos mangos.
El viejo a su lado sonreía. Qué otra cosa podía hacer. Sueños tenían todos y cada uno de los que cada noche se cruzaban en aquel amplio patio. 
- ¿Sabe lo que estaría bueno, Alfredo? Una máquina del tiempo ¿Qué me dice? Uno viaja hasta mañana, espía el numerito que salió y vuelve. Al día siguiente lo juega y solucionados todos los problemas.
-  Si fuera tan fácil - contestó el viejo, mientras frenaba con la zapatilla un frasco de mermelada que rodaba hacia donde estaba.
- Ya lo sé Alfredo, es un decir, esas cosas no existen.
El viejo largó una carcajada.
- No se me ría Alfredito, por favor.
- No me rio de usted, Horacio. Sino de lo que acaba de decir...
- Por eso, de que quiero viajar al futuro... 
- ¡De lo de la máquina me rio! De eso que dijo que no existe.
- Si existiera, todos seríamos ricos - ahora el que reía con toda la jeta era Horacio.
- No, ricos no. Fue un caos. 
- ¿Qué cosa?
- Todo.
- ¿Todo qué? 
- Todo, la sociedad, las guerras, el hambre, todo fue un caos.
- No le entiendo un pito Alfredo, de qué me habla. Si estábamos hablando de la quiniela y de...
- ¡Viajar en el tiempo! De eso le hablo. ¿Para qué quiere eso de nuevo, Horacio? Aquello...
- Perdió la chaveta don Alfredo. ¿Cómo de nuevo?
El hombre mayor, que tendría unos setenta años se movió inquieto. Sacó dos cigarrillos de un bolsillo y extendió uno hacia Horacio. 
- No fumo, gracias.
El viejo insistió, agitando el cigarrillo.
- Bueno, uno no me va a matar - aceptó el otro.
- Venga Horacio, tómese unos minutos y descanse mientras le cuento algo.
- A menos que me vaya a decir el número que sale mañana en la quiniela, me quedo trabajando.
- Le voy a decir por qué no le conviene conocer el número que saldrá mañana.
- Explíquese Alfredo.
- Así como me ve, estoy aquí por decisión propia. Nadie me quitó la casa, ni me despidió de un empleo. No me abandonó mi familia, ni me dejó una mujer. Muy por el contrario, fui quién se fue de su casa, renunció al empleo, se alejó de su familia, de su mujer, de sus seres queridos...
"Todo comenzó hace treinta años, cuando logré lo que me había propuesto desde mi juventud: vencer al tiempo. Cuando era pequeño, leía y veía en cine todo lo que tuviera que ver con viajes en el tiempo. Sabía que era ciencia ficción pero al mismo tiempo, estaba seguro que era posible. Estudié Física e Ingeniería. Me gradué con las mejores notas. Y comencé a trabajar en ese imposible, en una máquina del tiempo. Y hace treinta años, exactamente, lo logré. Fue todo un acontecimiento, el mundo se rindió ante mí". 
"Me dieron el Nobel, di conferencias en todo el mundo, fue multimillonario de la noche a la mañana. El mundo hablaba de mí. Alfredo Titor figuraba en todos los diarios, revistas, canales de televisión, radio... la máquina del tiempo era un éxito. Los experimentos iniciales permitieron a historiadores revisar la historia con descubrimientos notables... si usted supiera Horacio, que distinta es la verdad... pero si tan solo se hubiesen atenido a eso, pero no, usted sabe como son, ellos, los que tiene poder, los que viven bien... ellos quieren más y más, y si bien no viajaron al futuro para buscar un simple número de quiniela, lo hicieron para cosas más atroces, conocimientos que todavía no debían llegar..."
"Horacio, si usted hubiese visto, el mundo se había vuelto demente, estallaban guerras por problemas que aún no habían comenzado, por agravios aún no recibidos, guerras a cuenta de un futuro que transformaban en presente sin interpretación alguna. El pasado quedó en el olvido, la cuestión era el futuro, cómo sacarle ventajas. El caos fue insostenible".
"No lo dudé Horacio. Viajé en el tiempo hasta el momento mismo de la creación y llevé conmigo imágenes grabadas de lo que sucedería si esa máquina que acababa de construir llegaba al conocimiento de la humanidad. Entonces, ese hombre igual que yo, que llegó advirtiéndome que cometería el error más grave en la historia de la humanidad, me persuadió de lo que estaba haciendo y destruí todo. Hasta la nota más minúscula, todo. Arrojé por la borda mis sueños, mi trabajo, absolutamente todo. Mi ruina fue la culpa. Porque por más que obré a tiempo, otorgándole a la humanidad esta segundad oportunidad, día a día me carcome esa otra existencia paralela, en la que no fuimos de capaces de progresar como sociedad".
"Prefiero esta soledad nocturna, mi amigo. Esta vida anónima, sobreviviendo con lo justo, pasando hambre y frío. Prefiero estar aquí con usted, soñando con un futuro mejor, que vivir una pesadilla gracias a poder ver el mañana. El mañana es el esfuerzo del hoy. Sin embargo, si existiera la mínima posibilidad de espiarlo por un breve lapso, lo que haríamos sería justamente lo inapropiado: cortar camino. Y el camino que no es recorrido, es una enseñanza perdida. Lo aprendí hace treinta años. Y pesa sobre mi consciencia, a diario".
"Vamos, apure ese cigarrillo, que hay bastante por hacer. Y no se preocupe por el número de mañana. Ese número siempre estará allí. Pero no siempre nos pertenece. Así es el futuro. Y así debe ser".

13 de julio de 2016

El meteoro

Hace rato que vengo observando ese planeta. Quedó a mi cargo luego de descubrir que tenía las condiciones necesarias para la existencia de vida. Claro que mi investigación no terminó allí, pude demostrar con el tiempo que no solo ofrecía las cualidades, sino que además, había vida. Y no solo eso, era vida inteligente.
Por supuesto, nuestra agencia trabaja de manera cautelosa. No podemos darle a conocer a nuestra población semejante noticia sin antes tomar todos los recaudos en materia de seguridad. Debemos estudiar a las diversas formas de vida, analizarlas, determinar el grado de inteligencia y los potenciales beneficios o peligros de hacer contacto.
Por si fuera poco, no es un planeta que esté cerca, por el contrario, la distancia es enorme. Pero de todas maneras es un logro del que todos estamos satisfechos y orgullosos. La búsqueda en el universo de otros vestigios de vida siempre nos ha apasionado, a lo largo de toda la historia. Poder toparnos con un sitio, si bien lejano, pero real, nos ayuda a repensar lo que nos rodea, a imaginarnos no uno, sino muchísimos planetas en constelaciones de las que probablemente no tenemos aún conocimiento.
Estoy casi seguro que muchas de las máquinas voladoras con las que no hemos encontrado en el espacio, pertenecen a la raza inteligente que domina ese planeta. También hemos ocultado esos descubrimientos. Hemos capturado algunos equipos y notamos que es una tecnología muy diferente a la nuestra. Casi a diario visito las instalaciones donde los tenemos guardados, bien distante de la población. Trato de estudiar cada detalle, como si pudiera encontrar algún tipo de revelación instantánea.
Sin embargo, la esperanza de hacer contacto, se ha ido diluyendo en los últimos meses. Hasta hace poco me imaginaba a una generación futura logrando la comunicación que nos diera la posibilidad de estudiarlos mejor. Nosotros, lamentablemente, a pesar de nuestros esfuerzos, nos hemos aproximado pero sin alcanzar el objetivo.
Lo más cercano, es lo intentado hace un año. Un acto desesperado, como suelo llamarlo delante de los demás miembros del equipo. Un arrebato al comprender que ese objeto que no podíamos identificar, viajando en una órbita extraña, se dirigía finalmente a nuestro planeta especial. Una especie de roca gigante, desprendida de algún cuerpo más grande, quizá un cometa, que a velocidades siderales arremetía contra nuestro hallazgo planetario.
¿Cómo advertirles del peligro? ¿Cómo decirles que debían hacer algo o sufrirían una destrucción masiva? Entonces, usando una de las máquinas capturadas, envié el mensaje. ¿Cómo saber en qué lenguaje hablarles? ¿Cómo hacerme entender?
Recordé esa rara señal que captamos hace mucho tiempo y que identificamos como un lenguaje. Extraño, por cierto, con tan solo puntos y rayas. No lo dudé. Envié el mensaje. Y hoy, debo reconocer, entiendo que no lo han visto o comprendido.
Como me señalara un colega, hace poco, el problema no estuvo en el método o el lenguaje, sino en la noción que teníamos de ese código. ¿Acaso era un lenguaje en sí o solo una manera de encriptar un lenguaje?
El esfuerzo por grabar en ese rojizo planeta cercano el mensaje, modificando su superficie, fue en vano. Hasta ahí podemos llegar hoy con nuestra tecnología. Tan cerca y al mismo tiempo, tan lejos. Mi alerta la borrará el tiempo. Y a ese punto en el universo, en el que deposité mis esperanzas, se lo devorará un maldito meteoro.

NEE NED ZB 6TNN DEIBEDH SIEFI EBEEE SSIEI ESEE SEEE !!

Meteoro Meteoro Gigante A 6 Yahhjs De Distancia Tomar Medidas Urgentes Salven al Planeta Deseamos desde Nuestro Planeta Trex !!

¡Qué pena! ¡Qué gran pena!


* El cuento es más divertido luego de leer esta noticia  http://www.lanacion.com.ar/1917737-la-nasa-descifra-mensaje-en-codigo-morse-encontrado-en-la-superficie-de-marte






9 de julio de 2016

El destino a cuestas

Las pocas luminarias de la calle quitaban un poco de ferocidad a la noche.
De todos modos, aquello no lo inquietaba. El retorno a casa era lento, como cada final de jornada.
La moto traqueteaba con sus años encima. El frío golpeaba su rostro y le escarchaba los ojos.
Había sido un largo día. Y una vez más, volvía con las manos vacías. Se imaginaba la tristeza en el semblante de su esposa. El llanto del bebé en la cuna. La mesa vacía.
Su recorrido diario había sido en vano. En cada tugurio de la ciudad la respuesta había sido la misma.
El negocio se estaba viniendo abajo. Ya nada era como antes. La moto comenzó a toser y a los pocos metros se detuvo.
Si algo le faltaba, era hacer las últimas diez calles a pie.
Se apeó y empujó el vehículo con lentitud delante de viviendas similares, con sus ventanas bajas, el frente descuidado y sin luces afuera.
El ladrido de algún que otro perro rompía con el silencio cómplice del barrio.
Cuando creyó divisar su casa, vio además una silueta negra en la esquina próxima. Pensó que sería algún borracho, pero la figura comenzó a avanzar hacia él, recortando distancias.
Instintivamente se llevó la mano al cinturón, donde guardaba un cuchillo afilado.
Aminoró la marcha y lo esperó bajo una de las farolas de la calle.
Intuyó que era un ladronzuelo de alguna otra zona, probando suerte. Pero al verle las facciones, el cuchillo cayó de sus manos.
La silueta que avanzaba era su viva imagen, pero al menos quince años más joven.
- A vos te quería encontrar - le dijo la aparición.
- ¿Quién sos? - dudó entre buscar el arma y quitarle la vista de encima. Prefirió esto último.
- ¿Quién te crees que soy? Soy vos. Pero el vos antes de mandarte todas las cagadas juntas. Vergüenza debería darte.
- ¡Cómo te atrevés a hablarme así!
- Te miro y me cuesta reconocerme. Parece mentira, tanto sacrificio de la vieja, para que vos salieras como saliste.
- No tenés idea de mi vida.
- Claro que la tengo. ¿De dónde crees que vengo? De ver a Carla y al nene. No sabés la alegría de ella cuando me vio. No te das una idea. Me pidió llorando que no me fuera, que me quedara con ella. Quedate que todavía sos bueno, me decía.
- Levanto el cuchillo este y te mando a mudar. ¿Qué clase de magia negra es esta?
- Ignorante, ni magia negra ni un carajo. Mirate las manos, llenas de sangre que no lava por más que la enjabones. De tugurio en tugurio, ensuciando el alma por dos mangos. Cerrá los ojos y escuchá la consciencia. Hasta olor a podrido debe haber ahí dentro. Para que no llore la Carla. Si sos un malviviente. Pobre de tu hijo, de nuestro hijo, el padre que le ha tocado.
- ¡A mi nadie... !
La silueta ya no estaba. Solo la esquina de su casa y más allá las precarias paredes, el techo que se venía abajo y un poco de césped en la entrada, que de tanto en tanto lo cuidaba Carla mientras él salía a hacer una de sus changas que ella tanto odiaba.
- ¿Dónde mierda se fue?
Por más que buscó con la vista, solo divisó las formas conocidas del barrio, ese lugar de espanto en el que vivía desde hacía diez años.
Levantó el cuchillo y lo volvió a meter en el cinturón. Empujó la moto el tramo que faltaba y llegó a su casa.
Al entrar, encontró a su mujer llorando.
- ¿Qué te pasa?
- Nada, nada. Tuve una visión y fue... horrible. Pero nada más. Ya te tengo la comida preparada. Ahora pongo la mesa.
- Pará Carla, decime: ¿En ese sueño aparecía yo con quince años menos?
El rostro de Carla palideció.
- No, en mi sueño era yo la que tenía quince años menos. Entraba por la puerta y traía en la mano tu cabeza, que aún chorreaba sangre. Me miraba furiosa y me decía: Ves, esto es lo que tenés que hacer, esto. Cuando duerme, se la cortás y listo.
- Tranquilizate, fue una pesadilla. Alguna brujería de las viejas del barrio.
Carla se largó a llorar de nuevo.
- ¡Pará te dije! Vas a despertar al bebé. ¿Por qué seguís llorando?
- Porque afilé la cuchilla de la carne, pero no tengo la valentía.
Y aún con lágrimas en los ojos, comenzó a poner la mesa. El vio la cuchilla sobre fuera del cajón y supo que tarde o temprano sucedería. Hasta creyó escuchar a su versión más joven reírse del otro lado de la ventana.
No tuvo más remedio que sacar su arma.


2 de julio de 2016

La firma

El formulario era el mismo de cada día. No había nada extraño en eso. El membrete de siempre, los datos completados directamente en la computadora, la puntualidad en la entrega. Todo debería ser igual, pero no lo era. El elemento que la inquietó, fue la firma a mano alzada.
Ella no conocía personalmente a Eleuterio Gutiérrez, como suponía que él no la conocía a ella. Trabajaban incluso en edificios distanciados, haciendo tareas diferentes. Sin embargo, cada día, los formularios que él aprobaba en su oficina, llegaban con un cadete horas más tarde a la suya, donde eran colocados en sobres y enviados a sus destinatarios.
El único conocimiento que ella tenía de Eleuterio, era su firma. El trazo firme, armonioso, la E gigantesca seguida de un garabato que parecía querer escalar hacia el noroeste para luego convertirse en una G tan grande como la E, que concluía en un perfil de cardiograma y una línea que recorría la parte inferior de las letras hasta llegar al punto de partida.
Pero notaba esa tarde la firma algo temblorosa, como si la mano que sostenía la pluma, hubiese vibrado en el momento de hacer la presión sobre el papel. Conocía de memoria cada milímetro de la firma, no solo por la rutina de su trabajo, sino porque admiraba el trazo seguro y elegante de Eleuterio.
Muchas veces se había preguntado cómo sería él. Había tenido la esperanza de conocerlo en alguna de las tantas fiestas que organizaba la empresa, pero Eleuterio no era un hombre demasiado sociable, ya que jamás asistía. Lo imaginaba corpulento, entrado en años, siempre bien vestido con traje y corbata, el cabello blanco y prolijo. Casado, sin dudas. Y quizá con varios hijos. Un hombre recto, buen padre, buen esposo. No sabía la razón por la que lo idealizaba de esa manera, pero le gustaba pensar que así sería el hombre detrás de la firma.
En más de una ocasión, a lo largo de los últimos quince años, tuvo el impulso de levantar el teléfono y marcar el número de la oficina de Eleuterio. Pero jamás consiguió una excusa para hacerlo. Esperaba con ansias el día que los formularios demoraran en llegar, en que faltara uno, en que hubiese un dato mal para poder reclamar... pero nunca sucedió. Siempre la labor desde la oficina de Eleuterio fue sencillamente perfecta.
Hasta esa tarde, en la que advirtió la vacilación en la firma. Aquel detalle la angustió. ¿Y si Eleuterio estaba enfermo? No era posible, un hombre como él... Pero la letra temblorosa era evidente, estaba allí, plasmada en el papel. La firma le estaba dando un indicio. Era la excusa para llamar. Para conocer su voz. ¿Y qué le diría? ¿Le preguntaría si estaba enfermo, así, sin más?
Quizá no era un problema de salud. Al menos propio. Podía tratarse de algún problema familiar que lo estaba afectando. ¿Su esposa? ¿Alguno de sus hijos? Debía estar sufriendo. Era probable que el temblequeo en sus manos al firmar los formularios fuera por estar llorando. Y si había estado llorando, lo mejor era algo de consuelo. ¡La incertidumbre la llenaba de congoja!
¿Qué podría estar afectando a Eleuterio? Tenía que llamar. Además, no sabía si tendría otra oportunidad. Debía juntar coraje y levantar el teléfono. Era lo que había esperado por tanto tiempo. Y la excusa estaba delante de sus ojos. Era un pedido de auxilio encubierto, que solo ella podía advertir.
Se puso de pie, se acercó a la ventana, cerró los ojos, respiró profundamente como le enseñaban en las clases de yoga y volvió hasta su escritorio. Tomó asiento y marcó en el teléfono el número que conocía de memoria y cuya secuencia jamás había pulsado.
La línea llamó una vez, dos veces y en la tercera, alguien contestó.
- Oficina de deudas - dijo una voz masculina, aunque joven y demasiado aguda como para ser la de un hombre como Eleuterio.
- Hola, mi nombre es Patricia... - dudó entre seguir hablando y colgar, pero ya había movido los labios y se veía obligada a continuar - y trabajo en la oficina de Logística y Distribución, quisiera si es posible hablar con el señor Gutiérrez.
- ¿Con Gutiérrez?
- Si, con Eleuterio Gutiérrez
- Aguarde un segundo en la línea.
Patricia se mordió los labios. ¿Qué diría a continuación cuando él se pusiera al habla?
- ¿Hola? - otra voz habló del otro lado del teléfono.
- ¿Eleuterio? Perdón... ¿señor Gutiérrez?
- No, eh... disculpe, soy el coordinador del sector, Ramirez, mire Eleuterio Gutiérrez no está en la oficina.
- ¿Se fue a su casa? ¿Se sentía mal, verdad?
- No, mire...
- No es que quiera molestarlo, pero sospeché que no estaba bien, por eso llamé.
- Señora, ¿usted quiere hablar con alguien en particular?
- Si, ya le dije, con Eleuterio Gutiérrez. El gerente que firma los formularios.
El otro hombre hizo un silencio. Escuchó murmullos a través del teléfono.
- Señora... - otro silencio - ¿Patricia dijo que se llamaba, no?
- Si.
- Patricia, escuche: Eleuterio Gutiérrez no existe. La firma la hacen un grupo de empleados, que la tienen estudiada. La verdad que son excelentes.
Ahora la que había quedado en silencio era ella. Estaba tratando de asimilar la información. Aquello no era posible. Lo que le estaban diciendo, no podía ser verdad.
- Pero...
- Son formularios de aviso de deuda, no importa quién los firme, pero es una decisión del negocio desde hace años que siempre sea el mismo nombre, para mantener una coherencia. Gutiérrez no existe, eligieron el nombre al azar. Aunque le soy sincero Patricia, no entendemos para qué quería hablar con él.
- Porque... nada, es que... siempre creí que él... bueno, que él existía y hoy, hoy había algo raro en la firma y...
- Viste García, oíste... - en la otra oficina los murmullos se había elevado, pero ya no hablaban con ella, se habían olvidado que estaba al otro extremo de la conversación - Te dije que el nuevo no tiene la misma mano que los otros, estaba crudo todavía, hasta esta mujer se dio cuenta, yo te dije García, al nuevo le falta...
La llamada se cortó. Alguien en la oficina de Deudas había colgado el teléfono.
Patricia aún tenía el teléfono cerca del oído. Permaneció así varios minutos, sin pensar en nada. Más tarde colgó, se puso de pie y caminó hacia la ventana. Afuera las nubes se agolpaban. La lluvia era inminente. Ella estaba llorando, anticipando la tormenta. No sabía por qué, no entendía la razón, ¿Llorar por alguien que nunca existió? ¿O por tantos años viviendo una misma rutina solo por una falsa ilusión?
Sin embargo, lloraba por él. Por ese hombre que secretamente amaba y ahora no sabía su nombre.





25 de junio de 2016

Ilusión

La he visto en sueños. Ayer nomás, al despertar, ella estaba ahí.
Parpadeé varias veces ahuyentando fantasmas, pero siguió pétrea, inmóvil, maravillosa.
Me dije que se iría al ponerme de pie, pero fallé. Sus ojos me seguían como hechizados, pero no eran los suyos frutos de ningún encanto, sino los míos ya perdidos y sumidos a su hipnosis profunda y - me animaría a decir - casi real.
Salí de la habitación, me duché, volví y aún me agasajaba dejándose ver. ¡Y cuánto lo necesitaba!
No sonreía, no hablaba, ni siquiera respiraba. Estaba, nada más.
Era la hora de salir a trabajar. Miré el reloj en la pared. Irme de esa forma, sabiendo que ella estaba en casa, era una puñalada en el corazón. Al cruzar la puerta de calle, desaparecería, sería otra vez un fantasma y debería rogar por un sueño donde apareciera y me abrazara como solo ella sabe.
Si no partía en ese momento, perdería el ómnibus y llegaría tarde. La miré por última vez, guardando parte de ella en mi alma y salí. Fue instantáneo. Esa pequeña porción de ella se esfumó, de la misma forma que su imagen, su aroma, todo lo que representaba. Así de golpe, dejó de existir. El caos de la rutina la consumió en una fracción de segundos.
Respiré profundo, como cada día y me lancé a la rutina. Con suerte, quizá, alguna divinidad del universo me compensara esa noche y me la entregara en sueños, o como esa misma mañana, una vez en un millón, me visitara al despertar. Y cuando eso sucediera, aferrarla para toda la eternidad, si acaso eso era posible.
Cuanto ilusión al evocarla, a pesar de ser sus formas ahora algo difusas. Es que ella, la esperanza, nos corteja muy poco, y a medida que el tiempo avanza, menos que menos. La he visto en sueños y hoy a mi lado. Pero es volátil, como la capacidad de creer en ella.

19 de junio de 2016

La complejidad de tener una mascota

Nunca estuve seguro de querer tener una mascota. Porque una cosa es tener y otra querer tener. Puede que uno de tus hijos se aparezca un día con una mascota que lo siguió en la calle y no quede más remedio que aceptarlo, como para demostrar que uno tiene sentimientos o quiere apoyarlo en la causa. O bien, puede suceder, que uno quiera tener una mascota con todo lo que eso implica.
Porque más allá de lo lindo que puede resultar la compañía, hay que entender que conlleva responsabilidades. Se le debe proveer comida, cuidar que esté limpia, que no tenga parásitos, que no se enferme, darles las vacunas necesarias, limpiar donde ensucia, adiestrarla para que haga caso, para que no rompa el mobiliario... podría enumerar cientos de detalles que deben ser tenidos en cuenta a la hora de introducir una mascota en el hogar.
Los límites es otro de los temas. Dónde puede estar, qué hacer, en qué horarios. La permisividad no solo hará que gane una confianza no deseada, sino que además complicará la relación con la mascota. De la misma manera que lo hará el hecho de no impartir las mismas reglas. Esto se aplica a los integrantes de la familia. Porque si alguien desautoriza a otro delante de la mascota, ésta podrá entender de inmediato quién es más débil para tratar de dominarlo.
La debilidad es una cuestión de carácter. Uno puede ser débil con la mascota por una razón de ternura, de no querer retarla cuando es necesario. Los roles deben estar bien distribuidos, pero en ningún momento se debe perder la noción del respeto. Dejarse avasallar por una mascota es firmar la derrota en su educación. Y seamos sinceros, nadie disfruta cuando delante de familiares, amigos o conocidos, la mascota hace de las suyas, pero no precisamente de las "cosas graciosas" que podrían ser motivo de celebración.
Cuando llegó Larry a casa, me propuse ser un dueño con carácter pero que al mismo tiempo le brindara al nuevo habitante de la casa, todo el cariño y atención que fuera posible. Previamente con mis hijos y mujeres acordamos el tema de los roles. Creímos que sería fácil.
Larry, sin embargo, poco tiene de fácil. Esta raza, capturada más allá del cinturón de Orión, suele ser problemática, no sabemos por qué. Pero se deja adiestrar. Lleva trabajo, es cierto, pero es posible. Además, verlos con sus cuerpos de dos patas, erguidos, esas dos extremidades superiores que terminan en pequeñas garritas con cinco extensiones móviles tan flexibles y hábiles que causan gracia y esos rostros diminutos y bellos con tan solo dos ojos y una boca, despiertan en el interior de uno sentimientos que parecían ocultos.
Y ni hablar de la variedad de sonidos que emiten, que en el caso de nuestro Larry, se escuchan a toda hora detrás de los barrotes de su jaulita y que también tanta gracia nos hacen: "Joeputas, joeputas, joeputas".
¡Qué hermosa especie! Y tan escurridizos, que debemos estar alertas y mantener nuestros veinte ojos bien abiertos para que no se nos escapen.
Pero reitero, entre tener y querer tener hay un abismo de diferencia, sin embargo, lo más importante es comprender las responsabilidades. Una mascota no es un simple pasatiempo. No señor. Es mucho más complejo que eso.

15 de junio de 2016

Rostros de sangre

Valentina se asomó por la pequeña claraboya. El cielo invitaba a salir, pero aún no era posible. El aire maloliente le era indiferente. Había perdido la cuenta de las semanas hacinada en aquella bodega sucia y repleta de alimañas. Pero le bastaba mirar hacia el rincón donde estaba su madre sosteniendo en brazos a su pequeño hermano para olvidar aquel calvario y mentalizarse en lo único importante: la esperanza.
Las voces provenientes desde arriba llegaban con cierta nitidez. Varias lenguas hablando al mismo tiempo, palabras conocidas y otras que eran un solo misterio. Lo mismo sucedía allí abajo. No todos provenían de su patria. Vio a muchos no resistir el viaje, quebrarse en llanto, quitarse la vida o simplemente, morir sin llegar a destino.
La oscuridad era constante, si alguien encendía una vela corría el riesgo de provocar un incendio o ser severamente castigado por la tripulación, que de tanto en tanto bajaba a inspeccionar.
Había un sonido que podría relacionar eternamente: el de las toses, casi como un coro nefasto, presagio de muerte. Toses potentes, carraspeos, otras muy agudas. De grandes, de hombres, de mujeres, de niños. Podía identificarlas sin siquiera levantar la vista.
Los que compartían el mismo idioma conjeturaban sobre el momento que los dejarían abandonar la embarcación. Sospechaban que los dejaban para lo último. Primero descenderían los que tenían boletos en los camarotes, gente con mayor cantidad de dinero, algunos de los cuales solo viajaba para hacer negocios sin la intención de quedarse.
Ellos, cada uno de los ocupantes de la bodega, habían dejado lo mucho o lo poco que tenían en su patria para encontrar su lugar en el mundo. El viaje valía la pena. Todo el sufrimiento de las últimas semanas era el premio a una vida de miseria, de justicias negadas, de trabajos mal pagos, de hambre, de dolor, de enfermedad. Llegaban a tierras prometidas, verdaderos paraísos. El pasado era un mal trago. Lo que importaba era el futuro.
Volvió a mirar por la claraboya. Algunas nubes surcaban el cielo. Parecía mentira que fuera el mismo celeste. Creyó que allí brillaría con mayor intensidad, que quizá en lugar de celeste fuera azul. Pero al mismo tiempo, esa familiaridad la reconfortaba. Volvió la mirada hacia su madre, agotada, con ojeras que parecían haberle comido el rostro. Flaca, desnutrida. La prioridad había sido el pequeño. Y él... ¡Qué decir del benjamín de la familia! Cachetes grandes, rosados, el cabello oscuro como lo había tenido papá, la misma sonrisa de mamá - difícil de adivinar en su actual semblante demacrado -, el llanto casi silencioso como si verdaderamente no quisiera ser una carga para mamá.
Cuánta lástima sería por su madre. Había sido fuerte allá, en su infancia, con su esposo al lado. Extrañaba a su padre, pero su madre seguramente más. Porque él había sido el que había ideado el viaje, el que trabajó a destajo para conseguir el dinero y los lugares en el barco. Se encargó de vender todo, de ponerlos en el barco y antes de partir, dos o tres semanas antes, enfermó y murió.
¿Cómo se las arreglaría su madre, con ese pequeño a cuestas? Un país nuevo, con un idioma nuevo, con gente que no conoce, con la responsabilidad de sostenerse de pie, con la entereza de toda su vida. La miraba  y trataba de reconocer en sus facciones tristes la mujer que le enseñó a ser una buena persona, a ganarse el pan para la familia. La buscó y creyó encontrarla debajo de la trama de arrugas nuevas, fruto del viaje y de la muerte tan cercana.
Papá murió antes de zarpar. No podía culparlo. Había desgastado su salud para que su familia tuviera lo mejor. Pero ella, que derecho tenía. En el lecho de muerte su padre había tomado su mano y le había dicho "cuida de tu madre y de tu hermano". Y ella, con lágrimas en los ojos, le había prometido que lo haría. Sin embargo, le había fallado.
Un tripulante anunció que descenderían a tierra firme, en el puerto. Todos se apuraron a ponerse de pie y tomar sus cosas. La mujer en el rincón hizo lo propio, tratando de sostener a su pequeño y poner bajo el otro brazo sus dos valijas. Valentina reprimió un grito de impotencia al alargar sus brazos para ayudarla y traspasarla como si su madre fuera una entidad de aire. Pero era ella el fantasma, era ella con sus jóvenes quince años y esa tos que comenzó a poco de partir. Esas noches de calor inhumano quemándole el alma, atosigándole la cabeza. Esa espesura de noche sin fin ante el dolor de su madre, su mano firme sobre la suya, el rezo interminable, las promesas a un Dios demasiado ocupado en demasiadas miserias juntas y la despedida definitiva, sin mediar palabras, en una simple y devastadora mirada.
Su madre avanzó con su hermano y las valijas, a ritmo lento y torpe, aturdida por la vida. Trató de seguirla, pero estaba inmóvil. La bodega quedó vacía y volvió la oscuridad, con la fuerza de la marea en plena tempestad, arrojándola hasta el fondo de ese barco, ahora su morada, su lecho de muerte. Atrapada para siempre en aquel lugar donde la esperanza se confunde con los sueños, las ilusiones con lo imposible y la vida con la muerte. Cientos de fantasmas como ella, compartiendo un lugar, pero sin poder sentirse, siendo testigos de miles de rostros ajenos que sufren y sueñan al mismo tiempo, con la esperanza de toparse algún día con los que importan, los rostros de quiénes dejaron atrás.
Los rostros de su sangre.

9 de junio de 2016

Juguetes del destino

Cuando nombro a Morgan, debo referirme indefectiblemente al futuro. Es que a Morgan lo conoceré dentro de dos décadas, sin embargo y de alguna manera, conozco ahora nuestras conversaciones aún no mantenidas, tanto como sus deseos y miedos, alegrías y prejuicios.
Cada noche al cerrar los ojos, aparece ante mí y se sienta en una reposera de madera con lona blanca, ubicada al lado de una piscina de al menos veinte metros de largo, en un jardín desconocido pero que siempre me brinda la tranquilidad y paz que solo un lugar familiar puede dar.
Solemos compartir un refresco, que no necesariamente es el mismo cada vez. A veces me siento a su lado, sobre el césped y otras, en un pequeño banco de hierro. No he encontrado jamás un significado para cada sitio, como tampoco para lo que bebemos.
En cuanto a nuestras charlas, fluyen y mantienen un orden lógico y cronológico. Nos referimos a los temas de la noche anterior como "lo conversado ayer". Las palabras son racionales, claras, para nada absurdas. Y si bien siento que estoy en un sueño, la presencia de Morgan es real como cada una de las frases que salen de nuestras bocas.
Claro que no es un sueño y eso debe quedar aclarado. Nuestros encuentros ocurren en un universo atemporal, una especie de vacío cósmico en el que convergen nuestras mentes cuando estamos descansando. Pero ni Morgan es una alucinación para mí ni yo represento eso para el bueno de Morgan.
Si pudiera expresarlo en una imagen, es como si al cerrar los ojos diera un salto hasta un jardín ubicado veinte años en el futuro y Morgan hiciera lo mismo, pero su salto en lugar de ir para delante, va hacia atrás, porque Morgan en el momento de cerrar los ojos cada noche, hace al menos dos décadas que me conoció.
Pensé siempre que ese acontecimiento, para el que faltan dos décadas, sería yo quién generase el encuentro, obligado por estos diálogos nocturnos. No Morgan, quién para cuando yo lo encontrara, aún no sabría nada de mi existencia, dado que sus viajes al jardín ocurren veinte años después de aquello.
Teníamos un conocimiento sobre ese encuentro, pero no la totalidad de las piezas. Nos dábamos cuenta, conversación a conversación, que estábamos ante un rompecabezas gigante y gran parte de nuestras charlas se centraban en aquel momento. Es que por mi parte ignoraba todo lo relacionado a ese momento, en tanto Morgan apenas tenía recuerdos vagos. No obstante, estábamos convencidos, ese cruce depararía los destinos de nuestras existencias.
El primer encuentro en el jardín fue hace varios meses. Desperté todo sudado, alterado y asustado. Nunca había tenido un sueño tan nítido. Morgan no podía ser una invención de mi mente. Cuando a la noche siguiente noté que volvía a aquel jardín tan cálido y repleto de tranquilidad, supe que iba más allá de un juego de la cabeza.
Con el correr de las conversaciones comprendimos que cada uno procedía de un tiempo en particular. Pero el impacto mayor fue ese instante en común, ese futuro y al mismo tiempo, pasado, que se unirían en la continuidad del espacio tiempo, esa fracción de segundos en la que finalmente estaríamos realmente en una misma línea de realidad.
Cada día esperaba con ansias la llegada del sueño, la necesidad de retomar el diálogo en el punto exacto dejado la noche anterior. Poco me importaban las responsabilidades laborales, la rutina mundana, la salidas con amigos, el compromiso con familiares... el verdadero fin de mis días era la noche y con la noche el sueño profundo y aquel jardín rebosante de verde, con piscina, reposera de lona blanca y Morgan sentado en ella.
A diferencia de los sueños, que en la medida que pasan las horas vamos perdiendo referencias, formas y recuerdos, estos diálogos permanecían como esculpido en piedra, palabra por palabra. Y con cada nuevo encuentro nuevas piezas se iban agregando al rompecabezas. Una tras otra, completando los claros y al mismo tiempo, arrojando luz sobre el entramado final, ese que dentro de dos décadas acercaría nuestras vidas.
Pero anoche... anoche ha sido terrible. Por primera vez desde que convergemos en el jardín, nos hemos quedado en silencio, observándonos absortos, tratando de huir sin lograrlo, ni siquiera sin poder movernos de nuestros lugares. Dimos gracias a los vasos en nuestras manos, porque de esa manera, durante la eternidad que duró aquello, jugamos con ellos, con el líquido que contenían, tratando de disparar las ideas hacia otra parte, de hacernos de una forma de escapar del sueño.
Cadía día (o noche) restaban menos piezas por colocar en el rompecabezas. Nos habíamos percatado de ello. Sin embargo, los fragmentos que revelaremos en el próximo encuentro, serán atroces.
Pensar en el siguiente salto al jardín me sabe a dolor. Es una grieta en el alma, algo descabellado. Se revelará lo que me temo, lo que tememos, lo que Morgan también advierte,
Nuestros destinos se unirán dentro de veinte años por unos instantes y a partir de lo que aportamos cada uno, prácticamente sabemos cuando, dónde y por qué. Podemos, porque hemos dialogado durante meses, en ese lugar extraño que nos ha ofrecido el universo.
Dentro de veinte años, con total seguridad, conoceré a Morgan. Sabré que es él y dudo que esa certeza logre evitar lo que inevitablemente ocurrirá. Y Morgan, que ha creído todo este tiempo, cómo lo he creído también, que esa persona sentada en el pasto o sobre el banquito de metal era ese ser que en el pasado había estado en el peor momento de su vida tratando de protegerlo, es sin embargo, la que en aquel pasado difuso apretó el gatillo.
Y aunque me cueste creerlo, aunque me cueste imaginar cómo es que mi vida dará un giro tan extraño y siniestro en las próximas dos décadas, sé que nada podré hacer para remediarlo.
Ese jardín no es más que el juego cruel de algún ser superior, un juego maldito y eterno, casi una pesadilla, en la que creíamos tener el control pero no tenemos nada. Casi como la vida misma, que un día es de una forma y al siguiente, de otra.
Morgan es mi amigo ahora y debería serlo a partir de ese día dentro de veinte años, donde trataríamos de prolongar el encuentro y extender la amistad, como si el universo nos perteneciera y uno pudiera apropiarse del mismo. Juguetes del destino y nada más, sombras en un jardín que palidece con la caída del sol y la oscuridad penetrante de la noche cómplice, que acompaña al demonio en la risa desmedida en el inverosímil infierno de nuestra existencia.
Y de pronto, temer a entrar en la cama, horror ante la idea del sueño, de los ojos cerrados y de la presencia de Morgan sentado ante uno, ya no amigo, sino víctima y juez, consciente de tener delante al asesino de sus padres cuando él apenas era un crío y no al salvador que entre la muchedumbre lo llevó a un refugio.
El temor agonizante de enfrentarme al asesino dormido, que en alguna parte acecha. La angustia de no poder enderezar jamás ese camino. Ese soy yo, el cazador acorralado.
Por eso no dormí antes de anoche, ni anoche y llevo tantas horas en vela, sin concurrir al trabajo, sin contestar el teléfono, ni abrir la puerta ante los repetidos llamados en forma de golpes de puños de vaya saber quiénes, porque el fin está cerca, porque Morgan es mi amigo y porque hace dos noches que me espera en la reposera para decirme lo que durante veinte años se guardó muy adentro. Y no es justo, no es justo para él saber de la muerte por mi propia mano.
Ya casi vencido por el cansancio, no me arrodillo ante el sueño. Morgan me espera, lo sé. Pero Morgan no debe sufrir, No si dentro de veinte años ya no soy, no si para cuando el sueño llegue, yo ya me he ido.
El balcón, la altura.
Morgan.
La caída.
La amistad.
El adiós.

5 de junio de 2016

El desafío

Cada mediodía tras salir del colegio se reunían en los viejos asientos de madera ubicados en la plaza, sobre la avenida principal de la pequeña ciudad. No hacían nada en particular, solo perder el tiempo y alargar conversaciones iniciadas en el horario de clase.
Algunas permanecían de pie, otras en los bancos de madera - incluso sentados sobre el respaldo - y otras se ponían de cuclillas, con las carpetas entre las piernas. El atuendo escolar le confería al grupo cierta unidad visual.
El centro de atención solía ser Helena. Le gustaba hablar y hablar. Podía hacerlo durante minutos sin tomarse pausa alguna. El resto de las chicas dejaba que hablara porque los temas que tocaba eran de los más interesantes: chicos, fiestas y experiencias sexuales. Y si bien estaban seguras que inventaba la mayor parte de lo que narraba, al menos las entretenía.
Paula, por el contrario, era de las más calladas. Se había sumado al colegio ese año y tras cinco o seis semanas de compartir las mañanas había logrado integrarse. Solía permanecer de pie, apoyada contra un árbol, a menos de un metro del banco de madera. Le gustaba comerse las uñas y pensar en Paula era imaginarla siempre con una mano en las cercanías de su boca.
Ese mediodía en particular, algo llamó la atención del grupo. Paula no solo no se estaba mordiendo uña alguna, sino que en lugar de prestar atención a lo que contaba Helena, miraba embobada hacia el centro de la plaza, donde alrededor del mástil principal - que a pocos metros tenía la compañía del busto de un prócer olvidado - se juntaban los varones.
Fue Helena la que - a pesar de estar hablando sin parar - reparó en Paula y detuvo su monólogo.
- Parece que a una que yo sé está enamorando - dijo, con la pizca de ironía justa como para que las demás adolescentes rieran con su frase.
Paula comprendió de inmediato que se reían de ella. No se molestó. En lugar de eso, se acercó al banco de madera.
- No estoy mirando a nadie en particular - dijo antes que alguien quisiera acotar algo.
- ¡Vamos! ¡Decinos! ¿Quién te gusta? -preguntó Florencia.
- Ninguno, en serio - y mirando a una por una, notando la picardía en sus rostros, agregó - Además, no necesito que me guste ninguno para mirarlos, podría salir con el que quisiera.
Las chicas se rieron.
- Bueno princesa, se te subieron los humitos - le dijo Helena poniéndose de pie.
- En serio - se defendió Paula - ¿Querés probar?
- Mmm... - Griselda, siempre fabuladora, se interpuso entre ambas - Acá me parece que Paulita ya anda con alguien y nos quiere hacer caer en alguna trampa. Nos va a decir que va a salir con fulano y después aparece con fulano. Pero en realidad, ya estaba con fulano. ¿Me siguen?
- Elegí vos, dale - Paula la miraba directamente a los ojos - Decime qué chico querés que salga este fin de semana conmigo. Y este fin de semana lo vas a ver.
El grupo volvió a reírse.
- Lo digo en serio - enfatizó Paula.
Helena llamó aparte a Griselda.
- Dale, decile alguien boluda, pero no seas tonta, no le digás uno feo que seguro va a agarrar viaje, hacela difícil, decile el más lindo o alguno que tenga novia.
Griselda asintió en silencio. Su amiga tenía razón. El desafío no podía ser sencillo.
- Quiero que salgas con Humberto - anunció Griselda.
Las adolescentes se miraron entre sí. Humberto era el deseo de todas. Jugaba al básquet en la primera división del club de la ciudad y era titular a pesar de su corta edad. Pero no solo era su carisma y cuerpo atlético. Humberto hacía al menos tres años que tenía su noviecita. Una pelirroja de la escuela privada. No solo era la rivalidad escolar, sino el hecho que Humberto hubiese preferido a alguien de otro establecimiento que a cualquiera de ellas.
Paula dio un paso adelante, estrechó la mano de Griselda y se marchó. Las chicas volvieron a reír y Helena retomó la historia que estaba contando antes de la interrupción. Aunque ninguna volvió a prestarle la misma atención. Todas estaban pensando en cómo haría Paula para superar el desafío.
Durante los días siguientes la mayoría de las chicas trató de seguir de cerca a Paula, con el fin de poder sorprenderla hablando con Humberto. Pero en ningún momento vieron que se acercara al chico. Tampoco se veía a Paula preocupada. Cada mediodía iba con ellas a la plaza y de ahí a su casa. Sus compañeras se preguntaban si haría algo por tratar de lograr lo que había prometido.
El viernes, cuando se estaba yendo, Helena le recordó lo pactado.
- Si necesitás ayuda, avisame, quizá con mi experiencia te pueda dar una mano - le dijo en sorna.
Paula no respondió con palabras. Solo le guiñó un ojo. Luego cruzó la avenida y la perdieron de vista.
El grupo comentaba que Paula se había jactado para no quedar como una cobarde, aunque había voces que afirmaban que solo lo había hecho para no develar el nombre del chico que le gustaba.
El sábado a la noche, que era cuando solían encontrarse en el único boliche de la ciudad, lejos de haberse olvidado del desafío, el grupo de chicas se había puesto de acuerdo para estar temprano en el lugar. Si Paula no aparecía, irían en plena madrugada a su casa a arrojarle huevos a la ventana. Era lo mínimo que se merecía si no cumplía con su palabra. Tenían tres docenas en el maletero del auto del hermano de Florencia.
Pero faltando cinco minutos para las dos de la madrugada, vieron entrar a Paula al boliche. Y no iba sola. Humberto caminaba a su lado, tomado de la mano.
Algunas balbucearon. Otras directamente no podían creerlo.
- ¿Y la noviecita de Humberto dónde está?
- No, esto tiene que ser un arreglo. Se pusieron de acuerdo, a mi no me engaña.
- Seguro le dio plata, para no perder el desafío.
En ese instante, Humberto le daba un beso en la boca delante de todos.
- No creo que Humberto se deje ver besando a alguien que no sea su novia... y lo está haciendo delante de todas.
No hablaron por más de diez minutos. Sus miradas estaban atrapadas en los movimientos de Paula y Humberto, que bailaban, permanecían abrazados y se besaban de tanto en tanto.
Finalmente Helena se dirigió a ellos.
- ¡Paula, que sorpresa! - gritó al verla y luego, mirando a Humberto - ¿Estrenando novia?
Humberto sonrió.
- No diría estrenar, hace cuánto que salimos Paula... ¿Dos o tres años?
- Tres mi amor, tres ¿Ya no te acordás?
- ¡Si vos viniste a vivir este año a la ciudad Paula! ¿Qué decís?
Paula y Humberto le dirigieron una mirada de sorpresa.
- Helena, ¿estás bien? - Paula apoyó una mano sobre su hombro - Vos viniste este año a la ciudad, yo nací acá.
Helena estalló en carcajadas.
- ¡Entiendo! ¡Entiendo! Me están haciendo una broma, me doy cuenta...
La miraron como si estuviera loca y se alejaron hacia la barra.
Helena quedó perpleja. En su interior estaba creciendo rabia y el deseo de asestarle un buen sopapo a Paula. La había hecho quedar como una tonta delante del chico más popular del colegio. Volvió cargando la bronca con el grupo de amigas.
- No lo puedo creer, sinceramente no lo puedo creer...
- ¿Qué cosa Helena? - preguntó Griselda,
- ¡Qué no solo llega con Humberto, sino que además me pusieron de acuerdo para hacerme quedar como una tonta!
- Y con quién querés que llegue, si son novios desde hace años... - dijo Florencia mientras tomaba una gaseosa.
- Y vos de lo que dijiste que ibas a hacer, nada, puro bla bla bla - Griselda se reía.
- ¿Yo? ¿Qué iba a hacer yo?
- ¿Ahora no te acordás? Dijiste que ibas a encararte a Humberto delante de Paula. Si lo hacías, tenías el derecho de cagarnos a huevazos y si no lo hacías, esa suerte la corrías vos.
- ¿Ustedes están locas? ¿Se pusieron de acuerdo con la nueva?
El grupo de amigas comenzó a reír al unísono, como una jauría de hienas. A Helena se le erizó el cuerpo. En la barra, mirándola de soslayo, Paula, que se había puesto un tonto y raro sombrero que terminaba en punta, sonreía. Creyó ver un brillo extraño en sus ojos, un punto rojo incandescente, un destello tan aterrador como real. Para entonces la sangre en sus venas era un solo río helado.

27 de mayo de 2016

Gripe

Benito no quería ir a la escuela. Se había levantado con fiaca y el cielo gris que se proyectaba a través de su ventana confirmó su poca voluntad de salir esa mañana de la casa. Así que decidido, tomó el teléfono y llamó a la directora.
- Ana, hoy no voy a dar clases, llame si es posible a una reemplazante.
- ¿No te sientes bien?
Titubeó, podía mentirle acerca de su estado de salud o bien alegar un trámite de último momento. Eligió sin pensar.
- Gripe. Me sentí fatal toda la tarde y anoche caí en cama con fiebre.
- Benito, cuánto me apena escuchar eso. ¿Mucha fiebre?
- Si, muy alta - y como para confirmar su malestar, acotó a continuación: - Dudo que pueda ir al médico, quizá haga reposo todo el día.
Claro que lo haría. Se quedaría toda la mañana en la cama mirando alguna película online, luego pediría comida a domicilio, almorzaría y volvería a acostarse en su habitación a seguir mirando televisión. Era un plan perfecto para una jornada de nubarrones oscuros y brisa fresca.
- No te preocupes por eso Benito, no salgas, el día está espantoso. Nosotros te enviaremos al médico laboral.
Aquello despertó todas sus alarmas. Un profesional no demoraría ni dos segundos en darse cuenta de su estado. Debía actuar rápido.
- Ana, tengo pensado llamar a mi hermana, ella con seguridad me llevará cuando salga de trabajar, al mediodía.
- ¿Seguro? - la directora mostraba un real interés.
- Si Ana, además, una simple gripe no puede hacerme nada.
- No sabemos si es simple Benito, por favor, está la gripe A por todas partes. ¿Quién te dice que no la sea? Además, con tanta fiebre... es un factor a tener en cuenta. Mira, si para la tarde no has ido, envío al médico. Te estaré llamando.
Al cortar la comunicación, recordó a su amigo Fabián. El hermano era médico. No perdía nada con llamarlo y preguntarle si no le extendería un certificado médico. De esa manera, podría decirle a Ana que había ido al médico y tener el justificativo en papel.
Su amigo le solucionó el problema en pocos minutos.
- Me pidió mi hermano que pases a buscarlo cerca de las siete de la tarde, cuando está cerrando el consultorio - le informó Fabián más tarde.
Cuando a la tarde empezó a llover, agradeció no haber ido a trabajar. Consultó la hora y aún tenía tiempo para ver un capítulo más de la serie que había comenzado después de almorzar. Las ventajas de tener todo el tiempo del mundo es que uno podía decidir en qué malgastarlo.
A la tarde salió a buscar el certificado. Mientras conducía hacia el consultorio del hermano de Fabián se imaginó faltando varios días, quedándose en su casa, pidiendo comida a los deliverys y mirando películas y series. Sumaba al factor "no ir a trabajar", el de "estar soltero". ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes?
Cuando el médico le entregó el certificado, Benito hizo la pregunta.
- ¿Podrías darme otro con más días? La verdad es que estoy escribiendo una tesis de un posgrado y necesito de todo el tiempo posible, porque la fecha de entrega es antes de fin de mes y estoy atrasado.
Volvió a su casa con dos certificados, un kilo de helado y un pollo de la rotisería de la esquina. Antes de encender el televisor, le escribió un mensaje a la directora.
"Ana, es gripe. Me dieron un certificado por hoy y otro para los próximos cinco días, ya que debo hacer reposo". Recibió un "Ok que te mejores Besos" como respuesta.
Eran unas mini vacaciones, aunque debía cuidarse de no salir de casa. No podía exponerse que alguien del colegio lo viera lo más campante por la ciudad.
Al otro día, mientras miraba una película, recibió un llamado de Ana.
- Benito, por las dudas estamos tomando medidas de prevención y advirtiendo a los niños que la gripe está rondando. Hoy vendrá un médico a dar una charla al respecto. Tu caso nos ha puesto en alerta.
Agradeció el dato y aconsejó que se cuidaran. Mientras lo hacía, una gran sonrisa estaba instalada en su rostro. No le costaba mentir, lo estaba disfrutando. Cómo no hacerlo, recostado en su cama, con un desayuno abundante y una buena película en la pantalla.
Para la tarde había terminado una temporada más de la serie policial con la que se había enganchado la noche anterior, aunque estaba dudando entre una de un hospital y otra de zombis, como para variar un poco. En medio de una indecisión, llamó su amigo Fabián.
- ¿Vos sugeriste a mi hermano para que vaya a dar una charla sobre la gripe a tu escuela?
Benito casi se atraganta con la medialuna que estaba comiendo.
- ¿Llamaron a tu hermano de la escuela? No lo puedo creer...
- Me avisó recién que pasaba por casa después de la charla y cuando me dijo que era en esa escuela, supuse que vos lo habías invitado. ¿Fuiste a verlo ayer, no?
- Si, por el certificado, pero...
- ¿Pero?
- Le pedí otro, por cinco días más. Y en la escuela dije que tenía gripe. Hoy me avisaron que dan una charla sobre eso. Nunca me imaginé que iría tu hermano. ¡Con todos los médicos que hay en la ciudad!
- Bueno, si sabe que faltás con la excusa de la gripe, no pasa nada.
- En realidad, le mentí...
- ¿Cómo que le mentiste? ¿Dijiste una mentira en la escuela y otra a él?
- Y si, cómo le voy a decir que tengo gripe si estaba más fresco que una lechuga.
- ¡Pero es mi hermano, le hubieras dicho que era un pequeño favor nada más!
- Es que quería faltar más de un día.
- Vos querés mucho, eso es lo que pasa. Espero que no meta la pata.
- De todos modos, no sabe que trabajo ahí.
- Sabe, le dije hace un rato.
- ¡Le dijiste!
- Se me escapó en realidad, me nombró a la escuela y solté "el colegio donde da clases Benito".
- Seguro va a meter la pata, seguro...
- ¿Qué excusa le pusiste a él?
- Una tesis, de un posgrado...
- ¿Al menos lo estás haciendo? Al posgrado, digo.
- No, qué va. Ni pienso pisar volver a pisar un colegio en mi vida. Para estudiar, claro. Lo piso todos los días, enseñando.
- Entonces te corto y lo llamo. Quizá esté a tiempo de advertirle.
- ¿Y yo quedar como un mentiroso?
- ¡Sos un mentiroso! Ni estás enfermo, ni estás estudiando. Al menos decime la verdad a mí, qué cosa tan importante estás haciendo para inventar tantos pretextos.
- Estoy arreglando la casa, eso estoy haciendo. En la semana no tengo tiempo, los fines de semana los uso para descansar y no quiero perder las vacaciones haciendo lo que no puedo hacer el resto del año. La escuela es agobiante Fabián, los chicos están más descontrolados que nunca, son violentos, insufribles, cuando llego a casa por las tardes no tengo ganas de nada, ni una serie en la tele puedo ver, ni una serie...
Había levantado el tono de la voz, poniendo énfasis en cada palabra, dándole mayor vigor a lo que decía.
- Está bien Benito, está bien... tenés razón. La vida nos obliga a veces a sacrificar nuestro tiempo para sobrevivir, una rara y angustiante paradoja. Me gustaría poder decirte que estás equivocado, pero es un pensamiento afín. Más de una vez he tenido la misma reflexión y debo reconocer que no he tenido los huevos para poder aferrarme a una mentira y poder hacer en casa todo lo que Elvira me viene pidiendo desde que nos casamos.
- Tenés un hermano médico, podés aprovechar.
- Si, aunque es todo un tema para mí, está en el límite entre lo moral y lo filosófico. Lo que debo hacer, lo que necesito hacer. Mi familia me instruyó así, lo sabés bien, Podría hablarlo con mi primo, que es psiquiatra y ha estudiado mucho la mente y las derivaciones...
- ¿Tenés un primo psiquiatra?
- Si, Enrique. Lo has visto en algún que otro cumpleaños. Flaco, de barba...
- ¿Anteojos culo de botella?
- ¡Ese mismo! Bueno, te decía...
- ¿Y vive en la ciudad?
- Si, claro. Frente a lo de Marcos. Bueno, en realidad ahí tiene el consultorio. Vive con los padres, a la vuelta. El tema es que este dilema debo hablarlo con alguien. Lidiar con esta paradoja y quizá si, me anime, Ojo, no digo que estés equivocado. Pero hoy, no estoy de acuerdo. Y si mi hermano habla de más, por boludo vas a estar en problemas.
- No te preocupes Fabián, en serio. No va a pasar nada. Me ayudaste un montón llamándome.
Se despidieron, promesa de verse el fin de semana en el cumpleaños de Horacio. Al fin había podido cortar. Benito estaba exultante. ¿Hablaría de más el hermano de Fabián? No le importaba. ¿Consultaría Ana al doctor, por la gripe contraída por uno de sus maestros, que justamente saltaría en la conversación, sería un conocido en común? Tampoco lo inquietaba.
¡Cómo podía estar preocupado! Más sabiendo que el primo de Fabián era psiquiatra. No solo podía alegar un problema con el manejo de la verdad sino que podía pedir licencia indefinida. ¡Cuánto porvenir repleto de descanso asomaba en el horizonte! ¡Cuántas horas mirando series y películas! ¡Comidas en la cama! ¡Postres a cualquier hora! ¿Y si se cansaba? ¿Si esa vida lo aburría?
Y bueno, siempre estaba la posibilidad de volver a la escuela. Al fin de cuentas, era su trabajo.

22 de mayo de 2016

Sopa de gallina

Nuestras cenas consisten de sopa de gallina. Eso desde que tengo memoria. La abuela dice que es una tradición que arrastra de su madre. Pero sé que no es cierto. Todo comenzó poco después de haber llegado ella de Rumania, más precisamente después de haberse casado y haber tenido a su único hijo, mi papá.
La abuela, que traía sus costumbres familiares, cuyos orígenes se remontan a la edad media en Transilvania, se casó con un descendiente de un gaucho de las pampas, criado casi a la bartola de conventillo en conventillo.
Mi papá fue bautizado con el nombre de Tristán. Y jamás fue un niño bueno. Sus primeros años los vivió encerrados en el sótano de la casa. Mis abuelos tenían una humilde chacra, pero la habían dotado de un subsuelo donde pasó la infancia mi papá.
Con el tiempo, fue aprendiendo algunos modales y los actos de maldad que profesaba de pequeño fueron remitiendo. No todos, porque por las noches solía escaparse de la habitación que le habían asignado y dedicaba horas y horas bajo la luna matando animales de granjas vecinas.
Colocaban candados en las puertas, trancas en las ventanas, pero de alguna forma lograba ganar el exterior y cuando eso ocurría, las mañanas eran un espanto. En los alrededores de la casa aparecían plumas, cueros, entrañas, sangre...
Pronto los vecinos descubrieron que lo que estaba atacando sus propiedades provenía de la chacra de "los rumanos". Si bien mi abuelo no lo era, se habían ganado el mote. Cuando se pusieron de acuerdo y se acercaron a hablar, los padres de Tristán no supieron cómo actuar. Sin embargo, mi papá les ahorró las palabras.
Apareció de la nada y hecho un demonio saltó a sus cuellos, arrancando de a mordiscos las arterias, provocando una orgía de sangre y gritos. Los que trataron de huir fueron apresados y condenados a morir a fuerza de golpes y mordeduras. Fue un carnaval propio del infierno, ante la mirada consternada de mis abuelos, petrificados del miedo en la puerta de su hogar.
Pero mi joven padre no terminó allí la faena. Durante dos días recorrió las granjas vecinas y acabó con la vida de todo habitante en las mismas. Nadie quedó vivo. La misma suerte corrieron con el paso de las semanas los animales de las hectáreas adyacentes. Sin nadie que los protegiera, fueron víctimas fáciles del bestial Tristán.
Mis abuelos estaban aterrorizados y ni siquiera trataron de hablar con su hijo. Temían correr la misma suerte que todos sus vecinos. Tristán, por lo tanto, se convirtió en el "Señor" de los campos. Iba y venía a sus anchas, gobernado por una fuerza poco natural que hacía de sus noches, sus días y de sus días, sus noches.
La desaparición de la gente llamó la atención en los pueblos cercanos, donde ellos reponían sus provisiones de tanto en tanto. Aparecieron parientes para saber la suerte de sus seres queridos. Incluso la policía rondó la zona, en busca de pistas sobre los moradores de las "granjas fantasmas",
Los "rumanos" decían desconocer lo sucedido, pero las sospechas eran enormes. Tristán solía desaparecer cuando advertía la presencia de estos visitantes. Cuando retornaba, solía hacerlo bañado en sangre y con una gallina en la mano.
La locura tuvo su fin cuando Tristán conoció a quién sería mi madre, nieta de uno de los granjeros que perecieron al reclamar la muerte de sus animales en la puerta de la casa de mis abuelos. Siempre nos dijeron que la conoció en un baile, en uno de los pueblos. Pero lejos estuvo de ser verdad. La sorprendió una noche en el camino hacia la granja, perdida luego de vagar todo el día en busca de personas a quién consultar sobre el destino del padre de su mamá.
El destino de la joven era una muerte despiadada, pero la luna resaltó su hermosura en el mismo momento que Tristán había decidido salir de su escondite y terminar con ella. Quedó rendido a sus pies y se presentó como su salvador. Tristán, obrando como jamás lo había hecho, la condujo hasta la granja, donde le ofreció toda su hospitalidad.
Mis abuelos al ver este cambio en la conducta, adoraron a la joven. Ella jamás supo lo acontecido y tanto mi padre como mis abuelos evitaron contarle la verdad. Tristán cesó de matar y a los pocos meses yo estaba en camino.
Jamás pude conocerla. La noche en que me parió, Tristán la mató. Pudo haber sido la sangre derramada en el parto, en la habitación de huéspedes de la pequeña chacra, o la necesidad de matar tanto tiempo reprimida. Lo cierto es que mamá, de quién no tengo ni siquiera una foto, nunca pudo tenerme en brazos. Mi padre no le dio oportunidad alguna.
A él tampoco lo conocí. Esa misma noche, entre gritos desaforados y un llanto desconsolado, como si el acto que había cometido fuera una encrucijada de una naturaleza que lejos estamos de comprender, se internó en el campo y echó a correr.
Nadie jamás supo de él.
Me criaron mis abuelos, tratando día a día de hacerme feliz. Lo lograron, sin dudas que lo hicieron. Y cada noche, desde que tengo memoria, nuestras cenas fueron a base de sopa de gallina. Un día traté de preguntarle a la abuela y me dirigió una mirada gélida que estremeció todo mi cuerpo. El abuelo hizo un ademán para que callara mi curiosidad y nunca más traté de averiguar el motivo del reiterado ritual culinario. Hay cosas, creo, que es mejor no saber.
Hoy sigo sosteniendo lo mismo, y a veces, sobre todo por las noches, trato de pensar en la paz que tendría mi existencia de no haber sido por la última voluntad del abuelo en su lecho de muerte, que fue hablar conmigo a solas, lejos de los sollozos de la abuela, a quién la inminente partida de su compañero de toda la vida le estaba asestando el golpe más grande que pudiera imaginar desde su pobre infancia en Rumania.
El abuelo, temblando, me contó todo lo que he narrado... y algo más, espeluznante. Tristán corrió esa noche, tras matar a mi madre y es verdad, nadie volvió a verlo, pero no por haber huido lejos, sino porque el abuelo lo persiguió con estacas y crucifijos y al enfrentarlo cerca de la ruta, pudo reducirlo y apresarlo.
Desde entonces Tristán está encerrado y atrapado con grilletes en el sótano de la chacra, la misma que lo contuvo en sus años de infante, donde día a día es alimentado con gallinas, cuyos restos luego arroja en un cubo de metal que mi abuela recoge con sumo cuidado y prepara la sopa de cada noche.
Hablo en tiempo presente, porque aún respira bajo las baldosas de mi cuarto, en la total oscuridad, sin ningún otro propósito que el de sobrevivir. Mi abuela ignora la confesión de mi abuelo y es mejor así. No quiero culparla de nada. Al fin de cuentas el monstruo encerrado a un metro de donde escribo estas líneas es su hijo. Pero es hora de ponerle fin. De quemar desde las raíces la maldad. Incluso si eso implica, incinerar todo lo que he conocido en mi vida, que son estas paredes, estos campos, esta pobre vieja que en un castellano torpe sigue llamando a la mesa para tomar una sopa de gallina que me cuesta digerir, tanto o más que la verdadera historia escondida en este recóndito paraje del universo.

18 de mayo de 2016

Caído del cielo

Habitualmente no circulo por las calles del centro para evitar las multitudes, sobre todo en esos días del mes que vencen los impuestos y la gente sale como loca a pagarlos, con las consecuentes colas en los cajeros automáticos y los puntos de pago. Pero esa mañana me resultaba inevitable, dado que el cliente que debía visitar tenía su estudio justo frente a la plaza principal y como toda ciudad construida a la española, la misma se encuentra en el corazón de la ciudad.
Dejé el coche estacionado a un par de cuadras de mi destino, más que nada para no tener que pagar el estacionamiento medido, tan de moda en los municipios, que ya no saben de dónde sacar fondos para los gastos. Pasé delante del café más lindo de la ciudad, atestado de gente, crucé la avenida principal y tras subir dando saltos la escalera del edificio, me instalé delante del portero eléctrico, para buscar el timbre correspondiente al hombre que debía visitar.
En algún momento de este breve trayecto, Ulises debió de verme. Porque cuando estaba por llamar a la oficina de mi cliente, Ulises apareció de la nada y me aferró el brazo.
- ¡Negro! ¡Cómo caído del cielo!
Mi susto inicial, al sentir que alguien me tomaba del brazo, trocó en perplejidad. Si la memoria no me fallaba, a Ulises no lo veía desde hacía una década. O más. Pero a pesar del tiempo, era imposible no reconocerlo. Con su pera pronunciada y la cabeza calva como una calabaza.
Me estrechó en un abrazo y sin dejarme ni decirle hola, lanzó su pedido.
- Necesito que me prestes 200 o 300 pesos Negro, te juro que te los devuelvo apenas puedas.
Quedé en silencio, con el "¡hola, tanto tiempo!" entre los dientes. Si bien estaba como lo recordaba de la última vez que nos vimos, una tarde en el bar del Gringo, al mismo tiempo no. Es difícil de explicar. Allí lo tenía a Ulises, de cuerpo y alma, pero paralelamente me decía que era imposible, en tanto la cabeza trataba de encontrar el motivo por el cuál aquello parecía extraño.
- Mirá, con 100 hasta podría andar la cosa. Es largo de explicar Negrito, la verdad que parece que hace mil años que no estoy en la ciudad y sos el primer conocido que me cruzo. ¿Podés creer, Negro? El primero.
Me hablaba sosteniendo su mano sobre mi brazo, como midiendo la distancia o cuidando que no me escapara. Y mientras seguía pensando, qué había sido del Ulises. Porque ese día en el bar nos juntamos para despedirlo. Se iba a alguna ciudad distante ¿Rosario? ¿Córdoba? No, Rosario no. Rosario está cerca. Quizá Mendoza. La cosa es que se iba. Y después de eso...
- Si no cargo combustible, estoy jodido viejo. Jodido.
Después de eso, no supimos más nada. Así, de golpe. Un rumor que trajo la novia de Ezequiel, la novia de ese momento claro, hará unos diez años, porque ahora Ezequiel anda con un tal Quique, era que el nombre de Ulises había aparecido en un programa de fenómenos extraterrestres.
- No es necesario meterle super, mucho menos premiun. La normal, de paso rinde más lo que me vayas a prestar. Sé que no es buen combustible, pero el tema es poder salir de acá, vos me entendés.
No, claro que no lo entendía. ¿Ulises, después de diez años, pidiéndome plata? Aquella mina había llegado exaltada, casi corriendo, a la canchita de fútbol cinco donde por esos años nos juntábamos los sábados. Recuerdo bien como venía moviendo las tetas dentro de la musculosa blanca que llevaba puesta. Y pensar que el Ezequiel la dejó porque empezaron a gustarle los pitos. Pero la mina, agitada como estaba, nos preguntó antes que nada si el nombre completo de Ulises, era Ulises Follman Ortiz.
- Fijate, Negrito, fijate si tenés, haceme este favorcito que los Polis están pisándome los talones.
No dijo polis. Yo le entendí polis. Y pensé que se había mandado una y lo estaban buscando. Recordé entonces lo que había dicho la tetona que era novia de aquel maricón: "Escuché en la tele, que en San Rafael, desapareció un hombre después que varias naves no identificadas se dejaron ver en el cielo, rodeadas de una luz azul intensa. Parece que lo abducieron. Se llamaba Ulises Follman Ortiz".
Ya me parecía que era Mendoza, al menos era la provincia. Desde entonces no supimos nada más de Ulises. Ni siquiera, si aquello había sido verdad o no. Y ahora, allí lo tenía, pidiéndome un par de billetes en la puerta del edificio de mi cliente, a media cuadra de la plaza en la ciudad donde nos criamos.
Al fin hablé.
- Ulises ¿por qué te persigue la cana?
- ¿La cana? - se arqueó para atrás y dio paso a una carcajada. Siempre se había reído así - Los Posh-It dije. Son de la constelación de Alambhra, a diez años luz de Andrómeda. Los cagué en una partida de poker y se la quieren cobrar. Y vos podés creer que la nave se me quedó sin combustible acá a medio kilómetro. Decí que le echás cualquier cosa y funciona, pero nadie me fía un bidoncito. ¡Y claro, con lo cara que está la nafta! En ningún lugar del universo sale lo que sale acá.
Me volvió a pedir la plata.
Le di 250, me volvió a abrazar y se fue contento. Lo perdí doblando por la esquina de la municipalidad. Se lo comenté esa noche a los muchachos en el club y se quedaron boquiabiertos. Nunca más lo volví a ver. Aunque trato de saber de él. Ojo, no espero que me devuelva el dinero, ni mucho menos. Muchas mujeres me han sacado más guita que esa con versos menos complejos. Sin embargo, no dejo de leer ningún blog o sitio web sobre el tema OVNI. Y no es que lo extrañe. Todos nos acostumbremos a que Ulises no esté. Pero que tan solo exista la posibilidad que mientras yo escriba estas líneas él esté surcando el espacio en una nave extraterrestre, ya es suficiente motivo para que su paradero sea mi desvelo.


14 de mayo de 2016

Caminata al río

A sus pies, el río calmo mecía los pocos camalotes en la orilla. Cincuenta metros más allá un par de pescadores aguardaba en silencio la tensión en sus cañas. El horizonte eran islas y un cielo gris plomizo, inquieto fondo de un paisaje cómplice.
Con la punta del zapato empujó una piedra al río. Hizo un ruido imperceptible y desapareció de su vista, sumergida unos pocos centímetros en el agua marrón. Tenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y la mirada vagando de un punto a otro, sin observar nada en particular.
Había bajado la temperatura después de la puesta del sol y los pescadores se habían puesto sus abrigos. A él el frío no lo inquietaba. Estaba parado en la orilla sin ningún motivo en especial. O en realidad si, pero aún no lo sabía.
Esa tarde se había despertado de la siesta con una sola idea. Caminar hasta el río. Hacía meses que no lo hacía. Antes, cada mañana, recorría a pie las casi treinta cuadras que tenía desde el barrio en el que vivía. No era solo el río, las islas, la caminata en sí. Era el ritual de volver. El retorno a su niñez. A sus días de infancia con ese paisaje delante de los ojos. Los juegos en el agua, los picados de fútbol en las plazoletas, los mojarreros improvisados y las horas esperando el pique en compañía de hermanos, primos y amigos. Su adolescencia, la primera y única novia, el primer beso, la barra de amigos, las salidas, las trasnochadas en grupo, las mateadas de los domingos, el primer laburo...
Ese viaje implicaba a diario un sinfín de sentimientos. Como si pudiera desandar los años y retomar su vida desde cualquier momento. Pero al volver a casa sabía que no era así. Tan solo podía acudir a los recuerdos y por entonces, eso lo conformaba.
Pero la realidad ahora era otra. Desde la muerte de su esposa, la mujer que lo acompañó toda la vida, aquella caminata se postergaba cada mañana. Incluso, la había postergado ese mismo día, cuando después de unos mates amargos, se puso una campera y amagó a ir hasta la puerta. Sin embargo, tras la siesta, la idea se había hecho poderosa.
Y entonces caminó, pisando las hojas de otoño, respirando la brisa fresca de mayo, jugando a recordar los rostros de antaño y aún más difícil, darles un nombre y apellido. El río estaba allí, imponente pero al mismo tiempo, indiferente. No lo estaba esperando, como no espera a nadie. Solo está, porque su existencia es esa.
Cuando emprendió el regreso, ya de noche, los pescadores todavía estaban. Parecían anclados al lugar. Y es probable que lo estuvieran. Él mismo lo había estado, durante años, cada mañana de su vida.
Esa había sido su última visita. Lo supo de inmediato, al tiempo que le daba la espalda al colosal Paraná. Desde que había fallecido su mujer, no había vuelto a sonreír. Ahora lo hacía. Las manos enfundadas en los bolsillos, el tranco lento, la mirada en alto. No hacía falta otro regreso. Lo que buscaba no estaba allí. Nunca lo había estado. Volver era ponerle un marco al ayer, por temor quizá a que de a poco se fuera desdibujando. Pero era algo inevitable, la forma que tiene la vida en transformarse, en dejar lugar para el futuro.
Ignoraba cuánto tiempo le regalaría el caprichoso destino, pero de algo estaba seguro. No lo ocuparía en tratar de alcanzar un río cuyas aguas largamente ya lo habían dejado atrás.
Por eso sonreía en aquella fresca noche de otoño, caminando bajo estrellas ocultas y en calles desiertas.

4 de mayo de 2016

Ring raje

Soy adicto a tocar timbres. No es un pasatiempo, sino una adicción. La diferencia es que si bien me da placer, sufro mucho y tengo muy en claro que es algo que debo dejar de hacer.
Suelo salir a caminar con la excusa de ir al mercado, a buscar el diario o visitar a mi nieto en la casa de mi hijo y nuera. Pero en realidad, es un itinerario con un único fin, el de presionar timbres en las viviendas que encuentro en el camino.
Elijo las más cercanas a las esquinas, para poder escapar rápidamente de la vista cuando la gente salga a atender la puerta. No pierdo el tiempo cuando es un portero eléctrico. La ventaja del portero es que la gente no tiene que caminar hasta la puerta. Con solo usar el intercomunicador sabe si hay un visitante afuera o no.
También busco las últimas casas de la cuadra porque a esta edad tener que correr no es una elección, sino una imposibilidad. Cuando se superan los setenta años, la vida se hace cuesta arriba. Todo requiere un esfuerzo extra. Incluso las estrategias a la hora de tocar timbres.
Antes llegaba a tocar hasta tres o cuatro timbres en una misma vereda. Corriendo podía escapar con velocidad sin ser visto. En mis tiempos, era el mejor. Al menos entre mis amigos. Cuando purretes, claro. A partir que uno se hace adulto algo así se transforma en una cruzada solitaria. Incluso compartir el secreto es un riesgo. Uno puede caer en la adjetivación fácil y denigrante.
Le he tocado timbre incluso a mi esposa y me he divertido espiándola detrás del jacarandá de la vereda de enfrente. Le fastidia ser víctima de esa broma infantil. Supongo que a todos. Es una broma inofensiva, pero desconcertante. Puedo entender a las víctimas y hasta hacerme el que me da bronca cuando me lo cuentan.
Pero estoy del otro lado. Soy de los que tocan, no de los que van a atender. Y cada año que pasa, reconozco, me da un poco más de vergüenza el pensar que pueden descubrirme. Por eso comprendo que lo mío es una adicción. El sufrimiento va de la mano del placer, o del dedo en este caso.
Cuando el aburrimiento de la tarde se hace hostil y mis piernas susurran su incomodidad con pequeños calambres, me enfundo en mi otra personalidad y tras un beso en cada mejilla me despida de mi esposa, busco un pretexto y atravieso la puerta. Me convierto en el adicto y ya en la calle, de cada lado de la vereda, observo ávido las drogas en forma de timbre que esperan el asalto diario de mi perdición.

30 de abril de 2016

Las últimas monedas

Eran las últimas monedas. Podía sentir el peso en el fondo del bolsillo del pantalón como así el tintineo de las mismas al chocar entre sí. Miraba las mesas de poker y el deseo de estar sentado en alguna le provocaba un nudo en el estómago. ¿Cómo podía ser? ¿En qué cabeza podía existir esa idea? Sobre todo cuando había pasado las últimas cuatro horas en una, perdiendo uno tras otro los billetes de su sueldo. Salvo las monedas, claro. Las monedas estaban aún en el bolsillo del pantalón.
Debía estar sintiéndose mal, sufriendo al saber que había perdido la paga de todo un mes en un santiamén. Pensando quizá en las palabras que soltaría delante de su mujer, cuando ella comenzara a exigirle una explicación. Sin embargo, estaba bien. Angustiado, eso si, por no poder seguir jugando. Pero estaba bien. Malditamente bien.
Se rió solo, allí acodado en la barra del casino, despertando miradas ajenas y aburridas, de rostros portadores de diversas tristezas combatidas con tragos en vasos largos. No le importaba llamar la atención, al contrario. Que lo miraran riéndose en solitario lo animó al punto de estallar en carcajadas. Un hombre que usaba peluquín se alejó de su lado. Una señora entrada en años, que vestía una larga falda roja, prefirió apartarse un par de metros. Incluso el barman se distrajo de lo que hacía, dejando caer un limón al suelo.
Ponía nervioso a los demás. Podía sentir esa incomodidad. Era agradable, una sensación placentera. A veces lograba lo mismo en la mesa de poker, aunque no esa noche. Lo asaltó la tos en medio de las carcajadas. El turno de apartarse de la barra ahora fue para él. Se dirigió al baño de caballeros y corrió al lavabo de manos. Con la ayuda de la mano se llevó agua a la boca. Aprovechó para enjuagarse la cara. Ya no tosía, pero el rostro estaba colorado. Al moverse volvieron a hacerse escuchar las monedas. Un ruido más cerrado y sonoro llegó desde uno de los retretes. Alguien trató de taparlo con un carraspeo, pero el pedo había sido elocuente.
Algo tan tono como un pedo lo había devuelto a la realidad. Miró el espejo delante suyo y vio a un hombre con pronunciadas arrugas, de hombros caídos, con el rostro húmedo y agitado, el poco cabello algo revuelto, ropa vieja y desgastada... el semblante de un perdedor, de alguien que hay hecho de su vida la nada misma.
La puerta golpeó el marco. Alguien más entró al baño y fue hasta los mingitorios. Volvió a mirarse en ese reflejo de mal gusto pero de inmediato quitó la mirada. Era suficiente. Salió del baño, dejó atrás la barra del bar, las mesas de poker, las ruletas, siguió la alfombra roja hasta la salida y escapó, casi al borde de la histeria, al aire libre, donde la brisa fresca lo recibió sin previo aviso, como un sopapo en la mejilla.
Metió las manos repentinamente frías en los bolsillos del pantalón, topándose con las monedas. Las últimas que le quedaban. Había regalado el sueldo en un juego de cartas y ya nada le quedaba para el resto del mes. Solo esas monedas, migajas de la miseria.
Su casa estaba lejos, quizá servirían para el colectivo. Había llegado en taxi, pero aquel lujo era ahora un imposible. También lo sería hablarle a su mujer, pero esa sería una historia futura, con suerte de la mañana siguiente. Avanzó unos metros y se vio sobre un colchón, bajo la vidriera de una tienda de ropa. No era él, pero al mismo tiempo lo era. Ese rostro hambriento era prácticamente igual al que había visto en el espejo del baño..Con más cabello, sucio y despeinado, ropas andrajosas, menos dientes y una mirada sin brillo, ausente. Podía jugar a las "siete diferencias" si se lo proponía, pero no no más. Así de cerca estaba de su destino, así de cerca aquel hombre sin techo lo aconsejaba en silencio.
Tanteó el bolsillo y apresó con la mano aquellas últimas monedas. Se las dio al hombre sin pensarlo dos veces. Como a veces sucedía en las manos de poker, cuando actuaba por impulso y se quedaba sin nada. Ahora también, es un salto en caída libre hacia un abismo sin fondo, como su vida misma, de desencanto en desencanto, de frustración en frustración. La vida de un perdedor que se caga en todo, en todos, que solo le importa sufrir y sentirse menos.
La brisa se transformó en viento mientras dejaba la parada del colectivo atrás. La premisa ahora era caminar. Un pie detrás del otro, de a poco, lentamente, como no queriendo llegar nunca, como si el deseo fuera otro, uno más cruel pero justo, en el que la noche mostrara los dientes y en sus fauces lo engullera para privarlo de lo poco que aún lo hiciera feliz. Pero nada de eso sucedería. Caminaría, llegaría a su casa, pelearía con su mujer y la vida continuaría. Para mal, para bien. Ya no lo sabía. Quizá el destino era que algún día entendiera algo, una moraleja, una lección, algo. O tal vez, simplemente, que el azar le diera otra oportunidad y pudiera hacer su mejor apuesta.

24 de abril de 2016

Musa inspiradora

La rubia entró al bar hecha una furia, dejando golpear la puerta contra el marco lo que provocó que desde todas las mesas las miradas se dirigieran a ella.
Al verla, llevaron la vista a una de las mesas pegadas a la ventana que da a la calle. La mesa que siempre ocupa Luis.
Los altos tacones repiquetearon sobre el deslustrado piso de madera. Luis la había visto, pero se hacía el boludo. Fingía estar compenetrado en la resolución de un crucigrama en la sección de pasatiempos del diario.
Ella se plantó delante de la mesa y sin esperar que él se percatara de su presencia, escupió su bronca:
- ¡Luis, dejá de escribir sobre mí!
El hombre agitó sus hombros, para hacerse el sorprendido y levantó la cabeza hacia donde ella estaba. Le miró el rostro, luego las tetas - que parecían leudar dentro del escote - y otra vez el rostro.
- ¡Carinita, que linda sorpresa!
- ¡Qué Carinita ni ocho cuartos!¡Otra vez escribiste una historia conmigo como protagonista!
- Pero Carinita, es ficción.
La rubia abrió los ojos lo más grandes que pudo, se apretó los puños conteniendo la bronca y le pegó un zapatazo al suelo.
- ¡Me cago en vos Luis, sos un pelotudo! La primera vez, vaya y pase, lo tomo como un halago. La segunda vez, bueno, te la perdono, pero te lo advertí... ahora, la tercera, la cuarta y hoy la quinta historia en la que me hacés ver como la reina del glamour y las orgías en ese mundo pervertido que es tu cabeza ¡es el colmo! ¡Te voy a denunciar!
Y como sentencia física de la sentencia oral agarró el vaso de jugo de naranja que acompañaba el café y se lo arrojó a la cabeza.
Luis dio un salto hacia atrás, poniéndose de pie. No pude evitar el vaso, ni detener la caída estrepitosa de la silla contra el piso.
- ¡Carina, mirá lo que hacés!
- ¡Carina las pelotas, imbécil! Me cansaste, hasta acá llegó nuestra amistad, no quiero ni volver a verte y más vale que dejes de publicar esas historias en la revista, porque te mato, te corto el pito, te saco los ojos, te... - la rubia se largó a llorar, venía haciendo un esfuerzo enorme para aparentar fortaleza, pero aquella catarata de catarsis derrumbó todo intento de permanecer firme.
Luis se acercó, primero con miedo, luego envalentonado al verla quebrada anímicamente. Por las dudas alejó el pocillo del café, no fuera a ser que quisiera convertirlo también en un objeto contundente.
- Escuchame pimpollito, escuchame...
Entre hipos y manotazos al aire, ella lo dejó aproximarse.
- No escribo más sobre vos, te lo prometo. Se acabó. No me importa que la gente se enoje, ni que los editores pidan más y más historias de Carinita, ni todas las cosas lindas que me escriben los lectores, ni las cartas que llegan al diario, nada de nada. Se acabó. Te lo prometo.
La rubia tomó una servilleta y se la pasó por la cara. Se le corrió un poco de maquillaje pero no le importó. Luis se había acercado bastante, lo suficiente como para pasarle un brazo alrededor de los hombros.
- En... en serio que... - hipo - que la gente te escribe.
- Si, en serio. Aman a Carinita.
- ¿Me aman?
- Te aman, dicen cosas hermosas sobre vos. Están ansiosos siempre por la siguiente historia. Pero ya no importa. Lo que importa es que vos estés bien.
Carina se apartó de Luis y buscó una silla. Luis, nunca lerdo, acercó una silla a la de ella.
- Es que hoy en la peluquería volví a verme en una de las historias y me sentí...
- ¿Violada?
- ¡No! Vulnerada. Me da pudor.
- Mirá, esa sola noche juntos despertó mil historias en mi mente. Cada línea es un homenaje, un recuerdo vivo de mis sentimientos, quiero que seas eterna a través de mis letras. ¿No te gusta eso?
- Es que, la Carina de esas historias es tan...
- Encantadora
- No, puta.
- Carina, por favor, ella es un alma libre, decidida. Estás equivocando el punto de vista.
- ¿Seguro?
- ¡Segurísimo! ¿Soy el autor, no?
- Tenés razón - dijo la rubia, al tiempo que se ponía de pie - Mirá, hacé de cuenta que no dije nada, perdoname por el jugo que te tiré encima, si la gente me quiere, dale, seguí escribiendo.
Dio dos pasos hacia la puerta, se detuvo, giró, volvió hacia Luis, lo besó brevemente en los labios y finalmente se fue del bar.
La gente en las mesas volvió a sus asuntos. Luis se acomodó la ropa, juntó el vaso, la silla que aún estaba en el suelo y llamó a Ramón, el mozo.
- Traéme otro café Ramón, que éste ya se enfrió.
- Casi se queda sin musa inspiradora, Luis.
- No me hagás reír, le cambiaba el nombre y seguía escribiendo las mismas cosas. Pero era una lástima terminar así con una mina así. ¿Viste lo buena que está? ¿Y cuál es el precio? Un vaso de jugo en la cabeza.
- Pero no es la primera que una mujer viene y le revolea algo, Luis. ¿La semana pasada no fue una morocha? ¿No estará jugando muy al límite con sus conocidas?
 - Mi amigo, esta profesión no es fácil. Usted me me acá sentado la mayor parte del día, pero no se imagina lo que son las noches. No se imagina. Por eso, traiga un café fuerte, que esta noche no quiero quedarme dormido en la mejor parte.