Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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24 de septiembre de 2016

Último capítulo

Mi editor me llamó anoche y me preguntó cuál era el problema. Cómo si eso fuese fácil de explicar. Claro que se lo dije, pero me cortó, creyendo que le estaba tomando el pelo. Estoy apremiado por el tiempo, por el contrato que firmé hace dos años, cuando acordé con la editorial una novela cada año. Durante los últimos meses disfruté del éxito de mi anterior publicación, las giras de presentación, las notas en los medios de comunicación, las regalías por las ventas que parecían multiplicarse mes a mes.
Por todo eso, y no tanto por la obligación contractual, la editorial y mi editor especialmente, esperan con ansias esta nueva historia, con el fin de poder mover la maquinaría de hacer dinero a través de mi próximo libro. El problema, según ellos, es que la novela no está terminada. El problema, desde mi realidad, es que no puedo terminarla.
No es por falta de ideas, muy por el contrario. El argumento es sólido, muy elaborado y los personajes están bien definidos, consolidados a través de los primeros capítulos. Podría aventurar que es lo que mejor he escrito en mi vida. Pero algo sucede con ese borrador de más de cuatrocientas páginas. Algo extraño que me carcome los nervios.
He ganado con los años la virtud de la disciplina. Una metódica rutina que me sienta delante de la computadora a primera horas de la mañana y me tiene allí hasta pasado el mediodía. Cada día me enfrento al capítulo final de la novela. Y cada día le doy forma, llevo a los personajes hasta el final que tengo en mente, cerrando la historia, a mi modo de ver, de la mejor manera.
Pero al cabo de un rato, al volver al borrador, el capítulo ya no está.
La primera vez que ocurrió pensé que me daba un infarto. Revisé todo el escrito, creyendo en la posibilidad de haber perdido capítulos anteriores. Aquello no tenía sentido. Tenía mucho cuidado de ir guardando el trabajo cada algunos minutos, una costumbre bien aprendida, para evitar justamente esos dolores de cabeza.
Tuve que dejar de lamentarme y volver a redactar esas páginas. Apelé a mi memoria para darle a la redacción los mismos matices que la primera vez. Es casi imposible escribir el mismo texto dos veces. Juegan muchos factores en la elaboración. Internos y externos. Pero traté de dar lo mejor de mí. El resultado me dejó satisfecho.
Jamás doy aviso a mi editor ni a nadie al llegar al final de una obra. Porque en realidad, llegar al final solo implica una parte del proceso. Luego, tras unos días en los que el texto queda en reposo, vuelvo a él para hacer una primera corrección.
No dudé sobre haber grabado bien el trabajo. Porque incluso, esta vez hice una copia en otra carpeta de la computadora. La novela estaba terminada.
Al cabo de unos días, decidí dejar la obra de teatro en la que estaba trabajando y buscar el archivo con la novela. Abrí primero la versión original, sobre la que había trabajado los cuatro meses anteriores. Mi sorpresa fue mayúscula. El último capítulo no estaba. Me apresuré a buscar la copia que había realizado, para encontrarme - con un gran nudo en el estómago - que tampoco estaba allí.
Con desesperación, volví a redactar el capítulo. El resultado fue el mismo. Mi amargura e incomprensión iban creciendo día a día. Esto se repetía de manera cíclica. La escritura. La desaparición. Alguien raptaba mis palabras. Decidí narrarlo en voz alta en un grabador. Una vez que coloqué el stop y le di play para poder escuchar lo grabado, solo había estática.
Empecé a sentir pánico. Ni siquiera podía escribir otras cosas. Traté con la dramaturgia de la obra de teatro que me habían encargado, pero no pude hilvanar dos diálogos seguidos. Quise concentrarme en un cuento de ciencia ficción, pero las palabras se amontonaban sin sentido, completando oraciones y párrafos que no conducían a nada. Es que ese capítulo estaba enquistado como un puñal en mi cerebro.
Necesitaba solucionar lo que estaba pasando, pero no tenía a quién acudir. Mi editor pensaría que era una excusa, mis colegas más cercanos se mofarían y pocos amigos que quedaban para poder solicitar una opinión. Y los que podía considerar como tales, vivían aún en el pueblo de mi infancia. De repente, comprendí lo solo que estaba en la gran ciudad. Sin amigos, novia, nadie en quién confiar.
Los nervios estaban ganando la batalla. Noches enteras sin dormir, buscando una solución. El editor llamando casi a diario. Mi familia preguntando a la distancia cómo marchaba mi nueva creación. Y cabeza era un hervidero. Nada parecía estar en su lugar. Y entonces, hace un par de días, esa carta debajo de la puerta del departamento.
Estaba fechada en los días que esta locura había comenzado, cuando el capítulo comenzó a borrarse como por arte de magia. En el sobre solo figuraba mi nombre, sin ningún dato del remitente. Era un sobre blanco, común y corriente. La hoja, con renglones, estaba arrancada de un cuaderno de apuntes. La carta estaba redactada a mano. La letra era prolija, con una leve tendencia hacia la derecha. En su único párrafo, decía:
"Estimado, el final del capítulo nos disgusta. No estamos de acuerdo con el destino que nos brinda. Ninguno de nosotros lo comparte y como parte activa del libro, nos vemos obligados a evitarlo de cualquier forma".
Firmaban "Los personajes".
¿Qué clase de broma era esa? A nadie le había confiado mi tragedia. Mi capítulo en blanco. Nadie lo sabía. Y de repente, ese sobre, esa carta, sobre esa hoja con renglones... esa hoja. Corrí hasta el cajón del escritorio. Saqué mi cuadernos de apuntes y me estremecí. Una de las hojas sin usar había sido arrancada. Y ahora estaba en mis manos, con un escrito manuscrito hecho por los personajes del libro.
Cuando anoche mi editor me llamó, le conté todo esto. Su primera reacción fue la risa, luego la bronca por considerar importante el tiempo de entrega y finalmente el odio, por el dinero que le estaba haciendo perder. En realidad, se refirió al dinero que todo estábamos perdiendo.
Pero en ningún momento entendió detrás de mis palabras, ignoradas por supuesto, el verdadero problema: ese capítulo jamás podría escribirse. No, al menos, de la manera que lo tenía pensado. Ellos no querían. Ellos, mis personajes.
Siempre creí que las historias, los argumentos, nos llegaban a través de una inspiración, de una musa mágica que nos revolotea arrojándonos ideas a nuestro alrededor. Qué era cuestión de cerrar los ojos y esforzarnos por absorber esa magia. Nada de eso es así, Son los personajes los que nos cuentan las historias.
Aquí estoy, frente a la computadora para terminar esa novela. Pero no como yo quiero, sino cediendo a sus deseos, porque no es mi imaginación al fin y al cabo la que narrará esos párrafos, sino la voluntad de ellos, que tras nacer y desarrollarse, se han adueñado del argumento.



15 de septiembre de 2016

Adiós querido Pablo Dell'Oca, dibujante, amigo, luchador

No es un día más. Tampoco esta entrada es ficción. Cuánto desearía que así lo fuera. Hoy se nos fue Pablo Dell'Oca, dibujante con quién trabajé los dos últimos años, proyectando varias historietas juntos.
Se nos fue luego de batallar muchísimo contra una cruel enfermedad. Siempre con optimismo, sin dejar de dibujar, de pensar a futuro. Hoy su compañera de la vida, Amalia, tan luchadora como él, me dio la triste noticia.
Nunca nos hizo perder las esperanzas, al contrario. Estaba seguro que iba a salir adelante. Su fuerza era contagiosa. Lo es, lo seguirá siendo.
Pablo entró en mi vida hace dos años, de la mano de otro gran amigo que me ha dado la escritura y la historieta: Felipe Avila.
Con Felipe venimos haciendo historietas juntos desde hace unos siete años y al estar comandando ese hermoso proyecto que es Rebrote, le dijo a Pablo que me contactara para ver si hacíamos algo en conjunto.
Un 22 de octubre de 2014, recibí este primer mail, el primero de muchos.

Buenas tardes, Ernesto, mi nombre es Pablo Dell'Oca, soy conocido de Felipe Avila, trabajo cerca de donde lo hace él y compartimos las ganas de hacer historietas. Hace tiempo que charlamos sobre el tema y que le muestro los dibujos que hago y con el surgimiento de las tres revistas de Rebrote me ofreció un espacio para participar en la apaisada de ciencia ficción, fantasía y misterio.

Ese fue el puntapié inicial. Creamos "Futuro XY", cuyo primer número publicó Rebrote este año; "El lienzo de Ulises" (tira semanal que a medida que Pablito podía, fuimos subiendo a la web); "Antinémesis", una de tinte sobrenatural que tiene ocho páginas ilustradas;  la "Leyenda del mate y el yaguareté", con la que ganamos el 1er Certamen Federal de Historietas del Ministerio de Cultura de la Nación en 2015; "Malena", una breve historia de cuatro páginas del género terror, aún inédita; "Souvenirs", historia de terror clásico, de la que bocetó varias páginas; y "Rosario", de la que solo hay un fragmento terminado.
Muchas de esas historietas estaban avanzadas en la brillante mente de Pablito. Con un estilo particular, me iba ofreciendo bocetos, dibujos, maravillas que me deleitaban y con seguridad, encantarían a todos. Porque su manera de narrar visualmente es única, con una fuerza y certeza que pocas veces he visto.
Gracias a Felipe, tuve la suerte de conocerlo. A través de correos, mensajes en Facebook, mensajes de whatapps y el maravilloso e inolvidable encuentro en la cena de Rebrote de diciembre pasado, entablamos una gran relación de amistad.
Cuando enfermó, en mayo del 2015, el dibujo se transformó en su manera de sentirse bien. Eso y sus seres queridos, sus amigos, su familia: "Por suerte tengo al lado mío a mi novia y mi suegrita que me cuidan en todo" me escribió, sinceramente contento por la compañía.
Con el pasar del tiempo nos fuimos conociendo. Le gustaba leer y usar en sus dibujos grandes plenos de negro. Me había dicho que en climas oscuros me sentía mucho más cómodo, utilizando "mínimos detalles ornamentales y mucho claroscuro".
Traté de imaginar los guiones de nuestras historias teniendo en cuenta su estilo, que es admirable. Tuvo toda la libertad para plasmar su talento, porque era gracias a él que esos textos cobraban vida. Él les daba vigor a las escenas, lograba transmitir más de lo que decía el guion. Pablo es - y permítanme el presente - un grande.
Me contó también que su relación con la historieta "viene heredada de mi padre, fanático de las europeas en los 70-80. A los trece me regaló "El Eternauta" de Breccia y me voló la cabeza. Nunca leí mucha historieta. Siempre la miré, más que nada. Estoy tratando de corregir el error! En los noventa estudié con Alberto Salinas, un tipazo con sus alumnos, visité su estudio. ..era un ambiente lleno de magia, como sus clases! Una muy linda época!".
Luego, trabajó como ayudante de Carlos Pedrazzini y tuvo "el privilegio de leer de primera mano los guiones de Robin Wood. Eso fué del '93 al 95 aproximadamente, haciendo revistas mensuales para la editorial Eura, de Italia, sobre el personaje "Dago", de quien fue mi profesor, Alberto Salinas".
Pablito nació un 15 de febrero de 1975, en Capital Federal. Se formó artísticamente en la Escuela Panamericana de Arte y en la Escuela de Dibujo de Carlos Garaycochea, con Alberto Salinas como profesor. Se recibió de Maestro Provincial de Artes Visuales (IPBA de Santa Rosa, La Pampa) y cursó la licenciatura de Artes Visuales en el IUNA (Bs. As).
Fue ayudante del dibujante Carlos Pedrazinni - Pablo estaba feliz cuando este año, al mostrarle sus trabajos actuales, Carlos lo felicitó - y ocasionalmente realizó story boards (que, según me contó, fue la única vez que ganó algo de dinero con el dibujo). Publicaba en la revista "HB" de Santa Rosa, La Pampa y habíamos empezado a publicar juntos "Futuro XY" en Rebrote.
Estaba a la espera de ver materializado el premio del concurso que ganamos en 2015, pero se fue sin poder tener en sus manos la publicación y el dinero que había obtenido. Esto, gracias a la maldita burocracia estatal, que aún mantiene en vilo a todos los que obtuvimos algo en ese certamen de historietas del Ministerio de Cultura de la Nación. Me da mucha impotencia que él no haya podido ver uno de sus sueños hecho realidad, porque ese había sido su primera obtención en una convocatoria de este tipo.
Pero si recibió el reconocimiento de colegas. El grupo "Rebrote", en diciembre pasado, le dio el premio "Revelación". Y en ese mismo evento, recibió las felicitaciones y elogios de Quique Alcatena y Lito Fernández.
Un artista gigante, que el destino nos arrebata cuando recién estaba comenzando a mostrarnos su talento. Una persona sensacional, que transmitía las mejores sensaciones. Humilde, atento, honesto. Siempre me decía que le gustaba lo que escribía y se alegraba con sinceridad cuando le enviaba nuevos guiones. Me dijo no hace mucho "acordate que más allá de tu laburo, tu responsabilidad mayor es con la escritura".
Se nos fue Pablo y lo estamos extrañando. Todavía no lo quiero creer, no me quiero hacer la idea. No pude escribir ese guión de Nippur que soñabas dibujar. No pude tampoco estar en tus últimos momentos. Quiero creer que donde estés, estás bien. Qué nunca te faltará un lápiz y un papel para hacer eso que tan bien hacés. Qué desde ese lugar, nos iluminarás a todos con tu optimismo y sencillez.


Uno de los pocos fragmentos ilustrados de "Rosario", una historieta de pocas páginas

Pablo siempre soñó con dibujar un episodio de Nippur. Me había enviado bocetos del gran personaje de Robin Wood, confiando que podría alguna vez escribirle un guion.


Qué maravilla hizo Pablo con el guion de "Futuro XY". Le dio vida a las palabras y fuerza a una historia que nos gustaba mucho a los dos.

Lápiz de "Souvenirs", historia truculenta de terror clásico. Compartíamos el gusto, entre otras cosas, por leer a "Stephen King". Leímos, por casualidad, "Revival" al mismo tiempo.

Otra página de "Souvenirs". Pablo era muy meticuloso y le gustaba corregir cada página la mayor cantidad de veces posibles, hasta conseguir lo que se proponía como resultado final.

Una de las primeras páginas de "Antinémesis", guion que le fascinó y que mezclaba hechos sobrenaturales con demonios. 
 

La misma página de "Antinémesis", ahora en su versión final. 

"El lienzo de Ulises", una propuesta semanal que no pudimos continuar debido al ritmo que tenía.

En la cena de "Rebrote", el único momento que compartimos personalmente. Junto a Ranquel (izquierda), otro gran dibujante y amigo de Pablo (derecha).

Pablo y Lito Fernández. El maestro de los maestros le dijo a Pablo: "Mostro". Ningún premio vale más que eso.

Quique Alcatena también lo llenó de elogios: "¿Dónde estabas que no te conocíamos?"

Junto a Felipe Avila y Marcelo Bukavec, integrantes de "Rebrote", que esa noche le dieron a Pablo el premio "Revelación".

7 de septiembre de 2016

La improbabilidad de un encuentro

Jamás había usado un arma, mucho menos llevar una consigo. Salvo ese día, esa fatídica tarde en la que al bajar del taxi se topó con esa mujer de ojos claros y cabellos castaños.
No fue un encuentro de amor a primera vista ni nada por el estilo, sino un fuerte golpe de frente. Él bajaba, ella quiso subir a toda prisa. Chocaron con torpeza y él, que era más alto, terminó con la nariz partida por culpa de la frente de la joven.
La mujer lo insultó con energía, pero no se detuvo a ver como estaba. Se subió al taxi y a los pocos segundos el coche se alejaba por la calle principal. Apenas si pudo advertir el detalle de los ojos y el cabello a través de la ventanilla baja de la puerta trasera del vehículo.
Se llevó la mano a la zona dolorida de su rostro y palpó la sangre húmeda descendiendo hacia los labios. No pudo menos que maldecir su suerte y tratar de determinar con rapidez, el lugar donde dirigiría sus pasos.
Su destino original, que era la sucursal del banco, quedó atrás mientras sus piernas lo llevaban hasta una farmacia cruzando la calle. Compró unas gasas, agua oxigenada y analgésicos. El farmacéutico lo ayudó con la herida. Al cabo de unos minutos quedó limpia, pero por recomendación iría más tarde a ver un médico. Era probable que tuviese una fractura.. El dolor era un presagio de tal infortunio.
Al salir a la calle se encontró con el revuelo. Patrullas policiales e incluso un utilitario de fuerzas especiales. Al parecer estaban todos pendientes de la sucursal del banco. Cruzó hacia esa dirección para informarse de lo que sucedía.
Uno de los efectivos uniformados lo detuvo y le pidió que retrocediera. Le explicó que debía ir al banco, pero el agente policial volvió a reiterarle la orden. Se alejó solo hasta el cordón de la vereda. Desde allí observó que otro de los policías hablaba con el encargado del puesto de diarios que estaba a pocos metros. El hombre estaba señalando en su dirección. El uniformado se llevó un handy a la boca y a los pocos segundos otros policías lo estaban rodeando a él.
Lo llevaron aparte y le pidieron que se apoyara contra la pared, los brazos y piernas extendidas. Palparon sus bolsillos de los pantalones y también del saco. Solo encontraron su billetera, los analgésicos y una gasa. Entonces le pidieron que se diera vuelta y se desprendiera el saco. Hurgaron en los bolsillos interiores y para su sorpresa, le encontraron un revólver.
Los policías lo empujaron contra la pared, mientras pedían refuerzos. Él estaba atónito. Le había sacado el arma de su bolsillo, de eso no tenía dudas. Pero al mismo tiempo, no podía creerlo. El oficial que lo retenía le estaba haciendo mal la cara, porque la tenía apretada contra la piedra de la pared. Quería quejarse, pero estaba tan apretujado que no podía ni mover la boca.
Se acercó un coche con las sirenas encendidas y en pocos movimientos lo quitaron de la pared, cruzaron la vereda con él y lo arrojaron dentro del vehículo, que aceleró a gran velocidad.
Preguntaba a todos qué era lo que estaba pasando, de dónde había salido ese revólver... pero las únicas respuestas que obtenía eran miradas férreas y de poco amigos.
Lo llevaron a una dependencia policial y lo dejaron solo en una sala de tres por tres, sin ventanas, en cuyo centro había una mesa pequeña y dos sillas, en una de las cuales, él se había sentado. Esperó un buen rato hasta que la puerta se abrió. No sabía si habían pasado minutos u horas. Estaba asustado y la nariz había comenzado a dolerle. Había buscado en vano los analgésicos. Habían desaparecido junto a la billetera.
El hombre que cruzó la puerta, trajo consigo sus tarjetas de crédito y documento de identidad. Arrojó todo sobre la mesa y ocupó la silla vacía.
- ¿Qué necesidad había? - preguntó de mala manera el hombre, que no vestía como policía pero con seguridad lo era.
- No entiendo... - fue su respuesta. A cambio, recibió una fuerte bofetada.
- No vas a jugar conmigo. En las cámaras no aparecés, pero te vieron con ella. ¿Qué ibas a hacer? ¿Esperar que saliera para rematarlo? Quedate tranquilo, ella lo hizo bien, demoró, pero al final murió. Pero vos tenés el arma, así que sos cómplice.
- ¿Cómplice de qué? ¿Quién murió?
El policía que no estaba vestido como tal hizo una mueca de disgusto. Se puso de pie y se dirigió a la puerta. La abrió y entró otro policía.
- Dice que no sabe nada.
- No me extraña - dijo el tercer hombre en la habitación - ¿El arma tiene sus huellas?
- Todavía no sabemos.
- ¿Cómo sabías que no había muerto? - le preguntó el recién llegado.
- No entiendo...
Los dos policías se alejaron un poco. Trataron de bajar el tono de voz, pero pudo escucharlos.
- La mina dispara, sale volando a la calle y le da el arma a este tipo, pero de alguna manera se entera que está vivo y lo espera afuera, para rematarlo cuando lo saquen en ambulancia.
- Disculpen... pero ¿a quién le dispararon?
Volvieron a dejarlo solo. Sus credenciales y tarjetas estaban sobre la mesa. Mecánicamente las guardó en sus bolsillos. Mientras lo hacía, recordó el choque con la mujer al bajar del taxi. Era con seguridad de la mujer que hablaban. Cuando se produjo el golpe de cabezas, ella debió aprovechar para meterle el arma en el bolsillo. Con el dolor no se enteró de nada. Pero si eso era lo que había sucedido, debía explicarlo con urgencia.
Golpeó la puerta hasta que alguien la abrió desde el otro lado. Pensó que lo escucharían, pero entraron violentamente y lo golpearon. Despertó varias horas después, sobre un colchón tan angosto como sucio. El rostro le dolía como si le hubiesen clavado cien cuchillos. Se llevó la mano a la cara y notó que había sangre no solo en la nariz, sino también en las mejillas y en la frente. Lo habían golpeado salvajemente.
Se puso de pie y fue hasta el otro lado de la celda. No había barrotes, sino una puerta de metal, gruesa. Una voz resonó a su espalda.
- Así que vos mataste al Grande.
La voz provenía de otro preso, desde la litera superior de la cama cucheta. Hasta entonces no se había percatado que era una cama de dos pisos como tampoco que estaba acompañado.
- ¿Quién es el Grande?
El otro lanzó una carcajada.
- Pregunto en serio.
- ¿Me estás cargando? ¿Hicieron cagar al Grande y no sabés quién es?
- Puede que la persona que lo mató lo sepa, a mi me pusieron un arma encima y me agarró la policía.
El compañero de celda volvió a reírse.
- Si me lo decís en serio, que mala suerte la tuya. El Grande es el que maneja todo, las cárceles, los policías, a los jueces, a los narcos, a todos. El tipo es el Dios del crimen, por así decirlo. Lo que implica que antes que te des cuenta, te llenan el cuerpo de plomo. No tenés escapatoria. Si no te hace fiambre la poli, te acogota cualquier otro en la cárcel.
- ¿Dónde estoy ahora?
- En la comisaría, estás de tránsito. En cualquier momento vienen a buscarte.
- ¡Pero yo no lo hice! ¿Qué puedo hacer para demostrarlo?
- Me vas a matar de la risa vos. Si no lo hiciste, a estas alturas no le importa a nadie. Con alguien se la tienen que desquitar y si todos andan diciendo que fuiste vos, andá comprando la lápida.
Se recostó en la cama y trató de ordenar las ideas. Pero cada punzada de dolor en el rostro era un presagio de lo que suponía le iba a pasar en manos de los que quisiera cobrarse revancha.
Minutos después fue trasladado a otra sala.
Le dijeron que adentro lo esperaba una abogada. Lo hicieron entrar, le pusieron esposas y lo obligaron a sentarse.
Cuando escuchó la puerta cerrarse, levantó la vista. Delante suyo, ojos claros y cabello castaño lo miraba fijamente. Un breve gesto de ella fue suficiente para evitar cualquier comentario, sonido o gesto innecesario, que revelara quién era realmente.
Se sentía más desconcertado que nunca. Ella era la mujer por que estaba metido en tremendo problema, pero por alguna razón ella estaba allí.
- ¿Qué sucede? - preguntó él.
Ella permaneció en silencio, repasando unos papeles.
- Estamos ante una acusación de cómplice de asesinato. ¿Entiendo lo que eso significa?
Ella se llevó la mano a la boca en un gesto casual, pero aprovechó para colocar el índice sobre los labios, con un claro gesto para que no contestara. Él abrió grande los ojos.
- No, no se lo que significa.
- Bien - dijo ella, aprobando la respuesta. Iban entendiéndose en ese juego de silencios y gestos - Quiero que firme esta declaración.
Le extendió un papel.
- Firme.
- ¿No debo leerlo antes?
- Firme.
Él firmó.
- El Grande no existe - dijo de pronto ella - Y salvo los golpes en su rostro, nada de esto es real.
- No entiendo... es decir, entiendo menos que antes.
- Nadie mató a nadie, yo coloqué el arma en su bolsillo, esto no es una comisaría, los policías no eran policías, el preso no era un preso. Nada de esto es real.
- ¿Están... están jugando conmigo?
- No señor, usted está jugando con nosotros. En su mente, desde hace unas largas horas. Así que es hora que despierte, me escucha, es hora que vaya despertando...

- ¿Señor? ¿Está bien? ¡Llame al médico enfermera, el hombre está despertando!
- ¿Qué...?
- Tranquilo, lo traje al hospital, disculpe, he sido tan bruta. Lo golpeé sin querer al subir al taxi y lo dejé inconsciente.
- Usted tiene los ojos claros y el cabello castaño...
Ella rio.
- Disculpe, no me río de usted, sino que pensé que lo primero que me diría serían varios insultos y con razón.
- Es que... es una larga historia.
Ahora rio también él.
- Tengo una vergüenza, no se imagina. Lo mínimo que podría hacer, es quedarme a escuchar su historia.
Sonrieron.
- ¿Quiere escucharla?
- ¡Claro!
- ¿Alguna vez usó un arma?
Por un segundo se imaginó el rostro de ella transformado, el ingreso por la puerta del hombre policía pero vestido como médico...
-  No, jamás - dijo divertida la mujer.
- ¡Pues yo tampoco, hasta esta fatídica tarde, al toparme con usted!



3 de septiembre de 2016

Los invisibles

El invierno fue crudo. Las calles desiertas en plena noche, las persianas bajas con sus enormes grafitis, la ciudad indolente y nosotros, caminando el asfalto. De un lado a otro, buscando refugio, comida, alguien que nos quisiera escuchar.
Pero no había nadie. Eramos los únicos transeúntes del entramado nocturno, confundiéndonos con las sombras, mirándonos en los reflejos distorsionados de las pocas vidrieras que aún se dejaban ver detrás de rejas herrumbradas y frágiles. Andando, cuadra a cuadra, calle a calle, con lluvia, con viento, con todas las inclemencias juntas.
Fueron meses difíciles en los que esperábamos desahuciados el amanecer, el primer rayo de sol, esa partícula de luz que nos permitiera rendirnos ante el cansancio y el hambre. Desaparecer por unas horas, en la quietud, en la nada misma. Dejar de ser para no pensar. Rendidos, así, sin más.
Y luego, despertar en la misma pesadilla. Otra vez la noche, la solitaria noche, en la que éramos solo nosotros deambulando, sin atisbo de fin. Cíclico, infernal. Errantes en vida, en un mundo que nos volteaba la cara.
Nosotros, los olvidados, pisando nuestras propias penas y también las ajenas, por calles cuyos nombres no nos dicen nada, prisioneros en libertad, rehenes de la miseria, fantasmas de la civilización que reitera sus pecados casi por diversión.
El invierno se marcha. Pronto será primavera. Y de alguna manera, la haremos sentir culpable. Nosotros, los invisibles de este mundo.

30 de agosto de 2016

Derecho de admisión

Se acodó sobre el escritorio, aclaró la garganta y a pesar de estar visiblemente nervioso, se mostró convincente en sus palabras:
- No soy un improvisado, verá. Desde muy chico que robo, no le miento. No es que comencé ayer. Claro, eran minucias si uno lo piensa ahora: caramelos masticables, figuritas, lápices de colores, alguna que otra moneda. En una escuela no hay mucho para elegir. Ya de más pibe empecé a caminar la calle. Era otra cosa. Billeteras, bolsos, bicicletas. Fui aprendiendo, haciéndome una reputación. No es fácil, no se crea. Hay mucha competencia, más cuando uno no va calzado. Porque armado, jamás. Y mire que me insistían. No era mi modo. Lo mío era el robo, no la violencia. Y no creo que por ese detalle, reste puntos. Ladrón fui siempre, eso se lo puedo asegurar
Sentado del otro lado del escritorio, enfundado en un traje caro y corbata haciendo juego, el Diablo se llevó la mano a la boca para disimular un bostezo.
- Mire... - dijo el Diablo, buscando en el papel el dato que se le escapaba - Lorenzo, el tema es así. El averno está hasta la manija. Por eso mismo nos estamos reservando el derecho de admisión.
- ¡Pero vea mi legajo! ¡Me he portado mal toda la vida!
- En estos tiempos, eso no cuenta. Es usted un ladrón de poca monta. ¿Sabe todos los que ya tenemos acá dentro? No, para ganarse un lugar, el hurto no sirve. Si piensa volver en alguna reencarnación, anote: funcionario público, político, juez, agente de tránsito, abogado, representante de futbolistas... le tiro algunas profesiones para que no pierda el tiempo. Y en todo caso, hágase de un chumbo. Salga, dispare, baje unos cuantos. En la Tierra va a estar libre y aquí se asegura un lugar.
- No creía que fuera así... me deja sin palabras. ¿Y tengo que ir al Cielo entonces?
- Vaya tranquilo, que están ofreciendo promociones de todo tipo, incluso pusieron áreas para pecadores. No saben que hacer para atraer gente.
- ¿Y si delinco en el cielo, hay alguna posibilidad que me transfieran?
- Olvídese, si quiere entrar, vuelva a la Tierra y haga lo que le dije.
- Es que volver... me da miedo. Allá es un infierno.
- Y si, es la mejor escuela.

22 de agosto de 2016

El diamante

Un día mi padre, cuando yo era pequeño, llegó exultante a casa luego de una larga jornada de trabajo. No le habían aumentado el sueldo ni le habían otorgado días extras de vacaciones. Nada de eso. Mi padre había encontrado un diamante.
A mí corta edad sabía que un diamante era algo poco común para mortales como nosotros, que vivíamos con lo justo y necesario. Veía que era motivo de luchas y robos en películas que pasaban en la tele, pero desconocía el verdadero significado de tener uno propio. Me divertía ver como la policía perseguía a los ladrones de la joyería, pero jamás me puse a pensar que tan valioso podían ser.
En ese momento lo único que quería, era poder verlo. No me importaba otra cosa. Estaba hecho un loro, repitiendo siempre las mismas palabras: ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo!
Papá hizo gala de su afecto al suspenso. Extrajo de su bolsillo un pañuelo blanco atravesado por franjas marrones y celestes, que estaba doblado varias veces, escondiendo el diamante en su interior.
El pañuelo estaba bastante roto, era probablemente el único que él tenía, y por un momento temí que por uno de los agujeros de la tela lo hubiese perdido. Pero tras ese lapso infinito - al menos para mi corta edad, que tampoco entendía de paradojas - en el que fue desplegando los dobleces de la tela con sus dedos grandes y algo sucios debajo de las uñas, quedó a la vista el impoluto y brillante diamante.
Quisimos agarrarlo, tanto yo como mi hermano menor, pero papá, rápido de reflejos, lo hizo desaparecer nuevamente dentro del pañuelo, alejándolo de nuestro alcance.
- No es para jugar, esto vale mucho dinero - dijo, llevándolo hasta su dormitorio, terreno inexpugnable para nosotros.
Mucho dinero. Esas dos palabras transformaron nuestros rostros. No porque fuéramos avaros, muy por el contrario. Porque justamente, dinero era lo que nunca había en casa. ¿Y qué significaba entonces ese diamante? Para nuestras cabezas con poco conocimiento, era la puerta a la abundancia y a las cosas prohibidas: las golosinas, los juguetes, pistas de carreras y quizá, con suerte, hasta una bicicleta.
Sospecho que el mismo pensamiento deslumbraba la mente de papá desde el mismo momento que recogió ese diamante del suelo. Y era probable, que entre todo lo que proyectaba en su cabeza, algo de lo que nosotros queríamos formara parte de la lista. El solo hecho de pensar en el nuevo abanico de posibilidades que se nos abría ante nuestros ojos, nos hacía saltar de alegría. Con mi hermano corrimos a la cama para enumerar todo lo que nos gustaría tener.
Mi padre esgrimía una sonrisa radiante durante la cena. Mamá le decía una y otra vez que lo mejor era poner un aviso en el diario para informar que habíamos encontrado un diamante, asegurando que el dueño debía estar lamentándose. Ni papá ni nosotros estábamos de acuerdo. El que lo encuentra es para él, eso lo sabíamos todos, incluso en la escuela. Era igual al otro dicho: rompe paga. Son leyes universales, tácitas. Están impuestas desde el vamos. El diamante estaba allí y papá lo encontró. Punto.
Tomamos la sopa con entusiasmo. Mi padre dijo que quizá fuera el último plato de sopa aguado de nuestras vidas.
- Mañana a esta hora vamos a estar comiendo pizza... ¡pero de la pizzería!
Cuánta felicidad con mi hermano. Parece que fue ayer. Creo que hasta nos abrazamos. Pedir pizza era todo un lujo.
Esa noche nadie durmió. Con mi hermano estuvimos hasta altas horas debatiendo que juguetes debíamos pedir primero. Por supuesto, descartando la pelota número cinco, en la que coincidíamos los dos. Mamá, preocupada, con temor a que en cualquier momento el dueño del diamante apareciera y quisiera llevárselo a la fuerza. Y papá, sintiéndose el hombre más rico del barrio, proyectando mil cosas con el dinero que le darían en la joyería a cambio de esa pequeña y maravillosa piedra.
Por la mañana, tras el desayuno, anunció que luego del trabajo iría a vender la piedra. Tiramos las mochilas al suelo del salto que dimos. Mamá se enojó porque acababa de colocarnos los guardapolvos para que fuéramos al colegio. Papá se fue riendo. Recuerdo el gesto serio que nos hizo, haciendo como que tuviera un cierre en la boca.
- De esto, ni mu en la escuela. ¿Entendido?
Con mi hermano cumplimos la promesa, aunque ese debe haber sido el único día en nuestras vidas que estuvimos en la escuela con una sonrisa en el rostro. Cuando la campana de salida repicó en los salones, fuimos los primeros en salir corriendo. Ninguno de los dos escuchó que fue lo que nos gritó la maestra.
Volvimos tan rápido como nos dieron las piernas. Sabíamos que aún tendríamos que esperar un buen rato para la llegada de papá, pero solo queríamos estar en casa. Prepararnos para el gran momento de nuestras vidas. ¿En qué traería papá tanto dinero? ¿En carretilla? ¿En una gran valija? ¿O se compraría un auto para traerla dentro del maletero?
¡Qué expectativa! Mamá, en cambio, tenía rostro de preocupación. Pero no nos importaba. Allá ella si no quería tener dinero, regalos, ropa nueva. Solo pensábamos en los juguetes, la pelota, la bicicleta... todo lo que el diamante nos daría.
Pero las cosas no funcionan así. Al menos, no para nosotros, en aquel pobre barrio, con nuestras prendas remendadas. Papá abrió la puerta lentamente, sin nada de ímpetu. Hasta parecía que le costaba caminar. El semblante triste, los ojos rojos, un funeral en sí mismo, el ocaso mismo de la esperanza.
Mamá corrió hacia él. Le preguntaba si lo habían asaltado, si había perdido el diamante... lo acompañó hasta una silla y dejó que cayera sentado. Cuando no soportó más su sepulcral silencio, le pidió a gritos que hablara de una buena vez,
Mi padre metió la mano en el bolsillo, extrajo el pañuelo y lo dejó sobre la mesa. La tela se desplegó, dejando a la vista el diamante, que a pesar de mantener su brillo y encanta, ya no encandilaba a papá.
- ¿Qué pasó, cariño? - preguntó mamá, reticente a soportar ese voto de silencio caprichoso - ¿No quisieron comprarlo?
- No vale nada - contestó casi en un suspiro, desinflándose - Es un diamante industrial.
No entendí nada. Ni yo, ni mi hermano. Mamá lo abrazo y hasta lo acompañó en el llanto. No por todo lo que no tendría, porque ella no había soñado nada. Sino porque vio en las lágrimas de su esposo, la muerte de la esperanza.
¿Qué era un diamante industrial? ¿No era acaso, de todos modos, un diamante? Solo a los días, cuando recuperó parte de su compostura (aunque nunca volvería a ser el de antes) papá nos explicó que solo son valiosos los diamantes naturales y que los industriales se usan para otros fines, pero el valor es irrisorio.
Aprendí muchas cosas en aquel suceso de mi niñez. La más importante, que el dinero no cae del cielo y que las buenas noticias llegan tan rápido como se marchan. Por alguna razón, papá guardó el diamante dentro de una copa de vidrio, arriba de un armario. Creo que lo hizo para que, al pasar por delante, recordara siempre que no podía esperar milagros.
Uno no recuerda cómo y cuánto, pero al poco tiempo, era un viejo. Y con los años, los achaques. Y con los achaques, la muerte. Lo despedimos con tristeza, añorando los tiempos buenos, lejos y a la distancia.
Cuando abandonamos aquella casa, nos llevamos la copa y el diamante. Durante décadas estuvo en la alacena de la nueva casa. Hasta hace un par de semanas que volví a encontrarlo. Uno tiene tiempo libre cuando se queda sin trabajo. Entonces se dedica a perder el tiempo de la manera más útil posible. Y en casa, siempre hay cosas por remendar. La misma casa donde nos mudamos con mamá y mi hermano. Donde incluso ella murió, ya hace bastante. La que hoy ocupo con mi esposa y mis dos nenas. Las que, hasta hace dos semanas, no sabía cómo carajo iba a mantener.
Hasta que di con ese bendito diamante. Es industrial, había dicho papá, sirve para otros fines.
Recién entonces me pregunté cuáles. Me informé, leí lo suficiente. Y allí estaba, esa insignificante piedra, que le había robado la ilusión a mi padre, conjugándose con mi realidad, el desempleo, la desesperación, una familia.
El diamante es el mineral más duro. El diamante se usa para, entre tantas cosas, cortar vidrio.
La noche estaba helada, por la calle no volaba ni una mosca. Pude comprobar que esa propiedad del diamante era verdad. Corté el vidrio de la joyería con total facilidad. Pude entrar sin hacer sonar ninguna alarma. Cargué todo lo que pude dentro de la mochila: alianzas de oro, de plata, relojes, incluso algunos diamantes naturales.
Vendí todo esa misma noche, en el mundillo negro de la compra venta. Volví a casa con la mochila repleta de dinero. De a poco estoy comprando todo lo que siempre nos hizo falta. Ver a las nenas felices con las muñecas nuevas, me hace llorar de la emoción. Cuánto entiendo ahora a papá, destrozado por no poder darnos una mejor vida. Veo a mi familia hoy, que desconoce mi secreto, pero que cree en la indemnización milagrosa de mi antiguo empleo. No me siento feliz por lo hecho, sino por la felicidad de quiénes me rodean. Me angustia mi secreto, pero tampoco me arrepiento.
Cada vez que, al pasar delante de la copa con el diamante en su interior, que he vuelto a colocar encima de un armario, me acuerdo de aquel día en el que papá llegó exultante a casa con miles de sueños en su cabeza. Creo que de alguna manera, he podido darle utilidad a su diamante. No puedo esperar que esté orgulloso de su hijo, pero al menos, que las lágrimas que derramo en la oscuridad de mi habitación, no terminen siendo en vano.



16 de agosto de 2016

Tres amigos y un vampiro (cuento infantil)

Cada tarde, Agustín, Germán y Axel se juntaban a jugar en la plaza del barrio, que a esa hora estaba lleno de niños y niñas usando las hamacas, el tobogán, el sube y baja y el pasamanos.
Trataban de llegar temprano, para poder conseguir lugar donde tirar unos penales. Pero ese día, al pisar la plaza, escucharon el sonido de un silbato.
¡Otros chicos estaban jugando al fútbol e incluso uno hacía de árbitro!
Con algo de bronca, decidieron ir a jugar a casa de Germán, que vivía cerca, atravesando la plaza. Al llegar a la esquina, mientras esperaban que pasaran los autos para cruzar la calle, observaron que la vieja casa abandonada de tejas rojas y telarañas en las ventanas estaba iluminada.
Todos sabían que nadie vivía allí. Los amigos se miraron entre sí. Aquello era muy extraño. ¡Pero no era solo luz que se veía a través de las cortinas blancas y desgastadas que cubrían las ventanas! ¡Se escuchaban ruidos provenientes del interior!
- Vamos, acerquémonos para averiguar que pasa – sugirió Agustín, aunque sus amigos no estaban muy convencidos.
Temerosos, los tres abrieron la vieja y oxidada reja del frente. Una escalera descolorida conducía hasta la enorme puerta de madera. Desde el interior no provenía ningún sonido nuevo. Solo se escuchaban sus pasos sobre los escalones.
- ¿Nos imaginamos esos ruidos? Porque ahora no se escucha nada – dijo Axel, arrojando una piedra pequeña contra una de las ventanas.
Pero entonces, claro y fuerte, se escuchó una voz desde el otro lado de la puerta.
̶-¡Vampiro, te atraparé dónde sea que te hayas escondido!
Los chicos pegaron un grito del susto y del salto que dieron, se golpearon con la puerta. Como si eso fuera poco, la gran puerta de madera comenzó a abrirse lentamente.
̶-¡El vampiro! ¡El vampiro! – chilló Agustín, tapándose los ojos.
Pero el que apareció, sosteniendo unos papeles, no fue un vampiro, sino un hombre con unos auriculares en la cabeza.
̶- Chicos, estamos filmando una película acá dentro. ¿Ustedes tiraron la piedra?
Más avergonzados que asustados, los tres amigos admitieron lo hecho.
- Bueno, si prometen hacer silencio y no romper nada, pueden ver el resto de la filmación. ¿Están de acuerdo?
De la emoción Agustín, hizo picar la pelota tres veces en el suelo, Germán silbó con alegría y  Axel… arrojó otra piedra a la ventana.

(cuento escrito para mi esposa Mariana, con el fin de realizar un juego en una clase de teatro para alumnos de 7mo grado)

12 de agosto de 2016

El reencuentro

Había estado nervioso todo el último mes. Más precisamente desde que había confirmado que iba a la cena del reencuentro con sus compañeros del colegio secundario. Lo habían invitado a principio de año, cuando algunos de sus viejos amigos comenzaron a organizarlo. Pero dudó hasta último momento. Hasta que llegó el ultimátum en su teléfono celular: ¿"Te anoto? Cerramos hoy las reservas".
En ese momento dijo que sí y de inmediato se arrepintió. Pero no era posible retractarse. No se trataba de una comida en el trabajo o en el club, era nada menos que con los ex compañeros de colegio. Ya había confirmado. No había vuelta atrás. Se imaginaba lo que dirían: "Siempre igual vos, amargado". O peor aún "No cambiás más, que pelotudo sos".
En su defensa podía alegar que no fue una época fácil. Sufrió mucho la adolescencia. En aquel entonces era muy tímido. En realidad, lo seguía siendo, pero al menos podía pronunciar dos palabras seguidas sin trabarse. Trataba de pasar desapercibido, pero sus esfuerzo fueron siempre en vano. Ese afán por convertirse en un fantasma, parecían irónicamente dejarlo más expuesto.
Cómo aquel episodio en la fiesta de graduación, que por apartarse del grupo para no salir con su ridícula cara en la foto grupal y arruinar ese recuerdo a los demás, tropezó con la mesa donde estaban los vasos servidos que luego los mozos repartían entre los presentes. Tambalearon todos y más de la mitad derramó el líquido que contenía. Una verdadera catástrofe.
O la vez que por no animarse a dar aviso que lo habían encerrado en uno de los armarios cuando la profesora preguntaba a viva voz dentro del aula dónde estaba Aroldi - tal era su apellido- permaneció en silencio con el fin que no castigaran a sus compañeros y se quedó hasta la noche en la oscuridad, cuando sus padres fueron a buscarlo al colegio asustados que no había retornado y lo encontraron allí, orinado y temblando del miedo.
El día del acto de fin de curso, que debía desfilar con una compañera hasta el escenario central, no concurrió, por miedo a que le jugaran una broma. El pobre Aroldi logró atravesar esa etapa, pero aún los recuerdos pesaban en su mente. A veces, incluso, volvían en forma de pesadillas.
Las últimas cuatro semana habían sido traumáticas. Su cabeza iba y volvía en el tiempo, entre su ser adolescente y éste de ahora, casado y con dos hijos, empleado en una farmacéutica de renombre. Su mujer le había preguntado varias veces si le pasaba algo, a lo que él respondía siempre con la verdad: lo tenía a maltraer esa bendita cena del reencuentro.
Una noche ella le dijo: "¿Y entonces para que vas, si te pone así?
¡Vaya pregunta! De la misma manera que había dicho que iba y luego se había arrepentido, no tenía manera de explicarle a su mujer las razones. Porque era algo que estaba muy adentro suyo. Después de veinticinco años podía demostrarle a todos que había cambiado, que era otra persona, que al fin había dejado de existir el paliducho tímido y tartamudo de la adolescencia.
Ojalá fueran todos, incluso alguno de los profesores, si es que eran que vivían. Porque incluso mucho de ellos se habían mofado de él en aquella etapa tan brava de su vida. No quería pensar en todo ello. Porque el objetivo era demostrar que Aurelio Aroldi era otra persona. Y el nuevo Aurelio Aroldi no solo hablaba bien, tampoco se dejaba pasar encima como antes. Y a diferencia de aquel enclenque de dieciséis años, era capaz de muchas cosas. Entre ellas, cobrarse revancha.
Su mujer lo despidió con un beso en la mejilla. Hacía rato que no lo veía tan exultante. Aurelio subió a su coche cargando el maletín de su trabajo: "Les llevo presentes querida" le dijo antes de arrancar. Y así era: lindas botellitas de vidrio con picosulfato de sodio líquido que vertería en el ponche de bienvenida. No había vuelta atrás.Se lo había jurado en aquellos tiempos: algún día los iba a hacer cagar a todos juntos.



 

8 de agosto de 2016

La cima

Era él y la cima, nada ni nadie más. Allá, en lo alto, la inalcanzable meta. Allí, donde él estaba, el punto de partida. Elevó el rostro para observar su destino y dejó que la brisa fresca lo golpeara. Cerró los ojos y respiró hondo. Los pulmones se llenaron de aire. Exhaló. Volvió a abrirlos.
Exhibía una sonrisa contagiosa, sincera. De quién comprende el significado de estar vivo. Emprender su camino entre rocas y salientes era el siguiente paso. Ascender, con la sola ayuda de su cuerpo. Aferrarse a la naturaleza, a sus años en forma de minerales sólidos. Llegar hasta tan lejos, a un sitio que no había soñado de niño. Quería abrazar ese paisaje ríspido que se rendía a sus pies, ese lugar que para otros era quizá tan peligroso como desolador. Y luego, alzarse como una bandera hacia arriba, hasta donde pocos habían llegado.
¿Y para qué? ¿Para qué ese riesgo? ¿Por qué desafiar a la muerte? Su novia lo había perseguido a sol y sombra con esas preguntas. Le había mostrado filmaciones de accidentes en escaladas, imágenes terribles, sucesos desgraciados, uno tras otro, día a día, durante todo el último mes. Y al no poderlo hacer cambiar de idea, se había negado a acompañarlo.
Por eso estaba solo, ante imponente lugar. De nada serviría tratar de llamarla para escuchar su voz y aguardar esperanzado sus buenos deseos, porque no atendería y si lo hiciera, solo habría reproches. Y en aquel instante, envuelto en un aire tan puro, solo pensaba en la cima.
Apoyó el pie derecho sobre una roca y con las manos, buscó una saliente para sujetarse. ¿Para qué? La voz de ella surgió de la nada, apenas audible. Sonrió. La respuesta estaba a su alrededor. Para fundirse en la naturaleza, para atrapar sus formas, para mimetizarse con aquel paisaje al punto de confundirse y la montaña sea hombre y el hombre montaña, que en un momento no se sepa quién sujeta a quién, que ya no sea que escala, sino que la montaña lo sube, agradecida por su abrazo.
La sonrisa de quién está vivo y comprende la vida, cuyo significado está distante de lo material y más cercano a lo simbólico, como aquella cima en lo alto. Vivir es un riesgo a largo plazo porque implica, en un punto imposible de predecir, la muerte. Y feliz es aquel que la enfrenta, buscando no la muerte, sino sus propios límites. Porque son esos límites los que nos recuerdan lo hermoso de lo que nos rodea.
Un pie, luego el otro. Las manos firmes. Un metro, dos. De a poco, disfrutando, el objetivo es más nítido. A veces distante, pero nunca imposible.

4 de agosto de 2016

Afiches negros

La sala estaba a oscuras. Un acomodador acompañaba a los espectadores hasta sus asientos. Algunos, con generosidad, le daban algún billete a cambio. La ausencia de luz le confería un aire íntimo, de sepulcral silencio. Se escuchaban, sin embargo, suaves cuchicheos, parlamentos en voz baja, el crujir de los asientos, alguna que otra tos que trataba de ser disimulada. Se intuía, el lugar se estaba colmando.
Durante la semana intrigantes afiches habían decorado el frente del modesto teatro. Sugestivos carteles negros sin imágenes ni textos. En la parte inferior, un papel de reducidas dimensiones, pegado por encima del mayor, rezaba: "Jueves imperdible estreno".
¡Una obra cuya publicidad no hacían mención al título, ni a los actores, director y autor, que carecía de respaldo de una gráfica impactante! Tan solo, afiches negros. Nada más.
Pero esa simpleza fue suficiente para acaparar la atención. Ni siquiera en la boletería del teatro daban mayores precisiones. Hasta parecía que ni los responsables del espacio sabían de qué iba la obra. ¿Cómo no ir?
Pasaban los minutos y el haz de la linterna del acomodador hacía rato no se veía enfocar de manera temblorosa las filas de asientos, tratando de encontrar un sitio disponible. Nos decíamos que tarde o temprano debía comenzar. Pero la espera se hacía larga, casi burocrática, como si hubiese un horario estipulado que cumplir no informado en ninguna parte. Se escuchaban entonces algunos comentarios con el tono más elevado que antes.
De repente escuchamos un sonido sobre el escenario. El de una silla que era arrastrada. Está por comenzar, arriesgamos todos interiormente. Y así fue, porque una tenue luz iluminó el escenario, sacándolo de la penumbra. En el centro del mismo, una silla. Y sentada a la silla, una mujer.
Estaba arropada con un gran vestido blanco. Lo que parecía ser una vincha o venda de tela, del mismo color, pendía de su cuello como un collar de mal gusto. Miraba hacia delante, hacia nosotros. Pétrea en su postura, pero el semblante indiferente, los ojos extraviados en ninguna parte en particular. Estaba descalza, pero a pocos metros podían apreciarse desparramados unos zapatos de tacón. Cerca de estos, lo que parecía ser una espada. No alcanzaba a distinguirse bien, uno estaba sentado y el escenario estaba un tanto más alto, apenas si podíamos ver la silueta del objeto. Pero más atrás, fácil de reconocer, una oxidada balanza griega de dos platillos.
La mujer observaba, parpadeaba, pero no se movía de su lugar. Los labios permanecían impávidos, rigurosamente en silencio. Parecía mirarnos y nosotros a ellas. Pero no había conexión. Era como si su mirada nos traspasara y la nuestra, un inútil intento de alcanzarla.
Seguía sentada sin hacer nada. En cambio, uno se ponía nervioso. Podía percibir la tensión en cada uno, el deseo de preguntarle al otro qué es lo que estaba sucediendo allí arriba del escenario, si acaso la obra estaba por empezar o era parte de la puesta en escena. Aparecieron algunas toses, carraspeos, síntomas de impaciencia. ¿Nos estaban poniendo a prueba? ¿Era parte de un experimento artístico? ¿Era acaso arte lo que estábamos presenciando? Si el arte debe movilizar, vaya si lo estaba haciendo. Se escuchó el sonido de una butaca, un insulto débil pero insulto al fin lanzado al aire y los pasos audibles por el pasillo de un par de piernas retirándose del recinto.
La mujer sobre el escenario, miró hacia otro lado. Como si no quisiera ser cómplice de ese desplante. ¿Era parte de la obra? ¿Ese sujeto en la oscuridad era un integrante del elenco y su partida marcaba el comienzo de un segundo acto? La mujer continuó mirando hacia atrás, en parte dándonos la espalda. A pesar de estar a oscuras, tratábamos de mirar hacia otros asientos, cruzar miradas, encontrar respuestas que no teníamos. La ignorancia es la peor de las mochilas que uno puede cargar.
Otras personas se levantaron de sus asientos y emprendieron el camino central hacia la salida. Los que aún dudábamos sobre lo que estaba sucediendo comenzamos a sospechar algo: esa gente se iba por voluntad propia. Voluntad que otros no teníamos, porque guardábamos celosamente la esperanza de un giro en los acontecimientos.
La mujer de blanco, seguía observando para otro lado, cómo si lo que ocurría en la sala no fuera de su incumbencia.  Una señora de la primera fila de quizá unos setenta años de edad, que seguramente ha visto infinidad de escenarios a lo largo de su vida, se puso de pie y con voz trémula exigió que comenzara la función. Otras personas se sumaron al pedido.
La mujer, estoicamente, siguió mirando para otro lado. La señora levantó los brazos y los bajó de golpe. Su paciencia se había acabado. Refunfuñando tomó la ruta del pasillo y fue dejando atrás fila por fila, con personas que trataban de asimilar lo que sucedía y tomar una decisión pronto. ¿Irse o quedarse? ¿Aguardar a la mujer sobre el escenario o resignarse a la pasividad casi criminal de la que incluso parecía jactarse con su indiferencia?
Los que comenzaban a irse mencionaban términos como estafa, fraude, vergüenza... ¡todo parecía irreal! ¿Qué estábamos viendo? Entonces, entre tantas personas que marchaban en dirección a la salida, apareció un joven yendo hacia el escenario. Caminaba con la cabeza gacha, casi eludiendo las miradas. Se acercó hasta el escenario y desde el borde mismo, le hizo seña a la mujer para que se acercara.
Quiénes quedábamos en las butacas, algunos ya de pie esperando su turno para salir al pasillo y de allí a la calle, tratamos de prestar atención a la escena. ¿Ahora si? ¿Comenzaba el espectáculo?
La mujer se volteó hacia el joven y se puso de pie. Nosotros, yo, los que aún permanecíamos, sentimos una extraña sensación de alivio. La mujer ataviada de blanco fue hasta la balanza, la tomó y se acercó al borde del escenario, donde se agachó para agarrar algo que el sujeto le alcanzaba. Era algo chico. La frágil iluminación no permitía una visión clara, pero era una bolsa de plástico. Parecía un sobre al principio porque dentro de la bolsa había algo blanco y el color había brindado la falsa familiaridad del papel.
Con la balanza a sus pies, la mujer depositó sobre uno de los platillos la bolsa con el contenido blanco. La estaba pesando. Pareció asentir con la cabeza, conforme. Se irguió y retrocedió hasta el otro objeto que estaba en el suelo. Las sospechas se disiparon. Era una espada. Y tenía filo. Tal, que la utilizó para rasgar apenas la bolsa plástica. Introdujo un dedo en la misma y lo sacó con un poco del contenido. Acercó su mano al rostro y con la nariz absorbió la sustancia que se ofrecía con el dedo. Arrojó la cabeza hacia atrás y permaneció así medio minuto. Luego se enderezo, buscó algo en su vestido, a la altura de los pechos y extrajo una billetera. La abrió, tomó unos billetes y se las entregó, tras volverse a agachar, al sujeto que le había dado la bolsa de plástico.
El intrigante personaje se marchó por el pasillo, esquivando a los espectadores que en medio de la huida se habían detenido a contemplar lo que sucedía al fin sobre el escenario. En realidad, en el borde mismo, ese que habitualmente delimita la ficción de la realidad.
Miramos de inmediato hacia el escenario. La mujer nos estaba dando de nuevo la espalda, pero porque se estaba marchando. Se llevaba consigo la espada y la balanza. Segundos después había desaparecido detrás de un telón. La silla quedó olvidada, en el centro de la escena, con la pálida luz del único reflector activo.
Quedamos una vez más en silencio, sintiéndonos abandonados, en el desamparo mismo. Cruzamos semblantes perturbados. ¿Qué palabras utilizar para describir las sensaciones? De repente la poca iluminación dejó de ser y como al principio, todo quedó en penumbras.
Tanteando, fuimos buscando la salida, no sin chocarnos unos con otros en varias oportunidades. Era tal la desazón, que ni disculpas nos pedíamos. Solo queríamos estar afuera, lejos de las fauces de aquella sala, lejos de esa mujer, a años luz de su indiferencia.
Marché, marchamos, con la cabeza cabizbaja, con la derrota en la boca y tristeza en el corazón. Son los tiempos que corren, pensé, quizá engañándome. Fuimos dejando a nuestras espaldas los afiches negros, sobre los cuales no pudimos trazar ninguna imagen, ni - imagino - podremos en días posteriores.
Aquella mujer de blanco parecía disfrutar nuestro desconcierto. Sensación amarga y de vulgar familiaridad, como si esa mujer fuera el presente y nosotros, simples espectadores de su decadencia.

30 de julio de 2016

Barranca abajo

Hay un río barranca abajo. Es bello y desde lejos parece sereno. Sin embargo, es traicionero.
Lo conozco bien de pequeño. De cuando íbamos con mi padre a pescar antes del amanecer para poder vender luego lo obtenido a la veda de la ruta.
Eran otros tiempos. El río me pertenecía, era parte de mis días. Hoy en día no suelo venir muy seguido hasta aquí, hasta la barranca. Solo en los días en los que pretendo buscar respuestas.
Me gusta dibujar en el horizontes los trazos del pasado, los que se han perdido. Es casi un capricho, un inútil intento de aferrarme a algo que ya no existe.
Por la barranca no solo se ve el río, sino toda la zona baja, esa donde alguna vez había casas una al lado de la otra.
El paisaje es desolador. Pero también lo es a mis espaldas. La ciudad dormida, la ciudad fantasma. Las calles desiertas, las pocas viviendas en pie venidas abajo: puertas que chirrían con el viento, viejas ventanas golpeándose sobre sus marcos y las paredes llorando su pintura seca y descolorida.
No ha quedado nada. Tan solo mi solitaria presencia que no se ha marchado, no por nostalgia, no se confunda. Mis piernas no me lo permiten. No están desde las revueltas, desde el ocaso de la ciudad.
Me las quitó un camión hidrante, en plena contienda. Creo que mis hermanos huyeron creyéndome muerto. Mis padres... de ellos ya no sabía desde mucho antes.
Ya casi ni recuerdo cómo empezó. El hambre y la falta de trabajo me imagino. Años difíciles. Nos decían que había que esperar, que pronto todo mejoraría. Y nosotros, esperábamos.
Cerraron las fábricas, luego los comercios, poco después todos estábamos en las calles. La gente se peleaba hasta para un lugar para pescar a la orilla del río. Nos robábamos la comida entre vecinos. La lucha fue descarnada. ¿Por qué no nos íbamos? Porque cerraron las salidas, la ciudad quedó sitiada. Solo cuando el lugar se convirtió en un cementerio, dejaron que los sobrevivientes se fueran.
Por eso vuelvo a esta barranca. ya sin posibilidad de poder bajar hasta el río y sentir de cerca su olor repugnante, que sabe a dolor. En sus aguas se dejaron caer los cuerpos desde lo alto de las palas mecánicas. Durante días se limpió la ciudad de esa manera. Pero ya nadie nunca volvió. Observé el último suspiro de existencia retorciéndome del dolor, entre arbustos y hojas secas. Me alimenté de alimañas aguardando la muerte. Pero incluso la muerte me abandonó.
Ya pasan vehículos por las rutas, no hay electricidad, no hay servicio de agua ni de gas. Sospecho que hasta el río ha sido desviado más al norte para evitar este paso. Ni siquiera un avión cruza el cielo.
La ciudad fue borrada del mapa. Eso, o cada lugar del mundo luchó por sobrevivir y murió en el intento.
No lo sé. No lo sabré. Permanezco aquí, arrastrándome por las calles, luchando con los animales por la poca comida, viviendo como uno de ellos.
Éramos animales en la barbarie, pero incluso también antes, lamiendo las botas de nuestros dueños por las migajas para comer. El destino estaba escrito desde mucho antes. El final era inevitable. Lo sigue siendo.
El atardecer comienza a pintar los cielos y la temperatura a enfriar la piel. Es hora de volver para buscar un refugio. Es invierno. Lo es todo el año. Porque ni siquiera el sol quita el hielo en mi sangre. No creo que vuelva hasta la barranca por un tiempo.
En un tiempo, el río me pertenecía, porque era mi vida. Hoy es un trazo oscuro a la distancia. Pero algún día, en uno de estos viajes, lo haré. Volveré a conquistarlo. Es tan solo caer barranca abajo y sobrevivir. Luego, arrastrarme con todas las fuerzas, llegar al agua, beber de su cauce y dejarme caer. Hundirme, sentir cómo la corriente me lleva, cómo también mi cuerpo, lo que queda de él, le dice por fin adiós a esta ciudad de nadie.

23 de julio de 2016

Conservar la calma

No podía llamar a su hermano, porque él lo primero que haría sería echarle en cara las veces que se lo había advertido. Y era cierto, no una, dos o tres veces... ¡al menos cien!: Marisa, poné alarma. Marisa, tenés que poner rejas. Marisa, vienen unos rollos de alambre para poner encima del tapial. Marisa, tené cuidado, dejá las luces prendidas.
Y lo peor es que ella había considerado cada uno de los consejos, pero jamás materializó alguno. Porque costaba dinero, porque había otras prioridades pero principalmente, porque a ella no le iba a pasar. Entonces, por todo eso, no podía sencillamente marcar en el celular el número de su hermano. ¡Pero algo tenía que hacer! Esta gente no actúa sola, y tarde o temprano, algo van a sospechar y entonces... el gato pasó corriendo entre sus piernas y se tiró de cabeza a su sillón preferido. Marisa sintió que se le escapó un poco de pis entre las piernas.
Temblaba. Todo su cuerpo era una bola de nervios. Sentía que la presión se le caía al suelo, pero mentalmente se imponía mantenerse erguida, tomar un vaso de agua, asegurar las puertas, las ventanas. Pero tenía que llamar a alguien. ¿A quién podía recurrir? Claro, cómo no lo había pensado antes. Edgar, el guardia de seguridad de su trabajo.
Buscó en la agenda de contactos del teléfono hasta dar con su número. Lo marcó, pero sabía que era tarde, que quizá no estaba, o estaría trabajando de vigilancia en algún lugar, sábado a la noche, era de esperarse, podría estar durmiendo, con el celular apagado.
- ¿Quién habla?
La voz la sorprendió al punto de dejar caer el teléfono. Se apresuró en levantarlo del suelo. No sabía que decir, las palabras se agolpaban en su boca, fuera de control de su cerebro.
- Soy Marisa, Marisa del trabajo, Marisa,,,
- Calma, calma... ¿qué sucede Marisa?
- Edgar, siento llamarlo a esta hora, pero ha sido algo horrible, he llegado a casa, tarde, abrí la puerta y ahí estaba, no me dio tiempo a nada.,.
- ¿Quién estaba Marisa?
- ¡El ladrón! ¡El ladrón estaba dentro de casa!
- ¡Por Dios! ¿Está escondida en alguna habitación, logró salir de la casa...?
- No, nada de eso, estoy en mi casa. Pero tengo una situación complicada. Por eso lo llamo.
- ¿La está amenazando? ¿El ladrón aún está allí?
- No, no me amenaza. Pero está acá, es decir, está y no está. ¡Lo maté Edgar! ¡Lo maté!
- ¡Cómo sucedió eso! ¿La ha lastimado?
- Vea, entré así de sopetón porque me estaba orinando encima, ni siquiera encendí las luces y este delincuente debe haber estado tan concentrado buscando cosas de valor a oscuras, que ni prestó atención. Así que imagínese, entré y ahí veo su silueta. Casi me cago encima Edgar, se lo juro. El ladrón se me vino encima y atiné a tomar lo primero y lanzarlo en su dirección.
- ¿Qué le tiró?
- Una imitación de espada samurai que estaba en la pared, al lado de la puerta. Es de mi ex marido. Nunca la vino a buscar. Se la tiré a la bartola, no apunté ni nada. Pero cuando prendí la luz, porque el tipo no se levantaba, vi que se la clavé entre los ojos.
- ¿Está segura que murió? ¿No lo habrá golpeado nada más?
- ¡Claro que estoy segura Edgar! No seré médica, pero que la punta de la espada haya salido por atrás es señal que lo reventé. Además, no se imagina cómo quedó la alfombra persa que era de mi abuela. ¡Llena de sangre! No sé cómo voy a limpiar eso.
- Está bien, trate de conservar la calma.
- Eso intento, pero no se qué hacer. Mi duda principal, no le voy a mentir, es si llamo o no a la policía. Es decir, voy a tener que llamarla, pero... ¿cómo tengo que explicarle, debo decirle que fue defensa propia, qué debo decir?
- No Marisa, no los llame. En primer lugar, si esto llega a la policía, usted va a tener un montón de horas perdidas en la comisaría, en los tribunales, porque por más que haya matado a un ladrón y dentro de su vivienda. Por otro lado, uno nunca sabe de qué lado están, a veces dejan salir de la cárcel a tipos como este para que afanen y se reparten el botín. Además, piense en la prensa, van a venir a hacerle notas, llamarla por teléfono. Pero eso no es nada. Este delincuente debe tener amigos y familiares. Y a ellos les importa un comino que el tipo haya estado violando la ley. Lo único que les va a importar, es cobrarse venganza. Si ellos se enteran, usted es boleta.
- ¡Ay, no! ¡No quiero que me vengan a buscar! ¡Esto es una encrucijada! No lo puedo creer, es una pesadilla. ¿Los ciudadanos que vivimos al día y pagamos los impuestos no tenemos forma de defendernos?
- ¿En qué país vive Marisa? Claro que no. Desde los que gobiernan hasta el más mísero ladrón tienen más derecho que usted y cada uno de nosotros. Tanto unos como los otros viven de nosotros. Lo único que nos queda, es ayudarnos entre nosotros y usted lo ha hecho al llamarme.
- Menos mal que lo llamé Edgar. ¿Usted puede venir a ayudarme?
- Estoy en la isla Marisa, del lado de Entre Ríos. Me vine a pescar. Pero puedo ayudarla igual, Usted tendrá que seguir al pie de la letra mis instrucciones.
- ¿Y no puede venir igual?
- Deberá hacer lo que le digo. No se ponga nerviosa. Primero, debe asegurarse que esté muerto.
- ¡Le digo que está muerto!
- Bien, le creo. Pero busque una cuchilla afilada. ¿Tiene una?
- Por supuesto, para hacer las milanesas. La llevo a afilar una vez al mes.
- Búsquela y clávesela por todo el cuerpo.
- ¡Está loco Edgar!
- Hágame caso. Imagínese que es la rueda del auto de su ex marido y que en un ataque de bronca, le clava la cuchilla cien veces,
- ¿Por qué le haría algo así?
- No sé, quizá la engañó.
- ¿Ese estúpido? No lo creo.
- Marisa, piense en alguien que odie y entonces imagine que le está haciendo agujeros a la pelopincho en el fondo del patio.
- La turra de mi vecina, que le da carne podrida al gato para que se intoxique.
- Eso, piense en su vecina. ¿Ya tiene la cuchilla?
- Si. ¿Podré usarla en milanesas después de esto?
- Claro que podrá, pero trate de clavarla por todo el cuerpo.. Eso servirá para lo que haremos después.
- ¿No cree que si le clavo una sola vez la cuchilla en el corazón, ya está?
- Hágame caso Marisa.
- ¡Lo estoy haciendo, lo estoy haciendo! Esto no es soplar y hacer botellas. Hay partes donde cuesta sacarla.
- Lo está haciendo bien. Ahora vaya recordando donde puede conseguir un poco de alambrado romboidal.
- ¿Qué cosa?
- Un poco de cerco de alambre, ese que tiene forma de rombos.
- ¿Y eso para qué?
- Para envolver el cadáver.
- ¡No diga cadáver! ¡Qué me impresiona!
- Bueno, el cuerpo. Hay que envolverlo.
- Puedo usar la alfombra, total, ya está perdida.
- El alambrado no dejaría que suba a flote.
- Espere un momentito... ¿a flote de dónde?
- Del río. ¿Dónde piensa esconderlo? ¿Va a hacer un pozo en el patio de su casa o en el de su vecina? Apuesto que no tiene ni una pala.
- Claro, apuesta eso pero me pide un cerco perimetral de alambre.
- ¿Tiene o no una pala?
- No tengo.
- ¿Y sabe dónde conseguir algo de ese alambre?
- El frente de mi vecina tiene. Todavía no hizo el tapial. Puedo quitar una parte.
- Bueno, vaya por el alambre.
-  Estoy yendo.
- Antes de salir a la calle, mire si no hay un secuaz del ladrón esperando afuera.
- Acabo de mirar por la ventana, no hay nadie.
- Sea cuidadosa. ¿Llevar algo para cortar?
- La cuchilla.
- ¡Va a ensuciar donde corte con sangre!
- ¡Ya la limpié! En la alfombra. ¿Se cree que soy una improvisada?
- Disculpe, no me gustaría que deje cabos sueltos.
- Le dije que la cuchilla es buena, corta como si nada el alambre.
- Solo un poco, con una vuelta alrededor del cuerpo alcanza.
- Ya lo tengo. Me demoré porque aproveché para cortarle el rosal a la turra ésta,
- Vuelva rápido a su casa, no pierda el tiempo.
- No pierdo el tiempo, fue solo una satisfacción personal, ¿Algo me merezco en una noche de mierda como ésta, no cree?
- No se me vaya de tema, necesitamos concentración. Proceda a envolver el... cuerpo.
- Iba a decir la palabra que me impresiona. Vamos, concéntrese.
- Utilice el mismo alambre para ajustar, así no se abre.
- Se lo estoy enganchando en la ropa, así tiene un agarre extra.
- Bien pensado Marisa. Ahora, dígame. ¿Tiene auto?
- Si, un Mini Cooper.
- ¿Y entra el fiambre en el baúl?
- ¿Quiere que lleve el cuerpo al río en mi auto?
- Pedir un taxi y cargar un muerto va a ser sospechoso.
- Tiene razón. Pero ahora que lo pregunta, este tipo no entra en la parte de atrás.
- Va a tener que llevarlo con usted.
- ¡Me va a manchar todo el interior con sangre!
- Utilice una frazada o algo para cubrirlo. O cubra los asientos con algo. Un plástico, una lona.
- Tengo un mantel de hule que era de mi abuela. Pobre abuela, estoy arruinando todas las cosas que me dejó.
- Valore que se las haya dejado, entonces.
- Tampoco me dejó tantas cosas. Era media amarreta la vieja.
- Ya tengo el mantel dentro del auto, ahora tengo que arrastrar al ladrón hasta ahí.
- Use la alfombra para llevarlo.
- Cuando vuelva voy a tener que baldear todo. Es un desastre esto.
- Revise antes los bolsillos del tipo. Saque todo lo que tenga en ellos y después lo quema.
- ¡Cien pesos! No paga ni los productos de limpieza que voy a necesitar.
- Si es documentación, queme todo. Así demoran más en identificarlo, en caso de encontrarlo.
- Usted me dijo que con lo que hice, no deberían.
- Exacto, no tendría motivo para salir a flote. Pero siempre existe la posibilidad que lo encuentre alguien pescando o alguna embarcación lo enganche y lo tire para arriba.
- Ufff... ¡cómo pesa!
- Fuerza, Marisa. Vamos, que usted puede.
- ¿Me está alentando o se refiere a que soy gordita?
- La aliento. De todas formas el ejercicio no le viene mal.
- El lunes vamos a tener que hablar seriamente, Edgar. Creo que se está pasando de la raya.
- Concéntrese. Cierre bien el auto. Ponga el cuerpo de tal manera que no parezca extraño lo que lleva si alguien mira desde afuera.
- Lo estoy haciendo, soy la menos interesada en que eso suceda.
- La idea es arrojarlo al río. Un sector profundo. Si lo hace en cualquier lado, corre el riesgo que sea una zona playita y el cuerpo quede a la vista.
- Odio el río, así que dígame usted dónde lo llevo. Mi ex marido me llevaba a pescar. Bah, pescar. Estábamos cinco horas con las cañas y no sacábamos un solo pescado.
- Tiene que ir más cerca del puerto, donde el calado es mayor. Pero debe evitar lugares donde vea gente paseando.
- ¿A esta hora?
- La gente pasea a toda hora Marisa.
- Se nota que estoy mucho tiempo sola en casa. ¿Debería salir más, no cree?
- Si hubiese estado en casa, el ladrón la hubiese sorprendido dentro.
- Buen punto. En realidad salgo poco. Hoy había ido al cine. Sola.
- El lunes podríamos hablar también sobre eso.
- ¿Quiere que le cuente la película? No se desconcentre Edgar. Ya tomé la calle que va al puerto.
- Siga de largo en la zona de remolcadores. Y también donde se realiza la carga de buques cerealeros.
- Más allá está bastante oscuro.
- Por eso es mejor esa zona. Nadie podrá verla.
- Muy astuto, pero me da miedo.
- Acaba de matar a un delincuente y viaje con él en su auto. ¿Algo le puede dar más miedo que eso?
- Si, que la familia y amigotes de esta mierda se entere y quiera hacerme vuelta y vuelta a la plancha.
- Estacione lo más cerca de la orilla que pueda. Con la puerta del acompañante del lado del río,
- Listo. Le digo Edgar, no se ve un alma. Hasta el río parece quieto. Y a la luna la deben tapar los nubarrones. No está por ninguna parte.
- Mejor, mejor. Saque el cuerpo y hágalo rodar hacia el agua. Esa orilla tiene pendiente, así que va a caer rodando al río.
- Uff... y eso que era flaco. Listo, en el suelo. Ahora lo empujo.
- Empuje.
- ¡Está rodando! ¡Está rodando!
- Bien, bien. Asegúrese que entre al agua.
- Oh no.
- ¿Qué pasa Marisa?
- Se trabó en una madera atravesada. Pensé que la saltaría.
- ¿Había visto la madera antes? ¡Cómo iba a saltar...!
- Ya cállese Edgar, un error de principiante. O cree que salgo a hacer esto todas las noches.
- Baje con cuidado y saque la madera del camino. Luego vuelva a empujar.
- Ve, mire usted lo que ha pasado. La madera tenía clavos y se han enganchado en el alambre romboidal. No es toda mi culpa, Edgar. Usted ha tenido su parte.
- Al contrario, eso demuestra que el alambre va a servir.
- Claro, lo suyo es positivo, lo mío es negativo.
- No discutamos Marisa. Prioricemos el asunto principal.
- El fiambre.
- El fiambre, usted lo ha dicho.
- Listo, ahora si. ¿Escuchó? Entró al agua.
- Bien, ahora aléjese con tranquilidad, súbase al auto y vuelva despacio.
- ¿Le molesta si conversamos en el camino? Esta situación me ha dejado algo tensa. ¿A todo esto, le queda batería en el celular?
- Afortunadamente, parece que ambos lo teníamos bien cargado.
- No hay nada mejor que tener el celular al tope de carga. Mire de la que me ha sacado esta vez.
- Lo que debe prever de ahora en más, es la seguridad de su casa.
- Ya se parece a mi hermano, Edgar. Siempre con advertencias que ponen los pelos de punta.
- Ha quedado demostrado que es mejor prevenir. ¿Tiene alarma?
- No.
- ¿Tiene un perro para que ladre si entra algún intruso y despierte a los vecinos?
- No.
- ¿Tiene rejas en las ventanas, así los delincuentes se topan con un obstáculo que los haga desistir?
- No, harían desentonar los marcos de las ventanas.
- Tiene que pensar en todas esas cosas, Marisa. Hoy en día nadie está seguro.
- ¿Usted tiene alarma dónde está?
- Estoy en la isla, claro que no hay alarma. Pero tengo un arma cerca, por las dudas.
- Si ese es el punto, yo tenía un sable samurai.
- Y ha visto todo lo que ha implicado utilizarlo. Piense si le hubiese errado, quizá no estaríamos hablando.
- Puede ser, debo considerar esos consejos, lo sé. Estoy llegando Edgar, quiero agradecerle lo mucho que... ¡la puta madre!
- ¿Marisa? ¿Qué pasa?
- ¡Dejé la puerta abierta de casa! No, no, no... no puede ser. ¡No, Edgard, no!
- Marisa, me asusta, qué sucede,
- ¡Se han llevado todo, se han llevado todo! ¡La casa vacía, Edgar! ¡No hay seguridad en este país! ¡Estamos solos, Edgar, estamos solos! Lo único que han dejado, es la alfombra repleta de sangre. Ni el estúpido favor de llevarme esa porquería han hecho, malnacidos de porquería. ¿Qué voy a hacer, Edgar, qué voy a hacer?
- Marisa, no hay otro remedio: llame a la policía.

17 de julio de 2016

El número de la quiniela de mañana

La ciudad, cualquier ciudad, parece otra en invierno. La gente se esconde en sus hogares escapando del frío, dejando las calles en soledad. De tanto en tanto algún que otro valiente escudado en abrigos las atraviesa en pos de un mandado que no puede esperar, aunque retornan rápido con el fin de buscar reparo en el calor artificial de puertas adentro.
Hay otros que no tienen esa suerte, para quienes las calles representan todo: su vivienda, su medio de vida, su rutina diaria. Escapan de la realidad solo cuando entran algunos minutos a un bar a pedir limosnas, a un garaje para llevarse bolsas con cosas que los dueños piensan tirar o cuando son llevados a la comisaría por alguna denuncia de un vecino malhumorado.
Detrás del supermercado de la calle principal suelen encontrarse por las noches varias personas que juntan cartón, otras que van por el vidrio y el plástico, y hasta casos más críticos que pelean hasta la última sobra de comida o alimento que se haya descartado por haber superado la fecha de vencimiento.
Como hormigas se van llevando poco a poco, hasta limpiar el lugar. Lo van haciendo sabiendo que tienen toda la noche por delante y que allí o dónde tengan el colchón para dormir, sufrirán el mismo frío. Para ellos, el invierno es eterno.
- Me gustaría saber el número de la quiniela, don Alfredo y poder comprarme un lugar decente para dormir - dijo Horacio mientras separaba cartón por un lado y vidrio por el otro.
Alfredo, a quien solo le interesaba por el vidrio, aguardaba a que el hombre más joven terminara para poder cargar lo suyo en su carretón.
- ¡Imagínese! Una casita con estufita, un plato de sopa cada noche y a dormir, nada de estar yirando en medio del frío para poder ganar unos mangos.
El viejo a su lado sonreía. Qué otra cosa podía hacer. Sueños tenían todos y cada uno de los que cada noche se cruzaban en aquel amplio patio. 
- ¿Sabe lo que estaría bueno, Alfredo? Una máquina del tiempo ¿Qué me dice? Uno viaja hasta mañana, espía el numerito que salió y vuelve. Al día siguiente lo juega y solucionados todos los problemas.
-  Si fuera tan fácil - contestó el viejo, mientras frenaba con la zapatilla un frasco de mermelada que rodaba hacia donde estaba.
- Ya lo sé Alfredo, es un decir, esas cosas no existen.
El viejo largó una carcajada.
- No se me ría Alfredito, por favor.
- No me rio de usted, Horacio. Sino de lo que acaba de decir...
- Por eso, de que quiero viajar al futuro... 
- ¡De lo de la máquina me rio! De eso que dijo que no existe.
- Si existiera, todos seríamos ricos - ahora el que reía con toda la jeta era Horacio.
- No, ricos no. Fue un caos. 
- ¿Qué cosa?
- Todo.
- ¿Todo qué? 
- Todo, la sociedad, las guerras, el hambre, todo fue un caos.
- No le entiendo un pito Alfredo, de qué me habla. Si estábamos hablando de la quiniela y de...
- ¡Viajar en el tiempo! De eso le hablo. ¿Para qué quiere eso de nuevo, Horacio? Aquello...
- Perdió la chaveta don Alfredo. ¿Cómo de nuevo?
El hombre mayor, que tendría unos setenta años se movió inquieto. Sacó dos cigarrillos de un bolsillo y extendió uno hacia Horacio. 
- No fumo, gracias.
El viejo insistió, agitando el cigarrillo.
- Bueno, uno no me va a matar - aceptó el otro.
- Venga Horacio, tómese unos minutos y descanse mientras le cuento algo.
- A menos que me vaya a decir el número que sale mañana en la quiniela, me quedo trabajando.
- Le voy a decir por qué no le conviene conocer el número que saldrá mañana.
- Explíquese Alfredo.
- Así como me ve, estoy aquí por decisión propia. Nadie me quitó la casa, ni me despidió de un empleo. No me abandonó mi familia, ni me dejó una mujer. Muy por el contrario, fui quién se fue de su casa, renunció al empleo, se alejó de su familia, de su mujer, de sus seres queridos...
"Todo comenzó hace treinta años, cuando logré lo que me había propuesto desde mi juventud: vencer al tiempo. Cuando era pequeño, leía y veía en cine todo lo que tuviera que ver con viajes en el tiempo. Sabía que era ciencia ficción pero al mismo tiempo, estaba seguro que era posible. Estudié Física e Ingeniería. Me gradué con las mejores notas. Y comencé a trabajar en ese imposible, en una máquina del tiempo. Y hace treinta años, exactamente, lo logré. Fue todo un acontecimiento, el mundo se rindió ante mí". 
"Me dieron el Nobel, di conferencias en todo el mundo, fue multimillonario de la noche a la mañana. El mundo hablaba de mí. Alfredo Titor figuraba en todos los diarios, revistas, canales de televisión, radio... la máquina del tiempo era un éxito. Los experimentos iniciales permitieron a historiadores revisar la historia con descubrimientos notables... si usted supiera Horacio, que distinta es la verdad... pero si tan solo se hubiesen atenido a eso, pero no, usted sabe como son, ellos, los que tiene poder, los que viven bien... ellos quieren más y más, y si bien no viajaron al futuro para buscar un simple número de quiniela, lo hicieron para cosas más atroces, conocimientos que todavía no debían llegar..."
"Horacio, si usted hubiese visto, el mundo se había vuelto demente, estallaban guerras por problemas que aún no habían comenzado, por agravios aún no recibidos, guerras a cuenta de un futuro que transformaban en presente sin interpretación alguna. El pasado quedó en el olvido, la cuestión era el futuro, cómo sacarle ventajas. El caos fue insostenible".
"No lo dudé Horacio. Viajé en el tiempo hasta el momento mismo de la creación y llevé conmigo imágenes grabadas de lo que sucedería si esa máquina que acababa de construir llegaba al conocimiento de la humanidad. Entonces, ese hombre igual que yo, que llegó advirtiéndome que cometería el error más grave en la historia de la humanidad, me persuadió de lo que estaba haciendo y destruí todo. Hasta la nota más minúscula, todo. Arrojé por la borda mis sueños, mi trabajo, absolutamente todo. Mi ruina fue la culpa. Porque por más que obré a tiempo, otorgándole a la humanidad esta segundad oportunidad, día a día me carcome esa otra existencia paralela, en la que no fuimos de capaces de progresar como sociedad".
"Prefiero esta soledad nocturna, mi amigo. Esta vida anónima, sobreviviendo con lo justo, pasando hambre y frío. Prefiero estar aquí con usted, soñando con un futuro mejor, que vivir una pesadilla gracias a poder ver el mañana. El mañana es el esfuerzo del hoy. Sin embargo, si existiera la mínima posibilidad de espiarlo por un breve lapso, lo que haríamos sería justamente lo inapropiado: cortar camino. Y el camino que no es recorrido, es una enseñanza perdida. Lo aprendí hace treinta años. Y pesa sobre mi consciencia, a diario".
"Vamos, apure ese cigarrillo, que hay bastante por hacer. Y no se preocupe por el número de mañana. Ese número siempre estará allí. Pero no siempre nos pertenece. Así es el futuro. Y así debe ser".

13 de julio de 2016

El meteoro

Hace rato que vengo observando ese planeta. Quedó a mi cargo luego de descubrir que tenía las condiciones necesarias para la existencia de vida. Claro que mi investigación no terminó allí, pude demostrar con el tiempo que no solo ofrecía las cualidades, sino que además, había vida. Y no solo eso, era vida inteligente.
Por supuesto, nuestra agencia trabaja de manera cautelosa. No podemos darle a conocer a nuestra población semejante noticia sin antes tomar todos los recaudos en materia de seguridad. Debemos estudiar a las diversas formas de vida, analizarlas, determinar el grado de inteligencia y los potenciales beneficios o peligros de hacer contacto.
Por si fuera poco, no es un planeta que esté cerca, por el contrario, la distancia es enorme. Pero de todas maneras es un logro del que todos estamos satisfechos y orgullosos. La búsqueda en el universo de otros vestigios de vida siempre nos ha apasionado, a lo largo de toda la historia. Poder toparnos con un sitio, si bien lejano, pero real, nos ayuda a repensar lo que nos rodea, a imaginarnos no uno, sino muchísimos planetas en constelaciones de las que probablemente no tenemos aún conocimiento.
Estoy casi seguro que muchas de las máquinas voladoras con las que no hemos encontrado en el espacio, pertenecen a la raza inteligente que domina ese planeta. También hemos ocultado esos descubrimientos. Hemos capturado algunos equipos y notamos que es una tecnología muy diferente a la nuestra. Casi a diario visito las instalaciones donde los tenemos guardados, bien distante de la población. Trato de estudiar cada detalle, como si pudiera encontrar algún tipo de revelación instantánea.
Sin embargo, la esperanza de hacer contacto, se ha ido diluyendo en los últimos meses. Hasta hace poco me imaginaba a una generación futura logrando la comunicación que nos diera la posibilidad de estudiarlos mejor. Nosotros, lamentablemente, a pesar de nuestros esfuerzos, nos hemos aproximado pero sin alcanzar el objetivo.
Lo más cercano, es lo intentado hace un año. Un acto desesperado, como suelo llamarlo delante de los demás miembros del equipo. Un arrebato al comprender que ese objeto que no podíamos identificar, viajando en una órbita extraña, se dirigía finalmente a nuestro planeta especial. Una especie de roca gigante, desprendida de algún cuerpo más grande, quizá un cometa, que a velocidades siderales arremetía contra nuestro hallazgo planetario.
¿Cómo advertirles del peligro? ¿Cómo decirles que debían hacer algo o sufrirían una destrucción masiva? Entonces, usando una de las máquinas capturadas, envié el mensaje. ¿Cómo saber en qué lenguaje hablarles? ¿Cómo hacerme entender?
Recordé esa rara señal que captamos hace mucho tiempo y que identificamos como un lenguaje. Extraño, por cierto, con tan solo puntos y rayas. No lo dudé. Envié el mensaje. Y hoy, debo reconocer, entiendo que no lo han visto o comprendido.
Como me señalara un colega, hace poco, el problema no estuvo en el método o el lenguaje, sino en la noción que teníamos de ese código. ¿Acaso era un lenguaje en sí o solo una manera de encriptar un lenguaje?
El esfuerzo por grabar en ese rojizo planeta cercano el mensaje, modificando su superficie, fue en vano. Hasta ahí podemos llegar hoy con nuestra tecnología. Tan cerca y al mismo tiempo, tan lejos. Mi alerta la borrará el tiempo. Y a ese punto en el universo, en el que deposité mis esperanzas, se lo devorará un maldito meteoro.

NEE NED ZB 6TNN DEIBEDH SIEFI EBEEE SSIEI ESEE SEEE !!

Meteoro Meteoro Gigante A 6 Yahhjs De Distancia Tomar Medidas Urgentes Salven al Planeta Deseamos desde Nuestro Planeta Trex !!

¡Qué pena! ¡Qué gran pena!


* El cuento es más divertido luego de leer esta noticia  http://www.lanacion.com.ar/1917737-la-nasa-descifra-mensaje-en-codigo-morse-encontrado-en-la-superficie-de-marte






9 de julio de 2016

El destino a cuestas

Las pocas luminarias de la calle quitaban un poco de ferocidad a la noche.
De todos modos, aquello no lo inquietaba. El retorno a casa era lento, como cada final de jornada.
La moto traqueteaba con sus años encima. El frío golpeaba su rostro y le escarchaba los ojos.
Había sido un largo día. Y una vez más, volvía con las manos vacías. Se imaginaba la tristeza en el semblante de su esposa. El llanto del bebé en la cuna. La mesa vacía.
Su recorrido diario había sido en vano. En cada tugurio de la ciudad la respuesta había sido la misma.
El negocio se estaba viniendo abajo. Ya nada era como antes. La moto comenzó a toser y a los pocos metros se detuvo.
Si algo le faltaba, era hacer las últimas diez calles a pie.
Se apeó y empujó el vehículo con lentitud delante de viviendas similares, con sus ventanas bajas, el frente descuidado y sin luces afuera.
El ladrido de algún que otro perro rompía con el silencio cómplice del barrio.
Cuando creyó divisar su casa, vio además una silueta negra en la esquina próxima. Pensó que sería algún borracho, pero la figura comenzó a avanzar hacia él, recortando distancias.
Instintivamente se llevó la mano al cinturón, donde guardaba un cuchillo afilado.
Aminoró la marcha y lo esperó bajo una de las farolas de la calle.
Intuyó que era un ladronzuelo de alguna otra zona, probando suerte. Pero al verle las facciones, el cuchillo cayó de sus manos.
La silueta que avanzaba era su viva imagen, pero al menos quince años más joven.
- A vos te quería encontrar - le dijo la aparición.
- ¿Quién sos? - dudó entre buscar el arma y quitarle la vista de encima. Prefirió esto último.
- ¿Quién te crees que soy? Soy vos. Pero el vos antes de mandarte todas las cagadas juntas. Vergüenza debería darte.
- ¡Cómo te atrevés a hablarme así!
- Te miro y me cuesta reconocerme. Parece mentira, tanto sacrificio de la vieja, para que vos salieras como saliste.
- No tenés idea de mi vida.
- Claro que la tengo. ¿De dónde crees que vengo? De ver a Carla y al nene. No sabés la alegría de ella cuando me vio. No te das una idea. Me pidió llorando que no me fuera, que me quedara con ella. Quedate que todavía sos bueno, me decía.
- Levanto el cuchillo este y te mando a mudar. ¿Qué clase de magia negra es esta?
- Ignorante, ni magia negra ni un carajo. Mirate las manos, llenas de sangre que no lava por más que la enjabones. De tugurio en tugurio, ensuciando el alma por dos mangos. Cerrá los ojos y escuchá la consciencia. Hasta olor a podrido debe haber ahí dentro. Para que no llore la Carla. Si sos un malviviente. Pobre de tu hijo, de nuestro hijo, el padre que le ha tocado.
- ¡A mi nadie... !
La silueta ya no estaba. Solo la esquina de su casa y más allá las precarias paredes, el techo que se venía abajo y un poco de césped en la entrada, que de tanto en tanto lo cuidaba Carla mientras él salía a hacer una de sus changas que ella tanto odiaba.
- ¿Dónde mierda se fue?
Por más que buscó con la vista, solo divisó las formas conocidas del barrio, ese lugar de espanto en el que vivía desde hacía diez años.
Levantó el cuchillo y lo volvió a meter en el cinturón. Empujó la moto el tramo que faltaba y llegó a su casa.
Al entrar, encontró a su mujer llorando.
- ¿Qué te pasa?
- Nada, nada. Tuve una visión y fue... horrible. Pero nada más. Ya te tengo la comida preparada. Ahora pongo la mesa.
- Pará Carla, decime: ¿En ese sueño aparecía yo con quince años menos?
El rostro de Carla palideció.
- No, en mi sueño era yo la que tenía quince años menos. Entraba por la puerta y traía en la mano tu cabeza, que aún chorreaba sangre. Me miraba furiosa y me decía: Ves, esto es lo que tenés que hacer, esto. Cuando duerme, se la cortás y listo.
- Tranquilizate, fue una pesadilla. Alguna brujería de las viejas del barrio.
Carla se largó a llorar de nuevo.
- ¡Pará te dije! Vas a despertar al bebé. ¿Por qué seguís llorando?
- Porque afilé la cuchilla de la carne, pero no tengo la valentía.
Y aún con lágrimas en los ojos, comenzó a poner la mesa. El vio la cuchilla sobre fuera del cajón y supo que tarde o temprano sucedería. Hasta creyó escuchar a su versión más joven reírse del otro lado de la ventana.
No tuvo más remedio que sacar su arma.