Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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3 de febrero de 2017

Ocaso del ser

Me temo que ya no la reconozco. Que la única comprensión de nuestra relación es el compartir un mismo techo. Es la primera persona que veo al despertar, al pie de la cama. Aguarda paciente que me levante para seguirme hasta la cocina. Me observa mientras me preparo para el desayuno y luego cuando lo devoro sentado a la mesa. No le ofrezco, me da pudor, pero al mismo tiempo siento rechazo de hacerlo. ¿Quién es? ¿Por qué se comporta como una sombra?
Me fastidia tenerla cerca. Sobre todo a media mañana, cuando me siento a leer el diario. Su silencio es como una guillotina que corta las páginas en dos. No puedo concentrarme ni entender nada de lo que leo. Ella está siempre ahí, siempre observando. Pero cuando considero que es el colmo, algo lo supera. Por ejemplo, que quiera entrar al baño conmigo. Lucho con la puerta, trato de cerrarla, pero ella es fuerte y opone resistencia. Y dado que mi vejiga funciona con apremio, la dejo entrar y hago mis necesidades con ella cerca.
Es una especie de carcelera. Se apresura a cerrarme el paso cuando busco la puerta de calle y si salgo al patio, es con ella a mi lado. Las pocas veces que he ganado el teléfono, de los nervios, no he sabido qué número marcar. Sabe exactamente que pastillas tomo y la frecuencia de las mismas. Siento una total paranoia por esos detalles.
Pienso en mis hijos, si acaso saben lo que me está ocurriendo. Y Dolores... ¿dónde estará mi mujer Dolores? Creo que se fue hace tiempo, pero no puedo calcular los años. O quizá meses. El encierro es un tormento que destroza los recuerdos y los calendarios. Todo se vuelve un sin sentido. El ayer, el hoy, hasta el futuro mismo, confrontan por existir. Ya no sé el día en el que vivo. Y tampoco esa persona siempre cercana me lo dice.
Duermo la siesta, me levanto. Ella está en el pasillo. A veces espera, otras barre. Se detiene para observarme, para precisar cada movimiento, como si temiera que de un momento a otro fuera a decidir salir corriendo y escapar de aquella prisión. Pero me resigno, quizá porque estoy cansado, porque me veo viejo en el espejo del baño, porque tampoco se muy bien dónde ir.
Y dejo que se vaya el sol a través de la ventana y que las sombras del atardecer inunden la sala de estar, donde sin ton ni son voy cambiando de canales en el televisor. Hasta que la noche me asalta, y sin tener hambre, de todos modos como y bebo, mientras ella vigila.
Finalmente, ya rendido, derrotado en ese juego perverso, abandono la mesa para ir a acostarme. El aseo previo, controlado por ella, es inevitable. Cuando llego a la cama escucho los murmullos del tiempo. Voces de otras épocas que tratan de decirme algo. Me consuela saber que alguna vez fui otra persona. Ella me sigue observando. Puedo ver su silueta bajo el marco de la puerta. Puede que sepa quién es, puede que no. En el mejor de los casos, ya no la reconozco. Si tiene un nombre, lo he olvidado.
Cómo a veces, me parece, he olvidado el mío. Y el de mis hijos. Solo retengo el de Dolores. El resto se ha ido. Todo se ha ido. Remite. Se esfuma. Como si la vida se tornara una neblina en la que uno va penetrando de a poco. Y en la que solo quedan dos personas. Yo, el desmemoriado y ella, la carcelera de blanco.

25 de enero de 2017

El envoltorio de los huevos

Compraron la propiedad en forma telefónica. El trato lo habían cerrado previamente mediante correos electrónicos, pero les pareció mejor a ambas partes acordar los últimos detalles al habla, a más de quinientos kilómetros de distancia. Ellos habían quedado encantados al ver las fotos, un mes antes.
Las mismas habían llegado de casualidad, en el envoltorio de media docena de huevos hecho de papel de diario, que habían comprado en la verdulería del pueblo. En la página repleta de dobleces y arrugas podían verse dos imágenes en tonos grises de una vieja fábrica abandonada, en el conurbano bonaerense.
Si bien figuraba un teléfono de contacto, de una inmobiliaria, la fecha que indicaba la hoja desalentaba cualquier posibilidad. La publicación tenía cuatro meses de antigüedad. Fue una desilusión, porque hacía tiempo que buscaban un lugar donde pudieran establecer una segunda planta de elaboración de alfajores, pero esta vez en Buenos Aires, con el fin de expandir las fronteras y alcance de la producción familiar.
Los hermanos, Horacio y Alberto, que compartían aún la casa paterna, heredada junto al emprendimiento comercial, tuvieron que resignarse con esperar novedades de Patricia, una prima radicada en la Capital Federal, que les había prometido enviarles toda información que pudiera conseguir de lugares en venta o en alquiler.
La hoja de diario fue a parar a la basura y se olvidaron del asunto. La bolsa de residuos fue dejada un día después en el canasto de la basura y algún perro traicionero la destrozó al anochecer. La página con las fotos, ahora hecha un bollo, fue llevada por el viento hasta el ligustro que ornamentaba el frente de la vivienda.
Una semana después, podando las ramas desparejas, Alberto vio el pedazo de papel arruinado por la intemperie y al tomarlo para arrojarlo dentro de una bolsa donde iba depositando lo que cortaba, vio nuevamente las fotos. Aquello le pareció un guiño del destino y llamó a gritos a su hermano. Tenían que sacarse la duda y llamar.
Así lo hicieron y fue enorme la sorpresa al enterarse que el sitio aún seguía a la venta. El precio que pedía la inmobiliaria no era para nada disparatado. Estaba incluso dentro de lo que ellos podían pagar sin necesidad de sacar crédito alguno. Tendrían que acudir por uno más adelante, pero para montar de maquinarias aquel enorme predio.
Pidieron más fotos, no solo del exterior, sino del interior de la fábrica. Si bien algo deteriorada, las estructuras se veían sólidas y los espacios muy bien dispuestos. Además, analizando la ubicación mediante los mapas que bajaron de internet, pudieron apreciar que era de fácil acceso y que los transporte podían salir a diversos destinos sin dar demasiadas vueltas. Todo quedaba a mano. ¿Y nadie había comprado aún el lugar? La deliberación entre hermanos solo llevó un fin de semana. Al lunes siguiente enviaron un correo electrónico demostrando interés en la compra.
Así fueron delineando la compra, día a día, correo a correo. Pusieron en tema al contador y a las personas más cercanas que trabajaban con ello. ¡Al fin la fábrica tomaría impulso para convertirse en una marca reconocida en el mercado nacional!
- Este fin de semana podemos ir a ver el lugar - informó con una sonrisa Horacio al cortar el teléfono.
- Papá estaría orgulloso de este paso - dijo emocionado Alberto, mientras su hermano lo abrazaba.
- Lo está, claro que lo está.


Salieron de madrugada, para viajar tranquilos, con la ruta descongestionada. Quisieron ir solos, ser los primeros en tomar contacto con el lugar. Podía parecer egoísta, pero no lo era. Eran conscientes que el legado familiar pronto culminaría, sobre todo si ninguno de los dos se casaba y tenía hijos. Muchas funciones importantes de la empresa la estaban asumiendo personas que con el tiempo fueron ascendiendo peldaños y eran ahora empleados de suma confianza. Sin embargo, a pesar que veían en sus miradas el deseo de acompañarlos, no invitaron a nadie.
Llegaron a la ciudad antes de las siete de la mañana. Se apearon en una estación YPF, apenas saliendo de la autopista. A pesar de la hora, el movimiento de automóviles, ómnibus y camiones era considerable. El paisaje casi desolado que conocían tan bien había quedado atrás. En las puertas de la mayor concentración de habitantes del país, lo vertiginoso era moneda corriente, incluso en las afueras, donde a través de los ventanales del bar de la estación podían ver el incesante movimiento vehículos y personas.
Degustaron un café con medialunas. Les vino bien a ambos. Además de cansados, estaban ansiosos. El esfuerzo valía la pena. Habrían podido viajar de día, descansar en algún hotel y al día siguiente ir hasta la inmobiliaria, pedir las llaves y visitar la nueva propiedad de la empresa. ¿Pero cómo evitar tantas ganas de conocer el lugar? Lo imaginaban desde el mismo día que vieron sus fotos, en aquel envoltorio de los huevos. Habían compartida decenas de conversaciones en las últimas semanas, sobre las potenciales mejoras, la posible decoración - era hora de cambiar la imagen gráfica de la empresa, imprimirle más vigor y color - el número de empleados, la cantidad de equipamiento, la variedad de productos a elaborar... ante ellos se había abierto un mundo de conjeturas, que de pronto, en pocas horas, comenzarían a tornarse realidad. El primer paso era corroborar que aquel lugar imaginado a la distancia, era totalmente real.
A las ocho de la mañana, ni un minuto antes ni uno después, golpearon la puerta de la inmobiliaria. Aún estaban las persianas bajas y la mujer que estaba adentro apenas que las hizo a un lado para observar quiénes llamaban tan temprano. Al creerlos decentes, les abrió la puerta. El rostro aún preocupado de la secretaria del lugar cambió cuando mencionaron quiénes eran y a qué habían ido. Y al cabo de un minuto, llegó el encargado del lugar. Diez minutos después, tras la firma de los papeles tan ansiados, estaban otra vez en la ruta, en dirección a la fábrica abandonada que habían comprado.
Habían esperado que el corredor inmobiliario ofreciera acompañarlos, pero no lo hizo. Para ellos fue mucho mejor. Ya sin temor a perderse, dado que habían recibido las indicaciones de cómo llegar por parte del personal de la estación de servicios dónde habían tomado el desayuno reparador, preferían albergar las primeras sensaciones en soledad. Porque a veces, de tan unidos que eran, parecían una sola persona.
Quince kilómetros después, la fachada del lugar comenzó a verse a un lado del camino. Y fue creciendo a medida que se acercaban, como si en realidad fuese un gigante dormido que comenzaba a despertarse. Alberto, que iba en el asiento del acompañante, puso la mano en el hombro de Horacio. Era tal cómo la habían soñado todo el último mes.
El paisaje no los recibió de la mejor manera, pero era comprensible, con tanto tiempo a la venta y el nulo mantenimiento al que era sometido el predio. Los pastizales de la entrada superaban el metro de alto. La estructura de hierro que erguía en lo alto el nombre que había identificado alguna vez aquella fábrica aún se mantenía de pie. Al pasar por debajo, los hermanos pensaron que de la misma manera podría sostener el apellido familiar que le daba nombre y vida a los alfajores que fabricaban.
Alberto bajó del auto con la intención de avanzar hacia el interior de la fábrica, sin esperar a su hermano.
- ¡Alberto! Esperá. Mirá lo que traje - dijo a sus espaldas Horacio.
En la mano sostenía, alisada, la hoja de diario que publicitaba la venta de aquel lugar. Se notaba el esfuerzo que le había puesto a la tarea de dejarla como alguna vez había sido, pero aquel envoltorio de huevos, luego bollo de papel, mostraba sus heridas de uso. Alberto se alegró al ver lo que había traído su hermano y socio.
- Saquémonos una foto, con la hoja de diario en nuestras manos y la fábrica atrás. El día de mañana contaremos la historia y nadie nos creerá.
Ambos rieron con la idea. Todo éxito comercial guardaba ese anecdotario que salía a colación en los grandes aniversarios. Alguien escribiría sobre ese día en el futuro.
Caminaron a la par hacia la puerta del edificio principal. Se erigía como una fortaleza, con marcos de casi tres metros de altura y una puerta de acero y vidrio, seguramente colocada con el paso de los años y no en la construcción original.
El primer obstáculo fue sorteado con éxito. La puerta, que - en silencio - ambos temían no poder abrir, cedió fácilmente ante ellos. En el interior todo era oscuridad, salvo manchas iluminadas producto de los ventanales faltantes en lo alto, donde lastimosamente el sol entraba para plasmar los claroscuros que les permitían divisar algunos rincones y viejas maquinarias.
Horacio sacó de su mochila una linterna de led de alta potencia. Ya la había probado previamente, pero lo sorprendió como en aquel sitio oscuro podía iluminar tan nítidamente.
- Esa compra es tan buena como ésta propiedad, Horacio - reconoció su hermano.
El mayor de los Figuzzi asintió en silencio. Avanzaba de a poco, tratando de prestar atención a los detalles. Aquellas maquinarias, detenidas vaya saber cuándo, parecían sin embargo haber cesado su labor hacía minutos. Un zumbido extraño provenía de la oscuridad, como de motores entrando en letargo mansamente.
- Allá a la derecha deben haber estado las oficinas - indicó Alberto, sobresaltando a Horacio, que tenía intenciones de recorrer toda la nave para calcular la cantidad de máquinas y trastos que tendrían que sacar como chatarra a la calle.
Caminaron hasta lo que parecía ser el ala de oficinas, donde podían apreciarse divisiones de maderas que separaban escritorios unos de otros. Eran al menos veinte boxes, al menos, el primer cálculo hecho en la penumbra. A medida que la linterna barría con la oscuridad, las siluetas cobraban forma y el lugar se transformaba en lo que alguna vez había sido.
En el escritorio más cercano dormía una vieja Olivetti. Varias de las teclas estaban unidas en el aire, trabadas, como si el último tecleo sobre la máquina hubiese sido en falso y allí el oficinista, resignado, dejase sus tareas. Tenía una hoja en el carretel, que si bien en blanco, estaba cubierta por una película de polvo. Alberto sin querer empujó un termo que estaba al borde del mueble. El sonido del plástico golpeando el piso y el vidrio estallando en el interior les hizo pegar un salto.
- ¡Por Dios Alberto, tené cuidado! ¡Me vas a matar de un susto! - bramó su hermano, que trataba de recobrar el aliento.
- Fue sin querer, le di con el codo... - Alberto se detuvo, aprovechando que Horacio iluminaba el sitio dónde había caído el termo, le había parecido que aún salía vapor del agua - Por un momento creí... en fin, una pena, era un Lumilagro.
- ¿Eso que está ahí es un mate cebado? - preguntó Horacio, acercándose.
- ¿Dónde...? - entonces Alberto también lo vio, el mate estaba cebado y efectivamente, el agua parecía despedir el vapor tibio del agua recién servida.
Retrocedieron con inesperada y aterrada sincronización.
- ¡El agua del termo también estaba tibia!
El menor de los Figuzzi golpeó con la cadera otro escritorio. Allí no había termo en el borde que pudiese tirar al piso, pero el golpe hizo tambalear una taza de café y parte del líquido oscuro se derramó sobre la madera. El aroma inconfundible del grano molido traspasó sus sentidos.
El café parecía también recién servido.
Desplazaron la linterna en todas las direcciones posibles, buscando la presencia de los ocupantes del lugar. La respuesta tenía que ser simple: había usurpadores.
Sin hablar, tensos como las telarañas que cruzaban de un lado a otro del techo y las lámparas, marcharon con los cuerpos pegados, apuntando la linterna a cada rincón. Sentían pánico de tan solo pensar que alguien podía aparecer de entre las sombras. El chirrido de una abertura varios metros más adelante los paralizó. A sus espaldas, atravesando la oscuridad, les llegó otro sonido lapidario: el estruendo de la puerta principal al cerrarse sobre su marco imponente.
La linterna parpadeó una, dos, tres veces. Luego se apagó. Infructuosos fueron los intentos por devolverla a la vida. Horacio la golpeó contra su pierna y finalmente contra el escritorio más cercano, partiéndola en varios pedazos.
Los pasos se escucharon venir de varias direcciones. En la ceguera total, era difícil precisarlo. Más que pasos, eran extremidades arrastrándose. Alberto sintió la mano de Horacio aferrarse con fuerza a la suya. Pero de inmediato escuchó a su hermano decirle que debían salir corriendo de manera urgente de allí. Y la voz no provenía de su lado.
Trató de soltarse pero supo que era tarde.

El viento comenzó al mediodía y se prolongó durante toda la jornada. Los árboles parecían mecer sus ramas al compás de un canto silencioso. La hoja de diario aterrizó sobre la pila de hojas secas que estaba barriendo. Se agachó para agarrarla y ponerla en una bolsa de basura, pero aquellas imágenes le llamaron la atención. Una vieja fábrica abandonada a la venta. Miró la fecha. El aviso era de apenas una semana atrás. Dejó lo que estaba haciendo y buscó su celular. Marcó el teléfono de su suegro. Tanto tiempo buscando dónde invertir y así de la nada, la respuesta había llegado de casualidad. Una hoja arrugada, designio del destino. Reía de felicidad cuando la voz de su suegro contestó del otro lado de la línea.


19 de enero de 2017

Lugares mínimos

Ciertos lugares parecen permanecer inalterables a pesar del paso del tiempo. Como aferrados a una época, en un respetuoso homenaje a nuestra memoria. No era algo habitual y él podía asegurarlo. Vivía en una ciudad con cientos de miles de personas donde el paisaje a cada instante es otro. Los rascacielos se imponen al horizonte y el vértigo del urbanismo monta escenarios diferentes día a día.
Pero aquel lugar no era la ciudad. Era la calle de su pueblo, un paraje de provincia que parecía sumergido en su propio tiempo, abandonado a su propia voluntad. Todos los rostros eran conocidos o parecidos a otros que había conocido en su juventud. Un sitio con menos de mil almas, personas de chacras, del ferrocarril que un buen día dejó de pasar, de huertas y la piel curtida. Su última visita había sido diez años atrás y nada había cambiado. Ni nada cambiaría, no importaba si la próxima era en cinco o veinte años.
Con el tiempo, salir a la ruta para retornar al pueblo se había convertido en una pesada mochila. Siempre había una excusa y anteponía al viaje cualquier pavada. Allí vivían aún sus padres, su hermana, los amigos de toda la vida, pero eran ellos los que había decidido quedarse, no era su culpa que las visitas se fueran espaciando, que de ir todos los años, luego fuera cada dos, luego cada cinco y ahora, aunque parezca mentira, haya pasado una década antes de observar de nuevo el cartel con el nombre grabado en madera, ese cartel mal colocado en la entrada de tierra, que parecía siempre a punto de derrumbarse y sin embargo no lo hacía.
Al observar la calle desde la ventana de la casa de su madre, podía apostar que salvo el ciclo natural de la vida y la muerte, que ni siquiera a esos mínimos lugares escapaba, pocas cosas habían cambiado. Y esa era la sensación que lo gobernaba. La del no paso del tiempo. Pero no era así. Si quitaba la mirada de la ventana y la llevaba a sus padres, sentados a la mesa preparando el mate, o a su hermana, aún soltera, tejiendo un abrigo para su ahijado, podía ver el delicado trabajo de los años en cada arruga cincelada sobre esos rostros queridos, ahora felices de tenerlo en casa.
En una contrariedad que lo colmaba de sinsabores, se sentía testigo del envejecimiento propio y ajeno, pero también de la imperturbable imagen del lugar que lo vio crecer.
Estaba seguro que si cruzaba la calle, en la casa de rejas verdes, si golpeaba las manos, aún abriría la puerta Enrique. O si se llegaba a la esquina, detrás del mostrador del almacén, aunque ya no parado sobre un banquito para poder ponerse a la altura de los adultos, estaría Simón. Encontraría a Paulo en el taller de su padre, que ahora era el suyo y a Esteban atendiendo el dispensario, como hacía cuando niños la mamá de él. Cada uno tenía su lugar en el pueblo. Y no habían escapado a esa responsabilidad. Él no lo había dudado. Un periodista en aquel pueblo no tenía sentido. La información era patrimonio de todos. En los pueblos, todos saben todo.
Y cuando partió hizo una promesa que no pudo cumplir. O en realidad sí, pero a su manera. Siempre volvería. ¿Pero qué sentido tenía volver a un lugar que se había detenido? ¿Qué era lo nuevo que tenía que ver o enterarse? No había nada. Y una vez que internet había llegado a casa de sus padres, la excusa fue la tecnología, el chat, facebook, skype, el correo electrónico. ¿Qué había de los abrazos, de los besos, esas sonrisas que ninguna cámara ni conexión online puede llevar a cientos de kilómetros de distancia? Y si, por esas cosas era que aún volvía.
Tomó unos mates. Se puso al corriente de los que habían partido a mejor mundo y de los que habían llegado. A sus padres les gustaba hablar. Su hermana no se quedaba callada, pero participaba en menor medida. Era agradable todo aquello, sin dudas. ¿Esperaría diez años otra vez en volver? ¿Les daría la vida esa posibilidad a los cuatro? No quería pensar de momento en ello. El atardecer se dibujaba por la ventana. Era increíble poder observarlo, sin edificios ni carteles publicitarios que lo impidieran. El cielo, el sol y el horizonte. Y todo el colorido arrancándole los ojos de placer. Era casi como verlo por primera vez. Algo de todos los días, escondido por la vorágine de su realidad.
Luego la noche, el sonido de los grillos, las luciérnagas revoloteando sobre el descampado al oeste.
- Se viene el agua - anunció su papá y sabía por experiencia que así sería.
Se puso de pie, miró el reloj de pared y supo con una certeza que le produjo escalofríos, que comerían en una hora. ¿Cómo era posible que ciertos detalles regresaran del pasado como si nunca se hubiesen esfumado? Siempre están allí, latentes, como un feroz animal del monte.
Se asomó a la puerta. La brisa fresca llenó sus pulmones. Con los ojos cerrados, expulsó el aire en éxtasis. Odiaba sentir que allí estaba cómodo. Su partida cuando joven había sido una batalla ganada. Sentirse bien cada vez que volvía era reconocer que una parte de él aún quería estar en el pueblo. Y lejos estaba de ser cierto. Al menos, eso creía cuando lo pensaba.
La calle atesoraba cientos de recuerdos. En cada rincón, en cada detalle, había un fragmento del ayer que se iluminaba. Y al final de la calle, en la plaza, todos esos recuerdos se apilaban como en una gran torre, porque en aquel preciso lugar la historia era otra: los picaditos con los amigos, la pelota, correr detrás de la redonda buscando de reojo el arco hecho de trapos y poder gritar con el alma un gol que agitaba sus sueños de niño. En secreto podía aventurar que si tenía que elegir un lugar para volver obligado todos los años, ese lugar sería la plaza.
Si hacía el esfuerzo, hasta podía sentir el olor a pasto, las risas de Enrique, Simón, Paulo y Esteban, el sonido de la pelota golpeando contra el tronco del árbol que cortaba la improvisada cancha en dos.
Se metió en la casa otra vez. Aún tenía por delante cincuenta minutos. Luego el horario de la cena sería impostergable y no quería discutir con su mamá el primer día de visitas. Fue rápido hasta la habitación que otrora había sido su cuarto. Ahora se amontonaban objetos que nadie usaba. Buscó dónde la había visto diez años antes y como sospechaba, la encontró. Estaba algo desinflada, pero el inflador estaba a la vista. La infló un poco, la hizo picar y sonrió feliz ante el estrépito del eco tras el rebote de la pelota.
Salió presuroso a la calle. La casa de rejas verdes tenía las luces encendidas. Golpeó la puerta, aunque sabía que estaba sin llaves. De pequeño hubiese entrado, sin preguntar. Nadie pregunta en un pueblo. Todas las puertas son una y todos los niños, hermanos.
Enrique salió y apenas si tuvo tiempo de reaccionar. Se estrecharon en un gran abrazo.
- ¿Cuándo llegaste...? - atinó a preguntar Enrique sin salir del abrazo.
Pero él le mostró la pelota como toda contestación.
- ¿Ahora? - Enrique miró hacia el interior de su casa y luego levantó la vista hasta la plaza.
- ¿Los chicos estarán en casa?
- Si, seguro... - iba a acotar qué dónde estarían si no estaban en sus casas, pero era algo que estaba de más decirlo por más que su amigo ya no viviese en el pueblo, porque lo que su amigo buscaba no era una respuesta, sino la complicidad de ir a buscarlos.
Salieron raudos hasta lo de Simón.
- Mirá que ya tenemos cincuenta pirulos, eh. Un rato nomás.
- Si, media hora, ya sabés que a las ocho comemos.
Enrique sonrió frente al conocimiento del retorno a la rutina de su amigo.
Fueron por Simón, Lucas y Esteban. La pelota pasaba de mano en mano. Las sonrisas daban paso a las palabras y las palabras a los abrazos. El ciclo de la amistad, de manera infinita. La amistad, la verdadera, que no tiene lugar para el tiempo. La que sin reproche alguno se fortalece por la amistad en sí misma y los hechos que la cimentaron en el pasado, y que no necesita alimentarse más que de la certeza de saber que el otro siempre estará allí, no importa el cuándo ni el por qué.
Caminaron los cinco hasta la plaza y pusieron sus remeras formando los límites del arco. Enrique y Simón hicieron el pan y queso y delinearon los dos equipos. Uno con un jugador más que el otro, como siempre sucedía. Pero las reglas estaban escritas en sus mentes desde hacía largas décadas. Cada tres goles, no importara de qué equipo, el que sobraba pasaba al otro bando. Y el elegido para cambiar iba rotando. Por lo tanto, ningún equipo era permanente y el triunfo no le pertenecía a nadie en concreto, sino a la felicidad de compartir el juego y el hecho de estar juntos.
Ninguno recordaba el último partido en la plaza, o quizá sí, pero no querían reconocerlo, por miedo quizá a que en realidad el último fuese ese, y ya no hubiese otras oportunidades. Porque para algunas cosas, no para todas, el tiempo corría y vaya que lo hacía más rápido que aquel grupo de amigos, que con más de cincuenta años cada uno se esforzaba en la penumbra fruto de la única farola de la plaza con el fin de sentir una vez más las risas y los abrazos tras el grito de un gol.
Se prometieron otro picado la noche siguiente y la otra, y la otra, mientras él permaneciera de visita. Y lo harían, religiosamente. La última noche, le harían prometer a él que esta vez regresaría más rápido, sin dejar pasar tanto. El daría su palabra, aunque no la cumpliría.
Cuando el pasado despierta, se puede convertir en una trampa. Y para sobrevivir, lo mismo que con los animales feroces del monte, lo mejor es permanecer lejos. Al menos, por un tiempo. O mientras, gran paradoja, el tiempo lo permita.

30 de diciembre de 2016

Postales de fin de año

Quiero contarles del viejo Kirby y su perro Fantoche, personajes que a diario me cruzo por las calles de la ciudad y que sin embargo no conozco. Incluso sus nombres, estos que les estoy diciendo, no son sus nombres. Porque también me son desconocidos. Pero en mi mente, cuando los veo, así se llaman.
Kirby es como todos los Kirby del mundo. Solitario, harapiento, sin un aseo en meses o años, el último obtenido con suerte en algún hospital durante una visita trasnochada tras varios tetra brik de pocos pesos y muchas sonrisas. Con más huecos en su boca que dientes, aliento a abandono y tristeza, ojos marchitos que no ven ni comprenden, labios lastimados de no comer, encías roídas por el aire y las bacterias y gruñidos en lugar de palabras, balbuceos en lugar de oraciones. Y algo así como "¡Acho!" al llamar a su perro, aunque tampoco es Acho y tampoco sé si está llamando a su perro.
Pareciera que fuera a quebrarse en dos a la altura de sus rodillas cuando camina. Es casi un presagio del destino común que todos tenemos. Un esqueleto ambulante, que no mendiga para sobrevivir, sino para seguir muerto. Pero Kirby está vivo, y para muchos, ese es su error. ¡Vaya coraje el del viejo mal parido de recordarnos cómo tarde o temprano terminaremos! Muchos se cruzan a la vereda contraria no solo para no olerlo, sino para no reconocer el rostro propio en el ajeno.
El sol de la mañana en días despejados se entretiene con el viejo. Dispara en forma de sombras su cabello hacia todos los puntos cardinales, tan duro como un rosal en invierno, incluso con más espinas. Kirby se mueve y a la par lo sigue ese dibujo caprichoso, casi como una maldición. Pero él no se percata. Nadie lo hace en realidad. Es un objeto de burla, un desafío para quiénes quieren una selfie osada, una tomada de pelo, un insulto a la vista.
Kirby no sabe de gobiernos, ni de política, militantes, promesas o sobornos. Es probable que jamás haya votado. O incluso que tenga un DNI. ¿Entonces el viejo no es parte del pueblo? Lo es, pero lo ignora. Y no le importa. Tampoco paga impuestos y por suerte, aún no hay impuestos para el que solo necesita respirar. Un vago, dicen algunos, mientras compran artículos caros hechos por chinos que ganan dos mangos la hora. Un mantenido por la sociedad, aventuran otros, que mientras se pasean en auto están pensando en cómo evadir lo máximo posible en la próxima declaración jurada. Un pobre hombre, se lamentan personas con cruces y estampitas, dándole vuelta la cara y rezando para no caer en la misma desgracia.
¿Dónde duerme? ¿Con qué se alimenta? ¿Dónde está cuando no está? ¿Alguien lo asiste? ¿Alguien se ha ofrecido a cuidarlo? ¿Acaso yo lo he hecho? Ninguno de nosotros ayuda al pobre Kirby. Por suerte hay campañas online para donar y ayudar a otros Kirby en el mundo. Hay fundaciones y organismos para eso. Incluso los cajeros automáticos nos preguntan si queremos ser solidarios con nuestro dinero. Nos llegan correos electrónicos para que firmemos decenas de proyectos de personas con buen corazón. Firmamos algunos, reenviamos otros, ignoramos otros tantos. Lo hacemos a las apuradas, para poder llegar a los correos que nos importan, que nos traen ofertas de último momento. Ofertas en las que tampoco podemos detenernos mucho, sobre todo si queremos ver que publicaron en twitter o en facebook. Porque se publica mucho, a toda hora. Y se opina. Y cada contacto que uno tiene es un filósofo moderno y su verdad es la verdad, no hay otra. Y la verdad de uno, supera a la verdad del otro. Como hacen los políticos, que juegan a ver quién la tiene más larga con el dinero de la gente.
Y entonces, sin que Kirby lo sepa, los de un bando insultan al otro bando, y el otro bando, insulta al primero. Se sacan los ojos con palabras, todo desde la impunidad de una pantalla, bien a lo guapo, faca en mano que ahora es un mouse, pero mouse al fin. Y ojo, que yo la tengo más larga. Y mi verdad es la verdad, no la tuya. La tuya es una mentira.
Y yo admiro a Chomsky, ese octogenario lingüista, cuya lucidez dijo hace poco que en realidad la verdad ya no importa. Es suficiente con hacerle creer a la gente algo. Y distraerla. Como se distrae a un chico para robarle un juguete. Igual. Casi lo mismo. Mientras tanto, Kirby cruza las calles mirando hacia el piso, con tics en cada movimiento, absorto de todo, incluso de los que le tocan bocina para que se apure, porque para él no hay colores en el semáforo, ni semáforo mismo.
Detrás, siempre cerca, trota Fantoche. Una cruza de galgo con algo más. Indefinible, pero fiel. Siempre pegado al viejo harapiento, sin pedir nada a cambio. Y es literal. Porque de Kirby no puede esperar sobras, mimos, palabras de afecto, nada. No creo que porque no las tenga, sino porque a lo largo de su vida, se las han robado. Fantoche ni siquiera lo sigue por amor. Es porque se siente parte del viejo. Cosa extraña la pertenencia. Pertenecer a algo, a alguien. A un país, a una ideología, a una camiseta. Todos pertenecemos a algo. Salvo que ninguno tiene la lealtad. Es algo en extinción.
Hoy pensamos de una forma y mañana de otra. Aunque lo de pensar es relativo. En los tiempos que corren, otros piensan por uno. Marketing que le dicen. Y uno repite. Es un lorito. La tecnología nos ha convertido en loritos. Somos loritos ingenuos. Hasta nos cortan la cola para que no nos volemos. Y estamos enjaulados desde hace algunos años. Yo vivo enjaulado. Tengo rejas en todas partes. Para sentirme seguro. Hasta a las plazas y parques han comenzado a ponerles rejas. Para que sean espacios seguros. Nosotros tras las rejas y los delincuentes sueltos. En las calles, en las fuerzas de seguridad, en los gobiernos. Y nosotros presos de la realidad.
Vaya paradoja. Kirby y Fantoche son libres. Sucios, hambrientos, pero libres. Sin ataduras. Porque no hay nada a cambio entre uno y el otro. Solo ese sentido de pertenencia, del que en todo caso, Kirby es inocente. No tienen ideologías. Solo sobreviven. ¿Son anarquistas y no lo saben? Sufren el rechazo y no están al tanto. ¿Son acaso discriminados y lo ignoran? ¿Alguien debería denunciar que son víctimas de abusos verbales? ¿Existe algún género para la violencia que sufren? ¿El desamparado es plausible de condena? ¿O deberían ir presos, uno a la cárcel y el otro a la perrera, por el simple hecho de desencajar? Afean las calles con su maloliente caminar, ponen en peligro a los conductores responsables de la ciudad, asustan a los nenes y nenas que se animan a pasear solitos por las veredas. Los Kirby del mundo hacen eso y cosas peores. Sin dudas que sí. ¿De otro modo, cómo explicar su conducta? ¿Su alienación?
¿Qué difícil es convivir con estas clases sociales, no? Se escuchan chistes racistas y muchos ríen. Se amparan en el humor. ¿Qué humor? ¿El que enmascara la verdad? ¡Cierto! La verdad ya no importa. Entonces, no trabajemos. ¡Seamos gobierno! ¡Llenemos de dinero nuestros bolsillos en nombre de la patria! ¡Hagamos amiguismo mientras podamos! ¡Descansemos de no trabajar! ¡Pongamos rostros adustos de haberlo hecho! Y exprimamos, así, fuerte, fuerte. Exprimamos a todos los que podamos. A los que nos votan y a los que no. A los que tienen nuestros colores y a los que no. ¡Total somos todos de una misma clase! Y cuando nos vayamos nosotros, vendrán ellos. Y cuando ellos se vayan, volveremos nosotros. La calesita del poder pero sin sortija. Aquí solo gana la banca. Y se apuestan nuestro futuro.
Pienso en Kirby y no puedo más que admirarlo. Como en esas películas, donde el final nos deja pata para arribas, con una revelación que nunca nos imaginábamos. Lo veo en mi mente, ahora mientras escribo, caminando con su paso quebradizo y la sombra por detrás, con esos pinchos oscuros que se alargan y se achican según la hora del día, y al perro Fantoche, su aliado existencial, y no puedo hacer otra cosa que reír a carcajadas. Estoy riendo a carcajadas. Porque me cuesta creer que Kirby y Fantoche ignoren todo lo que pasa alrededor y entonces lo comprendo. ¡Ellos saben! ¡Ellos son los que se ríen de nosotros! Y entre sonrisas y mensajes ocultos, cuando sus ojos se cruzan, mientras algunos les tocan bocina, otros se llenan la boca de insultos, y muchos se cambian de vereda, ellos nos llaman imbéciles, marionetas del capitalismo, esclavos ignorantes de los gobiernos de turno, moneda de cambio de los grandes empresarios, pequeños despojos repletos de miseria y soberbia que nos nubla la vista y la razón, estúpidos adoradores de promesas paganas, incautos perejiles que aceptan espejitos de colores y a cambio de nada. O sí. De trabajar para sobrevivir, de vivir para trabajar, de ganar dinero para pagar impuestos para poder seguir viviendo con el fin de sobrevivir y así poder trabajar para que la rueda siga girando, una y otra vez, sin importar la mano que la hace girar, indefinidamente, desde tiempos inmemoriales, desde que la humanidad es humanidad y se ha dejado oprimir por el poder, por el miedo, por la falta de unión y lealtad.
A la par de la rueda, caminan los Kirbys y Fantoches del mundo.
Por ellos brindaré este año nuevo y cada día de mi vida. Por esos fantasmas que hemos creado y que sin embargo, lo representan todo.

26 de diciembre de 2016

El hombre sin pic nic

Fue culpa de la lluvia. Él tenía todo preparado para salir, la canasta, el pan de miga, fiambre, queso, el tomate ya cortado en rodajas, varias latas de gaseosa en una heladera portátil, y en un estuche recubierto de fieltro rojo, el anillo que pensaba darle esa tarde.
Tenía todo, incluso el coraje necesario, que por meses había estado juntando, a veces más decidido, otras veces dubitativo. Suspiró delante del espejo y se peinó una vez más. No le gustaba como se veía su cabello. Habían sido días de mucha humedad. Por suerte Mozart sonando fuerte en su equipo de música relajaban su palpitante corazón. Cambió de dirección el flequillo más de una vez.
Creyó al fin que cada detalle estaba en su lugar. Pero no escuchó los truenos, ni el viento azotar las persianas. Ni siquiera reparó en las gotas que desgarraban el vidrio de la ventana de su habitación. Mucho menos, se detuvo en el led titilando en su teléfono celular. Su cabeza solo estaba puesta en ella y en nada más.
Entonces, canasta en mano, metió el celular en el bolsillo, apagó la música y abrió la puerta de calle.
La tempestad cayó de lleno sobre su ser. No solo el viento, la lluvia, los relámpagos y la correntada de agua viajando hacia el este sobre la calle que lo vio crecer. Sino también en forma de patrullero policial, luces encendidas y dos oficiales uniformados resignados de golpear sin ser atendidos que al escuchar la puerta giraron sobre sus talones y quedaron cara a cara con el hombre bien vestido, mejor peinado, preparado para un pic nic poco sensato en una tarde del infierno.
Pronunciaron su nombre, en ese tono que solo espera un sí o un no por respuesta. Él vaciló y afirmó sin palabras. Entonces mencionaron el otro nombre. El que estaba grabado en el lado interior de aquella circunferencia hecha de oro, escondida en la oscuridad de una pequeña caja recubierta de fieltro rojo, dentro del bolsillo interno de su saco.
La lluvia, imprevista, fría, hiriente con sus nubarrones oscuros y sus garfios de luz que se clavan en los sentidos como puñales de un dios enfurecido. La lluvia y sus malas noticias, esas que no tienen vuelta atrás.
Y sobre la calle, el manantial de agua arrastra hojas, botellas y mil penurias más, como un desbocado torrente sanguíneo, mientras seres impasibles observan sin ton ni son a través de sus ventanas, observando a la naturaleza, siempre tan salvaje, audaz, lapidaria. Seres que esperan que la lluvia termine. Que los truenos cesen. Que solo sean un eco en el pasado. Seres que esperan, condenados por la naturaleza, su hora.
La canasta caída de lado. El hombre, ya sin coraje, de rodillas en el suelo. Su cabello empapado, igual que su rostro, aunque los surcos de agua que lo atraviesan son salados, porque salado es el sabor del dolor. Un relámpago lo fotografía para la eternidad. El hombre sin pic nic. Arrasado por el vendaval. Rendido ante la vida. Asaltado por la muerte. En una tarde soñada. Arruinada. Por la lluvia.

3 de diciembre de 2016

El ventanal

Tiene miedo. Se le nota a la distancia. Me mira desde atrás del árbol, tratando de discernir sobre si me he percatado de él o no. Supongo que supone que lo he hecho. Por eso teme. Porque es probable que sepa que estoy esperando el más mínimo error que lo delate. Lo he visto sin mirarlo. Al menos, no directamente. Vi su reflejo a través de una ventana. Ahora mismo, sentado en la reposera, le estoy dando la espalda. Pero mis ojos lo observan, sin observarlo. Veo su imagen, no tan nítida, pero clara. El ventanal da a la cocina y una de las hojas está abierta. Sin embargo, la otra es justo la que refleja el árbol. Y detrás, al niño.
Dejo de mirarlo. En cambio, miro alrededor, al menos, lo que mi vista alcanza a divisar. Una piscina ornamentada con piedras a los costados, varias reposeras plásticas, sombrillas, un par de mesas bajas y mujeres, muchas y para todos los gustos: rubias, morochas, pelirrojas. Algunas en el agua, otras tomando sol, varias bebiendo cócteles helados que sirven otras mujeres, con tan poca ropa encima como mis amigas. Escucho sus risas, parloteos y por un momento, me parece pertenecientes a otro mundo.
La casa a la que pertenece el ventanal también es imponente. No es una casa en realidad. Es una mansión. Habitaciones sobre habitaciones, ventanas que dan paso a otras ventanas. Majestuosidad salvaje, ostentación de poder. No podría definirla, al menos en palabras, quizá si por los millones que costó construirla. La observo y la reconozco. Cómo no reconocerla. La soñé cada día de mi vida hasta materializarla. Y la llené de lujos, de caprichos, de mujeres, de lujuria sin fin, de compañía a cambio de dinero.
Y ahora el niño me observa, con miedo. Comprendo que no está relacionado a que lo descubra y lo expulse de mi propiedad. Porque eso no es posible. El niño no está allí porque quiera robar, ni siquiera por curiosidad. El niño siempre ha estado allí. No precisamente detrás del árbol, donde ahora se esconde para que no lo vea. Sino en todas partes. Ha estado en todas partes. Porque el niño soy yo. Y me observo con miedo, con cierta decepción. Porque acaso entienda, a pesar de la corta edad, que mis sueños no eran esos. Al menos, no los caprichos, no los lujos, no el placer por el placer. Había otras cosas, otras metas y ahora veo que se han perdido en el camino. Lo entiendo siendo el niño que me observo a mí mismo desplomado en una reposera, sin hacer otra cosa que dejar pasar el tiempo con lo valioso que es.
Allí sentado en esa reposera, con los años a cuesta, aún no he comprendido el significado de la vida. Me doy cuenta porque también soy el niño y a la distancia, huelo el miedo. A través del reflejo en el ventanal, ese ventanal de la enorme mansión, veo con tristeza y desazón, mis lágrimas caer.

30 de noviembre de 2016

La máscara de la familia Oregón

Tres días después de su muerte, también murió ella. Pero nadie lo supo. En realidad, a ella, ya todos la creían muerta.
Durante varios años la vida de la familia Oregón pasó desapercibida para el resto del barrio. Un matrimonio trabajador como cualquier otro, al que podían encontrar en la verdulería, en el almacén o cortando el césped del jardín delantero de la casa.
Afables aunque de pocas palabras, formaban parte de ese espectro de personas que están pero al mismo tiempo, de desaparecer, se caería en la cuenta de ello demasiado tarde. Sin embargo, esa pantomima de vida quedó al descubierto de una manera atroz. Ocurrió un mediodía de verano, un día muy húmedo, en el que sudaban hasta los árboles.
Algunos recordarán primero el estruendo característico de un arma, otros dirán que antes que eso sucedieron los gritos. Lo cierto es que ese mediodía, disparo y gritos mediante, el barrio salió a la calle para ser testigo de la verdadera mueca detrás de la máscara de la familia Oregón.
La puerta de calle se abrió como impulsada por un resorte hacia afuera, golpeando con dureza contra la fachada. Como una exhalación salió corriendo la mujer, gritando por ayudar. Agitaba los brazos por encima de su cabeza y nada cubría sus piernas y pies. Un seno caía fuera de la camisa blanca que llevaba puesta. Era grande y blanco y parecía rebotar sobre sí mismo en cada movimiento que ella hacía. El otro, prisionero bajo la tela, guardaba compostura.
Corrió hasta la vereda y sin mirar hacia atrás, trató de cruzar la calle. En ese momento el hombre apareció bajo el umbral de la puerta. Tenía un revólver en la mano y el cuerpo arañado por todas partes. Era fácil observarlo, porque iba completamente desnudo. De la misma manera que el arma que sostenía, su miembro viril apuntaba hacia arriba.
Mientras ella corría atravesando la calle, él dirigía el cañón en su dirección. Parecía tomarse todo el tiempo del mundo. Muchos de los vecinos, paralizados del espanto, quisieron advertirle a la mujer que saliera de la línea de tiro. Pero ninguno lo logró. A favor de ellos se puede afirmar que todo sucedió tan rápido que si no hubiese sido por el escándalo previo, habría muchos menos testigos de los que finalmente declararon ante la justicia unos días después de los hechos.
Un nuevo disparo sacudió los cimientos del barrio. A pesar de estar observando, a muchos vecinos el estruendo los sobresaltó. El sonido de la mujer golpeando el pavimento también. Fue un ruido seco, como la quebradura de una rama. Quedó tendida sobre el cemento y una gran mancha roja empezó a extenderse a todo su alrededor.
El hombre permanecía en la puerta de su casa, con el revólver en la mano. Ahora lo único que apuntaba hacia arriba, era su pito. El revólver descansaba en la mano derecha, pero con el brazo apartado, como si el cuerpo lo repeliera.
Los vecinos tenían miedo de acercarse a la mujer, temiendo que el esposo les disparara también a ellos. La señora Thompson, que vivía enfrente, llamó a la policía. Había observado todo desde la seguridad que le daba la cortina de su gran ventanal.
De pronto el hombre volteó el revólver hacia su rostro y disparó. Fue como si un hechizo se hiciera añicos. Los vecinos, hasta entonces estáticos, corrieron hacia los heridos. Para entonces, las primeras sirenas surcaban el aire.
Una ambulancia arribó mientras la policía comenzaba sus pericias. Al hombre le habían puesto una mascarilla y un médico corría al lado de la camilla sin dejar de auxiliarlo. A la mujer la colocaron en otra camilla y la subieron a una ambulancia que llegó minutos después. No se movía. Su cuerpo inerte parecía ser lo único que quedaba de ella.
De repente el barrio había pasado de su soporífera existencia a ser el centro de atención de la ciudad. Los canales de televisión, radios y medios gráficos de la zona se instalaron en las inmediaciones para fabricar su producto mediático. Los antes inmóviles vecinos, se mostraban ágiles para acercarse a los periodistas y tratar de dar su versión. Al haber tantos, todos tenían su chance.
En sus declaraciones, la dieron por muerta. Coincidían en que él salió de la casa y le disparó por la espalda, mientras ella huía. Algunos incluían el debate sobre el disparo o los gritos, si primero había sido uno o el otro. Otros hablaban de un matrimonio perfecto y amable. Y no faltaba quién aventurara engaños y represalias.
Horas después se supo que el hombre había muerto. Ella ya lo estaba. La habían visto sobre su propio manto de sangre. Los dos fallecidos. Una desgracia, una tragedia. El horror en carne propia. Un día más en las noticias. Recortes de diario para guardar. Noticieros grabados para poder mostrarle a la familia en un futuro, con ellos hablando sobre ese fatídico hecho que nadie jamás olvidaría.
Y no muy lejos de allí, a menos de dos kilómetros, la mujer recobrando fuerzas. La bala había atravesado el omóplato, pasando de lado a lado. Su cuerpo estaba vivo, no así su alma. Vio en las noticias que su marido se había suicidado. Decidió guardar silencio ante la policía. Nadie más fue a verla.
Al tercer día de estar allí, se quitó la canalización del suero y la bata celeste del hospital, se colocó la ropa que le habían sacado para lavar y que habían vuelto a dejar en la habitación y salió al pasillo. Se escurrió entre la gente como un fantasma. Ganó la calle y nadie la volvió a ver.
Era una sobreviviente, pero para ella, era mejor no sobrevivir. Morir y renacer. Reencarnar. Ser otra persona. Y eso hizo. Barajar y rogar que la próxima mano fuese mejor.
Mucho mejor.

27 de noviembre de 2016

La luz a través de la hendija

La luz de la calle entraba por una hendija, clavándose en sus ojos. La persiana de plástico estaba rota en el lugar exacto. No tenía cortinas y por más que se repetía cada mañana, con los ojos ardiendo del sueño, que debía comprarlas sin falta, nunca lo hacía. Por el contrario, con la claridad de día la urgencia desaparecía de su cabeza.
Pero la urgencia retornaba a modo de reproche cada noche, cuando al tratar de conciliar el descanso que su cuerpo le pedía a gritos, la maldita franja de luz irrumpía todo intento. Llevaba dos semanas en aquel lugar y apenas si había dormido. Podía divisar por el mismo lugar que entraba el resplandor, que procedía de una luminaria de poste, ubicada muy cerca de la esquina.
Se imaginó saliendo a la vereda en calzoncillos, buscando en alguna parte un ladrillo o algo con qué tirarle. Quería destrozar esa lámpara. Hasta entonces, su forma de oponerse a la realidad, era paradójicamente mediante esos escapismos de su mente, en la que actuaba con rabia y violencia. No había empleado la sensatez y mucho menos la lógica, que hubiese significado tapar la hendija para impedir el paso de la claridad.
En cambio, apretaba los ojos con fuerza, para caer en la cuenta que a pesar de ello, la luz lo molestaba. Podía sentir su presencia sobre la piel, dándose una idea del cuadro: una habitación a oscuras, los contornos de una cama, de un bulto bajo las sábanas y sobre la cabecera, una franja blanca todo a lo largo, de lado a lado. La franja dejaba a la vista un par de ojos cerrados, luchando por descansar.
También le rechinaban los dientes. En su lucha, apretaba con fuerza las mandíbulas. Por esa razón le dolían después las encías mientras desayunaba. Lo sabía, pero no podía impedirlo. Parecía que todo su cuerpo se complotaba para colapsar. Creía que de repente le dolían las cervicales, la espalda, las piernas. Era un solo dolor. Su cuerpo era una brasa viviente. Y todo comenzaba de la misma manera, cuando al apagar el velador de la habitación, la otra luz, intrusa, forastera, se perpetraba sobre su cuerpo, saltando desde el otro lado de la ventana, aprovechando ese espacio insignificante de la persiana.
Qué fácil sería levantarse y colocar un cartón, un papel oscuro doblado en varias partes o un pedazo de tela lo suficientemente grueso como para impedir el paso de la luminosidad proveniente de la calle. Qué fácil sería pedirle a otro que lo hiciera. O mejor aún, que comprara las estúpidas cortinas.
En otra vida quizá. No en la suya, sumido en esa cama, sin más que abrir los ojos, aceptar el sorbete en cada infusión y soportar que otras manos, ajenas, lo cambiaran, lavaran y peinaran.
Durante las noches eternas, en esa habitación perpetua, le daba un nombre, una explicación: aquella luz a través de la hendija no era otra cosa que la risa sobradora de la muerte.

14 de noviembre de 2016

Tuve un sueño

Hoy me desperté con un sueño que era ideal para narrarlo en un cuento. Fue lo primero en lo que pensé al abrir los ojos. La idea era perfecta, fantástica. No podía creer que jamás se me hubiese ocurrido estado consciente. Me apuré en buscarme la ropa para ir a bañar. Las imágenes seguían allí, expectantes.
Me bañé, me vestí, me puse los zapatos, haciendo un enorme esfuerzo por no permitir que esas secuencias tan maravillosas escapasen de mi mente. Tomé el anotador, un bolígrafo y puse el agua a calentar para preparar unos mates amargos. Recordé a último momento el frasco de dulce de frutillas casero que había preparado mi esposa y un paquete de tostadas que tenía en la alacena.
Aterricé en la silla envuelto en una algarabía inusual, abrí raudamente el anotador y destapé el bolígrafo. Me arrojé en el papel a soltar cuánta tinta pudiera. Pero me detuve al instante. El sueño había desaparecido.
Primero llegó la angustia, luego la desesperación por tratar de recordar el más mínimo detalle. Buscaba las imágenes más recientes, para usarlas de trampolín hacia las otras, las que me interesaban recuperar. Me había sentado en la cama, buscado la ropa y el toallón para el baño, luego había ido hasta el espejo, había sonreído ante mi aspecto desprolijo, me lavé los dientes, me metí a la ducha, se me cayó el frasco de acondicionador de cabello y lo dejé en el suelo para no olvidar... era inútil. Lo había olvidado todo.
El silbido de la pava me transportó de nuevo a la cocina. El agua ya estaba hirviendo. No servía para mate, por lo que busqué un saquito de té. Solo quedaba boldo. Me dio igual. Lo importante no era el desayuno, sino esa idea única que se había escurrido de alguna manera de mi cabeza.
Me esforcé por recordar, pero fue en vano. Cuando un sueño se esfuma, ya no vuelve. Sospecho incluso que los sueños no nos pertenecen, sino hasta atraparlos. Que viajan de una persona a otra hasta que alguna lo recuerda. El sueño que se va, que desaparece, busca un nuevo soñador. Por más que me lamentara, esas imágenes increíbles, que quería convertir en cuento, para ese momento estarían siendo soñadas por otra persona.
Y si la persona que las soñaba lograba hacerse de ellas, posiblemente lo tomaría como un sueño más y no lo perpetuaría para la eternidad en una historia escrita. Porque lo escrito, hasta ahora, es la única fotografía que se le puede sacar a un sueño.
Me quedé petrificado durante un buen rato delante de la taza con boldo y las tostadas que jamás saqué del paquete y el frasco de dulce casero que permaneció cerrado sobre la mesa hasta que mi mujer, al pasar, lo volvió a meter en la heladera a media mañana.
Ella me sacó de este estado de sopor y lamento en el que me encontraba. Sus palabras, como una daga, cercenaron mi espíritu:
- ¡Tuve un sueño de lindo! - dijo estirando la i al tiempo que se desperezaba.
No me animé a preguntarle cuál. Porque quizá el suyo había sido también el mío, pero para entonces no lo sabría y adueñarse de un sueño ajeno, más que de un escritor, es de un ladrón de poca monta. Por suerte recordé algo. Era lunes y tenía que hacer un trámite al banco. Le di un beso y me escabullí, murmurando por lo bajo, como un niño ofendido, que se metiera el sueño en el centro del....

9 de noviembre de 2016

Los ojos del galgo

El perro lo miraba fijo, como esperando algo. Era un galgo hambriento, con todos los huesos marcados en la piel. Tenía la lengua afuera y el cuerpo agitado. El hombre miró a su alrededor y cuando al fin divisó lo que buscaba, estiró el brazo, tomó una cacerola y se la arrojó con fuerza al animal.
El galgo, si bien sorprendido, se movió con velocidad esquivando el golpe. La cacerola rebotó contra el suelo, desparramó un poco de arroz y finalizó su trayectoria debajo de un sillón avejentado. Sin rencor, el animal fue por el alimento y lo devoró en menos de cinco segundos.
- Ese perro de mierda me está costando una fortuna - musitó con bronca el hombre, como brindando una excusa.
La mujer a sus espaldas, aún sobresaltada por el estruendo de la cacerola al chocar el piso, permaneció en silencio. Sabía muy bien cuando convenía abrir la boca bajo el techo de esa casa.
- Miralo, le importa un cuerno que le revolee la comida o que se la ponga en un plato. Lo único que le importa es comer. Y después, cuando lo llevo a correr, me hace quedar como un pelotudo.
El tono de voz ahora era de enojo. Se puso de pie, aunque aferrándose a la mesa, que al moverse, hizo tambalear la botella de vino casi vacía que había estado tomando hasta ese momento.
Instintivamente, al verlo erguido sobre sus piernas, el perro salió al patio. El hombre dio dos pasos y se apoyó en la heladera. Su mujer, aún a sus espaldas, permaneció callada. Sabía también lo que vendría a continuación. Y por experiencia, era consciente que no podía intervenir. Podía recordar aún el dolor de varios días de la última vez que lo había intentado.
Cuando consiguió algo de estabilidad, el hombre salió al patio y a los gritos se puso a llamar al galgo. El animal se había ido al fondo del terreno y escarbaba en la tierra. Levantaba las orejas cada vez que el hombre pronunciaba su nombre a los gritos.
El desenlace era inevitable. Como cuando en una tormenta tras el relámpago llega el trueno. En el patio, eran primero los gritos y luego el castigo. Y ella, desde la ventana, se llevaba la mano a la boca. Deseaba que el galgo le saltara al infeliz de su marido directamente a la yugular y que le clavara muy profundamente los colmillos, y que no lo soltara hasta verlo desangrarse sobre la tierra y las pocas matas de yuyos que se esparcían en el terreno. Pero esos ojos, grandes y color avellana, eran inofensivos. Ese animal no tenía una pizca de maldad. Jamás lo haría.
Quizá fue por eso, por esa certeza.
Y al mismo tiempo, por todos los anteriores.
Incluso, por ella misma. Que si bien no era todos los días, cada tanto cobraba.
O por sus futuros hijos, si es que llegaba a parir, para que al menos no nacieran de ese hombre.
Fue por todo y por esos ojos buenos, esos ojos que no juzgan, sino que esperan. Y esperan siempre lo mejor, por más que nunca llegue. Como ella, como los suyos. Quizá fue por eso.
En medio de los aullidos de dolor, cuando lo estaba azotando con una varilla, salió al patio escopeta en mano y disparó.
A veces, el estruendo llega antes que la luz.

5 de noviembre de 2016

Relicario

La habitación olía a pis, sin importarle que la mujer de la limpieza se había ido apenas unos minutos antes. El olor estaba aferrado a él, postrado en la cama.
Los ojos cerrados, la piel pálida, el goteo lento pero continuo del suero, con ese cordón umbilical plástico que terminaba en su brazo, ya morado de tantos pinchazos. Podía, en el silencio, escuchar su respiración. Era apenas un susurro, un murmullo amortiguado de dolor.
Mi suspiro atravesó el lugar, aniquilando toda esperanza. Resignado, trataba de no pensar. Pero era imposible. Uno siempre piensa, incluso cuando cree no hacerlo. Porque allí, cayendo con sus últimos granos de arena, el que se escurría por el cuello del reloj de la vida, era mi padre.
Al menos su cuerpo. Su mente, casi siempre ausente, iba y venía, como una macabra broma. Ya no había memoria, ni lucidez, solo arrebatos de tristeza, frases incoherentes y sin terminar. Y esa mirada que no se puede describir con palabras, que trata de ver pero sin hacerlo, que busca ubicarse pero sin lograrlo.
Entonces, mientras mis ojos se perdían en las formas de las sábanas, en esa tensa espera de lo inevitable, su voz irrumpió, débil, cascada:

-  ¿Messi?


Otro desvarío, pensé, aunque sin dejar de alegrarme por verlo despierto. Entonces, casi como una revelación, recordé la TV encendida sin sonido a mi derecha y tras girar la cabeza y observar, no pude menos que tragarme los mocos para no llorar. 
Efectivamente, la 10 la llevaba el rosarino.

El destino golpeó al poco tiempo la puerta y cumplió con su labor. Sin embargo me dejó ese instante, casi como un relicario. Un rayo de luz en la penumbra, una sonrisa en el llanto. 

- Si, es Messi. Juega el Barcelona - informé.

Sonrió. Miró unos segundos y volvió a cerrar los ojos. 
Pero allí estuvo, durante ese breve lapso, allí estuvo.

24 de octubre de 2016

Recepcionista nocturno

Al ingresar al hall a través de la puerta giratoria ya puede apreciarse su figura pulcra y segura detrás del mostrador. A medida que uno recorre los metros hasta la recepción, su imagen se agiganta, como si lo único que hubiese en aquel hotel fuera su presencia.
El recepcionista de noche irradia un carisma que lo hace único. No por nada la reputación del Apolo Hotel tiene como característica principal ser el sitio de alojamiento de la ciudad (y quizá del mundo) que más trabaja en horario nocturno. Los huéspedes que ya han pasado alguna vez por el hotel, vuelven siempre, aunque en las siguientes oportunidades, solo después de las 22.
En las páginas web de búsquedas de alojamiento es posible leer los comentarios de los usuarios alabando al Apolo y sugiriendo registrarse personalmente y de noche.
Los directivos, asombrados por el caudal de huéspedes que se alojaban en su horario, quisieron premiarlo, dándole un puesto de mayor jerarquía y durante el día, pero el hombre se negó rotundamente. De todas maneras no perdió la oportunidad para solicitar un aumento, que le fue otorgado.
Jean Modest Martineu no solo se adueñó del horario nocturno del Apolo, sino que desestimó una decena de ofertas de otras cadenas hoteleras, muchas de ellas de cinco estrellas. Es un hombre de pocas palabras, sin embargo, su pronunciación y acento obnubila a hombres y mujeres. Su sonrisa justa, los ademanes lentos y parsimoniosos y las soluciones rápidas a todo tipo de problemas, hacen de su servicio una mejor experiencia que la propia estadía en el lugar.
Es tal la fama de Martineu en el Apolo, que no solo llegan para hospedarse turistas, sino también habitantes de la propia ciudad que quieren saber en carne propia lo que es ser atendido por la leyenda viviente entre los recepcionistas del mundo.
Elegantemente vestido, con zapatos que dan la sensación de haber sido lustrados segundos antes, traje sobrio y reluciente, moño en lugar de corbata y un corte de cabello prolijo y peinado hacia atrás con la ayuda de algún humectante, Martineu no solo se ofrece a acompañar a los huéspedes a sus respectivas habitaciones, sino que también les brinda una visita guiada por el viejo y bello edificio, sobreviviente de todo el siglo veinte aunque modernizado en varios aspectos.
El lugar preferido de Jean Modest, el que siempre deja para el final, es el subsuelo, único recodo de la edificación que no se puede acceder mediante ascensor. Estrechas y oscuras escaleras llevan a una pequeña pero hermosa bodega, donde añejan los mejores vinos de la zona. Los visitantes quedan extasiados ante tremendo espectáculo y jamás se niegan a una copa del sabroso líquido que idolatrara Baco, el que deleitan entre aprobaciones y risas.
El mareo no les importa, ni tampoco el abrazo cálido y amistoso de Martineu, que acercando su rostro les susurra los secretos del lugar. Ellos vuelven jocosos y felices a sus habitaciones y el recepcionista a su puesto, saboreando aún el néctar de la vida entre sus labios, el sabor fresco de ese otro líquido, espeso y caliente, bajando aún por sus entrañas.
El tintineo de la puerta giratoria, los pasos que se escuchan y las voces de una conversación cercana. Nuevos huéspedes de los cuales beber. Entonces, la sonrisa, la postura erguida y el carisma irradiando esa mágica presencia, capturando la esencia misma de las almas, de esas frágiles criaturas humanas que caminan hacia él.

19 de octubre de 2016

El mismísimo diablo

El pizarrón vacío debería haber significado una bocanada de respiro para los chicos, porque cada mañana el profesor lo cubría de punta a punta de complicadas consignas con las que todos reñían disgustados. Pero ese día, el exigente Sr. Collins no había escrito palabra alguna sobre la - extrañamente - inmaculada superficie.
Sin embargo, aquello no era motivo de celebración ni mucho menos. Porque el Sr. Collins estaba sentado en su escritorio, observándolos en silencio. Tampoco era habitual que él estuviera sentado y ellos callados. Una clásica clase del profesor podía haberse descrito de la siguiente manera: el Sr. Collins de pie, recitando sin parar y escribiendo al mismo tiempo en el pizarrón las preguntas o problemas de las que luego requeriría las respuestas; paralelamente, a sus espaldas, niños y niñas pasándose papelitos de asiento a asiento, hablando por lo bajo casi en un susurro, algunas risas que lograban escapar del encierro y nadie, absolutamente nadie, prestando atención. Luego venía el enojo del profesor, la amenaza de exámenes sorpresas, de notas bajas y la exigencia de tener todas las respuestas por escrito para el día siguiente.
Los niños retornaban a sus hogares de mal humor y echaban todas las culpas al señor Collins. Cada mañana, antes de comenzar las clases, no causaba sorpresa ver a padres quejándose con el más antiguo de los profesores del colegio. Collins se mantenía atento a las palabras, sonreía cuando escuchaba terminar a los adultos y luego se marchaba al aula, sin contestación alguna, para comenzar a impartir la clase del día.
Los directivos recibían quejas a diario, pero el profesor era una eminencia que había enseñado a generaciones. Pero en los últimos años había perdido el respeto que antes su sola presencia arrojaba a lo largo y ancho del salón.
- Los tiempos han cambiado, Elvira - solía decir a la directora, cada vez que salía el tema en la conversación - Antes el respeto estaba por delante, hoy ni siquiera entra los planes de chicos y padres.
A pesar de ello, el profesor Collins no había cambiado ni un ápice su método de enseñanza. Se había propuesto jamás rendirse. No era un pensamiento propio de él. Pero esa mañana, el pizarrón árido de palabras, era el presagio del fin.
Los chicos se mantenían en sus asientos, sin musitar palabra alguna. Nadie escribía papelitos ni mucho menos se reía. El Sr. Collins los miraba a todos con rostro severo. Aunque no era el semblante gris y pétreo, que lo acercaba más al mismísimo diablo que al viejo profesor de colegio, lo que los asustaba al punto de tenerlos tan quietos y obedientes.
Era el arma.
Si, el arma.
Esa escopeta de caño recortado que había metido al colegio debajo de su largo sobretodo, sin que nadie se diera cuenta. Ese caño doble apoyado sobre el escritorio, que apuntaba hacia ellos, hacia los niños.
Era ese elemento letal lo que los había apaciguado, dejándolos al borde del llanto. Pero ni a eso se animaban, porque los ojos negros y apagados del profesor Collins eran lo suficientemente expresivos como para hablar sin pronunciar sonidos.
Esos ojos decían: "Hasta aquí llegaron".
Collins sonreía. Vaya que lo hacía. Su método había perdido la batalla contra el tiempo, pero su vieja escopeta se mantenía tan viva como siempre. Y el gatillo se sentía tan suave al tacto, que no veía la hora de poder tirar de él.
El mismísimo diablo, vaya que si. La sola idea despertó en él una carcajada que atravesó el salón y heló todos los corazones.
Luego, comenzaron los disparos.

9 de octubre de 2016

El tema del momento

En los programas de televisión debaten ahora sobre quién tiene la culpa. En las radios no se cansan de sacar al aire a gente que llama y expresa su opinión. En los diarios imprimen páginas y páginas con casos similares en otras partes del planeta. Todos, ahora que ha sucedido, quieren tener voz sobre los hechos. Sin embargo, antes que saliera a la luz, el único que tenía que hacerse cargo era yo. ¿Dónde estaban mientras tanto? ¿Por qué nadie me ayudaba con esa lucidez de la que hoy hacen gala y desparraman a los cuatro vientos?
Es por eso que siento que sea tan injusto. No veo la razón por la que quieren encerrarme entre cuatro paredes. Bueno, si, la veo cuando presto atención a los medios de comunicación y la manera en la que informan lo sucedido. La veo cuando me sorprendo con lo que dice la gente. Pero tampoco puedo afirmar que sea una razón, porque ninguno sabe la verdad.
Durante los diez meses que no vi la luz, consideré en varias ocasiones la posibilidad de matarme. Es decir, no es lo que quería, pero tampoco tenía mucho sentido todo lo que ocurría alrededor. Cuando la oscuridad reina, los espacios se agigantan. No estoy exagerando. Hasta que uno se habitúa, el miedo ralentiza cada movimiento. Se avanza de a centímetros, con la expectativa del horror a flor de piel. Más con todas esas alimañas dando vueltas por ahí.
Créanme, escuchar el sibilante andar de una serpiente sin saber donde está realmente, puede provocar la locura en pocos segundos. Mucho más sentir el frío de su piel al tratar de asirse de una pared o un objeto.
Aunque aquello era uno solo de los tantos miedos que me rodeaban. Jamás me acostumbré a sentir crujir las cucarachas bajo mis pies. Es un sonido espeluznante. Podría compararla con pisar hojas secas... con la salvedad que las hojas secas no sueltan un chasquido viscoso como si reventaran y desparramaran sus vísceras, por más pequeñas que sean, en todas direcciones. El suelo era un colchón de cucarachas. Por eso mis pasos eran largos, medidos.
Pero las preocupaciones no solo eran con los bichos de abajo. Las arañas, por ejemplo, me sorprendían con sus telarañas, que se enredaban en mi rostro. Tantas veces las sentí bajar por mi cabeza o brazos y tuve que sacudirme frenéticamente para evitar morir del susto y la impresión. Había peludas, culonas, grandes, chicas... no quiero recordarlas.
Y ni hablar de los ratones, las avispas, cascarudos, murciélagos y principalmente, los animales detrás de la puerta corrediza. Esa que cada noche se abría para que ellos entraran a las habitaciones de la casa en las que trataba de ocultarme para que no me encontraran. Eran enormes. Un oso de garras duras y afiladas, un puma de ojos amarillos y colmillos sedientos, y al que más temía, una pantera negra, tan ágil como sagaz.
Cada noche debía escapar de ellos, mientras todas las otras alimañas parecían empecinarse en complicarme la supervivencia. Y todo, en total oscuridad. Durante diez meses interminables, soporté esa agonía.
Hasta que una noche, en el frenesí de tratar de sobrevivir, di con ese viejo armario que siempre estaba cerrado con candado. Pero esa vez, esa única y decisiva vez, no lo estaba. Y en su interior mis manos tocaron el frío del metal y reconocí de inmediato que eran armas. Grandes y potentes. Una ametralladora, un rifle de asalto y una pistola automática. También había municiones. Lloré de la alegría, mientras las arañas trataban de reptar por mis brazos y mis zapatillas hacían puré de cucarachas en cada movimiento.
Tomé todas las armas y me agazapé en la oscuridad, justo a tiempo para percibir que allí se estaban acercando, con una confianza fuera de lugar, arrimándose de a poco a la mismísima muerte. ¿Qué harían ustedes en esa situación? Abrirían fuego, así sin más. Y eso hice.
Los destellos de los disparos fueron las primeras luces en diez meses.
Escuché sus aullidos y luego sus agónicos quejidos. Otra vez había quedado todo a oscuras. Temblando salté sobre sus cadáveres y crucé la puerta corrediza. Estaba del otro lado por primera vez desde que había quedado encerrado en la oscuridad. Corrí hasta la salida a la calle y me arrojé fuera de la casa. Tropecé y caí de espaldas, observando el paisaje más hermoso: el cielo de noche, con su infinita galería de estrellas. Me di cuenta que lloraba, pero no de miedo, sino de la emoción de ser otra vez libre.
Por eso, cuando escucho, veo y leo todo lo que dicen, aborrezco a todos y cada uno. Hablan y dejan plasmado en tinta solo puras mentiras. No maté a mi familia, no soy un enfermo esquizofrénico, no tendría que estar en ningún instituto psiquiátrico. Es fácil opinar cuando no se es prisionero. Cuando la libertad es la forma común de vivir. ¿Dónde estaban todos durante esos diez meses que viví en el infierno? ¿De qué hablarán cuando consigan lo que quieran? Porque de eso se trata, del tema del momento. Mañana cuando consigan lo que quieran, habrá de algo más que hablar. Y a mí me dejaran otra vez solo. Encerrado y solo. Y quizá, probablemente, otra vez en la oscuridad.




5 de octubre de 2016

El hombre fuera del mapa

Cuando en marzo dejé de verlo por el bar, sospeché que algo le había pasado. Era un hombre de escasas palabras, que se acodaba en la barra y permanecía allí sus buenas horas con tan solo un vaso de vino. Pagaba con monedas que tintineaban sobre el mostrador. Un sonido que asocio con las nueve de la noche, porque siempre era esa la hora en la que se marchaba.
Evaristo, dueño del bar, una persona que conozco de años, me había dicho en algún momento que se iba en ese horario para conseguir lugar en el refugio de noche, que es un lugar triste a pocas calles de la plaza, donde los que no tienen techo acuden por una cama y refugio.
Un par de veces le pasó que las monedas no le alcanzaban para pagar su única felicidad en el día. En esas ocasiones solo tuve que levantar la mano desde mi mesa para que Evaristo comprendiera que el vino corría por mi cuenta. El hombre, en esas ocasiones, antes de retirarse, pasaba delante de la mesa y me hacía un gesto muy particular con la mirada, dándome de esa manera las gracias.
Por su andar lento, le calculé más de cincuenta años. Llegaba con las primeras sombras del atardecer, a veces con una bolsa de plástico en la mano, en la que vaya a saber uno que llevaba. Su aspecto no era el mejor, pero no se le podía reprochar que estuviera desprolijo o sucio. El hombre se calzaba su pobreza y humildad con la mayor dignidad posible.
Ese otoño pensé bastante en él. Me pregunté muchas veces dónde estaría, si habría cambiado de bar, si la suerte le había permitido un mejor lugar donde pasar sus días (y aún menor, sus noches), y si, irremediablemente, si la muerte había ido por él para sacarlo definitivamente de las calles.
Pregunté a varios de los habituales compañeros de tragos, personas en su mayoría solitarias y calladas, que sienten la necesidad no solo de reconfortar el alma, sino también de llenar vacíos. Ninguno lo había visto, ni en otro horario, ni en la zona. El hombre ya no estaba en el mapa local de nuestras rutinas.
Para el invierno ya prácticamente me había olvidado de él. Los extraños no soportan cambios de estaciones, no por crueldad, sino porque uno ya está viejo y la poca memoria queda en pie solo para cosas triviales o momentos que a nadie le importan.
En septiembre, mientras algunos albergaban la esperanza de la primavera, a nosotros, los errantes solitarios y devenidos en sombras, se nos fue el Evaristo. Una noche se acostó y a la mañana ya no despertó. Supongo que no sufrió. Es difícil precisarlo, porque uno no ha muerto y la experiencia es nula. El bar cerró. Sin muchas vueltas. Su único hijo ni siquiera se molestó en hacer inventario de lo que había en el interior. A los dos días colgaba de la puerta un cartel de "Se vende" y a la semana ya era historia. En breve abrirá una pizzería. No como las de antes, sino las modernas, que solo tienen delivery y ninguna mesa para sentarse.
Algunos rumbearon para otros bares cercanos. Yo me quedé en casa. Suelo comprar una botella cada mañana y la voy apurando con el correr del día, y. cada noche, el último vaso va en nombre de Evaristo.
Y fue esta mañana, después de ir en tren hasta lo de mi hija, detenerme delante de la puerta, tratar de tocar el timbre y no hacerlo, dar media vuelta, tomar el tren y regresar, que a pocos metros del andén me topé con el hombre. El mismo que en otoño había dejado de ver y que en tantos pensamientos sobre su destino me había sumido, en esas largas y placenteras horas sentado a mi mesa, en ese bar que no dejo de extrañar.
Allí estaba, de pie, pantalones de vestir, saco y corbata. Boleto en mano, mirando hacia el este, hacia el sonido de una locomotora reduciendo su marcha.
Me puse delante de su mirada, atiné una sonrisa y le pregunté con timidez si me recordaba. Sus ojos me miraron sorprendidos.
- Claro que sí - me respondió, estrechándome la mano - Pensé que había muerto.
El asombro entonces fue mío. Reí.
- No, si el que dejó de frecuentar el bar fue usted, no yo - dije jocosamente, permitiéndome una confianza y libertad poco frecuentes en mí.
El hombre me miró seriamente y de la misma manera, respondió.
- Por eso mismo. Yo seguí adelante.
Con un chirrido fuerte y poco armonioso, el tren dio a entender que ya estaba en el andén. El hombre estrechó mi mano, apretó con afecto mi hombro derecho y fue en busca de un vagón.
Me quedé allí parado, viendo la marea de gente ir y venir, buscando un lugar en esas cajas de metal repletas de pequeñas ventanas. El tren marchó, perdiéndose al cabo de un instante de mi vista. Fue extraño, pero al irse, no escuché de la formación sonido alguno. Sus pocas palabras aún retumbaban en mi cabeza, impidiendo cualquier otro estímulo externo.
Me sentí estúpido. El hombre me había pagado con lo más valioso, que es la honestidad y no fui capaz siquiera de retribuir con el simple gesto de agradecimiento que él hacía, cuando yo le permitía ser feliz en su antigua mísera vida.

1 de octubre de 2016

Tiempos mejores

La tarde se marchitaba con el color del fracaso. Solo un cliente había cruzado la puerta de entrada y tras haberse probado cinco pares de zapatos, no compró ninguno, Su esposa a diario le decía que comenzara a vender zapatos para mujeres pero él se negaba. Su abuelo había vendido calzados para hombres, su papá lo había hecho y él continuaría el legado. Como esperaba que lo hiciera su hijo el día de mañana, si es que algún día llegaba el varón, porque por el momento era padre de dos niñas.
Cerraría, caminaría  hasta la parada del colectivo. Bajaría a dos cuadras de su casa, pasaría por la pizzería y encargaría una de muzzarella por la que volvería a los veinte minutos, para evitarse el costo del delivery.
Haría todo eso, una vez que bajara las persianas del negocio, ubicado en una de las avenidas principales de la ciudad. A través del ventanal de la vidriera podía apreciar la quietud en la calle. Pocos transeúntes caminando las veredas, muchos menos deteniéndose a observar los escaparates de los comercios. Eran tiempos difíciles. Esas mismas palabras usaba con su esposa: "Ya vendrán mejores" le aseguraba con cierta esperanza.
El sonido de la campanilla de la puerta hizo que levantara la vista. Un cliente de último momento, pensó. Pero entonces su semblante cambió. En la entrada había un hombre tan grande que su cabeza rozaba el marco de la puerta. Sin embargo no fue el tamaño lo que lo asustó, sino el arma que tenía en la mano.
- Deme todo el dinero, por favor - dijo el extraño.
A pesar del miedo, no pudo pasar por alto el vocabulario del asaltante. De todas maneras de movió rápido hasta la caja registradora. Solo cuando la abrió recordó que estaba vacía. Tenía algo de cambio en el bolsillo del pantalón, pero era una suma irrisoria.
Titubeó. El hombre pronto se impacientaría y no tenía nada para darle.
- Mire amigo, ha sido un día difícil - le dijo al asaltante.
- ¿Cuánto tiene?
- Le soy sincero, no recaudé nada. Venga y vea con sus propios ojos si no me cree.
El grandote avanzó torpemente, mirando de reojo hacia los ángulos del techo, temiendo que hubiese una cámara y la idea del comerciante fuese que la misma lo captase. Se acercó sigilosamente hasta el mostrador y observó el interior vacío de la caja registradora.
- Nada - sentenció.
- Ni una moneda - confirmó el vendedor de zapatos.
- ¿Y cómo hace para vivir? Digo... ¿es todos los días así?
- Y... está dura la mano. Menos mal que mi mujer trabaja, porque de lo contrario...
- Si, ni me lo diga. A mi pareja la tuve que poner a laburar también. En una banda que opera en el oeste. Secuestros virtuales. Nada que ver con esto. Lo mío es la calle. No quiero esto para ella. Pero entre los dos, apenas si llegamos a fin de mes.
- Sabe, me apena que no se pueda llevar nada. Tengo algo de cambio en el bolsillo, pero no le voy a mentir. Tenía intención de comprar una pizza camino a casa. Por las nenas más que nada. Con un plato de sopa a mí me alcanza.
- No, por favor. Mire si le voy a quitar la comida a sus hijas. No me va a creer, pero es el segundo comercio al que trato de robar hoy y no consigo nada.
- A que seguro eso antes no pasaba.
- No, para nada - sonrió - Ya vendrán épocas mejores.
- ¡Eso mismo le digo a mi mujer! Me cae bien usted... ¿cuánto calza?
-  Cuarenta y cinco.
- No voy a permitir que se vaya con las manos vacías, tengo un par de zapatos para usted.
- Por favor, no se moleste.
- ¡Hombre! Hoy en día nadie que entra armado tiene los modales suyos. Es un caso en extinción. ¿Y su pareja? ¿Ella cuánto calza?
- Ah, me mató, señor. Desconozco. Nunca se lo pregunté.
- Bueno, hoy se lleva los suyos. Vuelva en estos días y vemos que le conseguimos. No aquí, porque solo vendo calzado para hombres.
- Ahí tiene su problema, señor. Seguro si vendiera calzado femenino, tendría algo de dinero al final del día.
- Es lo que me dice mi mujer.
- ¿Y por qué no le hace caso?
- El legado familiar, la tradición...
- Disculpe lo que voy a decir, odio las malas palabras, pero... a la mierda el legado familiar. Mi papá también delinquía y por seguir sus pasos, me gano la vida quitándole a los demás lo que han ganado honestamente. No me siento orgulloso de eso.
- ¿Y por qué no se dedica a otra cosa?
- ¿Y usted por qué no vende zapatos para mujeres?
Ambos rieron al unísono.
- Tiene razón - dijo el vendedor - Uno cree que hace siempre lo correcto, por más que no lo haga. Y si no es así, si existe un atisbo de consciencia, se aferra a una excusa. Cambiar no es fácil.
- Ni que lo diga. Pero cuando me corre la policía, claro que lo pienso.
- En mi caso, cuando cómo hoy, apenas tengo para regresar a casa y llevar un poco de comida.
- En fin. Se hace tarde. Me llevo estos zapatos y vuelvo en un par de días con mi chica.
- Vaya tranquilo y cuídese.
- Usted también, esta zona de noche se pone peligrosa.
El grandote se fue con la caja de zapatos bajo el brazo. Ahora si, era hora de bajar las persianas, apagar las luces e ir en busca del colectivo. Había sido una experiencia extraña. A falta de clientes, hasta un delincuente era bienvenido. Afortunadamente, el que le había tocado en suerte era todo un señor.
¿Calzados para mujeres? Quizá algún día cedería. Cerró la puerta con llave y se ajustó la camisa al cuello. Había comenzado a refrescar. La noche había caído de golpe y algunas farolas del alumbrado público todavía no se habían encendido. El grandote tenía razón. Aquella zona no era la que había sabido ser. Apuró el paso hasta la parada del colectivo, con las manos en los bolsillos. Tanteaba de paso el poco dinero que llevaba encima. Sonrió. Qué más daba, esa noche pediría una especial con morrón y jamón. Al final de cuentas, la vida es una sola.

24 de septiembre de 2016

Último capítulo

Mi editor me llamó anoche y me preguntó cuál era el problema. Cómo si eso fuese fácil de explicar. Claro que se lo dije, pero me cortó, creyendo que le estaba tomando el pelo. Estoy apremiado por el tiempo, por el contrato que firmé hace dos años, cuando acordé con la editorial una novela cada año. Durante los últimos meses disfruté del éxito de mi anterior publicación, las giras de presentación, las notas en los medios de comunicación, las regalías por las ventas que parecían multiplicarse mes a mes.
Por todo eso, y no tanto por la obligación contractual, la editorial y mi editor especialmente, esperan con ansias esta nueva historia, con el fin de poder mover la maquinaría de hacer dinero a través de mi próximo libro. El problema, según ellos, es que la novela no está terminada. El problema, desde mi realidad, es que no puedo terminarla.
No es por falta de ideas, muy por el contrario. El argumento es sólido, muy elaborado y los personajes están bien definidos, consolidados a través de los primeros capítulos. Podría aventurar que es lo que mejor he escrito en mi vida. Pero algo sucede con ese borrador de más de cuatrocientas páginas. Algo extraño que me carcome los nervios.
He ganado con los años la virtud de la disciplina. Una metódica rutina que me sienta delante de la computadora a primera horas de la mañana y me tiene allí hasta pasado el mediodía. Cada día me enfrento al capítulo final de la novela. Y cada día le doy forma, llevo a los personajes hasta el final que tengo en mente, cerrando la historia, a mi modo de ver, de la mejor manera.
Pero al cabo de un rato, al volver al borrador, el capítulo ya no está.
La primera vez que ocurrió pensé que me daba un infarto. Revisé todo el escrito, creyendo en la posibilidad de haber perdido capítulos anteriores. Aquello no tenía sentido. Tenía mucho cuidado de ir guardando el trabajo cada algunos minutos, una costumbre bien aprendida, para evitar justamente esos dolores de cabeza.
Tuve que dejar de lamentarme y volver a redactar esas páginas. Apelé a mi memoria para darle a la redacción los mismos matices que la primera vez. Es casi imposible escribir el mismo texto dos veces. Juegan muchos factores en la elaboración. Internos y externos. Pero traté de dar lo mejor de mí. El resultado me dejó satisfecho.
Jamás doy aviso a mi editor ni a nadie al llegar al final de una obra. Porque en realidad, llegar al final solo implica una parte del proceso. Luego, tras unos días en los que el texto queda en reposo, vuelvo a él para hacer una primera corrección.
No dudé sobre haber grabado bien el trabajo. Porque incluso, esta vez hice una copia en otra carpeta de la computadora. La novela estaba terminada.
Al cabo de unos días, decidí dejar la obra de teatro en la que estaba trabajando y buscar el archivo con la novela. Abrí primero la versión original, sobre la que había trabajado los cuatro meses anteriores. Mi sorpresa fue mayúscula. El último capítulo no estaba. Me apresuré a buscar la copia que había realizado, para encontrarme - con un gran nudo en el estómago - que tampoco estaba allí.
Con desesperación, volví a redactar el capítulo. El resultado fue el mismo. Mi amargura e incomprensión iban creciendo día a día. Esto se repetía de manera cíclica. La escritura. La desaparición. Alguien raptaba mis palabras. Decidí narrarlo en voz alta en un grabador. Una vez que coloqué el stop y le di play para poder escuchar lo grabado, solo había estática.
Empecé a sentir pánico. Ni siquiera podía escribir otras cosas. Traté con la dramaturgia de la obra de teatro que me habían encargado, pero no pude hilvanar dos diálogos seguidos. Quise concentrarme en un cuento de ciencia ficción, pero las palabras se amontonaban sin sentido, completando oraciones y párrafos que no conducían a nada. Es que ese capítulo estaba enquistado como un puñal en mi cerebro.
Necesitaba solucionar lo que estaba pasando, pero no tenía a quién acudir. Mi editor pensaría que era una excusa, mis colegas más cercanos se mofarían y pocos amigos que quedaban para poder solicitar una opinión. Y los que podía considerar como tales, vivían aún en el pueblo de mi infancia. De repente, comprendí lo solo que estaba en la gran ciudad. Sin amigos, novia, nadie en quién confiar.
Los nervios estaban ganando la batalla. Noches enteras sin dormir, buscando una solución. El editor llamando casi a diario. Mi familia preguntando a la distancia cómo marchaba mi nueva creación. Y cabeza era un hervidero. Nada parecía estar en su lugar. Y entonces, hace un par de días, esa carta debajo de la puerta del departamento.
Estaba fechada en los días que esta locura había comenzado, cuando el capítulo comenzó a borrarse como por arte de magia. En el sobre solo figuraba mi nombre, sin ningún dato del remitente. Era un sobre blanco, común y corriente. La hoja, con renglones, estaba arrancada de un cuaderno de apuntes. La carta estaba redactada a mano. La letra era prolija, con una leve tendencia hacia la derecha. En su único párrafo, decía:
"Estimado, el final del capítulo nos disgusta. No estamos de acuerdo con el destino que nos brinda. Ninguno de nosotros lo comparte y como parte activa del libro, nos vemos obligados a evitarlo de cualquier forma".
Firmaban "Los personajes".
¿Qué clase de broma era esa? A nadie le había confiado mi tragedia. Mi capítulo en blanco. Nadie lo sabía. Y de repente, ese sobre, esa carta, sobre esa hoja con renglones... esa hoja. Corrí hasta el cajón del escritorio. Saqué mi cuadernos de apuntes y me estremecí. Una de las hojas sin usar había sido arrancada. Y ahora estaba en mis manos, con un escrito manuscrito hecho por los personajes del libro.
Cuando anoche mi editor me llamó, le conté todo esto. Su primera reacción fue la risa, luego la bronca por considerar importante el tiempo de entrega y finalmente el odio, por el dinero que le estaba haciendo perder. En realidad, se refirió al dinero que todo estábamos perdiendo.
Pero en ningún momento entendió detrás de mis palabras, ignoradas por supuesto, el verdadero problema: ese capítulo jamás podría escribirse. No, al menos, de la manera que lo tenía pensado. Ellos no querían. Ellos, mis personajes.
Siempre creí que las historias, los argumentos, nos llegaban a través de una inspiración, de una musa mágica que nos revolotea arrojándonos ideas a nuestro alrededor. Qué era cuestión de cerrar los ojos y esforzarnos por absorber esa magia. Nada de eso es así, Son los personajes los que nos cuentan las historias.
Aquí estoy, frente a la computadora para terminar esa novela. Pero no como yo quiero, sino cediendo a sus deseos, porque no es mi imaginación al fin y al cabo la que narrará esos párrafos, sino la voluntad de ellos, que tras nacer y desarrollarse, se han adueñado del argumento.



15 de septiembre de 2016

Adiós querido Pablo Dell'Oca, dibujante, amigo, luchador

No es un día más. Tampoco esta entrada es ficción. Cuánto desearía que así lo fuera. Hoy se nos fue Pablo Dell'Oca, dibujante con quién trabajé los dos últimos años, proyectando varias historietas juntos.
Se nos fue luego de batallar muchísimo contra una cruel enfermedad. Siempre con optimismo, sin dejar de dibujar, de pensar a futuro. Hoy su compañera de la vida, Amalia, tan luchadora como él, me dio la triste noticia.
Nunca nos hizo perder las esperanzas, al contrario. Estaba seguro que iba a salir adelante. Su fuerza era contagiosa. Lo es, lo seguirá siendo.
Pablo entró en mi vida hace dos años, de la mano de otro gran amigo que me ha dado la escritura y la historieta: Felipe Avila.
Con Felipe venimos haciendo historietas juntos desde hace unos siete años y al estar comandando ese hermoso proyecto que es Rebrote, le dijo a Pablo que me contactara para ver si hacíamos algo en conjunto.
Un 22 de octubre de 2014, recibí este primer mail, el primero de muchos.

Buenas tardes, Ernesto, mi nombre es Pablo Dell'Oca, soy conocido de Felipe Avila, trabajo cerca de donde lo hace él y compartimos las ganas de hacer historietas. Hace tiempo que charlamos sobre el tema y que le muestro los dibujos que hago y con el surgimiento de las tres revistas de Rebrote me ofreció un espacio para participar en la apaisada de ciencia ficción, fantasía y misterio.

Ese fue el puntapié inicial. Creamos "Futuro XY", cuyo primer número publicó Rebrote este año; "El lienzo de Ulises" (tira semanal que a medida que Pablito podía, fuimos subiendo a la web); "Antinémesis", una de tinte sobrenatural que tiene ocho páginas ilustradas;  la "Leyenda del mate y el yaguareté", con la que ganamos el 1er Certamen Federal de Historietas del Ministerio de Cultura de la Nación en 2015; "Malena", una breve historia de cuatro páginas del género terror, aún inédita; "Souvenirs", historia de terror clásico, de la que bocetó varias páginas; y "Rosario", de la que solo hay un fragmento terminado.
Muchas de esas historietas estaban avanzadas en la brillante mente de Pablito. Con un estilo particular, me iba ofreciendo bocetos, dibujos, maravillas que me deleitaban y con seguridad, encantarían a todos. Porque su manera de narrar visualmente es única, con una fuerza y certeza que pocas veces he visto.
Gracias a Felipe, tuve la suerte de conocerlo. A través de correos, mensajes en Facebook, mensajes de whatapps y el maravilloso e inolvidable encuentro en la cena de Rebrote de diciembre pasado, entablamos una gran relación de amistad.
Cuando enfermó, en mayo del 2015, el dibujo se transformó en su manera de sentirse bien. Eso y sus seres queridos, sus amigos, su familia: "Por suerte tengo al lado mío a mi novia y mi suegrita que me cuidan en todo" me escribió, sinceramente contento por la compañía.
Con el pasar del tiempo nos fuimos conociendo. Le gustaba leer y usar en sus dibujos grandes plenos de negro. Me había dicho que en climas oscuros me sentía mucho más cómodo, utilizando "mínimos detalles ornamentales y mucho claroscuro".
Traté de imaginar los guiones de nuestras historias teniendo en cuenta su estilo, que es admirable. Tuvo toda la libertad para plasmar su talento, porque era gracias a él que esos textos cobraban vida. Él les daba vigor a las escenas, lograba transmitir más de lo que decía el guion. Pablo es - y permítanme el presente - un grande.
Me contó también que su relación con la historieta "viene heredada de mi padre, fanático de las europeas en los 70-80. A los trece me regaló "El Eternauta" de Breccia y me voló la cabeza. Nunca leí mucha historieta. Siempre la miré, más que nada. Estoy tratando de corregir el error! En los noventa estudié con Alberto Salinas, un tipazo con sus alumnos, visité su estudio. ..era un ambiente lleno de magia, como sus clases! Una muy linda época!".
Luego, trabajó como ayudante de Carlos Pedrazzini y tuvo "el privilegio de leer de primera mano los guiones de Robin Wood. Eso fué del '93 al 95 aproximadamente, haciendo revistas mensuales para la editorial Eura, de Italia, sobre el personaje "Dago", de quien fue mi profesor, Alberto Salinas".
Pablito nació un 15 de febrero de 1975, en Capital Federal. Se formó artísticamente en la Escuela Panamericana de Arte y en la Escuela de Dibujo de Carlos Garaycochea, con Alberto Salinas como profesor. Se recibió de Maestro Provincial de Artes Visuales (IPBA de Santa Rosa, La Pampa) y cursó la licenciatura de Artes Visuales en el IUNA (Bs. As).
Fue ayudante del dibujante Carlos Pedrazinni - Pablo estaba feliz cuando este año, al mostrarle sus trabajos actuales, Carlos lo felicitó - y ocasionalmente realizó story boards (que, según me contó, fue la única vez que ganó algo de dinero con el dibujo). Publicaba en la revista "HB" de Santa Rosa, La Pampa y habíamos empezado a publicar juntos "Futuro XY" en Rebrote.
Estaba a la espera de ver materializado el premio del concurso que ganamos en 2015, pero se fue sin poder tener en sus manos la publicación y el dinero que había obtenido. Esto, gracias a la maldita burocracia estatal, que aún mantiene en vilo a todos los que obtuvimos algo en ese certamen de historietas del Ministerio de Cultura de la Nación. Me da mucha impotencia que él no haya podido ver uno de sus sueños hecho realidad, porque ese había sido su primera obtención en una convocatoria de este tipo.
Pero si recibió el reconocimiento de colegas. El grupo "Rebrote", en diciembre pasado, le dio el premio "Revelación". Y en ese mismo evento, recibió las felicitaciones y elogios de Quique Alcatena y Lito Fernández.
Un artista gigante, que el destino nos arrebata cuando recién estaba comenzando a mostrarnos su talento. Una persona sensacional, que transmitía las mejores sensaciones. Humilde, atento, honesto. Siempre me decía que le gustaba lo que escribía y se alegraba con sinceridad cuando le enviaba nuevos guiones. Me dijo no hace mucho "acordate que más allá de tu laburo, tu responsabilidad mayor es con la escritura".
Se nos fue Pablo y lo estamos extrañando. Todavía no lo quiero creer, no me quiero hacer la idea. No pude escribir ese guión de Nippur que soñabas dibujar. No pude tampoco estar en tus últimos momentos. Quiero creer que donde estés, estás bien. Qué nunca te faltará un lápiz y un papel para hacer eso que tan bien hacés. Qué desde ese lugar, nos iluminarás a todos con tu optimismo y sencillez.


Uno de los pocos fragmentos ilustrados de "Rosario", una historieta de pocas páginas

Pablo siempre soñó con dibujar un episodio de Nippur. Me había enviado bocetos del gran personaje de Robin Wood, confiando que podría alguna vez escribirle un guion.


Qué maravilla hizo Pablo con el guion de "Futuro XY". Le dio vida a las palabras y fuerza a una historia que nos gustaba mucho a los dos.

Lápiz de "Souvenirs", historia truculenta de terror clásico. Compartíamos el gusto, entre otras cosas, por leer a "Stephen King". Leímos, por casualidad, "Revival" al mismo tiempo.

Otra página de "Souvenirs". Pablo era muy meticuloso y le gustaba corregir cada página la mayor cantidad de veces posibles, hasta conseguir lo que se proponía como resultado final.

Una de las primeras páginas de "Antinémesis", guion que le fascinó y que mezclaba hechos sobrenaturales con demonios. 
 

La misma página de "Antinémesis", ahora en su versión final. 

"El lienzo de Ulises", una propuesta semanal que no pudimos continuar debido al ritmo que tenía.

En la cena de "Rebrote", el único momento que compartimos personalmente. Junto a Ranquel (izquierda), otro gran dibujante y amigo de Pablo (derecha).

Pablo y Lito Fernández. El maestro de los maestros le dijo a Pablo: "Mostro". Ningún premio vale más que eso.

Quique Alcatena también lo llenó de elogios: "¿Dónde estabas que no te conocíamos?"

Junto a Felipe Avila y Marcelo Bukavec, integrantes de "Rebrote", que esa noche le dieron a Pablo el premio "Revelación".