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4 de mayo de 2016

Ring raje

Soy adicto a tocar timbres. No es un pasatiempo, sino una adicción. La diferencia es que si bien me da placer, sufro mucho y tengo muy en claro que es algo que debo dejar de hacer.
Suelo salir a caminar con la excusa de ir al mercado, a buscar el diario o visitar a mi nieto en la casa de mi hijo y nuera. Pero en realidad, es un itinerario con un único fin, el de presionar timbres en las viviendas que encuentro en el camino.
Elijo las más cercanas a las esquinas, para poder escapar rápidamente de la vista cuando la gente salga a atender la puerta. No pierdo el tiempo cuando es un portero eléctrico. La ventaja del portero es que la gente no tiene que caminar hasta la puerta. Con solo usar el intercomunicador sabe si hay un visitante afuera o no.
También busco las últimas casas de la cuadra porque a esta edad tener que correr no es una elección, sino una imposibilidad. Cuando se superan los setenta años, la vida se hace cuesta arriba. Todo requiere un esfuerzo extra. Incluso las estrategias a la hora de tocar timbres.
Antes llegaba a tocar hasta tres o cuatro timbres en una misma vereda. Corriendo podía escapar con velocidad sin ser visto. En mis tiempos, era el mejor. Al menos entre mis amigos. Cuando purretes, claro. A partir que uno se hace adulto algo así se transforma en una cruzada solitaria. Incluso compartir el secreto es un riesgo. Uno puede caer en la adjetivación fácil y denigrante.
Le he tocado timbre incluso a mi esposa y me he divertido espiándola detrás del jacarandá de la vereda de enfrente. Le fastidia ser víctima de esa broma infantil. Supongo que a todos. Es una broma inofensiva, pero desconcertante. Puedo entender a las víctimas y hasta hacerme el que me da bronca cuando me lo cuentan.
Pero estoy del otro lado. Soy de los que tocan, no de los que van a atender. Y cada año que pasa, reconozco, me da un poco más de vergüenza el pensar que pueden descubrirme. Por eso comprendo que lo mío es una adicción. El sufrimiento va de la mano del placer, o del dedo en este caso.
Cuando el aburrimiento de la tarde se hace hostil y mis piernas susurran su incomodidad con pequeños calambres, me enfundo en mi otra personalidad y tras un beso en cada mejilla me despida de mi esposa, busco un pretexto y atravieso la puerta. Me convierto en el adicto y ya en la calle, de cada lado de la vereda, observo ávido las drogas en forma de timbre que esperan el asalto diario de mi perdición.

30 de abril de 2016

Las últimas monedas

Eran las últimas monedas. Podía sentir el peso en el fondo del bolsillo del pantalón como así el tintineo de las mismas al chocar entre sí. Miraba las mesas de poker y el deseo de estar sentado en alguna le provocaba un nudo en el estómago. ¿Cómo podía ser? ¿En qué cabeza podía existir esa idea? Sobre todo cuando había pasado las últimas cuatro horas en una, perdiendo uno tras otro los billetes de su sueldo. Salvo las monedas, claro. Las monedas estaban aún en el bolsillo del pantalón.
Debía estar sintiéndose mal, sufriendo al saber que había perdido la paga de todo un mes en un santiamén. Pensando quizá en las palabras que soltaría delante de su mujer, cuando ella comenzara a exigirle una explicación. Sin embargo, estaba bien. Angustiado, eso si, por no poder seguir jugando. Pero estaba bien. Malditamente bien.
Se rió solo, allí acodado en la barra del casino, despertando miradas ajenas y aburridas, de rostros portadores de diversas tristezas combatidas con tragos en vasos largos. No le importaba llamar la atención, al contrario. Que lo miraran riéndose en solitario lo animó al punto de estallar en carcajadas. Un hombre que usaba peluquín se alejó de su lado. Una señora entrada en años, que vestía una larga falda roja, prefirió apartarse un par de metros. Incluso el barman se distrajo de lo que hacía, dejando caer un limón al suelo.
Ponía nervioso a los demás. Podía sentir esa incomodidad. Era agradable, una sensación placentera. A veces lograba lo mismo en la mesa de poker, aunque no esa noche. Lo asaltó la tos en medio de las carcajadas. El turno de apartarse de la barra ahora fue para él. Se dirigió al baño de caballeros y corrió al lavabo de manos. Con la ayuda de la mano se llevó agua a la boca. Aprovechó para enjuagarse la cara. Ya no tosía, pero el rostro estaba colorado. Al moverse volvieron a hacerse escuchar las monedas. Un ruido más cerrado y sonoro llegó desde uno de los retretes. Alguien trató de taparlo con un carraspeo, pero el pedo había sido elocuente.
Algo tan tono como un pedo lo había devuelto a la realidad. Miró el espejo delante suyo y vio a un hombre con pronunciadas arrugas, de hombros caídos, con el rostro húmedo y agitado, el poco cabello algo revuelto, ropa vieja y desgastada... el semblante de un perdedor, de alguien que hay hecho de su vida la nada misma.
La puerta golpeó el marco. Alguien más entró al baño y fue hasta los mingitorios. Volvió a mirarse en ese reflejo de mal gusto pero de inmediato quitó la mirada. Era suficiente. Salió del baño, dejó atrás la barra del bar, las mesas de poker, las ruletas, siguió la alfombra roja hasta la salida y escapó, casi al borde de la histeria, al aire libre, donde la brisa fresca lo recibió sin previo aviso, como un sopapo en la mejilla.
Metió las manos repentinamente frías en los bolsillos del pantalón, topándose con las monedas. Las últimas que le quedaban. Había regalado el sueldo en un juego de cartas y ya nada le quedaba para el resto del mes. Solo esas monedas, migajas de la miseria.
Su casa estaba lejos, quizá servirían para el colectivo. Había llegado en taxi, pero aquel lujo era ahora un imposible. También lo sería hablarle a su mujer, pero esa sería una historia futura, con suerte de la mañana siguiente. Avanzó unos metros y se vio sobre un colchón, bajo la vidriera de una tienda de ropa. No era él, pero al mismo tiempo lo era. Ese rostro hambriento era prácticamente igual al que había visto en el espejo del baño..Con más cabello, sucio y despeinado, ropas andrajosas, menos dientes y una mirada sin brillo, ausente. Podía jugar a las "siete diferencias" si se lo proponía, pero no no más. Así de cerca estaba de su destino, así de cerca aquel hombre sin techo lo aconsejaba en silencio.
Tanteó el bolsillo y apresó con la mano aquellas últimas monedas. Se las dio al hombre sin pensarlo dos veces. Como a veces sucedía en las manos de poker, cuando actuaba por impulso y se quedaba sin nada. Ahora también, es un salto en caída libre hacia un abismo sin fondo, como su vida misma, de desencanto en desencanto, de frustración en frustración. La vida de un perdedor que se caga en todo, en todos, que solo le importa sufrir y sentirse menos.
La brisa se transformó en viento mientras dejaba la parada del colectivo atrás. La premisa ahora era caminar. Un pie detrás del otro, de a poco, lentamente, como no queriendo llegar nunca, como si el deseo fuera otro, uno más cruel pero justo, en el que la noche mostrara los dientes y en sus fauces lo engullera para privarlo de lo poco que aún lo hiciera feliz. Pero nada de eso sucedería. Caminaría, llegaría a su casa, pelearía con su mujer y la vida continuaría. Para mal, para bien. Ya no lo sabía. Quizá el destino era que algún día entendiera algo, una moraleja, una lección, algo. O tal vez, simplemente, que el azar le diera otra oportunidad y pudiera hacer su mejor apuesta.

24 de abril de 2016

Musa inspiradora

La rubia entró al bar hecha una furia, dejando golpear la puerta contra el marco lo que provocó que desde todas las mesas las miradas se dirigieran a ella.
Al verla, llevaron la vista a una de las mesas pegadas a la ventana que da a la calle. La mesa que siempre ocupa Luis.
Los altos tacones repiquetearon sobre el deslustrado piso de madera. Luis la había visto, pero se hacía el boludo. Fingía estar compenetrado en la resolución de un crucigrama en la sección de pasatiempos del diario.
Ella se plantó delante de la mesa y sin esperar que él se percatara de su presencia, escupió su bronca:
- ¡Luis, dejá de escribir sobre mí!
El hombre agitó sus hombros, para hacerse el sorprendido y levantó la cabeza hacia donde ella estaba. Le miró el rostro, luego las tetas - que parecían leudar dentro del escote - y otra vez el rostro.
- ¡Carinita, que linda sorpresa!
- ¡Qué Carinita ni ocho cuartos!¡Otra vez escribiste una historia conmigo como protagonista!
- Pero Carinita, es ficción.
La rubia abrió los ojos lo más grandes que pudo, se apretó los puños conteniendo la bronca y le pegó un zapatazo al suelo.
- ¡Me cago en vos Luis, sos un pelotudo! La primera vez, vaya y pase, lo tomo como un halago. La segunda vez, bueno, te la perdono, pero te lo advertí... ahora, la tercera, la cuarta y hoy la quinta historia en la que me hacés ver como la reina del glamour y las orgías en ese mundo pervertido que es tu cabeza ¡es el colmo! ¡Te voy a denunciar!
Y como sentencia física de la sentencia oral agarró el vaso de jugo de naranja que acompañaba el café y se lo arrojó a la cabeza.
Luis dio un salto hacia atrás, poniéndose de pie. No pude evitar el vaso, ni detener la caída estrepitosa de la silla contra el piso.
- ¡Carina, mirá lo que hacés!
- ¡Carina las pelotas, imbécil! Me cansaste, hasta acá llegó nuestra amistad, no quiero ni volver a verte y más vale que dejes de publicar esas historias en la revista, porque te mato, te corto el pito, te saco los ojos, te... - la rubia se largó a llorar, venía haciendo un esfuerzo enorme para aparentar fortaleza, pero aquella catarata de catarsis derrumbó todo intento de permanecer firme.
Luis se acercó, primero con miedo, luego envalentonado al verla quebrada anímicamente. Por las dudas alejó el pocillo del café, no fuera a ser que quisiera convertirlo también en un objeto contundente.
- Escuchame pimpollito, escuchame...
Entre hipos y manotazos al aire, ella lo dejó aproximarse.
- No escribo más sobre vos, te lo prometo. Se acabó. No me importa que la gente se enoje, ni que los editores pidan más y más historias de Carinita, ni todas las cosas lindas que me escriben los lectores, ni las cartas que llegan al diario, nada de nada. Se acabó. Te lo prometo.
La rubia tomó una servilleta y se la pasó por la cara. Se le corrió un poco de maquillaje pero no le importó. Luis se había acercado bastante, lo suficiente como para pasarle un brazo alrededor de los hombros.
- En... en serio que... - hipo - que la gente te escribe.
- Si, en serio. Aman a Carinita.
- ¿Me aman?
- Te aman, dicen cosas hermosas sobre vos. Están ansiosos siempre por la siguiente historia. Pero ya no importa. Lo que importa es que vos estés bien.
Carina se apartó de Luis y buscó una silla. Luis, nunca lerdo, acercó una silla a la de ella.
- Es que hoy en la peluquería volví a verme en una de las historias y me sentí...
- ¿Violada?
- ¡No! Vulnerada. Me da pudor.
- Mirá, esa sola noche juntos despertó mil historias en mi mente. Cada línea es un homenaje, un recuerdo vivo de mis sentimientos, quiero que seas eterna a través de mis letras. ¿No te gusta eso?
- Es que, la Carina de esas historias es tan...
- Encantadora
- No, puta.
- Carina, por favor, ella es un alma libre, decidida. Estás equivocando el punto de vista.
- ¿Seguro?
- ¡Segurísimo! ¿Soy el autor, no?
- Tenés razón - dijo la rubia, al tiempo que se ponía de pie - Mirá, hacé de cuenta que no dije nada, perdoname por el jugo que te tiré encima, si la gente me quiere, dale, seguí escribiendo.
Dio dos pasos hacia la puerta, se detuvo, giró, volvió hacia Luis, lo besó brevemente en los labios y finalmente se fue del bar.
La gente en las mesas volvió a sus asuntos. Luis se acomodó la ropa, juntó el vaso, la silla que aún estaba en el suelo y llamó a Ramón, el mozo.
- Traéme otro café Ramón, que éste ya se enfrió.
- Casi se queda sin musa inspiradora, Luis.
- No me hagás reír, le cambiaba el nombre y seguía escribiendo las mismas cosas. Pero era una lástima terminar así con una mina así. ¿Viste lo buena que está? ¿Y cuál es el precio? Un vaso de jugo en la cabeza.
- Pero no es la primera que una mujer viene y le revolea algo, Luis. ¿La semana pasada no fue una morocha? ¿No estará jugando muy al límite con sus conocidas?
 - Mi amigo, esta profesión no es fácil. Usted me me acá sentado la mayor parte del día, pero no se imagina lo que son las noches. No se imagina. Por eso, traiga un café fuerte, que esta noche no quiero quedarme dormido en la mejor parte.



20 de abril de 2016

El jaracandá

Conozco cada rama, cada una. Le temo a la noche, a sus recovecos, al silencio que genera y los sonidos que escupe, a las sombras que la luna dibuja con mala intención. Y por culpa de ese temor, es que las conozco mejor que nadie. Podría dibujarlas con los ojos cerrados. Podría, pero me aterro de solo pensarlas.
En mis noches de insomnio he podido observarlas en detalle, descifrando sus siluetas caprichosas, aprendiendo sus movimientos oscilantes y el repliegue ante el viento o la quietud ante la brisa.
Ese jacarandá justo delante de mi ventana ha sido en estos años de vida una compañía inquietante. He tratado de no mirarlo, de hacer el esfuerzo por voltearme en la cama hacia el lado contrario, pero el susurro de sus hojas me llama, me obliga a mirarlo, a tener la certeza que aún está allí y que sus ramas permanecen del otro lado del vidrio y que nada hacen por querer penetrar en mi cuarto.
Las noches en vela, que se traducirán en el cansancio y malestar durante el día, son la prueba irrefutable del conocimiento de las ramas del jacarandá. He imagino miles de historia sobre ellas, he visto como las hojas van y vienen, temporales moradoras. Y sin embargo, a pesar de todo, no me creen.
He llamado varias veces y me han tratado de absurdo, de loco, de estúpido. Conozco cada centímetro de ese árbol, cada contorno en la oscuridad. Por eso, cuando digo al teléfono a la operadora del 911 que aquello que pende a mitad de altura entre las primeras ramas y la cercanía de la copa no es otra cosa que un brazo colgando, lo digo con la total certeza que el miedo y las horas muertas me han brindado.
Es un brazo y se mece a voluntad del viento; es un brazo y ningún cuerpo.

16 de abril de 2016

Un hombre de negocios

Hasta ese día, Juan Carlos era un hombre de negocios. Exitoso, seguro de sí mismo, un emprendedor que sin temerle a nada apostaba en ganador. Su palabra arrojaba un manto de seguridad para los inversores que dependían de su visión. Mencionarlo en una conversación era inclinar la balanza a favor. Tal era el peso que tenía en el mundillo del dinero.
Puertas adentro, Mabel, su esposa, lo consideraba un buen marido, un padre preocupado y atento con sus hijos y una persona mucho mejor de la que siempre soñó como compañero en la vida. Si bien sus viajes continuos la afligían, el saber que la amaba le era suficiente.
El vuelo desde Estados Unidos se atrasó cinco horas. El mal tiempo en una de las escalas motivó que Juan Carlos no pudiera llegar a horario al cumpleaños de Matías.
- Estoy en taxi, amor, supongo que se están divirtiendo de lo lindo - preguntó Juan Carlos por teléfono a su mujer, tratando de disimular la bronca por no poder estar en ese momento en su casa.
- Si, pero Matías te espera a vos, quiere darte una sorpresa... pero no te preocupes, no le pidas al taxitas que se apure, vení tranquilo, él se está divirtiendo con los primos.
- No todos los días un hijo cumple cinco años.
- Pero si todos los días ocurren accidentes de tránsito - Mabel hizo una pausa - No importa la hora a la que llegues, el va a guardar la mejor sonrisa para vos.
Ella tenía razón. Le pidió al taxista que omitiera su pedido de apurarse. Se acomodó en su asiento y se dejó llevar por el paisaje exterior, tan conocido y al mismo tiempo inexplorado. Solo conocía oficinas y más oficinas.
El coche se detuvo frente a su casa al atardecer. La música llegaba hasta la calle. Una voz femenina contaba la historia de sapo aparentemente gracioso y saltarín. Sonrió antes de entrar por la puerta. Nada mejor que presentarse ante los demás con una grata sonrisa. No siempre era genuina, pero esa sí. Estaba en casa y su hijo celebraba su quinto año de vida. ¿Qué más podía pedir?
Mabel había estado atenta mirando de reojo por la ventana y lo había visto subir las escalinatas. Ni bien puso un pie en la sala, se arrojó a sus brazos. Quería sentir su cuerpo cerca, luego de varios días extrañándolo. Juan Carlos respondió abrazándola con fuerza. El sentimiento tácito, el poder sentir la respiración del otro, el fundirse en un solo ser. ¿Qué otra señal necesita el universo para comprender que eso es el amor?
- Matías está en el patio, quisiera en realidad llevarte a otro lado - Mabel sonrió pícaramente - pero creo que no vamos a poder - dijo largando una carcajada. Estaba feliz de verlo en casa.
Juan Carlos desajustó la corbata y buscó en su maletín el regalo envuelto en papel azul metalizado coronado con un moño dorado. Se había tomado una tarde para buscar aquel personaje del dibujo animado favorito de su hijo.
En el camino se encontró con parientes y amigos. Los saludó brevemente, con la excusa de saludar a su hijo. Fue hasta la puerta balcón que daba al patio y salió al exterior, donde algunas luces ya estaban encendidas, previendo el inminente adiós del sol.
Había muchos chicos correteando, la mayoría de mayor edad que su hijo más pequeño. Mabel solía invitar a los amigos de su hijo más grande, Ezequiel, al que creyó ver trepando a un árbol en el extremo opuesto del patio. Todavía no había podido dar con Matías. No estaba con los niños que jugaban sobre el césped, ni tampoco en el sector de juegos, que estaba compuesto por un tobogán, un sube y baja y dos hamacas.
Sin quitar la vista de los sitios donde había niños en grupo, fue hasta la parte posterior del jardín, siguiendo un camino de piedras que había hecho traer desde el sur del país especialmente. Al girar por detrás de la casa se detuvo de golpe y el regalo cayó de su mano al piso.
Dio dos pasos hacia atrás y trastabilló con sus propios pies, cayendo de espaldas ruidosamente. Algunos chicos que jugaban cerca se largaron a reír. Matías, en cambio, rompió en un llanto desconsolado, sin poder comprender por qué su papá al verlo se había asustado tanto.
Juan Carlos despertó dos horas más tarde en su habitación. Mabel estaba a su lado, con semblante preocupado.
- ¿Qué me pasó? - preguntó Juan Carlos, viendo que estaba en la cama.
- El médico acaba de irse, al caer te golpeaste la cabeza, pidió que el lunes sin falta te hagas una tomografía - le alcanzó un vaso de agua y prosiguió hablando - Matías se asustó mucho, estaba delante tuyo cuando te caíste.
Juan Carlos tosió mientras tomaba agua. Parte del líquido se derramó encima de su cuerpo. Mabel se apuró en quitarle el vaso.
- ¿Matías estaba ahí? - parecía sorprendido, no recordaba haber visto a su hijo.
- Claro que estaba ahí, te estaba esperando para darte una sorpresa, te caíste justo que él te encontró.
- Pero... - Juan Carlos quedó en silencio, pensativo.
Su rostro estaba pálido. Sus ojos entornados parecían querer algo que estaba más allá de sus recuerdos y sin embargo estaban posados en un recuerdo extraño, como si la imagen grabada en su cabeza estuviera allí mismo, entre él y su esposa.
- Algo te asustó - afirmó Mabel.
- No, no lo creo... yo...
- Te orinaste encima.
Juan Carlos quedó absorto. Instintivamente llevó sus manos hacia la zona de los genitales.
- Ya te cambié, no quería que el médico te encontrara así.
- ¿Qué dijo de eso? ¿Fue por el golpe?
- No se lo comenté.
Otra vez el silencio. La incomodidad. Cómo si ambos fueran dos extraños. Cómo si la escena de un par de horas antes, con el abrazo, la sensación de completa felicidad, hubiese sido protagonizada por otras personas.
- Ahí afuera había un payaso, Mabel - confesó al fin Juan Carlos.
Ahora la que parecía confundida era ella.
- ¡Claro que había un payaso! - no sabía si reírse o enojarse, la comisura de los labios se inclinaba hacia arriba y abajo - ¡Matías se había disfrazado de payaso para recibirte!
- Mabel, necesito vomitar, por favor...
Pero su esposa no tuvo tiempo de nada, Juan Carlos se inclinó fuera de la cama y arrojó lo poco que había comido en el avión sobre la alfombra de la habitación.
Mabel se llevó una mano al rostro.
- ¿Qué te sucede Juan Carlos?
Ahora lo notaba agitado. Ya se había recostado nuevamente en la cama. Se quedó mirando el techo al menos un par de minutos. Mabel estaba por ir a buscar algo con qué limpiar la alfombra, cuando escuchó su voz.
- Le tengo fobia a los payasos.
Ella giró para mirarlo justo debajo del marco de la puerta de la habitación.
- Era tu hijo, Juan Carlos.
- Solo vi un payaso. Es la imagen que tengo en la mente. Un payaso horrible, con garras en lugar de manos, sangre cayendo de sus labios y un líquido viscoso saliendo por los ojos.
- ¿Te estás escuchando?
- Así veo los payasos - nuevamente estaba pálido, como si el recuerdo de lo que había visto volviera a asustarlo - No tengo otra manera de verlos. Jamás llevé a los chicos al circo porque les tengo temor a los payasos.
- Bien, eso es algo que podemos hablar más adelante. Creo que lo importante ahora, además que te recuperes, es que puedas explicarle a tu hijo que no ha sido su culpa, porque está llorando en su cuarto desconsolado, pensando que el causó tu caída.
- Es que no ha sido él, sino ese payaso...
- Matías estaba vestido como payaso, incluso se había maquillado...
- Tenía garras, Mabel, garras enormes y la sangre...
- Juan Carlos, era tu hijo, maquillado por mi hermana vestido con un traje que le compré hace dos días en el centro. No había ningún monstruo.
- No, yo ví...
- ¡Juan Carlos, escuchate por el amor de dios! ¿Qué tomaste? ¿Te convidaron drogas? ¿Bebiste algo en el viaje?
El hombre de negocios cruzó los brazos, fastidiado. No pretendía que ella pudiera imaginarse lo que él vio, pero tampoco le gustaba que lo tratara así, con esa desconfianza.
Mabel giró para marcharse, pero él la llamó por su nombre.
- Es lo que vi, esa criatura no era Matías.
Ahora si, lo dejó solo en la habitación. Volvió más tarde con un balde. Se lo dejó a un lado de la cama y le pidió que limpiara. Y que cuando terminara, fuera a ver a su hijo.
Cuando Juan Carlos golpeó a la puerta de Matías, deseó que estuviera dormido. Sin embargo la vocecita de su hijo se escuchó invitándolo a pasar.
Estaba acostado en la cama, con la ropa para dormir. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. No había rastros del traje de payaso en ninguna parte y agradeció por ello en silencio. Abrazó a su hijo con mucho cariño.
- Feliz cumpleaños Matías - le dijo en un susurro, cerca del oído.
- Gracias por el regalo papá, la tía lo encontró en el suelo, ahí dónde...
Papá sonrió.
- Me alegra que te haya gustado - notó entonces que el muñeco estaba también en la cama, bajo la almohada.
- ¿Fue mi culpa papá? Yo quería darte una sorpresa y pensé que si aparecía de golpe te ibas a reír.
- No, no fue tu culpa, yo... me tropecé, creo que de la alegría de verte, debo haber tropezado, si, y lo que soy más torpe que un camello no pude hacer pie y bueno, ya me viste, me desparramé por todo el patio.
Dijo las últimas palabras riendo, por lo que ambos terminaron a las carcajadas. Mabel estaba en el pasillo y podía escuchar las risotadas. Eso la reconfortó. Sin embargo estaba preocupada. ¿Su marido estaría perdiendo la cordura?
La puerta de la habitación se abrió y Juan Carlos salió al pasillo. Quedaron mirándose en silencio.
- Perdón, perdón por arruinar este día. Primero llegando tarde, después con esa escena en el patio, no sé lo que me pasó - sus palabras querían asemejarse a una disculpa, pero a Mabel algo no le cerraba.
- ¿Por qué le tenés miedo a los payasos?
- Son seres horrendos, Mabel. ¿Nunca has mirado detenidamente a uno? Rostros enfermos, movimientos tontos, labios repletos de sangre, ojos que supuran, el cabello sucio y maloliente... y las garras, esas enormes garras en las manos y en los pies. Los payasos son ejércitos del diablo, provienen del infierno mismo.
- No puedo creer lo que escucho. ¿Te asustó algún payaso cuando eras chico? No lo entiendo.
- ¿Asustarme? Los payasos se devoraron a mis hermanos.
- ¿Qué hermanos Juan Carlos? ¡Sos hijo único!
Juan Carlos no contestó. Se mordió los labios y se alejó en dirección contrario. Ella lo alcanzó y lo sujetó de un brazo. Él no se resistió.
- ¿Qué decís Juan Carlos? Me das miedo.
Tragó saliva. Luego expulsó el aire de sus pulmones en un suspiro prolongado.
- No soy hijo único, Mabel. En realidad, no lo fui. Tenía tres hermanos, trillizos. Mis padres... te mentí sobre ellos. No tenían una tienda de ropa, ni siquiera solían tener ropas normales. Ellos eran payasos. Súbditos del demonio. Viajábamos de ciudad en ciudad, de circo en circo, de tragedia en tragedia. Salían disfrazados de payasos y volvían manchados de sangre. Con cinco años me quedaba a cargo de los trillizos, de sus llantos, sus berrinches, a veces hasta sin leche ni comida para darles. El error de ellos fue sumarse a un espectáculo que recaló en un pueblo de mala muerte, donde apenas si había unas diez familias. Y donde nadie tenía niños. Entonces, hambrientos, se devoraron a los suyos. Me escapé mientras eso ocurría. Corrí toda la noche por la ruta que nos había llevado hasta ese lugar. No podía detenerme, debía correr sin parar. Pero tenía cinco años Mabel, cinco malditos años. Ellos me alcanzaron en un viejo Renault 6. Me subieron al vehículo y en lugar de regresar, fuimos en dirección opuesta. Vi entonces todos sus bártulos en el asiento trasero. El asiento donde siempre iban ellos, los trillizos. Nos estábamos yendo, con seguridad a buscar un nuevo circo, otra aventura. Y no pude soportarlo. Me escabullí de los brazos de mi madre y le salté a la yugular. Le hinqué los dientes con furia. La sangre saltó como un rayo y manchó el vidrio de la ventanilla. Papá en su afán de quitarme de encima de ella soltó el volante. Me había agarrado del cuello cuando el vehículo, que se había desviado del camino, mordió una zanja y dio vuelta. Los dos murieron en el acto. Yo quedé atrapado en medio de los dos y no me hice un solo rasguño en todo el cuerpo. Sin embargo, esa noche murió mi alma, mi niñez, mi inocencia. Estuve en instituciones hasta que tuve la edad de trabajar. Toda mi vida Mabel, empezó allí. El trabajo, los estudios, vos, los chicos. Lo demás no tenía sentido revivirlo. Nunca. Pero hoy a vuelto, con afán de venganza.
Ella estaba en silencio, los ojos abiertos pero sin mirar. Imaginando quizá cada frase que Juan Carlos había soltado como quién abre una represa.
- Todos los payasos son así Mabel, por eso van de pueblo en pueblo, están malditos. Conozco el secreto que guardan, es una maldita carga que me acompaña desde pequeño. Al ver un payaso, veo lo que realmente son. Es el precio de saber quiénes son realmente. Para el mundo, soy un hombre de negocios. Interiormente, soy un sobreviviente. Y quiero que así siga siendo. Nada de payasos en casa Mabel, Nada de trajes coloridos y maquillaje. Porque de una u otra manera, quien los use, se convertirá. El diablo es muy poderoso. No lo tentemos Mabel, no lo tentemos. ¿Te parece bien, amor?
Ella dudó en contestar, miraba hacia la puerta de la habitación de su hijo continuamente. Su marido ahora parecía más calmado, había recuperado el color, pero al mismo tiempo, le parecía un extraño, alguien a quién debía comenzar a conocer nuevamente.
- Ahora quiero dormir Juan Carlos, mañana hablamos.
Él asintió.
- El traje... ¿dónde quedó?
Cerró los ojos, tratando de recordar.
- Debe estar en el lavadero, con la ropa sucia.
Hacia allí se dirigió Juan Carlos. Ella fue a la habitación. Ya era muy tarde. Estaba cansada y aquella revelación... la había extenuado. Le iba a costar dormir, sabía que así sería. Por la ventana le llegaba el crepitar de las llamas. No miraría, podía imaginar la columna de humo elevándose entre los árboles, escapando de las llamas, del traje ardiendo, retorciéndose en el calor, desapareciendo poco a poco, como si con aquel acto primitivo el horror pudiera convertirse también en cenizas.

12 de abril de 2016

Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp

Debía reconocerlo: no se llevaba bien con la tecnología. Lo que a cualquiera podía llevarle unos pocos minutos, a él le ocupaba un largo rato. Y le generaba además de impaciencia, un malhumor que demoraba aún mucho más tiempo en irse. Pero esa tarde no lo demoraba la trivial tarea de bajar una foto del celular a la notebook ni de adjuntar un archivo a un correo electrónico. Aquello era mucho más importante, era nada menos que la confección de su curriculum vitae.
- Traelo antes de las cinco - le había dicho el primo de su novia - Mirá que mañana empiezan las entrevistas.
Esa advertencia había sido disparadora de muchos temores antes de llegar a su casa y encender la máquina.
Seguro no arranca.
No voy a tener internet.
No hay papel en la impresora.
No queda tinta en la impresora.
La batería está muerta y la casa está sin energía eléctrica.

Mil posibilidades de fracaso desfilaron en su mente hasta llegar a la habitación, pulsar el botón de encendido y aguardar esos segundos críticos previos a observar la luz del led cambiar de naranja a verde y confirmar que los astros siguen alineados al contemplar en la pantalla aparecer el bendito logo del sistema.
Hasta allí, la tecnología.
A partir de allí, el simio tomando control de la tecnología.
Así se veía ante tremendas tareas. Buscó con el cursor del mouse el ícono del procesador de textos y lo activó con dos clics. Cuando el programa quedó abierto, ocupando toda la pantalla, supo que no tenía la más puta idea de cómo armar un curriculum.
Miró la hora en el reloj de la pared y mentalmente calculó que no podía esperar ayuda de su hermano más chico, que dominaba la computadora como un campeón.
- Para las cinco no llego - vaticinó en voz alta, sintiendo un sudor frío recorriéndole la espalda - Para las cinco no llego - confirmó, como quién martilla por las dudas dos clavos de más en el ataúd para sellar el pacto de la vida con la muerte.
Al menos se defendía algo con el celular. Le mandó un mensaje a Esteban, su mejor amigo.
¿Cómo hago un curriculum?
La respuesta llegó unos veinte segundos más tarde. Y era la madre de todas las respuestas.
Buscá en Google.
Chistó, más que reprochándose a sí mismo por no haber caído en la cuenta que era la mejor solución, que por la falta de ganas de su amigo de explicarle al menos un par de pautas para arrancar.
Pasó los siguientes veinte minutos viendo videos el Youtube. Lo sencillo del caso, era que aparecían en la búsqueda y lo único que debía hacer era cliquear para que arrancaran. Si hubiese tenido que buscarlos dentro de la página, ya hubiera sido otro problema.
Algo de idea le quedó después de escuchar y ver a desconocidos preparar curriculums en pocos pasos. Volvió al procesador de textos y vacilando tipeó su nombre. Había visto que poniéndolo arriba de todo y con una letra más grande que lo que iría a continuación, era una buena manera de comenzar.
- Algo es algo - dijo para matizar el silencio.
Había tomado notas en un papel a medida que veía los videos. Así que debía atenerse a esas líneas garabateadas en color rojo: datos personales, estudios y experiencia laboral.
Con los datos personales no había problemas, sabía su documento, la dirección, hasta incluiría el teléfono y el correo electrónico. Con los estudios había cierta discrepancia interna. ¿Debía incluir los cursos que había hecho durante los dos últimos años para no estar tan al pedo? Eran tonterías, pero no sabía hasta que punto podía aportar y cómo podían restarle credibilidad.
En Experiencia laboral surgía otro dilema. Jamás había trabajado. Y no le parecía buena idea poner que durante un par de años había acompañado a su padre a comprar repuestos para el taller hasta la Capital. Si bien su papá le tiraba unos mangos por acompañarlo, no era un trabajo en sí. Podía inventar algo, buscarle la vuelta, pero si le preguntaban luego cuál era su rol, se enredaría en su propia mentira de tal manera que seguro la cagaría. Se conocía demasiado bien como para correr el riesgo.
Así que solo puso sus datos y los estudios cursados. Pero sin los cursos de relleno, cómo los llamaba su hermano.
¿Tengo que aclarar que conozco a Emanuel, el novio de mi prima? se preguntó cuando creía tener todo terminado. Pero no le veía mérito a tal afirmación, si bien, basándose en las diez líneas tipeadas, sería lo único que podría acercarlo a conseguir el trabajo.
Lo descartó. En todo caso, sería Emanuel quién le diría a sus patrones que él era un allegado suyo.
Ahora debía imprimir. Encendió la impresora, cuidó que las hojas estuvieran en la bandeja y dentro de Archivo > Impresión encontró la opción. Se sentía un virtuoso de la informática. Hasta que apareció un mensaje diciéndole que los márgenes no eran correctos.
¿Qué márgenes?
Miró la hora. Tenía una hora para imprimir, comprar un sobre en la librería que abría a las cuatro y media de la tarde, meter el curriculum y llevarlo. ¿Y la máquina le preguntaba por los márgenes? Le dio a Cancelar y trató de averiguar que era tal cosa. Pero se equivocó.
¿Cerrar Documento sin Guardar? Si - No
Si
¡No!
Si, lo había cerrado sin guardar. La voz de su hermano llegó mentalmente hasta lo más profundo de su cerebro: Guardá siempre, no vaya a ser que se corte la luz o seas muy pelotudo de cerrar lo que estás haciendo y pierdas todo.
El sudor se transformó en una fina capa de vértigo arrastrándose por su cuerpo. Pero no debía ponerse nervioso, aún podía hacerlo de nuevo.
Abrió otra vez el procesador, aunque sin dejar de putear por lo bajo. Nuevo documento, hoja en blanco y poner otra vez el nombre en grande.
Volvió a escribir más o menos lo mismo que antes. Esta vez lo hizo más rápido.
Llegó a la fase de imprimir, el obstáculo a vencer. Pero ahora tendría más cuidado. Envió la impresión y al salir el mensaje, no canceló, sino que hizo clic en Aceptar y a los pocos segundos la impresora hizo el característico sonido de chupar el papel. El carretel comenzó a girar y el papel se deslizó con suavidad hacia abajo. Luego una serie de zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp y en un santiamén, la hoja impresa.
La tomó entre sus dedos como si se tratase de un pergamino antiguo, con todo el cuidado del mundo. Miró el enunciado en grande con su nombre, los datos siguientes y... ¿qué era aquello?
"No solo no tengo experiencia laboral sino que además me importa un pito lo que piensen de eso, putos reventados"
¡Él no había escrito tal cosa! ¡Jamás se dirigiría a nadie así frente a frente, mucho menos en papel y en un curriculum!
Miró en la pantalla de la notebook y comprobó lo que suponía. Allí no estaba esa frase. Sintió cierta repulsión y soltó el papel, que cayó torpemente al suelo.
Fue hasta el procesador de texto e hizo que se había olvidado. Grabarlo. Volvió a asegurarse que no había nada insultante ni extraño en el texto y envió a imprimir. Otra vez el mensaje de los márgenes. Aceptar. Impresora en acción. Sonidos. Hoja impresa.
Su nombre, los datos personales, su educación y...
"Puto el que lee"
Soltó la hoja como si estuviera maldita. Observó hacia un lado y otro, esperando quizá que de algún rincón apareciera tomándose la barriga de tanta risa su hermano, burlándose de lo tonto que era y de lo fácil que había sido engañarlo. Pero nadie salió de la oscuridad, ni de detrás del armario ni entró por la puerta. En la casa solo era él contra la tecnología.
Algo iba mal, muy mal.
- Chau, que se vaya a la mierda este trabajo - dijo a la habitación, en el momento exacto que su celular recibió un mensaje de texto.
Hacelo tranquilo al CV, que mi jefe te espera hasta las ocho.
Pero ya no era cuestión de tiempo, ni de conocimiento de la tecnología ni de ocho cuartos. En esto estaba metido el demonio, no le cabía la menor duda.
"Puto el que lee" le decía el papel desde el piso, justo encima del primero.
La patada salió del alma. Casi arrancada por la furia y el miedo. Directa a la pantalla de la notebook, como si tuviera la culpa de todo. La máquina dio dos vueltas en el aire hasta dar contra la pared. Hubo chisporroteo, mucho ruido y finalmente se desplomó detrás del cesto de basura.
La impresora aún tenía la luz led verde titilando, a la expectativa. Ni bien él la observó, comenzó a chupar papel: zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp. Una hoja cayó en la bandeja. De inmediato otra vez, el papel deslizándose hacia abajo. Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp. Otra hoja. Y luego, otra vez el papel siendo tirado hacia el carretel...
¡Crack!
Un pedazo de plástico saltó y casi le arranca un ojo, pero él ni se inmutó. Sentía el esfuerzo en el brazo derecho, de cuya mano pendía aún el bate de béisbol de su hermano.
Para qué te comprás un bate de béisbol, si en este país no hay una puta cancha de béisbol.
Sin embargo, le había servido. La impresora estaba partida al medio y tan solo había necesitado un golpe.
Envalentonado, buscó las hojas que se habían impreso segundos antes. Tuvo que tirar con fuerza para sacarlas de la bandeja. Habían quedado atoradas bajo el plástico quebrado.
En la de más abajo, había una sola palabra. En la segunda, dos.
La única palabra, en el centro mismo de la página en blanco y en mayúsculas, era PUTO.
Las otras dos: Estás muerto.
Soltó el bate de madera y el sonido que hizo al rebotar en el suelo repiqueteó cinco veces más en su cabeza. Estaba perdiendo la consciencia. Podía ver puntos negros cercando la visión, una marea oscura acorralándolo de a poco. Se sentó en la cama, tanteando las sábanas. En el pasillo ahora se escuchaban pasos. Alguien se aproximaba, lentamente. La impresora volvió a encenderse. A pesar de estar en dos partes, comenzó a tragar papel. Pero las hojas se amontonaban al no poder llegar al carretel y se doblaban en varias partes. Detrás del cesto de basura la notebook volvió a encenderse. Escuchó la melodía que hacía al arrancar. Trató de levantarse, pero la habitación no había tenido mejor idea que comenzar a dar vueltas a su alrededor. Se sintió pesado, cansado y con un incipiente dolor entre los ojos.
Los pasos se agigantaron, al menos en su cabeza. La oscuridad lo cegó.
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp

Despertó bajo una montaña de hojas impresas. Había perdido la noción del tiempo. Por la ventana podía ver las primeras estrellas poblando la noche. Se quitó los papeles de encima y al recordar lo sucedido, se puso en guardia. En su celular un ícono con forma de sobre le indicaba que tenía un mensaje sin leer.
Mi jefe te esperó hasta las ocho y se fue de mala gana. Me dijo que ni te molestaras en llevarlo mañana. Mirá que sos eh.

Observó las hojas impresas desparramadas en la habitación. Decenas y decenas de curriculums impresos. En ninguno de ellos había línea extra alguna. Ningún insulto. Ninguna amenaza.
Sintió angustia, pero no pudo ni llorar. Se había meado encima en algún momento, porque todavía tenía húmeda la entrepierna. Se estiró todo lo que pudo sobre la cama y fijó la vista en el techo. La pintura descascarada, una telaraña en una esquina y las manchas de humedad que parecían estar desde siempre, con sus formas extrañas y tremebundas, sobre todo cuando la tenue luz de la luna las baña con su halo de misterio y silencio.
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp

El sonido solo estaba ahora en su mente, casi por siempre. Esperando quizá sorprenderlo en el momento menos pensado.
Había perdido, debía reconocerlo. La tecnología lo había intimidado para toda la eternidad.

8 de abril de 2016

Impostores

Mi papá dice que vivimos en un mundo donde los que gobiernan en nombre del pueblo, en realidad lo hacen por intereses propios.
Un lugar donde las instituciones que deben proteger las leyes que nos mantienen a salvo, no lo hacen.
Dónde le tememos no solo a los delincuentes, sino también a los policías que deberían cuidarnos de ser víctimas de esos malvivientes.
Qué en las escuelas ya no se aprende, sino por el contrario, los chicos se estructuran merced a viejas estrategias de enseñanza.
Y que se vive para trabajar con el fin de llevar el pan a la mesa y ya nadie disfruta del simple hecho de estar vivo, porque ni tiempo queda. Y si lo hay, es para ver cómo ese dinero que se obtiene a cambio de trabajar para sobrevivir en detrimento de vivir, no alcanza para nada.
Mi papá me dice todo eso y me pregunto cómo es posible, si somos la especie más inteligente del planeta, haber llegado a este punto.
Se lo he preguntado a él, pero ha hecho mala cara y me ha pedido callarme, que soy chica y no entiendo. ¡Cuántos impostores que dicen ser lo que no son!
Lo que no entiendo, es entonces para que me dice a mí todas esas cosas. Quizá es lo que pasa a mayor escala. Todos los que tienen ese conocimiento se lo guardan para contárselos a sus hijos y no hacen nada al respecto.
Bien, quizá esperan que en el futuro nosotros hagamos algo. Al fin de cuentas, dicen que somos el futuro.
Claro que si de esto se llegan a enterar los que nos gobiernan, las instituciones de la ley, los delincuentes, los policías, los que nos educan, es probable nos hagan cagar en el camino para que no movamos un pelo. Pensar en eso me da escalofríos. Por eso prefiero mirar la tele hasta el hartazgo, para olvidar todo y sentirme... ¿contenta? Al menos, sé que en la tele, todos son impostores.


4 de abril de 2016

El fondo del patio

El fondo de mi patio es un cementerio. Creo que el de muchos. He leído de ciudades que poseen un cementerio de mascotas para enterrar a sus animales queridos cuando les llega la hora de dejar el mundo de los vivos. En mi casa, desde que tengo uso de razón, cuando algo muere va a parar al último metro cuadrado de tierra.
El primer recuerdo es bien de niño, tendría cinco o seis años. A Paloma, mi hermana mayor, ya la dejaban ponerse tacos altos. Ella era la dueña de Angelita, una tortuga de la que nunca supimos la edad. La muerte de Angelita fue la mejor enseñanza que pude tener a esa edad. Porque todos teníamos la idea que las tortugas viven muchos años, más de cien me había dicho. Pero la presión que ejercen los neumáticos de un automóvil parecen poder atentar contra esa estadística sin el menor esfuerzo. Papá la enterró en el fondo del patio, en un pozo bastante hondo, pero pequeño si se lo miraba al ras del suelo. La bolsa en la que la envolvieron era roja. Ese color quedó asociado en mi cabeza siempre al de la muerte.
Unos años más tarde fue el turno de Horacio, el perro salchicha. Una noche comenzó a llorar y no paró hasta la tarde siguiente, cuando papá de un martillazo en la cabeza lo golpeó para que dejara de sufrir. Por la reacción que tuvo de salir con el revólver a la calle y tratar de entrar por la fuerza en la casa del vecino supe que al Horacio lo habían envenenado. El vecino se mudó al poco tiempo. Papá era una persona persuasiva y bastante violenta, aunque no con nosotros.
En esa ocasión me permitieron dar algunas paladas en el momento de ahuecar la tierra. No fue exactamente en el mismo lugar de Angelita, lo que me posibilitó entonces colocarle una cruz a cada uno. Las tuve que quitar a las pocas horas, porque a papá la idea no le gustó.
Con el correr de los años, el cementerio familiar sumó a Corintia, una gata siamesa que si bien no era de la casa, se pasaba toda su existencia en la ventana de la cocina y de tanto en tanto recibía alguna sobra de comida; a Filomeno, un pez payaso que le habían regalado a mi hermanito menor después que insistió alrededor de una semana que quería a Nemo (desde entonces, papá prohibió que viéramos películas que tuvieran animales como protagonistas); a Carlos, un perro callejero que tuvimos tan solo cuatro meses; a Sabina, una lagartija que uno de los tantos novios de mi hermana le había regalado cuando empezaron a salir; y a Paloma.
Esos son los entierros que recuerdo de cuando era niño. Si bien todos representaron algo, el de mi hermana me marcó a fuego. Fue un accidente, todos lo lamentamos. Papá era alcohólico, pero solo peleaba en el bar. A mamá dejé de verla de muy pequeño, según papá nos había abandonado ni bien nació Luciano, mi hermanito, al que le llevaba cuatro años, así que al crecer nuestro referente femenino fue siempre Paloma.
Claro que ella hacía su vida y noviaba todo el tiempo. La noche en que murió, ella volvió a casa antes que papá. Como solía pasar, quedábamos solo con mi hermano y si bien nos queríamos, reñíamos todo el tiempo. Nos costaba dormir estando solos. Tratábamos de mantenernos despiertos jugando o mirando televisión. En mi caso, estaba entrando en la adolescencia, pero Luciano aún era chico. Por lo tanto, solía manipularlo fácilmente. Esa noche lo obligué a mirar una película de terror en donde un hombre mataba a su esposa, la cortaba en pedazos y la escondía en un freezer, en el sótano. Ya de por sí, eso era terrible. El problema empezaba - en la película - cuando estando el tipo en el living tomando un whisky, ve pasar rodando la cabeza de la mujer por el pasillo.
Eso desató las quejas y el llanto de Luciano. En ese momento, esas trágicas coincidencias de la vida, llegó Paloma y acto seguido, cinco minutos después, mientras estaba calmando a mi hermano, entró a casa papá totalmente borracho. Creyó que Paloma le estaba pegando a Luciano y se la quitó de encima. Ella trastabilló y la cabeza pegó contra el borde de la mesa de la cocina. Cayó fulminada. Al verla en el suelo, la sangre creciendo como una aureola alrededor de su cuerpo, quedamos en el más completo silencio.
Lo que siguió a continuación fue casi mecánico, una especie de acto reflejo. Al borde del llanto, pero guardando las lágrimas, como nos obligaba papá cuando enterrábamos una mascota, fuimos por una sábana, envolvimos el cuerpo de Paloma y la arrastramos hasta el fondo del patio. Luciano y yo hicimos el pozo, mientras papá apuraba una botella de vino. Una vez hecho, él se encargó de arrojarlo dentro. Cuando terminamos de cubrir de tierra la tumba, estaba amaneciendo.
Pasó un año hasta que volvimos a hacer un pozo. Fue para enterrar a papá. Con Luciano estábamos prácticamente famélicos. Él se gastaba todo el dinero de la pensión que le daban del abuelo en bebidas y no teníamos qué comer. Una noche lo esperamos detrás de la puerta y lo derrumbamos con una llave cruz que durante años estuvo tirada en el patio. Para asegurarnos que no se volviera a levantar, arremetimos contra su cabeza hasta que aquello parecía una ensalada de frutas hecha solamente con frutillas y cerezas.
Lo enterramos entre Horacio y Paloma. A partir de entonces, me encargaba de ir a cobrar la pensión, alegando que papá estaba enfermo y falsificando una autorización escrita. A pesar de no ir a la escuela hacía mucho tiempo, me las arreglé muy bien con esa parte. Así estuvimos un par de años, hasta que cumplí los dieciocho. La edad me habilitó un terreno prohibido hasta entonces. El bar.
Comencé a ir, dejando encerrado con llave a Luciano. El alcohol me brindó la sabiduría que la vida no había logrado darme. Supe de inmediato que Luciano sería un problema. Quizá, de la misma manera que hicimos con papá, él arremetería conmigo. Una noche volví y al encontrarlo durmiendo, le gané de mano. Lo asfixié con mis propias manos.
Lo llevé envuelto en sus viejas sábanas de los Power Rangers hasta el fondo del patio. Tomé la pala y comencé a cavar en uno de los pocos lugares donde no había cuerpos. O eso creí. Primero golpeé lo que en parecía un hueso de la pierna - nunca aprendí los nombres - y más tarde un cráneo. Al sacar una palada tras otras reconocí la tela roída que acompañaba los huesos. Cómo no hacerlo, si una de las pocas imágenes de mi madre era vistiendo ese vestido rosa. Cavé y cavé, emocionado por el descubrimiento. Encontré dos cráneos más. Supuse que eran los abuelos, a los que no alcancé a conocer.
Terminé la faena sonriendo. Al final, el cementerio no era cementerio desde Angelita, sino desde mucho antes. Papá lo había inaugurado antes incluso que yo estuviera en los planes. Era bueno saberlo. Siempre es lindo encontrar una conexión con la sangre que uno lleva dentro. Los genes, según dicen.
Ahora vivo solo, aunque acompañado por dos perros y un gato. No veo la hora de poder enterrar a alguno de ellos.

31 de marzo de 2016

Palabras perdidas

Las llamas crepitaban dentro del tacho de metal, arrojando luz sobre las paredes lindantes. El techo cóncavo del puente ofrecía más que refugio aquella cruda noche de otoño. Los hombres reunidos ante la presencia del calor y la compañía destilaban además de mal olor y escandalosos sonidos de estómagos vacíos, la sabiduría en falta en el resto del planeta.
Uno de ellos, el de gorra roja carcomida por los ratones, arrojó una piedra en el aire y la volvió a tomar.
- He tenido un sueño - anunció.
Los demás se acercaron con avidez. Allí nadie tenía nombre, arrebatado por la vida junto a tantas otras cosas. Ese hombre era para aquel grupo de sobrevivientes simplemente "Alpiste", porque solía ser lo único que comía a lo largo del día. Sin embargo, "Alpiste" hacía algo que nadie más podía: veía el futuro.
Sabiendo lo que sus visiones generaban, siguió jugando con su piedra hasta que los hombres se acomodaron a su alrededor.
- He visto un futuro, uno no muy lejano en donde se enseñaba una lengua perdida, casi arcaica, mítica, que otrora fuera el pilar de la sociedad.
Los hombres emitieron un "Oh" gigantesco y el aliento de sus voces agitó el fuego, provocando una danza mística de sombras sobre los ladrillos iluminados de calor.
- Un lenguaje - continuó - que contenía las palabras perdidas de la humanidad. En mi sueño, nadie sabía cómo se llamaba ese idioma, ni el por qué de su desaparición. Pero créanme amigos míos, que al escuchar esas palabras repetirse en el futuro, supe que nuestro actual sufrimiento es solo parte del sacrificio en pos de una nueva generación. Esa, la que pronto volverá a decir esos términos escondidos y mancillados, esas verdades cortas arrebatadas sin razón. He llorado en el sueño al escuchar esas voces pronunciar "Perdón", "Por favor" y "Gracias".

28 de marzo de 2016

Penumbra de juventud

El cabello alborotado le caía sobre la frente. De tanto en tanto con un movimiento repentino de la mano derecha se lo quitaba, pero a los pocos segundos volvía a desmoronarse en su lugar.
Con la mano izquierda sostenía la ametralladora. Dentro del ómnibus parecían estatuas, salvo algunos que temblaban levemente. Solo una de las chicas sentadas al fondo sollozaba, anticipando su suerte.
Hacía al menos quince minutos que no hablaba. La directora del colegio yacía muerta en el primer asiento. Había sido la última en tratar de dirigirle la palabra.
- ¡El próximo que abre la boca termina como ella! - había dicho de inmediato y dadas las circunstancias, nadie hizo caso omiso de la sugerencia.
Las ventanillas tenía corridas las cortinas, para que nadie pudiera ver desde afuera. En el parabrisas había colocado camperas y tampoco nadie podía observar a través del frente. En el interior del vehículo, por lo tanto, reinaba la penumbra.
El celular del chofer comenzó a vibrar. El hombre no iba a poder atenderlo, dado que había sido el primero en perecer en manos del chico. Éste, sin dudarlo, lo agarró con velocidad y se lo llevó al oído.
- ¿Quién habla? - preguntó.
Durante unos segundos escuchó con atención pero sin perder de vista el interior del ómnibus, luego vociferó:
- No quiero nada, tengo cuarenta razones para hacer esto, ni una más ni una menos.
Cortó y arrojó al suelo el teléfono.
El semblante seguía siendo el mismo, con los ojos que parecían a punto de estallar.
Una joven sentada en la cuarta hilera levantó una mano, como si estuviera pidiendo la palabra. El joven le arrancó cuatro dedos de un solo disparo. El estruendo hizo que varios gritaran. Luego solo quedaron los chillidos de dolor de la chica. Alguien a dos asientos de distancia se levantó para ayudarla. Nunca llegó. Un disparo lo alcanzó en el pasillo, donde quedó tendido.
- El que se mueve, muere - anunció el muchacho, dando un paso hacia delante.
Se detuvo de inmediato, porque golpearon la puerta del vehículo. Volvió unos pasos y espió hacia fuera. Un oficial de policía aguardaba junto a su madre.
Maldijo por lo bajo. ¡Qué hacía su mamá en el lugar! Aquello lo puso fuera de control. Sin pensarlo dos veces, abrió fuego contra la puerta. Quienes estaban del otro lado, se desplomaron como palomas al suelo. Los gritos volvieron a retumbar dentro del ómnibus. ¡No los soportaba!
Barrió el interior con una ráfaga de municiones al tiempo que bramó a viva voz:
- ¡Silencio!
Sollozos, quejas de dolor, el lugar era una pesadilla. Por su fuera poco, un grupo comando comenzó a abrir la puerta. Los ahuyentó de momento con más disparos. Pero volverían a intentarlo. Y si él no se calmaba terminaría matando a todos y ya no tendría rehenes que lo mantuvieran a salvo. A sus pies, el pasillo era un río de sangre.
El cabello volvió a incomodarlo. Una vez más lo quitó con fastidio. En ese momento escuchó una risa. Primero tímida, luego firme y sostenida. Apuntó hacia los asientos buscando a quién sería su próxima víctima. Pero dio un salto hacia atrás. La risa provenía de una chica con un agujero en la frente.
Otras risas se sumaron a la primera y uno de los cuerpos caídos en el pasillo se dio vuelta de manera sobrehumana para señalarlo con el dedo. Por supuesto, también se reía. El joven apuntó y accionó la ametralladora, pero las balas no salieron. Al mirar hacia abajo, notó otra cosa. Estaba desnudo y su pito era un fideo que caía hasta el piso. Ahora todos se reían de él. Sintió vergüenza y furia. Trató de dar un paso hacia delante, con el fin de aplastarle la cabeza de un pisotón al cadáver descarado que tenía más cerca, pero una mano le sujetó el brazo. Su madre había logrado abrir la puerta y estaba tirando de él para hacerlo salir del ómnibus. Tenía el cuerpo repleto de disparos y aún sangraba de varios de ellos.
- ¡Basta! - gritó en vano, mientras los demás estudiantes avanzaban lentamente hacia él...
- Esteban, vamos...
Esteban se sobresaltó y cayó hacia atrás. Estaba sentado en su silla y no había pupitre a su espalda. Dio contra el piso, con un estruendo enorme. Casi como un disparo.
- ¡Esteban! Deje las payasadas y vamos, que ya sus compañeros están yendo a tomar el ómnibus - el gesto de su profesora era de real indignación. Lo tomó del brazo y en un segundo lo puso de pie.
- Camine, antes que lo deje como castigo en el colegio - le dijo mirándolo con enojo.
El chico se apresuró a colgarse la mochila al hombro, pero en ese momento la palpó y sintió el cuerpo de la ametralladora dentro. Un escalofrío recorrió cada centímetro de su existencia.
- ¿Viene o no? - preguntó de mala manera al docente - ¡Mire que es un bicho raro usted!
Esteban no lo dudó.
- Vamos - dijo, casi en un susurro.
El futuro era incierto. Aunque nunca peor que su pesadilla.



24 de marzo de 2016

Frutilla

La melodía destila recuerdos, aromas, sabor a infancia. Llega a sus oídos desde el otro lado del parque mezclada con el trinar de las aves barulleras en las copas de los árboles. Un par de chicos se disputan una pelota bañada en barro, mientras otros tantos aguardan recelosos cerca de lo que pretende ser un arco y que para cualquier distraído, solo son dos montones de remeras. Sus voces también se confunden con los demás sonidos, pero en un diálogo tácito casi difícil de explicar. Cómo si la vida entablara una conversación abstracta y universal, con un código secreto, vivo, palpitante.
El hombre cruza el verde césped dejando atrás las hamacas, el sube y baja y el tobogán. También la improvisada cancha de fútbol y el arenal para los más pequeños. Ya puede divisar el tránsito detrás de los árboles, los coches yendo y viniendo a gran velocidad sobre la avenida, pasando inmutables ante tanta belleza. No se da cuenta, pero sus labios se mueven al compás del tarareo de esa melodía que lo llama.
Cuando llega a los árboles, lo ve. El heladero avanza lentamente en su bicicleta, pedaleando casi con desgano, la mirada viajando de un lado a otro, buscando un posible comprador. La melodía pegajosa, casi una caricatura de la obra de Beethoven pero al mismo tiempo, una obra en sí misma, se hace más vívida. Cada nota es una invitación a correr hacia la bicicleta. Y eso hace el hombre, agitando una mano en el aire con el brazo extendido casi en forma de súplica.
El heladero sonríe. Siempre lo hace. No necesita mayor información, porque se detiene y aguarda. Por las dudas vuelve a pasear la mirada por los alrededores, quizá alguien más ha caído en las fauces de la tentación. El hombre para entonces está a su lado, pero aún no habla más que el saludo cordial con la vista. El heladero comprende, sabe que esa persona hace tiempo que no vive esa situación, que quizá está asimilando el ayer con el hoy, tratando de buscar diferencias, de alcanzar misterios insondables que antaño. Porque ya no es un niño, porque ha crecido.
Solo cuando el hombre suspira, en parte por el esfuerzo de haber corrido, en parte porque la realidad le ha recordado donde estaba, el heladero pregunta por el gusto.
- Frutilla - dispara el hombre con total seguridad, como si la palabra hubiese estado allí por muchos años esperando por ser dicha - Frutilla - vuelve a decir, con el corazón lleno y los puños cerrados.
El intercambio se produce, el helado, el dinero. Una sonrisa, otra sonrisa. Y luego, el adiós. La melodía suelta nuevamente sus alas y las piernas del heladero le dan vida una vez más a los pedales. Las ruedas se ponen en movimiento y el pedaleo aleja al heladero del parque. El hombre queda solo, con el helado de frutilla en la mano. Y a pesar que la melodía se aleja, permanece allí, en su cabeza. Al probar el helado, tiene el mismo sabor que cuando era niño. No se parece en nada a ningún otro helado de frutilla que haya probado, ni siquiera al que hace su mujer repleto de frutillas frescas. Es el helado de su infancia.
Cierra los ojos para saborearlo, sentirlo en la boca. Cuando los abre el parque ha desaparecido, también la avenida. Vuelve a estar en la plaza del barrio, es verano y sus amiguitos están contra el tapial todos transpirados, la pelota a unos metros. El sonido atrapado en el aire de "Para Elisa" es lo único que persiste. Uno de los chicos, Manuel, levanta la mirada.
- ¡Eh, Victorio! ¡Convidanos de tu helado!
El se acerca, temeroso. No de los niños, que son sus amigos, sino de estar viviendo ese momento. ¿Cómo es posible? Pero allí están Manuel, Pablo, Felipe, Alejandro... cómo si el tiempo no hubiese pasado. ¿Qué clase de magia es esa? Entonces observa el helado y entiende que lo que está sucediendo, sucede por ese simple palito de agua.
Y a medida que se lo van pasando de uno en uno y el helado se va acabando, las formas se van desdibujando. Cuando Pablo, sonriendo, anuncia que el último bocado es de él, los chicos y la plaza se esfumaron sin dejar el menor rastro. Otra vez ante sus ojos aparecía el parque con sus árboles.
El hombre permaneció de pie, asimilando cada instante. La melodía había cesado pero el gusto a frutilla aún estaba en su boca como el cabo de madera del palito de agua en su mano.
Caminó luego un largo rato por la zona, pero ya no pudo escuchar al heladero. Se dijo, en vano, de volver al día siguiente. Algo en su interior le dijo que no lo volvería a encontrar. Volvió al parque y se dejó caer en un banco de madera. Los chicos ya no estaban y los únicos que compartían el lugar con él, era una pareja de jóvenes besándose bajo un árbol. La luna se dejaba ver en todo su esplendor entre la copa de los árboles. La noche había llegado. Metió la mano en el bolsillo y recordó donde había ido a parar su último billete. Sonrió. Había sido un día extraño, pero maravilloso.
Puso sus piernas en movimiento y dejó atrás el parque. Le quedaba un largo trecho hasta el puente, y con el estómago vacío y una sola frazada, la noche se haría larga. Pero no estaba preocupado como otras noches. Tenía el alma llena. Y para un hombre de su edad, viviendo en la calle, sin más aspiraciones que la muerte, aquello era mucho decir.
Caminó a merced de las estrellas, tarareando esa hermosa vieja canción.

26 de febrero de 2016

Relatividad de la teoría general

En mis años de facultad la física era la totalidad de las horas, de los días, de las semanas y de los meses. El tiempo, mi tiempo, tenía un solo dueño.
Y sin embargo, el tiempo como tal era tan frágil como cualquiera de las páginas de los enormes tomos que leía a diario. La percepción del mismo resultaba tan relativo como las mismas leyes lo dictaminaban.
Su dilatación me resultaba fascinante. Desde que la teoría de la relatividad llegó a mi conocimiento cuando era pequeño, resumida y escuetamente explicada en una revista infantil, no hacía otra cosa que pensar en dicho fenómeno.
En el cuarto de la pensión en la que viví durante varios años, las paredes estaba cubiertas por un afiche grande de Einstein y un total de setenta y seis relojes. Uno por cada año de vida del gran Albert.
Al terminar mi carrera tuve la oportunidad de viajar a Suiza, donde trabajaría durante dos años en el reconocido CERN (Consejo Europeo para la Investigación Nuclear). Mis funciones estarían relacionadas al estudio de la materia condensada. Sería complejo explicarlo en pocas palabras.
Lo cierto es que nada de eso ocurrió, de la misma manera que mi amor por la física se desvaneció prácticamente en el acto en aquel primer otoño en las tierras de la economía estable y - justamente - los relojes.
Hasta entonces jamás había tenido tiempo para novias, pero Raquelle, la joven asistente de mi flamante director, cautivó mi corazón. No voy a jactarme que traté de conquistarle, más bien la fortuna estuvo de mi lado y su bandeja de comida felizmente tropezó con mi cabeza en la primera semana de mi - en definitiva - corta estadía.
Una cosa llevó a la otra, como siempre ocurre con las relaciones y los grandes descubrimientos. El amor, podría decirse, contiene fórmulas hasta ahora inexpugnables por el ser humano. Al mes nos consideraban una pareja con futuro, más allá de mi precario francés y mi tendencia a comunicarme con gestos. Pensé - erróneamente, como he pensado erróneamente toda mi vida - que sería así.
Sucedió un sábado, tras un almuerzo en un restaurante cercano al CERN. Una pequeña discusión, la primera y última, con Raquelle. Me enojé. Mi falta de experiencia en relaciones amorosas me hizo perder los estribos y en lugar de contar hasta cien y retomar el diálogo, me puse de pie, arrojé la servilleta sobre el plato a medio terminar de spaguettis en salsa de camarones y salí a caminar.
Trataba de no pensar en nada, pero la idea del tiempo se impuso en mi mente. Esa fijación en la dilatación temporal despertó de golpe un impulso, casi un grito instintivo del cerebro, quizá el mismo que otros científicos han escuchado en el momento menos pensado llamándolos a la acción con el propósito último de un gran descubrimiento.
Corrí al CERN con números, letras y símbolos en la cabeza. La fórmula había llegado sola, desde la bronca, la rabia, la enfática soledad humana de mis horas, semanas, meses y años.
Einstein estaba equivocado y todos los demás que luego dedicaron sus estudios a entender el tiempo. Yo, por ende, también lo estaba. Pero ahora tenía la respuesta ante mí. Raquelle había quedado en el olvido, quizá había sido el descanso que mi mente necesitaba para dar el salto con fuerza hacia el entendimiento.
En Suiza el CERN tiene una maravilla bajo los pies. El Gran Colisionador de Hadrones, de veintisiete kilómetros de longitud. Allí se descubrió el bolsón de Higgs entre otros éxitos enormes.
Pero el de ese día, sería único. En pocos segundos la física quedaría "patas para arriba" y las piezas del gran puzle a medio armar volverían a estar desparramadas sobre el tablero. Todos empezaríamos de cero.
El tiempo, mi obsesión, desaparecería y todos, absolutamente todos, veríamos el error y el nacimiento de un nuevo significado.
Era sábado y tenía un pase a todas las áreas. Nadie sospechó que usaría el Colisionador de Hadrones. Se necesitan protocolos para ponerlo en marcha, pero los omití todos. Necesitaba revertir unos procesos, introducir nuevas variables y ubicarme en el centro mismo del enorme gusano subterráneo.
Lo hice y aquí estoy, tratando de comenzar este libro definitivo, con este prólogo introductorio. La tarea no es fácil, porque el tiempo se ha esfumado y dónde me encuentro apenas si hay piedras, rocas y enormes cuevas. Cada letra me lleva un tiempo que antes definiría como cinco minutos, pero hoy que conozco la verdad ni siquiera necesite que le brinde un nombre.
Las paredes hablarán por mí. Alguien las leerá y entonces la verdad saldrá a la luz. "Cuándo" es una palabra interrogativa que ya no tiene valor. Porque el tiempo, estimados, es solo una ilusión y si el ser humano lo creó es solo para sentirse atado a una realidad. Sin el tiempo, se hace tangible otro término que siempre fue abstracto: libertad.
Real e inexplicable, libertad.

20 de febrero de 2016

Anclas en el ayer

Hace unos años tuve un accidente horrible. Habíamos planeado ir de vacaciones a Brasil en automóvil, con mi marido y los dos niños. Pero nada de eso se hizo realidad.
A los pocos kilómetros de salir nos embistió un camión que se cruzó de carril. Solo yo sobreviví.
Me llevó mucho tiempo sobreponerme, no solo a las lesiones físicas, también en el plano mental y espiritual. Demoré meses en asimilar lo sucedido y conciliar una tregua con el dolor.
A lo largo del último año traté de hacer de cuenta que nada había ocurrido, que en realidad jamás lo había conocido a él y mucho menos haber tenido a esos pequeños. Traté, pero no pude.
La angustia es como la marea. Remite para volver con más fuerza. Y cuando lo hace, me arroja contra una pared imaginaria en la que me estrello con violencia. Durante semanas no salgo de la habitación y pasan días en los que no pruebo bocado.
Comprendo lo difícil que es para mi madre y mi hermana convivir conmigo, y que a veces para no discutir, evitan decirme cosas que ya sé pero no pongo en práctica.
Tras la larga rehabilitación tuve que volver a enfrentar la vida. Parece mentira, pero una de las herramientas diarias es el teléfono celular. El mío se había destrozado en el accidente, pero mi madre me compró uno parecido y había pedido recuperar la línea.
Entendí en ese momento que no debía hacerlo. Nunca la activé y en su lugar, di de alta otra. Es la que tengo hoy en día. Solo les pasé el número a las personas con las que quería mantener contacto. Ni siquiera recuerdo mi número anterior, tampoco el de mi marido. Lo olvidé, no sin esfuerzo.
Hoy, sin embargo, tuve en mis manos el celular de mi hermana. Ella, a diferencia de otras chicas de su edad, no pierde la cabeza por tener el último modelo. Al menos, esa es su excusa. Sé que no quiere desprenderse del aparato porque fue el último regalo que le hicimos como pareja antes del accidente, para Navidad.
Verlo siempre me provoca cierta nostalgia. Porque me hace recordar la alegría de aquel momento. Es una evocación que no puede ser feliz, porque en esa imagen están ellos. Y eso crea un corto circuito. Pero hoy sentí el deseo de agarrarlo, sentir el plástico, como el día que lo elegimos. Fue entonces que activé la libreta de contactos y vi su nombre.
Se me escapó una lágrima. De la misma forma que no quería desprenderse del teléfono, mi hermana no sería capaz de borrar a mi marido de la lista de contactos. Por más que está más, por más que murió, tenerlo allí es retenerlo de alguna manera. Algo tonto, inútil, infantil, que solo provocó más lágrimas y las ganas incontenibles de ponerme de pie y patear lo que tuviera cerca.
Cuando me calmé, miré de nuevo la pantalla. Ver su nombre, cada letra en fila india, me tentó a hacer lo que millones de veces había hecho en el pasado: llamarlo.
Presioné y me quedé con el celular en la oreja, sabiendo que no escucharía su ringtone con aquella melodía andaluza, si sentiría su respiración una fracción antes que llegara a mi alma su voz grave y serena. Resignándome al tono de llamada, a un nuevo llanto.
Pero él me atendió.
- Caro, amor, cómo estás.
Me quedé helada. No tanto por oír su voz, sino por escuchar entre esas palabras tan anheladas el nombre de mi hermana. El teléfono resbaló de mis manos y cayó al suelo. La conversación se cortó. Quedé petrificada en medio de la habitación, sin saber que hacer.
Escuché la voz de Carolina proveniente del pasillo. Venía quejándose de algo, pero no recuerdo bien qué. Siguió hablando en voz alta, en uno de los habituales monólogos donde es la víctima de algo. Solo cuando vio su teléfono celular en el piso, volteó su vista para mirarme.
- ¿Y a vos que te pasa que estás ahí parada? - y señalándome el aparato en el suelo me preguntó - ¿Se te cayó a vos?
Creo que vio algo en mis ojos. A veces suele pasar. Podemos hablar sin palabras. Porque retrocedió lentamente, mientras se agachaba para levantar el teléfono, pero sin despegar sus ojos de mi figura.
Fue suficiente una mirada a la pantalla para darse cuenta lo que había pasado. Lo comprendí sin más. Y no necesité otra excusa.
Y ella también lo supo.
Gritó, pero no lo suficiente para despertar a mamá, pasada de pastillas en la cama, tratando de calmar el dolor en sus piernas.
Su cuerpo aún está a mi lado. Mi mente, a ritmo pastoso, trata de decidir que es lo mejor. Aún no lo sé. Pero tendré que tener una respuesta para cuando se despierte mamá. A menos que ella tenga alguna para mí.
El teléfono permanece en la mesa. Tarde o temprano marcaré otra vez.
Pareciera como si el tiempo, de un momento a otro, volviera a marchar, aunque con una enorme oscuridad a mis espaldas y una tenebrosa verdad por develar.

11 de febrero de 2016

¿Te acordás del Joaquín?

- ¿Te acordás del Joaquín Fernández? - preguntó Enrique mientras removía las brasas cuidando de darle calor a toda la parrilla.
Apuré mi gancia de un solo sorbo mientras hacía memoria. Quedaban dos aceitunas en la tabla de la picada y me hice de una.
- ¿Y vos? - le preguntó, al ver que yo no le respondía, a Omar que llegaba con un vaso de fernet con coca en la mano.
- ¿Yo qué? - respondió el recién llegado al parrillero, al tiempo que pinchaba con un escarbadientes la última aceituna.
- Si te acordás del Joaquín Fernández - dijo Enrique, acomodando los chorizos para que no estuvieran tan encima de las achuras.
- ¿Joaquín Fernández? ¿Al qué le decían el Mono?
- No, ese era un tal Alcides algo, no recuerdo el apellido. Suelo verlo los sábados en la verdulería donde vamos con mi mujer - acoté - Está gordo, descuidado. Tiene varios pibes. Aunque lo saludo y nada más. Mucha afinidad no hubo nunca.
- Está casado con una mina que iba al otro curso – recordó Enrique - El Mono, digo. Esa que parecía chinita, de los ojos aplastados.
- ¡La Ayelen! - exclamó Omar.
- No, la Ayelen se mandó a mudar con el curita ese que habían traído a la parroquia, ¿no te acordás?
- Pará… ¿esa fue la Ayelen? Uy, siempre pensé que fue la colorada, la del curso superior. No te puedo creer, pero claro, ahora me cae la ficha, por eso cada vez que la cruzo a la hermana y le pregunto por los monaguillitos me mira como si fuera pelotudo – Omar lanzó una fuerte carcajada.
- Sos un bestia, y también pelotudo, como vas a preguntar tremenda barbaridad. Además… ¿sabías los quilombos que ha tenido esa mina? – dije, poniéndome serio.
- ¿La colorada?
- No, la hermana – expliqué - Se casó y a los dos días el marido se voló el marote de un tiro, en plena luna de miel.
- ¡Noooo, como nunca me enteré de eso! ¿Vos sabías algo, Quique?
Enrique, que estaba pinchando los chorizos para sacarle algo de grasa asintió con la cabeza.
- Fue para la época que anduviste por el sur, creí que sabías – explicó - Sucede que el tipo era un garca. Tenía otra familia no recuerdo dónde y la mina se enteró. Plena luna de miel, ve a la otra mujer fuera del hotel. Entró en pánico y se mató.
- Esperá… ¿el flaco este no era el que era visitador médico? Porque algo me dijeron que se había suicidado.
- Claro, ese mismo. Calculo que todos los visitadores médicos deben tener dos familias o hijos por todas partes. La mitad de la valijita esa que llevan debe estar llena de forros.
- El que está mal es el médico clínico este que tiene la esposa que es una muñeca – anuncié.
- ¿Craviotto? ¿Qué tiene?
- Parece que un tumor. Me lo dijo mi prima, la Nelda, que va dos veces por semana a limpiar los consultorios.
- ¿Y el bomboncito va a quedar solo?
- Omar, dejate de joder, cómo vas a pensar así.
- No seas hipócrita che, que seguro no te la comés con los ojos cuando la ves por la calle.
- Una cosa no quita la otra. Además todavía no enviudó. Y cuando eso pase, quedate tranquilo que a ninguno de nosotros le va a dar bola.
- Yo que ella, con la plata que heredo me mando a mudar. Como hizo la Carla.
- Pero la Carla no enviudó – exclamó sacudiendo el cuchillo Enrique - sacó premio en el Quini 6.
- Es lo mismo. Sola y con plata, te tomás el palo.
- Sola no estaba. Venía noviando con el Alfredo, el de la heladería, que tiene la cara llena de acné. Lo dejó plantado. El perejil para colmo había sacado un crédito hipotecario porque pensaban construir para después irse a vivir juntos.
- Por eso lo veo a toda hora atendiendo la heladería – mencioné, cayendo en la cuenta de la situación.
- Che, esto ya casi está. ¿Las mujeres ya tienen todo listo adentro?
- Ni idea, cuando entré hace un rato estaban hablando al pedo.
- Che y a todo esto ¿por qué preguntaste por ese flaco – me daba bronca que no nos diera el motivo.
- ¿Qué flaco? – Enrique apartaba las brasas, para no secar la carne.
- El Joaquín Fernández – le recordé.
Quique miró al cielo repleto de estrellas y le mostró la mejor sonrisa.
- Ah... es gracioso, porque hoy fui al velorio del yerno de la Betty, la dueña de la tienda, viste que estaba con cáncer y toda la bola esa, bueno, no va que entro a la casa velatoria, me meto en la sala que da a la calle y enfilo directo al cajón, levanto la mirada y me digo a mí mismo "este no es el yerno de la Betty" pero al mismo tiempo le veía cara conocida, de todas formas me hice la señal de la cruz y salí reculando despacito, tratando que nadie se me apiolara. Cuando salí miré el cartel de la entrada y decía Joaquín Fernández.
- ¿Y el yerno de la Betty? – preguntó Omar, asaltado por la curiosidad.
- En la sala de al lado. ¿Pero no se acuerdan del Joaquín?
- No, de dónde, danos una pista, algo –pedí.
- ¡No estaría preguntando si me acordara! – nos reveló finalmente, acercando una fuente de metal a la parrilla.
Con Omar cruzamos una mirada, solo una. Y nos resignamos.
- Y no, che. Ni la más punta idea.
- En fin está muerto – remató Omar, mirando el fondo vacío de su vaso - Muy lejos no se va a ir. Cuando alguno se acuerde vamos y le llevamos flores. Naturales, las de plástico te las roban.
- ¿Y si llevamos la carne?
- ¿A la tumba?
- A la mesa, pelotudo.
- Dale, pero antes fíjate si las mujeres ya terminaron de hablar al pedo.

6 de febrero de 2016

Un fangote de guita

Incluso antes de ganarse la lotería, Alfonso era un soñador. Escucho ahora que muchos lo dicen como si descubrieran la pólvora, incluso con cierta sorna en el tono, pero les quiero dejar en claro que él era así desde mucho antes. Y nadie me lo puede venir a discutir. Nos conocemos desde que aprendimos a caminar y nuestras madres nos hicieron coincidir en la misma placita.
La vida le cambió cuando acertó los números hace un par de años, pero en un solo sentido. Tenía más dinero. En todo lo demás, seguía siendo el mismo.
Antes que la fortuna lo forrara en billetes, Alfonso decía que sería famoso por una gran idea. Una que revolucionaría el mundo contemporáneo. Claro que llegamos a las tres décadas de vida y la idea seguía sin aparecer. El hecho que tampoco siguiera una carrera universitaria o, que al menos, se hubiera preocupado en completar la última materia que siempre le quedó colgada del secundario, poco ayudaba para pensar seriamente en que algún día lo lograría.
Aún así, sabiendo de este empeño - que repetía casi a diario - nos sorprendió a todos cuando al regresar de cobrar el dinero de la lotería anunció a viva voz y luego con un aviso en los diarios de la zona, que emplearía su dinero para comprar ideas. Si, comprar ideas.
Aunque fueran chiquitas, también se haría con ellas. A sus amigos nos tenía como confidentes y nos decía que quizá alguna persona tuviera una idea pequeña, que él con algo de tiempo y paciencia podría desarrollar en una más grande.
No solo estábamos sorprendidos, sino que también preocupados. Era cuestión de esperar una larga cola de personas dispuestas a ofrecerle cualquier pavada a cambio de dinero. La pregunta que nos hacíamos era sencilla: ¿cuánto tiempo le duraría el dinero ganado?
La respuesta fue dos años.
La gente comenzó a presentarse en la puerta de la casa de Alfonso con ideas de todo tipo. Nuestro querido amigo pagaba por todas, salvo aquellas que ya existían o al menos, que Alfonso sabía que existían.
El valor de la idea lo ponía él. Aunque, a nuestro gusto, era generoso con todos. Algunos se acercaban con carpetas, planos, textos, otro tan solo con la idea en la cabeza. Alfonso escuchaba, tomaba apuntes, recibía el material y pagaba. Lo único que hacía a su favor, era hacerles firmar que renunciaban a la idea y se la otorgaban a él.
A veces nos contaba sobre alguna de ellas, otras veces no. Con el correr del tiempo lo fuimos viendo menos optimista. Por lo que supimos, no había alcanzado a desarrollar ninguna, ni siquiera las que ya había comprado más elaboradas. Le dijimos que dejara de adquirir nuevas y le dedicara tiempo a las que ya tenía. Pero se opuso. Las tenía archivadas por posibilidades de concreción. Aunque el criterio era difícil de precisar.
Ninguno de nosotros le quiso vender nada. Nos parecía una estafa. Alfonso parecía un nene comprando figuritas para llenar un álbum interminable. Y no le importaba derrochar el dinero, porque decía que con muchas de esa idea amasaría una fortuna mil veces más grande.
Hace dos noches cayó al bar, con grandes ojeras.
- Muchachos, me fundí - anunció, dejándose caer sobre una de la sillas vacías de nuestra mesa.
Sin dudarlo, con apenas un movimiento de cabeza, le pedimos al viejo García que trajera un vaso más. Esta noche nos tocaba invitar a nosotros. Se lo veía destruido. Y no era momento para recriminarle nada. Ya habría momento para eso.
Lo acompañamos hasta su casa, como cuando éramos más jóvenes y Alfonso se agarraba un pedo de aquellos. Cuando nos estábamos yendo, nos preguntó con un hilo de voz:
- Me queda apenas para un número de lotería... ¿me dicen un número?
Ninguno de los muchachos habló. A mí me dio lástima verlo así.
- Jugale al mismo que ganaste la otra vez - le contesté.
Sonrió y se metió en su casa. Nosotros nos perdimos en las arterias del barrio, camino a nuestras respectivas soledades.
Esta mañana, mientras tomábamos un café y hablábamos de las noticias del día, se abrió la puerta del bar de par en par. Era el Alfonso que entró como una tromba y casi la arranca del marco.
- ¡Muchachos! ¡Volví a ganar la lotería y con el mismo número! ¡Un fangote de guita!
No podíamos creerlo. Corrimos a abrazarlo, casi en un deja vu muy extraño. Entonces Alfonso nos detuvo y mostrándose serio, nos dijo:
- Esperen, esta vez se lo debo a ustedes. Así que preparé un cheque para cada uno. No se ilusionen, es una parte muy pequeña, porque el resto ya saben para qué lo quiero. ¿No?
Hace un rato volvió a anunciar que seguiría comprando ideas Escucho a todos hablar de lo soñador que es el querido Alfonso y veo como sigilosamente se frotan las manos, pensando en la tonta idea que le venderán esta vez.
Soñador... es una forma de decirlo. Claro que sí. Pero no es de ahora, no señor. Se lo puedo decir yo que lo vi perder sus primeros dientes de leche con la punta del tobogán en la placita del barrio.
Porque en realidad, el Alfonso fue pelotudo toda la vida. Y nada ni nadie lo va a cambiar. Ni siquiera los pocos amigos que de aquí a uno o dos años estaremos prestos a servirle una cerveza sin recriminar.

28 de enero de 2016

Dos veces vivo

Cuando ocurrió por primera vez solo atiné a asustarme. ¿Qué otra cosa podía hacer además de permanecer quieto en la vereda, sin mover un solo músculo? El mundo se había quebrado en dos, como si un rayo hubiese dividido en partes iguales la realidad. De un momento a otro, mientras hacía el recorrido de todas las tardes desde el trabajo a casa, cada objeto, cada persona, vehículo y edificio aparecía dos veces ante mis ojos. Dos Renault blancos con la misma patente, dos señoras de cabello rojo intenso empujando un carro de mandados, dos vidrieras de la misma joyería exhibiendo exactos modelos de alianzas, relojes y pulseras.
Un mismo momento, captado dos veces. Solo podía asustarme, creer por un segundo que era una mala pasada de los ojos producto de algún reflejo del sol. Por eso me detuve, paralicé cada sentido, evité todo movimiento, incluso, calculo, la respiración. Permanecí así segundos que fueron una eternidad, mientras ese mundo duplicado se movía a sus anchas como si nada raro estuviera pasando. ¡Y sí que lo estaba!
Recuerdo que cerré los ojos hasta que me dolieron los párpados. Los abrí esperando que todo retornara a su habitual y tranquilizadora uniformidad. Pero al abrirlos la duplicidad estaba allí, como el maldito dinosaurio de Monterroso. Temí ya no solo por mi vista, sino también por mi cordura.
Busqué algún apoyo a mi espaldas y di con la pared, entre la joyería y una casa de deportes en cuyo escaparate se mostraba tal cantidad de artículos que parecía imposible guardaran un orden en aquel lugar. Pero no eran tantos, mi visión los multiplicaba por dos. Logré calmarme y de a poco aquel raro efecto (o defecto) fue remitiendo. No quería pensar en lo que la gente que transitaba el lugar - y me observaba de reojo - estaría imaginando. Debería estar pálido en aquella pared, seguramente con una capa de sudor en la frente y los ojos enormes, llenos de asombro.
Esa misma tarde fui (corrí) al oftalmólogo. Me diagnosticaron diplopía, una afección al nervio óptico que provoca que el mismo se quede sin oxígeno y motive una doble visión temporal. El médico explicó que a su vez, es un síntoma y es imperativo conocer la causa. Aquella revelación inició un periplo de especialistas buscando una causa, una razón a esa doble visión que me asustó ese día y que posteriormente iría irrumpiendo a diario en mi vida cotidiana. El susto pasó a ser preocupación y angustia.
Ningún profesional daba con la respuesta. Los ataques de diplopía habían pasado de ser diarios a suceder varias veces a lo largo de la jornada. Podían ocurrir en cualquier momento, ya sea caminando, cocinando, cagando, andando en bicicleta... tuve que dejar de movilizarme en auto por recomendación médica.
Pero entonces la diplopía dio el salto. No de gravedad, sino de dimensión. Sucedió hace dos días y apenas si me atrevo a confesarlo. Pero es necesario. Callar terminaría por desmembrar la poca lógica y sensatez que queda en pie en mí persona.
Esta vez no estaba caminando, sino bajando en el ascensor, dentro del edificio donde trabajo. Cada mediodía desciendo del séptimo al tercer piso a buscar el paquete interno de comunicaciones. No es en realidad un paquete, sino una bolsa. Una de mis funciones rutinarias es ir a buscarla. No me puedo quejar. El tercer piso se destaca, sobre todo, por sus mujeres. Pero mi destino me deparaba ese mediodía algo muy distinto a sonreírles a simpáticas chicas bien vestidas que de todos modos jamás me dirigen una sola mirada.
El ascensor recién se había puesto en marcha cuando noté que tenía un ataque de visión doble. Parece mentira pero nunca me he acostumbrado. Sigo sintiendo algo parecido al miedo y trato de apoyarme en algo. Conmigo bajaba un técnico del soporte informático y Adela, la sub jefa del departamento.
Lo que vi a continuación fue muy diferente a lo que preveía. No es que no hayan aparecido las realidades duplicadas, que de hecho ocurrió. Sino que la realidad repetida no era exactamente igual. Adela de la derecha, la réplica en mi visión, vestía de color diferente si bien la postura era la misma. Incluso la calidad de la ropa era menor. Adela de la izquierda tenía puesto un diseño exclusivo de una famosa tienda, en tanto que la otra lucía un simple traje comprado seguramente en liquidación en temporada de rebajas. La nariz de esta segunda Adela también era notablemente diferente, regordeta y chata, nada comparable con la naricita respingada de la sub jefa.
El técnico también parecía tener errores en su doble. El que había aparecido llevaba un paquete de cigarrillos en el bolsillo de su camisa y usaba patillas largas, notando además en su aspecto general cierto desaliño, que si bien no indicaban un marcado contraste como sucedía con Adela, sin dudas tampoco hacían exacta la visión doble.
El ataque duró poco pero lo suficiente como para poder apreciar los cambios. Cuando las puertas del ascensor se desplegaron hacia sus extremos, me abrí paso entre ambos y corrí a recoger la bolsa. Volví por las escaleras, dejé lo que había buscado a la secretaria de piso y pedí urgente permiso para ir al médico. Pero... ¿al oftalmólogo, al neurólogo, al psiquiatra?
Apuré la caminata hasta el taxi más cercano. Le di la dirección del psiquiatra. Algo andaba muy mal. El coche había hecho tres cuadras cuando llegó un nuevo ataque. Me sobresalté como cada vez que ocurre. El taxista se duplicaba delante de mis ojos. Pero el conductor que había aparecido con el ataque, pesaba al menos veinte kilos menos. Los objetos dentro del taxi también presentaban diferencias. El rosario original que colgaba del espejo retrovisor estaba transformado en la visión doble en un pedazo de hilo negro que sostenía una calavera de plástico; la calcomanía en el vidrio posterior decía, en la de la derecha "Reza a Dios y Él te oirá" y en la de la izquierda "AC DC".
No podía evitar mirar por las ventanillas. Las fachadas de los edificios contrastaban unos de otros. El paisaje de la izquierda parecía azotado por alguna crisis económica: paredes pintadas, vidrieras remendadas, colores apagados. Las réplicas humanas eran un mal calco, venidos a menos, semblantes más perdedores de los que uno acostumbra ver en el enjambre citadino. Aquello era irreal. Ahora no solo se había resquebrajado la realidad, sino que una de las partes había caído dentro de un universo gris.
Le pedí al taxi que se detuviera. No soportaba más lo que estaba viviendo. Suplicaba en silencio para que cesara, pero no ocurría. Pagué sin esperar el vuelto (el dinero que mis ojos veían de forma duplicada estaba arrugado, incluso alguien le había dibujado bigote s al prócer del billete que estaba encima de los demás), subí a la acera y sin pensarlo me metí en una galería de compras. Avancé mirando el suelo, tratando de enfocar en el camino, sin mirar nada ni nadie. Busqué a tientas el baño y me encerré allí dentro. Me aseguré de trabar la puerta desde el interior. Solo cuando me sentí a salvo, solo entonces, elevé la mirada.
Me topé con un espejo enorme y en el reflejo, dos veces yo. Uno, el que recordaba de la mañana, de haberme visto en el espejo de casa, vistiendo camisa de trabajo, ojeras profundas por el cansancio de los últimos tiempos, barba de varios días y una profunda desorientación en la mirada. El otro yo, el que provocaba el extraño ataque de diplopía, llevaba una camisa en mejor estado, no tenía ojeras y al menos estaba afeitado. Seguía siendo un perdedor, pero lucía mejor. La visión me estremeció a tal punto que cerré los ojos. Todo lo que había visto duplicado hasta el momento, era peor a la realidad habitual. Sin embargo, al mirarme, la visión doble de mí era mejor.
Abrí los ojos. El ataque había remitido, no así mi sensación. Es que la punta del entendimiento había asomado en el horizonte de mis pensamientos. Si todo lo que veía en los nuevos procesos de diplopía era una realidad alternativa peor, un mundo paralelo donde a nadie le iba mejor, suponía entonces que mí realidad no era la de todos los días, esa que me hacía despertar en un modesto pero cómodo departamento, me llevaba a trabajar caminando unas poca cuadras, retornar a la tarde para luego poder decidir sobre mi tiempo libre para terminar no haciendo nada… sino la del otro tipo, el que había en el espejo de camisa pulcra y afeitado, que entonces, en ese otro mundo, era testigo de su otro yo, es decir, este yo, el que escribe estas líneas que no parecen tener sentido, carente de expectativas, de proyectos como todos los perdedores que dejan pasar la vida en la chatura cotidiana de la supervivencia para sobrevivir.
Con dolor comprendí que tan solo soy lo que otros ven. En algún universo paralelo existo y debo ser yo, pero en este no. Cuando ocurrió por primera vez solo atiné a asustarme sin embargo ahora deseo con fervor que vuelva a ocurrir. Quizá pueda de esa manera volverme a ver.

18 de enero de 2016

El maldito año de los goles

¿La maldición de Ramsey? No me vengan con tonterías. No es más que una estúpida búsqueda de patrones. En un planeta con siete billones de almas, no es tan difícil que cada día muera alguna persona más conocida que otra. La teoría que el pobre galés sea un verdugo maldito es tan endeble como en contrapartida debe existir la certeza que irremediablemente cuando cualquier otro jugador de fútbol convierte un gol, alguien muere en alguna parte.
Diferente es el caso del pueblo donde nací. Quizá ya nadie lo recuerde, pero allí estaba la fábrica de armas más importante del país, la Remigio Martínez. No obstante el pueblo no llevaba en su nombre ningún vestigio de aquel establecimiento que generaba la fuerza laboral del ochenta por ciento de las familias que allí residían. Se llamaba "Pago chico" y nunca un nombre podría haber representado mejor un lugar.
Las casi trescientas personas que moraban en Pago chico se habían acostumbrado a una existencia tranquila, sin sobresaltos, pero como todo sitio que ofrece una sola fuente de trabajo el día que desapareció la fábrica también desapareció el pueblo.
Esta pequeña población santafesina supo de épocas de esplendor, de prosperidad. Alejada de otras localidades, permitía su acceso una deteriorada ruta provincial, pero aun así y más allá de no crecer demográficamente, los habitantes eran felices y mostraban orgullo de pertenecer a ese rincón del mundo.
Y la bandera que mejor los representaba lejos estaba de ser la fábrica: era el fútbol. Porque si bien “Pago chico” tenía pocos habitantes, siempre se las arreglaba para armar un equipo de fútbol competitivo, con un nivel aceptable como para jugar en la liga regional y en varias ocasiones, pelear incluso por el título.
Eran recordadas por los memoriosos las formaciones del setenta y cuatro y del ochenta y cinco, equipos que disputaron hasta las últimas fechas el campeonato regional que otorgaba además una plaza para jugar los torneos del interior. Equipos que si bien no habían inscrito el nombre del pueblo entre los campeones, habían dejado un recuerdo indeleble en las retinas de la memoria de los hinchas de fútbol de la zona.
Pero sin dudas no fueron esas gestas épicas por las que se recuerda a Pago chico y a su equipo de fútbol. Todo ese derrotero de gloria quedó sepultado bajo el nombre de un solo jugador: Lionel “El Pomelo” Martinelli.
Un jugador aguerrido, volante de marca, que siempre le daba una mano a sus compañeros en defensa. Pocas veces incursionaba en ataque y cuando eso sucedía, se batían las palmas en las tribunas celebrando la “guapeada”.
Es que al Pomelo lo quería todo el mundo. El mismo espíritu combativo que mostraba dentro del rectángulo de juego lo tenía fuera, donde repartía sus tiempos entre la verdulería de los Vigo y la tienda de mascotas de los Hernández. Y por las tardes, religiosamente, dejándolo todo en el campo de entrenamiento junto a sus compañeros de fútbol.
No brillaba, no lucía, pero era el motor y corazón de ese equipo. Hasta que empezó eso. Lo raro. Lo que acabó con su carrera. La maldición.
Jamás había hecho un gol, ni siquiera cuando era más pibe. Hasta se reía de ese detalle. Decía que el día que hiciera uno, se vendría el mundo abajo. Sin embargo, ocurrió algo que podría resultarnos más familiar. Ese domingo de abril del 95, cuando un tiro que pretendía ser un centro se coló impulsado por el viento por encima del arquero, sucedieron dos cosas. La primera, que Pomelo, sin entender que pasaba y tener nula experiencia en celebrar un gol propio, se quedó petrificado sobre el césped sin atinar ni siquiera a salir gritando el tanto. Sus compañeros, en cambio, lo derribaron en una montonera repleta de alegría e incredulidad.
Lo segundo que ocurrió, fue que una hora después de terminado el partido, el obispo de Rosario, orgullo de Pueblo chico, dado que allí había nacido seis décadas antes, falleció de un paro cardíaco.
La tarde de aquel domingo, premonitoria, fue contradictoria. Un ídolo lograba un imposible, un ilustre del pueblo cerraba para siempre sus ojos. Y no había quién no relacionara los hechos y ponderara la desgastada frase “un gol cada muerte de Obispo”.
Pero si solo hubiera sido eso, otra sería la historia.
Fatídicamente, ese año a Pomelo se le abrió el arco.
Al domingo siguiente marcó de cabeza, dándole con el remolino. La pelota dio en el travesaño, picó en la línea y se metió. Esta vez lo gritó con fuerza. Nada hacía pensar que su primer gol y la muerte del obispo no eran nada más que una triste coincidencia.
El gol sirvió para empatar un partido fulero de visitante, en Villa Constitución. El regreso en el colectivo fue con cánticos y algunos porrones de cerveza. Al arribar al pueblo, sin embargo, no los espera la misma algarabía.
El viejo Tomás, ferretero de años, había muerto hacía unos minutos tras un súbito ACV cuando estaba arrojándole migas de pan a las palomas en la plaza del pueblo. Querido por todos, arrancó más de una lágrima. Los festejos de los jugadores quedaron en un segundo plano.
Tres domingos, en una tarde de mucho frío de mayo, Pomelo volvió a anotar. Fue jugando de local, contra uno de los equipos que prometían pelear por el título. Un gol de carambola, tras un remate duro y seco que pasó entre varias piernas y se metió en un rincón, inalcanzable para el arquero. Lo gritaron todos en las tribunas y los jugadores se apilaron encima del recio mediocampista.
Todavía no habían cesado los festejos, cuando un grito desgarrador que se escuchó por encima todos los demás sonidos en la cancha, desvió todas las miradas hacia la cantina. Allí estaba Ana, la eterna cocinera del pueblo, sujetando con fuerza a su hijo adolescente, que a duras penas se sostenía a centímetros del piso. En medio de su espalda sobresalía un cuchillo largo, de esos para pinchar los chorizos en la parrilla. Luego contaría Ana que había tropezado en su afán de apreciar el festejo de los hinchas, con nefasta fortuna, cayendo de lleno sobre el cuchillo que estaba apoyado contra una silla.
El partido no siguió. El ingreso de la ambulancia y el dramatismo que se vivía en los alrededores del terreno hicieron imposible la continuidad. Para entonces los rumores estaban de boca en boca. Cada vez que Pomelo hacía un gol, alguien del pueblo moría.
La razón llevaba a desechar esa idea, pero en los pueblos lo sobrenatural es cosa seria. En la parroquia se hablaba de bañarlo en agua bendita, en el bar de hacerle algún “trabajito” en lo de la Chola, la bruja del pueblo y en los pasillos de la comisaría abonaban a la idea de inventarle algún problema el domingo por la mañana y así evitar que jugara el próximo partido.
El que más sufría estos dichos, era el propio Pomelo. Notaba que hasta sus compañeros tomaban cierta distancia cuando él se les acercaba. Tenía que demostrar que todo era una macabra coincidencia. Y así se lo hizo saber al cuerpo técnico. Él no estaba maldito, les dijo. Y pidió que al partido siguiente lo dejaran patear los penales y si era posible, meterlo de nueve. No accedieron a lo segundo, pero si a lo primero.
El rival de turno era el último de la tabla. Cuarenta y cinco goles en contra en ocho partidos. No por nada decían que la defensa era lo más parecido a un flan que se había visto en la liga. A Pomelo le dolió salir a la cancha y escuchar silbidos a sus espaldas. Pero lo peor fue ver en las tribunas a toda esa gente conocida con amuletos, crucifijos y hasta bidones de agua bendita a su lado.
El dominio del equipo de Pago chico fue abrumador. A los cinco minutos ganaban dos a cero. A los diez minutos se paralizaron todos los corazones. Penal para el local y Pomelo caminando hacia el punto de sentencia, pelota bajo el brazo. Todos miraban en dirección a Jacinto Gómez, el técnico del equipo, como pidiéndole explicaciones.
El ídolo devenido en mufa jamás había pateado un penal en su vida. Poco le importaba. Recordaba los consejos de su viejo. Fuerte y al medio, como si fueras a matar al arquero. Ese pensamiento, en realidad, no era el más adecuado para el momento, pero al menos le dieron fuerzas. Pomelo avanzó y pateó. El balón salió con fuerza, impulsado al centro del arco. El arquerito rival ya estaba jugado a uno de los costados. El chasquido en la red lo ratificó. Sobre todo porque el silencio en la cancha era tal, que fue lo único que se escuchó en el aire. Ese chasquido mortal, que dejó a todos con un nudo en la garganta.
Nadie lo celebró, nadie se movió de su asiento. Luego llegaría una catarata de goles. Pomelo anotaría dos más, uno de tiro libre y otro con la rodilla. Salvo esos goles que él hizo a lo largo del partido, los demás fueron todos vitoreados.
Tres goles. Lionel estaba tranquilo, estaba seguro que no habría una muerte en el pueblo. Y en parte, acertó. Porque no fue una muerte, fueron tres. Una por cada gol. La desgracia le tocó a la familia Carrosseti. El auto en el que viajaban de regreso al pueblo fue embestido por un camión que trasladaba aceros.
No había consuelo en Pago chico. Y mucho menos para Pomelo. Debía reconocerlo, estaba maldito. No entendía el por qué, ni cómo. Más que nadie, él lo sabía. Ahora esas muertes estaban en su cabeza. Y también en la de los demás habitantes. Ya no sería visto de la misma manera. No solo se había acabado su carrera. Consideraba que también su vida.
Por esas cosas del destinoa, esa tarde salí de viaje. Dejé atrás Pago chico para ya nunca volver. Por eso puedo contar esta historia. Porque aquella noche fatídica, Pomelo tomó la decisión más importante en su existencia. En el año que había hecho todos los goles de su vida, metería el más difícil. Un gol en contra con forma de cañón de 38 vuelto hacia su rostro. Y sin pensarlo dos veces, pateó el gatillo hasta el fondo de la red.
Quiero creer que fue en el mismo momento. Que hubo al menos una decisión divina al respecto. Que la explosión en la Fábrica de Armas Remigio Martínez ocurrió en el mismo momento que Pomelo jaló el gatillo. Y que la enorme cantidad de armamentos y pólvora se cargaron al pueblo sin que nadie haya sentido ni una pizca de dolor.
Pero sé que no fue así. Porque cuando iba saliendo con el auto por la ruta provincial, escuché a través de la ventanilla el comentario de algunos que corrían hacia lo de Pomelo diciendo que habían escuchado un estruendo en la casa del otrora querido jugador.
Esa noche, Pago chico desapareció en un solo “bum”. Uno gigantesco y mortal. Y ya nunca pude volver.
Por eso, no me vengan a hablar de maldiciones. Le he visto la cara al diablo y no ha sido más que un buen tipo que jugaba al fútbol sin escatimar esfuerzos. Ya pueden ir dejando en paz a ese tal Ramsey y dedicar el tiempo de ocio a búsquedas más importantes, el sentido de la vida, la solución al hambre que hay en el mundo, la fórmula de la eterna juventud. Para maldiciones está mi recuerdo y el de los que aún en aquella zona de mi provincia retienen en la memoria los fatídicos hechos de aquel eterno 1995 lleno de gol.