Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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22 de septiembre de 2018

La cuenta


Había perdido la cuenta. No solo de los actos previos, sino de los días desde el encierro. Solo un ventanal alto y pequeño, me recordaba a diario que la libertad era un pedazo de cielo recortado en un cuadrado en la pared. El resto del tiempo la vida era una monótona soledad en una habitación de dos por uno, en la que apenas entraba un colchón y un balde para las necesidades.
Hasta hoy, que se abrió la puerta. Siendo que apenas puedo moverme, que me duelen los huesos, que mi cabeza ya no tiene cabello. Perdí la cuenta y prácticamente la vida. Ya no recuerdo el pecado. Mi cuerpo es la evidencia del castigo. Aquella habitación a mi espalda, el símbolo del arrepentimiento.

txt: Ernesto Parrilla
ph: Colo Cossy

17 de septiembre de 2018

Antes que amanezca


En el desamparo de la noche, en las horas turbias que envuelven las primeras neblinas del invierno, en la desolación que invita la luna, testigo imperturbable de cada paso en falso del ser humano, la desgracia acecha como un tigre hambriento.

No hay sangre, ni armas. Tan solo la tensa espera. La pronta llegada del recado. El intercambio de manos, oferta y demanda. La vida en caída libre, como en un tobogán. Una pendiente pronunciada, sin horizonte.

Donde pronto trinarán los pájaros, la muerte sella un pacto antes que llegue el amanecer.


Arte fotográfico @colocossy + Microrelato @netomancia

31 de agosto de 2018

Pobres tipos


Los veo ensimismados en llegar cada día más alto, en cobrar cada vez más y más dinero, en ocuparse las horas libres en cuestiones del trabajo, ponerse la camiseta de una empresa que no les pertenece, en creerse parte de una estructura irreal, de la que simplemente son números, piezas de un engranaje, propietarios tan solo de una pizca de monedas en un caudal inmenso de billetes y transacciones electrónicas, eslabones intercambiables y desechables de una maquinaria gigantesca que, en todos los casos, responde a capitales de un monstruo más grande y casi siempre extranjero.
Los veo tan felices, tan llenos de éxito, de dinero, de realidades fugaces, que no puedo más que lamentarme por ellos y decir en voz baja: "Pobres tipos".

29 de agosto de 2018

Los gobernantes de los desmemoriados


Empezaron contaminando el agua en algunos barrios, luego en ciudades enteras. Más adelante, le tocó el turno a los alimentos elementales como la leche, la carne, las verduras y el pan. Fue un trabajo meticuloso, sin que mediara denuncia alguna. De a poco, la gente comenzó a sentir los primeros síntomas.
Algunas lagunas mentales, pequeños olvidos, aniversarios pasados de largo, cosas de todos los días que de pronto dejaban de hacerse. Hasta que un día, ya nadie tenía memoria.
Y desde entonces, ganan siempre ellos. Los gobernantes de los desmemoriados.

25 de agosto de 2018

La verdad espera en un cementerio

Debí sospechar cuando me dijo que lo acompañara, porque él jamás me había pedido antes tal cosa. Fue la primera señal, pero no me percaté. Quizá porque estaba ensimismado con mis problemas, sin dudas menores, como la humedad en la pieza del nene, la boleta del gas que aún no pude pagar y con seguridad deba financiarla en cuotas, la úlcera en el ojo del Fido, que pobre Fido, todos sabemos que está en las últimas. Por eso, si bien no es excusa, cuando él me pidió eso, me puse una campera y salí, un poco para tomar aire fresco, otro para escapar del caos rutinario que hay en casa, los gritos de los chicos, los reclamos de Ana. No levanté mucha plata, porque me conozco, si tengo plata, un par de cervezas me tomo. Tampoco era la idea. Porque cerca del cementerio no hay bares.
Caminé. Al bondi me revienta esperarlo, un remis te sale un ojo de la cara. A mitad de camino me pregunté para qué me precisaba. La última vez que había ido con él al cementerio, teníamos quince años. Estábamos ahí para acompañar a la vieja, para despedir a nuestro padre, a quien, a pesar de todo, ella quería.
Lo encontré cerca de la entrada, sentado en un cantero. No llevaba flores, pero si un gesto duro. Lo llamé por el nombre dos veces y pareció no escucharme. Al llegar a su lado, le pegué con el zapato en la pierna. Recién ahí levantó la mirada. Parecía absorto, en otro mundo. Tardó en reconocerme. Se quedó observándome como si fuera un desconocido. Esa fue la segunda señal y también la pasé por alto. Permanecí allí, como un tonto.
- ¿Qué te pasa? - le pregunté.
Se puso de pie, revolvió en su bolsillo y sacó una medalla. Me la mostró con la palma de la mano extendida hacia mí.
- ¿La conocés? - dijo.
El tono de voz, neutro en su totalidad, interpuso una distancia entre ambos de mucho más de los pocos centímetros que nos separaban. Era una distancia cósmica, inalcanzable. Debo haberme puesto pálido. No lo sé. Internamente sentí un crujido en las tripas, tragué saliva y noté, claramente noté, que el corazón se me aceleraba. Ahora sus ojos oscuros, que siempre comparaba con la negrura del carbón, se clavaban en los míos, esquivos, equívocos, errantes. Esperaba una respuesta, esperaba una confirmación. Y a mí, en ese instante, se me había paralizado hasta la respiración.
La mano que no sostenía la medalla se disparó hasta mi cuello. Lo aferró con tanta fuerza que solo quería agradecerle que la agonía no durara tanto tiempo. Pero me lanzó con fuerza hacia el cemento frío y reboté con violencia. Me dolía la espalda y también la nuca. Entonces, ya lo tenía nuevamente encima y esta vez, con ambas manos libres. Me debe haber agarrado de la ropa, lo ignoro, pero de un momento a otro me vi despedido por el aire, en dirección a un viejo paraíso, donde de niño jugaba a alcanzar las ramas más bajas. Sentí la corteza lastimarme la cara y cortarme el párpado. Me desplomé como una estatua sobre las raíces que sobresalían de la tierra. Tomé una bocanada de aire y de inmediato sentí un puntapié en la cintura. Luego otro y otro. Estaba en el piso, a merced de él. Imaginé que seguiría así hasta hacerme vomitar mis propios intestinos pero no hubo más. Ni patadas, ni trompadas, nada de nada. Solo me arrojó la medalla en el rostro y se alejó.
Una señora que salía del cementerio me vio en el piso y se acercó a ayudarme. La aparte de un manotazo. Me mandó a la mierda. Yo la mandé a la mierda. Traté de ponerme de pie y volví a caerme. Recién lo logré cuando me asistí del paraíso.
Me largué a reír. Él ya no estaba, la medalla hacía equilibrio sobre un montón de hojas secas y yo, a duras penas me podía mantener de pie, apoyado contra el árbol. Claro que conocía esa medalla. A pesar de los años, parecía brillar como siempre. La robé aquella noche, cuando me metí en su casa por la claraboya pensando que estaba en el telo con la vieja. Y no, el muy hijo de puta estaba en la casa. Dijeron que no atinó a defenderse. Y así fue, quizá del estupor de ver a su propio hijo con un chumbo entrando a robarle. Me llevé plata y esa maldita medalla.
Y desde entonces, se me aparece él. Soy yo, pero no lo soy. Me acompañó aquella vez al velorio y sentí que el culpable era él y no yo. Cada vez que algo malo sucedía, él estaba para hacerse responsable. Es la primera vez que pedía algo, por eso fui al cementerio. No me esperaba su reacción.
Me dolía todo el cuerpo y la medalla era como una herida palpitante en mi mano. La guardé en un bolsillo y emprendí el regreso, sintiéndome más solo que nunca en la vida. Volví caminando, a duras penas. ¿Volvería a verlo? ¿O desde ahora debería afrontar el hecho que siempre fui yo?
Lamenté no haber levantado dinero antes de salir. Estaría buscando ahora un lugar donde tomar una cerveza bien fría.

12 de agosto de 2018

La derrota de los escritores fugaces

Este relato obtuvo el 1er Premio en el Concurso Provincial de Cuentos organizado por la Municipalidad de Villa Constitución a través de la Dirección de Cultura, y publicado en la 19 Antología de Poetas y Narradores.

La derrota de los escritores fugaces

Hubo una época en que nos sentábamos a escribir. No precisamente juntos, si bien ganas no faltaban: las distancias lo impedían. No había un acuerdo previo, ni una misma motivación. Solo sabíamos que el otro, en papel, en la computadora o mentalmente, estaba creando una historia. Y cada uno, sin saber que escribía el otro, creaba una parte de ese escrito. Lo llamábamos el texto universal, porque todos y cada uno escribíamos sobre lo mismo, sobre la vida.
Estábamos felices, dedicados de lleno a cerrar los ojos e imaginarnos oraciones, párrafos completos, de un solo tirón. Escribíamos sin parar, de día y de noche, riendo y llorando, acompañados por música o en el más absoluto de los silencios. Podían pasar días sin que nos diéramos cuenta que no habíamos probado alimento alguno o ingerido un poco de agua. Nuestras venas tenían palabras, nuestro corazones bombeaban argumentos. En aquella época, nuestras almas convergían en un solo ser, un solo escritor.
Hasta que uno de nosotros comprendió que si escribíamos sobre la vida, el texto concluiría indefectiblemente en la muerte. Quizá se adelantó más que los demás en los capítulos posteriores, vislumbrando el inevitable final. Cuando todos caímos en la cuenta que por más líneas que agregáramos, o giros argumentales que interpusiéramos, el final sería siempre el mismo, ya no pudimos continuar.
Abandonamos nuestros teclados, nuestras máquinas de escribir, los lápices, los ejercicios mentales. Las hojas dejaron de acumularse en pilas enormes a punto siempre de desmoronarse y se transformaron en resmas estáticas, pálidas, sin ninguna atracción. La tierra y el polvo avanzaron de a poco, cubriendo esas superficies que alguna vez fueron nuestras. Dejamos las ideas adormecidas, sin ninguna esperanza de despertarlas. Nos arrojamos a la rutina del día a día, del sobrevivir, postergando nuestros sueños, porque al fin de cuentas, el final siempre es el mismo.
Y así, convencidos de nuestro fracaso, dejamos que la que camina lento, la que nos da una vida de ventaja, nos devore vivos. Las letras olvidadas, ya no darán cuenta de esta derrota.

6 de agosto de 2018

Willem, el autoreferente


El notable pintor Willem Decerguz dijo desde un principio que en cada obra suya había una autoreferencia.
Fue así que podían verse sus ojos retratados en "El soldado de Waterloo", sus orejas en "Escarlata", su cabello cobrizo en "Diariero taciturno", por nombrar algunos ejemplos.
Un día anunció que pintaría su última obra, y lo haría en vivo. Una multitud colmó el Museo de Artes, donde pintó la afamada "Risa del ángel".
Todos vieron, efectivamente, que aquella era su risa.
Tras los aplausos dijo:
- "Ahora todo lo que soy vivirá eternamente en mis obras".
Y ante la atónita mirada de los presentes, desapareció en el aire.
Aún los críticos debaten si no fue una mera movida marketinera. Lo cierto es que Willem nunca más fue visto con vida.

5 de agosto de 2018

Estamos malditos, todos y cada uno

Mario Carrillo es un escritor de Villa Constitución, pero antes es periodista y de los buenos. Aprendí mucho a su lado, hace casi veinte años. Hoy compartimos una gran amistad y la pasión por la literatura. Tuve el placer de escribir prólogos en sus dos libros anteriores, de cuentos.
Y tuve el honor de leer de antemano su primera novela y redactar el prólogo. Para algunos quizá sea una formalidad. Para mí el prólogo es cosa seria. Me gustó mucho "La sangrienta maldición de los Burundarena" y el texto que leerán a continuación y que titulé "Estamos malditos, todos y cada uno", prácticamente se escribió solo.
Gracias Mario, una vez más.


Estamos malditos, todos y cada uno.

Dice Stephen King que los monstruos y fantasmas son reales y viven dentro de uno y que a veces, ellos ganan. Si algo me fascina de esa afirmación es que tiene mucho de cierto. ¿Quién no vive escapando de fantasmas en la más absoluta soledad de la consciencia? ¿Quién no se esconde de monstruos que solo acechan en la imaginación? Otros, directamente, lo son: monstruos con rostro de hombre, corrompiendo la existencia de sus víctimas; fantasmas en vida, vagando por las calles sin que nadie se percate de ellos.
La humanidad crea sus miedos a imagen y semejanza. Y el destino, ese derrotero incierto que moldea nuestras vidas a capricho, se encarga que enfrentarnos a ellos. Lo hace desde que tenemos noción de las cosas, con las primeras sombras proyectadas en la oscuridad, con sus formas tétricas que nos obligan a sumergirnos bajo la almohada casi al borde del grito. Estamos malditos, todos y cada uno. Condenados a crecer, al desengaño, el sacrificio, al amor, la traición, el dolor, la injusticia e, inevitablemente, la muerte, la propia, pero antes, la ajena.
¿Es acaso una mirada soslayada, demasiado oscura, que omite las buenas cosas, las alegrías, todo lo que vale la pena? Si, lo es. Por supuesto. No puedo escribir este prólogo de otra manera, porque las páginas que he devorado – como un monstruo con sed literaria – me obligan a pensar en una palabra: venganza. Pero no se engañen, las hojas que componen este libro no se reducen a un solo vocablo, al contrario.
Venganza es el punto de partida de cada párrafo. Es lo que mueve al monstruo y espanta a los fantasmas, es la imagen que aparece en sueños una y otra vez hasta alcanzar a su víctima, es lo que Mario Alberto Carrillo nos va a meter de prepo, casi a golpes de puños (puños literarios) hasta hacernos sentir dentro de la tragedia de los Burundarena, tomando partida, odiando, amando, en un relato que se ramifica a lo largo de las décadas, de la geografía pampeana y nuestra propia historia.
La sangrienta maldición de los Burundarena es un viaje emocionante, vertiginoso, en el que no solo atravesaremos un legado de sangre, sino que nos empaparemos en él, sentiremos las miserias en carne propia, como testigos imposibilitados de torcer un destino que paso a paso se va tornando cruel y tormentoso, persiguiendo a los protagonistas y a cada uno de sus descendientes a campo traviesa, con la furia de un malón endemoniado.
Mario, que en sus libros de cuentos nos había demostrado la capacidad para ir de la risa al llanto, de la anécdota al relato crudo, será nuestro guía, nuestro aliado en este camino, elevando aquí su apuesta en una novela con los condimentos necesarios para convertirla en una lectura recomendada que difícilmente nos deje indiferentes. Por lo bien que están creados los personajes, por lo cerca que los sentiremos, por la manera en que nos llegarán al corazón sus sentimientos y acciones, cuyas consecuencias, algunas espeluznantes, nos develarán el estoico y violento espíritu de los Burundarena.
Y además del escritor, se ve al periodista. Al que muchos tuvimos como maestro en ese oficio. Se nota la investigación al detalle de cada época y lugar, en la que uno casi no necesita imaginarse nada, porque allí está todo. Nos ubica de manera visual en el contexto de las décadas que atraviesa la trama, desde los primeros años del siglo XIX al pasado siglo XX, dándole al marco histórico un lugar en la novela más importante que el de simple escenario sobre el que transcurren las acciones.
Es de esos libros que uno espera se extienda un poco más. Que nos regale más de la trepidante lectura que nos mantuvo durante horas pasando páginas, una tras otra. Pero todo tiene un final y vaya que lo saben los Burundarena. Amor, pasión, odio, venganza, sacrificio, dolor, penas y muerte. ¿Terror? Para nada. ¿Pero hay monstruos y fantasmas? Si, en cada rincón. Están allí, con rostros humanos, muchos de ellos con rasgos vascos, confundiéndose en la espesura de la llanura pampeana, esa que el tiempo transformó en paisajes poblados atravesados por carreteras, acechando al destino, tratando de vencerlo, aun sabiendo que es imposible, que la maldición irá tras ellos. Pero siempre hay una esperanza, una posibilidad de redención. Por algo nos escondemos debajo de las sábanas y metemos la cabeza bajo la almohada: para que los fantasmas y monstruos no nos encuentren. Siempre la hay. ¿Será Mario, en esta novela, piadoso con nosotros? ¿Nos tenderá esa mano para sentirnos seguros? ¿O nos dará un empujón hacia la oscuridad?
Lean. Disfruten. Engañen sus propios destinos mientras se internan en esta maldición ajena. Pero sepan que los monstruos y fantasmas, existen. Porque quien avisa, no traiciona.

19 de julio de 2018

La mujer que lo sabía todo

A Sofía la diagnosticaron ya siendo adolescente, pero lo suyo comenzó de muy pequeña. Siendo apenas una beba llamaba la atención por su facilidad de entendimiento y de aprendizaje. Con solo mostrarle una cuchara, sabía como agarrarla, como usarla para juntar comida del plato y llevarla hasta la boca. Cuando alguien le regalaba un juego de encastre, lograba resolverlo con sencillez en pocos minutos, para desconcierto de todos. Con los rompecabezas sucedía lo mismo. Sabía como vestirse sola, como atarse las zapatillas, encender el televisor, cambiar de canal; ni siquiera hacía falta advertirle que no debía meter los dedos en los enchufes, ni que tocara la heladera con los pies descalzos, que tuviese cuidado con los bordes de los muebles... y todo antes del año y medio.
Cuando comenzó a hablar, respondía a cada pregunta con suma seguridad. Y cuando digo pregunta, no me refiero a las típicas que se le hacen a un niño que empieza a balbucear sus primeros vocablos: ¿Cómo te llamás? ¿Cómo me llamo yo? ¿Cuántos años tenés? ¿Dónde está la tía? ¿Y mamá?
La preguntas que le hacíamos eran algo más complejas: ¿Cuál es el número PI? ¿Cómo se calcula la masa? ¿Cuál es la raíz cuadrada de veinte? ¿Quién sucedió a Luis XIV en Francia? ¿Cómo se llamaba el hermanastro de Nerón? Si, también le hacíamos preguntas más triviales: ¿Cuántos campeonatos del mundo tiene Argentina en básquet? ¿Y Estados Unidos? ¿Qué equipos componen la primera división de fútbol en Noruega? ¿Cuál fue el actor que compuso el papel de Edward Lewis en Pretty Woman? ¿En qué canción Madonna dice "tropical the island breeze, all of nature wild and free"?
Sofía contestaba todas y cada una, con un desparpajo tal que nos ponía nerviosos. Parecía una especie de buscador de internet con forma humana. Pero era nuestra querida Sofía y no queríamos llevarla a especialistas, por temor a que se convirtiera en objeto de estudio. La sola idea de imaginarla siendo interrogada por investigadores o peor aún, sometida a maquinarias para estudiar su cerebro, nos hacía temblar.
Dejamos que creciera, tratando de hacerle entender que no era necesario que contestara todas las preguntas que le hicieran. En la escuela solían demorarla durante horas haciéndole preguntas con el afán de verla equivocarse, y no solo sus compañeros, sobre todo sus maestros. Aquellos que se jactaban de que la harían errar la respuesta, y hacían preguntas tramposas, se topaban de repente con la contestación exacta que los dejaba helados y faltos de comprensión.
Cuando estábamos con ellas, tratábamos de no hacer alguna pregunta que no pudiéramos contestar, porque ella se veía en la obligación de darnos la respuesta que buscábamos. Aunque no siempre se podía evitar ese don, si acaso así podía llamárselo. Su madre solía preguntarle las recetas de comida antes de ponerse a cocinar. Su padre los resultados de fútbol que no recordaba de algún campeonato pasado.
¿Cómo era posible? Todos nos hacíamos esa pregunta. Una vez se lo pregunté a ella, y para mi sorpresa, no tuve respuesta. Dudó, estuvo a punto de abrir la boca y luego calló. Ni siquiera un no sé. Sofía no tenía las palabras que explicaran cómo era que ella pudiese saberlo todo.
Con el tiempo ella se fue acostumbrando. La madurez fue acortando distancia con respecto a sus conocimientos. Ya nadie se aprovechaba de su condición para hacerle responder preguntas que le hacían pasar vergüenza. Se hizo de amigas que la cuidaban. Fue creciendo y comprendiendo que tener todas las respuestas no necesariamente la hacían más inteligente. Muchas de los hechos, fórmulas, leyes, y millones de cosas que sabía, no las comprendía. Sentía que repetía palabras sin sentido y eso era algo que la ponía mal, por lo tanto, había aprendido entonces a no responder todas las preguntas que recibía. Sabía cuando contestar y cuando no.
A los diez años, sus padres y maestros decidieron que no siguiera en el colegio. Al menos, el formal. Lo sabía todo. Los profesores decían que el entendimiento iría llegando de a poco, pero lo ideal, era ir a una institución de alumnos avanzados. Allí las cosas se pusieron feas para Sofía. A pesar de saberlo todo, su coeficiente intelectual era normal. Los demás alumnos la usaban como si se tratara de una enciclopedia viviente. No había compañerismo, mucho menos cariño.
Los dos años que pasó allí, fueron un calvario. Sofía se había convertido en una sombra de la niña que había conocido. Una tarde la encontré llorando en su habitación. Ya me había pasado cuando ella era muy pequeña, que tras caerse de la hamaca y rasparse las rodillas, le había preguntando sin otra intención de calmarla ¿por qué llorás, Sofi? y su respuesta había sido "llorar es bueno, libera la presión y está comprobado que evita la sequedad de los ojos, ayuda a combatir las bacterias que se acumulan en éstos y limpian el canal visual, pero, al mismo tiempo, ayuda a liberar emociones negativas, elimina tensiones y el estrés". Esta vez no incurrí en el mismo error. Le pregunté qué emociones la embargaban y si la podía ayudar. Allí supimos por lo que estaba atravesando.
Sus padres la sacaron del colegio y finalmente, tras resistir doce años, fueron a ver a investigadores de la conducta y neurólogos de una importante universidad. Sofía comenzó a ser objeto de pruebas, pero al contrario de lo que imaginábamos, estaba feliz. Ella también recordaba esa pregunta que no había podido responder. Ella también quería saber el por qué.
Uno de los investigadores, alto, pelado, anteojos de marcos gruesos y oscuros, de muy pocas palabras, me llamó una mañana. Llovía. Sofía había estado haciendo unas pruebas y quería hablar conmigo. Había pedido por su tío. Salí sin paraguas y llegué completamente mojado. Al verme así, me sugirió que tomar y diferentes maneras de prevenir un resfrío. A veces no hacía falta que le pregunten.
Estaban sentado, mesa de por medio, ella y el investigador. Detrás del hombre había una inmensa pizarra repleta de números, letras y alguna que otra palabra conocida. Había incluso algunos jeroglíficos y símbolos, muchos de los cuales me eran desconocidos. Admussen, así se apellidaba el hombre, me ofreció una silla.
- ¿Qué conoce de las hormigas? - me preguntó.
Lo miré asombrado. Observé a Sofía. Me hubiese gustado que me diera toda la información posible de esos insectos, para no quedar como mal ante el profesional. Le dije escuetamente "muy poco, preferentemente sé más del veneno que debo comprar cuando me atacan los limoneros". Sonrió.
- Sofía me cometa que usted es la persona que mejor la entiende - dijo, y sinceramente, me emocioné, porque con Sofi siempre nos llevamos bien, y a diferencia de los demás sobrinos, siempre traté de estar cerca, no sé si por su rara condición o qué - Y prefiero hablar esto con quién la entiende mejor.
- No entiendo lo de las hormigas... - intervine.
- Las hormigas. Este insecto es, a diferencia de lo que se cree, bastante complejo. Socialmente complejo. Verá, hay estudios que han determinado que las hormigas poseen algo que se llama conciencia grupal. Sobre todo, cuando son atacadas. La colonia, las hormigas, saben que son atacadas por más que solo una minúscula parte esté recibiendo físicamente ese ataque. Es decir, tienen conciencia de lo que sucede, a través de un sentido. Estará pensando, qué tiene que ver esto con Sofía. La respuesta es, prácticamente todo.
Debo haber hecho algún gesto con mi rostro, porque el hombre volvió a sonreír. Sofía me tomó de la mano. El investigador Admussen siguió hablando.
- Sofía tiene un conocimiento colectivo. Ella sabe por los demás, no solo por los que la rodean, por usted, por sus padres. Ella sabe por toda la humanidad. Todo conocimiento en poder de un ser humano vivo, ella lo atesora. No los tiene a disposición como si fuera una enorme vitrina, sino que al recibir el estímulo de la pregunta, ella accede de inmediato a la respuesta. Si hoy, póngale el caso, un conocimiento fuera exclusivo de una sola persona y esa persona muriera, ese dato, o esa serie de datos de exclusividad, desaparecerían de la cabeza de Sofía.
- Entonces le podríamos preguntar la fórmula de la Coca-Cola y ella tendría que saberla, por más que todos sabemos, es ultra secreta.
- Si, aquí la tengo anotada. Mire - giró un cuaderno de hojas rayadas hacia mí - De la misma manera, podría decirnos todos los secretos de estado existentes, si supiéramos preguntar. O cosas peores. Atrocidades. Crímenes. Todo conocimiento, le reitero, que forme parte de la población viva en el planeta. Ella, quiero que comprenda, es la receptora de todo lo que se sabe.
Me quedé en silencio. Sofía apretó mi mano. Mi comprensión iba creciendo, a la par de mis miedos. Sentí un escalofrío en todo el cuerpo.
- Doctor, lo que usted me dice es que... - callé, claro que sabía lo que me estaba diciendo. - ¿Por qué? ¿Por qué me ha llamado a mí?
- Porque ella confía en usted. Más que en nadie. No investigo solo. Los fondos que llegan a la universidad son en parte estatales, en parte privados. Mi informe podría omitir ciertas cosas, pero no he llegado solo a esta conclusión. Lamentablemente, no. Y puedo asegurarle que en algunas pocas horas más, la existencia de Sofía supondrá un riesgo para muchas naciones y un trofeo para otras.
- ¿Qué quiere decir...?
- Que vendrán por ella. Que no hay mucho tiempo.
- Tiempo para...
- Para escapar. Para escabullirse en la clandestinidad absoluta. Para salvarle la vida a Sofía.

Aquello ocurrió hace varios meses. Desde entonces, vamos de un lado a otro. No resulta tan difícil teniendo toda la información a mano. Solo tengo que saber formular las preguntas correctas. Los días más aciagos, pienso en sus padres, en la familia, en todos los que desconocen su paradero y su suerte. Pero entonces la veo, tan joven y llena de vida, y hago lo imposible para mantenerla a salvo. ¿Por cuánto tiempo debemos escapar? No lo sé. Ella tampoco. Ahora que comparto cada segundo de mi vida a su lado, sé que no sabe muchas cosas. Y quizá, sean las más importantes. Todo aquello que nos depara el destino, es una enorme incógnita. En la clandestinidad, con nombres que ya no son los nuestros, sonreímos ante lo desconocido.



4 de julio de 2018

Monocromo

Me levanté de mal humor. El despertador no sonó y me quedé dormida. Ya llegaba tarde al trabajo. No hice a tiempo de desayunar. Pero lo peor de todo fue que al salir a la calle no había color.
Salí apurada, peleando con la llave en la cerradura, corrí hacia la esquina para cruzar antes que el semáforo cambiara y ahí lo noté. Todo era monocromático. Las luces que debían ser verdes, o rojas o amarillas, no lo eran. Ni siquiera el cuerpo del semáforo tenía los suyos. Y los autos, y la gente, hasta el cielo mismo. Toda la realidad había perdido el color.
Estaba llegando tarde al trabajo, así que corrí de todos modos, alcancé el colectivo y apretujada -cuando no- seguí cavilando sobre la ausencia de algo tan elemental, tratando de no caerme o golpear a alguien en cada frenada del transporte.
Dudé en preguntar a alguien más. La gente lleva auriculares, desvía la vista hacia otro lado, esconde las miradas en el suelo, se aparta al mínimo contacto. La gente odia hablar. La duda me carcomía. ¿Sería yo o serían todos?
Saqué el teléfono, abrí las redes sociales. Nadie mencionaba el monocromático fenómeno. Era yo; sin dudas, era yo. ¿Estaría enferma? Pensé en qué día me convendría pedir turno con un oftalmólogo o aún mejor, con un neurólogo. El jueves, ese día era el mejor.
Llegué al trabajo, hubo reproches, me dieron una pila de carpetas. No podía diferenciarlas por color. Demoré más de la cuenta en ordenarlas. ¿Qué carajo me pasa? pensaba en todo momento.
Sufrí hasta la hora de salida. Incluso el almuerzo había sabido mal debido a la falta de color. Un sándwich gris, un tomate opaco, un queso desabrido.
Alguien se ofreció a llevarme a tomar el colectivo. Cómo si fuese una broma, me hablaba de los colores de moda para el verano. Le pedí que me bajara antes. Inventé una excusa. Estaba angustiada. Quería llorar. Extrañaba el rojo, el azul, el naranja. Todo era insulso, ajeno. Una fotocopia mal sacada. Me dieron ganas de vomitar. Fue cuando lo vi.
Un hombre, muy mayor, casi anciano, cruzaba la calle. Se desprendía de él un color púrpura intenso. Era el primer color que veía en el día. Me apresuré en ir a su encuentro, mis piernas cobraron impulso y me trasladé entre la marea de personas grises en busca de aquel hombre. Estaba a un metro cuando se derrumbó. Cómo si alguien le hubiese disparado. La gente se agolpó a su alrededor y pude ver el instante exacto en que el color púrpura se elevaba con velocidad hacia el cielo oscuro, hasta desaparecer.
Me alejé, espantada. Empecé a prestar atención al cielo. Cada tanto, más lejos, más cerca, veía algún destello púrpura elevarse y desaparecer, como un fuego artificial. Parecían disparados hacia una misma dirección en lo alto, más allá de las nubes.
Paré un taxi. Pedí que me llevarán al hospital más cercano. No podía esperar un turno, debía ir a una guardia médica cuanto antes. Pagué sin esperar el vuelto. El lugar estaba atestado. En una camilla se quejaba una mujer ensangrentada. Todos los presentes eran testigos de esa agonía. Un accidente de coches murmuraba una joven con su bebé prendido al gris pezón de su teta.
De repente, el color púrpura comenzó a emanar del cuerpo desparramado en la camilla. Claro que nadie más lo notaba. Intenté acercarme, pero sus quejidos se transformaron primero en gritos, luego en una respiración agitada y finalmente, en la quietud absoluta. Preciso momento en el que el color púrpura se disparó hacia arriba, perdiéndose en el techo descascarado y salpicado por manchones de humedad.
Llegaron los enfermeros, pero nada había por hacer. Retrocedí. El espanto. La comprensión. Mi monocromática situación. Y aquel color, aquella certeza. Podía ver la muerte. No antes, sino en el momento que se consumaba. La angustia ganó mi cuerpo. Estaba temblando. Alguien se me acercó preguntando si estaba bien y lo aparté de un empujón. ¿En serio me preguntaba eso? Me fui corriendo. Bajé al subterráneo, subí a un vagón y lloré hasta el fin de línea. Ubiqué la salida, detuve un taxi y aquí estoy. En el único lugar donde es difícil que vea las luces púrpuras. En el cementerio. Porque los que aquí residen ya tienen resuelto su destino.
Y mientras contemplo el gris de las lápidas, me pregunto qué clase de brujería me acecha. La paz del lugar se confunde con el monocromo de la escena. La noche no tiene tanta diferencia del día, vista de esta manera. Es un tanto más oscura, pero mucho más sincera. Hasta la luna se apiada y sin demasiados matices se parece a la de siempre. Mi pregunta es la misma desde hace horas. Y ya no es por qué ni cómo. Es simplemente, qué. Qué haré con esto.
Mis pasos me llevan desconsolada a casa. Reconozco el camino. Aunque apenas levanto la mirada. No es el gris, es el púrpura al que temo. El que delata a los que se alejan. No puedo negarlo. La idea de verme rodeada por ese único color es tentadora. Una especie de libertad hasta ayer insospechada, más cercana a las calles de lápidas y cruces que a las atestadas de vehículos y personas presurosas de llegar a horario a destinos predestinados. Pero es una decisión difícil. El qué, no tiene respuestas fáciles.

28 de junio de 2018

A salvo

Trato de no ver, de apartar la mirada, de hacer fuerza con los párpados para espantar los miedos. Pero hay algo que es peor, algo que aún persiste y es el sonido. Porque aún puedo oírlo, y a pesar de tener clausurados los ojos, mis oídos traicionan todo esfuerzo. Por eso llevo las manos hacia las orejas y las oprimo con violencia, sin importar el dolor que les causo, que me causo.
Ahora sí, ahora estoy a salvo. Me creo a salvo. Evado el momento, el temor, al monstruo del destino. Y entonces, cuando siento que las paredes vibran, que bajo mis pies pareciera que se ha desatado un terremoto, abro los ojos, hago las manos a un lado y me uno al grito de todos, al alarido más potente que un ser humano pueda dar: penal y gol sobre la hora.

16 de junio de 2018

Bartolomeo enamorado

Algunos enamorados regalan flores, otros bombones y no falta quien aún persiste con el antiguo rito de la carta escrita a mano.
Pero lo de Bartolomeo era distinto, único. Hoy en día hay libros enteros hablando de aquello. Es incluso material de estudio en ciertos ámbitos. Su regalo es muy difícil de equiparar con otros ejemplos.
Lo que Bartolomeo le enviaba a su novia, eran cadáveres. Primero fue el de un anciano, luego el de un piloto de autos de carrera y, finalmente, antes que ella lo denunciara, el de un bombero.
Mientras lo llevaban preso, bajo una fuerte custodia policial, cuentan que alcanzó a gritarle a su amada por encima de los insultos de la multitud: ¡Amor, en el freezer dejé a tus padres!
Ella cayó desmayada, según narran algunas crónicas de la época. Las mismas que aseveran que al enamorado Bartolomeo, en cambio, el corazón le volvía a galopar al ritmo de las mariposas que le revoloteaban en el estómago.

5 de junio de 2018

Tiempos difíciles

"Desolación" de Leonardo Cabrera
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Camilo persigue las vías saltando de durmiente en durmiente, sintiendo en la piel desprotegida el frío de la tarde.
Busca algo de valor con la mirada atenta, aunque sea una mínima excusa con la que volver a casa.
Pero las horas pasan y la noche se anuncia. Debe retornar antes que salgan los otros, los que no se conforman solo con minucias.
Se resigna y emprende la vuelta con las manos vacías. Piensa en su gente, en la desazón que tendrán al verlo, en la desesperanza que va en aumento. Las vías, dos brazos infinitos a cuyos lados sobrevive la humanidad, lo llevan hasta el refugio.
Alguien le ha contado que alguna vez las transitaban los trenes, esas maquinarias que hora los albergan de la intemperie. Son tiempos difíciles.
Siempre los son.
Siempre los han sido.

2 de junio de 2018

La respiración

De todas las canciones, aquella es la que más le gusta. Por eso la repite una y otra vez en el celular, mientras se mece en la hamaca de la plaza, sin otra compañía que la brisa de finales de otoño, cada vez más fría, anunciando otro año de bufandas y camperas gruesas.
Tiene puestos los auriculares, esos que le había regalado su novio cuando aún era su novio. Ahora era uno más, otro más, alguien con el que su vida se había cruzado y ya no se cruzaría. Sin nostalgias, sin reproches.
Es por la canción, es por los auriculares, es en parte por tener la mente en mil partes y en ningún lado, que no percibe la silueta a sus espaldas, ni escucha los pasos sobre las hojas secas, como tampoco se percata del movimiento sutil del brazo rodeando su cuello.
Es sorpresa, es miedo. Es todo y mucho más. Porque no puede explicarlo, casi ni tiempo tiene de experimentarlo. Una mano enorme, robusta, cubierta de guantes oscuros, se cierne sobre su boca, oprimiendo con fuerza, mientras su cuerpo se levanta de la hamaca, aunque comprende -si es que algo puede comprender- que no es ella la que lo hace, sino la violenta carga del otro cuerpo, que por detrás la empuja hacia arriba, sin dejar nunca de presionar la mano contra sus labios que ahora duelen, contra sus dientes que retroceden y su respiración que se agita, angustiada, asfixiada, alterada.
Sus brazos pretenden liberarse del letargo, pero ese alguien se lo impide, porque de alguna manera la tiene prisionera, impidiéndole gritar, moverse, llorar. Siente el tirón en sus orejas cuando lo que se desprende son los auriculares, vencidos por la gravedad, arrastrados por el peso del celular que se desmorona sobre el césped recientemente cortado de la plaza. Y a pesar de lo caro que lo había pagado, de los reproches de sus padres por un gasto que consideraron innecesario e inoportuno, no piensa en eso, no puede en realidad. Su cabeza procesa todo a gran velocidad pero al mismo tiempo parece agarrotada por el miedo, todo es vértigo y al mismo tiempo quietud. Es una película acelerada que aún sigue corriendo en cámara lenta. Es el corazón que palpita a mil revoluciones por segundo y un cerebro que ha detenido todas sus funciones.
La arrastra hacia el tobogán. Sus pies parecen flotar en el aire. Sus ojos celestes están cubiertos de agua, aunque no llora. Todo se ve nublado. Ahora que no tiene los auriculares, escucha. Pero lo que escucha es su propio forcejeo. Son los pasos de ese alguien sobre las hojas amarillentas desparramadas en el camino. No hay nada más. Ni un pájaro trinando, ni un automóvil pasando, ni algún vecino pidiendo auxilio por ella. Es la brisa fría, son sus piernas agitándose, es su frágil cuerpo prisionero, su boca obligada a callar. Y la respiración.
La respiración es la que lo convierte en real. Áspero sonido entrecortado, húmedo y frío vaho que duele en el cuello, que estremece más que cien disparos, que atormenta más que mil cañonazos. Es la respiración, jadeo violento, que perturba toda esperanza, que coloca en su mente las imágenes más asquerosas, que obligan a su alma querer morir ahí mismo.
El tobogán queda atrás. Y ahora sí, aparece el objetivo. Un auto estacionado. Un auto viejo, no destartalado, pero no moderno. No sabe de autos, no conoce marcas, no le importan, nunca le importaron. Ella camina. Sus padres caminan. Usan el bondi, la bicicleta. No es que no puedan, no quieren. No le gustan los autos, tampoco les tiene miedo, pero sí respeto. Cree que estar al volante es como montarse a una bomba que puede explotar en cualquier esquina. Y ahora, ese alguien, violentamente la conduce hacia el interior de la bomba. La puerta se abre y desde el interior la envuelve un olor poderoso, a cuero, a viejo, a humedad, a dolor, a agonía. Entonces recibe el golpe y ya nada importa.
Despierta dolorida, cansada, desnuda. Se sabe desnuda antes siquiera de llevar sus manos a la piel. Se sabe golpeada, incluso antes de pasar la lengua por sus labios agrietados. Se sabe ultrajada, antes siquiera de abrir los ojos. Tampoco necesita abrirlos para sentir los altos pastizales que rozan su cuerpo, ni exhalar demasiado para ser asaltada por el hedor de la bosta de caballo que está en todas partes, incluso bajo su abdomen, ni necesita pellizcarse para saber que nada de aquello es un sueño.
A lo lejos, muy a lo lejos, tanto que parece proveniente de otro universo, otra vida quizá, alguien tararea su canción preferida. Es un tarareo básico, incluso erróneo por momentos, falto de ritmo, pero es su canción. Y sus fibras, con tan poco, se retuercen levemente. Se dice, en voz muy baja. que está viva. ¿Acaso debe conformarse? ¿Acaso debe celebrarlo?¿Sobrevivir es sinónimo de estar vivo? No lo sabe, ya no sabe nada. Solo que esa canción es cada vez más fuerte, tanto o más que su llanto, tanto o más reales que las lágrimas que caen sobre sus mejillas doloridas, tanto o más que las ganas de respirar, de abrir los ojos, de separar los labios, de pedir ayudar, de gritar con las pocas fuerzas que aún posee.
Se desmaya, los pasos se acercan, pero se desmaya, es tarde, es suficiente, las voces quiebran el aire, pero se desmaya, cae, lentamente, cae, mientras los pasos, las voces, cae, mientras todo se apaga, los pasos la alcanzan, las voces preguntan y algunos, otros, otras, no sabe, sollozan, maldicen, se apresuran, y nada, solo su canción, su canción sonando bien, como si tuviera sus auriculares, como si aún la hamaca la estuviera meciendo y en la palma de la mano el celular costoso que sus padres tanto odiaban fuera un mero accesorio de una tarde fría presagiando un invierno intenso y cruel, cuya brisa helada, entrecortada como la respiración de un perverso, se convirtiera de a poco en el sonido infinito de su mente, mientras la noche cae, en soledad, en tinieblas, con la fragilidad tangible de los miedos que se vuelven carne, y cuyas heridas difícilmente alguna vez sanen.

30 de mayo de 2018

Letras olvidadas

La carta llegó después de su muerte. Era de hacer esas cosas, de sorprender de las maneras menos esperadas. Pero aquello... aquello era demasiado.
En lugar de abrirla, la guardó sobre la pila de libros que estaba leyendo antes de ese fatídico viaje y que nunca terminaría.
De tanto en tanto se detenía a observarla, pero no atinaba a agarrarla. El polvo se fue acumulando sobre la carta y los libros. Los años cambiaron muebles, color de las paredes, pero aquel rincón parecía ajeno a todo, sumando cada vez más telarañas, que es la forma que toma el olvido.
La carta se perdió para siempre en un montículo de nostalgias, junto a otras lecturas perdidas.
Misteriosas palabras que jamás dirían aquello para las que fueron escritas.

17 de mayo de 2018

La palabra

El sonido intercalado y espaciado de la gotera interrumpía el ocioso silencio en el que se sumía el sótano del viejo Barraza.
La humedad trasladaba a los huesos el frío de la muerte. Una muerte cercana e inminente. Y Gómez lo sabía. Maniatado y con la cabeza como un melón por culpa de la hinchazón, tenía plena consciencia de su suerte. Había una palabra para aquella instancia, pero no podía encontrarla.
De tanto en tanto lo miraba a Barraza, al que un infarto lo había reducido a un cuerpo inerte, sorprendido en pleno ejercicio de la tortura.
En el momento que había ocurrido, Gómez lo había celebrado como justicia divida. Pero ahora, sin noción del tiempo, con la gotera como única ilusión de compañía y el final por inanición o deshidratación acercándose, no podía hacer otra cosa que echarlo de menos.
Tampoco era que no mereciera el atroz suplicio, vaya que lo merecía, pero así, de ese modo, con su verdugo tirado a tan solo medio metro y la imposibilidad de escapar, aquel final le sabía a morbosa comicidad del destino.
Morbosa, esa era la palabra.

30 de abril de 2018

Heridas abiertas

Silencio de miradas. Ese momento incómodo tras un relato descarnado. La pausa necesaria para mirarse unos a otros, respirar profundo, digerir las palabras, elevar una plegaria, maldecir por lo bajo, dejarse arrastrar por el llanto. Un instante que se hace herida abierta, que se abre para no cerrar, que se suma a otras, tan ajenas como propias.
Wilkinsen carraspea. Hace un gesto para que las miradas se posen en él. Le cuesta mantener la compostura, sus ojos también se tiñen de agua. Pero debe reponerse, es el moderador.
- Gracias Estefanía... es bueno que hayas compartido con todos nosotros esa angustia. Como siempre les digo, nada podemos hacer para remediar lo pasado. Nada. Pero podemos hacernos fuertes, como grupo, como individuos, para seguir afrontando la vida. Tu hija así lo hubiese querido, Estefanía.
Las palabras de Wilkinsen arrancaron aplausos, no para él, sino para la pobre mujer, desconsolada y falta de esperanza como cada uno en aquel triste salón del centro de jubilados del barrio, donde cada semana se reunían para compartir el dolor que arrastraban de haber vivido de cerca distintas tragedias, como víctimas o familiares de otros más desafortunados aún.
De a uno fueron contando desgracias, algunas recientes, otras imperecederas debido a la falta de justicia. Hubo más lágrimas, más aplausos y antes de retirarse, abrazos sinceros.
Wilkensen acomodó las sillas, le dio una barrida al piso y apagó la luz. Cerró la puerta de madera algo hinchada por la humedad y le dio las dos vueltas de llave correspondientes, no sin antes perder al menos un minuto en tratar de discernir en la penumbra de la calle, cuál era la correcta.
Escuchó entonces los pasos a su espalda y se sobresaltó. Una figura imponente estaba a escasos dos metros de distancia. Wilkensen temió lo peor, pero los brazos de ese enorme contorno humano se alzaron en alto, con el fin de darle tranquilidad. Luego, al dar un paso al frente, la tenue lámpara de la calle iluminó en parte su rostro.
- Me llamo Gabriela – dijo con voz tan áspera como inesperada – Mi tía viene a sus grupos de ayuda. Le hace bien.
El hombre, aún con el susto en el pecho, agradeció con un movimiento de cabeza.
- No voy a entretenerlo, iré al grano y le seré franca. Ella me cuenta las historias que la gente expresa, sé que no debería, pero ella lo hace para hacer catarsis y me parece bien. Pero no he venido a contarle eso. Voy a tomar cartas en el asunto. Contra esta gente. Los que hacen tanto daño. No me pregunte cómo, ni cuando, si le voy a decir el por qué. Porque quiero que despertemos. Que abramos los ojos. Porque no lo hacen los jueces, no lo hacen los políticos, no lo hace la policía, no lo hace la gente de pie. Todos duermen. Algunos por intereses, otros por estúpidos y otros por miedo. Pero se acabó. Me escucha Wilkensen, se acabó. Y el primero será usted señor. Porque usted es de la peor clase, de los que se visten de cordero. De los que creen que la redención está en el arrepentimiento. Míreme Wilkensen, míreme bien. Ya no soy el varoncito de flequillito que iba a su clase de canto, al que tanto le gustaba darle clases particulares. Hasta la voz he tratado de cambiar para olvidar lo pasado. Pero no puedo Wilkensen, no puedo. Usted estará muy arrepentido, querrá ayudar a la gente, pero qué hay con el pasado, cómo nos hacemos cargo de lo que hemos hecho. Si, todos nos podemos equivocar, es cierto. El tema está en tener la certeza de asumir las consecuencias. Yo pienso asumirlas. Por eso empiezo con usted, Wilkensen. Veremos cuándo y cómo termino.
A Wilkensen le estaba dando un infarto cuando el puñal lo alcanzó a la altura del corazón. El informe forense concluyó en que no hubo atisbo alguno de defenderse.

21 de abril de 2018

Los que bajaban siempre eran otros

Ya van a volver, le respondió su hermana cuando preguntó por ellos. Había estado mirando por la ventana desde mucho antes que empezara a llover. Los relámpagos lo asustaban. Cada chispazo del cielo le provocaba un escalofrío que comenzaba en la nuca, recorría la espalda y parecía hacerle vibrar brazos y piernas. Estaba parado sobre una caja de madera que alguna vez había contenido manzanas. De tanto en tanto se miraba los pies: temía que una distracción terminara con un golpazo en el piso.
Su hermana preparaba la comida. Podía escuchar el agua entrar en hervor dentro de la vieja cacerola plateada. Ella le pidió que se bajara y fuera a lavarse las manos. Estaba por echar los fideos al agua. Volvió la mirada hacia la ventana. El vidrio mojado no le permitía ver con claridad y el viento afuera era intenso, sacudiendo las ramas de los árboles con gran violencia. Creyó ver sus figuras varias veces. Una vez fue una mujer en bicicleta que a duras penas siguió pedaleando bajo el temporal, otra un grupo de perros que escapaban de la lluvia a gran velocidad. Cada vez que el colectivo de línea urbana pasaba por delante de la casa, contenía la respiración, esperando ver sus contornos descender de la puerta trasera. Pero los que bajaban siempre eran otros.
La comida ya estaba. Su hermana lo llamó sentada a la mesa. Pronunció su nombre, una, dos, tres veces. No insistió. Era así en todo momento, para la cena, el almuerzo, la hora de bañarse, la hora de dormir... no importaba que fuera mayor que ella, que a pesar de tener diecinueve años no iba a la escuela ni trabajaba, que se pasaba todas las horas de su vida asomado a esa ventana esperando un regreso que jamás se produciría. Suspiró profundo y probó la comida. Estaba desabrida. Como para no estarlo, ni para salsa le había alcanzado. Pero algo debía comer, tenía toda la tarde por delante para patear la calle en busca de limosnas. Su hermano volvió a preguntarle cuándo volverían, ya olvidado del llamado a comer. Ella le repitió lo mismo que siempre, porque era más fácil y porque tampoco se animaba a convertir la realidad en una certeza más cruel.

14 de abril de 2018

Dos perros dormidos

Los perros dormían en sendas colchonetas, ajenos al griterío de la calle. El viento hacía golpear las persianas abiertas de la ventana que daba al patio. Matilde corrió a cerrarlas, luego de haber hecho lo propio con las que tenía más próxima. Al cerrarla, el sonido proveniente de afuera se atenuó. Apoyó la espalda contra la pared y miró el reloj colgado en el extremo opuesto. Faltaba poco para que anocheciera y su marido no había regresado. En circunstancias comunes aquello no le había molestado, pero...
Buscó el sofá para sentarse y luego accionó el control remoto. Algunos canales no transmitían. Otros daban películas que había visto decenas de veces. Buscaba uno que diera las últimas noticias pero no encontró ninguno. Se levantó, apagó el televisor y luego de esquivar la cola de una de sus mascotas, tomó por enésima vez el teléfono celular. Era en vano. No había señal.
Una explosión hizo que se encogiera de hombros. Se volvió asustada hacia una de las ventanas. Una columna de humo se recortaba contra el cielo. Los perros seguían durmiendo, como si no hubiese pasado nada. Se asomó. Pudo ver a unos veinte metros a unos jóvenes corriendo con palos en las manos. Estaban metiéndose por una puerta cuando un rayo de color rojo intenso impactó en la espalda del que iba último. Quedó tendido en el suelo, con un gran agujero atrás. Nadie acudió en su ayuda.
Corrió la cortina. Le costaba respirar. Ahora escuchaba disparos. Uno, dos. Silencio. Una seguidilla. Otra explosión, aunque algo más distante. Y otra vez, silencio. El griterío de hacía unos minutos había desaparecido. Pero era cuestión de tiempo para que volviera a derrumbar la calma. Las últimas cinco horas habían sido un deliberado ciclo de caos que no paraba de repetirse.
El teléfono vibró en su mano y del susto pegó un salto. Esta vez el perro no tuvo la suerte de antes y el pie derecho de la mujer le aplastó una oreja contra el suelo. El perro aulló dolorido, lanzando varios mordiscos al aire. Uno alcanzó la mano de su dueña y el teléfono que sostenía voló contra el cerámico color arena que habían elegido de un extenso catálogo con su marido el día después de haber comprado el departamento.
Matilde trató de calmar a su perro, pero ahora tenía a los dos despiertos y gruñéndole. El otro se había puesto a la par del primero. De reojo miraba el celular, a tres metros de distancia, que ya no sonaba. Afuera estallaron los vidrios de un auto e instintivamente, giró la mirada hacia la ventana. Fue entonces que sintió la mandíbula de uno de sus perros en el cuello.
Lo pateó con fuerza, tratándolo de sacárselo de encima, pero mientras luchaba con uno, el otro se prendió de su brazo. Ahora la que aullaba de dolor era ella. Apenas si podía pensar, el ardor era enorme y la dentadura firme y fría de su perro se clavaba más y más. Pero sacó fuerzas de donde no sabía que las tenía y se arrastró hasta la mesa ratona de la sala. Con un último esfuerzo, casi al borde de no poder respirar, alcanzó de encima de la mesa un jarrón y se lo partió al perro que atenazaba su cuello. La cerámica estalló en mil pedazos, quedando aún una parte en su mano, con el filo suficiente para usar como punta para atacar al perro que le mordía el brazo atrapado.
Vio sangre a sus pies y se llevó la mano al cuello. Pero no encontró allí ni rastro de sangre. Tampoco al llevar la mirada al brazo encontró marca alguna de la mordedura.
El sonido inconfundible de la llave abriendo la cerradura encendió sus alarmas, más que con cualquier otro sonido anterior. Se preparó para correr hacia alguna habitación al abrirse la puerta, pero se contuvo al ver que la persona que ingresaba no era otro que su esposo. Vestía igual que en la mañana, cuando lo había visto partir hacia el trabajo.
El hombre dejó una bolsa repleta de verduras sobre la mesa y luego, al girar hacia su mujer, quedó petrificado.
- Matilde... - fue lo único que pudo decir. Su mujer estaba de pie en medio del living, delante de los perros acostados sobre las colchonetas como si estuvieran dormidos, pero rodeados de sendos charcos de sangre y sobre la oscura materia, esparcidos violentamente, cientos de pedazos de cerámica azul.
- Es que los extraterrestres, las explosiones, toda esa gente luchando, disparando, los volvieron loco y yo... tuve que matarlos, antes que ellos me mataran - trató de explicarse Matilde, sollozando con real desconsuelo.
El hombre se llevó la mano a la boca. Sobre la mesa, al lado de la bolsa de las compras, estaban aún las pastillas de su mujer.


24 de marzo de 2018

La verdadera muerte

Nunca había estado tanto tiempo sin escribir sobre una hoja, ni siquiera cuando a los quince años, en plena edad del pavo, por querer demostrarle a la chica linda del barrio lo bien que se le daba andar en bicicleta haciendo acrobacias, se había fracturado la mano derecha en varias partes. Aprendió entonces varias lecciones. La primera, que lo suyo era la escritura y no las piruetas. La segunda, que las chicas lindas jamás se fijarían en él. Y la tercera y más importante, que si una mano se rompía, aún quedaba la otra.
Pero su situación actual distaba bastante de una calentura de juventud y si lo pensaba con detenimiento, incluso hacía más tiempo que no estaba con una mujer que con una hoja en blanco. Además, lejos estaba de aquellos quince. Sus cabellos grises, los pliegues en la piel, el dolor en las articulaciones delataban otra edad física. Aunque la vejez, que en el pasado el solo imaginarla le había traído más de una noche en vela, no era tampoco su mayor preocupación.
Como al resto de los recluidos en aquel sótano oscuro y húmedo, los pocos pensamientos que el miedo y el dolor de los golpes le permitían tenían que ver con la libertad. La sola idea de que los dejaran irse, era algo imposible. Mucho menos pensar en escapar. Atados, separados entre sí por varios metros de absoluta oscuridad, la única cercanía con los demás eran los gemidos, los sollozos, los gritos en medio de la noche. La esperanza era una gélida ilusión y nada más.
El tiempo, allí, parecía no transcurrir. Se medía en ganas de orinar, en el incremento del ruido de las tripas, en los pasos de botas pesadas deambulando cada tanto del otro lado de la puerta. La falta de agua hacía que hablar fuera un suplicio y las secas gargantas se permitían vagos susurros, que a veces, resultaban incomprensibles.
Y el silencio, en tales circunstancias, era un aullido constante que podía empujar a cualquiera a la locura. Por eso, anhelaba escribir. Sentarse al escritorio, colocar el papel blanco en el carrete de la máquina y sentir el relieve de las teclas con las yemas de los dedos. El preámbulo necesario para zambullirse en el armónico concierto que lo envolvía por horas, mientras las letras iban golpeando de a una el fondo blanco estampando sus formas según su capricho.
Extrañaba esa magia, mezcla de melancolía y alegría, de sentir cómo una idea que nacía muy dentro suyo de a poco lo iba abandonando para formar parte de algo mucho más grande, inmortal, que a los pocos minutos de escribirlo, sabía, ya no era suyo sino de todo el que lo leyera de allí en más.
Y vaya paradoja, que aquello que tanto lamentaba no tener, era lo que había provocado su destino. Palabra que no le gustaba esa, destino, porque definía lo ya escrito, y como hombre de letras, sabía que eso no existía, que las palabras aparecían gracias a las anteriores y no porque hubiese un designio universal que las predefiniera. Pero su suerte, quiera o no, la habían decidido sus textos. Porque a la hora de elegir las letras, el orden de las mismas, las palabras que formaban y las oraciones que éstas iban encadenando, había escrito con el corazón en la mano y los ojos bien abiertos, no solo en la hoja en blanco, sino en todo lo que lo rodeaba. Si lo que sabía hacer, lo único que sabía hacer, era escribir, entonces lo haría de la mejor manera. Y cada cosa que narró, cada texto que pulió, cada escrito que firmó, llevó esa premisa. Y entonces, una mañana, en lugar de escuchar "cuidate" y "ojo lo que escribís", sintió la crueldad de un culatazo en plena caminata hacia la editorial.
Semanas, meses, qué importaba. Nunca saldría de ese agujero. Nadie lo haría. Estaba atado, famélico, maloliente y en la constante necesidad de llorar. Pero más que nada, quería escribir. Y aunque lo intentaba, tratando de hilvanar en su mente párrafos precisos, cada golpe que le propinaban, cada vez que debía cagarse encima, cada grito de un compañero de encierro, era como si una mano arrancara la hoja de su cabeza, la hiciera un bollo y la arrojara a un excusado.
Estaba exhausto, con su cuerpo viejo, maltratado y dolorido. Se decía de tanto en tanto, qué sentido tenía escribir mentalmente en aquella situación. Pero la respuesta se caía de madura, como una inyección de adrenalina: Ellos no podían ganar. No importaba la cantidad de hojas arrancadas, él pondría una nueva, empezaría otra vez de cero, porque no se rendiría. Antes, muerto. E incluso muerto, si lo que había hecho en vida había sido útil, seguiría peleando, no personalmente, no en dos piernas y golpeando las teclas de una máquina de escribir, pero si como un símbolo, una bandera, uno más en la memoria colectiva que recordaría cada día que rendirse no es una opción y que solo el olvido es la verdadera muerte.
En la oscuridad, con el eco de las de botas repiqueteando en dirección a él, puso una nueva hoja y comenzó a escribir.