Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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18 de enero de 2019

Correr

Correr, correr enloquecido, correr sin mirar sobre el hombro, sintiendo las pisadas detrás, el jadeo propio y ajeno, los resoplidos, con el corazón bombeando a más no poder, con la sensación de ser la última vez que las piernas van a desplazarse, que no importa el dolor en los músculos, ni el ahogo, ni las lágrimas en los ojos. Correr como si fuera lo último que harías, como si en ese esfuerzo estuviera el destino de nuestras vidas en el planeta, correr sabiendo que detenerse es morir, que aflojar el paso es lo mismo a caer presa de la oscuridad, de las garras de un demonio temerario y carente de piedad. Correr, sabiendo que al final del trayecto no ni hay nada más, pero tampoco, nada menos. Correr.

16 de diciembre de 2018

Mi amigo Felipe Ricardo Ávila

Hubo una época en la que viajaba muy seguido a Capital Federal, tanto que con Felipe nos habíamos acostumbrados a tomar un café en algún bar diferente cada vez de Parque Patricios, o cerca de su trabajo. Todavía no había iniciado su cruzada editorial con Rebrote y disfrutaba de dibujar los guiones de historieta que le escribía, a veces partiendo de ideas suyas. Fue una época en donde durante horas disfrutó de contarme anécdotas e historias de nuestra historieta nacional, de sus autores, de sus ídolos. Sabía mucho, muchísimo, era una gran enciclopedia verborrágica que, no obstante, hacia la pausa justa para preguntar por uno, por la familia, atento a las cosas que suceden fuera de la ficción. Me gustaba hablar con él porque respetaba mis opiniones, por más que no coincidiéramos. Nosotros nunca nos peleamos, me decía sonriendo, valorando esa verdad en nuestra amistad.
Le ponía mucha pasión a lo que hacía, amaba la historieta, la música, la literatura, sumamente generoso, compartía absolutamente todo lo que sabía, tanto que a veces lo dejaron en offiside, cómo la vez que llevó a Télam la idea de un suplemento de historietas y a la hora de concretarlo, llamaron a otra gente. Eso le dolió mucho.
Cada vez que nos veíamos me regalaba algo. Un libro, un marcador, cajas de cd, originales de alguna historieta hecha en conjunto... se sentía bien al hacerlo. Incluso la última vez que lo visité, en aquella clínica de Vila Urquiza, quería darme alguno de los marcadores que tenia para dibujar. Porque así era él.
Se le iluminaban los ojos al hablar de sus hijos. Cuánto orgullo tenía de ellos. Se aferraba a su familia y a las historietas para atravesar momentos amargos. Y tuvo muchos, pobre Felipe.
Tengo recuerdos imborrables de Felipe en Villa y en Empalme. Primero fue a Empalme, en 2010, a dar una charla que compartimos con Decur y Sergio Álvarez, sobre la historieta. Felipe, en su apuro por volver a Rosario, quiso comer un carlito rápido y dejó caer queso sobre su camisa. Brillante para hacer únicos los momentos, tomó un sifón y bañó en soda su cuerpo. Su humor era magnífico. En Villa estuvo dos veces, una vez en un asado en casa de Néstor Marinozzi y la restante en el Villa Viñetas de 2015, donde se quedó a dormir en casa.
Me acuerdo en una feria del libro en Buenos Aires, Felipe nos presentó (estaba con Martín, un gran amigo, y su hijo Teseo) a uno de los hermanos Villagrán, que enterado del nombre del pequeño, le dibujó de inmediato un Nippur. Felipe, embelesado con el dibujo, miró a Villagrán y le dijo: ¿Maestro, y a mí no me hace uno?
Sonrio y me pongo triste al mismo tiempo. Ese era Felipe. Cuánto lo voy a extrañar. Además de nuestras largas charlas café de por medio o telefónicas, cuando la distancia lo imponía, hicimos tantas cosas juntos, que buscando me sorprendo con proyectos que jamás terminamos.
La mayor parte está en el blog de Olvidados en el espacio. Ese es el título además de la primera historieta juntos. Publicamos una hermosa novelita gráfica, 3186. Ilustró el libro de cuentos que escribí, El hombrecito que miraba las estrellas. Editó con nuestros trabajos unas lindas revisitas con las que recorrió varias ferias. Juntos ganamos tres primeros premios, un certamen de la Biblioteca Nacional con Las lecturas de Borges, un certamen Iberoamericano con La niña Bontemps y el primer premio en la Feria de Moreno, por Cenizas.
Lueego se embarcó en el proyecto editorial de Rebrote, donde a su manera, con su empuje, sacó adelante numerosas publicaciones, algunas en formato de revista clásica de aventuras y otras, en libros. El me presentó a gente que hoy quiero mucho, cómo Martha Barnes, Jorge Pérez Perri, Marcelo Bukavec, Pablo Barbieri, José Angonoa, y claro, Pablito Dell'Oca. Quiero creer que con Pablito están ahora dibujando trazos sobre páginas infinitas, soñando la mejor historieta de todas, homenajeando a todos los que, en esta línea temporal tan tirana, han ido forjando este hermoso universo de viñetas.
Felipe ya no está con nosotros, pero no puedo decir que Felipe se marchó. ¿Cómo se puede marchar alguien que nos ha legado tanto, que ha hecho tanto? Está en cada uno de nosotros, de los que aman las historietas. En sus libros, en los de Rebrote. En cada anécdota, en cada viñeta que dibujó, en cada ensayo que nos dejó. Hace un par de meses le dije que hiciera las cosas tranquilo, que no se sintiera ansioso, que eso podía hacerle mal, que lo primero era su recuperación. Me dijo que no podía decirle eso, que él tenía que seguir proyectando, haciendo, que tenía que aprovechar todo el tiempo que tuviera por delante. Jamás pensé que se iría. Siempre lo ví cómo el Gilgamesh de su amado Lucho Olivera. Cuánta desolación esta noticia. Trato de pensar que al menos, ya no está sufriendo.
Gracias Felipe por tanto. Por todas tus enseñanzas, consejos, ideas, impulso. Gracias por tu honestidad en todo momento, tu forma de ser frontal que te hacía tan transparente. Siempre vas a estar conmigo en cada escrito. Te quiero mucho.

Felipe en Villa Viñetas, año 2015.

26 de noviembre de 2018

Monoblock 4

El viejo cruzó las vías en las primeras horas del día. Bajo la arboleda todo era de los pájaros, con su canto tempranero. Alguna que otra cagada le cayó en la cabeza. Había muchas ramas donde posarse por encima de su figura lenta y pesada. Pero para el viejo aquello era moneda corriente, su día a día, su manera de afrontar la vida.
Poco le importaba que los trabajadores que salían a la calle a tomar el colectivo de fábrica lo miraran de reojo, o que las ancianas madrugadoras, que despuntaban la lengua mientras hacían de barredoras de veredas, hablaran a su espalda tras su andar parsimonioso.
Puntualmente, el canillita que recibía los diarios con las primeras luces del día, lo saludaba con un ademán de cabeza al verlo pasar. No recordaba cuando había sido la última vez que no coincidieron en horario, en esa esquina. Porque con tormenta, con temperaturas bajo cero o calor calcinante, el viejo arrastraba sus piernas en un mismo derrotero que concluían, cada vez, en un mismo lugar.
Había un rincón de la ciudad al que pocos iban. Se notaba por las veredas sucias, callejuelas con verdín en los extremos, paredes repletas de pintadas sin sentido, que con el tiempo, se había superpuesto en un diálogo eterno y sordo, palabra sobre palabra, insulto sobre insulto. Un contraste de ladrillos rotos, árboles mutilados, autos abandonados, y edificaciones que si bien parecían abandonadas estaban habitadas por personas sin otros recursos, sin otro amparo que un techo sucio, húmedo y repugnante en olores, tan propicio a las enfermedades como a la muerte. Un rincón donde no entraba ni siquiera la policía, que los políticos hacía tiempo habían olvidado y que incluso, hasta en los nuevos mapas había tapado con una leyenda enorme con el nombre del municipio.
Hacia ese rincón, cada mañana, tras atravesar las vías del olvidado ferrocarril, ser blanco de las heces de los pájaros, ignorado y maldecido por las lenguas viperinas de otros seres humanos, caminaba el viejo, con paso desganado y resignado. Llegaba, los zapatos sin suela envueltos en barro, la planta del pie hecho un solo callo, las hilachas del pantalón flameando al viento, la barriga sucia y ruidosa asomando entre los botones faltantes de una camisa dos números menos, que le apretaba los hombros, rasgados, de tela hecha jirones, que cubrían apenas el cuerpo de ese viejo barbudo, casi sin dientes, de pómulos hundidos, ojos achinados, frente engrasada y cabello ralo y revuelto, duro por la tierra, repleto de mierda de pájaro, reseca incluso sobre la oreja y dentro del oído.
Allí nadie lo observaba de mala manera, era uno más, tan sucio como cualquiera, tan hambriento como todos, tan muerto en vida como los demás habitantes de ese confín de la ciudad, cuyo nombre también nadie recuerda, sumergido en las sombras del tiempo y de los hechos que sucumbieron al anonimato y escarnio a esa porción de civilización incivilizada.
Con la lentitud de quién ya no tiene apuro por nada, tan solo por morir, se dirigía cada mañana al monoblock 4, de puertas que otrora habían sido azules, empujaba el metal desvencijado dejando huérfano un chirriar oxidado de fuertes agudos y penetraba en un pasillo tan oscuro como apestoso que terminaba en unas escaleras cuyos peldaños no podían verse ni escucharse, porque incluso cada pisada estaba sepultada en capas de polvo acumuladas por los años. Pero si algo le quedaba al viejo, era memoria. Y sabía la cantidad de pasos, de giros, de puertas que debía dejar pasar de largo, para, finalmente, llegar a la que cada día visitaba. A diferencia de otros picaportes, ese estaba limpio.
Lo hizo girar, dejó que la puerta de madera se golpeara contra el marco, se sacó los zapatos y avanzó hacia la habitación. El lugar estaba impoluto. Hasta parecía brillar. El viejo agarró la escoba y barrió el piso. Luego cambió el agua de un balde, buscó un trapo secándose en la ventana y lo pasó por el suelo, arrastrándose todo a lo largo.
Dejó que se secara, apoyado contra un viejo armario repleto de libros. Luego sacó una gamuza de un cajón y repasó los muebles, las mesas, las sillas. Siguió con la cocina, la habitación y luego el baño. En algunos casos, limpiaba sobre limpio. Hacia brillar más el brillo de la superficie. Hasta el aire, en aquella habitación, parecía ser diferente al que se respiraba en el exterior.
Cuando terminó con la faena, la tarde estaba cayendo. Observó el lugar con atención, como reteniendo cada detalle de la habitación. Fijó su mirada en la imagen que colgaba sobre la pared opuesta, el único ornamento que podía apreciarse en las paredes, una fotografía a color detrás de un vidrio, enmarcada en madera oscura y tallada. Un hombre sonreía abrazando a una hermosa mujer y en brazos de ella, una beba de pocos meses dormitaba, serena, en paz, con la seguridad de estar protegida por esos dos jóvenes adultos que la cobijaban.
El viejo suspiró, en el único gesto que podía hacer sospechar a alguien que el viejo estaba vivo. Abrió la puerta, la cerró, se puso los zapatos sucios y emprendió el regreso. Fue dejando atrás las escaleras, la oscuridad, la humedad de las paredes, la vieja puerta de un deteriorado azul, las calles sucias, las veredas opacas, el lugar sin nombre, el rincón olvidado. Cruzó la plaza, el puesto de diarios, las calles habitadas, transeúntes de miradas hoscas y juicios fáciles, hasta llegar a las vías. Se escuchaban los pájaros y algunos grillos. Pisó un durmiente y luego otro, de manera lenta, acompasada. El sonido de sus días, el repiqueteo de sus pasos, separados por silencios, por recuerdos, por decisiones que ya no tienen vuelta atrás. Y el viejo, como el día, se va perdiendo, se aleja, se ausenta de la vista, para tranquilidad de todos, que no saben dónde va, ni de donde viene, que solo lo ven andar y que con eso, les es suficiente, porque tampoco les importa, pero claramente, les incomoda. Volverá por la mañana, sin el rugir del tren, pero tirando tras de sí, una carga mucho más pesada, invisible, dolorosa, que a nadie le importa y que sin embargo, a todos incomoda.


14 de noviembre de 2018

La sala de espera


ph Colo Cossy + txt Netomancia


- ¿Señor, es su hija?
- Si
- ¿Está solo?
- Si. No… mi esposa viene en camino. Ella estaba de viaje, pero ahora… bueno, está viniendo.
- Cuénteme qué pasó.
- ¿Cómo está ella?
- Sedada. Necesitamos saber cómo empezó.
- Es que… fue todo muy rápido.
- Trate de recordar todo lo que pueda.
- Estábamos en el shopping. Todos los sábados vamos. Todos los que podemos. Hoy no íbamos a ir. Al menos ayer habíamos dicho de no ir. Pero ella se levantó con ganas y al final fuimos. Usted ya la vio… pobrecita, perdió todo el cabello muy pronto, al mes nomás de empezar con el tratamiento. No siempre tiene fuerzas. Y cuando las tiene, quiere aprovechar. Por eso fuimos. Nos levantamos temprano, desayunamos y nos fuimos a tomar el colectivo. El auto lo tiene mi esposa, que tuvo que salir anoche de urgencia porque su mamá se descompensó en el pueblito donde vive. Así que la salida también servía un poco para que ella no pensara en su abuela. Porque le tuvimos que decir, no se pueden ocultar estas cosas. Ir al shopping pareció en definitiva una buena idea. Llegamos a media mañana. Le compré un helado de agua, no muy costoso. Paseamos, miramos vidrieras, ella me iba diciendo todas las cosas que le gustaban para mí, para la madre… nunca elige nada para ella ¿sabe? Nunca. Piensa siempre en los demás, tiene un corazón enorme. A mi se me parte el alma, verla así, sabiendo que… y ella tan buena, tan noble. Me hace sentir tan orgulloso. A veces me la imagino mayor, haciendo cosas por los demás… disculpe, no puedo evitarlo. Ella… me dijo que estaba cansada. Es habitual, es el momento de descansar un poco, así que caminamos hacia la casa de comidas rápidas que prepara platos vegetarianos, que tanto le gustan. Estábamos en el segundo piso, así que bajamos por la escalera mecánica. Fue donde sucedió.
- ¿En la escalera?
- Si, si. Es lo último que recuerdo. Después… después son todas imágenes confusas.
- ¿Qué recuerda en la escalera?
- Mientras bajábamos podíamos ver que había una cola bastante larga en el lugar al que íbamos. Y más allá, en las mesas, varias familias comiendo, con niños y niñas correteando de un lado a otro. Mi hija me sostenía la mano. Siempre vamos de la mano. Además, es una cuestión de seguridad. Por las dudas que se caiga, que tropiece, no sé, le pueden pasar mil cosas. Siento que si la sostengo de la mano, puedo ayudarla de inmediato. Pero… ella me soltó la mano. Primero sentí que temblaba y enseguida se soltó. Alcancé a verla abrir los brazos en cruz y mirar hacia arriba, hacia el techo vidriado del shopping. Y entonces…
- ¿Entonces?
- Cayó el rayo. O lo que haya sido. Una luz blanca, potente, cegadora. Una especie de haz gigantesco, algo muy difícil de explicar. Cayó verticalmente encima de ella, sin emitir sonido alguno. Podría decir que absorbió todos los demás sonidos. Fue un instante, una fracción de segundo. Y luego, no recuerdo nada más. Solo despertar en una camilla, esperar que me revisaran, que me dijeran que no tenía nada y que me sentara a esperar en esta sala. ¿Esperar qué? le pregunté al enfermero, tal era mi aturdimiento. Y me dice: “a su hija, la niña que llegó con usted”. Y ahí recordé todo lo que le he contado, casi de manera instantánea, como si alguien hubiera descorrido un velo delante de mis ojos. Fue cuando le pedí al enfermero que por favor le diera aviso a mi esposa, porque mi teléfono está sin señal.
- ¿No sabe ni siquiera cómo llegó a la ambulancia o lo que pasó en el shopping?
- No. Me imagino que ha sido una descarga eléctrica, algún cable que cayó sobre ella.
- ¿Alcanzó a ver los cuerpos?
- ¿De quién?
- Los que estaban por doquier.
- No sé de qué me habla.
- Hubo una explosión, señor. En el shopping. Usted y su hija son los únicos sobrevivientes. Usted sin un rasguño, su hija en estado catatónico. Alrededor de dónde los encontramos, aún respirando, había centenares de cuerpos sin vida.
- Oh, por Dios, toda esa gente…
- No, los cuerpos de las personas que estaban en el shopping en el momento del evento, aún no han sido encontrados.
- No comprendo…
- Los cuerpos que encontramos, son de personas fallecidas hace poco tiempo. Aparecieron por doquier. Hemos comprobado en algunos casos que faltan en sus tumbas y nichos. En cambio, no hemos podido dar con el paradero de las personas que según las cámaras de seguridad, estaban en el shopping este mediodía. Reitero la pregunta, señor. ¿Recuerda algo más de lo sucedido en la escalera?
- No… no entiendo. Mi memoria está en blanco, solo la luz y… ¿cuál es su nombre doctor, no lo recuerdo?
- No soy doctor. Y no está en un hospital. Quédese en esta sala y trate de recordar.
- ¿Pero qué…? Ya le dije, la luz y…
- Lo que sea.
- ¿Y mi hija? ¿Puedo verla?
- Seguirá sedada, hasta que recobre el conocimiento. De momento, no. No podrá verla
- ¿Y qué hago mientras tanto? ¿Cómo hago para recordar?
- Haga su mejor esfuerzo. Es la mejor respuesta que le puedo dar. Espere, y recuerde.
- ...
- Espere y recuerde...

10 de noviembre de 2018

Cuentos de mi madre

* Relato seleccionado y publicado en la antología de cuentos de terror "Mi abuela tiene un bicho", de Lafarium Contenidos.

En el monte, entre arbustos y árboles que conforman un paisaje tan inhóspito como salvaje, vive sola mi abuela, ocupando la vieja casita que construyó su padre, mucho antes que ella naciera, mucho antes incluso que Yaldaboath maldijera a la familia.
Solo una vez, antes de esta noche, había viajado hasta ese paraje olvidado del universo. Fue tras la muerte de mamá, hace unos tres años. A pesar de haberse negado ella toda la vida de traerme al monte a conocer a la abuela, creí importante que la anciana tuviera noción de la desgraciada noticia.
Su rostro surcado de gruesos pliegues de piel sucia, el cabello gris como nieve sucia y esos ojos blancos, ciegos como la nada misma, hicieron que balbuceara la trágica razón de la visita y dos minutos más tarde estaba otra vez al volante, acelerando a fondo la destartalada coupé que tenía entonces.
Aunque la imagen que más me había acobardado no había sido la de la vieja, sino aquello que había detrás, que se dejaba ver sobre el hombro huesudo de ese cuerpo marchito. Era una bicho. No tengo palabras para describirlo. Parecía un pulpo, cabía sobre la mesa, pero tenía la cabeza enorme, ojos desproporcionados y tan oscuros que parecían huecos, los tentáculos… si acaso podían llamarse, tuve la impresión que eran extremidades humanas moviéndose sin ton ni son.
Siempre creí que las historias de mamá formaban parte del folclore familiar, historias inventadas para asustarnos y que el hecho de tapiar las ventanas eran solo para darnos mayor seguridad, no por temor a algo extraño. Incluso, que el nombre de Yaldaboath era alguna que otra broma pesada de algún ancestro. Y que, quizá, su negativa de llevarnos a conocer a la abuela se debía a un capricho por una antigua pelea irreconciliable, de esas que no se hablan.
Traté de olvidar aquella visita, empecé a tomar pastillas para conciliar el sueño, incluso asistí por meses a un psicólogo. Pero los ojos blancos de la abuela y los ojos negros de ese bicho se convirtieron en un tatuaje sangrante en mí mente.
Por eso es que esta noche volví al monte, por última vez. Para acallar los gritos ahogados con los que me despierto tras cada pesadilla y asegurarme que había sido una alucinación, despedirme para siempre de la abuela, del puto monte y dejar atrás las viejas historias de terror y el cuento de la maldición.
Igual que la otra vez, la abuela me recibió en la puerta, con esa mirada de muerto, que observa con algo más que la vista y penetra hasta el alma misma. Pero ahora, la empujé, la saqué del camino y fui hasta la mesa. Allí estaba el bicho, como lo había visto hacía tres años. No había sido mi imaginación. Y sus tentáculos… oh, sus tentáculos. Eran los brazos de mi padre, de mi madre, los de otros integrantes de la familia, porque tenía montones, y en esos huecos del infierno… allí estaban los rostros de los muertos, gritando y aullando, sufriendo la eterna condenación de dolor.
¿Cómo no sucumbir? ¿Cómo no incendiar todo, Comisario? Creerá que estoy loco, pero no. Verá, mi madre siempre me contaba…



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26 de octubre de 2018

El rincón del bosque


Ornella se fue mucho antes. Quince, veinte años, me animo a decir. El viejo Tomás se guardó estoico en su cabaña y se dejaba ver solo una vez a la semana cuando bajaba al pueblo a buscar provisiones. Nunca nos quiso, por más que fuéramos sus nietos. Pasábamos las tardes jugando cerca del auto abandonado y cuando el abuelo salía, nos escondíamos entre el hierro herrumbrado y el cuero chamuscado cubierto de tierra. Lo espiábamos a través del parabrisas ausente, escondidos de su vista detrás del capot levantado. Salía a media tarde y volvía al atardecer. Siempre solo, siempre a paso lento.
Fue tras su muerte que con mi hermano emprendimos la caminata por el sendero boscoso que le veíamos tomar cuando éramos niños. Treinta minutos después nos topamos con una colina. El sol brillaba sobre las cuatro cruces. Cada una tenía un nombre. En una, una inscripción rezaba: "Perdón por no poder sacarlos de las llamas, perdón por dejarlos morir en el maldito coche. Sus papis, Ornella y Tomás".
Temblamos ante esas tumbas y no demoramos en marcharnos. Pensar en aquel rincón del bosque me da escalofríos hasta el día de hoy, aunque es peor imaginarnos de pequeños, jugando dentro del verdadero cementerio. Jamás le pregunté a mi hermano qué siente al respecto, jamás lo haré. En quién más pienso es en el viejo Tomás, cargando la culpa solo durante sus últimos años de vida y en esos dos niños imbéciles, riendo entre los hierros retorcidos que alguna vez apagaron, para siempre, los sueños de otros.

txt: Ernesto Parrilla + ph: Colo Cossy

22 de octubre de 2018

El mundo a su espalda

Agustina pasa el tiempo en la ventana. Observa la calle, los autos que circulan, los transeúntes ausentes, incluso otras ventanas de otras casas, de otros edificios, que esconden figuras que también observan. Es sorda y no sabe lo que es el ruido.
Su vida son imágenes, escenas en movimiento, ideas que no escucha, pero interpreta. Siente que le falta algo y no solo es el sonido. Porque a través de su ventana descubre emociones en rostros pétreos y distantes, que transitan fugaz y eventualmente su vida.
Sabe que el hombre de anteojos de marco dorado que acaba de tomar un taxi hace duelo por su novio; que la señora que camina apurada con un chihuahua pisándole los talones sufre porque la tarjeta ya no tiene saldo y si sus amigas se enteran quedará mal ante ellas; que el niño que llora casi arrastrado por su madre hace al menos un mes que no le permiten ver a su papá.
Agustina sabe muchas cosas, porque se concentra en mirar. Y porque mirando por la ventana, se esconde detrás de un vidrio y se aparta del mundo a su espalda que tanto le aterra. Abriéndole los ojos a un mundo que le es ajeno, siente que tiene menos tristeza, menos dolor. No escuchar, en su caso, es un don.
No escuchar a mamá llorando. Los sonidos de los golpes de manos grandes y recias. Los bramidos de borracho del hombre que la molesta cuando todos duermen. La ventana es su mundo, el verdadero, el que le permite camuflarse en aquel hogar silencioso, de gritos ahogados y sin voz, de oscura melancolía, de corazones vacíos y futuros truncos.
La ventana es refugio, es escondite, es un ojo que observa. Es su propio dolor que la atraviesa y le ayuda a encontrar el que esconden los demás. Es su sentido agudo. La ventana es un todo. Incluso, una puerta por la cual, algún día escapar.

5 de octubre de 2018

Revolución


No vuelven, ni ella ni él. Afuera la calle, desierta y extraña a estas horas de la mañana. Desolación que estremece.
Se fueron anoche, todos. Ellos dos, los que estaban en sus casas y salieron exaltados a las veredas, otros que pasaban y se sumaron. Gritaban como si fueran una sola voz, fuerte y alto: ¡Revolución! ¡Revolución!
Me dejaron encerrado en el almacén, esperando su regreso. No puedo despegarme de la ventana. Debo estar atento para cuando vuelvan. No sé qué es Revolución o si queda demasiado lejos. Pero parece ser algo de donde no se vuelve, al menos, rápidamente.
En tanto, aguardo, fiel, paciente, guardián.

PH: Colo Cossy + TXT: Netomancia

30 de septiembre de 2018

El hombre que sueña

Soñé con un momento de mi infancia. Uno feo. La tarde en que probando la bicicleta de un amigo perdí el control, embestí el cordón de la vereda y terminé golpeando un árbol. Fue el comienzo de un mes en cama, con un brazo y una pierna enyesada.
Pero en el sueño, evitaba el árbol y tan solo terminaba con rasguños en las rodillas y un par de moretones.
No era la primera vez que soñaba con algún hecho pasado y lo que vivía dormido era diferente a lo que realmente habia sucedido. Durante un tiempo pensé en que eran deseos proyectados. Lo que me hubiese gustado no sufrir ese mes en cama, no haber cruzado la calle con el semáforo en rojo, no haber dejado a Ximena, copiar en aquel examen que nunca aprobé, no haber bajado la ventanilla del coche el día que dejé a mi hijo esperando en el estacionamiento...
Voy al psicólogo desde que tengo memoria. Me ayuda. Soy dependiente de las consultas. No puedo hacer nada sin antes hablarlo en una sesión. Pero durante años omití lo de los sueños. Porque eran deseos. Hechos que no podía cambiar. Era el pasado. Y al psicólogo voy para afrontar el futuro. Hasta que lo expuse. Porque, en definitiva, era hablar del tema o volverme loco. Sobre todo, después de esa visita.
Fue hace una semana, más o menos. Llegaba tarde como de costumbre. Además, llovía. Nunca hay lugar disponible para estacionar en la calle de la oficina donde trabajo. Debo hacer un rodeo previo y divisar un hueco. Esa faena suele demorarme unos minutos. Esa mañana, en particular, me llevó casi quince. No uso paraguas. Así que corrí. Pero en la esquina alguien cubierto completamente con un rompevientos amarillo me sujetó del brazo.
El psicólogo me preguntó por qué no seguí mi carrera hacia la oficina. Qué es lo que no hizo que empujara a esa persona y continuara mi camino. Desde su punto de vista, yo estaba esperando que alguien me detuviera.
Llegaba tarde, me estaba empapando y ese sujeto me tomó del brazo. La lluvia había mojado mis anteojos. El hombre se asemejaba a una figura bajo el agua, difusa y oculta tras el manto de gotas que se deslizaban cuesta abajo por las lentes de vidrio. Tendría que haberme apartado, apurar el paso, pedir ayuda. Pero entonces me llamó por mi nombre y olvidé todo lo que debía hacer en un caso así.
Al psicólogo le mencioné ese detalle, pero no lo que ví al sacarme las gafas y limpiar el cristal. Haberlo hecho suponía otra clase de terapia. Y no estaba dispuesto. Además, esa persona me había revelado algo que aún debía asimilar y en parte, todavía dudaba si hacía bien en contarle a mi psicólogo.
¿Solo lo sujetó del brazo y luego dejó que se marchara? Eso me había preguntado en la sesión. Sopesé la pregunta. Aún no estaba seguro sobre la razón por la que se lo había contado. La respuesta fue una mentira. Rápida, sencilla, efectiva.
- Antonio. Antonio, no tengas miedo. No voy a lastimarte, soy yo.
¿Quién era yo? ¿A quién debía reconocer debajo de ese rompevientos amarillo que parecía brillar debido a la lluvia? Me quité los anteojos con el brazo libre, limpié como pude el cristal y me los volví a colocar. Debo haber parpadeado varias veces, porque el hombre volvió a hablarme con calma: Si, soy yo.
En mis sueños, los que tengo de manera abundante, esos en los que naufrago en hechos del pasado, ciertos detalles carecen de nitidez, sin embargo, las situaciones principales llegan con una fuerza tremenda, al punto que tras despertarme puedo seguir recordando lo visto, a diferencia de otras clases de sueños, que luego de abrir los ojos, van perdiendo claridad hasta desaparecer definitivamente de todas partes. Esa es la razón, esa persistencia de las imágenes en mi memoria, por la que he podido comparar cada sueño con el suceso real. Pero al mismo tiempo, esa dualidad mezclándose en la mente, ha provocado que más de una vez terminara dudando sobre cuál de las dos situaciones había sido la real y cuál el sueño. Y en algunos casos, temiendo que ninguna realmente lo fuera.
Me estremecí al reconocer el rostro de la persona que me sujetaba el brazo. Cualquiera se hubiera sentido de la misma manera. Una sensación de estupor y de incredulidad. Durante unos segundos creí que el cristal de los anteojos me estaba jugando una mala pasada, pero no había error alguno sobre la identidad de ese hombre. Y sin embargo, no era posible.
Cada sesión con el psicólogo se extiende indefectiblemente por espacio de cincuenta y cinco minutos. Me cobra, en cambio, por una hora. Jamás reclamé esos cinco minutos, no tendría sentido hacerlo. ¿Qué pueden cambiar cinco minutos en una sesión? Además, tiene su lógica. Es el lapso que aprovecha entre una sesión y otra para hacer las anotaciones de las consideraciones sobre el paciente. Y preparar la ficha del siguiente. O simplemente, ir hasta el baño, refrescarse la cara o hacer pis. Pero la otra noche soñé que en lugar de estrecharle la mano y marcharme, me plantaba delante suyo y le hacía el reclamo por esos cinco minutos, alegando que cada doce sesiones, me robaba una. El sueño no terminaba bien. El psicólogo se ofendía, yo me ofendía, discutíamos y nos mandábamos al diablo los dos. Había sido tan nítido que tuve miedo que realmente hubiese sucedido. Pero cuando fui a la siguiente sesión, nos estrechamos la mano con una cálida sonrisa.
La lluvia se había intensificado. Caía sin inclemencias, con gotas que hacían doler. El sujeto, al que ahora reconocía, me apartó hacia las vidrieras de una tienda de ropa. Un pequeño toldo de lona nos guarecía del agua. Me encontraba en estado de entumecimiento. No podía articular palabra. Por suerte él, sí.
- Esos sueños, esos sueños que tenemos, no son deseos. No son proyecciones de lo que nos hubiese gustado, ni una prueba subconsciente de tratar de imaginar lo que hubiese ocurrido de hacer otra cosa. No, esos sueños son reales. Pero no ocurren aquí en esta vida, no ocurren ahí dentro de la cabeza. Esos sueños son puertas a universos paralelos donde vos, donde yo, donde cada uno de nosotros, de la misma porción de energía que representamos, actúa de manera diferente. ¿Entendés?
Le pagué, firmé el recibo, estreché su mano y antes de alcanzar el picaporte me detuve. No había tenido el valor al entrar, pero ahora estaba seguro. Le anuncié entonces a mí psicólogo que ya no volvería. Pude ver su cara de asombro, no obstante, decidí no dar explicaciones. Me apuré en abrir la puerta y dejar atrás ese consultorio para siempre. ¿Qué sentido tenía continuar yendo, cuando las respuestas no estaban allí?
Un trueno resonó tan cerca que sentí como me temblaron las piernas. Lo miré bien, lo miré con detenimiento, estuve a punto de tocarle el rostro. No hizo falta, comprendió. Soy real, me dijo. Es decir, yo estaba ahí, delante mío. Otro yo, claro. Y estábamos hablando bajo la lluvia. Los sueños no son sueños, volvió a decirme. Son ventanas abiertas a otros mundos. Similares a éste, pero distintos. En detalles. En decisiones. En pequeñas cosas. O en grandes. Pero similares. Para mí cada frase era un peldaño de una escalera difícil de subir. Y no entendía hacia donde podía llegar. ¿Cómo? ¿De qué manera había llegado a mí? Solo me dijo que no había mucho tiempo, que en cualquier momento podía despertar.
- Si aprendés a dominar el momento del sueño, vas a poder atravesar los universos. Tenés que lograrlo, tenés que avisarles a otros, ten...
Ya no estaba. La tormenta arreciaba y mis ojos tenían delante una vidriera con ofertas. Pensé en cada palabra que me había dicho y decidí no ir a trabajar. Llamé desde el celular y di parte de enfermo. Volví a casa a dormir. Es lo que hago la mayor parte del tiempo. He dejado el psicólogo, el trabajo... las deudas pronto comenzarán a taparme. Pero de momento, tengo algo más importante que hacer. Ignoro el tiempo que me llevará. Tampoco me importa.

25 de septiembre de 2018

La maldición



En una ciudad de fantasmas, soy apenas una sombra, algo incluso menos visible.
Los fantasmas deambulan de día atestando las calles, conduciendo vehículos, atendiendo los mostradores, concurriendo a las escuelas, formando filas en los bancos. Se parecen a las personas que alguna vez soñaron que iban a ser.
Nosotros, las sombras, apenas resaltamos en la oscuridad, al margen de la vida. Nos movemos cuando todos se encierran, quizá para evitarles un mal momento. Sigilosos, marchamos buscando restos de la fantasmal sociedad que nos permitan de alguna manera la subsistencia. Somos los que ni siquiera tuvimos el derecho de soñar.
Sucede de un momento a otro, de desgracia en desgracia, de olvido en olvido. Un día somos fantasmas, al otro devenimos en sombras. De ser un espejismo dentro de un engranaje, a ser una pieza sobrante que refleja las ausencias.
Jamás seremos lo que anhelamos. Las calles, tarde o temprano, sabrán de nosotros y susurrarán muy por lo bajo el por qué de la maldición de nunca ser humano.

Fotografía: Colo Cossy

22 de septiembre de 2018

La cuenta


Había perdido la cuenta. No solo de los actos previos, sino de los días desde el encierro. Solo un ventanal alto y pequeño, me recordaba a diario que la libertad era un pedazo de cielo recortado en un cuadrado en la pared. El resto del tiempo la vida era una monótona soledad en una habitación de dos por uno, en la que apenas entraba un colchón y un balde para las necesidades.
Hasta hoy, que se abrió la puerta. Siendo que apenas puedo moverme, que me duelen los huesos, que mi cabeza ya no tiene cabello. Perdí la cuenta y prácticamente la vida. Ya no recuerdo el pecado. Mi cuerpo es la evidencia del castigo. Aquella habitación a mi espalda, el símbolo del arrepentimiento.

txt: Ernesto Parrilla
ph: Colo Cossy

17 de septiembre de 2018

Antes que amanezca


En el desamparo de la noche, en las horas turbias que envuelven las primeras neblinas del invierno, en la desolación que invita la luna, testigo imperturbable de cada paso en falso del ser humano, la desgracia acecha como un tigre hambriento.

No hay sangre, ni armas. Tan solo la tensa espera. La pronta llegada del recado. El intercambio de manos, oferta y demanda. La vida en caída libre, como en un tobogán. Una pendiente pronunciada, sin horizonte.

Donde pronto trinarán los pájaros, la muerte sella un pacto antes que llegue el amanecer.


Arte fotográfico @colocossy + Microrelato @netomancia

31 de agosto de 2018

Pobres tipos


Los veo ensimismados en llegar cada día más alto, en cobrar cada vez más y más dinero, en ocuparse las horas libres en cuestiones del trabajo, ponerse la camiseta de una empresa que no les pertenece, en creerse parte de una estructura irreal, de la que simplemente son números, piezas de un engranaje, propietarios tan solo de una pizca de monedas en un caudal inmenso de billetes y transacciones electrónicas, eslabones intercambiables y desechables de una maquinaria gigantesca que, en todos los casos, responde a capitales de un monstruo más grande y casi siempre extranjero.
Los veo tan felices, tan llenos de éxito, de dinero, de realidades fugaces, que no puedo más que lamentarme por ellos y decir en voz baja: "Pobres tipos".

29 de agosto de 2018

Los gobernantes de los desmemoriados


Empezaron contaminando el agua en algunos barrios, luego en ciudades enteras. Más adelante, le tocó el turno a los alimentos elementales como la leche, la carne, las verduras y el pan. Fue un trabajo meticuloso, sin que mediara denuncia alguna. De a poco, la gente comenzó a sentir los primeros síntomas.
Algunas lagunas mentales, pequeños olvidos, aniversarios pasados de largo, cosas de todos los días que de pronto dejaban de hacerse. Hasta que un día, ya nadie tenía memoria.
Y desde entonces, ganan siempre ellos. Los gobernantes de los desmemoriados.

25 de agosto de 2018

La verdad espera en un cementerio

Debí sospechar cuando me dijo que lo acompañara, porque él jamás me había pedido antes tal cosa. Fue la primera señal, pero no me percaté. Quizá porque estaba ensimismado con mis problemas, sin dudas menores, como la humedad en la pieza del nene, la boleta del gas que aún no pude pagar y con seguridad deba financiarla en cuotas, la úlcera en el ojo del Fido, que pobre Fido, todos sabemos que está en las últimas. Por eso, si bien no es excusa, cuando él me pidió eso, me puse una campera y salí, un poco para tomar aire fresco, otro para escapar del caos rutinario que hay en casa, los gritos de los chicos, los reclamos de Ana. No levanté mucha plata, porque me conozco, si tengo plata, un par de cervezas me tomo. Tampoco era la idea. Porque cerca del cementerio no hay bares.
Caminé. Al bondi me revienta esperarlo, un remis te sale un ojo de la cara. A mitad de camino me pregunté para qué me precisaba. La última vez que había ido con él al cementerio, teníamos quince años. Estábamos ahí para acompañar a la vieja, para despedir a nuestro padre, a quien, a pesar de todo, ella quería.
Lo encontré cerca de la entrada, sentado en un cantero. No llevaba flores, pero si un gesto duro. Lo llamé por el nombre dos veces y pareció no escucharme. Al llegar a su lado, le pegué con el zapato en la pierna. Recién ahí levantó la mirada. Parecía absorto, en otro mundo. Tardó en reconocerme. Se quedó observándome como si fuera un desconocido. Esa fue la segunda señal y también la pasé por alto. Permanecí allí, como un tonto.
- ¿Qué te pasa? - le pregunté.
Se puso de pie, revolvió en su bolsillo y sacó una medalla. Me la mostró con la palma de la mano extendida hacia mí.
- ¿La conocés? - dijo.
El tono de voz, neutro en su totalidad, interpuso una distancia entre ambos de mucho más de los pocos centímetros que nos separaban. Era una distancia cósmica, inalcanzable. Debo haberme puesto pálido. No lo sé. Internamente sentí un crujido en las tripas, tragué saliva y noté, claramente noté, que el corazón se me aceleraba. Ahora sus ojos oscuros, que siempre comparaba con la negrura del carbón, se clavaban en los míos, esquivos, equívocos, errantes. Esperaba una respuesta, esperaba una confirmación. Y a mí, en ese instante, se me había paralizado hasta la respiración.
La mano que no sostenía la medalla se disparó hasta mi cuello. Lo aferró con tanta fuerza que solo quería agradecerle que la agonía no durara tanto tiempo. Pero me lanzó con fuerza hacia el cemento frío y reboté con violencia. Me dolía la espalda y también la nuca. Entonces, ya lo tenía nuevamente encima y esta vez, con ambas manos libres. Me debe haber agarrado de la ropa, lo ignoro, pero de un momento a otro me vi despedido por el aire, en dirección a un viejo paraíso, donde de niño jugaba a alcanzar las ramas más bajas. Sentí la corteza lastimarme la cara y cortarme el párpado. Me desplomé como una estatua sobre las raíces que sobresalían de la tierra. Tomé una bocanada de aire y de inmediato sentí un puntapié en la cintura. Luego otro y otro. Estaba en el piso, a merced de él. Imaginé que seguiría así hasta hacerme vomitar mis propios intestinos pero no hubo más. Ni patadas, ni trompadas, nada de nada. Solo me arrojó la medalla en el rostro y se alejó.
Una señora que salía del cementerio me vio en el piso y se acercó a ayudarme. La aparte de un manotazo. Me mandó a la mierda. Yo la mandé a la mierda. Traté de ponerme de pie y volví a caerme. Recién lo logré cuando me asistí del paraíso.
Me largué a reír. Él ya no estaba, la medalla hacía equilibrio sobre un montón de hojas secas y yo, a duras penas me podía mantener de pie, apoyado contra el árbol. Claro que conocía esa medalla. A pesar de los años, parecía brillar como siempre. La robé aquella noche, cuando me metí en su casa por la claraboya pensando que estaba en el telo con la vieja. Y no, el muy hijo de puta estaba en la casa. Dijeron que no atinó a defenderse. Y así fue, quizá del estupor de ver a su propio hijo con un chumbo entrando a robarle. Me llevé plata y esa maldita medalla.
Y desde entonces, se me aparece él. Soy yo, pero no lo soy. Me acompañó aquella vez al velorio y sentí que el culpable era él y no yo. Cada vez que algo malo sucedía, él estaba para hacerse responsable. Es la primera vez que pedía algo, por eso fui al cementerio. No me esperaba su reacción.
Me dolía todo el cuerpo y la medalla era como una herida palpitante en mi mano. La guardé en un bolsillo y emprendí el regreso, sintiéndome más solo que nunca en la vida. Volví caminando, a duras penas. ¿Volvería a verlo? ¿O desde ahora debería afrontar el hecho que siempre fui yo?
Lamenté no haber levantado dinero antes de salir. Estaría buscando ahora un lugar donde tomar una cerveza bien fría.

12 de agosto de 2018

La derrota de los escritores fugaces

Este relato obtuvo el 1er Premio en el Concurso Provincial de Cuentos organizado por la Municipalidad de Villa Constitución a través de la Dirección de Cultura, y publicado en la 19 Antología de Poetas y Narradores.

La derrota de los escritores fugaces

Hubo una época en que nos sentábamos a escribir. No precisamente juntos, si bien ganas no faltaban: las distancias lo impedían. No había un acuerdo previo, ni una misma motivación. Solo sabíamos que el otro, en papel, en la computadora o mentalmente, estaba creando una historia. Y cada uno, sin saber que escribía el otro, creaba una parte de ese escrito. Lo llamábamos el texto universal, porque todos y cada uno escribíamos sobre lo mismo, sobre la vida.
Estábamos felices, dedicados de lleno a cerrar los ojos e imaginarnos oraciones, párrafos completos, de un solo tirón. Escribíamos sin parar, de día y de noche, riendo y llorando, acompañados por música o en el más absoluto de los silencios. Podían pasar días sin que nos diéramos cuenta que no habíamos probado alimento alguno o ingerido un poco de agua. Nuestras venas tenían palabras, nuestro corazones bombeaban argumentos. En aquella época, nuestras almas convergían en un solo ser, un solo escritor.
Hasta que uno de nosotros comprendió que si escribíamos sobre la vida, el texto concluiría indefectiblemente en la muerte. Quizá se adelantó más que los demás en los capítulos posteriores, vislumbrando el inevitable final. Cuando todos caímos en la cuenta que por más líneas que agregáramos, o giros argumentales que interpusiéramos, el final sería siempre el mismo, ya no pudimos continuar.
Abandonamos nuestros teclados, nuestras máquinas de escribir, los lápices, los ejercicios mentales. Las hojas dejaron de acumularse en pilas enormes a punto siempre de desmoronarse y se transformaron en resmas estáticas, pálidas, sin ninguna atracción. La tierra y el polvo avanzaron de a poco, cubriendo esas superficies que alguna vez fueron nuestras. Dejamos las ideas adormecidas, sin ninguna esperanza de despertarlas. Nos arrojamos a la rutina del día a día, del sobrevivir, postergando nuestros sueños, porque al fin de cuentas, el final siempre es el mismo.
Y así, convencidos de nuestro fracaso, dejamos que la que camina lento, la que nos da una vida de ventaja, nos devore vivos. Las letras olvidadas, ya no darán cuenta de esta derrota.

6 de agosto de 2018

Willem, el autoreferente


El notable pintor Willem Decerguz dijo desde un principio que en cada obra suya había una autoreferencia.
Fue así que podían verse sus ojos retratados en "El soldado de Waterloo", sus orejas en "Escarlata", su cabello cobrizo en "Diariero taciturno", por nombrar algunos ejemplos.
Un día anunció que pintaría su última obra, y lo haría en vivo. Una multitud colmó el Museo de Artes, donde pintó la afamada "Risa del ángel".
Todos vieron, efectivamente, que aquella era su risa.
Tras los aplausos dijo:
- "Ahora todo lo que soy vivirá eternamente en mis obras".
Y ante la atónita mirada de los presentes, desapareció en el aire.
Aún los críticos debaten si no fue una mera movida marketinera. Lo cierto es que Willem nunca más fue visto con vida.

5 de agosto de 2018

Estamos malditos, todos y cada uno

Mario Carrillo es un escritor de Villa Constitución, pero antes es periodista y de los buenos. Aprendí mucho a su lado, hace casi veinte años. Hoy compartimos una gran amistad y la pasión por la literatura. Tuve el placer de escribir prólogos en sus dos libros anteriores, de cuentos.
Y tuve el honor de leer de antemano su primera novela y redactar el prólogo. Para algunos quizá sea una formalidad. Para mí el prólogo es cosa seria. Me gustó mucho "La sangrienta maldición de los Burundarena" y el texto que leerán a continuación y que titulé "Estamos malditos, todos y cada uno", prácticamente se escribió solo.
Gracias Mario, una vez más.


Estamos malditos, todos y cada uno.

Dice Stephen King que los monstruos y fantasmas son reales y viven dentro de uno y que a veces, ellos ganan. Si algo me fascina de esa afirmación es que tiene mucho de cierto. ¿Quién no vive escapando de fantasmas en la más absoluta soledad de la consciencia? ¿Quién no se esconde de monstruos que solo acechan en la imaginación? Otros, directamente, lo son: monstruos con rostro de hombre, corrompiendo la existencia de sus víctimas; fantasmas en vida, vagando por las calles sin que nadie se percate de ellos.
La humanidad crea sus miedos a imagen y semejanza. Y el destino, ese derrotero incierto que moldea nuestras vidas a capricho, se encarga que enfrentarnos a ellos. Lo hace desde que tenemos noción de las cosas, con las primeras sombras proyectadas en la oscuridad, con sus formas tétricas que nos obligan a sumergirnos bajo la almohada casi al borde del grito. Estamos malditos, todos y cada uno. Condenados a crecer, al desengaño, el sacrificio, al amor, la traición, el dolor, la injusticia e, inevitablemente, la muerte, la propia, pero antes, la ajena.
¿Es acaso una mirada soslayada, demasiado oscura, que omite las buenas cosas, las alegrías, todo lo que vale la pena? Si, lo es. Por supuesto. No puedo escribir este prólogo de otra manera, porque las páginas que he devorado – como un monstruo con sed literaria – me obligan a pensar en una palabra: venganza. Pero no se engañen, las hojas que componen este libro no se reducen a un solo vocablo, al contrario.
Venganza es el punto de partida de cada párrafo. Es lo que mueve al monstruo y espanta a los fantasmas, es la imagen que aparece en sueños una y otra vez hasta alcanzar a su víctima, es lo que Mario Alberto Carrillo nos va a meter de prepo, casi a golpes de puños (puños literarios) hasta hacernos sentir dentro de la tragedia de los Burundarena, tomando partida, odiando, amando, en un relato que se ramifica a lo largo de las décadas, de la geografía pampeana y nuestra propia historia.
La sangrienta maldición de los Burundarena es un viaje emocionante, vertiginoso, en el que no solo atravesaremos un legado de sangre, sino que nos empaparemos en él, sentiremos las miserias en carne propia, como testigos imposibilitados de torcer un destino que paso a paso se va tornando cruel y tormentoso, persiguiendo a los protagonistas y a cada uno de sus descendientes a campo traviesa, con la furia de un malón endemoniado.
Mario, que en sus libros de cuentos nos había demostrado la capacidad para ir de la risa al llanto, de la anécdota al relato crudo, será nuestro guía, nuestro aliado en este camino, elevando aquí su apuesta en una novela con los condimentos necesarios para convertirla en una lectura recomendada que difícilmente nos deje indiferentes. Por lo bien que están creados los personajes, por lo cerca que los sentiremos, por la manera en que nos llegarán al corazón sus sentimientos y acciones, cuyas consecuencias, algunas espeluznantes, nos develarán el estoico y violento espíritu de los Burundarena.
Y además del escritor, se ve al periodista. Al que muchos tuvimos como maestro en ese oficio. Se nota la investigación al detalle de cada época y lugar, en la que uno casi no necesita imaginarse nada, porque allí está todo. Nos ubica de manera visual en el contexto de las décadas que atraviesa la trama, desde los primeros años del siglo XIX al pasado siglo XX, dándole al marco histórico un lugar en la novela más importante que el de simple escenario sobre el que transcurren las acciones.
Es de esos libros que uno espera se extienda un poco más. Que nos regale más de la trepidante lectura que nos mantuvo durante horas pasando páginas, una tras otra. Pero todo tiene un final y vaya que lo saben los Burundarena. Amor, pasión, odio, venganza, sacrificio, dolor, penas y muerte. ¿Terror? Para nada. ¿Pero hay monstruos y fantasmas? Si, en cada rincón. Están allí, con rostros humanos, muchos de ellos con rasgos vascos, confundiéndose en la espesura de la llanura pampeana, esa que el tiempo transformó en paisajes poblados atravesados por carreteras, acechando al destino, tratando de vencerlo, aun sabiendo que es imposible, que la maldición irá tras ellos. Pero siempre hay una esperanza, una posibilidad de redención. Por algo nos escondemos debajo de las sábanas y metemos la cabeza bajo la almohada: para que los fantasmas y monstruos no nos encuentren. Siempre la hay. ¿Será Mario, en esta novela, piadoso con nosotros? ¿Nos tenderá esa mano para sentirnos seguros? ¿O nos dará un empujón hacia la oscuridad?
Lean. Disfruten. Engañen sus propios destinos mientras se internan en esta maldición ajena. Pero sepan que los monstruos y fantasmas, existen. Porque quien avisa, no traiciona.

19 de julio de 2018

La mujer que lo sabía todo

A Sofía la diagnosticaron ya siendo adolescente, pero lo suyo comenzó de muy pequeña. Siendo apenas una beba llamaba la atención por su facilidad de entendimiento y de aprendizaje. Con solo mostrarle una cuchara, sabía como agarrarla, como usarla para juntar comida del plato y llevarla hasta la boca. Cuando alguien le regalaba un juego de encastre, lograba resolverlo con sencillez en pocos minutos, para desconcierto de todos. Con los rompecabezas sucedía lo mismo. Sabía como vestirse sola, como atarse las zapatillas, encender el televisor, cambiar de canal; ni siquiera hacía falta advertirle que no debía meter los dedos en los enchufes, ni que tocara la heladera con los pies descalzos, que tuviese cuidado con los bordes de los muebles... y todo antes del año y medio.
Cuando comenzó a hablar, respondía a cada pregunta con suma seguridad. Y cuando digo pregunta, no me refiero a las típicas que se le hacen a un niño que empieza a balbucear sus primeros vocablos: ¿Cómo te llamás? ¿Cómo me llamo yo? ¿Cuántos años tenés? ¿Dónde está la tía? ¿Y mamá?
La preguntas que le hacíamos eran algo más complejas: ¿Cuál es el número PI? ¿Cómo se calcula la masa? ¿Cuál es la raíz cuadrada de veinte? ¿Quién sucedió a Luis XIV en Francia? ¿Cómo se llamaba el hermanastro de Nerón? Si, también le hacíamos preguntas más triviales: ¿Cuántos campeonatos del mundo tiene Argentina en básquet? ¿Y Estados Unidos? ¿Qué equipos componen la primera división de fútbol en Noruega? ¿Cuál fue el actor que compuso el papel de Edward Lewis en Pretty Woman? ¿En qué canción Madonna dice "tropical the island breeze, all of nature wild and free"?
Sofía contestaba todas y cada una, con un desparpajo tal que nos ponía nerviosos. Parecía una especie de buscador de internet con forma humana. Pero era nuestra querida Sofía y no queríamos llevarla a especialistas, por temor a que se convirtiera en objeto de estudio. La sola idea de imaginarla siendo interrogada por investigadores o peor aún, sometida a maquinarias para estudiar su cerebro, nos hacía temblar.
Dejamos que creciera, tratando de hacerle entender que no era necesario que contestara todas las preguntas que le hicieran. En la escuela solían demorarla durante horas haciéndole preguntas con el afán de verla equivocarse, y no solo sus compañeros, sobre todo sus maestros. Aquellos que se jactaban de que la harían errar la respuesta, y hacían preguntas tramposas, se topaban de repente con la contestación exacta que los dejaba helados y faltos de comprensión.
Cuando estábamos con ellas, tratábamos de no hacer alguna pregunta que no pudiéramos contestar, porque ella se veía en la obligación de darnos la respuesta que buscábamos. Aunque no siempre se podía evitar ese don, si acaso así podía llamárselo. Su madre solía preguntarle las recetas de comida antes de ponerse a cocinar. Su padre los resultados de fútbol que no recordaba de algún campeonato pasado.
¿Cómo era posible? Todos nos hacíamos esa pregunta. Una vez se lo pregunté a ella, y para mi sorpresa, no tuve respuesta. Dudó, estuvo a punto de abrir la boca y luego calló. Ni siquiera un no sé. Sofía no tenía las palabras que explicaran cómo era que ella pudiese saberlo todo.
Con el tiempo ella se fue acostumbrando. La madurez fue acortando distancia con respecto a sus conocimientos. Ya nadie se aprovechaba de su condición para hacerle responder preguntas que le hacían pasar vergüenza. Se hizo de amigas que la cuidaban. Fue creciendo y comprendiendo que tener todas las respuestas no necesariamente la hacían más inteligente. Muchas de los hechos, fórmulas, leyes, y millones de cosas que sabía, no las comprendía. Sentía que repetía palabras sin sentido y eso era algo que la ponía mal, por lo tanto, había aprendido entonces a no responder todas las preguntas que recibía. Sabía cuando contestar y cuando no.
A los diez años, sus padres y maestros decidieron que no siguiera en el colegio. Al menos, el formal. Lo sabía todo. Los profesores decían que el entendimiento iría llegando de a poco, pero lo ideal, era ir a una institución de alumnos avanzados. Allí las cosas se pusieron feas para Sofía. A pesar de saberlo todo, su coeficiente intelectual era normal. Los demás alumnos la usaban como si se tratara de una enciclopedia viviente. No había compañerismo, mucho menos cariño.
Los dos años que pasó allí, fueron un calvario. Sofía se había convertido en una sombra de la niña que había conocido. Una tarde la encontré llorando en su habitación. Ya me había pasado cuando ella era muy pequeña, que tras caerse de la hamaca y rasparse las rodillas, le había preguntando sin otra intención de calmarla ¿por qué llorás, Sofi? y su respuesta había sido "llorar es bueno, libera la presión y está comprobado que evita la sequedad de los ojos, ayuda a combatir las bacterias que se acumulan en éstos y limpian el canal visual, pero, al mismo tiempo, ayuda a liberar emociones negativas, elimina tensiones y el estrés". Esta vez no incurrí en el mismo error. Le pregunté qué emociones la embargaban y si la podía ayudar. Allí supimos por lo que estaba atravesando.
Sus padres la sacaron del colegio y finalmente, tras resistir doce años, fueron a ver a investigadores de la conducta y neurólogos de una importante universidad. Sofía comenzó a ser objeto de pruebas, pero al contrario de lo que imaginábamos, estaba feliz. Ella también recordaba esa pregunta que no había podido responder. Ella también quería saber el por qué.
Uno de los investigadores, alto, pelado, anteojos de marcos gruesos y oscuros, de muy pocas palabras, me llamó una mañana. Llovía. Sofía había estado haciendo unas pruebas y quería hablar conmigo. Había pedido por su tío. Salí sin paraguas y llegué completamente mojado. Al verme así, me sugirió que tomar y diferentes maneras de prevenir un resfrío. A veces no hacía falta que le pregunten.
Estaban sentado, mesa de por medio, ella y el investigador. Detrás del hombre había una inmensa pizarra repleta de números, letras y alguna que otra palabra conocida. Había incluso algunos jeroglíficos y símbolos, muchos de los cuales me eran desconocidos. Admussen, así se apellidaba el hombre, me ofreció una silla.
- ¿Qué conoce de las hormigas? - me preguntó.
Lo miré asombrado. Observé a Sofía. Me hubiese gustado que me diera toda la información posible de esos insectos, para no quedar como mal ante el profesional. Le dije escuetamente "muy poco, preferentemente sé más del veneno que debo comprar cuando me atacan los limoneros". Sonrió.
- Sofía me cometa que usted es la persona que mejor la entiende - dijo, y sinceramente, me emocioné, porque con Sofi siempre nos llevamos bien, y a diferencia de los demás sobrinos, siempre traté de estar cerca, no sé si por su rara condición o qué - Y prefiero hablar esto con quién la entiende mejor.
- No entiendo lo de las hormigas... - intervine.
- Las hormigas. Este insecto es, a diferencia de lo que se cree, bastante complejo. Socialmente complejo. Verá, hay estudios que han determinado que las hormigas poseen algo que se llama conciencia grupal. Sobre todo, cuando son atacadas. La colonia, las hormigas, saben que son atacadas por más que solo una minúscula parte esté recibiendo físicamente ese ataque. Es decir, tienen conciencia de lo que sucede, a través de un sentido. Estará pensando, qué tiene que ver esto con Sofía. La respuesta es, prácticamente todo.
Debo haber hecho algún gesto con mi rostro, porque el hombre volvió a sonreír. Sofía me tomó de la mano. El investigador Admussen siguió hablando.
- Sofía tiene un conocimiento colectivo. Ella sabe por los demás, no solo por los que la rodean, por usted, por sus padres. Ella sabe por toda la humanidad. Todo conocimiento en poder de un ser humano vivo, ella lo atesora. No los tiene a disposición como si fuera una enorme vitrina, sino que al recibir el estímulo de la pregunta, ella accede de inmediato a la respuesta. Si hoy, póngale el caso, un conocimiento fuera exclusivo de una sola persona y esa persona muriera, ese dato, o esa serie de datos de exclusividad, desaparecerían de la cabeza de Sofía.
- Entonces le podríamos preguntar la fórmula de la Coca-Cola y ella tendría que saberla, por más que todos sabemos, es ultra secreta.
- Si, aquí la tengo anotada. Mire - giró un cuaderno de hojas rayadas hacia mí - De la misma manera, podría decirnos todos los secretos de estado existentes, si supiéramos preguntar. O cosas peores. Atrocidades. Crímenes. Todo conocimiento, le reitero, que forme parte de la población viva en el planeta. Ella, quiero que comprenda, es la receptora de todo lo que se sabe.
Me quedé en silencio. Sofía apretó mi mano. Mi comprensión iba creciendo, a la par de mis miedos. Sentí un escalofrío en todo el cuerpo.
- Doctor, lo que usted me dice es que... - callé, claro que sabía lo que me estaba diciendo. - ¿Por qué? ¿Por qué me ha llamado a mí?
- Porque ella confía en usted. Más que en nadie. No investigo solo. Los fondos que llegan a la universidad son en parte estatales, en parte privados. Mi informe podría omitir ciertas cosas, pero no he llegado solo a esta conclusión. Lamentablemente, no. Y puedo asegurarle que en algunas pocas horas más, la existencia de Sofía supondrá un riesgo para muchas naciones y un trofeo para otras.
- ¿Qué quiere decir...?
- Que vendrán por ella. Que no hay mucho tiempo.
- Tiempo para...
- Para escapar. Para escabullirse en la clandestinidad absoluta. Para salvarle la vida a Sofía.

Aquello ocurrió hace varios meses. Desde entonces, vamos de un lado a otro. No resulta tan difícil teniendo toda la información a mano. Solo tengo que saber formular las preguntas correctas. Los días más aciagos, pienso en sus padres, en la familia, en todos los que desconocen su paradero y su suerte. Pero entonces la veo, tan joven y llena de vida, y hago lo imposible para mantenerla a salvo. ¿Por cuánto tiempo debemos escapar? No lo sé. Ella tampoco. Ahora que comparto cada segundo de mi vida a su lado, sé que no sabe muchas cosas. Y quizá, sean las más importantes. Todo aquello que nos depara el destino, es una enorme incógnita. En la clandestinidad, con nombres que ya no son los nuestros, sonreímos ante lo desconocido.



4 de julio de 2018

Monocromo

Me levanté de mal humor. El despertador no sonó y me quedé dormida. Ya llegaba tarde al trabajo. No hice a tiempo de desayunar. Pero lo peor de todo fue que al salir a la calle no había color.
Salí apurada, peleando con la llave en la cerradura, corrí hacia la esquina para cruzar antes que el semáforo cambiara y ahí lo noté. Todo era monocromático. Las luces que debían ser verdes, o rojas o amarillas, no lo eran. Ni siquiera el cuerpo del semáforo tenía los suyos. Y los autos, y la gente, hasta el cielo mismo. Toda la realidad había perdido el color.
Estaba llegando tarde al trabajo, así que corrí de todos modos, alcancé el colectivo y apretujada -cuando no- seguí cavilando sobre la ausencia de algo tan elemental, tratando de no caerme o golpear a alguien en cada frenada del transporte.
Dudé en preguntar a alguien más. La gente lleva auriculares, desvía la vista hacia otro lado, esconde las miradas en el suelo, se aparta al mínimo contacto. La gente odia hablar. La duda me carcomía. ¿Sería yo o serían todos?
Saqué el teléfono, abrí las redes sociales. Nadie mencionaba el monocromático fenómeno. Era yo; sin dudas, era yo. ¿Estaría enferma? Pensé en qué día me convendría pedir turno con un oftalmólogo o aún mejor, con un neurólogo. El jueves, ese día era el mejor.
Llegué al trabajo, hubo reproches, me dieron una pila de carpetas. No podía diferenciarlas por color. Demoré más de la cuenta en ordenarlas. ¿Qué carajo me pasa? pensaba en todo momento.
Sufrí hasta la hora de salida. Incluso el almuerzo había sabido mal debido a la falta de color. Un sándwich gris, un tomate opaco, un queso desabrido.
Alguien se ofreció a llevarme a tomar el colectivo. Cómo si fuese una broma, me hablaba de los colores de moda para el verano. Le pedí que me bajara antes. Inventé una excusa. Estaba angustiada. Quería llorar. Extrañaba el rojo, el azul, el naranja. Todo era insulso, ajeno. Una fotocopia mal sacada. Me dieron ganas de vomitar. Fue cuando lo vi.
Un hombre, muy mayor, casi anciano, cruzaba la calle. Se desprendía de él un color púrpura intenso. Era el primer color que veía en el día. Me apresuré en ir a su encuentro, mis piernas cobraron impulso y me trasladé entre la marea de personas grises en busca de aquel hombre. Estaba a un metro cuando se derrumbó. Cómo si alguien le hubiese disparado. La gente se agolpó a su alrededor y pude ver el instante exacto en que el color púrpura se elevaba con velocidad hacia el cielo oscuro, hasta desaparecer.
Me alejé, espantada. Empecé a prestar atención al cielo. Cada tanto, más lejos, más cerca, veía algún destello púrpura elevarse y desaparecer, como un fuego artificial. Parecían disparados hacia una misma dirección en lo alto, más allá de las nubes.
Paré un taxi. Pedí que me llevarán al hospital más cercano. No podía esperar un turno, debía ir a una guardia médica cuanto antes. Pagué sin esperar el vuelto. El lugar estaba atestado. En una camilla se quejaba una mujer ensangrentada. Todos los presentes eran testigos de esa agonía. Un accidente de coches murmuraba una joven con su bebé prendido al gris pezón de su teta.
De repente, el color púrpura comenzó a emanar del cuerpo desparramado en la camilla. Claro que nadie más lo notaba. Intenté acercarme, pero sus quejidos se transformaron primero en gritos, luego en una respiración agitada y finalmente, en la quietud absoluta. Preciso momento en el que el color púrpura se disparó hacia arriba, perdiéndose en el techo descascarado y salpicado por manchones de humedad.
Llegaron los enfermeros, pero nada había por hacer. Retrocedí. El espanto. La comprensión. Mi monocromática situación. Y aquel color, aquella certeza. Podía ver la muerte. No antes, sino en el momento que se consumaba. La angustia ganó mi cuerpo. Estaba temblando. Alguien se me acercó preguntando si estaba bien y lo aparté de un empujón. ¿En serio me preguntaba eso? Me fui corriendo. Bajé al subterráneo, subí a un vagón y lloré hasta el fin de línea. Ubiqué la salida, detuve un taxi y aquí estoy. En el único lugar donde es difícil que vea las luces púrpuras. En el cementerio. Porque los que aquí residen ya tienen resuelto su destino.
Y mientras contemplo el gris de las lápidas, me pregunto qué clase de brujería me acecha. La paz del lugar se confunde con el monocromo de la escena. La noche no tiene tanta diferencia del día, vista de esta manera. Es un tanto más oscura, pero mucho más sincera. Hasta la luna se apiada y sin demasiados matices se parece a la de siempre. Mi pregunta es la misma desde hace horas. Y ya no es por qué ni cómo. Es simplemente, qué. Qué haré con esto.
Mis pasos me llevan desconsolada a casa. Reconozco el camino. Aunque apenas levanto la mirada. No es el gris, es el púrpura al que temo. El que delata a los que se alejan. No puedo negarlo. La idea de verme rodeada por ese único color es tentadora. Una especie de libertad hasta ayer insospechada, más cercana a las calles de lápidas y cruces que a las atestadas de vehículos y personas presurosas de llegar a horario a destinos predestinados. Pero es una decisión difícil. El qué, no tiene respuestas fáciles.