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29 de octubre de 2014

Calle sin ángel

El hombre no tenía muchas razones para golpear la puerta, pero de todos modos lo hizo. Era tarde, las luces de la calle apenas si iluminaban con la pobre luz amarilla que emitían. Solo se escuchaba el cantar de los grillos y algún que otro ladrido distante. No pasaban coches ni se movían las ramas de los árboles. Hasta el viento parecía durmiendo.
Debajo de un sombrero desgastado por los años, el rostro arrugado del hombre se mantuvo sereno, a la espera de una respuesta. Su cuerpo respondía a dicho semblante, manteniéndose firme, sin muestras de nervios o impaciencia. En medio de la noche, la silueta era la de una figura inmóvil recortada en el aire.
Esperó delante de la puerta de madera, que en la noche, parecía más oscura, escondiendo de la vista los rayones y demás estigmas del tiempo. Permaneció allí varios minutos, hasta que finalmente se marchó. Su figura se perdió en la esquina, entre la neblina y los ladrillos de una obra en construcción.
Recién entonces una mano descorrió una de las cortinas. Sus dedos quedaron visibles del lado exterior, aunque nadie estaba allí para verlos. Segundos después se asomó un rostro, espiando hacia afuera. Pertenecía a una mujer de enormes ojeras. A pesar de la hora, llevaba puesto un vestido de día, que apenas le cubría el cuello, dejando libre la piel manchada por los años. Movió la cabeza, tratando de mirar hacia un lado y otro. Luego, con lentitud, llevó un pañuelo a la cara y atrapó una lágrima. Lo hizo con la delicadeza de quién está acostumbrado.
La cortina volvió a su lugar. La ventana quedó opacada por la tela raída y cubierta de polvo. El lugar se sumió otra vez en el murmullo propio de la noche. Solo algunos grillos y algún que otro ladrido lejano. La temperatura bajó unos grados y la brisa sopló más fuerte.
Volverá la siguiente noche, y la otra, y así sucesivamente. Y ella descorrerá el velo siempre tarde.
muy propio de esa calle desangelada que los fantasmas no puedan reencontrarse. Taciturnos, deambulan presintiéndose, pero no son capaces de verse.
Algunos suponen que se trata de una maldición.
Otros aseveran que, sencillamente, así es la muerte.

26 de octubre de 2014

Los crímenes de Morini

El coche aparcado en la vereda llamaba mucho la atención. Un auto rojo, largo, de los años sesenta. Impecable, de vidrios polarizados, reluciente al sol, pero tétrico bajo la luz de la luna. Hacía un día que estaba delante del edificio de ladrillos vistos desgastados por el paso del tiempo.
Un patrullero pasó dos veces en menos de quince minutos por la calle, reduciendo la velocidad para detectar algún ocupante en su interior. Una llamada anónima había alertado sobre el vehículo. Más tarde arribó otro auto, sin insignias oficiales, del que descendieron dos personas. Una de ellas llevaba una linterna y escrutaba por la ventanilla del acompañante. El otro, tenía la mano metida dentro del pantalón, sosteniendo algo más firme que sus genitales.
Lo que ocurrió después se extendió por un breve lapso de segundos. Una luz se iluminó en el interior del auto rojo. Un destello en realidad. Un punto brillante en la oscuridad, que encendía y apagaba. Los hombres apenas si tuvieron tiempo de reaccionar. Alcanzaron a cruzar una mirada antes de la explosión.
El lugar se llenó de vehículos de la policía, un camión de los bomberos y dos ambulancias. Las dos víctimas eran del personal de investigaciones, vestidos de civil. Los vecinos espiaban desde las puertas de sus hogares. Algunos curiosos sacaban la cabeza tímidamente por las ventanas de los edificios más próximos. Sin embargo, nadie se asomaba desde el edificio de ladrillos que estaba delante del siniestro.
Un grupo de policías ingresó al mismo a inspeccionarlo. Se encontraron con una edificación semi abandonada, con cuartos saqueados, paredes faltantes, restos claros de lo que eran reductos de drogadictos y en el sexto piso, el último, una habitación con una sola silla, sobre la que encontraron, abandonado, el equipo de detonación que provocó la explosión del auto.
Morini, mientras tanto, sonreía observando todo desde el café de la esquina, donde un ventanal enorme le permitía una vista de privilegio.
Había comenzado su vida en el crimen casi por casualidad. Una tarde, apostando en el Jockey Club a un caballo que le habían asegurado tenía ganada la carrera, se reencontró con dos viejos amigos de la escuela. No eran precisamente las compañías que deseaba su madre. Pero se los veía bien vestidos, con semblante de ganadores.
- ¿En qué andan? Parece que la vida les sonríe.
Los amigos le guiñaron un ojo. El caballo ganó y esa noche salieron de recorrida en los boliches de la ciudad. Por la mañana, era el nuevo socio de su ex compañeros de escuela. El detalle era que aún no le habían dicho que era lo que hacían. Se enteró al día siguiente, cuando le entregaron una escopeta de caño recortado y una bolsa para meter el dinero.
Desde aquel atraco a la financiera habían pasado muchos años e infinidad de crímenes. Si algo recordaba del robo en el que se inició, fue la sensación de apretar el gatillo y sentir el poder de un arma en las manos. Con sus amigos duró poco. Un par de robos solamente. Luego, le voló la cabeza a cada uno. Le parecía poco lo que recibía y tampoco le gustaba discutir demasiado. Había descubierto que se podían resolver las cosas de manera inmediata. Un mundo nuevo se abría camino a sus pies. Y le encantaba.
Ahora, mientras le agregaba azúcar al café y lo revolvía con parsimonia, no dejaba de disfrutar del espectáculo que le regalaban las fuerzas de autoridad, totalmente nerviosas y perplejas ante el desastre que había armado. Seguro ya habían descubierto el aparato en el sexto piso y estarían buscando huellas por todas partes. Contenía la risa. Aquello era su definición de placer.
Morini bebió el café, dejó propina a un lado del pocillo y salió a la calle. Se acercó a preguntarle a un uniformado qué era lo que había pasado y hasta intercambió algunas palabras con el chofer de una ambulancia sobre lo sucedido.
Luego se acercó a la máxima autoridad presente en el lugar y le tocó la espalda.
- Morini... ¿qué hace acá?
- Estaba cerca y escuché en la radio lo ocurrido, si necesita mi presencia...
- Por favor Comisario, usted está de vacaciones.
Morini asintió con la cabeza, le dio el pésame por los agentes caídos y arrojó una falsa promesa en el aire. Luego se alejó del lugar, esquivando agentes alterados y patrullas con luces furiosas rugiendo sobre los techos. El caos era excitante. Sumamente excitante.

23 de octubre de 2014

Fracaso interestelar

La misión interestelar H-F2015 falló por varios motivos. No hacía falta una investigación demasiada profunda para llegar a dicha conclusión.
Las discusiones posteriores, con voces levantándose en tonos fuera de lo común, con cuerpos empujándose delante de las anotaciones que previamente nadie había cuestionado, eran consecuencias sin sentido de un rotundo fracaso.
Se podía hablar por horas, endilgar culpas, buscar excusas, pero las causas estaban a la vista. Y la principal fue el mal cálculo en el lanzamiento. Algo, que por otro lado, representaba algo bochornoso. Tanto esfuerzo y dedicación yéndose a la borda por un simple error de ubicación.
La fuerza, la reacción, el impulso, la gravedad, cientos de números más. Estudios, consultas, referencias. Libros y libros con experiencias anteriores. Fórmulas matemáticas, principios, teoremas. Miles de buenas razones para pensar en un exitoso anochecer. Pero ninguno vio el árbol de la vecina.
Hubo otros factores. La chapa demasiado oxidada, cohetes con la pólvora húmeda, linternas sin baterías suficientes para andar por el patio a altas horas. En fin.
Ariel y sus amigos se resignaron a pasar la noche leyendo historias del espacio en viejas revistas de historietas de su abuelo. Al otro día irían a buscar el prototipo destruido a la casa de al lado.

20 de octubre de 2014

Bajo el mismo cielo

Cuando se vio encañonada con el revólver, pensó en sus hijos. En Gonzalo, estudiando arquitectura a muchos kilómetros de distancia, sin verlo desde su cumpleaños. En Esteban, probando suerte en España, porque en el país no se sentía seguro. Y especialmente en Adela, sumida a una cama, casi de forma permanente, por una enfermedad de mierda. Pensó en todos ellos y al mismo tiempo en nada. Porque la muerte no se permite coherencias, ni mucho menos, tiempo para administrarla.

Cuando la encañonó con la pistola, sintió que el miedo previo que tenía mientras esperaba afuera que saliera el último cliente, había remitido. Ahora tenía control total sobre el arma, los temblores y hasta sobre su timbre de voz, que rugía furioso diciendo palabras fuertes y dando amenazas certeras. Era dueño del momento, la mujer desprendía terror por cada poro y nada podía fallar. Sería dinero fácil para luego ir a lo del Checho y comprar un poco de pasta. Y si la mujer se resistía, le reventaría un par de tiros. Él tenía el poder, él podía. Era cuestión de accionar el gatillo, nomás.

Cuando el Negro sacó el arma y le apuntó a la vieja que atendía, sintió que un tigre escapaba de su pecho. Supo que eso quería hacer él apenas pudiera. Sentía la sangre hirviendo bajo la piel y la respiración entrecortada, casi de la misma manera que se había sentido la otra noche, con la pendeja del curso que lo venía buscando desde hacía un par de semanas. Aunque esto era mejor. ¡La plata, vieja de mierda, la plata o te quemo, la puta que te parió! decía su amigo, con los ojos desorbitados. Y eso mismo quería gritar él con toda la boca, pero en cambio, escuchaba, porque estaba aprendiendo. Sonreía con los ojos, deseando que el arma disparara de una buena vez.

Solo un fragmento, una imagen recortada del tiempo. Un instante que perdura una eternidad en la totalidad misma de la existencia. Y luego, la batalla diaria de la vida y la muerte. El grito, la amenaza, el disparo, la sangre, el caos. El nunca acabar. La violencia, la maldad, los extremos, los sin sentidos.

Adela nunca lo sabrá, mientras agoniza. Ya tiene bastante, pobre niña. Esteban se reprocha, en un país lejano, rodeado de un acento diferente que por un momento, le causa bronca. Gonzalo vuelve, estrechándose al dolor. Escucha una frase fraudulenta, que se repite en todas partes: la vida sigue.

El Checho le vende menos que la última vez, porque dice que ahora cuesta más. Eso lo disgusta. Aún tiene el fierro caliente. No le costaría nada sacarlo y poner las cosas en su lugar. Pero hay ciertas reglas y el Checho es el que manda. Algún día será él. Entonces acepta sin decir una palabra. Afuera lo espera su hermano más chico. Le sonríe al salir. El pibe tiene huevos. Lo está preparando para que salga bueno. Quizá en el próximo le ponga el chumbo en las manos. Quizá, aún no está seguro.

Mientras espera del otro lado de la puerta de chapa, evoca la secuencia. El disparo, la sangre, el cuerpo cayendo. Reprime una arcada y teme por un momento que el Negro estuviera saliendo justo para verlo flaquear. Pero el Negro sigue adentro, comprando pasta. Temblaba. Había creído que aquella sería un espectáculo, pero había salido horrorizado. Sin embargo, no podía decir nada. Era su destino. Y por lo tanto, tenía que afrontarlo. Cuando el Negro sale, estaba vomitando.

Se marchan entre callejuelas sucias, con paso rápido.
Bajo el mismo cielo, en lugares remotos, una familia llora.
Nadie entiende el por qué. A nadie más que a ellos, le importa.

17 de octubre de 2014

Día de pago

El hombre abrió el sobre mientras cebaba un mate. Lo hacía con la inocencia de siempre, esperando ver un monto razonable. Pero el número que leyó hizo que lanzara el mate por el aire, salpicando una pared de verde y desparramando la yerba mojada y caliente sobre el suelo de cerámico verde que su mujer había elegido veinte años antes.
Ella bajó las escaleras corriendo, asustado.
- ¿Qué pasó? Gordo ¿estás bien?
Su esposo levantó la vista, con los ojos aún perturbados.
- Llegó la boleta, Estela.
La mujer se detuvo, llevándose las manos al pecho. Por la reacción de su marido, aquello era más de lo que podían pagar. Dudó en preguntar. Pero era un titubeo inútil. No había forma de no enterarse. Tarde o temprano, la realidad la tomaría del cuello.
- ¿Cuánto? - preguntó al fin, en un hilo de voz.
La respuesta fue un suspiro. Si hubiese tenido un sillón a su espalda, el hombre se habría dejado caer. En cambio, meneó la cabeza de un lado a otro y tras dejar caer el papel sobre la mesa, se llevó las manos a la cabeza.
- ¿Y ahora, Estela? ¿Y ahora?
- No quiero decir que te lo advertí...
- Ya sé, no empieces con eso.
Se quedaron en silencio. Ella sin avanzar, él sin soltar los pocos cabellos que tenía. Detener el tiempo, volverlo atrás. Nada era posible. El tic tac universal no se detenía. No sabía hacerlo. Arrastraba todo a su paso, como un río desbocado. Y ahora, el momento que ella temía, había llegado al fin.
- Vayámonos, lejos - dijo la mujer, con firmeza.
El hombre se lamentó. Allí tenía todos sus afectos. Pero su esposa tenía razón. No había otra posibilidad. Afrontar esa cifra era imposible.
Hicieron las valijas en una hora. Para la tarde estaban en el tren camino a la frontera.
Cuando fueran a reclamar el pago, ya estarían a días de distancia, instalados en alguna parte. La idea de matarla había sido de él, pero ella lo había secundado. La agencia de sicarios no daba el precio hasta un tiempo prudente después del hecho, cuando la investigación se estancaba. Con eso daban seguridad al cliente, al mismo tiempo que se cobraban una buena comisión por la espera. El monto, en definitiva, era razonable.
- Pero valió la pena, gordo - murmuró casi durmiéndose sobre el hombro de su esposo, arrullada por el suave vaivén del tren.
- Claro que sí, preciosa - su voz aún estaba teñida de nervios, por el osado escape, pues sabía bien de quiénes huían - Claro que sí.
La imagen de su madre gritando a los cuatro viento que le contaría a todo el mundo que eran hermanos y que eran conscientes de eso cuando se casaron, repercutía aún en su cabeza. Durante veinte años habían estado a salvo, lejos de ella. Pero los había encontrado.
Y ahora, incluso muerta, los hacía escapar nuevamente. No de ella, pero si seguramente de su fantasma.

14 de octubre de 2014

Villa Viñetas 2: ¡Gracias!

En el blog hoy no hay cuento, porque un evento me absorbió totalmente. Les dejo a cambio, la crónica sobre Villa Viñetas 2. El placer de haber organizado, junto a Leo Cabrera, y rodeado de gente excelente, un encuentro repleto de maravillas.


Villa Viñetas 2 fue un fin de semana que nos quedará de manera indeleble en nuestros corazones. Muy buena gente. Sensacionales artistas. Fantásticos recuerdos que uno amalgama en su mente y para siempre.
¡Cuánto talento junto!¡Cuántas emociones disparadas por un mismo motor, el cultural! La idea primigenia, la de la primera edición, se mantuvo y por si fuera poco, creció, dio un paso gigantesco contagiando el espíritu de muchas personas que se brindaron al ciento por ciento por el evento.
El punto de encuentro soñado para los artistas de la región, el granito de arena para la cultura de esta parte del universo, volvió a fortalecerse. Con luces y sombras, por supuesto, porque la perfección no existe, pero con un balance sumamente positivo, porque el hacer, el construir, cuesta, lleva tiempo, y Villa Viñetas en tan solo dos años, con un respaldo que va creciendo de a poco, se ha consolidado y se proyecta hacia el futuro con mucho entusiasmo.
Historietistas, ilustradores, artistas plásticos, investigadores del género, guionistas, artesanos, músicos, le dijeron SI a la propuesta, como muchísimos comercios y emprendimientos de la región, que apostaron a las jornadas desarrolladas bajo un nuevo techo (y nueva casa) que fue la Biblioteca Popular “María Perrissol”, donde absolutamente todos, nos sentimos cómodos, respaldados, contenidos. Miguel y Sandro fueron anfitriones de lujo. Gente con la que eternamente estaremos agradecidos.
Figuras de la talla de Daniel “Pito” Campos, proveniente desde Córdoba; Felipe Ricardo Ávila, de Capital Federal; Decur (Guillermo Decurgez), de Arroyo Seco; Carlos Barocelli, de la ciudad de Rosario; Fernando Biz, de Morón, provincia de Buenos Aires, se sumaron a los artistas del sur santafesino y norte bonaerense, como los reconocidos a nivel nacional Marcos Vergara y Caio Di Lorenzo, los también nicoleños Matías Di Stéfano, Ciervo Blanco (Marcela Leguizamón), Germán Bernardéz, y los “locales” Sergio Ariel Alvarez, Mariano Mancini (escultor), Hernán Spinetta, José Hugo Goicoechea y por supuesto, Leo Cabrera.
La muestra fue una delicia. Variada, colorida, repleta de matices. Ciervo Blanco, Pito Campos, Caio Di Lorenzo, Sergio Alvarez, Alicia Laner, Marcos Vergara, Decur, Felipe Ávila, Matías Di Stéfano, Leo Cabrera, nos regalaron desde el sector de obras expuestas, un sinfín de sensaciones. Alvarez, además, se robó las carcajadas de todos con su “rincón de humor”, repleto de tiras de su autoría.
Nos dimos gustos enormes, que pocos pueden darse. Disfrutar en una misma dibujando a Pito Campos, Decur (que tenía que terminar una portada e igual se hizo el tiempo) y Carlos Barocelli (recién llegado de la Feria del Libro de Mendoza), pocas veces se da. Incansables, junto a Pito (los aplausos más intensos en el cierre, fueron para él), dos talentosos, Sergio Alvarez y Germán Bernardez batieron récord delante de la hoja, sentados en la mesa de dibujantes, accediendo a todos los pedidos de la gente. Fue el tridente mágico de los dibujantes.
Como también, fue un placer escuchar la charla de Felipe Ricardo Ávila y tener la sensación de haber deseado que continuara por horas. O maravillarnos (maravillarme, no puedo ocultar mi fanatismo) con la charla sobre guión de Federico Baert, que además, el día sábado, dictó su taller de historietas (que funciona en Librería Mafalda) en el evento.
De la misma manera que celebramos el taller de dibujo que dictó Gastón Barticevik, este joven dibujante de la Escuela Barocelli, que enseñó a niños y no tan niños a dibujar dragones, en una mesa al aire libre que brilló gracias a su carisma y habilidad.
Desde sus stands, Mariano Mancini cautivó a todos merced a su trabajo modelando una escultura; Augusto Schienke nos sorprendió con su dibujo en vivo, rememorando una escena clásica de Rocky IV. Y fue hermoso tener la presencia del escritor de Arroyo Seco José Zardi presentando su libro “Gritos”, de Celina Pérez Novoa dando a conocer la revista “Visionarios” y convocando a todos os artistas de la zona, o compartir la presentación del libro “El hombrecito que miraba las estrellas” junto a Felipe Ávila, amigo y autor del arte de tapa. Como así también descubrir a una joven promesa, como Mauricio Morel, del taller de Leo, que nos deleitó con sus creaciones: dragones y animales hechos de manera artesanal, que generaron el entusiasmo general.
José Hugo Goicoechea y Carlos Barocelli nos hablaron de su proyecto en conjunto, del que además pudieron verse en exclusivo, las primeras páginas e ilustraciones como parte de la muestra: Aquí Mismo IV girando en torno al “Grito de Alcorta”. Pero no fue solo eso, porque el diálogo nos llevó a repasar la historia contada en historietas, y por supuesto, el libro más reciente de Barocelli, sobre la historia de Cañada de Gómez.
Y José Hugo, además, hizo un experimento y le salió de maravilla, con su taller sobre “El arte en la enseñanza de la historia”, uniendo los juegos de simulación, con el aula, el debate y la historieta.
Hubo una energía extra, diferente, no solo gracias a los artistas, sino también por cada una de las personas que permaneció de manera estoica, incluso en las horas más difíciles, esas donde poca gente recorría la feria (y que lamentablemente, nos tocó vivir varias franjas horarias flojas en ese sentido). Andrea, en el puesto de Librería Mafalda, a quién le estamos profundamente agradecidos, porque desde el año pasado confía en Villa Viñetas y esta vez, estuvo presente con libros y revistas. Mauricio y Adrián, de Planeta Vicio, que se encontraron con gente amiga y conocieron a nuevas amistades, mientras ofrecían sus remeras. En el stand vecino, el “local” de L.A. Comics, Matías y María, compartiendo las jornadas con Fernando Biz, de Ediciones Módena y sus libros de manga nacional.
En el pasillo central, Ema Flores y Marcela Leguizamón, brillaron con los diseños de Puerto Norte Serigrafía, mientras que Marcos Vergara (muy bien custodiado por el incondicional Caio Di Lorenzo) no hacía otra cosa que provocar admiración con los libros de la editorial que conduce junto a Alejandro Farías, Loco Rabia. Y bien pegados, dos propuestas rosarinas que se han ganado un espacio a nivel nacional: César Libardi con Rabdomantes Ediciones (las revistas Quimera y el libro de Javier Rovella, “Cándido”) y Gastón Flores, de Revista Terminus. Dos grandes guionistas, por otra parte. Sin olvidarnos, del stand de “Pánico” de Hernán Spinetta (que prácticamente se quedó sin fanzines por la repercusión que tuvo) y de “Dragon Fly” de Mauricio Morel.
Y en la última franja de expositores, Augusto y “Retratarte” con pinturas deliciosas del género de la ficción, acompañado en todo momento por Cecilia, comandando su puesto de remeras “Alquimia Bohemia”. El villense Mariano Mancini, rodeado por familiares, recreó la vista con sus esculturas, mientras que los chicos de “El Caldero Burbujeante” inundaron de color el salón gracias a sus “amigurumis superhéroes”. Y hubo un stand que un día tuvo a Felipe Ávila con sus producciones “La verdad es un perro que te ladra y muerde”, “El combate de la vuelta de obligado”, entre otras, y también con libros de “Oenlao presenta”, y que al otro día se transformó en un espacio que se ganó las miradas por los fantásticos juguetes y figuras, de la mano de “El Nido Rol”, gente muy buena onda que el próximo fin de semana organiza el “Rosario Horror Fest” en el Centro de la Juventud de dicha ciudad.
Pero hubo más, y estoy seguro, me olvidaré en esta crónica de miles de cosas. Pero imposible obviar la presentación “casi” debut del “Dúo Menos Dos” integrado por Néstor Marinozzi y Fernando Elía, el sábado por la noche, cerrando la primera jornada, y mucho menos, el inolvidable show que nos obsequiaron “Yanapay” (gracias Sole, Beto, Christian y Juan!) y Cantopuro Trío (impagables, Marijó, Jorgelina y Alfredo!). Le dieron un plus a Villa Viñetas 2 y los disfrutamos muchísimo, como la muestra fotográfica de María Gabriela Alvarez, con las imágenes del primero Villa Viñetas, o la presentación de maquillaje artístico a cargo de María Pieretti, que nos dejó boquiabiertos a todos.
Lo artístico nos envolvió de riquezas espirituales. La cultura nos cubrió de exponentes únicos. Y estamos agradecidos. Tanto como (y no alcanzan las palabras) para aquellos que se pusieron el overol y no dudaron un segundo en trabajar, en poner “el lomo”, en hacer lo posible para concretar este sueño que es Villa Viñetas. Y si bien en esto no hay competencia ni podios, creo que nadie me objetará afirmar (con Leo, a lo largo de este finde, lo hablamos mil veces) que mi querido amigo (desde hace añares, casi un hermano) Rafael Manzano, se ganó toda nuestra admiración por su dedicación y empeño. Gracias Rafa, te debo un alma y media y lo dejo escrito en esta crónica. Y como él, Maricel Santander, en todos los detalles; Mariana Brarda (gracias amor!), Sabrina Hasik (ídola, cortando el tránsito en pleno centro), Paul Grill (que el año que viene se disfraza de super héroe según prometió), Fernando Biz, Rodrigo y Lola del taller de Leo; Mariano Colle (Irradia Produccciones), capo es poco, hizo magia con el sonido, se merece todos los aplausos; Néstor Marinozzi que nos consiguió el proyector; Alicia Laner que ayudó en el armado, los ya nombrados Miguel y Sandro de la Biblioteca, Pito Campos que no solo dibujó en todo momento, sino que además hizo una invitación para colocar en la calle, Caio y Marcos que decoraron el salón de charlas y me quedo corto, lo sé. Me olvido de nombres, de hechos, de colaboraciones.
Apartado especial para Mafalda Librería, por todos sus aportes; para Camelli, que también brindó lo suyo, para la Panadería Nona Tucha que se jugó con los bizcochos, para Federico Larrañaga y un aporte junto a Fundación Centro que agradecemos, para Juventud que nos dio los tablones (y nos plantó con los afiches jajaja), para los medios que nos tuvieron en cuenta y difundieron (aunque los extrañamos en el evento!), para cada una de las personas que se llegó, que disfrutó, que compartió con nosotros su alegría, que asistió a las charlas y talleres, observó, preguntó, compró en los stands, que supo aprovechar la oportunidad de tener en la ciudad un evento que con humildad, el apoyo de unos pocos, pero la voluntad de muchos, quiere seguir creciendo.
Y no nos olvidamos, claro que no, de Germán Giacomino, senador provincial de nuestra ciudad, que desde el año pasado nos decía que iba a estar a nuestro lado y no nos defraudó, al contrario, Su aporte hizo realidad muchas cosas y la sorpresa que nos dio, hace que valoremos aún más lo que hemos creado. ¡Villa Viñetas 2 fue declarado “de interés provincial” por la Cámara de Senadores de la Provincia de Santa Fe”! ¡Muchas gracias!
El texto es extenso, lo sé. Pero no puedo evitarlo. Nos quedan anécdotas, comidas, risas, momentos que jamás olvidamos. Y certezas. Como por ejemplo, que hay cosas por mejorar, muchas, y fueron muy bienvenidos los consejos. Todavía es reciente este fin de semana hermoso, así que es difícil pensar en cómo sigue esta historia. Pero sabemos que estamos por el buen camino. Lo demuestra el clima que hubo, la cordialidad, el sentido de amistad, de compañerismo.
Pudo haber poca gente por momentos, pero nunca faltaron las sonrisas, las charlas, las miradas contagiando la fuerza. A todos ustedes, gente del Villa Viñetas 2, muchísimas gracias.
Leo, gracias por todo lo que hiciste. Te cargaste muchas cosas sobre la espalda cuando estuve complicado. Fuiste comprensivo y excelente amigo. El aplauso final, es para vos.








10 de octubre de 2014

Las estrellas

De la mano de su padre, Juan Pablo recorría el trayecto de regreso desde el almacén hasta su casa. La noche era cálida tras varios días de lluvias y mal tiempo. En el manto de oscuridad que sobrevolaba los árboles, las estrellas brillaban con intensidad.
El niño las miraba embelesado, tropezando de vez en cuando con las irregularidades de la vereda. Llevaba bajo su brazo una bolsa de papas fritas, de la marca que tanto le gustaba.
- Papá, las estrellas nos persiguen - advirtió asombrado, como conclusión de su observación.
El padre sonrió y le explicó en pocas palabras, que no era así. Que las estrellas estaban muy lejos y que el movimiento era ilusorio. Y le prometió que algún día, les diría el nombre de las más importantes.
Juan Pablo no sintió ningún tipo de desilusión. Menos aún cuando por la noche, ya acostado, escuchó el sonido en su ventana. No tuvo más que correr el vidrio para dejar que las algunas de las estrellas entraran.
Esa noche hasta sus sueños brillaron, bajo el encanto de sus compañeras de habitación.

7 de octubre de 2014

Tres patas

Desde que había ganado aquel premio gordo en la quiniela, Ricardo se dedicaba a conocer el país. Pero lo hacía a su manera. Renunció a la fábrica, se compró una moto KTM 990 Adventure importada, se equipó con lo necesario y puso las ruedas sobre el pavimento.
Su aventura llevaba seis meses de ajetreo cuando llegó a la localidad de Loza Grande, perdida en el interior de una provincia cuyana. Parecía una ciudad pequeña más, como las tantas que había atravesado en su extenso viaje y que por momentos le daban la sensación de alinearse unas a otras, prácticamente iguales, mientras las iba dejando atrás montado en su moto.
De vez en cuando se detenía en alguna. En pocas ocasiones sucedía porque algo le llamara la atención. Solía ocurrir cuando le faltaban provisiones o el sueño lo vencía. En Loza Grande pasó lo primero. Necesitaba al menos un par de botellas de agua.
En los lugares distantes y remotos, las calles anchas suelen llevar al centro de la ciudad. Ricardo solía recurrir a dichas arterias para evitarse frenar con el fin de tener que preguntarle a la gente dónde comprar lo que estuviera necesitando. Sabía que en el centro encontraría todo.
Llegó con facilidad a la plaza central. A una calle divisó el cartel de un supermercado. Condujo despacio y estacionó la moto contra el cordón de la vereda. Se bajó lentamente, estirando la piernas. Pero la tranquilidad del momento duró muy poco. El ladrido de un perro lo sobresaltó de tal forma que se le cayó la mochilla al suelo. Ricardo, con bronca, le gritó como para alejarlo. El canino, pensando que iba a arrojarle algo, salió corriendo en dirección contraria. Recién ahí pudo observar que tenía solo tres patas.
Olvidó pronto al animal y se dirigió al supermercado, pero se topó con la puerta cerrada. Consultó su reloj y comprendió su error. Era la hora de la siesta. Solo en las grandes ciudades los comercios hacen horario corrido. El resto de los mortales apela al sentido común y descansa.
Se subió a la moto y decidió pasear por la ciudad con el fin de encontrar algún kiosco o comercio chico cuyo dueño tuviera la creencia que abriendo en el horario de la siesta y aprovechando que los demás cerraban, se haría rico más rápido.
En la medida que avanzaba notó dos cosas. La primera, las persianas bajas en todas las casas. La siesta parecía obligatoria. La segunda, los perros. De cinco que había visto, cuatro tenían una pata menos. Aquella característica no era privilegio del que lo había recibido con ladridos al descender de la moto.
Durate media hora transitó las calles desiertas de Loza Grande. Si no fuera porque estaba todo limpio, y que los perros (en su mayoría con tres patas) iban de un lado otro y parecían bien alimentados, aquello bien podría haber pasado por un pueblo fantasma. Resignado, tomó la misma calle ancha que lo había llevado al centro de la ciudad. Fue cuando vio al joven que lo llamaba desde un árbol.
- Por acá, por acá... - le decía sin levantar demasiado la voz.
Ricardo se quitó el casco y miró hacia las ramas, que estaban a unos tres metros del suelo.
- ¿Qué hacés ahí arriba pibe? - preguntó con incredulidad Ricardo, sin poder evitar mirar hacia un lado y otro, temiendo que quizá un grupo de jóvenes estuviera tratando de darle una paliza al que estaba ahí arriba, justo encima de su cabeza.
- Es que me subí en el horario que la gente maneja y se me trabó el pie en la horqueta del tronco.
- ¿Subiste a qué, a buscar un gato o hacerle una broma a alguien? Mirá que quedarte atascado... dejame ver si puedo subir y ayudarte.
Ricardo trepó con facilidad y tras tironear un poco, logró sacar el pie del muchacho de dónde había quedado. Ambos descendieron un tramo y luego saltaron hacia tierra firme.
- Gracias señor, se nota que usted no es de acá.
- ¿Acá nadie ayuda?
- No por eso, sino que lo vi manejando la moto y lo hace muy bien.
Ricardo, que estaba por colocarse el casco para seguir viaje, lanzó una carcajada.
- ¿Muy bien? Iba a veinte kilómetros por hora, para poder divisar un kiosco o algo... ¡pero este pueblo es la muerte! Solo perros de tres patas y un chiquillo atrapado en un árbol.
El chico observó la hora en su reloj y su rostro se alarmó.
- Es mejor que se vaya, la gente va a comenzar a levantarse de la siesta.
- Esperé una hora para que abrieran los comercios, así que esperaré entonces unos minutos más. Es la mejor noticia que escuché en el día.
- ¡No, por favor!  No se quede, siga por la ruta, al oeste, a tres horas, tiene un pueblo donde podrá comprar lo que quiera.
Ricardo observó la genuina preocupación en el semblante del joven, pero le costaba entender una razón lógica para su advertencia. El chico volvió a consultar la hora y sin preámbulos, echó a correr por la vereda.
La respuesta no llegó de boca del muchacho, que se alejó a toda velocidad sin volver la vista atrás, sino que provino del sonido unísono de motores poniéndose en marcha. Un coro estrepitoso, más acorde a un circuito automovilístico que a una calle en una pequeña localidad perdida en el interior del país.
A las cuatro en punto de la tarde, las cocheras de las casas de la calle donde estaba parado Ricardo aún con el casco en mano, como la totalidad de estas en la ciudad, se abrieron con macabra precisión. Del interior de las mismas emergieron autos bramando de vida y en pocos segundos, ganaron la calle. El desértico paisaje cambió de inmediato, por el de una ciudad con calles atestadas de autos yendo y viniendo a gran velocidad. Y con una particularidad. Ninguno de los conductores era muy bueno haciéndolo.
Una vieja Chevy pisó el cordón de la vereda a pocos centímetros de Ricardo, que saltando hacia atrás, salvó sus piernas. Sin perder el tiempo, terminó de colocarse el casco y se montó a la moto. A lo lejos creyó oír el aullido de dolor de un perro. Sintió un escalofrío en el cuerpo e imploró mentalmente por el chico que corría a su casa. Que hubiese llegado o al menos, alcanzado la copa de un árbol. Puso en marcha el motor y bajó a la calle, justo detrás de una Ford 100 que iba en zig zag.
La salida estaba a tan solo cinco calles, sin embargo, sabía que el solo hecho de intentarlo, era una especie de ruleta rusa con volante. Los perros corrían despavoridos, escapandole a la locura. Aceleró entre monstruos de metal carentes de lógica y cordura, sintiendo que no eran calles, sino las arterias envenenadas del mismísimo demonio.

4 de octubre de 2014

El color más intenso

El hombre era ciego desde nacimiento, sin embargo conocía bien los colores. Podía diferenciarlos, para asombro de los demás. Decía que emanaban un aroma diferente y que merced a eso, podía percibirlos.
Y parecía cierto, porque jamás se equivocaba al referirse al color de algo. Incluso, le mezclaban varios lápices y los dejaban esparcidos frente a su oscuridad. El hombre los elegía de a uno, anunciando en voz alta el color. Jamás se equivocaba.
Otro hombre, alto y algo desgarbado, se acercó a la plaza donde solía ir a pasear y darle de comer a las palomas. Llevaba una bolsa y esgrimía una sonrisa malvada.
El ciego estaba sentado en un banco, con las piernas cruzadas. El otro se sentó a su lado.
Abrió la bolsa y sacó un cuaderno. Lo abrió en la página inicial y habló:
- Hice un dibujo, dígame de qué color lo pinté.
- Déjeme sentir el papel.
- ¿Para qué quiere hacer eso, qué más da? Dígame solo el color.
- Es que percibo el color de su corazón y no me dice nada bueno.
El otro lanzó una carcajada.
- ¿Quiere palpar el papel? Tome, hágalo.
Acercó el cuaderno al ciego, pero éste ni siquiera lo tocó.
- Allí no hay nada. Solo la tersa textura de la perversidad.
El cuaderno cayó sobre sus piernas. La mano que lo sostenía había desaparecido, así como la persona que se había sentado en el mismo banco.
El ciego sonrió. No era la primera vez que una oscuridad mayor a la que estaba acostumbrado quería engañarlo. Sin embargo, su ceguera tenía límites. La maldad era una de ellas. A veces el color que la envolvía, era capaz de cubrir todo lo demás.
Siguió alimentando a las palomas, disfrutando el celeste del cielo y el verde de los árboles.

1 de octubre de 2014

Colas del más allá

Lo llevaron por un pasillo de paredes blancas, casi inmaculadas. Al final había una puerta. La atravesó y al darse vuelta para agradecer a quién lo acompañaba, se encontró solo. Pero la sensación fue efímera. Al mirar hacia delante vio que estaba en una enorme sala de espera. Tan grande, que no alcanzaba a ver las paredes laterales.
Tampoco se veía el suelo que pisaba. Una especie de bruma sobrevolaba el lugar donde en teoría estarían sus pies. Por todas partes había gente formando fila. Algunos, cansados, esperaban sentados en el piso. La neblina los cubría hasta la cintura.
Se acercó al último de una de las filas.
- Disculpe, acabo de llegar y no sé muy bien dónde debo ir.
- Elija una cola y espere. Ya perdí la cuenta del tiempo que llevo aquí.
- ¿Una fila cualquiera?
- Todas llevan al mismo lugar - contestó señalando un punto en el horizonte.
- ¿Eso es...?
- La administración, es imponente, pero imagínese la cantidad de gente que llega por día. Nos han dicho que si uno se queda, tiene posibilidades de tener una ocupación allí.
- Pero... ¿es que no nos quedamos aquí?
El interlocutor lo observó sorprendido.
- Me extraña que no lo sepa. ¿Acaso comprende dónde está?
- Ahora que lo pienso, no. Salí esta mañana de casa, llevé al nene al jardín y después fui al trabajo.
- Le falta algo...
- No, creo que es todo. Al mediodía fue a almorzar a la esquina y...
- ¿Y...?
- Me cuesta recordar lo que almorcé.
- Es que quizá nunca llegó.
- Si, claro que llegué, recuerdo que me senté al lado de la ventana que da a la ochava y... luego entró ese hombre con la pistola.
Hizo un silencio. Volvió a recorrer con la mirada el lugar donde se encontraba. Notó que reinaba el silencio. Que los semblantes se traducían en rostros tranquilos, sin prisa.
- ¿Estoy muerto? - preguntó al fin.
- Eso es algo que le puedo garantizar.
- No lo puedo creer, pero cómo es posible que no lo recuerde, una cosa tan importante...
- No se engañe, lo importante es esta cola que estamos haciendo.
- ¿Por qué? ¿Qué esperamos?
- Vaya, la persona que lo trajo sin dudas que evitó fatigarse con usted.
- Por favor, explíqueme.
- En la administración está Él.
- ¿Quién es él?
- Él, con mayúsculas.
- Esto es un sueño.
- No, es la muerte.
- Lo que ¿Quiere decir que él nos atenderá?
- Si, pero debemos tener paciencia. Hay gente esperando hace años. Aunque acá el tiempo transcurre de manera diferente. Hay días que pienso que llevo horas esperando y otras, siglos.
- Pero realmente... ¿hace cuánto que espera?
- Solo Él lo sabe.
- Esa no es una respuesta.
- Es la verdad.
- ¿Y para qué tenemos que verlo?
- Para lo esencial, como ya le dije. Saber si nos quedamos o no.
- Es decir, si nos quedamos acá arriba o vamos para abajo.
- Según lo que usted defina como arriba y abajo.
- Arriba, bueno, el cielo, es lo mismo. ¿Acaso lo que nos tapa los pies no son nubes?
- Lo ignoro. De todas formas, usted puede ponerle el nombre que quiera.
- Entonces, Él decide... ¿en base a qué?
- ¿Cómo a qué?
- Claro, tenemos que responder un cuestionario, un examen...
- No, contempla cada acto de nuestras vidas. Lo bueno y lo malo, cada cosa tiene su puntaje, a favor y en contra. Por eso es que demora tanto con cada uno. ¿Ni siquiera leíste los carteles en las escaleras?
- Creo que las subí dormido, solo recuerdo un pasillo...
- No importa. El tema es ese. Formas en una fila y esperas. Y si es posible, en silencio. Debemos aprovechar para meditar.
- Hay algo que no entendí. Si nos da negativo, vamos hacia abajo, al infierno.
- ¿Al infierno?
- Claro, dijiste abajo...
- Si nos rechazan, volvemos a la Tierra.
- ¿Reencarnamos?
- Si tienes esa suerte. Reencarnar es tener otra oportunidad para volver a una de estas colas. Pero la fortuna debe estar de tu lado. El mundo está plagado de almas sin destino. Ahora, búscate un lugar y calla la boca.
Vagó hasta encontrar una lejos de la que se había detenido. Había al menos mil personas delante suyo. Hizo lo que le dijeron. Cerró los ojos y trató de meditar. Tenía tiempo de sobra para repasar el debe y haber de su vida.

28 de septiembre de 2014

El acto final

Los ensayos se hacían de noche, porque todos trabajaban. Los días de encuentro se iban pautando en la medida que podía la mayoría. En pocas ocasiones estaban todos. Pero aquello era un obstáculo que sabían desde el primer momento.
De todas manera, la obra iba bien encaminada. Algunos pasajes aún debían ser repasados con énfasis, pero en líneas generales el director estaba conforme.
Había llegado a aquella ciudad litoraleña sin demasiadas pretensiones, como preceptor de un colegio. Lugar de pocas almas, descubrió pronto que solo hacía falta movilizarlos. Los fue conociendo por el rol que ocupaba. Y lentamente, los fue convenciendo. 
Los vecinos del pueblo que se estaban animando a descubrir sus cualidades como actores, estaban muy entusiasmados y lo demostraban ensayo a ensayo. Pero había ciertas cosas que los preocupaban, aunque eran reticentes incluso a comentarlas dentro del grupo.
Eran detalles, como por ejemplo, ensayar al aire libre, aún si hacía frío. A pesar que  algunos ofrecieron sus hogares e incluso, las instalaciones cubiertas del club local, el director fue determinante en su decisión: el lugar era vital. Y el sitio en si, también representaba un trastorno. No solo porque estaba retirado, sino porque era el cementerio y a muchos el hecho de ver las tumbas de sus seres queridos tan cerca, con la penumbra rodeando la lápida, no era les resultaba del todo feliz.
Pero la obra lo necesitaba. Eso repetía una y otra vez el director. Y era cierto. Lo sentían. La ambientación permitía que las actuaciones fueran más realistas.
Ninguno conocía al autor de la obra, pero les había gustado. Las escenas, los diálogos, eran realmente interesantes,. El director dijo al pasar que se trataba de un autor no muy conocido, que le había facilitado el guión teatral justo antes de sufrir un accidente fatal.
Alguas noches los ensayos se prolongaban hasta la madrugada, a pesar que la mayoría debía levantarse temprano para trabajar. Pero el entusiasmo era tal, que los reclamos iniciales perdían fuerza y se diluían, así como las horas, que pasaban casi sin que se dieran cuenta, entre parlamentos y escenas.
Pero la preocupación más grande, de parte de los actores, era el último acto. Aún no les había revelado el final. Varias veces habían reiterado la necesidad de conocer el desenlace, sin embargo el director defendía su misteriosa postura con una sola frase: "El final no importa, solo se llega". Y como sucedía con todo lo demás, nadie lo hablaba con otro.
Una noche, llegando a fin de mes, llegó con la noticia. Había fecha de estreno.
La gente aplaudió contenta, acompañando con silbidos de alegría y haciendo sonar las palmas con fuerza.
- Mañana a la noche presentamos la obra - anunció con una gran sonrisa.
Los aplausos cesaron y se vieron rostros con visible asombro. Era muy pronto.
- ¿Cuántas funciones haremos? - preguntó uno de los protagonistas principales.
El director se mostró sorprendido por la pregunta, como si la respuesta fuera obvia.
- ¿Cuántas? ¡Una, por supuesto!
Aquello desconcertó a los actores. Se escucharon murmullos que fueron elevándose, hasta hacerse un diálogo generalizado.
- ¿Y el último acto? - preguntó un joven que hacía un papel secundario.
Las voces volvieron a escucharse, pero el parloteo al unísono duró muy poco. El director mostró un papel en alto. Aquel movimiento fue suficiente para recuperar la atención.
La idea de una sola representación tras tantas semanas de ensayos quedó de momento en el olvido. El grupo se acercó para recibir una copia. Cada uno fue alejándose del otro, para leer con tranquilidad. La luz de la luna propiciaba una lectura casi fantasmagórica.
Los rostros fueron cambiando. La ansiedad y curiosidad fueron trocando en espanto. Las miradas se desviaban del papel a medida que leían y se posaban en el director, que apoyado sobre una lápida no dejaba de sonreír.
- Esto es imposible - dijo una de las actrices - Es... imposible.
El director sonrió, pero no con la boca. Lo hizo con los ojos. Los mismos que ahora parecían observar a todos al mismo tiempo.
- En este gran final todos tienen un rol preponderante, nadie en el pueblo olvidará esa función - el director se movió a un lado, dejando la lápida a la vista. El nombre era el de la actirz que había hecho la última pregunta.
Los actores miraron las demás lápidas, donde fueron encontrando sus nombres.
- Practiquen bien la letra del acto final para que lo último que hagan sobre la Tierra sea digno de ser visto. El arte los sobrevivirá.
El director se fue riendo, dejándolos solos en el cementerio. Solo entonces pudieron advertir la cola colgando entre sus piernas y que los libretos que sostenían entre sus manos, era un vil acuerdo con la muerte.

25 de septiembre de 2014

Rigor mortis

Sintió sobre el cuello la frialdad de la mano. La imaginó sucia, asquerosa. La piel áspera y callosa le rozaba lentamente justo encima de la clavícula, buscando intimidarla. El corazón latía como una desbocada manada de lobos.
Se había acostumbrado a la oscuridad, a la humedad del suelo sobre el que estaba atada, incluso a la soledad de aquel sótano. Pero sentía que moría cuando escuchaba el crujir de las bisagras que anunciaban su llegada. Los pasos en la escalera, el chillido de las ratas inquietándose en los rincones, la madera resonando ante el peso de sus piernas. Hasta el olor en el aire era otro. Agrio, casi amargo.
No podía verlo. Tampoco quería. Escuchar su respiración era suficiente. Solo en esos instantes agradecía estar a oscuras. Pero al mismo tiempo, sus músculos se tensionaban de tal manera que las sogas alrededor de sus muñecas, rodillas y tobillos se cernían con fuerza a la carne, tornándose el dolor insoportable.
Pero lo peor, lo que la llevaba a las lágrimas, era cuando su captor la tomaba del cabello, la levantaba con fuerza y con brutalidad trataba de someterla. Sin embargo, nunca podía llevarlo a cabo. El hombre estaba castrado.
Desataba entonces, como un ritual, gritos de furia que golpeaban contra los maderos, que eran el eco mismo del espanto. A ella volvía a arrojarla al suelo, para luego marcharse con sus pasos pesados sobre los escalones.
Quedaba jadeando, sin poder detener el llanto. Había perdido la cuenta de los días. Sentía que desfallecía. Salvo el agua que bebía del suelo, con un espantoso sabor a verdín, no comía desde que había recibido el golpe en la cabeza, en aquel parque donde acababa de romper con su novio.
Quería volver el tiempo atrás, haber elegido otras palabras, volver abrazada a su casa, como sucedía cada noche. Pero el tiempo solo avanza hacia un lado y suele ser siempre el equivocado.
No tenía nada de eso. Solo su cuerpo cada vez más débil, el hedor de un sótano con aire a tumba y un raptor inmerso en la locura. Volvería de un momento a otro, quizá mientras estuviera dormitando. Entonces, no habría diferencia entre una pesadilla y la realidad. Pero en la lucidez, el terror era total. Abarcaba cada milésima de segundo. La existencia, era un solo temblor. La incertidumbre, una lágrima que cortaba sus mejillas, abriendo un surco de impotencia y desesperanza.
Solo una vez había podido ver alrededor. El hombre había encendido un encendedor para iluminar un rincón, en busca de una herramienta. Ese momento, breve e intenso, equivalió a una sentencia. A una lápida por esculpir.
Apilados, cuerpos grises y morados, deformes, extintos de vida. Cuerpos femeninos, escena obscena, rincón mortuorio del sin sentido. Sin nombres, ni rostros, ni por qués. El destino. Cruel y definitivo. Punto final, sin renglón aparte.
Y esa imagen, ese fragmento del último capítulo en la breve novela de su vida, traicionó sus fuerzas. El tiempo, ídolo pagano de la esperanza, era solo una forma de sufrir, de esperar la suerte agobiante de sus predecesoras.
En esa espera, entre visita y visita, imaginaba el desenlace, con sus últimos estertores. Luego sería todo más fácil. Sus ojos se apagarían, llegaría el silencio absoluto y la noche eterna. Por fuera, el rigor mortis, la rigidez de su cuerpo, la parálisis total.  
Pero incluso, por pocas horas. Porque el rigor mortis, había visto una vez en televisión, tan solo dura doce horas. Incluso, hasta la muerte cede cuando llega el momento. Sobre todo, cuando vivir es el infierno mismo. Cuando el sonido de las bisagras anuncia que el sufrimiento aún no ha terminado.

22 de septiembre de 2014

Carmen en primavera

Pedir en primavera es lo más lindo. El sol tibio arrullando con ternura el rostro, la brisa fresca abanicando el aire, las flores coloridas asomando en cada esquina. Hasta la gente parece más bondadosa, suelta de bolsillo.
Para Carmen, pedir en primavera es como meterse en el río en pleno verano, como encontrar un cobijo adecuado en pleno invierno, como saltar con ganas sobre las hojas secas en otoño. La primavera le contagia una sonrisa que no aparece en ninguna otra época y es quizá ese detalle el que provoca el milagro.
Llega para la siesta a la casilla de chapa con las manos llenas. Varias monedas, algunos billetes y dos bolsas de pan. Todo desaparece en un santiamén en poder de sus padres, pero se sienta a la tabla que hace de mesa con la misma sonrisa que le regaló a las calles, en su andar tempranero.
Recibe algo de pan y un poco de caldo, demasiado frío. ¿Qué mejor premio para tanta caminata y cantito repetido? Luego la calle de tierra, alguna pelota de trapo que aparece por ahí, restos de alguna muñeca que alguien le presta al pasar. Comparten, juegan, se olvidan de los pies cansados, del estómago hambriento. Pero el recreo termina con el grito adulto, que los llama para seguir recorriendo la ciudad de la única manera que conoce.
- Insistí Carmen, que pedir no es una ofensa - le dice su madre despidiéndola delante de la puerta de madera, que a duras penas se mantiene recta.
La niña se aleja correteando, casi sin mirar el camino. Lo conoce de memoria. Y se pierde entre otras casillas, en un paisaje de supervivencia, mientras la madre se mete adentro para amasar algo de pan que Enrique, el más grande, saldrá a vender cerca del atardecer. Ninguno conoce de oportunidades, más que las que tienen al alcance de la mano.
Carmen no sufre, no se queja. Así es su vida, por mil razones que no conoce. Solo sabe pocas cosas. Las necesarias para sobrevivir. Porque de eso se trata la vida. Y para Carmen, si es en primavera, mucho mejor.

19 de septiembre de 2014

Horas de ausencia

Don Tonoleto miro la hora constantemente. Observa como las agujas del reloj se mueven al ritmo del tiempo, con la parsimonia producto de la suma de instantes. El segundero se desplaza en una misma dirección, sin importarle nada, solo el avanzar. Todo es un conjunto que delata su prisa.
Cada tanto voltea la vista y espía por la ventana. Se impacienta, murmura por lo bajo. Hace crujir los nudillos, aunque poco, porque los años no han venido solos y los huesos no son los de antaño. Nada lo es, realmente. Ni siquiera la puntualidad. La calle está vacía. Ningún coche se detiene, ninguna persona camina la vereda.
Y el reloj marcha, dejando un sonido en la habitación, un chic chic repetitivo, desolado, vástago de la sucesión de años, lustros, décadas. No vendrá, piensa Don Toneloto, bajando brevemente los párpados. Quiere provocar una mueca de pena, pero no le sale. Todo es angustia.
El reloj, las agujas, la ventana. Y alrededor, la ausencia.
- Don Toneloto, las pastillas - la voz irrumpe estridente, inoportuna, como un mal sueño.
El hombre se siente violado, asaltado de forma abrupta. Observa su cuerpo y descubre las manchas, los pliegues de la piel, la vejez en carne propia. La realidad lo traspasa. Ella no vendrá. La mujer que sostiene un vaso en su mano derecha no se irá hasta que tome las cápsulas que tiene en la otra. El reloj seguirá marchando. Inexorable. Irrevocable.
Acepta. Engulle. Bebe. Luego, llora.
Cada día, uno menos del almanaque. Uno más del alma.


16 de septiembre de 2014

El acantilado

El profeta levantó su pesado culo de la piedra y poniendo grave su voz, dijo:
- Todo aquel que crea en lo que les he narrado, que se arroje por el acantilado. Pues de esa forma evitará perecer en el infierno, donde el propio Satanás los torturará día y noche hasta el fin de los tiempos.
Se hizo silencio. Ninguno de los que habían escuchado atentamente las palabras del profeta movió músculo alguno. Al cabo de unos minutos se sintieron tan solo unos pocos carraspeos. Alguien estornudó pero pasó desapercibido. El hombre gordo y de papada grande los seguía mirando desafiante. Finalmente fue él quien quebró el sibilante sonido del viento.
- Es lo que siempre sucede. El miedo, la cobardía. Prefieren el sufrimiento futuro a la salvación inmediata.

Una nube envolvió al profeta y de la misma escapó luego un ave blanca, que los pueblerinos no pudieron describir. Atónitos, varios optaron por correr al acantilado. Pero tan solo murieron al estamparse contra las rocas. La oferta ya había caducado. 

13 de septiembre de 2014

Santo y seña

Los verdes campos se habían teñido de rojo durante las últimas centurias. Las batallas entre los imperios renacientes, las pujas de poder, la sórdida crueldad de los reyes de las naciones, vapuleaban la paz.
En las enormes abadías, en las tabernas, se habían instalados códigos para poder entrar. Las puertas de robusta madera no eran solo el medio de acceso: representaban verdaderos paredones que mantenían a salvo el interior de la barbarie al aire libre, incluso, abarrotado de pestes y enfermedades.
Las palabras claves, que debían ser pronunciadas desde el lado externo de la puerta y reconocidas por la persona que estaba en el interior, se las conocía como santo y seña. La modalidad, implementada durante las guerras por los centinelas para identificar a los soldados propios, fue instalándose en otros ámbitos.
De esta manera, un religioso que tras cruzar campiñas, colinas y decenas de poblados, si quería ingresar, por ejemplo, al monasterio ubicado en la ladera de la montaña, cerca del río, debía saber el santo y seña del lugar. El mismo era proporcionado por contactos y garantizaba que la persona que lo poseía, era de confianza.
Claro que cada lugar tenía su propio canto, con su respectiva respuesta. Memorizar cada uno se hacía difícil, no obstante, era la diferencia en muchos casos entre la vida y la muerte. Había lugares donde largar un santo y seña incorrecto equivalía a decir el propio epitafio.
Entre tantos tormentos, las guerras que se desataban como lluvias de verano, el cansancio de largas jornadas de caminata, el esfuerzo de sobrevivir con la escasez de alimentos, las plagas, las enfermedades, la capacidad de pensar en ocasiones se veía reducidas y muchas personas, agotadas mentalmente, caían destruidos en ese último paso, cuando desde el otro lado de la madera una voz pedía gravemente esa frase salvadora.
En un pueblo sin nombre, en medio de la nada, un grupo de religiosos, rechazados en una abadía por no recordar el santo y seña, armaron una revuelta. Los hombres de paz, desataron la furia. En realidad, era eso o morir en manos de unos bárbaros, que los venían persiguiendo desde hacía días.
En medio del caos, de campos incendiados, pudieron huir. Sin embargo, reunidos alrededor de una hoguera, hablaron lo siguiente:
- Con esto del santo y seña me tenéis hasta los huevos.
- Euladio, cuida tu vocabulario, estamos ante hermanos.
- Hermanos que no os ponéis de acuerdo en las palabras a decir y ahora, aquí estamos, escapando por poco de la muerte.
- Es la única manera, lo sabéis.
- Tiene que haber otra, esto no puede proseguir toda la vida. En un futuro los santos y señas dejarán de existir, recordad lo que hoy les digo.
- Pues claro, hombre, a quién se le ocurre pensar que la humanidad deba recurrir a estos artilugios de tiempos arcaicos para estar segura.
Los hombres prosiguieron discutiendo en la hoguera, mientras la noche consumía el sueño. Siguieron huyendo al amanecer, entre colinas y bosques devastados por las guerras, pisando los pastos de los campos rojos, que otrora fueran verdes y que quizá en el futuro, volverían a serlo.

10 de septiembre de 2014

Jugando con el reflejo

Solía sentarse durante un largo rato en el inodoro, fascinado con el espejo que tenía delante. El mismo formaba parte de un botiquín con repisa en la parte baja y estantes a la derecha. Podía verse sentado y practicar gestos con el rostro. Era actor y aquel ejercicio resultaba un buen entrenamiento.
Una mañana se le ocurrió jugar con su reflejo a que agarraba los envases que estaban en la repisa. Al principio fue divertido. Su yo del espejo trataba de asir los elementos, jugando con las perspectivas. Aquello le causaba gracia, hasta que de alguna manera golpeó un frasco de perfume y cayó al suelo.
No fue tanto el estrepitoso sonido al partirse en mil partes en el cerámico gris del piso, sino la sorpresa sobrenatural de haber tumbado algo desde el espejo.
Su pulso se aceleró sin que se percatara de ello. No era para menos. Lo que acababa de suceder no tenía ninguna base racional. Trató de apurar el trámite en el inodoro y se puso de pie, acercándose con cierto recelo. Inconscientemente escondió sus manos, para que no se reflejaran. Tenía la piel erizada.
La imagen en el vidrio le sonrió. Su reacción fue la lógica. Un grito y un salto hacia atrás. En el espejo su yo reflejado ni se inmutó. En cambio, la fisonomía del baño comenzó a modificarse. Las paredes parecían acercarse, reduciéndose proporcionalmente de cada uno de los cuatro lados. Su respiración era agitada. Sintió como para las paredes lo enfrentaban sin escapatoria al botiquín. La vista comenzó a nublarse, pequeñas chispas inundaron la noche y un segundo después cayó desmayado.
Fue despertando de a poco, sin noción de lo que había pasado. Pero paulatinamente, mientras los ojos se acostumbraban a la luz, recordó lo sucedido. ¿Un sueño? Eso podría explicar todo. Al recuperar la visión del todo, miró hacia delante. Se vio sentado en el inodoro, con una mueca macabra en el rostro. Se puso de pie, pero había un vidrio delante. Volvió a sentarse. Estaba del lado incorrecto.



7 de septiembre de 2014

La voz de un fantasma

Cada vez que escucho el sonido de una ambulancia me estremezco. Ese ulular es la voz de un fantasma que me atormenta y que no conforme con el susto que propicia el recuerdo ingrato de aquella noche, asalta el presente, llevándose consigo la poca esperanza que aún resguardo.
Mis sentidos se paralizan hasta que el sonido se aleja, se diluye, escapa de mi conciencia. El proceso puede durar horas. La ambulancia, de vez en cuando, parece no irse por días.
Mi psiquiatra sabe que cuando llego al consultorio sin turno, es que he atravesado una de estas experiencias. No necesita preguntarme nada. Mis ojeras me delatan.
He progresado, no lo niego. Al menos ya no pienso en el balcón como una rápida salida. El tiempo, en verdad, ha sido un tirano. No ha borrado ni una pizca las sensaciones de aquel instante. Pareciera como si aquella luna de septiembre de hace quince años se hubiese tatuado en la mente, regresando una y otra vez, cada vez que la compuerta de dolor se abre merced a ese ruido infernal, ese grito desahuciado proveniente de una sirena que parpadea y exclama a viva voz una maldición que me penetra.
Entonces, sin importar la hora, voy hacia el teléfono y marco un número que ya no existe, pero que mi memoria se niega a olvidar. Y a pesar que la grabación en la línea explica mecánicamente que la combinación numérica no corresponde a nadie, sé que me miente. Porque ese destino tiene dueño y ese dueño es la muerte.
Como hace quince años, cuando el sonido rompió el silencio de la noche, en el mismo momento que el teléfono comenzaba a sonar. Recuerdo que dudé, asustada. La ambulancia, el teléfono, la inminencia de la desgracia. Y en el visor del teléfono, un número que no conocía.
Imprudente, lo contesté. Y esa voz, ese ronco crepitar de la tragedia, riéndose del otro lado.
- Es tarde, se va conmigo.
Un cuchillo de hielo recorriendo la espina dorsal. El temblor de mis piernas. El horror en mi mente. Todo regresa con el sonido, todo se vuelve tan real, que por momentos temo que otra vez golpeen la puerta y ellos, vestidos de azul, me den la noticia una vez más, de que ya no te veré. Y no puedo, no creo, dudo, que pueda volver a resistirlo.
Por eso, me estremezco y me ausento, con los ojos cerrados, hasta que todo pase, todo cese, el fantasma escape y la muerte se canse.

4 de septiembre de 2014

El gato

El gato maulló toda la noche. Era un llanto compungido, un melodrama agudo. Por la mañana, al despertar, el niño corrió hacia el patio. Allí estaba el animal con el que había soñado toda la noche, echado sobre el césped, con cara de espanto. Se había percatado de él. El gato era todo instinto. Pero de todos modos permaneció allí. Es que sabía, de alguna manera, que esa era su oportunidad.
El niño trató de acercarse y lo hubiese logrado, de no haber intervenido la voz de su madre, que de un grito le exhortó a alejarse.
- Es un animal vagabundo, Lucas - aclaró en tono más sereno, minutos más tarde mientras le servía el desayuno.
Regresó al interior de la casa y se ubicó cerca de la ventana para observarlo. El gato apenas se movía. Parecía temblar, aunque no hacía frío.
- Mamá, me parece que está enfermo.
- Una razón más por la cual no debés acercarte, esos animales están llenos de pestes.
- ¿No podemos entrarlo y darle de comer, aunque sea hasta que esté sano?
- ¡Ni se te ocurra! Si le das de comer, no se va más. Apenas llegue tu padre, le digo que lo saque del patio.
Por la mañana el niño acudió a la escuela. Al retornar al mediodía, corrió a la ventana. El gato seguía allí. Esta vez no hizo ningún comentario en voz alta. Pensó que si su mamá no recordaba la presencia del felino, existía una posibilidad para que no lo echaran del patio.
Sin embargo, no se había olvidado. Lo comprobó al abrir la puerta que daba al patio.
- ¿Dónde vas? – preguntó ella, conociendo la respuesta.
- A jugar afuera.
- Está el gato enfermo, te quedás adentro hasta que venga papá.
- Pero mamá…
- Ponete a dibujar, mirá los dibujos en la tele, pero al patio no salís.
La tarde transcurrió entre el aburrimiento y la bronca. Varias veces se asomó para mirar al gato, que parecía estar cada vez más achacado. La cola no se movía y apenas percibía el movimiento rítmico de la panza, que era la única señal que indicaba que estaba vivo.
Volvió a insistir para que su madre le permitiera salir, pero no hubo respuesta, solo un semblante serio.
- Y si le tiramos algo de comida, pero sin acercarnos…
- No.
Tajante. Tanto la respuesta como el tono. El niño se fue a su pieza, pero no tocó los crayones ni sus juguetes. Se dejó caer boca abajo sobre la cama. Estaba triste. Demasiado. Se durmió sin darse cuenta. Cuando despertó, ya era de noche y la voz de su padre llegaba desde la cocina.
Se puso de pie de un salto y recorrió el pasillo en un santiamén.
- ¡Papá! – le dijo antes de darle un fuerte abrazo.
El padre devolvió el gesto y le preguntó sobre su día, la escuela, las tareas… pero el niño quería llegar a un tema específico.
- Afuera hay un gato, ¿te contó mamá?
La madre, que estaba sentada cerca, recordó entonces la presencia del animal. Y aprovechando la mención, hizo referencia a su deseo.
- ¿Papá, podemos quedarnos con el gato?
- Querido, si está enfermo, no podemos. Mamá tiene razón.
El desconsuelo recorrió por segunda vez su cuerpo. Pero ante su padre demostraría un poco más de entereza.  Se mantuvo firme delante de la ventana, mientras él salía al patio. Y desde allí pudo comprobar, incluso antes que su padre lo tocara con la punta del zapato, que el gato no se movía. Se le hizo un nudo en la garganta. Minutos después, la muerte del animal estaba confirmada.
No pudo contener el llanto. Su mamá quiso consolarlo, pero la sentía culpable. Trató de expresarlo, entre lágrimas. Su padre apareció minutos más tarde. Le prometió si tanto le gustaban los gatos, que irían a buscar uno al día siguiente. Pero había algo más en su dolor. No era la necesidad de una mascota, era la impotencia de no haber hecho nada.  ¿Y si le daban de comer? ¿Si lo llevaban a un lugar limpio y lo aseaban? ¿Si le brindaban protección?
Esa noche se fue a la cama temprano. Creyó soñar otra vez con maullidos. Con el lamento de un gato enfermo tirado en el patio. Se despertó incluso en plena madrugada y estando despierto, volvió a escucharlo. ¿O era parte del sueño? Se levantó en la oscuridad y caminó por el pasillo. La casa, salvo el maullido lejano, se mantenía en silencio. Pasó delante de la habitación de sus padres, cruzó la cocina y llegó a la ventana. No se veía nada hacia afuera. Todo era negro, con algunas estrellas minúsculas en lo alto.
Pegó la frente contra el vidrio y concentró la mirada. La oscuridad no se fue disipando, al contrario, parecía acumularse como una masa ciega. Hasta que de repente aparecieron dos esferas amarillas y el niño, del susto, pegó un salto hacia atrás.
Corrió todo el camino de regreso a su habitación. Se arropó con las sábanas y hundió la cabeza bajo la almohada. A pesar de todo, el maullido llegaba claramente a sus oídos.
Cuando despertó por la mañana, sintió las mejillas húmedas.  Estuvo a punto de comentarle más tarde a su madre, durante el desayuno, de lo sucedido a la noche, pero prefirió no hacerlo. Aún le duraba el enojo con ella del día anterior. Su padre, que se iba temprano a trabajar, ya no estaba.
Antes de irse al colegio, miró por la ventana. El patio estaba vacío.
Su madre, percatándose de lo que sucedía, puso una mano en su hombro.
- Querido, si el dábamos de comer, no se iba a ir más y estando así enfermo…
- Ya no importa mamá – dijo el niño, haciendo un esfuerzo supremo para no llorar – Se murió y tampoco se va a ir más.
Los maullidos seguían retumbando en sus oídos. Era el único que los escuchaba. Se marchó sin decir una palabra más y camino a la escuela siguió recibiendo ese lamento moribundo, que ya no sabía si provenía del patio, su mente o el más allá.

1 de septiembre de 2014

Livingstone, el movedizo

¡Qué jugador Livingstone, el movedizo! Un zurdo de novela, pero que le gustaba jugar con el perfil cambiado por el carril de la derecha. Corría toda la cancha con la misma intensidad los noventa minutos del partido, como si tuviera un pulmón extra o una receta mágica para no cansarse.
No estaba nunca quieto, siempre en movimiento, pidiendo la pelota, acompañando al ataque, defendiendo, presionando, incluso en el momento de la foto había que pedirle que dejara de dar saltitos. Cuando el partido se detenía por cualquier circunstancia seguía trotando, hacía zig zag, ejercitaba de alguna manera su cuerpo.
Y con la pelota al pie, era un monstruo. Se lanzaba en carrera, sabiendo la posición de su compañeros, dando el pase justo, el centro certero o el toque para buscar la devolución al vacío. ¡Qué jugador Livingstone, por favor!
Por eso es que el Sportivo Cruzada lo trajo para la Copa, porque era un diamante en bruto, un jugador con un futuro brillante en el fútbol mundial. Así lo entendió el cuerpo técnico, que de inmediato lo puso en el once titular. Y Livingstone se ganó a la hinchada en un solo partido.
El progreso fue meteórico. Titular indiscutido, ídolo de la hinchada y el preferido por los equipos europeos en los sondeos de mercado, con cotizaciones que aumentaban partido a partido. Faltaban solo dos cosas para que el juvenil viviera su primer año profesional en el fútbol grande nacional. Una, salir campeón de la Copa. La otra, una gran venta a un club del viejo continente, que le asegurara el porvenir económico.
El destino dictaminó que estuviera a un paso de las dos cosas, en la última semana de julio del año pasado. El equipo había llegado a la final, tras un arduo camino recorrido. Livingstone había sido crucial para alcanzar la meta. Eso le valió la primera oferta que el Sportivo consideró. El Real de España ofreció más de veinte millones de euros por la joven promesa.
El destino, al mismo tiempo, sentenció un paro de transporte aéreo justo el día antes de la final. El viaje, entonces, se haría por tren, aprovechando las nuevas unidades del ferrocarril, que prometían confort y un viaje más rápido que el ómnibus.
Livingstone, que daba saltitos de un lado a otro, trotaba en el sitio, estiraba brazos y piernas, se movía junto al grupo de jugadores y cuerpo técnico, que avanzaba por el andén, esperando la llegada del tren de las doce, en el que partirían hacia el partido final de la Copa.
El capitán Randazzo, fue el de la idea de fotografiar el momento. ¡Una selfie, una selfie! gritó con algarabía, acomodándose de espaldas a las vías, con el smartphone apuntando hacia él y el resto de los jugadores que empezaban a acomodarse detrás. ¡Ahora, que viene el tren! gritó otro, contento con la idea de ser retratados con los vagones llegando.
En el momento del "flash" de la cámara del teléfono, se escuchó un sonido desgarrador y el grito de horror de la multitud que observaba la situación. El cuadro no podía ser peor. La sangre había manchado incluso a los jugadores, que seguían sin entender lo que sucedía. Hasta que comprendieron que Livingstone no estaba con ellos.
Marchetti, el técnico, se agarraba la cabeza, mientras sus compañeros comenzaban a temer lo peor. "¿No lo vieron?" preguntaba, azorado. "Estaba detrás de todos, dando saltitos y de repente... - las palabras no acudían a la boca - de repente perdió el equilibrio y se lo llevó puesto el tren".
El partido se suspendió una semana, la copa se perdió, Livingstone se transformó en un recuerdo y la selfie quedó archivada en la memoria del celular, sin ganas de ser vista: rostros felices, ojos sonrientes y colmados de sueños, y los brazos revoleándose al cielo de Livingstone, perdiendo el equilibrio; justo a la derecha de la imagen, el fantasma oscuro del tren, casi una mancha, arribando con fuerza.
Qué jugador ese muchacho, lástima tanto movimiento, tanta euforia trocada en desencanto.