Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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4 de enero de 2018

Los exploradores

No, los fantasmas no existen. Eso me respondió, sin dar ninguna otra explicación. Me dejó a solas con su respuesta, en medio de la noche, con la brisa fresca del mar golpeándome el rostro. A lo lejos se escuchaba el romper de las olas, en una melodía monótona y salvaje.
La miré, como quién mira a alguien a sabiendas que le está mintiendo, como si esa mirada, de ojos ardientes, obligase a decir la verdad. Pero su rostro no me observaba. Estaba enfocada en el viejo faro, que pretendía esconderse entre las sombras de la noche a unos pocos metros de dónde estábamos.
Pero la noche era clara y la luna lo delataba sin piedad. Majestuoso y olvidado, el faro dormía con su único ojo apagado desde que tenía memoria. Empezó a tararear una canción. Ella, no el faro.
Le pregunté si quería volver al hotel, pero guardó silencio. Mi hermana podía hacerme perder la paciencia muy velozmente, pero esa noche en particular su falta de palabras no tuvo ese efecto, al contrario. Tuve una sensación de confort, de fría calma. Solo algo me inquietaba. La mujer que ella juraba haber visto saludando desde la playa.
Había dejado la luz encendida. No recordaba si la hornalla de la cocina también. Desde la playa podía observar la ventana de nuestra habitación en el hotel. Estaba abierta y la cortina se ondulaba con poca gracia. Cuando escuché sus gritos salí corriendo, así que era probable que la hornalla siguiera prendida.
Su mano sobre la mía me sobresaltó.
- ¿Y si están muertos? ¿Si todo este tiempo tenías razón?
Su voz, quebrada, trataba que sus oídos escucharan lo que su mente no se permitía. La realidad. Porque desde que papá y mamá se perdieron en el mar habían pasado ya diez años. Y durante cada uno de esos diez años, todos los veranos, ella me obligaba a acompañarla. No usábamos la palabra veranear. Sino explorar. Porque eso hacíamos, así pasábamos las horas, siempre en el mismo sitio. Explorábamos.
Y hasta esta noche, solo habían sido horas perdidas, abandonadas a una causa insensata. Cómo si, por arte de magia, por nuestro espíritu incansable, mamá y papá pudieran emerger de las aguas de la mano de algún milagro marítimo desconocido. Pero entonces, ella había visto una figura y gritado. Fuerte, casi hasta las lágrimas. Porque esa figura, dijo, era igual a la de mamá. ¿Un fantasma, acaso viste un fantasma? le había preguntado.
No, los fantasmas no existen. Me respondió. Y sé que en el fondo me esconde la verdad. Porque esa misma tarde habíamos discutido en la heladería. Le había dicho que era el último año que vendría, que no quería seguir con esta farsa, con esta búsqueda sin sentido. Y entonces, esa figura despierta de nuevo la esperanza, porque los fantasmas no existen, y si no existen, la playa, el faro y mi hermana fueron testigos de algo más, algo que es difícil de explicar.
La abracé. Dejé que llorara sobre mi hombro y le prometí, con las olas rompiendo detrás nuestro, que la seguiría acompañando, que lo haría por siempre. Porque eso hacen los hermanos. Se quieren, se ayudan y nunca dejan que los sueños del otro se derrumben.
Luego, nos alejamos de la playa. Miré hacia atrás y no vi a nadie. Solo el faro, el mar y la playa, todos bajo la sombra de la noche. Me mordí los labios para no llorar.

31 de diciembre de 2017

El hombre de la cabecera

Sentados a la mesa, sin hablar nadie con nadie, con el sonido único de la discordia flotando en el aire. Los cubiertos golpeando los platos, la mandíbulas triturando el alimento, el vaso posándose sobre la mesa. El silencio que no es tal. Y una frase que aún resuena en todos.
Con el gesto adusto, el hombre sentado a la cabecera de la mesa abre nuevamente la boca, esta vez para pedir el pan. Nadie mueve un dedo en aquella dirección. Entonces el hombre, bufando por la bajo, pronuncia el nombre de su hija más grande, que si bien no es la más cercana al pan, es la que considera al nombrarla como la encargada de devolver el orden y la cordura en aquella mesa.
Ella escucha su nombre y levanta la vista. Pero no la posa en el hombre que es su padre, sino en los demás. Algunos entornan los ojos, otros hacen que se ocupan en algo más para no devolverle la mirada. ¿Qué hace? ¿Se levanta, toma el pan y se lo da al hombre sentado a la cabecera? ¿O ignora la orden y desata el tsunami?
Se pone de pie, busca el pan y se lo acerca. Aquí tiene, le dice, una vez que le deja el pan delante del plato. El hombre no agradece, jamás lo hace. Ella vuelve a su lugar, de espaldas al padre. No quiere que nadie le vea la lágrima que desciende sobre la mejilla, pero principalmente, que no la vea él. Se pasa con rapidez el dorso de la mano por el rostro antes de ocupar nuevamente su asiento. Ya está, se dice, ya está. Y a pesar de no tener hambre, se lleva una tajada de fiambre a la boca.
Alguien carraspea. Pareciera que va a decir algo, pero nadie habla. La comida desaparece de a poco de los platos de la misma manera que las bebidas de los vasos. El menor de los varones mueve un poco la silla hacia atrás, como a punto de pararse. La voz del hombre de la cabecera suena clara y fuerte y quiere una respuesta a la pregunta ¿Ya ha acabado de comer?. Quizá el menor de los varones desea ir al baño, o mucho más sensatamente, escapar de aquel lugar, pero el miedo le hace mostrar una sonrisa, asegurar que no y acomodar la silla en su lugar.
Entonces aparece Elvira. La eterna Elvira. Ama de llaves desde que todos tienen noción del tiempo y de sus vidas en aquella enorme casa. Se acerca al hombre en la cabecera. Le susurra algo casi al oído. El hombre abre los ojos y suelta, sorprendido: ¿Ahora?.
Elvira se aleja, el hombre toma una servilleta, se limpia de mala manera la boca y la arroja contra la mesa. Todos dejan de comer. Alguno disimula llevando el vaso a la boca. Se escuchan los pasos de Elvira en la habitación contigua, acercándose otra vez. Pero ahora otro par de pasos, tacón de mujer, replican como un eco por detrás.
La imagen de la eterna Elvira precede a la de una mujer joven, de rasgos sensuales, ropa ajustada, joyas caras en manos y cuello, movimientos lentos y calculados. No mira a ninguno de los sentados a la mesa, tan solo al hombre de la punta, que se pone de pie para recibirla. Le abre los brazos, ante los incrédulos rostros de los demás. La abraza y la besa. Más de uno quiere hablar, pero nadie lo hace. Nadie se atrevería.
Al fin, la mujer se pone de frente a todos, sin ocultar como con su mano derecha estrecha la del hombre y los observa. Su sonrisa perlada, su piel tersa y cuidada, su cabello lacio y largo, son una provocación en esa habitación hostil y asfixiante. Pero el silencio prevalece, como siempre ha sucedido bajo el techo familiar.
Pero no habla, solo muestra sus dientes perfectos. El que habla es él. Les enseña su nombre, su relación y la obligación de tratarla como quién es de ahora en más. ¿Alguna objeción? pregunta, sabiendo que no tendrá oposición. Jamás la ha tenido. Y ante el menor acto de rebeldía, la mejor respuesta era el respeto y vaya que sabía cómo ganarlo. Sus hijos lo sabían muy bien. La vida no era nada sin el respeto. Lo había recordado al comenzar la cena: "Cómo verán, Susana no está a la mesa, porque Susana ya no está con nosotros. Ella no entendía que es el respeto. Ustedes lo saben bien, si quieren seguir siendo mis hijos, me respetan. De la misma manera, la mujer que quiera seguir a mi lado, me respeta".
Nadie elevó una voz de objeción y el hombre se fue con la joven de tacones altos a la habitación. Los demás quedaron mirando sus platos vacíos. Elvira comenzó a retirarlos sin preguntar si alguien deseaba repetir. No era necesario. Tenía los años suficientes en aquella casa para saber que el apetito había desaparecido. Su manera de sobrevivir había sido la sumisión enfermiza, la renuncia a seguir siendo madre, la imposibilidad de decirle "nieto" a cualquiera de los sentados a la mesa.
Ella misma se veía como una pintura desdibujada, una caricatura grotesca. Y al mismo tiempo, cuando no lloraba en los rincones, agradecía poder ver estar cerca de quiénes la desconocían por completo. Quiénes viven en una tormenta interminable, no saben de otra cosa que de sufrimientos. Elvira lo aceptaba. Para ella, confrontar la indiferencia de esos jóvenes era como salir a contemplar un día de sol. Y así sería, en la medida que los años se sucedieran y escaparan, cada uno a su manera, de faltarle el respeto al hombre de la cabecera.


28 de diciembre de 2017

Día de los inocentes

El amanecer sorprendió a Ricardo con los ojos abiertos, la mirada clavada en el techo de la habitación y una sonrisa que le partía el rostro en dos hemisferios. Ni siquiera esperó que sonara el despertador. La fecha era la culpable, nada menos que el día de los inocentes. Apenas si había dormido. Se había pasado toda la noche pensando qué broma gastarle a sus amigos. Cada año trataba de esmerarse un poco más, sorprender a todos.
Ellos estarían esperando que él hiciera alguna de las suyas, estarían a la defensiva, cuidando sus espaldas, por eso es que debía actuar cuando menos se lo esperaban. Y permanecer despierto había sido la manera de encontrar la broma por excelencia. Algo original, único, que jamás olvidarían. Algo que ni la propia Muerte planearía. Épico.
Pero por sobre todas las cosas, debía actuar antes que Mauro. Dentro del grupo, Mauro era otro que se tomaba el día de los inocentes de manera personal. La opinión general era que competían entre sí. En parte, al resto del grupo, le causaba gracia esa competencia. Aunque coincidían también que podía trocar en algo tedioso si no le ponían límites.
Ricardo se aprovisionó de los elementos necesarios. Un frasco con éter, un pasamontañas, la llave del viejo Falcon del abuelo, una pala y un par de frazadas. Todavía estaba a tiempo. Por las calles deambulaban pocas almas. Obreros en su mayoría, que hacían el primer turno en la fábrica. Sus amigos no vivían muy lejos. Dos en una misma cuadra. El otro dos manzanas más al oeste. Mauro, del otro lado de las vías.
Lo bueno de vivir en un pueblo chico era que aún no eran necesarias las rejas que decoraban las casas en ciudades más grandes. Se veían algunas, pero eran escasas. Sus amigos, afortunadamente para sus planes, tenían las ventanas de sus habitaciones desprovistas de cualquier tipo de seguridad. Y con el calor que asolaba al pueblo en los últimos días, además estaban abiertas para aprovechar el fresco de la noche.
Detuvo el motor a distancia prudencial. Sacó una de las frazadas, cargó el éter y un trapo en sus manos y tras colocarse el pasamontañas saltó el cerco de madera, rodeó la casa y sigilosamente se metió en el cuarto de Abel. Dormía despatarrado, con un testículo fuera del calzoncillos. Ricardo hizo un gesto de desagrado y se lanzó con cuidado hacia su amigo. El trapo embebido en éter hizo rápidamente el efecto deseado. Envolvió a Abel en la frazada y lo arrastró hasta el auto. Tuvo que hacer un esfuerzo extra para levantarlo sobre la cerca de madera.
Una vez depositado en el asiento de atrás, tomó la otra frazada y fue dos casas más adelante. Esta vez no había cerco, sino una entrada con una puertita de metal que abrió despacio, porque chirriaba de lo lindo por la falta de anti óxido. Se asomó a la habitación de Pablo y para su felicidad no estaba durmiendo con la novia. Entró en puntas de pie, repitió el procedimiento y volvió hacia el auto arrastrando la frazada. Acomodó a Pablo en el asiento trasero, cerró la puerta, saludó al vendedor de diarios que pasaba adormilado en bicicleta y puso en marcha el Falcon del abuelo.
Quedaban Pedro y Mauro, pero ya no tenía lugar en la parte trasera y el baúl estaba lleno de herramientas. Haría un primer reparto y volvería por los demás.
El cementerio aún no había abierto. Era muy temprano para que lo estuviera. Con suerte el cuidador llegaría a media mañana, siempre y cuando la botella de vino de la noche no hubiese pegado más de lo acostumbrado. Su familia tenía mausoleo y él había hecho una copia de la llave unos meses antes, sin saber entonces con qué necesidad. Estaba pegado al mausoleo de la familia de Mauro. No podía aguantar las ganas de echarse a reír con fuerza. Serían apenas unas horas, pero la pasaría en grande. Cuando sus amigos despertaran, gritarían de horror.
Colocó a Abel y Pablo en un rincón, a menos de un metro del féretro de su bisabuelo. Cerró y fue en busca de Pedro. Mientras manejaba le pareció que a lo lejos, una cuadra y media por detrás, un coche lo seguía. Temió que alguien lo hubiese visto en el cementerio. Quizá el comisario, o el propio cuidador. Dio un par de vueltas para corroborar su teoría, pero se dio cuenta que estaba equivocado. No había nadie tras sus pasos. Envalentonado, tomó rumbo hacia la casa de su amigo.
Se puso el pasamontañas, agarró los elementos que había usado antes y se metió por el pasillo lateral de la casa. La habitación daba al patio. Encontró la ventana abierta y se jactó en silencio de su suerte. Pero al espiar hacia el interior de la habitación, Pedro no estaba en la cama. Las sábanas estaban revueltas, la almohada en el piso y el celular en la mesa de luz. Pero ni noticias de su amigo. Esperó unos minutos, por las dudas que estuviera en el baño. Sin embargo, Pedro no apareció.
Su plan encontraba un primer imprevisto, pero de todas formas, no se desalentó. Iba ahora por Mauro. Cruzó las vías a baja velocidad, para no llamar la atención de los albañiles que trabajaban en una obra donde estaba la vieja estación del ferrocarril. La casa de Mauro era la más sencilla. Los padres ocupaban la planta alta, mientras que su amigo tenía toda la planta baja para él. Su habitación tenía puerta balcón y según decía siempre, le encantaba abrirla de par en par ni bien amanecía, para seguir durmiendo con el aire de la mañana alrededor. Esa imagen, en realidad, era la que había impulsado el plan. Ricardo lo imaginó a merced de cualquier loco y entonces la idea se disparó casi por inercia.
Tal como lo esperaba, la puerta balcón estaba abierta. Y bajo las sábanas, envuelto como un bebé, dormía plácidamente Mauro. Se acercó con sigilo y apretó con fuerza el trapo embebido con éter a la altura de la boca. Forcejeó unos segundos, extrañado por la poca resistencia corporal bajo su mano. Fue cuando vio la abundante y extraña cabellera marrón debajo de las sábanas y de inmediato, desprenderse una parte que cayó al suelo. La cabeza, pensó y dio un salto hacia atrás, asustado. Entonces lo vio. Un peluche de Donkey Kong. Pero no tuvo tiempo para pensar. Una mano se cerró en torno a su boca y el mundo se desvaneció.
Despertó tiritando de frío. Quiso moverse, pero la humedad lo estremeció. El olor a tierra húmeda era penetrante. Abrió los ojos, pero seguía sin ver. La tierra comenzó a entrarle en los ojos y los volvió a cerrar. Tanteó con la mano y comprendió. Quiso gritar, pero la tierra húmeda se metió en la boca. Tosió, mientras un tangible horror se apoderaba de cada milímetro de su cuerpo. Se revolvió con fuerza, pero el intento fue inútil. Estaba aprisionado. Inmovilizado. Enterrado.
Fue cuando empezaron las risas. Muchas risas. Carcajadas por doquier. Y a duras penas, sus lágrimas, iban transformando la tierra en barro. Sintió que alguien estaba quitando el peso que tenía encima. Se imaginó a sus amigos observando la tumba, jugándole la mejor broma de todas, cuando él pensó que la suya sería inolvidable.
De a poco, alguien escarbaba para sacarlo de allí. Sintió una mano tirándolo hacia arriba. Pudo al fin incorporar su cuerpo, toser con fuerza y abrir los ojos, ardidos por el llanto y la tierra. Pudo ver como algunas lombrices se metían dentro de su pantalón. Estaba espantado. Miró alrededor. Buscó con los ojos empañados a Mauro, a Abel, a Pablo, a Pedro. Pero allí no había nadie. Ni siquiera la persona que lo había sacado de la tumba.
Se puso de pie, se quitó la tierra de encima y caminó entre las tumbas viejas de la parte antigua del cementerio. A lo lejos, una multitud se congregaba cerca de la capilla. Parecía estar todo el pueblo. A medida que se acercaba escuchaba llantos, lamentos, algún que otro grito ahogado. Se abrió paso entre la gente hasta llegar al pequeño altar. Uno al lado de otro, cinco ataúdes contenían los jóvenes cuerpos para su último adiós. El suyo estaba en el medio, entre Abel y Mauro. Dio un paso atrás, abrió la boca para gritar y lo hizo, pero su grito no fue escuchado por nadie y nadie ponía atención a su figura sucia, repleta aún de tierra. Solo una figura, al final de la multitud, mostraba interés en él. No podía distinguir sus rasgos, mucho menos su rostro. Pero a pesar de tanta oscuridad concentrada, tenía una certeza: estaba sonriendo.
Incluso pudo escuchar un susurro flotando hasta sus oídos que le decía, con total claridad: Qué la inocencia te valga, Ricardito.


24 de diciembre de 2017

La cicatriz

Desperté sospechosamente consciente en un pasillo de cerámicos blancos salpicados con pequeñas manchas negras. Justo a mi lado había una puerta. El silencio me estremeció, no por incómodo, sino por todo lo contrario. Sin haber estado jamás en aquel lugar, me parecía conocerlo de toda la vida. En ambos extremos del pasillo había una nueva puerta y otras dos de cada lado, a lo largo del mismo. Caminé hacia la derecha, tanteando las paredes, revestidas con un papel viejo dueño de cierto olor a humedad que me llevó mentalmente a otras épocas, cuando de pequeño recorría la vieja casona de una tía a la que visitábamos cada verano.
Escuché un sonido extraño que pronto identifiqué: el del viento atravesando los árboles. Es un sonido que solo puede percibirse en la naturaleza, alejado de las edificaciones de cemento, en sitios abiertos sin paredes que lo aprisionen ¿Pero en aquel pasillo, de dónde provenía?
Me detuve y cerré los ojos. Allí estaba el viento, como una melodía. De pronto cesó. Otra vez el silencio. Y de inmediato, el ruido del picaporte de la puerta más alejada. Me giré a tiempo para ver a un niño salir por ella. La cerró con cuidado, visiblemente asustado. Al verme, quedó inmovilizado. Atiné a acercarme, pero me detuve. Verlo me horrorizó.
Entonces, a mi espalda, la puerta que estaba en el extremo opuesto se abrió. Salió un viejo que apenas podía caminar apoyándose en la pared. Su rostro arrugado delataba su avanzada edad, pero adiviné en aquella amalgama de piel frágil las formas que tantas veces había estudiado en el espejo. Respiré hondo. Aquello no era posible. En ese momento, otras dos puertas se abrieron. Una entre el niño y mi cuerpo y otra antes de llegar al hombre mayor. En la primera, me vi a los veinte años, en la segunda, unos veinte años más viejo de lo que soy ahora. Creo que no lo aclaré, pero el horror al ver al niño fue por la misma razón que me paralicé al ver a los demás. Era también mi persona, en otra edad de mi existencia.
¿Era un sueño? Tenía que serlo.
El niño nos preguntó sin moverse un metro de su puerta, quiénes éramos. Salvo el viejo, que estaba lejos y estaba más preocupado por no caerse que por prestarle atención a los demás, todos sabíamos quién era el niño. Era injusto. El niño no podía imaginarnos en su futuro. Pero nosotros, lo reconocíamos del pasado. Y cada uno de los otros fue atando los mismos cabos que había atado yo segundos antes. Nos contemplábamos pero sin dar un paso hacia ninguna parte. En la fascinación residía también el miedo.
El niño volvió a preguntar. Estuve a punto de hablar, pero me ganó de mano mi versión a los cincuenta años. Su voz, familiar, resultó aplomada. Eligió las palabras cuidadosamente, hasta casi con elegancia. El niño escuchó atentamente, pero podía leer en su cara su falta de entendimiento. Era la misma cara que ponía al escuchar las explicaciones de la maestra de química. Estuve por explicarlo con otras palabras, pero entonces mi versión adolescente se largó a reír. Me dio bronca. Esa falta de respeto y ubicación me habían traído muchos problemas de joven, pero con esfuerzo lo había superado. Y ahora, estaba allí, como un fantasma. No pude contenerme.
- ¿De qué te reís, pelotudo? No ves que con esa edad es difícil que entienda.
El adolescente dio dos pasos hacia mí pero entonces el de cincuenta años intercedió.
- Tranquilos, tranquilos... Seguramente no quiso decirte eso, ya sabes como es nuestro carácter. Con el tiempo lo irán gobernando. Tranquilos.
Pareció calmarse. Yo también. La bronca remitió y le sonreí. No hay nada peor que enojarse con uno mismo. Entonces si, abrí de nuevo la boca, pero para explicarle al niño quiénes éramos. Me miró con desconfianza, como si aún estuviera fresco el consejo de mamá, de no confiar en los extraños.
Fue otra vez el de cincuenta años el que enderezó el rumbo.
- A ver, todos, mostremos la planta del pie. Vamos, sáquense los zapatos, las zapatillas. El corte lo tenemos desde los cinco años, de cuando fuimos por primera vez a la costa. Supongo que ninguno ha olvidado el susto.
- ¿Qué susto? - preguntó el viejo.
Los demás, que nos mordimos el labio al escuchar la voz apagada del hombre más alejado, mostramos la planta del pie. Allí estaba, la vieja cicatriz.
- Esto fue hace poco - dijo el niño.
Pero para ninguno era reciente. Si bien así lo parecía, con la imagen grabada a fuego de la sangre manchando la arena, nuestra memoria había puesto mucha distancia entre aquel nefasto momento y el presente. El presente, claro, de cada uno. El joven, sin lugar a dudas, no tendría mis últimos quince años de recuerdos, como yo no tenía los recuerdos que tenía el de cincuenta y mucho menos, del anciano. El viejo, cuyas piernas temblaban por el peso de la bolsa de huesos que cargaba, sin embargo, ya no atesoraba ningún recuerdo, casi como una cruel paradoja. Al levantar la vista, no nos reconocía, y avergonzado de su estado, volvía a desviarla hacia alguna de las paredes, escondiendo el rostro de su curtida vida.
La herida que todos poseíamos fue suficiente para que el pequeño comprendiera. Sin embargo, ninguno se movió de su lugar. Solo el viejo avanzaba y retrocedía, como buscando una puerta que no existía. De vez en cuando se detenía y volvía a mirarnos. Al desconocernos, volvía a su trajín de querer escapar de aquel pasillo.
Parecía estar atrapado en ese ida y vuelta, sin poder retornar a la puerta por la que había salido. Nosotros, al mirarnos, estábamos atrapados en otro laberinto: ninguno podía volver a ser la persona que nos precedía en aquel pasillo.
El joven dijo que afortunadamente, no quería ser otra vez el niño, pero que le daba curiosidad mi edad. El de cincuenta años daría cualquier cosa por ser cualquiera de los tres que le precedían. Y yo, sinceramente, añoraba de la misma forma el pasado. El viejo no opinaba, perdido en esa extraña búsqueda, en esa tensa espera que no llevaba a ningún lugar.
Hablamos todos, salvo el viejo y el niño, que sin necesidad de desearlo, sería todos los demás.
- ¿Qué me espera? - le pregunté al de cincuenta, pero el hombre guardó silencio.Tuve ganas de maldecirlo por eso, pero entonces el adolescente me hizo una preguntar similar y también quedé en silencio. ¿Qué sentido tenía advertirle de las mujeres de las que me enamoraría, de los trabajos que tendría, de las cosas de las que me arrepentía? ¿Acaso no tenía derecho él de experimentarlas?
El joven, en cambio, le dijo al niño: No te copies en Física de tercero, porque te van a descubrir y te van a hacer perder el año.
Me sorprendí. No recordaba haber repetido tercero. ¿Era posible que esa frase del joven hubiese modificado mis recuerdos?
Entonces en voz alta le dije al joven: No lleves a Julia a su casa en la despedida de Cacho a España.
Inmediatamente miré al de cincuenta años. ¿Recuerdas a Julia? le pregunté.
Negó con la cabeza, contrariado. Incluso en mi mente la palabra Julia comenzó a desdibujarse.
- Esto... esto es peligroso - dijo el hombre de cincuenta.
Nos miramos, alternando los rostros, como si estuviéramos delante de espejos mágicos. Todos, salvo el viejo. Ahora el anciano, lejos de seguir nuestra conversación, miraba su puerta, como ensimismado. Giró lentamente y esta vez no escondió su rostro luego de mirarnos. Lentamente, movió sus labios.
- El baúl... el viejo baúl...
Todos sonreímos. El viejo baúl era el primer recuerdo, había estado siempre al lado de nuestra cama en la infancia, luego se convirtió en el sitio predilecto para guardar lo que no quisiéramos que nuestros padres encontraran y finalmente, en un adorno elegante de la casa, que con orgullo mostrábamos a todo visitante. El baúl, el legado de nuestro padre, rescatado según sus palabras, de la vieja casa del abuelo...
- El baúl - continuó dolorosamente el viejo - tiene un doble fondo. Allí... allí está nuestra partida de nacimiento. Ellos nos... - su voz se quiebra, la fragilidad se vuelve lágrima - mintieron. En el baúl hay una foto de una mujer y un hombre que se abrazan delante de un pelotón de fusilamiento. En esa imagen vieja están nuestros padres. Puta madre... ¿cómo salgo de este lugar?
El viejo abrió la puerta y desapareció. Nosotros quedamos en el pasillo, atrapados por siempre en esa revelación. Al abrirse nuestras puertas y salir, ya no éramos los mismos. El tiempo nos había jugado una mala pasada.

30 de noviembre de 2017

De cero

Cuando volvió del extranjero lo hizo con la esperanza de empezar de cero. Por esa razón no retornó a su ciudad, ni buscó empleo de la profesión que había estudiado en su juventud. Ni siquiera se tomó el trabajo de avisar a sus viejos amigos. De cero, tenía que ser de cero.
Se le había pegado cierto acento francés, así que lo aprovechó. Reformó su nombre de manera tal que, más allá de lo que indicara el documento de identidad, en la pronunciación sonaba mucho más musical. Hizo nuevos amigos, eligió nuevas modas, se sumó a otras banderas.
Antes bebía cerveza, ahora vinos caros. Antes le gustaba el fútbol, ahora el polo. Lo que le caía mal, ahora le caía bien. Y a la inversa, disfrutaba de aquellas cosas que en el pasado odiaba.
Cuando un viejo recuerdo parecía asomar, lo sometía al olvido. Se imponía el presente. Esa forma de ser, viviendo siempre el hoy, lograba que sus personas cercanas lo amaran.
Siempre había sido una persona ahorrativa. En su nueva vida, el ahorro era visto como un error. Era habitual entonces que pagara las bebidas de todos, que invitara al cine, que comprara lo que salía al mercado por el solo hecho de tenerlo. El dinero volaba de sus manos, mucho más rápido de lo que llegaba.
El carisma que brillaba en él hizo que sus amigos lo presentaran a otros amigos, y estos amigos, a otros. Uno en particular vio en él una gema por pulir, la imagen perfecta. Y charlas de por medio, con salidas en yate por el río y varias botellas de champán, lo convencieron de ser un candidato político.
¿Qué sabía de política? Nada, pero eso era lo mejor según este amigo: no era necesario saber para ser político. En su caso, cubría todas las cualidades que estaban buscando.
Su rostro empapeló al poco tiempo las paredes de la ciudad. Su nombre, con tinte francés, se convirtió en modernos jingles de radio. La televisión le permitió hacerse conocido y las redes sociales viralizaron su sonrisa.
Hasta ese mediodía, en el que aún dormido de tanto trasnochar, se dirigió a la puerta de su selecto departamento. El timbre había sonado una vez y lo había dejado estar. Pero un segundo llamado lo desveló. Al tercer timbrazo, se puso en movimiento. Mientras caminaba, revisaba su celular. Ningún mensaje daba aviso de una visita.
Miró la mirilla y sintió que el tiempo lo succionaba. La imagen estaba distorsionada, pero los rasgos eran inconfundibles. Del otro lado, estaba el pasado. Volvió a mirar, no sin antes pellizcarse. No, no estaba soñando. Allí estaba su madre, y su padre, sus cuatro hermanos, su esposa, sus dos hijas, su primera novia, su amigo del alma, los amigos de la secundaria, sus tíos, sus primos...
Después de tanto andar para olvidar, para empezar de cero, el pasado lo había encontrado. Se observó colgado en la pared, de traje, sonrisa canchera y su nombre sobre impuesto en letras enormes. Ser ese afiche era lo más deseaba en el mundo.
Pero no lo era. Siempre sería el llamado a la puerta. Miró hacia la ventana. ¿Saltar sería empezar de nuevo? ¿Sería un comienzo de cero? Dudó. No lo creía.
Suspiró. Volver a probar una cerveza no le parecía una mala idea. Lo demás llegaría a colación. Apretó el picaporte, giró la llave y abrió la puerta.

4 de noviembre de 2017

Los idiotas

La brisa juega con las hojas de los árboles. Las que están más altas parecen estar a punto de saltar al vacío, pero no lo hacen, sujetas con fuerza a la rama que las hospeda. Las que están al alcance de la mano, apenas si tiemblan, como si en realidad las suaves corrientes de aire le hicieran cosquillas.
Paulina se entretiene con esos detalles mientras avanza lentamente, demorando adrede los pasos, evitando alejarse de sus padres que caminan detrás de ella, apesadumbrados. No quiere mirarlos, porque mirarlos es enfrentarse al paso del tiempo, es comprender que el lamento por la partida de la mujer que acaban de despedir es el lamento que tarde o temprano repetirá inevitablemente, porque la muerte es de esas cosas que no desaparecen si uno cierra los ojos y piensa en cosas lindas.
No le gusta el cementerio, salvo por los árboles. Los árboles lo hacen más fácil. Observarlos mitiga el sufrimiento, acompañan la caminata de casi seiscientos metros que separan la entrada del sitio donde dejan a los muertos. De niña tampoco le gustaba, pero papá lo hacía todo más fácil. Inventaba historias, hablaba con los difuntos, les hacía chistes, decía que ellos se ponían contentos con las visitas y que los abuelos, los abuelos que nunca conoció, se emocionaban de verla cada vez más grande.
Papá ahora transita silencioso, llevando de la mano a su madre, como si todos esos consejos y momentos felices formaran parte de la vida de otras personas. Querían mucho a esa mujer. Le habían confiado la casa, incluso su propio cuidado, durante años. Hacía tiempo que ya no trabajaba para ellos, desde mucho antes que ella se fuera a estudiar a la universidad. Papá decía que la espalda la había jubilado.
- Paulina.
Su nombre en el aire la detiene. Sus padres la alcanzan en dos zancadas.
- ¿Tenés tiempo? – su padre le tomó la mano, como pidiendo por favor que lo tuviera – Decíamos con tú mamá de ir a tomar algo acá cerca, al barcito ese que te gustaba tanto de chica, el de los platos y vasos de colores ¿Te acordás?
Cómo no recordarlo, si era la época en que todo era juego entre ella y su papá, que siempre tenía las respuestas, fueran verdaderas o inventadas, la hacía reír, pensar, soñar. A ese papá que poco le importaba lo que lo regañara mamá o incluso, la mujer a la que le acababan de dar el adiós final. ¿En qué momento desapareció la magia? ¿Cuándo todo se transformó en una responsabilidad sin posibilidad de disfrute? ¿Cuándo una respuesta absurda dejó de hacerla reír?
El barcito. Así lo llamaba cuando le faltaba al menos una cabeza para alcanzar la altura de la barra detrás de la que atendía la dueña. Ahora, que la supera por mucho, ve lo que realmente es el lugar. Un comedor en la ruta, aprovechado muy bien por camioneros y viajantes ocasionales. Se ubicaron cerca de una de las ventanas del frente. El sol caía en picado y se apoyaba tenuemente sobre la mesa. Paulina observa las mesas lindantes. Los vasos y los platos eran de vidrio transparentes, como los de cientos otros sitios que había visitado. ¿Dónde? ¿Dónde se va la magia cuando uno crece?
Su padre pide por los tres. Una gaseosa para cada uno. Paulina lo corrige sobre lo que ella va a tomar: agua mineral.
- Me gusta la gaseosa – dice el padre, una vez que se aleja el mozo – porque me divierte cómo el gas me hace cosquillas en la cara. A vos también te gustaba, cuando eras pequeña.
- Si papá, antes, cuando no sabía todo lo mal que hacen las gaseosas. Ahora me cuido.
Su padre asiente con la cabeza.
- Por suerte nuestra hija creció y no heredó la parte idiota de su papá – su madre habla con honestidad, demasiada tal vez, sin dejar de acomodarse el cabello usando el reflejo de la ventana como espejo.
El comentario fue como un cascotazo en la cabeza para Paulina. Llevó su mirada hacia su madre, sintiéndose incómoda. Su padre no se había dado por aludido ante tremenda afirmación. Es más, ahora que lo pensaba, el comentario no difería de tantos otros que a lo largo de su vida había escuchado de parte de ella y otros familiares en relación a la personalidad de él. Siempre había oído frases al estilo “vas a volverla idiota con tus tonterías”, “son historias tontas que su padre le cuenta”, “vas a volverla loca”. Con su padre se habían divertido durante toda la infancia, sus ocurrencias e historias siempre la habían maravillado, consideraba esa etapa como la más hermosa de su vida. Y estaba muy segura, veinte años después, de no haberse vuelto loca y mucho menos idiota, por las cosas que él le contaba.
Estaba contrariada. La afirmación de su madre era cierta. Ella no era como su padre. No tenía esa felicidad a flor de piel, esa facilidad de disfrutar de los detalles, de celebrar que el gas de un vaso de gaseosa hiciese cosquillas en la cara al beberlo, todo aquello que su padre, de pequeña, le había inculcado. En algún momento de su vida había recogido toda su niñez y la había metido dentro de un baúl y luego, escondido ese baúl, vaya saber dónde.
En algún momento, seguramente con la llegada del acné, le empezaron a preocupar otras cosas, cómo “el qué dirán”. Hasta es probable que le hayan dado vergüenza algunas de las tantas pavadas que decía su papá. Y de a poco, se fue limitando. Fue dejando de disfrutar esa alegría, alejándose poco a poco, creyendo que de esa manera se podría llegar mejor y más rápido a la adolescencia y a la adultez, como si la infancia fuese un sitio del cuál era necesario escapar de manera urgente.
Había crecido. Y no había heredado la parte idiota. ¿Acaso no era esa la sencilla explicación que desde hacía tiempo estaba buscando?
- Tu papá quiere vender la casa y que con la plata compremos un departamento – anunció la madre – Dice que lo que sobre entre la venta de la casa y la mudanza, te lo quiere dar a vos, así terminás de estudiar tranquila y podés instalarte mejor en la ciudad.
Paulina se quedó sorprendida. Su padre apretaba una sonrisa debajo de la nariz. Tenía los ojos vidriosos de quién está a punto de llorar.
- Pero… esa casa la tienen desde antes que yo naciera, les costó mucho dejarla como está ahora.
- Decile a él, nena. A mí me da lo mismo, bueno, lo mismo no, un departamento en el centro suena tentador, pero a lo que voy, a esta altura de la vida, un lugar u otro, no hace la diferencia. Además, me anoté en un club de viajes y con suerte la mitad del año voy a pasarla en aviones y hoteles.
Llegan las bebidas. La moza pregunta para quién es el agua mineral. Paulina levanta apenas la mano, imposibilitada aún de decir una palabra. Solo lo hace cuando la moza se aleja, llevándose la bandeja de metal vacía.
- Papá, no me parece buena idea. Yo no necesito nada, si esto lo hacés para darme una parte, olvídate, no me hace falta.
- No Pauli, no. Es que… estamos grandes, es mucha casa para nosotros dos. Antes, es decir, apenas empezaste a estudiar, que venías más seguido, no se notaba. Pero ahora, que venís menos… ojo querida, no es reproche, sé que no podés… pero bueno, se nota mucho el silencio y es un desperdicio, a mí entender. Con esa plata, nos vamos a un lugar lindo y más chico, vos por ahí podés armarte el estudio, y todos felices.
- No, todos felices no, papá. En esa casa están todos los recuerdos.
- Los recuerdos están acá – dice su padre, señalándose la cabeza – y acá, en el corazón.
- Podría volver más seguido, además, ponete a pensar, el día de mañana cuando tenga hijos van a tener un jardín hermoso para jugar, para correr, hasta podríamos enseñarles nuestros juegos…
- Ves, ahora lograste que le diera culpa – acotó su madre.
- Papá, podríamos contarles juntos tus historias, tirados en el césped, cómo cuando era pequeña.
- ¿En serio te acordás de esos momentos?
- ¡Cómo no los voy a recordar! – dijo levantando la voz - ¡Si nunca fui tan feliz en la vida!
Y su padre, que tiene los ojos vidriosos, deja caer una lágrima. La mano de Paulina cruza por encima de la mesa y toma la de él. Su madre los observa pero como si no estuviera allí.
- No la vendas, papá. Por favor.
El hombre menea la cabeza, porque es lo único que puede hacer. Sabe que si abre la boca y trata de decir algunas palabras, se va a largar a llorar. Paulina le agradece con una sonrisa y siente que su rostro debe parecer el de una idiota y entonces se ríe, casi a carcajadas. Lo siguiente que piensa no sabe en realidad si lo piensa o lo dice en voz alta, pero lo mismo le da, su padre de alguna manera lo sabe y la va a ayudar.
- En esa casa extravié algo que debo recuperar.

17 de octubre de 2017

Macabro

Me despertaron los pasos, el ir y venir vertiginoso de desconocidos, la imagen lívida de un oficial espantado tratando de alcanzar la puerta de salida, una detective joven abriéndose paso de manera atolondrada para arrojar el desayuno de una sola bocanada, los restos humanos esparcidos por todo el suelo de la habitación casi con caprichoso desorden y las paredes, todas ellas, matizadas de moho y mucho color rojo.
En una sola mirada pude ver el desasosiego, el asco, la pena, la maldad, lo incomprensible. Hasta que de repente una mano se cerró sobre mí, dejándome en la total oscuridad, al tiempo que desde alguna parte escuché:
- ¡Aquí están los ojos!

12 de octubre de 2017

Juego de niños

Cuando Nacho llegó corriendo a casa y se encerró en su habitación pensó que, como cada tarde, se había peleado con Matías, el vecino, hijo de Laura. Le pegó un grito al escuchar el portazo que hizo temblar los cuadros de las paredes pero no fue tras él. Odiaba que su hijo se portara de esa manera y si reaccionaba acorde a sus arranques de locura, tarde o temprano terminaría dándole una bofetada y era lo que menos deseaba en el mundo. Por lo tanto, dejó que trasladara sus broncas a la cama y siguió ocupándose del piso, que de la misma manera que el resto de la casa, no se limpiaba mágicamente.
Extenuada, se sentó cinco minutos a mirar televisión. Nada en especial, encender el aparato e ir pasando los canales uno a uno para que la mente fluyera entre imagen e imagen, sin nada en que pensar. Porque cuando se levantara de la silla tendría por delante aún muchos quehaceres hogareños, incluyendo hacer las compras y más tarde, preparar la comida. Que Nacho no estuviera jugando alrededor, era, por más que le costara admitirlo, una bendición.
Pero ese descanso no duró ni sesenta segundos. El timbre de la casa la obligó a ponerse otra vez en movimiento. Al abrir la puerta se alegró, porque era Laura, aunque de inmediato pensó en la posibilidad que estuviera allí para regañarla por alguna pelea entre sus hijos, sin embargo le llevó una minúscula fracción de tiempo comprender que su talante no era el habitual.
Se la veía pálida, nerviosa, las dos manos unidas en súplica.
- Laura ¿estás bien? – preguntó con honesta preocupación, sabiendo que no lo estaba.
Ella vaciló, llevó la mirada por encima del hombro derecho, como observando hacia su casa, se frotó las manos varias veces y finalmente abrió la boca para hablar.
- Busco a Matías, desde hace unas horas que no lo encuentro. No está en casa, ni en lo del primo. Temprano me dijo que quizá pasaba a buscar a Ignacio. ¿Está acá, Miriam?
No, no estaba, claro que no. Su preocupación era ahora también de ella. Y no solo por la angustia de no saber el paradero de un hijo, sino porque veía en sus ojos que ella ya sabía que Nacho no estaba en mi casa, y que cuando lo preguntaba, en realidad, escondía otra pregunta, más difícil de pronunciar, más difícil de digerir.
- No, no está acá Laura. Le podemos preguntar a Nacho si sabe algo.
Miriam sintió que Laura la miró de una forma extraña. Dudó incluso en entrar a la casa. Notó también que su vecina tenía frío. Los brazos desnudos llevaban todos los vellos erizados.
Llamó a la puerta de Nacho dos veces, golpeando con los nudillos. Luego pronunció su nombre. Sus berrinches solían tener el efecto de un somnífero. Si terminaba en la cama, con seguridad se dormía. Le sonrió a Laura, excusándose infantilmente por la ausencia de una respuesta. Pero ella no la observaba, miraba hacia la puerta de calle. Miriam imaginaba el sufrimiento interno, el deseo de ver a su hijo en ese mismo instante, ya sea por la calle o entrando por la puerta. ¿Qué puede ser peor que no saber cómo y dónde está un hijo?
Accionó el picaporte y abrió con cuidado la puerta, para no sobresaltar a Nacho que podría estar dormido profundamente. Se quedó sorprendida. La cama estaba hecha, las ventanas cerradas, los juguetes en su sitio y su hijo… su hijo no estaba en ningún rincón de la habitación.
- Si no está, no importa, no te preocupes, yo me vuelvo a casa, quizá… - comenzó a decirle Laura, mientras Miriam en su cabeza revolvía con celeridad en la sucesión de recuerdos de las últimas horas, segura de saber que Nacho estaba en su cuarto.
- Laura – dijo Miriam, interrumpiéndola - hace una hora o a lo sumo, una hora y media que Nacho volvió de afuera. Entró como loco y se metió acá dentro. Casi me hace la puerta giratoria del golpazo que le dio. No puedo entender cómo es que no está.
Quería conservar la calma, mostrarse más entera que su vecina y amiga, pero una rara sensación en el estómago comenzaba a llenarle de pequeños retorcijones el abdomen.
- ¿Vos los viste jugando juntos, Laura? ¿O solo te dijo que Nacho lo iba a pasar a buscar?
Laura comenzó a caminar hacia la puerta.
- No lo vi, Miriam. No recuerdo si habían quedado en jugar juntos. Lo siento, quiero volver a casa y ver si regresó. Seguro Ignacio en cualquier momento también vuelve.
- Pero Laura, me dijiste hace cinco minutos que tu hijo te avisó que Nacho lo pasaba a buscar.
- ¿Si? Puede ser, tengo la mente desordenada, no puedo pensar con tranquilidad, discúlpame Miriam, tengo que volver, seguro Sergio está también preocupado que me ausenté…
- Laura, escúchame, pensá en dónde los viste por última vez, si estaban juntos, si Matías te dijo algo en particular antes de que no lo vieras más, pensá, todo es importante.
Pensó que Laura se largaba a llorar en ese mismo momento, ya con la puerta de calle en la mano. Entonces, bajo el marco, apareció Sergio, con su imponente cuerpo de jugador de rugby, que la agarró del brazo y tiró de ella hacia afuera.
- ¿Qué hacés acá? Vamos, que tenemos que salir a buscar al chico por el barrio.
- Vine a preguntar por Ignacio, como me pediste.
- Eso fue hace diez minutos, era preguntar y volver, no podemos perder tiempo. Vamos, vamos, que tenemos cosas que hacer.
- Sergio, escúchame, tampoco encuentro a Nacho… - dijo Miriam, llamando su atención.
- Ahora no Miriam, si lo vemos, te lo traemos.
Vio a la pareja cruzar la calle y meterse en la casa que compartían. No le gustaba Sergio, siempre tan arrogante y de modales poco amables con su mujer. Pero su esposo se llevaba con él muy bien por la mutua afición al deporte. De todas maneras, le disgustó darse cuenta lo poco que les importaba la situación de Nacho.
Volvió a la habitación de su hijo, esperando encontrarlo escondido debajo de la cama o dentro del armario, pero no lo encontró. Recordó el modo con el que entró a la casa y cómo corrió hacia su cuarto y se estremeció. Lo había visto. O al menos, había sentido la forma en que, como una exhalación, se lanzó al interior de su habitación.
Buscó el celular en la cocina, donde lo había dejado cargando. Tenía que avisarle a su marido. Entonces vio que tenía un mensaje de texto. Era de Laura. De hacía más de media hora. Eran unas pocas palabras: Por favor, no me abras.
Repasó el mensaje varias veces. No debía calcular demasiado para entender que su amiga lo había mandado antes de haber tocado timbre.
Necesitaba hablar con ella. Salió a la calle y vio como Sergio la ayudaba a entrar en el auto. El hombre vio a Miriam y le hizo un gesto con la mano, indicándole que salían a dar vueltas con el coche. Pudo ver el rostro de Laura a través de una de las ventanillas bajas. Estaba llorando y a diferencia de un rato antes, tenía un ojo morado.
Vio al auto seguir derecho hasta el boulevard que cruzaba el barrio y en lugar de girar hacia la derecha, como para comenzar a recorrer la zona en círculos, mantuvo su rumbo hacia el oeste. Al cabo de unos segundos, era un punto en la distancia, perdido entre otros puntos que iban en la misma dirección.
Volvió al interior de su casa y llamó a su marido. Le pidió calma y trató de tranquilizarla. Luego, marcó el número de la policía. Dos horas no era motivo para preocuparse. Dudó que la mujer que atendió el llamado fuera madre.
Buscó la bicicleta y con las ruedas algo desinfladas, salió a andar por las calles del barrio, deteniéndose especialmente en la plaza y los descampados, donde los chicos podrían haber estado jugando. Aunque dudaba si aún los niños de nueve o diez años seguían aún jugando a la pelota en los campitos. Nacho solía pasar horas en casa con sus amigos jugando a los videojuegos. Comprendía que ignoraba totalmente qué era lo que hacía estando en la casa de Matías o de algún otro amiguito.
Aprovechó uno de los bancos de la plaza para sentarse y recuperar el aliento. Se sentía agitada. Pronto anochecería. No quería que su hijo estuviera dando vueltas en la oscuridad, con lo peligroso que estaba todo. Recordó que llevaba el celular en el bolsillo de la campera y recorrió la libreta de direcciones de arriba hasta abajo, llamando a las madres de los compañeritos de la escuela. Nadie lo había visto.
Probó con Laura, pero saltaba de inmediato la casilla de mensajes. Volvió a llamar a su marido y le pidió que llamara a Sergio. Dos minutos después Sergio la estaba llamando a ella. El mismo resultado, el celular parecía apagado. Ahora sí, su marido estaba asustado.
Miriam retornó a su casa y esperó por su esposo. Luego, fueron juntos a la Comisaría. Les llevó mucho trabajo convencerlos de que algo podía haberle sucedido a su hijo. Finalmente enviaron una patrulla a revisar la zona. Ella pidió acompañarlos, pero no se lo permitieron.
Al oscurecer, todos los miedos la asaltaron. Quería llorar pero no se lo permitía. Su marido parecía más entero. Ella observaba desde la ventana, con la esperanza de divisar la figura de su hijo retornando a casa. Fue entonces que vio la luz encendida en la casa del otro lado de la calle. No veía el auto afuera, por lo tanto, no habían regresado. ¿Estarían Matías y Nacho jugándoles una broma a todos y se escondían en alguna parte de la casa de Laura?
Cruzó la calle velozmente. La puerta del frente estaba cerrada. Golpeó con fuerza. Llamó a los gritos a Nacho y Matías. Gritaba sus nombres, con todo lo que le daba la garganta. Se acercó a la ventana y volvió a golpear, ahora el vidrio. No podía creerlo. Allí estaban, los dos niños, de pie en la mitad de la sala, mirando hacia ella. Volvió a gritar sus nombres, desesperada, pero ahora su grito era silencioso, ahogado, inútil, y los brazos de alguien fornido tiraban de ella para alejarla, haciéndole perder el equilibrio.
Giró y allí estaba su marido, con ojos preocupados y cansados. La noche cerrada se cernía sobre ambos. Varios vecinos se habían asomado a la calle. Él trataba de calmarla, de decirle que se tranquilizara, que volviera a la cama, pero ella no podía, quería quedarse allí, buscar a su hijo, quería…
Traspasaron las cintas amarillas puestas por la policía y llegaron a la vereda. Entonces, volvió la vista hasta la casa de Laura y Sergio. Estaba toda cercada y había montículos de tierra por todas partes, producto de las excavaciones. Ahora podía recordarlo. Detrás del parrillero habían encontrado el cuerpo enterrado de Matías. A Nacho, debajo del alero.
Rompió en un llanto y se desmoronó en medio de la calle. Su marido la dejó estar un rato y luego la cargó hacia la casa. Las pesadillas que uno vive despierto, son las más terroríficas.

30 de septiembre de 2017

Río cómplice

* Cuento ganador del "2do Encuentro Nacional de Poetas y Narradores" organizado por la Municipalidad de Villa Constitución, publicado en la "18va Antología de Poetas y Narradores" *

Faltaba poco. Alicia lo sabía. A pesar de la neblina que convertía la ruta en un fantasmal abismo, la silueta del río se destacaba inmóvil un kilómetro más adelante.
Miró hacia el asiento trasero. El niño dormía. Mejor así. A ella todavía le costaba respirar. Sentía el pecho agitado y el cuerpo sudado. Recordaba las palabras de su marido: "No podés hacerlo". Y sin embargo, allí estaba, manejando a mitad de la noche.
El niño se movió atrás pero no alcanzó a despertarse. Nunca sospechó que podría encariñarse de alguien tan rápidamente.
Cuando un día antes había aparecido en la parte trasera de su vivienda, con un corte en la frente y moretones en el rostro, su primera reacción había sido asustarse. ¡Era un niño, por el amor de Dios!
Lo limpió y curó. Estaba familiarizada con esos menesteres y trató que al pequeño no le doliera, pero no lloró en ningún momento, aunque tampoco abrió la boca.
Hubiese querido, aunque sea, poder cambiarle la remera, quitarle la que llevaba puesta, manchada de sangre, pero no tenía hijos y por lo tanto, tampoco ropa para el niño.
Sabía que si forzaba una manera para hacerlo hablar, era probable que el chico se cerrara aún más. Por eso prefirió simplemente hacerle compañía, quedándose cerca mientras él se devoraba las galletitas que le había puesto en un plato, junto a una taza de café con leche.
El problema comenzó un poco más tarde, cuando su marido llegó de trabajar. Era peón en el mismo campo en cuyos terrenos estaba la casa que habitaban y solía volver cansado y de mal humor.
Se detuvo bajo el marco de la puerta de la cocina y elevó la voz al ver al niño sentado a su mesa.
- ¿Qué carajo hace ese pibe acá, Alicia? ¿Me podés explicar que hace acá?
Y sin perder un segundo, avanzó hacia el niño, lo arrancó de la silla tomándolo con fuerza de los hombros y lo arrastró hasta la puerta trasera.
- Andate - le ordenó - Andate y no vuelvas por la casa, no quiero problemas.
Alicia quedó estupefacta, paralizada en su silla.
- No quiero volver a verlo por acá ¿entendiste? - el hombre se acercó a ella y le retorció el brazo - ¿Entendiste?
Si, por supuesto, claro que lo había entendido. El dolor estaba llegando al hombro. Su marido por fin aflojó la presión y un alivió recorrió su brazo.
- Entendí - dijo con un hilo de voz
Luego, cometió uno de sus habituales errores: no permanecer en silencio.
- ¿Quién es? ¿Lo conocés?
Él se volvió para mirarla con ojos de animal salvaje.
- Es el pibe de Quiroga, y si lo quiere matar a palos, es problema de Quiroga. Es el patrón y nosotros comemos de su mano. Y lo sabés bien: no se caga donde se come.
Alicia asintió con la cabeza, bajando la vista al plato con galletitas que había quedado sobre la mesa. No esperaba la mano de su marido, que atenazó con violencia su cuello.
- ¡Mirame a los ojos cuando te hablo! Si te digo que no te metas con ese pibe, no te metés. ¿O querés cobrar vos también?
Apenas si podía respirar. Con esfuerzo, balbuceó un "no". Él la soltó. Alicia tosió, ahogándose con su propia saliva. Claro que no quería "cobrar". Si cuando vio al pequeño golpeado, fue como verse reflejada en un espejo.
Detuvo el coche. Al silenciar el motor y bajar las ventanillas, el interior del vehículo pareció llenarse de grillos. A pesar de ser plena madrugada, la temperatura era alta. Ni siquiera la leve brisa que venía del río le daba un respiro. A sus espaldas, el niño permanecía dormido.
¿Cuándo se decidió a hacerlo? ¿Fue esa misma noche, mientras él la golpeaba con fuerza tras el quinto vaso de cerveza? ¿O al día siguiente, al ver al niño escondido entre las maquinarias, con nuevos nubarrones morados en la cara?
- Ven aquí, no voy a hacerte daño - trató que su voz fuese lo más amable posible. El niño accedió, abandonando su escondite detrás de un arado.
No tenía dónde llevarlo, más que a su casa. Y sin embargo, aquel era el lugar menos seguro que podía imaginarse. Volvió a servirle un café con leche y darle galletitas. Mientras el niño comía, ella fue a armar la valija. Metería lo indispensable para alejarse de la casa. Algo de ropa para ella y algunos objetos de valor, para poder cambiarlos en la ciudad por ropa para el niño y comida. No tenía dinero. Lo poco o mucho que había bajo ese techo lo administraba su marido.
Escuchó un tractor deteniéndose afuera. ¡Era él! La puerta principal se golpeó con fuerza contra la pared. Ella corrió hacia la cocina. El niño se había refugiado en un rincón, entre la heladera y el canasto para las verduras. Alicia llegó sin aliento en el momento justo que su marido acortaba la suficiente distancia como para golpear al pequeño.
- ¡Basta Roberto! - gritó ella con furia. En la mesa había un tenedor. Lo tomó.
Roberto rio ante la imagen de su esposa amenazándolo con algo tan ridículo.
- No podés hacerlo. Vení para acá Alicia.
Ni bien le dio la espalda al niño, éste se abalanzó sobre él. Lo empujó con tanta fuerza que lo hizo trastabillar hacia delante. Lo de Alicia fue puro acto reflejo. Sin pensarlo, clavó el tenedor en la cabeza de su marido. Entonces él, comenzó a gemir...
El graznido de un pato la puso en movimiento. Volvió a asegurarse que el niño durmiera y de inmediato bajó del auto. Lo rodeó y fue hasta el baúl. Suspiró profundamente y lo abrió.
Sacar el cuerpo de su marido le llevó varios minutos. Su mayor preocupación era no hacer demasiado ruido. Una vez en el suelo, lo arrastró hacia el pequeño muelle para pescadores que había en aquel lugar del río. A duras penas empujó el cuerpo por el borde. El sonido al caer al agua fue espeluznante, casi como...
Gemía y daba alaridos, arrojando manotazos a todas partes. Incluso se había quitado el tenedor, pero andaba a ciegas. La sangre había cubierto sus ojos. Alicia había quedado paralizada, como cuando él la amenazaba o golpeaba. Pero el niño no. Tenía un cuchillo en la mano que tomó de un cajón y no tardó en lanzarse sobre el hombre que lo doblaba en tamaño. Solo necesitó un par de puñaladas para darle muerte.
Ahora, el cuerpo había desaparecido en el río, llevándose consigo muchas penas. Alicia se despidió en silencio, sin la menor pizca de tristeza. Se subiría al auto y conduciría. Se llevaría lejos al niño y enterraría donde no pudiera encontrarlo jamás, al dolor del pasado. Verían luego como sobrevivir. Sonrió ante la idea: sobrevivir era lo único que había hecho bien en su vida.

17 de septiembre de 2017

Edades

El patio es grande, pero sin árboles ni flores. Los yuyos avanzaron sobre el césped en una batalla que no encontró oposición. En los veranos el sol es arrasador. En el invierno no existe reparo alguno. Solo en el otoño, pero en los días más benévolos, y en primavera, le gusta salir a sentarse afuera y pasar horas sin hacer otra cosa que ausentarse mirando nada en particular.
Recuerdo haberle preguntado una vez si no prefería que le llevara una silla, así al menos no se quedaba parado. Me había dicho que para estar sentado, se quedaba dentro. Y no le ofrecí nunca más una silla.
Otra vez me acerqué a su lado y lancé al aire dos o tres comentarios. Me preguntó si no tenía otra cosa que hacer.
Nunca nos llevamos muy bien, así que no podría imaginar otras respuestas. Uno es hiriente con los que no quiere, e indiferente con los que poco le importan.
Era extraño verlo desde la ventana allí parado, contemplando el infinito. Más raro, supongo, debe haber sido para un tercero observarme observándolo a él. Aunque esa persona, en realidad, no me habría visto. Nadie viene por aquí.
De la misma manera, no me engaño, yo también al verlo a él allí en el patio, me miro a mí. Al que seré dentro de unos años, a ese ermitaño que se abre paso en mi interior minuto a minuto, y que en algunos años más gobernará mi existencia.
Es extraño contar todo esto, hablando de un futuro que ya sucedió. Porque en realidad, solo soy el pasado de ese hombre, que convive con conmigo en su mente. Creo que sale al patio para sentirse solo, para no verme ni escucharme, para no caer en la cuenta, al estudiarme, de todos los errores que cometió. Los que yo iré cometiendo en esa línea de tiempo que me separa de él, esa línea de tiempo que él ya conoce y por la que tanto pena.
El patio es enorme, aunque apenas es el patio de su encierro. Y por lo tanto, es minúsculo. Afuera o adentro, el ayer y el hoy conviven presos del destino, en un futuro ya escrito.

12 de septiembre de 2017

El eslabón más débil

La mirada de Andrés era siempre dispersa y no solo por el problema de estrabismo que lo afectaba desde pequeño. Se distraía, perdía la atención en lo que estaba haciendo y generaba el enojo de manera continua de su primo, varios años más grande que él, al que todos en el barrio conocían como el “Lungo”.
Andrés también carecía de carácter y decisión propia. Huérfano, su infancia y adolescencia había quedado en manos del hermano de su madre. Su primo, un flaco desgarbado y mal hablado, que no solía bañarse por días, había sido una especie de hermano mayor, aunque no precisamente un ejemplo a seguir. El hecho que lo llamara “bizcocho” ya era motivo suficiente para que Andrés lo odiara.
Pero se había acostumbrado a pasar las horas junto a él, que eran mejor a pasarlas solo en la reducida habitación que tenía en el departamento de sus tíos. Los amigos de su primo tampoco eran de su agrado. De cada diez palabras que pronunciaban, nueve eran insultos. Cuando todos se juntaban, a diferencia de otros chicos, no iban a la plaza a jugar al fútbol, sino que salían a “buscar víctimas” para sus pesadas bromas.
Tenían un amplio repertorio. El que más le divertía era la broma del billete al que le ataban una tanza muy fina, casi imperceptible a la vista, que dejaban en la vereda y cuando un desprevenido transeúnte trataba de recogerlo, ellos tiraban de la tanza sacando del alcance el billete y en muchos casos, haciendo caer de la sorpresa a la “víctima”.
También jugaban al ring raje, a tirarle petardos a los pies a las personas escondidos detrás de tapiales, o se entretenían robando frutas de los cajones a las verdulerías del barrio.
Andrés era el blanco de las cargadas. Esa era la peor parte (si acaso, acompañarlo en todas las demás travesuras resultara poco motivo de disgusto). Su anhelo era hacerse respetar, pero jamás lo había logrado. Por esa razón, la tarde que vio cómo la señora Dennis (una ricachona jubilada, que pasaba sus tardes jugando al bridge en el club) dejaba olvidada abierta la puerta de calle al tomar un taxi delante de su casa, creyó tocar el cielo con las manos.
Al llegar al punto de encuentro rutinario, que era en el bicicletero frente a la sala de videojuegos, no esperó ni treinta segundos para sorprender a todos y abrir la boca. Más de uno se vio sorprendido de escucharlo hablar. Su primo estuvo a punto de hacerlo callar, pensando que diría alguna estupidez, pero la revelación que dio a conocer dejó a todos con los ojos bien abiertos.
Bien sabido era que la “vieja” Dennis (así la llamaban en el barrio, tanto los chicos como los vecinos) tenía mucho dinero y según contaban la malas lenguas, lo guardaba distribuido en distintos lugares de la casa. ¡Aquello vislumbraba como una verdadera caza del tesoro!
Por fin Andrés sentía que era parte del grupo y que el premio por el dato que había dado sería nada menos que el respeto y un mejor trato de ahí en más. Pero ni bien llegaron a la puerta y efectivamente la vieron apenas entornada, su primo y los demás chicos le prohibieron el paso, asignándole la más aburrida de las tareas: hacer de “campana”.
Allí permaneció durante casi una hora, haciendo pasar por un interesado en la vida de los pájaros que iban y venían en el jacarandá que la vieja Dennis tenía en la vereda. Tardó en darse cuenta que los chicos ya no estaban dentro de la vivienda. Habían escapado por una ventana del patio y saltado un par de cercos para alejarse del lugar.
Cuando Andrés los encontró, su primo y los amigos se jactaban de lo inteligentes que eran, de cómo habían encontrado un par de puñados de billetes y un teléfono celular y que habían sido unos genios invirtiendo lo robado en helados, petardos y un par de revistas para adultos. Al verlo, se rieron de él. Les divertía saber que mientras ellos escapaban y gastaban todo el dinero, él había permanecido como un tonto delante de la puerta de la vieja Dennis.
Estaba repleto de rabia, aguantando las ganas de llorar pero en lugar de marcharse, preguntó qué harían con el celular. Su primo lo contempló unos segundos y dijo que sería buena idea venderlo. Andrés se lo pidió para verlo y aunque dudando, su primo se lo alcanzó. Sin que nadie se diera cuenta, bajó el volumen y marcó el 911. Luego, se lo devolvió a su primo que sin prestarle atención, lo guardó en el bolsillo de la campera.
Los amigos volvieron a narrar, casi a los gritos, lo que habían hecho, como si aquello fuera el hecho más significativo de sus vidas. Andrés no dudó en irse caminando lentamente. Si su plan no fallaba, la operadora del 911 escucharía todo lo que el grupo de imbéciles estaría confesando sin saberlo.
A las dos cuadras escuchó las primeras sirenas policiales. Al pasar delante de la casa de la vieja Dennis, la señora llamaba a los gritos a sus vecinos, dando la voz de alerta de que le habían robado. Andrés sonreía. No veía la hora que el “Lungo” y sus amigos se dieran cuenta quién había sido más inteligentes que ellos.

12 de agosto de 2017

Mano verde

La última vez que visitó la casa de verano fue diez años antes. Desde entonces el sitio había permanecido cerrado, salvo cuando acudía la señora Gómez, que se encargaba de mantener la limpieza y de airear las habitaciones cada tanto.
Sin embargo, el lugar no aparentaba abandono. La casa, de estilo victoriano, se veía impecable desde la calle. Incluso el jardín ostentaba un verde intenso y las flores, lejos de estar marchitas, ofrecían un espectáculo de colores digno de contemplarse.
Podía dar gracias del estado de la vivienda a la señora Gómez, que además de limpiar se encargaba de llamar a pintores y albañiles para hacer un mantenimiento anual de la fachada y los interiores, pero no así del jardín. Porque era la misma mujer la que le aseguraba que a pesar que ella no regaba ni una sola planta, la naturaleza parecía cuidarse sola en aquel lugar.
Pero no era algo que podía atribuirle al azar, lo sabía muy bien. Aún recordaba de pequeña, cuando iba de vacaciones con sus padres, que era su madre la que lidiaba con el jardín. Sembraba semillas de flores que jamás crecían y los cortes de césped que ordenaba terminaban por dejarlo amarillo.Su abuela le decía que solo una mano verde podía llevarse bien con la naturaleza.
Según su abuela, la mano verde era un don. Y muy pocos lo tenían. Ella le había preguntado si acaso lo tenía, pero la abuela había reído y tras un además con la mano, le había dicho que no. Tampoco ella lo tenía. Poco y nada de lo que plantaba, crecía. Parecía que el linaje familiar era ajena a ese don. Aunque eso cambiaría con el nacimiento de Natalia.
La llegada de la más pequeña de la familia fue también el nacimiento de un clima distinto en el hogar. Miradas reacias, silencios prolongados y conversaciones en tonos elevados. Natalia, de alguna manera, generaba esa discordia y eso hizo que ella la odiara.
En la casa de verano, Natalia demostró tener mano verde. Había dejado caer en un descuido un paquete de semillas de girasoles, algo que le valió un reto, pero un par de semanas después, en aquel sitio, se podían ver los primeros brotes.
La abuela comenzó entonces a estar más tiempo con ella, ayudándola a mantener el jardín. En pocas semanas, el lugar había ganado en armonía y belleza. Eso provocó que tuviera muchos celos de la pequeña.
Al año siguiente, solo viajaron a la casa las dos hermanas y la madre. La abuela prefería quedarse en su casa y el padre había tenido que atender unos asuntos del trabajo. Al menos, esa fue la primera excusa. Al pasar el primer mes y no aparecer, surgió un nuevo motivo: un viaje inesperado al exterior.
Pero pasó el verano y el padre no apareció. Al regresar de las vacaciones, tampoco lo encontraron en casa. Como así, tampoco estaban sus ropas. La explicación no tardó en llegar. Sus padres comenzaban a divorciarse.
Las hermanas se sumieron en una gran tristeza, aunque la más pequeña solo porque extrañaba, sin entender aún lo que realmente significaba. En cambio ella, además de entender, sabía que aquello tenía relación con el nacimiento de su hermana.
No fue hasta el siguiente verano, mientras la pequeña jugaba en el jardín, cada día más precioso, que ella escuchó a su madre en una conversación telefónica hablar de otro hombre a alguien. Dos noches después juntó el valor para enfrentarla y preguntarle por el nombre que había escuchado accidentalmente. La madre, pálida, confesó entonces una relación a escondidas, fruto de la que había nacido la más pequeña y que había motivado la separación.
El odio fue mayor, inmenso. Trató ese año de contactar a su padre, pero fue imposible. Dolido, se había alejado para siempre de su familia. El verano siguiente fue trágico. Primero, el suicidio de su madre, sumergida desde hacía meses en cócteles de somníferos para dormir. Una semana después, la desaparición de su hermana, también en la casa de verano, el día antes de retornar con la abuela a la ciudad.
La búsqueda fue intensa y se sospechó, con plena certeza, que en plena depresión por el fallecimiento de su madre, se había internado en el mar, a trescientos metros de la casa, y que había sido arrastrada por la marea.
Ese verano, diez años atrás, había sido el último en aquella casa. En la ciudad se mudó con su abuela, terminó el colegio secundario, estudió bellas artes y consiguió trabajo en una importante galería. Día a día, sin embargo, el peso del pasado retumbaba en su cabeza. Quizá por eso, no era feliz, no podía serlo. Su abuela, enferma, le había pedido varias veces que volviera y se reconciliara con aquello que tan mal la tenía, que si no lo hacía, se volvería una persona gris.
Aquello le resultaba una ironía. Su hermana, mano verde, ella, persona gris. El color y la opacidad, dos extremos, dos seres opuestos, con un lazo de sangre. Pero detenía esos pensamientos a tiempo. Su hermana ya no estaba.
La casa de verano estaba espléndida. La luz del sol además, provocaba destellos en los cristales de los enormes ventanales. El lugar parecía mágico. Quizá alguna vez lo había sido, cuando ella era chica. Ya no lo era, por más que lo aparentaba. La señora Gómez le había ofrecido la llave cuando charlaron la tarde anterior por teléfono, pero había declinado la oferta. No iba a quedarse, solo a despedirse. El cartel de venta también le quedaba muy bien a la casa de estilo victoriano. No dudaba que se vendería de inmediato. La había dejado a muy bajo precio.
Antes de irse, observó por última vez el ventanal del primer piso, que daba a la habitación de su madre. Allí la habían encontrado, desplomada sobre la cama. El frasco de pastillas, vacío, a su lado.
Y también, miró de reojo el jardín. Deslumbrante, tupido, colorido. Para no estarlo. Había enterrado una mano verde en sus entrañas.
Ahora podía irse en paz. Su abuela tenía razón. Debía dejar atrás todo aquello que la atormentaba si es que quería comenzar a disfrutar de la vida.




8 de agosto de 2017

El acaparador de ideas

El barrio, de los más poblados de la ciudad, tenía a su escritor: Douglas José. Así al menos firmaba sus escritos. Lo más cercanos le decían Pepe. Lo suyo era la poesía, pero cada tanto sorprendía con un cuento o ensayo. La municipalidad le había editado dos libros y el semanario le publicaba en cada número alguna colaboración.
Pero lo que hacía particular a Douglas era su obsesión por registrar cada idea que se le ocurría. Pregonaba a quién quisiera escucharlo que ninguna idea era mala, todas debían tenerse en consideración.
Con el tiempo, fue actualizando el método para llevar ese registro. Comenzó con unas pequeñas libretitas, las llamadas "de almacenero", luego llevaba siempre consigo un cuaderno de apuntes de tapas duras y desde hace unos años, un pequeño grabador de periodista, de los modernos, que tienen tarjeta de memoria.
Podía estar en el bar, compartiendo un café con los amigos y de repente, ponerse de pie, sacar el grabador y susurrarle a la entrada de micrófono:
- Mosca se posa en pocillo y hombre detecta microchip sobre el lomo del insecto, paranoia, conspiración. Lo siguen. Espionaje. Muerte. Desenlace. La vieja KGB.
Douglas no elegía los momentos. No hay momentos para la aparición de ideas, solía decir. Cuando estaba poético, decía: "los raptos de inspiración son los que llegan a uno y si se está distraído, es probable que sin querer se deje pasar la idea más valiosa del universo".
Hace unos años, en el acto de inauguración de la entonces nueva sede de la Comisión Vecinal se vio asaltado por la inspiración en medio de su discurso - dado que era el vecino más famoso, había sido elegido para ser el principal orador del evento - y los presentes, entre divertidos y atónitos, escucharon:
- Corte de luz. Fiesta queda a oscuras. Terremoto. Brecha en el suelo. Sonido desde las profundidades. Salen garras peludas, gigantes. Pánico. Monstruos invaden la ciudad.
Era común verlo frenar su marcha en la vereda, sacar el grabador y tomar nota de algo que se le había ocurrido. Incluso, a veces lo hacía en medio de la calle. Los conductores que lo reconocían, aguardaban con paciencia. Otros se volvían locos de bronca y se colgaban de la bocina con la idea de hacerle explotar los tímpanos. Más de uno se ha bajado del coche a prepotearlo. Pero Douglas, al terminar de grabar la idea, era un tipo normal, solía pedir disculpas y como si nada, seguir su camino.
Era cierto, además, que no sentía incomodidad por lo que sucedía a su alrededor cuando grababa sus notas. Uno de los casos más recordados fue en el entierro del ex intendente de la ciudad, Anastasio Paredón. Al pobre Anastasio, muy querido en los barrios, se lo devoró una cruel enfermedad en muy pocos meses, dejando viuda a una joven mujer, con la que había contraído matrimonio poco tiempo antes. En el momento que ella se abrazaba al féretro, previo a ser depositado en el espacio excavado en tierra, cuando solo su llanto interrumpía ese silencio respetuoso que la comunidad estaba haciendo, la voz algo ronca e inconfundible de Douglas laceró el aire de manera imprevista:
- Viuda sexy, escote pronunciado, llanto fingido. Testamento sospechoso. Abogados cómplices. Denuncia anónima, exhumación del cuerpo, pedido de autopsia. Hermano anónimo. Asesinato.
Esa anotación le valió varios reproches y algunas semanas sin poder publicar en el semanario. Al poco tiempo, como en toda ciudad chica, el tema quedó en el olvido.
El pasado domingo a la noche, cruzando la plaza, se puso rígido como una estatua, pero en lugar de sacar el grabador, gritó a viva voz:
- ¡Oscuridad. Luna llena. Farolas intermitentes. Un coche a gran velocidad por la calle angosta y desierta. Hombre desprevenido cruzando en la esquina. Conductor borracho. Desgracia. Muerte. Silencio!
Luego, salió corriendo. Los que fuimos testigos de ese momento, sonreímos. Al fin lo veíamos ir apresurado a la máquina de escribir a plasmar su historia, porque no todas las ideas que le escuchábamos veían la luz. Esa noche, Douglas José corrió como si se lo llevara el mismo demonio.
Nos enteramos más tarde que a unas pocas calles, un vehículo conducido por un borracho lo levantó por el aire, matándolo al instante.
No corrió para escribir su historia, sino para no llegar tarde a su propia muerte, que ya estaba escrita.

2 de agosto de 2017

Salir a caminar

Esos días grises y fríos que se intercalan entre lluvia y lluvia, pueblan al invierno de rostros desanimados, apagados. La gente que puede, se encierra a mirar televisión, los menos escuchan algo de música o leen un libro o una revista. Difícilmente se escuche algún rasguido de guitarra, un solo de saxo o el recitado de una poesía. Eso está pasado de moda. En el calor del hogar, la pereza la gana al esfuerzo, la pantalla chica a cualquier aspiración artística.
Vivo en un bloque de departamentos. Todo hoy es un bloque. Departamentos, casas, casillas, villas. Uno al lado del otro, y el otro sin saber que hay al lado. Vivimos en un mundo fragmentado, cada uno en su realidad, ajeno al otro. No digo que esté mal, digo que es así. Y en mi bloque, hay muchas realidades, pero a ninguna le importan las demás. A mí tampoco, que se yo, aprendí a que las cosas son así. Soy joven, supongo que todos los que me anteceden nos llevaron a que sea así. No busco respuestas, tampoco me hago muchas preguntas. Interpreto, muy por arriba. Sobre todo en estos días grises, fríos, en los que me da fiaca salir a caminar.
Porque cuando salgo a caminar me siento mejor. Debe ser el aire libre, el sol, la brisa que me envuelve. Algo hay, algo cambia. Quizá es la libertad, la falta de paredes alrededor, la sensación de poder moverme con tan solo mis piernas, de sorprenderme con los colores que en realidad son más nítidos de cómo los muestra la tv, de escuchar los sonidos que vuelan sin un volumen que pueda regularlos. Al caminar, se enciende la chispa que el encierro apaga.
En la calle uno entiende, aprende. Se empapa de lo que ve. Se entristece al ver el colchón vacío en el frente de un negocio cerrado, porque se comprende que la persona que duerme allí cada noche a la intemperie está deambulando buscando la manera de engañar al estómago. Se solidariza ante la mujer embarazada que nadie le permite ser atendida antes en la cola del rapipago del barrio. Se asusta al ver que el dinero alcanza menos. Pero también sonríe al ver a los chicos jugar en la plaza, se alegra al ver a ese adolescente como ayuda a cruzar la plaza a una señora muy anciana. Malas y buenas, buenas y malas. Así se hace uno, así entiende lo que lo rodea. En la calle, al salir a caminar. Encerrado, más que el ombligo, no hay mucho para ver. Menos en televisión.

25 de julio de 2017

El guionista

Desde hacía muchos años, Pedro Pomposo, el galardonado guionista, concurría al bar ubicado en diagonal a la plaza, que no solo era famoso por tener como habitué al habitante más reconocido de la ciudad, sino también por la enorme marquesina plateada que en ciertas horas de la tarde, por el reflejo del sol, confundía a los automovilistas y provocaba, de tanto en tanto, algún que otro accidente.
La rutina de Pedro era por todos conocida. Llegaba temprano, buscaba una mesa cerca de la ventana a la calle, desplegaba los diarios y le pedía a Omar, el mozo de la mañana, un cortado con tres medialunas, dos saladas y una dulce, para no tentar a la diabetes según añadía en cada ocasión.
Solía quedarse por más de dos horas, leyendo meticulosamente uno por uno los artículos de los periódicos. A veces pedía también un vaso de jugo y los días grises o con lluvia, un Cynar cortado con pomelo. Solía conversar con todo aquel que se acercara, ya sea de las exitosas películas escritas por él como de cualquier otra cuestión. Luego se marchaba a su casa, donde lo esperaba la máquina de escribir para desatar esa esperada batalla campal entre la imaginación y la hoja en blanco.
Una mañana de domingo, día en que los diarios llegaban más gordos y obligaban a Pedro a quedarse hasta el mediodía, se le acercó un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, que no era de la ciudad. Antes se había arrimado a la barra y preguntado si era el bar dónde desayunaba Pomposo, el guionista.
El hombre se presentó, estrechó la mano de Pedro y señaló la silla vacía, frente a la que él ocupaba. Luego de recibir el asentimiento con un leve movimiento de cabeza, se sentó en la misma. Se lo notaba nervioso, principalmente por las manos, que no podía dejar quietas.
Le habló unos minutos de las últimas películas guionadas por Pedro, de lo mucho que le agradaban e incluso, de una novela que Pomposo había publicado unos veinte años antes y que era la única que había escrito, dado que después se había dedicado exclusivamente a las producciones audiovisuales, con las que había hecho su enorme trayectoria.
Pero luego la conversación cambió su rumbo. El hombre sacó de su billetera una fotografía que mostraba a una joven voluptuosa. Le explicó que no era su esposa, sino su amante. Y que su mujer había empezado a sospechar y ya no sabía como mentirle. Creía haber dicho todas las mentiras posibles. El único que podía salvarlo, era un buen guionista.
Pedro se echó a reír. Miró alrededor, buscando a la mente que había pergeñado tal broma. Sin embargo, nadie estaba pendiente de su mesa. El hombre no reía. Lo miraba con decisión. Dejó de reír. Le preguntó si hablaba en serio y recibió una respuesta que no dejaba lugar a dudas: un cheque extendido a su nombre, con una cifra de cinco ceros. Era más de lo que le habían dado de adelanto para el próximo libreto que debía entregar.
Pedro aceptó. No solo por el dinero, comentó tiempo después, sino por el desafío de escribirle el guión a una persona en la vida real, con todo lo que ello implicaba.
Cada semana entregaba las páginas con el guión que su cliente debía seguir. De esta manera, esa persona tenía excusas bien elaboradas, con tramas que difícilmente harían sospechar a la esposa.
De alguna manera se corrió el rumor. Al poco tiempo, varias personas lo contactaron en el bar. Y no solo hombres.
En un año, Pedro tenía un total de veintidós clientes. A cada uno le escribía el guión de sus vidas. Y a cada uno, le cobraba una fortuna.
Pero el volumen de trabajo era tal que con el correr de los meses dejó la rutina de desayunar en el bar. También comenzó a rechazar el pedido de guiones para cine y televisión. Ninguna cifra se aproximaba a las que ganaba con los libretos de vida que realizaba.
La existencia de Pedro se concentró en un solo lugar: su estudio, en el piso alto de su casa. Delante de su máquina de escribir tipeaba día y noche. Apenas si hacía altos para comer, una o dos veces al día, descansar unas tres horas salteadas y cada tanto, darse un baño.
Sus clientes tocaban el timbre, dejaban el dinero y se marchaban con las páginas mecanografiadas. Estaban todos felices.
El único guión del que no pudo tener control, fue el de su propia vida. Pedro Pomposo falleció una madrugada, entre las tres y las cuatro - según estimaron los forenses - desplomado sobre la máquina de escribir. Las últimas líneas escritas cimentaban una mentira encima de otra. El guión, a ojo del inspector de la policía que lo escudriñó, era una basura.

25 de junio de 2017

La loca solitaria

Vivía en las montañas, en una modesta cabaña que había sido propiedad de su abuelo, mucho antes incluso de haber conocido a su abuela. Era muy sencilla y el mayor lujo era la estufa de leña que hacía posible sobrevivir al invierno.
En el pueblo, a cinco kilómetros de caminata entre senderos, pequeñas vertientes y un bosque, la llamaban la loca solitaria. Una vez a la semana bajaba por provisiones. Solo el padre Bonifacio, a cargo de la única capilla en la zona, subía de tanto en tanto a visitarla. La conocía desde que era una niña y sus padres acudieron por primera vez con ella a verlo.
Su nombre era Amelia y cuenta la leyenda que era muy bonita, de ojos claros como el cielo y cabellera tan oscura como la noche. No siempre vivió en la cabaña. Nació en el pueblo, en una casa cruzando la plaza principal. Allí residía su familia, muy conocida por ser los dueños de gran parte de los terrenos donde estaban más mejores vides y que eran famosas por producir vinos que se exportaban a Europa.
La erupción de un volcán, cuando Amelia aún cursaba los primeros grados de la escuela primaria, los llevaron a la ruina. Tuvieron que vender a muy bajo precio las tierras que poseían para poder afrontar deudas. Solo se quedaron con la casa y la cabaña en la montaña, que decían, era un recuerdo familiar difícil de desprenderse.
Amelia fue retirada del colegio y dejó de ser vista haciendo los mandados o jugando en la calle o en la plaza. Según cuchicheaban las vecinas, apenas si tenían para comer. A la pequeña la educaban en la casa y cada tanto se veía al padre Bonifacio acudir a la misma. El religioso era de gran ayuda y compañía para la desdichada familia.
Poco tiempo después murió la madre de Amelia, a quién tampoco se la veía mucho. El padre vivió todavía unos años más. Cuando falleció, la niña tenía dieciséis años. La única manera de sobrevivir, era vendiendo la casa. Los memoriosos recuerdan cuando apareció el cartel de venta pero nadie, cuando la niña se marchó a la montaña.
La casa quedó deshabitada y demoró unos meses en venderse. Mientras tanto, el padre Bonifacio era todo el sustento de la adolescente. Casi a diario emprendía su caminata hacia la montaña, llevando consigo alimentos o lo que ella necesitara.
Con los años, las visitas de Bonifacio se fueron espaciando y la presencia en el pueblo de Amelia, la loca solitaria, comenzó a ser habitual, al menos una vez por semana o cada quince días. Llegaba temprano en la mañana y se marchaba apenas terminaba las diligencias que tenía que hacer. Jamás aceptaba una invitación a comer y mucho menos, a quedarse hasta la noche.
A pesar de cómo la llamaban, en el pueblo le tenía mucho respeto. Había que ser valiente para vivir sola en la montaña, tan lejos de la comunidad más cercana, con tanto animal salvaje suelto en los alrededores. Muchos pueblerinos, cazadores en su mayoría, habían sucumbido ante las garras de los depredadores. Ninguno había sobrevivido como para alertar qué clase de bestias acechaban.
El problema se desató cuando el padre Bonifacio enfermó. Contaba con más de setenta años y la otrora pequeña, ahora una mujer de más de cuarenta, bajó con mayor asiduidad para asistirlo. Incluso, se quedaba hasta tarde. Más de una vez se la vio corriendo a la hora del atardecer, en dirección a la montaña.
Cuando el sacerdote falleció, tras dos meses de agonía, Amelia anunció en el velatorio que ya no bajaría y prohibió terminantemente que nadie subiera a llevarle víveres ni para ver cómo estaba.
- Nadie puede subir a la montaña a buscarme – sentenció.
Esa tarde subió a la montaña y jamás volvió a bajar. Al menos, con la forma de Amelia.
Cuando los aullidos se hicieron sentir en las noches, en el pueblo temieron que los depredadores estuviesen asentándose más cerca, lo que era un peligro. Pero no fue mucho después que comenzaron los ataques. Siempre de noche, una bestia de filosas garras, penetró en varias viviendas y mató a sus ocupantes. La señora Torres y su hija ciega, el carnicero Jackson y la familia Benetti, completa.
El pueblo decidió montar una guardia con todos los hombres. El perímetro estuvo cubierto en los cuatro puntos cardinales. Portaban fusiles y cuchillas. A las dos de la madrugada del 25 de junio de 1980, Horacio Jent, peluquero de profesión, divisó a la bestia saliendo detrás de unos arbustos y disparó dos veces al cuerpo. El animal salvaje cayó desplomado y Horacio, aterrado como nunca en su vida, gritó a viva voz que lo había matado.
Cuando los hombres se acercaron al sitio donde había caído la bestia, constataron su muerte. Lo que sea que fuese aquello, no respiraba. Al acercar una lámpara de kerosene para alumbrar el cuerpo a más de uno se le cortó la respiración. Aquel animal llevaba puesto un zapato de mujer y en el pelaje sucio y cubierto de sangre reseca se podían ver pedazos de telas que probablemente, habían pertenecido a un vestido. Colgada al cuello, junto a un rosario, llevaba una botella vacía que en su exterior decía “Agua bendita” con la inconfundible letra del padre Bonifacio, la misma que tantas veces habían visto en las pizarras de la capilla.
No fue hasta una semana después que un grupo se armó de valor y subió hasta la cabaña. Amelia no estaba allí y el lugar era una tumba maloliente y arrasada. Dentro, los fétidos restos de animales muertos, conferían un cuadro terrorífico y cualquier cosa que hubiese pasado allí escapaba de la imaginación de aquellas personas. En la madera de las paredes, con una caligrafía que comenzaba de manera entendible y que luego, a lo largo de las más de doscientas veces que se veía escrita la frase, parecía transformarse en desquiciados trazos desesperados, alguien había grabado “necesito agua bendita”.
La misma leyenda cuenta que nadie volvió a subir hasta la cabaña y el cuerpo de la bestia, en primera instancia arrojado al bosque, fue enterrado días más tarde en la misma fosa que el padre Bonifacio. En el pueblo coincidieron que si por alguna razón, eso quería volver a la vida, solo el sacerdote podría protegerlos.
Cómo había hecho durante tantos años.

22 de junio de 2017

Más allá

Tras el último estertor y la oscuridad inicial, volvió a abrir los ojos, aunque eran otros ojos: las formas cobraron una nueva dimensión, los colores explotaron en mil matices desconocidos y la luz se deshizo en brillantes perlas danzantes.
Y con ellos, observó el mundo y vio algo que estremeció sus nuevos sentidos: los vivos eran los verdaderos muertos.

8 de junio de 2017

Alsina

Alsina es mi perro, una cruza de galgo con callejero, flaco pero no hasta los huesos, rápido pero no para atrapar una liebre, ladrador pero solo para jugar. Se aquerenció de a poco, de venir hasta la entrada de casa a protegerse del frío y recibir cada dos por tres alguna que otra sobra de parte de la piba más chica.
Me vi venir el pedido de la mocosa. Siempre compradora, sonriendo como cuando se manda una macana, se acercó una mañana y me preguntó si podía meter al patio el perro que estaba afuera.
Ni se te ocurra, le dije. Si mis hijos no tenían perro hasta entonces era porque sabía muy bien que no se iban a hacer cargo. Ningún pibe lo hace. No lo hice yo, ni mis hermanos con los que tuvimos en la infancia. Y con este era clavado que el chochín de la mascota nueva duraba una semana y después los adultos teníamos que hacernos cargo.
Me convenció cuando caía la noche, más por cansancio que por otra cosa. Reconozco que estaba haciendo frío y uno de sus argumentos fue justamente ese. Pero para la noche la nena había cumplido su objetivo. El perro estaba en el patio, contento, meneando la cola y a punto de terminar de devorar el tercer plato de comida.
Mañana lo llevás al veterinario, le dije. ¿Usted lo llevó? Ella tampoco. Me tuve que hacer cargo y con esa tarea arranqué la lista de cosas de las que me tuve que encargar para que el amigo pierde pelos pudiera quedarse en casa. Vacunas, antiparasitarios, correa, alimento, paseos, baños, cucha...
Le habían puesto un nombre horrible. Un no sé qué de la televisión. Horrible. Medio que me dio bronca. Ni un dedo movían por el perro pero igual tenían derecho a bautizarlo. Así que a la semana más o menos me declaré en rebeldía y autoimpuse un nuevo nombre.
¿Alsina? se sorprendían todos. Si, Alsina. Mi respuesta era contundente. Si no te gusta, bañalo. Si te parece feo, anda a comprarle la comida. Si está fuera de onda, sacalo a pasear y juntale toda la caca en una bolsa. Quedó Alsina, por supuesto. Antes la derrota que el esfuerzo, y esa fue mi ventaja.
La cosa es que con el bicho comenzamos a hacernos compinches. Salir a caminar juntos, hacer los mandados, andar en bici con él corriendo al lado, jugar con alguna rama a lanzarla lejos y esperar su devolución toda repleta de baba, disfrutar de los partidos en la radio con el tipo echado a los pies, o hacer un asado y cortarle pedacitos con grasitas para que se los engullera de un salto.
Mi mujer empezó a decir que lo quería más a él que a ella. Sé que lo decía en broma, pero son esas frases que encierran un reproche. Pasa que un animal es otra cosa, es muy diferente a una persona. El animal te espera, te recibe con alegría, te reprocha pero sin rencor, te hace compañía y a cambio pide nada más que amor y comida. Y si, algún que otro paseo, jugar un rato. Todo es más sencillo en una relación perro persona que en una de persona a persona. No descubro la pólvora ni mucho menos pregono que dejemos de socializar con los demás. Voy a otra cosa. Algo más básico.
Un perro, como cualquier mascota, se vuelve de alguna manera parte de uno. Y ahí está el problema. La verdadera razón por la que prefiero no tener ningún bicho a cargo. Porque me encariño. Eso no tiene de malo, por supuesto. Lo malo es que el tiempo pasa. Y con los años, el perro envejece más rápido que uno. Cuando uno lo advierte, ya no es un cachorro, no juega como antes, duerme más tiempo, engorda un poco, es más lento, se vuelve frágil. Pero increíblemente, jamás deja de ser fiel.
Entonces, como me pasó ayer con el Alsina, cuando un veterinario te dice que no va más, que es la ley de la vida, que es lo mejor para el perro... entonces ahí ya no puedo hacerme cargo más, ahí la llamo a mi mujer y le pido a ella que tome la decisión, que sea ella y no yo, porque yo ya estoy masticando la bronca, el dolor, los paseos que no serán, sus pelos en mis ropas, sus patadas al aire mientras duerme y sueña vaya a saber qué, su ladrido pidiéndome que le devuelva la pelota... que sea ella quién lo condene, porque yo ya tengo la mía: mi condena es su recuerdo, su ausencia.
Alsina es mi perro, aunque no esté. Me pregunta mi hija, ahora mayor, si voy a reemplazarlo y no puedo evitar llorarlo. ¿Acaso es posible? ¿El sufrimiento puede suplantarse? ¿Existe una cura para el dolor del alma?
Si, el tiempo. Lo mismo que nos mata. En el trascurso del proceso nos regala la falta de memoria. Las penas están, pero bajo capas de olvido. Claro, también arrasa con lo lindo. Pero no tenemos opción. El tiempo es un vendaval.

4 de junio de 2017

El vecino

Hace veinte años que vivo en la misma casa y unos quince que tengo al mismo vecino. Nuestras paredes limitan en gran parte de la medianera y durante una década discutimos a diario por los temas recurrentes en estos casos: humedad, grietas, ruidos.
Nunca nos llevamos bien, pero las discusiones cesaron porque tomé la decisión de mudar la habitación hacia otra parte de la casa y reconstruir de tal manera que el espacio lindante se convirtió en el garaje. Mucho tiempo antes a esa decisión ya le había quitado el saludo. Una persona que se caga en el otro no merece el tiempo ni el esfuerzo que implica decir "hola".
De esa manera, con una importante inversión de dinero, al menos obtuve cierta paz. Me limité a reparar lo que se arruinaba de mi lado y a olvidarme de la estructura en general. Si las paredes en algún momento se desmoronaban, ahí veríamos como proceder. De haber continuado el roce diario las cosas se nos hubiesen ido de las manos.
Creí que jamás volvería a cruzar una palabra con este tipo, pero esta mañana al verlo llegar a su casa, lo saludé. Si, con palabras. Nada de un gesto, ni un movimiento de las manos. Dije, alto y claro: " Buenos días ".
El desconcierto fue absoluto. Se quedó de una pieza y frunciendo el ceño se metió con celeridad dentro de su casa. Me quedé en la vereda, observando su ventana. Lo suficiente para notar la cortina desplazarse unos pocos centímetros. Ahí estaba, escondido, mirando para la calle. Sonreí, como pocas veces.
Claro, también los habré desorientado a ustedes. ¿Por qué iba a querer ahora recomponer las relaciones? Nada menos acertado que eso. Exactamente, para qué querría subsanar lo insalvable.
Todo comenzó dos días antes, cuando atardecía. Suelo sentarme en la cocina, a mirar alguna serie en Netflix. Las españolas o alguna policial. Me encanta la forma en la que hablan los españoles. Y si además tienen algo de misterio, mejor. Pero por alguna razón, no me funcionaba internet.
El router lo tengo instalado en el garaje. Cómo me había enseñado el técnico, si dejaba de andar nada mejor que apagarlo y encenderlo. Esto lo aprendí después que me pasara dos veces y el técnico se cansara de indicarme cómo proceder. A la tercera, fue muy franco: "Apague y prenda, ya no tengo cara para ir y hacer eso y encima cobrarle". Supongo que tampoco tenía ganas de cruzarse la ciudad para algo tan básico.
Mientras esperaba que volviera a encender para asegurarme que todas las lucecitas titilaban en su debido lugar, escuché los quejidos. Creí que era un ratón metido entre los trastos que tengo tirados contra la pared del fondo. Pero de inmediato el sonido llegó con mayor nitidez. Era un ruido proveniente del otro lado, del lado de mi vecino.
Acerqué el oído a la pared y aguardé. Ya había perdido la esperanza de volver a escucharlo, cuando volvió a repetirse. Golpeé la pared, casi por instinto. El sonido se intensificó. Luego se escuchó un portazo, nuevos quejidos y nada más. Permanecí una hora esperando volver a escucharlos, pero ya no se reiteraron.
Me costó dormir, pensando en aquellos quejidos. Por la mañana, ni bien me levanté, preparé el mate y me lo llevé al garaje. Me acomodé en una silla tipo playera y me pasé tres horas en el más absoluto silencio. Nada.
Lo bueno de estar jubilado es que uno dispone del tiempo y si bien es común decir que nunca nos alcanza para nada, en realidad solemos desperdiciarlo en nimiedades. Estar sentado en el garaje esperando el quejido proveniente de la casa de al lado no me pareció para nada una pérdida de tiempo.
De todos modos, no escuché nada más. Luego llegó mi hija y olvidé el asunto. Si hubiese traído a mi única nieta es probable que jamás me hubiese enterado de lo que pasaba, pero no la trajo y al irse, en lugar de quedarme a jugar con la pequeña como solía pasar varias veces en la semana, me volví a encerrar en el garaje. Y esta vez, créame, sí que se escucharon los ruidos.
Estaba tan absorto en el silencio, que me sobresalté como pocas veces en la vida. Creo que debo haber estado a un tris de un infarto. Salí disparado hacia la pared. Con un zapato golpeé como la tarde anterior. Del otro lado los quejidos cesaron para dar lugar a otro tipo de sonido, uno más rítmico. Cuando se hizo el silencio, volví a golpear con el taco del zapato.
Del otro lado se escuchó como si trataran de imitar el ruido. No necesité ser un erudito para comprender que me estaban contestando. Di golpecitos cada cinco segundos y la réplica fue casi exacta. Estuvimos así casi una hora. Entonces escuché el motor del Chevrolet del vecino parando delante de su casa y prudencialmente dejé de golpear la pared.
Imaginé que quién fuera el que respondía se iba a desesperar al cesar yo los golpes. Y así pasó. Comenzaron los quejidos y a la par, fuertes golpes como los que hacíamos hasta unos minutos antes. Enseguida se escuchó el mismo portazo que la tarde anterior y un quejido más potente, dolorido. Los sonidos desaparecieron. En vano esperé escuchar algo más.
Esta mañana, tras otra noche sin poder dormir, salí con el mate al jardín delantero. Esperé hasta ver que el vecino se alejaba de su casa a pie. No perdí un solo segundo. Rodeé su casa y forcé una ventana lateral. En eso nos parecemos. Ninguno confía en las alarmas. Menos mal. Recorrí con cautela el interior de la vivienda, buscando a manera de llegar a la habitación contigua a mi garaje. Di con una puerta de madera. Traté de abrirla, pero estaba trabada. Recordé los portazos. Arremetí con el hombro y la puerta cedió, golpeando contra la pared.
La habitación era un vertedero de mugre, repleta de telarañas y botellas plásticas. En el centro, sobre un colchón sucio y pestilente, estaba inconsciente una joven. Al acercarme comprobé que estaba maniatada y amordazada. Toqué su brazo y sus ojos se abrieron como accionados por un resorte. Estaba por gritar, pero supongo que mi cara de susto la hizo comprender que yo era de los buenos.
La desaté y ayudé a ponerse de pie. Estaba muy débil. La insté a que se apurara. Fue cuando me señaló un rincón en el que no había reparado. En la penumbra, una pila de huesos humanos coronaba la habitación. Me estremecí. Salimos corriendo y llevé a la chica a mi casa. La puse a resguardo en mi habitación, provista de agua y comida.
De inmediato llamé a la policía y salí a la calle a esperarlos. Entonces vi calle abajo al vecino retornar caminando. Venía trayendo dos bolsas plásticas. Había ido de compras. Me arrimé hasta el límite de ambas casas y cuando estaba entrando al jardín de la suya, lo saludé.
El vecino seguía espiando detrás de las cortinas cuando comencé a escuchar las sirenas policiales. Mi sonrisa era ancha, casi de súper héroe. Aunque en parte me sentía culpable. Si tan solo hubiese arreglado las cosas por las malas en el pasado, cuántos huesos menos habría ahora en esa habitación.
Volví a mi casa. La policía ya había llegado.

31 de mayo de 2017

Detrás de un carrito de praliné

Me acuerdo de Nacha, de Tito, Gonzalo, Alejandra, me acuerdo de todos, de cada uno de ellos. Cuando me despierto, cuando camino por las calles empujando el carro de praliné, cuando recorro el pasillo hacia mi habitación, por las noches cuando la luna está en lo alto y mis ojos la observan sin poder cerrarse. Me acuerdo de cada uno.
Cómo poder olvidar.
Cómo quisiera hacerlo.
Veo sus rostros en el reflejo de cada vidriera, en los charcos de agua abandonados por la última lluvia, en el gesto de los niños que vienen con sus padres a comprar garrapiñada. Ellos saben, de la misma manera que todos los niños saben. Solo cuando uno crece, olvida. Mientras tanto, cuando uno es niño, la verdad anida muy dentro en ese rincón de la infancia destinada al miedo, esa puerta cerrada que por las noches se entreabre lentamente dejando una luz en forma de hendija y por la que escapan los monstruos. Los niños me miran a los ojos y saben. Y me temen. Y yo les temo. Porque cuando el mal reina en ellos, es peor que mil demonios, que mil bombas nucleares juntas.
Y cada otoño, sus padres me buscan. Siempre olvido que lo harán y concurro igual a la plaza. O en realidad, no lo olvido y solo quiero sentir la tranquilidad de no ser el único que sufre. Me abrazan, me cuentan sus vidas, todo lo que los extrañan y qué lindo sería saber que hubiese sido de cada uno de no haber ocurrido lo que ocurrió. Los escucho, no puedo hacer otra cosa. Los escucho y afirmo con la cabeza cada palabra, cada idea. Me vuelven a abrazar antes de irse. Me preguntan por décima vez cómo estoy, les miento y dejo que se marchen. No volverán a aparecer hasta el próximo año y yo olvidaré y por lo tanto, volverán a encontrarme.
Cuando los veo, cuando trato de reconocer en esas facciones avejentadas algo que los una a las personas que conocí hace décadas, no encuentro más que soledad. Ya no queda nada de lo que eran. Cuando se marcharon sus hijos, ellos comenzaron a acelerar su muerte. El destino, caprichoso, los mantiene con vida. Y cada año acuden a mí, el único sobreviviente, en busca de alguna respuesta que los haga sentir mejor. Aunque con el tiempo se han resignado. Saben que se irán con las manos vacías. Tan vacías como sienten las cavidades del corazón.
El otoño se marchará en breve, no así los recuerdos. El tiempo que les sobrevivo es una condena.
Cuando los padres se alejan, se pierden de mi vista, el sufrimiento vuelve a ser absoluto. Y Nacha, Tito, Gonzalo, Alejandra, fijan sus garras a mi mente. Se instalan para no ir a ninguna otra parte. Porque no hay escapatoria. Las mentiras que uno dice de niño de nada sirven contra el verdadero horror, que es la verdad que uno guarda con recelo en lo más profundo del ser. La versión del accidente que uno ha hecho creer, y que en parte, ha convertido en cierta, no le escapa al alma, a lo que uno esconde más allá de la capa de cinismo que debe sostener bajo máscaras de mil formas diferentes para sobrevivir en un mundo tan inmundo como furioso. Y más cuando uno es niño, cuando tiene el poder de mil demonios, de mil bombas nucleares juntas.
Veo sus rostros, culpándome. Veo sus rostros, mientras la balsa se hunde. No escucho sus gritos, porque tampoco los escuché entonces. Pero la imagen es más que suficiente. Los veo, hasta que ya no los veo más. Y sin embargo, los sigo viendo. No en el intento último de sobrevivir, sino en la eterna figura de la inmortalidad de la culpa, en esa etérea mancha que carcome lentamente en forma de justicia, segundo a segundo, hora a hora, día a día, hasta la muerte propia y más, hasta que el responsable del destino, del universo, lo decida.
Sesgando mi existencia, pero obligándome a sobrevivir para recordar la miseria de mis días, la cobardía me enfrenta cada día a mi verdadero ser. En esa condena, ellos ríen de mí.