20 de noviembre de 2009

Un pedido de auxilio

Esto me sucedió hace unas horas, mientras esperaba el colectivo para ir al trabajo, en la esquina de siempre, a la vuelta de casa.
Estaba allí, sin otra compañía que la de un perro que olfateaba unas bolsas de basura que alguien había arrojado en la vereda. Miraba de vez en cuando al animal, pero mi vista se ocupaba de observar el final de la calle, desde donde vendría el transporte.
De reojo percibí algo. Un movimiento a mi derecha, por encima del hombro. Algo fugaz pero que me llamó la atención. Cuando giré la vista alcancé a ver un destello oscuro en la base de un poste de una obra en construcción.
Primero pensé en que el perro había espantado un gato y era lo que yo había visto. Sin embargo estaba seguro que no era un felino. Había visto un destello oscuro. Como uno fogonazo, pero sin luz. Es difícil de explicar, lo se. Si es un destello, tiene que ser brillante. Pero este no lo era.
Y confirmé que no estaba loco.
Me acerqué muy despacio, olvidándome del colectivo. Había algo en la base del poste. ¿Una mancha? Podía ser. Me acerqué aún más y sentí en el aire olor a azufre. Pero eso no me detuvo. Llevé mi mano hacia ese lugar. Algo emitía calor.
No conforme, me puse casi de rodillas y apoyé la mano sobre la base. Me arrepentí al instante, pero no pude sacarla, una especie de electricidad atravesó mi brazo y me dobló del dolor, obligándome a cerrar los ojos e instalándose detrás de la nuca, como si alguien me estuviese sujetando con fuerza. Tanta que era como si me fuese a quebrar el cuello.
Caí rendido, como fusilado. La siguiente imagen es la de este cuarto, donde escribo estas líneas en un trozo de papel que por suerte traía en el bolsillo. He perdido mi mochila y hasta las zapatillas. Tampoco tengo lapicera. Estoy utilizando un escarbadientes, mojado en sangre de mis encías.
Son pocos los detalles que puedo dar. El cuarto es blanco y no tiene paredes, o al menos no las veo, pero he intentado tocarlas y camino sin llegar jamás a ellas. No ayuda que el suelo y el techo sean del mismo tono.
Lo único que es distinto, es una puerta negra, con apenas un orificio a altura de mis ojos. He intentado espiar, pero solo veo sombras oscuras que se mueven del otro lado, sin emitir sonido alguno. Pero no he distinguido formas ni nada que me sea familiar para poder describir.
Ignoro el tiempo que llevo aquí, pero dudo que permanezca por mucho más tiempo. He notado que mis pies se han vuelto tan blancos como la habitación y prácticamente no los veo. Intentaré enviar esta nota por debajo de la puerta y si acaso estás del otro lado y puedes ayudarme, te lo agradecería.
Si por esas cosas abrieras la puerta y te encontraras con solo el blanco de la habitación, no dejes de buscar. Puede que para entonces ya forme parte de la misma. Eso si, procura no cerrar la puerta.

17 de noviembre de 2009

El hombre que odiaba los tatuajes

De Evaristo Luna Montiel se conocen muy pocas cosas. Cuarentón, malhumorado, albañil y en los tiempos libres jardinero ocasional, este tipo fornido, de escasa cultura y pocas palabras vivía en la casa de rejas blancas pasando el kiosco de doña Esther.
Residía en el barrio desde hacía cinco años, pero tan solo tenía trato con los asiduos al bar de García. Recalaba en el antro pasadas las seis de la tarde y era difícil verlo marcharse antes de la medianoche. Botella de tinto en la mesa, sus vasos apuraban la bebida como si de agua se tratase.
Sin embargo dejaba pasar casi dos horas entre botella y botella, contemplando mientras tanto las partidas de truco o ajedrez que se armaban en las mesas vecinas.
Observaba, pero no participaba. De vez en cuando cruzaba algún que otro comentario, pero muy a las perdidas. Con los que más dialogaba era con los hermanos Moreira y don Sabino. A veces se lo podía ver hablando con Paco Ruiz. Eran contadas las veces que se lo vio reír. Una de ellas es la que trae a colación este relato.
Evaristo, en lo poco que se lo conocía, era un renegado por naturaleza. Odiaba a las vecinas del barrio que con excusas mediante se adueñaban de las veredas para hablar de los demás; los niños los molestaban con sus voces agudas y chillonas; los adolescentes les resultaban aberrantes, más aquellos de aspecto descuidado y palabras modernas; los hombres que veía con traje o bien vestidos decía que eran todos chantas; los políticos eran unos zánganos; los doctores unos mercenarios; los comerciantes unos ladrones; los bancos ladrones; la policía corrupta; la vida una mierda.
Pero si algo lograba hacerlo salir de sus casillas, violentarlo al punto de ponerse colorado de furia, eran las personas con tatuajes. Los aborrecía. Todos recordaban cuando cayó una noche al bar una parejita a tomar una cerveza y Evaristo notó un tatuaje en el brazo del chico. Se acercó a la mesa y lo increpó, el joven sin amilanarse le contestó y la situación terminó en un cruce de golpes con la policía llevándose a Evaristo y la ambulancia al chico.
Pero de eso había pasado un par de años. La noche a la que hago referencia fue hace unos días. Como siempre, Evaristo llevaba ya unas horas tomando. Serían cerca de las once. La luna brillaba con ganas, que casi invitaba a abandonar el vaso a medio tomar y salir a caminar sin destino ni rumbo, a perderse en la ciudad, con la sola obsesión de seguirla con la vista. Así de hermosa estaba.
Ignoro si Evaristo alzaba la vista alguna vez hacia la luna. Lo que si se es que sus ojos reposaban siempre en el fondo del vaso, como buscando allí alguna intrigante respuesta a vaya saber qué pregunta. Pero esa noche de luna, lo notamos extraño, podría decirse que mareado, pálido. No era un tipo que el vino lo afectara como para verlo perder el control de su cuerpo. Pero al pararse para ir al baño, notamos que se tambaleaba. Una fina capa de sudor cubría su rostro, inmaculadamente labrado por el sol, de mañanas y tardes expuestas en obras de construcción.
Cuando volvió del baño, alguien le señaló (creo que el más chico de los Moreira) que se había lastimado el hombro. Evaristo, que usaba camisetas blancas sin mangas, tenía debajo de la tira de tela del hombro izquierdo una mancha.
Miró con sorpresa dónde le señalaban y con asombro y hasta podría decirse, asco, vio lo que era un tatuaje en su piel. Graciosamente quiso retroceder, pero dándose cuenta que eso formaba parte de su cuerpo, se arrancó la camiseta.
Quedamos atónitos. La mancha era la conclusión de un enorme tatuaje que partía de su abdomen y se extendía por toda la franja izquierda de su pecho y terminaba, con una cola gigantesca, en el hombro. Una cola digna de un dragón atroz, cuyos ojos rojos parecían tener vida y las llamas que su boca despedían, daban la sensación de emitir calor.
¡Qué es esto! gritaba Evaristo, caminando hacia atrás, sin darse cuenta que llegaba a la pared. Se golpeó contra ésta y corrió hacia la barra. Sin pedirle permiso a García le arrebató la jarra de agua y se la volcó sobre el dibujo, con la intención de borrarlo.
Pero el agua resbaló y el tatuaje permaneció inmutable. Ni siquiera las llamas se apagaron. Evaristo nos miró a todos, como buscando un culpable. Pero nadie le había jugado una broma. Ahora eran sus ojos los encendidos. La furia ganaba la batalla. Tomó un cuchillo y se tajeó lo que antes parecía una mancha. Brotó la sangre, que parecía salir de la cola del dragón, pero que en realidad lo hacía del hombro. Paco Ruiz respiró hondo e hizo alarde de valentía poniéndose de pie e intentando sacarle el cuchillo, para que no cometiera una estupidez.
Pero solo logró que lo cortase en la mano. Volvió a su mesa presuroso y dolorido. ¡Qué nadie se me acerque! vociferaba como un león herido Evaristo Luna Montiel. Y por supuesto, ya nadie lo intentó.
Notando la sangre, giró su cuerpo buscando un trapo o acaso su camisera, la cual había arrojado segundos antes. No pudimos evitar soltar una exclamación. Volteó de inmediato y preguntó ¿qué? ¿qué?. Y le tuvimos que decir. Había otro tatuaje en su espalda. Una serpiente enorme, de ojos amarillos y furibundos, reptando hacia sus omóplatos.
Buscó un espejo, pero en la desesperación tumbó una mesa. Pisó los vidrios de la botella rota y también la de los vasos que estaban sobre la misma. Vimos la sangre que dejaban sus pasos, pues Evaristo solía ir en ojotas.
Se detuvo, agitado, con los ojos muy abiertos, asustado. Puso sus manos en la hebilla del cinto que sujetaba su pantalón y se la quitó. Casi esperando ver lo mismo que todos imaginábamos, se bajó los pantalones. A la vista quedaron sus calzoncillos slip azules, pero nadie se fijo en ese detalle.
Todos observamos sus piernas. Esos símbolos japoneses, mayas, egipcios y hasta árabes tatuados desde los tobillos hasta los muslos. Gritó muy fuerte, aterrado. Alzó el cuchillo y lo hundió en el muslo derecho. Cayó al suelo. Ninguno de nosotros se acercó. Ninguno se animaba. Siguió alzando y bajando su mano, con rabia, queriendo borrar esas huellas que dibujaban su cuerpo, que manchaban su existencia.
El chuchillo era un pincel rojo que bajaba con vehemencia y subía orgulloso, salpicando de sangre las paredes, los pisos, las mesas. Y los gritos trocaron por otra cosa aún peor. Risas. Evaristo reía, como nunca lo habíamos oído reír.
Era la locura en persona, los alaridos de quién ya se ha fugado a otras planicies de la mente. Exhausto, cayó rendido sobre el piso, inmerso en el charco de sangre que sin ayuda había creado. Escuchamos el tintineo del cuchillo al caer al suelo. No sabíamos si estaba muerto o desmayado. Nos fuimos acercando de a poco, temerosos que despertara tan loco que no nos reconociera.
En eso se abrió la puerta y entró la policía. Nos apartamos.
Nos llevaron hacia un rincón, mirándonos con desconfianza, pensando con seguridad que entre nosotros se encontraba el agresor. Luego llegó la ambulancia y los paramédicos hicieron lo imposible, pero era demasiado tarde. Lo último que vimos de Evaristo Luna Montiel, ese hombre renegado de pocos amigos, que odiaba con el alma el mundo, fue su torno desnudo, bañado en sangre y sin un solo rastro de tatuaje alguno.
Lo colocaron dentro de una bolsa negra, como las de consorcio, pero más grande y lo sacaron del bar.
Luego, los policías comenzaron con sus preguntas.

14 de noviembre de 2009

El inolvidable asado en lo del tío Aurelio

Qué es más bello para la amistad que los momentos que se comparten sin importar el precio. Esto lo sabía muy bien Esteban y su grupo de amigos.
Esa tarde los llamó a todos. Asado para la noche, en el quincho del tío Aurelio.
¡Si ese quincho hablara! Lugar sagrado para el grupo. El tío Aurelio era en realidad un abuelo de Esteban, pero le decían así porque era compinche y les había dado hacía años las llaves del lugar para que se juntaran cuando quisieran.
El primero en llegar fue César. Bajó del auto una heladera portátil y le anunció al asador: "Más te vale que tengas hielo, porque si los vinos que traje se calientan te vas de rodillas al pueblo a buscar".
Esteban le tiró con una rodaja de pan. Y le señaló la enorme bolsa de hielo de diez kilos que reposaba sobre una reposera.
- ¡Se van a derretir infeliz! se quejó César, que de inmediato se ocupó de meterla en el freezer.
- Recién saqué la carne del freezer César, cómo querés que lo guardara antes.
- Si, claro, como si hubieses tenido veinte kilos de carne en el freezer. No vengas con cuentos. ¿Te ayudo a salarla?
- No, dejame a mi. Andá viendo si están los cubiertos y platos en la cocina que no miré. Por ahí le tenemos que avisar a Paulo que se traiga algunos del restaurant.
Esteban ya tenía la carne cortada. La saló bien y la colocó sobre tablas de madera. Cubrió los cortes con repasadores para que las moscas no los sobrevuelen y comenzó a preparar el fuego. La parrilla, como siempre, inmaculada de limpia.
Chisporroteaban los primeros carbones cuando se escuchó el inconfundible motor de la vieja Ford 100 de Felipe. El freno, el portazo, el acento cordobés.
- ¿Qué haceis culiao, todavía no tenes servida la mesa?
- Claro, vos calculale siempre para venir a comer, para ayudar nunca. ¿Verdad?
- Eh Esteban, parai el carro hermano, que te estaba jodiendo nomás.
- Ya se, ayudalo al César que lo mandé hace media hora a la cocina a buscar los platos.
- Debe estar mirando el partido el culiao.
- Y mirá, conociéndolo. Juega el Congo contra la Isla del Codorno y lo mira.
Bocinazos. Los únicos que podían anunciarse así al llegar eran el Lole y Martín. Los primos sean unidos. Uno más loco que el otro. Locos lindos, por supuesto.
Hasta César regresó de la cocina para salir a recibirlos.
- Esteban querido, tanto tiempo, qué alegría cuando me avisaste del asado.
- Te tenemos perdido Martín con el estudio. En cambio tu primo debe tener callos en los dedos de tanto rascarse.
- Pero porqué no te vas...
- Jaja, seguro que si Esteban, si mi tía me llama cada dos días para contarme lo muy productivo que es su hijo.
Empujones, risas y muchos mosquitos revoloteando en los brazos. Alguien sugirió repelente y otro lanzó un "maricón" que atrajo nuevas carcajadas. La noche comenzaba a tomar calor y no solo por el fuego, que ahora crepitaba intenso, dejando a punto el carbón.
Los primeros vasos cargados de cerveza comenzaron a circular. Aún faltaba gente. Adrián llegó casi de inmediato y unos quince minutos después, Pablo. Se sumaron rápido a la charla y a la ronda de cerveza.
- Che, por qué no van viendo quién prepara las ensaladas. Ya puse la carne al fuego.
- Epa epa epa, se pone lindo ésto. ¿Y el Duque? ¿El Duque no vino?
El Duque era Hernán. Infaltable en estos encuentros, la chispa ideal para arrancar sonrisas o traer un recuerdo de esos que parecen olvidados en un rincón de la memoria.
- Esteban ¿le avisaste al Duque?
- Si, le dije. Me dijo que venía.
- ¿Verdad que se pelearon hace un par de semanas? le preguntó César.
- Fue una tontería - respondió Esteban - Le salí de garantía con lo del auto y el turro se hizo el sota con un par de cuotas, pero ya está.
- Algo me dijeron pero viste como es la gente, habla al pedo y cuando te hablan de los amigos más vale preguntarles a ellos, al menos así pienso yo - dejó en claro César.
- ¿Pero pagó al final o tuviste que pagar vos? interrogó casi de la otra punta del quincho el Lole, que al final tomó la posta con lo de las ensaladas.
- Pagué yo, pero cambiemos de tema ¿les parece?
Estuvieron de acuerdo con Esteban y de inmediato se pusieron a discutir sobre la situación de la selección de fútbol, mientras el asador volvía a su puesto, de donde provenía un aroma a carne asada que hacía presagiar un éxito total.
Una hora después estaban comiendo en torno a la mesa. El Duque no apareció. César lo llamó al celular, pero éste sonó varias veces hasta que apareció el buzón de voz.
- Che, hijo de tu buena madre, estamos todos comiendo un asado de película y vos boludeando por ahí. Llegate si podés, estamos en lo del tío Aurelio.
- No te va a dar bola - dijo Martín - Si no vino para esta hora...
- Olvídense de él.
- Vos lo decís porque te cagó jaja - acotó oportuno Pablo.
Esteban ladeó la boca en signo de desaprobación. "Comé que se te enfría" sugirió. Pablo le guiñó el ojo, pícaramente.
Embelesado por la comida, Paulo palmeó a Esteban.
- La verdad, te pasaste. Qué buena carne. Mirá esta costilla. Mirá el huesito que tiene, es ternerita, muy bueno Esteban, muy bueno.
El resto se unió a los elogios y por supuesto, no faltó el famoso pedido del aplauso para el asador. Una que otra sonrisa volvió al rostro de Esteban.
El vino corría como río por las gargantas. Seis botellas vacías eran pruebas irrefutables de ello. Los rostros estaban colorados de tanto comer y tomar. Las risas explotaban constantemente, producto de las ocurrencias y el alcohol.
El clima era distendido, jocoso. Y de repente Felipe, cuyo repertorio de chistes parecía interminable, hizo un alto en el viaje del vaso de vino a la boca y disparó una broma contra Esteban: "Culiao, no lo habras matado vos al Duque ¿no?" y largó una carcajada, a la que se sumó el resto de la mesa.
Salvo, claro, Esteban.
Para sorpresa de todos, se puso de pie, visiblemente enojado. La silla fue a parar al suelo y el cuchillo cayó sobre el plato.
- ¡Basta! La verdad, me hartaron. ¿Qué quieren saber del Duque, eh? ¿Qué quieren saber? Si. Me cagó. ¿Lo llamé para que viniera hoy? No. No lo llamé. ¿Contentos?
- Bueno Esteban, dejate de joder, no es para que te pongas así. Somos amigos che, fue una broma nomás.
César quería calmar las aguas pero no parecía conseguirlo.
- Broma las pelotas, están jodiendo con eso desde que arrancó la noche. Ahora les importa ese hijo de puta. ¿Cuándo necesitó una garantía les importó? No, el único boludo que dio un paso al frente para darle una mano fui yo. Y mirá como me lo pagó. Pero está bien, por boludo me pasa. Por eso me revienta que ahora estén como estúpidos ¿y el Duque, y el Duque? O este imbécil "para mi que lo mataste".
- Eh culiao, fue una broma...
- Culiao tu viejo, dejame de molestar, ya te dije. Y todos ustedes también. Ya se los advertí. ¿En cuánto se creen que me estafó aquel otro? ¿Mil pesos? ¿Tres mil? No tienen ni idea. No pagó una mierda. Noventa mil pesos me sacaron. ¿O nadie pasó por enfrente de mi casa estos días? No, que va, si a nadie le importa lo que le pasa a uno. Enorme como esta mesa es el cartel: Se vende.
- Esteban, no sabíamos na...
- Se vende, muchachos. La casa que me dejaron mis viejos. ¿Se dan cuenta? No me queda nada. Todo por ese hijo de puta del Duque. ¿Pero saben qué? Ya está, no me importa más. Lo tengo más que asumido. Pierdo la casa, pago la deuda y me la cobro. En realidad, me la cobré. Vos pelotudo me preguntabas si lo maté. Si, lo maté. Le metí el mismo cuchillo con el que les corté la sangre hoy acá en el pecho, bien adentro, hasta sentir como se le rompían los cartílagos, los huesos. Y fui subiendo, abriendo un surco enorme, viendo como la sangre caía a borbotones, hasta que vi que los ojos estaban en blanco.
Hizo una pausa. Veía los rostros pálidos de sus amigos, notaba que el ambiente era otro, la algarabía había sido reemplazada por el miedo, y las risas, por el silencio. Tomó su vaso y bebió un sorbo de vino tinto. Luego prosiguió.
- Y lo más divertido, es que nadie me va a culpar. Porque ustedes serán mis cómplices en esto. Para eso están los amigos ¿o no?
- Esteban, no se que tendrás en mente pero...
- Paulo, te pido silencio. No les importa que tengo en mente. Los que les debe importar es lo que ya tuve dentro de mi cabeza y he consumado. El asesinato, limpiar el lugar, esconder el cuerpo, invitarlos para juntarnos, llegar antes que nadie al quincho, meter el cuerpo en el freezer, sacarlo antes que llegaran con las bebidas, cortarlo en trozos y salarlo, prender el fuego, asarlo y observar ansioso como ustedes se lo comían, devorándose con ganas la única prueba de mi venganza. Amigos míos, sin dudas que he sido el que más disfrutó este encuentro. Impagable, sin dudas. Brindo por ello y por nuestra amistad.

11 de noviembre de 2009

Reflexión cuando aún no es noche y se va el día

De noche, los días parecen cortos. Y de día, las noches inalcanzables. Con esa realidad a cuestas, el dibujante salió al balcón, buscando asirse de algún paisaje sobre el cual recostar la imaginación y dejarse llevar, lejos, en silencio, donde nadie lo molestase y pudiese, al fin, dar con esa imagen que tanto anhelaba para ilustrar, pero que no se le ocurría.
Observó el cielo, límpido y fatal, esplendoroso, mágico. Una invitación a la vida. Sin embargo, allí no había inspiración. Era solo un cielo. Uno más en aquel atardecer, en ese contrapunto de la jornada en el que no era ni una cosa ni otra.
Buscó su mirada un refugio para su imaginación en aquellas azoteas vacías de vida, de ropas colgando, de antenas obsoletas detenidas en el tiempo apuntando hacia un arriba que no pedía por ellas. Pero tampoco encontró las respuestas.
Las calles. Trazos gruesos con movimiento. Figuras que iban y venían, ajenas unas y otras. Los vehículos avanzaban por sus carriles, la gente por las veredas. De vez en cuando las intersecciones de sus existencias hacían que se cruzaran, pero no tenían nada en común.
Y su dibujo, su idea, la mejor de todas, permanecía allí, en la incógnita de no querer nacer, de no querer ser. Qué difícil era dibujar aquello que jamás había visto. Qué imposible le resultaba encontrar aunque sea una pequeña arista de la cual partir.
Entonces lo supo. Para dibujar el alma, debía verla con sus propios ojos, porque no había nada en el planeta que se le comparara. Sin dudarlo, se trepó a la baranda del balcón y sin pensarlo, se arrojó al vacío. Vería el alma desprenderse de su cuerpo y la dibujaría con el último estertor, velozmente, en un solo trazo. Sería su legado, su aporte a la humanidad, aquello que trocaría su existencia hacia la inmortalidad.
Solo un segundo antes del impacto, mientras contemplaba casi fugazmente el fin del atardecer, con su mezcla habitual de colores, digna de una paleta angelical, se percató que había dejado los elementos de dibujo sobre la mesa de su estudio, nueve pisos más arriba.

8 de noviembre de 2009

La señora de la limpieza

La señora de la limpieza es como un fantasma, nadie la ve, nadie la nota y mucho menos, nadie la saluda. Ella viene y va, lampazo en mano, empujando el carrito en el que lleva sus elementos para higienizar.
Se conoce cada pasillo del edificio, el destino de cada puerta y los peldaños de cada escalera. Observa a diario a empleados, ejecutivos, clientes sin importarle que ninguno de ellos se detenga en su persona. Es parte del oficio, se miente.
Los rostros cambian con el tiempo, algunos se van, a otros los echan, llegan novatos, transfieren gerentes, el movimiento es continuo, como el péndulo que amenazaba en aquel cuento a un personaje de Poe.
Las horas marchaban sin piedad, pero ella se sentía anclada en el lugar. Desde el alba hasta la última estrella que se posaba sobre el manto negro de la noche, su tarea es la de limpiar. Y gracias a su esfuerzo, todo permanece impecable, perfecto.
Para la gente que allí trabaja el orden y la limpieza es tan natural que nadie se pregunta quién es la responsable. Parte de ingratitud, parte de comodidad. Pero a la señora de la limpieza no le importa. Lleva sus buenos años sabiendo de la poca gratitud humana.
En cambio, para los responsables de la gerencia de mantenimiento es todo un misterio saber quién conserva todo limpio, porque desde que se muriera Etelvina, diez años atrás, nunca necesitaron contratar a alguien más. La higiene se conserva por si sola, como si irónicamente el fantasma de ella permaneciera en el lugar.

5 de noviembre de 2009

Imposible

El doctor lo escuchaba atentamente, detrás de su escritorio. El aire acondicionado brindaba al consultorio un clima grato. Desde su silla, el paciente seguía preguntando, buscándole la vuelta a lo que sabía, era clínicamente imposible. El médico había estado explicándoselo la última media hora.
Terminó de hablar. Se hizo un silencio. Las voces atenuadas de la sala de espera llegaron a sus oídos, como conversaciones provenientes de otra galaxia.
El doctor dejó sobre el escritorio la birome con la que jugaban sus dedos y suspiró sin dejar de mirar a los ojos a su paciente.
- Gonzalo, entiendo tus ganas, tu predisposición a experimentar medicinas alternativas, pero no puede ser.
- Doctor, por favor, ya le dije, hágalo por mis hijos, por mi mujer.
- No es que no quiera Gonzalo. No puedo. Ya es tarde. Llevas muerto tres meses.

2 de noviembre de 2009

Poda sin respuestas

Perdido entre las hojas, lastimándome contra las ramas, sosteniendo con fuerza las tijeras de podar, a tres metros de altura, ganándole la batalla a la jardinería y a la tarea anual prometida al comprar la casa. De lo contrario el paraíso podía poner en peligro el ala este de la vivienda, robando su pintura o peor aún, partiendo sus ventanas.
La escalera plantada firme contra el suelo ofrecía una seguridad de todas formas inestable, pues la pericia en mi persona no era la indicada. Parecía un equilibrista en su acto más comprometido, jugando con la muerte ante miles de espectadores. Al menos en mi mente, jugaba ese rol.
Las ramas raspaban y cortaban y mi boca maldecía, aunque en voz baja, pues no quería despertar las sospechas de terceros, que seguramente intuían mi poca habilidad en la tarea, que año a año iba empeorando gracias a la edad que avanzaba irremediablemente haciendo que mi cuerpo se volviera cada vez más torpe e inútil.
Gruñía sin darme cuenta, cortando allí y acá, allá y aquí, tironeando y arrancando, sin ganas, molesto con la tarea. De vez en cuando descendía, cuidando de apoyar bien los pies sobre los peldaños, movía la escalera unos metros y volvía a la acción, a la lucha desigual entre la naturaleza y el hombre, ante las miradas fugaces de mi mujer o mis hijos, que solo pasaban de compromiso, para ofrecer un vaso de agua o preguntar algo no relacionado a lo que estaba haciendo, lo que, por supuesto, exasperaba mis nervios.
Fue en ausencia de ellos que noté el movimiento en la tierra y sentí la madera de la escalera cediendo. El sonido repentino de las bisagras abriéndose más de lo permitido.
En una fracción de segundos el mundo se dio vuelta. La estabilidad desapareció, la sensación de vértigo se transformó en un sudor frío que recorrió el cuerpo de los pies a la cabeza y el cuerpo se tambaleó como un juguete. La gravedad asestó el golpe final. Como una marioneta cuyos hilos se cortaron, me sentí cayendo aparatosamente. Primero fue el impacto, la sensación de mil arterias explotando, de los órganos colapsando. Después el dolor, la agonía y de inmediato, la oscuridad llegando antes que la muerte.
Y luego, todo cesó.
Me vi desparramado en el suelo, la escalera inclinada hacia un lado, sostenida por unas pocas ramas. En mi frente se podía ver un corte profundo y mucha sangre alrededor, sobre la gramilla húmeda y fría. Mi cuerpo parecía dormido bajo el árbol y en la medida que ascendía, las hojas y ramas que no había alcanzando a podar aún, me iban dificultando cada vez más la visión.
Pero allí estaba, ahora en un contexto más amplio, en el que no solo veía el cuerpo bajo el árbol, sino también la casa, sus tejas rojas, el hueco de la chimenea y más allá el jardín de la entrada, el verde del césped, el camino hacia la cerca de madera.
Sin dolor, seguía subiendo. Pero no dejaba de mirar el cuerpo abandonado. Ese cuerpo que durante más de cuatro décadas soportó este ser que ahora se alejaba. Y ahora, allí tirado, tan distante, tan lejano.
De pronto vi correr a su lado quién era mi mujer que al fin había salido al patio, encontrándose con tan trágica escena. Y en la visión, de por si tan extraña, desde algún punto en las alturas que no podría definir, pude observar que el cuerpo se movía. Si, se movía, como despertando del golpe. Y entonces, con ayuda de ella, incorporó la espalda primero y luego, sujetándose a sus brazos se puso de pie.
Absorto en aquello que veía, me vi llevado a un plano celestial, donde la paz me atravesaba de lado a lado, obligándome a mirar hacia otro lado y dejar atrás el pasado.
Así es que siguieron mis días, ajeno ya a todo pensamiento anterior. Salvo uno, que aún me carcome en silencio y que tiene que ver con mi cuerpo y su nuevo dueño, porque ya no soy yo el que existe en la Tierra, usurpando la que era mi carne y viviendo con la que era mi sangre. ¿Quién existe en él? ¿Cuántos de aquí, en este plano de la existencia, fuimos alejados de nuestros cuerpos para ser cedidos a otros? ¿Somos reales, formamos parte de experimentos de seres superiores?
Las preguntas se unifican en ese único pensamiento que aún resiste de mi vida terrenal, pero cada vez afloran con menor frecuencia, en gran parte porque la paz que me rodea hace que todo fluya más lento y en parte porque, me doy cuenta, de a poco toda conexión con el ayer se va perdiendo, como si un árbol que nadie poda lo fuese ocultando entre sus ramas y hojas, haciendo de su existencia un misterio o un simple sueño.

30 de octubre de 2009

Los habitantes

Caímos en el pueblo luego de perdernos al tomar una salida equivocada de la autopista. Carlos avisó que el camino no estaba en su mapa, pero sus indicaciones no siempre eran confiables y nadie le hizo caso. Si no está, refunfuñó Luis, es que debe ser un atajo y así concluyó la discusión.
Al principio creímos que el lugar era como una especie de oasis en el desierto, un paraje inesperado que nos ayudaría a retomar el rumbo, el sitio ideal para detenernos, comer algo y preguntar como regresar a la hoja de ruta de nuestro viaje.
Nos detuvimos frente a una desolada plaza. El pueblo parecía abandonado, pero todo pueblo pequeño suele dar esa impresión y más aún en la hora de la siesta.
Joaquín y Enrique fueron los que se bajaron de la camioneta para preguntar en lo que aparentaba ser un bar, del otro lado de la calle. Carlos en tanto seguía ofendido porque nadie había considerado en su momento lo que había dicho y César, como siempre, era el encargado de apaciguar los ánimos.
Los dos que habían cruzado la calle regresaron con el semblante preocupado. En el bar no había nadie, aunque la puerta estaba abierta. Miramos alrededor y la idea de un pueblo fantasma nos asaltó a todos al mismo tiempo.
Pensamos en seguir viaje, en no perder ni un minuto más en tan desolado lugar. No recuerdo quién propuso entonces hacer un recorrido por las pocas calles que habíamos visto, como para confirmar la teoría que el grupo tenía. Hoy me arrepiento de no haber objetado la idea.
Ni siquiera nos subimos a la camioneta. Marchamos a pie por esa misma calle, hasta la primer intersección, donde la cruzaba una artería más ancha, que imaginamos, era la principal.
Todas las casas guardaban silencio sepulcral, aunque parecían estar habitadas: las ventanas abiertas, las cortinas descorridas, el césped corto y prolijo. César golpeó las palmas frente a varias de las viviendas, pero nadie respondió a su llamado.
Pasamos frente a un almacén, una peluquería y hasta lo que suponíamos, era un dispensario. Todos los lugares estaban abiertos, las puertas sin llave, pero totalmente vacíos en su interior.
Recorrimos dos o tres manzanas y decidimos irnos. Al volver a la plaza la camioneta no estaba. Y arrojados frente al bar, sobre la vereda, se encontraban nuestros bolsos.
Luis se puso furioso, era la camioneta de su padre. Nuestra preocupación comenzaba a ser entonces que tendríamos que marcharnos del pueblo caminando. Desde antes de llegar a ese sitio, ya habíamos vislumbrado en el camino que nuestros celulares no tenían señal. Por más que volvimos a probar, la suerte no cambió.
Con el sol a cuestas, partimos en grupo hacia el este siguiendo la línea imaginaria de nuestro recorrido. No habíamos hecho dos kilómetros dejando atrás el pueblo a nuestras espaldas, cuando divisamos a la distancia otro paraje. Sonreímos y apuramos el tranco.
A medida que nos acercábamos las siluetas nos resultaban familiares. Al llegar a la entrada de ese pueblo comprendimos que se trataba del mismo que habíamos abandonado media hora antes.
Aquello desafiaba nuestro razonamiento, nos acercaba a la locura. Discutimos sobre lo que estaba sucediendo pero no llegamos a ninguna conclusión. ¿Acaso la había?
Volvimos a intentarlo. Una y veinte veces más. Tomábamos siempre otra dirección, otro camino, pero al cabo de dos kilómetros llegábamos de nuevo a esa maldita entrada, como en una pesadilla.
Con el tiempo nos dimos por vencido. Anclamos nuestras fuerzas hace ya tanto que no lo recuerdo y nos quedamos en el pueblo. Vimos que había provisiones suficientes para subsistir.
Los primeros tiempos estábamos lo más juntos que podíamos, pero de a poco fuimos dejando de hablarnos, como culpándonos unos a otros de lo que nos había pasado.
Luego, cada uno fue apostándose en una casa diferente, haciendo alusión a una mayor comodidad. Nos convertimos en solitarios. De vez en cuando nos cruzamos en la calle, pero ya ni nos saludamos, como si fuésemos extraños.
Es que quizá lo somos. Debo confesar que recuerdo sus nombres porque los tengo anotados.
A veces quiero creer que no fuimos nosotros los que caímos en las garras del pueblo, sino otros, y que nosotros estamos en otra parte, viviendo nuestras vidas y esto es tan solo un mal sueño del que cuesta despertar.

28 de octubre de 2009

Existencia ausente

Como todas las mañanas, don Braulio sacó la silla a la vereda y con radio portátil en mano se dejó llevar por la rutina del barrio con sus protagonistas diarios: el canillita madrugador; doña Etelvina que salía a hacer sus mandados una hora antes que abrieran los negocios; los chicos que iban a la escuela, los barrenderos de la municipalidad; García y López, los dos empleados del banco que vivían en casas contiguas. Incluso hasta los perros callejeros que daban vueltas por la zona parecían ser puntuales en sus visitas a los árboles de la vereda de don Braulio.
En la radio las noticias anunciaban tiempos sombríos, con medidas económica extremas y posibilidad de nuevas pérdidas laborales, se detallaban crímenes violentos y las cifras de accidentes y fallecidos en estos parecían escalar paredes invisibles, subiendo cada vez más.
La amargura que el pequeño parlante despedía a través de voces sin rostro se matizaba con informaciones de menor importancia, como los resultados de los partidos del día anterior, los estrenos esperados para la semana en los teatros del centro y alguna que otra película importante que se vería en las salas en esos días.
Don Braulio permanecía ajeno a las noticias, concentrándose en las imágenes que le regalaban el día, su calle, su gente. El ir y venir que tanto extrañaba.
El mediodía se acercaba. El sol vertical se lo anunciaba. El show de coches por la calle y de gente por las veredas había crecido durante la mañana. Miraba sus rostros, sus gestos, esos pasos raudos y deseaba tanto poder detener a cada uno y preguntarles por sus vidas, invitarlos al diálogo, a hablar de la vida, de las cosas importantes, de los sueños que dejarán olvidados en un rincón en el afán de sobrevivir el día a día.
Anhelaba tanto hablar con la gente, su calle, su barrio. Y más de uno al pasar miraba hacia esa porción de vereda, delante del portón verde, donde solía sentarse todas las mañanas don Braulio con su radio portátil y ahora, vacío, delataba esa partida que tanto dolió.
El fantasma de don Braulio, entendiendo que es imposible volver a ser lo que fue, se conforma entonces con una existencia ausente en este más allá no tan complejo ni misterioso. Y viendo que el mediodía ya se ha instalado, se mete con su silla y radio adentro imitando esa rutina que tanto disfrutara en vida y que nadie le impide seguir repitiendo ahora.
De todos modos, se obliga a retener las lágrimas, porque no le es indiferente el hecho de no poder saludar a nadie y aún más grave, no poder volver a ser abrazado.

25 de octubre de 2009

Sin secretos para tu condena

Del trabajo a la casa, de la casa a la guardería, de la guardería a la casa, de la casa al supermercado, del supermercado a la casa. Y entre un viaje y otro, en la comodidad del living, frente a la computadora siempre encendida, se permitía esos minutos de distracción en el Facebook, colocando comentarios, etiquetando gente en las fotografías o avisando a viva voz que era lo estaba haciendo, por pura diversión, como todos sus conocidos.
Un relax, un parate entre tanto ir y venir. Como si un alpinista se tomara unos minutos en algún descanso de la montaña, sabiendo que luego habría más rocas de las cuales asirse para alcanzar la meta.
Nada grave, apenas un
"Estoooooy cansada de tanto trabajaaaaaaar"
o siendo más explícita
"Mañana no puedo ir al gimnasio porque tengo que trabajar una hora más: es justa esta mierda Señor!!!"
o simple divertimento
"Mañana: Viernes, viernes, viernes, fiesta, fiesta, fiesta"
Mensajes inofensivos, un tecleo casi automático y un afán por decir lo que a nadie en otra situación le podría llamar la atención. Salvo allí, claro. A los pocos minutos veía los comentarios de sus frases y a su vez contribuía con las masas, comentando las reflexiones de sus conocidos.
¿Pero que mal había en todo eso? ¿Acaso no eran sus amigos, sus conocidos más cercanos? Si no se podía permitir esas distracciones, bien se podía pegar un tiro, pensaba mientras cerraba todo, tomaba la cartera, las llaves del auto y salía otra vez, ahora ya casi de noche para llevarle los papeles del divorcio a su prima la abogada.
La rutina del siguiente día era la misma. Solo cambiaría la ropa que se pusiera, lo que comería al mediodía, los comentarios por la tarde de la maestra jardinera de la guardería, las compras de último momento, la no posibilidad de ir al gimnasio como todos loa martes y claro, los comentarios en el Facebook. El resto, era la misma y nefasta repetición de cada jornada.
"Llevé a Matías a la guardería"
"Hoy mi jefe me dijo: Ivana, sigue así. ¿Le tendría que haber pedido un aumento"
"Te odio a Julián. Por suerte pronto serás mi ex"
"Cinco minutos para irme a caaaaaaaaaaasa"
"Dejé un bizcochuelo en el horno, en veinte minutos vuelvo"

Y luego nada, al menos en el Facebook.

- Hola Mirna, cómo estás. Vengo por Mati. ¿Cómo se portó hoy?
- Ay Ivana... ¿Cómo qué venís por Mati? Si vinieron a buscarlo con una nota tuya hace quince minutos.
- ¿Julián? Vino ese hijo de...
- No, no era Julián querida, sino un señor, dijo ser de tu trabajo, que vos tenías una reunión y no podías venir a buscarlo. Ay mi amor, por Dios, decime que lo mandaste vos, me muero.
- ¡Dios mío! ¡Dios mío! Hay que llamar a la policía, urgente, por Dios...

- Julián, por favor, te repito, si me estás haciendo esto para hacerme quedar mal en el pedido de custodia, decímelo. ¡Me estás matando Julián! ¡Por favor!
- ¿Dónde estás Ivana? Por favor, es mi hijo también. Entendé que no hice nada. Decime que pasó, cómo fue... Ivana, Iva... ¡No cortes estúpida! Pero qué...

- Si oficial, todos los días. Alrededor de las 17.30. Salgo a las 17 del trabajo y dejo algunas cosas en casa y luego vengo a buscarlo.
- ¿Viene siempre por las mismas calles? ¿Ha notado que alguien la siguiera?
- Mmm... no se, no, que se yo. Si, creo que vengo por las mismas calles. ¿Eso es importante? Pero si alguien me estuvo siguiendo, no se. ¿Cómo me puedo dar cuenta?
- Es importante que lo recuerde. ¿Se ha peleando con alguien últimamente?
- Si me he peleado, ja. Ya le dije, estoy en pleno divorcio. ¿Eso no cuenta?

- Era un hombre común, no se cómo explicarle. Metro ochenta, con algo de barba... no, no era barba, quizá una pelusa o que no se había afeitado... ay no recuerdo. Estoy nerviosa sargento, discúlpeme no soy de gran ayuda... ¿cierto?
- Cálmese señora, sepa que es la única persona que puede describir a este hombre, así que siéntese aquí y vamos a esperar a que...

- ¿Qué hago Julián? ¿Me querés decir? ¿Qué hago?
- Ivana, no me cortes. Decime donde estás, en qué comisaría y dejame estar con vos. Decime, alguien sabía tus horarios, tus...
- ¡Ves! Ya queriéndome echar la culpa no, que soy la que le dice a todo el mundo qué y cuando hago algo, no. Cómo cuánto estábamos juntos. Igual. Qué que hago, dónde estuve, con quién, sabés qué, me tenés...
- Ivana...
- Ivana un cuerno, dejame de joder.
- Pero... la puta que la parió, me cortó de nuevo.

Llamada entrante. Número desconocido.
- ¿Si?
- Tengo a su hijo.
- ¡Matías! Matí... hijo de puta, tocás a mi bebé y te mato, te clavo las uñas en los ojos y te hago desangrar estúpido de mierda.
- Cállese y escúcheme. Sabemos donde vive, donde trabaja y como sabrá, donde está la guardería. Conocemos sus amistades, sus horarios, su vida completa. No se pase de lista. Haga lo que le pidamos y nada más. Queremos dinero. Nosotros le vamos a decir cuánto y cómo. Mientras tanto...

Ivana "Dejé un bizcochuelo en el horno, en veinte minutos vuelvo"
Juan Carlos "Nena, yo que vos lo saco, debe estar negrito ya jajajaj"
Analía "Una hora Iva, sacaaaalo, sacaaaalo. Te debe haber quedado riquísimo, verdad.
Paco Cortéz "Looooca tanto tiempo, avísame si te sobra y paso. Llevo cuchara propia"
Ana "Ivana, acordate esta noche de llevarme la campera negra plis, gracias"
Ana "Y si sobra bizcochuelo, llevame un poquito miserable"
Celeste "Iva, hoy llego 22.30 para cuidar a Mati, si, puede ser, me perdonás, me seguís queriendo, muack????"



- Mire señora, cuando vuelvan a llamar, pídale que hable con nosotros. Usted nos da el teléfono y buscamos la forma de terminar con esto antes de tiempo.
- Quieren treinta mil pesos, ya hablé con mi jefe, me prestan la plata, después veré como la devuelvo. No me importa cómo, quiero a mi hijo, entiendo eso, quiero a mi hijo.
- Señora, escúcheme, somos policías y todos los días vemos estas situaciones. Muchas veces desisten del secuestro.
- Quiero pagar, quiero que me den a mi hijo y quiero irme a casa. Nada más. Míreme los ojos. Nada más.
- En este estado, no puede ir usted con el dinero. Está nerviosa, en un estado psíquico inestable...
- ¡Qué me está diciendo! ¿Me dice loca? Me está diciendo eso, se cree que soy tonta. Déjeme hacer las cosas como ellos lo pidieron.
- Señora... señora...

Calle oscura. La brisa de la noche es como un secreto no contado. Permanece allí, flotando, alrededor, esperando por las estrellas que no saldrán y la luna esquiva, ausente tras los nubarrones. Pero desde allí no se distinguen, tan solo hay negrura. En el fondo de la calle también. La ventanilla está hasta arriba. Afuera hace frío.
Escucha un motor. Las luces de un coche se encienden al fondo de la calle. Ella sale del coche, con una mochila en la mano.

- Teniente, nos llegó el informe de Investigaciones. Por los conocidos que han contactado, no parece que tuviera enemigos, es una mujer que vive sola desde hace tres meses, tiene un trabajo estable, lleva a su hijo a la misma guardería desde hace año y medio...
- ¿Cómo estiman que llegaron a ella? ¿La perseguían?
- A ver... acá no... espere, si, acá. Internet. Chequearon su conexión y constataron que tiene usuario de Messenger, aunque no lo usa mucho, una conexión cada dos o tres días y de pocos minutos. Pero si hay conexiones frecuentes a Facebook. Son casi rutinarias, eso les llamó la atención. Horarios similares cada día, duraciones parecidas... a ver, acá. Bien, accedieron a la cuenta y chequearon los contactos. Aparentemente la frecuencia de visualización de su perfil es variable entre sus conocidos, pero según el reporte de seguridad de Facebook facilitado, hay un contacto que prácticamente vive dentro de su perfil.
- Bien, ya sabemos su nombre. ¿Pudieron ubicarlo?
- Si, hay un problema. Según han constatado. Esta persona está fuera del país.
- Descartado entonces...
- No. Ese no es el problema. El tema es que alguien accedía con la cuenta de esta persona, desde algún punto de la ciudad.
- Cuando todo el mundo se siente seguro rodeado de sus amistades, ignora que no siempre son sus amistades las que la rodean. ¿No?
- Llevará un tiempo rastrear la IP del infiltrado.
- ¡Maldición!

La luz encandiló sus ojos. Igual, siguió avanzando. El sonido de sus pasos llegaba claramente a sus oídos. Parecían irreales, como provenientes de una pesadilla. Entendió que estaba viviendo una. Alcanzó a distinguir una silueta parada a un lado del otro coche.
- ¡Tengo el dinero!
- Déjelo dónde está y retroceda.
- ¿Dónde está Matías? ¡Voy a dejar el dinero, pero por favor, dónde está Matías!
- Déjelo y retroceda. Le diremos dónde encontrarlo.
- ¡Nooo, por favor, no me pueden hacer esto! Les dejo el dinero, pero entréguenme a mi hijo. ¡Por favor, se los suplico!
- Deje el dinero y...
- Por favor, por favor, por favor...
- Le digo que deje... no avance mujer, no avance...
- ¡Matías!¡Matías!
- No avance, quédese...

Un disparo y la noche se quebró en dos. La puerta del coche se cerró con fuerza y el motor se puso en marcha. Las ruedas chirriaron al retroceder. De inmediato se escucharon sirenas policiales. No estaban lejos.
Desde las penumbras de la calle corrieron hacia la mujer tres efectivos policiales, con atuendos especiales que incluían chalecos antibalas y armas de alto calibre.
Dos rodearon el cuerpo que aún temblaba, acostado sobre su propio charco de sangre, con pequeños espasmos que presagiaban la muerte. Los ojos abiertos de la mujer rogaban piedad.
El tercero no encontró rastros del coche que había huido. La luna logró escaparse de la muralla de nubarrones para asomarse completa por unos breves instantes. Solo el destino sabe si para decorar la noche o sonreír burlona.

Mariam "Mi vida te estuve llamando toda la tarde. Nos juntamos en Pum's o en Barbarian?"
Angel "Linda, te veo esta noche, me debés un baile bonita"
Rafael "Ivana, me enteré, cualquier cosa avisame. Y el bizcochuelo es para celebrar cuando todo termine"
Marita "Ey nena nena, pasé por tu casa y no estabas. Avisá nena, para que tenés el Feisbuc tonta jajajaj. Nos vemos esta noche!!!"
Ezequiel "Te equivocaste perra, te equivocaste. Chau Ivana, chau Facebook. Chau Matías"

22 de octubre de 2009

Recuerdo Borneo

Recuerdo Borneo. Ese gran pedazo de tierra que desde el aire parecía caber en la palma de la mano. Allí fue cuando comencé a notar que la avioneta hacía un ruido extraño. Un chic chic cada treinta o cuarenta segundos.
Cruzaba entonces entre bancos de nubes y la isla se me antojaba una forma de facilitar las cosas. Descender, revisar la maquinaria y proseguir la hoja de vuelo. Pero sabía que no podía darme ese lujo.
Llevaba atrás un cargamento de quinientos kilos de cocaína pura. Me esperaban unos narcotraficantes en el continente. El sudeste asiático no es lugar fácil de meterse en este negocio y al fin tenía una venta. Con la avioneta me ahorraba un intermediario, pero el riesgo era el doble, era jugar con fuego y sostener la mecha hasta el último instante.
Si bajaba a la isla seguramente tendría a la policía encima. El chic chic debería esperar hasta llegar al continente. De todas formas el sonido seguía sin gustarme. De vez en cuando miraba por encima del hombro, hacia la parte trasera de la avioneta. Allí estaba la droga. Eran varios millones y el principio del negocio en esa parte del planeta.
Las moscas en el aire eran culpa de Adrián. Mi ex socio. La relación se había roto diez horas antes, cinco minutos antes de despegar. No nos pusimos de acuerdo en las ganancias de cada uno. Y aún a pesar de haber ganado la disputa, seguía pensando que no tendríamos que haber llegado tan lejos, puesto que además de negociar, en mi caso, ponía también el avión para el contrabando.
Pero Adrián quiso discutir. Y no se le discute a una Glock 17 9 mm. Dos disparos y asunto zanjado. No pude deshacerme del cuerpo. Despegué pensando que lo podría arrojar al océano, pero en todo el viaje hubo turbulencias y no quise arriesgarme a maniobras extremas. Así que ahora su cuerpo viaja también en la parte trasera, junto a la droga.
Cada vez que el ruido se repetía, me acordaba de Borneo. Era instantáneo: chic chic, Borneo. Minuto que pasaba, más seguridad tenía en que debía haber bajado a tierra. Aún no veía el continente. Si acaso el sonido provenía de alguna falla menor, no existiría problema para alcanzar la pista. Pero mi temor era algún daño mecánico de importancia.
Volví a buscar alguna señal de esperanza en el horizonte. Nada. La línea interminable del océano confundiéndose entre los bancos de nubes y el interminable espacio aéreo.
Miré la hora. Según mis cálculos, aún quedaba una media hora de vuelo.
Treinta minutos de incertidumbre y chics chics. De recordar la chance que tuve de bajar a tierra al pasar por encima de la isla. De estar cortando clavos deseando que no pasara nada grave.
Chic Chic.
Los nervios casi de punta, como decía Adrián. El altímetro, el velocímetro y el resto de los controles marcaban datos coherentes. Nada parecía estar fuera de lo normal. Por la ventanilla no se veía que hubiese alguna parte floja o desprendida, ni siquiera que la avioneta perdiera combustible.
Chic Chic.
Miré de nuevo el reloj. No habían pasado ni dos minutos desde la última vez.
Chic Chic.
Chic Chic.
¡Track!
Me sobresalté. Una corriente de aire en el cuello me hizo enderezar en el asiento. ¿Qué carajo había hecho ese ruido? Miré por sobre mi hombro y noté que la penumbra habitual de la parte trasera había desaparecido. La luz ingresaba de alguna parte. Dejé los controles y arrojé los auriculares sobre estos.
En la parte trasera algo había pasado. Un panel lateral de la avioneta se había desprendido. En su lugar se veía peligrosamente el cielo. Fuertes ráfagas de aire entraban al aeroplano y hacían que comenzara a moverse de un lado a otro.
Atónito observé el cadáver de Adrián con un brazo estirado hacia el lateral faltante. Su mano pálida y rodeada de moscas sostenía aún un tornillo. Los demás estaban a su alrededor.
Intenté sostener parte del cargamento que estaba desplomándose hacia el exterior por el agujero abierto, pero tropecé con el cuerpo. Quise asirme del metal del fuselaje, pero el vacío me absorbió. Me ví de repente cayendo al océano mientras la avioneta se alejaba sin destino alguno, cada vez más lejos.
Desperté hace una hora. Una patrulla naval de la costa asiática me encontró flotando en el agua, sobre una mochila cargada de drogas. Me estuvieron interrogando pero no entiendo su lengua.
Sospecho que ya han localizado la avioneta, que se debe haber estrellado en alguna parte. Imagino también que no van a creer ningún cuento sobre la droga que me mantenía a flote, ni mucho menos sobre lo que haya quedado dentro de la avioneta. Y me refiero a la cocaína y a mi ex socio.
La cabeza me duele intensamente, pero no quiero cerrar los ojos. Cuando lo hago me acuerdo de Borneo y de la mano de un Adrián muerto mucho antes, y la imagino sacando de a uno los tornillos.
Pero lo peor de todo es ese sonido, que tanto me hace estremecer y que sigo escuchando, aunque ahora con seguridad, proveniente de abajo de la cama.
Chic chic.
Chic chic.

19 de octubre de 2009

El dibujo de tiza

Jugando juntó sus cosas del suelo y riendo contrarrestó el enojo del guardia. Lo miró sobrándolo, no de frente, sino de reojo y trotando se marchó calle abajo, haciendo oír por sobre el ruido de los coches su carcajada, tan sonora como falsa.
El guardia limpió como pudo el lugar que antes ocupaba el vendedor ambulante. Con sus zapatos negros pateó hacia la calle restos de lo que parecían, eran pequeños huesos trabajados con detalles.
Pensó en llamar a la chica que limpiaba dentro del local comercial que lo contrataba para cuidar la seguridad y el orden, pero supuso que tampoco era para tanto. Apenas unas pequeñas cosas que el vendedor había dejado, que bien podía sacar del paso sin inconvenientes.
Solo una cosa no pudo quitar. Un dibujo en tiza de color que había hecho sobre la vereda. Era un dibujo pequeño, de no más de quince centímetros de alto por diez de largo. Sin agacharse no podía identificar que era. Tan solo veía un manchón celeste, verde y rojo, con algo de amarillo en el centro.
Acercó un poco más el rostro, doblando la espalda. Aún no divisaba lo que era. Se arqueó más y nada. Otro poco y... no sintió nada, tan solo el aire frío que lo llevaba hacia el dibujo y luego lo devoraba.
Carmencita salió a buscarlo porque el patrón lo necesitaba dentro del local. Pero no lo encontró afuera. Le preguntó al vendedor ambulante que estaba a un lado del negocio, pero este, desde el suelo donde estaba sentado, negó haberlo visto con un simple gesto de su cabeza mientras entre sus manos tallaba un pequeño hueso con una navaja afilada.

12 de octubre de 2009

Vigilia nocturna

Las luces rojas resplandecían en la noche. Creaban una iluminación falsa y caótica. Los vecinos se agolparon delante de sus casas, observando cada uno de ellos hacia lo de los Juárez. Veían la ambulancia con el motor en marcha, las luces encendidas y las puertas traseras abiertas de par en par. Ninguno emitía opinión alguna. Aguardaban, algunos cruzados de brazos para abrigar el cuerpo, otros con las manos en las caderas, pero todos con la vista puesta en un solo lugar.
La puerta de la casa de los Juárez había quedado abierta. Pero casi no se podía ver hacia dentro. Más de uno debió haber pensado en acercarse más, pero la sensatez prevaleció. Nadie se movió de donde estaba. Tarde o temprano los médicos y enfermeros tendrían que salir y entonces...
Un movimiento. Uno de los enfermeros salió corriendo hacia la ambulancia metiéndose raudamente en la parte posterior. Volvió a verse a los pocos segundos, cargando un maletín verde. Se metió dentro de la casa y ahora, cerró la puerta.
Algunos vecinos cruzaron miradas, cómo preguntándose "qué pasa". Solo hubo movimientos de hombros, expresando el desconocimiento. La pareja de ancianos que vivía al lado de los Juárez estaba en la vereda, prácticamente sobre el cordón que da a la calle. Estaban abrazados y miraban hacia la casa de sus vecinos. Ellos sabían que algo grave había pasado. Se habían despertado mucho antes que llegara la ambulancia. El ruido de vidrios que se rompían había sido el detonante. Se imaginaron que provenía de los Juárez, porque últimamente allí se escuchaba todo tipo de sonido en horas de la noche.
Melisa y su marido, al que nadie en el barrio veía con buenos ojos, también habían salido a la calle. Su casa era la que se encontraba del otro lado de los Juárez. No tenían las paredes lindantes, pero las ventanas del dormitorio daban al jardín de sus vecinos. Si les hubiesen preguntado por vidrios rotos, habrían dicho que no escucharon nada y no habrían mentido. A Melisa la había despertado un alarido. Su esposo no se había despertado, pero no podía fiarse de eso, podía pasarle un tren por al lado que no lo escuchaba.
De las viviendas de enfrente, los que no salieron a la calle al escuchar los disparos, lo hicieron cuando llegó la ambulancia haciendo rugir su sirena. Juan y Esther estaban seguros que nadie abría la boca porque tenían la certeza todos de haber escuchado lo mismo, pero se sorprendería de saber que solo ellos habían escuchado dos disparos de revólver. En el caso de Margarita, que esa noche cuidaba a su nietita, había escuchado lo que le pareció, fue una ráfaga de ametralladora. Los Martínez Gelman firmarían con los ojos cerrados, de ser solicitada, una descripción de los cinco escopetazos que los hicieron saltar de la cama. Y Miranda, la dueña del almacén, estaría segura de discutirle a cualquiera que más que disparos, fueron dos bombas las que escuchó provenientes de la casa de enfrente.
Pero nadie mencionó una sola palabra. El silencio flotaba como una niebla en esa noche fresca, alcanzando una y otra vereda, mientras las luces de la sirena, cuyo chillido había sido acallado al llegar, arrojaban salpicaduras de luz roja hacia todas partes.
El denso corolario de la espera, era el revoloteo de un cuervo de rama en rama, sobre el árbol de la entrada principal de los Juárez. Más de uno lo vio y desvió la mirada, pues no es precisamente un pájaro de buen agüero.
Cuando la eternidad parecía querer apoderarse de la escena, la puerta se abrió. Marchaba adelante el enfermero que había salido antes, llevando consigo el maletín verde. Su bata estaba regada en sangre. Detrás avanzaba otro enfermero, con rastros de sangre en las mangas y el barbijo aún puesto. Detrás, cerrando la fila, el paramédico principal, con un maletín en cada mano. Llevaba el gesto adusto y evitaba levantar la mirada. Uno de los enfermeros metió los maletines por la parte de atrás y cerró las puertas, en tanto los otros dos subían adelante. De repente las luces rojas se apagaron y las sombras se acentuaron en cada rincón del paisaje nocturno. La ambulancia arrancó y la vieron perderse por la calle rumbo a la intersección de la esquina, donde dobló para convertirse en un recuerdo de la noche.
Los vecinos quedaron allí, de pie, observando donde la ambulancia había girado, como hiptonizados. Comprendieron que todo había terminado o al menos, nada había sido tan grave como parecía. Se miraron entre si y algunos hasta se animaron a sonreír, como si compartieran cierta vergüenza por estar a esas horas de la noche esperando en la vereda, en pijamas, sin saber a ciencia cierta qué.
Emprendieron la retirada, lentamente, metiéndose en sus casas. Nadie volteó la cabeza para mirar por última vez. No hacía falta. El calor del hogar los llamaba, la cama los esperaba para proseguir el sueño. Desde la casa de los Juárez una figura observaba por la ventana, corriendo apenas las cortinas. Tenía sangre en la boca y un hueso en la mano. A sus pies, inertes, tres cadáveres vestidos con batas blancas, esperaban su turno para ser devorados.
Afuera, el cuervo chilló por última vez antes de levantar vuelo y confundirse con la noche.

9 de octubre de 2009

El hombre de la obsesión extraña

Cierta obsesión traumaba a Ricardo. No concebía ver dos objetos similares o relacionados juntos. Si dejaba revistas sobre la mesa, debían ser distintas, es decir que si había una historieta, no podía haber otra, pero si un catálogo, la programación del cable, pero ojo, un ejemplar solamente de cada uno, por más que fuera de otro mes.
Tenía cinco platos en su casa y no guardaba ninguno en el mismo lugar. Ni hablar de apilarlos. Uno estaba en la alacena, otro en el cajón de los cubiertos (donde solo había un cubierto), otro encima de la helada, uno siempre en la mesa y el restante en la pileta de la cocina.
No dejaba perfumes juntos, ni colocaba monedas del mismo valor dentro del bolsillo o billetes iguales dentro de la billetera. Solo plantaba una flor por cantero, que debía ser distinta a su vez de la que ponía en otro (el otro cantero no podía estar lindante al primero).
Muchos de sus amigos le recalcaban que lo suyo era para el diván. Pero Ricardo no les hacía caso. Incluso, no permitía que lo visitara más de un amigo por vez.
Cuando se llevaba un bocado a la boca, siempre hacía una pausa para el siguiente, bebiendo un vaso de agua.
En los muebles había adornos, pero ninguno tenía relación del otro. Había un elefantito con un billete de un dólar en la trompa, pero ningún otro objeto de cerámica. Un pequeño molino de metal, y ningún otro adorno de metal. Una casita hecha de madera y ningún otro objeto de madera.
La obsesión llegaba a grados inimaginables. Ropa interior desparramada por toda la casa, con la idea de no encontrar pares de medias o calzoncillos que estuviesen encimados; cigarrillos ubicados en lugares insólitos ante su imposibilidad de aceptar que pudieran estar juntos dentro del paquete en el que los compraba; verduras guardadas de la misma forma, por lo que se podían encontrar tomates en todas las habitaciones (uno en cada una, claro) y los ejemplos podrían extenderse para una infinidad de cosas.
Nadie recordaba cuando comenzó esta obsesión, pero lo cierto es que a Ricardo la actitud le costó bastante caro. Fue perdiendo conocidos, sus familiares comenzaron a considerarlo un ser extraño y a tomar distancia, su novia (la que tenía cuando comenzó su rara forma de actuar) lo dejó y perdió el trabajo de cajero de supermercado al comenzar a perder tiempo para guardar el dinero que cobraba.
Ahora es beneficiario de un plan por desempleo, pero retira del banco un billete distinto por vez.
En su casa nunca enciende más de una luz por habitación y si es posible, nunca dos en toda la vivienda. Y si tocan a la puerta, nunca la abre más de dos veces en una misma hora, por lo que si es un conocido, le pide que vuelva más tarde o bien, que espere.
Claro que cada vez son menos los que acuden a su casa. Es que su propia imagen ha ido cambiando desde que comenzó a actuar tan extrañamente. Porque en su obsesión llenó una oreja de piercings y la otra la dejó como siempre; se tatuó un brazo y el otro no; se prendió fuego una pierna protegiéndose bien la otra y se extirpó un ojo, cuidando de no lastimar el otro. En cuánto a sus dedos, quizá sea lo que más impresión provoca: muñones de por medio dejan a la vista que la obsesión ha cruzado ya la línea de la locura.
¿Cuál es la solución para Ricardo? Nadie lo sabe con seguridad, pero todos piensan en que tarde o temprano algo pasará. A muchos se les cruza por la cabeza que hay un solo destino para Ricardo. Un solo camino, no más.
La única bala en toda la casa la guarda en la mesa de luz.

6 de octubre de 2009

La calle (su calle)

Lo llamaron, saliendo del colegio. “¡Paragua, venite con nosotros!” le gritaban los chicos desde la puerta. El levantó la vista y les sonrió, agradecido. “¡Dale paragua, vení con nosotros que está lloviendo!” le gritaron esta vez y todos rompieron a reír mientras se alejaban por la puerta, sin el menor deseo de su compañía ni el menor atisbo de vergüenza.
Claudio se guardó la sonrisa y se ilusionó con hacerse invisible para desaparecer del patio de la escuela, donde otros que habían escuchado lo observaban y reían por lo bajo. Casi arrastrando los pies, para no hacer ruido ni llamar la atención, salió también a la calle. Evitó las arterias céntricas y fue bajando en la numeración hasta llegar a su barrio.
Las casitas humildes y venidas abajo lo saludaban en silencio mientras el mediodía lo recibía con olores tentadores que salían de las ventanas abiertas.
Oyó a doña Patricia gritarle a sus críos al pasar frente a la casa azul, una de las pocas coloridas sobre su calle y disfrutó con la melodía que venía de la casita blanca de al lado: Juanita practicando con la flauta dulce, la que le habían regalado un año atrás en la escuela para discapacitados donde iba.
En el baldío los pibes que iban al colegio de tarde jugaban un partido de fútbol, que seguramente habría empezado a mitad de mañana. A muchos de ellos nadie lo llamaría para comer. El Rauli y Jimena coqueteaban detrás de un arco. Eran primos y apenas si tenían cinco años.
Don Carmelo el almacenero estaba sentado en la vereda, observando a la gente pasar. Saludó con un guiño cómplice de ojo a Claudio. “Por la tarde date una vuelta, que voy a necesitar mover unas cajas que tengo atrás” le dijo con su voz ronca sin abandonar la silla que su gordo cuerpo ocupaba.
Claudio se ganaba unos pesos ayudando a Carmelo o a Ramón, el de la verdulería frente a su casa. Acomodaba cajones de frutas o de otras mercaderías. Y a veces le atendía un rato el negocio a cada uno, cuando sus dueños tenían que salir por alguna razón. Era obediente, inteligente y no robaba. Suficiente para Carmelo y Ramón.
Su mamá había llegado de Paraguay con él a cuestas, cuando todavía era un bebé. Le escapaba a la miseria en la que vivía en las afueras de Asunción. Acá no tenía mucho más, pero al menos decía que vivía tranquila. Es que no solo le escapaba a la pobreza y eso Claudio se fue dando cuenta de grandecito, cuando empezó a preguntar por su padre. Y aprendió con los silencios más de lo que hubiese querido.
Era un día más, la calle (su calle) reflejaba la rutina diaria a la que estaba acostumbrado y le parecía bien. Así debía ser. Porque su calle lo era todo. Tanto como su humilde casita y su querida mamá. No necesitaba más. Ni a los discriminadores compañeros de colegio, ni a los maestros pocos pacientes. ¿Acaso ir al colegio todos los días no significaba un sentimiento de humillación tan grande que a veces deseaba acabar debajo de un colectivo? Pero todo eso acababa con el timbre de salida, con la caminata numeración abajo hasta el barrio, hasta su calle, su hogar.
Pero debía ir a la escuela, por su mamá. Porque, le decía, con eso iba a poder conseguir trabajo más adelante y con suerte, ir a vivir a un lugar mejor. ¿Mejor que esto, mamá? Le preguntaba incrédulo Claudio. No se imaginaba nada mejor que su lugar en el mundo, esa calle, la gente de siempre, su casa chica pero cómoda… ¿mejor que esto, mamá?
Y allí estaba ella. Esperándolo en la puerta de casa, pasando la escoba como excusa, porque lo único que hacía desde que veía en el reloj rojo de la pared de la cocina que eran las doce, era salir afuera y clavar su mirada a la calle, aguardando por él. Y se le iluminaba la sonrisa al verlo llegar, con el guardapolvo hasta arriba de las rodillas y las carpetas bajo el brazo, el pelo revuelto por el viento, la boca sonriente.
En la mesa ya tenía el caldo caliente para calmar el rugir del estómago y calentar el cuerpo de su hijo. Claudio la abrazaba, la besaba en las mejillas y corría a la mesa, en busca de lo que su madre le había preparado.
La sentencia final lo era todo para su madre: “Riquísimo má”. Se daba cuenta que su cumplido la complacía y eso lo hacía también feliz a él. Y al rato quedaba solo, porque la madre se iba a limpiar unas casas al centro. Así que aprovechaba para completar cosas de la escuela y quedar con el día libre.
Luego iría a lo de Carmelo, a lo de Ramón, se llegaría a la plaza a ver que hacían algunos de sus amigos del barrio, más tarde esperaría a su mamá y la ayudaría con las cosas de la casa…
¿Mejor que esto má? Se volvía a repetir la pregunta en soledad, riendo ante los deseos de su madre.
El sol se fue moviendo y las horas corriendo. Nadie se detiene a mirar el sol, nadie tiene la necesidad. Así funciona, así es su rutina. La tarde fue cayendo y las sombras ganaron terreno, cubriendo con su manto oscuro esos lugares que antes desbordaban en luz.
La hora en que regresa mamá, pensó Claudio. Pero mamá no volvió. Ni a las siete, ni a las ocho, ni a las nueve. Preguntó en lo de Ana, la vecina, si le había dicho de algún trabajo extra que se hubiera olvidado de decirle. Pero Ana no sabía nada. Fue a lo de Carmelo, pasó por lo de Ramón. Nadie sabía nada.
Recordó que a veces pasaba por lo de la modista de la vuelta, para buscar algunas changas cosiendo ruedos o haciendo remiendos. Caminó hasta la casita de la modista. No había nadie, así que tampoco estaba allí.
Volvió a su casa, esperando encontrarla pero en su lugar lo esperaban dos uniformados. Los azules le daban miedo en cualquier circunstancia, pero ahora le temblaban las piernas. ¡Algo le pasó a mamá! se repetía mentalmente.
Y así era. Los policías le narraron los hechos, fríamente como si enfrente tuvieran a un hombre de cuarenta años, olvidando que trataban con un pibe.
Un pibe que quedaba solo.
Sintió que le atenazaban el corazón y se lo oprimían, con tanta fuerza que explotaría de dolor. Supo que podía morir de dolor. Lo supo allí mismo. En ese instante. Aún sin creerlo, rompió a llorar. Apenas si oyó el “vas a tener que venir con nosotros, para reconocer el cuerpo”.
En el patrullero, mientras avanzaban hasta el hospital, le hacían preguntas. “¿Paraguaya?” escuchó. “Si” respondió, esperando alguna acotación, como siempre le hacían en la escuela. Pero nadie acotó nada. “¿Alguien que quisiera lastimarla?”. Dudó. Fueron unos segundos, pero lo hizo. ¿Acaso podía mencionarle a su padre, al que había abandonado trece años antes? Si ni siquiera sabía su nombre. Dijo “No”. Por la ventanilla veía pasar una ciudad que desconocía, un mundo que le parecía lejano. Las voces de los agentes de policía parecían venir de otro plano, una existencia distante, imposible. Le preguntaba de su madre muerta. ¿Muerta? ¿Cómo podía estar muerta su mamá? Si al mediodía lo había esperado con un plato de caldo caliente y abrazado en la puerta y…
Claudio cerró los ojos y ya no contestó más preguntas. Se recluyó en lágrimas, sumido al dolor. El coche siguió avanzando en medio de un paisaje furioso, ajeno a su vida, a su calle, a sus días. Lo hacía presa del llanto, de un dolor desconocido, de una sensación de soledad intensa. Y con miedo. Terror. Pánico de abrir los ojos. Porque sabría que de hacerlo, ellos estarían allí, del otro lado de la ventanilla, sonriendo, hablando por lo bajo, codeándose entre si, señalándolo con gestos. Y escucharía sus voces, el “paragua” que tanto odiaba. Le harían bromas, se reirían de su pérdida. Y hasta quizá intentaran algo peor, como golpearlo. No abriría los ojos, no lo haría.
Sintió el coche detenerse y que le abrían la puerta. Lo acompañaron hasta la morgue. Las letras estaban impresas en grande. Los policías golpearon. A través del vidrio esmerilado vio moverse una figura. Y mientras el picaporte se movía y un nudo del tamaño del corazón se le hacía en el estómago, recordó con ironía y rencor la pregunta más estúpida que le hubiese hecho a su madre: ¿Mejor que esto má?
Supo que ya nada sería lo mismo. Ni su calle, ni su casa ni sus días.
La puerta se abrió.
Los policías entraron y lo llamaron desde adentro.
El escuchó: “Dale paragua, entrá con nosotros”.
No. Nada sería lo mismo. Ni siquiera volver a su lugar en el mundo.

2 de octubre de 2009

Los errores del hombre

Se alejó de ella y marchó hasta el borde un acantilado. El verde pintaba cada lugar donde enfocara su vista. La virginidad del lugar era pletórica. El cielo se extendía hasta más allá de lo imagible. La brisa hacía sentir frágil su cuerpo semidesnudo.
Más abajo las praderas indicaban rumbos desconocidos y algunos animales parecían indiferentes a todo lo que los rodeaba, husmeando aquí y allá, sin precisar con sus movimientos que harían a continuación.
Se sentó. Dejó que la gramilla fresca y húmeda le acariciara las piernas. Dejó que sus ojos apreciaran todo aquello durante un largo rato. Luego los cerró, ocultándose en su mente.
De inmediato llegaron las imágenes. De lugares nunca vistos, de otras personas que no conocía, de tiempos seguramente remotos. Observó poblarse la tierra, al fuego calentando la noche, a la piedra servir de pared.
Vio a la gente en grupos, viviendas y pueblos. También maldad y pecados y luego un gran diluvio. Otra vez se poblaron las praderas, se ocuparon los valles, se aprovecharon los ríos y nuevamente, el hombre era malo, robaba, mataba y engañaba. Fue testigo de castigos, de plagas, de errantes e incluso de varios mesías. Vio al hombre derrocarlos sin la menor vergüenza.
Y luego más ciudades, nuevos templos, armas, enormes navíos, soldados y muertes. Guerras tras guerras, sangre sobre sangre, herida sobre herida. Vio al hombre equivocarse y ser abandonado.
Las imágenes seguían llegando, una tras otras, como puñales en su cabeza. Millones de personas, el hambre, la muerte, el poder, el pecado, naciones en odio, hermanos en lucha. Las construcciones cambiaban, las armas eran más letales, los límites cada vez más lejanos, pero la mente humana siempre la misma, engañada por el oro y la muerte, el poder y la gloria efímera.
No pudo más. Ya no quiso seguir mirando. Abrió los ojos. Sintió lágrimas corriendo mejilla abajo. Se llevó una mano a la cara y palpó esa humedad que descendía. Se la llevó a la boca y saboreó lo salado. El futuro era sufrimiento. Era sangre y codicia, era barbarie y vergüenza.
Y sin embargo ese acantilado albergaba tanta paz. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía el hombre llegar a ser lo que había visto? Pero irremediablemente llegaría, lo sabía...
Se puso de pie y a pesar de saber muy poco aún, sabía lo suficiente como para darse cuenta que su fin era la solución. Caminó sin miedo hacia el borde, mirando el horizonte.
Entonces la escuchó detrás.

- ¿Adán? ¡Espera, no lo hagas! Ven a mí, te puedes lastimar ahí.

Y embelesado por su voz, volvió a hacerle caso por segunda vez.

28 de septiembre de 2009

Una espina en el lago

Desde la orilla del lago veía la fogata encendida y cómo las siluetas de los chicos se contorneaban contra el fuego, mientras danzaban al compás de una melodía y voces que le llegaban muy tenuemente a través del aire fresco de la noche.
Era la última, la despedida. El campamento había sido un éxito. Podía volver tranquila, sabiendo que los niños se habían divertido.
El agua parecía tan calma en la noche que no podía evitar acercarse. Le transmitía paz. Veía el brillo de la luna reflejada en la superficie, casi como en un espejo. Sentía melancolía y por eso huía del resto. De vez en cuando volvía su mirada hacia el campamento y sonreía con sinceridad al ver como los demás disfrutaban.
Había una sorpresa para los niños, que los otros profesores de educación física prepararon durante la tarde. Una torta inmensa, que llevaron a cocinar al puesto de la guardia del parque. En cualquier momento vería por el lado del camino de tierra acercarse las luces redondas y potentes del jeep del parque y sabría que sería su momento de regresar con el resto.
Sin embargo quería quedarse allí mismo, a la orilla del lago, porque la tristeza le empañaba la noche. En realidad, toda la excursión. Desde el día que salieron, buscó los lugares más apartados para llorar en soledad. Volvía con el grupo sonriente, pero sintiendo la espina clavándole el corazón.
Odiaba sentirse así. Pensaba en él. En la noche que estaba armando el bolso para salir esa misma madrugada. Buscaba prendas íntimas que le resultaran cómodas, cuando su novio le hizo un comentario que no le gustó. ¿Cuál había sido? Ya no lo recordaba. Así eran todas las peleas. Comenzaba por algo y llegaba un momento que ninguno de los dos sabía exactamente la razón por la que habían iniciado la discusión. Pero esa noche se pelearon. Feo. Se dijeron barbaridades que jamás se habían dicho. Algunas palabras aún resonaban en su mente, como un recuerdo culpable, como un dedo hurgando una herida.
Se había ido dando un portazo, tan fuerte que escuchó como caía dentro del departamento uno de los cuadros de naturaleza muerta que colgaban en la pared del living. Caminó las cinco cuadras que la separaban del colegio llorando. Haciendo un intento casi inhumano por no gritar de bronca, de desesperación. ¿Por qué esa noche? ¿Por qué justo antes de irse?
Llegó a la puerta de la escuela, donde el colectivo ya estaba esperando para partir, secándose los ojos con un pañuelo descartable. ¿Qué le pasa profe? le habían preguntado unas niñas y ella mintió muy bien. El resfrío que alegó sanó rápido y pronto se vio juntando los bolsos y subiéndolos al transporte.
En el viaje logró olvidarse de lo sucedido. La gracia de sus colegas, la algarabía de los niños, todo se convirtió de a poco en una manta que la cubrió del frío espiritual que la invadía internamente. Pero una vez en el campamento, empezó a recordar y las lágrimas se iban filtrando, de a poco, a escondidas, en un lamento infinito que no podía parar.
La última noche y como no podía esperarse de otra forma, era todo diversión. La pena llegaría en el viaje, ya cansados, los niños se darían cuenta que estaban volviendo a sus rutinas y eso sería el disparador de quejidos y alguna que otra broma sobre no querer volver. Pero aún faltaban varias horas para regresar y sin embargo ella estaba decidida: no volvería.
No soportaría regresar, no podría sobrevivir más tiempo con la realidad que le tocaría afrontar. Miró de nuevo hacia la fogata y ahora los chicos ya no cantaban ni bailaban, sino que estaban en silencio, todos sentados. Le llegaba un débil murmullo, acompañado del sonido de los grillos, que a esa altura ya le resultaba natural. Era la hora de las historias de terror, del silencio respetuoso, de los oídos atentos escuchando a los grandes.
Pensó en su novio, en la noche que armaba el bolso y parecía todo tan distante desde aquella orilla, que era como si le sacaran una tonelada de encima de sus hombros. Dio el primer paso hacia el campamento y otra vez sintió la angustia, el dolor. Se puso a llorar, desconsolada.
Se dejó caer y abrazar por la tierra. El agua le hizo caricias, tan cálidas, tan llenas de amor, que por un momento se creyó acompañada. Los ojos se dejaron llevar por las estrellas, mientras la frescura de la noche la envolvía en una mortaja de paz infinita y el sueño avanzaba letal, mortífero, silencioso, en tanto el agua cubría sus piernas, luego su cuerpo y finalmente los brazos y rostro, oscureciendo el cabello y ocultando su belleza, sin encontrar resistencia ni nuevos lamentos.
Al día siguiente, desde temprano la guardia del parque y la policía la buscaron en cada rincón del lugar. Al atardecer encontraron su cuerpo, en el fondo del lago.
La noticia llegó al pueblo antes que lo hiciese el colectivo con los niños y profesores. Sorpresa, incredulidad, las sensaciones dejaron a todos helados. La policía local notificó a la escuela y de allí fueron al departamento de la joven, donde vivía la única persona que podía considerarse un familiar, que era su novio. Los padres y demás parientes vivían en otra provincia, muy lejos. Forzaron la puerta porque nadie contestaba. Encontraron el cuerpo del joven sobre la cama, con la garganta cortada y signos de violencia por toda la habitación. Llevaba muerto varios días.

25 de septiembre de 2009

El muerto a la cabeza

Miró la hora. Casi las ocho de la noche. Su mujer había salido y le había dejado un pollo en el horno cocinándose.
Le recalcó bien clarito, que lo cuidara, que no permitiera que se dorara de más y que fuera moviendo las papas para que no se pegaran a la fuente. "Y por favor Roberto, prestale atención, que esta noche viene tu mamá y no quiero quedar mal. Hacé una bien Roberto, por una vez en la vida" le había dicho antes de salir hasta la panadería a comprar unas masas finas.
Volvió a mirar la hora. Casi las ocho. Venía jugándole desde hacía dos días, al 47 a la cabeza en la quiniela nocturna. Tenía un pálpito que prácticamente no lo dejaba dormir. Y por cábala se hacía una escapada hasta la agencia de quiniela que le quedaba a la vuelta siempre cinco minutos antes de las ocho, es decir, cinco minutos antes de cerrar.
Pero su mujer no volvía. ¿Se habría quedado a charlar en el camino con alguna vecina? Justo esa noche tenía que demorarse. No iba a llegar. Volvió a mirar la hora en el reloj con fondo de frutas que colgaba en la pared de la cocina.
Se acercó al horno y espió el pollo. Estaba dorado, lindo y el olor que invadía la cocina era buen indicio. ¿Cuánto podía tardar en ir hasta la agencia de quiniela y volver? ¿Diez minutos? Entre que iba, jugaba el número, hablaba dos palabras con Manuel, el quinielero...
Pero... y si justo regresaba su mujer y encontraba la casa vacía. O peor aún, llegaba antes su madre y dado que nadie le abriría, se quedaría esperando afuera y ahí si, con seguridad llegaba su mujer con la escena de la suegra en la entrada y la casa vacía. Y el pollo en el horno quemándose. Seguro, seguro. Podía ponerle la firma.
El pálpito. No podía dejar de pensar en el 47. Según la tabla de los sueños, el muerto. Pero muerto iba a terminar él si dejaba el pollo solo y volvía su mujer. Volvió a mirar el reloj. Las ocho en punto. Manuel debía estar preguntándose porque no había aparecido. ¿Pensaría que lo jugué en otra agencia? No, no lo creía. La manecilla del reloj se desplazó un poco más. Ya había pasado un minuto. Manuel estaría echando llave a la puerta, bajando la persiana preparándose para partir hacia su casa.
El pálpito era fuerte. La pucha, que era fuerte. Esa noche salía el 47 seguro. Y el cuidando el pollo. ¿Y si salía ya mismo por la puerta, corría hasta la agencia como para agarrar a Manuel antes de que se fuera y jugaba la apuesta?
Si, no podía más. No lo resistía. Tomó la billetera que estaba arriba de la mesa y las llaves. El pollo podía irse al mismísimo infierno. Su madre y su mujer también. Nada iba a...
Escuchó abrirse la puerta del frente. La voz de su mujer, que según él era como el chillido de un gato al que le pisaron una pata, le llegó claramente a los oídos. Y también la de su madre. Por eso se había demorado, la había pasado a buscar. Si hubiese salido hacia la agencia cinco minutos antes habrían encontrado la casa sola y tremendo problema hubiese tenido. Las saludo y ayudó con las bolsas. Cuando miró el reloj ya era muy tarde, no había posibilidad alguna de jugar el número.
La idea del 47 no lo abandonó en toda la cena. El pollo se le atragantaba de bronca. No quiso escuchar los resultados por la radio ni ve la televisión. ¿Para qué amargarse con el 47 a la cabeza? Porque seguro que había salido el 47 a la cabeza.
Se fue su madre. Ayudó a limpiar la cocina. Y se acostó.
Por la mañana se despertó con mal humor. Había soñado con la quiniela y que Manuel le decía "que suerte la suya, qué suerte la suya" en tanto le mostraba el extracto del sorteo con un 47 enorme en el primer lugar.
Se acomodó en la mesa para desayunar. Su mujer le dejó el diario a mano. El papel estaba algo húmedo. Otra vez el pavote que hacía el reparto lo había dejado caer sobre el jardín delantero.
No quería hojearlo. Lo miró de reojo sin prestarle atención a los titulares. Solo pensaba en ir directo a la página donde estaban los resultados, pero la idea de toparse con el 47 era muy chocante. ¿Cuánto podría haber ganado? Al menos para un auto le podría haber alcanzado. Lo lindo que hubiese sido cambiar el Citroen.
Tomó el diario, metió los dedos entre las hojas del medio y lo desplegó sobre la mesa. Sus ojos buscaron lo inevitable y allí estaba el muerto.
Quedó paralizado, atónito. Dejó caer la cuchara con la que, usando la otra mano, le estaba colocando azúcar al café. Su mujer lo miró por encima de los anteojos desde el otro de la mesa.
Roberto carraspeó y se golpeó el pecho. Sentía que le faltaba el aire, de repente el diario le daba vueltas delante de su vista, lo mismo que la mesa, la taza y las galletitas. Algo cercano al desmayo parecía apoderarse de su cuerpo, pero combatió para librarse de la sensación.
Con lágrimas en los ojos volvió a fijar su vista en el diario y se llevó una mano a la boca, para reprimir el gemido que nacía desde lo más produndo de su ser. El diario decía "Asaltan agencia de quiniela y matan a su dueño. Sucedió anoche a las ocho en punto. Manuel Larrazabal murió en el acto".
Su mujer se acercó para ver que le pasaba y él la abrazó. Parecía no poder hablar, pero sus labios musitaron las primeras palabras que el cerebro le dictó: "Qué suerte que tengo mi vida, que suerte que tengo...".

22 de septiembre de 2009

El colectivo de las diez y diez

La noche se había puesto fresca, así de golpe. El viento le despeinaba los bucles, mientras caminaba casi corriendo, mirando de vez en cuando en reloj pulsera, sabiendo que si no se apuraba perdía el colectivo de las diez y diez.
Sabía que la culpa era de ella misma, la tía Esther fue, es y será siempre igual, así que no podía enojarse con la única persona que, además, la soporta por horas llorando por Miguel, la facu, el encargado del bar dónde trabaja los fines de semana, los fideos que se le pasaron al mediodía... no era culpa de Esther. Punto.
No iba a llegar, estaba segura. Si tan solo se hubiese negado al tercer café, no estaría corriendo, con el cabello al viento, como una verdadera loca, con el riesgo de pisar mal, caerse y terminar con una bota de yeso. Porque si había alguien que le pudiese pasar, era ella.
Pero no le pudo decir que no a Esther. Prácticamente se lo sirvió de prepo. Pero era tan dulce y le recordaba tanto a mamá. Después de todo, eran mellizas. Claro que un café de la tía no termina con el último sorbo, implica un largo rato de escucharla hablar. Y sin edulcorante.
Escuchaba el tic toc tic toc que hacían sus zapatos en la vereda, repiqueteando con los pasos cortos que apenas alcanzaba a dar, porque estaba con una pollerita ajustada y no podía apresurarse más. El reloj era cruel, no dejaba de avanzar. Hace su trabajo, intentaba convencerse, pero no por ello lo odiaba menos. Las diez y nueve y le quedaba una cuadra y media.
¿Llegaría en un minuto? Iba al trote, o lo más cercano que podía. Respiraba agitada y el corazón bombeaba rapidito y mucho más de lo habitual. Los bucles no dejaban de bailotear al aire. La cartera le rebotaba contra la cadera. Intentaba prestarle atención, por miedo que se le abriera y perdiera algo en el camino.
A media cuadra de la parada sintió compañía a su espalda. Alguien que también avanzaba rápidamente. Un frío le recorrió por la columna. ¿Y si querían asaltarla? Apuró aún más el paso y aguzó el oído. Si, no había dudas. Alguien avanzaba detrás. No quería voltear, no lo quería por nada del mundo. Casi no podía tragar, un nudo le estaba ganando el estómago. Tenía la esquina y la parada a la vista. Solo unos pasos más... con desolación vio pasar el colectivo de las diez y diez.
Estuvo a punto de frenarse, pero recordó las pisadas que la seguían. Prácticamente corrió los últimos metros. Llegó a la parada. Por la calle, a su derecha, podía observar con claridad la parte anterior del colectivo. El sucio ventanal trasero parecía reírse, como si se hubiese tratado de una travesura dejarla allí.
Miró de reojo hacia atrás y no vio a nadie. La parada estaba vacía. En la vereda del otro lado de la calle, había una persona echada en el piso, recostada contra la pared. Podía ser un mendigo. Volvió a sentir pasos que se acercaban, por donde ella había venido.
Un hombre apareció desde la esquina, pero las sombras de la noche ocultaban sus formas. Se quedó a unos pocos metros, apoyado contra la pared. ¿Sería el que corría detrás de ella? ¿Habría perdido también el colectivo? ¿Estaba a esa altura paranoica? No lo sabía, apenas si podía recobrar un poco de aire. Se puso una mano en el pecho: subía y bajaba, con ritmo infernal. Calma, se propuso mentalmente.
Disimuladamente se acomodó el cabello. Los rulos ya no eran tales. Parecían haber sido acosados por un huracán. Escuchó que el hombre apoyado en la pared se movía. Se arrimó entonces un poco más al cordón de la vereda.
Miró el reloj. Apenas había pasado un minuto desde que perdiera el colectivo. Hizo memoria, creía que tenía otro a las y veinte, pero no estaba segura. Podía ser a las y veinte o a las y media. Escuchó toser. Miró hacia la vereda de enfrente. No había sido el mendigo, que ya no estaba echado contra la pared, sino de pié, observándola. Sintió el frío recorrerle todo el cuerpo. Se ajustó la campera, pero sabía que no era el clima fresco lo que la molestaba.
Buscó con la vista de quién procedía la tos. Hacia su izquierda, detrás de un árbol, divisó una silueta. Escuchó de nuevo toser y supo que provenía de allí. Como confirmando sus sospechas, la figura se adelantó y pudo ver a alguien fumando detrás del árbol. ¿Otro que esperaba el colectivo?
Empezaba a tener miedo. En realidad, a confirmar que estaba asustada. Las manecillas del reloj parecían estancadas, si bien el segundero daba su caminata habitual con la prisa que lo caracterizaba. Otros pasos a su espalda. Se sobresaltó. Giró la cabeza y vio a una pareja. Acababan de llegar a la parada, estaban distantes unos metros, pero la observaban con recelo. El chico tenía un tatuaje horrible en la cara, como de una calavera. La chica tenía piercings en todo el rostro. Las miradas eran apáticas pero intimidantes.
Aprovechó que había girado a mirar, para buscar con la vista al hombre que estaba contra la pared, pero la penumbra le devolvió un vacío en ese lugar. Podía observar el afiche pegado en la pared, pero no había rastros del hombre. Respiró hondo, con dificultad. Sentía que le faltaba el aire. Enfocó su mirada hacia otra parte. Del otro lado, el mendigo estaba con un pie en la calle, como aguardando una señal para cruzar hacia donde estaba ella.
Tembló, no sabía porqué, pero sentía pánico. De reojo supo que el hombre detrás del árbol ya no estaba allí. Lo buscó frenéticamente con la vista, pero sin éxito. El mendigo había comenzado a cruzar la calle.
Se fijó en la hora, apenas cinco minutos desde que había perdido su colectivo. Observó la calle, por dónde tenía que venir su transporte y no creyó lo que veía. Llegaba un colectivo. No era el suyo, pero no le importaba en lo más mínimo.
Miró hacia atrás, la pareja seguía allí e incluso más próxima a ella. Volvió a sobresaltarse. El hombre de la penumbra estaba otra vez allí, ocultando el afiche que acababa de ver. A dos metros de este, una segunda silueta de pié fumaba expulsando el humo hacia la noche, que conjuraba en el ascenso las formas más siniestras.
Frente a ella, el mendigo estaba a punto de llegar a mitad de la calle. No lo dudó. Estiró su brazo e hizo señas al colectivo para que se detuviera. El motor acercándose le parecía el sonido más hermoso del universo. Saboreó con ganas el chillido del freno. El gran armatoste pareció crujir cuando se detuvo. Era rojo intenso, furioso. Las luces de la calle parecían no brillar en su textura metálica, como si la noche absorbiera la iluminación antes que chocara contra su superficie.
Entró casi de un salto, sin la menor intención de mirar hacia atrás. Temió por un momento que una mano la sujetara del hombro y la arrojara con violencia hacia el suelo o peor aún, la arrastrara hacia la noche. Se imaginó mil formas de morir en ese segundo que tardó en subir. Creyó que alguno de esos seres que la rodeaban en la parada se lanzaría tras ella o que incluso, intentaran abrir la puerta una vez que se hubiese cerrado. Temblaba toda, aún le costaba respirar. La piel erizara y el frío carcomiéndole cada minúscula parte de su cuerpo, daban un cuadro poco certero del pánico que se había apoderado de su mente.
Sacó el cambio de su cartera con manos temblorosas y extendió un billete. Tenía los ojos cerrados, intentando con todas sus fuerzas volver a centrar su eje. Se dio cuenta que sentía nauseas y que estaba mareada. Pero iba a tener que luchar contra ese malestar. Ya estaba a salvo, había subido al colectivo rojo. El salvador colectivo rojo.
Solo cuando abrió los ojos para recibir el vuelto, contempló con estupor la verdosa mano que le soltaba sobre su palma extendida una moneda de veinticinco y otra de diez centavos. "Su vuelto señorita" escuchó decir de una voz que lejos estaba de ser humana, mientras sus ojos se posaban absortos y poseídos sobre los pasajeros de ese coche. Rostros pálidos y desencajados, algunos con viscosidades derramándose de poros inmundos, otros con gusanos recorriéndoles las extremidades. Colgados del techo, cientos de vampiros chillaban al unísono y al fondo del pasillo un grupo de seres de dos cabezas revolvían un viejo y enorme caldero, del cual provenían los gritos más aterradores que se pudiesen imaginar. Y próxima a ella, señalándole con un dedo muy largo el asiento vacío a su lado, una mujer de verrugas horrendas y ojos violáceos la invitaba a sentarse, mientras le alcanzaba con la mano libre otra taza de café.

18 de septiembre de 2009

Presentación de "Cantares de la Incordura"

No es común una entrada en el blog que no pertenezca al género de la ficción, pero la excusa en esta ocasión tiene relación a la presentación del pasado miércoles en Editorial Dunken (Ayacucho 357, Capital Federal) de la antología de cuentos "Cantares de la Incordura".
Para alegría de quién escribe, el cuento "Su última sonrisa", que escribí en el año 2002, fue seleccionado para formar parte de la antología, una de las tres que la editorial realiza por año, a lo largo del cual reciben alrededor de tres mil escritos para ser evaluados.
El evento, realizado en las instalaciones de Dunken, contó con la presencia de muchos de los autores seleccionados, acompañados de familiares y amigos. La presentación fue conducida por el escritor Cesar Melis, conjuntamente con Adriana Guerrero Medina, la joven escritora venezolana a cargo de la tarea de seleccionar a los textos que conformaron el libro.
El libro tiene cerca de doscientas páginas y contiene las historias relatadas por un centenar de autores argentinos, de distintos puntos del país. En la presentación, algunos de estos relatos fueron narrados por Cesar Melis.
El hecho de haber sido seleccionado para integrar esta antología es sin lugar a dudas una gran alegría personal y me alienta a seguir escribiendo, tanto como la recepción que a diario encuentro en los comentarios de mis escritos en este blog.
Pero mi alegría fue aún mayor al poder compartir este momento con dos personajes que conocí a través del blog, como Felipe Ricardo Avila y Martín Gardella. Con Felipe compartimos (junto a mi hermano, que me acompañó a la presentación) por la tarde un café y una grata charla sobre el oficio, la historieta, la literatura, y otros tantos temas que ahora se me escapan, pero que nos acercaron ante todo como amigos. Y luego pude contar con su presencia en las instalaciones de Dunken.
La presencia de Martín fue una sorpresa muy linda. Se me acercó cuando había terminado el acto de entrega de diplomas y me dijo con una enorme sonrisa "felicitaciones Ernesto, soy Martín". Haciendo un gran esfuerzo, porque tenía que estar dando clases en esos momentos, Martín se hizo ese tiempo que a veces nos privamos, para poder acompañarme y eso lo valoro enormemente. Breve, pero feliz, fue la charla que los tres mantuvimos, compartiendo esa felicidad de conocernos tras un largo tiempo de contacto virtual. Ambos compraron el libro, otro gesto que merece mi agradecimiento.
Un miércoles distinto. Cálido humanamente. Inolvidable.
Quería compartir con todos los que siguen el blog parte de lo que sentí y algunas de las imágenes que me traje de este viaje.
En estos días volveré al ruedo con más cuentos, que espero, les sigan gustando y generando sensaciones que hagan de volver al blog, una rutina placentera.
Un abrazo a todos.


Página de la Editorial
Editorial Dunken
Autores de Cantares de la Incordura

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