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27 de agosto de 2015

El hombre bajo la lluvia pálida

Vertió el café dentro de la taza, llenándola hasta arriba. El vapor del calor escapó lentamente, haciéndole sentir en el rostro el presagio de un desayuno cálido en medio de una mañana fría, pero a resguardo en aquella cabaña en medio del bosque.
Se sentó a la mesa con la única compañía de un viejo libro elegido al azar de la biblioteca. Las hojas amarillentas se dejaban leer, a pesar incluso del olor a humedad y olvido que despedían.
Una fina llovizna blanca caía mansamente del otro lado de la ventana, pero la ignoraba, enfocando su mirada en la simpleza de la taza, el color del líquido y la certeza de su sabor.
Sorbió un poco y tomó una galleta. La masticó con voracidad. El sabor dulce se disolvió en su boca. Luego bebió el resto del café.
Algo le decía que sería un día diferente a los demás. Una sensación extraña, una especie de presagio. Aunque no creía en esas cosas, podía experimentar en su cuerpo algo más que el simple calor del líquido caliente recién ingerido.
Se puso de pie torpemente, golpeando la mesa. La taza bailoteó sobre la madera, pero se mantuvo de pie. Recién entonces miró hacia la ventana. El frío se mantendría, después de todo. Aunque eso no era algo nuevo. Sin embargo, unos pocos rayos de sol que habían logrado filtrarse entre las espesas nubes la tarde anterior le habían dado una pequeña esperanza.
Cubrió su cuerpo con abundante ropa de abrigo, se calzó guantes de doble grosor y el casco con lente protector. Suspiró asumiendo la responsabilidad de cada día y salió al exterior.
El frío lo envolvió con prisa, casi asfixiándolo. La blanquecina lluvia podía llegar a doler si no estuviera tan protegido. En el cielo los nubarrones se habían cerrado y era una sola cosa, entre oscuro y brillante, que dominaba desde el horizonte hasta donde llegaba su mirada. No había rastros del sol ni de alguna otra cosa en el firmamento.
El aire estaba imposible. El sensor en su vestimenta indicaba que los valores de dióxido de carbono estaban más altos que el día anterior. Cada jornada veía lo mismo. Hacía semanas que había dejado de reportarlo.
Caminó los dos kilómetros hasta el puesto de vigilancia, subiendo con cuidado la escarpada colina, traicionera por el resbaladizo suelo y la persistente pálida lluvia.
Ya en su sitio, observó a través de los amplios ventanales. Era la cima del mundo. Todo estaba debajo de él. Aquel puesto flotante era la isla artificial elevada más alta de todas. Podía ver a todas las demás y mucho más abajo, casi perdiéndose de la vista, lo que alguna vez había sido la superficie del planeta, ahora un mando de oscuridad y hielo.
La existencia era una cuenta regresiva, tan solo eso. Y cada día había menos tiempo en aquel reloj imaginario. El frío hacía más que congelar los huesos. Detenía toda esperanza. Mataba cada ilusión. Hacía estéril todo sueño.
Allí arriba, era testigo de eso. De cada fuego que más abajo se extinguía, de cada isla que quedaba en silencio sumándose a la oscuridad imperante. Ya no se comunicaba con los demás y los demás no trataban de hacerlo con él. A nadie le importaban sus reportes, ni el estado del clima. Era el mismo en todas partes. El fin de los días. El fin de la humanidad. En silencio, en soledad, sin que a nadie le importara.
Permaneció en el refugio de control hasta que su reloj interno le dijo que era de noche. Afuera, en cambio, todo permanecía igual. El frío, la lluvia, la sensación de adiós, esa que lo había embargado desde temprano.
Emprendió el regreso, paso tras paso, el pesar de la muerte próxima sobre sus hombros. Y entonces, escuchó la primera explosión. Luego otra y otra. A duras penas volvió a subir la pendiente para encaramarse en el puesto vigía.
Sus ojos vieron algo más que fuego. Eran gigantescas llamaradas, bolas enormes consumiéndose allá abajo. Tardó en comprender lo que sucedía. Ardían las islas flotantes, mientras las explosiones no cesaban. De una a la otra viajaban enormes misiles.
Atónito supo que era el fin. Que nada quedaría. Que no sería el frío, sino el fuego el que devastaría todo. Como si la humanidad quisiera, una vez más, tener la última palabra. Ya nada le importó. Resignado retornó a su cabaña. Se prepararía un café y se iría a dormir. No había necesidad de despertarse temprano el día siguiente. Ni ningún otro.

17 de agosto de 2015

Diluvio imposible

Las primeras gotas cayeron en forma oblicua, golpeando contra la ventana. Una, dos, tres... de pronto una docena, luego, un diluvio imposible.
El vidrio se tiñó de rojo y el otro lado era un misterio tenebroso. Nos levantamos abruptamente de la cama. Estábamos prácticamente desnudos. Corrimos a la puerta para salir a la calle pero nos detuvimos ni bien entramos a la sala de estar, al sentir bajo nuestros pies la humedad helada que mojaba la alfombra.
Encendimos las luces y reprimimos al unísono nuestros gritos. La alfombra estaba tan roja como una herida abierta. La sangre entraba a raudales por debajo de la puerta.
Ella se abrazó a mi cuerpo con tanta fuerza que caímos de espalda. Fue como chapotear en medio de una salvaje carnicería. Nos pusimos de pie como pudimos, resbalando en aquel torrente sanguíneo a escala y buscamos refugio en las habitaciones más alejadas.
Pero el pasillo estaba inundado y ningún lugar estaba a salvo. Ahora podíamos escuchar el estruendo de aquella lluvia feroz golpeando contra el techo. Parecían balas rebotando contra las tejas. Nos acurrucamos en un rincón, llorando casi sin darnos cuenta.
Cuando el sonido cesó, abrimos los ojos de a poco y separamos nuestros cuerpos como para poder observar alrededor. No dábamos crédito a lo que veíamos. La habitación estaba impoluta, sin una mancha roja.
Caminamos hasta el pasillo, revisamos cuarto por cuarto y pisamos nuevamente la alfombra: seca, como si jamás se hubiera vertido sobre la misma, líquido alguno. El silencio era absoluto. Fuimos hasta nuestra habitación. Podíamos ver la ventana y a través de ella. El paisaje era el anodino de siempre, con sus casas, la calle angosta y del otro lado, la plaza de juegos.
Pero había algo más que nos sobresaltó. En el centro de aquel paraje verde rodeado de hamacas, toboganes y sube y bajas, había una extraña montaña, tan alta que no podía creerse.
La tomé de la mano y corrimos hacia la calle. De la misma manera que lo hacíamos nosotros, otros vecinos se asomaban para corroborar lo que veían desde dentro. Apenas iban vestidos, sorprendidos a tal hora de la noche. Nos fuimos acercando a la plaza con el mismo espanto que minutos antes habíamos soportado esa particular tormenta.
Al hacerlo, comprobamos que no nos habíamos equivocado. El montículo era gigantesco. Apilados, uno sobre otro, en una montaña del terror, hueso sobre hueso, cráneo sobre cráneo, esqueleto sobre esqueleto. Entre uno y otro, en algunas partes, a pesar de la oscuridad, podía verse -  y olerse -
la sangre fresca.
Nos quedamos allí unos breves segundos. Luego, corrimos hacia nuestras casas. Allí estamos ahora, en silencio, sin abrir la boca, pensativos, tratando de entender lo que ha pasado. En la mente aún reverberan las gotas pesadas y oscuras, y en los cuerpos, sentimos aún la humedad de la muerte ahogando cada uno de nuestros sentimientos.
Tememos, ante todo, que las gotas vuelvan a golpear las ventanas.

12 de agosto de 2015

Entrevista a una sombra

Nos sentamos en sillones de respaldo alto, individuales, en una sala muy espaciosa que parecía transportarnos un siglo atrás. Iluminados apenas por la luz de las velas de un candelabro, celebramos el encuentro con un par de palabras de ocasión y dimos por entendido que era hora de comenzar con la excusa que nos reunía: la entrevista.
Debo destacar que a diferencia de otros diálogos que he tenido con diversas personalidades de variados ámbitos sociales y artísticos, me encontraba por primera vez con un entrevistado al que difícilmente podía catalogar en un extracto determinado. Consideré que por allí debía comenzar.

- ¿Cómo podría definirse?
- Como lo que soy: una sombra.
- ¿Una sombra de alguien particular...?
- Mire, las sombras somos inmortales. En la actualidad soy la sombra de un kiosquero. Vida sedentaria si las hay, siempre entre papeles, cuyas sombras inertes hacen poca compañía.
- ¿Y en este momento el kiosquero está sin sombra?
- No, salvo los vampiros, a quienes por una cuestión gremial le hemos quitado hace siglos el privilegio de acompañarlos, siempre una sombra acompaña a cada cosa. Existe lo que llamamos sombras suplementarias, que mientras esperan ser asignadas ocupan roles de reemplazo temporal.
- Menciona que son inmortales, eso significa que nadie tiene una sombra única, cuando uno muere esa sombra va a otra persona.
- Exacto. Su sombra, por ejemplo, la conozco de hace tiempo. Ahora toma su forma, pero la he visto en muchas otras personas y objetos a lo largo de nuestra existencia.
- ¿Conoce mi sombra?
- Si, hemos coincidido varias veces.
- Ustedes entonces han sido testigos de la humanidad...
- Existimos desde mucho antes, por supuesto.
- ¿Ha sido sombra de alguna reencarnación? Es decir, le ha tocado dos veces la misma persona.
- Esa cosa no existe. A lo sumo, me ha tocado en suerte ser la sombra de algún lazo dentro de una misma familia, a lo largo del tiempo.
- ¿Prefiere ser una sombra de un ser vivo o un objeto inanimado?
- No depende de uno, sino de la demanda laboral. Si me diera a elegir, me gusta ser la sombra de un tigre. Lo fui un par de veces y es emocionante. Sobre todo porque nada se compara con correr por la sabana africana en jornadas de sol pleno.
- Según las definiciones aceptadas en diccionarios e enciclopedias, una sombra es una región de oscuridad causada por la ausencia de luz, obstaculizada por el objeto que la sombra representa.
- Es solo una definición, somos más que eso. Nuestra existencia no es un secreto para nosotros, pero no podemos salir a contarlo así porque sí.
- ¿Las sombras vendrían a ser enemigas de la luz?
- Solo le puedo decir que nuestra oscuridad protege a la luz. De qué, seguro se preguntará. Bueno, eso no se lo voy a responder. Es más fácil explicar lo desconocido que entenderlo.
- ¿Qué quiere decir?
- Que la sola idea de concebir vida en las sombras, espantaría a cualquiera. Y creo que el pensamiento humano está muy lejos de comprender nuestra misión en el universo.
- Pero con esta entrevista eso quedará a la vista, el mundo...
- El mundo lo tomará como una mera ficción. Ni siquiera trajo consigo una cámara de fotografía para capturar este momento.
- Es que un buen dibujante hará luego la ilustración...
- Comprendo que tiene un bajo presupuesto, eso sí lo comprendo. Le di la entrevista porque no viene de la National Geographic ni de Gente. No deseo fama. Pero tenía ganas de hablar.
- ¿Cómo podemos contactar a nuestras sombras? - No es posible. Son dos realidades divergentes, unidas por una necesidad de equilibrio. Solo en la oscuridad total pareciera que existiera una ruptura, pero no es así, incluso allí, donde no pueden percibirnos, aún estamos.
- ¿Y cómo podemos hacer para convencer a una sombra que por un momento detenga su copia automática de nuestros movimientos y sea libre de hacer lo que quieran?
- ¿Cómo es que está tan seguro que es la sombra quien copia el movimiento?
- ¡Es lo que sucede! Mire, ahora mismo, muevo mi mano y mi sombra se mueve.

La sombra rió de buena gana y se puso de pie. Dijo algo como que se estaba haciendo tarde, me permitió un apretón de mano y se retiró sigilosamente hasta perderse en los rincones oscuros de aquel lugar donde me había citado.
Quedaron en mi libreta varias preguntas apuntadas y un montón de dudas bailoteando en la cabeza. El entender es a veces un don que no dominamos.
De ahora en más prestaré más atención a las sombras tratando de buscar en ellas las pistas que mi anónima entrevistada dejó en forma de respuestas. Y no habrá manera, estoy seguro, de no detenerme ante cada kiosco, aguardando que esa mancha oscura que se mueve a la par del kiosquero me haga un guiño al verme.
De vez en cuando, sentado en las penumbras, le hablo a la mía. Pero hasta ahora no tenido respuesta alguna. Y difícilmente la obtenga.

8 de agosto de 2015

Segunda oportunidad

La única vez en mi vida que observé algo parecido a una centella fue una fracción de segundo antes de la explosión. Fua algo emocionante y abrumador, pero la experiencia fue efímera. Luego llegó el sufrimiento.

El turno que se despierta con la primera claridad del día se encarga del riego. Los campos son arados por la noche, en la inclemencia propia de la oscuridad. Ellos, los que aran, se acuestan en el mismo momento que nosotros avanzamos con recipientes repletos de agua.
El trabajo es minucioso, coordinado. Ninguna parcela de tierra queda sin el líquido de la vida. Cuidamos mucho de ello. Nadie habla, el silencio es señal de respeto y también de vergüenza. En el aire vuelan unos pocos alados y desde los pocos rameríos distantes se escucha algún que otro sonido solitario.
Las nubes, en lo alto, pincelan al cielo con esos trazos claros y desprolijos que sin embargo irradian esperanza y sueños.
Cuando la faena ha terminado, regresamos lentamente hasta las cuevas. Otros saldrán en breve a rastrear malezas o alimañanas. Entre todos, buscamos sobrevivir.
Al atardecer, ya bajo ese techo precario, sumamos pieles a las que tenemos puestas. El clima comienza a enfriarse, de la misma manera que nuestros cuerpos. Un cuenco de sopa caliente nos calentará por dentro y tratará de apaciguar esa sensación extraña de estar vivo.
No siempre lo logra.

El descanso es importante. Debemos estar fuerte para el día a día. La rutina es agobiante, pero si el cuerpo está cansado, se hace el doble de difícil. Pero a todos nos cuesta cerrar los ojos. En la negrura del sueño suele aparecer el pasado en forma de imágenes devastadoras. El planeta nunca nos perteneció, pero recién ahora lo comprendemos. Nos cuesta poder adaptarnos pero no hay otro lugar donde ir.
Ya nadie habla de la venganza del planeta. Eso fue producto de la impotencia. Tan solo la naturaleza hizo su parte y nosotros estábamos donde no debíamos. Es decir, ocupando un rol que no merecíamos. La misma luz del cataclismo que nos borró del mapa es la que iluminó nuestras mentes, nuestra conciencia, nuestra capacidad de entender.
Algunos dicen que ocurrió tarde. No pienso del mismo modo. Aún estamos a tiempo. ¿Aún respiramos, no? Quizá este mundo nos esté dando una segunda oportunidad. O bien, solo se esté divirtiendo con nosotros, al menos por un rato más.
Finalmente el cansancio nos vence y caemos rendidos en el sopor sin luz de los párpados caídos. Hasta que llegan las imágenes...

Por la mañana el trajín reinicia su ciclo. Los tres soles emergen reyes del horizonte y nuestros rostros se vuelven radiantes con la luminosidad que gobierna el vasto terreno, mientras las cuatro extremidades abrazan el terreno pedregoso e inestable. Caminamos hacia los campos para darles de beber y aguardar esperanzados que la vida resurja del suelo derruido, que nuestro mundo nos perdone las impertinencias y podamos seguir viviendo como lo hacíamos antes.
El cielo sobre nuestras cabezas parece observarnos, casi con piedad. Nosotros tratamos de observar a través de su infinito paisaje, con la ilusión de no sentirnos tan solos en el universo. Aunque hoy nos conformamos con sobrevivir, en algún momento soñábamos con llegar más allá de las nubes.
Quizá si esta segunda oportunidad es tal, si podemos aprovecharla, el futuro sea un lugar mejor. Quizá. En tanto, dejamos fluir el agua a través de los surcos, aguardando el milagro.

4 de agosto de 2015

El ventanal del edificio de enfrente

La habitación era pequeña, pero confortable. El departamento en si resultaba espacioso, con varios baños y una sala de estar amplia, con sillones, mesa e incluso televisor. La cocina estaba aparte, lo que brindaba mayor comodidad. Había otras habitaciones con otros inquilinos, como sucede en los departamentos modificados para subdividir los ambientes y alquilar las piezas. Es un negocio rentable, redondo, sin fisuras. Más en ciudades grandes, donde la gente acude para estudiar o trabajar.
La ventana, la de la habitación - porque en la sala común no había como tampoco balcón - daba a la calle. Una cortada muy cerca de una avenida, que contrastaba con el ajetreo del tráfico automotor de otras arterias cercanas. De veredas angostas y calle aún empedrada, aunque disimulada por una fina cama de asfalto, la zona podía calificarse de tranquila. Casi un microclima dentro de la gran ciudad. Quizá por lo angostas de las veredas, los edificios parecían aproximarse de un lado y del otro de la calle, si bien era solo una sensación visual desde la ventana.
No era mía. Difícilmente habitaría en una ciudad donde la gente se aglutina en cada rincón y la rutina sea correr para todo, para llegar antes a la parada del colectivo, para poder entrar al subte, para ganar un minuto y cruzar la calle antes que el semáforo lo impida. Inconscientemente la vorágine nos devora y al poco tiempo de estar en sus fauces, nos hace creer que el tiempo marcha de manera distinta y que nuestras vidas dependiera de cómo nos movemos.
La habitación era de mi mujer, que cada tanto se afinca en ese vertiginoso mundo por cuestiones laborales y la mía era una visita de pocos días. No conocía ese lugar. Hacía rato que había optado por permanecer en mi ciudad, mucho más chica y silenciosa en lugar de acompañarla como otros años. Además, si bien los hijos ya están grandes, tampoco son adultos y necesitan de alguien cerca. Y las obligaciones escolares y sus amigos, impiden que se puedan movilizar tanto como cuando dependían en todo de sus padres.
Pero no fue el departamento ni esa zona de la ciudad lo que llamó mi atención. Fue la ventana. Pero no la nuestra, la que compartíamos con mi mujer cuando entrábamos a la pequeña habitación, sino la otra. La que vidrio de por medio y varios metros, en un cruce imaginario por encima de las veredas y la calle, nos miraba desde el edificio de enfrente.
Era un doble ventanal que mostraba un espacio vacío, salvo por detalles determinantes: un atril de pintor, dos enormes cuadros en la pared de cara a la ventana, manchas de colores en las paredes y tres flores troqueladas en papel y pegadas al vidrio.
Un poco más abajo, en la facha del edificio, se anunciaba la venta del piso. Las medidas eran colosales. Le pregunté a mi mujer que había sido ese lugar, si acaso un taller de pintura o estudio de un pintor. Me dijo que no sabía, que cuando llegó ya estaba el cartel de venta y que jamás había visto luz encendida y mucho menos, alguien en ese lugar.
Cada tanto, mientras me cambiaba o me preparaba para acostarme, a lo largo de esos días, me detenía a observar con curiosidad hacia aquel lugar vacío atrapado en un edificio de cuatro pisos y varias puertas en la fachada a la calle. Había algo que me cautivaba. Pero no sabía afirmar con precisión qué. Uno de los cuadros mostraban una figura que semejaba a un humano, pero con un cuerpo trazado con líneas simples y rectas y una cabeza redonda y expresiva, con la boca abierta de manera exagerada y los ojos inyectados de asombro.
La pintura a su lado era una explosión de rayas de colores, que nacían en un centro y se expandían en trescientos sesenta grados desde el punto en común. Pero una mitad del cuadro tenía fondo claro y el otro, una especie de rojo desteñido, como el de la sangre, pero seca y olvidada.
Las manchas en las paredes eran pequeñas, coloridas, hechas al azar pero con un patrón o lógica. La idea había sido, sin dudas, darle vida al apagado celeste de fondo. El atril, por su parte, estaba en el extremo derecho de la habitación. No sostenía ninguna hoja, pero estaba allí esperando algo. Su presencia era inquietante.
Las flores de papel cortadas, pintadas y pegadas en el vidrio era el detalle que delataba, a mi entender, un género. El femenino. Una tarde le dije con total seguridad a mi mujer que allí vivía una profesora de dibujo o artista plástica que daba clases y que algo le había pasado. Algo trágico y terrible. Algo que había detenido el tiempo en aquella gran habitación del edificio de enfrente. Ella rió con ganas. Me achacó que tenía mucha imaginación. Podía ser cierto, pero los detalles...
Debo reconocer que a favor de su teoría, en la que me enumeró todas las razones por las que era más fácil suponer que en realidad solo se le había terminado el alquiler a alguien o esta persona había dejado de dar clases, había varios puntos interesantes. Pero en cada ocasión que miraba a través de la ventana, esa sensación que a veces tenemos cuando está por avecinarse una tormenta me asaltaba con fuerza, erizando la piel de mis brazos.
Siempre en penumbras, el atril vacío, eran signos y voces que en silencio clamaban por algo. El cuadro de la figura gritando me conmovía cada vez más, de la misma manera que lo hacía la silenciosa explosión de colores del cuadro contiguo. Ningún movimiento, nadie visitando el sitio para comprarlo. Como si hubiese quedado en el olvido, como si el enorme cartel fuera una mera decoración que no le importaba a nadie.
- Allí murió alguien, por eso no se llevan las cosas - musité una noche, con la luz apagada. Mi mujer se revolvió en la cama y murmuró algo. No entendí qué. Quise cerrar los ojos, pero ya no pude. La idea creció en mi cabeza.
A la mañana siguiente preferí quedarme en el departamento. Alegué una descompostura. Ella salió a hacer unos trámites. Aproveché y bajé a la calle. Crucé hasta el otro lado y toqué timbre en una de las puertas. No respondió nadie al llamado. Podía ser que justo oprimiera el del piso vacío. Probé suerte con otra. Tampoco tuve éxito, Golpeé en todas. No hubo respuestas. Era probable que todos salieran a trabajar, que los niños estuvieran en sus respectivos colegios. Era probable. Cómo también que ellos supieran que yo sabía y que entonces escogieran dejar las cosas como estaban, en la oscuridad, optando por no abrirme la puerta.
Volví resignado al departamento. Cuando volvió mi mujer, le dije que estaba mejor. No era cierto. Aproveché los últimos días de mi visita para alejarme todo lo posible de aquella vista. Fuimos al cine, al teatro, compartimos un asado con amigos, recorrimos librerías y gastamos las suelas de nuestras zapatillas recorriendo zonas de compras.
La última mañana de mi visita le di un beso a mi mujer, agarré el bolso y de espaldas a la ventana, rodeándola con el brazo por la cintura, tomé una foto para recordar esos preciosos días juntos en el mismísimo infierno del caos citadino, junto al amor de mi vida, a quién pronto tendría nuevamente en casa.
Cuando llegué a casa descargué las fotos, sin poder quitarme ese ventanal doble de mi mente. Busqué la última fotografía y la imprimí en papel de buena calidad. La miré un buen rato, sin sorprenderme. La sonrisa amplia y hermosa de mi mujer domina la escena, y como siempre que la miro, me quita el aliento, me inspira paz, me da alegría. Detrás de ambos, a través de nuestra ventana, está el ventanal doble. A pesar de la distancia, la imagen es clara. La pared salpicada de colores, los dos cuadros imponentes, el atril vacío, las flores recortadas sobre el vidrio y la figura flácida y desgarbada de una mujer de cabello oscuro y largo, con ojeras profundas resaltadas por los rastros visibles de sangre que caen como pequeños hilos de su frente mirando triste y resignada hacia nuestra habitación, sabiéndose presa de la eternidad y del destino.
La foto descansa enmarcada sobre la repisa de la chimenea. Hace años que no viajo a la gran ciudad, pero estoy seguro que aquella escena permanece imperturbable, atrapada en el tiempo.

30 de julio de 2015

Carne y alma

Era una recorrida pendiente, un viaje que no se animaba a hacer. La pálida escalinata blanca, desgastada por el tiempo y el tránsito, lo depositó frente a ese lugar que tan bien conocía. El viejo barrio, el de la infancia, los primeros recuerdos, las horas en sus calles detrás de una pelota o sobre una bicicleta.
El barrio se hace carne, se funde con el alma. Cada baldosa era propia, todo desnivel era conocido, las fachadas de las casas eran puntos de referencias, las coordenadas eran detalles, meros datos pintorescos: nos vemos a las cinco frente al ceibo; te paso a buscar, esperame en el kiosco de Fito; nos juntamos en la farola que prende y apaga.
Y en esas calles, esas veredas, transcurrían los segundos, los minutos, los años. Pero el tiempo, cuando uno es niño, avanza de otra manera, más lento, sin tanto vértigo. Podían detenerse una tarde sobre un montículo de tierra para hacer pelear a dos libélulas entre sí. O dejar que la tarde se fuera a su refugio noctuno, mientras jugaban a la pelota en una calle poco transitada.
No había horarios, solo las voces de los padres que se asomaban a la vereda y pronunciaban alto sus nombres. El barrio era una gran vivienda sin techo, un lugar donde sentirse seguro, feliz, amado,
La banda de amigos, que con los años se fue desperdigando como por arte de magia, de la misma manera que un diente de león desaparece en el aire por voluntad del viento, parecía haber dejado una marca en aquel lugar, invisible pero indeleble. Porque cada rincón tenía su recuerdo, su anécdota, un hecho inolvidable.
Pero esos primeros pasos cargados de emoción, del retorno del pasado, de repente contrastaban con la angustia de los cambios. Aquella pared pintada con dibujos agoreros detrás de una iglesia evangelista había sido derrumbada. La enorme palmera frente a los Pérez, que tantas veces trataron de trepar, había dejado un espacio a un triste fresno.
Era imposible entender como habían reemplazado la plazoleta de la esquina de su antigua calle por un supermercado chino. O cómo el tradicional club de bochas al que acompañaba a su abuelo cuando muy pequeño, ahora se llamaba "Boutique Garden" y era un enorme invernadero repleto de plantas, árboles y flores, en un atentado de la "natura" ante el pasado perfecto de su memoria.
Habían transcurrido décadas de aquellos tiempos. El llamado progreso había redibujado el lienzo y la pintura ante sus ojos no lo convencía. El camino se fue haciendo tortuoso. Repleto de algo más que nostalgia. Un sentido de bronca, de angustia. De impotencia también. ¿Pero quién era él para reclamar algo? Si cuando creció un poco se fue por sus propios medios. ¿Podía acaso recriminarle a los que se quedaron del destino de aquel lugar?
Al mirar las casas se daba cuenta que en su gran mayoría, las formas le eran irreconocibles. Apresuró el paso. El corazón latía con fuerza. ¿Acaso su casa...? Y allí estaba. El lugar donde tantas veces se había sentado a pensar en su futuro. Esa vereda de baldosas amarillas acanaladas que habían cobijado sus enojos, sus berrinches, su deseos de atacar a golpes a sus padres, de hacerles entender que él podía decidir por cuenta propia. Sin embargo, allí estaba. No el lugar, sino la ausencia del mismo. Era el sitio, no había dudas. Pero ni las baldosas eran las mismas, ni la vivienda delante suyo era la que había conocido.
El primer impulso fue abalanzarse sobre la puerta y molerla a golpes hasta que atendieran, pero se frenó a tiempo. ¿A qué había vuelto, después de todo? ¿Para qué había hecho el viaje tantas veces postergados, sino a eso? A comprobar que a pesar de todo, de los años, de los cambios, seguía a salvo. Porque si tras tantas décadas nadie había dado con él, era probable dos cosas.
Una, que la fortuna siempre hubiese estado de su lado. Y si era así, no debía hacer nada por cambiar esa suerte.
O la otra, que en el fondo de esa casa reformada, que alguna vez había sido su morada, aún bajo dos metros de escombro y cemento, permanezcan ocultos, desechados, enterrados, lo que quede de los cuerpos de sus padres.
En cualquiera de los dos casos, estaba a salvo. El barrio era su cómplice silencioso, Carne y alma que con el tiempo habían sellado un pacto eterno.
Se alejó despacio, tratando de absorber lo poco que aún quedaba de aquellos años dorados.

26 de julio de 2015

Carrera contra la muerte

Las sirenas disparan el miedo en forma de sonido. Lo hace de una manera cruel, acercándose con furia y alejándose con pena. Dejan a su paso el miedo latente, una fuerza invisible dentro de cada persona que presagia una desgracia cercana.
La ambulancia se muestra ajena a lo que provoca. Recorre su camino como un caballo de competencia, yendo solo para delante. Quién la conduce es una parte más del vehículo. Existe una conexión en forma de adrenalina. Los brazos tensos, la mirada atenta y el pie sobre el acelerador, consciente que cada segundo que pasa es la diferencia entre la vida y la muerte.
En la cabina trasera su habitual compañero en el asiento derecho sufre a la par de la persona tendida sobre la camilla. Es paramédico y se llama Gabriel. Hace tres meses que comparten el turno nocturno y puede considerarlo un buen profesional y mejor persona. Por el espejo retrovisor puede ver los intentos apresurados por mantener respirando a ese malogrado hombre que recogieron cinco minutos antes.
Tiene el cabello transpirado y los ojos inyectados, presa del miedo. Es una escena habitual, pero a la que nadie puede acostumbrarse. La lucha contra la muerte es continua y no tiene reglas.
Algunos coches hacen paso ante el ulular de las sirenas, en cambio otros mantienen su marcha como si nada. Héctor, tal es el nombre del conductor, debe en esos casos aventajarlos y mantener al mismo tiempo la ambulancia estable, sin vaivenes bruscos que pudieran poner en riesgo a las personas que van atrás.
Cada calle superada es un paso menos. Los pasos hasta el destino parecen interminables. Cuando era pequeño soñaba con ser bombero. Se veía entrando a viviendas en llamas, portando esa manguera salvadora con la que extinguiría los focos del incendio. A veces se imaginaba saliendo por la puerta principal con una hermosa mujer en brazos. Todo aquello ocurría en cámara lenta, como en las películas.
Ahora, como chofer de ambulancia, sabía una verdad. La vida jamás avanza en cámara lenta. Y cuando la vida de otros pende de un hilo, de su pericia al volante, es todo lo contrario. La vida se acelera. Parece avanzar a toda velocidad, salteándose segundos vitales. Por un instante está cruzando un semáforo y al otro, superando a un colectivo, y de inmediato otro semáforo, luego el cruce de una avenida, un atajo para evitar un embotellamiento, una frenada a tiempo para no atropellar a unos adolescentes peleando en una esquina. Escenas sueltas, sin nada intermedio. Así es la noche, su trabajo. la carrera contra la muerte,
Y cuando lo que aparece delante de sus ojos es el hospital, algo golpea con fuerza en su pecho. Es la certeza de haber cumplido con el deber, de haber dado batalla a la muerte. Frena, quita el sonido pero no las luces y se apea con velocidad para abrir la puerta trasera, al mismo tiempo que dos enfermeros salen raudos con una camilla por la puerta de emergencias.
La puerta se abre y salta dentro. Lo primero que mira es a su compañero. Sabe que en esos ojos cansados encontrará la respuesta a sus pensamientos. No necesita cruzar palabra. Sobre todo cuando, como en esa ocasión, los encuentro cerrados, tan apretados que da miedo.
Sin necesidad de preguntar sabe que a pesar de todo, la escena final es la de la derrota. Los enfermeros llegan y se apresuran en cargar a la persona. Gabriel les avisa luego que no hay necesidad, que ya se ha ido.
Héctor se sienta al lado de su compañero sin abrir la boca. No hace falta. La ambulancia está ahora en silencio, albergando su pena. Las batallas son duras y siempre dejan heridas. La desgracia que algunos presagiaron a su paso, se ha cumplido, aunque esas personas difícilmente lo sepan. Pero siempre se intuye la muerte. Porque es lo único que nunca falla.
La noche es larga. Diez minutos después, la misma ambulancia acelera a fondo con sus luces y su cíclico sonido en las calles de una ciudad que no sabe de milagros. Una nueva batalla ha comenzado. Una más de tantas.

21 de julio de 2015

Un pueblo de mala muerte

El viajero descendió de su coche en lo que parecía ser el punto central de aquel pequeño pueblo. Calles de tierra, casas bajas, ventanas cerradas y una pequeña plaza como referente principal.
Ninguna iglesia, ni comisaría, tampoco escuelas o galpones. Un paraje en medio de la nada, rodeada por kilómetros de campo de un lado y de otro. Pero en esa extensa llanura, ninguna chacra ni molino.
El hombre se apeó preocupado. Hacia horas que recorría la zona, buscando una salida. En aquella pequeña plaza todo parecía en su lugar. Los canteros, los árboles, una pequeña fuente en el cruce de dos callejuelas empedradas. Pero no había rastro de quién la cuidaba. Como tampoco de los habitantes de aquel lugar.
Metió medio cuerpo dentro del auto y accionó la bocina. Prolongó el sonido en varias ocasiones. Esperaba que las puertas de las casas cercanas se abrieran, que la gente saliera a la vereda con curiosidad tratando de averiguar quien hacía semejante ruido en plena tarde.
Pero nada de eso sucedió. Escuchó en las ramas de los árboles el trinar de un pájaro y lejos, distante, el aullido de un animal. En el cielo, a gran velocidad, observó perplejo el aletear de un cuervo que sin quitarle los ojos de encima, se posó sobre el poste de alumbrado público del lado opuesto de la calle.
Contrariado, fue hasta la casa más próxima. Golpeó la puerta esperando con paciencia una respuesta. No la hubo. Avanzó hasta la casa lindante y hasta la otra, y así, una tras otra, por esa vereda, en toda la manzana, en cada une de las viviendas de aquel pueblo.
La noche lo sorprendió nuevamente donde había comenzado, frente a la plaza. El cuervo aún permanecía sobre el poste del alumbrado público. Pero su auto ya no estaba. Sintió frío en el cuerpo y tragó saliva. Si, estaba asustado. Entonces la luz de una casa del otro lado de la calle se encendió en el interior y la puerta se abrió sola, sin que nadie se asomara.
El viajero estaba solo en aquel lugar, perdido, sin su coche y con la noche cayendo abruptamente. Le temía a lo que pudiera encontrar en aquella casa, en la que en algún momento del día había golpeado a la puerta sin lograr respuesta alguna. Pero más le temía al cuervo que parecía estudiarlo con la minuciosidad de un cirujano. El hombre cruzó la calle y entró a la casa. La puerta se cerró detrás de él y la luz se extinguió dejando todo a oscuras, como lo hace la muerte.
Y el pueblo se sumió en su sepulcral silencio, preparándose para el reposo y la digestión.

17 de julio de 2015

Adiós hasta luego

Cuando uno sale de su casa no se prepara para no volver. No hay ceremonia, más allá de un beso en la mejilla, de un "adiós hasta luego", del silencio que se deja atrás solo interrumpido por el tintineo de las llaves.
Asomarse a la calle, aventurarse en la sociedad, en el entramado de calles y personas, de edificios y coches, del vértigo y la rutina, es un acto mecánico, casi inconsciente.
El motivo es diverso, a veces una excusa, otras una obligación. El trabajo, una cita, ejercicios, las compras, un encuentro, un olvido, una clase, una visita, un paseo. El catálogo sería infinito.
Según la ocasión, se viste bien, ropa cómoda, un poco de perfume, calzado liviano, todo terreno, las tarjetas, la billeteras, las llaves del auto, el candado de la bicicleta, el boleto de tren, la bolsa de las compras, o simplemente, sale, sin más.
Nadie repara en cómo ha dejado la mesada, si la cama ha quedado hecha, el polvo sobre las repisas, el libro a un lado del sillón, el control remoto encima del microondas, los huevos sobre la heladera, el reloj de la cocina sin pilas, los anteojos de lectura fuera de su estuche, las pre pizzas sobre la mesa; nadie mira hacia atrás para una última mirada, porque jamás se piensa en eso, porque cuando uno sale de su casa no imagina no volver.
El destino sin embargo no sabe de planes, de fechas, de promesas. Tampoco es cruel. Es directo, inesperado. tajante, definitivo.
Un accidente, un delincuente, una distracción, un conductor borracho, la caída de un alero, un avión con desperfectos, una caída desafortunada,  una bala, un cuchillo, el corazón, la mala suerte. Tantas posibilidades en el abanico de la muerte.
Y cuando las horas pasan y el sonido de la puerta no se escucha, ni los pasos en la entrada repiquetean como cada noche, ni el perro ladra cuando suele hacerlo, los que nos esperan se inquietan. Y en la casa, los objetos que allí dejamos permanecen como los dejamos, al aguardo del polvo y el tiempo, de su propio destino, el confinamiento en cajas, el reparto inescrupuloso, el olvido en el destierro.
Cada partida es un pedido silencioso de abrazo, el deseo de una última mirada, un arrebato de arrepentimiento y al mismo tiempo, un miedo a confrontar, un terror que erradicar. Porque sin saberlo puede llegar la muerte.
Cuando uno sale, no lo piensa.
Cuando uno sale, cree que va a volver.
Cuando uno sale, lo hace a ciegas.
Y está bien. Por una cosa es el destino, y la otra, la libertad de vivir.

13 de julio de 2015

Viaje al fondo de la oscuridad

Día a día mis pensamientos se volvían más negativos. Una parte de mí se aferraba a mi antiguo ser, radiante, feliz, siempre preparado para devolver una sonrisa. Pero esa parte se fue convirtiendo en una exigua fracción hasta disolverse por completo,
Primero fue una nube oscura envolviendo las ideas, una especie de tormenta pasajera con intensos chaparrones. Imaginé que todo pasaría resolviendo algunos problemas de la vida cotidiana. Las asperezas en la rutina la tornan insoportable, y a veces, limar esas aristas se transforma en la solución. Reconozco que no fui intenso en mis acciones. Postergué decisiones, di vueltas alrededor de los dilemas y fui indiferente a las consecuencias.
El trabajo, la familia, la relación amorosa, los amigos, el club, la salida del fin de semana, las fechas de cumpleaños, las visitas a los parientes lejanos... cada cosa se convertía en un problema, un obstáculo, una piedra en el camino.
Una mínima porción de la cada vez menos sensata lógica me tironeaba de los brazos, tratándome de hacer entrar en razón. En realidad el camino era el de siempre, con los mismos condimentos de cada día, pero de un momento a otro se fueron tiñendo de otros colores. En tonos oscuros. Los quehaceres, las obligaciones, hasta las distracciones, iban paulatinamente ganando la condición de "algo molesto".
Fue enfermizo, una época desgastante. Hasta salir a correo por el parque con los auriculares puestos parecía un suplicio.
Fui alejándome de mis amigos, quejándome de la familia, peleándome con mi media naranja, chocando con los compañeros de trabajo y ni qué decir de los superiores. La habitual rutina de años se convirtió en un un lapso que no podía determinar, en el infierno de mi nueva vida.
Siempre amargado, con acidez, ojeras enormes, malhumor, ganas de mandar a todos a la mismísima mierda por el solo hecho de dirigirme la palabra. Me fui aislando, reprimiendo, encerrándome, sin salir a ninguna parte, a evitar las visitas, a no contestar llamados ni devolver correos electrónicos. Fui cerrando cuentas de redes sociales, obligando a los demás a odiarme, apartándome de todo lo conocido.
Fue internándome en las sombras, en el olvido, amigándome con la oscuridad que iba rodeando cada acto, cada movimiento, La visión de las cosas ya era totalmente negativa, no había luz en mi vida. Y de a poco, casi como el paso siguiente, fui dejándome atrapar por la penumbra, desapareciendo poco a poco, poro a poro, átomo a átomo, de manera irreal.
Una noche, que quizá era día, quién sabe, a mi alrededor solo reinaba un mundo oscuro. No era necesario buscar una luz. No había lugar en este nuevo universo para ello. Me convertí en penumbra, en sombra, en la profundidad de la noche, Eso que nadie ve y que envuelve todo. Ese vacío que no tiene nombre, que va más allá de nuestros ojos y que atemoriza con su sola presencia.
Soy la suma de cientos de cientos de almas oscuras, abandonadas a su suerte, atrapadas por este ente desconocido y confortable que nos adormece en el tiempo y nos propone la eternidad a cambio de un descanso infinito sobre un manto de oscura realidad, tan silenciosa y cautivante como la muerte misma, que sin embargo vive y late, que subrepticiamente está en todas partes acechando, buscando como sanguijuela su próxima victima, otro espíritu en pena, otro futuro incauto al que la rutina se le hace a cada segundo, cuesta arriba.
Sin ser nada, lo soy todo. Y la realidad furtiva de mi existencia, este anonimato de sombras, es tan fría como despreciable, tan extraña como reconfortante, Es una ultratumba sin forma, etérea, inmortal. Una marea que se mueve sin sonido. Un monstruo que espera sin ser visto.

4 de julio de 2015

Tiempo de vivir

La luz cambió, primero a amarillo, luego a verde. El sonido arrasó sobre la avenida. El de decenas de coches lanzándose frontalmente hacia su destino. Pude oírlo a pesar de la puerta de madera que se interponía entre el interior y la calle. A pesar de sus gemidos pidiendo piedad.
Miré sus ojos que parecían a punto de estallar. Los miré detenidamente como quién dispone de la eternidad. En cierta manera, al perderlo todo, la eternidad era lo único que me quedaba. Y en esas pupilas desgarradas, jaula del terror y la incertidumbre, supe que había ganado.
Aunque no era una victoria para celebrar. Muchos ni siquiera lo interpretarían como justicia. Significaba algo personal, el saber que algo llegaba a su punto final y a partir de allí lo que seguía era simplemente el futuro.
Temblaba. El cuerpo desnudo de aquella basura se agitaba como si estuviera congelándose, pero muy por el contrario, su piel transpiraba gota a gota. Estaba nervioso, asustado, consciente plenamente de la muerte.
Suspiré. Ese suspiro que dice "es la hora". Entonces volvió a gemir, a emitir una especie de lloriqueo. De repente el olor a orín invadió el aire. Había cerrado los ojos. Ese espectáculo me había sido vedado.
Con la boca áspera arrastré las palabras:
- Te disparo, te dejo bien muerto, dejo que te pudras y sigo con mi vida. ¿Pero cómo hago para que ella no vuelva en sueños? Diez años tardé en dar con vos. No tiene que ser tan fácil tu suerte.
Lo levanté, le pegué con la pistola en la sien y lo desmayé. Lo llevé a una habitación trasera. Era una joya de la mecánica y la informática. El dispositivo donde lo coloqué era fruto de una investigación de varios años. Ergonómico, autosuficiente, autoabastecible.
Los paneles solares le darían energía por al menos diez años. El resto de la maquinaría podía fabricar suero durante todo ese tiempo. El sistema de goteo estaba perfectamente parametrizado y los anclajes y cerramientos eran imposibles de ser evadidos.
El hombre quedó atrapado dentro de mí gran invención. Estaba inconsciente. Era una pena. Me hubiese encantado ver como esos ojos volvían a palidecer ante la comprensión de lo que estaría sucediendo de aquí en más.
En el botón de encendido no coloqué la palabra "Start". Decía "María". Sonreí al verlo escrito y acaricié la superficie plástica con nostalgia. Esta vez no suspiré. Dije en voz alta "es la hora". Accioné el botón y el mecanismo comenzó a funcionar. El goteo asegurando el alimento para el cuerpo prisionero, ese cuerpo que debía vivir hasta que el sufrimiento fuera suficiente para esa basura. Los paneles solares atrapando el sol a través de una fina hendija. Y el brazo metálico debajo del colchón subiendo y bajando lentamente, penetrando por un conducto recto, frío, hacia la intimidad más profunda de aquella porquería. Una y otra vez, hasta el hartazgo y la muerte durante todo el tiempo que fuese posible.
Me dirigí hacia la puerta. Tomé el sobretodo, la valija y el sombrero. Apagué las luces y salí a la calle. La brisa y el ruido infernal de la ciudad me abrazaron, despidiéndose. Me alejé caminando lentamente. No volvería a aquella casa nunca más a pesar de haber adelantado los impuestos por diez años. No hacía falta. Las fotos de mi querida hija María venían conmigo. Su recuerdo también. La eternidad había terminado. Ahora empezaba el tiempo de vivir.

30 de junio de 2015

Destinos distantes

La última vez que se habían visto fue en la fiesta de graduación. Compartieron cinco años en la facultad de Derecho y luego el destino los distanció. El destino y la voluntad. Porque ninguno se preocupó en mantener el trato.
No fueron años de buena convivencia. Si bien así lo aparentaban, el problema entre ellos iba más allá de lo académico, de la necesidad de destacarse por encima del otro. Es cierto, fueron los tres mejores promedios, pero allí no radicaba el conflicto de la relación.
Camilo se especializó en temas civiles y se asentó en la Capital del país. Enrique viajó hasta el viejo continente, siguiendo su deseo de especializarse en casos internacionales. Mauricio decidió quedarse en su ciudad natal, atendiendo un estudio propio, sin demasiadas pretensiones.
El reencuentro no fue una casualidad. Casi treinta años después coincidieron por una causalidad. El pasado distante se instaló en todos a través de un mismo mensaje de texto.
Las pocas palabras anunciaban fríamente el triste final de Elsa. Acudieron a la angustiosa cita sin reparar en que verían nuevamente sus rostros. Las arrugas no sepultaban los rasgos de antaño, si bien las miradas se habían transformado en cicatrices del tiempo. Se reconocieron al instante y de la misma manera, evitaron acercarse.
Elsa yacía en un féretro oscuro, como el color predominante en la sala. Costaba verla de cerca. Había sido tan hermosa...
Ella los había formado. Se había tomado en serio la educación de cada uno. Habían sido sus conejillos de india. Aquella ayudante de cátedra luego escalaría puesto tras puesto y no pararía hasta la Rectoría. Pero para entonces, en la mente de los tres era solo un recuerdo.
Un muy mal recuerdo.
Quizá había sido su inteligencia, o su belleza, amén de sus voluptuosas curvas. O su voz, casi un ronroneo, la forma de mirarlos, de escucharlos... el embrujo había sido total.
Los tres se devoraron por ella. Trataron de ser los mejores para conquistarla. ¡Cómo si ella fuera el premio principal! Sin embargo, era tan solo un anzuelo.
Se pelearon, se juraron destruirse y tantas cosas más. Ella rió sola al final. En aquella fiesta de graduación se abrazaba al vice rector con la sensualidad que tantas veces le habían visto. En cambio, ellos, caminaban cabizbajos cada cual en un rincón, tratando de esfumarse de la Tierra.
Luego emprendieron caminos separados. Hicieron sus carreras sin saber uno del otro. Y finalmente, la muerte de ella los reunió. ¿Por qué habían acudido si tanto dolor les había provocado? Quizá para cerciorarse que era verdad. Qué la bruja había muerto. Tanto escalar para caer tres metros bajo tierra. Suerte inevitable, metáfora de la vida.
No se miraron, ni siquiera cuando el séquito partió rumbo al cementerio. La parada final.
Pensaron que el hechizo finalizaría al verla tendida sobre la tumba final, pero no fue así. El sabor amargo fluía como entonces, cuando treinta años atrás, vencidos por los celos, se habían trenzado en recia lucha y en vano se habían golpeado hasta el borde de la muerte.
Las heridas internas son las que nunca cicatrizan. Las que quedan para siempre. Las que los demás, los que saben el por qué, aún pueden ver.
Por eso los tres evitaron mirarse.
Nadie quiere observarse tal cuál es. A veces, la distancia es la única solución. Cuando el espejo está lejos, no hay acusación a la vista.

17 de junio de 2015

El ejército invisible

Cuando lo vieron aparecer sobre la colina, montado en un caballo de oscuro pelaje aguardaron en sus posiciones. Llevaba una espada enorme, que brillaba con los reflejos del sol. El hombre tenía fuerza, porque a pesar del tamaño la blandía cortando el aire con asombrosa facilidad. Su armadura, en cambio, parecía oxidada, desvencijada por el tiempo y el descuido.
Sabían de antemano que para conquistar el último y recóndito paraje del reino iban a tener que luchar a diestra y siniestra, porque nadie antes lo había conseguido. Ni siquiera nadie había sido capaz de regresar para contarlo. Cuando Lucius tomó el mando del ejército, el rey en persona le prometió las mejores tierras si lograba retornar con la noticia que en aquel distante lugar flameaba su insignia.
Llamaban aquel sitio con el nombre que ellos le habían impuesto, porque desconocían el verdadero. Le decían "Maldita", por las tantas misiones enviadas sin gloria. Lucius dio su palabra de retornar. Jamás había sido vencido en batalla.
Al ver a ese solitario guerrero, pidió paciencia a sus líneas ofensivas, esperando que de un momento a otro el resto del ejército se hiciera ver, desplegando su poderío sobre la vasta colina recortada sobre un cielo gris, repleto de nubarrones.
La tensión duró tan solo unos pocos minutos. El guerrero hizo girar la espada su cabeza y tras tirar hacia atrás las riendas de su equino, profirió un grito de guerra tan agudo que erizó la piel de cada soldado del reino y sin más, salió disparado colina abajo, en dirección a Lucius y su ejército.
El comandante no daba crédito a sus ojos. El guerrero, con tan solo una espada y su caballo, le hacía frente a quinientos hombres armados y preparados para morir por su rey. Y a pesar que aún resonaba en sus oídos aquel grito salvaje e infernal, no pudo más que echar a reír.
Pronto sus súbditos imitaron el gesto y al pie de la colina, centenares de almas rieron por última vez. Casi por compromiso levantó su lanza y con la tranquilidad de un triunfo en ciernes, dio la orden a la primera fila de soldados de ponerse en guardia y avanzar.
El guerrero se acercaba con estrépito, como si aquella colina incrementara el sonido de los cascos del caballo, del golpeteo del metal de cada parte de la vieja armadura y de la respiración agitada, repleta de furia, de ese ser solitario y valiente, disparado hacia una trampa mortal.
El ejército del rey avanzó, sabiendo que en segundos tendrían al enemigo entre sus lanzas. Entonces, cuando se aprestaban a atacar, las cabezas de los soldados saltaron por al aire, despidiendo sangre a raudales, como si de la nada misma varias espadas al mismo tiempo hubiesen ejercido un movimiento lacerante y letal.
Lucius retrocedió, espantado, La segunda línea de soldados no tuvo tiempo de reacción. Los hombres comenzaron a caer de extraña manera, emanando sangre de heridas espontáneas, como si algo que nadie viera los estuviera atacando. En tanto, el guerrero solitario avanzando sobre los cuerpos que agonizaban o yacían en la gramilla húmeda.
Los soldados iban siendo alcanzados de a uno y Lucius no tardó en comprender que allí sucedía algo inexplicable. Aunque sus ojos no pudieran ver, estaba convencido que junto a ese guerrero había un ejército invisible destruyendo a los suyos.
Algunos trataron de escapar, pero fueron alcanzados por armas inexistentes, cayendo desplomados sin vida en el pie de la colina. Lucios no esperó a presenciar el desenlace. Se montó a su caballo y aterrado se internó en el bosque. Pudo sentir durante un buen tramo la sostenida y profunda respiración de aquel guerrero y el sonido de la espada abriéndose paso en la densidad de los árboles.
Estuvo seguro que tarde o temprano sentiría el metal en la carne. Supo que estaba llorando de miedo y no estuvo seguro que aún vivía hasta cruzar el río y saberse en tierras conocidas. Esa noche, desolado, no pudo dormir. Temía que fuerzas invisibles lo ajusticiaran sin piedad, como había sido el destino de su gente.
Lucius cumplió al menos la promesa de volver. Retornó en tan malas condiciones que sus palabras, la historia que les acabo de contar, fue repudiada por todos, principalmente por el rey que despojándolo de todo rango, solo tuvo piedad en perdonarle la vida.
Ahora mendiga en las afueras del castillo, repitiendo una y mil veces la misma historia, de las que todos se ríen, mofándose de su trágica suerte.
Pero en el fondo Lucius sabe que se ríen por miedo, porque condenarlo a la locura es más fácil que enfrentar lo desconocido. Y sabe que una noche, cuando nadie lo espere, el infierno invisible arrasará todo lo conocido.

13 de junio de 2015

Restos de la tragedia

Escucho pasos en la terraza, como si hubiera una loca. Silencio y dos nombres pronunciados, inentendibles. Luego, el silencio.
Permanezco de pie en la cocina, el repasador en una mano, el vaso en la otra. Los sonidos se han ido. Queda el propio de la soledad, inquietante pero habitual. Me propongo salir al balcón y espiar. Estoy en el último piso, podría al menos escuchar mejor.
Pienso entonces en los ruidos. En la voz de mujer. En esos dos nombres que no pude comprender. ¿Anazor, Zafanor, Estanor? ¿Y el otro? ¿Teao, Tecsao, Temón? Quizá alguien hacía una broma, quizá alguna pareja de otro piso jugaba a algo. La noche y la terraza se prestan para eso.
Pero... un escalofrío me recorre la espalda. Dejo lo que tengo en las manos y me acerco a la puerta del balcón. No la abro, al contrario, la trabo por dentro. ¿Y si alguien está haciendo magia negra? ¿Y si asomarse depara una revelación repugnante o peor aún, una curiosidad letal?
Apago las luces. De repente el miedo que alguien esté observando desde otro edificio me embarga. Escapo entonces de las ventanas. No quiero que vean hacia adentro. La oscuridad ayuda, porque las cortinas no están colocadas. La atención sigue pendiente en todo momento de la terraza. En cualquier momento podría volver a escuchar la voz, los pasos, cualquier otro indicio.
Miro la hora. Me cuesta distinguir el minutero en el reloj de pared. Las sombras alargan las formas y el tiempo paciera desmembrarse en la penumbra. Suspiro. Pronto escucharé las llaves, como cada noche a esta hora.
¡Un grito! Me apoyo contra la pared, trago saliva, es un grito desgarrador. Otra vez escucho pasos, pero ahora son más fuertes, más frecuentes... ¡alguien está corriendo en la terraza! Deseo estar lejos, deseo cerrar los ojos y estar en otra parte, tengo ganas de llorar, comienzo a rezar en voz baja, todo al mismo tiempo. Quiero escuchar las llaves, la puerta abrirse, quiero que su mano encienda las luces, me busque en este rincón donde yace mi cordura y me tome en sus brazos, me ponga de pie y me diga que todo está bien.
Otra vez el silencio. Pero ahora escucho mi sollozo ahogado, mi respiración agitada. Siento humedad en la entrepierna y ni siquiera puedo avergonzarme. Apenas si puedo moverse. Incluso el alma está petrificada.
Los pasos otra vez se instalan en la terraza, se vuelven ecos infinitos, un inmortal suplicio. Cierro los ojos. Los gritos, esos nombres, desgarran la noche, pero nadie más los escucha. Porque comprendo que no están en la terraza, al menos en la que está al aire libre unos metros más arriba. Y a pesar del esfuerzo por ganarle al recuerdo, por mentalizarme en opciones imposibles, la realidad gana la batalla. Y esos gritos marchitos, deformes, se transforman en crueles fotografías, tan claras y certeras como la muerte misma.
Entonces escucho, mientras huelo el orín en mis piernas, esas palabras puñales que nunca dejarán de proclamarse:
- ¡Eleonor te amo!
Ese "teamo" inseparable en plena carrera al vacío, dicho ya cuando las piernas escoltaban al cuerpo en esa última manera de decirme adiós.
Mi querida Claudia, cuyas llaves ya no escucho, que vuelve en forma de tormento dejándome sin consuelo.
Finalmente se hace el silencio, posándose sobre las sombras los restos de la tragedia como motas de polvo lanzados al olvido, pero que ninguna brisa se encargará jamás de llevar lejos. Y allí estarán, siempre pendientes de nosotros.

10 de junio de 2015

En los yuyos de la vergüenza

Una cacerola de metal abandonada en los yuyos de un baldío reflejaba el sol de la tarde y señalaba un punto de aquel lugar. Los chicos estaban un poco más allá y estaban ajenos a su presencia. Otro objeto brillante los distraía y con razón. Era el eje de una discusión.
- ¡Qué te digo que no! - dijo con bronca Mariano.
- ¡Qué sí! - retrucó un exaltado Horacio.
Estuvieron a punto de ir a las manos, pero Teodoro y Gabriel intercedieron en el momento justo. Nadie quería peleas, solo definir el asunto. Pero al parecer, no sería tan fácil. El tema a zanjar no era cuestión de todos los días. Era muy diferente a las veces que pateando se les iba la pelota a lo de Doña Teresa. A nadie le gustaba ir a tocar timbre, sobre todo porque los sermones de la vieja de ruleros eran sofocantes, pero a la larga las reglas eran claras y aquel que la enviaba la buscaba.
Pero ahora el problema superaba cualquier otro que hubieran atravesado como amigos en su joven existencia. Lo sabían los cuatros, pero lo tácito no siempre es lo deseado, lo ideal, lo que corresponde hacer. O lo que es peor, lo que se debe hacer.
- Es tu culpa - insistió Horacio, pero bajando la voz y sentándose en el pasto húmedo.
Mariano no dijo nada, bajó la vista y la paseó por sus zapatillas.
- No importa de quién es la culpa - Gabriel parecía tener agallas, pero era miedo lo que hacía que hablara y tratara de buscar una solución - Ahora tenemos que hacer algo.
Teodoro siempre llevaba la voz cantante pero estaba al borde de las lágrimas. Una certeza recaía sobre el grupo y era que nada jamás volvería a ser igual. No lo es cuando cuatro personas, sin importar la edad que tengan, deben decidir que hacer con un cadáver.
El cuchillo seguía allí, cerca curiosamente de donde lo habían encontrado.
- Para qué lo agarraste... - Horacio murmuraba, hablaba casi para sí mismo. Lo hacía porque necesitaba imperiosamente no llorar.
Mariano tomó coraje y aferró las piernas. Ya estaban frías.
- ¿Qué vas a hacer? - Gabriel estaba preocupado, al borde del desmayo.
- Voy a llevarla hasta allá, cerca del tapial. Los yuyos están más altos. Van a tapar el cuerpo hasta que se descomponga...
- ¿Y el olor? ¿Y cuando noten que no volvió a su casa? - Horacio lo desafiaba con la mirada, el rostro hacia arriba, una lágrima en su mejilla derecha - Lo primero que van a hacer es venir a la zona de los baldíos, van a buscar donde siempre estamos, donde saben que viene ella...
- Algo tenemos que hacer... - Teodoro sin embargo no sabía que proponer.
- Ir a la comisaría, aceptar lo que nos toque - Gabriel caminó hacia el cuchillo y lo pateó lejos - Mi viejo dice que nada en la vida es gratis y parece que tiene razón. Esta la vamos a tener que pagar.
Por primera vez desde que había sucedido la desgracia, Mariano se puso a llorar. Aceptaba su parte de culpa. Caía en la cuenta de lo sucedido. Pronto atardecería y llegaría la noche. Pero sería una figura, tan solo eso. La noche ya había llegado para todos.
Soltó las piernas frías y el sonido hueco al chocar en el piso estremeció a todos.
- Mejor la escondemos - dijo Teodoro - La escondemos y que crean que fue otro. La llevamos donde dijo Mariano. Es verdad, los yuyos están altos.
Sobrevino el silencio. La brisa movía los pastos e inquietaba los ánimos.
- ¿Qué es lo correcto? - preguntó Gabriel.
Nadie contestó.
Poco después cargaron el cuerpo y lo escondieron en los yuyos altos. Dejaron allí también parte de su infancia. Se llevaron en cambio la vergüenza de estar vivos. Había sido un accidente, pero el miedo a que los demás lo entiendan de la misma manera es mayor. Es el instinto de supervivencia humano, aunque ellos, a tan corta edad no lo sabían.
Cuando cayó la noche, los Fernández salieron a buscar a Celeste, la perra collie de diez años que jamás se salteaba la comida de las nueve. La encontrarían a medianoche, entre llantos y maldiciones. El cuchillo ensangrentado apareció por la mañana dentro de una cacerola abandonada que refulgía en la tristeza del día.

6 de junio de 2015

Conejillo de india

Vinieron a buscarme de mañana, antes incluso que llegara el camión de mudanza. La desesperación me invadió ni bien las sombras ocultaron el sol y mis ventanas, a medio levantar, se tornaron oscuras como si fueran espejos negros.
Traté de correr escaleras arriba en busca de la escopeta. Una vieja reliquia de familia que sin embargo, cargada, era un arma letal como cualquier otra. Sin embargo recordé uno de los últimos diálogos con mi esposa antes de la separación y su énfasis en aquella condición que de todas maneras no sirvió para seguir tirando del mismo carro. La empeñé masticando bronca y luego, varios meses después, a mitad de camino hacia las habitaciones del piso superior, supe que todo estaba perdido.
No era una derrota digna. Ni mucho menos. Todo había sido una catástrofe desde las primeras pesadillas. Esas noches que bañado en sudor despertaba agitado, moviendo los brazos como aspas de molino, golpeando a veces sin querer a mi mujer en la cama. Noches de sobresalto y eterna vigilia. Litros de té y kilos de pastillas. Psicólogos, libros de autoayuda y discusiones conyugales por doquier.
Ella diciendo que cada día estaba más cerca del manicomio. Yo, dudando de mi cordura. Era insostenible el arriba de las estrellas. Acostarse era el presagio de un desastre. Las mañanas se volvían turbias, ojeras enormes distanciadas por una mesa de por medio, sobre la cual tostadas y mermeladas quedaban casi sin tocar mientras con ella nos lanzábamos dardos envenenados repletos de ira e impotencia.
Aquello era real. Lo decía entonces, lo sostengo ahora, mientras me veo descender peldaño por peldaño, sabiendo que todo había terminado. Los sueños agrios ya lo decían. No eran tales, claro que no. Nada podía impedir que persistieran a su antojo porque no era la parte de mi cerebro que soñaba las que los traía noche tras noche, sino aquella que traicionera hurgaba en los recuerdos.
No eran una pesadilla aquellas manos grises repletas de tentáculos que dubitativas temblaban sobre mi cuerpo. Ni esos ojos verdes de platinado contorno, enfrascados en cuentas cónicas, que girando sobre un mismo eje me observaban fulminante como si estuvieran absorbiendo hasta la última gota de mi ser.
Pero no alcanzó la revelación para que ella se quedara, al contrario, fue el detonante, la excusa, el discurso de despedida una amarilla tarde de otoño valijas en mano y la tajante advertencia de un nunca más.
Y en la soledad de aquella casa, la misma que supo tener un piso superior donde sobre un placard por años guardaba una escopeta, fui rumiando en pocas semanas la comprensión de la locura que no era tal y que sin embargo me desbordaba. Lo hacía en forma de imposibles, de un pasado pendiente y explicaciones truncas.
Hasta que esa mañana, la misma en la que tenía la esperanza de huir hacia un nuevo destino, creyendo quizá que de esa manera volvería a olvidar, ellos volvieron.
La escalera había dejado de ser una posibilidad, porque ya no llevaba a escopeta alguna. La oscuridad se fue cerrando cada vez más, rodeándome de manera sofocante. Luego llegaron los sonidos que por años había olvidado. Susurros, voces lejanas, incomprensibles y luego esos tentáculos grises saliendo de la nada y aferrándose a mis brazos. Uno de ellos ahogó mi grito, mi terror.
Una vez más me llevan lejos en una nave interplanetaria. Me someterán a vejámenes como cuando era niño. Me devolverán y luego regresarán por mí. Lo harán indefinidamente y no lo recordaré. Hasta que tras un largo período vuelva a despertar del letargo y me hunda, una vez más, en angustiantes pesadillas. La única esperanza se resume en la posibilidad remota de volver a tener una vida, por un tiempo, sin la conciencia de ser un simple conejillo de india.

28 de mayo de 2015

El conocimiento que viene del más allá

El niño se mostraba reticente, desviaba la mirada y buscaba en todo momento concentrarse en algún punto distante de la habitación.
- Martín, no tienes que preocuparte, tus padres solo quieren ayudarte.
El niño no contestó, sumiendo el lugar en un silencio incómodo, aborrecible. Por la ventana podía ver una ciudad inmensa extendiéndose hasta el horizonte, pero no llegaba ningún sonido a través de la misma. Era un piso veinticinco. Una especie de abstracción del universo.
El hombre caminó hasta su sillón de respaldo algo. Tomó asiento con movimientos lentos. No quería asustar al pequeño.
Permanecieron sin abrir la boca casi media hora. Martín, muy a pesar, rompió la monotonía.
- No estoy loco.
Tres palabras. Demasiadas. Necesarias.
El Dr. Rettana, según señalaba el título en la pared opuesta, supo que no debía desaprovechar el momento.
- No me han dicho que lo estés, si eso es lo que te ofusca.
- Es que... las voces solo las puedo escuchar yo. Por más que esté rodeado de gente, soy al único que le hablan.
- ¿Y qué es lo que te dicen?
- No lo recuerdo... ¡y eso me pone mal!
- ¿Nada de nada?
- A veces me parece que si y cuando voy a contar, me olvido, se me van las palabras. Creo que son respuestas a cosas que no sabemos, porque lo que me queda es la sensación de saber de repente algo muy importante, pero al querer transmitirlo a alguien, todo desaparece.
- Tus padres quieren que te hipnotice.
Martín dudó. Pensó que lo llevaban por creer que tenía algún tipo de demencia. Había leído sobre eso en internet. Jamás se imaginó que quisieran ayudarlo.
- ¿Y eso haría que recuerde?
- Podría ayudar.
- ¿Y si lo que las voces no quieren que transmita lo que me dicen...?
- No tendría sentido entonces que quieran darte conocimientos.
- Quizá si, quizá solo debería quedármelos. ¿Entiende? Si no busco divulgarlos, es posible que empiece a recordar lo que dicen las voces.
- Martín, eso no tendría sentido. Si tienes conocimientos importantes, es vital que los hagas saber.
- ¿Para qué?
- Para el bien de todos.
- ¿Y cómo saber si esos conocimientos causarán el bien?
El doctor guardó silencio.
- Voy a tratar de hipnotizarte, Martín.
- No quiero. Prefiero ir a casa.
Martín se puso de pie y avanzó hasta la puerta. El doctor no se movió de su silla. Esbozaba una sonrisa tímida, incierta. Cuando el niño llegó al picaporte, trató de girarlo. Estaba con llave.
- Quiero irme - dijo con énfasis
El doctor avanzaba en su dirección, caminando muy despacio.
- Eso no va a ser posible Martín,  tus padres están de acuerdo en que colabores. Para ellos, estás loco.

20 de mayo de 2015

Estrellas fugaces

Cuarenta y cinco hombres partieron desde la base antártica secreta ubicada justo debajo de la base alemana de Neumayer. Durante años se había construido un túnel hacia las profundidades. Minuciosamente se había quitado centímetro a centímetro de hielo, abriéndose paso a lo desconocido.
En la última década, minúsculos robot nanotecnológicamente preparados habían refinado los trabajos. Cuando los sensores enviaron la señal que indicaba que se había llegado a veinte kilómetros de profundidad, el organismo internacional a cargo de la expedición dio la orden de llamar a las personas elegidas a lo largo y ancho del planeta, cada una especializada en un área diferente.
Equipados con tecnología de última generación, incluso herramientas aún sin patentes, los hombres emprendieron la marcha sabiendo de la importancia de la misión, sin perder de vista que al mismo tiempo, se trataba de una aventura arriesgada como siempre lo es hurgar en lo desconocido.
Las comunicaciones se mantuvieron durante cincuenta y seis horas. Luego, de un momento a otro, de manera abrupta, se perdió todo contacto. Infructuosos fueron los intentos de los técnicos ubicados en la base secreta de recuperar la señal de los equipos de la expedición.
El silencio en las radios los paralizó durante setenta y ocho horas. En ese lapso se realizaron más de una docena de reuniones. Pocos líderes en el mundo sabían de la expedición pero exigirían una respuesta llegado el momento. Sin embargo, cuando el contacto se creía perdido para siempre, una estática inundó la sala de control de la base.
El operador de turno corrió a los sensores y no supo si gritar, llorar o reír cuando proveniente del parlante de la radio escuchó una voz en un idioma que desconocía. Pronto llegaron todos los intérpretes y el japonés supo que la suya era la lengua que se escuchaba. El rostro se le desdibujó al comenzar a traducir.
- Soy el único sobreviviente, no doy más, por favor vengan a buscarme.
El operativo demoró cinco horas en organizarse. No se sabía a qué distancia estaba el científico de nacionalidad japonesa que se había comunicado. Afortunadamente había recorrido a duras penas casi todo el camino de retorno, pudiéndose comunicar cuando le quedaban por recorrer tres kilómetros.
Su condición crítica de salud hizo temer por su supervivencia, pero los médicos de la base lograron mantenerlo respirando lo suficiente como para que su cuerpo se recuperara. Una semana más tarde volvía a hablar, ahora en inglés, idioma que conocía. A las pocas horas pidió conversar con el máximo responsable de la misión. A solas.
La reunión duró solo treinta minutos En medio de la misma, pidió que le alcanzaran su mochila. Habían revisado todo, pero no se habían detenido en un pequeño bolsillo donde el científico había guardado una tarjeta de memoria. Pidió una computadora portátil y colocó la tarjeta.
- Véalo por usted mismo - dijo el japonés.
El hombre parado a un lado de la cama palideció.
- Al final del túnel está la Tierra, como si la observáramos desde la Luna. Allí cayeron todos. Vi como se desintegraban en la atmósfera terrestre. Si no me cree, aquí están las fotos.
Dicen que la base ahora está cerrada y no se tiene en los planes volver a ocuparla El túnel ha sido cerrado y las pruebas de todo lo ocurrido, eliminadas. Hay quiénes afirman haber visto las fotos. Sin embargo no se conoce la identidad de ninguno de los involucrados.
Los intentos de este reportero de llegar al área donde funcionó la base han sido en vano. Nadie dice conocer su existencia. He estado en Neumayer y prácticamente me han tratado de loco. De manera obsesiva me encuentro interrogando a todo científico japonés que se tenga conocimiento. Espero algún día dar con la verdad. Mientras tanto observo el firmamento. Temo que las estrellas fugaces que a veces vemos, no sean tales.

16 de mayo de 2015

El eterno círculo de la vida, la muerte y el dolor

Para el filósofo Molitorni, la muerte es un punto inexacto en un círculo infinito que no marca un final (¿cómo podría en un círculo?) sino la continuidad de un mismo ciclo, eterno, infinito. Los círculos son personales y se cruzan a lo largo de la eternidad cíclica con otros círculos en indefinida cantidad de ocasiones.
Cada persona, por lo tanto, representa un círculo que en alguna parte tiene su nacimiento y en otra su muerte, siendo tan próximas una a otra, un punto del otro, que es imposible discernir entre ambos. Y además de próximos, son sucesivos.
Por supuesto, su visión ha sido denostada de mil maneras diferentes, desde el escarnio en el mundo de las ciencias a la edición de extensos trabajos en prestigiosas publicaciones refutando y abochornando al filósofo nacido en algún punto de su ciclo en la localidad argentina de Villa Constitución.
Molitorni ha visto erigir monstruosos interrogantes con el solo fin de desmoronar su teoría, como el de poner en duda la existencia de tal círculo al sentenciar que este no podría existir - como afirma el filósofo villense - previo a la muerte, dado que no estaría completo. Habría un principio y no un final. En cientos de foros ha tenido que defenderse afirmando uno de sus máximos postulados: los términos que conocemos y comprendemos como "principio" y "fin" no existen, son falsos. La continuidad es infinita, el círculo lo es, los hechos que suceden en ese círculo lo son. Se renuevan segundo a segundo, del nacimiento a la muerte - estados establecidos por el hombre y su ciencia - haciéndolo continuo, interminable.
Todo se repite en algún momento, todo es cíclico. Molitorni explica entonces a los que quieran oír - ya sea para asimilar o refutar - que lo que está haciendo en ese preciso momento, ya lo ha hecho infinita cantidad de veces y no habrá nada que pueda cambiarlo, ni lo que ha pasado antes o lo que vendrá después.
El mundo pensante se divide entre los que lo escuchan con paciencia y tratan de reflexionar acerca de sus ideas y los que sin preámbulos, se ríen a carcajada limpia. A Molitorni, sinceramente, todo aquello le chupa un huevo.
Sabe que en su círculo nada salvará a su hija de aquel asesinato a sangre fría en manos de un novio despechado y mucho menos, lo exonerá a él de la venganza fría y meticulosa, planeada durante meses, mientras la burocrática existencia acumulaba papeles en una causa judicial que se dilataba amontonando recuerdos y odio sobre capa y capa de polvo de bibliorato archivado.
Y entonces, una vez más, en su infinito infierno (y el de todos, el de cada uno), defiende a rajatabla su hipótesis. Lo seguirá haciendo, una y mil veces, en la eternidad de su círculo, que de tanto en tanto lo llevará a mancharse las manos de sangre y perecer entre barrotes, con el dolor encadenado al tiempo.

12 de mayo de 2015

Tren a París

La delgada línea blanca delimita su área. Hasta ahí puede llegar. Ni un paso más. Al cerrar los ojos el bullicio la asedia con mayor intensidad. Voces de hombres y mujeres cruzando barreras idiomáticas, palabras que no comprende pero que suenan dulcemente en sus oídos. Aquel es el paraíso, la antesala a una maravilla.
Tras las voces, otros sonidos. El vendedor de diarios en su puesto, ofreciendo los titulares del día. Las valijas con rueditas marcando el paso apresurado de sus dueños. El chirriar de los frenos de las grandes maquinarias, el pitido de los coches a punto de partir. Un océano vívido  de sensaciones que al cerrar los ojos impregna su espíritu. Universo único de la estación, de aquel andén en particular, de esa constelación de almas que coinciden con el mismo objetivo.
Una voz femenina con cierto eco metálico, anuncia a viva voz que el tren a París está pronto a partir. El bullicio se intensifica y puede sentir como pasan a su lado, la empujan, tratando de ganar el andén y aproximarse a los vagones que aguardan la partida. Un escozor recorre su cuerpo, que tiembla mientras las lágrimas la hacen sucumbir a su encanto. Quiere llorar pero se reprime. Sabe lo que sigue a continuación.
Abre los ojos y la línea blanca está allí, cercando su habitación, esas paredes blancas acolchadas, esa cama poco mullida en un rincón y una puerta más allá que no puede atravesar.
Y la vía de escape se esfuma, como un sueño, entre sollozos que no tienen libertad.