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27 de mayo de 2016

Gripe

Benito no quería ir a la escuela. Se había levantado con fiaca y el cielo gris que se proyectaba a través de su ventana confirmó su poca voluntad de salir esa mañana de la casa. Así que decidido, tomó el teléfono y llamó a la directora.
- Ana, hoy no voy a dar clases, llame si es posible a una reemplazante.
- ¿No te sientes bien?
Titubeó, podía mentirle acerca de su estado de salud o bien alegar un trámite de último momento. Eligió sin pensar.
- Gripe. Me sentí fatal toda la tarde y anoche caí en cama con fiebre.
- Benito, cuánto me apena escuchar eso. ¿Mucha fiebre?
- Si, muy alta - y como para confirmar su malestar, acotó a continuación: - Dudo que pueda ir al médico, quizá haga reposo todo el día.
Claro que lo haría. Se quedaría toda la mañana en la cama mirando alguna película online, luego pediría comida a domicilio, almorzaría y volvería a acostarse en su habitación a seguir mirando televisión. Era un plan perfecto para una jornada de nubarrones oscuros y brisa fresca.
- No te preocupes por eso Benito, no salgas, el día está espantoso. Nosotros te enviaremos al médico laboral.
Aquello despertó todas sus alarmas. Un profesional no demoraría ni dos segundos en darse cuenta de su estado. Debía actuar rápido.
- Ana, tengo pensado llamar a mi hermana, ella con seguridad me llevará cuando salga de trabajar, al mediodía.
- ¿Seguro? - la directora mostraba un real interés.
- Si Ana, además, una simple gripe no puede hacerme nada.
- No sabemos si es simple Benito, por favor, está la gripe A por todas partes. ¿Quién te dice que no la sea? Además, con tanta fiebre... es un factor a tener en cuenta. Mira, si para la tarde no has ido, envío al médico. Te estaré llamando.
Al cortar la comunicación, recordó a su amigo Fabián. El hermano era médico. No perdía nada con llamarlo y preguntarle si no le extendería un certificado médico. De esa manera, podría decirle a Ana que había ido al médico y tener el justificativo en papel.
Su amigo le solucionó el problema en pocos minutos.
- Me pidió mi hermano que pases a buscarlo cerca de las siete de la tarde, cuando está cerrando el consultorio - le informó Fabián más tarde.
Cuando a la tarde empezó a llover, agradeció no haber ido a trabajar. Consultó la hora y aún tenía tiempo para ver un capítulo más de la serie que había comenzado después de almorzar. Las ventajas de tener todo el tiempo del mundo es que uno podía decidir en qué malgastarlo.
A la tarde salió a buscar el certificado. Mientras conducía hacia el consultorio del hermano de Fabián se imaginó faltando varios días, quedándose en su casa, pidiendo comida a los deliverys y mirando películas y series. Sumaba al factor "no ir a trabajar", el de "estar soltero". ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes?
Cuando el médico le entregó el certificado, Benito hizo la pregunta.
- ¿Podrías darme otro con más días? La verdad es que estoy escribiendo una tesis de un posgrado y necesito de todo el tiempo posible, porque la fecha de entrega es antes de fin de mes y estoy atrasado.
Volvió a su casa con dos certificados, un kilo de helado y un pollo de la rotisería de la esquina. Antes de encender el televisor, le escribió un mensaje a la directora.
"Ana, es gripe. Me dieron un certificado por hoy y otro para los próximos cinco días, ya que debo hacer reposo". Recibió un "Ok que te mejores Besos" como respuesta.
Eran unas mini vacaciones, aunque debía cuidarse de no salir de casa. No podía exponerse que alguien del colegio lo viera lo más campante por la ciudad.
Al otro día, mientras miraba una película, recibió un llamado de Ana.
- Benito, por las dudas estamos tomando medidas de prevención y advirtiendo a los niños que la gripe está rondando. Hoy vendrá un médico a dar una charla al respecto. Tu caso nos ha puesto en alerta.
Agradeció el dato y aconsejó que se cuidaran. Mientras lo hacía, una gran sonrisa estaba instalada en su rostro. No le costaba mentir, lo estaba disfrutando. Cómo no hacerlo, recostado en su cama, con un desayuno abundante y una buena película en la pantalla.
Para la tarde había terminado una temporada más de la serie policial con la que se había enganchado la noche anterior, aunque estaba dudando entre una de un hospital y otra de zombis, como para variar un poco. En medio de una indecisión, llamó su amigo Fabián.
- ¿Vos sugeriste a mi hermano para que vaya a dar una charla sobre la gripe a tu escuela?
Benito casi se atraganta con la medialuna que estaba comiendo.
- ¿Llamaron a tu hermano de la escuela? No lo puedo creer...
- Me avisó recién que pasaba por casa después de la charla y cuando me dijo que era en esa escuela, supuse que vos lo habías invitado. ¿Fuiste a verlo ayer, no?
- Si, por el certificado, pero...
- ¿Pero?
- Le pedí otro, por cinco días más. Y en la escuela dije que tenía gripe. Hoy me avisaron que dan una charla sobre eso. Nunca me imaginé que iría tu hermano. ¡Con todos los médicos que hay en la ciudad!
- Bueno, si sabe que faltás con la excusa de la gripe, no pasa nada.
- En realidad, le mentí...
- ¿Cómo que le mentiste? ¿Dijiste una mentira en la escuela y otra a él?
- Y si, cómo le voy a decir que tengo gripe si estaba más fresco que una lechuga.
- ¡Pero es mi hermano, le hubieras dicho que era un pequeño favor nada más!
- Es que quería faltar más de un día.
- Vos querés mucho, eso es lo que pasa. Espero que no meta la pata.
- De todos modos, no sabe que trabajo ahí.
- Sabe, le dije hace un rato.
- ¡Le dijiste!
- Se me escapó en realidad, me nombró a la escuela y solté "el colegio donde da clases Benito".
- Seguro va a meter la pata, seguro...
- ¿Qué excusa le pusiste a él?
- Una tesis, de un posgrado...
- ¿Al menos lo estás haciendo? Al posgrado, digo.
- No, qué va. Ni pienso pisar volver a pisar un colegio en mi vida. Para estudiar, claro. Lo piso todos los días, enseñando.
- Entonces te corto y lo llamo. Quizá esté a tiempo de advertirle.
- ¿Y yo quedar como un mentiroso?
- ¡Sos un mentiroso! Ni estás enfermo, ni estás estudiando. Al menos decime la verdad a mí, qué cosa tan importante estás haciendo para inventar tantos pretextos.
- Estoy arreglando la casa, eso estoy haciendo. En la semana no tengo tiempo, los fines de semana los uso para descansar y no quiero perder las vacaciones haciendo lo que no puedo hacer el resto del año. La escuela es agobiante Fabián, los chicos están más descontrolados que nunca, son violentos, insufribles, cuando llego a casa por las tardes no tengo ganas de nada, ni una serie en la tele puedo ver, ni una serie...
Había levantado el tono de la voz, poniendo énfasis en cada palabra, dándole mayor vigor a lo que decía.
- Está bien Benito, está bien... tenés razón. La vida nos obliga a veces a sacrificar nuestro tiempo para sobrevivir, una rara y angustiante paradoja. Me gustaría poder decirte que estás equivocado, pero es un pensamiento afín. Más de una vez he tenido la misma reflexión y debo reconocer que no he tenido los huevos para poder aferrarme a una mentira y poder hacer en casa todo lo que Elvira me viene pidiendo desde que nos casamos.
- Tenés un hermano médico, podés aprovechar.
- Si, aunque es todo un tema para mí, está en el límite entre lo moral y lo filosófico. Lo que debo hacer, lo que necesito hacer. Mi familia me instruyó así, lo sabés bien, Podría hablarlo con mi primo, que es psiquiatra y ha estudiado mucho la mente y las derivaciones...
- ¿Tenés un primo psiquiatra?
- Si, Enrique. Lo has visto en algún que otro cumpleaños. Flaco, de barba...
- ¿Anteojos culo de botella?
- ¡Ese mismo! Bueno, te decía...
- ¿Y vive en la ciudad?
- Si, claro. Frente a lo de Marcos. Bueno, en realidad ahí tiene el consultorio. Vive con los padres, a la vuelta. El tema es que este dilema debo hablarlo con alguien. Lidiar con esta paradoja y quizá si, me anime, Ojo, no digo que estés equivocado. Pero hoy, no estoy de acuerdo. Y si mi hermano habla de más, por boludo vas a estar en problemas.
- No te preocupes Fabián, en serio. No va a pasar nada. Me ayudaste un montón llamándome.
Se despidieron, promesa de verse el fin de semana en el cumpleaños de Horacio. Al fin había podido cortar. Benito estaba exultante. ¿Hablaría de más el hermano de Fabián? No le importaba. ¿Consultaría Ana al doctor, por la gripe contraída por uno de sus maestros, que justamente saltaría en la conversación, sería un conocido en común? Tampoco lo inquietaba.
¡Cómo podía estar preocupado! Más sabiendo que el primo de Fabián era psiquiatra. No solo podía alegar un problema con el manejo de la verdad sino que podía pedir licencia indefinida. ¡Cuánto porvenir repleto de descanso asomaba en el horizonte! ¡Cuántas horas mirando series y películas! ¡Comidas en la cama! ¡Postres a cualquier hora! ¿Y si se cansaba? ¿Si esa vida lo aburría?
Y bueno, siempre estaba la posibilidad de volver a la escuela. Al fin de cuentas, era su trabajo.

22 de mayo de 2016

Sopa de gallina

Nuestras cenas consisten de sopa de gallina. Eso desde que tengo memoria. La abuela dice que es una tradición que arrastra de su madre. Pero sé que no es cierto. Todo comenzó poco después de haber llegado ella de Rumania, más precisamente después de haberse casado y haber tenido a su único hijo, mi papá.
La abuela, que traía sus costumbres familiares, cuyos orígenes se remontan a la edad media en Transilvania, se casó con un descendiente de un gaucho de las pampas, criado casi a la bartola de conventillo en conventillo.
Mi papá fue bautizado con el nombre de Tristán. Y jamás fue un niño bueno. Sus primeros años los vivió encerrados en el sótano de la casa. Mis abuelos tenían una humilde chacra, pero la habían dotado de un subsuelo donde pasó la infancia mi papá.
Con el tiempo, fue aprendiendo algunos modales y los actos de maldad que profesaba de pequeño fueron remitiendo. No todos, porque por las noches solía escaparse de la habitación que le habían asignado y dedicaba horas y horas bajo la luna matando animales de granjas vecinas.
Colocaban candados en las puertas, trancas en las ventanas, pero de alguna forma lograba ganar el exterior y cuando eso ocurría, las mañanas eran un espanto. En los alrededores de la casa aparecían plumas, cueros, entrañas, sangre...
Pronto los vecinos descubrieron que lo que estaba atacando sus propiedades provenía de la chacra de "los rumanos". Si bien mi abuelo no lo era, se habían ganado el mote. Cuando se pusieron de acuerdo y se acercaron a hablar, los padres de Tristán no supieron cómo actuar. Sin embargo, mi papá les ahorró las palabras.
Apareció de la nada y hecho un demonio saltó a sus cuellos, arrancando de a mordiscos las arterias, provocando una orgía de sangre y gritos. Los que trataron de huir fueron apresados y condenados a morir a fuerza de golpes y mordeduras. Fue un carnaval propio del infierno, ante la mirada consternada de mis abuelos, petrificados del miedo en la puerta de su hogar.
Pero mi joven padre no terminó allí la faena. Durante dos días recorrió las granjas vecinas y acabó con la vida de todo habitante en las mismas. Nadie quedó vivo. La misma suerte corrieron con el paso de las semanas los animales de las hectáreas adyacentes. Sin nadie que los protegiera, fueron víctimas fáciles del bestial Tristán.
Mis abuelos estaban aterrorizados y ni siquiera trataron de hablar con su hijo. Temían correr la misma suerte que todos sus vecinos. Tristán, por lo tanto, se convirtió en el "Señor" de los campos. Iba y venía a sus anchas, gobernado por una fuerza poco natural que hacía de sus noches, sus días y de sus días, sus noches.
La desaparición de la gente llamó la atención en los pueblos cercanos, donde ellos reponían sus provisiones de tanto en tanto. Aparecieron parientes para saber la suerte de sus seres queridos. Incluso la policía rondó la zona, en busca de pistas sobre los moradores de las "granjas fantasmas",
Los "rumanos" decían desconocer lo sucedido, pero las sospechas eran enormes. Tristán solía desaparecer cuando advertía la presencia de estos visitantes. Cuando retornaba, solía hacerlo bañado en sangre y con una gallina en la mano.
La locura tuvo su fin cuando Tristán conoció a quién sería mi madre, nieta de uno de los granjeros que perecieron al reclamar la muerte de sus animales en la puerta de la casa de mis abuelos. Siempre nos dijeron que la conoció en un baile, en uno de los pueblos. Pero lejos estuvo de ser verdad. La sorprendió una noche en el camino hacia la granja, perdida luego de vagar todo el día en busca de personas a quién consultar sobre el destino del padre de su mamá.
El destino de la joven era una muerte despiadada, pero la luna resaltó su hermosura en el mismo momento que Tristán había decidido salir de su escondite y terminar con ella. Quedó rendido a sus pies y se presentó como su salvador. Tristán, obrando como jamás lo había hecho, la condujo hasta la granja, donde le ofreció toda su hospitalidad.
Mis abuelos al ver este cambio en la conducta, adoraron a la joven. Ella jamás supo lo acontecido y tanto mi padre como mis abuelos evitaron contarle la verdad. Tristán cesó de matar y a los pocos meses yo estaba en camino.
Jamás pude conocerla. La noche en que me parió, Tristán la mató. Pudo haber sido la sangre derramada en el parto, en la habitación de huéspedes de la pequeña chacra, o la necesidad de matar tanto tiempo reprimida. Lo cierto es que mamá, de quién no tengo ni siquiera una foto, nunca pudo tenerme en brazos. Mi padre no le dio oportunidad alguna.
A él tampoco lo conocí. Esa misma noche, entre gritos desaforados y un llanto desconsolado, como si el acto que había cometido fuera una encrucijada de una naturaleza que lejos estamos de comprender, se internó en el campo y echó a correr.
Nadie jamás supo de él.
Me criaron mis abuelos, tratando día a día de hacerme feliz. Lo lograron, sin dudas que lo hicieron. Y cada noche, desde que tengo memoria, nuestras cenas fueron a base de sopa de gallina. Un día traté de preguntarle a la abuela y me dirigió una mirada gélida que estremeció todo mi cuerpo. El abuelo hizo un ademán para que callara mi curiosidad y nunca más traté de averiguar el motivo del reiterado ritual culinario. Hay cosas, creo, que es mejor no saber.
Hoy sigo sosteniendo lo mismo, y a veces, sobre todo por las noches, trato de pensar en la paz que tendría mi existencia de no haber sido por la última voluntad del abuelo en su lecho de muerte, que fue hablar conmigo a solas, lejos de los sollozos de la abuela, a quién la inminente partida de su compañero de toda la vida le estaba asestando el golpe más grande que pudiera imaginar desde su pobre infancia en Rumania.
El abuelo, temblando, me contó todo lo que he narrado... y algo más, espeluznante. Tristán corrió esa noche, tras matar a mi madre y es verdad, nadie volvió a verlo, pero no por haber huido lejos, sino porque el abuelo lo persiguió con estacas y crucifijos y al enfrentarlo cerca de la ruta, pudo reducirlo y apresarlo.
Desde entonces Tristán está encerrado y atrapado con grilletes en el sótano de la chacra, la misma que lo contuvo en sus años de infante, donde día a día es alimentado con gallinas, cuyos restos luego arroja en un cubo de metal que mi abuela recoge con sumo cuidado y prepara la sopa de cada noche.
Hablo en tiempo presente, porque aún respira bajo las baldosas de mi cuarto, en la total oscuridad, sin ningún otro propósito que el de sobrevivir. Mi abuela ignora la confesión de mi abuelo y es mejor así. No quiero culparla de nada. Al fin de cuentas el monstruo encerrado a un metro de donde escribo estas líneas es su hijo. Pero es hora de ponerle fin. De quemar desde las raíces la maldad. Incluso si eso implica, incinerar todo lo que he conocido en mi vida, que son estas paredes, estos campos, esta pobre vieja que en un castellano torpe sigue llamando a la mesa para tomar una sopa de gallina que me cuesta digerir, tanto o más que la verdadera historia escondida en este recóndito paraje del universo.

18 de mayo de 2016

Caído del cielo

Habitualmente no circulo por las calles del centro para evitar las multitudes, sobre todo en esos días del mes que vencen los impuestos y la gente sale como loca a pagarlos, con las consecuentes colas en los cajeros automáticos y los puntos de pago. Pero esa mañana me resultaba inevitable, dado que el cliente que debía visitar tenía su estudio justo frente a la plaza principal y como toda ciudad construida a la española, la misma se encuentra en el corazón de la ciudad.
Dejé el coche estacionado a un par de cuadras de mi destino, más que nada para no tener que pagar el estacionamiento medido, tan de moda en los municipios, que ya no saben de dónde sacar fondos para los gastos. Pasé delante del café más lindo de la ciudad, atestado de gente, crucé la avenida principal y tras subir dando saltos la escalera del edificio, me instalé delante del portero eléctrico, para buscar el timbre correspondiente al hombre que debía visitar.
En algún momento de este breve trayecto, Ulises debió de verme. Porque cuando estaba por llamar a la oficina de mi cliente, Ulises apareció de la nada y me aferró el brazo.
- ¡Negro! ¡Cómo caído del cielo!
Mi susto inicial, al sentir que alguien me tomaba del brazo, trocó en perplejidad. Si la memoria no me fallaba, a Ulises no lo veía desde hacía una década. O más. Pero a pesar del tiempo, era imposible no reconocerlo. Con su pera pronunciada y la cabeza calva como una calabaza.
Me estrechó en un abrazo y sin dejarme ni decirle hola, lanzó su pedido.
- Necesito que me prestes 200 o 300 pesos Negro, te juro que te los devuelvo apenas puedas.
Quedé en silencio, con el "¡hola, tanto tiempo!" entre los dientes. Si bien estaba como lo recordaba de la última vez que nos vimos, una tarde en el bar del Gringo, al mismo tiempo no. Es difícil de explicar. Allí lo tenía a Ulises, de cuerpo y alma, pero paralelamente me decía que era imposible, en tanto la cabeza trataba de encontrar el motivo por el cuál aquello parecía extraño.
- Mirá, con 100 hasta podría andar la cosa. Es largo de explicar Negrito, la verdad que parece que hace mil años que no estoy en la ciudad y sos el primer conocido que me cruzo. ¿Podés creer, Negro? El primero.
Me hablaba sosteniendo su mano sobre mi brazo, como midiendo la distancia o cuidando que no me escapara. Y mientras seguía pensando, qué había sido del Ulises. Porque ese día en el bar nos juntamos para despedirlo. Se iba a alguna ciudad distante ¿Rosario? ¿Córdoba? No, Rosario no. Rosario está cerca. Quizá Mendoza. La cosa es que se iba. Y después de eso...
- Si no cargo combustible, estoy jodido viejo. Jodido.
Después de eso, no supimos más nada. Así, de golpe. Un rumor que trajo la novia de Ezequiel, la novia de ese momento claro, hará unos diez años, porque ahora Ezequiel anda con un tal Quique, era que el nombre de Ulises había aparecido en un programa de fenómenos extraterrestres.
- No es necesario meterle super, mucho menos premiun. La normal, de paso rinde más lo que me vayas a prestar. Sé que no es buen combustible, pero el tema es poder salir de acá, vos me entendés.
No, claro que no lo entendía. ¿Ulises, después de diez años, pidiéndome plata? Aquella mina había llegado exaltada, casi corriendo, a la canchita de fútbol cinco donde por esos años nos juntábamos los sábados. Recuerdo bien como venía moviendo las tetas dentro de la musculosa blanca que llevaba puesta. Y pensar que el Ezequiel la dejó porque empezaron a gustarle los pitos. Pero la mina, agitada como estaba, nos preguntó antes que nada si el nombre completo de Ulises, era Ulises Follman Ortiz.
- Fijate, Negrito, fijate si tenés, haceme este favorcito que los Polis están pisándome los talones.
No dijo polis. Yo le entendí polis. Y pensé que se había mandado una y lo estaban buscando. Recordé entonces lo que había dicho la tetona que era novia de aquel maricón: "Escuché en la tele, que en San Rafael, desapareció un hombre después que varias naves no identificadas se dejaron ver en el cielo, rodeadas de una luz azul intensa. Parece que lo abducieron. Se llamaba Ulises Follman Ortiz".
Ya me parecía que era Mendoza, al menos era la provincia. Desde entonces no supimos nada más de Ulises. Ni siquiera, si aquello había sido verdad o no. Y ahora, allí lo tenía, pidiéndome un par de billetes en la puerta del edificio de mi cliente, a media cuadra de la plaza en la ciudad donde nos criamos.
Al fin hablé.
- Ulises ¿por qué te persigue la cana?
- ¿La cana? - se arqueó para atrás y dio paso a una carcajada. Siempre se había reído así - Los Posh-It dije. Son de la constelación de Alambhra, a diez años luz de Andrómeda. Los cagué en una partida de poker y se la quieren cobrar. Y vos podés creer que la nave se me quedó sin combustible acá a medio kilómetro. Decí que le echás cualquier cosa y funciona, pero nadie me fía un bidoncito. ¡Y claro, con lo cara que está la nafta! En ningún lugar del universo sale lo que sale acá.
Me volvió a pedir la plata.
Le di 250, me volvió a abrazar y se fue contento. Lo perdí doblando por la esquina de la municipalidad. Se lo comenté esa noche a los muchachos en el club y se quedaron boquiabiertos. Nunca más lo volví a ver. Aunque trato de saber de él. Ojo, no espero que me devuelva el dinero, ni mucho menos. Muchas mujeres me han sacado más guita que esa con versos menos complejos. Sin embargo, no dejo de leer ningún blog o sitio web sobre el tema OVNI. Y no es que lo extrañe. Todos nos acostumbremos a que Ulises no esté. Pero que tan solo exista la posibilidad que mientras yo escriba estas líneas él esté surcando el espacio en una nave extraterrestre, ya es suficiente motivo para que su paradero sea mi desvelo.


14 de mayo de 2016

Caminata al río

A sus pies, el río calmo mecía los pocos camalotes en la orilla. Cincuenta metros más allá un par de pescadores aguardaba en silencio la tensión en sus cañas. El horizonte eran islas y un cielo gris plomizo, inquieto fondo de un paisaje cómplice.
Con la punta del zapato empujó una piedra al río. Hizo un ruido imperceptible y desapareció de su vista, sumergida unos pocos centímetros en el agua marrón. Tenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y la mirada vagando de un punto a otro, sin observar nada en particular.
Había bajado la temperatura después de la puesta del sol y los pescadores se habían puesto sus abrigos. A él el frío no lo inquietaba. Estaba parado en la orilla sin ningún motivo en especial. O en realidad si, pero aún no lo sabía.
Esa tarde se había despertado de la siesta con una sola idea. Caminar hasta el río. Hacía meses que no lo hacía. Antes, cada mañana, recorría a pie las casi treinta cuadras que tenía desde el barrio en el que vivía. No era solo el río, las islas, la caminata en sí. Era el ritual de volver. El retorno a su niñez. A sus días de infancia con ese paisaje delante de los ojos. Los juegos en el agua, los picados de fútbol en las plazoletas, los mojarreros improvisados y las horas esperando el pique en compañía de hermanos, primos y amigos. Su adolescencia, la primera y única novia, el primer beso, la barra de amigos, las salidas, las trasnochadas en grupo, las mateadas de los domingos, el primer laburo...
Ese viaje implicaba a diario un sinfín de sentimientos. Como si pudiera desandar los años y retomar su vida desde cualquier momento. Pero al volver a casa sabía que no era así. Tan solo podía acudir a los recuerdos y por entonces, eso lo conformaba.
Pero la realidad ahora era otra. Desde la muerte de su esposa, la mujer que lo acompañó toda la vida, aquella caminata se postergaba cada mañana. Incluso, la había postergado ese mismo día, cuando después de unos mates amargos, se puso una campera y amagó a ir hasta la puerta. Sin embargo, tras la siesta, la idea se había hecho poderosa.
Y entonces caminó, pisando las hojas de otoño, respirando la brisa fresca de mayo, jugando a recordar los rostros de antaño y aún más difícil, darles un nombre y apellido. El río estaba allí, imponente pero al mismo tiempo, indiferente. No lo estaba esperando, como no espera a nadie. Solo está, porque su existencia es esa.
Cuando emprendió el regreso, ya de noche, los pescadores todavía estaban. Parecían anclados al lugar. Y es probable que lo estuvieran. Él mismo lo había estado, durante años, cada mañana de su vida.
Esa había sido su última visita. Lo supo de inmediato, al tiempo que le daba la espalda al colosal Paraná. Desde que había fallecido su mujer, no había vuelto a sonreír. Ahora lo hacía. Las manos enfundadas en los bolsillos, el tranco lento, la mirada en alto. No hacía falta otro regreso. Lo que buscaba no estaba allí. Nunca lo había estado. Volver era ponerle un marco al ayer, por temor quizá a que de a poco se fuera desdibujando. Pero era algo inevitable, la forma que tiene la vida en transformarse, en dejar lugar para el futuro.
Ignoraba cuánto tiempo le regalaría el caprichoso destino, pero de algo estaba seguro. No lo ocuparía en tratar de alcanzar un río cuyas aguas largamente ya lo habían dejado atrás.
Por eso sonreía en aquella fresca noche de otoño, caminando bajo estrellas ocultas y en calles desiertas.

4 de mayo de 2016

Ring raje

Soy adicto a tocar timbres. No es un pasatiempo, sino una adicción. La diferencia es que si bien me da placer, sufro mucho y tengo muy en claro que es algo que debo dejar de hacer.
Suelo salir a caminar con la excusa de ir al mercado, a buscar el diario o visitar a mi nieto en la casa de mi hijo y nuera. Pero en realidad, es un itinerario con un único fin, el de presionar timbres en las viviendas que encuentro en el camino.
Elijo las más cercanas a las esquinas, para poder escapar rápidamente de la vista cuando la gente salga a atender la puerta. No pierdo el tiempo cuando es un portero eléctrico. La ventaja del portero es que la gente no tiene que caminar hasta la puerta. Con solo usar el intercomunicador sabe si hay un visitante afuera o no.
También busco las últimas casas de la cuadra porque a esta edad tener que correr no es una elección, sino una imposibilidad. Cuando se superan los setenta años, la vida se hace cuesta arriba. Todo requiere un esfuerzo extra. Incluso las estrategias a la hora de tocar timbres.
Antes llegaba a tocar hasta tres o cuatro timbres en una misma vereda. Corriendo podía escapar con velocidad sin ser visto. En mis tiempos, era el mejor. Al menos entre mis amigos. Cuando purretes, claro. A partir que uno se hace adulto algo así se transforma en una cruzada solitaria. Incluso compartir el secreto es un riesgo. Uno puede caer en la adjetivación fácil y denigrante.
Le he tocado timbre incluso a mi esposa y me he divertido espiándola detrás del jacarandá de la vereda de enfrente. Le fastidia ser víctima de esa broma infantil. Supongo que a todos. Es una broma inofensiva, pero desconcertante. Puedo entender a las víctimas y hasta hacerme el que me da bronca cuando me lo cuentan.
Pero estoy del otro lado. Soy de los que tocan, no de los que van a atender. Y cada año que pasa, reconozco, me da un poco más de vergüenza el pensar que pueden descubrirme. Por eso comprendo que lo mío es una adicción. El sufrimiento va de la mano del placer, o del dedo en este caso.
Cuando el aburrimiento de la tarde se hace hostil y mis piernas susurran su incomodidad con pequeños calambres, me enfundo en mi otra personalidad y tras un beso en cada mejilla me despida de mi esposa, busco un pretexto y atravieso la puerta. Me convierto en el adicto y ya en la calle, de cada lado de la vereda, observo ávido las drogas en forma de timbre que esperan el asalto diario de mi perdición.

30 de abril de 2016

Las últimas monedas

Eran las últimas monedas. Podía sentir el peso en el fondo del bolsillo del pantalón como así el tintineo de las mismas al chocar entre sí. Miraba las mesas de poker y el deseo de estar sentado en alguna le provocaba un nudo en el estómago. ¿Cómo podía ser? ¿En qué cabeza podía existir esa idea? Sobre todo cuando había pasado las últimas cuatro horas en una, perdiendo uno tras otro los billetes de su sueldo. Salvo las monedas, claro. Las monedas estaban aún en el bolsillo del pantalón.
Debía estar sintiéndose mal, sufriendo al saber que había perdido la paga de todo un mes en un santiamén. Pensando quizá en las palabras que soltaría delante de su mujer, cuando ella comenzara a exigirle una explicación. Sin embargo, estaba bien. Angustiado, eso si, por no poder seguir jugando. Pero estaba bien. Malditamente bien.
Se rió solo, allí acodado en la barra del casino, despertando miradas ajenas y aburridas, de rostros portadores de diversas tristezas combatidas con tragos en vasos largos. No le importaba llamar la atención, al contrario. Que lo miraran riéndose en solitario lo animó al punto de estallar en carcajadas. Un hombre que usaba peluquín se alejó de su lado. Una señora entrada en años, que vestía una larga falda roja, prefirió apartarse un par de metros. Incluso el barman se distrajo de lo que hacía, dejando caer un limón al suelo.
Ponía nervioso a los demás. Podía sentir esa incomodidad. Era agradable, una sensación placentera. A veces lograba lo mismo en la mesa de poker, aunque no esa noche. Lo asaltó la tos en medio de las carcajadas. El turno de apartarse de la barra ahora fue para él. Se dirigió al baño de caballeros y corrió al lavabo de manos. Con la ayuda de la mano se llevó agua a la boca. Aprovechó para enjuagarse la cara. Ya no tosía, pero el rostro estaba colorado. Al moverse volvieron a hacerse escuchar las monedas. Un ruido más cerrado y sonoro llegó desde uno de los retretes. Alguien trató de taparlo con un carraspeo, pero el pedo había sido elocuente.
Algo tan tono como un pedo lo había devuelto a la realidad. Miró el espejo delante suyo y vio a un hombre con pronunciadas arrugas, de hombros caídos, con el rostro húmedo y agitado, el poco cabello algo revuelto, ropa vieja y desgastada... el semblante de un perdedor, de alguien que hay hecho de su vida la nada misma.
La puerta golpeó el marco. Alguien más entró al baño y fue hasta los mingitorios. Volvió a mirarse en ese reflejo de mal gusto pero de inmediato quitó la mirada. Era suficiente. Salió del baño, dejó atrás la barra del bar, las mesas de poker, las ruletas, siguió la alfombra roja hasta la salida y escapó, casi al borde de la histeria, al aire libre, donde la brisa fresca lo recibió sin previo aviso, como un sopapo en la mejilla.
Metió las manos repentinamente frías en los bolsillos del pantalón, topándose con las monedas. Las últimas que le quedaban. Había regalado el sueldo en un juego de cartas y ya nada le quedaba para el resto del mes. Solo esas monedas, migajas de la miseria.
Su casa estaba lejos, quizá servirían para el colectivo. Había llegado en taxi, pero aquel lujo era ahora un imposible. También lo sería hablarle a su mujer, pero esa sería una historia futura, con suerte de la mañana siguiente. Avanzó unos metros y se vio sobre un colchón, bajo la vidriera de una tienda de ropa. No era él, pero al mismo tiempo lo era. Ese rostro hambriento era prácticamente igual al que había visto en el espejo del baño..Con más cabello, sucio y despeinado, ropas andrajosas, menos dientes y una mirada sin brillo, ausente. Podía jugar a las "siete diferencias" si se lo proponía, pero no no más. Así de cerca estaba de su destino, así de cerca aquel hombre sin techo lo aconsejaba en silencio.
Tanteó el bolsillo y apresó con la mano aquellas últimas monedas. Se las dio al hombre sin pensarlo dos veces. Como a veces sucedía en las manos de poker, cuando actuaba por impulso y se quedaba sin nada. Ahora también, es un salto en caída libre hacia un abismo sin fondo, como su vida misma, de desencanto en desencanto, de frustración en frustración. La vida de un perdedor que se caga en todo, en todos, que solo le importa sufrir y sentirse menos.
La brisa se transformó en viento mientras dejaba la parada del colectivo atrás. La premisa ahora era caminar. Un pie detrás del otro, de a poco, lentamente, como no queriendo llegar nunca, como si el deseo fuera otro, uno más cruel pero justo, en el que la noche mostrara los dientes y en sus fauces lo engullera para privarlo de lo poco que aún lo hiciera feliz. Pero nada de eso sucedería. Caminaría, llegaría a su casa, pelearía con su mujer y la vida continuaría. Para mal, para bien. Ya no lo sabía. Quizá el destino era que algún día entendiera algo, una moraleja, una lección, algo. O tal vez, simplemente, que el azar le diera otra oportunidad y pudiera hacer su mejor apuesta.

24 de abril de 2016

Musa inspiradora

La rubia entró al bar hecha una furia, dejando golpear la puerta contra el marco lo que provocó que desde todas las mesas las miradas se dirigieran a ella.
Al verla, llevaron la vista a una de las mesas pegadas a la ventana que da a la calle. La mesa que siempre ocupa Luis.
Los altos tacones repiquetearon sobre el deslustrado piso de madera. Luis la había visto, pero se hacía el boludo. Fingía estar compenetrado en la resolución de un crucigrama en la sección de pasatiempos del diario.
Ella se plantó delante de la mesa y sin esperar que él se percatara de su presencia, escupió su bronca:
- ¡Luis, dejá de escribir sobre mí!
El hombre agitó sus hombros, para hacerse el sorprendido y levantó la cabeza hacia donde ella estaba. Le miró el rostro, luego las tetas - que parecían leudar dentro del escote - y otra vez el rostro.
- ¡Carinita, que linda sorpresa!
- ¡Qué Carinita ni ocho cuartos!¡Otra vez escribiste una historia conmigo como protagonista!
- Pero Carinita, es ficción.
La rubia abrió los ojos lo más grandes que pudo, se apretó los puños conteniendo la bronca y le pegó un zapatazo al suelo.
- ¡Me cago en vos Luis, sos un pelotudo! La primera vez, vaya y pase, lo tomo como un halago. La segunda vez, bueno, te la perdono, pero te lo advertí... ahora, la tercera, la cuarta y hoy la quinta historia en la que me hacés ver como la reina del glamour y las orgías en ese mundo pervertido que es tu cabeza ¡es el colmo! ¡Te voy a denunciar!
Y como sentencia física de la sentencia oral agarró el vaso de jugo de naranja que acompañaba el café y se lo arrojó a la cabeza.
Luis dio un salto hacia atrás, poniéndose de pie. No pude evitar el vaso, ni detener la caída estrepitosa de la silla contra el piso.
- ¡Carina, mirá lo que hacés!
- ¡Carina las pelotas, imbécil! Me cansaste, hasta acá llegó nuestra amistad, no quiero ni volver a verte y más vale que dejes de publicar esas historias en la revista, porque te mato, te corto el pito, te saco los ojos, te... - la rubia se largó a llorar, venía haciendo un esfuerzo enorme para aparentar fortaleza, pero aquella catarata de catarsis derrumbó todo intento de permanecer firme.
Luis se acercó, primero con miedo, luego envalentonado al verla quebrada anímicamente. Por las dudas alejó el pocillo del café, no fuera a ser que quisiera convertirlo también en un objeto contundente.
- Escuchame pimpollito, escuchame...
Entre hipos y manotazos al aire, ella lo dejó aproximarse.
- No escribo más sobre vos, te lo prometo. Se acabó. No me importa que la gente se enoje, ni que los editores pidan más y más historias de Carinita, ni todas las cosas lindas que me escriben los lectores, ni las cartas que llegan al diario, nada de nada. Se acabó. Te lo prometo.
La rubia tomó una servilleta y se la pasó por la cara. Se le corrió un poco de maquillaje pero no le importó. Luis se había acercado bastante, lo suficiente como para pasarle un brazo alrededor de los hombros.
- En... en serio que... - hipo - que la gente te escribe.
- Si, en serio. Aman a Carinita.
- ¿Me aman?
- Te aman, dicen cosas hermosas sobre vos. Están ansiosos siempre por la siguiente historia. Pero ya no importa. Lo que importa es que vos estés bien.
Carina se apartó de Luis y buscó una silla. Luis, nunca lerdo, acercó una silla a la de ella.
- Es que hoy en la peluquería volví a verme en una de las historias y me sentí...
- ¿Violada?
- ¡No! Vulnerada. Me da pudor.
- Mirá, esa sola noche juntos despertó mil historias en mi mente. Cada línea es un homenaje, un recuerdo vivo de mis sentimientos, quiero que seas eterna a través de mis letras. ¿No te gusta eso?
- Es que, la Carina de esas historias es tan...
- Encantadora
- No, puta.
- Carina, por favor, ella es un alma libre, decidida. Estás equivocando el punto de vista.
- ¿Seguro?
- ¡Segurísimo! ¿Soy el autor, no?
- Tenés razón - dijo la rubia, al tiempo que se ponía de pie - Mirá, hacé de cuenta que no dije nada, perdoname por el jugo que te tiré encima, si la gente me quiere, dale, seguí escribiendo.
Dio dos pasos hacia la puerta, se detuvo, giró, volvió hacia Luis, lo besó brevemente en los labios y finalmente se fue del bar.
La gente en las mesas volvió a sus asuntos. Luis se acomodó la ropa, juntó el vaso, la silla que aún estaba en el suelo y llamó a Ramón, el mozo.
- Traéme otro café Ramón, que éste ya se enfrió.
- Casi se queda sin musa inspiradora, Luis.
- No me hagás reír, le cambiaba el nombre y seguía escribiendo las mismas cosas. Pero era una lástima terminar así con una mina así. ¿Viste lo buena que está? ¿Y cuál es el precio? Un vaso de jugo en la cabeza.
- Pero no es la primera que una mujer viene y le revolea algo, Luis. ¿La semana pasada no fue una morocha? ¿No estará jugando muy al límite con sus conocidas?
 - Mi amigo, esta profesión no es fácil. Usted me me acá sentado la mayor parte del día, pero no se imagina lo que son las noches. No se imagina. Por eso, traiga un café fuerte, que esta noche no quiero quedarme dormido en la mejor parte.



20 de abril de 2016

El jaracandá

Conozco cada rama, cada una. Le temo a la noche, a sus recovecos, al silencio que genera y los sonidos que escupe, a las sombras que la luna dibuja con mala intención. Y por culpa de ese temor, es que las conozco mejor que nadie. Podría dibujarlas con los ojos cerrados. Podría, pero me aterro de solo pensarlas.
En mis noches de insomnio he podido observarlas en detalle, descifrando sus siluetas caprichosas, aprendiendo sus movimientos oscilantes y el repliegue ante el viento o la quietud ante la brisa.
Ese jacarandá justo delante de mi ventana ha sido en estos años de vida una compañía inquietante. He tratado de no mirarlo, de hacer el esfuerzo por voltearme en la cama hacia el lado contrario, pero el susurro de sus hojas me llama, me obliga a mirarlo, a tener la certeza que aún está allí y que sus ramas permanecen del otro lado del vidrio y que nada hacen por querer penetrar en mi cuarto.
Las noches en vela, que se traducirán en el cansancio y malestar durante el día, son la prueba irrefutable del conocimiento de las ramas del jacarandá. He imagino miles de historia sobre ellas, he visto como las hojas van y vienen, temporales moradoras. Y sin embargo, a pesar de todo, no me creen.
He llamado varias veces y me han tratado de absurdo, de loco, de estúpido. Conozco cada centímetro de ese árbol, cada contorno en la oscuridad. Por eso, cuando digo al teléfono a la operadora del 911 que aquello que pende a mitad de altura entre las primeras ramas y la cercanía de la copa no es otra cosa que un brazo colgando, lo digo con la total certeza que el miedo y las horas muertas me han brindado.
Es un brazo y se mece a voluntad del viento; es un brazo y ningún cuerpo.

16 de abril de 2016

Un hombre de negocios

Hasta ese día, Juan Carlos era un hombre de negocios. Exitoso, seguro de sí mismo, un emprendedor que sin temerle a nada apostaba en ganador. Su palabra arrojaba un manto de seguridad para los inversores que dependían de su visión. Mencionarlo en una conversación era inclinar la balanza a favor. Tal era el peso que tenía en el mundillo del dinero.
Puertas adentro, Mabel, su esposa, lo consideraba un buen marido, un padre preocupado y atento con sus hijos y una persona mucho mejor de la que siempre soñó como compañero en la vida. Si bien sus viajes continuos la afligían, el saber que la amaba le era suficiente.
El vuelo desde Estados Unidos se atrasó cinco horas. El mal tiempo en una de las escalas motivó que Juan Carlos no pudiera llegar a horario al cumpleaños de Matías.
- Estoy en taxi, amor, supongo que se están divirtiendo de lo lindo - preguntó Juan Carlos por teléfono a su mujer, tratando de disimular la bronca por no poder estar en ese momento en su casa.
- Si, pero Matías te espera a vos, quiere darte una sorpresa... pero no te preocupes, no le pidas al taxitas que se apure, vení tranquilo, él se está divirtiendo con los primos.
- No todos los días un hijo cumple cinco años.
- Pero si todos los días ocurren accidentes de tránsito - Mabel hizo una pausa - No importa la hora a la que llegues, el va a guardar la mejor sonrisa para vos.
Ella tenía razón. Le pidió al taxista que omitiera su pedido de apurarse. Se acomodó en su asiento y se dejó llevar por el paisaje exterior, tan conocido y al mismo tiempo inexplorado. Solo conocía oficinas y más oficinas.
El coche se detuvo frente a su casa al atardecer. La música llegaba hasta la calle. Una voz femenina contaba la historia de sapo aparentemente gracioso y saltarín. Sonrió antes de entrar por la puerta. Nada mejor que presentarse ante los demás con una grata sonrisa. No siempre era genuina, pero esa sí. Estaba en casa y su hijo celebraba su quinto año de vida. ¿Qué más podía pedir?
Mabel había estado atenta mirando de reojo por la ventana y lo había visto subir las escalinatas. Ni bien puso un pie en la sala, se arrojó a sus brazos. Quería sentir su cuerpo cerca, luego de varios días extrañándolo. Juan Carlos respondió abrazándola con fuerza. El sentimiento tácito, el poder sentir la respiración del otro, el fundirse en un solo ser. ¿Qué otra señal necesita el universo para comprender que eso es el amor?
- Matías está en el patio, quisiera en realidad llevarte a otro lado - Mabel sonrió pícaramente - pero creo que no vamos a poder - dijo largando una carcajada. Estaba feliz de verlo en casa.
Juan Carlos desajustó la corbata y buscó en su maletín el regalo envuelto en papel azul metalizado coronado con un moño dorado. Se había tomado una tarde para buscar aquel personaje del dibujo animado favorito de su hijo.
En el camino se encontró con parientes y amigos. Los saludó brevemente, con la excusa de saludar a su hijo. Fue hasta la puerta balcón que daba al patio y salió al exterior, donde algunas luces ya estaban encendidas, previendo el inminente adiós del sol.
Había muchos chicos correteando, la mayoría de mayor edad que su hijo más pequeño. Mabel solía invitar a los amigos de su hijo más grande, Ezequiel, al que creyó ver trepando a un árbol en el extremo opuesto del patio. Todavía no había podido dar con Matías. No estaba con los niños que jugaban sobre el césped, ni tampoco en el sector de juegos, que estaba compuesto por un tobogán, un sube y baja y dos hamacas.
Sin quitar la vista de los sitios donde había niños en grupo, fue hasta la parte posterior del jardín, siguiendo un camino de piedras que había hecho traer desde el sur del país especialmente. Al girar por detrás de la casa se detuvo de golpe y el regalo cayó de su mano al piso.
Dio dos pasos hacia atrás y trastabilló con sus propios pies, cayendo de espaldas ruidosamente. Algunos chicos que jugaban cerca se largaron a reír. Matías, en cambio, rompió en un llanto desconsolado, sin poder comprender por qué su papá al verlo se había asustado tanto.
Juan Carlos despertó dos horas más tarde en su habitación. Mabel estaba a su lado, con semblante preocupado.
- ¿Qué me pasó? - preguntó Juan Carlos, viendo que estaba en la cama.
- El médico acaba de irse, al caer te golpeaste la cabeza, pidió que el lunes sin falta te hagas una tomografía - le alcanzó un vaso de agua y prosiguió hablando - Matías se asustó mucho, estaba delante tuyo cuando te caíste.
Juan Carlos tosió mientras tomaba agua. Parte del líquido se derramó encima de su cuerpo. Mabel se apuró en quitarle el vaso.
- ¿Matías estaba ahí? - parecía sorprendido, no recordaba haber visto a su hijo.
- Claro que estaba ahí, te estaba esperando para darte una sorpresa, te caíste justo que él te encontró.
- Pero... - Juan Carlos quedó en silencio, pensativo.
Su rostro estaba pálido. Sus ojos entornados parecían querer algo que estaba más allá de sus recuerdos y sin embargo estaban posados en un recuerdo extraño, como si la imagen grabada en su cabeza estuviera allí mismo, entre él y su esposa.
- Algo te asustó - afirmó Mabel.
- No, no lo creo... yo...
- Te orinaste encima.
Juan Carlos quedó absorto. Instintivamente llevó sus manos hacia la zona de los genitales.
- Ya te cambié, no quería que el médico te encontrara así.
- ¿Qué dijo de eso? ¿Fue por el golpe?
- No se lo comenté.
Otra vez el silencio. La incomodidad. Cómo si ambos fueran dos extraños. Cómo si la escena de un par de horas antes, con el abrazo, la sensación de completa felicidad, hubiese sido protagonizada por otras personas.
- Ahí afuera había un payaso, Mabel - confesó al fin Juan Carlos.
Ahora la que parecía confundida era ella.
- ¡Claro que había un payaso! - no sabía si reírse o enojarse, la comisura de los labios se inclinaba hacia arriba y abajo - ¡Matías se había disfrazado de payaso para recibirte!
- Mabel, necesito vomitar, por favor...
Pero su esposa no tuvo tiempo de nada, Juan Carlos se inclinó fuera de la cama y arrojó lo poco que había comido en el avión sobre la alfombra de la habitación.
Mabel se llevó una mano al rostro.
- ¿Qué te sucede Juan Carlos?
Ahora lo notaba agitado. Ya se había recostado nuevamente en la cama. Se quedó mirando el techo al menos un par de minutos. Mabel estaba por ir a buscar algo con qué limpiar la alfombra, cuando escuchó su voz.
- Le tengo fobia a los payasos.
Ella giró para mirarlo justo debajo del marco de la puerta de la habitación.
- Era tu hijo, Juan Carlos.
- Solo vi un payaso. Es la imagen que tengo en la mente. Un payaso horrible, con garras en lugar de manos, sangre cayendo de sus labios y un líquido viscoso saliendo por los ojos.
- ¿Te estás escuchando?
- Así veo los payasos - nuevamente estaba pálido, como si el recuerdo de lo que había visto volviera a asustarlo - No tengo otra manera de verlos. Jamás llevé a los chicos al circo porque les tengo temor a los payasos.
- Bien, eso es algo que podemos hablar más adelante. Creo que lo importante ahora, además que te recuperes, es que puedas explicarle a tu hijo que no ha sido su culpa, porque está llorando en su cuarto desconsolado, pensando que el causó tu caída.
- Es que no ha sido él, sino ese payaso...
- Matías estaba vestido como payaso, incluso se había maquillado...
- Tenía garras, Mabel, garras enormes y la sangre...
- Juan Carlos, era tu hijo, maquillado por mi hermana vestido con un traje que le compré hace dos días en el centro. No había ningún monstruo.
- No, yo ví...
- ¡Juan Carlos, escuchate por el amor de dios! ¿Qué tomaste? ¿Te convidaron drogas? ¿Bebiste algo en el viaje?
El hombre de negocios cruzó los brazos, fastidiado. No pretendía que ella pudiera imaginarse lo que él vio, pero tampoco le gustaba que lo tratara así, con esa desconfianza.
Mabel giró para marcharse, pero él la llamó por su nombre.
- Es lo que vi, esa criatura no era Matías.
Ahora si, lo dejó solo en la habitación. Volvió más tarde con un balde. Se lo dejó a un lado de la cama y le pidió que limpiara. Y que cuando terminara, fuera a ver a su hijo.
Cuando Juan Carlos golpeó a la puerta de Matías, deseó que estuviera dormido. Sin embargo la vocecita de su hijo se escuchó invitándolo a pasar.
Estaba acostado en la cama, con la ropa para dormir. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. No había rastros del traje de payaso en ninguna parte y agradeció por ello en silencio. Abrazó a su hijo con mucho cariño.
- Feliz cumpleaños Matías - le dijo en un susurro, cerca del oído.
- Gracias por el regalo papá, la tía lo encontró en el suelo, ahí dónde...
Papá sonrió.
- Me alegra que te haya gustado - notó entonces que el muñeco estaba también en la cama, bajo la almohada.
- ¿Fue mi culpa papá? Yo quería darte una sorpresa y pensé que si aparecía de golpe te ibas a reír.
- No, no fue tu culpa, yo... me tropecé, creo que de la alegría de verte, debo haber tropezado, si, y lo que soy más torpe que un camello no pude hacer pie y bueno, ya me viste, me desparramé por todo el patio.
Dijo las últimas palabras riendo, por lo que ambos terminaron a las carcajadas. Mabel estaba en el pasillo y podía escuchar las risotadas. Eso la reconfortó. Sin embargo estaba preocupada. ¿Su marido estaría perdiendo la cordura?
La puerta de la habitación se abrió y Juan Carlos salió al pasillo. Quedaron mirándose en silencio.
- Perdón, perdón por arruinar este día. Primero llegando tarde, después con esa escena en el patio, no sé lo que me pasó - sus palabras querían asemejarse a una disculpa, pero a Mabel algo no le cerraba.
- ¿Por qué le tenés miedo a los payasos?
- Son seres horrendos, Mabel. ¿Nunca has mirado detenidamente a uno? Rostros enfermos, movimientos tontos, labios repletos de sangre, ojos que supuran, el cabello sucio y maloliente... y las garras, esas enormes garras en las manos y en los pies. Los payasos son ejércitos del diablo, provienen del infierno mismo.
- No puedo creer lo que escucho. ¿Te asustó algún payaso cuando eras chico? No lo entiendo.
- ¿Asustarme? Los payasos se devoraron a mis hermanos.
- ¿Qué hermanos Juan Carlos? ¡Sos hijo único!
Juan Carlos no contestó. Se mordió los labios y se alejó en dirección contrario. Ella lo alcanzó y lo sujetó de un brazo. Él no se resistió.
- ¿Qué decís Juan Carlos? Me das miedo.
Tragó saliva. Luego expulsó el aire de sus pulmones en un suspiro prolongado.
- No soy hijo único, Mabel. En realidad, no lo fui. Tenía tres hermanos, trillizos. Mis padres... te mentí sobre ellos. No tenían una tienda de ropa, ni siquiera solían tener ropas normales. Ellos eran payasos. Súbditos del demonio. Viajábamos de ciudad en ciudad, de circo en circo, de tragedia en tragedia. Salían disfrazados de payasos y volvían manchados de sangre. Con cinco años me quedaba a cargo de los trillizos, de sus llantos, sus berrinches, a veces hasta sin leche ni comida para darles. El error de ellos fue sumarse a un espectáculo que recaló en un pueblo de mala muerte, donde apenas si había unas diez familias. Y donde nadie tenía niños. Entonces, hambrientos, se devoraron a los suyos. Me escapé mientras eso ocurría. Corrí toda la noche por la ruta que nos había llevado hasta ese lugar. No podía detenerme, debía correr sin parar. Pero tenía cinco años Mabel, cinco malditos años. Ellos me alcanzaron en un viejo Renault 6. Me subieron al vehículo y en lugar de regresar, fuimos en dirección opuesta. Vi entonces todos sus bártulos en el asiento trasero. El asiento donde siempre iban ellos, los trillizos. Nos estábamos yendo, con seguridad a buscar un nuevo circo, otra aventura. Y no pude soportarlo. Me escabullí de los brazos de mi madre y le salté a la yugular. Le hinqué los dientes con furia. La sangre saltó como un rayo y manchó el vidrio de la ventanilla. Papá en su afán de quitarme de encima de ella soltó el volante. Me había agarrado del cuello cuando el vehículo, que se había desviado del camino, mordió una zanja y dio vuelta. Los dos murieron en el acto. Yo quedé atrapado en medio de los dos y no me hice un solo rasguño en todo el cuerpo. Sin embargo, esa noche murió mi alma, mi niñez, mi inocencia. Estuve en instituciones hasta que tuve la edad de trabajar. Toda mi vida Mabel, empezó allí. El trabajo, los estudios, vos, los chicos. Lo demás no tenía sentido revivirlo. Nunca. Pero hoy a vuelto, con afán de venganza.
Ella estaba en silencio, los ojos abiertos pero sin mirar. Imaginando quizá cada frase que Juan Carlos había soltado como quién abre una represa.
- Todos los payasos son así Mabel, por eso van de pueblo en pueblo, están malditos. Conozco el secreto que guardan, es una maldita carga que me acompaña desde pequeño. Al ver un payaso, veo lo que realmente son. Es el precio de saber quiénes son realmente. Para el mundo, soy un hombre de negocios. Interiormente, soy un sobreviviente. Y quiero que así siga siendo. Nada de payasos en casa Mabel, Nada de trajes coloridos y maquillaje. Porque de una u otra manera, quien los use, se convertirá. El diablo es muy poderoso. No lo tentemos Mabel, no lo tentemos. ¿Te parece bien, amor?
Ella dudó en contestar, miraba hacia la puerta de la habitación de su hijo continuamente. Su marido ahora parecía más calmado, había recuperado el color, pero al mismo tiempo, le parecía un extraño, alguien a quién debía comenzar a conocer nuevamente.
- Ahora quiero dormir Juan Carlos, mañana hablamos.
Él asintió.
- El traje... ¿dónde quedó?
Cerró los ojos, tratando de recordar.
- Debe estar en el lavadero, con la ropa sucia.
Hacia allí se dirigió Juan Carlos. Ella fue a la habitación. Ya era muy tarde. Estaba cansada y aquella revelación... la había extenuado. Le iba a costar dormir, sabía que así sería. Por la ventana le llegaba el crepitar de las llamas. No miraría, podía imaginar la columna de humo elevándose entre los árboles, escapando de las llamas, del traje ardiendo, retorciéndose en el calor, desapareciendo poco a poco, como si con aquel acto primitivo el horror pudiera convertirse también en cenizas.

12 de abril de 2016

Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp

Debía reconocerlo: no se llevaba bien con la tecnología. Lo que a cualquiera podía llevarle unos pocos minutos, a él le ocupaba un largo rato. Y le generaba además de impaciencia, un malhumor que demoraba aún mucho más tiempo en irse. Pero esa tarde no lo demoraba la trivial tarea de bajar una foto del celular a la notebook ni de adjuntar un archivo a un correo electrónico. Aquello era mucho más importante, era nada menos que la confección de su curriculum vitae.
- Traelo antes de las cinco - le había dicho el primo de su novia - Mirá que mañana empiezan las entrevistas.
Esa advertencia había sido disparadora de muchos temores antes de llegar a su casa y encender la máquina.
Seguro no arranca.
No voy a tener internet.
No hay papel en la impresora.
No queda tinta en la impresora.
La batería está muerta y la casa está sin energía eléctrica.

Mil posibilidades de fracaso desfilaron en su mente hasta llegar a la habitación, pulsar el botón de encendido y aguardar esos segundos críticos previos a observar la luz del led cambiar de naranja a verde y confirmar que los astros siguen alineados al contemplar en la pantalla aparecer el bendito logo del sistema.
Hasta allí, la tecnología.
A partir de allí, el simio tomando control de la tecnología.
Así se veía ante tremendas tareas. Buscó con el cursor del mouse el ícono del procesador de textos y lo activó con dos clics. Cuando el programa quedó abierto, ocupando toda la pantalla, supo que no tenía la más puta idea de cómo armar un curriculum.
Miró la hora en el reloj de la pared y mentalmente calculó que no podía esperar ayuda de su hermano más chico, que dominaba la computadora como un campeón.
- Para las cinco no llego - vaticinó en voz alta, sintiendo un sudor frío recorriéndole la espalda - Para las cinco no llego - confirmó, como quién martilla por las dudas dos clavos de más en el ataúd para sellar el pacto de la vida con la muerte.
Al menos se defendía algo con el celular. Le mandó un mensaje a Esteban, su mejor amigo.
¿Cómo hago un curriculum?
La respuesta llegó unos veinte segundos más tarde. Y era la madre de todas las respuestas.
Buscá en Google.
Chistó, más que reprochándose a sí mismo por no haber caído en la cuenta que era la mejor solución, que por la falta de ganas de su amigo de explicarle al menos un par de pautas para arrancar.
Pasó los siguientes veinte minutos viendo videos el Youtube. Lo sencillo del caso, era que aparecían en la búsqueda y lo único que debía hacer era cliquear para que arrancaran. Si hubiese tenido que buscarlos dentro de la página, ya hubiera sido otro problema.
Algo de idea le quedó después de escuchar y ver a desconocidos preparar curriculums en pocos pasos. Volvió al procesador de textos y vacilando tipeó su nombre. Había visto que poniéndolo arriba de todo y con una letra más grande que lo que iría a continuación, era una buena manera de comenzar.
- Algo es algo - dijo para matizar el silencio.
Había tomado notas en un papel a medida que veía los videos. Así que debía atenerse a esas líneas garabateadas en color rojo: datos personales, estudios y experiencia laboral.
Con los datos personales no había problemas, sabía su documento, la dirección, hasta incluiría el teléfono y el correo electrónico. Con los estudios había cierta discrepancia interna. ¿Debía incluir los cursos que había hecho durante los dos últimos años para no estar tan al pedo? Eran tonterías, pero no sabía hasta que punto podía aportar y cómo podían restarle credibilidad.
En Experiencia laboral surgía otro dilema. Jamás había trabajado. Y no le parecía buena idea poner que durante un par de años había acompañado a su padre a comprar repuestos para el taller hasta la Capital. Si bien su papá le tiraba unos mangos por acompañarlo, no era un trabajo en sí. Podía inventar algo, buscarle la vuelta, pero si le preguntaban luego cuál era su rol, se enredaría en su propia mentira de tal manera que seguro la cagaría. Se conocía demasiado bien como para correr el riesgo.
Así que solo puso sus datos y los estudios cursados. Pero sin los cursos de relleno, cómo los llamaba su hermano.
¿Tengo que aclarar que conozco a Emanuel, el novio de mi prima? se preguntó cuando creía tener todo terminado. Pero no le veía mérito a tal afirmación, si bien, basándose en las diez líneas tipeadas, sería lo único que podría acercarlo a conseguir el trabajo.
Lo descartó. En todo caso, sería Emanuel quién le diría a sus patrones que él era un allegado suyo.
Ahora debía imprimir. Encendió la impresora, cuidó que las hojas estuvieran en la bandeja y dentro de Archivo > Impresión encontró la opción. Se sentía un virtuoso de la informática. Hasta que apareció un mensaje diciéndole que los márgenes no eran correctos.
¿Qué márgenes?
Miró la hora. Tenía una hora para imprimir, comprar un sobre en la librería que abría a las cuatro y media de la tarde, meter el curriculum y llevarlo. ¿Y la máquina le preguntaba por los márgenes? Le dio a Cancelar y trató de averiguar que era tal cosa. Pero se equivocó.
¿Cerrar Documento sin Guardar? Si - No
Si
¡No!
Si, lo había cerrado sin guardar. La voz de su hermano llegó mentalmente hasta lo más profundo de su cerebro: Guardá siempre, no vaya a ser que se corte la luz o seas muy pelotudo de cerrar lo que estás haciendo y pierdas todo.
El sudor se transformó en una fina capa de vértigo arrastrándose por su cuerpo. Pero no debía ponerse nervioso, aún podía hacerlo de nuevo.
Abrió otra vez el procesador, aunque sin dejar de putear por lo bajo. Nuevo documento, hoja en blanco y poner otra vez el nombre en grande.
Volvió a escribir más o menos lo mismo que antes. Esta vez lo hizo más rápido.
Llegó a la fase de imprimir, el obstáculo a vencer. Pero ahora tendría más cuidado. Envió la impresión y al salir el mensaje, no canceló, sino que hizo clic en Aceptar y a los pocos segundos la impresora hizo el característico sonido de chupar el papel. El carretel comenzó a girar y el papel se deslizó con suavidad hacia abajo. Luego una serie de zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp y en un santiamén, la hoja impresa.
La tomó entre sus dedos como si se tratase de un pergamino antiguo, con todo el cuidado del mundo. Miró el enunciado en grande con su nombre, los datos siguientes y... ¿qué era aquello?
"No solo no tengo experiencia laboral sino que además me importa un pito lo que piensen de eso, putos reventados"
¡Él no había escrito tal cosa! ¡Jamás se dirigiría a nadie así frente a frente, mucho menos en papel y en un curriculum!
Miró en la pantalla de la notebook y comprobó lo que suponía. Allí no estaba esa frase. Sintió cierta repulsión y soltó el papel, que cayó torpemente al suelo.
Fue hasta el procesador de texto e hizo que se había olvidado. Grabarlo. Volvió a asegurarse que no había nada insultante ni extraño en el texto y envió a imprimir. Otra vez el mensaje de los márgenes. Aceptar. Impresora en acción. Sonidos. Hoja impresa.
Su nombre, los datos personales, su educación y...
"Puto el que lee"
Soltó la hoja como si estuviera maldita. Observó hacia un lado y otro, esperando quizá que de algún rincón apareciera tomándose la barriga de tanta risa su hermano, burlándose de lo tonto que era y de lo fácil que había sido engañarlo. Pero nadie salió de la oscuridad, ni de detrás del armario ni entró por la puerta. En la casa solo era él contra la tecnología.
Algo iba mal, muy mal.
- Chau, que se vaya a la mierda este trabajo - dijo a la habitación, en el momento exacto que su celular recibió un mensaje de texto.
Hacelo tranquilo al CV, que mi jefe te espera hasta las ocho.
Pero ya no era cuestión de tiempo, ni de conocimiento de la tecnología ni de ocho cuartos. En esto estaba metido el demonio, no le cabía la menor duda.
"Puto el que lee" le decía el papel desde el piso, justo encima del primero.
La patada salió del alma. Casi arrancada por la furia y el miedo. Directa a la pantalla de la notebook, como si tuviera la culpa de todo. La máquina dio dos vueltas en el aire hasta dar contra la pared. Hubo chisporroteo, mucho ruido y finalmente se desplomó detrás del cesto de basura.
La impresora aún tenía la luz led verde titilando, a la expectativa. Ni bien él la observó, comenzó a chupar papel: zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp. Una hoja cayó en la bandeja. De inmediato otra vez, el papel deslizándose hacia abajo. Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp. Otra hoja. Y luego, otra vez el papel siendo tirado hacia el carretel...
¡Crack!
Un pedazo de plástico saltó y casi le arranca un ojo, pero él ni se inmutó. Sentía el esfuerzo en el brazo derecho, de cuya mano pendía aún el bate de béisbol de su hermano.
Para qué te comprás un bate de béisbol, si en este país no hay una puta cancha de béisbol.
Sin embargo, le había servido. La impresora estaba partida al medio y tan solo había necesitado un golpe.
Envalentonado, buscó las hojas que se habían impreso segundos antes. Tuvo que tirar con fuerza para sacarlas de la bandeja. Habían quedado atoradas bajo el plástico quebrado.
En la de más abajo, había una sola palabra. En la segunda, dos.
La única palabra, en el centro mismo de la página en blanco y en mayúsculas, era PUTO.
Las otras dos: Estás muerto.
Soltó el bate de madera y el sonido que hizo al rebotar en el suelo repiqueteó cinco veces más en su cabeza. Estaba perdiendo la consciencia. Podía ver puntos negros cercando la visión, una marea oscura acorralándolo de a poco. Se sentó en la cama, tanteando las sábanas. En el pasillo ahora se escuchaban pasos. Alguien se aproximaba, lentamente. La impresora volvió a encenderse. A pesar de estar en dos partes, comenzó a tragar papel. Pero las hojas se amontonaban al no poder llegar al carretel y se doblaban en varias partes. Detrás del cesto de basura la notebook volvió a encenderse. Escuchó la melodía que hacía al arrancar. Trató de levantarse, pero la habitación no había tenido mejor idea que comenzar a dar vueltas a su alrededor. Se sintió pesado, cansado y con un incipiente dolor entre los ojos.
Los pasos se agigantaron, al menos en su cabeza. La oscuridad lo cegó.
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp

Despertó bajo una montaña de hojas impresas. Había perdido la noción del tiempo. Por la ventana podía ver las primeras estrellas poblando la noche. Se quitó los papeles de encima y al recordar lo sucedido, se puso en guardia. En su celular un ícono con forma de sobre le indicaba que tenía un mensaje sin leer.
Mi jefe te esperó hasta las ocho y se fue de mala gana. Me dijo que ni te molestaras en llevarlo mañana. Mirá que sos eh.

Observó las hojas impresas desparramadas en la habitación. Decenas y decenas de curriculums impresos. En ninguno de ellos había línea extra alguna. Ningún insulto. Ninguna amenaza.
Sintió angustia, pero no pudo ni llorar. Se había meado encima en algún momento, porque todavía tenía húmeda la entrepierna. Se estiró todo lo que pudo sobre la cama y fijó la vista en el techo. La pintura descascarada, una telaraña en una esquina y las manchas de humedad que parecían estar desde siempre, con sus formas extrañas y tremebundas, sobre todo cuando la tenue luz de la luna las baña con su halo de misterio y silencio.
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp

El sonido solo estaba ahora en su mente, casi por siempre. Esperando quizá sorprenderlo en el momento menos pensado.
Había perdido, debía reconocerlo. La tecnología lo había intimidado para toda la eternidad.

8 de abril de 2016

Impostores

Mi papá dice que vivimos en un mundo donde los que gobiernan en nombre del pueblo, en realidad lo hacen por intereses propios.
Un lugar donde las instituciones que deben proteger las leyes que nos mantienen a salvo, no lo hacen.
Dónde le tememos no solo a los delincuentes, sino también a los policías que deberían cuidarnos de ser víctimas de esos malvivientes.
Qué en las escuelas ya no se aprende, sino por el contrario, los chicos se estructuran merced a viejas estrategias de enseñanza.
Y que se vive para trabajar con el fin de llevar el pan a la mesa y ya nadie disfruta del simple hecho de estar vivo, porque ni tiempo queda. Y si lo hay, es para ver cómo ese dinero que se obtiene a cambio de trabajar para sobrevivir en detrimento de vivir, no alcanza para nada.
Mi papá me dice todo eso y me pregunto cómo es posible, si somos la especie más inteligente del planeta, haber llegado a este punto.
Se lo he preguntado a él, pero ha hecho mala cara y me ha pedido callarme, que soy chica y no entiendo. ¡Cuántos impostores que dicen ser lo que no son!
Lo que no entiendo, es entonces para que me dice a mí todas esas cosas. Quizá es lo que pasa a mayor escala. Todos los que tienen ese conocimiento se lo guardan para contárselos a sus hijos y no hacen nada al respecto.
Bien, quizá esperan que en el futuro nosotros hagamos algo. Al fin de cuentas, dicen que somos el futuro.
Claro que si de esto se llegan a enterar los que nos gobiernan, las instituciones de la ley, los delincuentes, los policías, los que nos educan, es probable nos hagan cagar en el camino para que no movamos un pelo. Pensar en eso me da escalofríos. Por eso prefiero mirar la tele hasta el hartazgo, para olvidar todo y sentirme... ¿contenta? Al menos, sé que en la tele, todos son impostores.


4 de abril de 2016

El fondo del patio

El fondo de mi patio es un cementerio. Creo que el de muchos. He leído de ciudades que poseen un cementerio de mascotas para enterrar a sus animales queridos cuando les llega la hora de dejar el mundo de los vivos. En mi casa, desde que tengo uso de razón, cuando algo muere va a parar al último metro cuadrado de tierra.
El primer recuerdo es bien de niño, tendría cinco o seis años. A Paloma, mi hermana mayor, ya la dejaban ponerse tacos altos. Ella era la dueña de Angelita, una tortuga de la que nunca supimos la edad. La muerte de Angelita fue la mejor enseñanza que pude tener a esa edad. Porque todos teníamos la idea que las tortugas viven muchos años, más de cien me había dicho. Pero la presión que ejercen los neumáticos de un automóvil parecen poder atentar contra esa estadística sin el menor esfuerzo. Papá la enterró en el fondo del patio, en un pozo bastante hondo, pero pequeño si se lo miraba al ras del suelo. La bolsa en la que la envolvieron era roja. Ese color quedó asociado en mi cabeza siempre al de la muerte.
Unos años más tarde fue el turno de Horacio, el perro salchicha. Una noche comenzó a llorar y no paró hasta la tarde siguiente, cuando papá de un martillazo en la cabeza lo golpeó para que dejara de sufrir. Por la reacción que tuvo de salir con el revólver a la calle y tratar de entrar por la fuerza en la casa del vecino supe que al Horacio lo habían envenenado. El vecino se mudó al poco tiempo. Papá era una persona persuasiva y bastante violenta, aunque no con nosotros.
En esa ocasión me permitieron dar algunas paladas en el momento de ahuecar la tierra. No fue exactamente en el mismo lugar de Angelita, lo que me posibilitó entonces colocarle una cruz a cada uno. Las tuve que quitar a las pocas horas, porque a papá la idea no le gustó.
Con el correr de los años, el cementerio familiar sumó a Corintia, una gata siamesa que si bien no era de la casa, se pasaba toda su existencia en la ventana de la cocina y de tanto en tanto recibía alguna sobra de comida; a Filomeno, un pez payaso que le habían regalado a mi hermanito menor después que insistió alrededor de una semana que quería a Nemo (desde entonces, papá prohibió que viéramos películas que tuvieran animales como protagonistas); a Carlos, un perro callejero que tuvimos tan solo cuatro meses; a Sabina, una lagartija que uno de los tantos novios de mi hermana le había regalado cuando empezaron a salir; y a Paloma.
Esos son los entierros que recuerdo de cuando era niño. Si bien todos representaron algo, el de mi hermana me marcó a fuego. Fue un accidente, todos lo lamentamos. Papá era alcohólico, pero solo peleaba en el bar. A mamá dejé de verla de muy pequeño, según papá nos había abandonado ni bien nació Luciano, mi hermanito, al que le llevaba cuatro años, así que al crecer nuestro referente femenino fue siempre Paloma.
Claro que ella hacía su vida y noviaba todo el tiempo. La noche en que murió, ella volvió a casa antes que papá. Como solía pasar, quedábamos solo con mi hermano y si bien nos queríamos, reñíamos todo el tiempo. Nos costaba dormir estando solos. Tratábamos de mantenernos despiertos jugando o mirando televisión. En mi caso, estaba entrando en la adolescencia, pero Luciano aún era chico. Por lo tanto, solía manipularlo fácilmente. Esa noche lo obligué a mirar una película de terror en donde un hombre mataba a su esposa, la cortaba en pedazos y la escondía en un freezer, en el sótano. Ya de por sí, eso era terrible. El problema empezaba - en la película - cuando estando el tipo en el living tomando un whisky, ve pasar rodando la cabeza de la mujer por el pasillo.
Eso desató las quejas y el llanto de Luciano. En ese momento, esas trágicas coincidencias de la vida, llegó Paloma y acto seguido, cinco minutos después, mientras estaba calmando a mi hermano, entró a casa papá totalmente borracho. Creyó que Paloma le estaba pegando a Luciano y se la quitó de encima. Ella trastabilló y la cabeza pegó contra el borde de la mesa de la cocina. Cayó fulminada. Al verla en el suelo, la sangre creciendo como una aureola alrededor de su cuerpo, quedamos en el más completo silencio.
Lo que siguió a continuación fue casi mecánico, una especie de acto reflejo. Al borde del llanto, pero guardando las lágrimas, como nos obligaba papá cuando enterrábamos una mascota, fuimos por una sábana, envolvimos el cuerpo de Paloma y la arrastramos hasta el fondo del patio. Luciano y yo hicimos el pozo, mientras papá apuraba una botella de vino. Una vez hecho, él se encargó de arrojarlo dentro. Cuando terminamos de cubrir de tierra la tumba, estaba amaneciendo.
Pasó un año hasta que volvimos a hacer un pozo. Fue para enterrar a papá. Con Luciano estábamos prácticamente famélicos. Él se gastaba todo el dinero de la pensión que le daban del abuelo en bebidas y no teníamos qué comer. Una noche lo esperamos detrás de la puerta y lo derrumbamos con una llave cruz que durante años estuvo tirada en el patio. Para asegurarnos que no se volviera a levantar, arremetimos contra su cabeza hasta que aquello parecía una ensalada de frutas hecha solamente con frutillas y cerezas.
Lo enterramos entre Horacio y Paloma. A partir de entonces, me encargaba de ir a cobrar la pensión, alegando que papá estaba enfermo y falsificando una autorización escrita. A pesar de no ir a la escuela hacía mucho tiempo, me las arreglé muy bien con esa parte. Así estuvimos un par de años, hasta que cumplí los dieciocho. La edad me habilitó un terreno prohibido hasta entonces. El bar.
Comencé a ir, dejando encerrado con llave a Luciano. El alcohol me brindó la sabiduría que la vida no había logrado darme. Supe de inmediato que Luciano sería un problema. Quizá, de la misma manera que hicimos con papá, él arremetería conmigo. Una noche volví y al encontrarlo durmiendo, le gané de mano. Lo asfixié con mis propias manos.
Lo llevé envuelto en sus viejas sábanas de los Power Rangers hasta el fondo del patio. Tomé la pala y comencé a cavar en uno de los pocos lugares donde no había cuerpos. O eso creí. Primero golpeé lo que en parecía un hueso de la pierna - nunca aprendí los nombres - y más tarde un cráneo. Al sacar una palada tras otras reconocí la tela roída que acompañaba los huesos. Cómo no hacerlo, si una de las pocas imágenes de mi madre era vistiendo ese vestido rosa. Cavé y cavé, emocionado por el descubrimiento. Encontré dos cráneos más. Supuse que eran los abuelos, a los que no alcancé a conocer.
Terminé la faena sonriendo. Al final, el cementerio no era cementerio desde Angelita, sino desde mucho antes. Papá lo había inaugurado antes incluso que yo estuviera en los planes. Era bueno saberlo. Siempre es lindo encontrar una conexión con la sangre que uno lleva dentro. Los genes, según dicen.
Ahora vivo solo, aunque acompañado por dos perros y un gato. No veo la hora de poder enterrar a alguno de ellos.

31 de marzo de 2016

Palabras perdidas

Las llamas crepitaban dentro del tacho de metal, arrojando luz sobre las paredes lindantes. El techo cóncavo del puente ofrecía más que refugio aquella cruda noche de otoño. Los hombres reunidos ante la presencia del calor y la compañía destilaban además de mal olor y escandalosos sonidos de estómagos vacíos, la sabiduría en falta en el resto del planeta.
Uno de ellos, el de gorra roja carcomida por los ratones, arrojó una piedra en el aire y la volvió a tomar.
- He tenido un sueño - anunció.
Los demás se acercaron con avidez. Allí nadie tenía nombre, arrebatado por la vida junto a tantas otras cosas. Ese hombre era para aquel grupo de sobrevivientes simplemente "Alpiste", porque solía ser lo único que comía a lo largo del día. Sin embargo, "Alpiste" hacía algo que nadie más podía: veía el futuro.
Sabiendo lo que sus visiones generaban, siguió jugando con su piedra hasta que los hombres se acomodaron a su alrededor.
- He visto un futuro, uno no muy lejano en donde se enseñaba una lengua perdida, casi arcaica, mítica, que otrora fuera el pilar de la sociedad.
Los hombres emitieron un "Oh" gigantesco y el aliento de sus voces agitó el fuego, provocando una danza mística de sombras sobre los ladrillos iluminados de calor.
- Un lenguaje - continuó - que contenía las palabras perdidas de la humanidad. En mi sueño, nadie sabía cómo se llamaba ese idioma, ni el por qué de su desaparición. Pero créanme amigos míos, que al escuchar esas palabras repetirse en el futuro, supe que nuestro actual sufrimiento es solo parte del sacrificio en pos de una nueva generación. Esa, la que pronto volverá a decir esos términos escondidos y mancillados, esas verdades cortas arrebatadas sin razón. He llorado en el sueño al escuchar esas voces pronunciar "Perdón", "Por favor" y "Gracias".

28 de marzo de 2016

Penumbra de juventud

El cabello alborotado le caía sobre la frente. De tanto en tanto con un movimiento repentino de la mano derecha se lo quitaba, pero a los pocos segundos volvía a desmoronarse en su lugar.
Con la mano izquierda sostenía la ametralladora. Dentro del ómnibus parecían estatuas, salvo algunos que temblaban levemente. Solo una de las chicas sentadas al fondo sollozaba, anticipando su suerte.
Hacía al menos quince minutos que no hablaba. La directora del colegio yacía muerta en el primer asiento. Había sido la última en tratar de dirigirle la palabra.
- ¡El próximo que abre la boca termina como ella! - había dicho de inmediato y dadas las circunstancias, nadie hizo caso omiso de la sugerencia.
Las ventanillas tenía corridas las cortinas, para que nadie pudiera ver desde afuera. En el parabrisas había colocado camperas y tampoco nadie podía observar a través del frente. En el interior del vehículo, por lo tanto, reinaba la penumbra.
El celular del chofer comenzó a vibrar. El hombre no iba a poder atenderlo, dado que había sido el primero en perecer en manos del chico. Éste, sin dudarlo, lo agarró con velocidad y se lo llevó al oído.
- ¿Quién habla? - preguntó.
Durante unos segundos escuchó con atención pero sin perder de vista el interior del ómnibus, luego vociferó:
- No quiero nada, tengo cuarenta razones para hacer esto, ni una más ni una menos.
Cortó y arrojó al suelo el teléfono.
El semblante seguía siendo el mismo, con los ojos que parecían a punto de estallar.
Una joven sentada en la cuarta hilera levantó una mano, como si estuviera pidiendo la palabra. El joven le arrancó cuatro dedos de un solo disparo. El estruendo hizo que varios gritaran. Luego solo quedaron los chillidos de dolor de la chica. Alguien a dos asientos de distancia se levantó para ayudarla. Nunca llegó. Un disparo lo alcanzó en el pasillo, donde quedó tendido.
- El que se mueve, muere - anunció el muchacho, dando un paso hacia delante.
Se detuvo de inmediato, porque golpearon la puerta del vehículo. Volvió unos pasos y espió hacia fuera. Un oficial de policía aguardaba junto a su madre.
Maldijo por lo bajo. ¡Qué hacía su mamá en el lugar! Aquello lo puso fuera de control. Sin pensarlo dos veces, abrió fuego contra la puerta. Quienes estaban del otro lado, se desplomaron como palomas al suelo. Los gritos volvieron a retumbar dentro del ómnibus. ¡No los soportaba!
Barrió el interior con una ráfaga de municiones al tiempo que bramó a viva voz:
- ¡Silencio!
Sollozos, quejas de dolor, el lugar era una pesadilla. Por su fuera poco, un grupo comando comenzó a abrir la puerta. Los ahuyentó de momento con más disparos. Pero volverían a intentarlo. Y si él no se calmaba terminaría matando a todos y ya no tendría rehenes que lo mantuvieran a salvo. A sus pies, el pasillo era un río de sangre.
El cabello volvió a incomodarlo. Una vez más lo quitó con fastidio. En ese momento escuchó una risa. Primero tímida, luego firme y sostenida. Apuntó hacia los asientos buscando a quién sería su próxima víctima. Pero dio un salto hacia atrás. La risa provenía de una chica con un agujero en la frente.
Otras risas se sumaron a la primera y uno de los cuerpos caídos en el pasillo se dio vuelta de manera sobrehumana para señalarlo con el dedo. Por supuesto, también se reía. El joven apuntó y accionó la ametralladora, pero las balas no salieron. Al mirar hacia abajo, notó otra cosa. Estaba desnudo y su pito era un fideo que caía hasta el piso. Ahora todos se reían de él. Sintió vergüenza y furia. Trató de dar un paso hacia delante, con el fin de aplastarle la cabeza de un pisotón al cadáver descarado que tenía más cerca, pero una mano le sujetó el brazo. Su madre había logrado abrir la puerta y estaba tirando de él para hacerlo salir del ómnibus. Tenía el cuerpo repleto de disparos y aún sangraba de varios de ellos.
- ¡Basta! - gritó en vano, mientras los demás estudiantes avanzaban lentamente hacia él...
- Esteban, vamos...
Esteban se sobresaltó y cayó hacia atrás. Estaba sentado en su silla y no había pupitre a su espalda. Dio contra el piso, con un estruendo enorme. Casi como un disparo.
- ¡Esteban! Deje las payasadas y vamos, que ya sus compañeros están yendo a tomar el ómnibus - el gesto de su profesora era de real indignación. Lo tomó del brazo y en un segundo lo puso de pie.
- Camine, antes que lo deje como castigo en el colegio - le dijo mirándolo con enojo.
El chico se apresuró a colgarse la mochila al hombro, pero en ese momento la palpó y sintió el cuerpo de la ametralladora dentro. Un escalofrío recorrió cada centímetro de su existencia.
- ¿Viene o no? - preguntó de mala manera al docente - ¡Mire que es un bicho raro usted!
Esteban no lo dudó.
- Vamos - dijo, casi en un susurro.
El futuro era incierto. Aunque nunca peor que su pesadilla.



24 de marzo de 2016

Frutilla

La melodía destila recuerdos, aromas, sabor a infancia. Llega a sus oídos desde el otro lado del parque mezclada con el trinar de las aves barulleras en las copas de los árboles. Un par de chicos se disputan una pelota bañada en barro, mientras otros tantos aguardan recelosos cerca de lo que pretende ser un arco y que para cualquier distraído, solo son dos montones de remeras. Sus voces también se confunden con los demás sonidos, pero en un diálogo tácito casi difícil de explicar. Cómo si la vida entablara una conversación abstracta y universal, con un código secreto, vivo, palpitante.
El hombre cruza el verde césped dejando atrás las hamacas, el sube y baja y el tobogán. También la improvisada cancha de fútbol y el arenal para los más pequeños. Ya puede divisar el tránsito detrás de los árboles, los coches yendo y viniendo a gran velocidad sobre la avenida, pasando inmutables ante tanta belleza. No se da cuenta, pero sus labios se mueven al compás del tarareo de esa melodía que lo llama.
Cuando llega a los árboles, lo ve. El heladero avanza lentamente en su bicicleta, pedaleando casi con desgano, la mirada viajando de un lado a otro, buscando un posible comprador. La melodía pegajosa, casi una caricatura de la obra de Beethoven pero al mismo tiempo, una obra en sí misma, se hace más vívida. Cada nota es una invitación a correr hacia la bicicleta. Y eso hace el hombre, agitando una mano en el aire con el brazo extendido casi en forma de súplica.
El heladero sonríe. Siempre lo hace. No necesita mayor información, porque se detiene y aguarda. Por las dudas vuelve a pasear la mirada por los alrededores, quizá alguien más ha caído en las fauces de la tentación. El hombre para entonces está a su lado, pero aún no habla más que el saludo cordial con la vista. El heladero comprende, sabe que esa persona hace tiempo que no vive esa situación, que quizá está asimilando el ayer con el hoy, tratando de buscar diferencias, de alcanzar misterios insondables que antaño. Porque ya no es un niño, porque ha crecido.
Solo cuando el hombre suspira, en parte por el esfuerzo de haber corrido, en parte porque la realidad le ha recordado donde estaba, el heladero pregunta por el gusto.
- Frutilla - dispara el hombre con total seguridad, como si la palabra hubiese estado allí por muchos años esperando por ser dicha - Frutilla - vuelve a decir, con el corazón lleno y los puños cerrados.
El intercambio se produce, el helado, el dinero. Una sonrisa, otra sonrisa. Y luego, el adiós. La melodía suelta nuevamente sus alas y las piernas del heladero le dan vida una vez más a los pedales. Las ruedas se ponen en movimiento y el pedaleo aleja al heladero del parque. El hombre queda solo, con el helado de frutilla en la mano. Y a pesar que la melodía se aleja, permanece allí, en su cabeza. Al probar el helado, tiene el mismo sabor que cuando era niño. No se parece en nada a ningún otro helado de frutilla que haya probado, ni siquiera al que hace su mujer repleto de frutillas frescas. Es el helado de su infancia.
Cierra los ojos para saborearlo, sentirlo en la boca. Cuando los abre el parque ha desaparecido, también la avenida. Vuelve a estar en la plaza del barrio, es verano y sus amiguitos están contra el tapial todos transpirados, la pelota a unos metros. El sonido atrapado en el aire de "Para Elisa" es lo único que persiste. Uno de los chicos, Manuel, levanta la mirada.
- ¡Eh, Victorio! ¡Convidanos de tu helado!
El se acerca, temeroso. No de los niños, que son sus amigos, sino de estar viviendo ese momento. ¿Cómo es posible? Pero allí están Manuel, Pablo, Felipe, Alejandro... cómo si el tiempo no hubiese pasado. ¿Qué clase de magia es esa? Entonces observa el helado y entiende que lo que está sucediendo, sucede por ese simple palito de agua.
Y a medida que se lo van pasando de uno en uno y el helado se va acabando, las formas se van desdibujando. Cuando Pablo, sonriendo, anuncia que el último bocado es de él, los chicos y la plaza se esfumaron sin dejar el menor rastro. Otra vez ante sus ojos aparecía el parque con sus árboles.
El hombre permaneció de pie, asimilando cada instante. La melodía había cesado pero el gusto a frutilla aún estaba en su boca como el cabo de madera del palito de agua en su mano.
Caminó luego un largo rato por la zona, pero ya no pudo escuchar al heladero. Se dijo, en vano, de volver al día siguiente. Algo en su interior le dijo que no lo volvería a encontrar. Volvió al parque y se dejó caer en un banco de madera. Los chicos ya no estaban y los únicos que compartían el lugar con él, era una pareja de jóvenes besándose bajo un árbol. La luna se dejaba ver en todo su esplendor entre la copa de los árboles. La noche había llegado. Metió la mano en el bolsillo y recordó donde había ido a parar su último billete. Sonrió. Había sido un día extraño, pero maravilloso.
Puso sus piernas en movimiento y dejó atrás el parque. Le quedaba un largo trecho hasta el puente, y con el estómago vacío y una sola frazada, la noche se haría larga. Pero no estaba preocupado como otras noches. Tenía el alma llena. Y para un hombre de su edad, viviendo en la calle, sin más aspiraciones que la muerte, aquello era mucho decir.
Caminó a merced de las estrellas, tarareando esa hermosa vieja canción.

26 de febrero de 2016

Relatividad de la teoría general

En mis años de facultad la física era la totalidad de las horas, de los días, de las semanas y de los meses. El tiempo, mi tiempo, tenía un solo dueño.
Y sin embargo, el tiempo como tal era tan frágil como cualquiera de las páginas de los enormes tomos que leía a diario. La percepción del mismo resultaba tan relativo como las mismas leyes lo dictaminaban.
Su dilatación me resultaba fascinante. Desde que la teoría de la relatividad llegó a mi conocimiento cuando era pequeño, resumida y escuetamente explicada en una revista infantil, no hacía otra cosa que pensar en dicho fenómeno.
En el cuarto de la pensión en la que viví durante varios años, las paredes estaba cubiertas por un afiche grande de Einstein y un total de setenta y seis relojes. Uno por cada año de vida del gran Albert.
Al terminar mi carrera tuve la oportunidad de viajar a Suiza, donde trabajaría durante dos años en el reconocido CERN (Consejo Europeo para la Investigación Nuclear). Mis funciones estarían relacionadas al estudio de la materia condensada. Sería complejo explicarlo en pocas palabras.
Lo cierto es que nada de eso ocurrió, de la misma manera que mi amor por la física se desvaneció prácticamente en el acto en aquel primer otoño en las tierras de la economía estable y - justamente - los relojes.
Hasta entonces jamás había tenido tiempo para novias, pero Raquelle, la joven asistente de mi flamante director, cautivó mi corazón. No voy a jactarme que traté de conquistarle, más bien la fortuna estuvo de mi lado y su bandeja de comida felizmente tropezó con mi cabeza en la primera semana de mi - en definitiva - corta estadía.
Una cosa llevó a la otra, como siempre ocurre con las relaciones y los grandes descubrimientos. El amor, podría decirse, contiene fórmulas hasta ahora inexpugnables por el ser humano. Al mes nos consideraban una pareja con futuro, más allá de mi precario francés y mi tendencia a comunicarme con gestos. Pensé - erróneamente, como he pensado erróneamente toda mi vida - que sería así.
Sucedió un sábado, tras un almuerzo en un restaurante cercano al CERN. Una pequeña discusión, la primera y última, con Raquelle. Me enojé. Mi falta de experiencia en relaciones amorosas me hizo perder los estribos y en lugar de contar hasta cien y retomar el diálogo, me puse de pie, arrojé la servilleta sobre el plato a medio terminar de spaguettis en salsa de camarones y salí a caminar.
Trataba de no pensar en nada, pero la idea del tiempo se impuso en mi mente. Esa fijación en la dilatación temporal despertó de golpe un impulso, casi un grito instintivo del cerebro, quizá el mismo que otros científicos han escuchado en el momento menos pensado llamándolos a la acción con el propósito último de un gran descubrimiento.
Corrí al CERN con números, letras y símbolos en la cabeza. La fórmula había llegado sola, desde la bronca, la rabia, la enfática soledad humana de mis horas, semanas, meses y años.
Einstein estaba equivocado y todos los demás que luego dedicaron sus estudios a entender el tiempo. Yo, por ende, también lo estaba. Pero ahora tenía la respuesta ante mí. Raquelle había quedado en el olvido, quizá había sido el descanso que mi mente necesitaba para dar el salto con fuerza hacia el entendimiento.
En Suiza el CERN tiene una maravilla bajo los pies. El Gran Colisionador de Hadrones, de veintisiete kilómetros de longitud. Allí se descubrió el bolsón de Higgs entre otros éxitos enormes.
Pero el de ese día, sería único. En pocos segundos la física quedaría "patas para arriba" y las piezas del gran puzle a medio armar volverían a estar desparramadas sobre el tablero. Todos empezaríamos de cero.
El tiempo, mi obsesión, desaparecería y todos, absolutamente todos, veríamos el error y el nacimiento de un nuevo significado.
Era sábado y tenía un pase a todas las áreas. Nadie sospechó que usaría el Colisionador de Hadrones. Se necesitan protocolos para ponerlo en marcha, pero los omití todos. Necesitaba revertir unos procesos, introducir nuevas variables y ubicarme en el centro mismo del enorme gusano subterráneo.
Lo hice y aquí estoy, tratando de comenzar este libro definitivo, con este prólogo introductorio. La tarea no es fácil, porque el tiempo se ha esfumado y dónde me encuentro apenas si hay piedras, rocas y enormes cuevas. Cada letra me lleva un tiempo que antes definiría como cinco minutos, pero hoy que conozco la verdad ni siquiera necesite que le brinde un nombre.
Las paredes hablarán por mí. Alguien las leerá y entonces la verdad saldrá a la luz. "Cuándo" es una palabra interrogativa que ya no tiene valor. Porque el tiempo, estimados, es solo una ilusión y si el ser humano lo creó es solo para sentirse atado a una realidad. Sin el tiempo, se hace tangible otro término que siempre fue abstracto: libertad.
Real e inexplicable, libertad.

20 de febrero de 2016

Anclas en el ayer

Hace unos años tuve un accidente horrible. Habíamos planeado ir de vacaciones a Brasil en automóvil, con mi marido y los dos niños. Pero nada de eso se hizo realidad.
A los pocos kilómetros de salir nos embistió un camión que se cruzó de carril. Solo yo sobreviví.
Me llevó mucho tiempo sobreponerme, no solo a las lesiones físicas, también en el plano mental y espiritual. Demoré meses en asimilar lo sucedido y conciliar una tregua con el dolor.
A lo largo del último año traté de hacer de cuenta que nada había ocurrido, que en realidad jamás lo había conocido a él y mucho menos haber tenido a esos pequeños. Traté, pero no pude.
La angustia es como la marea. Remite para volver con más fuerza. Y cuando lo hace, me arroja contra una pared imaginaria en la que me estrello con violencia. Durante semanas no salgo de la habitación y pasan días en los que no pruebo bocado.
Comprendo lo difícil que es para mi madre y mi hermana convivir conmigo, y que a veces para no discutir, evitan decirme cosas que ya sé pero no pongo en práctica.
Tras la larga rehabilitación tuve que volver a enfrentar la vida. Parece mentira, pero una de las herramientas diarias es el teléfono celular. El mío se había destrozado en el accidente, pero mi madre me compró uno parecido y había pedido recuperar la línea.
Entendí en ese momento que no debía hacerlo. Nunca la activé y en su lugar, di de alta otra. Es la que tengo hoy en día. Solo les pasé el número a las personas con las que quería mantener contacto. Ni siquiera recuerdo mi número anterior, tampoco el de mi marido. Lo olvidé, no sin esfuerzo.
Hoy, sin embargo, tuve en mis manos el celular de mi hermana. Ella, a diferencia de otras chicas de su edad, no pierde la cabeza por tener el último modelo. Al menos, esa es su excusa. Sé que no quiere desprenderse del aparato porque fue el último regalo que le hicimos como pareja antes del accidente, para Navidad.
Verlo siempre me provoca cierta nostalgia. Porque me hace recordar la alegría de aquel momento. Es una evocación que no puede ser feliz, porque en esa imagen están ellos. Y eso crea un corto circuito. Pero hoy sentí el deseo de agarrarlo, sentir el plástico, como el día que lo elegimos. Fue entonces que activé la libreta de contactos y vi su nombre.
Se me escapó una lágrima. De la misma forma que no quería desprenderse del teléfono, mi hermana no sería capaz de borrar a mi marido de la lista de contactos. Por más que está más, por más que murió, tenerlo allí es retenerlo de alguna manera. Algo tonto, inútil, infantil, que solo provocó más lágrimas y las ganas incontenibles de ponerme de pie y patear lo que tuviera cerca.
Cuando me calmé, miré de nuevo la pantalla. Ver su nombre, cada letra en fila india, me tentó a hacer lo que millones de veces había hecho en el pasado: llamarlo.
Presioné y me quedé con el celular en la oreja, sabiendo que no escucharía su ringtone con aquella melodía andaluza, si sentiría su respiración una fracción antes que llegara a mi alma su voz grave y serena. Resignándome al tono de llamada, a un nuevo llanto.
Pero él me atendió.
- Caro, amor, cómo estás.
Me quedé helada. No tanto por oír su voz, sino por escuchar entre esas palabras tan anheladas el nombre de mi hermana. El teléfono resbaló de mis manos y cayó al suelo. La conversación se cortó. Quedé petrificada en medio de la habitación, sin saber que hacer.
Escuché la voz de Carolina proveniente del pasillo. Venía quejándose de algo, pero no recuerdo bien qué. Siguió hablando en voz alta, en uno de los habituales monólogos donde es la víctima de algo. Solo cuando vio su teléfono celular en el piso, volteó su vista para mirarme.
- ¿Y a vos que te pasa que estás ahí parada? - y señalándome el aparato en el suelo me preguntó - ¿Se te cayó a vos?
Creo que vio algo en mis ojos. A veces suele pasar. Podemos hablar sin palabras. Porque retrocedió lentamente, mientras se agachaba para levantar el teléfono, pero sin despegar sus ojos de mi figura.
Fue suficiente una mirada a la pantalla para darse cuenta lo que había pasado. Lo comprendí sin más. Y no necesité otra excusa.
Y ella también lo supo.
Gritó, pero no lo suficiente para despertar a mamá, pasada de pastillas en la cama, tratando de calmar el dolor en sus piernas.
Su cuerpo aún está a mi lado. Mi mente, a ritmo pastoso, trata de decidir que es lo mejor. Aún no lo sé. Pero tendré que tener una respuesta para cuando se despierte mamá. A menos que ella tenga alguna para mí.
El teléfono permanece en la mesa. Tarde o temprano marcaré otra vez.
Pareciera como si el tiempo, de un momento a otro, volviera a marchar, aunque con una enorme oscuridad a mis espaldas y una tenebrosa verdad por develar.

11 de febrero de 2016

¿Te acordás del Joaquín?

- ¿Te acordás del Joaquín Fernández? - preguntó Enrique mientras removía las brasas cuidando de darle calor a toda la parrilla.
Apuré mi gancia de un solo sorbo mientras hacía memoria. Quedaban dos aceitunas en la tabla de la picada y me hice de una.
- ¿Y vos? - le preguntó, al ver que yo no le respondía, a Omar que llegaba con un vaso de fernet con coca en la mano.
- ¿Yo qué? - respondió el recién llegado al parrillero, al tiempo que pinchaba con un escarbadientes la última aceituna.
- Si te acordás del Joaquín Fernández - dijo Enrique, acomodando los chorizos para que no estuvieran tan encima de las achuras.
- ¿Joaquín Fernández? ¿Al qué le decían el Mono?
- No, ese era un tal Alcides algo, no recuerdo el apellido. Suelo verlo los sábados en la verdulería donde vamos con mi mujer - acoté - Está gordo, descuidado. Tiene varios pibes. Aunque lo saludo y nada más. Mucha afinidad no hubo nunca.
- Está casado con una mina que iba al otro curso – recordó Enrique - El Mono, digo. Esa que parecía chinita, de los ojos aplastados.
- ¡La Ayelen! - exclamó Omar.
- No, la Ayelen se mandó a mudar con el curita ese que habían traído a la parroquia, ¿no te acordás?
- Pará… ¿esa fue la Ayelen? Uy, siempre pensé que fue la colorada, la del curso superior. No te puedo creer, pero claro, ahora me cae la ficha, por eso cada vez que la cruzo a la hermana y le pregunto por los monaguillitos me mira como si fuera pelotudo – Omar lanzó una fuerte carcajada.
- Sos un bestia, y también pelotudo, como vas a preguntar tremenda barbaridad. Además… ¿sabías los quilombos que ha tenido esa mina? – dije, poniéndome serio.
- ¿La colorada?
- No, la hermana – expliqué - Se casó y a los dos días el marido se voló el marote de un tiro, en plena luna de miel.
- ¡Noooo, como nunca me enteré de eso! ¿Vos sabías algo, Quique?
Enrique, que estaba pinchando los chorizos para sacarle algo de grasa asintió con la cabeza.
- Fue para la época que anduviste por el sur, creí que sabías – explicó - Sucede que el tipo era un garca. Tenía otra familia no recuerdo dónde y la mina se enteró. Plena luna de miel, ve a la otra mujer fuera del hotel. Entró en pánico y se mató.
- Esperá… ¿el flaco este no era el que era visitador médico? Porque algo me dijeron que se había suicidado.
- Claro, ese mismo. Calculo que todos los visitadores médicos deben tener dos familias o hijos por todas partes. La mitad de la valijita esa que llevan debe estar llena de forros.
- El que está mal es el médico clínico este que tiene la esposa que es una muñeca – anuncié.
- ¿Craviotto? ¿Qué tiene?
- Parece que un tumor. Me lo dijo mi prima, la Nelda, que va dos veces por semana a limpiar los consultorios.
- ¿Y el bomboncito va a quedar solo?
- Omar, dejate de joder, cómo vas a pensar así.
- No seas hipócrita che, que seguro no te la comés con los ojos cuando la ves por la calle.
- Una cosa no quita la otra. Además todavía no enviudó. Y cuando eso pase, quedate tranquilo que a ninguno de nosotros le va a dar bola.
- Yo que ella, con la plata que heredo me mando a mudar. Como hizo la Carla.
- Pero la Carla no enviudó – exclamó sacudiendo el cuchillo Enrique - sacó premio en el Quini 6.
- Es lo mismo. Sola y con plata, te tomás el palo.
- Sola no estaba. Venía noviando con el Alfredo, el de la heladería, que tiene la cara llena de acné. Lo dejó plantado. El perejil para colmo había sacado un crédito hipotecario porque pensaban construir para después irse a vivir juntos.
- Por eso lo veo a toda hora atendiendo la heladería – mencioné, cayendo en la cuenta de la situación.
- Che, esto ya casi está. ¿Las mujeres ya tienen todo listo adentro?
- Ni idea, cuando entré hace un rato estaban hablando al pedo.
- Che y a todo esto ¿por qué preguntaste por ese flaco – me daba bronca que no nos diera el motivo.
- ¿Qué flaco? – Enrique apartaba las brasas, para no secar la carne.
- El Joaquín Fernández – le recordé.
Quique miró al cielo repleto de estrellas y le mostró la mejor sonrisa.
- Ah... es gracioso, porque hoy fui al velorio del yerno de la Betty, la dueña de la tienda, viste que estaba con cáncer y toda la bola esa, bueno, no va que entro a la casa velatoria, me meto en la sala que da a la calle y enfilo directo al cajón, levanto la mirada y me digo a mí mismo "este no es el yerno de la Betty" pero al mismo tiempo le veía cara conocida, de todas formas me hice la señal de la cruz y salí reculando despacito, tratando que nadie se me apiolara. Cuando salí miré el cartel de la entrada y decía Joaquín Fernández.
- ¿Y el yerno de la Betty? – preguntó Omar, asaltado por la curiosidad.
- En la sala de al lado. ¿Pero no se acuerdan del Joaquín?
- No, de dónde, danos una pista, algo –pedí.
- ¡No estaría preguntando si me acordara! – nos reveló finalmente, acercando una fuente de metal a la parrilla.
Con Omar cruzamos una mirada, solo una. Y nos resignamos.
- Y no, che. Ni la más punta idea.
- En fin está muerto – remató Omar, mirando el fondo vacío de su vaso - Muy lejos no se va a ir. Cuando alguno se acuerde vamos y le llevamos flores. Naturales, las de plástico te las roban.
- ¿Y si llevamos la carne?
- ¿A la tumba?
- A la mesa, pelotudo.
- Dale, pero antes fíjate si las mujeres ya terminaron de hablar al pedo.