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31 de marzo de 2011

Diferentes

Nosotros, los mortales, somos muy diferentes a ellos. Quizá la clave sea el conocimiento mismo de la muerte, el saber que por más largo que sea el camino, siempre deparará un final, un "hasta aquí hemos llegado". Entonces, el saber que la vida se ve definida por la mortalidad de nuestros cuerpos, nos hace - creo - más fuertes, inteligentes y sagaces.
Es cierto que la convivencia es inexistente, ellos por un lado, nosotros por otro. Nos desprecian y no dudan en perseguirnos o lastimarnos. Por eso los evitamos, aunque sin escondernos. No hay razón para hacerlo, este es nuestro planeta, desde hace millones de años.
Pero no estaríamos mejor sin ellos. Su existencia nos mantiene aliados, mirando hacia el mismo lado para protegernos, para sentirnos seguros. Si llegaran a partir otra vez hacia las estrellas, cruzaríamos las miradas, detestaríamos lo que antes detestábamos y volcaríamos nuestros temores en los demás, repartiendo violencia a nuestro alrededor. Porque esa es nuestra naturaleza.
Saben que estamos cerca, dónde habitamos, pero no invaden. Las batallas ocurren cuando cruzamos las líneas imaginarias que han trazado. Cuando nos sienten intrusos, nos repelen. Muchas veces es necesario el riesgo, para alcanzar un río, un sembradío o una colonia lejana.
No podemos decir que vivimos con temor, porque somos conscientes que no nos despertarán una madrugada misiles provenientes del cielo. En ese aspecto, la vida se ha hecho un tanto monótona. Pero cuando nos descuidamos en el andar, podemos convertirla en caótica. Y no salimos bien parados de los enfrentamientos.
A esta altura de la existencia y sabiendo lo que sabemos, nos damos cuenta que somos una raza primitiva. El hecho de morir lo demuestra. Pero es lo que somos, a lo que nos aferramos. Por eso sabemos que somos muy diferentes, incluso mejores. Porque apreciamos lo que ellos no, porque sentimos de otra forma, con nuestros corazones palpitando aceleradamente. Sabemos que tenemos una vida mortal para disfrutar de las cosas. Ellos tienen la eternidad. Y en lo eterno, lo bello carece de brillo.
Mañana partiremos un grupo de veinte personas hacia las montañas, para cruzar el pequeño río que nos separa de cinco colonias amigas. Cruzaremos por zonas prohibidas. Iremos atentos, vigilándonos mutuamente, como si fuéramos una sola persona. Ante el peligro y la inminencia del final, siempre lo somos. Como grupo, como raza. Mañana enfrentaremos a la muerte, una vez más.
Pero llegaremos, estamos seguros. Porque somos diferentes, somos mejores. Porque nuestros corazones latirán al unísono.

28 de marzo de 2011

Prisionero

Primero fueron pequeñas líneas azules reptando por sus piernas. Luego se ensancharon. Parecían várices, pero claramente no lo eran. Se trataba de un azul furioso, dueño de un brillo peculiar, que resaltaba aún más a la luz del sol.
Ocultó sus piernas, cuidando de no mostrarlas en ninguna parte. Pero al tiempo, las gruesas tramas llegaron al vientre y subieron hasta los hombros. Se miraba al espejo contrariado y preocupado.
Tardaron poco en expandirse por los brazos, tomar las manos y envolver los dedos. Y de inmediato, subieron por su cuello y se instalaron en su rostro.
No dolían, no se sentían, pero estaban allí. Su apariencia ya no era normal, la de una típica persona. Era un engendro, repleto de líneas azules por todo el cuerpo.
Cuando salía a la calle se cubría totalmente, usando guantes, pasamontañas y capucha. Al descubrir una mañana que su lengua también tenía las marcas, dejó incluso de hablar.
Se refugió en el ostracismo, evitando todo contacto. De vez en cuando se asomaba a la ventana, para observar el exterior. Hacía las compras en forma telefónica y abonaba con tarjeta, así evitaba el contacto con quienes le traían los pedidos.
Sucumbió a la soledad, a la tristeza. Pronto los pensamientos se dispararon en ideas lúgubres. Su resistencia a salir de la vivienda fue su sentencia de muerte. Enfermó de una neumonía y desistió de ir a un médico. Prefería el sufrimiento al trato irracional.
Agonizó en silencio y solo al estar seguro de la inminente muerte, dio aviso a un amigo, en una despedida sin consuelo.
Lo encontraron sobre la cama, el cuerpo deteriorado por los síntomas de la enfermedad. Su piel pálida reflejaba los meses de encierro, actitud que ninguno entendió jamás. Los interrogantes se fueron con su alma.
Ni el ni nadie supo que las líneas azules solo estaban en su mente, cómo todo lo malo que a veces queremos ver.

25 de marzo de 2011

Lanzini, el enamorado

Sentado en su silla de siempre, en el bar del viejo Almada, el más chico de los Lanzini sopesaba su vaso de vino tinto, con la ensoñación de los enamorados. Es que Cristian, era un joven de corazón despierto.
Las mujeres eran el centro de su vida. Las amaba, la belleza que las envolvía cautivaba su sentidos, no podía imaginarse la vida sin ellas. Pero por esa misma razón, casi como una maldición, no podía dejar de enamorarse.
Eso le impedía entre otras cosas, mantener un noviazgo. Si bien daba todo por la mujer que tenía al lado, no podía evitar mirar con buenos ojos a las demás y no solo eso, en muchos casos, intentar salir con ellas.
No se trataba de una simple calentura, no, realmente sentía amor por cada mujer que se le cruzaba en el camino. Sin embargo, el verdadero mal del chico Lanzini era la sumisión casi inconsciente a la que se veía expuesto.
Con tal de no quedar mal o discutir con la mujer de turno, incluso, no llevarle la contra o bien complacerla, Cristian accedía a gustos que no tenía, simpatizaba con ideas que desconocía e incluso, se manifestaba contra ideales que jamás escuchó hablar.
Es así que odió al gobierno, luego lo defendió a muerte; vistió la camiseta de Independiente para luego cambiarla por la de Boca, la de River, Newells, Colón, entre tantas otras; probó las rabas, se intoxicó con mariscos sabiendo que era alérgico, hizo a un lado las carnes porque se volvió vegano, luego las reincorporó pero dejó a un lado las harinas, cocinó, se inclinó por los deliverys de comida, bebió mucho alcohol, fue abstemio, fumó, odió el cigarrillo, fumó marihuana, se tatuó una rosa, aprendió a manejar, sacó un crédito, vendió el auto, compró una moto, se unió a Greenpeace, se hizo del Partido Comunista, no fue a votar el día de elecciones, acudió a recitales de cantantes románticos, hizo pogo en festivales punk, bailó hasta el amanecer en fiestas dance, se opuso al aborto, rechazó a los xenófobos, marchó a favor de los docentes, repudió al campo, compró hectáreas, firmó petitorios a favor del aborto, sacó a pasear perros, cambió pañales de sobrinos ajenos, estuvo de acuerdo en casarse, compró alianzas, coincidió en que el matrimonio era una pérdida de tiempo, apoyó a las feministas, entre algunos de los ejemplos sobre los terrenos en los que cedía, muchos de ellos, muy pantanosos.
Hacía tanto tiempo que sostenía esta debilidad frente a las mujeres, que ya no recordaba sus propios pensamientos o posiciones sobre cualquier tema, ni siquiera podía estar seguro por cuál equipo simpatizaba realmente o acaso, si le gustaba el fútbol.
Pero no podía impedirlo. Su corazón era demandante. No se podía permitir una amargura. Ellas iban y venían, pero todas vivían allí dentro, en ese palpitar rítmico, perdidamente enamoradizo.
El vaso carecía ya de vino. Suspiró. Qué hermosa que eran, claro que si. Levantó la mirada y por la ventana sus ojos se encontraron con una morocha preciosa. No había que perder tiempo. El pibe Lanzini dejó un billete bajo el vaso y salió a la calle, con la vista perdida y el corazón en la mano.

22 de marzo de 2011

El hombre que no creía en los marcianos

Torres Gómez, doble apellido, barba candado y marca deportiva a tono. Bebía en la barra del boliche los fines de semana y jugaba al golf en el country de lunes a viernes. No trabajaba, no le hacía falta. El padre era dueño de media ciudad y el vivía panza para arriba.
No se mezclaba con clases sociales que consideraba inferiores, es decir, que no manejaran un vehículo último modelo o al menos, importado. De todas formas las trataba, ya que su personal de limpieza pertenecía a esos estratos sociales. Y su caddy en el campo de golf también.
Una noche que volvía de comprar merca de primera calidad de un proveedor en zona norte, su auto se detuvo en mitad de la ruta en forma repentina. El motor se apagó, la radio quedó muda y las luces de las ópticas quedaron a oscuras.
- ¡La puta madre, es un Lamborghini!¡Hubiese salido con el Alfa Romeo, me cago en este auto de mierda! - gritó enojado al tiempo que golpeaba el volante del coche.
Quiso utilizar su teléfono celular, pero no tenía señal. Miró la hora en su reloj de oro, marca Rolex, y para su sorpresa, estaba detenido.
Recién allí sospechó que ocurría algo extraño. Pensó de inmediato en un intento de secuestro. Giró la cabeza en todas las direcciones, esperando toparse con otro coche o delincuentes corriendo hacia el Lamborghini. Pero no había nadie en la ruta. Respiró aliviado, pero en ese preciso instante algo golpeó el techo del vehículo. O al menos, eso imaginó por el sonido.
Estuvo a punto de bajarse, pero por el parabrisas notó algo muy extraño. El horizonte descendía. Miró por las ventanillas y comprendió que se estaba elevando. ¿Lo estaban secuestrando desde arriba? Intentó de todas formas abrir la puerta, pero estaba trabada.
Entonces la noche se convirtió en día. Una luz cegadora penetró por los vidrios, obligándolo a taparse los ojos. Al mismo tiempo escuchó un zumbido muy raro. No podía negarlo, estaba asustado.
Cuando la luz remitió, ya no estaba flotando con su coche por el aire. Se encontraba en un recinto de paredes metálicas. La puerta seguía sin poder abrirse. Una melodía comenzó a sonar afuera. Tonos muy suaves, delicados; sus párpados se tornaron pesados y sin poder evitarlo, se durmió.
La bocina de un camión que pasó casi rozando el Lamborghini lo despertó. Un temblor recorrió su cuerpo. Afuera la noche era cerrada, en la radio es escuchaba un moderno hip hop y su reloj - al consultarlo - le dio la hora que debía ser. Encendió el motor del coche y no hubo problemas para ponerlo en marcha.
¿Qué le había pasado? Con el pie en el acelerador, recorrió los kilómetros que lo separaban de su domicilio en apenas unos minutos. Durante todo el trayecto no dejó de pensar en lo que le había sucedido. Tenía destellos de fragmentos extraños en la memoria, como de estar elevándose con el vehículo, de haber llegado a un recinto cerrado...
Al arribar a la entrada del barrio privado en el que vivía, detuvo su coche, para que el personal de seguridad levantara las barreras. Tenía la cabeza aún procesando los hechos, por lo que tardó en percatarse que en la garita donde debía estar el guardia, no había nadie y la luz estaba apagada.
Cuando lo hizo, descendió del vehículo y se acercó hasta la misma. Golpeó la puerta de chapa, sin suerte. Se asomó entonces por la ventanilla. ¡Zack! ¡Un rostro apareció del otro lado del vidrio, estampándose contra éste! Torres Gómez retrocedió asustado, cayéndose de culo. La puerta se abrió de golpe y un ser amorfo de cuatro patas y rostro semi humano salió apresurado en dirección a él.
Intentó retroceder, así sentado como estaba, con la cadera dolorida por la caída. Sus brazos hicieron el esfuerzo de llevarlo lejos, pero esa cosa ya estaba casi encima. A un metro de distancia pudo ver como abría la boca y ésta le dejaba ver tres filas de dientes muy bien afilados que chorreaban baba y sangre. Pero los pudo ver solo un segundo, porque enseguida saltó sobre él...
La bocina de un camión lo arrojó contra el respaldo del Lamborghini. El transporte de carga se perdía a lo lejos, pero el todavía permanecía inmovilizado. Estaba transpirado. Sentía la camisa literalmente mojada. También sus pantalones. Estaba temblando de miedo. ¿Qué le sucedía? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Había soñado acaso con un monstruo... o con un secuestro...? Le dolía la cabeza, se sentía mareado y necesitaba vomitar.
Abrió la puerta del Lamborghini y corrió hacia la banquina. Se arrodilló e inclinó la cabeza, con lo justo para vomitar sobre la maleza. A su espalda sintió pasar otro camión, que también hizo sonar la bocina.
-¡Maldición! ¡Pueden dejar de hacer eso! - gritó con la boca aún pastosa y con el agrio gusto de la bilis invadiéndole los sentidos.
Se palpó los bolsillos. La droga aún estaba ahí. Apenas si había consumido en el día. No podía culparla de lo que le estaba pasando. El sonido del motor de su auto lo obligó a girarse y mirar hacia la ruta. Quedó paralizado. El ser amorfo que había creído una pesadilla, estaba al volante. Pero no era todo, muy por encima del Lamborghini, una especie de nave espacial arrojaba sobre el coche una luz potente y comenzaba a elevarlo en el aire.
Tras el asombro inicial, pudo quebrar la parálisis. Primero fue un paso, luego otro. Finalmente echó a correr hacia su auto. Pero a mitad de camino, una estruendosa bocina lo sobresaltó. Apenas si tuvo tiempo de mirar hacia la derecha, donde las luces altas de un gigantesco camión estaban casi encima de él...

El césped cortado al ras. Una pelota pequeña recorre los últimos metros y se aproxima al hoyo. Baila alrededor del perímetro del mismo y finalmente cae, con la suavidad de una pluma.
Un par de aplausos se dejan escuchar en el campo. Acaba de observar ese peregrinaje de la pelota y nota recién entonces que tiene una bolsa de palos de golf en la mano. Levanta la vista hacia los jugadores y reconoce a su padre, y a su lado... ¡no podía ser! Es el. Y... y está haciendo señas hacia donde está ahora, parado con los palos de golf. Pero...
Se mira los pies, la ropa, las manos y no se reconoce. ¡Es el caddy! Recuerda unas luces, un monstruo, otras luces, aunque no recuerda el orden exacto. También un sonido fuerte, agudo y luego, la nada. Lo está llamando, el joven con su mismo aspecto lo está llamando. Nota en su mirada una complicidad siniestra. Algo más allá de lo incomprensible. Lo llama con un simple gesto con los dedos y le guiña el ojo. Y en el momento exacto que su padre se le adelanta, dándole la espalda, el Torres Gómez que es igual a él coloca el antebrazo horizontal, el codo flexionado y el puño en alto y haciendo el gesto de un camionero tocando su bocina de cuerda, sube y baja dos veces la forma representada.
Y tras ese gesto, la locura, que no conoce de estratos sociales, decidió instalarse en esa mente extraviada, que ya no reconocía si en realidad algo de todo aquello había sucedido o bien, jamás había dejado de suceder.

19 de marzo de 2011

Colores en la oscuridad

No es a la oscuridad a lo que tememos, sino a no reconocer en lo que nos rodea, algo familiar. Eso lo supo Felicia cuando menos se lo esperaba, sin quererlo.
De sus años felices, apenas si quedan los recuerdos. Apenas, porque muchos se han esfumado, como el sol en un día nublado. En cambio, del accidente, conserva cada sensación, dolor y angustia.
Sus seis meses hospitalizada fueron un calvario. El resto de su vida tras el alta, un infierno. Antes de aquello, era una reconocida pintora. No a nivel internacional, pero si en su provincia. Vivía de sus pínturas y tenía planes para hacerse conocer en otras partes.
Podría decirse que el futuro, entonces, era promisorio. Sin embargo, el destino fue cruel con ella. La noche en que quedó ciega, estaba en un cuarto de un lujoso hotel, recostada en la cama, tras haber hecho el amor con su representante.
En el teléfono celular tenía un par de mensajes de su marido, que con más tranquilidad, contestaría por la mañana. Nunca supo el momento exacto en el que se desencadenaron los hechos, tan solo vio un fogonazo proveniente del baño, donde estaba Michael, su compañero esa noche. Luego, las llamas se apoderaron del lugar.
Saltó de la cama y sin pensar siquiera en vestirse, corrió hacia la puerta. El fuego tomó las paredes y en el mismo momento que lo hacía ella, llegó hasta la puerta de madera.
El cuerpo desnudo de Felicia sintió de golpe el ardor de la combustión. Quiso cubrirse el rostro, pero sus manos estaban envueltas en llamas y lo único que logró, fue expandir el fuego. Cayó al suelo, tosiendo y gimiendo de dolor.
Despertó en el hospital, tres días después. Apenas si podía moverse. Tenía gran parte del cuerpo con vendas especiales y su estado era delicado, no obstante, todos estaban esperanzados. Sus ojos también estaban vendados.
Su marido apareció una sola vez, para decirle que la dejaba, que la policía le había dicho del cuerpo que habían encontrado calcinado en el baño y que a ella la habían encontrado desnuda. No era tonto para atar los cabos sueltos.
Cada vez que preguntaba cuando le sacarían las vendas al menos de la cara, para poder ver, las respuestas eran vagas. Comenzó a temer. La oscuridad se le hacía eterna. Añoraba la luz, el lienzo en blanco, su criterio a la hora de elegir los colores para hacer fluir sus ideas.
Se daba cuenta entonces que su vida eran los colores. Aquella negrura permanente era aterradora. Temía que la misma se espaciera sobre sus memorias y todo quedara en esa tonalidad tan espantosa, que solo la noche podía vestir bien y gracias a que las estrellas aportaban su brillo en los lugares justos.
La verdad llegó a las tres semanas. Estaba una de sus hermanas cuando los doctores dejaron de ocultar lo que ya sabían, lo inevitable. Al fin y al cabo, tendría que vivir con ello el resto de sus días. Las llamas la habían dejado ciega.
Felicia recibió la noticia como si hubiese sido una estaca al corazón. Los primeros días sintió que no había razón para seguir adelante. Su mente la torturó sin tregua. Su cuerpo, aún sin poder moverse, se convirtió en un martirio. Era como estar muerta en el lugar, sin movimiento, sin poder ver. Una estatua ciega y quieta.
Ya no deseaba que le sacaran las vendas. No le importaba. Su estado era indescriptible. Se preguntaba que haría, cómo podría pintar. Cómo combinaría los colores, como dibujaría sus paisajes, los rostros que tanto amaba dibujar. Dónde quedarían para ella el azul del cielo, el rojo de la pasión, el amarillo de las margaritas. Los colores, para ella, habían dejado de existir. ¿Pero era posible ello? ¿Podían los colores de un momento a otro, ya no ser?
Su mente se había convertido en la prolongación del incendio. Pero no había fuego, sino cenizas. Porque la negrura lo abarcaba todo. Comenzando desde el dolor.
Tras seis meses le dieron el alta. Aún le costaba moverse, pero podía asirse a un bastón y deambular por su casa, ahora más amplia, ya que su marido la había abandonado. Una enfermera la acompañaba todo el día y otra por las noches. Pero ella era un ente.
Su hermana le había traído lienzos y pinturas y acomodado de tal manera que ella pudiera identificar los colores, según un orden que le había explicado. Felicia solo atinaba a llorar. ¿Cómo podía pensar que sabiendo donde estaban los colores, sería capaz de crear algo con ellos? La luz lo era todo, sin ella, nada valía la pena.
La mujer se fue marchitando con los días. Se rehusó a atender a cada visita que llegaba a su hogar y mandó a tirar a la basura todo lienzo y pinturas que hubiera en la vivienda.
Una noche despertó sobresaltada. Sus oídos habían captado sonidos en el pasillo, como si fueran pasos. Llamó por su nombre a la enfermera, pero no respondió. Se puso de pie con habilidad, tanteando con cuidado, como había aprendido a hacer en los últimos meses. Avanzó en la ya habitual oscuridad. Sin embargo, al llegar al pasillo, una luz la sorprendió. ¡Veía! ¿Podía ser eso cierto?
Se asomó al pasillo y en la otra punta un lienzo en blanco la esperaba. Caminó velozmente y tomó los pinceles que estaban en el suelo. Tenía todos sus colores favoritos. No lo dudó, si eso era un milagro, debía aprovecharlo. Veía y podía píntar. Entonces, dibujó.
Una mano le tocó el hombro, pero hizo caso omiso. La mano apretó con más fuerza y entonces, despertó sin entender que pasaba.
- Felicia - dijo la enfermera - son las cinco, tiene que tomar su pastilla.
Se tocó las manos, buscando rastros de pintura, pero allí no había nada. Rompió a llorar. Sus ojos abiertos no le mostraban nada, solo esa eterna noche sin estrellas que tanto la agobiaba. Había sido un sueño. Un cruel sueño.
Tomó la pastilla y ya no pudo volver a dormirse. Había sido tan real, que por un momento creyó en el milagro. Sollozó hasta que la otra enfermera le trajo el desayuno, horas más tarde.
Una vez servido el café con galletitas dulces, con su voz amable y atenta, la mujer le preguntó dos cosas. La primera, si deseaba algo más, como ser un jugo de naranja. La segunda, si podía colgar en la pared ese cuadro tan bonito que había al final del pasillo.
Para la segunda pregunta, Felicia no tuvo respuestas.

16 de marzo de 2011

Mandril

Al viejo Smith se lo conocía como "mandril". Así le habían puesto de apodo los habituales parroquianos del bar de un suburbio olvidado de la ciudad: peludo en los brazos, según dejaban ver las camisas arremangadas y la nariz colorada, aunque esto último era casi una característica de todos en aquel lugar.
Una noche con varias rondas de cervezas encima, confesó haber matado a la mujer. Claro que nadie le creyó. A la vieja Elvira, hosca y poco dada con la gente de la zona, la veían todas las tardes barriendo la vereda y de vez en cuando, sacudiendo las alfombras.
- ¿Cuándo che? ¿Cuándo la mataste? - preguntó alguien.
- Hace tanto que perdí la cuenta - dijo con la boca hacia un costado.
Desde entonces, al cruzarlo por la calle, no hay quien que no le grite "adiós mandril asesino". Por supuesto, se ríe el viejo Smith y también el otro. En el barrio, el dicho es como un chiste e incluso a los más pequeños los asustan con la promesa de "llamar al mandril asesino".
Smith sin embargo, si bien se reía, nunca volvió a decir ni una palabra al respecto. Las mujeres de la cuadra estaban segura que lo que había dicho, había llegado a oídos de Elvira y que por eso, o lo había reprendido o bien, amenazado con denunciarlo a la policía. Era probable, decían; al menos, ellas habrían obrado de esa manera.
También era cierto, por otro lado, que nunca se los veía juntos. Para muchos, eso definía la relación. Razón por la que el viejo se pasaba horas en el bar y la esposa, horas encerrada en la casa.

"Mandril" no era tonto, pero el alcohol lo podía. Esa noche metió la pata, pero, podría decirse, salió ileso. Si lo pensaba bien, era la mejor fachada. ¿Veinte años ya? Que increíble, cómo pasaba el tiempo. Si hubiesen tenido hijos, no habría sido tan fácil. Por suerte la Elvira era poco sociable.
No le costaba nada ponerse uno de los viejos y horrendos vestidos de cuerpo entero de quién en vida había sido su mujer, una peluca, un par de aros, darse una buena afeitada y salir a la vereda a barrer durante algunos minutos o bien, agarrar un palo y pegarle unos cinco minutos a las alfombras de la casa, a la vista de todos.
Veinte años y como si nada. Hacía tiempo que la bolsa de consorcio enterrada en el fondo del patio debía contener solamente huesos. Y por suerte, a nadie le interesaba. Ni confesando le habían creído.
Siempre fue fácil y ahora más. Camina las calles como cualquiera, desnudando la ignorancia del resto. Es respetuoso y amable cuando está sobrio y prácticamente termina dormido, cuando se emborracha.
No ha vuelto a hablar del tema. Pero si le piden "Mandril, contate cómo mataste a tu jermu" el responde muy educadamente, "No quiero irme por las ramas" y con elegancia, vuelve otra vez a su trago.

13 de marzo de 2011

Disfraces

El traje le daba calor, lo empapaba de pies a cabeza, pero no podía quitárselo. Era parte de su atuendo de trabajo, en la brasería "Mr. Pollo". Su función era la de representar al tal Señor Pollo, con un disfraz que incluía las plumas y el pico.
Ubicada en pleno centro, su presencia era casi un clásico desde que el lugar había inaugurado, seis meses atrás. Desde media mañana hasta después del mediodía, caminaba en un radio de cinco cuadras, repartiendo folletos del comercio, con un simpático logo en la parte superior.
Debía soportar toda clase de bromas, que con el tiempo había aprendido a tolerar. Sin embargo había un niño que se había ensañado con él. Durante los meses de verano, su ausencia había sido un alivio. Con el regreso de las clases, el suplicio había vuelto a comenzar.
El chico no solo le gritaba cosas, sino que tenía la costumbre de arrojarse contra su figura, embistiendo desde un costado o desde atrás, tomándolo por sorpresa. Con la excusa "uy, no lo vi" salía corriendo, al mismo tiempo que reía con ganas, lo mismo que sus compañeros de colegio, que lo acompañaban en la "jocosa" aventura.
Por más que se alejara del frente del local en el horario que sabía, salían de la escuela, los niños lo buscaban. Más de una vez estuvo a punto de golpearlo, pero se contenía a último momento. Tampoco podía insultarlo ni arrojarle cualquier cosa que tuviera a mano. Por más que lo deseaba, no podía. Con seguridad lo echarían del trabajo y lo necesitaba más que nunca.
Había tenido la suerte que se lo dieran seis meses antes, cuando lo despidieron de su trabajo de administrativo, en una importante empresa de la ciudad. Por supuesto que no era un placer cumplir ese rol, pero le aseguraba el dinero para mantener a su familia.
Intentaba pensar en eso cuando le sucedían esos hechos desagradables. Sobre todo con el niño, al que no le dirigía una sola palabra, ni siquiera de reprimenda. No podía.
Llegaba a la casa molido, cansado de tanto caminar y más aún, moralmente destruído por esas bromas que le gastaban y las actitudes de ese niño. Pero al llegar a su hogar, mágicamente todo aquello desaparecía.
Su mujer lo recibía con un gran abrazo y un beso en la boca, le preguntaba con interés si le había ido bien en la oficina, sin saber que lo habían echado medio año antes y le decía que ya le tenía preparada la cena.
Luego, bajando a los saltos las escaleras, llegaba para rodearlo por la cintura con un abrazo, su hijo, a quién llenaba de besos. Ese niño tan hermoso, que era el mismo que cada mediodía al salir de la escuela le propinaba un golpe y le decía barbaridades hasta humillarlo por completo. ¡Qué cruel era el destino! Pero lo amaba. Y sin embargo, no podía decirle nada. Porque de hacerlo, la imagen de la tranquilidad que pesaba sobre el hogar se desmoronaría de la misma manera que lo hacía él, disfrazado con ese traje caluroso y ridículo, cada mediodía al ser atropellado por su propio hijo.

10 de marzo de 2011

De cara al océano

Cuenta una leyenda que aún no se escribió, de un futuro espeluznante.
De tierras habitadas solo por hombres y del otro lado del gran océano, únicamente por mujeres.
Cuenta esa leyenda que hombres y mujeres permanecían desde hacía siglos separados y que ya no quedaban registros de la última vez que ejemplares de ambas especies habían estado juntos. Incluso, se rumoreaba que la existencia de unos y de otros, era una mentira. Algunos hombres pensaban eso de las mujeres y algunas mujeres, eso de los hombres.
La apariencia de las mujeres era para el hombre un misterio. Había quiénes mencionaban que poseían dos rostros, otros decían que hablaban cantando, que en lugar de ojos llevaban dos llamas ardientes, que el cabello les crecía de colores brillantes y que sus manos eran más largas. Entre las mujeres, se imaginaba el cuerpo del hombre dos veces más grande, con cuatro glándulas mamarias, tres piernas, cabello en todo el cuerpo y un arpón en la espalda.
Ningún libro del pasado había sobrevivido las eras de reconstrucción. Ningún recuerdo había logrado sobrevivir de generación en generación.
Cada uno realizaba sus tareas, labrando la tierra, sembrando y levantando cosechas, alimentando animales, efectuando la pesca. No había nada más. En ese futuro, la tecnología no les pertenecía. Pero a pesar de ello, eran felices en cada lado del océano. Las guerras y las disputas no existían. El odio y el rencor eran términos desconocidos.
Lo cosechado se elaboraba, se consumía y una parte se destinaba a las fauces del gigantesco mar, ese Dios en común que ambas orillas adoraban. Arrojaban las ofrendas en unos enormes tubos, diseminados en diferentes puntos de la costa, desde el norte al sur, de un lado y del otro.
Esa leyenda no termina allí, habla de un tercer continente. Unas tierras sumergidas, en las profundidades del océano, gobernadas por androides inteligentes, que tenían a su servicio a mujeres y hombres de una capacidad de pensamiento mayor a la de los que habitaban las superficies. Con las ofrendas del exterior, los alimentaban. Y estos, a cambio, trabajaban en la inseminación artificial para la procreación de la raza y la supervivencia del género humano.
Seleccionaban a los niños para un lado y a las niñas para el otro. Aquellos cuyas facultades eran superiores, se quedaban bajo el agua. Y luego, en fechas que los del exterior celebraban como religiosas, con grandes festividades, enviaban por esos tubos enormes la recompensa por la labor realizada. Y los hombres acogían a sus niños y las mujeres a sus niñas.
Y en ese futuro espeluznante, el mundo seguía girando, como si nada.

7 de marzo de 2011

El olor de la muerte

El olfato, ese sentido que nos deleita tanto como nos asquea. No me imagino el mundo sin poder apreciar las fragancias ricas, los olores mundanos, el olor de la calle, del barrio e incluso, de cada hogar. Porque cada uno tiene el propio que lo vuelve místico, único. Pero no soy un experto en la materia, tan solo lo se porque he leído, me he preocupado por aprender un poco más de este poder que tiene nuestra nariz al asociarse con el cerebro. De la misma manera que catalogamos con la vista, casi en forma incosciente, relacionando un objeto con un término, lo hacemos con los olores.
Aunque, debo reconocer, a veces esa memoria no es infalible, porque el olor a pesar de la fuerza con la que penetra nuestra mente, a veces se nos asemeja a otro. Quizá podría explicarse con lo que nos sucede con algunos rostros, que se nos confunden con otros. Los aromas se comportan en forma similar, fluctúan en nuestros recuerdos y si no lo sentimos en forma continua, es probable que perdamos la relación que en algún momento hubiésemos hecho en nuestra cabeza. No podría decir lo mismo de los sonidos, los cuales definimos con mayor exactitud en ese enjambre de impulsos eléctricos que conforman nuestro cerebro.
Pero que me dirían si les confesara algo, que probablemente rechazarán enfáticamente. Algo fuera de todo raciocinio, de todo pensamiento cabal, si es que acaso estos existen. Pues debo hacerlo, debo compartir esto que me empuja a la locura.
Trabajo en un mercado, uno muy grande. Soy repositor, me encargo de reponer la mercadería que va quedando en faltante en las góndolas o exhibidores. Comunmente estoy sentado mirando televisión o escuchando música en el depósito, cuando no me encargan alguna otra labor, y me llaman por parlantes para que vaya a un sector en particular a reponer algún producto puntual. Fue haciendo mi tarea que lo percibí por primera vez.
Era un aroma agrio, no amargo, sino de una aspereza tal que me hizo acordar a una manzana en mal estado, pero que hubiera sido bañada con un toque de dulce de naranja demasiado madura. Creo que los olores pueden tener texturas. Algunos tan suaves que parecen caricias y otros tan firmes que dan la sensación de golpearnos de lleno en el rostro.
Recuerdo que estaba parado entre los lácteos y las mermeladas. Miré alrededor en busca de algo roto en el suelo, porque solía pasar, que alguien sin querer dejaba caer un frasco o envase y este se hacía mil añicos en el piso y allí quedaba, hasta que algún empleado lo veía. Sin embargo no había nada fuera de lugar. Ni siquiera los lácteos, en góndolas refrigeradas podían estar emanando ese olor tan particular.
A mi lado, eligiendo entre varias marcas de leches descremadas, estaba una viejita. No quise ser impertinente, pero me acerqué para olfatearla. Sin que se diera cuenta, claro. Porque me parecía que el olor venía de ella... ¡y así era! Esa fragancia repulsiva, que me helaba la piel, provenía de esa mujer entrada en años. Pensé en que quizá se había orinado o alguna otra necesidad no había aguantado hasta volver a casa, pero por más que evaluara esas posibilidades, en mi mente no se asociaban al olor.
Acomodé los productos que debía reponer y me retiré al depósito. Cinco minutos después, el ir y venir de algunos empleados me llamó la atención y volví al interior del mercado. Desde la puerta del fondo, que daba al depósito, podía ver por el ventanal del frente las luces de la ambulancia estacionada en la calle. Dos paramédicos estaban en el pasillo de la limpieza, alrededor de una persona tirada en el suelo. Se los veía trabajar frenéticamente en salvarle la vida. Me asusté. Alguien se estaba muriendo a pocos metros de donde estaba. Pero sabiendo incluso eso, me acerqué como atraído por una morbosidad desconocida en mi.
Me acerqué tanto como pude y desde donde me detuve, pude ver bien a la persona que estaba muriendo. Era la viejita que tenía ese olor asqueroso. Tenía la cabeza vuelta hacia donde yo estaba. Y pude ver, con pánico, el abismo detrás de su mirada. Fueron segundos solamente, porque no tardó en morir. Los paramédicos insistieron durante dos minutos más, pero ya nada había por hacer. Lo supe de inmediato, cuando sentí el olor pasar a mi lado y alejarse, hasta finalmente desaparecer.
No dormí en varias noches. ¿Qué había olido en definitiva? No lo sabía, pero me aterraba pensarlo. Quise olvidarme del episodio, pero entonces estando en casa de mi novia, esa fragancia me volvió a asaltar. Fue como un martillazo, llegó de golpe. Me puse pálido, al punto que Analía, mi novia, me preguntó que me pasaba. Yo atiné a preguntarle si se sentía bien. Ella rió. Le anuncié que debía irme. Que no podía estar un segundo más en la casa, pero cuando me puse de pie, mientras ella me tomaba del brazo y me preguntaba que era lo que pasaba, sentimos el grito proveniente desde el baño. Era su padre. Llegamos corriendo, en el instante que se desplomaba tras haberse aferrado unos segundos a la mampara de la ducha.
Un infarto. Tal inesperado como letal. Fulminante. El cuerpo cayó pesadamente y Analía corrió a levantarlo. Me quedé en el lugar, quieto. Sabía que no quedaba nada por hacer. El olor había pasado por mi lado y se había ido por la ventana. Mi novia me gritaba y yo ahí parado, como un estúpido, sabiendo que a su lado yacía su padre. ¿Pero cómo explicarle que ya sabía que estaba muerto? ¿Cómo?
La semana pasada estaba en el subte y de pronto el olor inundó mi mente. Estaba dormitando y aquello me despertó. Primero pensé que era un sueño, pero al abrir los ojos, mirar alrededor y olfatear el aire, lo sentí presente. Era nauseabundo, mucho más fuerte. Se impregnaba de tal manera en mi nariz que pensé que iba a vomitar. Quise preguntar cuánto faltaba para la siguiente estación, porque quería bajarme ya del vagón, cuando sentimos la explosión. El sacudón nos despidió a todos hacia delante. Recuerdo los golpes, la oscuridad, los gritos, los llantos... recuerdo todo, tan vívido, tan espeluznante. Apenas si me lastimé una pierna. Tuve suerte. Murieron siete personas, una de ellas delante de mí.
Por las noches me hago un ovillo pero no puedo dormir. Estoy con licencia médica, pero no quiero regresar a trabajar. No quiero ni siquiera salir a la calle. Tengo pavor, horror, de toparme con ese olor nuevamente. Porque estoy seguro que tarde o temprano me sucederá. Creo que si ocurre, perderé la poca cordura que me queda. Se que es el aroma de la muerte, pero quién puede creerme, quién se detendrá a escuchar a un sobreviviente de un accidente tan grave.
Mi novia me ha dejado, luego de aquel trágico episodio en su casa. Mi mente ya no es la misma, con este conocimiento. No permito que mis padres entren, ni mis hermanos. Y cuando el departamento queda solo, a veces tengo ideas raras, aquí encerrado en mi habitación. Ideas sobre matarme, sobre escapar de este mundo... y entonces, casi como un fantasma, llega ese olor, como un invitado cruel y despiadado. Me obligo entonces a pensar en otras cosas y el olor desaparece.
Pero temo que un día ya no se vaya.

4 de marzo de 2011

El silencio cómplice

Existen historias que los pueblos callan, voces prohibidas que no se pueden hacer oír. Pero en cada esquina, allí donde se refugian los vientos, el eco de lamentos repta subrepticiamente entre los vecinos, agarrotando corazones y dejando en vela a los mayores.
Es que esos nombres acallados, los hechos pasados, pugnan por salir a la luz y no se detendrán por nada del mundo, ya sea terrenal o sobrenatural. Es una fuerza devastadora, intangible, que sin embargo, azota las campanas de la vieja iglesia y hace tambalear el frágil muelle sobre la orilla del río. Y en las noches de verano, principalmente, esas siluetas abandonan las sombras y se mezclan con los vivos, haciéndoles pagar ese silencio tan injusto.

Villa Constitución, 1875
Son unas pequeñas chacras y viviendas muy precarias, de todos modos para ellos aquello es lo que conocen como hogar. La humedad del verano no ofrece tregua, pero el río colabora en apaciguar al demonio que no se ve, ese que reparte calor y ahoga con manos silentes bajo el sol brillante de las primeras horas de la tarde.
El caudal copioso del Paraná trae las grandes embarcaciones, pero alimenta también la necesidad de refrescarse y por ello la gente lo bendice y venera. Las orillas bañan de alivio las piernas desnudas de los más atrevidos.
Juan y Anita contemplan el atardecer, ajenos al mundo. Unos chiquillos corretean sin rumbo, a escasos metros, pero cada cual es dueño de su espacio y su andar. Por el cielo las aves danzan sin apuro, recortándose sobre un cielo que desciende tras las islas, para dejarle lugar a la noche. Las primeras estrellas se presentan sumisas, en el anonimato de la distancia.
Una brisa calma, casi piadosa, envuelve sus cuerpos, incitando las caricias, el roce de los labios, la humedad de la lengua, el fervor de la sangre. Los jóvenes olvidan el atardecer y se funden en una sola persona, allí en la intemperie, sin más testigo que la luna, resplandeciente como una majestad. Las piernas se frotan, entrecruzan y gimen, en un compás apasionado, con manos que recorren cada curva con placer, y miembros viriles inyectados de fuego, labrados de excitación. Bajo la noche se vuelven dioses, y consuman la consagración. Jadeos, respiración agitada y sudor. Mucho sudor resbalando entre los cuerpos apretados, en constante fricción. Se miran a los ojos mientras se saben en el interior del otro, se miran y se encuentran, conectados, unidos, penetrados.
El se detiene. Ella susurra su desencanto, casi en un hilo de voz. Le pide que siga, mientras entierra sus dedos en la arena, como si fuesen garras asiéndose de una presa. Quiere más, desea más. Pero el ha dejado de poseerla. La magia se desvanece, como un cuento de hadas sin terminar. Entonces, abre los ojos, despertando del sueño celestial. Y aquello que ve, solo le permite una cosa. Gritar.


Islas del Paraná, frente a Villa Constitución, 1909
La cabaña es humilde, fresca en verano, cuando los mosquitos devoran la orilla y las yararás sisean entre los yuyos. El Paraná está crecido, por lo que hay que estar atentos a las alimañas. Ella está acostada. Es la hora de la siesta. Pedro, su esposo, ha salido a pescar. Afuera, el calor es sofocante. Se lo imagina en su bote, en el medio del agua, con la caña en la mano, el semblante hosco, y la paciencia infinita arremetiendo contra el devenir del tiempo y los años.
Casi no ha podido dormir, pero no ha sido por pensar en Pedro, que se ha ido temprano esa mañana. Es otra cosa, que la apuñala en el alma, pronunciado heridas que jamás sanarían, por más que la vida prosiguiese su curso y como un río, llevase su caudal hacia alguna desembocadura lejana.
La luz del día la reconforta. Al menos el sol brillaba en lo alto, calentando el techo y cada grano de arena de los alrededores, como la vegetación y el deseo de morir. Era a la noche que temía. La noche que llega sigilosa y luego se enciende de sonidos repugnantes, como esos chillidos escalofriantes que alteran sus nervios. La noche que convierte el deseo diurno en un intento mudo de pedir auxilio, cuyas secuelas ve en sus muñecas, heridas de un lado a otro.
Pero Pedro estaba cada noche para evitar que la locura la asaltara como hacía tiempo no sucedía. Por eso quería rendirse a la siesta, para dejar pasar las horas y despertar con su pescador al lado, cuidando de ella, protegiéndola de las sombras acechantes, las mismas que la asediaron aquella noche, años atrás, cuando la tragedia la signó, envolviéndola con una mortaja para la eternidad, tan invisible como real.
El sol aún brillaba y era buena señal. De vez en cuando la brisa llegaba por la ventana, pero cubierta de espeluznante tibieza y la hacía tiritar. Entonces cerraba los ojos y oraba esos versos que había aprendido de niña y que entonces creyó, nunca precisaría. Y así, sumida en el estupor del sueño, a resguardo de las pesadillas, aguardaba por su Pedro, con la urgencia de todos los días.

Villa Constitución, 1913
Acaso el viento amaina cuando la muerte llega o es quizá una casualidad. Como si los aires detuvieran su andar, arrodillados en presencia de una entidad mayor que no podemos ver ni apreciar. Pero cualquiera podía jurar en el cementerio, que en los árboles no se movía una sola hoja. La quietud era tal que las nubes parecían pintadas en el cielo, formando figuras inquietantes, casi fantasmales.
Pedro dejó caer la última palada de tierra sobre la tumba, ahora concluida. Se quitó el sudor de la frente con el dorso sucio de la mano. Un manchón de tierra cubrió su rostro para transformarse al instante en barro. Arrojó la pala hacia un lado e hincó una rodilla en el suelo recién removido. No sabía leer, sin embargo no lo necesitaba para saber que era el nombre de su mujer el que estaba inscripto en la madera.
Se la había llevado la locura; sus constantes intentos de quitarse la vida habían prevalecido al fin. Ninguna de sus dos hijas había querido venir hasta la ciudad. Tampoco el único hijo vivo que les quedaba. Sentían odio hacia su madre, a la que en vano habían dedicado horas y horas de diálogo para persuadirla de sus intentos de suicidio.
Pedro sin embargo no la odiaba. Extrañaba a Ana. No estaba durmiendo, se decía, como cuando se iba a pescar y ella quedaba sola en la isla. Ya sea a pescar o donde fuera, sabría que ella no estaría durmiendo. Directamente, ya no estaría. Como el sol al atardecer, había desaparecido. Como la luna por la mañana, había huido. Y con ella, se había llevado parte de él.
Ana no duerme, se dijo. Ana ha muerto. Y ese pensamiento le arrebató la primera lágrima desde que la encontró aquella noche sobre el lecho que compartían desde hacía muchos años. Sin vida, parecía un ángel, con los brazos extendidos hacia cada lado, los ojos entornados y una mueca que se asemejaba a una sonrisa en el rostro, ya pálido y frío, contrastante con la sangre oscura que manchaba las sábanas, vertida casi como un manantial por las muñecas laceradas.
Se puso de pie, tomó la pala y se despidió para siempre de la mujer que amó. Se lamentó por la muerte y por no haber podido combatir los demonios que la acechaban.

Villa Constitución, 1925
Doce años habían pasado y hasta el momento en que tocaron a su puerta, a medianoche, siempre pensó que era fuerte, mucho más que la mujer que la había parido. Los murmullos del otro lado de la madera la asustaron, pero de todos modos, abrió. Una tempestad de dolor penetró en su hogar. Su padre había muerto.
Era la mayor, la que debía demostrar carácter. Pero no podía. No durmió en toda la noche, pensando en cómo decirle a su hermana y hermano lo que había acontecido. Por la mañana pidió que la llevaran hasta el campo donde ambos trabajaban. Sus manos temblaron durante el viaje. Su corazón se sintió pequeño, dañado.
No supo dar consuelo, no pudo contener el llanto, no escapó de las miserias humanas propias de la muerte. Y entonces recordó a su madre, que tan poco valor le había dado a la vida, al deseo constante de matarse y la odió más que nunca. Por haberse ido, por haber convertido a su padre en un ermitaño que jamás abandonó la cabaña en la isla. La odió por arrebatarle la felicidad desde niña.
Pero la odiaba más aún por lo que ella no sabía. Por aquello que la asustaba y jamás le había confesado.

Rosario, 1955
Agonizaba, lo sabía. Los días parecían más cortos y en las noches se despertaba sin saber donde se encontraba. Algunos ventanales, con las cortinas meciéndose al viento, la transportaban a un mundo lejano donde era princesa de su propio reino. Pero la traían a la realidad con inyecciones o pastillas y entonces comprendía que agonizaba.
Le dijeron que había cumplido ochenta años, pero bien podían ser cien. La vejez es como la eternidad, llega de repente pero no termina nunca. Había visto como su aspecto se degradaba a través de los almanaques, marchitándose hasta el último vestigio de encanto, como una flor al final de su temporada.
Las noches en aquel lugar eran tenebrosas. El silencio reinaba en los pasillos y la brisa que entraba por los ventanales mecía suavemente los carros metálicos con los que se transportaba la comida, llevando su chirrido a oídos de todos los internos, rompiendo con esa monotonía espectral, pero sumiendo a la mayoría en un miedo irracional.
Se estremecía de solo pensar en los temores que la acechaban desde niña y que a lo largo de su vida la habían hostigado sin claudicar. Solían abordarla cuando la soledad la hacía prisionera, en una jaula sin barrotes delimitada por los recuerdos.
Eran sombras en su mente, que se movían con sigilo, como un asesino esperando el momento para cumplir su cometido. Sombras que ocultaban figuras sin formas, aborrecibles. Las mismas que desde niña devastaban su inconsciente.
¡Mamá! ¡Mamá! gritaba a oscuras en aquella cabaña junto al río. Pero su madre no acudía, absorta en sus penas o imaginando una forma de matarse. Era su padre el que acudía. Ese pescador de pocas palabras y manos firmes, la tranquilizaba y permanecía con ella hasta que se volvía a dormir.
Pero a pesar de su edad, esas pesadillas le habían dicho lo que le ocultaban: ese hombre no era su padre. Si lo era de sus dos hermanitos, pero no de ella. En esos sueños horribles, las sombras la sepultaban de arena y mientras eso sucedía, ardía su entrepierna, como si alguien estuviese quemándole la zona.
Mientras sus hermanitos correteaban por la arena, ella permanecía quieta, observando el río. Varias veces se había prometido preguntarle a su madre si ella podía decirle que eran sus pesadillas. Pero jamás habló de ello, ni siquiera le confesó haberlas tenido.
Aceptó a su padre y la ausencia de su madre, a pesar que estaba allí. Y con ese secreto a cuestas, hizo su vida.
Ahora la muerte golpeaba en los ventanales de aquel lugar. Las enfermeras no recorrían los pasillos, que se cernían a un silencio sepulcral, solo lacerado de momentos por los ruidos que provocaba la brisa de verano, colándose por los resquicios más ínfimos con el fin de torturar las mentes débiles de los allí internados.
Mantenía los ojos abiertos, porque cerrarlos implicaba confrontar a las sombras y ya no tenía fuerzas suficientes. Se estaba yendo, como lo hace una hoja en otoño. Se llevaba consigo el dolor de una vida repleta de sufrimientos, muchos de los cuales, no comprendía. Mientras respiraba por última vez escuchó el susurro de la arena deslizarse bajo su cuerpo y una risa muy suave, casi imperceptible, proveniente de alguna parte, quizá del infierno mismo.

Villa Constitución, 1967
La policía rastrilla la zona del puerto. Aún la noche es cerrada. Cuando el sol aparezca, se podrán apreciar mayores detalles. De todos modos la escena es espeluznante. Un joven de unos veinte años con el torso prácticamente atravesado con algún objeto de enormes dimensiones. Fue encontrado boca abajo, sobre uno de los muelles.
No solamente buscan al asesino, sino también a la mujer que testigos afirman, estaba con el muchacho. Una blusa rasgada da cuenta de ello.
Hay sangre por todas partes, como si el joven se hubiese desangrado y la fuerza bruta del hecho, la haya desparramado en los alrededores. Algunos miembros del cuerpo policial se sintieron descompuestos ante tremendo cuadro.
Todavía falta para el amanecer, pero un uniformado llega corriendo hasta donde están sus jefes. Han dado con la chica. El y su compañero, que se ha quedado con ella. Está a unos quinientos metros, detrás de unos galpones. Totalmente conmocionada, bañada en sangre y con claros signos de haber sido violada.
La noticia estremece a todos.
Sobre todo a la ciudad, con las primeras horas del día.

No faltan los comentarios, las hipótesis, las exageraciones, que sin embargo en este caso se quedan cortas.
Y tampoco, el recuerdo de los más viejos y ese paralelo aterrador con una antigua historia que sus abuelos contaban, de un hecho acontecido unos cien años antes, en el mismo lugar, donde, decían los pobladores de aquella Villa Constitución de chacras y campos, un demonio había asesinado a un joven y violado a su novia, que años después, seguramente perseguida por los fantasmas de aquella noche, había terminado suicidándose.
Pero las viejas historias fueron desechadas de inmediato, catalogadas de cuentos de aparecidos. La ciudad se transformó en cómplice del silencio. Toda ciudad lo es, sepultando lo que cree ajeno a lo racional y cotidiano.


Este relato formó parte de Caricias de Verano 2011, la propuesta literaria online de Leandro Puntín, junto a obras de otros escritores. Desde ya, el agradecimiento para este talentoso escritor entrerríano, por la invitación por segundo año consecutivo a esta gran propuesta de textos de "sexo, sangre y arena".

1 de marzo de 2011

Eternidad insuficiente

Entre que el mecanismo se dispara y cumple su objetivo, hay una fracción de tiempo. Un lapso ínfimo, pero real. Quizá uno se imagina que es exiguo, pero creánme que es suficiente. Y por sobre todas las cosas, doloroso.
Porque en ese instante, se condensa la vida y sus alegrías, la vida y sus sufrimientos, y se convierte en eternidad. Los buenos momentos te abrazan, como una manta caliente en pleno invierno. Lo malo, en cambio, se aparta. Se hace a un lado, como pidiendo perdón, clemencia, deseos de seguir existiendo para así perdurar en su misión de martirizar.
Entonces queda en evidencia que de existir una balanza, se inclinaría por aquello que brinda esperanza, que cobija con calidez el alma.. Son los besos los que se elevan, las risas de antaño las que se dejan escuchar en los oídos de la mente, los recuerdos felices los que triunfan.
Aquello que en términos de tiempo es una expresión mínima, en materia de sensaciones pierde calificativos, porque no existe palabra para definir lo que se produce, el cambio radical que el ser sufre en toda su dimensión. Y si bien es suficiente para el entendimiento, por otro lado, no alcanza.
No lo hace porque lo primero, el entendimiento, lleva a lo segundo, el comprendimiento. Y la falta de compatibilidad entre uno y otro es decisivo. Es un pequeño big bang, una explosión que nos devuelve a la realidad, poniéndonos otra vez en la línea de fuego.
Entonces, aún con el click resonando en nuestros tímpanos, la bala nos traspasa el cerebro.

26 de febrero de 2011

El mundo no existe

- El mundo no existe - dijo Gladys para luego sumergirse en el silencio.
Rubén la miró de reojo, pero siguió hurgando debajo del capó del coche, con las manos pintadas de grasa, intentando identificar la falla del vehículo.
La tarde agobiante hacía que ambos sudaran bajo el sol inescrupuloso de febrero. Pero sin dudas que él lo sufría el doble, al menos las enormes gotas que resbalaban por sus brazos podían atestiguarlo. La desértica llanura adormecía el paisaje, posaran la vista en cualquier punto alrededor.

Mientras el trabajaba, ella prefirió el calor del asfalto. Estaba sentada con las piernas recogidas contra el cuerpo. Parecía tener la mirada perdida y no había hablado desde que se habían detenido a un lado de la ruta. Al menos, hasta que pronunció esas cuatro lacónicas palabras.
El silencio se instaló durante largos minutos. La brisa parecía llevarse cualquier atisbo de diálogo. Rubén se estaba impacientando al no poder encontrarle la vuelta al problema del automóvil y más le molestaba la actitud de ella, despreocupada y distraida.
- No existe - repitió al rato.
- Gladys, dejate de joder con pelotudeces y aunque sea prepará unos mates ¿te parece? -dijo violentamente; se amargó de inmediato, porque se dio cuenta que empleó un tono más elevado del adecuado, pero la situación lo superaba.
Sin embargo a ella el comentario le pasó desapercibido. Ni siquiera se movió de donde estaba. Rubén prefirió entonces enfocar toda su atención al desperfecto, porque si la noche los agarraba sin poder llegar aunque fuese a una estación de servicios...
- No existe porque en realidad está todo en mi mente - habló la chica.
Su novio volvió a mirarla, esta vez con cara de "qué estás diciendo".
Gladys se puso de pie y observó el lugar, girando sobre sus talones en un círculo perfecto.
- "Cada cosa - prosiguió -, cada objeto, color y forma, nace en mi mente. Todo es proyección de mi imaginación. Aquel cielo inmenso, las nubes que lo surcan. El horizonte que lo corta. Todo. Este camino caliente, la llanura infinita, incluso la brisa y el aire, existen porque así lo quiero. Este coche, vos incluso, Rubén, no existen. Yo los creo, les doy vida. Si en estos momentos, yo dejara de existir, ustedes también, desaparecerían en la nada".
"El mundo, aquel que vemos en las noticias, la gente que lo habita, sus lugares, sus paisajes, los problemas, el hambre, la violencia, la venganza, todo existe porque la mente lo dicta. Nada es real. Ahora lo entiendo. Es fácil darse cuenta. Solo puedo saber la existencia de lo que conozco, y es lo que conozco, entonces, lo que existe. ¿Existe la ciudad cuando no la pienso? ¿O solo aparece ante mi, cuando llego, por una necesidad lógica? Vos mismo Rubén ¿qué tan seguro estás de que existís cuando no estás conmigo? ¿No serán acaso, todas las existencias, independientes? ¿Y entonces, los mundos, millones y todos diferentes?".
"¿Acaso el Rubén verdadero, si acaso existiese, no podría estar imaginando un mundo con otra novia, otros lugares, otras voces? ¿Crear sus propios colores, sus penas y tristezas, sus triunfos y derrotas? El mundo no existe, no me caben dudas. Tiene forma en la medida que se la doy, como una arquitecta a cuentagotas. Y lo colmo de dicha o de odio,  según mi antojo. Pero es tan difícil sostener esa creación, que los resultados son nefastos. Y creemos entonces, conformes, que eso que proyectamos, ese resultado a tientas, es la vida. Por suerte, Rubén, tenemos un descanso y es al cerrar los ojos. En ese instante mágico, el mundo deja de existir. Y así será, hasta que un día no podamos abrirlos más".
Todavía su novio la estaba mirando con cara de preocupación cuando Gladys cerró los ojos y el mundo desapareció.

23 de febrero de 2011

Poncho del futuro

Gustaba cada noche de beber una taza de café caliente mientras revisaba por última vez el correo electrónico antes de irse a acostar. Su mujer lo regañaba por ese momento a solas delante de la computadora a altas horas, principalmente porque se pasaba allí varias horas al día, en parte porque su trabajo así lo requería.
Sin embargo el ritual era impostergable. Su taza con el rostro de Patoruzú dejaba escapar el olor irresistible del café, apoyada cerca del teclado. Sin mirarla, la tomaba con la mano izquierda y se la llevaba a la boca lentamente, mientras su vista se dedicaba a leer los asuntos de los correos, para descartar aquellos que podían leerse sin prisa al día siguiente.
Desde la sala donde tenía la máquina podía oír los quejidos de su mujer, provenientes desde la habitación. Pero aquello no lo perturbaba. Tampoco se apuraba, empleando el tiempo necesario para cada lectura, como para cada sorbo de café.
Su atención quedó de pronto totalmente absorbida por uno de los correos, a tal punto de quemarse con lo que estaba bebiendo, además de mancharse la camisa con las gotas que debido a ese accidente, le cayeron encima. Maldijo en voz baja, pero sin quitar los ojos de la pantalla.
Clickeó con el mouse en correo, cuyo asunto era: "Poncho, por favor, leélo antes del jueves". Mientras el mensaje se cargaba en la página del navegador intentó recordar hacía cuánto tiempo nadie le decía "Poncho". Aquel era el sobrenombre que en la secundaria le habían puesto un par de amigos y que le había durado hasta que finalizó la misma, para luego partir con rumbo a una ciudad más grande y enrolarse en la universidad.
"Poncho", vaya recuerdo. Uno de los que le había dado ese sobrenombre era el "Negro" Pereyra. Gran valor. Petisito, rápido, era el que todos querían en su equipo cuando había un picadito de fútbol. Pobre "Negro", que manera boluda de morirse. Se le derrumbó el techo una noche de tormenta fuerte y no pudo contar el cuento.
El otro era el "gringo" Di Marco. Le decían así porque a su padre lo llamaban igual. Unica herencia del viejo, que se mandó a mudar cuando cursaban cuarto año, luego de estafar a un banco del pueblo. Abandonó antes de empezar el último año para ir a laburar al campo. Nadie de la barra lo volvió a ver.
La conexión a internet estaba lenta. El correo seguía cargando. Bebió otro poco de café, cuidando de no volverse a manchar. Desde la habitación la voz de su mujer preguntó nuevamente si le faltaba mucho. Contestó con un "ya voy" sin mucha convicción. Los pies subían y bajaban, como si estuviera siguiendo el ritmo de una canción. Seguía pensando quién podía, veinte años después, mandarle un correo electrónico con un apodo que ni siquiera su esposa debía saber que alguna vez había tenido.
Al fin abrió. El correo, para su sorpresa, estaba enviado desde su misma casilla y decía: "Poncho, el que te escribe sos vos mismo, pero desde el futuro. Si, ya se, te vas a creer que esto es una broma de alguno de la oficina central. Por eso te llamo por ese sobrenombre que solo nosotros conocemos. Nosotros y gente con la que hemos perdido el contacto a lo largo de estos años".
Abrió los ojos bien grande, incrédulo y siguió leyendo:
"Soy yo, es decir, sos vos. Este correo te debería estar llegando el 23 de febrero. Creo recordar que por esta época, revisaba el e-mail bastante seguido y claro, como olvidar, los enfados de Catalina. Pero algo ha sucedido y es terrible. Poncho, el pasado cambió. Si, cambió. No me pidas que te explique, solo necesito que me leas atentamente: Si hoy es 23, mañana jueves te vas a matar en un accidente de tránsito. Si, suena inverosímil, sobre todo porque en esta época estás siempre en casa, tras la operación de la cadera. Y más extraño aún porque te estarás preguntando cómo es posible que si mañana vas a morir, te esté escribiendo. Bien, es lo que te he dicho antes. El pasado cambió y si el 24 no evitas la muerte, este frágil presente en el que me sostengo, desaparecerá tan rápido como a ti (o a los dos en realidad) nos suceda el siniestro."
Se detuvo. Tenía los brazos con el vello erizado. Se llevó la taza a la boca, pero la encontró vacía. La volvió a apoyar junto al teclado. Observó otra vez la dirección de mail. Debía ser una broma, alguien que le descubrió la clave y envió ese correo. Sin embargo no podría haber fraguado la fecha ¿o si? Ese texto, según la fecha que indicaba en pantalla, había sido enviado el 18 de julio de 2032.
Solo quedaban unas pocas líneas: "Debes evitar cualquier viaje por más urgente que sea. Quédate en casa el jueves. Tienes que engañar al pasado. Tú puedes hacerlo y de esa forma, nos salvarás dos veces. Poncho, creéme. Y por nada en el mundo consideres este correo como una broma. Pues no lo es y muy en el fondo, lo sabes".
En la última línea, firmando las oraciones que había leído, estaba su nombre. Aquello era inaúdito. Cómo no pensar en ese mensaje como una broma. ¿Quién había sido? ¿Julián? No, demasiado inepto para algo así. ¿Oscar? Si, podría, pero desconoce como encender una computadora. ¿Elvio? Si, él podía ser. Siempre husmeando donde no debe... Pero era sencillamente imposible. Hacía un mes, desde la operación, que no iba a la oficina. Había cambiado la contraseña estando en casa, en plena recuperación. Entonces... ¿era real lo que tenía delante de los ojos?
Sintió un vacío en su estómago, como una fea premonición. Si se trataba todo de un chiste, no le había gustado. Era tarde para llamar a sus colegas, pero estaba atento a hacerlo. Consultó la hora: pasada la medianoche. Podía escuchar aún los quejidos de su esposa. ¡Ya voy Catalina, deja de quejarte! bramó alterado.
Le era difícil aceptar que esos párrafos podían haber sido escritos por él mismo veinte años en el futuro. En realidad, le parecía algo tan imposible como sobrenatural. Pensó en borrar el correo y dejar el asunto en el olvido. ¿Pero cómo hacerlo? Además de aterrado, se sentía molesto. No entendía cómo podía ser real, cómo encajar en su mundo ordenado tremendo desajuste temporal. ¿Y su muerte? No, no podía ser, de ninguna manera. Al menos tenía cinco meses más de rehabilitación antes de ponerse detrás de un volante de automóvil.
Ofuscado, fue a "inicio" y apagó el equipo. Se quedó escuchando como el sonido del ventilador interno que refrigeraba el procesador de su computadora se detenía, devolviéndole a la habitación un silencio mucho más amplio y sobrecogedor.
Llevó la taza hasta la cocina y la dejó para lavarla por la mañana. Su mujer ya no le hablaba ni tampoco se quejaba. Desde el cuarto no llegaba ningún sonido. Dormida, seguramente, pensó. Cuando cruzó la puerta hacia el dormitorio, se quedó congelado. Catalina estaba casi colgando de la cama, los ojos desorbitados y la cabeza apuntando hacia el suelo, con baba cayendo de la boca.
Lo primero que pensó es que estaba muerta, pero vio su pecho subir y bajar y supo entonces que estaba respirando. Un ataque, un ataque, decía su mente a toda velocidad. Su esposa había tenido un ataque. Con dolor, corrió hacia el teléfono. Marcó el número de emergencias. Tono de ocupado. Volvió a probar, con el mismo resultado. Intentó con la policía y sucedió lo mismo. ¡Malditas líneas telefónicas! gritó mientras dejaba caer el teléfono.
Volvió a la habitación y a pesar del post operatorio y todo los consejos sobre no levantar pesos, se acercó a su mujer y tras pasarle los brazos por debajo del cuerpo, la levantó con todas sus fuerzas. Le costó afirmarse, pero una vez que lo hizo, atravesó el pasillo hasta la puerta que daba al garage. Allí estaba su vehículo, disfrutando las vacaciones obligadas ante el reposo recetado a su dueño.
Abrió la puerta de los asientos traseros y acomodó a su mujer a lo largo. Activó la apertura electrónica del portón a la calle y se metió al coche. ¡Vamos! ¡Vamos! le gritaba al mecanismo, que con pereza elevaba la barrera que lo separaba con el mundo exterior. Cuando pudo hacerlo, encendió el vehículo y salió marcha atrás, a gran velocidad.
El hospital de emergencias quedaba a quince cuadras. Cruzó el primer semáforo en rojo. A la mierda las reglas de tránsito, sentenció. La pantalla de a bordo indicaba la velocidad. Excesiva para la ciudad, lo sabía. En letras y números verdes, la misma pantalla brindaba además otros datos. Por ejemplo, que eran las 00:24 del 24 de febrero. De golpe, mientras superaba a un camión de reparto en una calle demasiado angosta, recordó palabra por palabra el correo electrónico y la manera en que había descartado la posibilidad de estar conduciendo. Y sin embargo, allí estaba, haciéndolo, de la manera más desesperada e imprudente, como nunca antes jamás en su vida.
Por el espejo retrovisor vio que su mujer estaba teniendo una nueva convulsión. Una lágrima le rodó por la mejilla. En su mente volvió a leer aquella advertencia del futuro. No lo dudó. No podía hacerlo. Aceleró a fondo y cortó camino por la avenida.

20 de febrero de 2011

El silbido mágico

El abuelo se inclinó sobre la enorme mesa de madera repleta de herramientas, acercando su vista desgastada hasta los destornilladores, buscando la punta adecuada para los tornillos del tractorcito de Martín. Al encontrarlo soltó un "¡hurra!" a todo pulmón.
Martín rió de lo más contento a unos metros, sentado en el suelo, rodeado por sus coches de juguetes, con los que simulaba estar en medio de una gran competencia automovilística. Su abuelo era la versión de boxes de su infancia.
- ¿Tiene arreglo abuelo? - preguntó tras las risas y con voz esperanzada, el pequeño.
- Por supuesto querido, es cuestión de ajustar un poquito por aquí, otro poquito por allá. Y claro, el silbido mágico.
- ¡El silbido mágico! - gritó feliz Martín.
Casi al mismo tiempo empezaron a silbar una melodía alegre. El silbido mágico todo lo podía.
El abuelo se quitó los anteojos y dejó el destornillador en su lugar. Tomó el tractor en miniatura y lo giró en su mano, conforme con el resultado.
- Aquí lo tienes pequeño - le dijo a su nieto mientras estiraba el brazo hacia él con el vehículo en su mano - Listo para ganar esa carrera.
- ¡Gracias abuelo! ¡Sos lo más!
El viejo sonrió, contento. Se apoyó contra la mesa, con los brazos cruzados, mirando al niño con ternura.
Martín hacía sonidos con la boca, imitando los motores, tal los recordaba de las carreras que pasaban por la televisión y que miraban con papá cada domingo.
- Rummm, rummm... - Martín aceleró con la garganta y su mano deslizó el tractor reparado con velocidad superando a un jeep que movía con la otra.
- Cuidado, que no vaya a chocar otra vez - advirtió cómplice el abuelo - Los de boxes se fueron a dormir la siesta.
El niño sonrió al mismo tiempo que detenía a los competidores.
- Abuelo...
Así comenzaba las frases cuando tenía una pregunta en la cabeza. Era un buen síntoma, pensaba el viejo. Inquietudes en la edad justa, como le decía su madre cuando era pequeño.
- Si Martincito, te escucho.
- ¿Por qué mamá no cree en fantasmas?
El abuelo soltó una carcajada. Se esperaba alguna pregunta más comprometedora, pero aquel interrogante le gustó.
- Martín, Martín... por qué crees que puede ser. ¡Porque es adulta! Solo los niños y los viejos pueden creer en fantasmas. Los demás no tienen tiempo de mirar y ver. Solo miran y siguen con sus actividades. Hay que saber observar - le dijo guiñándole un ojo.
- Si, pero le he dicho eso y me ha dicho que no sea tonto.
- ¿Tonto? ¿Te ha llamado así? Si la hubieses visto de pequeña... todo el día preguntando cosas, queriendo saber sobre todo, absolutamente todo. Y jamás le he dicho tonta por preguntar y mucho menos por querer explicarme algo.
- ¿Da bronca? ¿No?
- No te ofusques querido, ella se lo pierde al fin de cuentas.
- Si...
Las bisagras de la puerta del sótano crugieron con suavidad y Martín escuchó los reconocibles tacos de mamá golpeando el viejo piso de material.
- ¿Martín? ¿Estás acá abajo?
- Si mamá, acá estoy.
- ¿Con quién hablabas?
Martín miró a su abuelo con una sonrisa genuina y ahora él fue quién guiñó un ojo.
- Con nadie mamá, hablaba solo, mientras jugaba con mis autitos.

17 de febrero de 2011

Incógnita de noche junto al mar

Tengo un sueño, le dijo a su novia, plegados contra la baranda del mirador que daba al mar. Fueron esas solas tres palabras, ninguna más. Ella se quedó esperando entre sus brazos que le contara cuál, pero no pronunció otra palabra, ninguna más.
En cambio, la besó, como jamás nunca lo había hecho. Era pasión, era amor. Fue ese beso, ninguno más. Caminaron por la rambla, manos apretadas, caderas tocándose. Sonrisas tontas, corazones enamorados.
Anochecía, con sus primeras sombras. Una mano armada, el dinero y dos disparos. A la cabeza y al pecho. Sus gritos, los de ellas, una ambulancia que tardó en llegar.
Se la llevaron bajo un nailon negro, como la noche. Tenía un sueño, ninguno más.

14 de febrero de 2011

La bailarina sobre el pedestal

Cortó por el camino que orillaba las vías del tren. Fue esquivando los durmientes de quebracho, en un juego tácito con el paisaje. Las piedras eran cómplices de los vidrios rotos, de las alguna vez botellas que borrachos habían arrojado contra la interminable escalera que dormía pegada al suelo. Sus pies descalzos evitaban un contacto que inevitablemente lo haría sangrar.
Era temprano, el sol apenas se asomaba. El calor de todos modos se sentía en el aire. Iba a ser un día caluroso, de esos en los que las chicharras fríen los oídos y auguran un suplicio incluso a la sombra. Los pájaros se encaramaban a los árboles lindantes y en un coro desprolijo, embarullaban el barrio. Un perro ladraba a lo lejos. Eran los sonidos de cada mañana. Aquellos que la volvían real.
Un palo largo que había recogido minutos antes le servía para golpear con ingenua furia las ramas más bajas de los fresnos que le abrían paso a su andar. Una gomera asomaba del bolsillo trasero del raído pantalón.
Pensaba en nada cuando llegó al portón verde que tan bien conocía. Se metió dos dedos en la boca y silbó con fuerza. Del otro lado de la chapa, un perro comenzó a torear contento. Esperó paciente, mientras levantaba de entre los yuyos piedras de forma consistente, sucientemente pesadas como para arrojar con su arma de madera y goma.
El portón se abrió lentamente, como si un misterio dormitara del otro lado. Pero no había ningún misterio en la figura achacada de Salvatore, que retrocedía a la par de la hoja de chapa verde, con paso vacilante y nada seguro. El niño pasó sin saludar. Caminó sereno hasta la vieja casa edificada al fondo del terreno, dejando atrás una precaria plantación de tomates y otra de zapallos.
Entró sin golpear. No había necesidad. Solo estaba Elisa, que era sorda. A pesar de ello, sabía bien cuando alguien llegaba. Se hacía entender con señas que se debía a las vibraciones que percibía en al aire. En el caso del muchacho, las vibraciones se duplicaban, aunque jamás se lo había dicho. No era el mismo movimiento de las partículas que la envolvía que sentía, por ejemplo, cuando el que andaba cerca era Salvatore.
Sin embargo su temor, porque en su seno albergaba un miedo que no podía explicar, ni siquiera con señas o sobre un papel, no era por la fuerza de las vibraciones, sino por el aura que llevaba alrededor. Un tinte negro, de muerte, se balanceaba al compás de la marcha, como el péndulo de un viejo reloj.
Aquel joven, al que servía desde que tenía memoria, no era un joven más. Lo sabía desde que lo vio nacer, en el olvidado arroyo al oeste, donde Esther, la madre del chico, le había pedido que la acompañara para hacerlo perder, cómo le había dicho en un sollozo cuando ambas eran jóvenes y la piel aún tersa.
Aquel día nefasto en el que la muerte se equivocó al escoger y se llevó a Esther, dejando al niño en el agua, colgando de su cordón umbilical. Entonces Elisa, la pobre Elisa, sintió que debía salvarlo y así lo hizo, mientras los ojos ausentes de su amiga le decían en un silencio distinto al que estaba habituada, adiós... y suerte.
Lo crió desde sus primeros berrinches, pero ni siquiera eso pudo contagiarle algo parecido al amor. El niño le inspiraba terror. Sus gestos y mohines no eran propios de un recién nacido. Sus enojos incluían el maltrato. Las uñas habían crecido muy rápido lo mismo que los dientes. Era capaz de morder y arañar, como un bicho maldito.
Pero a pesar de ello, lo crió solo, sin saber quién era el padre. En el pueblo nadie se lo preguntaba, como tampoco querían saber que había sido de Esther. El pueblo era una voz que tampoco podía escuchar, pero que veía y sentía. Y lo que le transmitía no era nada bueno. Los ojos escrutadores la seguían por las calles mientras sus brazos cargaban al bebé, al niño de la difunta Esther.
A los tres años no había palabra que saliera de la boca de ese malnacido que no fuera un exabrupto. Y cada una de ellas era un dardo al cuerpo de Elisa. Sintió como sus dedos se volvieron inútiles sobre las cuerdas de la guitarra, la escritura se le convirtió en ilegible, la dulce voz trastocó en una cascada de piedras cayendo en un foso sin fondo y el cuerpo, alguna vez delgado, engordó a pesar del hambre y el frío. Solo su sordera se mantuvo inalterable, casi una bendición. Los insultos, de esa forma, dolían menos.
Entonces llegó de la nada Salvatore. Se instaló y colocó el portón. El niño se sintió a gusto y ella se convirtió en su víctima cada noche. Abría la puerta y como si nada, con los pantalones por las rodillas, la empujaba sobre la cama para violarla una y otra vez. A veces, el niño se asomaba en la puerta con una sonrisa en el rostro y un cuchillo en la mano.
Tenía siete años cuando comenzó a irse por las noches y volver en las mañanas, repitiendo al llegar siempre el mismo ritual del silbido, tras el cual Salvatore lo dejaba entrar. A veces volvía envuelto en lodo, otras en sangre y de vez en cuando en viscosidades que Elisa no podía describir.
Luego de un tiempo, comenzó a violarla también. En su pesadilla, la sordera era un bien. Su forma de alejar los gritos, los ajenos, los propios.
Aquella mañana las chicharras presagiaban un calor sofocante. Ella no las escuchaba, pero podía sentirlo en la piel, cuarteada por el sol de tanto cosechar a la hora de la siesta. Podía casi respirarlo, con solo cerrar los ojos y dejarse llevar por el silencio que habitaba su cabeza.
Las vibraciones. Fuertes, malignas. Escupían el aura negra por todas partes, casi vomitándola. Se acercaba, estaba allí. Lo vio entrar, el rostro pétreo, el pecho hinchado como un gallo, los pasos medidos y firmes, el cabello cubriéndole parte de la mejilla y las manos bañadas en sangre.
Lo vio y dejó de hacer lo que estaba haciendo. Entonces tomó la caja de fósforos de su bolsillo y sacó uno al azar. Lo raspó contra el borde áspero de la caja, viendo nacer de inmediato la llama. Vio como el aire jugaba con ella, la acariciaba, la hacía bailar lentamente, como una doncella, una bailarina en su pedestal y entonces la llevó hacia delante, para que él la viera. Y no hubo nada más, ni siquiera tiempo para sonreír.
La cerilla cayó y el combustible que cubría cada centímetro del lugar ardió.
El último pensamiento de Elisa fue para Esther y aquel arroyo, que se le antojaba tan distante e irreal, tanto como el calor que la estaba alejando de su sufrimiento.


“Entonces cayó fuego de Jehová, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y aun lamió el agua que estaba en la zanja”.
1ra. Reyes 18:38

11 de febrero de 2011

El hombre del té [2° parte]

La escena parecía repetida. Los patrulleros en la calle, los vecinos en las veredas, los chicos apenas cubiertos de ropa, los ojos desorbitados y los cuerpos temblando del miedo. Estaban todos, salvo Anabella. Lo que quedaba de ella, descansaba dentro de un par de zapatos en su habitación. El tatuaje de una flor en el tobillo no permitía una mentira. Aún buscaban a Clarisa, la compañera de habitación de Anabella. Nadie recordaba que se hubiera ido después de cenar. Adrián se había sentado en el cordón de la vereda y no soportaba ni las caricias de Melina. Aquella imagen lo perseguiría de por vida.
La policía tomó nuevas declaraciones, pero en este caso, salvo la de Adrián que relató cómo es que había descubierto la escena del nuevo crimen, todas coincidían en algo: estaban durmiendo.
¿Podía ser Clarisa la que se fue por la puerta? preguntaban, pero no era fácil responder. No lo creían, pero era preferible pensar eso que la posibilidad de convertirla en una nueva víctima.
Al mediodía fueron llevados todos a la comisaría más cercana y se les planteó lo que algunos ya temían. Debían desalojar el lugar para poder llevar adelante una investigación mucho más minuciosa. Dado que no todos tenían donde ir, la justicia se iba a encargar de buscar habitaciones de hoteles cercanos para alojarlos. Al menos, hasta que pudieran tener algunas conclusiones.
Regresaron por sus bolsos. Empacar fue una tarea penosa, pero aunque no lo manifestaran había cierto regocijo y alivio por abandonar aquel lugar. Desde sus habitaciones escuchaban algunos diálogos de los investigadores, los pasos de los uniformados recorriendo el lugar y los ruidos que hacían moviendo muebles en la habitación de Anabella y Clarisa.
Julián arrojó con bronca el desodorante dentro del bolso. El sonido al golpear un cuaderno le trajo a la mente una frase que había escuchado la noche anterior pero que parecía provenir de un siglo pasado: El frasco de don Francisco.
Dejó lo que estaba haciendo y se sumó a la procesión de personas que había en el pasillo. Caminó hasta la habitación 3 donde lo detuvieron al querer entrar.
- Está bien, no voy a entrar – dijo sacándose de encima las manos del policía – Busquen un frasco, pequeño, como de éste tamaño, estaba rotulado y decía “té”. Ayer Anabella lo encontró en la cocina y dijo que era de don Francisco. Se lo llevó con ella.
Por más que buscaron revisando centímetro por centímetro, no encontraron el frasco. La persona que salió por el frente esa noche, se llevó consigo el frasco. Al menos podían deducir eso de las pocas piezas con las que contaban del macabro rompecabezas.
Para la noche ya estaban todos reubicados. La pensión les quedaba a la mayoría de pasada al Politécnico. No se extrañaron en ver la faja policial impidiendo la apertura de la puerta de frente. Que extraño se les antojaba a todos lo sucedido en los últimos días. Aún flotaba en sus mentes esas últimas horas, que parecían extraídas de una pesadilla, un mal sueño, sino fuera que estaban asidas tan macabramente a la realidad, con las muertes de María José y Anabella y las desapariciones de la señora Etelvina y Clarisa.
La faja siguió allí, día tras día, como la sombra de misterio sobre las fojas del caso, que cada día iban quedando más y más relegadas en el fuero judicial y policial.

- ¿Entonces el señor quiere una habitación para una sola persona? ¿Es así?
- Si señora.
- Bien, me está quedando un cuarto disponible. No se si sabrá, le advierto por las dudas, pero la mayoría de la gente que vive aquí estudia, así que se ruega silencio por las noches y si es posible evitar el movimiento de salir y entrar de la pensión durante esas horas, mucho mejor.
- Entendido.
- Solo necesita hacer un depósito y pagar un mes por adelantado y la llave es suya. ¿Su equipaje está en la calle? ¿Quiere entrarlo?
- No se preocupe, llevo lo indispensable conmigo.
El hombre abonó la suma en efectivo y firmó el contrato. Cuando se retiraba la mujer dijo:
- Mi papá también se llamaba Francisco. Siempre me gustó ese nombre. ¿En serio no tiene equipaje? ¡Qué hombre misterioso!
La miró por un instante y vio una sonrisa boba dibujada en su rostro. ¿Por qué siempre querían saber más de lo que podían? Hizo caso omiso del comentario y se retiró con su llave.
Se detuvo delante de la escalera. A su izquierda vio una puerta con un cartel que señalaba “cocina”. Consultó la hora. Las cuatro en punto de la tarde. Cambió su rumbo y se dirigió hasta la puerta. La cruzó sin saludar a los que estaban dentro, todos estudiantes. Ninguno de ellos le prestó demasiada atención. Así está bien, así debe ser, se dijo mentalmente don Francisco.
Se acercó a la alacena, buscó una taza, tomó un colador que estaba colgado de un soporte y se hizo de una cuchara. Tanteó en su bolsillo y extrajo del mismo el frasco rotulado con la palabra “té”.
Lo miró fascinado antes de abrirlo. Qué increíble lo que tenía en sus manos, cuán sorprendido podía estar el mundo de lo que desconocía. Quién podría imaginar que allí dentro podía, en caso de quererlo, guardar el planeta entero. Se conformaba con meter a sus presas y convertirlas en esclavas.
No podía ver el interior, porque el rótulo se lo ocultaba y estaba bien, para eso lo había colocado. Pero era capaz de evocar esos campos de té, tan extensos como bellos, de los que era dueño. Y sus esclavas laboriosas que iba recogiendo de este mundo, trabajando en el sembrado, cuidado y cosecha.
Qué fantástico era ese frasco, que con solo abrirlo podía dejar caer en su taza esas hojas secas y aromáticas, tan sabrosas y naturales. Podía imaginarse los ojos asombrados de sus presas, viendo como las hojas cobraban vida y ascendían hasta aquel punto negro lejano que aparecía como por arte de magia en el ancho cielo. Esas manos cautivas que jamás recordarían quiénes eran.
No podían quejarse, estaban vivas. Corrían mejor suerte que sus otras presas, las que devoraba. ¡El apetito! Qué voraz que podía ser. Gente desaliñada, abandonada a su suerte, que nadie recordaría, pero que tan rico sabor formaba en su paladar. Y sin embargo, vaya problema, eran difíciles de digerir. Por suerte tenía su té para aliviarlo. Las últimas comidas habían sido a deshoras, casos de emergencia, como solía decir. Primero la dueña de la otra pensión, tan cuidadosa y respetuosa durante años… pero esa maldita bruja le llenaba la cabeza y finalmente la curiosidad había cedido. Entonces, no hubo más remedio. La bruja tuvo mejor suerte, ahora cosecha el campo. De quién se arrepentía era de esa joven hermosa, pero que otra cosa podía hacer. Cuando lo vio aparecer del frasco hubiese gritado sino le partía el cuello de inmediato. Y verla así, le despertó el apetito. Al menos pudo tener contemplación de la compañera de cuarto y meterla en el frasco. Quizá era su destino, quién sabe.
Vaya que estaba rugiendo su estómago. Alrededor los jóvenes seguían enfocados en sus libros o diálogos y nadie le prestaba atención. Su rostro parco dejó entrever una sonrisa. Llevó la taza a los labios y bebió. Si el elixir de los dioses existía, debía ser parecido a su infusión.


Fin

8 de febrero de 2011

El hombre del té [1° parte]

La pensión se dividía en diez habitaciones, enfrentadas por un pasillo que desembocaba en un patio interno. También al fondo estaba la cocina. Un cuarto un poco más amplio que el resto, dotado por una cocina a gas, lava vajillas, dos alacenas, una heladera, un anafe y una mesa de madera de generosas medidas y varias sillas, todas diferentes entre si, siempre desparramadas en torno a esta última.
En su mayoría eran estudiantes, que acudían al politécnico que estaba cruzando la calle, salvo Etelvina, una señora mayor que gustaba de charlar y que no perdía una sola oportunidad para contarle a su confidente de turno como sus hijos le habían quitado la casa y dejado sin techo, y don Francisco, un hombre de semblante parco pero de poco trato con el resto. Y claro, María José, la dueña de la pensión, que vivía en la casa de al lado, pero habitualmente pasaba largas horas en la cocina, con el equipo de mate a cuestas.
Don Francisco era el más antiguo viviendo allí. Siete años. Etelvina había llegado hacía solo dos y los estudiantes rotaban permanentemente, o bien porque dejaban la carrera que cursaban o porque se iban a vivir con amigos a un lugar más amplio o cómodo.
María José era tolerante y no ponía reglas estrictas como sabía, sucedía en otras pensiones donde se alojaban jóvenes. Quizá por ese trato, era que recibía cordialidad de parte de sus inquilinos. Por supuesto, no faltaba alguna queja, pero nada que no pudiera remediar.
A las cuatro de la tarde en punto, cada día, María José veía entrar a don Francisco a la cocina. Habitualmente en ese horario había chicas y chicos merendando algo, con sus apuntes sobre la mesa.
La rutina del hombre era idéntica cada vez. Saludaba con un leve movimiento de cabeza (y solo a la dueña de la pensión), se dirigía a la alacena más cercana a la puerta, buscaba una taza limpia, una cuchara, un hervidor de acero inoxidable y luego quedándose de pie, apoyaba todo sobre una mesada y extraía de su bolsillo un pequeño frasco de vidrio, rotulado con la palabra “té”.
Vertía algo de su contenido dentro del hervidor y luego volvía a meterlo en el bolsillo. De inmediato le agregaba agua y encendía una hornalla. Paciente aguardaba de pie a que la infusión estuviese a punto del hervor, aunque jamás permitía que llegase al mismo.
Recién una vez que apagaba el fuego, abría uno de los cajones para buscar un colador. Lo colocaba encima de la taza, para filtrar lo que había puesto a calentar. Se podía ver, si se observaba con atención, como el líquido oscuro caía lentamente del hervidor y pasaba por entre el fino mallado del colador, dejando sobre éste una espesa capa de mojadas hojas pequeñas y trituradas.
Don Francisco aguardaba hasta que cayera la última gota. Increíblemente, calculaba la cantidad exacta para llegar al tope de la taza y no dejar nada en el hervidor. Tras ello, buscaba otro frasco, en el otro bolsillo del pantalón, donde dejaba caer las hojas mojadas que habían quedado en el colador. Finalmente enjuagaba los utensilios, los guardaba en su respectivo lugar y recién entonces, buscaba una silla, se acomodaba en alguna esquina de la mesa y se bebía su té con tranquilidad.
Solo María José y Etelvina, cuando estaba allí, se percataban de ese trabajo casi religioso y artesanal. Los jóvenes estaban inmiscuidos en sus cuestiones y pasaban por alto la ceremonia.
Etelvina le insistía a la dueña:
- Vamos María José, usted lo conoce desde hace más tiempo, pregúntele.
Pero ella no cedía. Por supuesto, le intrigaba saber que tomaba, para que guardaba lo que ya utilizaba, si acaso aquello era un remedio casero y muchas otras cosas, pero a su vez respetaba la intimidad de la persona. En cambio, la otra mujer… no solo no se animaba a preguntarle ella, sino que la molestaba con tanta insistencia.
Aquel domingo, en el que se sucedieron los desgraciados hechos, tan solo estaban en la pensión la dueña y el hombre parco. Al menos eso manifestaron algunos estudiantes a la policía al día siguiente. Ninguno pudo dar una precisión sobre el paradero de Etelvina, pero visto que sus pertenencias no estaban, suponían que había abandonado la pensión mientras ellos no estaban. Quizá, por eso, salvó su vida.
La policía fue recopilando las historias y reconstruyendo lo que pudo haber pasado. Reconocían, de antemano, que sería difícil.
Marisa de 20 años, estudiante de Electrónica, se volvió a su pueblo el viernes por la tarde y regresó el lunes al mediodía. Para entonces, el lugar era un infierno. Fue la primera en marcharse y la última en volver.
Ezequiel de 22 aseguró que estuvo el fin de semana en la casa de su novia, pero deshizo los dichos cuando le preguntaron los datos de la chica, para llamarlo. Debió confesar entonces que estuvo con otra chica, todo el sábado y el domingo. Regresó a la noche, en el mismo momento en que las dos inquilinas de la habitación 3 salían disparadas por la puerta que da a la calle, gritando a más no poder. ¿Qué que pude ver? Lo mismo que todos esa noche, a don Francisco sentado en la cocina, delante de su plato, terminando de comerse lo que parecía ser una mano humana.
Adrián de 24 y Melina de 19 dijeron lo mismo, salvo que ellos habían estado el sábado y no habían notado nada anormal. Y si, habían visto aún a Etelvina. ¿El domingo? Habían aprovechado para pasar el día juntos; el hecho de estar los cuartos pegados había despertado cierta atracción entre ambos.
Anabella y Clarisa, las chicas del tercero, apenas si pudieron declarar. Estaban aterradas. ¡Nos guiñó el ojo! decían incrédulas ante los uniformados que no dejaban de tomar apuntes de todo lo que les mencionaban.
Pablo llegó a la par de la policía y no sabía que pensar hasta que desde el patio vio como la sangre se escurría desde la cocina hasta afuera, por debajo de la puerta semiabierta. Un poco por las cervezas que había tomado desde la mañana con sus amigos y otro por el asco del cuadro que acababa de observar, vomitó sobre sus zapatillas, salpicando incluso al policía más rezagado.
Julián, el más chico de todos, con apenas 18 años, fue quién aseguró no haber visto a Etelvina ese domingo. Había almorzado en la cocina y luego salió hacia la cancha para ver el partido. No se la cruzó en ningún momento. Al irse, dijo, los únicos que quedaban era María José, don Francisco y Andrea, la chica rara.
Joven de poco salir, muy poco agraciada estéticamente y a la que no se le conocían amigos, era lógicamente tildada de rara. Sin embargo la policía no encontró nada en particular en su declaración. Durmió la siesta, luego se fue a la plaza a leer, decidió pasar la noche en el cine y cuando regresó estaban sacando a María José, o lo que quedaba de ella, en una camilla cubierta con un nylon negro. ¿Etelvina? Puede ser, no me acuerdo, dijo vagamente.
El vacío en la investigación se situaba en un momento exacto, aquel en el que Ezequiel, Adrián y Melina, los últimos en ver a don Francisco, salieron corriendo hacia la calle, donde ya Anabella y Clarisa, abrazadas y llorando, habían dado aviso a la policía.
Cuando llegó la policía, con Pablo pisándoles los talones, y penetraron a la cocina del fondo, el lugar estaba desierto, a no ser por el cuerpo mutilado de María José, arrojado bajo la mesa y la sangre que emanaba del mismo como un manantial, corriendo por el declive del piso, en dirección al exterior de la habitación.
Habían pasado no menos de cinco minutos, pero el hombre ya no estaba. En los interrogatorios preguntaron una y mil veces si había una salida que no fuese la frontal, pero no la había. Además, detalle que conocían los investigadores, no había pisada alguna sobre la sangre y las ventanas de la cocina estaban cerradas por dentro.
Cinco habían visto a don Francisco comiéndose una mano, otros cinco no habían visto más que los fuegos artificiales y se habían perdido la fiesta. Nadie de los que habían estado en la pensión el domingo, recordaba a Etelvina, aunque la respuesta de Andrea no era muy convincente al respecto.
Se cruzaron datos, declaraciones y se investigó a cada uno. Los resultados fueron escasos. Una mujer muerta cruelmente y dos personas desaparecidas, una de ellas quizá el asesino, la otra probablemente otra víctima.
Fue Anabella quién reconoció el frasco de vidrio oculto detrás de un par de botellas de aperitivo sobre la mesada.
- ¡Es el frasco de don Francisco!
- ¿Qué frasco? replicaron sus compañeros de pensión, mientras colaboran en la limpieza del lugar.
Anabella se fastidió al ver que ninguno se había percatado que don Francisco lo llevaba siempre para prepararse el té.
- El que llevaba siempre consigo… no importa, puede que a la policía le sirva.
Esa noche la puerta de calle sobresaltó a Adrián y Melina, que dormían acurrucados en la cama del primero. El chico, tomando coraje, le pidió a su compañera que se quedara acostada. Se puso pantalones cortos, se calzó las ojotas de ella y se asomó al pasillo. Reinaba el silencio, sin embargo las cortinas que colgaban del pequeño ventanal de la puerta oscilaban suavemente.
Alguien había entrado o salido. Suponía que esto último. Observó las demás puertas. La escena le dio escalofríos. Por un momento temió que las paredes se abalanzaran sobre él o tomaran forma y lo asieran entre garras afiladas y colmillos gigantes. Cerró los ojos y contuvo la respiración. Los abrió. Estaba más calmado. Tan solo era el pasillo de la pensión y las diez puertas cerradas… no, una estaba apenas abierta. Caminó lenta y pausadamente. Sintió como se le enfriaba la respiración y un nudo se le atascaba en la boca del estómago.
Golpeó con suavidad. La puerta se movió un poco hacia atrás. No mucho, pero suficiente. A través del espacio que separaba la madera del marco, la visión hacia dentro era precisa y hablaba por si sola. La cama sin hacer destilaba sangre por cada lado y sobre el suelo de baldosas, dos zapatos con taco azules pedían a gritos ayuda. Los pies de la dueña de aquel par, solo los pies, aún permanecían allí.


Continuará...

5 de febrero de 2011

El disfraz del diablo

La historia de Juan Palomete es la de un descenso hacia las profundidades de la vida. Sin embargo, pudo haberlo evitado.
El gran problema de Juan, fue siempre el cigarrillo. El vicio comenzó de joven, cuando todavía no había pisado los quince años.
Para los veinte, fumaba alrededor de cuarenta por día. A los treinta, unos sesenta.
Cuando alguien le preguntaba la edad, debía mostrar el documento de identidad. Nadie le creía los "treinta y dos" que afirmaba tener.
La piel del rostro resquebrajada, el cabello ralo, los dientes manchados, el aliento fuerte, las manos temblorosas, los dedos sucios de nicotina, le daban apariencia de hombre orillando los cincuenta o incluso más.
Aquel que lo conociera, difícilmente podía imaginarse a Juan sin su cilindro de papel encendido, ya sea sosteniéndolo entre sus dedos, colgando en la comisura de la boca o apoyado en un cenicero, cerca de él.
Cuando las leyes antitabaco se pusieron de moda y fue obligación respetarlas, se vio obligado a dejar de fumar en la oficina. Esto motivaba que cada cinco minutos bajara por las escaleras, saliera a la calle y se encendiera un cigarrillo.
Volvía con el espíritu renovado, aunque tosiendo, como era costumbre. La tos era tan característica como el "pucho" mismo. Podía saberse cuando Juan subía las escaleras por el sonido repetitivo de la tos, que por más que quisiera ocultar la boca bajo dorso del brazo, llegaba a oídos de los demás.
No era bien visto que por querer fumar, dejara tanto su puesto de trabajo. Tuvo varios llamados de atención por ello y dado que su actitud no variaba, terminaron echándolo.
Con el dinero que le dieron de indemnización, puso un pequeño comercio, una especie de bazar. Pero no tuvo éxito. Su insistencia en atender fumando, con el cigarrillo colgando de la boca, lanzándole inconscientemente el humo a sus clientes, hizo que de a poco nadie ingresara al local comercial.
Debió cerrar. Se las ingenió para idearse un puesto de venta ambulante, con el que alternaba en dos o tres esquinas de la ciudad. Allí nadie podía recriminarle que fumaba, al menos estaba al aire libre.
Pero una colilla mal apagada, que arrojó debajo de la mesa que usaba para exhibir la mercadería que tenía en venta, provocó un incendió que acabó con todos sus productos y le produjo quemaduras en sus manos, mientras intentaba extinguirlo precariamente.
Sin dinero, perdió su casa. Por su obstinación con el cigarrillo y el hecho de no dejarlo a pesar de todos los problemas que le había ocasionado, tanto con el trabajo como con su salud, muchos de sus conocidos perdieron la paciencia y se alejaron.
La poca habilidad en sus manos, tras las quemaduras, hicieron que la búsqueda de trabajo fuera un fracaso continuo.
Vagó por las calles varios meses, sin dinero, mal vestido, sin amigos a los que recurrir. Deambulaba por bares, mendigando su adicción a los clientes. Conseguía así no desprenderse de su vicio.
Una mañana húmeda despertó bajo los cartones que lo guarecieron en la noche con una sensación extraña, como si le faltase el aire. Sus pulmones estaban colapsando. Juan atinó a lo único que sabía hacer. Revolvió en sus bolsillos y encontró uno, totalmente arrugado, pero que aún servía.
Con manos temblorosas encendió un fósforo y prendió el último cigarrillo de su vida terrenal. Murió en la segunda pitada, con el culpable de su muerte colgando entre sus labios.
Su cuerpo fue arrojado a una fosa común, en el cementerio local. Sin lápida ni nada que indicase su presencia. Sin embargo, dicen los que visitan el campo sacrosanto que el lugar exacto dónde está enterrado es fácil de reconocer. Es allí dónde la tierra emana humo, en un hilillo poco denso, casi imperceptible, pero visible, sobre todo los días grises, en los que el cielo triste recuerda los fracasos de la vida y el diablo se ríe en alguna parte, feliz de sus actos, contento con sus logros.

Con este relato participé en el mes de enero del blog colectivo Escribidores y Literaturos invitado especialmente por Sonia. Muchas gracias y espero que el cuento les haya gustado. Cuando lo escribí, hace un par de meses, inédito para este blog amigo, tenía un significado; hoy tiene otro, aún más doloroso.

2 de febrero de 2011

Sangre

La verdadera esencia de la sangre radica en todo aquello que no muestra. En un crimen, por ejemplo, solo deja verse marchita, como un símbolo de lo trágico. Añoramos, al verla desparramada sobre o al costado de la víctima, conocer esos instantes precisos que indujeron su presencia en la escena.
El carmesí brinda fuerza a la catástrofe. No nos impacta lo mismo un asesinato con sangre que uno sin. Y tampoco provoca el deseo ferviente por parte de los investigadores policiales de atrapar al delincuente en los casos en donde la roja sustancia brilla por su ausencia. En cambio, cuando la misma tiñe el hecho vandálico, exacerba el espíritu de justicia.
Y para el que sostiene el puñal o blande el revólver sin piedad, la sangre le asegura el éxito, le hace saber que ha logrado su cometido, que la víctima está sufriendo. La artería rebanada es un grito de euforia dentro del malviviente, un grito silencioso que nace desde las tripas y sucumbe entre oscuros pensamientos. Lo mismo que las manchas en la pared, esas gotas que se amontonan en forma veloz y desprolijas, sin sentido de la estética y la simetría.
La sangre representa más de lo que creemos, históricamente, religiosamente, humanamente. Impresiona, asusta, asombra, reprime, silencia, abruma, duele, hiere, sofoca, induce, desvanece. Nos reduce, nos levanta, nos recuerda lo que somos, es una credencial de la mortalidad, un certificado de vida. Es por lo que es y por lo que puede llegar a ser. Es por presencia y por ausencia.
Y además de consecuencia, es causa. De mi fobia, por ejemplo, a las agujas. Si no fuera por esa necesidad insulsa de necesitar sangre de mis venas, no vería esa plateada y delgada línea de centro hueco que desciende como un vampiro sediento hasta mi brazo con el único deseo de hacer daño y robar de mi, ese líquido que me alimenta.
Por eso te siento maldita, roja sangre, que tienes tanto por contar y no lo haces. Provocativa y sensual, te paseas sin prisa en nosotros, sabiendo que eres Dios y al mismo tiempo, Demonio. De noche, en el silencio, aunque no lo creas escucho tu risa burlona y atrevida.
A veces me pregunto, que esperas de mí. Y sin saber el por qué, no dejo de pensar en un cuchillo o una insignificante gillete.

30 de enero de 2011

Un sueño en la ciudad

La ciudad le pasa a su lado, y él, indemne al viento, olvida el sueño y emprende el camino. Lento. Desganado.
Por un momento, soñó ser pájaro. Viajar muy alto, ver todo con los ojos de un dios, caer en picada y sentir el cielo huyendo. Soñó con ser libre.
Ya con los ojos despiertos, deja atrás la calle que cada mañana lo ve partir. El sol abraza fuerte la tierra, la quema y el ardor se eleva en el aire. Está de nuevo en la tierra de sus días, de la que nunca despegó.
Cada día es un nuevo intento por vivir. Y para ello, debe sobrevivir. Triste juego de palabras que da por resultado realidad. Y en su tormento diario, el peso de ser alguien que no quiere ser.
Con existir no le alcanza, quiere ser una ilusión. Pero debe conformarse con ser una justificación. Debe ir a su trabajo, cumplir un horario, volver a su hogar y comprender. Comprender que hay un mundo alrededor. Y ese mundo es el que gira olvidándose de él. Como un carrusel sin sentido, que amontona polvo y engranajes desgastados en un último viaje circular. Pero interminable, cual pesadilla.
La vereda lo arrastra en la agobiante mañana. La ciudad camina a su lado, pero en sentido contrario, sin detenerse. Rostros conocidos, miradas familiares que despiertan cientos de recuerdos. Pero todos muy lejanos, como que llegaran de otra galaxia, de otra vida y no la suya.
Y en el repetir de sensaciones, esa soledad falsa, agobiante y descarada, que se infiltra en las grietas del inconsciente. Le oprime el pecho y clava puñales en el resto del cuerpo. Son aguijonazos. Pequeñas muertes. Pero desaparece como por arte de magia, el dolor llega y se va. Acaricia la herida, lame la sangre como un vampiro enamorado y elude cualquier pensamiento, para no volver. Y llega otro dolor, porque nunca es el mismo. Y la historia, minúscula, casi imperceptible, arrasa una y otra vez.
Y es allí, en esa interminable serie de compases que no escucha, de una música que nadie jamás ejecutó, donde desaparece para no ser más él. Y se transforma en el obrero que camina hacia su jornal.
Entonces, su verdadero yo, el que anhela ser libre, se encarama en el primer rayo de sol y le roba las alas a un espejismo y sueña.
Sueña que vuela y se funde en el cielo azul, dejando atrás el calor sórdido del infierno que baila bajo sus pies. Y suave, se confunde con una brisa y desparrama su ser sobre la ciudad.
Allá abajo camina alguien hacia su trabajo y miles y miles con vaya saber que intención. En el aire, su corazón cobra vida porque él es libre, y la ciudad, cada vez más chiquita, parece sin embargo mucho más grande.


(Cuento seleccionado y publicado en la antología del año 2008 de la Municipalidad local, denominado "150 años de Villa Constitución, inédito en el blog)