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8 de septiembre de 2019

Falta de consideración

Lo extraño es que nadie avisó que no iría. Varias veces había mirado en la pantalla de su teléfono por las dudas de encontrar un mensaje de último momento, pero allí solo estaban las conversaciones que había tenido por la mañana y después del mediodía.
Es que se había dedicado a los preparativos. Entre que preparaba los bocadillos, la comida, ponía orden a las habitaciones, se había desentendido por completo del esclavizante aparato. Pero lo buscó alarmado cuando, avanzada la noche, el timbre de su enorme casa en las afueras de la ciudad no había sonado ni una sola vez.
Comenzó a enviar mensajes a sus amigos. Con algunos compartía grupos de contacto. Con otros no. Había enviado al menos diez mensajes cuando cayó en la cuenta que no había señal y todo lo que había creído mandar, aún estaba sin enviarse.
Pensó que quizá a los demás les pasaba lo mismo. Habían tratado de comunicarse con él para avisar que no iban y no se habían podido contactar. Pero podía creerlo en uno o dos casos, no en casi treinta personas. ¿Cómo podían todos sus amigos encontrarse con complicaciones como para suspender un reencuentro?
Sobre todo el "Gallego", que hacía diez años que no pisaba el suelo del país y que finalmente había decidido viajar en sus vacaciones. Prácticamente había sido la razón de hacer la juntada. El "Gallego" no tenía excusa para faltar. Y por lo que había hablado esa misma mañana, tampoco quería perderse por nada del mundo poder ver a tanta gente que quería y que la distancia había alejado. Pero también le llamaba la atención que Doris, que le había prometido caer a la tardecita a ayudar con los preparativos, no le hubiese avisado que no iría. Si justamente había sido ella la que había elegido el menú y el día anterior lo había acompañado hasta el supermercado para comprar las bebidas.
Y como ellos, varios más. Podía imaginarse que ni Julián ni Mariam se tomaran el trabajo de dar aviso, porque siempre habían sido así, pero no es algo que harían, por ejemplo, Pablo, Kevin, la Naty, el Chavo, Chicho...
¡Qué falta de consideración! pensó durante un buen rato. Trató de llamar a Doris desde el teléfono fijo. La llamada cayó en el contestador. Probó suerte con el Gallego. Sucedió lo mismo. Y en la medida que probaba con alguien distinto, comprobaba que no había manera de contactar a ninguno. Para entonces estaba intranquilo. También la quietud del exterior le ponía los pelos de punta. Porque se había asomado antes del atardecer a buscar leña que tenía en el cobertizo y había notado cierta paz en el aire que no se condecía con el habitual bochinche de cada tarde, con los pájaros trinando, los grillos saturando hasta el hartazgo y los ladridos que venían de las granjas lindantes, que si bien no alcanzaban a verse por los árboles del tupido bosque, Vladimir sabía que estaban allí.
Volvió a salir, ya con la noche cerrada. El cielo oscuro no dejaba ver las estrellas. Solo la luna resplandecía a lo lejos, pero cubierta por una espesa capa gris. Observó inquieto entre los árboles. Ninguna luz, ningún sonido. Se concentró en la carretera, distante a dos kilómetros. Había noches en las que si el viento favorecía, podía escuchar el tránsito a pesar de la distancia. Pero no pudo escuchar nada.
Ya había encendido el fuego y de tanto en tanto, el crepitar de alguna brasa lo sobresaltaba. No iba a colocar la carne en la parrilla. Esperaría aún un poco más. Decidió quitar un poco de leña, para que no se consumiera tan rápido. Sus amigos tenían que caer tarde o temprano. Pero entonces escuchó el estruendo.
Quedó paralizado delante del asador. Había sonado como si algo gigantesco cayera desde bien alto. Hasta pudo sentir un estremecimiento bajo los pies. Pareció cómo si algo se derrumbara con estrépito encima del bosque. Estaba seguro de haber sentido también el sonido de árboles partiéndose en mil pedazos.
Se olvidó de la leña, y llevando el atizador en la mano, volvió a salir al patio delantero. Su vista se dirigió automáticamente hacia el bosque. No necesitó otro sonido brusco para estremecerse. Le bastó con levantar la mirada hacia ese enorme monstruo parado entre los árboles aplastados por el peso de sus pies, tan grandes como dos casas juntas.
El monstruo miraba lentamente, hacia un lado y el otro, tratando de decidir dónde dar su próximo paso. A pesar de la oscuridad, de esa densa niebla gris que comenzaba a rodearlo todo, Vladimir pudo ver el rojo carmesí en los labios de esa cosa, chorreando cuesta abajo hacia el torso. El monstruo abrió la boca, una y otra vez, masticando, y entre bocado y bocado,  divisó brazos, piernas, huesos y restos de telas, como parte de la cena de ese ogro descomunal.
Ahora sí, a lo lejos, la neblina ya no era neblina, sino columnas de humo que se elevaban hasta el infinito. Y detrás de ese monstruo, vio otras siluetas semejantes moverse en la oscuridad. En un santiamén, entendió todo. Edificios y viviendas en llamas, gente escapando, torres de electricidad y telefonía derribadas, animales huyendo antes incluso que esas cosas aparecieran, embotellamiento de coches... todo aquello que uno ha visto una y mil veces en la pantalla del cine y de la televisión.
Pensó en Doris, en el Gallego, en aquellos que estaba tildando de desagradecidos por no avisar y comprendió que ninguno tuvo tiempo y si lo tuvo, quizá, cómo le sucedía a él en ese instante, había quedado pasmado e inmóvil ante la inminencia de la muerte.
Porque uno piensa en destinos comunes, como el cáncer, los problemas cardiovasculares, los accidentes, el implacable paso del tiempo... pero nunca se detiene a pensar en monstruos gigantes que devoran todo a su paso. Porque sencillamente es imposible, y parece una pérdida de tiempo ponerse a pensar en algo irreal. Sin embargo, allí afuera, bajo la mirada inescrupulosa de ese ser, que con paso potente y terrorífico avanzaba hacia él, destruyendo todo en su camino, supo que la muerte no escatima en esfuerzos y la sorpresa, es su arma principal.

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