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2 de noviembre de 2019

Temporada baja

Caminaba por la playa todas las mañanas, casi como un ritual. Solo cuando el dolor la aquejaba con locura durante la noche, se permitía seguir en la cama hasta cerca del mediodía. Y en esas oportunidades, se quedaba en su casa. No le gustaba cruzarse con otros caminantes, muchos de ellos turistas. Prefería el silencio, matizado tan solo por el ronronear del mar y el aleteo de los pájaros.
Solía ir con sus perros, que tenían la particularidad de no tener nombres. Pero ellos no bajaban a la playa, optaban por merodear entre los arbustos que lindaban con los médanos más altos. Por eso, la mañana en que desapareció, sus perros no pudieron seguir su rastro. Fueron encontrados días más tarde, aún en la zona de árboles, esperando quizá el silbido de su dueña.
La denuncia ante la policía la hizo su vecina. No se llevaban bien, era cierto, pero una cosa no quitaba la otra, les dijo por teléfono. Hacía al menos dos o tres días que no la veía regar el patio o cruzarse al otro lado de la calle, a comprar en la verdulería. Le tocó el timbre en distintos horarios y la llamó por el nombre, casi a los gritos, por el frente y a través del cerco lateral que separaba ambas viviendas. Recién luego de agotar todas esas instancias y estar segura que algo extraño pasaba, llamó al 911.
Dos móviles policiales estacionaron a los pocos minutos delante de la casa y tras varios llamados en vano, forzaron la puerta. En la casa no había nadie.
Interrogaron a la vecina, como era de esperarse y también a los demás vecinos, que no eran muchos, porque la mayoría de las viviendas estaban destinadas para el alquiler en temporada alta. No era demasiado lo que podían aportar. La mujer no tenía trato con ninguno. Y esa falta de contacto hacía que toda pregunta de los investigadores fuera respondida con dudas e incertidumbres. Nadie sabía si tenía familiares o amigos en alguna parte de la ciudad. La rutina de la caminata en la playa fue lo poco que tuvo apariencia de pista para la policía.  Y también el hecho que sufría alguna enfermedad, porque los vecinos coincidieron en que solía escucharse en medio de la noche, gritos de dolor provenientes de la casa.
Cuando se toparon con los perros deambulando en la zona de la playa, cuyas descripciones también habían recabado de los interrogatorios, pudieron determinar que efectivamente, la mujer había ido en algún momento a la playa y no había vuelto.
Solicitaron entonces que se hicieran peritajes en la playa. No encontraron ninguna pertenencia que pudiera vincularse con la mujer. Cualquier sugerencia en relación a una posible desaparición en el mar hacía perder toda esperanza. 
Los rastrillajes perdieron fuerza con el correr de los días. No había familiares que presionaran en la búsqueda y ni bien se hizo todo lo que estaba al alcance, se dio la orden de pausar la investigación. Quedaría a la espera de algún aporte fortuito que la pusiera una vez más en marcha.
La casa permaneció cerrada varios meses. Para evitar el deterioro y exponer el barrio a una mala imagen, la vecina pidió un permiso al municipio para hacerse cargo. Incluso, por el gesto, consiguió una rebaja en los impuestos.
No era algo nuevo, ya tenía al menos cinco propiedades en las mismas condiciones. Ella se ocupaba de mantenerlas y a modo de recompensa, el municipio le dejaba el alquiler de las viviendas durante el verano. Era bueno que existieran personas como esta mujer, tan predispuestas. Sobre todo en una ciudad con solo tres o cuatro meses de vida al año y que el resto del tiempo se convertía en un entramado fantasma de calles muertas que se llenaban de arena y aire salado, y que ocasionalmente era elegida por personas solitarias para radicarse y vivir sus últimos años. Personas casi siempre sin familiares, parcas, con escasas ganas de hacer amigos.
¿Cómo no ingeniárselas en dicho contexto? Al menos, eso pensaba la buena vecina, mientras publicaba un nuevo aviso en un sitio online de alquiler de viviendas para la temporada de verano.

28 de octubre de 2019

El baldío de Fulgencio (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)



Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.


27 de octubre de 2019

Amigas (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)



Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.


26 de octubre de 2019

Fútbol en el recreo (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)





Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.



25 de octubre de 2019

Marcio y las tapitas (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)




Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.




24 de octubre de 2019

Ícaro (ilustrado por Fabricio Garfagnoli)





Este cuento forma parte de un pequeño librito realizado junto a Fabricio Garfagnoli, que ilustró cada texto, encargado por la Comuna de Pavón, con el que conmemoró el Día de la Paz, repartiéndolo entre niños y adultos, en los festejos realizados en la localidad santafesina.

16 de octubre de 2019

La niña del televisor

Los miedos nacen cuando uno es niño. La oscuridad, los fantasmas, el hombre de la bolsa, el monstruo dentro del armario, se instalan desde la más prematura edad. Los adultos tienen gran parte de la culpa, porque se divierten jugándonos bromas, divirtiéndose con nuestros chillidos, nuestros sustos, olvidando que alguna vez también fueron críos y temieron a lo mismo. O quizá no, no es olvido, es venganza.
Sin embargo, no fue culpa de un mayor aquello que pasó cuando teníamos siete u ocho años. Solíamos jugar con unos amigos - y sus hermanos - en la casa de la esquina. Una casa hermosa, muy bella por afuera, de más de un piso de alto. Trato de recordarla, pero no encuentro precisiones. El tiempo ha pasado y se ha llevado recuerdos e imágenes consigo.
Cada día, tras salir del colegio, nos juntábamos para jugar. Mi casa tenía un patio enorme, con un ligustro alto que dividía el patio en dos. Cuando no jugábamos a la pelota y a creernos Maradona, jugábamos a la guerra. Teníamos pistolas y ametralladoras de plástico, que lo máximo que podían hacer, era disparar un corcho atado de la punta con una piola, para que no se fuera muy lejos. El sonido lo hacíamos con nuestras bocas. El pum, pam, bang, era un coro de voces desafinado y atolondrado, que pretendía emular un campo de batalla de la segunda guerra mundial, que terminaba siempre en la misma discusión sobre si le había pegado o no le había pegado el tiro. Si conseguíamos un rulero y un globo, nos armábamos un arma aún más poderosa, con municiones provistas por el árbol de paraíso, cuyas pelotitas eran el proyectil ideal, que siempre terminaba haciendo llorar a alguno.
La casa de Gonzalito quedaba cerca, justo cruzando una calle. El patio era muy pequeño, pero nos divertía jugar en el garaje o en el porche. De vez en cuando nos permitían ir al baldío de al lado, donde por supuesto, hacíamos correr la pelota. Pero lo que más nos gustaba de ir a lo de Gonza, era que tenía la consola de mano Game & Watch Nintendo del “Parachute”, donde debías conducir un bote de remo hacia un lado u otro de la pantalla, atrapando a los paracaidistas que caían de la parte superior, a diferentes velocidades. ¡Y que no se pasara de largo ninguno, porque un tiburón se lo devoraba!
Y la casa de la esquina era de Mauro. En realidad, no vivía allí. Era de sus abuelos. Pero Mauro se quedaba para poder jugar con nosotros. Y a nosotros nos encantaba ir. Porque se podía jugar en la calle, en la terraza, en el garaje, en el patio, o en alguna de las tantas habitaciones de la planta baja. No teníamos permitido subir a los pisos superiores, pero tampoco nos preocupaba no poder hacerlo. Teníamos todo el resto a nuestra disposición.
Aunque la principal actividad -cuando jugábamos adentro- eran las competencias con las cartas de Cromy - tenía las del Auto Fantástico, Lobo del Aire, Chuck Norris y las de Roger Rabbit - y los álbumes de figuritas (recuerdo haber completado el de “Canchitas” después de conseguir a la difícil, que era Frankenstein vestido de árbitro de fútbol y estado cerca de completar el de “Fichus”), a veces aprovechábamos que los abuelos tenían un reproductor de video VHS para ver alguna película de dibujos animados.
Mauro tenía varios videos, pero nuestro preferido era el de Hijitus y Larguirucho, con varios capítulos. Había un par de películas de dibujos, una de Disney con el Pato Donald y otra que se escuchaba muy mal, de Meteoro. De vez en cuando los abuelos le alquilaban alguna nueva para ver. Sin embargo, nunca supimos - ni sabremos - quién se equivocó y dejó esa tarde esa maldita película sobre la videocassetera. Al día de hoy dudo que esas personas mayores la hubiesen alquilado. Lo cierto es que la vimos y sin dudarlo, dijimos de verla. Afuera llovía, no teníamos más ganas de seguir pegando figuritas y la idea de ver algo nuevo nos fascinaba.
- ¿De qué se trata? preguntó Gonza.
Yo, que leía un poco mejor que ellos, me apresuré a agarrar la caja de cartón que contenía el videocassette, marca Sony, que solo advertía “No recomendada a menores de 13 años” . La imagen de la tapa era bastante sugestiva. Una nena de espaldas, apoyada contra el televisor encendido. Ya que en mi casa era común que el televisor blanco y negro se viera con lluvia, porque la antena que iba arriba del techo estaba rota, no me asombró para nada que la imagen del televisor no mostrase nada.
- En la tapa dice “ya están aquí” - dije.
- ¿Quiénes? - preguntó Mauro.
- No sé, todavía no leí atrás. Esperá.
Mauro en tanto, había sacado el cassette de Larguirucho y estaba buscando la caja donde guardarlo. Gonza se había acercado a mi lado, presagiando que quizá no era una película para niños.
- Fa… fascinante, aterradora - leí y de inmediato miré a Gonza, que abrió grande los ojos - Gonza, es de terror.
- ¿En serio? - preguntó Mauro, suspendiendo la búsqueda - Siempre que quiero ver una película de terror, en casa no me dejan. ¡Vamos a mirarla!
- Sigo leyendo, por las dudas que…
- Qué ¿qué? Vamos a verla. ¿O les da miedo? - preguntó burlándose Mauro.
Hicimos lo que todo niño hace en esa circunstancia: negar. Y ofendernos. Y le dejamos claro a Mauro que si lo que quería era retarnos a ver una película de terror, iba a salir perdiendo, porque ninguno, ni Gonza, ni yo, teníamos miedo.
- Mil vi de terror - remató Gonza, acomodándose en el sillón.
- ¿Ah sí? Nombrame una - le dijo Mauro, metiendo el cassette en la reproductora.
- Qué se yo, son muchas. Esa de la momia, y una de vampiros. Una de vampiros que corren a las mujeres.
- Yo no vi ninguna - quise enmendar mi falsa valentía anterior, pero ya era tarde, había aparecido la imagen en la pantalla y los otros dos gritaban de alegría, sin haber alcanzado a oír mis palabras.
Pocas veces en la vida sufrí tanto como durante esa más de hora y media delante del televisor. En muchas ocasiones cerré los ojos y traté de taparme la cara, pero no era una misión sencilla. Los otros estaban ahí para que uno no pudiera hacer eso. Cuando se es niño, se es cruel. Son crueldades mínimas, pero que establecen las bases para el resto de las que uno sufrirá o hará sufrir a otros a lo largo de su vida. Nada de lo que ví me gustó, ni la niña, ni el televisor que se encendía solo, ni las cosas que volaban por el aire, ni el cementerio indio, ni las sombras de los árboles, ni las tumbas emergiendo, ni el rostro desintegrándose delante del espejo… nada. Cada escena, cada resquicio de horror en la película, fue un puñal en mi mente. No por nada estaba la advertencia que no era apta para niños. No sé mis amigos, porque los vi encantados con el desarrollo, con las imágenes, con cada aspecto terrorífico que devolvía el televisor, pero en lo personal aquella tarde cambió mi vida.
Me sentí descompuesto. Fue la excusa para irme antes a mi casa. Vivía a cinco casas, por la misma vereda. Fui corriendo, sospechando de cada sombra a mi alrededor. Creo que fueron los ojos desorbitados, el sudor en la frente, la agitación en mi pecho, lo que provocó alerta en mi mamá. Le dije que no era nada, que me había cruzado con un perro grandote y me había asustado. Mi hermano ese día estaba en cama, con fiebre, así que tuvo la fortuna de no apreciar la terrorífica jornada de cine. Mi mamá mandó a mi papá a mirar a calle, para espantar al perro en caso que estuviera merodeando por ahí. Y quiso mandarme a la cama. Dije que no. A través del pasillo veía que la habitación estaba a oscuras. Ni loco iría a una habitación a oscuras.
Me quedé en la mesa pero no quería hacer nada. Ni dibujar, ni las tareas. Papá encendió entonces el televisor y como no podía ser de otra manera, la pantalla se llenó de ruido y lluvia estática. Y yo pegué un grito, tan fuerte, que mamá dejó caer un vaso al suelo.
Me retó de inmediato y sin pedirme explicaciones, me obligó a ir a mi cuarto. Mis balbuceos solo empeoraron la situación y de un sopapo me hizo entrar a la habitación.
Estaba aterrado, rodeado de sombras. Ella había cerrado la puerta y la tecla de la luz estaba del lado de afuera. Algo tocó mi pierna y di un salto. Estuve a punto de gritar, pero temí otro enojo de mi mamá. Me caían lágrimas silenciosas por el rostro. Me fui alejando de aquel lugar, caminando hacia atrás. Entonces, un brazo rodeó mi cintura. No pude contenerme y volví a gritar, tan fuerte, tan aterradoramente, que en menos de cinco segundos mamá había encendido la luz y estaba a mi lado. Ahora no estaba enojada, sino asustada. Y con la claridad de la lámpara colgante, que tenía forma de una casita pitufa, pude notar que el brazo no había sido tal, sino un perchero con forma de jirafa, en el que solía colgar el guardapolvo blanco de la escuela.
Me eché a llorar, desconsolado. Parecía una criatura de dos años. Creo que si yo mismo me hubiese visto, habría dicho que era patético. Mi mamá me abrazó y llevó mi cabeza sobre sus piernas. Me acarició la cabeza hasta que me dormí. Desperté recién a la mañana siguiente, cuando mamá, con rostro de preocupación, se sentó a la cama y llamándome por mi nombre me pidió que abriera los ojos.
Me dio vergüenza verla así, porque era consciente a pesar de mi corta edad, de la manera estúpida en la que me había comportado. De cómo el miedo se había apoderado totalmente de mi razonamiento. Supuse, quizá no de manera tan clara en ese instante, que debería aprender a convivir de allí en más con esas imágenes aterradoras que se me habían grabado a fuego en el alma, para reaparecer una y mil veces en forma de pesadillas o escondidas en las sombras, porque así, entendí años después, opera el miedo.
Bajé la cabeza, esperando el sermón. Merecido, por cierto. Debía ser ejemplo de mi hermano menor. Y sin embargo, había actuado como un niño caprichoso. Volví a mirar de reojo el perchero que me había asustado por la noche y sentí que me ponía colorado como un tomate. De inmediato volví a desviar la mirada, buscando en las sábanas con personajes de He-Man algún consuelo, alguna distracción, un escape hacia el pasado o el futuro, pero lejos de ese momento. Mamá aún no podía hablarme, sentía su respiración entrecortada y pensé otra vez en que le daba tanta vergüenza que sus labios temblaban ante la inminencia del llanto. Aunque jamás imaginé las palabras que saldrían una vez abiertos.
- Esteban, mi vida… ¿qué pasó ayer en la casa de los abuelos de Mauro? ¿Dónde están ellos? ¿Mauro y Gonzalo? Están buscándolos por todas partes. ¿De quién escapaste? ¿Había alguien más, verdad?¿Por eso estabas tan asustado?
- Ellos se quedaron ahí, yo me vine…
- Pero no están querido, los chicos no están. ¿Salieron con vos a la calle?
- No mamá, se quedaron. ¿Cómo que no están?
- Vinieron anoche los padres de Gonza, quisimos despertarte, pero estabas profundamente dormido.
- Pero no sé nada… vimos una película de terror y por eso estaba asustado. Apenas terminó, me vine.
- ¿Qué película Esteban? La abuela de Mauro me dijo esta mañana que encontró ayer el televisor encendido, con la videocassetera pasando una película de Larguirucho.
Me cambié como pude, con mamá pidiéndome que me apurara cada cinco segundos. Me llevó de la mano hasta la casa de la esquina. Estaba repleto de policías. Los abuelos y padres de Mauro lloraban desconsoladamente, sentados en el mismo sillón donde la tarde anterior habíamos visto la película. Los policías iban de habitación en habitación, incluso subían a los pisos de arriba, que nosotros no teníamos permitido.
- ¿Dónde está la película de terror? - pregunté en voz alta sin darme cuenta, mientras buscaba con la vista la caja para mostrársela a mamá.
- No hay ninguna de terror en casa, Esteban - me dijo entre sollozos la abuela.
- Si, ayer encontramos una allí mismo y Mauro quiso verla. Yo no quería. Porque me dan miedo. Pero la vimos igual.
- No hay ninguna - repitió la abuela - ¿Dónde pueden estar, Esteban? ¿Se fueron con vos?
El televisor se encendió y mostró una pantalla de lluvia estática. Mi rostro palideció y mis ojos se abrieron de manera desproporcionada. Al mismo tiempo, sin darme cuenta, me meé. Mamá y los demás vieron la humedad en mi pantalón y el charco en el piso de madera, pero nadie se percató del aparato encendido. Mamá me zamarreó hablándome en voz alta, pero no entendí que decía, parecía que me hablaba debajo del agua, en la pantalla la estática daba lugar a la imagen de la niña maldita de la película escoltada por Mauro y Gonzalo. A los dos les faltaban los ojos y en su lugar había un hueco negro, tan vacío como las expresiones de los dos. También mi visión comenzó a ponerse negra, y mi cuerpo, a desplomarse.
Desperté sobre el sofá. El olor a orina era insoportable. Me rodeaban al menos siete u ocho personas. Volteé la vista hacia el televisor y estaba apagado. Pero ya no hacía falta ninguna imagen.
Me bombardearon a preguntas. Repetí lo que había visto dos veces. Cuando quise comenzar a contarlo por tercera vez, el papá de Mauro se enojó y mamá volvió a darme un sopapo, más por importancia que por otra cosa. Me decían que no estaban para bromas. Yo tampoco, pero era tan solo un niño.
Nunca más pisé esa casa. Nunca supe el destino de ese televisor. Supongo que terminó años después en alguna chatarrería o abandonado en la calle, para que alguien se lo llevase. Nosotros nos mudamos al año. Por varios motivos. Mis crisis nocturnas, uno de ellos. Tampoco volví al barrio. No me atrevo. Sueño con esa imagen cada tanto.
Mauro y Gonzalo nunca aparecieron. La familia cree que alguien los secuestró y los mató. Y que yo vi quién era. En parte es verdad. Aunque no de la manera que ellos terminaron por convencerse. Y la otra diferencia, es que sé que no están muertos. Siguen atrapados en alguna parte.
Lo sé, porque están aquí. En cada reflejo, en cada espejo, en cada superficie en la que la luz devuelve una parte del más allá.
No tengo ningún tipo de pantalla en casa. Ni siquiera un teléfono celular. Trato de cerrar los ojos cuando alguien enciende un televisor o computadora en otro sitio. Trato de cerrarlos delante de un espejo. Pero no siempre puedo. Y cuando no lo hago, los veo. Siguen siendo niños, pero el tiempo no se ha detenido. Veo sus facciones adultas en cuerpos de niño. Y mil clases distintas de gusanos entrando y saliendo de las cuencas vacías. Y la niña… la niña siempre me sonríe. Espera, aguarda, ansía ese momento. El momento en el que me olvide y prenda una pantalla, para entonces llevarme con mis amigos y convertir mi existencia en una eternidad ciega, dolorosa y eterna.

25 de septiembre de 2019

Pocas verdades, ilustrado por Caio Di Lorenzo

ilustrado por Caio Di Lorenzo

Cuando tenía diez años soñaba despierto. Solía pasar a la salida del colegio por la juguetería frente a la plaza del barrio y me quedaba largos minutos mirando esas alegrías que nunca tendría. La vidriera parecía una gran pantalla donde proyectaban los deseos de mi vida.

Me recostaba contra el vidrio, apoyado con las manos, la frente sintiendo la fría superficie, los ojos bailoteando de felicidad. Recuerdo los muñecos de He-Man, que otros niños llevaban a la escuela, pistas de carreras con autos a control remoto, un enorme camión de bomberos del que se extendía una escalera blanca, incluso un metegol con los colores de Boca y River. La memoria me arrebata otros juguetes, ahora difusos, distantes.
Pero allí estaban entonces, exhibiéndose en silencio, como si la única razón de su existencia fuera el de brindar una alegría fugaz a los niños que caminaban por esa vereda. A mi corta edad, aquel lugar era el paraíso.

Por aquel entonces ignoraba mil cosas. La vida se resumía en pocas verdades y quizá, era mejor así. Los amigos, la escuela, jugar a la pelota, los dibujos animados y la vidriera de la juguetería.
Intentaba no pasar por allí con mi papá, porque intuía su dolor, esa mirada angustiada, que en lugar de mirar sacaba cuentas mentales y rápidamente sentenciaba que lo más conveniente era seguir caminando.

Porque seguir caminando representaba dejar atrás lo imposible, lo inalcanzable. Y así, no alimentaba falsas expectativas. Por eso, me gustaba ir solo.

Porque en esa soledad, sabiendo que era imposible, podía soñar sin miedo. Porque los temores los alimentan las realidades posibles, como la muerte. Las imposibles, son inocuas. Le hacía un favor a mi padre, evitando sus “sigamos que es tarde” o el clásico “vamos a ver si para tu cumpleaños venimos”. Nunca fuimos, nunca entramos, al menos juntos.

Y no representó la muerte de nadie, claro que no. Fue tan solo el “no poder”. Y nada más. Porque otras cosas suplieron esa vidriera. Y aquella juguetería, poco a poco, fue convirtiéndose en recuerdo, en una postal desgastada de un ayer lejano, que a veces vuelve distinto, retocado, porque nosotros mismos maquillamos los detalles para hacerlo más ameno o más sufrido. Depende el día, y el receptor de nuestra confesión.

A los diez años, soñaba despierto. Hoy, sin embargo, vivo dormido. No hay vidriera que me detenga, ni excusas que me obliguen a seguir caminando mientras una mentira de esperanza resiste en el alma. Hoy, con mucho más, no hay nada.

Y por más que camine hacia el viejo barrio, atraviese la plaza, cruce la calle, no volveré a encontrar la vidriera de aquella juguetería. Porque se ha ido, como el pasado, como las simplezas que eran nuestros días, nuestras horas, nuestros momentos. Y en su lugar, donde había magia, solo queda tristeza, largos suspiros.

Por más que busque, habrá una persiana baja con horrendos graffitis. Por más que golpee, no saldrá nadie de ese sitio vacío.

Comprendí hace tiempo, de tantos regresos fallidos, que lo que se ha ido no vuelve, que lo que dejamos atrás no nos alcanza y que la verdadera muerte es sentarse a esperar que la alegría del ayer nos alegre el hoy. A lo sumo, el recuerdo podrá arrancarnos una sonrisa y nada más.

Es mi letargo el que me asusta, es este sueño de ojos abiertos el que me desvela. Esta sensación de que no hay nada por delante. Que todo lo que nos queda es torcer la mirada continuamente por encima del hombro, con la esperanza de ver alguna vidriera dispuesta a mostrarnos esos sueños inalcanzables que nos motivaban a seguir.

El temor es seguir esperando.

El terror es que el milagro nunca ocurra.

El error es pensar que esas son las únicas opciones.

Aún lo veo a mi viejo, de reojo como en aquel entonces, parado a mi lado, metiendo subrepticiamente las manos en los bolsillos, sopesando su escaso capital, calculando si aunque sea podía comprarme una bolsita de bolitas. Y entonces, el nudo en la garganta, el saber que no, las ganas de querer escapar del mundo por no poder darle nada a su hijo, y luego, la mentira piadosa, el retomar la caminata, porque no quedaba otra. Porque el único secreto para seguir era no detenerse.


Este relato, originalmente publicado en la Revista El Libertador (San Nicolás) acaba de ser publicado en el sitio online GComics https://gcomics.online/relatos-escritos/pocas-verdades/

8 de septiembre de 2019

Falta de consideración

Lo extraño es que nadie avisó que no iría. Varias veces había mirado en la pantalla de su teléfono por las dudas de encontrar un mensaje de último momento, pero allí solo estaban las conversaciones que había tenido por la mañana y después del mediodía.
Es que se había dedicado a los preparativos. Entre que preparaba los bocadillos, la comida, ponía orden a las habitaciones, se había desentendido por completo del esclavizante aparato. Pero lo buscó alarmado cuando, avanzada la noche, el timbre de su enorme casa en las afueras de la ciudad no había sonado ni una sola vez.
Comenzó a enviar mensajes a sus amigos. Con algunos compartía grupos de contacto. Con otros no. Había enviado al menos diez mensajes cuando cayó en la cuenta que no había señal y todo lo que había creído mandar, aún estaba sin enviarse.
Pensó que quizá a los demás les pasaba lo mismo. Habían tratado de comunicarse con él para avisar que no iban y no se habían podido contactar. Pero podía creerlo en uno o dos casos, no en casi treinta personas. ¿Cómo podían todos sus amigos encontrarse con complicaciones como para suspender un reencuentro?
Sobre todo el "Gallego", que hacía diez años que no pisaba el suelo del país y que finalmente había decidido viajar en sus vacaciones. Prácticamente había sido la razón de hacer la juntada. El "Gallego" no tenía excusa para faltar. Y por lo que había hablado esa misma mañana, tampoco quería perderse por nada del mundo poder ver a tanta gente que quería y que la distancia había alejado. Pero también le llamaba la atención que Doris, que le había prometido caer a la tardecita a ayudar con los preparativos, no le hubiese avisado que no iría. Si justamente había sido ella la que había elegido el menú y el día anterior lo había acompañado hasta el supermercado para comprar las bebidas.
Y como ellos, varios más. Podía imaginarse que ni Julián ni Mariam se tomaran el trabajo de dar aviso, porque siempre habían sido así, pero no es algo que harían, por ejemplo, Pablo, Kevin, la Naty, el Chavo, Chicho...
¡Qué falta de consideración! pensó durante un buen rato. Trató de llamar a Doris desde el teléfono fijo. La llamada cayó en el contestador. Probó suerte con el Gallego. Sucedió lo mismo. Y en la medida que probaba con alguien distinto, comprobaba que no había manera de contactar a ninguno. Para entonces estaba intranquilo. También la quietud del exterior le ponía los pelos de punta. Porque se había asomado antes del atardecer a buscar leña que tenía en el cobertizo y había notado cierta paz en el aire que no se condecía con el habitual bochinche de cada tarde, con los pájaros trinando, los grillos saturando hasta el hartazgo y los ladridos que venían de las granjas lindantes, que si bien no alcanzaban a verse por los árboles del tupido bosque, Vladimir sabía que estaban allí.
Volvió a salir, ya con la noche cerrada. El cielo oscuro no dejaba ver las estrellas. Solo la luna resplandecía a lo lejos, pero cubierta por una espesa capa gris. Observó inquieto entre los árboles. Ninguna luz, ningún sonido. Se concentró en la carretera, distante a dos kilómetros. Había noches en las que si el viento favorecía, podía escuchar el tránsito a pesar de la distancia. Pero no pudo escuchar nada.
Ya había encendido el fuego y de tanto en tanto, el crepitar de alguna brasa lo sobresaltaba. No iba a colocar la carne en la parrilla. Esperaría aún un poco más. Decidió quitar un poco de leña, para que no se consumiera tan rápido. Sus amigos tenían que caer tarde o temprano. Pero entonces escuchó el estruendo.
Quedó paralizado delante del asador. Había sonado como si algo gigantesco cayera desde bien alto. Hasta pudo sentir un estremecimiento bajo los pies. Pareció cómo si algo se derrumbara con estrépito encima del bosque. Estaba seguro de haber sentido también el sonido de árboles partiéndose en mil pedazos.
Se olvidó de la leña, y llevando el atizador en la mano, volvió a salir al patio delantero. Su vista se dirigió automáticamente hacia el bosque. No necesitó otro sonido brusco para estremecerse. Le bastó con levantar la mirada hacia ese enorme monstruo parado entre los árboles aplastados por el peso de sus pies, tan grandes como dos casas juntas.
El monstruo miraba lentamente, hacia un lado y el otro, tratando de decidir dónde dar su próximo paso. A pesar de la oscuridad, de esa densa niebla gris que comenzaba a rodearlo todo, Vladimir pudo ver el rojo carmesí en los labios de esa cosa, chorreando cuesta abajo hacia el torso. El monstruo abrió la boca, una y otra vez, masticando, y entre bocado y bocado,  divisó brazos, piernas, huesos y restos de telas, como parte de la cena de ese ogro descomunal.
Ahora sí, a lo lejos, la neblina ya no era neblina, sino columnas de humo que se elevaban hasta el infinito. Y detrás de ese monstruo, vio otras siluetas semejantes moverse en la oscuridad. En un santiamén, entendió todo. Edificios y viviendas en llamas, gente escapando, torres de electricidad y telefonía derribadas, animales huyendo antes incluso que esas cosas aparecieran, embotellamiento de coches... todo aquello que uno ha visto una y mil veces en la pantalla del cine y de la televisión.
Pensó en Doris, en el Gallego, en aquellos que estaba tildando de desagradecidos por no avisar y comprendió que ninguno tuvo tiempo y si lo tuvo, quizá, cómo le sucedía a él en ese instante, había quedado pasmado e inmóvil ante la inminencia de la muerte.
Porque uno piensa en destinos comunes, como el cáncer, los problemas cardiovasculares, los accidentes, el implacable paso del tiempo... pero nunca se detiene a pensar en monstruos gigantes que devoran todo a su paso. Porque sencillamente es imposible, y parece una pérdida de tiempo ponerse a pensar en algo irreal. Sin embargo, allí afuera, bajo la mirada inescrupulosa de ese ser, que con paso potente y terrorífico avanzaba hacia él, destruyendo todo en su camino, supo que la muerte no escatima en esfuerzos y la sorpresa, es su arma principal.

30 de agosto de 2019

La cápsula del tiempo (con ilustraciones de Margarita Espertino)

* ilustrado por Margarita Espertino 

La maestra había explicado en clases lo que significaba una cápsula del tiempo. Martín, que habitualmente se distraía con facilidad en el salón, había prestado mucha atención.
Una cápsula del tiempo servía para comunicarse con el futuro. No como si fuese una conversación. Era una especie de mensaje escondido, guardado por años, para ser descubierto en un tiempo determinado.
En primer lugar, había que conseguir un envase hermético, lo suficientemente seguro y resistente como para ser enterrado y sobrevivir con los años a la humedad y a los insectos. Era vital que no le entrara aire o pudiera ser abierto con facilidad.
Luego, había que pensar qué se pondría en el interior de esa cápsula. No podía faltar un cuaderno donde escribir los datos de la, o las personas que lo habían hecho, explicar los motivos y quiénes eran.
El paso siguiente era elegir objetos que uno quisiera que alguien pudiera encontrar muchos años más adelante. Según la maestra, era mejor colocar cosas relacionadas a la época en la que se hiciera la cápsula del tiempo. Martín pensó en algunas figuritas que estaba coleccionando, un par de revistas de historietas, una remera de su club favorito, juguetes que ya no usaba, el pedal roto de su bicicleta y la foto en la que estaba junto a mami y papi a orillas del mar.
Estuvo a punto de poner un paquete de galletitas, pero recordó que en clases alguien había preguntado y habían dicho que la comida se pone en mal estado con el paso del tiempo. Las terminó comiendo mientras ordenaba todo dentro de la cápsula.
Ya tenía el envase cerrado y sellado. Pesaba bastante. Había tratado de levantarlo con una sola mano y apenas si pudo sostenerlo. Pero Martín no era de desalentarse. Vació la mochila del Hombre Araña, en la que guardaba autitos de todo tipo, y metió la cápsula dentro.
Ahora sí, podía cargarla en la espalda sin problemas. Claro que el paso siguiente era un tanto más complicado que los demás. Debía elegir dónde enterrar la cápsula del tiempo.
En la escuela la maestra les había contado que existían muchas cápsulas enterradas en el mundo. Y muchas ya habían sido abiertas. Se podían dejar indicaciones precisas, por ejemplo, que se abriera en tal año, tal día a tal hora. A Martín le parecían demasiados preparativos.
Salió al patio de su casa con la mochila puesta y una palita de jardinería. Hubiese preferido la pala grande, la que usaba su papá para remover la tierra en primavera, para sembrar las semillas de las flores que tanto le gustaban a mamá, pero estaba bajo llave junto a otras herramientas y la máquina de cortar el césped.
Buscó el rincón más alejado, hundió las rodillas en el pasto húmedo y con ayuda de ambas manos comenzó a cavar con la pequeña palita. Churro, su perro, saltaba a su alrededor y parecía celebrar con cada montoncito de tierra que volaba por el aire.
De repente la palita golpeó algo duro. Martín pensó que sería una piedra, pero el segundo golpe sonó algo así: ¡clank! Parecía algo de metal. Con cuidado fue cavando alrededor y pronto descubrió que era una enorme lata. El entusiasmo hizo que olvidara el cansancio. Martín estaba haciendo un gran esfuerzo.
Luego de un rato, obtuvo su premio. Una lata rectangular, que quizá había sido roja o naranja, pero que ahora estaba cubierta de tierra y aunque parecía descolorida, tenía un color marrón clarito. Parecía tener un nombre escrito en la parte superior. Debajo de la mugre, pudo leer “Anibal”. ¡Cómo el abuelo! pensó con alegría Martín.
Abrió la lata con entusiasmo y quedó con la boca abierta. Adentro había algunos juguetes de madera, un banderín muy antiguo de su club favorito, revistas viejas de hojas amarillentas, monedas, billetes que le parecían muy distintos a los que su papá usaba en el almacén al hacer las compras, y una foto…
La imagen tenía diversos tonos marrones. Era una foto antigua y, sin embargo, ya la había visto. Era la que su mamá le había enseñado hacía un tiempo, contándole la historia de su abuelo Aníbal, al que no había alcanzado a conocer.
Martín no lo podía creer. ¡Su abuelo había dejado enterrada una cápsula del tiempo! ¡Su abuelo le hablaba a través del tiempo! Sintió una alegría inmensa. Se apuró entonces a enterrar la suya y taparla con tierra.
Luego, con Churro corriendo a la par, salió disparado hacia su habitación, cargando en la mochila ese hermoso mensaje enlatado de su abuelo. Al fin, iba a poder conocerlo.



El cuento "La cápsula del tiempo" fue seleccionado y publicado en un libro ilustrado de cuentos editado por la "Caja de previsión social de los profesionales de la ingeniería de la Provincia de Santa Fe" en el año 2018. El relato fue ilustrado por Margarita Espertino.

23 de agosto de 2019

Cuesta abajo


En las letras de un tango
     me escondo
lindante de precipicios
                                        bien hondos

decorado de fiestas antiguas
olvidado en sepias fotografías
lienzos de trazos sin rima
odio encerrado en melancolía
rogando en voces exiguas

diadema de penas de una dura
condena
emociones del pasado en frágil
estado

yerro de años
ayer, hoy y mañana,

nocturna, suena la campana
oscurece, resplandece el daño

soy nadie, volviéndose melodía
el que sueña de día al último agnóstico
requiem tonto de un inútil acróstico

16 de agosto de 2019

Ciudad enferma

Comenzó de manera inocente, como suelen comenzar todas las cosas. La necesidad de protegernos, de estar más seguros, de colocar un obstáculo para que cuando estuviéramos lejos de casa nos sintiéramos más tranquilos.
Es así que el paisaje de la ciudad fue transformándose. Las rejas en las ventanas, los portones cada vez más altos, el alambre de púa encima de los tapiales, puertas más robustas, vidrios más gruesos, alarmas con sensores en cada rincón. Primero una casa, luego la de al lado, la otra, la de más allá, la que está cruzando la calle y en un abrir y cerrar de ojos, la totalidad de las mismas.
Pero no bastaba con enrejar las viviendas: también los colegios, las instituciones, incluso las plazas. Los herreros de la ciudad iban y venían en sus camionetas, tomando medidas, instalando, llevando rejas, cambiándolas por otras más resistentes, más altas, más seguras.
Los barrios se fueron pareciendo a cárceles, con la salvedad que podíamos salir a la vereda, transitar hasta el mercadito a hacer las compras, ir a trabajar, charlar con los vecinos, dar un paseo con el perro por la plaza. Pero el sol comenzaba a bajar y corríamos a la seguridad que nos brindaban las fortalezas en las que vivíamos.
Los robos en las viviendas comenzaron a disminuir. Se escuchaba de tanto en tanto el chillar de alguna alarma, pero estábamos seguros de que los malvivientes no podrían entrar. Fue entonces que se incrementó el robo en la vía pública. Ya no esperaban la noche ni la protección de las sombras. En pleno día salían de atrás de los árboles, bajaban de una moto a toda velocidad o hasta de vehículos en movimiento, que también eran luego utilizados para la fuga.
Los comercios comenzaron a atender por pequeñas ventanas. La gente tuvo que hacer cola en las veredas, porque los comerciantes no se animaban a levantar las persianas y permitir el paso. Entonces, sucedió algo más. Esa gente formando cola se convirtió en presa fácil del robo.
¿Qué soluciones se podían dar? Comprar en forma online. Se impuso la lógica y las personas, desde sus hogares, hacían los pedidos por las redes sociales o en los sitios web de los comercios de la ciudad. Era práctico y sencillo. Se hacía el pedido, se pagaba con tarjeta y en cuestión de minutos o un par de horas, alguien tocaba timbre para entregar los paquetes.
Claro, no demoraron mucho en darse cuenta que ahora el negocio era asaltar los delivery. En cuestión de meses, nadie se animaba a trasladar un pedido, ni en bicicleta, moto o auto. También disminuyó el tráfico, porque los automovilistas eran emboscados y asaltados.
En los trabajos permitieron que los empleados pudieran hacer sus tareas de manera remota. Los operarios que sí o sí debían trasladarse, eran pasados a buscar por utilitarios preparados como para ir a la guerra, con una malla metálica de protección en las ventanas, para repeler cualquier ataque con piedras.
La policía primero no daba a basto, luego dejó de concurrir a los llamados de emergencia. Es que los oficiales no podían llegar a la Comisaría, por el mismo miedo que atravesaba al resto de la sociedad.
Las personas ya no salían a la calle. Se las ingeniaban para pasar alimentos e insumos para el día a día a través de los tapiales o los techos. Cada manzana comenzó a organizarse con comunicaciones internas entre las viviendas. Los que tenían conocimientos en construcción propusieron excavar y crear túneles. Durante varios años, y trabajando por turnos, las manzanas comenzaron a conectarse de manera subterránea.
Familiares y amigos volvieron a darse un abrazo después de mucho tiempo. En tanto, en las calles, solo transitaban maleantes. De tanto en tanto trataban de derribar alguna puerta, asaltar una casa poco protegida o robarle a los pocos valientes que aún, apremiados por la necesidad, debían asomarse por alguna circunstancia.
El factor salud fue desde siempre el principal motivo de nerviosismo. Hasta que se pudo conectar con las pocas manzanas que tenían farmacias, los remedios únicamente podían conseguirse escabulléndose a toda velocidad por las calles. Los malvivientes esperaban ansiosos la acción. Y cuando atrapaban a alguien, no solo eran víctimas de robo. Muchos eran golpeados hasta morir.
Otros morían en las prisiones que tenían por hogares. Y debían ser enterrados en el patio.
Los niños más pequeños no sabían que era jugar en los juegos de una plaza. Mucho menos, lo que era ir a la escuela. Cuando se habilitaron los túneles subterráneos, pudieron al menos jugar con sus primos o hacer nuevos amigos. Pero eran juegos sin alegría, de labios cerrados. Algunas maestras dictaban clases en sus hogares. Lo básico, leer, escribir y las matemáticas elementales.
El abastecimiento de comida de a poco se fue convirtiendo en un problema. Las reservas de los comercios se fue extinguiendo. Las huertas de cada vivienda se transformaron en los pilares de la supervivencia. Pero se imponían estrategias de racionamiento.
La energía eléctrica apenas si duró algunos meses, hasta que los de afuera se dieron cuenta que cortando el cableado aéreo nos tendrían a todos a oscuras, con mucho más miedo. De todos modos, la hubiesen cortado tarde o temprano por falta de pago. La economía de cada familia estaba estancada, la ciudad era tierra de nadie y no había forma de generar dinero.
El desconocimiento de lo que sucedía en el mundo era total. No funcionaban las antenas de telefonía móvil, las radios locales tampoco y las pocas que provenían de afuera, solo pasaban música. Y las pilas para las radios iban agotándose a un ritmo vertiginoso. De todas maneras, parecía que el mundo se había olvidado de nosotros. O lo que sería mucho peor, el mundo estaba tal como nosotros. No queríamos ni siquiera imaginarlo.
Con el tiempo, la falta de mantenimiento, de limpieza, hizo que el paisaje pareciera viejo, olvidado, con un dejo de óxido por donde se mirara. Las calles y veredas sucias, llenas de hojas secas que nadie barría, los frentes de las viviendas con la pintura descascarándose, el hierro oxidándose producto de las lluvias. Incluso en el aire se podía respirar ese olor metálico tan característico en una chatarrería.
En las viviendas, las conversaciones eran cada vez más espaciadas, los silencios se volvían la norma y las risas parecían una facultad perdida. No había nada para celebrar, ni siquiera los cumpleaños. De vez en cuando mirábamos las calles, no para anhelar la libertad, sino para aborrecer a los delincuentes que nos la habían privado. Aunque nunca faltaba aquel que nos recordaba que el encierro lo habíamos hecho nosotros. Que las rejas las mandamos a poner nosotros, lo mismo que las puertas robustas, las persianas pesadas, el alambrado alto. Otros replicaban que había sido necesario. Y allí, si las fuerzas nos acompañaban, se producían algunas discusiones.
Hasta que sucedió lo de Ornella. La hija de los García. Toda su adolescencia transcurrió en la prisión de su casa. Miraba hacia afuera durante horas y veía cómo los maleantes pasaban en sus motos y coches a toda velocidad, a veces haciendo carreras entre ellos, otras indiferentes de todo. Los veía también andar de a pie, golpear los barrotes de las ventanas, disparar contra las ventanas, gritar como poseídos y reír a grandes carcajadas, sacados, furiosos.
Cruzó miradas con uno de ellos, uno joven, quizá apenas un par de años más que ella. En otro caso, el muchacho quizá hubiese disparado en su dirección. Pero no lo hizo. En las noches, cuando su familia dormía, ella se acercaba a la ventana y arriesgándose, arrojaba hacia afuera un sobre con una carta redactada a mano. Su caligrafía era prolija, impoluta. Y a cambio encontraba cada mañana, antes incluso que el sol saliera, el mismo sobre pegado del otro lado del vidrio, con una respuesta en su interior. La letra era irregular, dura, tosca, y las palabras estaban plagadas de errores de ortografía, pero a ella nada de eso le importaba, solo el mensaje, lo que esas palabras mal escritas decían. Y así, Ornella se enamoró de uno de ellos.
Escapó una noche, sin que nadie lo supiera. Había coordinado con él, que la esperaría en la vereda de enfrente. Salió por la puerta principal, pero no tuvo tiempo siquiera de cerrarla. Dos tiros le volaron la cabeza a corta distancia. La llave cayó al suelo y repiqueteó cuatro veces. Los maleantes entraron en tropel y dispararon en todas las habitaciones. Los García ni se enteraron que estaban muertos.
La seguidilla de disparos nos puso a todos en estado de alerta. Los túneles comenzaron a llenarse de transeúntes preocupados, que iban de un lado a otro. Hasta que comprendimos la situación pasó al menos un día. Ellos se habían apoderado de una vivienda. Y no tardarían en descubrir la entrada a los túneles. Cada familia la tenía escondida y además, cerrada con llave. Pero era cuestión de días, u horas.
Estábamos casi famélicos, pálidos, faltos de fuerzas. Sabíamos al mirarnos a los ojos, que no era mucho lo que nos quedaba de vida. El encierro, la desesperanza, nos estaba matando mucho más rápido que la falta de alimentos y de medicamentos. Y a pesar de todo nuestro esfuerzo ellos habían logrado quedarse con una de nuestras viviendas. Una de las puertas al universo secreto de túneles laberínticos que conectaban a cada rincón de la ciudad.
Al mirarnos a los ojos, éramos conscientes de nuestra suerte. Tarde o temprano sucedería. Y vaya paradoja, al tomar la decisión fue la primera vez que en años nos sentimos en libertad.
Buscamos armas, cuchillas, palas, rastrillos, palos con punta, nos colocamos ropas gruesas, máscaras e incluso, arrancamos algunos hierros oxidados de las ventanas traseras. Ya no harían falta. Para bien o para mal, el momento había llegado.
No nos sentimos héroes ni nada parecido. Solo queríamos tener paz. Y para tenerla, había que librar una batalla. Corrimos por los túneles en todas las direcciones, gritando fuerte en un solo alarido, miles y miles de enfermizas personas apareciendo por puertas, ventanas, alcantarillas, como si de repente esas casas prisiones hubiesen decidido escupirnos por todas partes.
Y ellos, munidos de armas, de maldad y crueldad, se supieron vencidos antes de oponer resistencia. Porque la fuerza contenida de un pueblo, una vez en erupción, no hay quién pueda doblegarla.

10 de agosto de 2019

No son, son, somos

Esta es la entrada "1000" del blog Netomancia, creado hace ya quince años, y que se ha convertido en una especie de libro abierto de cuentos e historias, de libre acceso para todo lector que tenga ganas de dedicarle algunos minutos a su lectura.
Y para celebrar estos mil posteos, publico una poesía que hace muy pocos días, en mi ciudad, Villa Constitución (Santa Fe), fue galardonada con el primer premio en el certamen provincial organizado por la Dirección de Cultural del municipio local.


No son, son, somos

No son pañuelos, esas lágrimas al cielo
no son reclamos, esos gritos que escuchamos
no son bastones, esos violáceos moretones
no son verdades, esas viejas falsedades

No son piadosas, las palabras mentirosas
no son insultos, los sinsabores de un indulto
no son de suerte, las loterías de la muerte
no son lo mismo, el cinismo del periodismo

No son,
y aunque
quieran ser
nadie
quiere ver

Son
     productos de lo infame
        mentiras de un derrame
          escarnio a quien no tiene
            presagio de lo que viene
            deuda, hambre, miseria
           sangre sin arteria
       riquezas sin sus tierras
    un pueblo que va
a la guerra

Son máscaras que engañan
son promesas que nos dañan
son falacias y distracciones
son falsos y ladrones
son el futuro devastado
son los sueños mutilados
son los que duermen tranquilos
son los que huyen en sigilo

Somos los que quedamos
somos los que perdimos
somos los que soñamos
somos los que siempre
las deudas de otros pagamos.



La subo también como imagen, junto al premio obtenido.






31 de julio de 2019

Fugitivos

Corrieron por la vieja calle de tierra con la respiración entrecortada. Las lágrimas competían con el sudor. La angustia con el miedo. Y no muy lejos, las pisadas que parecían aproximarse.
Pero ninguno de los dos se atrevía a mirar por encima del hombro. Sentían sus propias pisadas y como un eco terrorífico, las otras. Y por sobre esos sonidos, sus propios gemidos, que escapaban con involuntaria letanía de sus labios, naciendo de las tripas mismas, ahora revueltas, a punto de expulsar todo el terror contenido.
Porque aquello, esa escena, había sido una especie de daga en la conciencia. La luz, el día, las risas, la alegría, había sido desmenuzada en pequeños pedazos en apenas un instante. La inocencia era ahora un recuerdo de viaje, borroso, una especie de mal chiste, embadurnado de fatídica sangre. Un imán despintado en la heladera del mismísimo diablo.
Y la esperanza, falsa y maligna, de creer que llegarían a un claro, a una calle transitada. Pero aquel camino olvidado no llevaba a ninguna parte. Las noches cerradas son laberintos sin salida, especiales para que la muerte salga de cacería. ¡Pobres aquellos incautos que se pierdan en ellas!
Y las pisadas, cada vez más cerca. Si hasta la respiración es audible. Ya no son solo lágrimas. Es un llanto desconsolado. Es la falta de aire de tanto correr. De correr en vano. Porque la calle de tierra es interminable, no tiene bifurcaciones, no tiene viviendas en ninguna parte, ni siquiera baldíos ni desvíos donde esconderse. Es solo una calle que la luna, traicionera, ilumina mostrando un camino a seguir.
Las abominables carcajadas son las que, finalmente, desmoronan toda posibilidad de escape. Se rompen en en la noche como disparos errantes, resonantes, forzadas. Parecen provenir de gargantas laceradas, quemadas por las brasa de estómagos ulcerados, de pulmones perforados por el humo de millones de cigarrillos fumados hasta las cenizas.
Los músculos se tensaron, dolieron, lloraron y los dos que escapaban, ella y él, furtivos enamorados en la esquina equivocada, se rindieron, cayeron de rodillas, extenuados, vencidos, resignados. Cruzaron miradas moribundas y cerraron los ojos.
El destino es implacable. Tarde o temprano llega a su objetivo. Y no tiene clemencia.
No la tiene.

2 de julio de 2019

Los nenes del carro

El frío de la tarde cortaba la piel. Los primeros días de julio habían llegado con la crudeza indiferente del invierno.
El carrito tenía dos ruedas de bicicleta y un mango largo por detrás, que servía de timonel. Era pequeño, de apenas un metro de largo por poco más de medio de ancho. El chico más alto lo empujaba. Desgarbado, pelo corto y desabrigado para el clima reinante. El otro lo acompañaba al lado del carro, portando una campera inflable roja dos tallas más grande, una sonrisa risueña y el cabello repleto de rulos disparados al viento.
Se reían con ganas, empujando el carro repleto de cartones. Iban por la calle, cerca del cordón, pero sin prestar atención al tránsito. Se detenían en cada cesto de la basura mirando con ansiedad las bolsas de residuos, sobre todo las que eran más claras y traslucían parte del contenido. Las cajas de cartón las manoteaban sin dudar y en un santiamén las desarmaban y aplanaban para que ocuparan menos lugar.
El más pequeño, libre de la tarea de llevar el carro, se adelantaba en la búsqueda del siguiente canasto. De pronto pegó el grito.
- ¡Mirá guacho, está casi llena!
Con habilidad había sacado de una bolsa, una botella de aceite. La sostenía en lo alto, como un premio. El más grande se acercó, festejando el hallazgo.
- Uy, eso también sirve - le dijo al otro.
En la misma bolsa había una caja de salsa de tomate y una de hamburguesas. La alegría era inmensa, el botín incalculable.
- Levantá eso que se te cayó, que le hacés mugre a la gente - reprendió el más grande, ante el descuido del pequeño.
Fue cuando se abrió la puerta de calle de la casa a la que pertenecía el canasto de la basura. Salió una mujer, levantando la voz.
- No toquen eso chicos, que está todo vencido. Hay pilas viejas, que es veneno.
La mujer se acercó velozmente, le sacó de las manos las hamburguesas y la salsa, y en su lugar les dejó un paquete de galletitas.
- Lleven eso, que esto les va a hacer mal.
Los chicos agradecieron, sin dejar de mirar el paquete de galletitas, y felices que aún tenían la botella con aceite.
- ¿Las comemos ahora? - preguntó el más chico, mientras se alejaban.
- No, vamos a llevarla para las casas - dijo el más grande, sabiendo que allí estaban los gurises, los que todavía no andaban la calle.
- Mirá - dijo su hermanito, señalando la placita del otro lado de la calle - esos nenes están jugando a la pelota.
- Ajá - respondió el más grande, que otra vez paseaba su mirada atenta sobre los canastos de basura que tenían por delante, a lo largo de la calle.
Avanzaron hacia el ocaso de la tarde, soportando el frío de igual manera que lo hacían con el hambre, tirando del carro, deteniéndose ante cada bolsa, dejando atrás la placita, el partido de fútbol, la pelota, la infancia misma.

17 de junio de 2019

La montaña

Desde lo alto es apenas una mancha avanzando en un claro de la vegetación. Muy cerca, hacia la derecha, está el río. Brilla mientras serpentea de un lado a otro en un dibujo que aunque estático, es al mismo tiempo vívido, hipnotizador. Pero para la mancha, allí a varios metros, aquello que lo rodea es un paisaje ajeno. Cientos de árboles y arbustos se interponen para esconder de su vista ese brazo de agua, a pesar de la cercanía.
Y desde lo alto, la mancha sigue su trayecto. El helicóptero no le pierde pisada. Aunque distante, la vista es clara.
Claro, es difícil proponer un rompecabezas visual de esta índole sin un contexto. La única manera de ocultarse, sería entre los árboles, pero nadie se animaría. No con todas esas cosas sueltas. Partamos entonces desde el principio. No muchas horas antes, después del gran ruido.

La explosión fue muy clara. Estremecedora en algún sentido. Retumbaron los vidrios, sin llegar a romperse. Se movió el suelo, sin saltarse ningún cerámico. Se revolvieron los estómagos de todos y cada uno, sin llegar nadie a devolver. Demoraron muy poco en correr hacia el exterior, no sin antes cruzar miradas de estupefacción, en total silencio por una cuestión meramente de miedo, que los imposibilitaba de mover los labios y pronunciar palabra alguna.
Cuando decidieron correr hacia fuera del salón comedor dónde el turno DIA estaba desayunando, lo hicieron en tiempo récord, atravesando la doble puerta de ingreso casi en una exhalación.
Luego, el primer obstáculo fue el sol. Irradiaba tanta fuerza justo desde donde había provenido la explosión, que solo colocando la mano en forma de visera, podían llegar a ver algo. Y ese algo que observaron todos al mismo tiempo, fue suficiente. Algunos se llevaron la mano libre a la boca, otros sintieron las piernas doblegarse. No pocos dejaron caer lágrimas de angustia. Es que la montaña, la enorme montaña ubicada a dos kilómetros a la que ingresaban cada día a las diez de la mañana de manera puntual para relevar al turno NOCHE, ya no estaba. Y en su lugar, además del sol que ahora los atravesaba, había una voluptuosa nube de polvo que amenazaba incluso con cubrir a la enorme estrella de luz y también todo lo que estuviera a su paso, en un avance de pasmoso silencio, prácticamente al ritmo de una tortuga, que hacía aquello aún más morboso e inquietante.
Es que en ese silencio, en ese tácito mutismo, resonaba a viva voz una única pregunta: ¿Dónde estaban sus compañeros, los cien mineros del turno que iban a reemplazar en menos de una hora?
Fue un grito, que surgió del mismísimo abismo de polvo, el que terminó con todo pensamiento y desató la locura. Un grito como nunca nadie había escuchado.

Eran otros cien mineros, más los empleados del complejo. No había directivos de la minera, nunca los hay. Solo están para los actos de protocolo. El resto del tiempo, están a merced del destino, a miles de kilómetros de cualquier civilización. Esa mañana algo sucedió en la montaña, algo terrible. Ahora, huyendo en la camioneta por un camino que desconoce, rodeado de árboles, sin poder detenerse, puede pensar en dos posibilidades. La primera, que alguna detonación abrió una puerta en el corazón de la montaña dando comunicación con lo inesperado. La segunda, que ellos estaban allí dormidos y ellos lo habían despertado.
Lo cierto es que el grito los paralizó. Fue algo tan extraño que no atinaron a nada. Permanecieron de pie, observando el polvo creciendo en el aire, como una nueva montaña, pero volátil, intensa, tenebrosa. El olor debería haberles llamado la atención, pero el sonido de la explosión había perturbado todos los demás sentidos. El olor era a huevo en mal estado, a podredumbre. Como si la muerte hubiese pasado a su lado, dejando una estela de fetidez. Aún así, no nadie se detenía a pensar en ello. Pero aquel grito, aquel estremecedor sonido...
Y entonces, como salidos desde el mismo infierno, aparecieron. Aparecieron del polvo, como disparados por una enorme catapulta, haciendo un arco en el aire y aterrizando a muy pocos metros de donde todos estaban. En sus ojos podían encontrar la definición del horror. Grandes, blancos, inyectados de pequeñas arterias negras. Sus garras afiladas, enterradas en el suelo. El pecho repleto de espinas, gruesas y desparejas subiendo y bajando, al ritmo de una respiración salvaje, desquiciada. Eran abominables. Difícil de ser llamados seres, engendros o animales. Aquel contacto visual entre el minero y esas cosas, fue efímero. Equivalente, quizá, a un parpadeo. Pero lo suficiente como para grabar a fuego tan siniestra imagen.
Esas cosas no perdieron el tiempo. Se arrojaron sobre los trabajadores. Sus movimientos eran tan ágiles como mortales. Sus extremidades tenían firmeza, elasticidad y una precisión absoluta. Al menos cinco cabezas volaron por los aires, decapitadas de un solo zarpazo. El minero de apellido Gutiérrez retrocedió como pudo, cayéndose tres veces. Otros trataron de hacer lo mismo, pero fueron alcanzados y asesinados al instante. Gutiérrez tuve suerte. Mientras otros a su lado caían bajo el filo espeluznante de esas cosas, sus piernas seguían avanzando. Corrió hasta la camioneta del capataz y subió sin pensarlo. La llave de arranque estaba allí, lista para que la gire, para encender el motor, poner en marcha aquel vehículo y salir derrapando sobre la grava, acelerando a más no poder, mirando en todo momento por el espejo retrovisor, viendo como los pocos que aún quedaban en pie, sucumbían ante la monstruosa horda de cosas y cómo algunos de estos bichos avanzaban detrás de la camioneta, que ganaba velocidad y se alejaba. No supo en que momento comenzó a llorar, pero cuando llegó a la ruta, el rostro estaba empapado en una mezcla de sudor y lágrimas.

En algún momento, aunque breve, Gutiérrez creyó sentirse a salvo. Respiraba hondo, tratando de no entrar en pánico. Pero luego comenzó a verlos. Los engendros estaban por todas partes, como si aquella montaña hubiese escondido un enorme hormiguero. Los veía a los lados del camino, entre los árboles, algunos trataban de alcanzar la camioneta. Eran veloces, pero la camioneta no bajaba de los cien kilómetros por hora. El tanque, afortunadamente, estaba lleno. Pero si esas cosas seguían multiplicándose y apareciendo de la nada, no faltaría mucho tiempo para que en algún punto del camino, en alguna parada obligatoria, o donde se viera forzado a reducir la velocidad, lograran tenerlo a mano y dar cuenta de su existencia.
¿Qué sentido tenía la huida, al fin y al cabo? ¿Acaso estaba prolongando la agonía, sufriendo a cuenta de un final que tarde o temprano se produciría? Pero existe el llamado instinto de supervivencia. El deseo de vivir. Aunque sea una hora, dos horas, tres horas más. La muerte es siempre la última opción. Incluso, cuando la muerte es la única opción.
Se percató del equipo de radio a la media hora de viaje. No sabía usarlo, pero atinó a usar la lógica. Ignoraba de frecuencias y más aún, de cómo configuraba ese aparato. Apenas que sabía usar el celular para comunicarse con su hija, que no llevaba consigo, porque siempre lo dejaba en la habitación.
Estuvo treinta minutos repitiendo el mismo llamado de auxilio. Era un pedido desesperado y así sonaba. Lo único que decía era: "Aquí operario Gutiérrez, huyendo de la minera Excav. Hubo una explosión y está repleto de monstruos". Cualquiera que lo escuchara podía optar por reírse o preocuparse. Pero podía escucharse en el tono de su voz el miedo a flor de piel. Cada palabra vibraba con angustiosa tensión. Cada sílaba parecía a punto de romperse por el llanto. El idioma, el lenguaje, eso que nos permite comunicarnos, es en sí un pedido constante de ayuda. Para no sentirnos solos, para sabernos acompañados, para saber del otro. Gutiérrez quería saber de todos, que alguien le respondiera, que alguien le dijese que aquello no era real sino una mala pesadilla.
Hablaba a aquel aparato sin tener la certeza de tenerlo encendido. Media hora estuvo repitiendo lo mismo, observando al mismo tiempo de reojo cómo en el paisaje se adivinaban esas cosas, siempre al acecho. Hasta que un sonido áspero y entrecortado, similar al de un relator de fútbol sonando en una radio vieja y sucia, lo hizo llorar por segunda vez en la misma mañana.
Esa voz decía "Aquí Control Norte, enviando unidad de apoyo. Indique ubicación". Tardó un buen rato, mientras puteaba a viva voz, en darse cuenta que aquello que estaba por encima del volante era un gps. Lo encendió y obtuvo las coordenadas de la camioneta. El camino era menos sinuoso, ya no había ripio y el paisaje se estaba convirtiendo en algo que en cualquier otra situación sería digno de contemplar, con arboleda de un lado y del otro. Al vehículo le quedaba aún medio tanque de combustible. Esas cosas seguían apareciendo cada tanto. Podía verlos a través de las ventanillas cada vez que desviaba la vista del pavimento. Sabía que si se detenía, destrozarían la camioneta en cuestión de segundos. 
Pensaba que si había viviendas en los alrededores, con seguridad sus moradores ya estaban muertos. La voz en el radio le dio aviso que un helicóptero militar estaba cerca de su posición. De la misma manera que no le habían pedido explicaciones a su pedido de ayuda, tampoco le habían advertido del tipo de ayuda que enviarían. Y eso lo puso en alerta. Trató de mirar hacia el cielo, pero divisó nada. Si vio, en cambio, algunas columnas de humo oscuro a los costados, entre los árboles. Incendios. Tuvo entonces imágenes fugaces en su mente de vecinos de la zona espantados por esas monstruosidades, tratando de atacarlos y pereciendo en la lucha, con sus hogares en llama por alguna explosión involuntaria. Su imaginación iba más rápido que la camioneta, tratando de borrar esos pensamientos, que, sin embargo, se interponían a su voluntad. Es que, tarde o temprano, era la suerte que le esperaba. Y era consciente de ello, El derrotero de su huida, no era otro que la demora en un corredor de la muerte, y esas cosas de garras afiladas, los verdugos que lo ejecutarían en la horca, en la hora final.
Pudo ver al helicóptero en un claro entre las copas de los árboles, tratando de girar hacia él. Estaba a muy baja altura, casi rozando los árboles. Como le habían dicho, era del ejército, con armas en sus laterales y misiles bajo la cabina. Se fue poniendo a la par de la ruta, y comenzó a girar lentamente, suspendido en una misma posición. A medida que avanzaba, Gutiérrez lo veía más grande. De repente la trompa del helicóptero observaba frontalmente a la camioneta. Y de un momento a otro, vio absorto salir disparado un misil.

En el despacho principal de la base militar subterránea, ubicada a quinientos kilómetros de la excavación, las miradas son de preocupación. El informe de la torre de Control Norte fue recibido como una bala en el pecho. El helicóptero alcanzó a disparar contra el minero que había escapado pero no podían confirmar si habían impactado en el objetivo: las bestias habían aprovechado la proximidad con los árboles para lanzarse desde las ramas y derribarlo. Estimaban que piloto y militares a bordo habían perecido en la caída. Y si había posibilidad alguna de que se hubiesen salvado, las bestias los habrían asesinado entre los restos del siniestro.
- ¿Tenemos entonces un testigo vivo?
Nadie se atrevió a decir lo contrario. No se manejaban con supuestos, sino con certezas. No tenían pruebas que indicaran lo contrario. Ni siquiera podían valerse de los otros datos reportados por el informe: el minero no contestaba el radio y tampoco detectaban datos del gps del vehículo.
El militar sentado en la cabeza se puso de pie y caminó hasta la pared más cercana, donde se extendía un mapa de la zona, con diversas marcas de colores, una de ellas sobre un punto que decía "Montaña X". Tomó de una mesa una ficha roja y la colocó lejos de la excavación, en un lugar determinado de la única ruta de la región.
- Aquí perdimos el helicóptero. No podemos enviar unidades terrestres para confirmar si eliminamos el error colateral. Tampoco nada tripulado. Que sean drones y que nos digan cuánto antes si lo que debía hacerse, está hecho.
- ¿Podemos irnos? - preguntó un oficial.
Pero antes que el de mayor rango hablara, otro oficial se puso de pie y se dirigió al mapa. Señaló líneas distantes, de color naranja.
- ¿Cómo podemos estar seguros que las bestias no pasarán de estos límites? Hemos visto satelitalmente que son sanguinarias, más de lo que preveíamos. Si nuestros científicos se equivocaron al respecto, cómo podemos confiar en que el material colocado a lo largo de ese perímetro las contendrá. ¿Y si también calcularon mal? Cómo podemos estar tan seguros que en realidad no escapaban de la montaña por otra cuestión. Dejarlas escapar y estudiarlas en un área tan grande, es un riesgo.
- ¿Ya dijo todo lo que tenía para decir, Teniente? El plan era éste y el alto mando estuvo de acuerdo, nuestro gobierno y el de veinte naciones más estuvieron de acuerdo, y los dueños de la minera estuvieron de acuerdo. Prioridad uno, mantener como ultra secreta esta misión, la explosión y todas las muertes. Y eso implica que ese minero, ya sea por nosotros o esas bestias, esté muerto, bien muerto. Prioridad dos, hacer cumplir la prioridad uno, para que quiénes deben ocuparse de la fase de estudio, análisis y todo lo que quieran hacer con esas cosas allá afuera, se ocupen de sus tareas. Si esos límites fallan, Teniente, deberemos enfrentarnos a esas bestias. Mientras tanto, tenemos órdenes. Y debemos cumplirlas. Manden esos malditos drones y háganme saber si el minero está muerto o no.

La primera explosión no lo había matado por una hora. La segunda explosión había fallado por solo cinco segundos, que fue el tiempo que le llevó abrir la puerta y arrojarse fuera. Eso y la presencia de dos de esos bichos que saltaron sobre él cuando se tiró de la camioneta.
La onda expansiva golpeó los cuerpos de las cosas que arrastraron el suyo contra la zona boscosa. Cuando despertó, sintió una fuerte opresión sobre su espalda. Pensó que el golpe le había quebrado la columna, pero el malestar era por otra cosa. Uno de los letales engendros estaba sobre su cuerpo, sin vida. Le había servido de coraza contra la explosión. A duras penas pudo quitárselo de encima. A medida que lo movía, un líquido viscoso y tibio salía de esa cosa y lo iba cubriendo lentamente. Era como estar bajo un chorro de miel con mucho olor a mierda.
A pesar de dolerle todo el cuerpo, se puso de pie, asiéndose del tronco de un árbol. Las hojas secas crujiendo a su espalda delataron la presencia de otro de esos seres. Supo que no iba a tener tiempo de darse vuelta y que sentiría un ardor en su cuelo cuando el zarpazo lo atravesara de lado a lado. Cerró los ojos y esperó. Un frío recorrió su cuerpo y se le escapó un chorro de orina.
Al cabo de diez segundos, giró sobre sus talones. El bicho estaba ahí, a cuatro o cinco metros. Lo miraba atentamente, pero no se movía. Parecía olfatear el aire, aunque no tenía nariz. Los ojos blancos estaban atentos, mientras las líneas finas y negras que parecían tatuados en él se movían casi imperceptiblemente. Finalmente se marchó en otra dirección. Gutiérrez, que para entonces también se había cagado encima, comenzó a llorar una vez más, dejándose caer con la espalda contra el árbol, hasta quedar en posición fetal en el suelo. Todavía estaba vivo. Era el único pensamiento coherente en su mente. Y el que lo movilizó a ponerse de pie.
El helicóptero había disparado contra él, no contra esas cosas. Era una idea difícil de asimilar. Más cuando el helicóptero era su única oportunidad. Dos de los engendros pasaron a su lado, sin detenerse. Aparecieron tan abruptamente que no tuvo tiempo de reaccionar, sin embargo el corazón se paralizó un instante. No tenía que analizar demasiado para comprender que aquella sustancia que había caído sobre él lo ayudaba a pasar desapercibido de los monstruos.
Se internó cada vez más en el bosque, tratando de esconderse detrás de los árboles. En la medida que avanzaba, llegaba a sus oídos un rumor constante. Finalmente lo vio. Era un río, con una corriente bastante fuerte, pero lo suficientemente corto a lo ancho como para llegar hasta el otro lado. Aunque el agua... el agua podía limpiar esa viscosidad que lo mantenía a salvo.
Observó en los árboles trepar hasta lo alto a varios de los bichos. En lo alto, a través de las copas, algunos drones captaban la atención de las cosas. Rápidamente se puso a resguardo, para no ser visto. Los monstruos parecían saltar de árbol en árbol, en la medida que los drones se movían. Cuando notó que todos iban en una dirección contraria de dónde estaba, no lo dudó más. Corrió hacia el agua y se arrojó. La corriente era muy fuerte, trató de dar brazadas, pero era imposible. Entonces, se dejó arrastrar.

El puño golpeó la mesa con violencia y el estruendo estremeció al mensajero, que se retiró tras la orden del general. El hombre se paseó por su despacho, con pasos lentos. Finalmente se acercó al escritorio, levantó el teléfono y mintió a su superior.
- La camioneta quedó destruida por el misil, si señor. Totalmente destruida. No hay chances de que haya supervivientes. La fase dos puede comenzar.
Colgó y se sentó en su silla de respaldar alto. Volvió a tomar la tablet que le llevó el oficial y le dio play al video. El drone había filmado al camioneta, aún despidiendo humo provocado por el misil. Se veía claramente la destrucción, pero la puerta del conductor estaba abierta, no había cadáver alguno carbonizado en el asiento y más allá, contra los árboles, se veían dos bestias muertas, despedidas por la explosión. El drone las había sobrevolado detenidamente. Segundos antes que la filmación se cortara abruptamente, se podía ver un pedazo de tela, con el logo de la compañía Excav, entre los restos de la bestia. Pero no había ningún cadáver humano en el lugar.
El puño volvió a bajar con fuerza con la madera. Su futuro al mando de la misión dependía de una sola cosa: de la capacidad de esas bestias en impedir que el minero saliera de la zona de restricción.

Por momentos parecía que se ahogaba, pero entonces emergía y respiraba, mientras la correntada lo llevaba río abajo. Se había golpeado varias veces contra rocas en el camino, y sangraba de diferentes partes del cuerpo, pero confiaba en que, de alguna manera, aquel viaje tempestuoso acabaría en algún momento. Finalmente pudo agarrarse de unas ramas y asiéndose con fuerza, llegó a la costa, repleta de camalotes, ramas y botellas de plástico. Esto último le daba el indicio de estar cerca de algún lugar poblado. No sabía cuánto había viajado y había perdido la noción de la ubicación. Una pequeña barranca lo llevó hasta una zona de yuyos altos, que terminaban en un alambrado de púas. A medida que se acercaba, vio pastando vacas y mucho más lejos, algunos caballos. Las heridas le ardían y pronto comenzaría a atardecer. La temperatura había comenzado a bajar, sentía hambre y estaba muy cansado. No obstante, cruzó el alambrado y anduvo con cuidado, ocultándose entre los pastizales más altos.
A lo lejos, cuando ya anochecía, divisó una ruta. Pasaban de tanto en tanto camiones y vehículos. Se acercó lo suficiente como para identificarlos. La mayoría eran transportes militares, que le recordaban el episodio con el helicóptero. A la rastra, llegó cerca de arbustos ubicados a escasos metros del camino. Aguardó durante horas, siempre oculto. Calculó al menos una docena de camiones del ejército, pasando de un lado a otro. Creyó ver una estrella fugaz desaparecer en el firmamento, entre dos constelaciones que le eran familiares. De inmediato, vio aproximarse un viejo rastrojero, que marchaba a baja velocidad. Lo dejó pasar y echó a correr detrás. Se asió de la caja trasera y con mucho cuidado, se dejó caer dentro. El vehículo llevaba herramientas, bolsones de cereal y una lona oscura, bajo la cual se escondió. El dolor lo sumió en un sueño profundo, aunque alerta. Quizá, se dijo antes de cerrar los ojos, todo aquello fuera tan solo un mal sueño que al despertar, desaparecería. Aunque las heridas, dijesen lo contrario.

Desde lo alto es apenas una mancha avanzando en un claro de la vegetación. Muy cerca, hacia la derecha, está el río. Brilla mientras serpentea de un lado a otro en un dibujo que aunque estático, es al mismo tiempo vívido, hipnotizador. Pero para la mancha, allí a varios metros, aquello que lo rodea es un paisaje ajeno. Cientos de árboles y arbustos se interponen para esconder de su vista ese brazo de agua, a pesar de la cercanía.
Y desde lo alto, la mancha sigue su trayecto. El helicóptero no le pierde pisada. Aunque distante, la vista es clara. Es un sencillamente un viejo rastrojero, pero las órdenes son órdenes. Todo vehículo debe ser controlado.
- Perdemos el tiempo, Tom. Nadie escapa a cuarenta kilómetros por hora.
Tom, rio fuerte. Si algo le gustaba hacer, era reírse fuerte.
Más adelante, en dirección contraria, venía un auto deportivo.
- Vigilemos a ese, será más divertido.
Y Tom volvió a reír, contento de esa decisión.


26 de mayo de 2019

El antojo

Tenía un antojo. Simple, es verdad, pero no había un solo chocolate en toda la casa. Miró la hora y era casi la medianoche. El kiosco que estaba pegado al edificio cerraba más temprano. Se volvió a acostar, contrariada.  Trató de dormir pero estaba incómoda, daba vueltas bajo las sábanas, acomodaba la almohada a cada instante, hasta que malhumorada encendió la luz y se sentó en el borde de la cama. Agarró de mala gana el celular que reposaba sobre la mesa de luz y buscó en los contactos el número de un delivery. Quería un chocolate e iba a conseguir un chocolate.

Bostezó con toda la boca, como si se fuera a comer una ballena. Hacía diez horas que estaba encima de la bicicleta, el cansancio era evidente. La enorme mochila cuadrada que llevaba en la espalda se había convertido desde unas horas antes, en una verdadera carga. Quería ir a dormir. No podía quejarse, había sido un día productivo, había hecho muchos viajes. El celular vibró. Un nuevo pedido. Podía tomarlo o dejarlo. Miró la hora. Llegaría a su casa extenuado y por la mañana tenía facu, pero necesitaba la plata. Aceptó y se puso a leer la pantalla para saber más del pedido que debía hacer.

Había subido al auto una hora atrás y el único viaje que había logrado hacer, fue de diez calles. Estaba consumiendo el combustible dando vueltas de un lado a otro, por arterias transitadas pero sin potenciales pasajeros. Cada tanto veía gente subiendo a coches sin pintar de negro y amarillo y sospechaba que eran vehículos de alguna de esas aplicaciones que le quitaban el trabajo. Los puteaba con bronca a través de la ventanilla baja, a la pasada. En cada semáforo trataba de calmarse, concentrándose en la fotografía de sus hijos, que llevaba colgada del espejo retrovisor. Pero entonces veía a su pequeña, que en seis meses cumpliría los quince y volvía a recordar que el dinero no le alcanzaba para hacerle una fiesta. Entonces, apretaba el acelerador y salía disparado con la luz verde, tratando de alcanzar un pasajero antes que otro taxi se lo arrebatara.

Le costaba creer que hubiese gente que pidiera un delivery por solo un chocolate, pero no era la primera vez que le causaba gracia algún servicio. Una noche había tenido que alcanzar a una dirección una caja de preservativos. Se reía de solo recordarlo. Compró el chocolate en un maxi kiosco del centro y ni siquiera lo guardó en la mochila. Lo puso en el bolsillo del pantalón, para tenerlo bien a mano, entregarlo de inmediato, cobrar y retornar a su casa. Tenía al menos cincuenta minutos de pedaleo antes de desplomarse sobre su cama. Lo bueno era que estaba a dos cuadras de su destino. Dos...

Otra esquina vacía, y otra más. La situación estaba igual para todos. Por eso es que de tanto en tanto se encontraba con dos taxis tratando de estacionar delante de un mismo pasajero que había hecho seña. No quería llegar a esa situación, si veía a otro taxi mejor ubicado, resignaba la posibilidad. Pero cómo venía la mano... se replanteaba si no tendría que actuar de la misma manera. Entonces, a una cuadra y media, vio un grupo de jóvenes asomadas al cordón de la vereda, mirando a lo lejos. La experiencia le decía que estaban esperando un taxi. Al fin un viaje, pensó. Al fin...

Estaba tirada sobre la cama, pero se había vestido. De un momento a otro le tocarían el portero y tendría que bajar. Ya tenía la tarjeta preparada, para bajar rápido. Pero el sueño la estaba venciendo, si no llegaba rápido el delivery, se iba a quedar dormida. Se obligaba a mantener los ojos despiertos. Podría ponerse de pie, bajar y esperar abajo, pero no tenía ganas. El sonido del tránsito que llegaba desde la ventana, solía sobresaltarla, pero ni siquiera el sonido de las ambulancias que se escuchaba le llamaba en ese momento la atención. Estaba apostando, inconscientemente, entre quedarse dormida y sucumbir a su capricho o ganarle la batalla al sueño y obtener como recompensa el chocolate. Aunque dos minutos después, se durmió profundamente.

- Para mí que el delivery iba con auriculares, porque la frenada me hizo asustar de lo fuerte que se escuchó.
- Cruzó la calle y no lo vio, oficial. El pibe iba por la senda de las bicicletas y el taxi se lo llevó puesto.
- La verdad, no sé que pasó, cuando llegué el muchacho de la bicicleta estaba tirado por allá y el tachero estaba afuera del auto, agarrándose la cabeza. 
- Mírelo, tiene un ataque de nervios. No es para menos, no todos los días se mata a alguien. A mi me pasó una vez, hace como treinta años, si tiene un momentito, le cuento...


18 de mayo de 2019

En el mar

Las olas golpeaban la embarcación, una tras otra, en una repetición monótona pero que creciente intensidad. El viento arreciaba con furia, pero hacía un largo rato que quedaban velámenes que empujar. Sobre la cubierta un joven de poco más de veinte años trataba infructuosamente de sacar el agua que ingresaba al pequeño velero. Estaba desesperado y con razón. A ese ritmo, se hundiría en pocos minutos más.
De tanto en tanto miraba hacia el horizonte, con la esperanza de divisar un barco que lo rescatara a tiempo, pero su vista chocaba contra el cielo oscuro y amenazador. Augurios de muerte sobrevolaban su cuerpo empapado. Su mente ya no pensaba, solo imploraba, aunque el cansancio confundía sus oraciones. Le dolían los brazos de tantos baldes con agua que llenaba en un envión y arrojaba con fuerzas por estribor. Pero el agua seguía entrando...

- ¿Por qué, Martín?
Ella había preguntado sin esperar una respuesta. Era quizá una formalidad que necesitaba hacer en la hora de la partida. Su hijo era lo suficientemente grande para tomar decisiones. El lazo se había cortado hacía tiempo, con sus silencios. De alguna manera, la hacía sentir culpable de todo. De la separación, de haber tenido que vivir con ella, de no tener a su padre cerca. Simplemente, había intentado ser madre. Y al verlo partir, con los bolsos a cuestas, sentía que había fracasado.

El músculo sintió el cansancio y el balde se le resbaló de las manos. Cayó pesadamente en la cubierta y rodó hasta el borde de la madera. Martín, dolorido, trató de alcanzarlo, pero el viento lo arrojó al agua. A los pocos segundos era un manchón naranja flotando en el agua. Si algo faltaba, estaba comenzando a llover. Las primeras gotas fueron puñales en su rostro.

- ¿Y qué dice tu madre?
Le dio bronca escuchar esa pregunta. Al fin se había decidido por ir a buscarlo, por salir del nicho materno, encarar su futuro desde otra perspectiva y a su papá lo único que le importaba era saber que decía ella. Si nunca le importó lo que ella pensara, por qué debía importarle ahora. Y la respuesta era simple: porque no quería estar con él. A la pregunta le siguieron excusas, explicaciones tontas e inventadas por las que no era una decisión acertada. Cuando la comunicación telefónica terminó, Martín se quedó con la vista clavada en el enorme ventanal del bar, sin mirar nada en particular, resignándose a las formas humanas que iban y venían del otro lado, a los edificios recortados contra el cielo, al sonido de una calle que le parecía lejana, el olor de un café cada vez más frío, más amargo, sin sabor, sin sentido a nada.

El viento, la lluvia, los relámpagos, el vaivén de una estructura endeble, inundada, hundiéndose. Mucho frío. Mucho miedo. Y las lágrimas. Porque al final, siempre llegan.
En el horizonte no hay ningún barco. No lo habrá. Porque tampoco sería justo.

- Claro, tu padre te rechaza y volvés, porque no tenés donde caerte muerto.
Es despecho, lo sabe. Es dolor contenido, lo entiende. Pero él carga con mucho más. Su madre no va a detenerlo,  va dejar que entre a la casa. Pero quiere que le duela aunque sea un poquito. Y lo logra, claro que sí. ¿La puede culpar, acaso? No, no puede. Y se va. Para siempre, le grita, antes de golpear con vehemencia la puerta de calle.
La ira lo carcome. Lo envenena. Lo obliga a volver hasta la estación de ómnibus, a comprar un nuevo pasaje hasta la ciudad donde vive su padre. Las ideas vuelan en su cabeza durante las tres horas de viaje. Esta vez no llama, no pierde el tiempo. Va directamente hasta la casa. Y cuando su padre abre, que se queda paralizado al verlo, como si fuese un fantasma y para coronar el momento, titubea un "te dije que no quería que..." ya no le quedan dudas que lo ha declarado culpable. No sabe cómo, ni de dónde sacó las fuerzas, pero lo empuja hacia el interior de vivienda, lo hace trastabillar y caer hacia atrás. La cabeza golpea contra un escritorio y la sangre mancha la alfombra.
Martín se siente agitado, pero no asustado. Actúa de manera impulsiva. No siente compasión. Ve el cuerpo de su padre en el suelo, los ojos abiertos, la mirada en blanco, los brazos abiertos en cruz y solo atina a hacer una cosa: patearlo hasta que le duele el pie.
Busca las llaves del auto pero encuentra algo mejor. La del pequeño velero que su padre guarda en el muelle. Y entonces, se imagina internándose en el mar, recorriendo un largo trecho hasta otro punto del mapa donde no haya recuerdos, no haya un pasado y todo sea futuro.

Su cuerpo estaba extendido sobre la cubierta, con el agua cubriéndolo. Sintió como la gravedad y el mar engullían la embarcación. Se dio cuenta entonces que llevaba puesto un chaleco flotador. Y que más allá, flotaba un salvavidas. Fue quizá lo último que vio, antes de entregarse a la muerte. Sus últimas fuerzas las destinó a quitarse el chaleco. Una vez libre, escapó a la profundidad del olvido.

13 de mayo de 2019