Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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2 de junio de 2018

La respiración

De todas las canciones, aquella es la que más le gusta. Por eso la repite una y otra vez en el celular, mientras se mece en la hamaca de la plaza, sin otra compañía que la brisa de finales de otoño, cada vez más fría, anunciando otro año de bufandas y camperas gruesas.
Tiene puestos los auriculares, esos que le había regalado su novio cuando aún era su novio. Ahora era uno más, otro más, alguien con el que su vida se había cruzado y ya no se cruzaría. Sin nostalgias, sin reproches.
Es por la canción, es por los auriculares, es en parte por tener la mente en mil partes y en ningún lado, que no percibe la silueta a sus espaldas, ni escucha los pasos sobre las hojas secas, como tampoco se percata del movimiento sutil del brazo rodeando su cuello.
Es sorpresa, es miedo. Es todo y mucho más. Porque no puede explicarlo, casi ni tiempo tiene de experimentarlo. Una mano enorme, robusta, cubierta de guantes oscuros, se cierne sobre su boca, oprimiendo con fuerza, mientras su cuerpo se levanta de la hamaca, aunque comprende -si es que algo puede comprender- que no es ella la que lo hace, sino la violenta carga del otro cuerpo, que por detrás la empuja hacia arriba, sin dejar nunca de presionar la mano contra sus labios que ahora duelen, contra sus dientes que retroceden y su respiración que se agita, angustiada, asfixiada, alterada.
Sus brazos pretenden liberarse del letargo, pero ese alguien se lo impide, porque de alguna manera la tiene prisionera, impidiéndole gritar, moverse, llorar. Siente el tirón en sus orejas cuando lo que se desprende son los auriculares, vencidos por la gravedad, arrastrados por el peso del celular que se desmorona sobre el césped recientemente cortado de la plaza. Y a pesar de lo caro que lo había pagado, de los reproches de sus padres por un gasto que consideraron innecesario e inoportuno, no piensa en eso, no puede en realidad. Su cabeza procesa todo a gran velocidad pero al mismo tiempo parece agarrotada por el miedo, todo es vértigo y al mismo tiempo quietud. Es una película acelerada que aún sigue corriendo en cámara lenta. Es el corazón que palpita a mil revoluciones por segundo y un cerebro que ha detenido todas sus funciones.
La arrastra hacia el tobogán. Sus pies parecen flotar en el aire. Sus ojos celestes están cubiertos de agua, aunque no llora. Todo se ve nublado. Ahora que no tiene los auriculares, escucha. Pero lo que escucha es su propio forcejeo. Son los pasos de ese alguien sobre las hojas amarillentas desparramadas en el camino. No hay nada más. Ni un pájaro trinando, ni un automóvil pasando, ni algún vecino pidiendo auxilio por ella. Es la brisa fría, son sus piernas agitándose, es su frágil cuerpo prisionero, su boca obligada a callar. Y la respiración.
La respiración es la que lo convierte en real. Áspero sonido entrecortado, húmedo y frío vaho que duele en el cuello, que estremece más que cien disparos, que atormenta más que mil cañonazos. Es la respiración, jadeo violento, que perturba toda esperanza, que coloca en su mente las imágenes más asquerosas, que obligan a su alma querer morir ahí mismo.
El tobogán queda atrás. Y ahora sí, aparece el objetivo. Un auto estacionado. Un auto viejo, no destartalado, pero no moderno. No sabe de autos, no conoce marcas, no le importan, nunca le importaron. Ella camina. Sus padres caminan. Usan el bondi, la bicicleta. No es que no puedan, no quieren. No le gustan los autos, tampoco les tiene miedo, pero sí respeto. Cree que estar al volante es como montarse a una bomba que puede explotar en cualquier esquina. Y ahora, ese alguien, violentamente la conduce hacia el interior de la bomba. La puerta se abre y desde el interior la envuelve un olor poderoso, a cuero, a viejo, a humedad, a dolor, a agonía. Entonces recibe el golpe y ya nada importa.
Despierta dolorida, cansada, desnuda. Se sabe desnuda antes siquiera de llevar sus manos a la piel. Se sabe golpeada, incluso antes de pasar la lengua por sus labios agrietados. Se sabe ultrajada, antes siquiera de abrir los ojos. Tampoco necesita abrirlos para sentir los altos pastizales que rozan su cuerpo, ni exhalar demasiado para ser asaltada por el hedor de la bosta de caballo que está en todas partes, incluso bajo su abdomen, ni necesita pellizcarse para saber que nada de aquello es un sueño.
A lo lejos, muy a lo lejos, tanto que parece proveniente de otro universo, otra vida quizá, alguien tararea su canción preferida. Es un tarareo básico, incluso erróneo por momentos, falto de ritmo, pero es su canción. Y sus fibras, con tan poco, se retuercen levemente. Se dice, en voz muy baja. que está viva. ¿Acaso debe conformarse? ¿Acaso debe celebrarlo?¿Sobrevivir es sinónimo de estar vivo? No lo sabe, ya no sabe nada. Solo que esa canción es cada vez más fuerte, tanto o más que su llanto, tanto o más reales que las lágrimas que caen sobre sus mejillas doloridas, tanto o más que las ganas de respirar, de abrir los ojos, de separar los labios, de pedir ayudar, de gritar con las pocas fuerzas que aún posee.
Se desmaya, los pasos se acercan, pero se desmaya, es tarde, es suficiente, las voces quiebran el aire, pero se desmaya, cae, lentamente, cae, mientras los pasos, las voces, cae, mientras todo se apaga, los pasos la alcanzan, las voces preguntan y algunos, otros, otras, no sabe, sollozan, maldicen, se apresuran, y nada, solo su canción, su canción sonando bien, como si tuviera sus auriculares, como si aún la hamaca la estuviera meciendo y en la palma de la mano el celular costoso que sus padres tanto odiaban fuera un mero accesorio de una tarde fría presagiando un invierno intenso y cruel, cuya brisa helada, entrecortada como la respiración de un perverso, se convirtiera de a poco en el sonido infinito de su mente, mientras la noche cae, en soledad, en tinieblas, con la fragilidad tangible de los miedos que se vuelven carne, y cuyas heridas difícilmente alguna vez sanen.

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