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12 de agosto de 2017

Mano verde

La última vez que visitó la casa de verano fue diez años antes. Desde entonces el sitio había permanecido cerrado, salvo cuando acudía la señora Gómez, que se encargaba de mantener la limpieza y de airear las habitaciones cada tanto.
Sin embargo, el lugar no aparentaba abandono. La casa, de estilo victoriano, se veía impecable desde la calle. Incluso el jardín ostentaba un verde intenso y las flores, lejos de estar marchitas, ofrecían un espectáculo de colores digno de contemplarse.
Podía dar gracias del estado de la vivienda a la señora Gómez, que además de limpiar se encargaba de llamar a pintores y albañiles para hacer un mantenimiento anual de la fachada y los interiores, pero no así del jardín. Porque era la misma mujer la que le aseguraba que a pesar que ella no regaba ni una sola planta, la naturaleza parecía cuidarse sola en aquel lugar.
Pero no era algo que podía atribuirle al azar, lo sabía muy bien. Aún recordaba de pequeña, cuando iba de vacaciones con sus padres, que era su madre la que lidiaba con el jardín. Sembraba semillas de flores que jamás crecían y los cortes de césped que ordenaba terminaban por dejarlo amarillo.Su abuela le decía que solo una mano verde podía llevarse bien con la naturaleza.
Según su abuela, la mano verde era un don. Y muy pocos lo tenían. Ella le había preguntado si acaso lo tenía, pero la abuela había reído y tras un además con la mano, le había dicho que no. Tampoco ella lo tenía. Poco y nada de lo que plantaba, crecía. Parecía que el linaje familiar era ajena a ese don. Aunque eso cambiaría con el nacimiento de Natalia.
La llegada de la más pequeña de la familia fue también el nacimiento de un clima distinto en el hogar. Miradas reacias, silencios prolongados y conversaciones en tonos elevados. Natalia, de alguna manera, generaba esa discordia y eso hizo que ella la odiara.
En la casa de verano, Natalia demostró tener mano verde. Había dejado caer en un descuido un paquete de semillas de girasoles, algo que le valió un reto, pero un par de semanas después, en aquel sitio, se podían ver los primeros brotes.
La abuela comenzó entonces a estar más tiempo con ella, ayudándola a mantener el jardín. En pocas semanas, el lugar había ganado en armonía y belleza. Eso provocó que tuviera muchos celos de la pequeña.
Al año siguiente, solo viajaron a la casa las dos hermanas y la madre. La abuela prefería quedarse en su casa y el padre había tenido que atender unos asuntos del trabajo. Al menos, esa fue la primera excusa. Al pasar el primer mes y no aparecer, surgió un nuevo motivo: un viaje inesperado al exterior.
Pero pasó el verano y el padre no apareció. Al regresar de las vacaciones, tampoco lo encontraron en casa. Como así, tampoco estaban sus ropas. La explicación no tardó en llegar. Sus padres comenzaban a divorciarse.
Las hermanas se sumieron en una gran tristeza, aunque la más pequeña solo porque extrañaba, sin entender aún lo que realmente significaba. En cambio ella, además de entender, sabía que aquello tenía relación con el nacimiento de su hermana.
No fue hasta el siguiente verano, mientras la pequeña jugaba en el jardín, cada día más precioso, que ella escuchó a su madre en una conversación telefónica hablar de otro hombre a alguien. Dos noches después juntó el valor para enfrentarla y preguntarle por el nombre que había escuchado accidentalmente. La madre, pálida, confesó entonces una relación a escondidas, fruto de la que había nacido la más pequeña y que había motivado la separación.
El odio fue mayor, inmenso. Trató ese año de contactar a su padre, pero fue imposible. Dolido, se había alejado para siempre de su familia. El verano siguiente fue trágico. Primero, el suicidio de su madre, sumergida desde hacía meses en cócteles de somníferos para dormir. Una semana después, la desaparición de su hermana, también en la casa de verano, el día antes de retornar con la abuela a la ciudad.
La búsqueda fue intensa y se sospechó, con plena certeza, que en plena depresión por el fallecimiento de su madre, se había internado en el mar, a trescientos metros de la casa, y que había sido arrastrada por la marea.
Ese verano, diez años atrás, había sido el último en aquella casa. En la ciudad se mudó con su abuela, terminó el colegio secundario, estudió bellas artes y consiguió trabajo en una importante galería. Día a día, sin embargo, el peso del pasado retumbaba en su cabeza. Quizá por eso, no era feliz, no podía serlo. Su abuela, enferma, le había pedido varias veces que volviera y se reconciliara con aquello que tan mal la tenía, que si no lo hacía, se volvería una persona gris.
Aquello le resultaba una ironía. Su hermana, mano verde, ella, persona gris. El color y la opacidad, dos extremos, dos seres opuestos, con un lazo de sangre. Pero detenía esos pensamientos a tiempo. Su hermana ya no estaba.
La casa de verano estaba espléndida. La luz del sol además, provocaba destellos en los cristales de los enormes ventanales. El lugar parecía mágico. Quizá alguna vez lo había sido, cuando ella era chica. Ya no lo era, por más que lo aparentaba. La señora Gómez le había ofrecido la llave cuando charlaron la tarde anterior por teléfono, pero había declinado la oferta. No iba a quedarse, solo a despedirse. El cartel de venta también le quedaba muy bien a la casa de estilo victoriano. No dudaba que se vendería de inmediato. La había dejado a muy bajo precio.
Antes de irse, observó por última vez el ventanal del primer piso, que daba a la habitación de su madre. Allí la habían encontrado, desplomada sobre la cama. El frasco de pastillas, vacío, a su lado.
Y también, miró de reojo el jardín. Deslumbrante, tupido, colorido. Para no estarlo. Había enterrado una mano verde en sus entrañas.
Ahora podía irse en paz. Su abuela tenía razón. Debía dejar atrás todo aquello que la atormentaba si es que quería comenzar a disfrutar de la vida.




1 comentario:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Suponía que había algo siniestro, con ese odio a la hermana menor.