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8 de agosto de 2017

El acaparador de ideas

El barrio, de los más poblados de la ciudad, tenía a su escritor: Douglas José. Así al menos firmaba sus escritos. Lo más cercanos le decían Pepe. Lo suyo era la poesía, pero cada tanto sorprendía con un cuento o ensayo. La municipalidad le había editado dos libros y el semanario le publicaba en cada número alguna colaboración.
Pero lo que hacía particular a Douglas era su obsesión por registrar cada idea que se le ocurría. Pregonaba a quién quisiera escucharlo que ninguna idea era mala, todas debían tenerse en consideración.
Con el tiempo, fue actualizando el método para llevar ese registro. Comenzó con unas pequeñas libretitas, las llamadas "de almacenero", luego llevaba siempre consigo un cuaderno de apuntes de tapas duras y desde hace unos años, un pequeño grabador de periodista, de los modernos, que tienen tarjeta de memoria.
Podía estar en el bar, compartiendo un café con los amigos y de repente, ponerse de pie, sacar el grabador y susurrarle a la entrada de micrófono:
- Mosca se posa en pocillo y hombre detecta microchip sobre el lomo del insecto, paranoia, conspiración. Lo siguen. Espionaje. Muerte. Desenlace. La vieja KGB.
Douglas no elegía los momentos. No hay momentos para la aparición de ideas, solía decir. Cuando estaba poético, decía: "los raptos de inspiración son los que llegan a uno y si se está distraído, es probable que sin querer se deje pasar la idea más valiosa del universo".
Hace unos años, en el acto de inauguración de la entonces nueva sede de la Comisión Vecinal se vio asaltado por la inspiración en medio de su discurso - dado que era el vecino más famoso, había sido elegido para ser el principal orador del evento - y los presentes, entre divertidos y atónitos, escucharon:
- Corte de luz. Fiesta queda a oscuras. Terremoto. Brecha en el suelo. Sonido desde las profundidades. Salen garras peludas, gigantes. Pánico. Monstruos invaden la ciudad.
Era común verlo frenar su marcha en la vereda, sacar el grabador y tomar nota de algo que se le había ocurrido. Incluso, a veces lo hacía en medio de la calle. Los conductores que lo reconocían, aguardaban con paciencia. Otros se volvían locos de bronca y se colgaban de la bocina con la idea de hacerle explotar los tímpanos. Más de uno se ha bajado del coche a prepotearlo. Pero Douglas, al terminar de grabar la idea, era un tipo normal, solía pedir disculpas y como si nada, seguir su camino.
Era cierto, además, que no sentía incomodidad por lo que sucedía a su alrededor cuando grababa sus notas. Uno de los casos más recordados fue en el entierro del ex intendente de la ciudad, Anastasio Paredón. Al pobre Anastasio, muy querido en los barrios, se lo devoró una cruel enfermedad en muy pocos meses, dejando viuda a una joven mujer, con la que había contraído matrimonio poco tiempo antes. En el momento que ella se abrazaba al féretro, previo a ser depositado en el espacio excavado en tierra, cuando solo su llanto interrumpía ese silencio respetuoso que la comunidad estaba haciendo, la voz algo ronca e inconfundible de Douglas laceró el aire de manera imprevista:
- Viuda sexy, escote pronunciado, llanto fingido. Testamento sospechoso. Abogados cómplices. Denuncia anónima, exhumación del cuerpo, pedido de autopsia. Hermano anónimo. Asesinato.
Esa anotación le valió varios reproches y algunas semanas sin poder publicar en el semanario. Al poco tiempo, como en toda ciudad chica, el tema quedó en el olvido.
El pasado domingo a la noche, cruzando la plaza, se puso rígido como una estatua, pero en lugar de sacar el grabador, gritó a viva voz:
- ¡Oscuridad. Luna llena. Farolas intermitentes. Un coche a gran velocidad por la calle angosta y desierta. Hombre desprevenido cruzando en la esquina. Conductor borracho. Desgracia. Muerte. Silencio!
Luego, salió corriendo. Los que fuimos testigos de ese momento, sonreímos. Al fin lo veíamos ir apresurado a la máquina de escribir a plasmar su historia, porque no todas las ideas que le escuchábamos veían la luz. Esa noche, Douglas José corrió como si se lo llevara el mismo demonio.
Nos enteramos más tarde que a unas pocas calles, un vehículo conducido por un borracho lo levantó por el aire, matándolo al instante.
No corrió para escribir su historia, sino para no llegar tarde a su propia muerte, que ya estaba escrita.

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Su decisión fue aceptar el destino, prefiriendo un fin literario a la supervivencia. Tal vez quiso compensar el tiempo usado en contarlo.

El Caminante Libros dijo...

Me gustó, abrazo desde Mataderos.