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26 de abril de 2017

Estela

Ella lo dijo clarito: "Son estupideces Rubén". Y se marchó, no sin antes arrebatar la puerta contra el marco, haciendo temblar las porcelanas que adornaban el viejo aparador.
Rubén quedó de pie en la sala, observando el espacio ahora vacío, donde antes había estado parada ella. ¿Pero cuando se había ido Estela? ¿Hacía unos segundos o varios años atrás?
Porque Estela llevaba varios otoños muerta. Sin embargo, parado en aquel lugar, Estela parecía marcharse a cada instante.
Cuando la veía, estaba como entonces, con su melena abundante, las manos arregladas y el cuerpo exultante. Él, en cambio, no tenía necesidad de mirarse al espejo para saber cuánto había cambiado. Las arrugas, los anteojos, el cabello gris. Probablemente Estela no lo reconociera de verlo. O si, porque vería el mismo semblante débil, dubitativo, de persona sin carácter, de esos tipos que van por la pida mordiéndose la lengua y asintiendo con la cabeza gacha, Porque así era él, y ni siquiera Estela, huracán en movimiento, había podido cambiarlo.
Y si alguien debía quedarse callado, de todas las personas del mundo, era él. Pero no, él que a todos le callaba la verdad, a ella tuvo que decírselo. Son estupideces Rubén, le había dicho, para luego irse y ya nunca volver.
Verlo a Rubén detrás del mostrador era certificar que el mundo seguía girando. En silencio, pulcramente vestido, recibía las boletas de los impuestos, las escaneaba con el lector de códigos de barra, sumaba el total, lo anunciaba y recibía el dinero. Lo contaba, buscaba el vuelto y lo daba, junto a la boleta con el ticket de pago. Cada día desde temprano, allí estaba. Y sin embargo, era solo un rostro conocido. Nadie lo llamaba por el nombre, ni siquiera sus compañeros de trabajo. 
Al mediodía volvía a su casa a pie, pasaba por el supermercado, compraba algún producto congelado que luego, tras pasarlo por el microondas, comía lentamente en la mesa de la cocina, sentado en la única silla que tenía. A veces encendía el televisor, a veces no. Cuando lo hacía, no tenía idea de lo que miraba. Dormía una siesta y se levantaba a tiempo para volver al trabajo, al turno de la tarde. 
Las noches, desde que tenía memoria, eran un canto a la melancolía. Sentado en el sillón, con una taza de té en la mano, contemplaba la oscuridad y las pocas estrellas que desde allí podía ver. La mayoría de las veces, no tocaba el té. Y cuando lo hacía, ya estaba frío.
Extrañaba a Estela. Vaya que lo hacía. Al menos con ella, la vida tenía otro color. Era todo lo que él no era. Todo lo opuesto. Pero ella se había ido, había muerto aquel otoño. Se había marchado con el mismo ímpetu que había llegado una noche de verano. Vaya verano... si hasta podía sentir el calor que empapaba su cuerpo, las ganas desenfrenadas de huir a un lugar fresco, lejos de todo. Pero entonces, llegó Estela y cambió todo.
De la nada, golpeó esa misma puerta que tiempo después lanzaría contra el marco en el último adiós. Entró sin pedir permiso, como si conociera a Rubén de toda la vida. Y quizá, así era. Pero Rubén no lo sabía o si lo sabía, lo mantenía a raya en alguna parte de su mente. Llegó con una valija repleta de ropa y cosméticos. Arrojó todo sobre la cama de Rubén. Buscó un conjunto rojo y se cambió ahí mismo. Se arregló el cabello, se maquilló, se miró al espejo y salió a la noche, sin necesidad de invitación.
Así era Estela. Cuando él estaba en el trabajo, extrañaba su presencia. Anhelaba el olor de su piel, el perfume que llevaba encima, las ondulaciones de su cabello. Aguardaba con ansiedad la hora de salida. Prácticamente trotaba en el camino de regreso. Ni se preocupaba por detenerse en el supermercado, lo único que quería era volver a su casa y a Estela. Y entonces, allí, la contemplaba. Deslumbrante, maravillosa, la miraba delante de un espejo. Su cuerpo irradiaba pasión, fuerza, desenfreno. Demasiada mujer para alguien como él. Pero ahí estaba ella. Preparada para salir y divertirse. 
Durante muchos años, Estela fue su norte. Su motivo de respirar, de existir, de levantarse a diario y salir al trabajo. Volver y encontrarse con ella. Hasta que comenzaron las habladurías. Hasta que la gente comenzó a irse de lengua. Para él fue muy doloroso, Tuvo que confrontarla. Sucedió aquella noche de otoño. Le dijo lo que hablaban a espaldas de ambos. Y ella fue tajante: "Son estupideces Rubén". Y se fue. No tuvo el coraje de ir tras de ella. Ni esa noche ni nunca más. La valija quedó en la habitación, debajo de la cama. Y ahí permanece. Por más que a veces tiene el impulso de correr a buscar la maleta, se detiene a tiempo y recuerda que Estela está muerta.
Con el tiempo, la gente dejó de hablar. Los años pasaron y Rubén se transformó en el hombre silencioso de siempre. En su casa, en la soledad de cada día, la llora. Y al pensar en ella, sabe que su vida ha dejado hace tiempo de tener sentido. Porque él la mató al dejarla ir, él la mató al confrontarla Y Estela ya no volverá, más allá de cuánto la necesita. Porque solo cuando Rubén era Estela, su vida tenía algo de sentido. Sin ella, es solo un autómata moderno, extinguiéndose de a poco en la línea de tiempo de la existencia. 
A veces la valija lo llama. Pero él hace oídos sordos. Estela es solo un recuerdo y no volverá jamás. La personalidad que sobrevivió es el verdadero fantasma.
 

22 de abril de 2017

Lo simple de la felicidad

Alina vivía en una ciudad muy grande, que tenía cientos de edificios tan altos que parecían tocar el cielo y calles ruidosas repletas de autos que tocaban bocina y andaban muy rápido y colectivos cargados de personas que viajaban apretadas como sardinas en una lata.
Cada vez que salía, escuchaba de su madre:
- ¡Alina, ojo el auto!
- ¡Alina, el colectivo!
- ¡Alina, la moto!
En el pequeño departamento en el que vivía, su única compañía era un viejo reloj cucú que marcaba las horas con un pajarito que aparecía por una puertita, decía "cu cú" y volvía a esconderse. Siempre estaba aburrida.
Por eso, cuando su abuela Carlota la llamó por teléfono y le dijo de pasar las vacaciones de invierno con ella, en un pueblito cerca del campo, Alina gritó de felicidad.
Su madre la mandó en taxi, sola. El taxista se ocupó de bajarle las valijas delante de la casa de la abuela y tocó bocina al irse. Alina subió a los saltos unas escaleras de madera y dio tres golpecitos a la puerta. Dentro el interior le respondió un canario, con un canto muy bello. Y de inmediato, la abuela abrió la puerta, dijo ¡Alina, qué grande que estás! y le dio un gran abrazo.
Le preparó una rica merienda y le presentó a sus tres gatos:
- Mono, Tito y Flor
Y a sus tres perros:
- Rambo, Rumba y Bambú
Entre ladridos y maullidos, Alina salió a jugar al patio. Era enorme y lleno de verde. Pero además del césped, que en la ciudad solo podía ver en las plazas, había mucho color: árboles, frutales, flores y mucho sol. En las ramas trinaban los pájaros y entre las plantas, saltaban los grillos.
Un silbato la sobresaltó a sus espaldas. Un niño de su misma edad reía con ganas.
- Vaya, te asusté - le dijo, mostrando en sus manos un silbato de fútbol - Soy Marcos y vivo acá al lado.
Alina y Marcos no tardaron en hacerse amigos. Lo bueno de Marcos, era que sabía jugar a todo y tocaba el acordeón. Su padre tenía un campo y cada mañana visitaban a las vacas.
- ¿Y eso? - preguntó asombrada Alina.
- Un cuí - dijo Marcos y trató de atraparlo para ella.
Se acercó tanto al pastizal que no vio una víbora arrastrándose hacia él. ¡Pero Alina sí!
- ¡Ahhhhhhhhhh! - chilló de miedo y Marcos, al darse cuenta, salió corriendo.
Por las dudas, no persiguieron más cuises.
Cuando no estaba con él, se divertía con su abuela, que mientras tejía, tarareaba viejas canciones que ella no conocía. Lo único que le molestaba, eran los mosquitos. Trataba de aplastarlos, pero solo parecía que estaba aplaudiendo.
El día que su madre envió el taxi a buscarla, escuchar el sonido de la bocina al llegar fue una mala noticia. No quería llorar delante de Marcos y su abuela, pero un par de lágrimas se le escaparon.
- ¿Vas a volver en verano? - preguntó el niño.
Su abuela contestó por ella.
- ¡Claro que va a volver!
Esa certeza fue suficiente para que viajara feliz.
Alina está otra vez en la ciudad repleta de ruidos y peligros, pero ya no se aburre ni se siente sola. Recuerda todo lo lindo que hizo en la casa de su abuela con ella y su nuevo amigo y espera contenta que las próximas vacaciones lleguen pronto. En la triste ciudad, una niña atesora el secreto de la felicidad.

18 de abril de 2017

Amapola gris

Arquímedes VI se acercó al dispenser de información situado cerca de los contenedores virtuales de divisas y apoyó la palma de su mano sobre la superficie transparente. Unos haces de luz azul recorrieron el contorno de la mano y finalmente validaron a la persona, iluminando la pantalla de color verde.
Necesitaba los registros de los últimos dos meses sobre publicaciones digitales que hicieran mención de la amapola gris, la nueva droga sintética que se distribuía en los barrios suspendidos sobre el océano Atlántico. Emitió mentalmente la orden y la secuencia de comandos se transmitió hacia el dispenser, que medio segundo después respondió descargando lo solicitado sobre la palma.
Arquímedes cerró los ojos y procesó rápidamente la información. Consideró suficiente lo que tenía. Retiró la mano y mientras lo hacía, revisó su cuenta. Esta vez no había gastado demasiado, sin dudas porque había acotado la búsqueda. La vez anterior, olvidó definir un parámetro de tiempo y el costo de la operatoria significó casi una jornada de trabajo.
Casi por costumbre miró antes de lanzarse a la senda de marcha. Había muy pocas personas transitando y salvo algunos roboides, tampoco demasiadas máquinas. La tragedia aún podía respirarse en el aire. No hacía setenta horas de la explosión en el escudo solar norte y el miedo por otro atentado mantenía a todos dentro de sus hogares. En las sendas aéreas se veían voladores de gran porte, muchos de empresas de mudanza: la gente se estaba reubicando, tratando de escapar del terrorismo.
Mientras caminaba, analizó la información. Se detuvo solo un momento para comprar una barra de chocolate a un puesto ambulante. Con bronca comprobó que el envoltorio no era de papel de degradado inmediato. No podía concebir que todavía estuvieran en el mercado productos sin ese sistema. Comió igual el chocolate, dado que no había ingerido nada en las últimas veinte horas. Retomó el ritmo para llegar a su oficina antes del apagón. Recordó que debía llamar a Rusa y activó sensorialmente el contacto. La voz de Rusa le hizo cosquillas en la cabeza. Sonrió. Siempre estaba de buen humor y eso lo contagiaba. Conversaron todo el trayecto. Le gustaba ese diálogo silencioso que tenía solo lugar en la mente, dejando la boca cerrada para cosas más importantes o simplemente, quieta, en su lugar.
Ya estaba dentro de su oficina cuando el apagón inundó la ciudad. Esa noche sería de ocho horas. Se necesitaba de toda la energía externa posible para poder reparar el daño ocasionado por los terroristas. El reflejo de los reparantes que despegaban se colaba por las ventanas. Los enormes colosos de cristal y aluminio eran impulsados hasta el escudo solar, situado a diez mil metros de altura. Nadie los tripulaba, eran dirigidos desde una central, ubicada dentro del palacio de gobierno. Arquímedes podría haber estado allí, pero no era de su agrado socializar. Si lo necesitaban para algo, le harían una sensollamada. Si no, lo dejarían en paz. Y a esto último apostaba.
 La oficina era espaciosa. Ningún mueble obstaculizaba el paso. Prefería que estuvieran bajo la superficie y activarlos si eran necesarios. Para ese momento, quería un diván, Cerró los ojos, graficó el diván y el mecanismo del falso piso de cerámico se deslizó hacia un lado, permitiendo la elevación de su hermoso diván de cuero original. Todo un lujo, el único que se permitía.
Se dejó caer y con placer sintió su cuerpo chocar contra el cuero. Necesitaba descansar. Desde la explosión que apenas si había dormitado de forma salteada, preocupado por la posible propagación de la amapola gris aprovechando que las fuerzas de seguridad se volcaban a la investigación masivo de los actos terroristas. Pero si no desactivaba el dispositivo de control central, no iba a tener suerte.
Buscó con la mano derecha en su muñeca izquierda y presionó con suavidad justo debajo del comienzo de la mano. Percibió cada una de las teclas incrustadas debajo de la piel y digitó el código de desarmado. Una especie de electricidad recorrió su cuerpo. Ahora sí, podría dormir. Era uno más, un simple viviente. Si quería hablar, debía abrir la boca. Si quería llamar a alguien, debía usar el teleauricular. Si necesitaba adquirir información, debía leer o escuchar. Pero nada de eso lo molestaba. Su único terror era dormir y ser presa fácil de un sueño. Porque en ellos, nada le era verosímil ni seguro.
En un sueño nada de lo que sabía tenía utilidad. Si caía, no podía vencer a la gravedad, si enfermaba, no podía tomar un remedio. Si alguien quería matarlo, no era posible evitarlo. Si, era verdad, luego despertaba. Agitado y confundido, pero despertaba. Pero en tanto, durante el sueño, eso malo que sucedía, nada podía impedirlo. ¿Y si no podía despertar? ¿Si quedaba atrapado en ese mundo sin reglas ni lógicas? Solo pensarlo le daba escalofríos. No tener el control de la realidad le resultaba desesperante. Al menos, de la suya.
Estaba prácticamente dormido cuando la explosión tornó todo de rojo. Más que rojo, un carmesí tan sofocante como estremecedor. El temblor bajo sus pies, única parte de su cuerpo que tocaba el suelo, hizo que le vibrara hasta el cabello. Abrió los ojos y observó el color por la ventana. Caían fragmentos de objetos, todos con un destello de fuego como cola. Parecían caer en cámara lenta, como si el tiempo estuviera deteniéndose segundo a segundo. Instintivamente llevó su mano derecha a la muñeca del brazo izquierdo. Debía activar el control central. Palpó con cuidado y a pesar de no estar nervioso, solo apurado, no encontró el teclado subcutáneo.
Volvió a buscarlo, ahora detenidamente y su preocupación se acrecentó. No estaba. Ahora los fragmentos caían a mayor velocidad y número superior. Se acercó a la ventana y miró hacia las alturas. El firmamento parecía estar desmoronándose. ¿Otro ataque terrorista? El suelo que pisaba se movió. Primero una sacudida, luego otra. El cerámico bajo sus pies comenzó a resquebrajarse. Arquímedes trató en vano de accionar el control central. Corrió hacia la puerta. Si el edificio se estaba desmoronando, debía bajar. Estiró la mano hacia el picaporte y el suelo desapareció. Comenzó a caer y alrededor suyo caía la puerta, los cerámicos del piso, fragmentos de vidrio, incluso el diván, unos metros más allá, entre restos de mampostería y aluminio. Se dio cuenta que estaba gritando porque la garganta le latía de dolor. Pensó que unos segundos más y se estrellaría contra el montículo de escombros que se estaría acumulando más abajo. Pero seguía cayendo. Giró la cabeza y vio que ahora lo envolvían fragmentos del color que antes había divisado por la ventana. Todo era rojo. Ya no veía el diván, la puerta, los vidrios. Caía mirando hacia el cielo, que se alejaba más y más. Y el cielo estaba rojo. Al voltear la mirada hacia dónde caía, solo encontró una oscuridad de ese mismo color. Infinita y profunda oscuridad del color de la sangre.
Gritó.
Tan fuerte que su madre corrió a su lado y estaba allí cuando él despertó, transpirado en su totalidad. Ella sostenía su mano y le acariciaba la frente. La luz estaba encendida y aún así significaba un gran esfuerzo comprender que el blanco que lo rodeaba, era el color de las paredes de su habitación. Le palpitaba la muñeca del brazo izquierdo. Estaba arañada, como si se hubiese rascado con rabia, y sangraba profusamente.
- ¿Otra vez la pesadilla esa en la que viajás al futuro? - preguntó su madre, luego que él recuperó un ritmo normal en la respiración y se hubiera bebido un vaso de agua.
El joven asintió con la cabeza.
- Dijo el doctor que anotaras todo lo que pudieras, antes que te olvidara - le recordó.
No era necesario anotar nada en ese momento. Podía recordar cada detalle de ese sueño. Aunque de todos modos, debería hacerlo más adelante. Era la única manera que tenía de transmitirle a su doctor lo que había soñado.
Su madre lo miró a los ojos.
- Voy hasta el baño a buscar vendas para tu muñeca. Haz sonar el pulsador si me necesitas.    
Arquímedes movió la cabeza afirmativamente en respuesta a lo que los labios de su madre le habían dicho. Sordo y mudo, esos labios lo eran todo.
Cerró los ojos y evocó las imágenes de su sueño, que siempre se tornaba pesadilla. Un mundo tan fantástico, que se desmoronaba de una manera tan atroz. Lo acechaba un aterrador deseo de vivir de nuevo esa visión, lo antes posible. La parte en la que podía hacer todo con la mente era suficiente motivo para correr el riesgo. Sin embargo, el otro lado del sueño era lo que quería evitar. Porque cuando tenía el otro sueño, se veía a sí mismo, en la cúpula del escudo solar, plantando los explosivos nucleares que lo destrozarían todo. El boicot de su sueños, en sus propias manos. Y no podía evitarlo. Cómo tampoco podía torcer su condición. Un par de lágrimas recorrieron su rostro. Una mano suave y paciente las barrió con dulzura. Abrió los ojos. A su lado estaba su madre, con esos labios que lo eran todo. Lo abrazó con cariño y el se dejó estar. Allí estaba seguro, a salvo de todo, lejos de aquel rojo carmesí. De ese mundo que se caía a pedazos. De ese mundo que él mismo destrozaba cada noche.
- Sigue durmiendo - le dijo su madre luego de curarle la muñeca y darle un beso en la mejilla.
- Gracias Amapola - quiso decirle Arquímedes, pero sus labios apenas si se contrajeron. A cambio, le regaló una sonrisa.

11 de abril de 2017

La puerta mágica

El sonido del timbre debe ser el más lindo de todos en la escuela. Señala los recreos y también la hora de volver a casa. Cuando esa tarde el timbre sonó, Alexis y Tobías salieron con sus mochilas en dirección a la esquina.
- ¿Estás seguro que viste eso? – preguntó Alexis
- ¡Claro que sí! – respondió con fastidio su amigo – Es una puerta mágica, está en el patio de mi vecino. Anoche la vi brillar en la oscuridad desde la ventana de mi habitación. Pensé que era una alucinación, pero entonces la puerta se abrió y…
Un silbido agudo y fuerte los sobresaltó. Era Tito, un año más chico que ellos.
- ¡Eh amigos, qué hacen! – dijo al tiempo que sacaba caramelos de menta del bolsillo y le regalaba uno a cada uno.
- No me gustan de menta – avisó Alexis, rechazando el caramelo.
- “No me gustan de menta” – repitió en torno burlón Tito, que luego sacó un caramelo de chocolate y se lo cambió por el otro – Acá tenés de chocolate.
- Gracias - dijo Alexis, aceptando ahora si el caramelo – Escuchá lo que cuenta Tobías: dice que en la casa del vecino, hay una puerta mágica.
- En el patio de la casa del vecino – corrigió Tobías.
- ¿Y qué hace? ¿Lanza hechizos, regala algo? – preguntó curioso Tito.
- No sé, la vi anoche. Pero es imposible llegar. Hay un tapial enorme y un perro que se la pasa ladrando.
- ¿Qué viste salir de la puerta? – preguntó Alexis.
- ¿Viste salir algo de la puerta? – Tito estaba sorprendido con esa posibilidad.
- Si – contestó Tobías – Un conejo verde, de casi dos metros de altura.
- ¡Nooooooo! ¿En serio? – preguntaron al mismo tiempo los chicos.
La bocina de un auto los hizo mirar hacia la calle. Siempre distraída, María no había visto que el semáforo estaba en rojo. Por suerte para ella, el conductor había estado atento.
- Tenés que prestar más atención – le dijo Alexis – Si le cuento a papá que…
- Vos te callás la boca – le ordenó María a su hermano - ¿Qué hacen acá, tienen algún plan para más tarde?
Los chicos se miraron entre sí, pero no dijeron nada. ¡Claro que tenían un plan, irían a averiguar si existía esa puerta mágica! Pero no querían que María se sumara.
Caminaron en grupo, pero no volvieron a tocar ese tema. Era un “secreto” entre varones. Cuando los hermanos llegaron a su casa, los otros dos amigos le hicieron una seña a Alexis, que entendió perfectamente: lo esperaban más tarde en lo de Tobías. María también se dio cuenta de eso, pero se hizo la desentendida.
Cuando el reloj cucú que su padre tenía en la sala marcó las seis, Alexis dijo que iba a jugar con sus amigos. Sin perder tiempo, María esperó que la puerta se cerrara y luego, salió tras él, aunque manteniendo distancia para que no la viera. La casa de Tobías estaba a solo dos cuadras. Escuchó a su hermano golpear dos veces la puerta. Tobías y Tito salieron a recibirlo y en lugar de entrar, fueron al patio, por el costado de la casa. María se acercó para ver que hacían. Los encontró mirando el tapial que separaba la casa con la del vecino. Los chicos discutían entre sí.
- ¡Sin escalera no llegamos!
- Mi papá guarda la escalera bajo llave. Tenemos que conseguir otra.
- ¿De dónde?
Detrás de ellos se escuchó un carraspeó fuerte.
- ¿Y si usan un poco la cabeza? – dijo María, apareciendo por sorpresa.
- ¿Qué hacés acá? ¡Nos seguiste! – gritó su hermano.
- Y por lo que veo, llegué para solucionarles un problema. En lugar de estar discutiendo, hay que buscar una solución en equipo. Entiendo que quieren pasar por encima de ese tapial. Si no hay escalera, cooperando entre los cuatro podemos lograr que al menos uno de nosotros pueda llegar hasta arriba y saltar al otro lado.
- ¿Y después cómo volvemos a trepar desde el otro lado? Una escalera la podemos pasar por encima…
La niña le hizo “coquito” en la cabeza, aunque no muy fuerte.
- ¡Pensando, tontito! Podemos hacer una especie de soga, uniendo las tres remeras de ustedes. La sujetamos fuerte desde este acá y el que pase al otro lado, luego se trepa por ahí.
Los chicos se miraron entre sí. ¡Así de simple! No perdieron tiempo. Tito era el más liviano, por lo tanto, sería el que pasaría al otro lado. Alexis se ubicó abajo. Sobre sus hombros se paró Tobías. Sobre los suyos, María. Tito fue trepando con la ayuda de los demás y llegó hasta lo más alto. Pero al asomarse... ¡el perro del vecino se puso a ladrar!
La columna se desestabilizó y todos cayeron al suelo. Cuando vieron que nadie se había lastimado, comenzaron a reír.
- Tenemos que intentarlo de nuevo – dijo Alexis.
- Pero antes debemos conseguir algo para distraer al perro – sugirió María.
Tobías salió corriendo hacia el interior de su casa. Volvió al instante (la puerta se golpeó con fuerza a sus espaldas) trayendo una bolsa de galletitas.
- ¡Podemos darle algunas al perro! – dijo.
Los demás aplaudieron la idea y otra vez pusieron en marcha el plan de la “torre humana”. Esta vez Tito subió con masitas en la mano. Cuando el perro empezó a ladrar, le arrojó algunas. El perro movió la cola y se las devoró. Tito volvió a lanzarle otras. Para entonces el peludo “cuatro patas” bailaba de la alegría. Tito se animó a bajar. Cuando el canino se acercó, le dio más galletitas, esta vez en la boca.
- ¿Estás bien, Tito? – preguntó María desde el otro lado del tapial.
- ¡Si! Este perro es más bueno que una tortuga dormida. Voy a investigar la puerta – les gritó – Ustedes vayan preparando la soga de remeras.
Tito se puso a investigar el patio, en compañía del perro, que no dejaba de mover la cola. Miró detrás de unos arbustos, y nada. Detrás de una higuera, y tampoco. Estaba a punto de revisar cerca de un árbol de naranjas cuando escuchó un silbato que casi le perfora los oídos.
Un hombre lo observaba desde una ventana. Vestía un largo traje azul y llevaba una larga barba blanca. Tito se quedó inmóvil. Pensó que tendría tiempo de correr hasta el tapial pero entonces, el hombre desapareció de la ventana y apareció, como por arte de magia y tras una explosión de colores, delante de él.
Tito quedó con la boca abierta.
- ¿E… e… eres mago? – balbuceó.
- El mejor - contestó el hombre de barba blanca con una sonrisa en la boca - ¿Me puedes decir que buscas en mi patio?
- Una… una puerta mágica. Tobías… mi amigo… la vio desde su casa, acá al lado. Pero ya me iba, no queríamos molestarlo – Tito veía que la soga de remera colgaba en el tapial – así que si me lo permite, ya me voy.
El mago se puso a reír. Hizo un movimiento con las manos y un sonido como de abejas revoloteando dio paso a otra explosión de colores mucho más grande que la anterior. Y tras ese poderoso hechizo, aparecieron junto a Tito, los demás: María, Alexis y Tobías.
- Saltando tapiales se pueden lastimar mis queridos amigos, la próxima vez me tocan timbre y de paso los invito con una merienda – el mago largó otra risa, muy contagiosa. Los niños, al verlo, perdieron el miedo - ¿Quieren ver la puerta? Está ahí, delante de ustedes.
Los niños no veían nada. Solo el patio.
- Está siempre en el mismo lugar. La diferencia entre verla y no, son las ganas de creer que uno tiene. ¿Creen en la magia? Si lo hacen, la magia los recompensará. Creer es como la risa: contagiosa.
Tobías, que la había visto una vez, volvió a mirar y ahora sí la vio. Tito, Alexis y María dijeron al unísono: ¡Ohhhh! Ellos también la veían.
- Esa puerta nos transporta a nuestros sueños más hermosos – advirtió el mago – Y está en cualquier patio, en cualquier esquina, incluso, podemos encontrarla en nuestras habitaciones. Solo es cuestión de creer. Cuando estemos tristes, desesperanzados, solos… podemos invocarla. Y esa puerta nos llevará a viajar dónde nosotros tengamos ganas.
- ¡Es maravillosa! – dijo María, al abrirla. Desde el interior se escuchaban bellas melodías y el trino de los pájaros.
- Claro que lo es – dijo el mago – ¿Y saben cómo se llama?
Los chicos negaron con la cabeza.
- Se llama imaginación. Y la llave para abrirla, está aquí – y señalando su cabeza, desapareció dejando una sonrisa en el aire, tan hermosa como un arco iris.


* Cuento escrito para la clase de teatro que mi esposa Mariana dicta en escuela primaria, para poder aplicar diferentes técnicas relacionadas al sonido y con el eje temático del "trabajo en equipo".

5 de abril de 2017

Otra raza, casi utópica

Ni siquiera hablo de país o de patria. El sentimiento es aún más profundo.
Sueño, pero sueño despierto, una realidad diferente. Casi imposible, inalcanzable. Al menos, para nuestra raza humana, desde siempre conflictiva.
¿Se imaginan un planeta, y no solo una patria, donde no sea necesario marchar, porque no existe reclamo alguno?
Un mundo donde nadie esté por encima del otro y tampoco sienta la necesidad de estarlo.
Donde el bien común, el bienestar del prójimo, sea la idea principal de comunidad.
Donde la paz sea una constante. Y guerra, un término sin significado.
Donde la palabra libertad no necesite ser explicada una y otra vez, porque es el estado natural de todos desde que nacemos hasta que cerramos los ojos por última vez.
Donde la democracia ni siquiera tenga la necesidad de existir, porque nadie rige a nadie, ni por opción ni autoritarismo, y donde todos sean iguales en cualquier condición, más allá de su edad, salud o impedimentos físicos.
Donde nadie ejerce superioridad sobre otro ni nadie tampoco la ostente. Todos hermanos, todos compañeros, todos buena gente. Un solo fin común, una sola humanidad, una sola comunidad.
Donde la única paga sea el aire que se respira y las bondades del planeta, donde las tierras no tengan dueños y cada uno entienda que el sitio que trabaja o vive es un don temporal y debe ser cuidado
Donde los únicos colores sean los que vemos con nuestros propios ojos y no los que pretenden cegar nuestros pensamientos y ponernos en bandos opuestos, en divisiones que restan, es resquemores que terminan dejando heridas que jamás cicatrizan.
Pero cada día al abrir los ojos, de ese sueño que me desvela, despierto sabiendo que he soñado con otra raza, millones de años más avanzada, no en tecnología (que es una forma estúpida de medir cuán avanzado se puede estar), sino en razonamiento
Comprendo, mirando hacia atrás, al contemplar nuestra historia, que no somos nada y poco hemos evolucionado desde aquel hombre que arrastraba a su mujer de los cabellos para llevarla a su cueva. Es más, suelo ver que nada ha cambiado, cada vez que por ocio enciendo el televisor o leo un diario.
En un planeta donde nos han hecho creer siempre que sin líderes no se puede vivir, hemos dedicado nuestros esfuerzos y vidas a mantenerlos en el poder, desde el principio de los tiempos y a pesar de la historia, no hemos podido, ni querido, torcer ese destino de pasivo servilismo, muriendo, sufriendo, derrochando la vida, en nombre de estos y de ideologías que solo tienen como objetivo único y siniestro, el bienestar de ellos.
Podemos creernos inteligentes y tildar a otros de ignorantes, de clasificar entre pobres y ricos, hablar de clases y poderes, de fuertes y débiles, pero nunca reconoceremos que solo hemos perpetuado una sola idea, que se ha ido maquillando con los siglos: el opresor y el oprimido. El hombre de las cavernas y la mujer arrastrada hacia la cueva.
La humanidad nunca ha progresado. Sigue como hace miles y miles de años. Solo que ahora tenemos un vocabulario mucho más amplio y podemos darle más nombres a esa realidad.
No vivimos. Sobrevivimos. Nos mal enseñan a que es necesario tomar partido. Blanco o negro. Guerra o paz. Atacar o defenderse. Aprendemos a respetar y temer a quiénes viven de nuestro esfuerzo, en un escenario creado para que eso suceda cíclicamente.
Nadie pugna por abolir esas formas. Nadie busca un bien común. Se engaña quien cree que sus líderes sí lo hacen. El egoísmo y el poder nos gobiernan. La avaricia. El afán capitalista. La pantalla del de izquierda que se tienta con el dinero. El que dice que no es ni una cosa ni la otra pero es más de lo mismo.
Las marchas no piden por un planeta sin líderes, sin dinero, donde la igualdad sea total, en género, oportunidades, educación, salud, trabajo mancomunado. Sin fronteras. Sin colores, ni de piel ni de ideas. Nadie reclama por el hambre de la otra punta del planeta, porque total en la otra punta nadie protesta por lo que sucede aquí. Y con esa lógica, aplicada a cualquier lugar, los que lideran ganan, permanecen, se benefician y jamás serán derrotados. Cambiarán los nombres, las ideologías, las patrañas, no así el afán de poder, de exprimir al de abajo en una pirámide interminable que desangra hasta la última gota de esperanza de ver al género humano unido.
Será así por siempre, hasta que el planeta se detenga y nos obligue a la humanidad toda a desaparecer.
O será así hasta que las voces de los oprimidos se den cuenta que a pesar de los idiomas, las fronteras, las religiones, los colores políticos, en cada uno palpita un corazón y la sangre en todos los casos, siempre es roja. Y que sin importar cómo, llegamos al planeta, a la vida, de la misma manera. Para que entonces, finalmente, el mundo sea uno y nadie se considere más que el otro. Ese día tan distante, cuando los latidos suenen al unísono, la humanidad tendrá una oportunidad. En tanto, esa utopía, quizá forme parte de otra raza, en algún confín del vasto e infinito universo.
Esa raza con la que sueño despierto y me desvela.

3 de abril de 2017

Certezas

Abrazaba a su hijo en la terraza, contemplando las estrellas. El pequeño escuchaba atento el nombre de las constelaciones que le nombraba al tiempo que las señalaba. Entonces, un punto azul se desprendió del firmamento cruzando la noche como un relámpago. Justo encima de ellos se detuvo una fracción de segundos, dejando ver su figura ovoidal, luminosa. Luego siguió viaje perdiéndose en el cielo. Él quedo petrificado, maravillado. Había sido testigo, lo había visto con sus propios ojos. Pensó en Dios, en Mahoma, en Buda, en Hawkings, Einstein, en las miles de teorías, en la magnitud insospechada del universo. Todo en ese instante, en esa fracción mágica de espacio tiempo. Miró a su hijo, con lágrimas en los ojos y casi en un susurro dijo:
- David... ¿Te das cuenta de lo que significa lo que acabamos de ver?
Su hijo, levantando la mirada hacia él, asintió con la cabeza.
- Si papá, se pasó a gas.

30 de marzo de 2017

Una palabra

Se escondía detrás del palo borracho. Aprovechaba la hinchazón del tronco para ocultar su figura. Su hermano la buscaba fastidiado. Cada tarde la misma historia. Podía leerle los labios con claridad. Él juraba y perjuraba que sería la última vez.
Escuchó un fuerte chirrido a sus espaldas, del otro lado de la plaza. Dejó de prestarle atención a su hermano pero permaneció en el sitio. Desde donde estaba podía observar la escena. Un auto azul había frenado de repente para evitar un choque. Pero no podía distinguir contra qué.
La gente comenzaba a correr hacia el auto. La mujer que lo conducía se apeó temblando. Las voces se alzaron en la tarde y varios llamaron al mismo tiempo a la ambulancia. Para entonces, todo el barrio estaba en las veredas. Algunos vecinos se acercaban con miedo. Caminaban lentamente, tratando de descifrar que había ocurrido.
Recordó a su hermano y espió con cuidado. Ya no lo veía. Fue hacia el otro lado del tronco y volvió a espiar. Tampoco estaba allí. Giró en redondo y llevó su mirada a la calle, donde todos se arremolinaban alrededor del coche azul. Entre la multitud, vio a su hermano tratando de hacerse lugar entre los mayores.
Quiso entonces ir también en aquella dirección, olvidar su juego de cada tarde de escapar de casa y correr a toda velocidad para que su hermano la alcanzase. Quiso hacerlo, pero no pudo. Algo la aferraba. Pensó que se había enganchado la ropa en el árbol pero al bajar la mirada no había ropa, ni cuerpo, ni nada.
Se volvió hacia la calle. No había auto azul, ni vecinos, ni accidente. Solo su hermano, caminando despacio hacia aquel lugar, las manos en los bolsillos, el rostro vencido por la tristeza. Se sintió confusa, aturdida. Las imágenes, desordenadas, se debatían ante sus ojos. Supo que estaba desapareciendo, como si estuviese hecha de humo. Lo último que percibió fue un grito. Y aunque su hermano estaba lejos, callado, mordiéndose los labios mientras lloraba, el grito le pertenecía. Una sola palabra envuelta en un tono de desesperación y lamento, de desgarro y fatalidad.
Una palabra equivalente a su nombre.

18 de marzo de 2017

Ya estamos muertos

Desde hace un tiempo que no duermo tranquilo. Al apagar la luz y quedar en silencio la habitación, siento como los miedos se arrastran sobre el piso de madera y reptan lentamente por el colchón hasta cubrirme por completo. No es un problema de insomnio ni nada parecido. Es lo que he dicho. Son miedos. ¿Qué clase de miedos? Los más oscuros, los más aterradores. Los miedos que tiene todo padre cuando una hija crece y se aparta de a poco de uno.
Era consciente que pasaría, que en determinado momento los lazos que nos unen desde siempre iban a comenzar a estar tirantes. Es propio de una edad, de un proceso. Con los años, si la vida lo permite, esos lazos vuelven a relajarse. Pero mientras tanto, la relación padre - hija toma un camino de ripio, de penoso transitar.
Iba a pasar. Más con su carácter. Pero una cosa es prepararse y otra, estar de lleno en la situación. Y lo que pasó con Bárbara, podríamos decir, fue más allá de un cambio de actitud o de hábitos. No fue simplemente escuchar excusas para no ir juntos al cine, o a comer a un McDonalds, o ver con tristeza como su rostro no se alegraba ante un regalo. La magia que siempre existió, se había diluido. Como si todo lo anterior hubiese sido una ilusión.
Empezó cuando cambió de colegio, por decisión de su madre. Le quedaba más cerca de su casa y fue suficiente para que se tomara la decisión. Bárbara ni si siquiera protestó. Ya estaba en una postura apática, quizá merecida para con nosotros, por todo lo que debió haber sufrido a lo largo del divorcio. Una vez le pregunté que pasaría con sus amigos de siempre y su respuesta fue toda una ironía: ¿Cuáles amigos?
En la nueva escuela encontró personas más afines. Que si bien le devolvieron las ganas de concurrir a clases, encendieron mi estado de preocupación. Sin dudas, allí comenzó a gestarse mi afinidad por las noches en vela, tratando de dilucidar hacia dónde iba mi pequeña. Es que lejos de poder apreciar al nuevo grupo, sentía cierta repulsión.
En ese momento no podía precisar los motivos que me hacían pensar que no eran buena gente. Se lo comenté a mi ex mujer varias veces, pero con tal de llevarme la contra, fracasé cada vez que lo hice. Tampoco ayudaba a que no pudiera dar precisiones cuando me las pedían. Pero escapaba realmente a mi vocabulario encontrar las palabras justas que pudieran describir lo que sentía al verla llegar o irse con ese grupo de amigos.
Podían ser sus gestos, su poca cordialidad, la palidez de sus rostros, la ropa holgada y desgastada, el andar lento y cansino, la casi nula intención de saludo que tenían o quizá, lisa y llanamente, eran esos malditos tatuajes de rostros cadavéricos que llevaban por todas partes del cuerpo.
La noche que Bárbara apareció con su primer tatuaje en el cuello, casi grité del susto.
- ¡Qué es esa cosa que te hiciste! - le aullé con bronca.
- Un tatuaje - respondió lacónicamente.
- Parece el rostro de un muerto.
- Es el rostro de un muerto.
Quedé atónito. Pensé que su respuesta era una reacción defensiva a mi evidente descontento. Pero no, era verdaderamente el rostro de un cadáver.
Dejó de venir a casa a diario. Sus visitas se limitaban a los jueves o viernes y solo para pedir dinero. Su madre me decía que eso pasaba por mi culpa, porque nunca la apoyaba en sus decisiones. En algún momento creí que podía ser posible. Aunque no por mucho tiempo. Un viernes pasó a buscar dinero. No había venido sola. Un auto que mantenía el motor encendido, la esperaba afuera. Salí hasta la vereda a ver la compañía de mi hija. Me espanté. Tres de las cuatro personas que estaban en el vehículo estaban maquillados de blanco, con detalles oscuros en los ojos y un carmesí intenso en los labios.
- ¿Por qué se disfrazan? - dije en voz alta, alarmado.
- No son disfraces - respondió enfadada ella - Son nuestras vestimentas papá.
Lancé una carcajada a la noche. Y cometí el error de abrir la boca para hablar.
- ¿Se visten de muertos? ¿Algo más alegre no tienen?
- Ya estamos muertos, papá. Solo lo aceptamos.
Llamé a su madre muy enojado. Le eché en cara que seguro no sabía con la clase de personas que se juntaba Bárbara. Discutimos, cómo lo hacíamos siempre que hablábamos. Ella cortó con furia y yo quedé masticando bronca. Esa noche no dormí. Por la pelea, por mi hija...
Al día siguiente volvió a pasar por casa, después del atardecer. No cruzamos palabra alguna. Le di dinero y esperé que se subiera al auto en el que había venido. Era el mismo del día anterior y con la misma gente acompañándola. Esta vez no me quedé quieto. Subí a mi coche y comencé a seguirlos.
Dieron varias vueltas, hicieron un par de paradas y finalmente estacionaron cerca del río, en una zona de galpones viejos y altos, que suelen usarse como refugio cuando hay inundaciones. Podía escucharse el volumen fuerte de la música, proveniente del lugar. Varios jóvenes entraban y salían del galpón y otros tanto permanecían en las afueras, en grupo, solos o andando en skate.
Me fui acercando, tratando de ocultarme entre las sombras. A medida que me aproximaba fui observando mejor a las personas que deambulaban por el lugar. La gran mayoría llevaban sus rostros maquillados de blanco. Incluso hasta se dibujaban detalles que los asemejaban a cráneos humanos. Algunos resaltaban los ojos, otros los pómulos y algunos los labios. Llevaban tatuajes en toda la piel que quedaba a la vista. Su hija no había llegado a tal grado de locura, no de momento. Probablemente era una cuestión de rangos. Quizá por eso ella tampoco pintaba su cara como un muerto.
La música se filtraba por cada hendija del galpón. Los jóvenes que estaban afuera no conversaban entre sí. Ni siquiera los que estaban en grupos. Se pasaban algún que otro cigarrillo entre sí, o jarras con alcohol, pero no pronunciaban palabra alguna.
Lo que observaba me ponía los pelos de punta. Quería ver que hacía Bárbara en el interior del galpón. Avancé por la parte trasera, donde todo era oscuridad y me topé con una puerta de chapa. Chirrió cuando la forcé, pero nadie me salió al cruce. Era una especie de depósito. Había una puerta más adelante. Caminé con prudencia, porque apenas si podía divisar las siluetas de los objetos que me rodeaban. Al llegar a la puerta el sonido de la música era tan intenso que me dolían los oídos. Cuando la abrí, pensé que instantáneamente me quedaría sordo.
Pensé que con la música también me iba a encontrar con luces por doquier y gente bailando de manera enloquecida, pero mis ojos siguieron tratando de adaptarse a la oscuridad, porque las pocas luces que había apenas eran tenues. La gente se comportaba como lo hacía afuera del sitio. Permanecían quietos o avanzaban como arrastrándose sobre sus pies.
No tardé en darme cuenta que nadie se asombraba por mi presencia. Avancé entre la multitud, abriéndome paso con velocidad. Buscaba con la mirada a Bárbara. Rostros blancos, rostros pálidos, rostros dibujados. Pero ninguno el de mi hija. Entonces la vi, parada cerca de un grupo, ninguno mirando a nadie, todos observando la nada misma.
- ¡Bárbara! ¡Vamos a casa! - le exhorté, tomándola de un brazo.
Sin mostrarse sorprendida, quitó mis manos de su brazo de un tirón y se alejó un metro. Me miró de soslayo, como estudiándome. Podía leer sus ojos, preguntándose ¿qué hace este pelotudo de mierda acá? pero al mismo tiempo, no veía signos de reproche o enojo.
- ¿Estás drogada? - pregunté haciendo el máximo esfuerzo por ser escuchado, lastimándome la garganta.
Clavó sus iris en los míos y sus labios permanecieron apretados, en silencio. Creí que no iba a hacer nada más, pero entonces negó con la cabeza y acercándose, me susurró en el oído:
- Te dije que estamos muertos, solo esperamos a que el resto lo comprenda en algún momento.
Quise contestarle, pero apretó mi mano con fuerza para que la dejara seguir hablando.
- Vos estás muerto papá, mamá lo está, yo lo estoy. Ustedes no lo saben, yo si lo sé. Nosotros lo sabemos. Esto que llaman vida, no es más que una sala de espera. Morimos en alguna parte, y vamos a seguir muertos, hasta tanto nos llamen. No molestes, papá.
Bárbara me dio la espalda y el grupo se alejó caminando. Los oídos estaban a punto de sangrar. Me marché. No volví a ver a mi hija hasta una semana después. Pasó por casa, me pidió dinero y se lo di. No llamé a su madre en todos esos días y dudaba si alguna vez volvería a hacerlo. Ese día Bárbara llevaba el rostro pintado de blanco.
Mis noches son desde entonces, más tormentosas. Como ya dije, no puedo conciliar el sueño. Los miedos están en todas partes. Es un miedo irracional. Tienen que ver con mi hija y al mismo tiempo no. Pienso en sus palabras, que me taladran segundo a segundo, que no me dejan pensar en otra cosa. Ya estamos muertos. Condenados. ¿Y qué hacemos entonces acá, en este mundo? Si ya estamos muertos, qué es lo que hacemos.
Quizá esa sea la respuesta que tantas veces nos hemos hecho. Hoy mi hija, ya no es mi hija. No quiere serlo, no le importa. Es probable que nunca lo haya sido. Que en esta existencia los roles nos toquen asignados, a la espera del final definitivo. Que la vida sea otra fase de la muerte, algo más vívida y consciente, como al dormir, en nuestra mente, tenemos ciertas escalas de consciencia en forma de sueños.
No lo sé. Y me aterra pensar en todo esto. Pero no me queda otra. La noche es larga y los miedos se divierten a costa de mi incertidumbre. Ni siquiera pintando mi rostro de blanco, encuentro el descanso que tanto necesito.

14 de marzo de 2017

El pueblo de la buena gente

Nuestro pueblo está enclavado en un lugar ideal, tiene tierra fértil y clima benévolo. Sus habitantes son buena gente, trabajadora. Alternan sus rutinas con pasatiempos tradicionales: el fútbol, las cartas, la timba, el baile, las peñas, alguna que otra carrera de caballos en las afueras.
Recurrimos poco a la ciudad, que nos queda a casi doscientos kilómetros de caminos deteriorados y en su mayoría sin asfaltar. Nuestras calles son de tierra y cuando llueve se transforman en caminos de barro y agua. No tenemos los servicios públicos que pueden encontrarse en otros sitios. No hay cloacas, ni gas y la electricidad es algo que va y viene, según el estado del tendido eléctrico y las ganas de repararlo de la empresa estatal de energía.
El agua la sacamos de pozos que hacemos nosotros mismos, aprovechando las napas naturales que atraviesan el valle. Consumimos lo que cosechamos e intercambiamos con los demás. Lo que nos hace falta, cada treinta días lo compramos en la ciudad. Hacemos un solo viaje, en el camión de Fermín y solo vamos cuatro o cinco. Nos dividimos, uno al supermercado, el otro a la farmacia, otro a la ferretería y el otro al banco. Somos muy organizados.
En nuestros campos las vacas pastan tranquilas y no sufren al ser ordeñadas. Los gallineros explotan de huevos y los caballos corren felices y salvajes por el verde paisaje. El río que corre al este nos invita de peces y el suelo nos devuelve nuestro afecto y cuidado proporcionando las mejores huertas y sembrados que puedan imaginarse.
Para la ciudad, no existimos. Y mejor así. Cuando pisamos el cemento duro no decimos de dónde provenimos. Si bien nos conocen, ignoran de dónde partimos. Nos preguntan y les decimos del campo. Y eso mitiga su curiosidad. Cinco letras que son nuestra libertad.
En nuestro pueblito hay buena gente y eso nos conforta y nos hace sentir orgullosos. Tenemos todo lo que la naturaleza puede darnos y lo combinamos con lo mejor de la humanidad, su hermosa cultura, sus juegos, las alegrías fruto del ingenio.
Pero para ir a la ciudad y someternos al intercambio de mercadería necesaria a cambio de dinero, necesitamos esto último y nuestras cosechas y animales solo alcanzan para el pueblo. Y por más que hemos hecho cálculos, tener cosechas más grandes o un mayor número de animales, significaría una cosa: llevar al pueblo más trabajadores. Y pasaría lo que pasa siempre que una economía crece: el pueblo se agrandaría, comenzaría a agigantar su escala. Si prosperáramos, tendríamos cada vez más gente viviendo con nosotros. Desconocidos, trabajadores que irían con sus familias. El pueblo se convertiría con los años en ciudad y llegaría el cemento árido y siniestro, las edificaciones frías, el asfalto, las empresas, los bancos, los negocios... el vil dinero arrasaría con todo. Nuestra comunidad perdería su pureza.
¿Y cómo la mantenemos? Con sacrificios de unos pocos.
Mientras otros cosechan, otros cuidan de los animales, o talan árboles para obtener madera (y luego vuelven a forestar), otros van al río y otros buscan nuevas napas, unos pocos obtenemos el dinero.
Somos los que nos vamos por las noches y recorremos esos doscientos kilómetros bajo la protección de la luna y las estrellas, amigos del silencio y la oscuridad, los que furtivamente nos escabullimos en la ciudad de la codicia y el caos, y en nombre del pueblo y el bienestar de todos sus habitantes, irónicamente nos convertimos en malas personas y robamos el dinero que nos hace falta para poder negociar con la ciudad que no deseamos ser.

10 de marzo de 2017

La razón de la demora

En la oscuridad cuesta distinguir las sombras de la realidad. Un instinto primitivo, muy parecido al miedo, domina nuestras mentes en esos instantes y nos miente descaradamente. Creemos ver lo que no existe. Algo que pasa velozmente a nuestras espaldas, un brazo que se balancea en un rincón, los ojos de un monstruo que nos acecha detrás de la puerta, una mancha que repta por la pared. Figuras, sonidos, sensaciones. Nuestro cuerpo se torna helado, el corazón se acelera y el grito, ese clamor de auxilio atragantado, muere en el mismo silencio donde nace. Tratamos de no movernos, de no despertar el interés en lo que sea que nos está observando. Sabemos que es tarde, que ya nos ha visto, pero guardamos una esperanza. Es eso o romper a llorar desconsoladamente. Un rezo interno, un pedido de clemencia, de piedad. Evitamos incluso tragar saliva, para ahorrar un sonido que nos delate. Estamos seguros que en cualquier momento, eso que allí habita se nos vendrá encima, o una garra aferrará nuestros tobillos. Podemos incluso sentir el aliento extraño y jadeante acercándose. Lo último que hacemos es cerrar los ojos. Porque esa visión nula, pero con los párpados en alto, es la última defensa que nos queda. Cerrar los ojos, entregarnos a la oscuridad, es la rendición. Es bajar toda guardia y dejarle el plato servido a la bestia. Estamos perdidos. Nuestra hora he llegado. Tratamos de pensar con celeridad. ¿Tenemos un encendedor en los bolsillos, un fósforo? ¿El teléfono celular ha quedado cerca? ¿Habrá vuelto la energía eléctrica? ¿A cuántos metros o centímetros estaremos del interruptor de la luz? Estamos transpirando. A pesar del frío que nos envuelve, una gota cae rodando por la mejilla. ¿Pero... será nuestro propio sudor o es la sangre que ha caído de un colmillo próximo a nuestro cuello? Ya no podemos respirar. Nos agitamos, queremos llorar, gritar, correr, todo al mismo tiempo. Pero no atinamos a nada. Estamos paralizados. Y eso, aquello que trae la oscuridad, sigue avanzando. Nuestros vellos erizados lo corroboran. Es probable que antes que el monstruo, nos mate un paro cardíaco o un ACV. Hay un sonido leve, un golpeteo. ¡Son pasos! Pero no, comprendemos que son nuestros propios huesos que se golpean, producto del temblequeo de las extremidades. No entendemos, sin embargo, la razón de la demora. El por qué de extender el momento. Si ya estamos muertos, por qué prolongar nuestro sufrimiento. Ya tendría que caer sobre nuestras almas el zarpazo, el hacha, el cuchillo, el rostro carcomido por gusanos, ya tendríamos que comenzar a agonizar bajo el yugo de la oscuridad. Y sin embargo, aún estamos de pie, aguardando. Solo nosotros y nuestro primitivo instinto contra la oscuridad y sus secretos. Una confrontación desigual, horrenda. Nosotros, en la ignorancia. Ella, con la soberbia del diablo, dueña del tiempo y el destino. Riendo con sus dientes negros, rechinando el paladar, confundiéndonos con sus sombras, penetrándonos con sus ojos eternos, tan densos y oscuros como la muerte. Y cuando creamos desfallecer, se retirará, nos dejará en vergüenza ante la claridad, sin monstruos ni peligros. Y no podremos explicar que era en realidad lo que nos asustaba. No señor, no podremos hacerlo. Y lo que es peor, jamás podremos prepararnos para el próximo embate, ni para el siguiente, ni el siguiente del siguiente. La oscuridad volverá una y otra vez, sin anunciarse. Y desaparecerá las mismas veces, en un juego cínico y siniestro. Lo hará cíclico hasta que crea que sea el momento. Y entonces, finalmente, las sombras nos devorarán. Tarde o temprano. Todo dependerá de la oscuridad. De sus ganas de prolongar lo inevitable.

6 de marzo de 2017

Alfredito

La verdad es que nadie sabe en el barrio con certeza cómo empezó el rumor. Alfredo siempre se mandó la parte de mujeriego, incluso después de casarse. Solía aparecer con revistas para hombres y comentar que a varias de las mujeres que aparecían sin ropa en las páginas internas se las había "cepillado" en algún momento.
No todos le seguían la corriente. Alfredo era el típico hombre que se las sabía todas. Era el mejor amante, el mejor besador, el más romántico, y una lista interminable de virtudes que él mismo enumeraba y que prácticamente lo hacían el mayor semental del país. Sin embargo, siempre hay quiénes se tragan el cuento y sirven de alimento para su ego. Y en el barrio había muchos.
Solía piropear a las mujeres que le pasaban por al lado. Era grosero y atrevido y más de una vez se topó con una mano sobre el rostro. Pero no escarmentaba. Se pronunciaba en voz alta incluso cuanto la mujer que pasaba a su lado iba acompañada por un hombre. También aquello le trajo más de un problema y unos cuantos golpes. Pero Alfredo los disfrutaba. Cada vez que arriesgaba su integridad por decirle algo a una mujer, era un punto más a su favor ante los imbéciles del barrio que se rendían a sus pies, como si fuese una especie de héroe del culto al macho argentino.
Fue así desde que tengo memoria. No obstante, hubo alguien más imbécil que todos los imbéciles juntos que lo rodean cada tardecita en el bar de la esquina: yo. Porque de todas las minas del barrio, la única pelotuda que cayó en sus garras y se dejó engañar, fui yo. Pensé que lo iba a cambiar una vez casado, pero no lo logré ni por asomo.
Hace veinte años que lo sufro, sabiendo que me mete cuernos de todos los tamaños y que lo alardea a los cuatro vientos. ¿Y qué voy a hacer yo, con cinco chicos que criar, amén de los tres que partieron ya por sus propios rumbos? ¿Me dice qué puedo ayer yo, más que agachar la cabeza y hacer como si nada? Bueno, algo si pude hacer. Y a diferencia del pelotudo de mi marido, jamás lo voy a contar a los cuatro vientos. Pero a usted si, a usted se lo voy a decir. El rumor lo largué yo, como quién no quiere la cosa. Tengo la cara nomás, era hora que hiciera algo.
Lo quiero ver ahora al Alfredo. Hace dos días que no pisa la casa. En el bar no tienen idea dónde está. Debe andar escondiéndose en lo de algún pariente, en alguna otra punta de la ciudad. No va a resultarle fácil limpiar su nombre. El "potro", el "torito", "el semental". Más vale una imagen que mil sandeces dichas por ahí. ¡Dios mío, que no se entere el Padre Julián que le usé la fotocopiadora para imprimir los volantitos con la foto del "pitito" del Alfredo, porque me quedo sin la changa en la parroquia!
Pero si tiene que ocurrir, que ocurra. Hacía rato que no hacía los mandados con una sonrisa en la cara. Por fin la vergüenza es del otro. Y si no aparece... ¡seguiré criando a los hijos sola, como hasta ahora! ¡Cómo si fueran de él, carajo!

2 de marzo de 2017

La derrota de los escritores fugaces

Hubo una época en que nos sentábamos a escribir. No precisamente juntos, si bien ganas no faltaban: las distancias lo impedían. No había un acuerdo previo, ni una misma motivación. Solo sabíamos que el otro, en papel, en la computadora o mentalmente, estaba creando una historia. Y cada uno, sin saber que escribía el otro, creaba una parte de ese escrito. Lo llamábamos el texto universal, porque todos y cada uno escribíamos sobre lo mismo, sobre la vida.
Estábamos felices, dedicados de lleno a cerrar los ojos e imaginarnos oraciones, párrafos completos, de un solo tirón. Escribíamos sin parar, de día y de noche, riendo y llorando, acompañados por música o en el más absoluto de los silencios. Podían pasar días sin que nos diéramos cuenta que no habíamos probado alimento alguno o ingerido un poco de agua. Nuestras venas tenían palabras, nuestro corazones bombeaban argumentos. En aquella época, nuestras almas convergían en un solo ser, un solo escritor.
Hasta que uno de nosotros comprendió que si escribíamos sobre la vida, el texto concluiría indefectiblemente en la muerte. Quizá se adelantó más que los demás en los capítulos posteriores, vislumbrando el inevitable final. Cuando todos caímos en la cuenta que por más líneas que agregáramos, o giros argumentales que interpusiéramos, el final sería siempre el mismo, ya no pudimos continuar.
Abandonamos nuestros teclados, nuestras máquinas de escribir, los lápices, los ejercicios mentales. Las hojas dejaron de acumularse en pilas enormes a punto siempre de desmoronarse y se transformaron en resmas estáticas, pálidas, sin ninguna atracción. La tierra y el polvo avanzaron de a poco, cubriendo esas superficies que alguna vez fueron nuestras. Dejamos las ideas adormecidas, sin ninguna esperanza de despertarlas. Nos arrojamos a la rutina del día a día, del sobrevivir, postergando nuestros sueños, porque al fin de cuentas, el final siempre es el mismo.
Y así, convencidos de nuestro fracaso, dejamos que la que camina lento, la que nos da una vida de ventaja, nos devore vivos. Las letras olvidadas, ya no darán cuenta de esta derrota.



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26 de febrero de 2017

Los pares

Conocí "Los Pares" el último verano, estando de vacaciones. Jamás me propuse visitarlo, como tampoco nunca me propondría regresar. Es un sitio muy pequeño, que ni siquiera aparecía en los mapas que había consultado previo al viaje. Cuando vi el cartel verde con letras blancas anunciando su nombre temí haber equivocado el camino. Era imposible, porque me estaba guiando el gps. Y si bien había escuchado historias extrañas con respecto a esa tecnología, como por ejemplo, automovilistas que habían terminado a kilómetros del destino que le habían indicado al aparato, tenía plena certeza que no me había desviado ni un ápice de la ruta.
Fui bajando la velocidad a medida que ganaba terreno en la arteria principal del pueblo. Podía darme cuenta que lo era por el cantero central que dividía la calle en dos, aunque no alcanzaba para calificarla como boulevard. Las casas eran bajas, de mal aspecto. La disposición de las manzanas tenían el típico dibujo de damero. Supuse que serían unas pocas calles y que más adelante la ruta retomaría su fisonomía de soledades continuas que caracterizaban hasta el momento el viaje.
Me llamó la atención en las primeras casas que tuvieran dos puertas, una un poco más grande que la otra. Al prestar atención constaté que todas las viviendas tenían la misma disposición. También eran dos las ventanas al frente, sin importar que las casas fuesen totalmente diferente entre sí en cuanto a la arquitectura.
Me detuve delante una construcción con la fachada pintada de rosa. En la vereda estaba sentada una pareja de ancianos.
- Abuelo, disculpe - dije dirigiéndome al hombre - ¿Por esta calle vuelvo a retomar la ruta?
La pareja me observó con desconfianza, tratando de mirar por encima de mi hombro, hacia el interior del vehículo. Los vidrios polarizados y mi precaución constante de mantener apenas abierta la ventanilla, impedían una vista limpia dentro del coche.
- Es que no tengo el pueblo en el gps - me excusé, como si todo se redujera a esa explicación, y no a mi falta de orientación innata y el miedo a avanzar sin saber dónde me llevaría esa calle.
El hombre se puso de pie, con cierta inestabilidad. Detrás de su asiento tenía apoyado un bastón, con el cuál se valió para acortar los pasos que lo separaban del cordón de la vereda y mi vehículo. Al tenerlo a medio metro, le mostré mi mejor sonrisa. Esa que dice sin palabras "soy un buen tipo y necesito ayuda".
- ¿Con quién viaja? - inquirió el anciano para mi sorpresa. Ni hola, ni una media sonrisa, ningún gesto de amabilidad. Solo esa pregunta tajante y su rostro arrugado pero imperturbable, tratando de mirar hacia el asiento del acompañante.
- Con nadie - contesté al cabo de unos segundos. Debo confesar que una pregunta a otra pregunta no era lo que me esperaba.
- Viajo solo, don - y vaya a saber por qué, agregué: Dos son multitud.
El rostro se le transfiguró, prácticamente como si lo hubiese insultado o querido atacar. Retrocedió con claros gestos de alarma. Parecía que le faltaba el aire y trataba de llegar hacia donde estaba su mujer, que alertada por los movimientos de momia de su marido, hacía un esfuerzo para ponerse de pie.
Pensé que le estaba dando un ataque cardíaco. Puta suerte, dije por lo bajo y a punto estuve de abrir la puerta y salir a la vereda. Dios o el mismo Diablo no quiso que eso sucediera, vaya a saber uno quién de los dos.
El viejo empezó a los gritos.
- ¡Viaja solo! ¡Viaja solo!
Los gritos asustaron a la mujer, que se puso pálida y sin fuerzas, se dejó caer de culo en la silla. Desde la casa contigua, salieron dos jóvenes. Otros dos aparecieron del otro lado de la calle. Cada uno llevaba un perro. Más allá, una pareja salió de otra de las casas. La calle y las veredas se fueron poblando. Siempre de a dos personas, o de a cuatro, se iban agrupando. Parecían hablar por lo bajo. Podía leerse el miedo en sus miradas. ¿Miedo a mí? Si no fuese que todo era tan raro que me daba una sensación horrible en el estómago, la situación me habría partido al medio de la risa. ¿Miedo a mí, que no mato una cucaracha porque me da asco?
De a dos, cuatro, o seis personas, se iban acercando. Se miraban entre sí y miraban al viejo, que de tanto en tanto decía "va solo, va solo". Un matrimonio que podía observar por el espejo retrovisor, ya a centímetros del baúl del auto dijo con total claridad, al unísono: "Es un impar".
¿Un impar? Eso fue suficiente para hacer un clic en mi cuerpo y salir del letargo. Puse en marcha el coche y aceleré, tratando de esquivar a los vecinos que en grupos de a pares estaban casi encima del vehículo.
Fui dejando atrás esa calle con el cantero al medio, las casas bajas de dos puertas y dos ventanas al frente y, vaya detalle, dos o cuatro árboles sobre la vereda delante de cada una.
Cuatro cuadras más adelante la calle se convirtió otra vez en ruta y por los espejos no quedaban rastros del pueblo. Con un frío húmedo e intenso recorriendo de punta a punta la espalda, volví a consultar los mapas en la tablet y en el gps. Los Pares no existía en ninguna parte. Y sin embargo, allí había estado. Y aunque ahora me resulte exagerado incluso de creer, si hubiese permanecido un segundo más, no habría contado la historia. Algo internamente me decía - y me sigue diciendo, casi como un susurro constante - que esas personas se iban a encargar que mi unitaria presencia no desencajara con la simétrica proporción de los pares que regían su espeluznante y pequeño pueblo.





3 de febrero de 2017

Ocaso del ser

Me temo que ya no la reconozco. Que la única comprensión de nuestra relación es el compartir un mismo techo. Es la primera persona que veo al despertar, al pie de la cama. Aguarda paciente que me levante para seguirme hasta la cocina. Me observa mientras me preparo para el desayuno y luego cuando lo devoro sentado a la mesa. No le ofrezco, me da pudor, pero al mismo tiempo siento rechazo de hacerlo. ¿Quién es? ¿Por qué se comporta como una sombra?
Me fastidia tenerla cerca. Sobre todo a media mañana, cuando me siento a leer el diario. Su silencio es como una guillotina que corta las páginas en dos. No puedo concentrarme ni entender nada de lo que leo. Ella está siempre ahí, siempre observando. Pero cuando considero que es el colmo, algo lo supera. Por ejemplo, que quiera entrar al baño conmigo. Lucho con la puerta, trato de cerrarla, pero ella es fuerte y opone resistencia. Y dado que mi vejiga funciona con apremio, la dejo entrar y hago mis necesidades con ella cerca.
Es una especie de carcelera. Se apresura a cerrarme el paso cuando busco la puerta de calle y si salgo al patio, es con ella a mi lado. Las pocas veces que he ganado el teléfono, de los nervios, no he sabido qué número marcar. Sabe exactamente que pastillas tomo y la frecuencia de las mismas. Siento una total paranoia por esos detalles.
Pienso en mis hijos, si acaso saben lo que me está ocurriendo. Y Dolores... ¿dónde estará mi mujer Dolores? Creo que se fue hace tiempo, pero no puedo calcular los años. O quizá meses. El encierro es un tormento que destroza los recuerdos y los calendarios. Todo se vuelve un sin sentido. El ayer, el hoy, hasta el futuro mismo, confrontan por existir. Ya no sé el día en el que vivo. Y tampoco esa persona siempre cercana me lo dice.
Duermo la siesta, me levanto. Ella está en el pasillo. A veces espera, otras barre. Se detiene para observarme, para precisar cada movimiento, como si temiera que de un momento a otro fuera a decidir salir corriendo y escapar de aquella prisión. Pero me resigno, quizá porque estoy cansado, porque me veo viejo en el espejo del baño, porque tampoco se muy bien dónde ir.
Y dejo que se vaya el sol a través de la ventana y que las sombras del atardecer inunden la sala de estar, donde sin ton ni son voy cambiando de canales en el televisor. Hasta que la noche me asalta, y sin tener hambre, de todos modos como y bebo, mientras ella vigila.
Finalmente, ya rendido, derrotado en ese juego perverso, abandono la mesa para ir a acostarme. El aseo previo, controlado por ella, es inevitable. Cuando llego a la cama escucho los murmullos del tiempo. Voces de otras épocas que tratan de decirme algo. Me consuela saber que alguna vez fui otra persona. Ella me sigue observando. Puedo ver su silueta bajo el marco de la puerta. Puede que sepa quién es, puede que no. En el mejor de los casos, ya no la reconozco. Si tiene un nombre, lo he olvidado.
Cómo a veces, me parece, he olvidado el mío. Y el de mis hijos. Solo retengo el de Dolores. El resto se ha ido. Todo se ha ido. Remite. Se esfuma. Como si la vida se tornara una neblina en la que uno va penetrando de a poco. Y en la que solo quedan dos personas. Yo, el desmemoriado y ella, la carcelera de blanco.

25 de enero de 2017

El envoltorio de los huevos

Compraron la propiedad en forma telefónica. El trato lo habían cerrado previamente mediante correos electrónicos, pero les pareció mejor a ambas partes acordar los últimos detalles al habla, a más de quinientos kilómetros de distancia. Ellos habían quedado encantados al ver las fotos, un mes antes.
Las mismas habían llegado de casualidad, en el envoltorio de media docena de huevos hecho de papel de diario, que habían comprado en la verdulería del pueblo. En la página repleta de dobleces y arrugas podían verse dos imágenes en tonos grises de una vieja fábrica abandonada, en el conurbano bonaerense.
Si bien figuraba un teléfono de contacto, de una inmobiliaria, la fecha que indicaba la hoja desalentaba cualquier posibilidad. La publicación tenía cuatro meses de antigüedad. Fue una desilusión, porque hacía tiempo que buscaban un lugar donde pudieran establecer una segunda planta de elaboración de alfajores, pero esta vez en Buenos Aires, con el fin de expandir las fronteras y alcance de la producción familiar.
Los hermanos, Horacio y Alberto, que compartían aún la casa paterna, heredada junto al emprendimiento comercial, tuvieron que resignarse con esperar novedades de Patricia, una prima radicada en la Capital Federal, que les había prometido enviarles toda información que pudiera conseguir de lugares en venta o en alquiler.
La hoja de diario fue a parar a la basura y se olvidaron del asunto. La bolsa de residuos fue dejada un día después en el canasto de la basura y algún perro traicionero la destrozó al anochecer. La página con las fotos, ahora hecha un bollo, fue llevada por el viento hasta el ligustro que ornamentaba el frente de la vivienda.
Una semana después, podando las ramas desparejas, Alberto vio el pedazo de papel arruinado por la intemperie y al tomarlo para arrojarlo dentro de una bolsa donde iba depositando lo que cortaba, vio nuevamente las fotos. Aquello le pareció un guiño del destino y llamó a gritos a su hermano. Tenían que sacarse la duda y llamar.
Así lo hicieron y fue enorme la sorpresa al enterarse que el sitio aún seguía a la venta. El precio que pedía la inmobiliaria no era para nada disparatado. Estaba incluso dentro de lo que ellos podían pagar sin necesidad de sacar crédito alguno. Tendrían que acudir por uno más adelante, pero para montar de maquinarias aquel enorme predio.
Pidieron más fotos, no solo del exterior, sino del interior de la fábrica. Si bien algo deteriorada, las estructuras se veían sólidas y los espacios muy bien dispuestos. Además, analizando la ubicación mediante los mapas que bajaron de internet, pudieron apreciar que era de fácil acceso y que los transporte podían salir a diversos destinos sin dar demasiadas vueltas. Todo quedaba a mano. ¿Y nadie había comprado aún el lugar? La deliberación entre hermanos solo llevó un fin de semana. Al lunes siguiente enviaron un correo electrónico demostrando interés en la compra.
Así fueron delineando la compra, día a día, correo a correo. Pusieron en tema al contador y a las personas más cercanas que trabajaban con ello. ¡Al fin la fábrica tomaría impulso para convertirse en una marca reconocida en el mercado nacional!
- Este fin de semana podemos ir a ver el lugar - informó con una sonrisa Horacio al cortar el teléfono.
- Papá estaría orgulloso de este paso - dijo emocionado Alberto, mientras su hermano lo abrazaba.
- Lo está, claro que lo está.


Salieron de madrugada, para viajar tranquilos, con la ruta descongestionada. Quisieron ir solos, ser los primeros en tomar contacto con el lugar. Podía parecer egoísta, pero no lo era. Eran conscientes que el legado familiar pronto culminaría, sobre todo si ninguno de los dos se casaba y tenía hijos. Muchas funciones importantes de la empresa la estaban asumiendo personas que con el tiempo fueron ascendiendo peldaños y eran ahora empleados de suma confianza. Sin embargo, a pesar que veían en sus miradas el deseo de acompañarlos, no invitaron a nadie.
Llegaron a la ciudad antes de las siete de la mañana. Se apearon en una estación YPF, apenas saliendo de la autopista. A pesar de la hora, el movimiento de automóviles, ómnibus y camiones era considerable. El paisaje casi desolado que conocían tan bien había quedado atrás. En las puertas de la mayor concentración de habitantes del país, lo vertiginoso era moneda corriente, incluso en las afueras, donde a través de los ventanales del bar de la estación podían ver el incesante movimiento vehículos y personas.
Degustaron un café con medialunas. Les vino bien a ambos. Además de cansados, estaban ansiosos. El esfuerzo valía la pena. Habrían podido viajar de día, descansar en algún hotel y al día siguiente ir hasta la inmobiliaria, pedir las llaves y visitar la nueva propiedad de la empresa. ¿Pero cómo evitar tantas ganas de conocer el lugar? Lo imaginaban desde el mismo día que vieron sus fotos, en aquel envoltorio de los huevos. Habían compartida decenas de conversaciones en las últimas semanas, sobre las potenciales mejoras, la posible decoración - era hora de cambiar la imagen gráfica de la empresa, imprimirle más vigor y color - el número de empleados, la cantidad de equipamiento, la variedad de productos a elaborar... ante ellos se había abierto un mundo de conjeturas, que de pronto, en pocas horas, comenzarían a tornarse realidad. El primer paso era corroborar que aquel lugar imaginado a la distancia, era totalmente real.
A las ocho de la mañana, ni un minuto antes ni uno después, golpearon la puerta de la inmobiliaria. Aún estaban las persianas bajas y la mujer que estaba adentro apenas que las hizo a un lado para observar quiénes llamaban tan temprano. Al creerlos decentes, les abrió la puerta. El rostro aún preocupado de la secretaria del lugar cambió cuando mencionaron quiénes eran y a qué habían ido. Y al cabo de un minuto, llegó el encargado del lugar. Diez minutos después, tras la firma de los papeles tan ansiados, estaban otra vez en la ruta, en dirección a la fábrica abandonada que habían comprado.
Habían esperado que el corredor inmobiliario ofreciera acompañarlos, pero no lo hizo. Para ellos fue mucho mejor. Ya sin temor a perderse, dado que habían recibido las indicaciones de cómo llegar por parte del personal de la estación de servicios dónde habían tomado el desayuno reparador, preferían albergar las primeras sensaciones en soledad. Porque a veces, de tan unidos que eran, parecían una sola persona.
Quince kilómetros después, la fachada del lugar comenzó a verse a un lado del camino. Y fue creciendo a medida que se acercaban, como si en realidad fuese un gigante dormido que comenzaba a despertarse. Alberto, que iba en el asiento del acompañante, puso la mano en el hombro de Horacio. Era tal cómo la habían soñado todo el último mes.
El paisaje no los recibió de la mejor manera, pero era comprensible, con tanto tiempo a la venta y el nulo mantenimiento al que era sometido el predio. Los pastizales de la entrada superaban el metro de alto. La estructura de hierro que erguía en lo alto el nombre que había identificado alguna vez aquella fábrica aún se mantenía de pie. Al pasar por debajo, los hermanos pensaron que de la misma manera podría sostener el apellido familiar que le daba nombre y vida a los alfajores que fabricaban.
Alberto bajó del auto con la intención de avanzar hacia el interior de la fábrica, sin esperar a su hermano.
- ¡Alberto! Esperá. Mirá lo que traje - dijo a sus espaldas Horacio.
En la mano sostenía, alisada, la hoja de diario que publicitaba la venta de aquel lugar. Se notaba el esfuerzo que le había puesto a la tarea de dejarla como alguna vez había sido, pero aquel envoltorio de huevos, luego bollo de papel, mostraba sus heridas de uso. Alberto se alegró al ver lo que había traído su hermano y socio.
- Saquémonos una foto, con la hoja de diario en nuestras manos y la fábrica atrás. El día de mañana contaremos la historia y nadie nos creerá.
Ambos rieron con la idea. Todo éxito comercial guardaba ese anecdotario que salía a colación en los grandes aniversarios. Alguien escribiría sobre ese día en el futuro.
Caminaron a la par hacia la puerta del edificio principal. Se erigía como una fortaleza, con marcos de casi tres metros de altura y una puerta de acero y vidrio, seguramente colocada con el paso de los años y no en la construcción original.
El primer obstáculo fue sorteado con éxito. La puerta, que - en silencio - ambos temían no poder abrir, cedió fácilmente ante ellos. En el interior todo era oscuridad, salvo manchas iluminadas producto de los ventanales faltantes en lo alto, donde lastimosamente el sol entraba para plasmar los claroscuros que les permitían divisar algunos rincones y viejas maquinarias.
Horacio sacó de su mochila una linterna de led de alta potencia. Ya la había probado previamente, pero lo sorprendió como en aquel sitio oscuro podía iluminar tan nítidamente.
- Esa compra es tan buena como ésta propiedad, Horacio - reconoció su hermano.
El mayor de los Figuzzi asintió en silencio. Avanzaba de a poco, tratando de prestar atención a los detalles. Aquellas maquinarias, detenidas vaya saber cuándo, parecían sin embargo haber cesado su labor hacía minutos. Un zumbido extraño provenía de la oscuridad, como de motores entrando en letargo mansamente.
- Allá a la derecha deben haber estado las oficinas - indicó Alberto, sobresaltando a Horacio, que tenía intenciones de recorrer toda la nave para calcular la cantidad de máquinas y trastos que tendrían que sacar como chatarra a la calle.
Caminaron hasta lo que parecía ser el ala de oficinas, donde podían apreciarse divisiones de maderas que separaban escritorios unos de otros. Eran al menos veinte boxes, al menos, el primer cálculo hecho en la penumbra. A medida que la linterna barría con la oscuridad, las siluetas cobraban forma y el lugar se transformaba en lo que alguna vez había sido.
En el escritorio más cercano dormía una vieja Olivetti. Varias de las teclas estaban unidas en el aire, trabadas, como si el último tecleo sobre la máquina hubiese sido en falso y allí el oficinista, resignado, dejase sus tareas. Tenía una hoja en el carretel, que si bien en blanco, estaba cubierta por una película de polvo. Alberto sin querer empujó un termo que estaba al borde del mueble. El sonido del plástico golpeando el piso y el vidrio estallando en el interior les hizo pegar un salto.
- ¡Por Dios Alberto, tené cuidado! ¡Me vas a matar de un susto! - bramó su hermano, que trataba de recobrar el aliento.
- Fue sin querer, le di con el codo... - Alberto se detuvo, aprovechando que Horacio iluminaba el sitio dónde había caído el termo, le había parecido que aún salía vapor del agua - Por un momento creí... en fin, una pena, era un Lumilagro.
- ¿Eso que está ahí es un mate cebado? - preguntó Horacio, acercándose.
- ¿Dónde...? - entonces Alberto también lo vio, el mate estaba cebado y efectivamente, el agua parecía despedir el vapor tibio del agua recién servida.
Retrocedieron con inesperada y aterrada sincronización.
- ¡El agua del termo también estaba tibia!
El menor de los Figuzzi golpeó con la cadera otro escritorio. Allí no había termo en el borde que pudiese tirar al piso, pero el golpe hizo tambalear una taza de café y parte del líquido oscuro se derramó sobre la madera. El aroma inconfundible del grano molido traspasó sus sentidos.
El café parecía también recién servido.
Desplazaron la linterna en todas las direcciones posibles, buscando la presencia de los ocupantes del lugar. La respuesta tenía que ser simple: había usurpadores.
Sin hablar, tensos como las telarañas que cruzaban de un lado a otro del techo y las lámparas, marcharon con los cuerpos pegados, apuntando la linterna a cada rincón. Sentían pánico de tan solo pensar que alguien podía aparecer de entre las sombras. El chirrido de una abertura varios metros más adelante los paralizó. A sus espaldas, atravesando la oscuridad, les llegó otro sonido lapidario: el estruendo de la puerta principal al cerrarse sobre su marco imponente.
La linterna parpadeó una, dos, tres veces. Luego se apagó. Infructuosos fueron los intentos por devolverla a la vida. Horacio la golpeó contra su pierna y finalmente contra el escritorio más cercano, partiéndola en varios pedazos.
Los pasos se escucharon venir de varias direcciones. En la ceguera total, era difícil precisarlo. Más que pasos, eran extremidades arrastrándose. Alberto sintió la mano de Horacio aferrarse con fuerza a la suya. Pero de inmediato escuchó a su hermano decirle que debían salir corriendo de manera urgente de allí. Y la voz no provenía de su lado.
Trató de soltarse pero supo que era tarde.

El viento comenzó al mediodía y se prolongó durante toda la jornada. Los árboles parecían mecer sus ramas al compás de un canto silencioso. La hoja de diario aterrizó sobre la pila de hojas secas que estaba barriendo. Se agachó para agarrarla y ponerla en una bolsa de basura, pero aquellas imágenes le llamaron la atención. Una vieja fábrica abandonada a la venta. Miró la fecha. El aviso era de apenas una semana atrás. Dejó lo que estaba haciendo y buscó su celular. Marcó el teléfono de su suegro. Tanto tiempo buscando dónde invertir y así de la nada, la respuesta había llegado de casualidad. Una hoja arrugada, designio del destino. Reía de felicidad cuando la voz de su suegro contestó del otro lado de la línea.


19 de enero de 2017

Lugares mínimos

Ciertos lugares parecen permanecer inalterables a pesar del paso del tiempo. Como aferrados a una época, en un respetuoso homenaje a nuestra memoria. No era algo habitual y él podía asegurarlo. Vivía en una ciudad con cientos de miles de personas donde el paisaje a cada instante es otro. Los rascacielos se imponen al horizonte y el vértigo del urbanismo monta escenarios diferentes día a día.
Pero aquel lugar no era la ciudad. Era la calle de su pueblo, un paraje de provincia que parecía sumergido en su propio tiempo, abandonado a su propia voluntad. Todos los rostros eran conocidos o parecidos a otros que había conocido en su juventud. Un sitio con menos de mil almas, personas de chacras, del ferrocarril que un buen día dejó de pasar, de huertas y la piel curtida. Su última visita había sido diez años atrás y nada había cambiado. Ni nada cambiaría, no importaba si la próxima era en cinco o veinte años.
Con el tiempo, salir a la ruta para retornar al pueblo se había convertido en una pesada mochila. Siempre había una excusa y anteponía al viaje cualquier pavada. Allí vivían aún sus padres, su hermana, los amigos de toda la vida, pero eran ellos los que había decidido quedarse, no era su culpa que las visitas se fueran espaciando, que de ir todos los años, luego fuera cada dos, luego cada cinco y ahora, aunque parezca mentira, haya pasado una década antes de observar de nuevo el cartel con el nombre grabado en madera, ese cartel mal colocado en la entrada de tierra, que parecía siempre a punto de derrumbarse y sin embargo no lo hacía.
Al observar la calle desde la ventana de la casa de su madre, podía apostar que salvo el ciclo natural de la vida y la muerte, que ni siquiera a esos mínimos lugares escapaba, pocas cosas habían cambiado. Y esa era la sensación que lo gobernaba. La del no paso del tiempo. Pero no era así. Si quitaba la mirada de la ventana y la llevaba a sus padres, sentados a la mesa preparando el mate, o a su hermana, aún soltera, tejiendo un abrigo para su ahijado, podía ver el delicado trabajo de los años en cada arruga cincelada sobre esos rostros queridos, ahora felices de tenerlo en casa.
En una contrariedad que lo colmaba de sinsabores, se sentía testigo del envejecimiento propio y ajeno, pero también de la imperturbable imagen del lugar que lo vio crecer.
Estaba seguro que si cruzaba la calle, en la casa de rejas verdes, si golpeaba las manos, aún abriría la puerta Enrique. O si se llegaba a la esquina, detrás del mostrador del almacén, aunque ya no parado sobre un banquito para poder ponerse a la altura de los adultos, estaría Simón. Encontraría a Paulo en el taller de su padre, que ahora era el suyo y a Esteban atendiendo el dispensario, como hacía cuando niños la mamá de él. Cada uno tenía su lugar en el pueblo. Y no habían escapado a esa responsabilidad. Él no lo había dudado. Un periodista en aquel pueblo no tenía sentido. La información era patrimonio de todos. En los pueblos, todos saben todo.
Y cuando partió hizo una promesa que no pudo cumplir. O en realidad sí, pero a su manera. Siempre volvería. ¿Pero qué sentido tenía volver a un lugar que se había detenido? ¿Qué era lo nuevo que tenía que ver o enterarse? No había nada. Y una vez que internet había llegado a casa de sus padres, la excusa fue la tecnología, el chat, facebook, skype, el correo electrónico. ¿Qué había de los abrazos, de los besos, esas sonrisas que ninguna cámara ni conexión online puede llevar a cientos de kilómetros de distancia? Y si, por esas cosas era que aún volvía.
Tomó unos mates. Se puso al corriente de los que habían partido a mejor mundo y de los que habían llegado. A sus padres les gustaba hablar. Su hermana no se quedaba callada, pero participaba en menor medida. Era agradable todo aquello, sin dudas. ¿Esperaría diez años otra vez en volver? ¿Les daría la vida esa posibilidad a los cuatro? No quería pensar de momento en ello. El atardecer se dibujaba por la ventana. Era increíble poder observarlo, sin edificios ni carteles publicitarios que lo impidieran. El cielo, el sol y el horizonte. Y todo el colorido arrancándole los ojos de placer. Era casi como verlo por primera vez. Algo de todos los días, escondido por la vorágine de su realidad.
Luego la noche, el sonido de los grillos, las luciérnagas revoloteando sobre el descampado al oeste.
- Se viene el agua - anunció su papá y sabía por experiencia que así sería.
Se puso de pie, miró el reloj de pared y supo con una certeza que le produjo escalofríos, que comerían en una hora. ¿Cómo era posible que ciertos detalles regresaran del pasado como si nunca se hubiesen esfumado? Siempre están allí, latentes, como un feroz animal del monte.
Se asomó a la puerta. La brisa fresca llenó sus pulmones. Con los ojos cerrados, expulsó el aire en éxtasis. Odiaba sentir que allí estaba cómodo. Su partida cuando joven había sido una batalla ganada. Sentirse bien cada vez que volvía era reconocer que una parte de él aún quería estar en el pueblo. Y lejos estaba de ser cierto. Al menos, eso creía cuando lo pensaba.
La calle atesoraba cientos de recuerdos. En cada rincón, en cada detalle, había un fragmento del ayer que se iluminaba. Y al final de la calle, en la plaza, todos esos recuerdos se apilaban como en una gran torre, porque en aquel preciso lugar la historia era otra: los picaditos con los amigos, la pelota, correr detrás de la redonda buscando de reojo el arco hecho de trapos y poder gritar con el alma un gol que agitaba sus sueños de niño. En secreto podía aventurar que si tenía que elegir un lugar para volver obligado todos los años, ese lugar sería la plaza.
Si hacía el esfuerzo, hasta podía sentir el olor a pasto, las risas de Enrique, Simón, Paulo y Esteban, el sonido de la pelota golpeando contra el tronco del árbol que cortaba la improvisada cancha en dos.
Se metió en la casa otra vez. Aún tenía por delante cincuenta minutos. Luego el horario de la cena sería impostergable y no quería discutir con su mamá el primer día de visitas. Fue rápido hasta la habitación que otrora había sido su cuarto. Ahora se amontonaban objetos que nadie usaba. Buscó dónde la había visto diez años antes y como sospechaba, la encontró. Estaba algo desinflada, pero el inflador estaba a la vista. La infló un poco, la hizo picar y sonrió feliz ante el estrépito del eco tras el rebote de la pelota.
Salió presuroso a la calle. La casa de rejas verdes tenía las luces encendidas. Golpeó la puerta, aunque sabía que estaba sin llaves. De pequeño hubiese entrado, sin preguntar. Nadie pregunta en un pueblo. Todas las puertas son una y todos los niños, hermanos.
Enrique salió y apenas si tuvo tiempo de reaccionar. Se estrecharon en un gran abrazo.
- ¿Cuándo llegaste...? - atinó a preguntar Enrique sin salir del abrazo.
Pero él le mostró la pelota como toda contestación.
- ¿Ahora? - Enrique miró hacia el interior de su casa y luego levantó la vista hasta la plaza.
- ¿Los chicos estarán en casa?
- Si, seguro... - iba a acotar qué dónde estarían si no estaban en sus casas, pero era algo que estaba de más decirlo por más que su amigo ya no viviese en el pueblo, porque lo que su amigo buscaba no era una respuesta, sino la complicidad de ir a buscarlos.
Salieron raudos hasta lo de Simón.
- Mirá que ya tenemos cincuenta pirulos, eh. Un rato nomás.
- Si, media hora, ya sabés que a las ocho comemos.
Enrique sonrió frente al conocimiento del retorno a la rutina de su amigo.
Fueron por Simón, Lucas y Esteban. La pelota pasaba de mano en mano. Las sonrisas daban paso a las palabras y las palabras a los abrazos. El ciclo de la amistad, de manera infinita. La amistad, la verdadera, que no tiene lugar para el tiempo. La que sin reproche alguno se fortalece por la amistad en sí misma y los hechos que la cimentaron en el pasado, y que no necesita alimentarse más que de la certeza de saber que el otro siempre estará allí, no importa el cuándo ni el por qué.
Caminaron los cinco hasta la plaza y pusieron sus remeras formando los límites del arco. Enrique y Simón hicieron el pan y queso y delinearon los dos equipos. Uno con un jugador más que el otro, como siempre sucedía. Pero las reglas estaban escritas en sus mentes desde hacía largas décadas. Cada tres goles, no importara de qué equipo, el que sobraba pasaba al otro bando. Y el elegido para cambiar iba rotando. Por lo tanto, ningún equipo era permanente y el triunfo no le pertenecía a nadie en concreto, sino a la felicidad de compartir el juego y el hecho de estar juntos.
Ninguno recordaba el último partido en la plaza, o quizá sí, pero no querían reconocerlo, por miedo quizá a que en realidad el último fuese ese, y ya no hubiese otras oportunidades. Porque para algunas cosas, no para todas, el tiempo corría y vaya que lo hacía más rápido que aquel grupo de amigos, que con más de cincuenta años cada uno se esforzaba en la penumbra fruto de la única farola de la plaza con el fin de sentir una vez más las risas y los abrazos tras el grito de un gol.
Se prometieron otro picado la noche siguiente y la otra, y la otra, mientras él permaneciera de visita. Y lo harían, religiosamente. La última noche, le harían prometer a él que esta vez regresaría más rápido, sin dejar pasar tanto. El daría su palabra, aunque no la cumpliría.
Cuando el pasado despierta, se puede convertir en una trampa. Y para sobrevivir, lo mismo que con los animales feroces del monte, lo mejor es permanecer lejos. Al menos, por un tiempo. O mientras, gran paradoja, el tiempo lo permita.