Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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3 de septiembre de 2016

Los invisibles

El invierno fue crudo. Las calles desiertas en plena noche, las persianas bajas con sus enormes grafitis, la ciudad indolente y nosotros, caminando el asfalto. De un lado a otro, buscando refugio, comida, alguien que nos quisiera escuchar.
Pero no había nadie. Eramos los únicos transeúntes del entramado nocturno, confundiéndonos con las sombras, mirándonos en los reflejos distorsionados de las pocas vidrieras que aún se dejaban ver detrás de rejas herrumbradas y frágiles. Andando, cuadra a cuadra, calle a calle, con lluvia, con viento, con todas las inclemencias juntas.
Fueron meses difíciles en los que esperábamos desahuciados el amanecer, el primer rayo de sol, esa partícula de luz que nos permitiera rendirnos ante el cansancio y el hambre. Desaparecer por unas horas, en la quietud, en la nada misma. Dejar de ser para no pensar. Rendidos, así, sin más.
Y luego, despertar en la misma pesadilla. Otra vez la noche, la solitaria noche, en la que éramos solo nosotros deambulando, sin atisbo de fin. Cíclico, infernal. Errantes en vida, en un mundo que nos volteaba la cara.
Nosotros, los olvidados, pisando nuestras propias penas y también las ajenas, por calles cuyos nombres no nos dicen nada, prisioneros en libertad, rehenes de la miseria, fantasmas de la civilización que reitera sus pecados casi por diversión.
El invierno se marcha. Pronto será primavera. Y de alguna manera, la haremos sentir culpable. Nosotros, los invisibles de este mundo.

2 comentarios:

Armin dijo...

Bravo!

Facu Dassieu dijo...

Hacer sentir culpable a la primavera... Sos grandísimo Neto.