Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

www.OLVIDADOS.com.ar - Avila + Netomancia

9 de julio de 2016

El destino a cuestas

Las pocas luminarias de la calle quitaban un poco de ferocidad a la noche.
De todos modos, aquello no lo inquietaba. El retorno a casa era lento, como cada final de jornada.
La moto traqueteaba con sus años encima. El frío golpeaba su rostro y le escarchaba los ojos.
Había sido un largo día. Y una vez más, volvía con las manos vacías. Se imaginaba la tristeza en el semblante de su esposa. El llanto del bebé en la cuna. La mesa vacía.
Su recorrido diario había sido en vano. En cada tugurio de la ciudad la respuesta había sido la misma.
El negocio se estaba viniendo abajo. Ya nada era como antes. La moto comenzó a toser y a los pocos metros se detuvo.
Si algo le faltaba, era hacer las últimas diez calles a pie.
Se apeó y empujó el vehículo con lentitud delante de viviendas similares, con sus ventanas bajas, el frente descuidado y sin luces afuera.
El ladrido de algún que otro perro rompía con el silencio cómplice del barrio.
Cuando creyó divisar su casa, vio además una silueta negra en la esquina próxima. Pensó que sería algún borracho, pero la figura comenzó a avanzar hacia él, recortando distancias.
Instintivamente se llevó la mano al cinturón, donde guardaba un cuchillo afilado.
Aminoró la marcha y lo esperó bajo una de las farolas de la calle.
Intuyó que era un ladronzuelo de alguna otra zona, probando suerte. Pero al verle las facciones, el cuchillo cayó de sus manos.
La silueta que avanzaba era su viva imagen, pero al menos quince años más joven.
- A vos te quería encontrar - le dijo la aparición.
- ¿Quién sos? - dudó entre buscar el arma y quitarle la vista de encima. Prefirió esto último.
- ¿Quién te crees que soy? Soy vos. Pero el vos antes de mandarte todas las cagadas juntas. Vergüenza debería darte.
- ¡Cómo te atrevés a hablarme así!
- Te miro y me cuesta reconocerme. Parece mentira, tanto sacrificio de la vieja, para que vos salieras como saliste.
- No tenés idea de mi vida.
- Claro que la tengo. ¿De dónde crees que vengo? De ver a Carla y al nene. No sabés la alegría de ella cuando me vio. No te das una idea. Me pidió llorando que no me fuera, que me quedara con ella. Quedate que todavía sos bueno, me decía.
- Levanto el cuchillo este y te mando a mudar. ¿Qué clase de magia negra es esta?
- Ignorante, ni magia negra ni un carajo. Mirate las manos, llenas de sangre que no lava por más que la enjabones. De tugurio en tugurio, ensuciando el alma por dos mangos. Cerrá los ojos y escuchá la consciencia. Hasta olor a podrido debe haber ahí dentro. Para que no llore la Carla. Si sos un malviviente. Pobre de tu hijo, de nuestro hijo, el padre que le ha tocado.
- ¡A mi nadie... !
La silueta ya no estaba. Solo la esquina de su casa y más allá las precarias paredes, el techo que se venía abajo y un poco de césped en la entrada, que de tanto en tanto lo cuidaba Carla mientras él salía a hacer una de sus changas que ella tanto odiaba.
- ¿Dónde mierda se fue?
Por más que buscó con la vista, solo divisó las formas conocidas del barrio, ese lugar de espanto en el que vivía desde hacía diez años.
Levantó el cuchillo y lo volvió a meter en el cinturón. Empujó la moto el tramo que faltaba y llegó a su casa.
Al entrar, encontró a su mujer llorando.
- ¿Qué te pasa?
- Nada, nada. Tuve una visión y fue... horrible. Pero nada más. Ya te tengo la comida preparada. Ahora pongo la mesa.
- Pará Carla, decime: ¿En ese sueño aparecía yo con quince años menos?
El rostro de Carla palideció.
- No, en mi sueño era yo la que tenía quince años menos. Entraba por la puerta y traía en la mano tu cabeza, que aún chorreaba sangre. Me miraba furiosa y me decía: Ves, esto es lo que tenés que hacer, esto. Cuando duerme, se la cortás y listo.
- Tranquilizate, fue una pesadilla. Alguna brujería de las viejas del barrio.
Carla se largó a llorar de nuevo.
- ¡Pará te dije! Vas a despertar al bebé. ¿Por qué seguís llorando?
- Porque afilé la cuchilla de la carne, pero no tengo la valentía.
Y aún con lágrimas en los ojos, comenzó a poner la mesa. El vio la cuchilla sobre fuera del cajón y supo que tarde o temprano sucedería. Hasta creyó escuchar a su versión más joven reírse del otro lado de la ventana.
No tuvo más remedio que sacar su arma.


2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Parecía que el otro yo quería evitar su transformación en lo que es ahora. Pero quería desatar una tragedia.
Interesante giro argumental.

Zarovsky dijo...

¿Suicidio, asesinato, maldición, masacre, violencia intra familiar?, son todas las formas de muerte juntas, son todas lo mismo: muertes que manchan lo que uno es y lo que uno será.
Ni hablar de la guerra interna que ellos mismos hacen con ellos mismos y reflejan en otro como si, además, un tercero tuviera la culpa.