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6 de febrero de 2016

Un fangote de guita

Incluso antes de ganarse la lotería, Alfonso era un soñador. Escucho ahora que muchos lo dicen como si descubrieran la pólvora, incluso con cierta sorna en el tono, pero les quiero dejar en claro que él era así desde mucho antes. Y nadie me lo puede venir a discutir. Nos conocemos desde que aprendimos a caminar y nuestras madres nos hicieron coincidir en la misma placita.
La vida le cambió cuando acertó los números hace un par de años, pero en un solo sentido. Tenía más dinero. En todo lo demás, seguía siendo el mismo.
Antes que la fortuna lo forrara en billetes, Alfonso decía que sería famoso por una gran idea. Una que revolucionaría el mundo contemporáneo. Claro que llegamos a las tres décadas de vida y la idea seguía sin aparecer. El hecho que tampoco siguiera una carrera universitaria o, que al menos, se hubiera preocupado en completar la última materia que siempre le quedó colgada del secundario, poco ayudaba para pensar seriamente en que algún día lo lograría.
Aún así, sabiendo de este empeño - que repetía casi a diario - nos sorprendió a todos cuando al regresar de cobrar el dinero de la lotería anunció a viva voz y luego con un aviso en los diarios de la zona, que emplearía su dinero para comprar ideas. Si, comprar ideas.
Aunque fueran chiquitas, también se haría con ellas. A sus amigos nos tenía como confidentes y nos decía que quizá alguna persona tuviera una idea pequeña, que él con algo de tiempo y paciencia podría desarrollar en una más grande.
No solo estábamos sorprendidos, sino que también preocupados. Era cuestión de esperar una larga cola de personas dispuestas a ofrecerle cualquier pavada a cambio de dinero. La pregunta que nos hacíamos era sencilla: ¿cuánto tiempo le duraría el dinero ganado?
La respuesta fue dos años.
La gente comenzó a presentarse en la puerta de la casa de Alfonso con ideas de todo tipo. Nuestro querido amigo pagaba por todas, salvo aquellas que ya existían o al menos, que Alfonso sabía que existían.
El valor de la idea lo ponía él. Aunque, a nuestro gusto, era generoso con todos. Algunos se acercaban con carpetas, planos, textos, otro tan solo con la idea en la cabeza. Alfonso escuchaba, tomaba apuntes, recibía el material y pagaba. Lo único que hacía a su favor, era hacerles firmar que renunciaban a la idea y se la otorgaban a él.
A veces nos contaba sobre alguna de ellas, otras veces no. Con el correr del tiempo lo fuimos viendo menos optimista. Por lo que supimos, no había alcanzado a desarrollar ninguna, ni siquiera las que ya había comprado más elaboradas. Le dijimos que dejara de adquirir nuevas y le dedicara tiempo a las que ya tenía. Pero se opuso. Las tenía archivadas por posibilidades de concreción. Aunque el criterio era difícil de precisar.
Ninguno de nosotros le quiso vender nada. Nos parecía una estafa. Alfonso parecía un nene comprando figuritas para llenar un álbum interminable. Y no le importaba derrochar el dinero, porque decía que con muchas de esa idea amasaría una fortuna mil veces más grande.
Hace dos noches cayó al bar, con grandes ojeras.
- Muchachos, me fundí - anunció, dejándose caer sobre una de la sillas vacías de nuestra mesa.
Sin dudarlo, con apenas un movimiento de cabeza, le pedimos al viejo García que trajera un vaso más. Esta noche nos tocaba invitar a nosotros. Se lo veía destruido. Y no era momento para recriminarle nada. Ya habría momento para eso.
Lo acompañamos hasta su casa, como cuando éramos más jóvenes y Alfonso se agarraba un pedo de aquellos. Cuando nos estábamos yendo, nos preguntó con un hilo de voz:
- Me queda apenas para un número de lotería... ¿me dicen un número?
Ninguno de los muchachos habló. A mí me dio lástima verlo así.
- Jugale al mismo que ganaste la otra vez - le contesté.
Sonrió y se metió en su casa. Nosotros nos perdimos en las arterias del barrio, camino a nuestras respectivas soledades.
Esta mañana, mientras tomábamos un café y hablábamos de las noticias del día, se abrió la puerta del bar de par en par. Era el Alfonso que entró como una tromba y casi la arranca del marco.
- ¡Muchachos! ¡Volví a ganar la lotería y con el mismo número! ¡Un fangote de guita!
No podíamos creerlo. Corrimos a abrazarlo, casi en un deja vu muy extraño. Entonces Alfonso nos detuvo y mostrándose serio, nos dijo:
- Esperen, esta vez se lo debo a ustedes. Así que preparé un cheque para cada uno. No se ilusionen, es una parte muy pequeña, porque el resto ya saben para qué lo quiero. ¿No?
Hace un rato volvió a anunciar que seguiría comprando ideas Escucho a todos hablar de lo soñador que es el querido Alfonso y veo como sigilosamente se frotan las manos, pensando en la tonta idea que le venderán esta vez.
Soñador... es una forma de decirlo. Claro que sí. Pero no es de ahora, no señor. Se lo puedo decir yo que lo vi perder sus primeros dientes de leche con la punta del tobogán en la placita del barrio.
Porque en realidad, el Alfonso fue pelotudo toda la vida. Y nada ni nadie lo va a cambiar. Ni siquiera los pocos amigos que de aquí a uno o dos años estaremos prestos a servirle una cerveza sin recriminar.

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿Tiene sentido gastar una fortuna en comprar ideas y no reservar algo para el placer personal y algo para concretar alguna?
La respuesta es lo que piensan los amigos, que le serviran cervezas sin recriminarle.
Bien planteado tu relato.

Facu Dassieu dijo...

"Nosotros nos perdimos en las arterias del barrio, camino a nuestras respectivas soledades."

Que pasaje lindo.

Yo le tengo fe a Alfonso. Por soñador, por pelotudo, por la certeza de que la guita va y viene y que - contradiciendo un poco el comentario del Demiurgo - seguramente comprar ideas era uno de sus placeres.

Un gran abrazo, Ernesto.