Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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20 de febrero de 2016

Anclas en el ayer

Hace unos años tuve un accidente horrible. Habíamos planeado ir de vacaciones a Brasil en automóvil, con mi marido y los dos niños. Pero nada de eso se hizo realidad.
A los pocos kilómetros de salir nos embistió un camión que se cruzó de carril. Solo yo sobreviví.
Me llevó mucho tiempo sobreponerme, no solo a las lesiones físicas, también en el plano mental y espiritual. Demoré meses en asimilar lo sucedido y conciliar una tregua con el dolor.
A lo largo del último año traté de hacer de cuenta que nada había ocurrido, que en realidad jamás lo había conocido a él y mucho menos haber tenido a esos pequeños. Traté, pero no pude.
La angustia es como la marea. Remite para volver con más fuerza. Y cuando lo hace, me arroja contra una pared imaginaria en la que me estrello con violencia. Durante semanas no salgo de la habitación y pasan días en los que no pruebo bocado.
Comprendo lo difícil que es para mi madre y mi hermana convivir conmigo, y que a veces para no discutir, evitan decirme cosas que ya sé pero no pongo en práctica.
Tras la larga rehabilitación tuve que volver a enfrentar la vida. Parece mentira, pero una de las herramientas diarias es el teléfono celular. El mío se había destrozado en el accidente, pero mi madre me compró uno parecido y había pedido recuperar la línea.
Entendí en ese momento que no debía hacerlo. Nunca la activé y en su lugar, di de alta otra. Es la que tengo hoy en día. Solo les pasé el número a las personas con las que quería mantener contacto. Ni siquiera recuerdo mi número anterior, tampoco el de mi marido. Lo olvidé, no sin esfuerzo.
Hoy, sin embargo, tuve en mis manos el celular de mi hermana. Ella, a diferencia de otras chicas de su edad, no pierde la cabeza por tener el último modelo. Al menos, esa es su excusa. Sé que no quiere desprenderse del aparato porque fue el último regalo que le hicimos como pareja antes del accidente, para Navidad.
Verlo siempre me provoca cierta nostalgia. Porque me hace recordar la alegría de aquel momento. Es una evocación que no puede ser feliz, porque en esa imagen están ellos. Y eso crea un corto circuito. Pero hoy sentí el deseo de agarrarlo, sentir el plástico, como el día que lo elegimos. Fue entonces que activé la libreta de contactos y vi su nombre.
Se me escapó una lágrima. De la misma forma que no quería desprenderse del teléfono, mi hermana no sería capaz de borrar a mi marido de la lista de contactos. Por más que está más, por más que murió, tenerlo allí es retenerlo de alguna manera. Algo tonto, inútil, infantil, que solo provocó más lágrimas y las ganas incontenibles de ponerme de pie y patear lo que tuviera cerca.
Cuando me calmé, miré de nuevo la pantalla. Ver su nombre, cada letra en fila india, me tentó a hacer lo que millones de veces había hecho en el pasado: llamarlo.
Presioné y me quedé con el celular en la oreja, sabiendo que no escucharía su ringtone con aquella melodía andaluza, si sentiría su respiración una fracción antes que llegara a mi alma su voz grave y serena. Resignándome al tono de llamada, a un nuevo llanto.
Pero él me atendió.
- Caro, amor, cómo estás.
Me quedé helada. No tanto por oír su voz, sino por escuchar entre esas palabras tan anheladas el nombre de mi hermana. El teléfono resbaló de mis manos y cayó al suelo. La conversación se cortó. Quedé petrificada en medio de la habitación, sin saber que hacer.
Escuché la voz de Carolina proveniente del pasillo. Venía quejándose de algo, pero no recuerdo bien qué. Siguió hablando en voz alta, en uno de los habituales monólogos donde es la víctima de algo. Solo cuando vio su teléfono celular en el piso, volteó su vista para mirarme.
- ¿Y a vos que te pasa que estás ahí parada? - y señalándome el aparato en el suelo me preguntó - ¿Se te cayó a vos?
Creo que vio algo en mis ojos. A veces suele pasar. Podemos hablar sin palabras. Porque retrocedió lentamente, mientras se agachaba para levantar el teléfono, pero sin despegar sus ojos de mi figura.
Fue suficiente una mirada a la pantalla para darse cuenta lo que había pasado. Lo comprendí sin más. Y no necesité otra excusa.
Y ella también lo supo.
Gritó, pero no lo suficiente para despertar a mamá, pasada de pastillas en la cama, tratando de calmar el dolor en sus piernas.
Su cuerpo aún está a mi lado. Mi mente, a ritmo pastoso, trata de decidir que es lo mejor. Aún no lo sé. Pero tendré que tener una respuesta para cuando se despierte mamá. A menos que ella tenga alguna para mí.
El teléfono permanece en la mesa. Tarde o temprano marcaré otra vez.
Pareciera como si el tiempo, de un momento a otro, volviera a marchar, aunque con una enorme oscuridad a mis espaldas y una tenebrosa verdad por develar.

2 comentarios:

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

Fascinante, Netomancia.
Qué buen final abierto, che. ¿Qué pasó, ayer y hoy? ¿Y qué no pasó? Todo lo decide nuestras imaginación.
¡Felicitaciones!
Saludos.

Facu Dassieu dijo...

Carne de gallina hasta el último milímetro.
Otro tipo con el mismo nombre, una muerte fingida. Como dice Juan: Todo lo decide nuestra imaginación.

¡Bravísimo!