Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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16 de octubre de 2015

Un día perfecto

Fue un día soleado. Cálido, espléndido. Lo recuerdo muy bien. El cielo era celeste de una punta a la otra. No había nubes. No había nada que pudiera opacarlo. Era un día perfecto. Con la calma del campo, la brisa suave de la primavera, el deseo silencioso de concretarlo.
Había estacionado el coche cerca de la orilla de un arroyo. No había caminos que llevaran hasta allí. Había atravesado la naturaleza salvaje en medio de la noche aguardando el amanecer para hacer realidad el plan. Pero me quedé dormido. Cuando desperté estuvo a punto de maldecir tremenda distracción, pero al ver ese celeste en lo alto, supe que había sido una bendición y no un error.
Estiré las piernas caminando de norte a sur siguiendo el curso del agua. Retorné con los pulmones desbordantes de aire puro. ¡Qué lejos estaba la puta ciudad! Los oídos seguramente no creían tanta paz, tanto silencio. Los ojos observaban absortos el abundante verde. El tacto palpitaba con el roce de las plantas. El olfato se deleitaba con el aroma de la vida.
Llegué al auto. El sol había calentado su superficie. El rojo refractaba la luz del sol, obteniendo destellos conmovedores. Abrí el maletero. Chirrió como lo hacía siempre, producto de los años y el abandono. En su interior, acurrucado, estaba el estúpido que vendía flores en la esquina de la plaza. Durante años lo había visto allí parado, ofreciendo con su entrecortado murmullo, nombres mal pronunciados de naturaleza despojada de su hábitat natural.
A medida que el plan cobraba forma en mi mente fui sabiendo que era la persona para comenzar. Porque a él le había comprado esas flores de mierda que Susana me arrojó por la cabeza el día que rompimos y que a pesar de ello, cada vez que pasaba por el lugar seguía insistiendo con su monótono hablar, haciendo que mi odio se incrementara día a día.
No podía evitarlo, mi puesto de diarios estaba justo frente al suyo. Y verlo desde la mañana hasta que caía la noche, era ver el fracaso de aquella tarde, cuando Susana en un arrebato de locura me dijo adiós, me tiró las flores y corrió hacia un taxi con el infortunio de ser atropellada antes por una moto.
Cuántas veces me dije en las noches de desvelo, que esas flores gran parte tenían de la culpa de lo sucedido. Flores de porquería, sugeridas por un malparido que apenas sabía hablar. Y lo fui imaginando maniatado noche a noche, hasta que supe lo que debía hacer.
En realidad, no era el único culpable. La cadena era extensa. Él, su hermana, el ex novio, la madre, la vecina chismosa, la tía... Pero por alguien había que comenzar. Y entonces, aquella tarde maravillosa, a metros de un arroyo en medio de la nada, abrí el maletero y lo contemplé durante largos minutos, mientras él trataba de zafar el pañuelo que había metido la noche anterior en su boca y se agitaba inútilmente dentro del estrecho habitáculo.
El plan se ponía en marcha. Por eso lo recuerdo tan bien. Está grabado en mi memoria. Y hoy, en un día totalmente diferente, con la lluvia arreciando sobre mi rostro, cuerpo y alma, me encuentro a  un lado del mismo coche rojo, pero al borde de un acantilado. En el maletero está la tía, que todavía respira. Lo hará durante un tiempo más, hasta caer a lo largo de unos veinte o treinta segundos en pleno descenso contra rocas, arbustos y bordes filosos.
Será el fin del plan. Cerrar una etapa. En breve seré libre. El sol del primer día, la lluvia del último. El acantilado es el lugar perfecto para comenzar de nuevo. Primero la última persona culpable. Luego el esperado renacer.
Un diluvio borrando el pasado... como aquella vez en el campo: es un día perfecto.

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Me parecía que algo se ocultaba detrás de ese deseo de tranquilidad.
Y es que un lugar así es también un lugar sin testigos.
Y con alguien con extraño criterio para buscar culpables, es una combinación siniestra. Ideal para un tan buen relato.

Daiana Chiofalo dijo...

Me gusto mucho, a mi parecer muestra lo que muchos hacen, eso de echar la culpa a otro, cuando hay que hacer una autocrítica y darse cuenta que tal vez la culpa la tuvo uno mismo...