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7 de septiembre de 2015

Respuestas

Del otro lado del río estaban las respuestas. De éste, solo la infinita paciencia y la incertidumbre eterna. Allá podía sentirse un hombre libre. Acá, un ser atado a responsabilidades.
Por eso cada fin de semana subía a su pequeña embarcación con motor fuera de borda y se escabullía corriente adentro, donde nadie pudiera encontrarlo. Era su rutina, su forma de vivir. Decía que si no lo hacía, iba a morir asfixiado.
Su mujer lo había aceptado mucho tiempo atrás. Sus hijos se acostumbraron a no tenerlo los fines de semana. Su carácter tajante lo había decidido así. Porque la isla no solo era un lugar de descanso, era su lugar en el mundo. Y no permitía que nadie fuera con él.
Cuando aquel lunes no regresó de madrugada, como cada lunes, su esposa se inquietó. Mandó a los chicos a la escuela y luego salió en bicicleta hacia la zona del cabotaje. Preguntó a los lugareños si habían visto a su marido. El hombre, si bien de pocas palabras, era conocido. Tampoco estaba el bote.
A media mañana se acercó a Prefectura y radicó la denuncia. Jamás lo había acompañado y no sabía el lugar exacto del rancho. Sintió vergüenza porque no podía brindar datos precisos. Y también bronca. Porque él jamás la había querido llevar. Si tan solo hubiera ido una sola vez, sabría indicarles.
Al mediodía regresó a su casa. Debía tener el almuerzo preparado para cuando volvieran los chicos del colegio. Por las dudas pasó por el taller donde trabajaba su marido. No fuera cosa que regresara tarde en otra embarcación, de algún conocido, y que en lugar de ir a casa, hubiese ido al taller.
Pero su capataz también estaba preguntando por él. Era la primera vez en quince años que se ausentaba sin aviso. Ella se asustó aún más. Tenía un feo presagio, si bien nunca se le habían dado esas cosas.
En casa se dio cuenta que estaba distraída. Se le pasó el arroz y se le quemó la salsa. Quería llorar pero de un momento a otro volverían sus hijos y no quería trasladarle la angustia que en esos momentos sentía.
Sin embargo, mientras ellos comían sentados a la mesa, escuchó los pasos al trote de alguien que se acercaba por el largo pasillo que conducía hasta la entrada de la casa. Quién fuera no tardó en golpear la puerta.
Abrió con el temor que se abren las puertas en estos casos, cuando una mala noticia está al caer. Era el Luis, el más grande de los Quiroga. Por la pinta, pantalones mojados, la piel colorada, venía del río. Cada mañana junto a sus hermanos se iban al río para pescar algo que pudieran vender en la ruta.
- Doña Irma, los de Prefectura la están buscando, parece ser...
La mujer no alcanzó a escuchar nada más. Se desvaneció, presa de la situación. Tardaron al menos cinco minutos, entre sus hijos y el Luis, en hacerla reaccionar.
- Mamá, mamá...
Los chicos estaban asustados y el Luis no se animaba a levantarla, por miedo que se le cayera de los brazos. Era de cuerpo grande mientras que al joven los huesos se le marcaban en la piel de lo flaco que era.
A duras penas la hicieron reaccionar. Una vez recuperada, se fue caminando hasta la zona de la ribera. En las afuera de la dependencia de prefectura había un revuelo de personas. Cuando la vieron llegar se fueron apartando, para dejarla entrar.
La recibió el prefecto en persona. Un hombre alto, de cabello blanco y bigotes oscuros.
- Mire señora, esto es difícil de explicar...
La mujer estuvo a punto de entrar en llanto, pero se hizo fuerte en el momento justo. Habría tiempo para derramar lágrimas.
La condujo hacia otra sala, acompañados por un subalterno. Señaló una puerta al fondo.
- Necesito que lo reconozca y nos diga si es su marido.
Respiró hondo. Jamás se había imaginado en esa situación. Los tres metros que la separaban de la puerta, que de un momento a otro sería abierta, eran tan cortos como eternos. Podía llegar en dos pasos y al mismo tiempo, cruzar ese marco representaría el camino más largo de su vida.
La puerta cedió y luego del subalterno y el prefecto, entró ella.
- Díganos... ¿es su marido?
Algo se rompió en el pecho de la mujer. Fue un sonido seco, casi un lamento. Pero solo ella pudo escucharlo. Coincidió con la imagen ante sus ojos, inesperada, dolorosa, en el límite mismo con la angustia y la histeria.
Allí estaba su marido, el mismo que había visto salir dos días atrás, pero al mismo tiempo, sin ser la misma persona.
- ¿Es el hombre que está buscando, señora?
Era, sin dudas que lo era. ¿Pero cómo decirlo? ¿Como desanudar eso que sentía en su garganta? ¿Cómo convertir el llanto reprimido en palabras? ¿Cómo superar la vergüenza?
Su marido estaba sentado en una silla de madera, maquillado, con peluca naranja y vestido de mujer. Estaba descalzo, pero los zapatos de aguja permanecían a un lado de sus pies.
- Lo encontramos en el yate de un concejal, en medio de una fiesta que se fue de las manos. Hemos arrestado a varios, incautado droga y alcohol. A este lo hemos reconocido por la foto que usted nos dejó. ¿Nos confirma que es su marido, señora?
Ella no pronunció palabra alguna. Pegó media vuelta y se marchó. Había respuestas que solo el silencio era capaz de brindar.

1 comentario:

Elliott Nimoy dijo...

Tremenda vuelta de tuerca Neto.
Me sigo riendo mientras escribo. Asombro puro.

Quisiera hacer de este comentario una crítica más constructiva pero está narrado excelentemente por donde se lo mire.

¡Muchas gracias!